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La historia de Ekún y la esclavitud

En tiempos de innovación y postproducción en todos los ámbitos de la vida en general y de la cultura más en concreto, Francesc Hidalgo nos invita a un viaje narrativo por las esencias de lo novelístico, esto es, recupera ciertos rasgos de la época en que tal género adquirió su más nítido esplendor. Y es que “Ekún” nos refiere una de las mayores vergüenzas de que ha sido protagonista la humanidad: la esclavitud.

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La historia de Ekún y la esclavitud

En tiempos de innovación y postproducción en todos los ámbitos de la vida en general y de la cultura más en concreto, Francesc Hidalgo nos invita a un viaje narrativo por las esencias de lo novelístico, esto es, recupera ciertos rasgos de la época en que tal género adquirió su más nítido esplendor. Y es que “Ekún” nos refiere una de las mayores vergüenzas de que ha sido protagonista la humanidad: la esclavitud.

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1

EKÚN

Francesc Hidalgo

2
Prologo.

Hacia el siglo XVII hubo un gran incremento en el número


de esclavos debido a su importancia como mano de obra en
las explotaciones agrícolas del Caribe. Según el historiador
británico Eric Hobsbawm la cifra de esclavos africanos
transportados sería alrededor de un millón en el siglo XVI,
tres millones en el XVII y durante el siglo XVIII llegaría a
los siete millones.
El primer cargamento del comercio negro fue
transportado en 1562. En 1713, la British South Sea
Company consiguió el derecho exclusivo de suministro de
esclavos a las colonias transoceánicas.
Los futuros esclavos eran capturados en el interior o a lo
largo de la costa, este hecho desencadenaba guerras que
dejaban como saldo muchísimos muertos y heridos. Una vez
encadenados eran trasladados hasta los grandes barracones

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sucios y pestilentes, a los heridos se les daba muerte antes de
llegar a los pestilentes barracones. El agua potable era un
bien preciado ya que escaseaba, el calor era asfixiante y
ahogaba dentro de los barracones. Eran obligados a convivir
con las enfermedades, el maltrato, la sed, y el hambre. Una
vez llegados a su destino los esclavos eran cebados y lavados
para que lucieran saludables, luego eran comprados por
algún plantador o terrateniente.
Era entonces cuando verdaderamente comenzaban sus
calvarios. Trabajaban en las haciendas de terratenientes, en
las plantaciones o en las minas, eran explotados hasta la
extenuación, las condiciones de trabajo eran inhumanas y los
malos tratos, terminaban por agotar el vigor del esclavo.
Una vez sin fuerzas, el amo prefería comprar uno nuevo que
cuidar de su esclavo enfermo y desahuciado.
Para someterlos fue ideada una cruel tecnología para la
tortura y el suplicio: los grilletes, las sogas, el cepo, las
cadenas, el látigo y las marcas a hierro al rojo vivo, fueron
algunos de los utensilios utilizados, de esta forma, el amo se
aseguraba la propiedad de su esclavo. El incremento en el

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comercio negrero fue acompañado por una fuerte ideología
racista: los negros eran considerados seres infinitamente
inferiores, ni tan siquiera asimilados a animales, no eran
sujetos de derecho y por lo tanto considerados,
jurídicamente, como cosas.
La convicción era que la raza negra no disponía de “Alma”,
de lo contrario la esclavitud sería considerada ilegal por la
Iglesia. Era costumbre en muchas de las plantaciones
explotar al esclavo bajo severas condiciones hasta su muerte,
pues salía más barato comprar nuevos esclavos que tener que
mejorar sus condiciones de vida.
La fuente de esclavos fue África y la isla de Gorée, colonia
francesa situada frente a la costa de Senegal, a tres
kilómetros de Dakar. Gorée fue el lugar preciso donde se
estableció el mercado de esclavos, también conocido como
el lugar sin retorno. Se cree que alrededor de unos veinte
millones de hombres, mujeres y niños fueron secuestrados en
sus aldeas y vendidos a tratantes que se establecieron en
Gorée. En la isla triaban a los esclavos separando
definitivamente a familias enteras, quedando totalmente

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desintegradas de por vida.
La isla de Gorée fue durante más de tres siglos el más
importante mercado de esclavos destinado para aprovisionar
a Estados Unidos de América y al Caribe. La isla fue
descubierta por portugueses en el año 1444, bajo cuya
bandera en 1536 se construyó la Casa de Esclavos.
España fue la que menos se dedicó al tráfico de esclavos
africanos, los utilizaban como lacayos y sirvientes. España
tan solo se limitó a conceder licencias de entrada,
inicialmente a los genoveses, después a las compañías
alemanas y a los portugueses y por último a franceses y a los
ingleses; estos obtuvieron la exclusiva en 1713 por el
“derecho de asiento”, hasta que se concedió la libertad en
1789. Aunque la entrada de esclavos negros fue general para
todos los reinos y provincias de la América española.
Los antiquísimos relatos cuentan que existía la obligación de
armar el barco debido a la piratería para revender
ilegalmente esclavos tomados como presa. Un patache de 30
toneladas debía llevar ocho mosquetes y dos arcabuces, tres
arrobas de pólvora y dos de plomo. Si el barco era de 100

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toneladas se hacían obligatorias cuatro piezas de artillería,
150 balas, 15 mosquetes, 12 picas, un quintal de plomo y
pólvora. Y plantaciones. Los negros iban de seis en seis
encadenados por argollas en los cuellos, asquerosos y
maltratados, luego unidos de dos en dos con argollas en los
pies y ubicados debajo de la cubierta del galeón, con lo que
nunca veían la luz del sol. Las enfermedades, como tifus,
viruela, calenturas e infecciones, eran la tónica diaria a
bordo, morían por decenas a diario. Los más enfermos y los
muertos eran lanzados sin contemplaciones por la borda.
Comían de 24 en 24 horas una escudilla de maíz o mijo
crudo y un pequeño jarro de agua. Cada día había recuento y
eran humillados: recibían palizas azotados con largas varas
por el que hacía las veces de vigilante, este era la única
persona que cubriéndose la boca con un paño mojado en
vinagre para amortiguar el putrefacto olor bajaba a la
bodega.
El tratado de Versalles de 1783 otorgó al Reino Unido la
posesión del Río Gambia, salvo el enclave de Albreda que se
mantuvo bajo soberanía francesa, siendo cedido a Inglaterra

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en 1857.
Alrededor de tres millones de esclavos fueron enviados
desde esta región a las colonias en América. Durante el siglo
XVII la English Adventure Trading Company utilizaba la
mano de obra de esclavos procedentes de Gambia y Sierra
Leona para su industria de caña de azúcar en las Indias
Occidentales. Unos 60.000 nigerianos fueron transportados
en galeones portugueses hacia Jamaica y hacia América.
Entre diez y veinte millones de personas fueron esclavizadas
y deportadas a distintos países, más de seis millones dejaron
sus vidas por el camino.
Un genocidio que solo fue posible por la absurda
complicidad de todos. Entre esos esclavos se encontraba
Ekún, uno de los principales personajes de esta historia que
perfectamente podría haber sido una historia real como
tantas otras lo fueron.

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Ser libres es todo un riesgo.
Tal vez toda una aventura apasionante.
No menosprecies al más débil.
Podría convertirse en una feroz pantera.

9
Primera parte

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1

El casamiento

Benín, primavera del año 1731

El pueblo yoruba describió un mito sobre su origen, en él se


cuenta como Dios descolgó mediante una cadena, desde el
cielo hasta Ile-Ife a Oduduwa, el antepasado del pueblo
yoruba, trayendo con él un gallo, un trozo de tierra y una
semilla en la palma de la mano. La tierra cayó en el agua,
pero el gallo la rescató para convertirla en el territorio
yoruba y de la semilla creció un árbol con dieciséis ramas
que representaba el origen de los dieciséis reinos.
El Reino de Benín limita al este con el río Níger, al sur
con el Océano Atlántico, al norte con la sabana y al oeste
con los reinos yorubas.

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Sus tierras se mantenían muy bien trabajadas, los cultivos del
cacao y del ñame lo plantaban por periodos rotatorios de tres
años, alternándose con grandes cultivos de yuca, maíz,
cacahuete, algodón y lentejas.
El poblado se mostraba expectante ante el acontecimiento
que tendría lugar aquel día de mayo.
Durante el día anterior, las mujeres del poblado habían
estado preparando frutas de variados colores, carnes, aves y
verduras que cocinaron en calderos de barro, también
machacaron grandes cantidades de cereales para preparar
cuscús y arroz.
Mientras, las más viejas del poblado preparaban calabazas
llenas de leche de cabra, las muchachas jóvenes preparaban
cerveza de aguamiel, que extraían de la savia del cogollo de
la maguayes.
Los hombres más jóvenes durante gran parte de la noche
habían preparado varias fogatas entre círculos de piedras con
abundantes brasas.
A la mañana siguiente un choto y dos cabritos giraban
lentamente ensartados y sobrepuestos en unas horquillas. El

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olor de aquella carne asada inundaba todo el poblado, y los
niños entre juegos y risas correteaban desnudos alrededor de
las fogatas.
La mañana era espléndida, el sol despuntaba por entre la
ladera cubierta de un manto verde agitada por la suave brisa
del viento.
El rocío de la noche aún mantenía húmedos los tejados de las
chozas del poblado a orillas del lago Cotonou que habían
sido construidas en bastón de la rota y recubiertas de paja.
En la entrada de cada choza los hombres habían dejado los
grandes arcos largos y combados, las bolsas con las flechas y
las lanzas. El único hombre que portaba sus armas y flechas
era Akinwole uno de los guerreros del poblado hijo de Adan
y hermano mayor de Ekún. Akinwole portaba arco y flechas
como protección a los novios.
Aquel día, el cielo era de un azul celeste intenso, tan solo las
golondrinas y las bandadas de estorninos moteaban el cielo
como un salpicado de pintura en un gran lienzo. Los rayos
del sol rebotaban en las charcas de los arrozales destellando
como espejos y reflejando destellos de luz en gran parte del

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poblado. En la entrada de cada choza había una estaca
representando a la Diosa Olosá que garantizaba la protección
a la familia.
En el gran árbol del poblado una talla de la Diosa Obba,
protectora de los matrimonios, presidiría el casamiento entre
Ekún y la que sería su primera esposa.
La jovencísima Airá, de 14 años, hija de Addo y de Orún.
Addo era el Ashelú: el juez del poblado.
Ekún era un joven guerrero de 18 años, alto, fuerte y
corpulento, hijo de Adan y de Ona, primera esposa de Adan,
éste era el Oba: el jefe del poblado, el cual logró su posición
de forma hereditaria.
Para casarse, Ekún tuvo que pagar el precio de la novia que
él mismo estimó oportuno.
Pagó siete azadones de hierro, tres hachas, treinta cabras,
diez chotos, ropas, algunos enseres y algo de dinero, eso era
lo que indicaba que él estaba de acuerdo con que la novia
era la persona más valiosa para él.
Los Alubbata tocaban los tres tambores batá de piel de cabra
y los hacían sonar rítmicamente. Al oír el sonido, las familias

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de monos capuchinos cara blanca se alertaron ante el
ensordecedor ruido y comenzaron a bramar saltando por los
árboles de un lado para otro como locos.
Las mujeres iban vestidas para la ocasión, lucían collares y
grandes pendientes. Todas bailaban al son de los bongos. Las
mujeres, engalanadas, esparcían frutos y manjares por todas
las chozas en señal de bonanza futura para el poblado.
La novia vestía una túnica blanca de algodón. Meses antes el
algodón se dejó secar bajo el sol y así formar mejores hebras
que luego fueron utilizadas para costura. Los niños hilaron
las hebras durante semanas y sus madres cosieron las túnicas
de los novios.
Para la túnica de Ekún, las mujeres escurrieron agua sobre
cenizas de madera para hacer lejía que luego mezclaron con
hojas molidas y maceradas de índigo, consiguieron tras la
oxidación un azul oscuro con el que tiñeron la túnica del
novio.
Airá engalanó su cabeza adornada con abalorios de metal y
pequeñas piedrecillas de diversos colores, lucía grandes
pendientes y collares de hueso de vacuno y pequeñas

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caracolas que colgaban de su cuello.
Su cabello era rizado y negro como su piel, sus ojos color
miel rebosaban un haz de luz de esperanza y felicidad futura.
Iba acompañada y cogida de la mano de su hermano Nassér,
tres años menor que ella, que la llevó hasta ponerla frente a
su futuro esposo.
Ekún sonreía al mirar a su futura esposa. Al igual que ella, él
vestía con la túnica de algodón azul oscuro, entre sus manos
portaba un hacha bipene roja y blanca, alrededor de su cuello
colgaba un collar con dos cuernos de novillo y otro collar
repleto de pequeños abalorios ceremoniales, sobre su cabeza
lucía un pequeño penacho de plumas de pavo.
Ekún abría sus grandes y negros ojos para hacer el juramento
de esposo besando el machete sagrado que representaba a
Ogun: Dios del hierro.
Todo el ritual se hacía ante la presencia del babalawo: el
sumo sacerdote Ifá. El babalawo que vestía con túnica
blanca y collares de diversos colores, comenzó el rito de
cantos: Iyere de los textos de Ifá.
Luego, con una pluma de pavo y un recipiente de caña de

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bambú lo llenó de hollín mezclado con agua, muy bien
removida. El babalawo escribió el acta matrimonial en el
que quedaría escrito: “Airá es ya la primera esposa de
Ekún”.
A su vez, el abayifó, o brujo del poblado, le practicaba a los
novios un ritual para la fertilidad plena y con descendencia
de varones, que seguro serán grandes guerreros como Ekún,
su padre.
Desgraciadamente aquel día no había nadie de centinela en
el poblado, de pronto ocurrió algo sorprendente que dejó
perplejos a todos los hombres y mujeres. El cuerpo del
abayifó se retorcía, el rostro se contorsionaba, los ojos se le
salían de las órbitas, un sudor comenzó a empapar todo su
cuerpo. Algo malo estaba a punto de ocurrir, aquella
reacción del abayifó lo estaba indicando, parecía como si los
Dioses Orishas, de pronto abandonasen a los yorubas.
Una polvareda cada vez más intensa se divisaba por la
ladera, e incluso se podía escuchar el sonido del galopar de
una quincena de caballos, la situación comenzaba a ser
inquietante. De pronto, se escuchó el sonido silbante de una

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flecha que se fue a clavar en el gran árbol, el sonido de todos
los tambores silenciaron de repente.
Al instante, aparecieron como salidos de la nada un buen
grupo de hombres de piel más clara que la de los yorubas,
esos hombres habían estado durante horas escondidos en los
arrozales. Se trataba de los bororos, grupo derivado de los
fulani y que por un puñado de armas de fuego e inmunidad
para ser capturados como esclavos, se habían aliado al lado
del toubad, el hombre blanco, la codicia y el miedo les
habían llevado a la traición de pueblos y tribus semejantes,
de esa forma algunos de los bororos habían dejado el
pastoreo y sus tierras para unirse así a los contrabandistas
portugueses en la captura de esclavos para ser vendidos en
tierras lejanas.
El toubad, aquel del que tantas veces les habían hablado a
los niños de la tribu para asustarlos, comprobó cómo ahora
los asustados sin duda eran sus padres, el miedo y la
inquietud se apoderó de todo aquel poblado.
De nuevo el sonido silbante de otra flecha se escuchó. Todos
quedaron enmudecidos al ver que caía de rodillas Orún con

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una flecha clavada en su espalda. Airá se arrodilló cogiendo
la mano de su madre, las lágrimas inundaron sus ojos y la
tristeza invadió su corazón al ver que los ojos de su madre
estaban perdidos para siempre.
Akinwole templó sus nervios como buen guerrero y preparó
su arco, todos los hombres corrieron hacia sus chozas para
armarse con los arcos, flechas, lanzas y hachas. El sonido del
galopar de los caballos era cada vez más y más cercano.
Los bororos fueron rodeando el poblado acorralándolos,
armados con lanzas, machetes y mazas, entraron a golpes,
sin miramiento alguno, matando a todo el que se les ponía
por delante. Los más distraídos, que estaban en sus chozas,
fueron sorprendidos y enlazados por el cuello, la cacería era
cruel y despiadada. Los niños corrían desperdigados, entre
llantos y asustados, pero los invasores no tenían piedad
alguna, luchaban con rabia, sus golpes de machetes y hachas
abrían las cabezas como calabazas, mataban a niños, mujeres
y ancianos, los hombres se ensalzaron en una feroz y brutal
lucha para defender el poblado, pero los bororos aunque
torpes en la lucha eran demasiados.

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El abayifó aún yacía tembloroso en el suelo cuando el golpe
de una maza de madera le destrozo la cabeza como si de una
fruta madura se tratase.
Algunas mujeres se habían desperdigado corriendo para
proteger a sus hijos que corrían y corrían sin rumbo. Una de
ellas llevaba a su retoño en brazos cuando un invasor la
agarró de sus ropas, se disponía a degollar a la mujer con su
cuchillo cuando el hacha bipene de Ekún se clavó de un
golpe seco en su cabeza partiendo el cráneo de aquel hombre
en dos mitades.
Ekún miró a Airá que junto a su hermano Nassér seguía
arrodillada y sollozando al lado de su querida madre cuando
de pronto, un hombre blanco la agarró del cuello a traición y
sin posibilidad de reacción por su parte. Aquel hombre al
mismo tiempo desenfundó una pistola y cuando se disponía a
disparar a Airá en la cabeza, su esposo se abalanzó dándole
un golpe con su hacha en el hombro. El hombre blanco cayó
al suelo aturdido y Ekún acabó con su vida de un hachazo en
el pecho. En aquel momento, alguien cargaba el arma
colocando la pólvora, el plomo y baqueteando el mosquete,

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al momento un disparo sonó como un trueno;
instantáneamente una bola de plomo se incrustó en el cuello
de Adan haciéndolo caer al suelo moribundo, borbotones de
sangre salían con presión de su cuello a cada bombeo de su
ya débil corazón, la sangre irremediable manaba con fuerza,
pero Adan era el jefe yoruba y se debía a su pueblo. Su
mente permanecía en blanco, no sentía dolor alguno, con los
ojos sin mirada recordó pasajes de su vida. No hablaba, no
escuchaba, no veía y ni tan siquiera sufría. Adan sacó toda su
fuerza interior, alcanzó como pudo su vara de mando y la
hincó en el suelo, con dificultad se apoyó en ella y rodilla en
tierra se puso en pie, luego taponó su cuello con una mano
dejando escapar entre sus dedos la sangre y con ello también
su vida y su alma. Irguió la cabeza orgullosos y miró
desafiante. Un jefe yoruba, o muere de pie, o no muere,
luego se desplomó quedando en el suelo completamente
inerte.
Akinwole miró a su padre que yacía muerto. Sintió como el
miedo se apoderaba de él y sentía como el espíritu del gran
Jefe de la tribu, su padre, el que dirigió con mano firme pero

21
justa los designios de su pueblo, le abandonaba para siempre.
Su espíritu saldría de su cuerpo físico para reunirse con los
Orishas por y para siempre.
Otro de los disparos de mosquete fue a dar directamente al
corazón del babalawo, el sacerdote cayó muerto a los pies de
Akinwole, él tensó su arco y apuntó al corazón del hombre
blanco que instantes antes había matado al babalawo de un
certero disparo, aquel hombre blanco estaba recargando
nuevamente su mosquete cuando de pronto se percató que
Akinwole le apuntaba con la flecha, el hombre reaccionó al
instante y sin sacar la baqueta del mosquete disparó. La
baqueta salió disparada al mismo tiempo que la flecha que le
apuntaba.
La flecha atravesó el cuello del hombre blanco y la baqueta
se clavó en el pecho de Akinwole, mientras caía, miró de
soslayo a su madre que se encontraba llorando al lado del
cadáver de su padre. Akinwole yacía tirado en el suelo al pie
del gran árbol y convulsionando, Ekún corrió en ayuda de su
hermano, se arrodilló e intentó sacarle la baqueta, en ese
instante un hombre blanco le cogió del cuello y cuando se

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disponía a degollarle, justo en ese preciso instante, Nassér se
abalanzó sobre aquel hombre atravesando su pecho con una
lanza. Durante unos instantes Ekún se quedó absorto,
mirando al pequeño Nassér, de pronto sintió como una
especie de horquilla de madera rodeaba su cuello, al instante
recibió un fuerte golpe en la cabeza que le retumbó como un
trueno dejándole aturdido, segundos después la oscuridad se
apoderó de él. Uno de los hombres blancos derramó la
pólvora de la cazoleta, con lo que la chispa del pedernal no
la pudo prender y, con la confusión del momento, metió dos
cartuchos, y al disparar reventó el cañón en su propia cara, el
desdichado cayó al suelo y fue rematado por un yoruba
atravesándole el pecho con su lanza.
Horas después, pequeños riachuelos de sangre recorrían
como venas el allanado suelo de la malograda aldea.

23
2

Apresados

Ekún despertó un tanto aturdido por el fuerte golpe, tenía las


manos atadas hacia atrás, vio que algunos de los hombres,
mujeres, y niños, y entre ellos también Nassér, permanecían
atados con sogas unos con otros por los tobillos y con las
manos atadas hacia atrás, él era el único que no estaba unido
a ellos por aquellas sogas.
Algunas de las mujeres y los niños lloraban, no sabían,
no alcanzaban a comprender lo que había ocurrido. Miró a su
alrededor, contempló aturdido los cuerpos sin vida de su
padre y de su hermano, vio a su esposa atada al gran árbol,
el corazón se le salía del pecho. Miró hacia las chozas y
pudo ver como en una de ellas permanecían escondidas su

24
madre y la primera esposa de su hermano; con la mirada les
hizo un pequeño gesto dándoles a entender que continuasen
escondidas, quizás así ellas podrían salvar sus vidas.
Un hombre blanco alto y corpulento parecía ser el jefe,
vestía casaca roja y negra de grandes solapas con grandes
botones dorados se acercó a Ekún montado sobre su inquieto
caballo.
—Tu nombre —le dijo éste—. Pero Ekún jamás había oído
esa lengua y no entendía sus palabras, aquel hombre, el jefe
de los asaltantes, hablaba en portugués.
—Tu nombre, maldito negro —volvió a repetir aquel
hombre de voz ronca y áspera. Mas Ekún continuaba sin
entender sus palabras, él permanecía en silencio y con su
mirada fijada en su joven esposa.
Otro de los hombres blancos, éste algo más delgado y
de pelo amarillo como la paja, replicó a lomos de su caballo.
—Déjemelo a mí Capitán Duarte. El sonido de la voz de
aquel hombre era inusual, el timbre era afónico y áspero. Era
claro que padecía algún defecto en sus cuerdas vocales.
—Tuyo es contramaestre, encárgate tú —le respondió el tal

25
capitán Duarte.
El toubad de pelo amarillo como la paja, y voz ronca, volvió
a preguntarle por su nombre. Pero a Ekún le temblaba el
rostro desencajado y permanecía enmudecido.
—Tu nombre —Le dijo traduciendo sus palabras.
Ekún a pesar de haber entendido perfectamente lo que
le preguntaba continuó sin decir nada.
Dimas desplegó entonces su látigo haciéndolo chasquear
varias veces contra el suelo. Le propinó un fuerte latigazo en
el rostro produciéndole un corte en el lado derecho de la cara
que le alcanzó desde el mentón hasta la ceja.
Ekún jamás había sentido un dolor tan fuerte y tan agudo,
parecía que la cabeza le fuese a explotar, el corte en su cara
se abrió como fruta madura. El rostro de Ekún sangraba
abundantemente y Dimas reía de forma despechada. Otro
latigazo estalló como un relámpago en su espalda, y otro más
le produjo un gran corte sobre su hombro derecho
desgarrándole la carne.
En aquel instante Airá lacónicamente pronunció su nombre.
— ¡Ekún! —gimió ella.

26
— ¿Quién es? ¿Es tu esposa? —Le preguntó a la par que
desmontaba de su caballo. Dimas se acercó a Ekún y le estiró
del pelo levantándole la cabeza. Ekún tenía el ojo derecho
completamente cerrado y toda la cara hinchada por la
inflamación; aquella cicatriz marcaría su rostro de por vida.
Apenas podía ver con claridad, aunque de forma borrosa
distinguía a su esposa atada al gran árbol de la aldea el cual
había sido testigo de su unión momentos antes.
Las pocas esperanzas que podía tener Ekún de salir
medianamente airoso de toda aquella situación, se
desvanecieron en aquellos mismos instantes.
El hombre al que todos llamaban capitán, con mirada
desafiante, desplegó su látigo mientras se acercaba a Airá a
lomos de su corcel blanco, el capitán desató toda su furia
sobre la joven y le propinó un latigazo en su vientre que sonó
como un trueno.
Ekún miró como la túnica de su joven esposa se rasgó y
como al instante se tiñó de sangre.
Airá quedó atada al gran árbol aturdida y prácticamente
inconsciente, permaneciendo cabizbaja. Ekún no pudo más,

27
la tensión contenida estalló en una furia rabiosa y arremetió
contra el hombre de pelo amarillo. Con un fuerte golpe con
su hombro izquierdo, hizo caer a Dimas, en esos momentos,
el capitán Duarte Santamaría estalló su látigo varias veces
contra el dolorido cuerpo de Ekún.
Después Dimas se reincorporó y se acercó cara a cara a
Ekún, su rostro estaba desencajado y se mostraba como una
fiera enrabiada e indomable. Aquel viejo lobo de mar,
traficante portugués no tenía piedad, tenía los ojos salidos de
sus órbitas y ensangrentados, parecía que le iban a estallar,
su mirada era desafiante. Ekún seguía tirado en el suelo
impasible, a merced de aquel hombre blanco.
Dimas dio unos pasos a su alrededor y Ekún le propinó una
fuerte patada en la boca del estómago que le dejó
prácticamente sin respiración y doblado como un muñeco de
trapo. El hombre blanco se acercó tanto que Ekún podía
apreciar su aliento.
—Vas a pagar por esto, maldito negro —le gritó al oído con
voz rota y desgarrada.
Dimas se reincorporó y se acercó a la aturdida Airá, la

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miró unos segundos y ordenó que alguien le echase sobre su
cara un balde de agua. Airá recibió el golpe de agua fría en
su cara y en pocos segundos la muchacha ya era consciente
de lo que allí estaba ocurriendo. Aquel toubad de cabellos
dorados, ordenó a cuatro bororos, que cogiesen a Ekún y lo
mantuviesen de pie frente a su joven esposa, todos los
yorubas miraban aterrados. Nassér miraba a su hermana
intuyendo lo que estaba a punto de pasar.
Dimas se acercó a Ekún, casi hasta rozar su cara, su mirada
era penetrante y su mandíbula temblaba por la rabia
contenida.
—Esto es lo que les ocurre a todos aquellos que arremeten
contra mí o contra cualquiera de mis hombres —le dijo.
Los ojos de Ekún querían abrirse pero fue
completamente inútil debido a la fuerte inflamación de su
rostro. Ekún presentía que algo horrible estaba a punto de
suceder. Entonces, Dimas desenfundó su daga y mirando
directamente a los ojos de Ekún, acercó el filo cortante al
cuello de su joven esposa, de un ágil y rápido movimiento
Dimas degolló a la jovencísima Airá sin ni siquiera mirarla.

29
Nassér cerró los ojos y de ellos se deslizaron lágrimas de
intenso dolor. Ekún veía como su esposa se desangraba y
lentamente se iba de su lado para siempre.
—Si no te despojas del miedo esposo mío, se meterá en tú
alma, lucha contra el miedo que yo siempre te guiaré —le
pudo llegar a decir con voz agonizante antes de morir.
Ekún ya nada podía hacer para evitarlo, su impotencia
fue total.
Aquel maldito hombre blanco, tarde o temprano pagaría por
todo aquello con su propia vida.
Durante unos instantes los dos hombres se miraron a los
ojos.
Ekún se juró a sí mismo que nunca olvidaría aquel rostro
blanco y que llegaría algún día el momento de vengar a su
desdichado pueblo. Juró que mientras le quedase un aliento
de vida, no descansaría hasta acabar con la vida del hombre
con el pelo amarillo como la paja.
Había perdido a su esposa, a su padre y a su querido
hermano Akinwole, pensó que si por cualquier causa no
pudiese consumar su venganza, entonces quizás fuese mejor

30
morir, pues ya nada tendría sentido para él y nada le
importaría. Ekún había perdido a todos aquellos seres que él
amaba, seguidamente se sintió derrotado y perdió el
conocimiento cayendo al suelo ya inerte.
Después de la durísima batalla, todos los que no pudieron
huir fueron atados entre sí y amontonados y apiñados unos
contra otros, los que habían sido heridos fueron asesinados
con mazas esparciendo sus sesos en presencia de los demás
apresados.
Los más viejos y los más jóvenes fueron ignorados por los
hombres blancos y los bororos.
Al despertar, Ekún quiso moverse pero no pudo, sus manos
estaban atadas con una soga, sus pies también permanecían
atados, tan solo podía andar a pequeños pasos.
Vio que contra el muro que construyeron sus antepasados, se
encontraban apilados y atados de ocho en ocho los hombres
y las mujeres de su tribu, una de ellas resultó ser Bolóya, la
primera mujer de su hermano Akinwole, las miradas se
cruzaron entre ellos por unos instantes.
Él era el único que permanecía atado solo y apartado de los

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demás. Escuchó el llanto de criaturas, miró y vio a lo lejos
que los niños estaban subidos en un carromato y atados entre
sí, con ellos también iban tres mujeres embarazadas.
Una de ellas seguramente ya estaba a punto de dar a luz,
pues su prominente vientre así lo indicaba.
Dio un vistazo general por la aldea y vio que en una de las
chozas permanecían agazapadas su madre y la segunda
esposa de su hermano, se alegró de que al menos ellas se
hubieran escapado de las zarpas del hombre blanco.
Entre los capturados y los fallecidos, el poblado se había
quedado prácticamente sin sus habitantes. Las cañas de las
chozas crujían ardiendo y las esporas volátiles de la paja
inundaban todo el entorno del poblado con un oscuro humo
intenso y cegador.
¿Por qué todos estaban atados entre sí menos él?, se
preguntó Ekún.
Pronto sabría la respuesta.

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3

Marcha hacia la playa

El Capitán mandó a uno de sus hombres que acercase el


carromato, aquel carro tenía una jaula hecha de cañas de
bambú cruzadas entre sí.
—Bajad la jaula —ordenó—. Mete dentro al negro —le
indicó a uno de sus hombres señalando a Ekún.
Entonces el hombre abrió aquella jaula y a empujones
lograron meter al aturdido Ekún. Después cerraron la jaula
con algo muy raro de hierro que nadie de la tribu había visto
jamás. Por un agujerito del raro instrumento, metieron una
especie de varita de hierro, la giraron, y se cercioraron que la
jaula estaba bien cerrada, después el hombre blanco le
entregó aquella varita de hierro a su Capitán.
La jaula era tan pequeña que Ekún permanecía agachado y

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sin posibilidad de movimiento alguno, ni siquiera podía
sentarse. Una vez dentro de la jaula, Dimas dejó caer varias
veces los chasquidos de su látigo sobre Ekún. Seguidamente
comenzó la tortuosa marcha en formación, atados unos con
otros en filas de ocho con pasos cortos y continuos.
El chasquido de los látigos iba a ser una constante durante la
marcha.
¿Hacia dónde se dirigirían?, se preguntaba Ekún.
Dimas ordenó que dos de los yorubas tirasen con sogas
arrastrando la jaula. Los dos yorubas atados entre sí tiraban
de la pesada jaula con las sogas sobre sus doloridos
hombros. En un momento dado y casi intuitivamente
aflojaron la marcha, los látigos de los hombres blancos
rugieron nuevamente sobre sus espaldas como relámpagos.
Unas horas más tarde uno de los yorubas que tiraba de la
jaula se atrevió a hablar con Ekún.
—Tu madre y la segunda esposa de Akinwole, han podido
escapar —le dijo.
Ekún lo sabía pero no dijo nada, tan solo se alegró de la
certeza de la noticia. En ese instante alguien oyó hablar al

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yoruba, y le faltó tiempo para comunicárselo a Dimas que
iba encabezando la marcha a caballo junto a Duarte.
Dimas miró al capitán frunciendo el ceño y Duarte
Santamaría ordenó que le cortasen la lengua.
Dimas pasó la orden directa del Capitán y la marcha paró.
Los bororos soltaron al yoruba y lo ataron a un árbol con las
manos hacia atrás, le estuvieron azotando hasta dejarlo casi
inconsciente, entonces, Dimas sacó la lengua y se la
secciono por la mitad, la sangre manaba abundantemente de
la boca de aquel hombre, los gritos y lamentos alertaron a los
chimpancés, que espantados saltaban de rama en rama como
locos. Todos miraban aterrados y asustados. La escena fue
dantesca.
Luego hicieron que se enjuagase la boca con vinagre, hasta
que el yoruba perdió el conocimiento y fue puesto sobre la
carreta de los niños, desde entonces le llamarían... el Sin
Lengua.
Nuevamente continuó la marcha en silencio dejando una
estela de polvo sobre el camino. Solo se rompía con el llanto
de los niños y el chasquear de los látigos.

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Con el paso de las horas, el tórrido calor comenzó a ser
asfixiante, debido a la humedad, el ambiente era bochornoso,
eso desde luego era un tanto a favor de los yorubas y los
bororos, ellos estaban en su hábitat, los hombres de Duarte
en cambio necesitaban descansar y refrescar sus sudorosos,
malolientes y asfixiados cuerpos. Al pasar por uno de los
pequeños ríos que desembocan en el lago Aheme, el capitán
Duarte Santamaría alzó su brazo y ordenó parar la marcha
para refrescarse y dar de beber a los agotados caballos.
Para entonces ya habían abandonado a varios de los
apresados que estaban exhaustos y no podían seguir
caminando. Los dejaron abandonados a su suerte, quizás las
alimañas se alimentaran con sus cuerpos aún en vida.
Después de haber visto como le cortaron la lengua al
desdichado yoruba nadie volvió a hablar durante toda la
marcha, solo los bororos hablaban entre ellos y con los
hombres de Duarte Santamaría.
Los bororos se encargaron de que los caballos bebiesen agua,
todos los hombres de Duarte se despojaron de sus ropas y
botas. Corriendo como críos se metieron en las cristalinas

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aguas del río refrescándose entre risas y juegos de chapoteos,
mientras tanto algunos de los bororos vertían baldes de agua
sobre los esclavos, calmaron la sed de los niños y les dieron
algo de leche y maíz, también a las mujeres embarazadas les
dieron de beber y de comer, a los hombres tan solo les dieron
de beber agua.
Ekún enjaulado continuaba exhausto y dolorido por las
heridas producidas por el látigo de Dimas, su ojo aún
permanecía cerrado y el corte en su cara se había cubierto de
polvo, ya le había parado de sangrar al igual que el corte en
su hombro, todo su cuerpo permanecía inmóvil por la
estrechez de la jaula, las moscas revoloteaban y se pegaban a
sus heridas atraídas por la pus que le supuraba. Los demás
continuaban en silencio y tan aterrados como al principio de
ser capturados, el miedo les mantenía atenazados.
Mientras que los bororos comían algo de queso y manteca y
los portugueses disfrutaban chapoteando y riendo, dos de los
yorubas aprovecharon el despiste del momento y salieron
corriendo adentrándose en la espesura de la maleza.
Sin embargo... todo fue inútil para los dos guerreros, Dimas

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se percató al instante de la fuga, desenfundó su pistola del
cinto, apuntó y disparó; el plomo se incrustó en las
vértebras de uno de los dos fugitivos haciéndolo caer y
retorcerse de dolor; parecía como si un hierro candente le
hubiese atravesado el cuerpo. De un golpe seco de machete
uno de sus hombres segó la vida de aquel yoruba.
El otro guerrero continuó su huida adentrándose en la selva
sin mirar atrás. Dimas montó su caballo cobrizo y al galope
consiguió dar caza en pocos minutos al fugitivo, lo retuvo a
golpes de látigo hasta que llegaron varios de los bororos.
Arrastras lo llevaron en presencia del capitán. Con los ojos
bien abiertos todos los apresados miraban asustados al
desafortunado guerrero.
— ¿Qué hacemos con este asqueroso negro Capitán? —Le
preguntó Dimas.
—Lo que se hace en estos casos —le dijo. En realidad la
situación le era realmente violenta, debía de aparentar ser un
tipo duro, de lo contrario sus hombres podían mofarse de él o
en el peor de los casos sublevarse, así que tomó la decisión
más dura—: le daremos al negro un buen escarmiento y de

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esta manera todos tomarán ejemplo de ello y antes de fugarse
lo pensarán dos veces. Atadlo a un árbol y que le quiten las
botas —ordenó.
El yoruba fue desnudado por completo y atado a un
árbol, solo las puntas de los dedos de sus pies tocaban el
suelo. Dimas hizo un gesto de mando a uno de sus hombres
y éste se acercó al árbol empuñando un hacha, el desdichado
yoruba miraba al hombre blanco aterrado de miedo y miró a
su amigo Ekún; un nudo en la garganta le asfixiaba.
—Que Eleguá, dueño de los caminos y del universo, te
acompañe y te guíe durante toda la travesía —le deseó Ekún
mirándole directamente a los ojos.
Luego el hombre miró al contramaestre esperando la
orden.
Dimas alzó su brazo derecho y el hombre levantó el hacha
por encima de su cabeza. Sin contemplaciones bajó su brazo,
en ese instante se escucharon dos golpes secos de hacha y un
grito profundo se escuchó por toda la selva. Los dos pies del
desahuciado yoruba cayeron sendero abajo y un revolotear
de pájaros salió disparado de los árboles. Luego, los

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chasquidos de los látigos hicieron que se reanudase
nuevamente la marcha.
A pesar de que ya habían recorrido un kilómetro, aún se
podían escuchar los alaridos y lamentos del hombre que
había quedado atado al árbol.
—Estos gritos servirán de ejemplo a los demás —puntualizó
Duarte.
—La sangre atraerá a las hienas; ellas acabaran con su
lamento y sufrimiento —le respondió Dimas Hagen.

Para entonces ya habían perdido a varios esclavos y


seguramente perderían a más durante la marcha. Eso desde
luego no era muy conveniente para los traficantes negreros
portugueses.

—Estos negros serán un buen ganado para la venta. Los


negros son como los cerdos o los caballos, es mejor no
maltratarlos en exceso, si no nadie nos dará ni una sola
moneda de plata por ellos —insinuó Duarte.
—Pero a veces no hay más remedio que el castigo, estas
bestias no atienden si no es a base de latigazos.
—Estoy de acuerdo Dimas, pero estarás conmigo en que no
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es conveniente marcarlos demasiado. El negro de la jaula es
un buen ejemplar de macho, es alto fuerte y corpulento, en el
mercado se pagará bien, tan solo espero que las marcas no
sean ningún impedimento para su venta.
—De eso ya me encargaré yo, intentaré que le cicatricen las
heridas lo antes posible, en cuanto lleguemos a la isla yo
personalmente me cuidaré de ello.
—Qué sabrás tú de curar heridas Dimas Hagen —murmuró
el capitán.
—Tengo entendido, Capitán, que con sal pimentada y aceite,
todo ello bien mezclado en un mortero, se unta en las heridas
y la cicatrización es muy rápida, en unos días están curadas.
—Pero esa mezcla ha de ser muy dolorosa —inquirió
Duarte.
—Así es, los negros chillan y berrean como cerdos, pero se
curan, te lo garantizo; después les frotamos con aceite de
linaza y manteca para que queden bien brillantes, y desde
luego tienen otro aspecto.
Aquella noche sin luna, mientras dormían, Dimas a
pesar de estar cansado no podía conciliar el sueño, se levantó

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y se dirigió hacia donde estaban los negros que permanecían
atados entre sí y tumbados en el suelo, propinó una pata a
Nassér que exhausto dormía tirado en el suelo junto a los
demás. Le soltó y le obligó a que le quitase las botas y a que
con agua fresca le masajease los pies, luego lo tumbó boca
arriba y puso sus pies sobre el vientre del joven Nassér,
cuando Dimas se hubo relajado lo ató de nuevo. Mientras
tanto, se había fijado en una de las mujeres, se trataba de una
joven que no alcanzaría los trece años de edad, sus desnudos
pechos aún en desarrollo le excitaron hasta el extremo de
alcanzar una erección.
Ordenó que soltase a la joven muchacha. Duarte
Santamaría, recostado y medio adormilado se percató, pero
no dijo nada y volvió a acomodarse para poder conciliar
nuevamente su sueño.
La chica al ver que la soltaban de sus ligaduras se
aterrorizó, intuía que algo malo le pasaría, intentó gritar pero
le taparon la boca, comenzó a retorcerse pero Dimas la
agarró de los hombros y la estampó contra un árbol, la
muchacha cayó al suelo semiinconsciente, luego Dimas la

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violó en repetidas ocasiones hasta saciar su lujuria. La chica
nada pudo hacer, solo entregarse para que no la pegasen.
Quedó tendida en el suelo y con la cabeza escondida entre su
vientre.
Ekún vio como Dimas violó a aquella joven y su odio
hacia él crecía sin límites. Aguardaría paciente su
oportunidad para consumar su venganza.
A la mañana siguiente, se reanudó nuevamente la
marcha. Dimas como siempre cabalgaba al lado de Duarte
encabezando la expedición.
—Anoche vi que te divertiste con una joven hembra —le
dijo Duarte a Dimas.
—Así es —respondió.
—Supongo que la hembrita estará en condiciones de llegar a
la isla.
—Sí, he dispuesto que viaje en la carreta y que cuide al
negro Sin Lengua.
—Y... dime ¿disfrutaste? —le preguntó el capitán con
curiosidad morbosa.
—Tanto que es posible que la haya preñado —respondió.

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—Eso estaría bien, ya sabes que una hembra preñada vale
más en el mercado.
—Así es Capitán, por un poco más de dinero, compran a una
preñada que luego tendrá una cría, y las crías se venden muy
bien cuando están algo crecidas, sobre todo si son hembras
para luego cruzarlas con buenos machos negros.
—Creo Dimas que deberíamos de preñar a las hembras con
el negro Sin Lengua, parece un buen ejemplar y ahora que no
habla quizás sea lo mejor, un negro mudo es mejor que uno
que hable —los dos hombres rieron a carcajada limpia.
—Tú mandas Capitán, al menos valdrá como semental —le
respondió con una sonrisa arrogante.
Los yorubas estaban muy cansados, sedientos y
hambrientos, los niños viajaban durante todo el día
adormilados al igual que las embarazadas.
A Ekún lo habían sacado de la jaula y lo llevaban
caminando atado al carromato. Al medio día el sol radiaba
con fuerza y se hacía imposible la marcha. Duarte ordenó
parar para descansar, sus hombres se mostraban agotados,
algunos tenían calenturas y posiblemente alguno estuviese

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contagiado de malaria o paludismo debido a las picaduras de
los mosquitos. Durante la noche esos hombres dormían
aparte del resto, si no mejoraban serían abandonados a su
suerte ya que el contagio era un riesgo muy alto.
Pero eso a Duarte Santamaría le importaba bien poco, él
era un hombre codicioso y ansioso del dinero fácil y del
poder.
Llevaban varios días de marcha y ya se habían agotado
gran parte de los víveres y provisiones, el queso, la leche y la
manteca se habían acabado por completo, solo les quedaba
medio sacó de arroz y café.
Durante la marcha los bororos, buenos cazadores,
tuvieron que emplearse a fondo para batir piezas. En unas
horas ya habían conseguido unas cuantas liebres, y un sinfín
de gusanos rojos de maguey y grillos.
Mientras despellejaban las liebres, otros hervían en
agua un buen puñado de arroz, y freían en pequeñas sartenes
los gusanos y los grillos, esto desde luego no era una comida
del gusto de los hombres de Duarte Santamaría pero era lo
que había en aquellos difíciles momentos.

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Bolóya primera mujer de Akinwole, se había torcido un
tobillo durante la marcha, la mujer aguantó el dolor en
silencio durante todo el camino por miedo a que algún
bororo u hombre blanco se diese cuenta. Al descansar su
tobillo estaba ya muy amoratado e hinchado, el dolor que
sentía era irresistible, parecía que tenía en el pie clavadas mil
agujas, ni ella podía entender cómo había podido andar de
esa manera hasta llegar la noche.
Pero el dolor era ya insoportable, tanto que Bolóya no
pudo reprimir un quejido y esto alertó a un bororo que estaba
muy cerca de ella, sus lágrimas resbalaban silenciosamente
por sus mejillas.
Ekún se giró y vio como la mujer de su hermano se
lamentaba de dolor, a pesar de que ya oscurecía, él enseguida
se percató de lo que le pasaba a Bolóya, vio que su pie
derecho estaba hinchado y dolorido. El bororo se acercó a
Bolóya y examinó su pie, ella ya no se reprimía y lloraba de
dolor. Ekún la miraba sin poder hacer nada, ya que aún
permanecía maniatado a la carreta.
Al bororo le faltó tiempo para acercarse hasta Dimas,

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con gestos le señaló a la mujer.
Dimas se acercó con paso firme y decidido hacia el
grupo donde se encontraba Bolóya.
— ¿Qué demonios está pasando aquí? —Preguntó.
Bolóya miraba a los ojos de Dimas asustada, por un
instante las miradas de Ekún y de Bolóya se cruzaron y se
hablaron con las miradas.
Nuevamente el bororo señaló el amoratado pie de
Bolóya.
—Es inútil, esta mujer ya no podrá continuar la marcha y por
lo tanto no podrá ser vendida —dijo Dimas mirando a
Duarte, que se acercó hasta el lugar.
— ¿Alguna sugerencia Dimas? —Preguntó.
—Creo Capitán que deberíamos aprovechar este asunto para
recompensar a los bororos.
—Dimas le miró durante unos instantes, el bororo no
entendía y permaneció inmóvil y algo asustado por la posible
reacción de Dimas.
—Has estado atento —le dijo— podéis disfrutar de la
hembra y cuando acabéis con ella atadla a un árbol para las

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alimañas.
Entonces el bororo comprendió y se rio con grandes
carcajadas mostrando sus escasos dientes.
Cogieron a Bolóya y a rastras la apartaron del grupo.
Ekún gritó e intentó cortar a mordiscos la soga, pero un
látigo chasqueo en su cuerpo repetidas veces hasta dejarle
tendido en el suelo.
Mientras tanto entre la espesura de la selva, se podían
oír los gritos de Bolóya y las risas de los bororos. De entre
la maleza salía sonriente y satisfecho uno de los bororos,
seguidamente adentró otro, así hasta que los quejidos y
lamentos de Bolóya dejaron de escucharse.
Después de aquello comieron los insectos que habían
frito, ninguno de los hombres del capitán los probaron, ellos
comieron las liebres; a pesar de ser hombres rudos, sus
estómagos no estaban preparados para aquella comida que
habían preparado a base de bichos repugnantes.
A la mañana siguiente el graznido de los buitres y de
cuervos despertaron a Dimas, mandó a dos de sus hombres
para ver si aún seguía con vida Bolóya, pero Bolóya estaba

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completamente destripada, la habían asesinado a golpes de
machete y las hienas durante la noche se habían encargado
de devorar su cuerpo.
Unos días después algunos de los bororos enfermaron,
los síntomas eran extraños, temblaban sin sentir frío, el sudor
empapaba sus cuerpos e incluso la fiebre hizo acto de
presencia.
Durante la noche uno de ellos comenzó a sentir
temblores y espasmos, una de sus piernas estaba hinchada y
le latía como si una de las venas le fuese a reventar, todos
miraban atónitos al desdichado bororo.
Resultó que unas larvas habían entrado en su cuerpo a
través de los gusanos que días antes habían comido, después
de varios días las larvas pasaron a la sangre y perforaron su
piel, la cabeza de un gusano de casi medio metro de largo,
comenzó a salir al exterior, Dimas no soportó aquello que
veía y de un machetazo cortó la pierna de aquel hombre,
luego se inclinó y vomito.
Unos instantes después otro de los que se encontraba
enfermo, comenzó a gritar, le estaba pasando exactamente lo

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mismo.
Entonces Duarte tomó cartas en el asunto y mandó
aniquilar sin más contemplaciones y sin piedad a los que se
habían enfermado, de esa forma el capitán erradicaba el
problema.

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4

El Llebeig

Había pasado ya una semana desde que se emprendió la


marcha hacia la playa, allí les aguardaban los 92 hombres de
la tripulación de la corbeta, los quince hombres restantes
eran los que se habían introducido tierra a dentro junto con
su capitán y Dimas Hagen. Todos aquellos hombres eran
auténticos lobos de mar, marinos de distintos linajes.
El capitán había pertenecido a la armada portuguesa
bajo el mandato del rey Juan V de Portugal conocido
popularmente como “El Magnánimo”
Duarte Santamaría fue condenado a galeras por traición
a la Corona, cuando estaba a la espera de ser ahorcado, antes
de su fatal destino, se fugó de la prisión ayudado por su buen

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amigo Dimas Hagen y varios de sus más fieles hombres.
Después de la rocambolesca fuga estuvieron un largo
periodo de tiempo sin dar señales de vida, debido a eso, tanto
a Duarte Santamaría como a Dimas Hagen se le dio por
desaparecidos y posteriormente por muertos.
Durante ese periodo de tiempo, Duarte Santamaría
preparó a un buen puñado de hombres auténticos marinos.
Idearon un ingenioso plan para hacerse con un barco.
Llevando acabo el minucioso plan que habían
preparado, se hicieron con la corbeta “Aurora”, un viejo
barco que pertenecía a la armada portuguesa.
La corbeta Aurora era un barco retirado de toda
actividad militar pero que sin embargo aún tenía a su
tripulación.
Secuestraron al capitán y al piloto que era el segundo oficial
de la corbeta. Se enzarzaron en una lucha a muerte con la
tripulación del Aurora; tan solo en un par de horas la
tripulación había sido reducida por los sanguinarios hombres
de Duarte.
Les obligaron a deponer las armas y tanto el capitán de la

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corbeta como su segundo oficial y piloto fueron ejecutados;
los ahorcaron del palo mayor bajo las miradas de toda la
tripulación.
Duarte Santamaría, a bordo ya de la corbeta Aurora, asumió
el total control de la situación y el mando del barco. Una vez
se había desecho del capitán y de su primer oficial, reunió a
todos en cubierta, se subió sobre un cajón y habló a toda la
tripulación del viejo barco.
—Todos y cada uno de vosotros habéis defendido el barco
con agallas —hizo una pausa—. Habéis demostrado valentía
y honor a vuestra bandera; habéis tenido muchas bajas, solo
tenéis que mirar a vuestro alrededor —carraspeó y
continuó—. Este viejo barco desde hoy tiene nuevo capitán,
ahora necesito varios juaneteros y varios gavieros.
— ¿Cuántos sois los que quedáis en condiciones de seguir?
Justo en ese instante, dos de sus hombres amontonaban
a todos los heridos de la vieja corbeta.
Nuevamente el capitán Duarte Santamaría volvió a
carraspear ajustándose la casaca.
—Ahora os daré la ocasión de demostrarme vuestro honor,

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os doy la posibilidad de que todo aquel que lo desee tenga la
oportunidad de enrolarse en este barco bajo mi mando.
Un murmullo se escuchó sobre cubierta ante el
desconcierto a la oferta que aquel hombre les estaba
haciendo.
— ¿Qué garantías tenemos si decidimos enrolarnos en esta
vuestra empresa? —Preguntó uno de los marinos.
— ¿Garantías? Las garantías solo las da el paso del tiempo y
la mar.
— ¿Qué les pasará a los que no quieran enrolarse? —Volvió
a preguntar el mismo marinero.
— ¿Tu nombre? —Preguntó Dimas Hagen que estaba justo
al lado de su capitán.
—Roberto Gomes, maestre de la corbeta Aurora —respondió
cuadrándose.
— ¿Qué decides Gomes? —Le preguntó Dimas.
—Es una decisión que no puedo tomar ahora si no sé qué les
puede ocurrir a los que no comulguen con la posibilidad que
vos, señor, nos dais —dijo dirigiéndose al capitán Duarte.
—Serán puestos en libertad en Cabo Verde, y no les ocurrirá

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nada en absoluto.
El maestre de la corbeta Aurora dio un paso al frente.
—Sigo siendo fiel a mi rey Juan V “El Magnánimo” y a la
bandera de Portugal y lo seré hasta mi muerte —respondió
convencido de lo que decía.
Doce marinos más se pusieron al lado del maestre
Roberto Gomes.
—Apresadlos y confinadlos en la bodega —ordenó el
contramaestre Dimas.
—Si cuando seáis puestos en libertad llegase a mis oídos que
nos habéis delatado, os juro que volveré y os arrancare uno a
uno todas vuestras malditas tripas —puntualizó
enérgicamente el capitán.
De nuevo un ligero murmullo se volvía a escuchar sobre
cubierta.
— ¿Los demás, estáis dispuestos a acatar mis órdenes? —
Les preguntó el nuevo y flamante capitán cogiéndose las
solapas de su casaca e irguiéndose para visualizar mejor a
todos los hombres.
—Izad el trapo, ponemos proa a sotavento rumbo a Cabo

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Verde.
Todos los hombres listos para virar sur sudoeste —
ordenó el capitán.
Duarte Santamaría poseía conocimientos, inteligencia y
astucia además de una soberana autoridad en todos y cada
uno de sus hombres.
Una vez hubieron anclado en la pequeña isla de Fogo,
entre todos los hombres de Duarte prepararon el barco. Los
carpinteros se esmeraron en reformar y reparar todos los
desperfectos, se le cambió el nombre a la corbeta y pasó a
llamarse: Llebeig, el significado de su nombre era: viento
suroeste (SW).
El Llebeig fue restaurado por completo y pintado, en los
laterales del nuevo barco el capitán mandó pintar dos sables
rojos cruzados sobre un fondo verde, de esta forma los que
no sabían leer podrían reconocer la corbeta.
El Llebeig navegaría bajo una nueva bandera con fondo
verde y dos sables rojos cruzados.
Santamaría y sus hombres, se convertirían en auténticos
negreros y traficantes de esclavos.

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El barco era una corbeta de 480 toneladas y 62 metros
de eslora, con tres palos de gran altura con velas cuadradas y
con un añadido de una nueva vela de cangreja en el palo de
mesana, con una velocidad máxima de 9 a 12 nudos y una
velocidad constante con buena mar de entre 6 a 8 nudos.
El Llebeig, fue armado con dos baterías de 25 cañones de 18
libras por banda en el puente de cubierta, desde luego era un
buen potencial de fuego para su defensa.
En alta mar cabía la posibilidad de navegar bajo banderas
española, holandesa o bien inglesa, de esta forma podrían
navegar por el Atlántico Norte con total seguridad y no ser
interceptados por barcos de varios países e incluso por la
temida Armada española con barcos mandados al Atlántico
por la conocida Casa de la Contratación de Sevilla.
En el Llebeig, los esclavos embarcarían en unas
condiciones infrahumanas, confinados en sus bodegas para
llevarlos a una pequeña isla de tan solo 17 hectáreas, situada
frente las costas de Dakar en Senegal, se trataba: de la Isla
Gorée; más conocida como el lugar sin retorno.

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5

La huida

Bajo un cielo oscuro y amenazador de tormenta, el capitán


Santamaría ordenó emprender de nuevo la marcha, atrás en
el camino habían quedado prácticamente la mitad de los
bororos, y al menos seis de sus hombres habían fallecido.
Pero el Llebeig esperaba tan solo a dos días de marcha.
A medida que el día avanzaba, el cielo se encapotaba
acompañado de un fortísimo viento y de un sinfín de
amenazantes rayos, la lluvia comenzó a caer sobre ellos sin
contemplaciones y la marcha se aminoró forzosamente ya
que ni siquiera se podía ver más allá de tres metros.
Los caballos relinchaban nerviosos y los niños lloraban
asustados. Duarte no tuvo más remedio que parar la marcha
y buscar refugio para él y sus hombres en una pequeña cueva

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cercana. Todos los hombres de Duarte Santamaría junto con
el carro de los niños y las mujeres embarazadas se refugiaron
en la cueva, también los caballos. Fuera a la intemperie
quedaron el resto de los yorubas vigilados por los bororos.
Sobre un pequeño montículo de tierra y en un tronco de
árbol ya seco ataron juntos a Ekún y al yoruba Sin Lengua,
pensaron que de esa manera a los bororos y a los hombres de
Duarte les sería fácil vigilarlos.
Pasadas unas horas: al contrario de que la tormenta
amilanase, empeoró y se hacía harto difícil permanecer bajo
la potente lluvia. Cientos de relámpagos quebraban el cielo
atronador. Algunos de los bororos buscaron refugio bajo los
árboles o se cubrían con cortezas, de cuando en cuando
alguno de los bororos salía para echar un simple vistazo a los
yorubas que sentados intentaban refugiarse de la tormenta
con sus propios cuerpos, luego el bororo volvía a refugiarse
de nuevo.
Ekún y el Sin Lengua permanecían atados al tronco,
cuando de pronto este cedió inclinándose sobre la espalda de
Ekún, sin duda la tierra se estaba ablandando por la fuerte

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lluvia y el tronco seco de árbol cedía cada vez más, hasta el
punto que con poco esfuerzo arrancaron el árbol exento de
raíces, por la cepa pudieron soltar sus ataduras. Luego, con
las manos prácticamente libres desataron por completo sus
ataduras.
Una vez liberados del todo, pensaron en salvar al resto,
pero no era el momento apropiado ya que sin un buen plan
de ataque resultaría peligroso y muy arriesgado liberarlos.
Decidieron que lo mejor sería aguardar el momento propicio
para su liberación, así que sigilosamente se adentraron en la
maleza y tomaron rumbo hacia su poblado, sabían que los
niños más pequeños y los ancianos continuarían
desamparados en el poblado.
Ekún ya se sentía libre. Habían muerto su esposa, su
padre y su hermano Akinwole; necesitaba más que nunca a
su madre.
Como mandaban las leyes y las tradiciones yoruba
ahora él sería el jefe del poblado, había heredado la jefatura
y su deber por tanto era conseguir el bienestar de su pueblo y
su seguridad.

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A medida que Ekún y el Sin Lengua avanzaban, por sus
mentes tan solo existía un pensamiento: acabar con la vida
de Duarte y del hombre del pelo amarillo como la paja.
Los apresados habían permanecido bajo la fortísima
tormenta durante toda la noche, al amanecer ya la tormenta
había aminorado su fuerza, solo era ya simple lluvia.
Nuevamente el capitán Duarte Santamaría ordenó que todo
el mundo se preparase para reemprender la marcha, para
entonces los dos fugitivos ya se habían alejado y no
descansaron durante toda la noche, por lo tanto,
prácticamente sería imposible darles alcance y capturarlos.
Pero lo que Ekún y el Sin Lengua no podían sospechar era
que Dimas no había continuado la marcha hacia la playa con
el resto del grupo; por orden de Duarte, Dimas Hagen junto
con tres de sus hombres había salido a caballo a la captura de
los dos fugitivos.
No todo era negativo para Ekún y su compañero, ellos
estaban en su hábitat y ningún hombre blanco tenía nada que
hacer en la selva al lado de cualquier yoruba.
Pasados unos días y como era de esperar Dimas y sus

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hombres llegaron antes al poblado. Un poblado que aún
permanecía destrozado, no había quedado prácticamente
ninguna choza en pie, a la que no la habían prendido fuego la
habían destruido y arrasado, se podían apreciar los pequeños
riachuelos de sangre ya seca. La sangre derramada por
hombres, mujeres y niños del poblado de los yorubas.
Los cadáveres habían sido recogidos para su entierro,
los fallecidos fueron vestidos con sus mejores ropas y
adornados con sus guías imperiales y chuveiros. Del lado
que no se veía, esa ropa fue rasgada, y los hilos de cuentas
cortados a propósito, señalando las diferencias entre la vida y
la muerte. Toda la ropa y uniformes que pertenecieron a los
muertos fueron rasgadas, preparándolas para los siguientes
tramos de su largo camino.
Los niños caminaban desnudos y aturdidos sin rumbo de un
sitio para otro, a ninguno de ellos les habían quedado con
vida ni padre ni madre, solo rezaban a los Dioses para que
les ayudasen.
Dimas escondido esperó impaciente cerca del poblado la
llegada de los dos fugitivos, quería coger a Ekún y al Sin

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Lengua por sorpresa y dar un buen escarmiento en el
poblado, luego lo arrasaría por completo, no quedaría nadie
con vida.
Pero Ekún y el Sin Lengua ya se habían percatado de que
varios jinetes se habían acercado al poblado, las huellas de
los caballos eran recientes, desde luego sabían que Dimas
sería uno de ellos.
Los dos hombres prepararon un plan de ataque contra
los toubad.
Se adentraron en el manglar y se cubrieron todo el
cuerpo de lodo, se les apreciaba el blanco de sus ojos.
Capturaron varias ranas de color azul, llamadas: ranas
flechas doradas, su piel segrega un veneno capaz de matar a
varias personas, con pinchos de cactus, pincharon el lomo de
las ranas, untando así de mortífero veneno los pinchos, con
unas finas cañas de bambú se fabricaron una cerbatana y
varias lanzas. Fabricaron una rejilla de bambú, y en ella
ataron con cintas de hojas de palmera los pinchos venenosos,
dispusieron la rejilla en un árbol tensada a ras de suelo por
una fina liana. Cuando alguien o algo pasase por allí y

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destensara la liana, la rejilla saldría disparada contra aquello
que la hubiese soltado quedando ensartado en los pinchos.
Ekún, subido a un árbol, divisaba todo el poblado e
incluso en un momento dado pudo ver a Dimas que amagado
entre la maleza daba órdenes a sus hombres aguardando el
momento preciso para sorprender al poblado.
Desde lo alto del árbol, Ekún podía controlar cualquier
movimiento de Dimas y sus hombres. Su sed de venganza se
acentuaba a cada minuto que pasaba, estaba muy cercana la
hora de poder consumar su venganza.
Pero debía de ser paciente y no precipitarse, atacarían
solo en el momento exacto y preciso.
Después de pasar escondidos gran parte de la noche, de
madrugada el Sin Lengua se acercó sigilosamente hasta
donde se encontraba uno de los hombres de Dimas Hagen,
cuando estuvo seguro de que todo saldría como lo habían
planeado, llamó la atención del toubad. El Sin Lengua se
dejó ver y al instante salió disparado como una flecha hacia
la trampa que habían preparado.
Dos de los hombres de Dimas dieron la alerta y salieron

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rápidos tras el Sin Lengua, al llegar al lugar exacto el yoruba
saltó ligeramente la liana y el perseguidor la pisó
destensando la liana, la rejilla salió disparada directa al
perseguidor. El hombre blanco, quedó ensartado, durante
unos instantes miró al yoruba que le miraba embadurnado en
lodo seco y agrietado en su cuerpo, el hombre convulsionaba
con la rejilla clavada en su pecho, el veneno ya estaba
haciendo su efecto, el otro perseguidor se quedó paralizado
ante su compañero ya moribundo, de pronto, aquel hombre
sintió como algo se clavaba en su espalda, Ekún desde lo alto
del árbol le había lanzado con la cerbatana un par de dardos,
el hombre cayó al suelo convulsionando igual que su
compañero ya muerto. Dimas se percató de la ausencia de
sus hombres y salió tras su búsqueda, minutos después los
encontraron muertos.
Dimas Hagen era un zorro viejo y como una rata cobarde
desapareció como por arte de magia, dejando a su único
compañero completamente a merced de los dos yorubas.
Pero Dimas no podía sospechar que Ekún continuaba
vigilando expectante desde lo alto del árbol.

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El compañero de Dimas no fue problema alguno para el Sin
Lengua, se encontraron frente a frente y de un rápido y
certero movimiento dejó ensartado al viejo marino por el
abdomen con una de las cañas de bambú que habían
preparado.
El viejo marino cayó al suelo suplicando clemencia,
pero el Sin Lengua se acercó le quitó su machete y le
decapitó sin piedad alguna.
Sintiéndose acorralado Dimas miraba de soslayo de un
lado para otro y girando entre sí de forma desesperada.
— ¡Sal y da la cara maldito negro! —Gritaba sin dejar de
moverse.
De pronto y como si de un fantasma se tratase, delante
de él, apareció el Sin Lengua portando en una mano el
machete y en la otra la cabeza del desdichado marino.
Dimas le miró a los ojos y el miedo le invadió, el
yoruba era un ser completamente terrorífico, el ver al yoruba
completamente embadurnado por un barro negro, y ver que
portaba la cabeza de uno de sus hombres le aterró.
Pero Dimas Hagen no dio opción alguna al Sin Lengua,

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templó sus nervios y sacó su pistola, apuntó a la cabeza y le
disparó; el plomo impactó de refilón en la frente del yoruba
dejándole aturdido y haciéndole caer al suelo. Dimas se
acercó sonriente al Sin Lengua y cuando iba a rematarlo de
un golpe de machete, sintió como un dardo se clavaba en su
mano izquierda haciéndole tirar el machete.
El dolor que sentía en la mano era horroroso, al instante
la mano se le comenzó a inflamar y empezó a sentir náuseas
y mareos.
Dimas comprendió que no tenía posibilidad alguna para
luchar, se levantó, miró a ambos lados y como una liebre
salió corriendo a esconderse de sus enemigos.
Corriendo sin mirar atrás tropezó con una raíz que le
hizo caer pendiente abajo hasta frenarse de un golpe contra
el tronco de un árbol.
Se sentía mareado, era terrible sentirse solo y sin ayuda
de nadie. Se puso en pie y en el primer paso que intentó dar,
resbaló con hierba húmeda y nuevamente cayó al suelo
golpeándose en la dolorida mano infectada de veneno
mortal. Nuevamente se reincorporó cogiéndose la mano

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dolorida y a paso ligero se refugió en una arboleda con tan
mala fortuna que en su caminar pisó un cuerpo rollizo y
pequeño que se refugiaba en la humedad del musgo posado
en las raíces de un gran roble, en un instante notó como algo
se le había enganchado en su bota, se trataba de una víbora.
— ¡Oh, Dios mío! —Pensó—. Dimas tuvo suerte pues no
había llegado a penetrar el duro cuero de su bota, asustado
corrió como loco sin dirección alguna.
Mientras tanto, Ekún desistió de perseguir a Dimas, y
decidió atender a su malogrado amigo.
—Ve a por él —le dio a entender por señas el Sin Lengua
aún un tanto aturdido por el disparo.
—Tiempo habrá de verme cara a cara con el toubad —
respondió Ekún. Luego levantó a su amigo y se lo echó sobre
su espalda y cargó con él hacia el poblado.
Dimas encontró refugio a la sombra de un baobab, miró
hacia arriba y casi no podía distinguir claramente la copa de
aquel gigantesco árbol, sentado respiraba afanosamente y el
cansancio comenzaba hacer mella en él, tenía que ahogar el
grito de dolor que sentía en su maltrecha mano para no ser

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oído. Permaneció allí prestando atención a cualquier sonido,
sabía que seguramente le seguirían, además lo que más le
preocupaba en aquellos momentos era su mano, pues se
estaba amoratando y el dolor era del todo insoportable,
parecía que le iba a estallar la cabeza de dolor, debía de
hacer algo o en pocas horas moriría. Un fuerte dolor de
estómago le hizo vomitar. Dimas se rasgó su camisola,
encendió un pequeño fuego, y sobre un tronco extendió su
mal trecho brazo izquierdo, el sudor empapaba su cuerpo y
un atisbo de fiebre comenzaba a apoderarse de él.
Era consciente de lo que iba hacer, era una decisión
muy difícil de tomar, pero no había otra solución posible, si
no lo hacía moriría en pocas horas. Se introdujo en la boca
un trozo de trapo de su camisola y lo mordió, mordió con
fuerza y con rabia, el sudor perlaba su frente y sentía el
escozor en sus ojos, el tiempo apremiaba, debía de hacerlo
ya. Se practicó un torniquete en el antebrazo, luego cogió
con su mano derecha el machete, lo sujetó con fuerza, cerró
los ojos lo más fuerte que pudo, levantó el machete por
encima de su cabeza y lo dejó caer con las pocas fuerzas que

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aún le quedaban. De un golpe seco y certero se amputó la
mano izquierda desde el antebrazo. El grito que emitió alertó
a los animales que merodeaban por allí.
Luego, aturdido, tuvo fuerza suficiente como para
hacer un pequeño hoyo y enterar la mano seccionada.
Calentó el machete hasta dejarlo al rojo vivo, con él se
cauterizó el muñón cortando la hemorragia
instantáneamente, después se recostó perdiendo el
conocimiento.
En su sueño sufrió fuertes pesadillas, alguien le seguía
en una oscuridad absoluta y aterradora, se veía cayendo en
un profundo pozo sin fin. Entre espasmos y completamente
empapado en sudor Dimas Hagen despertó de su letargo.
Unos minutos después intentó reemprender su marcha, pero
la fiebre se había apoderado de él y sintió como un fuerte
escalofrió le aturdía, se sentía desorientado. Se tumbó
mirando al cielo durante unos instantes, abrió su cantimplora
y empapó un trozo de trapo de su camisola, dio un pequeño
sorbo y se puso el trapo empapado atado sobre su frente. En
cuanto se hubo recuperado, con la ayuda de la mano derecha

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y la boca, se vendó el muñón. De nuevo se quedó aturdido y
casi al borde del desvanecimiento, su cuerpo tiritaba de frío
y no se veía en condiciones de continuar su camino; bebió
otro sorbo de agua y se refugió sobre su propio cuerpo hasta
quedarse dormido nuevamente. Unas horas después despertó
aturdido, miró para todos los lados y se reincorporó, debía de
continuar su marcha fuese como fuese. Se preparó para
continuar hacia la playa, allí le esperaba el capitán Duarte
Santamaría a bordo del Llebeig.
La fiebre continuaba irremediablemente en su cuerpo,
recordó un remedio casero y optó por intentar que la fiebre
aminorase, recogió unas hojas de eucalipto y encendió una
pequeña fogata, introdujo las hojas de eucalipto en la
cantimplora de hojalata y la puso sobre el fuego; con un
pequeño palo removió el agua y, cuando la hubo hervido,
empapó un trapo y lo puso sobre su frente, luego fue
bebiendo a pequeños sorbos la infusión de eucalipto, esto
hizo efecto y la fiebre remitió.
Dimas pudo continuar la marcha hasta llegar a unos de
los riachuelos que desembocan en el lago Aheme.

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Curiosamente amarrada a la raíz de un árbol había una
pequeña canoa, dentro había un puñado de mazorcas de maíz
y dos racimos de plátanos cubiertos con las hojas de las
plataneras. Dimas miró a su alrededor y no vio a nadie, de un
machetazo cortó la liana y arrastró la canoa hasta el
riachuelo y con un palo a modo de bichero empujó hasta que
la canoa comenzó a flotar dejándose llevar por la fuerza del
río, se tumbó tapándose con las hojas de platanera, el
cansancio pudo con él y se quedó dormido completamente
rendido.
Soplaba un viento gélido que le hizo despertar y vio que
ya había llegado al gran lago Aheme, sabía que
desembocaría en la playa y allí le estaría esperando el
Llebeig.
Al llegar al poblado Ekún vio que ya nada era como
antes, los niños no jugaban ni reían, los ancianos
permanecían impasibles dentro de las pocas chozas que aún
quedaban en pie. Se adentró en el poblado cargando sobre su
espalda a su compañero que para entonces ya había perdido
por completo el conocimiento.

72
Al verles llegar al poblado, todos fueron saliendo de las
chozas, entre ellos Ona la madre de Ekún. Se acercó a su hijo
y lo abrazó, ella lloraba por tener de nuevo a su hijo entre sus
brazos, pero se asustó al ver sus heridas.
Ona puso su mano sobre la herida que su hijo tenía en
su rostro y que casi le hizo perder el ojo.
—Sanará, madre —le dijo.
Todos sabían que Ekún ya no era un guerrero de la
tribu, ni el hijo del Oba, pues el Oba era él. Ahora Ekún era
el jefe del poblado y le seguirían donde fuese.
Pero él no podía demorarse demasiado en ir al rescate
del resto de su tribu, sabía que no estarían demasiado tiempo
en la playa y el tiempo apremiaba.
Así que tan solo esperó un día a que se recuperase el
Sin Lengua.
Al amanecer Ekún salió en compañía del Sin Lengua y dos
ancianos que antaño habían sido grandes guerreros, aún
tenían fuerza suficiente como para poder luchar. Los cuatro
hombres se armaron con arcos y flechas, hachas y lanzas,
después se adentraron selva a dentro dirección a la playa.

