Presentación a la edición francesa
Por: Georges Lapassade
Sociólogo. Profesor, Universidad París 8
El anatomista holandés Louis Bolk nació el 10 de diciembre de 1866 en
Overschie. Después de realizar estudios de derecho que culminó 1888,
emprendió sus estudios de medicina en la Universidad de Amsterdam. Estos
estudios fueron terminados en 1896. Bolk se convierte entonces en asistente del
Laboratorio de Anatomía de la Universidad de Amsterdam. A partir de 1898, se
convierte en profesor de anatomía y embriología de esta misma Universidad.
Muere en Amsterdam el 17 de junio de 1930.
Esencialmente, las investigaciones de Bolk se hicieron alrededor de la
segmentación del sistema nervioso periférico, la anatomía comparada del
cerebelo, la anatomía dental (teoría de la dentición humana, relación entre la
dentición de los reptiles y los mamíferos, anomalías de la dentición), sobre la
antropología de la población holandesa (incremento de la estatura, el cabello,
etc.), sobre la anatomía comparada de simios antropoides, sobre las diferencias
raciales y en fin, sobre problemas de la hominización.
La conferencia de Loius Bolk sobre El problema de la antropogénesis,
pronunciada y publicada en 1926 (Das problem der Menschwerdung, Jena,
1926), es conocida en Francia sólo por especialistas; y no existe traducción. El
texto es difícil de encontrar y los trabajos que hablan de él, sólo citan los
ejemplos a partir de los cuales Bolk estima poder establecer el hecho que la
forma humana presenta caracteres observables en los fetos de los otros
primates. Se retuvo la fórmula según la cual el hombre es “un feto de primate
que ha llegado a la madurez sexual”. Dicho de manera breve, la teoría bolkiana
es apenas citada en los capítulos concernientes al problema de nuestro origen.
Ahora bien, es suficiente con leer las primeras páginas del texto de Bolk para
darse cuenta que todo su esfuerzo consistía antes que nada en evitar esta
amalgama. Es claro que para él, el problema de la Menschwerdung - de la
génesis del hombre- es diferente al problema de la descendencia, en el sentido
darwiniano del término. Se trata, no de llegar a conclusiones más seguras en lo
que a nuestra genealogía se refiere, sino por el contrario, de separar un nuevo
campo de investigaciones que hasta ese momento había sido inexplorado. La
ciencia genealógica debe ser puesta entre paréntesis si queremos esforzarnos en
describir, en un primer momento, la forma del hombre y el aspecto biológico de
su desarrollo individual, para después, -y solo después- volver al problema del
origen.
La primera etapa de la investigación bolkiana consiste, así pues, en una
inversión del método: se plateará primero el problema de la esencia, de la
estructura, antes de plantear el problema de la génesis y de los orígenes. La
segunda etapa, es de la descripción; Bolk señala el carácter fetal de la estructura
y la singular lentitud del desarrollo individual; para esto es suficiente con
reagrupar hechos conocidos, sobretodo en lo concerniente al segundo grupo de
observaciones: por ejemplo, la duración excepcional de nuestra infancia. Pero
no es esta síntesis quien marca la originalidad de su trabajo.
Esta originalidad reposa antes que nada en el hilo conductor propuesto que
permitiría reagrupar hechos conocidos de manera dispersa y que no han sido
objeto de una elaboración teórica. Este hilo conductor reposa en la hipótesis de
la retardación evolutiva.
Esta retardación evolutiva debe considerarse no como límite de la formación del
hombre, sino -como lo atestigua la existencia de organismos neoténicos- como
un principio general de la evolución. Sobre este punto, Bolk no hace más que
retomar una hipótesis cuya primera formulación se encuentra en El origen de
las especies de Darwin. Allí se propuso explicar estos hechos de juvenilización
por las modificaciones de los factores endocrinos que gobiernan el crecimiento;
Bolk retoma esta hipótesis para aplicarla a los orígenes del hombre. Al mismo
tiempo, propone interpretar ciertos signos patológicos ocasionados por
disfuncionamientos endocrinos -la pubertad precoz, por ejemplo- como testigos
móviles de una encuesta sobre los procesos a través de los cuales el hombre ha
llegado a ser lo que es.
De esta manera la patología toma un lugar, junto a la biología del crecimiento,
en una investigación que, hasta Bolk, sólo acudía a la anatomía comparada.
Estos resultados son retomados por Bolk, en la segunda parte de su conferencia,
a la luz de su hipótesis de la fetalización. Ya lo hemos señalado, este es el
aspecto más conocido de su obra, al menos en Francia. En otros lugares se ha
retenido todo lo que concierne a la existencia individual del hombre, como se
puede observar en numerosas publicaciones de psicoanalistas norteamericanos.
Es interesante hacer notar la relación estrecha, la convergencia de los trabajos
de Bolk y Freud sobre este punto, -convergencia tan extraordinaria, hasta el
punto que estos dos investigadores parecen ignorarse mutuamente.
Conviene recordar aquí los trabajos etnológicos de Geza Roheim, que están
directamente relacionados con la tesis bolkiana. Bolk, Freud, Roheim: he aquí
una nueva manera de describir al hombre, de situar las relaciones entre
naturaleza y cultura, de definir las bases de una nueva antropología. El hombre
se presenta bajo un nuevo día, diferente a las “ideologías del progreso”, que
hasta aquí, pretendían explicar las concepciones de su origen y su devenir. Un
ser fundamentalmente y por siempre inacabado, nacido prematuramente,
enraizado en su infancia: este es un tema desarrollado sin duda antes de Bolk y
expresado en los mitos por los primeros filósofos, pero que encuentran en este
escrito, por primera vez sin duda, sino una explicación definitiva, al menos la
iluminación de una hipótesis que debe retenerse y discutirse.
Tales son las razones para presentar por primera vez, la traducción de los
principales extractos del trabajo de Bolk.
LA GÉNESIS DEL HOMBRE*
Un problema de método
Frecuentemente se ha hecho la observación según la cual el estudio de la forma
corporal del hombre ha tomado, bajo la influencia de las teorías de la
descendencia, un carácter un poco tendencioso: la meta final de este estudio era
en efecto reunir datos con el fin de edificar nuestro árbol genealógico. El estudio
de las particularidades específicamente humanas en sí mismas, la búsqueda de
propiedades corporales fundamentales del hombre eran casi siempre entregadas
al provecho de consideraciones que presuponían esta intención. La anatomía
comparada se convirtió así en una ciencia anexa a la genealogía: la única meta
de la anatomía comparada de los primates consistió en la búsqueda de
relaciones de filiación.
