Coatzacoalcos, un nuevo puerto arqueológico
Alfredo Delgado Calderón
Centro INAH Veracruz
El Túnel Sumergido de Coatzacoalcos
El pasado 4 de octubre la Compañía Constructora Túnel de Coatzacoalcos
suspendió provisionalmente los trabajos de construcción del Dique Seco debido al
hallazgo de elementos arqueológicos durante las excavaciones. Esta actitud es
poco frecuente en las compañías constructoras. Normalmente cuando se
encuentra algún objeto arqueológico o se afecta un sitio prehispánico las
compañías tratan de ocultar la información o sobornar al arqueólogo que hace el
peritaje para no pagar el rescate y proseguir las obras. Afortunadamente no fue el
caso del Túnel Sumergido, pues tanto la Concesionaria como la Compañía
Constructora notificaron de inmediato al Centro INAH Veracruz para que
determinara lo conducente.
Para evaluar la importancia del hallazgo fui comisionado el día 12 de octubre por
el entonces director del Centro INAH, Antropólogo Jacinto Chacha Antele. La obra
se localiza entre la congregación de Allende y la Laguna de Pajaritos, frente a la
ciudad de Coatzacoalcos, a la orilla del río. En este lugar se proyecta construir las
secciones del túnel sumergido que cruzará el río Coatzacoalcos. La obra del
dique seco es impresionante. Mide 451 metros de largo por 262 de ancho y se
planea alcanzar los 14 m de profundidad. Para construir el dique se requiere
movilizar un millón doscientos mil metros cúbicos de tierra.
La supervisión arqueológica en cuestión se realizó cuando ya se había excavado
la primera capa de 4 metros en todo el dique y se estaban rebajando 4 metros
más; es decir, casi la mitad del dique tenía unos 8 m de profundidad. La
afectación del sitio ya era irreversible, por lo que no había posibilidad de
suspender la obra o cambiarla de lugar. Además, tanto la Concesionaria como la
Constructora estaban con el tiempo encima para entregar el Túnel Sumergido en
los tiempos establecidos, pues de lo contrario se podría cancelar esta importante
obra que facilitará la comunicación y el desarrollo regional. Ante los hechos
consumados se propuso un rescate arqueológico con el fin de recuperar la mayor
cantidad posible de información de este nuevo sitio hasta entonces desconocido
para la arqueología.
La diversidad arqueológica
A pesar de las afectaciones tan graves, ciertas áreas del dique resaltaban por la
cantidad y diversidad de material arqueológico expuesto entre la arena removida.
Por todos lados eran visibles toneladas de tiestos con una gran variedad de tipos
cerámicos, formas, tamaños, decoración, temporalidad y origen. Había cerámica
local, de la sierra de Soteapan y de los Tuxtlas; había restos de vasijas mayas,
teotihuacanas, totonacas y de la cultura Remojadas. Encontramos tipos
cerámicos del preclásico tardío, de todo el periodo clásico y del postclásico
temprano. Aunque buscamos tiestos de los periodos de la Conquista y de la
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Colonia no fue posible encontrarlos pues, como comentamos líneas atrás, los
primeros 4 metros de suelo ya habían desaparecido.
A la riqueza cerámica se sumaba la diversidad de materiales arqueológicos. Entre
la arena removida había toneladas de conchas marinas, de almeja y de ostión;
huesos de grandes pescados y de manatí; miles de contrapesos de redes de
pescar; grandes cantidades de chapopote arqueológico; figurillas de barro; restos
de molienda; artefactos de obsidiana y lascas de piedra verde, probablemente
serpentinita.
En suma, nos encontrábamos ante lo que probablemente fue un floreciente y
activo puerto costero que funcionó durante varios cientos de años. La primera
hipótesis en que pensamos fue que este puerto debió funcionar como un centro
de enlace entre la gran Ciudad Estado de Teotihuacan y el imperio maya. Pero
varias preguntas nos inquietaban. ¿A que cultura pertenecieron sus habitantes?
¿Fue una comunidad multiétnica? ¿Tuvo una ocupación continua desde al
preclásico tardío hasta el postclásico temprano (entre el 200 a.C. y el 1,200 d.C.),
o fue ocupada por periodos intermitentes? ¿Fue el principal puerto costero de
esta zona del Golfo o hubo otros más que sirvieran como escalas en el comercio
prehispánico entre la Península y el Altiplano?
