G. FOCH, S.J.
PAZ Y ALEGRÍA
Obra
refundida y adaptada por
M. IGLESIAS, S.J.
2. ª edición,
revisada
1994
EDITORIAL EDAPOR
MADRID
TEMAS
8
Con las debidas licencias
© Editorial EDAPOR
Núñez de Balboa, 115, l. Q E. 28006 MADRID
I.S.B.N.: 84-85662-57-1
Depósito legal: M. 3.743-1994
Impreso en España - Printed in Spain
Imprime: Gráficas Don Bosco. Arganda del Rey (Madrid)
PRESENTACION
A
UN Q UE , hace más de treinta años, la voz de este li-
brito se apagó después de varias ediciones, he po-
dido comprobar cómo ha seguido haciendo bien;
supongo que por dos motivos: por la sencillez de exposi-
ción, y porque su contenido pone el dedo en una llaga de
siempre, que ahora se ha convertido en enfermedad endé-
mica: muchos cristianos, personas deseosas de vivir «espiri-
tualmente», carecen de ilusión y sana alegría, viven sin la
seguridad de la paz profunda.
Personas amigas me animaron a remozar un poco este es-
crito del padre Foch, para que el bien se difunda más. Es lo
que he intentado. I .
Pero, a fin de que el lector pueda atribuir los aciertos al
autor, y los desaciertos al adaptador, explico en qué ha con-
sistido mi aportación:
- por una parte, he respetado la arquitectura de la obra y
la mayor parte del texto, incluso con su ritmo lento y repeti-
tivo;
- por otra, he procurado unificar el estilo, de modo que
el tono oracional del comienzo envuelva lo más posible la
doctrina (así pueden servir estas páginas, casi indistinta-
mente, para la oración y para la lectura espiritual); he inte-
grado en el texto bastantes notas y algunos apéndices del
original; he expurgado algunas citas críticamente inexactas;
he enriquecido, no exhaustivamente, ni mucho menos, los
pasajes de la Sagrada Escritura y de autores espirituales; he
5
simplificado el modo de citar, aun suprimiendo datos
-sólo las citas de la Biblia y de los Ejercicios Espirituales
(EE) van indicadas- para no complicar un escrito que
quiere, precisamente, simplificar nuestra vida interior y ex-
terior.
Quiera la Virgen del Magnificat, Reina de la paz y causa
de nuestra alegría, servirse nuevamente de estas páginas,
para que muchos lectores descubran la felicidad de ser hijos
de Dios ... aun en este valle de lágrimas.
M. IGLESIAS, S.J.
31 mayo 1989,
fiesta de la Visitación de María
6
INTRODUCCIU~
E
L autor del libro de la Sabiduría dice que a él le to-
có en suerte un alma buena (Sab 8,19). Gracias a
Dios, no es él el único que puede hacer tal afirma-
ción, porque en los mejores ambientes cristianos las «al-
mas buenas» no se cuentan, ¡son tan numerosas!
Las almas buenas se distinguen porque tienen una ten-
dencia al bien mucho más fuerte que la tendencia al mal;
porque tienen una delicadeza de conciencia que puede lle-
gar hasta el escrúpulo; por su docilidad, sencillez y recti-
tud.
La mayor falta de estas personas suele ser fijarse y dete-
nerse en la parte negativa de la perfección cristiana: en la
rebusca y la corrección de sus defectos; y esto, sin gran
provecho, más aún, con notable perjuicio, o al menos con
la pérdida de un tiempo preciosísimo.
Ganarían mucho más cultivando la parte positiva de la
perfección, es decir, la unión con Dios, esencial para pro-
gresar en la vida interior. Estar unidos a Jesucristo, y fo-
mentar esa unión, es la mejor receta para no tener miedo
de nada y para no dejarnos llevar de la tristeza.
Para tener éxito, para hacer en poco tiempo rápidos
progresos espirituales, esas personas deben comenzar por
adentrarse en la paz y la alegría.
Satanás -ese espíritu maligno a quien san Ignacio llama
7
«el enemigo de la naturaleza humana», y al que describe
con dos rasgos: «horrible y espantosos-e- emplea todos sus
recursos para agitar, atormentar, espantar al alma 1 •
Por el contrario, es propio del buen espíritu, según el
ejemplo de Jesucristo -a quien san Ignacio representa
con los dos rasgos opuestos a los de Satanás: «hermoso y
gracioso>>- dar paz y alegría a las almas de buena volun-
tad", para ayudarlas a ser mejores.
Intentemos ser, unos para otros y para con nosotros mis-
mos, como el ángel del espíritu bueno. Intentemos difun-
dir en nuestro derredor la paz y la alegría que da Dios a los
suyos. Aprendamos a conseguirlas con el ejercicio, la fide-
lidad a la gracia, la lucha contra las sugestiones del demo-
nio, el esfuerzo para no ser esclavos de nuestro egoísmo;
y, sobre todo, con la oración.
E
L Verbo de Dios, el esplendor del Padre, el anhe-
lado huésped de nuestras almas donde mora por la
gracia, Jesús, que en unión de su Espíritu Santo
vive en nosotros; que por medio del Espíritu Santo actúa
en nosotros y nos comunica la vida divina, como la savia
pasa del tronco a las ramas; que quiere reinar en nosotros
por el mismo Espíritu Santo, nos haga sentir los efectos de
ese reinado bienhechor: la paz y la alegría 3 •
Su paz. Su alegría. No la paz y la alegría de aquellos que
el mundo llama felices", a los que siempre les sonríe la for-
EE, 140.
1
EE, 144. «Almas de buena voluntad» son las que «van inten-
2
samente purgando sus pecados, y de bien en mejor subiendo en el
servicio de Dios nuestro Señor» (EE 315).
3 «El reino de Dios consiste... en santidad, paz y alegría en el
Espíritu Santo» (Rom 14,17).
4 «Os dejo paz, os doy mi paz; os la doy no como la da el mun-
do» (Jn 14,27).
8
tuna, a quienes no les falta nada de lo que naturalmente
deseamos todos: salud, comodidades, riquezas, éxito,
constancia y duración de sus relaciones de familia y amis-
tad, tranquilidad, descanso, libertad para emplear el tiem-
po y dedicarse a lo que uno quiere. Sino la paz y la alegría
que da El, y que El mismo experimentó durante su vida:
- la paz y la alegría de las bienaventuranzas;
- la paz y la alegría de los hijos de Dios;
- la paz y la alegría de los santos;
- la paz y la alegría de los valientes del evangelio;
- la paz y la alegría de los amigos de la cruz de Cristo;
- la paz y la alegría de los mártires;
- la paz y la alegría de los que desean la eternidad del
cielo.
Se trata, pues, de la paz y la alegría que perduran a pe-
sar de las dificultades y del hastío de la vida (por falta de
salud, de comodidad, de posibilidades materiales, de éxi-
to, de tranquilidad y reposo), que se convierte en «una no-
che en una mala posada», como diría santa Teresa.
Se trata de la paz y la alegría que se tienen aun entre lá-
grimas y persecuciones, aun en medio de continuas preocu-
paciones y de incesantes fatigas.
9
LA PAZ
l. Con Dios y con nosotros mismos
Verbo de Dios, esplendor del Padre, anhelado huésped
de nuestras almas, Jesús, príncipe de la paz, cordero de
Dios que quitas los pecados del mundo y todos nuestros
defectos que son la causa de nuestras preocupaciones: [da-
nos la paz!
Danos ese completo dominio de la cabeza y de los ner-
vios, al menos en cuanto sea posible, porque la enferme-
dad y el cansancio pueden traernos dificultades y compli-
caciones humanamente insuperables.
Danos esa calma perfecta, interior y exterior. Calma del
espíritu, del corazón, de la imaginación; calma de los pen-
samientos y de los sentimientos, que convierta nuestra
alma en la superficie tranquila de un lago de montaña: el
árbol encorvado sobre el agua, la libélula que vuela de
rama en rama, la luna, las estrellas, todo se refleja en él
como sobre la superficie de un espejo.
Danos esa plena seguridad, esa serenidad resplande-
ciente, esa gracia simpática y bienhechora, esa santa lenti-
tud y placidez que es necesaria en los momentos más difí-
ciles.
Danos algo de la sobrehumana impasibilidad que deno-
ta un alma completamente tranquila y feliz, porque en
Dios todo le sale bien, todo le parece igualmente bueno
13
(<<para los que aman a Dios, todo contribuye al bien»:
Rom 8,28).
Por tu Espíritu Santo, creador y vivificador, infunde en
nosotros, crea en nosotros, derrama en nosotros esa paz
tuya, y haz que domine en nuestro corazón, a pesar de las
impresiones contrarias.
Que denomine en nosotros:
1) El sentimiento de que nada nos oprime; ni las prisas,
ni el ansia de hacer cosas. Porque encontramos siempre en
la voluntad actual de Dios sobre nosotros, en el momento
presente, la mejor ocupación que podíamos desear. Por-
que el tiempo nunca está mejor empleado que cuando nos
ocupamos en vivir según la voluntad de Dios.
2) El sentimiento de que nada nos ata, ni nos esclaviza,
ni nos tiene apegados, ni nos obliga o coacciona, ni nos lle-
va como mercenarios, o asalariados o subalternos".
Nada de eso. Nada valemos sin Dios; y queremos servir-
le únicamente a El, y servirle únicamente por amor. Nada
por fuerza o constreñidos; nada por temor al castigo, o con
el corazón arrugado.
Por eso no queremos hacer nada de mala gana o como
llorando, sino al revés: con el corazón esponjado; todo por
amor, con libertad interior, con espontaneidad interior; y
todo de buena gana -aunque la sensibilidad proteste-,
gustosamente, con sumo gusto, «de mil amores».
, 5 «Donde está el Espíritu del Señor está la libertad» (2 Cor
3,17) ... «¡Para la libertad nos liberó Cristo!» (GáI5,1). San Juan
asegura que «la caridad perfecta echa fuera al temor» (1 Jn 4,18) y
ensancha el corazón. La primera ley de todas es la ley interior de
la caridad, que el Espíritu Santo escribe en nuestro corazón de
bautizados; pero es una ley que libera, que dilata nuestro horizon-
te vital.
14
3) El sentimiento de que en nuestra vida personal de
cada día Dios no nos exige esfuerzos extraordinarios. Ha-
cemos bastante si hacemos lo que podemos, según la vo-
luntad actual de Dios sobre nosotros. Si, por más seguri-
dad, nos dejáramos llevar de nuestro impulso natural, a lo
mejor haríamos ... demasiado: más de lo que Dios deseaba
de nosotros.
4) El sentimiento de que en nuestro trato con los de-
más, en el desempeño de nuestro cargo, en nuestro traba-
jo profesional, nada debe preocuparnos, porque estamos
seguros de Ti: de tu ayuda, de tu bondad, de tu agrado.
y también, seguros, un poco, de nosotros mismos: de
nuestra preparación, de nuestra buena voluntad.
y también, seguros, un poco, de los demás y sus inten-
ciones; al menos, de aquellos a quienes atendemos por
nuestro deber de estado y a quienes Tú nos envías.
El sentimiento de que Tú favorecerás a aquellos a quie-
nes amamos y a quienes no podemos atender, o volver a
ver, o corresponder con todo el bien que les deseamos;
que Tú los mantendrás en la fe en Ti, en el fervor espiri-
tual, en la confianza y en la paz;
- que los consolarás en sus sufrimientos;
- que responderás a sus deseos como quisiéramos ha-
cerlo nosotros mismos; y así nuestra lejanía y nuestro si-
lencio no les serán perjudiciales, sino más bien provecho-
sos, por las privaciones y sacrificios que nos imponen.
5) El sentimiento de una seguridad completa bajo las
alas de tu Providencia, tan paternal y tan segura, porque
Tú lo sabes todo, lo puedes todo, y nos amas.
El sentimiento de que Tú nos guías, Buen Pastor; y que,
siguiéndote a Ti, nada nos puede faltar (Sal 23,1).
El sentimiento de que el futuro no debe preocuparnos ni
angustiarnos en absoluto; porque el futuro no es nuestro;
15
te pertenece a Ti, y Tú lo dispondrás y nos ayudarás cuan-
to sea necesario para nuestro mayor bien.
El sentimiento de que no nos falta nada de cuanto pode-
mos desear que sea necesario y provechoso para nosotros.
Porque, efectivamente, en tu santa voluntad tenemos todo
lo que necesitamos, todo es sobrenaturalmente bueno
para nosotros. ¡Nada nos falta!
Para mantener más fácilmente y reforzar ese sentimien-
to de seguridad, infunde en nosotros el conocimiento de la
riqueza que poseemos en Ti, que quieres serlo todo para
nosotros: eres, como decía el antiguo Itinerario, «nuestro
socorro en el camino, nuestro alivio en los ardores del sol,
nuestro refugio en la lluvia y el frío, nuestra ayuda en el
cansancio y la adversidad, nuestro apoyo en los pasos difí-
ciles, nuestro puerto en el naufragio».
Infunde en nosotros la tendencia a ver todo lo que tene-
mos y podemos por tu gracia, más bien que lo que todavía
echamos de menos.
La tendencia a ver todas las cosas, y todo lo que tene-
mos que hacer, no por el lado difícil, repugnante, molesto,
sino por el lado bueno, por el lado más accesible, el más
atrayente, el más suave y el más consolador.
