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Martin, George R.R. & Tuttle, Lisa - Refugio Del Viento

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George R. R.

Martin
Lisa Tuttle

Refugio del viento

Título original: Windhaven

Índice

Prólogo..........................................................................3

Primera parte
Tormentas......................................................................8

Segunda parte
Un-Ala.........................................................................51

Tercera parte
La caída.......................................................................141

Epílogo.......................................................................226
George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

Lisa Tuttle:
Este libro está dedicado, con amor y gratitud, a mi
madre y a mi padre, aun cuando ellos no lo lean.

GeorgeR. R. Martin:
Este libro es para Elizabeth y Anne y Mary Kaye y
Meredith y Ann e Ivonne, y para el resto de mi pandilla
de alborotadores del Courier, con la esperanza de que
sigan causando dificultades, haciendo preguntas y se les
siga echando de los despachos.

Porque una vez hayas probado el vuelo


caminarás sobre la tierra con los ojos alzados hacia el cielo;
ya que allí has estado,
y allí ansias volver.

LEONARDO DA VINCI

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

Prólogo
La tormenta había durado la mayor parte de la noche.
La niña yacía despierta en la amplia cama compartida con su madre, bajo la áspera
manta de lana, escuchando. El golpeteo de la lluvia contra las delgadas tablas de limonero
de la cabaña era firme e insistente. A veces alcanzaba a oír el estampido lejano de los
truenos, y la luz de los relámpagos se filtraba en finas láminas a través de las persianas de
la pequeña habitación. Cuando se desvanecía, todo volvía a quedar sumido en la
oscuridad.
La niña oyó caer agua al suelo y supo que había una nueva gotera. La tierra
prensada se convertiría en un lodazal. Su madre iba a enfadarse, pero no podía hacer
nada. No se les daba bien poner parches en el tejado, y no tenían dinero para contratar a
alguien que lo hiciera. El día menos pensado, le había dicho su madre, la cabaña,
cansada, no podría resistir el embate de las tormentas.
—Entonces iremos a reunimos con tu padre —sentenciaba.
La niña no recordaba demasiado bien a su padre, pero su madre hablaba a
menudo de él.
Una imponente ráfaga de viento sacudió las persianas. La niña oyó con toda
claridad los aterradores crujidos de la madera y la vibración del papel parafinado que tenían
como ventana. Por un momento, sintió miedo. Las tormentas eran frecuentes, pero su
madre seguía durmiendo, ajena a todo. Podía conciliar el sueño sin problemas en medio de
la peor de ellas. La niña no quería despertarla. Tenía mal carácter, y no le gustaba que la
despertasen por algo tan nimio como los temores de una niña.
Las paredes crujieron y temblaron una vez más; el trueno y el relámpago llegaron
casi al unísono. La niña tembló bajo la manta y se preguntó si no sería ésta la noche en
que se reunirían con su padre.
No lo fue.
Por fin, la tormenta cedió, y hasta la lluvia se detuvo. La habitación quedó
silenciosa y oscura.
La niña sacudió a su madre para despertarla.
—¿Qué? -dijo-. ¿Qué?
—La tormenta ha pasado, madre —contestó la niña.
Al oír aquello, la mujer asintió y se levantó.
—Vístete —ordenó a la niña mientras tanteaba en la oscuridad, buscando su propia
ropa.
Faltaba al menos una hora para el amanecer, pero era imprescindible llegar a la
playa lo antes posible. La niña sabía que durante las tormentas había muchos naufragios:
pequeños botes de pescadores que se habían aventurado demasiado lejos o demasiado
tarde, y a veces incluso grandes barcos de mercaderes. Después de una tormenta era
posible encontrar cosas arrojadas a la playa, toda clase de cosas. En una ocasión,
hallaron un cuchillo con hoja de metal batido; después de venderlo, comieron bien dos
semanas. Si se querían encontrar cosas buenas, uno no podía permitirse el lujo de ser
perezoso. Los perezosos esperarían hasta el amanecer, y no quedaría nada.
Su madre se colgó del hombro un saco de lona vacío para transportar lo que
recogiera. El vestido de la niña tenía grandes bolsillos. Las dos llevaban botas. La mujer
cogió un palo largo con un gancho de madera en la punta por si veían algo flotando en el
agua, fuera de su alcance.

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

—Vamos, niña —dijo—. Basta de holgazanear.


La playa estaba oscura, hacía frío. Un viento gélido soplaba incesantemente desde
el Oeste. No estaban solas. Ya había otras tres o cuatro personas removiendo la arena
húmeda y dejando huellas de botas que se llenaban rápidamente de agua. De vez en
cuando alguien se detenía para examinar algo. Uno de los buscadores llevaba una
lámpara. Ellas también tuvieron en el pasado una buena lámpara, cuando vivía su padre.
Su madre se quejaba de eso a menudo. No tenía la visión nocturna de su hija. A veces
tropezaba en la oscuridad y solía pasar por alto objetos que tenía cerca.
Como de costumbre, se separaron. La niña recorrió la playa hacia el Norte,
mientras su madre hacía lo mismo hacia el Sur.
—Vuelve al amanecer —le ordenó—. Tienes que limpiar la casa. Después del
amanecer ya no queda nada.
La niña asintió y empezó apresuradamente la búsqueda.
Aquella noche los hallazgos fueron pobres. La niña anduvo largo rato siguiendo la
línea del agua, con los ojos fijos en el suelo, siempre buscando. Le gustaba encontrar
cosas. Si volvía a casa con una viruta de metal, o quizá con un colmillo de escila tan largo
como su brazo, curvo, amarillo, terrible, su madre sonreiría y le diría que era una buena
chica. Algo que no sucedía a menudo. La mayor parte de las veces la regañaba por ser tan
soñadora y por hacer preguntas estúpidas.
Cuando la tenue luz previa al amanecer empezó a imponerse a las estrellas, sólo
tenía en los bolsillos dos lechosos fragmentos de cristal marino y una almeja. Era una
almeja de buen tamaño, tan grande como su mano, con una concha dura y guijarrosa
que indicaba que era de las mejores, con carne negra y mantecosa. Pero sólo había
encontrado una. El resto de lo que había traído la marea era inservible.
La niña estaba a punto de volver, como había ordenado su madre, cuando vio el
brillo del metal en el cielo. Fue un repentino destello de plata, como si acabara de nacer
una nueva estrella que eclipsara a las otras.
Estaba más al Norte, sobre el mar. Siguió mirando y, poco después,
volvió a ver el destello. Sabía lo que era: un alado había captado los primeros
rayos del sol naciente antes de que llegaran al resto del mundo.
La niña quería seguirle, correr para contemplarle. Le gustaba contemplar el vuelo
de los pájaros, el de las avecillas de la lluvia y el de los halcones o los milanos; y los
alados, con sus grandes alas de plata, eran mejores que cualquier ave. Pero ya estaba
amaneciendo, y su madre le había ordenado que volviera al amanecer.
Echó a correr. Pensaba que, si se daba mucha prisa en ir y volver, tendría tiempo
de mirar un rato antes de que su madre se diera cuenta de su ausencia. Así que corrió y
corrió, mientras los perezosos dormilones llegaban a la playa para iniciar su búsqueda
particular. La almeja le brincaba en el bolsillo.
El cielo del Este estaba teñido de naranja claro cuando llegó a la zona del alado,
una ancha franja de playa arenosa donde solían aterrizar, a la sombra del alto acantilado
desde el que se lanzaban. A la niña le gustaba trepar por el acantilado y mirar desde allí,
con el pelo azotado por el viento y las pequeñas piernas meciéndose en el borde, rodeada
por el cielo. Pero hoy no tenía tiempo. Si no volvía pronto, su madre se enfadaría.
De todos modos, había llegado tarde. El alado ya estaba aterrizando. Hizo una
última y elegante pasada sobre la arena con las alas extendidas, a diez metros por encima
de ella. Se quedó mirándole, con los ojos abiertos de par en par. Entonces, sobre el agua,
el alado se inclinó. Levantó un ala, bajó la otra y describió un amplio círculo. Luego se
enderezó y se acercó a la playa en un elegante descenso, sin apenas rozar la arena.
Había otras personas en la playa: un joven y una mujer algo mayor. Se acercaron
rápidamente al alado y le ayudaron a detenerse. Después manipularon las alas para

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Refugio del viento

poder doblarlas. Las plegaron lenta, cuidadosamente, mientras el alado desataba las tiras
que las unían a su cuerpo.
La niña advirtió que era el que le gustaba. Sabía que existían muchos alados. Había
visto bastantes e incluso era capaz de reconocer a algunos, pero sólo tres de ellos acudían
con frecuencia, los tres que vivían en la propia isla. La niña imaginaba que debían de
residir a gran altura, en los acantilados, en casas que se asemejaban a los nidos de los
pájaros, pero con muros de valiosísimo metal plateado. Uno de los tres era una mujer de
aspecto severo, pelo gris y rostro amargado. El segundo era casi un niño, moreno y
dolorosamente guapo, con voz agradable; éste le caía mejor. Pero su favorito era el
hombre de la playa, tan alto, delgado y ancho de hombros como lo había sido su padre.
Bien afeitado, con ojos marrones y pelo rizado color rojo castaño. Sonreía a menudo, y
también volaba más que los otros.
—Tú —dijo el alado.
La niña levantó los ojos aterrorizada. Él sonrió.
—No tengas miedo —la tranquilizó—. No voy a hacerte daño.
La niña se adelantó un paso. Solía contemplar a menudo a los alados pero, hasta
entonces, ninguno había reparado en ella.
—¿Quién es? —preguntó el alado a su ayudante, que le sostenía las alas plegadas.
El joven se encogió de hombros.
—Alguna buscadora de moluscos, no lo sé. La he visto otras veces por aquí.
¿Quiere que la eche?
—No —contestó el hombre. Volvió a sonreírle—. ¿Por qué tienes miedo? —preguntó
—. No pasa nada. No me importa que vengas, pequeña.
—Mi madre me dice que no moleste a los alados —respondió la niña.
El hombre se echó a reír.
—Ah, bueno —dijo—. Pero a mí no me molestas. Quizá cuando seas mayor
ayudes a los alados, como estos amigos. ¿Te gustaría?
La niña sacudió la cabeza. –
—No .
—¿No? —El alado se encogió de hombros, sin perder la sonrisa—. Entonces, ¿qué
te gustaría hacer? ¿Volar?
La niña consiguió asentir tímidamente.
La mujer dejó escapar una risita que el alado cortó con una mirada gélida. Se
adelantó hasta la niña y la tomó por la mano.
—Bueno —dijo—, ya sabes que, si quieres volar, tendrás que practicar mucho. ¿Te
gustaría practicar?
—Sí.
—Por ahora eres un poco pequeña para las alas —dijo el hombre—. Ven.
La cogió con manos fuertes y la sentó sobre sus hombros. Las piernas de la niña le
quedaban sobre el pecho, y sus manecitas se le agarraban inseguras en el pelo.
—No —dijo—. Si quieres volar, no puedes agarrarte. Los brazos tienen que ser
como alas. ¿Puedes extender los brazos?
—Sí —aseguró la niña.
Los abrió como si fueran un par de alas.

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Refugio del viento

—Se te cansarán —advirtió el alado—, pero no puedes bajarlos. Si quieres volar,


no. Un alado necesita tener brazos fuertes, incansables.
—Soy fuerte —aseguró la niña.
—Bien. ¿Estás preparada para volar?
—Sí.
Empezó a sacudir los brazos.
—No, no, no —la interrumpió—. No aletees. No somos como los pájaros, ya lo
sabes. Creí que nos habías estado observando.
La niña intentó recordar.
—Milanos.— dijo repentinamente—. Sois como milanos.
—A veces —asintió el alado complacido—. Y como halcones y otras aves
planeadoras. Lo que hacemos no es volar de verdad. Planeamos, como las cometas.
Cabalgamos sobre el viento. Así que no tienes que aletear; tienes que mantener los
brazos rígidos, sentir el viento. ¿Sientes el viento?
—Sí.
Era una brisa cálida que traía el penetrante olor del mar.
—Muy bien. Cáptalo con los brazos, deja que te impulse.
La niña cerró los ojos e intentó sentir el viento en los brazos.
Y empezó a moverse.
El alado trotaba por la arena, como llevado por el viento. Cuando éste sopló en
otra dirección, él cambió también de rumbo. La niña mantuvo los brazos rígidos mientras
el viento parecía hacerse cada vez más fuerte, y ahora el alado corría, y ella saltaba
sobre sus hombros, cada vez más de prisa.
—¡Me llevas hacia el agua! —avisó el hombre —. ¡Gira! ¡Gira!
Y ella inclinó las alas como les había visto hacer tan a menudo. El alado giró hacia la
derecha, corrió en círculo hasta que la niña volvió a enderezar los brazos, y volvieron por el
camino que acababan de recorrer.
Él corrió y corrió, y ella voló, hasta que los dos se quedaron sin aliento entre
risas.
Por fin, el alado se detuvo.
—Basta —dijo—, no se puede abusar en los primeros vuelos.
La levantó de sus hombros y la dejó en la arena. Sonreía.
—Ha estado muy bien —añadió.
A la niña le dolían los brazos de tenerlos tanto tiempo extendidos. Estaba
terriblemente emocionada, aunque sabía que en casa le aguardaba una buena azotaina.
El sol estaba muy alto en el horizonte.
—Gracias —dijo, aún sin aliento por el vuelo.
—Me llamo Russ —contestó el hombre—. Si quieres volar más, ven a verme de vez
en cuando. No tengo ningún pequeño alado propio.
La niña asintió rápidamente.
—¿Y tú? —preguntó Russ, sacudiéndose la arena de la ropa—. ¿Quién eres?
—Maris —respondió ella.

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

—Bonito nombre —dijo amablemente el alado—. Bueno, Maris, tengo que


marcharme. Espero que volemos en otra ocasión, ¿eh?
Sonrió, le dio la espalda y echó a andar playa abajo. Los dos ayudantes se
reunieron con él. Uno de ellos llevaba las alas plegadas. Mientras se alejaban, empezaron
a charlar, y el sonido de sus risas llegó hasta Maris.
De pronto echó a correr tras él, levantando la arena con los pies, intentando
igualar sus largas zancadas.
La oyó acercarse y se volvió.
—¿Sí?
—Toma —dijo ella.
Rebuscó en el bolsillo y le tendió la almeja.
La sorpresa que se reflejó en el rostro del alado dejó paso rápidamente a una
cálida sonrisa. Aceptó la almeja con toda seriedad.
La niña le rodeó con los brazos y le estrechó con intensidad salvaje. Luego se
marchó. Corría con los brazos extendidos. Tan de prisa que casi parecía volar.

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Primera parte

Tormentas
Maris cabalgó sobre la tormenta, tres metros por encima del mar, domeñando
los vientos, con las alas de tejido metálico extendidas. Voló salvaje, incansablemente,
deleitándose en el peligro y en la sensación del rocío del mar, sin que el frío le importara.
El cielo era de un ominoso color azul cobalto, los vientos soplaban y ella tenía alas. Con eso
bastaba. Si muriera ahora, moriría feliz, volando.
Voló mejor que nunca, sorteando y planeando sobre las corrientes de aire, sin
pensar, eligiendo en cada ocasión el viento ascendente o descendente que la llevaría más
lejos o más de prisa. Nunca se equivocaba, no tenía que hacer maniobras precipitadas
sobre el revuelto océano. Hacía los virajes por puro placer. Habría sido más seguro volar
alto, como un niño, muy por encima de las olas, tan arriba como le fuera posible, a salvo
de sus propios errores. Pero Maris pasaba casi rasante sobre el mar, como una alada, allí
donde una simple zambullida o un roce del ala contra el agua significaban caer del cielo. Y
morir. No se puede nadar demasiado cuando se llevan unas alas de seis metros de
envergadura.
Maris era atrevida, pero conocía los vientos.
Más allá, avistó el cuello de una escila, una cuerda sinuosa y oscura contra el
horizonte. Casi sin pensarlo, reaccionó. Con la mano derecha, tiró hacia abajo de la tira de
cuero del ala, y con la izquierda hacia arriba. Desplazó el peso del cuerpo. Las grandes
alas plateadas —de tejido fino y casi sin peso, pero inmensamente resistentes— se
movieron con ella, girando. El extremo de un ala rozó levemente la corona de espuma de
las olas, la otra se elevó. Maris captó de lleno los vientos ascendentes, y empezó a
remontarse.
Le había pasado por la mente la idea de la muerte, la muerte del cielo. Pero ella no
terminaría así, arrojada del aire como una gaviota imprudente. No serviría de comida a
un monstruo hambriento.
Minutos más tarde, sobrevoló a la escila e hizo una pausa para trazar un círculo
sobre ella, lejos de su alcance. Desde arriba, podía ver su cuerpo apenas sumergido bajo
las olas, con las hileras de negras aletas bruñidas palpitando rítmicamente. La pequeña
cabeza se mecía al extremo del largo cuello, ignorando a Maris. Quizá ya había probado
a otros alados y no le gustaba el sabor, pensó la joven.
Ahora los vientos eran más fríos, y estaban cargados de sal. La tormenta se
intensificaba, podía sentir su fragor en el aire. Maris, alborozada, dejó muy atrás a la
escila. Volvió a quedar sola, volando sin esfuerzo a través de un mundo vacío y oscuro de
mar y cielo, donde el único sonido era el del viento contra sus alas.
Poco más tarde, la isla surgió del mar. Su destino. Con un suspiro, entristecida por
el final del viaje, Maris empezó a descender.
Gina y Tor, dos de los atados a la tierra que vivían allí —Maris no sabía qué nacían
cuando no se estaban ocupando de los visitantes alados— estaban de servicio en el
banco de arena que servía como pista de aterrizaje. Describió un círculo sobre ellos para
llamar su atención. Se levantaron de la suave arena y la saludaron con las manos. La
segunda vez que pasó sobre ellos, ya estaban preparados. Maris descendió
progresivamente hasta que sus pies estuvieron a escasos centímetros del suelo. Gina y
Tor corrían por la arena, paralelos a Maris, cada uno a un lado. Los dedos de los pies de la
alada rozaron la superficie y empezó a frenar, levantando una nube de arena.
Por fin se detuvo, tendida boca abajo sobre la fría y seca arena. Se sentía
estúpida. Un alado en el suelo es como una tortuga sobre su concha; podría ponerse en
pie si fuera necesario, pero era un proceso difícil y poco digno. Aun así, había sido un buen
aterrizaje.
Gina y Tor empezaron a plegar las alas, juntura a juntura. Cada montante
acababa doblado sobre el siguiente, y el tejido que los unía quedaba fláccido. Cuando
George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

todos los extensores estuvieron apretados, las alas quedaron convertidas en dos
paquetes que colgaban del eje central, atado a la espalda de Maris.
—Esperábamos a Coll —dijo Gina mientras plegaba el último montante.
Tenía el pelo corto negro, y le colgaba a mechones alrededor de la cara.
Maris asintió con la cabeza. Coll debería haber hecho el viaje, sí, pero ella estaba
desesperada, ansiaba el aire. Había tomado las alas —aún eran las suyas— y se había
marchado antes de que él saliera de la cama.
—Tendrá tiempo de sobra para volar después de la semana que viene, supongo —
dijo Tor alegremente. Todavía tenía arena en el lacio pelo rubio, y la fría brisa marina le
hacía temblar ligeramente, pero sonreía al hablar—. Volará todo lo que quiera.
Se detuvo frente a Maris para ayudarla a desatarse las alas.
—Yo lo haré —le espetó Maris, impaciente, irritada por lo casual de sus palabras.
¿Cómo podía entenderlo? ¿Cómo podían entenderlo ninguno de los dos? Eran
atados a la tierra.
Echó a andar por el banco de arena hacia el refugio. Gina y Tor caminaban junto a
ella. Una vez en él, tomó el refrigerio habitual y, de pie junto a una enorme hoguera, se
secó y entró en calor. Respondió de manera cortante a sus amistosas preguntas,
intentando guardar silencio, intentando no pensar. Aquélla podía ser la última vez.
Respetaron su silencio porque era una alada, aunque no sin cierto disgusto. Para los
atados a la tierra, los alados eran la fuente de contacto más regular con las otras islas.
Los mares, siempre tormentosos e infestados de escilas, tigres marinos y otros
predadores, eran demasiado peligrosos como para que los viajes en barco fueran
frecuentes, excepto entre islas del mismo archipiélago. Los alados eran el nexo de unión,
y los demás acudían a ellos en busca de noticias, chismorrees, canciones, historias y
romances.
—El Señor de la Tierra te recibirá en cuanto hayas descansado un poco —dijo
Gina, tocando tímidamente a Maris en el hombro.
Ésta se sacudió la mano. Sí, pensó, a ti te basta con servir a los alados. Te
gustaría casarte con un alado, quizá con el mismo Coll, cuando crezca. Y no sabes lo que
significa para mí que Coll vaya a ser un alado y yo no.
—Ya estoy preparada —fue lo que dijo, en cambio—. Ha sido un vuelo sencillo. Los
vientos han hecho todo el trabajo.
Gina la llevó a otra habitación, donde el Señor de la Tierra esperaba su mensaje. Al
igual que la primera sala, ésta era alargada y estaba poco amueblada. Una hoguera
chisporroteaba sobre un gran lecho de piedra. El Señor de la Tierra estaba sentado en una
silla acolchada, cerca de las llamas. Cuando entró Maris, se levantó. Siempre se recibía a
los alados como a iguales, incluso en aquellas tierras donde a los Señores de la Tierra se
los adoraba como dioses y ostentaban una autoridad casi divina.
Después de intercambiar los saludos rituales, Maris cerró los ojos y dejó que
fluyera el mensaje. Ni sabía lo que decía, ni le importaba. Las palabras utilizaban su voz
sin mezclarse con su pensamiento consciente. Política probablemente, pensó,
últimamente, todo era política.
Cuando terminó el mensaje, Maris abrió los ojos y sonrió al Señor de la Tierra...
Perversa, intencionadamente, porque parecía preocupado por sus palabras. Pero el
hombre se recuperó con rapidez y le devolvió la sonrisa.
—Gracias —dijo con voz ligeramente débil—. Lo has hecho bien...
La invitaron a pasar allí la noche, pero Maris rehusó. La tormenta podía haber
cedido por la mañana. Además, le gustaba volar de noche. Tor y Gina la acompañaron al

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Refugio del viento

exterior por el camino rocoso, hasta el risco. Cada pocos metros había hogueras que
hacían seguro recorrer por la noche el retorcido sendero.
En la cima había un saliente natural que manos humanas habían hecho más ancho
y más profundo. Más allá, una caída de veinticinco metros y olas rompiendo contra la
playa rocosa. En el saliente, Gina y Tor desplegaron las alas y fijaron los montantes. El
tejido metálico quedó tenso, tirante, deslumbrante. Y Maris saltó.
El viento la captó, la elevó. Estaba volando de nuevo, con el oscuro mar por
debajo y el cielo tormentoso sobre ella. Una vez en el aire, no volvió la vista hacia los dos
pensativos atados a la tierra que la seguían con los ojos. Demasiado pronto, sería como
ellos.
No se dirigió hacia su hogar. En lugar de hacerlo, voló hacia el oeste con los
vientos de la tempestad, que ahora soplaban violentamente. Pronto llegarían el trueno y
la lluvia, y, entonces, Maris se vería obligada a remontarse sobre las nubes, donde era
menos probable que los rayos la derribasen abrasada del cielo. En casa todo estaría
tranquilo, la tormenta ya habría pasado y la gente estaría peinando la playa en busca de lo
que los vientos hubieran arrastrado. Hasta era posible que atrapasen unas cuantas
doradas. Así no se habría perdido por completo el día de pesca.
El viento cantó en sus ojos, la empujó, y ella nadó en la corriente celeste con
elegancia. Entonces, extrañamente, pensó en Coll. Y, en el acto, perdió el viento. Agitó las
alas, cayó en picado y consiguió volver a remontarse con brusquedad, tanteando,
buscándolo. Y maldiciéndose a sí misma. Siempre había sido maravilloso... ¿por qué tenía
que terminar así? Éste podía ser su último vuelo, tenía que ser el mejor. Pero era inútil:
había perdido la seguridad. El viento y ella ya no eran amantes.
Empezó a volar enfrentándose a la tormenta, luchando sombríamente, peleando
hasta que tuvo los músculos agotados y doloridos. Entonces ganó altura. No es seguro
volar cerca del agua cuando se ha perdido el sentido del viento.
Estaba exhausta, agotada por la pelea, cuando alcanzó a ver la cara rocosa del
Nido de Águilas y comprendió lo mucho que había avanzado.
El Nido de Águilas no era sino una gran roca que se alzaba sobre el mar, un
ruinoso torreón de piedra rodeado por una espuma furiosa, allí donde las olas rompían
contra sus altos muros escarpados. No era una isla: allí no crecía nada que no fueran
líquenes resistentes. Pero, aun así, los pájaros hacían nidos en los escasos rincones
protegidos y, sobre la roca, los alados habían construido su nido. Aquí, donde ningún
barco podía anclar, donde sólo los alados —aves y humanos— tenían acceso, se alzaba su
refugio de piedra oscura.
— ¡Maris!
Al oír su nombre, levantó los ojos y vio a Dorrel descendiendo hacia ella, riendo,
con las alas oscuras contra las nubes. En el último momento, Maris le esquivó, echándose
bruscamente a un lado y saliendo de la línea de su picado. Dorrel la persiguió alrededor
del Nido de Águilas, y Maris olvidó que estaba cansada y dolorida para sumergirse de lleno
en el puro gozo de volar.
Cuando por fin descendieron, las lluvias acababan de empezar. Venían del Este,
aullantes, azotándoles el rostro y golpeando duramente contra sus alas. Maris se dio
cuenta de que estaba aterida de frío. Se posaron en un suave lecho de arena tendido sobre
la roca sólida, sin ayuda de nadie, y Maris se deslizó tres metros en el repentino lodo antes
de detenerse. Tardó cinco minutos en ponerse en pie y desatar las tres tiras de cuero que
le rodeaban el cuerpo. Ató cuidadosamente las alas a una traílla de cuerda y, luego, se
dirigió hacia uno de los extremos para empezar a plegarlas.
Para cuando terminó, los dientes le castañeteaban convulsivamente y tenía los
brazos rígidos. Dorrel se detuvo en seco mientras la contemplaba trabajar. Llevaba sus
propias alas, perfectamente dobladas, colgadas de un hombro.

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

—¿Llevabas mucho tiempo fuera? —preguntó—. Debí dejarte aterrizar. Lo siento,


no me di cuenta. Supongo que has venido todo el camino con la tormenta de frente. Mal
tiempo, yo también me he encontrado con algunos vientos cruzados. ¿Estás bien?
—Oh, sí. Estaba cansada... Pero no demasiado. Ahora ya no. Me alegro de que
estuvieras aquí para recibirme. Ha sido un buen vuelo, me hacía falta. La última parte
del viaje fue la peor... Hubo un momento en que pensé que me caía. Pero volar bien es
mejor que descansar.
Dorrel se echó a reír y la rodeó con un brazo. Maris se dio cuenta de lo cálido que
era su contacto después del vuelo y, en contraste, de lo fría que estaba ella. Él también lo
advirtió y la estrechó con más fuerza.
—Entremos antes de que te congeles. Garth ha traído unas cuantas botellas de
Kivas de las Shotans, y ya debe de haber calentado una. Entre el kivas y nosotros,
conseguiremos que entres en calor.
El cuarto de descanso del refugio estaba cálido y alegre, como siempre, pero casi
vacío. Garth, un bajo y musculoso alado cinco años mayor que ella, era el único ocupante.
Alzó la vista y les llamó por sus nombres. Maris quiso responder, pero tenía la garganta
tensa por la añoranza y los dientes apretados. Dorrel la llevó junto a la hoguera, donde
se encontraba su amigo.
—Soy un estúpido alas de madera por obligarla a volar con este frío —dijo Dorrel—.
¿Está caliente el kivas? Sírvenos un poco.
Rápida y eficazmente, se quitó las ropas húmedas y embarradas. De un montón
cercano a la hoguera, cogió dos grandes toallas.
— ¿Por qué crees que voy a desperdiciar mi kivas contigo? —gruñó Garth—. Con
Maris sí, por supuesto, porque es preciosa y una estupenda alada.
Hizo una reverencia burlona en dirección a ella.
—Vas a desperdiciar tu kivas conmigo —repuso Dorrel frotándose enérgicamente
con la toalla—, a menos que quieras desperdiciarlo todo por el suelo.
Garth replicó, y ambos intercambiaron insultos y amenazas con voces lacónicas.
Maris no les prestó atención, ya les había visto hacer lo mismo otras veces. Se sacudió el
agua del pelo, observando las manchas que formaba la humedad en las piedras del hogar
y lo rápidamente que se evaporaban. Miró a Dorrel e intentó memorizar su cuerpo
esbelto y musculoso —un buen cuerpo de alado—, y la rápida sucesión de expresiones en
su rostro mientras discutía con Garth. Pero éste, al sentir la mirada de Maris, se volvió y
sus ojos se suavizaron. La última puya de Garth quedó flotando en el silencio. Dorrel tocó
suavemente a Maris, recorriendo con un dedo la línea de su mandíbula.
—Todavía estás tiritando. —Tomó la toalla con sus manos y la envolvió con ella—.
Saca esa botella del fuego antes de que explote, Garth, a ver si podemos entrar en
calor.
El kivas, un vino especiado caliente, aromatizado con pasas y nueces, se sirvió en
grandes tazones de piedra. El primer sorbo hizo correr hilos de fuego por las venas de
Maris, y los temblores se detuvieron.
Garth le dedicó una sonrisa.
—Está bueno, ¿verdad? No es que Dorrel sepa apreciarlo, claro. Compré una
docena de botellas a un viejo pescador. El tipo las había encontrado entre los restos de
un naufragio, no sabía lo que tenía, y su esposa no le dejaba meterlas en casa. Le di
unas cuantas chucherías a cambio, unos abalorios de metal que llevaba para mi
hermana.
—¿Y qué vas a llevarle ahora a tu hermana? —preguntó Maris entre dos sorbos de
kivas.

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Garth se encogió de hombros.


—¿A ella? Bueno, de todos modos, era una sorpresa. Le llevaré algo de Poweet
la próxima vez que vaya. Unos huevos pintados.
—Si no encuentras nada por lo que intercambiarlos en el camino de vuelta —señaló
Dorrel—. Si alguna vez llevas una sorpresa a tu hermana, Garth, la conmoción será mayor
que la alegría. Eres un comerciante nato. Creo que hasta venderías las alas, si te hicieran
una buena oferta.
Garth se indignó.
—Cierra la boca cuando digas eso, pájaro. —Luego se dirigió a Maris—. ¿Cómo está
tu hermano? No le veo nunca.
Maris tomó otro sorbo de kivas, sosteniendo el tazón con ambas manos para que no
temblara.
—Llegará a la edad la semana que viene —dijo cuidadosamente — . Entonces, las
alas serán suyas. No estoy al tanto de sus idas y venidas. A lo mejor no le gusta vuestra
compañía.
—¿Eh? —se sorprendió Garth —. ¿Y por qué no? —Parecía ofendido. Maris movió
una mano y se obligó a sonreír. Lo había dicho en broma—. A mí me cae muy bien —siguió
Garth — . Nos cae bien a todos, ¿verdad. Dorrel? Es muy joven, un poco callado, y quizá
demasiado cauteloso. Pero mejorará. Es diferente... ¡Pero qué historias cuenta! ¡Y cómo
canta! Los atados a la tierra adorarán sus alas. —Garth sacudió la cabeza, maravillado—.
¿Dónde aprende esas canciones? Yo he viajado más que él, pero...
—Las compone él —dijo Maris.
—¿Él mismo? —Garth estaba impresionado—. Entonces, será nuestro bardo.
En la próxima competición, le arrebataremos el premio a los del Archipiélago Oriental. El
Archipiélago Occidental siempre ha tenido los mejores alados —dijo lealmente —, pero
nuestros bardos nunca han merecido ese título.
—Yo canté por el Occidental en el último encuentro —objetó Dorrel.
—A eso me refiero.
—Pues tú aúllas como un tigre marino.
—Sí —concedió Garth—, pero no me hago ilusiones sobre mis habilidades.
Maris se perdió la réplica de Dorrel, no estaba atenta al diálogo. Contemplaba las
llamas mientras pensaba y acunaba la bebida, todavía caliente. Se sentía en paz aquí, en
el Nido de Águilas, incluso después de que Garth mencionara a Coll. Y extrañamente
cómoda. En la roca de los alados no vivía nadie, pero era el hogar de todos. Su hogar. Se
le hacía duro pensar que no volvería allí.
Recordó la primera vez que había visto el Nido de Águilas, hacía seis años,
pocos días después de llegar a la edad. Era una niña de trece años, orgullosa de haber
volado sola hasta tan lejos, pero también asustada y tímida. Dentro del refugio se
encontró con una docena de alados sentados alrededor de una hoguera, bebiendo y
riendo. Estaban celebrando una fiesta, pero se detuvieron para dedicarle sus sonrisas.
Garth era por aquel entonces un joven silencioso, y Dorrel un chico delgado poco mayor
que ella. Maris no conocía a ninguno de los dos. Pero Helmer, un alado de mediana edad,
procedente de una isla cercana a la suya, estaba entre los asistentes y se encargó de las
presentaciones. Incluso ahora, Maris recordaba los rostros, los nombres: la pelirroja
Annis de Culhall, Foster —que luego había engordado demasiado como para volar—,
Jamis el Mayor, y, sobre todo, el apodado Cuervo, un joven arrogante, vestido de piel
negra y metal, que había ganado los premios de tres competiciones seguidas para el
Archipiélago Oriental. Había alguien más, una rubia larguirucha que venía de las Islas
Exteriores. La fiesta era en su honor. Muy pocas veces uno de los Exteriores había volado
tan, tan lejos.

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Todos le dieron la bienvenida a Maris y, muy pronto, pareció reemplazar a la alta


rubia como invitada de honor. A pesar de su edad, le dieron vino, le hicieron cantar con
ellos, y le contaron historias sobre vuelos, muchas de las cuales ya conocía, pero nunca las
había oído de aquella manera. Por fin, cuando ya se sentía parte del grupo, dejaron de
prestarle atención y la fiesta retomó su curso normal.
Fue una fiesta extraña, inolvidable, y un incidente en particular quedó grabado con
letras de oro en su recuerdo. Cuervo, el único alado oriental del grupo, había soportado
muchos comentarios. Por fin, un poco bebido, se rebeló.
—Decís que sois alados —protestó con una voz restallante que Maris no olvidaría
jamás—. Venid, venid conmigo, y os enseñaré lo que es volar.
Y toda la fiesta se había trasladado al exterior, al risco del Nido de Águilas, el más
alto de todos. Ciento ochenta metros en vertical. Abajo, las rocas surgían del mar como
colmillos afilados, y las olas rompían contra ellas con toda su furia. Cuervo, con las alas
plegadas, se adelantó hasta el borde. Desplegó cuidadosamente los tres primeros
segmentos y pasó los brazos por debajo de los arneses. Pero no fijó las alas: las junturas
seguían moviéndose, y los segmentos desplegados se movían atrás y adelante con sus
brazos, flexibles. Mantuvo el resto de los segmentos plegados en las manos.
Maris se estaba preguntando qué pretendía. Pronto lo averiguó.
Echó a correr, y saltó tan lejos como pudo del acantilado de los alados. Con las
alas todavía plegadas.
La niña dejó escapar un grito y corrió hacia el borde. Los demás la siguieron,
algunos pálidos, unos pocos sonriendo. Dorrel se quedó junto a ella.
Cuervo caía en picado, como una roca, con los brazos a los costados y el tejido de
las alas ondeando como una capa. Caía de cabeza, y el descenso pareció durar una
eternidad.
Entonces, en el último momento, cuando ya estaba casi sobre las rocas, cuando
Maris ya casi podía sentir el impacto... De pronto, unas alas de plata brillaron bajo la luz
del sol. Unas alas que habían surgido de la nada. Cuervo captó los vientos y voló.
Maris estaba deslumbrada, pero Jamis el Mayor, el alado más anciano del
Archipiélago Occidental, se había limitado a reírse.
—El truco de Cuervo —dijo—. Se lo he visto hacer dos veces más. Engrasa las
junturas de las alas. Después de un rato de caída libre, las sacude con todas sus fuerzas.
Entonces, cada segmento libera al siguiente. Muy bonito, sí. Podéis jurar que lo ha
practicado muchas veces antes de hacerlo delante de nadie. Cualquier día de estos, una
de las junturas se quedará trabada y no tendremos que seguir aguantando a Cuervo.
Pero ni siquiera aquellas palabras consiguieron empañar la magia. Maris había
visto a muchos alados impacientarse con los atados a la tierra que les ayudaban, y
terminar de abrir las alas, los dos últimos segmentos como mucho, con una sacudida
seca. Pero nunca algo como aquello.
Cuando se reunió con ellos en el punto de aterrizaje, Cuervo empezó a jactarse.
—El día que hagáis eso —dijo a los demás—, entonces podréis llamaros alados.
Era un jovenzuelo presuntuoso y engreído, pero en aquel momento y durante los
años siguientes, Maris creyó estar enamorada de él.
Sacudió la cabeza con pesadumbre y apuró el kivas. Ahora, todo aquello parecía
estúpido. Cuervo murió dos años después de la fiesta, desapareció en el mar sin dejar
rastro. Cada año morían una docena de alados y, por lo general, sus alas se perdían con
ellos. Podían caer y ahogarse si volaban mal, las escilas de cuello largo atacaban a los
descuidados, las tormentas los derribaban del cielo y los rayos perseguían el metal de las
alas... Sí, un alado podía morir de muchas maneras. Según sospechaba Maris, la mayoría
de ellos perdían la orientación y no llegaban a su destino: volaban a ciegas hasta que

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caían agotados. Quizá unos pocos tropezaran con aquella rara y temida amenaza, el aire
quieto. Pero Maris sabía ahora que Cuervo siempre fue un candidato a la muerte con más
probabilidades que los otros. Era un alado temperamental y alocado que carecía del
sentido del cielo.
La voz de Dorrel la arrancó de sus recuerdos.
—Maris —dijo—, oye, no te duermas encima de nosotros.
Maris se irguió y vació el tazón, todavía buscando la calidez que había contenido.
Con un esfuerzo, extendió la mano y recogió su jersey.
—No está seco —protestó Garth.
—¿Tienes frío? —preguntó Dorrel.
—No, pero ya es hora de que me vaya.
—Estás demasiado cansada —dijo Dorrel—. Quédate a pasar la noche.
Maris apartó los ojos de los suyos.
—No puedo. Estarán preocupados.
Dorrel suspiró.
—Entonces, llévate ropa seca. —Se levantó y se dirigió al otro extremo de la sala,
hacia un armario de madera tallada. Abrió las puertas—. Ven aquí, elige algo de tu talla.
Maris no se movió.
—Será mejor que me lleve mis propias ropas. No volveré.
Dorrel maldijo en voz baja.
—Maris. No hagas las cosas más... Ya me entiendes. Vamos, elige ropa. Puedes
quedártela, lo sabes. Si quieres, deja la tuya a cambio. No permitiré que te vayas con la
ropa empapada.
—Lo siento —dijo Maris.
Garth le sonrió mientras Dorrel esperaba. Se levantó lentamente, arropándose
más con la toalla cuando se apartó del fuego. Las puntas de su oscuro pelo corto se le
pegaban, húmedas y frías, al cuello. Con la ayuda de Dorrel, rebuscó entre los montones
de ropa hasta encontrar unos pantalones y un jersey marrón de lana adecuados a su
esbelta constitución. Dorrel la contempló mientras se vestía. Rápidamente eligió ropas
para sí mismo. Después, los dos se acercaron a la puerta y descolgaron las alas. Maris
recorrió las junturas con dedos largos y fuertes, en busca de puntos flacos o deteriorados.
Las alas fallaban en muy escasas ocasiones pero, cuando sucedía, el problema estaba
siempre en las junturas. El tejido metálico en sí era brillante, suave y resistente como
cuando los navegantes de las estrellas llegaron a este mundo. Satisfecha, Maris se puso
las alas. Estaban en perfectas condiciones. Coll podría utilizarlas durante años y, después
de él, sus hijos. Durante generaciones.
Garth se había levantado y estaba junto a ella. La miró.
—No se me da bien hablar, como a Coll, o a Dorrel —empezó—. Yo... Bueno.
Adiós, Maris.
Enrojeció. Parecía deprimido. Los alados no se dicen adiós entre ellos. Pero yo
no soy una alada, pensó Maris, así que abrazó a Garth, le besó y le dijo adiós, la palabra
de los atados a la tierra.
Dorrel salió con ella. Los vientos eran fuertes, como siempre en el Nido de
Águilas, pero la tormenta había pasado. La humedad del aire provenía sólo del salpicar
de las olas. Sin embargo, no había estrellas.

