Martin, George R.R. & Tuttle, Lisa - Refugio Del Viento
Martin, George R.R. & Tuttle, Lisa - Refugio Del Viento
Martin
Lisa Tuttle
Índice
Prólogo..........................................................................3
Primera parte
Tormentas......................................................................8
Segunda parte
Un-Ala.........................................................................51
Tercera parte
La caída.......................................................................141
Epílogo.......................................................................226
George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento
Lisa Tuttle:
Este libro está dedicado, con amor y gratitud, a mi
madre y a mi padre, aun cuando ellos no lo lean.
GeorgeR. R. Martin:
Este libro es para Elizabeth y Anne y Mary Kaye y
Meredith y Ann e Ivonne, y para el resto de mi pandilla
de alborotadores del Courier, con la esperanza de que
sigan causando dificultades, haciendo preguntas y se les
siga echando de los despachos.
LEONARDO DA VINCI
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Refugio del viento
Prólogo
La tormenta había durado la mayor parte de la noche.
La niña yacía despierta en la amplia cama compartida con su madre, bajo la áspera
manta de lana, escuchando. El golpeteo de la lluvia contra las delgadas tablas de limonero
de la cabaña era firme e insistente. A veces alcanzaba a oír el estampido lejano de los
truenos, y la luz de los relámpagos se filtraba en finas láminas a través de las persianas de
la pequeña habitación. Cuando se desvanecía, todo volvía a quedar sumido en la
oscuridad.
La niña oyó caer agua al suelo y supo que había una nueva gotera. La tierra
prensada se convertiría en un lodazal. Su madre iba a enfadarse, pero no podía hacer
nada. No se les daba bien poner parches en el tejado, y no tenían dinero para contratar a
alguien que lo hiciera. El día menos pensado, le había dicho su madre, la cabaña,
cansada, no podría resistir el embate de las tormentas.
—Entonces iremos a reunimos con tu padre —sentenciaba.
La niña no recordaba demasiado bien a su padre, pero su madre hablaba a
menudo de él.
Una imponente ráfaga de viento sacudió las persianas. La niña oyó con toda
claridad los aterradores crujidos de la madera y la vibración del papel parafinado que tenían
como ventana. Por un momento, sintió miedo. Las tormentas eran frecuentes, pero su
madre seguía durmiendo, ajena a todo. Podía conciliar el sueño sin problemas en medio de
la peor de ellas. La niña no quería despertarla. Tenía mal carácter, y no le gustaba que la
despertasen por algo tan nimio como los temores de una niña.
Las paredes crujieron y temblaron una vez más; el trueno y el relámpago llegaron
casi al unísono. La niña tembló bajo la manta y se preguntó si no sería ésta la noche en
que se reunirían con su padre.
No lo fue.
Por fin, la tormenta cedió, y hasta la lluvia se detuvo. La habitación quedó
silenciosa y oscura.
La niña sacudió a su madre para despertarla.
—¿Qué? -dijo-. ¿Qué?
—La tormenta ha pasado, madre —contestó la niña.
Al oír aquello, la mujer asintió y se levantó.
—Vístete —ordenó a la niña mientras tanteaba en la oscuridad, buscando su propia
ropa.
Faltaba al menos una hora para el amanecer, pero era imprescindible llegar a la
playa lo antes posible. La niña sabía que durante las tormentas había muchos naufragios:
pequeños botes de pescadores que se habían aventurado demasiado lejos o demasiado
tarde, y a veces incluso grandes barcos de mercaderes. Después de una tormenta era
posible encontrar cosas arrojadas a la playa, toda clase de cosas. En una ocasión,
hallaron un cuchillo con hoja de metal batido; después de venderlo, comieron bien dos
semanas. Si se querían encontrar cosas buenas, uno no podía permitirse el lujo de ser
perezoso. Los perezosos esperarían hasta el amanecer, y no quedaría nada.
Su madre se colgó del hombro un saco de lona vacío para transportar lo que
recogiera. El vestido de la niña tenía grandes bolsillos. Las dos llevaban botas. La mujer
cogió un palo largo con un gancho de madera en la punta por si veían algo flotando en el
agua, fuera de su alcance.
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poder doblarlas. Las plegaron lenta, cuidadosamente, mientras el alado desataba las tiras
que las unían a su cuerpo.
La niña advirtió que era el que le gustaba. Sabía que existían muchos alados. Había
visto bastantes e incluso era capaz de reconocer a algunos, pero sólo tres de ellos acudían
con frecuencia, los tres que vivían en la propia isla. La niña imaginaba que debían de
residir a gran altura, en los acantilados, en casas que se asemejaban a los nidos de los
pájaros, pero con muros de valiosísimo metal plateado. Uno de los tres era una mujer de
aspecto severo, pelo gris y rostro amargado. El segundo era casi un niño, moreno y
dolorosamente guapo, con voz agradable; éste le caía mejor. Pero su favorito era el
hombre de la playa, tan alto, delgado y ancho de hombros como lo había sido su padre.
Bien afeitado, con ojos marrones y pelo rizado color rojo castaño. Sonreía a menudo, y
también volaba más que los otros.
—Tú —dijo el alado.
La niña levantó los ojos aterrorizada. Él sonrió.
—No tengas miedo —la tranquilizó—. No voy a hacerte daño.
La niña se adelantó un paso. Solía contemplar a menudo a los alados pero, hasta
entonces, ninguno había reparado en ella.
—¿Quién es? —preguntó el alado a su ayudante, que le sostenía las alas plegadas.
El joven se encogió de hombros.
—Alguna buscadora de moluscos, no lo sé. La he visto otras veces por aquí.
¿Quiere que la eche?
—No —contestó el hombre. Volvió a sonreírle—. ¿Por qué tienes miedo? —preguntó
—. No pasa nada. No me importa que vengas, pequeña.
—Mi madre me dice que no moleste a los alados —respondió la niña.
El hombre se echó a reír.
—Ah, bueno —dijo—. Pero a mí no me molestas. Quizá cuando seas mayor
ayudes a los alados, como estos amigos. ¿Te gustaría?
La niña sacudió la cabeza. –
—No .
—¿No? —El alado se encogió de hombros, sin perder la sonrisa—. Entonces, ¿qué
te gustaría hacer? ¿Volar?
La niña consiguió asentir tímidamente.
La mujer dejó escapar una risita que el alado cortó con una mirada gélida. Se
adelantó hasta la niña y la tomó por la mano.
—Bueno —dijo—, ya sabes que, si quieres volar, tendrás que practicar mucho. ¿Te
gustaría practicar?
—Sí.
—Por ahora eres un poco pequeña para las alas —dijo el hombre—. Ven.
La cogió con manos fuertes y la sentó sobre sus hombros. Las piernas de la niña le
quedaban sobre el pecho, y sus manecitas se le agarraban inseguras en el pelo.
—No —dijo—. Si quieres volar, no puedes agarrarte. Los brazos tienen que ser
como alas. ¿Puedes extender los brazos?
—Sí —aseguró la niña.
Los abrió como si fueran un par de alas.
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Primera parte
Tormentas
Maris cabalgó sobre la tormenta, tres metros por encima del mar, domeñando
los vientos, con las alas de tejido metálico extendidas. Voló salvaje, incansablemente,
deleitándose en el peligro y en la sensación del rocío del mar, sin que el frío le importara.
El cielo era de un ominoso color azul cobalto, los vientos soplaban y ella tenía alas. Con eso
bastaba. Si muriera ahora, moriría feliz, volando.
Voló mejor que nunca, sorteando y planeando sobre las corrientes de aire, sin
pensar, eligiendo en cada ocasión el viento ascendente o descendente que la llevaría más
lejos o más de prisa. Nunca se equivocaba, no tenía que hacer maniobras precipitadas
sobre el revuelto océano. Hacía los virajes por puro placer. Habría sido más seguro volar
alto, como un niño, muy por encima de las olas, tan arriba como le fuera posible, a salvo
de sus propios errores. Pero Maris pasaba casi rasante sobre el mar, como una alada, allí
donde una simple zambullida o un roce del ala contra el agua significaban caer del cielo. Y
morir. No se puede nadar demasiado cuando se llevan unas alas de seis metros de
envergadura.
Maris era atrevida, pero conocía los vientos.
Más allá, avistó el cuello de una escila, una cuerda sinuosa y oscura contra el
horizonte. Casi sin pensarlo, reaccionó. Con la mano derecha, tiró hacia abajo de la tira de
cuero del ala, y con la izquierda hacia arriba. Desplazó el peso del cuerpo. Las grandes
alas plateadas —de tejido fino y casi sin peso, pero inmensamente resistentes— se
movieron con ella, girando. El extremo de un ala rozó levemente la corona de espuma de
las olas, la otra se elevó. Maris captó de lleno los vientos ascendentes, y empezó a
remontarse.
Le había pasado por la mente la idea de la muerte, la muerte del cielo. Pero ella no
terminaría así, arrojada del aire como una gaviota imprudente. No serviría de comida a
un monstruo hambriento.
Minutos más tarde, sobrevoló a la escila e hizo una pausa para trazar un círculo
sobre ella, lejos de su alcance. Desde arriba, podía ver su cuerpo apenas sumergido bajo
las olas, con las hileras de negras aletas bruñidas palpitando rítmicamente. La pequeña
cabeza se mecía al extremo del largo cuello, ignorando a Maris. Quizá ya había probado
a otros alados y no le gustaba el sabor, pensó la joven.
Ahora los vientos eran más fríos, y estaban cargados de sal. La tormenta se
intensificaba, podía sentir su fragor en el aire. Maris, alborozada, dejó muy atrás a la
escila. Volvió a quedar sola, volando sin esfuerzo a través de un mundo vacío y oscuro de
mar y cielo, donde el único sonido era el del viento contra sus alas.
Poco más tarde, la isla surgió del mar. Su destino. Con un suspiro, entristecida por
el final del viaje, Maris empezó a descender.
Gina y Tor, dos de los atados a la tierra que vivían allí —Maris no sabía qué nacían
cuando no se estaban ocupando de los visitantes alados— estaban de servicio en el
banco de arena que servía como pista de aterrizaje. Describió un círculo sobre ellos para
llamar su atención. Se levantaron de la suave arena y la saludaron con las manos. La
segunda vez que pasó sobre ellos, ya estaban preparados. Maris descendió
progresivamente hasta que sus pies estuvieron a escasos centímetros del suelo. Gina y
Tor corrían por la arena, paralelos a Maris, cada uno a un lado. Los dedos de los pies de la
alada rozaron la superficie y empezó a frenar, levantando una nube de arena.
Por fin se detuvo, tendida boca abajo sobre la fría y seca arena. Se sentía
estúpida. Un alado en el suelo es como una tortuga sobre su concha; podría ponerse en
pie si fuera necesario, pero era un proceso difícil y poco digno. Aun así, había sido un buen
aterrizaje.
Gina y Tor empezaron a plegar las alas, juntura a juntura. Cada montante
acababa doblado sobre el siguiente, y el tejido que los unía quedaba fláccido. Cuando
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todos los extensores estuvieron apretados, las alas quedaron convertidas en dos
paquetes que colgaban del eje central, atado a la espalda de Maris.
—Esperábamos a Coll —dijo Gina mientras plegaba el último montante.
Tenía el pelo corto negro, y le colgaba a mechones alrededor de la cara.
Maris asintió con la cabeza. Coll debería haber hecho el viaje, sí, pero ella estaba
desesperada, ansiaba el aire. Había tomado las alas —aún eran las suyas— y se había
marchado antes de que él saliera de la cama.
—Tendrá tiempo de sobra para volar después de la semana que viene, supongo —
dijo Tor alegremente. Todavía tenía arena en el lacio pelo rubio, y la fría brisa marina le
hacía temblar ligeramente, pero sonreía al hablar—. Volará todo lo que quiera.
Se detuvo frente a Maris para ayudarla a desatarse las alas.
—Yo lo haré —le espetó Maris, impaciente, irritada por lo casual de sus palabras.
¿Cómo podía entenderlo? ¿Cómo podían entenderlo ninguno de los dos? Eran
atados a la tierra.
Echó a andar por el banco de arena hacia el refugio. Gina y Tor caminaban junto a
ella. Una vez en él, tomó el refrigerio habitual y, de pie junto a una enorme hoguera, se
secó y entró en calor. Respondió de manera cortante a sus amistosas preguntas,
intentando guardar silencio, intentando no pensar. Aquélla podía ser la última vez.
Respetaron su silencio porque era una alada, aunque no sin cierto disgusto. Para los
atados a la tierra, los alados eran la fuente de contacto más regular con las otras islas.
Los mares, siempre tormentosos e infestados de escilas, tigres marinos y otros
predadores, eran demasiado peligrosos como para que los viajes en barco fueran
frecuentes, excepto entre islas del mismo archipiélago. Los alados eran el nexo de unión,
y los demás acudían a ellos en busca de noticias, chismorrees, canciones, historias y
romances.
—El Señor de la Tierra te recibirá en cuanto hayas descansado un poco —dijo
Gina, tocando tímidamente a Maris en el hombro.
Ésta se sacudió la mano. Sí, pensó, a ti te basta con servir a los alados. Te
gustaría casarte con un alado, quizá con el mismo Coll, cuando crezca. Y no sabes lo que
significa para mí que Coll vaya a ser un alado y yo no.
—Ya estoy preparada —fue lo que dijo, en cambio—. Ha sido un vuelo sencillo. Los
vientos han hecho todo el trabajo.
Gina la llevó a otra habitación, donde el Señor de la Tierra esperaba su mensaje. Al
igual que la primera sala, ésta era alargada y estaba poco amueblada. Una hoguera
chisporroteaba sobre un gran lecho de piedra. El Señor de la Tierra estaba sentado en una
silla acolchada, cerca de las llamas. Cuando entró Maris, se levantó. Siempre se recibía a
los alados como a iguales, incluso en aquellas tierras donde a los Señores de la Tierra se
los adoraba como dioses y ostentaban una autoridad casi divina.
Después de intercambiar los saludos rituales, Maris cerró los ojos y dejó que
fluyera el mensaje. Ni sabía lo que decía, ni le importaba. Las palabras utilizaban su voz
sin mezclarse con su pensamiento consciente. Política probablemente, pensó,
últimamente, todo era política.
Cuando terminó el mensaje, Maris abrió los ojos y sonrió al Señor de la Tierra...
Perversa, intencionadamente, porque parecía preocupado por sus palabras. Pero el
hombre se recuperó con rapidez y le devolvió la sonrisa.
—Gracias —dijo con voz ligeramente débil—. Lo has hecho bien...
La invitaron a pasar allí la noche, pero Maris rehusó. La tormenta podía haber
cedido por la mañana. Además, le gustaba volar de noche. Tor y Gina la acompañaron al
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exterior por el camino rocoso, hasta el risco. Cada pocos metros había hogueras que
hacían seguro recorrer por la noche el retorcido sendero.
En la cima había un saliente natural que manos humanas habían hecho más ancho
y más profundo. Más allá, una caída de veinticinco metros y olas rompiendo contra la
playa rocosa. En el saliente, Gina y Tor desplegaron las alas y fijaron los montantes. El
tejido metálico quedó tenso, tirante, deslumbrante. Y Maris saltó.
El viento la captó, la elevó. Estaba volando de nuevo, con el oscuro mar por
debajo y el cielo tormentoso sobre ella. Una vez en el aire, no volvió la vista hacia los dos
pensativos atados a la tierra que la seguían con los ojos. Demasiado pronto, sería como
ellos.
No se dirigió hacia su hogar. En lugar de hacerlo, voló hacia el oeste con los
vientos de la tempestad, que ahora soplaban violentamente. Pronto llegarían el trueno y
la lluvia, y, entonces, Maris se vería obligada a remontarse sobre las nubes, donde era
menos probable que los rayos la derribasen abrasada del cielo. En casa todo estaría
tranquilo, la tormenta ya habría pasado y la gente estaría peinando la playa en busca de lo
que los vientos hubieran arrastrado. Hasta era posible que atrapasen unas cuantas
doradas. Así no se habría perdido por completo el día de pesca.
El viento cantó en sus ojos, la empujó, y ella nadó en la corriente celeste con
elegancia. Entonces, extrañamente, pensó en Coll. Y, en el acto, perdió el viento. Agitó las
alas, cayó en picado y consiguió volver a remontarse con brusquedad, tanteando,
buscándolo. Y maldiciéndose a sí misma. Siempre había sido maravilloso... ¿por qué tenía
que terminar así? Éste podía ser su último vuelo, tenía que ser el mejor. Pero era inútil:
había perdido la seguridad. El viento y ella ya no eran amantes.
Empezó a volar enfrentándose a la tormenta, luchando sombríamente, peleando
hasta que tuvo los músculos agotados y doloridos. Entonces ganó altura. No es seguro
volar cerca del agua cuando se ha perdido el sentido del viento.
Estaba exhausta, agotada por la pelea, cuando alcanzó a ver la cara rocosa del
Nido de Águilas y comprendió lo mucho que había avanzado.
El Nido de Águilas no era sino una gran roca que se alzaba sobre el mar, un
ruinoso torreón de piedra rodeado por una espuma furiosa, allí donde las olas rompían
contra sus altos muros escarpados. No era una isla: allí no crecía nada que no fueran
líquenes resistentes. Pero, aun así, los pájaros hacían nidos en los escasos rincones
protegidos y, sobre la roca, los alados habían construido su nido. Aquí, donde ningún
barco podía anclar, donde sólo los alados —aves y humanos— tenían acceso, se alzaba su
refugio de piedra oscura.
— ¡Maris!
Al oír su nombre, levantó los ojos y vio a Dorrel descendiendo hacia ella, riendo,
con las alas oscuras contra las nubes. En el último momento, Maris le esquivó, echándose
bruscamente a un lado y saliendo de la línea de su picado. Dorrel la persiguió alrededor
del Nido de Águilas, y Maris olvidó que estaba cansada y dolorida para sumergirse de lleno
en el puro gozo de volar.
Cuando por fin descendieron, las lluvias acababan de empezar. Venían del Este,
aullantes, azotándoles el rostro y golpeando duramente contra sus alas. Maris se dio
cuenta de que estaba aterida de frío. Se posaron en un suave lecho de arena tendido sobre
la roca sólida, sin ayuda de nadie, y Maris se deslizó tres metros en el repentino lodo antes
de detenerse. Tardó cinco minutos en ponerse en pie y desatar las tres tiras de cuero que
le rodeaban el cuerpo. Ató cuidadosamente las alas a una traílla de cuerda y, luego, se
dirigió hacia uno de los extremos para empezar a plegarlas.
Para cuando terminó, los dientes le castañeteaban convulsivamente y tenía los
brazos rígidos. Dorrel se detuvo en seco mientras la contemplaba trabajar. Llevaba sus
propias alas, perfectamente dobladas, colgadas de un hombro.
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caían agotados. Quizá unos pocos tropezaran con aquella rara y temida amenaza, el aire
quieto. Pero Maris sabía ahora que Cuervo siempre fue un candidato a la muerte con más
probabilidades que los otros. Era un alado temperamental y alocado que carecía del
sentido del cielo.
La voz de Dorrel la arrancó de sus recuerdos.
—Maris —dijo—, oye, no te duermas encima de nosotros.
Maris se irguió y vació el tazón, todavía buscando la calidez que había contenido.
Con un esfuerzo, extendió la mano y recogió su jersey.
—No está seco —protestó Garth.
—¿Tienes frío? —preguntó Dorrel.
—No, pero ya es hora de que me vaya.
—Estás demasiado cansada —dijo Dorrel—. Quédate a pasar la noche.
Maris apartó los ojos de los suyos.
—No puedo. Estarán preocupados.
Dorrel suspiró.
—Entonces, llévate ropa seca. —Se levantó y se dirigió al otro extremo de la sala,
hacia un armario de madera tallada. Abrió las puertas—. Ven aquí, elige algo de tu talla.
Maris no se movió.
—Será mejor que me lleve mis propias ropas. No volveré.
Dorrel maldijo en voz baja.
—Maris. No hagas las cosas más... Ya me entiendes. Vamos, elige ropa. Puedes
quedártela, lo sabes. Si quieres, deja la tuya a cambio. No permitiré que te vayas con la
ropa empapada.
—Lo siento —dijo Maris.
Garth le sonrió mientras Dorrel esperaba. Se levantó lentamente, arropándose
más con la toalla cuando se apartó del fuego. Las puntas de su oscuro pelo corto se le
pegaban, húmedas y frías, al cuello. Con la ayuda de Dorrel, rebuscó entre los montones
de ropa hasta encontrar unos pantalones y un jersey marrón de lana adecuados a su
esbelta constitución. Dorrel la contempló mientras se vestía. Rápidamente eligió ropas
para sí mismo. Después, los dos se acercaron a la puerta y descolgaron las alas. Maris
recorrió las junturas con dedos largos y fuertes, en busca de puntos flacos o deteriorados.
Las alas fallaban en muy escasas ocasiones pero, cuando sucedía, el problema estaba
siempre en las junturas. El tejido metálico en sí era brillante, suave y resistente como
cuando los navegantes de las estrellas llegaron a este mundo. Satisfecha, Maris se puso
las alas. Estaban en perfectas condiciones. Coll podría utilizarlas durante años y, después
de él, sus hijos. Durante generaciones.
Garth se había levantado y estaba junto a ella. La miró.
—No se me da bien hablar, como a Coll, o a Dorrel —empezó—. Yo... Bueno.
Adiós, Maris.
Enrojeció. Parecía deprimido. Los alados no se dicen adiós entre ellos. Pero yo
no soy una alada, pensó Maris, así que abrazó a Garth, le besó y le dijo adiós, la palabra
de los atados a la tierra.
Dorrel salió con ella. Los vientos eran fuertes, como siempre en el Nido de
Águilas, pero la tormenta había pasado. La humedad del aire provenía sólo del salpicar
de las olas. Sin embargo, no había estrellas.
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—Al menos, quédate a cenar —pidió Dorrel—. Garth y yo nos pelearemos por el
placer de servirte.
Maris sacudió la cabeza. No debería haber venido. Debería haber volado
directamente a casa, sin decir adiós a Garth o a Dorrel. Hubiera sido más fácil no llegar
hasta el final, fingir que las cosas siempre serían iguales, y luego desaparecer. Cuando
llegaron al alto risco de los alados, buscó la mano de Dorrel y los dos se quedaron allí
largo rato, en silencio.
—Maris —dijo Dorrel al final, titubeando. Miró directamente hacia el mar, de pie al
lado de la joven, sosteniéndole la mano—. Maris, podemos casarnos. Compartiría las alas
contigo, podrías volar de vez en cuando.
Maris dejó caer la mano y se sintió enrojecer de vergüenza. Dorrel no tenía
derecho; era una crueldad fingir así.
—No —dijo en un susurro—. Las alas no son tuyas, no puedes compartirlas.
—Tradición —murmuró, desesperado. Maris habría jurado que también él se sentía
avergonzado. Quería ayudarla, no empeorar las cosas—. Podríamos intentarlo. Las alas
serían mías, pero tú las utilizarías...
—Oh, Dorrel, no. El Señor de la Tierra, tu Señor de la Tierra, nunca lo permitiría.
Es más que una tradición, es una ley. Te quitarían las alas y se las darían a alguien más
respetuoso, como hicieron con Lind el contrabandista. Además, aunque huyéramos a un
lugar sin ley o sin Señores de la Tierra, a un sitio donde estuviéramos solos... ¿Cuánto
tiempo soportarías compartir las alas, conmigo o con nadie? ¿No lo ves? Llegaríamos a
odiarnos el uno al otro. No soy una niña que pueda practicar mientras tú descansas. No
podría vivir así, volando por caridad, sabiendo que las alas nunca serían mías. Y tú
acabarías cansándote de ver cómo te miraba... Al final... Oh...
Se interrumpió, inclinando la cabeza.
Dorrel guardó silencio un instante.
—Lo siento, Maris —dijo—. Quería hacer algo para ayudarte. Me resulta
insoportable saber lo que va a sucederte. Quería darte algo, no puedo ni pensar que vas
a convertirte en...
Ella le tomó la mano otra vez y se la apretó.
—Sí, sí. Shh.
—Sabes que te quiero. ¿Verdad, Maris?
—Sí. sí. Y yo también te quiero, Dorrel. Pero... Nunca me casaré con un alado.
Ahora, no. No podría. Le mataría para quedarme con sus alas.
Le miró, intentando mitigar las cruda verdad que encerraban sus palabras. No lo
consiguió.
Se abrazaron el uno al otro, al borde del acantilado, ya cerca el momento de la
partida. Con la presión de sus cuerpos, intentaron decirse todo lo que hubieran querido
formular. Luego se separaron y se miraron a través de las lágrimas.
Maris empezó a desplegar las alas, temblorosa. De pronto, volvía a tener frío.
Dorrel intentó ayudarla, pero los dedos de ambos se enredaron. Los dos se rieron de su
propia torpeza. Maris dejó que le desplegara las alas. Cuando ya tenía una completamente
extendida y casi la otra, recordó repentinamente a Cuervo, e hizo señal a Dorrel de que se
apartara. Asombrado, el joven la contempló. Maris levantó el ala como una experta en el
aire, y desplegó la última juntura con un golpe limpio y seco. Ya estaba preparada para
partir.
— Vuela bien —dijo por fin Dorrel.
Maris abrió la boca y luego la cerró, asintiendo como una tonta.
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—Soy mejor alada de lo que nunca será él —dijo Maris ahora, en la playa, con
voz temblorosa.
—No lo discuto. Pero no importa. Coll lleva mi propia sangre.
—¡No es justo! —gritó, dejando escapar la protesta que albergaba en su
interior desde el día en que llegó a la edad.
Para entonces, Coll ya era un niño fuerte y sano. Demasiado pequeño todavía
para llevar alas, pero serían para él el día que llegara a la edad. Maris no tenía
derecho a ellas. Ésa era la ley de los alados que se venía observando durante
generaciones, que se remontaba a los tiempos de los navegantes de las estrellas, los
legendarios forjadores de las alas. El primogénito de cada familia de alados heredaba
las alas de su progenitor. La habilidad no contaba para nada. Era una ley de
herencia, y Maris provenía de una familia de pescadores que no tenían nada que
dejarle a excepción de los restos de un bote de madera.
—Justo o no, es la ley. Maris. Hace mucho que lo sabes, aunque hayas preferido
ignorarlo. Durante años, has jugado a ser una alada. Y te he dejado porque te quería
y porque Coll necesitaba un maestro, un buen maestro. Esta isla es demasiado
grande para depender sólo de dos alados. Pero siempre supiste que llegaría este día.
Podría decirlo más amablemente, pensó Maris, furiosa. Russ debía saber lo que
significaba perder el cielo.
—Ahora. ven conmigo — dijo el hombre —. No volverás a volar. Las alas seguían
completamente extendidas, sólo le había dado tiempo a desatar una correa.
Huiré —dijo con rabia—. No volverás a verme. Iré a alguna isla donde no
tengan alados. Se alegrarán de que me quede en ella, y no les importará cómo
conseguí las alas.
No —negó su padre con voz triste—. Los otros alados evitarían esa isla, como
hicieron después de que el loco Señor de Kennehut ejecutara al Alado Que Traía Malas
Noticias. No importa donde vayas, te quitarían las alas robadas. Ningún Señor de la
Tierra correría el riesgo.
¡Entonces, las romperé! —gritó Maris, al borde de la histeria—. ¡Y Coll no
volverá a volar, igual que... que...!
El cristal se estrelló contra la piedra cuando su padre dejó caer la lámpara de
aceite, y la luz se apagó. Maris sintió la presión de sus manos.
—No podrías hacerlo aunque quisieras. Y no le harías eso a Coll. Pero dame las
alas.
—No pienso...
—No sé lo que piensas. Pensé que esta mañana querías suicidarte, que habías
salido para morir en la tormenta. Sé cómo te sientes, Maris. Por eso tenía tanto
miedo, por eso estaba tan enfadado. No le eches la culpa a Col 1.
—No le culpo. Y no me interpondría entre las alas y él... Pero yo quiero
volar, lo necesito... Padre, por favor...
Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas y se acercó a él, en busca de
consuelo.
—Lo entiendo, Maris —dijo. No podía rodearla con el brazo sano, las alas lo
impedían—. Pero no puedo hacer nada. Las cosas son así. Tendrás que aprender a
vivir sin las alas, como he hecho yo. Al menos, las has tenido por un tiempo. Sabes lo
que es volar.
—¡Eso no basta! —gritó ella llorosa, testaruda—. Pensaba que sí cuando era
una niña y ni siquiera te conocía, cuando no era nada y tú eras el mejor alado de
Amberly. Os miraba a ti y a los otros desde el risco, y solía pensar que, si tuviera alas,
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aunque sólo fuera por un momento, sería suficiente. Pero no lo es, no lo es. No puedo
prescindir de ellas.
El rostro de su padre ya no era severo. Le rozó la mejilla cariñosamente,
secándole las lágrimas.
—Quizá tienes razón —dijo con voz lenta, grave — . Quizá no hice bien. Pensé
que si te dejaba volar un poco, durante un tiempo, sería mejor que nada, un hermoso
regalo. Pero no lo ha sido, ¿verdad? Ahora nunca serás feliz. Has volado, nunca
podrás ser una atada a la tierra más.
Se detuvo bruscamente, y Maris comprendió que hablaba de sí mismo tanto
como de ella.
La ayudó a desatarse y a plegar las alas, y caminaron juntos hacia casa.
La casa era una sencilla estructura de madera, rodeada de árboles y terrenos.
Por la parte de atrás corría un arroyuelo. Los alados vivían bien. Russ le deseó
buenas noches nada más cruzar la puerta y subió al piso superior, llevándose las alas.
¿Habría perdido de verdad la confianza en ella?, se preguntó Maris. ¿Qué he hecho? Y
sintió que las lágrimas volvían a pugnar por salir.
Pero, en vez de echarse a llorar, se dirigió hacia la cocina. Encontró queso,
carne fría y té, y llevó todo en una bandeja al comedor. En el centro de la mesa había
un candelabro de barro en forma de recipiente. Lo encendió y comió mientras
contemplaba danzar la llama.
Coll entró cuando estaba terminando, y se detuvo en la puerta, titubeante.
—Hola, Maris —dijo inseguro—. Me alegro de que hayas vuelto. Te estaba
esperando.
Era alto para sus trece años, y tenía un cuerpo esbelto de líneas armoniosas,
cabello rubio rojizo y los primeros atisbos de un bigote.
—Hola, Coll —le respondió Maris—. No te quedes ahí, siento haberme llevado las
alas.
Se sentó.
—No me importa, ya lo sabes. Vuelas mejor que yo, y... bueno... ya sabes. ¿Se
enfadó mucho padre?
Maris asintió.
Coll parecía triste y asustado.
—Ya sólo queda una semana, Maris. ¿Qué vamos a hacer?
El chico miraba directamente a la vela, no a ella.
Maris suspiró y le puso una mano consoladora en el brazo.
—Haremos lo que tenemos que hacer, Coll. No hay elección posible.
Lo habían discutido en otras ocasiones, conocía la agonía de su hermano tanto
como la suya propia. Era su hermana, casi su madre, y el niño había compartido con ella
su vergüenza y su secreto. Aquélla era la ironía definitiva.
El pequeño Coll la estaba mirando, como un niño a su madre. Aunque ahora sabía
que estaba tan indefensa como él, todavía le quedaban esperanzas.
—¿Por qué no tenemos elección? No lo entiendo. Maris suspiró otra vez.
—Es la ley, Coll. No podemos ir contra la tradición, lo sabes. Todos tenemos unos
deberes que cumplir. Si pudiéramos elegir, yo me quedaría con las alas, yo sería la alada.
Y tú podrías convertirte en bardo. Los dos estaríamos orgullosos, sabríamos que somos
los mejores en lo que hacemos. Atada a la tierra, la vida será muy dura. Quiero estas alas
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más que nada en el mundo. Yo las he tenido, no es justo que me las quiten, pero quizá...
Quizá sí es justo y yo no sé verlo. Gente más sabia que nosotros ha decidido que las cosas
deben ser como son. Y quizá, quizá, me estoy comportando como una chiquilla que quiere
que las cosas se hagan a su modo.
Coll se humedeció los labios, nervioso.
—No .
Maris le miró interrogante.
El chico sacudió la cabeza, testarudo.
—No está bien, Maris, no es justo. No quiero volar, no quiero llevarme tus alas.
Todo esto es una tontería. Te estoy haciendo daño, y no quiero, pero tampoco quiero
hacer daño a padre. ¿Cómo podría decírselo? Soy su heredero y todo eso, se supone que
tengo que tomar las alas. Me odiaría si no lo hago. Las canciones nunca hablan de
alados que tienen miedo a volar, como yo. Los alados no tienen miedo. No valgo para ser
un alado.
Las manos le temblaban visiblemente.
—No te preocupes, Col!. Todo se arreglará, de verdad. No hay nadie que no haya
tenido miedo al principio. Yo también estaba asustada.
No tenía planeada la mentira. Simplemente, escogía las palabras necesarias para
tranquilizarle.
—¡Pero no es justo! —sollozó el chico—. No quiero dejar de cantar, y si vuelo no
podré cantar, no como Barrion, no como me gustaría. ¿Por qué tienen que obligarme?
¿Por qué no puedes ser tú la alada, como quieres, Maris? ¿Por qué?
Le miró. También ella estaba al borde de las lágrimas. No tenía respuesta, ni para
Coll ni para ella misma.
—No lo sé —dijo con voz vacía—. No lo sé, pequeño. Pero así es como se han
hecho siempre las cosas, y así es como deben ser.
Se miraron el uno al otro, los dos atrapados, encerrados por una ley más antigua
que ellos y una tradición que no comprendían. Impotentes y doloridos, hablaron a la luz
de la vela, repitiendo las mismas cosas una y otra vez hasta que, mucho más tarde, se
fueron a la cama sin haber resuelto nada.
Pero una vez sola, en su lecho, el resentimiento volvió a inundar a Maris, junto
con las sensaciones de pérdida y de vergüenza. Lloró hasta quedarse dormida y soñó con
los tormentosos cielos color púrpura por los que nunca volaría.
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adquirir el sentido del cielo. En lo que a su padre concernía, la isla no tenía un tercer
alado, y no lo tendría hasta que Coll reclamara lo que le pertenecía por derecho de
nacimiento.
También había cambiado su actitud hacia Maris. A veces se enfurecía con ella
cuando la encontraba meditabunda y triste, otras la rodeaba con el brazo sano y sólo le
faltaba llorar. No encontraba un término medio entre la ira y la piedad, se sentía
impotente y trataba de evitarla. Pasaba mucho tiempo con Coll, emocionado y
entusiasmado. El niño, un hijo obediente, intentaba hacerse eco de los sentimientos de
su padre. Pero Maris sabía que también él daba frecuentes y largos paseos y que pasaba
mucho tiempo a solas con su guitarra.
Un día antes de que Coll tuviera la edad, Maris se sentó en el risco de los alados
con las piernas colgando sobre el vacío, contemplando cómo Shalli trazaba arcos
plateados en el cielo del mediodía. Buscando
tigres marinos para los pescadores, le había dicho la alada. Pero Maris sabía
que no. Había volado el tiempo suficiente para reconocer un vuelo de placer cuando lo
veía. Incluso ahora, sentada allí, atrapada, sentía el eco lejano de la alegría. Algo se
rompía dentro de ella cuando Shalli trazaba un círculo y los rayos de sol arrancaban
destellos plateados de las al as.
¿Así termina todo?, se preguntó Maris. No puede ser. No, así empezó. Lo
recuerdo.
Y lo recordaba. A veces, pensaba que había estado observando a los alados
antes incluso de saber andar, aunque su madre, su verdadera madre, le decía que no.
Pero Maris conservaba vividos recuerdos del risco. Casi todas las semanas se escapaba
para venir aquí cuando tenía cuatro o cinco años. Allí —aquí—, se sentaba para
contemplar el ir y venir de los alados. Su madre siempre la encontraba, y siempre
estaba enfadada.
—Eres una atada a la tierra, Maris —le decía después de darle una azotaina—.
No pierdas el tiempo con sueños estúpidos. No he educado a mi hija para que sea una
Alas de Madera.
Era una vieja leyenda popular. Su madre se la contaba una y otra vez cuando la
atrapaba en el risco. Alas de Madera era el hijo de un carpintero. Quería ser un alado.
Pero, por supuesto, no venía de una familia de alados. Según la historia, no le
importaba. No hizo caso a las advertencias de amigos y familiares, no quería otra cosa
que el cielo. Por fin, en el taller de su padre, se construyó un hermoso par de alas.
Grandes alas de mariposa, de madera tallada y pulida. Todos dijeron que eran muy
bonitas, todos excepto los alados. Los alados se limitaron a sacudir la cabeza en
silencio. Alas de Madera subió al risco de los alados. Le estaban esperando allí, callados,
en un círculo, brillantes y serenos a la luz del atardecer. Alas de Madera corrió a
reunirse con ellos, y cayó hacia su muerte.
— La moraleja —concluía siempre la madre de Maris—, es que no se debe
intentar ser lo que no se es.
Pero ¿era ésa la moraleja? Cuando era niña, a Maris no se le ocurrió pensarlo.
Se limitó a considerar que Alas de Madera era tonto. Pero, al crecer, recordó la
historia a menudo. Y en ocasiones pensaba que su madre no la había entendido en
absoluto. Alas de Madera lo había conseguido, pensó Maris. Había volado, aunque sólo
fuera un instante. Y eso valía cualquier sacrificio, incluso la muerte. Era una muerte
de alado. Y los otros, los alados, no acudieron a burlarse de él, ni a avisarle. No,
volaron para escoltarle, porque sólo era un principiante y le comprendían. Los atados
a la tierra solían reírse de Alas de Madera. Su nombre se había convertido en
sinónimo de estupidez. Pero un alado que oyera la historia no podía hacer otra cosa
que llorar.
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Maris pensó en Alas de Madera entonces, sentada bajo el frío viento del
mediodía, mientras veía volar a Shalli. ¿Valió la pena, Alas de Madera?, se preguntó.
¿Volar un instante y morir para siempre? ¿Y para mí, vale la pena? ¿Doce años en el
viento y ahora una vida sin él?
Cuando Russ se fijó en ella, en el risco, fue la niña más dichosa del mundo.
Cuando la adoptó y la empujó orgullosamente hacia el cielo, pensó que moriría de
alegría. Su verdadero padre estaba muerto, desapareció con su bote, devorado por
una escila furiosa cuando una tormenta le apartó de su rumbo. Su madre se alegró
de librarse de ella. Maris saltó hacia una nueva vida, hacia el cielo. Pareció que todos
sus sueños se hacían realidad. Entonces pensó que Alas de Madera tenía razón. Si
sueñas algo y lo deseas con suficiente intensidad, puedes conseguirlo.
La fe la abandonó cuando llegó Coll, cuando se lo dijeron.
Coll. Todo volvía a Coll.
Así que, perdida, Maris abandonó el hilo de sus pensamientos y se dedicó a
contemplar el cielo con melancólica tranquilidad.
Llegó el día, como Maris sabía que sucedería.
Era una pequeña fiesta, aunque el Señor de la Tierra en persona era el
anfitrión. Se trataba de un hombre corpulento e inteligente, con un rostro agradable
oculto bajo una espesa barba que él esperaba le diera aspecto fiero. Cuando los
recibió en la puerta, sus ropas rezumaban riqueza: ricos tejidos recamados, anillos de
cobre y latón, y un pesado collar de hierro auténtico. Pero la bienvenida fue cálida.
Dentro del refugio había una gran sala de festejos. Grandes vigas de madera sin
adornos, antorchas encendidas a todo lo largo de las paredes y una alfombra color
granate en el suelo. Y una mesa casi combada bajo el peso del kivas de las Shotan, los
vinos propios de Amberly, quesos traídos de Culhall por los alados, frutas de las Islas
Exteriores y grandes recipientes con ensaladas. En el horno había un enorme tigre
marino que el cocinero condimentaba con hierbas amargas y con el jugo del propio
animal. Era casi de la mitad del tamaño de un hombre. Le habían quitado la cálida
piel color gris azulado para dejar al descubierto el pesado esqueleto, flanqueado por
dos poderosas aletas. La gruesa capa de grasa que protegía del frío al tigre marino
chisporroteaba y echaba humo entre las llamas, y el hocico curiosamente felino del
animal estaba lleno de nueces y hierbas. Olía maravillosamente.
Todos sus amigos atados a la tierra estaban en la fiesta, agrupados en torno a
Coll, felicitándole. Algunos de ellos incluso se sintieron obligados a hablar con Maris, a
decirle lo afortunada que era por tener un hermano alado, por haber sido ella misma
la alada. Haber sido, haber sido, haber sido. Quería gritar.
Pero con los alados era peor. Estaban también todos, por supuesto. Corm, tan
guapo como siempre, derrochando encanto, se apoyaba en un rincón y contaba
historias sobre lugares lejanos a unas boquiabiertas chicas atadas a la tierra. Shalli
bailaba. Antes de que terminara la noche, habría agotado a media docena de
hombres con su increíble energía. Otros alados venían de otras islas: Anni de Culhall, el
chico Jamis el Joven, Helmer de Amberly Mayor, cuya propia hija reclamaría las alas
en menos de un año, y media docena más de alados del Archipiélago Occidental,
junto con tres Orientales, que se mantenían al margen. Sus amigos, sus hermanos,
sus camaradas del Nido de Águilas.
Pero, ahora, la evitaban. Anni le sonrió educadamente y miró en otra dirección.
Jamis le transmitió saludos de parte de su padre y luego se quedó en silencio, incómodo,
cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro hasta que Maris le permitió marcharse.
Hasta Corm, que presumía de no estar nervioso nunca, parecía incómodo con ella. Le
trajo una taza de kivas y luego vio, al otro lado de la habitación, a un amigo con el que
tenía que hablar.
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Porque los dispersos pueblos de Windhaven necesitaban comunicarse entre sí. Sin
combustible, sin metal, enfrentados a predadores y a océanos siempre tormentosos,
nada se les daba gratis excepto los fuertes vientos. La elección era sencilla.
Las últimas palabras se desvanecieron en el aire. Pobres navegantes, pensó Maris.
El Viejo Capitán y su tripulación también eran alados, aunque sus alas fueran alas
estelares. Pero su manera de volar tenía que morir para que naciera un nuevo sistema.
Barrion sonrió ante la petición de alguien, y empezó una nueva melodía. Cantó
media docena de canciones de la antigua Tierra antes de mirar a su alrededor y empezar
con una de sus propias composiciones, una canción de taberna, de tonos populares,
sobre una estila que confundió un bote de pescadores con un macho de su especie. Maris
apenas escuchaba. Seguía pensando en los navegantes de las estrellas. En cierto modo,
ellos también eran como Alas de Madera: no fueron capaces de renunciar a su sueño.
Aunque representara su muerte. ¿También eso había valido la pena?
—Barrion —pidió Russ—, es el día de la edad de un alado. ¡Canta canciones sobre
vuelos!
El bardo sonrió y asintió. Maris miró a Russ. Estaba de pie, junto a la mesa, con
un vaso de vino en la mano sana y una sonrisa en el rostro. Está muy orgulloso, pensó. Su
hijo será pronto un alado, me ha olvidado. Se sintió enferma y vencida.
Barrion cantó canciones de alados: baladas de las Islas Exteriores, de las Shotan,
de Culhall, de las Amberly y de Poweet. Cantó la balada de los alados fantasma, que se
perdieron para siempre sobre el mar cuando obedecieron al Señor de la Tierra Capitán y
llevaron espadas al cielo. Aún se les puede ver en el aire quieto, vagando sin
esperanzas a través de las tormentas, con alas espectrales. O eso decían las leyendas.
Pero los alados que se encontraban con aire quieto, rara vez volvían para contarlo,
así que nadie lo sabía con seguridad.
Cantó la historia de Royn el canoso, que ya tenía más de ochenta años
cuando encontró a su nieto, un alado, muerto en una disputa amorosa, y tomó sus
alas para perseguir y matar al asesino.
Cantó la balada de Aron y Jeni, la canción más triste de todas. Jeni era una
atada a la tierra, y peor aún, inválida de nacimiento. No podía andar. Vivía con su
madre, una lavandera, y todos los días se sentaba junto a una ventana para
contemplar el risco de los alados de Pequeña Shotan. Entonces se enamoró de Aron,
un esbelto y simpático alado. Y en sus sueños, él la correspondía. Pero un día,
mientras estaba sola en su casa, le vio jugar en el cielo con una alada de pelo rojo como
el fuego. Al aterrizar, se besaron. Cuando su madre volvió a casa, encontró a Jeni
muerta. Aron se enteró. No dejó que enterraran a una mujer a la que nunca había
conocido. La tomó en sus brazos, la llevó hacia el risco y, abrazándola, voló con ella
hacia el mar y le dio un entierro de alado.
Alas de Madera también tenía una canción, aunque no era demasiado buena.
Le hacía parecer un bufón cómico. Pero Barrion la cantó, así como la del Alado Que
Traía Malas Noticias, y la Danza del Viento, la canción nupcial de los alados. Maris
apenas se podía mover, tan abstraída estaba. El kivas se le enfrió en la mano, olvidado
ante las canciones. Era una sensación agradable, una tristeza menos turbadora, y le
trajo el recuerdo de los vientos.
—Tu hermano es un alado nato — susurró una voz a su lado.
Se volvió y vio a Corm, sentado en el brazo de su silla. El alado hizo un gesto
elegante con el vaso de vino hacia donde estaba Coll, sentado a los pies de Barrion. El
joven se abrazaba las rodillas y tenía una expresión de éxtasis en los ojos.
—Mira cómo le llegan las canciones —dijo Corm tranquilamente—. Para un atado
a la tierra sólo son canciones, pero para un alado significan mucho más. Tú y yo lo
sabemos, Maris, y tu hermano también. Se le nota con sólo mirarle. Ya sé lo que debe
dolerte esto, pero piensa en él. Ama volar tanto como tú.
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Maris levantó los ojos hacia Corm y casi no pudo contener una carcajada ante
su sabiduría. Sí, Coll parecía en trance, pero sólo ella sabía por qué. Lo que quería era
cantar, no volar. Las canciones, no el tema. Pero ¿cómo podría saberlo Corm, el
sonriente y guapo Corm, que tan seguro estaba de sí mismo y tan poco sabía?
— ¿Crees que sólo los alados pueden soñar, Corm? —le preguntó en un susurro,
antes de volver la vista rápidamente hacia Barrion, que estaba concluyendo una
canción.
—Hay más canciones de alados —dijo el bardo—. Pero, si las canto todas,
estaremos aquí toda la noche y no conseguiré comer nada. —Miró a Coll —. Espera,
cuando llegues al Nido de Águilas aprenderás muchas más de las que sé yo.
Junto a Maris, Corm alzó su vaso en gesto de brindis. Coll se levantó.
Quiero cantar una.
Barrion sonrió.
Supongo que puedo confiarte mi guitarra. A otro jamás, pero a ti sí. Se levantó
para ceder su asiento al silencioso y pálido joven.
Coll se sentó, rasgó las cuerdas no sin algo de nerviosismo y se mordió el labio.
La luz de las antorchas le hizo parpadear, miró hacia Maris y parpadeó de nuevo.
—Quiero cantar una nueva canción sobre una alada. Yo... Bueno, la he
compuesto. Yo no estaba allí, claro, pero me han contado la historia, y bueno, es
verdad. Tendría que haber sido una canción, y hasta ahora nadie la había compuesto.
—Pues cántala, chico —le animó el Señor de la Tierra.
Coll sonrió y miró a Maris.
—La he titulado La Caída de Cuervo.
Y la cantó.
Clara y pura, con una hermosa voz, exactamente como sucedió. Maris le miraba
con los ojos abiertos de par en par, escuchando asombrada. Coll lo había entendido a la
perfección. Captó incluso el nudo en la garganta que sintió ella cuando las alas de
Cuervo se desplegaron repentinamente reflejando el sol, y el alado ascendió de la
muerte. Todo el inocente amor que sintió hacia él estaba en la canción de Coll; el
Cuervo al que cantaba era un glorioso príncipe alado, sombrío, osado y desafiante.
Como Maris pensó en aquellos momentos que era.
Coll tenía un auténtico don, pensó Maris. Corm bajó la vista hacia ella.
—¿Cómo?
Sólo entonces Maris se dio cuenta de que lo había pensado en voz alta.
—Coll —dijo. Las últimas notas de la canción le resonaron en los oídos—. Podría
llegar a ser mejor que Barrion si le dieran oportunidad. Fui yo la que le conté esa
historia, Corm. Estuve allí, junto con otra docena de alados, cuando Cuervo hizo ese
truco. Pero ninguno de nosotros lo habría contado tan bien como Coll. Tiene un don
muy especial.
Corm sonrió, complacido.
—Cierto. El año que viene barreremos al Archipiélago Oriental en la
competición de cantos.
Maris le miró, repentinamente furiosa. Pensó que no había entendido nada. Al
otro lado de la habitación, Coll la miraba atentamente, con una pregunta en los ojos.
Maris asintió y Coll sonrió, orgulloso. Lo había hecho bien.
Y ella había tomado una decisión.
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Pero entonces, antes de que Coll pudiera empezar otra canción, Russ se
adelantó.
—Ahora —empezó—, ahora tenemos que tratar asuntos serios. Hemos cantado
y charlado, hemos comido y bebido bien, y aquí hace calor. Pero fuera hay vientos.
Todos escucharon con rostros serios, como se esperaba de ellos, y el sonido del
viento, un fondo olvidado, volvió a llenar la habitación. Maris lo oyó y tembló.
—Las alas —dijo su padre.
El Señor de la Tierra avanzó, sosteniéndolas en las manos como el tesoro que
eran. Pronunció las frases rituales:
—Mucho tiempo han servido estas alas a Amberly, uniéndonos a todo el pueblo
de Windhaven desde hace generaciones, desde los tiempos de los navegantes de las
estrellas. Primero las llevó Marión, hija de un navegante de las estrellas, y su hija Jeri,
y su hijo Jon, y Anni, y Flan, y Denis... —La genealogía siguió largo rato—. Y por último
Russ y su hija Maris. —Hubo un pequeño murmullo entre los reunidos ante la
inesperada mención de Maris. No era una auténtica alada, no debería haberla
nombrado. La estaban llamando alada mientras le arrebataban las alas, pensó ella—.
Desde este momento las tomará el joven Coll. Y ahora, como otros Señores de la
Tierra han hecho durante generaciones, yo las sostengo durante un breve instante
para transmitirles la suerte con mi toque. A través de mí, todo el pueblo de Amberly
Menor toca estas alas, y dice con mi voz «¡Vuela bien, Coll!».
El Señor de la Tierra tendió a Russ las alas plegadas. Éste se dio la vuelta y las
entregó a Coll. El joven ya estaba de pie, con la guitarra en la mano. Parecía muy
frágil, muy pálido.
—Es el momento de que alguien se convierta en alado —dijo Russ—. Es el
momento de que entregue las alas, y de que Coll las acepte, y sería una tontería que se
las pusiera dentro de casa. Vamos al risco de los alados para ver cómo un niño se
convierte en hombre.
Los portadores de antorchas, todos alados, ya estaban preparados. Salieron
del refugio. Coll ocupaba el lugar de honor, entre su padre y el Señor de la Tierra,
escoltados muy de cerca por los alados de las antorchas. Maris y el resto de los
asistentes a la fiesta les seguían.
Era un paseo de diez minutos, a pasos lentos en el silencio ultraterreno, hasta
quedar situados formando un semicírculo en la plataforma del risco. En el borde, solo,
con una única mano y rechazando la ayuda de los demás, puso las alas a su hijo. Coll
tenía la cara blanca como el yeso. Se quedó quieto mientras Russ desplegaba las alas,
mirando hacia el abismo que se abría ante él, donde las olas rompían contra la playa.
Por fin, Russ terminó.
— Hijo mío, eres un alado —dijo, y retrocedió hasta quedar junto a los demás,
al lado de Maris.
Coll quedó solo bajo las estrellas, al borde del acantilado. Las enormes alas
plateadas le hacían parecer más pequeño que nunca. Maris quería gritar, interrumpir
aquello, hacer algo: sentía las lágrimas corriéndole por las mejillas. Pero era incapaz
de moverse. Como todos los demás, aguardó el tradicional primer vuelo.
Y Coll, por fin, tras respirar profundamente, saltó del risco.
La última zancada de la carrera fue un tropezón, y cayó, perdiéndose de vista.
Todos se precipitaron hacia adelante. Para cuando los asistentes a la fiesta llegaron al
borde, ya se había recuperado y ascendía poco a poco en el viento. Trazó un amplio
círculo sobre el océano, acercándose al risco, luego alejándose de nuevo. A veces, los
jóvenes alados ofrecían un espectáculo a sus amigos, pero aquello no iba con el
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Se hizo un pesado silencio. Russ se quedó sin palabras durante largo rato.
Luego miró a su hijo, con el rostro más envejecido que nunca.
—Las alas no son suyas, Coll —dijo—. Eran mis alas, las alas de mi padre, y
fueron de su madre, y yo quería... Quería...
La voz se le quebró.
—Tú tienes la culpa de esto —murmuró Corm. mirando furioso a Barrion—. Y
tú, sí, tú, su propia hermana —añadió, dirigiéndose a Maris.
—Cierto, Corm —replicó Maris—, Barrion y yo somos los culpables. Porque
amamos a Coll. y queremos que sea feliz... Y que siga vivo. Los alados han seguido
sus tradiciones durante demasiado tiempo. ¿No ves que Barrion tiene razón? Todos
los años, alados incompetentes toman las alas de sus padres y mueren con ellas. Y
Windhaven es cada vez más pobre, porque las alas no se pueden reemplazar. ¿Cuántos
alados había en los tiempos de los navegantes de las estrellas? ¿Cuántos quedan hoy?
¿No ves lo que nos está haciendo la tradición? Las alas son un tesoro. Sólo las deben
llevar aquellos que aman el cielo, los que mejor vuelen y sepan cuidarlas. Pero, en vez
de eso, el derecho de nacimiento es el único criterio que se sigue para entregar las
alas. La cuna, no la habilidad. Pero la habilidad de un alado es lo único que le salva de la
muerte, lo único que mantiene unido Windhaven.
Corm estalló.
—Esto es una vergüenza. No eres una alada, Maris, no tienes derecho a hablar
de estos asuntos. Tus palabras deshonran el cielo y violan todas las tradiciones. Si tu
hermano elige renegar de su derecho de nacimiento, de acuerdo. Pero no se burlará
de nuestra ley dándole las alas a quien elija. —Miró a su alrededor, hacia los aturdidos
congregados—. ¿Dónde está el Señor de la Tierra? ¡Que nos diga cuál es la ley!
La voz del Señor de la Tierra era pausada, dubitativa.
—La ley... La tradición... Pero éste es un caso muy especial, Corm. Maris ha servido
bien a Amberly, y todos sabemos cómo vuela. Yo...
—La ley — insistió Corm.
El Señor de la Tierra sacudió la cabeza.
—Sí, ése es mi deber, pero... la ley dice que... que si un alado renuncia a sus alas,
pasarán a manos de otro de los alados de la isla, el mayor, y que entre él y el Señor de la
Tierra las cuidarán hasta que se elija a un nuevo portador de las alas. Pero nunca un alado
había renunciado a las alas, Corm. Esta ley sólo se usa cuando un alado muere sin
heredero y, en este caso, Maris...
