Anarquismo y Critica Del Derecho - Anibal D Auria
Anarquismo y Critica Del Derecho - Anibal D Auria
Aníbal D’AURIA
Resumen
Mi primer objetivo en este breve texto es exponer el sentido técnico y filosófico de “crítica”
y sus características específicas. Luego mostraré algunas limitaciones y defectos
epistemológicos de la crítica del derecho contemporánea. Finalmente, intento mostrar la
compatibilidad y complementariedad entre un programa radical de crítica del Derecho y
la conceptualización kelseniana del Estado y del Derecho.
Palabras
1 Agradezco a Martín Rempel, Pablo Taboada, Juan Balerdi, Sofía Aguilar, Elina Ibarra y Emilia
Barreyro por haberse tomado el trabajo de leer el borrador de este artículo y hacerme interesantes
comentarios y críticas.
Doctor en Derecho Político de la Universidad de Buenos Aires. Profesor Titular del Departamento de
Derecho Público de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Correo electrónico de
contacto: [email protected]
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EN LETRA - año III, número 6 (2016)
Dossier de Filosofía del Derecho
Abstract
My first goal in this short paper is to expose the technical and philosophical sense of
critique with its specific characteristics. Then, I will show some epistemological
limitations and defects of the contemporary critics of law. Finally, I intend to show the
compatibility and complementarity between a program of the Radical Critique of Law and
the Kelsenian conceptualization of the State and the Law.
Keywords
“Al igual que los escolásticos sólo filosofaron dentro de la fe de la Iglesia, así
hay escritores que llenan volúmenes enteros sobre el Estado sin ni siquiera
poner en duda la idea fija del Estado, nuestro periódicos rebosan de política
porque están poseídos de la demencia de que el hombre ha sido creado para
ser un 'zoon politikon', y así los súbditos vegetan en el sometimiento, hombres
virtuosos en la virtud, liberales en la 'humanidad', etc., sin jamás haber
tocado esa idea fija con el cortante cuchillo de la crítica. Definitivos, como
definitiva puede ser la demencia de un loco, permanecen esos pensamientos
sobre pies firmes, y quien duda de ellos, ¡ataca lo sagrado! Sí, la 'idea fija', ¡eso
es lo verdaderamente sagrado!”
— Max STIRNER, Der Einzige und sein Eigentum (1844)
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D’AURIA, A. (2016) “El anarquismo como supuesto epistemológico...”, pp. 20-47
2 Sobre los orígenes de la crítica (en sentido filosófico) en la ilustración y su relación profunda con
la filosofía de la historia nacida con ella, ver KOSELLECK (2007) y HONNETH (2009: 9).
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proletariado industrial) que encarnara el “universal racional” por advenir (el socialismo). 3
Además, en MARX, el ideal normativo ético-político (el socialismo) no se presentaba como
una mera preferencia subjetiva, sino que pretendía presentarse como un orden racional al
que se encaminaba la historia por sí misma. Por ello resultó fácil la extensión posterior del
sentido técnico restringido de crítica a un sentido técnico ampliado, así como la
equiparación que hiciera parte del marxismo del siglo XX entre crítica en particular y
marxismo en general. Este deslizamiento es lo que puede verse en un famoso artículo de
HORKHEIMER de 1937 (2008), donde la crítica es entendida ya en el sentido técnico
ampliado.4
Empecemos por dos trabajos de carácter divulgatorio: uno de Alicia RUIZ (2009) y
otro de Carlos CÁRCOVA (2009).5 En ambas presentaciones didácticas se emplea
explícitamente el término crítica como mero sinónimo de “distinto”, “alternativo” o
“novedoso”;6 es decir, se lo emplea en uno de sus usos vulgares, no técnicos. Sin embargo,
los nombrados autores enumeran una serie de aspectos específicos de la crítica jurídica
argentina a partir de los cuales puede constatarse que, implícitamente, conciben la crítica
en un sentido técnico ampliado (específicamente compuesto por el interés acerca de los
factores históricos, ideológicos y ficcionales del Derecho, lo que satisfaría el requisito
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Muy diferente de los casos anteriores es el del jurista brasileño Antonio WOLKMER,
quien hace, cuanto menos, tres cosas diferentes con la palabra crítica: (a) en primer lugar,
y a diferencia de los casos vistos anteriormente, WOLKMER (2006) sí ofrece una
aproximación explícita, aunque muy sucinta, al concepto técnico de crítica (si bien en su
sentido ampliado) (p. 28); (b) pero luego, cuando pasa al plano específico de la crítica
jurídica, WOLKMER (2006) ya no parece apegarse al sentido técnico que ha brindado, sino
que emplea la palabra con inmensa generosidad semántica, comprendiendo las más
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9 Por ejemplo, después de decir que en el plano del derecho entenderá por “pensamiento crítico”
un sinónimo de “teoría jurídica crítica”, caracteriza a ésta como “el profundo ejercicio reflexivo de
cuestionar lo que se encuentra normativizado y oficialmente consagrado (en el plano del
conocimiento, del discurso y del comportamiento) en una determinada formación social, así como la
posibilidad de concebir otras formas no alienantes, diferenciadas y pluralistas de la práctica jurídica.
