Ibn Arabi - Tratado de La Unidad (2001) PDF
Ibn Arabi - Tratado de La Unidad (2001) PDF
Tratado de la Unidad
(risalatul hadiyah)
Muhyi-d-din Ibn 'Arabî
TRATADO DE LA UNIDAD
(risalatul ahadiyah)
Traducción de Roberto Pla según la edición francesa aparecida en la revista
"Être", primer trimestre de 1977, traducida del árabe por Abdul-Hadi.
Málaga, Ed. Sirio, 1987.
¡Gloria a Allâh, ante cuya Unidad no hay nada anterior, si no es Él, que es el Primero!
¡Gloria a Allâh, después de cuya Singularidad no hay un después, si no es Él, que es el
Siguiente!
Con relación a Él no hay antes, ni después; ni alto ni bajo; ni cerca, ni lejos, ni cómo,
ni qué, ni donde, ni estado, ni sucesión de instantes, ni tiempo, ni espacio, ni ser. Él
es tal como es. Él es el Único sin necesidad de la Unidad. Él es lo singular sin
necesidad de la Singularidad.
Es necesario comprender este Misterio para no caer en el error de los que creen en las
encarnaciones de la divinidad. Él no está en ninguna cosa y ninguna cosa está en Él.
Es preciso conocerle pero no por la ciencia, la inteligencia, la imaginación, la
sagacidad, los sentidos, la visión exterior, la visión interior, la comprensión o el
razonamiento.
Nadie, salvo Él mismo, puede verle. Nadie, salvo Él mismo, puede asirle. Nadie, salvo
Él mismo, puede conocerle. Nadie distinto de Él puede ocultarle. Él se ve y se conoce
a Sí mismo. Su velo impenetrable es su propia Unidad. Él mismo es su propio velo. Su
velo es su propia existencia. Su Unicidad le vela de forma inexplicable.
Nadie le ha visto, le ve, o podrá verle jamás. Ningún profeta enviado ni ningún santo
perfecto o ángel se le aproxima. Su Profeta es Él. Su mensajero es Él. Su mensaje es
Él. Su Palabra es Él. Él ha mandado su Ipseidad con Él mismo, de Él mismo y hacia Él
mismo, sin ningún intermediario o causalidad exterior a Él mismo. Ninguna diferencia
de tiempo, espacio o naturaleza hay entre El que envía el mensaje, el mensaje y el
destinatario del mensaje.
Su existencia está únicamente en los textos de la profecía. Sin embargo, sólo Él existe
y no puede dejar de existir puesto que jamás vino a la existencia. Por eso ha dicho el
Profeta: "Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor". También ha dicho: "Yo
conozco a mi Señor, por mi Señor". El Profeta de Allâh ha querido hacerte comprender
que tú no eres tú, sino Él: Él y no tú; que Él no cabe en ti y tú no cabes en Él; que Él
no sale de ti y tú no sales de Él.
Lo que quiero decir es que tú no eres, o posees tal o cual cualidad, que no existes y
que no existirás jamás, ni por ti mismo, ni por Él, en Él o con Él. Tu no puedes cesar
de ser, porque no eres. Tú eres Él y Él es tú, sin ninguna dependencia o casualidad. Si
alcanzas a reconocer en tu existencia esta cualidad de la nada, entonces conoces a
Allâh, En otro caso, no.
La mayor parte de los iniciados dicen que la Gnosis, o Conocimiento de Allâh, viene a
continuación de la extinción (fanâ) de la existencia y de la extinción de esta extinción
(fanâ el-fanâ'i). Pero esta opinión es falsa, pues parte de un error manifiesto. La
Gnosis no exige la extinción de la existencia y la extinción de esta extinción,
sencillamente porque las cosas no tienen ninguna existencia y lo que no existe no
puede dejar de existir. Decir que una cosa ha dejado de existir, que no existe ya,
equivale a afirmar que ha existido, Pero si conoces el ti-mismo, es decir, si puedes
concebir que no existes y que, por tanto, no puedes extinguirte jamás, entonces
conoces a Allâh. En otro caso, no.