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Pasados tres días los yorubas llegaron al lugar en el que
Dimas se había amputado la mano, a través de las cenizas del
fuego y de los restos que allí había, comprendieron lo que
había sucedido, un pequeño montículo de tierra removida
delató que allí estaba enterrado el brazo amputado.
Los cuatro hombres continuaron sin descanso la
marcha, sabían que el hombre del pelo amarillo como la paja
les llevaba tan solo dos días de ventaja y debían de
capturarlo antes de que llegase a la playa. Seguían muy de
cerca los pasos del extenuado Dimas, pero uno de los
ancianos observó huellas de herraduras de caballo,
comprendieron entonces que Dimas viajaba a caballo.
Seguramente encontró alguno de los caballos que asustados
habían huido desbocados, pensaron.

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6

El trato

La corbeta Llebeig ya había sido aprovisionada con comida


y bebida. En el pañol de aprovisionamiento situado bajo la
cubierta en proa y por encima del pique de proa almacenaron
conservas de carne salada y seca, carne de cerdo ahumada,
legumbres, membrillos, aceite de oliva, miel, vinagre,
aceitunas y una buena cantidad de barriles de vino.
Aprovisionaron el pañol del contramaestre con material de
mantenimiento, como los elementos de amarre, cabos,
calabrotes, alambres y todos los repuestos de la jarcia muerta
y la jarcia de amarre, también baldes de latón, anzuelos,
plomos, redes y arpones, para la pesca. Así como todas las
herramientas necesarias para el correcto mantenimiento de la

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cubierta, casco y castillaje de la corbeta. Al capitán se le
ocurrió algo así como una especie de arca de Noé. Mandó
preparar unas cuadras para embarcar animales vivos. Un par
de vacas, unas cuantas mulas, y caballos, algunas gavias con
palomas, también gavias para gallinas ponedoras, gallos y
conejos. Aprovisionó para alimentar a los animales gran
cantidad de fardos de hierba seca heno y alfalfa. Con esos
animales el capitán podía asegurar la alimentación de su
tripulación, y si algún animal pereciese durante la travesía
sería cocinado.
Durante el tiempo que habían permanecido tierra
adentro a la caza de los yorubas, el resto de la tripulación
estuvo construyendo en la cubierta grandes cajones de
madera. Cajones de un metro y medio de altura por dos de
ancho y unos ocho metros de largo, por supuesto también
repararon los desperfectos que pudiese tener el barco, lo
dejaron listo y preparado para zarpar de nuevo. Izaron en su
mástil mayor ondeando al viento su imponente bandera
verde con los dos sables rojos.
Aquellos hombres eran buenos marinos y fieles a las

76
leyes por las que se regían, que no mencionaban ningún
deber hacia los más necesitados ni hacia los más débiles.
Hacían hincapié en evitar la tiranía entre ellos,
potenciaban la libertad y el poder de decisión de los
tripulantes del Llebeig, respetando claro está las ordenes de
su capitán Duarte y de su contramaestre Dimas, como ellos,
gran parte de la tripulación poseía el adiestramiento militar
de la Marina, este hecho les hacía contar con obligaciones
militares durante la navegación y también en tierra.
Dimas Hagen divisó a lo lejos y ondeando al viento en
el mástil mayor la bandera del Llebeig. Maltrecho pudo
alcanzar la playa mucho antes que sus perseguidores, una
vez hubo subido a bordo del Llebeig, no articulaba palabra
alguna, el miedo le mantenía atenazado.
—Pero... ¿qué demonios te ha sucedido? —Le preguntó
atónito su capitán al ver que le faltaba la mano izquierda.
Exhausto le explicó poco a poco y casi balbuceando lo
que le había sucedido a él y a sus hombres.
—Por Dios, que te vea el doctor ahora mismo —le sugirió
Duarte.

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—Has tenido muchísimo valor y sangre fría, es un corte
limpio Dimas —le comentó el médico del barco, que ni era
médico ni nada, más bien un matasanos como ya le llamaban
en el barco, lo que sabía de medicina lo había aprendido a
fuerza de navegar; más de uno se había fracturado algún
hueso, o cortado con alguna herramienta, por lo que él
aprendió a calmar dolores con pociones de hierbas y poco
más. Era un tipo gordinflón y rechoncho de mediana edad,
con grandes ojos saltones y nariz de borrachín voluptuosa y
rojiza, sobre ella lucía unos quevedos un tanto destartalados.
— ¿Crees que el veneno sigue dentro, matasanos?
—No, no lo creo, si fuiste tan rápido en amputarte la mano
cómo has contado, no creo que vaya a más, si hubieses
tardado algo más de tiempo ya no estaríamos hablando, te lo
aseguro.
—Pero no me encuentro bien, tengo fuertes calenturas y
nauseas.
—Pero Dimas, es normal que la fiebre aparezca, ahora te
daré un ungüento que hará bajar las calenturas y en breve te
encontrarás mucho mejor.

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Además cada día hasta que lleguemos a la isla de Gorée
te haré las curas del muñón, ahora debes descansar y no
hacer esfuerzos.
—En cuanto me cicatrice el muñón le diré al carpintero del
barco que me fabrique una prótesis con un gancho.
—Buena idea Dimas, pero cuando lo tengas, recuerda de
quitarte la prótesis para dormir, con el gancho podrías
vaciarte un ojo, y solo te faltaba eso, además he oído que ya
le ha pasado a más de uno —respondió el médico— ahora,
haz lo que te he dicho y descansa —puntualizó.
Sabiendo el capitán Duarte Santamaría que los yorubas
podrían aparecer en cualquier momento, preparó a sus
hombres para una emboscada.
Mandó a dos de los bororos cavar en la arena de la playa
agujeros para que se escondieran tres de sus hombres
armados con mosquetes, para simular los agujeros los
taparon con raíces y hojas de palmeras, encaramados a los
árboles se escondieron los dos bororos armados con arcos y
flechas.
El capitán vigilaba expectante con su catalejo cualquier

79
movimiento sospechoso que pudiese haber en la orilla de la
playa.
Pasaban las horas y no se observaba movimiento alguno,
hasta que, de pronto, Duarte divisó que alguien corría por
entre la maleza llegando a la orilla. Con un espejo alertaron a
los bororos, estos tensaron sus arcos y dispararon sus flechas
alcanzando, con una de ellas, en la espalda a uno de los
guerreros ancianos, el cual cayó muerto. El otro anciano
apuntó con su arco al bororo y de un certero flechazo
atravesó su cuello haciéndole caer estrepitosamente del
árbol.
El otro bororo que quedaba se enfrentó cuerpo a cuerpo con
el guerrero anciano, éste empuñó fuertemente su hacha y
esperó el enfrentamiento.
Dejó que el bororo tomase la iniciativa, éste se lanzó hacia el
viejo yoruba y el anciano guerrero se agachó justo en el
momento en que el bororo le iba a propinar un golpe de
machete, en pleno salto el yoruba le clavó con un golpe seco
su hacha en la boca del estómago, el bororo puso su mano en
su ensangrentado vientre y emprendió nuevamente el ataque

80
mermado ya de fuerzas, el yoruba lo esperó de pie y lanzó su
hacha clavándola en la frente del bororo, que murió al
instante.
Ekún comprendió que le habían tendido una emboscada
y que nada podían hacer, solo correr cada uno por un lado
para intentar no ser capturados.
Ayudó al anciano a reincorporarse y corrieron los tres
en distintas direcciones. El Sin Lengua y el viejo guerrero
corrieron expectantes hacia la orilla de la playa. Ekún en
cambio corrió solo entre el margen de la playa y la selva.
Cuando los dos yorubas llegaron a la arena, algo les
paralizó, se quedaron atónitos ante lo que veían sus ojos, se
trataba de una canoa gigante, algo que jamás habían visto.
Como podía flotar algo tan grande en el agua, se
preguntaban mirándose.
Era impresionante ver la gigantesca canoa con sus
impresionantes velas y su gran bandera verde ondeando al
viento.
Al momento, una andanada de cañón fue el aviso para
que los hombres que permanecían escondidos bajo la blanca

81
arena de la playa saliesen como locos disparando contra los
dos yorubas. Un disparo certero reventó el cráneo del Sin
Lengua, Ekún quedó paralizado y atónito ante lo que les
estaba sucediendo a sus compañeros. Vio cómo su viejo
amigo se desplomaba. Por su mente pasaron imágenes de su
infancia con el Sin Lengua, recuerdos de juegos y de
cacerías junto con otros jóvenes de la tribu.
Ekún quedó ofuscado y aturdido, su amigo había
muerto y él nada pudo hacer para evitarlo.
De un certero y rápido movimiento el viejo guerrero
reaccionó y golpeó con su hacha a uno de los hombres de
Duarte Santamaría, le propinó tal golpe que al instante su
cabeza sangraba abundantemente, sus ojos quedaron en
blanco y sin mirada, el hombre blanco cayó a sus pies.
En el momento en el que el hombre que antes había
acabado con la vida del Sin Lengua de un certero disparo de
mosquete, quiso atacar al viejo guerrero, un dardo
envenenado se clavó en su frente, Ekún expectante reaccionó
con rapidez con su cerbatana, eso le dio tiempo suficiente
como para que el viejo guerrero degollase a aquel hombre.

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Ya eran dos yorubas frente al único hombre blanco. Los
dos yorubas se acercaron desafiantes. Desde el barco Duarte
Santamaría miraba la escena con su catalejo y sin posibilidad
de reacción.
—Deberíamos de realizar un disparo de cañón para acabar
con los dos negros —dijo Dimas.
—De eso nada, no voy a malgastar un disparo de cañón.
Además quiero a los dos negros vivos a bordo —respondió
el capitán sin dejar de mirar por su catalejo.
—Entonces capitán... ¿Qué sugieres? —Preguntó Dimas que
permanecía expectante a su lado.
El capitán se quedó pensativo durante unos segundos, se
acarició el mentón y palmoteó la espalda de su contramaestre
exponiéndole su idea.
—Pondremos un señuelo en la playa que los atraiga.
—Un señuelo... explícate mejor.
—Desembarquemos a los niños, esto sin duda los atraerá y
de esa forma les apresaremos, es solo cuestión de paciencia
Dimas.
—Tú hablas su lengua, y hablarás con ellos.

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—No entiendo.
—Es muy fácil, les harás saber que queremos hacer un
intercambio, los niños por ellos dos. No podrán rehusar el
trueque.
—Pero entonces perderemos a los cachorros —objetó
Dimas.
— ¿Y tú crees que los niños pueden ir muy lejos borrachos
como cubas?
Dimas Hagen quedó boquiabierto y atónito ante la
estupenda idea de su capitán.
—Vaya... los niños borrachos, una buena idea capitán.
—Irás acompañado con dos de los hombres y te lo advierto,
los quiero vivos y bien vivos, ya sabes por lo que te lo digo.
Dimas miró entonces su brazo amputado.
— ¿Qué quieres decir?
—Lo que te digo es que dejes a un lado tu ira hacia el negro.
—Pero ese cabrón debe de pagar por lo que me hizo.
—Lo quiero sano y salvo, ¡entendido! —Gritó—. Tiempo
habrá de ajustar cuentas.
Dimas asintió con la cabeza.

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Al día siguiente, cuando el sol estaba en lo más alto,
como habían planeado, Dimas Hagen desembarcó con dos de
los hombres y los niños.
Esperó expectante en la orilla de la playa. Los niños
completamente ebrios a duras penas se mantenían en pie, a
modo de intimidación uno de los hombres chasqueaba su
látigo.
Dimas miraba a un lado y a otro, sabía que era vigilado
de cerca por los dos yorubas aunque no les podía ver. De
pronto, en el margen de la playa apareció Ekún y durante
unos instantes permaneció inmóvil y expectante. Los dos
clavaron desafiantes sus ojos el uno en el otro, se aborrecían
y el odio flotaba en el ambiente.
Dimas levantó su brazo e intentó acercarse, cuando en
ese instante una lanza se clavó justo delante de sus pies, la
había lanzado el viejo Afefé que permanecía vigilante a
cualquier movimiento. Fue Ekún el que caminó hacia Dimas
hasta alcanzar una distancia prudencial. Ambos se miraron
directamente a los ojos, el desprecio que se tenían era tal que
por sus cabezas solo les pasaba aniquilarse. Pero Ekún sabía

85
que desde la gran canoa eran vigilados, y los niños corrían
un gran peligro, así que decidió escuchar las palabras del
hombre de pelo amarillo como la paja.
—Vosotros dos por los niños —propuso Dimas.
Ekún pensó durante unos instantes y se fijó en los niños
uno por uno y vio que entre ellos no se encontraba el
pequeño Nassér y eso le entristeció.
— ¿Ser ciertas palabras de hombre blanco? —Preguntó.
—Mi palabra de hombre, es ley —respondió.
—Palabra de toubad no valer nada, y menos la tuya.
No creer en palabras de los que invadido, masacrado y
violado mi pueblo. No creer en palabra de hombres que
asesinado esposa, a padre y a hermano. No creer en aquellos
que nos apresaron.
—Está bien, entonces no tenemos nada más de que hablar.
Dimas se dio media vuelta y tiró de la soga en la que
tenía a todos los niños atados.
—Vamos.
—Espera —interrumpió Ekún.
Dimas se giró sobre sí.

86
— ¿Qué has dicho?
—No hacer tratos con Abeyoó o la gente de fuera, y menos
con toubad —inquirió un inquietante Ekún.
Pensó que estando cerca de aquel hombre podría
consumar su venganza y al mismo tiempo liberar a su
pueblo.
—Por vida de niños y de poblado te propongo nuevo trato.
—Te escucho —dijo Dimas volviéndose.
—Yo a cambio de niños, tú dejar que vayan con Afefé —
miró entonces al anciano que con su arco apuntaba rodilla en
tierra a Dimas.
Dimas no tuvo mucho en que pensar, no irían muy lejos
unos niños borrachos con un anciano, caviló. Asintió y
aceptó el trato propuesto.
—De acuerdo —respondió—. Soltad a los niños —ordenó.
Uno de los hombres desató la soga y dejaron que el
anciano Afefé se acercase y recogiese a los niños.
Ekún extendió sus brazos entregándose al hombre que
había masacrado a su pueblo. Ataron sus brazos hacia atrás,
durante unos instantes Ekún miró al viejo Afefé hasta

87
perderlo de vista por entre la maleza. Luego embarcaron en
el pequeño bote acompañados por los dos hombres que
remaban hasta el barco.
Por supuesto habían pensado en todo. En cuanto Afefé
se hubo adentrado en la selva, fueron sorprendidos en una
emboscada por algunos de los hombres de la tripulación del
Llebeig.
El viejo Afefé defendió a los niños con rabia y con
fuerza; como el gran guerrero que era, acabó con la vida de
dos de los marineros, pero un tercero no le dio la posibilidad
de luchar y los niños nada podían hacer debido a su
embriaguez. Afefé luchó y peleó hasta que un disparo de
pistola acabó con su vida.
El sonido del disparo llegó a los oídos de Ekún, un
atisbo de intranquilidad le invadió al instante, su corazón
latía a golpes de maza, intuyó lo que pasaba y sabía que los
niños corrían un gran peligro. Los hombres de Dimas
estaban un tanto despistados, templó sus nervios y a pesar de
tener sus manos atadas, aprovechó la situación y salió
disparado como una flecha, corrió y corrió por la playa,

88
mientras los despistados marineros, atónitos, se miraron
entre sí sin reaccionar.
— ¡Qué carajo hacéis!, id tras él —les gritó su
contramaestre.
Los dos marinos salieron tras Ekún, pero este ya se
había adentrado en selva.
Una hora después los marinos aparecieron
completamente asfixiados y empapados en sudor sin haber
tenido ninguna posibilidad de coger al yoruba.
Dimas casi enloquece de furia.
— ¡Inútiles!, sois unos inútiles —Les gritaba. En un
momento de ofuscación Dimas Hagen sacó su pistola y
apuntó directamente a la cabeza de uno de los marinos, dudó
durante unos segundos.
En ese momento apareció con los niños el único hombre
que había quedado tras la lucha con Afefé.
—Estamos todos vayámonos, volvemos al barco —dijo.
Nuevamente Ekún había logrado escapar.
Una vez a bordo, contó lo sucedido al capitán Duarte.
—Se ha vuelto a escapar ese hijo de puta negro —espetó

89
Dimas.
El capitán mandó prepararse para zarpar.
—Zarpamos, Dimas.
—Capitán dame una sola oportunidad de coger al maldito
negro.
—Esto lo estás llevando demasiado lejos y ningún negro
vale más que nuestro tiempo y nuestro dinero.
—Sí pe... pero capitán.
—Basta de peros, Dimas Hagen, es un asunto personal entre
tú y el negro y lo estás llevando demasiado lejos, no voy a
consentir retrasar más todo esto. Además creo que ese
yoruba es capaz de complicarnos la vida, lo mejor será que te
olvides de él y zarpemos.
El capitán Santamaría no estaba dispuesto a volver a
perder nuevamente.
—Tú mandas capitán —respondió cabeza en alto y erguido.
El Llebeig permanecía anclado a dos millas de la playa,
durante la noche y mientras gran parte de la tripulación
intentaban dormir entre las piezas de artillería de popa y las
gruesas maromas de cubierta, el continuo chirrido de mesana

90
no les dejaba conciliar el sueño.
Alguien reptaba por una de las maromas de popa que
habían sido amarradas.
Una vez a bordo bajó invisible por la escala de popa a la
cubierta, pasó por delante de la puerta del gabinete del
capitán silencioso y cauto, el casco del barco crujía
levemente debido al balanceo. Sentía temor y caminaba
amagado entre sacos y maromas sobre cubierta, le extrañó no
ver a ningún bororo, un escalofrío recorría su cuerpo y sentía
como sus piernas temblaban al ver unos grandes cajones de
madera, dentro se oían lamentos y llantos. Están ahí dentro,
pensó. Se deslizó arrastrando su cuerpo cuando de pronto
una mano aferró su cuello. Había contado con aquella
posibilidad, pero no tan pronto. A rastras lo llevaron ante la
presencia del contramaestre Dimas.
—Vaya, vaya, a quién tenemos aquí —dijo manteniendo una
sonrisa sarcástica—. A las poleas —ordenó.
Ante el revuelo que se formó en cubierta, el capitán
salió de su camareta de popa un tanto atolondrado
colocándose el correaje y enfundando su sable.

91
— ¿Qué es lo que está pasando aquí? —preguntó alzando la
voz.
Dimas señaló al apresado.
—Como dijiste, tiempo habrá para ajustar cuentas. Al menos
déjamelo esta noche, te prometo que mañana zarparemos y el
negro estará vivo y con todos sus miembros.
Duarte asintió con un movimiento de cabeza como
dándose por vencido y se retiró nuevamente a su camarote.
Cogieron a Ekún con argollas por los tobillos las cadenas
pasaban por las poleas.
—Alzadlo —ordenó.
Ekún quedó colgado boca abajo del tangón o percha que
pendía enganchada al palo mayor, los brazos le arrastraban
en el suelo y las piernas le quedaron abiertas. Luego el
contramaestre soltó a un joven yoruba que resultó ser Nassér,
le ordenó que le golpease con un palo en la planta de los
pies, Nassér de primeras se negó, no podía castigar a Ekún
de esa manera. Sin mirar a Nassér le dijo que hiciese lo que
le ordenaba el toubad, pero el muchacho se resistía a
obedecer la orden de Dimas. Ekún volvió a insistir

92
haciéndole ver, que era mejor que le golpeasen a él solo que
no a los dos.
Dimas cogió el palo y se lo entregó al joven Nassér, el
muchacho lo agarró con fuerza y comenzó a golpear en los
pies de Ekún. El chasquido de un latigazo resonó cruzando la
espalda de Nassér, éste dejó caer un alarido acompañado por
un llanto.
—Con fuerza —gritó el contramaestre Dimas.
Nassér le golpeó en la planta de los pies una y otra vez,
en el momento que el muchacho aflojaba más por falta de
fuerzas que por otra cosa, el látigo volvía a chasquear
nuevamente en su espalda. Nassér golpeaba y golpeaba hasta
que sus pies quedaron reventados como frutas maduras, el
muchacho lloraba a cada golpe como si se lo diesen a él
mismo, la sangre de Ekún se deslizaba por su cuerpo hasta
alcanzar la punta de sus dedos y formar un charco en la
cubierta del barco.
—De esta manera aprenderás a no escapar —dijo Dimas.
Ekún aguantó el castigo sin proferir lamento alguno.

93
7

Justicia a bordo

Cuando Ekún despertó, no podía moverse debido a la


estrechez del lugar, los lamentos iban acompañados de
llantos. Quiso reincorporarse pero fue del todo inútil, ni tan
siquiera podía posar los pies en el suelo, los tenía
completamente destrozados. Sus manos permanecían
atenazadas con argollas de hierro al igual que sus tobillos,
que también estaban atenazados con argollas y unidos entre
sí por una corta cadena. Observó que todos estaban
encadenados entre sí por los tobillos, y todos se encontraban
en la misma situación que él.
El dolor que sentía en sus pies llagados era
insoportable, sangraban a cualquier pequeño movimiento.
La oscuridad era casi absoluta, tan solo podía ver un atisbo

94
de luz por entre las rendijas de las tablas que estaban sobre
su cabeza. No podía moverse, aquel sitio era tan estrecho que
no daba ni para sentarse, de manera que todos permanecían
en cuclillas, estaban dentro de los cajones de madera que él
había visto en la cubierta.
Los orines, excrementos y el sudor hacían que el hedor fuese
insoportable, los pies se les manchaban de sus propias heces
y los vómitos eran una constante.
Al amanecer los rayos de sol se filtraron como flechas por
entre las rendijas de las tablas de aquellos cajones. La luz del
sol le dejó ver algo que no llegó a comprender y que le
sorprendió. No eran todos yorubas los que allí estaban
encadenados, frente a él en las mismas condiciones se
encontraban apresados gran parte de los bororos.
Ekún comprendió que para aquellos hombres no había
distinción, cualquier negro sería mercancía de venta a los
ojos del hombre blanco. Los bororos habían sido claramente
manipulados y engañados por Duarte Santamaría y sus
hombres.
Una sensación de mareo le aturdió hasta el extremo de no

95
poder aguantar más aquella pestilencia y vomitó.
Las diarreas en el grupo eran ya una constante e incluso él no
tuvo más remedio que hacerse sus necesidades sin poder
moverse. Aquello no tenía nombre.
Durante dos días no les dieron de beber ni de comer, tan solo
de vez en cuando dejaban caer baldes de agua por entre las
rendijas de las tablas.
Sus espaldas apoyadas en la madera de los cajones, estaban
rozadas y ensangrentadas debido al movimiento de
navegación. Todos estaban exhaustos y algunos incluso
enfermos con síntomas febriles.
Los piojos les martirizaban chupando la sangre de los
desnudos cuerpos encadenados.
De pronto, se abrió la tapa del gran cajón, la luz del sol
estalló en sus ojos cegándoles por completo. Soltaron sus
grilletes y les hicieron salir a golpes de látigos unidos con las
cadenas por los tobillos.
Los yorubas al ver el barco se quedaron boquiabiertos
mirando sus mástiles y sus impresionantes velas desplegadas
al viento.

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Los gritos de las mujeres y los niños eran inevitables y eso
erizaba la piel de cualquiera que tuviese un mínimo de
sentimientos, cosa de la que carecía aquella tripulación.
Varios de los bororos fueron obligados a limpiar con
agua y vinagre los grandes cajones donde habían estado
metidos, el hedor que se respiraba era repugnante, las ratas
corrían por el barco como si tal cosa.
Los tumbaron a todos bocabajo, con baldes de agua y
jabón lavaron sus cuerpos, luego les dieron la vuelta y
continuaron frotándoles.
Del grupo apartaron a las mujeres más jóvenes y a estas
las metieron junto a los niños y las embarazadas en las
bodegas.
Después, el médico del barco comenzó a inspeccionar y
a examinar sus dentaduras a todos y cada uno de los
esclavos, apartando del grupo a los más enfermos. Una
veintena entre hombres y mujeres fueron rechazados por
aquel hombre, también dos de los niños fueron rechazados.
—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo un sonriente
Dimas, mirando a tres de sus hombres.

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Con sogas, fueron atados por parejas espalda con
espalda y, sin más, a todos aquellos que él médico había
rechazado, los fueron lanzando por la borda.
—Los peces hoy se van a dar un buen festín —dijo Dimas
entre grandes carcajadas, las cuales fueron acompañadas por
parte de la tripulación.
Al siguiente día, al amanecer, volvieron a abrir los
cajones, uno a uno les fueron poniendo de rodillas con las
manos atadas a la espalda. A todos, hombres y mujeres, les
afeitaron las cabezas y les untaron sus cuerpos con aceites de
semillas de linaza.
Al siguiente día, continúo aquella especie de examen y
fueron apartando del grupo a todos los que aún tenían sus
heridas abiertas debido a los múltiples latigazos y los palos
recibidos, como era el caso de Ekún.
Con agua, vinagre y sal muera, les fueron frotando en
las heridas, el escozor que les producían hacía que los gritos
de lamentos fuesen ensordecedores, incluso algunos se
desvanecían de los dolores que sentían.
—Es la mejor manera que hay para cicatrizar las heridas —

98
dijo el médico dirigiéndose a su capitán sin mirarle.
—Tenemos que conseguir que tengan un buen aspecto para
cuando atraquemos en la isla, posiblemente ya nos estén
esperando más de un tratante inglés o francés, estos pagan
bien.
Además —continuó diciéndoles a Dimas y al médico,
que escuchaban con atención a su capitán —algunos de los
machos serán buenos para sementales y tendrán crías que se
venderán muy bien en el mercado, este por ejemplo —dijo
señalando a Ekún—. Este negro es fuerte y musculoso,
seguro será un buen semental para poder cruzarlo con
hembras; a pesar de la cicatriz que le cruza la cara lo
venderemos a buen precio, estoy seguro.
Bordeando las costas de Costa de Marfil y de Sierra
Leona, estarían a día y medio de alcanzar las costas de
Senegal y la isla de Gorée, isla resguardada de los vientos y
en medio de la bahía más profunda del África occidental. En
la isla esperaba la casa de los esclavos, allí mismo serían
confinados a la espera de ser vendidos.
La última noche de navegación, parte de la tripulación

99
bajó a las bodegas buscando diversión, con ellos iba el
contramaestre Dimas Hagen. Él eligió el primero. Escogió
una muchacha que permanecía escondida tras unos barriles
de vino, no tendría más de trece o catorce años, como todas
las demás estaba desnuda. Entre varios la cogieron de brazos
y piernas inmovilizándola, seguidamente Dimas pasó su
única mano por todo su cuerpo, la muchacha se resistía, las
gotas de sudor resbalaban por la frente de Dimas cayendo en
la cara de la muchacha, ella se resistía y él la golpeó en el
rostro y seguidamente la penetró sin posibilidad de defensa
alguna por parte de la joven. Dimas reía y babeaba, sus ojos
se salían de las órbitas, estaba encolerizado mientras
consumaba la vil violación. A pesar de todo, ella era fuerte y
mantenía erguido su orgullo y dignidad de mujer, su mente
se evadió junto con su espíritu, dejando inerte y flácido su
cuerpo físico a los antojos del hombre de pelo amarillo como
la paja.
Mientras tanto, los demás hombres bebieron vino de los
barriles hasta quedar completamente borrachos. El resto de
las mujeres asustadas permanecían amagadas entre sus

100
propios cuerpos, fueron forzadas y violadas por todos
aquellos hombres.
Entre las mujeres se encontraban las tres embarazadas
que como todas las demás estaban aterradas.
Una de ellas, la que estaba en el más avanzado estado
de gestación, se resistió con todas sus fuerzas a los
tocamientos de uno de aquellos hombres, se trataba del
maestre Otero. Las otras dos embarazadas fueron ignoradas
por el resto.
El maestre Otero era el encargado de que el estado de la
corbeta fuese óptimo antes de zarpar, así como de la
economía en el barco. Un tipo bajo, recio y ojeroso con una
gran barba canosa, en su espalda se denotaba una pequeña
chepa. El maestre Otero pasó su rugosa mano palpando todo
el cuerpo de la mujer, ella estaba muy nerviosa sudaba
abundantemente y su corazón latía a grandes golpes.
Él continuaba sobando su piel negra y aterciopelada, al
intentar acariciar su rostro, ella sin pensarlo le asestó con
toda su rabia un mordisco en el dedo meñique de la mano
derecha que casi se lo arranca, le quedó prácticamente

101
colgando. El hombre gritó, enfurecido, sus ojos saltones y
venosos casi se le salen de las órbitas, con rabia la
emprendió a patadas hasta que la mujer quedó en posición
fetal y completamente inerte entre un gran charco de sangre.
Las demás muchachas lloraban asustadas ante los
gemidos de placer de aquellos horribles hombres blancos de
cuerpos sudorosos y pestilentes.
Después de saciar sus más viles y soeces instintos, las
dejaron tiradas como escoria.
Entre risas y cánticos, salieron de la bodega jactándose
de lo que habían hecho.
—Seguro que las hemos preñado a las muy zorras —
comentaban entre ellos borrachos como cubas.
Unas horas después el médico no tuvo más remedio que
amputar el dedo del maestre Otero.
Cuando Dimas Hagen abrió la bodega y bajó, vio que la
joven que la noche anterior él mismo había violado en
repetidas ocasiones, se había suicidado cortándose las venas
con el cristal de una de las botellas rotas. La joven había
tenido fuerzas suficientes para acabar con su vida y no

102
volver a ser presa de los deseos libidinosos del hombre
blanco. Dimas la miró durante unos instantes, ni siquiera le
dio la más mínima importancia al hecho y salió de la bodega
con el resto de mujeres como si tal cosa, luego informó al
capitán de lo que había hecho el maestre Otero.
Nada más despuntar el día, el capitán Duarte reunió en
cubierta a toda la tripulación, una neblina invadía aquel día
la cubierta a ras de suelo, el viento era de 14 a 16 nudos y las
olas de 6 a 8 pies, la corbeta recibía en sus velas el viento
por estribor por lo que el Llebeig navegaba a 6 nudos
amurado a estribor.
—Os he reunido a todos porque hay cosas que en este barco
no debo de consentir —dijo a voz alzada y subido sobre una
tarima.
— ¿Qué es lo que ha pasado capitán? —Gritó asido al timón
el piloto.
—En el Llebeig puedo consentir muchas cosas con respecto
a mi tripulación, puedo ser benevolente y comprensivo, pero
lo que no puedo tolerar bajo ningún concepto, es que os
toméis libertades que no os corresponden.

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—Explícate mejor capitán —gritó alguien.
—Lo que quiero deciros, es que en la pasada noche uno de
vosotros se excedió con una de las hembras hasta el punto de
matarla, y eso no lo consiento.
Todos sabemos que el género que llevamos a la isla es
nuestro dinero y nuestro sustento, y desde luego no debemos
de maltratarlo hasta este punto. Todos y cada uno de
nosotros hemos trabajado duro y hemos pasado muchas
calamidades como para que ahora alguien acabe con la vida
de uno de los negros por pura diversión. Bastante hemos
perdido ya rechazando a los enfermos y a los moribundos,
¿estáis todos de acuerdo?
—Claro capitán, todos de acuerdo y todos contigo —gritaron
varias voces de entre todos aquellos hombres.
—Maestre Otero —gritó Duarte señalándole con el dedo.
Todos los que estaban alrededor del maestre se
separaron haciendo un corrillo y dejando al maestre en el
centro.
— ¿Quién eres tú para desacerté de una hembra y dejarnos
sin su valor? ¿Quién eres tú para tomarte la justicia por tu

104
mano sin ni tan siquiera informarme? ¿Quién eres tú para
despreciar así al resto de la tripulación?
El corrillo se abrió dejando al maestre frente al capitán.
—Siento lo que ha sucedido capitán, pe... pero —balbuceó
alzando la mano— la muy zorra me mordió y me arrancó el
dedo de un mordisco.
—No es excusa maestre Otero, eres un marino.
El maestre cabizbajo dirigió su mirada al suelo.
—El contramaestre Dimas se divirtió con otra de las
hembras y también a muerto.
Dimas se acercó al maestre y le asesto una bofetada que
le hizo caer al suelo.
—Yo no he matado a nadie, la hembra se quitó la vida, y no
he violado a ninguna de las hembras preñadas, eres un cerdo
Otero —replicó.
El capitán bajó de la tarima y se dirigió al maestre
frunciendo el ceño y mirándole a la cara.
—Está bien que os divirtáis con las hembras, quiero que mi
tripulación disfrute antes que nadie de ellas, nos lo
merecemos por nuestro duro trabajo y sacrificio, hemos

105
perdido la vida de varios hombres y estoy orgulloso de
vosotros, pero esto no puedo consentirlo Otero.
Después de meditar sobre el asunto durante la noche, he
tomado una decisión.
El silencio en el barco era sepulcral tan solo se oía el
sonido de la mar y el resoplar del ligero viento en las velas.
—Traed a la hembra que se quitó la vida y lanzadla por la
borda —ordenó.
Unos minutos después, dos hombres lanzaron a la joven
yoruba por la borda como se ordenó.
—Desde este momento el nuevo maestre serás tú —dijo el
capitán dirigiéndose al español, un hombretón de anchas
espaldas, cejas pobladas y mirada profunda, quizás el más
alto de toda la dotación del Llebeig.
Pelayo del Toro destacaba, su cabeza sobresalía de entre
todos los demás con diferencia.
—Puedes salir Pelayo, acércate —dijo el capitán Santamaría
gesticulando con su brazo para que el tal Pelayo saliese de
entre el gran grupo de marinos.
—Desde este preciso instante, tú Pelayo del Toro te harás

106
cargo del polvorín, de las armas y de la administración del
Llebeig, te cuidarás del buen estado de la nave. Confió en ti
y en tu saber hacer —le dijo poniendo su brazo sobre su
hombro.
Maestre Otero, quedas relegado de tu puesto, ya no
perteneces a la tripulación del Llebeig. Abandonarás el barco
en este preciso instante.
—Pero capitán, quedaré a la deriva —dijo aterrado.
—Esta es mi justicia y mi orden —añadió.
En ese momento un murmullo recorría todos los
rincones del barco.
Ataron las manos del malogrado Otero a la espalda y lo
introdujeron en un chinchorro de no más de un metro de
eslora y lo descolgaron por la borda. Otero quedó así
abandonado a su fatal destino.

107
108
8

Isla Gorée

Era una mañana de primeros de junio y el cielo se


encapotaba por momentos con tonalidades grises y
amoratadas, los rayos y los truenos rajaban las nubes y una
fina lluvia comenzó a caer de forma copiosa. El capitán
ordenó aminorar la marcha a 4 nudos y mandó que
dispusieran la bodega para meter dentro a todos los negros,
no quería que debido a la lluvia y al mal trato recibido hasta
ese momento enfermasen, les quedaba poco para llegar a
Gorée y debía de vender la mercancía en buen estado, los
tratantes esperaban y sabían bien su trabajo.
La isla era refugio de las naves portuguesas pero
conquistada por los holandeses allá por el año 1617, fue

109
llamada durante años isla “Goedde redde” (Buen puerto).
Era un lugar macabro, un lugar para comercializar sin
escrúpulos con hombres, mujeres y niños. Un lugar de
intenso tráfico de personas y mercancías en la que los
tratantes de esclavos cerraban prósperos negocios para los
terratenientes y eso les proporcionaba suculentos beneficios.
Encadenados dentro de los cajones de cubierta metieron
a los más viejos y al resto los confinaron en las bodegas.
Estar allí desde luego era mucho mejor que estar en los
cajones, al menos podían moverse a pesar de permanecer
encadenados los unos con los otros. Aquel día les dieron de
comer arroz hervido y un huevo duro a cada uno de ellos,
esto les extrañó bastante y comenzaron a inquietarse
sospechaban que estaban cerca de su final. Durante los días
restantes les alimentaron con gachas de avena.
El que parecía ser el jefe de los bororos se dirigió al que
él creía que podía ser el jefe yoruba, pero éste con una señal
le indicó quién era su jefe.
Ekún miró al bororo y éste le hizo entender lo que
pasaría al llegar a la isla.

110
Le propuso que mejor muertos que volver a servir al
hombre blanco, ellos habían sido engañados y apresados al
igual que los yoruba. Necesitaban buscar el momento
propicio para un motín y hacerse con el barco, prácticamente
eran el doble de hombres que la tripulación, podía ser viable.
Pero era una empresa difícil, ellos permanecían
encadenados y sin armas, además estaban agotados y sin
fuerzas. Ingenuos, ni siquiera repararon que en la puerta de
la bodega había un par de hombres haciendo guardia y,
aunque no les habían entendido sus palabras, intuyeron que
los negros tramaban algo, enseguida informaron al
contramaestre.
Dimas ordenó lavar con agua y jabón uno a uno, a los
que tenían sus heridas aún sin cicatrizar, nuevamente se les
frotó con agua, vinagre y salmuera, después sin dar ni un
solo latigazo, las mujeres, los niños y gran parte de los
bororos junto con algún yoruba, fueron de nuevo devueltos a
la bodega, el resto fueron encadenados en los cajones, de
esta forma Dimas abortaba cualquier posibilidad de
sublevación a bordo.

111
El sonido del pífano preparó a la tripulación para el
amarre, nada más atracar en la isla de Gorée.
En toda la isla se podía percibir el olor salubre y
húmedo de la mar, pero lo que más se podía percibir en
aquel lugar era el miedo. Dispusieron a los doce marinos
apresados durante los enfrenamientos en el que había sido su
barco.
Los doce desembarcaron en fila india con las manos
atadas a la espalda, una vez en tierra, fueron confinados a
realizar trabajos en la isla.
—Nos has mentido capitán —dijo el maestre Roberto
Gomes.
—No os he mentido —respondió sonriente.
—Pero nos prometiste que nos dejarías en Cabo Verde
— ¿Os lo prometí? No, no os prometí nada, sí os dije que os
dejaría en Cabo Verde, pero... qué más da una isla que otra.
—Pe... pero capitán —balbuceó Gomes.
Los demás que aguardaban expectantes su destino se
mantenían en silencio.
El capitán miró a Dimas de soslayo y éste reaccionó al

112
instante.
Dimas Hagen se acercó amenazante al maestre Gomes y
mirándole a los ojos le agarró de la nuca atrayéndole hacia él
y le atravesó el estómago con su daga. Gomes cayó
arrodillado al suelo rojizo de aquella pestilente y miserable
isla; sus ojos en blanco delataban que acababa de morir.
— ¿Alguien más quiere que le dejemos en Cabo Verde?
Todos callaron, momentos después fueron confinados a
trabajos en la isla; comprendieron entonces que se habían
decidido por la opción equivocada. Jamás saldrían con vida
de aquella repugnante isla.
Los esclavos en la cubierta permanecían atemorizados a
la espera de desembarcar. Pero, antes, fueron lavados y
embadurnados de nuevo con aceite de linaza ya que en breve
serían expuestos.
Ekún permanecía encadenado como todos los demás y
miraba a Dimas con desprecio absoluto, el odio que sentía
por aquel hombre era tan grande e indescriptible que la
posibilidad de venganza no se le iba de la mente ni un solo
instante.

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Desde la cubierta veían como pasaban manadas de
hombres con grilletes en los pies bajo el látigo de sus
guardianes. Estos eran conducidos a pequeñas fortalezas
pegadas a la orilla del mar. Allí el género se pesaba, se
procuraba que tuvieran al menos 55 kg de peso, para ser
vendidos.
En fila de a uno, bajaron por la pasarela a todos los
esclavos encadenados, los marinos agitaban sus pañuelos
desde cubierta y no dejaban de oírse gritos que se repetían de
popa a proa entremezclados con el crepitar de las planchas
de haya pisoteadas por las botas de aquellos hombres sin
escrúpulos.
Ya los tratantes y comerciantes estaban expectantes ante
la llegada de los nuevos esclavos, los veían pasar uno tras
otro, las miradas y los comentarios entre el gentío se
mezclaba con los chasquidos de los látigos.
En fila de a uno bajaban encadenados en pequeños
grupos de cuatro, Ekún desembarcó en el último grupo, pudo
ver a Nassér entre uno de los grupos de niños, todas las
gentes les miraban y cuchicheaban entre ellas, las risotadas y

114
las miradas eran una constante, algunos les escupían en la
cara. Al ver pasar a las mujeres los tratantes sobaban
sonriendo sus pechos desnudos.
Todos fueron conducidos directamente a la casa de los
esclavos, lugar construido por los portugueses para mantener
allí durante varios meses a los esclavos a la espera de ser
seleccionados antes de ser embarcados.
En la casa de los esclavos esperarían el momento de
zarpar hacia su destino, bien a América, bien a los Caribes.
Ekún estaba tan aturdido que ni tan siquiera era
consciente de lo que pasaba a su alrededor, miraba para un
lado y para otro y, en realidad no veía nada, estaba
totalmente ofuscado.
Fueron confinados en pequeñas celdas de seis en seis,
las celdas no eran diferentes a los cajones de madera, ni tan
siquiera podían ponerse en pie y permanecían agachados o
tumbados, debían de hacer sus necesidades en el suelo.
Otros, entre ellos Ekún, fueron confinados en celdas ya
ocupadas desde hacía varios meses por otros esclavos.
Todos permanecían con sus pies encadenados,

115
asustados y en silencio se miraban los unos a los otros,
aunque sus miradas ya no decían nada.
En las pestilentes celdas permanecieron durante
semanas, había momentos en que a latigazos sacaban a
alguien y ya no volvía, casi todos pensaban que habían sido
torturados y muertos.
El sonido de los cerrojos al abrir las celdas les aterraba,
cada vez que entraban los vigilantes el miedo era extremo, el
elegido gritaba, lloraba y pataleaba por la incertidumbre de
su destino final mientras era arrastrado por los toubads.
Las mujeres permanecían con los niños en celdas mejor
preparadas y mucho más espaciosas, en una de ellas se
encontraba el joven Nassér.
Casi a diario, las mujeres eran sometidas a vejaciones y
violaciones por pura diversión, más de una mujer era
vendida ya embarazada por alguno de aquellos horribles
hombres.
Cada día exponían a un buen puñado de esclavos en la
plaza para ser vistos por los tratantes y comerciantes. Los
negros enfermos, los heridos por los malos tratos recibidos y

116
los que presentaban cicatrices visibles, también eran
vendidos aunque a más bajo precio; las cicatrices no
resultaban agradables a los posibles compradores.

117
9

Las subastas

Habían pasado un par de semanas desde que el Llebeig


atracase en Gorée. La casa de los esclavos estaba a rebosar, a
medida que llegaban más esclavos los confinaban en las
celdas, en ellas ya no cabían más personas. Estaban
apretujados y la pestilencia era insoportable, los vómitos y
diarreas eran una constante. Hacía tiempo que la peste, el
cólera y la malaria habían hecho acto de presencia en la isla;
en cuanto se detectaba al enfermo se le apartaba del resto y
le daban muerte.
Cierto día la celda donde se encontraba Ekún se abrió,
los guardianes llevaban cubiertas sus bocas con pañuelos
para protegerse de posibles infecciones, durante unos

118
instantes miraron y el elegido fue Ekún.
Él ni gritó ni pataleó, recibió varios latigazos en su
cuerpo y salió de esa especie de zulo semiagachado, todos le
miraban asustados; sabían que ya no le volverían a ver nunca
más.
Al salir y caminar por un largo pasillo escuchó llantos
de niños que, como él, estaban confinados en celdas.
Veía como la luz del final del pasadizo se hacía más y
más grande, al salir sus ojos se cegaron por el impacto del
sol recibido y puso las manos cubriendo sus ojos, de pronto
notó que le empujaban por detrás, cayó al suelo de rodillas,
una piedra se clavó en su rodilla derecha, dejó escapar un
agónico gemido, entonces el chasquido del látigo cruzó
nuevamente su espalda, los guardianes reían dejando
entrever sus escasas dentaduras.
Poco a poco sus ojos fueron distinguiendo aquello que
veían, tirando de sus cadenas fue guiado hacia un extraño
lugar desconocido, la incertidumbre de su destino le
preocupaba, pero se mantenía erguido con el orgullo del jefe
yoruba que era.

119
Llegaron a una plazoleta y se quedó atónito ante lo que
estaba viendo, allí había una cruceta en vertical y sobre ella
encadenado un hombre al que él conocía muy bien, se
trataba de Koso.
Koso, que al igual que el Sin Lengua había sido su
aburo kanani, amigo de la infamia, de juegos compartidos y
de grandes cacerías.
Su corazón le dio un zumbido al ver a Koso con todo su
cuerpo maltratado y completamente llagado por los azotes de
los latigazos recibidos.
Lo habían untado con aceite de linaza y embadurnado
de harina, su aspecto era tétrico, la sangre ya reseca y
mezclada con el color blanco de la harina, hacia desviar la
mirada de todos.
Koso yacía muerto en la cruceta, había sido expuesto al
implacable sol durante tres días y dos noches para que los
demás esclavos escarmentasen a cualquier síntoma de
sublevación. Koso había escupido en la cara de un negrero y
eso le costó la vida.
Ekún fue llevado a una gran habitación, en ella había

120
una veintena de baldes de agua limpia, un par de pastillas de
jabón y varios cepillos. Le frotaron y le lavaron con grandes
dosis de jabón, untaron su cuerpo con aceite y
posteriormente fue visitado por un médico. Éste le miró de
arriba abajo, miró sus oídos, sus ojos, su dentadura, su pelo,
luego cogió sus testículos y los apretó, Ekún no pudo por
menos que agacharse, el dolor era intenso, las gotas de sudor
comenzaron a bordear los surcos de las arrugas de su frente.
Durante unas horas Ekún permaneció sentado y
encadenado a un cajón de madera vigilado por uno de los
marineros del Llebeig.
Dos hombres muy bien vestidos, uno de ellos bastante
obeso y alto y el otro de aspecto más normal aunque algo
repulido y de finos modales, éste vestía elegantemente con
chistera y bastón, los dos hombres entraron en la sala del
aseo junto con el médico que horas antes había visto a Ekún,
con ellos también entró el capitán Duarte Santamaría.
Duarte sonreía cuando miró a Ekún que permanecía
sentado en el cajón cabizbajo y en silencio.
— ¿Cómo te haces llamar negro? —Preguntó el hombre alto

121
y gordo en un escaso portugués con marcado acento inglés.
Ekún no contesto a su pregunta.
—Tú nombre —repitió entrometiéndose el médico.
Ekún recordaba perfectamente aquellas palabras y en
ese instante le vino a su mente el recuerdo de su esposa
Airá, una profunda tristeza inundó su corazón.
—Ekún —respondió lacónicamente.
—Vaya, este negro resulta ser inteligente —aseveró el
gordinflón, mientras tanto, el otro hombre observaba en
silencio.
Durante unos instantes los dos hombres hablaban y
miraban a Ekún de soslayo.
— ¿Cómo es que este negro no ha sido expuesto en la
subasta capitán Santamaría? —Preguntó el hombre de
aspecto repulido.
—No lo he expuesto porque sabía que les podría interesar y
no quería que algún tratante del tres al cuarto se les
adelantase, señores.
—Me parece bien capitán, desde luego el negro tiene muy
buena pinta para semental.

122
—Entonces, señores...
Duarte se cruzó de brazos a la espera.
Le soltaron de sus cadenas y le obligaron a permanecer
en pie frente a aquellos dos hombres.
El médico se le acercó y volvió a coger los testículos de
Ekún mostrándoselos a los dos hombres.
Aquello era humillante. Ekún aguantó, frunció sus
labios y apretó cerrando sus ojos fuertemente.
Los dos hombres continuaron discutiendo, no llegaban a
ningún acuerdo sobre la compra de Ekún, entonces Duarte
Santamaría tomó cartas en el asunto, sabía de sobras que él
no debía de subastar, pero se podía llevar una buena tajada
con la venta de aquel negro.
—Propongo, caballeros, una puja en pesos por este buen
macho, Sr. James, Sr. Vivár Dorado...
Los dos hombres se miraron y asintieron con un
movimiento de cabeza, entonces comenzó la puja por el
negro que tenían delante.
El Sr. Vivár Dorado se quitó la chistera y se apoyó en
su bastón, con un pañuelo secó el sudor de su prominente

123
calvicie y abrió la puja.
—300 pesos —dijo levantado su mano.
Los tres hombres se miraron.
— ¿Ofrece más? —Dijo Duarte dirigiéndose al Sr. James “el
Gordo”.
—Ciertamente es un buen macho fuerte y vigoroso, pero la
cicatriz de su cara le afea mucho, en fin, no sé, no sé... —
dijo dudando si pujar o no.
—Entonces caballeros...
—Ofrezco 350 pesos —dijo mirando a Duarte y al médico.
El capitán miró al repulido.
—Caballero.
—Es un buen macho de eso no hay duda, pero... ¿será bueno
para la cría?
Todos miraron entonces al médico.
—Es un semental bueno, sin duda, observad su miembro y
sus testículos, observad su musculatura —les dijo el médico
mientras sobaba el cuerpo del turbado y confundido Ekún.
La rabia contenida hizo que le palpitasen las sienes con
fuertes latidos, su cabeza parecía que le iba a estallar. Les

124
miraba sin comprender muy bien qué estaban haciendo
aquellos toubads, ni sospechaba que estaba siendo vendido.
—Mi patrón me ha pedido que compre un buen semental
para cruces con hembras mandingas y creo que este negro lo
es. 450 pesos y es para mí patrón —comenzó pujando el Sr.
Vivár Dorado.
—500 pesos, es mi última oferta —se apresuró a decir el Sr.
James.
Frunciendo el ceño, Santamaría miró al Sr. Vivár
Dorado.
—600 pesos —contestó éste dando un golpe en el suelo con
su bastón.
—Lo igualo —replicó el Sr. James inflándose como los
pavos.
El Sr. Vivár Dorado sudaba abundantemente, las
prominentes marcas de sudor en las axilas delataban un
cierto nerviosismo.
—700 pesos, no puedo ofrecer ni un solo peso más, es un
precio muy alto —dijo en su último intento.
Duarte miró al Sr. James que también sudaba

125
abundantemente, éste asintió con la cabeza.
—Suyo es Sr. Vivár Dorado.
—Suyo es —añadió Duarte estrechando la mano del repulido
Sr. Vivár Dorado.
—En unos días tendremos las escrituras de la venta, señor,
deberá de pagar la mitad de lo acordado, el resto se hará
efectivo en cuanto yo efectúe la entrega a su amo.
—Cómo que cuándo lo entregue, capitán. Querréis decir
cuando yo lo entregue al amo —puntualizó el Sr. Vivár
Dorado.
Yo personalmente se lo entregaré a Mr. Anderson y en
ese momento recibiréis el resto de lo acordado.
—Pero eso es del todo imposible Sr. Vivár Dorado, para eso
tendría que embarcar en el Llebeig.
—Efectivamente, capitán, y vive Dios que embarcaré.
—Nada de eso, nunca he embarcado a un tratante ajeno a la
tripulación señor.
— ¿Bastaría, capitán, con 500 pesos como pago de mi pasaje
en su barco?
Duarte rumió durante unos instantes.

126
—De acuerdo, aunque creo señor que deberá viajar en otro
barco, zarpan a menudo para cruzar el Atlántico.
—Debo, capitán, asegurar muy bien la mercancía,
¿comprende? Porque la mercancía debe de llegar en perfecto
estado.
—De acuerdo, no se hable más, embarcará —concretó.
Vistieron a Ekún con una chaqueta de paño de hilo
basto, unos pantalones de tela de saco sujetados con un
cordel y unas sandalias de esparto.
Para Ekún el andar con sandalias se le hacía más difícil
que caminar con las cadenas cogidas a sus tobillos.
Cuando quedó vestido, el Sr. Vivár Dorado intentó
ponerle un collar de cuero. En un descuido del Sr. Vivár
Dorado, Ekún le propinó un fuerte cabezazo en la nariz, el
hombre gritaba y gritaba corriendo como un poseso por toda
la habitación.
El tabique nasal se había roto y su nariz sangraba
abundantemente. Ekún aprovechó la confusión para salir de
allí corriendo a pequeños pasos debido a la falta de
costumbre al llevar calzado.

127
Pero su mala suerte le perseguía constantemente, ya
que, ante los alaridos que emitía el Sr. Vivár Dorado, Dimas
acudió para ver qué era lo que allí estaba sucediendo, parecía
que estaban matando a un cerdo.
Ekún y Dimas se encontraron cara a cara una vez más
en aquel pasillo, sus miradas se mostraron desafiantes.
Ante el ligero despiste de Ekún, Dimas reaccionó
propinándole un fuerte rodillazo que estalló en la boca del
estómago. Ekún cubrió con sus manos su vientre, y quedó
doblado como un muñeco de trapo.
Una patada estalló en su boca y la herida de su cara de
nuevo se abrió, la sangre manó de la herida y Ekún cayó al
suelo desestabilizado por la patada, tirado en el suelo nada
pudo hacer. Dimas lo agarró de los brazos y lo arrastró hasta
la habitación.
Mientras tanto, el Sr. Vivár Dorado estaba siendo
atendido por el médico y por Duarte.
—Es un hijo de puta este negro —acertó a decir mientras se
cubría con un paño su dolorida y maltrecha nariz. Por unos
momentos dudó si llevarse a Ekún o desestimar la compra,

128
pero ya le había estrechado la mano a Duarte y eso era ley en
Gorée.
Dimas puso de rodillas a Ekún y ató sus manos hacia
tras. El Sr. Vivár Dorado se acercó con su elegante traje
manchado por completo de sangre y miró fijamente a los
ojos de Ekún.
—Eres un grandísimo hijo de puta, pero ahora ya tienes amo,
y te juro por lo más sagrado que serás dócil y fiel a tu amo
en la plantación Anderson.
Anderson es el nombre de tu amo, fíjalo en tú memoria
negro pestilente, ahora prepárenle para ser marcado —
masculló enfadado.
—Pero antes hay que hacer las escrituras de venta —
puntualizó Duarte.
—Quiero que sea marcado ahora mismo, no habrá problemas
con las escrituras capitán Duarte.
Duarte afirmó con un gesto. Ekún mientras tanto le
miró a los ojos. El Sr. Vivár Dorado enojado por la situación
le propinó una fuerte bofetada en la cara. Ekún tuvo que
escupir la sangre que le inundó la boca. Le había reventado

129
el labio inferior.
— ¡Que lo preparen todo ahora! —Gritó a viva voz.
Casi a rastras lo sacaron de la habitación y se dirigieron
al lugar donde sería marcado con las iniciales de su amo.
Nuevamente pasaron por la plaza donde se encontraría su
viejo amigo Koso, pero este ya no estaba, tan solo la cruz
permanecía inerte en la plazoleta.
Ekún sentía ira y frustración, sus ojos se inundaron de
lágrimas ante la rabiosa impotencia de verse nuevamente en
las manos de los toubads.
Entraron en una pequeña estancia donde un hombre
avivaba con un atizador las ascuas en un caldero. El herrero
les indicó con el atizador donde debían de poner al esclavo,
era sobre un tronco pequeño y bastante grueso.
Luego, el herrero avivó el fuego de la fragua con el
fuelle. El Sr. Vivár Dorado se dirigió al herrero y le dijo algo
al oído que nadie escuchó. De su bolsillo sacó una bolsa de
cuero, de ella sacó unas monedas y le pagó al herrero tres
escudos.
Dimas permanecía al lado de Ekún y éste veía caer sus

130
lágrimas al suelo, intuía que algo horrible estaba a punto de
sucederle.
El herrero asintió y se puso a trabajar una varilla de
hierro, en unas horas tuvo hecho el encargo.
Introdujo en el fuego la varilla y lo avivó, cuando hubo
estado al rojo vivo se la mostró a Ekún. El hierro
incandescente silbaba y chisporroteaba, el herrero sonreía
dejando entrever su escasa dentadura y dejó escapar una
sarcástica carcajada.
—Prepárate negro te voy a marcar como a un toro —dijo.
El herrero apestaba a sudor, los surcos de su frente
estaban ennegrecidos por el hollín, sus manos estaban
completamente ennegrecidas y repletas de callosidades, pero
lo que más le espantaba a Ekún era mirar a los ojos de aquel
horrendo hombre, unos ojos grandes y saltones, con mirada
venenosa, como los de una cobra.
Ekún estaba completamente horrorizado y todo su
cuerpo temblaba. Unos momentos de suspense y, de pronto,
notó en su omóplato derecho un dolor insoportable, el hierro
al rojo vivo le atravesaba la espalda. Un alarido salió de lo

131
más profundo de sus entrañas y dos letras quedarían para
siempre grabadas a fuego en su espalda. Extendieron su
brazo derecho y, al igual que en la espalda, el hierro
incandescente se fundió en su brazo dejando un insoportable
olor a carne quemada. El herrero cogió un buen puñado de
sal que frotó en las quemaduras para cauterizar cuanto antes.
Los alaridos de Ekún se escucharon por todos los rincones de
aquel terrible lugar. Por unos instantes creyó desfallecer,
pero aún tuvo fuerzas para mirar su brazo y vio aterrado las
marcas de una doble: “AA”.
Desde ese preciso instante todos sabrían que ese esclavo
pertenecía a Mr. Arthur Anderson.
—En unos días volveré, en cuanto me reponga firmaremos
las escrituras de venta, ahora mismo viva Dios que no estoy
para hacer más tratos. Poned a este mal nacido el collar
alrededor de su pestilente cuello y devolvedlo a la celda de
los que ya han sido vendidos, volveré en otro momento a por
él.
Mientras tanto el Sr. James hablaba con Dimas.
—Mi patrón me ha encargado que compre a seis jóvenes

132
machos de entre ocho y doce años, también a dos hembras en
edad de ser preñadas, y a cuatro machos fuertes para trabajos
de braceros —se apresuró a decir el sudoroso grandullón.
—Muy bien, no hay ningún problema —contesto Dimas
Hagen.
Al momento salieron de aquel lugar, uno de sus
hombres tiraba del collar de Ekún, aún le abrasaban las
quemaduras. Caminaba a pasos cortos, sus piernas
temblaban, la sangre de su boca ya se había secado y el sabor
a sangre seca era repugnante. Trató de recordar a sus
familiares en su querido poblado, se esforzó por recordar los
momentos vividos de felicidad, pues sabía que esa felicidad
se le había acabado para siempre.
Esa misma tarde Duarte había preparado a seis jóvenes
de entre ocho y doce años, tal y como le había pedido el
gordinflón, preparó a dos mujeres con edad de procrear y a
cuatro bororos de los más fuertes.
Todos permanecían asustados, habían sido lavados con
buenas dosis de jabón, también habían sido pesados y
examinados por el médico, el cual dio su visto bueno para

133
que fuesen vendidos. Minutos más tarde apareció el Sr.
James, de su calvicie caían grandes gotas de un apestoso
sudor, en su mano portaba su sombrero de tela de lona
amarillenta y una fusta de cuero viejo.
El Sr. James examinó de cerca a todos los esclavos que
el capitán Duarte le había preparado, revisó sus dentaduras
uno por uno, uno de los jóvenes recibió un azote de fusta en
la nalga y fue rechazado al momento, también un bororo fue
rechazado y, como el joven, el bororo fue azotado con la
vieja fusta de cuero en sus piernas.
—Estos dos no los quiero, el macho joven tiene yagas y
heridas en sus axilas, tiene heridas infestadas en sus pies
además de sarna y, por si fuera poco, huele a podrido, y este
es demasiado viejo para el trabajo que le impondrían —dijo
apuntando al bororo con la fusta—, además es un negro algo
jorobado de manos pequeñas, no los quiero, no los quiero —
dijo negando con la cabeza.
Mire esta hembra qué labios tiene —dijo—, por los
clavos de Cristo, tiene una boca que más bien parece el
morro de una vaca.

134
—Supongo Sr. James que no la querrá para masticar caña de
azúcar —insinuó sarcásticamente Duarte Santamaría.
—Desde luego que no, pero, en fin... me vale, total es para
criar. Pero... aun así creo, capitán, que me los ha metido en
el paquete para quitárselos de encima y eso no me gusta
nada Duarte.
—Eso no es cierto Sr. James, encontraré lo que me pide, me
conoce bien y sabe de sobras que no he intentado venderle
ningún desecho —respondió Duarte frunciendo el ceño.
—No capitán Duarte, déjelo estar, de momento me quedo
con estos, quizás en otra remesa volvamos hacer tratos
nuevamente.
—Como quiera Sr. James —Duarte asintió con la cabeza.
—Por los demás, le ofrezco 600 pesos, ni un peso más y no
se hable más del asunto.
Duarte Santamaría comprendió que no era el momento
de regatear, ya que había desestimado a dos machos y daba
la impresión de que se los había metido en el lote para
deshacerse de dos machos que más bien parecían unos
desechos humanos, además el Sr. James era un inglés tozudo

135
y recto.
Era evidente que con esa venta Duarte perdía dinero.
No siempre las ventas salían como él esperaba, de todas
formas recuperaría las perdidas en futuras ventas, era un
buen comerciante.
—De acuerdo, trato hecho —dijo estrechando la mano del
Sr. James.
—Bien, pues en cuanto se hayan firmado las escrituras de
venta que los marquen con las iníciales de mi patrón —dijo
secándose de nuevo el sudor de su frente total mente perlada.
Los desechados por los compradores si no estaban
enfermos eran usados para trabajos en la isla, a los más
enfermos e irrecuperables los embarcaban y los tiraban por
la borda como alimento para los peces.
El joven yoruba efectivamente estaba infectado de sarna
a causa de haber sido forzado y violado varias veces por uno
de los guardianes, el cual le había trasmitido la infección.
Ese mismo día, el joven yoruba había sido embarcado rumbo
a alta mar junto con los demás enfermos, antes de la caída
del sol ya estaba de vuelta el barco limpio de pasajeros. Era

136
una rutina que se hacía de dos a tres veces por semana.
Los esclavos que ya habían sido vendidos, para
embarcar a sus destinos tenían que esperar durante tres o
cuatro meses en salas muchísimo mejores que las celdas
oscuras y repletas de suciedad y excrementos.
Esos meses a su vez era el tiempo necesario para poder
ampliar el número de esclavos que habrían sido capturados
en diferentes tribus y poblados.
De esa forma los barcos de negreros irían repletos de
negros africanos.
Era conveniente, ya que durante el largo viaje muchos
quedarían en el camino. Al menos la mitad de los esclavos
morirían pasto de enfermedades, sublevaciones o suicidios.

137
138
10

Edmundo Figueruela

Los sábados y domingos solían exponer a los mejores


esclavos, jóvenes de entre diez y dieciséis años, también a
los hombres más fuertes, a los mejor formados físicamente, y
a las mujeres con edad de procrear. Esas exposiciones eran
las más visitadas por los tratantes durante todo el fin de
semana.
Muchos de ellos viajaban desde Europa y se instalaban
en el Senegal y desde su capital, Dakar, viajaban en
pequeñas barcazas hasta la isla de Gorée para comprar
esclavos.
Edmundo Figueruela había viajado en barca desde
Dakar a la isla. Figueruela era un hombre obeso y bajo, no

139
alcanzaba el 1.60 cm de altura, era más ancho que largo,
desproporcionado para su pequeña estatura. Figueruela nació
en Cádiz, San Fernando, en el seno de una familia humilde
de pescadores.
A los dieciséis años se quedó huérfano, sus padres
perdieron la vida en una tormenta en alta mar, unos días
después de su desaparición, su barcaza apareció en la bahía
de Cádiz completamente destrozada.
Edmundo se quedó sin ningún familiar, al menos que él
conociese. Emigró a América como tantos otros españoles,
allí se rodeó de personas influyentes, las cuales le alentaron
y le animaron a cursar estudios de comercio. Pronto alcanzó
fama de buen comerciante. A pesar de su juventud,
Figueruela se convirtió en uno de los mejores tratantes de
esclavos, enseguida se hizo un nombre entre los mejores
comerciantes y tuvo buenos encargos por parte de varios
acaudalados propietarios de grandes extensiones de tierra en
Europa y América. Para ellos, él compraba a los mejores
esclavos africanos retenidos en la isla de Gorée.
A pesar de sus maneras refinadas y un tanto

140
amaneradas, Edmundo Figueruela era agresivo en los
negocios y casi siempre se salía con la suya.
Durante años trabajó sin descanso comerciando, viajaba
de Europa a América al menos una vez al año.
Pensando en su retiro, amasó una gran fortuna y mandó
construir en la bahía de Cádiz una de las mejores casas,
Figueruela era sobradamente conocido en toda la provincia
de Cádiz.
Paseaba junto con algunos de los tratantes de esclavos
observando a todos aquellos hombres, mujeres y niños allí
expuestos para la subasta.
Los tratantes más noveles mostraban expresiones
indiferentes, se paseaban chulescamente tratando de
disimular su inexperiencia, miraban de forma perspicaz
queriendo mostrar interés cuando realmente no estaban en su
ambiente.
Los esclavos permanecían en pequeños grupos
expuestos y numerados como lotes, el subastador abrió la
subasta y comenzó la puja.
—Lote once, compuesto de una hembra de 13 años, muy

141
buena para criar, dos machos de 12 y 15 años para servir o
bien para trabajos de media jornada hasta que se formen y,
además, un macho adulto de 30 años fuerte y robusto, listo
para el trabajo a jornada entera —gritaba entre el gentío que
se apiñaba a su alrededor.
—600 pesos —se escuchó entre el público congregado.
Un hombre de un gran bigote, alzó su brazo en ese
instante
—700 pesos —gritó.
— ¿He oído 700 pesos?
—750 pesos y mío es el lote once —dijo el hombre que pujó
de primeras dejándose ver.
—900 pesos —volvió a pujar el del bigote.
Un silencio se adueñó de todos los que estaban en la
plazoleta.
—900 pesos ¿alguien da más? —Preguntó el subastador
mirando a los dos hombres, pero el silencio continuó.
—Suyo es el lote once adjudicado señor...
—Loren Bonova, de la plantación Márbel —dijo el hombre
bigotudo.

142
—Muy bien señor Bonova, supongo que sabrá que como
postor pagará usted en efectivo la mitad del precio, luego
firmaremos la garantía del envió del lote 11 a la plantación
Márbel.
A la entrega del lote, se efectuará el pago de lo restante,
y para que conste se procederá a levantar acta con las
escrituras lacradas.
¿Está usted de acuerdo Sr. Loren Bonova?
—Estoy de acuerdo señor —dijo sonriente el Sr. Bonova.
Nuevamente se reanudó la subasta con el lote número
diecisiete.
Los tratantes y negreros cuchicheaban entre risas y se
hacían comentarios entre ellos de cómo estaban los esclavos
físicamente. Se acercaban les miraban, les tocaban y les
palpaban, luego les marcaban en los hombros con tizas las
iníciales, distintivos o símbolos de sus futuros amos.
Una vez marcados los que más interesaban eran
separados del resto del grupo. Los demás volvían
nuevamente a sus lúgubres celdas.
Entre los expuestos se encontraban un buen número de

143
jóvenes varones de entre diez y dieciséis años, estos eran los
más solicitados por los tratantes ya que eran jóvenes y
fuertes. Figueruela fue mirando y palpando con sus manos a
todos y cada uno de ellos, con una tiza blanca marcaba las
siglas “EF” en el pecho de los esclavos y hacía una primera
preselección. De primeras no se percataba como casi siempre
de los escogidos que compraría, tan solo abarcaba los que él
creía los mejores para que otros no se le adelantasen a su
elección.
Fue haciendo descartes y logró un buen grupo, una
treintena de hombres jóvenes fuertes y una veintena de
mujeres con una buena edad de procrear.
Figueruela volvió a hacer una nueva selección, escogió
a dos negros que hablaban portugués y además eran fuertes,
cogió a dieciocho negros y a catorce de las mejores mujeres
que quizás no llegasen ninguna de ellas a rozar ni tan
siquiera los dieciocho años.
Hizo un nuevo pase y se quedó prendado de unos ojos
verdes de mirada profunda, una piel negra tersa y
aterciopelada, y un olor peculiar, no olía como los demás

144
negros, su olor era como las olas del mar, un olor fresco que
le atrajo.
—Ven, acércate —ordenó al joven esclavo, pasó sus manos
por los brazos y hombros y después le abrió la boca, pasó sus
dedos por toda su dentadura.
Todos ellos aparentemente tenían las cualidades que le
habían encargado. Por supuesto los compró a todos, a todos
menos al joven de ojos verdes y olor a mar, a ese negro lo
compró para él y por tan solo 200 pesos. Era el primero que
Edmundo Figueruela se compraba para sí mismo.
— ¿Cómo te llamas? —Le preguntó acariciando uno de sus
brazos.
El joven no habló, entonces uno de los vigilantes quiso
pegarle y al instante lo detuvo Figueruela agarrando su
brazo.
—No —ordenó— no quiero que le peguéis, este negro ya es
mío, he pagado por él todo su precio al contado y solo falta
escriturar, ¿comprendéis?
El hombre asintió con un movimiento de cabeza y se
fue sin decir nada.

145
— ¿Cuál es tu nombre? —Le volvió a preguntar
gesticulando con sus manos.
Entonces el joven le entendió y habló
—Nassér —dijo bajando su mirada.
Edmundo le alzó la cabeza cogiéndole del mentón —
mírame cuando te hable —le dijo dirigiéndole una mirada
que transmitía pensamientos que ni él mismo alcanzaba a
comprender. Pero para Edmundo Figueruela, el chico sería
como un ángel, y Ángel se llamaría.
—A partir de este instante tú nombre será Ángel —le dijo.
Nassér clavó su mirada en el suelo, comprendió muy
bien qué era lo que le había dicho su nuevo amo.
Figueruela sentía por Nassér algo muy especial, más
bien parecía que se había enamorado del muchacho a
primera vista, pero Edmundo no quería pensar en amor hacia
el chico, a pesar de que jamás había tenido contacto sexual
con ninguna mujer. Según él, más por falta de tiempo que
por amor o por puro placer. Edmundo Figueruela en sus
cuarenta y ocho años, no había tenido tiempo para el amor,
había dedicado su vida hasta ese momento a los negocios.

146
Pero estaba claro que algo fuera de lo normal sentía por el
jovencísimo Nassér.
Rehusaba la posibilidad de cualquier atisbo de amor
hacia el chico, solo era atracción, solo eso, aunque no sabía
muy bien qué clase de atracción sentía, ni cómo definirla, al
menos eso era lo que él pensaba, o quería pensar. Rechazaba
toda posibilidad de enamoramiento de alguien de su propio
sexo, eso era aberrante, eso era lo que pasaba por su cabeza
pero desde luego no por su corazón.
Edmundo Figueruela rezaba todas las noches por sus
malos pensamientos. ¿Cómo podía ser posible ni tan siquiera
pensar en la posibilidad de sentir esa especie de deseo carnal
y atracción por alguien de su propio sexo? Pensaba que Dios
le podría pedir cuentas por los obscenos pensamientos, pero
él no podía evitarlo.
En cuanto construyese la nueva casa se trasladaría
definitivamente con Nassér a Cádiz. Dejaría atrás los
negocios y se dedicaría por completo a su nueva vida en su
querida y añorada Andalucía.