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—Al menos, quédate a cenar —pidió Dorrel—. Garth y yo nos pelearemos por el
placer de servirte.
Maris sacudió la cabeza. No debería haber venido. Debería haber volado
directamente a casa, sin decir adiós a Garth o a Dorrel. Hubiera sido más fácil no llegar
hasta el final, fingir que las cosas siempre serían iguales, y luego desaparecer. Cuando
llegaron al alto risco de los alados, buscó la mano de Dorrel y los dos se quedaron allí
largo rato, en silencio.
—Maris —dijo Dorrel al final, titubeando. Miró directamente hacia el mar, de pie al
lado de la joven, sosteniéndole la mano—. Maris, podemos casarnos. Compartiría las alas
contigo, podrías volar de vez en cuando.
Maris dejó caer la mano y se sintió enrojecer de vergüenza. Dorrel no tenía
derecho; era una crueldad fingir así.
—No —dijo en un susurro—. Las alas no son tuyas, no puedes compartirlas.
—Tradición —murmuró, desesperado. Maris habría jurado que también él se sentía
avergonzado. Quería ayudarla, no empeorar las cosas—. Podríamos intentarlo. Las alas
serían mías, pero tú las utilizarías...
—Oh, Dorrel, no. El Señor de la Tierra, tu Señor de la Tierra, nunca lo permitiría.
Es más que una tradición, es una ley. Te quitarían las alas y se las darían a alguien más
respetuoso, como hicieron con Lind el contrabandista. Además, aunque huyéramos a un
lugar sin ley o sin Señores de la Tierra, a un sitio donde estuviéramos solos... ¿Cuánto
tiempo soportarías compartir las alas, conmigo o con nadie? ¿No lo ves? Llegaríamos a
odiarnos el uno al otro. No soy una niña que pueda practicar mientras tú descansas. No
podría vivir así, volando por caridad, sabiendo que las alas nunca serían mías. Y tú
acabarías cansándote de ver cómo te miraba... Al final... Oh...
Se interrumpió, inclinando la cabeza.
Dorrel guardó silencio un instante.
—Lo siento, Maris —dijo—. Quería hacer algo para ayudarte. Me resulta
insoportable saber lo que va a sucederte. Quería darte algo, no puedo ni pensar que vas
a convertirte en...
Ella le tomó la mano otra vez y se la apretó.
—Sí, sí. Shh.
—Sabes que te quiero. ¿Verdad, Maris?
—Sí. sí. Y yo también te quiero, Dorrel. Pero... Nunca me casaré con un alado.
Ahora, no. No podría. Le mataría para quedarme con sus alas.
Le miró, intentando mitigar las cruda verdad que encerraban sus palabras. No lo
consiguió.
Se abrazaron el uno al otro, al borde del acantilado, ya cerca el momento de la
partida. Con la presión de sus cuerpos, intentaron decirse todo lo que hubieran querido
formular. Luego se separaron y se miraron a través de las lágrimas.
Maris empezó a desplegar las alas, temblorosa. De pronto, volvía a tener frío.
Dorrel intentó ayudarla, pero los dedos de ambos se enredaron. Los dos se rieron de su
propia torpeza. Maris dejó que le desplegara las alas. Cuando ya tenía una completamente
extendida y casi la otra, recordó repentinamente a Cuervo, e hizo señal a Dorrel de que se
apartara. Asombrado, el joven la contempló. Maris levantó el ala como una experta en el
aire, y desplegó la última juntura con un golpe limpio y seco. Ya estaba preparada para
partir.
— Vuela bien —dijo por fin Dorrel.
Maris abrió la boca y luego la cerró, asintiendo como una tonta.

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—Tú también —consiguió decir—. Cuídate, hasta...


Pero no pudo añadir la última mentira, y tampoco logró decirle adiós. Dio la
vuelta, se alejó de él corriendo, y se lanzó desde el Nido de Águilas, transportada por los
vientos de la noche hacia un cielo oscuro y frío.
Fue un vuelo largo y solitario, sobre un mar donde se reflejaban las estrellas y
nada se movía. Los vientos del Este eran constantes y obligaban a Maris a virar muy a
menudo, perdiendo tiempo y velocidad. Para cuando vio la luz del torreón de Amberlis
Menor, la isla que era su hogar, ya había pasado la medianoche.
Había otra luz más abajo, en la playa de aterrizaje. La vio mientras descendía con
suave facilidad, y pensó que serían los encargados del refugio. Pero su servicio había
terminado hacía varias horas: pocos alados volaban tan tarde. Con un nudo en la garganta
y la sorpresa reflejada en el rostro, tomó tierra bruscamente, sin ninguna elegancia...
Maris consiguió ponerse en pie con dificultad y empezó a desatarse las correas de
las alas. No era ninguna novata, no debería haberse dejado distraer en el momento del
aterrizaje. La luz avanzó hacia ella.
—Así que has decidido volver —dijo la voz, dura y furiosa.
Era Russ, su padre —en realidad, su padrastro— el que se acercaba a ella con la
lámpara en la mano sana. El brazo derecho le colgaba a lo largo del cuerpo, inerte e
inútil.
—Pasé primero por el Nido de Águilas —dijo Maris a la defensiva—. No estabas
preocupado.
—Se suponía que volaría Coll, no tú.
Los rasgos del alado estaban rígidos.
—Estaba en la cama —dijo Maris—. Es muy lento, sabía que se le escaparían los
mejores vientos de la tormenta. No habría captado nada, excepto la lluvia, habría tardado
una eternidad en llegar. Si llegaba. Todavía no se le da bien volar con lluvia.
—Pues tendrá que aprender. El chico tiene que cometer errores ahora. Has sido
su maestra, pero pronto las alas serán para él. Coll es el alado, no tú.
Maris se tambaleó como si la hubieran golpeado. Éste era el hombre que la había
enseñado a volar, el que tan orgulloso estaba de ella y de cómo sabía instintivamente
qué hacer. Las alas serían para ella, Russ se lo había dicho más de una vez, aunque por
las venas de la muchacha no corriera su sangre. Su esposa y él la habían adoptado
cuando pareció que jamás tendrían un hijo propio que heredase las alas. Luego Russ
sufrió el accidente, perdió el cielo, y era importante encontrar un alado que le
sustituyera. Si no era alguien de su sangre, entonces una persona a la que quisiera. Su
esposa se negó a aprender. Llevaba treinta y cinco años de vida atada a la tierra, y no
tenía la menor intención de saltar de ningún risco, con alas o sin ellas. Además, era
demasiado tarde. Los alados tenían que aprender desde muy jóvenes. Así que Russ
adiestró a Maris, la adoptó y llegó a quererla. A Maris, la hija del pescador, la que prefería
contemplar el risco de los alados a jugar con los demás niños.
Y entonces, contra toda probabilidad, nació Coll. Su madre murió tras el largo
y difícil parto. Maris, que por entonces era una chiquilla, recordaba una noche oscura
llena de gente que corría, y luego a su padrastro llorando a solas en un rincón. Pero Coll
vivió. Maris se vio convertida de repente en una niña madre, cuidó de él y le quiso. Al
principio no se esperaba que el bebé sobreviviese. Maris se alegró cuando lo logró. Y,
durante tres años, le quiso como a un hermano y como a un hijo, mientras ella
practicaba con las alas bajo la mirada atenta de su padre.
Hasta la noche en que ese mismo padre le dijo que Coll. el bebé Coll. se
quedaría con las alas de Maris.

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—Soy mejor alada de lo que nunca será él —dijo Maris ahora, en la playa, con
voz temblorosa.
—No lo discuto. Pero no importa. Coll lleva mi propia sangre.
—¡No es justo! —gritó, dejando escapar la protesta que albergaba en su
interior desde el día en que llegó a la edad.
Para entonces, Coll ya era un niño fuerte y sano. Demasiado pequeño todavía
para llevar alas, pero serían para él el día que llegara a la edad. Maris no tenía
derecho a ellas. Ésa era la ley de los alados que se venía observando durante
generaciones, que se remontaba a los tiempos de los navegantes de las estrellas, los
legendarios forjadores de las alas. El primogénito de cada familia de alados heredaba
las alas de su progenitor. La habilidad no contaba para nada. Era una ley de
herencia, y Maris provenía de una familia de pescadores que no tenían nada que
dejarle a excepción de los restos de un bote de madera.
—Justo o no, es la ley. Maris. Hace mucho que lo sabes, aunque hayas preferido
ignorarlo. Durante años, has jugado a ser una alada. Y te he dejado porque te quería
y porque Coll necesitaba un maestro, un buen maestro. Esta isla es demasiado
grande para depender sólo de dos alados. Pero siempre supiste que llegaría este día.
Podría decirlo más amablemente, pensó Maris, furiosa. Russ debía saber lo que
significaba perder el cielo.
—Ahora. ven conmigo — dijo el hombre —. No volverás a volar. Las alas seguían
completamente extendidas, sólo le había dado tiempo a desatar una correa.
Huiré —dijo con rabia—. No volverás a verme. Iré a alguna isla donde no
tengan alados. Se alegrarán de que me quede en ella, y no les importará cómo
conseguí las alas.
No —negó su padre con voz triste—. Los otros alados evitarían esa isla, como
hicieron después de que el loco Señor de Kennehut ejecutara al Alado Que Traía Malas
Noticias. No importa donde vayas, te quitarían las alas robadas. Ningún Señor de la
Tierra correría el riesgo.
¡Entonces, las romperé! —gritó Maris, al borde de la histeria—. ¡Y Coll no
volverá a volar, igual que... que...!
El cristal se estrelló contra la piedra cuando su padre dejó caer la lámpara de
aceite, y la luz se apagó. Maris sintió la presión de sus manos.
—No podrías hacerlo aunque quisieras. Y no le harías eso a Coll. Pero dame las
alas.
—No pienso...
—No sé lo que piensas. Pensé que esta mañana querías suicidarte, que habías
salido para morir en la tormenta. Sé cómo te sientes, Maris. Por eso tenía tanto
miedo, por eso estaba tan enfadado. No le eches la culpa a Col 1.
—No le culpo. Y no me interpondría entre las alas y él... Pero yo quiero
volar, lo necesito... Padre, por favor...
Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas y se acercó a él, en busca de
consuelo.
—Lo entiendo, Maris —dijo. No podía rodearla con el brazo sano, las alas lo
impedían—. Pero no puedo hacer nada. Las cosas son así. Tendrás que aprender a
vivir sin las alas, como he hecho yo. Al menos, las has tenido por un tiempo. Sabes lo
que es volar.
—¡Eso no basta! —gritó ella llorosa, testaruda—. Pensaba que sí cuando era
una niña y ni siquiera te conocía, cuando no era nada y tú eras el mejor alado de
Amberly. Os miraba a ti y a los otros desde el risco, y solía pensar que, si tuviera alas,

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aunque sólo fuera por un momento, sería suficiente. Pero no lo es, no lo es. No puedo
prescindir de ellas.
El rostro de su padre ya no era severo. Le rozó la mejilla cariñosamente,
secándole las lágrimas.
—Quizá tienes razón —dijo con voz lenta, grave — . Quizá no hice bien. Pensé
que si te dejaba volar un poco, durante un tiempo, sería mejor que nada, un hermoso
regalo. Pero no lo ha sido, ¿verdad? Ahora nunca serás feliz. Has volado, nunca
podrás ser una atada a la tierra más.
Se detuvo bruscamente, y Maris comprendió que hablaba de sí mismo tanto
como de ella.
La ayudó a desatarse y a plegar las alas, y caminaron juntos hacia casa.
La casa era una sencilla estructura de madera, rodeada de árboles y terrenos.
Por la parte de atrás corría un arroyuelo. Los alados vivían bien. Russ le deseó
buenas noches nada más cruzar la puerta y subió al piso superior, llevándose las alas.
¿Habría perdido de verdad la confianza en ella?, se preguntó Maris. ¿Qué he hecho? Y
sintió que las lágrimas volvían a pugnar por salir.
Pero, en vez de echarse a llorar, se dirigió hacia la cocina. Encontró queso,
carne fría y té, y llevó todo en una bandeja al comedor. En el centro de la mesa había
un candelabro de barro en forma de recipiente. Lo encendió y comió mientras
contemplaba danzar la llama.
Coll entró cuando estaba terminando, y se detuvo en la puerta, titubeante.
—Hola, Maris —dijo inseguro—. Me alegro de que hayas vuelto. Te estaba
esperando.
Era alto para sus trece años, y tenía un cuerpo esbelto de líneas armoniosas,
cabello rubio rojizo y los primeros atisbos de un bigote.
—Hola, Coll —le respondió Maris—. No te quedes ahí, siento haberme llevado las
alas.
Se sentó.
—No me importa, ya lo sabes. Vuelas mejor que yo, y... bueno... ya sabes. ¿Se
enfadó mucho padre?
Maris asintió.
Coll parecía triste y asustado.
—Ya sólo queda una semana, Maris. ¿Qué vamos a hacer?
El chico miraba directamente a la vela, no a ella.
Maris suspiró y le puso una mano consoladora en el brazo.
—Haremos lo que tenemos que hacer, Coll. No hay elección posible.
Lo habían discutido en otras ocasiones, conocía la agonía de su hermano tanto
como la suya propia. Era su hermana, casi su madre, y el niño había compartido con ella
su vergüenza y su secreto. Aquélla era la ironía definitiva.
El pequeño Coll la estaba mirando, como un niño a su madre. Aunque ahora sabía
que estaba tan indefensa como él, todavía le quedaban esperanzas.
—¿Por qué no tenemos elección? No lo entiendo. Maris suspiró otra vez.
—Es la ley, Coll. No podemos ir contra la tradición, lo sabes. Todos tenemos unos
deberes que cumplir. Si pudiéramos elegir, yo me quedaría con las alas, yo sería la alada.
Y tú podrías convertirte en bardo. Los dos estaríamos orgullosos, sabríamos que somos
los mejores en lo que hacemos. Atada a la tierra, la vida será muy dura. Quiero estas alas

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más que nada en el mundo. Yo las he tenido, no es justo que me las quiten, pero quizá...
Quizá sí es justo y yo no sé verlo. Gente más sabia que nosotros ha decidido que las cosas
deben ser como son. Y quizá, quizá, me estoy comportando como una chiquilla que quiere
que las cosas se hagan a su modo.
Coll se humedeció los labios, nervioso.
—No .
Maris le miró interrogante.
El chico sacudió la cabeza, testarudo.
—No está bien, Maris, no es justo. No quiero volar, no quiero llevarme tus alas.
Todo esto es una tontería. Te estoy haciendo daño, y no quiero, pero tampoco quiero
hacer daño a padre. ¿Cómo podría decírselo? Soy su heredero y todo eso, se supone que
tengo que tomar las alas. Me odiaría si no lo hago. Las canciones nunca hablan de
alados que tienen miedo a volar, como yo. Los alados no tienen miedo. No valgo para ser
un alado.
Las manos le temblaban visiblemente.
—No te preocupes, Col!. Todo se arreglará, de verdad. No hay nadie que no haya
tenido miedo al principio. Yo también estaba asustada.
No tenía planeada la mentira. Simplemente, escogía las palabras necesarias para
tranquilizarle.
—¡Pero no es justo! —sollozó el chico—. No quiero dejar de cantar, y si vuelo no
podré cantar, no como Barrion, no como me gustaría. ¿Por qué tienen que obligarme?
¿Por qué no puedes ser tú la alada, como quieres, Maris? ¿Por qué?
Le miró. También ella estaba al borde de las lágrimas. No tenía respuesta, ni para
Coll ni para ella misma.
—No lo sé —dijo con voz vacía—. No lo sé, pequeño. Pero así es como se han
hecho siempre las cosas, y así es como deben ser.
Se miraron el uno al otro, los dos atrapados, encerrados por una ley más antigua
que ellos y una tradición que no comprendían. Impotentes y doloridos, hablaron a la luz
de la vela, repitiendo las mismas cosas una y otra vez hasta que, mucho más tarde, se
fueron a la cama sin haber resuelto nada.
Pero una vez sola, en su lecho, el resentimiento volvió a inundar a Maris, junto
con las sensaciones de pérdida y de vergüenza. Lloró hasta quedarse dormida y soñó con
los tormentosos cielos color púrpura por los que nunca volaría.

La semana le pareció eterna.


Durante aquellos días interminables, Maris se dirigió una docena de veces al risco
de los alados para contemplar impotente el mar, con las manos en los bolsillos. Vio botes
de pescadores, gaviotas y, en una ocasión, una manada de tigres marinos color gris, muy,
muy a lo lejos. Todo contribuía a hacer más dolorosa la pérdida: el repentino menguar
del mundo que conocía, la manera en que los horizontes parecían encogerse a su
alrededor... Pero no podía dejar de ir allí. Así que se quedaba de pie, saboreando el
viento, aunque lo único que volaba eran sus cabellos.
En una ocasión, vio a Coll observándola de lejos. Ninguno de los dos mencionó el
incidente.
Russ guardaba las alas, las alas de él. Siempre habían pertenecido al hombre, le
pertenecerían hasta que Coll las tomase. Cuando Amberly Menor necesitaba un alado,
Corm respondía a la llamada desde el otro extremo de la isla. O lo hacía Shalli, que ya
volaba cuando Maris era sólo una chiquilla que estaba aprendiendo lo más básico, a

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adquirir el sentido del cielo. En lo que a su padre concernía, la isla no tenía un tercer
alado, y no lo tendría hasta que Coll reclamara lo que le pertenecía por derecho de
nacimiento.
También había cambiado su actitud hacia Maris. A veces se enfurecía con ella
cuando la encontraba meditabunda y triste, otras la rodeaba con el brazo sano y sólo le
faltaba llorar. No encontraba un término medio entre la ira y la piedad, se sentía
impotente y trataba de evitarla. Pasaba mucho tiempo con Coll, emocionado y
entusiasmado. El niño, un hijo obediente, intentaba hacerse eco de los sentimientos de
su padre. Pero Maris sabía que también él daba frecuentes y largos paseos y que pasaba
mucho tiempo a solas con su guitarra.
Un día antes de que Coll tuviera la edad, Maris se sentó en el risco de los alados
con las piernas colgando sobre el vacío, contemplando cómo Shalli trazaba arcos
plateados en el cielo del mediodía. Buscando
tigres marinos para los pescadores, le había dicho la alada. Pero Maris sabía
que no. Había volado el tiempo suficiente para reconocer un vuelo de placer cuando lo
veía. Incluso ahora, sentada allí, atrapada, sentía el eco lejano de la alegría. Algo se
rompía dentro de ella cuando Shalli trazaba un círculo y los rayos de sol arrancaban
destellos plateados de las al as.
¿Así termina todo?, se preguntó Maris. No puede ser. No, así empezó. Lo
recuerdo.
Y lo recordaba. A veces, pensaba que había estado observando a los alados
antes incluso de saber andar, aunque su madre, su verdadera madre, le decía que no.
Pero Maris conservaba vividos recuerdos del risco. Casi todas las semanas se escapaba
para venir aquí cuando tenía cuatro o cinco años. Allí —aquí—, se sentaba para
contemplar el ir y venir de los alados. Su madre siempre la encontraba, y siempre
estaba enfadada.
—Eres una atada a la tierra, Maris —le decía después de darle una azotaina—.
No pierdas el tiempo con sueños estúpidos. No he educado a mi hija para que sea una
Alas de Madera.
Era una vieja leyenda popular. Su madre se la contaba una y otra vez cuando la
atrapaba en el risco. Alas de Madera era el hijo de un carpintero. Quería ser un alado.
Pero, por supuesto, no venía de una familia de alados. Según la historia, no le
importaba. No hizo caso a las advertencias de amigos y familiares, no quería otra cosa
que el cielo. Por fin, en el taller de su padre, se construyó un hermoso par de alas.
Grandes alas de mariposa, de madera tallada y pulida. Todos dijeron que eran muy
bonitas, todos excepto los alados. Los alados se limitaron a sacudir la cabeza en
silencio. Alas de Madera subió al risco de los alados. Le estaban esperando allí, callados,
en un círculo, brillantes y serenos a la luz del atardecer. Alas de Madera corrió a
reunirse con ellos, y cayó hacia su muerte.
— La moraleja —concluía siempre la madre de Maris—, es que no se debe
intentar ser lo que no se es.
Pero ¿era ésa la moraleja? Cuando era niña, a Maris no se le ocurrió pensarlo.
Se limitó a considerar que Alas de Madera era tonto. Pero, al crecer, recordó la
historia a menudo. Y en ocasiones pensaba que su madre no la había entendido en
absoluto. Alas de Madera lo había conseguido, pensó Maris. Había volado, aunque sólo
fuera un instante. Y eso valía cualquier sacrificio, incluso la muerte. Era una muerte
de alado. Y los otros, los alados, no acudieron a burlarse de él, ni a avisarle. No,
volaron para escoltarle, porque sólo era un principiante y le comprendían. Los atados
a la tierra solían reírse de Alas de Madera. Su nombre se había convertido en
sinónimo de estupidez. Pero un alado que oyera la historia no podía hacer otra cosa
que llorar.

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Maris pensó en Alas de Madera entonces, sentada bajo el frío viento del
mediodía, mientras veía volar a Shalli. ¿Valió la pena, Alas de Madera?, se preguntó.
¿Volar un instante y morir para siempre? ¿Y para mí, vale la pena? ¿Doce años en el
viento y ahora una vida sin él?
Cuando Russ se fijó en ella, en el risco, fue la niña más dichosa del mundo.
Cuando la adoptó y la empujó orgullosamente hacia el cielo, pensó que moriría de
alegría. Su verdadero padre estaba muerto, desapareció con su bote, devorado por
una escila furiosa cuando una tormenta le apartó de su rumbo. Su madre se alegró
de librarse de ella. Maris saltó hacia una nueva vida, hacia el cielo. Pareció que todos
sus sueños se hacían realidad. Entonces pensó que Alas de Madera tenía razón. Si
sueñas algo y lo deseas con suficiente intensidad, puedes conseguirlo.
La fe la abandonó cuando llegó Coll, cuando se lo dijeron.
Coll. Todo volvía a Coll.
Así que, perdida, Maris abandonó el hilo de sus pensamientos y se dedicó a
contemplar el cielo con melancólica tranquilidad.
Llegó el día, como Maris sabía que sucedería.
Era una pequeña fiesta, aunque el Señor de la Tierra en persona era el
anfitrión. Se trataba de un hombre corpulento e inteligente, con un rostro agradable
oculto bajo una espesa barba que él esperaba le diera aspecto fiero. Cuando los
recibió en la puerta, sus ropas rezumaban riqueza: ricos tejidos recamados, anillos de
cobre y latón, y un pesado collar de hierro auténtico. Pero la bienvenida fue cálida.
Dentro del refugio había una gran sala de festejos. Grandes vigas de madera sin
adornos, antorchas encendidas a todo lo largo de las paredes y una alfombra color
granate en el suelo. Y una mesa casi combada bajo el peso del kivas de las Shotan, los
vinos propios de Amberly, quesos traídos de Culhall por los alados, frutas de las Islas
Exteriores y grandes recipientes con ensaladas. En el horno había un enorme tigre
marino que el cocinero condimentaba con hierbas amargas y con el jugo del propio
animal. Era casi de la mitad del tamaño de un hombre. Le habían quitado la cálida
piel color gris azulado para dejar al descubierto el pesado esqueleto, flanqueado por
dos poderosas aletas. La gruesa capa de grasa que protegía del frío al tigre marino
chisporroteaba y echaba humo entre las llamas, y el hocico curiosamente felino del
animal estaba lleno de nueces y hierbas. Olía maravillosamente.
Todos sus amigos atados a la tierra estaban en la fiesta, agrupados en torno a
Coll, felicitándole. Algunos de ellos incluso se sintieron obligados a hablar con Maris, a
decirle lo afortunada que era por tener un hermano alado, por haber sido ella misma
la alada. Haber sido, haber sido, haber sido. Quería gritar.
Pero con los alados era peor. Estaban también todos, por supuesto. Corm, tan
guapo como siempre, derrochando encanto, se apoyaba en un rincón y contaba
historias sobre lugares lejanos a unas boquiabiertas chicas atadas a la tierra. Shalli
bailaba. Antes de que terminara la noche, habría agotado a media docena de
hombres con su increíble energía. Otros alados venían de otras islas: Anni de Culhall, el
chico Jamis el Joven, Helmer de Amberly Mayor, cuya propia hija reclamaría las alas
en menos de un año, y media docena más de alados del Archipiélago Occidental,
junto con tres Orientales, que se mantenían al margen. Sus amigos, sus hermanos,
sus camaradas del Nido de Águilas.
Pero, ahora, la evitaban. Anni le sonrió educadamente y miró en otra dirección.
Jamis le transmitió saludos de parte de su padre y luego se quedó en silencio, incómodo,
cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro hasta que Maris le permitió marcharse.
Hasta Corm, que presumía de no estar nervioso nunca, parecía incómodo con ella. Le
trajo una taza de kivas y luego vio, al otro lado de la habitación, a un amigo con el que
tenía que hablar.

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Maris se sentía relegada y abandonada. Se sentó en una silla de cuero, junto a la


ventana, y bebió lentamente el kivas mientras escuchaba cómo el viento sacudía las
persianas. No les culpaba. ¿De qué se puede hablar con una alada sin alas?
Se alegró de que no estuvieran allí Garth, Dorrel ni ninguno de los otros a los que
quería especialmente. Y se avergonzaba de alegrarse.
Entonces, la puerta se abrió y el ánimo de Maris subió un poco. Acababa de llegar
Barrion, con la guitarra en la mano.
Al verle entrar, Maris sonrió. Le gustaba Barrion, aunque Russ creía que era
una mala influencia para Coll. El bardo era un hombre alto, marcado por el tiempo, con
una mata de liso pelo gris que le hacía parecer más viejo de lo que era. En el rostro
alargado se leían las marcas del viento y el sol, pero también tenía arrugas de sonreír en
las comisuras de la boca, y sus ojos grises brillaban con humor. Tenía una voz grave y
profunda, modales irreverentes y una gran afición a las historias extrañas. Era el mejor
bardo del Archipiélago Occidental. Al menos, eso decía Coll. Y el propio Barrion, por
supuesto. Pero Barrion también aseguraba que había estado en un centenar de islas,
algo impensable en un hombre sin alas. Y decía que su guitarra llegó siete siglos atrás de
la Tierra, con los navegantes de las estrellas. Su familia la había ido transmitiendo de
padres a hijos, decía completamente en serio a Maris y a Coll, como si esperase que le
creyeran. Pero era una idea estúpida. ¡Tratar a una guitarra como si fuera un par de alas!
Pero, mentiroso o no, el larguirucho Barrion era entretenido, suficientemente
romántico y cantaba como el viento. Coll había estudiado bajo su tutela, y ahora eran
grandes amigos.
El Señor de la Tierra le palmeó fuertemente la espalda. Barrion se echó a reír, se
sentó y se dispuso a cantar. La sala quedó en silencio. Hasta Corm se detuvo a media
historia.
Empezó con la Canción de los Navegantes de las Estrellas.
Era la balada más antigua, la primera que podían llamar suya con seguridad.
Barrion cantaba con sencillez, con tranquila y cariñosa familiaridad, y Maris se relajó ante
el sonido de su voz. A menudo oía a Coll, en medio de la noche, rasgueando su propio
instrumento y cantando la misma canción. Le estaba cambiando la voz, y eso le ponía
furioso. Cada pocos versos, se interrumpía con una nota demasiado aguda, seguida por
un minuto de maldiciones. Maris solía quedarse tumbada en la cama, sin hacer nada,
riéndose ante lo que oía.
Ahora escuchaba la letra mientras Barrion cantaba dulcemente sobre los
navegantes de las estrellas y su gran navío con velas plateadas, que medían cientos de
kilómetros para captar bien los salvajes vientos estelares. Ahí estaba toda la historia. La
misteriosa tormenta, el navío que vagaba sin rumbo, los ataúdes en los que viajaban sus
tripulantes; luego, al extraviarse, llegaron aquí, a un mundo de interminables océanos y
tormentas furiosas, un mundo donde la única tierra era la de un millar de islas rocosas
dispersas, y los vientos soplaban incesantemente. La canción narraba el aterrizaje de una
nave que no estaba construida para aterrizar, de la muerte de miles de tripulantes en
sus ataúdes, y cómo la vela —muy poco más pesada que el aire— flotó sobre el mar,
haciendo que las Shotan parecieran rodeadas de plata en vez de agua. Barrion cantó
sobre la magia de los navegantes de las estrellas, sobre su sueño de arreglar la nave y
sobre la lenta agonía y muerte de ese sueño. Cantó melancólicamente sobre cómo sus
máquinas perdieron la magia y los navegantes de las estrellas quedaron en la oscuridad.
Por fin llegó la batalla, en Gran Shotan, cuando el Viejo Capitán y sus leales cayeron
defendiendo de sus propios hijos las preciosas velas de metal. Luego, con los últimos
restos de magia, los hijos e hijas de los navegantes, los primeros niños de Windhaven,
cortaron las velas en pedazos ligeros, flexibles e inmensamente fuertes. Y con los restos
de metal que pudieron salvar del navío, forjaron las alas.

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Porque los dispersos pueblos de Windhaven necesitaban comunicarse entre sí. Sin
combustible, sin metal, enfrentados a predadores y a océanos siempre tormentosos,
nada se les daba gratis excepto los fuertes vientos. La elección era sencilla.
Las últimas palabras se desvanecieron en el aire. Pobres navegantes, pensó Maris.
El Viejo Capitán y su tripulación también eran alados, aunque sus alas fueran alas
estelares. Pero su manera de volar tenía que morir para que naciera un nuevo sistema.
Barrion sonrió ante la petición de alguien, y empezó una nueva melodía. Cantó
media docena de canciones de la antigua Tierra antes de mirar a su alrededor y empezar
con una de sus propias composiciones, una canción de taberna, de tonos populares,
sobre una estila que confundió un bote de pescadores con un macho de su especie. Maris
apenas escuchaba. Seguía pensando en los navegantes de las estrellas. En cierto modo,
ellos también eran como Alas de Madera: no fueron capaces de renunciar a su sueño.
Aunque representara su muerte. ¿También eso había valido la pena?
—Barrion —pidió Russ—, es el día de la edad de un alado. ¡Canta canciones sobre
vuelos!
El bardo sonrió y asintió. Maris miró a Russ. Estaba de pie, junto a la mesa, con
un vaso de vino en la mano sana y una sonrisa en el rostro. Está muy orgulloso, pensó. Su
hijo será pronto un alado, me ha olvidado. Se sintió enferma y vencida.
Barrion cantó canciones de alados: baladas de las Islas Exteriores, de las Shotan,
de Culhall, de las Amberly y de Poweet. Cantó la balada de los alados fantasma, que se
perdieron para siempre sobre el mar cuando obedecieron al Señor de la Tierra Capitán y
llevaron espadas al cielo. Aún se les puede ver en el aire quieto, vagando sin
esperanzas a través de las tormentas, con alas espectrales. O eso decían las leyendas.
Pero los alados que se encontraban con aire quieto, rara vez volvían para contarlo,
así que nadie lo sabía con seguridad.
Cantó la historia de Royn el canoso, que ya tenía más de ochenta años
cuando encontró a su nieto, un alado, muerto en una disputa amorosa, y tomó sus
alas para perseguir y matar al asesino.
Cantó la balada de Aron y Jeni, la canción más triste de todas. Jeni era una
atada a la tierra, y peor aún, inválida de nacimiento. No podía andar. Vivía con su
madre, una lavandera, y todos los días se sentaba junto a una ventana para
contemplar el risco de los alados de Pequeña Shotan. Entonces se enamoró de Aron,
un esbelto y simpático alado. Y en sus sueños, él la correspondía. Pero un día,
mientras estaba sola en su casa, le vio jugar en el cielo con una alada de pelo rojo como
el fuego. Al aterrizar, se besaron. Cuando su madre volvió a casa, encontró a Jeni
muerta. Aron se enteró. No dejó que enterraran a una mujer a la que nunca había
conocido. La tomó en sus brazos, la llevó hacia el risco y, abrazándola, voló con ella
hacia el mar y le dio un entierro de alado.
Alas de Madera también tenía una canción, aunque no era demasiado buena.
Le hacía parecer un bufón cómico. Pero Barrion la cantó, así como la del Alado Que
Traía Malas Noticias, y la Danza del Viento, la canción nupcial de los alados. Maris
apenas se podía mover, tan abstraída estaba. El kivas se le enfrió en la mano, olvidado
ante las canciones. Era una sensación agradable, una tristeza menos turbadora, y le
trajo el recuerdo de los vientos.
—Tu hermano es un alado nato — susurró una voz a su lado.
Se volvió y vio a Corm, sentado en el brazo de su silla. El alado hizo un gesto
elegante con el vaso de vino hacia donde estaba Coll, sentado a los pies de Barrion. El
joven se abrazaba las rodillas y tenía una expresión de éxtasis en los ojos.
—Mira cómo le llegan las canciones —dijo Corm tranquilamente—. Para un atado
a la tierra sólo son canciones, pero para un alado significan mucho más. Tú y yo lo
sabemos, Maris, y tu hermano también. Se le nota con sólo mirarle. Ya sé lo que debe
dolerte esto, pero piensa en él. Ama volar tanto como tú.

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Refugio del viento

Maris levantó los ojos hacia Corm y casi no pudo contener una carcajada ante
su sabiduría. Sí, Coll parecía en trance, pero sólo ella sabía por qué. Lo que quería era
cantar, no volar. Las canciones, no el tema. Pero ¿cómo podría saberlo Corm, el
sonriente y guapo Corm, que tan seguro estaba de sí mismo y tan poco sabía?
— ¿Crees que sólo los alados pueden soñar, Corm? —le preguntó en un susurro,
antes de volver la vista rápidamente hacia Barrion, que estaba concluyendo una
canción.
—Hay más canciones de alados —dijo el bardo—. Pero, si las canto todas,
estaremos aquí toda la noche y no conseguiré comer nada. —Miró a Coll —. Espera,
cuando llegues al Nido de Águilas aprenderás muchas más de las que sé yo.
Junto a Maris, Corm alzó su vaso en gesto de brindis. Coll se levantó.
Quiero cantar una.
Barrion sonrió.
Supongo que puedo confiarte mi guitarra. A otro jamás, pero a ti sí. Se levantó
para ceder su asiento al silencioso y pálido joven.
Coll se sentó, rasgó las cuerdas no sin algo de nerviosismo y se mordió el labio.
La luz de las antorchas le hizo parpadear, miró hacia Maris y parpadeó de nuevo.
—Quiero cantar una nueva canción sobre una alada. Yo... Bueno, la he
compuesto. Yo no estaba allí, claro, pero me han contado la historia, y bueno, es
verdad. Tendría que haber sido una canción, y hasta ahora nadie la había compuesto.
—Pues cántala, chico —le animó el Señor de la Tierra.
Coll sonrió y miró a Maris.
—La he titulado La Caída de Cuervo.
Y la cantó.
Clara y pura, con una hermosa voz, exactamente como sucedió. Maris le miraba
con los ojos abiertos de par en par, escuchando asombrada. Coll lo había entendido a la
perfección. Captó incluso el nudo en la garganta que sintió ella cuando las alas de
Cuervo se desplegaron repentinamente reflejando el sol, y el alado ascendió de la
muerte. Todo el inocente amor que sintió hacia él estaba en la canción de Coll; el
Cuervo al que cantaba era un glorioso príncipe alado, sombrío, osado y desafiante.
Como Maris pensó en aquellos momentos que era.
Coll tenía un auténtico don, pensó Maris. Corm bajó la vista hacia ella.
—¿Cómo?
Sólo entonces Maris se dio cuenta de que lo había pensado en voz alta.
—Coll —dijo. Las últimas notas de la canción le resonaron en los oídos—. Podría
llegar a ser mejor que Barrion si le dieran oportunidad. Fui yo la que le conté esa
historia, Corm. Estuve allí, junto con otra docena de alados, cuando Cuervo hizo ese
truco. Pero ninguno de nosotros lo habría contado tan bien como Coll. Tiene un don
muy especial.
Corm sonrió, complacido.
—Cierto. El año que viene barreremos al Archipiélago Oriental en la
competición de cantos.
Maris le miró, repentinamente furiosa. Pensó que no había entendido nada. Al
otro lado de la habitación, Coll la miraba atentamente, con una pregunta en los ojos.
Maris asintió y Coll sonrió, orgulloso. Lo había hecho bien.
Y ella había tomado una decisión.

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Pero entonces, antes de que Coll pudiera empezar otra canción, Russ se
adelantó.
—Ahora —empezó—, ahora tenemos que tratar asuntos serios. Hemos cantado
y charlado, hemos comido y bebido bien, y aquí hace calor. Pero fuera hay vientos.
Todos escucharon con rostros serios, como se esperaba de ellos, y el sonido del
viento, un fondo olvidado, volvió a llenar la habitación. Maris lo oyó y tembló.
—Las alas —dijo su padre.
El Señor de la Tierra avanzó, sosteniéndolas en las manos como el tesoro que
eran. Pronunció las frases rituales:
—Mucho tiempo han servido estas alas a Amberly, uniéndonos a todo el pueblo
de Windhaven desde hace generaciones, desde los tiempos de los navegantes de las
estrellas. Primero las llevó Marión, hija de un navegante de las estrellas, y su hija Jeri,
y su hijo Jon, y Anni, y Flan, y Denis... —La genealogía siguió largo rato—. Y por último
Russ y su hija Maris. —Hubo un pequeño murmullo entre los reunidos ante la
inesperada mención de Maris. No era una auténtica alada, no debería haberla
nombrado. La estaban llamando alada mientras le arrebataban las alas, pensó ella—.
Desde este momento las tomará el joven Coll. Y ahora, como otros Señores de la
Tierra han hecho durante generaciones, yo las sostengo durante un breve instante
para transmitirles la suerte con mi toque. A través de mí, todo el pueblo de Amberly
Menor toca estas alas, y dice con mi voz «¡Vuela bien, Coll!».
El Señor de la Tierra tendió a Russ las alas plegadas. Éste se dio la vuelta y las
entregó a Coll. El joven ya estaba de pie, con la guitarra en la mano. Parecía muy
frágil, muy pálido.
—Es el momento de que alguien se convierta en alado —dijo Russ—. Es el
momento de que entregue las alas, y de que Coll las acepte, y sería una tontería que se
las pusiera dentro de casa. Vamos al risco de los alados para ver cómo un niño se
convierte en hombre.
Los portadores de antorchas, todos alados, ya estaban preparados. Salieron
del refugio. Coll ocupaba el lugar de honor, entre su padre y el Señor de la Tierra,
escoltados muy de cerca por los alados de las antorchas. Maris y el resto de los
asistentes a la fiesta les seguían.
Era un paseo de diez minutos, a pasos lentos en el silencio ultraterreno, hasta
quedar situados formando un semicírculo en la plataforma del risco. En el borde, solo,
con una única mano y rechazando la ayuda de los demás, puso las alas a su hijo. Coll
tenía la cara blanca como el yeso. Se quedó quieto mientras Russ desplegaba las alas,
mirando hacia el abismo que se abría ante él, donde las olas rompían contra la playa.
Por fin, Russ terminó.
— Hijo mío, eres un alado —dijo, y retrocedió hasta quedar junto a los demás,
al lado de Maris.
Coll quedó solo bajo las estrellas, al borde del acantilado. Las enormes alas
plateadas le hacían parecer más pequeño que nunca. Maris quería gritar, interrumpir
aquello, hacer algo: sentía las lágrimas corriéndole por las mejillas. Pero era incapaz
de moverse. Como todos los demás, aguardó el tradicional primer vuelo.
Y Coll, por fin, tras respirar profundamente, saltó del risco.
La última zancada de la carrera fue un tropezón, y cayó, perdiéndose de vista.
Todos se precipitaron hacia adelante. Para cuando los asistentes a la fiesta llegaron al
borde, ya se había recuperado y ascendía poco a poco en el viento. Trazó un amplio
círculo sobre el océano, acercándose al risco, luego alejándose de nuevo. A veces, los
jóvenes alados ofrecían un espectáculo a sus amigos, pero aquello no iba con el

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temperamento de Coll. Como un alado espectro de plata, vagó errabundo y un poco


perdido en un cielo que no era su hogar.
Otras alas se estaban desplegando. Corm, Shalli y los demás se disponían a volar.
Pronto se reunirían con Coll en el cielo, harían algunas pasadas en formación y luego
dejarían atrás a los atados a la tierra y volarían hacia el Nido de Águilas, donde pasarían
toda la noche celebrando la llegada de su nuevo miembro.
Pero, antes de que ninguno de ellos pudiera saltar, el viento cambió. Maris lo sintió
con la percepción de un alado. Y lo oyó, un silbido frío que llegó desde la cima rocosa de
la montaña. Y, sobre todo, lo vio. Porque, sobre las aguas, Coll se tambaleó visiblemente.
El joven se curvó ligeramente, intentando salvarse, y entró en un brusco picado. Alguien
gritó. Entonces, también bruscamente, volvió a recuperar el control y se dirigió hacia
ellos. Pero forcejeando, forcejeando. Era un viento brusco, furioso, que le empujaba hacia
abajo; de esos que el alado tiene que controlar con suavidad para dominarlos. Coll
luchaba contra él, y el viento le estaba venciendo.
—Tiene problemas —dijo Corm, y el apuesto alado colocó los últimos montantes de
sus alas con un golpe seco—. Le daré escolta.
Y, sin decir más, ya estaba en el aire.
Pero demasiado tarde para ser de ayuda. Coll, con las alas batiendo adelante y
atrás, arrastrado por la súbita turbulencia, se dirigía hacia la playa de aterrizaje. Se tomó
una decisión sin palabras, y todos los congregados se movieron como uno solo para ir a su
encuentro, con Maris y su padre al frente.
Coll descendió de prisa, demasiado de prisa. No estaba cabalgando sobre el
viento, estaba soportando su empuje. Las alas se movieron mientras caía y se tambaleó,
de manera que uno de los extremos rozó el suelo, mientras el otro apuntaba hacia el
cielo. Mal, mal, todo mal. Cuando todos se precipitaron hacia la playa, hubo una
repentina lluvia de arena seca, el horrible ruido del metal quebrándose y Coll ya estaba en
el suelo, tendido en la arena, a salvo.
Pero el ala izquierda colgaba, rota.
Russ fue el primero en llegar junto a él, se arrodilló a su lado y empezó a desatarle
las correas. Los demás se congregaron a su alrededor. Coll se incorporó un poco, y todos
pudieron ver que estaba temblando y que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Tranquilo —dijo Russ con voz cariñosa—, ha sido sólo un montante, hijo. Se rompen
muy a menudo. Tiene fácil arreglo. Estabas un poco nervioso, pero todos lo estamos la
primera vez. La próxima será mejor.
— ¡La próxima, la próxima, la próxima! —gritó Coll — . No puedo hacerlo. ¡No puedo
hacerlo, padre! ¡No quiero una próxima vez! ¡No quiero tus alas!
Ahora lloraba abierta, silenciosamente. El rostro de su padre se tensó.
—Eres mi hijo, eres un alado. Habrá una próxima vez. Aprenderás. Coll siguió
temblando y sollozando, ahora ya sin las alas, que yacían a sus pies, rotas e inútiles.
Al menos, por el momento. Aquella noche no se volaría hacia el Nido de Águilas.
Russ agarró a su hijo por el hombro con el brazo sano y le sacudió.
—Escúchame, escúchame bien. No quiero oír más tonterías. Si no vuelas, no
eres hijo mío.
El gesto de desafío de Coll se esfumó. Asintió. Se tragó las lágrimas y levantó la
vista.
—Sí, padre —dijo — . Lo siento. Es que me asusté mucho, no quería decir eso.
—Sólo tiene trece años, recordó Maris mientras contemplaba la escena junto con los
demás. Trece años, asustado, y sin madera de alado — . No sé por qué lo dije, no era
mi intención, de verdad.

