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El código de la felicidad

El prólogo presenta al Dr. George Pratt, un psicólogo clínico que ha desarrollado un nuevo enfoque llamado "psicología de la energía" para curar emociones y mejorar la productividad y realización personal de forma permanente. Larry King, el presentador de televisión, conoció al Dr. Pratt y quedó impresionado por cómo el Dr. Pratt pudo resolver un problema emocional suyo en solo 15 minutos usando esta técnica. King predice que el método del Dr. Pratt, que se describe en este libro, cambiará
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El código de la felicidad

El prólogo presenta al Dr. George Pratt, un psicólogo clínico que ha desarrollado un nuevo enfoque llamado "psicología de la energía" para curar emociones y mejorar la productividad y realización personal de forma permanente. Larry King, el presentador de televisión, conoció al Dr. Pratt y quedó impresionado por cómo el Dr. Pratt pudo resolver un problema emocional suyo en solo 15 minutos usando esta técnica. King predice que el método del Dr. Pratt, que se describe en este libro, cambiará
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Prólogo

El siglo xx tuvo su buena dosis de milagros médicos. Yo debería saber-


lo. Cuando has sobrevivido a un infarto de miocardio, te han puesto
cinco baipases, y un cuarto de siglo después sigues funcionando bien,
esto te da una idea bastante clara de lo que puede hacer la medicina
moderna.
Sin embargo, hay algunos aspectos de la condición humana que la
medicina no puede abarcar. O al menos, hasta ahora no podía. La me-
dicina moderna nos ha hecho mucho más sanos, pero ¿también más
felices? Puede que ése sea el campo por desarrollar de la medicina en
este siglo todavía joven. Y uno de los maestros indiscutibles de ese nue-
vo campo es un psicólogo clínico llamado George Pratt.
Conocí al doctor Pratt cuando vino como invitado a mi programa
Larry King Live, para hablar de una visión fascinante sobre cómo curar
las emociones y conseguir mejoras permanentes en nuestra productivi-
dad y sentido de realización personal.
«Tanto si se trata de una herida sin cerrar como de un estado de
baja autoestima persistente o de una vaga sensación de ansioso males-
tar —dijo el doctor Pratt—, la mayoría luchamos contra alguna versión
de lo que denominamos la niebla de sufrimiento. Nubla nuestras vidas,
interfiere en nuestras relaciones, carreras, incluso en nuestra salud.
Y por más horas que pasemos en el diván, no siempre basta con hablar
de ello.»
¿Por qué no?

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«Porque suele haber una desconexión —explicó— entre lo que sa-


bemos lógicamente sobre nosotros mismos y el lugar del cerebro don-
de residen nuestras emociones. A veces, sencillamente no puedes ac-
ceder a él. Has de encontrar formas alternativas para conseguir que se
active esa información.»
¿Formas alternativas como qué? Como la psicología de la energía.
Si no habías oído antes este término, no eres el único. Yo tampoco,
antes de ese programa. Pero en los próximos años, tú y yo lo oiremos
muchas veces. Se refiere a técnicas innovadoras que afectan a los sis-
temas de energía corporales, casi como la revisión de los 100.000 ki-
lómetros, pero de pensamientos y emociones. Utilizando estas técnicas,
como explicó mi distinguido invitado, puedes borrar los traumas del
pasado y los acontecimientos que causaron esas desconexiones. ¿El re-
sultado? Se parece a lo que sucede cuando un viento fresco se lleva las
nubes: que sale el sol.
«De hecho —añadió—, es bastante fácil hacerlo. Y funciona.»
El doctor Pratt ha ayudado a golfistas y otros jugadores profesiona-
les a mejorar su juego, a hombres y mujeres jóvenes con el corazón roto
a superar su aflicción, a parejas que se habían separado a volver a enca-
minar sus vidas. Ha ayudado a personas a superar traumas provocados
por terribles accidentes, a retomar profesiones que se habían interrum-
pido, a recuperar la confianza en sí mismos y a trascender los miedos
irracionales.
Incluso ha ayudado a un presentador de un programa televisivo:
a mí.
Antes incluso de que viniera al programa la primera vez, ya sabía
algo del buen doctor. Había trabajado con dos personas del equipo de
Larry King Live, y habían obtenido fabulosos resultados en esas sesio-
nes. Pronto volví a tenerle como invitado, y esta vez habló sobre cómo
«crear tu propia felicidad».
Ahora sí que estaba verdaderamente intrigado.
Acordamos una cita para que pudiera demostrarme en privado el
método que estás a punto de descubrir en este libro. Para que tuviéra-
mos algo con qué trabajar, le hablé de un asunto emocional de mi pro-