—La ley es la ley —dijo Corm.
—Y tú la seguirás a ciegas —señaló Barrion.
Corm le ignoró.
—Soy el alado de más edad que hay en Amberly Menor, puesto que Russ ha cedido
las alas. Las custodiaré hasta que encontremos a alguien digno de ser un alado, alguien
que reconozca, mantenga y honre las tradiciones.
—¡ No! — gritó Coll—. ¡ Quiero que Maris se quede con las alas!
—No tienes nada que decir aquí —le replicó Corm—. Eres un atado a la tierra.
Con estas palabras, se agachó para recoger las alas rotas. Empezó a plegarlas
metódicamente.
Maris miró a su alrededor buscando ayuda, pero fue inútil. Barrion hizo un gesto
de impotencia con las manos, Shalli y Helmer rehuyeron su mirada, y su padre estaba allí
de pie, hundido y sollozando. Ya no era un alado, ni siquiera de nombre. Sólo un anciano
tullido. Los asistentes a la fiesta empezaron a marcharse, uno por uno.
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batalla y cómo los viejos navegantes de las estrellas utilizaron los dos últimos trineos
del cielo para disparar fuego desde arriba.
Sí —dijo Maris—, y recuerdo que hubo otros dos Consejos más. Varias
generaciones después de aquello, cuando otro Señor de la Tierra Capitán quiso
doblegar a los demás Señores de la Tierra a su voluntad y controlar todo Windhaven,
envió a los alados de Gran Shotan al cielo con espadas, para atacar Pequeña Shotan.
Los alados de otras islas se reunieron en Consejo y le condenaron, después de que
desaparecieran sus alados fantasma. Fue el último Señor de la Tierra Capitán, y
ahora Gran Shotan es una isla como cualquier otra.
Sí — intervino Coll —, y en el tercer Consejo se decidió que ningún alado se
posaría en Kennehut, después de que el Señor Loco matara al Alado Que Traía Malas
Noticias.
Barrion asintió.
Muy bien. Pero no se ha vuelto a convocar ningún Consejo desde entonces.
¿Estás segura de que los alados se reunirían?
Por supuesto —dijo Maris—, es una de las preciosas tradiciones de Corm.
Cualquier alado puede convocar el Consejo. Y yo presentaría mi caso ante todos los
alados de Windhaven, y...
Se detuvo. Barrion la miró y ella le devolvió la mirada. Los dos estaban
pensando lo mismo.
—Cualquier alado —repitió el bardo.
—Pero yo no soy una alada —dijo Maris. Se dejó caer en la silla—. Coll ha
renunciado a sus alas, y Russ, aunque pudiera verle, las ha cedido. Corm no accedería
a nuestra petición, no haría correr la voz.
—Puedes pedírselo a Shalli —sugirió Coll — . O esperar en el risco de los alados
hasta que...
—Shalli es mucho más joven que Corm, y le tiene miedo —dijo Barrion—. He
oído rumores. Lo siente por ti, como el Señor de la Tierra, pero no irá contra la
tradición. Corm podría intentar quitarle las alas también a ella. Y los otros... ¿Con
quién puedes contar? ¿Y cuánto puedes esperar? Helmer viene a menudo, pero es tan
conservador como Corm. Jamis es demasiado joven, etcétera. Les estás pidiendo que
corran un gran riesgo. —Sacudió la cabeza, dubitativo — . No funcionará. Ningún alado
hablará por ti, al menos no a tiempo. Dentro de dos semanas, Devin tendrá tus alas.
Los tres se quedaron en silencio. Maris bajó la vista hacia el plato de estofado
frío y meditó. ¿Imposible? ¿Completamente imposible? Volvió a mirar a Barrion.
—Hace un momento —empezó a decir, pensativa—, hablaste sobre robar las
alas...
El viento era frío y húmedo, furioso, azotaba las olas. En el cielo del Este, se
forjaba una tormenta.
— Buen tiempo para volar —dijo Maris.
El bote se movía suavemente bajo ella.
Barrion sonrió y se cerró la capa un poco más para protegerse de la humedad.
—Si pudieras volar —señaló.
Maris miró hacia la orilla, donde la casa de madera oscura de Corm se alzaba
entre los árboles. Había una luz en el piso superior. Tres días, pensó Maris con amargura.
Ya le tendrían que haber llamado. ¿Cuánto tiempo más podían permitirse esperar? Cada
hora que pasaba acercaba más a Devin, el hombre que se quedaría con sus alas.
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Cuando desapareció, fue tarea fácil encontrar una piedra de buen tamaño, dar la
vuelta al edificio y romper una ventana. Por suerte, Corm no estaba casado, y vivía
solo. Eso si aquella noche no estaba con ninguna joven. Pero habían vigilado
cuidadosamente la casa, y no entró ni salió nadie excepto la mujer que hacía la limpieza
durante el día.
Maris apartó los fragmentos de cristal, se apoyó en la cornisa y entró en la casa.
Dentro, todo era oscuridad, pero los ojos se le acostumbraron rápidamente. Tenía que
encontrar las alas, sus alas, antes de que Corm volviera. Pronto llegaría a la torre y
descubriría que se trataba de una falsa alarma. Barrion no se quedaría allí para que le
atrapara. Nada más cruzar la puerta principal, en el gancho donde él colgaba sus alas
entre vuelo y vuelo, encontró las suyas. Las descolgó cuidadosa, cariñosamente, y pasó
las manos por el frío metal para revisar los montantes. Por fin, pensó. Nunca volverán a
quitármelas.
Las ató y echó a correr. Cruzó la puerta y se dirigió hacia el bosque, por un camino
diferente al que había tomado Corm. Pronto volvería a casa y descubriría el robo. Maris
tenía que llegar al risco de los alados.
Tardó media hora, y tuvo que esconderse dos veces entre los arbustos que
flanqueaban la carretera para no encontrarse con otros viajeros nocturnos. Pero, cuando
llegó al risco, había más gente —dos hombres del refugio de los alados— en la playa de
aterrizaje, así que Maris tuvo que ocultarse tras las rocas y aguardar, mientras vigilaba la
luz de las lámparas.
La postura era forzada, los músculos se le estaban agarrotando, y empezaba a
temblar de frío cuando, sobre el mar, a lo lejos, vio otro par de alas plateadas que
descendían a toda velocidad. El alado trazó un círculo bajo sobre la playa para atraer la
atención de los hombres del refugio, y luego se posó suavemente. Maris reconoció a
Anni de Culhall que, sin duda, traía algún mensaje. Aquélla era su oportunidad. Los
hombres del refugio acompañarían a Anni hasta el Señor de la Tierra.
Cuando se marcharon con ella, Maris se puso en pie rápidamente y corrió por el
camino rocoso que llevaba al risco de los alados. Era un trabajo lento y difícil desplegar
sus propias alas, pero lo consiguió, a pesar de que las bisagras de la izquierda estaban
demasiado nuevas y tuvo que sacudirlas cinco veces antes de que el último montante
quedara en su sitio. Corm no se había molestado en cuidarlas, pensó con amargura.
Luego, olvidando aquello, olvidándolo todo, echó a correr y saltó al viento.
La fuerte corriente la golpeó casi como un puño, pero Maris giró con ella,
maniobrando hasta encontrar un viento ascendente. Empezó a subir, ahora rápidamente,
cada vez más arriba. Demasiado cerca, un relámpago brilló a sus espaldas, y Maris sintió
un breve ramalazo de miedo. Pero luego se tranquilizó. Estaba volando de nuevo, y si caía
abrasada, bueno, nadie la lloraría en Amberly Menor, excepto Coll, y no había mejor
muerte que aquélla. Subió todavía más y, muy a su pesar, dejó escapar una carcajada
de placer.
Y una voz le respondió:
—¡Vuelve!
Era un grito furioso. Sorprendida, perdió el sentido del cielo durante un momento,
mientras miraba atrás, hacia arriba.
Un relámpago rasgó el cielo de Amberly Menor otra vez, y las alas que había
sobre ella brillaron a su luz con un plateado resplandor de mediodía. Desde las nubes,
Corm bajaba rápidamente hacia ella.
Y gritaba.
—¡Sabía que tenías que ser tú! —chillaba. Pero el viento se llevaba algunas
palabras—.Tuve... Después... No volví a casa... Risco... Esperé... ¡Vuelve! ¡Te obligaré a
bajar! ¡Atada a la tierra!
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Horas más tarde, vio en la oscuridad las primeras luces de Laus: hogueras
encendidas en la parte más alta de la Antigua Fortaleza de la isla. Maris se dirigió
hacia ellas, y pronto la mole semirruinosa del viejo castillo apareció ante ella,
completamente a oscuras excepto por las hogueras.
Voló directamente sobre él, atravesando el cielo de la pequeña isla montañosa,
hacia la arenosa playa de aterrizaje, al Sudoeste. Laus no era tan populosa como para
mantener un refugio de alados, y por primera vez Maris se sintió agradecida. No habría
nadie que la recibiera ni le hiciera preguntas. Aterrizó sola, sin que nadie la viera, con una
lluvia de fina arena seca. También sola, se quitó las alas.
Al final de la playa de aterrizaje, junto a la base del risco de los alados, la sencilla
casa de Dorrel estaba a oscuras, vacía. Cuando el joven no respondió a su llamada, Maris
abrió la puerta y entró. Pero la casa estaba silenciosa. Sintió un ramalazo de disgusto que
pronto se trocó en nerviosismo. ¿Dónde estaba su amigo? ¿Cuánto tardaría en volver? ¿Y
si Corm adivinaba dónde había ido Maris y la atrapaba allí, antes del regreso de Dorrel?
Se dirigió rápidamente a la chimenea y, con las brasas casi consumidas, encendió
una vela. Luego examinó la pequeña casa buscando alguna pista que le indicase dónde
podía estar Dorrel.
Allí: el pulcro Dorrel había dejado unas migajas de pastel de pescado en su
siempre limpia mesa. Miró hacia el rincón y sí, la casa estaba completamente vacía,
Anitra no estaba en su percha. Así que se trataba de eso. Dorrel había salido de caza con
su halcón.
Con la esperanza de que no hubiera ido demasiado lejos, Maris volvió a lanzarse al
aire para buscarle. Le encontró descansando en una roca de los traicioneros acantilados
de Laus, al oeste de la isla. Tenía las alas plegadas, pero todavía puestas, y Anitra
descansaba en su brazo mientras devoraba un pescado que acababa de atrapar. Dorrel
estaba hablando con el ave y no vio a Maris hasta que descendió sobre él, eclipsando las
estrellas con las alas.
La contempló mientras la alada trazaba círculos peligrosamente bajos, y por el
momento no la reconoció.
—¡Dorrel! —gritó ella con voz tensa.
—¿Maris?
La incredulidad se reflejaba en su rostro.
La joven viró y captó una corriente ascendente.
—¡ Ven a la orilla, tengo que hablar contigo!
Dorrel asintió, se levantó rápidamente y sacudió el brazo con el que sostenía al
halcón para que volase libre. El ave soltó el pescado a regañadientes y voló con las níveas
alas blancas, trazando círculos, esperando a su amo. Maris volvió por donde había venido.
Esta vez, cuando tomó tierra en la playa, el descenso fue torpe y brusco, y se
arañó las rodillas. Maris estaba confusa, con los sentidos embotados. La tensión del robo,
el agotamiento del largo vuelo después de tantos días sin cielo, la extraña mezcla de dolor,
miedo y regocijo que le causó ver a Dorrel... Todo contribuyó a sobrecargarla, a
conmocionarla, a que no supiera qué hacer. Antes de que Dorrel la alcanzara, empezó a
desatarse las correas, obligándose a concentrarse en lo que hacía. Aún no podía pensar,
aún no podía permitirse pensar. La sangre de las rodillas le resbalaba por las piernas.
Dorrel aterrizó junto a ella con limpieza y suavidad. La repentina aparición de
Maris le había sorprendido, pero no permitía que sus emociones se interfiriesen mientras
volaba. Para él, era algo más que cuestión de orgullo. Lo llevaba en la sangre, era su
herencia tanto como sus alas. Mientras se desataba las correas, Anitra se le posó en el
hombro.
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El alado se acercó a Maris con los brazos abiertos. El halcón dejó escapar un
graznido malhumorado, pero Dorrel ya estaría abrazando a Maris a pesar del ave si ella
no le hubiera puesto rápidamente las manos en las alas, aún sin plegar.
—Toma —dijo Maris—. Me entrego. He robado estas alas a Corm. Te las confío a ti.
Me entrego. He venido a pedirte que convoques el Consejo en mi nombre. Tú eres un
alado y yo no, y sólo los alados pueden convocarlo.
Dorrel la miró confuso, como si acabara de despertar de un profundo sueño. Maris
se impacientó con él. Estaba completamente agotada.
—Oh, te lo explicaré —dijo—. Vamos a tu casa para que pueda descansar.
Era una larga caminata, pero la hicieron casi en silencio, sin tocarse. Sólo una vez
Dorrel intentó hablar.
—Maris, ¿de verdad robaste... ?
Ella le interrumpió.
—Ya te he dicho que sí. —De repente, suspiró y se acercó a él como si fuera a
tocarle, pero se contuvo—. Perdóname, Dorrel, no pretendía.. . Estoy agotada, y
supongo que tengo mucho miedo. No pensé que volvería a verte, y menos en estas
circunstancias.
Volvió a quedarse en silencio, y el alado no la presionó. Sólo Anitra rompió el
silencio de la noche con sus graznidos de protesta: el pescado se le había terminado
demasiado pronto.
Una vez en casa, Maris se hundió en un amplio sillón e intentó relajarse, dejar salir
la tensión. Observó a Dorrel y se fue tranquilizando al ver los familiares rituales. El joven
dejó a Anitra en su percha y corrió las cortinas que la rodeaban (otras personas
encapuchaban a las aves para mantenerlas calladas, pero Dorrel desaprobaba aquel
sistema), encendió la chimenea y puso a hervir agua en la tetera.
—¿Té?
—Sí.
—Le pondré capullos de kerri en vez de miel —dijo—. Te tranquilizará.
Maris sintió una repentina calidez hacia él.
—Gracias.
—¿Quieres quitarte esa ropa? Puedes ponerte una túnica de las mías.
Ella sacudió la cabeza —moverse ahora le representaría un gran esfuerzo— y vio
que Dorrel le miraba las piernas con preocupación, un poco más abajo de la corta falda.
—Te has hecho daño. —Vertió en un plato agua caliente de la tetera, cogió un paño
limpio y se arrodilló ante ella. El fino tejido limpian do la sangre seca era tan suave como
una lengua—. Ah, no es tan malo como parecía —murmuró mientras la limpiaba—.
Sólo las rodillas, unos arañazos superficiales. Mal aterrizaje, cariño.
La proximidad de Dorrel y el toque suave de sus manos la hicieron estremecer,
y de pronto la tensión, el miedo y la debilidad desaparecieron. Una de las manos del
joven se deslizó hasta el muslo y no se movió.
—Dorr —dijo suavemente, casi demasiado paralizada para hablar por el
momento.
Él levantó la vista, sus ojos se encontraron, y por fin Maris volvió a él.
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Todo estaba inmerso en un ambiente festivo. Los primeros en llegar se pasaban las
noches bebiendo, para regocijo de los comerciantes de vinos, y también intercambiaban
historias, canciones y cotillees interminables sobre el Consejo y sus posibles resultados.
Barrion y otros bardos los entretenían por las noches, y de día jugaban y echaban
carreras en el aire. Los últimos en llegar fueron calurosamente recibidos. Maris, que había
volado desde Laus después de obtener un permiso especial para utilizar las alas una vez
más, se moría por unirse a ellos. Allí estaban todos sus amigos, y Corm, junto con todas
las alas del Occidental. También acudieron los Orientales, muchos de ellos vestidos con
pieles y metal, que le recordaban inevitablemente cómo vestía Cuervo, hacía tanto
tiempo. Había tres pálidos artellianos, cada uno de los cuales llevaba un aro de plata en
torno a la frente, aristócratas de una tierra fría y oscura donde los alados eran tanto reyes
como mensajeros. Se unieron, hermanos e iguales, a los alados uniformados de rojo del
Gran Shotan, a
los veinte representantes de las Islas Exteriores y al escuadrón de bronceados
sacerdotes alados procedentes del Archipiélago Sur, que servían al Dios del Cielo al tiempo
que a sus Señores de la Tierra. Verles, conocerles, caminar entre ellos, entre la amplitud y
diversidad de las culturas de Windhaven, conmovió a Maris más que nada en su vida.
Aunque por poco tiempo, ella había volado. Había sido uno de los pocos privilegiados.
Pero existían tantos lugares que aún no conocía... Si pudiera tener sus alas otra vez...
Por fin llegaron todos aquellos a los que se esperaba. El Consejo se celebraría al
anochecer. Aquella tarde no habría aglomeraciones en las tabernas de Ciudad Amber.
—Tienes una oportunidad —dijo Barrion a Maris en los escalones de la sala antes
de la reunión. Coll y Dorrel también estaban con ella—. La mayoría de los alados están de
buen humor, después de unas semanas de vino y canciones. Los veo todas las noches,
canto, hablo con ellos y sé una cosa: te escucharán. —Les ofreció una de sus astutas
sonrisas—. No es una cosa muy corriente en los alados.
Dorrel asintió.
—Garth y yo hemos hablado con muchos. Hay bastantes que simpatizan contigo,
sobre todo los jóvenes. Los mayores tienden más a estar del lado de Corm, del lado de la
tradición, pero ellos tampoco se han decidido definitivamente.
Maris sacudió la cabeza.
—Hay más alados mayores que jóvenes, Dorr.
Barrion le puso una mano paternal en el hombro.
—Entonces, tendrás que ganártelos también a ellos. Después de todo lo que te
he visto hacer, apuesto a que te resultará sencillo.
El bardo sonrió.
Los delegados ya estaban sentados dentro, y Maris oyó en la puerta que había
tras ella cómo el Señor de Amberly Mayor hacía sonar los tambores ceremoniales que
señalaban el principio del Consejo.
—Tenemos que entrar —dijo.
Barrion asintió. No era un alado, y por tanto le estaba vedada la entrada a la
reunión. Dio a Maris una palmada en el hombro para desearle suerte, luego tomó su
guitarra y bajó lentamente los escalones. Maris, Coll y Dorrel entraron rápidamente.
La sala era un inmenso cuenco de piedra rodeado de antorchas. En el centro
se había preparado una mesa larga. Los alados se sentaban alrededor de ella en
semicírculo, en los duros peldaños de piedra que formaban el embudo del foro, grada
tras grada, hasta llegar a donde la pared se unía con el techo. Jamis el Mayor, con el
fino rostro marcado por la edad, se sentaba al centro de la larga mesa. Aunque ya
llevaba varios años atado a la tierra, todavía se le apreciaba mucho por su experiencia y
personalidad. Había venido en barco para presidir el Consejo. A sus dos lados se
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sentaban los dos únicos no alados que podían asistir al Consejo: el Señor de Amberly
Mayor y el corpulento gobernador de Amberly Menor. Corm ocupaba el cuarto asiento,
en el extremo derecho de la mesa. A la izquierda había una quinta silla, vacía.
Maris se dirigió hacia allí, su sitio. Dorrel y Coll se sentaron en las gradas. Los
tambores sonaron de nuevo, pidiendo silencio. Maris se sentó y miró a su alrededor
mientras los asistentes callaban.
Coll encontró un sitio en la parte de arriba, entre los jóvenes sin alas.
Muchos de ellos habían venido en bote desde las islas cercanas para ver cómo se
hacía la historia. Pero, al igual que Coll, no tomarían parte en la decisión. Ahora
ignoraban al joven aspirante a bardo, como era de esperar. Unos niños ansiosos de
cielo no podían comprender que otro cediera sus alas voluntariamente. Coll parecía
fuera de lugar y solo, como Maris.
Los tambores callaron. Jamis el Mayor se levantó, y su voz profunda resonó por
toda la sala.
— Éste es el primer Consejo de alados al que asistimos —dijo—. La mayoría de
vosotros estáis al corriente de las circunstancias por las que se ha convocado. Las
reglas serán sencillas. Puesto que es el convocante, Corm hablará en primer lugar.
Luego Maris, a la que se acusa, tendrá ocasión de responderle. Después, cualquier
alado o ex alado presente podrá tomar la palabra. Sólo os pido que habléis en voz
alta y que os identifiquéis al empezar. La mayoría de los presentes no nos conocemos.
Se sentó.
Corm se levantó de la silla y rompió el silencio.
—He convocado este Consejo por el derecho de todo alado a hacerlo —empezó
con voz segura y resonante—. Se ha cometido un crimen cuya naturaleza y
consecuencias son tales que a todos nos corresponde juzgarlo. Los alados deben
actuar como uno solo. La decisión que tomemos decidirá nuestro futuro, como sucedió
con las decisiones de los anteriores Consejos. Imaginad lo que sería el mundo ahora
si nuestros padres hubieran decidido llevar la guerra al aire. No existiría la sociedad
de los alados, estaríamos divididos en luchas y rivalidades regionales, en vez de
mantenernos al margen de las disputas de la tierra.
Siguió así, trazando un cuadro de desolación que habría tenido lugar si el
anterior Consejo hubiera tomado la decisión errónea. Maris pensó que era un buen
orador. Tenía el don de hablar, como Barrion el de cantar. Tuvo que sacudirse el
hechizo que estaba creando Corm, y se preguntó si podría estar a la altura para
replicarle.
—El problema que se nos presenta hoy en este Consejo es igualmente grave —
siguió el alado—. Y vuestra decisión no afectará a una sola persona, por la que quizá
sintáis simpatía, sino a todos nuestros hijos, a las generaciones venideras.
Recordadlo mientras escucháis los argumentos que se expondrán esta noche.
Miró a su alrededor, y aunque los ojos ardientes de Corm no se posaron en ella,
Maris se sintió intimidada.
—Maris de Amberly Menor ha robado unas alas —dijo—. Creo que todos
conocéis la historia. —Pero, de todos modos, Corm la contó, desde el nacimiento de la
joven hasta la escena de la playa —. ... Y ya se había encontrado a un nuevo portador.
Pero antes de que Devin de Gavora llegara para tomar posesión de sus alas, Maris las
robó y huyó.
»Pero ahí no acaba todo. Robarlas es un crimen, pero el robo de unas alas no
sería motivo suficiente para convocar un Consejo. Maris sabía que no podría
conservarlas mucho tiempo. Se las llevó, no para huir, sino para iniciar una revolución
contra nuestras tradiciones más vitales. Cuestiona los fundamentos mismos de nuestra
sociedad. Quiere que la propiedad de las alas esté abierta a discusión, nos amenaza
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con la anarquía. A menos que dejemos clara nuestra desaprobación, a menos que la
juzguemos en un Consejo que pase a la historia, los hechos empezarán a
distorsionarse. Puede que se recuerde a Maris como a una valerosa rebelde, y no como
a la ladrona que es.
Al oír la palabra, un escalofrío recorrió a Maris. Ladrona. ¿En eso se había
convertido?
—Tiene amigos bardos a los que les encantaría burlarse de nosotros —estaba
diciendo Corm—. Compondrían canciones en las que se hablase de su valentía.
Maris volvió a oír la voz de Barrion: «Nos convertirá a todos en héroes». Buscó
a Coll con la mirada. Le vio sentado, muy erguido, con la sombra de una sonrisa en los
labios. Desde luego, los buenos bardos tenían mucho poder.
—Así que debemos hablar con claridad, para la historia. Denunciemos lo que
ha hecho —terminó Corm antes de volverse hacia ella—. Maris, te acuso del robo de
las alas. Y pido a todos los alados de Windhaven que se han reunido en este Consejo,
que te condenen como criminal, y que jamás encuentres una isla a la que puedas
llamar hogar.
Se sentó. En el terrible silencio que le siguió, Maris supo cuánto le había
ofendido. Nunca imaginó que Corm pediría tanto. No se contentaba con arrebatarle las
alas, le quería quitar la vida misma, obligarla a un exilio solitario en alguna roca vacía.
—Maris —dijo Jamis amablemente. La joven no se había levantado todavía—. Es
tu turno. ¿Quieres responder a Corm?
Lentamente, la joven se puso en pie. Deseaba tener el poder de un bardo,
deseaba poder hablar con la seguridad de Corm, al menos por una vez.
—No puedo negar que robé las alas —empezó mirando hacia las hileras de
rostros inexpresivos, al mar de extraños. Tenía una voz más firme de lo que ella
misma esperaba—. Las robé por desesperación, porque eran mi única oportunidad. Un
bote habría sido demasiado lento, y en Amberly Menor nadie me hubiera ayudado.
Necesitaba llegar hasta un alado que convocara el Consejo en mi nombre. Una vez lo
conseguí, le entregué las alas. Puedo probarlo, si...
Miró a Jamis. El hombre asintió.
En medio de la sala, Dorrel se levantó.
—Dorrel de Laus —dijo en voz alta—. Confirmo lo que ha dicho Maris. En
cuanto me encontró, me entregó las alas y no volvió a utilizarlas. Yo no llamaría robo
a esto.
Un coro de murmullos de aprobación se elevó a su alrededor. La familia Dorrel era
muy conocida y apreciada. Aceptarían su palabra.
Maris se acababa de apuntar un tanto. Siguió hablando, sintiéndose más segura
con cada palabra que pronunciaba.
—Quería un Consejo para discutir algo que considero muy importante para todos,
para nuestro futuro. Pero Corm se me adelantó.
Una ligera sonrisa inconsciente le afloró a los labios. Y, entre el público, advirtió
unas cuantas sonrisas en el rostro de alados a los que no conocía. ¿Escepticismo?
¿Desacuerdo? ¿O apoyo, solidaridad? Tuvo que obligarse a dejar caer las manos a lo
largo del cuerpo, no estaría bien que empezara a retorcérselas delante de todos.
—Corm dice que estoy luchando contra la tradición —siguió Maris —. Y es cierto. Os
ha dicho que es algo terrible, pero no ha explicado por qué. No ha explicado por qué
tenéis que defender a la tradición de mí. Él que algo se haya hecho siempre de
determinada manera no quiere decir que cualquier cambio sea imposible, o indeseable.
¿Volaba la gente en el mundo natal de los navegantes de las estrellas? Si no, ¿significa eso
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que sea mejor no volar? No somos pájaros bobos; si nos dejan en el suelo, no seguimos
andando hasta que caemos o morimos. Y no tenemos que seguir la misma ruta todos los
días. No lo llevamos en la sangre.
Oyó una carcajada entre los que la escuchaban, y se animó. ¡Podía dibujar
imágenes con las palabras, igual que Corm! La idea de las estúpidas avecillas de las
cavernas le había brotado de la mente y había pasado a la de otros, haciéndoles reír.
Había hablado de romper la tradición, y todavía la escuchaban. Inspirada, siguió.
—Somos personas. Si tenemos instinto hacia algo, es el instinto, la voluntad de
cambiar. Las cosas siempre están cambiando, y si somos inteligentes las cambiaremos
nosotros para mejor, no esperaremos a que el cambio se nos imponga.
»La tradición de pasar las alas de padres a hijos ha funcionado bien durante
mucho tiempo. Desde luego, es mejor que la anarquía, o que la vieja tradición del juicio
por combate que se extendió en el Archipiélago Oriental durante los Días Tristes. Pero no
es el único sistema, ni es el sistema perfecto.
—¡Basta de palabrería! — gritó alguien.
Maris miró a su alrededor para ver de dónde había salido la voz, y se sobresaltó al
ver que Helmer se levantaba de su asiento en la segunda fila. El rostro del alado estaba
tenso mientras se cruzaba de brazos.
—Helmer —dijo Jamis con firmeza—, Maris tiene la palabra.
—No me importa —replicó—. Está atacando nuestro sistema, pero no nos
ofrece nada mejor. Y con razón. Este sistema ha funcionado durante tantos años porque
no hay ninguno mejor. Puede que sea duro, sí. Es duro para ti, porque no naciste alada.
Es duro, desde luego. Pero, ¿conoces algún sistema mejor?
Helmer, pensó Maris mientras el hombre se sentaba. Claro, su ira tenía sentido.
Era uno de aquellos a los que la tradición heriría pronto, ya le estaba hiriendo. Todavía
joven, se vería convertido en un atado a
la tierra en menos de un año, cuando su hija llegara a la edad y tomase las alas.
Aceptaba la pérdida como algo inevitable, una parte justa de una tradición que honraba.
Pero ahora Maris atacaba esa tradición, la única cosa que ennoblecía el sacrificio de
Helmer. Si las cosas no cambiaban, se dijo Maris por un momento, ¿llegaría Helmer a
odiar a su propia hija por arrebatarle las alas? Y Russ... Si no hubiera resultado herido...
Si no hubiera nacido Coll...
—Sí —dijo Maris en voz alta, comprendiendo de repente que la sala había quedado
en silencio, a la espera de su respuesta—. Sí, tengo un sistema. Nunca me hubiera
atrevido a convocar el Consejo si no...
— ¡No lo convocaste tú! —gritó alguien.
Otros rieron. Maris sintió un repentino calor y esperó no estar sonrojándose.
Jamis golpeó la mesa con fuerza.
—Está hablando Maris de Amberly Menor —dijo en voz alta—. ¡El próximo que
interrumpa, será expulsado!
Maris le dirigió una sonrisa agradecida.
—Propongo otro sistema, un sistema mejor —dijo—. Propongo que haya que ganar
el derecho a llevar alas. No por nacimiento, ni por edad, sino por lo único que
verdaderamente importa. ¡La habilidad! —Mientras hablaba, la idea se le esclareció
repentinamente en la cabeza, más elaborada, más compleja, más justa que el vago
concepto de libertad para todos—. Propongo la creación de una academia de vuelo,
abierta a cualquiera, a todo niño que sueñe con volar. Será una academia muy exigente,
muchos tendrán que renunciar. Pero cualquiera tendrá derecho a intentarlo: el hijo de un
pescador, la hija de un bardo, la de un tejedor. Cualquiera que tenga esperanzas y
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sueños. Y, para los que superen todas las pruebas, habrá una prueba definitiva: podrán
desafiar en la competición anual a cualquier alado que elijan. ¡Y, si son lo suficientemente
buenos para vencerle, se habrán ganado las alas!
»Así, los mejores alados siempre conservarán las alas. Y un alado vencido, bueno,
podrá esperar al año siguiente para intentar ganarle las alas al que le derrotó. O elegir a
cualquier otro, a alguien que vuele peor. Ningún alado podrá permitirse ser perezoso,
nadie que no ame el cielo tendrá que volar, y... — Miró a Helmer, en cuyo rostro era
imposible leer nada—. Y más aún, incluso los hijos de los alados tendrán que desafiar a
alguien para ganar el cielo. Podrán exigir las alas de sus padres sólo cuando estén
preparados, cuando de verdad vuelen mejor que ellos. Ningún alado se convertirá en
atado a la tierra sólo por haberse casado joven y haber tenido un hijo que llegó a la edad
cuando el alado, por derecho y por justicia, todavía debería estar en el cielo. Lo
importante será la habilidad, no el nacimiento ni la edad. ¡La persona, no la tradición!
Hizo una pausa justo cuando estaba a punto de contar su propia historia, de cómo
era hija de un pescador, de cómo el cielo nunca habría sido suyo. El dolor, el ansia... Pero
¿por qué gastar aliento? Todos eran alados de cuna, no conseguiría que simpatizasen con
los atados a la tierra, a los que despreciaban. No, lo importante era que el próximo Alas
de Madera que naciera en Windhaven tuviera una oportunidad de volar, pero aquél no
era un buen argumento. Ya había dicho bastante. Se lo había explicado todo. Ahora, la
elección estaba en manos de los alados. Miró rápidamente a Helmer y, al ver una extraña
sonrisa en su rostro, supo instantáneamente que el voto del hombre era suyo. Le
acababa de dar la oportunidad de seguir viviendo sin ser cruel con su hija. Con una sonrisa
de satisfacción, Maris se sentó.
Jamis el Mayor miró a Corm.
—Parece muy bonito —dijo éste. Sonreía, perfectamente controlado. Ni siquiera se
molestó en levantarse. Al verle tan tranquilo, Maris sintió que la esperanza se le escapaba
dolorosamente —. Un bonito sueño para la hija de un pescador, y es comprensible. Quizá
no has entendido bien lo que son las alas, Maris. ¿Cómo esperas que familias que han
volado desde... desde siempre, pongan en juego sus alas y se arriesguen a que pasen a
manos de extraños? Unos extraños que no tienen tradición ni orgullo de familia no las
cuidarían bien, no las respetarían. ¿De verdad crees que cualquiera de nosotros va a poner
su herencia en manos de cualquier atado a la tierra, en vez de en la de nuestros propios
hijos?
El genio de Maris estalló.
—Tú esperas de mí que ceda mis alas a Coll, que no vuela tan bien como yo.
—Nunca han sido tus alas.
Maris apretó los labios y no dijo nada.
—Si creíste que lo eran, es culpa tuya —dijo Corm—. Piénsalo: si las alas pasan de
persona a persona como una capa, si no se pueden retener más que uno o dos años,
¿cómo pueden sus propietarios estar orgullosos de ellas? Serían un préstamo, no una
propiedad. Y todo el mundo sabe que un alado debe tener sus propias alas, o no es un
alado en absoluto. ¡Sólo una atada a la tierra nos aconsejaría eso!
Maris percibía cómo los sentimientos de los asistentes cambiaban con cada una
de las palabras de Corm. El alado sabía amontonar argumentos con tanta habilidad que a
Maris se le escapaban sin tener oportunidad de captarlos. Tenía que responderle, pero
¿cómo? ¿Cómo? Un alado estaba tan apegado a sus alas como a sus pies. Ella no podía
negarlo ni rebatirlo. Recordó la rabia que sintió al ver que Corm no había cuidado bien las
alas, y eso que las alas nunca habían sido suyas, sino de su padre, de su hermano.
—Las alas son un préstamo —estalló—. Incluso ahora, todo alado sabe que, con el
tiempo, tiene que cederlas a su hijo.
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—Tomas, de Pequeña Shotan. Los hijos de los atados a la tierra nunca aprenderán
a amar el cielo como nosotros. Construir la academia de la que habla Maris sería un
desperdicio de tiempo y de dinero. Pero apoyo la idea de la prueba.
—Crain de Poweet, opino lo mismo. ¿Por qué tendríamos que competir con hijos de
pescadores? Ellos no nos dejan competir por sus botes, ¿verdad? —La sala estalló en
risas, y el alado sonrió—. Sí, un chiste, un buen chiste. Pues bien, hermanos, nosotros
seríamos un chiste, esa academia sería un chiste, si nos mezclamos con la gentuza. Las
alas son de los alados, y si ha sido así durante tantos años es porque así es como debe
ser. Los demás están contentos, y hay muy pocos que de verdad quieran volar. Para la
mayoría sólo es un capricho momentáneo, o algo aterrador. ¿Por qué vamos a animar
esos sueños sin fundamento? No son alados, no nacieron para serlo, pueden llevar unas
vidas útiles en otros...
Maris escuchaba incrédula, cada vez más furiosa, airada por la vanidad y la
autosuficiencia del hombre... Y entonces vio horrorizada que otros alados asentían,
incluso algunos de los jóvenes, que aceptaban complacidos las palabras del hombre. Sí,
ellos eran mejores porque habían nacido alados, sí, eran superiores y no querían
mezclarse con los demás, sí, sí. De pronto, no importó que en otros tiempos hubiera
pensado como ellos, que ella misma hubiera opinado igual sobre los atados a la tierra. De
pronto, sólo pudo pensar en su padre, en su auténtico padre, el pescador muerto al que
apenas recordaba. Detalles que casi creía olvidados, volvieron. Impresiones sensoriales,
sobre todo: ropas que olían a sal y a pescado, manos cálidas, rudas pero gentiles, que le
acariciaban el pelo y le secaban las lágrimas de las mejillas después de que su madre la
hubiera castigado... Y las historias que el pescador le contaba en voz baja, historias sobre
las cosas que había visto durante el día desde su pequeño bote: cómo eran los pájaros
cuando escapaban de una repentina tormenta, cómo el pez luna saltaba hacia el cielo
de la noche, cómo sonaban el viento y las olas azotando el bote... El padre de Maris
fue un hombre observador y valiente, que cada día desafiaba al océano desde una
frágil barquichuela. Y, en su rabia, Maris supo que no era inferior a ninguno de los
presentes, a ninguno de los habitantes de Windhaven.
—Elitistas —dijo con voz hiriente, sin preocuparse si aquello predispondría a los
alados en contra de ella o a su favor—. Todos vosotros. Pensáis que sois superiores
porque nacisteis de un alado y heredasteis las alas, sin tener que hacer nada para
lograrlas. ¿Creéis que habéis heredado la habilidad de vuestros padres? Entonces,
¿qué hay de la otra mitad de vuestra herencia? ¿O es que todos habéis nacido de
matrimonios entre alados? —Señaló con un dedo acusador a un rostro familiar, en la
tercera fila—. Tú, Sar, estabas asintiendo. Tu padre era un alado, sí, pero tu madre
se dedicaba al comercio y provenía de una familia de pescadores. ¿Les desprecias? ¿Y
si tu madre confesara que su marido no fue tu padre? ¿Y si te dijera que te concibió
con un mercader ambulante al que conoció en el Archipiélago Oriental? ¿Qué
pasaría? ¿Te sentirías obligado a ceder las alas y a iniciar una nueva vida?
Sar la miró con su rostro redondo. Nunca había sido demasiado rápido, no
entendía por qué Maris le había señalado. La joven bajó la mano y descargó su ira
contra todos.
—Mi verdadero padre era un pescador, un hombre bueno, valiente y honrado
que nunca llevó unas alas y nunca las quiso. ¡Pero, si hubiera nacido alado, habría sido
el mejor de todos! ¡Se cantarían canciones sobre él, se le honraría! Si heredamos el
talento de nuestros padres, miradme a mí. Mi madre es una pescadora de ostras, yo
soy incapaz de hacerlo. Mi padre no podía volar. Yo sí. Y algunos sabéis lo bien que lo
hago, mejor que algunos que nacieron para ello. —Se volvió para mirar al otro extremo
de la mesa—. Mejor que tú, Corm —dijo con una voz que recorrió la gran sala—. ¿O ya
lo has olvidado?
Corm levantó la vista hacia ella, con el rostro enrojecido por la ira y una gruesa
vena latiéndole en el cuello. No dijo nada. Maris se volvió hacia los alados y les miró
con falsa solicitud.
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Refugio del viento
— ¿Tenéis miedo? —les preguntó—. ¿No sois nada sin vuestras alas? ¿Tenéis
miedo de que los hijos de los pescadores os las arrebaten, de que demuestren que
vuelan mejor que vosotros, de que os dejen en ridículo?
Las palabras se agotaron. También la ira. Maris volvió a tomar asiento y en la
amplia sala de piedra se hizo un pesado silencio. Por fin se levantó una mano, y luego
otra, pero Jamis estaba mirando hacia delante sin ver nada, con gesto pensativo.
Nadie se movió hasta que, por fin, salió de su concentración como de un pesado
sueño, e hizo un gesto en dirección a una de las manos.
Al fondo de la sala, un anciano con un brazo inerte colgándole a lo largo del
cuerpo se levantó, solo, bajo la luz de una antorcha.
—Russ de Amberly Menor —empezó. Su voz era suave — . Amigos míos, Maris
tiene razón. Hemos sido unos idiotas, y yo más que ninguno.
»No hace mucho, en una playa, dije que no tenía hija. Hoy me gustaría poder
retirar aquellas palabras. Quisiera tener derecho a llamar hija a Maris otra vez. Me ha
hecho sentir muy orgulloso. Pero no es hija mía. No. como ha dicho, nació de un
pescador, un hombre mejor que yo. No he hecho más que amarla durante un tiempo, y
enseñarle a volar. No hicieron falta demasiadas lecciones, siempre aprendió de prisa.
Mi pequeña Alas de Madera. Nada podía detenerla, nada. Ni siquiera yo, cuando
intenté hacerlo como un idiota, después de que naciera Coll.
»Maris es la mejor alada de Amberly, y eso no tiene nada que ver con mi
sangre. Sólo importa su habilidad y su sueño. Y si vosotros, hermanos alados, si
vosotros despreciáis así a los hijos de los atados a la tierra, entonces es una vergüenza
que les tengáis miedo. ¿Tan poca fe tenéis en vuestros propios hijos? ¿Tan seguros
estáis de que no podrán conservar las alas contra el desafío hambriento del hijo de un
pescador?
Russ sacudió la cabeza.
—No lo sé. Soy un anciano, y últimamente todo es muy confuso. Pero hay algo
de lo que estoy seguro: si pudiera utilizar el brazo, nadie me quitaría las alas, aunque
fuera hijo de un halcón. Y nadie le quitará las alas a Maris hasta que ella decida
cederlas. No. Si enseñáis a vuestros hijos a volar bien de verdad, conservarán el cielo.
Si tenéis tanto orgullo como decís, actuaréis en consonancia, lo demostraréis dejando
que sólo lleven las alas aquellos que se las hayan ganado, sólo aquellos que hayan
probado su habilidad en el aire.
Russ se sentó de nuevo, y la oscuridad reinante al fondo de la sala le engulló.
Corm empezó a decir algo, pero Jamis el Mayor le ordenó callar.
—Ya te hemos oído bastante —le dijo. Corm parpadeó, sorprendido.
—Ahora, hablaré yo —empezó Jamis—. Y luego votaremos. Russ nos ha
hablado con sabiduría, pero quiero aportar otra idea. ¿No somos todos descendientes
de los navegantes de las estrellas? ¿No es Windhaven, en último término, una gran
familia? No hay uno sólo de entre nosotros que no pueda encontrar un alado en su
árbol genealógico, si retrocede lo suficiente. Pensadlo, amigos míos. Y recordad
también que, mientras vuestro hijo mayor lleva las alas, sus hermanos y hermanas, y
los descendientes de éstos por generaciones, serán atados a la tierra. ¿Podemos
negarles el viento para siempre sólo porque sus antepasados nacieron en segundo
lugar? —Jamis sonrió —. Quizá debería añadir que fui el segundo hijo de mi madre. Mi
hermano mayor murió en una tormenta seis meses antes de llegar a la edad de tomar
las alas. Una cosa sin importancia, ¿verdad?
Miró a su alrededor, a los dos Señores de la Tierra, que habían permanecido
sentados y en silencio durante todo el Consejo, como ordenaba la ley de los alados.
Habló en susurros con uno, luego con el otro, y asintió.
—Pensamos que la propuesta de Corm de declarar fuera de la ley a
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Cuando todo terminó, Maris se sentía ligeramente mareada, ebria por el triunfo,
aunque todavía no podía creer que de verdad hubiera concluido, que ya no tenía que
luchar más. Fuera de la sala, la atmósfera era limpia y húmeda, y el viento soplaba del
Este con fuerza. Se quedó de pie en los escalones y lo saboreó, mientras amigos y
desconocidos se aglomeraban a su alrededor, queriendo hablarle. Dorrel la rodeaba con
un brazo, sin hacer preguntas, sin mostrar sorpresa. Era un descanso apoyarse contra él.
¿Y ahora, qué?, se preguntaba Maris. ¿Otra vez a casa? ¿Dónde estaría Coll? Quizá había
ido a buscar a Barrion para marcharse en el bote.
La multitud que la rodeaba dejó paso a Russ, que se acercaba con Jamis. Su
padrastro llevaba en las manos un par de alas.
—Maris —dijo.
—¿Padre?
La voz le temblaba.
—Así debería haber sido siempre —sonrió Russ—. Me sentiré muy orgulloso si me
permites volver a llamarte hija, a pesar de todo lo que he hecho. Y aún me sentiré más
orgulloso si accedes a llevar mis alas.
—Te las has ganado —intervino Jamis—. Las viejas reglas ya no se aplican, y
desde luego, has demostrado tu habilidad. Hasta que se ponga en marcha la academia,
no habrá nadie para llevarlas aparte de ti y de Devin. Y tú las has cuidado mucho mejor
de lo que Devin cuidó las suyas.
Tendió las manos para recoger las alas de Russ. Volvían a ser suyas. Sonreía, ya
no estaba cansada, sino extasiada ante el familiar peso que sentía en las manos.
—Oh, padre... — fue lo único que pudo decir.
Russ y ella se abrazaron llorando.
Cuando se acabaron las lágrimas, todos se dirigieron al risco de los alados,
seguidos por una auténtica multitud.
—Volemos al Nido de Águilas —dijo Maris a Dorrel. Luego vio a Garth, justo detrás
de ella. Hasta entonces, no le había encontrado entre la gente—. ¡Ven tú también, Garth!
¡Celebraremos una fiesta!
—Sí —asintió Dorrel—. Pero, ¿crees que el Nido de Águilas es el lugar más
apropiado?
Maris enrojeció.
— ¡No, claro que no! —Miró a los que la rodeaban — . No, iremos a nuestra casa en
Menor, y todo el mundo puede venir. Padre, el Señor de la Tierra, Jamis, y Barrion
cantará para nosotros, si podemos encontrarle...
Entonces vio a Coll, que corría hacia ella con el rostro iluminado.
—¡Maris! ¡Maris!
Se encontraron y se abrazaron entusiasmados, antes de separarse con una
sonrisa.
—¿Dónde estabas?
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Refugio del viento
—Con Barrion. Estoy componiendo una canción. Sólo tengo el principio, pero será
buena, lo noto. Es sobre ti.
—¿Sobre mí?
Evidentemente, estaba orgulloso de sí mismo.
—Sí. Serás famosa. Todo el mundo la cantará, todo el mundo te conocerá.
—Ya la conocen — rió Dorrel—. Créeme.
—No, quiero decir para siempre. Mientras se cante esta canción, todos te
conocerán. Conocerán a la chica que deseaba tanto unas alas que cambió el mundo.
Y quizá sea cierto, pensó Maris más tarde, cuando se ató las alas y saltó al viento,
con Dorrel a un lado y Garth al otro. Pero haber cambiado el mundo no parecía tan
importante ni tan auténtico como el viento en el pelo y la familiar tensión en los músculos
cuando se elevaba, cabalgando en sus amadas corrientes, que había creído perdidas para
siempre. Volvía a tener alas, volvía a tener el cielo. Ahora era ella misma, ahora era feliz.
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Segunda parte
Un-Ala
Lo más extraño de morir era lo fácil que resultaba, lo tranquilo y lo bello.
El aire quieto rodeó a Maris sin previo aviso. Un instante antes, la tormenta rugía
a su alrededor. La lluvia le azotaba los ojos y le corría por las mejillas, repiqueteando
contra el metal plateado de las alas. Los vientos eran potentes, la zarandeaban de aquí
para allá, la empujaban con desprecio, como si ella fuera una chiquilla novata en el aire.
Bajo los montantes de las alas, los brazos le dolían por el esfuerzo. Nubes negras
oscurecían el horizonte, y el mar bajo ella era turbulento y rabioso. No había tierra alguna
a la vista. Maris maldijo, sufrió y voló.
Entonces la envolvió la paz, la calma, la muerte.
Los vientos se detuvieron y la lluvia cesó. Las salvajes olas del mar
desaparecieron. Incluso las nubes parecieron retroceder, hasta quedar infinitamente
lejos. Se hizo el silencio, una nada aterradora, como si el tiempo se hubiera detenido para
recuperar el aliento.
En el aire quieto, con las alas extendidas, Maris empezó a descender.
Fue un descenso gradual, algo hermoso, elegante, e inevitable. Sin una brisa que
la empujara o la elevara, sólo podía planear hacia adelante y hacia abajo. No fue una
caída. Pareció durar eternamente. Mucho más allá, alcanzó a ver el punto donde chocaría
contra el agua.
Por un breve instante, sus instintos de alada la impulsaron a luchar. Intentó girar
hacia un lado, hacia el otro, intentó virar por avante, buscó en vano una corriente
ascendente, un viento cualquiera en el cielo quieto. Agitó las alas, de seis metros de
envergadura, y un repentino rayo de sol arrancó destellos del metal plateado. Pero
siguió descendiendo.
Entonces se serenó, quedó tan tranquila como el aire, con una calma interior tan
impresionante como la del mar que se extendía bajo ella. Sintió la profunda paz de la
rendición, el alivio de ver concluida su larga batalla contra los vientos. Pensó que siempre
había estado a su merced, que nunca los había controlado. Eran violentos, y ella débil. Y
estúpida por haber soñado lo contrario. Miró hacia arriba, preguntándose si vería a los
alados fantasmas que, según las leyendas, poblaban el aire quieto.
Barrió el agua en primer lugar con las puntas de las botas, y luego su cuerpo se
estrelló contra el suave espejo gris del océano. El impacto del agua fría la marchitó como
una llamarada, y se hundió...
... Y se despertó, empapada en sudor, sin aliento.
El silencio le latió en los oídos. El sudor se le secó al contacto con el aire frío, y se
incorporó, desorientada, a ciegas. Al otro lado de la habitación había una delgada línea de
brasas, pero en el Nido de Águilas estarían al otro lado de la cama, y en su casa mucho
más cerca. El aire olía a lodo y a musgo marino.
Fue el olor lo que le dio la pista. Estaba en la academia, pensó aliviada, en Alas de
Madera; de repente, todas las sombras se disolvieron para dar paso al familiar entorno.
Poco a poco, se fue relajando, y ahora Maris estaba completamente despierta. Se puso
una camisa de gruesa lana y avanzó cautelosamente por la oscura habitación hacia la
chimenea, para encender una vela con los rescoldos.
A la luz de la vela, vio una pequeña jarra de piedra junto a la cama baja, y sonrió.
Exactamente lo que necesitaba para acabar con las pesadillas.
Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y tomó un sorbo del frío vino
especiado, mientras contemplaba la danza de la llama de la vela. El sueño la
intranquilizaba. Como todos los alados, Maris temía el aire quieto, pero hasta entonces
no le había provocado pesadillas. Y la paz que sintió, la sensación de rendición, de
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Refugio del viento
aceptación... Eso era lo peor. Soy una alada, pensó. Y ese sueño es impropio de un
verdadero alado.
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Maris, dejando a un lado la jarra de vino.
Allí estaba S'Rella, una jovencita menuda y morena con el pelo muy corto, al estilo
del Archipiélago del Sur.
—El desayuno está preparado, Maris —dijo con el suave acento que delataba su
origen—. Pero Sena quiere verte antes. Está en su habitación.
—Gracias —sonrió Maris.
Le gustaba S'Rella, quizá la mejor de entre todos los alumnos de Alas de Madera.
La isla del Archipiélago del Sur donde nació estaba a todo un mundo de distancia de la
Amberly Menor natal de Maris. Pero, a pesar de las diferencias, se sentía identificada con
la jovencita. S'Rella era menuda, pero decidida, con una energía que no correspondía a
su talla. Hasta ahora, en el cielo, le faltaba elegancia. Pero era lo suficientemente tenaz
como para confiar en una rápida mejoría. Maris ya llevaba diez días trabajando con la
bandada de futuros alados de Sena, y consideraba a S'Rella una de los tres o cuatro más
prometedores.
— ¿Quieres que te espere para mostrarte el camino? —preguntó la chica cuando
Maris saltó de la cama para lavarse en la vasija de agua que tenía al otro lado de la
habitación.
—No —dijo Maris—, ve a desayunar. Me las arreglaré para encontrar yo sola a Sena.
Sonrió para suavizar la negativa, y S'Rella le devolvió la sonrisa, no sin algo de
timidez, antes de marcharse.
Pocos minutos más tarde, Maris se lo estaba pensando mejor mientras recorría el
estrecho y oscuro pasillo, en busca del pequeño cuarto
de Sena. La academia Alas de Madera era una estructura antigua, una
enorme roca atravesada por túneles y cuevas, algunas naturales, otras excavadas
por manos humanas. Las cavernas inferiores estaban siempre inundadas, e incluso en
las superiores, en la parte habitada, muchas de las habitaciones y todos los pasillos
carecían de ventanas, nunca recibían la luz del sol ni la de las estrellas. El olor a mar lo
impregnaba todo. En los viejos tiempos fue una fortaleza, se construyó durante la
terrible revolución de Colmillo de Mar contra Gran Shotan. Luego quedó desocupada
hasta que el Señor de Colmillo de Mar se la ofreció a los alados para instalar su
academia de entrenamiento. Desde entonces habían transcurrido siete años, y Sena
y sus discípulos habían arreglado la mayor parte, pero todavía era muy fácil
equivocarse de camino y perderse en las partes deshabitadas.
El tiempo transcurría sin dejar rastro por los pasillos de Alas de Madera. Las
antorchas se consumían en los huecos de la piedra, se agotaba el aceite de las
lámparas, y podían pasar días sin que nadie se diera cuenta. Maris atravesó
cautelosamente un oscuro tramo de pasillo, nerviosa y un poco oprimida por el peso
de la fortaleza sobre ella. No le gustaba estar bajo tierra, encerrada. Iba contra todos
sus instintos de alada.
Aliviada, Maris vio el tenue resplandor de una luz más adelante. Tras un
último recodo, volvió a encontrarse en terreno familiar. Si no había perdido todo el
sentido de la orientación, la habitación de Sena debía de ser la primera a la izquierda.
— Maris. —Sena levantó la vista y sonrió. Estaba sentada en una mecedora,
tallando un trozo de madera suave con un cuchillo de hueso, pero lo dejó a un lado e
hizo señal a Maris de que entrase—. Estaba a punto de llamar a S'Rella otra vez para
enviarla a buscarte. ¿Te has perdido en nuestro laberinto?
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Conocía a la Señora de Colmillo de Mar sólo por su reputación, pero con aquello
bastaba. Colmillo de Mar estaba cerca de Gran Shotan, pero tenía una larga y salvaje
tradición de independencia. Su actual gobernadora era un mujer orgullosa y ambiciosa, muy
resentida por el hecho de que la isla jamás hubiera tenido un alado propio. Había luchado
mucho para que la academia del Archipiélago Occidental se asentara en Colmillo de Mar, y
al principio la apoyó generosamente. Y ahora esperaba resultados.
—No lo comprende —siguió Maris—, ningún atado a la tierra lo comprende de
verdad. En las competiciones, los alas de madera tienen que enfrentarse a alados con
años de experiencia o a hijos de alados que han sido educados para volar. Si te dieran un
poco de tiempo...
—Tiempo, tiempo, tiempo —dijo Sena con un atisbo de ira en la voz—. Sí, es lo
mismo que le dije a la Señora de la Tierra. Pero ella me respondió que siete años era
tiempo más que suficiente. Tú eres una alada, Maris. Yo fui una alada. Las dos somos
conscientes de las dificultades, de que hay que entrenar año tras año, de que hay que
practicar hasta que los brazos te tiemblan de tanto forzarlos y las palmas de las manos
te sangran de agarrarte a las alas. Los atados a la tierra no saben nada de eso. Hay
demasiados que piensan que la lucha se ganó hace siete años. Creyeron que, a la
semana siguiente, el cielo estaría lleno de pescadores, tejedoras y sopladores de vidrio,
y se desanimaron cuando llegó la primera competición y los alados, o los hijos de los
alados, derrotaron a todos los atados a la tierra que los desafiaron.