No es mi intención subestimar el beneficio inmenso que la ciencia debe a este
genero de investigaciones. Pero su aplicación exclusiva comportaba sin embargo
un peligro: la negligencia de la forma como un fenómeno y de sus atributos, al
considerar a cada uno en su desarrollo progresivo o regresivo. Pero, se me dirá,
¿Es posible intentar comprender la forma del cuerpo humano y su génesis sin
referencia alguna a la hipótesis de la descendencia? Es innegable en efecto que
la forma del cuerpo humano provenga de una forma más animal y que la
descendencia evolutiva de todos los primates actuales, y el hombre
comprendido entre ellos, han debido de alguna manera y en algún lugar
coincidir. No pongo en duda el origen filogenético común al hombre y a otros
primates; pero quisiera insistir en el hecho que el problema de la génesis de la
forma humana es distinto al que concierne a la descendencia del hombre.
Cada uno de estos dos problemas exige sus propios métodos de observación y de
resolución.
Para llegar a una concepción válida de la manera por la cual la forma corporal
del hombre se ha elaborado, no hay que considerar a priori esta forma como el
resultado de un linaje de formas ordenadas según hipotéticas tendencias. Es el
hombre mismo quien debe estar en el punto de partida de esta investigación.
¿Cuál es la esencia del hombre en tanto que organismo? ¿Cuál es la esencia del
hombre en tanto que estructura corporal? He allí dos preguntas que debemos
abordar independientemente de toda consideración genealógica y de toda
hipótesis filogenética previa. La doble pregunta de la cual partimos es de un
lado fisiológica, del otro anatómica: el punto central del problema es el hombre
en su ser y su aparecer. Visto desde este ángulo, el problema de la
antropogénesis se hace más amplio y más substancial que de costumbre. Hasta
ahora el aspecto morfológico representaba el principal interés. Las diferencias
de anatomía y las relaciones entre los hombres y los otros primates eran los
hilos conductores que permitirían resolver el problema de la antropogénesis. En
lugar de esto, voy a tratar de resolver el problema con la ayuda de la fisiología.
Mostraré que la esencia de nuestra forma, es el resultado de un factor orgánico
del desarrollo interno que actúa a través de una parte determinada del
organismo.
Entonces preguntaremos: ¿Existe verdaderamente una especificidad en el
organismo humano, el bion humano difiere en esencia de los seres que le están
zoológicamente emparentados? De esto no hay la menor duda y debemos
incluso asombrarnos, que este hecho haya sido durante tanto tiempo
desconocido. Podría reprocharse a los fisiólogos el haberse interesado
demasiado en problemas elementales y no haber logrado aun elaborar una
fisiología comparada, semejante a una morfología comparada ya bastante
avanzada. Es necesario sin embargo dejarles la excusa de la dificultad para
obtener el material necesario y la dificultad de observación que hay sobre el ser
viviente.
“¿Desde qué punto de vista hay una diferencia entre la biología humana y la de
los otros primates?” Mi respuesta será indirecta: comenzaré por revelar el
carácter propio de la forma del hombre y después mostraré que la esencia del
morphon humain no es más que un síntoma del bion.
No se puede dar el mismo valor a las diversas características corporales del
hombre en lo que concierne a la génesis de la forma; haremos dos grupos: las
características primarias y sus características consecutivas. Las características
consecutivas son fundamentalmente las que se pueden explicar fácilmente como
fenómenos de adaptación a la verticalización. Son necesidades mecánicamente
determinadas o regularizaciones funcionales aparecidas bajo la influencia del
nuevo hecho de la posición erecta. Al contrario, las características primarias
aparecen como el resultado de la acción de los factores del desarrollo que han
determinado el origen de la forma humana. Nos ocuparemos sólo del primer
grupo.
La adquisición de la posición vertical necesitó naturalmente un gran número de
adaptaciones anatómicas. Cada sistema orgánico o casi todos, padecieron la
influencia de la posición erecta. Yo estoy convencido sin embargo, son muchos
los autores que sobrestimaron esta influencia sobre el desarrollo de la forma
humana. La relación de estos fenómenos fue interpretada en el sentido que la
adquisición de este carácter propio era el origen de la formación de casi todas
las características específicas del cuerpo humano, y la adquisición de la estación
vertical se convirtió en el punto de partida para la comprensión de la
construcción del hombre. Esta no es mi opinión. Sin embargo no rechazo la idea
de una reacción posterior a esta adquisición. Rechazo el postulado que implica
que la posición erecta es el agente primario del cuerpo y que las características
específicas del cuerpo humano deriven de ella. La posición erecta es a mi modo
de ver una adaptación necesaria a las modificaciones que resultaron de otros
caracteres esenciales: ella es un fenómeno derivado.
El origen del hombre no está en el enderezamiento del cuerpo, es porqué el
cuerpo tomaba un aspecto humano que el hombre se ha puesto de pie.
Era necesario hacer esta observación, puesto que expone la razón de mi
distinción entre características primarias y características consecutivas. La
posición erecta que origina nuevas modificaciones en el cuerpo es la más
asombrosa de las características consecutivas. Esto se encuentra bastante
alejado del punto de vista general, pero les pido no juzgar ciertas afirmaciones
que no puedo probar ahora por falta de tiempo y de referirse al conjunto para
criticar mi teoría.
Las características primarias que me servirán de ejemplo son: el ortognatismo,
la ausencia de pelo, la perdida de pigmento de la piel, de los cabellos y de los
ojos, la forma de los pabellones de la oreja, el pliegue mongoliano, la posición
central del foramen magnun, el elevado peso del cerebro, la persistencia de la
fontanela, los grandes labios en la mujer, la estructura de la mano y del pie, la
forma de la pelvis, la posición en plano ventral del orificio genital en la mujer,
ciertas variaciones de la dentición y de las suturas craneales. Haré ulteriormente
una observación especial concerniente a la prominencia del mentón, una
formación típicamente humana que, sin embargo, no está enumerada aquí
arriba.
Estoy convencido que ninguno de mis auditores, definirá las características
antes enumeradas como primarias en el sentido que yo le doy a este término.
Criticará sobre todo mi interpretación de la forma de la pelvis, la posición del
foramen magnun, la estructura de la mano y del pie, puesto que la opinión
general interpreta estas características como consecutivas a la posición erecta.
