Deja de Engañarte a Ti Mismo
Santiago 1:19–27
Esta sección pone énfasis en los peligros de la autodecepción: “engañándoos a vosotros
mismos” (v. 22); “engaña su corazón” (v. 26). Si un creyente peca porque Satanás lo
engaña, es una cosa, pero si él se engaña a sí mismo es un asunto más serio.
(Mateo 7:22–23).
(Apocalipsis 3:17).
Una verdadera espiritualidad resulta de la correcta relación con Dios a través de su
Palabra. La Palabra de Dios es verdadera (Juan 17:17), y si tenemos una relación correcta
con ella, no seremos deshonestos o hipócritas.
En estos versículos, Santiago dice que tenemos tres responsabilidades hacia la Palabra
de Dios; y que si las cumplimos, seremos justos ante Dios y los demás.
Recibir la Palabra (Santiago 1:19–21)
Santiago llama a la Palabra de Dios “la palabra implantada” (v. 21); tomando como
ejemplo la parábola del sembrador que enseñó el Señor (Mateo 13:1–9, 18–23 el corazón
duro; el corazón superficial, el corazón ahogado, y el corazón fructífero.
La prueba conclusiva de la salvación es el fruto.
El fruto puede ser el ganar almas para Cristo (Romanos 1:16); crecer en santidad
(Romanos 6:22); compartir con otros nuestros bienes (Romanos 15:28); desarrollar virtudes
cristianas (Gálatas 5:22–23); hacer buenas obras (Colosenses 1:10); y aun el adorar a Dios
(Hebreos 13:15).
El fruto verdadero contiene la semilla que produce más fruto y la cosecha será fruto
creciente y constante (Juan 15:1–5).
Pero, la Palabra de Dios no puede obrar en nuestra vida a menos que la recibamos de la
forma correcta. Jesús no sólo dijo: “Mirad lo que oís” (Marcos 4:24), sino también: “Mirad,
pues, cómo oís” (Lucas 8:18).
Muchas personas se encuentran en la triste condición de aquellos que “viendo no ven, y
oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:13). (Hebreos 5:11)
Si la semilla de la Palabra ha de ser implantada en nuestro corazón, entonces debemos
seguir las instrucciones que Santiago nos da.
Pronto para oír (Sant 1:19a). “El que tiene oídos para oír, que oiga” (Mateo 13:9). “Así
que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).
Hay una preciosa ilustración de esta verdad en un incidente en la vida del rey David (2
Samuel 23:14–17). (2 Samuel 23:15). Tres de sus valientes escucharon el deseo del rey y
pusieron en peligro sus vidas con tal de traerle el agua que deseaba. Ellos eran “prontos
para oír”.
Tardo para hablar (Sant 1:19b). Tenemos dos oídos y una boca, lo que debe
recordarnos a escuchar más y hablar menos.
“El que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).
“El que ahorra sus palabras tiene sabiduría” (Proverbios 17:27).
El doctor de la ley, en lugar de haber sido tardo para hablar, quiso discutir con Jesús
diciendo: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29).
Tardo para airarse (Sant 1:19c). No debemos airarnos contra Dios o su palabra.
“El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de
espíritu enaltece la necedad” (Proverbios 14:29).
Existe una ira contra el pecado que Dios aprueba (Efesios 4:26)
Pero la ira del hombre no produce la justicia de Dios (Santiago 1:20). (Santiago 1:3–4).
Santiago nos advierte que no nos enojemos con la Palabra de Dios cuando nos muestra
nuestros pecados. Como aquel que rompió el espejo porque no le gustó la imagen reflejada,
así la gente se vuelve contra la Palabra de Dios porque ella manifiesta su pecaminosidad.
Listo para ser cultivado (Sant 1:21). Santiago pensó que el corazón humano es como
un jardín; si se deja solo, la tierra producirá sólo maleza.
La frase “abundancia de malicia” encierra la idea de un jardín lleno de maleza, y que no
puede ser controlado. Es inútil tratar de recibir la Palabra de Dios en un corazón que no está
preparado.
¿Cómo preparamos el suelo de nuestro corazón para recibir la Palabra de Dios?
Primero, debemos confesar nuestros pecados y pedir a Dios que nos perdone (1 Juan
1:9).
Segundo, debemos meditar en la gracia y el amor de Dios y pedir al Señor que quite
toda dureza de nuestro corazón. “Arad campo para vosotros, y no sembréis entre espinos”
(Jeremías 4:3).
Finalmente, debemos mantener una actitud de “mansedumbre” (Sant 1:21).
Practicar la Palabra (Santiago 1:22–25)
No es suficiente escuchar la Palabra, debemos practicarla.
No es el escuchar sino el hacer lo que trae bendición. Muchos hay que marcan sus
Biblias, pero sus Biblias no les marcan a ellos.
Si uno piensa que es muy espiritual sólo porque escucha la Palabra, se está engañando a
sí mismo.
En el párrafo anterior, Santiago comparó la Palabra con la semilla; pero en éste la
compara con un espejo.
Hay otras dos referencias bíblicas en las que se usa la misma ilustración, y cuando se
ponen juntas, se descubren tres ministerios de la Palabra de Dios.
Examen (Sant 1:23–25).
Esta es la razón primordial por tener un espejo; poder verse uno mismo, y lograr
arreglarse lo más pulcro posible.
Al mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios, nos vemos tal como somos. Santiago
menciona algunas equivocaciones de las personas que se ven en el espejo divino.
En primer lugar, esas personas sólo echan un vistazo.
No se examinan cuidadosamente al leer la Palabra de Dios.
La segunda equivocación es que olvidan lo que ven.
Si se fijaran atentamente en lo profundo de sus corazones, nunca olvidarían lo que ven.