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Prólogo 11

pia vida. Lo que hizo con ello en los quince minutos que estuvimos jun-
tos me desconcertó por completo. Decir que fue impresionante sería
pecar de moderado. Fue extraordinario. Cuando dice que es un proce-
so simple y fácil, no está bromeando. Cuando dice que funciona, tam-
poco bromea.
George Pratt es un auténtico sanador de nuestros días, y lo que han
creado él y su colega, Peter Lambrou, en las páginas que estás a punto
de leer es una brillante fórmula para conectar con nuestro mayor po-
tencial. Predigo que cambiará la vida de muchas personas para mejor.
Incluida la tuya.
No importa cuál sea tu situación actual en la vida, o qué te impide
alcanzar todo el éxito o ser tan productivo o sencillamente tan feliz
como quisieras, debes saber que hay un camino que te llevará hasta
donde quieres llegar. Lo sé porque lo he experimentado en primera
persona.

Larry King

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Introducción
La pregunta de Stefanie

Algo no va bien.
Señorita Clavel,
a medianoche, en Madeline

Hace algunos años una mujer llamada Stefanie vino a nuestra consul-
ta para recibir tratamiento. En el transcurso de la primera visita, nos
planteó una pregunta que había estado intentando responder durante
décadas. Es una pregunta que se han hecho millones de personas a lo
largo de la historia. Quizá tú también te la hayas hecho.
No tardamos en descubrir que Stefanie era una persona de clase hu-
milde que había hecho fortuna. Creció en una familia pobre, y se puso a
trabajar de adolescente como auxiliar administrativa en una empresa de
publicidad. Fue subiendo peldaños hasta llegar a lo más alto, así que a sus
cuarenta y tantos años era directora ejecutiva y accionista mayoritaria de
la firma. Stefanie también tenía una vida personal muy gratificante. Era
una mujer amable y generosa, miembro activo de la comunidad donde
vivía con su esposo, orgullosa madre de dos hijos sanos y triunfadores.
De hecho, parecía vivir una vida maravillosa en todos los sentidos,
salvo por una cosa: era profundamente infeliz.
La infelicidad de Stefanie era casi tangible. Cuando entró en la habi-
tación, fue como si entrara una nube negra. Cuando empezó a describir

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su situación, se hizo evidente que esa nube negra la acompañaba en to-


das las facetas de su vida.
Indiscutiblemente, era una buena madre, pero no se sentía una bue-
na madre. También se sentía muy culpable por el fracaso de su anterior
matrimonio muchos años antes, y esa culpa planeaba sobre ella como
la penumbra de un cielo nublado. Su salud también se vio afectada: aho-
ra que ya había cumplido los cincuenta, tenía graves problemas esto-
macales y digestivos, y acababa de someterse a una operación en la es-
palda por un problema discal. A pesar de todo su éxito, esa nube negra
también proyectaba su sombra sobre su mundo profesional. Tras una
serie de errores de gestión, su empresa de publicidad hacía poco que se
había declarado en bancarrota.
Sin razón aparente, la vida de Stefanie se estaba desmoronando.
«He visitado a psiquiatras aquí en California —nos dijo—, en Nue-
va York y en Londres. He tomado todo tipo de antidepresivos. He leído
libros y artículos sobre temas relacionados con el estado de ánimo. Lo
he leído y he probado todo, pero sigo siendo infeliz, y no sé por qué.
Todo el mundo me dice que no tengo razón para quejarme y que he de
estar agradecida por todo. Sé que tienen razón. Pero eso no me ayuda a
sentirme mejor.»
Entonces, fue cuando formuló la Pregunta:
¿Por qué no soy feliz?
En el transcurso de los sesenta años de práctica clínica que suma-
mos entre los dos, hemos oído miles de variaciones de la pregunta de
Stefanie, de miles de personas:
¿Por que tengo ansiedad, estoy nervioso, me siento inseguro, estoy
siempre preocupado? ¿Por qué parece que no puedo encontrar o man-
tener una relación que me llene, hallar el trabajo que me gusta o rela-
jarme cuando estoy en casa con mi familia? ¿Por qué tengo este miedo
irracional a las multitudes, a los hombres, a las mujeres, a los ascenso-
res, a la comida, a los espacios cerrados, a los espacios abiertos, a estar
solo, a estar acompañado? ¿Por qué no puedo superar esa ruptura, mi
conducta compulsiva, mis problemas con el dinero, mi sentimiento de
que soy un farsante?

