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Dafne y Apolo

Eros se vengó de Apolo por burlarse de él disparándole una flecha de oro que lo enamoró de la ninfa Dafne. Sin embargo, Eros ya había disparado a Dafne una flecha de plomo que le hizo aborrecer el amor, por lo que huyó de Apolo. Agotada, le pidió a su padre Peneo que la transformara para escapar del amor de Apolo, convirtiéndola en un laurel. Apolo quedó desolado pero honró a Dafne coronando a los poetas y generales victor
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Dafne y Apolo

Eros se vengó de Apolo por burlarse de él disparándole una flecha de oro que lo enamoró de la ninfa Dafne. Sin embargo, Eros ya había disparado a Dafne una flecha de plomo que le hizo aborrecer el amor, por lo que huyó de Apolo. Agotada, le pidió a su padre Peneo que la transformara para escapar del amor de Apolo, convirtiéndola en un laurel. Apolo quedó desolado pero honró a Dafne coronando a los poetas y generales victor
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Dafne y Apolo

Los dioses de la antigua Grecia eran muy orgullosos y gustaban de los desafíos. Cierta
vez, estaba Apolo disparando sus divinas flechas contra una gran serpiente venenosa.
Aunque varios de sus tiros erraron el blanco, pues el ofidio se movía velozmente, al
final le dio muerte. Cuando se acercó a su presa, descubrió entre el follaje un resplandor
dorado: era Eros, el dios del amor. Eros, hijo de Afrodita, era un niño con alas de oro
que atravesaba con sus flechas el corazón de los hombres y de los dioses para inspirarles
el amor. Al ver las flechas de Apolo se había acercado curioso y, habiendo tomado una,
jugaba con ella simulando dispararla con su pequeño arco. Molesto, el dios Apolo lo
increpó:

-¡Deja esa flecha, Eros! Es un arma demasiado poderosa para que la utilice un niño. Con
ella, he dado muerte a esta temible serpiente. No pretendas robarme la gloria de esta
victoria, porque es mucho más de lo que puedes hacer con tus dardos.

-No te jactes, Hijo de Zeus. Pues si tus flechas pueden atravesar a los animales, las mías
se clavan por igual en el corazón de los hombres y en el de los inmortales dioses. Si
quisiera, yo podría hacerte sufrir...

Las carcajadas de Apolo lo interrumpieron.

-Difícil será comprobar ese poder, pequeño Eros -lo desafió y se alejó riéndose.

Molesto por la burla, el niño juró vengarse. Ya pagaría Apolo muy caras sus risotadas.

Entre los muchos dardos que tenía Eros, había dos que se oponían radicalmente. Uno
tenía una aguda punta de oro que despertaba la pasión en quien lo recibiera; el otro, en
cambio, tenía una punta roma de plomo y provocaba un profundo rechazo hacia el amor.
Disparar el primer dardo era sencillo, pero el segundo, por su punta roma y por su peso,
requería muy buena puntería. "¿A quién elegiré para no errar el disparo?", se preguntaba
el dios de alas doradas. De pronto, sonrió: en un claro del bosque vio a Dafne, la hija de
Peneo, el dios del río, a la que conocía muy bien. Había encontrado lo que buscaba.

Dafne era una bellísima ninfa que adoraba a Artemisa, diosa protectora de la caza.
Como ella, Dafne pretendía llevar una existencia solitaria, en contacto con la naturaleza.

-Hija querida, ya tienes edad para contraer matrimonio - le reprochaba a menudo a su


padre -, y sin embargo rechazas a todos los jóvenes que se te acercan. ¿Cómo podré yo
tener un nieto si no accedes a las pretensiones de alguno de ellos?

Dafne siempre le respondía de igual modo:

-Si Zeus, padre de Artemisa, le permitió permanecer soltera, entonces puedes hacer lo
mismo conmigo, porque no tengo intenciones de tener marido alguno.

El padre, quien la amaba mucho, sonreía, pero le replicaba:


-Eres una muchacha extremadamente bella. Tanta es tu hermosura que te será muy
difícil cumplir con tus deseos, porque siempre habrá alguien que se sienta atraído hacia
ti.

-¡Ay, padre mío, prométeme que me ayudarás a cumplir el destino que he elegido!