Aunque las expectativas de una investigación arqueológica eran altas, surgían
muchas dudas ¿Qué tanto del sitio aún se encontraba sin alterar?
¿Encontraríamos elementos in situ? ¿Lograríamos completar alguna columna
estratigráfica que nos permitiera un fechamiento arqueológico completo del sitio?
La opinión de varios ingenieros y personas originarias de Allende también
generaba incertidumbre, pues afirmaban que la parte donde se construía el dique
fue rellenada años atrás con material procedente del dragado del río. Todas esas
dudas sólo serían contestadas total o parcialmente a través de excavaciones
arqueológicas controladas.
Para complicar la situación, la imaginación popular desbordada hacía correr la
versión de que se habían encontrado 500 monedas de oro y se rumoraba que a la
orilla del médano un maquinista había encontrado un fabuloso tesoro. Finalmente
estos cuentos fantásticos sólo fueron sueños de opio, de esos que parodiaba
Chava Flores en sus canciones.
La investigación
Luego de firmado el convenio respectivo con el INAH, los ingenieros Rubén
Sánchez Campodónico y Javier Pérez Antares proporcionaron todos los recursos
y apoyos para que un equipo de arqueólogos iniciara las excavaciones en algunas
áreas del dique seco. Los trabajos en campo iniciaron el 22 de octubre de 2007.
La prioridad fue ubicar áreas donde aún hubiera material arqueológico in situ y
determinar la extensión del material de dragado depositado en la zona.
Afortunadamente ambas metas se lograron. A pesar de faltar los primeros 4
metros de suelo, localizamos 4 áreas con material arqueológico no removido que
abarcaba cerca de un 30 % del dique y cuya profundidad restante variaba entre
uno y tres metros. También se logró definir que por lo menos una franja de 50
metros, cercana a la actual orilla del río, forma parte de un relleno antiguo
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depositado por la draga. En esa capa, claramente distinta del resto de las capas
geológicas del sitio, abunda tanto el material arqueológico como contemporáneo.
Luego de realizar algunos sondeos en esta zona preferimos concentrarnos en las
áreas con material in situ.
Los pozos se fueron excavando de manera sistemática a fin de ir liberando
determinadas zonas necesarias para que la maquinaria pudiera ir avanzando en
la construcción del dique. En tres zonas (A, C y D) se hicieron pozos de sondeo
de 2 por 2 metros, los cuales se podían ampliar de acuerdo a los elementos y al
contexto encontrado. Las excavaciones se hicieron por niveles de 10 centímetros
hasta encontrar las capas arqueológicamente estériles. En la última sección (E),
cercana al médano que circunda la obra, hicimos excavaciones extensivas, en
virtud de la cantidad de elementos que encontramos.
Debido a las lluvias intensas de la temporada y a la alta humedad del lugar, en
principio fue difícil definir las capas estratigráficas, por lo que sólo llevamos el
control por niveles. La mayor parte de los pozos se hicieron sobre distintas capas
de arena de diferente compactación y color, a veces revuelta con arcilla y a veces
pura, mismas que sólo pudieron definirse hasta que la humedad descendió. Un
zona bien delimitada correspondió a una laguna de manglar, cuyo fondo estaba
formado por una capa de arcilla chiclosa oscura, cuya área central careció de
materiales arqueológicos. Cuando los pozos rebasaban una profundidad de 1.20
m se hacían ampliaciones a los lados para evitar derrumbes. No obstante,
normalmente las lluvias nocturnas colapsaban las paredes de los pozos,
viéndonos obligados a perder varias horas para limpiar la excavación al día
siguiente.
Aunque los trabajos los iniciamos con un equipo de dos arqueólogos, nos vimos
precisados a aumentar hasta llegar a nueve. Estuvieron brevemente, por
cuestiones de trabajo, los arqueólogos Lourdes Hernández, José Luis Reyes y
Adrián Salinas. El equipo que realizó la mayoría de excavaciones fue formado por
Rodolfo Parra, Paulina Arellano, Alfredo Santana, Anaí López, Andrés López de
Nava, Luz del Carmen Gutiérrez, Saraí Barreiro, Ananta Mazadiego y Alfredo
Delgado. Cabe mencionar que en todo momento recibimos el apoyo de los
ingenieros Luis Javier González, Sergio Ramírez y José Martínez, de COTUCO y
CTC, para desarrollar este rescate arqueológico.