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Y Maris encontró las palabras.


—Sí lo era —dijo en voz alta, recordando la canción de Coll sobre Cuervo,
recordando su propia decisión.
Los demás se volvieron para mirarla, sorprendidos. Shalli le puso la mano en el
brazo para pedirle silencio, pero Maris se la sacudió y avanzó para interponerse entre
Coll y su padre.
—Ha dicho la verdad —siguió con voz tranquila, firme y segura, aunque el
corazón le temblase—. ¿Es que no lo ves, padre? No es un alado. Es un buen hijo, y
deberías estar orgulloso de él, pero nunca amará el viento. No me importa lo que diga
la ley.
—Maris —dijo Russ. En la voz del hombre no había calidez, sólo desprecio y
dolor—. ¿Vas a quitarle las alas a tu hermano? Creí que le querías.
Una semana antes, ella se habría echado a llorar. Pero ya había gastado todas
las lágrimas.
—Le quiero, y quiero que tenga una vida larga y feliz. No será feliz como alado.
Lo hace sólo para que te enorgullezcas de él. Coll es un bardo, un buen bardo. ¿Por
qué le vas a arrebatar la vida que ama?
—No le arrebato nada —dijo Russ fríamente—. La tradición...
—Una tradición estúpida —les interrumpió una nueva voz. Maris buscó a su
aliado, y vio a Barrion abriéndose paso entre los reuni dos —. Maris tiene razón.
Coll canta como un ángel, y ya hemos visto cómo vuela. —Miró desdeñosamente a
todos los alados del grupo — . Los alados sois unos animales de costumbres que se
han olvidado de pensar. Seguís la tradición a ciegas, sin que os importe quién
resulta herido.
Casi inadvertido, Corm había tomado tierra y había plegado las alas. Ahora
estaba frente a ellos, con el agradable rostro enrojecido por la ira.
—Los alados y sus tradiciones son lo que ha engrandecido Amberly, lo que ha
forjado miles de veces la historia de Windhaven. No me importa lo bien que cantes,
Barrion, no estás por encima de la ley. —Miró a Russ —. No te preocupes, amigo,
haremos de tu hijo el mejor alado que haya visto Amberly.
Pero, entonces, Coll se incorporó. Aunque las lágrimas seguían resbalándole
por las mejillas, de repente su rostro era una máscara de furia y decisión.
— ¡No! —gritó, mirando desafiante a Corm —. No haréis de mi nada que yo no
quiera ser. No me importa quién eres. No soy un cobarde, no soy un crío, pero no
quiero volar. ¡No quiero, no quiero! —Las palabras eran un torrente, gritaba mientras
su secreto salía a la luz, derribando todas las barreras a la vez—. Los alados pensáis
que sois los mejores, que todo el mundo está por debajo de vosotros. Pero no es
cierto, ¿sabéis? No es cierto. Barrion ha estado en un centenar de islas, y sabe más
canciones que una docena de alados. No me importa lo que opines, Corm. No es un
atado a la tierra. Sube a los barcos, mientras todos los demás tenéis miedo de
hacerlo. Vosotros, los alados, os mantenéis a buena distancia de las escilas, pero
Barrion mató una en cierta ocasión con sólo un arpón, y desde un pequeño bote de
madera. ¿A que no lo sabíais?
»Yo también puedo ser como él. Tengo talento. Ahora se va a las Islas
Exteriores, y quiere que vaya con él, y me ha dicho que algún día me regalará su
guitarra. Con sus palabras, puede hacer que volar sea hermoso, pero también es
capaz de hacer lo mismo con pescar, con cazar o con lo que sea. Los alados no pueden
hacer eso. Él, sí. ¡Es Barrion! Es un bardo, y eso es tan grande como ser un alado. Yo
también puedo hacerlo, como he hecho esta noche con Cuervo. —Miró con odio a
Corm—. ¡Quédate con tus viejas alas, dáselas a Maris, ella es la alada! —gritó dando
una patada al tejido que descansaba sobre la arena —. Yo quiero ir con Barrion.

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Se hizo un pesado silencio. Russ se quedó sin palabras durante largo rato.
Luego miró a su hijo, con el rostro más envejecido que nunca.
—Las alas no son suyas, Coll —dijo—. Eran mis alas, las alas de mi padre, y
fueron de su madre, y yo quería... Quería...
La voz se le quebró.
—Tú tienes la culpa de esto —murmuró Corm. mirando furioso a Barrion—. Y
tú, sí, tú, su propia hermana —añadió, dirigiéndose a Maris.
—Cierto, Corm —replicó Maris—, Barrion y yo somos los culpables. Porque
amamos a Coll. y queremos que sea feliz... Y que siga vivo. Los alados han seguido
sus tradiciones durante demasiado tiempo. ¿No ves que Barrion tiene razón? Todos
los años, alados incompetentes toman las alas de sus padres y mueren con ellas. Y
Windhaven es cada vez más pobre, porque las alas no se pueden reemplazar. ¿Cuántos
alados había en los tiempos de los navegantes de las estrellas? ¿Cuántos quedan hoy?
¿No ves lo que nos está haciendo la tradición? Las alas son un tesoro. Sólo las deben
llevar aquellos que aman el cielo, los que mejor vuelen y sepan cuidarlas. Pero, en vez
de eso, el derecho de nacimiento es el único criterio que se sigue para entregar las
alas. La cuna, no la habilidad. Pero la habilidad de un alado es lo único que le salva de la
muerte, lo único que mantiene unido Windhaven.
Corm estalló.
—Esto es una vergüenza. No eres una alada, Maris, no tienes derecho a hablar
de estos asuntos. Tus palabras deshonran el cielo y violan todas las tradiciones. Si tu
hermano elige renegar de su derecho de nacimiento, de acuerdo. Pero no se burlará
de nuestra ley dándole las alas a quien elija. —Miró a su alrededor, hacia los aturdidos
congregados—. ¿Dónde está el Señor de la Tierra? ¡Que nos diga cuál es la ley!
La voz del Señor de la Tierra era pausada, dubitativa.
—La ley... La tradición... Pero éste es un caso muy especial, Corm. Maris ha servido
bien a Amberly, y todos sabemos cómo vuela. Yo...
—La ley — insistió Corm.
El Señor de la Tierra sacudió la cabeza.
—Sí, ése es mi deber, pero... la ley dice que... que si un alado renuncia a sus alas,
pasarán a manos de otro de los alados de la isla, el mayor, y que entre él y el Señor de la
Tierra las cuidarán hasta que se elija a un nuevo portador de las alas. Pero nunca un alado
había renunciado a las alas, Corm. Esta ley sólo se usa cuando un alado muere sin
heredero y, en este caso, Maris...
—La ley es la ley —dijo Corm.
—Y tú la seguirás a ciegas —señaló Barrion.
Corm le ignoró.
—Soy el alado de más edad que hay en Amberly Menor, puesto que Russ ha cedido
las alas. Las custodiaré hasta que encontremos a alguien digno de ser un alado, alguien
que reconozca, mantenga y honre las tradiciones.
—¡ No! — gritó Coll—. ¡ Quiero que Maris se quede con las alas!
—No tienes nada que decir aquí —le replicó Corm—. Eres un atado a la tierra.
Con estas palabras, se agachó para recoger las alas rotas. Empezó a plegarlas
metódicamente.
Maris miró a su alrededor buscando ayuda, pero fue inútil. Barrion hizo un gesto
de impotencia con las manos, Shalli y Helmer rehuyeron su mirada, y su padre estaba allí
de pie, hundido y sollozando. Ya no era un alado, ni siquiera de nombre. Sólo un anciano
tullido. Los asistentes a la fiesta empezaron a marcharse, uno por uno.

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El Señor de la Tierra se acercó a ella.


—Lo siento, Maris —empezó—. Si pudiera, te daría las alas. La ley no es para esto,
no se concibió como un castigo, sino como una guía. Pero es la ley de los alados, y yo no
puedo enfrentarme a ellos. Si desafío a Corm, Amberly Menor será como Kennehut, y las
canciones me llamarán loco.
Maris asintió.
—Lo comprendo —dijo.
Corm, con un par de alas bajo cada brazo, se alejaba por la playa.
El Señor de la Tierra se dio la vuelta y se marchó. Maris salvó el tramo de arena
que la separaba de Russ.
—Padre... —empezó.
Él levantó la vista.
—Tú no eres mi hija —dijo.
Y, deliberadamente, le dio la espalda. Maris contempló cómo el anciano se
alejaba, caminando rígido, con dificultad, para esconder su vergüenza entre las paredes
de su casa.
Por fin los tres quedaron solos en la playa de aterrizaje, mudos, derrotados. Maris
se acercó a Coll y le abrazó. Se quedaron así unos momentos, en aquel instante eran dos
niños buscando un consuelo que no podían ofrecerse.
—Tengo un sitio para que os quedéis —dijo por fin Barrion.
La voz del bardo los despertó. Se separaron, confusos, mientras el bardo les
contemplaba con la guitarra colgada a la espalda. Le siguieron a su casa.

Para Maris, los días siguientes fueron sombríos y problemáticos.


Barrion vivía en una modesta cabaña, junto al puerto, al lado de un pequeño
muelle abandonado y podrido. Allí fue donde se quedaron. Maris nunca había visto tan
feliz a Coll. Cantaba con Barrion todos los días, y sabía que, por fin, podría convertirse en
bardo. Sólo el hecho de que Russ se negara a ver a ninguno de los dos empañaba la
alegría del chico, y hasta eso olvidaba a menudo. Era joven y acababa de descubrir que
muchos de su misma edad le miraban con una especie de admiración culpable, como a un
rebelde. Y la sensación de serlo le enorgullecía.
Pero, para Maris, las cosas no eran tan sencillas. Rara vez salía de la cabaña,
excepto para pasear por el muelle a la puesta del sol y contemplar los botes de los
pescadores que regresaban. No podía dejar de pensar en lo que había perdido. Estaba
atrapada e indefensa. Lo había intentado al máximo, había hecho lo que debía, pero
seguía sin tener sus alas. La tradición, como un Señor de la Tierra loco y cruel, se había
impuesto y la tenía prisionera.
Dos semanas después del incidente de la playa, Barrion volvió a la cabaña tras
pasar el día en el puerto, donde iba todos los días a aprender nuevas canciones de los
pescadores de Amberly y a cantar en las tabernas y posadas. Mientras comían grandes
cuencos de estofado caliente, miró a Maris y al chico.
—He encontrado un barco que me llevará hacia las Islas Exteriores dentro de un
mes.
Coll sonrió rápidamente.
—¿Y a nosotros también?
Barrion asintió.

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—A ti sí, desde luego. ¿Y a Maris?


Ella sacudió la cabeza.
—No .
El bardo suspiró.
—No ganarás nada con quedarte aquí. Las cosas te van a resultar muy
difíciles en Amberly. Hasta para mí son malos tiempos. El Señor de la Tierra, incitado
por Corm, está tomando medidas contra mí. y la gente respetable empieza a
evitarme. Además, hay mucho mundo por ver. Ven con nosotros. —Sonrió — . Quizá
incluso pueda enseñarte a cantar.
Maris jugueteó con el estofado.
—Soy peor cantando que mi hermano volando, Barrion. No, no puedo irme.
Soy una alada. Tengo que quedarme y recuperar mis alas.
—Te admiro, Maris —aseguró el bardo—, pero es una lucha inútil. ¿Qué puedes
hacer?
—No lo sé. Algo. Quizá el Señor de la Tierra... Puedo acudir a él. El Señor de la
Tierra es el que hace la ley, y simpatiza conmigo. Si comprende que es lo mejor para
el pueblo de Amberly, entonces quizá...
—¿Quizá desafíe a Corm? Este asunto entra directamente en la ley de los
alados, y el Señor de la Tierra no la controla. Y, además... —titubeó.
—¿Q ué?
—Hay noticias. Circulan por todo el puerto. Han encontrado un nuevo
alado, mejor dicho, uno viejo. Devin de Gavora viene en barco para quedarse a vivir
aquí. Llevará tus alas.
La contempló atentamente, con la preocupación pintada en el rostro.
—¡Devin! — Maris dejó caer el tenedor y se levantó —. ¿Es que la ley les ha hecho
perder el sentido común? —Paseó por la habitación, rabiosa—. Devin vuela peor que
Coll. Perdió sus propias alas por volar demasiado bajo y rozar el agua. Si no le hubiera
recogido un barco, estaría muerto. ¿Y ahora Corm quiere darle otro par?
Barrion sonrió con amargura.
—Es un alado, y respeta las viejas tradiciones.
—¿Cuánto hace que embarcó hacia aquí?
—Me han dicho que unos días.
Es un viaje de dos semanas, quizá más —dijo Maris—. Si voy a actuar, tendrá
que ser antes de que llegue. Una vez se haya puesto las alas, serán suyas, las habré
perdido.
Pero. Maris —intervino Coll—, ¿qué puedes hacer?
—Nada —señaló Barrion — . Oh, podríamos robar las alas, por supuesto. Corm
las ha hecho arreglar, están como nuevas. Pero, ¿dónde irías? No te recibirían en
ninguna parte. Ríndete, chiquilla. No puedes cambiar la ley de los alados.
—¿No? —De repente, la voz de Maris cobró animación. Dejó de pasear por la
habitación y se apoyó en la mesa—. ¿Estás seguro? ¿Es que las tradiciones nunca han
cambiado? ¿De dónde salieron?
Barrion parecía asombrado.
—Bueno, se celebró el Consejo después de que muriera el Viejo Capitán, cuando
el Señor de la Tierra, Capitán de Gran Shotan, distribuyó las alas recién forjadas.
Entonces fue cuando se decidió que ningún ala do llevaría armas al cielo. Recordaron la

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batalla y cómo los viejos navegantes de las estrellas utilizaron los dos últimos trineos
del cielo para disparar fuego desde arriba.
Sí —dijo Maris—, y recuerdo que hubo otros dos Consejos más. Varias
generaciones después de aquello, cuando otro Señor de la Tierra Capitán quiso
doblegar a los demás Señores de la Tierra a su voluntad y controlar todo Windhaven,
envió a los alados de Gran Shotan al cielo con espadas, para atacar Pequeña Shotan.
Los alados de otras islas se reunieron en Consejo y le condenaron, después de que
desaparecieran sus alados fantasma. Fue el último Señor de la Tierra Capitán, y
ahora Gran Shotan es una isla como cualquier otra.
Sí — intervino Coll —, y en el tercer Consejo se decidió que ningún alado se
posaría en Kennehut, después de que el Señor Loco matara al Alado Que Traía Malas
Noticias.
Barrion asintió.
Muy bien. Pero no se ha vuelto a convocar ningún Consejo desde entonces.
¿Estás segura de que los alados se reunirían?
Por supuesto —dijo Maris—, es una de las preciosas tradiciones de Corm.
Cualquier alado puede convocar el Consejo. Y yo presentaría mi caso ante todos los
alados de Windhaven, y...
Se detuvo. Barrion la miró y ella le devolvió la mirada. Los dos estaban
pensando lo mismo.
—Cualquier alado —repitió el bardo.
—Pero yo no soy una alada —dijo Maris. Se dejó caer en la silla—. Coll ha
renunciado a sus alas, y Russ, aunque pudiera verle, las ha cedido. Corm no accedería
a nuestra petición, no haría correr la voz.
—Puedes pedírselo a Shalli —sugirió Coll — . O esperar en el risco de los alados
hasta que...
—Shalli es mucho más joven que Corm, y le tiene miedo —dijo Barrion—. He
oído rumores. Lo siente por ti, como el Señor de la Tierra, pero no irá contra la
tradición. Corm podría intentar quitarle las alas también a ella. Y los otros... ¿Con
quién puedes contar? ¿Y cuánto puedes esperar? Helmer viene a menudo, pero es tan
conservador como Corm. Jamis es demasiado joven, etcétera. Les estás pidiendo que
corran un gran riesgo. —Sacudió la cabeza, dubitativo — . No funcionará. Ningún alado
hablará por ti, al menos no a tiempo. Dentro de dos semanas, Devin tendrá tus alas.
Los tres se quedaron en silencio. Maris bajó la vista hacia el plato de estofado
frío y meditó. ¿Imposible? ¿Completamente imposible? Volvió a mirar a Barrion.
—Hace un momento —empezó a decir, pensativa—, hablaste sobre robar las
alas...

El viento era frío y húmedo, furioso, azotaba las olas. En el cielo del Este, se
forjaba una tormenta.
— Buen tiempo para volar —dijo Maris.
El bote se movía suavemente bajo ella.
Barrion sonrió y se cerró la capa un poco más para protegerse de la humedad.
—Si pudieras volar —señaló.
Maris miró hacia la orilla, donde la casa de madera oscura de Corm se alzaba
entre los árboles. Había una luz en el piso superior. Tres días, pensó Maris con amargura.
Ya le tendrían que haber llamado. ¿Cuánto tiempo más podían permitirse esperar? Cada
hora que pasaba acercaba más a Devin, el hombre que se quedaría con sus alas.

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—¿Crees que será esta noche? —preguntó a Barrion.


El bardo se encogió de hombros. Se estaba limpiando las uñas con una larga
daga, concentrado en la tarea.
—Tú debes saberlo mejor que yo —dijo sin mirarla—. Aún no se ha encendido la luz
de la torre. ¿Cada cuánto tiempo llaman a los alados?
—Muy a menudo —respondió Maris, pensativa. Pero, ¿llamarían a Corm? Ya llevaba
dos noches espiando la casa desde el bote, aguardando la llamada que le haría tomar las
alas. Quizá el Señor de la Tierra había decidido utilizar sólo a Shalli hasta que llegara Devin
—. Esto no me gusta —dijo—. Tenemos que hacer algo.
Barrion volvió a guardar la daga en la funda.
—Podría clavársela a Corm, pero no lo haré. Estoy contigo, Maris, y tu hermano es
casi un hijo para mí, pero no pienso matar por un par de alas. No. Esperaremos a que se
encienda la luz de la torre y Corm tenga que salir, entonces entraremos en la casa.
Cualquier otra cosa es demasiado arriesgada.
Matar, pensó Maris. ¿Tendrían que llegar hasta ese punto si entraban en la casa
mientras Corm estuviera dentro? Y supo que sí. Corm era Corm, se resistiría. Había estado
una vez en casa del alado. Recordaba la panoplia de brillantes cuchillos de obsidiana que
colgaba de la pared. Tenía que haber otro camino.
—El Señor de la Tierra no le llamará —dijo, sin saber por qué estaba tan segura—. A
menos que haya una emergencia.
Barrion estudió las nubes que se agolpaban en el este.
—¿Y? —preguntó—. No podemos crear una emergencia.
—Pero podemos hacer la señal —dijo Maris.
—Mmm —fue la respuesta del bardo. Consideró la idea—. Sí, supongo que sí. — Le
sonrió—. Cada vez violamos más leyes, Maris. Ya es bastante malo que vayamos a robar tus
alas, y ahora quieres que entre en la torre y envíe una falsa llamada. Menos mal que soy un
bardo, si no acabarían considerándonos los peores criminales de la historia de Amberly.
—¿Y de qué servirá que seas un bardo para evitarlo?
—¿Quién crees que hace las canciones? Los convertiré a todos en héroes.
Se sonrieron.
Barrion tomó los remos y dirigió el bote rápidamente hacia la orilla, hacia una
pequeña cala oculta entre los árboles, no muy lejos de la casa de Corm.
—Espera aquí —dijo el bardo mientras saltaba de la pequeña embarcación. El
agua le llegaba a las rodillas—. Voy a la torre. En cuanto veas salir a Corm, entra y coge
las alas.
Maris asintió.
Durante casi una hora, aguardó sola en la cerrada oscuridad, contemplando los
relámpagos en el este, a lo lejos. La tormenta estaría pronto sobre ella. Ya podía sentir
el mordisco del viento. Por fin, sobre la colina más alta de Amberly Menor, la luz de la
torre del Señor de la Tierra empezó a parpadear rápidamente. De alguna manera,
Barrion había dado con la señal correcta, aunque Maris recordó repentinamente que se
había olvidado de decírsela. El bardo sabía muchas más cosas de las que se creía. Quizá,
después de todo, no fuera un mentiroso.
Pocos minutos después estaba tendida en la hierba, a pocos metros de la puerta
de Corm, con la cabeza gacha, oculta entre las sombras y los árboles. La puerta se abrió
y por ella salió el moreno alado, con las alas colgadas a la espalda. Llevaba ropas de
abrigo, ropas para volar, pensó Maris. Corm caminaba rápidamente.

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Cuando desapareció, fue tarea fácil encontrar una piedra de buen tamaño, dar la
vuelta al edificio y romper una ventana. Por suerte, Corm no estaba casado, y vivía
solo. Eso si aquella noche no estaba con ninguna joven. Pero habían vigilado
cuidadosamente la casa, y no entró ni salió nadie excepto la mujer que hacía la limpieza
durante el día.
Maris apartó los fragmentos de cristal, se apoyó en la cornisa y entró en la casa.
Dentro, todo era oscuridad, pero los ojos se le acostumbraron rápidamente. Tenía que
encontrar las alas, sus alas, antes de que Corm volviera. Pronto llegaría a la torre y
descubriría que se trataba de una falsa alarma. Barrion no se quedaría allí para que le
atrapara. Nada más cruzar la puerta principal, en el gancho donde él colgaba sus alas
entre vuelo y vuelo, encontró las suyas. Las descolgó cuidadosa, cariñosamente, y pasó
las manos por el frío metal para revisar los montantes. Por fin, pensó. Nunca volverán a
quitármelas.
Las ató y echó a correr. Cruzó la puerta y se dirigió hacia el bosque, por un camino
diferente al que había tomado Corm. Pronto volvería a casa y descubriría el robo. Maris
tenía que llegar al risco de los alados.
Tardó media hora, y tuvo que esconderse dos veces entre los arbustos que
flanqueaban la carretera para no encontrarse con otros viajeros nocturnos. Pero, cuando
llegó al risco, había más gente —dos hombres del refugio de los alados— en la playa de
aterrizaje, así que Maris tuvo que ocultarse tras las rocas y aguardar, mientras vigilaba la
luz de las lámparas.
La postura era forzada, los músculos se le estaban agarrotando, y empezaba a
temblar de frío cuando, sobre el mar, a lo lejos, vio otro par de alas plateadas que
descendían a toda velocidad. El alado trazó un círculo bajo sobre la playa para atraer la
atención de los hombres del refugio, y luego se posó suavemente. Maris reconoció a
Anni de Culhall que, sin duda, traía algún mensaje. Aquélla era su oportunidad. Los
hombres del refugio acompañarían a Anni hasta el Señor de la Tierra.
Cuando se marcharon con ella, Maris se puso en pie rápidamente y corrió por el
camino rocoso que llevaba al risco de los alados. Era un trabajo lento y difícil desplegar
sus propias alas, pero lo consiguió, a pesar de que las bisagras de la izquierda estaban
demasiado nuevas y tuvo que sacudirlas cinco veces antes de que el último montante
quedara en su sitio. Corm no se había molestado en cuidarlas, pensó con amargura.
Luego, olvidando aquello, olvidándolo todo, echó a correr y saltó al viento.
La fuerte corriente la golpeó casi como un puño, pero Maris giró con ella,
maniobrando hasta encontrar un viento ascendente. Empezó a subir, ahora rápidamente,
cada vez más arriba. Demasiado cerca, un relámpago brilló a sus espaldas, y Maris sintió
un breve ramalazo de miedo. Pero luego se tranquilizó. Estaba volando de nuevo, y si caía
abrasada, bueno, nadie la lloraría en Amberly Menor, excepto Coll, y no había mejor
muerte que aquélla. Subió todavía más y, muy a su pesar, dejó escapar una carcajada
de placer.
Y una voz le respondió:
—¡Vuelve!
Era un grito furioso. Sorprendida, perdió el sentido del cielo durante un momento,
mientras miraba atrás, hacia arriba.
Un relámpago rasgó el cielo de Amberly Menor otra vez, y las alas que había
sobre ella brillaron a su luz con un plateado resplandor de mediodía. Desde las nubes,
Corm bajaba rápidamente hacia ella.
Y gritaba.
—¡Sabía que tenías que ser tú! —chillaba. Pero el viento se llevaba algunas
palabras—.Tuve... Después... No volví a casa... Risco... Esperé... ¡Vuelve! ¡Te obligaré a
bajar! ¡Atada a la tierra!

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Eso fue lo último que oyó. Maris se rió de él.


—¡Inténtalo! —le gritó desafiante—. ¡Demuéstrame lo bien que vuelas, Corm!
¡Atrápame si puedes!
Y entonces, todavía riéndose, bajó un ala para apartarse del camino de Corm. Éste
pasó sin rozarla y volvió a seguirla en su ascenso, todavía gritando.
Había jugado mil veces con Dorrel a perseguirse el uno al otro alrededor del Nido
de Águilas, pasatiempos en el cielo. Pero, esta vez, la caza era mortal. Maris jugó con los
vientos, buscando sólo velocidad y altura. Encontró instintivamente las corrientes que la
llevarían más arriba y más rápido. Mucho más abajo ahora, Corm recuperaba el equilibrio
y volvía a perseguirla. Pero, para cuando llegó a su altura, Maris estaba bastante más
adelante. Era exactamente lo que la joven pretendía. Aquello no era ningún juego, no
podía permitirse el lujo de correr riesgos. Si conseguía situarse por encima de ella, estaba
lo suficientemente furioso para obligarla a descender, centímetro a centímetro, hasta
que cayera al océano. Luego lo lamentaría, sentiría la pérdida de las alas, pero Maris
sabía que era capaz de hacerlo. Las tradiciones de los alados representaban mucho para
él. Se preguntó qué habría hecho ella misma, un año antes, con quién hubiera robado
unas alas.
Ahora Amberly Menor había desaparecido de la vista tras ellos. La única tierra
que se divisaba era la torre de señales de Culhall, en el horizonte, a la derecha y muy
por debajo de ellos. Pero también desapareció pronto, y sólo vieron el mar oscuro por
debajo y el cielo encima. Y Corm la perseguía incansable, su figura perfilada por la luz
de los relámpagos. Pero —Maris miró hacia atrás y parpadeó—, parecía más pequeño.
¿Le estaría ganando terreno al alado? Corm era uno de los mejores. Siempre había
dejado en buen lugar al Archipiélago Occidental en las competiciones, mientras que a
ella no se le permitía intervenir. Y ahora, claramente, la distancia se agrandaba.
El relámpago brilló una vez más, y el trueno resonó ominosamente sobre el
mar pocos segundos después. Desde abajo, una escila rugió a la tormenta, tomando el
estampido por un desafío airado. Pero, para Maris, significaba otra cosa. Los segundos
transcurridos entre el relámpago y el trueno indicaban que la tormenta se estaba
alejando. Ella se dirigía al Noroeste, y la tormenta probablemente hacia el Oeste. De
cualquier manera, había escapado de su radio de alcance.
Algo se iluminó dentro de ella. Hizo algunas piruetas por puro placer y trazó un
bucle de pura alegría, saltando de corriente a corriente como una acróbata en el
cielo. Ahora los vientos le pertenecían. Nada saldría mal.
Mientras Maris jugaba, Corm se acercó y, cuando la joven salió de la maniobra y
empezó a ascender de nuevo, le vio casi al alcance de la mano y llegó a oír sus gritos.
Decía algo sobre que Maris no podía aterrizar, que sería una criminal por haber robado
las alas. ¡Pobre Corm! ¿Qué sabría él?
Maris descendió hasta que casi pudo saborear la sal, hasta que oyó el rugido de
las aguas a pocos metros por debajo. Si quería matarla, si quería hundirla en el mar,
ahora era más vulnerable que nunca. Estaba casi planeando, Corm no tenía más que
alcanzarla, situarse a su altura y empujarla.
Lo sabía, lo sabía, Corm no podía hacerlo, por mucho que quisiera. Cuando dejó
atrás las nubes y salió al cielo claro de la noche, para cuando las estrellas se reflejaron
en sus alas, Corm no era nada más que un punto cada vez más lejano. Maris aguardó
hasta que ya no pudo ver sus alas, antes de captar otra corriente ascendente y
dirigirse hacia el sur. Sabía que Corm seguiría a ciegas hacia adelante hasta que
tuviera que darse por vencido para volver a Amberly Menor.
Maris estaba a solas con sus alas y el cielo. Y, por un breve momento, se sintió
en paz.

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Horas más tarde, vio en la oscuridad las primeras luces de Laus: hogueras
encendidas en la parte más alta de la Antigua Fortaleza de la isla. Maris se dirigió
hacia ellas, y pronto la mole semirruinosa del viejo castillo apareció ante ella,
completamente a oscuras excepto por las hogueras.
Voló directamente sobre él, atravesando el cielo de la pequeña isla montañosa,
hacia la arenosa playa de aterrizaje, al Sudoeste. Laus no era tan populosa como para
mantener un refugio de alados, y por primera vez Maris se sintió agradecida. No habría
nadie que la recibiera ni le hiciera preguntas. Aterrizó sola, sin que nadie la viera, con una
lluvia de fina arena seca. También sola, se quitó las alas.
Al final de la playa de aterrizaje, junto a la base del risco de los alados, la sencilla
casa de Dorrel estaba a oscuras, vacía. Cuando el joven no respondió a su llamada, Maris
abrió la puerta y entró. Pero la casa estaba silenciosa. Sintió un ramalazo de disgusto que
pronto se trocó en nerviosismo. ¿Dónde estaba su amigo? ¿Cuánto tardaría en volver? ¿Y
si Corm adivinaba dónde había ido Maris y la atrapaba allí, antes del regreso de Dorrel?
Se dirigió rápidamente a la chimenea y, con las brasas casi consumidas, encendió
una vela. Luego examinó la pequeña casa buscando alguna pista que le indicase dónde
podía estar Dorrel.
Allí: el pulcro Dorrel había dejado unas migajas de pastel de pescado en su
siempre limpia mesa. Miró hacia el rincón y sí, la casa estaba completamente vacía,
Anitra no estaba en su percha. Así que se trataba de eso. Dorrel había salido de caza con
su halcón.
Con la esperanza de que no hubiera ido demasiado lejos, Maris volvió a lanzarse al
aire para buscarle. Le encontró descansando en una roca de los traicioneros acantilados
de Laus, al oeste de la isla. Tenía las alas plegadas, pero todavía puestas, y Anitra
descansaba en su brazo mientras devoraba un pescado que acababa de atrapar. Dorrel
estaba hablando con el ave y no vio a Maris hasta que descendió sobre él, eclipsando las
estrellas con las alas.
La contempló mientras la alada trazaba círculos peligrosamente bajos, y por el
momento no la reconoció.
—¡Dorrel! —gritó ella con voz tensa.
—¿Maris?
La incredulidad se reflejaba en su rostro.
La joven viró y captó una corriente ascendente.
—¡ Ven a la orilla, tengo que hablar contigo!
Dorrel asintió, se levantó rápidamente y sacudió el brazo con el que sostenía al
halcón para que volase libre. El ave soltó el pescado a regañadientes y voló con las níveas
alas blancas, trazando círculos, esperando a su amo. Maris volvió por donde había venido.
Esta vez, cuando tomó tierra en la playa, el descenso fue torpe y brusco, y se
arañó las rodillas. Maris estaba confusa, con los sentidos embotados. La tensión del robo,
el agotamiento del largo vuelo después de tantos días sin cielo, la extraña mezcla de dolor,
miedo y regocijo que le causó ver a Dorrel... Todo contribuyó a sobrecargarla, a
conmocionarla, a que no supiera qué hacer. Antes de que Dorrel la alcanzara, empezó a
desatarse las correas, obligándose a concentrarse en lo que hacía. Aún no podía pensar,
aún no podía permitirse pensar. La sangre de las rodillas le resbalaba por las piernas.
Dorrel aterrizó junto a ella con limpieza y suavidad. La repentina aparición de
Maris le había sorprendido, pero no permitía que sus emociones se interfiriesen mientras
volaba. Para él, era algo más que cuestión de orgullo. Lo llevaba en la sangre, era su
herencia tanto como sus alas. Mientras se desataba las correas, Anitra se le posó en el
hombro.

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El alado se acercó a Maris con los brazos abiertos. El halcón dejó escapar un
graznido malhumorado, pero Dorrel ya estaría abrazando a Maris a pesar del ave si ella
no le hubiera puesto rápidamente las manos en las alas, aún sin plegar.
—Toma —dijo Maris—. Me entrego. He robado estas alas a Corm. Te las confío a ti.
Me entrego. He venido a pedirte que convoques el Consejo en mi nombre. Tú eres un
alado y yo no, y sólo los alados pueden convocarlo.
Dorrel la miró confuso, como si acabara de despertar de un profundo sueño. Maris
se impacientó con él. Estaba completamente agotada.
—Oh, te lo explicaré —dijo—. Vamos a tu casa para que pueda descansar.
Era una larga caminata, pero la hicieron casi en silencio, sin tocarse. Sólo una vez
Dorrel intentó hablar.
—Maris, ¿de verdad robaste... ?
Ella le interrumpió.
—Ya te he dicho que sí. —De repente, suspiró y se acercó a él como si fuera a
tocarle, pero se contuvo—. Perdóname, Dorrel, no pretendía.. . Estoy agotada, y
supongo que tengo mucho miedo. No pensé que volvería a verte, y menos en estas
circunstancias.
Volvió a quedarse en silencio, y el alado no la presionó. Sólo Anitra rompió el
silencio de la noche con sus graznidos de protesta: el pescado se le había terminado
demasiado pronto.
Una vez en casa, Maris se hundió en un amplio sillón e intentó relajarse, dejar salir
la tensión. Observó a Dorrel y se fue tranquilizando al ver los familiares rituales. El joven
dejó a Anitra en su percha y corrió las cortinas que la rodeaban (otras personas
encapuchaban a las aves para mantenerlas calladas, pero Dorrel desaprobaba aquel
sistema), encendió la chimenea y puso a hervir agua en la tetera.
—¿Té?
—Sí.
—Le pondré capullos de kerri en vez de miel —dijo—. Te tranquilizará.
Maris sintió una repentina calidez hacia él.
—Gracias.
—¿Quieres quitarte esa ropa? Puedes ponerte una túnica de las mías.
Ella sacudió la cabeza —moverse ahora le representaría un gran esfuerzo— y vio
que Dorrel le miraba las piernas con preocupación, un poco más abajo de la corta falda.
—Te has hecho daño. —Vertió en un plato agua caliente de la tetera, cogió un paño
limpio y se arrodilló ante ella. El fino tejido limpian do la sangre seca era tan suave como
una lengua—. Ah, no es tan malo como parecía —murmuró mientras la limpiaba—.
Sólo las rodillas, unos arañazos superficiales. Mal aterrizaje, cariño.
La proximidad de Dorrel y el toque suave de sus manos la hicieron estremecer,
y de pronto la tensión, el miedo y la debilidad desaparecieron. Una de las manos del
joven se deslizó hasta el muslo y no se movió.
—Dorr —dijo suavemente, casi demasiado paralizada para hablar por el
momento.
Él levantó la vista, sus ojos se encontraron, y por fin Maris volvió a él.

—Funcionará —aseguró Dorrel—. Tienen que darse cuenta, no pueden


negártelo.

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Estaban sentados, desayunando. Mientras Dorrel preparaba té y huevos,


Maris le había explicado su plan con todo detalle.
Ahora ella sonreía mientras se servía más huevos. Se sentía feliz y
esperanzada.
—¿A quién avisarás primero sobre la convocatoria del Consejo?
—Creo que a Garth —decidió Dorrel rápidamente—. Iré a su casa, luego nos
dividiremos para llevar el mensaje a las islas más cercanas y que se divulgue desde
ellas. Habrá otros que quieran ayudar. Ojalá pudieras venir tú también —dijo con una
mirada cariñosa—. Sería bonito volar juntos de nuevo.
—Tendremos mucho tiempo para hacerlo, Dorrel. Si...
Sí, sí, tendremos muchas ocasiones de volar juntos, pero... Esta mañana
sería especialmente bonito. Sería bonito.
Sí. Sería bonito.
Maris siguió sonriendo y, al final, él tuvo que sonreír a su vez. Estaba tendiendo
la mano sobre la mesa para tomar la de la joven, o acariciarle el rostro cuando un
repentino golpe en la puerta, fuerte y autoritario, les paralizó.
Dorrel se levantó para abrir. En la silla, Maris resultaba perfectamente visible
desde la puerta, pero era inútil intentar esconderse, y no había una segunda salida.
Era Helmer, con las alas plegadas atadas a la espalda. Miró directamente a
Dorrel, sin pasar.
—Corm se ampara en el derecho de todo alado a convocar el Consejo — dijo con
voz inexpresiva, forzada y excesivamente formal—. Para hablar sobre la ex alada Maris
de Amberly Menor, que ha robado las alas de otro.
—¿Cómo? —Maris se levantó rápidamente—. ¿Que Corm ha convocado el
Consejo, Helmer? ¿Por qué?
Dorrel volvió la cabeza para mirarla y luego se dirigió a Helmer que, aunque
parecía incómodo, estaba ignorando abiertamente a Maris.
—¿Por qué, Helmer? —preguntó con más tranquilidad que la joven.
—Ya te lo he dicho. Y no tengo tiempo para quedarme aquí moviendo el viento
con la boca. Hay que informar a otros alados, y es mal día para volar.
—Espérame —decidió Dorrel—. Dame algunos nombres y algunas islas a las que
ir, te facilitaré el trabajo.
Las comisuras de la boca de Helmer se tensaron.
—Pensé que no querías ir en esta misión, y menos por estas razones. No iba a
pedirte ayuda, pero ya que te ofreces...
Helmer instruyó rápidamente a Dorrel mientras el joven se ponía de inmediato
las alas. Maris caminó por la habitación, otra vez cansada, sorprendida y confusa.
Evidentemente, Helmer estaba decidido a ignorarla, y para ahorrarle y ahorrarse un
mal trago, no volvió a hacerle preguntas.
Dorrel la besó y la abrazó fuertemente antes de salir.
—Da de comer a Anitra, e intenta no preocuparte. Espero estar de vuelta para
cuando anochezca.
Cuando los alados se fueron, la casa le pareció sofocante. Y salir no arreglaba
nada, según descubrió Maris cuando se apoyó en la puerta. Helmer tenía razón, era
mal día para volar. Era uno de esos días que hacen pensar en el aire quieto. Se
estremeció repentinamente, temiendo por Dorrel. Pero era demasiado hábil y
demasiado inteligente para que se preocupase por él, pensó Maris intentando

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recuperar la seguridad. Y, si se quedaba todo el día sentada, pensando en el peligro


que corría el joven, se volvería loca. Ya era suficientemente frustrante tener que
esperar allí, sin el cielo. Levantó la vista hacia las brillantes nubes. Si el Consejo la
condenaba a ser una atada a la tierra por el resto de su vida...
Pero ya habría tiempo de apenarse en el futuro, así que decidió no pensar en
ello. Volvió a entrar en la casa.
Anitra, un ave nocturna, estaba dormida tras las cortinas. La casa estaba
tranquila y muy vacía. Por un momento, deseó que Dorrel estuviera allí para calmarla,
compartiendo sus ideas, especulando con ella sobre las razones de Corm para
convocar el Consejo. Sola, las ideas no dejaban de darle vueltas en la cabeza, como
pájaros en una trampa.
Sobre el armario de Dorrel había un juego de geechi. Maris lo bajó y colocó los
suaves guijarros blancos y negros en una sencilla posición de apertura, una con la que
su mente se sentía a gusto. Empezó a moverlos, jugando con los dos colores,
configurando nuevas distribuciones de las piedras sin pensar, cada una sugerida por la
anterior, tan inevitable como un desafío. Entretanto, pensó.
Corm es un hombre orgulloso, y he herido su orgullo. Tiene reputación de ser
uno de los mejores alados, y yo, la hija de un pescador, le he robado las alas y le he
vencido en una carrera. Para limpiar su orgullo tiene que humillarme públicamente,
de manera ostentosa. No le basta con recuperar las alas. No, todo el mundo, todos los
alados deben estar presentes para ver cómo me humilla y me declara fuera de la ley.
Maris suspiró. Era eso. Este Consejo tenía por misión declarar fuera de la ley a
la alada atada a la tierra que robó unas alas. Oh, sí, se escribirían canciones sobre el
tema. Pero quizá no importara. Aunque Corm le hubiera tomado la delantera, el
Consejo podía volverse contra él. Ella, la acusada, tendría derecho a hablar, a
defenderse, a atacar aquella tradición sin sentido. Y Maris supo que tendría las mismas
oportunidades en el Consejo de Corm que en el que hubiera convocado Dorrel. Sólo que
ahora era consciente de la magnitud de la rabia de Corm.
Bajó la vista hacia el tablero de geechi. Los guijarros blancos y negros estaban
distribuidos en el centro del tablero, enfrentados. Los dos ejércitos habían adoptado
formaciones de ataque: evidentemente, aquélla no sería una partida de esperas. Las
capturas empezarían con el próximo movimiento.
Maris sonrió y barrió los guijarros de la mesa.