147
11

La malaria

Fondeados a media milla del puerto de la isla de Gorée, el


capitán había mandado a sus hombres preparar el Llebeig
para el largo viaje que les llevaría hacia los Caribes.
Prácticamente todos los esclavos habían sido comprados
para trabajar en la recogida de la caña de azúcar en la isla de
Jamaica. Rumbo a esa lejana tierra zarparían.
La ruta a seguir sería dura, larga y de aguas peligrosas
debido a los constantes ataques de corsarios y piratas con sed
de poder y codicia, por tanto, debían de preparar la corbeta
bien armada y bien provista de víveres para abastecerse
durante la larga travesía que les llevaría a cruzar el Océano
Atlántico.
A una media de entre de 8 a 10 nudos, el Llebeig

148
tardaría en alcanzar su destino unos cuarenta días
aproximadamente, por supuesto dependiendo del estado de la
mar.
Además de sustanciosas ganancias por la venta de
esclavos, el capitán Duarte Santamaría había preparado
como moneda de cambio a un buen puñado de negros, que
aún no habían sido vendidos, estos serían cambiados por
maderas nobles, tales como: caobas y cedros; además de
importantes sumas de dinero en monedas de plata.
Los trueques solían hacerlos con ingleses procedentes
de la isla de Jamaica. Los canjes solían llevarlos a cabo en el
Golfo de Guacanayabo, en Manzanillo parte sur oriental de
la isla de Cuba.
No sería la primera vez que Duarte Santamaría trataría
con los ingleses en aquellos lares y seguramente tampoco
sería la última. Manzanillo era el lugar donde los ingleses
cortaban maderas para poder construir un pueblo que
protegiese la costa de posibles invasores.
Zarparían desde el puerto de Dakar, tenían previsto que
en dicha ciudad embarcase el contramaestre Dimas Hagen.

149
Él había aprovechado las circunstancias del momento para ir
a la ciudad, allí le harían una prótesis para su brazo
amputado. Dimas quería zarpar en el Llebeig ya con su
prótesis, era algo muy importante para él.
El trayecto en barcaza desde Gorée hacia Dakar era más
o menos de una media hora. A bordo de la barcaza iban una
veintena de tratantes, entre ellos viajaba Edmundo
Figueruela. Habían realizado adquisiciones de esclavos
durante el largo fin de semana para clientes ingleses y
americanos.
Algunos de los esclavos, que seguramente habían sido
comprados para ser sirvientes, viajaban junto a sus nuevos
amos y Nassér viajaba al lado de su amo Figueruela. Los
tratantes volvían satisfechos a la capital del Senegal, habían
cerrado buenos tratos adquiriendo algún que otro esclavo
para ellos mismos.
Pero un percance inesperado trastocó todos los planes
de Dimas.
Durante el viaje, Dimas reparó en que todos los
esclavos que viajaban junto a sus amos iban encadenados,

150
todos menos uno.
Sentados sobre unos cajones de madera se encontraban
hablando algunos de los tratantes, uno de ellos era
Figueruela.
Hablaban y alardeaban sobre las recientes
adquisiciones. Nassér permanecía sentado en el suelo al lado
de su amo como un perro fiel.
Entre todos los negros del barco Dimas había reparado
en Nassér, era el único de los esclavos que no iba
encadenado como los demás. De pronto, al ver al muchacho,
le vino un recuerdo a la mente y recordó quien era aquel
joven macho. Era el joven yoruba que a su orden se vio
obligado a azotar con un palo los pies de Ekún en la cubierta
del Llebeig.
—Buena pieza ha adquirido —dijo Dimas dirigiéndose a
Figueruela.
Éste le miró un tanto sorprendido, no se conocían.
—Cierto —le respondió.
—Es peligroso que un esclavo no vaya encadenado.
—No creo que pase nada, no le dejo que se mueva de mi

151
lado.
—Este macho es un yoruba, y de los yoruba nunca hay que
fiarse, señor...
—Figueruela, Edmundo Figueruela. ¿Y usted señor?
—Dimas Hagen, contramaestre del Llebeig fondeado en el
muelle de Gorée. Un placer señor Figueruela.
—Lo mismo le digo señor Hagen, un placer —respondió
inclinando ligeramente la cabeza.
— ¿No ha adquirido esclavo alguno Sr. Hagen?
—No, yo voy a Dakar para ver si resuelvo este asunto —le
indicó mostrándole el muñón de su brazo izquierdo.
— ¿Un accidente tal vez Sr. Hagen?
—Digamos que sí —le dijo mientras miraba de soslayo al
joven Nassér.
De pronto, Dimas notó un escalofrió que recorrió su
cuerpo como si le atravesase un rayo.
— ¿Se encuentra bien Sr. Hagen? —Le preguntó Figueruela
percatándose de que algo extraño le ocurría a Dimas.
Pero no le contestó a la pregunta. Dimas notaba como
por momentos se le iba la cabeza y sentía un mareo que le

152
hizo tambalearse hasta caer sobre Figueruela. Éste lo cogió
de un brazo y lo recostó sobre el cajón donde él estaba
sentado.
— ¿Qué le ocurre Sr. Hagen? ¿Se encuentra bien? —Le
volvió a preguntar.
—No sé, de pronto he notado un escalofrió y he sentido un
mareo que me ha aturdido —acertó a responder entre
escalofríos y tiriteras.
Figueruela puso su mano sobre la frente de Dimas.
—Está usted ardiendo Sr. Hagen, lo mejor sería que le viese
un médico.
—No será nada, es tan solo un indispuesto, habré ingerido
algo en mal estado, solo eso.
—Recuéstese aquí, Sr. Hagen, y tápese con esto.
Figueruela desabrochó el broche de su capa y le cubrió
con ella.
Dimas ardía en calentura y tiritaba de cabeza a los pies.
Sus ropas y todo su cuerpo se empaparon completamente en
sudor. Los ojos se le cerraron debido a la hinchazón de sus
párpados que quedaron abrochados como botones en su ojal.

153
Su cara se iba deformando y su piel palidecía por momentos
adquiriendo el color de la cera. Emitió un quejido y su boca
comenzó babear una saliva amarillenta y maloliente.
Dimas se quedó echado sobre los cajones, su conciencia
iba y venía entre aterradoras pesadillas.
Uno de los tratantes se acercó a Dimas, tapó su boca
con un pañuelo como precaución y seguidamente lo
examinó, le abrió ligeramente los pesados párpados y la
expresión de su cara no auguraba nada bueno.
—Este hombre tiene malaria —afirmó con claro acento
holandés.
Luego ese mismo hombre empapó un paño en vinagre y
se lo puso en las articulaciones de brazos y piernas.
— ¿Creé que se pondrá bien señor? —Le preguntó
Figueruela realmente preocupado.
—La fiebre le remitirá en unas veinticuatro horas más o
menos. Luego le volverá a subir de nuevo.
Dimas hablaba en sueños, unos sueños del todo
incoherentes, hablaba de monstruos que le atacaban,
fantasmas que abordaban su barco. Dimas deliraba por

154
momentos.
—En cuanto desembarquemos hay que llevar a este hombre
al médico, si no morirá irremediablemente —sugirió el
holandés.
—Yo me encargaré de llevarle a un médico que conozco en
el centro de la ciudad —respondió Figueruela.
—Muy bien caballero, entre varios de nosotros lo llevaremos
a ese médico que decís.
Nada más atracar la barcaza, varios de los esclavos
cogieron a Dimas por brazos y piernas; con unas tablas
improvisaron una camilla y a hombros portaron a Dimas
hasta el centro de Dakar.
En una pequeña habitación a modo de consulta de
visitas médicas y tras un biombo hecho de caña, un viejo
doctor y su ayudante curaban las heridas en el brazo de un
muchacho. El chico se había dislocado un hombro al caerse
desde lo alto de un árbol, una puntiaguda rama se le había
clavado produciéndole un profundo corte en el pecho. El
brazo del chico fue curado y el corte del pecho suturado.
Después de aquella cura al niño, tumbaron a Dimas en la

155
camilla tras el biombo.
El médico era un francés entrado en años, un hombre
experto en tratar ciertas enfermedades contagiosas.
Los síntomas del paludismo o malaria los conocía muy
bien, había tratado a cientos de personas con malaria.
Nada más ver a Dimas dio su diagnóstico.
—Malaria —dijo.
— ¿Está seguro?
—Completamente, amigo Figueruela —respondió en un
claro acento parisino.
A pesar de los muchos años que llevaba viviendo en el
Senegal, monsieur Moreau no se había contagiado ni un
ápice del acento francés senegalés.
— ¿Qué le ha podido pasar a este hombre Moreau?
Moreau miró a su sobrina y después a Figueruela.
—Muy sencillo, amigo mío, este hombre ha sido presa de las
picaduras de un mosquito.
— ¿Un simple mosquito puede producir estas calenturas?
—Sí, si se trata de una hembra del mosquito Anopheles, y
desde luego la picadura puede llegar a producir la muerte.

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— ¿Se curará, Moreau?
—Haremos todo cuanto esté en nuestras manos.
Para empezar prepararemos un compuesto de corteza de
quina, esto hará que le aminoren los escalofríos y que
remitan las calenturas.
Figueruela miraba a su amigo un tanto escéptico ante lo
que le estaba diciendo el doctor.
— ¡Corteza de quina! —Exclamó.
—Pero... amigo Figueruela, mejor que descanse y que nos
deje a mi sobrina y a mí tratar debidamente al enfermo.
Por cierto... ¿no ha tenido ocasión de conocer a mi
sobrina después de los años que hace que nos conocemos,
verdad Figueruela?
—Ciertamente —respondió expectante.
—Un descuido por mi parte, Edmundo, le presento a mi
sobrina Nicoletta.
El doctor Moreau pensaba que quizás existiese alguna
posibilidad entre su sobrina y Edmundo Figueruela, nada
más lejos de la realidad.
Nicoletta había alcanzado ya los treinta y cinco años,

157
quizás fuese el momento idóneo para establecer una relación
satisfactoria para todos. Nicoletta se había quedado huérfana
cuando contaba con la edad de dos años. No tuvo una
infancia muy feliz, no disfrutó de su niñez junto a su tío,
jamás tuvo amigas en quien confiar sus deseos y
preocupaciones.
Moreau había dedicado toda su vida a la medicina y a
Nicoletta. Le había robado toda su infancia y juventud
enseñándole todo lo que sabía de medicina.
Se afincaron en Dakar hacía ya una veintena de años y
Nicoletta siempre había estado al lado de su tío, se podría
decir que sabía de medicina tanto como él. Ella era por tanto
una mujer tímida, con su personalidad anulada y arrebatada
por su tío que la dominaba sin dejarla vivir.
Ante la presentación, Edmundo Figueruela dio un
taconazo y se inclinó ligeramente tomando la mano de la
sobrina de monsieur Moreau.
—Figueruela —dijo—, para servirla Srta. Nicoletta.
Ella dejó entrever una ligera sonrisa y no dijo nada, ni
siquiera le miró a los ojos. Edmundo Figueruela cogió

158
entonces el brazo al muchacho y se fue dirección a su
pequeña casa que tenía alquilada a las afueras de Dakar.
Figueruela no había reparado en la insinuación por parte
de Monsieur Moreau a la posibilidad de que entre su sobrina
y él naciera algo, para Edmundo las mujeres prácticamente le
eran invisibles, no había sentido jamás ni el más mínimo
deseo de atracción hacia ellas, así que todo quedaría en agua
de borrajas.
Durante la noche la fiebre le subía y le bajaba, unos
escalofríos recorrían su cuerpo haciéndole tiritar de frío, las
continuas pesadillas agitaban el cuerpo de Dimas, el sudor
empapaba todo su cuerpo y las sabanas desprendían olor a
putrefacto. Nicoletta frotaba sus articulaciones con agua
tibia, mitigó sus sueños y remitió la fiebre con dosis de
infusión de jengibre, ya que la planta jengibre posee
propiedades antivirales y antibacterianas, lo cual le ayudó a
aminorar la infección, desde luego tanto el doctor Moreau
como su sobrina Nicoletta sabían muy bien cómo realizar su
trabajo.
Ella le cuidaba con mimo, a pesar de que Dimas

159
permanecía la mayor parte del tiempo dormido; le hablaba
dulcemente e incluso le acariciaba su mano.
Con algas y jabón en agua tibia lavaba y frotaba con
suavidad todo su cuerpo sudado.
Durante ocho días trataron a su paciente con una
cucharada de raíz seca de jengibre por vaso de agua, un vaso
por la mañana, otro a la tarde y otro antes de dormir y Dimas
mejoró notablemente. Con un buen puñado de hojas de
calabaza hervidas en un litro de agua mantuvieron la fiebre a
raya sin excesivas subidas. A la semana Dimas comenzó a
levantarse y en su cara ya se podía apreciar bastante mejoría,
la fiebre había remitido momentáneamente, sus ánimos
comenzaban a fortalecerse.
Dimas había adelgazado al menos seis quilos y su barba
pelirroja le había crecido ostensiblemente al igual que sus
greñudos y grasientos cabellos, su rostro mostraba grandes
ojeras y las cuencas de sus ojos permanecían hundidas, el
aspecto de Dimas era lamentable. Una fuerte subida de fiebre
empeoró su estado. Las tiriteras eran constantes y hasta se
había orinado en la cama. No hablaba, la garganta le ardía y

160
la tenía completamente agarrotada, a pesar de intentarlo no le
salían las palabras por que le dolían las encías que las tenían
completamente llagadas debido a la infección. Su mirada
estaba perdida y sus manos temblaban.
Su cuerpo parecía un despojo de desecho y
desmadejado, su piel más bien parecía un trozo de cuero
viejo y arrugado.
Una mañana después de su fatal empeoramiento, al
despertar, Dimas Hagen vio que la mano de la mujer cogía la
suya.

161
12

Nicoletta

—Permanezca echado —le susurró ella al oído—. No intente


usted levantarse, durante la noche le ha subido ligeramente la
fiebre y es mejor que descanse —musitó la mujer con un hilo
de voz que le sonó a música celestial.
— ¿Cómo se llama? —Le preguntó con voz rota.
— ¿Es que no ha escuchado pronunciar a mi tío mi nombre
monsieur Hagen?
—No, no lo he podido escuchar señorita...
—Nicoletta, mi nombre es Nicoletta —repitió.
Aquel nombre le llegó al alma.
—Nicoletta, tiene usted un nombre precioso.
Ella hizo ademán de acercar su oído, pues no escuchaba
bien el áspero timbre de voz ronca.

162
—Ande, pórtese bien y permanezca echado, verá cómo se
encontrará mejor monsieur Hagen.
— ¿No es de aquí, verdad Nicoletta? Habla con un acento un
tanto afrancesado.
—Soy parisina monsieur.
—Para ser francesa habla un buen portugués —puntualizó.
—Hablo algo de portugués porque por aquí monsieur han
pasado muchos portugueses.
—Permítame que me tome la libertad de decirle que además
de inteligente es usted muy bella.
Nicoletta se ruborizó y al instante soltó la mano de
Dimas como si de una descarga eléctrica se tratase.
Se levantó del taburete y salió de la consulta como alma
que lleva el diablo.
— ¿Dónde vas Nicoletta? —Le preguntó su tío que en ese
preciso instante entraba en la consulta dándose de bruces con
ella.
Nicoletta no respondió a la pregunta de su tío y
cabizbaja salió a paso ligero y sin rumbo fijo. Moreau entró
sin comprender muy bien que era lo que le había ocurrido a

163
su sobrina, pero en cuanto vio a su paciente lo comprendió
todo.
—Vaya, ya veo que ha mejorado, incluso mejor de lo que me
esperaba monsieur Dimas —inquirió mientras preparaba un
ungüento que desprendía olor a óxido.
—Sí, es cierto, me encuentro muy mejorado Moreau.
—Monsieur, debería usted asearse ahora que ha mejorado,
esto huele a perros muertos —masculló sin dejar de preparar
el ungüento.
—La verdad es que me siento sucio y mal oliente.
—Ahora será mejor que se levante y se asee, mi sobrina le
cortará el cabello y le afeitará.
En ese instante entraba en la consulta Nicoletta, entre
sus manos portaba una pequeña olla con caldo de gallina.
— ¿Has hecho lo que te pedí?
— Sí, tío, he preparado el caldo como me dijiste.
—Muy bien, en cuanto monsieur Hagen se asee, le cortas el
cabello y lo adecentas, mientras tanto, he de salir a atender
mis quehaceres.
—Ahora mismo tío —respondió ella con el mismo hilo de

164
voz con el que le había hablado minutos antes a Dimas.
Monsieur Moreau, salió de la consulta médica dejando a
Dimas y Nicoletta solos nuevamente.
Dimas se había aseado y mientras tanto Nicoletta había
recogido las sabanas y ventilado la consulta como había
dicho su tío; el olor a enfermo había desaparecido casi por
completo.
—Esto tiene otro aspecto —dijo Dimas sonriente.
—Le he preparado un caldo de gallina, tómese este tazón
ahora que está caliente monsieur.
Dimas se sentó en el taburete y fue sorbiendo poco a
poco y un tanto tembloroso el caldo de gallina con una
cuchara.
— ¡Uy!, esto me sabe a gloria bendita.
—Le sentará muy bien, tómeselo con tranquilidad, lleva días
sin ingerir nada caliente y no es bueno que lo tome deprisa.
Cuando se lo tome, le cortaré el pelo y le afeitaré si le
parece bien.
—Muy bien Nicoletta.
De nuevo ella se ruborizó.

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—Nicoletta, ¿le molesta que le hable? Si es así, me quedaré
callado.
—No, no por favor, solo que no estoy muy acostumbrada a
hablar con hombres. Me dedico a mi trabajo en cuerpo y
alma.
—Entiendo, quisiera pedirle disculpas por lo que ha ocurrido
antes, no debí de decirle nada.
—Bueno monsieur es mejor no hablar más de eso.
En el tiempo en el que Nicoletta le estuvo cortando el
pelo y afeitándole, no cruzaron palabra alguna, el silencio
era sepulcral, tan solo el sonido de las tijeras al cortar los
cabellos rompían el silencio.
Para Nicoletta era un momento especial, algo estaba
ocurriendo, pero ella no sabía muy bien el qué.
¿Qué era aquello? ¿Por qué ese hombre le hacía sentir
algo que jamás había sentido por nadie? ¿Qué eran todas
esas sensaciones tan extrañas? Tocar sus cabellos, tocar su
piel blanca, mirar sus ojos, pocas veces ella había mirado a
los ojos de un hombre blanco, ¿quién era él realmente?
— ¿Por qué? —Preguntó Dimas.

166
— ¿Por qué, qué?
— ¿Por qué me cuida con tantos mimos Nicoletta?
Nicoletta se quedó durante unos segundos pensativa.
—Porque usted monsieur se lo merece —le dijo— es usted
un buen hombre y... la verdad, cada instante que comparto
con usted, me parece una preciosa gota de agua congelada en
el tiempo que no quisiera que se diluyese en ningún
momento.
Aquellas palabras sorprendieron gratamente a Dimas
Hagen.
—Usted Nicoletta sí es una gota de rocío fresco que inunda
mi corazón —le dijo intentando afinar en lo posible su voz
quebrada.
—Me hace ruborizar —inquirió ella refugiándose tras una
discreta sonrisa.
Dimas pensó que quizás fuese mejor derivar la
conversación hacia otros derroteros y dejar los halagos por el
momento.
—Me pregunto cómo una mujer como usted ha acabado en
estos lares.

167
—Es largo de contar monsieur Dimas —respondió ella sin
ruborizarse tanto como antes.
—Bueno tenemos todo el tiempo del mundo.
—Mis padres fallecieron en un incendio, siendo yo muy
pequeña. Después de la muerte de mis padres, mi tío se hizo
cargo de mí. Durante unos años vivimos en París, luego nos
trasladamos a Dakar para ejercer la medicina. A mi tío
siempre le ha atraído este país.
—Tuvo que sufrir mucho a raíz de la muerte de sus padres.
—La verdad es que no, yo apenas había cumplido los dos
años cuando ardió nuestra casa y no me acuerdo de ellos,
solo recuerdo algo, y vagamente; mi vida siempre ha
transcurrido al lado de mi tío, él me ha enseñado todo lo que
sé.
—Comprendo —asintió frunciendo los labios.
Nicoletta peinaba y acariciaba sus cabellos
— ¿Cómo es que sus cabellos son dorados como el oro y su
piel blanca como la leche? No es muy habitual en un
portugués.
—Soy hijo de madre portuguesa y de padre alemán.

168
—Claro, de ahí su apellido monsieur Hagen, tendrá una larga
historia que contar.
—Como todos Nicoletta, como todos —respondió sonriente.
El hielo ya se había roto y las preguntas iban y venían.
—Me pregunto, ¿por qué el timbre de su voz es tan inusual?
—Verá Nicoletta, cuando era niño padecí unas fiebres que
por poco no acabo en el otro mundo. Durante meses me
quedé sin habla y cuando poco a poco la recuperé, mis
cuerdas vocales ya habían sufrido daños irreversibles y mi
voz quedó rota para siempre, de ahí mi afonía.
—Comprendo.
Pero Nicoletta quería saber más de él y una nueva
pregunta salió de sus labios.
— ¿Cómo perdió la mano?
Dimas se tocó el muñón y la miró a los ojos.
—Fue en un encuentro a muerte con un maldito negro
yoruba. En un descuido por mi parte, el yoruba me lanzó un
dardo envenenado en la mano y en cuestión de minutos noté
como el veneno comenzaba hacer su efecto.
—Vaya, cuanto lo siento, debe de ser una persona valiente

169
para haber tomado esa difícil decisión.
—No tuve más remedio que amputarme la mano, o eso, o
moría irremisiblemente.
— ¿Qué piensa hacer ahora monsieur Hagen?
—Lo primero es encontrar algo que simule el muñón, una
especie de prótesis que se adapte bien a mi brazo, y si todo
va bien embarcar en el Llebeig.
— ¿Llebeig?
—Sí, soy el contramaestre de la corbeta Llebeig que en
breve zarpará hacia los Caribes.
— ¿Zarpar hacia los Caribes? —musitó ella—. ¿Cuándo
zarpará?
—Calculo que en tres o cuatro semanas zarparemos desde
Dakar. Tiempo suficiente como para embarcar con mi
prótesis nueva.
— ¿Conoce a alguien que le pueda hacer una prótesis para
sustituir su mano?
—La verdad es que no, no conozco a nadie, había pensado
en hablar con su tío.
—Mi tío le podrá ayudar, él conoce quien se la podría hacer,

170
conoce a mucha gente aquí en Dakar.
—Muy bien, hablaré con él.
—Ahora tiene ya mejor aspecto, tenga mírese aquí —le dijo
mientras le ofrecía un pequeño espejo.
—Buen aspecto dice... si parezco un difunto.
—Piense que ha estado prácticamente desahuciado, la
malaria es muy mala y los que logran salir airosos y vencerla
necesitan un buen periodo de tiempo para recuperarse.
Le aconsejo monsieur que esta tarde dé un pequeño
paseo y al llegar se tome otro buen tazón de caldo caliente
antes de dormir, en un par de días podrá irse.
¿Me acompañará a dar el paseo Nicoletta?
—No, eso sí que no, no podría sin el consentimiento de mi
tío.
—Pero ya es usted una...
—Yo monsieur Hagen le repito que no voy con un hombre
sin el consentimiento de mi tío, ¿comprende?
Nicoletta en el fondo se sentía halagada y deseosa de
que él hablase con su tío y de que éste accediese a su
petición.

171
Dimas asintió con la cabeza.
—Hablaré con su tío.
Unos instantes después monsieur Moreau entró en la
consulta y mandó a Nicoletta que trajese ropa limpia para el
paciente.
Después de asearse y adecentarse, Dimas permanecía
liado en una manta, era pues el momento propicio para
hablar con monsieur Moreau.
—Monsieur, quisiera si me lo permite hablar de un asunto
que le atañe.
—Dígame monsieur Hagen.
—Verá, he pensado que, puesto que me he recuperado
bastante bien, creo que me sería beneficioso dar algún que
otro paseo para ir cogiendo fuerzas, ¿no cree?
—Sí, desde luego le iría muy bien pasear —le respondió.
—Quisiera tener su beneplácito para que me acompañase su
sobrina a dar el pequeño paseo.
— ¿Cómo dice? ¿Ha ocurrido algo con respecto a mi sobrina
que yo deba de saber?
—No, no me interprete mal, solo creo que no sería

172
conveniente que pasease solo, pensé que quizás podría
acompañarme su sobrina como enfermera que es, por
supuesto.
— ¿Que le ha dicho a mi sobrina monsieur?
—Bueno, verá, tan solo le he dicho que es una mujer muy
bella, solo eso, no creo yo que le haya ofendido mis palabras,
a no ser... claro está, que tenga marido, si es así por supuesto
le pediré disculpas.
—Nicoletta es soltera monsieur, le rogaría que esto no vaya
a más, ¿entiende?
—Pero...
—Sabe tan bien como yo que los marinos tienen una mujer
en cada puerto, y usted es marino, por lo tanto mejor será
que se olvidé de mi sobrina.
—Yo no pretendía...
—Déjelo estar monsieur Hagen.
—Muy bien —asintió Dimas frunciendo sus labios.
Pero él no desistiría en su intento.
Unos días más tarde Dimas fue acompañado por
monsieur Moreau a ver al mejor maestro ebanista de la

173
ciudad.
El ebanista Ibrahima era un verdadero artesano de la
madera, la había trabajado desde niño, aprendió el oficio de
carpintero de su padre y su padre de su abuelo y su abuelo de
su bisabuelo.
Ibrahima no era negro como la mayoría de senegaleses.
Ibrahima era blanco de descendencia francesa, un hombre ya
entrado en años, sus mejillas estaban sembradas de pequeñas
venas enrojecidas al igual que su nariz, su aspecto era el de
un borrachín, de ojos pequeños y negros y en la punta de su
nariz unas redondeadas gafas de varilla.
El taller de ebanistería mostraba un sinfín de tallas,
unos aprendices lijaban un butacón con infinitos motivos y
adornos en relieve, mientras tanto, el maestro ebanista
torneaba y labraba unos palos de nogal.
Habló con Ibrahima durante unos instantes y le explicó
lo que quería, desde luego no se había equivocado con el
maestro ebanista.
Su aliento desprendía un olor a aguardiente que le
echaba para atrás cada vez que el maestro hablaba.

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Dimas le contó cómo perdió la mano y le mostró el
muñón.
Le extrañó la afonía de su voz, observó el muñón
detenidamente durante unos instantes, se ajustó sus lentes y
tomó medidas con un compás y una cinta métrica, después
mandó a uno de sus aprendices que portase la caja del pie de
rey y un ábaco.
—Pie de rey y ábaco... ¿Qué demonios es eso maestro
Ibrahima? —Le preguntó extrañado.
—No piense que van a traerme el pie de un rey, señor
Dimas. Son novedosos utensilios que utilizo para mi trabajo,
uno es para medición de precisión, y el ábaco es muy útil
cuando se trata de hacer sumas —le explicó.
—Novedosos dice...
—Mire —le indicó Ibrahima abriendo un estuche de madera
forrado de un terciopelo azul marino.
Dimas miró, dentro había un raro instrumento que
según el maestro era el utensilio para medir.
—Es un gran invento recientemente aplicado al sistema de
doble escala de medición.

175
Todo lo que le explicaba Ibrahima superaba en mucho a
sus entendederas.
—Sinceramente, maestro Ibrahima, no tengo ni la más
remota idea de todo lo que me está hablando, pero desde
luego confió plenamente en usted y en su buen hacer,
continúe por favor.
El maestro ebanista cogió el pie de rey y tomó medidas,
con el ábaco, calculó y nuevamente volvió a medir con
precisión para fabricar la prótesis sin cometer el mínimo
fallo. Sobre un papel dibujó un primer boceto y anotó las
mediciones necesarias.
—Si todo va bien en una semana calculo que la tendré
prácticamente terminada a falta quizás de algunos retoques,
claro está —le dijo —.Deberá probársela, haré los
pertinentes retoques y la llevará puesta durante unos días, si
notase algún roce o dolor, la retocaré nuevamente hasta
conseguir su perfecto acople al muñón.
— ¿Qué madera utilizará para hacerla?
—Con madera de haya y resinas le fabricaré una perfecta
mano izquierda.

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—Entiendo Ibrahima —respondió un sonriente Dimas.
Una semana y media después Dimas volvió a la
ebanistería del viejo maestro Ibrahima. El ebanista le ofreció
asiento. Dimas se mostraba inquieto y un tanto nervioso a la
vez que expectante.
Ibrahima abrió un pequeño armario de pequeños
cuarterones acristalados, sacó una alcayata de entre un
cáncamo y abrió el armario, de él sacó un paquete de tela
atado con un cordel formando una cruz, el maestro desató el
cordel, descubrió el paño y descubrió una perfecta prótesis.
Los ojos de Dimas se abrieron como platos y su
expresión de asombro no pasó desapercibida al maestro
Ibrahima.
—Vamos, pruébesela —le indicó bajo una ligera sonrisa.
Dimas se quedó boquiabierto ante lo que le estaba
mostrando. Era una perfecta mano izquierda que en su
exterior tenía una manga de cuero con dos correas para
sujetar con las hebillas.
—Pero, es perfecta, maestro Ibrahima —balbuceó mostrando
una sonrisa de oreja a oreja y loco de contento.

177
—Vamos, pruébesela, a ver qué tal queda —le repitió.
Dimas introdujo expectante su muñón dentro de la
prótesis que le cubría todo el antebrazo y se la ajustó a la
altura del codo con las correas.
Era una mano con la posición de saludar con un
apretón. Dimas quedó maravillado ante lo que le había
fabricado el maestro Ibrahima.
—Me sienta estupendamente bien —le dijo eufórico.
—No está acaba por completo, piense que la he de retocar
hasta conseguir un perfecto acople.
—Pero si me queda bien —le repitió.
—Ahora por la emoción del momento quizás no note
molestia alguna, pero llévela puesta todo el tiempo que
pueda e iremos retocando y puliendo según me vaya
indicando, ¿de acuerdo?
— ¿Cree usted maestro, que podrá ocultar disimuladamente
la mano?
—Por supuesto, monsieur Dimas, yo mismo le encargaré al
sastre que le haga unos guantes de piel para su mano.

178
179
13

Dimas y Nicoletta

Una semana después, el contramaestre del Llebeig, lucía un


guante de piel en la prótesis perfectamente amoldada a su
muñón.
Era pues el momento idóneo para cortejar a Nicoletta.
Para ello pensó en pagar a su tío buenos emolumentos por
las atenciones recibidas por su parte, quizás así accediese
para que su sobrina le acompañase a pasear por la ciudad.
Si eso no fuese posible no embarcaría sin despedirse de
Nicoletta.
—Es para usted monsieur Moreau —Dimas le entregó una
bolsita de terciopelo verde.
— ¿Qué es esto monsieur Hagen? —Le preguntó un tanto
escéptico.

180
—Para usted, ande ábralo.
Moreau abrió expectante la bolsita aterciopelada, había
doscientos escudos.
—Es el pago por todo lo que han hecho por mí.
Moreau al ver las monedas abrió sus pequeños y
redondos ojos como platos.
—Esto es demasiado —respondió.
—Nada es demasiado para la persona que me ha salvado la
vida.
Moreau asintió con la cabeza dando a entender que
estaba conforme con lo recibido.
—No puedo por menos que agradecérselo. Merçi monsieur.
—Ahora, y sin ánimo de malas interpretaciones, monsieur,
quisiera a bien su beneplácito para que permita a su sobrina
pasear esta tarde de domingo conmigo, sabe monsieur que
soy un caballero y por supuesto que nada debe de temer por
ella.
Moreau se vio en una encrucijada y no tuvo más
remedio que ceder ante la insistente petición de Dimas
Hagen.

181
—Me consta monsieur que es usted un caballero, de otro
modo nunca le hubiese traído a mi casa mi gran amigo
Figueruela.
—Nicoletta volverá sin novedad a su casa. Es más, volverá
ilusionada se lo aseguro.
— ¿Por qué dice usted eso monsieur Hagen?
—Porque... sinceramente, ¿no cree que es hora ya de que
Nicoletta dedique algo de su tiempo a ella misma?
— ¿Cómo dice?, no creo yo que sea de su incumbencia si mi
sobrina necesita de su tiempo, monsieur —dijo un tanto
enfadado.
—Ciertamente, no es de mi incumbencia como insinúa, pero
debe de pensar en su sobrina, tiene edad suficiente para
encontrar el amor y... quién sabe, a mi lado Nicoletta estaría
como una reina monsieur Moreau. Además, piense también
en usted. Si me lo permite, le diré que los años no pasan en
balde para nadie, y yo poseo tierras, una gran casa y dinero
en Lisboa. Bien podría pensar en esto monsieur —mintió.
Nada más lejos de la realidad, Dimas no tenía casa
alguna en Lisboa, por supuesto tampoco poseía tierras, y el

182
dinero que tenía era un dinero manchado de sangre.
Monsieur Moreau se dejó embaucar por su ambiciosa
codicia.
— ¿Qué me está usted insinuando, monsieur Hagen?
—Lo que le quiero decir, es que me he enamorado de su
sobrina, soy un hombre que no suele andarse por las ramas y
hablo con claridad.
—Vaya, va directo al grano —Moreau se quedó pensativo
durante unos instantes—. Creo, monsieur, que deberían de
conocerse algo más, ¿no cree? —reconsideró.
— ¿Debo de entender que es un sí por su parte?
—Debe entender, que ella jamás ha tenido pretendiente
alguno como ya le dije en algún momento.
—Entonces...
—Entonces quisiera que la cuidase bien, volveremos hablar
dentro de unos meses.
— ¿Unos meses? Imposible, zarpamos en unas semanas
hacia el mar Caribe.
—Muy bien, entonces si durante este corto plazo de tiempo
veo que la relación con Nicoletta es la correcta, la que yo

183
quería para mi sobrina, la relación que toda mujer busca en
un hombre, accederé al matrimonio con gusto, monsieur
Hagen.
— ¿Quiere decir que nos casemos antes de zarpar?
—Eso mismo monsieur. Es una mujer frágil pero inteligente,
se llevaría a una gran mujer monsieur Hagen, y yo estaría
satisfecho.
¿Verdaderamente estaré enamorado de Nicoletta, o...
por el contrario será tan solo la calentura del momento?,
llevo mucho tiempo sin tener contacto con una mujer, pensó.
Moreau se quedó un tanto pensativo, luego se frotó el
mentón.
—Nicoletta muy a mi pesar no tiene dote alguna, ¿no cree
usted monsieur Hagen que sería conveniente por su parte
efectuar un pago a modo de dote para el casamiento?
— ¿De qué dote estamos hablando Moreau?
—Si verdaderamente ama a mi sobrina como dice, yo nada
pintaré en su vida, ¿no cree?
—Explíquese mejor monsieur —masculló Dimas frunciendo
el ceño.

184
—Lo que quiero decirle es que una vez que Nicoletta sea
desposada, yo quedaré solo y mi retiro está próximo, a la
vuelta de la esquina como quien dice.
—Entiendo, Moreau —Dimas pensó durante unos minutos
para acto seguido proseguir—. Recibirá usted por mi parte
una cantidad de escudos suficiente como para comprar una
buena casa y vivir en ella cómodamente sus últimos años
monsieur.
Al oír aquellas palabras de Dimas, el francés se levantó
de su silla y le extendió la mano para sellar así las mismas,
había encontrado un seguro para su retiro, pensó.
—Confío en usted monsieur Hagen.
—Lucharé con todas mis fuerzas por Nicoletta, se lo
aseguro.
—Así lo espero, ahora hablaré con ella, venga usted esta
tarde, saldrán a pasear, tiene ya mi beneplácito para hablar
con mi sobrina.
Le costó más de lo que él había pensado, pero Dimas se
había salido con la suya a pesar de que todos los
acontecimientos habían ocurrido demasiado deprisa para él.

185
¿Por qué no tomar en matrimonio a Nicoletta?, se
preguntaba; era, como le había dicho monsieur Moreau, una
mujer culta, dulce, bella e inteligente.
Sí, realmente se había enamorado de Nicoletta.
Esa misma tarde de domingo pasearon por las calles de
la ciudad, al principio no se decían nada, paseaban el uno al
lado del otro. Dimas rompió el hielo y le dijo que se sentía
algo cansado de batallar por esos mares de Dios, ella sonreía
al oírle hablar, sus ojos brillaban de una forma especial y sus
sentimientos hacia él comenzaban a aflorar intensamente.
Pasaron los días y los paseos eran ya diarios, hablaron
de las pretensiones que él tenía con respecto a ella, le habló
de la casa de Lisboa, allí vivirían y, siempre que quisiese su
tío visitarles, esa sería su casa. Nada más lejos de la realidad,
las mentiras eran una constante en él.
Le prometió que el viaje al Caribe sería su último viaje
y le dijo que quería tomarla en matrimonio.
Nicoletta vio en Dimas al hombre en el que siempre
había soñado, ya había alcanzado los treinta y cinco años y
comenzaba a perder las esperanzas, se veía para vestir

186
santos.
No le importaba en absoluto que le faltase una mano,
veía en él al hombre perfecto, era a él al que tanto había
esperado. Por nada del mundo le dejaría escapar. Nicoletta se
había enamorado perdidamente de Dimas Hagen.
El Llebeig fondeaba en el puerto de Dakar entre un
bosque de mástiles. Como habían previsto, el barco
prácticamente estaba listo, tan solo quedaba abastecerlo de
provisiones.
—Tienes una pinta horrible Dimas —fueron las primeras
palabras de su capitán nada más verle a bordo.
—No lo he pasado demasiado bien, capitán.
—Pero tú te has visto contramaestre, estás muy delgado y
estás hecho unos verdaderos zorros, da pena verte, menudas
ojeras tienes, amigo.
—Si quieres perder algunos quilos rápidamente, solo tienes
que encontrar el mosquito apropiado y verás cómo te quedas
—respondió gruñendo y frunciendo sus labios. Contraje
malaria, capitán.
—Malaria... entonces esto lo explica todo.

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—Así es.
—Ahora prepárate, mañana nos espera un duro día de
trabajo.
—Capitán...
—Sí...
—No creo que mañana pueda estar junto a la tripulación,
mañana mismo me caso.
— ¿Cómo dices?
—Digo, que mañana me caso, capitán.
—Qué demonios me estás diciendo contramaestre —
masculló sorprendido.
—Mañana a las diez de la mañana me caso y estás invitado a
mi boda capitán Duarte.
— ¿Así que va en serio?
—Por supuesto que va en serio. En Dakar encontré a la
mujer de mis sueños. Ella fue la persona que veló mis
pesadillas, fue la persona que me curó de la malaria, y ha
sido la mujer de la que me he enamorado y la que va a ser mi
esposa.
— ¿Qué piensas hacer contramaestre Dimas? Sabes muy

188
bien que no podremos retrasar el viaje. Tan solo hay dos
rutas a seguir la de ida, aprovechando los vientos alisios que
comienzan a soplar sobre septiembre octubre y la de vuelta
empujados por los vientos estivales soplados desde las
Bahamas a las Azores y desde allí de nuevo a Dakar.
Por eso es necesario zarpar a últimos de agosto o, a lo
más tardar, a mediados de septiembre para poder fondear en
Jamaica a mediados de noviembre, porque como bien sabes
más tarde sería un peligro por las fuertes tormentas que
azotan el Atlántico.
—Lo sé, y he pensado en la posibilidad de que Nicoletta nos
acompañe, de esta forma no tendríamos que retrasar nada.
—Eso es imposible, Dimas, del todo imposible, además está
prohibido y lo sabes.
—Pero...
—Pero, qué, Dimas, ¿es que has visto a una dama navegar
en alta mar en un barco como este?, parece mentira, cómo
has podido rumiar algo así —dijo gesticulando
enérgicamente con sus brazos, realmente Duarte se mostraba
furioso por la situación.

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—Pero capitán.
—Sabes muy bien que lo que me pides es imposible.
Iré a tu boda y zarparemos unos días más tarde de lo
previsto, pero, por Dios, una mujer a bordo eso sí que no.
—Pero Nicoletta sabe de medicina y vendría bien tenerla a
bordo.
—No —dijo tajante el capitán.
Entonces Dimas actuó como solo él sabía hacerlo.
—Me debes una, capitán, y lo sabes, ¿es que lo has
olvidado?
— ¿Qué quieres decir?, explícate.
—Sabes muy bien a lo que me refiero —los dos pensaron en
lo mismo. Dimas se jugó la vida para salvar la de su capitán
cuando éste se encontró en las últimas y con la soga al
cuello.
La mañana de aquel domingo de mediados de
septiembre era perfecta, el sol radiaba intensamente, el cielo
era de un azul celeste completamente limpio de nubes, las
gentes curioseaban a las puertas de la pequeña iglesia donde
Dimas y Nicoletta contraían matrimonio.

190
Duarte y gran parte de la tripulación del Llebeig fueron
a la iglesia para estar al lado de su contramaestre en el día de
su boda, años hacía que aquella camarilla no pisaban una
iglesia.
Acudieron también buena parte de las amistades de
Moreau y, por supuesto, Figueruela había sido invitado por
Moreau y por Dimas, al fin y al cabo, él fue el que le llevó a
la consulta de su amigo, y gracias a eso conoció a la que
ahora iba a ser su esposa.
La ceremonia fue sencilla la muchacha vestía un traje
típico de novia blanco de encajes y de bordados en hilo de
oro, acompañado de un velo de gasa que le cubría el rostro y
un ramo de flores de pitiminí.
El novio vestía un elegante traje azul marino con
camisola blanca de pequeñas chorreas en los puños, chistera,
guantes de piel y bastón de roble con empuñadura de plata
era una cabeza de león, regalo de su estimado amigo y
capitán Duarte Santamaría.
Se celebró un gran banquete bajo un techado de cañizo,
el festejo no fue discreto había comida y bebida a discreción

191
para todos, e incluso para algún que otro curioso que sin más
se había invitado al festejo, Dimas se percató, pero no quiso
mediar y la fiesta continuó hasta bien entrada la tarde. Los
consumados músicos tocaban sin cesar y los invitados reían
y bailaban al compás del clavicordio, el xilófono, violines y
los tambores.
Durante el festejo los invitados entregaron presentes y
regalos a los novios. Monsieur Moreau regaló a su sobrina
una preciosa Biblia con las letras de la portada en plata.
El regalo a Dimas Hagen fue un precioso reloj de
bolsillo de esfera y carcasa de plata.
Los regalos que Edmundo Figueruela hizo a los novios,
fueron, para él, una pipa de cerezo tallada con motivos
marineros, y para Nicoletta, un precioso diario con llave para
asegurar su cierre, en sus tapas había unas preciosas
incrustaciones de nácar; tuvo el detalle de regalar al capitán
Santamaría varias cajas de habanos cubanos para la
tripulación del Llebeig.
Los novios se ausentaron de los festejos y pasaron su
primera noche a bordo.

192
Nicoletta se vio a solas con el hombre de sus sueños,
jamás había tenido relación con hombre alguno, todo lo
contrario que su esposo, él si sabía de las artes amatorias.
Se acercó a su esposa y la tocó, tocó suavemente su fina
piel, notaba como a ella se le erizaba el bello, eran
sensaciones completamente nuevas para Nicoletta.
Ella puso su mano sobre el rudo rostro de su esposo y le
acarició suavemente, sus labios se tocaron, las sensaciones
para ella fueron indescriptibles, el sentir el roce de los labios
de su esposo le hizo subir la libido hasta deseos infinitos. Él
la despojó de sus ropas y fue despojándose de las suyas. Ella
quedó de pie frente a él, su camisón blanco de tela de india
dejaba entrever sus senos a través de sus transparencias.
Desnudos el uno frente al otro, Nicoletta notó como se
ruborizaba hasta sentirse avergonzada, era la primera vez
que estaba completamente desnuda frente a un hombre.
Dimas posó a su esposa sobre el lecho y la acarició tan
suavemente que ella comenzó a sentir mariposillas en el
estómago, las caricias y arrumacos se acrecentaron hasta el
punto de fusionarse el uno con el otro. La sensación de

193
acariciar el torso de su esposo y de envolver sus delicados
dedos por el bello pectoral le hacía vibrar.
Sentir en su oído el respirar de su hombre, percibir el
peculiar olor de su cuerpo fuerte y terso, el sentir de su tacto
la enloquecía.
Él cogió suavemente su mano y la dirigió hasta su
miembro, aquella sensación para ella fue indescriptible, el
deseo se había apoderado de Nicoletta y lentamente y sin
sentir el más mínimo dolor fue penetrada hasta conseguir el
éxtasis. Nicoletta sintió una explosión volcánica que aunque
viviese más de mil años jamás podría describir sensación
igual.
Se había casado con el hombre que tanto había soñado,
Dimas era el hombre de sus sueños, el hombre de su vida.
Llamó poderosamente la atención que Figueruela
acudiese al festejo con su joven esclavo. La vestimenta de
Nassér era incluso más elegante que las vestimentas de
algunos de los invitados más notables. Vestía una camisa
verde pálido con puños de pequeños volantes, una preciosa
casaca aterciopelada azul marino al igual que sus pantalones

194
de media caña con medias blancas y zapatos negros de
anchas hebillas.
Nassér fue la sensación en el casamiento, él joven
esclavo permanecía sin rechistar siempre al lado de su amo.
El esclavo fue diana de los juegos de los niños y de las
bromas de los mayores.
A uno de los asistentes se le ocurrió un juego.
—Haber quien le pone la cola al burro —sugirió, y los niños
corrieron hacia el joven esclavo.
Entonces el hombre cogió a Nassér y le obligó a
ponerse a cuatro patas, no le gustó demasiado la idea a
Figueruela, pero... qué podía hacer, no podía aguar la fiesta,
así que no tuvo más remedio que claudicar y sonreír
amargamente.
—Consiste en poner el rabo en el culo del borrico —dijo
moviendo al aire una cinta.
El hombre ensarto un gran alfiler en la cinta y vendó los
ojos de una de las niñas, todos coreaban y gritaban.
—Derecha, izquierda —gritaban todos los niños entre risas.
De pronto Nassér dio un fuerte alarido que le llegó al

195
alma de su amo, la niña le había clavado el alfiler en su
pantorrilla, la niña dejó la cinta pendiendo de su pierna,
luego la montaron a lomos de Nassér obligándole a rebuznar
como un borrico. Figueruela permanecía con una mueca de
sonrisa falsa y con el corazón roto al ver así a su Nassér.
— ¡Todos a sus puestos gandules! Preparados para zarpar de
inmediato —gritó el piloto.
La orden fue repetida como un eco por todos los
rincones de la corbeta.
— ¡Levad anclas marineros! —Gritó voz en pecho el
capitán.
Tres días después de la boda, el Llebeig zarpó del
puerto de Dakar con 323 esclavos entre hombres, mujeres y
niños, también dos tripulantes ajenos a la tripulación, el Sr.
Vivár Dorado y, por supuesto, Nicoletta.

196
14

El retrato

A primera hora de la mañana, al alba, paseaba por cubierta,


le gustaba contemplar los amaneceres, ver despuntar los
primeros rayos de sol por el horizonte le fascinaba y se
quedaba contemplando el color ocre reflejados en la mar.
No solía salir por las tardes de su camarote a no ser que
se lo pidiese su esposo, ella lo esperaba impaciente cada
tarde para darle un baño de agua templada en la bañera de
cinc y frotar su cuerpo con jabón, después bebían un ponche
caliente y cenaban con el capitán y el Sr. Vivár Dorado.
Todo era más o menos como ella había soñado, su marido
era un buen hombre y la trataba con dulzura, ella trataba de
complacerle en todos sus caprichos. Nicoletta vivía por y
para su esposo.

197
A cualquier cosa que él le pedía ella asentía con una
sonrisa en sus labios, sus noches eran pasionales, los besos y
arrumacos se alargaban hasta bien entrada la noche
entregándose por completo el uno al otro, luego caían los dos
rendidos hasta que el sueños les vencía.
Habían recorrido unas 400 millas desde que partieron
del puerto de Dakar. Era el cuarto día de navegación cuando
una fuerte tormenta hizo acto de presencia sorprendiéndoles.
El fuerte viento hacia zozobrar el barco de un lado a
otro sometiéndolo a su merced.
El capitán decidió tomar rumbo sur para evitar en lo
posible la tormenta. Ordenó cerrar las escotillas en previsión,
hizo arriar los paños a excepción de la vela de trinquete. Los
marinos manejaban la vela triangular que estaba envergada
solo al mastelerillo.
Otros tantos manejaban las cuadrangulares, cazadas por
la botavara, cangreja mayor de proa. El mar estaba negro con
grandes olas amenazadoras veteadas y coronadas de espuma.
El barco zozobraba, pero estaba bien controlado por la
tripulación.

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—Ha desaparecido de mis aposentos algo muy importante
para mi esposa y para mí, nuestro retrato de bodas, como
comprenderéis, no ha desaparecido por sí solo. ¿Alguno de
vosotros tiene algo que decirme al respecto?
Todos permanecían en silencio, el sol se amagaba entre
las amoratadas nubes por el horizonte y el viento soplaba
cada vez con más intensidad.
— ¿Qué es lo que está pasando aquí contramaestre? —
Preguntó extrañado el capitán al ver a gran parte de sus
hombres formados en cubierta.
—Aparentemente capitán parece que tenemos un ladrón a
bordo del Llebeig.
—Explícate mejor.
—A desaparecido nuestro retrato de bodas —dijo dirigiendo
una mirada a su esposa, ella asintió.
—Debe de salir aquí y ahora, quien quiera que haya cogido
el cuadro del contramaestre Dimas que alce el brazo.
Pero nadie decía nada, nadie alzó el brazo y todos se
miraban entre sí.
Entonces el capitán Duarte Santamaría recordó algo.

199
— ¿Quién sirve el almuerzo a la señora en su camarote?
—Al toque de la campana que anuncia el almuerzo, una de
las negras sirve el almuerzo a la esposa del contramaestre
Dimas, señor —respondió un joven grumete.
— ¿De quién se trata Tomasillo? —preguntó arrugando la
frente el contramaestre.
—No sabría decirle si no la veo —respondió Tomasillo.
El capitán Duarte Santamaría se encaramó en el puente
de mando y ordenó hacer sonar la campana para que
subieran a cubierta a todos los esclavos.
—Bien, a cubierta todos los esclavos —ordenó.
Ekún había adquirido la costumbre de rascarse en el
brazo las marcas grabadas a hierro. Alzó la mirada y vio
como la gran mayoría de marinos subían por las jarcias
firmes para encaramarse a los postes y las velas para tirar de
las sogas y del velamen.
Para entonces, comenzaba a chispear una fina lluvia.
Todos los esclavos, mujeres y hombres, formaron
amontonados en cubierta frente al capitán y al contramaestre.
— ¿Quién de ellas es Tomasillo? —Le preguntó su

200
contramaestre.
El muchacho que no tendría más de trece años, puso sus
manos hacia atrás y paseó mirando fijamente a una por una
las mujeres que tenía delante.
—Esta es, señor —dijo el grumete señalando con el dedo a
una joven yoruba de no más de catorce años.
Era inusual pero circunstancialmente ninguno de los
esclavos se encontraba ni atado ni encadenado, todos
permanecían en pie con las manos atrás y sus miradas
dirigidas hacia el suelo.
—Un paso al frente perra negra —ordenó Dimas muy
enfadado.
La joven yoruba avanzó un paso adelante, casualmente
aquella joven era Ododó, la que había sido la mejor amiga de
Airá.
—Vaya, vaya —dijo girando de una forma chulesca
alrededor de la atemorizada muchacha.
Nicoletta miraba desde el ventano de su camarote todo
lo que estaba ocurriendo en cubierta.
— ¿Tu nombre? ¿Dónde está el retrato? ¿Por qué lo has

201
cogido?, contesta.
Dimas la sometió a una serie de preguntas que la joven
yoruba ni siquiera llegaba a entender, la voz desgarrada de
él la asustaba.
La muchacha le miró y de sus ojos brotaron unas
lágrimas que se fueron deslizando por sus mejillas, su frente
se le perló con pequeñas gotas de sudor y luego fijó su
mirada al suelo.
De pronto, resonó en su espalda un estruendoso
impacto. Dimas la acababa de golpear fuertemente con un
bastón.
En ese instante Ekún pronunció su nombre.
—Ododó —dijo mirando de forma desafiante y odiosa.
La muchacha en esos momentos cayó al suelo hincada
de rodillas, otro bastonazo estalló en sus riñones y luego otro
y otro más. Como un felino, Ekún se lanzó sobre Dimas y de
un fuerte cabezazo en la boca le reventó el labio inferior,
Dimas perdió el control y cayó al suelo completamente ido.
—Maldito hijo de puta —dijo escupiendo la sangre de su
boca.

202
— ¡Coged a este maldito negro! —Ordenó el capitán.
Pero coger a Ekún no era tarea fácil, corrió como una
gacela y se encaramó en la jarcia mayor expectante. Raudo
se abalanzó a la jarcia el primer piloto cuchillo en mano;
León reaccionó, estuvo atento a los movimientos
amenazantes de aquel hombre. De un rápido movimiento
desarmó al piloto, y de una fuerte patada en el pecho hizo
que cállese sobre un barril desnucándose; la nuca de aquel
marino se había quedado clavada en el borde metálico del
barril, al instante un charco de sangre rodeaba el recipiente.
El médico se acercó para atender al primer piloto que
yacía desnucado. León encolerizado se abalanzó sobre el
médico, lo cogió del cuello con tal fuerza que a pesar de que
el médico era un hombre robusto, León le zarandeó como si
de un muñeco de trapo se tratase, varias veces le golpeó su
cabeza contra el canto saliente de la borda y lo lanzó al mar,
el médico cayó inerte y en breves minutos la mar lo engulló.
Mientras tanto, Ekún se enfrentaba a dos marinos que
con bicheros se lanzaron hacia él amenazándole, pero
reaccionó raudo y lanzó el cuchillo clavándose en el cuello

203
de uno de los dos marinos. Todo pasó en un instante,
ágilmente se encaramó en la botavara y se dejó caer sobre el
marino que portaba el bichero, la lucha entre los dos
hombres fue terrible. Ekún cogió al marino por la nuca y el
mentón y de un fuerte giro le partió el cuello. Tan rápido
como una centella Ekún cogió el cuchillo que portaba en el
fajín el hombre al que acababa de matar.
Su respiración era tan rápida como la de un zorro caído
en una trampa.
Se lanzó por la borda y todos quedaron estupefactos
ante la agilidad felina y la feroz lucha de Ekún por
sobrevivir.
Para entonces León ya había sido reducido por varios
marinos.
— ¡Hombre al agua, hombre al agua! —Gritó el vigía desde
la cofa.
Dimas permanecía arrodillado cubriéndose la boca, su
esposa salió rauda de su camarote para atender a su esposo.
— ¡Tres hombres al chinchorro! —Gritó el capitán— Quiero
a ese negro hijo de puta y lo quiero vivo.

204
—Sí, sí, vivo —repitió el Sr. Vivár Dorado, pensado en su
apreciada adquisición, pues sabía muy bien que si algo le
pasaba a su mercancía, él también lo pasaría mal.
Mientras tanto el capitán dio una orden.
—Preparad la horca en la verga mayor.
La soga con el nudo corredizo pendía ya de una de las
vergas y, bajo la soga, un cajón.
Sobre el cajón, tocando con la punta de los dedos del
pie, estaba el jefe de los bororos con la soga alrededor de su
cuello.
—Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir, los
valientes en cambio ni se enteran de su muerte —dijo el
capitán Duarte mirando a León.
Después, el capitán Santamaría levantó su brazo
derecho para dar la orden de ejecución.
Unos segundos después un marino desplazó el cajón de
una patada. León quedó pendido de la soga con un charco de
orina bajo sus pies.
Prepararon al primer piloto amortajado y envuelto en
una sábana.

205
La campana de popa sonaba a difunto cuando apareció
en cubierta Narciso “Seisdedos” que, más que cura, era el
encargado de dar la extremaunción a todo aquel que fallecía
a bordo. Seisdedos hizo la señal de la cruz y rezó una
plegaria post mortem al fallecido, luego fue lanzado al agua
acompañado por unos toques de campana a difunto y una
andanada de cañón como salva.
Minutos después los marinos ya le habían dado alcance
con el chinchorro.
La lucha sería terrible; Ekún era el jefe yoruba, y un
jefe yoruba lucha hasta morir por su pueblo, como antes
luchó su padre. No sería nada fácil capturarlo.
Uno de los marinos disparó con el arcabuz rozándole en
el hombro, pero Ekún no se inmutó y siguió nadando con la
destreza de un pez.
Los hombres bogaban y bogaban al unísono hasta darle
alcance. Con un arpón intentaron capturarlo pero fue del
todo inútil. Ekún agarró el arpón y tiró arrastrando al hombre
que lo agarraba por el otro extremo haciéndole caer al agua.
Ekún se sumergió clavándole el cuchillo en el estómago, el

206
fluir de sangre tiñó al instante la zona donde el marino
flotaba ya cadáver. El yoruba volvió a sumergirse y de
fuertes movimiento hizo zozobrar el chinchorro hasta
hacerlo volcar. Pudo coger desorientado a otro de los
marinos, lo sorprendió y, al girarse, lo degolló con el
cuchillo, en ese preciso instante notó como algo le
atravesaba, la punta del arpón se clavaba en su espalda, pero
resistió el envite y se revolvió cogiendo el arpón. Ekún se
sumergió y el marino le siguió para darle alcance, pero a
medida que ambos hombres se sumergían más y más la
presión comenzaba a hacer su efecto; el yoruba pudo
aguantar unos segundos más que su perseguidor, miró hacia
tras y el marino yacía flotando a meced de la mar, con lo que
subió raudo hacia la superficie; al salir, quiso abarcar la
máxima cantidad de oxígeno, llenar del todo sus pulmones,
unos segundos más e inevitablemente se hubiese ahogado.
Intentó con todas su fuerzas hacer girar sin éxito el
chinchorro, no tuvo más remedio que encaramarse sobre el
casco del bote, había luchado con todas sus fuerzas para
sobrevivir y lo había conseguido, al menos por el momento.

207
Con el catalejo, el capitán Santamaría vio el chinchorro
flotando y pudo distinguir que sobre su casco había un
hombre.
Ekún había mermado ya todas sus fuerzas y exhausto
nada pudo hacer ante la amenazante presencia del
mastodóntico barco. Una hora después ya estaba a bordo del
Llebeig.
Lo desnudaron por completo y, como ya le había
ocurrido anteriormente, le volvieron a azotar con una verga
en la planta de los pies, lo ataron al mástil mayor con los pies
desnudos y ensangrentados sobre un montón de sal. Ekún
permaneció dos días con sus noches, atado y sin beber agua
y sin comer nada. Sus labios se habían cuarteado debido a la
sed, sus pies estaban doloridos y llagados por el efecto de la
sal y sentía que las marcas de la espalda y de su brazo
derecho le ardían.
Durante gran parte de la primera noche, la lluvia no
cesó de tamborilear sobre el piso de cubierta.
El día fue soleado y el cielo de un azul celeste
completamente despejado de nubes. Ekún había perdido por

208
completo el conocimiento y permanecía atado cabizbajo.
—No puede tratar así a mi negro —masculló el Sr. Vivár
Dorado dirigiéndose al capitán durante la cena.
—Si no recuerdo mal, su negro, como dice usted, trabaja en
la cocina como un privilegiado, si se ha sublevado se merece
un escarmiento. ¿No le parece razonable Sr. Vivár Dorado?
El Sr. Vivár Dorado asintió con un movimiento de
cabeza, se limpió el sudor de su prominente calva y continúo
comiendo sin replicar.
Efectivamente, Ododó había sido la persona que había
sustraído el retrato, es cierto pero... es que jamás había visto
algo similar y se había quedado fascinada ante lo que estaba
viendo. En la ignorancia de una niña no pudo contenerse y
cogió el retrato. Lo cogió para mirarlo durante unas horas y
disfrutar de la pintura, después tenía pensado devolverlo en
el próximo almuerzo, pensó que nadie repararía en su
desaparición.
Ododó había sido azotada y expuesta a todos los
esclavos para que sirviese como escarmiento. Durante la
noche y ante la indiferencia del capitán, Ododó fue violada

209
en repetidas ocasiones por más de un marinero. A la mañana
siguiente, nada más despuntar los primeros rayos de sol,
Nicoletta se acercó a Ekún y le humedeció con un paño sus
labios y su rostro.
A Ododó le dio té frío en un cacito, la humedad de
aquel último día de septiembre era agobiante.
— ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
La voz rasgada de su esposo la sorprendió.
—No lo ves, le estoy dando a esta pobre niña un poco de té
frío —respondió sorprendida.
— ¿Una pobre niña dices?
—Por Dios, Dimas es tan solo una chiquilla —balbuceó
temerosa, ante la presencia de su esposo.
— ¿Una chiquilla? No, Nicoletta, no, yo no veo a ninguna
chiquilla —dijo con voz rota y cierto atisbo de sarcasmo.
—Por Dios Dimas, no seas así, es solo una pobre niña.
—No, Nicoletta no, no es una pobre niña. Lo que ves es una
puta perra negra. Y a las putas perras negras, no se les da té,
esposa, o es que acaso no te das cuenta de ello —dijo con
semblante serio mientras la zarandeaba cogiéndola del brazo,

210
luego propinó una fuerte patada en las costillas a la
muchacha que aún permanecía tirada en posición fetal, una
bocanada de sangre salió de su boca provocando en ella una
tos que la mareó perdiendo el conocimiento.
—Por favor Dimas, no seas así —suplicó de nuevo.
La vena de su cuello se hinchó y el semblante de su
rostro cambió, alzó el tono de su desgarrada voz.
— ¡Apártate de esta puta! —gritó.
Sus terribles ojos se inyectaron en sangre fulminando a
su esposa con la mirada.
—No hables así de ella, es solo una niña —le repitió de
nuevo.
—Es mejor para ti que dejes a esta zorra en paz —replicó
furioso.
—Pero... ¿es que por el mero hecho de tener la piel oscura
no son como nosotros?
— ¡No! —Respondió tajante.
—Le estás destruyendo la condición como ser humano.
—Condición como ser humano... dices. ¡Ja!, me río yo de
esa condición, ¿de qué historias me estás hablando?

211
—Entonces... —espetó ella.
—Entonces, lo único es, que son esclavos negros, y como
tales serán tratados y vendidos.
—Pero es injusto Dimas, son seres humanos —repitió ella.
—A bordo, llevamos a 320 piojosos negros y todos los que
sobrevivan tendrán su amo —puntualizó.
—No Dimas, no, ¿por qué eres así?
En aquel momento ocurrió algo inesperado para
Nicoletta, algo que jamás hubiese imaginado que le podría
ocurrir a ella y que desde luego tardaría en olvidar. Una
fuerte bofetada estalló en su cara resonando en lo más
profundo de su ser. El labio inferior de Nicoletta reventó
como una ciruela madura y la sangre comenzó a fluir
abundantemente.
Nicoletta no sentía dolor físico alguno, pero sí en lo más
profundo de su corazón.
Su esposo furioso y encolerizado le había levantado la
mano abofeteándola. Nicoletta se quedó estupefacta y sin
palabras, con la mirada buscaba como una niña la protección
de su tío, pero evidentemente su tío Moreau no se encontraba

212
a bordo.
Corriendo y llorando Nicoletta se dirigió hacia su
camarote cubriéndose el rostro con las manos, su vestido
completamente manchado de sangre llamó la atención de los
marinos que fueron testigos del hecho, pero ninguno de ellos
medió por la esposa de su contramaestre.
—Anda, si corre asustada como una comadreja; espérame
allí, sabrás bien quién soy yo —le gritaba mientras
resonaban sus carcajadas.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué? ¿Quién era ese hombre
que la había abofeteado?, se preguntaba aterrada. No es el
hombre con el que me he casado, se volvía a repetir una y
otra vez. Era un monstruo, ese hombre no era su esposo, no
podía ser su esposo.
Pasó largo rato echada sobre su cama, la cabeza le daba
vueltas y las sienes le latían produciéndole un ligero dolor de
cabeza, ya el labio dejó de sangrarle y la sangre en su vestido
se había secado por completo.
—Dios Santo, ¿con qué clase de monstruo me he casado yo?
Quizás fuese un hecho aislado que nunca más se

213
volvería a producir, se decía atormentada.
Inexplicablemente Nicoletta se culpaba por aquellos
hechos.
Mi queridísimo y amado esposo ha perdido los nervios
y yo he sido el detonante de todo esto, nunca debí de decir
nada sobre la desaparición del retrato. Masculló
lloriqueando. Tengo que hablar con él, he de pedirle que me
deje cuidar a la joven Ododó y al hombre que puso su vida
en peligro para defenderla. Aún continúan atados al mástil,
es una situación inhumana y no soporto verlos así, continúo
hablando entre dientes para sus adentros.
Nicoletta salió de su camarote al encuentro de su
esposo, éste estaba apoyado en la amura de estribor,
pensativo, fumaba su pipa de cerezo regalo de Figueruela,
con la mirada perdida en el horizonte.
— ¿Qué quieres de mí Nicoletta? —le preguntó al verla
dirigirse hacia él.
—Necesito hablar contigo esposo.
Dimas pensó que le pediría explicaciones por lo
sucedido y su duro semblante cambió por un rostro de

214
arrepentimiento, su mirada hablaba por él.
—Te escucho —le dijo.
—Sé que estás arrepentido, lo veo en tu mirada, he pensado
sobre lo que ha pasado, y te pido perdón por ello —esas
palabras sorprendieron a su esposo, que continuaba
escuchando sin decir nada—. Estoy convencida de que jamás
volverás a levantarme la mano.
—Eso esposa tan solo dependerá de ti —le dijo.
Nicoletta asintió con la cabeza.
—No habrá motivo para ello esposo mío —respondió
resignada.
—Estoy seguro —dijo con firmeza.
—Yo necesito ser una mujer útil en el barco, no quiero ser
un estorbo para nadie y menos para mi querido y amado
esposo.
Dimas pasó su mano por el labio dolorido de su esposa
y la besó con ternura.
—Ahora pídeme lo que quieras.
—Ese hombre ha matado al médico —dijo Nicoletta
mientras miraba al ahorcado que yacía pendiendo de la soga

215
—. Sabes muy bien que solo yo poseo conocimientos de
medicina a bordo, solo yo puedo curar las heridas de estos
dos desdichados, solo yo puedo curar las enfermedades de
esta tripulación.
— ¿Qué propones esposa? —Le preguntó sorprendido.
—Veras, esposo...
— ¿Nunca te he dicho que una mujer a bordo trae mala
suerte? Al menos eso es lo que cree la gran mayoría de
marinos —la interrumpió.
— ¿Qué quieres decir esposo?
—Lo que quiero decir Nicoletta es que tal vez no haya sido
tan mala idea que estés a bordo.
— ¿Quiere eso decir que puedo ser útil en el barco?
—Sí, Nicoletta, harás las veces de médico de a bordo, pero
siempre bajo mi supervisión, desde luego —puntualizó.
Nicoletta mostró una ligera sonrisa y asintió con un
movimiento de cabeza, luego besó a su esposo en la mejilla.
Dimas Hagen mandó descolgar a León. Pusieron el
cadáver del ahorcado en el suelo y le hicieron varios cortes
con un machete por todo el cuerpo y lo lanzaron al agua;

216
minutos después ya se pudo divisar la aleta de un escualo
que acudía raudo al olor de la sangre, luego el capitán Duarte
Santamaría ordenó poner proa a barlovento.

Segunda parte

217
218
15

La travesía

Después de todos los hechos acaecidos en el día anterior,


Nicoletta recurrió al diario que le habían regalado en el día
de su boda, pensó que sería bueno reflejar en él sus vivencias
durante toda la travesía por el Atlántico a bordo del aquel
inmenso barco.

Abrió con la diminuta llave el diario y la llave la puso


en una fina gargantilla que prendó alrededor de su cuello.

Primero de octubre del Año de Nuestro Señor de 1731.

Es el quinto día de navegación a borde del Llebeig.


Ahora duerme profundamente y aprovecho estos
219
momentos para escribir en tus paginas aún huérfanas de
escritura.
En ti necesito confiar, en ti necesito plasmar todas mis
inquietudes, deseos y preocupaciones, en tus páginas
escribiré mis esperanzas, reflejaré todo aquello que
acontezca de interés en el Llebeig.
Soy la única mujer blanca a bordo de un barco cargado
de cientos de personas despojadas de sus almas. Hombres,
mujeres y niños vacíos de esperanzas, seres humanos a los
cuales les han arrancado de sus raíces y arrebatado todo
aquello que tenían, les han arrancado de sus orígenes y
separado de los seres más queridos; seres humanos
anulados como tales.
Soy la única mujer a bordo de un barco tripulado por
hombres sin escrúpulos, hombres con sus almas tan vacías
como los desdichados esclavos.
Noto que soy constantemente seguida por sus miradas
lascivas y no puedo soportarlo, nadie a bordo excepto el
capitán Santamaría y el Sr. Vivár Dorado reúnen la
suficiente cultura y delicadeza para poder hablar con una

220
mujer sin necesidad de mirarla con deseo lascivo.
He de reflejar en tus páginas todo lo que aconteció en
el día de ayer pasando por alto todo lo que pasó.
No soporto la triste imagen de ver a aquel pobre
hombre ahorcado delante de todo el mundo, esa imagen
jamás se borrará de mi mente, será muy difícil olvidar todo
esto. No sé si podré volver a soportar una situación
semejante. En alta mar no hay más remedio que intentar
llevar lo mejor posible cualquier situación. A bordo de un
barco, no hay escapatoria posible, así que me he de armar
de valor y continuar con paso firme.
Esta noche Dimas me ha hablado de lo ocurrido, creo
que se ha mostrado arrepentido por todo lo sucedido, dice
que ha meditado sobre lo que le dije y me ha dado su
consentimiento para que ponga en práctica todos mis
conocimientos de medicina para todo aquel que necesite de
mis servicios en este barco.
Mientras me hablaba se mostró tierno y cariñoso, cedí
a sus mimos y me cobijé en el calor de su cuerpo,
verdaderamente sentí su protección. Abrazada a él me dijo

221
que ha levantado el terrible castigo de los dos desdichados,
y que ahora descansan en las bodegas con todos los demás.
Ododó la que según me contó Ekún había sido la mejor
amiga de Airá estaba con las demás mujeres, y él con todos
los hombres.
Intenté convencerle y quise ir en ese mismo instante a
curar sus heridas, quizás más las heridas psíquicas que las
físicas, pero me retuvo.
Entonces me abrazó y me besó dulcemente, sentí como
un escalofrío recorría todo mi cuerpo, de primeras no
reaccioné, pero me dejé llevar impasible a sus caricias.
Dulcemente acarició mi cuerpo, me besó y me despojó
de mis ropas, sus caricias hicieron que fuera correspondido
y le besé tiernamente y con pasión, con mis dedos acaricié
cada centímetro de su cuerpo, y sentí sus dulces palabras en
mi oído, palabras de amor que me ruborizaron y que la
tenue luz de la lámpara de aceite no delató. Besé sus labios
con amor y pasión, sentí que lo deseaba y no pensé en nada
más, quise evadirme de todo y sentir su calor; oír sus dulces
y frágiles palabras de amor me reconfortó. Él es mi hombre

222
y le amo, le amo con todo mi corazón, me he abrazado a él y
me he entregado como su esposa que soy.
He podido sentir como me inundaba con su hombría y
como llenaba de pasión y de placer todo mi ser.
Al despuntar el alba iré a la bodega para curar las
heridas de Ododó y de Ekún. Ambos han pagado cara mi
petulancia y mi deseo de recuperar lo perdido.
Era importante para mí el retrato, pero no calibré las
consecuencias que ello podía acarrear a bordo, por lo que
debí de esperar sin decir nada a nadie e intentar por mí
misma aclarar toda la situación y quizás como último
recurso, acudir a mi amado esposo.
Sí, escribo amado con el corazón, sé que él es bueno, sé
que lo que hace lo hace por mí, mejor dicho por los dos.
Dimas es un lobo de mar, como él se dice a sí mismo;
es un buen hombre, no tengo ninguna duda sobre ello, mi
misión es amarlo con todas mis fuerzas e intentar que su
rudeza de marino cambie. Por Dios que lo he de conseguir.
He podido comprobar que a bordo no hay ninguna
imagen religiosa y echo de menos el Sagrado Corazón de

223
Jesús que me regaló Anna, es lo único junto con la Biblia
con lo que podía rezar mis plegarias, pero no por ello dejaré
mis rezos, rezaré por estos pobres desdichados y por una
travesía lo más apacible posible.
No sé muy bien por qué parte del ancho Atlántico Norte
navegamos, aunque Dimas me ha dicho que navegamos
rumbo a las islas vírgenes.
Durante la cena de la pasada noche con el capitán, el
Sr. Vivár Dorado y mi esposo, pregunté por qué el nombre
de Islas Vírgenes. La verdad es que los tres hombres se
quedaron un tanto atónitos ante mi pregunta, los tres se
miraron extrañados y muy amablemente el capitán Duarte
Santamaría contestó a mi pregunta.