»Al menos, entonces se preocupaban. Pero me temo que ahora se han resignado.
En los siete años que han pasado desde el gran Consejo, en los siete años de existencia
que llevan las academias, sólo un atado a la tierra llegó a ganar las alas. Y volvió a
perderlas al año siguiente, en la siguiente competición. A veces pienso que la gente ya
sólo viene a ver las competiciones para presenciar los desafíos de familia. Se habla de los
desafíos de mis alas de madera como de una especie de interludio cómico, una breve
actuación de los payasos para aligerar las pausas entre las auténticas carreras.
—Sena, Sena —la interrumpió Maris, preocupada. La anciana había volcado toda la
pasión de su vida destrozada en los sueños de los jóvenes que acudían a Alas de Madera
para pedir el cielo. Ahora estaba terriblemente apenada, y la voz le temblaba muy a su
pesar—. Comprendo tu dolor —dijo Maris, tomando la mano de Sena—, pero no estamos
tan mal como dices.
El ojo sano de la mujer se posó en Maris con escepticismo, y le apartó la mano.
—Sí —insistió—. Nadie te lo dirá a ti, por supuesto. A nadie le gusta ser portador de
malas noticias, y todos saben lo que significan para ti las academias. Pero es verdad. —
Maris intentó interrumpirla, pero Sena la obligó a callar con un movimiento de la mano—.
No, ya basta, no quiero oír ni una palabra más sobre mi dolor. No te he llamado para que
me consueles, ni para que llegáramos tarde a desayunar. Quería comunicarte las
noticias en privado, antes de decírselas a los demás. Y también quería pedirte que volases
a Gran Shotan.
—¿Hoy?
—Sí —respondió Sena —. Has hecho un buen trabajo con los chicos. Les viene muy
bien tener a una auténtica alada entre ellos. Pero podremos prescindir de ti por un día.
Sólo tardarás unas horas.
—Desde luego —aceptó Maris—. ¿De qué se trata?
El alado que comunicó las noticias sobre Hogar del Aire a la Señora de la
Tierra traía también otro mensaje. Un mensaje privado para mí. Uno de los alumnos
de Nord quiere seguir estudiando, y espera que le avale en la próxima competición.
Pide permiso para viajar hasta aquí.
¿Hasta aquí? —preguntó Maris, incrédula—. ¿Desde el Archipiélago Oriental?
¿Sin alas?
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—Sí, pero había alguien a quien quería. Hablamos de casarnos, pero yo sabía
que nunca lo haríamos. Le quería, todavía le quiero, pero lo que quiero por encima de
todo es tener alas. ¿Me entiendes?
—Te entiendo —dijo Maris, intentando darle valor—. Quizá, cuando ganes las alas,
él pueda...
—No. Nunca saldrá de su tierra. No puede. Es un granjero, y las tierras han
pertenecido a su familia desde siempre. Nunca... Nunca me pidió que renunciara a volar,
y yo nunca le pedí que renunciara a sus tierras.
—No sería la primera vez que una alada se casa con un granjero —señaló Maris—.
Podrías volver.
—No sin alas —dijo S'Rella con decisión —. Sus ojos se encontraron con los de Maris
—. No importa cuánto tarde. Y si... Cuando gane las alas, él ya se habrá casado. Está
obligado a hacerlo. Una granja no es trabajo para un soltero. Querrá una esposa que ame
la tierra, y muchos niños.
Maris no dijo nada.
—Bueno, he hecho mi elección —siguió S'Rella—. Pero a veces, siento... nostalgia.
Quizá sea soledad.
— Sí —respondió Maris. Puso una mano a S'Rella en el hombro—. Vamos, tengo un
mensaje que entregar.
S'Rella iba unos pasos por delante. Maris se colgó las alas de un hombro y la
siguió por el oscuro pasillo que llevaba a la salida de la fortaleza. Se abría a lo que en otros
tiempos fuera una plataforma observatorio, una ancha cornisa de piedra a veinticinco
metros de donde el mar rompía en olas contra las rocas de la isla. El cielo estaba gris y
nublado, pero el fuerte olor a sal del océano y las recias manos del viento llenaron de vida a
Maris.
S'Rella sostuvo las alas, mientras Maris se ceñía el resto de las correas. Cuando
las tuvo bien atadas, S'Rella empezó a desplegarlas montante a montante, encajándolos
todos para que el tejido plateado quedara tirante y firme. Maris esperó pacientemente,
consciente de su papel de maestra, aunque estaba ansiosa por saltar. Sólo cuando las
alas estuvieron completamente extendidas, sonrió a la joven y deslizó las manos a través
de las usadas y familiares tiras de cuero.
Entonces, con cuatro rápidos pasos, saltó.
Durante un segundo, quizá menos de un segundo, cayó. Pero luego los vientos la
tomaron, sostuvieron las alas, la elevaron y transformaron la caída en vuelo, y la sensación
era como la de una sacudida que le recorriera todo el cuerpo, una sacudida que la dejaba
anonadada, sin aliento, que le erizaba el vello. Por aquel instante, por aquella fracción de
segundo, cualquier cosa merecía la pena. Era mejor y más emocionante que ninguna
otra sensación que Maris hubiera experimentado nunca, mejor que el amor, mejor que
cualquier otra cosa. Viva, exultante, se unió al fuerte viento del Oeste en un abrazo de
enamorados.
Gran Shotan estaba al Norte, pero por el momento Maris se dejó llevar por el
viento predominante, regocijándose en la maravillosa libertad de un vuelo sin esfuerzo
antes de empezar su juego con los vientos, cuando tendría que virar y maniobrar,
probarlos y desafiarlos para que la llevaran adonde ella quería. Una bandada de pájaros
pasó junto a ella, cada uno de un color diferente, brillante. La huida de las aves era un
presagio de la inminente tormenta. Maris los siguió, subiendo cada vez más, hasta que
Colmillo de Mar sólo fue una zona verde y gris a su izquierda, más pequeña que la mano
de la alada. También llegó a ver Eggland y, a lo lejos, los bancos de niebla que rodeaban
la costa sur de Gran Shotan.
Maris empezó a trazar círculos, aminorando deliberadamente la marcha,
consciente de lo fácil que sería sobrepasar su punto de destino. Corrientes de aire
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encontrado le resonaron en los oídos, tentándola con la promesa de un viento del norte
que había más arriba, y volvió a elevarse, buscándolo en el aire frío que había sobre el
mar. Ahora, Gran Shotan, Colmillo de Mar y Eggland yacían dispersas bajo ella en el
océano gris metálico, como juguetes sobre una tabla. Vio las pequeñas formas de los
botes de pesca, entrando y saliendo de los puertos y bahías de Shotan y Colmillo de
Mar, así como las gaviotas y los milanos que sobrevolaban los abruptos acantilados de
Eggland.
De pronto, Maris comprendió que había mentido a S'Rella. Tenía un hogar.
Estaba aquí, en el cielo, con el viento fuerte y frío bajo ella y
sus alas a la espalda. El mundo, con sus preocupaciones por el comercio y la
política, la comida, la guerra y el dinero, le resultaba ajeno. Incluso en sus mejores
momentos, se sentía al margen de él. Era una alada y, como todos los alados, no
estaba completa cuando se quitaba las alas.
Con la ligera sonrisa de un secreto en los labios, Maris bajó para entregar su
mensaje.
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a él, dos alados a los que sólo conocía de vista estaban enfrascados en una
partida de geechi, moviendo los guijarros blancos y negros por el tablero. Uno de ellos
la saludó con la mano. Ella le devolvió el saludo con un asentimiento, pero el hombre
ya estaba concentrado otra vez en el tablero de juego.
Había otro presente, sentado en un sillón cerca del fuego, contemplando las
llamas con una jarra de barro en la mano. Pero, cuando entró Maris, levantó la vista.
—¡Maris! —gritó levantándose bruscamente, con una sonrisa. Dejó a un lado la
jarra y cruzó la habitación — . No esperaba verte por aquí.
—Dorrel... — empezó a decir Maris.
Pero el joven ya estaba junto a ella, rodeándola con los brazos. Se besaron
brevemente, pero con intensidad. Uno de los jugadores de geechi los miró
distraídamente, pero cuando su oponente movió una piedra, volvió a concentrarse en
el tablero.
—¿Has venido volando desde Amberly? —le preguntó Dorrel — . Debes de
tener hambre. Siéntate junto al fuego, te traeré algo de comer. Hay queso, jamón
ahumado y frutas en la cocina.
Maris le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la chimenea, eligiendo dos sillas
alejadas de los jugadores de geechi.
—Gracias, pero no hace mucho que he comido —respondió — . Y vengo de Gran
Shotan, no de Amberly. Un vuelo sencillo. Esta noche hay buenos vientos. Me temo
que hace casi un mes que no paso por Amberly . El Señor de la Tierra debe de estar
furioso.
Dorrel tampoco parecía demasiado contento. Su rostro agraciado no
mostraba ninguna expresión.
—¿Has estado volando? ¿O en Colmillo de Mar, otra vez?
Le soltó la mano y volvió a coger la jarra. Bebió un sorbo cautelosamente. El
contenido despedía humo.
—En Colmillo de Mar. Sena me pidió que pasara unos días con los alumnos.
Llevo casi diez días trabajando con ellos. Acababa de volver de una misión larga, volé
a Deeth, al Archipiélago del Sur.
Dorrel dejó la jarra y suspiró.
—No quieres saber mi opinión —dijo alegremente —. Pero, de todos modos, voy
a dártela. Pasas demasiado tiempo fuera de Amberly, trabajando en la academia. La
maestra es Sena, no tú. Le pagan buen metal por hacer lo que hace. Y no creo que te
haya dado mucho hierro.
—Tengo suficiente hierro —replicó Maris—. Russ me dejó bien provista. Los alas
de madera me necesitan, ven a muy pocos alados en Colmillo de Mar. — La voz de la
joven cobró un matiz cálido, persuasivo—. ¿Por qué no vas tú a pasar unos días con
ellos? Laus sobrevivirá una semana sin ti. Podríamos compartir una habitación. Me
gustaría que estuvieras conmigo.
—No. —De pronto, ya no había alegría en el tono de Dorrel. Pare cía enfadado
—. Me encantaría pasar una semana contigo, Maris. En mi casa de Laus, en la tuya
de Amberly, o incluso aquí, en el Nido de Águilas. Pero no en Alas de Madera. Te lo he
dicho otras veces: no entrenaré a un grupo de atados a la tierra para que se lleven las
alas de mis amigos.
Las palabras del joven la hirieron. Se echó hacia atrás en la silla y miró el fuego,
apartando la vista de él.
—Hablas igual que Corm, hace siete años —dijo.
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pesca. ¿Qué sucedió con nuestros planes de vivir juntos, de tener hijos? ¿Qué sucedió con
nuestro amor? —Le sonrió con tristeza—. No sé qué sucedió.
—Sí lo sabes —dijo Dorrel amablemente—. Fue esta discusión. Tu amor y tu lealtad
están divididos entre los alados y los atados a la tierra. Los míos, no. La vida ya no es
sencilla para ti. No querernos las mismas cosas, y nos resulta difícil comprendernos. Una
vez nos quisimos mucho...
Tomó un sorbo de té caliente, con la vista baja. Maris le miró aguardando, triste.
Por un momento deseó volver a aquellos tiempos en que el amor entre ambos había sido
tan fuerte como para capear todos los temporales.
Dorrel volvió a levantar los ojos hacia ella.
—Pero todavía te quiero, Maris. Las cosas han cambiado, pero el amor sigue ahí.
Quizá no podamos unir nuestras vidas, pero cuando estemos juntos, querámosnos e
intentemos no pelearnos, ¿mmm?
Maris le sonrió un poco temblorosa y le tendió la mano. Él se la estrechó
fuertemente y le devolvió la sonrisa.
—Pues basta de discusiones y de charlas tristes sobre lo que habría podido ser.
Tenemos el presente, disfrutémoslo. ¿Te das cuenta de que hace casi dos meses que no
estamos juntos? ¿Por dónde has volado? ¿Qué has visto? Cuéntame noticias, cariño.
Unos cuantos cotillees que me animen —pidió.
—No creo que las noticias que tengo te animen demasiado —dijo Maris, pensando
en los mensajes que había oído y transportado últimamente—. El Archipiélago Oriental ha
cerrado Hogar del Aire. Una de las alumnas murió en un accidente. Otro va a tomar un
barco para venir a Colmillo de Mar. Supongo que los demás se han rendido y han vuelto a
sus casas. No sé que hará Nord.
Le soltó la mano para coger la taza.
Dorrel agitó la cabeza con una ligera sonrisa en los labios.
—Incluso cuando das noticias no sabes hablar de otra cosa que de las academias.
Las mías son más interesantes. El Señor del Promontorio de la Escila murió, y se eligió a
su hija más joven como sucesora. Corren rumores de que Kreel... ¿Le conoces? ¿El chico
pelirrojo que perdió un dedo de la mano izquierda? Tienes que haberle visto en la
última competición, hizo unos cuantos giros dobles muy espectaculares. Bueno, pues
se dice que se convertirá en el segundo alado del Promontorio de la Escila, ¡porque la
nueva Señora de la Tierra está enamorada de él! ¿Te lo imaginas? ¡Un alado y una
Señora de la Tierra, casados!
Maris sonrió.
—No es la primera vez que sucede.
—En nuestra época, sí. ¿Has oído lo de la flota pesquera de Amberly Mayor?
Una escila la destrozó, pero luego consiguieron matarla, y casi todos salieron con
vida, aun sin sus botes. Otra escila, ésta muerta, llegó a la playa de Culhall. Yo mismo
vi el esqueleto. —Alzó las cejas y arrugó la nariz—. ¡Se olía incluso con el viento en
contra! Y también he oído que, en Artellia, dos príncipes alados luchan por el control
sobre las Islas del Hierro.
Dorrel se detuvo bruscamente y volvió la cabeza cuando una violenta ráfaga de
viento del exterior sacudió la pesada puerta del refugio.
¡Ah! —dijo volviéndose de nuevo y tomando un sorbo de té—. Sólo era el
viento.
¿Qué te pasa? —se interesó Maris—. Pareces intranquilo. ¿Esperas a alguien?
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Refugio del viento
Maris se levantó temprano al día siguiente, fría y asustada por el sueño. Dejó a
Dorrel durmiendo y tomó un solitario desayuno de queso duro y pan, en la desierta
sala de estar. Mientras el sol barría el horizonte, desplegó las alas y se lanzó al viento
de la mañana. Al mediodía ya estaba en Colmillo de Mar, escoltando a S'Rella y a un
chico llamado Jan, dándoles consejos mientras ensayaban inexpertamente con las
alas.
Se quedó una semana más, trabajando con los alas de madera, observando
sus inseguros progresos en el aire, ayudándoles en los ejercicios y contándoles
historias sobre alados famosos todas las noches, alrededor del fuego.
Pero cada vez se sentía más culpable por estar tanto tiempo ausente de
Amberly Menor, y por fin decidió marcharse, no sin antes prometer a Sena que
volvería con tiempo para ayudarla a preparar a los alumnos para los desafíos.
Había todo un día de vuelo hasta Amberly Menor. Cuando por fin vio la
hoguera en la familiar torre, estaba exhausta, y se alegró de poder dejarse caer en su
propia cama, tanto tiempo vacía. Pero las sábanas estaban frías y la habitación
polvorienta. A Maris le costó dormirse. Su propia casa le resultaba extraña. Se
levantó y fue a buscar algo de comer, pero hacía demasiado tiempo que no pasaba
por allí. La poca comida que quedaba en la cocina estaba estropeada. Hambrienta y
deprimida, volvió a la cama para intentar conciliar el sueño .
Cuando fue a verle a la mañana siguiente, el recibimiento del Señor de la
Tierra fue educado, pero distante.
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Refugio del viento
—¿A cuántos vas a avalar para el desafío este año? —preguntó Maris.
Fuera, la lluvia y el viento azotaban la isla, pero los gruesos muros de piedra que
les encerraban también les aislaban del viento. Sena estaba sentada en un taburete bajo,
con una camisa rota en las manos. Maris estaba de pie ante ella, calentándose la espalda
junto al fuego. Se encontraban en la habitación de Sena.
—Iba a pedirte consejo sobre eso —respondió Sena, levantando la cabeza del
remiendo—. Había pensado en cuatro, quizá en cinco.
—S'Rella, por supuesto —dijo Maris pensativa. Su opinión influiría en Sena, y el
aval de la maestra era de importancia vital para los futuros alados. Sólo aquellos que se
ganaban su aprobación tenían derecho a lanzar un desafío—. Y también Damen. Son
los mejores. Luego... ¿Sher y Leya, quizá? ¿O Liane?
—Sher y Leya —asintió Sena—. Tengo que avalar a los dos o a ninguno. Ya será un
gran logro convencerles de que no desafíen a la misma persona para una carrera en
equipo.
Maris se echó a reír. Sher y Leya eran dos de los aspirantes más jóvenes, amigos
inseparables. Tenían talento y entusiasmo, aunque se cansaban con facilidad y se les
podía desconcertar con lo inesperado. Muchas veces se había preguntado si su constante
compañía les daba fuerzas o simplemente reforzaba los fallos que tenían en común.
— ¿Crees que pueden ganar?
—No —dijo Sena sin levantar la vista—. Pero ya tienen edad suficiente para
intentarlo y perder. La experiencia les vendrá bien. Les calmará los ánimos. Si sus sueños
no pueden resistir una derrota, nunca serán alados.
Maris asintió.
—Entonces, ¿la duda está en Liane?
—No avalaré a Liane —afirmó Sena—. No está preparado. No sé si llegará a estarlo.
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Maris se sorprendió.
—Le he visto volar —dijo—. Es fuerte, y a veces vuela sorprendentemente bien. Estoy
de acuerdo en que es muy variable, pero cuando lo hace bien es mejor que S'Rella y Damen
juntos. Podría ser tu mejor esperanza.
—Es posible —convino Sena—, pero no le avalaré. Una semana vuela como un
halcón, y a la siguiente da tumbos como un chiquillo al que dejan en el aire por primera
vez. No, Maris. Quiero ganar, pero una victoria sería lo peor que podría pasarle a Liane.
Apostaría a que no viviría ni un año. Él cielo no es un lugar seguro para aquellos cuyas
habilidades dependen de un estado de ánimo.
Maris asintió de mala gana.
—Quizá sea lo mejor —asintió—. Pero, entonces, ¿en quién has pensado en quinto
lugar?
—Kerr —dijo Sena.
Dejó la aguja de hueso a un lado y examinó la camisa que había estado zurciendo.
Luego la extendió sobre la mesa y se echó hacia atrás en el asiento para mirar a Maris con
el ojo sano.
—¿Kerr? Es un encanto, pero se pone nervioso y no coordina bien los
movimientos. Además, tiene un exceso de peso, y los brazos demasiado débiles. Es inútil
avalar a Kerr, al menos este año. Dentro de unos cuantos, quizá...
—Sus padres quieren que compita este año —dijo Sena débilmente—. Dicen que
ya ha perdido dos años. Tienen una mina de cobre en Pequeña Shotan, y están ansiosos
de que Kerr consiga unas alas. Financian generosamente la academia.
—Ya veo —murmuró Maris.
—El año pasado, les dije que no —siguió Sena—. Pero ahora no estoy tan segura de
mí misma. Si este año no conseguimos una victoria, puede que la academia pierda el
apoyo de los Señores de la Tierra. Entonces, necesitaremos financiadores ricos que se
interpongan entre nosotros y el cierre. Quizá lo mejor para todos sea tenerlos contentos.
—Comprendo —asintió Maris—, aunque no lo apruebo por completo. Pero supongo
que es inevitable. Y a Kerr no le hará daño perder. A veces, parece que disfruta haciendo
el payaso.
Sena gruñó.
—Sé que debo hacerlo, pero no me gusta. Esperaba que me convencieras de lo
contrario.
—No —dijo Maris—. Sobreestimas mi elocuencia. Pero te daré algunos consejos.
En las semanas que quedan, reserva las alas para los que lanzarán los desafíos.
Necesitan entrenamiento. Que los otros hagan ejercicio y aprendan en tierra.
—Es lo que he hecho otros años —asintió Sena—. También hacen carreras entre ellos.
Me gustaría que tú también compitieras, aunque sólo sea para enseñarles a perder. S'Rella
desafió el año pasado, y Damen ya ha perdido dos veces, pero los demás necesitan la
experiencia. Sher...
—¡Sena, Maris, venid, de prisa! —El grito llegó desde el vestíbulo, y un Kerr sin
aliento apareció en la puerta—. La Señora de la Tierra ha enviado a alguien, necesitan
un alado, son...
Se detuvo sudando, atragantándose con las palabras. —Ve con él, rápido —urgió
Sena a Maris—. Os alcanzaré en cuanto pueda.
El forastero que esperaba en la sala de estar también sudaba. Venía corriendo
desde la torre de la Señora de la Tierra. Pero consiguió explicarse.
—¿Eres tú la alada?
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Era joven y estaba muy nervioso. Miraba a su alrededor como un pájaro en la jaula.
Maris asintió.
—Tienes que volar a Shotan. Por favor. Di a su curandero que venga. La Señora de
la Tierra me dijo que te lo pidiera. Mi hermano está enfermo. Una herida en la cabeza.
Tiene la pierna rota... Muy mal, se le ve el hueso... Y no me quiere decir qué he de hacer
para arreglársela, o para calmarle la fiebre. De prisa, por favor.
—¿No hay curanderos en Colmillo de Mar? —preguntó Maris. —El curandero es su
hermano —explicó Damen, un joven nativo de la isla.
—¿Cómo se llama el curandero de Gran Shotan? —preguntó Maris en el momento
en que Sena entraba en la habitación, cojeando.
La anciana se hizo cargo rápidamente de la situación, y tomó el mando.
—Hay varios —dijo.
—De prisa —rogó el forastero—. Mi hermano puede morir.
—No creo que muera por haberse roto una pierna —empezó Maris.
Pero Sena la hizo callar con un gesto.
—Pues eres tonta —casi gritó el joven — . Tiene fiebre. Delira. Se cayó por el
acantilado mientras buscaba huevos de milano, y se quedó allí casi todo un día antes de
que le encontrara. Por favor.
—Hay una curandera en el lado más cercano. Se llama Fila —dijo Sena—. Es una
anciana extravagante que no quiere viajar por mar, pero su hija vive con ella y conoce las
artes. Si no puede venir, te dará el nombre de otro que pueda. No pierdas el tiempo en
Ciudad Tormenta, los curanderos de allí querrán sentir el peso del metal antes de ponerse
a recoger hierbas. Luego detente en la Plataforma Sur y di al capitán del barco que hace
el trayecto entre las islas que tiene que esperar a un pasajero importante.
—Iré en seguida —dijo Maris, dirigiendo sólo una breve mirada al puchero de
estofado que humeaba en el fuego. Tenía hambre, pero eso podía esperar—. S'Rella,
Kerr, venid a ayudarme con las alas.
—Gracias —murmuró el forastero.
Pero Maris y los estudiantes ya se habían marchado.
La tormenta se había desencadenado por fin en el exterior. Maris dio gracias por
su suerte y voló directamente, a través del salado canal, muy pocos metros por encima de
las olas. Volar tan bajo era peligroso, pero no tenía tiempo para intentar ganar altura y.
de todos modos, las escilas no solían acercarse tanto a tierra. Fue un vuelo corto.
Encontró fácilmente a Fila, pero, como predijera Sena, la mujer no quiso acudir.
—Las aguas me marean —dijo bruscamente—. Y ese chico de Colmillo de Mar se
cree mejor que yo. Siempre lo ha pensado, el joven idiota, y ahora acude a mí, llorándome
para que le ayude.
Pero su hija se disculpó en su nombre y se apresuró para tomar el barco que
la esperaba.
En el camino de vuelta, Maris se permitió a sí misma disfrutar de la sensual
caricia de los vientos, como para disculparse de lo rudamente que los había utilizado
para llegar a Gran Shotan. Las nubes de tormenta habían desaparecido. El sol brillaba
sobre las aguas, y el arco iris se extendía sobre el cielo del este. Maris fue a su
encuentro, remontándose con una corriente de aire cálido que se elevaba desde
Shotan, asustando a una bandada de aves veraniegas cuando se acercó a ellas desde
abajo. Cuando los pajarillos se dispersaron, confusos, se echó a reír. Su cuerpo
respondía por puro instinto y costumbre a las sutiles exigencias de los vientos. Iban
en todas direcciones, algunos hacia Colmillo de Mar, otros hacia Eggland o Gran
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Shotan, algunos en dirección al mar abierto. Y, mucho más lejos, vio... Entrecerró
los ojos para asegurarse. ¿Una escila, sacando el largo cuello del agua para atrapar a
algún pajarillo desprevenido? No, había varias formas. Una manada de tigres marinos.
O barcos.
Trazó un círculo y planeó sobre el océano, dejando las islas tras ella, y muy
pronto estuvo segura. Cinco barcos navegando juntos. Cuando el viento la acercó lo
suficiente, pudo ver también los colores, la desvaída pintura de las velas de lona, las
banderas ondeando en lo alto, los cascos negros. Los barcos locales eran menos
sombríos. Éstos habían recorrido un largo camino. Una flotilla mercante del
Archipiélago Oriental.
Voló bajo para ver a la tripulación trabajar cambiando las velas y luchando
desesperadamente por seguir captando el viento adecuado. Algunos miraron hacia
arriba, gritaron y la saludaron con las manos, pero la mayoría siguieron concentrados
en el trabajo. Navegar por los mares abiertos de Windhaven era siempre peligroso, y
durante muchos meses del año las tormentas hacían completamente imposible
navegar entre grupos distantes de islas. Para Maris el viento era un amante, pero
para los marineros era un asesino sonriente, que se fingía amistoso sólo para tener
oportunidad de desgarrar una vela o reducir un barco a astillas contra una roca
oculta. Un barco era demasiado grande para jugar a los juegos de los alados. En el
mar, un barco estaba siempre dispuesto a la batalla.
Pero estos barcos ya estaban casi a salvo. La tormenta había pasado,
anochecería antes de que se desencadenase otra sobre ellos. Aquella noche habría
fiesta en Ciudad Tormenta. La llegada de una flotilla mercante oriental de aquel
tamaño siempre era un acontecimiento. Una tercera parte de los barcos que
intentaban hacer el peligroso viaje se perdían en el océano. Maris calculó que la flota
llegaría a puerto en menos de una hora, a juzgar por su situación y la fuerza de los
vientos. Describió otro círculo para confirmar su propia gracia y libertad en los cielos,
en comparación con los esfuerzos de los marineros, y decidió llevar la noticia a Gran
Shotan en vez de regresar inmediatamente a Colmillo de Mar. Incluso podría esperar.
Sentía curiosidad por saber qué carga y qué noticias traían.
Maris bebió demasiado vino en la tumultuosa taberna del muelle. La obligaron el
resto de los clientes, encantados con la que fue la primera en llevarles noticias de la flota.
Ahora todo el mundo se había congregado en el puerto, bebiendo, brindando y
especulando sobre lo que traerían los comerciantes.
Cuando surgió el grito —primero una voz, luego muchas— de que los barcos
estaban atracando, Maris se levantó sólo para tropezar, sin equilibrio, mareada por el
vino. Se habría caído, pero la aglomeración de cuerpos a su alrededor la empujó hacia la
puerta, la mantuvo en pie y la arrastró.
En el exterior todo era desorganización y ruido, y por un momento Maris se
preguntó si había estado acertada al quedarse. No se podía ver ni aprender nada entre
aquella multitud emocionada y jaranera. Se encogió de hombros y, poco a poco, fue
saliendo del tumulto, para ir a sentarse en un barril caído. Conseguiría lo mismo
quedándose allí y manteniendo los ojos abiertos para localizar a algún tripulante del barco
que pudiera darle noticias. Se apoyó contra un suave muro de piedra, cruzó los brazos y
esperó.
Despertó bruscamente, molesta porque alguien no dejaba de sacudirla por los
hombros. Parpadeó varias veces, mirando el rostro del desconocido.
—¿Eres Maris? —preguntó éste —. ¿Maris, la alada? ¿Maris de Amberly Menor?
Era un joven con el rostro severo y recio de un asceta. Una cara reservada que no
dejaba entrever nada. En un rostro como aquél, los ojos resultaban sorprendentes:
grandes, oscuros, transparentes. Tenía el pelo color rojizo echado hacia atrás desde una
amplia frente, y anudado en la nuca.
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—Sí —respondió, irguiéndose —. Soy Maris. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Debo de
haberme quedado dormida.
—Debes —replicó, inexpresivo—. He llegado en el barco. Me han dicho que hable
contigo. Pensé que habías venido a recibirme.
—¡Oh! —Maris echó un vistazo a su alrededor. La multitud había empezado a
dispersarse. El muelle estaba vacío a excepción de un grupo de mercaderes que charlaban y
los descargadores de la tripulación, que bajaban de los barcos balas de tejido—. Me senté
aquí a esperar —murmuró—. Supongo que se me cerraron los ojos. Anoche no dormí
demasiado.
Había algo en él que le resultaba familiar, pensó Maris, confusa. Le miró más
atentamente. Llevaba ropas cortadas al estilo oriental, pero sencillas. Tejido gris sin
adornos, grueso y cálido, con una capucha a la espalda. Llevaba una bolsa de lona
colgada de un brazo, y un cuchillo en una funda de piel le pendía de la cintura.
—¿Has dicho que venías en el barco? —preguntó—. Perdona, pero estoy medio
dormida. ¿Dónde están los otros marineros?
—Los marineros estarán comiendo o bebiendo, y los mercaderes regateando,
supongo —respondió—. Ha sido un viaje difícil. Perdimos un barco durante una
tormenta, aunque se pudo rescatar a todos
los tripulantes excepto a dos. Después de eso, el viaje no fue muy cómodo, éramos
demasiados. Los marineros se han alegrado de llegar a tierra. —Hizo una pausa—. De
todos modos, yo no soy un marinero. Lo siento, cometí un error. No creo que hayas
venido a recibirme.
Se dio la vuelta para marcharse.
De pronto, Maris comprendió quién era el joven.
—¡ Claro! — exclamó —. Debes de ser el alumno, el que viene de Hogar del Aire. —El
joven se giró hacia ella—. Lo siento —siguió Maris—, me había olvidado de ti.
Se bajó del barril.
—Me llamo Val —dijo él, como si esperase que el nombre significara algo para la
alada—. Val de Arren Sur.
—Bien —respondió Maris—. Ya conoces mi nombre. Estoy segura deque...
El joven se cambió la bolsa de mano, intranquilo. Tenía los músculos tensos
alrededor de la boca.
—También me llaman Un-Ala.
Maris no dijo nada, pero su rostro la traicionó.
—Veo que me conoces, después de todo —señaló él bruscamente.
—He oído hablar de ti —admitió Maris—. ¿Piensas presentarte a la competición?
—Pienso volar —replicó Val — . Llevo cuatro años trabajando para ello.
—Ya veo —dijo Maris fríamente. Miró hacia el cielo, ignorando al joven. Estaba
anocheciendo—. Tengo que volver a Colmillo de Mar —le dijo—. Deben de pensar que
me he caído al océano. Les comunicaré que has llegado.
—¿No quieres hablar con la capitana? —preguntó, sarcástico—. Está en la
taberna, contando historias a un montón de crédulos.
Señaló con la barbilla uno de los edificios del puerto.
—No —respondió Maris, demasiado de prisa—. Pero gracias.
Ya se alejaba cuando él la llamó.
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—Llevó al suicidio a una amiga mía —dijo en voz baja, intensa—. Se burló de su
pena, le quitó las alas, lo único que le faltó fue empujarla del acantilado con sus propias
manos.
—Tonterías —replicó Sena—. Ari se suicidó sola.
—Yo conocía a Ari —dijo Maris suavemente, mirando el fuego—. No hacía
mucho que tenía las alas, pero era una auténtica alada. Todo el mundo la quería. Val
no la habría derrotado en un vuelo justo.
—Val la derrotó.
—Ella habló conmigo en el Nido de Águilas, poco después de la muerte de su
hermano —explicó Maris—. Ari lo vio todo. El chico había salido en el bote y echó las
redes para pescar peces luna. Ella volaba por encima de él, vigilándole. Vio salir a la
escila, pero estaba demasiado lejos, y el viento se llevó su grito de advertencia.
Intentó acercarse volando, pero era demasiado tarde. Vio el bote hecho astillas, y a la
escila con el cuerpo de su hermano entre las mandíbulas. Luego, el animal se
sumergió.
No debió asistir a la competición —se limitó a responder Sena.
Sólo faltaba una semana —señaló Maris — . Aquel día, en el Nido de Águilas, no
quería ir, pero estaba muy abatida. Todos pensamos que eso la animaría. Los juegos,
las carreras, cantar, beber... La presionamos para que asistiera. No soñamos que
nadie la desafiaría. En su estado, no.
—Conocía las reglas que marcó el Consejo —insistió Sena — . Tu Consejo, Maris.
Cualquier alado que se presente en la competición está sujeto a desafío, y ningún
alado sano puede faltar más de dos años seguidos.
Maris volvió a mirar a la maestra, con el ceño fruncido.
—Estás hablando de la ley. ¿Y qué hay de la humanidad? Sí, Ari no debería
haber asistido. Pero ella necesitaba desesperadamente seguir viviendo, necesitaba
estar rodeada por sus amigos, olvidar el dolor durante un tiempo. Nosotros la
cuidábamos. Estaba poco ágil, y a veces se olvidaba de lo que hacía, pero nos
asegurábamos de que no le pasase nada. Cuando ese chico la desafió, nadie podía
creerlo.
Chico —repitió Sena—. Has utilizado la palabra adecuada, Maris. Tenía quince
años.
Sabía lo que hacía. Los jueces intentaron explicarle la situación, pero no retiró
el desafío. Voló bien, Ari voló mal, y ahí terminó el asunto. Un-Ala consiguió las alas.
Un mes más tarde, Ari se suicidó.
En ese momento, Val estaba a un océano de distancia —señaló Sena—. Los
alados no tenían motivos para culparle, para tratarle así. Ni para hacer lo que hicieron
al año siguiente, en la competición de Culhall. Desafío tras desafío tras desafío, desde
los alados retirados hasta los niños que acababan de llegar a la edad, los mejores, los
más hábiles.
—Entonces no había ninguna regla contra los desafíos múltiples — se
defendió Maris.
—Pero ahora sí existe esa regla. ¿Fue justo aquello?
—No importa. Perdió en el segundo desafío.
—Sí. Contra una chica que llevaba practicando con las alas desde que tenía
siete años. Y su padre era el mejor alado de Pequeña Shotan. Pero le derrotó después
de que Val venciera a otro desafiante —dijo Sena—. ¿Y qué incentivo tenía para volar
bien contra ella? Había otro esperando para desafiarle, y luego una docena más.
Además, todos le habíais dicho que sólo era medio alado.
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—Pero, aunque gane, los demás no olvidarán el pasado. Tú le llamas Val, pero
para ellos siempre será Un-Ala.
—No te estoy pidiendo que le des escolta el resto de tu vida, Maris —le replicó Sena
—. Sólo quiero que me ayudes ahora, que ayudes a Val a obtener las alas.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada que no hayas hecho por los demás. Señálale sus errores. Enséñale las cosas
que te han enseñado a ti estos años de volar, como enseñarías a tu propio hijo.
Aconséjale. Anímale. Desafíale. Es demasiado hábil para aprender nada compitiendo
contra mis alas de madera, y ya has visto hoy lo poco predispuesto que está a
escucharme. Soy vieja, tullida y sólo vuelo en sueños. Pero tú eres una alada, y una de
las mejores, según se dice. Te hará caso.
—No estoy tan segura —respondió Maris. Bebió el último resto de kivas que
quedaba en la taza y la dejó a un lado—. Bueno, supongo que debo aconsejarle, si él
quiere.
—Bien —dijo Sena. Se levantó—. Te lo agradezco. Ahora, si me disculpas, tengo
mucho trabajo. —Ya en la puerta, se detuvo y dio media vuelta—. Sé que esto no es fácil
para ti, Maris. Quizá si conocieras mejor a Val podrías simpatizar con él. Estoy segura de
que te admira.
Maris se sobresaltó, pero intentó disimularlo.
—Pues yo no puedo admirarle —replicó—. Y cuanto más le veo, menos
posibilidades me da de simpatizar con él.
—Es joven —dijo Sena—. No ha tenido una vida fácil. Y está obsesionado con ganar
otra vez las alas. No se diferencia demasiado de ti, hace unos años.
Maris se tragó la ira para no embarcarse en una discusión sobre lo diferente que
era Val Un-Ala de ella. Sólo conseguiría parecer rencorosa.
El silencio se alargó. Luego Maris oyó las suaves e inseguras pisadas de Sena
alejándose.
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apiñaban ante una mesa. Sena estaba sentada junto a la segunda, charlando
animadamente con Sher, Leya y Kerr. S'Rella y Val comían solos en la tercera mesa.
Maris dejó que Damen le llenara el plato con estofado de pescado, luego se sirvió
un vaso de vino blanco y fue a reunirse con ellos.
— ¿Qué tal está la comida? —preguntó mientras se sentaba frente a Val.
El joven la miró atentamente, pero Maris no pudo leer nada en los enormes ojos
oscuros.
—Excelente —respondió Val—. Pero en Hogar del Aire tampoco teníamos razones
para quejarnos de la alimentación. Los alados se cuidan bien. Incluso los que tienen alas
de madera.
A su lado, S'Rella apartó un trozo de pescado con estudiada indiferencia.
—Esto no está tan bueno —contestó—. Damen siempre lo deja todo demasiado
insípido. Espera a que cocine yo, Val. Las comidas del Archipiélago del Sur llevan muchas
especias.
Maris se echó a reír.
—En mi opinión, demasiadas.
—No me refería a las especias —siguió Val — . Hablo de la comida. En este
estofado hay cuatro o cinco clases diferentes de pescado, trozos de verdura, y juraría
que la salsa lleva vino. Las raciones son abundantes y no hay ningún trozo podrido.
Sólo los alados, los Señores de la Tierra y los comerciantes ricos pueden permitirse
comer así.
S'Rella parecía ofendida. Maris frunció el ceño y dejó el cuchillo sobre la mesa.
La mayoría de los alados comen poco. Val. No podemos permitirnos engordar.
A veces, me han servido pescado que apestaba. Otras, estofado de pescado
en el que no había ni rastro de pescado —replicó el joven fríamente—. Crecí comiendo
los restos y las sobras que caían de la mesa de los alados. Ya me gustaría pasarme el
resto de mi vida comiendo tan poco como un alado.
Había un infinito sarcasmo en la manera que tuvo de pronunciar la palabra
«poco».
Maris se sonrojó. Sus verdaderos padres no habían sido ricos, pero su padre
pescaba en los mares de Amberly, y nunca les había faltado la comida. Tras su
muerte, cuando el alado Russ la adoptó, nunca le faltó nada. Bebió un sorbo de vino y
cambió de tema.
—Quiero hablar contigo de tus giros, Val.
—¿Sí? —Se tragó el último trozo de pescado y apartó a un lado el plato—.
¿Hago algo mal, alada?
Tenía una voz tan inexpresiva que Maris no supo si lo decía con sarcasmo o no.
—Mal, no. Pero me he dado cuenta de que, cuando tienes oportunidad, siempre
giras hacia un viento inferior. ¿Porqué?
Val se encogió de hombros.
—Es más fácil.
—Sí —asintió Maris—, pero no mejor. De un giro en un viento inferior se sale con
más velocidad, pero describes un arco más amplio. Y te desestabilizas más fácilmente,
sobre todo si estás volando con vientos altos.
—Un giro hacia arriba es difícil con vientos altos —replicó Val.
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—Requiere más fuerza —concedió Maris—, pero eso es algo que tienes que
ejercitar. No puedes evitar las dificultades. Girar siempre hacia el viento inferior es un
hábito inofensivo, pero puede que llegue un momento en que tengas que girar hacia
arriba, y debes estar en condiciones de hacerlo bien.
La expresión de Val era tan reservada como siempre.
—Ya veo —dijo.
Animada, Maris tocó un tema más peligroso.
—Una cosa más. He visto que hoy, durante las prácticas, llevabas el cuchillo.
—Sí.
—La próxima vez, no lo hagas — advirtió Maris—. No sé si lo entiendes. No importa
lo que signifique el cuchillo para ti, es la ley de los alados. No se pueden llevar armas al
cielo.
—La ley de los alados —replicó Val con voz gélida—. Dime, ¿quién ha dado a los
alados el derecho de hacer leyes? ¿Existe la ley de los granjeros? ¿La ley de los
sopladores de vidrio? Los Señores de la Tierra hacen la ley. La única ley. Cuando mi padre
me dio ese cuchillo, me dijo que lo llevara siempre. Pero lo dejé durante el año que tuve
las alas. Obedecí vuestra ley. Y la ley no hizo más que insultarme. Seguí siendo Un-Ala.
Bueno, entonces era un niño, y me impresionaba la ley de los alados. Pero ya no soy un
niño. Elijo llevar el cuchillo.
S'Rella le miró, intrigada.
—Pero Val, ¿cómo puedes desobedecer la ley de los alados, si quieres ser un alado?
—Nunca he dicho que quiera ser un alado —replicó el joven —. Sólo que quiero ganar
las alas y volar. —Dejó de mirar a Maris para fijarse en S'Rella—. Y tú tampoco serás una
alada, S'Rella, aunque ganes las alas. Si llega a suceder, recuerda lo que te digo. Serás
como yo, un-ala.
—¡No es cierto! —gritó Maris, furiosa—. Yo no nací alada, pero ellos me han
aceptado.
—¿Seguro? —replicó Val. Sonrió irónicamente y se levantó del banco— .
Disculpadme, tengo que descansar. Mañana necesito practicar los giros hacia arriba, y me
harán falta todas mis fuerzas.
Cuando se marchó, Maris tendió un brazo sobre la mesa para tomar la mano de
S'Rella, pero la chica la miró preocupada y también se levantó.
—Tengo que marcharme —dijo.
Maris se quedó sola.
Permaneció sentada largo rato, y sólo cuando Damen se acercó a ella recordó el
plato medio lleno que tenía delante.
—Todos se han marchado, Maris —dijo el muchacho amablemente —. ¿Vas a
terminar?
—¡Oh! —se sobresaltó—. No, perdona. Me temo que me distraje, y se me ha
enfriado.
Sonrió y ayudó a Damen con los platos. Luego le dejó limpiando la sala y se lanzó
a recorrer los húmedos pasillos, en busca de la habitación de Val.
La encontró después de un solo error en el camino. La ira había ido creciendo,
estaba decidida a tener una charla con Val, pero fue S'Rella la que respondió a su
impaciente golpe en la puerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Maris, sobresaltada.
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S'Rella titubeó, tímida e insegura. Pero la voz de Val surgió del fondo de la
habitación.
—No tiene que responder a eso.
—No, claro que no —dijo Maris, avergonzada. Ni siquiera tenía derecho a
preguntarlo. Tocó ala joven en el hombro—. Lo siento. ¿Puedo pasar? Quiero hablar con
Val.
—Déjala entrar.
S'Rella sonrió tentativamente a Maris y le franqueó el paso.
Como todas las habitaciones de la academia, la de Val era pequeña, húmeda y
fría. Había encendido un fuego en la chimenea para calentarla un poco, pero hasta el
momento no había logrado gran cosa. Maris advirtió que la habitación estaba muy
desnuda, que carecía por completo de los toques personales que darían al visitante una
pista sobre la persona que vivía allí.
Val estaba ante el fuego, en el suelo, haciendo flexiones. Se había quitado la
camisa, que estaba sobre la cama, y hacía los ejercicios con el pecho descubierto.
—¿Y bien? —preguntó sin detenerse.
Maris se le quedó mirando, asqueada. Val tenía toda la espalda surcada de finas
cicatrices blancas, recuerdos de pasadas palizas. Tuvo que apartar la vista para recordarse
a sí misma el motivo de la visita.
—Tenemos que hablar, Val —dijo.
El joven se puso en pie con una sonrisa, mientras respiraba entrecortadamente.
—Pásame la camisa. S'Rella —pidió. Se la puso—. ¿De qué quieres hablar?
Ahora llevaba el pelo suelto, y le caía sobre los hombros como una cascada color
rojizo, suavizando la severidad de sus rasgos y dándole un aspecto extrañamente
vulnerable.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Maris. Val le señaló la única silla de la habitación.
Cuando Maris tomó asiento, se dejó caer sobre un taburete sin respaldo, al lado del
fuego. S'Rella se sentó en la estrecha cama—. No quiero jugar contigo. Val. Tenemos
mucho trabajo que hacer juntos.
—¿Qué te hace pensar que estoy jugando?
—Escúchame —respondió—. Comprendo que sientas rencor hacia los alados. Te
rechazaron, te etiquetaron y se burlaron de ti con un nombre insultante, te quitaron las
alas, quizá injustamente, con desafíos múltiples. Pero si permites que eso envenene para
siempre tus sentimientos hacia todos los alados, perderás. Si vuelves a ganar las alas en
la competición, te encontrarás el resto de tu vida rodeado de alados. Si no les dejas que
sean tus amigos, no tendrás amigos. ¿Es eso lo que quieres?
Val no se inmutó.
—Windhaven está lleno de gente, y sólo hay unos cuantos alados. ¿O es que no
cuentas a los atados a la tierra?
—¿Por qué estás tan decidido a resultar odioso? Te das mucha prisa en crearte
enemigos. Quizá crees que los alados te han tratado mal, y quizá tengas razón, pero
las peleas no suelen ser unilaterales. Intenta comprenderlo. Tampoco estuvo bien lo que
hiciste con Ari. Si quieres que te perdonen por aquello, perdona a los alados por lo que
te hicieron. Acepta y te aceptarán.
Val sonrió con los labios apretados.
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—Te equivocas —dijo con toda la calma y tranquilidad que pudo. Pero descubrió
que no tenía argumentos para responderle—. Lo siento por ti, Val —siguió—. Odias a
los alados y sientes desprecio por los atados a la tierra. Por cualquiera que no seas tú
mismo. No quiero tu respeto ni tu gratitud. No sólo reniegas de los privilegios de la
sociedad de los alados, sino también de las responsabilidades. Eres completamente
egoísta. Si no se lo hubiera prometido a Sena, no movería un dedo para ayudarte a
conseguir las alas. Buenas noches.
Salió de la habitación. Val no se movió, ni la llamó para que volviera. Pero,
mientras la puerta se cerraba a su espalda, le oyó hablar con S'Rella.
— Ya ves —le decía simplemente.
Aquella noche Maris volvió a soñar, y se despertó con las ropas de la cama
revueltas, empapada en sudor. Había sido peor que nunca. Caía, caía eternamente en
el aire quieto, mientras a su alrededor otros alados, con sus brillantes alas plateadas
extendidas, la miraban sin hacer nada.
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Maris respiró hondo y dejó la mente en blanco. Echó a correr y saltó. Durante un
breve instante, cayó. Luego las alas captaron los vientos y la impulsaron hacia arriba. Se
tomó tiempo para llegar al nivel de Val. Ascendió en una espiral cerrada, necesitaba
aquellos momentos para volver a sentir el cielo, para que su cuerpo agotado supiera cómo
utilizar mejor los vientos.
Cuando llegó a su altura, los dos trazaron círculos cautelosamente, el uno
alrededor del otro, luchando para mantener el control entre los vientos incansables. Los
ojos de Maris se encontraron con los del joven, luego miró mucho más allá, hacia la roca
que les servía de señalizador.
—Preparado... ¡Ya! —gritó.
Los dos empezaron a volar.
Los vientos eran fuertes, pero turbulentos. El principal venía del norte, pero se
cruzaba con ráfagas provinentes de todas partes. El cielo del Este era una inmensa masa
de nubes oscuras, que se agolpaban por momentos, amenazando tormenta. Maris las
miró, intranquila, y volvió a remontarse, buscando en las alturas una corriente más rápida
y segura. Tenía que luchar constantemente para mantener el rumbo. Las ráfagas le
empujaron de un lado a otro, exigiéndole una atención constante y frecuentes giros y
correcciones. No podía permitirse ningún fallo.
Aunque no le buscaba con la vista, a veces percibía a Val. El joven volaba en
ocasiones por debajo de ella, pero casi siempre a su lado, desconcertantemente cerca.
Volaba bien, y a Maris no le consoló pensar que era, en parte, gracias a sus consejos.
Derrotarle no sería sencillo.
Entonces, Val apareció por delante de ella.
Una ráfaga de adrenalina recorrió a Maris, y movió el cuerpo hacia la izquierda
para captar el cambiante viento que la impulsaba. Le llamaban Un-Ala, pero sabía muy
bien cómo utilizar las dos en el aire. Las competiciones contra los alas de madera habían
reblandecido a Maris. Reaccionaba con lentitud.
Delante de ella, a poca distancia, las alas de Val pasaron por encima de la roca.
Giró hacia el viento inferior, según advirtió Maris, trazando un amplio círculo y vacilando un
momento. Pero salió del giro a gran velocidad, e inició el vuelo de regreso hacia el risco.
Decidida a derrotarle, Maris voló peligrosamente cerca de la roca. La punta de
una de las alas rozó la piedra y la alada perdió el equilibrio durante un crucial momento.
Se precipitó hacia las olas, perdió el viento y tembló, con el corazón en la garganta, antes
de recuperar el control de nuevo. Val había aumentado la distancia que les separaba.
Maris sólo pudo sentirse agradecida de que no hubiera presenciado el fallo.
Había perdido altura, pero captó una corriente ascendente y, repentinamente,
Maris volvió a elevarse. Voló incansablemente, pensando sólo en la inmediata necesidad
de adquirir velocidad, buscando y maniobrando hasta que encontró una corriente firme
que podía utilizar.
El viento la acercó a Val, pero estaba tan concentrada en el intento de adelantarle
que apenas advirtió que se aproximaba a tierra firme. Repentinamente, se vio atrapada
en una plomada, una bolsa de aire frío que tiró de ella hacia abajo como una mano gélida.
Val consiguió esquivarla y seguir volando, y encontró una imposible corriente ascendente
que le llevó más arriba, más lejos, mientras Maris controlaba el brusco descenso y luchaba
por librarse de la bolsa de aire. El joven describió un círculo sobre la fortaleza. midiendo la
fuerza de los vientos por la fina columna de humo de las chimeneas, y volvió a iniciar el
camino de regreso, cada vez a más altura, antes de que Maris terminara de recuperarse.
Era como si el mismo cielo favoreciera a Val aquella tarde, pensó Maris, resentida,
mientras maniobraba para girar. Los vientos jugaban con ella y la hacían trastabillar,
soplando a ráfagas impredecibles cada vez que intentaba cabalgar sobre ellos. Pero, en
cambio, permitían que Val volase libremente. El joven casi parecía ignorar la peligrosa
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La competición anual era una fiesta de tres días. En otros tiempos, sólo había
concursos y bebida, nadie se jugaba nada excepto el orgullo.
No era un acontecimiento tan multitudinario, y se celebraba por tradición en
el Nido de Águilas. Pero desde que se instituyera el sistema de desafíos, hacía siete
años, la participación de alados creció notablemente, y se hizo necesario trasladar la
competición a las islas.
Los Señores de la Tierra luchaban por el privilegio de albergar a los alados,
cediendo instalaciones y dándoles facilidades. También era una fiesta para su pueblo,
y atraía a multitud de visitantes de otras islas, con los bolsillos llenos de metal. Los
atados a la tierra no tenían muchos espectáculos como aquél, y los alados seguían
siendo románticos personajes legendarios para la mayoría de ellos.
Aquel año la competición se iba a celebrar en Skulny, una isla de tamaño
mediano al Noreste de Pequeña Shotan. La Señora de Colmillo de Mar había fletado
un barco para Sena y los alas de madera, y un corredor les llevó el aviso de que ya
estaba esperándoles en el único puerto de la pequeña isla. Saldrían con la marea de la
tarde.
—Salir en la oscuridad —gruñó Sena cuando se sentó junto a Maris para
desayunar—, es buscar problemas.
Kerr levantó la vista del plato de gachas.
—Pero es que hay que aprovechar la marea —indicó rápidamente—. Por eso
salimos al atardecer.
Sena le miró con el ojo sano, irritada.
—¿Sabes mucho de navegación?
—Sí, señora. Mi hermano Rae es el capitán de un barco mercante, uno grande
de tres mástiles, y mi otro hermano también es marinero, aunque sólo trabaja para
uno de los barcos que hacen la travesía entre las islas cercanas. Creía que... Bueno,
antes de venir a Alas de Madera, creía que yo también sería marinero. Es lo más
parecido a volar que existe.
Sena se estremeció.
—Como volar sin control, como volar con un peso que te arrastra hacia el mar,
como volar a ciegas. Sí, eso es navegar.
La mujer había hablado en voz alta, y una risa contenida se extendió por la
sala. Kerr enrojeció y se concentró en el desayuno que tenía delante.
Maris miró a Sena con simpatía, intentando no reírse para no avergonzar más
a Kerr. Aunque llevaba muchos años en tierra, Sena aún sentía el miedo casi
supersticioso de los alados a viajar por mar.
¿Cuánto durará? —preguntó Maris.
Si los vientos lo permiten, tres días, incluyendo la parada en Ciudad Tormenta.
¿Qué importa? O llegamos, o nos ahogaremos. —La maestra miró a Maris —. ¿Vas a
volar hoy a Skulny?
—S í .
Bien. —Sena tendió la mano para tomar a Maris por el brazo — . No es
necesario que nos ahoguemos todos. Tenemos dos pares de alas que nos harán falta
en la competición. Sería una locura llevarlas en el bote con nosotros...
Barco —la interrumpió Kerr.
Sena le miró.
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—Bote o barco, sería una locura. Es mejor que las utilicemos. ¿Querrás llevar a dos
de los estudiantes contigo? Les vendrá bien practicar durante un vuelo largo.
Maris bajó la vista hacia la mesa, y se dio cuenta de que todo el mundo se había
quedado inmóvil. Las cucharas no se elevaban, las mandíbulas no se movían, todos
esperaban la respuesta.
—Buena idea —sonrió—. Me llevaré a S'Rella y a...
Titubeó, sin saber a quién elegir.
Dos mesas más allá, Val dejó caer la cuchara y se levantó.
—Yo iré —dijo.
Los ojos de Maris se encontraron con los del joven a través de la habitación.
—S'Rella y Sher, o Leya —respondió, testaruda—. Son los que más necesitan esa
clase de ejercicio.
—Entonces, me quedaré con Val —dijo S'Rella tranquilamente.
—Pues yo prefiero ir con Leya —añadió Sher.
—Irán S'Rella y Val —zanjó Sena, enfadada—. Y no se hable más. Si el resto
de nosotros morimos en el mar, ellos son los que tienen más posibilidades de
convertirse en alados y honrar nuestro recuerdo. —Apartó a un lado el plato de gachas
y se levantó del banco—. Ahora tengo que ir a ver a nuestra benefactora, la Señora de
la Tierra, y ser obsequiosa con ella un rato. Os veré antes de que salgáis para Skulny.
Maris apenas la oyó, Val y ella seguían mirándose fijamente. El joven le dedicó
una fina sonrisa antes de darse la vuelta y salir, detrás de Sena. S'Rella le siguió poco
después.