Yo tengo sin embargo mis razones para ubicarme en punto de vista muy
diferente. Pero para comenzar, voy a darles, sin argumentación especial, la idea
directriz de mi pensamiento. Si se estudian las características denominadas
somáticas primarias y si se las considera en el marco de la ontogenia de los
primates, se encontrará que todas ellas tienen un carácter común: son
posiciones y relaciones estructurales fetales que se volvieron permanentes.
Dicho de otra manera: los atributos y las relaciones estructurales que son
transitorias en los primates se estabilizaron en el hombre. Reconociendo este
hecho, la forma del cuerpo humano se nos presenta bajo un nuevo día, puesto
que las características que lo distinguen del cuerpo del simio1 no son caracteres
propios que el hombre habría adquirido en el curso del tiempo. Están presentes
en el desarrollo del feto de todos los otros primates, que los pierden en el curso
de una diferenciación ulterior. Un estadio que es transitorio en el simio se
volvió definitivo en el hombre.
La fetalización
He allí porqué si el feto de los simios inferiores, el feto y el niño de los
antropomorfos tienen un aspecto más humano, no hay que interpretarlo en
función de “la ley biogenética fundamental” según la cual los simios descienden
de un ser que se parecería cada vez más al hombre; en realidad el hombre
conservó el tipo fetal hasta el final de su desarrollo. El desarrollo de los primates
corresponde a una fase final que falta en el hombre2. Quisiera dar cuenta de
esta diferencia entre el hombre y el simio denominando conservativo al
desarrollo humano y propulsivo al desarrollo del simio.
Veremos que esta misma terminología puede ser utilizada para caracterizar la
diferencia de razas. Ahora yo puedo responder a la pregunta fundamental
planteada al comienzo: ¿Cuál es la esencia de la estructura en sí misma que
permite observar la oposición entre la forma (Gestalt) humana y la del simio?
La respuesta es: el carácter fetal de esta estructura. Tenemos aquí un punto de
vista sobre su forma y su origen que es independiente tanto de una teoría de la
descendencia como de una hipótesis del parentesco. Las características
primarias del cuerpo humano no se deducen de los caracteres propios al simio;
una interpretación tal debe ser rechazada. Si quisiera expresar mi principio en
una fórmula breve, diría que el hombre es desde el punto de vista corporal un
feto de primate que alcanzó la madurez sexual. Necesariamente, se deducirá
que nuestros ancestros poseían ya todos los caracteres específicos primarios de
la raza humana de hoy, pero solamente durante una fase corta de su desarrollo
individual.
Los caracteres propios al hombre no son nuevos; figuraban ya en la
organización de sus ascendentes en tanto que caracteres transitorios. La
adaptación funcional determinante de estos caracteres consecutivos y la
conservación de los caracteres primarios son los dos factores que han creado el
hombre. Lo que en nuestros ancestros era un estadio transitorio del desarrollo
es en el hombre actual un estadio definitivo. En el curso de la historia del
desarrollo, la forma adulta adquirió un aspecto fetal cada vez más pronunciado:
ha sido, por así decirlo, “fetalizada”; la hominización consistió en una
fetalización. Tal es el fundamento de eso que yo llamo la hipótesis de la
fetalización.
Demos un paso más. Esta idea fundamental indica la dirección en la cual se
debe buscar la explicación del advenimiento de la forma humana. Las otras
teorías no lo logran. Puesto que nuestros caracteres corporales primarios tienen
un aspecto común. Esta particularidad es incompatible con la suposición según
la cual ellos aparecieron independientemente, aislados los unos de los otros,
cada uno en función de un factor causal. Esta convergencia tiene como base una
razón común. La fetalización de la forma no es consecutiva a los caracteres
externos o a una influencia que obraría desde el exterior sobre el organismo. No
es la consecuencia de una adaptación a las circunstancias exteriores cambiantes;
no ha sido condicionada por una lucha por la vida. La fetalización de la forma no
es el resultado de una selección natural o sexual; puesto que estos factores
evolutivos, cuya efectividad en la naturaleza no pongo en duda, actúan de una
manera significativa y son por este hecho insuficientes para explicar la forma
del cuerpo humano. La causa propia de la formación de estos caracteres está
contenida en el organismo; es un carácter interno y funcional. Dicho
brevemente, la antropogénesis se hizo en función de un principio de desarrollo
único y orgánico. Sobre este punto estamos de acuerdo con este principio
biológico fundamental de Nägeli: “la estructura y la función del organismo son
la consecuencia de fuerzas interiores y por este hecho son independientes de
todas las circunstancias exteriores y fortuitas.” Después de haber mencionado
nuestro acuerdo con este principio de base, no debemos sin embargo quedarnos
aquí, sino ir más lejos y elucidar la pregunta siguiente: ¿Cuál ha sido la
naturaleza de esta causa funcional unitaria? Cuando un carácter fetal se hace
permanente, es porque una causa activa frena su desarrollo inicial y lo detiene
más o menos lejos de su culminación. La forma humana en su totalidad es la
consecuencia de una inhibición general del desarrollo. Un nuevo factor de
evolución se agrega así a los otros: la retardación del desarrollo.
La retardación
Cuando este concepto de retardación evolutiva me pareció claro, me pregunté
si su acción se limitaba solamente a la morfogénesis del hombre. Profundizando
sobre el problema, pude constatar que el principio de inhibición no dominaba
únicamente a la antropogénesis en sí misma, sino también a todo el curso de su
vida individual. Ningún mamífero se desarrolla tan lentamente como el hombre;
ninguno toma tanto tiempo para ser adulto después de su nacimiento. ¿Qué
mamífero posee, como el hombre, una madurez tan larga a la cual se agrega una
fase de vejez de la cual nosotros no conocemos un equivalente en el reino de los
mamíferos? ¿Qué animal puede, en efecto, beneficiarse, después de la extinción
de sus funciones germinales, de una vida somática tan larga?
Lo que viene de ser dicho contiene la respuesta de la segunda pregunta: ¿Cuál es
la esencia del hombre en tanto que organismo? Ahora nosotros poseemos esta
respuesta: la lentitud del curso de su vida. No se me contradirá si afirmo que
esta lentitud, adquirida poco a poco en el pasado por los homínidos, es el
resultado de una desaceleración que se ha efectuado sobre un período imposible
de determinar. Llamaré a este hecho: principio de la retardación de la
antropogénesis.