—Las islas fueron vistas y nombradas por Cristóbal Colón


durante su segundo viaje a las Américas.
Estas islas estuvieron habitadas inicialmente por
indígenas arawak.
Los arawak eran una tribu próspera y todos vivían en
torno a su Dios el Samán de Güere.

224
Ellos fueron los únicos habitantes del archipiélago hasta
el siglo XV. Pero tuvieron que huir de los caribes ya que
estos eran una tribu más agresiva que los arawak, y por lo
tanto más fuertes y más astutos.
Los caribes eran originarios de las Antillas Menores
cuyo nombre dio origen al mar por el que en breve
navegaremos querida Nicoletta, el Mar Caribe. Además los
vientos alisios soplan a primeros de octubre y si no hay
demasiados impedimentos, nos dirigiremos hacia el oeste
para atracar y reponer víveres en las islas de Cabo Verde,
para desde allí rumbo a las Islas Vírgenes.

Desde allí dijo que tomaríamos rumbo a la pequeña isla de


la Tortuga en la costa noroccidental de la isla La Española.
Para después atracar en el Golfo de Guacanayabo, en
Manzanillo.
Me gustó lo que me contó el capitán acerca de las Islas
Vírgenes.
El capitán es un hombre culto, de eso no tengo ninguna

225
duda.

Dos días después, el cielo apareció amenazante de tormenta,


los relámpagos lo iluminaban con fuertes estruendos y
fogonazos. Los rayos quebraban los cielos a pedazos como
piezas de puzles y la nave zozobraba de un lado para otro por
el fuerte viento de barlovento haciendo crujir la madera del
Llebeig.
Desde la camareta de proa salió el capitán dirigiéndose
a toda prisa hacia el puente de mando mientras se ponía su
inconfundible casaca roja y negra.
—Orzad —ordenó— girad el buque de proa desde sotavento
a barlovento. Tenemos que acercar el rumbo al viento.
El contramaestre Dimas Hagen ya se encontraba en el
puente de mando situando a los hombres.
La tormenta rugía cada vez más fuerte al igual que los
vientos.
Nicoletta, al igual que su esposo, madrugó para atender
a los enfermos, Ododó permanecía dolorida por todo lo que
le había ocurrido al igual que su defensor Ekún.

226
Él se encontraba desde luego en peor estado que Ododó,
sus pies estaban completamente llagados y algunas de sus
llagas infectadas y supurando pus.
Nicoletta, como en el día anterior, hirvió agua con
tomillo que encontró en el pañol de cocina, hizo infusiones y
con ellas limpió las llagas de los pies de Ekún.
Nicoletta le hablaba lentamente y le indicaba con señas
que las infusiones de tomillo eran un buen antiséptico para
sus heridas.
Ekún ya comenzaba a entender el portugués, la voz de
la mujer le tranquilizaba y su mirada le daba confianza,
intuía que ella era sincera.
Nicoletta troceó una piña y le indicó que aplicando
pequeños trocitos de piña en las llagas, estas sanarían muy
rápidamente. Ekún se dejó hacer por la mujer blanca, no
tenía más remedio que confiar en ella, estaba en sus manos.
A la joven Ododó le habló con palabras dulces, acarició
sus cabellos rizados, pero Ododó permanecía asustada tirada
en el suelo en posición fetal, no confiaba en nadie y menos
en una persona blanca. Ekún le indicó a la muchacha que se

227
dejara hacer, que se encontraría mejor. Así que le aplicó los
mismos remedios que minutos antes le había aplicado a él.
Nicoletta salió de la bodega y subió escaleras arriba, la
lluvia era tan fuerte que casi había anegado la cubierta y el
agua se enfilaba escaleras abajo a grandes borbotones.
Cuando Nicoletta salió al exterior la tormenta era tan fuerte
que tuvo que correr y refugiarse en el castillo de proa, en la
cocina, desde allí podía oír a los animales que se mostraban
nerviosos ante la atronadora tormenta.
—Señora Hagen siéntese, aquí estará mucho mejor —
inquirió desde el fondo una joven voz, se trataba del grumete
Tomasillo que estaba amagado tras unos sacos de harina.
Al escuchar la voz, ella se giró.
—Me has asustado Tomasillo —le dijo con los ojos abiertos
de par en par.
—Lo siento, señora, no quise asustarla.
—Bueno no pasa nada —respondió ella con mueca de
sonrisa y se dirigió hacia donde estaba Tomasillo.
—He sentido mucho lo que le ha ocurrido a esa negra por mi
culpa —le dijo el muchacho con cara de arrepentimiento.

228
—No tuviste otra opción, no sabías las consecuencias que
ello podía acarrear. Yo en cambio sí fui la culpable de todo
lo que pasó, jamás debí de decir nada de lo del retrato.
—Pero lo hecho, hecho está —respondió él.
La tormenta tamborileaba cada vez más fuerte sobre
cubierta, las voces de los marinos se podían escuchar desde
allí a pesar del sonido de la lluvia.
De pronto alguien gritó, era la voz del vigía que desde
la cocina pudieron escuchar tanto Nicoletta como Tomasillo.
—Chalupa a la deriva por estribor —vocifero el vigía a viva
voz desde la cofa.

Sexto día de navegación a bordo del Llebeig:

Hoy ha ocurrido algo verdaderamente inusual. Me


encontraba hablando con el grumete Tomasillo cuando el
vigía divisó desde la cofa una chalupa a la deriva, tres
hombres iban a bordo, uno de ellos era ya cadáver y el otro
moribundo, murió nada más subir a bordo, solo el más joven

229
sobrevivió a la fuerte tormenta.
El capitán me mandó que me hiciera cargo del joven,
según parece han estado a la deriva durante varios días, ya
que los dos hombres que han fallecido han perecido por
deshidratación. La chalupa estaba en muy malas
condiciones, se había partido en dos el mástil y habían
perdido las pocas provisiones que llevaban incluido el agua.
Reanimé al joven con paños de vinagre y con pequeñas
dosis de agua de melisia fría. En cuanto el joven se hubo
reanimado me habló en español entrecortadamente. Me dijo
que sentía un fuerte dolor de cabeza, el cual le intenté
calmar con una cucharada de miel y media de jugo de ajo.
En cuanto se hubo recuperado y vio que ya estaba a
salvo, me dijo que se llamaba Álvaro Quintana, hijo de
Diego Quintana y que el hombre que iba con él y con su
padre en la pequeña embarcación era su tío.
Me fijé en sus manos, eran finas y sin callosidades, la
piel de su rostro era tersa y suave, a pesar de estar quemada
por los rayos del sol, sus labios eran como dos fresones,
aunque cuarteados por la falta de agua.

230
Sus ojos eran grises y expresivos, hablaban por sí solos,
el joven Álvaro se encontraba atemorizado. Me preguntó por
su padre, él ya sabía que su tío había fallecido en la
chalupa. Traté en mi escaso español de explicarle lo
sucedido, y le dije que su padre lamentablemente había
fallecido nada más subir a bordo.
Le cogí su mano e intenté darle ánimos y tranquilizarle.
Álvaro no pudo remediar el derramar unas lágrimas.
Luego le dejé solo con sus pensamientos y recuerdos,
desde ese preciso instante tenía que poner en orden su vida.
Rogué a Dios que Álvaro se recuperase, algo me decía
que aquel joven cambiaría la convivencia a bordo.

Durante todo el día ha estado lloviendo con fuerza pero


a pesar de la tormenta una escolta de delfines nos ha
acompañado.
La tormenta ha retrasado la marcha de navegación;
según Dimas, estamos a unas 650 millas mar a dentro de las
costas de Dakar, y mañana hará justo una semana que
zarpamos, nos queda aún un largo trayecto.

231
Además de atender al único superviviente del
naufragio, también he visto a Ododó y a Ekún, las heridas
de este último han sanado más rápido de lo que yo esperaba
y ya puede empezar a caminar pequeños pasos ayudado de
un bastón, la cicatriz de su cara no le ha afectado el ojo y ya
está plenamente curada, le he hecho una prueba de visión y
creo que ve perfectamente bien. Cada vez que le veo las
siglas de “AA” gravadas a hierro candente en su espalda y
en su brazo me pongo enferma, cómo es posible que alguien
pueda hacer algo así, sabe Dios quien será ese tal “AA”.

Nicoletta no se quedaría con esa duda y decidió hablar de


ello con la persona contratada por Arthur Anderson, el Sr.
Vivár Dorado.
Nicoletta dejó de escribir en el diario y cerró sus
páginas con la llave y con sumo cuidado lo envolvió en un
paño aterciopelado azul y lo guardó en el cajón del
escritorio.
—Sr. Vivár Dorado, ¿está usted ahí? —preguntó Nicoletta
picando en la puerta del camarote.

232
—Está abierto Nicoletta, puede pasar —dijo el Sr. Vivár
Dorado que en ese momento se encontraba leyendo un libro
bajo la luz del candil que había sobre su escritorio. Empujó
ligeramente la puerta y esperó a que el Sr. Vivár Dorado la
hiciese pasar.
— ¿Da su permiso para pasar? —le preguntó esperando
inmóvil en el quicio de la puerta.
Vivár Dorado dejó el libro sobre el escritorio y le
ofreció asiento en un butacón orejero color verde y tapizado
con motivos florales.
—Usted dirá Nicoletta.
—Verá, quisiera preguntarle algo que me inquieta.
—Pregunte lo que usted quiera —dijo.
— ¿Quién es el hombre que le contrató?
Vivár Dorado se puso en pie apoyado sobre su bastón.
— ¿Por qué le inquieta saber con tanto empeño quién es la
persona que me contrató Nicoletta?
—Por las siglas grabadas a hierro candente en el cuerpo de
Ekún —inquirió ella.
Pensó durante unos breves segundos y luego respondió

233
la pregunta.
—Mr. Arthur Anderson.
—Quisiera saber de ese tal Arthur Anderson, ¿quién es
realmente?, supongo yo que lo conoce personalmente.
—Por supuesto que conozco a Mr. Arthur Anderson.
—Hábleme de él —le pidió Nicoletta expectante.
—Pero... —balbuceó éste.
—Se lo ruego Sr. Vivár Dorado.
—Está bien —le dijo tomando asiento—, le hablaré de él.
—Le escucho.
—Mr. Arthur Anderson, al igual que yo, trabajamos durante
unos años para la British South Company. Mr. Anderson era
uno de los responsables en el transporte de los esclavos
africanos y yo un administrativo de la compañía.
En 1713 La British South Company adquirió en
exclusividad todos los derechos sobre el suministro de
esclavos, unos años después, en 1717, Mr. Anderson
abandonó la compañía y contrató mis servicios como su
administrador. En poco tiempo multipliqué sus ganancias y
pudo comprobar como su capital había aumentado siendo lo

234
suficientemente sólido como para adquirir una gran casa con
una buena extensión de tierra a su alrededor donde cultivar la
caña de azúcar, cacao, café y tabaco.
La vieja casa de la plantación era grande pero bastante
deteriorada, y se necesitó de mano de obra para adecentarla y
reparar los desperfectos antes de que Mr. Arthur Anderson
trajese a su esposa de Londres.
Contrató los servicios de albañiles y carpinteros,
después de diez meses de trabajos, la casa quedó
completamente nueva.
— ¿Cómo es la casa? —le preguntó intrigada.
—Le he de decir que la casa tiene una historia que es un
tanto curiosa.
—Me gustaría saber de esa historia tan curiosa que dice
usted Sr. Vivár Dorado.
—Parece ser que por añoranza, superstición, o sabe Dios el
motivo, el anterior propietario, Don Jacinto Fuentes, un
acaudalado terrateniente español, mandó traer desde España
dos grandes tortugas esculpidas en roca de granito. Al
parecer, las esculturas habían presidido la majestuosa entrada

235
de su casa de España, y quería que nuevamente esas dos
grandes tortugas presidieran la entrada de su nueva casa de
Moore Town. Desde entonces, se le conoce como la casa de
las tortugas.
—Curiosa historia —respondió Nicoletta.
—Destacaba el color con el que se ha pintado la fachada
principal —continuó explicando—, se pintó en rosa pastel, el
resto de la casa se pintó de blanco.
Mr. Anderson decidió pintarla de rosa porque decía que
era el color preferido de su esposa.
— ¿Es muy grande la casa?
—Es una casa con forma rectangular con un primer piso. La
planta superior está compuesta por ocho habitaciones, todas
ellas dan al exterior con salidas a la balconada.
Justo al lado de la alcoba principal está el cuarto de
baño principal. Para el resto de habitaciones hay otro cuarto
de baño más sencillo.
—Jamás he visto una casa en la que todas sus habitaciones
dieran a un mismo balcón.
—Es una gran balconada apoyada sobre doce redondeados

236
pilares que dan la vuelta completa a la casa.
Esa gran balconada fue lo que más atrajo a Mr. Arthur
Anderson a la hora de adquirirla, ya que desde allí se puede
divisar toda la plantación al completo.
—Desde luego ha de ser una casa majestuosa —puntualizó
ella.
—Efectivamente, Nicoletta, desde luego impresiona entrar
en el salón con chimenea y ver la gran escalera con
balaustradas de mármol. Cruzando el salón hay una sala de
costura y dos habitaciones, una es para Mamasefa, la
cocinera, y la otra para las doncellas de la señora.
—Mamasefa... repitió con extrañeza.
—Es la mejor cocinera del mundo, una negra nigeriana
comprada hace algunos años por Mrs. Dorothy.
Tendría que probar sus guisos, sus postres son
deliciosos.
—Continúe, por favor.
—Bien, como le decía, anexa a la casa y un tanto retirada
Mr. Anderson mandó construir otra casa para que en ella
pudiesen vivir cómodamente la docena de capataces de la

237
plantación.
— ¿No tienen esposas los capataces?
—No, ninguno de ellos tiene esposa, esa fue una de las
condiciones que les impuso Mr. Anderson antes de ser
contratados.
—No veo el porqué.
—Muy sencillo, Nicoletta, si los capataces tuviesen esposas,
tendrían hijos y buscando juegos podrían codearse con las
crías pequeñas de las esclavas que no estuviesen en edad de
trabajar en la plantación, también podría ocurrir que algún
esclavo se sobrepasase con alguna de las mujeres de los
capataces, todo esto sería un mal de cabeza para el amo.
Además, no todos, pero sí alguno de los capataces, sacian
sus deseos carnales con alguna de las esclavas; el amo no
quiere enfrentamientos ni males de cabeza y hace la vista
gorda. ¿Así que para qué van a necesitar a esposa alguna?
—Bueno dejémoslo estar, ¿y los esclavos?
—Cerca de la casa de los capataces están los barracones
donde duermen los esclavos, en uno duermen los machos y
en el otro las hembras con sus retoños.

238
Detrás de los barracones de los esclavos está el establo
con caballos, mulas y una perrera con siete mastines.
—Desde luego Mr. Arthur Anderson lo había preparado todo
minuciosamente bien.
—Así es Nicoletta, estaba todo preparado a falta tan solo de
que la señora amueblara a su gusto toda la casa.
Mr. Anderson viajó a Londres para prepararlo todo y
traerse a su esposa, durante el tiempo en el que él estuvo en
la capital inglesa su esposa se quedó encinta y tuvo que
regresar sin ella, el parto fue complicado y por problemas de
salud tuvieron que posponer el viaje de Mrs. Dorothy y de su
bebé. Dos años después ella ya se había recuperado y Mr.
Anderson pudo traerse a la plantación a su esposa y a su hija.
Hoy Mss. Beatriz es toda una señorita refinada de 14 años.
—Comprendo, así que, a pesar de todos los contratiempos,
son una familia completa y feliz.
—Efectivamente, Nicoletta. Mr. Anderson gobierna con
mano firme y Mrs. Dorothy educa a su hija de la forma más
refinada posible, procurando para la jovencita los mejores
maestros y educadores de Pórtland.

239
En la plantación unos 150 esclavos se parten las
espaldas trabajando de sol a sol sin más ropa que unos
calzones y unos sombreros de paja. Las mujeres con un
blusón largo y pañuelos cubriendo sus cabezas trabajan duro
en las grandes extensiones de cacao, café y tabaco, algunas
incluso con sus hijos cogidos a sus espaldas.
Todos los esclavos son vigilados bajo los látigos de los
capataces o subalternos mulatos que por supuesto también
son esclavos.
—Sinceramente Sr. Vivár Dorado me parece aberrante que
todas estas personas trabajen como mulas bajo los látigos de
sus vigilantes.
—Los negros, Nicoletta, tienen un cuerpo exclusivamente
para trabajos duros, pesados y de pocas entendederas, aún no
se conoce negro alguno que ni por asomo pueda discurrir
como nosotros los blancos.
El dolor físico que pueda sentir cualquier negro es
infinitamente menor que el que podamos sentir cualquiera de
nosotros, Nicoletta. Todos los negros carecen de ambición
para mejorar en sus desastrosas vidas, y lo peor de todo es

240
que no sienten ni padecen por nada ni por nadie. Ellos
carecen de alma. Su deber es servir a sus amos y a la que te
descuidas ya están fornicando, las hembras se pasan la vida
pariendo, por fortuna, nada más cumplir cinco o seis años
sus cachorros pasan a la servidumbre en la casa, los que
valen para el servicio doméstico continúan, los que son
fuertes pasan a la plantación como braceros y los que no
sirven para nada los usamos como bestias de carga o en su
defecto vendidos al primero que pague por ellos.
He de decirle Nicoletta que en la plantación no todo es
tan duro como pueda parecer.
Por imposición de Mrs. Dorothy el último día de cada
mes nadie trabaja en la plantación y los esclavos dedican ese
día festivo para sus cánticos, sus rezos y hablar entre ellos,
para los esclavos es un buen aliciente que acogen con
muchísimo agrado.
—Yo no comparto en nada su punto de vista al respecto, es
más, pienso que son exactamente iguales a nosotros, solo les
diferencia el color de su piel, nada más.
—Eso desde luego siempre será una cuestión a debatir.

241
Mire, Nicoletta, cada año para el día de Navidad la
señora Anderson otorga por escrito y firmado por un juez la
emancipación y con ello la libertad de uno de sus esclavos.
—Y si ya poseen a 150 de esclavos como usted dice ¿para
qué quiere a Ekún?
—Mr. Arthur Anderson me encargó la adquisición de una
cincuentena de esclavos y un buen macho para la cría de
negros, y Ekún sin duda es buen semental.
—Cómo que para la cría, ¿qué quiere decir con eso Sr. Vivár
Dorado?
—Mr. Anderson está empeñado en cruzar a un joven yoruba
con varias jóvenes hembras mandingas y ese negro puede ser
un buen semental para la cría. Pagué por él un precio
elevado.
— ¿Cuánto pagó por él?
—Lo adquirí por bastante, 700 pesos concretamente.
—Hábleme más de Mr. Arthur Anderson.
—Poca cosa más puedo contarle sobre mi patrón, es un buen
amo para sus esclavos, de eso no tengo ninguna duda, jamás
he oído o visto que maltratase a ninguno de ellos. Mr.

242
Anderson jamás ha usado de su látigo, él lo considera del
todo degradante e innecesario, aunque sí tengo que decirle
que suele asistir a los castigos impuestos por sus capataces.
—Al menos me alivia oír eso —puntualizó ella
interrumpiendo las palabras del Sr. Vivár Dorado.
—Decirle que Mr. Anderson está felizmente casado con Mrs.
Dorothy, una mujer bella y encantadora.
En ese instante, al pronunciar el nombre de Dorothy el
Sr. Vivár Dorado dejó su mirada perdida hacia ninguna
parte, se quedó completamente ensimismado, y en sus ojos
afloraron un brillo cristalino y la garganta se le quedó seca.
Giró la pequeña llave de la alacena y de su interior sacó
una botella de ponche.
— ¿Le sirvo un ponche Nicoletta?
—Gracias, creo que yo también necesito de este ponche.
Con un ligero temblor de su mano sirvió ambas copas
de ponche; él se lo bebió de un solo trago.
—Vaya, realmente si lo necesitaba —puntualizó ella.
—Sí, desde luego que necesitaba un trago —balbuceó.
Nicoletta hizo uso de su sexto sentido y su intuición de

243
mujer le llevó a deducir que entre la señora Anderson y el Sr.
Vivár Dorado había algo más que amistad.
— ¿Se encuentra usted bien? —le preguntó.
—Sí, solo que...
— ¿Ahora su hija Beatriz será ya toda una señorita?
—Beatriz, es una bella jovencita tan encantadora como lo es
su madre —le respondió en un tono ya más vivaz.
En ese preciso instante alguien se asomó fugazmente
por la puerta del camarote interrumpiendo la conversación.
El Sr. Vivár Dorado se levantó del butacón, cogió su bastón
y fue a cerciorase de quien podía ser la persona que les había
interrumpido su charla.
Nicoletta expectante escuchaba como los dos hombres
hablaban, no pudo distinguir bien la voz del misterioso
hombre. Agudizó el oído y finalmente descubrió de quien se
trataba. Al oír la voz de su esposo la piel se le erizó sintiendo
un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
El Sr. Vivár Dorado entró en el camarote tan pálido
como el amarillento color de una vela.
—Su esposo le espera fuera Nicoletta —dijo con semblante

244
serio.
Nicoletta le miró enmudecida se levantó del butacón y
salió del camarote sin decir nada.
—Tendré que vigilarte más de cerca esposa —susurró
agarrándola fuertemente del brazo.
—Todo tiene una explicación, no es lo que pueda parecer.
—Maldita sea, ¿qué hacías en el camarote de este hombre?
¿Qué coño hacía una mujer casada en el camarote de un
hombre? —repitió.
Nicoletta tan solo acertó a balbucear.
—Te lo explicaré.
Dimas arrastró a su esposa hasta su camarote,
curiosamente nadie se cruzó con ellos. Alguien en el sollado
no dormía y pudo oír lo que estaba ocurriendo, se trataba de
Álvaro.
Dimas tiró sobre la cama a su esposa de un empujón,
ella quiso hablar pero él no se lo permitió.
— ¿Qué celos son esos que se apoderan de ti Dimas? No he
hecho nada malo.
—Cállate estúpida, no tienes derecho hablar. Solo una puta

245
entraría en el camarote de un hombre de bien como es el Sr.
Vivár Dorado.
Nicoletta temblaba de miedo, los celos enfermizos una
vez más se habían apoderado de su esposo.
—No soy ninguna puta, soy tu esposa —inquirió entre
sollozos y lágrimas.
— ¡Cállate! —Gritó haciendo el amago de levantarle la
mano.
El grito alertó a Álvaro que aún permanecía echado
sobre su hamaca y atento a la discusión del matrimonio.
Quiso ir para ver qué era lo que estaba pasando, pero... quién
era él para inmiscuirse en asuntos de matrimonios.
Séptimo día de navegación:

No sé ni cómo empezar a escribir en tus páginas los


acontecimientos que acaecieron anoche.
Me resulta muy difícil escribir, el pulso me tiembla y la
sensación de impotencia me ahoga. Ya no confío en Dimas,
me ha vuelto a perder el respeto y no puedo dar una

246
oportunidad más a un hombre que, está claro, no me quiere.
¿Por qué se ha casado conmigo si no me ama? ¿Por
qué si ni siquiera me desea?, no sé qué voy a hacer, me
encuentro en un barco cargado de personas sin ilusión y en
un mundo de hombres en el cual no encajo.
Tú, mi diario eres en lo único en que puedo depositar
mis esperanzas si es que me queda algún atisbo de ellas.
De momento no quiero ni dirigirle la palabra, no
puedo.

Décimo día de navegación:

Han pasado tres días desde que Dimas me reprochó que


tuviese un encuentro con el Sr. Vivár Dorado en su
camarote, y ni mi esposo ni yo hacemos por suavizar la
situación y continuamos sin dirigirnos la palabra, él desde
entonces duerme en el diván. Llevo dos noches sin ir a cenar
en la mesa del capitán, no sé qué excusa pondrá, qué dirá
sobre mí, pero la verdad es que me importa bien poco.

247
Durante el día se muestra como si tal cosa, no sé cómo tiene
estomago como para disimular tal situación.
También me he planteado la posibilidad de confiar en
Álvaro pero tengo ciertas dudas y no sé si debo, no le he
visto y supongo que se pasará el día en el pañol de
carpintería.

Hoy me he levantado antes del toque de campana para ir a


ver a la joven Ododó. Está prácticamente recuperada de los
golpes y latigazos recibidos. Ododó es una niña y como tal
reaccionó ante lo desconocido, su curiosidad se apoderó de
ella y nada hay que objetar ante eso, es tan solo eso, una
niña a la cual le han arrebatado del calor de sus padres.
Durante este periodo de tiempo he podido conocer
mejor a Ekún, él ha heredado la jefatura de su pueblo,
quizás mucho antes de lo previsto, pero sin duda es un
hombre de carácter fuerte y con una personalidad
arrolladora. Es el jefe de una tribu y como tal se comporta.
Sé que luchará hasta morir si es preciso por su libertad y la
libertad de su pueblo, me lo dice con su mirada.

248
Quiero ayudar a toda esta gente pero nada puedo
hacer, no comprendo ciertas cosas que ocurren a bordo y he
de acatar lo que aquí pasa con respecto a los esclavos.
Entre Ekún y Dimas hay un odio infinito delatado con
sus miradas, no creo que entre ellos pueda existir
posibilidad alguna para cualquier pizca de dialogo, es algo
totalmente inviable. Ekún es un esclavo capturado y es
seguro que se revelará más tarde o más temprano.
Desde el momento en que subí a bordo del Llebeig tuve
plena conciencia de dónde estaba. Siempre he sabido de las
capturas de esclavos africanos, y siempre he echado la vista
atrás ignorando lo que pasaba a mí alrededor pero lo que
estoy viviendo aquí no tiene nombre.
Jamás había visto algo así, jamás había sido testigo
directo de la injusticia tan inhumana que reciben esos
desdichados y solo por tener un color de piel distinto al
nuestro, no sé si podré soportar tal degradación humana.
Todos los hombres viajan apiñados unos con otros en
una de las bodegas que habían sido habilitadas para
confinar a los esclavos.

249
Me resulta asqueroso y repugnante que hagan sus
necesidades en unos malolientes baldes, los cuales son
evacuados por ellos mismos a un canal de residuos fecales.
El canal tiene su salida por la borda de estribor y por ella
caen los excrementos al mar. Las mujeres y los niños están
confinados aparte de los hombres, en un lugar mucho mejor
acondicionado, a las mujeres y los niños les dejan ir a las
letrinas dos veces al día y algunos de los hombres son los
encargados de mantener limpias las malolientes y
asquerosas letrinas.
Han separado a familias enteras destrozando sus
corazones y hace meses que entre los hombres y mujeres no
existe ningún contacto físico, el capitán teme que se
produzca alguno entre los hombres.
Dimas dice que hay que poner remedio, ya que los
hombres al contrario que las mujeres, son débiles y sus
mentes calenturientas enfermaran si no sacian su sed de
sexo, yo desde luego, en eso si estoy de acuerdo, ya que a los
ojos de Dios nuestro Señor no estaría bien tener contacto
carnal entre hombres, la sola idea de pensarlo ya me

250
repugna. Sin duda se tenía que encontrar una solución para
ello, pero desde luego no la solución que han decidido.
Seisdedos ha preparado una gran infusión de ortigas y
con ella se les frotará en el ano a todos los esclavos,
exceptuando a los niños y a las mujeres, es una auténtica
salvajada como casi todas las decisiones que se toman a
bordo con respecto a los esclavos. No voy a consentir que
algo así ocurra y mediaré directamente con el capitán.

Había amanecido un día espléndido, el sol radiaba en todo su


esplendor y el cielo de un azul celeste estaba completamente
limpio de cualquier atisbo de nubes.
El Llebeig navegaba a 8 nudos rumbo noreste
desplegando todo su velamen, los juaneteros trepaban como
ardillas por las jarcias fijas manejando las drizas empleadas
para izar vergas y velas.
—Bonita mañana hace hoy capitán.
—Cierto, bonito día —respondió el capitán Duarte sin ni tan
siquiera quitarse el catalejo que tenía pegado a su ojo
derecho.

251
—Si no le incomoda me gustaría hablar con usted —dijo
Nicoletta tras de él.
— ¿A de ser ahora mismo? —preguntó aun mirando al
horizonte con el catalejo.
—A ser posible, sí.
—Usted dirá, ¿qué es eso que tanto le inquieta?
—Verá... me he enterado de algo horrible.
—Explíquese mejor Nicoletta, no estoy para adivinanzas ni
acertijos.
Nicoletta agachó la cabeza resignada, quizás fuese
mejor así, pensó.
—Déjelo estar, mejor será que le deje con sus quehaceres.
—Por Dios, Nicoletta, quiere hablar de una vez, no tengo
todo el día.
—Está bien, verá capitán, ha llegado a mis oídos que se van
a tomar ciertas medidas con los esclavos.
—Continúe la escucho.
—Como le decía, sé que va a procurar que los esclavos no
tengan deseos carnales entre ellos, es obvio que de
producirse tal hecho sería un pecado irremediable.

252
El capitán Duarte dejó caer una carcajada.
—Pues claro, Nicoletta, qué cree que esto es un juego de
niños. Está muy equivocada si es así cómo piensa.
Si le ha llegado eso, sabrá también como se pondrá
remedio, ¿no es así Nicoletta?
—Sí, lo sé —dijo—, se obligará a cada hombre a frotarse sus
partes con infusión de ortigas.
—Um... casi lo ha acertado Nicoletta. En realidad es un
remedio infalible para los deseos pecaminosos.
— ¿Acertado dice?
—Sí, no es exactamente así. Lo que se les va hacer, es frotar
el ano y también el pene —de forma burlesca, el capitán
comenzó a reír a carcajada limpia.
—No es posible lo que estoy oyendo.
—Lo es, Nicoletta, lo es. De esta forma no habrá deseos ni
torcimientos por parte de ningún negro, y si alguna negra lo
intentase, todas pasarían entonces por lo mismo que los
hombres —y continuó con sus carcajadas.
Nicoletta se dio por vencida y sin mediar palabra se fue
a ver a sus pacientes.

253
A Ododó ya la habían confinado en la bodega junto a
las demás mujeres, seguramente nunca más volvería a servir
en su camarote ni en ningún otro.
Ekún ya estaba del todo recuperado; lo encontró en el
corral sentado en una pequeña banqueta y con un balde entre
sus piernas ordeñando a la vaca. Nicoletta se acercó y habló
unos minutos con él.
— ¿Qué tal te encuentras Ekún? —Le preguntó gesticulando
con las manos al mismo tiempo y sabiendo que no obtendría
respuesta alguna.
—Mejor —respondió asombrosa e inesperadamente.
Era difícil de creer, pero Ekún era un hombre
inteligente y astuto, comenzó a chapurrear al menos las
palabras más comunes e incluso algunas frases enteras las
sabía interpretar ya perfectamente.
—Vaya, me dejas helada, me has contestado a la pregunta.
—Sí —volvió a responder sin mirarle a la cara.
Nicoletta alargó su brazo y alzó el rostro de Ekún.
—Mírame cuando hablemos por favor —le dijo.
Alzó su mirada y la miró con sus grandes y redondos

254
ojos, tanto que parecía que Nicoletta podría ser abducida por
él.
— ¿Hacia dónde dirigimos? —Le preguntó aún cabizbajo.
—Nicoletta pensó unos instantes la respuesta.
—Hacia el nuevo mundo —respondió estupefacta por oírle
hablar.
— ¿Por qué esto? —Le preguntó sin retirarle su mirada.
Era muy clara la pregunta.
—No tengo respuesta para tu pregunta —le respondió.
Ante la impotencia de saber que ella nada podía hacer,
sus ojos se acristalaron rebosantes de lágrimas. Ekún
comprendió y de nuevo inclinó la cabeza y continúo
ordeñando a la vaca.
—Algún día toda esta barbarie se sabrá, el mundo sabrá de
esta gran injusticia, algún día alguien pedirá cuentas sobre
este genocidio —dijo ella entre sollozos, luego se puso en
pie y puso su mano sobre el hombro de Ekún y, al tiempo de
irse, él le volvió hablar.
—Ayúdanos, diferencia entre ser un sumiso esclavo y ser
hombre libre, es como estar muerto o estar vivo y pueblo

255
necesita sentirse vivo.
Aquella frase le llegó a lo más hondo de su ser. Se
volvió hacia él, frunció sus labios queriendo retener sus
lágrimas.
—Yo nada puedo hacer.
—Tú ser esposa de hombre de pelo amarillo como la paja, tú
puedes —le dijo.
—No me pidas lo que no puedo hacer.
—Lo harás, tú ser fuerte.
—No puedo Ekún, no sé cómo ayudaros.
—Yo sí —respondió tajante.
— ¿Cómo?, dime como y os ayudaré.
Ekún soltó las ubres de la vaca y se levantó.
Impresionaba, su fortaleza física, su musculatura, su piel
negra y brillante, la cicatriz en su rostro y la expresión de su
cara.
Nicoletta sabía que estaba delante de un luchador, de un
bravo guerrero, estaba delante del jefe de la tribu yoruba. Era
un verdadero líder, de eso ella no tenía ninguna duda.
Él se acercó tanto a ella que podía oler su piel tan

256
blanca como la leche que acababa de ordeñar.
Un minuto de silencio entre ellos, los dos estaban
absortos de todos los sonidos que pudiese haber a su
alrededor, el que emitían los animales les pasaba
desapercibido, al igual que las conversaciones que pudiesen
escuchar de fondo, el crujir de maderas y múltiples sonidos
del barco. El mundo giraba a su alrededor y ellos
permanecían inertes en el centro.
Ekún le dio la respuesta a su pregunta.
—Matando.
Nicoletta se quedó con los ojos abiertos como platos,
sin comprender.
— ¿Matando a quién? —Preguntó con el corazón encogido.
—Matando al hombre de pelo amarillo como la paja —le
respondió él.
Aquellas palabras fueron como una losa que cayó de
golpe sobre ella. Se quedó inmóvil durante unos segundos
sin reacción alguna y, con la mirada perdida, su piel erizada
delataba la impresión que sintió al oír las palabras de Ekún.
— ¿Cómo te atreves?, lo que me pides no es posible —se

257
persignó y se dio media vuelta para salir del corral.
—Perder a quien amas, es peor que puede ocurrir, y quien
nunca amó tampoco sentirá su perdida. Dijo cuando ya ella
le daba la espalda. Nicoletta entonces se giró y le miró
directamente a los ojos.
— ¿Qué quieres decir?
—Mató a Airá —explicó.
—Airá... ¿Quién es Airá?
—Era mi esposa.
—Eso no puede ser, mi esposo no haría algo así.
—El hombre blanco de pelo amarillo como la paja asesinó a
esposa el día de nuestro casamiento.
En ese instante un escalofrió recorrió todo su cuerpo y
las piernas le flaquearon hasta tal punto que no tuvo más
remedio que sentarse.
—Aun así lo que me pides no puedo hacerlo y tú lo tienes
que entender.
—Ayúdanos —volvió a repetirle—, pueblo masacrado,
humillado.
—En la conciencia de un hombre digno pesará para siempre

258
la muerte de otro hombre aunque éste sea un asesino, pero en
la del asesino jamás le pesará la muerte de un hombre digno
—le dijo ella con voz templada.
Él, expectante, no comprendió bien aquellas palabras.
Luego, Nicoletta se levantó le miró durante unos
instantes y se fue a su camarote.
Temblorosa se sentó en el borde de la su cama, las
sienes le latían a golpes de martillo y un fuerte dolor de
cabeza comenzó apoderarse de ella, aquellas palabras
resonaban una y otra vez en su cabeza atormentándola.
Ni de pensamiento podría existir la posibilidad de
acabar con la vida de su esposo. Tomó un pequeño sorbo de
agua de melisia para aliviar su dolor de cabeza, pero la
bebida no calmó por completo su fuerte dolor.
Durante la noche Nicoletta no pudo conciliar el sueño,
la conversación tenida con Ekún la atormentaba, tenía a su
esposo a su lado y quitarse de la cabeza los malos
pensamientos le resultaba harto difícil, se encontraba
temerosa y asustada.
Como de costumbre, Nicoletta leía la Biblia sentada en

259
una hamaca de la toldilla en cubierta de popa. Durante los
últimos días había evitado volver hablar con Ekún, ya que
por nada quería volver hablar de la propuesta que le había
hecho.
Su esposo se mostraba arrepentido y ella comenzaba a
confiar en él de nuevo, además se había resignado al hecho
de que no era sino un traficante de esclavos africanos.
Álvaro Quintana, que se estaba recuperando bastante
bien, paseaba por cubierta con total libertad de movimientos,
pensaba ayudar en el barco en cuanto se recuperase del todo,
de alguna manera tenía que estar agradecido por todo lo que
habían hecho por él, y qué mejor forma que ayudando en las
labores del barco.
—Muy buenos días Señora Hagen.
—Bueno días Álvaro —respondió Nicoletta poniendo su
mano en forma de visera para poder ver con claridad al
joven, el sol le daba directamente en sus ojos y no distinguía
bien.
—Bonito día.
—Sí, es verdad, hoy apetece estar sobre cubierta y

260
contemplar la mar.
—Ciertamente Sra. Hagen.
—Pero... por Dios Santo, llámeme por mi nombre, lo de Sra.
Hagen es mejor dejarlo para otras ocasiones.
—Muy bien como usted diga.
—Pero... siéntese, siéntese aquí —Nicoletta le ofreció
asiento palmoteando una de las hamacas que había a su lado.
—Si no le importa que le haga compañía.
—Claro que no, tome asiento Álvaro.
Desde el primer momento en que Nicoletta y Álvaro
Quintana se vieron nació una cierta atracción entre ellos que
no hacía falta disimular, porque ni Álvaro ni Nicoletta iban
más allá que la sincera y pura amistad que pudiese surgir
entre ambos.
— ¿Qué tal se encuentra? —Le preguntó ella.
—Muy mejorado, gracias por sus cuidados Nicoletta.
—Y dígame Álvaro, ¿a qué se dedica? ¿De dónde es?
—Vaya, curiosidad de mujer —respondió dejando entrever
una breve sonrisa—. Soy novicio en el seminario mayor de
San Bartolomé de Sigüenza, en Guadalajara, seminario

261
fundado en el pasado siglo por el obispo Bartolomé Santos
de Risoba.
—De ahí el nombre del seminario —repuso ella—. Tengo
entendido que es bastante duradero el noviciado.
—Ignoro a lo que llama bastante, he finalizado ya los seis
primeros meses de noviciado y aún me falta un buen puñado
de ellos para que pueda alcanzar el sacerdocio.
—Comprendo.
—El noviciado es el período de prueba que todas las órdenes
religiosas ponen como preparación inmediata antes de hacer
los primeros votos. Quiero entregar mi vida a Jesús nuestro
Señor.
—Sigüenza debe de ser una ciudad tranquila y repleta de
novicios, ¿no es así Álvaro?
—Sigüenza, efectivamente, es una pequeña ciudad que
controla el paso del alto de Henares y los valles de los ríos
Dulce y Salado, desde luego es una ciudad acogedora y que
se presta a la meditación y al recogimiento.
—Nunca me lo hubiese imaginado de usted, más bien le
hacía pescador.

262
Aunque he de decirle que cuando vi su cruz de madera
de olivo pendiendo de su cuello sí llegué a pensar en que
quizás fuese un buen cristiano.
— ¿Es que tengo pinta de pescador con estas manos señora?
—Le preguntó mostrándole sus manos.
—Bueno, a decir verdad, no. Seguro, Álvaro, que alcanzará
el sacerdocio.
—Si se desea algo con todas las fuerzas se consigue,
además... siempre que haya algo por lo que nos creamos
capaces de luchar, se ha de luchar, y para mí esta es una de
ellas —le respondió.
—Desde luego, los muros y las metas, están por alguna
razón, y no es otra que la de demostrar hasta qué punto
deseamos algo.
—Eso mismo pienso yo —respondió él.
— ¿Dónde nació Álvaro?
—Nací en el seno de una familia muy humilde de pescadores
en Valencia.
— ¿Y cómo se adentraron en alta mar?
—La fuerte tormenta nos engulló mar a dentro y perdimos el

263
control de la situación. Mi tío recibió un fuerte golpe en la
cabeza debido a los bruscos vaivenes de la chalupa, quedó
inconsciente y ya no despertó, murió a las pocas horas,
intentamos reanimarlo como pudimos pero fue inútil, el
mástil se partió en dos cayendo sobre la cabeza de mi padre,
el golpe lo atontó y pude mantenerlo en vida hasta que
fuimos rescatados.
—Lo siento muchísimo Álvaro.
—Desde muy pequeño mi padre se había empeñado en que
yo fuese como él, pescador —le decía con la mirada
pérdida— pero yo sentía la llamada de Dios nuestro Señor y
mis pensamientos siempre estaban con él. Desde los
primeros años de mi adolescencia tuve muy claro cuál iba a
ser mi vocación.
—Me deja impresionada Álvaro.
—Ya sé que acompaña a su esposo, pero... Nicoletta, ¿qué
hace embarcada en un barco como este?
—Nos casamos recientemente y como comprenderá no iba a
dejar a mi amado esposo solo en una empresa como esta y en
unas tierras tan lejanas.

264
—Pero es un barco del demonio, es un barco cargado de
negreros —le increpó él.
—Señor Quintana, he de decirle que las personas que se
aman como nos amamos nosotros, por siempre van unidas, el
problema es que casi siempre uno de los dos deberá pasar
por el horroroso trance de ver morir a la otra persona, y yo,
Álvaro, he de estar junto a mi esposo y más en una situación
tan difícil como esta.
—Pero Nicoletta es que no se da cuenta de lo que están
haciendo, a los ojos de Dios todos somos iguales, no hay
razas, Dios no hace distinción entre seres humanos, ellos
Nicoletta sienten y padecen al igual que sentimos y
padecemos nosotros, su dolor es nuestro dolor.
—Lo sé Álvaro, lo sé y estoy con usted, ¿pero yo que puedo
hacer?
Álvaro se quedó pensativo durante unos segundos.
—Debemos ayudar a toda esta gente, hemos de hablar con el
capitán Santamaría y mediar por ellos.
—Este es su negocio Álvaro y no podemos mediar por ellos
ni por nadie. Tengo la seguridad de que al desembarcar en

265
Jamaica este será el último viaje de mi esposo.
Desembarcaremos del Llebeig y jamás volveremos a
embarcar en un barco similar. Volveremos a Lisboa y
formaremos una familia con hijos.
—Comprendo —dijo dirigiendo una triste mirada hacia el
suelo.
—Dígame Álvaro, ¿qué hará cuando lleguemos a Jamaica?
—Yo no pienso llegar a esa isla y ver la barbarie que debe de
haber allí. Desembarcaré en cuanto pueda y ya veré la forma
de regresar a España.
—Lo entiendo y lo respetó, pero Álvaro sería mucho mejor
que desembarcara en Jamaica y volviera a Europa con
nosotros, mi esposo dispondrá todo lo necesario para que los
tres regresemos a Lisboa. Una vez en Portugal, podría
fácilmente regresar a España; ¿no cree?
Álvaro Quintana pensó durante unos minutos la
sugerencia.
Se acarició el mentón y respondió: —Quizás tenga
razón, pensaré en ello, se lo prometo.
—Quisiera pedirle un favor Álvaro.

266
— ¿Qué puedo hacer por usted?
—Prácticamente ya es sacerdote.
—No —interrumpió Álvaro—, le dije que me faltan unos
meses para alcanzar el sacerdocio.
—Lo sé, lo sé, pero aun así le quiero pedir un favor si me lo
permite.
—Usted dirá.
—Quisiera que me confesara —dijo mirándole a los ojos.
—Pero yo...
—Pero usted es la única persona a bordo del Llebeig que
puede confesarme Álvaro —interrumpió Nicoletta.
—De acuerdo, arrodíllese.
Álvaro Quintana besó el crucifijo que llevaba colgado a
su cuello, y se persignó, y le ofreció el crucifijo a Nicoletta
para que lo besara.
—Ave María Purísima, hija mía.
—Ave María Purísima, padre.
— ¿De qué quiere confesarse? ¿Qué es eso que le inquieta?
—Padre hay algo que me atormenta enormemente.
—Continúe —dijo éste.

267
—Habrá oído hablar de Ekún.
—Sí, he oído hablar de ese tal Ekún, pero no entiendo a
dónde quiere ir a parar, debería ser más explícita.
—Verá, padre, hace ya unos días que mantuve una pequeña
charla con él. Me contó que durante su boda fueron
capturados él y gran parte de su pueblo. Su aldea fue por
completo destruida y ellos masacrados, muchos de los de su
tribu fueron vilmente asesinados. Pero me dijo algo, padre,
que me heló la sangre.
—La escucho, continúe —musitó Álvaro en un tenue hilo de
voz.
—Me dijo que mi esposo asesinó a su joven esposa
degollándola con su daga. No quise creer esas palabras, pero
Ekún no me mintió padre, él no entiende de mentiras lo vi en
sus ojos.
Me ha pedido algo que me atormenta y que no puedo
sacarlo de mi cabeza ni por un solo momento.
— ¿Qué es lo que le ha pedido? —Preguntó intrigado.
Nicoletta silenció cabizbaja durante unos intrigantes
segundos.

268
—Me ha pedido que mate a mi esposo —le dijo con lágrimas
en sus ojos.
—Por Dios, Nicoletta, ¿qué está diciéndome?
—Eso mismo me pregunto yo, padre.
—Debe de sacar de su cabeza esos pensamientos
demoníacos Nicoletta.
Yo hablaré con él, confíe en mí. Ahora rece dos
Avemarías. Ego os absorbo pecatis tuis in nomine Patris et
Spiritus Santi amen. Álvaro Quintana le hizo la señal de la
cruz.
—Ruegue a Dios, rece y tenga fe en Cristo, vaya con Dios
nuestro Señor.
—Y con su espíritu —respondió Nicoletta.
—Rezaré por usted y por ese desdichado.
Ella asintió con la cabeza y se persignó.
Habían pasado unos días desde que Nicoletta se
confesase, a pesar del tiempo transcurrido, a Álvaro aquella
confesión le pesaba como una losa.
Paseaba sobre cubierta un tanto cabizbajo y con las
manos a la espalda, sus miedos y dudas se le amontonaban

269
en su mente y debía de aclarar cuanto antes sus
pensamientos, caminaba de un lado para otro indeciso.
—Buenos días Álvaro —le deseó alguien que pasaba por ahí.
—Buenos días —contestó levantando la mirada hacia
aquella persona, se trataba del maestre Pelayo del Toro.
—Le noto preocupado, ¿qué es lo que le inquieta?
Por unos instantes los dos hombres se miraron, el uno
esperando una respuesta a su pregunta, y el otro pensado qué
era lo que debía de responder.
—No tendría que estar a bordo de este barco —respondió
Álvaro.
—Pero amigo Quintana las cosas vienen como vienen y nada
se puede hacer para evitarlas.
—Sí, claro, tiene toda la razón Pelayo.
— ¿Quiere un buen consejo?
Álvaro tardó en responder, quedó impasible esperando
una respuesta a la pregunta durante unos instantes.
—Le escucho Pelayo.
—Lo mejor que podría hacer es colaborar en las tareas del
barco, de esa manera sus malos pensamientos se le irían por

270
otro lado y la estancia a bordo no se le hará tan dura, ¿no
cree?
Álvaro se quedó durante unos segundos pensativo
— ¿Sabe Pelayo?, quizás tenga razón —inquirió.
—Claro Álvaro, claro.
—Podría ayudar al carpintero, la madera siempre se me ha
dado bien —sugirió Álvaro frunciendo el ceño y mostrando
una mueca con sonrisa.
Colaborar en el barco me será de una estupenda ayuda
sin duda, además la colaboración hará que me sienta útil a
bordo.
—Estupendo ahora mismo hablaré con el capitán y le haré la
propuesta.
Una hora más tarde Álvaro Quintana ya estaba
trabajando al lado del carpintero. Un portugués entrado en
años, el cual se encontraba reparando un ventano del pañol
de herramientas.
—Vaya, no se le da nada mal la carpintería —le dijo el
carpintero.
—La verdad es que en el seminario trabajé en la carpintería

271
y hay buenos maestros. Por cierto, mi nombre es Álvaro
Quintana —dijo presentándose.
—Es un placer tenerle a bordo Álvaro —le respondió el
carpintero.
—Mi nombre es Ginés, pero aquí nadie me conoce por mi
nombre.
—Entonces, ¿con qué nombre le conocen?
—Todos me conocen como “Virutas”.
—Virutas, curioso apodo —respondió Álvaro arqueando una
de sus cejas.
—Por las virutas que suelta la madera al cepillarla.
—Entiendo, entonces... ¿cómo debo de llamarle? —Le
preguntó.
—Pues como todo el mundo me llama aquí, “Virutas”, sin
más.
Desde luego el maestre carpintero era un tipo simpático
y campechano, estar al lado de alguien así le vendría muy
bien para evadir todas sus preocupaciones.
Mientras trabajaban, Álvaro reparó en la mano
izquierda del Virutas, le faltaban dos dedos de su mano

272
izquierda, los tenía cortados por la segunda falange.
— ¿Qué fue lo que le pasó en la mano Virutas? —Le
preguntó dirigiendo su mirada hacia la mano del carpintero.
Éste se miró la mano y chasqueó con la lengua.
—No hay carpintero al que no le falte algún dedo amigo
Álvaro. Estos —dijo mostrándole su mano— me los
seccioné tallando una pieza hace ya muchos años, era yo un
mozalbete. Me encontraba ayudando a mi padre sujetando
una talla de una bonita pieza de roble que tallaba con el
formón, cuando en un descuido me rebanó los dos dedos, en
fin, cosas de la vida, Álvaro.
Los dos hombres estuvieron durante todo el día
reparando el ventano y algunos desperfectos más que habían
a bordo, congeniaron muy bien y Álvaro se sintió aliviado y
contento por ayudar al carpintero, en un barco como el
Llebeig un carpintero jamás para de trabajar.
Era ya tarde, el cielo de un azul oscuro dejaba entrever
millares de estrellas que moteaban el firmamento. Álvaro se
había despojado de su camisola y se disponía a lavarse en un
bidón de agua cuando Nicoletta entraba en el único lugar que

273
le había quedado por buscar.
Entró en la carpintería en silencio sin hacer el menor
ruido, vio a Álvaro sin la camisola, entonces ella sintió un
cosquilleo en el estómago que le hizo paralizarse y
contemplar el cuerpo de aquel hombre sin que él reparase en
su presencia.
—Hola Álvaro, ¿qué hace en la carpintería? Le he estado
buscando pero no había manera de encontrarle.
—Hola Nicoletta, qué sorpresa —respondió girándose hacia
ella.
Contempló durante unos instantes su torso desnudo y al
momento inclinó la cabeza con sus mejillas completamente
enrojecidas y apartando su mirada de Álvaro. Él se había
percatado y sonrío levemente, luego cogió una toalla para
secarse y volvió a ponerse la camisola.
— ¿Qué le trae por aquí? —Le preguntó.
—Verá, le he pedido al capitán que cene usted esta noche
con nosotros.
— ¿Qué cene yo en el camarote del capitán? —Preguntó con
extrañeza.

274
—Sí, en su camarote, con el Sr. Vivár Dorado, con mi
esposo, conmigo y, por su puesto, con el capitán
Santamaría.
—Pe... pero no tengo ropa adecuada —balbuceó.
—Bueno, por eso no se preocupe, se podría poner algo de mi
esposo, los dos son más o menos iguales, aunque he de
decirle que usted es un poco más enclenque —puntualizó
refugiándose tras una sonrisa.
—En ese caso acepto, será interesante.
—Entonces a las ocho, tras el toque de campana para la
cena.
Esa noche Narciso Seisdedos preparó por orden del
capitán una cena especial, compuesta de sopa de apio con
puerros y ajos acompañados de unos trocitos de carne
picada.
De segundo plato, preparó dos buenos pollos asados a la
pimienta y de postre una compota de frutas variadas. Para la
dotación del Llebeig la misma sopa y puré de patatas
acompañadas de carne de cerdo ahumada, hecha en una
bucana o rejilla, la carne de cerdo ahumada era una carne de

275
muy buen sabor y de fácil conservación ya que podía muy
bien conservarse durante toda la travesía sin deteriorarse, la
carne había sido adquirida a bucaneros franceses.
Una hora después Nicoletta había dejado sobre el banco
de trabajo de la carpintería, varias prendas de vestir de su
esposo para Álvaro.
En cuanto sonó la campana de popa, Álvaro Quintana
se dirigió puntual como un reloj hacia el camarote del
capitán. Al salir se encontró con el matrimonio Hagen.
Dimas vestía con un traje azul marino aterciopelado
abotonado con dos hileras de botones dorados y medias
blancas, su esposa Nicoletta vestía una basquiña ajustada un
tanto escotada, la cual dejaba entrever sus estupendos
atributos, las mangas eran plisadas coloridas en tonos
rosados y blancos, su larga falda ajustada a la cintura que al
igual que las mangas era también de tonos rosados y blancos,
haciendo juego y sobre sus redondeados hombros lucía un
chal blanco.
—Hacen una espléndida pareja —dijo Álvaro mintiendo,
pues lo que le dijo al matrimonio Hagen no era lo que

276
realmente pensaba, pero en aquellos momentos era lo que
procedía. La espléndida desde luego era Nicoletta. Dimas
Hagen hombre astuto se percató de ello, pero tiempo tendría
de poner las cosas en su sitio, pensó.
—Un poco holgada si le viene la ropa la verdad, pero le
sienta bien. Álvaro sonrío y caminó a la par que ellos hacia
el camarote del capitán. Ya había llegado el Sr. Vivár
Dorado como siempre elegantemente vestido y apoyado
sobre su bastón de empuñadura de plata.
Todos se presentaron a la cena con sus mejores galas.
Durante gran parte de la tarde el capitán había disfrutado de
un buen baño de agua caliente y sales en su bañera de cinc,
luego eligió su vestimenta y se vistió lento y reparando en el
mínimo detalle, pues el día lo requería.
Vestía casaca aterciopelada azul marino y negra con
unas hileras de botones dorados a ambos lados de la casaca y
hombreras doradas, desde luego impresionaba verlo con esa
casaca, estaba imponente.
Mientras, el capitán Santamaría ofreció asiento a los
comensales, gran parte de la tripulación disfrutaba del festejo

277
que el capitán había considerado oportuno. Los marineros
comían y bebían vino tinto peleón a discreción, jugaban a la
baraja y discutían en enfrascadas y acaloradas bullas pero sin
llegar a las navajas.
Esperó para hacer sonar la campanilla a que todos sus
invitados estuviesen sentados alrededor de la mesa, al sonido
de la campanilla entró el grumete Tomasillo vestido de gala
con peto, guantes blancos, tafetán y bien repeinado, de ello
ya se encargó Nicoletta.
El capitán hizo sonar un cubierto en el cristal de una de
las copas y habló.
—Hoy es un día muy especial para mí.
Todos escuchaban sus palabras con atención.
—He querido que mis amigos compartan este día conmigo.
El motivo de esta espléndida cena es porque hoy
celebro mi aniversario, dejo la década de los treinta para
meterme de lleno en la de los cuarenta.
— ¿Así que hoy es su cumpleaños? —Dijo sonriente el Sr.
Vivár Dorado.
— Así es, cumplo cuarenta años —respondió mostrando una

278
sonrisa de oreja a oreja. En ese momento, todos aplaudieron
al unísono.
Con un gesto, el capitán Duarte mandó a Tomasillo que
sirviese el buen vino de Madeira añejo reservado para las
grandes ocasiones.
—Le tengo preparada una bonita sorpresa —dijo Duarte
mirando a una elegante Nicoletta.
— ¿Ah, sí?... ¿de qué se trata? —Preguntó expectante.
—Ahora mismo lo comprobará.
Todos se quedaron un tanto curiosos, el capitán dio
orden para que sirviesen el primer plato.
Cuál fue la sorpresa, cuando vio que la persona que
serviría la sopera, no era otra que Ododó.
—Pero es fantástico capitán Duarte —replicó Nicoletta
aplaudiendo, cuando vio a la joven yoruba.
—Sabía que le alegraría. No somos ni tan malos ni tan
crueles como pueda parecer —inquirió el capitán con una
carcajada al mismo tiempo que alzaba a modo de brindis su
copa de vino de Madeira.
Hasta el momento había sido una bonita velada plácida,

279
todos comían y bebían entre risotadas y brindis por el
cumpleaños del capitán Duarte.
Tomaban café acompañados de unos buenos habanos
cubanos, regalo de Edmundo Figueruela a la tripulación en la
partida hacia los Caribes. De pronto, el sonido de la campana
de proa replicó de una forma enloquecida.
— ¡Fuego, fuego! —Gritaba alguien desde cubierta.
—Qué demonios... —bramó Duarte.
— ¡Fuego, fuego en el pañol de cocina! —Gritaban.
Al unísono todos los invitados del capitán, salieron
corriendo hacia cubierta.
Las lenguas de fuego lamían las escaleras que iban
desde el pañol de cocina a cubierta, cuando de pronto las
llamas aminoraron, ¿cuál era el motivo de haber mitigado las
fuerzas de las llamas? El valenciano maestre Del Toro cayó
en ello.
— ¡Los barriles y las tinas del agua almacenada! —Dijo—,
son los barriles de vino, habrán sido alcanzados por las
llamas y ese es el motivo del por qué ha aminorado.
El maestre Pelayo del Toro organizó una cadena de

280
hombres. Uno de los marinos lanzaba por la borda un balde
atado a una soga, lo subía lleno de agua y se lo pasaban unos
a otros hasta lanzar el agua a la base de las llamas, el conato
de incendio no aminoraba, al contrario las llamaradas eran
tan intensas que era imposible acercarse a las escaleras a
menos de tres metros de distancia.
Pelayo del Toro escogió a tres de sus hombres, con
pañuelos mojados se cubrieron la boca y la nariz para de esa
forma inhalar el menor humo posible; los hombres se
adentraron entre las llamas escaleras abajo, consiguiendo
hacer remitir las llamas; tras ellos el contramaestre Dimas
encabezó una dotación de cuatro hombres.
—Quiero a cuatro hombres protegiendo el polvorín, no
quiero que por nada del mundo las llamas alcancen la
pólvora, sería el fin para todos —ordenó el capitán sin dejar
de gesticular enérgicamente con las manos.
Un humo negro y espeso se enfilaba a borbotones
escaleras arriba hacia cubierta buscando el exterior. Se podía
oír a los hombres tosiendo, uno de ellos a duras penas logró
salir medio mareado por el humo y exhausto, se trataba del

281
maestre Pelayo del Toro. Su rostro estaba completamente
ennegrecido por el humo y una fuerte tos lo ahogaba.
Nicoletta se inclinó y allí mismo tirado en el suelo lo
atendió.
—Mis hombres, mis hombres —acertó a decir ahogado por
la tos.
Los gritos y lamentos de los esclavos eran
ensordecedores, gritaban aterrados de miedo, la bodega en la
cual estaban confinados las mujeres y los niños daba justo
pared con pared con el pañol de cocina, las llamas se
filtraban lengüeteando las tablas de las paredes divisorias.
El calor era insoportable, y todos los esclavos se
apiñaron en el punto más alejado de las llamas, los niños
lloraban entre tos y tos, las mujeres los protegían tapándolos
con sus propios cuerpos. Los hombres escuchaban en
silencio y no sin miedo los lamentos de sus mujeres y de sus
niños. Golpeaban una y otra vez las paredes de la bodega
dejándose pegada la piel de los nudillos ensangrentados en
ellas. Querían salir de allí a toda costa para acudir en ayuda
de su gente, pero todo fue en vano.

282
El calor comenzaba a ser asfixiante y el crujir de las
maderas devoradas por el fuego era inacabable, el miedo se
apoderó de todos y cada uno de los tripulantes de Llebeig.
Mientras tanto, el capitán Duarte se mostraba muy
procurado por el estado en que pudiese quedar su barco una
vez sofocado el fuego.
Dimas y sus hombres ya habían mojado por completo
sus ropas para adentrarse con seguridad tras los hombres de
Del Toro, portaban baldes de agua y sacos de arena que
echaban sobre el fuego para ahogar las llamas. Entre todos, y
con duro esfuerzo, consiguieron remitir cualquier resquicio
de llamas. De aquel infierno, exhaustos, pudieron salir
Dimas y los cuatro hombres que le acompañaron, los cinco
estaban completamente rendidos por el esfuerzo que habían
realizado y cayeron medio intoxicados al suelo.
Sin embrago una vez apagado el incendio, descubrieron
que los tres hombres que acompañaron al maestre Del Toro
habían perecido por inhalación de humo.
El capitán Duarte se adentró entre las espurnas con un
pañuelo cubriéndole la boca, aún se escuchaba el crepitar de

283
la madera quemada, unos barriles de ron habían propiciado
que las llamas se propagasen con facilidad alcanzando las
ampollas de aceite, estas, a su vez, facilitaron enormemente
que las llamas devorasen por completo el pañol de cocina
acabando con todas las provisiones y víveres que había
almacenados.
Amagado en un rincón el capitán distinguió una figura,
se trataba de una pequeña persona la cual había quedado
completamente carbonizada, estaba sentado con los pies
estirados y su cuerpo recostado entre los sacos de maíz.
Estaba claro que esa persona había sido sorprendida por las
llamas devorándola. La visión era terrorífica.
En silencio y casi fantasmagóricamente el Sr. Vivár
Dorado, alumbrándose con la tenue luz de un candil de
aceite, bajó al carbonizado pañol de cocina. El capitán
Duarte se acercó ignorante de la presencia del Sr. Vivár
Dorado y pudo comprobar estupefacto, que la figura que
estaba delante de él no era otra que la del joven grumete
Tomasillo, lo reconoció nada más verlo, no tuvo dudas.
—Válgame la Santísima Soledad —exclamó el Sr. Vivár

284
Dorado—, pero si es Tomasillo.
En cubierta Nicoletta había dispuesto para que todos los
hombres que habían participado en la extinción del incendio
tomasen un buen tazón de leche recién ordeñada, ya que ello
paliaría la inhalación de humos. Los hombres poco a poco
fueron recuperándose, Dimas miraba a su esposa receloso de
ver cómo hablaba con aquellos hombres, de ver cómo les
trataba de aquella manera tan dulce, pero sobre todo de cómo
reanimó al maestre Pelayo del Toro, ya que en un momento
de desfallecimiento de éste, Nicoletta se vio en la necesidad
de utilizar algunas técnicas de reanimación que desde luego
no fueron del agrado de su esposo que la miraba impasible.
Nicoletta colocó a Del Toro de costado y removió el
detrito de nariz y boca con solo la ayuda de un fino
bastoncillo y sus dedos, sacó una masa sólida acumulada por
la intensa inhalación del humo, pero Pelayo no reaccionaba.
Nicoletta no tuvo más remedio que suministrarle aire
practicando la respiración boca a boca. Tuvo que tomar la
decisión sin dudar ni un solo momento. Al instante Pelayo
reaccionó con unos golpes de tos inacabables, para Dimas

285
aquella situación sobraba, pensaba que su esposa debía de
haber probado cualquier otro método de reanimación. Su
rostro en segundos se deformó y por su boca solo salieron
palabras fuera de tono, todos miraron a su contramaestre
atónitos ante tal comportamiento. Ajustaría cuentas con su
esposa más tarde, pensó.

Décimo tercer día de navegación:

Los hechos que acontecieron en la pasada noche fueron


desastrosos, la totalidad de la tripulación está
completamente desecha. Aún no sabemos con certeza el
motivo que causó el conato de incendio en el pañol de
cocina.
Ha sido una auténtica desgracia para todos, los daños
son muy cuantiosos, pero desde luego lo más trágico han
sido las muertes de los tres marineros y del grumete
Tomasillo, un muchacho de tan solo doce años, ha sido una
desgracia para todos.

286
Con el permiso del capitán, Álvaro Quintana ha
ultimado los preparativos para el día de mañana, se
celebrará una ceremonia funeraria en memoria los cuatro
fallecidos.
El cocinero Narciso Seisdedos ha hecho una primera
valoración de daños; dice que no ha quedado nada
comestible de lo almacenado en el pañol de cocina, tan solo
queda lo que hay en la cocina que a pesar de estar al lado
del pañol no ha sufrido prácticamente daño alguno.
No tendremos pues más remedio que apañarnos con los
pocos alimentos almacenados, huevos de gallinas, harina y
la leche de vaca, por suerte, ocho tinajas de agua se han
salvado de las llamas y el agua almacenada para los
animales.
Seisdedos dice que tendrá que sacrificar animales para
alimentar a la tripulación y a los esclavos, hasta atracar en
el primer puerto, posiblemente sea en la isla de Trinidad, de
manera que quedan muchas millas aún de navegación hasta
alcanzar la isla.
La noche fue muy larga para todos, especialmente para

287
mí, al parecer no tuve bastante con la tensión de atender a
los heridos, con los nervios que padecí al ver a esos pobres
marineros muertos, de ver carbonizado al joven Tomasillo y
de oír los chillidos y lamentos de los esclavos. Por si fuese
poco, mi esposo me recriminó mis formas y maneras de
atender a los heridos.
No supe hacerlo mejor con los medios de los que
disponía en aquellos duros momentos y por tanto no pude
atenderles como yo hubiese querido. Pero esa explicación
no valió de nada, él me demostró que sus celos son
enfermizos y yo cada vez estoy más desilusionada con su
forma de ser y de actuar. Esta vez no me alzó la mano, no,
pero pasó algo peor: me obligó a entregarme a él sin deseo
por mi parte, después de todo lo que habíamos pasado,
cómo podía yo desear hacer el acto, cómo podía ni siquiera
pensar en eso, tan solo podía pensar en ello una mente
depravada y calenturienta como la de mi esposo, es del todo
imposible pensar en algo así con los fallecidos aún de
cuerpo presente en el barco.
Pero... sin embargo, me forzó. Ya en la cama, me puso

288
el brazo aprisionando el muñón sobre mi garganta, no
quedando por mi parte ninguna posibilidad de articular
palabra alguna, me estaba ahogando por la presión que
sentía en el cuello y sentía que el alma se me iba poco a
poco.
Me rasgó el camisón y palpó mis pechos desnudos,
sentí como su fuerte respiración entrecortada me invadía,
me obligó abrir las piernas para penetrarme sin que yo
pudiese hacer nada para evitarlo, sentí cómo su miembro me
atravesaba y pude sentir sus jadeos a cada golpe, y cómo
lamía con su pegajosa lengua mi rostro, no pude ofrecer
resistencia alguna, se apoderó de mi cuerpo, pero no de mi
alma.
Espiritualmente traté de huir, ausentarme, de aquel
lugar, evadirme de sus deseos, pero no pude. Cerré los ojos
lo más fuerte que pude y recé, recé mientras él satisfacía sus
instintos más primates hasta consumir por completo sus
deseos. Cayó exhausto y jadeante sobre mí, entonces sentí
cómo me invadía con su esperma, cómo su rabia desbocada
corría ya por mi interior. Me sentí sucia por dentro y en

289
cierto modo me di cuenta de que también yo soy una esclava
más para los deseos libidinosos de mi esposo.
Podrá más mi tristeza que el amor que siento por él,
con lo cual a partir de este momento quiero tener la fuerza
suficiente para no doblegarme ante sus deseos, no sé si
volveré a desearlo como lo he deseado hasta ahora.
Después de consumar la vil violación. Lo llamo así,
porque así lo sentí, se vistió sin decir ni una sola palabra, y
allí me quedé tumbada en el lecho conyugal con la mirada
perdida. Sola, muy sola.

Un gran sol purpurado comenzaba a despuntar por el


horizonte, su brillo se reflejaba en la mar como una alfombra
cobriza indicando el camino para llegar a su luz.
El capitán Santamaría, con ayuda de Álvaro Quintana,
había dispuesto todo lo necesario para los funerales de los
fallecidos en el incendio. Sobre cubierta de proa yacían tres
cadáveres envueltos y atados en telas de sacos, a su lado un
pequeño ataúd que el carpintero Virutas y Álvaro habían
hecho para que pudiesen descansar allí los restos calcinados

290
de Tomasillo.
La campana de proa sonó a duelo. Toda la tripulación
menos el vigía que permanencia en la cofa y el piloto
formaron en la cubierta de proa.
Fue entonces cuando el capitán mandó descubrirse a
toda la tripulación, la orden la repitió el contramaestre Dimas
que estaba a su derecha y a su vez la repitió el maestre
Pelayo del Toro que permanecía firme a su izquierda. Tras el
capitán se encontraba Nicoletta vestida de riguroso luto y el
Sr. Vivár Dorado, que también vestía de negro con levita y
chistera.
Al sonido del pífano, la campana dejó de sonar, fue el
instante en el que Álvaro Quintana había preparado los
Santos Óleos del antiguo castrense del barco.
Álvaro comenzó a rezar sus oraciones, luego fue
ungiendo con los sagrados aceites la frente, los ojos, las
bocas, las manos y los pies de cada uno de los marineros
fallecidos.
La tristeza en los rostros de todos y cada uno de los
componentes de la tripulación de Llebeig era evidente, pero

291
especialmente en Narciso Seisdedos, él estaba apartado del
resto de los hombres, se había amagado entre uno de los
cañones de babor y por su cara se deslizaban lágrimas de
dolor. Seisdedos entre sollozos y lamentos cubría con sus
manos su rostro apenado, un fuerte ataque de tos alertó al
capitán que reparó en él, pero no interrumpió la ceremonia
de los funerales.
Nicoletta en pie, como todos, lloraba desconsolada al
oír la plegara que Álvaro rezó por el pequeño Tomasillo.
Temblorosa buscó consuelo en el Sr. Vivár Dorado, éste la
rodeó con su brazo por sus hombros y ella entre lágrimas
inclinó ligeramente su cabeza sobre su hombro.
Al oír los sollozos de Nicoletta, su esposo se giró y vio
con estupor cómo era consolada por el Sr. Vivár Dorado. No
le gustó lo que vio.
Con qué facilidad su esposa buscaba consuelo con el
primer hombre que se le acercaba, por qué buscaba
desconsolada el hombro de un hombre, pensó. Pero no diría
nada, al menos por el momento.
Dimas Hagen se giró y buscó una banqueta, se la acercó

292
a su esposa para que se sentase, entonces ella se desprendió
del hombro del Sr. Vivár Dorado y falseando una mueca de
sonrisa miró a su esposo, pero... si las miradas matasen, ella
hubiese muerto en ese preciso instante.
Acabada la ceremonia y al sonido del replique de
campana, dos de los marinos procedieron a lanzar por la
borda a los tres hombres fallecidos, el ataúd de Tomasillo
permanecería a bordo durante toda la tarde para velarlo y
poder darle cristiana sepultura. Al terminar, el cuerpo de
Tomasillo fue puesto en un pequeño bote a la deriva. A la
orden del capitán Duarte se procedió a disparar una
andanada de 10 libras por cada uno de los fallecidos, de ese
modo finalizaron los funerales.
Los días siguientes, la actividad en el Llebeig fue
insulsa y fría, no se hacía el más mínimo comentario y los
hombres solo se limitaron a las labores de marinería.
El capitán se acercó hasta la cocina, allí Seisdedos
estaba preparando una buena olla de caldo de gallina que
previamente ya había desplumado Ekún.
— ¿Qué te ocurre Seisdedos? —Le preguntó el capitán

293
mientras corría el cortinaje que daba paso a la cocina.
—Tengo que hablar contigo capitán— respondió Seisdedos
limpiando sus manos en un delantal de tela de sacó
confeccionado por él mismo.
—Te escucho, pero antes lleva al esclavo a la bodega —le
ordenó.
Unos minutos después Seisdedos había llevado a Ekún
a la bodega y regresado a su cocina donde le esperaba
pacientemente el capitán.
—Toma asiento Seisdedos —le mandó.
—Yo he sido el culpable de todo lo que ha ocurrido —dijo
Seisdedos sin ni siquiera levantar la vista hacia su capitán.
— ¿Qué quieres decir?, explícate mejor —además, sabes de
sobras que solo una persona es la que puede encender la
cocina y esa persona eres tú. Y nadie más. El cocinero
Seisdedos asintió con la cabeza.
—Siéntate capitán —le dijo ofreciéndole una banqueta.
Tienes razón capitán en lo que dices, solo yo puedo
encender fuego, pero... déjame explicarme. Hace tiempo que
no me encuentro demasiado bien, noto que me ahogo, no

294
puedo respirar bien y apenas puedo dormir por los fuertes
ataques de tos.
—Ya me he dado cuenta, cuando estábamos en los funerales
me percaté de que te dio un ataque de tos, también te vi
llorar y es el motivo por lo que he venido a verte, en tantos
años que hace que nos conocemos, jamás te vi llorar y eso
me dejó preocupado, eres un buen marino y un buen
cocinero.
—Fui a ver a la esposa del contramaestre Dimas, es la única
que realmente entiende de medicina a bordo.
—Cierto, ¿y qué es lo que te dijo?
—Me dijo que si continuaba bebiendo y fumando, el vino y
el tabaco acabarían conmigo si no ponía remedio.
—El vino y el tabaco... ¿qué tiene que ver el vino y el tabaco
con tú tos?
—No lo sé muy bien, pero me dijo que mis pulmones
estaban desechos y que mi páncreas sería ya como una
esponja seca. Me ha aconsejado que deje de inmediato el
buen vino y, por supuesto, el tabaco ni olerlo, será la única
manera de poder aminorar los ataques de tos.