El Consejo tardó todo un mes en reunirse. Dorrel transmitió la llamada a cuatro


alados el primer día. Cada uno de ellos contactó con otros, que a su vez contactaron con
otros, y así la noticia recorrió las dispersas islas que poblaban los mares de Windhaven. Se
envió un mensajero especial a las Islas Exteriores y otro a la desolada Artellia, la gran isla
helada del norte. Pronto todos estuvieron al tanto, y fueron llegando de uno en uno a la
reunión.
Se celebraría en Amberly Mayor. Por derecho, el Consejo debía tener lugar en
Amberly Menor, donde vivían tanto Corm como Maris, pero en la pequeña isla no había
ningún edificio capaz de albergar a la multitud que se reuniría, mientras que en Amberly
Mayor, sí: una enorme sala húmeda que rara vez se usaba.
Allí se dirigieron los alados de Windhaven. No todos, claro, porque siempre había
emergencias, algunos todavía no habían recibido el mensaje y otros estaban ilocalizables,
en largos y peligrosos vuelos. Pero acudió la mayoría, la inmensa mayoría, y con eso
bastaba. Nadie había visto jamás una reunión como aquélla. Incluso las competiciones
anuales en el Nido de Águilas eran pequeñas comparadas con esto, simples concursos
locales entre el Archipiélago Oriental y el Occidental.

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Todo estaba inmerso en un ambiente festivo. Los primeros en llegar se pasaban las
noches bebiendo, para regocijo de los comerciantes de vinos, y también intercambiaban
historias, canciones y cotillees interminables sobre el Consejo y sus posibles resultados.
Barrion y otros bardos los entretenían por las noches, y de día jugaban y echaban
carreras en el aire. Los últimos en llegar fueron calurosamente recibidos. Maris, que había
volado desde Laus después de obtener un permiso especial para utilizar las alas una vez
más, se moría por unirse a ellos. Allí estaban todos sus amigos, y Corm, junto con todas
las alas del Occidental. También acudieron los Orientales, muchos de ellos vestidos con
pieles y metal, que le recordaban inevitablemente cómo vestía Cuervo, hacía tanto
tiempo. Había tres pálidos artellianos, cada uno de los cuales llevaba un aro de plata en
torno a la frente, aristócratas de una tierra fría y oscura donde los alados eran tanto reyes
como mensajeros. Se unieron, hermanos e iguales, a los alados uniformados de rojo del
Gran Shotan, a
los veinte representantes de las Islas Exteriores y al escuadrón de bronceados
sacerdotes alados procedentes del Archipiélago Sur, que servían al Dios del Cielo al tiempo
que a sus Señores de la Tierra. Verles, conocerles, caminar entre ellos, entre la amplitud y
diversidad de las culturas de Windhaven, conmovió a Maris más que nada en su vida.
Aunque por poco tiempo, ella había volado. Había sido uno de los pocos privilegiados.
Pero existían tantos lugares que aún no conocía... Si pudiera tener sus alas otra vez...
Por fin llegaron todos aquellos a los que se esperaba. El Consejo se celebraría al
anochecer. Aquella tarde no habría aglomeraciones en las tabernas de Ciudad Amber.
—Tienes una oportunidad —dijo Barrion a Maris en los escalones de la sala antes
de la reunión. Coll y Dorrel también estaban con ella—. La mayoría de los alados están de
buen humor, después de unas semanas de vino y canciones. Los veo todas las noches,
canto, hablo con ellos y sé una cosa: te escucharán. —Les ofreció una de sus astutas
sonrisas—. No es una cosa muy corriente en los alados.
Dorrel asintió.
—Garth y yo hemos hablado con muchos. Hay bastantes que simpatizan contigo,
sobre todo los jóvenes. Los mayores tienden más a estar del lado de Corm, del lado de la
tradición, pero ellos tampoco se han decidido definitivamente.
Maris sacudió la cabeza.
—Hay más alados mayores que jóvenes, Dorr.
Barrion le puso una mano paternal en el hombro.
—Entonces, tendrás que ganártelos también a ellos. Después de todo lo que te
he visto hacer, apuesto a que te resultará sencillo.
El bardo sonrió.
Los delegados ya estaban sentados dentro, y Maris oyó en la puerta que había
tras ella cómo el Señor de Amberly Mayor hacía sonar los tambores ceremoniales que
señalaban el principio del Consejo.
—Tenemos que entrar —dijo.
Barrion asintió. No era un alado, y por tanto le estaba vedada la entrada a la
reunión. Dio a Maris una palmada en el hombro para desearle suerte, luego tomó su
guitarra y bajó lentamente los escalones. Maris, Coll y Dorrel entraron rápidamente.
La sala era un inmenso cuenco de piedra rodeado de antorchas. En el centro
se había preparado una mesa larga. Los alados se sentaban alrededor de ella en
semicírculo, en los duros peldaños de piedra que formaban el embudo del foro, grada
tras grada, hasta llegar a donde la pared se unía con el techo. Jamis el Mayor, con el
fino rostro marcado por la edad, se sentaba al centro de la larga mesa. Aunque ya
llevaba varios años atado a la tierra, todavía se le apreciaba mucho por su experiencia y
personalidad. Había venido en barco para presidir el Consejo. A sus dos lados se

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sentaban los dos únicos no alados que podían asistir al Consejo: el Señor de Amberly
Mayor y el corpulento gobernador de Amberly Menor. Corm ocupaba el cuarto asiento,
en el extremo derecho de la mesa. A la izquierda había una quinta silla, vacía.
Maris se dirigió hacia allí, su sitio. Dorrel y Coll se sentaron en las gradas. Los
tambores sonaron de nuevo, pidiendo silencio. Maris se sentó y miró a su alrededor
mientras los asistentes callaban.
Coll encontró un sitio en la parte de arriba, entre los jóvenes sin alas.
Muchos de ellos habían venido en bote desde las islas cercanas para ver cómo se
hacía la historia. Pero, al igual que Coll, no tomarían parte en la decisión. Ahora
ignoraban al joven aspirante a bardo, como era de esperar. Unos niños ansiosos de
cielo no podían comprender que otro cediera sus alas voluntariamente. Coll parecía
fuera de lugar y solo, como Maris.
Los tambores callaron. Jamis el Mayor se levantó, y su voz profunda resonó por
toda la sala.
— Éste es el primer Consejo de alados al que asistimos —dijo—. La mayoría de
vosotros estáis al corriente de las circunstancias por las que se ha convocado. Las
reglas serán sencillas. Puesto que es el convocante, Corm hablará en primer lugar.
Luego Maris, a la que se acusa, tendrá ocasión de responderle. Después, cualquier
alado o ex alado presente podrá tomar la palabra. Sólo os pido que habléis en voz
alta y que os identifiquéis al empezar. La mayoría de los presentes no nos conocemos.
Se sentó.
Corm se levantó de la silla y rompió el silencio.
—He convocado este Consejo por el derecho de todo alado a hacerlo —empezó
con voz segura y resonante—. Se ha cometido un crimen cuya naturaleza y
consecuencias son tales que a todos nos corresponde juzgarlo. Los alados deben
actuar como uno solo. La decisión que tomemos decidirá nuestro futuro, como sucedió
con las decisiones de los anteriores Consejos. Imaginad lo que sería el mundo ahora
si nuestros padres hubieran decidido llevar la guerra al aire. No existiría la sociedad
de los alados, estaríamos divididos en luchas y rivalidades regionales, en vez de
mantenernos al margen de las disputas de la tierra.
Siguió así, trazando un cuadro de desolación que habría tenido lugar si el
anterior Consejo hubiera tomado la decisión errónea. Maris pensó que era un buen
orador. Tenía el don de hablar, como Barrion el de cantar. Tuvo que sacudirse el
hechizo que estaba creando Corm, y se preguntó si podría estar a la altura para
replicarle.
—El problema que se nos presenta hoy en este Consejo es igualmente grave —
siguió el alado—. Y vuestra decisión no afectará a una sola persona, por la que quizá
sintáis simpatía, sino a todos nuestros hijos, a las generaciones venideras.
Recordadlo mientras escucháis los argumentos que se expondrán esta noche.
Miró a su alrededor, y aunque los ojos ardientes de Corm no se posaron en ella,
Maris se sintió intimidada.
—Maris de Amberly Menor ha robado unas alas —dijo—. Creo que todos
conocéis la historia. —Pero, de todos modos, Corm la contó, desde el nacimiento de la
joven hasta la escena de la playa —. ... Y ya se había encontrado a un nuevo portador.
Pero antes de que Devin de Gavora llegara para tomar posesión de sus alas, Maris las
robó y huyó.
»Pero ahí no acaba todo. Robarlas es un crimen, pero el robo de unas alas no
sería motivo suficiente para convocar un Consejo. Maris sabía que no podría
conservarlas mucho tiempo. Se las llevó, no para huir, sino para iniciar una revolución
contra nuestras tradiciones más vitales. Cuestiona los fundamentos mismos de nuestra
sociedad. Quiere que la propiedad de las alas esté abierta a discusión, nos amenaza

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con la anarquía. A menos que dejemos clara nuestra desaprobación, a menos que la
juzguemos en un Consejo que pase a la historia, los hechos empezarán a
distorsionarse. Puede que se recuerde a Maris como a una valerosa rebelde, y no como
a la ladrona que es.
Al oír la palabra, un escalofrío recorrió a Maris. Ladrona. ¿En eso se había
convertido?
—Tiene amigos bardos a los que les encantaría burlarse de nosotros —estaba
diciendo Corm—. Compondrían canciones en las que se hablase de su valentía.
Maris volvió a oír la voz de Barrion: «Nos convertirá a todos en héroes». Buscó
a Coll con la mirada. Le vio sentado, muy erguido, con la sombra de una sonrisa en los
labios. Desde luego, los buenos bardos tenían mucho poder.
—Así que debemos hablar con claridad, para la historia. Denunciemos lo que
ha hecho —terminó Corm antes de volverse hacia ella—. Maris, te acuso del robo de
las alas. Y pido a todos los alados de Windhaven que se han reunido en este Consejo,
que te condenen como criminal, y que jamás encuentres una isla a la que puedas
llamar hogar.
Se sentó. En el terrible silencio que le siguió, Maris supo cuánto le había
ofendido. Nunca imaginó que Corm pediría tanto. No se contentaba con arrebatarle las
alas, le quería quitar la vida misma, obligarla a un exilio solitario en alguna roca vacía.
—Maris —dijo Jamis amablemente. La joven no se había levantado todavía—. Es
tu turno. ¿Quieres responder a Corm?
Lentamente, la joven se puso en pie. Deseaba tener el poder de un bardo,
deseaba poder hablar con la seguridad de Corm, al menos por una vez.
—No puedo negar que robé las alas —empezó mirando hacia las hileras de
rostros inexpresivos, al mar de extraños. Tenía una voz más firme de lo que ella
misma esperaba—. Las robé por desesperación, porque eran mi única oportunidad. Un
bote habría sido demasiado lento, y en Amberly Menor nadie me hubiera ayudado.
Necesitaba llegar hasta un alado que convocara el Consejo en mi nombre. Una vez lo
conseguí, le entregué las alas. Puedo probarlo, si...
Miró a Jamis. El hombre asintió.
En medio de la sala, Dorrel se levantó.
—Dorrel de Laus —dijo en voz alta—. Confirmo lo que ha dicho Maris. En
cuanto me encontró, me entregó las alas y no volvió a utilizarlas. Yo no llamaría robo
a esto.
Un coro de murmullos de aprobación se elevó a su alrededor. La familia Dorrel era
muy conocida y apreciada. Aceptarían su palabra.
Maris se acababa de apuntar un tanto. Siguió hablando, sintiéndose más segura
con cada palabra que pronunciaba.
—Quería un Consejo para discutir algo que considero muy importante para todos,
para nuestro futuro. Pero Corm se me adelantó.
Una ligera sonrisa inconsciente le afloró a los labios. Y, entre el público, advirtió
unas cuantas sonrisas en el rostro de alados a los que no conocía. ¿Escepticismo?
¿Desacuerdo? ¿O apoyo, solidaridad? Tuvo que obligarse a dejar caer las manos a lo
largo del cuerpo, no estaría bien que empezara a retorcérselas delante de todos.
—Corm dice que estoy luchando contra la tradición —siguió Maris —. Y es cierto. Os
ha dicho que es algo terrible, pero no ha explicado por qué. No ha explicado por qué
tenéis que defender a la tradición de mí. Él que algo se haya hecho siempre de
determinada manera no quiere decir que cualquier cambio sea imposible, o indeseable.
¿Volaba la gente en el mundo natal de los navegantes de las estrellas? Si no, ¿significa eso

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que sea mejor no volar? No somos pájaros bobos; si nos dejan en el suelo, no seguimos
andando hasta que caemos o morimos. Y no tenemos que seguir la misma ruta todos los
días. No lo llevamos en la sangre.
Oyó una carcajada entre los que la escuchaban, y se animó. ¡Podía dibujar
imágenes con las palabras, igual que Corm! La idea de las estúpidas avecillas de las
cavernas le había brotado de la mente y había pasado a la de otros, haciéndoles reír.
Había hablado de romper la tradición, y todavía la escuchaban. Inspirada, siguió.
—Somos personas. Si tenemos instinto hacia algo, es el instinto, la voluntad de
cambiar. Las cosas siempre están cambiando, y si somos inteligentes las cambiaremos
nosotros para mejor, no esperaremos a que el cambio se nos imponga.
»La tradición de pasar las alas de padres a hijos ha funcionado bien durante
mucho tiempo. Desde luego, es mejor que la anarquía, o que la vieja tradición del juicio
por combate que se extendió en el Archipiélago Oriental durante los Días Tristes. Pero no
es el único sistema, ni es el sistema perfecto.
—¡Basta de palabrería! — gritó alguien.
Maris miró a su alrededor para ver de dónde había salido la voz, y se sobresaltó al
ver que Helmer se levantaba de su asiento en la segunda fila. El rostro del alado estaba
tenso mientras se cruzaba de brazos.
—Helmer —dijo Jamis con firmeza—, Maris tiene la palabra.
—No me importa —replicó—. Está atacando nuestro sistema, pero no nos
ofrece nada mejor. Y con razón. Este sistema ha funcionado durante tantos años porque
no hay ninguno mejor. Puede que sea duro, sí. Es duro para ti, porque no naciste alada.
Es duro, desde luego. Pero, ¿conoces algún sistema mejor?
Helmer, pensó Maris mientras el hombre se sentaba. Claro, su ira tenía sentido.
Era uno de aquellos a los que la tradición heriría pronto, ya le estaba hiriendo. Todavía
joven, se vería convertido en un atado a
la tierra en menos de un año, cuando su hija llegara a la edad y tomase las alas.
Aceptaba la pérdida como algo inevitable, una parte justa de una tradición que honraba.
Pero ahora Maris atacaba esa tradición, la única cosa que ennoblecía el sacrificio de
Helmer. Si las cosas no cambiaban, se dijo Maris por un momento, ¿llegaría Helmer a
odiar a su propia hija por arrebatarle las alas? Y Russ... Si no hubiera resultado herido...
Si no hubiera nacido Coll...
—Sí —dijo Maris en voz alta, comprendiendo de repente que la sala había quedado
en silencio, a la espera de su respuesta—. Sí, tengo un sistema. Nunca me hubiera
atrevido a convocar el Consejo si no...
— ¡No lo convocaste tú! —gritó alguien.
Otros rieron. Maris sintió un repentino calor y esperó no estar sonrojándose.
Jamis golpeó la mesa con fuerza.
—Está hablando Maris de Amberly Menor —dijo en voz alta—. ¡El próximo que
interrumpa, será expulsado!
Maris le dirigió una sonrisa agradecida.
—Propongo otro sistema, un sistema mejor —dijo—. Propongo que haya que ganar
el derecho a llevar alas. No por nacimiento, ni por edad, sino por lo único que
verdaderamente importa. ¡La habilidad! —Mientras hablaba, la idea se le esclareció
repentinamente en la cabeza, más elaborada, más compleja, más justa que el vago
concepto de libertad para todos—. Propongo la creación de una academia de vuelo,
abierta a cualquiera, a todo niño que sueñe con volar. Será una academia muy exigente,
muchos tendrán que renunciar. Pero cualquiera tendrá derecho a intentarlo: el hijo de un
pescador, la hija de un bardo, la de un tejedor. Cualquiera que tenga esperanzas y

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sueños. Y, para los que superen todas las pruebas, habrá una prueba definitiva: podrán
desafiar en la competición anual a cualquier alado que elijan. ¡Y, si son lo suficientemente
buenos para vencerle, se habrán ganado las alas!
»Así, los mejores alados siempre conservarán las alas. Y un alado vencido, bueno,
podrá esperar al año siguiente para intentar ganarle las alas al que le derrotó. O elegir a
cualquier otro, a alguien que vuele peor. Ningún alado podrá permitirse ser perezoso,
nadie que no ame el cielo tendrá que volar, y... — Miró a Helmer, en cuyo rostro era
imposible leer nada—. Y más aún, incluso los hijos de los alados tendrán que desafiar a
alguien para ganar el cielo. Podrán exigir las alas de sus padres sólo cuando estén
preparados, cuando de verdad vuelen mejor que ellos. Ningún alado se convertirá en
atado a la tierra sólo por haberse casado joven y haber tenido un hijo que llegó a la edad
cuando el alado, por derecho y por justicia, todavía debería estar en el cielo. Lo
importante será la habilidad, no el nacimiento ni la edad. ¡La persona, no la tradición!
Hizo una pausa justo cuando estaba a punto de contar su propia historia, de cómo
era hija de un pescador, de cómo el cielo nunca habría sido suyo. El dolor, el ansia... Pero
¿por qué gastar aliento? Todos eran alados de cuna, no conseguiría que simpatizasen con
los atados a la tierra, a los que despreciaban. No, lo importante era que el próximo Alas
de Madera que naciera en Windhaven tuviera una oportunidad de volar, pero aquél no
era un buen argumento. Ya había dicho bastante. Se lo había explicado todo. Ahora, la
elección estaba en manos de los alados. Miró rápidamente a Helmer y, al ver una extraña
sonrisa en su rostro, supo instantáneamente que el voto del hombre era suyo. Le
acababa de dar la oportunidad de seguir viviendo sin ser cruel con su hija. Con una sonrisa
de satisfacción, Maris se sentó.
Jamis el Mayor miró a Corm.
—Parece muy bonito —dijo éste. Sonreía, perfectamente controlado. Ni siquiera se
molestó en levantarse. Al verle tan tranquilo, Maris sintió que la esperanza se le escapaba
dolorosamente —. Un bonito sueño para la hija de un pescador, y es comprensible. Quizá
no has entendido bien lo que son las alas, Maris. ¿Cómo esperas que familias que han
volado desde... desde siempre, pongan en juego sus alas y se arriesguen a que pasen a
manos de extraños? Unos extraños que no tienen tradición ni orgullo de familia no las
cuidarían bien, no las respetarían. ¿De verdad crees que cualquiera de nosotros va a poner
su herencia en manos de cualquier atado a la tierra, en vez de en la de nuestros propios
hijos?
El genio de Maris estalló.
—Tú esperas de mí que ceda mis alas a Coll, que no vuela tan bien como yo.
—Nunca han sido tus alas.
Maris apretó los labios y no dijo nada.
—Si creíste que lo eran, es culpa tuya —dijo Corm—. Piénsalo: si las alas pasan de
persona a persona como una capa, si no se pueden retener más que uno o dos años,
¿cómo pueden sus propietarios estar orgullosos de ellas? Serían un préstamo, no una
propiedad. Y todo el mundo sabe que un alado debe tener sus propias alas, o no es un
alado en absoluto. ¡Sólo una atada a la tierra nos aconsejaría eso!
Maris percibía cómo los sentimientos de los asistentes cambiaban con cada una
de las palabras de Corm. El alado sabía amontonar argumentos con tanta habilidad que a
Maris se le escapaban sin tener oportunidad de captarlos. Tenía que responderle, pero
¿cómo? ¿Cómo? Un alado estaba tan apegado a sus alas como a sus pies. Ella no podía
negarlo ni rebatirlo. Recordó la rabia que sintió al ver que Corm no había cuidado bien las
alas, y eso que las alas nunca habían sido suyas, sino de su padre, de su hermano.
—Las alas son un préstamo —estalló—. Incluso ahora, todo alado sabe que, con el
tiempo, tiene que cederlas a su hijo.

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—Es muy diferente —dijo Corm. tolerante—. Un hijo es de la familia, no un extraño.


Y el hijo de un alado no es un atado a la tierra.
—¡Esto es algo demasiado importante como para empezar a decir cursiladas
sobre lazos de sangre! —le gritó Maris, elevando demasiado la voz—. ¡Escúchate a ti
mismo, Corm! ¡Mira el elitismo en que habéis caído tú y otros alados! ¡Mira cómo
desprecias a los atados a la tierra, como si pudieran evitar las leyes de la herencia!
Hablaba con furia, y el público se estaba poniendo abiertamente en contra de
ella. De pronto, comprendió que si se erigía en campeona de la causa de los atados a la
tierra contra los alados, perdería su apoyo.
Maris intentó tranquilizarse.
—Estamos orgullosos de nuestras alas —dijo, volviendo conscientemente al más
firme de sus argumentos—. Y si ese orgullo es suficientemente fuerte, las conservaremos.
Los buenos alados conservarán el cielo, no serán derrotados fácilmente. Y si les derrotan,
podrán volver a recuperarlas. Y tendrán la satisfacción de saber que el alado que se llevó
sus alas es bueno, sabrán que las honrará y las utilizará bien, sea cual fuere su origen.
—Se supone que las alas... —empezó Corm.
Pero Maris no le dejó terminar.
—Se supone que las alas no deben perderse en el mar —dijo—, y los malos alados,
los alados que no las cuidan bien porque nunca se han visto obligados a hacerlo, son los
que nos pierden las alas. Algunos, ni siquiera merecen el nombre de alados. ¿Y qué hay
de los niños que son demasiado jóvenes para el cielo, aunque técnicamente hayan
llegado a la edad? Se asustan, vuelan mal y mueren, llevándose las alas con ellos. —
Dirigió una rápida mirada a Coll —. ¿Y los que no nacieron para volar? Nacer alado no
implica tener la habilidad necesaria para serlo. Mi propio... Coll, al que quiero como a un
hermano, como a un hijo, no tiene madera de alado. Las alas eran suyas, pero no podía
dárselas, no quería dárselas... Aunque él las hubiera deseado, no habría querido
dárselas...
—Tu sistema no cambiará eso —gritó alguien.
Maris sacudió la cabeza.
—No, no lo cambiará. Seguiría sin gustarme la idea de perder las alas, pero si
fuera porque me han vencido... Bueno, podría quedarme en la academia, entrenarme,
esperar al año siguiente e intentar recuperarlas. Oh, nada será perfecto, desde luego,
porque no hay suficientes alas. Y eso es algo que irá a peor, no a mejor. Pero debemos
intentar detenerlo, dejar de perder tantas alas cada año, dejar de enviar al cielo a tantos
alados ineptos, dejar de perder a tantos. Seguirá habiendo accidentes, seguiremos
corriendo peligros, pero no perderemos alas y alados sólo por miedo, falta de criterio y de
habilidad.
Agotada, Maris se quedó sin palabras. Pero su discurso había conmovido al
público, volvían a estar con ella. Había una docena de manos levantadas. Jamis señaló a
uno y un shotanés de recia constitución se levantó de entre los demás.
—Dirk de Gran Shotan —dijo en voz baja.
Tuvo que repetirlo cuando los alados de la parte de atrás gritaron «¡Más alto!
¡Más alto!». El hombre hablaba tímidamente, confuso.
—Sólo quería decir... He estado sentado aquí, escuchando... He... No esperaba...
Todo esto para juzgar un crimen... —Agitó la cabeza. Evidentemente, tenía dificultad
para encontrar las palabras—. Oh, maldita sea —dijo por fin—. Maris tiene razón. Casi
siento vergüenza de decirlo, pero no debería ser así. Es la verdad. No quiero que mi hijo
tome las alas. Tengo miedo. Es buen chico, me quiere, y yo le quiero, pero a veces tiene
ataques. Ya sabéis, la enfermedad de los temblores. No puede volar así, no debería volar,
pero no piensa en otra cosa. Y el próximo año, cuando cumpla trece años, querrá tomar

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mis alas, y yo tendré que entregárselas, y él volará y morirá, y ya no tendré hijo, ni


alas, y tanto me daría estar muerto. ¡No!
Se sentó, con el rostro congestionado, respirando entrecortadamente.
Muchos gritaron frases de apoyo. Maris, esperanzada, miró a Corm, y vio que la
sonrisa del alado ya no era tan confiada. Tenía dudas.
Un amigo se levantó y le dirigió una sonrisa.
—Soy Garth de Skulny — dijo—. ¡ Estoy con Maris!
Otro orador la respaldó, luego otro más, y Maris sonrió. Dorrel tenía amigos
repartidos entre el público, que ahora intentaban volcar a todos en favor de ella. ¡Y estaba
funcionando! Porque, junto a los apoyos de alados a los que conocía desde hacía años, se
alzaron voces de completos desconocidos que también le daban la razón. ¿Habría
vencido? Desde luego, Corm parecía preocupado.
—Reconozco que nuestro sistema va mal, pero no creo que tu academia sea la
respuesta. —Las palabras arrancaron el optimismo del corazón de Maris. La oradora era
una mujer alta y rubia, una líder voladora de las Islas Exteriores—. Esta tradición tiene
unos motivos, y no debemos debilitarlos, o nuestros hijos volverán a la crueldad de los
juicios por combate. Lo que tenemos que hacer es enseñarles mejor. Debemos enseñarles
a tener más orgullo, debemos dotarles de las habilidades necesarias desde que son muy
pequeños. Así me enseñó mi madre, y así estoy enseñando a mi hijo. Quizá haga falta
una especie de prueba, tu idea del desafío es buena. —Frunció los labios—. Admito que el
día en que deberé ceder las alas a Vard se está acercando demasiado de prisa. Cuando
llegue ese día, creo que los dos seremos demasiado jóvenes. Debería competir conmigo,
demostrar que es tan buen alado, no, mejor alado, que yo. Sí, es una idea excelente.
En la sala, otros alados asentían. Sí, sí, claro, ¿cómo no se les había ocurrido antes
lo buena que sería la idea de una especie de prueba? Todos sabían que la llegada a la
edad solía ser algo muy arbitrario, que algunos de los que tomaban las alas eran todavía
niños, mientras que otros podían pasar por adultos. Sí, que los jóvenes demostrasen
primero que sabían volar... La oleada recorrió la asamblea.
—Pero esa academia —siguió amablemente la oradora—, no hace falta. Ya damos a
luz a suficientes alados nosotros mismos. Conozco tu pasado y comprendo tus
sentimientos, pero no puedo compartirlos. No sería inteligente.
Se sentó, y Maris sintió que su corazón se hundía con ella. Pensó que allí
terminaba todo. Ahora votarían para que se estableciera una prueba, pero el cielo
seguiría cerrado para aquellos que nacieron de los padres erróneos. Los alados
rechazarían la parte más importante. Había estado muy cerca, a punto de conseguirlo,
pero falló al final.
Un hombre delgado, vestido de seda y plata, se levantó.
—Arris, alado y príncipe de Artellia —dijo. Sus ojos eran de hielo azul bajo la
diadema de plata—. Apoyo a mi hermana de las Islas Exteriores. Mis hijos son de sangre
real, nacidos y educados para las alas. Obligarles a competir contra plebeyos sería un
chiste. Pero que haya una prueba para decidir cuándo son dignos de volar, ésa sí que es
una buena idea para los alados.
Le siguió una mujer morena vestida con ropas de cuero.
—Zevakul, de Deeth, en el Archipiélago del Sur —se presentó—. Cada año llevo
mensajes para mi Señor de la Tierra, pero también sirvo al Dios del Cielo, como todos los de
las castas superiores. La idea de ceder las alas a un inferior, a un niño sucio, quizá a un no
creyente... ¡Jamás!
Otros se hicieron eco por toda la sala.
—Joi, de Martillo de Tempestades. Voto que sí, que volemos para ganarnos las
alas, pero sólo contra los hijos de alados.

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—Tomas, de Pequeña Shotan. Los hijos de los atados a la tierra nunca aprenderán
a amar el cielo como nosotros. Construir la academia de la que habla Maris sería un
desperdicio de tiempo y de dinero. Pero apoyo la idea de la prueba.
—Crain de Poweet, opino lo mismo. ¿Por qué tendríamos que competir con hijos de
pescadores? Ellos no nos dejan competir por sus botes, ¿verdad? —La sala estalló en
risas, y el alado sonrió—. Sí, un chiste, un buen chiste. Pues bien, hermanos, nosotros
seríamos un chiste, esa academia sería un chiste, si nos mezclamos con la gentuza. Las
alas son de los alados, y si ha sido así durante tantos años es porque así es como debe
ser. Los demás están contentos, y hay muy pocos que de verdad quieran volar. Para la
mayoría sólo es un capricho momentáneo, o algo aterrador. ¿Por qué vamos a animar
esos sueños sin fundamento? No son alados, no nacieron para serlo, pueden llevar unas
vidas útiles en otros...
Maris escuchaba incrédula, cada vez más furiosa, airada por la vanidad y la
autosuficiencia del hombre... Y entonces vio horrorizada que otros alados asentían,
incluso algunos de los jóvenes, que aceptaban complacidos las palabras del hombre. Sí,
ellos eran mejores porque habían nacido alados, sí, eran superiores y no querían
mezclarse con los demás, sí, sí. De pronto, no importó que en otros tiempos hubiera
pensado como ellos, que ella misma hubiera opinado igual sobre los atados a la tierra. De
pronto, sólo pudo pensar en su padre, en su auténtico padre, el pescador muerto al que
apenas recordaba. Detalles que casi creía olvidados, volvieron. Impresiones sensoriales,
sobre todo: ropas que olían a sal y a pescado, manos cálidas, rudas pero gentiles, que le
acariciaban el pelo y le secaban las lágrimas de las mejillas después de que su madre la
hubiera castigado... Y las historias que el pescador le contaba en voz baja, historias sobre
las cosas que había visto durante el día desde su pequeño bote: cómo eran los pájaros
cuando escapaban de una repentina tormenta, cómo el pez luna saltaba hacia el cielo
de la noche, cómo sonaban el viento y las olas azotando el bote... El padre de Maris
fue un hombre observador y valiente, que cada día desafiaba al océano desde una
frágil barquichuela. Y, en su rabia, Maris supo que no era inferior a ninguno de los
presentes, a ninguno de los habitantes de Windhaven.
—Elitistas —dijo con voz hiriente, sin preocuparse si aquello predispondría a los
alados en contra de ella o a su favor—. Todos vosotros. Pensáis que sois superiores
porque nacisteis de un alado y heredasteis las alas, sin tener que hacer nada para
lograrlas. ¿Creéis que habéis heredado la habilidad de vuestros padres? Entonces,
¿qué hay de la otra mitad de vuestra herencia? ¿O es que todos habéis nacido de
matrimonios entre alados? —Señaló con un dedo acusador a un rostro familiar, en la
tercera fila—. Tú, Sar, estabas asintiendo. Tu padre era un alado, sí, pero tu madre
se dedicaba al comercio y provenía de una familia de pescadores. ¿Les desprecias? ¿Y
si tu madre confesara que su marido no fue tu padre? ¿Y si te dijera que te concibió
con un mercader ambulante al que conoció en el Archipiélago Oriental? ¿Qué
pasaría? ¿Te sentirías obligado a ceder las alas y a iniciar una nueva vida?
Sar la miró con su rostro redondo. Nunca había sido demasiado rápido, no
entendía por qué Maris le había señalado. La joven bajó la mano y descargó su ira
contra todos.
—Mi verdadero padre era un pescador, un hombre bueno, valiente y honrado
que nunca llevó unas alas y nunca las quiso. ¡Pero, si hubiera nacido alado, habría sido
el mejor de todos! ¡Se cantarían canciones sobre él, se le honraría! Si heredamos el
talento de nuestros padres, miradme a mí. Mi madre es una pescadora de ostras, yo
soy incapaz de hacerlo. Mi padre no podía volar. Yo sí. Y algunos sabéis lo bien que lo
hago, mejor que algunos que nacieron para ello. —Se volvió para mirar al otro extremo
de la mesa—. Mejor que tú, Corm —dijo con una voz que recorrió la gran sala—. ¿O ya
lo has olvidado?
Corm levantó la vista hacia ella, con el rostro enrojecido por la ira y una gruesa
vena latiéndole en el cuello. No dijo nada. Maris se volvió hacia los alados y les miró
con falsa solicitud.

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Refugio del viento

— ¿Tenéis miedo? —les preguntó—. ¿No sois nada sin vuestras alas? ¿Tenéis
miedo de que los hijos de los pescadores os las arrebaten, de que demuestren que
vuelan mejor que vosotros, de que os dejen en ridículo?
Las palabras se agotaron. También la ira. Maris volvió a tomar asiento y en la
amplia sala de piedra se hizo un pesado silencio. Por fin se levantó una mano, y luego
otra, pero Jamis estaba mirando hacia delante sin ver nada, con gesto pensativo.
Nadie se movió hasta que, por fin, salió de su concentración como de un pesado
sueño, e hizo un gesto en dirección a una de las manos.
Al fondo de la sala, un anciano con un brazo inerte colgándole a lo largo del
cuerpo se levantó, solo, bajo la luz de una antorcha.
—Russ de Amberly Menor —empezó. Su voz era suave — . Amigos míos, Maris
tiene razón. Hemos sido unos idiotas, y yo más que ninguno.
»No hace mucho, en una playa, dije que no tenía hija. Hoy me gustaría poder
retirar aquellas palabras. Quisiera tener derecho a llamar hija a Maris otra vez. Me ha
hecho sentir muy orgulloso. Pero no es hija mía. No. como ha dicho, nació de un
pescador, un hombre mejor que yo. No he hecho más que amarla durante un tiempo, y
enseñarle a volar. No hicieron falta demasiadas lecciones, siempre aprendió de prisa.
Mi pequeña Alas de Madera. Nada podía detenerla, nada. Ni siquiera yo, cuando
intenté hacerlo como un idiota, después de que naciera Coll.
»Maris es la mejor alada de Amberly, y eso no tiene nada que ver con mi
sangre. Sólo importa su habilidad y su sueño. Y si vosotros, hermanos alados, si
vosotros despreciáis así a los hijos de los atados a la tierra, entonces es una vergüenza
que les tengáis miedo. ¿Tan poca fe tenéis en vuestros propios hijos? ¿Tan seguros
estáis de que no podrán conservar las alas contra el desafío hambriento del hijo de un
pescador?
Russ sacudió la cabeza.
—No lo sé. Soy un anciano, y últimamente todo es muy confuso. Pero hay algo
de lo que estoy seguro: si pudiera utilizar el brazo, nadie me quitaría las alas, aunque
fuera hijo de un halcón. Y nadie le quitará las alas a Maris hasta que ella decida
cederlas. No. Si enseñáis a vuestros hijos a volar bien de verdad, conservarán el cielo.
Si tenéis tanto orgullo como decís, actuaréis en consonancia, lo demostraréis dejando
que sólo lleven las alas aquellos que se las hayan ganado, sólo aquellos que hayan
probado su habilidad en el aire.
Russ se sentó de nuevo, y la oscuridad reinante al fondo de la sala le engulló.
Corm empezó a decir algo, pero Jamis el Mayor le ordenó callar.
—Ya te hemos oído bastante —le dijo. Corm parpadeó, sorprendido.
—Ahora, hablaré yo —empezó Jamis—. Y luego votaremos. Russ nos ha
hablado con sabiduría, pero quiero aportar otra idea. ¿No somos todos descendientes
de los navegantes de las estrellas? ¿No es Windhaven, en último término, una gran
familia? No hay uno sólo de entre nosotros que no pueda encontrar un alado en su
árbol genealógico, si retrocede lo suficiente. Pensadlo, amigos míos. Y recordad
también que, mientras vuestro hijo mayor lleva las alas, sus hermanos y hermanas, y
los descendientes de éstos por generaciones, serán atados a la tierra. ¿Podemos
negarles el viento para siempre sólo porque sus antepasados nacieron en segundo
lugar? —Jamis sonrió —. Quizá debería añadir que fui el segundo hijo de mi madre. Mi
hermano mayor murió en una tormenta seis meses antes de llegar a la edad de tomar
las alas. Una cosa sin importancia, ¿verdad?
Miró a su alrededor, a los dos Señores de la Tierra, que habían permanecido
sentados y en silencio durante todo el Consejo, como ordenaba la ley de los alados.
Habló en susurros con uno, luego con el otro, y asintió.
—Pensamos que la propuesta de Corm de declarar fuera de la ley a

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Maris de Amberly está fuera de lugar —dijo Jamis—. Ahora votaremos la


propuesta de Maris para establecer una academia de alados, abierta a todos. Yo voto a
favor.
Después de aquello, ya no hubo dudas.

Cuando todo terminó, Maris se sentía ligeramente mareada, ebria por el triunfo,
aunque todavía no podía creer que de verdad hubiera concluido, que ya no tenía que
luchar más. Fuera de la sala, la atmósfera era limpia y húmeda, y el viento soplaba del
Este con fuerza. Se quedó de pie en los escalones y lo saboreó, mientras amigos y
desconocidos se aglomeraban a su alrededor, queriendo hablarle. Dorrel la rodeaba con
un brazo, sin hacer preguntas, sin mostrar sorpresa. Era un descanso apoyarse contra él.
¿Y ahora, qué?, se preguntaba Maris. ¿Otra vez a casa? ¿Dónde estaría Coll? Quizá había
ido a buscar a Barrion para marcharse en el bote.
La multitud que la rodeaba dejó paso a Russ, que se acercaba con Jamis. Su
padrastro llevaba en las manos un par de alas.
—Maris —dijo.
—¿Padre?
La voz le temblaba.
—Así debería haber sido siempre —sonrió Russ—. Me sentiré muy orgulloso si me
permites volver a llamarte hija, a pesar de todo lo que he hecho. Y aún me sentiré más
orgulloso si accedes a llevar mis alas.
—Te las has ganado —intervino Jamis—. Las viejas reglas ya no se aplican, y
desde luego, has demostrado tu habilidad. Hasta que se ponga en marcha la academia,
no habrá nadie para llevarlas aparte de ti y de Devin. Y tú las has cuidado mucho mejor
de lo que Devin cuidó las suyas.
Tendió las manos para recoger las alas de Russ. Volvían a ser suyas. Sonreía, ya
no estaba cansada, sino extasiada ante el familiar peso que sentía en las manos.
—Oh, padre... — fue lo único que pudo decir.
Russ y ella se abrazaron llorando.
Cuando se acabaron las lágrimas, todos se dirigieron al risco de los alados,
seguidos por una auténtica multitud.
—Volemos al Nido de Águilas —dijo Maris a Dorrel. Luego vio a Garth, justo detrás
de ella. Hasta entonces, no le había encontrado entre la gente—. ¡Ven tú también, Garth!
¡Celebraremos una fiesta!
—Sí —asintió Dorrel—. Pero, ¿crees que el Nido de Águilas es el lugar más
apropiado?
Maris enrojeció.
— ¡No, claro que no! —Miró a los que la rodeaban — . No, iremos a nuestra casa en
Menor, y todo el mundo puede venir. Padre, el Señor de la Tierra, Jamis, y Barrion
cantará para nosotros, si podemos encontrarle...
Entonces vio a Coll, que corría hacia ella con el rostro iluminado.
—¡Maris! ¡Maris!
Se encontraron y se abrazaron entusiasmados, antes de separarse con una
sonrisa.
—¿Dónde estabas?