En resumen, el hombre desde el punto de vista estructural y desde el punto de
vista orgánico –es decir, desde el doble punto de vista morfológico y fisiológico–
se caracteriza por una propiedad muy particular: la esencia de su estructura es
el resultado de una fetalización; la esencia de su existencia individual es la
consecuencia de una retardación. Estas dos propiedades están en estrecha
relación causal: la fetalización de la Gestalt humana es en efecto la consecuencia
de una retardación estructural evolutiva. ¿Cuál puede entonces haber sido la
causa directamente preparatoria de esta retardación, que indujo a la
fetalización? Insisto intencionalmente sobre “la causa directamente
preparatoria”. Puesto que, cualquiera que sea la naturaleza de esta causa, no ha
sido espontánea. Ella ha sido el antepenúltimo eslabón de la cadena causal que
relaciona al hombre con los menos evolucionados de los seres vivos. Como todas
las causas que la preceden, la causa directamente preparatoria ha sido un medio
de acción del principio de la evolución de la naturaleza organizada. Puesto que
la evolución no es para mi un resultado sino un principio. Ella es para la
naturaleza organizada lo que el crecimiento es para el individuo y, tanto como
este último, la evolución está sujeta a la influencia y a la acción de factores
exteriores. Estos factores exteriores no actúan elaborando sino únicamente
modelando. La esencia de la evolución esquiva así todo análisis: puesto que la
evolución es una función de lo vivo y no del individuo.
La acción del sistema endocrino
La pregunta que se plantea es: ¿Cuál puede ser la causa de esta retardación?
Para responder, dejaremos de lado la morfología para abordar la fisiología. Esta
desaceleración gradual, en el curso de la vida de los ancestros del hombre, con
todas sus consecuencias relativas a la elaboración de la forma y de sus
caracteres funcionales, debe tener en efecto una causa fisiológica. Y si
profundizamos la cuestión, encontramos el sistema que controla el crecimiento:
el sistema endocrino. Una alteración del modo de acción de este sistema debe
ser la base de los fenómenos que hemos considerado más arriba. Sobre este
tema, mi punto de vista está en acuerdo con las tesis provenientes de
investigaciones científicas recientes y que ocupan un lugar cada vez más
importante en morfología. Si el fenómeno de la retardación es causado por
secreciones internas, el problema de la antropogénesis se convierte en un
problema puramente fisiológico. La fisiología fue considerada en el problema de
la antropogénesis como una reacción del organismo; yo la considero como una
acción.
La acción del sistema endocrino que durante nuestra existencia individual es
determinante para el desarrollo de nuestra forma, y que después controlará la
conservación de esta forma, debe ser un poco diferente en los antropomorfos.
Ella es tan diferente en el hombre actual como lo fue en nuestros ancestros. Si el
desarrollo de la forma individual es llevado hasta los detalles del metabolismo,
existe en la base de la forma actual una alteración de estos detalles que se ha
producido en el pasado. El que las hormonas producidas por nuestro sistema
endocrino inhiban o aceleren el crecimiento, es un hecho conocido. Cada
carácter puede ser o activado o inhibido en su desarrollo por las hormonas y, de
esta manera, el curso de la vida lo será en su totalidad. El desarrollo de los
homínidos se hizo bajo una influencia inhibitoria; esta inhibición alcanzó para
ciertos caracteres el grado máximo de una interrupción. Morfológicamente
hablando, esto significa la supresión del desarrollo de un carácter. La
retardación del desarrollo puede así concluir en la eliminación de un carácter.
Este es el motivo por el que diversas características específicas del hombre,
ausencia de pilosidad, pérdida del pigmento, si las comparamos con las
características correspondientes en el simio, son caracteres negativos.
Tratar de resolver el problema de la antropogénesis en este sentido tiende a
mostrar que las dos ciencias gemelas, morfología y fisiología, se aproximan de
nuevo después de haber ido en direcciones diferentes en los últimos cincuenta
años.
La patología atestigua sobre nuestros orígenes
La relación fundamental entre la acción del sistema endocrino y la historia del
desarrollo de la forma del cuerpo humano, aclaran de forma inesperada ciertos
fenómenos de la patología humana que se presentan como verdaderas recaídas
y son la prueba que las formas ancestrales humanas estuvieron más cerca de la
forma del simio.
La influencia de dicho sistema sobre el desarrollo ha sido inhibitoria. Para
decirlo brevemente, el sistema endocrino del hombre secreta hormonas
inhibitorias. Estos caracteres que durante la antropogénesis fueron inhibidos y,
por este hecho, reprimidos, se quedan en un estado latente y deberán ser
reprimidos durante toda la duración de la vida.
Diversas posibilidades del desarrollo de características corporales de nuestros
ancestros se encuentran en nosotros en un estado reprimido. La condición
necesaria para la persistencia de este estado latente es una hormona que circula
en nuestra sangre. Pero, ¿Qué sucede cuándo uno o varios órganos de nuestro
sistema endocrino está enfermo, cuándo la secreción hormonal es perturbada de
una manera u otra? La inhibición puede ser entonces debilitada; los caracteres
desaparecidos en el curso de la génesis pueden reaparecer, las funciones que
han sido desaceleradas se desarrollan más rápidamente.
He aquí algunos ejemplos: el hombre perdió su revestimiento piloso, es decir,
que el desarrollo de la pilosidad, primero inhibido, ha sido a continuación
reprimido. La inhibición puede atenuarse durante las enfermedades endocrinas
y la pilosidad puede reaparecer. Una parte de la humanidad perdió casi por
completo la pigmentación de la piel. Cuando un órgano determinado del sistema
endocrino está enfermo, la pigmentación reaparece. La secreción de hormonas
que impide normalmente el desarrollo de este carácter está perturbada. El
maxilar del hombre se redujo en volumen y tamaño en el curso de la génesis,
porque que las circunstancias fetales se hicieron permanentes. Si el sistema
endocrino está enfermo, las fuerzas inhibitorias no actúan más, el maxilar y
muchas veces el hueso de la frente comienzan a desarrollarse. Contrariamente a
lo que se observa en otros primates, las suturas craneales se cierran muy tarde
en el hombre: la obliteración es así pues frenada. Un síntoma de la enfermedad
del sistema endocrino es la unión prematura de una o de muchas suturas que
son posteriormente el origen de una deformidad del cráneo. Los caracteres
citados en mi teoría se apoyan en hechos patológicos. Todos estos hechos
patológicos son las pruebas visibles de los fenómenos fisiológicos que son la
base de la antropogénesis.
