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org/2017/02/17/el-desafio-de-aceptarse-a-uno-
mismo/
El desafío de aceptarse a
uno mismo
La mayoría de nuestros problemas para relacionarnos
están en nosotros y no en los demás
Muchas personas se quejan diariamente de las enormes dificultades que
tienen para establecer nuevas amistades o para mejorar sus relaciones
familiares o laborales. Es cierto que muchas veces las personas con las
que nos vinculamos pueden ser egoístas e indiferentes con nosotros, pero
también es cierto que la mayoría de nuestros problemas para
relacionarnos están en nosotros y no en los demás.
No hay recetas fáciles para lograr una mejor comunicación con los demás,
pero es importante mirar dentro de nosotros mismos y hacernos algunas
preguntas, porque una de las principales fuentes de conflictos es
la falta de aceptación.
¿Dependo demasiado de la mirada ajena, de los elogios o de las críticas?
¿Estoy pendiente de lo que se dice de mí? ¿Busco afanosamente
agradar siempre?
Todos necesitamos ser aceptados por los demás y aceptarnos a nosotros
mismos para ser felices. Es una necesidad básica de la vida humana. De
hecho, nada es tan devastador como no sentirse aceptado.
“Cuando no soy aceptado, se rompe algo en mí. El niño que no es
bienvenido se frustra desde las raíces mismas de su existencia. El
estudiante que no se siente aceptado por su profesor no aprenderá. El
hombre que no se siente aceptado por sus compañeros de trabajo
padecerá de úlcera y será una molestia en su hogar. Muchos de los
historiales de los reclusos revelan que en algún momento de su existencia
erraron el camino porque no había nadie que realmente los aceptara. Del
mismo modo, cuando un cristiano no se siente aceptado por su
comunidad, no puede ser feliz. Una vida sin aceptación es una vida
en la cual no se satisface la necesidad humana más básica”[1].
La falta de aceptación puede llevarnos a querer ser lo que no somos y a
construirnos una máscara, a vivir pendientes de la aprobación ajena, del
aplauso, del elogio. Pero por este camino nos esclavizamos todo el
tiempo. Si renuncio a ser yo mismo, terminaré vacío y sin nada verdadero
para ofrecer a los demás. En mi intimidad sabré que si me manifiestan
amor, no es a mí, sino al personaje que he creado para agradar a todos.
Lo que necesitamos es que nos acepten a nosotros, no la ficción que
creamos de nosotros mismos. Porque estar demasiado atento a las
miradas ajenas nos llevará a un profundo auto-rechazo y al aislamiento.
No son pocos los que buscan la comodidad de vivir detrás de un
ordenador o detrás de su teléfono móvil, para no encontrarse de verdad
con nadie.
Somos más que lo que hacemos
En una sociedad que valora el hacer, la productividad, las personas se
sienten valiosas por lo que hacen, no tanto por lo que son. Pero cualquier
persona puede hacer lo que yo hago, mejor o peor, pero lo puede hacer.
En cambio nadie puede ser quien soy. Somos únicos e irrepetibles y
valemos por quienes somos, no por lo que hagamos o dejemos
de hacer. La aceptación de uno mismo no tiene que ver con ser exitosos
o desarrollar habilidades, sino con amar lo que somos.
Una persona que es aceptada por otros y que se acepta a sí misma, es
siempre una persona feliz. Cuando no se siente aceptada, buscará mil
formas “creativas” para compensar esa falta y se sentirá siempre vacía.
El autoritarismo es una manifestación de la propia inseguridad, del
temor a perder el control. La crítica hacia los demás es una forma de
sentirnos superiores o mejores, de buscar todo el tiempo el defecto en el
otro. La falta de aceptación es también una falta de seguridad en nosotros
mismos, que nos hace rígidos, orgullosos, temerosos y profundamente
inseguros.
Cuando tenemos la mirada demasiado puesta en nosotros, nos
volvemos autorreferenciales, hablamos solo de nosotros y de
nuestras cosas, reclamando siempre el afecto de los demás y
culpándolos siempre de no ser lo que esperamos.
Cuando las personas se vuelven así de demandantes y egoístas, se
confirman sus miedos: nadie quiere estar a su lado. No porque no sea
posible amarla, sino porque no se deja amar. La baja autoestima les lleva
a ocuparse demasiado de sí mismos y a no ver a los demás.