Se entiende que el ‘pensamiento crítico’ no es otra cosa que la formulación ‘técnico-práctica’
consistente en buscar pedagógicamente otra dirección u otro referencial epistemológico que
responda a las contradicciones estructurales de la presente modernidad” (WOLKMER, 2006: 19). Aquí
WOLKMER parece entender crítica en algunos de sus sentidos no técnicos, v.gr. como discurso
alternativo, o como objeción argumentada. Luego escribe también: “[a]unque se reconozca la
inadecuación o inexistencia de una ‘teoría crítica jurídica’ general, acabada y científica, no se podrá
dejar de considerar la significación del ‘pensamiento crítico’ como la expresión más auténtica de la
insatisfacción de grandes grupos de juristas y doctrinarios sobre la predominante formulación
‘científica’ del Derecho y sus formas de legitimación dogmática” (p. 20). Aquí, ahora, parece usar
crítica en otro sentido tampoco técnico, v.gr. como discurso de insatisfacción (además, este pasaje
parece contradictorio con lo que WOLKMER dijo antes respecto de que usaría “teoría jurídica crítica” y
“pensamiento crítico del derecho” como sinónimos. Luego WOLKMER también parece entender crítica
en otros sentidos tampoco técnicos (y por cierto, algo extraños): v.gr. “edificación de instituciones
pluralistas, democráticas y participativas” y “materialización de prácticas jurídicas insurgentes” (pp.
20-1). Por supuesto, WOLKMER no aclara si todavía seguiría llamando crítica a la materialización de
prácticas jurídicas insurgentes dirigidas contra instituciones que él mismo consideraría pluralistas,
democráticas y participativas.
10 En verdad, WOLKMER (2006) no parece tan interesado en un programa de crítica seria de nuestras
tradiciones políticas, jurídicas, religiosas y sociales, como en un programa de construcción ideológica
y sesgada a partir de esas mismas tradiciones, o al menos, a partir de algunos aspectos de ellas. Y así,
cae en una suerte de chauvinismo esencialista, geo-culturalista y pan-latinoamericanista. Hay que
indagar –nos dice- qué dirección debe tomar América Latina “para descubrir su identidad nacional y
su independencia cultural”, y defiende la “construcción de un pensamiento crítico-libertador, síntesis
real de nuestra propia experiencia histórica, sociopolítica y jurídica y que sea capaz de revelar, por
primera vez, la originalidad y autenticidad del ‘ser’ latinoamericano” (p. 105).