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Refugio del viento

—Con Barrion. Estoy componiendo una canción. Sólo tengo el principio, pero será
buena, lo noto. Es sobre ti.
—¿Sobre mí?
Evidentemente, estaba orgulloso de sí mismo.
—Sí. Serás famosa. Todo el mundo la cantará, todo el mundo te conocerá.
—Ya la conocen — rió Dorrel—. Créeme.
—No, quiero decir para siempre. Mientras se cante esta canción, todos te
conocerán. Conocerán a la chica que deseaba tanto unas alas que cambió el mundo.
Y quizá sea cierto, pensó Maris más tarde, cuando se ató las alas y saltó al viento,
con Dorrel a un lado y Garth al otro. Pero haber cambiado el mundo no parecía tan
importante ni tan auténtico como el viento en el pelo y la familiar tensión en los músculos
cuando se elevaba, cabalgando en sus amadas corrientes, que había creído perdidas para
siempre. Volvía a tener alas, volvía a tener el cielo. Ahora era ella misma, ahora era feliz.

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Segunda parte

Un-Ala
Lo más extraño de morir era lo fácil que resultaba, lo tranquilo y lo bello.
El aire quieto rodeó a Maris sin previo aviso. Un instante antes, la tormenta rugía
a su alrededor. La lluvia le azotaba los ojos y le corría por las mejillas, repiqueteando
contra el metal plateado de las alas. Los vientos eran potentes, la zarandeaban de aquí
para allá, la empujaban con desprecio, como si ella fuera una chiquilla novata en el aire.
Bajo los montantes de las alas, los brazos le dolían por el esfuerzo. Nubes negras
oscurecían el horizonte, y el mar bajo ella era turbulento y rabioso. No había tierra alguna
a la vista. Maris maldijo, sufrió y voló.
Entonces la envolvió la paz, la calma, la muerte.
Los vientos se detuvieron y la lluvia cesó. Las salvajes olas del mar
desaparecieron. Incluso las nubes parecieron retroceder, hasta quedar infinitamente
lejos. Se hizo el silencio, una nada aterradora, como si el tiempo se hubiera detenido para
recuperar el aliento.
En el aire quieto, con las alas extendidas, Maris empezó a descender.
Fue un descenso gradual, algo hermoso, elegante, e inevitable. Sin una brisa que
la empujara o la elevara, sólo podía planear hacia adelante y hacia abajo. No fue una
caída. Pareció durar eternamente. Mucho más allá, alcanzó a ver el punto donde chocaría
contra el agua.
Por un breve instante, sus instintos de alada la impulsaron a luchar. Intentó girar
hacia un lado, hacia el otro, intentó virar por avante, buscó en vano una corriente
ascendente, un viento cualquiera en el cielo quieto. Agitó las alas, de seis metros de
envergadura, y un repentino rayo de sol arrancó destellos del metal plateado. Pero
siguió descendiendo.
Entonces se serenó, quedó tan tranquila como el aire, con una calma interior tan
impresionante como la del mar que se extendía bajo ella. Sintió la profunda paz de la
rendición, el alivio de ver concluida su larga batalla contra los vientos. Pensó que siempre
había estado a su merced, que nunca los había controlado. Eran violentos, y ella débil. Y
estúpida por haber soñado lo contrario. Miró hacia arriba, preguntándose si vería a los
alados fantasmas que, según las leyendas, poblaban el aire quieto.
Barrió el agua en primer lugar con las puntas de las botas, y luego su cuerpo se
estrelló contra el suave espejo gris del océano. El impacto del agua fría la marchitó como
una llamarada, y se hundió...
... Y se despertó, empapada en sudor, sin aliento.
El silencio le latió en los oídos. El sudor se le secó al contacto con el aire frío, y se
incorporó, desorientada, a ciegas. Al otro lado de la habitación había una delgada línea de
brasas, pero en el Nido de Águilas estarían al otro lado de la cama, y en su casa mucho
más cerca. El aire olía a lodo y a musgo marino.
Fue el olor lo que le dio la pista. Estaba en la academia, pensó aliviada, en Alas de
Madera; de repente, todas las sombras se disolvieron para dar paso al familiar entorno.
Poco a poco, se fue relajando, y ahora Maris estaba completamente despierta. Se puso
una camisa de gruesa lana y avanzó cautelosamente por la oscura habitación hacia la
chimenea, para encender una vela con los rescoldos.
A la luz de la vela, vio una pequeña jarra de piedra junto a la cama baja, y sonrió.
Exactamente lo que necesitaba para acabar con las pesadillas.
Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y tomó un sorbo del frío vino
especiado, mientras contemplaba la danza de la llama de la vela. El sueño la
intranquilizaba. Como todos los alados, Maris temía el aire quieto, pero hasta entonces
no le había provocado pesadillas. Y la paz que sintió, la sensación de rendición, de
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Refugio del viento

aceptación... Eso era lo peor. Soy una alada, pensó. Y ese sueño es impropio de un
verdadero alado.
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Maris, dejando a un lado la jarra de vino.
Allí estaba S'Rella, una jovencita menuda y morena con el pelo muy corto, al estilo
del Archipiélago del Sur.
—El desayuno está preparado, Maris —dijo con el suave acento que delataba su
origen—. Pero Sena quiere verte antes. Está en su habitación.
—Gracias —sonrió Maris.
Le gustaba S'Rella, quizá la mejor de entre todos los alumnos de Alas de Madera.
La isla del Archipiélago del Sur donde nació estaba a todo un mundo de distancia de la
Amberly Menor natal de Maris. Pero, a pesar de las diferencias, se sentía identificada con
la jovencita. S'Rella era menuda, pero decidida, con una energía que no correspondía a
su talla. Hasta ahora, en el cielo, le faltaba elegancia. Pero era lo suficientemente tenaz
como para confiar en una rápida mejoría. Maris ya llevaba diez días trabajando con la
bandada de futuros alados de Sena, y consideraba a S'Rella una de los tres o cuatro más
prometedores.
— ¿Quieres que te espere para mostrarte el camino? —preguntó la chica cuando
Maris saltó de la cama para lavarse en la vasija de agua que tenía al otro lado de la
habitación.
—No —dijo Maris—, ve a desayunar. Me las arreglaré para encontrar yo sola a Sena.
Sonrió para suavizar la negativa, y S'Rella le devolvió la sonrisa, no sin algo de
timidez, antes de marcharse.
Pocos minutos más tarde, Maris se lo estaba pensando mejor mientras recorría el
estrecho y oscuro pasillo, en busca del pequeño cuarto
de Sena. La academia Alas de Madera era una estructura antigua, una
enorme roca atravesada por túneles y cuevas, algunas naturales, otras excavadas
por manos humanas. Las cavernas inferiores estaban siempre inundadas, e incluso en
las superiores, en la parte habitada, muchas de las habitaciones y todos los pasillos
carecían de ventanas, nunca recibían la luz del sol ni la de las estrellas. El olor a mar lo
impregnaba todo. En los viejos tiempos fue una fortaleza, se construyó durante la
terrible revolución de Colmillo de Mar contra Gran Shotan. Luego quedó desocupada
hasta que el Señor de Colmillo de Mar se la ofreció a los alados para instalar su
academia de entrenamiento. Desde entonces habían transcurrido siete años, y Sena
y sus discípulos habían arreglado la mayor parte, pero todavía era muy fácil
equivocarse de camino y perderse en las partes deshabitadas.
El tiempo transcurría sin dejar rastro por los pasillos de Alas de Madera. Las
antorchas se consumían en los huecos de la piedra, se agotaba el aceite de las
lámparas, y podían pasar días sin que nadie se diera cuenta. Maris atravesó
cautelosamente un oscuro tramo de pasillo, nerviosa y un poco oprimida por el peso
de la fortaleza sobre ella. No le gustaba estar bajo tierra, encerrada. Iba contra todos
sus instintos de alada.
Aliviada, Maris vio el tenue resplandor de una luz más adelante. Tras un
último recodo, volvió a encontrarse en terreno familiar. Si no había perdido todo el
sentido de la orientación, la habitación de Sena debía de ser la primera a la izquierda.
— Maris. —Sena levantó la vista y sonrió. Estaba sentada en una mecedora,
tallando un trozo de madera suave con un cuchillo de hueso, pero lo dejó a un lado e
hizo señal a Maris de que entrase—. Estaba a punto de llamar a S'Rella otra vez para
enviarla a buscarte. ¿Te has perdido en nuestro laberinto?

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Refugio del viento

—Casi —respondió Maris sacudiendo la cabeza—. Tendría que haberme acordado


de llevar una luz. Soy capaz de ir de mi habitación a la cocina, o a la sala de estar, o
fuera. Pero, aparte de eso, la cosa empieza a ser menos segura.
Sena se echó a reír, pero era sólo una carcajada educada para enmascarar un
estado de ánimo que estaba muy lejos de ser alegre. La maestra era una antigua
alada. Tenía tres veces la edad de Maris, y quedó atada a la tierra diez años antes, en
la clase de accidente que solía ser demasiado corriente entre los alados. Por lo
general, el vigor y el entusiasmo de la mujer ocultaban su edad, pero esta mañana
parecía vieja y cansada. El ojo inútil, como un trozo de lechoso cristal marino, hacía
más pesado el lado izquierdo de su rostro. Parecía temblar bajo la carga.
—¿Por qué has enviado a S'Rella a buscarme? —preguntó Maris—. ¿Hay
noticias?
— Hay noticias —asintió Sena — . Y no son buenas. Pensé que sería mejor no
comentarlo durante el desayuno hasta después de haberlo discutido contigo.
—¿Sí?
—En el Archipiélago Oriental han cerrado Hogar del Aire —dijo Sena.
Maris suspiró y se recostó en la silla. De pronto, ella también se sentía cansada. La
noticia no era una gran sorpresa, pero sí algo descorazonador.
—¿Por qué ahora? —preguntó—. Hablé con Nord hace tres meses, cuando me
enviaron con un mensaje a Lejana Hunderlin. Él creía que la academia seguiría abierta, al
menos hasta la próxima competición. Incluso me dijo que tenía varios alumnos
prometedores.
—Hubo una muerte. Uno de esos prometedores alumnos, una chica, hizo una
tontería y rozó el acantilado con un ala. Nord no pudo hacer más que contemplar
impotente como se estrellaba contra las rocas. Peor aún, los padres de la alumna
también estaban allí. Gente rica, poderosa, unos comerciantes de Cheslin que poseen más
de una docena de barcos. La alumna estaba haciendo una exhibición para ellos. Por
supuesto, los padres acudieron al Señor de la Tierra para pedir justicia. Acusaban a Nord
de negligencia.
—¿Y es verdad?
Sena se encogió de hombros.
—Era un alado mediocre cuando tenía alas, y no creo que, como maestro, fuera
mucho mejor. Siempre buscaba impresionar. Y tenía una tendencia excesiva a
sobreestimar a sus alumnos. El año pasado avaló a nueve para los desafíos. Todos
fallaron, algunos ni siquiera debieron intentarlo. Yo sólo avalé a tres. Según me han
dicho, esa chica que murió sólo llevaba un año en Hogar del Aire. ¡Un año, Maris! Quizá
tuviera talento, pero es muy propio de Nord dejarla ir demasiado lejos, demasiado
pronto. Bueno, ahora es demasiado tarde. Ya sabes que, según algunos Señores de la
Tierra, las academias no son más que un gasto, un gasto inútil. Sólo necesitaban una
excusa. Despidieron a Nord y cerraron la escuela. Fin. Y ahora, todos los niños del
Archipiélago Oriental tendrán que renunciar a sus sueños, resignarse a su lugar en la vida.
La voz de la anciana era amarga.
—Entonces, sólo quedamos nosotros —murmuró Maris.
—Somos los últimos —asintió Sena—. ¿Y por cuánto tiempo? La Señora de la Tierra
me envió anoche un corredor. Fui, cojeando, a recibir sus buenas noticias, y luego
hablamos. No está satisfecha con nosotros, Maris. Dice que ya lleva siete años dándonos
comida, alojamiento y monedas de hierro, pero que no ha recibido a ningún alado a
cambio. Se impacienta.
—Comprendo —respondió Maris.

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Conocía a la Señora de Colmillo de Mar sólo por su reputación, pero con aquello
bastaba. Colmillo de Mar estaba cerca de Gran Shotan, pero tenía una larga y salvaje
tradición de independencia. Su actual gobernadora era un mujer orgullosa y ambiciosa, muy
resentida por el hecho de que la isla jamás hubiera tenido un alado propio. Había luchado
mucho para que la academia del Archipiélago Occidental se asentara en Colmillo de Mar, y
al principio la apoyó generosamente. Y ahora esperaba resultados.
—No lo comprende —siguió Maris—, ningún atado a la tierra lo comprende de
verdad. En las competiciones, los alas de madera tienen que enfrentarse a alados con
años de experiencia o a hijos de alados que han sido educados para volar. Si te dieran un
poco de tiempo...
—Tiempo, tiempo, tiempo —dijo Sena con un atisbo de ira en la voz—. Sí, es lo
mismo que le dije a la Señora de la Tierra. Pero ella me respondió que siete años era
tiempo más que suficiente. Tú eres una alada, Maris. Yo fui una alada. Las dos somos
conscientes de las dificultades, de que hay que entrenar año tras año, de que hay que
practicar hasta que los brazos te tiemblan de tanto forzarlos y las palmas de las manos
te sangran de agarrarte a las alas. Los atados a la tierra no saben nada de eso. Hay
demasiados que piensan que la lucha se ganó hace siete años. Creyeron que, a la
semana siguiente, el cielo estaría lleno de pescadores, tejedoras y sopladores de vidrio,
y se desanimaron cuando llegó la primera competición y los alados, o los hijos de los
alados, derrotaron a todos los atados a la tierra que los desafiaron.
»Al menos, entonces se preocupaban. Pero me temo que ahora se han resignado.
En los siete años que han pasado desde el gran Consejo, en los siete años de existencia
que llevan las academias, sólo un atado a la tierra llegó a ganar las alas. Y volvió a
perderlas al año siguiente, en la siguiente competición. A veces pienso que la gente ya
sólo viene a ver las competiciones para presenciar los desafíos de familia. Se habla de los
desafíos de mis alas de madera como de una especie de interludio cómico, una breve
actuación de los payasos para aligerar las pausas entre las auténticas carreras.
—Sena, Sena —la interrumpió Maris, preocupada. La anciana había volcado toda la
pasión de su vida destrozada en los sueños de los jóvenes que acudían a Alas de Madera
para pedir el cielo. Ahora estaba terriblemente apenada, y la voz le temblaba muy a su
pesar—. Comprendo tu dolor —dijo Maris, tomando la mano de Sena—, pero no estamos
tan mal como dices.
El ojo sano de la mujer se posó en Maris con escepticismo, y le apartó la mano.
—Sí —insistió—. Nadie te lo dirá a ti, por supuesto. A nadie le gusta ser portador de
malas noticias, y todos saben lo que significan para ti las academias. Pero es verdad. —
Maris intentó interrumpirla, pero Sena la obligó a callar con un movimiento de la mano—.
No, ya basta, no quiero oír ni una palabra más sobre mi dolor. No te he llamado para que
me consueles, ni para que llegáramos tarde a desayunar. Quería comunicarte las
noticias en privado, antes de decírselas a los demás. Y también quería pedirte que volases
a Gran Shotan.
—¿Hoy?
—Sí —respondió Sena —. Has hecho un buen trabajo con los chicos. Les viene muy
bien tener a una auténtica alada entre ellos. Pero podremos prescindir de ti por un día.
Sólo tardarás unas horas.
—Desde luego —aceptó Maris—. ¿De qué se trata?
El alado que comunicó las noticias sobre Hogar del Aire a la Señora de la
Tierra traía también otro mensaje. Un mensaje privado para mí. Uno de los alumnos
de Nord quiere seguir estudiando, y espera que le avale en la próxima competición.
Pide permiso para viajar hasta aquí.
¿Hasta aquí? —preguntó Maris, incrédula—. ¿Desde el Archipiélago Oriental?
¿Sin alas?

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—Según me han dicho, conoce a un mercader lo suficientemente osado como


para enfrentarse al mar abierto —explicó Sena—. El viaje es peligroso, desde luego.
Pero, si quiere hacerlo, no le negaré la admisión. Si no te importa, lleva esta
respuesta a la Señora de Gran Shotan. Manda todos los meses tres alados al
Archipiélago Oriental, y uno de ellos partirá mañana. La velocidad es básica. Aun con
buenos vientos, los barcos tardan un mes en llegar aquí, y sólo faltan dos meses para
la competición.
—Podría llevar el mensaje directamente yo misma —sugirió Maris.
—No, te necesitamos aquí. Lleva mi palabra a Gran Shotan y vuelve de prisa
para cuidar de mis torpes pajaritos. —Se levantó insegura de la mecedora, y Maris se
puso rápidamente de pie para ayudarla—. Vamos a desayunar —siguió Sena—. Tienes
que comer antes del viaje. Y, con todo el tiempo que hemos perdido hablando, me
temo que los demás se habrán comido nuestra ración.

Pero el desayuno seguía esperándolas cuando llegaron a la sala de estar. Dos


resplandecientes hogueras mantenían cálida e iluminada la enorme habitación en la
húmeda mañana. Paredes de piedra rosa, suavemente curvadas, se alzaban hasta
convertirse en un arqueado y ennegrecido techo. El mobiliario era escaso y
rudimentario: tres mesas largas de madera con un banco de igual longitud a cada
lado. Ahora los bancos estaban llenos, todos los alumnos sentados, charlando,
bromeando y riendo. La mayoría casi habían terminado de desayunar. En aquel
momento, la academia acogía a una veintena de futuros alados, cuyas edades iban
desde la de una mujer, apenas dos años más joven que Maris, hasta la de un niño de
diez tímidos años.
La habitación se silenció sólo un poco cuando entraron Maris y Sena, y la
anciana tuvo que gritar para hacerse oír por encima de las charlas y el ruido. Pero,
para cuando terminó de hablar, se había hecho el silencio más absoluto.
Maris aceptó un trozo de pan negro y un plato de gachas con miel que le
ofrecía Kerr, un joven regordete que tenía el turno de cocina, y encontró sitio en uno
de los bancos. Mientras comía, conversó educadamente con los estudiantes que tenía
a ambos lados, pero se dio cuenta de que los dos estaban pensando en otras cosas.
Tras un breve lapso, se disculparon y abandonaron la mesa. Maris no podía culparles.
Recordó cómo se había sentido, años atrás, cuando sus sueños de convertirse en
alada estuvieron en peligro, como lo estaban ahora los de aquellos jóvenes. Hogar del
Aire no era la primera academia en cerrar sus puertas.
La desolada isla-continente de Artellia fue la primera en rendirse, tras tres
años de fracasos, y las academias del Archipiélago del Sur y del Oriental la habían
seguido hacia el olvido. La Oriental, Hogar del Aire, era la cuarta en cerrar, dejando
sola a Alas de Madera. No era de extrañar que los estudiantes estuvieran deprimidos.
Maris limpió el plato con el último trozo de pan, se lo comió y se levantó.
—No volveré hasta mañana por la mañana, Sena —dijo—. Cuando me marche
de Gran Shotan, pasaré por el Nido de Águilas.
Sena levantó la vista del plato y asintió.
—Muy bien. Tengo pensado dejar que Leya y Kurt prueben el aire hoy. Los
demás harán ejercicios. Vuelve en cuanto puedas.
Volvió a comer.
Maris se dio cuenta de que había alguien tras ella, y se dio la vuelta para
encontrarse con S'Rella.
—¿Puedo ayudarte con las alas, Maris?
—Por supuesto, gracias.

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La chica sonrió. Juntas, atravesaron el corto pasillo por el que se llegaba a la


habitación donde se guardaban las alas. De la pared colgaban tres pares: las de Maris
y las dos de la academia, cedidas tras la muerte de alados que no tenían herederos.
No era de extrañar que las alas de madera fracasaran en las competiciones, pensó
Maris con amargura al ver las alas. Los alados envían a sus hijos al cielo casi a diario
durante los años de entrenamiento, pero en las academias, con tantos estudiantes y
tan pocas alas, no tenían tanto tiempo de prácticas. Y en tierra no se puede
aprender todo.
Se sacudió la idea de la mente y descolgó las alas del gancho. Eran un paquete
compacto, con los montantes pulcramente plegados sobre sí mismos y el tejido
metálico colgando entre ellos, cayendo hacia el suelo como una capa de plata. S'Rella
las sostuvo con una mano mientras Maris las desplegaba parcialmente, revisando
cuidadosamente cada montante y juntura con los dedos y los ojos, en busca de
cualquier debilidad o defecto que pudiera hacerse evidente demasiado tarde, como un
peligro en el aire.
—Siento que hayan cerrado el Hogar del Aire —dijo S'Rella mientras Maris
trabajaba—. Ya sabes que pasó lo mismo en el Archipiélago del Sur. Por eso tuve que
venir aquí, a Alas de Madera. Cerraron mi academia.
Maris hizo una pausa para mirarla. Casi había olvidado que la tímida jovencita
sureña había sido una de las víctimas.
—Uno de los estudiantes de Hogar del Aire vendrá aquí, como hiciste tú —dijo
Maris—. Ya no estarás sola entre salvajes occidentales.
Sonrió.
—¿No echas de menos tu hogar? —preguntó repentinamente S'Rella. Maris lo
pensó un momento.
—La verdad es que no sé si tengo un hogar — respondió —. Mi hogar está
dondequiera que esté yo.
S'Rella asimiló las palabras.
—Supongo que es así como debe ser, si eres una alada. ¿Todos los alados
piensan igual?
—En cierto modo, quizá —dijo Maris. Volvió a mirar las alas y siguió repasándolas
—. Pero no tanto como yo. La mayoría de los alados están más ligados a sus islas que yo,
aunque nunca tanto como los atados a la tierra. ¿Me ayudas a estirar este montante?
Gracias. No, no opino así por ser una alada, sino porque mi hogar desapareció y todavía
no me he construido otro. Mi padre —mi padre adoptivo, para ser exactos—, murió hace
tres años, y mis verdaderos padres también están muertos. Tengo un hermano adoptivo,
Coll, pero hace mucho tiempo que se fue a correr aventuras y a cantar en las Islas
Exteriores. La casa de Amberly Menor me parecía terriblemente grande y vacía sin Coll ni
Russ. Y, como no tengo a nadie a cuya casa ir, cada vez voy menos por allí. La isla
sobrevive. Al Señor de la Tierra le gustaría tener a su tercer alado más a menudo, desde
luego, pero se las arregla con los dos que tiene a mano. —Se encogió de hombros—. La
mayoría de mis amigos son alados.
—Ya veo.
Maris miró a S'Rella, que examinaba las alas con más concentración de la
necesaria.
—Echas de menos tu hogar —le dijo amablemente.
S'Rella asintió lentamente.
—Aquí todo es diferente. Los demás son diferentes de la gente a la que conocía.
—Un alado tiene que acostumbrarse a eso —dijo Maris.

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—Sí, pero había alguien a quien quería. Hablamos de casarnos, pero yo sabía
que nunca lo haríamos. Le quería, todavía le quiero, pero lo que quiero por encima de
todo es tener alas. ¿Me entiendes?
—Te entiendo —dijo Maris, intentando darle valor—. Quizá, cuando ganes las alas,
él pueda...
—No. Nunca saldrá de su tierra. No puede. Es un granjero, y las tierras han
pertenecido a su familia desde siempre. Nunca... Nunca me pidió que renunciara a volar,
y yo nunca le pedí que renunciara a sus tierras.
—No sería la primera vez que una alada se casa con un granjero —señaló Maris—.
Podrías volver.
—No sin alas —dijo S'Rella con decisión —. Sus ojos se encontraron con los de Maris
—. No importa cuánto tarde. Y si... Cuando gane las alas, él ya se habrá casado. Está
obligado a hacerlo. Una granja no es trabajo para un soltero. Querrá una esposa que ame
la tierra, y muchos niños.
Maris no dijo nada.
—Bueno, he hecho mi elección —siguió S'Rella—. Pero a veces, siento... nostalgia.
Quizá sea soledad.
— Sí —respondió Maris. Puso una mano a S'Rella en el hombro—. Vamos, tengo un
mensaje que entregar.
S'Rella iba unos pasos por delante. Maris se colgó las alas de un hombro y la
siguió por el oscuro pasillo que llevaba a la salida de la fortaleza. Se abría a lo que en otros
tiempos fuera una plataforma observatorio, una ancha cornisa de piedra a veinticinco
metros de donde el mar rompía en olas contra las rocas de la isla. El cielo estaba gris y
nublado, pero el fuerte olor a sal del océano y las recias manos del viento llenaron de vida a
Maris.
S'Rella sostuvo las alas, mientras Maris se ceñía el resto de las correas. Cuando
las tuvo bien atadas, S'Rella empezó a desplegarlas montante a montante, encajándolos
todos para que el tejido plateado quedara tirante y firme. Maris esperó pacientemente,
consciente de su papel de maestra, aunque estaba ansiosa por saltar. Sólo cuando las
alas estuvieron completamente extendidas, sonrió a la joven y deslizó las manos a través
de las usadas y familiares tiras de cuero.
Entonces, con cuatro rápidos pasos, saltó.
Durante un segundo, quizá menos de un segundo, cayó. Pero luego los vientos la
tomaron, sostuvieron las alas, la elevaron y transformaron la caída en vuelo, y la sensación
era como la de una sacudida que le recorriera todo el cuerpo, una sacudida que la dejaba
anonadada, sin aliento, que le erizaba el vello. Por aquel instante, por aquella fracción de
segundo, cualquier cosa merecía la pena. Era mejor y más emocionante que ninguna
otra sensación que Maris hubiera experimentado nunca, mejor que el amor, mejor que
cualquier otra cosa. Viva, exultante, se unió al fuerte viento del Oeste en un abrazo de
enamorados.
Gran Shotan estaba al Norte, pero por el momento Maris se dejó llevar por el
viento predominante, regocijándose en la maravillosa libertad de un vuelo sin esfuerzo
antes de empezar su juego con los vientos, cuando tendría que virar y maniobrar,
probarlos y desafiarlos para que la llevaran adonde ella quería. Una bandada de pájaros
pasó junto a ella, cada uno de un color diferente, brillante. La huida de las aves era un
presagio de la inminente tormenta. Maris los siguió, subiendo cada vez más, hasta que
Colmillo de Mar sólo fue una zona verde y gris a su izquierda, más pequeña que la mano
de la alada. También llegó a ver Eggland y, a lo lejos, los bancos de niebla que rodeaban
la costa sur de Gran Shotan.
Maris empezó a trazar círculos, aminorando deliberadamente la marcha,
consciente de lo fácil que sería sobrepasar su punto de destino. Corrientes de aire

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encontrado le resonaron en los oídos, tentándola con la promesa de un viento del norte
que había más arriba, y volvió a elevarse, buscándolo en el aire frío que había sobre el
mar. Ahora, Gran Shotan, Colmillo de Mar y Eggland yacían dispersas bajo ella en el
océano gris metálico, como juguetes sobre una tabla. Vio las pequeñas formas de los
botes de pesca, entrando y saliendo de los puertos y bahías de Shotan y Colmillo de
Mar, así como las gaviotas y los milanos que sobrevolaban los abruptos acantilados de
Eggland.
De pronto, Maris comprendió que había mentido a S'Rella. Tenía un hogar.
Estaba aquí, en el cielo, con el viento fuerte y frío bajo ella y
sus alas a la espalda. El mundo, con sus preocupaciones por el comercio y la
política, la comida, la guerra y el dinero, le resultaba ajeno. Incluso en sus mejores
momentos, se sentía al margen de él. Era una alada y, como todos los alados, no
estaba completa cuando se quitaba las alas.
Con la ligera sonrisa de un secreto en los labios, Maris bajó para entregar su
mensaje.

El Señor de Gran Shotan era un hombre muy ocupado con la interminable


labor de gobernar la isla más antigua, rica y poblada de Windhaven. Cuando Maris
llegó, estaba reunido —alguna disputa sobre derechos de pesca con Pequeña Shotan y
Skulny—, pero salió para recibirla. Los alados tenían la misma categoría que los
Señores de la Tierra, y hasta uno tan poderoso como el de Gran Shotan se guardaría
muy bien de ofenderles. Escuchó el mensaje de Sena sin inmutarse, y prometió que
las palabras viajarían hacia el Archipiélago Oriental a la mañana siguiente, con uno de
sus alados.
Maris dejó las alas en la pared de la sala de conferencias, en la Casa del Viejo
Capitán, como se denominaba a la mansión donde vivía el Señor de la Tierra, y se
dedicó a vagar por las calles de la ciudad. Era la única ciudad auténtica de
Windhaven, la más antigua, la más grande, la primera. Ciudad Tormenta, la
llamaban. La ciudad que construyeron los navegantes de las estrellas. A Maris
siempre le parecía fascinante. Había molinos de viento por todas partes, con las
grandes aspas alzándose hacia el cielo gris. Aquí había más gente que en Amberly
Mayor y en Amberly Menor juntas. Todo estaba lleno de tiendas y establecimientos
de cien clases diferentes, que vendían todas las cosas útiles y todas las baratijas
imaginables.
Pasó muchas horas en el mercado, curioseando alegremente y escuchando las
conversaciones, aunque compró muy pocas cosas. Después tomó una ligera cena
consistente en pez luna ahumado y pan negro, acompañado de una jarra de kivas, el
especiado vino caliente que era el orgullo de Shotan. En la posada donde cenó había
un bardo y Maris le escuchó educadamente, aunque le pareció mucho peor que Coll y
otros bardos a los que había oído en Amberly.
Ya estaba anocheciendo cuando voló de Ciudad Tormenta, a lomos de una
breve tormenta que había limpiado las calles con su lluvia. Tuvo buenos vientos a la
espalda durante todo el camino, y acababa de oscurecer cuando llegó al Nido de
Águilas.
Se alzaba sobre el mar ante ella, negro bajo la brillante luz de las estrellas, una
columna de piedra antiquísima cuyas abruptas paredes se erguían ciento ochenta
metros por encima de las aguas rugientes.
Maris vio luces en las ventanas. Trazó un círculo y descendió expertamente
hacia la zona de aterrizaje, cubierta de arena seca. Sola, tardó varios minutos en
quitarse las alas y plegarlas. Las colgó de un gancho, tras la puerta.
Un pequeño fuego brillaba en la chimenea de la sala de estar. Frente

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a él, dos alados a los que sólo conocía de vista estaban enfrascados en una
partida de geechi, moviendo los guijarros blancos y negros por el tablero. Uno de ellos
la saludó con la mano. Ella le devolvió el saludo con un asentimiento, pero el hombre
ya estaba concentrado otra vez en el tablero de juego.
Había otro presente, sentado en un sillón cerca del fuego, contemplando las
llamas con una jarra de barro en la mano. Pero, cuando entró Maris, levantó la vista.
—¡Maris! —gritó levantándose bruscamente, con una sonrisa. Dejó a un lado la
jarra y cruzó la habitación — . No esperaba verte por aquí.
—Dorrel... — empezó a decir Maris.
Pero el joven ya estaba junto a ella, rodeándola con los brazos. Se besaron
brevemente, pero con intensidad. Uno de los jugadores de geechi los miró
distraídamente, pero cuando su oponente movió una piedra, volvió a concentrarse en
el tablero.
—¿Has venido volando desde Amberly? —le preguntó Dorrel — . Debes de
tener hambre. Siéntate junto al fuego, te traeré algo de comer. Hay queso, jamón
ahumado y frutas en la cocina.
Maris le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la chimenea, eligiendo dos sillas
alejadas de los jugadores de geechi.
—Gracias, pero no hace mucho que he comido —respondió — . Y vengo de Gran
Shotan, no de Amberly. Un vuelo sencillo. Esta noche hay buenos vientos. Me temo
que hace casi un mes que no paso por Amberly . El Señor de la Tierra debe de estar
furioso.
Dorrel tampoco parecía demasiado contento. Su rostro agraciado no
mostraba ninguna expresión.
—¿Has estado volando? ¿O en Colmillo de Mar, otra vez?
Le soltó la mano y volvió a coger la jarra. Bebió un sorbo cautelosamente. El
contenido despedía humo.
—En Colmillo de Mar. Sena me pidió que pasara unos días con los alumnos.
Llevo casi diez días trabajando con ellos. Acababa de volver de una misión larga, volé
a Deeth, al Archipiélago del Sur.
Dorrel dejó la jarra y suspiró.
—No quieres saber mi opinión —dijo alegremente —. Pero, de todos modos, voy
a dártela. Pasas demasiado tiempo fuera de Amberly, trabajando en la academia. La
maestra es Sena, no tú. Le pagan buen metal por hacer lo que hace. Y no creo que te
haya dado mucho hierro.
—Tengo suficiente hierro —replicó Maris—. Russ me dejó bien provista. Los alas
de madera me necesitan, ven a muy pocos alados en Colmillo de Mar. — La voz de la
joven cobró un matiz cálido, persuasivo—. ¿Por qué no vas tú a pasar unos días con
ellos? Laus sobrevivirá una semana sin ti. Podríamos compartir una habitación. Me
gustaría que estuvieras conmigo.
—No. —De pronto, ya no había alegría en el tono de Dorrel. Pare cía enfadado
—. Me encantaría pasar una semana contigo, Maris. En mi casa de Laus, en la tuya
de Amberly, o incluso aquí, en el Nido de Águilas. Pero no en Alas de Madera. Te lo he
dicho otras veces: no entrenaré a un grupo de atados a la tierra para que se lleven las
alas de mis amigos.
Las palabras del joven la hirieron. Se echó hacia atrás en la silla y miró el fuego,
apartando la vista de él.
—Hablas igual que Corm, hace siete años —dijo.

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—No me merezco eso, Maris.


Se volvió para mirarle.
—Entonces, ¿por qué no me ayudas? ¿Por qué desprecias tanto a los Alas de
Madera? Les miras por encima del hombro, como el más atado a la tradición de los viejos
alados. Pero, hace siete años, estabas conmigo. Luchaste por esto, creíste en esto
conmigo. No lo habría conseguido sin tu ayuda. Me habrían quitado las alas para
declararme proscrita. Al ayudarme, te arriesgaste a sufrir el mismo destino. ¿Qué te ha
hecho cambiar?
Dorrel sacudió la cabeza violentamente.
—No he cambiado, Maris. Escucha. Hace siete años, luché por ti. No me
importaban esas preciosas academias con las que soñabas. Luché por tu derecho a
conservar las alas, a ser una alada. Porque te amaba, Maris, y habría hecho cualquier cosa
por ti. —Siguió con voz más tranquila—: Y porque eras la mejor alada que había visto. Era
un crimen, una locura, entregar tus alas a tu hermano y atarte a la tierra. No me mires
así. Los principios también me importaban, por supuesto.
—¿Sí? —preguntó Maris.
Era una antigua discusión, pero todavía le molestaba.
—Por supuesto. No habría volado contra todo lo que creía sólo para complacerte. El
sistema, tal y como estaba establecido, no era justo. Lo creía entonces y lo creo ahora.
—Lo crees —repitió Maris con amargura—. Eso dices, pero hablar es fácil. No
harás nada por demostrarlo, no me ayudarás, aunque estemos a punto de perder todo
aquello por lo que luchamos.
—No vamos a perder nada. Vencimos. Cambiamos las leyes, cambiamos el mundo.
—Pero, sin las academias, ¿de qué sirve?
— ¡Las academias! Yo no luché por las academias. Luché para cambiar una
tradición injusta. Estoy de acuerdo, si un atado a la tierra vuela mejor que yo, debo cederle
las alas. Pero lo que no pienso hacer es enseñarle a volar mejor que yo. Y eso es lo que me
estás pidiendo. Tú deberías saber mejor que nadie lo que es para un alado perder el cielo.
—También sé lo que es querer volar y saber que nunca lo conseguirás —replicó
Maris—. Hay una alumna de la academia que se llama S'Rella. Tendrías que haberla oído
esta mañana, Dorrel. No hay nada en el mundo que desee más que volar. Se parece
mucho a cómo era yo cuando Russ empezó a enseñarme. Ven a ayudarla, Dorr.
—Si de verdad se parece a ti, volará muy pronto, con o sin mi ayuda. Y tendrá que
ser sin mi ayuda. Así, si derrota a un amigo mío en la competición y le quita las alas, no me
sentiré culpable.
Vació la jarra de un trago y se levantó.
Maris frunció el ceño y estaba buscando otro argumento, cuando Dorrel habló
otra vez.
—¿Quieres tomar té?
Asintió y le observó mientras ponía la tetera al fuego con el fragante té especiado.
Las posturas del joven, su manera de andar, la forma de inclinarse para servir el té...
¡Todo resultaba tan familiar! Pensó que le conocía mejor que a nadie en el mundo.
Cuando Dorrel volvió con dos tazas de la humeante bebida dulce y volvió a
sentarse junto a ella, la ira había desaparecido, y los pensamientos de Maris corrían en
otra dirección.
—¿Qué nos pasó, Dorr? Hace unos años, pensábamos casarnos. Ahora nos
miramos desde islas separadas y peleamos como dos Señores de la Tierra por derechos de

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pesca. ¿Qué sucedió con nuestros planes de vivir juntos, de tener hijos? ¿Qué sucedió con
nuestro amor? —Le sonrió con tristeza—. No sé qué sucedió.
—Sí lo sabes —dijo Dorrel amablemente—. Fue esta discusión. Tu amor y tu lealtad
están divididos entre los alados y los atados a la tierra. Los míos, no. La vida ya no es
sencilla para ti. No querernos las mismas cosas, y nos resulta difícil comprendernos. Una
vez nos quisimos mucho...
Tomó un sorbo de té caliente, con la vista baja. Maris le miró aguardando, triste.
Por un momento deseó volver a aquellos tiempos en que el amor entre ambos había sido
tan fuerte como para capear todos los temporales.
Dorrel volvió a levantar los ojos hacia ella.
—Pero todavía te quiero, Maris. Las cosas han cambiado, pero el amor sigue ahí.
Quizá no podamos unir nuestras vidas, pero cuando estemos juntos, querámosnos e
intentemos no pelearnos, ¿mmm?
Maris le sonrió un poco temblorosa y le tendió la mano. Él se la estrechó
fuertemente y le devolvió la sonrisa.
—Pues basta de discusiones y de charlas tristes sobre lo que habría podido ser.
Tenemos el presente, disfrutémoslo. ¿Te das cuenta de que hace casi dos meses que no
estamos juntos? ¿Por dónde has volado? ¿Qué has visto? Cuéntame noticias, cariño.
Unos cuantos cotillees que me animen —pidió.
—No creo que las noticias que tengo te animen demasiado —dijo Maris, pensando
en los mensajes que había oído y transportado últimamente—. El Archipiélago Oriental ha
cerrado Hogar del Aire. Una de las alumnas murió en un accidente. Otro va a tomar un
barco para venir a Colmillo de Mar. Supongo que los demás se han rendido y han vuelto a
sus casas. No sé que hará Nord.
Le soltó la mano para coger la taza.
Dorrel agitó la cabeza con una ligera sonrisa en los labios.
—Incluso cuando das noticias no sabes hablar de otra cosa que de las academias.
Las mías son más interesantes. El Señor del Promontorio de la Escila murió, y se eligió a
su hija más joven como sucesora. Corren rumores de que Kreel... ¿Le conoces? ¿El chico
pelirrojo que perdió un dedo de la mano izquierda? Tienes que haberle visto en la
última competición, hizo unos cuantos giros dobles muy espectaculares. Bueno, pues
se dice que se convertirá en el segundo alado del Promontorio de la Escila, ¡porque la
nueva Señora de la Tierra está enamorada de él! ¿Te lo imaginas? ¡Un alado y una
Señora de la Tierra, casados!
Maris sonrió.
—No es la primera vez que sucede.
—En nuestra época, sí. ¿Has oído lo de la flota pesquera de Amberly Mayor?
Una escila la destrozó, pero luego consiguieron matarla, y casi todos salieron con
vida, aun sin sus botes. Otra escila, ésta muerta, llegó a la playa de Culhall. Yo mismo
vi el esqueleto. —Alzó las cejas y arrugó la nariz—. ¡Se olía incluso con el viento en
contra! Y también he oído que, en Artellia, dos príncipes alados luchan por el control
sobre las Islas del Hierro.
Dorrel se detuvo bruscamente y volvió la cabeza cuando una violenta ráfaga de
viento del exterior sacudió la pesada puerta del refugio.
¡Ah! —dijo volviéndose de nuevo y tomando un sorbo de té—. Sólo era el
viento.
¿Qué te pasa? —se interesó Maris—. Pareces intranquilo. ¿Esperas a alguien?