Las tres tentaciones: poder, aparentar, tener
Henri Nouwen[2] describe las tres tentaciones fundamentales del ser
humano cuando no se siente amado, como caminos ilusorios para
compensar la falta de amor, de aceptación. Detrás de la aparente
seguridad del poder, del aparentar y del tener, se esconde un profundo
sentimiento de vulnerabilidad e inseguridad.
“Bajo los grandes logros de nuestro tiempo existe una corriente profunda
de desesperación. Al mismo tiempo que la eficacia y el dominio de la
realidad son las grandes aspiraciones de nuestra sociedad, el sentimiento
de soledad, el aislamiento, la falta de amistad e intimidad, las relaciones
rotas, el aburrimiento, los sentimientos de vacío y depresión, y un
sentimiento profundo de inutilidad llenan los corazones de millones de
personas en nuestro mundo, totalmente orientado hacia el éxito.
…Un grito se levanta tras toda esa decadencia: ¿Hay alguien que me ame?
¿Hay alguien a quien yo le importe verdaderamente? ¿Hay alguien que
quiera quedarse conmigo? ¿Hay alguien que quiera estar a mi lado
cuando pierda el control de mí mismo, cuando sienta ganas de llorar?
¿Hay alguien que quiera apoyarme y hacerme sentir que pertenezco a algo
o a alguien? Sentirse un ser sin importancia es una experiencia
más general de lo que pensamos cuando miramos este mundo
que aparenta ser tan autosuficiente”.
La búsqueda de apoyos materiales revela más de nuestra debilidad que de
nuestros méritos y aquí aparecen las tentaciones del poder, del aparentar
y del tener.
La búsqueda del poder como dominio de los otros es un signo de la
incapacidad para amarlos. Quien tiene que dominar no sabe amar, porque
su interior está lleno de miedos e inseguridades.
“El amor echa fuera el miedo” y solo el verdadero amor nos hace libres de
la esclavitud del poder. Vemos constantemente personas que
cuando tienen poder, manifiestan toda su inseguridad en
imponerse, cuando la verdadera autoridad solo brota del amor.
Solo obedece (escucha) de corazón quien se sabe amado. Hasta
en ámbitos laborales se percibe claramente la diferencia entre un líder con
libertad interior que no necesita imponerse y un jefe que siendo incapaz
de pensar en los demás, solo busca desesperadamente no perder el
control.
Por otra parte, el mundo del aparentar, la cultura de los hombres y
mujeres “de éxito”, lleva a muchos a un autoengaño constante. La
búsqueda de aparentar lo que no soy, de ser otro, la necesidad de exagerar
las propias cualidades o logros, la comparación permanente con los otros,
son la otra cara de una imagen muy pobre de uno mismo.
Porque cuando uno es feliz de ser quien es, puede ser transparente y no se
necesitan andamios de apariencias que a la larga no engañan a nadie, solo
a uno mismo. La necesidad de mostrarse, de que otros vean lo que hago,
dice algo de nuestra pobreza interior, de la superficialidad en la que
vivimos.
Finalmente, el afán de tener, especialmente en una sociedad
hiperconsumista, es también la cara oculta de un vacío interior
que nunca encuentra la paz. La ilusión de ser más libres por poder
comprar, nos hace olvidar el ejercicio de la verdadera libertad y nos
anestesia sobre las modernas esclavitudes en las que vivimos, sin pensar
demasiado en el sentido de la vida.
Las cosas más importantes de la vida, las que realmente nos hacen felices,
no se pueden comprar en ningún lado, no dependen del dinero ni de los
títulos académicos, no dependen del reconocimiento social, solo se
reciben en el amor y gratuitamente.
Las personas que han alcanzado la madurez afectiva son muy libres
interiormente, seguras de sí mismas y por eso naturalmente más
humildes y creativas.
Cuando logramos aceptarnos a nosotros mismos, aceptamos a
los demás con menos dificultades y no estamos pendientes de
cómo los demás son con nosotros, sino de cómo amamos
nosotros, de cuán auténticos y libres somos para poder construir
relaciones más profundas y auténticas. La libertad que brota del amor
deja fuera todos los miedos e inseguridades.
[1] VAN BREEMEN, P. (1998). Como pan que se parte. Santander: Sal
Terrae. pp. 9-18.
[2] NOUWEN, H. (1998). En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de
responsable de la comunidad cristiana. Madrid: PPC.