Isaías exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:5),
Pedro dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8).
“Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6).
La tercera equivocación consiste en desobedecer lo que ordena la Palabra.
Hay quienes piensan que escuchar es lo mismo que hacer, y eso no es verdad. A
algunos creyentes les gusta substituir el leer por hacer, o también hablar por hacer.
Tal vez la razón por la que echamos un vistazo a la Palabra, en lugar de escudriñarla, es
por temor a lo que podamos ver. Salmo 139.23–24 (RVR60)
Después de examinarnos, debemos recordar lo que somos, lo que Dios dice, y luego
ponerlo por obra.
La bendición no resulta con sólo leer la Palabra, sino en hacerla. “Este será
bienaventurado en lo que hace” (Sant 1:25). Lucas 11.27–28 (RVR60)
Hechos 1:14; 2:42, 46; 13:43; 14:22; 26:22).
¿Por qué llama Santiago a la Palabra de Dios “la perfecta ley, la de la libertad”? (Sant
25).
La respuesta es que al obedecerla, Dios nos liberta. “Y andaré en libertad, porque
busqué tus mandamientos” (Salmo 119:45).
“Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).
“Si vosotros permanecieres en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y
conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31–32).
El examen es solo el primer ministerio de la palabra como espejo; he aquí el segundo:
Restauración
“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). (Efesios
5:26).
Cuando el pecador pone su confianza en Cristo, entonces es limpio una vez para
siempre (1 Corintios 6:9–11; Tito 3:4–6).
El espejo de la Palabra no sólo nos examina y nos muestra nuestros pecados, sino que
también nos limpia. Nos da la promesa de limpieza (1 Juan 1:9)
La experiencia de Natán con David ayuda a ilustrar esta verdad de pecado perdón y
restauración (2 Samuel 12). (2 Samuel 12:13).
Transformación (2 Corintios 3:18). Después que Dios nos restaura, quiere cambiarnos
para que crezcamos en gracia para no volver a cometer el mismo pecado.
Muchos creyentes hay que confiesan sus pecados y piden perdón, pero no crecen
espiritualmente para poder vencer la carne y el pecado.
Se puede explicar 2 Corintios 3:18 de esta manera: “Cuando el creyente se fija en la
Palabra de Dios (el espejo), ve al Hijo de Dios, y es transformado por el Espíritu de Dios
para participar de la gloria de Dios”. La palabra griega, traducida “transformado”, viene de
la raíz griega de la palabra metamorfosis—un cambio exterior efectuado interiormente.
Cuando el creyente se pasa el tiempo viendo en la Palabra a Cristo, es transformado: la
gloria que existe adentro se manifestará exteriormente.
Es la misma palabra que se traduce “transfiguró” en Mateo 17:2. Romanos 12:2, Al
meditar en la Palabra, el Espíritu renueva la mente y muestra la gloria de Dios.
No se llega a la espiritualidad de la noche a la mañana. Es un proceso, la obra del
Espíritu de Dios a través del espejo de la Palabra de Dios.
La cosa importante es que no escondamos nada. Debemos quitar el velo. (Salmo
139:23–24). (1 Juan 1:8).
Nuestra primera responsabilidad es recibir la Palabra. En seguida, ponerla por obra; de
otra manera nos estamos engañando a nosotros mismos. Llegamos a la tercera
responsabilidad.
Proclamar la Palabra (Santiago 1:26–27)
La palabra “religión” quiere decir: un acto exterior,
Se usa sólo cinco veces en todo el Nuevo Testamento (Santiago 1:26–27; Hechos 26:5,
y Colosenses 2:18 donde se usa la palabra “culto”).
La religión pura no tiene que ver con ceremonias, templos, o días especiales. La
religión pura consiste en la práctica de la Palabra de Dios y en anunciarla a otros, por medio
del la predicación y nuestro testimonio.
El habla (Sant 1:26). Hay varias referencias del habla en esta carta, y esto da la
impresión de que la lengua era un problema serio en la congregación. (Ve 1:19; 2:12; 3:1–3
y 14–18; 4:11–12.)
Es la lengua que revela lo que hay en el corazón (Mateo 12:34–35); si el corazón es
puro, también lo será el habla.
Una lengua controlada equivale a un cuerpo controlado (3:1–12).
El servicio (Sant 1:27a). Después de que nos vemos a nosotros y a Cristo en el espejo
de la Palabra, debemos ver a otros en sus necesidades.
Isaías primero vio al Señor, después a sí mismo, y luego al pueblo al cual tenía que
ayudar (Isaías 6:1–8).
Las palabras no son ningún substituto para las obras del amor (Santiago 2:14–18; 1 Juan
3:11–18).
La separación del mundo (Sant 1:27 b). Al decir “mundo”, Santiago quiso decir “toda
sociedad sin Dios”.
Satanás es el príncipe de este mundo (Juan 14:30), y los incrédulos son los hijos de este
mundo (Lucas 16:8). Siendo hijos de Dios, estamos en este mundo físicamente, pero no
somos del mundo de manera espiritual (Juan 17:11–16).
Somos enviados al mundo para ganar a otros para Cristo (Juan 17:18). Sólo
manteniendo una separación del mundo podemos servir a otros.
El mundo quiere manchar al creyente para contaminarlo. Primero existe la “amistad con
el mundo” (4:4), que lleva a un amor al mundo (1 Juan 2:15–17).
Si no tenemos cuidado, nos conformaremos al mundo (Romanos 12:1–2),
No es necesario que el creyente se una al mundo para que tenga un ministerio ante el
mundo. Jesús fue “sin mancha” (1 Pedro 1:19), sin embargo fue amigo de publicanos y
pecadores. La mejor manera para ayudar en las necesidades del mundo es mantenerse puro
de la contaminación del mundo.