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—Pensé que vendría Garth. —Titubeó — . Quedamos en reunimos esta tarde,


pero no ha aparecido. Nada de importancia, es que iba a llevar un mensaje a Culhall y
me dijo que le esperara aquí cuando volviera para emborracharnos juntos.
—Quizá se emborrachó solo. Ya conoces a Garth. —Maris hablaba
despreocupadamente, pero no dejó de advertir que su amigo estaba verdaderamente
intranquilo—. Hay montones de cosas que pueden haberle retrasado. Quizá tuvo que
llevar un mensaje de respuesta, o se quedó a alguna fiesta en Culhall. Seguro que
está perfectamente.
A pesar de sus palabras, también Maris estaba preocupada. La última vez que
vio a Garth, le resultó evidente que el joven había ganado peso, y eso siempre era
peligroso para un alado. Y le gustaban demasiado las fiestas, sobre todo el vino y la
comida. Esperaba que estuviera sano y salvo. Nunca había sido mal alado —era
tranquilizador recordarlo—, pero tampoco una maravilla en el aire. Sólo competente. A
medida que envejecía, ganaba peso y perdía reflejos, las habilidades de su juventud
eran cada vez más inseguras.
—Tienes razón —asintió Dorrel — , Garth sabe cuidarse solo. Lo más probable
es que se encontrara con algunos amigos de Culhall y se olvidara de mí. Le gusta
beber, pero nunca vuelve borracho. —Vació su taza y se obligó a sonreír—. Le
devolveremos el favor, nosotros también nos olvidaremos de él. Al menos, por esta
noche.
Los ojos de los dos jóvenes se encontraron. Se trasladaron a un banco bajo
acolchado, más cerca del fuego. Al menos por un tiempo, consiguieron dejar de lado los
conflictos y los miedos mientras bebían más té, y luego vino. Charlaron sobre los
buenos tiempos del pasado e intercambiaron chismorrees sobre alados a los que
ambos conocían. La tarde transcurrió en una plácida neblina, y aquella noche, mucho
más tarde, compartieron una cama y algo más que recuerdos. Maris pensó que era
maravilloso tener a alguien a quien abrazar, y que la abrazara, después de tantas
noches sola en su estrecha cama. Con la cabeza de Dorrel apoyada en su hombro,
recostados cálidamente juntos, Maris se durmió tranquila y feliz.
Pero, aquella noche, volvió a soñar con la caída.

Maris se levantó temprano al día siguiente, fría y asustada por el sueño. Dejó a
Dorrel durmiendo y tomó un solitario desayuno de queso duro y pan, en la desierta
sala de estar. Mientras el sol barría el horizonte, desplegó las alas y se lanzó al viento
de la mañana. Al mediodía ya estaba en Colmillo de Mar, escoltando a S'Rella y a un
chico llamado Jan, dándoles consejos mientras ensayaban inexpertamente con las
alas.
Se quedó una semana más, trabajando con los alas de madera, observando
sus inseguros progresos en el aire, ayudándoles en los ejercicios y contándoles
historias sobre alados famosos todas las noches, alrededor del fuego.
Pero cada vez se sentía más culpable por estar tanto tiempo ausente de
Amberly Menor, y por fin decidió marcharse, no sin antes prometer a Sena que
volvería con tiempo para ayudarla a preparar a los alumnos para los desafíos.
Había todo un día de vuelo hasta Amberly Menor. Cuando por fin vio la
hoguera en la familiar torre, estaba exhausta, y se alegró de poder dejarse caer en su
propia cama, tanto tiempo vacía. Pero las sábanas estaban frías y la habitación
polvorienta. A Maris le costó dormirse. Su propia casa le resultaba extraña. Se
levantó y fue a buscar algo de comer, pero hacía demasiado tiempo que no pasaba
por allí. La poca comida que quedaba en la cocina estaba estropeada. Hambrienta y
deprimida, volvió a la cama para intentar conciliar el sueño .
Cuando fue a verle a la mañana siguiente, el recibimiento del Señor de la
Tierra fue educado, pero distante.

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—Ha sido una época muy ajetreada —comentó sencillamente—. He enviado


muchas veces a buscarte, sin encontrarte nunca. Corm y Shalli han volado en todas
las misiones, Maris. Se están cansando. Y ahora Shalli está con el bebé. ¿Tendremos
que conformarnos con un solo alado, como una isla pobre de la mitad de tamaño que
la nuestra?
— Si tienes algún vuelo que hacer, dámelo —replicó Maris.
Sabía que la queja del Señor era justa, pero no podía prometerle que no
volvería a Colmillo de Mar.
El Señor de la Tierra frunció el entrecejo, pero no podía hacer nada. Le recitó el
mensaje, un mensaje largo y complicado para los mercaderes de Poweet. grano a
cambio de velas de lona para los barcos a condición de que ellos enviaran las naves, y
un soborno en hierro por su apoyo en una disputa entre las Amberly y Kesselar. Maris
lo memorizó palabra por palabra, sin dejar que le llegara plenamente a la consciencia,
como solían hacer los alados. Y luego saltó desde el risco, hacia el cielo.
Para que no volviera a marcharse, el Señor de la Tierra la mantuvo ocupada. En
cuanto volvía de una misión, le tenía preparada otra. Hizo el camino de ida y vuelta a
Poweet cuatro veces, dos a Pequeña Shotan, dos a Amberly Mayor, y una a Kesselar, a
Culhall, a la Cuenca de Piedra, a Laus (Dorrel no estaba en casa, él también habría salido
en alguna misión), y una vez, en un vuelo largo, a la Plataforma del Milano, en el
Archipiélago Oriental.
Cuando por fin se encontró libre para volar otra vez a Colmillo de Mar, apenas
quedaban dos semanas para la competición.

—¿A cuántos vas a avalar para el desafío este año? —preguntó Maris.
Fuera, la lluvia y el viento azotaban la isla, pero los gruesos muros de piedra que
les encerraban también les aislaban del viento. Sena estaba sentada en un taburete bajo,
con una camisa rota en las manos. Maris estaba de pie ante ella, calentándose la espalda
junto al fuego. Se encontraban en la habitación de Sena.
—Iba a pedirte consejo sobre eso —respondió Sena, levantando la cabeza del
remiendo—. Había pensado en cuatro, quizá en cinco.
—S'Rella, por supuesto —dijo Maris pensativa. Su opinión influiría en Sena, y el
aval de la maestra era de importancia vital para los futuros alados. Sólo aquellos que se
ganaban su aprobación tenían derecho a lanzar un desafío—. Y también Damen. Son
los mejores. Luego... ¿Sher y Leya, quizá? ¿O Liane?
—Sher y Leya —asintió Sena—. Tengo que avalar a los dos o a ninguno. Ya será un
gran logro convencerles de que no desafíen a la misma persona para una carrera en
equipo.
Maris se echó a reír. Sher y Leya eran dos de los aspirantes más jóvenes, amigos
inseparables. Tenían talento y entusiasmo, aunque se cansaban con facilidad y se les
podía desconcertar con lo inesperado. Muchas veces se había preguntado si su constante
compañía les daba fuerzas o simplemente reforzaba los fallos que tenían en común.
— ¿Crees que pueden ganar?
—No —dijo Sena sin levantar la vista—. Pero ya tienen edad suficiente para
intentarlo y perder. La experiencia les vendrá bien. Les calmará los ánimos. Si sus sueños
no pueden resistir una derrota, nunca serán alados.
Maris asintió.
—Entonces, ¿la duda está en Liane?
—No avalaré a Liane —afirmó Sena—. No está preparado. No sé si llegará a estarlo.

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Maris se sorprendió.
—Le he visto volar —dijo—. Es fuerte, y a veces vuela sorprendentemente bien. Estoy
de acuerdo en que es muy variable, pero cuando lo hace bien es mejor que S'Rella y Damen
juntos. Podría ser tu mejor esperanza.
—Es posible —convino Sena—, pero no le avalaré. Una semana vuela como un
halcón, y a la siguiente da tumbos como un chiquillo al que dejan en el aire por primera
vez. No, Maris. Quiero ganar, pero una victoria sería lo peor que podría pasarle a Liane.
Apostaría a que no viviría ni un año. Él cielo no es un lugar seguro para aquellos cuyas
habilidades dependen de un estado de ánimo.
Maris asintió de mala gana.
—Quizá sea lo mejor —asintió—. Pero, entonces, ¿en quién has pensado en quinto
lugar?
—Kerr —dijo Sena.
Dejó la aguja de hueso a un lado y examinó la camisa que había estado zurciendo.
Luego la extendió sobre la mesa y se echó hacia atrás en el asiento para mirar a Maris con
el ojo sano.
—¿Kerr? Es un encanto, pero se pone nervioso y no coordina bien los
movimientos. Además, tiene un exceso de peso, y los brazos demasiado débiles. Es inútil
avalar a Kerr, al menos este año. Dentro de unos cuantos, quizá...
—Sus padres quieren que compita este año —dijo Sena débilmente—. Dicen que
ya ha perdido dos años. Tienen una mina de cobre en Pequeña Shotan, y están ansiosos
de que Kerr consiga unas alas. Financian generosamente la academia.
—Ya veo —murmuró Maris.
—El año pasado, les dije que no —siguió Sena—. Pero ahora no estoy tan segura de
mí misma. Si este año no conseguimos una victoria, puede que la academia pierda el
apoyo de los Señores de la Tierra. Entonces, necesitaremos financiadores ricos que se
interpongan entre nosotros y el cierre. Quizá lo mejor para todos sea tenerlos contentos.
—Comprendo —asintió Maris—, aunque no lo apruebo por completo. Pero supongo
que es inevitable. Y a Kerr no le hará daño perder. A veces, parece que disfruta haciendo
el payaso.
Sena gruñó.
—Sé que debo hacerlo, pero no me gusta. Esperaba que me convencieras de lo
contrario.
—No —dijo Maris—. Sobreestimas mi elocuencia. Pero te daré algunos consejos.
En las semanas que quedan, reserva las alas para los que lanzarán los desafíos.
Necesitan entrenamiento. Que los otros hagan ejercicio y aprendan en tierra.
—Es lo que he hecho otros años —asintió Sena—. También hacen carreras entre ellos.
Me gustaría que tú también compitieras, aunque sólo sea para enseñarles a perder. S'Rella
desafió el año pasado, y Damen ya ha perdido dos veces, pero los demás necesitan la
experiencia. Sher...
—¡Sena, Maris, venid, de prisa! —El grito llegó desde el vestíbulo, y un Kerr sin
aliento apareció en la puerta—. La Señora de la Tierra ha enviado a alguien, necesitan
un alado, son...
Se detuvo sudando, atragantándose con las palabras. —Ve con él, rápido —urgió
Sena a Maris—. Os alcanzaré en cuanto pueda.
El forastero que esperaba en la sala de estar también sudaba. Venía corriendo
desde la torre de la Señora de la Tierra. Pero consiguió explicarse.
—¿Eres tú la alada?

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Era joven y estaba muy nervioso. Miraba a su alrededor como un pájaro en la jaula.
Maris asintió.
—Tienes que volar a Shotan. Por favor. Di a su curandero que venga. La Señora de
la Tierra me dijo que te lo pidiera. Mi hermano está enfermo. Una herida en la cabeza.
Tiene la pierna rota... Muy mal, se le ve el hueso... Y no me quiere decir qué he de hacer
para arreglársela, o para calmarle la fiebre. De prisa, por favor.
—¿No hay curanderos en Colmillo de Mar? —preguntó Maris. —El curandero es su
hermano —explicó Damen, un joven nativo de la isla.
—¿Cómo se llama el curandero de Gran Shotan? —preguntó Maris en el momento
en que Sena entraba en la habitación, cojeando.
La anciana se hizo cargo rápidamente de la situación, y tomó el mando.
—Hay varios —dijo.
—De prisa —rogó el forastero—. Mi hermano puede morir.
—No creo que muera por haberse roto una pierna —empezó Maris.
Pero Sena la hizo callar con un gesto.
—Pues eres tonta —casi gritó el joven — . Tiene fiebre. Delira. Se cayó por el
acantilado mientras buscaba huevos de milano, y se quedó allí casi todo un día antes de
que le encontrara. Por favor.
—Hay una curandera en el lado más cercano. Se llama Fila —dijo Sena—. Es una
anciana extravagante que no quiere viajar por mar, pero su hija vive con ella y conoce las
artes. Si no puede venir, te dará el nombre de otro que pueda. No pierdas el tiempo en
Ciudad Tormenta, los curanderos de allí querrán sentir el peso del metal antes de ponerse
a recoger hierbas. Luego detente en la Plataforma Sur y di al capitán del barco que hace
el trayecto entre las islas que tiene que esperar a un pasajero importante.
—Iré en seguida —dijo Maris, dirigiendo sólo una breve mirada al puchero de
estofado que humeaba en el fuego. Tenía hambre, pero eso podía esperar—. S'Rella,
Kerr, venid a ayudarme con las alas.
—Gracias —murmuró el forastero.
Pero Maris y los estudiantes ya se habían marchado.
La tormenta se había desencadenado por fin en el exterior. Maris dio gracias por
su suerte y voló directamente, a través del salado canal, muy pocos metros por encima de
las olas. Volar tan bajo era peligroso, pero no tenía tiempo para intentar ganar altura y.
de todos modos, las escilas no solían acercarse tanto a tierra. Fue un vuelo corto.
Encontró fácilmente a Fila, pero, como predijera Sena, la mujer no quiso acudir.
—Las aguas me marean —dijo bruscamente—. Y ese chico de Colmillo de Mar se
cree mejor que yo. Siempre lo ha pensado, el joven idiota, y ahora acude a mí, llorándome
para que le ayude.
Pero su hija se disculpó en su nombre y se apresuró para tomar el barco que
la esperaba.
En el camino de vuelta, Maris se permitió a sí misma disfrutar de la sensual
caricia de los vientos, como para disculparse de lo rudamente que los había utilizado
para llegar a Gran Shotan. Las nubes de tormenta habían desaparecido. El sol brillaba
sobre las aguas, y el arco iris se extendía sobre el cielo del este. Maris fue a su
encuentro, remontándose con una corriente de aire cálido que se elevaba desde
Shotan, asustando a una bandada de aves veraniegas cuando se acercó a ellas desde
abajo. Cuando los pajarillos se dispersaron, confusos, se echó a reír. Su cuerpo
respondía por puro instinto y costumbre a las sutiles exigencias de los vientos. Iban
en todas direcciones, algunos hacia Colmillo de Mar, otros hacia Eggland o Gran

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Shotan, algunos en dirección al mar abierto. Y, mucho más lejos, vio... Entrecerró
los ojos para asegurarse. ¿Una escila, sacando el largo cuello del agua para atrapar a
algún pajarillo desprevenido? No, había varias formas. Una manada de tigres marinos.
O barcos.
Trazó un círculo y planeó sobre el océano, dejando las islas tras ella, y muy
pronto estuvo segura. Cinco barcos navegando juntos. Cuando el viento la acercó lo
suficiente, pudo ver también los colores, la desvaída pintura de las velas de lona, las
banderas ondeando en lo alto, los cascos negros. Los barcos locales eran menos
sombríos. Éstos habían recorrido un largo camino. Una flotilla mercante del
Archipiélago Oriental.
Voló bajo para ver a la tripulación trabajar cambiando las velas y luchando
desesperadamente por seguir captando el viento adecuado. Algunos miraron hacia
arriba, gritaron y la saludaron con las manos, pero la mayoría siguieron concentrados
en el trabajo. Navegar por los mares abiertos de Windhaven era siempre peligroso, y
durante muchos meses del año las tormentas hacían completamente imposible
navegar entre grupos distantes de islas. Para Maris el viento era un amante, pero
para los marineros era un asesino sonriente, que se fingía amistoso sólo para tener
oportunidad de desgarrar una vela o reducir un barco a astillas contra una roca
oculta. Un barco era demasiado grande para jugar a los juegos de los alados. En el
mar, un barco estaba siempre dispuesto a la batalla.
Pero estos barcos ya estaban casi a salvo. La tormenta había pasado,
anochecería antes de que se desencadenase otra sobre ellos. Aquella noche habría
fiesta en Ciudad Tormenta. La llegada de una flotilla mercante oriental de aquel
tamaño siempre era un acontecimiento. Una tercera parte de los barcos que
intentaban hacer el peligroso viaje se perdían en el océano. Maris calculó que la flota
llegaría a puerto en menos de una hora, a juzgar por su situación y la fuerza de los
vientos. Describió otro círculo para confirmar su propia gracia y libertad en los cielos,
en comparación con los esfuerzos de los marineros, y decidió llevar la noticia a Gran
Shotan en vez de regresar inmediatamente a Colmillo de Mar. Incluso podría esperar.
Sentía curiosidad por saber qué carga y qué noticias traían.
Maris bebió demasiado vino en la tumultuosa taberna del muelle. La obligaron el
resto de los clientes, encantados con la que fue la primera en llevarles noticias de la flota.
Ahora todo el mundo se había congregado en el puerto, bebiendo, brindando y
especulando sobre lo que traerían los comerciantes.
Cuando surgió el grito —primero una voz, luego muchas— de que los barcos
estaban atracando, Maris se levantó sólo para tropezar, sin equilibrio, mareada por el
vino. Se habría caído, pero la aglomeración de cuerpos a su alrededor la empujó hacia la
puerta, la mantuvo en pie y la arrastró.
En el exterior todo era desorganización y ruido, y por un momento Maris se
preguntó si había estado acertada al quedarse. No se podía ver ni aprender nada entre
aquella multitud emocionada y jaranera. Se encogió de hombros y, poco a poco, fue
saliendo del tumulto, para ir a sentarse en un barril caído. Conseguiría lo mismo
quedándose allí y manteniendo los ojos abiertos para localizar a algún tripulante del barco
que pudiera darle noticias. Se apoyó contra un suave muro de piedra, cruzó los brazos y
esperó.
Despertó bruscamente, molesta porque alguien no dejaba de sacudirla por los
hombros. Parpadeó varias veces, mirando el rostro del desconocido.
—¿Eres Maris? —preguntó éste —. ¿Maris, la alada? ¿Maris de Amberly Menor?
Era un joven con el rostro severo y recio de un asceta. Una cara reservada que no
dejaba entrever nada. En un rostro como aquél, los ojos resultaban sorprendentes:
grandes, oscuros, transparentes. Tenía el pelo color rojizo echado hacia atrás desde una
amplia frente, y anudado en la nuca.

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—Sí —respondió, irguiéndose —. Soy Maris. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Debo de
haberme quedado dormida.
—Debes —replicó, inexpresivo—. He llegado en el barco. Me han dicho que hable
contigo. Pensé que habías venido a recibirme.
—¡Oh! —Maris echó un vistazo a su alrededor. La multitud había empezado a
dispersarse. El muelle estaba vacío a excepción de un grupo de mercaderes que charlaban y
los descargadores de la tripulación, que bajaban de los barcos balas de tejido—. Me senté
aquí a esperar —murmuró—. Supongo que se me cerraron los ojos. Anoche no dormí
demasiado.
Había algo en él que le resultaba familiar, pensó Maris, confusa. Le miró más
atentamente. Llevaba ropas cortadas al estilo oriental, pero sencillas. Tejido gris sin
adornos, grueso y cálido, con una capucha a la espalda. Llevaba una bolsa de lona
colgada de un brazo, y un cuchillo en una funda de piel le pendía de la cintura.
—¿Has dicho que venías en el barco? —preguntó—. Perdona, pero estoy medio
dormida. ¿Dónde están los otros marineros?
—Los marineros estarán comiendo o bebiendo, y los mercaderes regateando,
supongo —respondió—. Ha sido un viaje difícil. Perdimos un barco durante una
tormenta, aunque se pudo rescatar a todos
los tripulantes excepto a dos. Después de eso, el viaje no fue muy cómodo, éramos
demasiados. Los marineros se han alegrado de llegar a tierra. —Hizo una pausa—. De
todos modos, yo no soy un marinero. Lo siento, cometí un error. No creo que hayas
venido a recibirme.
Se dio la vuelta para marcharse.
De pronto, Maris comprendió quién era el joven.
—¡ Claro! — exclamó —. Debes de ser el alumno, el que viene de Hogar del Aire. —El
joven se giró hacia ella—. Lo siento —siguió Maris—, me había olvidado de ti.
Se bajó del barril.
—Me llamo Val —dijo él, como si esperase que el nombre significara algo para la
alada—. Val de Arren Sur.
—Bien —respondió Maris—. Ya conoces mi nombre. Estoy segura deque...
El joven se cambió la bolsa de mano, intranquilo. Tenía los músculos tensos
alrededor de la boca.
—También me llaman Un-Ala.
Maris no dijo nada, pero su rostro la traicionó.
—Veo que me conoces, después de todo —señaló él bruscamente.
—He oído hablar de ti —admitió Maris—. ¿Piensas presentarte a la competición?
—Pienso volar —replicó Val — . Llevo cuatro años trabajando para ello.
—Ya veo —dijo Maris fríamente. Miró hacia el cielo, ignorando al joven. Estaba
anocheciendo—. Tengo que volver a Colmillo de Mar —le dijo—. Deben de pensar que
me he caído al océano. Les comunicaré que has llegado.
—¿No quieres hablar con la capitana? —preguntó, sarcástico—. Está en la
taberna, contando historias a un montón de crédulos.
Señaló con la barbilla uno de los edificios del puerto.
—No —respondió Maris, demasiado de prisa—. Pero gracias.
Ya se alejaba cuando él la llamó.

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—¿Puedo alquilar un barco para que me lleve a Colmillo de Mar?


—En Ciudad Tormenta se puede alquilar todo —respondió Maris—,
pero te costará muy caro. Hay un barco que hace la travesía todos los días desde
la Plataforma Sur. Lo mejor que puedes hacer es pasar la noche aquí y tomarlo por la
mañana.
Se dio la vuelta otra vez y bajó por la calle en dirección al refugio de los alados,
donde había dejado las alas. Se avergonzaba un poco de abandonarle tan bruscamente,
después de que el joven hubiera hecho un viaje tan largo para convertirse en alado.
Pero no estaba tan avergonzada como para volver. Un-Ala, pensó furiosa. Le sorprendía
que el joven admitiera aquel nombre, y aún más que quisiera volver a competir. Debía de
saber lo que le esperaba.

—¡Lo sabías! —gritó Maris, lo suficientemente furiosa como para que no le


importase que los alumnos la oyeran—. ¡Lo sabías, y no me lo dijiste!
—Claro que lo sabía —replicó Sena. La voz de la mujer era tranquila. Tenía el
ojo sano fijo en ella, tan impasible como el enfermo—. Y no te lo dije porque sabía que
reaccionarías así.
¿Cómo has podido hacerlo, Sena? —exigió saber Maris—. ¿De verdad le vas a
avalar para un desafío?
Si vale, sí —respondió Sena—. Y tengo razones para pensar que vale. Avalar a
Kerr me preocupa, pero de Val estoy segura.
¿Es que no sabes lo que nosotros opinamos de él?
¿Nosotros?
—Los alados —dijo Maris, impaciente. Recorrió la habitación a zancadas,
deteniéndose ante el fuego para volver a mirar a Sena—. No puede volver a ganar. Y,
aunque lo consiga, ¿crees que eso servirá para mantener abierto Alas de Madera? Las
academias todavía estaban sufriendo las consecuencias de su primera victoria. Si
vuelve a ganar, la Señora de Colmillo de Mar...
La Señora de Colmillo de Mar estará orgullosa y se sentirá muy complacida —
la interrumpió Sena—. Creo que Val tiene intención de establecerse aquí, si lo
consigue. Y no son los atados a la tierra los que le llaman Un-Ala. Los que lo hacen son
tus alados.
Él mismo se autodenomina Un-Ala —replicó Maris, volviendo a levantar la voz
—. Y ya sabes cómo se ganó ese nombre. Incluso durante el año en que llevó las alas,
no fue más que medio alado.
Siguió paseando por la habitación.
Yo soy menos que media alada —señaló con tranquilidad la anciana, mirando las
llamas—. Una alada sin alas. Val tiene una oportunidad de volver a volar, y yo puedo
ayudarle.
Harías cualquier cosa para que un alas de madera gane en la competición,
¿verdad? —la acusó Maris.
Sena se volvió hacia ella con el rostro tenso, su ojo sano brillando de ira,
mirando a Maris.
¿Qué te ha hecho para que le odies tanto?
Sabes muy bien lo que hizo.
De pronto parecía una extraña. Maris se alejó de ella, le volvió la espalda para
evitar la mirada ciega de aquel ojo blanco.

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—Llevó al suicidio a una amiga mía —dijo en voz baja, intensa—. Se burló de su
pena, le quitó las alas, lo único que le faltó fue empujarla del acantilado con sus propias
manos.
—Tonterías —replicó Sena—. Ari se suicidó sola.
—Yo conocía a Ari —dijo Maris suavemente, mirando el fuego—. No hacía
mucho que tenía las alas, pero era una auténtica alada. Todo el mundo la quería. Val
no la habría derrotado en un vuelo justo.
—Val la derrotó.
—Ella habló conmigo en el Nido de Águilas, poco después de la muerte de su
hermano —explicó Maris—. Ari lo vio todo. El chico había salido en el bote y echó las
redes para pescar peces luna. Ella volaba por encima de él, vigilándole. Vio salir a la
escila, pero estaba demasiado lejos, y el viento se llevó su grito de advertencia.
Intentó acercarse volando, pero era demasiado tarde. Vio el bote hecho astillas, y a la
escila con el cuerpo de su hermano entre las mandíbulas. Luego, el animal se
sumergió.
No debió asistir a la competición —se limitó a responder Sena.
Sólo faltaba una semana —señaló Maris — . Aquel día, en el Nido de Águilas, no
quería ir, pero estaba muy abatida. Todos pensamos que eso la animaría. Los juegos,
las carreras, cantar, beber... La presionamos para que asistiera. No soñamos que
nadie la desafiaría. En su estado, no.
—Conocía las reglas que marcó el Consejo —insistió Sena — . Tu Consejo, Maris.
Cualquier alado que se presente en la competición está sujeto a desafío, y ningún
alado sano puede faltar más de dos años seguidos.
Maris volvió a mirar a la maestra, con el ceño fruncido.
—Estás hablando de la ley. ¿Y qué hay de la humanidad? Sí, Ari no debería
haber asistido. Pero ella necesitaba desesperadamente seguir viviendo, necesitaba
estar rodeada por sus amigos, olvidar el dolor durante un tiempo. Nosotros la
cuidábamos. Estaba poco ágil, y a veces se olvidaba de lo que hacía, pero nos
asegurábamos de que no le pasase nada. Cuando ese chico la desafió, nadie podía
creerlo.
Chico —repitió Sena—. Has utilizado la palabra adecuada, Maris. Tenía quince
años.
Sabía lo que hacía. Los jueces intentaron explicarle la situación, pero no retiró
el desafío. Voló bien, Ari voló mal, y ahí terminó el asunto. Un-Ala consiguió las alas.
Un mes más tarde, Ari se suicidó.
En ese momento, Val estaba a un océano de distancia —señaló Sena—. Los
alados no tenían motivos para culparle, para tratarle así. Ni para hacer lo que hicieron
al año siguiente, en la competición de Culhall. Desafío tras desafío tras desafío, desde
los alados retirados hasta los niños que acababan de llegar a la edad, los mejores, los
más hábiles.
—Entonces no había ninguna regla contra los desafíos múltiples — se
defendió Maris.
—Pero ahora sí existe esa regla. ¿Fue justo aquello?
—No importa. Perdió en el segundo desafío.
—Sí. Contra una chica que llevaba practicando con las alas desde que tenía
siete años. Y su padre era el mejor alado de Pequeña Shotan. Pero le derrotó después
de que Val venciera a otro desafiante —dijo Sena—. ¿Y qué incentivo tenía para volar
bien contra ella? Había otro esperando para desafiarle, y luego una docena más.
Además, todos le habíais dicho que sólo era medio alado.

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Se dirigió hacia la puerta.


¿Adonde vas? —quiso saber Maris.
A cenar —gruñó Sena—. Tengo noticias que comunicar a mis alumnos.
Val llegó a la mañana siguiente, mientras desayunaban. Sena estaba sirviéndose
huevos en el plato, sombríamente silenciosa, mientras los alumnos la miraban con
curiosidad. Maris se sentó muy lejos de la maestra, escuchando cómo S'Rella y Liane
intentaban convencer a una tercera alumna —una sencilla y silenciosa joven llamada
Dana, la mayor en edad entre los alas de madera— de que se quedase en la academia.
La noche anterior, durante la cena, Sena había anunciado los nombres de aquellos a los
que avalaría en desafíos. Dana, defraudada, pensaba volver a su casa, a la vida que había
abandonado. S'Rella y Liane no estaban consiguiendo demasiado con sus tentativas. De
cuando en cuando, Maris añadía unas cuantas palabras sobre la importancia de la
tenacidad, pero no conseguía que el problema de Dana le importase demasiado. La
verdad es que la joven había empezado demasiado tarde, y no tenía verdadero talento.
La conversación se detuvo cuando entró Val.
Se quitó la gruesa capa de viaje de lana y dejó la bolsa en el suelo. Si se dio cuenta
del repentino silencio, o del modo en que le miraban los demás alumnos, no dio señales
de ello.
—Tengo hambre —dijo—. ¿Sobra algo de comida?
Aquello rompió el hechizo. Todos empezaron a hablar a la vez. Leya le sirvió un
plato con huevos y una taza de té. Sena se levantó y se dirigió a él sonriendo. Le
acompañó hasta su propia mesa para que comiera con ella. Maris observaba en silencio,
intranquila, hasta que S'Rella le tiró de la manga de la camisa.
—Te he preguntado si crees que volverá a ganar —repitió S'Rella.
—No —dijo Maris en voz demasiado alta. Se levantó bruscamente —. Nadie ha
perdido un hermano últimamente. ¿Cómo va a ganar?

Aquella tarde la obligó a arrepentirse de sus palabras.


Sher y Leya habían estado arriba toda la mañana, volando en circuitos de prácticas
mientras Sena les gritaba instrucciones desde abajo y Maris, también en el aire, les
observaba. S'Rella y Damen tenían programado utilizar las alas aquella tarde, pero Sena
había pedido a alguno de los dos que las cediera a Val, puesto que llevaba un mes en
tierra y necesitaba sentir el aire. S'Rella se ofreció voluntaria rápidamente.
La plataforma observatorio estaba llena de espectadores cuando el joven salió,
con las alas atadas, plegadas. La mayoría de los estudiantes acudieron para verle volar.
Maris, con las alas todavía puestas, aguardaba entre ellos.
—Damen —estaba diciendo Sena—, quiero que hoy ensayes vuelos rasantes. Vuela
tan cerca como puedas del agua. Mantén las alas tensas y niveladas. Aleteas demasiado.
Debes mejorar, o algún día te caerás. —Miró a su otro alumno—. No hagas nada especial
hoy, Val. Ya habrá tiempo para ejercicios.
—No —dijo Val. Estaba de pie, rígido, mientras dos de los alumnos le desplegaban
las alas—. Vuelo mejor cuando tengo que volar bien.
Ponme una dificultad. —Miró a Damen, que hacía las flexiones previas al vuelo—.
O una carrera.
Sena agitó la cabeza.
—Te precipitas, Val. Yo seré la que diga cuándo es el momento apropiado para las
carreras.

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Pero Maris intervino. De pronto, quería saber cómo volaba en realidad el


desprestigiado Val Un-Ala.
—Que compitan, Sena —pidió—. Damen ya ha hecho muchas prácticas. Necesita
una carrera de verdad.
Damen miraba alternativamente a Maris y a Sena. Evidentemente, tenía ganas de
competir, pero no quería enfrentarse a su maestra.
—No sé —dijo.
Val se encogió de hombros.
—Como quieras. De todos modos, no creo que seas gran cosa como oponente.
Aquello fue demasiado para Damen, que estaba muy orgulloso con su puesto
entre los mejores de Alas de Madera.
—No seas tan engreído, Un-Ala —le espetó. Levantó un brazo y señaló hacia las
aguas, a donde las olas rompían y se estrellaban contra una roca casi sumergida—.
Cuando los dos estemos en el aire y Maris dé la señal, tres veces ida y vuelta. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —asintió Val, estudiando la distante roca.
Sena apretó los labios, pero no dijo nada. Al no oír más objeciones, Damen sonrió,
echó a correr y saltó. El viento le captó y le elevó. Ascendió, describió un círculo sobre la
playa y pasó sobre ellos, proyectando su sombra contra la piedra. Val se acercó al borde
del risco, ya con las alas completamente desplegadas.
—El cuchillo, Val —dijo repentinamente Sena.
Todos prestaron atención. La adornada hoja de obsidiana con remaches de plata
estaba en la funda que pendía del cinturón de Val.
Val se lo descolgó y lo miró con curiosidad.
—¿Qué le pasa?
—Es la tradición de los alados —respondió Sena—. No se pueden llevar armas al
cielo. Cógelo, S'Rella. Te lo guardaremos.
S'Rella se adelantó para obedecer, pero Val le hizo un gesto de negación.
—Era el cuchillo de mi padre, lo único importante que tuvo en su vida. Lo llevo a
todas partes.
Se lo volvió a guardar en la funda.
—Es la tradición de los alados —repitió Sena, con voz asombrada.
Val sonrió, sarcástico.
—¡ Ah! Pero yo sólo soy medio alado. Atrás, S'Rella. Cuando la muchacha
retrocedió, Val se lanzó al aire.
Maris se adelantó hasta el borde de la plataforma para situarse al lado de Sena y
S'Rella. Todos observaron cómo Val describía una espiral en el aire para reunirse con
Damen. Tras ella, pudo oír las voces de los otros comentando lo sucedido. «Un-Ala», dijo
una voz, quizá la de Liane. El oriental no perdía tiempo en ganarse enemigos, pensó
Maris. Se lo dijo a Sena.
—Los alados no perdieron tiempo en convertirle a él en su enemigo — replicó
la mujer. Tenía elevados hacia el cielo los dos ojos, in cluso el inútil, contemplando
cómo Damen y Val trazaban círculos el uno alrededor del otro, como dos pájaros de
presa en busca del punto débil del contrario—. Tienes que dar la señal, Maris —le
recordó Sena.
Maris se rodeó la boca con las manos, a modo de bocina.

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—¡Volad! —gritó tan alto como pudo.


El viento recogió el grito y lo elevó hacia los jóvenes.
Damen fue el primero en salir del círculo, desplazándose sobre el agua lenta,
graciosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Val Un-Ala salió
inmediatamente detrás de él. con las alas completamente extendidas, tanteando los
vientos, virando ligeramente de aquí a allá, como si no tuviera todo el equilibrio
necesario. Los dos alados volaban bajo. Maris se puso una mano sobre los ojos para
protegerse de los reflejos que el sol arrancaba de las alas.
A mitad de la primera vuelta, Damen había ampliado la distancia. Val empezó
a elevarse.
—El viento ha aumentado —comentó Sena.
Maris asintió. Además, le pareció sentir corrientes cruzadas. Tendrían que
volar. No iba a ser una simple cuestión de dejarse arrastrar por la brisa para que les
llevase donde querían.
Damen llegó a las rocas muy por delante de su competidor y empezó a dar la
vuelta. Un grito de emoción surgió de entre los alas de madera: Damen iba ganando.
Pero perdió tiempo en el giro, que fue lento y demasiado abierto. Además, el joven
titubeó ligeramente al encontrarse con una corriente de aire que venía de frente,
aunque consiguió recuperarse. En la vuelta, no parecía tan seguro.
Val empezó a maniobrar bien antes de girar, cambiando de rumbo mientras
ascendía. No fue un movimiento brusco, sino una sucesión de pequeños incrementos.
Ahora estaba muy por encima de Damen, pero también muy por detrás. Cuando por
fin salió de la curva, Damen ya estaba a medio camino de vuelta. Pero el giro de Val
había sido mucho más cerrado y limpio que el de su contrincante.
—¡Damen va ganando! —gritó Liane. El muchacho pasó por encima de ellos—.
¡Bravo, Damen! —Liane se había puesto las manos alrededor de la boca—. ¡Vuela!
El joven alas de madera giró lentamente —otra vez fue una vuelta demasiado
abierta— e inclinó un ala para agradecer los gritos de ánimo. Pero el gesto le costó
caro. Por un momento perdió el viento, se deslizó hacia abajo brusca, peligrosamente.
Y, cuando pasó ante ellos, de pronto la enorme masa de roca de la fortaleza se
interpuso entre él y el viento que utilizaba. Maniobró mal, perdió velocidad y tuvo que
luchar para recuperar altura.
Val no cometió el mismo error. Hizo un giro cerrado, manteniendo se a la
altura necesaria para no perder nada del viento, que era escaso. Y, de pronto,
pareció que se movía mucho más de prisa.
—Val ha ganado —dijo Maris bruscamente.
No tenía intención de hablar en voz alta, pero lo hizo sin pensar.
Sena sonreía. S'Rella la miró, asombrada.
— Pero Maris, mira. Damen le lleva mucha ventaja.
—Damen no hace más que cabalgar sobre los vientos —contestó Maris—. En
cambio, Val los utiliza. Estaba buscando la corriente adecuada, y ahora la ha
encontrado. Observa, S'Rella.
No tuvo que mirar mucho tiempo. La ventaja de Damen fue acor tándose
sensiblemente mientras los dos alados avanzaban una vez más hacia la roca. El alas
de madera perdió bruscamente el rumbo al intentar hacer un giro más cerrado que
los anteriores. Para cuando se recuperó, Val había empezado a dar la vuelta.
Momentos más tarde, Damen se sobresaltó visiblemente cuando la sombra de las
alas de Val cayó sobre él. Luego, la sombra le adelantó.
Los estudiantes quedaron en silencio. Incluso Liane.

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—Felicítale de mi parte —dijo Maris.


Dio media vuelta y entró.

Su habitación era húmeda y oscura. Maris encendió un fuego en la chimenea


y decidió calentar el kivas que había comprado en Ciudad Tormenta. Iba por la
tercera taza, y por fin empezaba a relajarse, cuando Sena entró sin llamar y se sentó.
—¿Qué tal han ido las prácticas? —preguntó Maris.
—Ha derrotado a todos en carreras — respondió Sena—. Damen se lo tomó
bastante bien, pero no le quedaron ánimos para otra competi ción, así que cedió las
alas. Todos estaban deseando intentarlo. —Sonrió, evidentemente orgullosa de la
tenacidad de sus alumnos—. Derrotó a Sher y a Jan fácilmente, humilló a Kerr y a
Egon. Egon casi se cayó al océano. Pero S'Rella le obligó a esforzarse. Le hizo los
mismos trucos que Val había empleado con Damen. Chica lista, esta S'Rella.
¿Hizo seis carreras? —se asombró Maris.
Siete —respondió Sena con una sonrisa—. Liane casi le venció. Hoy hay
viento de ráfagas, muy turbulento. Val se desconcertó un poco. Está delgado,
necesita más fuerza. Le haré ejercitarse. Flexiones. Y claro, ya estaba cansado, pero
Liane insistió. Liane vuela bien con vientos racheados. Es fuerte como una escila. A
veces, por cómo maniobra con las alas, creo que intenta vencer al viento con fuerza
bruta. Pero Val le derrotó de todos modos. Por poco. Luego quiso intentarlo Leya,
pero la tormenta estaba a punto de desencadenarse y les obligué a entrar. ¿Qué
opinas ahora de Un-Ala, Maris?
Maris sirvió una taza de kivas a la maestra mientras lo pensaba.
—Creo que puede volar —respondió por fin—. Sigue sin gustarme lo que hizo
con Ari. Y tampoco me ha gustado el asunto del cuchillo. Pero no puedo negar que
tiene habilidad.
—¿Ganará?
Maris bebió un sorbo de vino y dejó que la dulce calidez le fluyera por dentro.
Cerró los ojos un momento y se echó hacia atrás.
—Quizá —respondió—. Hay al menos una docena de alados que no lo harían tan
bien como lo ha hecho él hoy. También hay una docena que lo harían mejor, que se
saben los mismos trucos y muchos más. Dime a quién va a desafiar y te diré qué
oportunidades tiene. Además... Bueno, la velocidad es sólo uno de los recursos de los
alados. En la competición se juzga también la elegancia y la precisión.
—Es lo justo —asintió Sena—. ¿Me ayudarás a prepararle?
Maris bajó la vista y se concentró en el suelo de piedra gris.
—Me pones en una posición difícil —respondió—. Y para hacer un favor a alguien que
no me gusta.
—¿Es que sólo merecen volar aquellos que cuentan con tu aprobación? —replicó
Sena—. ¿Es ése el principio por el que luchaste hace siete años?
Maris levantó la cabeza para encontrarse con la mirada de Sena.
—Sabes que no. Las alas son para los que mejor vuelen.
—Y admites que Val es bueno —insistió Sena.
Bebió un sorbo de kivas mientras aguardaba la respuesta.
Maris asintió de mala gana.