Un estudio sistemático de la manera por la cual los factores inhibidores
influenciaron el curso del desarrollo, mostrará rápidamente que soma y germen
se han comportado independientemente el uno del otro con relación a la acción
de estos últimos. Este hecho tan significativo para la biología humana será el
objeto de otras observaciones posteriores. Es suficiente ahora con observar que
el germen, debido a la retardación del desarrollo general, comienza a funcionar
cada vez más tarde. La activación del sistema sexual es así reprimida. Pero si el
sistema endocrino está enfermo, la inhibición puede ser suprimida: la niña
púbera de cinco o seis años es un ejemplo concluyente. La niña está madura
sexualmente a una edad que era la edad de la pubertad para nuestros ancestros.
La insuficiencia patológica del factor inhibitorio es puesto en evidencia por las
perturbaciones que, dado el carácter atávico de los síntomas, deben ser
considerados como verdaderas regresiones.
El sistema endocrino es, así pues, la parte de nuestro organismo a la que
debemos dar un lugar predominante en la historia de nuestro desarrollo. Se
trata de un trastorno en los detalles, cuya naturaleza química y cuya
importancia, nos son desconocidos; es un cambio que ocasiona una alteración
de los estímulos del crecimiento, una desaceleración general del desarrollo, y
que reprimirá incluso completamente el desarrollo de ciertos caracteres. Esta
alteración tiene su nacimiento en el complejo glandular. Conforme a lo que
precede, la causa principal de la antropogénesis controla de la misma manera el
desarrollo individual. Así, la importancia biológica de este sistema supera la de
otros sistemas que cooperan en el organismo. Él cumple un papel director. El
sistema endocrino actúa siempre como un todo. Estos diversos órganos están
asociados entre ellos por co-actuación por una unidad organizada en el cuerpo:
es un organismo en el organismo, un imperium in imperio, que conduce y
dirige.
Se tiene la costumbre de considerar el organismo animal como un compuesto de
dos unidades: la soma y el germen. Me parece útil considerar tres unidades: la
soma, el endocrinón y el germen. La conclusión de mi interpretación será un
paralelo entre germen y endocrinón. La relación del germen con la especie es
análoga a la del endocrinón con le individuo. Tanto como el germen es
responsable de la manera por la cual se desarrolla la especie y permite su
conservación, así mismo, el endocrinón es el regulador del desarrollo del
individuo y garantiza su conservación. La decadencia de la especie es el signo de
la acción insuficiente del germen; el envejecimiento del individuo es el signo de
una acción análoga del endocrinón.
***
La segunda parte de mi exposición estará caracterizada por una argumentación
más amplia. Volveré sucesivamente sobre ciertas afirmaciones principales, para
de un lado desarrollarlas, y de otro para dar las pruebas de ello.
El primer punto que vamos a enfrentar es el aspecto biológico fundamental de
mi teoría: la hipótesis de la retardación. ¿Qué pruebas se pueden aportar a favor
de esta hipótesis? Estas pruebas se dividen en dos grupos, conformes al doble
contenido de la hipótesis. El curso de la vida del hombre se desarrolla
lentamente: he aquí una prueba establecida por simple comparación. Esta
desaceleración del curso de la vida surgió en el curso de la historia: esta es una
afirmación que sólo puede ser verificada indirectamente.
La lentitud del curso de la vida humana
Primer punto: ¿La lentitud de nuestra génesis y del curso de nuestra vida
requiere de una demostración especial? ¿Se puede citar un segundo ser viviente
en el cual la consciencia aparezca después de largo tiempo después de su
nacimiento? ¿Un segundo ser viviente que, tanto tiempo después de su
nacimiento, exija aún los cuidados de sus parientes y que no es capaz de ser
autónomo más que a una edad avanzada? ¿Desean ustedes otras pruebas de la
extraordinaria lentitud del crecimiento del hombre? Nueve meses nos son
necesarios para adquirir un peso de 3,5 kg. El ternero después de una fase
intrauterina de 9 meses pesa 40 Kg; el caballo que, cuando llega al mundo, tiene
una edad de 11 meses, pesa ya 40 kg. Según las indicaciones de Rübner, el buey
al cabo de 47 días, el caballo al cabo de 60 días, han adquirido un peso dos veces
mayor a al que tenían al nacer, mientras que en el hombre, solamente al cabo de
180 días el peso de nacido es duplicado. La importancia extraordinaria de estos
hechos para la biología humana debe retener nuestra atención; y también su
importancia sociológica.
¿No debemos ver en este largo período, durante el cual el niño es alimentado y
protegido por sus parientes, la causa esencial de la formación de la familia,
elemento fundamental de toda sociedad humana? La retardación del desarrollo
tendrá como consecuencia el hecho que dos generaciones seguidas sigan largo
tiempo juntas. Tal es el fundamento biológico de la sociedad.3
Los hechos relatados más arriba muestran que el lento desarrollo del hombre no
es un fenómeno primario. La posición particular que el hombre ocupa en el
reino animal debe ser el resultado de una desaceleración histórica. ¿Es
justificada esta conclusión? Podría presentarse como una tarea sin esperanza el
dar pruebas directas de esta retardación. Los descubrimientos de esqueletos de
homínidos desaparecidos o de ancestros más lejanos, ayudan a la elaboración de
conocimientos anatómicos; pero estamos aquí en presencia de un fenómeno
fisiológico. Sin embargo, poseemos una prueba de un desarrollo más rápido del
hombre paleolítico, es decir, del hecho que se hacía adulto más rápido que el
hombre actual.
Ya he hablado de esta prueba en trabajos publicados recientemente: el hombre
de Neanderthal poseía aún un tipo de reemplazo de los dientes análogo al de los
antropomorfos actuales, es decir, un tipo de desarrollo del proceso de dentición
más acelerado. Este no es sin duda un fenómeno aislado: tiene un valor
sintomático. De otra parte es muy conocido que la velocidad del desarrollo varia
en cuanto a su rapidez según las diferentes razas. Hecha la verificación, son las
razas blancas quienes tienen un desarrollo más retardado. Aún más, en estas
razas el desarrollo de los individuos de sexo masculino es más retardado que los
del sexo femenino.