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preciso, y mucho menos en un sentido técnico (ni restringido ni ampliado). Lo único que
hay en esas páginas es la expresión vaga y retórica de un ideal ético-político, que puede
compartirse o no, pero que poco o nada tiene que ver con un programa de indagación
crítica en sentido técnico.11
Por último, para terminar con esta breve selección de ejemplos, digamos que Oscar
CORREAS, desde México, ofrece un programa claro y consciente de crítica en sentido
técnico, ocupándose especialmente de esclarecer semánticamente ese concepto,
diferenciándolo de sus usos vulgares CORREAS (1993: 266; 1998: 86-7). En otra ocasión he
expresado algunas objeciones a ciertos presupuestos filosóficos de CORREAS (D’AURIA,
2013), pero esas objeciones (que no vienen ahora al caso) no impiden reconocer que el
programa de crítica jurídica de CORREAS es técnico, tanto en su concepto explícito como en
sus investigaciones efectivas. Ese programa técnicamente crítico se resume muy bien en la
cuestión que moviliza toda la reflexión de CORREAS: “¿por qué el derecho dice eso que dice
y no otra cosa?” (p. 13). Otra nota significativa de CORREAS es que no es un anti-kelseniano
ni un anti-positivista jurídico (al menos, no lo es en el sentido ingenuo y pre-científico en
que lo son otros sedicentes “críticos”); por el contrario, CORREAS comprende bien y
profundamente el valor técnicamente crítico de la propia obra de Kelsen (pp. 93-4). Como
lo comprende muy bien, CORREAS también puede delinear clara y correctamente un
programa de crítica jurídica como reflexión o investigación sobre los condicionamientos del
Derecho, pero desde disciplinas que necesariamente no han de confundirse con la Teoría
del Derecho.12
Ahora bien, con solo considerar los ejemplos mencionados, parece claro que, a
nivel genérico o colectivo, no hay entre los cultores de la crítica jurídica actual un empleo
explícito, compartido y técnico de la noción de crítica. Por lo tanto, entendida como
colectivo académico, en la crítica jurídica parece reinar una profunda confusión y
vaguedad terminológica en relación al mismo concepto que debería darle unidad
intelectual. Sin embargo, ese prurito semántico no debe ser sobredimensionado, pues a
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En la Crítica del siglo XIX, el socialismo, ideal normativo que servía de contraste al
statu quo criticado, era presentado como futuro cierto del decurso histórico, inscripto en
las (supuestas) “leyes de la historia” y ya en germen en las aspiraciones conscientes o
inconscientes del proletariado. Es decir, según esa filosofía de la historia, el socialismo no
era una mera “preferencia” ético-normativa, sino que constituía el futuro cierto desde el
cual se pretendía explicar científicamente la racionalidad inmanente de toda la historia
humana. Pero, hoy en día, esa filosofía de la historia resulta insostenible, al menos como
discurso con pretensiones científicas; y, por esto mismo, todo ideal ético normativo
postulado por la crítica actual ya no puede reclamar para sí más validez que la de una
“preferencia” normativa, no científica. Postular hoy al socialismo como un futuro cierto,
universal y necesario, ya sin el sustento teórico que le brindaba el paradigma de filosofía
de la historia característico del siglo XIX, no es más que, como diría el propio MARX, una
“comedia” (término que MARX empleaba para referirse a toda circunstancia actual pero
anacrónica). Entiéndase bien que no estoy desechando al socialismo como ideal ético-
político (ideal que, por lo pronto, comparto y defiendo como una “preferencia política”
personal); simplemente estoy subrayando que hoy en día ya no es posible considerarlo
como una meta inscripta en el propio decurso histórico, sino que es una “preferencia”
normativa cuya realización es tan contingente como la de cualquier otra preferencia ético-
política. Y, si esto es correcto para el ideal socialista, lo es mucho más para cualquier otro
ideal ético-político de los que suelen postular los críticos jurídicos actuales (la democracia
participativa, la reivindicación de los pueblos originarios, la liberación y unidad
latinoamericana, etc.).
Por otra parte, la crítica socialista decimonónica también era radical en su objeto:
no sólo dirigía su mirada hacia instituciones jurídicas, políticas y económicas específicas,
sino hacia todo el orden social vigente, incluso su organización general en base a la
coacción del Derecho y la superstición religiosa. Y, en esto, la crítica jurídica actual resulta
mucho más estrecha y limitada, pues suele enfocarse en instituciones jurídicas específicas
(como el funcionamiento ideológico de los tribunales, las fuentes materiales de ciertas
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normas, la opacidad del Derecho), pero no en la forma del Derecho como tal (es decir, en
su carácter coactivo).
En los puntos siguientes intentaré esbozar un programa de crítica del Derecho que
sortee tanto estas debilidades como estas limitaciones de la crítica jurídica actual.