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Refugio del viento

—Pero, aunque gane, los demás no olvidarán el pasado. Tú le llamas Val, pero
para ellos siempre será Un-Ala.
—No te estoy pidiendo que le des escolta el resto de tu vida, Maris —le replicó Sena
—. Sólo quiero que me ayudes ahora, que ayudes a Val a obtener las alas.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada que no hayas hecho por los demás. Señálale sus errores. Enséñale las cosas
que te han enseñado a ti estos años de volar, como enseñarías a tu propio hijo.
Aconséjale. Anímale. Desafíale. Es demasiado hábil para aprender nada compitiendo
contra mis alas de madera, y ya has visto hoy lo poco predispuesto que está a
escucharme. Soy vieja, tullida y sólo vuelo en sueños. Pero tú eres una alada, y una de
las mejores, según se dice. Te hará caso.
—No estoy tan segura —respondió Maris. Bebió el último resto de kivas que
quedaba en la taza y la dejó a un lado—. Bueno, supongo que debo aconsejarle, si él
quiere.
—Bien —dijo Sena. Se levantó—. Te lo agradezco. Ahora, si me disculpas, tengo
mucho trabajo. —Ya en la puerta, se detuvo y dio media vuelta—. Sé que esto no es fácil
para ti, Maris. Quizá si conocieras mejor a Val podrías simpatizar con él. Estoy segura de
que te admira.
Maris se sobresaltó, pero intentó disimularlo.
—Pues yo no puedo admirarle —replicó—. Y cuanto más le veo, menos
posibilidades me da de simpatizar con él.
—Es joven —dijo Sena—. No ha tenido una vida fácil. Y está obsesionado con ganar
otra vez las alas. No se diferencia demasiado de ti, hace unos años.
Maris se tragó la ira para no embarcarse en una discusión sobre lo diferente que
era Val Un-Ala de ella. Sólo conseguiría parecer rencorosa.
El silencio se alargó. Luego Maris oyó las suaves e inseguras pisadas de Sena
alejándose.

Al día siguiente comenzó el entrenamiento definitivo.


Desde el amanecer hasta el ocaso, los seis desafiantes volaron. De los que no
competirían aquel año, algunos fueron a visitar a sus familias, en Colmillo de Mar, en las
Shotan o en otras islas cercanas. Los demás, aquellos cuyos hogares estaban a distancias
más peligrosas, se sentaron en la roca para contemplar a sus compañeros más
afortunados y soñar con el día en que ellos también tendrían la oportunidad de ganar
unas alas.
Sena estaba de pie en el risco, gritando advertencias y alabanzas a sus alumnos,
a veces apoyándose en un bastón de madera, las más utilizándolo para hacer gestos y dar
órdenes. Maris, con las alas puestas, volaba dándoles escolta. Describía círculos,
observaba y gritaba consejos. Orientó a S'Rella, a Damen, a Sher, a Leya y a Kerr,
compitiendo contra dos de ellos en cada ocasión, obligándoles a practicar la clase de
acrobacias aéreas que impresionarían a los jueces.
Val tuvo las mismas oportunidades de usar las alas que los demás, pero Maris
descubrió que no podía evitar observarle en silencio. Pensó que el joven ya había estado
en dos competiciones, sabía lo que se esperaba de él. Tratarle igual que a los demás alas
de madera sería condescender. Pero, recordando lo que había prometido a Sena, estudió
atentamente su manera de volar. Y aquella noche, durante la cena, fue a su encuentro.
Sólo había una chimenea encendida en la sala de estar, y los bancos parecían
extrañamente vacíos. Cuando llegó Maris, los estudiantes que no iban a competir se

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apiñaban ante una mesa. Sena estaba sentada junto a la segunda, charlando
animadamente con Sher, Leya y Kerr. S'Rella y Val comían solos en la tercera mesa.
Maris dejó que Damen le llenara el plato con estofado de pescado, luego se sirvió
un vaso de vino blanco y fue a reunirse con ellos.
— ¿Qué tal está la comida? —preguntó mientras se sentaba frente a Val.
El joven la miró atentamente, pero Maris no pudo leer nada en los enormes ojos
oscuros.
—Excelente —respondió Val—. Pero en Hogar del Aire tampoco teníamos razones
para quejarnos de la alimentación. Los alados se cuidan bien. Incluso los que tienen alas
de madera.
A su lado, S'Rella apartó un trozo de pescado con estudiada indiferencia.
—Esto no está tan bueno —contestó—. Damen siempre lo deja todo demasiado
insípido. Espera a que cocine yo, Val. Las comidas del Archipiélago del Sur llevan muchas
especias.
Maris se echó a reír.
—En mi opinión, demasiadas.
—No me refería a las especias —siguió Val — . Hablo de la comida. En este
estofado hay cuatro o cinco clases diferentes de pescado, trozos de verdura, y juraría
que la salsa lleva vino. Las raciones son abundantes y no hay ningún trozo podrido.
Sólo los alados, los Señores de la Tierra y los comerciantes ricos pueden permitirse
comer así.
S'Rella parecía ofendida. Maris frunció el ceño y dejó el cuchillo sobre la mesa.
La mayoría de los alados comen poco. Val. No podemos permitirnos engordar.
A veces, me han servido pescado que apestaba. Otras, estofado de pescado
en el que no había ni rastro de pescado —replicó el joven fríamente—. Crecí comiendo
los restos y las sobras que caían de la mesa de los alados. Ya me gustaría pasarme el
resto de mi vida comiendo tan poco como un alado.
Había un infinito sarcasmo en la manera que tuvo de pronunciar la palabra
«poco».
Maris se sonrojó. Sus verdaderos padres no habían sido ricos, pero su padre
pescaba en los mares de Amberly, y nunca les había faltado la comida. Tras su
muerte, cuando el alado Russ la adoptó, nunca le faltó nada. Bebió un sorbo de vino y
cambió de tema.
—Quiero hablar contigo de tus giros, Val.
—¿Sí? —Se tragó el último trozo de pescado y apartó a un lado el plato—.
¿Hago algo mal, alada?
Tenía una voz tan inexpresiva que Maris no supo si lo decía con sarcasmo o no.
—Mal, no. Pero me he dado cuenta de que, cuando tienes oportunidad, siempre
giras hacia un viento inferior. ¿Porqué?
Val se encogió de hombros.
—Es más fácil.
—Sí —asintió Maris—, pero no mejor. De un giro en un viento inferior se sale con
más velocidad, pero describes un arco más amplio. Y te desestabilizas más fácilmente,
sobre todo si estás volando con vientos altos.
—Un giro hacia arriba es difícil con vientos altos —replicó Val.

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—Requiere más fuerza —concedió Maris—, pero eso es algo que tienes que
ejercitar. No puedes evitar las dificultades. Girar siempre hacia el viento inferior es un
hábito inofensivo, pero puede que llegue un momento en que tengas que girar hacia
arriba, y debes estar en condiciones de hacerlo bien.
La expresión de Val era tan reservada como siempre.
—Ya veo —dijo.
Animada, Maris tocó un tema más peligroso.
—Una cosa más. He visto que hoy, durante las prácticas, llevabas el cuchillo.
—Sí.
—La próxima vez, no lo hagas — advirtió Maris—. No sé si lo entiendes. No importa
lo que signifique el cuchillo para ti, es la ley de los alados. No se pueden llevar armas al
cielo.
—La ley de los alados —replicó Val con voz gélida—. Dime, ¿quién ha dado a los
alados el derecho de hacer leyes? ¿Existe la ley de los granjeros? ¿La ley de los
sopladores de vidrio? Los Señores de la Tierra hacen la ley. La única ley. Cuando mi padre
me dio ese cuchillo, me dijo que lo llevara siempre. Pero lo dejé durante el año que tuve
las alas. Obedecí vuestra ley. Y la ley no hizo más que insultarme. Seguí siendo Un-Ala.
Bueno, entonces era un niño, y me impresionaba la ley de los alados. Pero ya no soy un
niño. Elijo llevar el cuchillo.
S'Rella le miró, intrigada.
—Pero Val, ¿cómo puedes desobedecer la ley de los alados, si quieres ser un alado?
—Nunca he dicho que quiera ser un alado —replicó el joven —. Sólo que quiero ganar
las alas y volar. —Dejó de mirar a Maris para fijarse en S'Rella—. Y tú tampoco serás una
alada, S'Rella, aunque ganes las alas. Si llega a suceder, recuerda lo que te digo. Serás
como yo, un-ala.
—¡No es cierto! —gritó Maris, furiosa—. Yo no nací alada, pero ellos me han
aceptado.
—¿Seguro? —replicó Val. Sonrió irónicamente y se levantó del banco— .
Disculpadme, tengo que descansar. Mañana necesito practicar los giros hacia arriba, y me
harán falta todas mis fuerzas.
Cuando se marchó, Maris tendió un brazo sobre la mesa para tomar la mano de
S'Rella, pero la chica la miró preocupada y también se levantó.
—Tengo que marcharme —dijo.
Maris se quedó sola.
Permaneció sentada largo rato, y sólo cuando Damen se acercó a ella recordó el
plato medio lleno que tenía delante.
—Todos se han marchado, Maris —dijo el muchacho amablemente —. ¿Vas a
terminar?
—¡Oh! —se sobresaltó—. No, perdona. Me temo que me distraje, y se me ha
enfriado.
Sonrió y ayudó a Damen con los platos. Luego le dejó limpiando la sala y se lanzó
a recorrer los húmedos pasillos, en busca de la habitación de Val.
La encontró después de un solo error en el camino. La ira había ido creciendo,
estaba decidida a tener una charla con Val, pero fue S'Rella la que respondió a su
impaciente golpe en la puerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Maris, sobresaltada.

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S'Rella titubeó, tímida e insegura. Pero la voz de Val surgió del fondo de la
habitación.
—No tiene que responder a eso.
—No, claro que no —dijo Maris, avergonzada. Ni siquiera tenía derecho a
preguntarlo. Tocó ala joven en el hombro—. Lo siento. ¿Puedo pasar? Quiero hablar con
Val.
—Déjala entrar.
S'Rella sonrió tentativamente a Maris y le franqueó el paso.
Como todas las habitaciones de la academia, la de Val era pequeña, húmeda y
fría. Había encendido un fuego en la chimenea para calentarla un poco, pero hasta el
momento no había logrado gran cosa. Maris advirtió que la habitación estaba muy
desnuda, que carecía por completo de los toques personales que darían al visitante una
pista sobre la persona que vivía allí.
Val estaba ante el fuego, en el suelo, haciendo flexiones. Se había quitado la
camisa, que estaba sobre la cama, y hacía los ejercicios con el pecho descubierto.
—¿Y bien? —preguntó sin detenerse.
Maris se le quedó mirando, asqueada. Val tenía toda la espalda surcada de finas
cicatrices blancas, recuerdos de pasadas palizas. Tuvo que apartar la vista para recordarse
a sí misma el motivo de la visita.
—Tenemos que hablar, Val —dijo.
El joven se puso en pie con una sonrisa, mientras respiraba entrecortadamente.
—Pásame la camisa. S'Rella —pidió. Se la puso—. ¿De qué quieres hablar?
Ahora llevaba el pelo suelto, y le caía sobre los hombros como una cascada color
rojizo, suavizando la severidad de sus rasgos y dándole un aspecto extrañamente
vulnerable.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Maris. Val le señaló la única silla de la habitación.
Cuando Maris tomó asiento, se dejó caer sobre un taburete sin respaldo, al lado del
fuego. S'Rella se sentó en la estrecha cama—. No quiero jugar contigo. Val. Tenemos
mucho trabajo que hacer juntos.
—¿Qué te hace pensar que estoy jugando?
—Escúchame —respondió—. Comprendo que sientas rencor hacia los alados. Te
rechazaron, te etiquetaron y se burlaron de ti con un nombre insultante, te quitaron las
alas, quizá injustamente, con desafíos múltiples. Pero si permites que eso envenene para
siempre tus sentimientos hacia todos los alados, perderás. Si vuelves a ganar las alas en
la competición, te encontrarás el resto de tu vida rodeado de alados. Si no les dejas que
sean tus amigos, no tendrás amigos. ¿Es eso lo que quieres?
Val no se inmutó.
—Windhaven está lleno de gente, y sólo hay unos cuantos alados. ¿O es que no
cuentas a los atados a la tierra?
—¿Por qué estás tan decidido a resultar odioso? Te das mucha prisa en crearte
enemigos. Quizá crees que los alados te han tratado mal, y quizá tengas razón, pero
las peleas no suelen ser unilaterales. Intenta comprenderlo. Tampoco estuvo bien lo que
hiciste con Ari. Si quieres que te perdonen por aquello, perdona a los alados por lo que
te hicieron. Acepta y te aceptarán.
Val sonrió con los labios apretados.

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—¿Qué te hace pensar que quiero ser aceptado? ¿O perdonado? No he hecho


nada que requiera perdón. Volvería a desafiar a Ari. Desgraciadamente, este año no
podré hacerlo.
La rabia dejó sin palabras a Maris.
—¡Val! —gritó S'Rella con voz incrédula—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡ Ari se
suicidó!
—Todos los días mueren atados a la tierra —le respondió Val con tono un poco más
suave—. Algunos también se suicidan. Nadie se escandaliza por eso, ni lo proclama, ni
venga esos suicidios sin importancia. Tienes que protegerte, S'Rella. Mis padres me
enseñaron eso. Nadie lo hará por ti. —Volvió la vista hacia Maris—. Conozco a tu hermano,
¿sabes? —dijo repentinamente.
—¿A Coll? —se sorprendió Maris.
—Pasó por Arren Sur hace siete años, camino hacia las Islas Exteriores. Iba con
otro bardo, el anciano.
—Barrion —dijo Maris—, el mentor de Coll.
—Se quedaron una semana o dos, cantando en las tabernas del puerto. Esperaban
un barco que los llevase más al Este. Fue la primera vez que oí hablar de ti, Maris de
Amberly Menor. Durante un tiempo, fuiste mi ídolo. Tu hermano canta una bonita
cancioncilla sobre ti.
—Hace siete años —murmuró Maris—. Debió de ser poco después del Consejo.
Val sonrió.
—Fue la primera noticia que nos llegó. Yo tenía doce años, la edad a la que el hijo
de un alado empieza a tomar las alas. Pero, por supuesto, yo no tenía ni una oportunidad.
Hasta que tu hermano llegó a mi isla y cantó sobre tu Consejo y tus academias. Cuando
se inauguró Hogar del Aire, unos meses más tarde, fui uno de los primeros estudiantes.
Todavía te adoraba, por haberlo hecho posible.
—¿Y qué sucedió?
Val se dio media vuelta en el taburete para acercar las manos al fuego.
—Me fui decepcionando. Creí que habías abierto el mundo para todos, cuando
antes sólo pertenecía a los alados. Sentí una gran afinidad contigo. Era un ingenuo.
Se dio la vuelta de nuevo y Maris se removió incómoda bajo aquella mirada
intensa, acusadora.
—Creí que éramos iguales —siguió Val —. Pensé que querías acabar con la
putrefacta sociedad de los alados. Descubrí que estaba equivocado. Sólo querías ser parte
de ella. Querías la fama, la posición, la riqueza y la libertad, querías hacer fiestas en el
Nido de Águilas junto a todos ellos, mirar desde arriba a los sucios atados a la tierra.
Aceptas todo lo que desprecio.
»Pero la ironía de todo esto es que no puedes ser una alada, por mucho que lo
intentes. No puedes ser una alada igual que no puedo serlo yo, ni S'Rella, ni Damen, ni
ninguno de los demás.
—Soy una alada —dijo tranquilamente Maris.
—Te dejan que juegues a serlo —replicó Val —. Sobre todo porque intentas con
todas tus fuerzas que te acepten, ser como ellos. Pero los dos sabemos que no
confían del todo en ti, que no te aceptan como aceptan a los suyos. Tienes las alas,
pero sigues siendo una extraña. Lo admitas o no, fuiste la primera un-ala, Maris.
Maris se levantó. Las palabras la habían puesto furiosa, pero no quería
replicarle, no quería perder dignidad enfrentándose a él delante de S'Rella.

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—Te equivocas —dijo con toda la calma y tranquilidad que pudo. Pero descubrió
que no tenía argumentos para responderle—. Lo siento por ti, Val —siguió—. Odias a
los alados y sientes desprecio por los atados a la tierra. Por cualquiera que no seas tú
mismo. No quiero tu respeto ni tu gratitud. No sólo reniegas de los privilegios de la
sociedad de los alados, sino también de las responsabilidades. Eres completamente
egoísta. Si no se lo hubiera prometido a Sena, no movería un dedo para ayudarte a
conseguir las alas. Buenas noches.
Salió de la habitación. Val no se movió, ni la llamó para que volviera. Pero,
mientras la puerta se cerraba a su espalda, le oyó hablar con S'Rella.
— Ya ves —le decía simplemente.
Aquella noche Maris volvió a soñar, y se despertó con las ropas de la cama
revueltas, empapada en sudor. Había sido peor que nunca. Caía, caía eternamente en
el aire quieto, mientras a su alrededor otros alados, con sus brillantes alas plateadas
extendidas, la miraban sin hacer nada.

Las prácticas siguieron día tras día.


Sena cada vez era más exigente y más propensa al genio, y lo dominaba todo
como un tiránico Señor de la Tierra. Damen trabajaba en giros más cerrados y oía
largas lecciones todos los días sobre volar con la cabeza, no con los brazos. S'Rella
ensayaba despegues, aterrizajes y acrobacias, intentando conseguir una elegancia a
juego con su vitalidad. Sher y Leya, que ya poseían la elegancia, pasaban largas horas
en los vientos más altos, tratando de conseguir resistencia. Kerr trabajaba en todo.
Val Un-Ala también practicaba. Maris le observaba desde lejos, igual que
observaba a todos, sin decir gran cosa. Respondía a sus preguntas, le aconsejaba en
las escasas ocasiones en que él lo pedía, y le trataba siempre con la misma cortesía
cuidadosa y distante.
Sena, concentrada por completo en el vuelo de sus protegidos, no se dio cuenta
de nada. Pero los alas de madera siguieron el ejemplo de Maris y se mantuvieron a
distancia de Val. Él mismo facilitó el proceso. Tenía la lengua afilada y ningún reparo
en ganarse enemigos. Le dijo a Kerr que era un caso desesperado, deprimiendo al
muchacho, y se burlaba incesantemente del orgulloso y testarudo Damen,
derrotándole una y otra vez en carreras informales. Los estudiantes, encabezados por
Damen y Liane, pronto empezaron a llamarle abiertamente Val «Un-Ala». Pero, si le
importaba, no dio muestras de ello.
El aislamiento de Val no era absoluto. Aunque los demás le rechazaran,
siempre tenía a S'Rella. No se limitaba a ser educada con Val. Le buscaba, le pedía
consejos, comía con él y, siempre que Sena emparejaba a los estudiantes para una
carrera, era la primera en desafiarle.
Maris veía sentido a su actitud: comparar sus habilidades con las de un alado
mejor que ella la ayudaba a aprender y a superar sus debilidades. Y sabía que S'Rella
estaba decidida a ganar las alas este año. También había otras razones, menos
pragmáticas, por las que S'Rella se acercaba a Val. La tímida jovencita del Sur
siempre había estado un poco fuera de lugar entre las alas de madera, todos ellos
Occidentales: cocinaba de manera diferente, vestía de manera diferente, se peinaba
de manera diferente, hablaba con un ligero acento e incluso contaba historias
diferentes cuando todos los alumnos se reunían alrededor del fuego. Val Un-Ala, del
Archipiélago Oriental, también estaba fuera de lugar allí. Y Maris se repetía a sí misma
que era natural que dos pájaros extraños volasen juntos.
Pero a la alada le intranquilizaba verles hablar. S'Rella era joven e
impresionable, y Maris no quería que se adhiriera a las ideas de Val. Además, estar
demasiado cerca de Val Un-Ala la haría impopular entre los demás alados, y S'Rella
era vulnerable: aquello le haría daño.

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Pero Maris se obligó a relegar su preocupación y a no intervenir. Ahora no


había tiempo para disputas personales: tenía que entrenar a los alas de madera para
la competición definitiva.
Al final de cada día de entrenamiento, Maris hablaba con todos los
estudiantes por separado. Cuando sólo faltaban dos días para la fecha de partida,
el viento soplaba con fuerza del Norte, con un frío que parecía atravesar a los
temblorosos estudiantes. Cada vez era más gélido.
—No tenéis que esperar —les dijo Maris—. Hace demasiado frío para estar
aquí. Después de que corra contra uno, que ayude al siguiente con alas y entre en la
academia.
El ejercicio de volar no permitía que Maris tiritase, pero también la agotaba. Por
fin, exhausta y empezando a sentir de verdad la gelidez del viento, Maris descubrió que
se había quedado sola con Val en el risco de los alados.
Se sintió abatida. Pensaba que el joven no esperaría. Y competir ahora con
él. que estaba fresco mientras ella se había agotado... Miró hacia arriba, hacia el cielo
nublado, y sintió el sabor a sal en las comisuras de los labios.
Es tarde para volar — dijo—. Los vientos son encontrados, y está oscureciendo.
Ya competiremos en otro momento.
Los vientos harán que sea un auténtico desafío —replicó Val.
La miró fríamente y Maris supo, con un nudo en la garganta, que el joven
llevaba mucho tiempo esperando aquel momento.
—Sena puede preocuparse —empezó débilmente.
—Claro que, si te has agotado compitiendo con los alas de madera...
—En cierta ocasión, volé treinta horas seguidas sin descansar nada —le replicó
rápidamente—. Una tarde de juegos no basta para agotarme.
Val le dirigió una sonrisa burlona. Comprendió que había caído en la trampa del
joven.
—Ponte las alas —le dijo.
No se ofreció a ayudarle, pero era evidente que estaba acostumbrado a
ponérselas solo. Maris trató de recuperar algo de flexibilidad en los músculos mientras
se repetía que una victoria para Val, con ella tan cansada y los vientos tan caprichosos,
no significaría nada. Y él debía saberlo.
—¿Lo de siempre? ¿Dos veces ida y vuelta?
Maris asintió mientras miraba hacia las grises olas revueltas, hacia la distante roca
que utilizaban como punto de referencia. ¿Cuántas veces había hecho hoy aquel
recorrido? ¿Treinta? ¿Más? No importaba. Volaría las dos últimas veces como si fueran las
primeras. Su orgullo se lo exigía.
—¿Quién será el juez? —preguntó.
Val encajó los dos últimos montantes de las alas.
—Nosotros sabremos el resultado —respondió—. Con eso basta. Yo salto primero
y tú das la señal, ¿de acuerdo?
—Sí.
Le observó mientras, con unos cuantos pasos rápidos, Val se acercaba al borde del
risco y saltaba. La alada figura se encontró con los vientos cruzados y se tambaleó como
un pequeño bote en aguas turbulentas, hasta que consiguió hacerse con el dominio. Luego
viró hacia la derecha y empezó a ascender.

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Maris respiró hondo y dejó la mente en blanco. Echó a correr y saltó. Durante un
breve instante, cayó. Luego las alas captaron los vientos y la impulsaron hacia arriba. Se
tomó tiempo para llegar al nivel de Val. Ascendió en una espiral cerrada, necesitaba
aquellos momentos para volver a sentir el cielo, para que su cuerpo agotado supiera cómo
utilizar mejor los vientos.
Cuando llegó a su altura, los dos trazaron círculos cautelosamente, el uno
alrededor del otro, luchando para mantener el control entre los vientos incansables. Los
ojos de Maris se encontraron con los del joven, luego miró mucho más allá, hacia la roca
que les servía de señalizador.
—Preparado... ¡Ya! —gritó.
Los dos empezaron a volar.
Los vientos eran fuertes, pero turbulentos. El principal venía del norte, pero se
cruzaba con ráfagas provinentes de todas partes. El cielo del Este era una inmensa masa
de nubes oscuras, que se agolpaban por momentos, amenazando tormenta. Maris las
miró, intranquila, y volvió a remontarse, buscando en las alturas una corriente más rápida
y segura. Tenía que luchar constantemente para mantener el rumbo. Las ráfagas le
empujaron de un lado a otro, exigiéndole una atención constante y frecuentes giros y
correcciones. No podía permitirse ningún fallo.
Aunque no le buscaba con la vista, a veces percibía a Val. El joven volaba en
ocasiones por debajo de ella, pero casi siempre a su lado, desconcertantemente cerca.
Volaba bien, y a Maris no le consoló pensar que era, en parte, gracias a sus consejos.
Derrotarle no sería sencillo.
Entonces, Val apareció por delante de ella.
Una ráfaga de adrenalina recorrió a Maris, y movió el cuerpo hacia la izquierda
para captar el cambiante viento que la impulsaba. Le llamaban Un-Ala, pero sabía muy
bien cómo utilizar las dos en el aire. Las competiciones contra los alas de madera habían
reblandecido a Maris. Reaccionaba con lentitud.
Delante de ella, a poca distancia, las alas de Val pasaron por encima de la roca.
Giró hacia el viento inferior, según advirtió Maris, trazando un amplio círculo y vacilando un
momento. Pero salió del giro a gran velocidad, e inició el vuelo de regreso hacia el risco.
Decidida a derrotarle, Maris voló peligrosamente cerca de la roca. La punta de
una de las alas rozó la piedra y la alada perdió el equilibrio durante un crucial momento.
Se precipitó hacia las olas, perdió el viento y tembló, con el corazón en la garganta, antes
de recuperar el control de nuevo. Val había aumentado la distancia que les separaba.
Maris sólo pudo sentirse agradecida de que no hubiera presenciado el fallo.
Había perdido altura, pero captó una corriente ascendente y, repentinamente,
Maris volvió a elevarse. Voló incansablemente, pensando sólo en la inmediata necesidad
de adquirir velocidad, buscando y maniobrando hasta que encontró una corriente firme
que podía utilizar.
El viento la acercó a Val, pero estaba tan concentrada en el intento de adelantarle
que apenas advirtió que se aproximaba a tierra firme. Repentinamente, se vio atrapada
en una plomada, una bolsa de aire frío que tiró de ella hacia abajo como una mano gélida.
Val consiguió esquivarla y seguir volando, y encontró una imposible corriente ascendente
que le llevó más arriba, más lejos, mientras Maris controlaba el brusco descenso y luchaba
por librarse de la bolsa de aire. El joven describió un círculo sobre la fortaleza. midiendo la
fuerza de los vientos por la fina columna de humo de las chimeneas, y volvió a iniciar el
camino de regreso, cada vez a más altura, antes de que Maris terminara de recuperarse.
Era como si el mismo cielo favoreciera a Val aquella tarde, pensó Maris, resentida,
mientras maniobraba para girar. Los vientos jugaban con ella y la hacían trastabillar,
soplando a ráfagas impredecibles cada vez que intentaba cabalgar sobre ellos. Pero, en
cambio, permitían que Val volase libremente. El joven casi parecía ignorar la peligrosa

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incertidumbre de las corrientes, arreglándoselas para encontrar, en medio del cambio


constante, un viento seguro y fluido sobre el que planear.
Maris supo entonces que había perdido la carrera. Val estaba a mucha más altura
que ella, a sabiendas de que muchas veces la velocidad acompaña a la altitud. Tardaría
demasiado en llegar a su nivel, y eso si encontraba los vientos adecuados. Intentó
acortar la distancia que les separaba, pero la lucha con las ráfagas encontradas la agotó,
y la certeza de que era demasiado tarde restó tenacidad a sus esfuerzos. Val perdió
cierto tiempo bajando para aterrizar, pero aún así pasó por encima del risco
por segunda y última vez con dos alas de ventaja sobre ella. Evidentemente, había
ganado.
Maris estaba demasiado agotada por el vuelo para sonreírle cuando los dos
descendieron en la suave arena de la playa de aterrizaje, y demasiado deprimida para
fingir que no le importaba. En silencio, se quitó las alas tan de prisa como le fue
posible, aunque los dedos entumecidos resbalaban a menudo sobre las correas. Por
fin, sin haber intercambiado todavía una palabra entre los dos, Maris se echó las alas
al hombro y se encaminó hacia la fortaleza.
Val le cortó el paso.
—No se lo diré a nadie —prometió.
La mente se le nubló, y Maris sintió un cálido ramalazo de humillación que le
enrojeció las mejillas.
—¡No me importa lo que digas, ni a quién se lo digas!
—¿ N o?
La ligera sonrisa de Val se burló de ella, le hizo comprender lo vacías que eran
sus palabras. Evidentemente, sí le importaba.
—¡No ha sido una carrera justa! — le espetó.
Al momento, se arrepintió de la débil e infantil queja.
—No —convino Val. Su voz era tan inexpresiva que Maris no supo si ocultaba un
matiz de ironía—. Te has pasado el día volando, y yo estaba descansado. En igualdad
de condiciones, no te habría vencido. Los dos lo sabemos.
—No es la primera vez que pierdo —dijo Maris, intentando por todos los medios
recuperar el control sobre sus emociones—. No me importa.
—Ya veo —respondió Val —. Bien.
Volvió a sonreír.
Maris se encogió de hombros, irritada. Las alas le arañaban en la espalda.
—Estoy muy cansada. Por favor, discúlpame.
—Desde luego.
Val se apartó a un lado y Maris pasó ante él. Caminó por la arena con las
rodillas temblándole y empezó a subir por los gastados escalones cubiertos de musgo
que llevaban a la entrada de la fortaleza. Pero, al llegar a la cima, una especie de
impulso la hizo titubear y darse la vuelta antes de entrar.
Val no la había seguido. Seguía de pie en la arena, una esbelta figura solitaria a
la luz del sol poniente, con las alas plegadas colgadas de un hombro. Miraba hacia el
mar, donde un solitario milano describía círculos contra las nubes del atardecer.
Maris sintió un escalofrío y entró.

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La competición anual era una fiesta de tres días. En otros tiempos, sólo había
concursos y bebida, nadie se jugaba nada excepto el orgullo.
No era un acontecimiento tan multitudinario, y se celebraba por tradición en
el Nido de Águilas. Pero desde que se instituyera el sistema de desafíos, hacía siete
años, la participación de alados creció notablemente, y se hizo necesario trasladar la
competición a las islas.
Los Señores de la Tierra luchaban por el privilegio de albergar a los alados,
cediendo instalaciones y dándoles facilidades. También era una fiesta para su pueblo,
y atraía a multitud de visitantes de otras islas, con los bolsillos llenos de metal. Los
atados a la tierra no tenían muchos espectáculos como aquél, y los alados seguían
siendo románticos personajes legendarios para la mayoría de ellos.
Aquel año la competición se iba a celebrar en Skulny, una isla de tamaño
mediano al Noreste de Pequeña Shotan. La Señora de Colmillo de Mar había fletado
un barco para Sena y los alas de madera, y un corredor les llevó el aviso de que ya
estaba esperándoles en el único puerto de la pequeña isla. Saldrían con la marea de la
tarde.
—Salir en la oscuridad —gruñó Sena cuando se sentó junto a Maris para
desayunar—, es buscar problemas.
Kerr levantó la vista del plato de gachas.
—Pero es que hay que aprovechar la marea —indicó rápidamente—. Por eso
salimos al atardecer.
Sena le miró con el ojo sano, irritada.
—¿Sabes mucho de navegación?
—Sí, señora. Mi hermano Rae es el capitán de un barco mercante, uno grande
de tres mástiles, y mi otro hermano también es marinero, aunque sólo trabaja para
uno de los barcos que hacen la travesía entre las islas cercanas. Creía que... Bueno,
antes de venir a Alas de Madera, creía que yo también sería marinero. Es lo más
parecido a volar que existe.
Sena se estremeció.
—Como volar sin control, como volar con un peso que te arrastra hacia el mar,
como volar a ciegas. Sí, eso es navegar.
La mujer había hablado en voz alta, y una risa contenida se extendió por la
sala. Kerr enrojeció y se concentró en el desayuno que tenía delante.
Maris miró a Sena con simpatía, intentando no reírse para no avergonzar más
a Kerr. Aunque llevaba muchos años en tierra, Sena aún sentía el miedo casi
supersticioso de los alados a viajar por mar.
¿Cuánto durará? —preguntó Maris.
Si los vientos lo permiten, tres días, incluyendo la parada en Ciudad Tormenta.
¿Qué importa? O llegamos, o nos ahogaremos. —La maestra miró a Maris —. ¿Vas a
volar hoy a Skulny?
—S í .
Bien. —Sena tendió la mano para tomar a Maris por el brazo — . No es
necesario que nos ahoguemos todos. Tenemos dos pares de alas que nos harán falta
en la competición. Sería una locura llevarlas en el bote con nosotros...
Barco —la interrumpió Kerr.
Sena le miró.

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—Bote o barco, sería una locura. Es mejor que las utilicemos. ¿Querrás llevar a dos
de los estudiantes contigo? Les vendrá bien practicar durante un vuelo largo.
Maris bajó la vista hacia la mesa, y se dio cuenta de que todo el mundo se había
quedado inmóvil. Las cucharas no se elevaban, las mandíbulas no se movían, todos
esperaban la respuesta.
—Buena idea —sonrió—. Me llevaré a S'Rella y a...
Titubeó, sin saber a quién elegir.
Dos mesas más allá, Val dejó caer la cuchara y se levantó.
—Yo iré —dijo.
Los ojos de Maris se encontraron con los del joven a través de la habitación.
—S'Rella y Sher, o Leya —respondió, testaruda—. Son los que más necesitan esa
clase de ejercicio.
—Entonces, me quedaré con Val —dijo S'Rella tranquilamente.
—Pues yo prefiero ir con Leya —añadió Sher.
—Irán S'Rella y Val —zanjó Sena, enfadada—. Y no se hable más. Si el resto
de nosotros morimos en el mar, ellos son los que tienen más posibilidades de
convertirse en alados y honrar nuestro recuerdo. —Apartó a un lado el plato de gachas
y se levantó del banco—. Ahora tengo que ir a ver a nuestra benefactora, la Señora de
la Tierra, y ser obsequiosa con ella un rato. Os veré antes de que salgáis para Skulny.
Maris apenas la oyó, Val y ella seguían mirándose fijamente. El joven le dedicó
una fina sonrisa antes de darse la vuelta y salir, detrás de Sena. S'Rella le siguió poco
después.
De pronto, la alada se dio cuenta de que Kerr le estaba hablando. Intentó
prestarle atención, y le sonrió.
—Perdona, no te he oído.
—No es tan peligroso — repitió sosegadamente —. De aquí a Skulny, el viaje por mar
es sencillo. Sólo hay unas pocas millas de océano abierto, cuando el barco pasa de
Pequeña Shotan a Skulny. Casi siempre estaremos cerca de las playas de las Shotan, sin
perder de vista la tierra firme. Y los barcos no son tan frágiles como cree. Entiendo de
barcos.
—Estoy segura, Kerr —dijo Maris—. Pero Sena piensa como una alada. Después de
la libertad de tener tus propias alas, resulta duro viajar por mar y poner tu vida en manos
de los que manejan las velas y el timón.
Kerr frunció los labios.
—Creo que entiendo —dijo, no demasiado convencido—. Pero si todos los alados
piensan así, no saben nada. No es tan peligroso como cree.
Satisfecho, volvió a concentrarse en el desayuno.
Mientras comía, Maris estaba cada vez más pensativa. Pensó con cierta
intranquilidad que Kerr tenía razón. Los alados tenían a veces puntos de vista muy
limitados, lo juzgaban todo según su propia perspectiva. Pero la idea de que el desprecio
de Val hacia ellos tuviera su parte de razón la molestaba más de lo que quería admitir.
Luego fue en busca de S'Rella y Val. No estaban en sus habitaciones, ni en
ninguno de los lugares habituales, y nadie sabía dónde habían ido tras marcharse de la
sala de estar. Maris recorrió los fríos y húmedos pasillos hasta que se perdió, y empezó a
elegir los caminos que escogía según si estaban iluminados o no.
Ya empezaba a considerar la posibilidad de gritar pidiendo ayuda, se reía de sí
misma por sentirse tan impotente encerrada entre paredes, cuando oyó a lo lejos el sonido

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de voces. Apresuró el paso. Los encontró tras girar una vez más a la derecha. Estaban juntos,
sentados muy cerca, contemplando el mar a través de una ventana. Se inclinaban el uno
hacia el otro de una manera que hablaba de intimidad, y Maris se sintió disgustada.
—Os he estado buscando —les dijo bruscamente.
S'Rella dio media vuelta y se levantó.
—¿Qué pasa? —preguntó rápidamente.
—Vamos a ir volando a Skulny, ya sabes —dijo Maris—. ¿Podéis estar dispuestos
para salir dentro de una hora? Empaquetad lo que queráis llevaros y entregádselo a
Sena.
—Estaré preparada para salir en un minuto —respondió S'Rella. La sonrisa de la
joven borró el enfado de Maris—. Muchas gracias por elegirme, Maris. No sabes cuánto
significa para mí.
Con el rostro iluminado, se dirigió hacia la alada y la rodeó con los brazos.
Maris le devolvió el abrazo.
—Creo que sí —respondió—. Anda, ve a prepararte.
S'Rella se despidió brevemente de Val y se marchó. Maris la observó alejarse
antes de volverse hacia el joven, y titubeó un instante.
Val seguía mirando el túnel por el que había desaparecido S'Rella, y había algo en su
sonrisa... Maris comprendió que era una sonrisa auténtica. De eso se trataba. Sonreía con
algo parecido al afecto, y aquello le daba una expresión más dulce, más humana, algo que
nunca había visto en él.
Entonces, sus ojos se volvieron hacia Maris, y la sonrisa cambió sutilmente. Un
leve fruncimiento en las comisuras de la boca, y ahora la sonrisa que dirigía a Maris
estaba llena de desprecio y hostilidad.
—Todavía no te he dado las gracias por elegirme —se burló—. Me alegra mucho
poder volar contigo.
—Val —replicó bruscamente Maris—, puede que no nos gustemos el uno al otro, pero
vamos a hacer un largo vuelo juntos. Al menos, podrías tratar de ser educado. No te burles
de mí. ¿Vas a hacer el equipaje?
—No he llegado a deshacerlo —replicó—. Le daré la bolsa a Sena, y llevaré el
cuchillo. Es lo único que importa. No te preocupes, estaré preparado. —Titubeó—. Y, una
vez en Skulny, no te molestaré. Cuando aterricemos me buscaré alojamiento. ¿Te parece
justo?
— Val... —empezó Maris.
Pero ya se había dado la vuelta, y miraba por la pequeña ventana hacia el cielo
nuboso, con rostro frío e impenetrable.
S'Rella llevó a los alumnos al risco para contemplar la partida de Maris, Val y
S'Rella. Todos estaban muy animados, reían, bromeaban y peleaban unos con otros por el
privilegio de ayudar a Maris y a S'Rella con las alas. Era una alegría contagiosa. El humor
de la alada empezó a mejorar, y por primera vez se sintió propensa a competir.
—¡Dejadles en paz, dejadles en paz! —gritaba Sena entre carcajadas—. ¡No
pueden volar con todos vosotros colgados de las alas!
—Ojalá pudieran —murmuró Kerr.
Se frotó la nariz, que el viento le había dejado de un color rojo brillante.
—Tendrás tu oportunidad —se defendió S'Rella.
—No te estamos echando la culpa —intervino rápidamente Leya.

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—Eres la mejor de todos nosotros —añadió Sher.