Y, realmente, si no queremos más que lo que Tú quie-
res, y como Tú lo quieres, yen la medida en que Tú lo
quieres, ¿qué puede haber desagradable, imposible, difí-
cil? ¿Y qué nos puede inquietar? Tus deseos, tus manda-
mientos, «no son insoportables» (1 Jn 5,3). Pueden pare-
cer un yugo, una sujeción; pero con la unción de tu gracia,
ese yugo se suaviza. Pueden parecer ·un peso; pero con la
unción de la gracia el peso se hace ligero (Mt 11,30).
6) El sentimiento de que nada nos preocupa fuera de tu
santa voluntad; y que no estamos apegados a nada, ni aun
16
a la misma vida; y, por lo tanto, a nada que valga menos
que la vida: la salud, el bienestar, todo lo que se relaciona
con ellos y depende de ellos: trabajo, ocupaciones, casa,
relaciones, fin de una actividad comenzada", etc.
7) El sentimiento de quien, por amor a Ti, «se hace in-
diferente» a todo lo demás, como diría san Ignacio. El sen-
timiento de ser independientes, como lo era san Francisco
de Sales"; libres de toda atadura; libres de todo afecto de-
sordenado, que nos alejaría de esa disponibilidad para
amar más y mejor, en la cual debemos mantenernos; libres
de todo plan demasiado programado, de toda envidia, de
toda obligación dañosa a la libertad de espíritu propia de
los hijos de Dios; libres de toda preocupación excesiva; li-
bres de todo deseo exagerado, desordenado.
6 Cuando emprendemos una obra buena, de apostolado, por
ejemplo: o bien llegamos a terminarla, o bien nos vemos impedi-
dos por algún obstáculo insalvable, por la enfermedad, o la misma
muerte.
En el primer caso, nuestro deseo se cumple; demos gracias a
Dios. En el segundo caso, que fue el de san Francisco Javier ago-
nizando en Sanchón frente a las costas de China, Jesucristo se
contenta con nuestros buenos deseos y nuestra buena voluntad,
dispensándonos del trabajo; quiere reservar para El solo todo
nuestro tiempo y nuestras energías. Demos gracias a Dios.
7 Hablando de san Francisco de Sales escribió santa Francisca
de Chantal que «tenía un ánimo tan grande y tan noble, tan gene-
roso y tan magnánimo, que no estaba esclavizado a criatura algu-
na; por el contrario, estaba por encima de todo, cuando se trataba
de la gloria de Dios. No dependía ni de los honores ni de las rique-
zas, ni de los favores de los grandes; se reía de todo eso. No de-
pendía ni aun de la muerte, ni de la vida, ni de parientes ni ami-
gos. Su mente era señora, estaba por encima de todo».
17
Como si estuviéramos ahora en el trance de la muerte, a
punto de verte a Ti cara a cara.
8) El sentimiento de que nada puede dañarnos -«todo
colabora al bien ... » (Rom 8,28)-; de que nada debe preo-
cuparnos ni tenernos maniatados, ni espantarnos.
De que nada que no sea un mal, y un mal que podamos
corregir (como, por ejemplo, una tendencia defectuosa,
advertida muchas veces), puede irritarnos o afligirnos. De
que nada nos tienta o nos atrae. De que nada nos contra-
ría.
Porque, si en cualquier instante no queremos más que 10
que Tú quieres, nada irá en contra nuestra, todo favorece-
rá nuestro gusto, es decir, aquel gusto superior que coloca
tu voluntad por encima de todo, y que da la sabiduría:
«¿No te tengo a Ti en el cielo? Y contigo ¿qué me importa
la tierra?» (Sal 73,25).
9) Finalmente, el sentimiento de que nada debe, quitar-
nos este completo dominio de la cabeza y los nervios -al
menos cuando sea posible, porque la enfermedad o el ago-
tamiento pueden producir dificultades insuperables-,
esta calma perfecta interior y exterior, esta plena seguri-
dad, esta expansión resplandeciente del alma, esta sereni-
dad del rostro, ese modo de proceder apacible y benévolo,
esa santa calma y placidez; y, cuando sea necesario en las
situaciones más difíciles, algo de la impasibilidad sobrena-
tural signo de un alma perfectamente tranquila y feliz, por-
que en Dios todo le sale bien y todo le parece humano.
10) Y si los vientos se levantan y desencadenan, si la
tempestad se enfurece, Tú, Señor, mandarás poderosa-
mente a los vientos y a la tempestad, y todo volverá de
nuevo a la calma, y nosotros continuaremos tranquila y or-
denadamente nuestro trabajo, como si no hubiera pasado
18
nada.
11) Y si sobreviene el dolor, Tú harás que, a pesar del
sufrimiento y las impresiones de desaliento, no perdamos
la paz. Tú harás, sí, que permanezcamos de verdad unidos
a Ti, como Tú lo estuviste con el Padre en la cruz, Tú, que
eres la fortaleza de los mártires. Y nos mantendrás en paz,
como lo están las almas del Purgatorio mientras sufren en
el ansia de su espera.
II. La paz con el prójimo
Verbo de Dios, esplendor del Padre, anhelado huésped
de nuestras almas, Jesús, enséñanos mediante tu Espíritu
Santo a comprender y gustar el amor al prójimo.
Acostúmbranos a practicar el amor al prójimo como Tú
lo sientes, como Tú nos lo recomiendas en la parábola del
Buen Samaritano, en aquella otra del rico sin misericor-
dia, en el anuncio del Juicio final, yen la conversación de
sobremesa después de la Ultima Cena. La caridad que Tú
practicaste en tu vida mortal y sigues practicando ahora.
Por tu Espíritu Santo, creador y vivificador, infunde en
nosotros, crea en nosotros, derrama en nosotros, haz que
domine en nuestros corazones el don de la piedad, de tal
manera que como Tú, unidos a tu Corazón, nos pongamos
y permanezcamos siempre, en espíritu yen verdad, a los
pies de nuestro prójimo, conforme al ejemplo que Tú nos
diste en la cena pidiendo que hiciéramos lo mismo (Jn
13,15).
Necesitamos tu Espíritu Santo para que, al encontrar a
nuestro prójimo, sea el que sea, niño o adulto, hombre o
mujer, pobre o rico, nos sintamos animados de la bondad
más expansiva, llenos de la caridad más perfecta:
19
- de la caridad más generosa en perdonar, en dar, en
reparar los agravios o molestias ocasionadas al prójimo;
- de la caridad más paciente en soportar olvidos y faltas
de atención, deslealtades, traiciones, actitudes más o me-
nos hostiles;
- de la caridad más indulgente en pensamientos y pala-
bras; que nunca pronunciemos una palabra de crítica, nun-
ca una palabra hiriente, nunca la menor ofensa;
- de la caridad más benévola, más acogedora, la que
más anima y alegra mejor;
- de la caridad más compasiva con los afligidos de todas
clases: los pobres, los enfermos, los ancianos, los huérfa-
nos, los prisioneros sin recursos, los angustiados y depri-
midos, los emigrantes, los marginados, los sin trabajo, los
cientos de miles que mueren cada día en el mundo, los ale-
jados de la fe, las almas que esperan en el Purgatorio ... ;
- de la caridad más servicial y altruista, consagrada has-
ta el sacrificio alegre, pronto y hecho con gracia y humor:
el sacrificio de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nues-
tros gustos, de nuestras fuerzas;
- .finalmente, de la caridad más gratuita, tanto más es-
pontánea y solícita cuanto menos espera sacar como pro-
vecho personal.
Tú nos has dicho: «Amaos unos a otros como Yo os he
amado» (Jn 13,34). Tenemos, pues, que amar a nuestro
prójimo como Tú nos amas. ¿Y acaso no nos amas Tú has-
ta el completo agotamiento de tus fuerzas, «hasta el fin»?
¿No nos amas Tú a pesar de nuestros agravios y nuestra in-
dignidad?
Tú nos has dicho: «Si al ir al altar a presentar tu ofrenda
te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliar con
tu hermano; luego vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt
20
5,23-24). Quieres identificarte tanto con nuestro prójimo
que antepones los miramientos que se deben al prójimo a
los que se te deben a Ti.
¿Acaso no nos has mandado amarte corno Tú nos has
amado? Y, ya que consideras como hecho a Ti mismo lo
que hacemos al más pequeño de los seres humanos (Mt
25,40), ¿no es verdad que en nuestra conducta tenemos
que demostrar que amamos a nuestro prójimo volcando
sobre él el amor que tenemos para contigo?
¿No es un gran consuelo poder pagar de esta manera, al
menos en parte, la deuda que tenemos contigo, deuda de
inmenso agradecimiento?
El amor al prójimo, ¿acaso no es tu mandamiento, el
precepto preferido de tu Corazón? ¿No es la plenitud de tu
ley, la característica de tus verdaderos discípulos, un me-
dio de conseguir de Ti el perdón de nuestros pecados (1 Pe
4,8)?
En tus Sagradas Escrituras se reservan para el amor al
prójimo magníficas promesas, no sólo para la eternidad,
sino también para esta vida:
«Venid, benditos de mi Padre -dirás a los que te
han permanecido fieles- vosotros que me habéis
amado en vuestro prójimo, venid a heredar el reino
preparado para vosotros desde la creación del mun-
do» (Mt 25,34).
«Dichoso el que cuida del pobre y desvalido, en el
día aciago lo pondrá a salvo el Señor. El Señor lo
guarda y lo conserva en vida; lo hace dichoso, no lo
entrega a la saña de su enemigo. El Señor lo sosten-
drá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su
enfermedad» (Sal 41,2-4).
y si escuchamos a tus apóstoles, los intérpretes más se-
guros de tu doctrina, vemos cómo ponen el amor al próji-
21
mo por encima de todo, como la primera virtud:
«Ante todo, mantened en tensión la caridad mu-
tua, que la caridad cancela multitud de pecados.
Daos mutuamente hospitalidad, sin murmuración.
Conforme al don que cada uno recibió de Dios, po-
nedlo al servicio de los demás, como buenos admi-
nistradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pe
4,8-10).
«Como elegidos de Dios, santos y amados por El,
revestíos de sentimientos de misericordia, de bon-
dad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportán-
doos unos a otros, y perdonándoos cuando alguno
tenga una queja contra otro; como también el Señor
os perdonó, perdonaos así vosotros. Y por encima
de todo, la caridad, es decir, el nudo de la unidad
perfecta» (Col 3,12-14).
El amor al prójimo es una cosa tan hermosa, tan buena,
que habría que suplicar a nuestros prójimos que se dejasen
servir, que se dejasen lavar los pies, como hiciste Tú con
san Pedro en la última cena.
Más; tendríamos que invitar a todos los que sufren, en
el alma o en el cuerpo, para poder consolarlos y ayudarlos;
sería una invitación semejante a la que Tú hiciste en el
desbordamiento de tu Corazón: «Venid a Mí todos los que
estáis fatigados y sobrecargados, y Yo os aliviaré ... Soy
manso y humilde de Corazón y hallaréis reposo para vues-
tra alma» (Mt 11,28-29).
Señor Jesús, déjanos pedirle a tu Madre y Madre nues-
tra:
Virgen María, reina de la paz, Madre del Amor Hermo-
so, ruega por nosotros, que tan fácilmente perdemos la
calma con nosotros mismos y con los demás, por nuestra
22
poca fe en el amor que tu Hijo nos tiene.
IlI. Condiciones
Para poder mantenernos en la paz, en la calma exterior
e interior, en el completo equilibrio de la cabeza y de los
nervios, necesario para vivir en la libertad de espíritu pro-
pia de los hijos de Dios, es esencial poner la voluntad de
Dios por encima de todo.
Todo consiste en creer en el amor que Dios nos tiene;
creer que «El nos amó primero» (1 Jn 4,16.19). No esperó
nuestra respuesta para empezar a amarnos. Nos asiste; no
permite nada que no haya de revertir en nuestro bien, en
nuestro mayor bien.
Si de verdad creyéramos en su amor nos veríamos cura-
dos de nuestras inquietudes y nuestras dudas. Seríamos ca-
paces de hacer todo y de soportar todo con provecho espi-
ritual nuestro. «Todo es posible para el que cree» (Me
9,22).
En segundo lugar, es condición indispensable para man-
tenernos en la paz el ser dulces y humildes, cualidades que
en ningún sitio se aprenden mejor que en la escuela del
Corazón de Jesús «<aprended de Mí, que soy manso y hu-
milde de corazón... »: Mt 11,29).
San León Magno decía: «No hay nada desagradable
para los espíritus dulces y mansos», es decir, para aquellos
que cultivan algo tan humano como la corrección, la corte-
sía, la dulzura en el trato; todo lo opuesto a la brusquedad
de carácter, la agresividad, la aspereza que llega a la grose-
ría.
Jesús ha querido reinar sin imponerse por la fuerza, sin
aplastar; yen un mundo violento y de pecado, envuelto en
23
la malicia del corazón alejado de Dios, en un mundo que
las voluntades humanas contaminan y destruyen en lo físi-
co y lo moral, nos pide: «Sed como Yo, tened un corazón
como el mío»:
- un corazón que va asimilando cada vez más el espíritu
de las bienaventuranzas;
- que no hace la guera más que a los enemigos de nues-
tra paz interior;
- que quiere vivir en la verdad y para la caridad;
- que sabe ser previsor y regular nuestro tiempo, de for-
ma que las ocupaciones diarias se sucedan... una después
de otra;
- que sabe conservar el recogimiento, sin vivir a caza de
superficialidades de noticias, de distracciones que nos dis-
persan y no nos dejan ser dueños de nosotros mismos.