Las pruebas indirectas de la retardación histórica se adicionan a las pruebas
directas. Yo agrupo entre las pruebas indirectas, los fenómenos de biología
humana que comprendimos cuando las consideramos a la luz de la retardación
en el curso del desarrollo.
Primero que todo el desarrollo de la dentición en los otros primates, la aparición
de los dientes de leche, se efectúa inmediatamente al nacer y cuando los dientes
de leche están completos la dentición continua su desarrollo sin interrupción
con la aparición simultánea del primer molar permanente que marca el
principio del proceso de reemplazo; así los incisivos de leche son eliminados. El
reemplazo de los dientes de leche por los dientes permanentes se hace al mismo
tiempo. El tercer molar aparece en el mismo momento, o casi, cuando el canino
es reemplazado. Lo que caracteriza este proceso, es la ausencia de interrupción y
el hecho que el reemplazo de los dientes y el crecimiento de la dentición están
sincronizados. Este es el tipo de proceso más común.
En el hombre, el proceso es otro. A la edad de dos años, edad en que los dientes
de leche están completos, se instaura una fase de reposo que dura, más o menos,
hasta el quinto o sexto año. Es entonces cuando aparece el primer molar, y
después de un tiempo que varía dependiendo del individuo, comienza el proceso
de reemplazo. Mientras que en el simio el reemplazo y el crecimiento se
realizaban al mismo tiempo, en el hombre estos dos procesos están separados.
El segundo molar permanente aparece solamente al final del proceso de
reemplazo. El tercer molar atestigua de una retardación variable dependiendo
del individuo. Esta retardación puede de otra parte, como es muchas veces el
caso del hombre civilizado, desembocar en la eliminación de este molar. El
crecimiento de la dentición, que es uniforme en el resto de los primates,
comporta en el hombre dos interrupciones: una de las dos a los seis años, la otra
de ocho a catorce años. El reemplazo de los dientes y su crecimiento son dos
procesos sucesivos en el hombre, mientras que ellos están sincronizados en el
simio.
Mi segundo ejemplo de retardación será mas biológico. El germen femenino
está presto para funcionar cuando la niña alcanza su cuarto o quinto año. Se
produce entonces una fase de reposo en el desarrollo. Si el germen no funciona,
es porque la soma no tiene aún la fuerza para soportar la concepción. Debe así
pues existir en el organismo, una fuerza que se oponga a esta puesta en
funcionamiento; pero sabemos que ella puede hacerse insuficiente a causa de la
enfermedad de una parte del sistema endocrino. La retardación no ha frenado el
germen femenino en su crecimiento, pero ha empujado hacía una edad más
avanzada, la maduración de un órgano que poseía ya elementos maduros. “De
manera general, la llegada a la madurez sexual significa, para el organismo,
haber alcanzado su forma definitiva y la culminación de su desarrollo
individual”, escribe Friendenthal en su Contribución a la historia natural del
hombre. En relación con esta regla general, el organismo humano se comporta
de manera tal que con una culminación del desarrollo a los 18 años, la
posibilidad de madurez sexual está dada desde los 5 años, y la madurez sexual
se produce normalmente hacía onceavo año. Esta contradicción encuentra su
explicación natural en la retardación que afecta el curso de la vida humana, si se
admite al mismo tiempo que el desarrollo de la soma es más retardado que el
del germen. Y la posibilidad de una madurez sexual hacia el quinto año, que
corresponde perfectamente con la edad en la cual los antropomorfos se hacen
sexualmente maduros, nos indica la edad en la cual nuestros ancestros
homínidos alcanzaban la madurez sexual. No puedo abandonar este punto sin
anotar que la aceleración del crecimiento que precede a la edad de la pubertad
es en su esencia, no un crecimiento acelerado, sino un crecimiento frenado. Con
la llegada de la pubertad, el freno del germen desaparece y el de la soma
disminuye.
La neotenia
La retardación del desarrollo, fenómeno biológico que tiene como consecuencia
morfológica la fetalización, no es, en biología, un hecho enteramente nuevo.
Fenómenos homólogos a estos son conocidos en los vertebrados inferiores. Los
batracios neoténicos son larvas sexualmente maduras. Mientras que el germen
termina completamente su desarrollo, la soma no recorre más que una parte del
camino inicial de su desarrollo. Verluys supone que una acción modificada de la
tiroides es la causa de esto. Estos organismos neoténicos presentan fenómenos
de retardación análogos al del hombre. Sin embargo el hombre ocupa, dentro de
ellos, un lugar privilegiado: en la raza humana se pueden observar diversos
grados de la acción de la retardación. Una tal progresión es, si no me equivoco,
desconocida en las formas neoténicas inferiores.
Vuelvo ahora sobre un punto muy importante: ¿Cómo la retardación del
desarrollo tuvo como consecuencia la fetalización de la forma?
El enunciado de esta relación es difícil, porque el proceso de fetalización no se
efectúo uniformemente: casi todos los caracteres del hombre exigen una
explicación particular.
Los “caracteres consecutivos”
Un carácter humano específico puede ser en efecto un fenómeno consecutivo de
la retardación. La prominencia del mentón en el hombre constituye un ejemplo:
como lo he mostrado en trabajos anteriores, esta prominencia de nuestro
mentón es un fenómeno consecutivo a la retardación del desarrollo de la
dentición. Igualmente, el himen no es la consecuencia directa de la fetalización,
sino la consecuencia de la persistencia de la posición fetal del orificio genital en
la mujer4. Tal vez se podría incluir entre estos caracteres consecutivos la
prominencia nasal; pero esto no está aún completamente demostrado.
Los caracteres primarios
Las características específicamente humanas que son las consecuencias directas
de la fetalización son de otra esencia:
La fetalización de la pilosidad
En primer lugar, se encuentra la ausencia de pilosodad en el hombre: cuando se
observa la aparición de la pilosidad en el curso del desarrollo individual en los
primates, se está en presencia de una serie de caracteres que encuentran su
conclusión en la desnudez completa del hombre.