De pronto, la alada se dio cuenta de que Kerr le estaba hablando. Intentó
prestarle atención, y le sonrió.
—Perdona, no te he oído.
—No es tan peligroso — repitió sosegadamente —. De aquí a Skulny, el viaje por mar
es sencillo. Sólo hay unas pocas millas de océano abierto, cuando el barco pasa de
Pequeña Shotan a Skulny. Casi siempre estaremos cerca de las playas de las Shotan, sin
perder de vista la tierra firme. Y los barcos no son tan frágiles como cree. Entiendo de
barcos.
—Estoy segura, Kerr —dijo Maris—. Pero Sena piensa como una alada. Después de
la libertad de tener tus propias alas, resulta duro viajar por mar y poner tu vida en manos
de los que manejan las velas y el timón.
Kerr frunció los labios.
—Creo que entiendo —dijo, no demasiado convencido—. Pero si todos los alados
piensan así, no saben nada. No es tan peligroso como cree.
Satisfecho, volvió a concentrarse en el desayuno.
Mientras comía, Maris estaba cada vez más pensativa. Pensó con cierta
intranquilidad que Kerr tenía razón. Los alados tenían a veces puntos de vista muy
limitados, lo juzgaban todo según su propia perspectiva. Pero la idea de que el desprecio
de Val hacia ellos tuviera su parte de razón la molestaba más de lo que quería admitir.
Luego fue en busca de S'Rella y Val. No estaban en sus habitaciones, ni en
ninguno de los lugares habituales, y nadie sabía dónde habían ido tras marcharse de la
sala de estar. Maris recorrió los fríos y húmedos pasillos hasta que se perdió, y empezó a
elegir los caminos que escogía según si estaban iluminados o no.
Ya empezaba a considerar la posibilidad de gritar pidiendo ayuda, se reía de sí
misma por sentirse tan impotente encerrada entre paredes, cuando oyó a lo lejos el sonido
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de voces. Apresuró el paso. Los encontró tras girar una vez más a la derecha. Estaban juntos,
sentados muy cerca, contemplando el mar a través de una ventana. Se inclinaban el uno
hacia el otro de una manera que hablaba de intimidad, y Maris se sintió disgustada.
—Os he estado buscando —les dijo bruscamente.
S'Rella dio media vuelta y se levantó.
—¿Qué pasa? —preguntó rápidamente.
—Vamos a ir volando a Skulny, ya sabes —dijo Maris—. ¿Podéis estar dispuestos
para salir dentro de una hora? Empaquetad lo que queráis llevaros y entregádselo a
Sena.
—Estaré preparada para salir en un minuto —respondió S'Rella. La sonrisa de la
joven borró el enfado de Maris—. Muchas gracias por elegirme, Maris. No sabes cuánto
significa para mí.
Con el rostro iluminado, se dirigió hacia la alada y la rodeó con los brazos.
Maris le devolvió el abrazo.
—Creo que sí —respondió—. Anda, ve a prepararte.
S'Rella se despidió brevemente de Val y se marchó. Maris la observó alejarse
antes de volverse hacia el joven, y titubeó un instante.
Val seguía mirando el túnel por el que había desaparecido S'Rella, y había algo en su
sonrisa... Maris comprendió que era una sonrisa auténtica. De eso se trataba. Sonreía con
algo parecido al afecto, y aquello le daba una expresión más dulce, más humana, algo que
nunca había visto en él.
Entonces, sus ojos se volvieron hacia Maris, y la sonrisa cambió sutilmente. Un
leve fruncimiento en las comisuras de la boca, y ahora la sonrisa que dirigía a Maris
estaba llena de desprecio y hostilidad.
—Todavía no te he dado las gracias por elegirme —se burló—. Me alegra mucho
poder volar contigo.
—Val —replicó bruscamente Maris—, puede que no nos gustemos el uno al otro, pero
vamos a hacer un largo vuelo juntos. Al menos, podrías tratar de ser educado. No te burles
de mí. ¿Vas a hacer el equipaje?
—No he llegado a deshacerlo —replicó—. Le daré la bolsa a Sena, y llevaré el
cuchillo. Es lo único que importa. No te preocupes, estaré preparado. —Titubeó—. Y, una
vez en Skulny, no te molestaré. Cuando aterricemos me buscaré alojamiento. ¿Te parece
justo?
— Val... —empezó Maris.
Pero ya se había dado la vuelta, y miraba por la pequeña ventana hacia el cielo
nuboso, con rostro frío e impenetrable.
S'Rella llevó a los alumnos al risco para contemplar la partida de Maris, Val y
S'Rella. Todos estaban muy animados, reían, bromeaban y peleaban unos con otros por el
privilegio de ayudar a Maris y a S'Rella con las alas. Era una alegría contagiosa. El humor
de la alada empezó a mejorar, y por primera vez se sintió propensa a competir.
—¡Dejadles en paz, dejadles en paz! —gritaba Sena entre carcajadas—. ¡No
pueden volar con todos vosotros colgados de las alas!
—Ojalá pudieran —murmuró Kerr.
Se frotó la nariz, que el viento le había dejado de un color rojo brillante.
—Tendrás tu oportunidad —se defendió S'Rella.
—No te estamos echando la culpa —intervino rápidamente Leya.
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con la gran bahía en el centro de la ciudad, los molinos de viento a lo largo de las playas,
cuarenta, quizá cincuenta... S'Rella intentó contarlos, pero los habían sobrepasado antes
de que pudiera llegar a la mitad. Y en el mar abierto entre Pequeño Shotan y Skulny,
avistaron una escila, con su largo cuello surgiendo de las aguas verdeazuladas mientras
chapoteaba bajo la superficie con las hileras de poderosas aletas. S'Rella parecía
encantada. Toda la vida había oído hablar de las estilas, pero ésta era la primera que
veía.
Llegaron a Skulny poco antes del anochecer. Mientras trazaban un círculo antes de
aterrizar, alcanzaron a ver las figuras que, a lo largo de la playa, mantenían vivas las
hogueras para guiar a los alados que llegaban por la noche. El pequeño refugio de los
alados también bullía de actividad y luces: Maris pensó que las fiestas empezaban cada
año más temprano.
Intentó que su aterrizaje fuera un ejemplo para S'Rella, pero mientras estaba
sobre las manos y las rodillas, sacudiéndose la arena del pelo, oyó a la joven caer
bruscamente a su lado, y comprendió que, seguramente, S'Rella estaba demasiado
ocupada con su propio aterrizaje como para darse cuenta de la torpeza o agilidad de su
maestra.
En seguida estuvieron rodeadas por gritos de placer y bienvenida. Manos rápidas
se tendieron hacia ellas.
—¿Te ayudo, alada? Por favor, ¿te ayudo?
Maris permitió que una mano fuerte la ayudara a levantarse, y levantó la vista
hacia un jovencito con el pelo agitado por el viento. Tenía el rostro brillante de emoción:
estaba allí por la gloria de encontrarse cerca de los alados, probablemente encantado
por la idea de que la competición se celebrara en su propia isla.
Pero, mientras la ayudaba con las alas —y otro chico ayudaba a S'Rella—,
volvieron a oír repentinamente el sonido de unas alas contra el viento y otro golpe. Maris
volvió la vista para descubrir que el que llegaba era Val. Le habían perdido de vista poco
antes del crepúsculo, y la alada suponía que ya había llegado.
Se puso en pie trabajosamente, con las grandes alas plateadas colgándole de la
espalda, y dos jovencitas se dirigieron hacia él.
—¿Te ayudamos, alado? —La frase repetida era casi un cántico—. ¿Te ayudamos,
alado? —y ya tenían las manos sobre él.
—¡Apartaos! —les gritó, furioso.
Las chicas retrocedieron asustadas, y hasta Maris levantó la vista. Val era
siempre tan frío, tan controlado... Aquel arranque no era propio de él.
—Sólo queremos ayudarte con las alas —dijo la mayor de las chicas.
—¿Es que no tenéis orgullo? —la interrogó Val. Estaba desatándoselas él mismo,
sin ayuda—. ¿No tenéis nada mejor que hacer que rondar a los alados, que os tratan
como si fuerais basura? ¿Qué son vuestros padres?
—Curtidores, alado —respondió tímidamente la niña.
—Pues id a aprender a curtir —respondió—. Es un trabajo más digno que hacer de
esclavo para los alados.
Les dio la espalda y empezó a plegar cuidadosamente las alas.
Maris y S'Rella ya no llevaban las suyas puestas.
—Toma —dijo el muchacho que estaba ayudando a Maris, mientras le tendía las
alas cuidadosamente plegadas.
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—Bueno —dijo Maris—, tendrás que entrar, a menos que quieras marcharte
volando. Tendrán que conocerte tarde o temprano.
S'Rella asintió, todavía algo asustada, y las dos empezaron a recorrer el
inclinado sendero en dirección al refugio.
Era un pequeño edificio de dos habitaciones, construido con piedra blanca,
suave, desgastada por el tiempo. La sala principal, bien iluminada y cálida gracias a
un chisporroteante fuego, estaba llena de ruido, gente, y poco acogedora, después de
la limpia soledad del cielo abierto. Los rostros de todos los alados le parecieron
borrosos a Maris cuando miró a su alrededor, en busca de amigos especiales,
mientras S'Rella aguardaba nerviosa detrás de ella. Colgaron las alas de sus ganchos,
en las paredes, y se abrieron paso por la habitación.
Un hombre barbudo de mediana edad y constitución recia servía un líquido en
la enorme y aromática cazuela que pendía sobre el fuego, al tiempo que insultaba a
alguien que exigía alimentación. Tenía algo que hizo a Maris volver la vista hacia él, y
con un extraño escalofrío reconoció al grueso cocinero. ¿Cuándo había engordado y
envejecido tanto Garth?
Ya se dirigía hacia él cuando unos finos brazos la rodearon desde detrás,
abrazándola fuertemente. Captó un tenue perfume de flores.
—¡Shalli! —exclamó, dándosela vuelta. Advirtió la llena cintura de la joven—.
No esperaba verte aquí, me enteré de que estabas en esta do...
Shalli le puso un dedo sobre los labios.
—Silencio, ya he tenido que oír bastante a Corm. Yo le digo que nuestro
pequeño alado tiene que aprender a volar desde el principio. Pero tengo mucho
cuidado, de verdad. Me lo tomo con mucha calma, vuelo muy despacio. ¡No podía
perderme esto! Corm quería que viniera en bote, ¿te lo imaginas?
El hermoso y expresivo rostro de Shalli pasaba de un gesto a otro al tiempo que
hablaba.
¿No vas a competir?
¡Oh, no, no sería justo, con este peso extra! —Se palmeó el abultado vientre y
sonrió—. Voy a ser juez. Y he prometido a Corm que, después, me quedaré en casa
y seré una buena madrecita hasta que llegue el bebé, a menos que haya una
emergencia.
Maris sintió una punzada de culpabilidad, sabía que las «emergencias» que
obligarían a volar a Shalli estaban causadas por su ausencia de Amberly. Se prometió a
sí misma que, después de la competición, se quedaría en casa y atendería a sus
obligaciones.
—Quiero presentarte a una amiga mía, Shalli —dijo. S'Rella se había quedado
atrás, tímidamente, así que Maris la empujó gentilmente hacia adelante — . Ésta es
S'Rella, nuestra alumna más prometedora. Hoy ha volado conmigo desde Alas de
Madera, ha sido su vuelo más largo.
¡Ooh! —exclamó Shalli, arqueando las cejas.
S'Rella, ésta es Shalli, de Amberly Menor, como yo. Solía volar conmigo para
darme escolta cuando aprendía a usar las alas.
Intercambiaron saludos educados. Luego Shalli calibró a S'Rella con los ojos.
—Buena suerte en la competición —dijo—. Pero por favor, no derrotes a Corm.
Si le tengo en casa todos los días, durante un año, me volveré loca.
Shalli sonrió, pero S'Rella no pareció tomarse demasiado bien la broma.
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—No quiero hacer daño a nadie —señaló — , pero alguien tiene que perder.
Quiero vencer tanto como cualquier alado.
—Mmm, bueno, no exactamente lo mismo —murmuró Shalli—. Pero sólo era
una broma, chiquilla. Supongo que no querrás desafiar a Corm, no tendrías muchas
oportunidades. —Miró al otro extremo de la sala—. Perdonadme, por favor. Corm me
ha encontrado un asiento, supongo que debo ir allí y sentarme si no quiero herir sus
sentimientos. Hablaré luego contigo, Maris. Me alegro de haberte conocido S'Rella.
La observaron atravesar la ruidosa habitación, alejándose de ellas.
—¿La tendría? —preguntó S'Rella, preocupada.
—¿El qué?
—Una oportunidad contra Corm.
Maris la miró intranquila, sin saber qué decir.
—Es muy bueno —consiguió explicarse al fin—. Lleva casi veinte años volando, y ha
ganado premios en muchas competiciones. No, no creo que estés a su altura. Pero eso
no es ninguna vergüenza, S'Rella.
—¿Cuál de ellos es Corm? —preguntó la muchacha, frunciendo el entrecejo.
—El que está junto a Shalli, ¿le ves? El moreno que va vestido de negro y gris.
—Es muy guapo —señaló S'Rella.
Maris se echó a reír.
—¡Ah, sí! La mitad de las chicas atadas a la tierra de Amberly estaban
enamoradas de él cuando era más joven. A todas se les rompió el corazón cuando Shalli
y él se casaron.
S'Rella sonrió.
—En mi isla natal, todos los chicos soñaban con S'Landra, nuestra alada. ¿Tú
también estabas enamorada de Corm? —Ni pensarlo. Le conocía demasiado bien.
—¡Mará!
La campanada les llegó desde la chimenea, y llamó la atención a todos los
presentes en el refugio. Garth la llamaba desde el otro lado de la sala, haciéndole gestos
para que se acercase.
La alada sonrió.
—Ven —dijo, tirando de S'Rella a través del gentío, devolviendo saludos y gestos de
bienvenida de viejos conocidos a su paso.
Cuando llegó junto a él, Garth la aplastó con un formidable abrazo, y luego la alejó
un poco para mirarla.
—Pareces cansada, Maris —dijo—. Vuelas demasiado.
—Y tú —replicó ella—, comes demasiado. Le clavó un dedo en el estómago, por
encima del cinturón—. ¿Qué es esto? ¿Shalli y tú vais a dar a luz juntos?
Garth dejó escapar una breve carcajada.
—¡Ah! —gruñó—, es culpa de mi hermana. Prepara su propia cerveza, ya sabes.
Ha puesto en marcha un pequeño negocio. Y tengo que ayudarla, claro, hacer un poco de
gasto de cuando en cuando.
—Seguro que eres su mejor cliente —señaló Maris—. ¿Desde cuándo llevas barba?
—¡Oh!, desde hace un par de meses o así. Creo que hace medio año que no nos
vemos.
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Maris asintió.
—La última vez que estuve con Dorrel, en el Nido de Águilas, estaba preocupado
por ti. Dijo que teníais una cita para emborracharos juntos, y no apareciste.
El alado frunció el ceño.
—¡Ah! —dijo—, sí, ya lo sé, Dorrel no deja de recordármelo. Estuve enfermo, eso
es todo, no hay ningún misterio. —Se volvió hacia el fuego y removió el estofado—.
Pronto habrá comida. ¿Tienes hambre? Lo he preparado yo mismo, al estilo del Sur, con
muchas especias y vino.
Maris se dio la vuelta.
—¿Has oído, S'Rella? Parece que vas a comer a tu gusto. —Empujó a la joven
hacia adelante para que conociera a Garth—. S'Rella es de Alas de Madera, y una de las
mejores. Este año le quitará las alas a algún pobre tipo. S'Rella, éste es Garth de Skulny,
uno de nuestros anfitriones y un viejo amigo mío.
—No tan viejo —protestó Garth. Dedicó una sonrisa a S'Rella—. Vaya, eres tan
bonita como lo era Maris antes de empezar a adelgazar y a tener aspecto de cansada.
¿Vuelas igual que ella?
—Lo intento —respondió S'Rella.
—Además, modesta —dijo Garth—. Bueno, Skulny sabe cómo tratar a los alados,
hasta a los que aún no han dejado el nido. Si quieres algo, no tienes más que decírmelo.
¿Tienes hambre? Esto estará preparado en seguida. La verdad es que quizá puedas
ayudarme con las especias. No soy del Archipiélago del Sur, ¿sabes? Así que quizá no lo
he preparado como es debido. —La tomó de la mano y la acercó al fuego para darle a
probar una cucharada del estofado—. Toma, prueba, dime qué te parece.
Mientras S'Rella hacía lo que le decían, Garth volvió la vista a Maris.
—Mira, te están buscando —señaló. Dorrel estaba de pie en el umbral de la puerta,
con las alas plegadas en la mano, llamándola a gritos en el escándalo de la fiesta—. Ve
con él —gruñó Garth—, yo mantendré ocupada a S'Rella. Después de todo, soy el
anfitrión.
La empujó hacia la puerta.
Maris le sonrió antes de empezar a abrirse paso entre el creciente gentío. Dorrel,
tras colgar las alas, se reunió con ella. La rodeó con los brazos y la besó brevemente.
Maris se descubrió a sí misma temblando mientras se apoyaba contra él.
Cuando se separaron, había preocupación en los ojos de Dorrel.
—¿Sucede algo? —preguntó—. Estabas temblando. —La miró con atención — . Y
pareces agotada, exhausta.
Maris se obligó a sonreír.
—Lo mismo dice Garth. No, de verdad, estoy perfectamente.
—No es verdad. Te conozco demasiado bien, cariño. —Le puso las manos sobre los
hombros, aquellas manos familiares, acogedoras—. De verdad, ¿no puedes contármelo?
Maris suspiró. De pronto, se dio cuenta de que sí, de que se sentía cansada.
—Supongo que no me conozco a mí misma — murmuró —. Este último mes no he
dormido demasiado bien. Pesadillas.
Dorrel la rodeó con un brazo y la acompañó entre la multitud de alados, hacia la
amplia mesa de madera junto a la pared, cubierta de vinos, licores y comida.
—¿Qué clase de pesadillas? —preguntó.
Sirvió sendos vasos de vino tinto y cortó dos porciones de queso blanco.
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Refugio del viento
—Sólo una. Caer. Llego a la zona de aire quieto, caigo al agua y muero. —
Mordisqueó el queso y lo acompañó con un trago de vino — . Muy bueno —dijo con una
sonrisa.
—Por supuesto —replicó Dorrel —, es de Amberly. Pero no es posible que ese
sueño te preocupe. Nunca creí que fueras supersticiosa.
—No —dijo Maris—, no se trata de eso. No puedo explicarlo. Lo que pasa es
que... Me preocupa. Y eso no es todo.
Titubeó.
Dorrel le miró a la cara, esperando.
—Puede que haya problemas en esta competición —explicó Maris.
¿Qué clase de problemas?
¿Te acuerdas de cuando nos vimos en el Nido de Águilas? Te dije que uno de los
estudiantes de Hogar del Aire venía en barco para ingresar en Alas de Madera.
—Sí —dijo Dorrel, bebiendo un sorbo de vino — . ¿Qué pasa con eso?
—Está en Skulny ahora mismo, va a lanzar un desafío y no es un estudiante
cualquiera. Se trata de Val.
El rostro de Dorrel era inexpresivo.
—¿Val?
—Un-Ala —añadió Maris con serenidad. Su amigo frunció el ceño.
—Un-Ala —repitió—. Bueno, comprendo que estés disgustada. No esperaba
que él volviera a intentarlo. ¿Espera que le demos la bienvenida?
—No —negó Maris—, no es tonto. Y su opinión sobre los alados no es mejor que
la de los alados sobre él.
Dorrel se encogió de hombros.
—Bueno, será desagradable, pero no tiene por qué estropearnos la
competición —dijo—. Nos resultará fácil ignorarle, y supongo que no debe
preocuparnos la idea de que gane otra vez. Nadie ha perdido un pariente
últimamente.
Maris retrocedió un paso. De repente, la voz de Dorrel le parecía muy dura,
el insulto sonaba cruel en sus labios... Pero era casi idéntico a lo que ella misma
dijera en la academia, el día de la llegada de Val.
—Dorr —dijo—, es muy bueno. Lleva años entrenando. Creo que va a ganar.
Tiene todas las habilidades necesarias. Lo sé, he volado contra él.
¿Has volado contra él? —preguntó Dorrel.
En las prácticas —dijo Maris —. En Alas de Madera. ¿Qué...? El alado vació el
vaso de vino y lo dejó a un lado.
—Maris —dijo en voz baja, pero tensa—, ¡no irás a decirme que también le has
ayudado a él! ¡A Un-Ala!
—Era un estudiante, y Sena me pidió que trabajara con él —dijo Maris,
testaruda—. No estoy aquí para tener favoritos, ni para ayudar sólo a aquellos que
elija.
Dorrel dejó escapar una maldición y la tomó por el brazo.
—Ven fuera —dijo — . No quiero hablar de esto aquí, cualquiera puede
oírnos.
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Refugio del viento
Fuera del refugio hacía frío, y el viento proveniente del mar tenía el gusto de la
sal. La mayor parte de los chiquillos se habían marchado, estaban solos.
—Quizá fuera esto lo que temía —dijo Maris, con un matiz de amargura en la
voz—. Sabía que reaccionarías así. Pero no puedo hacer excepciones... No podemos
hacer excepciones. ¿No lo entiendes? ¿No puedes intentar entenderlo?
—Puedo intentarlo —respondió Dorrel — , lo que no puedo prometer es que lo
consiga. ¿Por qué, Maris? No es un atado a la tierra cualquiera, no es un pequeño alas
de madera que sueña con volar. Es Un-Ala, medio alado incluso cuando volaba. Mató
a Ari, ¿es que lo has olvidado?
—No —dijo Maris — . No me gusta Val. No es fácil apreciarle, odia a los alados, y
el fantasma de Ari siempre está sobre él. Pero tengo que ayudarle, Dorr. A causa de
lo que hicimos hace siete años. Las alas deben ser para aquellos que mejor las
utilicen, aunque sean... Bueno, como Val. Vengativos, airados y fríos.
Dorrel sacudió la cabeza. —No puedo aceptarlo —dijo.
—Ojalá le conociera mejor —suspiró Maris—, así podría entender por qué es
como es. Creo que odia a los alados desde antes de que le apodaran Un-Ala. —Tomó
a Dorrel por la mano — . Siempre está acusándonos, haciendo bromas venenosas, y
eso cuando no se está escudando tras un muro de hielo. Según Val, yo también soy
un-ala, aunque finja no serlo.
Dorrel la miró y le apretó la mano contra la suya.
—No —dijo—. Eres una alada, Maris. Debes estar segura de eso.
—¿Estás seguro tú? —replicó ella—. No sé muy bien qué significa ser una
alada. Es algo más que tener alas, o que volar bien. Val tuvo alas, y vuela bien,
pero acabas de decir que sólo era medio alado. Si eso significa... Bueno aceptar todo
tal y como es, mirar por encima del hombro a los atados a la tierra, no ayudar a los
alas de madera por te mor a que hagan daño a un compañero alado, a un verdadero
alado... si eso es lo que significa, entonces no soy una alada. Y a veces tengo la
sensación de que empiezo a compartir la opinión de Val sobre los que sí lo son.
Dorrel le soltó la mano, pero sus ojos seguían fijos en los de ella. Incluso en la
oscuridad, Maris sintió la angustiosa intensidad de su mirada.
—Maris —dijo suavemente—, soy un alado de cuna, he nacido para las alas. Val Un-
Ala me desprecia por eso, seguro. ¿Y tú?
—Sabes que no, Dorrel —respondió, herida—. Siempre te he querido, siempre he
confiado en ti. Eres mi mejor amigo, desde luego, pero...
—¿Pero...?
Maris no pudo mirarle.
—Cuando te negaste a venir a Alas de Madera, no me sentí precisamente orgullosa
de ti —respondió.
Los lejanos ruidos de la fiesta y el melancólico batir de las olas contra la playa
parecieron llenar el mundo. Por fin, Dorrel volvió a hablar.
—Mi madre era una alada, y antes de ella lo era su madre. Durante generaciones,
mis alas han estado en la familia. Eso significa mucho para mí. Si alguna vez tengo un
hijo, también volará, algún día.
»Tú no naciste para esa tradición, y te he querido más que a nadie en el mundo.
Siempre has demostrado que merecías las alas tanto como cualquier hijo de alado.
Habría sido una terrible injusticia que te las hubieran negado. Estoy orgulloso de haber
podido ayudarte.
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Refugio del viento
«Estoy orgulloso de haber luchado contigo en el Consejo para abrir el cielo, pero
ahora me dices que estuvimos peleando por cosas diferentes. Según lo entendía yo,
luchábamos por el derecho de cualquiera que lo deseara y trabajara lo suficiente para ser
un alado. No queríamos destruir la gran tradición de los alados, no queríamos tirar las alas
en medio de los atados a la tierra para que se peleasen por ellas como gaviotas
hambrientas sobre un montón de pescado.
»Lo que intentábamos hacer, o al menos eso creía yo, era abrir el cielo, abrir el
Nido de Águilas, abrir las filas de los alados a cualquiera que fuese digno de llevar unas
alas.
»¿Me equivoqué? ¿Estábamos luchando por abandonar todo lo que nos hace
especiales, diferentes?
—Ya no lo sé —respondió Maris—. Hace siete años, no se me ocurría nada más
maravilloso que tener alas. Y a ti tampoco. No se nos ocurrió que había gente que querría
tener nuestras alas, pero que rechazase todo lo que implica ser un alado. Y también les
abrimos el cielo a ellos, Dorr. Cambiamos más cosas de las que pretendíamos. Y no
podemos darles la espalda. El mundo ha cambiado, tenemos que aceptarlo y
enfrentarnos a ello. Puede que no todas las consecuencias de lo que hemos hecho nos
gusten, pero no podemos negarlas. Val es una de esas consecuencias.
Dorrel se levantó y se sacudió la arena de la ropa.
—No puedo aceptar esa consecuencia —dijo, con voz más apenada que furiosa—.
He hecho muchas cosas por amor a ti, Maris, pero hay un límite. Es cierto, el mundo ha
cambiado —y a causa de lo que nosotros hicimos—, pero no tenemos que aceptar lo malo
junto a lo bueno. No tenemos por qué acoger a aquellos como Val Un-Ala, que quieren
dividirnos y acabar con nuestras tradiciones. Acabará por destruirnos, Maris. Con su
egoísmo, con su odio. Y, como no te das cuenta, le ayudarás. Yo, no. ¿Es que no lo
comprendes?
Ella asintió, sin mirarle.
Pasó un minuto en silencio.
— ¿Quieres volver conmigo al refugio?
—No —respondió Maris—. Ahora, no.
—Buenas noches, Maris.
Dorrel se dio la vuelta y se alejó de ella, la arena crujiendo bajo las botas, hasta
que la puerta del refugio se abrió para él dejando escapar una ráfaga del ruido del
interior. Luego, volvió a cerrarse.
La playa estaba silenciosa, tranquila. Las hogueras resplandecían, meciéndose
suavemente al compás de la brisa, y pudo oír el interminable, el eterno batir de las olas.
Maris nunca se había sentido tan sola.
Maris y S'Rella pasaron la noche juntas en una pequeña cabaña para dos personas,
no muy lejos de la playa, una de las cincuenta estructuras similares que el Señor de
Skulny había mandado construir para albergar a los alados que les visitasen. El pequeño
pueblo no estaba del todo lleno, pero Maris sabía que los primeros en llegar se habían
apropiado de las habitaciones más cómodas del refugio y de la zona para invitados de la
mansión del Señor de la Tierra.
A S'Rella no le importaba la austeridad de su albergue. Estaba del mejor humor
posible cuando Maris la rescató por fin, en las últimas horas de la fiesta. Garth se había
quedado con ella toda la tarde, le había presentado a casi todo el mundo y la había
obligado a comer tres raciones de su estofado después de que, incautamente, ella lo
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Refugio del viento
hubiera alabado. También le regaló los oídos con anécdotas embarazosas sobre la mitad de
los alados presentes.
—Es un encanto —comentó S'Rella—, pero bebe demasiado.
Maris no pudo por menos que estar de acuerdo con ella: cuando llegó para
recogerla, Garth tenía los ojos enrojecidos y se tambaleaba. Maris le ayudó a llegar a su
habitación y le acostó, mientras él mantenía una conversación deslavazada e ininteligible.
El día siguiente amaneció gris y ventoso. Las despertaron los gritos de un vendedor
de comida, y Maris se levantó para comprarle dos salsas humeantes. Después de
desayunar, se pusieron las alas y volaron. No había muchos alados en el aire: el ambiente
festivo era contagioso, y la mayoría se quedaron bebiendo y charlando en el refugio, o
fueron a presentar sus respetos al Señor de la Tierra, o vagabundearon por Skulny para ver
todo lo que había que ver. Pero Maris insistió en que S'Rella practicara, y las dos
aprovecharon los firmes vientos durante casi cinco horas.
Bajo ellas, la playa volvía a estar llena de niños que querían ayudar a los alados
recién llegados. A pesar de ser muchos, casi todos estaban ocupados. Las llegadas
fueron constantes a lo largo del día. El momento más espectacular —S'Rella lo
contempló asombrada, con los ojos abiertos de par en par— fue cuando los alados de
Gran Shotan se acercaron todos a una. Eran casi cuarenta, volando en formación
cerrada, deslumbrantes bajo el sol con los uniformes color rojo oscuro y las alas
plateadas.
Maris sabía que, para cuando empezara la competición, casi todos los alados
de las dispersas islas del Archipiélago Occidental estarían allí. También habría
muchísimos representantes del Oriental. Del Archipiélago del Sur, más pequeño y más
lejano, también habría bastantes. Y sólo acudirían un puñado de competidores de las
Islas Exteriores, de la desolada Artellia, de las volcánicas Brasas y de otros lugares
lejanos.
Por la tarde, cuando Maris y S'Rella estaban sentadas en el exterior del
refugio, bebiendo dos vasos de leche caliente especiada, Val hizo su aparición.
Dirigió a Maris una de sus burlonas medias sonrisas antes de sentarse junto a
S'Rella.
Creo que has disfrutado de la hospitalidad de los alados —dijo con su voz
inexpresiva.
Son muy amables —replicó S'Rella, enrojeciendo—. ¿No vas a venir esta
noche? Habrá otra fiesta. Garth va a asar un tigre marino en tero, y su hermana
aportará la cerveza.
—No —respondió Val —, en el sitio donde estoy tienen cerveza y comida de sobra,
y a mí me va bien. —Miró a Maris—. Supongo que a todos nos va bien.
Maris se negó a morder el anzuelo.
—¿Dónde te hospedas?
—En una taberna, unas dos millas más abajo por el camino del mar. No es el
tipo de lugar que tú visitarías. Allí no van muchos alados, sólo mineros, guardianes, y
otros que no están tan dispuestos a hablar de su profesión. No creo que sepan cómo
tratar a una alada.
Maris frunció el ceño, disgustada.
¿Es que no paras nunca?
¿Parar? —sonrió Val.
De pronto. Maris sintió la perversa necesidad de borrarle aquella sonrisa, de
demostrar a Val que estaba equivocado.
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Ni siquiera conoces a los alados —dijo—, ¿qué derecho tienes a odiarles tanto?
Son personas, no se diferencian en nada de ti... No, falso, son diferentes. Son más
cálidos, más generosos.
La calidez y la generosidad de los alados son legendarias —le replicó Val —. Sin
duda es por eso por lo que sólo se acepta a los alados en las fiestas de los alados.
—A mí me aceptaron —señaló S'Rella.
Val la miró largamente, estudiándola, calibrándola. Luego se encogió de
hombros y volvió a sus labios la fina sonrisa.
—Me has convencido —dijo—. Iré a la fiesta esta noche. Si permiten que un
atado a la tierra cruce la puerta, claro.
—Ven como invitado mío —ofreció Maris—, si te niegas a llamarte a ti mismo
alado. Y, por unas horas, deja a un lado esa maldita hostilidad tuya. Dales una
oportunidad.
—Por favor —suplicó S'Rella.
Tomó la mano del joven y le sonrió, esperanzada.
—¡Oh!, tendrán oportunidad de demostrar su calidez y generosidad —prometió
Val—. Pero no se lo suplicaré, ni les abrillantaré las alas, ni cantaré canciones en su
honor. —Se levantó bruscamente — . Ahora me gustaría volar un poco. ¿Puedo usar un
par de alas?
Maris asintió y le acompañó hasta la cabaña donde tenían colgadas las alas.
Después de que se marchara, se volvió hacia S'Rella.
Le aprecias mucho, ¿verdad? —preguntó amablemente. S'Rella bajó los ojos y
enrojeció.
Sé que a veces parece cruel, Maris, pero no siempre es así.
—Es posible —admitió la alada—. No me ha dejado que le conozca. Pero... Por
favor, S'Rella, ten cuidado. A Val le han hecho mucho daño y a veces la gente que
sufre hace sufrir a los que les rodean, incluso a los que más les quieren.
—Lo sé —asintió la joven —. No lo ... No le harán daño esta noche, ¿verdad,
Maris? Los alados, quiero decir.
—Creo que Val quiere que se lo hagan. Para que veas que tiene razón en lo
que dice sobre ellos... sobre nosotros. Pero espero que le demostremos su error.
S'Rella no dijo nada. Maris apuró el contenido del vaso y se levantó.
—Ven —dijo—, queda tiempo para hacer más prácticas, y te harán falta. Vamos
a por las alas.
A primera hora de la noche, todo el mundo sabía ya que Val Un-Ala estaba
entre los alados presentes en Skulny, y que tenía intención de lanzar un desafío.
Maris no estaba segura de cómo había corrido la voz. Quizá Dorrel informó a alguien, o
quizá la noticia llegó del Archipiélago Oriental, con algún alado que supiera que Val
había tomado un barco desde Hogar del Aire. En cualquier caso, todos hablaban de
ello. Por dos veces oyó Maris el epíteto «Un-Ala» mientras caminaba con S'Rella hacia
la cabaña que compartían. En la puerta las esperaba una joven alada a la que Maris
conocía de vista, del Nido de Águilas. La alada le preguntó simplemente si el rumor era
cierto. Cuando Maris admitió que lo era, la otra mujer se limitó a silbar y a menear la
cabeza.
Aún no estaba demasiado oscuro cuando Maris y S'Rella subieron paseando
hasta el refugio, pero la sala principal ya estaba medio llena de alados que bebían y
charlaban, repartidos en pequeños grupos. El tigre marino prometido se estaba asando
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sobre el fuego, y por su aspecto, aún le quedaban varias horas de cocción. La hermana
de Garth, una corpulenta mujer de rostro vulgar llamada Riesa, sirvió a Maris una
jarra de cerveza de uno de los tres enormes barriles de madera que había junto a la
pared.
—Muy buena —dijo Maris después de probarla—. Aunque confieso que no soy
ninguna experta. Generalmente, sólo bebo vino y kivas.
Riesa se echó a reír.
—Bueno, Garth la recomienda a todo el mundo, y ha bebido la suficiente cerveza
como para hacer navegar a una flotilla mercante.
—¿Dónde está Garth? —preguntó S'Rella—. Creí que vendría. —Llegará más
tarde, creo —respondió Riesa—. No se encontraba
muy bien, así que me dijo que viniera yo antes. La verdad, yo creo que era una
excusa para no cargar con los barriles.
—¿No se encontraba bien? — repitió Maris—. ¿Le pasa algo, Riesa? Últimamente,
ha estado enfermo con frecuencia, ¿verdad?
La agradable sonrisa de Riesa desapareció.
—¿Te lo ha dicho, Maris? No estaba segura. Es sólo desde hace seis meses. Se
trata de las articulaciones. En los peores momentos, se le hinchan de una manera terrible.
Incluso cuando no las tiene hinchadas, le duelen. —Se inclinó hacia ella—. La verdad es
que me preocupa. Y a Dorrel, también. Ha estado visitando a curanderos de aquí, y a
los de Ciudad Tormenta, pero no le hacen gran cosa. Y bebe más que antes.
Maris había palidecido.
—Sabía que Dorrel estaba preocupado por él, pero pensé que era sólo por la
bebida. —Titubeó—. Riesa, ¿ha hablado Garth con el Señor de la Tierra sobre este
problema?
Riesa meneó la cabeza.
—No, tiene... —Se interrumpió para servir una jarra de cerveza aun oriental de
aspecto rudo, y sólo siguió hablando cuando el alado se hubo retirado—. Tiene miedo,
Maris.
—¿De qué tiene miedo? —preguntó S'Rella suavemente.
Miró alternativamente a Maris y a Riesa. Había estado junto a Maris, escuchando.
—Si un alado está enfermo —explicó Maris—, el Señor de la Tierra puede convocar
una reunión con todos los demás alados de la isla y, si están de acuerdo, tiene poder para
quitarle las alas al que está enfermo, antes de que se pierdan en el mar. —Volvió la vista
hacia Riesa—. Entonces, Garth sigue volando para llevar mensajes, como si estuviera
bien —dijo con voz preocupada—. El Señor de la Tierra le sigue encargando misiones.
—Sí —respondió Riesa, mordiéndose un labio—. Tengo miedo por él, Maris. A veces
el dolor llega de repente, y si alguna vez le sucede mientras está volando... Le he dicho
que hable con el Señor de la Tierra, pero no quiere. Ya sabes, las alas lo son todo para él.
Todos los alados sois iguales.
—Hablaré con él —prometió Maris con firmeza.
—Dorrel ya lo ha intentado cientos de veces —explicó Riesa—, pero es inútil. Ya
sabes lo testarudo que puede llegar a ser Garth.
—Debería ceder las alas —intervino repentinamente S'Rella.
Riesa la miró con el ceño fruncido.
—No sabes lo que dices, niña. Eres la alas de madera con la que estuvo Garth en
la fiesta de anoche, ¿verdad? La amiga de Maris, ¿no?
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S'Rella asintió.
—Sí, Garth me habló de ti —siguió Riesa—. Lo entenderías si fueras una alada. Tú
y yo sólo podemos mirarles desde fuera, no entendemos lo que sienten los alados hacia
sus alas. Al menos, eso me ha dicho Garth.
—Seré una alada —insistió S'Rella.
—Desde luego, chiquilla, pero todavía no lo eres. Por eso hablas tan
tranquilamente de ceder las alas.
Pero S'Rella parecía ofendida. Se puso rígida.
—No soy una chiquilla, y lo comprendo.
Podría haber dicho más cosas, pero en aquel momento se abrió la puerta, y Maris
y ella miraron hacia allí.
Val había llegado.
—Perdóname ahora —dijo Maris, tomando a Riesa por el brazo y dándole un
apretón reconfortante—. Luego seguiremos hablando.
Avanzó hacia donde esperaba Val, estudiando la sala con sus ojos oscuros, con
una mano sobre el adornado mango del cuchillo en una postura que era mitad nerviosa y
mitad desafiante.
— Una pequeña fiesta —dijo simplemente cuando Maris y S'Rella se reunieron con
él.
—Todavía es temprano —replicó Maris—. Dale tiempo. Ven, coge un vaso y algo de
comer. —Hizo un gesto hacia la pared del otro lado, donde la mesa volvía a estar llena de
huevos especiados, fruta, queso, pan, mariscos y dulces—. El tigre marino es el plato
principal, pero aún le faltan horas de cocción —concluyó.
Val miró el tigre marino que se asaba en el fuego y la mesa llena de platos.
—Ya veo que los alados siguen comiendo poco —señaló.
Pero se dejó acompañar a través de la habitación, para tomar dos huevos
especiados y una porción de queso antes de servirse un vaso de vino.
Alrededor de ellos, la fiesta seguía; Val no había atraído la atención de nadie. Pero
Maris no sabía si era porque le aceptaban o, simplemente, porque no le habían
reconocido.
Los tres permanecieron unos momentos en el mismo sitio. S'Rella hablaba con
Val en voz baja mientras el joven bebía vino y se cortaba otra ración de queso. Maris
saboreaba la cerveza y miraba en dirección a la puerta con una cierta aprensión cada
vez que se abría. En el exterior, había oscurecido del todo, y el refugio se estaba
llenando rápidamente. Una docena de alados de Shotan, a los que sólo conocía
superficialmente, entraron juntos, todavía con sus uniformes rojos, seguidos por
media docena de orientales a los que no conocía en absoluto. Uno de ellos se subió
sobre los barriles de Riesa. Uno de sus compañeros le tendió una guitarra, y empezó a
cantar canciones de alados con voz pasablemente dulce. Una multitud empezó a
congregarse a su alrededor, y los oyentes comenzaron a gritar sus peticiones.
Maris, que seguía mirando hacia la puerta cada vez que se abría, se acercó un
poco más a Val y a S'Rella para intentar escucharles por encima del ruido de la música.
Entonces, la música se detuvo.
De repente, a media canción, el bardo y el instrumento se quedaron en
silencio. El mismo silencio se extendió por la habitación, las conversaciones se
detuvieron y todas las miradas se volvieron con curiosidad hacia el hombre
encaramado en el barril de cerveza. En menos de un minuto, todos los presentes en
el refugio le estaban mirando.
Aquella noche, S'Rella no volvió a la pequeña cabaña, pero estaba allí al día
siguiente, poco después del amanecer. Val venía con ella, los dos dispuestos a practicar.
Maris les entregó las alas y les acompañó por los gastados escalones de piedra que llevaban
al risco de los alados.
—Una carrera —les dijo—. Bordead la isla, utilizando la brisa marina y volando bajo.
Una vuelta entera.
Hasta que no los perdió de vista, Maris no empezó a ponerse las alas. Tardarían
varias horas en completar el circuito, y aquel tiempo le vendría bien. Se encontraba
cansada, irritable, no estaba de humor ni para la mejor de las compañías, algo que nunca
había sido Val. Se entregó al reconstituyente abrazo del viento sobre el mar.
La mañana era clara y tranquila, los vientos soplaban firmes bajo ella. Cabalgó
sobre ellos, dejando que la llevasen donde quisieran. En cualquier dirección, le daba lo
mismo. Sólo quería volar, sentir el roce del viento, olvidar todos los insignificantes
problemas de la tierra en el frío y puro aire del cielo.
No había mucho que ver. Gaviotas, milanos y un halcón o dos cerca de las orillas
de Skulny, un bote de pesca aquí y allá, y sólo el océano a lo lejos, océano por todas
partes, agua verdeazulada que reflejaba el sol. En una ocasión, vio una manada de
tigres marinos, esbeltas formas plateadas cuyos saltos juguetones los levantaban seis
metros por encima de las olas.
Una hora más tarde alcanzó a ver un espectro del viento, un extraño pájaro con
alas semitranslúcidas, tan amplias y finas como las velas de un barco mercante. Maris
nunca había visto uno, aunque los alados solían hablar de ellos. Volaban a gran altura,
donde pocas veces llegaban los humanos, y casi nunca se podían observar desde la tierra.
Este ejemplar estaba a relativamente poca altura, flotaba en el viento, sin apenas mover
las enormes alas. Pronto lo perdió de vista.
La invadió una profunda sensación de paz, sintió que se liberaba de todas las
tensiones e iras de la tierra. Pensó que aquello era lo que realmente importaba de volar.
El resto, los mensajes que llevaba, los homenajes que se le rendían, la vida fácil, los
amigos y los enemigos de la sociedad de los alados, las reglas, las leyes y las leyendas,
la responsabilidad y la libertad sin ataduras, todo aquello era secundario. Para Maris,
ésta era la auténtica recompensa: simplemente, la sensación de volar.
Pensó que S'Rella también la sentía. Quizá por eso apreciaba tanto a la
jovencita del Sur, por el aspecto que tenía cuando acababa de volar: las mejillas
enrojecidas, los ojos brillantes y aquella sonrisa. Y, repentinamente, se dio cuenta de
que Val no mostraba ninguno de aquellos síntomas. La idea la entristeció. Aunque
ganara las alas, el joven nunca tendría todo eso. Volar era un orgullo para él, siempre
volvía terriblemente satisfecho, pero no era capaz de disfrutar del cielo. Tanto si ganaba
las alas como si no, jamás sentiría la paz y la felicidad de un auténtico alado. Y ésa era
la cruel verdad acerca de Val.
Cuando vio por el sol que ya era casi mediodía. Maris maniobró y trazó un
esbelto arco para iniciar el regreso hacia Skulny.
Eso no importa —replicó Arak —. Me han enviado a hablar contigo porque todo
el mundo cree que eres una alada de corazón, aunque no de cuna. No ayudarías a
Val Un-Ala si supieras la clase de hombre que es.
Le conozco —dijo Maris—. No me gusta, y no le he perdonado la muerte de Ari,
pero merece una oportunidad.
—Ya ha tenido más oportunidades de las que merece —respondió Arak, furioso
—. ¿No sabes de dónde viene? Sus padres eran malvados, sucios, ignorantes. De
Lomarron. no de Arren Sur. ¿Conoces Lomarron?
Maris asintió, recordando la ocasión en que había volado a Lomarron, hacía
tres años. Una isla grande, montañosa, de tierra pobre para la agricultura, pero rica
en minerales. Y era precisamente aquella riqueza la causa de interminables guerras. La
mayoría de los atados a la tierra trabajaban en las minas.
—Sus padres eran mineros —supuso. Pero Arak meneó la cabeza.
Guardianes. Asesinos profesionales. Su padre luchaba con cuchillo, su madre
con honda.
Muchas islas tienen cuerpos de guardianes —dijo Maris, intranquila.
Arak parecía estar disfrutando con aquello.
—Pero en Lomarron practican más que en ninguna — replicó —. Demasiado, para
ser exactos. A su madre le cortaron la mano en una pelea, limpiamente, por la
muñeca. Poco después hubo una tregua. Pero la familia de Val no respetaba las
treguas, y su padre mató a un hombre. Luego los tres tuvieron que huir de Lomarron
en un bote de pesca que robaron. Así llegaron a Arren Sur. Su madre era una inútil,
una tullida con una sola mano, pero su padre volvió a enrolarse con los guardianes. No
fue por mucho tiempo. Una noche, se emborrachó y dijo a un compañero quién era en
realidad. La noticia llegó a oídos del Señor de la Tierra, y luego a Lomarron. Le
ahorcaron por robo y asesinato.
Maris se quedó en silencio, paralizada.
—Sé todo esto —siguió Arak—, porque me dio pena la pobre viuda. La contraté
como ama de llaves y cocinera, sin importarme que, con una sola mano, fuera torpe
y lenta. Les di un lugar donde vivir, comida abundante, y eduqué a Val como mi
propio hijo. Su padre había muerto, debió tomar ejemplo de mí. Le proporcioné la
disciplina que le faltaba. Pero fue una pérdida de tiempo, es de mala raza.
Desperdicié mi bondad en madre e hijo, y lo que hagas por él también será un
desperdicio. La mujer era perezosa y torpe, siempre estaba quejándose de lo mal
que se encontraba, nunca hacía el trabajo a tiempo pero pretendía que le pagara
como si lo hubiera hecho. Val siempre jugaba a luchar con cuchillo y a matar gente.
Incluso trató de arrastrar a mi propio hijo a esos asquerosos juegos, pero intervine
en seguida. Era una mala influencia. Los dos me robaban, ¿sabes? Su madre y él.
Siempre faltaban cosas. Tenía que mantener el hierro bajo llave. Una vez le atrapé
tocando mis alas en medio de la noche, cuando me creía dormido.
»Le das una oportunidad de ganarse las alas justamente, ¿y qué hace? Ataca
a la pobre Ari, que no tenía ni una oportunidad. Fue tanto como matarla. No tiene
moral ni principios. No se los pude inculcar a golpes cuando era pequeño, y ahora...
Maris se levantó de golpe, al recordar las cicatrices que viera en la espalda de
Val.
¿Le pegabas?
¿Eh? —Arak la miró, sorprendido—. Por supuesto, claro que le pegaba. Sólo
quería que tuviera un poco de sentido común. Una vara de madera cuando era pequeño,
un toque de látigo de vez en cuando al crecer. .. Igual que hacía con mi hijo.
—Igual que hacías con tu hijo. ¿Y qué hay del resto de las cosas que le dabas a tu
hijo? ¿Val y su madre comían en la misma mesa que vosotros?
Arak se levantó, con los afilados rasgos contraídos por la ira. Incluso de pie era una
figurilla pequeña, y tenía que levantar la vista para mirar a Maris.
—¡Claro que no! —respondió—. Eran criados, atados a la tierra a los que se
pagaba por su trabajo. Los sirvientes no comen con los amos. Les daba todo lo que
necesitaban, no creas que los mataba de hambre.
—Les dabas los restos —replicó Maris con furiosa seguridad—. Restos y sobras, la
basura que no querías.
—Yo ya era un alado rico cuando tú no eras más que una mocosa atada a la tierra
que escarbaba buscando comida. No intentes decirme cómo debo mantener a mis
criados.
Maris dio un paso adelante y se inclinó sobre él.
—Le educaste con tu propio hijo, ¿verdad? ¿Y qué decías cuando entrenabas a tu
propio hijo y Val preguntaba si podía probarse las alas?
Arak dejó escapar una desagradable carcajada.
—¡Le quité la idea a latigazos! —respondió—. Eso fue antes de que llegaras tú con
tu maldita idea de las academias para que los atados a la tierra empezaran a imaginarse
cosas raras.
Maris le empujó.
Jamás había puesto la mano encima a otra persona en un arranque de ira, pero
ahora le empujó fuertemente, con las dos manos, queriendo hacerle daño. A Arak se le
atragantó la risa en la garganta y dio un paso hacia atrás. Volvió a empujarle y el hombre
tropezó y cayó. Maris se colocó a su lado, observando la nerviosa incredulidad en sus ojos.
—Levántate —dijo—. Levántate y vete de aquí, sucio hombrecillo. Si pudiera, te
arrancaría las alas de la espalda. Estúpido del cielo.
Arak se levantó y se dirigió rápidamente hacia la puerta. En el exterior, volvió a
sentirse valiente.
—¡La sangre lo dirá! —gritó a Maris a través del hueco de la puerta—. Lo sabía. Se
lo dije a todos. Un atado a la tierra es un atado a la tierra. Las academias cerrarán. Te
deberíamos haber quitado las alas hace mucho tiempo, pero acabaremos quitándotelas,
no lo dudes.
Temblando, Maris cerró la puerta de golpe.
De repente, una terrible sospecha se apoderó de ella. Abrió la puerta rápidamente
y echó a correr tras él. Al verla acercarse, Arak también echó a correr, pero pronto le
alcanzó y le derribó sobre la arena. Varios alados les contemplaban atónitos, pero
ninguno hizo el menor movimiento para intervenir.
Arak se le volvía bajo ella.
—¡Estás loca! —gritó—. ¡Suéltame!
—¿Dónde ejecutaron al padre de Val? —exigió saber Maris. Arak se puso
torpemente en pie.
—¿En Lomarron o en Arren Sur?
—En Arren, por supuesto. No tenía sentido embarcarle de vuelta a Lomarron —
dijo, alejándose un paso de ella—. Nuestra cuerda es tan buena como cualquier otra.
—Pero el crimen se cometió en Lomarron, así que era el Señor de Lomarron el
que tenía que ordenar la ejecución —replicó Maris — . ¿Cómo le llegó la orden a tu Señor
de la Tierra? Tú la llevaste, ¿verdad? ¡Tú llevaste el mensaje de ida y vuelta!
El viento procedente del mar era cortante y frío aquella noche, pero Maris
caminaba lentamente, sin demasiadas ganas de abandonar la soledad del camino para
tener una conversación con Val. Quería hablar con el joven —sentía que tenía que hacerlo
—, pero no estaba segura sobre qué iba a decirle. Por primera vez, tenía la sensación de
comprenderle. Y aquella simpatía le molestaba.
Estaba furiosa con Arak. Le había respondido de manera emocional y, según
pensaba ahora, irracional. Aunque Val estuviera en su derecho de sentir aquella ira, era
impropia de ella. No se puede culpar a un alado por el mensaje que lleva. Eso es algo de
sentido común, tanto como las leyendas. Maris nunca había llevado mensajes que
implicaran la muerte de nadie, pero una vez voló con cierta información, gracias a la cual
una mujer acabó en la cárcel, acusada de robo. ¿Guardaría aquella mujer tanto rencor
hacia Maris como hacia el Señor de la Tierra que la sentenció?
Maris se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros bajo el mordisco
del viento, tiritando mientras intentaba apartar aquel problema de su mente. Arak era
una persona desagradable, era muy posible que le hubiera complacido la idea de ser el
instrumento de la venganza contra un asesino, y sin duda se había aprovechado de la
situación. Val y su madre eran mano de obra barata, por mucho que hablara de su propia
generosidad.
Mientras se acercaba a la taberna en la que se hospedaba Val, Maris seguía
discutiendo consigo misma. Arak era un alado, y los alados no pueden negarse a
transportar ningún mensaje, sin importar lo desagradable o injusto que parezca. No podía
permitir que el desagrado que le inspiraba el hombre le hiciera culpable por la ejecución
(merecida o no) del padre de Val. Y eso era algo que Val, si alguna vez llegaba a ser algo
más que Un-Ala, tendría que entender también.
La taberna era un local destartalado, el interior estaba oscuro y frío, y olía
ligeramente a moho. El fuego era demasiado pequeño para calentar por completo la sala
principal, y las velas que ardían sobre la mesa dejaban escapar demasiado humo. Val
estaba charlando con tres corpulentas mujeres morenas que llevaban el uniforme marrón
y verde de los guardianes, pero se acercó a Maris cuando la alada le llamó. Llevaba un
vaso de vino en la mano.
Sostuvo el vaso mientras ella hablaba. El rostro del joven era inexpresivo, y en
ningún momento la interrumpió. Cuando Maris terminó de hablar, apenas quedaba
un rastro de aquella antipática sonrisa.
—Calidez y generosidad — dijo—. Arak tenía las dos cosas en abundancia.
No añadió nada más.
Fue un silencio largo y desagradable.
—¿No tienes nada más que decir? —preguntó por fin Maris.
La expresión de Val cambió ligeramente, las líneas de alrededor de la boca
se tensaron, los ojos se estrecharon. Parecía más duro que nunca.
—¿Qué esperas que diga, alada? ¿Quieres que te abrace, que llore sobre tu
hombro, que componga una canción sobre lo comprensiva que eres? ¿Qué quieres?
La ira que se reflejaba en la voz del joven sobresaltó a Maris.
—No... No sé qué esperaba —dijo—. Pero quería que supieras que comprendo
todo lo que has sufrido, que estoy de tu parte.
—No quiero que estés de mi parte —replicó Val—. No te necesito a ti, ni necesito
tu compasión. Y si crees que te estoy agradecido por haber hurgado en mi pasado, te
Sena y el resto de los alas de madera llegaron varias horas antes de lo previsto,
el día anterior al principio de la competición. Bajaron del barco en el puerto más
cercano y caminaron doce millas por el camino que discurría paralelo al mar.
Maris estaba volando y tardó varias horas en enterarse de que ha bían llegado.
Cuando se reunió con ellos, Sena le preguntó inmediatamente por las alas de la
academia, y envió a Leya y a Sher a buscarlas.
—Tenemos que aprovechar cada hora de buen viento que nos queda — explicó
—. Llevamos demasiado tiempo atrapados en ese barco.