Poniendo por encima de todo la voluntad de Dios, y
aprendiendo en la escuela del Corazón de Cristo, es como
lograremos vivir serenamente, no afanados ni precipita-
dos; no intentaremos nada sobre nuestras fuerzas físicas,
psicológicas o espirituales, ni nos agotaremos por querer
meter en un día o en una hora el trabajo de dos". Nuestras
ocupaciones, por numerosas y variadas que sean, no nos
desbordarán. El mismo camino hacia la perfección lo to-
8 «No os inquietéis por el mañana... A cada día le basta su pro-
pia fatiga» (Mt 6,34). «No conviene cargar de tanto trabajo corpo-
ral que se ahogue el espíritu y reciba daño el cuerpo», decía san
Ignacio de Loyola en sus Constituciones (298). Recordemos que el
labrador no está obligado a cultivar más que el trocito de tierra
que Dios le ha confiado; ni puede empeñarse en hacer que ese te-
rreno rinda más de lo que puede, conforme a los medios, maqui-
naria, etc., de que él dispone.
24
maremos con un ritmo constante, pero pacífico, sin angus-
tias por soñar con una perfección excesiva. Dios nos man-
da hacer valer solamente nuestras cualidades (no las de un
genio o un superhombre que no somos), y hacerlas valer
«según nuestra capacidad» (Mt 25,15).
IV. Estímulos y consideraciones
De la Sagrada Escritura:
«El Señor es un Dios eterno, y creó los confines del
orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligen-
cia. Da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido.
Se cansan los muchachos, se fatigan; los jóvenes tropiezan y
vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus
fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse,
marchan sin fatigarse ... » (Is 40,28-31).
«Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de
Abrahán, mi amigo. Tú, a quien cogí en los confines del
orbe, a quien llamé en sus extremos, a quien dije: "Tú eres
mi siervo, te he elegido y no te he rechazado." No temas,
que Yo estoy contigo; no te angusties, que Yo soy tu Dios:
te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victo-
riosa. Mira: serán aniquilados, dejarán de existir los que
guerrean contra ti; porque Yo, el Señor tu Dios, te agarro
de la diestra y te digo: "No temas, yo mismo te auxilio."
No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, Yo mismo
te auxilio, tu redentor es el Santo de Israel...» (Is 41,8-14).
«Así dice el Señor: "No temas, que te he redimido, te he
llamado por tu nombre, eres mío. Cuando cruces las aguas
yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases
por el fuego no te quemarás, la llama no te abrasará. Por-
que Yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu sal-
vador. Eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te
amo ... No temas, que contigo estoy Yo"» (Is 43,1-8).
25
«¿Puede acaso una madre olvidarse de su criatura, dejar
de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvi-
de, Yo no te olvidaré... » (Is 49,15).
«No os preocupéis de qué vais a comer, o qué vais a be-
ber, ni qué os vais a poneL .. Fijaos en los pájaros del cie-
lo, que ni siembran, ni siegan, ni recogen en graneros,
pero vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis voso-
tros más que ellos? .. Observad los lirios del campo,
¡cómo crecen! No se fatigan, ni hilan; y os digo que ni Sa-
lomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos.
Pues si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y
mañana se echa al horno, ¿no hará mucho más con voso-
tros, gente de poca fe? Así que no os preocupéis, diciendo
"qué comeremos", o "qué beberemos", o "con qué nos
vestiremos" -por todo eso andan ansiosos los gentiles-,
pues vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis. Buscad
primero su reino y su justicia, y todo eso se os dará como
añadidura. No os preocupéis del mañana, que el mañana
se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su malicia»
(Mt 6,24-34).
«Venid a Mí todos los que estáis fatigados y sobrecarga-
dos, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y
aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y
hallaréis reposo para vuestra alma. Pues mi yugo es lleva-
dero, y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).
«Los discípulos comenzaron a gritar por el miedo. Pero
Jesús les habló en seguida: "¡Animo, no temáis, Yo soy"»
(Mt 14,26-27).
«No temáis, rebañito pequeño, porque a vuestro Padre
le ha parecido bien daros el reino. Vended vuestros bienes
y dad limosna; haceos bolsas que no envejezcan: un tesoro
inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni hace
estragos la polilla; pues donde está vuestro tesoro, allí es-
26
tará también vuestro corazón» (Le 12,32-34).
«Os dejo paz, os doy mi paz. Os la doy no como la da el
mundo. No se altere vuestro corazón ni se deje acobar-
dar... » (Jn 14,27).
«Me dejaréis solo; -pero no estoy solo, porque el Padre
está conmigo. Os he dicho esto para que en Mí tengáis
paz. En el mundo tendréis tribulación, pero, ¡ánimo!, Yo
he vencido al mundo» (Jn 16,32-33).
«El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El
Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Si
un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si
me declaran la guerra, me siento tranquilo ... ¡Espera en el
Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (Sal 27,
1.3.14).
«Alma mía, recobra tUI calma, que el Señor fue bueno
conmigo: arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lá-
grimas, mis pies de la caída... » (Sal 116,7-8).
Consejos de san Francisco de Sales:
«El que no pertenece más que a Dios no busca más que
a Dios; y puesto que no pertenece menos a Dios en la tri-
bulación que en la prosperidad, permanece en paz en me-
dio de la adversidad.»
«Viva solamente según el Espíritu, quédese tranquila-
mente en paz y esté seguro de que Dios le ayudará.»
«Tenga cuidado de hacer todo despacio, por ejemplo
acostarse, levantarse, sentarse, comer. .. Siempre, y en
todo, no se aparte de este propósito. Tenga cuidado de ha-
cer todo lo que hace con calma y despacio. Le prohíbo ex-
presamente el apresuramiento, imperfección que es madre
de todas las imperfecciones.»
«Es necesario, en todo y sobre todo, vivir con paz.»
«Prepare su alma desde la mañana para la tranquilidad;
durante el día procure recordar la tranquilidad con fre-
27
cuencia, y recobrarla. Procure colocar su espíritu en una
atmósfera de suavidad. Dígase a sí misma: "Vaya, hemos
dado un paso en falso, vayamos ahora muy despacio y con
cuidado" ... »
«Nuestro Señor nos hará gozar de la paz cuando seamos
suficientemente humildes para soportar dulcemente la
guerra.»
«Nunca poseeremos la perfecta dulzura y la caridad
completa si no la ejercitamos en las cosas que nos repug-
nan, nos fastidian, nos disgustan. La verdadera paz no
consiste en no encontrar dificultades, sino en superarlas.»
«Suceda lo que suceda, aun cuando todo se trastorne,
no pierda nunca su paz interior; porque, en realidad, ¿qué
son todas las cosas de este mundo en comparación con la
paz del corazón?»
Otras consideraciones:
«Cuando se pierde alguna cosa temporal por amor de
Dios y por conservar la paz con el prójimo, Dios nuestro
Señor por otra parte abundantemente lo recompensa»
(san Ignacio de Loyola).
«Sea ésta la primera norma para actuar: confía en Dios
como si todo el resultado dependiera únicamente de El, no
de ti; pero entrégate al trabajo como si Dios no fuera a ha-
cer nada y tuvieras que hacerlo tú todo» (san Ignacio de
Loyola).
«Paz, paz, hermanas mías, dijo el Señor y amonestó a
sus apóstoles tantas veces. Pues creedme que, si no la te-
nemos y procuramos en nuestra casa, no la hallaremos en
los extraños» (santa Teresa).
«Donde hay humildad de veras, aunque nunca dé Dios
regalos, dará paz» (santa Teresa).
«Cada hombre es amado y valorado por Dios, sea cual
sea su pasado personal o colectivo. No existe situación blo-
queada hasta el punto de no tener salida. Nuestros miedos
28
y egoísmos pueden ser superados en El, en el Redentor.
El cristiano no cree en la fatalidad de la Historia. El hom-
bre, con la gracia de Dios, puede cambiar la trayectoria
del mundo» (Juan Pablo 11).
Nada de lo que se busca con detrimento de la paz vale
tanto como la paz.
Si no buscamos nada más que a Dios, desde el momento
en que encontramos su voluntad, su presencia, ¿qué razón
puede haber para que no permanezcamos siempre en paz?
Si ponemos toda nuestra ambición, toda nuestra felici-
dad, no en hacer esto o aquello, sino en hacer lo que Dios
quiere en el momento presente --«aquí y ahora»-- sere-
mos siempre felices; haremos siempre ... lo que nos agra-
da. Y si no vemos nada más que la voluntad actual de Dios so-
bre nosotros; si no deseamos nada más, ni otra cosa distinta,
terminaremos lo que comenzamos con el mismo agrado y
la misma felicidad.
y nada de lo que hagamos así --<<lo que Dios quiere,
aquí y ahora»- perecerá. Todo lo que hagamos así tendrá
un valor de eternidad que ya --«aquí y ahora»- queda
anotado en el Corazón de Dios para recompensarnos un
día. ¿Puede haber algo más pacificador?
Que se agiten, que se afanen, que se preocupen de co-
menzar esto o de terminar aquello esas personas cuyos tra-
bajos no valen ante Dios, no tienen porvenir, están desti-
nados a perecer por estar hechos fuera de su Voluntad san-
tísima. Pero nosotros, si queremos hacerlo todo en su pre-
sencia amorosa, tenemos derecho, y obligación, de vivir
en paz y tranquilos: nada de lo que hemos hecho y hace-
mos pasa; todo vale; todo permanece, todo está seguro en
la caja fuerte de nuestro Rey, en el Corazón agradecido de
Jesucristo.
29
«Nada te turbe,
nada te espante;
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta» (santa Teresa).
ORACION
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso des-
bordas los méritos y deseos de los que te suplican: derrama
sobre nosotros tu misericordia, para que, libres nuestra
conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello
que no nos atrevemos a pedir.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.
30
LA ALEGRIA
1. Qué es y cómo se manifiesta
Verbo de Dios, esplendor del Padre, anhelado huésped
de nuestras almas, Jesús, gozo santo del corazón que te es
fiel, delicia de los ángeles y de todos los santos, cordero de
Dios que perdonas los pecados del mundo y todos nuestros
defectos que son la causa de nuestras tristezas; te lo pedi-
mos a Ti, que en tu vida mortal te estremecías de gozo
bajo la acción del Espíritu Santo (Le 10,21): danos, junto
con tu paz, la alegría del cielo", la alegría continua --ese
«festín perpetuo que tiene el corazón contento» (Prov
15,15)-, la alegría que nos prometiste y que nadie podrá
arrebatamos (Jn 16,22).
Por tu Espíritu Santo, creador y vivificador, infunde en
nosotros, crea en nosotros, derrama y haz que domine en
9 La alegría del cielo es la alegría de la eternidad, la que tendre-
mos en la eternidad feliz con Dios. Nuestra alma es inmortal; y, si
estamos en gracia, poseemos desde ahora en sustancia lo que en el
cielo será la esencia de nuestra alegría. Y esa alegría podemos au-
mentada, al aumentar nuestros méritos. Decía sor Isabel de la
Trinidad: «He encontrado el cielo sobre la tierra, porque el cielo
es Dios y Dios está en mi alma.»
33
nuestro corazón, a pesar de las impresiones contrarias:
- un sentimiento profundo de bienestar espiritual: ese
bienestar moral, ese agrado interior que se experimenta al
conocer la verdad y al vivir en la verdad, en el deber, en el
orden, en el cumplimiento de tu voluntad, en la generosi-
dad con el prójimo hasta el agotamiento de las propias
fuerzas. Esa felicitación o enhorabuena que Tú. haces sen-
tir en el corazón de cuando en cuando al que te es fiel;
- un sentimiento profundo de liberalidad y anchura de
corazón", de esponjamiento interior; el que experimenta-
ba el salmista cuando te decía: «Has puesto mis pies en un
camino ancho» (Sal 31,9), o cuando te hacía una promesa:
«Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensan-
ches el corazón» (119,32);
- un sentimiento profundo de independencia gozosa
respecto de todo: tan independiente de los hombres cuan-
to dependiente de Ti; tan dependiente de Ti cuanto inde-
pendiente de todas las criaturas;
- un sentimiento profundo de santa suficiencia, que no
es altanería orgullosa y despreciativa, sino esa cualidad de
quien apaga todo deseo desordenado, mata toda envidia y
no da entrada a ninguna amargura; es la cualidad que san
Pablo reconocía en él: «Aprendí a bastarme a mí mismo
en cualquier circunstancia; sé ayunar y sé tener de sobra;
para todo momento y todas las situaciones he aprendido el
secreto de saciarme y de pasar hambre, de tener en abun-
dancia y de andar escaso: ¡para todo tengo fuerzas, gracias
10 Los sentimientos de bienestar moral, de anchura, de espon-
jamiento interior, reinaban en el Corazón de Jesús en su vida te-
rrena. y llenaron siempre su alma, al menos en la parte superior,
aun cuando la sensibilidad fuera presa de los asaltos del miedo, de
la tristeza y del tedio, como en Getsemaní.
34
a Aquél que me conforta!» (Flp 4,11-13);
- un sentimiento profundo de seguridad y confianza,
«pues sé de quién me he fiado» (2 Tim 1,12); de entusias-
mo; en una palabra, el sentir nuestra felicidad en Dios.
Te lo pedimos para que podamos saltar de alegría como
quien te busca, según la invitación de los salmos: «¡Alé-
grense y gocen contigo todos los que te buscan» (Sal
40,17). Para que como María, causa de nuestra alegría,
cantemos siempre nuestro Magnificat para Ti, que eres
nuestro Señor, nuestro salvador, nuestro Dios, el todopo-
deroso, cuyo nombre es «Santo», y cuya misericordia llega
a tus fieles de generación en generación.