En resumen, he aquí lo que nosotros encontramos:
a) Simios inferiores: la pilosidad aparece inmediatamente sobre todo el
cuerpo del feto. El simio que llega al mundo posee toda su pilosidad.
b) Gibones: en primer lugar, es la piel de la cabeza del feto que está
cubierta de pelo. Sin embargo, antes del nacimiento, la pilosidad es
bastante abundante en la espalda. El joven gibón llega al mundo con un
vientre desnudo. La pilosidad será completada poco tiempo después del
nacimiento.
c) Antropoides: primero que todo, la cabeza está recubierta de pelo,
y, para el chimpancé y el gorila al menos, las cosas seguirán así hasta el
nacimiento. El feto de estos antropoides nace desnudo como el hombre,
pero sus cabellos son sin embargo bastante largos. El resto de la pilosidad
aparecerá después del nacimiento. Reichenon indica en efecto que el
cuerpo se recubre de pelo al cabo de dos meses, a excepción de la frente
que será cubierta al cabo de tres meses. Hay gorilas que conservan durante
toda su vida un pecho exento de pilosidad.
d) El hombre: como en los antropoides, el feto sólo tiene cabellera. El
niño nace igualmente desnudo. Las cosas llegan hasta allí para la mujer.
En el macho, la pilosidad parcial se desarrolla generalmente en el curso de
la pubertad.
Reagrupemos ahora estos hechos: la retardación del desarrollo de la pilosidad
aparece en el gibón; al nacer, su vientre está desnudo. En el gorila, la
retardación es más profunda: el tronco está completamente desnudo al nacer.
En el hombre actual la retardación alcanzó evidentemente su máximo grado: el
desarrollo de la pilosidad es reprimido (unterdrückt) y el aspecto fetal persiste.
Desde este punto de vista, la mujer está más fetalizada que el hombre. Debe
observarse que el cuero cabelludo está sustraído entre toda esta serie a esta
represión,5 incluso podría interpretarse la calvicie del hombre como una
prolongación del proceso descrito. Este complejo de fenómenos concernientes a
la pilosidad constituye un conjunto de pruebas decisivas contra la teoría que ve
en la desnudez del hombre, la consecuencia de factores exteriores. En la mayor
parte de antropoides primitivos, el comienzo del proceso es en efecto visible
desde la vida fetal. No hay aquí, así pues, ni influencia meteorológica ni proceso
de selección: es una causa interna al organismo quien es el agente de este
proceso.
***
La fetalización de la estructura corporal
He aquí otro carácter fetal que persistió y cuyo análisis resuelve el enigma de la
forma humana en su conjunto: voy a tratar de mostrar que lo que es
fundamental en el contraste entre la Gestalt humana y la del cuadrúpedo
radica en las curvaturas del eje del cuerpo del feto que persistieron en el
hombre, y que fueron eliminadas en el cuadrúpedo.
En el comienzo del desarrollo, el eje longitudinal del embrión comporta una
curvatura cóncava. Esta curvatura, bastante uniforme en un principio, se
modifica a causa del crecimiento longitudinal del embrión. El eje se estira en el
medio y las partes del cráneo y la parte caudal6 presentaran una curvatura
propia cada una. Consideremos estas dos partes una después de la otra.
Comencemos por la parte craneal. Para comprender correctamente de que se
trata, es necesario examinar la parte precordal de la osamenta craneana
ubicando la parte final del cráneo del eje corporal en la protuberancia frontal de
la osamenta facial. Quisiera mostrar que la curvatura fetal subsiste en la parte
craneal del eje del cuerpo humano, mientras que en los otros mamíferos es
eliminada en el curso del desarrollo. Para lograrlo, les pido comparar la parte
craneana del embrión de perro y el embrión humano (véase Figura No. 2). Los
dos son muy parecidos: se observa en particular una perfecta similitud en las
tres curvaturas del eje de la cabeza. Hay aquí tres pliegues que llamaré occipital,
intraesfenoidal y nasal. Nosotros estamos aquí frente a detalles muy antiguos:
no se les encuentra solamente en los mamíferos sino también, en el embrión de
los reptiles. La parte precordal del eje corporal, que se encuentra en la parte
delantera del pliegue intraesfenoidal, se divide en dos partes: la parte cerebral y
la parte rinoencefálica. Como en el reptil, estas dos partes forman un ángulo
casi recto, de manera tal que la parte rinoencefálica del eje del cuerpo está más o
menos paralela al cuello. En el perro, constatamos las modificaciones de esta
curvatura que aparecieron en el curso del desarrollo. El pliegue occipital no
desapareció completamente, pero el animal puede hacerlo desaparecer cuando
se desplaza rápidamente. Si hubiese tomado como ejemplo otro mamífero, topo
o erizo, para no hablar de los mamíferos marinos, habría tenido que llamar la
atención sobre la completa desaparición de dicho pliegue. El eje de la cabeza
presenta una pequeña desviación de la dirección primitiva. El pliegue
intraesfenoidal desapareció completamente. La parte cerebral del eje precordal
está ahora en la prolongación de la parte cordal. Podemos demostrar así que en
el curso de la ontogénesis del perro, la curvatura fetal craneal del eje
longitudinal desaparece enteramente.
Contrariamente a esto, los pliegues del cráneo quedaron intactos en el hombre:
las características fetales son más notables en la cabeza, que en cualquier otra
parte del cuerpo humano.7
Las razas humanas y la fetalización
Vuelvo ahora a la relación entre los procesos de retardación y de fetalización y
las características de las razas humanas. Muchos trabajos que señalan una
relación entre el sistema endocrino y la división del hombre en razas se han
publicado. Por ejemplo Jens Paulsen declara: “la esencia de la característica
racial está en ser la manifestación exterior de un proceso endocrino. Cada
modificación del equilibrio endocrino produce una nueva particularidad racial”.
Otro autor, Pfuhl, declara: “cada raza posee un tipo de equilibrio hormonal que
le es propio y se distingue así de manera esencialmente causal de las otras razas.
El conjunto de los fenómenos somáticos y psíquicos depende de los procesos de
secreción interna. Todas las diferencias de constitución entre las razas, se deben
a diferencias del equilibrio hormonal”.
Entre los autores que no son alemanes, citaré particularmente a Keith. Este
autor sostiene que hay en efecto una correlación entre la formación de las razas
y la actividad del sistema endocrino. Yo me he ocupado particularmente de esta
cuestión y he aquí lo que considero poder concluir: la retardación del
desarrollo y la desaceleración del curso de la vida son el origen de las
características morfológicas y biológicas de las diferentes razas. Los
caracteres físicos y fisiológicos son derivados, en su mayor parte, de las
diferentes orientaciones y de las intensidades más o menos fuertes de la
fetalización y de la retardación. La raza nórdica me parece ser la más
retardada, y por lo tanto, la más fetalizada.