Aquel que ve una cosa con Allâh, de Allâh o en Allâh, haciéndola independiente de
Allâh, por su propio Señorío, convierte esta cosa en pareja de Allâh, independiente de
Él, por el Señorío. Aquel que pretende que una cosa pueda existir con Allâh -poco
importa que esta cosa exista por ella misma o por Él- y que ella misma extingue su
existencia, o la extinción de su existencia -un hombre tal, digo yo-, está lejos de tener
la menor percepción de conocimiento de sí mismo. Porque aquel que pretende que
algo distinto de Él puede existir -poco importa que sea por sí mismo, o por Él o en Él-,
que puede desaparecer y extinguirse, que puede extinguirse la extinción también,
etc., etc., tal hombre entra en un círculo vicioso. Todo esto es idolatría y nada tiene
que ver con la Gnosis. Tal hombre es idólatra y no conoce nada de Allâh, ni de sí
mismo.
Con esto el Profeta ha querido decir: "Hazme conocer lo que no eres Tú, a fin de que
sepa yo, a fin de que conozca yo, la verdad sobre las cosas, si ellas son Tú, o distintas
de Ti. ¿Carecen ellas de comienzo y de fin, o bien han sido creadas y han de
desaparecer?". Entonces Allâh le permitió ver que todo lo que no es Él, incluyendo el
"sí-mismo" del hombre, no tiene ninguna existencia. Y vio las cosas tal como son:
quiero decir que vio que las cosas son la "quididad" de Allâh fuera del tiempo, del
espacio y de todo atributo.
El término "las cosas" puede aplicarse al alma, o no importa a qué otra cosa. La
existencia del alma y de las cosas se identifican ambas en la idea general de "cosa",
por lo que quien conoce su alma, su sí-mismo, conoce al Señor. Aquello que tú crees
ser distinto de Allâh, no es sino Allâh, pero tú no lo sabes. Tú Le ves y no sabes que
Le ves. Desde el momento en que este misterio haya sido desvelado a tus ojos --que
no eres distinto de Allâh-- sabrás cuál es el fin de ti mismo, que no tiene necesidad de
anonadarte, que jamás has dejado de ser y que no dejarás jamás de existir..., jamás,
como ya lo hemos explicado.
Todos los atributos de Allâh son tus atributos. Verás que tu exterior es el Suyo, que tu
interior es el Suyo, que tu comienzo es el Suyo y que tu fin es el Suyo. Y eso,
incontestablemente, sin duda alguna. Verás que tus cualidades son las Suyas y que tu
naturaleza íntima es la suya. Y eso sin que te conviertas en Él, o que Él se convierta
en ti, sin transformación, sin disminución o aumento alguno.
"Todo muerto salva Su Faz", en el exterior y en el interior. Esto quiere decir que no
existe nada distinto de Él, que algo distinto de Él no tiene existencia. Por eso lo que
parece distinto de Él será necesariamente perdido, pues lo que queda es Su Faz.
Dicho de otra manera: Nada hay permanente salvo Su faz.
Hemos dicho más arriba que la Unicidad y la Singularidad son los únicos velos de
Allâh. Por eso está permitido al "Wâçil", esto es, al que ha alcanzado la Realidad,
decir: "Gloria a mi, pues mi excelsitud es grande". Tal "Wâçil" no ha llegado a un
grado tan sublime antes de haber visto que sus atributos son los atributos de Allâh, y
que su ser íntimo es el ser íntimo de Allâh, sin ninguna transformación de atributos o
transustanciación del ser íntimo; sin ninguna entrada en Allâh, o salida de Él. Tal
"Wâçil" ve que no se apaga en Allâh, que no persiste con Allâh, que su alma, es decir,
su "proprium", no existe del todo, como había existido hasta entonces, pues al
apagarse no queda alma, ni existencia salvo la Suya.