Para que podamos obedecer a san Pablo, que nos dice:
«Alegraos siempre en el Señor; lo repito, alegraos» (Flp
4,4). Para que podamos vivir siempre consolados, como tu
Iglesia nos lo hace pedir en la liturgia del Espíritu Santo
( « ... vivir siempre de su consuelo»).
Para que, según el consejo de san Ignacio, aprendamos
a sonreír siempre y a todos. El dijo a uno de sus novicios:
«Hijo mío, quiero verte reír, y estar alegre en el Señor;
pues el buen religioso no tiene ningún motivo para estar
triste, y muchos para alegrarse. Sé siempre humilde y
siempre obediente, y estarás contento y alegre.» Y en otro
lugar ordenó: «Todo el rostro muestre alegría más bien
que tristeza u otro afecto menos ordenado», de forma que
la serenidad exterior sea reflejo de la que reina en el cora-
zón.
Esto supone:
1) Sonreír a todo y a todos, por principio, como señal
de reconocimiento de los beneficios recibidos de Ti:
- el beneficio por excelencia, que es tu amor a nosotros
(<<con amor eterno te amé»: Jer 31,3);
35
- el beneficio de nuestra creación, de conservarnos en
vida, de redimirnos, de santificarnos con tu gracia;
- el beneficio de tu presencia en nuestra vida y en noso-
tros; quieres que disfrutemos de Ti, que nos alegremos
contigo;
- el beneficio de aumentarnos nuestra vida espiritual:
quieres llegar a hacerlo todo en nosotros por medio de tu
Espíritu Santo, para que seamos otros Cristo, de manera,
que si hemos de actuar, seas Tú quien actúe en nosotros; si
hemos de sufrir, seas Tú quien sufra en nosotros; si tene-
mos que hablar, seas Tú quien hable en nosotros. Este es
el modo como haces todo en tu santa Humanidad y en las
almas dóciles a las inspiraciones de tu gracia, de forma que
podemos llegar a decir: «Vivo yo, mejor dicho, no soy yo,
sino que es Cristo que vive en mí» (GáI2,20);
- los beneficios de la acción externa de tu Providencia:
miles de desgracias evitadas... y tantas existencias huma-
nas profundamente desgraciadas (¡ninguna de ellas es la
mía!);
- el beneficio de nuestra vocación a la santidad, a la
vida interior, al trato contigo en la oración, a la eucaristía
diaria;
- el beneficio de tantas gracias de predilección, el im-
pulso al apostolado ya hacer bien a los demás. ¡Es tan her-
moso ser buenos y difundir alrededor paz y alegría!;
- el beneficio de los incontables servicios y favores reci-
bidos o hechos.
y puesto que estos beneficios son innumerables y sin in-
terrupción, nuestra sonrisa, como la acción de gracias, tie-
ne que ser continua (<<siempre y en todo lugar»), y cada
vez más franca y decidida, hasta eliminar y alejar toda tris-
teza y todo aspecto melancólico.
2) Sonreír a todo y a todos como demostración de fe;
como conviene a personas que creen en el amor que Tú
36
nos tienes (1 Jn 4,16); en tu amor particularísimo a cada
uno de nosotros, pues cada uno puede verdaderamente
decir: «Me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gál
2,20).
Esta persuasión de que Tú nos amas, y de manera tan
particular desde toda la eternidad y por toda la eternidad,
¿no es bastante motivo para mantenernos siempre en la
alegría y aclimatar la sonrisa en los labios?
3) Sonreír a todo y a todos como señal de confianza.
Para el pasado: confianza de que nuestros pecados no
sólo han sido perdonados por ti, borrados, destruidos en el
sacramento de la Penitencia, sino de que el mal que haya-
mos cometido ha servido, sirve y servirá para nuestro bien
espiritual. «¡Feliz culpa!», llega a cantar la Liturgia de re-
surrección. Y el salmista ora: «Me estuvo bien el sufrir, así
aprendí tus mandamientos» (Sal 119,71).
¡Qué progresos podemos hacer, gracias al mal cometi-
do! Aprendemos a ser humildes reconociendo nuestra fragi-
lidad, aprendemos a ser leales a nuestra conciencia, a valo-
rar más tu bondad perdonadora, a prevenir ocasiones de
pecado, a ejercitar la paciencia.
Para el presente: la confianza de que «para los que aman
a Dios todo colabora al bien». Confianza en tu palabra,
que ya no nos llama «siervos» sino «amigos» (Jn 15,14-15).
En tu palabra poderosa, que nos infunde ánimo: «Hombre
de poca fe, ¿por qué dudas?» (Mt 14,31), «¡ánimo, hija!,
tu fe te ha salvado» (Mt 9,22).
Para el futuro: confianza de que no permitirás que nos
falte nada que sea necesario para nuestra santificación,
para cumplir en todo tu voluntad.
La confianza de que nos has preparado ya sitio en el cie-
37
lo y vendrás a llevarnos para estar contigo (Jn 14,3), y que
en el cielo podremos alabarte mejor, verte cara a cara;
más cerca cuanto más te hayamos amado aquí y hecho
amar, cuanto más hayamos tenido que ofrecer o aceptar
por amor a Ti, cuanto más hayamos trabajado y sufrido
por Ti en esta vida 11, como hicieron los grandes santos.
La esperanza del cielo tiene que servirnos como fuente
de alegría: «Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la
casa del Señor. .. » (Sal 122,1); «cantaré eternamente las
misericordias del Señor... » (Sal 89,2). Allí «Dios en perso-
na estará con ellos, y enjugará toda lágrima de sus ojos. Y
la muerte ya no existirá, ni habrá ya duelo, ni gritos, ni do-
lor... » (Apoc 21,3-4).
4) Sonreír a todo y a todos, por principio, y como señal
de buen espíritu: que lleva a verlo todo con tu luz, según
tus ideas y pensamientos, todos de paz y de bondad: «ten-
go designios de paz, y no de aflicción» (Jer 29,11).
5) Sonreír a todo y a todos, por principio, y como señal
de que te amamos a Ti.
Tú nos pides que te amemos; nos pides la conformidad
con tu voluntad y que la cumplamos. Nos pides amor de
conformidad, como el niño pequeño encantado de estar de
acuerdo con sus padres, como el amor de los esposos, en-
cantados de estar de acuerdo entre sí. ..
Si estamos tristes es, o porque queremos lo que Tú no
quieres, o porque no queremos lo que Tú quieres. O tal
vez queremos lo que Tú, pero queremos además otras co-
11 Toada prueba, grande o pequeña, es un escalón para subir a
más felicidad y gloria; es una palabra afectuosa: «Amigo, ¡sube
más arriba!» (Le 14,10), una invitación a subir más alto.
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sas, o queremos de manera distinta de la que Tú quieres.
En estos casos, la tristeza es señal de que nuestra sinceri-
dad no es perfecta: permanecen en nosotros, aunque sea
muy secretamente, deseos, aficiones, complacencias, etc.,
orientados a cosas que no son puramente tu voluntad. ¡Por
eso nuestra alegría no puede ser perfecta!
Si te amáramos de verdad, pensaríamos: «Dios es tan
feliz, con una alegría inalterable, y yo formo parte de esa
alegría infinita... » Nuestro amor sería amor de alegría por
Ti, y felicitación recíproca. Y cantaríamos siempre:
¡Amén, aleluya! ¡Jesucristo es tan hermoso, tan grande,
tan perfecto, tan santo, tan bueno! Es todo nuestro, lo
amamos con amor de complacencia, de santo orgullo,
amor puro absolutamente satisfecho y entusiasta, amor de
adoración... «Alegraos, justos, y gozad con el Señor; acla-
madlo los de corazón sincero. ¡Amén, aleluya!» (Sal
32,11).
6) Sonreír a todo y a todos, movidos por el celo santo
por Ti, por tu amor y tu consuelo, -por indemnizarte, por
reparar tantos desvíos, por darte gusto (<<Dios ama al que
da con alegría»: 2 Cor 9,7).
Con frecuencia, pueblos e instituciones cristianas se han
consagrado a tu Corazón de Rey. ¿Por qué no vivimos
nuestra consagración como fuente de alegría? Si no la he-
mos hecho expresamente, ¿por qué no la preparamos y
nos consagramos a Ti, el «Dios de la paz» (Rom 15,33),
que eres «nuestra paz» (Ef 2,14), santo y feliz Jesucristo,
Dios siempre alegre y nunca pesimista?
Para honrarte a Ti en estas cualidades concédenos poner
en nuestros modales y nuestro comportamiento algo que
las recuerde, que sea como un reflejo lejano: una figura
tranquila, apacible, alegre, graciosa, acogedora, sin aspe-
39
reza ni brusquedad. Como el aspecto de la mejor consa-
grada a tu Corazón: la Virgen María.
La sonrisa habitual nos convertirá en signos vivos de tu
presencia, y revertirá en tu honor, ¡oh Dios de la paz y de
todJ consuelo!, nos transformará en otros tantos memo-
riales vivientes, que tienen como tarea la de recordar y
transparentar tu Corazón en un mundo que gasta millones
en divertirse y no sabe ser feliz.
Jesús, Tú nos hablaste de nuestro Padre del cielo, que
colma a todos de sus bondades: creación, conservación,
redención, providencia. No permite ninguna prueba que
no sea para nuestro mayor bien, de modo que los que sa-
ben comprender sus designios y entrar en su Voluntad en-
cuentran gran provecho en las dificultades. En cambio, sus
enemigos lo representan como injusto, inhumano, despia-
dado, y se atreven a acusarlo de «criminal». Es preciso que
nuestra alegría y nuestra sonrisa habitual protesten contra
esas calumnias blasfemas, y testifiquen que somos muy fe-
lices sirviéndote a Ti, porque nos encontramos junto a Ti
francamente bien. Eso es amor de condolencia, de repara-
ción.
Jesús, Tú eres infinitamente bueno. Si algo debería en-
tristecernos son las murmuraciones y lamentaciones sin fin
que dejan sentir los descontentos en este mundo. Es preci-
so que nuestra alegría y nuestra sonrisa habitual te com-
pensen y te consuelen. Queremos protestar así contra el
pesimismo dominante en nuestro tiempo, contra las caras
tristes, aburridas, descontentas, como de marginados espi-
rituales que no saben dónde está la fuente de la verdadera
alegría. Así nuestro amor a Ti será de benevolencia y de
reparación consoladora.
7) Sonreír a todo y a todos, movidos por el celo apostóli-
co. Porque hay que llevar hacia Ti a todos, y que vayan
40
con gusto, con los mismos sentimientos y por los mismos
principios que nosotros. Para eso hemos de ganar los cora-
zones para Ti, inspirarles confianza, «arrastrarlos» sin
coacción.
La gente sigue a aquellos de quienes espera que le abran
la puerta de la felicidad. La gente prefiere a las personas
de buen humor, iguales de ánimo, de carácter positivo,
con sentido común, que tienen el sentimiento del honor y
de la rectitud, que tienen entusiasmo, que tienen un cora-
zón bueno, que tienen el Espíritu bueno.
Por eso, para hacer bien a los demás, para ganar los co-
razones para Ti, concédenos el don de la santa alegría, de
sonreír a todo como señal de buen humor, de buen carác-
ter, de sentido común, de bondad; como señal del buen
Espíritu.
8) Sonreír a todo ya todos, por deseo bien entendido de
éxito.
Queremos que salga bien cualquier cosa que emprenda-
mos por Ti. Y no salen bien las cosas que no se hacen con
alegría.
9) «En cuanto sea posible» --como decía san Ignacio
cuando se trata de un punto de la perfección cristiana alto
o difícil-, y por los mismos motivos que en los apartados
anteriores, sonreír aun en medio de la prueba y del sufri-
miento. Pues en sí misma, prescindiendo de sus causas, la
prueba es expresión de una voluntad actual de Dios sobre
nosotros, y por tanto es un don de Dios, no menos que la
alegría.
Además, la prueba lleva consigo tantos beneficios, nos,
hace ejercitar tantas virtudes... [Sonreír en medio de la
prueba, «en cuanto sea posible»!
41
11. Aun en la prueba
Verbo de Dios, esplendor del Padre, anhelado huésped
de nuestras almas, Jesús: por tu Espíritu Santo, creador y
vivificador infunde en nosotros, crea en nosotros, derrama
y desarrolla en nuestro corazón estas disposiciones que es-
tán muy por encima de nuestras posibilidades:
- la paz y la alegría profunda aun en medio de las prue-
bas más atormentadoras para nuestra naturaleza; aun en
medio de los sufrimientos físicos y morales. Infündelas en
nuestro corazón, como el Espíritu Santo las infundó en tu
Corazón humano; como Tú las infundiste en los apóstoles,
en las santas mujeres, después de la Resurrección y des-
pués de Pentecostés. «Ellos¡ iban alegres porque habían
sido dignos de recibir injurias» por causa de Ti (Hch 5,41).
Iban alegres ... no porque los sufrimientos cesasen mila-
grosamente y se les convirtieran en algo cómodo, sino por-
que tu gracia les hacía amar el sufrir por causa tuya, yale-
grarse en medio de ese sufrimiento;
- esa santa superioridad por la cual nada de lo que pu-
diera disgustarnos logrará realmente disgustarnos y entris-
tecernos;
- el instinto de aprovecharlo todo y servirnos de todo
para progresar: que toda contrariedad, todo sufrimiento,
toda privación, todo aumento de problemas o de fatiga
sea, de la mejor manera posible, ocasión para intensificar
nuestro fervor y nuestro agradecimiento, y no consiga más
que acercarnos a Ti, y hacernos sonreír una vez más y más
a gusto que antes (quizás no mientras lo estamos pasando
mal, pero sí al menos en cuanto salimos a flote).