Cuando los estudiantes se marcharon, Sena pidió a Maris que se sentara a su
lado, y la miró con preocupación.
Dime qué pasa.
¿A qué te refieres?
Sena agitó la cabeza, impaciente.
—Me he dado cuenta en seguida —dijo—. En los años anteriores, los alados se
han mostrado fríos con nosotros, pero siempre con educación. Este año la hostilidad
se palpa en el aire, como un mal olor. ¿Se trata de Val?
Brevemente, Maris contó a la anciana lo que había sucedido. Sena frunció el
entrecejo.
—Bueno, mala suerte, pero sobreviviremos. La adversidad les endurecerá. Lo
necesitan.
—¿Tú crees? Esta adversidad no es la misma que les proporcionará
el viento, el clima y los malos aterrizajes. Es otra cosa. ¿Necesitan que les
endurezcan el corazón, además del cuerpo?
Sena le puso una mano en el hombro.
—Quizá sí. Pareces triste, Maris, y comprendo tu disgusto. Yo también fui una
alada, y me gustaría tener mejor opinión de mis viejos amigos. Pero tanto los alados como
los alas de madera, sobreviviremos.
Aquella noche los alados disfrutaron de una ruidosa fiesta en el refugio, tan
escandalosa que, incluso desde el pueblo, Maris y los demás pudieron oírla. Pero Sena no
dejó que sus discípulos asistieran. Dijo que aquella noche, después de una última
reunión en su cabaña, necesitaban descansar.
Empezó por informarles de las reglas. La competición duraría tres días, aunque
los asuntos serios, los desafíos formales, estarían restringidos a las mañanas.
—Mañana nombraréis a vuestro oponente y correréis contra él o ella —explicó
Sena—. Los jueces valorarán la velocidad y la resistencia. Pasado mañana se puntuará la
elegancia y, el tercer día, la precisión: volaréis a través de los arcos para demostrar
vuestra capacidad de control.
Las tardes y noches se ocuparían con competiciones menos serias, juegos,
desafíos personales, concursos de canciones, fiestas y cosas así.
—Dejad eso para los alados que no intervienen en los auténticos desafíos —advirtió
Sena—. No hagáis tonterías. Sólo conseguiríais cansaros y malgastar energías. Mirad si
queréis, pero no toméis parte.
Cuando terminó de explicar las reglas. Sena se dedicó a responder preguntas
hasta que le hicieron una a la que no supo qué contestar. La formuló Kerr, que había
perdido peso en los tres días que pasó en el barco, y tenía un aspecto
sorprendentemente atlético.
— ¿Cómo sabremos a quién debemos desafiar, Sena?
La maestra miró a Maris.
—No es la primera vez que se nos presenta este problema —les dijo—. Cuando
llegan a la edad de desafiar, los hijos de los alados saben todo lo que necesitan saber,
pero a nosotros no nos llegan los cotilleos, no sabemos quién es fuerte y quién es débil
entre los alados. Mis datos están pasados desde hace diez años. ¿Quieres aconsejarle
tú, Maris?
La alada asintió:
—Bueno, evidentemente, queréis desafiar a alguien a quien podáis derrotar. Yo
sugiero que elijáis a los occidentales o a los orientales. Los alados que vienen de más lejos
suelen ser los mejores. Cuando la competición se celebra en el Archipiélago del Sur, los
alados sureños más débiles están disponibles, pero sólo los mejores del Archipiélago
Occidental hacen el viaje.
»También os recomiendo que evitéis a los alados de Gran Shotan. Tienen una
organización casi militar y entrenan intensivamente todos los di as.
—El año pasado desafié a una mujer de Gran Shotan —intervino
Damen, sombrío—. No parecía una rival muy peligrosa, pero en el momento de la
verdad me derrotó sin tener que esforzarse.
—Lo más probable es que estuviera fingiendo torpeza para provocar algún desafío
—explicó Maris—. Sé de alados que hacen cosas así.
—Pero eso deja mucha gente a la que desafiar —señaló Kerr, insatisfecho—. Yo no
conozco a ningún alado. ¿Por qué no nos dices unos cuantos nombres de personas a las
que podamos derrotar?
Val se echó a reír. Estaba en la puerta, con S'Rella a un lado, muy cerca.
—Tú no podrías derrotar a nadie —le dijo—. Excepto a Sena, aquí presente.
Desafíala a ella.
—¡Te venceré a ti. Un-Ala! —saltó Kerr. Sena le mandó callar y miró a Val.
—Silencio. No estoy dispuesta a consentir más insultos como ése, Val. —Se
volvió hacia Maris—. Kerr tiene razón. ¿Puedes decirnos los nombres de unos cuantos
alados a los que consideres vulnerables?
—Ya sabes, Maris —intervino de nuevo Val —. Como Ari.
Estaba sonriendo.
Hasta hacía poco, la mera sugerencia hubiera horrorizado a Maris. La habría
considerado una traición de la peor especie. Ahora ya no estaba tan segura. Los malos
alados se ponían en peligro a ellos mismos y a las alas, y sus nombres no eran ningún
secreto, estaban en boca de todos los que conocían los rumores del Nido de Águilas.
—Supongo... supongo que puedo sugerir algunos nombres —dijo, titubeando—.
Jon del Culhall, por ejemplo. Se dice que está perdiendo vista, y nunca ha volado
demasiado bien. Otra podría ser Bari de Poweet. Ha engordado más de quince kilos
desde el año pasado, y eso siempre es síntoma de que el cuerpo y la voluntad de un alado
empiezan a fallar. —Mencionó a una media docena más de alados, los que tenían
reputación de ser torpes, descuidados o las dos cosas, demasiado jóvenes o viejos.
Luego, impulsivamente, añadió otro nombre más—. Y un oriental al que conocí ayer,
quizá valga la pena desafiarle. Arak de Arren Sur.
Val meneó la cabeza.
—Arak es pequeño, pero no débil —dijo tranquilamente—. Vuela mejor que
ninguno de los presentes excepto quizá yo.
—¿Ah, sí? —Como siempre, Damen se cegó ante la baladronada implícita—. Ya
veremos. Yo me fiaré del criterio de Maris.
Charlaron unos minutos más, y los alas de madera discutieron los nombres
sugeridos por Maris. Por fin, Sena les ordenó que se retiraran a descansar.
Delante de la cabaña que había compartido con Maris, S'Rella dio las buenas
noches a Val.
—Ve sin mí —le dijo —, me quedaré aquí esta noche.
Los alados paseaban por la playa con las alas colgadas del hombro, mirando
intranquilos hacia arriba de vez en cuando, esperando que volviera el viento,
hablando entre ellos de la calma en voz baja, cautelosa.
Los atados a la tierra esperaban impacientes el comienzo de la competición, la
mayoría no se daban cuenta de que faltaba algo. Después de todo, aquél era un día
hermoso, despejado. Y, sobre los riscos, los jueces estaban tomando asiento. La
competición no podía depender del clima. En aquel aire tranquilo los concursos no
serían tan emocionantes, pero aun así servirían para medir la habilidad y la resistencia.
Maris vio a Sena guiando a los alas de madera por la arena, en dirección a la
escalera que llevaba a la cima de los riscos. Corrió a reunirse con ellos.
Ya se había formado una fila ante la mesa de los jueces, tras la cual se
sentaban el Señor de Skulny y cuatro alados: una del Archipiélago Oriental, una del
Archipiélago Occidental, uno del Archipiélago del Sur y otro de las Islas Exteriores.
La voceadora del Señor de la Tierra, una corpulenta mujer de enorme
pecho, estaba de pie al borde del risco. Cuando cada uno de los desafiantes
nombraba a su oponente ante los jueces, la mujer formaba un embudo con las
manos ante la boca y gritaba el nombre para que todos lo supieran. Sus ayudantes
recogían el grito y lo repetían por toda la playa, gritándolo hasta que el alado
desafiado se enteraba y se dirigía hacia el risco de los alados. Entonces el desafiante
acudía para reunirse con su adversario y la fila avanzaba hacia adelante. Maris
conocía vagamente la mayoría de los nombres, y sabía que eran desafíos familiares,
padres que probaban a sus hijos o —en uno de los casos — un hermano más joven
disputando al primogénito el derecho a utilizar las alas de la familia. Pero poco antes
de que los alas de madera llegaran hasta la mesa de los jueces, una jovencita
morena de Gran Shotan nombró a Bari de Poweet, y Maris oyó a Kerr maldecir en
voz baja. Un buen objetivo menos.
Luego les tocó a ellos.
A Maris le pareció que todo estaba más silencioso que antes. El Señor de la
Tierra parecía animado, pero los cuatro jueces alados estaban preocupados y
nerviosos. La oriental jugueteaba con un telescopio de madera que le habían dejado
sobre la mesa, el musculoso rubio de las Islas Exteriores fruncía el entrecejo, e
incluso Shalli parecía intranquila.
Sher avanzó en primer lugar, seguido por Leya. Los dos nombraron a alados
que Maris les había sugerido. La voceadora repitió los nombres, y Maris oyó los gritos
repetidos a lo largo de toda la playa.
Damen nombró a Arak de Arren Sur, y la juez oriental sonrió irónicamente.
—Arak estará encantado —dijo.
Kerr nombró a Jon de Culhall. A Maris no le gustó. Jon era un mal alado, un
oponente apetecible, y esperaba que le desafiase alguno de los mejores alumnos de la
academia —Val, S'Rella o Damen — . Kerr era el peor de sus seis discípulos, y lo más
probable era que Jon le superase con las alas.
Val Un-Ala se acercó a la mesa.
—¿A quién eliges? —gruñó el juez de las Islas Exteriores.
Estaba tenso, al igual que los otros jueces, incluido el Señor de la Tierra. Maris
descubrió que ella también se estaba mordiendo los labios, temerosa de lo que pudiera
hacer Val.
—¿Sólo puedo elegir a uno? —preguntó el joven, sarcástico—. La última vez que
competí, tuve una docena de rivales.
Fue Shalli la que le replicó con brusquedad.
—Como bien sabes, las reglas han cambiado. Ya no se permiten los desafíos
múltiples.
—Lástima —respondió Val — . Esperaba llevarme a casa toda una colección de alas.
—Si ganas unas solas alas, lo sentiré mucho, Un-Ala —intervino la oriental—. Hay
otros esperando. Nombra a tu oponente y apártate a un lado.
Val se encogió de hombros.
—Entonces, elijo a Corm de Amberly Menor.
Silencio. Shalli pareció sobresaltarse un momento, pero luego sonrió. La oriental
dejó escapar una risita disimulada, y el juez de las Islas Exteriores se rió abiertamente.
¡Corm de Amberly Menor! — gritó la voceadora.
¡Corm de Amberly Menor! —repitieron una docena de voces. —Debería retirarme del
juzgado —dijo Shalli con voz sosegada. —No, Shalli —pidió la juez oriental—. confiamos en
tu equidad. —No te pido que te retires —intervino Val.
Shalli le miró asombrada.
—Muy bien. Tú mismo has elegido la derrota, Un-Ala. Corm no es una chiquilla
deshecha por el dolor.
Val le dedicó una sonrisa enigmática y se alejó de la mesa. Sena y Maris se
echaron inmediatamente sobre él.
—¿Por qué lo has hecho? —exigió saber Sena. Estaba furiosa—.
Evidentemente, he perdido el tiempo contigo. ¡Corm! Dile cómo vuela Corm, Maris,
dile a este idiota engreído que acaba de perder las alas.
Val la estaba mirando.
—Creo que lo sabe muy bien —dijo Maris al encontrarse con los ojos del joven—. Y
también sabe que Shalli es su esposa. Por eso le ha desafiado.
Val no tuvo ocasión de contradecirla. A sus espaldas, la fila avanzaba, y la
voceadora estaba gritando otro nombre. Maris lo oyó y sintió que se le formaba un nudo
en el estómago.
—No —dijo.
Pero la palabra se le atragantó en la garganta, y nadie la oyó.
Entonces, como en respuesta, la voceadora gritó de nuevo el nombre.
—¡Garth de Skulny! ¡ Garth de Skulny!
S'Rella se apartaba en aquel momento de los jueces, con los ojos bajos. Cuando
por fin alzó la vista para mirar a Maris, tenía el rostro rojo, pero con una expresión de
desafío.
De dos en dos, saltaron hacia el sol de la mañana, luchando contra el pesado aire.
Ya no estaba quieto, pero los vientos seguían siendo racheados e impredecibles. Los
alados llevaban sus propias alas, y los desafiantes las que les habían prestado los jueces,
amigos o espectadores. El curso de la carrera les llevaría hasta una islilla rocosa llamada
Lisie, donde tendrían que aterrizar y recoger una señal de manos del Señor de la Tierra,
que les aguardaba allí, antes de iniciar el camino de regreso. Era un vuelo de unas tres
horas en condiciones normales. Con aquellos vientos, Maris sospechó que duraría más.
Las alas de madera y sus oponentes saltaron por el orden en que habían
efectuado los desafíos. Sher y Leya empezaron bien. Damen tuvo más problemas: Arak le
zahería verbalmente mientras trazaban círculos en el aire, esperando la señal de
había diez guijarros blancos. Una ventaja formidable. Maris supuso que el chico podía
darse por derrotado en la competición.
Cada vez que se identificaba a un alado a lo lejos, los jueces anunciaban el nombre
a la voceadora, que lo gritaba para que todo el mundo lo oyera. Algunos de los anuncios
venían seguidos por gritos de alegría, procedentes de los atados a la tierra que se
encontraban en la playa, y de vez en cuando Maris alcanzaba a oír también algunos
gruñidos. Sospechó que los gritos se debían a motivos económicos, más que a razones
personales. La mayoría de los atados a la tierra no conocían a los alados de otras islas
tanto como para apreciarlos o no, pero era tradicional apostar sobre los resultados de
las carreras. La alada sabía que, en aquellos momentos, una buena cantidad de dinero
estaba cambiando de manos. Era difícil que alguien apostara por S'Rella. Estaban en
Skulny, la isla natal de Garth, y la mayoría de los espectadores le conocían y apreciaban.
—¡ Arak de Arren Sur! —gritó la voceadora.
Sena maldijo en voz baja. Maris pidió prestado el telescopio a Shalli. Era Arak,
desde luego, volando en solitario, no sólo por delante de Damen, sino con ventaja
también sobre Sher, Leya y sus oponentes.
Uno a uno, fueron llegando los alas de madera y sus adversarios.
Arak llegó en primer lugar, seguido por el hombre al que había desafiado Sher,
luego Damen y el rival de Leya. Minutos más tarde, aparecieron tres alados juntos: Sher y
Leya, inseparables como siempre, seguidos de cerca —y luego siendo adelantados— por
Jon de Culhall. Sena volvió a maldecir con un gesto de disgusto. Maris intentó preparar
alguna frase alentadora, pero no se le ocurrió ninguna. Los jueces ya estaban dejando caer
guijarros en las cajas. En la playa, Damen había aterrizado y se estaba quitando las alas,
mientras los demás descendían gradualmente.
El cielo quedó limpio por un momento, no había nada que ver. Kerr estaba
perdiendo, y con mucha desventaja. Jon de Culhall ya había aterrizado, y el alas de
madera ni siquiera estaba a la vista. Maris aprovechó el momento libre para ver cómo
habían valorado los jueces a sus alumnos.
No se sintió demasiado animada. En la caja de Sher había siete guijarros blancos,
en la de Leya cinco y en la de Damen ocho. Kerr sólo contaba con seis en contra por el
momento, pero los jueces añadirían más guijarros blancos a medida que pasaran los
minutos y el joven no apareciera.
—Vamos —murmuró Maris para sí misma.
—Veo a alguien —dijo el juez del Sur—. Muy arriba, ahora empieza a bajar.
Los demás levantaron los telescopios.
—Sí —confirmó otro.
La gente de la playa también había avistado al alado, y Maris oyó los murmullos
especulativos.
—¿Es Kerr? —preguntó Sena, intranquila.
—No estoy segura —respondió la oriental —. Esperad.
Pero fue Shalli la primera en bajar el telescopio, con gesto incrédulo.
—Es Un-Ala —dijo con voz casi inaudible.
—Trae eso —exigió Sena, arrancándole el telescopio de las manos—. ¡Es él!
Tendió el instrumento a Maris, rebosante de alegría.
Era Val, desde luego. El viento era ahora un poco más fuerte, y lo estaba
utilizando bien, deslizándose de corriente a corriente, cabalgando sobre ellas con
elegancia propia de un veterano.
pobre chico tendría que esperar mucho tiempo para obtener las alas, a menos que
intentara un desafío fuera de la familia al año siguiente. Cuando terminaron, Maris contó
dieciocho guijarros blancos en la caja, ocho nuevos añadidos a los diez que obtuviera
Lañe el día anterior.
Sher fue el primer alas de madera en probar el aire. Hizo un buen trabajo: un
salto limpio, casi perfecto aparte de un leve traspiés, seguí do de una secuencia normal
de giros, círculos, picados y ascensos, todo ello ejecutado con gracia. En el aire, Sher
parecía ligero y ágil, en comparación con la estólida actitud de su rival, Maris le habría
declarado ganador por un ligero margen pero, al mirar, descubrió que los jueces habían
sido más críticos que ella con el alas de madera. Dos concedieron la victoria al alado, dos
decretaron un empate, y sólo uno se inclinó por Sher, que ahora tenía once piedras en
contra de sus tres.
Cuando se lo dijo a Sena, la anciana suspiró.
—Ya me he acostumbrado. Detesto esta etapa. Quizá los jueces tratan de ser
justos, pero siempre pasa lo mismo. No podemos hacer nada, excepto entrenar a
nuestros alas de madera para que vuelen tan bien que no les puedan negar la victoria.
Leya le siguió. Realizó la misma secuencia que Sher, pero con menos suerte. El
viento cambió mientras hacía sus acrobacias, arrebatándole la fluida elegancia que Maris
sabía que tenía, y haciendo de su vuelo una torpe lucha por mantener el equilibrio. Las
ráfagas consiguieron que perdiera la estabilidad en varias ocasiones, estropeando lo que
en otras circunstancias habrían sido buenos giros. Su adversario también tuvo
problemas, pero menos. Cuatro jueces le dieron la victoria y sólo uno votó por un empate,
dejando a Leya en un diez a uno.
Damen fue el más ambicioso de los tres. Cuando Arak empezó a insultarle, le
devolvió los epítetos, consiguiendo que Maris sonriera. Empezó con una aceptable
imitación del espectacular vuelo sobre la playa que había efectuado el alado Lañe. Arak
intentó estorbarle, volando muy cerca de él para que Damen saliera torpemente del
planeo, pero el joven viró con una elegante maniobra y entró en una nube,
desapareciendo de la vista del anciano alado. Uno de los jueces, el de las Islas Exteriores,
se quejó de las tácticas de Arak, pero los demás se limitaron a encogerse de hombros.
—Haga lo que haga, sigue siendo mejor alado —insistió la oriental—. Mira lo
cerrados que son sus giros. El chico es voluntarioso, pero le falta experiencia.
Maris tuvo que admitir que la mujer tenía razón. Damen solía hacer giros
demasiado amplios, sobre todo cuando utilizaba un viento inferior.
En la puntuación, cuatro jueces votaron por Arak, y sólo el de las Islas Exteriores
por Damen.
—¡Jon de Culhall, Kerr de Alas de Madera! —gritó la voceadora. El viento era
racheado, y Kerr tan torpe como siempre.
Tras unos minutos. Sena miró a Maris.
—Esto es un espectáculo deprimente hasta para un solo ojo —le dijo.
Jon de Culhall se apuntó ocho guijarros blancos más, y Maris compadeció a Kerr.
—¡Corm de Amberly Menor! —gritó la voceadora—. ¡Val Un-Ala, Val de Arren Sur!
Aparecieron en el risco de los alados, con las alas puestas, pero todavía plegadas.
Maris pudo sentir cómo un escalofrío de emoción recorría a la multitud. A lo largo de la
playa, la gente hacía comentarios, y hasta los guardianes que esperaban en pie,
junto al Señor de la Tierra, se acercaron para mirar.
Esta vez, Corm no reía ni bromeaba. Estaba tan silencioso como Val, con el
pelo negro agitado por el viento, mientras le desplegaban y encajaban las alas. Como
siempre, Val rechazó a los que intentaron ayudarle.
—Corm puede llegar a ser muy bueno en esto —advirtió Maris a Sena—. Quizá
Val tenga problemas hoy.
—Sí —convino Sena mirando a Shalli, sentada entre los jueces.
La multitud se impacientaba. Los dos alados todavía no habían saltado. Los
ayudantes de Corm retrocedieron, y el hombre se acercó al borde del risco con las
alas desplegadas. Pero Val no hizo el menor movimiento para encajar la suyas. En vez
de eso se dedicó a examinar las junturas, como si algo fuera mal. Corm le dijo algo
bruscamente y Val levantó la vista, sólo para dedicarle un gesto despectivo.
—Muy bien —dijo Corm claramente.
Echó a correr y, un momento después, estaba en el aire.
—Ahí está Corm —señaló Shalli—. ¿Que le pasa a Un-Ala?
¿No sabe que esto puntúa en su contra? —murmuró Sena. Maris agarró a la
anciana por un codo.
Lo va a hacer otra vez —dijo horrorizada.
—¿El qué?
Pero, mientras lo preguntaba, el rostro de Sena se iluminó, y Maris supo que
había comprendido.
Val saltó.
Había una gran distancia hasta el suelo donde sólo le aguardaba la arena y los
espectadores. Más peligroso y más espectacular que la misma acrobacia realizada
sobre el agua. Pero lo estaba haciendo, caía, con la alas ondeando a la espalda como
una capa de plata. Shalli y el juez del Archipiélago del Sur se pusieron en pie de un
salto, y dos de los guardianes se acercaron hasta el borde del risco. Hasta la voceadora
dejó escapar un grito de sorpresa. Maris oyó los chillidos de los espectadores, desde
abajo.
Las alas de Val se abrieron.
Por un momento, pareció que aquello no era suficiente. Seguía cayendo, cada
vez a más velocidad, incluso con las alas completamente extendidas. Pero entonces
maniobró hacia un lado, y con eso bastó: de repente, estaba volando nivelado, sobre
la playa, hacia el mar. La gente volvía a sentarse en la arena, aunque alguien todavía
chillaba.
Luego se hizo el silencio, como si todos contuvieran el aliento. Val sobrevoló las
olas, planeando con una serenidad absoluta. Y. suavemente, empezó a elevarse. Voló
tranquilamente hacia donde Corm acababa de realizar un difícil bucle, que pasó
inadvertido para casi todos.
Empezaron los aplausos, y los gritos de ánimo. A lo largo de toda la playa, los
atados a la tierra aplaudían y repetían un solo cántico: «¡Un Ala! ¡Un-Ala! ¡Un-Ala!».
Una y otra vez. Ni siquiera el espectacular vuelo rasante de Lañe les había
impresionado tanto como Val. La juez del Archipiélago Oriental reía.
—Pensé que nunca volvería a verlo —exclamó—. ¡Vaya, vaya, vaya! Ni
siquiera Cuervo lo habría hecho mejor.
Shalli parecía deprimida.
—Un truco barato —dijo—. Y peligroso.
—Es posible —convino el juez de las Islas Exteriores — . Pero nunca había visto
nada igual. ¿Cómo lo ha hecho?
La oriental intentó explicárselo, y los dos se enzarzaron en una conversación. A
lo lejos, Val y Corm seguían con sus acrobacias. Val voló bien, aunque Maris advirtió
que sus giros hacia arriba seguían siendo imperfectos. Corm voló mejor, superando a
Val acrobacia por acrobacia, ejecutando cada maniobra con más elegancia, con la
habilidad que le daban décadas de vuelo. Pero Maris sabía que era un vuelo
desesperanzado. Después de la Caída de Cuervo, ni toda la elegancia del mundo
podría nivelar la balanza.
Estaba en lo cierto. Shalli fue la única excepción.
—Corm ha volado mucho mejor —insistió —. Una sola acrobacia temeraria no
cambia ese hecho.
Depositó en la caja una piedra blanca, enfatizando el gesto con un ostentoso
giro de muñeca.
Pero los demás jueces le dirigieron una sonrisa indulgente, y los cuatro guijarros
que siguieron al suyo fueron negros.
—¡Garth de Skulny, S'Rella de Alas de Madera!
S'Rella y Garth. aunque de apariencia totalmente diferente, tenían un
aspecto muy semejante aquella mañana, pensó Maris mientras los contemplaba
prepararse. Garth debería estar más tranquilo por la victoria del día anterior, por el
momento sus alas estaban a salvo; en cambio, parecía más pálido y más viejo.
Apenas habló con Riesa, y se colocó las alas con torpe lentitud. S'Rella se mordía el
labio mientras dejaba que los ayudantes le desplegaran las alas, y parecía estar al
borde de las lágrimas.
Ni uno ni otro intentaron nada espectacular en el salto. Garth se dirigió hacia
la derecha, y S'Rella hacia la izquierda. Planearon sobre la playa y sobre los botes con
igual facilidad. Algunos habitantes de la isla saludaron a Garth y gritaron su nombre
cuando pasó por encima de ellos, pero el resto del público estaba en silencio, todavía
enmudecido por el salto de Val.
Sena sacudió la cabeza.
—S'Rella nunca ha sido tan grácil en el aire como Sher o Leya, pero vuela
mejor que todo eso.
La joven sureña acababa de perder el equilibrio en un vulgar giro, y Maris no
pudo por menos que estar de acuerdo con la maestra. S'Rella no estaba volando bien.
—Sólo hace cosas corrientes —señaló Maris — . Creo que todavía está
impresionada por lo de anoche.
Garth se estaba aprovechando de la dejadez de su adversaria. Se remontó con la
tranquila efectividad que le era habitual, hizo varios giros elegantes y un rizo. No fue un
rizo especialmente bueno, pero S'Rella no estaba intentando ninguno.
—Esto será fácil de juzgar —dijo aliviado el Señor de Skulny.
El hombre ya estaba escogiendo un guijarro blanco. A Maris sólo le cupo esperar
que no depositara dos.
—Mira eso —gruñó Sena, disgustada—. Mi mejor alumna vagabundea por el cielo
como un niño de ocho años en su primer vuelo.
—¿Qué hace Garth? —se preguntó Maris en voz alta. El alado se tambaleaba de
un lado a otro, casi como si perdiera el equilibrio—. Ha sido una mala maniobra.
—Si los jueces se dan cuenta —señaló Sena con amargura—. Mira, ya se ha
estabilizado.
Era cierto. Las grandes alas de plata estaban paralelas al mar. Garth las
controlaba en línea recta, descendiendo ligeramente.
—Se está limitando a volar —comentó Maris, asombrada—. No hace ninguna
acrobacia.
—No lo dirás en serio —le contestó el juez de las Islas Exteriores—. Tu Garth se
cayó al agua. Aunque hasta entonces lo hubiera hecho tan bien como Lañe, perdería.
—Estoy de acuerdo —convino la oriental — . No eres un alado, Señor de la Tierra,
no lo comprendes. Garth tiene suerte de seguir vivo. Si se hubiera caído mientras volaba
en una misión, sin que hubiera barcos cerca para rescatarle, habría sido pasto de las
escilas.
—Estaba enfermo —insistió el Señor de la Tierra, temeroso de perder las alas para
Skulny.
—Eso no importa —señaló con voz serena el juez del Archipiélago del Sur.
Puso un guijarro en la caja. Era negro. Tres piedras negras más cayeron en rápida
sucesión. Shalli puso la suya, evidentemente de mala gana, y el Señor de la Tierra,
desafiante, dejó caer una blanca.
La caída de Garth intensificó la desazón de todos, tanto de los alados como de los
alas de madera. Los juegos de la tarde, acrobacias realizadas entre nubes cada vez más
pesadas y tormentosas, no sirvieron para animarles. Una oriental de la Plataforma del
Milano fue la vencedora absoluta, pero no tuvo demasiada competencia: muchos de los
alados decidieron retirarse en el último momento. Incluso algunos que no estaban
implicados directamente en los desafíos empezaban a pensar en tomar las alas y
marcharse a sus respectivas islas. Kerr, el único alas de madera que se molestó en
asistir a los juegos, informó a los demás de que los espectadores también
empezaban a dispersarse, y de que sólo había un tema de conversación: Garth.
Sena trató de animar a sus alumnos, pero era una labor imposible. Sher y
Leya eran filosóficamente conscientes de sus posibilidades, ninguno de los dos
esperaba ganar, pero Damen estaba más deprimido que nunca, y Kerr parecía a punto
de arrojarse al mar. S'Rella estaba casi igual de desanimada. Parecía cansada, y
aquella tarde discutió con Val.
Fue poco después de cenar. Damen llevaba en la mano el tablero de geechi y
estaba buscando un adversario, y Leya había vuelto a sacar la flauta. Val encontró a
S'Rella sentada en la playa, con Maris, y se reunió con ellas sin ser invitado.
—Podemos dar un paseo hasta la taberna —sugirió a la joven—, para celebrar
nuestras victorias. Quiero alejarme de esta pandilla de perdedores para oír qué dice
la gente de nosotros. A lo mejor, incluso podemos cerrar unas cuantas apuestas para
mañana.
—No tengo ninguna victoria que celebrar —replicó S'Rella, arisca—. Volé
fatal. Garth lo hizo mucho mejor que yo. No me merecía ganar.
—O ganas, o pierdes —señaló Val—. Lo que te merezcas no tiene nada que ver.
Vamos.
Intentó tomarla de la mano para ayudarla a levantarse, pero S'Rella se libró de
él, furiosa.
—¿Es que ni siquiera te importa lo que le ha pasado a Garth?
—En absoluto. Y tampoco debería importarte a ti. Si mal no recuerdo, lo último
que le dijiste fue que le odiabas. Para ti habría sido mucho mejor que se ahogara, así
tendrían que darte sus alas. Ahora, intentarán algún truco para quitártelas.
Maris, que estaba escuchando, empezaba a perder el control sobre su genio.
—Ya basta, Val —dijo.
—No te metas en esto, alada —le replicó el joven — . Es un asunto entre
nosotros.
—Todo el mundo cree que sí. Nos acordamos muy bien de lo impresionada que
estabas con Cuervo. Coll llegó incluso a componer una canción sobre él, ¿verdad?
Maris sonrió de nuevo.
—Sí.
Garth iba a añadir algo, pero se lo pensó mejor. Durante un largo momento, la
habitación quedó en silencio, y la sonrisa se desvaneció lentamente del rostro del joven.
Intentó evitarlo, pero no pudo: se echó a llorar. Tendió las grandes manos hacia
ella, Maris se sentó al borde de la cama, le abrazó y le pasó los dedos por la frente.
—Lo sabía... No quería que S'Rella me viese... Oh, Maris, es tan terrible, tan...
—Oh, Garth —susurró ella besándole suavemente, luchando por contener sus
propias lágrimas.
Se sentía impotente. Por un momento, imaginó lo que sería estar en el lugar de
Garth. Se estremeció, apartó la idea y le abrazó todavía más fuerte.
—Venid a verme —pidió—. Bueno... Ya sabes... Cuando no vuelas, no puedes ir al
Nido de Águilas... Ya sabes... Ya es bastante malo perder la libertad, y el viento... No
quiero perderos también a vosotros, a mis amigos, sólo porque... Oh, malditas, malditas
lágrimas... Ven a verme, Maris, prométemelo, prométemelo.
—Te lo prometo, Garth —dijo intentando hablar con voz animada—. A no ser que
engordes tanto que no pueda soportar verte.
El hombre se echó a reír entre las lágrimas.
— ¡Oh, no! —exclamó—. Ahora que pensaba que podría engordar tranquilamente,
llegas tú y...
Oyeron pisadas fuera de la habitación, y Garth se secó rápidamente las lágrimas
con la manta.
—Marchaos —pidió, sonriendo otra vez—. Marchaos, estoy cansado, me habéis
dejado agotado. Pero volved mañana, cuando todo haya terminado, para contarme cómo
han ido los juegos.
Maris asintió. S'Rella se acercó a ellos y dio a Garth un rápido y tímido beso antes
de salir.
Aquella noche, los alados no estaban celebrando ninguna fiesta. La sala principal
del refugio estaba casi completamente vacía, sólo había media docena de alados
occidentales a los que Maris conocía de vista, sentados allí, bebiendo. El ambiente era
cualquier cosa menos festivo. Cuando Maris y sus acompañantes entraron, uno de ellos
se levantó.
—En la sala trasera —les dijo.
Los cinco jueces estaban reunidos en torno a una mesa redonda, pero se
detuvieron en medio de una frase cuando la puerta se abrió. Shalli se levantó.
—Maris, Sena, S'Rella. Pasad —les dijo—. Y cerrad la puerta.
Tomaron asiento alrededor de la mesa. Shalli cruzó las manos delante de ella
para seguir hablando.
—Os hemos mandado llamar porque tenemos una discusión, referente a la joven
S'Rella, aquí presente. Creemos que tenéis derecho a hacernos saber vuestra opinión.
Garth nos ha hecho llegar el mensaje de que no volará mañana...
—Lo sabemos —la interrumpió Maris—. Venimos de su casa. —Bien —asintió Shalli
—. Entonces, quizá comprendas nuestro problema. Tenemos que decidir qué se hace con
las alas.
S'Rella se sobresaltó.
—Son mías —dijo—. Me lo ha dicho Garth.
El Señor de Skulny, que tamborileaba con los dedos sobre la mesa, frunció el ceño.
—Las alas no son de Garth, no puede regalarlas a quien quiera —dijo en voz alta—.
Mira, chiquilla, voy a hacerte una pregunta. Si te entregamos las alas, ¿prometes instalarte
aquí y volar para Skulny?
Maris advirtió con aprobación que S'Rella ni siquiera parpadeaba bajo la intensa
mirada del hombre.
—No —respondió, contundente —. No puedo. Skulny es una hermosa isla, estoy
segura, pero... Pero no es mi hogar. Volveré al Archipiélago del Sur con las alas. A
Veleth, la pequeña isla en la que nací.
El Señor de la Tierra sacudió violentamente la cabeza.
—No, no, no. Si quieres, puedes volver a esa roca del Sur. Pero, si lo
haces, será sin las alas. — Miró a los demás jueces —. Ya veis, le he dado una
oportunidad. Insisto.
Sena dio un puñetazo sobre la mesa.
—¿Se puede saber qué pasa aquí? S'Rella tiene más derecho que nadie a esas
alas. Desafió a Garth, y Garth fracasó. ¿Cómo podéis hablar de no entregárselas?
Miró a todos los jueces alternativamente, furiosa.
Shalli, que parecía la portavoz, se encogió de hombros en un gesto de
disculpa.
—No hemos llegado a un acuerdo —dijo—. La cuestión es, ¿cómo puntuaremos
la prueba mañana? Algunos pensamos que, si Garth no vuela, se debe conceder la
victoria a S'Rella. Pero el Señor de la Tierra opina que no podemos votar en una
competición en la que sólo vuela un alado. Insiste en que debemos tomar una
decisión basándonos en las dos pruebas que ya se han realizado. Si lo hacemos así,
Garth gana por seis piedras contra cinco, y se queda con las alas.
—¡Pero ha renunciado a ellas! —gritó Maris—. ¡No puede volar, está
demasiado enfermo!
Maris no alcanzó a verla. Faltaba mucho para la salida del sol, y no tenían ninguna
de las velas encendida.
—No —le susurró—. Calla.
Tenía miedo. Los golpes siguieron, sin interrupción, y Maris recordó los pájaros
muertos que les habían dejado. Se preguntó quién podría estar al otro lado de la puerta
a aquellas horas de la noche, intentando con tanta insistencia que abrieran. Saltó de la
cama, cruzó la habitación y, en la oscuridad, consiguió encontrar el cuchillo con el que
había descolgado los pájaros de la puerta. No era nada, un pequeño cuchillo metálico de
mesa, pero le daba confianza. Sólo entonces se dirigió hacia la puerta.
¿Quién está ahí? —exigió saber—. ¿Quiénes? Los golpes se detuvieron.
Raggin —respondió una voz profunda que no conocía.
¿Raggin? No conozco a ningún Raggin. ¿Qué quieres?
—Soy del Hacha de Hierro —le contestaron desde fuera—. ¿Conoces a Val, el
que se hospeda conmigo?
El miedo desapareció, y Maris abrió rápidamente la puerta. El hombre que
aguardaba fuera, a la luz de las estrellas, era harapiento y desaliñado. Tenía la nariz
ganchuda y la barba sucia, pero de repente le reconoció: el camarero de la taberna de
Val.
—¿Sucede algo?
—Estaba cerrando, y tu amigo no había llegado todavía. Creía que había
encontrado a alguna preciosidad con la que dormir, pero entonces le vi fuera, en el
suelo. Le han herido, está muy mal.
¿A Val? —exclamó S'Rella. Corrió hacia la puerta—. ¿Dónde está? ¿Se
encuentra bien?
Le llevé a su habitación —explicó Raggin —. No fue fácil subirle por la escalera.
Pero me acordé de que conocía a gente de por aquí, y vine a buscaros. ¿Queréis venir
conmigo? No sé qué hacer con él.
—Ahora mismo —respondió rápidamente Maris—. Vístete, S'Rella. Se apresuró
a recoger sus ropas y a ponérselas. Pronto estuvieron
caminando a buen paso por el camino del mar. Maris llevaba una lámpara de
aceite en la mano. El camino pasaba junto a los riscos y, en la oscuridad, un paso en
falso podía resultar fatal.
La taberna estaba cerrada y a oscuras, con la puerta atrancada desde dentro
con una pesada tabla de madera. Raggin las dejó a la entrada para pasar por lo que
llamó el «camino secreto». Les abrió desde dentro.
—Hay que tener cuidado —explicó—, mucha gente mala viene por aquí. Tengo
algunos clientes que no os gustarían demasiado, aladas.
Apenas le escuchaban. S'Rella echó a correr escalera arriba, hacia la
habitación que a veces había compartido con Val, mientras Maris la seguía de cerca.
Cuando la alcanzó, la joven estaba encendiendo una vela junto a la cama de Val.
La escasa luz vacilante llenó la pequeña habitación, y la figura que yacía bajo
las mantas se removió con un gemido animal. S'Rella dejó la vela y apartó las mantas.
Los ojos de Val la encontraron, y pareció reconocerla: tendió el brazo izquierdo
hacia ella desesperadamente. Pero, cuando intentó hablar, los únicos sonidos que
pudo producir fueron unos sollozos entrecortados por el dolor.
Maris se sintió desmayar. Le habían golpeado salvajemente en la cabeza y en
los hombros, el rostro del joven era una masa irreconocible de heridas y hematomas.
Un corte, a lo largo de la mejilla, le seguía sangrando, y tenía sangre seca sobre la
camisa y la mandíbula. Cuando abrió la boca para intentar hablar, pudieron ver que
también tenía la boca ensangrentada.
—¡Val! —gritó S'Rella, sollozando.
Le tocó la frente. El joven se estremeció ante el roce y trató de decir algo.
Maris se acercó más. Val agarraba fuertemente a S'Rella con la
mano izquierda, atrayéndola hacia él. Pero el brazo derecho le colgaba a lo
largo del cuerpo. Y algo iba mal: en la sábana, bajo la extremidad, había sangre. El
ángulo que trazaba el brazo era imposible, y la chaqueta estaba desgarrada,
ensangrentada. Se arrodilló a la derecha de la cama y rozó suavemente el brazo. Val
se estremeció tan fuertemente que S'Rella saltó hacia atrás, aterrorizada. Sólo
entonces vio Maris el extremo del hueso, que sobresalía bajo la piel y la ropa.
Raggin las observaba desde la puerta.
—Tiene el brazo roto, no se lo toques —dijo, cooperativo—. Si lo haces, gritará.
Tendríais que haber oído el escándalo que armó mientras le subía aquí. Creo que
también tiene la pierna rota, pero no estoy seguro.
Val estaba quieto, pero respiraba en jadeos entrecortados por el dolor.
—¿Por qué no has llamado a un curandero? —preguntó bruscamente a Raggin
—. ¿Por qué no le has dado nada para el dolor?
Raggin dio un paso hacia atrás, sorprendido, como si aquellas ideas ni siquiera
se le hubieran pasado por la cabeza.
—Fui a buscaros, ¿no? ¿Quién va a pagar al curandero? Él no, seguro. No tiene
ni para empezar. He revisado sus cosas.
Maris apretó los puños e intentó contener la furia.
—Ve ahora mismo a buscar un curandero —ordenó—. No me importa si tienes
que correr quince kilómetros, hazlo muy de prisa. Si no lo haces, te juro que hablaré
con el Señor de la Tierra para que cierre este tugurio.
—Alados —gruñó el camarero—. Siempre imponiéndoos, ¿eh? De acuerdo, iré,
pero ¿quién pagará al curandero? Eso es lo que quiero saber, y él también querrá
saberlo.
—¡Maldita sea! —gritó Maris—. ¡Yo le pagaré, maldita sea, yo le pagaré! ¡Es
un alado! ¡Si no le curan bien los huesos, si no recibe cuida dos, nunca volverá a volar!
¡Date prisa!
Raggin le dirigió una última mirada recelosa, y se dirigió hacia la escalera. Maris
volvió junto al lecho de Val. El joven emitía sonidos entrecortados e intentaba moverse,
pero cada gesto le arrancaba un gemido de dolor.
—¿No podemos hacer nada por él? —preguntó S'Rella a Maris. —Sí —replicó la
alada—. Después de todo, esto es una taberna. Ve abajo y trae unas cuantas botellas.
Eso le calmará un poco el dolor hasta que llegue el curandero.
S'Rella asintió y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué traigo? —preguntó—. ¿Vino?
—No, necesitamos algo más fuerte. Busca un poco de coñac. O ese licor de
Poweet, ¿cómo se llama? Está hecho de cereales y patatas...
S'Rella asintió y se marchó. Volvió en seguida con tres botellas de licor de la
isla y un frasco sin identificar que despedía un profundo aroma.
—Es fuerte —comentó Maris.
Lo probó ella misma, y luego dijo a S'Rella que levantara la cabeza de Val
mientras le vertía el líquido en la boca. El joven parecía muy dispuesto a cooperar, y sorbió
ansioso la bebida mientras las dos jóvenes se turnaban para administrársela.
Cuando por fin volvió Raggin con el curandero, una hora más tarde. Val ya había
perdido el conocimiento.
—Aquí tienes a tu curandero —dijo el camarero. Miró las botellas vacías en el suelo
y añadió—: También pagarás eso, alada.
Cuando el curandero le hubo entablillado a Val el brazo y la pierna —Raggin
estaba en lo cierto, también la tenía rota, aunque no de manera tan grave como el brazo
—, le dio un calmante, le curó las magulladuras de la cara y entregó a Maris una botella
llena de un líquido verdoso.
—Esto es mejor que el coñac —dijo—. Le quitará el dolor y le hará dormir.
Se marchó, dejando a Maris y a S'Rella a solas con Val.
—Han sido los alados, ¿verdad? —le preguntó llorosa cuando se sentaron juntas,
en la pequeña habitación, a la luz de la vela.
Un brazo y una pierna rotos, el otro lado intacto —dijo Maris, furiosa—. Sí, creo
que ha sido un alado. No creo que ninguno lo hiciera personalmente, pero se ha hecho
por encargo de un alado. —Con un repentino impulso, Maris se dirigió hacia el montón de
ropas ensangrentadas que le habían quitado a Val, y rebuscó entre ellas—. Mmm... Lo
que pensaba. El cuchillo ha desaparecido. Quizá se lo quitaron, o quizá lo tenía en la mano
y se le cayó.
Quienquiera que fuera, ojalá le haya hecho daño —dijo S'Rella—. ¿Crees que fue
Corm? Como mañana le iba a quitar las alas.
—Hoy —objetó Maris, mirando por la ventana. Las primeras luces del amanecer ya
resultaban visibles en el cielo oriental—. Pero no, no fue Corm. Corm estaría encantado
de destruir a Val si pudiera, pero lo haría legalmente, no así. Es demasiado orgulloso
como para recurrir a una paliza.
—Entonces, ¿quién?
Maris sacudió la cabeza.
—No lo sé, S'Rella. Una persona enferma, de eso no hay duda. Quizá un amigo de
Corm, o un amigo de Ari. Tal vez haya sido Arak. o alguno de sus amigos. Val tenía
muchos enemigos.
—Quería que viniese con él —dijo S'Rella. Se sentía culpable—. Pero yo elegí ir a
ver a Garth. Si le hubiera acompañado, como me pidió, quizá esto no habría sucedido.
—Si le hubieras acompañado —le interrumpió Maris—, lo más pro bable es que
ahora mismo estuvieras igual que él. S'Rella, querida, re cuerda esos pájaros que nos
dejaron clavados en la puerta. Querían decirnos algo. Tú también eres un-ala. —Volvió la
vista hacia las luces del alba—. Como yo. Quizá ya sea hora de que lo admita. Soy medio
alada, nunca seré más. —Sonrió a S'Rella—. Pero supongo que lo que importa es qué
mitad.
S'Rella parecía asombrada, pero Maris siguió hablando.
—Basta de charla. Aún quedan unas horas antes de que empiece la competición,
quiero que intentes dormir un poco. Hoy tienes que ganarte las alas, ¿recuerdas?
—No puedo —protestó S'Rella—. Hoy no.
—Especialmente, hoy —replicó Maris—. Quienquiera que haya hecho esto a Val,
estará encantado de saber que también te ha arrebatado las alas a ti. ¿Es eso lo que
quieres?
—No —dijo S'Rella.
—Entonces, duerme.
Más tarde, mientras S'Rella dormía, Maris volvió a mirar por la ventana. El sol ya se
alzaba sobre el horizonte, con su redondo rostro rojo destacándose contra las oscuras
nubes. Iba a ser un buen día ventoso. Un buen día para volar.
—No me importa tu palabra, nunca averiguarás quién ha sido —le dijo—. Pero no es
eso lo que me preocupa. Esta noche, quiero llevarle sus alas a Val.
—¿Sus... alas?
Me temo —intervino el juez del Archipiélago del Sur—, que tendrá que esperar al
año que viene y volver a intentarlo. Siento que le hayan herido cuando estaba tan cerca de
ganar.
¿Cerca? —Maris examinó la mesa y encontró la caja. La vació ante los jueces—.
Nueve guijarros negros contra uno blanco. Esto es más que cerca. Aunque hoy hubiera
perdido por cinco a nada, seguiría ganando.
No —negó Shalli, testaruda—. Corm merece una oportunidad. No permitiré que
hagas trampas contra él en favor de Un-Ala, por mu cha compasión que me inspire Val.
Corm es muy bueno en los arcos, podría ganar por diez a nada, dos guijarros de cada juez.
Y conservaría Jásalas.
—Diez a nada —repitió Maris—. No es muy probable.
—Es posible —insistió Shalli.
—Cierto —se adhirió la oriental — . No podemos dar la victoria a Un-Ala. No sería
justo para Corm, que lleva tantos años volando bien. Creo que deberíamos descalificar a
Val.
En la mesa, todos asentían, pero Maris se limitó a sonreír.
—Sabía que diríais eso. —Se puso las manos en las caderas, en actitud desafiante
—. Pero Val tendrá sus alas. Por suerte, hay un preceden te. Lo sentasteis vosotros mismos
anoche, con S'Rella y Garth. Que la puntuación siga como está, que continúe la
competición. Llamad a Corm.
»Yo volaré por Val.
Y sabía que no podrían negárselo.
Maris tomó sus alas y se unió al grupo de los competidores, impacientes y cada vez
más nerviosos.
Los arcos se habían erigido durante la noche, nueve estructuras de madera
firmemente clavadas en la arena, en una ruta que exigía una serie de difíciles giros y
maniobras. El primer arco, situado frente al risco de los alados, consistía en dos pértigas de
madera negra, de unos doce metros de alto, a veinte metros de distancia la una de la otra.
Fácil, pero el siguiente arco estaba a tan solo unos pocos metros playa abajo, no en línea
recta, sino a un lado, de manera que el alado tenía que virar rápidamente si quería
atravesarlo. Y el segundo arco era más pequeño, las pértigas eran un poco más bajas y
estaban un poco más juntas. Así seguía el resto de la ruta, trazando curvas y obligando a
maniobrar, cada uno de los arcos más pequeño que el anterior, hasta el noveno y último:
dos pértigas que apenas alzaban dos metros y medio del suelo, a una distancia de
exactamente seis metros y treinta centímetros. La envergadura de las alas era de seis
metros. Nadie había conseguido nunca volar a través de más de siete puertas. No era
sencillo: el récord de aquella mañana estaba en seis... Y lo había obtenido el increíble Lañe.
En esta prueba, los desafiantes solían volar en primer lugar. Se concedía al alado la
cortesía de saber qué puntuación tendría que superar. Con las alas en los hombros, Maris
contempló los intentos de los alas de madera.
Sher bajó en picado desde el risco de los alados hacia el primer arco. Pasó por poco
bajo la cuerda y giró rápidamente hacia el segundo, pero seguía descendiendo, de prisa,
demasiado de prisa. Asustado, el joven alas de madera se niveló rápidamente para evitar
estrellarse contra el suelo y, repentinamente, empezó a elevarse. En vez de atravesar el
segundo arco, pasó por encima. El alado al que Sher desafiaba sólo consiguió cruzar dos
arcos, pero fue suficiente para garantizar la victoria.
Leya, que había estado atento a la estrategia de Sher, eligió otra diferente. Saltó del
risco y describió un amplio círculo sobre la playa, y fue descendiendo gradualmente hasta
atravesar el primer arco nivelado, en vez de descendiendo. Empezó a girar mucho antes de
cruzarlo, así que lo que hizo en realidad fue girar graciosamente entre las pértigas, ya
dirigiéndose hacia el segundo arco. También lo atravesó limpiamente, otra vez empezando
pronto la maniobra de giro, pero esta vez fue un viraje más brusco, más peligroso, hacia
arriba. Leya lo hizo bastante bien y consiguió cruzar el tercer arco, pero ya no tenía nada
que hacer. Voló tranquilamente hacia el mar, errando el cuarto arco por un amplio margen.
De todos modos, algunos espectadores aplaudieron, y su rival sólo pudo cruzar dos arcos
antes de aterrizar bruscamente en la arena. Leya obtenía así su primera victoria, aunque no
bastaba para conseguir las alas.
La voceadora anunció a Damen y a Arak. Los dos tuvieron problemas. Damen
atravesó los arcos demasiado de prisa, y tras el segundo no se recuperó a tiempo para
cruzar el tercero. Arak pasó a través del segundo arco a demasiada altura: la punta
de un ala rozó la cuerda, y aquello bastó para desequilibrarle y para que perdiera el
rumbo. Pero, incluso con el empate a dos puertas, Arak conservaba las alas por un
amplio margen.
Sorprendentemente, también Kerr consiguió el empate. Al igual que Leya,
cruzó el primer arco nivelado y ya iniciando el giro, y cruzó el segundo con facilidad.
Pero, al igual que Leya, tuvo problemas al girar hacia el tercero. Y, a diferencia de
Leya, no lo superó. Tropezó y aterrizó en la arena a pocos metros del arco, y los
chiquillos atados a la tierra corrieron hacia él para ayudarle con las alas. Jon de Culhall
intentó mantenerse a más altura para no sufrir la misma suerte de Kerr, pero pasó
por encima del tercer arco, y muy a la derecha.
— ¡Corm de Amberly Menor! —anunció la voceadora—. ¡Val Un-Ala, Val de Arren
Sur! —Siguió una breve pausa—. ¡Maris de Amberly Menor volará en lugar de Val. Maris de
Amberly Menor!
La joven estaba en pie, en el risco de los alados, mientras los ayudantes le
desplegaban las alas y encajaban cada montante en su sitio. A pocos metros, lo mismo
sucedía con Corm. Le miró, y los ojos de Maris se encontraron con los del hombre, oscuros
y ardientes.
—Maris Un-Ala —dijo con amargura—. En eso te has convertido. Me alegro de que
Russ no haya vivido para verte.
—Russ estaría orgulloso —le respondió furiosa y sabiendo que Corm quería
enfurecerla.
La ira implicaba imprecisión, y aquélla era la única esperanza del alado. Siete años
antes, Maris le había derrotado en una carrera mucho menos civilizada. Confiaba en poder
repetir la hazaña. Precisión, control, reflejos y sentido del viento: era todo lo que hacía
falta, y Maris lo tenía en abundancia.
Tenía las alas extendidas y tensas, el metal se mecía suavemente a impulsos del
viento. Maris estaba tranquila y segura de sí misma. Puso las manos en los asideros de
las alas, echó a correr, saltó y se remontó. Se elevó más, y más. y más, hizo un bucle por
el simple placer de hacerlo. Luego bajó en picado, deslizándose en el aire, cabalgando y
utilizando las ráfagas y las corrientes, dirigiéndose hacia los arcos. Hizo un giro cerrado al
cruzar el primer arco, con las alas describiendo una línea plateada entre la cúspide de una
pértiga y la base de la otra. Se estabilizó con elegancia, y cruzó fluidamente el segundo
arco. Lo que importaba era la sensación, el amor, no la idea. Era instinto, reflejos y
conocer el viento, y Maris era el viento. Ahora venía el tercer arco, con el difícil giro hacia
arriba, pero lo cruzó con facilidad, rápida, limpiamente. Luego hizo un correcto rizo sobre
el agua y salió de él en el ángulo exacto para atravesar el cuarto arco, y también lo hizo,
y el quinto requería un amplio y perezoso giro en descenso, y el sexto estaba justo
delante, no en un ángulo difícil, pero sí preciso, así que descendió un poco y planeó sobre
la arena, con las alas extendidas y tensas, y los espectadores gritaban y la aclamaban.
Todo terminó en un instante.
Cuando el sexto arco se alzaba ante ella entró en una plomada, una repentina
bolsa fría que no tenía ningún derecho a estar allí. La atrapó y la retuvo sólo un momento,
pero fue suficiente para que las alas rozaran la arena, y luego las piernas, y se detuvo
bruscamente justo a la entrada del arco.
Una chiquilla rubia corrió hacia ella y la ayudó a levantarse, antes de empezar a
plegarle las alas. Maris, feliz, respiraba entrecortadamente. Cinco, habían sido cinco. No
era la mejor puntuación del día, pero sí una buena puntuación, y más que suficiente.
Corm perdía ante Val por tanta diferencia que no le bastaría con derrotarla. Tenía que
humillarla, aplastarla, conseguir dos guijarros de cada juez. Y no podría hacerlo.
Él también lo sabía. Voló sin poner el corazón, y ni siquiera se acercó al resultado.
Falló en el cuarto arco. Era una victoria decisiva para ella, para Val. Mientras caminaba
por la playa, con las alas al hombro, estaba rebosante de alegría.
Los gritos de los voceadores recorrieron la playa. S'Rella estaba al borde del
precipicio, con el sol reflejándose en el brillante metal de las alas. Tras ella, Maris alcanzó
a ver a la esbelta y morena Jirel de Skulny.