Resultados preliminares
El 22 de diciembre de 2007 concluyeron las excavaciones en el Dique Seco. Se
realizaron varias decenas de pozos y se obtuvieron varias toneladas de tepalcates
que esperan su análisis. Hay decenas de figurillas zoomorfas y antropomorfas,
algunas completas y otras rotas. También se encontraron varias vasijas
completas y semicompletas que esperan ser restauradas. Tenemos una amplia
muestra de carbón y materia orgánica para fechamiento por carbono 14. También
contamos con muestras para análisis químicos, de polen y flotación. Hay huesos
de diferentes animales y restos vegetales aún por identificar. Tenemos también
una amplia muestra de artefactos líticos y excavamos una serie de elementos
sumamente interesantes. Para desencanto de muchos, no encontramos una sola
moneda de oro, y sólo hubo algunos tiestos coloniales en superficie.
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A reserva de los resultados del análisis, las excavaciones parecen confirmar que
se trata de un activo puerto costero que funcionó ininterrumpidamente durante
unos 1,400 años, por lo menos, ya que carecemos de datos correspondientes al
periodo que va del 1,200 d.C. a la Conquista, por haber sido removidos los
primeros cuatro metros de superficie. La pérdida de la información sobre los
últimos tres siglos del sitio es irreversible, pues además el lugar mostraba
alteraciones anteriores a la construcción del dique seco, ya que en ese lugar se
asentó hace algunas décadas un caserío y luego se construyeron algunas
instalaciones industriales que implicaron rebajar partes altas y rellenar
hondonadas.
Planteamos una ocupación ininterrumpida del sitio por ser evidentes procesos de
largo plazo presentes en todos los niveles excavados, pero será el análisis
cerámico el que confirme o deseche esta hipótesis. Nos inquieta particularmente
que en los niveles más profundos aparezcan revueltos tiestos del formativo tardío,
algunos típicamente olmecas, y del clásico temprano o medio. Eso podría implicar
simplemente que hubo periodos de intensas lluvias y vientos que revolvieron
estas capas, pero también podría suceder que estemos ante un periodo de
transición de los últimos olmecas que se están transformando en otro tipo de
sociedad. Si es correcta la posición de algunos lingüistas, que postulan que los
grupos zoque, mixe y popolucas descienden de los olmecas (Morales, 1971),
entonces posiblemente estaríamos documentando esa transformación. De ser así,
quizá estaríamos en posición de definir arqueológicamente a los popolucas, el
grupo indígena más representativo de la región, de cuyo pasado prehispánico
ignoramos todo.
Pescadores de agua dulce y alta mar
Del material recuperado destacan los cientos de contrapesos para redes
encontrados en superficie y en las excavaciones, que cumplieron la función de las
actuales plomadas de pesca. Los hay de piedra y barro, de varios tamaños y
formas. Los de piedra normalmente son ovalados, planos, muesqueados por
ambos lados de la parte media, formando una especie de 8 y su tamaño varía
entre 3 y 15 cm. Por su forma plana debieron servir para ser redes de arrastre, y
su variedad de tamaños necesariamente implica diversos tipos de redes, desde
atarrayas a redes de pesca en mar abierto.
Otro tipo de contrapesos fue manufacturado en barro cocido y tienen la forma de
un octaedro con aristas redondeadas. Llevan dos acanaladuras que los circundan
a lo largo y a lo ancho. Su tamaño varía entre los 5 y los 10 cm. Por su forma
debieron servir para sumergirse verticalmente, por lo que planteamos su uso en la
pesca de jaiba y camarón. Un tercer tipo de estos artefactos también está
elaborado en barro; se trata de unas pequeñas semiesferas de 2 a 3 cm con una
acanaladura en la parte central. Estos pequeños objetos parecen haber servido
como plomadas de atarrayas.
En algunos de los pozos fue frecuente encontrar conchas de ostión, almeja y
distintas conchas de mar. Hay también huesos de grandes peces, restos de
concha de tortuga y costillas de manatí, lo que implica una explotación intensa y
efectiva de los recursos fluviales, lacustres y marinos.