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Introducción 15

En un millón de versiones distintas, la pregunta de Stefanie resuena


en nuestra sociedad y dentro de prácticamente todas las personas que
conocemos. Probablemente, tú también tengas tu propia versión.
Somos la generación más sana, mejor nutrida y longeva de la histo-
ria. Por esa razón deberíamos ser también la más feliz, la más decidi-
da, productiva y realizada de la historia. Pero por alguna razón no lo
somos.
¿Por qué no?
Es un dilema que hemos estado tratando de resolver durante déca-
das, y la respuesta parece que tiene que ver con el proceso por el que el
agua se transforma en niebla.

Imagina que estás delante de tu casa, rodeado de una densa niebla, tan
densa que no puedes ver el otro lado de la calle. Miras a la derecha, lue-
go a la izquierda pero no puedes ver a más de quince metros en ningu-
na dirección. Estás rodeado.
¿Cuánta agua crees que se necesita para crear ese manto de niebla
que te ha aislado por completo de tu mundo?
Antes de que sigas leyendo, piensa en esto un momento. No te preo-
cupes si no eres bueno en matemáticas o nunca se te dio bien la física.
Simplemente utiliza tu sentido común. ¿Cuánta agua crees que ha he-
cho falta para crear esa niebla que te rodea?
¿Estás preparado para la respuesta? Unos pocos mililitros. El volu-
men total de agua en un manto de niebla de poco menos de media hec-
tárea y de un metro de espesor no llenaría un vaso de agua del tubo.
¿Cómo es posible? Primero, el agua se evapora y el vapor resultante
se condensa en minúsculas gotas que impregnan el aire. En ese bloque
de niebla de la extensión citada, el equivalente a un vaso de agua se dis-
persa en unos 400.000 millones de minúsculas gotitas suspendidas en el
aire, que crean un manto impenetrable que no deja pasar la luz y te hace
temblar.
Eso es justamente lo que sucede con ciertas experiencias dolorosas
o difíciles.

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Los seres humanos tenemos una gran capacidad de adaptación. La