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ideas de MARX). Para evitar eso, FOUCAULT (2004) desarrolló su método “genealógico”, que
no es otra cosa que un intento de romper la dialéctica entre historia y razón abierta con la
Ilustración. En concreto, las investigaciones genealógicas de FOUCAULT intentan ser un
discurso radicalmente historizante y declaradamente perspectivista, sin pretensión alguna
de universalidad. Para ello, FOUCAULT renuncia expresamente tanto a la idea de que la
historia tiene un sentido inmanente y racional, como a la pretensión de hallar en el
presente al “sujeto histórico” capaz de encarnar lo universal por advenir; sólo se queda
con la idea de que todo sentido tiene su historia. Creo que hace bien en renunciar a
aquellos supuestos metafísicos y extra-científicos; pero creo también que FOUCAULT se
equivoca cuando supone que renunciar a esa metafísica de la historia equivale a renunciar
a toda pretensión de universalidad o racionalidad discursiva. Por más perspectivista que se
asuma, el discurso genealógico de FOUCAULT no puede renunciar de hecho a alguna
pretensión mínima de validez intersubjetiva (veritativa, moral, o la que fuere). En efecto,
¿cómo podría mostrarse la contingencia histórica de alguna institución positiva sin
suponer ya-siempre alguna idea de razón con pretensiones de universalidad?
“Universalidad” y “contingencia”, razón e historia, como vimos en el primer punto de este
artículo, son dos conceptos que no pueden comprenderse uno sin el otro.13
13 Ver, en este sentido, las agudas y precisas consideraciones que sensatamente efectúa B. de SOUZA
SANTOS (2012: 359-60).
14 En similar sentido se expresa B. de SOUZA SANTOS (2012) cuando propone un “universal negativo”
(p. 357).
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Por ejemplo, toda la teoría del poder de FOUCAULT cambia de aspecto según se
reconozca o no este universal libertario como supuesto pragmático de sus escritos. En
efecto, si tomáramos al pie de la letra lo que FOUCAULT declara, todo cambio histórico no
puede ser más que el tránsito de ciertas prácticas de dominación a otras prácticas de
dominación. Pero, si no admitimos al menos que ciertas formas de dominación pueden ser,
por decirlo de algún modo, menos dominadoras u opresivas que otras, no habría ningún
sentido en ensayar la crítica de ciertas formas históricas de dominación, pues serían todas
equivalentes (y, consecuentemente, FOUCAULT sería susceptible de la misma objeción que
se le puede hacer a Nietzsche: que el poder, la dominación, se torna así en un fundamento
universal omni-explicativo y, por ende, metafísico). Sólo el supuesto de un universal
libertario puede dar a las investigaciones de FOUCAULT el sentido crítico y corrosivo del
poder y la dominación que sin duda poseen. Entiéndase bien: no estoy diciendo que
FOUCAULT (o sus seguidores) debería asumir como un ideal normativo explícito las banderas
del anarquismo; simplemente digo que sus trabajos sólo pueden entenderse como una
crítica seria a toda forma de dominación si ese ideal libertario se da ya por supuesto
implícitamente.
15 Llama mucho la atención que el marxismo sea el único pensamiento crítico moderno que autores
“des-coloniales” como Mignolo y Castro-Gómez parecen reconocer y respetar, aunque terminen
rechazándolo bajo el cargo de complicidad con las perversas fuerzas colonizadoras de la razón, la
Modernidad y Occidente. Así, desconocen y dejan de lado a toda la tradición de pensamiento
libertario ubicado a la izquierda del propio marxismo.
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No pretendo ser original en todo esto: es muy claro que esta tesis de un universal
epistemológico libertario presenta “aires de familia” con los conceptos de “dialéctica
negativa” de Adorno, de “comunidad ideal de habla” de Apel y de Habermas, de “universal
negativo” de B. de Souza Santos y, particularmente, de “anarquismo como Crítica del
Conocimiento” del joven KELSEN (2003:289).16 Y es en este último, por su relevancia
específica para la Filosofía del Derecho, donde quiero detenerme un poco a continuación.
En 1922, Hans KELSEN publicaba un breve artículo que era una crítica a la Teoría
del Derecho dominante, para desenmascarar su carácter ideológico. Esa crítica puede
considerarse una de los escalones que llevarán a KELSEN para construir luego su Teoría
Pura del Derecho.17 Y no es casualidad que el título de ese artículo de 1922, Dios y Estado,
sea prácticamente igual al de un texto clásico del anarquismo: Dios y el Estado, de Mijail
BAKUNIN.18
16 Aclaremos de entrada que este “anarquismo metodológico” no tiene nada que ver con lo que Paul
Feyerabend denomina del mismo modo.