S'Rella saltó, y Maris se quedó allí de pie, mirándola. Su corazón volaba con ella,
lleno, lleno de esperanza. S'Rella giró y trazó un círculo, una aproximación racional, en
vez de la intuitiva velocidad que había utilizado Maris. Descendió planeando suavemente,
como habían hecho Leya y Kerr en sus respectivos turnos. A través del primer arco,
girando, nivelándose, virando ya en dirección contraria —Maris contuvo el aliento durante
un minuto— y a través del segundo, y ahora un giro muy, muy cerrado hacia arriba, un
viraje imposible, como si el mismo viento hubiera cambiado de dirección a sus órdenes, y a
través del tercer arco, todavía controlando la situación, y otro giro cerrado y ya estaba
cruzando el cuarto —la gente empezaba a levantarse y a gritar— y el quinto le resultó tan
sencillo como a Maris, y ahora era al sexto al que se acercaba, al sexto, en el que ella
había fallado, y las alas le temblaban un poco pero volvía a estabilizarlas mientras se
acercaba, a un poco más de altura que su amiga, y la bolsa de aire frío la afectaba sin
llegar a derribarla, y entonces también cruzaba el sexto arco —gritos por todas partes—
y el séptimo exigía un viraje en una fracción de segundo, y S'Rella también lo hacía, y
volaba hacia el octavo...
...Y era demasiado estrecho, las pértigas estaban demasiado juntas, y S'Rella iba
un milímetro desviada. El ala izquierda se estrelló contra la pértiga, y cayeron juntas, y la
joven quedó tendida en el suelo.
Y Maris sólo fue una entre las docenas de personas que corrían hacia ella.
Cuando llegó a su lado, S'Rella estaba sentada, jadeante, riéndose, rodeada de
atados a la tierra que la colmaban de alabanzas y felicitaciones. Los chiquillos se
arremolinaban en torno a ella para tocarle las alas. Pero S'Rella, con el rostro enrojecido
por el viento, no podía dejar de reír.
Maris se abrió paso entre la multitud y la abrazó, y S'Rella seguía riendo.
—¿Estás bien? —preguntó Maris, alejándola un poco de ella para verla
mejor. S'Rella asintió sin dejar de reír—. Entonces, ¿qué...?
La jovencita se señaló un ala, el ala que había golpeado el arco. El tejido,
prácticamente indestructible, estaba intacto, pero uno de los montantes se había
roto.
—Esto se arregla fácilmente —dijo Maris tras examinarlo—. No pasa nada.
Val estaba reclinado en la cama. Tenía la cabeza un poco levantada para poder
comer, se llevaba cucharadas de sopa a la boca con la mano izquierda. S'Rella,
sentada a su lado, le sostenía el cuenco. Cuando Maris entró, los dos alzaron la vista.
La mano de Val tembló, y se derramó una cucharada de sopa caliente sobre el pecho
desnudo. Dejó escapar una maldición, y S'Rella le ayudó a limpiarse.
—Val —saludó Maris con un gesto. Junto a la puerta, en el suelo, depositó las
alas que llevaba en la mano, las que una vez habían pertenecido a Corm de Amberly
Menor—. Tus alas.
La hinchazón del rostro del joven empezaba a desaparecer, y sus rasgos
volvían a ser reconocibles, aunque el labio tumefacto le daba una expresión extraña.
—S'Rella me ha contado lo que hiciste —dijo con dificultad—. Su pongo que
ahora querrás que te lo agradezca.
Maris se cruzó de brazos y esperó.
—Fueron tus amigos alados, los que me hicieron esto, ya lo sabes —siguió — .
Si los huesos sueldan mal, jamás podré usar esas malditas alas que me has
conseguido. Y, aunque me cure, nunca volaré tan bien como antes.
—Lo sé —respondió Maris—, y lo siento. Pero no fueron mis amigos los que te
hicieron esto. Val. No todos los alados son amigos míos. Y no todos son enemigos
tuyos.
—Estuviste en la fiesta —señaló Val. Maris asintió.
—No será fácil, en gran parte por culpa tuya. Recházales si quieres, ódiales a
todos. O descubre a aquellos que merecen la pena. Depende de ti.
—Te diré a quién voy a descubrir —replicó Val—. Voy a descubrir a los que me
han hecho esto, y luego voy a descubrir al que los envió.
—Sí —dijo Maris—. ¿Y luego?
—S'Rella encontró mi cuchillo —dijo sencillamente el joven — . Anoche lo dejé
caer entre los arbustos. Pero antes corté a uno de mis atacantes, a una mujer. La
reconoceré por la cicatriz.
—¿Adonde irás cuando te repongas? —preguntó Maris. El repentino cambio de
tema cogió desprevenido a Val.
—Había pensado en Colmillo de Mar. Me han dicho que la Señora de la Tierra
está desesperada por tener un alado. Pero, según S'Rella, el Señor de Skulny también
lo está deseando. Hablaré con los dos para ver qué tienen que ofrecer.
—Val de Colmillo de Mar —dijo Maris—. Suena bien.
—Siempre seré Un-Ala — replicó —. Y quizá tú también.
—Medio alada —convino— Como tú. Pero, ¿qué mitad? Puedes conseguir que un
Señor de la Tierra te pague más por tus servicios. Val. Los alados te despreciarán por
ello, al menos la mayoría. Quizá algunos de los más jóvenes e influenciables te imiten,
y sentiría mucho verlo. También puedes llevar ese cuchillo que te regaló tu padre
cuando vueles, aunque así violes una de las más antiguas y sabias leyes. Es una cosa
sin importancia, una tradición. Los alados te despreciarán, pero ninguno hará nada.
Pero puedo asegurarte que, si encuentras al que te mandó golpear y le matas con ese
mismo cuchillo, dejarás de ser Un-Ala. Los alados te declararán fuera de la ley y te
despojarán de las alas, y ningún Señor de Windhaven te aceptará en su isla ni te
permitirá aterrizar, por mucho que necesite a un alado.
—¿Me estás pidiendo que olvide? ¿Que olvide esto?
La caída
Envejeció en menos de un minuto.
Cuando Maris se alejó del Señor de la Tierra de Thayos, todavía era joven. Salió
por el camino subterráneo que llevaba desde su aislada fortaleza hasta el mar. Era un
túnel húmedo y triste que atravesaba la montaña. Caminó con paso ligero, un cirio en la
mano y las alas plegadas a la espalda, acompañada por el eco y el lento gotear del agua.
El suelo del túnel estaba prácticamente anegado por los charcos, y el agua empapaba las
botas de la alada. Maris estaba ansiosa por llegar al exterior.
Hasta que no salió al crepúsculo, al otro lado de la montaña, Maris no vio el cielo.
Estaba teñido de un color púrpura oscuro y amenazador, de un violeta tan lúgubre que era
casi negro. El color de un mal golpe, lleno de sangre y dolor. El viento era frío y caótico.
Maris podía saborear la ira que iba a desencadenarse, podía verla en las nubes. Se detuvo
al pie de los gastados escalones que llevaban hasta el acantilado y, por un momento
consideró la posibilidad de dar media vuelta, pasar la noche en el refugio y posponer el
vuelo hasta el amanecer.
Se cansaba con sólo pensar en el largo camino de vuelta por el túnel. Y, además, no
le gustaba aquel lugar. Thayos le parecía una tierra oscura y amarga, su Señor era un
hombre demasiado rudo que apenas disimulaba su brutalidad bajo la capa de cortesía que
requería el trato entre un Señor de la Tierra y un alado. El mensaje que le había
encomendado llevar pesaba mucho sobre Maris. Las palabras eran furiosas, codiciosas,
llenas de amenaza de guerra. Maris ansiaba poder entregarlo y olvidarlo para librarse del
peso lo antes posible.
Así que apagó el cirio y subió ágilmente la escalera a zancadas largas e impacientes.
Tenía arrugas en el rostro y hebras grises en el pelo, pero seguía siendo tan rápida y
vigorosa como al cumplir veinte años.
Los escalones terminaban en una amplia plataforma de piedra que se alzaba
sobre el mar. Maris desplegó las alas. Éstas captaron el viento y la hicieron balancearse
mientras terminaba de colocar los montantes en sus sitios. El tenebroso color púrpura
de la tormenta daba un tono oscuro al metal plateado, y los rayos del sol poniente lo
surcaban de luminosas vetas rojizas, semejantes a heridas frescas que todavía rezumaban
sangre. Maris se apresuró. Quería adelantarse a la tormenta y utilizar los primeros
vientos para ganar velocidad. Se ajustó las correas, comprobó por última vez las alas y
asió con las manos los familiares agarraderos. Con dos pasos rápidos, se lanzó del risco,
igual que había hecho antes en incontables ocasiones. El viento era su antiguo y
verdadero amante. Se ciñó a su abrazo y voló.
Vio un relámpago en el horizonte y un rayo bifurcado en tres ramales en el
cielo del Este. Luego el viento la trató con delicadeza, haciendo que descendiera,
aminorando la velocidad, haciéndola virar en busca de una corriente más fuerte. Hasta
que la tormenta la golpeó tan repentinamente como el restallar de un látigo. El viento
sopló procedente de la nada, con fuerza terrible. Y, mientras luchaba por remontarse
con él, cambió de dirección. Luego lo hizo una segunda vez, y una tercera. La lluvia le
azotaba el rostro, el relámpago la cegaba y un sonido furioso empezó a golpearle en
los oídos.
La tormenta la echó hacia atrás antes de voltearla como si fuera un juguete.
Maris no tenía más opciones ni oportunidades que una hoja de árbol en medio de un
huracán. El viento la abofeteó, la arrastró de un lado a otro, hasta que estuvo
mareada y confundida. Entonces se dio cuenta de que caía. Miró por encima del
hombro y se dio cuenta de que la montaña se precipitaba hacia ella, toda pared de
piedra, lisa y húmeda. Intentó alejarse, pero sólo consiguió dar media vuelta y
enfrentarse de cara al fiero abrazo del viento. El ala izquierda barrió la roca y se
destrozó contra ella. Maris gritó y cayó de lado, con un ala inútil. La lluvia la cegaba. La
tormenta la tenía entre sus fauces asesinas y, con un último resto de consciencia,
Maris comprendió que aquello era la muerte.
George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento
arruguillas. eran de un azul brillante. Pero, pese a que venía tan a menudo, y
evidentemente la conocía, Maris no conseguía recordar su nombre.
En una ocasión, mientras estaba a su lado y la examinaba, Maris pugnó por
salir del sopor y le dijo que tenía mucho calor, le pidió que retirara las mantas.
Él negó con la cabeza.
—Tienes fiebre —dijo—. El cuarto es frío, y estás muy enferma. Necesitas el calor de
las mantas.
Sorprendida de que un fantasma respondiera al fin, Maris luchó por sentarse para
verle mejor. Su cuerpo respondió con lentitud, y un dolor lacerante se abrió paso por el
costado izquierdo.
—Con calma —dijo el hombre, poniéndole los dedos frescos sobre la frente—. No
te podrás mover hasta que no se suelden los huesos. Ahora, bebe esto.
Le levantó la cabeza y le puso en los labios el borde delgado y suave de una taza.
Maris saboreó la familiar amargura y tragó, obediente. La tensión y el dolor parecieron
ceder a medida que volvía a recostar la cabeza en la almohada.
—Duerme, y no te preocupes por nada.
— ¿Quién...? —consiguió decir con dificultad.
—Me llamo Evan. Soy curandero. Llevas semanas bajo mis cuidados. Estás
recuperándote, pero todavía sigues muy débil. Ahora debes dormir e intentar recuperar
fuerzas.
—Semanas.
La palabra le asustaba. Debía de estar muy mal, tener unas heridas terribles, para
llevar semanas en casa de un curandero.
—¿D-dónde?
El hombre le puso los delgados y fuertes dedos sobre la boca para silenciarla.
—En Thayos. Y se acabaron las preguntas por ahora. Más tarde, te lo contaré
todo, cuando te hayas repuesto un poco. Ahora duerme, deja que tu cuerpo se cure.
Maris dejó de luchar con el sueño que la invadía. Le había dicho que se estaba
curando y que debía conservar las fuerzas. Mientras se sumergía en el sueño, deseó no
volver a soñar otra vez con la breve pero terrible lucha que sostuvo contra la tempestad,
ni con la espantosa caída en que concluyó.
Más tarde, cuando despertó, el mundo estaba en tinieblas, y sólo quedaban los
rescoldos de la hoguera para dar forma a las sombras. En cuanto se agitó ligeramente en
la cama, Evan estuvo allí. Removió las brasas para dar nueva vida al fuego, le tocó la
frente y se sentó en la cama con gesto de satisfacción.
—La fiebre ha cedido, pero todavía no estás curada del todo. Sé que quieres
moverte y que te costará mucho quedarte en la cama, pero tienes que hacerlo. Aún estás
muy débil, y tu cuerpo sanará mejor y más de prisa si no abusas de él. Si no te quedas
quieta, tendré que darte más tesis.
—¿Tesis?
Su propia voz le sonaba extraña en los oídos. Tosió, intentando aclararse la
garganta.
—La bebida amarga que sosiega el cuerpo y la mente para atraer el sueño. Es una
poción muy útil, está hecha con hierbas curativas. Pero, si se toma en exceso, puede
convertirse en un veneno. Te he dado más de la que sería deseable para que te
mantuvieras inmóvil. Las ataduras físicas no habrían servido de nada. Habrías luchado y
forcejado para liberarte. No habrían dejado que las partes heridas descansaran y se
curaran. Cuando bebes la tesis, te hundes en el sueño tranquilo, curativo e indoloro que
necesitas. Pero no quiero darte más. Tendrás dolores, pero creo que podrás
soportarlos. Si no puedes, te daré más poción. ¿Lo has comprendido, Maris?
Ella le miró a los luminosos ojos azules.
—Sí —dijo—. Lo he comprendido. Y lo recordaré, procuraré mantenerme inmóvil.
El curandero sonrió, y la sonrisa pareció rejuvenecerle el rostro.
—Yo te lo recordaré. Estás acostumbrada a una vida de actividad y movimiento, a
viajar de un sitio a otro constantemente. Pero no puedes ir a ninguna parte a recuperar
tus fuerzas. Tienes que esperar a que vuelvan a ti, tumbada aquí todo lo pacientemente
que puedas.
Maris empezó a mover la cabeza, poniéndola a prueba mientras notaba un dolor
adormecido en todo el lado izquierdo.
—Nunca he sido muy paciente.
—No, pero tengo entendido que estás dotada de una gran fuerza de voluntad.
Utiliza esa voluntad para permanecer inmóvil, y te recuperarás.
—Tienes que decirme la verdad —pidió Maris.
Le miró a la cara, intentando leer en ella la respuesta. Sentía que el miedo le
recorría el cuerpo como un frío veneno. Añoraba la fuerza necesaria para sentarse, para
mirarse los brazos y las piernas.
—Te diré lo que sé —concedió Evan.
Maris advirtió que el miedo le atenazaba la garganta, y apenas pudo hablar. Las
palabras acudieron en un susurro.
— ¿E-estoy muy mal?
Cerró los ojos. Ahora tenía miedo de leer la respuesta en su rostro.
—Estabas terriblemente lesionada, pero viva. —Le tocó la mejilla para obligarla a
abrir los ojos—. Te rompiste las dos piernas en la caída, la izquierda por cuatro sitios. Las
entablillé, y parecen estar soldando bien. No tan rápidamente como lo harían si fueras
más joven, pero creo que volverás a caminar sin cojera alguna. El brazo izquierdo estaba
destrozado, y las astillas asomaban a través de la carne. Pensé que tendría que
amputarlo, pero no fue necesario. —Le presionó los dedos contra los labios, como si fuera
un beso, y luego los retiró—. Te lo limpié con esencia de la flor del fuego y con otras
hierbas. Lo tendrás rígido durante mucho tiempo, pero no creo que haya ningún nervio
dañado. Así que, con tiempo y ejercicio, volverá a ser tan fuerte y útil como antes. En la
caída te rompiste también dos costillas, y te golpeaste la cabeza contra las rocas.
Estuviste inconsciente tres días mientras te cuidaba. No sabía si llegarías a despertar.
—Sólo tres miembros rotos. No fue tan mal aterrizaje, después de todo. —
Frunció el ceño—. El mensaje...
Evan asintió con la cabeza.
—Lo repetías una y otra vez en el delirio, como si fuera un cántico, decidida a
entregarlo. Pero no te preocupes. El Señor de la Tierra fue informado del accidente, y
ya ha enviado el mismo mensaje al Señor de Thrane con otro alado.
—Naturalmente —murmuró Maris.
Sintió que se le quitaba de encima un peso que ni siquiera sabía que tenía.
—Un mensaje tan urgente —dijo Evan con amargura en la voz—, no podía
esperar a que el tiempo fuera más adecuado para el vuelo. Te en vió a la tormenta, al
tiempo para recuperar las fuerzas. Volverás a ponerte las alas, pero no antes de que
estés preparada, no antes de que yo diga que estás preparada.
—Un curandero atado a la tierra enseñando a un alado cuándo debe volar —dijo
Maris con ceño burlón.
gentiles, los pómulos altos y la imponente nariz ganchuda. Se preguntaba qué habría
sentido él. ¿Habría sido siempre tan independiente como parecía?
Un día, Maris interrumpió su relato sobre una familia de arborícelas que acababa de
conocer.
—¿No te enamoraste nunca? —preguntó—. Después de Jani, quiero decir.
—Sí. naturalmente que sí —respondió, sorprendido—. Ya te he hablado de...
—Pero no lo suficiente como para casarte.
—A veces, sí. Con S'Rai, que vivió aquí durante un año. Fuimos muy felices juntos. La
quise mucho, e insistí en que se quedara. Pero tenía su vida en otra parte. No podía
quedarse en el bosque conmigo. Y me dejó.
—¿Por qué no te fuiste con ella? ¿No te pidió que lo hicieras? Evan parecía triste.
—Sí, me lo pidió. Quería que me fuera con ella. Pero no me pareció posible.
—¿Nunca has estado en otro sitio?
—He viajado por todo Thayos siempre que ha sido necesario —le replicó Evan, a la
defensiva—. Y, cuando era joven, viví en Thossi casi dos años.
—Pero todo Thayos es muy parecido —dijo Maris encogiendo el hombro sano. —
Una punzada le recorrió el izquierdo, pero la ignoró. Ahora tenía permiso para sentarse,
y no quería que le revocaran el privilegio si se quejaba de dolores—. En unas partes hay
más rocas, y en otras más árboles.
—¡ Una apreciación muy superficial! —rió Evan —. Para ti, todas las partes del
bosque son idénticas.
Eso era tan obvio que no requería comentario alguno.
—¿Nunca has estado fuera de Thayos? —insistió.
—Una vez —respondió con una mueca—. Hubo un accidente, un bote se estrelló
contra las rocas, una mujer estaba muy malherida. Monté en un bote de pescadores para
ir a verla. Durante el viaje me mareé tanto que apenas pude ayudarla.
Maris sonrió, comprensiva, pero agitó la cabeza.
—¿Cómo puedes saber que éste es el único sitio donde quieres vivir, si nunca has
estado en otra parte?
—Nunca he dicho que lo supiera. Pude haberme marchado, pude tener una vida
muy diferente. Pero ésta es la que he elegido. La conozco muy bien, y es la mía. Para lo
mejor y para lo peor. Ya es demasiado tarde para añorar las oportunidades que he
desperdiciado. Soy feliz con lo que tengo.
Se levantó, dando por terminada la conversación.
—Es la hora de tu siesta.
—¿Puedo...?
—Puedes hacer lo que quieras mientras lo hagas tumbada de espaldas y sin
moverte.
Maris se echó a reír y permitió que la ayudara a recostarse sobre la cama. No tenía
intención de admitirlo, pero sentarse la había dejado agotada, y dio la bienvenida al alivio
que le produjo tumbarse. Le frustraba la lentitud de su cuerpo en sanar. Y no comprendía
por qué unos cuantos huesos rotos la hacían cansarse con tanta facilidad. Cerró los ojos y
escuchó el ruido que hacía Evan al atizar el fuego para caldear la habitación.
Pensó en Evan. Se sentía atraída hacia él, y las circunstancias habían facilitado la
intimidad entre ambos. En un momento, llegó a pensar que, una vez sanara, Evan y ella
podrían convertirse en amantes. Ahora que conocía su vida, no estaba tan segura. El
violando el último santuario de los alados de cuna. Hice que se sintieran incómodos, pese
a que Corina y algunos más fueron muy educados.
Maris asintió. Era una vieja historia. Las tensiones entre los alados de cuna y los
un-ala que habían conseguido las suyas en competición, habían aumentado con el tiempo.
Cada año eran más los atados a la tierra que se acercaban al cielo, y las viejas familias de
alados se sentían más y más amenazadas.
—¿Cómo está Val?—preguntó.
—Val es Val. Es más rico que nunca, pero eso es lo único que ha cambiado. La
última vez que estuve en Colmillo de Mar, llevaba puesto un cinturón de metal. No quiero
pensar cuánto le costó. Trabaja mucho con los Alas de Madera. Todos le miran con
veneración. El resto del tiempo lo pasa en Ciudad Tormenta con Athen, Damen, Ron y el
resto de sus amigos de un-ala. Tengo entendido que mantiene relaciones con una atada a
la tierra de Poweet, pero no creo que se haya molestado en decírselo a Cara. Intenté
echarle una bronca, pero ya sabes lo ególatra que puede llegar a ser...
—¡Ah, sí! —sonrió Maris.
Tomó un sorbo de té. S'Rella siguió hablando, pasando por todo Windhaven.
Chismorrearon sobre otros alados, hablaron de amigos y familiares, de sitios donde
ambas habían estado, y mantuvieron una conversación que duró largo rato. Maris se
sentía bien, cómoda y relajada. La cautividad ya no duraría demasiado. En cuestión de días
volvería a caminar, y empezaría a hacer ejercicio y a ponerse en forma para volar de
nuevo. S'Rella, su mejor amiga, estaba a su lado para recordarle la vida que le esperaba
al otro lado de aquellas delgadas paredes, y para ayudarla a volver a ella.
Unas horas más tarde, Evan se reunió con ellas. Traía platos con queso y fruta,
pan de hierbas recién horneado, y huevos revueltos con cebollas silvestres y pimienta. Se
sentaron en la enorme cama y comieron vorazmente. La conversación, o quizá la nueva
esperanza, habían dado a Maris un inmenso apetito.
La charla se desvió hacia la política.
—¿De verdad puede haber una guerra aquí? —preguntó S'Rella—. ¿Por qué?
—Por una roca —gruñó Evan — . Una roca de apenas medio kilómetro de ancho por
dos de largo. Ni siquiera tiene nombre. Está justo en medio del estrecho de Tharin, entre
Thayos y Thrane. Todo el mundo la tenía olvidada. Sólo que ahora han encontrado hierro
en ella. Fue una partida de Thrane la que encontró el yacimiento y empezó a explotarlo, y
no están dispuestos a abandonar sus reivindicaciones. Pero la roca está ligeramente
más cerca de Thayos que de Thrane, así que nuestro Señor de la Tierra está intentando
apoderarse de ella. Envió una docena de guardianes para apoderarse de la mina, pero
fueron derrotados. Ahora, Thrane está fortificando la roca.
—Thayos no parece tener demasiados motivos —objetó S'Rella—. ¿De verdad
piensa declarar la guerra vuestro Señor de la Tierra?
—Me gustaría decir que no —suspiró E van —, pero el Señor de Thayos es un hombre
belicoso y lleno de codicia. Ya derrotó una vez a Thrane en una disputa sobre derechos de
pesca, y está seguro de poder repetir la hazaña. Preferirá que muera gente a aceptar una
solución de compromiso.
—El mensaje que me encomendó llevar a Thrane estaba lleno de amenazas —
intervino Maris—. Me sorprende que la guerra no haya empezado todavía.
—Las dos islas están reuniendo armas, aliados y promesas —dijo Evan—. Tengo
entendido que los alados van y vienen todo el día. Estoy seguro de que el Señor de la
Tierra querrá utilizar tus servicios cuando te marches, S'Rella. Nuestros alados, Tya y
Jem, no han tenido un solo día de descanso en todo el mes. Jem se ha hecho cargo de los
mensajes que cruzan el estrecho, y Tya de las ofertas y promesas a potenciales aliados.
Afortunadamente, ninguno parece interesado. Siempre vuelve con negativas. Creo que
es lo único que retrasa el inicio de la guerra. —Suspiró de nuevo—. Pero sólo es cuestión
de tiempo —dijo con tono fatigado—. Habrá muchas muertes antes de que eso termine.
Me llamarán para remendar a los que puedan ser remendados. Todo es grotesco. En
tiempos de guerra, un curandero tiene que ir sanando los síntomas sin que se le permita
mencionar la posibilidad de eliminar las causas, la propia guerra, a menos que quiera ir a
la cárcel por traidor.
—Supongo que debería sentirme aliviada por estar al margen de todo —suspiró
Maris. Pero su voz sonaba renuente. No sentía lo mismo que Evan hacia la guerra. Los
alados se mantenían al margen de los conflictos, de la misma manera que sobrevolaban el
mar traicionero. Eran neutrales, y jamás se les debía hacer daño. Objetivamente, la guerra
era algo lamentable, pero nunca había rozado a Maris ni a ninguno de los que amaba, así
que no podía sentir el horror en toda su profundidad—. Cuando era más joven, podía
aprender de memoria un mensaje sin oírlo de verdad. Creo que he perdido ese talento.
Algunas de las palabras que he llevado le quitaban la alegría al vuelo.
—Te entiendo —asintió S'Rella—. A veces he visto los frutos de los mensajes que he
entregado, y me he sentido muy culpable.
—No hay por qué —dijo Maris—. Eres una alada, no la responsable de los mensajes.
—Val no está de acuerdo, ¿sabes? Una vez lo discutí con él. Cree que sí somos
responsables.
—Es comprensible.
—¿Por qué? —inquirió S'Rella con el ceño fruncido, sin comprender.
—Me sorprende que no te lo haya contado nunca. Su padre fue ahorcado.
Un alado llevó la orden de ejecución desde Lomarron hasta Arren Sur. Fue Arak, ¿te
acuerdas de él?
—Demasiado bien. Val siempre ha sospechado que es el que estaba detrás de
la paliza que le dieron. Recuerdo lo furioso que se puso cuando no pudo encontrar a
sus asaltantes para probarlo. —Sonrió amargamente—. También me" acuerdo del
banquete que dio en Colmillo de Mar cuando Arak murió, con pasteles negros y todo
eso.
Evan miró pensativo a las dos mujeres.
—¿Por qué llevas mensajes, si te sientes culpable? —preguntó a S'Rella.
—Porque soy una alada, ése es mi trabajo. Es lo que sé hacer. La
responsabilidad viene con las alas.
—Supongo que es así —repuso Evan levantándose para recoger los platos
vacíos—. Pero, la verdad, no creo que yo pudiera hacerlo. Claro, que soy un atado a
la tierra, no un alado. No he nacido para las alas.
—Nosotras tampoco —empezó a decir Maris.
Pero Evan salía ya de la habitación. La mujer sintió una ligera inquietud, pero
S'Rella volvió a hablar y Maris se enfrascó en la conversación. No pasó mucho tiempo
antes de que olvidara lo que la había molestado.
Por fin llegó el momento de quitar las tablillas. Evan le iba a liberar las piernas,
y prometía que el brazo las seguiría en poco tiempo.
Cuando se vio las extremidades, Maris gritó. Tenía las piernas delgadas y
pálidas, y ofrecían un extraño aspecto. Evan empezó a masajeárselas gentilmente,
lavándolas con una infusión caliente de hierbas. Poco a poco, con manos expertas,
fue doblando los músculos largo tiempo inmóviles. Maris suspiró de placer y se relajó.
Cuando Evan terminó, se levantó y apartó el cuenco y los paños. Maris se
sintió ahogada de impaciencia.
Cuando Evan le quitó las tablillas del brazo. Maris estaba entusiasmada. El
hueso parecía perfectamente soldado, fuerte, sin ninguna lesión permanente. Sabía
que tendría que ejercitarlo mucho para devolver a los músculos el vigor que requería el
vuelo, pero la idea de largas y duras horas de ejercicios la atraía más de lo que la
asustaba, sobre todo después de tanto tiempo de inactividad forzosa.
S'Rella anunció demasiado pronto que debía marcharse. El Señor de Thayos
había enviado un corredor.
—Tiene un mensaje urgente para Arren Norte —dijo a Maris y a Evan con una
mueca de disgusto — . Y todos sus alados están en otras misiones. De todos modos, ya
es hora de que me marche. Tengo que volverá Veleth.
Estaban reunidos alrededor de la áspera mesa de madera, en la cocina de Evan,
bebiendo té y comiendo pan con mantequilla, como si fuera un desayuno de despedida.
Maris extendió la mano por encima de la mesa y cogió la de S'Rella.
—Te echaré de menos, pero me alegra que hayas venido.
—Volveré en cuanto pueda —dijo S'Rella—, aunque sospecho que me mantendrán
ocupada. De todos modos, haré correr la voz de que te has recuperado. Tus amigos se
alegrarán de saberlo.
—Maris todavía no se ha recobrado del todo —dijo Evan.
— ¡Oh!, sólo es cuestión de tiempo —replicó alegremente Maris—. Para cuando la
gente se entere, ya estaré volando de nuevo. —No entendía la razón del tono lúgubre de
Evan. Había esperado que se alegrara con ella cuando quitaron las tablillas del brazo—.
Hasta es posible que nos encontremos en el cielo, antes de que vuelvas.
Evan miró a S'Rella.
—Te acompañaré hasta el camino —ofreció.
—No te molestes, ya sé donde es.
—Me gustaría acompañarte.
Maris se tensó al oír algo indefinido en la voz del curandero.
—Díselo aquí —dijo con voz sosegada —. Sea lo que sea, yo también debería
saberlo.
—Nunca te he mentido, Maris —suspiró Evan. Sus hombros se estremecieron. De
pronto, la alada le vio como un anciano. Se recostó en la silla y la miró directamente al
rostro—. ¿No te has preguntado nada acerca del vértigo que sientes cuando te levantas,
te sientas o te das media vuelta bruscamente?
—Todavía estoy débil. Debo tener cuidado, eso es todo —dijo Maris a la defensiva
—. Tengo las extremidades bien.
—Sí, sí, las piernas y el brazo no me preocupan. Pero hay algo más que está mal,
algo que no puedo arreglar, entablillar ni curar. Creo que te sucedió algo cuando te
golpeaste la cabeza. Tienes una lesión en el cerebro. Algo que afecta a tu sentido del
equilibrio, a tus percepciones, quizá a tu visión. No sé exactamente qué. Entiendo muy
poco del tema, nadie entiende...
—No me pasa nada —dijo Maris con voz razonable—. Al principio estaba débil y
mareada, pero voy mejorando. Ahora ya puedo caminar. Tienes que admitirlo. Mejoraré
más todavía y volveré a volar.
—Has conseguido acostumbrarte, compensarlo. Nada más. Tienes mal el sentido
del equilibrio. Probablemente aprendas a adaptarte a la vida en tierra. Pero a volar...
Necesitas equilibrio para moverte en el aire, y puede que no lo tengas en absoluto. Y no
creo que puedas aprender a volar sin él. Hay demasiadas cosas que dependen del
equilibrio.
respirar en este bosque. Todo está en penumbra, y demasiado cerca. Sólo se huele
a fango, a podredumbre y a moho.
Olores maravillosos todos ellos —replicó Evan, devolviéndole la sonrisa—. El
mar es demasiado grande, y está demasiado vacío para mi gusto. Estoy mejor en casa
o en el bosque.
¡Qué diferentes somos tú y yo, Evan! —sonrió, Maris, rozándole el brazo. En
cierto modo, el contraste la complacía. Echó la cabeza hacia atrás y aspiró
profundamente —. Sí, ya huelo a mar.
—También lo puedes oler desde la puerta de casa. En todo Thayos huele a mar
—señaló Evan.
—Pero el bosque lo disfraza.
Maris sentía que se le aligeraba el corazón a medida que los árboles se
distanciaban más y más entre ellos. Toda su vida había transcurrido junto al mar o
por encima de él. Todas las mañanas, en casa de Evan. advertía su ausencia. Echaba
de menos el batir de las olas y el fuerte sabor de la sal. Pero, más que nada, echaba de
menos la visión de la vasta inmensidad gris, bajo un cielo igualmente inmenso y
turbulento.
Los árboles desaparecieron bruscamente para dejar paso a los acantilados
rocosos. Maris echó a correr. Se detuvo al borde, jadeando, mirando el mar y el cielo.
El cielo era de color índigo, y las nubes grises lo surcaban velozmente. A la
altura que se encontraba Maris, el viento era relativamente débil pero, por el paciente
vuelo circular de dos milanos, la alada intuía que se podía volar. Quizá no fuese un día
apropiado para llevar mensajes urgentes, pero sí para jugar, hacer cabriolas,
zambullirse y reír en el aire frío.
Oyó a Evan acercarse.
—Tienes que reconocer que es hermoso —le dijo sin volverse.
Dio otro paso en dirección al borde, miró hacia abajo... Y sintió que el mundo se
hundía a sus pies.
Boqueó intentando recuperar el aliento, buscando algo sólido, pero caía, caía,
caía, y ni siquiera los brazos de Evan, que la sostenían con firmeza, podían devolverla a
terreno firme.
Al día siguiente, hubo tormenta. Maris pasó el día en la casa, inmersa en la
depresión, pensando en lo que había sucedido junto al acantilado. No hizo ejercicio. Comió
sin ganas, y tuvo que obligarse a sí misma a repasar las alas. Evan la miraba en silencio, a
menudo con el ceño fruncido.
Seguía lloviendo un día después, pero lo peor de la tormenta ya había pasado, y la
lluvia caía con menos fuerza. Evan dijo que tenía que marcharse.
—Necesito algunas cosas de Thayos. Hierbas que no crecen aquí. Tengo
entendido que llegó un comerciante la semana pasada. Necesito hacer provisiones.
—Claro —dijo Maris con voz átona.
Aunque no había hecho nada en toda la mañana, a excepción de desayunar, se
sentía cansada. Se sentía vieja.
—¿No quieres venir conmigo? Todavía no has visto la ciudad. —No. No me apetece.
Pasaré el día en casa.
Evan frunció el entrecejo. Pero, de todo modos, se puso la capa para protegerse de
la lluvia.
—Como quieras. Volveré antes de que anochezca.
Pero ya la noche estaba avanzada cuando el curandero regresó por fin, cargado
con una cesta llena de tarros de hierbas. La lluvia había cesado, y Maris estaba
preocupada por él desde que empezó a oscurecer.
—Llegas tarde —le dijo cuando entró, sacudiéndose la lluvia de la capa—. ¿Estás
bien?
Sonreía. Maris nunca le había visto tan feliz.
—Traigo noticias, buenas noticias. Todo el mundo en el puerto estaba alborozado.
No habrá guerra. ¡Los Señores de Thayos y Thrane han acordado reunirse en esa maldita
reca para hacer un trato sobre los derechos de explotación!
—No habrá guerra —repitió Maris, como en un sueño—. Vaya, vaya. Qué raro.
¿Cómo ha sido eso?
Evan encendió el fuego y empezó a preparar un poco de té.
—¡Oh!, tenía que suceder. Tya volvió de otra misión sin haber conseguido nada.
Nuestro Señor de la Tierra fue rechazado en todas partes y, sin aliados, no se siente lo
bastante fuerte como para hacer valer sus reclamaciones. Me han dicho que está furioso,
pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Nada. Así que envió a Jem para llevar un mensaje a
Thrane, concertando una reunión para llegar a un acuerdo. Cualquier cosa es mejor que
nada. Yo pensaba que encontraría apoyo en Cheslyn o en Thrynel, sobre todo si ofrecía
parte del hierro a cambio. Y la verdad es que los Arrens y Thrane nunca se han llevado
bien... —Evan lanzó una carcajada—. ¡Ah! ¿Qué importa eso ahora? Ya no habrá guerra. En
Puerto Thayos, todos estaban tan aliviados... Bueno, a excepción de unos cuantos
guardianes, que esperaban aumentar el peso de sus bolsas con un poco de hierro. Todo
el mundo lo está celebrando. Y nosotros vamos a hacer lo mismo.
Rebuscó en la cesta, entre los frascos de hierbas, y sacó un enorme pez luna.
—Se me ocurrió que un poco de pescado podría animarte. Sé de una receta para
cocinarlo con semillas y nueces amargas que hará que te cante la lengua.
Cogió un cuchillo de hueso y empezó a trocear el pescado, silbando alegremente
mientras trabajaba. El buen humor del curandero era tan contagioso que Maris se
descubrió sonriendo como él.
Alguien llamó a la puerta con un golpe fuerte y seco.
Evan levantó la cabeza, malhumorado.
—Debe de tratarse de una emergencia —dijo con una imprecación—. Abre tú, si no te
importa. Tengo las manos sucias de pescado.
La chica que estaba ante la puerta vestía un uniforme verde oscuro, adornado con
pieles grises. Era una protectora, una de las corredoras del Señor de la Tierra.
—¿Maris de Amberly Menor? —preguntó.
—Sí.
—El Señor de Thayos te envía sus saludos y te invita a honrar su mesa asistiendo
a una cena mañana por la noche, junto con el curandero Evan. Si tu salud lo permite,
claro.
—Mi salud lo permite —respondió bruscamente Maris—. ¿Por qué somos acreedores
de tanto honor, y tan repentinamente, niña?
La corredera poseía una solemnidad poco acorde a sus escasos años.
—El Señor de la Tierra honra a todos los alados. Vuestra lesión, acaecida bajo su
servicio, ha pesado gravemente sobre él. Desea mostrar su gratitud a todos los alados
que han volado para Thayos, aunque sea brevemente, durante la crisis por la que
acabamos de pasar.
—¡Oh! —dijo Maris. Seguía sin estar convencida. El Señor de Thayos no le había
parecido persona propensa a sentir ni mostrar gratitud—. ¿Eso es todo?
La chica titubeó. El desparpajo la había abandonado, y Maris se dio cuenta de que
era muy joven.
—No es parte del mensaje, alada, pero...
—¿Sí? —la animó Maris.
Evan había dejado el trabajo para ponerse detrás de ella.
—Esta tarde, a última hora, llegó una alada con un mensaje sólo para los oídos
del Señor. Éste la recibió en sus habitaciones privadas. Era del Archipiélago Occidental,
creo. Viste de manera rara, y lleva el pelo muy corto.
—Descríbela, si puedes —pidió Maris.
Se sacó una moneda de cobre del bolsillo y dejó que sus dedos jugaran con ella.
La chica miró la moneda y sonrió.
—¡Oh!, era una mujer, occidental, joven, de entre veinte y veintitrés años. Muy
bonita. Nunca he visto a ninguna tan guapa. A mí me pareció que tenía una sonrisa
agradable, pero a los hombres del refugio no les gustó. Dicen que ni siquiera se molestó
en agradecerles su ayuda. Ojos verdes. Lleva una gargantilla. Tres bandas de cristal
marino de colores. ; Basta con eso?
—Sí. Eres muy observadora.
Le dio la moneda.
—¿Conoces a esa alada? —preguntó Evan.
Maris asintió.
— Desde que nació. También conozco a sus padres.
—¿Quién es? —preguntó con impaciencia.
—Corina de Amberly Menor —respondió Maris.
La corredora seguía en la puerta. Maris la miró de nuevo.
—¿Sí? ¿Hay algo más? Aceptamos la invitación, claro. Transmite nuestro
agradecimiento al Señor de la Tierra.
—Hay algo más... —balbució la chica—. Se me olvidaba. El Señor de la Tierra
te solicita respetuosamente que acudas con tus alas. Es decir, si ello no repercute en
tu salud.
—Sí, claro —dijo Maris torpemente —. Claro.
Y cerró la puerta.
La fortaleza del Señor de Thayos era un lugar marcial y lúgubre, edificada lejos
de los poblados y aldeas de la isla, en un valle estrecho y apartado. Estaba cerca del
mar, pero escudada de éste por una sólida pared de montañas. Por tierra, sólo se
podía acceder allí a través de dos caminos, controlados por los Guardianes. Una
atalaya de piedra se alzaba en el pico más elevado, como un altivo centinela que
vigilara los senderos.
La fortaleza en sí era antigua y austera, construida con bloques de piedra
negra, erosionada por los elementos. Daba la espalda a la montaña. Maris sabía, por
su visita anterior, que la mayoría de las dependencias eran subterráneas, estaban
cinceladas en la misma roca. Al exterior, presentaba dos enormes murallas, por las
que guardianes armados con arcos patrullaban constantemente. Rodeaban un grupo
de edificios de madera y dos torres negras, la más alta de las cuales medía casi quince
metros. Sólidos barrotes de madera defendían las ventanas de las torres. El valle,
próximo al mar, era húmedo y frío. Los únicos colores que destacaban en todo el
conjunto eran los de un tenaz liquen violeta y un moho verdeazulado que se adhería a
la base de los peñascos y ascendía hasta cubrir la mitad de las murallas.
Al llegar por el camino de Thossi, los guardianes detuvieron a Maris y a Evan
ante la primera muralla. Luego la transpusieron sólo para tener que hacer otro alto
ante la segunda muralla, y por fin ser admitidos en el interior de la fortaleza. Podrían
haberles retenido más tiempo, pero Maris llevaba las brillantes alas plateadas, y los
guardianes no molestaban a los alados. El patio interior bullía de actividad: los niños
jugaban con enormes perros, cerdos de aspecto salvaje correteaban por todas
partes, los guardianes se ejercitaban con el arco y la lanza... Había un patíbulo
alzado contra un muro. La madera estaba cuarteada y desgastada por los
elementos. Los niños jugaban en él, y uno de ellos utilizaba una de las sogas para
columpiarse. Las otras dos segas se mecían vacías, retorciéndose ominosamente con
el gélido viento del atardecer.
—Este lugar me da escalofríos —dijo Maris a Evan—. El Señor de Amberly
Menor vive en una gran mansión de madera, en una colina desde la que se divisa el
pueblo. Tiene veinte habitaciones para huéspedes, un salón gigantesco para los
banquetes, ventanas maravillosas con vidrios de colores y una torre desde la que se
convoca a los alados. Pero no hay muralla, guardias ni horcas.
—El pueblo de Amberly Menor es el que elige a su Señor de la Tierra —replicó
Evan—. En cambio, el Señor de Thayos proviene de un linaje que ha gobernado aquí
desde la época de los navegantes de las estrellas. Y olvidas, Maris, que las tierras del
Archipiélago Oriental no son tan generosas como las del Occidental. Aquí el invierno es
más largo. Los vientos son más fríos, y las tormentas más devastadoras. En nuestro
suelo hay más metal, pero no es tan fértil como el del Archipiélago Occidental. El
hambre y la guerra siempre rondan a Thayos.
Atravesaron el gran pórtico que llevaba al interior, y Maris guardó silencio.
El Señor de la Tierra les recibió en la sala privada para recepciones, sentado en
un sencillo trono de madera y flanqueado por dos guardias de rostro ceñudo. Pero,
cuando entraron, se levantó. Los Señores de la Tierra y los alados tenían el mismo
rango.
—Me complace que hayas podido aceptar mi invitación, alada. Nos preocupaba
tu salud.
Pese a la educación que destilaban sus palabras, a Maris no le gustaba el
hombre. Era alto, bien proporcionado, de facciones regulares y casi atractivas, con
un largo pelo gris peinado en moño al estilo Oriental. Había algo incomodante en sus
gestos. Tenía bolsas alrededor de los ojos y una crispación en las comisuras de los
labios que la barba no conseguía ocultar. Llevaba ropas fastuosas, pero sombrías: un
grueso traje color azul grisáceo, orlado de piel negra, botas altas y estrechas, y un
ancho cinturón cuajado de hierro, plata y piedras preciosas. Tam bién llevaba una
pequeña daga metálica.
—Agradezco tu preocupación —respondió Maris — . Estuve muy grave, pero
ya he recuperado la salud. Thayos tiene un gran tesoro en la persona de Evan. He
conocido a muchos curanderos, pero pocos eran tan versados como él.
El Señor de la Tierra se arrellanó en el trono. —Será bien recompensado —dijo,
como si Evan no estuviera presente—. Un buen trabajo merece una recompensa a la
altura.
Yo misma pagaré a Evan. Tengo suficiente hierro.
No. Casi pierdes la vida a mi servicio, y eso me ha causado honda
preocupación. Permíteme que te demuestre mi gratitud.
—Tengo por costumbre pagar mis propias deudas. El rostro del Señor de la
Tierra se tensó.
—Como quieras. Todavía queda otro asunto pendiente. Pero lo
aplazaremos hasta después de cenar. El camino hasta aquí os habrá abierto el
apetito. —Se levantó bruscamente—. Vamos pues. Descubriréis que he dispuesto una
buena comida para ti, alada. Dudo que hayáis comido mejor alguna vez.
Maris había comido mejor en innumerables ocasiones. La comida era abundante,
pero estaba mal cocinada. A la sopa de pescado le sobraba sal, el pan era duro y seco, y
el asado de carne había estado en el horno el tiempo suficiente para perder todo el sabor.
Hasta la cerveza le parecía insípida.
Comieron en un húmedo y lóbrego salón de banquetes, en una larga mesa
preparada para veinte comensales. A un Evan desesperadamente incómodo se le asignó
un puesto bastante lejano, entre los oficiales de los guardianes y los hijos más jóvenes del
Señor de la Tierra. Maris ocupó el asiento de honor entre el Señor de la Tierra y su
heredera, una mujer adusta, de rasgos afilados, que no dijo ni tres palabras durante toda
la comida. A su lado se sentaron los demás alados. Cerca del Señor de la Tierra, comía un
hombre fatigado, de rostro grisáceo y nariz bulbosa, al que reconoció vagamente por otros
encuentros como el alado Jem. Tres puestos más allá estaba Corina de Amberly Menor.
Sonrió a Maris por encima de la mesa. Corina era deslumbrantemente hermosa, pensó
Maris al recordar las palabras de la corredora. Su padre. Corm, siempre había sido un
hombre muy guapo.
—Tienes buen aspecto. Maris. Me alegro. Estábamos muy preocupados por ti.
—Estoy bien. Espero que pronto podré volver a volar.
Una sombra cruzó por el bello rostro de Corina.
—Maris... —empezó a decir. Luego cambió de idea—. Eso espero, de verdad —
terminó débilmente — . Todo el mundo pregunta por ti. Nos alegraremos mucho cuando
vuelvas a casa.
Miró hacia abajo y se concentró en la comida.
Entre Jem y Corina se sentaba la tercera alada, una joven a la que Maris no
conocía. Tras un intento abortado de iniciar conversación con la hija del Señor de Thayos,
Maris se dedicó a estudiar a la desconocida mientras comía. Tenía la misma edad que
Corina, pero las diferencias entre ambas eran evidentes. Corina era vibrante, hermosa.
Tenía cabellos negros, piel limpia y saludable, brillantes ojos verdes llenos de vida y un
aura de confianza y sofisticación. Era una alada, hija de dos alados, nacida y educada para
los privilegios y tradiciones que conllevan las alas.
La mujer que se sentaba junto a ella era delgada, y la rodeaba un halo de fuerza
y abnegación. Sus mejillas vacías estaban marcadas por la viruela, y llevaba recogido el
claro pelo rubio en un deslucido moño, que dejaba tan tirante el cabello que la frente de
la muchacha parecía anormalmente amplia. Cuando sonrió, Maris se dio cuenta de que
tenía los dientes desiguales y amarillentos.
—Tú debes de ser Tya, ¿verdad?
La mujer la miró con unos astutos ojos negros.
—Exacto.
Tenía una voz asombrosamente agradable. Segura y cálida, con un ligero tono
irónico.
—Creo que no nos hemos visto antes. ¿Llevas mucho tiempo volando?
—Gané las alas en Arren Norte, hace dos años.
Maris agitó la cabeza.
—Me perdí esa competición. Creo que estaba llevando un mensaje a Artellia. ¿Has
volado alguna vez al Archipiélago Occidental?
—En tres ocasiones. Dos a Gran Shotan y una a Culhall. A las Amberlys, nunca.
Casi siempre he volado entre islas Orientales, sobre todo últimamente.
Dirigió una mirada aguda por el rabillo del ojo a su Señor de la Tierra, y una
sonrisa de complicidad a Maris.
Corina. que estaba escuchando, intentó mostrarse educada.
—¿Qué opinas de Ciudad Tormenta? —preguntó—. ¿Y del Nido de Águilas? ¿Has
estado ya en el Nido?
Tya sonrió, tolerante.
—Soy un-ala. Me entrené en Hogar del Aire. No solemos ir a vuestro Nido, alada.
En cuanto a Ciudad Tormenta, me pareció impresionante. No existe nada parecido en
todo el Archipiélago Oriental.
Corina enrojeció. Maris se sentía ligeramente incómoda. Las fricciones entre los
alados de cuna y los un-ala la deprimían. Los cielos de Windhaven ya no eran el lugar
cordial que fueron en otros tiempos, y la culpa era suya.
—El Nido de Águilas no es mal sitio, Tya. Yo tengo muchos amigos allí.
—Tú no eres un-ala —señaló Tya.
—¿Ah, no? El propio Val Un-Ala me dijo en cierta ocasión que yo era la primera
un-ala, tanto si quería admitirlo como si no.
Tya la miró con gesto interrogativo.
—No, no es cierto. Eres diferente, Maris. No perteneces a las viejas familias de
alados, pero tampoco eres un-ala. No sé dónde clasificarte, pero debes sentirte muy sola.
Terminaron de cenar en medio de un silencio tenso e inseguro.
Cuando hubieron retirado las tazas del postre, el Señor del Tierra despidió a su
familia, consejeros y guardianes, para quedarse a solas con los cuatro alados y con Evan.
Intentó que también el curandero se retirase, pero no lo consiguió.
—Maris sigue bajo mis cuidados. Me quedaré con mi paciente.
El Señor de la Tierra le dirigió una mirada furiosa, pero prefirió no forzar la
situación.
—Muy bien —dijo de pronto—, tenemos que hablar de negocios. Negocios de alados.
—Clavó unos ojos ardientes en Maris — . Iré al grano. He recibido un mensaje de mi
colega, el Señor de Amberly Menor. Pregunta por tu salud. Tus alas hacen falta allí.
¿Cuándo estarás lo suficientemente recuperada para volver a Amberly?
—No lo sé. Como puedes ver, estoy bastante bien. Pero el vuelo de
Thayos a Amberly es agotador para cualquier alado, y todavía no he
recuperado las fuerzas. Saldré de Thayos tan pronto como pueda.
—Un largo vuelo — asintió Jem —. Sobre todo para alguien que ni siquiera hace
vuelos cortos.
—Sí. El curandero y tú habéis dado un largo paseo para llegar aquí. Pareces
haber recuperado la salud. Me han dicho que tus alas están reparadas. Sin embargo,
no vuelas. Nunca has venido al risco de los alados. No practicas. ¿Por qué?
—Todavía no estoy preparada.
—Ya te lo he dicho, Señor de la Tierra — dijo Jem—. Aunque lo parezca, todavía
no se ha recuperado. Si pudiera, echaría a volar ahora mismo. —Volvió la vista hacia
ella—. Lo lamento mucho si te hiero, pero es la verdad. Yo también soy un alado. Lo
sé. Un alado vuela. No hay forma de retener en tierra a un alado sano. Me han dicho
que amabas volar más que nada en el mundo.
—Asiera. Así es.
—Señor de la Tierra... —empezó Evan. Maris le interrumpió.
—No, Evan, la responsabilidad no es tuya. Yo lo diré. —Se volvió de nuevo
hacia el Señor de Thayos—. Todavía no estoy repuesta del todo. Hay algo que no va
bien con mi sentido del equilibrio. Pero está curándose. Ya no funciona tan mal como
antes.
—Lo siento —dijo rápidamente Tya.
Jem meneó la cabeza.
—¡Oh, Maris!—susurró Corina.
Parecía inundada por la pena, estaba a punto de llorar. Corina no había
heredado la malicia de su padre, y sabía lo que significaba el equilibrio para un alado.
—¿Puedes volar? —preguntó el Señor de la Tierra.
—No lo sé — admitió Maris—. Necesito más tiempo.
—Ya has tenido bastante tiempo —señaló. A continuación, se volvió hacia Evan
—. ¿Puedes garantizar que se recobrará, curandero?
—No — dijo Evan con tristeza—. No puedo afirmarlo. No lo sé.
—Este asunto incumbe al Señor de Amberly Menor —gruñó—, pero la
responsabilidad recae sobre mí. Y yo digo que un alado que no puede volar no es un
alado, y no necesita las alas. Si no estamos seguros de que te vayas a recuperar, sólo
un loco esperaría. Te lo pregunto de nuevo, Maris: ¿puedes volar?
Tenía los ojos fijos en ella. Las comisuras de los labios se le contrajeron en un
gesto malicioso, y Maris supo que se le había terminado el tiempo.
—Puedo volar —afirmó.
—Bien. Esta noche es un momento tan bueno como cualquiera. Dices que
puedes volar. Demuéstralo.
La caminata a lo largo del húmedo y goteante túnel era tan larga como Maris
recordaba. E igual de solitaria, aunque esta vez llevara compañía. Nadie hablaba. El
único sonido era el eco de los pasos. Dos guardianes caminaban delante, portando las
antorchas. Los alados llevaban sus alas.
A aquel lado de la montaña, la noche era gélida y rutilante. El mar se movía
incesantemente bajo ellos, una presencia enorme y oscura. Maris subió los escalones que
conducían al risco de los alados. Lo hizo lentamente y, cuando llegó a la cima, las piernas
le dolían y le costaba respirar.
Evan le cogió las manos un momento.
—¿Puedo convencerte de que no lo intentes?
—N o .
—Eso me temía. Vuela bien, entonces.
La besó y se apartó de ella.
El Señor de la Tierra estaba al borde del acantilado, flanqueado por sus
guardianes. Tya y Jem desplegaron sus alas. Corina se mantuvo atrás hasta que Maris la
llamó.
—No estoy enfadada —dijo—. No esculpa tuya. Un alado no es responsable del
mensaje que lleva.
Estaba gritando.
El mar subió a su encuentro. Brillante. Cambiante.
Le dolían los oídos.
No podía volar. Era una alada, siempre había sido una alada, la amante del
viento, alas de madera, niña del cielo, sola, el cielo era su hogar, alada, alada, alada, y
no podía volar.
Cerró los ojos para que el mundo pudiera seguir inmóvil.
Con una bofetada y un chorro de agua salada, el mar la acogió. La había estado
esperando, pensó Maris. Todos aquellos años.
—Déjame sola —dijo aquella noche, cuando volvieron a casa.
Evan obedeció.
Maris durmió la mayor parte del día siguiente.
Al otro, Maris despertó temprano, cuando las primeras luces del amanecer
entraron en la habitación. Se encontraba espantosamente mal, fría y sudorosa, con un
gran peso sobre el pecho. Por un momento, no supo qué le sucedía. Luego lo recordó. Ya
no tenía alas. Intentó pensar en ello, pero la desesperación, la rabia y la autocompasión
hicieron presa en ella. Se acurrucó otra vez entre las sábanas e intentó volver a dormir.
Mientras durmiera, no tendría que enfrentarse a la pérdida.
Pero el sueño no acudía. Por fin, se levantó. Evan estaba en la cocina, friendo unos
huevos.
—¿Hay hambre? —preguntó.
—No —respondió Maris, con la mente nublada.