Peneo accedía condescendiente, pues pensaba que la joven ninfa cambiaría de opinión
con el tiempo.

Conociendo las preferencias de Dafne, Eros tensó en el arco la flecha de plomiza punta
roma. Sabía que no fallaría el tiro, como en efecto sucedió. Hizo blanco en el centro de
su corazón e, instantáneamente, la ninfa sintió que surgían en ella más poderosas las
ansias de soledad, y aborreció el amor con todas sus fuerzas.

Eros sonrió, pero enseguida preparó de nuevo su arco, porque sintió los pasos de Apolo,
que se acercaba. La flecha dorada y aguda se clavó en el pecho del desprevenido dios.
En ese mismo instante, sus ojos descubrieron a Dafne. Se sintió deslumbrado por su
belleza; su corazón palpitaba alocadamente, y enrojecieron sus mejillas. Toda su sangre
se inflamó de pasión por ella, y se le acercó presuroso para declararle su amor.

-Dafne, tu hermosura... - murmuró Apolo.

No hizo falta que completara su pensamiento porque sólo con verlo la ninfa comprendió
lo que había en su corazón, pues lo gritaban su ojos. Y huyó despavorida.

Apolo se sintió desconcertado, pero reaccionó de inmediato y la siguió.

-Bella ninfa -imploraba el dios-, detente. No soy tu enemigo. Quiero acercarme a ti para
ofrecerte mi corazón.

Dafne tropezaba, caía y se levantaba velozmente para continuar su huida. El ardiente


enamorado veía con desesperación cómo los brazos y los pies de su amada sangraban,
lastimados por ramas y raíces.

-¡Por favor, detente! ¡Por favor! -imploraba-. Tal vez me evitas porque no me has
reconocido. Soy Apolo, hijo de Zeus. El famoso oráculo de Delfos me pertenece, pues
soy el dios de las profecías. Domino las artes, como la música y la poesía y, por eso, soy
el protector de los artistas. He enseñado a los hombres el arte de la medicina...

Pero su poder y sus grandezas no impresionaban a Dafne, ya que no se detenía. Su


cabello despeinado por el viento de la carrera acrecentaba su hermosura.

Sin embargo, Dafne se sentía desfallecer; percibía que había llegado al límite de sus
fuerzas. Estaba desesperada y las lágrimas cubrían sus ojos puros. Pronto se detuvo,
porque no podía dar ni un paso más. Creía estar perdida, pero en ese momento un
recuerdo alivió su corazón apesadumbrado. ¡La promesa!

-Ayúdame, padre! Te lo suplico -gimió la joven- Ahora reconozco cuánta razón tenías.
Utiliza tu poder para cambiar la figura de esta desdichada hija tuya, pues es la que
despierta el amor de mi perseguidor. Mi belleza me condena... ¡Hazla desaparecer, y
seré libre!

No necesitó decir nada más. Sus pies heridos por la carrera se aferraron firmemente al
suelo y, de ellos, brotaron raíces que se hundieron en la tierra. Su cuerpo comenzó a
cubrirse de una fina corteza, mientras que sus brazos se convertían en ramas. Los
cabellos largos y desordenados se transformaron en hojas ante los ojos atónitos de
Apolo, quien observaba con desesperación la metamorfosis que estaba sufriendo su
amada.

Lloraba desconsolado el dios, abrazando el nuevo árbol al que bautizó con el nombre de
la joven ninfa Dafne, que en griego, desde entonces, menciona al laurel. El bosque
escuchó silencioso la queja del sufriente hijo de Zeus.

-¡Ay de mí! ¡Qué mal hice en burlarme de Eros! Ahora conozco el enorme poder del
amor. Es tan grande que, aunque sea el dios de la Medicina, no existe remedio capaz de
curar el dolor que atraviesa mi corazón. Ya no podré conquistar a Dafne, pero no me
apartaré de ella. Desde hoy las hojas del laurel adornarán mi cabellera. Del mismo
modo, lucirán en la cabeza de los poetas y los músicos consagrados, y en la de los
generales triunfantes, como símbolo de la gloria imperecedera.

Vocabulario:

*Ninfas: deidades de las aguas, bosques, selvas, etc. llamadas también nereidas o
náyades. Se caracterizaban por su belleza y porque estaban en edad de casarse.

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