17 En realidad, ya en 1911 había trazado su programa de trabajo a futuro en los Hauptprobleme der
Staatsrechtlhere. En 1925 publicaría su Teoría general del Estado, y en 1935 su primera versión de la
Teoría Pura del Derecho.
18 Es más, seguramente el título no es “casi” igual sino que es igual. Como me señala agudamente
Martín Rempel, la pequeña diferencia entre ambos títulos (Dios y Estado y Dios y el Estado) se deba
simplemente a que el libro de Bakunin circuló principalmente en francés, idioma en que el artículo
determinativo no podría ser omitido).
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19 En 1943, veinte años después de este artículo de 1922, KELSEN (1945), apoyándose ahora en
estudios antropológicos empíricos, dedicará un grueso y ambicioso volumen específicamente a este
tema.
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echa mano a las modernas herramientas teóricas del psicoanálisis, citando expresamente
a Freud, para explicar esa identidad psicológica sustancial a partir de un común origen de
ambas en la misma experiencia psíquica de la relación del niño con su padre (pp. 270-1):
Por todo esto, no deben sorprender las notables analogías entre la Teología y la
Teoría del Derecho y del Estado. En sus expresiones acríticamente generalizadas y
aceptadas, ambas no dejan de ser “ideologías” que presentan una común estructura
semántica discursiva cuyo carácter pre-científico debe ser desenmascarado por la crítica
científica y concienzuda.
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Como las analogías entre religión y Derecho no son casuales, sino que surgen de la
misma tendencia psíquica primitiva a duplicar metafísicamente la realidad, desde un
punto de vista epistemológico la razón científica debe abordar la crítica del Derecho del
mismo modo que aborda la crítica de la religión. El dualismo entre Dios y el mundo, así
como el dualismo entre el Estado y el Derecho, no serían más que expresiones
“ideológicas” propias de un modo primitivo de pensar. Según KELSEN, la idea de Dios no
puede tener más sentido que el de una expresión metafórica para personificar al mundo
mismo, y la idea de Estado no puede tener más sentido que el de una expresión metafórica
para personificar al orden jurídico mismo. Por lo tanto, para KELSEN (2003), una Teoría del
Derecho libre de “ideología” y de todo dualismo metafísico (es decir, una Teoría Pura del
Derecho) sólo es posible desde un anarquismo metodológico que muestre la
insustancialidad del Estado, es decir, que muestre que el Estado no es más que una
personificación metafórica del mismo Derecho (p. 289).
En efecto, KELSEN subraya que los paralelismos entre Dios y Estado se extienden
también a las teorías que los niegan: el ateísmo y el anarquismo. No es casual que los
anarquistas profesen en general un anti-teísmo militante. Sin embargo, es preciso advertir
aquí una importante diferencia entre el enunciado “Dios no existe” y el enunciado “el
Estado no debería existir”. El primer enunciado no es normativo, sino que pretende
informar sobre la inexistencia efectiva del ente “Dios”, supuesto creador del mundo
sensible (de algún modo, con todo lo problemático que pueda ser atribuirle
semánticamente sentido, este enunciado pretende ser tomado por verdadero). En cambio,
el segundo enunciado expresa una “preferencia” ético-política que pretende ser tomada
como justa o buena o conveniente (es decir, no reclama ninguna clase de “verdad” sino
alguna clase de aprobación normativa). Es más, como para KELSEN “Estado” no es otra cosa
que una expresión metafórica para personificar al mismo orden jurídico como totalidad,
decir que “el Estado no debería existir” sólo podría significar dos cosas:
1. O bien que no debería existir el mismo orden jurídico, posición que KELSEN no
comparte.
2. O bien que no debería efectuarse esa personificación metafórica del Derecho que
implica el empleo de la palabra “Estado”. En todo caso, esto sí lo acepta KELSEN al
considerar “superflua” esa duplicación metafórica del Derecho, aunque por
momentos puede resignarse a ella como manera abreviada de resaltar el carácter
de persona jurídica por excelencia que posee el propio ordenamiento jurídico
considerado en su totalidad.