El Profeta ha dicho: "No insultéis al Siglo, porque es Allâh". Con estas palabras ha
querido decir que la existencia del Siglo es la existencia de Allâh --¡que Él sea
glorificado y magnificado!--. Él es demasiado elevado para tener un compañero, un
semejante o un equivalente cualquiera. El Profeta dijo, según una tradición: "Allâh
dice: Servidor mío: He estado enfermo y no me has visitado. He tenido hambre y no
me has dado de comer. Te he pedido limosna y me la has negado". Con esto ha
querido decir que Él era el enfermo y el mendicante. Y si el enfermo y el mendicante
pueden ser Él, también tú y todas las cosas de la creación, accidentales o
sustanciales, pueden ser Él. Cuando se descubre el enigma de un sólo átomo, se
puede ver el misterio de toda la creación, tanto interior como exterior.
Verás que no es que Allâh haya creado todas las cosas, sino que tanto en el mundo
invisible como en el visible no hay más que Él, porque en ninguno de los dos mundos
hay un sólo punto de existencia propia. Verás que Él no es solamente Su Nombre,
sino que Él es el nombre y lo que se nombra, así como la existencia de ambos. Verás
que no es que Él haya creado todas las cosas de una sola vez, sino que "Él es el
Creador Sublime y de todos los días", por la expansión y ocultación de Su existencia y
de Sus atributos. Más allá de toda condición inteligible.
En realidad, lo distinto de Él no existe. "Tal como era", eternamente, "todos los días
en el estado de Creador Sublime". No hay ninguna cosa con Él y ningún día de
creación, como no hay en la preexistencia ninguna cosa, ni ningún día, porque la
existencia de las cosas, o su nada, es todo uno. Si no fuera así, Él habría necesitado la
creación de alguna cosa nueva que no estuviera comprendida en su Unicidad, lo cual
sería absurdo. Su título de Único le hace demasiado glorioso para que una suposición
semejante fuera verdadera.
Cuando puedes ver tu "proprium", así cualificado, sin combinar la Existencia Suprema
con un Adversario, compañero, equivalente o asociado cualquiera, entonces le
conoces tal como es, es decir, le conoces realmente. Por eso el Profeta ha dicho:
"Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor". No ha dicho: "Quien extingue su sí-
mismo, su "proprium", conoce a su Señor", porque Él "sabe" y "vive" que ninguna
cosa es distinta de Él y por eso dice a continuación que el conocimiento de sí-mismo
es la Gnosis, o sea, el Conocimiento de Allâh. Has de conocer lo que es tu "proprium",
es decir, tu existencia; has de conocer que en el fondo tú no eres tú, pero tú no lo
sabes.
Si alguno pregunta: "¿Cómo se opera la Unión, puesto que afirmas que sólo Él es?
Una cosa que es única no puede unirse más que con ella misma". La respuesta es: En
realidad, no hay unión ni separación, como no hay alejamiento ni aproximación. Se
puede hablar de unión entre dos o más y no cuando se trata de una cosa única. La
idea de unión o de llegada comporta necesariamente la existencia de dos cosas al
menos, análogas o no. Si son análogas, son semejantes. Si no son análogas, forman
oposición. Pero Allâh --¡que Él sea exaltado!-- está exento de toda semejanza, así
como de todo rival, contraste u oposición. Lo que se llama ordinariamente "unión",
proximidad o alejamiento, no son tales cosas en el sentido propio de la palabra. Hay
unión sin unificación, aproximación sin proximidad y alejamiento sin idea alguna de
distancia.
Muchos de los iniciados que creen conocer su "proprium", así como a Su Señor y que
se imaginan escapar así de las ataduras de la existencia, dicen que "la Vía" no es
practicable o visible más que por medio de la "extinción de la existencia" y por la
"extinción de esta extinción". Dogmatizan así porque no han comprendido la palabra
del Profeta -¡"Que Allâh esté sobre Él y le salve!-. Como han querido evitar la idolatría
que resulta de la contradicción, han hablado de la "extinción" de la existencia y
también de la "extinción de esta extinción" y también de la "destrucción" y de la
"desaparición". Pero estas explicaciones caen en la idolatría pura y simple, porque
cualquiera que piense que existe algo distinto de Él y que aquello puede apagarse a
continuación, o cualquiera que hable de la "extinción de la extinción" de aquella cosa,
tal hombre, decimos nosotros, es culpable de idolatría por su afirmación de la
existencia presente o pasada de algo distinto de Él. Que Allâh -¡que Su Nombre sea
enaltecido!-, les conduzca, y también a nosotros, por el verdadero camino.