295
—Deberías cuidarte, no tienes buena pinta cocinero —le dijo
el capitán frunciendo el ceño.
—Ciertamente capitán sé que no tengo buen aspecto, pero la
mujer del contramaestre me ha dicho que inhale vapor de
eucalipto para aminorar los ataques de tos.
— ¿Qué tiene que ver tu tos con todo lo ocurrido?
—Todo capitán, todo —respondió cabizbajo.
—Sigo sin comprender qué tiene que ver con el incendio —
le dijo un tanto incrédulo a lo que le estaba contando.
—Me aconsejó que dejase el tabaco, que si continuaba
fumando, el tabaco me mataría en menos que canta un gallo.
Hice caso a sus consejos y no he vuelto a probar el ron,
desde luego muy a mi pesar, claro está, además cada noche
antes de acostarme trato de inhalar el vapor de eucalipto que
me recomendó.
—Sigo sin discernir.
—Sabes que siempre tengo mi pipa en la boca, es como si
formase parte de mí.
—Desde luego que forma parte de ti, no puedo recordar
haberte visto sin ella —respondió el capitán.

296
—Bien, pues se la di a Tomasillo junto con toda la picadura
de tabaco.
—Ahora comienzo a comprender —dijo pensativo mientras
se acariciaba el mentón—. Claro, ahora entiendo —musitó.
—Tomasillo se escondió en el pañol de cocina para fumar.
—Exacto.
—Supongo que al no estar acostumbrado se mareó hasta
desvanecerse y perder la conciencia.
El capitán se frotó pensativo el mentón y arrugó su
frente.
—La pipa se le caería y seguramente con las expurnas del
tabaco se prendió fuego.
—Eso mismo es lo que pienso yo capitán Duarte —
respondió Seisdedos muy afectado.
—De acuerdo, es posible que así haya ocurrido, pero,
demonios, Seisdedos, ¿cómo se te ocurrió darle al chiquillo
tu pipa?
—Ni yo mismo me lo explico capitán.
— ¿Te das cuenta de que hemos perdido a tres buenos
marineros y al grumete además de todos los víveres?

297
—Ha sido un accidente —respondió—, solo yo podía haber
evitado esta catástrofe —dijo lacónicamente.
—Pero no lo evitaste —el capitán meditó durante unos
breves instantes y tomó una decisión—. Desembarcarás del
Llebeig nada más atracar en el puerto de Trinidad —fue su
orden.
—Pero capitán ha sido un accidente, como iba yo a saber que
esto podía ocurrir. Nos conocemos hace años y jamás te he
fallado, hemos pasado mil calamidades y de todas hemos
salido capitán Duarte.
—Seisdedos, no significa que así deba de ser, pensaré en ello
—se limitó a decir, luego se levantó retirando la banqueta y
se fue de la cocina.
Un buen puñado de esclavos limpió de escombros el
calcinado pañol de cocina, una vez limpio y con los pocos
medios de los que se disponían, el carpintero ayudado por
Álvaro y varios de los esclavos lo adecentaron de la mejor
manera posible. Sanearon las maderas que medianamente
habían quedado servibles. Una vez en tierra se reconstruiría
por completo.

298
Pasados unos días se produjo un hecho inesperado. Ella
no dormía ya con Dimas, Nicoletta había decidido dormir en
el diván mientras que él dormía plácidamente y
completamente estirado ocupando toda la cama.
Desde que su esposo le recriminó sus formas de actuar
practicando la respiración boca a boca al maltrecho maestre
Del Toro, ella no volvió a confiar en él, y por si fuese poco
Dimas se mostró como lo que realmente era, un monstruo sin
sentimientos, celoso y posesivo.
El día del incendio, con la expresión de su cara lo dijo
todo, fue lamentable ver su rostro desencajado por sus celos
enfermizos, ver sus ojos rojos salidos de sus órbitas, oír
como por su boca salían palabras y frases demoníacas. El
comportamiento que tuvo también la noche en que la
encontró en el camarote del Sr. Vivár Dorado, fue la gota de
agua que colmó el vaso. Aquello ya fue el detonante del
insomnio y de las pesadillas de Nicoletta; desde entonces no
pudo conciliar el sueño ni una sola noche. Los fuertes
dolores de cabeza, y las pesadillas la desvelaban durante
gran parte de la noche. Nicoletta se sentía una mujer

299
desdichada e infeliz al lado de aquel hombre al que ya no
conocía.
Ella miró a su esposo que dormía plácidamente como si
nada hubiese pasado.
Por Dios, qué hombre tan falto de sentimientos y tan
frío, parece que esté hecho de hielo, pensó.
Era ya bien entrada la noche, miró el reloj de péndulo
que había colgado en la pared, las tres, por unos instantes se
quedó mirando la mano de madera de su esposo que estaba
sobre la mesilla de noche.
Él dormía, y ella sin hacer el más mínimo ruido salió de
puntillas y con las zapatillas en la mano. Era una tranquila
noche de aguas calmadas y de luna menguante la cual
reflejaba su brillo plateado en el oscuro mar, la quietud de
las olas era inusual en aquella inmensidad del Atlántico
Norte. Todos los hombres dormían, excepto los que se
encontraban de guardia.
Se dirigió a la cubierta y apoyada sobre el pasamano de
la borda de estribor miraba la quietud de la noche, un leve
sonido prácticamente inaudible delató las lágrimas que se

300
deslizaban lentamente hasta la comisura de sus labios. De
pronto y como si de una aparición se tratase, la voz de
Álvaro le llegó al alma.
—Buenas noches Nicoletta, ¿cómo es que está en cubierta en
una hora tan intempestiva?
—Contemplo la quietud de este inmenso y oscuro mar, me
relaja.
—Le puedo preguntar... ¿qué es lo que le inquieta?
—Lo que me inquieta dice... son tantas las cosas que me
inquietan, Álvaro, que no sabría ni por dónde empezar.
—Pues comience por el principio.
Unos minutos de silencio y ella respondió...
—Ya no confío en él —le dijo en un hilo de voz.
—En él... ¿se refiere a su esposo?
—Sí, Álvaro, me refiero a mi esposo —respondió Nicoletta.
En aquel momento se sentía tan frágil como una hoja
marchita que volaba transportada por el viento sin saber su
destino. Álvaro se apoyó al igual que ella sobre la borda.
—Usted es una mujer fuerte, y bajo ninguna circunstancia
debe de perder la fe.

301
—La fe dice, ya la he perdido Álvaro, he perdido la fe y la
confianza en mi esposo, sus celos y su desconfianza hacia mí
se han apoderado de él y ya no puedo soportarlo más. Han
ocurrido demasiadas cosas en un plazo corto de tiempo y no
llego a asimilar tal cantidad de despropósitos. Y luego su
voz, esa voz rota y áspera, me da pavor tan solo oírla.
Él, solo acertó a pronunciar su nombre.
—Nicoletta —dijo.
Álvaro escuchaba impávido sus palabras, la miró
fijamente a sus ojos, y su mano se deslizó lentamente por el
pasamanos de la borda buscando la mano de ella, ambas
manos se rozaron y Álvaro cogió la de ella; Nicoletta sintió
como un relámpago atravesó su cuerpo de arriba abajo hasta
el punto de hacerla temblar, erizándole la piel; casi
desfalleció. Al mismo tiempo, él sintió un nudo en el
estómago y sin pensarlo acercó sus labios a los de ella, sus
mentes se quedaron en blanco y un sudor frío recorrió sus
cuerpos.
Nicoletta instintivamente cerró sus ojos y se dejó llevar
en los brazos de Álvaro.

302
Los dos notaron una extraña sensación, como si la
velocidad de un rayo les atravesase.
Fue entonces cuando ambos sintieron el sabor de un
beso de amor. Aquello que ambos creyeron que era amistad,
ya no lo era. Desde ese momento la amistad se convirtió en
algo más.
Álvaro acarició su cara y nuevamente la besó con
pasión, los corazones de ambos cabalgaban de una forma
desenfrenada y enloquecida, aquello era verdadera pasión. El
temblor de sus cuerpos al rozarse y las caricias penetraban
por cada poro de sus cuerpos, sus manos temblaban al tacto
de sus cuerpos.
Qué les había ocurrido, cómo era posible que la amistad
que se tenían el uno al otro de pronto se convirtiera en amor.
En un verdadero amor.
Desde aquella noche los dos se buscaban y propiciaban
el encuentro con sumo cuidado para no ser vistos.
Soy una mujer casada, pensaba ella, lo que estoy
haciendo es pecado y debería hacer penitencia por ello.
Sin embargo se convencía a sí misma de que contra el

303
amor nada se puede hacer, tan solo disimular y tratar por
todos los medios de no entregarse a Álvaro a pesar de amarlo
profundamente, pues estaba convencida que Dios la
castigaría por sus pecados.
La noche era tranquila y la quietud de la mar invitaba a
escuchar el tenue sonido del oleaje, un manto de brillantes
estrellas cubría el firmamento y una luna menguante
marcaba su reflejo plateado en la oscuridad.
—No podía dormir pensando en ti Nicoletta.
—Yo tampoco, Álvaro, deseaba verte con todo mi corazón.
—Nicoletta yo... yo —balbuceó— no sé qué decirte, eres
una mujer casada y prometí celibato a la Iglesia.
—Lo sé Álvaro, sé que todo esto es una locura. ¿Qué nos
está pasando? ¿Será que Dios nuestro Señor nos está
poniendo a prueba?
—Quizás, no lo sé Nicoletta, lo que sé es lo que siento y
contra eso ¿qué se puede hacer? —se preguntó.
Álvaro pasó su mano por su brazo y el vello se les erizó
a ambos.
—No está bien —dijo ella.

304
— ¿No está bien a los ojos de quién Nicoletta? —Preguntó
él.
—No sé, no sé Álvaro, lo que siento por ti jamás lo había
sentido por ninguna otra persona.
—Entonces... déjate llevar y no luches contra lo que no se
puede luchar.
—Ignórame Álvaro, es lo mejor para ambos.
—Eso es imposible, pero, ¿no lo comprendes?
—Si mi esposo sospechase... —Álvaro la silenció en ese
instante con un beso en los labios.
Él, la abrazó rodeándola por la cintura; ella apoyó su
cara en la de él sin decir ni una sola palabra. Con las manos
entrelazadas se dirigieron hacia la carpintería, aunque no se
aseguraron de ello, nadie les veía.
De su bolsillo Álvaro sacó la llave de la carpintería, la
introdujo en la cerradura y giró un cuarto de vuelta, ella
esperaba anhelante cogida a su brazo, los nervios la
atenazaban tanto como a él. Entraron sin hacer el menor
ruido y Álvaro dejó cerrada la puerta con la llave puesta
asegurándose que nadie pudiese sorprenderles.

305
Encendió una vela y en la tenue luz se dejaron llevar
por una libido que les envolvía apoderándose de ellos.
Apoyados sobre la mesa se besaron con una pasión
desconocida para ambos.
La plateada luz de luna menguante quiso ser testigo de
aquel mágico amor, un tenue hilo de luz se filtraba por el
ventano matizando con sus reflejos las pequeñas partículas
de polvo en suspensión de la carpintería, aquella tenue luz
fue suficiente para verse y apagaron la vela.
Por unos instantes dejaron de besarse y se miraron a los
ojos sin decir ni una sola palabra.
Ella esperaba impaciente y expectante las caricias de él.
Él, en cambio, vibraba vigoroso al tacto de la suave piel de
ella.
Nicoletta dejó entrever una sonrisa y deshizo con
sutileza el lazo de la camisola de Álvaro, dejando al
descubierto todo su torso, ella se inclinó y lo besó con
dulzura y pasión, él a su vez la despojó de su vestido
dejándolo resbalar por su cuerpo hasta dejar visible por
completo toda su desnudez, acarició sus cabellos y la besó.

306
Sus corazones latían desbocados por las caricias, los besos se
repetían una y otra vez fusionándose en abrazos.
Nicoletta se dejó caer sutilmente sobre la mesa de
trabajo deseosa de sentirlo dentro de su ser. Cerró los ojos y
pudo sentir su calor dentro de ella, su olor la embriagaba
hasta el éxtasis.
Ella sintió como una explosión ardiente, una calentura
frenética recorría cada centímetro de su cuerpo. Sintió como
si un volcán explotase dentro de su ser y un río de lava la
llenase recorriendo todas sus entrañas ahogándola de un
intenso placer indescriptible. Jamás había podido sentir algo
así. Durante largo rato, los dos se quedaron abrazados
exhaustos y sin decirse nada, tan solo pensaban.
Él quizás podía sentir ciertos remordimientos de
conciencia, iba a ser sacerdote y el celibato pesaba como una
losa en su mente, el hecho de ser en un futuro ministro de
Cristo le obligaba a mantener por siempre una abstinencia
absoluta a todo acto sexual, pero en su interior no se sentía
mal por haber hecho lo que había hecho, al fin y al cabo no
era sacerdote aún, pensó.

307
Ella, en cambio, sí pensaba en su esposo, ahora tendrá
motivos fundados para sus celos enfermizos.
— ¿Qué piensas? —Le preguntó Álvaro.
Nicoletta silenció su respuesta y Álvaro nuevamente
volvió a repetir la pregunta.
— ¿Qué piensas Nicoletta?
—Con la mirada perdida, respondió a la pregunta.
—Pienso que... —dijo pausando la respuesta durante unos
breves segundos— a mi esposo ya no le queda nada en
absoluto.
— ¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que a Dimas ya no le queda nada,
ni sueños por los que luchar, ni siquiera su propia historia
que poder recordar, esa historia está completamente rota y
vacía, Álvaro.
—A veces los seres humanos no somos capaces de vivir
como lo que somos, personas, sin embargo lo que
deberíamos de hacer es procurar no vivir como lo que no
somos, animales.
—Eso estaría bien, pero no es fácil —respondió ella.

308
—No debemos de olvidar que el Señor escribe recto en
renglones torcidos —puntualizó Álvaro.
Pero Nicoletta no podía sospechar que en breve su vida
daría un giro inesperado de ciento ochenta grados.

Veintiún días de navegación:

Ha pasado una semana desde los funerales por los


marineros muertos. Dice el capitán Santamaría que la
navegación es más lenta de lo previsto. La velocidad media
del Llebeig está siendo de unos 9 nudos, el tiempo está
acompañando mejor de lo esperado y en breve
alcanzaremos el ecuador de la travesía, por lo que, según el
capitán, nos quedarán unos treinta días más hasta llegar a
las islas de Trinidad y Tobago.
Durante toda esta semana no he escrito en tus páginas
porque no tenía ánimos para ello. Han ocurrido demasiadas
cosas en estos últimos días y ya ni siquiera sé por dónde

309
empezar, pero debo de continuar confiando en ti mis
pensamientos, mis ilusiones y desde luego mis miedos.

Aquella noche, me deslicé sigilosamente guiada con la tenue


luz del candelabro hasta entrar en el camarote, desde luego
un tanto temerosa por si él se hubiese despertado y con ello
notado mi ausencia. Me acosté en el diván, como de
costumbre, no podía conciliar el sueño. Amaneciendo el
cansancio me pudo y caí rendida, al despertar, él ya no
estaba, miré el reloj de péndulo, eran las siete de la mañana,
bastante tarde, llevaría ya un par de horas en cubierta.
Recuerdo que Dimas se levantó como cada día a las
cinco de la mañana, yo permanecía aún despierta, no podía
conciliar el sueño, él se vistió sin hacer el más mínimo
ruido, se acercó a mí y me besó en la frente, por supuesto me
hice la dormida, no quería que él pudiese sospechar algo.
No quiero ni pensar que podía haber sucedido si Dimas se
hubiese despertado, pero no fue así.
Las caricias de Álvaro, las sensaciones que sentí
permanecerán de alguna manera siempre en mi recuerdo

310
pase lo que pase.
Con Álvaro sentí sensaciones inexplicables, sentí el
verdadero deseo del amor y del placer. Por eso es por lo que
después de todos estos días aún sigue fija en mi mente la
noche en la que me entregué a Álvaro. Solo de saber que
está cerca de mí, el estómago se me encoge y, sin poderlo
evitar, me ruborizo.
Por supuesto fue un encuentro inesperado, pero así son
las cosas, ocurren sin más, aunque sinceramente yo lo
deseaba.
No sabía cómo ni de qué manera, pero deseaba ese
encuentro, y creo que lo deseaba desde el primer momento
en que le vi.
No sé qué pasará en un futuro, nadie lo sabe. Ahora
estoy convencida de que mi casamiento fue una
equivocación y me cegué de un falso amor, me embaucó con
sus formas, con sus engaños y mentiras, ahora a mis treinta
y cinco años me veo casada con un hombre al que ni quiero
ni deseo.
Me levanté pasadas las ocho, me aseé y salí del

311
camarote, como todas las mañanas vi a los esclavos
baldeando la cubierta y limpiando las bodegas de vómitos y
excrementos.
Eso me sorprendió, ¿qué había pasado?, me pregunté.
Algo les ocurría a esos desdichados, no era normal que las
diarreas fuesen tan continuas al igual que los vómitos,
curiosamente más en los niños y en las mujeres que en los
hombres, no obstante algunos de los hombres también
padecían de fuertes calenturas. Seguramente habrían
ingerido algo en mal estado. Lo extraño es que nadie de la
tripulación acusase malestar alguno.
Me puse manos a la obra y le dije a Seisdedos que
preparase arroz blanco hervido para toda la tripulación, por
supuesto incluyendo a todos los esclavos. Pero Seisdedos no
estaba dispuesto a consumir el poco arroz que había
quedado después del incendio, dijo que solo sería para la
tripulación, que buscase algún otro remedio para poder
paliar las diarreas de los negros.
Para remitir sus males haremos algún ungüento
compuesto de eucalipto.

312
Por suerte el almacenamiento de bananas se había
salvado del incendio y podíamos contar con una buena
provisión de las mismas, así que decidimos preparar una
buena cantidad de bananas pisadas a pie descalzo, como si
de una pisada de uva en una vendimia se tratase, eso haría
que las diarreas aminorasen prácticamente del todo. Para
aliviar los vómitos y dolores estomacales se prepararían
unas infusiones durante tres veces al día de té de
manzanilla. El té de manzanilla sería un hábito para toda la
tripulación durante la travesía.
Después de nuestro sentimental encuentro, tanto Álvaro
como yo tratamos de disimular nuestra atracción en lo
posible, nos cruzamos en el barco y no nos miramos,
tampoco nos hemos vuelto a ver a escondidas. Quizás
porque no ha surgido la ocasión. Pero esto puede ser
perjudicial, si mi esposo repara en ello podría sospechar, ya
que antes era habitual verme hablando con Álvaro y ahora
sin embargo no. Dimas es muy astuto y vivaz, he de ir con
sumo cuidado con él.

313
Nicoletta se encontraba cuidando a los enfermos, los vómitos
y diarreas no habían aminorado, la fiebre se había cebado
con gran parte de los niños, eran las personas más
vulnerables. Lamentablemente uno de los niños amaneció
muerto. Por ello Nicoletta pidió permiso al capitán para
trasladar a los niños a otro lugar más adecuado que la
pestilente bodega.
Quizás fuese buena idea trasladar a los enfermos al
pañol de cocina, pensó. El pañol era el único lugar que a raíz
del incendio sufrido había quedado limpio y adecentado para
tales menesteres. Era pues el lugar más idóneo que había en
el barco.
El capitán accedió al traslado de los niños, no sin antes
aclarar algunos puntos sobre el asunto.
—De acuerdo, accedo al traslado de los negros por si es
contagioso lo que tienen, eso sería del todo perjudicial a
bordo, dese usted cuenta Nicoletta de que un contagió en el
barco sería la perdición para todos. Si en una semana no han
mejorado serán tirados por la borda sin la más mínima
contemplación, esto quiero que lo tenga claro.

314
— ¿Y si soy yo la que al final acabo contagiada, también me
lanzará por la borda capitán?
—Sí, Nicoletta, no le quepa la menor duda, no haría
excepción, piense en ello y si necesita ayuda puede contar
con la ayuda de Álvaro.
— ¿Álvaro?
—Sí, al fin y al cabo él aparte de usted y el Sr. Vivár Dorado
son las personas que no pertenecen a la tripulación del
Llebeig. Comprenda que desprenderme de uno de mis
hombres me sabría muy mal, Nicoletta, ya he perdido a
varios de mis mejores marinos y no quisiera perder ni un
solo hombre más.
—En cierta manera es coherente su postura capitán. Pero sí
le pediría que sea usted el que hable con Álvaro.
—No veo por qué Nicoletta, usted tiene ya suficiente
confianza con él para pedirle su ayuda. Aunque he de decirle
que últimamente...
— ¿Por qué dice eso capitán? ¿Qué es lo que insinúa?, entre
Álvaro y yo tan solo existe amistad, si es a eso a lo que se
refiere.

315
Nicoletta frunció el ceño y se encogió de hombros al
mismo tiempo se le enrojecieron las mejillas.
El capitán Santamaría se quedó pensativo durante unos
instantes, se frotó las manos y le preguntó...
— ¿Es que podría haber algo más que no fuese amistad
Nicoletta?
—Capitán Duarte, me está ofendiendo con su insolente
pregunta —espetó.
Pero Nicoletta se estaba delatando con la expresión de
su cara, por supuesto el astuto capitán se percató de ello.
—Claro, claro, nada más lejos de la realidad, ¿no es verdad
Nicoletta?
—Verdad —respondió arrugando la frente, frunciendo los
labios y cruzándose de brazos.
—Hablaré con Álvaro para decirle que le eche una mano con
los enfermos.
Esa misma tarde el capitán habló con Álvaro pero
también habló con su contramaestre.
—Trincad foques y girad timón a estribor, izad la mesana —
ordenaba el contramaestre Dimas, cuando el capitán

316
Santamaría le abordó.
—Contramaestre, tengo que hablar contigo cuando tengas un
momento.
—Ahora mismo captan. Continua tú —le dijo dándole el
mando de las maniobras al maestre Pelayo del Toro.
Los dos hombres fueron directamente al polvorín, el
capitán no quería que nadie le viese cuchichear con el
contramaestre.
—Entra y siéntate —le dijo.
— ¿Qué misterio es este que te traes capitán?
—Verás, amigo mío, lo que te voy a decir no te lo diré como
tú capitán, te lo diré como tu amigo que soy y como tal
quiero que lo comprendas.
—Te escucho pues Duarte.
—Creo que deberías vigilar mejor a tu esposa amigo mío.
—Vigilar mejor... ¿A qué te refieres?
—Me he dado cuenta de algunas cosas e incluso me he
fijado en detalles que no puedo pasar por alto amigo mío.
Dimas Hagen escuchaba atentamente y un tanto
incrédulo las palabras de su amigo.

317
—Ahora entiendo tus enfados con ella —dijo el capitán
poniendo su mano sobre el hombro de su amigo, éste, aun
cabizbajo, alzó la cabeza para mirarle.
—Explícate mejor, no sé de qué me estás hablando.
—Alguna vez que otra había pensado en mediar entre
vosotros dos, pero entrometerme en problemas
matrimoniales a fe que no es lo mío, los problemas de cada
matrimonio se han de resolver de puertas para adentro, y a
poder ser en la alcoba —insinúo—, lo que quiero decir es
que tendrías que hablar con Nicoletta.
—He hablado muchas veces con ella, pero... a dónde quieres
ir a parar, no llego a comprender.
—Verás, he observado que tu esposa trata y habla con
Álvaro de una forma especial, y él la corresponde. Deberías
de tener cuidado, ¿comprendes lo que te digo?
Dimas se quedó durante unos instantes pensativo, con la
mirada perdida.
—Ahora lo veo —dijo de repente poniéndose en pie. Se
sujetó el muñón con la mano y comenzó a andar de un lado
para otro cabizbajo y pensativo.

318
El capitán Duarte le miraba esperando su reacción.
—Te das cuenta de que Álvaro siempre ha tenido
demasiados halagos hacia tu Nicoletta.
—Claro, ahora lo veo, ahora me doy cuenta de ello —dijo
Dimas.
—Reacciona Dimas, reacciona o se la agenciará —le sugirió
Duarte.
Con la mirada perdida Dimas comenzó a enlazar
pequeños detalles y retazos entre su mujer y Álvaro.
—Recuerdo sus miradas deseosas, las palabras amables de
ella hacia él y esos malditos encuentros que según ella eran
casuales.
Parecía que le fuesen a estallar las venas del cuello, las
tenía hinchadas y le latían como el tenso pellejo de una
tambora al golpear, sus ojos enrojecieron y comenzó a
escupir sapos y culebras por la boca.
—Maldito sea ese hijo de la gran puta —clamó.
—Te advertí en su momento que embarcar a tu esposa
abordo del Llebeig no sería una buena idea —puntualizó—.
Además ya sabes el dicho: mujeres y mares, dobles males.

319
—Ese maldito aprendiz de cura se quiere agenciar como sea
a mi Nicoletta. Siempre he dicho que los curas no me caen
nada bien.
—A eso iba yo Dimas —le dijo cruzándose de brazos.
—Maldita sea la hora en que esa mierda fue recogido
estando a la deriva.
—Tú lo has dicho, a la deriva, sabes de sobra que una
embarcación a la deriva ha de ser socorrida, y fue lo que
hicimos, las consecuencias que ello pudiese acarrear solo es
una cuestión en este caso tuya amigo mío. Mi consejo es que
intentes amarrar de cerca a tu esposa, si no, sabe Dios... qué
es lo que podría ocurrir.
—Lo haré capitán, ahora he de seguir con lo que estaba
haciendo —se limitó a decir Dimas.
Para poder atender a los enfermos ya habían
improvisado una pequeña enfermería en el pañol de cocina.
Poco había para tratar a los enfermos con los escasos
medios de los que disponían y con las malas condiciones en
las que se encontraban, pero debían de intentarlo.
Tanto Álvaro como Nicoletta daban gracias a Dios por

320
coincidir juntos y más si era por orden del capitán, para ellos
fue como una bendición divina el estar juntos la mayor parte
del tiempo. Desde luego ambos sabían que podría resultar
peligroso si no andaban con cuidado.
Aunque no podían sospechar que a partir de ese
momento serían vigilados.
Los días pasaban y, al contrario de remitir la
enfermedad, los dolores estomacales, los vómitos y las
calenturas continuaban a peor, estaba claro cuál era el
diagnóstico de la enfermedad. Se trataba de Disentería.
El tiempo corría en su contra, la amenazante solución
del capitán les preocupaba enormemente; el mero hecho de
pensar en la posibilidad de lanzar por la borda a los enfermos
para ser comida de los peces si no mostraban una leve
mejoría les angustiaba enormemente.
Nicoletta no tenía mucha idea de cómo tratar la
Disentería y el capitán le ofreció la posibilidad de consultar
los libros de medicina que el médico del barco tenía
guardados en su arcón.
El capitán se dirigió al arcón de tapa curva y de madera

321
de roble claveteado con un sinfín de tachuelas de latón
doradas, sacudió el polvo e introdujo una oxidada llave en la
cerradura y abrió la tapa.
—Le agradezco capitán su ofrecimiento para consultar los
libros del doctor —dijo agradecida.
—A él ya no le sirven para nada, puede quedarse con todos
sus libros de medicina, a usted sí le servirán. Por cierto, han
pasado ya varios días y no veo una mejoría en los enfermos,
recuerde lo que le dije sobre si no se notaba una mejoría.
Nicoletta agachó la cabeza y no dijo nada, solo sacó
algunos libros, los miró y se quedó con uno. Durante un
largo rato lo ojeó y dijo para sí:
—Lo tengo.
Fue directamente a la cocina y le pidió a Seisdedos
aceite de ricino y leche, Seisdedos mandó a Ekún a la cuadra
para ordeñar la vaca, Nicoletta le acompañó.
— ¿Cómo encontrar mujeres y niños? —Preguntó Ekún.
—Mal —respondió ella.
Ekún se sentó en una banqueta y puso un balde bajo las
ubres de la vaca y comenzó a ordeñarla.

322
—Pondrán bien —dijo Ekún mientras ordeñaba.
— ¿Cómo? —Preguntó ella al mismo tiempo que cogía una
banqueta para sentarse a su lado.
—Hablar con Dioses, pedir por bienestar pueblo mío. Pedir a
Olofi omnipotente gobernador de fuerzas de naturaleza, pedir
por enfermos a Babalú Ayé para que cure todas
enfermedades y proteja a mi gente.
—Pero Ekún no creo que eso sea suficiente.
—Lo será, Dioses proteger a mi pueblo.
—Entonces pide por ellos —dijo ella.
—Ser libres, y libres vivir, pero antes matar hombre de pelo
amarillo como la paja.
Nicoletta se quedó pensativa y muda durante unos
segundos, recogió el balde de leche y se fue.
Mezcló el aceite de ricino con la leche caliente y le dio
a cada enfermo varias cucharadas al día, también tres veces
al día les dio jugo de limón en una taza de agua caliente. En
tan solo dos días, las diarreas remitieron al igual que las
calenturas, sin embargo los dolores estomacales continuaban
seguramente por falta de ingerir alimentos, Seisdedos decía

323
que no podía malgastar los alimentos y que si tenían que
morirse a él le daba lo mismo, así que no mostró interés
alguno por los enfermos.
El tratamiento impuesto tuvo como objetivo anular las
materias tóxicas de los intestinos, los dolores desaparecían
tomando tazones de leche recién ordeñada, en eso Seisdedos
no se entrometía. Álvaro colaboraba con Nicoletta en todo
momento y no se separaban para nada, tan solo cuando
Álvaro tenía que acompañar a Ekún al corral.
Pero... cometerían un terrible e irreparable error.
Los días fueron pasando y los enfermos se curaron,
Nicoletta acertó en su diagnóstico y la mayor parte de los
esclavos fueron curados, sin embargo algunos de ellos aún
continuaban con las fiebres y dolencias. Fue entonces cuanto
el capitán Santamaría tomó una terrible decisión y se vio
obligado a cumplir su promesa, para garantizar el bienestar
de su tripulación. El capitán dio la orden de lanzar por la
borda a todos los esclavos que aún continuaban con las
calenturas y los dolores.
Nicoletta, ni que decir tiene, medió por ellos pero de

324
nada sirvió, la orden se llevó a cabo.
—Ha de comprender Nicoletta que la situación a bordo es ya
caótica y no puedo arriesgar ni una sola vida más, esto ya lo
hemos hablado.
Rendida y sin fuerzas asintió con la cabeza,
reconociendo que ya nada podía hacer por los que no habían
sanado. El fin para aquellos desdichados era irremediable.
Para evitar sufrimientos y a pesar de lo que pudiese
parecer, el capitán dio la orden de que fuesen atados por
parejas con el fin de inmovilizarlos se ahogarían en tan solo
unos segundos y se evitaría así su sufrimiento.
Los ataron de dos en dos, espalda con espalda, el
griterío de aquellos 32 infelices era ensordecedor,
paralizaban el corazón de cualquiera, de cualquiera, sí,
menos el del contramaestre Dimas, que más bien parecía
disfrutar con ello. Él se presentó voluntario junto con un par
de hombres para atar y lanzar por la borda a los
desamparados esclavos.
Su esposa no podía creer lo que estaba viendo, él la
miraba, disfrutaba con ello.

325
Aquellos momentos fueron dantescos; jamás se borraría
de su mente la mirada asesina de su esposo.
La travesía continuaría según lo previsto y sin novedad
durante algunas jornadas de navegación. Cierto día ocurrió
un hecho inesperado, la voz del vigía desde la cofa alertó al
capitán Duarte y sus hombres.
— ¡Barco a la vista! —Gritó el vigía.
El maestre Pelayo del Toro hizo sonar el pífano
— ¡A babor capitán, aleta de babor! —Repitió.
El capitán desde la cubierta alzó su catalejo ojo a avizor
y ciertamente a babor divisó un barco, sin duda se trataba de
una fragata de la Armada española, su bandera ondeaba
desafiante.
A medida que aquel barco se les acercaba el capitán
Duarte dio la orden de izar la bandera del Llebeig.
—No quiero revocar tu orden de izar nuestra bandera
capitán, ¿pero no crees que sería más conveniente izar
bandera española?
—No, contramaestre, si izásemos bandera española sabrían
que es un farol y desde luego sabrían quiénes somos, de

326
seguro que intentarían atacarnos y abordarnos.
Sin embargo el capitán Santamaría se equivocó en su
decisión.
La mar estaba agitada y la visibilidad era clara, el
capitán ordenó a su tripulación permanecer alerta y
expectante. El Llebeig ya ondeaba bajo la bandera verde con
dos sables rojos cruzados.
—Informe de cualquier movimiento extraño —ordenó al
vigía.
—Está a punto de anochecer, permaneceremos expectantes a
cualquier movimiento, todos preparados y atentos.
El capitán de la fragata de la Armada española reparó
en la bandera que ondeaba el Llebeig y ordenó a su piloto
virar el barco 30 grados al noreste a estribor poniendo rumbo
directamente hacia ellos.
—Se trata de la fragata Santa Elena —afirmó Dimas
mirando por el catalejo— puedo distinguir claramente el
nombre de la fragata escrito en su quilla.
La Santa Elena, pensó el capitán. Si es así, ese barco
está comandado por el capitán Ventura de Aragón. Un astuto

327
lobo de mar al que conozco bien, puntualizó.
Efectivamente capitán, se trata de la Santa Elena, no me
cabe ninguna duda —inquirió el contramaestre mirando por
el catalejo.

Es un navío inmenso.

—La grandeza, amigo mío, no se mide por cómo es, sino por
cómo funciona —le respondió el capitán Duarte.

El sol del atardecer alboreaba el horizonte que se teñía


poco a poco de colores rosa, púrpura y morado, el vigía
avisó desde lo alto de la cofa a voz en grito.

— ¡Atención capitán, diviso luces!

— ¿Se mueven o están quietas? —Preguntó el capitán.


—Vienen directas hacia nosotros —respondió el vigía.

El capitán miró por el catalejo a la fragata que se dirigía


directamente hacia ellos.

—Se va a estrellar contra nosotros si no rectifica ahora su


rumbo —insinúo el contramaestre por babor.

—Vira 30 grados hacia oeste —ordenó a viva voz.

328
—Capitán si viramos, repararán en que huimos de ellos y,
dado que la fragata Santa Elena es más rápida que el Llebeig,
nos darán alcance en un abrir y cerrar de ojos —puntualizó
el maestre Del Toro.
El maestre Del Toro no obtuvo respuesta de su capitán,
y silenció su advertencia.
El capitán fue hacia su camarote y minutos más tarde
apareció en cubierta bien uniformado con una casaca roja de
solapas vueltas de color azul oscuro con grandes hombreras
de flecos dorados, un majestuoso tricornio de copa baja de
un pañolenci color negro y ribete dorado; de su cinto pendía
un sable con empuñadura dorada. El capitán sin duda se
había uniformado para el posible enfrentamiento con la
fragata española.
Con la cabeza gacha y sus manos hacia atrás ordenó a voz en
pecho.
— ¡Cargad con munición de dieciséis libras y desplegar todo
el velamen!
El capitán Santamaría observó como toda la banda de
estribor de la Santa Elena abría las portas dejando ver dos

329
hileras de veinte cañones por estribor que en breve
apuntarían al Llebeig. Era imponente ver el inmenso
velamen de la fragata española. De pronto e inesperadamente
la Santa Elena viró veinte grados más a estribor para ponerse
a completamente a babor con su barco, esa maniobra le dio
cierto respiro al capitán Santamaría.
—Sin duda ha sido una maniobra desacertada, esa maniobra
nos dará cierta ventaja para evitar el enfrentamiento, pensó
Duarte.
Pero no sería precisamente así, el astuto capitán Ventura
de Aragón sabía muy bien lo que hacía, el barco se amuró
por la parte de babor al Llebeig a tan solo milla y media
aprovechando los alisios que soplaban del noreste.
Unos minutos más tarde una andanada de advertencia hizo
explosión muy cerca del Llebeig.
—Ha sido una andanada de advertencia —dijo Dimas.
—Vamos a enfrentarnos a esa puta fragata española, no hay
escapatoria, o ellos o nosotros —inquirió el capitán. Soltad
la mayor, trincad foques y virad cuarenta grados a babor
vamos a plantarles cara.

330
Estaba claro que los cañones de la fragata española
ardían en deseo de escupir por sus oscuras bocas el fuego
que interceptase la navegación y sin duda proceder a su
abordaje.
Pero si astuto era el viejo capitán Ventura de Aragón,
también lo era el capitán Duarte Santamaría.
—Capitán, deberíamos navegar de través perpendicular al
viento —insinúo el timonel—. Ahora es el momento de
aprovechar el viento señor.
— ¡De través! —Ordenó a viva voz.
El timonel comenzó a situar la embarcación recibiendo
en lo posible el viento, consiguió situar la nave formando un
ángulo de casi unos 85º de su eje longitudinal.
El capitán Santamaría quería disminuir el ángulo que
formaba el rumbo del Llebeig respecto a la dirección del
viento.
—Orzad timonel —ordenó.
El giro del Llebeig fue brusco, tanto que aquella
maniobra desconcertó al capitán de la fragata española.
—Abrid las portas, preparad y cargad cañones —ordenó el

331
contramaestre.
Como por arte de magia, unas oscuras nubes
amenazadoras aparecieron oscureciendo casi por completo el
cielo. Parecía como si de golpe se fuese a caer encima de
todos ellos una gran tempestad. Una fuerte tormenta de rayos
y centellas iluminó del todo la noche ya cerrada, era como si
del mismísimo infierno se tratase. La tormenta quiso ser
testigo de la contienda naval.
Un rayo impactó de lleno en el palo que se encontraba más a
popa, el de mesana de la fragata Santa Elena, desde el
Llebeig pudieron ver como el palo de mesana se partía en
dos y caía haciendo jirones todo su velamen, cayendo sobre
la cubierta del barco. Al instante, pudieron divisar un gran
resplandor acompañado de fuertes explosiones; el cielo y la
mar se iluminaron a fogonazos.
Se había producido un incendio a bordo y éste habría
alcanzado los sacos de pólvora que estarían preparados en
cubierta.
La tripulación del Llebeig observaba atónita a la malograda
fragata española. Oían las exclamaciones y los gemidos de

332
algunos de los marineros de la Santa Elena.
El capitán Santamaría miraba atónito e impasible a través de
su catalejo.
¿Qué demonios ha sucedido?, se preguntó; miró durante
unos instantes y reaccionó.
—Arriad velas —ordenó.
— ¡No os dais cuenta de que la euforia puede ser un estado
de decepción, holgazanes! —Gritó.
Gavieros y juaneteros comenzaron entonces a recoger el
velamen. El timonel hizo virar veinte grados a babor
acercándose así a la fragata española.
Las explosiones se sucedieron una tras otra, mientras, los
marineros del Llebeig miraban boquiabiertos y atónitos
como parte de la tripulación de la Santamaría saltaba por la
borda entre gritos y lamentos.
Una fortísima explosión iluminó con un gran resplandor la
noche. Al momento la fragata española se partió en dos y en
tan solo unos minutos desapareció engullida en el océano.
Después de la explosión siguieron unos segundos de silencio
como si el mundo se hubiese detenido, y de nuevo se

333
escucharon los gritos y lamentos. El mar quedó repleto de
cadáveres y cientos de trozos de tablas astilladas flotaban en
aquel inmenso y oscuro mar.
Los hombres que habían sobrevivido gritaban pidiendo
auxilio agarrándose y aferrándose desesperados como podían
a los trozos de tablas para salvar sus vidas. Sabían que era su
último aliento de vida.
— ¿No piensa ayudar a esos marineros capitán? —Le
preguntó Álvaro Quintana que, como todos, permanecía
impasible en cubierta.
El capitán ni siquiera le prestó atención y Álvaro
continuó insistiendo tras él.
—Debería recoger a esos pobres hombres —insistió.
De pronto, se interpuso por medio el contramaestre, que
se detuvo y miró a Álvaro que permanecía frente a él
completamente inmóvil, sus miradas se cruzaron desafiantes
y sin mediar palabra alguna Dimas le propinó un golpe de
puño en la mandíbula, Álvaro sintió como de repente todo se
oscurecía y cayó al suelo como un sacó de arena. Quiso
reincorporarse pero todo le daba vueltas.

334
—No tienes bastante con entrometerte en mi vida cortejando
a mi esposa que encima revocas las decisiones del capitán.
Esas palabras sonaron como un trueno en la cabeza de
Álvaro.
—Si te vuelvo a ver al lado de mi esposa, te juro por lo más
sagrado que te mataré; Álvaro, quedas advertido.
Pero por nada del mundo Álvaro quiso callar, se
reincorporó y se quedó frente a Dimas mirándole desafiante,
ambos se miraron a la cara a tan solo unos centímetros.
—Nicoletta no le ama —dijo Álvaro—, es evidente que ella
es del todo infeliz.
Esas palabras de Álvaro le cayeron a Dimas como un
mazazo, sus ojos se enrojecieron de sangre y la rabia
contenida se desató en aquel instante; las venas de su cuello
parecía como si le fuesen a estallar.
—Elige armas y padrino.
— ¿Qué quiere decir? —Preguntó perplejo y un tanto
asustado.
—A fe mía que le estoy retando a un duelo a muerte y todos
los aquí presentes son testigos.

335
—A Álvaro se le detuvieron los pulsos.
Nicoletta veía la escena desde el antiguo pañol de
cocina ahora enfermería.
—No Álvaro, no acepte el reto, le matará —gritó ella entre
sollozos desde la enfermería.
—Si eres hombre elige armas y padrinos —repitió Dimas.
—Pe... pero yo no sé —balbuceó un tanto temeroso.
—Elige de una vez Álvaro —intervino malhumorado el
capitán Duarte.
Temblando de miedo Álvaro habló nuevamente.
—Soy inexperto en estas lides, jamás he empuñado arma
alguna.
—Maldito cobarde, ¡que elijas! —exigió con rabia Dimas.
—Pi... pistola —balbuceó.
— ¿Qué crees que estás haciendo esposo? —Dijo
acercándose al lugar, eres militar y Álvaro un novicio e
inexperto en las armas.
—Esposo... ¡Ja! Vete, aquí tú no pintas nada —gritó.
En aquel instante interrumpió el Sr. Vivár Dorado.
—Me ofrezco como su padrino Álvaro, pero sugiero que el

336
duelo sea a primera sangre.
—A muerte —gritó Dimas encolerizado.
—Así sea —asintió el Sr. Vivár Dorado.
—Esto es una locura —gritó Nicoletta desesperada.
— ¡Vete! —Volvió a gritar su esposo.
Se cubrió la cara con sus manos y sin mediar palabra se
fue corriendo agachando la cabeza, sus lágrimas se
deslizaban por sus mejillas sin poderlo remediar.
Dimas miró al capitán dándole a entender que él fuese su
padrino.
—No, contramaestre, no pienses en la posibilidad de que yo
sea tu padrino en el duelo, soy tu capitán y como tal ejerzo,
ni puedo ni debo; como capitán, estableceré las reglas del
duelo, ¿estamos todos de acuerdo?
—De acuerdo capitán —dijo Dimas.
— ¿Álvaro? —Le preguntó.
Asintió sin comprender muy bien el significado de toda
aquella locura en la que se veía envuelto.
—De viva voz, Álvaro Quintana —gritó el capitán.
—Que así sea pues —dijo Álvaro.

337
Mirando desde la improvisada enfermería, Nicoletta
lloraba impotente y desconsolada.
Dimas miró entonces al maestre Pelayo del Toro y éste
asintió con un movimiento de cabeza confirmando que él
sería su padrino.
—De acuerdo, los padrinos serán: por parte de Álvaro
Quintana, el Sr. Vivár Dorado. Por parte del contramaestre
Dimas será el maestre Pelayo del Toro —dijo señalando con
el dedo el capitán.
—Será en el primer puerto en el que atraquemos, el puerto
de la isla de Trinidad, alcanzaremos sus costas en veinte días
si no hay impedimentos, si no fuese así, atracáremos en el
Golfo de Guacanayabo en Manzanillo como ya teníamos
previsto. Al alba y en la misma playa tendrá lugar el duelo a
muerte. Las armas serán pistolas idénticas. Los padrinos, por
un lado el Sr. Vivár Dorado será el encargado de cargar la
pistola de su apadrinado.
De otro lado el maestre Pelayo del Toro cargará la
pistola de su apadrinado el contramaestre Dimas.
Los retados a duelo posarán espalda con espalda y a mi

338
orden ambos contaran once pasos, se girarán, apuntarán al
corazón y dispararán sus armas.
Si los dos quedasen heridos igualmente daría por terminado
y cumplido dicho duelo. So pena, claro está, de que se
batiesen a duelo los padrinos, cosa harto difícil.
—El duelo capitán es a muerte—interrumpió Dimas.
—Entonces, que así sea, siempre y cuando —puntualizó—
no quedéis heridos, si ambos estáis heridos daré por
concluido el duelo. Esa es mi orden.
—Estoy de acuerdo capitán —dijo Dimas.
—Álvaro...
—Estoy de acuerdo capitán.
Si fuese Álvaro el que quedase con vida, se quedará en
tierra, él no pertenece a esta tripulación.
Todos escuchaban atentos las palabras de su capitán.
Nicoletta no podía creer lo que estaba viendo y lloraba
amargamente sin poder mediar en ello.
—Para que quede constancia, será reflejado por escrito y
firmado por mí y por los padrinos, luego la escritura será
lacrada con el sello del Llebeig. Se abrirá el día del duelo al

339
alba.

Cuarenta días de navegación.

Son las cinco de la madrugada, Dimas ya está con sus


hombres en cubierta y yo escribo bajo la tenue luz del pábilo
encendido del candil de mecha, no he dormido. Durante
toda la noche he estado en vela y he visto todas las horas del
reloj.
Me pregunto una y otra vez qué es lo que ha pasado,
nos estamos volviendo todos locos a bordo de este maldito
barco cargado de almas negras ya muertas, sin deseos ni
ilusiones por vivir, al igual que la mía.
Dios nuestro Señor... ¿qué he hecho?, me pregunto. Cómo
he podido ser tan irracional y embaucar a Álvaro en todo
esto. No podré mirarle a la cara nunca más, he querido
interponerme en toda esta locura sin éxito, más bien parece
que todos en el barco están deseosos de acabar con la vida
de Álvaro y con la mía propia.

340
Veinte días, tan solo veinte días y todo habrá acabado, por
Dios, qué locura es esta.

Cincuenta días a bordo del Llebeig.

Solo falta una semana para alcanzar las costas de las islas
de Trinidad y Tobago, quiera Dios que no atracaremos en
Trinidad, quizás haya aun alguna oportunidad para evitar el
maldito duelo.
Si teníamos pocas desgracias, para colmo ha muerto la
vaca y no sabemos el motivo de tal desastre, Seisdedos ha
recomendado tirar a la vaca por la borda por si su carne no
fuese buena, pero lejos de tomar esa decisión el capitán
ordenó que la vaca se despellejase y se destripase, la piel se
curtirá para tapizar algún butacón o hacerla servir para
hacer una bonita alfombra, su carne fue troceada y hervida
con agua de mar ya que andamos escasos de agua dulce,
con la carne se alimentó a los esclavos con el fin de que
engorden y queden lustrosos para cuando desembarquen en
Manzanillo, allí el capitán cambiará esclavos a los ingleses

341
de Jamaica por maderas nobles y por buenas sumas de
dinero.
Hacerles ingerir la carne de la vaca fue una equivocación,
pocos días después enfermaron la mayoría de los esclavos.
Medié con una buena dosis de sarcasmo con el capitán
proponiéndole que a los enfermos los tirase por la borda
como ya había hecho anteriormente con los enfermos de
disentería pero, claro, cómo iba a lanzar por la borda a la
gran parte de los esclavos. Tan solo se limitó a decirme que
intentara por cualquier medio curarlos, por supuesto, pensé,
cada cual lucha por lo suyo, yo por salvar vidas humanas y
tú por tus negocios cubiertos de mezquindad y sangre, me di
media vuelta y me fui.
Durante varios días perseveré sin descanso día y noche por
tratar de sanar y aliviar a los enfermos, hice todo lo que
estuvo en mis manos para curar a los esclavos. Las mujeres
y los niños no comieron carne de vaca y eso salvó sus vidas,
pero 48 hombres murieron. Nada pude hacer por sus almas.

342
Después de la marea vino la calma y durante todos estos
días no ha ocurrido nada destacable a bordo, los esclavos
baldean la cubierta como cada mañana, a Ekún ni siquiera
lo he visto y mucho menos a Álvaro, se encerró en la
carpintería y no sale de allí para nada.
Cierta mañana me encontraba leyendo la Biblia
sentada en una hamaca de cubierta cuando de pronto noté
un crujido, una de las patas de la hamaca cedió y no tuve
más remedio que comunicarlo al carpintero del barco, aquí
todos le llaman maestre Virutas pero yo siempre le he
llamado por su nombre, Ginés.
No quise ir a la carpintería por no empeorar aún más las
cosas, pero cuál fue mi sorpresa cuando justamente,
pensando en ello, pasó por delante de mí el carpintero
Ginés. Le expliqué lo que había pasado con la hamaca y
mientras él la examinaba, sin mirarme siquiera, me habló de
Álvaro. Dijo que estaba muy apenado y abatido, que se
pasaba los días entre rezos, pero no rezaba por él, me dijo
Ginés, sino por mí.
Le había confesado a Ginés que me amaba y que si

343
tenía que dar su vida por mí la daría, él no tenía miedo a la
muerte, si ese era su destino.
Después de aquella pequeña charla con Ginés he intentado
sin éxito hablar en varias ocasiones con Álvaro, me rehúye,
sé que él lo hace para no herirme, pero mi corazón ya está
herido de muerte.

Cincuenta y tres días de navegación.

Estamos a punto de alcanzar las costas de las islas de


Trinidad y Tobago, a medida que los días pasan, las
sensaciones a bordo son de crispación, por varios motivos.
Los hombres están deseosos de llegar a tierra y de tocar
mujeres, a poder ser blancas, los marinos no hablan de otra
cosa, pero por mi cabeza solo pasa el duelo a muerte entre
mi repudiado esposo y mi querido Álvaro.
Digo repudiado porque así es como lo siento, no he
vuelto a dormir a su lado ni una sola noche, tampoco él me
ha tocado, ni siquiera me ha dirigido la palabra en ningún
momento, no sé qué pasará, pero desde luego yo no le temo.

344
Lo que tenga que ser será, Dios nuestro Señor lo habrá
dispuesto así.
Hay algo que me preocupa, hace varios días que tenía que
haber sangrado según los ciclos lunares y no ha sido así, y
suelo sangrar con bastante exactitud, si durante esta semana
no menstruo estará muy claro qué es lo que querrá decir,
estaré preñada, sí, ¿pero de quién?

345
16

El duelo

24 de diciembre del Año de Nuestro Señor de 1731.


Al este del Golfo de Guacanayabo, Manzanillo. Cuba.

Después de 63 días de navegación, bordeando la ensenada


de Maboa y la bahía de Yara, hemos atracado en puerto de
arco Manzanillo.
Por las inclemencias del tiempo el capitán Santamaría
desestimó atracar en la isla de Trinidad, ese hecho me
alentó pensar en la posibilidad de que el maldito duelo no se
llevase a cabo.
Mañana será el día de Navidad, peor día para batirse
en duelo imposible. Parece que todo se ha puesto en nuestra

346
contra y, para ser sincera, temo por la vida de Álvaro,
tengo un mal presentimiento. Respecto a mí, sé con certeza
que en mi vientre germina una semilla que por más que
quiera con el paso de los meses me será imposible de
disimular. En los últimos días he sentido mareos y nauseas,
no he tenido más remedio que vomitar y mi esposo me ha
sorprendido en varias ocasiones, mucho me temo que pueda
sospechar algo y eso me tiene en vilo.
Sea cual sea el resultado de todo esto haré lo posible
por apartarme de él definitivamente.
Rezo al Señor cada día para estar el resto de mi vida
junto a Álvaro. Pero si eso no se produjera, me he prometido
a mí misma que me las ingeniaré para volver al lado de mi
tío en Dakar.

A altas horas de la madrugada en cubierta un hombre prendía


su pipa, permanecía impávido apoyado sobre la borda con la
mirada perdida hacia ninguna parte.
La noche era atronadora y oscura, los rayos desgarraban
el oscuro y fantasmagórico firmamento con extensos

347
latigazos alumbrando de colores bermellón y morado los
nubarrones.
—No es aconsejable estar en cubierta en una noche así.
—Necesito de esta soledad capitán —respondió él.
— ¿Qué tal te encuentras amigo mío?
Él, miró a su amigo.
—Mal —respondió.
—Cuéntame tú preocupación.
—Es todo tan complicado.
—Todo es como es y no hay que darle más vueltas al asunto.
El duelo podía haber sido a primera sangre pero ya de
nada vale lamentarse.
—Acepto mi destino —dijo posando su mano sobre el
hombro de su amigo.
—Pero no se trata de eso.
— ¿Entonces qué es lo que te lleva a tal preocupación?
—Sospecho que está preñada —apuntó.
— ¿Que tu esposa está en estado de buena esperanza...?
—Esas son mis sospechas.
—No insinuarás que Álvaro tiene algo que ver —inquirió.

348
—Tú mismo me advertiste de ello, ¿recuerdas?
—Te aconsejo que dejes pasar el tiempo amigo mío, él lo
pone todo en su sitio.
—Eso haré —dijo con la mirada perdida hacia el horizonte.
—Te has visto en peores —le insinúo el capitán.
—Sí, es verdad, pero... no sé, esta vez tengo un mal
presentimiento, lo intuyo.
—No deberías pensar así Dimas, si te refieres a que él pueda
acabar contigo, sabes muy bien que nada tiene que hacer, tú
eres militar, en cambio él es un simple aprendiz de cura y no
tiene ni idea de armas, todo irá bien. Nada debes temer si
juegas bien tus cartas.
—Si él muere, ella se irá para siempre y eso no lo consentiré,
antes muerta.
Estaba claro que su orgullo estaba tocado. Sus ojos se
encharcaban de lágrimas por primera vez desde hacía mucho
tiempo.
—Si soy yo el que pierde la vida entonces Nicoletta se irá
con él y eso me come por dentro.
—Solo dependes de tu astucia y rapidez, debes confiar.

349
—Confiar dices... no, capitán, no confío en nadie, ya no me
fío de nadie.
—Eso no debería de ser así Dimas —respondió Duarte.
—Dime tú en quien puedo confiar.
El capitán Santamaría, meditó durante unos segundos su
respuesta, posó su mano sobre el hombro de Dimas y se
quitó su sombrero.
—De que te valdría confiar en alguien si eres tú mismo el
que fallas amigo mío, piensa en ello –le dijo arrugando la
frente.
El sol despuntaba tenue con débiles destellos de luz, la
mañana era gris y envuelta de una neblina con una fina lluvia
que calaba hasta los huesos, una intensa humedad y los 26
grados de temperatura hacían que el ambiente fuese
bochornoso y pegajoso.
Todo estaba ya dispuesto, siete hombres embarcaron en
una barcaza para dirigirse hacia la playa. Un marinero
bogaba y otro ayudaba con un bichero, los cinco hombres
restantes eran los dos desafiados a duelo, los padrinos y el
capitán Duarte.

350
Ya en tierra uno de los dos marinos se quedó vigilante
de la barcaza mientras los demás se adentraron hacia la
playa.
En el horizonte envuelto de una espesa neblina
fondeaba majestuoso el Llebeig. A bordo aguardaba
expectante y con el corazón encogido la única mujer por la
cual dos hombres estaban a punto de batirse en un estúpido
duelo a muerte.
Una vez en el lugar escogido, el capitán dispuso como
juez las normas a seguir por los presentes.
De un pequeño cofre sacó dos estuches idénticos,
ambos forrados en cuero, en su interior unas pistolas con sus
complementos de carga.
—Los padrinos cargaron las armas de sus apadrinados.
Una vez cargadas y comprobadas, los desafiantes se
situaran espalda con espalda y empuñaran las pistolas con su
diestra apuntando hacia el cielo. Seguidamente y a mi orden,
los padrinos contarán en voz alta los once pasos pertinentes,
al sonido del tamborilero, y al finalizar la cuenta se girarán y
apuntarán al corazón del oponente disparando.

351
¿Lo han entendido bien? —Preguntó el capitán.
Nadie respondió a la pregunta.
— ¿Ha quedado claro? —Preguntó de nuevo.
—Sí capitán —respondió Álvaro.
—Dimas...
—Sí capitán —respondió éste.
Fue el momento de hacer la entrega a los padrinos de
los estuches con las armas.
—Señores, pueden cargar las pistolas —inquirió.
El maestre Pelayo del Toro vertió la pólvora, introdujo
la esférica bala de plomo en un pequeño trozo de tela y la
introdujo en el cañón, baqueteó y colocó el fulminante bajó
el percutor y luego amartilló a medio recorrido el arma, al
igual que lo había hecho el Sr. Vivár Dorado.
Posaron espalda con espalda portando en sus diestras
las pistolas apuntando hacia arriba.
Álvaro se mostraba firme, aunque su frente perlaba
pequeñas gotas de un sudor frío delatando su nerviosismo.
Dimas, en cambio, sí se mostraba tranquilo y confiado, sabía
muy bien qué era lo que iba hacer y cómo.

352
Todo estaba ya dispuesto y preparado para batirse en
duelo a muerte.
Mientras tanto Nicoletta se consumía en su interior,
sabía que fuese cual fuese el resultado de toda aquella locura
sería el fin de todo, su corazón se quedaría hecho pedazos
para siempre.
Es duro ver que en lo más profundo de nuestros
corazones se derrumban sin remedio todas nuestras ilusiones,
pensó.
Tan solo quebraba el silencio las olas de cresta
espumosa que rompían en la playa lamiendo la blanquecina
arena para apoderarse irremediablemente de ella.
La lluvia por momentos acrecentaba su fuerza, pero no
era impedimento para que los dos hombres zanjasen de una
vez por todas sus diferencias.
La voz del capitán Duarte Santamaría se dejó oír como
un estruendo.
—Caballeros, preparados...
El silencio era total, todo movimiento quedó inanimado
a su alrededor, los dos hombres se sumieron en un estado

353
inerte a todo aquello que les rodeaba.
El mundo se había paralizado para todos aquellos
hombres.
—Suerte caballeros. Que el Cristo nuestro Señor os acoja en
su seno.
Al sonido del tambor, los padrinos comenzaron al
unísono a contar los once pasos.
—Uno, dos, tres, cuatro... De pronto, ocurrió algo
inesperado...
Un disparo, que dejó a todos los presentes horrorizados
y paralizados por lo que estaban viendo, resonó por toda la
playa.
El estruendoso disparo resonó tanto que se pudo
escuchar inclusive en el Llebeig, el sonido del golpeo del
tambor paró de golpe.
Nicoletta al oír la detonación tuvo un mal presagio, sus
ojos se inundaron de lágrimas y su corazón se quebró en mil
pedazos, sin duda algo horrible había ocurrido.
Dimas nada más comenzar la cuenta de los pasos se
había girado y, a quemarropa, disparó certeramente a la

354
nuca de Álvaro, que se desplomó sobre la arena de la playa
como un saco de arena. Al instante fluyó la sangre que dejó
teñida la arenisca de un rojo intenso. Durante breves
segundos escenas de su vida pasaron por su mente como
fogonazos. Una paz interior se fue apoderando de su ser, su
boca esputó un barboteo de sangre y sus ojos se cerraron, tan
solo pudo pronunciar su nombre: “Nicoletta”. Luego todo
fue silencio y oscuridad absoluta.
— ¿Qué demonios has hecho? —Preguntó el capitán sin salir
de su asombro por lo que acababa de ocurrir.
Pero el contramaestre no dijo absolutamente nada,
permanecía en pie cabizbajo con los brazos caídos delante
del cadáver de Álvaro.
El Sr. Vivár Dorado se agachó al lado del cadáver e
intentó inútilmente reanimarlo.
—Asesino, es un maldito asesino sin escrúpulos, lo ha
matado sin piedad y a traición, esto solo lo hacen hombres
cobardes.
Pelayo del Toro se acercó a Dimas, le miró fijamente a
los ojos, le escupió a los pies y le desarmó; tan solo dijo una

355
frase
— ¡Me das asco!
—Tú actitud cobarde me ha decepcionado profundamente —
dijo el capitán—. Jamás hubiese imaginado que pudieras
hacer algo así.
Hoy, día de Navidad, has conseguido volver a ver un
nuevo día y que él no, pero también has hecho que yo
renuncie por siempre a tú amistad, Dimas Hagen.
Podría juzgarte y enviarte a la horca por asesino, pero
no lo haré Dimas, eso sería un castigo leve para quien ha
asesinado a traición sin dar opción alguna de defensa a su
oponente. Desde este momento dejas de pertenecer a la
tripulación del Llebeig, te quedarás en tierra junto a tu
esposa. Mandaré recoger vuestras cosas y jamás nos
volveremos a ver, reniego de ti por siempre.
Conociéndote como te conozco, te causará más dolor
verte solo y desterrado que poner fin a tú vida pendiendo de
una soga del palo mayor.
Dimas continuaba estático ante lo que le estaban
diciendo y permanecía completamente en silencio.

356
—Recojan el cuerpo —ordenó—. Le daremos cristiana
sepultura como se merece un buen cristiano.
A bordo, el rostro de Nicoletta se desencajó al oír las
palabras del capitán Duarte.
Sus ojos no paraban de derramar lágrimas de pena por
Álvaro y a la vez de pánico por verse subyugada a la
voluntad de su esposo, el hombre que vilmente había
acabado con el amor de su vida y por el que hubiera dado su
propia vida sin dudarlo ni un solo instante.
Nicoletta sacó fuerzas de flaqueza de donde no las había
y le pidió al capitán permiso para despedirse de algunos de
los hombres de abordo, él accedió.
El carpintero Ginés se despidió de ella y en su mano le
puso el crucifijo de Álvaro.
Al despedirse del Sr. Vivár Dorado, éste habló
sincerándose con ella.
—Mire Nicoletta, la noche en que quiso indagar y saber
sobre Mr. Arthur Anderson y su familia en mi camarote, sé
que se dio usted perfectamente cuenta de que algo extraño
me pasó al recodar a la señora Anderson.

357
Ella asintió con la cabeza.
—Sí —dijo.
—Pues bien, me voy a sincerar con usted.
—No hace falta Sr. Vivár Dorado, yo lo entiendo.
—Y yo lo necesito —respondió él.
—Está bien —respondió—, le escucho.
Él la cogió de la mano y le indicó que se sentase.
—Mire, Nicoletta, al igual que usted, también yo he
conocido el amor puro y verdadero, ese amor que te
mantiene en un sin vivir constante, ese amor con rostro que
jamás se va de la mente, ese amor por el que se daría la vida
sin dudarlo, es el amor que siento por Dorothy.
Ella se quedó ensimismada al oír aquellas palabras.
—Le aconsejo que luche usted por lo que de verdad quiere
Sr. Vivár Dorado.
Entonces él se levantó apoyándose en su bastón y se
dirigió hacia ella.
—Le aconsejo que procure alejarse por todos los medios de
su esposo o sería su fin.
Después de aquel consejo Nicoletta entró en la cocina y

358
el cocinero Narciso Seisdedos la abrazó dulcemente sin
decirle nada. Ekún estaba sentado en una banqueta a su lado,
ella le cogió las manos, se inclinó y le besó en la mejilla.
—Continúa viviendo y luchando por la libertad Ekún, al
igual que tú, también yo soy esclava por estar en un mundo
surrealista hecho a la medida del hombre blanco, un mundo
de miserias y de desgracias al cual no pertenecemos ni tú ni
yo.
Dios nuestro Señor dará a la raza negra un lugar en el
que podáis vivir libres, una lugar en el que no haya ni amos
ni esclavos, un lugar en el que vuestros hijos y los hijos de
vuestros hijos se sientan libres para siempre —le susurró.
—Awón tí wón ségún otá, kó sóhún ti yió fá ibérú otá —
Ekún pronuncio esas palabras que para ella eran
incomprensibles y que de ninguna manera podía llegar a
entender.
—No comprendo tus palabras —le dijo mirándole a los ojos.
—Quien vence al enemigo de adentro no tiene nada que
temer del enemigo de afuera. Es dicho yoruba.
Desde el más allá, junto a los Dioses: Obatalá, Dios de

359
la bondad y justicia y junto a Oddua, dueño de los espíritus.
Adan mi padre, siempre me ve, sabe de su pueblo.
No puedo hacer cosas de mujer en cocina, no puedo
luchar como mujer, tengo que luchar como gran guerrero por
pueblo y por Adan mi padre. Adan y Akinwole muertos
como grandes guerreros. Mi deber es proteger pueblo hasta
morir, luchar antes que vivir bajo hombre de pelo amarillo
como la paja. Morir luchando antes que suplicar al hombre
blanco.
Entonces Ekún apretó su mano a la de ella y la miró sin
expresión alguna, su corazón se había quedado vacío del
todo.
Sin esperanzas y con sus ilusiones rotas Nicoletta
bogaba en una pequeña barcaza cargada con sus pertenencias
y las de su esposo, él, aguardaba su llegada en la playa.
Desamparada en un país extraño, al lado del hombre
que una vez amó con todas sus fuerzas, ese hombre que un
día robó su corazón a base de sucias artimañas, con falsas
promesas y engaños. Ahora ese hombre se había convertido
en un indeseado sin alma ni sentimientos y al que

360
despreciaba con todas sus fuerzas.
Dirigió la mirada hacia el lugar donde Álvaro dejó su
vida y vio la oscura mancha de sangre derramada de un buen
hombre, un hombre de honor, y el estómago se le encogió en
un puño. Sacó fuerzas de flaqueza y se enfrentó al monstruo
de su esposo con decisión.
— ¿Qué va a ser de nosotros ahora? —Le preguntó sentada
sobre el baúl.
—El tiempo es lo único que tienes a tu favor, pronto
descubrirás que te queda menos de lo que crees —le dijo.
Nicoletta sintió en ese momento que el espíritu de
Álvaro estaba presente y cerca de ella. Dimas se acercó a
pasos lentos hacia ella, acarició con el muñón su rostro
pálido e inerte y la atrajo hacia él, la besó en la frente y ella
en ese momento notó un pinchazo en el estómago que la dejó
sin aliento, sintió como la daga desgarraba por dentro sus
entrañas y a su diminuto ser, miró a su esposo y él la miró
sin el más atisbo sentimiento. Una fría lágrima se deslizó por
su mejilla y sus ojos se cerraron para siempre. Nicoletta
murió con el corazón roto en mil pedazos.

361
17

La plantación

El Llebeig continúo su navegación bordeando las costas del


golfo de Guacanayabo para reunirse con ingleses venidos de
Jamaica. Con ellos, el capitán Duarte cambiaría una buena
cantidad de los esclavos por maderas nobles, herramientas y
abalorios diversos. El resto de los esclavos los vendería a
buen precio y al mejor postor en las subastas.
Las ganancias las repartiría equitativamente con su
tripulación.
El capitán Duarte Santamaría después de todo
conseguiría su deseado retiro en algún país mediterráneo que
bien podría ser la vieja España.
En Manzanillo el capitán hizo tratos de intercambios
con los ingleses mejor de como lo había previsto. Mientras

362
tanto la tripulación aprovechó para pintar el casco del barco,
y parte del velamen, que se encontraba en mal estado, fue
repuesto. A pesar del trabajo de adecentando de la nave y de
reparación de los daños y desperfectos causados por el
incendio en el pañol de cocina, a todos los hombres les podía
más la sed de hembras que el propio cansancio en sí, y buena
parte de ellos durante la noche aprovechaban para poder
divertirse y dejarse sus monedas en las tabernas y en los
prostíbulos de mala muerte que había por toda la ciudad.
Duarte se había desprendido de más de doscientos
esclavos con los intercambios. Finalizados estos, cargaron el
barco con los materiales conseguidos y lo aprovisionaron
nuevamente de víveres. En cuanto el Llebeig estuvo
reparado y listo el capitán puso rumbo a Jamaica.
Dos días después de partir de Puerto Arco, Manzanillo,
llegaron a la isla de Jamaica, llamada por los indígenas
Arawak, tierra de bosques y aguas.
A media milla, en Port Antonio, al norte de la isla
fondeaba el Llebeig, todos se amontonaban para ver
desembarcar a los negros esclavos traídos del continente

363
africano. El sonido de las cadenas les excitaba y las gentes se
amontonaban y les gritaban al verlos desembarcar. Todos los
esclavos fueron desembarcados y encadenados por parejas,
caminaban cabizbajos y en pasos muy cortos, los chasquidos
de los látigos contra el suelo, los gritos ininteligibles y un
terror por lo desconocido hacía que más de uno vomitase
hasta la bilis. Una vez en tierra, todos los esclavos fueron
obligados a arrodillarse con la cabeza gacha, a ellos se les
acercaron dos hombres vestidos con unos atuendos extraños
y mientras uno de esos dos hombres les hacía besar un
crucifijo de madera, el otro mojaba sus cabezas con agua
haciendo la señal de la cruz.
Después, todos los allí presentes se arrodillaron ante las
plegarias de aquellos dos frailes franciscanos que les
acababan de bautizar cristianamente. Pero para aquellos
cientos de hombres y mujeres africanos nada significaba el
cristianismo.
Luego fueron despojados de las pocas prendas de ropa
que llevaban, desnudos, fueron introducidos en jaulas hechas
de cañizos y expuestos a los ojos de los mercaderes. Cientos

364
de curiosos se reían y cuchicheaban entre sí sin dejar de
mirarlos y mofarse de ellos.
A pesar del revuelo del gentío que había allí
congregado, el capitán Duarte vio no sin cierto estupor como
el Sr. Vivár Dorado se desenvolvía a la perfección hablando
con lugareños un idioma ininteligible para él, resultó que el
Sr. Vivár Dorado era políglota, hecho que desconocía el
capitán.
Además de hablar perfectamente español, portugués e
inglés, el Sr. Vivár Dorado dominaba la lengua criolla
patois, lo cual facilitaría la contratación de un mercader que
llevase a cabo las subastas de esclavos. El capitán
desconocía la lengua criolla y debido a ello posiblemente le
resultase un tanto complicado llevar acabo las subastas de
esclavos, sin embargo la colaboración de un mercader
facilitaría en mucho la venta.
—Bien capitán, ha llegado el momento de las despedidas, los
esclavos de Mr. Anderson están preparados para llevarlos a
la plantación, he llegado a mi destino, desde luego no sin
grandes penurias y mil historias que poder contar.