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También encontramos una buena cantidad de malacates, lo que implicaría que en
el sitio mismo se elaboraba hilo de algodón, pero ignoramos si era utilizado en la
confección de redes o en lienzos para ropa, aunque es probable que el hilo
tuviera ambas funciones. Al estar rodeado por pantanos, médanos y áreas
inundables, lo más seguro es que los habitantes de este puerto hayan obtenido el
algodón de las comunidades circunvecinas.
Los primeros petroleros
Del material revisado hasta ahora destaca el hecho de que en todos los niveles se
encontraron vasijas y tepalcates conteniendo chapopote, el cual fue preparado en
diferentes formas, a veces puro, a veces revuelto con materia orgánica y otras
veces mezclado con arena. Es decir, la explotación de yacimientos de chapopote
y su intercambio en este puerto se dio de manera ininterrumpida por un largo
periodo de tiempo, de unos 1,400 años. Falta determinar si fueron una o varias las
fuentes de esta materia prima, así como los lugares con los cuales se comerciaba
y los usos a los que se destinaba (Wendt, 2007).
Al menos localmente pudimos encontrar dos usos importantes. Varias vasijas
fueron restauradas y pegadas desde tiempos prehispánicos usando chapopote
como pegamento, pero quizá lo más espectacular fue la confirmación de que el
chapopote se usaba para calafatear o impermeabilizar los cayucos o canoas. Este
uso está documentado etnográficamente, pues en la actualidad todavía se usa el
chapopote para tapar desperfectos y darle mayor duración a las lanchas y canoas
de madera, por lo que se había supuesto el mismo uso en tiempos prehispánicos
(Wendt, 2007). Para sorpresa nuestra, en uno de los pozos empezaron a surgir
dos líneas paralelas de chapopote que al ser excavadas formaban una especie de
canal de unos 75 cm de ancho. En un principio pensamos que se trataba de un
acueducto revestido de chapopote, pero al limpiar uno de los extremos nos dimos
cuenta de que era el molde de un cayuco de 5.10 m de largo. Con el paso del
tiempo la madera desapareció, pero la impronta formada por el chapopote que se
usó para impermeabilizarlo aún se conservaba. Al ampliar la excavación
encontramos la impronta en chapopote de otro cayuco, aún más grande, pues
rebasaba los 7 m de longitud. Sobre uno de los cayucos había un depósito de
tepalcates fechable en el clásico medio, lo cual implica que los cayucos eran
contemporáneos o anteriores y tienen una antigüedad de al menos mil quinientos
años.
Este hallazgo nos planteó una situación inédita. Es la primera vez que en la costa
del Golfo se encuentra este tipo de elementos arqueológicos y no sabíamos cómo
levantarlos sin dañarlos. Sacarlos completos era imposible, pues estaban sobre
arena y no podíamos levantar los cayucos en un solo bloque sin riesgo de que se
desintegraran. Con la asesoría de varios especialistas y con el apoyo de la
restauradora Gabriela Vargas optamos por cubrir los cayucos con vendas
enyesadas y seccionarlos para sacarlos por partes. Cada bloque fue numerado,
embalado y protegido con hule espuma para ser guardado en cajas de madera. El
corte de cada sección fue difícil, pues no teníamos herramientas lo
suficientemente finas para cortar y dañar lo menos posible. La mejor solución,
propuesta por uno de los trabajadores de Allende, fue cortar mediante presión y
fricción con un chicote de freno de bicicleta. Armar y pegar los fragmentos de
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ambos cayucos otra vez será otro trabajo arduo y difícil, pero esperamos que se
haga y que ambos cayucos se logren exhibir en algún museo.
En las excavaciones encontramos mucha tierra quemada y algunas áreas donde
se preparaba el chapopote. Uno de los elementos excavados es un piso quemado
de entre 10 y 30 cm de espesor que muestra entre sus escombros placas de
chapopote vertido accidentalmente, fragmentos de ollas con restos de chapopote
y gran cantidad de carbón, restos de palma y carrizo carbonizados y tepalcates
sobre cocidos. La temperatura en algunas partes alcanzó tales niveles que incluso
una navaja de obsidiana se dobló y parte de la arena se derritió, alcanzando cierto
vidriado que adquirió un tono verdoso. Ese mismo vidriado lo encontramos en
otros pozos. En un principio lo atribuimos a los procesos industriales que se
desarrollaron recientemente en la zona, pero al encontrarlo in situ en varios pozos
nos plantea otro problema, pues implica que la cocción de chapopote o de otras
materias primas alcanzó entre 1,000 y 1,200 grados centígrados, algo que parece
muy difícil de lograr en hornos a cielo abierto. Además, se supone que la cocción
de la cerámica prehispánica difícilmente rebasaba los 700 grados de temperatura.