Esta es la alegría heroica. ¿Por qué no va a existir una.
alegría heroica, lo mismo que existen la paciencia heroica,
la fortaleza heroica, la humildad heroica? «Si juzgas recta-
mente y miras las cosas con verdad, no debes deprimirte
42
tanto por las adversidades, sino más bien alegrarte y dar
gracias; más aún, debes considerar como único gozo au-
téntico el que Yo, cuando te aflijo con dolores, es porque
no te dejo pasar una ... "Como me amó el Padre, así os
amo Yo", dije a mis queridos discípulos, a los que cierta-
mente no envié a pasarlo bien en este mundo, sino a gran-
des combates; no a conseguir honores, sino a encontrarse
con desprecios; no al descanso, sino al trabajo; no a la co-
modidad, sino a que dieran mucho fruto con su perseve-
rancia. Hijo mío, acuérdate de estas palabras» (Imitación
de Cristo, 30,6).
Entonces sabremos de verdad que tu reino llega y se es-
tablece en nosotros «en la tierra como en el cielo». .
III. Condiciones
Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro cora-
zón siempre semejante al tuyo, es decir, siempre humilde y
obediente:
porque, de hecho, esa es la primera condición para vivir
en tu alegría, como aconsejaba san Ignacio a un novicio:
«para que puedas estar siempre contento y sonriente, sé
humilde siempre, y siempre obediente».
La explicación es muy sencilla: base indispensable para
la alegría verdadera es la paz, la fidelidad a la gracia, la
inocencia de vida, el dominio de toda pretensión orgullosa
y toda susceptibilidad del amor propio. Ahora bien, sin
humildad y sin la docilidad de la obediencia no puede ha-
ber paz, ni limpieza moral, ni fidelidad a la gracia ni espíri-
tu de mortificación.
Con esa condición, por lo demás suave, hemos de deci-
dirnos resueltamente a mantener la alegría espiritual aun
en los sufrimientos.
Jesús, te lo pedimos. Tú nos dijiste: «Hasta ahora no ha-
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béis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para
que sea plena vuestra alegría» (In 16,24). En tu nombre,
unidos a Ti, con tu misma oración (In 17,13) nos dirigimos
al Padre con este ruego: ¡un corazón siempre humilde y
siempre obediente, como el tuyo!
IV. Estímulos y consideraciones
De la Sagrada Escritura
«Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?» Pero Tú, Se-
ñor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara
en trigo y en vino. En paz me acuesto y en seguida me
duermo, porque Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo»
(Sal 4,7-9).
«(Señor,) me enseñarás el sendero de la vida, me sacia-
rás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu dere-
cha» (Sal 16,11).
«Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me con-
duzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me
acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé
gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío. ¿Por qué te
acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en
Dios, que volverás a alabarlo: "Salud de mi rostro, Dios
mío"» (Sal 42, 3-5).
«Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia,
Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupa-
ciones, tus consuelos son mi delicia» (Sal 94,18-19).
«Aclamad al Señor, tierra entera, servid al Señor con
alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el
Señor es Dios: que El nos hizo y somos suyos, su pueblo y
ovejas de su rebaño» (Sal 100,1-3).
«El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el
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páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se ale-
grará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la be-
lleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Se-
ñor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débi-
les, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes
de corazón: «Sed fuertes, no temáis.» Mirad a vuestro
Dios que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os
salvará (Is 35,1-4).
«Dichosos vosotros, cuando os insulten y persigan, y di-
gan toda clase de calumnias contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será
grande en los cielos» (Mt 5,11-12).
«Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se estreme-
ce de gozo en Dios mi salvador, porque se fijó en la peque-
ñez de su esclava... » (Le 1,46-48).
«El ángel les dijo: no temáis, pues os doy una buena no-
ticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoyos ha naci-
do en la ciudad de David un salvador, que es Cristo Señor»
(Lc 2,10-11).
«No os alegréis porque los malos espíritus se os some-
ten, sino alegraos porque vuestros nombres están escritos
en los cielos (= en Dios)» (Le 10,20).
«Os aseguro: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mien-
tras que el mundo se alegrará; os entristeceréis, pero vues-
tra tristeza se convertirá en alegría... Os veré de nuevo, y
se alegrará vuestro corazón; y vuestra alegría nadie os la
podrá quitar» (Jn 16,20-22).
«Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9,7).
«Alegraos siempre en el Señor. Lo repito, alegraos. Sea
patente a todos los hombres vuestra mesura bondadosa. El
Señor está cerca. No os preocupéis por nada, sino que en
todo vuestras peticiones queden expuestas ante Dios por
la oración y la plegaria, junto con acción de gracias. Y la
45
paz de Dios, que está por encima de todo razonamiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús» (Flp 4,4-7).
«El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, paciencia,
bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre, continen-
cia» (Gál 5,22-23).
«... mediante la fe estáis protegidos por la fuerza de
Dios para conseguir la salvación... ; por todo lo cual os es-
tremecéis de gozo, aunque ahora por un poco de tiempo,
si es preciso, tengáis que entristeceros por diversas prue-
bas, para que el metal de vuestra fe -mucho más precioso
que el oro que perece, y sin embargo se acrisola mediante
fuego- sea hallado digno de alabanza, gloria y honor
cuando se manifieste Jesucristo, al que amáis sin haberlo
visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veis, os es-
tremecéis de gozo, con una alegría indecible y radiante, al
alcanzar la meta de vuestra fe: vuestra salvación» (1 Pe
1,5-9).
«Alegraos a medida que compartís los padecimientos de
Cristo, para que también cuando se manifieste su esplen-
dor os alegréis estremecidos de gozo. Si por el nombre de
Cristo sois insultados, felices vosotros, porque el Espíritu
de Dios descansa sobre vosotros» (1 Pe 4,13-14).
Consejos de san Francisco de Sales:
«No penséis haber llegado a la pureza del corazón que
debéis dar a Dios, hasta que vuestra voluntad esté, incluso
en las cosas desagradables, sometida libremente, graciosa-
mente, a la voluntad de Dios que es santísima.»
[Oh Dios mío, dame valor! La luz y la alegría no están
en nuestro poder, ni está en nuestro poder otro consuelo
fuera del que depende de nuestra voluntad» 12.
12 La alegría sensible puede faltar a veces -y es gran sufrimien-
46
«Jamás permitas a tu alma estar triste y sumergida en la
margura de espíritu o en los escrúpulos; el Señor que la
ama y ha muerto para darle vida, [es tan bueno, tan dulce,
tan arnable!»
«No os dejéis, pues, dominar por la tristeza, que es ene-
miga de la devoción. ¿Qué motivo puede haber para que
se entristezca un alma que sirve a Aquél que será para
siempre nuestra alegría?»
«Elegid los pensamientos que debéis fomentar o recha-
zar, según sean de confianza o de desconfianza en la miseri-
cordia de Dios. Si los pensamientos os hablan de aumentar
esa amorosa confianza en El, debéis entreteneros con ellos
como con mensajeros del cielo; pero debéis desechar y re-
chazar como inspiraciones del demonio los pensamientos
que tienden a induciros a la desconfianza.»
Otras consideraciones:
«En todos los casos,· por adversos que sean, antes nos
habemos de alegrar que turbar, por no perder el bien ma-
yor que toda la prosperidad, que es la tranquilidad del áni-
mo y la paz en todas las cosas, prósperas y adversas» (san
Juan de la Cruz). -
«La hermosura es tierra; y la gracia y donaire es humo
de esa tierra; y, para no caer en vanidad (el espiritual), lo
ha de tener por tal y por tal estimarlo, yen esas cosas en-
derezar el corazón a Dios en el gozo y la alegría de que
to-- a las almas fervorosas. Queda entonces, como recurso a
nuestra disposición, lo que san Francisco de Sales llama alegría de
la voluntad, que consiste: primero, en no ceder lo más mínimo a
los impulsos provenientes de los sufrimientos internos o externos;
y segundo, en actuar como si todo sucediese prósperamente,
como si estuviésemos contentos; esto se consigue gracias a la fe, la
confianza, el amor; y es un buen ejercicio de paciencia y fortaleza.
47
·Dios es, en sí, todas esas hermosuras y gracias eminentísi-
mamente, en infinito sobre todas las criaturas» (san Juan
de la Cruz).
«El gran bien que me parece a mí hay en el reino del cie-
lo, con otros muchos, es: ya no tener cuenta con cosa de la
tierra, sino un sosiego y gloria en sí mismos, un alegrarse
de que se alegren todos, una paz perpetua, una satisfac-
ción grande en sí mismos, que les viene de ver que todos
santifican y alaban al Señor y bendicen su nombre y no le
ofende nadie; todos le aman, y la misma alma no entiende
en otra cosa sino en amarle, ni puede dejarle de amar, por-
que le conoce. Y así le amaríamos acá, aunque no con esta
perfección, si le conociésemos» (santa Teresa de Jesús).
«Alégrate, alma mía, que hay quien ame a tu Dios como
El merece; alégrate que hay quien conoce su bondad y va-
lor; dale gracias que nos dio en la tierra quien así lo cono-
ce, como a su único Hijo. Que todas las cosas de la tierra
no sean bastantes para apartarte de deleitarte tú y alegrar-
te en la grandeza de tu Dios» (santa Teresa de Jesús).
«Cuando estuvieres alegre, no sea con risas demasiadas,
sino con alegría humilde, modesta, afable, edificativa»
(santa Teresa de Jesús).
«Plegue a nuestra Señora que entre nosotros, pecado-
res, y su Hijo y Señor interceda y nos alcance la gracia, con
nuestra labor y trabajo, de convertir nuestros espíritus fla-
cos y tristes en fuertes y gozosos en su alabanza» (san Igna-
cio de Loyola).
«Para que siempre puedas estar contento y alegre, sé
siempre humilde y siempre obediente» (san Ignacio de Lo-
yola).
¿Habéis observado alguna vez cómo la Liturgia --en to-
dos los «invitatorios» de la Liturgia de las Horas, aun en el
Oficio de difuntos- nos manda la alegría, igual que la ac-
48
ción de gracias en todos los «prefacios» de la Misa, aun en
las Misas por los difuntos? Se nos manda sonreír aun en
medio de la prueba; porque el mejor uso que podemos ha-
cer de las cosas mejores es sacrificarlas por amor a la vo-
luntad de Dios.
El amor de Dios se fortifica y crece con todo lo que pier-
de nuestro amor propio egoísta: el amor excesivo de nues-
tro bienestar físico y psicológico.
Cualquier cosa que tengamos que hacer, con tal que la
hagamos con paz y calma, con amor, y si es posible con
alegría, hará bien a nuestra salud, porque descansa y sere-
na.
En las mismas cosas destinadas a rehacer nuestras fuer-
zas -por ejemplo, el comer, pasear, oír música, charlar
con los amigos, etc.- lo que nos hace más bien no son
precisamente esas cosas como tales, sino el modo más o
menos tranquilo y distendido con que las hacemos, las dis-
posiciones interiores de alegría pacífica que mantenemos
mientras las realizamos.
Por amor de Dios y de su voluntad actual hemos de ale-
grarnos en todo lo que hacemos, sacar jugo a todo, positi-
vamente. Así, sin pensarlo expresamente nosotros, «cre-
ceremos en todo, por la caridad», como aconseja san Pa-
blo (Ef 4,15).
«¡Reíd, reíd!», ordenaba el duque de Nemours a sus hi-
jos, cuando en un ejercicio peligroso o difícil de gimnasia
o equitación se veían tentados de turbación o desánimo. Y
es que la risa es una práctica higiénica y saludable; tanto
física como moralmente es tonificante.
Para poder hacer rápidamente, de golpe y sin titubeos,
lo que la fe y los criterios sobrenaturales aconsejan y pi-
den, precisamente cuando hay más peligro de olvidarlo y
no hacerlo, lo mejor es sonreír a todo.
49
Para convencemos de que las pequeñas desgracias, los
disgustos, las impresiones que nos podrían afectar, son co-
sas insignificantes, comparadas con el «extraordinario,
desproporcionado, capital eterno de gloria» que pueden
producirnos (2 Cor 4,17), nada tan eficaz como reír y can-
tar.
Para acentuar en seguida nuestra reacción contra los pri-
meros impulsos de la naturaleza o del amor propio, nada
mejor que reír y cantar.
Para impedir que se nos acerque la impresión deprimen-
te, la impaciencia, el mal humor; y, si ya nos han invadido,
para impedir que avancen y se difundan más: reír y cantar.
Reír y cantar para exigirnos a nosotros mismos el es-
fuerzo de hacer como si estuviéramos contentos; porque
tenemos que estar contentos; porque queremos estar con-
tentos; porque no hay ninguna razón seria para no estar
contentos.
Pues, en efecto, para quien ve las cosas con mirada de
fe, no tiene importancia más que lo que interesa a la gloria
de Dios, a la vida sobrenatural, a nuestra santificación;
todo lo demás es secundario, insignificante. Una sola cosa
importa: que Jesucristo reine, que sea glorificado.
Ahora bien, Jesucristo es siempre glorificado en todo; si
no siempre en su Bondad, al menos en su Justicia. La pena
de no amarlo bastante, la pena que da el pecado propio y
ajeno, se convierte en acto de amor a El, que merecía me-
jor respuesta de los hombres. Siempre y en todo, ¡aleluya!