mayoría de las veces, cuando nos suceden cosas negativas, somos ca-
paces de aprender de ellas, sacudírnoslas de encima y seguir con nues-
tras vidas. La experiencia sencillamente se evapora, haciéndonos algo
más viejos y más sabios. Pero no siempre es así. A veces, sobre todo cuan-
do somos muy jóvenes, tenemos experiencias que no nos podemos sa-
car de encima. Aunque parezcan insignificantes, sin más sustancia que
un vaso de agua, cuando estas desagradables experiencias se evaporan,
se condensan en miles de millones de gotitas de ira, miedo, dudas sobre
uno mismo, culpa y otros sentimientos negativos, rodeándonos con un
asfixiante manto que contamina todos los demás aspectos de nuestras
vidas en el futuro.
A esto lo llamamos la niebla de sufrimiento.
Normalmente, esta vaga sensación de malestar se instaura como un
telón de fondo, como el molesto zumbido de la nevera o del aire acondi-
cionado del que ya hemos aprendido a desconectar en nuestra concien-
cia de vigilia. Pero tanto si somos conscientes como si no, invade nuestra
existencia como un dolor de cabeza insistente, interfiriendo en nues-
tra habilidad para tener relaciones sanas, para utilizar nuestro poten-
cial en el trabajo, o para disfrutar de unas vidas que distan mucho de
ser lo satisfactorias que deberían ser. Con los años, ese zumbido de fon-
do puede sabotear nuestra carrera, amistades, matrimonios. A veces,
como le sucedía a Stefanie, incluso se ceba en nuestra salud física.
¿De qué está formada esta niebla? En parte de sentimientos y en par-
te de creencias, parcialmente subconscientes y parcialmente bioeléctri-
cos. Puedes contemplarla como un patrón de interferencia, como un
sonido estático, que se suele instaurar en la infancia, cuando nuestras
defensas todavía no se han acabado de formar y aún no hemos desarro-
llado nuestro pensamiento lógico de adultos. Es decir, se encuentra fuera
del dominio de nuestro proceso de pensamiento verbal, lógico y cons-
ciente. Es como un programa informático abierto en la trastienda, que
ensombrece nuestros pensamientos y sentimientos, reacciones y con-
ductas, nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro mundo; todo
ello sin que seamos plenamente conscientes de que se encuentra allí.

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Introducción 17

Para algunos, esta niebla de sufrimiento se manifiesta de formas muy


distintas y específicas, como un temor perenne o una ansiedad irracio-
nal, un problema en alguna área específica de la vida. Para otros, como
Stefanie, es más vago y generalizado. O sea, no es que haya una cosa es-
pecífica que vaya terriblemente mal. Es más bien como que nada está lo
bastante bien.
Ésa es la razón por la que los esfuerzos de Stefanie no le habían ser-
vido para nada. Los fármacos psicoterapéuticos, como los antidepresi-
vos o ansiolíticos, no pueden dispersar esta niebla; en el mejor de los
casos, pueden amortiguar su impacto. Hablar de ello con amigos, con-
sejeros o terapeutas tampoco la dispersará, porque no se somete a la ra-
zón ni al análisis de la lógica. Intentar «disolverla hablando» es como
intentar llegar a una cueva submarina conduciendo por las calles de la
ciudad. Por más que conduzcas o sea cual sea la ruta que tomes, no lle-
garás. Tendrás que salir del coche, salir de las calles, meterte en el agua
y nadar en otra dirección.
Afortunadamente, ese camino ya existe. De eso trata este libro.

Lo peor de esta niebla es que puede ser tan persistente que podemos lle-
gar a creer que es «normal». Sin embargo, no lo es. Hemos sido creados
con una capacidad extraordinaria para crecer, autorregularnos y auto-
sanarnos. Nuestro diseño innato está bellamente preparado para ge-
nerar una vida de productividad, creatividad, realización personal y
felicidad. Hemos nacido para ser felices. Instintivamente, en lo más pro-
fundo de nuestro ser todos lo sabemos. Todos sabemos lo que se siente
cuando experimentamos un estallido de gozo. En algún momento de
nuestra vida todos hemos tenido la experiencia de felicidad extática,
de euforia por el mero hecho de estar vivos.
¿Te has preguntado alguna vez por qué esa experiencia es tan rara y
escurridiza?
La respuesta es: no lo es.
Nuestras experiencias clínicas durante las últimas décadas nos han
demostrado que es posible recobrar ese sentimiento de gozo infantil por

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la vida y vivir nuestra vida plenamente. A raíz de este trabajo, hemos