Lo cierto es que la evidencia de que disponemos es contundente. Falta entender
cómo es que se pudo alcanzar esos niveles de calor.
Almagre y hematita
Otras de las materias primas regionales muy usadas en el sitio fueron el almagre
y la hematita. Ambas son arcillas y minerales de un color rojo intenso que
sirvieron para pintar. Fueron muy usadas para decorar ciertos tipos cerámicos y
como componentes de ofrendas mortuorias. En el caso concreto del sitio que
tratamos, localizamos en muchos niveles concentraciones de ambas materias, a
veces solas, a veces contenidas en vasijas y en ocasiones formando pisos de
casas. Su presencia generalizada sugiere que no sólo tuvo un uso local, sino que
también fue objeto de comercio.
Tanto el almagre como la hematita fueron muy utilizados entre los olmecas y en
las culturas posteriores (Coe y Diehl, 1980; Ortiz y Rodríguez, 1997; Cyphers,
1995; Soustelle, 1984). Hasta ahora habíamos documentado su presencia en los
alrededores del pueblo de Almagres, municipio de Sayula, pero un recorrido por la
costa nos confirmó que el pueblo de El Colorado, en el municipio de
Coatzacoalcos, también cuenta con yacimientos de esta materia prima (de ahí su
nombre).
Comercio de larga distancia
Otra materia prima que llama la atención por su abundancia en todos los niveles
de las excavaciones es la piedra verde. Encontramos varios bloques de piedra
verde de diferentes calidades, aparentemente serpentina y, tal vez, jade. Los
bloques miden unos 20 por 15 cm y son semejantes a ladrillos. Todos ellos están
trabajados en forma rectangular. Encontramos piezas completas, fragmentos,
lascas y cortex. Sin embargo no encontramos los artefactos que se elaboraron
con estas piedras. Sólo tenemos 4 cuentas de collar con horadación bicónica,
elaboradas en este material, una muestra muy pobre para la cantidad de materia
prima localizada. Estos bloques son muy parecidos a los bloques de serpentina
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de La Venta con los que se elaboraron los mascarones de jaguar enterrados
como ofrenda en aquel sitio (Soustelle, 1984; González, 2007). Sin embargo, la
cronología de ambos sitios no corresponde, pues el sitio del Dique Seco fue más
tardío que La Venta.
Estos bloques de piedra verde procedían de las montañas de Oaxaca, aunque
falta precisar si todos son de serpentina o también hay bloques de jade, lo cual
diversificaría las fuentes de procedencia. Su análisis aún está pendiente. El
problema que se nos plantea es que parece haber una continuidad en la materia
prima y las técnicas de tallado de La Venta y el sitio estudiado. La presencia de
cortex, la parte superficial de las rocas, sugiere que aquí se preparaban los
bloques a partir de las piedras traídas desde Oaxaca. Pero la gran similitud entre
los bloques de serpentina de La Venta y los del Dique Seco abre la posibilidad de
que se estuviera expoliando y reutilizando alguna antigua ofrenda olmeca.
Respecto a la obsidiana, encontramos diferentes tipos de artefactos
manufacturados con este vidrio volcánico. Hay obsidiana negra, traslúcida, gris
veteada y verde, en consecuencia provienen de diferentes fuentes, especialmente
del Pico de Orizaba y Pachuca. Encontramos navajas, buriles, puntas de proyectil,
núcleos y lascas que esperamos analizar en breve.
Jugar y tocar
Muchas de las figurillas localizadas son silbatos y ocarinas, y abundan una
especie de flautas y trompetas elaboradas en barro cocido. La figurillas fueron
hechas tanto usando moldes como por modelado. Hay figuras que representan
varios tipos de aves y herbívoros, aunque también hay figuras humanas, varias de
las cuales representan difuntos.
También encontramos gran cantidad de tejos circulares de diferentes tamaños,
algunos hechos ex profeso y otros elaborados a partir de tepalcates. Estos tejos
se usaban para jugar las diferentes versiones del patolli, uno de los juegos
prehispánicos que aún perduran en algunas regiones indígenas de México.