365
Espero que el futuro que le depare a Nicoletta sea mejor
de lo que fue su pasado.
—Cierto es Sr. Vivár Dorado, Nicoletta lo ha pasado mal en
una travesía tan larga como la que hemos llevado acabo,
desde luego no era viaje para una mujer. Dimas, su esposo,
ha sido para mí como un hermano y me ha defraudado;
jamás pensé que pudiera hacer lo que hizo, nos ha engañado
a todos, él para mí ya está muerto. Como usted bien ha dicho
Sr. Vivár Dorado... efectivamente, nos han ocurrido mil
historias, pero ambos hemos conseguido nuestro cometido,
este será ya mi último viaje, ahora buscaré mi retiro en
España, allí nadie me conoce y comenzaré una nueva vida
sin ser buscado.
—Entiendo —dijo—. Ahora en breves instantes llegará Mr.
Anderson y me iré con él, pero antes mi patrón deberá dar su
visto bueno examinando a todos los esclavos uno por uno, si
alguno de los cincuenta esclavos no fuese de su agrado le
será devuelto.
—Cincuenta y uno querrá decir —le corrigió Duarte.
—Cierto, tiene usted razón, cincuenta y uno con Ekún, el

366
macho semental —puntualizó éste.
En ese preciso instante una polvareda avisó de que una
caravana llegaba al puerto. Se trataba de un lujoso carruaje
tipo berlina de colores ocre y dorado, con la caja suspendida
a través de los correones de varas rectas, tirado por dos
caballos. El cochero hacía chasquear su latiguillo y las
gentes sacudían al viento sus pañuelos saludando y abriendo
paso al carruaje. Junto al cochero iba una obesa mujer negra
y en la parte trasera dos mayordomos negros aguardaban
para servir a su amo nada más se parase el carruaje.
Tras el carruaje iban cinco grandes carretones tirados
por mulas y guiados por un esclavo. En cada carretón iban
dos capataces portando látigos y armados.
El cochero paró el carruaje, la mujer negra permaneció
en todo momento al lado del cochero sin hablar y sin
moverse. En ese preciso instante un rayo cayó en un ciprés
partiéndolo en dos, el susto fue de órdago y las gentes
corrieron sin rumbo de un lado a otro todas como
enloquecidas, en unos instantes hizo acto de presencia la
tormenta.

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La negra obesa se cubrió con un manto, mientras, el
cochero permanecía inmóvil y atento al carruaje, fue
entonces cuando la cortina de la ventanilla se corrió hacia un
lado y desde dentro un hombre dio un vistazo. Al momento y
como flechas los dos mayordomos bajaron raudos para servir
a su amo, uno colocó una pequeña escalinata y abrió la
puerta, el otro con un paraguas protegía de la lluvia a su
amo. No había duda alguna, se trataba de Mr. Arthur
Anderson.
Posó sus impecables zapatos negros de hebilla ancha
sobre la escalinata. Iba muy elegantemente vestido con
casaca de delantera abierta color teja al igual que sus
calzones estrechos y de media caña con medias de color
salmón. Llamaba la atención que sobre la pechera de su
casaca luciera bordadas en hilo de oro las iniciales “AA”.
Eran letras exactas a las grabadas a fuego en la espalda de
Ekún. La chupa color crema era más corta que la casaca. Mr.
Arthur Anderson peinaba bucles laterales con coleta sujeta
con un lazo aterciopelado color teja como la casaca.
El Sr. Vivár Dorado ya había dispuesto a los esclavos

368
para que Mr. Anderson los examinase y diera su visto bueno.
El Sr. Vivár Dorado saludó con un abrazo efusivo a su
patrón y luego comenzó a mostrarle la mercancía adquirida;
éste a su vez con un chasquido de dedos indicó que uno de
los mayordomos cubriese con un paraguas al Sr. Vivár
Dorado, la lluvia era cada vez más intensa y era evidente que
su hombre de confianza se estaba empapando hasta los
huesos.
Apoyado sobre su bastón y refugiado bajo el paraguas
que agarraba el esclavo con fuerza bajo la intensa lluvia, el
Sr. Vivár Dorado esperaba impasible el visto bueno de Mr.
Anderson.
Sus impecables zapatos se habían cubierto por completo
de lodo, pero, a pesar de la incesante lluvia, el amo comenzó
a examinar uno a uno las dentaduras, los ojos y los testículos
de los machos. El Sr. Vivár Dorado le miraba impaciente,
esperando una respuesta positiva, pasó el tiempo y Mr.
Anderson le miró y asintió con la cabeza dando su visto
bueno por la buena compra de machos que su hombre de
más confianza había realizado para él.

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La lluvia caía incesante y el barro hacía difícil el poder
caminar, sorteando los surcos de las carretas el amo no cesó
en su empeño de examinar a cada uno de sus esclavos.
Examinó a las hembras al igual que lo había hecho con los
machos y también dio su visto bueno, por lo tanto no hubo
descarte alguno de esclavos. El Sr. Vivár Dorado se sintió
entonces satisfecho del buen trabajo realizado, sin duda sería
recompensado por ello.
—Muéstreme al semental —le dijo Mr. Anderson a su
hombre.
Éste se dirigió a Ekún que aguardaba apartado del resto
y encadenado de pies y manos completamente empapado por
la lluvia. Él había sido el único yoruba adquirido como
macho semental para cruzarlo con algunas de las seis
hembras mandingas que el amo estimase oportuno. Debería
de adquirir alguna hembra mandinga, más si quería hacer
rentable la adquisición de su nuevo semental. Sin duda la
gestación de las hembras le proporcionaría pingües
beneficios con las crías que pariesen.
—Le afea la cicatriz de la cara cerca del ojo, pero eso no

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importa, lo importante es que tenga potencia viril —dijo.
El amo Anderson se acercó a Ekún e intentó tocarle
pero Ekún reaccionó retrocediendo y mirando a los ojos de
su amo de manera desafiante, de pronto un chasquido estalló
en sus nalgas haciéndole caer al suelo cubriéndose por
completo de lodo.
—Jamás vuelvas a mirar a los ojos de tú amo, negro —gritó
uno de los capacetes látigo en mano.
— ¡Basta! —gritó el amo Anderson levantando el brazo.
Anderson radiaba en deseos de poner en marcha su
proyecto de cruzar al yoruba con sus hembras mandingas,
pero para eso el semental no podía padecer en sus carnes
ninguna clase de malos tratos. Mr. Anderson estaba
convencido de que las crías que pariesen serían robustas y
fuertes y eso le daría prestigio. La tormenta no tenía visos de
amainar y el amo temió que su recién adquirido y excelente
semental pudiese enfermar por el mal tiempo que hacía.
Ekún estaba completamente empapado por la lluvia y
embadurnado de lodo, su nalga sangraba en abundancia
debido al fuerte latigazo. El amo mandó que limpiaran el

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barro del cuerpo dolorido de Ekún y curaran la herida de su
pierna inmediatamente. Después de curar su herida lo
vistieron con una especie de túnica de tela de saco atada en
la cintura con un cordel. Por orden del amo lo subieron a la
carreta de las mujeres, era la única carreta cubierta con una
lona para proteger de las inclemencias del tiempo, fue
entonces, al subir a la carreta, cuando Ekún se fijó en que
nadie llevaba las marcas que él sí llevaba. Era el único de
todos ellos que llevaba en su espalda y en su brazo derecho
grabadas a fuego la doble: “AA”.
Por la gran cantidad de esclavos que ya poseían y
también por sus inmensas plantaciones de caña de azúcar, de
café, cacao y tabaco, la familia Anderson comenzaban a ser
nombrados y tenidos en cuenta entre la sociedad burguesa de
la isla.
La plantación Anderson se encontraba situada al norte
de la isla, en Pórtland, en un valle bajo las faldas de los
escarpados picos de las Montañas Azules, era allí donde
habitaban los Maroons, antiguos esclavos fugitivos
escondidos en la cordillera. Hacia ese lugar se dirigirán por

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un angosto y sinuoso camino bordeando toda la orilla de Río
Grande hasta llegar al pequeño pueblo Moore Town. En sus
alrededores se encontraba la plantación.
Después de haber preparado a todos los esclavos
quedaron listos para emprender la marcha repartida entre las
cinco carretas. Solo los hombres llevaban grilletes unidos los
unos con los otros, los ojos les fueron vendados para que en
caso de fuga no pudiesen reconocer el camino.
El miedo que habitaba en sus cuerpos hizo que más de
uno se orinase encima. No se escuchaba ni un solo lamento
ni llanto por parte de nadie. Las gentes se apiñaron para ver
pasar las carretas cargadas del género negro; cuchicheaban y
se mofaban al verlos pasar.
Dos días y medio duró la marcha hasta conseguir llegar
a Moore Town, fue una marcha sin incidentes a destacar.
Aunque por fortuna y a petición de la Sra. Anderson viajó
junto con los criados Mamasefa, la cocinera de la casa. Mrs.
Dorothy pensó que Mamasefa sería muy necesaria en la
organización de las comidas y las cenas.
Siempre decía que no sabría vivir sin la familia

373
Anderson, y cada día le daba gracias a Dios por haberse
bautizado y ser una buena cristiana devota, decía que estaría
al servicio de la casa hasta el día en que el Señor la recogiese
en su seno, eso decía la negra Mamasefa.
Antes del anochecer la caravana cruzó el arqueado
letrero en el que se leía “Hacienda Arthur Anderson”. La
gran verja de la plantación fue abierta por dos de los
esclavos. El silencio era total en las carretas, tan solo se
escuchaba el sonido de los grillos, todos miraban a su
alrededor con los ojos abiertos como platos, la incertidumbre
los mantenía agarrotados.
El cielo anaranjado con la tenue luz del atardecer aún
dejaba ver a los esclavos trabajando.
Asustados miraban de un lado a otro, la plantación era
inmensamente grande, veían a los cientos de esclavos con
sus sombreros de paja inclinados cortando caña de azúcar y a
muchas mujeres trabajando en los cafetales y campos de
tabaco.
Momentáneamente dejaron de trabajar para ver pasar
los carromatos, luego el chasquido de los látigos les hacía

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volver de nuevo al trabajo.
Mrs. Dorothy impaciente esperaba junto a su hija
Beatriz al pie de las escaleras de la casa a su esposo. Él bajó
del carruaje sacudiéndose el polvo de su casaca y raudo se
acercó a su esposa abrazándola, también bajó el Sr. Vivár
Dorado; se dirigió hacia la esposa de su patrón, sus miradas
se cruzaron deseosas, ella le ofreció su mano y él se inclinó
apoyado sobre su bastón en leve reverencia hacia ella y besó
con sutileza su mano; ella sintió como un escalofrío recorría
todo su cuerpo de pies a cabeza como un relámpago,
mientras tanto, su esposo ajeno a todo aquello besaba y
abrazaba feliz a su hija.
Entraron todos al salón y mientras una de las criadas
preparaba unos ponches Mr. Anderson dio la orden a uno de
sus capataces de que a todos y cada uno de los esclavos se
les afeitase las cabezas sin excepción, fuesen del sexo que
fuesen. También que les cortasen las uñas de los pies y de las
manos; todas estas medidas eran necesarias para asegurarse
de que ningún esclavo fuese portador de piojos, liendres o
chinches.

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Aquellos hombres, mujeres y niños habían comenzado
una nueva vida en la plantación Arthur Anderson.
Al día siguiente y nada más despuntar los primeros
rayos de sol por el horizonte, el estruendoso sonido de un
cencerro colgado en el quicio de la puerta del barracón
despertó a todos los esclavos. Los nuevos estaban temerosos
como corderillos indefensos, todos se guiaban aconsejados y
ayudados por los más viejos, salieron del barracón con prisa,
sin pausa y en silencio, también las mujeres y los niños
salían de su barracón. Enseguida varios de los capataces
organizaron a todos los esclavos en formación y en varias
filas, luego, como cada mañana, una veintena de esclavos
domésticos se dispusieron para dar algo de comer a los
esclavos. A las mujeres y sus retoños les dieron unas
mazorcas de maíz acompañadas de un cuenco de leche de
cabra. Para los hombres, la mazorca de maíz iba acompañada
de un pequeño cuenco el cual lo llenaban con un buen
chorreón de tafia, el licor de la caña.
Una vez que todos estuvieron listos y preparados, los
capataces dispusieron a todos y cada uno de los esclavos en

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filas de a dos para, de esa forma, ser distribuidos en sus
zonas de trabajo como cada mañana.
Mientras tanto, todos menos Ekún fueron llevados uno
tras otro a la fragua, incluidos los niños mayores de diez
años. Quizás sospechaban lo que les aguardaba, pero la
resignación ya se había apoderado de todos aquellos
desdichados.
Supervisados por uno de los capataces, uno a uno
fueron entrando en aquella especie de túnel del horror, donde
otro esclavo como ellos les marcaba a fuego la doble “AA”
en sus espaldas y en el brazo derecho. Al salir de la fragua
un par de esclavos frotaban las quemaduras con un trapo
empapado en vinagre, de esa forma las heridas cicatrizarían
antes y sin infecciones. Los gritos al sentir el hierro candente
quemándoles la carne era ensordecedor, algunos lloraban en
silencio, otros suplicaban tirándose al suelo, algunos
tiritaban por el miedo que sentían y otros simplemente se
mostraban ausentes.
El repugnante olor a carne quemada envolvía gran parte
de la plantación y algunos de los capataces llevaban cubierto

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su rostro con un pañuelo para evitar el desagradable y
pestilente hedor. Todos los demás esclavos, sin excepción,
habían pasado por aquel horror y a pesar de oír los gritos de
los nuevos, todos ellos, hombres y mujeres, continuaban
trabajando cabizbajos y completamente en silencio, si no, los
látigos darían cuenta de ellos.
Durante ese primer día descansarían, pues era
comprensible, ya que el dolor producido por las heridas no
les dejaría trabajar, y posiblemente a una buena cantidad de
los nuevos esclavos ya marcados les daría algunas décimas
de fiebre. Por lo tanto, ese sería el único día de descanso para
todos aquellos nuevos esclavos. Mrs. Dorothy había
impuesto la norma de que en la plantación la mitad de los
esclavos descansasen el domingo por la mañana y la otra
mitad lo hiciera durante el domingo por la tarde, por lo que
aprovechaban para relacionarse entre sí, sin el acoso de los
temidos látigos.
Rezaban a sus Dioses, cantaban y bailaban para no
perder sus costumbres y con ello no perder la identidad,
sentían a cada momento la imperiosa necesidad de conservar

378
a toda costa sus raíces.
Aunque para algunos sus raíces ya nada significaba; se
habían rendido de tal manera que ni siquiera se les podía
denominar esclavos. Eran los domésticos, unos esclavos que
vivían por y para el amo, no mostraban interés alguno por
relacionarse con los de su misma raza, eran del todo
apáticos; habían sido anulados psicológicamente e incluso
los dos domésticos más cercanos a los amos habían sido
enmudecidos cortándoles sus lenguas.

Mr. Arthur Anderson decía que era cruel, desde luego, pero
era una forma segura de salvaguardar la discreción para con
sus amos, los domésticos no podrían hablar sobre lo que
vieran u oyeran.

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380
18

Mrs. Dorothy

Rondaba los cuarenta, era una mujer de una belleza efímera,


sus rasgos se habían deteriorado por el castigo implacable
del clima y del sol de Jamaica, pero, a pesar de ello,
conservaba ese tic que hace girarse a los hombres al paso de
una bella mujer de cabellos cobrizos.
Era mujer de armas tomar, una persona impetuosa y
directa, pero comprensiva. Dirigía y organizaba la casa con
mano firme pero sin excesiva dureza.
Nada más despuntar los primeros rayos de sol ella
misma y salvo causa mayor solía servir a su esposo cada
mañana el desayuno en la mesa camilla de su habitación.
Mrs. Dorothy sabía muy bien los gustos de su esposo, le

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hacía sentir el hombre de la casa; mientras estaba con él su
comportamiento era el de una mujer enamorada y casi se
podría decir que sumisa, nunca había una mala palabra por
su parte.
Al atardecer, después del duro día en la plantación
mandaba llenar la bañera de su esposo y ella misma le
enjabonaba y le frotaba mientras hablaban bajo la
amarillenta y tenue luz del quinqué. La mayoría de las veces
acababan amándose. Ella complacía a su esposo en todo lo
posible, e incluso a veces su comportamiento en la cama era
un tanto aberrante porque eso a él le excitaba, sabía tocar
muy bien el punto débil de su esposo.
Pero todo eso tenía un porqué, un trasfondo, ese amor
no era puro por su parte, era un amor totalmente disimulado.
Solía pasarse tardes enteras bordando en bastidor y
procuraba encontrar momentos afines para charlar con su
hija Beatriz, para poder comentar el día de escuela.
Para Beatriz la escuela era todo un suplicio, pues pocos
niños y niñas albergaban el recinto educativo del pequeño
pueblo de Moore Town y mucho menos jóvenes

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adolescentes de su edad. Sus padres se habían preocupado de
que la joven recibiese una refinada y esmerada educación
como la señorita distinguida que debía ser. Gran parte de
esta educación corría a cargo de Mrs. Margaret, la institutriz,
una escocesa de aspecto interesante y refinado. Mujer
madura entrada ya en los cincuenta que trabajaba en la
Hacienda Arthur Anderson desde que enviudó, o eso es lo
que ella quería y necesitaba creer, porque lo que realmente
pasó fue que su esposo, un importante empresario escocés,
desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro y, eso sí,
dejando a su esposa con una mano atrás y otra delante. Nada
se volvió a saber de él desde entonces, y de eso habían
pasado ya cinco largos años.
Las malas lenguas decían que el escocés abandonó a
Mrs. Margaret por el amor de otra mujer.
Con el paso de los años, Mrs. Margaret se fue ganando
el cariño de la joven Beatriz, ella era su confidente y amiga,
esto último no era bien valorado por su madre ya que lo que
su hija le contaba a la institutriz no se lo contaba a ella, el
atisbo de celos por su parte siempre estaba presente. Sin

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embargo Mrs. Dorothy valoraba en mucho el buen hacer de
la institutriz con su hija. Le enseñaba modales refinados,
como correspondía al saber estar de una señorita inglesa,
además Mrs. Margaret se cuidaba de darle a la joven Beatriz
clases de matemáticas, geografía e historia y, por supuesto,
repasaban a diario la Biblia.
La situación entre Mrs. Dorothy y Mrs. Margaret era
cordial sin olvidar cuál era el sitio que correspondía a cada
una.
Era la primera vez que él subía al piso de arriba, antes
ni siquiera había existido la posibilidad de encontrarse con
ella en su propia alcoba.
El sonido leve de su lento caminar apoyándose sobre su
bastón delataba que él se acercaba. Ella se había preparado
para él. Durante una hora se había dado un baño relajante de
sales en la bañera de cinc, había cepillado sus cabellos con
delicadeza y rociado con el perfume olor a jazmín que su
esposo le regaló para su 39 cumpleaños. Impaciente esperaba
en su cama a su amante semidesnuda, vestida con un corsé
de color azul turquesa apretado y con adornados de pequeños

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moños y un vistoso escote con un delicado encaje que le
comprimía los pechos. Sus piernas lucían unas delicadas
medias de seda negras cogidas a un liguero del mismo encaje
y color que el corsé. El Sr. Vivár Dorado estaba temeroso y
expectante a la vez que deseoso por el encuentro, el sonido
de sus pasos le delataba a Mrs. Dorothy que se acercaba el
momento tan esperado. Había pasado tanto tiempo desde la
última vez que se amaron que no podían desperdiciar una
oportunidad como la que se les había presentado.
Ajeno a todo, su esposo había decidido ir a
Westmoreland al este de la isla en ciudad de Negril, allí
permanecería durante un par de días, hacía tiempo que había
contactado con un comerciante que le proporcionaría una
veintena de hembras mandingas que cruzaría con su
semental.
Mientras tanto, su libidinosa esposa esperaba las dulces
y tiernas caricias de su amante.
Hubo un instante en que el leve sonido de sus pasos y
de su bastón se silenciaron; al llegar, él se detuvo frente a la
puerta de la alcoba donde le esperaba su amada, miró el

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pomo, por un instante dudó, su corazón latía a grandes
golpes y lentamente lo giró, de un ligero empujón abrió lo
suficiente como para pasar. Dio dos pasos y entró, ella lo
miró sin decir nada.
Se acercó hasta su cama, ella estaba radiante,
espléndida, sensual y sugerente. El Sr. Vivár Dorado cogió
su mano y la besó, ella lo miró con una expresiva sonrisa,
después, sutilmente, deshizo su corbatín, desabotonó
lentamente su camisola y su mano acarició su torso, luego
deslizó por sus hombros los tirantes de sus pantalones. Mrs.
Dorothy se reincorporó poniéndose de rodillas sobre la
cama, se acercó a él lo suficiente como para besar su cuello
con la máxima dulzura, mientras, él acariciaba como loco su
cuerpo, sus manos ya habían enloquecido y la acariciaba con
pasión. Él acarició sus hombros y los besó, también sus
brazos y manos, sus dedos se entrelazaban y se besaban de
una forma frenética.
La libido inundó aquellos semidesnudos cuerpos
entregados y enroscados como serpientes. Ella le mordía con
sutileza sus pequeños pezoncillos puntiagudos y un

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escalofrío recorrió eléctricamente su cuerpo. Deshizo las
lazadas del corsé dejando al descubierto sus pechos desnudos
que besó y besó enloquecido de pasión, sus labios
succionaron los pezones endureciéndolos como piedras, ella
enloquecía de placer. Deslizó su mano hasta cogerle el erecto
pene, se inclinó lo acarició y lo introdujo en su boca, el
placer que él sentía era indescriptible, gemía de placer y, casi
llegando al éxtasis, tuvo que parar durante unos segundos y
recuperarse de nuevo, luego él la cogió por los hombros y la
tumbó en la cama, acarició sus pechos y su vientre, pasó sus
manos por sus nalgas y las besó, ella gemía cuando una
bocanada de placer la abordó por completo, notó como él
acariciaba su húmedo sexo con la lengua. Creía volverse
loca. Solo una frase se dejó oír entre aquellos gemido:
—Hazme tuya ahora.
Él la penetró.

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19

El jefe Erwin

Los primeros días en la plantación fueron desesperantes y


desalentadores, lo primero que hicieron los capataces fue
una criba con los nuevos esclavos por orden expresa del jefe
de capataces. Fueron separados los niños de las mujeres sin
tener consideración alguna con respecto a si eran madre e
hijo, para el jefe Erwin solo eran esclavos sin más, bestias de
carga, mano de obra, carne negra para comercial con ella.
Aparte del Sr. Vivár Dorado el jefe de capataces era un
hombre de máxima confianza para el amo. Existía entre los
dos hombres un cierto pique, pero ambos se respetaban, los
dos sabían de la confianza que el amo había depositado en
ellos.
A Mr. Arthur Anderson le interesaba tener cerca al jefe

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Erwin, él era su confidente. Todo lo que ocurriese en la
plantación lo sabría el amo, cualquier incidente que se
produjese entre los esclavos o con sus propios compañeros,
le faltaría poco para ir a informarle de forma sumisa.
El jefe Erwin era temido por todos en la plantación, el
resto de capataces trataban de cruzar las palabras justas e
incluso evitaban cruzarse con él. El maltrato hacia los
esclavos era una constante, a la más mínima sus doloridas
espaldas eran cruzadas por su temible látigo, hecho que
desconocía Mr. Arthur Anderson. Para él, el maltrato en su
plantación era algo que creía inexistente. Si se castigaba a
algún esclavo, debía de ser por un motivo grave y desde
luego siempre mandado por él o por el jefe Erwin. Nadie se
atrevía a informar al amo del mal hacer del jefe de capataces.
El dominio por su parte en la plantación era total, poseía
pleno consentimiento para hacer y deshacer, e incluso
potestad para sin explicación alguna despedir de la
plantación a cualquier capataz que se enfrentase a él.
Era un hombre de baja estatura y obeso, su prominente
calva, la disimulaba dejando crecer sus casposos y grasientos

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cabellos que peinaba con sumo cuidado para cubrir y
disimular en lo posible su alopecia, formando en su cabeza
pequeñas parcelas bien distribuidas, sobre su labio superior
lucía un fino bigotillo que más bien parecía una fina raya de
lápiz.
Hombre de carácter bronco, durante años había
procurado ganarse la confianza del dueño a través de una
sumisa servidumbre hacia él y su familia.
Aprovechando la circunstancia en la que el amo
Anderson se encontraba en Westmoreland tratando de
adquirir nuevas esclavas mandingas, el jefe Erwin había
decidido hacer una selección de las hembras yorubas recién
llegadas. Mandó que todas las hembras estuviesen aseadas y
limpias para una inspección que él mismo llevaría a cabo.
Preparadas las esclavas para la inspección, entró en el
barracón de las hembras acompañado de dos de los
capataces.
—En pie —ordenó.
Temerosas ante la incertidumbre de no saber qué era lo
que les iba a ocurrir, todas se pusieron en pie frente al jefe

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Erwin. Con los brazos hacia atrás comenzó la inspección.
Había pensado que quizás fuese una buena idea elegir a
la mejor hembra yoruba para cruzarla con el negro semental
recién llegado.
Examinó una a una, se acercó a la que parecía la
hembra más joven de todas, alzó su rostro y preguntó su
nombre.
Ella no respondió, él se acercó y acarició su cara, se
quedó fascinado por la suavidad de su piel negra y de la
belleza de la joven yoruba.
Es una hembra joven de apenas trece o catorce años,
será perfecta para el semental, pensó.
Luego se quedó durante largo rato mirando a la joven.
—Tú serás la primera —dijo.
—Que Eleguá, dueño de los caminos del universo y del
destino de las personas te acompañe Ododó —dijo una de las
mujeres al ver que se la llevaban.
—O sea... que te llamas Ododó —dijo frotándose las manos.
Al oír al hombre blanco, Ododó dirigió su triste y
perdida mirada hacia el suelo y se resignó a su incierto

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destino.
La llevaron a una pequeña chabola hecha de arcilla y
paja; dentro, un palo central clavado en el suelo atravesaba el
techo de la chabola. Había una pequeña banqueta, una vasija
de arcilla llena de agua y un camastro de esparto como
mobiliario, había también dos cadenas de un par de metros
enganchadas por uno de sus extremos a dos gruesas argollas
que estaban cogidas al palo central de la chabola. Las
cadenas eran lo suficientemente largas como para moverse
con soltura e incluso poder salir al exterior sin miedo a
posibles fugas.
Introdujeron a Ododó en la chabola y la cogieron por el
tobillo a una de las cadenas. El miedo engarrotó por
completo su cuerpo, se quedó en la banqueta encadenada,
sus ojos ya no almacenaban lágrimas y todo su cuerpo
temblaba.
Unos quince minutos después aparecieron los capataces
con el semental, al igual que a la jovencísima yoruba,
también a él lo encadenaron por su tobillo.
Después los dos capataces se fueron del lugar dejando

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solo al jefe Erwin con los dos esclavos.
Permanecía en pie en la entrada de la chabola impasible
y expectante, deseoso de ver cómo se apareaban, pero ellos
no se movían, tan solo se miraban a los ojos.
—Vaya, veo que ya os conocéis —dijo arrugando la frente.
Alzó la mirada y desafiante miró a los ojos del hombre
blanco. De repente, una bofetada estalló en su cara.
—Jamás me vuelvas a mirar directamente a los ojos, negro
—gritó.
No era la primera vez que oía aquella misma frase y
dirigió la mirada al suelo.
— ¿Cuál es el nuevo nombre que te ha puesto tu amo? —Le
preguntó alzando amenazante su brazo.
—Ekún es mi nombre, no sé nuevo nombre —respondió.
— ¡Hazla tuya! —Ordenó.
Ekún permaneció inmóvil e impasible.
—Te he dicho que la poseas —le dijo gritándole al oído.
El jefe Erwin empujó a Ekún hacia Ododó tirándola de
la banqueta.
—Venga, empieza.

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Pero Ekún no se movía, permanecía tirado en el suelo
completamente impasible.
Fue entonces cuando el jefe Erwin arrancó las escasas
ropas de Ododó dejando al descubierto sus tersos pechos.
— ¿No te gustan? ¿Es que no te excitan? —Dijo palpando
los pechos de la joven yoruba.
Ekún temblaba, no quería ni mirar a Ododó, había sido
la mejor amiga de Airá, su fallecida esposa.
Durante unos breves segundos el jefe Erwin se quedó
pensativo.
— ¿No seréis hermanos? —Preguntó—, porque si es así, los
negros que paras nacerán tontos y eso al amo no le gustará
nada en absoluto y tus crías serán comida para los cerdos.
Ekún negó con la cabeza al oír sus palabras.
—Entonces si no sois hermanos, tócala, lámela, hazla tuya y
préñala, el amo me recompensará por ello.
No entendía muy bien lo que le decía aquel maldito
hombre blanco.
— ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Cogió la mano de Ekún y con ella tocó los pechos de

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Ododó, ella temblaba y él retiró de un brusco golpe su mano.
Desplegó su látigo y un chasquido cruzó las piernas de
Ododó que comenzaron a sangrar, quedó dolorida y tirada en
el suelo. Ante aquello, Ekún no pudo soportar la
humillación y sin pensarlo se abalanzó sobre el rechoncho y
sudoroso jefe Erwin. Con un golpe de hombro lo derrumbó.
Tirado en el suelo de la chabola el jefe Erwin rodó unos
metros hasta salir fuera del alcance del negro semental. Ekún
nada pudo hacer, la cadena se tensó cuando furioso quiso
alcanzarlo, fue imposible, permanecía de rodillas a unos
centímetros de él, tiró de la cadena y el palo central vibró
pero Ekún nada pudo hacer.
Ataron al esclavo al palo central de la chabola. El jefe
yoruba se temió lo peor, pensó que su vida acabaría allí. En
aquel preciso momento se encomendó a Orisha: los
antepasados que fueron elevados por haber coronado sus
destinos. Estaba completamente inmóvil, atado al palo que
atravesaba la chabola. Fue entonces cuando ocurrió algo
absolutamente aberrante e inesperado.
Ella no lloró, no se movió, ni siquiera se inmutó ante los

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tocamientos del jefe Erwin. Pasó su húmeda lengua por su
cara y por su boca, baboseó cada centímetro de aquel negro y
enclenque cuerpo, sus manos sobaron aceleradas sus pechos,
luego se puso en pie frente a ella, por unos segundos ambos
se miraron directamente a los ojos en silencio. Las gotas de
sudor perlaban su frente, un tanto tembloroso el jefe Erwin
sacó de entre sus calzonas su erecto miembro y forzándola lo
introdujo en su boca hasta eyacular, ella no pudo reprimirse
de las arcadas y vomitó, sintió como se desgarraba por
dentro al sentir el viscoso y caliente esperma de aquel
asqueroso y repugnante ser.
Ekún miraba rabioso e impotente al jefe de capataces
que permanecía tumbado boca arriba en el camastro junto a
la muchacha, su respiración era entre cortada y su corazón
latía acelerado, ella estaba inmóvil, ausente con la mirada
perdida. Minutos después, el hombre se repuso y la penetró.
Se acercó después a escasos centímetros del rostro de
Ekún y mirándole le dijo:
—Te das cuenta, esto es una lección para que aprendas,
espero no tener que recordártela.

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Todo aquello le dolió más a Ekún que a ella misma. No
era la primera vez que Ododó había sido violada por el
hombre blanco.
Al día siguiente había revuelo en la plantación, el jefe
Erwin había dispuesto todo lo necesario para recibir al amo
que en breve llegaría con las esclavas mandingas, ellas serían
cruzadas con el negro semental.
A la espera de la inminente arribada de Mr. Arthur, todo
se había dispuesto como a él le gustaba, la plantación estaba
en perfecto orden, y todos en su sitio.
Por orden de Mrs. Dorothy, Mamasefa había preparado
guiso de pavo, el plato preferido por su esposo.
El sol estaba en todo lo alto cuando envuelto en una
nube de polvo llegó el carruaje y, tras él, la carreta cargada
con la veintena de hembras mandingas.
Mrs. Dorothy declinó que uno de sus esclavos
domésticos abriese la puertezuela del carruaje de su esposo,
ella misma la abrió y le recibió con un efusivo abrazo,
mientras abrazaba a su esposo miró de reojo a su amado. El
Sr. Vivár Dorado permanecía impávido apoyado sobre su

397
bastón al pie de las escaleras.
— ¿Qué tal esta todo por aquí? —Le preguntó a su esposa.
—Cómo puedes ver esposo, está tal y como tú lo dejaste.
—Hola amigo mío —dijo saludando al Sr. Vivár Dorado con
un apretón de manos.
— ¿Qué tal le ha ido por Westmoreland?
—Bien, querido amigo, muy bien cómo puedes ver —dijo
señalando el carromato cargado con las esclavas.
—Buen género, ha hecho una muy buena adquisición señor.
—Eso mismo pienso yo. Pero dime —dijo poniendo su
brazo sobre el hombro de su amigo—. ¿Has cuidado en mi
ausencia de mi querida esposa y de mi pequeña Beatriz?
Se le agarrotó la garganta al Sr. Vivár Dorado y su
mente se ofuscó de manera que no podían salir las palabras
de su boca, se repuso de su atolondramiento e irguió su
espalda como una cobra lista para el ataque.
—Sí, sí, claro, por supuesto —la mentira había venido a su
mente con suma facilidad.
—Bien, vamos dentro, tengo un hambre canina —manifestó
Mr. Anderson.

398
—Mamasefa ha preparado tu plato preferido, querido.
—Genial, guisado de pavo... supongo.
—Supone bien amo —dijo la negra Mamasefa portando el
guiso de pavo en un perol.
—Sentémonos a la mesa —indicó Mrs. Dorothy.
En un extremo se sentó como era habitual Mr.
Anderson, en el otro su esposa, y a ambos lados se sentaron
Beatriz y la institutriz Mrs. Margaret, y el Sr. Vivár Dorado
frente a ellas.
—Y... dime, querido, ¿cómo ha ido todo por Westmoreland?
—La verdad es que me ha ido todo bastante bien, ya has
visto el buen género que he adquirido, con las hembras y el
negro semental tendremos buenos beneficios.
—La verdad, yo no lo tengo tan claro querido —respondió
su esposa mientras le servía una porción del suculento guiso
de pavo.
— ¿Qué quieres decir?, no te comprendo.
—Suponiendo que gran parte de las hembras se quedasen
preñadas del negro semental... ¿cómo haríamos para sacar
adelante a todos sus retoños?

399
—Sus retoños, como tú dices, tan solo los han de criar sus
madres, como hacen las madres de todas las especies de la
tierra.
—Aun así esos retoños nos llevarán no pocos gastos en su
alimentación, gastos en medicinas si enferman o si nacen con
algún defecto físico o incluso tontos.
Todos comían en silencio escuchando la conversación.
—Tienes razón querida, pero toda empresa tiene su riesgo,
además aun y a las malas serán esclavos braceros.
—Sí, los machos sí, pero... y las hembras que nazcan.
—Las hembras que nazcan en cuanto menstrúen las
cruzaremos con el negro semental.
—Dicen que no es aconsejable cruzar a una hembra con su
padre —interrumpió el Sr. Vivár Dorado—, sus hijos pueden
salir tarados.
—Cierto amigo mío, cierto, pero deberías de saber que eso
solo ocurre con la raza blanca.
—Debe de ser así —dijo un conformista Sr. Vivár Dorado.
—Es cierto, jamás un padre podría ni tan siquiera de
pensamiento tener algún tipo de relación con su hija más allá

400
de la estricta. Dios nuestro Señor lo ve todo y la condena es
segura, vamos que me confesaré por este mal pensamiento si
quiero comulgar el próximo domingo —dijo persignándose y
mirando al unísono a su esposa y a su hija.
Mrs. Dorothy hizo sonar la campanilla de mesa y al
instante un esclavo domestico se presentó a la mesa.
—El postre —ordenó la señora.
Inmediatamente después salió Mamasefa de la cocina,
como de costumbre silbaba, de esa forma podían saber que
no comería nada durante el trayecto de la cocina al salón.
Portaba en una mano una bandeja con piña cortada y en la
otra una bandeja repleta de plátanos.
—Mamasefa... he de decirte que una vez más el pavo estaba
exquisito —añadió Mrs. Anderson limpiándose la boca.
Mamasefa no dijo nada, se inclinó ligeramente y con la
mirada fija al suelo caminó hacia tras y se retiró.
—Cuéntame Beatriz, ¿alguna novedad en mi ausencia?
¿Cómo va la escuela?
Mrs. Dorothy miró de soslayo al Sr. Vivár Dorado que
se disponía a meterse un bocado de piña en la boca.

401
—Todo igual que siempre papá.
—Me alegro hija. Ahora tomemos el café acompañado de un
buen cigarrillo —dijo mirando al Sr. Vivár Dorado.

402
20

El hijo anhelado

Noviembre del 1732.

Nueve meses después.

Durante aquellos meses Ekún había preñado a varias de las


mujeres mandingas e incluso de tribus diferentes.
Mujeres de su propia tribu ya habían yacido con él y
habían quedado preñadas bajo el mandato de los capataces.
Para entonces ya se había resignado, comprendió que la
obediencia y la sumisión serían sus mejores aliados para
poder sobrevivir a toda aquella locura.

403
Más tarde o más temprano llegaría el momento de la
venganza, pensaba él.
Sin embargo la envidia de los demás esclavos hacia él
era una constante, pensaban que era un privilegio para
cualquier esclavo verse en su situación. Él había sido
escogido como semental de la plantación y de momento no
había ningún otro esclavo que desempeñase aquella labor.
No trabajaba cortando la caña, ni tampoco en los cafetales, ni
en las grandes plantaciones de tabaco, aquel que él mismo
decía ser el jefe de todos los yorubas, el de la fea cicatriz en
el lado derecho de la cara que le alcanzaba desde el mentón
hasta la ceja, él y solo él era el único semental de la
plantación, sus cuidados y su alimentación eran como los de
cualquier hombre blanco, además de tener ciertos
privilegios, como disfrutar de una pequeña cabaña para él
solo.
No solo las esclavas que habían quedado preñadas por Ekún
darían a luz en la plantación.
El deseo y la ilusión que tenía Mrs. Dorothy de darle un
varón a su esposo le daba fuerzas. No había nada más

404
deseado y nada más ilusionaste que el nacimiento de un
niño. Un varón que continuara con el linaje del apellido
Anderson. Un varón que se hiciese cargo con plenos poderes
de la plantación.
Había cierto revuelo en la casa de las tortugas aquel día.
Mrs. Dorothy no se encontraba nada bien, había roto aguas y
desde su alcoba sus gritos se dejaban oír por gran parte de la
plantación alertando a todo el mundo. Mr. Anderson no sabía
muy bien cómo actuar en estos casos, así que hizo llamar al
médico de Moore Town a través de uno de los capataces el
cual había salido a caballo a toda prisa dejando una estela de
polvo en el camino.
En la plantación no solo la señora Anderson daría a luz.
Ese mismo día en el barracón de las esclavas una joven iba a
dar a luz. Las mujeres intentaban hacer el menor ruido
posible para no llamar la atención de los capataces, la
muchacha era ayudada por las demás mujeres, al igual que la
señora Anderson; también Ododó acababa de romper aguas,
aguantando en lo posible su dolor, su frente perlaba un sudor
frío, apretaba fuerte sus labios contrayendo su vientre, una

405
de las mujeres la sujetó por las muñecas mientras que otra le
dio a morder un trapo empapado en agua y limón, también le
ponían una y otra vez cataplasmas de hierbas en su hinchado
vientre para aliviar su dolor e intentar relajarla.
Las contracciones eran cada vez más y más seguidas,
estaba tumbada sobre una esterilla, permanecía con las
plantas de sus pies posadas en el suelo y con las piernas
abiertas, bajo sus riñones le pusieron un almohadón. Olosá la
mujer más vieja del barracón asumió la responsabilidad para
traer al mundo a la criatura.
Mientras las mujeres se preparaban para asistir al parto
Olosá encomendó sus plegarias a Eledda: el ángel de la
guarda con el que se nace.
Untó sus manos y brazos con manteca y se las frotó
como si se lavara, hasta que consiguió lubricarlas bien.
Habló con la parturienta tratando de tranquilizarla. Luego
puso su mano izquierda sobre su vientre e introdujo dos
dedos, después tres y por último, introdujo la mano entera en
la dilatada vagina, sutilmente tocó a la criatura.
—Grita Ododó —le dijo Olosá.

406
En la casa, Mamasefa ya se había hecho cargo de la
situación. Todos corrían de un lado a otro portando jofainas
con agua tibia, toallas, y varias sabanas limpias, alguien
preparó un mullido almohadón para el recién nacido.
Mientras tanto, en el cobertizo de la casa dos hombres
esperaban impacientes la llegada del médico y su señora
esposa, la cual hacía las veces de matrona cuando su marido
asistía en algún parto. En la habitación de arriba la señora se
desesperada y rabiaba de dolor, sus gritos mantenían en un
manojo de nervios y en una constante e impaciente espera a
su hija Beatriz. La joven esperaba junto a su institutriz en la
habitación contigua a la de sus padres. Las dos mujeres
permanecían cogidas de la mano esperando cualquier noticia
referente al alumbramiento. Desde su habitación la joven
podía escuchar el alboroto que había en la casa de ir y venir
de esclavos mandados por la negra Mamasefa, oía los
alaridos que emitía su madre y eso ponía de los nervios a ella
y a su padre, que aguardaba impaciente junto a su hombre de
más confianza y amante de su amada esposa. Por otro lado,
la preocupación del Sr. Vivár Dorado ante lo que le podía

407
venir encima por el alumbramiento de su amante, le dejaba
el estómago encogido, además, el temblor incesante de sus
manos claramente delataba su nerviosismo. La cabeza le
dolía y las sienes le latían a golpe de martillo pensando en
que quizás la criatura que Mrs. Dorothy pariese fuese suya y
eso le atormentaba inevitablemente.
Sin embargo Mr. Anderson ajeno a todo, ni sospechaba
tal posibilidad. Él, achacaba el nerviosismo de su amigo a la
situación que vivía en esos momentos.
Devorando un cigarrillo tras otro y cabizbajo Mr.
Arthur Anderson caminaba de un lado para otro con los
nervios a flor de piel, la espera de la llegada del doctor se le
hacía interminable, había mandado a un capataz y éste no
llegaba. Mientras tanto, Mamasefa mandó a través de una de
las esclavas llamar al Sr. Vivár Dorado. El amo Anderson
seguramente no estaría preparado para recibir malas nuevas.
Minutos más tarde se presentó frente a la puerta de la
habitación el Sr. Vivár Dorado apoyándose ligeramente
sobre su bastón, picó dos veces en la puerta y mamasefa
salió al umbral con un mandil completamente manchado de

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sangre, al verla, los ojos del Sr. Vivár Dorado se abrieron de
par en par y se temió lo peor.
— ¿El amo, dónde está el amo? —Preguntó la negra
Mamasefa.
—Ha salido fuera envuelto en un manojo de nervios, la
espera se le hace del todo interminable —respondió.
— ¿Le ha visto subir?
— ¿Qué misterio guardas Mamasefa?, No, no me ha visto
subir —respondió él.
—Verá señor, el ama está muy mal.
— ¿Qué quieres decir?, explícate mejor, negra.
—El ama está perdiendo mucha sangre y si se demora el
médico me temo que pueda ocurrir una desgracia.
— ¿Qué podemos hacer mientras tanto? —Preguntó.
—No lo sé señor, de momento le he dado una infusión de
menta con hierbabuena y parece que está más calmada. Este
es su segundo alumbramiento y sin duda señor es el más
doloroso.
Justo en el momento en que Mamasefa le contaba lo
ocurrido, una nube de polvo anunciaba que un carruaje

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llegaba a toda velocidad a la plantación.
Una de ellas lavó una cuchilla todo lo bien que pudo y
se la entregó a la vieja Olosá, ella la examinó durante unos
segundos, asintió dando su visto bueno y cortó el cordón
umbilical, seguidamente presionó el tramo final del cordón
hasta que logró extraer toda la sangre, con un hilo de su sayo
ató el cordón, luego cogió a la criatura y palmoteó levemente
sus nalgas hasta que rompió en sollozos, seguidos de un leve
llanto que a todas aquellas mujeres les sonó a música
celestial.
La joven madre yacía completamente empapada en
sudor, se mostraba tranquila pero expectante ante la
incertidumbre de ver y sentir entre sus brazos al bebé que
acababa de parir.
— ¿Cómo es?, ¿Es varón o hembra?, ¿Está sano Olosá?
Dime, dime algo por todos los Dioses —preguntaba Ododó
insistentemente.
Ododó no sentía dolor, el sudor empapaba todo su
cuerpo como la hierba cubierta de rocío.
Con agua templada lavaron y limpiaron al bebé de

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restos de sangre y placenta. Era un bebé sano.
— ¿Qué es? —Preguntó impaciente la madre.
—Un varón Ododó, has parido a un varón —escuchó.
— ¿Está bien?, quiero verlo —masculló ella.
—Ododó, he de decirte algo —inquirió Olosá.
— ¿Qué... qué ocurre? —balbuceó—. Dame a mi hijo.
Cubrieron a la criatura con una mantilla y Olosá cobijó
al bebé entre sus brazos, luego le habló a la madre.
—El niño ha nacido sano Ododó.
— ¿Entonces? —preguntó la madre expectante.
—No es como tú.
— ¿Qué quieres decir?
—Toma a tú hijo, él es ahora tu vida —le dijo la vieja Olosá.
La joven madre cogió entre sus brazos a su recién
nacido. Sus redondos y oscuros ojos se abrieron como platos
al ver que la piel del niño que acababa de parir no era oscura
como la de ella, su piel era rosada, entonces Ododó se evadió
durante unos segundos y comprendió que su hijo, no era
fruto por haber sido obligada a yacer con Ekún era el fruto
de la violación sufrida por el jefe de capataces.

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De pronto la puerta del barracón se abrió dejando entrar
un haz de luz con polvo en suspensión que la deslumbró,
todas las mujeres callaron, el silencio invadió al instante
aquel barracón, tan solo se rompía por el llanto de la criatura
que acababa de ver la luz.
El jefe Erwin entró en el barracón sin decir nada, se
paró bajo el quicio del portalón y miró a Olosá.
— ¿Que está ocurriendo aquí? —Preguntó frunciendo el
ceño.
Las mujeres instintivamente intentaron ponerse
alrededor de Ododó protegiéndola de la vista de aquel
hombre blanco.
— ¡Apartaos! —Gritó— ¿Qué escondéis? ¿Qué son todos
estos trapos manchados en sangre?
Olosá se arrodilló ante el jefe de capataces implorando
misericordia por la joven madre.
— ¿Qué escondéis? —Preguntó de nuevo, pero él ya se lo
imaginaba.
Olosá continuaba arrodillada implorando misericordia
para con Ododó.

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El jefe Erwin miró a Olosá sin decir nada, escupió en el
arenisco suelo y la apartó propinándole una patada en el
estómago desplazándola hacia un lado. La mujer cayó con
tan mala fortuna que se golpeó en la cabeza con una
banqueta de madera, la anciana quedó tirada en el suelo
completamente inerte. La vieja Olosá ya no vería crecer al
niño que ella misma había ayudado a venir al mundo.
Las mujeres se retiraron en silencio dejando al
descubierto a la joven madre.
—Pero... pero qué demonios es eso que tienes entre tus
brazos negra —inquirió.
Ododó hizo el amago de esconder y proteger a su bebé
pero el jefe Erwin tiró de la mantilla dejando al descubierto
al recién nacido.
—Vaya, vaya, vaya, menuda sorpresa, un cachorro blanco y
rosado —dijo sarcásticamente.
Ododó dirigió su mirada al suelo y acurrucó más a su
hijo hacia su pecho.
El jefe Erwin se acercó hacia Ododó, quiso tocar al
bebé pero la madre lo acurrucó en su desnudo pecho

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protegiendo a su hijo con instinto maternal.
—A saber quién demonios te preñó y quién será el padre de
este pequeño bastardo —dijo dejando ver una sonrisa en su
sudoroso rostro.
El niño comenzó a gemir y a llorar levemente, el
hambre comenzaba hacer mella en el recién nacido.
—A qué estás esperando... dale el pecho a tu bastardo.
Ya pensaré algo más tarde, ahora tengo cosas que hacer.
No quiero oír ni el zumbido de un mosquito aquí —dijo
saliendo del barracón.
Mr. Arthur Anderson acompañó al doctor y a su señora
a toda prisa hacia su alcoba, allí, yacía inconsciente su
mujer.
Durante aproximadamente media hora no salió nadie de
la alcoba y Mr. Anderson junto al Sr. Vivár Dorado esperaba
impacientes en el pasillo. Repicoteaba con las uñas la pared
sumido en un estado de nerviosismo tal que no le dejaba
articular palabra alguna. De pronto, la puerta se abrió y el
doctor salió para hablar con él.
—Me temo Mr. Anderson que ante lo ocurrido no tengo más

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remedio que practicar una intervención quirúrgica para
salvar las vidas de su esposa y de la criatura.
— ¿Intervención dice? —Preguntó tembloroso.
—Su esposa ha perdido mucha sangre y la criatura viene de
nalgas.
— ¿Está usted seguro doctor? —Preguntó el Sr. Vivár
Dorado.
—Sí, no tengo duda alguna, es imposible que nazca por sus
propios medios, además, ella sigue inconsciente y es ahora el
momento de intervenir sin demora alguna.
—Está bien haga lo que tenga usted que hacer doctor, le
pagaré lo que me pida, pero por Dios que no se muera.
—Confíe en mí señor, un médico bien pagado no quiere ver
a su paciente enterrado. Ahora necesito luz, mucha luz. Que
alguien traiga de mi carruaje mi baúl con material
quirúrgico. Necesitaré agua templada y toallas para hacer
paños compresivos, también aceite de oliva para poder sacar
a la criatura con la máxima suavidad posible, además hay
que ventilar esta habitación, huele a rayos por el amor de
Dios.

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—Ya has escuchado Mamasefa, trae agua templada como ha
ordenado el doctor y todas las velas y quinqués que
tengamos, venga, en marcha —ordenó a viva voz el amo.
El doctor se remangó los puños de su camisa y se endosó un
mandil de lona. Dos esclavos portaron el baúl del doctor,
luego abrieron las ventanas y la balconera, minutos más
tarde estaba ya todo preparado.
Sobre la mesilla de noche su esposa y ayudante puso
todo el material quirúrgico necesario para practicar la
intervención.
—Ahora debemos calmarnos y templar nuestro nerviosismo,
una tila bien cargada nos relajará durante la espera —sugirió
el Sr. Vivár Dorado poniendo su mano sobre el hombro de
Mr. Anderson intentando aparentar cierta tranquilidad.
—Sí, el doctor sabrá hacer bien su trabajo. Mi esposa está en
buenas manos, debemos de tener fe.
La señora Anderson permanecía del todo inconsciente y
eso facilitaría las cosas al doctor, él se mostraba tranquilo y
sereno, lo que iba a hacer ya lo había hecho muchas veces.
Con un bisturí y con pulso firme comenzó una incisión desde

416
el ombligo hasta el pubis, ella no mostraba el más mínimo
atisbo de dolor o molestias, estaba inconsciente y, casi sin
pulso, su respiración era débil pero constante por lo que el
riego sanguíneo del bebé muy bien podría ser escaso y correr
peligro su vida.
En unos minutos el doctor extrajo del vientre de la
señora Anderson a la criatura inerte por completo de vida.
El matrimonio Anderson ni había barajado la
posibilidad de que el bebé fuese una niña y no habían
pensado en su nombre. Pero ya todo eso daría igual. Nació
sin pulso y sin respiración, pero el doctor intentó por todos
los medios reanimar aquel diminuto ser. Con sumo cuidado
y precaución masajeó el corazón pero todo era ya inútil, la
recién nacida había venido al mundo muerta.
La hemorragia dejó a la señora Anderson débil y en
unas condiciones muy precarias pues continuaba sangrando
en exceso, rauda, la esposa del doctor taponó la hemorragia
empapando unas compresas, mientras tanto, su esposo
masajeó la matriz hasta conseguir reducir en mucho la
pérdida de sangre, una vez pudieron retener la hemorragia

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suturó la incisión y con gasas y vendajes cubrió la herida.
El suelo de la habitación estaba repleto de gasas
ensangrentadas al igual que la cama y moverse era harto
difícil, Mrs. Dorothy permanecía ausente a todo lo que allí
había ocurrido; permanecía del todo inconsciente, la
preocupación del doctor era que la señora Anderson había
perdido mucha sangre y la fiebre era bastante alta, sin duda
su recuperación sería lenta y difícil.
El matrimonio Anderson había perdido al bebé que
tanto anhelaban y además existían muchas posibilidades de
perder también la vida de la madre.
El Sr. Vivár Dorado ante el hecho del terrible desenlace
del parto, respiró profundamente y pensó egoístamente que
lo ocurrido era lo mejor que podía haber sucedido dadas las
circunstancias.
La señora Anderson entró en estado de desvanecimiento
temporal transitorio y tanto el doctor como su esposa no
abandonarían la casa de las tortugas mientras la señora
estuviese en aquel crítico y peligroso estado.
Sin embargo ocurriría algo en la plantación que

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devolvería la ilusión a la familia.

419
21

Proposición arriesgada

Mr. Arthur Anderson se evadió en su estudio pensativo ante


los terribles acontecimientos que acababan de suceder en su
casa. Su esposa yacía inerte y casi desahuciada después de la
delicada intervención. La niña había nacido muerta. La
ilusión que él tenía de poder ver crecer y corretear por la
casa a un varón quedó desvanecida ya por completo, y, por
si fuese poco, el doctor le había asegurado que si su esposa
salía de esta, jamás podría volver a engendrar un hijo.
Pensativo y cabizbajo Mr. Anderson se acercó hacia una
mesilla y cogió una copa de cristal de bohemia, su mano
temblaba irremisiblemente, se sirvió un buen chorro de
ponche y se acercó a la ventana y permaneció allí con la

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mirada perdida y pensativo; como el humo, sus
pensamientos se desvanecieron al ver como el Sr. Vivár
Dorado y el jefe Erwin hablaban.
¿De qué diantres hablarán?, se preguntó, seguro que
cuchichean sobre lo ocurrido, se dijo entre dientes.
Minutos después picaron en la puerta de su estudio.
—No estoy para nadie —advirtió el amo Anderson.
—Señor he de hablar ahora mismo con usted —dijo alguien
tras la puerta.
—He dicho que no quiero ver a nadie —volvió a repetir Mr.
Anderson enérgicamente.
—Señor lo que tengo que decirle es importante, creo que
sería conveniente que me escuchase —dijo la voz aún tras la
puerta.
—Por todos los santos —murmuró abriendo la puerta.
Tras ella, estaban, el Sr. Vivár Dorado y el jefe Erwin.
Después de la desafortunada noticia que el Sr. Vivár
Dorado le había contado, la mente del jefe Erwin comenzó a
maquinar una proposición arriesgada. Pensó que si su idea
surtía efecto, Mr. Anderson se lo agradecería de por vida.

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Estaba seguro de que el amo no rechazaría su propuesta.
—Pasen. ¿Qué es eso tan importante que me han de decir?
El jefe Erwin se descubrió y aplastó su sombrero contra
su pecho, luego comenzó a hablar casi balbuceando, su
rostro perlaba ya un pestilente sudor que empapaba el cuello
de su camisa, sabía que era una propuesta arriesgada, se
jugaba mucho, tal vez demasiado, pero ya era tarde, estaba
delante del amo Anderson.
—Verá... señor.
—Le escucho, hable ya, diga lo que tenga que decir de una
vez Erwin.
—Lo que le voy a decir... —carraspeó— es arriesgado para
mí —dijo un tanto tembloroso. —Se jugaba demasiado.
—No tengo todo el día. Por Dios, hable de una vez —
inquirió el amo Anderson.
El jefe Erwin tragó saliva y se armó de valor.
—Sé que el bebé que ha parido la señora... —balbuceó y
dudó unos instantes.
—Continúe —volvió a inquirir Mr. Anderson.
—Lo que quiere decir —interrumpió el Sr. Vivár Dorado—

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es que ha nacido otra criatura en la plantación.
—No entiendo nada, no sé lo que me quieren decir, ni donde
quieren ir a parar.
—Verá señor, me consta que su gran ilusión ante el
inminente alumbramiento de su señora esposa era tener un
hijo varón.
— ¿Dónde quiere ir a parar Erwin? —Preguntó.
—Creo que lo mejor será que me acompañe —le propuso el
jefe de los capataces.
Entonces Mr. Anderson miró a su hombre de confianza,
éste asintió confirmándose que debería acompañar al jefe
Erwin.
—Está bien, vamos —dijo arrugando la frente.
Los tres hombres se dirigieron sin más preámbulos
hacia el barracón de las esclavas.
El portalón se abrió dejando que la luz del sol entrase
como una bocanada iluminando todo el barracón. Aún Olosá
permanecía tirada en el suelo y completamente inerte sobre
un pequeño charco de sangre ya seca que había bajo su
cabeza.

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—Qué demonios... —susurró el jefe Erwin— sacad de aquí
esto y que lo entierren.
Las mujeres permanecían alrededor de Ododó que
acurrucaba a su recién nacido dándole el pecho. Fue
entonces cuando Mr. Arthur Anderson comprendió a que
habían ido al barracón de las esclavas.
—Dame al niño —ordenó el jefe Erwin dirigiéndose hacia la
joven madre.

— ¡Separad ahora mismo a mi hijo de su pecho! —dijo el
amo alzando la voz.
Aquella voz era como de ultratumba, pareció paralizar
el mundo entero, un grito que les congeló la sangre.
El amo ni siquiera preguntó de quien podía ser el bebé,
quién demonios había preñado a la esclava, él solo tenía ojos
para mirar aquel bebé de piel rosada, ojos para su hijo recién
nacido. Entre sollozos y con el corazón desgarrado Ododó
cobijó a su hijo contra su pecho, quería protegerlo, debía de
velar por su retoño, antes muerta que vivir sin su hijo.
El instinto de madre se reveló en el momento en el que

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el jefe Erwin arrancó de sus brazos al recién nacido. Ododó
sintió tal impotencia que maldijo, pataleó, chilló, lloró, e
incluso se atrevió a escupir a los pies de Mr. Anderson. Su
amo.
En aquel instante, una bofetada estalló en su rostro, iba
a ser abofeteada nuevamente cuando el amo Anderson
paralizó la trayectoria y cogió el brazo del Sr. Vivár Dorado.
—Déjala, ya basta —ordenó.
El Sr. Vivár Dorado bajó su brazo y asintió con un
movimiento de cabeza.
—Tenga al niño señor Anderson —se apresuró a decir el jefe
Erwin entregándole al recién nacido.
Durante unos minutos Mr. Arthur Anderson observó al
pequeño ser que tenía entre sus brazos. En el barracón todo
el mundo permanecía en silencio, tan solo los sollozos y
lamentos de la desdichada madre rompían el momento.
Ododó permanecía acurrucada en un rincón rota por dentro y
destrozada por fuera.
Mr. Anderson no decía nada, tan solo observaba al
recién nacido que tenía entre sus brazos. Vio que era de piel

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blanca y rosada. Lo examinó minuciosamente, era un niño
sano, todos sus miembros estaban perfectamente bien, sus
ojos casualmente eran color gris como los suyos y también
como los ojos del jefe de capataces. Desde luego es un niño
perfecto, pensó.
Durante un leve instante dejó entrever una sonrisa y lo
cubrió con la mantilla.
—Vamos a la casa, que venga ella también —dijo
refiriéndose a Ododó—. Que la aseen y que la adecenten, la
quiero bien limpia y bien alimentada, tendrá que seguir
amamantando a mi hijo, su madre como todos sabéis no está
en condiciones de tal menester.
Aquellas palabras cayeron como una pesada losa sobre
Ododó, sin embargo podría continuar cerca de su hijo y eso
la reconfortaba.
Mientras unas esclavas aseaban y adecentaban con
ropas limpias a Ododó, el amo Anderson reunió en su
estudio al doctor y a su esposa, también a Mamasefa, al jefe
Erwin y al Sr. Vivár Dorado. Todos los allí reunidos,
permanecían en silencio, expectantes y de pie frente al amo.

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—Lo que voy a decirles lo diré tan solo una sola vez —se
cubrió la boca con el puño cerrado y carraspeó—. Lo que
aquí ha ocurrido hoy quedará para todos y cada uno de
nosotros en nuestro interior, jamás se desvelará nada de esto.
La señora ha dado a luz a un varón, un varón sano, un varón
que ha nacido fruto de nuestro amor. Nadie sabrá jamás lo
que aquí ha ocurrido hoy, y cuando digo nadie —volvió a
carraspear su garganta— es nadie —prosiguió—. Ni mi hija
Beatriz ni mi esposa lo sabrán jamás, todos nos iremos a la
tumba con este secreto. Si me llegara a enterar que alguno de
ustedes hace el más mínimo atisbo de relatar lo que aquí ha
acontecido... yo mismo arrancaré sus tripas y con ellas daré
de comer a los cerdos.
¿Ha quedado lo suficientemente claro? —Preguntó.
Nadie dijo nada.
—Repito, ¿ha quedado claro?
—Sí señor —respondieron el doctor y su señora.
—Sí, Mr. Anderson —respondió el Sr. Vivár Dorado.
El amo Anderson miró a Mamasefa.
—Sí, amo, lo he entendido perfectamente bien —dijo la

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esclava Mamasefa mirando hacia el suelo.
—Está bien, ahora pueden salir todos, todos menos Erwin.
Todos salieron sin rechistar menos el jefe Erwin.
—Bien —carraspeó nuevamente y se acercó a tan solo unos
centímetros del jefe Erwin—. Por todo lo ocurrido será usted
recompensado.
El jefe Erwin permanecía en pie con los brazos hacia
atrás sujetando su sombrero y en silencio, sus ojos se
alumbraron al ver que el amo Anderson introdujo la llave
que abría los cajones de su escritorio. De uno de ellos sacó
una barra de lacra, un sello, papel y plumilla, se sentó y
comenzó a escribir.
El jefe Erwin permanecía en silencio, inmóvil y atento.
Al finalizar, Mr. Anderson firmó la escritura y sobre
ella fundió la barra de lacre hasta dejar caer unas gotas que
luego imprimió con su sello.
Mr. Anderson guardó minuciosamente todo en el cajón
y lo cerró de nuevo con la llave y luego se puso en pie
dirigiendo su mirada hacia la del jefe Erwin.
—Bien, esto es para usted Erwin —dijo.

428
El jefe Erwin extendió su brazo y cogió la escritura que
le entregaba el hombre que le estaría agradecido para
siempre. Con un ligero temblor de manos desplegó la carta y
comenzó a leer con detenimiento, sus ojos brillaban con un
brillo poco inusual, casi se podría decir que lloraba de
emoción. Al terminar la lectura, el jefe Erwin habló.
—Es demasiado para tan poco señor, y no puedo aceptar esta
escritura, soy el jefe de capataces, nombrado por usted hace
años y quisiera seguir siéndolo, de ninguna de las maneras
me podría permitir aceptar algo así señor —mentía.
—Erwin, usted ha hecho posible que los deseos de la señora
y míos se hayan hecho realidad, nos ha devuelto la vida, si
este hecho no se hubiese producido no sé qué hubiese sido
de nosotros. El doctor ha dicho que jamás podrá la señora
tener más hijos. ¿Entiende usted lo que le digo?
—Lo entiendo, pero señor yo no...
—Entonces Erwin debe usted aceptar lo que le ofrezco, con
esta escritura usted podrá vivir el resto de su vida en su
propia plantación. Le cedo de por vida ochenta acres, son
parte de mis tierras en Kingston. Además le cederé una

429
treintena de esclavos.
Por supuesto también hay una casa donde podrá usted
vivir cómodamente y con seguridad. Creo Erwin que con
estas escrituras queda bien pagado por el gran servicio que
nos ha prestado a mí y a mi familia, por eso debería usted
aceptar lo que le ofrezco. Hará usted un buen negocio amigo
mío —puntualizó.
—Pero yo... Mr. Anderson...
—Erwin, Erwin, Erwin —interrumpió Mr. Anderson —, no
es bueno que usted continúe a mis servicios en la plantación,
sería un problema y una equivocación, piense en ello. En
unas horas deberá darme una respuesta.
El jefe Erwin meditó durante unos segundos y al fin
respondió.
—Está bien Mr. Anderson, sí, acepto señor, es lo mejor
dadas las actuales circunstancias.
—Es lo correcto Erwin, entre dos caballeros.
—No obstante Mr. Anderson, creo que la verdadera madre
no debería continuar en la plantación, puede ser un problema
si se llegase a saber todo.

430
El patrón meditó durante unos instantes aquellas
palabras.
— ¿Qué propone?, ¡hable!
— Señor —musitó el jefe Erwin.
—Vamos hable, ¿qué propone? —repitió.
—Estoy dispuesto a comprar a la esclava Ododó —afirmó.
El amo Anderson pensativo meditó unos instantes,
luego se pasó un pañuelo por la frente y la nuca limpiándose
el sudor.
—Ododó continuará amamantando al bebé hasta que mi
esposa lo considere oportuno, después será toda suya Erwin.
El jefe Erwin asintió inclinando la cabeza.
—Bien, me alegro que acepte Erwin —dijo Mr. Anderson.
El jefe Erwin nuevamente asintió casi con una
reverencia y dio un paso atrás.
—Cualquier petición suya no dude que será cumplida Mr.
Anderson.
—Bien, entonces encárguese de enterrar a la niña lejos de la
plantación. Ahora, recoja sus cosas y haga lo que le he
pedido —le dijo abriendo la puerta del estudio.

431
—Sí señor —respondió Erwin saliendo de aquella estancia.
Felizmente, pasados unos días la señora Anderson
comenzó a denotar atisbo de mejoría, su recuperación iba
bien encaminada. El doctor y su señora habían hecho todo lo
que estaba en sus manos para la buena recuperación de la
señora. Débilmente, como entre sueños notó como alguien le
tenía cogida su mano, lentamente abrió sus ojos y vio cómo
su esposo yacía adormilado en una mecedora a su lado.
—Arthur —susurró.
Sus ojos quedaron ofuscados por la luminosidad que
entraba por la ventana, los abrió y, frotándoselos, durante un
ínstate se quedó sorprendido y reaccionó.
—Querida, por fin, bendito sea Dios —exclamó.
—Estoy cansada. ¿Cuánto tiempo llevo así?
—Querida, has estado inconsciente durante cuatro días.
Mrs. Dorothy cerró sus ojos unos segundos.
— ¿Y mi bebé? Nuestro bebé —rectificó.
—Nuestro bebé está bien, es un niño perfecto, un niño sano.
— ¿Un varón?
—Sí, tesoro, me has dado un varón —dijo mostrando una

432
ligera sonrisa.
— ¿Qué nombre le has puesto? —Preguntó expectante ella.
—No le he puesto nombre alguno, antes de saber el nombre
de nuestro hijo debías de recuperarte.
—Dónde, dónde está, quiero verlo.
—Claro, claro querida, ahora mismo lo verás.
Mr. Anderson hizo sonar la campanilla que había sobre
la mesilla. Al instante entró en la alcoba la negra Mamasefa.
—Amo... —dijo Mamasefa con la mirada baja.
—Di a la criandera que traiga a nuestro hijo —le ordenó.
—Criandera... —susurró Mrs. Dorothy.
—Sí, cariño, ha sido necesario que nuestro hijo esté bajo los
cuidados de una criandera que lo pudiese amamantar, he de
decirte que se trata de una de las esclavas.
—Una esclava dices...
—Es una joven esclava que recientemente parió a una niña
que desgraciadamente nació muerta. Mandé que se enterrase
a la criatura fuera de la plantación, de esta forma la joven
madre no tardará en olvidar, ya sabes que las esclavas
olvidan pronto a sus retoños, es sabido que los negros son

433
cortos de entendederas, de afectos escasos y de tener muy
pocos sentimientos.
De esa forma Mr. Arthur Anderson se aseguró de dejar
zanjado para siempre el rocambolesco asunto del cambio de
bebés.
—Supongo que antes de tomar la decisión de que la
criandera amamantase a nuestro hijo el doctor la habrá
examinado.
—Por supuesto que el doctor la examinó antes de tomar la
decisión, y dijo que es una mujer sana y fértil, él fue el que
me aconsejó que lo mejor para nuestro pequeño sería que
ella alimentara a nuestro hijo ya que tú permanecías en cama
inconsciente.
— ¿Cómo se llama esa criandera? —Preguntó.
Él se quedó pensativo durante unos instantes.
—La verdad es que no lo recuerdo, pero... ¿qué importancia
tiene eso?
—La tiene, quiero saber el nombre de esa mujer.
Unos minutos después entró Mamasefa acompañada por
Ododó portando entre sus brazos al hijo de sus entrañas.

434
Mamasefa se había preocupado por aleccionar en lo
posible a Ododó. Desde el principio la joven yoruba
comprendió que para poder permanecer lo más cerca posible
de su hijo, debería acatar cualquier decisión de sus amos sin
rechistar y siempre sin mirarles a los ojos, tal y como le
había indicado Mamasefa. Sabía que al mostrarse sumisa
ante los amos la mantendrían en la casa, de esa forma se
aseguraba estar cerca de su pequeño Olorum: “Dueño del
Sol”, así fue como le llamó al nacer y así le llamará siempre
desde su interior.
Las dos esclavas permanecieron expectantes bajo el
quicio de la puerta sin llegar a pasar a la habitación.
— ¿Cuántos años tienes? —Preguntó desde la cama la
señora.
Mamasefa hizo un tímido atisbo de hablar cuando el
amo Anderson levantó su mano haciéndola callar.
—Que hable ella —dijo la señora.
—Catorce años —respondió tímidamente la muchacha.
—Tienes la misma edad que mi hija Beatriz —le dijo el ama.
— ¿Cuál es tú nombre?

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—Ododó —susurró sin levantar la mirada.
—Ven, acércate, quiero ver a mi hijo —dijo extendiendo sus
brazos.
Ododó se acercó lentamente hasta los pies de la cama.
Tras ella, aguardaba Mamasefa completamente en silencio,
de pie junto a su esposa permanecía expectante Mr.
Anderson.
—Dame a mi hijo.
—Ododó entregó su recién nacido al amo Anderson y éste a
su esposa.
Mrs. Dorothy cogió entre sus brazos a su recién nacido,
lo miró cuidadosamente, las dos mujeres permanecían en
silencio. Ododó sentía como su corazón se desgarraba al ver
como aquella mujer de piel blanca besaba a su Olorum del
alma. Fue inevitable que las lágrimas brotasen de sus ojos.
—Te llamarás Arthur como tu padre —dijo mostrando un
brillo especial en sus ojos ya acristalados por la emoción de
tener entre sus brazos a su hijo, luego miró a su esposo y éste
asintió y la besó en la mejilla mostrando una tenue sonrisa.
La felicidad había llegado nuevamente a la casa de las

436
tortugas.
—Ahora quiero estar a solas con ella.
Tanto Mr. Anderson como Mamasefa abandonaron la
habitación dejando a las dos mujeres a solas, tal y como
había ordenado la señora.
—Dame tú mano —le ordenó su ama extendiendo su brazo.
Ododó no comprendía muy bien aquel gesto de su ama.
No era habitual el que una ama hablase y tratase de aquella
forma a una de sus esclavas, pero Ododó extendió su brazo
sin mirar a los ojos de Mrs. Dorothy. Ella cogió su mano.
—Sé que has perdido a tu hija.
— ¿Hija?, se preguntó Ododó, pero al instante comprendió.
—Como madre entiendo todo el dolor que ello te ha
producido, —tomó aliento profundamente y prosiguió—.
Eres joven y podrás tener más hijos, sin embargo yo no
podré volver a gestar.
Ododó asintió sin pronunciar palabra.
—Desnúdate —ordenó la señora Anderson.
Ododó se sorprendía ante aquella orden, pero se despojó
de sus ropas mostrándose completamente desnuda ante su

437
ama.
—Tus senos al contrario que los míos, están tersos y
vigorosos, estás bien alimentada y limpia. Continuarás
alimentando a mi pequeño.
—Sí ama, como ordene —susurró con el corazón hecho
pedazos.
—Vístete, te puedes retirar.
Ododó recogió sus ropas y se vistió sin levantar la
mirada, después dio unos pasos hacia atrás. De pronto,
interrumpió su marcha la señora Anderson.
—Espera, no te vayas aún, solo una cosa más.
Ododó se detuvo en seco quedando de espaldas a la
señora, se volvió de nuevo para ponerse frente a su ama.
Mrs. Dorothy lanzó un suspiro largo antes de hablar.
—Quiero que mientras yo, y solo yo —puntualizó
reincorporándose para verla mejor—, no te diga lo contrario
permanecerás siempre cerca de mi hijo. ¿Has comprendido
bien todo lo que te he dicho?
—Sí, ama —respondió Ododó.
—Tú eres la criandera de mi bebé, si algo le ocurriese a mi

438
hijo... —hizo una pausa— lo pagarás con tu vida. Ahora
Ododó puedes irte.
Para Ododó el que su ama le hablase, le daba
exactamente igual, para ella era algo insignificante, desde el
mismo instante en que le arrebataron a su bebé, maldijo a
todos y cada uno de los componentes de aquella odiosa
familia.
Pero hizo de tripas corazón, y no le importaría lo más
mínimo servir a sus amos en todo lo que fuese necesario con
plena devoción con tal de estar cerca de Olorum.
Estaba plenamente convencida que tarde o temprano
recuperaría a su hijo, juró al Dios Ochosi (dueño de la
justicia), que no descansaría hasta conseguir a su hijo.