llegado a convencernos de que estamos aquí en la tierra para ser felices
y estar sanos, para experimentar gozo, amor, conexión y contribución.
Puedes convertirte en una persona mejor, más inteligente, tranquila,
concentrada, poderosa y mucho más feliz.
Para que eso suceda, hemos de remitirnos a esta invasiva niebla de
sufrimiento, comprender de dónde procede y saber cómo disiparla.
Hemos pasado las últimas décadas resolviendo este rompecabezas,
utilizando las herramientas de la psicología convencional junto con nue-
vos métodos y perspectivas extraídas de los últimos descubrimientos
en el vanguardista campo de la investigación y de la terapia denomina-
do psicología de la energía. Desde que empezamos a explorar esta nueva
frontera en la década de 1980, en nuestras prácticas, talleres y demos-
traciones públicas, hemos realizado más de 45.000 tratamientos indivi-
duales con resultados sistemáticamente fiables y notables.
En la última década, hemos adaptado nuestro sistema creando un
protocolo simple que puedes utilizar tu solo. Es poderosamente simple
y eficaz. Hemos visto cómo miles de personas lo usaban para despejar
su propia niebla de sufrimiento.
Esto es justamente lo que le sucedió a Stefanie. En esa primera visi-
ta, la guiamos por los cuatro pasos de este sencillo protocolo:

Paso 1: identificar. Primero, pasamos revista a su vida y la ayuda-


mos a identificar un hecho doloroso temprano cuyo impacto había
proyectado su larga sombra en su mundo, junto con las creencias
autolimitadoras que su joven mente había formado a raíz de dicha
experiencia.

En el capítulo 1, te guiaremos paso a paso a través de un simple pro-


ceso para que puedas hacer lo mismo. (También revelamos cuál fue
el acontecimiento que tanto afectó a Stefanie.) En el capítulo 2, vere-
mos las creencias autolimitadoras más comunes y cómo identificarlas
en uno mismo. En el capítulo 3, veremos dónde residen estas creen-
cias y la razón por la que nos tienen tan atados y aprenderemos un mé-

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Introducción 19

todo fascinante para conducirlas a la superficie, donde podremos ma-


nejarlas.

Paso 2: borrar. A continuación, trabajamos con Stefanie con ejerci-


cios respiratorios especiales y técnicas neuromusculares para reali-
near la polaridad eléctrica natural de su cuerpo y ayudarla a disper-
sar la niebla invasiva.

En el capítulo 4, exploramos el biocampo corporal y lo que sucede


cuando nuestras polaridades eléctricas se han invertido o trastocado.
También aprenderemos un conjunto de técnicas para realinear nuestra
polaridad eléctrica, incorporando la psicología cognitiva junto con ele-
mentos extraídos de antiguas disciplinas, entre las que se incluyen el
yoga y la acupresión.

Paso 3: remodelar. Luego ayudamos a Stefanie a liberar definitiva-


mente la creencia autolimitadora que identificamos en el paso 1 y a
introducir otra opuesta, la creencia de empoderamiento o poder per-
sonal.

En el capítulo 5, exploramos el concepto de autoeficacia, es decir, la


habilidad de ser capaz de ponerse en el asiento del conductor y dirigir
nuestra propia vida, junto con las fascinantes y nuevas investigaciones
sobre el poder de las imágenes mentales. En este capítulo también te
conduciremos a través del paso de remodelar, te mostraremos cómo
crear una nueva historia de tu vida.

Paso 4: anclar. Por último, le enseñamos a Stefanie varias técnicas


muy poderosas para anclar esas nuevas creencias y patrones de pen-
samiento a fin de que se convirtieran en una parte permanente de
ella y no sólo en una forma de consuelo temporal.

En el capítulo 6, te enseñamos a completar este sencillo paso de an-


clar y a usarlo en las semanas y meses venideros como un rápido recor-

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datorio, para que no te olvidas del Proceso de los Cuatro Pasos. En el


capítulo 7, veremos las formas de utilizar el Proceso de los Cuatro Pasos
para destapar capas más profundas y conectar con todo nuestro poten-
cial, y en el capítulo 8, señalamos algunas sencillas prácticas diarias adi-
cionales, extraídas de nuestras experiencias clínicas y de investigacio-
nes recientes, que te ayudarán a crear esa vida rica que te mereces.
Estos cuatro pasos —identificar, borrar, remodelar y anclar— son la
esencia de lo que aprenderás en las páginas de El código de la felicidad.
En este libro, vamos a mostrarte qué es este proceso, cómo y por qué
funciona, y cómo puedes hacer que te funcione a ti.
Cuando Stefanie salió de nuestra consulta ese día, la nube oscura
había desaparecido. Eso fue hace varios años. Todavía no ha vuelto a
aparecer.