Tú abrigas ese propósito, ves sus actos y tu mirada busca un hombre distinto de
Allâh, puesto que tú te ves a ti mismo distinto de Allâh. Mas eso proviene de que no
posees el conocimiento de tu "proprium". Pero si "el creyente es el espejo del
creyente", entonces ese hombre es Él mismo por su sustancia, o por su ojo, es decir,
por su mirada. Su sustancia, o su ojo, es la sustancia, o el ojo de Allâh; su mirada es
la mirada de Allâh sin especificación ninguna. Ese hombre no es Él según tu visión, tu
ciencia, tu opinión, tu fantasía o tu sueño, sino según Su visión, Su ciencia y Su
sueño. Si dice: "Yo soy Allâh", escúchale con atención porque no es Él, sino Allâh
mismo quien por su boca pronuncia esas palabras: "Yo soy Allâh". Es evidente que no
has alcanzado el mismo grado de despertar espiritual que Él. De otro modo,
comprenderías su palabra, dirías lo que él y verías lo que él ve.
Resumamos: La existencia de las cosas es Su existencia sin que las cosas sean. No te
dejes engañar por la sutilidad o la ambigüedad de las palabras, de forma que
imagines que Allâh ha sido creado. Cierto iniciado ha dicho: "El sufí es eterno", mas él
ha hablado así después de que todos los Misterios le fueran revelados y todas las
dudas o supersticiones dispersadas. Entretanto, este inconmensurable pensamiento
sólo puede convenir a aquel cuya alma se ha convertido en más vasta que los dos
mundos. En cuanto a aquel cuya alma aún no ha alcanzado tal grandeza, este
pensamiento no es adecuado. Porque en verdad, este pensamiento es más grande
que el mundo sensible y el suprasensible, tomados los dos conjuntamente.
En fin, sabe que "el que ve" y "el que es visto"; "el que da la existencia" y "el que
existe"; "el que conoce" y "el que es conocido"; "el que crea" y "el que es creado"; "el
que comprende" y "el que es comprendido", son todos lo mismo. Él ve Su existencia
por Su existencia, la conoce por ella misma y la obtiene por ella misma, sin ninguna
especificación fuera de las condiciones o normas ordinarias de la comprensión, de la
visión o del saber. Como Su existencia está incondicionada, Su visión de Sí-mismo, Su
inteligencia de Sí-mismo y su ciencia de Sí-mismo están igualmente no condicionadas.
Si alguno objeta: "Allâh -¡que Él sea bendito y santo!- ha dicho: las miradas no
pueden alcanzarle, pero Él alcanza las miradas. Tú dices lo contrario, ¿dónde está
entonces la verdad?". La repuesta es: Todo lo que hemos dicho está conforme con la
palabra divina: las palabras no pueden alcanzarle, es decir, nadie, ni las palabras de
nadie, pueden alcanzarle. Si dices que hay en lo que existe alguien distinto de Él,
debes convenir que ese alguien distinto de Él puede alcanzarle. Pero en estas Sus
palabras árabes: "las miradas no pueden alcanzarle", advierte Allâh al creyente que
no hay nada distinto de Él. Quiero decir que alguien distinto de Él no puede
alcanzarle, porque quien le alcanza es Él, Allâh, Él y ningún otro. Sólo Él alcanza y
comprende Su verdadera "naturaleza íntima", no otro. Las miradas no le alcanzan
porque son estrictamente Su existencia.
A propósito del que dice que las miradas no pueden alcanzarle porque son creadas y
lo creado no puede alcanzar lo increado o eterno, nosotros decimos que quien tal dice
no conoce aún su "proprium". No hay nada, absolutamente nada; ni miradas ni
ninguna otra cosa, que exista fuera de Él, sino que Él comprende Su propia existencia
sin que esta comprensión exista en manera alguna.
¡Que Allâh prepare a los que ama y los acoja con palabras, actos, ciencia, inteligencia,
luz y verdadera dirección!
¡Que Él esté sobre la mejor de sus criaturas, sobre el Profeta y sobre todos los
miembros de su familia!