Entre la raza negra y la raza nórdica encontramos los más grandes contrastes,
no sólo físicos sino también biológicos. Un desarrollo más rápido, un tiempo de
madurez más corto, un ocaso más precoz: un sinnúmero de pruebas que
muestran que la retardación no alcanzó un estadio tan avanzado en el negro
como en el blanco. Esta teoría me convenció de la diferencia entre las razas. La
antropogénesis no ha llegado al mismo estadio en todas las razas: el negro, en el
curso de su desarrollo, pasa por un estadio que en las razas blancas corresponde
al estadio definitivo. La raza negra es así pues propulsiva en comparación con la
raza blanca. Esta es la explicación de una constatación de Fischer: el niño negro
se parece más al blanco que el adulto negro al adulto blanco.
Si en un futuro próximo, la fetalización y la retardación toman una
importancia más grande en la raza negra, entonces su grado de desarrollo y
de formación será análogo a el de las razas denominadas superiores.
El endocrinón
Quisiera volver por segunda vez al sistema endocrino que yo he llamado: el
endocrinón. Este sistema, aún lleno de misterios hace algunas décadas, se ha
convertido, en un tiempo relativamente corto, en un tema de interés científico
primordial. Fuera de las grandes líneas de mi teoría, su importancia es mayor.
Desde mi punto de vista, él ha jugado en efecto, el papel director de la
antropogénesis. Dejo en suspenso la cuestión de saber cuál fue, en un principio,
el papel del endocrinón en el desarrollo del individuo y de la humanidad. Se
puede, sin embargo, tratar de sondear de manera más profunda el problema,
tomando en cuenta los fenómenos biológicos de los que habla Fischer en sus
trabajos sobre la domesticación. Los cambios de alimentación en el curso de la
historia del desarrollo del hombre, el pasaje de un organismo frugívoro a un
organismo omnívoro, en el cual el metabolismo ha conocido una modificación
no desdeñable, es ciertamente un hecho cuya importancia merece un interés
particular. Dudo un poco en formular, incluso bajo una forma interrogativa, la
idea que me llega a la mente cuando reflexiono sobre lo que precede: ¿La
antropofagia no fue el estimulante que originó el desarrollo superior de la
humanidad? ¿La alimentación más rica en materia animal no es precisamente la
de las razas más retardadas? O aún: ¿No es en las razas de cazadores de la
prehistoria en donde constatamos una cultura superior?
Sea lo que sea, no existe morfogénesis y así pues, no hay alteración de la
morfogénesis que no dependa de una cierta manera del endocrinón.
Para medir el alcance de esta frase, es necesario precisar correctamente antes
que nada, la significación morfológica de la noción de endocrinón. Una
digresión –cuyo tema está, sin embargo, íntimamente relacionado con mi
propósito– se impone. Mi respuesta a la pregunta ¿Qué es el endocrinón? les
parecerá cuando menos inesperada. Es claro que hacen parte de ello los órganos
llamados glándulas de secreción interna. Pero yo agrego un segundo grupo de
órganos que han sido considerados, hasta aquí, bajo otra óptica, a saber, los
órganos llamados recapitulativos de la ontogénesis: la chorda (cuerda)8, los
riñones embrionarios, por ejemplo. Estos órganos no son efímeras
supervivencias del pasado sin función actual; por el contrario cada uno
representa un órgano determinado cuya función es organizadora. Para valorizar
esta tesis, es absolutamente necesario considerar la ontogénesis como un
fenómeno fisiológico. En tanto que morfólogos, la estudiaremos desde un punto
de vista esencialmente anatómico. Cuando clasificamos las formas del embrión,
tenemos tendencia a olvidar que es un organismo humano. Deberíamos estar
atentos a no perder de vista el hecho que cada fase de nuestra vida individual,
desde el principio de la existencia embrionaria, es la de un organismo completo
aunque no enteramente diferenciado. En cada fase de la vida embrionaria, todas
las partes del organismo funcionan con una armonía tan completa como la del
adulto. El organismo del recién nacido no es menos completo que el del adulto.
La unidad del organismo no aparece en un momento preciso del desarrollo:
existe desde el comienzo del desarrollo, es decir, desde la fecundación. La
chorda (cuerda), el protonephos (pronefros) y el mesonephos (mesonefros)9,
participan durante su existencia en el funcionamiento normal del organismo. De
aquí concluyo que esta participación consiste en secreciones indispensables
para el desarrollo de la forma. Estos órganos no son así pues, vestigios que
ilustran la ley biogenética fundamental10; ellos están al contrario vivos, activos;
participan activamente en el desarrollo de la forma del individuo durante un
lapso de tiempo bien delimitado, como es el caso por ejemplo del thymus
(timo)11.
El futuro del hombre y su ocaso
Para concluir, sacaré a la luz un aspecto particular del principio de la
retardación y mostraré su importancia en la historia de la humanidad. La acción
de este factor evolutivo no ha sido considerado hasta aquí más que con relación
al pasado. Pero, ¿Qué sucederá en el futuro?
Hemos dicho que la velocidad del desarrollo del hombre disminuyó cada vez
más. El acceso al estado adulto fue sin cesar diferido; el crecimiento se
desaceleró. La duración de la vida se prolongó. Aquí se plantea la pregunta que
conviene no desdeñar: ¿no debe verse en esta desaceleración una carrera de la
humanidad hacia su futura desaparición? La humanidad actual no es eterna;
está igualmente sometida a la implacable ley de la naturaleza, que quiere que
aquí abajo haya un final, y que el individuo, la especie, el grupo, tengan una
existencia limitada. Sólo la vida es eterna e inmutable; las formas que ella crea
están destinadas a perecer. Yo no puedo deshacerme de la fascinante idea que la
humanidad no podrá escapar, en el futuro, a la causa misma que la originó.
El progreso de esta inhibición del proceso vital no puede superar un límite, sin
que la vitalidad, sin que la fuerza de resistencia a las influencias nefastas del
exterior, dicho de manera breve, sin que la existencia del hombre, no esté
comprometida. Entre más la humanidad avanza en el camino de la
humanización, más se aproxima al punto fatal donde progresión significará
destrucción. No está en la esencia de la humanidad el detenerse antes de este
punto final. Ella debe progresar e ir delante de su destrucción. Esta fatalidad
recuerda la profecía de Nietzsche: “perecerás por tus virtudes”. ¿Quién nos dirá
hasta que punto esta profecía no ha sido ya realizada por las razas civilizadas?