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Es sobre estas bases que KELSEN traza una distinción entre dos tipos de
anarquismo:
20 Ello sería incurrir en la siguiente falacia: como no existe un ente Estado distinto del mismo
ordenamiento jurídico, entonces, no debería existir el ordenamiento jurídico. En el plano teológico, la
misma falacia sería la siguiente: como no existe un ente Dios distinto del mismo universo, entonces no
existen las leyes del universo (físicas, astronómicas, biológicas, etc.). Aunque no venga ahora al caso,
digamos de pasada que ningún anarquista ético-político incurre en esa falacia, es decir, ninguno
deduce ni pretende deducir la abolición del orden jurídico a partir de la constatación de que Dios y
Estado son mitos ideológicos. Lo que hacen los anarquistas ético-políticos es exactamente lo inverso
de ello. En primer lugar, parten de una preferencia normativa: “el gobierno del hombre sobre el
hombre no debería existir”; y luego, con espíritu crítico científico, como KELSEN, pasan a demostrar
que, de hecho, ni Dios ni el Estado existen del modo en que los presentan la teología y la teoría del
Estado, sino que son meras mistificaciones ideológicas que encubren una única e idéntica situación en
ambos casos: la dominación de hombres sobre hombres. Se puede ser un anarquista metodológico, en
el sentido de KELSEN, sin ser anarquista ético-político; pero no se podría ser un anarquista ético-
político sin ser a la vez un anarquista metodológico, es decir, un crítico de las ideologías encubridoras.
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Bien, el universal libertario del que vengo hablando como base de un programa de
crítica radical del Derecho debe ser entendido en similar sentido al del anarquismo
metodológico de KELSEN. Sólo debemos señalar una importante diferencia. Como surge de
las palabras recién citadas, KELSEN admite el carácter de “fruto contingente de la historia
que es el contenido del orden estatal”, pero deja fuera de la crítica a la forma estatal en
tanto “criterio formal de supremo orden coactivo”. En cambio, nuestro universal
epistemológico libertario, como supuesto de una crítica radical del Derecho, sirve de
supuesto a la crítica de lo que la obra de KELSEN deja de cuestionar, que es precisamente al
Estado (o sea el Derecho en sí mismo) como “criterio formal supremo de orden coactivo”;
y si un programa tal de crítica radical es posible, no es por ir en contrario de la Teoría Pura
de KELSEN, sino gracias al camino despejado por ella.
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KELSEN define al Derecho como un orden normativo que regula conductas a través
de motivaciones indirectas, es decir, por medio de sanciones que enlazan ventajas a su
observancia o desventajas a su inobservancia. Como esas sanciones se aplican
independientemente de la voluntad de quien queda sujeto a ellas, el Derecho es un orden
normativo coactivo.22 Ahora bien, así como cualquier persona jurídica colectiva (p.ej., una
sociedad comercial o una fundación) no es realmente nada diferente de los mismos
reglamentos que la instituyen como tal (es decir, como “persona jurídica”), el Estado no es
realmente nada diferente del orden jurídico, sino que simplemente es una personificación
metafórica de éste. El Estado argentino no es una cosa distinta del orden jurídico
argentino, sino que es este mismo orden jurídico (o sea, el Derecho argentino)
considerado en su totalidad y como “persona jurídica”.
22 Aunque los sistemas morales también suelen enlazar ventajas o desventajas (por ejemplo, la
aprobación o reprobación pública), la diferencia con el Derecho está en que la sanción jurídica es
definida, mientras que la sanción moral es espontánea y difusa, esto es, no señalada expresamente ni
atribuida a un órgano específico. Por su parte, la religión también postula sanciones coactivas para
quienes infrinjan sus mandatos, pero se trata de sanciones trascendentes (impuesta, supuestamente
por la divinidad); en cambio, el Derecho organiza terrenalmente el empleo de la fuerza, aquí y ahora,
monopolizándola para evitar su empleo privado y subjetivo. El monopolio de la fuerza que ejerce el
Derecho es atributo del mismo orden jurídico (Estado). Desde este punto de vista, una vez más, las
normas religiosas están más próximas al Derecho que las de la moral. Cfr. KELSEN (1988: 23; 2011:
44).
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quienes pretenden definir al Estado como un gran organismo viviente del cual los
individuos serían meras células subordinadas, con lo que resucitando viejas ideas
metafísicas sólo procuran justificar el totalitarismo.