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Según afirma Roberto Plá, traductor y comentarista del 'Tratado de la Unidad' de Ibn
Arabi en la edición de Sirio (2002), este libro es un testimonio particularmente
significativo del pensamiento sufí. Su autor, el murciano Muhiyuddin Ibn El-Arabi
(1164-1240) utiliza un hadiz o dicho célebre del Profeta Muhámmad como hilo conductor
de su obra: 'Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor'.
Tras invocar en nombre de Alá, al que implora su ayuda, Ibn Arabi comienza el 'Tratado
de la Unidad' explicando que sólo existe la Unidad. Señala que Él es el primero y el
último, su Singularidad hace que no haya un después y, por consiguiente, lo convierte en
el único Siguiente. De esta forma, la Unicidad y Singularidad de Él describen la eternidad
y soledad absolutas propias de la Unidad. Dicha Unidad representa la culminación del
proceso espiritual de los sufíes, el momento en que se llega al Conocimiento, también
llamado Gnosis, donde se tiene conciencia de que el sí-mismo es Él.
Para luchar contra los errados que consideran posible la encarnación de la divinidad, el
autor señala que Él no está en ninguna cosa y que ninguna cosa está en él. Para llegar a
conocerle no nos servirán las herramientas en que el hombre suele confiar: ciencia,
inteligencia, sagacidad o las habilidades de los sentidos. Para comprenderle, sólo lo
podremos hacer por medio de la intuición. Será la 'Luz de lo Real', como dijo Ghazali, lo
que permitirá a nuestras almas alcanzar la Unidad. De esta forma, el conocimiento de Él
es, en cierta manera, un privilegio exclusivo de Él.
Como narra el autor en un poema, 'Él se ve y se conoce a sí mismo', utiliza un velo que
es su propia existencia de tal manera que resulta inexplicable para el hombre.
Igualmente imposible es la comprensión de la Unidad desde la dualidad. Debido a que la
Unidad está fuera de los límites de la mente, a ésta última le resulta imposible alcanzar a
la primera. Sólo en el momento en que la mente cesa, aparece la Unidad. Esta misma
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Para llegar a esta reflexión, es necesario un reconocimiento de lo que no es. Hay que
realizar una búsqueda larga y prolongada, la cual constituye en realidad la única vía
hacia el conocimiento verdadero. En ella hay que renunciar a lo superfluo, despojarnos
de los atributos hasta ser capaz de llegar al sí-mismo puro y desnudo a la vez. Entonces,
reconoceremos en la existencia propia la cualidad de la nada. En este momento, en el
que nos conocemos a nosotros mismos, podemos concebir nuestra no existencia y, por
tanto, no podremos extinguirnos jamás. En ese preciso instante, conoceremos a Alá.
Según señala Roberto Pla, comentarista del libro de Ibn Arabi, esta extinción o
apagamiento interior ('fanâ'), constituye uno de los principios básicos del sufismo, ya que
gracias a la extinción de la existencia se es capaz de llegar al Conocimiento Supremo o
Gnosis. No obstante, Ibn Arabi supera esta afirmación diciendo que la extinción no es
posible, ya que no se puede extinguir lo que no existe. Según sostiene, quien piensa
desde una postura dualista considera imprescindible la extinción de su existencia. Pero,
si esta existencia no existe realmente, no hay porqué hablar de la extinción de la misma.
De esta forma, queda claro que el mismo propósito de la extinción es en sí mismo
dualidad. Si embargo, en el momento en que alguien es capaz de concebir que no
existe, ahí aparece la Gnosis, la Unidad.
Ibn Arabi va incluso más allá en sus palabras y califica de idólatra la atribución de la
Gnosis a la extinción y a la extinción de la extinción. En este punto de la narración, el
comentarista incluye una interesante explicación de las distintas etapas por las que pasa
un discípulo sufista buscando extinguir su existencia. En la primera de ellas ('salik'), el
viajero avanza por su espiritual sendero, donde practica el arrepentimiento. Durante este
proceso, se presiente la existencia de una realidad superior. Este presentimiento, según
los sufíes, aparece más gracias a una acción divina que a la ejecución de la voluntad.