¿Acaso no es Dios infinitamente feliz, infinitamente
santo y hermoso? ¿Es que la santa humanidad de Jesús re-
sucitado no tiene gloria y alegría infinitas, conquistadas
mediante sus sufrimientos? Entonces, si lo amamos, «¿por
qué estás triste, alma mía, por qué te me turbas»? (Sal
42,3).
«Nuestro Señor ha resucitado; éste es el fundamento
so
verdadero de nuestra alegría. Por muy triste que yo esté,
cuando me pongo al pie del altar y digo a nuestro Señor:
"Señor, Tú eres infinitamente feliz y nada te falta", no
puedo menos de añadir: entonces, yo también soy feliz, no
me falta nada, me basta tu alegría» (Carlos de Foucauld).
Me alegro por El; eso es un acto de amor a Jesucristo.
Para quien mira las cosas con ojos de fe, lo importante
es ... la Vida; lo que el evangelio de san Juan llama la vida
eterna; lo importante es poseerla, mantenerla, hermosear-
la, aumentarla, intensificarla, enriquecerla, coronarla es-
pléndidamente. El «tiempo», aquí abajo, no es útil ni vale
si no nos sirve para ganar la vida eterna. El tiempo no es
oro, es eternidad; vale lo que vale una eternidad, feliz o
desgraciada.
Ahora bien, todo debe servirnos para ganar, intensifi-
car, enriquecer, esa Vida. Por lo tanto, siempre y en todo:
¡aleluya!
Dicho de forma negativa: cada minuto en el que la paz
se altera, se nubla la sonrisa o se apaga nuestra alegría, es
un minuto total, o al menos parcialmente, perdido para la
obra de Dios en nosotros, para nuestro progreso espiritual
-si nuestra paz se altera y se apaga la alegría es señal de
que nuestro nivel de fe, esperanza y caridad ha bajado;
esas virtudes han sufrido un eclipse-; y para la obra que
Dios quiere hacer, a través de nosotros, en los demás.
Si de verdad lo que buscamos es a Dios, nuestro capital
está seguro; hemos hecho la mejor inversión, tenemos ga-
rantizadas las mejores ganancias. «[Sé de quién me he fia-
do!» (2 Tim 1,12). Nuestrostrabajos están escritos en elli-
bro de la vida: en el corazón de Dios.
¿Sufrimos? ¿No sufrimos? Si no sufrimos, dejemos que
todas las manifestaciones externas de nuestro mundo inte-
rior lleven libremente, con naturalidad, su impresión de
51
alegría. Si sufrimos, intentemos mostrarnos todavía más
alegres, como el pianista que pone más interés y concen-
tración en su música para ahogar y dominar el ruido de
fuera.
Mostrarnos más alegres; es decir, hacer un vigoroso lla-
mamiento a la fe, a la generosidad, al gozo de querer hacer
esto o aquello porque en ése nuestro esfuerzo sereno hay
un gran mérito, porque Dios está encantado de vernos tra-
bajar para alegrarnos. Decir y cantar, más fuerte que nun-
ca, el Magnificat de María, el Te Deum como acción de
gracias, el Gloria de la Misa, frases de los Salmos, cancio-
nes religiosas, algunos textos bíblicos que nos resulten más
jugosos:
«Verdaderamente es digno y justo, es nuestro deber y
salvación que te demos gracias, siempre y en todo lugar. .. »
«Para Ti es mi música, Señor» (Sal 101,1). «Si, Padre» (Mt
11,26). «Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque
por tu santa cruz redimiste el mundo.» «Con sumo gusto
pondré mi orgullo en mis debilidades, para que resida so-
bre mí la fuerza de Cristo, ... pues cuando soy débil enton-
ces soy fuerte» (2 Cor 12,9-10). «Este es el día en que ac-
tuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo... Dad gra-
cias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su miseri-
cordia» (Sal 118,24.29). «Los que confían en el Señor son
como el Monte Sión: no tiembla, está asentado para siem-
pre» (Sal 125,1). «El Señor de los ejércitos está con noso-
tros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob» (Sal 46,4). «Yo
exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi salvador. El
Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y
me hace caminar por las alturas... » (Hab 3,18-19).
Si buscamos solamente a Dios, y si lo encontramos siem-
pre y en todo a El, nuestro Padre, nuestro Maestro, nues-
tro «poderoso defensor en el peligro», si lo encontramos a
52
El -su voluntad y su presencia- ¿cómo vamos a vivir
tristes, en vez de estar siempre alegres?
Dios, en su infinita felicidad, está contento de que le sir-
vamos ahora, en las condiciones más o menos agradables
en que nos encontramos. ¿Qué más podemos querer?
¡Qué vida tan santa y feliz la de aquella persona en la
que la paz y la alegría resplandecen en todo, lo presiden
todo y en todo momento! Es señal de que el amor le inspi-
ra todo, la discreción le regula todo, la sana prudencia le
organiza y le «programa» todo. Es señal de que en la vida
de esa persona el más puro ideal sobrenatural le ordena y
vivifica todo; el Maligno ya no puede derrotarla (<<si un
ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla»: Sal
27,3).
Para un creyente que vive en estado de gracia, se puede
decir, que sólo hay una actitud y un modo digno de com-
portarse: la paz -la calma interna y externa- y no hay
más que una expresión de su rostro digna de su vida inte-
rior: la alegría.
«A cada día le basta su fatiga», dice el Señor (Mt 6,33).
Sí, para que cada día dé, en resultados y méritos, todo lo
que debe dar, todo lo que Dios espera para su honor, para
su gloria, para su consuelo de parte nuestra, es necesario,
y es suficiente, que presentemos la suma del trabajo reali-
zado y de la paciencia ejercitada, la suma de las renuncias
activas y pasivas que este día ha traído consigo.
Ahora bien, la paz y la alegría son, precisamente, las
que aseguran el trabajo provechoso y la paciencia conti-
nuada de cada día. Por lo tanto, es necesario que diaria-
mente revitalicemos nuestra paz y nuestra alegría.
La ley más grande del cristianismo es el amor de cari-
dad, a Dios y al prójimo; y la alegría es, quizás, la señal
más expresiva y sensible de la caridad satisfecha. De noso-
tros únicamente depende ver siempre satisfecha nuestra
S3
caridad y ser, por eso mismo, siempre felices, en la tierra
como en el cielo (no de la misma manera, pero sí por la
misma causa).
Dios quiere que nuestro don se lo demos con alegría
(2 Cor 9,7), porque esa alegría le honra y le agrada. Para
ganar su Corazón, para sorprender a Dios por su «lado dé-
bil», debemos estar y mostrarnos siempre contentos, por
el hecho de servirle en todo. «Señor, Vos me colmáis de
alegría por todo lo que hacéis», decía santa Teresita del
Niño Jesús.
Es aplicable a cualquier cristiano que vive en gracia lo
que el padre Ginhac escribía a las religiosas salesas de
Marvejols: «Lo que debemos pedir en todo instante al rey
divino es la alegría. La necesitamos mucho para avanzar, y
avanzar siempre. Sin duda, tendremos dificultades, no ca-
minaremos siempre por camino llano, pero nada puede ni
debe entristecer a una religiosa: ni las enfermedades, ni los
fracasos, ni las humillaciones, ni las tentaciones.»
ORACION
Señor Dios nuestro, concédenos hacer tu voluntad siem-
pre con alegría, pues en servirte a Ti, creador de todo bien,
consiste el gozo pleno y verdadero.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.
54
EPILOGO
i Qué feliz es una persona cuando un ideal llena su vida y
trabaja pacíficamente día a día, por realizarlo!
Es, pues, importantísimo que persigamos un gran ideal
que nada ni nadie nos pueda frustrar. Hemos de procurar
ir haciendo en la práctica ese ideal, cuya ansiada realidad
nada ni nadie nos la pueda impedir.
Ese ideal es el de vivir una vida de caridad lo más per-
fecta posible; formarnos -injertados en Cristo por su gra-
cia-, para gloria y consuelo de Dios en el tiempo, y sobre
todo en la eternidad, un alma grande y hermosa, lo más se-
mejante posible al alma santísima de Jesús, al alma de la
Virgen María. O lo que es lo mismo: un alma que verdade-
ramente sepa amar; un alma magnánima porque el amor la
reviste de nobleza y la hace grande. Un alma que honre y
sirva a Dios, y le dé más contento que la pena que le pro-
ducen tantos pecados.
Trabajarse un alma bella y grande es la obra humana
más excelente, más ilimitada, más duradera, más consola-
dora, la que proporciona más recompensa.
y la más realizable. Porque cuando pensamos en otras
obras, cuando trabajamos atentos en otras obras, en todo
eso que se suele llamar «las obras», no se manifiesta lo que
hay de mejoren nosotros: nuestro ideal; no llega jamás a
realizarse, a expresarse, a mostrarse tal como lo hemos so-
55
ñado, ya que con frecuencia nos faltan el tiempo, o los me-
dios, o la colaboración que esperábamos. Y ese no poder
realizar nuestro ideal en «las obras» es decepcionante.
Pero todos nuestros buenos deseos orientados hacia la
gloria de Dios, todo el trabajo de nuestro perfecciona-
miento según su voluntad de Padre, todos los actos inter-
nos que hacemos para agradarle, todas las buenas costum-
bres que adquirimos, todo eso Dios lo ve tal como noso-
tros lo queremos, tal como está en nuestro pensamiento,
en nuestro deseo, en nuestra voluntad. Dios lee nuestro
corazón y conoce ese nuestro ideal, inspirado por El mis-
mo; y, en su bondad, lo recompensa con generosidad divi-
na, concediéndonos un aumento de gracia y de mérito.
Así, pues, trabajarnos un alma bella y noble es progreso
infalible, progreso indefinido, para el tiempo y para la
eternidad.
Pero no olvidemos que en la realización de ese ideal tra-
baj amos y triunfamos con tanta mayor seguridad cuanto
más cimentados estemos en la paz y la alegría.
La paz y la alegría continuas representan una ciencia su-
blime, presuponen en nuestro espíritu y corazón unos
principios y disposiciones muy elevados. ¿Qué principios?
Los de la fe; las verdades que conocemos por la fe. ¿Qué
disposiciones? Las que se adquieren gracias al más puro
ideal sobrenatural.
Considerando lo que es la vida para la mayor parte de
los hombres, podemos decir que la alegría y la paz conti-
nuas, resplandecientes, suponen en nosotros un ejercicio
perpetuo de fe vivísima, de confianza verdaderamente fi-
lial, de amor de caridad el más puro y generoso. La alegría
y la paz no son posibles sin esto.
Pero, gracias a la fe, la alegría y la paz llegan a ser como
naturales, dan la impresión de espontáneas. La paz y la
56
alegría de las que hemos hablado en este librito son las que
obtienen del modo más espléndido todas aquellas victorias
de las que nos habla la revelación (Heb 11,3-38): las victo-
rias de Abrahán, que «vivió como forastero en la tierra de
la promesa, pues aguardaba la ciudad que tiene verdade-
ros cimientos, cuyo arquitecto y creador es Dios»; las vic-
torias de Moisés que «resistió perseverante, como quien ve
al Invisible». Las victorias conseguidas en «el noble com-
bate de la fe» (1 Tim 6,12).
«La fuerza victoriosa que vence al mundo es ésta: nues-
tra fe» (1 Jn 5,4).
57
APENDICES
1. PAZ Y ALEGRIA SEGUN LA ESPIRITUALIDAD
DE LOS «EJERCICIOS» IGNACIANOS
1. «Sentir devoción».
Pedir al Señor sentir la paz y la alegría no es una petición exage-
rada ni fuera de camino. San Ignacio hace que el ejercitante pida
el sentimiento de la vergüenza y confusión por sus pecados (EE
48), el sentimiento del «crecido e intenso dolor» de los pecados
propios (EE 55); «para que sienta interno conocimiento» de los
pecados y aborrecimiento de ellos», y «para que sienta» el desor-
den de su vida (EE 63); «interno sentimiento de la pena» que su-
fren los condenados en el infierno; o bien, para no seguir citando
otros textos, el sentimiento de la alegría y del gozo intenso de la
gloria y gozo de Cristo resucitado (EE 221).
¿No nos dice también que Dios «da a sentir» lo que quiere de
nosotros en lo que se refiere a la penitencia (EE 89)? ¿Y que en
las repeticiones hay que destacar lo que nos haya hecho sentir al-
guna luz, alguna consolación o desolación (EE 118)? ¿Y no deja
muchas veces al ejercitante decidirse, detenerse o avanzar, «según
lo que sintiere»?
San Ignacio quiere conducimos a la «escuela del afecto», la es-
cuela del corazón, del gusto sabroso de las cosas de Dios, del co-
nocimiento interno de Cristo; no un conocimiento puramente li-
bresco o teórico, sino del que se deriva del estudio de las cosas di-
vinas por la experiencia de la oración y el impulso de la gracia. Un
conocimiento que va envuelto en sentimiento profundo, en el
«sentido» que se adquiere por la experiencia espiritual. Este senti-
miento, por ser gracia de Dios, hay que pedirlo; y, por suponer
colaboración humana, hay que ejercitarlo.
58
Más valioso que el puro conocimiento intelectual es el sentir:
«no el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y gustar
las cosas internamente» (EE 2).
Pero no se trata de fomentar el sentimentalismo; el sentimiento
no es fin en sí mismo, sino medio. San Ignacio conoce la impor-
tancia de los estados afectivos para preparar las convicciones,
para hacerlas desear, para acentuarlas, para llevarlas al grado más
alto al que puedan llegar, para decidirse y llevarlas vigorosamente
a la práctica.
