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Hamlet Acto 3

El documento presenta un diálogo entre Hamlet y Ofelia en el que Hamlet muestra un comportamiento errático y despectivo hacia Ofelia. Le dice que nunca la quiso y que debería ir a un convento en lugar de casarse y tener hijos pecadores. Ofelia se muestra consternada por el cambio en Hamlet, describiéndolo como una mente noble ahora desquiciada.
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Hamlet Acto 3

El documento presenta un diálogo entre Hamlet y Ofelia en el que Hamlet muestra un comportamiento errático y despectivo hacia Ofelia. Le dice que nunca la quiso y que debería ir a un convento en lugar de casarse y tener hijos pecadores. Ofelia se muestra consternada por el cambio en Hamlet, describiéndolo como una mente noble ahora desquiciada.
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Hamlet

Ser, o no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los
tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de
calamidades, y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y
por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número,
patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos
solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande
obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del
sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto
poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad
tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la
insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los
hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y
quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios?
Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién
podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta
si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel
país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en
dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de
que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes,
así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia,
las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no
se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa
niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.
Ofelia
¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?
Hamlet
Muchas gracias. Bien.
Ofelia
Conservo en mi poder algunas expresiones vuestras, que deseo restituiros mucho
tiempo ha, y os pido que ahora las toméis.
Hamlet
No, yo nunca te di nada.
Ofelia
Bien sabéis, señor, que os digo verdad. Y con ellas me disteis palabras, de tan
suave aliento compuestas que aumentaron con extremo su valor, pero ya disipado
aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más
opulentos dones, si llega a entibiarse el afecto de quien los dio. Vedlos aquí.
Hamlet
¡Oh! ¡Oh! ¿Eres honesta?
Ofelia
Señor...
Hamlet
¿Eres hermosa?
Ofelia
¿Qué pretendéis decir con eso?
Hamlet
Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu
belleza.
Ofelia
¿Puede, acaso, tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?
Hamlet
Sin duda ninguna. El poder de la hermosura convertirá a la honestidad en una
alcahueta, antes que la honestidad logre dar a la hermosura su semejanza. En
otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa
probada... Yo te quería antes, Ofelia.
Ofelia
Así me lo dabais a entender.
Hamlet
Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan
perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite aquel resquemor
original... Yo no te he querido nunca.
Ofelia
Muy engañada estuve.
Hamlet
Mira, vete a un convento, ¿para qué te has de exponer a ser madre de hijos
pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de
que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy
muy soberbio, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que
pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos
a ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el
cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados; no creas a ninguno de nosotros,
vete, vete a un convento... ¿En dónde está tu padre?
Ofelia
En casa está, señor.
Hamlet
Sí, pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras, las
haga dentro de su casa. Adiós.
Ofelia
¡Oh! ¡Mi buen Dios! Favorecedle.
Hamlet
Si te casas quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la
castidad, aunque seas tan pura como la nieve; no podrás librarte de la calumnia.
Vete a un convento. Adiós. Pero... escucha: si tienes necesidad de casarte, cásate
con un tonto, porque los hombres avisados saben muy bien que vosotras los
convertís en fieras... Al convento y pronto. Adiós.
Ofelia
¡El Cielo, con su poder, le alivie!
Hamlet
He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La naturaleza os dio una
cara y vosotras os hacéis otra distinta. Con esos brinquillos, ese pasito corto, ese
hablar aniñado, pasáis por inocentes y convertís en gracia vuestros defectos
mismos. Pero, no hablemos más de esta materia, que me ha hecho perder la
razón... Digo sólo que de hoy en adelante no habrá más casamientos; los que ya
están casados (exceptuando uno) permanecerán así; los otros se quedarán
solteros... Vete al convento, vete.
Escena V
OFELIA sola

Ofelia
¡Oh! ¡Qué trastorno ha padecido esa alma generosa! La penetración del
cortesano, la lengua del sabio, la espada del guerrero, la esperanza y delicias del
estado, el espejo de la cultura, el modelo de la gentileza, que estudian los más
advertidos: todo, todo se ha aniquilado. Y yo, la más desconsolada e infeliz de las
mujeres, que gusté algún día la miel de sus promesas suaves, veo ahora aquel
noble y sublime entendimiento desentonado, como la campana sonora que se
rompe. Aquella incomparable presencia, aquel semblante de florida juventud
alterado con el frenesí. ¡Oh! ¡Cuánta, cuánta es mi desdicha, de haber visto lo que
vi, para ver ahora lo que veo!

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