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La existencia del individuo sigue preocupando más adelante al autor, que advierte: 'Tú
no existes ahora y tampoco existías antes de la creación del mundo'. La única existencia
es la de Alá; una eternidad sin comienzo ni fin. Triple llega a ser la eternidad de Él:
eternidad sin comienzo, eternidad sin fin y preexistencia.
El término 'las cosas', antes incluido, puede aplicarse tanto al alma como a cualquier otra
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cosa. Cuando somos capaces de ver estas cosas en su esencia, entonces sabremos
cuál es el final de nosotros mismo: que no somos distintos de Alá. De esta forma, los
atributos de Él son los nuestros. Nuestro interior, nuestro exterior, nuestro comienzo y fin
es el Suyo. No obstante, esta identificación se hace sin convertirnos en Él y sin que Él se
convierta en nosotros. Esta idea queda mejor comprendida al considerar que, si mi no
existencia es la no existencia de Él, mis atributos son también los Suyos. A este
concepto se llega mediante las tres fases antes descritas: primera, una separación del
sí-mismo de sus atributos; segunda, un reconocimiento del sí-mismo como no existente;
tercera y última, la identificación del sí-mismo con Él. A este proceso Ibn Arabi añade un
eslabón perdido. Afirma que si la 'cosa tal como es' resulta idéntica al Señor, tampoco
puede ser distinta del Señor la 'cosa como no es', esto es, sin atributos. Así, se entiende
que los atributos, aunque no existentes, son también Él. Al comprender esto, se entiende
la Realidad, que surge única.
Lo único permanente es la Faz del Señor: no existe nada distinto de Él, ello no tendría
existencia. Para llegar a conocerla, no es necesario acabar con la existencia propia, ya
que de esta manera te estás envolviendo en tu propia extinción, convirtiéndote en el velo
de Alá. Este velo es algo distinto de Alá, lo que presupone que puede vencerle y
constituye tanto un error como una mentira ya que establace la dualidad. El que ha sido
capaz de alcanzar la Realidad, y observa que la Unicidad y la Singularidad son los
únicos velos de Alá, es consciente de que su alma no existe del todo, ya que al apagarse
no queda alma ni existencia salvo la del Señor.
Para reforzar la idea de Unidad, el autor sostiene que ya que su existencia es fatal,
igualmente fatal es la no existencia de algo distinto de Él, pues la existencia de él
significa que no existe una bi-existencia que sería su semejante. La tesis que prevalece
en esta difícil sentencia es que: lo distinto de Él, en realidad, no lo es, ya que lo único
distinto de Él es Él; y que el Sí mismo es idéntico a Él.
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Otra sentencia utilizada por el autor para explicar su tesis es: 'Morid antes de morir', es
decir, 'conoceos a vosotros mismos antes de morir'. En dicha frase prevalece la idea de
que sólo tras esta muerte puede hallarse la Vida. Esto significa que hay que
desprenderse de los atributos, para ello hay dos formas: la muerte real y la muerte
figurada. Sólo cuando la mente ve los atributos como atributos y no como parte de sí
misma, estos atributos dejan de ser interesantes. Cada atributo descubierto es un
atributo que muere y, por lo tanto, una parte de nosotros mismo, aunque sea en sentido
figurado, también muere. De esta forma, el que aniquila su alama y llega a conocerse, ve
que toda su existencia es, en realidad, Su existencia. Sabe que no es necesario que sus
atributos se conviertan en los Suyos, porque ha comprendido que su propia naturaleza
íntima no es él mismo.
Al ser consciente de nuestro verdadero 'propium', se sabe que no somos distintos de Alá.
Mientras tengas una existencia independiente, serás un Señor Dios distinto de Él,
advierte Ibn Arabi. Para alcanzar la Unidad, todos los seres deben dejar de ser una
existencia independiente, han de comprender que no se es una existencia
independiente. Al llegar a conocer el 'propium' se obtiene la certidumbre absoluta de que
la existencia no es una realidad ni una 'nadidad', sino que no se es, no se fue ni se será.