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Pero KELSEN (1944) no afirma que el concepto jurídico de Estado como equivalente
al mismo orden jurídico sea el único concepto científicamente útil. De hecho hay también
un concepto weberiano de Estado útil para la ciencia sociológica. Se trata del Estado como
asociación de dominación institucionalizada que reclama con éxito el monopolio de la
coacción. Así entendido, el Estado es visto como una relación entre quienes mandan y
gobiernan, por un lado, y quienes obedecen y son gobernados, por otro lado (p. 227). Pero,
señala KELSEN, la sociología política sólo se interesa por el mando que ciertos individuos
ejercen, en tanto “órganos del Estado”, sobre otros; y sólo puede entenderse la noción de
“órgano del Estado” en un sentido jurídico. Por lo tanto, concluye KELSEN que incluso el
sentido sociológico de Estado supone previamente al concepto jurídico del mismo.
23 Los llamados “elementos clásicos del Estado” (poder, territorio, población) no son otra cosa,
respectivamente, que la eficacia del orden jurídico y sus ámbitos de validez jurisdiccional.
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Llegados a este punto, creo que podríamos diferenciar tres niveles posibles de
crítica del Derecho. En primer lugar, está la que podemos denominar crítica jurídica
parcial, enfocada en alguna institución o aspecto particular del Derecho (como puede ser
la función judicial, o la legislación, o la promulgación de decretos, o la división de poderes,
o la propiedad privada, o el régimen de los contratos, o la enseñanza del Derecho en las
universidades, etc.).24 En segundo lugar, está la que podemos denominar crítica jurídica
general, enfocada en el contenido en general de lo que el Derecho dice y en aspectos
24 Un ejemplo de este tipo de trabajos lo hallamos en el ensayo de Duncan KENNEDY (2010) titulado
El comportamiento estratégico en la interpretación jurídica (pp. 27 y ss.).
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genéricos de cómo lo dice.25 En tercer lugar, está lo que aquí hemos intentado esbozar
como crítica radical del Derecho, enfocada específicamente en la coactividad misma que
define al Derecho (lo que KELSEN llamó el “criterio formal de supremo orden coactivo”).
Aquí la cuestión ya no es particularmente, por ejemplo, cómo, cuándo y por qué se filtra la
ideología política en las decisiones del juez. Tampoco se trata de la cuestión genérica de
por qué el Derecho dice eso que dice y no otra cosa, o de por qué lo que el Derecho dice se
supone jurídicamente conocido por todos a pesar de su evidente opacidad para todos. La
cuestión de la crítica radical del Derecho apunta específicamente a la raíz del Derecho, es
decir, a su carácter coactivo: ¿por qué hay coacción jurídica? ¿Qué condiciones sociales
hacen posible que exista un orden coactivo, cualquiera fuera? ¿Existe una suerte de
“ideología de la coacción”? Y, en tal caso, ¿sobre cuáles prejuicios y supuestos implícitos se
apoya?
1. Antes que nada, insistamos una vez más en que el ideal ético-político (el
socialismo) que orientaba a la Crítica del siglo XIX no se postulaba como una mera
preferencia normativa, sino como una ideal racional inscripto en el mismo devenir
histórico de la humanidad. Es decir, pretendía ser un ideal extraído científicamente
del conocimiento de las leyes inmanentes a la sociedad y a la historia. Hoy, por
variadas razones, esa metafísica de la historia es insostenible, por lo que el
socialismo no puede concebirse más que como una preferencia ético-política a la
que podemos reconocerle mayor o menor valor moral, pero no epistémico, que a
otras ideologías políticas.
25 Ejemplos de este tipo de trabajos los hallamos en textos como Crítica de la ideología jurídica, de
Oscar CORREAS, y La opacidad del Derecho, de Carlos CÁRCOVA (1993), CÁRCOVA (2006).
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servicio del cual pone a la indagación crítica. Tal vez su mérito consista en que, con
su actitud de honestidad explícita, pretende informar a los demás cuáles son las
preferencias normativas explícitas que pueden afectar la pureza científica de sus
conclusiones. Sin embargo, ello no significa que no se filtren también
inconscientemente de diversas maneras otros supuestos y preferencias
normativas, incluso contradictorios con los ideales expresados abiertamente (por
ello mismo, siempre también los resultados de la crítica, en sentido ampliado,
pueden a su vez ser criticados ulteriormente).
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