Sabe la dificultad de moverse en el campo de la afectividad. Po-
demos engañarnos. El alma puede, sin darse cuenta, «sentir afec-
to e inclinación a una cosa desordenadamente»; para dejarse lle-
var del verdadero impulso interior según el Espíritu deberá «afi-
cionarse a lo contrario», sentir el afecto contrario, que es bueno
(EE 16).
Los estados afectivos habituales son los que hacen buenas o
malas las voluntades, y por consiguiente el carácter y toda la vida.
La educación del sentimiento contribuye mucho a la formación
del carácter. [De qué manera tan distinta se busca o se desecha
una cosa cuando interviene o se mezcla la pasión!
2. Causas de nuestras turbaciones y tristezas.
Hemos de reflexionar frecuentemente sobre nuestros enemi-
gos:
- el demonio, que aprovecha todos los factores y cómplices de
las agitaciones que descubre en nosotros, reforzándolos con tenta-
ciones y con insinuaciones diversas (EE 313-336);
- el mundo, con sus criterios, su lenguaje, sus engaños;
- nuestro amor propio, es decir, el amor exagerado que tene-
mos a nuestro bienestar material o psicológico; con sus pretensio-
nes, susceptibilidades, reacciones ridículas de la sensibilidad;
- la carne: nuestra sensualidad, con sus bajas inclinaciones
egoístas.
Conocerlos es algo que, como don de Dios, hemos de pedir,
conforme a los famosos «tres coloquios»: a la Virgen, a Jesús, al
Padre (EE 63). Quizás lo más importante sea conocer lo que san
Ignacio llama «el desorden de mis operaciones»:
a) la impresionabilidad;
59
6)-la tendencia a los escrúpulos;
e) la prisa, el celo apostólico indiscreto, el afán excesivo por
hacer más de lo que se puede, o mejor o más aprisa de como se
puede;
d) la codicia, es decir, el deseo desmesurado de conocimientos
(riqueza intelectual), o gracias o virtudes (riqueza espiritual); la
preocupación por la ganancia, por nuestro avance espiritual;
e) el ansia y las preocupaciones superfluas; la invasión y el de-
sorden de pensamientos importunos, de ideas o sentimientos per-
turbadores; la confusión de ideas; el conjunto de sentimientos y
deseos contradictorios;
f) la estrechez y la inflexibilidad ideológica, es decir, una extra-
ña manera de ver las cosas sólo desde nuestro agujero; esto nos
hace vivir mezquinamente, con el corazón apretado; una cosa es
la sobriedad y la austeridad cristiana, y otra es la tacañería, el ri-
gorismo implacable consigo mismo en cuanto al descanso y las re-
creaciones, en las vacaciones que conviene tomar, en el empleo
del tiempo, etc.;
g) manifestaciones de tipo neurasténico: ideas negras oprimen-
tes, obsesionantes; la desconfianza; la tendencia a verlo todo de
forma negativa, con cierta amargura;
h) la impaciencia, la irritación por malestares físicos a veces pe-
queños, o por modales incorrectos de nuestro prójimo; el fastidio
de convivir con gente imperfecta;
i) el apego desordenado a cualquier cosa, situación, persona;
un deseo exagerado y caprichoso de algo, sea lo que sea;
j) los celos, el afecto egoístamente acaparador.
3. Indiferencia e independencia.
Según san Ignacio, la indiferencia no es insensibilidad; es cola-
carse en el fiel de la balanza, dispuestos a inclinarnos de verdad a
lo que veamos ser el querer de Dios; es comportarnos, con rela-
ción a todo lo que no es Dios y su voluntad, como si no tuviéramos
ni repugnancias ni apegos contrarios a la voluntad de Dios.
Por eso, al buscar la voluntad de Dios, al querer hacerla, hemos
de colocarnos en esa indiferencia de no desear, por ejemplo, la sa-
lud más que la enfermedad, la vida larga más que la vida corta, las
comodidades más que las privaciones, la estima y el éxito más que
la oscuridad y el fracaso.
60
No se trata de no tener ningún interés por nada, sino tenerlo en
lo que Dios quiere que lo tengamos, y en la medida en que Dios
quiere. Es querer ---con voluntad libre y determinada, sean los
que fueren los atractivos o las repugnancias de la naturaleza y del
amor propio-- todo lo que Dios quiere; y en no querer lo que
Dios no quiere.
Una hermosa fórmula de esta actitud es la oración del salmista
que acababa de superar la tentación del atractivo del mundo:
«¿No te tengo a Ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tie-
rra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpe-
tuo» (Sal 73,25-26).
La independencia, según san Francisco de Sales, consiste en co-
locarse por encima de toda influencia externa deprimente, desa-
gradable, irritante, que intranquiliza, que nos atrae, que nos hace
dignos de compasión, que nos afecta, que nos entristece.
Consiste en superar las dificultades, y la impresión que pueden
producirnos los sucesos, agradables o desagradables. Consiste en
prescindir, aun viviendo entre otros, de lo que piesen, digan o ha-
gan los demás; en prescindir de lo que son y deberían ser, de lo
que hacen y deberían hacer. Yeso, sin apegarnos a nada, sin dete-
nernos en nada, sin admirarnos ni maravillarnos de nada, sin
preocuparnos de nada, sino únicamente de lo que Dios quiere ac-
tualmente respecto de nosotros, porque Dios es el bien soberano,
el único necesario.
Decía san Francisco de Sales: «Me agradan las almas indepen-
dientes, vigorosas, esforzadas. Yo soy la persona más afectiva de
este mundo, y siento que no amo más que a Dios, y a todas las al-
mas por Dios.»
4. Liberarnos «de toda afección desordenada» (EE 21).
Con muchísima frecuencia parece que nos arrancan la piel
cuando nos vemos obligados a renunciar a alguno de nuestros de-
seos o de nuestros planes. Eso indica que no somos libres de espí-
ritu, no somos como Jesús, libre para usar o no usar de las cosas
según la voluntad del Padre.
Ser interiormente libre es estar dispuesto a abandonar nuestros
planes, a renunciar a nuestros deseos, como el árbol en otoño deja
caer las hojas muertas al menor viento que pasa.
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Si no deseamos ansiosamente nada, si no nos apegamos desor-
denadamente a nada, no nos molestará nada de lo que Dios no
quiere para nosotros, no nos quejaremos de nada de lo que Dios
nos prohíbe, no perderemos la paz y la alegría porque, según su
Providencia, Dios nos quite los medios de poder hacer o conseguir
eso que buscábamos; o porque no nos dé los medios de hacerlo fá-
cilmente y pronto.
No puede resultar bien según Dios más que lo que Dios bendice
y consagra. Ahora bien, Dios no bendice ni consagra sino lo que
le agrada, lo que coincide con su voluntad que busca nuestro ma-
yor bien. Se suele saber si una cosa le agrada a Dios o no cuando
nos da --o no nos da- con largueza los medios para llevarla a
cabo. Sin estos medios, su yugo no nos sería ligero; el peso, la
obligación de hacer, no nos sería suave; la voluntad de Dios nos
resultaría dura e insoportable.
Cuando notemos que nuestros deseos o nuestros planes van en-
vueltos en preocupación ansiosa, podemos deducir que todavía no
hemos bebido en el verdadero manantial de la paz y de la alegría
el agua viva que apaga la sed para siempre. Quizás eso que desea-
mos no es malo, pero el modo de desearlo indica que hay en noso-
tros apegos, que nuestra voluntad no está purificada.
San Francisco de Sales llegó a decir: « Yo deseo poquísimas co-
sas, y las cosas que deseo las deseo muy poco.» No es falta de
ideales e ilusiones de llenar nuestra vida según el plan de Dios,
sino falta de ansia e intranquilidad en esos ideales; es decir, sobra
de paz y de alegría al realizar esos ideales, por no estar nosotros
obstaculizados por afectos y deseos desordenados.
Pero, ¿cómo ordenar en nosotros la caridad?
La caridad bien ordenada nos hace buscar en todo agradar a
Dios. Nos hace amar a los que nos aman, y a quienes amamos: en
Dios, esto es, por motivos sobrenaturales, por el alma y no sola-
mente por el cuerpo; por Dios: para hacer que se entreguen más y
mejor a Dios; según Dios: en la medida que El quiere, y con el
amor que El nos comunica; con el modo de Dios: con las cualida-
des de su caridad infinita: bondad, espíritu de sacrificio, deseo de
la auténtica felicidad de los demás, perdón, etc. (las cualidades de
la caridad, tal como la describe san Pablo en 1 Cor 13,4-7).
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5. El espíritu bueno.
Hay una manera de entender, mirar y representarse las cosas
que es propia de la inspiración del espíritu bueno, del «ángel bue-
no». Esa manera consiste en entender, mirar y representarse todo
en la luz de Dios, es decir, según las ideas y pensamientos de
Dios, que son «pensamientos de paz, y no de aflicción» (Jer
29,11).
Ese «buen espíritu» nos guía, y hemos de pedir ponernos bajo
su dirección (<<tu espíritu que es bueno me guíe por tierra llana»:
Sal 143,10). Para que nos sea más fácil dejarnos dirigir por él he-
mos de procurar pensar y sentir siempre bien del Señor: tender a
interpretar toda disposición o permisión de la Providencia divina
como dictada por la bondad y la misericordia infinitas de nuestro
Padre. Este ejercicio nos irá aumentando la certeza de pensar y
sentir rectamente, según la verdad; entonces irá resplandeciendo
cada vez más en nuestra vida la luz del Espíritu de Dios, y se irá
esparciendo su aroma.
y se cumplirá en nosotros el deseo de san Pablo: que «el Padre
de las misericordias y Dios de toda consolación» (2 Cor 3), «el
Dios de la esperanza, os llene de toda alegría y paz cuando ejerci-
táis vuestra fe, para que reboséis de esperanza por el poder del
Espíritu Santo» (Rom 15,13).
y dado que «todo lo que se escribió (en la Sagrada Escritura) se
escribió para nuestra enseñanza, para que mantengamos la espe-
ranza por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras»
(Rom 15,4), hemos de volver con frecuencia a los escritos del
Nuevo Testamento, donde encontramos la revelación más perfec-
ta de Dios --el corazón de su Hijo, Jesucristo-, y las inspiracio-
nes e impulsos de su Espíritu Santo, «el espíritu de adopción filial
con el que gritamos Abba!, [Padre!» (Rom 8,15).
6. La mejor ocupación.
Es la voluntad actual de Dios, que es el bien soberano: para
Dios (su gloria, su alabanza, el mayor servicio que podemos pro-
curarle: EE 169-189); para nuestro prójimo (su destino, su fin, su
perfección, su descanso, su felicidad, su gozo); para nosotros mis-
mos.
Toda voluntad de Dios concreta lleva consigo la gracia de ese
momento, como la maternidad lleva consigo para una madre todo
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lo que necesita para cuidar y alimentar al hijo que ha concebido.
Si queremos todo lo que Dios quiere, si queremos sólo lo que
Dios quiere, si lo queremos como Ello quiere, nuestra vida estará
llena en cada instante, colmada tanto cuanto puede estarlo, sin
ningún vacío y sin sentido. Esto vale mucho más que cualquier
otra ocupación humana elegida solamente por nosotros, por la
que podríamos estar naturalmente más satisfechos.
Si amamos la voluntad de Dios sobre todas las cosas tendremos
siempre lo que deseamos; y haciéndola haremos siempre... ¡lo
que más nos agrada! «Veréis que Dios hará vuestra voluntad
cuando os encuentre dispuestos a hacer siempre la suya» (san
Francisco de Sales). «Sea el Señor tu delicia, y El te dará cuanto
pida tu corazón» (Sal 37,4).
Por ser esto así, hacer en cada instante la voluntad de Dios es lo
único necesario. Nuestra ambición, nuestra impaciencia, deben
detenerse, para centrarnos -todo cuanto somos- en la acción
que realizamos en el momento presente, en el «ahora» que tiene
una gracia particular de Dios para mí. Cualquier cosa que estemos
haciendo hemos de hacerla no sólo sin precipitación (como la ha-
ría uno que tiene ganas de terminar en seguida una tarea fastidio-
sa), sino que nos debemos aplicar a ella como quien disfruta ver-
daderamente de lo que hace.
Así, pues, hemos de hacerlo todo con amabilidad, sin violencia
y sin languidez: levantarnos, acostarnos, escribir, cocinar, hacer
visitas, pasear, ir a la compra, trabajar, descansar ... ; por motivos
elevados, capaces de alegrar la mirada de Dios y de agradarle
(<<¡Señor, todo por Ti!»); y del modo más exacto y airoso posible,
capaz de alegrar a quien nos contemple.
n. LIBERTAD Y CONFIANZA
Las dos son, por una parte, causa de paz y de alegría; y, por
otra parte, son su consecuencia.
1. Al hablar de libertad nos referimos a lo que suponen aque-
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Has frases de san Pablo: «ya comáis, o bebáis, o hagáis cualquier
cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10,31); «todo
cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del
Señor Jesús (como si lo hiciera El), dando gracias a Dios Padre
por medio de El» (Col 3,17).
Esas palabras nos están indicando que cualquier ocupación, por
insignificante que parezca, es muy a propósito para vivir adorando
al Padre «en espíritu y en verdad» (impulsados por el Espíritu,
que mueve a los que están unidos vitalmente a Cristo que es la
Verdad). Ninguna ocupación debería apartarnos de esa adoración
perpetua: basta hacerla como quien sabe que está haciendo la vo-
luntad de Dios.