El 'propium', el sí-mismo, se sitúa fuera del campo de la mente, a la cual no le
corresponde mirar al sí-mismo, sino a la inversa. Por este motivo, el hombre sólo
encuentra vacío cuando mira en su interior. De esta forma, se entiende de manera
completa la primera parte de la shahada: 'No hay Dios si éste no es el Dios'.
El orden de la creación respecto a Él puede crear un problema que Ibn Arabí resuelve
con habilidad. Él no cesa de ser Creador ni cesa de ser creado. Estos títulos no están
condicionados por la existencia de una cosa creada, ya que, antes de la creación, Él
poseía todos sus atributos. Esto se debe a que Él es el Creador y lo creado, por lo que
en la Unidad es Señor de sí mismo. Esta Unidad, como se pude suponer, no es mutable
ni en el espacio ni en el tiempo. Tampoco muestra diferencias entre la creación y la
preexistencia. Es atemporal, antes de la propia existencia la Unidad permanece idéntica
a sí misma.
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El que conoce y lo que es conocido son idénticos. Conocer y ser conocido es lo mismo.
La explicación, como no podía ser de otra manera, viene de la frase que da sentido a la
obra: 'Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor'. No hay unión ni fusión: el que
sabe es Él, y el que es sabido también es Él. Al comprender esto de manera global, se
evita una de las mayores idolatrías. Y es que la creencia de que existe algo distinto de Él
y que aquello puede llegar a apagarse o encenderse, constituye idolatría.
Como se ha señalado antes, para llegar al conocimiento, a la paz, hay que dejar de
razonar y comprender que sólo por la Luz de la intuición llegaremos a nuestra meta. Dios
ha proyectado en el corazón del hombre un rayo de su propia Luz divina, la cual seremos
capaces de ver gracias a la purificación, y que nos guiará hacia el conocimiento
absoluto. Esta intuición, señala Ibn Arabi, reside en el corazón, un corazón metafórico
que nos lleva al discernimiento, al conocimiento superior de la Gnosis. El corazón es, en
definitiva, el puente hacia Dios, el órgano donde reside el sentido espiritual.
El hecho de que algo que es distinto de Alá puede llegar a conocerle presenta una
cuestión compleja de la que se hace cargo el autor. Ibn Arabi considera que la existencia
de un hombre no es la suya, ni la del otro, sino la de Alá. Como se ha señalado antes, no
hay nada distinto de la Unidad. Tampoco existe nada por sí mismo, ya que ello
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supondría creer que se ha creado a sí mismo, que no debe su poder a Alá, y esto, como
no podría ser de otra manera, constituye un absurdo. Para comprender mejor estos
conceptos, no hay que olvidar que la existencia que conocemos es limitada, es sólo una
parcela de la Existencia absoluta. No obstante, es importante observar que el
conocimiento que posee el que conoce su 'propium' es el conocimiento que Alá posee de
Su 'propium', porque Su 'propium' no es distinto de Él. Esto se debe a que el fundamento
de la existencia es que el Dios interior y el Dios exterior son uno mismo.
En la última parte del 'Tratado de la Unidad', Ibn Arabi recuerda que la existencia de
todas las cosas es, al mismo tiempo, Su existencia. También da claves para el camino
sufí, aclarando que 'el que ve' y 'el que es visto' son todos lo mismo. Asímismo, el autor
recuerda que no dedica sus palabras a los que no tienen intención ni finalidad alguna, le
basta con recordar que el que ha llegado al grado espiritual que es necesario para
comprender sabe muy bien que nada existe fuera de Alá. No obstante, Alá se muestra
inalcanzable: las palabras, las miradas no pueden alcanzarle. El único que le alcanza es
Él, el único en comprender su 'naturaleza íntima'. Realiza el autor en su resumen una
interesante división entre los hombres, entre los que buscan conocimiento y entre los
que ni siquiera sospechan que tal conocimiento existe. A ambos, Ibn Arabi les recuerda
que nada existe fuera de Alá y que no ven más que Alá en todo cuanto ven. Para el que
ha llegado a ese conocimiento, pero aún no lo sabe, es suficiente una ligera indicación,
la intuición, para que su Luz pueda llegar a encontrar el verdadero camino.
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