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1

Una entrevista contigo mismo

¿Qué haces con la rabia que sientes


cuando te sientes tan mal que morderías,
cuando el mundo entero te parece tan mal...
y nada de lo que haces te parece bien?
Fred Rogers, en Mister Rogers’ Neighborhood

Caminas por un campo, masticando tranquilamente una brizna de hier-


ba. Brilla el sol, el aire es cálido. Notas una ligera brisa en tu espalda. La
vida es buena.
De pronto oyes un estruendo tremendo.
Sobresaltado, alzas la vista y miras el horizonte en el momento en
que un volcán expulsa hacia el cielo una gigantesca columna de ceni-
zas y polvo que se esparce formando una enorme nube que durará al-
gunos días, semanas, quizás años. Tapará el sol y cambiará tu mundo
por completo. Cabe incluso la posibilidad de que no vivas para ver cómo
se disipa.
Un detalle más: eres un dinosaurio.

Los científicos nos dicen que fue el choque de un asteroide contra la


Tierra hace millones de años lo que provocó la muerte de los dinosau-

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rios. Según cuentan, el impacto proyectó tantas cenizas a la atmósfera


que oscureció los cielos y transformó el clima convirtiéndolo en lo que
a veces se ha denominado el invierno nuclear, así llamado por el efecto
similar que tendrían las explosiones de una serie de bombas nucleares.
El impacto de los acontecimientos traumáticos personales puede te-
ner el mismo tipo de efecto, impidiéndonos ver el cielo y provocando
un efecto de frío que impregnará todos los aspectos de nuestra vida.
Para ver cómo sucede esto, volvamos por un momento a la primera
consulta con nuestra paciente Stefanie, a la que hemos presentado en la
introducción.

La primera vez que Stefanie recibió


veinticinco centavos de dólar

Una de las pistas para la fuente de la infelicidad de Stefanie surgió a los


pocos minutos de conversación, cuando nos contó lo culpable que se
sentía por el fracaso de su primer matrimonio. Aunque habían pasa-
do muchos años desde entonces, sus sentimientos eran tan fuertes en
aquellos momentos como lo fueron en un principio. De hecho, según y
cómo eran más fuertes. El antiguo refrán de «El tiempo todo lo cura»
no podía alejarse más de la verdad. Las heridas de Stefanie no se sua-
vizaron con la edad. Empeoraron, muchas veces incluso se adentraron
más y más en los surcos de la psique.
Para Stefanie, ese divorcio fue como el choque de un asteroide. Pue-
de que hubiera sucedido hacía mucho tiempo, pero las cenizas que ha-
bían sido proyectadas hacia la atmósfera todavía oscurecían los cielos
varias décadas más tarde.
Esto no es puramente psicológico. Recuerdo que Stefanie también
estaba sintiendo síntomas fisiológicos muy reales, además de la ruptura
gradual de su vida personal y profesional. El impacto de los aconteci-
mientos traumáticos de nuestras vidas se graba en muchos planos de
nuestra existencia a la vez. Estamos hablando de algo que es tanto fisio-
lógico como emocional, energético y psicológico.

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Una entrevista contigo mismo 23