Igualmente, hay una gran cantidad de fragmentos de figurillas con los miembros
articulados, y pequeños juguetes con ruedas, similares a los de la cultura
Remojadas, del centro del estado de Veracruz.
Dioses y ofrendas
No encontramos ninguna representación de alguna deidad prehispánica
reconocible. Hay algunos tiestos y figurillas que muestran el símbolo del caracol
cortado, representación abstracta de Quetzalcóatl, pero pareciera que en estos
casos sólo fue un simple motivo decorativo, no la representación intencional de la
deidad. Tampoco encontramos ofrendas masivas o evidencias de un culto
arraigado y permanente. La única ofrenda identificable como tal consistió en tres
grandes vasijas de entre 40 y 60 cm de altura por unos 50 cm de diámetro. Estas
vasijas completas estaban alineadas en un eje E-W, con una ligera desviación al
norte. Entre ellas encontramos una especie de bandeja o batea de madera de 50
cm de diámetro por 12 cm de profundidad. Todos estos elementos se sacaron en
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bloque, por lo que no sabemos si se trata de entierros o fue una ofrenda de
semillas, comida u otros objetos.
Otra posible ofrenda consistió en cuatro cajetes trípodes completos, Fueron
localizadas después de una intensa lluvia en un corte que hicieron previamente
las máquinas y una ya se había desprendido del perfil. No había huellas de
intrusión, por lo que no sabemos si fueron sepultadas como ofrenda o son parte
de algún basurero prehispánico.
Un nuevo puerto
Para terminar, podemos concluir que el sitio afectado por el Dique Seco se viene
a sumar a la serie de sitios costeros aún por estudiar. Zonas arqueológicas como
Tonalá, Loloma, El Volador, Piedra Labrada, Zapoapan, Perla del Golfo, Arrecifes
y Toro Prieto (Delgado, 2000) debieron funcionar como puertos marinos que
tuvieron una comunicación continua durante varios siglos. Tanto Tonalá como
Loloma y el sitio de Coatzacoalcos debieron cumplir la doble función de ser
puertos marinos y fluviales. Esta dinámica costera en el sur de Veracruz merece
un estudio regional que determine las redes de intercambio, los productos
comerciados, la cronología y otros aspectos esenciales.
A diferencia de los sitios mencionados, este sitio no cuenta con arquitectura. No
hay pirámides, plazas o juegos de pelota. Con seguridad tuvieron casas con
techos de palma y paredes de bajareque (barro quemado revuelto con pasto y
estructura de carrizo) ya que encontramos restos de tal material dispersos por
todo el sitio. Parece que se establecieron en barrios, pues encontramos al menos
dos partes diferenciadas con materiales arqueológicos distintos. Una parte, la más
cercana al río, parece ser el área comercial o de intercambio, mientras que las
orillas de la antigua laguna tuvieron pisos rojos de almagre, restos de talleres para
el tratamiento del chapopote, quizá talleres de cerámica, lascas de serpentina y
muchos contrapesos de redes. Por ello pensamos que allí se asentaron los
pescadores y los artesanos. En casi todos los casos es evidente el uso de los
artefactos al máximo y la reutilización de los objetos desechados, como morteros,
metates, percutores, hachas, etc.
¿Qué nombre le pondremos…?
El sitio se encuentra en el municipio de Coatzacoalcos, en la congregación de
Allende, y perteneció al ejido Gavilán de Allende, aunque hoy se encuentra en
terrenos de PEMEX. Fue conocido también como El Cocal y luego como Casco
Viejo. Dado la cantidad y diversidad de material arqueológico presente nos
planteamos si no estuvo aquí la cabecera original del antiguo señorío de
Coatzacoalco.
Supuestamente tal lugar se encontraba cerca del puente Coatzacoalcos II, en
Paso Nuevo, donde presuntamente estuvo el viejo Coatzacoalco que se
transformó en la Villa del Espíritu Santo. El arqueólogo Ramón Arellanos (2001),
de la Universidad Veracruzana, exploró y excavó esos terrenos, pero los
materiales obtenidos son pobres y no reflejan el supuesto poderío del viejo
señorío de Coatzacoalco que se opuso al avance de los conquistadores aztecas.
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Otra posibilidad es que, al inicio del postclásico, el puerto se haya movido tierra
adentro a partir del actual Dique Seco, pues durante esta época la mayoría de
sitios grandes desaparecen y se reubican en lugares altos, formando poblados
más pequeños. Esto sucede por que fue una época de grandes disturbios,
guerras y conquista. De haber sido así, es probable que el puerto se hubiera
alejado todo lo posible de la costa, río arriba.