439
Tercera parte

440
22

Los Maroons

Noviembre del 1736.

Cuatro años después.

Para entonces Ododó ya había cumplido los 18 años y había


podido alargar la lactancia del pequeño Arthur tanto como le
fue posible, hasta casi los cuatro años. Eran muchos los
niños que morían por inanición y Mrs. Dorothy no se opuso
en ningún momento a ello. El pequeño Arthur corría y
jugaba por los alrededores de la casa, sus padres pensaron
que sería conveniente que a partir del cuarto cumpleaños
comenzara las clases con Mrs. Margaret y con su hermana,
que, al igual que Ododó, también había cumplido 18 años.

441
Por otro lado, Ekún había pasado de ser el esclavo
semental de la plantación a ser uno de los esclavos
domésticos, este cambio fue debido a la demostrada
sumisión para con sus amos durante esos cuatro años. Su
nuevo trabajo consistía en los cuidados de los caballos y la
limpieza del establo. El amo Anderson decidió que con una
treintena de bastardos, todos ellos descendientes del mejor
esclavo semental que hubiese tenido nunca, eran más que
suficiente, así que ya no necesitaba semental alguno.
De esa treintena de chiquillos siete eran hembras, las
cuales, nada más alcanzasen la edad de procrear el amo las
cruzaría con los esclavos más fuertes y más altos de la
plantación, independientemente de la raza que fueren.
De esa forma ampliaría el número para sustituir a los
que enfermaban, envejecían o simplemente habían fallecido.
Por aquel entonces las revueltas en la isla eran ya una
constante. La sublevación de los esclavos, la gran mayoría
procedentes de África, había avivado los enfrentamientos en
muchas de las plantaciones de la isla, liberando a los
esclavos que luego se unirían a la causa para la libertad y la

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abolición de la esclavitud convirtiéndose en fugitivos
buscados y perseguidos por el ejército británico.
A la casa de las tortugas llegaban rumores que debido a
las durísimas revueltas de los Maroons con los soldados
británicos la asamblea de Jamaica se había visto obligada a
remitir una petición de ayuda urgente al gobierno, los
Maroons se estaban haciendo fuertes, y los medios de los
que disponían los amos de las distintas plantaciones para
repeler las incursiones de los guerrilleros Maroons, eran muy
escasos y hacía difícil poder defender con ciertas garantías
de éxito sus plantaciones y a sus esclavos.
Los Maroons se hacían cada vez más fuertes refugiados
en los escarpados picos de las agrestes Montañas Azules. La
seguridad que les ofrecían a los Maroons aquellas montañas
cubiertas de espesa niebla y densa vegetación era total, allí
se preparaban para realizar incursiones y escaramuzas contra
los soldados.
Eran enfrentamientos duros y continuos, por supuesto
aquellas escaramuzas no le pasaban inadvertidas a Mr.
Arthur Anderson, él se preocupó ante todo de la seguridad de

443
su familia y en la de toda la plantación. Para ello contrató
como seguridad privada a una decena de hombres que
armados vigilaban cada noche el perímetro de la casa.
En aquellos días de revueltas y de graves
acontecimientos, la preocupación que denotaba el Sr. Vivár
Dorado era evidente, no le pasó inadvertido a Mr. Anderson,
por lo que habló con él con el propósito de dar ánimos y
confianza.
—Las escaramuzas de esos miserables, pronto desistirán, son
hechos aislados y no les llevará a nada.
—No comparto su opinión Mr. Anderson —replicó el Sr.
Vivár Dorado.
— ¿Qué quiere decir?
El Sr. Vivár Dorado fijó la vista al suelo y apretó los
labios.
—Creo que los Maroons se están apoderando de la isla y si
el gobierno no lo remedia, mucho me temo que lo pasaremos
mal —aseguró.
—No, amigo mío, no, los Maroons no tienen fuerza ni
potencial como para apoderarse por completo de la isla, el

444
ejército acabará con ellos en breve, cómo puede pensar que
un puñado de miserables negros pueden apoderarse de todo
un imperio británico, por Dios... no sabe usted lo que está
diciendo, amigo mío.
Se equivocaba Mr. Arthur Anderson, los Maroons
demostraban en cada enfrentamiento, en cada guerrilla, que
poseían una increíble astucia y un valor fuera de lo común.
Se organizaban en grupos de guerrilleros bien
adiestrados para atacar a las fuertes tropas inglesas causando
en ellas numerosas bajas, apoderándose luego de la mayor
cantidad de armas posible, por lo tanto, los Maroons estaban
cada vez mejor adiestrados y mejor armados.
El sol empezaba su descenso dejando un colorido
azulado bermellón en el cielo. Se podía escuchar el trinar de
un sinfín de aves mezcladas con el leve sonido del viento
que bufaba en aquel tranquilo atardecer. La noche se fue
apoderando del día, era una noche oscura sin luna aquel
último día de noviembre. En la plantación todo permanecía
en permanente calma como solía ser habitual, los esclavos
habían recogido los enseres de trabajo y estaban en su gran

445
mayoría en los barracones, la seguridad privada vigilaba
como cada noche el perímetro de la casa.
Dentro, en el salón, se disponía a cenar la familia
Anderson al completo, excepto el pequeño Arthur que
dormía plácidamente en su habitación. Como cada noche la
familia era acompañada en la cena por Mrs. Margaret y el Sr.
Vivár Dorado, prácticamente ambos eran ya parte de la
familia.
Mamasefa y Ododó, como siempre, permanecían en la
cocina a la espera de cualquier llamada de los amos.
Todo parecía normal y nada hacía parecer que pudiese
ocurrir algo grave. Ekún estaba desempeñando las tareas de
mozo de cuadras, cepillaba a los caballos con cuidado y los
preparaba, al amanecer ya debía de tener los caballos y el
carruaje listos, el amo y el Sr. Vivár Dorado partirían nada
más despuntar los primeros rayos de sol hacia la plantación
del jefe Erwin, en Kingston.
Nada hacía presagiar lo que estaba a punto de suceder
aquella oscura noche, rota solo por la tenue luz de los
quinqués de aceite colgados en el cobertizo.

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Una veintena de oscuras sombras se deslizaban bajo un
silencio sepulcral hacia la plantación. Eran varios Maroons
armados hasta los dientes de machetes y hachas, ávidos de
venganza hacia todos los opresores. Aquellos que
masacraban a sus gentes, a los que violaban a sus mujeres y
a todos aquellos que se apoderaban de sus vidas privándoles
por completo de su libertad y del poder de decisión sobre sus
propias vidas.
Lenta y sigilosamente la veintena de rebeldes se
adentraron en la plantación, el silencio era roto por el croar
de las ranas de una alberca cercana y el chirriar de los
grillos. Los hombres de la seguridad privada ajenos a todo
vigilaban el perímetro de la casa atentos a cualquier sonido
extraño que pudiese delatar alguna incursión en la plantación
por parte de los rebeldes.
Los Maroons eran hombres sigilosos y hábiles, se
fueron acercando sin que se notase su incursión. Los perros
estaban atados, así que envenenaron a todos los mastines,
degollaron dando muerte a cada uno de los vigilantes y se
apoderaron de sus armas dejando la casa sin la menor

447
protección. Para entonces, una decena de hombres ya se
habían adentrado en el barracón de los esclavos, que atónitos
se quedaron al ver entrar en su barracón a un puñado de
Maroons. Ante lo que estaba sucediendo ninguno de los
esclavos se atrevió a dar el primer paso de sublevación para
unirse a la causa, sin duda por miedo a que todo saliese mal.
Acobardados la mayoría permanecieron agarrotados en un
rincón del barracón, aunque animados por los rebeldes, solo
veintidós de aquellos aterrados esclavos se unieron al grupo
de los Maroons. A través de la ventana del barracón varias
de las mujeres observaban asustadas lo que estaba
ocurriendo en el barracón de los hombres, así que, sin
pensárselo, dos de ellas se armaron de valor y raudas
salieron sigilosas y expectantes a dar la alarma.
Protegidas por la oscuridad de la noche las dos mujeres
consiguieron llegar a la parte trasera, era preciso entrar por la
parte de atrás de la cocina, allí era seguro que estaría
Mamasefa, pensaron.
Por el camino se habían topado con el cadáver
degollado de uno de los vigilantes de la seguridad privada.

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Las dos mujeres se miraron y dudaron durante unos
segundos, se preguntaron si debían de entrar en la cocina y
dar aviso de lo que estaba ocurriendo.
Se armaron de valor y cogidas de las manos y
atemorizadas abrieron la puerta de la cocina, Mamasefa
empuñó el pomo de la puerta y la abrió de golpe quedándose
frente a las dos esclavas. Mamasefa las abordó con una
batería de preguntas que de primeras no obtuvieron
respuesta.
— ¿Qué ocurre?, ¿qué está pasando?, ¿cómo habéis salido
del barracón sin el permiso del amo?
Con los ojos abiertos como platos se miraron las tres
mujeres, ninguna de las dos esclavas pudo articular palabra
alguna.
— ¿Qué estáis haciendo aquí? —Volvió a preguntar.
Una de ellas cogió a Mamasefa por el brazo y tirando de
ella la llevó hasta el cadáver del vigilante, al verlo tirado en
el suelo y con el cuello abierto de oreja a oreja Mamasefa se
quedó durante unos segundos petrificada, el bello de todo su
cuerpo se le erizó pero reaccionó al instante. En cuatro

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zancadas entró en la cocina gritando y llamando al amo
Anderson.
En ese instante los Maroons lanzaron piedras contra las
ventanas del salón rompiendo los cristales que estallaron en
mil pedazos cubriendo todo el suelo. Enloquecidos y
armados con las armas de los vigilantes los rebeldes y los
esclavos sublevados entraron por las ventanas del salón
rompiendo todo aquello que se encontraban por delante y
dispuestos a acabar con la vida de los hombres de la casa y
sus mujeres, violadas primero y muertas después.
Mrs. Dorothy histérica y totalmente aterrada ante lo que
allí está sucediendo, se retiró de la mesa tirando la silla hacia
atrás, cogió del brazo a su hija y como pudieron se
escondieron bajo el hueco de la escalera protegidas por el
piano alemán Rosenkranz.
Las dos, madre e hija, se acurrucaron la una con la otra
y vieron como uno de los rebeldes con una maza propinó un
fuerte golpe en la cabeza a Mrs. Margaret, la mujer cayó al
suelo convulsionando, segundos después Mrs. Margaret
yacía muerta sobre un gran charco de sangre. Mientras tanto,

450
el Sr. Vivár Dorado estaba enfrascado en una lucha con otro
de los rebeldes, desenvainó de su bastón trucado un finísimo
espadín, con hábil movimiento lo clavó en el estómago de su
contrincante.
Mr. Arthur Anderson, por su parte, se defendía sable en
mano luchando a brazo partido con dos negros rebeldes, de
soslayo pudo ver escondidas bajo las escaleras a su espesa y
a su hija, pensó que allí, protegidas por el piano, las dos
estarían seguras. Arremetió entonces un certero golpe de
sable hiriendo en el hombro a uno de los dos hombres y
desarmándolo al mismo tiempo, el otro aprovechó la
circunstancia para enfilarse directo hacia la señora Anderson
y su hija.
El Sr. Vivár Dorado acababa con la vida de uno de los
rebeldes clavando su espadín en el corazón del Maroon, sin
perder ni un segundo de tiempo se revolvió con un giro de
180 grados sobre sí mismo para hundir el espadín en el
estómago de otro rebelde que se le acercó como salido de la
nada. El rebelde, que era un hombre fuerte, recio y alto, le
sacaba una cabeza al Sr. Vivár Dorado, ni se inmutó; cogió

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con su mano el espadín clavado en su estómago. Mientras, el
Sr. Vivár Dorado aún lo aguantaba cogido con su mano
derecha; el Maroon alzó su machete y de un rápido y certero
golpe segó el brazo del Sr. Vivár Dorado, éste quedó un
tanto aturdido, su cuerpo de pronto aflojó sus fuerzas y cayó
al suelo hincado de rodillas, por unos instantes los dos
hombres se miraron aislados de todos y de todo lo que allí
estaba ocurriendo. El Maroon blandió en alto su machete y el
Sr. Vivár Dorado comprendió entonces que su fin estaba
próximo, tan solo pudo cruzar una mirada con su amigo Mr.
Anderson; después, aquel rebelde le dio muerte. Sin pérdida
de tiempo el hombre que acababa con la vida del Sr. Vivár
Dorado enfiló escalaras arriba directo hacia las habitaciones
de la casa. En una de ellas dormía ajeno a todo el pequeño
Arthur.
— ¡El niño! —Gritó horrorizada Mrs. Dorothy.
Sin saber de dónde ni cómo, apareció como una centella
Ekún. Subió las escaleras de cuatro en cuatro empuñando en
su mano un hacha, alguien se le cruzó en su camino, se
trataba de otro de los rebeldes que, apuntándole con una

452
pistola, le disparó, Ekún intentó esquivar el disparo, pero la
bola de plomo se incrustó en su hombro izquierdo; se
revolvió lanzando el hacha, al Maroon no le dio tiempo a
esquivar el golpe de hacha y cayó muerto escaleras abajo.
Mr. Anderson vio atónito lo que acababa de hacer el
esclavo que tiempo atrás había sido su semental. Ekún subió
todas las escaleras hasta llegar al pasillo de la planta, el amo
Anderson le miró con cierta desconfianza, su hijo dormía en
su habitación y podía ser el momento de una venganza hacia
su familia por parte del yoruba. Pero nada más lejos de la
realidad, Ekún se vio cara a cara con el Maroon que había
logrado subir las escaleras. Los dos hombres se enfrentaron
en una lucha a muerte. Fue entonces cuando el amo
Anderson comprendió que su esclavo defendería con su vida
a su hijo. De un felino movimiento de auténtico guerrero
yoruba, cogió y atenazó por el cuello a su contrincante, lo
levantó un palmo del suelo lanzándolo hacia la balaustrada
de la barandilla, esta crujió y cedió, el Maroon cayó dando
con sus huesos sobre el piano donde permanecían aún
escondidas madre e hija. El Maroon aún con vida miró a la

453
señora Anderson durante unos breves instantes y murió.
Pero aquellos guerrilleros Maroons habían cometido un
gran fallo, no repararon en los capataces de la plantación, los
habían confundido con los vigilantes de la seguridad privada.
Varios de los capataces se habían procurado ayuda de
algunos de los esclavos que armados con palos y piedras
defendieron la plantación dando muerte a gran parte de los
Maroons que se habían adentrado en su barracón y en el de
las mujeres. Los disparos y los gritos no cesaban y tres de los
capataces entraron en el salón. Las imágenes que vieron les
paralizaron durante unos instantes. Todo estaba destrozado y
cubierto por un manto bermellón de sangre. Fue entonces
cuando Mr. Anderson quiso ir a protegen a su esposa e hija
pero su mujer le indicó que primero era el niño.
—El niño, ve a por nuestro hijo —le gritó—. Nosotras
estaremos bien.
Pero no, no estarían bien, aún quedaba un rebelde vivo
y éste se lanzó hacia las dos mujeres, uno de los capataces se
percató de ello y apuntando con el mosquete disparó, pero el
destino quiso que el plomo no fuera dirigido hacia su

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destinatario, sino que impactó en la cabeza de la señora
Anderson. La muerte no le dio tregua y Mrs. Dorothy
falleció instantáneamente, el rebelde se dirigió hacia la joven
Beatriz que aterrada permanecía paralizada al lado de su
madre, sonó otro disparo y éste sí impactó en la cabeza de su
destinatario dando muerte al último de los rebeldes.
Y así concluyeron el fatídico ataque por parte de los
Maroons y los terribles hechos acaecidos en los cuales
perdió la vida la señora Anderson y en los que muy bien
podía haberla perdido su hijo sino llega a ser por la rápida
intervención de Ekún. Gracias a él, el pequeño Arthur se
libró de una muerte segura. Desde luego el amo no olvidaría
la manera en la que el bravo esclavo se deshizo de sus
atacantes para proteger y salvar a su vástago.
De los veintidós esclavos sublevados que se unieron a la
causa de los Maroons sobrevivieron nueve, sus vidas estaban
ya sentenciadas.
A la mañana siguiente, el amo mandó clavar estacas en
el suelo. Completamente desnudos y con brazos y piernas
extendidos en forma de cruz, los sublevados fueron atados a

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las estacas a la vista de todos hasta morir sufriendo
lentamente por insolación e inanición.
Por otro lado, todos los pertenecientes a la plantación
fueron enterrados en cristiana sepultura. Sin embargo, para la
difunta señora Anderson hubo un sepelio especial y solemne,
digno de una señora como había sido ella. A los funerales
acudieron amistades y conocidos de la familia, personas
venidas de plantaciones vecinas que como ellos también
habían padecido los ataques de aquellos malditos rebeldes.
Después de los funerales padre e hija quedaron sumidos en
una profunda tristeza. Sus vidas cambiarían por completo
después de aquello, pero no había más remedio que
continuar hacia delante. Desde el mismo momento en el que
habían finalizado los funerales, Mr. Anderson comenzó a
tomar decisiones, unas decisiones que cambiarían la rutina
diaria en la plantación. Ordenó que se vallase todo el
perímetro de la plantación, con el fin de evitar cualquier otra
incursión por parte de los rebeldes.
Para la casa dio más mando y poder de organización a
la negra Mamasefa. Como había prometido, ordenó a uno de

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los capataces que llevase a Ododó a la plantación del jefe
Erwin.
Aquella decisión partió el corazón a la joven Ododó,
ella sabía que jamás volvería a ver a su pequeño, las ganas
de vivir y su mundo acabarían en el preciso instante en el
que emprendiera la marcha hacia Kingston. Ella sabía que el
resto de su miserable vida sería un sufrimiento, volvería a
estar al servicio como esclava de aquel que la violó, aquel
ser sin sentimientos, repugnante y odioso.
El esclavo que tiempo atrás había sido el mejor
semental que nunca antes había tenido, había arriesgado su
propia vida por salvar la vida de su hijo. Y ese hecho desde
luego sería recompensado.
Ekún había demostrado con su acción sus grandes dotes
de guerrero, le había demostrado lealtad y pundonor.
Mr. Anderson pensó que como recompensa y en cierta
manera como agradecimiento, encomendaría a su esclavo la
tarea más difícil y a la vez la más especial: ser el
guardaespaldas de su hijo Arthur.
Se acercó al establo, el esclavo se encontraba de

457
espaldas, sosteniendo sobre su mandil la pata trasera de uno
de los caballos, rasgaba con una navaja la ranilla del casco
para limpiarla de suciedad acumulada cuando notó una
presencia que reconoció al instante, la sombra que trazaba el
perfil le delataba, era el amo Anderson.
Inclinó su cabeza ante la inesperada presencia de su
amo.
—Tú, acércate —le ordenó.
Ekún, cabizbajo, sin mirarle se acercó sumisamente.
—Ekún, escucha bien lo que voy a decirte. A partir de este
mismo instante tú acompañaras a mi hijo Arthur a todas
partes, te convertirás desde ahora y hasta que yo no ordene lo
contrario en su protector. Serás desde hoy el encargado de su
seguridad. No deberás de dejar a mi hijo solo en ningún
momento ni de noche ni de día.
Ekún escuchó en silencio aquella orden, bajó la mirada
sin decir nada. Estaba pensando. Aquella orden se
convertiría en una misión difícil, una misión especial,
mostraba la confianza que su amo depositaba en él. Sin
embargo, al mismo tiempo era una responsabilidad

458
demasiado grande.
Una misión que cambiaría por completo el rumbo de su
vida.
El amo Anderson pareció leer sus pensamientos y sus
miedos.
—Sé que dudas y que tienes miedo —dijo— y haces bien, si
me fallas en esta difícil misión lo pagarás con tu vida, si le
pasase algo a mi hijo desearás no haber nacido, pues tu
muerte no se la desearía ni a mi peor enemigo. ¿Lo has
comprendido bien?
—Sí, amo —respondió Ekún sin levantar la mirada.
—Sin embargo —prosiguió— si proteges bien a mi hijo, el
día en que cumpla la mayoría de edad... —hizo una pausa
durante unos breves segundos, como meditando lo que iba a
decir— te recompensaré con la libertad. Soy consciente de
que la misión que te encomiendo es difícil. Es por ello que la
recompensa ha de estar en consonancia.
Tendrás la libertad como ya te he dicho y dinero para
emprender una nueva vida e incluso crear tu propia familia.
Entonces Ekún pensó durante unos instantes, pasados

459
unos años podía alcanzar la tan deseada libertad. Alzó la
mirada mirando directamente a los ojos de su amo, era la
primera vez que él se atrevía a hacer algo así, el amo
comprendió su osadía y permaneció en silencio esperando
una respuesta.
—Cuidaré y vigilaré con mi propia vida la vida del joven,
amo Arthur Anderson.
Mr. Anderson miró con detenimiento la expresiva
mirada de su esclavo al cual acababa de nombrar escolta
personal de su hijo. Sin duda era la mirada de un guerrero, la
mirada de un jefe.

460
23

Vacío sin su esposa

Los meses fueron pasando y el vacío por el fallecimiento de


la señora Anderson era latente en cada rincón de la casa. A
pesar de la tristeza y la nostalgia que les embargaban, padre
e hija tenían que continuar con sus vidas, debían de seguir
adelante para ver crecer al pequeño Arthur que en el próximo
noviembre cumplirá los 6 años. El padre deambulaba sin
rumbo, debía de encontrar su espacio, ya no estaba su amada
esposa, y la soledad era una losa demasiado grande que a
veces no podía soportar, tenía que aprender a vivir sin ella,
sabiendo que la vida de los muertos permanece indeleble en
el recuerdo de los vivos.
Con el paso de los meses Mrs. Beatriz fue asumiendo el
papel de educadora de su hermano, esto hizo que la relación

461
con Ekún se fuese estrechando día a día y por lo tanto se
tornase especial con respecto al resto de los esclavos.
A diario, después del almuerzo, el pequeño Arthur,
acompañado como siempre por Ekún, acudía al cuarto de
estudios donde su hermana le impartía las primeras
enseñanzas.
Se trataba de una amplia habitación con varias
estanterías repletas de libros. Libros que ella misma había
usado en las lecciones impartidas por la estimada Mrs.
Margaret.
Como niño que era, le gustaba juguetear con la pizarra
giratoria del cuarto de estudios y con una gran bola del
mundo que su padre mandó traer desde Inglaterra cuando su
hermana comenzó a estudiar.
El muchacho estaba sentado, atento a las explicaciones
de su hermana mientras que Ekún, como siempre, no le
quitaba ojo, permanecía inmóvil, de pie, como pegado en la
pared al lado de la puerta cruzado de brazos y armado por
orden del amo Anderson de un puñal que pendía colgado de
su cuello como si de un medallón se tratase.

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—Veamos Arthur, hoy vamos a conocer algunas de las letras
del abecedario.
—Del a,be,ce, que... —deletreó extrañado el pequeño Arthur.
—Sí, Arthur, eso es lo que he dicho, vamos a conocer
algunas letras.
—Muy bien hermana —dijo pasándose el puño de su
camisola por la nariz.
Las enseñanzas de Beatriz comenzaron a dar sus frutos
y comenzaba a leer y a escribir, también progresó con los
números, sin duda era un chico listo pero poco avispado, más
bien tímido y poco hablador para su edad. Arthur hijo
comprendía las enseñanzas de su hermana con suma
facilidad, ella solía decir que se parecían en la inteligencia,
pero desde luego no en la forma de ser.
Por otro lado, el guardaespaldas del chico era
espectador a diario de las enseñanzas recibidas a su y
protegido amo, en silencio Ekún iba asimilando día a día
aquellas lecciones. Él no desaprovechaba su tiempo. Practicó
y practicó día y noche aquellas enseñanzas hasta conseguir
asimilar y comprender la lectura y la escritura. Leía y

463
escribía toscamente, pero su empeño por aprender se
convirtió en una obsesión, sabía que adquiriendo sabiduría
comprendería y entendería más y mejor al hombre blanco.
Tenía que estar preparado para cuando llegase la hora de su
libertad. Como gran guerrero de sobras sabía empuñar
machete, arcos y flechas, y manejar con destreza las
herramientas de labranza, ahora era el momento de saber
coger delicadamente una pluma. Saber leer y escribir e
interpretar los números era la llave para su libertad y la
libertad de su pueblo.
Durante la noche, cuando todos dormían, él practicaba
tumbado sobre su camastro alumbrado tan solo por la tenue
luz de una pequeña lámpara de aceite, cogía la delicada
plumilla de punta desgastada que en su día había sido
desechada al igual que unos agotados tinteros que él umplia
de agua para deshacer la poca tinta reseca de su interior y de
esa forma aprovechar la tinta. Practicaba hasta quedarse
dormido en su camastro acompañado por las temblorosas
sombras de la débil luz de la vieja lamparilla de aceite.
1739, año y medio después, los Maroons eran cada vez

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más y más fuertes, continuaban un constante goteo de
escaramuzas en prácticamente la totalidad de la isla. En San
Elizabeth quemaron haciendas al igual que en San Ann y en
San Thomas. Una gran masa de hombres negros corrían
como locos por las ciudades, con sus vestimentas hechas
jirones, armados con hachas, machetes, palos, piedras,
pistolas y mosquetones sin munición que les habían
arrebatado al maltrecho ejército británico. Miles de antorchas
convirtieron en un infierno las ciudades, las casas de madera
ardían por contagio unas con otras, barrios enteros eran
saqueados y el refugio para todo aquel que fuese de piel
blanca era tan solo cuestión de suerte. Entre el crepitar de las
llamas y el intenso humo irrespirable, unido todo ello a la
agobiante humedad, cientos de personas perecían por asfixia
en medio de las calles, los cadáveres eran apaleados por los
rebeldes que gritaban y gritaban por su triunfo. Las casas se
desmoronaban pasto de las llamas, las bestias de los establos
corrían pavorosas sin rumbo alguno.
La anarquía era total y su único propósito era dar
muerte a muchos amos, a todos los que pudiesen, sin

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miramientos. Destruían sus haciendas y liberaban de sus
cadenas a todos los esclavos que podían. Algunos se
apiñaban en pequeños grupos y sin rumbo corrían y corrían
hasta quedar desorientados y perdidos. En San Andrew se
organizaron agrupaciones de hombres para dar caza y
protegerse de sus haciendas y plantaciones, pero el caos era
total y cientos de rebeldes asaltaban plantaciones, ahorcando
y decapitando a los amos y terratenientes que se les cruzaban
por su camino. Al principio, algunos esclavos dudaban,
temerosos y asustados por los graves acontecimientos que
estaban sucediendo, sabían que si eran capturados de nuevo,
la ira de sus amos caería sobre ellos dando fin a sus vidas.
Por otro lado, el ejército británico a pesar de poner
todos los medios a su alcance no conseguía desenmarañar la
bien tejida tela de araña que habían conseguido elaborar con
hábil astucia y perseverancia los rebeldes.
La plantación de Mr. Arthur Anderson no había vuelto a
sufrir ataque alguno y la vida allí era más o menos tranquila,
hasta el día en el que llegó la noticia de la fuga de una
esclava de la plantación del jefe Erwin.

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El mal trato que recibían día tras día los esclavos en
aquella maldita plantación de Kingston era vejatorio e
inhumano. Se decía que el amo Erwin era tan despiadado y
cruel que mediante una especie de juicio celebrado en su
hacienda, y a la vista de todos los esclavos, condenaba a los
que se le revelaban o intentaban escapar de aquel infierno.
Una vez concluido dicho juicio siempre tenía las de
perder el esclavo, colgaban de los brazos al condenado y
lentamente lo introducían hasta el cuello en un gran caldero
con agua hirviendo, escasamente era un minuto, pero aquel
interminable y doloroso minuto eran más que suficiente para
que la piel se deshiciese como cera al calor de la llama. Días
más tarde el esclavo sublevado moría debido a las grandes
quemaduras sufridas. Para el amo Erwin los esclavos eran
solo carne negra de trabajo, a sus bestias las trataba mejor,
ya fueren caballos, mulos, cerdos o perros.
El amo Erwin decía que los negros eran peores que un
animal de granja, que no valían para nada, que no pensaban
ni razonan, que prácticamente no sentían dolor, pero, eso sí,
si dejasen a los machos con las hembras fornicarían sin cesar

467
hasta criar como conejos. Sin embargo no del todo era real lo
que pensaba e incluso lo que sentía. Tal vez porque ella
había llevado en su vientre el fruto de su semilla o fuere por
lo que fuere, a la desdichada Ododó la seguía utilizando
como su esclava personal, era su furcia de diario hasta el día
en que se cansase de ella.
Ododó intentó aguantar en silencio las humillaciones y
violaciones constantes que sufría desde el mismo día en que
llegó a Kingston.
Al principio y por extraño que pareciese se podía decir
que los deseos hacia ella eran tiernos e incluso un tanto
amorosos, como si realmente el amo sintiese algo por ella,
pero nada más lejos de la realidad. La ternura poco a poco
fue cambiando cada vez más a la agresividad, hasta
consumar la violación, ella yacía como si de un muñeco de
trapo se tratase. Permanecía completamente inmóvil, estirada
en el lecho a los deseos libidinosos de su amo.
Sin embargo pensó en repetidas ocasiones en escapar de
aquel maldito infierno, sabía que si era descubierta su final
sería el caldero de agua hirviendo y jamás volvería a ver a su

468
hijo. Pero el ansia de libertad era superior a todo.
Las noches en la que el amo Erwin prescindía de ella, se
pasaba horas sobre su camastro pensando con la mirada
perdida hacia ninguna parte. Pensaba en su pueblo, en su
mejor amiga Airá, y en el hermano de esta, Nassér, en la
infeliz Nicoletta, ¿qué habrá sido de ella?, se preguntaba. Ni
por un segundo se podía imaginar el trágico final que por el
amor hacia un ser despiadado sufrió la desdichada Nicoletta.
Ododó aguantó y aguantó hasta que ya no pudo
soportarlo más.
Ahora, en su cabeza tan solo existía la posibilidad de
una fuga que la liberase de todo aquel horror y que la alejase
de la maldita plantación.
Quizás fuese mejor morir por su libertad que vivir el
resto de sus días en una tortura constante.
Esperó pacientemente durante semanas el momento
idóneo para llevar a cabo su plan de fuga.
Una noche permanecía impávida recostada en el suelo a
los pies de la cama del amo Erwin como la mayoría de
noches. Hacía solo unos minutos que él había abusado de su

469
cuerpo como de costumbre, y como de costumbre el amo
quedó rendido tumbado en su cama boca arriba con los
brazos y piernas en cruz, el ponche había hecho su efecto y
sobre la mesilla una botella vacía delataba su embriaguez. En
pocos minutos el sueño se apoderó de él y al momento sus
ronquidos eran atronadores. Ella continuaba tumbada en el
suelo a los pies de la cama de forma que al despertar el amo
pudiese posar sus pies sobre ella como si de una alfombra se
tratase.
Debía de tener preparada para cuando el amo despertase
la bañera con agua templada, jabón y sales. Luego, como
cada día Ododó se iría a la cocina y así un día tras otro. Pero,
esa noche, sería diferente a las demás noches.
Era una noche sin luna, la oscuridad era casi total, tan
solo rompían aquella oscuridad algunas de las antorchas y
quinqués del cobertizo de la casa. El amo Erwin roncaba
sumido en un profundo sueño y Ododó se decidió, su
corazón latía a golpes de maza, de su espalda reverberó un
sudor frío que hizo que su camisón de fina tela blanca se
pegase a su piel. Se deslizó como un reptil, sin hacer ruido y

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tenuemente iluminada entre las oscuras y alargadas sombras
que proyectaba la pequeña lámpara de aceite. Como pudo,
consiguió llegar hasta poder alcanzar la puerta, un nudo en el
estómago apenas sí la dejaba respirar, con sumo cuidado y
agudizando al máximo sus cinco sentidos consiguió abrir la
puerta que chirrió levemente al abrirla y un escalofrío la
paralizó, durante unos segundos se quedó completamente
quieta hasta asegurarse de que todo continuaba en silencio,
el sonido chirriante de la puerta no alertó al amo.
Gateó hasta el final de las escaleras y con sumo cuidado
se puso en pie escondiéndose tras el mueble del reloj de
péndulos, justo en ese preciso instante, el mundo se le vino
encima al escuchar el estruendoso sonido de las campanadas
del reloj que en ese momento daba aviso de la hora. Eran las
tres en punto de la madrugada. Aquellas campanadas
retumbaron en su cabeza como tres mazazos, fueron
interminables. El susto recibido le erizó el bello y un temblor
recorrió de pies a cabeza todo su cuerpo. Observó que algo
ocurría y permaneció completamente inmóvil al ver como
dos sombras alargadas se acercaban peligrosamente a la

471
casa. Se trataba de Orco y de un esclavo que no llegó a
reconocer bien, pero sí pudo ver como el desconocido
esclavo portaba en sus brazos algo pesado y que ella no llegó
a distinguir con claridad. Bien podría tratarse de una tinaja o
algo parecido, pensó.
Orco era un mandingo entrado en años, grande y fuerte.
Un esclavo que se había ganado la confianza del amo Erwin.
Orco tenía ciertos privilegios debido a la servidumbre y
sumisión que le mostraba al amo con sus cuchicheos, sobre
todo con respecto a lo que sucedía en la plantación, aun a
sabiendas de que por su culpa más de un esclavo había
sufrido en sus carnes los terribles latigazos que propinaban
los capataces de aquella maldita plantación.
Los dos hombres entraron en la casa intentando hacer el
menor ruido posible para no turbar en lo más mínimo el
plácido sueño del amo. El estómago de Ododó permanecía
completamente encogido, su respiración era entrecortada y
sus puños permanecían cerrados y apretados, tanto que los
nudillos cambiaron de su natural color a un tenue color
blanquecino. Los dos hombres se dirigieron directamente

472
hacia la cocina, fue ese el momento en que ella aprovechó
para salir de la casa rauda y sigilosa. Pero aquel movimiento
no pasaría inadvertido para el desconocido esclavo que
portaba lo que a ella le había parecido una tinaja. El esclavo
se giró sobre sí mismo y pudo ver con el rabillo del ojo como
alguien salía de puntillas con máximo sigilo. Sin duda sería
Ododó, ya que ella era la única mujer que a esas horas de la
madrugada podía estar en la casa, pensó el esclavo,
comprendió lo que estaba sucediendo y, sin pensarlo,
reaccionó e intento disimular en lo posible cuando Orco le
preguntó por qué se había girado y qué era lo que había
visto. El esclavo dirigió su mirada al suelo y no dijo nada.
Orco miró por la ventana y pudo ver como una fugaz sombra
se adentraba rauda por el espesor de la maleza alejándose de
la plantación.
— ¡Pero... qué diablos! —Exclamó Orco.
Fue entonces cuando el gigantón Orco quiso alertar al
amo que dormía plácido en su alcoba.
— ¡Amo! —Alertó Orco.
Quiso delatar que algún esclavo o tal vez varios habían

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podido sortear el vallado.
Ante el elocuente grito, el esclavo reaccionó, alzó sus
brazos con la tinaja y sin pensarlo lo más mínimo le estrelló
la tinaja en la cabeza rompiéndose en mil pedazos y
vertiendo sobre Orco todo el aceite que llevaba en su
interior. Orco ni siquiera se inmutó, se giró sobre sí mismo y
atenazó con sus inmensas y fuertes manos el cuello del
esclavo, lo levantó al menos un palmo de suelo, el esclavo
pataleaba, sus ojos parecían ir a estallarle de un momento a
otro, el esclavo se retorcía como una lombriz. Pero ese no
sería su final. Bajo los pies de Orco se había formado un
charco de aceite que le hizo resbalar. Los dos hombres
cayeron dando con sus huesos en el suelo, al instante un
reguero bermellón de sangre manaba de la cabeza de Orco
que completamente inerte miraba hacia ninguna parte, sus
ojos ya no denotaban vida y su cuerpo estaba completamente
inmóvil. Fue tal el estruendoso alboroto, que hizo que el amo
se despertase sobresaltado, pensó de primera que el alboroto
bien podía ser una pesadilla, tapó su cabeza con el
almohadón, quiso recomponer su sueño sin éxito pero se dio

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cuenta de que en su casa estaba ocurriendo algo, sin pensarlo
dio un salto de la cama y comprobó que Ododó no yacía en
el suelo como de costumbre, eso le sorprendió.
Semidesnudo apareció en la escalera alumbrado por la
tenue luz del quinqué que portaba. Apoyó su mano en la
balaustrada y alzó el quinqué para ver con más claridad.
— ¿Qué es lo que está pasando aquí? —Gritó.
De repente, los ruidos silenciaron. Nadie respondió a su
pregunta.
— ¿Dónde está Ododó? —Preguntó nuevamente voz en
grito.
Bajó los peldaños de la escalinata portando en alza el
quinqué, de repente observó el cuerpo sin vida de Orco. El
esclavo permanecía arrodillado sujetando la cabeza del
gigantón Orco, sus manos estaban completamente
manchadas de sangre.
—Pe... pero... ¿qué demonios ha pasado aquí? —Balbuceó
como arrastrando las palabras.
El esclavo no respondió, no se inmutó, cabizbajo sus
ojos se cerraron fuertemente al igual que sus labios, como si

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esperase un golpe de gracia.
— ¿Qué es todo esto? Responde —le preguntó.
—Amo, ha... ha... sido un accidente —acertó a balbucear el
esclavo.
— ¿Dónde ha ido Ododó? —Volvía a preguntar mientras
alumbraba el cadáver con el quinqué.
El esclavo comenzó a gemir leves sonidos de llanto.
—No lo sé amo, no lo sé —repitió.
Una fuerte bofetada estalló como un relámpago en el
rostro del esclavo haciendo que de su oído izquierdo manase
un fino hilillo de sangre.
—No te lo volveré a preguntar, ¿dónde está la pequeña perra
negra?
Ante la insistente amenaza de su amo claudicó. Señaló
tembloroso la dirección por donde había huido la íntima
esclava del amo Erwin.
— ¿Por dónde?, ¿por allí? —Preguntó enfurecido señalando
con el dedo.
El esclavo asintió con la cabeza sin mirar a su amo. En
ese instante entraron dos de los capataces un tanto

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atolondrados y confusos por lo que allí estaba pasando.
—La maldita perra ha huido. La quiero aquí antes del
amanecer —ordenó desquiciado.
—Sí señor Erwin —respondió uno de los capataces.
—La tendrá aquí en unas horas —respondió el otro.
—Eso espero, eso espero. Ahora mandad que recojan el
cadáver de este desdichado y que lo entierren. Ah, y tú
limpia todo esto como los chorros del oro —le dijo al tiempo
que le golpeaba en la cabeza—. Más tarde ya me ocupare de
ti —puntualizó.
Los capataces organizaron a una veintena de esclavos
portando antorchas y formando a dos grupos para barrer de
este a oeste los alrededores hasta dar con la fugitiva.
Aquel amanecer despuntaba rojo sangre, esparciendo su
intenso colorido por un cielo envuelto en nubarrones
grisáceos iluminando lánguido. Ella pensó que sería el fin, su
último día.
De pronto, alguien la sorprendió escondida entre los
matorrales. Ododó temerosa y asustada reculó en cuclillas
hasta no poder más, ya que la espesura le frenó su intento de

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esconderse, sintió como una oleada de adrenalina le
aplastaba el pecho y su corazón se aceleró frenéticamente, se
sentía como un animal acorralado. Fue uno de los capataces
quien la cogió por la blusa haciéndola jirones y dejando sus
pechos desnudos a la vista de todos aquellos hombres que la
miraban bajo la luz de sus antorchas.
Pataleó, escupió, chilló y finalmente lloró. Luego, no
opuso resistencia y vencida dejó que la maniatasen. A rastras
la llevaron frente a la presencia del amo Erwin.
Él no tuvo piedad. La llevaron al palo de los castigos,
así era como se le llamaba a aquel grueso tronco manchado
de sangre seca de dos metros de altura clavado en la tierra.
Ella sin ánimo de lucha por sobrevivir, quería ya acabar
cuanto antes con aquel sufrimiento.
Vencida, extendió sus brazos rodeando el palo de los
castigos para que la atasen con sogas por las muñecas. Al
instante la desdichada esclava oyó un silbido que le era
familiar. El chasquido del látigo resonó como un relámpago
arrancando su piel. Una vez más el látigo cortó el aire y
nuevamente sintió como la traspasaba en lo más profundo de

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su ser.
Pensó en Olorum, su hijo. Cerró los ojos dobló las
rodillas quedando colgada por las muñecas, finalmente la
oscuridad se apoderó de ella y desfalleció.
Sufrió en sus carnes la implacable ira de su violador, del
que era el padre de su hijo, de su cruel y despiadado amo.
A su orden, alguien echó un balde de agua sobre su
rostro, haciendo que volviese en sí.
—Los sueños como sueños están muy bien, pero... lo real es
la realidad, y esta... maldita perra, es tu realidad —le dijo el
amo cogiéndola por los pelos y acercándose a tan solo un par
de centímetros de sus ojos.
Tres días después murió a causa de los terribles
latigazos sufridos en el palo de los castigos.
Al fin se había liberado de su vida inmunda cruel y
despiadada. Liberada de su cuerpo; no sentía, ya no
padecería las ataduras de la esclavitud. Ododó era libre.

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24

El alumno

Ekún trabajaba durante el día en el establo sin descanso,


tenía que pasear a los potrillos al menos dos veces al día. Los
cogía de con un ronzal largo para que los animales girasen a
su alrededor; progresivamente les cambiaba el grosor del
bocado para que se fuesen acostumbrando al freno de hierro
que un día les embocarían. Los potrillos portaban sobre sus
lomos pequeños saquillos de arena para acostumbrarse al
peso de un jinete. Después del ejercicio, los cepillaba con
esmero y los alimentaba con centeno y alfalfa.
Cuando los candiles se apagaban, él solía practicar lo
que aprendía día a día.
—Jamás me lo hubiese imaginado —dijo Beatriz

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sorprendiendo a Ekún el cual se hallaba en el establo
totalmente absorto en su tosca e ilegible escritura.
—Perdóneme señorita Beatriz, no la oí llegar —dijo.
—No Ekún no tienes por qué disculparte. Paseaba y la luz
del quinqué llamó mi atención, pensé que quizás te habías
olvidado de apagarlo —se excusó.
Ekún apretó sus labios y bajó la mirada al suelo.
—Puedes mirarme, ahora estamos solos, nadie nos ve.
Además te he dicho muchas veces que no quiero que mires
al suelo cuando estamos hablando.
—Sí señorita Beatriz —respondió alzando tímidamente la
mirada.
—Bien, mucho mejor —le dijo esbozando una sonrisa.
—Sí señorita —dijo casi agachando la cabeza
instintivamente.
— ¿Has aprendido esto durante las lecciones que doy a mi
hermano? —Le preguntó.
Ekún asintió moviendo la cabeza, como si sintiese
vergüenza por ello a sabiendas de que con ella no correría
peligro; con cualquier otra persona, un fuerte castigo sería

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algo seguro.
Sin embargo ella reaccionó de forma diferente.
—Pero, esto es magnífico —dijo abriendo sus ojos como
platos.
—Practicaba mismas enseñanzas del señorito Anderson. La
verdad, es bastante mal, difícil para mí. Soy esclavo no
deber... señorita Beatriz, perdóneme.
—Te equivocas Ekún, aprender es bueno, asimilar sabiduría
enriquece a la persona, ¿entiendes?
—Pero yo señorita Beatriz, no soy persona, soy esclavo, el
protector de señorito Arthur. Bueno, aprender aunque no
valga de nada.
—No digas tonterías —inquirió ella mientras se agachaba
para estar a la altura de él.
—Escucha bien Ekún: es verdad que eres uno de los esclavos
de esta plantación, pero no olvides jamás, que ante todo eres
persona, exactamente igual que yo, que mi hermano, o que
mi propio padre.
Incrédulo a esas palabras Ekún asintió moviendo la
cabeza de manera conformista, como dándole a entender que

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si eso era lo que ella creía, así sería.
—No, señorita Beatriz, jamás ser como usted, su hermano o
como propio padre —Ekún se irguió la espalda y carraspeó
un par de veces y continuó hablando—. Siempre ser lo que
soy, esclavo. ¿No creer usted señorita, que llegar día de mi
libertad? —Le preguntó escéptico y un tanto desafiante.
—Mi padre, sino recuerdo mal, te concederá la libertad una
vez que mi hermano allá alcanzado la mayoría de edad y sea
un hombre hecho y formado. Mi padre es hombre de palabra.
Ese día te agradecerás a ti mismo el esfuerzo realizado
durante todos estos años.
— ¿De verdad creer señorita Beatriz? —Ekún repitió la
pregunta aferrándose a las afirmaciones de ella.
—No solo lo creo, sino que estoy convencida de ello.
Desafiante, él se irguió más aun extrayendo de su
interior todo su orgullo. El orgullo que solo los líderes
poseen.
—Que Dios Ochois, dueño de justicia, escuche sus palabras,
señorita Beatriz.
Ella se quedó durante unos instantes pensativa, luego

483
instintivamente puso sus cabellos tras sus orejas para que no
se le fueran a la cara. Se acercó para estar cara a cara con él.
—Escucha bien lo que te voy a decir. Y no quiero un no por
respuesta.
— ¿Qué querer? —Preguntó expectante ante lo que le
pudiese pedir su joven ama.
—Escucha, me esperarás en el establo. No te aseguro todos
los días desde luego, pero siempre que pueda en cuanto se
haga la noche vendré y te enseñaré a leer y escribir, te
enseñaré los números, te hablaré de historia y serás un
hombre culto.
Ekún dio un paso atrás.
—Ser peligroso señorita Beatriz —insinuó.
—Soy consciente del riesgo.
—Señorita podrían ahorcarla si alguien verla.
—Sí, soy consciente de ello, correré el riesgo.
Realmente ni ella misma sabía por qué debía de correr
tal riesgo por un esclavo.
—Pero señorita Beatriz... debe pensarlo.
—Pero nada Ekún. Hasta mañana —Beatriz se despidió de

484
del esclavo y se fue.
Ya en su alcoba no podía conciliar el sueño, recostada
sobre el almohadón en su cama, no dejaba de pensar en la
propuesta que acababa de hacer.
¿Por qué el temperamental y repentino deseo de
enseñarle a leer y a escribir?, ¿qué podía sacar en claro de
todo ello?
Sin embargo, era un reto que debía de llevar a cabo.
Algo en su interior la incitaba a ello.
Debería de hilar muy fino para que nadie notase nada.
Él, al igual que ella, no podía conciliar el sueño, no
paraba de darle vueltas a todo lo que acababa de ocurrir. Las
preguntas se amontonaban una tras otra en su cabeza.
—Quizás quiera algo de mí, quizás me utilice contra su
hermano, él por ser un varón sería antes que ella el heredero.
Un día se lo oí decir al joven amo Arthur, se decía para sí.
No obstante aquel pensamiento se difuminó de su mente
como el humo. Los Dioses me guiarán, son ellos los que
deciden el destino. Luego el sueño le venció.
Beatriz de primeras pensó en hablar con su hermano

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para que su esclavo protector aprovechase las lecciones al
mismo tiempo que él. Meditó y la desechó, no era buena
idea, pensó.
El joven Arthur era aún un niño y como tal corría el
riesgo de que el pequeño dijese que alguien más aprendía sus
lecciones; era demasiado peligroso, podía costarle la vida al
esclavo y desde luego a ella una buena reprimenda, y por
supuesto perdería la confianza que su padre había depositado
en ella con respecto a la educación de su hermano. Así que
Beatriz descartó la idea. Pero por su cabeza no cesaban de
pasar una y otra vez las preguntas que tanto la inquietaban.
¿Por qué este empeño?, se preguntó nuevamente. No
llegaba a comprender. ¿Qué era aquello que le atraía de
aquel esclavo que nunca antes ni había visto ni sentido?
Jamás se había fijado en él. Era un hombre fuerte y viril, un
ser humano al que se le podía apreciar el mucho sufrimiento
que había padecido durante toda su vida.
Ekún era un hombre joven, con ganas de asimilar toda
la sabiduría que le fuere posible para estar preparado y poder
desenvolverse en la vida si realmente llegase el día de su

486
ansiada libertad. Ella bien podía ser la poseedora de la llave
que abriese las puertas de un mundo de esperanza, de
aprendizaje, de una nueva vida repleta de proyectos e
ilusiones.
Ekún no era como todos los demás, sin duda era
especial, con su bravura y valentía había salvado la vida de
su hermano y quizás fuese el momento de demostrar de
alguna manera su agradecimiento de ella hacia él.
Casi a diario a la puesta de sol, Beatriz acudía al establo
con la excusa de ver al potrillo que había nacido hacía unos
días. Portaba una canastilla de mimbre con leche, pan y
queso de cabra. Además de algún material de escritura para
su nuevo alumno.
Mientras Ekún comía y bebía, ella preparaba todo lo
necesario.
Durante los primeros días las lecciones no fueron tan
fluidas como ella hubiese querido, él no era tan receptivo
como se podía imaginar.
—Mira Ekún —le explicaba —. “A” de amar, la letra “B”,
de boca y tocaba sutilmente sus labios, la letra “C” de cara y

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también tocaba su rostro, la letra “D” de dedos y le tocaba
sus dedos y así un día tras otro. Era duro de entendederas y
de compresión. A medida que pasaban los días fue
adquiriendo soltura y destreza con la plumilla, la escritura a
pesar de ser lenta era ya bastante legible.
Ekún pensó que quizás ella no acudiría al establo tras
cuatro días seguidos sin dejar de llover copiosamente.
Aquel día el cielo permanecía aún encapotado, sin
embargo unos tenues rayos de sol comenzaban a filtrarse
levemente dibujando en el cielo tonalidades grisáceas,
amarillentas y púrpuras. La lluvia por fin aminoró hasta dejar
de llover por completo.
Beatriz, preparó todo lo necesario para las lecciones,
aprovechando el momento y cubierta con una capa apareció
en el establo.
Al verla, su semblante cambió mostrando una expresión
de alivio.
—Lo lamento Ekún, pero con este tiempo me ha sido
imposible venir.
— ¿Qué tal encontrar joven amo Arthur, señorita Beatriz?

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—Mejor, las fiebres han remitido y el doctor dice que es un
brote de sarampión.
—Comprendo —mintió, no tenía ni idea que era eso del
sarampión, pero tampoco se lo quiso preguntar.
—Yo creo que la próxima semana reanudaremos las
lecciones sí, claro está... no os vais a Cuba.
— ¿A Cuba? —Preguntó.
—Mi padre quiere adquirir unas plantaciones de tabaco que
medio pactó la última vez que fue a La Habana.
—No entender —dijo con cierta extrañeza.
—Si se decide, iréis los tres. Mi padre, mi hermano y tú
como protector de ambos.
—Si es deseo de amo —dijo con cierta resignación bajando
la mirada.
Minutos después escribía con plumilla nueva y tintero.
—No Ekún, así no, coge la plumilla como te he enseñado.
Ella se acercó cogiendo su mano para guiarle en la
escritura.
—Ves, así es como se coge la plumilla. Además puedes
quitarte el puñal que cuelga de tu cuello.

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Al quitárselo, sus caras se rozaron y sintió como un leve
escalofrío recorría su cuerpo erizándole el bello. Para él
aquel hecho no pasó inadvertido ya que la delató el sonrojo
de sus mejillas. Ekún reaccionó de forma natural para que
ella no se sintiese avergonzada y por tanto incomoda ante tal
situación. Sin embargo el devenir de los acontecimientos
sería inevitable.
En la soledad de su habitación, ella intentaba poner en
orden aquel cúmulo de sensaciones jamás sentidas, a pesar
de intentarlo no podía conciliar el sueño, sus pensamientos la
embargaban de forma inquietante.
No, no puedo pensar en él. Qué locura, pensó.
Intentó sacar de su cabeza la figura de aquel que un día
fue esclavo semental, luego uno de los domésticos y
finalmente protector personal de su hermano.
¿Qué locura era esa que la atormentaba sin cesar? Pero
era un pensamiento indeleble en su mente que al contrario de
agradarle la estaba atormentando. Se cobijó entre las blancas
sabanas e introdujo bajo el almohadón la cabeza y apretó
fuertemente los párpados.

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—Por Dios, no puedo fijarme en él, es un esclavo, es un
negro.
Hablaré con él y le diré que ya no volveremos a vernos
a solas ni en el establo ni en ningún otro sitio. Las clases han
terminado para siempre, se dijo para sí en voz alta.
Es mejor para todos que todo esto se termine antes de
que pueda ser demasiado tarde para mí —pensó.
Poco a poco el cansancio la venció y por fin pudo
conciliar el sueño. Pero él permanecía imborrable en su
mente.
A la mañana siguiente, al amanecer, los primeros rayos
de sol se filtraron por la ventana aliándose con el canturreo
de un sinfín de pajarillos que la despertaron.
Sus primeros pensamientos fueron para el esclavo que
inevitablemente se estaba adueñando poco a poco de sus
pensamientos más íntimos y de sus esperanzas más
anheladas.
Por más que lo intentaba, no podía evitarlo, era como
un huracán que la arrollaba sin remedio, los sentimientos se
habían apoderado de ella de tal manera que, por mucho que

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lo intentase, no podía quitarse de la cabeza el recuerdo de
cuando casi roza su mejilla con la de él.
Era domingo y ella no tenía que impartir clases, por lo
que podía evitar en lo posible verlo, eso le daría un tiempo
precioso para poner en orden sus pensamientos.
Durante la misa dominical Beatriz perdía la
concentración con suma facilidad, hecho que no le pasó
inadvertido a su padre. Se acercó a su hija y le preguntó:
— ¿Te encuentras bien, Beatriz?
— ¿Cómo? —Dijo distraída.
— ¿Te pregunto si estás bien, hija?
—Sí, padre —respondió.
Después de comulgar, el sacerdote esperó a sus
feligreses en el confesionario una vez oficiada la Santa Misa.
Pero la joven Beatriz Anderson, no se confesó como en ella
era habitual, eso extrañó al sacerdote.
Al salir de Misa, el cura la esperaba, le ofreció la mano
para que la joven hiciese la pertinente genuflexión, ella
dobló su rodilla hasta el suelo y besó el anillo del cura, fue
entonces cuando éste aprovechó para preguntar el motivo por

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el cual no había ido a confesarse.
— ¿Qué tienes? ¿Qué es eso que te preocupa y te arrebata
tus pensamientos hija? —le preguntó el cura.
Ella pensó la contestación unos breves instantes.
—Cosas de mujeres, ya sabe —respondió.
Pero el sacerdote, intuía, que sí ocurría algo en ella y
quiso reconfortar su espíritu.
—Recuerda hija mía que Dios todo poderoso está siempre
con todos nosotros y también contigo.
—Lo sé padre, lo sé.
Beatriz subió al coche de caballos ayudada por su
padre.
— ¿Qué te ha preguntado el párroco? —Le preguntó una vez
acomodados en el coche.
—Me ha preguntado que qué me ocurre, y si me encuentro
bien.
— ¿Cuál ha sido tu respuesta Beatriz?
—Cosas nuestras.
— ¿Cómo dices hija?
—Cosas íntimas de mujer —le respondió.

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—Entiendo, entiendo —susurró; se sonrojó y palmoteó
cariñosamente la mano de su hija.
Ahí se acabó la conversación entre padre e hija.
En la mesa, durante el almuerzo familiar, ella estuvo
como ausente, sentía la necesidad de estar sola.
—Vamos a viajar a la ciudad, tu hermano me acompañará.
—Perdón, papá, estaba distraída.
—Beatriz, hija, no estás atenta a lo que estoy diciendo.
—Perdón, papá —respondió interrumpiendo su mirada
perdida.
—Estamos hablando, y no escuchas, no te das cuenta de que
estás ausente, hija. Decía, que después del almuerzo, iremos
tu hermano y yo a Kingston, he de realizar unas gestiones, y
cerrar unos tratos, puedo comprar unas tierras a muy buen
precio. Volveremos en cinco o seis días.
—Está bien, os estaré esperando.
—Pero que conste Beatriz que me iré preocupado por ti.
—Pues no tienes por qué preocuparte papá, ya te he dicho
que no me encuentro demasiado bien, las mujeres tenemos
un cuerpo complicado.

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—Claro, claro, perdona hija —respondió Mr. Anderson
mientras se limpiaba la comisura de sus labios con la
servilleta.
—Puedes retirarte de la mesa si lo deseas.
—Gracias papá —respondió retirando la silla.
Beatriz se levantó de la mesa, y mientras se dirigía a su
habitación decidió dar un tranquilo paseo por el bosque para
dirigirse a la laguna. Era un día soleado y necesitaba estar
sola.
Frente al espejo del tocador cepillaba su melena. Por un
instante paró de cepillar sus cabellos y mirándose fijamente
al espejo, supo que se abría ante ella un mundo desconocido
lleno de esperanzas. Eligió un vestido apropiado para pasear
por el bosque. Un vestido de gasa, azul cielo con motivos
florales de tonos azulados y escarlata, también cubrió su
cabeza con una pamela azul cielo con un lazo escarlata a
juego con el vestido.
A través del ventanal de su habitación escuchó el sonido
del carruaje en el que su padre y su hermano partirían en
breve. Se asomó y vio a su padre con un pie sobre la

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escalinata de la calesa, él se giró e instintivamente miró a la
ventana donde expectante estaba su hija. Padre e hija se
miraron durante breves segundos, su padre sonrió levemente
y con un gesto con la mano lanzó un beso despidiéndose de
su bella hija.
El cochero atizó las riendas y el carruaje partió dejando
una estela de polvo en el camino.
Desde su ventanal vio cómo se alejaba para siempre el
carruaje de su padre.

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25

La laguna

Era una mañana dominical espléndida, una brisa de aire


suave soplaba y el sol radiaba intensamente.
Inmóvil permanecía con las manos entrelazadas bajo la
nuca tumbado a orillas de la laguna. Veía pasar las nubes a
través de las ramas frondosas de los sauces. Se imaginaba un
sinfín de figuras con las formas de aquellas nubes mientras
esperaba que alguna carpa atraída por el cebo que no era otra
cosa que un simple grano de maíz, picara el anzuelo. Sin
saber por qué, de pronto, le vino a la mente el bello rostro de
Beatriz.
— ¡Señorita Beatriz! —Inquirió Mamasefa.
La joven se giró sobre sí misma.
—Sí, Mamasefa...

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—Tenga, mi niña, Mamasefa le ha preparado estos frescos
fresones para que se los coma durante el paseo por el bosque.
Beatriz se la quedó mirando, cogió la cesta con los
fresones y besó a la negra Mamasefa en la frente.
—Gracias Mamasefa.
—Tenga cuidado mi niña.
—Descuida, lo tendré —respondió.
La joven se adentró en el bosque y sus pasos se
encaminaron directamente hacia la laguna.
Caminaba con la mirada perdida, divagando en una
nebulosa de pensamientos que la embargaban. Los árboles y
enredaderas se empujaban entre sí en su frenética lucha por
llegar a lo más alto y atrapar los rayos del sol.
De pronto, algo llamó su atención, bien puede ser un
animal que está tumbado en la orilla de la laguna, pensó.
Se acercó sigilosamente, se paró tras un frondoso sauce
para no ser descubierta. Alertado por el brusco tirón que dio
la caña, se levantó de un brinco aferrándose a la caña tirando
hacia tras.
Su estómago se encogió al distinguir con claridad que

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no se trataba de ningún animal, se apoyó en el sauce y
suspiró. Su cuerpo temblaba como las frágiles hojas del
sauce que la ocultaban sopladas por aquella tenue brisa del
viento. Sin quitar la mirada fija sobre él, dio un paso atrás
pisando una rama, el crujido al romperse resonó en sus oídos
como un trueno. Alertado por el sonido de la rama se giró
sobre sí mismo, ambos se miraron sin decirse nada durante
breves segundos hasta el momento en el que ella sonrió.
Sin embargo Ekún fijó su mirada al suelo como era
habitual en los esclavos.
—No Ekún, levanta tú mirada —dijo lacónicamente
acercándose al esclavo. Quería aparentar firmeza pero las
piernas aún le temblaban.
No dijo nada, permanecía mudo, pensaba que se trataba
de una Diosa. Los rayos de sol se filtraban por entre los
sauces y los helechos dejando entrever las motas de polvo en
suspensión e iluminando y realzando la belleza de la joven
en todo su esplendor. Sus largos tirabuzones cobrizos
parecían hilos de seda al viento, sus ojos radiaban una luz
especial que le cautivaba. ¿Qué podía hacer ante tal belleza?,

499
todo le superaba y ni por un solo momento podía pensar que
fuese un sentimiento de afecto hacia ella.
Beatriz se acercó hasta estar frente a frente, extendió el
brazo ofreciéndole su mano.
Él quedó paralizado no sabía cómo reaccionar. Había
pasado mucho en su vida, era guerrero. El jefe yoruba, se
había visto envuelto en mil y un peligros, había tenido su
vida pendiente de un hilo en más de una ocasión, pero lo que
estaba sucediendo le superaba por completo.
—No temas Ekún —le dijo con una voz melosa mientras
dejaba en el suelo la cestilla de fresones.
Él no decía nada, permanecía inmóvil, como los árboles
que les rodeaban.
—No temas nada —repitió ofreciéndole nuevamente la
mano.
Realmente no supo ni el cómo, ni el porqué, pero, al
igual que ella, él extendió su mano firme y ruda. Sus dedos
se rozaron ligeramente, lo suficiente para notarse. En aquel
momento, sintieron como una descarga eléctrica recorría sus
cuerpos. Sus respiraciones se aceleraron al tacto del uno con

500
el otro.
¿Qué estaba sucediendo? Turbado él, aguantó su
mirada, mientras ella puso su mano sobre su brazo cubriendo
la marca de la doble “AA”, luego guio la mano hasta posarla
sobre sus pequeños y tersos pechos.
— ¿Sientes mi corazón? —Le preguntó.
Ya no temblaba. Ekún asintió sin hablar, sobraban las
palabras.
Alzó su mano tocando su cara de forma tan sutil y suave
que más bien parecía el roce de una pluma.
Beatriz se sintió desfallecer por momentos, las
sensaciones la embargaban, ella alzó su mano y rozó con las
yemas de sus dedos la cicatriz de su rostro. Las piernas le
flojearon y sintió desvanecerse venciendo su cuerpo para
dejarse caer sobre sus brazos. Instintivamente él la rodeó por
la cintura inclinándose para que ella no cayese, fue entonces
cuando sus labios se rozaron hasta el extremo de sentir un
dulce y melancólico beso.
No obstante, él se mostró tenso, así que fue ella quien
tomó la iniciativa abrazándole más fuerte y multiplicando

501
aquel primer beso por un sinfín de pequeños besitos
repartidos por toda su cara. Sutilmente él la retiró unos
centímetros, la miró sin decir nada y desató el lazo escarlata
de la pamela que ella había anudado bajo su mentón. Se
descubrió tirando sobre la hojarasca su pamela, agitó su
melena dejando al viento sus sedosos cabellos ondulados.
No había nadie por los alrededores, los domingos nadie
solía pasear por el bosque y menos por el sendero que lleva a
la laguna. Se sentían completamente evadidos de todo y de
todos.
Temblaba una vez más cuando le desató el corpiño.
Tuvo la extraña sensación de dejarse llevar por el hombre
que tenía delante. Bajó su mirada para ver la cara de él
avanzando hacia sus redondeados pechos. Se estremeció al
percibir el calor de su boca cuando acarició sus pezones
pequeños y rosados. Notó como sutilmente la acariciaba por
la entrepierna y tensó los músculos de sus nalgas y el
estómago, durante unos instantes no pudo evitar mantenerse
tensa aunque no asustada. Cogió su mano temblorosa y la
guio hasta introducirla por entre sus calzones hasta rozar su

502
pene, miró de soslayo, vio de una forma desmesurada lo que
casualmente ya había visto en otros esclavos, no sabía qué
hacer con la mano, unos breves instantes después se sintió
mucho más tranquila y se dejó llevar.
Prácticamente no sintió dolor, al contrario de lo que
había oído en alguna ocasión, en las conversaciones que su
difunta madre había platicado con amigas.
Con los ojos cerrados y apretados, gemía con pequeños
espasmos contorneándose al ritmo que él imponía, hasta
conseguir que todo su cuerpo vibrase de un placer
indescriptible nunca antes percibido.
Él gemía con repetidos espasmos hasta conseguir
alcanzar el súmmum total. Fue entonces cuando ella sintió
un flujo caliente que la inundaba por todo su ser.
El tiempo se había detenido para ellos, se habían
amado.
En la orilla de la laguna permanecieron durante largo
rato, quietos, enroscados como serpientes y sin decirse nada.

503
26

La boca del diablo

Habían salido de Pórtland y ya se adentraban en


SaintThomas cuando una atronadora tormenta hizo acto de
presencia y la fuerte lluvia levantaba el olor a tierra reseca;
no hubo más remedio que parar. Al poco tiempo, la carretera
era todo un lodazal y las ruedas del coche se hundían
atascándose irremediablemente en el barro. Imposible
continuar en semejantes condiciones, pensó el amo
Anderson.
Bajo la intensa lluvia el cochero y los dos esclavos hicieron
todo lo posible para reforzar con ramas el paso de las ruedas
por el lodo, de esa forma consiguieron hacer rodar el carruaje

504
hasta una zona mucho más firme y segura. Llegaron a una
aldea cercana a Seaforth, aún persistía la intensidad de la
lluvia y en la aldea hicieron noche para partir nada más
despuntar las primeras luces del alba si el tiempo, claro está,
lo permitía.
Hubo suerte, al día siguiente la lluvia ya había cesado
por completo y Mr. Anderson dispuso todo lo necesario para
continuar el viaje. Horas después, la marcha continuaba
siendo lenta, más de lo previsto, tramos de carretera
continuaban embarrados y Mr. Anderson no debía de retrasar
más la marcha, por lo que decidió atajar. Ordenó al cochero
que se desviase por la vieja carretera.
El estómago del cochero se encogió al oír la orden que
le daba Mr. Anderson.
—Pero, señor, esa carretera es la boca del diablo —especificó el
cochero un tanto estupefacto.
—Es por el único lugar por donde podemos acortar, cochero.
—Pero señor... hace mucho que nadie pasa por la antigua
carretera.
— ¡Obedezca! —Vociferó—. Acortaremos como le he dicho

505
por la boca del diablo o como quiera que se llame.
Así era como se conocía a la antigua y vieja carretera.
— ¿Qué es eso de la boca del diablo padre? —Preguntó el
pequeño Arthur.
—Verás hijo, se trata solo de una antiquísima leyenda y
nada más, no hay nada que temer.
— ¿Qué leyenda es esa, padre? —Preguntó el niño
ávido por saber de aquella misteriosa y antigua leyenda.
Mr. Anderson apretó los labios y asintió moviendo la
cabeza.
—Está bien, te contaré la leyenda.
Rodeó entonces por los hombros al pequeño y de forma
un tanto tenebrosa comenzó a explicarle.
—Cuentan los viejos del lugar que las noches sin luna, unas
horrendas sombras cubren con su manto a todo aquello que
pase por la boca del diablo. Muchos viajeros que se habían
adentrado desaparecieron sin volver a saberse nada más de
ellos.
El chiquillo boquiabierto escuchaba a su padre a pesar
de sentir miedo por la historia, no obstante, quería saber

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más, le intrigaba.
Ya al atardecer, se adentraron por la boca del diablo, un
sendero casi impracticable por su mal estado, hacía años que
nadie transitaba por allí. El cochero temía incursionar por el
tétrico camino, también él sabía de la leyenda que corría por
aquellos lares.
Irremediablemente la noche se les echó encima pero, a pesar
de eso, Mr. Anderson ordenó continuar la marcha.
El cochero temeroso miró hacia el cielo buscando la luna sin
resultado, era una noche completamente negra sin luna y sin
estrellas, oscura como la guarida de un oso, solo rompían la
oscuridad los farolillos del carruaje que alumbraban tenue
con su luz amarillenta.
El cochero aflojó las riendas y aminoró la marcha, la
carretera se estrechaba y una espesa neblina comenzó a
cubrir el camino, por lo que la visión era ya prácticamente
nula.
Los dos esclavos que iban de pie en la parte trasera se
miraban con los ojos bien abiertos, querían ver más de lo que
la oscuridad les permitía. Guiados por los inquietantes

507
sonidos de las arboledas que había a ambos lados de la
carretera, los dos hombres se esforzaron al máximo por
poder distinguir todo con la mejor claridad posible. El temor
por lo desconocido comenzaba a pasarles factura; sentían
verdadero miedo, les parecía que las ramas de los árboles
quisiesen tocarles como si tuvieran vida. Los siniestros
sonidos del camino se acentuaban a cada paso, y el pequeño
Arthur se acurrucó bajo el brazo de su padre.
—No temas hijo, es solo un viejo camino para carromatos y
mulas.
Uno de los dos esclavos, gateó hasta alcanzar la parte
delantera para estar al lado del cochero, el miedo que sentía
le superaba.
—Pero qué demonios... ¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo mucho miedo señor —respondió temeroso el
esclavo.
—Todos tenemos miedo, vete inmediatamente a tu sitio, con
vuestro peso en la parte trasera se evitan los saltos bruscos
del carruaje, ya deberías de saberlo. Además no es la primera
vez que viajamos de noche y tampoco la primera vez que lo

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hacemos por carreteras tan angostas como esta, más vale que
el amo no te vea aquí. Vete ya —le ordenó no sin sentir el
pánico en sus huesos.
El cochero agudizó al máximo su oído y su vista, abrió
sus ojos todo lo que pudo, de pronto, le pareció haber visto y
oído algo extraño, como si algo o alguien les siguiese por
entre la maleza que había a ambos lados de aquella vieja
carretera. Se giró y miró hacia la parte trasera del carruaje,
los dos esclavos permanecían de pie como petrificados,
también ellos agudizaron su vista y sus oídos.
El pequeño Arthur ya se había quedado dormido sobre el
hombro de su padre, éste, ajeno a todo lo que pudiese ocurrir
en el exterior, leía con suma atención papeles sobre los
asuntos a tratar en la ciudad.
Fue entonces cuando el cochero distinguió frente a él tres
figuras que le pareció que bien podían ser hombres
encapuchados, la oscuridad y la neblina no le permitían
distinguir con claridad, así que tiró de las riendas frenando
del todo el carruaje, le pareció oír un ruido extraño tras el
carruaje, miró hacia atrás y vio cómo se acercaban hacia

509
ellos de forma sigilosa un grupo de hombres también
encapuchados, pensó que podían ser rebeldes o vagabundos.
— ¿Qué ocurre cochero? ¿Por qué ha parado?
—Señor creo que tenemos problem... —No le dio tiempo al
cochero a terminar la frase, un certero disparo entre ceja y
ceja le dejó sin vida echado sobre el asiento.
Al oír la detonación, los dos esclavos se miraron e
instintivamente saltaron del carruaje como felinos, uno de
ellos no se lo pensó y abrió las puertas del coche. De pronto
un nuevo disparo resonó como un trueno haciendo que el
pequeño Arthur se despertase de un brinco. Su padre acababa
de disparar a bocajarro al esclavo que acababa de abrir las
portezuelas sin miramientos, pensó que se trataba de algún
bandido, apartó el cadáver del esclavo y salió pistola en
mano.
—Quédate dentro hijo, no salgas pase lo que pase.
—Sí, padre —respondió el pequeño aferrándose al asiento.
Inexplicablemente, y casi sin darse cuenta, sobre el
carruaje se habían encaramado ya varios hombres, otros
tantos habían conseguido dar caza al esclavo que había

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salido corriendo como alma que llevaba el diablo.
Sin embargo, uno de aquellos hombres se había preocupado
de inmovilizar a los caballos agarrándolos por el ronzal.
Un grito del pequeño Arthur quebró aquella maldita noche.
— ¡So... socorro padre! —Gritó.
Aquel grito de ayuda rompió en mil pedazos el corazón
de su padre.
Mr. Anderson desenvainó su daga y de un salto se encaramó
como un tigre sobre el hombre que había logrado entrar en el
coche, y de un rápido y certero movimiento segó la garganta
del malhechor. Sacando fuerzas de donde no las había, cogió
a su hijo con una sola mano y lo lanzó fuera del carruaje.
— ¡Corre hijo, corre! —Le gritó.
El pequeño, aturdido, se quedó parado, no sabía muy
bien qué hacer. Su padre le cogió por los hombros y
zarandeándole le ordenó que corriese lo más deprisa que
pudiera sin mirar atrás. Fue en ese preciso instante, cuando
notó un agudo y doloroso pinchazo en un costado,
instintivamente se giró sobre sí mismo perdiendo el
equilibrio y con ello, también perdió de vista a su hijo, el

511
cual se había podido zafar hábilmente del hombre que
retenía a los caballos, así que el pequeño Arthur corrió y
corrió con todo lo que le daban sus pequeñas piernas y, como
le había dicho su padre, sin mirar atrás. Uno de aquellos
hombres se percató y raudo salió tras el chiquillo, sus piernas
doblaban la velocidad del crío y en el momento que estiró su
brazo para alcanzarle, el pequeño tuvo reflejos suficientes
como para esquivar el manotazo y pudo así amagarse entre
los matorrales.
Para entonces Mr. Anderson yacía malherido tirado en el
suelo, la tenue luz amarillenta de los farolillos le permitió
ver con nitidez que aquellos malhechores eran hombres
blancos. No eran rebeldes.
— ¡Padre! —Gritó el pequeño escondido entre una maraña
de matorrales. El grito le delató.
—Corre hijo, corre y no te pares —gritó con todas sus
fuerzas su padre.
Le cogieron por los brazos abofeteándole en la boca, el
labio inferior le reventó como fruta madura, otro de aquellos
hombres le golpeó en la boca del estómago, eso le hizo casi

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desfallecer perdiendo por momentos la visión y la realidad
de todo lo que allí estaba ocurriendo. Fue entonces cuando
levantó la cabeza alzando la mirada y de soslayo pudo ver
aturdido como traían cogido por los brazos a su hijo. El
pequeño chillaba y pataleaba sin cesar.
— ¿Qué es lo que queréis? —Preguntó desesperado—.
Dejad a mi hijo y llevaos todo lo que tenemos.
—Desnúdate —escuchó.
— ¿Qué?
De nuevo le estalló un golpe en la cara haciendo que su
oído reventase, sintió un dolor intenso, como si a presión se
le hubiese metido un tapón en el oído, aturdido perdió el
equilibrio, se sentía mareado.
A pesar de su lamentable y precario estado, pudo ver como
su hijo propinaba un fuerte mordisco en la mano de uno de
los hombres que le tenían agarrado zafándose de ellos.
—Maldito crío asqueroso —maldijo.
El pequeño corrió junto a su padre, cuando, de pronto, un
atronador disparo de pistola resonó, como si el firmamento
se rompiese en dos mitades, después todo fue silencio

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absoluto. El cuerpo del pequeño Arthur cayó inerte sobre los
brazos de su padre.
¡Nooooooo! —Gritó.
Al instante y mientras cobijaba entre sus brazos a su
hijo, notó un fuerte golpe en su cabeza.
—Lo has matado —dijo uno de los encapuchados.
—Bueno y qué...
Después la oscuridad se apoderó de él. Fue entonces
cuando los recuerdos de su vida fluyeron por su mente como
una cascada. Una pura y blanca luz le encandiló
envolviéndole en una reconfortare paz interior.
Alzó su mano y cogió la de su hijo, también la de su esposa
Dorothy. Era una sensación de paz indescriptible.
— ¿Qué hacemos con este? —Dijo alguien refiriéndose al
desdichado esclavo que atemorizado se había orinado
encima.
—Lo mejor para todos ya sabéis que es no dejar pistas.
Nadie ha de hablar, nadie ha de ver, nadie ha de sentir.
Y diciendo aquellas palabras atravesó con un puñal el
corazón del esclavo.