A veces, el hecho traumático parece tan evidente como el choque de


un asteroide con el planeta. Al fin y al cabo, no tardamos tanto en en-
terarnos del divorcio de Stefanie. Nos habló del mismo a los pocos mi-
nutos de nuestro encuentro.
En otras ocasiones, no es tan evidente. Muchas veces, suceden cosas
importantes en nuestra vida, especialmente cuando somos muy jóve-
nes e impresionables, que pasan desapercibidas para las personas que
están a nuestro alrededor. De hecho, esos acontecimientos tempranos
pueden llegar a ser tan sutiles que ni siquiera nosotros nos percata-
mos de ellos o de la repercusión que han tenido.
Esto es lo que le sucedió a Stefanie. Tal como hemos dicho, ese sen-
timiento insistente de culpa que nos describió era una de las pistas; pero
no la única. Su infelicidad no empezó allí; el divorcio en sí mismo sólo
se sumó a la nube de cenizas que ya existía dentro de ella y que existía
muchos años antes de eso.
En el transcurso de nuestra conversación, Stefanie mencionó una
serie de acontecimientos a lo largo de su vida que le habían afectado.
Cuando le preguntamos por su infancia, de pronto recordó algo.
«No sé si esto es importante —empezó—. Probablemente, no...»
Por cierto, esto es importante: cuando las personas empiezan a anun-
ciar un acontecimiento diciendo: «No sé si esto tiene alguna impor-
tancia», casi siempre la tiene.
La animamos a que siguiera.
«Bueno, fue cuando tenía siete años, un día ayudé a mi tía a mover
unos muebles, era por la tarde. Cuando terminamos, me dio las gracias
y me pagó veinticinco centavos de dólar. No esperaba que me pagara, y
me hizo mucha ilusión. Fue el primer dinero que gané.»
Movió la cabeza lentamente.
«Probablemente, hacía décadas que no recordaba esto. —Hizo una
pausa, para dejar que la memoria a largo plazo se reprodujera sola—. Me
sentía muy orgullosa. Estaba impaciente por decírselo a mi familia. Me fui
corriendo a casa, y se lo conté a mis padres enseñándoles la moneda.
»Se quedaron atónitos. “¿En qué estabas pensando?”, me riñeron.
“¡Nunca has de aceptar dinero de la familia por un favor!”

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24 el código de la felicidad

»Me quedé destrozada. —Se detuvo de nuevo, como si se hubiera


perdido en los recuerdos y prosiguió—. Me sentí muy humillada.»
Seguramente, sus padres no lo hicieron con mala intención, sólo in-
tentaban transmitirle lo que ellos consideraban que eran sus buenos
valores familiares. Pero la conclusión que Stefanie sacó de esa expe-
riencia se quedó grabada en su vida:

Está mal y es vergonzoso ganar dinero.

Y ahora, medio siglo más tarde, Stefanie había perdido una empresa
que había funcionado bien y ella estaba perdiendo rápidamente su sa-
lud: todo por arrastrar esa vergüenza por ganar veinticinco centavos de
dólar.
¿Cómo puede un hecho aparentemente tan insignificante tener un
efecto tan profundo y duradero? Para responder a esto, hemos de ana-
lizar la naturaleza del trauma.

Pequeño acontecimiento, gran impacto

La palabra moderna trauma es idéntica al antiguo término griego que


significa herida. Cuando hablamos de un trauma, generalmente nos re-
ferimos a un hecho físico o psicológico que nos ha herido gravemente,
provocando un perjuicio o herida en nuestro cuerpo o mente. Entre los
ejemplos de traumas encontramos acontecimientos como un accidente
de coche, una herida grave, la muerte de un ser querido, una amenaza
para nuestra vida, una experiencia en un país en guerra, un gran incen-
dio en una casa. Un evento traumático es ese que hiere y que deja pro-
fundas cicatrices.
Cuando se produce un hecho temible o amenazador, la información
que reciben nuestros órganos sensoriales —imágenes, sonidos y olores
de peligro— se transmite directamente a un par de diminutos racimos de
nervios en forma de almendra, situados en el área anterior de los lóbu-
los temporales del cerebro, que se denominan amígdalas. Las amígda-

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Una entrevista contigo mismo 25