El adorador «en espíritu yen verdad» canta en todo momento,
bajo la impresión de esta santa libertad: «¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho? .. Señor, rompiste mis cadenas»
(Sal 116,12.16).
Cuando se vive así, [cuántas cosas nos parecen innecesarias, y
de cuántas nos desprendemos voluntariamente!
y las horas pasan -por ejemplo, en una enfermedad- sin ha-
cer aparentemente nada, sin leer, sin hablar, sin deseo de hacer'
algo, sin avidez por nada, a no ser por darse más a Dios, estar más
a su disposición, ofreciéndose a El, como quien depende realmen-
te de El y está atento por si Elle pide o le encarga algo.
2. La confianza se entiende si pensamos que tenemos en este
mundo un amigo muy influyente y poderoso, que conoce bien
nuestros deseos y lo que necesitamos, nuestras dificultades de
todo tipo; es un amigo que nos quiere de verdad, y es sumamente
leal y honrado; un amigo muy atento y previsor, de verdad intere-
sado en nuestro mayor bien, y, consiguientemente, siempre traba-
jando en favor nuestro y de las personas que le recomendamos.
¡Qué seguridad nos daría tener un amigo así!
Resulta que ese amigo, que nadie puede jactarse de haberlo en-
contrado entre las criaturas de este mundo, nosotros lo hemos en-
contrado: es Jesús, que nos muestra su Corazón y nos invita: «Ve-
nid a Mí... Yo os aliviaré». Con san Bernardo puede decir
cada uno de nosotros: «[He encontrado el corazón del rey!»
Jesucristo es rey poderosísimo, es amigo infinitamente fiel, co-
noce perfectamente nuestros deseos más profundos, nuestras difi-
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cultades, nuestras pruebas. Por lo tanto, ¡confianza! «Sé de
quién me he fiado» (2 Tim 1,12). El me ha hablado del Padre, de
su cuidado por nosotros: no se pierde un cabello, no cae un pajari-
llo a tierra sin que Ello permita.
y El no permite nada que no sea para nuestro mayor bien.
III. LA ADORACION
[Para El solo!
Qué sentimientos suscita esa expresión cuando una mujer pien-
sa en su esposo, una hija en su madre, una madre en su hijo, un
hombre en su esposa...
[Para El solo! Cuánta admiración, cuánta ternura y viveza de
sentimientos, qué unión de almas, qué incesante llamamiento del
corazón, qué instintiva necesidad de dependencia, de entrega, de
sacrificio, qué fascinación, qué atracción suave y fuerte al mismo
tiempo, sentida en nuestro ser, suponen esas palabras. .
y cuando hay correspondencia perfecta, basta eso para ser feli-
ces.
Sin duda, el afecto hacia una criatura, si se expresa en esas pala-
bras tomadas rigurosamente a la letra, es un afecto que se exage-
ra, se extralimita, se desvía: adorar a una madre, o a un hijo, es
una expresión profana, una exageración ... de idolatría. «Al Señor
tu Dios adorarás y a El solo servirás» (Mt 4,10).
Pero hablar así refiriéndose a Dios Padre o a Jesucristo, eso que
el mundo dice en el lenguaje corriente del amor por las criaturas,
no es otra cosa que justicia.
Con relación a Dios, refiriéndonos a Jesús, nunca es suficiente
la admiración, y jamás serán exagerados el amor, la dependencia,
la entrega generosa; nunca nos entusiasmaremos demasiado de su
hermosura, de su bondad, de su perfección. Cuando se trata de El
estos sentimientos se elevan a un alto grado, y entonces la adora-
ción es lo que debe ser, el gesto y la actitud más perfectos.
Una hermosa fórmula de ese amor hecho admiración es la de
santa Margarita María de Alacoque: «Todo me parece bueno con
tal que El esté contento y yo lo ame. Todo me parece bueno con
tal que El esté contento ... aunque sea a costa mía.»
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IV. «A DIOS ROGANDO ... »
Unión de lo natural y lo sobrenatural. La gracia de Dios y nues-
tro pobre esfuerzo. Pedir y colaborar. Todo es necesario, si quere-
mos vivir habitualmente en la paz y en la alegría.
[Cuántas veces querríamos, y queremos, estar alegres, tranqui-
los, confiados, llenos de entusiasmo o, por lo menos, de calma, y
no podemos! Una cosa es conocer teóricamente la importancia y
la hermosura de esos estados afectivos tan santos, tan conformes a
lo que nos dicen la fe y la razón, y otra muy distinta es elevarse
hasta esa altura de paz y mantenerse en ella.
De hecho, sólo la gracia puede hacer ese milagro. Por eso se en-
tiende que Santiago nos aconseje: «¿Alguno de vosotros lo está
pasando mal, está triste? [Ore]» (San 5,13). Y lo mismo podemos
decir en otras situaciones: ¿alguno de vosotros tiene miedo? ¿Está
aburrido o desganado, sin ilusión? ¿Experimenta violentos asaltos
de cualquier pasión o tentación? ¡Ore!
Es muy fácil determinar los estados afectivos y la inclinaciones
al mal. Nos damos cuenta en seguida, aunque no sepamos formu-
larlos o explicar con exactitud lo que nos pasa. Es fácil localizar
esas dificultades. Por el contrario, es dificilísimo superarlas, de
modo que sean ganancia para nuestra santificación y nuestro bien
espiritual, sin ayuda sobrenatural. Es imposible. Por eso hemos de
orar, aunque nos cueste, como le costó a Jesús en el Huerto de
Getsemaní.
La gracia es la que triunfa maravillosamente, como lo experi-
mentaron los débiles y cobardes discípulos de Jesús en la transfor-
mación de Pentecostés. Pero la gracia espera y pide esfuerzo per-
sonal; quiere coronarlo con la victoria. «Ayúdate, y Dios te ayu-
dará.»
y quedaría luego la oración de gratitud, de correspondencia al
favor obtenido, y de propósito de perseverar en la alegría espiri-
tual. Por ejemplo:
Oración de la alegría cristiana:
«Dios mío, estoy contento porque Tú me amas, a pesar de mi
indignidad.
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Estoy contento porque te amo, a pesar de mi miseria.
Estoy contento porque puedo alguna vez, a pesar de mi nada,
hacer que otros te conozcan y amen.
Estoy contento porque puedo sufrir algo por Ti.
Dios mío, estoy contento porque Tú estás presente y cercano en
la Eucaristía.
Estoy contento porque Tú eres mi huésped cada mañana.
Estoy contento porque tu presencia bendita llena mi día e ilu-
mina mi vida.
Dios mío, estoy contento porque Tú eres mi fuerza en mis debi-
lidades.
Estoy contento porque Tú eres mi consuelo en mis tristezas.
Estoy contento porque Tú eres mi luz en las oscuridades de mi
camino.
Estoy contento, porque eres mi riqueza en mi pobreza.
Estoy contento porque, si alguna vez me quitas algo, me dejas
todavía mucho, y me añades mucho más.
Estoy contento porque Tú eres mi padre, mi esposo, mi amigo,
mi hermano, mi salvador, huésped de mi corazón por la gracia,
vida de todo mi ser; eres todo para mí.
Estoy contento porque eres la belleza, la bondad, la verdad res-
plandeciente de las que mi alma está sedienta.
Dios mío, estoy contento porque eres la felicidad eterna de los
seres queridos que he perdido.
Estoy contento porque creo que los he de ver y disfrutar de su
compañía en los esplendores de la vida eterna.
Maestro bueno, te doy gracias por haberme hecho encontrar en
mi vida tantos corazones generosos y nobles.
Te doy gracias por el perfume de las flores, por el perfume de
las almas santas, reflejo aquí abajo de tus inmortales bellezas.
Te doy gracias por haberme permitido gozar de tantas maravi-
llas creadas por ti.
Te doy gracias por todos los bienes que poseo, y por los que es-
pero recibir de tu misericordia infinita en este mundo y en el otro,
para mí y para todas las personas a las que quiero.
Amén.»
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V. PARA NO DESANIMARNOS POR LAS FALTAS
Si, a pesar de nuestros buenos deseos, caemos en faltas de pala-
bra o de obra; si cualquier suceso nos irrita, o cualquier curiosidad
vana nos distrae de nuestro trabajo, o cualquier alegría excesiva
nos enloquece; si percibimos que hemos pensado mal instantánea-
mente de nuestro prójimo, o que hemos caído, por cualquier mo-
tivo y aun muchas veces, en un defecto, sobre todo en ése del que
habíamos propuesto enmendarnos... ¡no nos asustemos!
No nos escandalicemos de nosotros mismos, no pensemos obse-
sivamente en lo sucecido de forma que nos aflijamos y nos desa-
lentemos. No lleguemos a la conclusión inmediata de que no tene-
mos remedio, de que no nos será posible enmendarnos, de que no
hacemos lo que debemos en nuestros Ejercicios Espirituales. Me-
nos aún pensemos que Dios no nos ayuda pues de lo contrario no
caeríamos con tanta frecuencia en la misma falta.
Reaccionar así es causarnos nuevos sufrimientos, y es una pér-
dida de tiempo que a toda costa hemos de evitar.
No tendríamos todas esas inquietudes si reconociésemos humil-
demente nuestra debilidad, y si aprendiésemos a tratar con Dios
después de nuestras caídas. No hemos de acudir a El con ese dolor
y desaliento interior que inquieta y abate, y es signo de poca senci-
llez y humildad. «Volverse» a Dios es «convertirse» a El. Hemos
de convertirnos a El cuantas veces caigamos, tercamente, con hu-
mildad, con la dulce y amorosa convicción de su bondad paternal,
de su Corazón abierto siempre. Y esto, no sólo cuando se trata de
faltas ligeras, cotidianas; no sólo de las que se cometen por debili-
dad o descuido, o en un momento de cobardía o de turbación,
sino también de los auténticos pecados, los que se cometen por
malicia y dándonos cuenta.
Hay muchos que no entienden esto. Y en vez de poner en prác-
tica esta gran lección de confianza filial en la misericordia de nues-
tro Dios, tienen su espíritu siempre tan abatido que apenas pue-
den pensar en nada bueno, y llevan una vida lánguida y deprimi-
da, en buena parte por preferir sus ideas a la doctrina revelada por
Dios.
Después de una falta debemos calmarnos cuanto antes, sin per-
der tiempo en lamentaciones inútiles. Podemos tener esta norma:
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en cuanto caigamos en un pecado, pequeño o grande, una o mil
veces al día, involuntaria o voluntariamente, en cuanto nos demos
cuenta de lo que hemos hecho, acudamos a Dios con la pena de
haberle hecho sufrir, y hablémosle con amorosa confianza, como
los pecadores y enfermos que se acercaron a Jesús en Palestina:
«Señor, ya ves lo que he hecho (o dicho, o lo que se me ha ocu-
rrido en la imaginación). Ya ves lo que soy y lo que puedo. Soy ca-
paz de cualquier cosa, porque el pecado no sabe producir más que
pecado. Tú no te merecías esto, y lo siento por Ti ... Compadécete
de mí; y ya que me das la gracia del arrepentimiento, completa
este favor perdonándome plenamente. Y no me dejes más a mer-
ced de mí mismo. No permitas que me aparte de Ti ... »
Y ya no perdamos tiempo con reflexiones inquietantes. Comen-
cemos de nuevo nuestro trabajo, sin pensar en lo que ha sucedido,
y con la misma calma y confianza de antes. Si hemos caído en un
pecado grave, nos confesaremos lo antes posible. Pero no perda-
mos ni un minuto en lamentarnos de nosotros depresivamente.
Aunque tropecemos muchas veces, volvamos a hacer lo mismo
que en la primera. Así, además de volvernos (convertirnos) siem-
pre a Dios, siempre dispuesto a recibirnos con los brazos abiertos,
no perderemos tiempo ni energías en recriminaciones e inquietu-
des que agitan el espíritu y lo incapacitan por largo tiempo para
recobrar la calma y la fidelidad.
VI. ORACION PARA OBTENER
LA FIDELIDAD A LA GRACIA
Verbo de Dios, esplendor del Padre, anhelado huésped de nues-
tras almas, Jesús manso y humilde de Corazón: haz que, en unión
contigo, y movido por tu Espíritu Santo en mis pensamientos, pala-
bras, acciones, contrariedades, sufrimientos, alegrías, privaciones,
no deje yo nunca de hacer algún bien o alguna cosa que te pueda
agradar, y jamás cometa algún malo haga cosa alguna que te pue-
da desagradar. Amén.
70
INDICE
Pág.
Presentación ............................................... ............. 5
INTRODUCCION 7
LA PAZ
1. Con Dios y con nosotros mismos 13
11. La paz con el prójimo . 19
UI. Condiciones . .. .. . .. .. .. .. . . ..... .. ............................... 23
IV. Estímulos y consideraciones 25
LA ALEGRIA
1. Qué es y cómo se manifiesta .. 33
11. Aun en la prueba 42
UI. Condiciones 43
IV. Estímulos y consideraciones _ 44
EPILOGO 55
APENDICES
1. Paz y alegría según la espiritualidad de los Ejercicios
ignacianos 58
11. Libertad y confianza 64
III. La adoración .. . .. .. .. . .. .. .. ... .. ... .. .. .. .. .. ... .. .. .. .. ... . 66
IV. «A Dios rogando » ,.................... 67
V. Para no desanimarnos por las faltas 69
VI. Oración para obtener la fidelidad a la gracia 70
71