Pero también puede ser que aquí, en donde hoy es el Dique Seco, se haya
asentado no sólo el viejo Coatzacoalco, cabecera del señorío homónimo, sino
también la Villa del Espíritu Santo. Recordemos que en 1587 se planeó mover la
Villa una legua río arriba, en tierras de la estancia de Juan de Coronado, en un
lugar alto y sano, con abundantes bastimentos, monte, agua y pastos, donde
podrían llegar las barcas cómodamente, pues el lugar del asentamiento original
era insalubre, y sus habitantes lo estaban abandonando poco a poco. No
sabemos si efectivamente el cambio se llevó a cabo, pues en el documento
consultado se pide información jurada del vicario y vecinos para proceder a la
mudanza (AGN, General de parte, III, fol. 38). Lo más probable es que el pueblo y
cabecera de la entonces alcaldía mayor de Guazacoalcos se mudara desde las
cercanías de Allende al lugar que hoy lleva el nombre de Paso Nuevo, donde la
tradición oral ubica a la antigua Villa del Espíritu Santo, a la altura del actual
Puente Coatzacoalcos II. No obstante, poco a poco el nuevo lugar también fue
abandonado y la cabecera de la alcaldía mayor pasó a Acayucan. Quizá por ello
las excavaciones del arqueólogo Arellanos aportaron pocos datos. Esto sólo
podríamos comprobarlo con una revisión exhaustiva de documentos en el Archivo
General de la Nación y el Archivo de Indias de Sevilla.
¿Cómo nombramos, entonces, al sitio? Dique Seco es un nombre temporal, pues
el dique es una instalación que desaparecerá una vez cumplido su cometido. En
sentido estricto, el sitio tampoco está en Allende, pues aunque está en tierras de
esta congregación no pertenece a su núcleo poblacional. Tampoco son terrenos
ejidales, al haber sido comprados o expropiados por PEMEX al ejido Gavilán de
Allende. Casco Viejo y El Cocal también fueron nombres temporales que
desaparecieron al ser reubicado el caserío que allí se encontraba y al derribarse
las palmeras de coco que poblaban su espacio. Aunque está en el municipio de
Coatzacoalcos, tal nombre, como lugar, corresponde a la actual ciudad. De
hecho, con la construcción del dique el sitio arqueológico prácticamente
desapareció y sólo conservamos las evidencias de su riqueza y profundidad
temporal.
Pero, ¿y si aquí estuvo el Coatzacoalco original, la cabecera del aguerrido señorío
que combatió la expansión tenochca? ¿Y si aquí se fundó inicialmente la Villa del
Espíritu Santo, aquella que poblara el conquistador Gonzalo de Sandoval con la
“flor de los caballeros” españoles y de cuyo cabildo formara parte el soldado
cronista Bernal Díaz del Castillo? Este sería entonces el viejo poblado de
Coatzacoalco, el del cacique Tochintecuhtli, el pueblo antiguo y original (Díaz del
Castillo, 1980). Creo que si comprobamos que así fue, aunque el sitio
arqueológico ya no exista, una vez concluido el dique, el lugar merecería una
placa al menos y, ¿por qué no?, un museo de sitio donde se exhiban dignamente
los materiales arqueológicos recuperados.
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Fuentes citadas
Archivo General de la Nación, Ramo General de Parte.
Arellanos, Ramón, y Lourdes Beauregard
2001 La Villa del Espíritu Santo y sus materiales culturales. Ediciones
Cultura de Veracruz, Xalapa, Ver.
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1980 In the Land of The Olmec. Archaeology of San Lorenzo
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1995 Descifrando los misterios de la cultura olmeca. Una exposición
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San Lorenzo Tenochtitlan 1990-1994. IIA-UNAM, México.
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1980 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
Porrúa, "Sepan cuantos..." No. 5, México.
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2007 “El Complejo A. La Venta, Tabasco”. En Arqueología Mexicana no.
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Morales Fernández, Jesús
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Soustelle, Jacques.
1984 Los Olmecas. FCE, México.
Wendt, Carl J.
2007 “Los olmecas, los primeros petroleros”. En Arqueología Mexicana
No. 87. INAH, México.
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