las inmediatamente envían mensajes de alerta a otras partes del cerebro


que desencadenan la liberación de glucocorticoides, las hormonas del
estrés de la respuesta luchar-o-huir, como cortisol y norepinefrina. (El
médico Bessel van der Kolk, quizá la mayor autoridad mundial en trau-
mas, describe las amígdalas como «el detector de humo del cerebro».)
Estas hormonas invaden el sistema y aportan a los músculos una in-
yección inmediata de energía y al mismo tiempo bloquean todos los
procesos no esenciales, como la digestión y la respuesta inmunitaria.
Entretanto, la corteza prefrontal —la zona frontal del cerebro, donde se
encuentran la lógica y la razón— se desactiva.
Los traumas graves pueden producir daños profundos y duraderos,
perjudicando nuestra capacidad para confiar en los demás y crean una
arraigada gama de síntomas conocidos como trastorno por estrés pos-
traumático o TEPT. Estos síntomas pueden manifestarse como recuer-
dos persistentes y molestos; pesadillas o trastornos del sueño; arran-
ques de ira repentinos o aparentemente sin causa u otras emociones;
estado de máxima alerta y cierto grado de insensibilidad emocional.
«Un momento —estarás pensando—. ¿Estrés postraumático a cau-
sa de una regañina por veinticinco centavos de dólar? ¡Es un poco exa-
gerado!»
Así es. En un principio, cuesta creer que el choque de Stefanie con
la desaprobación de sus padres pueda tener la importancia necesaria
para ser considerado un verdadero trauma comparable con un acto de
violencia que pone en peligro nuestra vida o con una herida corporal
grave. No es como si le hubieran pegado o echado de casa, o castigado.
Ella no sufrió ningún daño físico. Incluso después de todos esos años,
allí sentada en nuestra consulta hablando de ello, a Stefanie le costaba
creer que fuera algo que tuviera importancia.
Pero la tenía. Tanto si alguien fue testigo de ello como si no, tanto si
ella misma era consciente de ello como si no, un asteroide se había es-
trellado contra el joven mundo de Stefanie y las cenizas que se proyec-
taron en su atmósfera nunca desaparecieron. Todavía ahora, tras me-
dio siglo, impedían que la luz del sol brillara en su cielo.
Hemos empleado el Proceso de los Cuatro Pasos miles de veces con

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26 el código de la felicidad

personas que han experimentado grandes traumas, no sólo en la infan-


cia sino también de adultas, y en este libro compartiremos algunas de
estas destacadas historias de crisis y recuperaciones. Pero un aconte-
cimiento inesperado no tiene por qué ser dramático o evidentemente
traumático para tener un efecto profundo y duradero.
Recordemos que ante un cúmulo de circunstancias dadas, lo único
que se necesita para crear un manto de niebla impenetrable es un vaso
de agua. El acontecimiento de Stefanie no se podría considerar como un
trauma clínico. Pero era algo más insidioso: era un microtrauma.
Un microtrauma es un acontecimiento o experiencia que desde fue-
ra puede no parecer muy importante, y mucho menos, destructivo. De
hecho, puede ser tan leve que puedes pensar que lo has olvidado por
completo. Pero no es así. Permanece contigo, como el recuerdo de Ste-
fanie había permanecido con ella tan vívidamente que pudo recordar-
lo en cuestión de minutos en nuestra primera visita, aunque, según ella
misma decía, hacía décadas que no había pensado en ello.
Ésta es la razón por la que decimos que estos acontecimientos micro-
traumáticos pueden ser más insidiosos que traumas mayores: precisa-
mente porque se ocultan detrás de la apariencia de su inocente insigni-
ficancia. Éste suele ser el tipo de experiencias que parecen tan comunes
y tan inofensivas que, mirando retrospectivamente, nos cuesta verlas
como momentos importantes en nuestras vidas.
Pero todavía hay más, las otras personas de nuestro entorno, gene-
ralmente, las que vemos como figuras de autoridad, suelen rechazarlas
considerándolas también «insignificantes», reforzando nuestra idea de
que no deberían tener ninguna repercusión en nosotros.
«Supéralo —nos dicen—. No te comportes como un chiquillo. No
es nada.» Y les creemos. «Tienen razón», nos decimos. «No era nada.
Vale, pasó, ¿y qué? Lo superé hace tiempo.»
Pero no es cierto que no fuera nada. Para nosotros, fue la colisión de
un asteroide. Y para la mayoría de las personas, no es algo que uno «su-
pera». Es algo que proyecta un asfixiante manto sobre la climatología
de tu existencia, hasta que te das cuenta de lo sencillas que son las he-
rramientas para identificarlo y eliminarlo.

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