Evan asintió y cascó dos huevos más. Maris se sentó a la mesa y, cuando tuvo el
plato delante, se dedicó a comer, con indiferencia.
Era un día húmedo y ventoso, con la tormenta flotando en el aire. Cuando
terminó de desayunar, Evan le habló de su trabajo. Al mediodía, dejó sola a Maris. Ella se
dedicó a vagar sin propósito por la casa vacía. Finalmente, se sentó ante una ventana
para contemplar la lluvia.
Evan volvió después del anochecer, empapado y desanimado. Maris seguía sentada
ante la ventana, en la casa fría y oscura.
—Podrías haber encendido el fuego —gruñó el curandero, con tono disgustado.
—Lo siento —respondió mirando al vacío—. No se me ocurrió.
Evan prendió el fuego. Maris se acercó a ayudarle, pero él la rechazó y la apartó a
un lado. Comieron en silencio. La cena pareció devolver ánimos a Evan. Al terminar,
preparó un poco de su té especial, colocó un tazón frente a ella y se sentó en su sillón
favorito.
Maris saboreó el té humeante, consciente de que los ojos del curandero estaban
fijos en ella. Levantó la cabeza y le miró.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó Evan.
Meditó un momento la respuesta.
—Muerta —dijo por fin.
—Habíame de ello.
—No puedo —dijo, empezando a llorar—. No puedo.
Cuando se dio cuenta de que el llanto no llevaba camino de cesar, Evan le
preparó una poción para dormir y la llevó a la cama.
Era una ventana alta. Aun de puntillas y apoyada en Evan, Maris apenas
llegaba a atisbar en el interior.
Vio a un hombre de aspecto rudo, con barba, sentado en una ban queta frente
al fuego. A sus pies se sentaba una niña que le miraba directamente al rostro.
El hombre volvió lentamente la cabeza, y el fuego arrancó destellos rojos de su
cabello negro. La luz le iluminó el rostro.
—¡Coll! —gritó alegremente.
Se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero Evan la sostuvo a tiempo.
—¿Tu hermano?
—¡Sí!
Rodeó la casa corriendo, y no había hecho más que poner la mano en el
picaporte cuando la puerta se abrió desde dentro y Coll la envolvió en un abrazo de oso.
A Maris nunca dejaba de sorprenderle la corpulencia de su hermanastro. Solía
verle con intervalos de varios años, y en ese tiempo siempre le recordaba como el
joven Coll, su hermanito pequeño, delgado, inseguro y frágil, que sólo se sentía a gusto
con la guitarra en las manos, que sólo se crecía cuando cantaba.
Pero su hermanito se había desarrollado, había crecido hasta alcanzar aquella
imponente altura. Años de viajes, ganándose el pasaje hacia las demás islas trabajando
como marinero, haciendo cualquier tipo de labor cuando su público era demasiado pobre
para pagar las canciones, le habían fortalecido. Su pelo, de un rojo dorado, se había
oscurecido hasta alcanzar aquel tono castaño. Ahora el rojo sólo se atisbaba en la barba
o en reflejos ocasionales.
—Tú debes de ser Evan, el curandero —dijo, dirigiéndose al hombre. Mantenía a
Maris en el aire, bajo el brazo. Al ver el asentimiento de Evan, siguió hablando—. Siento no
haber sido más cortés, pero en Puerto Thayos nos dijeron que Maris vivía aquí, contigo.
Llevamos cuatro días esperando que aparezcáis. Rompí una contraventana para entrar, pero
ya la he arreglado. Creo que la he dejado mejor que antes. —Volvió a mirar a Maris y
estrechó el abrazo—. Teníamos miedo de que te hubieras marchado ya.
Maris se puso tensa. Vio la preocupación reflejada en el rostro de Evan, y negó
ligeramente con la cabeza.
—Tenemos que hablar. Ven, siéntate junto al fuego. Se me van a caer las piernas
de tanto andar. ¿Puedes preparar un poco de ese maravilloso té tuyo, Evan?
—He traído Kivas —intervino rápidamente Coll—. Me dieron tres botellas a cambio
de una canción. ¿Caliento una?
—Estupendo —respondió Maris.
Mientras rebuscaba en la alacena donde se guardaban los pesados tazones de
arcilla, volvió a ver a la niña, oculta en las sombras, y se detuvo de golpe.
—¿Bari?
La niñita avanzó con timidez, la cabeza inclinada, mirando disimuladamente hacia
arriba.
—Bari —repitió cálidamente —. ¡Eres tú! ¡Soy tu tía Maris! —Se inclinó para
abrazarla, antes de alejarla de ella para verla mejor—. No me recuerdas, claro. La última
vez que te vi, abultabas menos que un nido de pájaro.
—Mi padre canta sobre ti —dijo Bari.
Su voz resonó con la claridad de una campana.
— ¿Tú también cantas?
Se levantó. Maris le imitó y empezó a recoger los tazones vacíos. Besó a Coll
para desearle buenas noches, y se estremeció cuando Evan apagó el fuego y volvió a
colocar los muebles en su sitio, esperando el momento en que salieran, cogidos de la
mano, hacia la cama que compartían.
Durante los días que siguieron, Coll mantuvo bien alto el ánimo de Maris.
Pasaban largas horas juntos, mientras el bardo le contaba sus aventuras y cantaba
para ella. Desde que Coll partió por primera vez con Barrion y Maris se convirtió en
una auténtica alada, no habían estado mucho tiempo juntos. Ahora, a medida que los
días transcurrían en compañía de Coll y Bari, llegaron a intimar más que nunca desde
la niñez de Coll. Le habló por primera vez de su fracaso matrimonial, y de que la
culpa había sido suya por pasar tanto tiempo fuera de casa. Maris no habló del
accidente, ni de lo infeliz que se sentía, pero tampoco hizo falta. Coll sabía muy bien lo
que significaban las alas para ella.
Sin que nadie se diera cuenta, los días se convirtieron en semanas, y Coll
seguía allí con Bari. El bardo se acercaba a menudo a Thossi y a Puerto Thayos para
cantar en las tabernas, mientras Bari empezaba a acompañar a Evan en sus visitas.
Era tranquila, no molestaba y prestaba mucha atención. Al curandero le complacía el
interés de la chiquilla. Los cuatro vivían a gusto juntos, se turnaban en las labores del
hogar y se reunían al atardecer para contarse historias o jugar junto al fuego. Maris
decía a Coll, a Evan y a sí misma que estaba contenta. Que no pensaba en otra vida.
Y, un día, llegó S'Rella.
Maris estaba sola en casa aquella tarde, y fue la que le abrió la puerta. Su
primera reacción fue de alegría al ver a una antigua amiga. Pero, cuando abrió los
brazos para recibirla, vio las alas que S'Rella llevaba colgadas del hombro, y el
corazón le dio un doloroso vuelco. Mientras hacía entrar a la alada y ponía a hervir la
tetera, pensaba que pronto la abandonaría para marcharse volando.
Le costó un gran esfuerzo sentarse al lado de S'Rella y fingir interés para
preguntarle qué noticias traía.
El rostro de S'Rella brillaba con una emoción a duras penas contenida.
— He venido por cuestión de trabajo, traigo un mensaje para ti. Me han
encomendado que te invite a que tomes un barco hasta Colmillo de Mar. Quieren que
te hagas cargo de la academia. En Alas de Madera hace falta un profesor fijo y
experimentado, no como los que han pasado por allí durante los últimos seis años, que
tan pronto venían como se iban. Alguien comprometido con la academia. Alguien conocido.
Un líder. Tú, Maris. Todo el mundo ha pensado en ti. No hay nadie más adecuado que tú
para el trabajo. Queremos que estés allí.
Maris pensó en Sena, muerta hacía casi quince años, y en cómo habían sido los
últimos tiempos de su larga vida. La alada caída, lisiada, de pie en el risco de Alas de
Madera, gritando roncamente mientras intentaba transmitir sus conocimientos a los
jóvenes alas de madera que daban vueltas en el aire, sobre ella. Jamás volaría otra vez.
estaba eternamente atada a la tierra, con una pierna casi inútil y un ojo blanquecino y
ciego. Eternamente en el suelo, mirando las nubes tormentosas, viendo cómo las alas de
madera se alejaban de ella volando, día tras día, año tras año. Durante todos aquellos
años. Hasta que murió. ¿Cómo pudo soportarlo?
Un profundo escalofrío recorrió a Maris. Negó fieramente con la cabeza.
— ¿Maris? — S'Rella parecía asombrada—. Siempre has sido la principal defensora
de Alas de Madera. Todavía puedes hacer una gran labor. ¿Qué te pasa?
Maris la miró con la boca abierta. Estaba a punto de gritar.
—¿Cómo puedes preguntarlo? —dijo con voz sosegada.
—Pero... ¿Qué vas a hacer aquí, Maris? Sé cómo te sientes. Créeme. Pero tu vida no
ha acabado. Recuerdo que, una vez, me dijiste que los alados éramos tu familia. Seguimos
siéndolo. Es una locura que te aísles de esta manera. Vuelve. Nos necesitas, y te
necesitamos. Alas de Madera es tu sitio. Nunca habría existido sin ti. No le des la espalda
ahora.
—No lo entiendes —replicó Maris—. No puedes entenderlo. Tú vuelas.
S'Rella se acercó y tomó la mano de Maris. La sostuvo largo rato aunque seguía
inerte entre las suyas, sin responder a la presión.
—Estoy intentando comprenderte. Sé lo que debes de estar sufriendo. Créeme.
Desde que lo supe, no ha pasado un momento sin que me preguntara qué sería de mi
vida si me lesionase. He llegado a estar en tierra todo un año, ya lo sabes, así que puedo
hacerme una idea. Aunque nunca tuve que enfrentarme al hecho de que fuera para
siempre. Todo el mundo lo ha pensado en un momento u otro. Al final, es algo que les
ocurre a todos los alados. A veces en las competiciones, otras por lesiones, casi siempre
por la edad.
—Siempre pensé que moriría. Nunca imaginé que seguiría viviendo sin poder volar.
S'Rella asintió.
—Lo sé. Pero, ahora que ha sucedido, tienes que hacerte a la idea.
—Ya lo he conseguido. O lo había conseguido. — Apartó la mano de su amiga—. He
construido aquí una nueva vida. Si no hubieras venido... Si pudiera olvidar...
Por la expresión de S'Rella, se dio cuenta de que la había herido. Pero la alada
negó decididamente con la cabeza.
—No puedes olvidar. Nunca lo conseguirás. Tienes que seguir adelante y hacer
todo lo que puedas. Ven y enseña a los alas de madera. Quédate cerca de tus amigos.
Aquí no haces más que esconderte, fingir que...
—De acuerdo, estoy fingiendo —dijo Maris con amargura. Se acercó a la ventana y
miró a lo lejos, enfocando la vista en la mancha verde y marrón que era el bosque —. Pero
necesito fingir para seguir viviendo. No puedo soportar que me recuerden
constantemente lo que he perdido. Cuando te vi en la puerta, sólo podía pensar en tus
alas, en cuánto me gustaría ponérmelas y alejarme volando de aquí. Creía que había
dejado de pensar en ello. Creía que me había acostumbrado a esta vida. Quiero a E van y
estoy aprendiendo mucho para ser su ayudante. Ahora, soy útil. Disfruto teniendo a Coll
cerca de mí, he conocido a su hija. Y la visión de un par de alas lo derrumba todo,
convierte mi vida en cenizas.
El silencio llenó la habitación. Maris se dio media vuelta para enfrentarse a
S'Rella. Vio lágrimas en el rostro de su amiga, pero también una empecinada
desaprobación.
— De acuerdo —dijo Maris con un suspiro—, dime que me equivoco. Di lo que
piensas.
—Creo que estás cometiendo un error. Creo que, a la larga, te estás creando
dificultades. No puedes borrar toda tu vida anterior como si vivieras en un mundo sin
alados. Puedes esconderte aquí y fingir que eres una aprendiza de curandero, pero nunca
olvidarás quién eres de verdad. Eres una alada. Seguimos necesitándote. Sigues teniendo
toda una vida por delante. Todavía no te has centrado, no has hecho las paces contigo
misma... Y no quieres hacerlo. Ven a Alas de Madera, Maris.
—No. No. No. No podría soportarlo, S'Rella. Quizá tengas razón, quizá estoy
cometiendo un error, pero lo he pensado mucho. Es lo único que puedo hacer. No soy
capaz de soportar el dolor. Tengo que seguir viviendo, y para ello necesito olvidar lo que
he perdido o me volveré loca. Tú no lo entiendes... No podría soportar verles volar a mi
alrededor, disfrutando del viento, y saber que nunca podré unirme a ellos. Me
cantaban entre los árboles como rápidos atisbos de llamas y cielo. Era un día en el que
estar vivo y poder moverse constituía un placer.
Pocos pasos por delante de ella, Evan caminaba silencioso. Maris sabía que iba
reflexionando sobre el mensaje que les había sacado de casa. Alguien había llamado a
la puerta para despertarles, antes de que saliera el sol. Era uno de los corredores del
Señor de la Tierra, balbuciendo que se necesitaban los servicios de un curandero en la
fortaleza.
No podía decir más, no sabía nada más. Sólo que había alguien herido y que
necesitaban ayuda.
Evan, que se encontraba muy a gusto en la cama, con el pelo blanco alborotado
como las plumas de un pájaro, no tenía ganas de ir a ninguna parte.
—Todo el mundo sabe que el Señor de la Tierra tiene su propio curandero para
cuidar de su familia y sirvientes. ¿Por qué no se encarga él de esta emergencia?
El corredor, que obviamente no sabía nada más que lo que le habían dicho,
parecía confuso.
—Reni, el curandero, ha sido encarcelado por traición —dijo con voz
jadeante.
Evan dejó escapar una imprecación.
—¡Por traición! ¡Qué locura! Reni jamás... ¡Oh!, bueno, deja de morderte los
labios, muchacho. Mi asistente y yo iremos a la fortaleza para atender al herido.
Llegaron demasiado pronto al estrecho valle donde se alzaba la sólida fortaleza
de piedra donde vivía el Señor de Thayos. Maris llevaba la capa abierta, pero ahora se
la ajustó y se la ciñó más al cuerpo. El aire aquí era más frío, la primavera no se había
aventurado a pasar la montaña. No había flores ni zarcillos de hiedra que animaran la
monocromía de la piedra y los líquenes, y los únicos pájaros que se dejaban sentir
eran las gaviotas.
Un anciano guardián con una cicatriz en la cara, un cuchillo al cinturón y un arco
colgado a la espalda, les detuvo al poco de entrar en el valle. Les interrogó, les registró
y se hizo cargo de la bolsa con las cosas de Evan antes de escoltarles a través de las
dos murallas y hacerles pasar a la fortaleza. Maris advirtió que había más guardianes
patrullando las murallas que la última vez que estuvo allí, y se dio cuenta del ánimo
belicoso que reinaba entre las tropas del patio.
El Señor de la Tierra les recibió en una habitación, solo, a excepción de sus
omnipresentes guardias, situados a pocos pasos. Al ver a Maris, el rostro se le
endureció, y se dirigió a Evan con palabras duras.
—He ordenado que vinieras tú, curandero, no esta alada sin alas.
—Maris es mi ayudante —respondió Evan con calma—. Y, como bien sabes, ya
no es una alada.
—Alado una vez, alado siempre. Tiene amigos alados, no la necesitamos aquí.
La seguridad...
—Es mi aprendiz. Yo respondo por ella. El código que me ata a mí, ata también a
Maris. Nada de lo que veamos aquí saldrá de nuestros labios.
El Señor de la Tierra frunció el ceño, inseguro. Maris estaba rígida de ira.
¿Cómo se atrevía a hablar así de ella, a ignorarla como si no estuviera presente?
Por fin, el Señor de la Tierra accedió.
—No confío en este «aprendizaje», pero aceptaré tu palabra, curandero. Y ten
en cuenta que, si contáis algo de lo que vais a ver hoy aquí, seréis ahorcados.
—Nos hemos apresurado en venir. Pero, a juzgar por tus modales, el asunto no
corría tanta prisa —dijo Evan con voz gélida.
El Señor de la Tierra se alejó sin replicarle y mandó llamar a otros dos
guardianes. A continuación, les dejó sin dirigirles una mirada.
Los guardianes, jóvenes y pesadamente armados, guiaron a Evan y a Maris por
unos escalones de piedra que conducían hasta un túnel esculpido en la montaña, muy
lejos de la zona residencial de la fortaleza. Los cirios ardían humeantes en las paredes a
intervalos fijos, proporcionando una luz variable e incierta. El aire del estrecho y largo
pasillo olía a humo y a sebo. Maris sintió una repentina claustrofobia y se agarró a Evan.
Por fin llegaron a una bifurcación, cerrada por dos puertas de madera. Se
detuvieron ante una de ellas, y los guardias apartaron las rejas que la cerraban. Al otro
lado había una pequeña celda de piedra, con un jergón en el suelo y una ventana pequeña
y redonda. Una mujer de largo cabello rubio claro se apoyaba contra la pared de la celda.
Tenía los labios hinchados, un ojo ennegrecido y manchas de sangre en la ropa. Maris
tardó unos momentos en reconocerla.
—Tya... —dijo, no demasiado segura.
Los Guardianes les dejaron solos. Cerraron la puerta tras ellos y les indicaron que
estarían fuera por si necesitaban alguna cosa.
Mientras Maris miraba sin comprender, Evan se acercó a Tya.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—Los matones del Señor no se han andado con delicadezas para arrestarme —
respondió la alada con su fría voz irónica. Podía haber estado hablando de otra persona—.
O quizá el error fue mío, por ofrecer resistencia.
—¿Dónde te duele?
—A juzgar por cómo me encuentro, han debido romperme los huesos del cuello. Y
me han mellado un diente. Eso es todo. Simples magulladuras, ¡ Ah!, y la sangre del labio.
—Mis cosas, Maris.
Maris depositó la bolsa a su lado y miró a Tya.
—¿Cómo ha podido arrestar a una alada? ¿Por qué?
—Se me acusa de traición —respondió Tya.
Tuvo un sobresalto cuando Evan le pasó los dedos por el cuello.
—Siéntate —dijo Evan, ayudándola—. Estarás más cómoda.
—Debe de estar loco —siguió Maris.
La palabra conjuró el fantasma de loco Señor de Kennehut. Al enterarse de la
muerte de su hijo, acontecida en tierras lejanas, la pena le devoró e hizo matar al
mensajero que había volado hasta allí con la noticia. Desde entonces, los alados le
evitaron hasta que Kennebut fue una isla desolada, arruinada y sola. Su nombre se
convirtió en sinónimo de locura y desesperación. Desde entonces, ningún Señor de la
Tierra había soñado con atacar a un alado. Hasta ahora.
Maris agitó la cabeza y miró a Tya sin verla.
—¿Ha perdido la cabeza hasta el punto de creer que inventaste esos mensajes de
sus enemigos? Ya es bastante malo que se atreva a acusarte de traidora. Ese hombre está
loco. No estás a su merced. Sabe perfectamente que los alados están por encima de las
leyes locales. ¿Cómo puedes cometer traición, si eres su igual? ¿Qué alega que hiciste?
—¡Oh!, sabe muy bien lo que hice. No he dicho que me arrestara bajo falsas
acusaciones. Sencillamente, creí que no me descubriría. Sigo sin saber cómo se ha
enterado, sobre todo con el cuidado que puse. —Guiñó un ojo—. Pero no ha servido
de nada. Habrá guerra, y será tan feroz y sangrienta como si yo no hubiera intervenido.
—No te entiendo.
Tya le sonrió. Sus ojos negros seguían siendo perspicaces e inteligentes, pese a la
hinchazón y el evidente dolor.
—¿No? Tengo entendido que algunos alados pueden transportar mensajes sin
conocer su contenido. Bueno, pues yo siempre lo he sabido. Cada amenaza beligerante,
cada promesa tentadora, cada aliado potencial para una guerra. Aprendía cosas que no
tenía intención de decir. Cambié los mensajes. Ligeramente al principio, lo justo para
hacerlos más diplomáticos. Y volvía con respuestas que podían retrasar o aplazar la
guerra que el Señor de Thayos buscaba. Todo funcionó hasta que descubrió mi engaño.
—Muy bien, Tya —intervino Evan—. Basta de charla por ahora. Voy a enderezarte
el cuello. Te dolerá. ¿Puedes resistirlo o prefieres que Maris te sujete?
—Aguantaré, curandero —dijo la alada, respirando hondo.
Maris miraba fijamente a Tya, sin apenas creerse lo que acababa de oír. Tya había
hecho lo impensable: alterar un mensaje a ella confiado. Se había inmiscuido en la
política de los atados a la tierra, en lugar de mantenerse a distancia, como siempre
hicieron los alados. La locura de encerrar a una alada ya no parecía un disparate tan
absurdo. ¿Qué otra cosa pudo hacer el Señor de la Tierra? No la extrañaba que su
presencia le alterase tanto. Cuando la noticia llegara a los demás alados...
—¿Qué piensa hacer el Señor de la Tierra contigo? Por primera vez, Tya pareció
preocupada.
—La traición se castiga con pena de muerte.
—¡No se atreverá!
—Yo no estoy tan segura. Al principio tuve miedo de que planease enterrarme aquí,
matarme en silencio y silenciar a los guardianes que lo supieran. Todo el mundo pensaría
que había desaparecido en el mar. Pero ahora que has venido tú, Maris, no sé qué hará.
No puede matarme en secreto, le denunciarías.
—Y nos ahorcaría a los dos por traidores y mentirosos —señaló Evan
jocosamente. Luego, más serio, añadió—: No, creo que tienes razón, Tya. El Señor de la
Tierra no me habría mandado llamar si planease matarte en secreto. Sería más sencillo
dejarte morir. Cuanta más gente esté al corriente de tu arresto, más aumenta el peligro
para él.
—Todavía existe la ley de los alados. Ningún Señor de la Tierra tiene derecho a
juzgar a uno de los nuestros —explicó Maris—. No tiene más que entregarte a los
alados. Se convocará un Consejo y te despojarán de las alas. ¡Oh, Tya! Jamás se ha
sabido de nadie que hiciera algo así.
—Te he impresionado, ¿verdad? —sonrió Tya—. Cuando se rompe una
tradición, hasta tú te quedas bloqueada. Ya te dije que no eras únala.
¿Crees que eso tiene importancia? ¿Acaso esperas que los un-ala se pongan de
tu parte y aplaudan este crimen? ¿Que te permitirán conservar las alas? ¿Qué Señor
de la Tierra te aceptaría?
A los Señores de la Tierra no les gustará, pero quizá ha llegado la hora de que
sepan que no pueden controlarnos. Tengo amigos entre los un-ala que están de
acuerdo conmigo. Los Señores de la Tierra tienen mucho poder, sobre todo los de las
islas Orientales. ¿Y con qué derecho? ¿El de cuna? La cuna solía decidir quién llevaba
las alas hasta que tu Consejo cambió eso. ¿Por qué tiene que decidir quién manda?
¿Que deben cargar con la responsabilidad que conlleva elegir los mensajes que
transporten, decidir cuáles deben modificar y cuáles rehusar?
Tya volvió a mirarla, inconmovible.
—Volvería a hacerlo.
El viaje de regreso por los túneles le pareció más corto. El Señor de la Tierra
les esperaba en la misma habitación. Les miró interrogativamente, buscando señales
de miedo o de ira.
—Ha sido un desgraciado accidente.
—Sólo tiene una fisura en el cuello y algunas contusiones —le explicó Evan — .
Se recuperará pronto si se alimenta bien y descansa mucho.
Mientras permanezca detenida aquí, estará bien atendida —dijo el Señor de la
Tierra. Pese a dirigirse a Evan, estaba mirando a Maris—. He enviado a Jem a difundir la
noticia de su arresto. Un trabajo ingrato, pero los alados no tienen líderes, ni una
organización funcional. Eso facilitará las cosas, aunque la noticia deba transmitirse de
boca en boca para llegar a la mayor cantidad posible de gente. Llevará tiempo, pero
se hará. Jem lleva muchos años volando para mí, igual que su madre voló para mi
padre. Sé que puedo contar con él.
—Entonces, ¿tienes intención de entregar a Tya a los alados para que la
juzguen? —inquirió Maris.
La boca del Señor de la Tierra se contrajo espasmódicamente. Miró a Evan,
ignorando ostentosamente a Maris.
—Ya he considerado la posibilidad de que los alados enviasen a alguien para
representar su punto de vista. Para condenar la actuación de Tya y presentar los posibles
atenuantes. Pero el crimen se ha cometido contra mi persona, contra Thayos, y sólo el
Señor de Thayos puede juzgar y dictar sentencia en un caso así. ¿No estás de acuerdo?
—No sé nada de leyes, ni de las responsabilidades de un Señor de la Tierra —dijo
severamente Evan—. Sólo estoy versado en las artes curativas.
Maris entendió la advertencia de Evan en el apretón del brazo, y no dijo nada. Le
costó mucho trabajo. Estaba acostumbrada a decir lo que pensaba.
El Señor de la Tierra sonrió a Evan. Era una sonrisa desagradable, una sonrisa
que se deleitaba en el mal ajeno.
— Quizá quieras aprender. Tu asistente y tú estáis invitados a cenar. Os
prometo que, para después, tengo preparada una diversión muy edificante. Al
atardecer, ahorcaremos a un traidor. A Reni, el curandero.
—¿Por qué crimen?
—Ya lo he dicho, el de traición. Ese Reni tiene familia en Thrane, y se le ha visto en
compañía de la alada traidora. De hecho, se sabe que cohabitaba con ella. Era su
cómplice. ¿Por qué no os quedáis para contemplar la suerte de los que me traicionan?
Maris se sintió enferma.
—Me temo que no podemos —respondió Evan—. Ahora, si nos disculpas, ya
deberíamos estar en camino.
Evan y Maris no volvieron a hablar hasta que el guardián no les dejó en la entrada
del valle y estuvieron en camino hacia casa, presumiblemente fuera del alcance de oídos
hostiles.
—Pobre Reni —dijo entonces Evan.
—Y pobre Tya. También quiere ahorcarla. ¡Oh!, ella hizo mal, desde luego. De eso
no hay duda. Pero ese destino... No sé qué piensan hacer los alados, pero no consentirán
algo así. Un Señor de la Tierra no puede juzgar y ejecutar a un alado.
—Puede que no lo intente. El pobre Reni morirá esta noche, quizá eso baste para
apaciguar al Señor de la Tierra. Quiere derramar sangre, pero no está completamente
loco. Debe saber que tendrá que entregar a Tya a los alados, que el castigo debe partir de
ellos.
—De todos modos, lo que le suceda a Tya ya no es de mi incumbencia —dijo Maris
con un suspiro—. Es difícil romper la costumbre de pensar en mí como alada, tras más de
cuarenta años. Pero ahora soy una atada a la tierra, como cualquier otro, y lo que le
suceda a Tya no debería importarme.
Evan la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí.
—Nadie espera que olvides tu vida como alada, Maris. Ni que dejes de sentir esos
lazos.
—Lo sé. Nadie, excepto yo. Pero no es así, Evan. Tengo que hacerlo. Y no sé cómo.
Cuando era joven, la historia de Alas de Madera me parecía muy romántica. Creía que los
sueños eran lo más importante del mundo. Que si deseabas algo con suficiente fuerza y
tesón, acabarías por conseguirlo, aunque eso significara morir por ello. Nunca se me
ocurrió pensar lo que le habría sucedido a Alas de Madera si le hubieran rescatado del
océano, si aquella legendaria caída no le hubiera matado. Si le hubieran recogido flotando
sobre esas ridículas alas de madera, si le hubieran devuelto a sus amigos atados a la
tierra... ¿Cómo habría vivido con sus fracasos, con sus sueños destrozados? ¿Qué cosas
tendría que haber aceptado? —Suspiró y apoyó la cabeza sobre el hombro de Evan—. He
tenido una larga vida como alada, más larga que la de muchos. Debería estar contenta.
Ojalá pudiera estarlo. En ciertos aspectos, sigo siendo una niña, Evan. Nunca aprendí a
enfrentarme con los desengaños. Siempre creí que habría otra manera de conseguir lo
que desease, sin ceder nada a cambio ni aceptar ningún compromiso. Es muy duro, E
van.
—Crecer puede resultar doloroso, y la cura requiere tiempo. Concédete tiempo,
Maris.
Coll y Bari ya se habían marchado. Tenían planeado recorrer Thayos por última
vez antes de embarcar hacia otras islas Orientales. Coll les aseguró que no tardarían en
volver, pero Maris sospechaba que una cosa llevaría a la otra, y que pasarían años en vez
de meses antes de que volviera a ver a Coll y a su hija.
Pero fue cuestión de días.
Coll estaba furioso.
—Se necesita el permiso del Señor de la Tierra para salir de este islote dejado de la
mano de Dios —dijo en respuesta al sorprendido saludo de Maris—. ¡Estamos en época de
crisis, y hasta los bardos pueden ser espías!
Bari miró tímidamente a su padre antes de salir corriendo para abrazarles, primero
a Maris y luego a Evan.
—Me alegro de que hayamos vuelto —murmuró.
—Entonces, ¿ya se ha declarado la guerra contra Thrane? —le interrogó E van.
Pese a la sonrisa que había dedicado a Bari, su rostro era sombrío.
Coll se arrellanó en una silla, cerca de la chimenea.
—No sé si lo llamarán guerra o no. Lo que se dice en las calles es que el Señor de la
Tierra ha enviado tres barcos cargados de guardianes que tienen como misión apoderarse
de la mina de hierro. —Mientras hablaba, jugaba con la guitarra. Los dedos incansables
del bardo le iban arrancando acordes—. Así que, hasta que no se sepa el resultado de la
aventura, nadie puede entrar ni salir de Thayos por mar sin la autorización personal y
expresa del Señor de la Tierra. Los mercaderes están furiosos, pero tienen miedo de
protestar. ¡Qué espere a que salga de aquí! Compondré una canción que hará que le
salgan ampollas en los oídos cuando llegue aquí y la oiga. Y llegará, ya lo creo que
llegará.
—Estás hablando como Barrion —rió Maris—. Siempre decía que los bardos
eran los auténticos Señores de Windhaven.
Aquello consiguió arrancar una sonrisa de los labios de Coll. Pero Evan seguía
sombrío.
—No hay canción que cure a los heridos, o devuelva la vida a los muertos. Si
la guerra está próxima, debemos dejar el bosque e ir a Puerto Thayos. Allí llevarán a
los heridos y a los supervivientes. Me necesitarán.
—Las calles están enloquecidas. Circulan historias y rumores de todo tipo. El
pueblo se lo ha tomado muy mal. El Señor de la Tierra ahorcó a ese curandero, y la
gente tiene miedo de acercarse a la fortaleza. Se avecinan problemas, y no sólo con
Thrane. Algo sucede entre los alados. Debe de haber una docena de alas yendo y
viniendo sobre el estrecho. Mensajes de guerra, supongo, pero... Pero estuve
bebiendo con un curtidor en La Cabeza de la Escila, que me dijo otra cosa. Tiene una
hermana entre los guardianes que se jacta de haber arrestado a una alada hace pocos
días. ¡El Señor de la Tierra se ha arrogado el derecho de juzgar a la alada por traición!
¿Qué te parece? ¿Puedes creértelo?
—Sí —dijo Maris—. Es cierto.
—¡Ah! —exclamó Coll. Parecía sorprendido, y se le olvidó el resto de sus
comentarios—. Bueno. ¿Queda algo de té?
—Voy a por él —ofreció Evan.
Venga —pidió Maris—, cuéntame el resto de los rumores.
Parece que estás más enterada que yo. ¿Qué sabes de ese arresto? Yo apenas
puedo creerlo. ¿Hay algo más?
—Nos advirtieron que no habláramos de ello —titubeó Maris.
Coll, impaciente, arrancó un par de notas de la guitarra.
—Maldita sea, soy tu hermano. Bardo o no, sé guardar silencio. ¡Diloya!
Así que Maris le contó cómo les habían hecho ir a la fortaleza, y lo que allí
habían encontrado.
Eso explica muchas cosas —dijo cuando su hermanastra terminó de hablar—.
La gente chismorrea mucho, incluso los guardianes, y los secretos del Señor de la
Tierra no están tan bien guardados como él cree. Pero no creí que fuera cierto. No
me extraña que haya tantos ala dos. ¡El Señor de la Tierra intenta cortar las alas a
los alados! —acabó sonriendo.
El resto de los rumores —le apremió Maris.
—De acuerdo. ¿Sabías que Val Un-Ala ha estado en Thayos?
—¿Val? ¿Aquí?
—Se ha marchado ya. Me dijeron que llegó hace unos días, con aspecto
cansado, como si acabara de hacer un largo viaje. No vino solo, le acompañaban cinco o
seis más. Todos alados.
—¿Oíste nombres?
haciendo. En un momento dado, se sentó para limpiarse las uñas con una daga, y se le
ocurrió que quizá lo mejor que podía hacer era clavarte esa daga. Me dijo que así
habría salvado a Windhaven del caos. Porque, si conseguías tus propósitos, habría más
cambios de los que tú misma pensabas. Barrion pensó en eso, y también en lo ingenua
e inocente que eras. No puedes cambiar una nota en medio de la canción, me dijo. En
cuanto haces el primer cambio, otros le siguen y, al final hay que rehacer toda la
canción. Todo se relaciona, ¿sabes?
—Entonces, ¿por qué me ayudó?
—Barrion disfrutaba causando problemas —dijo Coll — . Creo que quería rehacer la
canción para componer una nueva, mejor. —Su hermanastro sonrió maliciosamente—.
Además, Corm le caía muy mal.
Tras una semana sin tener noticias, Coll decidió volver a Puerto Thayos para
enterarse de lo que pudiese. Los muelles y las tabernas que frecuentaba siempre eran una
fuente rica en noticias.
—Quizá incluso me anime a visitar la fortaleza del Señor de la Tierra —dijo
alegremente — . He compuesto una canción sobre él, y me encantaría ver la cara que pone
cuando la oiga.
—No te atrevas —le advirtió Maris.
—Todavía no estoy loco, hermanita mayor —sonrió—. Pero, si al Señor de la Tierra
le gusta la buena música, a lo mejor merece la pena que le haga una visita. Podría
descubrir algo. Vosotros limitaos a cuidar de Bari.
hace que me dé cuenta de lo insignificantes que son mis problemas. Esta noche no
me cambiaría por Tya, aunque ella sea una alada y yo no.
—Me parece muy bien —dijo Evan, besándola con ternura—. Porque es a ti a
quien quiero a mi lado, no a Tya. Maris le sonrió y entraron juntos en la casa.
Maris asintió.
—¿Dónde?
—En Arren sur. Está cerca de aquí, pero lejos de las hostilidades, y allí Val cuenta
con muchos amigos. Tardaremos un mes o dos en reunir a los alados, pero tenemos
tiempo. El Señor de Thayos está asusta do, se cuidará muy bien de hacer nada antes
de saber qué pasa en el Consejo.
¿Y qué pretende Val?
¿Qué va a pretender? Pedir una sanción contra Thayos, que seguirá vigente
mientras Tya no sea liberada. Ningún alado vendrá aquí ni a ninguna isla que comercie
con Thayos. Les aislaremos del mundo. El Señor de la Tierra tendrá que elegir entre ceder
o ser destruido.
—Eso si Val lo consigue. Los un-ala siguen siendo minoría, y Tya no es una víctima
inocente —puntualizó Maris.
—Tya es una alada —dijo Arrilan, aceptando agradecido el tazón de té que Evan le
tendía—. Val apela a la solidaridad de los alados. Un-ala o no, Tya sigue siendo de los
nuestros. No podemos abandonarla.
—No estoy tan segura.
—¡Oh!, habrá que luchar, por supuesto. Tenemos la sospecha de que Corm y
otros intentarán utilizar el incidente para desacreditar a to dos los un-ala y cerrar las
academias. —Sonrió desde el borde del tazón—. Y tú no vas a ser de mucha ayuda. Val
dice que has elegido el peor momento para tener la caída.
—No me dieron a elegir. Pero todavía no me has dicho por qué habéis venido a
buscarme.
—Val quiere que lo presidas.
—¿¡Cómo!?
—La tradición exige que sea un alado retirado el que presida el Consejo. Ya lo
sabes. Val cree que eres la mejor opción posible. Eres muy conocida y te respetan todos,
los un-ala y los alados de cuna. No tendrás ningún problema en ser aceptada.
Rechazarían a cualquier otro un-ala. Y necesitamos a alguien con quien se pueda contar,
no una reliquia oxidada que quiera que todo siga como siempre. Val cree que este asunto
puede marcar una diferencia importante.
—Es posible —dijo Maris, recordando el importante papel que jugara Jamis el Mayor
en el Consejo que convocara Corm—. Pero Val tendrá que buscarse otro presidente. No
tengo nada que ver con las alas ni con el Consejo de alados. Lo único que quiero es que
me dejen en paz.
—No habrá paz hasta que triunfemos.
—¡No soy una piedra en el tablero de geechi de Val! ¡Más vale que se vaya
enterando! Él sabe muy bien cuánto me costaría hacer lo que me pide. ¿Cómo se atreve
a insinuarlo? Os envía a engañarme, a mentirme hablando de rescates y de salvación,
porque sabía que me negaría. No puedo soportar ver a un alado. ¿Creéis que me
gustaría estar rodeada por cientos de ellos, mirarles jugar y revolotear en el cielo, es
cucharles intercambiar relatos para, al final, quedarme sola, como una vieja tullida?
¿Para ver cómo se alejan y me abandonan? ¿Creéis que me gustaría?
Maris se dio cuenta de que había hablado a gritos. El dolor le formaba un nudo en
el estómago.
La voz de Arrilan era sombría.
—Apenas te conozco. ¿Cómo quieres que sepa lo que sientes? Lo
lamento, de verdad. Y estoy seguro de que Val también lo siente. Pero eso no
sirve de nada. El asunto que nos trae aquí es más importante que tus sentimientos.
Todo depende de este Consejo, y Val quiere que estés presente.
—Decidle a Val que lo siento, que le deseo suerte, pero no acudiré. Soy vieja,
estoy cansada. Quiero que me dejen en paz.
Arrilan se levantó. Los ojos le brillaban con una luz gélida.
—Prometí a Val que no le fallaría. Somos cuatro contra ti.
Hizo un gesto a la mujer que tenía a la izquierda. Esta sacó el cuchillo de la
funda. Sonrió, y Maris se dio cuenta de que tenía los dientes de madera. Tras ella, el
tercer hombre se levantó. También empuñaba el cuchillo.
—Fuera todos —dijo Evan.
Estaba en pie, cerca de la puerta de su laboratorio, y llevaba en las manos el
arco que utilizaba para cazar. Tenía una flecha preparada.
Sólo puedes derribar a uno de nosotros con eso —dijo la mujer de los dientes
de madera—. Y eso con suerte. No te daré tiempo a poner otra flecha, viejo.
Cierto. Pero la punta de esta flecha está bañada en el veneno de la garrapata
azul, así que ese uno morirá.
Bajad los cuchillos —indicó Arrilan—. Y tú, por favor, deja el arco. No tiene
por qué morir nadie.
Miró a Maris.
—¿De verdad creéis que podéis obligarme a presidir el Consejo? — Maris
chasqueó la lengua, disgustada—. Pues id diciendo a Val que, si su estrategia es tan
buena como la vuestra, los un-ala estáis acabados.
Arrilan miró a sus compañeros.
—Salid. —A regañadientes, los dos hombres y la mujer se dirigieron hacia la
puerta—. Se acabaron las amenazas. Lo siento. Maris. Espero que entiendas lo
desesperado que estoy. Te necesitamos.
—Necesitáis a la alada que fui, pero ésa murió en una caída. Déjame sola. Sólo
soy una vieja, una aprendiza de curandero, y eso es todo lo que aspiro a ser. No me
hieras más intentando arrastrarme hacia el mundo.
El desprecio brillaba en el rostro de Arrilan.
—¡ Y pensar que se sigue cantando a una cobarde como tú! Cuando se marchó,
Maris se volvió hacia Evan. Estaba temblando,
y la cabeza le daba vueltas.
El curandero bajó el gran arco que sostenía y lo dejó a un lado.
—¿Muerta? —preguntó con amargura—. ¿Todo este tiempo has estado muerta?
Creí que estabas aprendiendo a vivir otra vez. Pero no has hecho más que utilizar mi
cama como si fuera una tumba.
—¡Oh, Evan, no! —dijo Maris cansada. Buscaba consuelo, no más reproches.
Han sido tus propias palabras. ¿Sigues creyendo que tu vida terminó con la
caída? —El rostro del curandero se contrajo por el dolor y la rabia—. No tengo
intención de amar a un cadáver.
¡Oh, Evan! —Se sentó de golpe, como si las piernas no pudieran
sostenerla durante más tiempo —. No quería decir eso. Quería decir que estoy
muerta para los alados, o que ellos han muerto para mí. Ésa es la parte de mi vida
que ha terminado.
—No creo que sea tan sencillo. Si intentas matar una parte de ti, te arriesgas a
matarlo todo. Es como lo que, según tu hermano, solía decir Barrion sobre cambiar
una nota de la canción.
—Valoro mucho nuestra vida en común, Evan. Créeme, por favor. Es que
Arrilan y ese maldito Consejo de Val me han hecho recordar todo otra vez. Todo lo
que he perdido. Han conseguido que vuelva el dolor.
—Han conseguido que te compadecieras de ti misma.
Maris se sintió molesta. ¿Es que no lo entendía? ¿Entendería alguna vez un
atado a la tierra la inmensidad de su pérdida?
—Sí —dijo con voz gélida—. Han conseguido que me autocompadeciera. ¿Es que
no tengo derecho?
—Hace tiempo que pasó la hora de la autocompasión. Tienes que aceptar lo
que eres, Maris.
Lo haré. Lo estoy intentando. Ya casi había conseguido olvidar, y por eso no
puedo permitir que me mezclen en esta pelea de alados. Eso lo estropearía todo. Me
volvería loca. ¿Es que no te das cuenta?
Lo único que veo es a una mujer que reniega de todo lo que ha sido —dijo E
van.
Quizá habría seguido hablando, pero un sonido les hizo desviar la mirada.
Bari, de pie ante el umbral, parecía asustada.
El rostro de Evan se enterneció. Se acercó a ella, la levantó y la abrazó
estrechamente.
—Hemos tenido visitas —dijo, besándola a continuación.
—¿Preparo el desayuno, ya que estamos todos despiertos? —les preguntó
Maris.
Bari sonrió y asintió. El rostro de Evan era inescrutable. Maris se dio la vuelta
y se concentró en el trabajo, decidida a olvidar.
Más tarde, ante unas tazas del té especial de Evan y platos de pan y
salchichas, S'Rella recuperó la compostura. Mientras Coll salía al exterior con su hija,
contó a Maris y a Evan lo que había sucedido en el desastroso Consejo.
Era una historia sencilla. Val Un-Ala, que había convocado el quinto Consejo de
alados en toda la historia de Windhaven, perdió el control sobre éste. De hecho, nunca
llegó a tener el control. Los un-ala y sus aliados apenas eran la cuarta parte de los
reunidos. Y los que ocupaban los tres lugares de honor —Los Señores de Arren Sur y
Arren Norte, junto con el alado retirado Kolmi de Thar Kril, el presidente— estaban en
contra de él. Apenas empezó el Consejo, se alzaron voces que denunciaban el crimen
de Tya, incluyendo la del propio Kolmi. «Esa chica atada a la tierra nunca ha
comprendido lo que es ser un alado», citó S'Rella a Kolmi. Otros se unieron a él. Uno
dijo que jamás debió tener acceso a las alas. Otro, que no sólo había cometido un
crimen contra el Señor de Thayos, sino contra todos los alados. Y un tercero añadió
que Tya había traicionado sus sagrados deberes, convirtiendo en sospechosos a los
demás alados.
— Katinn de Lomarron intentó hablar en su favor, pero le abuchea ron. Se
enfureció y los maldijo a todos. Como Tya, ha visto mucha guerra. Algunos de sus
amigos intentaron defenderla, o al menos explicar por qué hizo lo que hizo, pero se
negaron a escucharles. Cuando Val se levantó para intentar sacar adelante su
propuesta, pensé por un momento que aún nos quedaba una oportunidad. Fue muy
elocuente. Tranquilo y razonable, no como suele ser él. Los aplacó diciendo que Tya
había cometido un crimen terrible. Pero luego siguió explicando que, pese a todo, los
alados debían defenderla, que no podían permitir que el Señor de la Tierra hiciera lo
que quisiese con ella, que el destino de todos los alados estaba unido al de Tya. Fue
un buen discurso. Si lo hubiera pronunciado cualquier otro, les habría convencido.
Pero el orador era Val. Y tiene demasiados enemigos. Muchos de los viejos alados
siguen odiándole.
»Val sugirió que el Consejo despojara a Tya de sus alas durante cinco años,
pasados los cuales podría recuperarlas en competición. También dijo que se debía
insistir en el hecho de que sólo los alados pueden juzgar a los alados, lo que implicaba
liberar a Tya aunque fuera necesario amenazar a Thayos con una sanción.
»Mucha gente estaba dispuesta a secundar su propuesta y a hablar en su
favor, pero no sirvió de nada. Kolmi no admitió nuestra posición. No nos dieron
oportunidad de hablar. El Consejo duró casi todo el día, pero no llegaron a hablar ni
una docena de un-ala. Kolmi no quería que se nos oyera.
«Después de que hablara Val, tomó la palabra una mujer de Lomarron. Dijo
que al padre de Val lo habían ahorcado por asesino, y que el propio Val era el
causante del suicidio de Ari por arrebatarle las alas. "No es raro que nos quiera hacer
defender a esa criminal", fueron sus palabras literales. Luego intervinieron otros que
también hablaron de crímenes y de lo poco que entendían los un-ala lo que es ser un
alado. La propuesta de Val se olvidó en medio del caos.
»Luego se alzaron las voces de algunos alados ancianos que pedían el cierre de
las academias. No fue una propuesta muy popular. Corm la defendió, pero su propia
hija se alzó contra él. Fue todo un espectáculo. Los Artellianos apoyaron la moción, y
algunos de los alados retirados consiguieron que se sometiera a votación, pero sólo
tenían a su favor a una quinta parte del Consejo. Las academias están a salvo.
— Algo por lo que estar agradecidos —suspiró Maris.
S'Rella asintió y siguió hablando.
—Luego tomó la palabra Dorrel. Ya sabes cuánto le respetan. Hizo un buen
discurso, demasiado bueno. Primero habló de los motivos idealistas de Tya y de cuánto
simpatizaba con lo que había intentado hacer. Pero, a continuación, añadió que no
podemos dejarnos llevar por las emociones. El crimen de Tya ataca al corazón mismo
de la sociedad alada, dijo. Si los Señores de la Tierra no están seguros de que
Tendió el brazo para tocarle la mano pero, cuando lo hizo, la alada empezó a
temblar y se echó a llorar otra vez.
Maris apenas pudo conciliar el sueño. Se removía y daba vueltas sin conseguir
dormirse. Tenía sueños oscuros e informes, junto con pesadillas sobre vuelos que
acababan en el extremo de una soga.
Se despertó antes de que amaneciera, en la oscuridad, alertada por el débil
sonido de una melodía lejana.
Evan dormía a su lado, roncando ligeramente sobre la almohada de plumas. Maris
se levantó, se vistió y salió del dormitorio. Bari dormía tranquilamente, con el sueño
inocente de los niños, libre de las cargas que pesaban sobre los demás. S'Rella dormía
también, encogida bajo las sábanas.
La habitación de Coll estaba vacía.
Maris siguió el sonido de la suave música y encontró a su hermanastro fuera,
sentado, apoyado contra la pared de la casa, bajo la luz de las estrellas, llenando el frío
aire de la noche con la suave melodía de su guitarra.
Maris se sentó frente a él en el húmedo suelo.
—¿Componiendo una canción?
—Sí. —Los dedos de Coll se movían con deliberada lentitud—. ¿Cómo lo sabes?
—Recuerdo que, cuando éramos más jóvenes, solías levantarte en medio de la
noche y salir fuera para trabajar en una nueva melodía que querías conservar en secreto.
—Siempre seré un animal de costumbres. —Arrancó del instrumento un último
acorde antes de dejarlo a un lado—. No tengo remedio. Cuando me ronda una letra por
la cabeza, no puedo dormir.
—¿La has terminado?
—Todavía no. Pienso titularla La Caída de Tya. Ya tengo las palabras, pero no la
melodía. Casi puedo oírla, pero cada vez es diferente. En unas ocasiones es trágica y
sombría, una canción triste y lenta, como la balada de Aron y Jeni. Pero luego me parece
que debería ser más rápida y latir como el corazón de un hombre que se ahoga en su
propia rabia, que debería inflamar, doler y atenazar. ¿Tú qué opinas, hermanita mayor?
¿Cómo debería ser? ¿Qué debería hacerte sentir la caída de Tya, pena o rabia?
—Las dos cosas. Sé que no soy de mucha ayuda, pero es lo único que puedo
responderte. Las dos cosas, y mucho más. Me siento culpable, Coll.
Le habló de Arrilan y sus compañeros, y de la oferta que le traje ron. Coll
escuchaba, comprensivo. Cuando terminó, le tomó la mano entre las suyas. Tenía
los dedos callosos, pero gentiles y consoladores.
—No lo sabía. S'Rella no me dijo nada.
—No creo que lo sepa. Probablemente, Val dijo a Arrilan que no comentara mi
negativa con nadie. Pese a lo que digan de él, tiene buen corazón.
Es una tontería que te sientas culpable. No creo que hubiera cambiado nada
aunque tú presidieras el Consejo. Un voto más o menos significaría muy poco. El
Consejo se habría dividido contigo y sin ti, y Tya habría sido ahorcada igualmente.
No debes torturarte con remordimientos por algo que no habrías podido evitar.
Quizá tengas razón, pero debí intentarlo. Es posible que Dorrel y sus amigos
me hubieran escuchado. La gente de Ciudad Tormenta, Corina, tal vez incluso Corm...
Todos me conocen. Val no puede hacerse entender por ellos. Si hubiera aceptado
presidirlo, como me pidió Val, quizá habría conseguido que se mantuvieran unidos.
con el dolor, a aceptarlo y a ignorarlo. Por que hay cosas que debo hacer. Tya está
muerta. Los alados, divididos. Sólo yo tengo una oportunidad de arreglar la situación.
Así que... —Se mordió el labio y evitó mirarle a los ojos—. Te quiero, Evan. Pero tengo
que dejarte.
Espera un momento. —Le rozó la mejilla y le miró a la cara. A Maris le
pareció que era la primera vez que miraba aquellos profundos ojos azules y sintió,
inesperadamente fuerte, la punzada de la pérdida—. Dime por qué tienes que dejarme.
Movió las manos, desconsolada.
—Porque... Porque aquí soy inútil. No encajo aquí.
Él contuvo el aliento. Maris no supo bien si lo que ocultaba era un sollozo o
una carcajada.
—¿De verdad crees que te quiero como aprendiza, como curandera, por lo
mucho que puedas ayudarme? Francamente, como curandera, has puesto a prueba
mi paciencia. Te quiero como mujer, por ti misma, por lo que eres. Y ahora que por
fin te das cuenta de lo que eres, de lo que siempre has sido, ¿crees que debes
abandonarme?
—Tengo muchas cosas que hacer. No sé cuál será mi destino. Quizá fracase.
Podría resultar peligroso que te asociaran conmigo. Correrías la misma suerte que
Reni. Y no quiero ponerte en peligro.
—No eres tú la que me pone en peligro —replicó con firmeza—. Yo elijo los
peligros que corro o dejo de correr. —Le cogió una mano y se la
sostuvo firmemente—. Habrá cosas en las que pueda ayudarte, déjame que lo
haga. No sólo sé preparar té para tus amigos, ¿sabes?
—Pero no tienes por qué hacerlo. No debes arriesgar la vida por nada. Ésta no es
tu lucha.
—¿Que no es mi lucha? —En la voz del curandero había un deje de indignación—.
¿Desde cuándo Thayos no es mi hogar? Todo lo que decrete el Señor de Thayos me afecta
a mí, y a mis pacientes. Mi sangre está en este bosque y en estas montañas. Aquí, la
forastera eres tú. Todo lo que consigas para tu gente, los alados, afecta también a mi
gente. Yo los conozco, y tú no. Y ellos me conocen y confían en mí. La mayoría están en
deuda conmigo, una deuda que no se paga con monedas de hierro. Me ayudarán. Y yo te
ayudaré. Creo sinceramente que vas a necesitarme.
Maris sintió que la energía del hombre se filtraba en ella a través de la firme mano
que sostenía la suya. Sonrió, contenta por no estar sola. Ahora se sentía más segura.
—Sí, Evan. Te necesito.
—Aquí me tienes. ¿Por dónde empezamos?
Maris se apoyó en la cabecera de la cama y se recostó junto a Evan.
—Nos hará falta un lugar donde escondernos y un campo de aterrizaje. Un sitio
donde los alados puedan despegar y aterrizar sin que el Señor de la Tierra y sus espías
sepan que están en la isla.
Antes de que terminara de hablar, el curandero ya estaba asintiendo.
—Hecho. No muy lejos de aquí, hay una granja abandonada. El granjero murió el
invierno pasado y el bosque todavía no ha reclamado lo que es suyo, aunque sigue
ocultándola de ojos indiscretos.
—Perfecto. Lo mejor será que nos ocultemos todos allí una temporada, por si los
guardianes vienen a buscarnos.
—Yo tengo que quedarme aquí. Si los guardianes no pueden encontrarme,
tampoco podrán los enfermos. Tengo que estar accesible.
sanción. Con tu actitud, has dado un arma a Corm y a los suyos. No debiste actuar sin el
apoyo del Consejo.
Val negó con la cabeza.
—Hice lo que debía. Y cada año hay más un-ala. El Señor de Thayos puede reír
ahora, pero no por mucho tiempo.
—Tú tampoco tienes todo el tiempo del mundo.
Calló un momento. Pensaba a tanta velocidad que tenía miedo de hablar. No
podía distanciarse de Val. Tenían que comprenderse mutuamente, tal y como le había
dicho Coll. Pero Val seguía siendo el hombre orgulloso y temperamental de siempre, tal y
como demostraba su actitud ante el Consejo. Le resultaría muy difícil admitir que se
había equivocado.
—Debí acudir cuando me llamaste —siguió — . Pero estaba asustada. Y fui
egoísta. Quizá habría evitado la escisión.
—Eso ya no importa. Lo que pasó, pasó.
—Pero se puede cambiar. Comprendo que creyeses en la necesidad de hacer
algo, pero quizá lo que hiciste llegue a ser contraproducente. ¿Qué pasará si los
alados deciden despojarte de las alas, dejar en tierra a todos los un-ala?
Que lo intenten.
¿Qué harías? ¿Luchar contra ellos uno a uno, mano a mano? No. Si los alados
deciden arrebatar las alas a todos los que acaten tu sanción, no se podrá hacer nada
para impedirlo. Excepto, quizá, matar a unos cuantos de ellos y ver cómo mueren
más un-ala, como Tya. Los Señores de la Tierra apoyarían a los alados con sus
guardianes.