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Fue una mala decisión, acortar por la vieja carretera de: “La
boca del diablo”.

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27

La peor de las noticias

Lo ocurrido en la boca del diablo corrió como la pólvora,


sería el jefe Erwin el que se encargaría de dar la peor de las
noticias a Beatriz. Sin embargo, ella ya intuía que algo malo
podía haberles ocurrido a su padre y a su hermano, habían
pasado diez días sin saber nada de ellos y no era normal y
más cuando su padre le había dicho que volverían en cinco o
seis días más o menos.
La joven bordaba absorta en sus pensamientos cuando
una tupida estela de polvo en el camino anunciaba que un
coche de caballos se acercaba a toda velocidad a la
plantación.
—Señorita Beatriz, venga enseguida, se acerca un carruaje a

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toda velocidad señorita —anunció Mamasefa.
Dejó sobre la mesa el bastidor de costura, se apañó la
diadema y se estiró las faldas y las sacudió como queriendo
plancharlas con sus manos.
Sin duda son ellos, pensó. Rauda salió hasta la escalinata de
la casa para recibir a su padre y a su hermano. Estaba
sonriente a la vez que expectante, pero a medida que el
carruaje se acercaba se fue dando cuenta de que no era el
carruaje de su padre, el estómago se le encogió al ver que de
aquel coche se apeaba un cabizbajo y serio señor Erwin.
Ella no sabía qué estaba ocurriendo exactamente. ¿Para qué
ha venido el señor Erwin?, se preguntó.
El hombre se descubrió el sombrero en cuanto estuvo frente
a ella, sus ojos delataban que algo malo había ocurrido.
— ¿Y mi padre y mi hermano? —Preguntó sin querer saber
la respuesta.
—Señorita Beatriz... tosió y continuó.
— ¿Qué es lo que ha ocurrido señor Erwin? —Acertó a
preguntar.
—Señorita, lamentablemente traigo malas nuevas —dijo.

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Su corazón latía de forma casi desbocada, las sienes
parecía que le iban a estallar.
— ¿Qué malas nuevas son esas?
—Será mejor que pasemos dentro señorita —dijo el jefe
Erwin indicando con su sombrero la entrada de la casa.
Se sentaron en los butacones del salón.
—Y bien... señor Erwin.
Él intentó sin éxito preparar la situación, era evidente
que la noticia la destrozaría anímicamente.
—Verá señorita Beatriz, durante el trayecto del viaje a
Kingston que su señor padre realizaba acompañado de su
joven hermano...
—Al grano señor Erwin, se lo suplico —increpó.
—Bien. Como le decía, fueron sorprendidos por una fuerte
tormenta y según me comunicaron, no tuvieron más remedio
que parar y pedir fonda en una aldea muy cerca de Seaforth.
— ¿Tan fuerte fue la tormenta? —Acertó a preguntar.
—Sí señorita, debido al intenso aguacero que caía se les hizo
imposible poder continuar —tosió y carraspeó una vez
más—. Tuvieron que parar y eso les retrasó bastante, por lo

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que su señor padre decidió que lo mejor sería acortar por “la
boca del diablo”.
Al oír aquellas palabras, el estómago se le encogió.
— ¿Qué es eso de la boca del diablo, señor Erwin?
Después de preguntar, se tapó la boca con la mano y
antes que él pudiese responder la pregunta ya tenía los ojos
acristalados.
—Se trata de un antiguo sendero, una peligrosa carretera
adoquinada y maltrecha debido a un movimiento de tierras
que ocurrió hace ya algunos años. Prácticamente nadie va ya
por la boca del diablo, pues pocos son los que logran salir
indemnes del camino.
— ¿Qué me quiere usted decir? ¿Les ha ocurrido algo señor
Erwin?
—Así es señorita Beatriz, por lo visto fueron sorprendidos
por unos despiadados bandidos.
— ¿Despiadados? ¿Se encuentran bien? —La joven Beatriz
se temía la peor de las noticias.
—Ojalá señorita, pero lamentablemente fueron hallados sin
vida y en estado de descomposición los cuerpos de su señor

519
padre y el de su hermano.
— ¿Muertos? ¡Oh, Dios mío, qué horror! —Dijo llevándose
las manos a la cara. Transcurrieron unos instantes antes de
que una lágrima se deslizase por su pómulo. Luego estalló en
el llanto más amargo de toda su existencia.
—Una desgracia señorita.
Durante unos breves instantes Beatriz desfalleció.
Raudo el jefe Erwin reaccionó cogiendo a la chica al vuelo
antes de que cayese. Sus ojos estaban enrojecidos y
encharcados en lágrimas y su tez había empalidecido, el
mentón le temblaba y no podía articular palabra alguna.
—Mamasefa, trae sales y agua fresca inmediatamente, la
señorita está casi inconsciente.
Durante unos minutos la desdichada muchacha estuvo
tan aturdida que había perdido el control de la situación e
incluso la orientación, hubo que esperar un largo rato hasta
que poco a poco se fue recuperando del golpe tan amargo y
duro que había recibido.
— ¿Dónde están sus cuerpos? —Preguntó al fin.
—En mi plantación, a la espera de poder darles cristiana

520
sepultura cuando usted lo crea oportuno señorita.
—Si... le... parece —se detuvo en mitad de la frase, para
medir las consecuencias de toda aquella locura—, quisiera
partir de inmediato.
—Por supuesto, estoy a su entera disposición para lo que sea
menester señorita.
—Mamasefa, partimos de inmediato, te quedas a cargo de
todo hasta mi regreso. Ah, Ekún nos acompañará —ordenó
entre sollozos.
— ¿Ekún, señorita? No veo que sea necesario —puntualizó.
—Sí, señor Erwin, es conveniente viajar bajo su protección,
con Ekún me siento segura y protegida.
—Como usted ordene —respondió Erwin poniéndose el
sombrero.

521
28

El fin de la casa de las tortugas

El avanzado estado de descomposición de los cuerpos y el


fuerte hedor, hizo que Beatriz descartase la idea de trasladar
los cuerpos a la casa de las tortugas para ser enterrados en la
hacienda tal y como ella quería. Así que no hubo más
remedio que darles cristiana sepultura en campo santo cerca
de Kingston.
Fue una ceremonia íntima, así lo quiso la única
Anderson que quedaba con vida. No acudió al sepelio
prácticamente nadie, tan solo algunos hacendados amigos de
su padre, y, por supuesto, el señor Erwin y Ekún que
permaneció en todo momento a su lado. Él hizo un
movimiento hacia ella, como si tratara de acercarse entre la

522
gente, pero Beatriz apretó los labios y negó con la cabeza de
forma prácticamente imperceptible, en un mohín expresivo
que paralizó a Ekún.
Por otro lado, la malévola mente de Erwin no paraba de
maquinar nada bueno para su propio beneficio, él no tenía
escrúpulo alguno. Pensó que sepultados los cuerpos cerca de
la ciudad y cerca de su plantación bien podía sacar beneficio
de ello a la larga, solo tenía que tener paciencia. Seguro que
la joven acudiría a menudo a la ciudad para visitar las
tumbas de sus seres queridos.
Ella se había convertido en la única heredera de todos los
bienes y patrimonio de sus padres y, quizás, con el paso del
tiempo, quisiese desprenderse de alguna propiedad o tal vez
pudiese prescindir de esclavos y, para eso, él debía de estar
preparado.
— ¿Y ahora qué piensa hacer señorita Beatriz? —Le
preguntó en un tono un tanto desafiante y como mirándola de
soslayo.
Él tenía que aprovecharse de la evidente debilidad de la
joven y del lamentable estado anímico.

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Beatriz pensó durante unos instantes para responder a su
pregunta.
—He de poner en orden mis ideas, necesito pensar. Tiempo
habrá para las decisiones. ¿No lo cree usted así, señor
Erwin?
—Oh, sí, sí, claro señorita. Lo mejor en estos casos es poner
en orden las ideas, desde luego. Sin embargo —carraspeó y
continuó—, es conveniente que las decisiones se tomen
cuanto antes, muchas bocas dependen ahora de usted
señorita —puntualizó.
Pero a pesar de su juventud, Beatriz era una mujer
avispada y desde el primer momento se había percatado de
las malas intenciones del jefe Erwin.
—No se preocupe usted, sabré manejar la situación, pierda
cuidado —le puntualizó.
—De todas formas cuente usted conmigo para lo que precise.
—Lo sé —respondió secamente. Ella quería acabar con
aquella conversación, no tenía sentido darle más vueltas al
asunto.
—Entiendo —respondió él.

524
—Ekún, prepara el carruaje, partimos hacia Moore Town
cuanto antes —ordenó frunciendo el ceño.
En muy poco tiempo había perdido a todos los
miembros de su familia, además de algunas personas
estimadas por ella.
Sabía que debía enfrentarse sola a todos los problemas y
preocupaciones que conlleva dirigir una casa y, lo más
preocupante, manejar la plantación con la misma mano firme
con la que la había dirigido su difunto padre.
Una tras otra las preguntas se amontonaban en su cabeza:
¿Qué hacer con respecto a la plantación? ¿Qué hacer con los
esclavos ahora bajo mi mando? ¿Qué pasará con Ekún y
conmigo? ¿Qué será de nosotros y de nuestra relación?
Todo aquello la aturdía, pero debía de encontrar las
respuestas a las preguntas. No obstante, si algo ya tenía claro
era que les daría la libertad bajo escritura a su amado Ekún y
a su fiel y querida Mamasefa.
Una vez libre, él podría decidir su destino lejos o cerca de
ella, ese era un riesgo que debía de correr.
Sin embargo, si verdaderamente me ama, será el momento

525
de demostrarlo. Lo demás vendrá como tenga que venir,
pensó.
Al atardecer, habían parado a orilla de un arroyo para dar de
beber a los caballos. Ekún se dispuso a encender una
pequeña fogata para comer algo y hervir unos granos de café
cuando de pronto se acercó un jinete. Ekún se puso en pie y
cogió el puñal que pendía de su cuello, tras él, se puso ella.
—¡Soo...! —Profirió el jinete tirando de las riendas de su
caballo.
—Buenas tardes señorita —dijo el jinete a la par que se
descubría de su sombrero y desmontaba de su caballo.
Vestía bien y limpio, aunque sin lujos, llamó la atención
de la joven el gran bigote que lucía salpicado de canas.
—Permítame presentarme señorita.
Tanto ella como Ekún miraban al hombre, recelosos, sin
decir palabra.
—Mi nombre es Loren Bonova, de la plantación Márbel.
Al oír aquel nombre, Ekún sintió como su piel se
erizaba, ya había oído aquel nombre alguna vez, pero no lo
recordaba e incluso su cara le era familiar.

526
Sin duda se trata de un hombre educado y con clase, aunque
no es un hacendado, pensó Beatriz.
—Buenas tardes señor Bonova, soy Beatriz Anderson, hija
de Arthur Anderson, recientemente fallecido junto a mi
querido hermano. Mejor dicho, fueron asaltados por unos
terribles y desalmados asesinos en una emboscada en la boca
del diablo, allí les dieron muerte.
—Lo lamento señorita —le dijo inclinando ligeramente la
cabeza.
—Gracias señor —respondió ella.
—Algo he oído sobre el ataque de la maldita boca del diablo.
Y repito, lamento mucho lo ocurrido.
Beatriz se dio cuenta de que aquel desconocido era de
fiar.
—Vamos a comer algo y tomaremos café. Si desea usted
acompañarnos señor Bonova.
No obstante, a pesar de la amabilidad de aquel hombre,
Ekún no las tenía todas consigo y se mostraba desconfiado.
¿De qué conocía aquel hombre?, se preguntaba sin quitarle
ojo, sabía que lo había visto, ¿pero dónde?

527
Beatriz se dispuso a trocear pan y queso mientras Ekún
preparaba unas mazorcas de maíz en la fogata.
— ¿Su esclavo va a comer junto con nosotros? —Preguntó
mirando a Ekún.
—Señor Bonova, él no es ningún esclavo —dijo arrugando
la frente—. Es un hombre libre como usted y como yo, es mi
protector.
—Lo lamento señorita, pensé que... en fin, dejémoslo estar.
Ekún se quedó estupefacto al oír aquellas palabras.
—Vengo de Moore Town y me dirijo a la plantación Márbel.
— ¿Moore Town? Nosotros nos dirigimos a Moore Town.
—Precisamente allí, han ocurridos hechos terribles —dijo
Bonova mirándola directamente a los ojos.
— ¿Hechos terribles? —Inquirió ella— ¿A qué hechos se
refiere?
—Verá, señorita Beatriz, se han producido unos
acontecimientos gravísimos. Varios centenares de rebeldes
bien organizados han saqueado las plantaciones más grandes,
dando muerte a muchos blancos, hombres, mujeres y niños.
Según me han contado no han tenido contemplación ni

528
piedad alguna.
Tanto Beatriz como Ekún escuchaban atónitos. Ella se
mostraba preocupada y presentía que algo horrible podía
haber ocurrido en la casa de las tortugas.
—Continúe señor Bonova —inquirió ella en claro síntoma
de preocupación.
—Como le decía, han destruido y quemado varias
plantaciones dejando en libertad a la mayoría de los esclavos
y a los que no, los han decapitado al igual que a sus amos.
— ¿Que plantaciones han sido las atacadas?
Bonova sabía muy bien qué plantaciones habían sido las
atacadas por los rebeldes, entre ellas se encontraba la
plantación Arthur Anderson.
—La verdad señorita es que no lo sé, solo lo que ya le he
contado, nada más —mintió.
De repente, un fogonazo en su mente despejó sus dudas.
Ekún lo había reconocido. Se trataba de uno de los
compradores de esclavos que hubo en la isla Gorée.
No obstante, no dijo nada y desde ese instante se mostró
desconfiado e indiferente, a ella desde luego no le pasó

529
inadvertida la postura adoptada por Ekún, hasta tal punto,
que busco el momento propicio para hablar con él.
Loren Bonova cogió su caballo por la brida y lo llevó al
arroyo para que bebiese agua, fue entonces cuando ella
aprovechó para hablar con Ekún.
— ¿Qué es lo que te ocurre? —Le preguntó.
—No es buen hombre —respondió él sin quitar mirada a
Loren Bonova.
—Cómo que no es bueno, ¿qué quieres decir?
—Sé quién es, lo vi hace mucho —respondió mientras
removía con un palo las ascuas de la lumbre.
— ¿Lo viste y sabes quién es?
—Es comerciante de esclavos.
— ¿Cómo lo sabes?
—Lo vi. Fui expuesto en subasta y él me quiso comprar,
bien lo recuerdo.
—Pero tú estabas en África —inquirió ella.
—También Bonova —puntualizó.
—Entonces... no es de fiar según tú.
—No, no lo es.

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—Bien, si es así, reemprendemos la marcha ya.
En esos momentos volvía Loren Bonova del arroyo,
intuyó algo extraño.
—Creo que este lugar será bueno para pasar aquí la noche,
mañana podremos continuar nuestros caminos —dijo a modo
de comentario para ver cuál sería la respuesta de la joven.
Bonova no se fiaba, ya que ella le miraba de una forma un
tanto desafiante.
—Hemos estado hablando y lo mejor será que recojamos
todo y salgamos ahora mismo.
—Pero señorita Beatriz, no diga usted sandeces, lo mejor es
pasar la noche y dentro de unas horas partiremos cada uno
por nuestros caminos, no cree usted.
—Nos hemos quedado preocupados por todo lo ocurrido en
Moore Town, señor Bonova.
—Sinceramente señorita, no lo entiendo, ha pasado lo que ha
pasado y nada solucionará partiendo ahora, lo mejor es pasar
la noche aquí, mañana Dios dirá.
—Sí, es mejor, más seguro —dijo Ekún zanjando así el
asunto.

531
—Entonces está claro –inquirió ella—. Dos a favor y una en
contra. Pasaremos la noche.
Bonova durmió tan profundo que cuando despertó, ya
hacía varias horas que Beatriz y Ekún habían reemprendido
la marcha hacia Moore Town.
—¡Soo!
Ekún tiró de las riendas parando el carruaje al pie del
camino que llevaba a la hacienda de Arthur Anderson.
La visión les dejó helados. Aún se apreciaba el humo
saliendo por varios puntos de la plantación, una neblina
carmesí poco habitual descendía lentamente de las montañas
azules, como si el cielo mismo estuviese sangrando.
Repliques de campanas sonaban desde el campanario de la
iglesia cercana a la plantación y el vello de ambos se erizó.
Ekún atizó entonces las riendas reemprendiendo lentamente
la marcha. Todo lo que veían era desolador, la destrucción
había sido casi completa.
En un primer golpe de vista, vieron los campos de algodón
arrasados al igual que los cultivos de tabaco. La caña de
azúcar aún estaba llameante y las prensas carbonizadas.

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Las lágrimas fluyeron desconsoladamente desencajando el
apenado rostro de Beatriz. El mundo se paró al ver su casa.
Dejó emerger desde lo más profundo de su ser un aullido de
dolor, miraba a su alrededor con los ojos desorbitados, y
aturdida como si aquel aullido hubiese agotado la provisión
de las palabras de toda una vida.
La casa de las tortugas estaba irreconocible, había sido
quemada y masacrada, reducida prácticamente a cenizas. Las
dos grandes tortugas de roca de granito que presidían la casa
habían sido decapitadas. Beatriz se cubrió la cara con sus
manos y miró estupefacta, aquella imagen la desmoronó y
finalmente, rompió en un llanto agónico. Golpeó la tierra con
sus puños hasta desollarse los nudillos mientras que Ekún
caminaba de un lado a otro sin rumbo, dejando tras de sí una
estela de polvo negruzco a cada paso que daba, continuaba
absorto y con la mirada perdida, pues ante él había más de
una cincuentena de cadáveres, la gran mayoría habían sido
decapitados, y las cabezas de los capataces, pendían en los
árboles. Aquello era dantesco.
No quedaba nada, todo lo que él tanto odiaba o creía que

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odiaba, había sido arrasado. De pronto, los ladridos de los
perros le hicieron reaccionar e inquietos se acercaron.
¿Serían los perros los únicos supervivientes?, se preguntó.
No quedaba nada, había luchado tanto por su libertad que
ahora que la tenía al alcance de su mano le parecía del todo
imposible. Los recientes acontecimientos le habían
descolocado por completo rompiendo cualquier atisbo de
lucha por conseguir su anhelada libertad y con ella la libertad
de su pueblo. Había sufrido, luchado; también se había
sublevado, fugado y, por último, había optado por la
sumisión si con ello conseguía su propósito. Pero surgió el
amor; con eso Ekún no había contado. Ese sentimiento que
jamás hubiese imaginado.
Se había enamorado, una sensación extraña ya que ni con su
malograda esposa Airá había llegado a sentir. Sin embargo,
ese extraño sentimiento se desbordó en el momento en que
tocó, acarició y besó a la hija del amo Anderson.
Durante unos instantes su mente se bloqueó. Su mirada era
una mirada perdida, no apreciaba sensación alguna hasta que
los ladridos de los perros le devolvieron a la realidad, una

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realidad que debía de aceptar.
Acarició a los perros durante unos instantes y miró a su
alrededor. Vio que ella entraba en la casa, miraba de un lado
a otro y no encontraba nada, todo había sido destruido. Sobre
la escalera del salón al piso superior yacía el cadáver de uno
de los esclavos domésticos, buscó a Mamasefa sin resultado,
supuso que le abrían asesinado. Subió a su habitación, había
sido quemada como casi todo lo demás, no encontró sus
ropas, no quedaba nada aprovechable en ninguna de las
habitaciones.
Salió de la casa y miró a Ekún que aguardaba allí de pie
junto a los perros. No hizo falta decirse nada.
Había llegado el momento de irse de Jamaica para siempre.

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536
29

Una vieja harapienta

Beatriz bajó de nuevo al salón, al fondo vio la caja de


seguridad. Aparentemente parecía intacta, los rebeldes no la
habían tocado. Su padre decía que aquella caja era
indestructible. La miró fijamente, sabía que se guardaba en
ella todos los bienes, escrituras, y documentos de la familia.
Por supuesto sabía cómo abrir la caja de seguridad, pues
había visto a su padre abrirla en muchas ocasiones.
Habían pasado dos meses desde los terribles ataques de los
rebeldes. Para entonces ya se habían enterrados a todos los
fallecidos, y limpiado gran parte de todo lo destruido. Era
necesario para poder vender las tierras al mejor precio.
Con respecto a la casa, nada se podía hacer, las paredes se
movían como un diente a punto de caerse, así que lo mejor

537
era deshacerse cuanto antes de todo y dejar enterrados para
siempre todos sus recuerdos para poder comenzar una nueva
vida lejos de allí.
Pasadas unas semanas, Beatriz había conseguido vender
parte de sus bienes, también tenía apalabrada ya la venta de
la plantación, incluyendo la casa. Nada la retenía pues en
Moore Town, aunque debía de zanjar en la ciudad algunos
de los asuntos pendientes de su padre.
Ekún tiró de las riendas parando por completo el coche de
caballos.
Al bajar del coche, justo en el momento en que Beatriz puso
un pie en el suelo, se acercó a ella una mujer vieja y
harapienta.
La mujer puso su mano pidiendo limosna y le habló sin
levantar la cabeza. Al oír su voz, el corazón le dio tal vuelco
que le pareció que se le salía del pecho, el estómago se le
encogió de tal manera que casi no podía respirar, sintió un
escalofrió que le recorrió toda la espina dorsal y la sensación
de ahogo no la dejó prenunciar palabra alguna.
La voz de aquella mujer rasgó su alma.

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No, no puede ser ella, pensó. No se atrevía a tocarla. Tuvo
que agarrarse las manos para no lanzarse sobre la vieja mujer
y besarla. Alguien que pasaba la empujó sin querer, Ekún
tuvo buenos reflejos y la agarró para que la mujer no cayese.
Beatriz cogió su mano y notó la aspereza de su piel, era una
mano temblorosa, la mano que tantas y tantas veces la había
acariciado. Le alzó la cabeza para mirarla de frente y a los
ojos. Unos ojos casi sin vida, pues una de sus cuencas estaba
vacía.
En cuanto las dos mujeres se hubieron tocado, ambas
sintieron la misma sensación.
—Mamasefa —pronunció.
—Mi niña —respondió la negra Mamasefa.
Las dos se fundieron en un tierno y cálido abrazo.
—Bendito sea Dios, mi niña.
—Qué alegría Mamasefa tan inmensa, estas aquí, viva.
Pero... Dios mío ¿qué te ha pasado? —le preguntó.
Mamasefa silenció su respuesta.
Ekún miraba en silencio el encuentro de las dos mujeres.
Abrió la portezuela del coche y cogiendo a Mamasefa del

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brazo la entró en el coche. Se sentaron la una frente a la otra,
cogidas de la mano.
—Pensé que habías muerto en el ataque —le dijo la joven
sin dejar de acariciar su mano.
—Todo fue un infierno, el cielo tenía otro color. Nada
queda, sin embargo tú estás viva; pero estar viva no es lo
mismo que vivir. Busca tú felicidad mi niña.
Durante los ataques pude salir de la casa y corrí a
refugiarme entre los cafetales, de pronto me vi sorprendida
por varios rebeldes, no quise abandonar la hacienda y me
pegaron casi hasta desfallecer. Sin embargo durante unos
instantes algo distrajo su atención, fue entonces cuando
aproveché y corrí hasta que pude esconderme entre unos
matorrales con tan mala fortuna que una rama se clavó en mi
ojo, el dolor fue muy intenso pero saqué fuerzas y silencié
mi agónico dolor. Luego perdí el conocimiento, cuando
recobré el sentido todo era ya destrucción en la casa de las
tortugas. Anduve y anduve ciega de un ojo y con un dolor
que no podía soportar, aún no me explico cómo pude
sobrevivir a toda aquella barbarie.

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Las lágrimas afloraron en los ojos de Beatriz y las dos
mujeres se abrazaron.
—Eres libre Mamasefa. Eres una mujer libre —le repitió
entre lágrimas.
—Pero yo mi niña no tengo a donde ir. No sé cómo es ser
libre.
Ekún aguardaba junto a la puerta del coche. Beatriz, le
miró y con la mirada se hablaron, él asintió conforme.
—Ven con nosotros.
— ¿Con vosotros?
—Sí Mamasefa, Ekún se viene conmigo. Al igual que tú, él
es ya un hombre libre. Además, en esta isla nadie aceptará
que ningún negro libre trabaje por su cuenta y menos verlo
relacionado con una blanca, sería un mal ejemplo para todos
los esclavos y de alguna manera sería un principio de
igualdad inaceptable.
— ¿Hacia dónde os dirigís? ¿Cuál será vuestro futuro?
—Nos vamos a Cuba, para desde allí embarcar rumbo a
Inglaterra. En ese país están mis raíces, es un país de
oportunidades para todo el mundo.

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En esta isla jamás podría vivir junto a él —dijo mirando
a Ekún.
—Pero mi niña aquí tienes tu vida, tus seres queridos están
enterrados en esta tierra.
—Cierto, pero he decidido dejar enterrados aquí a mis seres
queridos y con ellos mis recuerdos.
Mamasefa supo del estado de buena esperanza de la
joven Beatriz y puso su arrugada y temblorosa mano sobre
su vientre.
—Mi niña... cuida de esta nueva vida que llevas en tus
entrañas y sé feliz.
“Sé feliz”. Aquellas dos simples palabras se gravarían
indelebles en su mente.
Ekún escuchó perplejo y sintió un vuelco en el corazón como
nunca antes había sentido, supo entonces que ella esperaba
un hijo suyo.
La joven Beatriz cerró sus ojos y apretó la mano de
Mamasefa.
—Ven con nosotros, te necesito —le repitió nuevamente
poniendo su mano sobre la de ella.

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Mamasefa negó moviendo la cabeza, se agachó, cogió
un puñado de tierra asentada en el piso del coche y con el
puño prieto le replicó:
—Esta es mi tierra —le dijo mostrando el puño en alto—.
Aquí vivo, y aquí moriré, mi niña.
Beatriz meditó unos instantes.
—Aquí vivirás, sí, pero vivirás sin que nada te falte, no es
bueno que estés sola. Nadie te volverá a humillar jamás.
Mamasefa asintió y salió del coche ayudada por Ekún.
—Cuida de ellos con tu vida —le susurró. Se alzó de
puntillas y le besó en la frente.

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Cuarta parte

544
30

Santiago de Cuba

Después de los terribles enfrentamientos, se hablaba de un


tratado que el gobernador de Spanish Town, capital de la
isla, había llevado a cabo. Se decía que el gobernador reunió
a dos compañías de las tropas regulares y también a los
cabecillas de los Maroons para de alguna manera, poder
poner fin a toda aquella locura y acabar con las revueltas de
los rebeldes para siempre.
Aquel primero de noviembre de 1739 amaneció
caluroso, el sol comenzaba a radiar con intensidad, y la mar
se veía tranquila, un día perfecto para navegar.
Habían embarcado en una goleta de 140 pies de dos mástiles
y once tripulantes rumbo a Santiago de Cuba. Esperanzados,
embarcarían hacia una nueva vida llena de ilusión en un

545
nuevo país.
Ella permanecía en cubierta sentada sobre su baúl, en él
había guardado sus ropas, enseres, recuerdos y todas las
pertenencias familiares que se habían salvado de las llamas.
Beatriz miraba el horizonte con ilusión, segura de sí misma y
orgullosa del hombre que estaba a su lado.
—Te das cuenta, nos espera un mundo nuevo, emprendemos
juntos una vida nueva —le decía cogiendo su mano para
posarla sobre su vientre embarazado de cinco meses.
Él la miraba sin decir nada.
—Te gustará Europa, nada tienes que temer. Inglaterra no es
esto. En Londres nos espera la vieja casa donde nací y viví
durante mis primeros años.
—Háblame de Inglaterra y de casa tuya —le dijo él.
Acariciándole la mano sobre su vientre y con la mirada
perdida en su recuerdo, ella le habló.
—Es una bonita y vieja casa en el suroeste de la ciudad, muy
cerca del río Támesis. Recuerdo mis correrías por sus
pasillos, las habitaciones de grandes ventanales, la sala de
costura en la que mamá solía pasar sus horas libres bordando

546
entre bastidores, las grandes estanterías repletas de libros de
la biblioteca de mi padre. Aunque... lo que más recuerdo, es
el viejo órgano de teclas de marfil, solía tocar las teclas con
desorden para llamar la atención y correr como una
desesperada entre risas.
Él la escuchaba y al mismo tiempo también recordaba
su infancia en su querido y añorado poblado.
Cómo había cambiado todo. Su constante lucha por
conseguir la libertad. Había sufrido en sus carnes terribles
castigos, se había revelado con todos y contra todo aun a
costa de perder su vida si con ello liberaba a su pueblo.
Llegó aceptar la sumisión para lograr su cometido, aprendió
a leer, a escribir y algo de números. Hablaba inglés, algo de
portugués y entendía español.
Sin embargo, sus esquemas se rompieron. Jamás se hubiese
podido imaginar lo que estaba viviendo en esos momentos.
Su vida había dado un giro de 180 grados.
El amor se había apoderado de su corazón sin remedio y sin
pedir permiso. En el vientre de Beatriz germinaba una nueva
vida fruto de su amor. Por ellos debería de salir adelante en

547
un extraño y lejano país con costumbres del todo
desconocidas para él.
A pesar de que las peligrosas aguas del Caribe estaban
infectadas de piratas sin escrúpulos, la navegación durante
las 439 millas que separaban Santiago de Cuba de Jamaica
fue tranquila y sin graves incidentes a destacar.

Tardaron dos días en arribar al puerto de Santiago de


Cuba. Ciudad fundada en 1515 por el conquistador español
Diego Veláquez de Cuéllar. Santiago de Cuba era una
bulliciosa ciudad dedicada al comercio y a las grandes
construcciones militares.

Entre un tumultuoso ir y venir de gentes, descargaron el


baúl y todos los enseres. Ekún se mostraba desconfiado al
ver el trajín que había allí. También Beatriz desconfiaba y
agarraba con firmeza su bolsa de asas de madera, pues en
ella portaba sus dineros y los documentos y escrituras de
compra y venta de todos sus bienes heredados.
Fácilmente encontraron una fonda muy cerca de la fortaleza
del Castillo del Moro, se hospedarían allí durante unos días.
Mientras tanto tratarían de encontrar un barco que los llevase
548
a Inglaterra.
Fue inútil, ningún capitán quería embarcar en una travesía
tan larga a mujeres, y menos blancas, ya que podían traer
problemas. Todos sabían que una joven mujer blanca a bordo
excitaría a la tripulación y eso sin duda causaría broncas y
peleas más pronto que tarde.
Había pasado un mes desde que llegaron a Santiago de Cuba
y las esperanzas de regresar a la tierra que la vio nacer se
iban desvaneciendo poco a poco. Pensó que quizás lo mejor
sería regularizar su situación, en Cuba sería mucho más fácil
que en Inglaterra.
Pero... ¿cómo conseguirlo?, se preguntaba.
La posibilidad de que una mujer inglesa compartiera su vida
con un hombre negro africano no sería bien visto y pocos
serían los que lo comprendieran.
Todos los días acudía a Santa Catalina, una iglesia que por
aquel entonces se encontraba en reformas, ya que el obispo
Pedro Agustín Morel de Santa Cruz de Lara había mandado
construir cuatro bellas pilas bautismales. En pocos días ya
había conseguido ganarse la confianza de algunos religiosos

549
que, como ella, acudían a misa de maitines.
Había conseguido entablar cierta confianza con un joven
fraile que vestía de basto hábito pardusco tejido en lana del
color de la tierra, símbolo de humildad. Fray Bernardo de
Lucas se llamaba el joven fraile agustino, perteneciente al
convento de Nuestra Señora de la Candelaria.
Durante un paseo, ella se decidió y le contó al fraile sus
deseos de embarcar hacia Inglaterra; el fraile le aconsejó:
—Verás, Beatriz, en poco tiempo embarcaré rumbo a España
en el San Mateo.
— ¿En el San Mateo, padre? —Preguntó pensativa y
arrugando la frente.
—El San Mateo es un navío español con puerto en la bahía
de Cádiz, hacia allí partiremos con armamento, un sinfín de
variadas semillas, importante cantidad de fibras vegetales
para preparar tintes y quinientos fardos de hojas de tabaco.
Pero lo más peliagudo es la dura y ardua tarea de tener que
custodiar durante las veinticuatro horas el importante
cargamento de oro.
Beatriz aceleró sus pensamientos como si de una carrera

550
contra el tiempo se tratase.
—España... —susurró — ¿Podría intentarlo fray Bernardo?
— ¿Quieres decir que intente que embarquéis en el San
Mateo para ir a España?
—España está más cerca de Inglaterra que Cuba —
puntualizó.
—Claro, claro, Beatriz, pero puede ser peligrosa la travesía
debido a su cargamento.
—Lo asumiremos —puntualizó.
El fraile se quedó pensativo durante un largo rato,
meditó antes de hablar de nuevo.
—Lo primero y más necesario que debemos hacer, es poder
convertir al cristianismo a Ekún si queréis embarcar sin
ningún problema.
—Convertirle al cristianismo —musitó ella un tanto atónita.
—Sí, porque una vez conseguido, el siguiente paso sería la
aprobación de la Iglesia para vuestro matrimonio, ya que en
tu actual estado desde luego no es nada conveniente que
estés sin marido.
Ese mismo día habló con Ekún. Le dijo que debían de

551
hablar los dos con el joven fraile ya que él les explicaría
mucho mejor la situación.
Por otro lado, Beatriz ya había pensado en aportar una cierta
cantidad de dinero como ayuda a la Iglesia, tanto si
conseguían la aprobación del obispo, como si no.
Pero, a pesar de ello, fray Bernardo de Lucas le aconsejó que
debería de donar una buena suma para conseguir sus buenos
propósitos, aun y a pesar de poderse quedar con escasos
recursos económicos.
No se lo pensó. Días después, Beatriz Anderson donó una
gran suma de dinero al convento para la construcción de un
hospicio. El obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz de
Lara tardó muy poco en dar su consentimiento para poder
convertir a Ekún al cristianismo con el nombre de José.
Ekún aceptó su nueva situación sin comprender muy bien su
significado.
¿Habría perdido para siempre su nombre?, se preguntó.
Pero si Beatriz y el fraile decían que eso era lo mejor para
los dos, es que era lo mejor.
Como cada día, él se acercaba a los muelles con el fin de

552
encontrar el barco que les pudiese llevar a Inglaterra.
Mostraba sus papeles como hombre libre y como cristiano.
Se ofrecía para trabajar en las labores más duras si con ello
conseguía su propósito de embarcar. Pero nadie quería en su
barco a una inglesa casada con un negro.
De pronto, algo le alertó.
— ¡Agarra fuerte ese tonel, zopenco! —Gritó alguien desde
la cubierta del barco más grande allí atracado.
—Esa voz, susurró para sí.
—Como me hagas bajar, te rebaño el gaznate como a una
gallina —volvió a gritar.
Aquella voz le era familiar. El sol le daba de lleno en
los ojos y no pudo ver quién era el hombre que gritaba. Se
puso la mano en la frente a modo de visera para ver mejor,
arrugó la frente y se aseguró.
De pronto el tonel que el marinero portaba amarrado sobre
sus espaldas cayó y el vino comenzó a salir a borbotones.
— ¡Lo ves, inútil!, es que no valéis ni para cargar, estas
tonto —vociferó.
— ¡Seisdedos! —Gritó Ekún.

553
Al escuchar que alguien vociferaba su nombre,
Seisdedos se apoyó sobre la borda y miró al que gritó su
nombre.
— ¿Ekún? —Se dijo un tanto sorprendido.
— ¡Seisdedos! —Gritó nuevamente alzando los brazos y
moviéndolos de un lado a otro.
—Qué demonios... que me aspen —esputó al tiempo que
pasaba por la pasarela a paso acelerado.
El muelle era un hervidero de gente en un ir y venir.
Seisdedos sorteó a varios braceros que portaban bultos de un
lado a otro, hasta plantarse delante de él.
— ¿Qué diantre haces tú en Cuba? —Le preguntó a la par
que le abrazaba— tienes buen aspecto viejo amigo.
—A pesar de entender el portugués, le costó comprender lo
que le decía su viejo amigo, pues había perdido buena parte
de su escasa dentadura y al hablar emitía pequeños silbidos.
—Busco embarcar hacia Inglaterra —le dijo aun sin soltar a
su amigo.
— ¿Qué quieres irte a Inglaterra?
Ekún afirmó con la cabeza.

554
— ¿Para qué demonios quieres ir a Inglaterra? Eso está muy
lejos de aquí.
—Mucho que contar Seisdedos.
—Bueno amigo —Seisdedos le cogió del brazo para
apartarle hacia un lugar más discreto, allí había demasiados
ojos y demasiados oídos. Se amagaron tras unos barriles
apilados unos encima de otros.
—Y ahora dime, ¿Cómo lo has conseguido? ¿Cómo diantre
has podido llegar hasta aquí? —Le preguntó.
Ekún miró a su amigo directamente a los ojos, introdujo
la mano en la faltriquera y sacó sus papeles, los desdobló y
se los entregó. Seisdedos los leyó con atención.
—O sea, que eres un hombre libre y te haces llamar José.
Ekún asintió con la cabeza.
Seisdedos dobló los papeles tal y como estaban y se los
entregó a la par que sonreía mostrando su escasa dentadura.
—Difícil explicar Seisdedos —le dijo guardado el papel de
nuevo en su camisola.
—Entiendo, y si, como dices, hay mucho que explicar, lo
mejor será vernos esta noche. ¿Podrás estar aquí mismo

555
sobre la media noche?
—Sí.
—Ah, otra cosa.
Ekún se giró.
—Sería conveniente traer algunos pesos, ya sabes, para no
tener impedimentos y estar tranquilos, ¿entiendes?
—Como digas —respondió.
Ekún se dirigió al punto de encuentro donde le esperaba
ya Narciso Seisdedos.
— ¿Has traído los pesos como te dije? —Fue lo primero que
le preguntó nada más verlo.
Asintió a la par que le mostraba una bolsita de
terciopelo negro.
—Ven, sígueme —le indicó.
Los dos amigos, sin decirse nada, enfilaron una
callejuela y doblaron varias esquinas hasta llegar a un
pequeño mesón.
—Espera aquí, dame los pesos.
Miró a su amigo un tanto desconfiando, le entregó la
bolsa con los pesos, pero no las tenía todas consigo.

556
—Confía en mí —le dijo al ver la expresión de desconfianza.
Unos minutos después Seisdedos salía del mesón
acompañado de una mujer blanca, entrada en años y de
carnes fofas.
Como buen pillastre que era, Narciso Seisdedos no le
entregó a la mujer todos los pesos, pues antes de hablar con
ella ya se guardó para sí más de la mitad.
Bajaron por una escalera hasta llegar a una pequeña
despensa, allí había apilados varios toneles de vino, sacos de
papas y varios fardos de hojas secas de tabaco.
—Pasad, aquí nadie os molestará —dijo la mujer a la vez
que se estiraba los pliegues del delantal.
—Dolores —gritó Seisdedos en el momento en el que la
mujer se daba la vuelta para subir las escaleras. La mujer se
giró.
—Qué.
—Tráenos vino, la noche será larga.
— ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí? —fue lo primero
que le preguntó.
—Yo... —carraspeó antes de poder continuar— era esclavo

557
perteneciente al amo Anderson de plantación Arthur
Anderson. La mujer bajó las escaleras portando dos vasijas
de buen vino, queso y pan.
—Continua —le sugirió Seisdedos a la vez que cortaba el
queso con su navaja.
Comenzó a explicarle. Hablaron durante toda la noche.
Le contó su vida y lo hizo con la mayor sinceridad y entereza
que le fue posible y sin ocultar el más mínimo detalle.
Incluso le habló de los sentimientos hacia Beatriz y de que
en su vientre germinaba el fruto del amor que sentía por la
hija de aquel que había sido su amo.
Era la primera vez que hablaba de su vida de una forma tan
explícita, pero aquel hombre que tenía delante ya le había
demostrado sobradamente su amistad en el pasado.
Seisdedos era embaucador y charlatán, pero en lo referente a
la amistad era hombre a tener en cuenta. Podía confiar en él,
lo sabía.
—Son sentimientos amigo mío, y contra los sentimientos no
podemos luchar —le dijo mientras posaba la jarra de vino
sobre la mesa.

558
—Sí, lo sé —respondió—. Ahora sabes motivo de por qué ir
Inglaterra.
—Te ayudaré —repuso—. Veras, estoy enrolado como
cocinero en el San Mateo, un navío de bandera española.
Hemos de darnos prisa en solucionar tu problema, pues el
San Mateo no tardará más de dos o tres semanas en zarpar
rumbo a España.
— ¿España ser Inglaterra? —Preguntó incrédulo.
Seisdedos sonrió
—No, no es Inglaterra, pero sí está muy cerca.
— ¿Qué podemos hacer? –Preguntó frunciendo el ceño y
alzando los hombros como esperando que la respuesta le
viniera del cielo.
—No lo sé, Ekún, ¿o... debo llamarte José?
Ekún pensó la respuesta. Sin embargo, antes de que
pudiese responder, su amigo despejó su duda.
—Para que todo salga como queremos, debo llamarte por tu
nuevo nombre. José es un buen nombre amigo mío.
Ekún asintió sin abrir la boca.
—Necesito pensar en algo, veré lo que puedo hacer. De

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momento, hablaré con los frailes que embarcaran en el San
Mateo, quizás a través de ellos pueda conseguir...
—Yo conozco fraile —le interrumpió de pronto—, fray
Bernardo de Lucas —se apresuró a decir.
— ¡Que me aspen! —Exclamó sonriendo — ¿Dices que
conoces a fray Bernardo?
—Sí. Él enseña ser buen cristiano.
—Pero qué demonios... si fray Bernardo de Lucas es con
quien yo pensaba hablar. Te das cuenta, esto comienza a
rodar bien.
Los barcos atracados en el puerto de Santiago de Cuba
comenzaban a zarpar y ello hizo acrecentar el desánimo de la
joven Beatriz.
Había pasado una semana desde que ella depositara toda su
confianza e ilusión al buen hacer del fraile y nada sabía de
él, su preocupación se acentuaba más y más cada día que
pasaba. Ekún la tranquilizaba, él confiaba plenamente en su
amigo y en el fraile. Sabía que conseguirían embarcar, estaba
seguro de ello.
Eran las primeras horas del domingo y Ekún se dirigía al

560
muelle como cada día con la sola esperanza de que su viejo
amigo hablase con él.
—Chisss... —escuchó. Miró a ambos lados del callejón que
tenía su final en el mismo muelle de carga. No vio a nadie.
—José, aquí —susurraron.
Sin duda era la inconfundible voz de su amigo que
aguardaba tras la reja de un arqueado ventanal.
—Seisdedos —exclamó en el momento en que le vio.
—Ven, entra —empujó la puerta y entró.
— ¿Vienes solo?
—Sí.
—Pues no pierdas tiempo y ve a por ella, vendrá también
fray Bernardo de Lucas, he quedado aquí con él.
—Pero...
—Ve a por tu esposa.
Una hora más tarde, los cuatro se encontraban sentados
alrededor de una mesa en aquella pequeña casa.
Beatriz aguardaba expectante las palabras del joven fraile, su
corazón latía a grandes golpes esperando que hablase.
—Buenas noticias os traigo —fue lo primero que les dijo el

561
fraile.
Seisdedos asintió en silencio aquellas primeras palabras
del fraile. Mientras, ella dejó entrever una sonrisa
esperanzadora.
De su faltriquera el fraile extrajo un sobre lacrado con el
sello del obispado.
—Esto... —comenzó diciéndoles a la par que le mostraba el
sobre lacrado—, esto es vuestro salvoconducto para zarpar
en el San Mateo rumbo a España—. El fraile sonrió.
Beatriz sintió como su estómago se encogía mientras
que una sonrisa envuelta en lágrimas afloró en su rostro. No
pudo pronunciar palabra alguna. Ekún expectante abrió sus
grandes ojos y, al igual que su esposa, tampoco él pudo decir
nada.
—El obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz ha mediado
una vez más por vosotros. Me dijo que la Iglesia tiene que
agradecer a ti y a personas como tú que el nuevo proyecto
para el hospicio se pueda llevar a cabo. También ha mediado
por vosotros con el almirante del San Mateo.
Ni que decir tiene que ha valorado el estado en el que te

562
encuentras —miró a Beatriz—. A pesar de que puede ser un
viaje arriesgado para ambos el almirante Sancho Núñez ha
dado su consentimiento
—Sin embargo he de deciros que José trabajará en el barco
como ayudante de cocina.
—De todas formas andaba buscando un Barragán —
interrumpió Narciso Seisdedos.
— ¿Cómo es el San Mateo? —Preguntó ella dirigiendo su
mirada hacia Seisdedos.
—Es un buen barco Beatriz —la tranquilizó el fraile a la vez
que palmoteaba su mano.
—Es grande —dijo Seisdedos—. Tiene 63 metros de eslora,
es un buque seguro, Beatriz. Puede que con más de mil
toneladas, además es un barco bien armado con 110 cañones
repartidos por sus tres puentes, y cuenta con una tripulación
de 520 hombres. Los mejores —puntualizó.
—El San Mateo, Beatriz —interrumpió de nuevo el fraile—
es el buque más grande en este puerto, viajaremos bien y
viajaremos seguros. Dios nos guiará, confía.
Ella asintió.

563
564
31

Cara a cara con su peor enemigo

16 de enero del 1740.

Hacía quince días que habían zarpado, sin incidentes graves


a destacar, rumbo a España.
El almirante Sancho Núñez resultó ser un hombre duro
pero comprensivo y justo en sus decisiones. Había dispuesto
un camarote solo para Beatriz, su esposo compartiría
camastro en la despensa con el cocinero Narciso Seisdedos
como había hecho ya antes en el Llebeig. Ekún
desempeñaría en el San Mateo el mismo trabajo, solo que
con un trato diferente.
Todo hacía presagiar que sería una travesía tranquila, pues

565
hasta el momento nada hacía pensar en lo contrario. Aunque
no por eso podían descuidar su vigilancia. El almirante
Sancho Núñez era cauto y siempre mantenía a su tripulación
al pairo y bien alerta, pues sabidos eran por todos los
peligros que entrañaban aquellas aguas.
Aquella mañana amaneció con muy poca visibilidad, no se
distinguía nada, todos los faroles permanecían encendidos a
causa de la espesa niebla que lo envolvía todo, soplaba una
leve brizna de viento y solo se escuchaba el tenue sonido del
oleaje, como si la mar quisiese advertir del peligro que
acechaba y que estaba a punto de suceder.
De pronto, el vigía distinguió la tenue luz de un farol en el
castillo de proa del que le pareció un gran buque.
— ¡Barco por estribor! —Dijo voz en grito el vigía desde la
cofa.
Al instante, la campana de popa sonó alertando a la
tripulación. El barco avistado se les acercaba lentamente por
la aleta de estribor. El piloto del San Mateo, catalejo en
mano y con no poca dificultad debido a la niebla, divisó al
gran buque de bandera negra con calavera y dos tibias

566
cruzadas ondeando en lo más alto del palo mayor.
No había duda, era un barco pirata. Se trataba de un viejo
galeón, quizás el barco pirata más grande que jamás había
visto. Divisó como en la tabla de jarcia del mastelero y
mastelerillo se habían encaramado ya varios hombres.
El piloto alertado dio la voz de alarma.
— ¡Atentos, barco pirata! —Gritó.
El revuelo de la tripulación del San Mateo se acentuaba
a medida que el gran buque se les acercaba. Eran unos
hombres muy bien adiestrados y disciplinados; estaban
preparados para un posible ataque.
Por orden del almirante, fray Bernardo de Lucas y Beatriz se
encerraron en el camarote bajo llave, instintivamente Beatriz
se cogió con ambas manos su vientre a modo de protección
hacia su bebé. Mientras, su esposo permanecía alerta en la
cocina preparando crema de mandioca junto a su amigo que
cocinaba un guiso de arroz con hinojos, papas y trozos de
tocino.
El piloto vio perplejo cómo se abrían los porticones de los
cañones de babor del buque enemigo.

567
— ¿De dónde diantre han salido? —Prorrumpió el piloto.
—Sin duda proceden de la isla de La Tortuga —respondió el
almirante.
Desprevenidos, dos andanadas de treinta y seis libras
casi alcanzan al San Mateo. Al instante otras dos andanadas
de balas de cadenas se abrieron al unísono buscando el trapo
del buque español, fue inevitable, las velas cuadradas del
mástil central se rajaron.
El almirante Sancho Núñez reaccionó dando la orden de
disparar los cañones de estribor. Sin duda el San Mateo
estaba mucho mejor armado que el viejo galeón enemigo.
El estruendoso sonido de los cañones, alertó a Beatriz que
atemorizada e inquieta permanecía junto al fraile.
Los cañonazos dieron diana destrozando por completo el
mástil central y la verga trasversal del galeón pirata.
— ¡Fuego! —gritó el primer oficial.
Una segunda andanada lo alcanzó de lleno. Velas,
jarcias, obenques y hasta el palo de trinquete salieron por los
aires. El galeón quedó muy dañado con los disparos, las
maderas hechas añicos salieron disparadas por los aires

568
como proyectiles, los lamentos de los heridos resonaban
entre la espesura de la neblina.
Los piratas arriaron dos botes con treinta hombres en cada
uno de ellos. Uno de los botes lo comandaba el propio
capitán, el otro lo dirigía su hombre de confianza, su mano
derecha. Lograron salir a flote sin ser vistos entre la niebla y
los lamentos de los moribundos que se retorcían flotando en
aquellas oscuras aguas.
La idea de aquellos hombres no era otra que abordar el
buque español, matar al primero de abordo y a todos los
oficiales para así apoderarse del barco y apresar a la
tripulación. Pero, sobre todo, lo que querían era adueñarse de
todo el oro que portaba el San Mateo.
Sin embargo, el almirante Sancho Núñez no dio tregua
alguna, ordenó cargar todas las baterías con todo el
potencial de que disponía, embistió a cañonazos a la ya
malograda nave pirata, que se escoraba a babor mientras las
olas y la niebla dejaban entrever la imagen borrosa del buque
que, debido al agua que había entrado en su interior,
empezaba a quedar a la altura de la superficie del mar.

569
El agua entraba a horcajadas inundando la nave que para
entonces ya casi se había partido en dos.
Los piratas descargaban apresuradamente y tiraban al mar
todo lo que podían y todo aquello que fuese recuperable,
pues se hundían irremisiblemente.
Era evidente que no habían sabido medir el potencial del
buque español.
— ¡Arriad velas ya; izad la mesana y coged trinquete! —
Ordenó voz en grito el piloto del San Mateo.
El almirante Sancho Núñez arrugó la frente e hizo una
mueca de satisfacción.
La orden se cumplió al instante y el San Mateo enfiló su
rumbo hacia los restos que quedaban del barco enemigo.
Los botes llegaron al San Mateo por la aleta de popa y los
sesenta hombres treparon por las escalerillas sigilosas,
protegidos por la espesa niebla hasta conseguir alcanzar la
cubierta del barco.
Todo fue muy rápido, un disparo de pistola resonó en
cubierta, al instante el cuerpo de piloto cayó sin vida a los
pies del almirante. No le dio tiempo a reaccionar, sin saber

570
cómo, dos de los piratas le apuntaban en la cabeza, uno por
cada lado, un tercero, blandía en su mano derecha un sable.
En un primer golpe de vista, el almirante Sancho Núñez se
percató de que al pirata que le amenazaba con el sable le
faltaba la mano izquierda.
— ¡Almirante! Ordene a sus hombres que desistan, que
depongan las armas —dijo con voz rota y desgarrada el
manco.
Aquella horrible voz alertó a Ekún.
— ¿Qué ocurre José? —Le preguntó Seisdedos.
—Reconozco voz de hombre blanco —susurró, abrió la
puerta de la cocina, subió la escalinata con sumo cuidado
para no ser visto y miró al hombre que amenazaba al
almirante.
—Almirante, ordene que desistan o será fiambre —repitió el
pirata con su inconfundible desgarrado tono de voz.
Al verlo, Ekún apretó su mandíbula hasta casi
desencajarla. Irguió su cuerpo y el bello se le erizó, notó
como se le tensaban todos y cada uno de sus músculos, el
corazón le latía frenéticamente hasta alcanzar el grado

571
máximo de adrenalina. Se sentía ávido de venganza.
—Es él —se dijo entre dientes.
—Tiene al almirante, no lo hagas José —le advirtió
Seisdedos que permanecía tras él al pie de la escalinata.
Pero Ekún no atendió a las palabras de su amigo,
permanecía en tensión, mirando fijamente a su enemigo. Al
hombre de pelo amarillo como la paja, el que había
masacrado a su pueblo.
Sin saber muy bien cómo, alguien distrajo durante un par de
segundos la atención de Dimas Hagen. Momento que
aprovechó con habilidad el almirante Sancho Núñez para
desarmar al pirata de un certero y fuerte golpe en su brazo
derecho.
Ekún no se lo pensó; como un felino se abalanzó sobre
Dimas que ni siquiera le vio venir; cayó y, tirado en el suelo,
le miró a los ojos, supo entonces quien era aquel que le
atacaba. Ekún dio dos pasos hacia tras y dejó que Dimas se
reincorporase.
—El mundo es un pañuelo, nos volvemos a encontrar cara a
cara, perro —dijo el manco sonriendo a la vez que empuñaba

572
un puñal que llevaba cogido al cinto.
La lucha sería rápida; sería a muerte.
Se abalanzaron el uno sobre el otro. A pesar de tener solo
una mano, el manco era ágil y escurridizo; se golpeaban una
y otra vez, el puñal del portugués había rajado el pecho del
yoruba en un par de ocasiones y en las dos había podido
zafarse hábilmente.
Ekún se agachó, estiró su pie derecho haciendo caer a Dimas
y desarmándolo. Le cogió con sus poderosos brazos por el
cuello y por las nalgas alzándolo por encima de su cabeza.
Dimas miró al cielo con los ojos desorbitados, intuía lo que
iba a pasar. Ekún lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre el
canto de la borda, los huesos de la espalda le crujieron como
tablas al romperse. El hombre de pelo amarillo como la paja
aulló de dolor y su cuerpo astillado cayó al suelo como un
juguete roto e inerte. El africano se arrodilló ante él. Los dos
hombres se miraron a los ojos, con las dos manos alzó el
puñal, lo agarró con fuerza y de un golpe seco se lo hincó en
el pecho hasta la empuñadura.
Sus ojos se inyectaron en sangre y con una rabia desmedida

573
introdujo la mano en el pecho de Dimas arrancando de cuajo
su corazón. Durante unos instantes, Dimas Hagen vio su
corazón aún latente fuera de su cuerpo, luego la oscuridad se
apoderó de todo su ser. Con el corazón aún en su mano, alzó
su brazo completamente cubierto de sangre y gritó en señal
de victoria. Gritó dejando escapar toda la rabia y la furia
acumulada durante tanto tiempo.
En ese preciso instante, un disparo de arcabuz resonó como
un trueno. Durante unos segundos Ekún pareció evadirse del
mundo que le rodeaba y por su cabeza pasaron las imágenes
de sus seres más queridos. Recordó con lágrimas en los ojos
a Airá, su primera esposa y al hermano de esta, Nassér, a su
hermano Akinwole, a su padre y a su madre, a Ododó, a
Nicoletta, a Álvaro, al pequeño Arthur, a Seisdedos y por
último recordó a su esposa Beatriz que aguardaba ignorante
a todo lo que sucedía en aquellos terribles instantes.
Finalmente, el cuerpo abatido de Ekún caía sobre el cuerpo
muerto del que fue su peor enemigo.

574
32

Ekún

No vio, no escuchó, pero precisamente ese silencio fue lo


que la alertó. Beatriz lloraba amarga y desconsoladamente
sobre el cadáver de su esposo. Sus pensamientos e ilusiones
se rompieron en mil pedazos, sus lamentos sordos y
ahogados destrozaban su corazón carente de latidos y sin
sentido de vida para ella. Durante largo rato, su mano agarró
fuerte la de Ekún hasta que el almirante la separó para
siempre de él.
Después de una travesía complicada a raíz del ataque de
los piratas, el San Mateo atracó en el puerto de la Bahía de
Cádiz. La vida continuaba para todos y Seisdedos nada podía
hacer por la esposa del que fue su amigo.
Sola, y embarazada de ocho meses, buscó dónde hospedarse

575
en la ciudad andaluza. La muerte de su esposo la afectó
tanto, que entró en estado depresivo y estuvo días sin hablar,
rezaba por su alma y prácticamente no salía de su habitación.
Solo intercambiaba algunas palabras con Inés, la esposa del
mesonero, una mujer entrada en los cincuenta que peinaba
canas con roete y vestía de un luto solo roto por el delantal
color gris que siempre llevaba puesto.
—Mire señora, la muerte de un esposo es dolorosa, pero más
dolorosa es la muerte de un hijo.
Beatriz la escuchaba cabizbaja y postrada en la cama,
no tenía fuerzas ni para levantarse.
—Debe de levantarse de esa cama, debe de comer por usted
y por el hijo que espera, no haga que su bebe sufra señora.
Yo he sufrido tanto como usted está sufriendo Beatriz.
Alzó la cabeza para mirar a Inés, entonces la mesonera le
sonrió levemente. Quizás es la primera señal para salir del
tormentoso letargo, pensó.
—Hace dos años perdí a mi Sebastián, mi único hijo.
Beatriz mientras escuchaba a la mesonera parecía
olvidarse de su sufrimiento.

576
— ¿Qué fue lo que le ocurrió a su hijo? —le preguntó entre
un susurro ahogado.
—Murió aquí mismo, en su propia casa. Todo fue muy
rápido, una discusión entre marineros como tantas otras
veces había ocurrido. Pero uno de ellos sacó de su fajín una
navaja amenazando, mi Sebastián se interpuso entre ellos y
forcejearon con tan mala fortuna que la maldita navaja se
clavó en su corazón. Mi único alivio, si es que lo hay, es que
mi hijo no sufrió, murió al instante.
—Lo siento mucho Inés, debió de ser muy doloroso.
—Lo fue, lo sigue siendo y lo será por siempre. Un hijo es lo
más grande para una madre. No haga usted que sufra su hijo
Beatriz.
Aquellas palabras de la mesonera fueron suficientes
para alentarla.
Los días fueron pasando y Beatriz parecía que poco a poco y
con ayuda de Inés se iba recuperando de su dolor. Pero el
dinero se le acababa, y lo necesitaba si quería que su hijo
naciese en Inglaterra.
Necesitaba ayuda y una vez más recurrió a la única persona

577
que hasta entonces se la había prestado.
Acompañada por la mesonera se dirigieron a la esquina de la
calle San Francisco; allí se encontraba el convento de San
Agustín, quizás fray Bernardo de Lucas estuviese recluido.
Beatriz habló con el padre prior de San Agustín y éste
accedió sin poner impedimentos. Inés regresó sola a su casa
dejando a Beatriz en buenas manos.
Hacía solo unas semanas que desembarcaron y fray Bernardo
de Lucas vio a Beatriz muy desmejorada.
—Santo Dios, ¿cómo has podido dejarte de esta manera?
Comprendo tu dolor y tu angustia, Beatriz, pero debes de
reponer tu pena, pues ni tú ni tu hijo saldréis adelante.
—Por eso mismo estoy aquí padre. Necesito de su ayuda.
Durante unos instantes fray Bernardo de Lucas pensó
que quizás había una posibilidad para que ella pudiese salir
adelante.
—Podría mediar por ti, hija. Conozco a alguien que te puede
ayudar, se trata de un viejo amigo de la infancia. —dijo.
Ella cogió las manos y se arrodilló ante él.
—Hágalo se lo ruego.

578
—Hay un inconveniente, no puedo salir del convento sin el
beneplácito del padre prior.
Dos días después, el padre prior dio su consentimiento
para que fray Bernardo de Lucas acompañase a Beatriz.
Durante el camino hacia la casa de su amigo, el fraile intentó
disuadir a Beatriz de que desistiera de la idea de viajar a
Inglaterra en su estado, ya que podría correr un grave riesgo
para ella y para su futuro hijo.
Le habló entonces de las buenas posibilidades que en
aquellos momentos había en la ciudad.
—Aquí tendrías muchas oportunidades de sacar a tu hijo
adelante. Mira el puerto Beatriz, nunca habrás visto tal
cantidad de barcos atracados.
Beatriz se paró y miró al fraile.
—Cierto es, fray Bernardo.
—Desde que el puerto de Sevilla quedó impracticable debido
a las sedimentaciones, Cádiz cambió por completo, y para
bien. El rey Felipe V ordenó el traslado de la Casa de la
Contratación de Sevilla a esta estupenda ciudad. Es por esto,
que Cádiz crece y es ciudad de buenas oportunidades.

579
Beatriz creyó en las convincentes y sinceras palabras de
fray Bernardo de Lucas.
— ¿Quién es ese amigo suyo de la infancia? Hábleme de él
padre.
—Es largo de contar, pero hay tiempo suficiente para ello.
Hace muchos años que don Edmundo Figueruela amasó
una gran fortuna y mandó construir en la bahía de Cádiz una
de las mejores casas. El apellido Figueruela es muy conocido
en todo Cádiz. A pesar de todo, don Edmundo Figueruela fue
un hombre solitario, no tuvo ni esposa ni hijos, pero se
quedó prendado en un niño africano carente del calor y del
cariño de una familia. Figueruela lo adoptó, fue bautizado y
le puso sus apellidos, le dio estudios en las mejores escuelas
de la provincia, recibiendo una excelente educación; habla
inglés, portugués y español perfectamente. Figueruela le
procuró un bienestar familiar.
Fue en la escuela donde nos conocimos, crecimos juntos y
desde entonces se forjó una gran amistad entre nosotros.
A la muerte de don Edmundo Figueruela, mi amigo heredó
toda su fortuna. A pesar de sus raíces, ha sabido forjarse un

580
porvenir, y ha engrandecido más si cabe su patrimonio. Hoy
es el único terrateniente negro y una de las personas más
ricas de la provincia de Cádiz. Es un hombre respetado.
Estoy seguro, él te ayudará, Beatriz.
—Aún no me ha dicho el nombre de su amigo, padre —le
dijo ella intrigada.
—Ángel Figueruela es su nombre.
—Me refería a su nombre africano —puntualizó.
—Si no recuerdo mal, creo que su anterior nombre era el de
Nassér.
Aquel nombre le sonaba. Recordó que su esposo lo
había nombrado en más de una ocasión. Pero quizás se
refería a otro Nassér, demasiada casualidad sería si fuese la
misma persona, pensó.
Fray Bernardo de Lucas medió con su amigo por Beatriz y
esta fue aceptada para realizar tareas de limpieza en la casa
de don Ángel Figueruela.
Necesitaba sentirse segura y protegida, debía ganar dinero
para criar a su hijo sin problemas y en aquella casa ambos
estarían bien, así que Beatriz había pasado de ser servida a

581
ser sirvienta.
Beatriz le habló al Sr. Figueruela de su amado esposo sin
decirle realmente quien era. Le contó que fue el hijo del jefe
de los yorubas, que su tribu fue masacrada que fueron
capturados y vendidos.
Le habló de la permanente lucha que mantuvo durante toda
su vida por conseguir su libertad y con ello la libertad de su
pueblo y que por su gente dio su vida.
Beatriz no quiso decirle que había contraído matrimonio con
Ekún y que, por lo tanto, él era el padre de la criatura que
llevaba en su vientre. Supuso que don Ángel no entendería
que un negro se relacionase con una blanca hasta el punto de
amarla.
Solo cuatro días después Beatriz Anderson rompía aguas
sobre la gran alfombra del salón. Ya durante la noche
anterior había tenido dolores y contracciones.
Al verla tirada sobre la alfombra manchada del líquido
amniótico, uno de los criados alertó al señor del estado en el
que se encontraba la nueva sirvienta inglesa.
Don Ángel Figueruela se encontraba en esos momentos en

582
su casa reunido y tratando de cerrar la venta de una de sus
fincas con el Dr. Venancio Sánchez, con la esposa de éste
doña Aparicio y con el administrador de fincas don Andrés
López Hinojosa.
—Si me disculpan señores unos instantes.
Se dirigió al salón acompañado por su criado.
Al llegar, la vio echada sobre la alfombra y completamente
mojada.
—¡And property, and property! —repetía una y otra Beatriz.
Ángel se arrodillo alzándole la cabeza.
—Necesitamos a un médico. Rápido, ve a la biblioteca y
avisa inmediatamente al doctor Venancio Sánchez —le
ordenó al criado.
— ¡I feel it is already here! —gritaba en su idioma maternal.
—Sé que sientes que ya viene —repitió él en castellano
—Has de tranquilizarte y respirar hondo.
Las contracciones eran cada vez más seguidas, el parto
era inminente, no había tiempo de llevarla hasta una cama.
El doctor se quitó la chaqueta y remangó su camisa, su mujer
se prestó para ayudar en el parto.

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—Traigan agua templada y paños, rápido —ordenó la esposa
del doctor Venancio.
Temblaba de miedo, el sudor inundaba su cuerpo,
Beatriz apretaba entre fuertes dolores y finalmente dio a luz.
Todo salió bien, el parto fue rápido y limpió. Unas
palmaditas en las nalgas y el agradable llanto del recién
nacido inundó la casa de don Ángel.
Todos los allí presentes se quedaron estupefactos al ver el
color oscuro de la piel del recién nacido.
El doctor Venancio le puso sobre su pecho a su retoño, ella
lo miró, hizo una mueca de sonrisa, lo acurrucó y sin decir
nada besó a su hijo.
—Es mi hijo —susurró.
—Déjennos solos, por favor —pidió don Ángel.
Todo el mundo salió del salón dejándolos solos, alguien
cerró la puerta.
—Era mi pueblo —fue lo primero que él dijo.
Ella permanecía en silencio mirando a su hijo.
Con la mirada perdida, los recuerdos se amontonaban uno
tras otro en la mente de Nassér.

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—Ekún era como un hermano mayor para mí. Recuerdo
aquel día como si lo viviera ahora, recuerdo la masacre y
cómo fuimos apresados.
Él cogió su mano y la miró a los ojos.
—Si decides quedarte en esta casa, ni a ti ni a tu hijo os
faltará nunca de nada.
Beatriz asintió mostrando una tenue sonrisa entre
lágrimas.
—Aquí estaremos bien ―respondió en un hilo de voz y
mirando a su retoño.
Nassér aprobó su decisión sonriente a la par que ponía
su mano sobre el recién nacido.
— ¿Cuál será su nombre? —le preguntó.
Ella cerró los ojos apretando fuertemente sus párpados,
los abrió y respondió.
—Se llamará como se llamó su padre: Ekún.

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Agradecimientos

Gracias a mi esposa Trini por la infinita paciencia que ha


tenido al soportar tantas horas de soledad mientras yo
acompañaba a Ekún en la lucha hacia su libertad.
Agradecer a mis hijos Marcos y Adrián. A mi nuera Gabi y a
mi madre por saber escuchar pacientemente cuando les leía.
A mis hermanos José Luis y Jorge por su gran ayuda. A mis
amigos Jordi Antunez, Angeles Gil, Susana Perez Zambrana,
Marisol Gil, Vicente Rubio, Pedro Hurtado Mena, Mariche
Paredes y al profesor Johannes Sieben por sus buenos
consejos día a día. Al productor de cine Víctor Torres. A
Vicente Torres y a José Luis Pedrero, por sus críticas
sinceras y constructivas.
Quiero hacer una mención especial a mi editora Lidia
Fernández por tener Fe ciega en mí hasta el final y a la
editorial Niram Art por su excelente trabajo en hacer
posible que Ekún vea la luz.

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Gracias papá
por haber hecho realidad
mi sueño
desde el más allá.

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