—Si eso llega a pasar... —Val miró fijamente a Maris, con el rostro
peligrosamente tranquilo—. Si sucede, vivirás para ver la muerte de tu sueño. ¿Tanto
significa para ti? ¿Cómo sabes que no volverás a volar?
—Esto es más importante que mi sueño, o que mi vida. Estoy por encima de
eso, lo sabes. Y a ti también te preocupa.
El silencio pareció adquirir consistencia a su alrededor. Hasta los dedos de
Coll se quedaron inmóviles sobre las cuerdas de la guitarra.
—Sí —reconoció Val. El monosílabo parecía un suspiro—. Pero ¿qué... qué
puedo hacer?
Revocar la sanción —dijo rápidamente Maris—, antes de que tus enemigos la
utilicen contra ti.
¿Revocará el Señor de la Tierra el ahorcamiento de Tya? No, Maris. Esta
sanción es lo único que nos queda. Los demás alados tendrán que adherirse, o
seguiremos escindidos.
—Es un gesto inútil, y lo sabes. Thayos no echará de menos a los un-ala. Los
alados de cuna irán y vendrán, como siempre. El Señor de la Tierra tendrá alas de
sobra para que lleven sus mensajes. No significa nada.
—Significa que mantenemos nuestra palabra, que no amenazamos en vano.
Además, la sanción la aprobamos todos. No podría revocarla yo solo ni aunque
quisiera. Estás malgastando aliento.
Maris le dirigió una sonrisa desdeñosa, pero sintió crecer la esperanza en su
interior. Val empezaba a cambiar de opinión.
—No intentes jugar conmigo, Val. Tú eres los un-ala. Por eso te he llamado. Los
dos sabemos que harán lo que digas.
—¿Me estás pidiendo de verdad que olvide lo que hizo el Señor de Thayos, que
olvide a Tya?
—Nadie olvidará a Tya.
Un acorde de guitarra resonó en la estancia.
—De eso se encargará mi canción —intervino Coll — . Dentro de unos días, la
cantaré en Puerto Thayos. Los demás bardos la copiarán, pronto se oirá en todas
partes.
Val le miró, incrédulo.
—¿Piensas cantar esa canción en Puerto Thayos? ¿Estás loco? ¿No
sabes que la simple mención de Tya provoca peleas e insultos allí? Si cantas
esa canción en cualquier taberna, apuesto lo que quieras a que te encontrarán en un
sumidero, con la garganta cortada.
Los bardos pueden permitirse ciertas libertades. Sobre todo si son buenos.
Puede que el nombre de Tya provoque insultos, pero cuando termine la canción,
pensarán de otra manera. Dentro de poco, Tya se habrá convertido en una heroína.
Y será a causa de la canción, aunque pocos lo admitan o se den cuenta.
Nunca he visto tanta arrogancia —dijo Val, divertido. A conti nuación, se
volvió hacia Maris—. ¿Has sido tú la que le ha metido en esto?
Hemos hablado del tema.
¿Y no habéis hablado de la posibilidad de que le maten? Quizá haya gente
que quiera escuchar una canción en la que se ensalza a Tya, pero tampoco faltarán los
guardianes borrachos y furiosos, que intentarán detener al bardo e impedirle que
difunda sus mentiras por el expeditivo sistema de romperle la cabeza. ¿Lo habíais
pensado?
Sé cuidar de mí mismo —dijo Coll—. No todas las canciones que canto son bien
recibidas, sobre todo al principio.
Es tu vida. —Val se encogió de hombros—. Supongo que la canción conseguirá
algo, si vives lo suficiente para difundirla.
Quiero que me envíes alados —dijo Maris—. Todos los un-ala que sepan
cantar y tocar pasablemente.
¿Quieres que Coll los entrene para cuando pierdan las alas?
La canción debe difundirse fuera de Thayos lo más rápidamente posible.
Necesito alados que la aprendan y la enseñen a todo bardo que encuentren,
dondequiera que vayan. Irán a todas partes con la canción, será nuestro mensaje.
Todo Windhaven debe saber quién fue Tya, todo Windhaven cantará la canción de
Coll sobre lo que intentó conseguir.
Val parecía pensativo.
—Muy bien. Mandaré a mi gente aquí, en secreto. La canción se ex tenderá
fuera de Thayos.
—También difundirán la noticia de que se ha revocado la sanción contra la isla.
¡Eso sí que no! ¡No basta con una canción para vengar a Tya!
¿Es que conociste a Tya? ¿No sabes lo que intentaba hacer? Que ría evitar una
guerra y probar que los Señores de la tierra no controlan a los alados. Pero esta
sanción nos pondrá en sus manos, porque nos ha dividido y debilitado. Sólo actuando
juntos, al unísono, tendrán los ala dos fuerza suficiente para desafiar a los Señores de
la Tierra.
Maris y Evan oyeron por primera vez la noticia de labios de una narradora
ambulante, una ingeniosa anciana de Puerto Thayos que se detuvo en casa del curandero
para que le quitara una astilla del pie.
—El Señor de la Tierra se ha apoderado ya de la mina de Thrane —dijo mientras
Evan la atendía—. Ahora se habla de invadir la misma Thrane.
—Qué locura — murmuró Evan —. Traerá más muertes.
—¿Hay alguna otra noticia? —inquirió Maris.
Los alados seguían yendo y viniendo del campamento secreto, pero había
transcurrido más de una semana desde que Coll, tras enseñar la canción a media
docena de un-ala, se dirigiera a Puerto Thayos. Los días pasaban lluviosos, fríos y llenos
de ansiedad.
—Lo de la alada —dijo la mujer, parpadeando al ver el fino cuchillo de hueso con
que le iba a extraer la astilla—. Ten cuidado, curandero.
— ¿La alada?
—Algunos dicen que es un fantasma. —Evan ya le había quitado la astilla y estaba
aplicando emplastos en el corte—. Quizá sea el fantasma de Tya. Una mujer vestida de
blanco, silenciosa, que no descansa. Apareció por el Este dos días antes de que se
marchara. Los encargados del refugio acudieron a recibirla, a ayudarla a tomar tierra y a
quitarse las alas. Pero no aterrizó. Sobrevoló las montañas y la fortaleza del Señor de la
Tierra antes de dirigirse hacia Puerto Thayos. Pero tampoco aterrizó allí. Desde que llegó,
ha estado volando en círculos, una y otra vez, yendo de Puerto Thayos a la fortaleza. Y
vuelta a empezar. Sin aterrizar nunca, sin decir nada. Volando, siempre volando, tanto si
brilla el sol como si hay tormenta. Está allí al anochecer, y allí sigue cuando amanece. No
come ni bebe.
Dos días más tarde, una niñita llegó jadeando a la puerta de Evan. Era un
miembro de la familia que estaba en deuda con el curandero y, por un breve y terrible
momento, Maris creyó que los guardianes venían ya a por ella. Pero no eran más que
noticias. Evan había pedido que le informaran de todo lo que se rumoreaba en Thossi.
—Ha pasado un mercader por el pueblo —dijo la niñita—. Hablaba de los alados.
¿Qué es lo que dijo? —preguntó Maris.
Que se lo había contado el viejo Mullish, en la cantina, que el Señor de la Tierra
tiene mucho miedo. Dice que ahora hay tres alados, tres. Tres alados negros que
dan vueltas una y otra vez.
Levantó los brazos y corrió en círculos para ilustrar lo que decía. Maris cruzó una
mirada con Evan, y sonrió.
—Ahora hay siete alados negros —dijo un corpulento gordinflón. Llegó hasta
su puerta sangrando. Sólo vestía harapos, había deserta do de los guardianes.
—Intentó mandarme a Thrane —se explicó—, pero maldito sea si voy allí.
Cuando no hablaba, tosía. A veces, escupía sangre.
—¿Siete?
—Mal número. Todos vestidos de negro. Mal color. No nos desean ningún bien.
La tos se hizo tan fuerte que le impidió hablar.
—Calma, calma —aconsejó Evan.
Le dio vino mezclado con hierbas y le acompañó hasta una cama, ayudado por
Maris.
Pero el hombre no quería descansar. En cuanto pasó el acceso de tos, siguió
hablando.
—Si yo fuera el Señor de la Tierra, formaría a los arqueros y los derribaría
cuando pasaran por encima de mí. Y tanto que lo haría. Algu nos dicen que las flechas
les atravesarían sin hacerles daño, pero yo no lo creo. Son de carne y hueso, igual
que yo. —Se palmeó la barriga—. No se les puede permitir que vuelen. Nos traerán
mala suerte a todos. Últimamente, el tiempo ha sido malo, apenas se pesca, y en
Puerto Thayos he oído que la gente se pone enferma y muere cuando les roza la
sombra de sus alas. En Thrane va a pasar algo terrible, lo sé, y por eso no quiero ir.
Con siete alados negros en el cielo, no. ¡Oh, no!, no iré. De esto no saldrá nada bueno,
es algo perverso.
Perverso fue al menos para aquel hombre, pensó Maris. Al día siguiente,
cuando le llevó el desayuno a la cama, el enorme cuerpo estaba rígido y frío. Evan le
enterró en el bosque, junto a las tumbas de otros viajeros.
—Thenya fue a Puerto Thayos para intentar vender algunos tapices —informó
otro de los componentes de la horda de niños que Evan había traído al mundo, un
varón esta vez—. Cuando volvió a Thossi, nos dijo que ahora son más de una docena
los alados negros que vuelan en círculos entre el puerto y la fortaleza. Y que cada día
son más.
—Veinte alados, todos de negro, silenciosos, siniestros —dijo la joven barda.
Tenía cabellos dorados, ojos azules, voz dulce y modales agradables—. ¡Son un tema
maravilloso para una canción! Si supiera cómo terminará todo, ya estaría trabajando
en ella.
¿Y por qué crees que están ahí? — inquirió Evan.
Por Tya, claro —respondió, sorprendida de que alguien pregunta ra aquello —.
Mintió para que no hubiera guerra, y el Señor de la Tierra la mató por eso. Llevan el
luto por ella. Estoy segura. Hay mucha gente que lamenta su muerte.
¡Ah, sí! —dijo Evan—. Tya. Su historia es una canción por sí mis ma. ¿Nunca has
pensado en componer una?
La joven barda sonrió.
—Ya la hay. La oí en Puerto Thayos; os la cantaré.
—El Señor de Thayos envió a Jem a interrogar a los alados negros —dijo el
amigo de Evan, que le llevaba noticias de Thossi —. Se dice que le reconocieron y le
llamaron por su nombre, pero no quisieron hablar con él. Tienes que venir a la ciudad
para verlos, Evan. Por donde quiera que mires, el cielo está lleno de alados.
—El Señor de la Tierra ordenó a los alados que abandonaran su cielo, pero no se
han ido. ¿Por qué iban a hacerlo? ¡Como dicen los bardos, el cielo es de los alados!
—Según me contaron, llegó una alada con un mensaje para nuestro Señor de la
Tierra, procedente del Señor de Thrane. Pero, cuando fue a escucharla a la sala de
audiencias, palideció de miedo, porque la alada vestía de negro de los pies a la cabeza.
Ella le recitó el mensaje mientras el Señor temblaba. Pero, antes de que se marchase, la
detuvo para preguntarle por qué vestía de negro.
—Voy a unirme al círculo —dijo la alada con voz tranquila—. Para llorar por Tya.
Y eso es lo que hizo.
—Dicen que, en Puerto Thayos, todos los bardos visten de negro. Y la gente hace
lo mismo. Las calles están llenas de mercaderes que venden ropas negras, y los tintoreros
jamás habían tenido tanto trabajo.
S'Rella llegó con la noticia de que Dorrel la seguía a menos de un día de distancia.
Maris aguardó toda la tarde en los acantilados, demasiado impaciente como para esperar
en casa, con S'Rella. Al final, su recompensa fue la visión de una oscura figura que volaba
hacia la isla. Se internó apresuradamente en el bosque para recibirle.
Era un día caluroso y tranquilo, mal tiempo para volar. Maris se defendía de los
insectos a medida que se abría paso entre la alta hierba, crecida hasta casi ocultar la
cabaña. El corazón la palpitaba emocionado cuando empujó la pesada puerta de madera.
Tras estar bajo la brillante luz del sol, la oscuridad del interior la hizo parpadear
para reajustar la vista. Sintió la mano en el hombro y la voz familiar que pronunciaba su
nombre.
—Has... has venido —dijo, repentinamente sin aliento—. Dorrel.
— ¿Es que lo dudabas?
Ahora podía verle. La sonrisa familiar, aquella manera de estar de pie, que
tantas veces recordaba...
—¿Te importa que nos sentemos? Estoy mortalmente cansado. Ha sido un vuelo
muy largo desde el Archipiélago Occidental. Además, intentar alcanzar a S'Rella no es
cualquier cosa...
Se sentaron el uno junto al otro, muy cerca, en dos sillas iguales que, en tiempos,
debieron de ser muy elegantes. Pero ahora el acolchado estaba lleno de polvo, verdoso y
ligeramente humedecido por el moho.
—¿Cómo estás, Maris?
—Estoy... viva. Pregúntamelo dentro de un mes y puede que tenga una respuesta
mejor. —Leyó la preocupación en los ojos oscuros, y desvió la vista—. Ha pasado mucho
tiempo, ¿eh, Dorr?
Él asintió.
—Cuando no te vi en el Consejo, lo comprendí. Espero que estés haciendo lo más
conveniente para ti. El mensaje de S'Rella para que me reuniera aquí contigo me
complació más de lo que puedo admitir. —Se irguió ligeramente en la silla—. Pero no creo
que me hayas hecho llamar sólo por el placer de ver a un viejo amigo.
Maris respiró profundamente.
—Necesito tu ayuda. ¿Sabes ya lo del círculo, lo de los alados negros?
—Corren rumores por todas partes. Y, al venir hacia aquí, los he visto. Un
espectáculo impresionante, ¿es cosa tuya?
—Sí.
Dorrel agitó la cabeza.
—Y apuesto a que es parte de algo mayor. ¿Qué plan tienes?
—¿Me ayudarás? Te necesitamos.
—¿«Necesitamos»? Supongo que estás con los un-ala.
Su tono de voz no era airado ni acusador, pero Maris se dio cuenta de que había
puesto una pequeña distancia entre los dos.
—No es cuestión de bandos, Dorr. Al menos, no entre alados. No puede ser así.
Eso significaría la muerte de todo lo que tú y yo amamos. Los alados, tanto los un-ala
como los de cuna, no deben escindirse. No pueden fragmentarse para quedar a merced
de los Señores de la Tierra.
—Estoy de acuerdo, pero ya es demasiado tarde. Lo fue en el momento en que
Tya demostró su desprecio hacia todas las tradiciones y leyes, cuando contó su primera
mentira.
—Quiero que te unas a los alados negros para demostrar que los únala no vuelan
solos. Quiero que los alados y los un-ala vuelvan a estar juntos para enseñar al mundo
que todavía pueden actuar como uno solo.
—¿Crees que si Val Un-Ala y yo volamos juntos olvidaremos nuestras diferencias?
Maris sonrió con tristeza.
—Eso pensé una vez, hace mucho tiempo. Así de ingenua era. Pero ya no. Lo
único que espero es que los alados de cuna y los de un-ala actúen conjuntamente.
—¿Cómo, además de en esta extraña ceremonia de duelo?
—Los alados negros no llevan armas, no hacen amenazas, ni siquiera aterrizan en
Thayos. Son plañideras, nada más. Pero su presencia pone muy nervioso al Señor de
Thayos. No entiende qué está pasando. Para ser exactos, está tan nervioso que ha hecho
que sus guardianes se retiraran de Thrane. Mira por donde, los alados negros han
triunfado donde Tya fracasó: han terminado con la amenaza de guerra.
—Pero el Señor de la Tierra acabará por vencer su miedo, y los alados negros no
pueden sobrevolar Thayos eternamente.
—El Señor de Thayos es un hombre temido, impetuoso y sanguinario. Los violentos
siempre acusan a los demás de violentos. Y no tiene por costumbre contemplar cómo
otros toman la iniciativa. Creo que, dentro de poco, hará algo. Creo que obligará a actuar
a los alados.
¿Qué hará? ¿Disparar una andanada de flechas para derribarnos a nosotros del
cielo?
¿«A nosotros»?
Dorrel negó con la cabeza, pero sonreía.
—Podría ser peligroso, Maris. Eso de intentar provocarle para que actúe...
La sonrisa del alado le dio ánimos.
—Los alados negros se limitan a volar. Su Puerto Thayos se siente incómodo
cuando ve pasar sus sombras, la culpa es del Señor de la Tierra y de sus súbditos.
—Sobre todo, de los bardos y de los curanderos. ¡Ya sabemos lo agitadores que
pueden llegar a ser! Haré lo que sugieres, Maris. Será una buena historia para contar a
mis nietos, cuando los tenga. Jan vuela cada vez mejor, no podré retener mis alas
mucho más tiempo.
—¡Oh, Dorr!
El alado movió una mano.
—Vestiré de negro en señal de duelo por Tya —dijo cuidadosamente—. Y me
uniré al gran círculo que vuela llevando luto en su memoria. Pero no haré nada que
pueda dar a entender que perdono su crimen, nada que implique una sanción
contra Thayos por su muerte. — Se levantó y se desperezó—. Claro que, si sucediese
algo, si el Señor de la Tierra se excediera en sus atribuciones y amenazara a los
alados... Entonces, tanto los alados de cuna como los un-ala deberíamos actuar
unidos.
Maris también se levantó. Sonreía.
—Sabía que lo entenderías.
Maris le rodeó con los brazos y le atrajo hacia sí en un cariñoso abrazo.
Entonces, Dorrel le levantó la cara por la barbilla y la besó. Quizá fue sólo un
recuerdo de los viejos tiempos, pero, durante un momento, los años parecieron
esfumarse. Volvieron a ser jóvenes, amantes, y el cielo les pertenecía de horizonte a
horizonte junto con todo lo que se extendía bajo ellos.
Pero el beso terminó, y volvieron a separarse como viejos amigos unidos por
recuerdos y débiles lamentaciones.
—Cuídate mucho, Dorr. Y vuelve pronto.
Mientras volvía de los acantilados, donde había visto a Dorrel alzar el vuelo en
dirección a Laus, Maris se sentía esperanzada. Pero, en cierto modo, también triste. La
vieja y familiar añoranza la asaltó de nuevo cuando ayudó a Dorrel a desplegar las alas
y le vio ascender hacia el cálido cielo azul.
Pero, esta vez, el dolor no era tan intenso. Habría dado cualquier cosa por
volar con Dorrel, pero tenía otras cosas en las que pensar, y ya no le resultaba tan
difícil dejar de mirar desesperanzadamente al cielo, para centrarse en asuntos más
prácticos. Dorrel había prometido volver pronto, con más seguidores, y Maris ya
estaba disfrutando por anticipado de la visión de un círculo aún mayor de alados
negros.
Un grito que venía del interior de la cabaña de Evan la arrancó bruscamente de
sus ensoñaciones.
Salvó corriendo los escasos metros que la separaban de la puerta y la abrió de
golpe. En seguida se dio cuenta de que Bari lloraba y de que Evan intentaba en vano
consolarla. Un poco apartada, S'Rella contemplaba la escena. A su lado había un niño
de Thossi.
—¿Qué pasa? —gritó, temiendo lo peor.
Al oír su voz. Bari se dio la vuelta y corrió llorando hacia su tía.
—Mi padre... Se han llevado a mi padre... Diles que... Diles que meló...
Maris abrazó a la niña que sollozaba y le acarició el pelo con un gesto instintivo.
¿Qué le ha pasado a Coll?
Le han arrestado y le han llevado a la fortaleza —explicó Evan—.
El Señor de la Tierra ha arrestado también a otra media docena de bardos. A
todo el que se sabe que ha cantado la canción de Tya. Quiere juzgarlos por traición.
Maris siguió abrazando a Bari con fuerza.
—Calma, nena, calma, shh.
—En Puerto Thayos se amotinaron — dijo el niño de Thossi —. Los guardianes
aparecieron en la Posada del Pez Luna para llevarse a Lanya, la barda, y tuvieron
que pelearse con los clientes que querían defenderla. Los guardianes los derrotaron
a garrotazos. Nadie resultó muerto.
Maris escuchaba aturdida, intentando asimilarlo, intentando pensar.
—Volaré hasta Val —dijo S'Rella—. Difundiré la noticia entre los alados negros.
Acudirán todos. El Señor de la Tierra tendrá que liberar a Coll.
—No —respondió Maris. Seguía abrazando a Bari, y el llanto de la niña había
cesado—. No. Coll es un atado a la tierra, un bardo. No tiene ascendencia entre los
alados. No se pondrán de su parte para defenderle.
¡ Pero es tu hermano!
Eso no cambia nada.
—Tenemos que hacer algo —insistió S'Rella.
—Lo haremos. Intentábamos provocar al Señor de la Tierra, pero para que
atacara a los alados, no a los atados a la tierra. Y eso es precisamente lo que ha
pasado. Pero Coll y yo ya tuvimos en cuenta la posibilidad. —Gentilmente, obligó a Bari
A una hora de distancia del aislado valle del Señor de la Tierra, Maris vio por
primera vez a los alados negros.
Desde lejos parecían insectos, manchas negras moviéndose por el cielo. Pero se
movían con una lentitud sensual que ningún insecto podría igualar. Desde la primera vez
que Maris advirtió un movimiento en el horizonte, no dejaron de estar a la vista en ningún
momento. Cuando uno desaparecía tras un árbol o un montículo rocoso, aparecía otro
en su lugar. Llegaban una y otra vez, en procesión interminable. Maris sabía que la
columna aérea recorría varios kilómetros, llegaba hasta Puerto Thayos: se extendía hasta
la fortaleza del Señor de la Tierra, hacia el mar, antes de curvarse en un gran círculo para
encontrarse a sí misma sobre las olas.
—Mira —indicó a Evan.
El curandero miró, sonrió a Maris y se entrelazaron las manos. De alguna manera,
la mera visión de los alados hacía que Maris se sintiera mejor, le daba fuerza y seguridad.
A medida que caminaban, las motas que se movían en el cielo de la tarde fueron
adquiriendo una forma concreta y aumentaron de tamaño, hasta que el plateado
resplandor del sol sobre sus alas resultó visible. Incluso se podía apreciar cómo
maniobraban y viraban para captar los vientos más adecuados.
Cuando llegaron al punto donde el camino de Thossi se unía a la amplia vía pública
de Puerto Thayos, los alados pasaban directamente por encima de ellos. Ya no les
abandonaron durante el resto del camino. Para entonces, Maris ya podía distinguirlos sin
lugar a dudas. Unos cuantos se mantenían a bastante altura, donde el viento era más
fuerte, pero la mayoría se deslizaban por encima de los árboles, para que el brillo plateado
de las alas y el negro de las ropas resultaran bien visibles. Cada poco tiempo, pasaba un
alado ante Maris, Evan y su escolta, de modo que la sombra de las alas les bañaba con la
misma regularidad que las olas al estrellarse contra la playa.
Maris se dio cuenta de que los guardianes nunca miraban a los alados. De hecho,
la procesión les ponía nerviosos, parecía volverles ariscos e irritables. Y uno del grupo, un
joven con el rostro marcado por la viruela, temblaba visiblemente cada vez que las
sombras se deslizaban sobre él.
Ya próximo el atardecer, el camino se inclinaba sobre las colinas, dirigiéndose hacia
el primer puesto de control. La escolta lo atravesó desfilando, sin detenerse. A unos pocos
metros de distancia, el camino descendía abruptamente: en este punto, Maris y Evan
pudieron ver todo el valle.
Maris contuvo la respiración, y sintió que la mano de Evan apretaba la suya.
Bajo la temblorosa neblina roja del atardecer, los colores se fundían y se
desvanecían, mientras las sombras ganaban terreno implacablemente en el suelo del
valle. Bajo ellos, el mundo parecía empapado en sangre. Y la fortaleza, que ostentaba
una enorme joroba como si fuera un animal tullido hecho de sombras, era
imposiblemente negra. Los fuegos encendidos en el interior creaban visibles ondas de
calor, y la oscura piedra parecía moverse y temblar como una bestia espantada.
Por encima de ella, aguardando, volaban los alados.
El valle estaba lleno de ellos. Maris contó diez antes de perderse en el número. El
calor que golpeaba la piedra creaba zonas de aire caliente, y los alados se remontaban en
ellas, ascendiendo hasta el cielo antes de liberarse y descender en majestuosas espirales.
Se deslizaban a su alrededor, formando círculos, una y otra vez, girando, aguardando,
como aves carroñeras que esperasen impacientes la muerte de la bestia sombría . Era
una escena silenciosa y lúgubre.
—No me extraña que esté tan asustado —susurró Maris.
—No podemos detenernos —indicó la joven oficial que mandaba la escolta.
Con una última mirada, Maris se dispuso a descender hacia el valle, sobre el que
los silenciosos plañideros de Tya volaban en ominosos círculos por encima de la fortaleza.
El Señor de Thayos les esperaba en los fríos salones de piedra, temeroso del cielo abierto.
—Sí, hace muchas eras que los alados no llevan armas en el cielo —aceptó
Maris, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Es la ley de los alados, una tradición.
Pero también era ley alejarse de la política de los atados a la tierra y entregar los
mensajes sin pensar en su contenido. Pese a ello, Tya hizo lo que hizo. Y tú la mataste por
ello, pese a los siglos de tradición que dicen que ningún Señor de la Tierra puede juzgar a
un alado.
—Era una traidora, y los traidores no merecen otro destino. Lleven alas o no.
Maris se encogió de hombros.
—Lo que quiero decir es que las tradiciones son una pobre protección en estos
tiempos turbulentos. ¿Te crees a salvo porque los alados no llevan armas? —Le miró
fríamente —. Bueno, cada alado que te traiga un mensaje vestirá de negro, y alguno de
ellos llevará también una pena en el corazón. Y, cada vez que oigas un mensaje, te
preguntarás: ¿Será éste? ¿Será ésta una nueva Tya, una nueva Maris, un nuevo Val Un-
Ala? ¿Terminará la tradición con sangre, aquí?
—¡Eso no pasará nunca! —dijo el Señor de la Tierra con voz demasiado aguda.
—Es impensable. Tan impensable como lo que le hiciste a Tya. Ahórcame, y
sucederá muy pronto.
—Yo ahorco a quien me place. Mi guardia me protege.
¿Pueden detener una flecha disparada desde arriba? ¿Cegarás to das las
ventanas? ¿Te negarás a recibir a los alados?
¡Me estás amenazando! —gritó el Señor de la Tierra, repentina mente furioso.
—Te estoy avisando. Quizá no te suceda nada malo, pero no podrás estar seguro.
Los alados negros se encargarán de eso. Te seguirán el res to de tu vida, te rondarán
como lo haría el fantasma de Tya. Cada vez que mires a las estrellas, verás alas. Nunca
más serás capaz de mirar por una ventana, de pasear bajo la luz del sol. Los alados
volarán siempre alrededor de tu fortaleza, como moscas sobre un cadáver. Los verás en
tu lecho de muerte. Tu propio hogar será tu cárcel, y ni siquiera ahí estarás completamente
seguro. Los alados pueden atravesar cualquier muralla. Y, una vez se quitan las alas, no
se diferencian en nada de cualquiera.
El Señor de Thayos se había ido poniendo rígido a medida que Maris hablaba. Ella le
miró cautelosamente mientras rezaba por estar presionando en la dirección adecuada.
Los ojos enrojecidos del Señor de la Tierra eran salvajes, impredecibles, y la
aterrorizaban. La voz de la mujer era tranquila, pero tenía la frente perlada de sudor, y
las manos húmedas y pegajosas.
Los ojos del Señor de la Tierra vagaban por la sala, como si quisieran huir del
espectro de los alados negros. De pronto, se fijó en uno de los guardias.
—¡Traedme a mi alado! —gritó—. ¡Vamos, de prisa!
El alado debía de estar esperando fuera de la habitación, porque entró en seguida.
Maris le reconoció. Un alado delgado, calvo y cargado de espaldas al que no había
tratado en profundidad.
—Shan — dijo en voz alta, cuando recordó su nombre.
El alado no dio muestras de haber oído el saludo.
—Mi Señor de la Tierra —dijo en tono deferente, con voz aguda.
¡Me ha amenazado! ¡Con los alados negros! Dice que me acecharán hasta que
muera.
¡Miente! — terció rápidamente Shan.
Maris recordó quién era. Shan de Thayos, alado de cuna, conservador. Shan
perdió las alas dos años ante una novata un-ala. Ahora, gracias a la muerte de Tya, las
había recuperado.
—Los alados negros no son una amenaza. No son nada, absolutamente nada.
—Dice que no se marcharán nunca.
—Es falso —aseguró Sahn con aquella voz fina y desagradable—. No tienes nada
que temer. Se marcharán pronto. Tienen deberes que cumplir, mensajes que
transportar, familias propias, sus Señores de la Tierra los reclamarán. No pueden
quedarse indefinidamente.
—Habrá otros que tomen su lugar —dijo Maris—. En Windhaven hay muchos
alados. Nunca escaparás de la sombra de sus alas.
—No le hagas caso, mi señor. Los alados no la apoyan. Sólo unos cuantos un-ala,
la basura de los cielos. Cuando se marchen, nadie tomará su lugar. Lo único que tienes
que hacer es esperar.
Algo en el tono, no en las palabras, la sorprendió y la asqueó. Maris supo pronto
por qué. Sahn hablaba de inferior a superior, no de igual a igual. Temía al Señor de la
Tierra, estaba en deuda con él por las alas, y en su voz era evidente que lo sabía. Por
primera vez, un alado se había convertido en el vasallo de un Señor de la Tierra.
El Señor de la Tierra volvió la cabeza para mirar a Maris. Los ojos del hombre
eran gélidos.
Tal y como pensaba —dijo — . Tya mintió, y acabé por descubrirlo. Val Un-
Ala intentó asustarme con amenazas vacías. Y aho ra, tú. Sois todos unos
mentirosos, pero yo soy más astuto de lo que creéis. Tus alados negros no harán
nada, nada. Sois todos un-ala. Los auténticos alados no se preocupan por Tya.
El Consejo lo de mostró.
Exacto —dijo Sahn, asintiendo con la cabeza.
Por un momento, Maris sintió que la rabia la consumía. Deseaba atravesar la
habitación y derribar al frágil alado, sacudirle hasta hacerle daño. Pero Evan le apretó
la mano con fuerza. Y, cuando le miró, el curandero hizo un gesto de negación con la
cabeza.
—Sahn —dijo Maris con voz amable.
Muy a su pesar, el alado tuvo que desviar la mirada para encontrarse con la de
ella. Maris se dio cuenta de que estaba temblando, quizá de vergüenza ante la visión
de lo que era ahora. Mientras le miraba, Maris creyó ver algo de lo que tenían todos
los alados que había conocido. ¡Las cosas que haríamos por volar!, pensó.
—Sahn —empezó—, Jem se ha unido a los alados negros. Y no es un-ala.
—No — admitió—, pero conocía mucho a Tya. —Si eres el consejero de tu Señor
de la Tierra, dile quién es Dorrel de Laus.
Sahn titubeó.
—¿Y bien? —les espetó el Señor de la Tierra, mirándoles alternativamente—.
¿Quiénes?
—Dorrel de Laus es un alado del Archipiélago Occidental. Pertenece a una de las
familias más antiguas. Un buen alado. Debe de tener mi edad.
¿Qué pasa con él? ¿Por qué debería preocuparme? —se impa cientó el Señor
de la Tierra.
Sahn —siguió Maris—, ¿qué crees que pasaría si Dorrel se uniera a los alados
negros?
calma que siguió a sus palabras. Había hecho todo lo posible, había dicho todo lo que se
podía decir. Aguardó.
Evan la rodeó con un brazo, y vio por el rabillo del ojo cómo los labios heridos de
Coll se curvaban en una sonrisa. De repente, volvió a sentirse bien. Pasara lo que
pasara, nadie lo habría hecho mejor que ella. Se sentía como si acabara de volver de
una larga, larga lucha. Las piernas le temblaban y le dolían, y el sudor la empapaba hasta
los huesos. Pero recordó el cielo y las alas, y se sintió satisfecha.
—Condiciones —dijo el Señor de la Tierra. Su voz tenía un tono venenoso. Se
levantó del trono, con el cuchillo salpicado de sangre en la mano—. Yo te daré
condiciones. —Señaló a Evan con el cuchillo—. Coged al viejo y cortadle las manos. Luego
echadle y dejadle que él mismo se cure. Será algo digno de verse. —Lanzó una carcajada y
movió la mano hacia un lado, dejando que el cuchillo señalase a Coll—. El bardo perderá
una mano y la lengua. —El cuchillo volvió a moverse — . En cuanto a ti —dijo señalando a
Maris—, ya que tanto te gusta el color negro, lo verás hasta hartarte. Te encerraré en una
celda sin ventanas y sin luz, tanto el día como la noche serán negros. Permanecerás así
hasta que te olvides de cómo era la luz del sol. ¿Te gustan esas condiciones? ¿Te gustan?
Maris sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no permitió que asomasen.
—Lo siento por tu pueblo —dijo sosegadamente—. No han hecho nada para
merecerte.
—¡Cogedles y haced lo que he ordenado!
Los guardianes se miraron los unos a los otros. Uno dio un titubeante paso hacia
Maris, pero se detuvo al ver que estaba solo.
—¿A qué estáis esperando? —chilló el Señor de la Tierra—. ¡Apresadles!
—Señor —dijo una mujer alta y digna, que vestía el uniforme de los oficiales
superiores—. Os suplico que lo reconsideréis. No podemos mutilar a un bardo ni
aprisionar a Maris de Amberly Menor. Sería nuestro fin. Los alados nos destruirían.
El Señor de la Tierra la miró fijamente y la señaló con el cuchillo.
—Tú también quedas arrestada, traidora. Y ya que tanto la aprecias, tendrás una
celda contigua a la suya. Apresadles —dijo al resto de los guardianes.
Ninguno se movió.
—Traidores —murmuró—. Estoy rodeado de traidores. Moriréis todos. —Sus ojos
se encontraron con los de Maris—. Y tú, tú serás la primera. Yo mismo me encargaré.
Maris era dolorosamente consciente del cuchillo que el hombre llevaba en la
mano, de su plana anchura y de la mancha de sangre de la hoja. Notó que Evan se
tensaba detrás de ella. El Señor de la Tierra sonrió y avanzó en su dirección.
—Detenedle —ordenó la mujer a la que había mandado arrestar.
Su voz era débil, pero firme. En un momento, el Señor de la Tierra estuvo
rodeado. Un hombretón, corpulento como un oso, le sujetaba los brazos, mientras
que una joven delgada le arrancaba el cuchillo de la mano engarfiada con tanta
facilidad que pareció que lo extraía de una funda.
—Lo siento —dijo la mujer que había tomado el mando.
¡Dejadme! —exigió—. ¡Soy el Señor de la Tierra!
No —respondió ella—. No. Me temo que estás muy enfermo, señor.
artificiales, inundaba el aire. Las puertas estaban abiertas de par en par, y aunque
los guardianes seguían rondando por el castillo, muy pocos iban uniformados y todos
habían dejado las armas.
Las horcas desaparecieron, y el patíbulo estaba convertido en un escenario
desde donde actuaban malabaristas, magos, payasos y bardos, para deleite de los
que por allí paseaban.
En el interior, las puertas estaban abiertas y los salones llenos de felicidad. Se
liberó a los prisioneros de las mazmorras, y en la fiesta se admitía hasta a los más
indeseables de Puerto Thayos. En el gran salón, se dispusieron mesas con enormes
quesos y cestas de pan. El olor a pescado frito de todas clases inundaba hasta el
último rincón. Las chimeneas todavía olían a cerdo asado y a tigre marino, y en el
suelo del castillo abundaban los charcos de vino y cerveza.
La risa y la música se respiraban en el ambiente. Era una celebración de una
riqueza y grandiosidad desconocidas en la historia de Thayos. Y, entre la multitud
formada por los habitantes de Thayos, se movían algunas figuras vestidas de negro.
Pero no llevaban el luto en el rostro. Eran los alados. Esos alados, tanto los un-ala
como los de cuna, eran los invitados de honor, festejados y aclamados por todos,
junto a los bardos que el Señor de la Tierra había exiliado.
Maris vagabundeó por entre la escandalosa multitud, preparada para huir
ante la primera señal de reconocimiento. La fiesta había durado demasiado. Estaba
cansada, y se sentía mal por el exceso de comida y bebida que le obligaban a
consumir sus admiradores. Lo único que quería era encontrar a Evan y marcharse a
casa.
Alguien la llamó por su nombre y, de mala gana, Maris se volvió. Vio a la
nueva Señora de Thayos, vestida con un largo traje bordado que no le sentaba
bien. Sin el uniforme, parecía sentirse incómoda.
Maris se esforzó en sonreír.
—Hola, Señora de la Tierra.
La antigua oficial de los guardianes sonrió.
Supongo que tendré que acostumbrarme al título, pero por ahora me hace
pensar en alguien muy concreto. Hoy no te he visto demasiado. ¿Puedes concederme
unos minutos?
Sí, claro, los que quieras. Me salvaste la vida.
No fue nada tan noble. Tus actos requerían más valor que los míos, y no
fueron tan egoístas. Sé la historia que se contará sobre mí, que concebí y planeé
cuidadosamente la rebelión contra el Señor de la Tierra para ocupar su lugar. Y no es
verdad. Pero, ¿les preocupa a los bardos la verdad?
Su voz era amarga, y Maris la miró sorprendida.
Caminaron por habitaciones atestadas de jugadores, borrachos y amantes,
hasta llegar a una vacía donde se sentaron para hablar tranquilamente.
Como la Señora de la Tierra seguía en silencio, fue Maris la que empezó.
—Nadie echará de menos al antiguo Señor de la Tierra. No creo que fuera muy
querido.
—No, nadie le echará de menos. Y, cuando me vaya, a mí tampoco. Pero fue un
buen jefe durante años, hasta que se volvió asustadizo y dejó de pensar
cuerdamente. Sentí mucho hacer lo que hice, pero no quedaba otro remedio. Esta
fiesta es un intento de hacer que la transición sea alegre, en vez de temible. Para
empezar a cumplir mi deber, para que mi pueblo se sienta próspero.
—Creo que agradecerán el gesto. Todo el mundo parece contento.
Evan dejó escapar una carcajada, pero no consiguió que le saliera natural.
—¡Como si acabara de proponerte pasar el resto de la vida en el mar!
Puedo dejar Thayos como cualquiera, en una barca. Mi vida aún no ha terminado y,
hasta que llegue ese momento, no hay ningún motivo que me impida cambiar. Estoy
seguro de que habrá algún trabajo para un viejo curandero en Colmillo de Mar.
—Evan...
—Lo sé —dijo, rodeándola con los brazos—. Créeme, lo he pensado mucho.
Supongo que no imaginarás que estaba durmiendo esta noche, mientras tú dabas
vueltas en la cama y te preguntabas qué hacer con tu vida. Entonces, decidí que no
permitiría que te me escapases. Por una vez, voy a ser atrevido. Haré algo
diferente. Me marcharé contigo.
Maris no pudo contener las lágrimas, aunque no habría sabido decir por qué
lloraba. Evan la atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza hasta que se recuperó.
Cuando se separaron, Maris alcanzó a oír a Coll asegurando a Bari que su
tía era muy feliz, que lloraba de alegría. Algo más apartada estaba S'Rella, con el
rostro iluminado por el júbilo y por la emoción.
—Me rindo —dijo Maris con voz ligeramente temblorosa. Se secó la cara con una
mano—. Ya no me quedan excusas. Iré a Colmillo de Mar, todos iremos a Colmillo de
Mar en cuanto encontremos un barco adecuado.
Lo que empezó como unos cuantos amigos caminando con S'Rella hacia el
risco de los alados acabó convirtiéndose en una procesión, en un apéndice de la fiesta
que se celebraba en la fortaleza. Maris, Evan y Coll eran los héroes populares. Muchos
querían estar a su lado para saber qué tenían de especial la alada, el curandero y el
bardo que habían depuesto a un tiránico Señor de la Tierra, detenido una guerra y
acabado con la aterradora amenaza de los silenciosos alados negros. Si alguien
todavía osaba creer que el comportamiento de Tya merecía aquel castigo, lo pensaba
en silencio, en privado. Era una opinión muy poco popular.
Pero Maris sabía que los viejos rencores seguían enterrados, incluso entre
aquella multitud admirada y feliz. No los había borrado para siempre, como tampoco
los que existían entre atados a la tierra y alados, entre alados de cuna y un-ala. Tarde
o temprano, aquella batalla se libraría de nuevo.
Esta vez, el viaje por el túnel de la montaña no fue solitario. El eco de las
voces resonaba con fuerza contra los muros de piedra. Una docena de antorchas
ardían humeantes, cambiando por completo el aspecto del húmedo y lóbrego pasillo.
Salieron a la noche oscura y ventosa, a las estrellas tapizadas por nubes. Maris
vio a S'Rella de pie, al borde del acantilado, hablando con un un-ala que todavía vestía
de negro. Al ver a S'Rella en aquel risco tan
familiar, el estómago se le contrajo y se tambaleó por el vértigo. Sabía que
no quería ver cómo S'Rella saltaba del risco desde el que ella había caído, no una, sino
dos veces. Repentinamente, tuvo miedo.
Varios jóvenes se atrevieron a echar a correr hacia ella, luchando por el
privilegio de ayudar a S'Rella a prepararse para el vuelo. S'Rella buscó a Maris con los
ojos y las miradas de las dos mujeres se encontraron. Maris respiró profundamente,
intentando expulsar el miedo. Se afirmó con los pies en el suelo, soltó la mano de
Evan y avanzó hacia el risco.
—Deja que te ayude —dijo.
¡Lo conocía tan bien...! La textura del tejido metálico, el chasquido de los
montantes de las alas al encajar, el peso de las alas en sus manos... Pese a que nunca
volvería a ponerse unas alas, sus manos seguían amando aquella labor que conocía tan
bien. Disfrutaba ayudando a S'Rella, aunque fuera un placer teñido por la tristeza.
Cuando las alas estuvieron totalmente desplegadas y los últimos montantes
encajaron en su sitio, Maris sintió que volvía el miedo. Sabía que era algo irracional,
que no diría nada, pero sentía que si S'Rella saltaba desde aquel peligroso risco sería
para caer, igual que le había pasado a ella.
Por fin, con gran esfuerzo, Maris consiguió hablar.
—Vuela bien —dijo en voz muy baja.
S'Rella la miró, escrutadora.
— ¡Ah, Maris!, no lo lamentarás. Has elegido bien. Nos veremos pronto.
Y, prescindiendo de las palabras, S'Rella se inclinó hacia su amiga y la besó.
—Vuela bien —dijo una alada a otra alada.
Dio media vuelta en dirección al borde del risco, hacia el mar, hacia el cielo
abierto, y saltó al viento.
Los espectadores aplaudieron cuando S'Rella encontró una corriente de aire
ascendente y trazó un círculo sobre el acantilado, con las alas brillando en la
oscuridad. Luego se elevó más y se internó en el mar, perdiéndose de vista casi al
instante, pareciendo fundirse con el cielo nocturno.
Maris seguía mirando al cielo mucho después de que S'Rella desapareciera. En
su corazón albergaba una firme convicción, junto con el dolor e incluso un rescoldo de
su antiguo entusiasmo. Sobreviviría. Aunque ya no tuviera alas, seguía siendo una
alada.
también oído, o quizá sean cosas de la edad, pero en los últimos diez años no he oído
a un solo bardo que me pareciera tan bueno como los que recuerdo de mis tiempos. Y
he escuchado a los mejores. Jared de Geer tocó para mí, igual que el vagabundo
Gerri Un-Ojo, y Coll. Una vez conocí a un bardo llamado Halland: apuesto a que las
canciones que me cantaba eran mucho más atrevidas que cualquiera de las que sepas
tú. Y, cuando era joven oí cantar a Barrion. No una, sino muchas veces.
—Lo hago tan bien como cualquiera de ellos —insistió el joven, testarudo.
La anciana suspiró.
—No te enfades —dijo bruscamente—, estoy segura de que cantas muy bien,
pero nunca conseguirás que alguien tan viejo como yo lo reconozca.
El bardo acarició nerviosamente el instrumento que sostenía en el regazo.
—Si no quieres una canción en tu lecho de muerte, ¿por qué has hecho venir a
un bardo desde Ciudad Tormenta?
—Quiero cantarte algo, pero no puedo tocar, ni entonar la melodía. Más bien, la
recitaré.
El bardo dejó a un lado la guitarra y se cruzó de brazos, disponiéndose a
escuchar.
—Extraña petición. Pero, mucho antes de ser un buen bardo, ya era un buen
oyente. Por cierto, me llamo Daren.
—Bien, Daren, me alegro de conocerte. Me gustaría que me hubieras visto
cuando era un poco más fuerte. Ahora, escucha con atención. Quiero que aprendas
todas las estrofas y que, cuando muera, cantes esta canción en tus viajes. Si te parece
que lo vale, claro. Pero creo que te gustará.
—Ya conozco casi todas las buenas canciones.
—Ésta, no.
—¿La compusiste tú?
—No, no. Fue una especie de regalo que me hicieron. Un regalo de despedida.
Mi hermano me la cantó cuando estaba moribundo, y me obligó a aprenderme la letra.
Sufría grandes dolores, para él la muerte fue una bendición. Pero no pudo morir hasta
que no cumplí su deseo y me aprendí de memoria la letra. La aprendí muy de prisa, a
gritos. Y, luego murió. Fue en un pueblecito de Pequeño Shotan, hace menos de diez
años. Así que ya puedes entender que esta canción es muy importante para mí.
Escúchame, por favor.
Y empezó a cantar.
La voz de la anciana era vieja y cascada, dolorosamente débil. En el intento de
cantar, la estaba forzando hasta los límites y, de vez en cuando, tosía y jadeaba. Sabía
que nunca había tenido sentido del ritmo, y que llevaba la melodía tan mal como lo
había hecho en su juventud. Pero se sabía la letra. Una letra triste, pensada para una
melodía simple, cálida y melancólica.
La canción hablaba de la muerte de una famosa alada. Decía que, cuando
envejeció y se acortó el número de sus días, encontró unas alas y las robó, como había
hecho en su legendaria juventud. Se las puso y echó a correr. Todos sus amigos
corrieron tras ella, gritándole que se detuviera, que diera media vuelta, porque era
vieja y estaba débil, y hacía años que no volaba, y tenía la mente tan nublada que había
olvidado desplegar las alas. Pero ella no les escuchó. Llegó al risco antes de que
pudieran detenerla y se zambulló en el vacío, cayendo. Sus amigos gritaron y se taparon
los ojos para no ver cómo se estrellaba contra el mar. Pero, en el último momento, las
alas se desplegaron de repente, y quedaron tensas y plateadas sobre sus hombros. Y el
viento la captó, y la elevó, y sus amigos la oyeron reír desde donde estaban. Voló en
círculos sobre ellos, con el cabello agitándose al viento y las alas tan ligeras como la
esperanza. Y sus amigos vieron que volvía a ser joven. Agitó una mano en gesto de
despedida y voló hacia el oeste, desapareciendo contra el sol del poniente. Nunca
volvieron a verla.
Cuando la anciana terminó de cantar la canción, la habitación quedó en silencio. El
bardo se mecía adelante y atrás en la silla, mirando la vacilante llama de la lámpara de
aceite con ojos pensativos, perdidos en la distancia.
Finalmente, la mujer carraspeó, irritada.
—¿Y bien?
—¡Oh! —El bardo sonrió y se incorporó en la silla—. Lo siento. Es una canción
muy hermosa, estaba pensando cómo sonaría con un poco de música.
—Y con una voz que la cantara, claro. Una que no tiemble ni suene tan forzada.
—Asintió—. Pues quedaría muy bien, claro que sí. ¿Has memorizado la letra?
—Sí, claro. ¿Quieres que te la cante?
Por supuesto, tengo que asegurarme. El bardo sonrió y cogió su instrumento.
Sabía que, al final, cantaría —dijo complacido.
Tocó las cuerdas. Sus dedos se movieron con engañosa lentitud, y la habitación
se llenó de melancolía. Y le tocó su canción, con voz fuerte, dulce y vibrante.
Cuando terminó, ella sonreía.
—¿Bien?
—No seas presuntuoso, has captado toda la letra.
—¿Y mi canción?
—Buena —admitió la anciana—. Muy buena. Y mejorarás.
Con eso se dio por satisfecho.
—Ya veo que no exagerabas. Desde luego, sabes reconocer a un buen
bardo. —Se sonrieron mutuamente—. Es raro que no haya oído antes esta
canción. Creo que he cantado todas las que se han compuesto sobre ella, pero no
ésta. No sabía que Maris hubiera muerto así.
Los ojos verdes del joven estaban fijos en ella, y la luz daba a su rostro un
brillo grave y pensativo.
—No seas tan retorcido. Sabes de sobra que soy yo. Y que no he muerto, ni de
esta manera ni de ninguna otra. Todavía no. Pero sí pronto, muy pronto.
—¿De verdad robarás unas alas y saltarás desde un risco? La anciana suspiró.
—Eso sería desperdiciar un par de alas. No espero poder hacer la Caída del
Cuervo, a mi edad ya no. Pero siempre lo he deseado. La he visto hacer una docena
de veces en mi vida. La última vez, un montante no encajó en su sitio, y la alada que
lo intentaba murió. Yo nunca lo intenté. Pero lo he soñado muchas veces, Daren. Sí,
lo he soñado. Es lo único que he deseado sin conseguirlo. No está mal para una
anciana que ha vivido tanto como yo.
—No está mal.
—En cuanto a mi muerte... Bueno, espero morir aquí, en esta cama, en
un futuro no muy lejano. Quizá haga que me saquen al exterior para ver un último
atardecer. O quizá no. Veo tan mal que tampoco podría apreciarlo. —Chasqueó la
lengua—. Cuando muera, un ala do atará mi cuerpo a un arnés y tratará de
mantenerse en el aire con mi peso añadido al suyo. Me arrojará al mar, y habré
tenido un entierro de alado. ¿Por qué? No lo sé. Un cadáver no vuela. Cuando lo
sueltan, cae como una piedra, y se hunde, o es devorado por las escilas. No tiene
sentido, pero es la tradición de los alados —suspiró—. Val Un-Ala tuvo una buena
idea. Está enterrado aquí, en Colmillo de Mar, en una enorme tumba de piedra con
su estatua encima. Él mismo la diseñó. De todos modos, nunca pude dejar de lado la
tradición, como hacía Val.
El bardo asintió.
—Entonces, prefieres que te recuerden por esta canción en vez de por tu
verdadera muerte, ¿no?
Le miró, enfadada.
—Creí que eras un bardo —dijo, apartando la vista—. Un auténtico bardo lo
comprendería. Esta canción cuenta mi verdadera muerte. Coll lo sabía cuando la
compuso para mí.
El joven titubeó.
—Pero...
La puerta de la habitación se abrió de nuevo y Odera, la curandera, volvió a
aparecer en el umbral, con el cirio en una mano y un vaso en la otra.
—Ya basta de cantos, vas a cansarte. Es la hora de tu poción para dormir.
—Sí —asintió la anciana—, cada vez me duele más la cabeza. No te caigas
nunca de un risco desde treinta metros de altura, Daren. Y, si lo haces, no aterrices de
cabeza. —Tomó la tesis de manos de Odera y se la bebió de un trago—. Asquerosa.
Podrías ponerle algo para darle buen sabor.
Odera acompañó a Daren hasta la puerta. El joven bardo se detuvo antes de
salir.
—En cuanto a la canción... La cantaré. Y también la cantarán otros. Pero no
empezaré hasta que... Ya sabes, hasta que me entere.
La anciana asintió, mientras la somnolencia se apoderaba de sus miembros.
La tesis provocaba una ligera parálisis progresiva y temporal.
—Sí, será lo más apropiado.
—¿Cómo se titula la canción?
—El último Vuelo —le dijo, sonriendo.
Su último vuelo, claro. Y también la última canción de Coll. Eso también sería
apropiado.
—El último Vuelo —repitió el bardo—. Lo entiendo, Maris. Al menos, creo que lo
entiendo. La canción es verdad, ¿no?
—Es verdad —convino ella.
Pero el joven no estaba seguro de haberla oído. Su voz era débil, y Odera le
estaba arrastrando hacia fuera mientras cerraba la puerta tras ellos. Poco tiempo
después, la curandera volvió para apagar las lámparas de aceite. Se quedó sola unos
momentos en la pequeña y oscura habitación que olía a enfermedad, bajo la antigua
piedra empapada en sangre de la academia Alas de Madera.
Maris descubrió que, a pesar de la tesis, no podía dormir. Una especie de
emoción se había apoderado de ella, una sensación verti ginosa, atolondrada, algo
que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
Por encima de ella, en algún lugar, creyó oír el inicio de una tor menta y el
sonido de la lluvia tamborileando sobre la piedra. La fortaleza era sólida, y sabía que
no se hundiría. Pero, de alguna manera, sintió que aquella noche podría ser la noche
en que, por fin, tras tantos años, iría a ver a su padre.
RECOPILACIONES:
1977 — Songs of the Stars and Shadows
1981 - Sandkings
1976 — A Songfor Lya (Una canción para Lya, Ed. Caralt, Barcelona,
1982) 1983 — Songs the Dead Men Sing (Canciones que cantan los muertos,
Ed. Martínez Roca, col. Super Terror núm. 17, Barcelona,
1986) 1985 - Nightflyers
1987 — Portraits of his Children
PREMIOS:
— Hugo por «A Song for Lya» (incluido en Una canción para Lya)
— Locus por «The Storms of Windhaven» (fragmento de Refugio del viento)
1979 — Nébula por «Sandkings» (incluido en Canciones que cantan los
muertos)
1980 — Hugo y Locus por «Sandkings»
— Hugo y Locus por «The Way of Cross and Dragón» («La cruz y el dragón», en
Parsec3, Buenos Aires, 1984)
1981 — Locus por «Nightflyers»
1984 — Locus por «The Monkey Treatment» («El tratamiento del mono», en
Canciones que cantan los muertos) — Gigamesh de terror (España) por Sueño
del Fevre
1985 — Nébula por «Portraits of his Children» («Retrato de sus hijos», en
Premios Nébula 1985, Ed. B, col. Libro amigo CF núm. 11, Barcelona, 1988)
1987 — Gigamesh de terror (España) por Canciones que cantan los muertos
Lisa Tuttle nació en Houston en 1952. Trabajó durante cinco años como
redactora para un periódico de Austin, Texas. Desde 1980 reside en Londres, y
se dedica a tiempo completo a la literatura. Vendió su primer relato en 1971, y
actualmente está considerada como una de las máximas figuras contemporáneas
de la ciencia ficción y el terror en Inglaterra. Ha publicado los libros siguientes:
NOVELAS:
1981 — Windhaven, en colaboración con George R. R. Martin (Refugio del
viento, Ed. Martínez Roca, col. Gran Super Ficción, Barcelona, 1988)
1983 — Familiar Spirit
1987 - Gabriel
RECOPILACIONES:
— A Nest ofNightmares
— A Spaceship BuiltofStone and Other Stories
PREMIOS:
1976 — Locus por «The Storms of Windhaven» (fragmento de Refugio del
viento) 1981 — Nébula por «The Bone Flute»
Libros Tauro
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