—Ya basta —dijo Sena, rodeando a Leya con un brazo y a Sher con el otro — .
Marchaos ya. Os despediremos desde aquí hasta que volvamos a vernos en Skulny.
Maris se volvió hacia S'Rella. La joven la observaba atentamente, con todo el
cuerpo tenso, atenta a la menor señal de la alada. Maris recordó sus primeros vuelos,
cuando todavía no se creía del todo que podía tener alas propias. Tomó a S'Rella por el
hombro y habló cariñosamente con ella.
—Volaremos juntos y nos lo tomaremos con calma —dijo—. Las acrobacias son
para la competición, por ahora nos concentraremos en un vuelo tranquilo. Ya sé que para
ti es un vuelo largo, pero no te preocupes: tienes vitalidad más que suficiente para volar
dos veces esa distancia. Sólo tienes que relajarte y confiar en ti misma. Estaré a tu lado
para cuidarte, pero no me necesitarás.
—Gracias —respondió S'Rella—. Lo haré lo mejor posible.
Maris asintió e hizo una señal, y Damen y Liane se acercaron para desplegarle las
alas, montante a montante, tensando el tejido plateado hasta que alcanzó sus seis
metros de envergadura. Luego saltó desde el risco, rodeada por un coro de despedidas y
buenos deseos, hacia la fría y firme corriente de viento que olía ligeramente a lluvia.
Describió un círculo y observó el despegue de S'Rella, intentando juzgarlo como harían
otros en la competición.
Desde luego, S'Rella había mejorado mucho en los últimos tiempos. Ya no se movía
con torpeza, no titubeó en el risco, sino que se alejó limpiamente de la fortaleza y, tras
calibrar correctamente los vientos, empezó a elevarse casi en seguida.
—¡No creo que tus alas sean de madera en absoluto! —le gritó Maris.
Luego las dos barrieron el cielo en círculos amplios, impacientes, esperando a Val.
A lo largo de todas las bromas y preparativos, el joven había permanecido apoyado
en la puerta, con rostro inexpresivo. Ya tenía las alas puestas, se las había atado sin
ayuda de nadie. Ahora caminaba tranquilamente entre los estudiantes y futuros alados.
Se detuvo junto al precipicio, con los pies medio fuera del borde. Cuidadosamente,
desplegó los tres primeros montantes, pero sin encajarlos. Luego se agarró a las
correas para las manos, hizo una ligera flexión y se irguió de nuevo.
Damen se adelantó para ayudarle a desplegar las alas, pero Val se dio la
vuelta y le dijo algo hiriente —Maris, que volaba por encima de ellos, no llegó a oír las
palabras— y Damen retrocedió, confuso.
Entonces, Val se echó a reír y saltó.
En el aire, S'Rella tembló y agitó las alas, conmocionada. Maris oyó un grito y
una exclamación provenientes de abajo.
Val cayó con el cuerpo recto, como si fuera a bucear, seis metros, doce...
Y, de pronto, ya no caía. Las alas surgieron de la nada, brillantes, con
destellos plateados al sol, mientras se extendían casi por voluntad propia. El viento
silbó entre ellas y Val lo captó, giró en él y lo utilizó. Y ya estaba volando, planeando
sobre las ráfagas a una velocidad imposible, alzándose, subiendo, remontándose,
alejándose rápidamente de las olas, las rocas y la muerte. Maris oyó a lo lejos su risa
de triunfo, arrastrada por el viento.
S'Rella, que había recuperado el equilibrio, seguía mirando a Val. Maris gritó
una orden a la joven, que salió de su sorpresa para maniobrar con las alas y volverse
otra vez hacia la isla. Sobre la fortaleza, sobre la roca desnuda caldeada por el sol,
encontró una corriente ascendente y la captó.

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Abajo, Sena maldecía a Val en voz alta y agitaba el bastón en un acceso de


rabia. Él no le prestaba atención. Subía cada vez más, y de entre los alas de madera
le llegó el sonido apagado de un aplauso admirado.
Maris salió del círculo y le siguió hacia el mar. Val le llevaba ventaja, pero volaba
despacio, recreándose en su acrobacia.
Cuando le alcanzó y voló tan cerca de él como se atrevía, —por encima y un
poco a la derecha—, le dedicó una docena de maldiciones que había tomado prestadas
del extenso vocabulario de Sena.
Val se rió de ella.
—¡Ha sido peligroso, inútil y estúpido! —gritó Maris—. ¡Te podrías haber
matado... Un montante atascado... Si no los hubieras sacudido con suficiente
fuerza...!
Val seguía riéndose.
Elegí correr el riesgo —le respondió a gritos—. Y no los sacudí... Les puse
muelles... Mejor que Cuervo...
¡Cuervo era un estúpido! —Volvió a gritar la alada—. ¡Y lleva mucho tiempo
muerto! ¿Qué es Cuervo para ti?
¡Tu hermano también cantó esa canción! — replicó Val.
Luego entró en un picado descendente, alejándose de ella, dando por
terminada bruscamente la conversación.
Aturdida, sabiendo que era inútil perseguir a Val, Maris maniobró para dar
media vuelta y buscar a S'Rella, que les seguía por debajo, unos cientos de metros
más atrás. Se reunió con ella, intentando obligar
a su corazón a refrenar los latidos, tratando de relajar los músculos agarrotados y
recuperar el sentido del cielo.
S'Rella estaba pálida como un cadáver, y volaba mal.
— ¿Qué sucedió? —preguntó a Maris cuando estuvo al lado de ella—. ¡Podría
haberse matado!
—Era una acrobacia —le respondió Maris—. Solía hacerla un alado llamado Cuervo.
Val ha preparado su propia versión.
S'Rella voló un momento en silencio, pensando, y el color empezó a volver poco a
poco a su rostro.
—Creí que alguien le había empujado —se hizo entender a duras penas—. Una
acrobacia... Ha sido bonita.
—Ha sido una locura —gritó Maris.
Pero estaba horrorizada. S'Rella había creído que algunos de sus compañeros
eran capaces de intentar matar a Val. Había conseguido influenciarla, pensó
amargamente.
El resto del vuelo, como predijo Maris, fue sencillo. Maris y S'Rella volaron muy
juntas, mientras Val iba por delante y mucho más arriba. Al parecer, prefería la
compañía de los pájaros. Tuvieron que hacer un esfuerzo para no perderle de vista en
toda la tarde.
Los vientos se mostraron cooperativos, les impulsaron tenazmente hacia Skulny, y
apenas tuvieron que hacer nada aparte de relajarse y planear. A ratos fue un vuelo
aburrido, pero Maris no lo lamentó. Bordearon la costa de Gran Shotan. Había flotillas
pesqueras por todas partes, cerca de las pequeñas ciudades portuarias, intentando
aprovechar al máximo aquel día sin tormentas. Y vieron Ciudad Tormenta desde el aire,

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con la gran bahía en el centro de la ciudad, los molinos de viento a lo largo de las playas,
cuarenta, quizá cincuenta... S'Rella intentó contarlos, pero los habían sobrepasado antes
de que pudiera llegar a la mitad. Y en el mar abierto entre Pequeño Shotan y Skulny,
avistaron una escila, con su largo cuello surgiendo de las aguas verdeazuladas mientras
chapoteaba bajo la superficie con las hileras de poderosas aletas. S'Rella parecía
encantada. Toda la vida había oído hablar de las estilas, pero ésta era la primera que
veía.
Llegaron a Skulny poco antes del anochecer. Mientras trazaban un círculo antes de
aterrizar, alcanzaron a ver las figuras que, a lo largo de la playa, mantenían vivas las
hogueras para guiar a los alados que llegaban por la noche. El pequeño refugio de los
alados también bullía de actividad y luces: Maris pensó que las fiestas empezaban cada
año más temprano.
Intentó que su aterrizaje fuera un ejemplo para S'Rella, pero mientras estaba
sobre las manos y las rodillas, sacudiéndose la arena del pelo, oyó a la joven caer
bruscamente a su lado, y comprendió que, seguramente, S'Rella estaba demasiado
ocupada con su propio aterrizaje como para darse cuenta de la torpeza o agilidad de su
maestra.
En seguida estuvieron rodeadas por gritos de placer y bienvenida. Manos rápidas
se tendieron hacia ellas.
—¿Te ayudo, alada? Por favor, ¿te ayudo?
Maris permitió que una mano fuerte la ayudara a levantarse, y levantó la vista
hacia un jovencito con el pelo agitado por el viento. Tenía el rostro brillante de emoción:
estaba allí por la gloria de encontrarse cerca de los alados, probablemente encantado
por la idea de que la competición se celebrara en su propia isla.
Pero, mientras la ayudaba con las alas —y otro chico ayudaba a S'Rella—,
volvieron a oír repentinamente el sonido de unas alas contra el viento y otro golpe. Maris
volvió la vista para descubrir que el que llegaba era Val. Le habían perdido de vista poco
antes del crepúsculo, y la alada suponía que ya había llegado.
Se puso en pie trabajosamente, con las grandes alas plateadas colgándole de la
espalda, y dos jovencitas se dirigieron hacia él.
—¿Te ayudamos, alado? —La frase repetida era casi un cántico—. ¿Te ayudamos,
alado? —y ya tenían las manos sobre él.
—¡Apartaos! —les gritó, furioso.
Las chicas retrocedieron asustadas, y hasta Maris levantó la vista. Val era
siempre tan frío, tan controlado... Aquel arranque no era propio de él.
—Sólo queremos ayudarte con las alas —dijo la mayor de las chicas.
—¿Es que no tenéis orgullo? —la interrogó Val. Estaba desatándoselas él mismo,
sin ayuda—. ¿No tenéis nada mejor que hacer que rondar a los alados, que os tratan
como si fuerais basura? ¿Qué son vuestros padres?
—Curtidores, alado —respondió tímidamente la niña.
—Pues id a aprender a curtir —respondió—. Es un trabajo más digno que hacer de
esclavo para los alados.
Les dio la espalda y empezó a plegar cuidadosamente las alas.
Maris y S'Rella ya no llevaban las suyas puestas.
—Toma —dijo el muchacho que estaba ayudando a Maris, mientras le tendía las
alas cuidadosamente plegadas.

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Repentinamente avergonzada, ella se rebuscó en el bolsillo y le ofreció una moneda


de hierro. Maris siempre había aceptado la ayuda sin pagar por ella, pero algo de lo que
dijera Val le había tocado una fibra sensible.
Pero el chico se echó a reír y rechazó la moneda.
—¿Es que no lo sabes? — dijo—. Tocar vuestras alas da suerte.
Se marchó y, mientras se dirigía hacia sus compañeros, Maris vio que la playa
estaba llena de niños. Corrían por todas partes, ayudando a mantener las hogueras,
jugando con la arena, esperando la oportunidad de ayudar a algún alado.
Pero, al mirarles, Maris pensó en Val, y se preguntó si había otras personas en la
isla que no estuvieran tan emocionadas con la presencia de los alados y la próxima
competición, personas que se quedaban en casa sombrías, murmurando, alimentando
rencores contra la casta privilegiada que surcaba los cielos de Windhaven.
—¿Te ayudo, alada? —la sobresaltó una voz hiriente. Era Val, burlándose—. Toma
—dijo con su tono normal, tendiéndole las alas que le habían llevado hasta Skulny—.
Supongo que querrás guardarlas.
Maris recogió las alas y se quedó allí, con un par en cada mano.
—¿Adonde vas? —le preguntó.
Val se encogió de hombros.
Es una isla de buen tamaño. Debe de haber una ciudad o dos, una taberna o
dos, y una cama en la que dormir. Tengo un poco de hierro.
Puedes venir al refugio con S'Rella y conmigo —ofreció Maris, titubeando.
¿De verdad? —replicó Val, con voz perfectamente inexpresiva. Le dedicó una
sonrisa burlona—. Tendríamos una escena muy interesante. Creo que más dramática
que mi despegue de hoy.
Maris frunció el ceño.
—No lo había olvidado. ¿Sabes que S'Rella podría haberse hecho daño? Estaba
muy asustada por esa estúpida exhibición tuya. Debería...
—Creo que ya he oído esa historia —la interrumpió Val — . Discúlpame.
Se dio la vuelta y se alejó, caminando rápidamente por la playa con las manos
en los bolsillos.
A su espalda, Maris oyó a S'Rella reír y charlar con otros jóvenes, mientras
compartía con ellos la delicia de su primer vuelo largo. Cuando Maris se acercó, los
dejó y se acercó a ella corriendo para tomarle la mano.
¿Qué tal? —preguntó—. ¿Qué tal lo he hecho?
Lo sabes muy bien, sólo quieres que te endulce los oídos —le dijo Maris con
voz risueña—. De acuerdo, lo haré. Volaste como si no hubieras hecho otra cosa en
la vida, como si hubieras nacido para ello.
—Lo sé —asintió tímidamente S'Rella. Luego se echó a reír de puro regocijo — .
¡Fue maravilloso! ¡No quiero hacer otra cosa que volar!
—Sé cómo te sientes —la interrumpió Maris—, pero ahora lo que necesitamos
es un descanso. Entraremos, nos sentaremos junto al fuego y veremos quién ha
llegado.
Pero cuando hizo ademán de dirigirse al refugio, S'Rella se rezagó unos pasos.
Maris la miró con curiosidad, y luego comprendió. A S'Rella le preocupaba cómo la
recibirían en el refugio. Después de todo era una extraña, y sin duda Val la había
estado llenando de historias sobre cómo la rechazarían.

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—Bueno —dijo Maris—, tendrás que entrar, a menos que quieras marcharte
volando. Tendrán que conocerte tarde o temprano.
S'Rella asintió, todavía algo asustada, y las dos empezaron a recorrer el
inclinado sendero en dirección al refugio.
Era un pequeño edificio de dos habitaciones, construido con piedra blanca,
suave, desgastada por el tiempo. La sala principal, bien iluminada y cálida gracias a
un chisporroteante fuego, estaba llena de ruido, gente, y poco acogedora, después de
la limpia soledad del cielo abierto. Los rostros de todos los alados le parecieron
borrosos a Maris cuando miró a su alrededor, en busca de amigos especiales,
mientras S'Rella aguardaba nerviosa detrás de ella. Colgaron las alas de sus ganchos,
en las paredes, y se abrieron paso por la habitación.
Un hombre barbudo de mediana edad y constitución recia servía un líquido en
la enorme y aromática cazuela que pendía sobre el fuego, al tiempo que insultaba a
alguien que exigía alimentación. Tenía algo que hizo a Maris volver la vista hacia él, y
con un extraño escalofrío reconoció al grueso cocinero. ¿Cuándo había engordado y
envejecido tanto Garth?
Ya se dirigía hacia él cuando unos finos brazos la rodearon desde detrás,
abrazándola fuertemente. Captó un tenue perfume de flores.
—¡Shalli! —exclamó, dándosela vuelta. Advirtió la llena cintura de la joven—.
No esperaba verte aquí, me enteré de que estabas en esta do...
Shalli le puso un dedo sobre los labios.
—Silencio, ya he tenido que oír bastante a Corm. Yo le digo que nuestro
pequeño alado tiene que aprender a volar desde el principio. Pero tengo mucho
cuidado, de verdad. Me lo tomo con mucha calma, vuelo muy despacio. ¡No podía
perderme esto! Corm quería que viniera en bote, ¿te lo imaginas?
El hermoso y expresivo rostro de Shalli pasaba de un gesto a otro al tiempo que
hablaba.
¿No vas a competir?
¡Oh, no, no sería justo, con este peso extra! —Se palmeó el abultado vientre y
sonrió—. Voy a ser juez. Y he prometido a Corm que, después, me quedaré en casa
y seré una buena madrecita hasta que llegue el bebé, a menos que haya una
emergencia.
Maris sintió una punzada de culpabilidad, sabía que las «emergencias» que
obligarían a volar a Shalli estaban causadas por su ausencia de Amberly. Se prometió a
sí misma que, después de la competición, se quedaría en casa y atendería a sus
obligaciones.
—Quiero presentarte a una amiga mía, Shalli —dijo. S'Rella se había quedado
atrás, tímidamente, así que Maris la empujó gentilmente hacia adelante — . Ésta es
S'Rella, nuestra alumna más prometedora. Hoy ha volado conmigo desde Alas de
Madera, ha sido su vuelo más largo.
¡Ooh! —exclamó Shalli, arqueando las cejas.
S'Rella, ésta es Shalli, de Amberly Menor, como yo. Solía volar conmigo para
darme escolta cuando aprendía a usar las alas.
Intercambiaron saludos educados. Luego Shalli calibró a S'Rella con los ojos.
—Buena suerte en la competición —dijo—. Pero por favor, no derrotes a Corm.
Si le tengo en casa todos los días, durante un año, me volveré loca.
Shalli sonrió, pero S'Rella no pareció tomarse demasiado bien la broma.

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—No quiero hacer daño a nadie —señaló — , pero alguien tiene que perder.
Quiero vencer tanto como cualquier alado.
—Mmm, bueno, no exactamente lo mismo —murmuró Shalli—. Pero sólo era
una broma, chiquilla. Supongo que no querrás desafiar a Corm, no tendrías muchas
oportunidades. —Miró al otro extremo de la sala—. Perdonadme, por favor. Corm me
ha encontrado un asiento, supongo que debo ir allí y sentarme si no quiero herir sus
sentimientos. Hablaré luego contigo, Maris. Me alegro de haberte conocido S'Rella.
La observaron atravesar la ruidosa habitación, alejándose de ellas.
—¿La tendría? —preguntó S'Rella, preocupada.
—¿El qué?
—Una oportunidad contra Corm.
Maris la miró intranquila, sin saber qué decir.
—Es muy bueno —consiguió explicarse al fin—. Lleva casi veinte años volando, y ha
ganado premios en muchas competiciones. No, no creo que estés a su altura. Pero eso
no es ninguna vergüenza, S'Rella.
—¿Cuál de ellos es Corm? —preguntó la muchacha, frunciendo el entrecejo.
—El que está junto a Shalli, ¿le ves? El moreno que va vestido de negro y gris.
—Es muy guapo —señaló S'Rella.
Maris se echó a reír.
—¡Ah, sí! La mitad de las chicas atadas a la tierra de Amberly estaban
enamoradas de él cuando era más joven. A todas se les rompió el corazón cuando Shalli
y él se casaron.
S'Rella sonrió.
—En mi isla natal, todos los chicos soñaban con S'Landra, nuestra alada. ¿Tú
también estabas enamorada de Corm? —Ni pensarlo. Le conocía demasiado bien.
—¡Mará!
La campanada les llegó desde la chimenea, y llamó la atención a todos los
presentes en el refugio. Garth la llamaba desde el otro lado de la sala, haciéndole gestos
para que se acercase.
La alada sonrió.
—Ven —dijo, tirando de S'Rella a través del gentío, devolviendo saludos y gestos de
bienvenida de viejos conocidos a su paso.
Cuando llegó junto a él, Garth la aplastó con un formidable abrazo, y luego la alejó
un poco para mirarla.
—Pareces cansada, Maris —dijo—. Vuelas demasiado.
—Y tú —replicó ella—, comes demasiado. Le clavó un dedo en el estómago, por
encima del cinturón—. ¿Qué es esto? ¿Shalli y tú vais a dar a luz juntos?
Garth dejó escapar una breve carcajada.
—¡Ah! —gruñó—, es culpa de mi hermana. Prepara su propia cerveza, ya sabes.
Ha puesto en marcha un pequeño negocio. Y tengo que ayudarla, claro, hacer un poco de
gasto de cuando en cuando.
—Seguro que eres su mejor cliente —señaló Maris—. ¿Desde cuándo llevas barba?
—¡Oh!, desde hace un par de meses o así. Creo que hace medio año que no nos
vemos.

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Maris asintió.
—La última vez que estuve con Dorrel, en el Nido de Águilas, estaba preocupado
por ti. Dijo que teníais una cita para emborracharos juntos, y no apareciste.
El alado frunció el ceño.
—¡Ah! —dijo—, sí, ya lo sé, Dorrel no deja de recordármelo. Estuve enfermo, eso
es todo, no hay ningún misterio. —Se volvió hacia el fuego y removió el estofado—.
Pronto habrá comida. ¿Tienes hambre? Lo he preparado yo mismo, al estilo del Sur, con
muchas especias y vino.
Maris se dio la vuelta.
—¿Has oído, S'Rella? Parece que vas a comer a tu gusto. —Empujó a la joven
hacia adelante para que conociera a Garth—. S'Rella es de Alas de Madera, y una de las
mejores. Este año le quitará las alas a algún pobre tipo. S'Rella, éste es Garth de Skulny,
uno de nuestros anfitriones y un viejo amigo mío.
—No tan viejo —protestó Garth. Dedicó una sonrisa a S'Rella—. Vaya, eres tan
bonita como lo era Maris antes de empezar a adelgazar y a tener aspecto de cansada.
¿Vuelas igual que ella?
—Lo intento —respondió S'Rella.
—Además, modesta —dijo Garth—. Bueno, Skulny sabe cómo tratar a los alados,
hasta a los que aún no han dejado el nido. Si quieres algo, no tienes más que decírmelo.
¿Tienes hambre? Esto estará preparado en seguida. La verdad es que quizá puedas
ayudarme con las especias. No soy del Archipiélago del Sur, ¿sabes? Así que quizá no lo
he preparado como es debido. —La tomó de la mano y la acercó al fuego para darle a
probar una cucharada del estofado—. Toma, prueba, dime qué te parece.
Mientras S'Rella hacía lo que le decían, Garth volvió la vista a Maris.
—Mira, te están buscando —señaló. Dorrel estaba de pie en el umbral de la puerta,
con las alas plegadas en la mano, llamándola a gritos en el escándalo de la fiesta—. Ve
con él —gruñó Garth—, yo mantendré ocupada a S'Rella. Después de todo, soy el
anfitrión.
La empujó hacia la puerta.
Maris le sonrió antes de empezar a abrirse paso entre el creciente gentío. Dorrel,
tras colgar las alas, se reunió con ella. La rodeó con los brazos y la besó brevemente.
Maris se descubrió a sí misma temblando mientras se apoyaba contra él.
Cuando se separaron, había preocupación en los ojos de Dorrel.
—¿Sucede algo? —preguntó—. Estabas temblando. —La miró con atención — . Y
pareces agotada, exhausta.
Maris se obligó a sonreír.
—Lo mismo dice Garth. No, de verdad, estoy perfectamente.
—No es verdad. Te conozco demasiado bien, cariño. —Le puso las manos sobre los
hombros, aquellas manos familiares, acogedoras—. De verdad, ¿no puedes contármelo?
Maris suspiró. De pronto, se dio cuenta de que sí, de que se sentía cansada.
—Supongo que no me conozco a mí misma — murmuró —. Este último mes no he
dormido demasiado bien. Pesadillas.
Dorrel la rodeó con un brazo y la acompañó entre la multitud de alados, hacia la
amplia mesa de madera junto a la pared, cubierta de vinos, licores y comida.
—¿Qué clase de pesadillas? —preguntó.
Sirvió sendos vasos de vino tinto y cortó dos porciones de queso blanco.

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—Sólo una. Caer. Llego a la zona de aire quieto, caigo al agua y muero. —
Mordisqueó el queso y lo acompañó con un trago de vino — . Muy bueno —dijo con una
sonrisa.
—Por supuesto —replicó Dorrel —, es de Amberly. Pero no es posible que ese
sueño te preocupe. Nunca creí que fueras supersticiosa.
—No —dijo Maris—, no se trata de eso. No puedo explicarlo. Lo que pasa es
que... Me preocupa. Y eso no es todo.
Titubeó.
Dorrel le miró a la cara, esperando.
—Puede que haya problemas en esta competición —explicó Maris.
¿Qué clase de problemas?
¿Te acuerdas de cuando nos vimos en el Nido de Águilas? Te dije que uno de los
estudiantes de Hogar del Aire venía en barco para ingresar en Alas de Madera.
—Sí —dijo Dorrel, bebiendo un sorbo de vino — . ¿Qué pasa con eso?
—Está en Skulny ahora mismo, va a lanzar un desafío y no es un estudiante
cualquiera. Se trata de Val.
El rostro de Dorrel era inexpresivo.
—¿Val?
—Un-Ala —añadió Maris con serenidad. Su amigo frunció el ceño.
—Un-Ala —repitió—. Bueno, comprendo que estés disgustada. No esperaba
que él volviera a intentarlo. ¿Espera que le demos la bienvenida?
—No —negó Maris—, no es tonto. Y su opinión sobre los alados no es mejor que
la de los alados sobre él.
Dorrel se encogió de hombros.
—Bueno, será desagradable, pero no tiene por qué estropearnos la
competición —dijo—. Nos resultará fácil ignorarle, y supongo que no debe
preocuparnos la idea de que gane otra vez. Nadie ha perdido un pariente
últimamente.
Maris retrocedió un paso. De repente, la voz de Dorrel le parecía muy dura,
el insulto sonaba cruel en sus labios... Pero era casi idéntico a lo que ella misma
dijera en la academia, el día de la llegada de Val.
—Dorr —dijo—, es muy bueno. Lleva años entrenando. Creo que va a ganar.
Tiene todas las habilidades necesarias. Lo sé, he volado contra él.
¿Has volado contra él? —preguntó Dorrel.
En las prácticas —dijo Maris —. En Alas de Madera. ¿Qué...? El alado vació el
vaso de vino y lo dejó a un lado.
—Maris —dijo en voz baja, pero tensa—, ¡no irás a decirme que también le has
ayudado a él! ¡A Un-Ala!
—Era un estudiante, y Sena me pidió que trabajara con él —dijo Maris,
testaruda—. No estoy aquí para tener favoritos, ni para ayudar sólo a aquellos que
elija.
Dorrel dejó escapar una maldición y la tomó por el brazo.
—Ven fuera —dijo — . No quiero hablar de esto aquí, cualquiera puede
oírnos.

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Refugio del viento

Fuera del refugio hacía frío, y el viento proveniente del mar tenía el gusto de la
sal. La mayor parte de los chiquillos se habían marchado, estaban solos.
—Quizá fuera esto lo que temía —dijo Maris, con un matiz de amargura en la
voz—. Sabía que reaccionarías así. Pero no puedo hacer excepciones... No podemos
hacer excepciones. ¿No lo entiendes? ¿No puedes intentar entenderlo?
—Puedo intentarlo —respondió Dorrel — , lo que no puedo prometer es que lo
consiga. ¿Por qué, Maris? No es un atado a la tierra cualquiera, no es un pequeño alas
de madera que sueña con volar. Es Un-Ala, medio alado incluso cuando volaba. Mató
a Ari, ¿es que lo has olvidado?
—No —dijo Maris — . No me gusta Val. No es fácil apreciarle, odia a los alados, y
el fantasma de Ari siempre está sobre él. Pero tengo que ayudarle, Dorr. A causa de
lo que hicimos hace siete años. Las alas deben ser para aquellos que mejor las
utilicen, aunque sean... Bueno, como Val. Vengativos, airados y fríos.
Dorrel sacudió la cabeza. —No puedo aceptarlo —dijo.
—Ojalá le conociera mejor —suspiró Maris—, así podría entender por qué es
como es. Creo que odia a los alados desde antes de que le apodaran Un-Ala. —Tomó
a Dorrel por la mano — . Siempre está acusándonos, haciendo bromas venenosas, y
eso cuando no se está escudando tras un muro de hielo. Según Val, yo también soy
un-ala, aunque finja no serlo.
Dorrel la miró y le apretó la mano contra la suya.
—No —dijo—. Eres una alada, Maris. Debes estar segura de eso.
—¿Estás seguro tú? —replicó ella—. No sé muy bien qué significa ser una
alada. Es algo más que tener alas, o que volar bien. Val tuvo alas, y vuela bien,
pero acabas de decir que sólo era medio alado. Si eso significa... Bueno aceptar todo
tal y como es, mirar por encima del hombro a los atados a la tierra, no ayudar a los
alas de madera por te mor a que hagan daño a un compañero alado, a un verdadero
alado... si eso es lo que significa, entonces no soy una alada. Y a veces tengo la
sensación de que empiezo a compartir la opinión de Val sobre los que sí lo son.
Dorrel le soltó la mano, pero sus ojos seguían fijos en los de ella. Incluso en la
oscuridad, Maris sintió la angustiosa intensidad de su mirada.
—Maris —dijo suavemente—, soy un alado de cuna, he nacido para las alas. Val Un-
Ala me desprecia por eso, seguro. ¿Y tú?
—Sabes que no, Dorrel —respondió, herida—. Siempre te he querido, siempre he
confiado en ti. Eres mi mejor amigo, desde luego, pero...
—¿Pero...?
Maris no pudo mirarle.
—Cuando te negaste a venir a Alas de Madera, no me sentí precisamente orgullosa
de ti —respondió.
Los lejanos ruidos de la fiesta y el melancólico batir de las olas contra la playa
parecieron llenar el mundo. Por fin, Dorrel volvió a hablar.
—Mi madre era una alada, y antes de ella lo era su madre. Durante generaciones,
mis alas han estado en la familia. Eso significa mucho para mí. Si alguna vez tengo un
hijo, también volará, algún día.
»Tú no naciste para esa tradición, y te he querido más que a nadie en el mundo.
Siempre has demostrado que merecías las alas tanto como cualquier hijo de alado.
Habría sido una terrible injusticia que te las hubieran negado. Estoy orgulloso de haber
podido ayudarte.

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Refugio del viento

«Estoy orgulloso de haber luchado contigo en el Consejo para abrir el cielo, pero
ahora me dices que estuvimos peleando por cosas diferentes. Según lo entendía yo,
luchábamos por el derecho de cualquiera que lo deseara y trabajara lo suficiente para ser
un alado. No queríamos destruir la gran tradición de los alados, no queríamos tirar las alas
en medio de los atados a la tierra para que se peleasen por ellas como gaviotas
hambrientas sobre un montón de pescado.
»Lo que intentábamos hacer, o al menos eso creía yo, era abrir el cielo, abrir el
Nido de Águilas, abrir las filas de los alados a cualquiera que fuese digno de llevar unas
alas.
»¿Me equivoqué? ¿Estábamos luchando por abandonar todo lo que nos hace
especiales, diferentes?
—Ya no lo sé —respondió Maris—. Hace siete años, no se me ocurría nada más
maravilloso que tener alas. Y a ti tampoco. No se nos ocurrió que había gente que querría
tener nuestras alas, pero que rechazase todo lo que implica ser un alado. Y también les
abrimos el cielo a ellos, Dorr. Cambiamos más cosas de las que pretendíamos. Y no
podemos darles la espalda. El mundo ha cambiado, tenemos que aceptarlo y
enfrentarnos a ello. Puede que no todas las consecuencias de lo que hemos hecho nos
gusten, pero no podemos negarlas. Val es una de esas consecuencias.
Dorrel se levantó y se sacudió la arena de la ropa.
—No puedo aceptar esa consecuencia —dijo, con voz más apenada que furiosa—.
He hecho muchas cosas por amor a ti, Maris, pero hay un límite. Es cierto, el mundo ha
cambiado —y a causa de lo que nosotros hicimos—, pero no tenemos que aceptar lo malo
junto a lo bueno. No tenemos por qué acoger a aquellos como Val Un-Ala, que quieren
dividirnos y acabar con nuestras tradiciones. Acabará por destruirnos, Maris. Con su
egoísmo, con su odio. Y, como no te das cuenta, le ayudarás. Yo, no. ¿Es que no lo
comprendes?
Ella asintió, sin mirarle.
Pasó un minuto en silencio.
— ¿Quieres volver conmigo al refugio?
—No —respondió Maris—. Ahora, no.
—Buenas noches, Maris.
Dorrel se dio la vuelta y se alejó de ella, la arena crujiendo bajo las botas, hasta
que la puerta del refugio se abrió para él dejando escapar una ráfaga del ruido del
interior. Luego, volvió a cerrarse.
La playa estaba silenciosa, tranquila. Las hogueras resplandecían, meciéndose
suavemente al compás de la brisa, y pudo oír el interminable, el eterno batir de las olas.
Maris nunca se había sentido tan sola.

Maris y S'Rella pasaron la noche juntas en una pequeña cabaña para dos personas,
no muy lejos de la playa, una de las cincuenta estructuras similares que el Señor de
Skulny había mandado construir para albergar a los alados que les visitasen. El pequeño
pueblo no estaba del todo lleno, pero Maris sabía que los primeros en llegar se habían
apropiado de las habitaciones más cómodas del refugio y de la zona para invitados de la
mansión del Señor de la Tierra.
A S'Rella no le importaba la austeridad de su albergue. Estaba del mejor humor
posible cuando Maris la rescató por fin, en las últimas horas de la fiesta. Garth se había
quedado con ella toda la tarde, le había presentado a casi todo el mundo y la había
obligado a comer tres raciones de su estofado después de que, incautamente, ella lo

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hubiera alabado. También le regaló los oídos con anécdotas embarazosas sobre la mitad de
los alados presentes.
—Es un encanto —comentó S'Rella—, pero bebe demasiado.
Maris no pudo por menos que estar de acuerdo con ella: cuando llegó para
recogerla, Garth tenía los ojos enrojecidos y se tambaleaba. Maris le ayudó a llegar a su
habitación y le acostó, mientras él mantenía una conversación deslavazada e ininteligible.
El día siguiente amaneció gris y ventoso. Las despertaron los gritos de un vendedor
de comida, y Maris se levantó para comprarle dos salsas humeantes. Después de
desayunar, se pusieron las alas y volaron. No había muchos alados en el aire: el ambiente
festivo era contagioso, y la mayoría se quedaron bebiendo y charlando en el refugio, o
fueron a presentar sus respetos al Señor de la Tierra, o vagabundearon por Skulny para ver
todo lo que había que ver. Pero Maris insistió en que S'Rella practicara, y las dos
aprovecharon los firmes vientos durante casi cinco horas.
Bajo ellas, la playa volvía a estar llena de niños que querían ayudar a los alados
recién llegados. A pesar de ser muchos, casi todos estaban ocupados. Las llegadas
fueron constantes a lo largo del día. El momento más espectacular —S'Rella lo
contempló asombrada, con los ojos abiertos de par en par— fue cuando los alados de
Gran Shotan se acercaron todos a una. Eran casi cuarenta, volando en formación
cerrada, deslumbrantes bajo el sol con los uniformes color rojo oscuro y las alas
plateadas.
Maris sabía que, para cuando empezara la competición, casi todos los alados
de las dispersas islas del Archipiélago Occidental estarían allí. También habría
muchísimos representantes del Oriental. Del Archipiélago del Sur, más pequeño y más
lejano, también habría bastantes. Y sólo acudirían un puñado de competidores de las
Islas Exteriores, de la desolada Artellia, de las volcánicas Brasas y de otros lugares
lejanos.
Por la tarde, cuando Maris y S'Rella estaban sentadas en el exterior del
refugio, bebiendo dos vasos de leche caliente especiada, Val hizo su aparición.
Dirigió a Maris una de sus burlonas medias sonrisas antes de sentarse junto a
S'Rella.
Creo que has disfrutado de la hospitalidad de los alados —dijo con su voz
inexpresiva.
Son muy amables —replicó S'Rella, enrojeciendo—. ¿No vas a venir esta
noche? Habrá otra fiesta. Garth va a asar un tigre marino en tero, y su hermana
aportará la cerveza.
—No —respondió Val —, en el sitio donde estoy tienen cerveza y comida de sobra,
y a mí me va bien. —Miró a Maris—. Supongo que a todos nos va bien.
Maris se negó a morder el anzuelo.
—¿Dónde te hospedas?
—En una taberna, unas dos millas más abajo por el camino del mar. No es el
tipo de lugar que tú visitarías. Allí no van muchos alados, sólo mineros, guardianes, y
otros que no están tan dispuestos a hablar de su profesión. No creo que sepan cómo
tratar a una alada.
Maris frunció el ceño, disgustada.
¿Es que no paras nunca?
¿Parar? —sonrió Val.
De pronto. Maris sintió la perversa necesidad de borrarle aquella sonrisa, de
demostrar a Val que estaba equivocado.

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Ni siquiera conoces a los alados —dijo—, ¿qué derecho tienes a odiarles tanto?
Son personas, no se diferencian en nada de ti... No, falso, son diferentes. Son más
cálidos, más generosos.
La calidez y la generosidad de los alados son legendarias —le replicó Val —. Sin
duda es por eso por lo que sólo se acepta a los alados en las fiestas de los alados.
—A mí me aceptaron —señaló S'Rella.
Val la miró largamente, estudiándola, calibrándola. Luego se encogió de
hombros y volvió a sus labios la fina sonrisa.
—Me has convencido —dijo—. Iré a la fiesta esta noche. Si permiten que un
atado a la tierra cruce la puerta, claro.
—Ven como invitado mío —ofreció Maris—, si te niegas a llamarte a ti mismo
alado. Y, por unas horas, deja a un lado esa maldita hostilidad tuya. Dales una
oportunidad.
—Por favor —suplicó S'Rella.
Tomó la mano del joven y le sonrió, esperanzada.
—¡Oh!, tendrán oportunidad de demostrar su calidez y generosidad —prometió
Val—. Pero no se lo suplicaré, ni les abrillantaré las alas, ni cantaré canciones en su
honor. —Se levantó bruscamente — . Ahora me gustaría volar un poco. ¿Puedo usar un
par de alas?
Maris asintió y le acompañó hasta la cabaña donde tenían colgadas las alas.
Después de que se marchara, se volvió hacia S'Rella.
Le aprecias mucho, ¿verdad? —preguntó amablemente. S'Rella bajó los ojos y
enrojeció.
Sé que a veces parece cruel, Maris, pero no siempre es así.
—Es posible —admitió la alada—. No me ha dejado que le conozca. Pero... Por
favor, S'Rella, ten cuidado. A Val le han hecho mucho daño y a veces la gente que
sufre hace sufrir a los que les rodean, incluso a los que más les quieren.
—Lo sé —asintió la joven —. No lo ... No le harán daño esta noche, ¿verdad,
Maris? Los alados, quiero decir.
—Creo que Val quiere que se lo hagan. Para que veas que tiene razón en lo
que dice sobre ellos... sobre nosotros. Pero espero que le demostremos su error.
S'Rella no dijo nada. Maris apuró el contenido del vaso y se levantó.
—Ven —dijo—, queda tiempo para hacer más prácticas, y te harán falta. Vamos
a por las alas.

A primera hora de la noche, todo el mundo sabía ya que Val Un-Ala estaba
entre los alados presentes en Skulny, y que tenía intención de lanzar un desafío.
Maris no estaba segura de cómo había corrido la voz. Quizá Dorrel informó a alguien, o
quizá la noticia llegó del Archipiélago Oriental, con algún alado que supiera que Val
había tomado un barco desde Hogar del Aire. En cualquier caso, todos hablaban de
ello. Por dos veces oyó Maris el epíteto «Un-Ala» mientras caminaba con S'Rella hacia
la cabaña que compartían. En la puerta las esperaba una joven alada a la que Maris
conocía de vista, del Nido de Águilas. La alada le preguntó simplemente si el rumor era
cierto. Cuando Maris admitió que lo era, la otra mujer se limitó a silbar y a menear la
cabeza.
Aún no estaba demasiado oscuro cuando Maris y S'Rella subieron paseando
hasta el refugio, pero la sala principal ya estaba medio llena de alados que bebían y
charlaban, repartidos en pequeños grupos. El tigre marino prometido se estaba asando

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sobre el fuego, y por su aspecto, aún le quedaban varias horas de cocción. La hermana
de Garth, una corpulenta mujer de rostro vulgar llamada Riesa, sirvió a Maris una
jarra de cerveza de uno de los tres enormes barriles de madera que había junto a la
pared.
—Muy buena —dijo Maris después de probarla—. Aunque confieso que no soy
ninguna experta. Generalmente, sólo bebo vino y kivas.
Riesa se echó a reír.
—Bueno, Garth la recomienda a todo el mundo, y ha bebido la suficiente cerveza
como para hacer navegar a una flotilla mercante.
—¿Dónde está Garth? —preguntó S'Rella—. Creí que vendría. —Llegará más
tarde, creo —respondió Riesa—. No se encontraba
muy bien, así que me dijo que viniera yo antes. La verdad, yo creo que era una
excusa para no cargar con los barriles.
—¿No se encontraba bien? — repitió Maris—. ¿Le pasa algo, Riesa? Últimamente,
ha estado enfermo con frecuencia, ¿verdad?
La agradable sonrisa de Riesa desapareció.
—¿Te lo ha dicho, Maris? No estaba segura. Es sólo desde hace seis meses. Se
trata de las articulaciones. En los peores momentos, se le hinchan de una manera terrible.
Incluso cuando no las tiene hinchadas, le duelen. —Se inclinó hacia ella—. La verdad es
que me preocupa. Y a Dorrel, también. Ha estado visitando a curanderos de aquí, y a
los de Ciudad Tormenta, pero no le hacen gran cosa. Y bebe más que antes.
Maris había palidecido.
—Sabía que Dorrel estaba preocupado por él, pero pensé que era sólo por la
bebida. —Titubeó—. Riesa, ¿ha hablado Garth con el Señor de la Tierra sobre este
problema?
Riesa meneó la cabeza.
—No, tiene... —Se interrumpió para servir una jarra de cerveza aun oriental de
aspecto rudo, y sólo siguió hablando cuando el alado se hubo retirado—. Tiene miedo,
Maris.
—¿De qué tiene miedo? —preguntó S'Rella suavemente.
Miró alternativamente a Maris y a Riesa. Había estado junto a Maris, escuchando.
—Si un alado está enfermo —explicó Maris—, el Señor de la Tierra puede convocar
una reunión con todos los demás alados de la isla y, si están de acuerdo, tiene poder para
quitarle las alas al que está enfermo, antes de que se pierdan en el mar. —Volvió la vista
hacia Riesa—. Entonces, Garth sigue volando para llevar mensajes, como si estuviera
bien —dijo con voz preocupada—. El Señor de la Tierra le sigue encargando misiones.
—Sí —respondió Riesa, mordiéndose un labio—. Tengo miedo por él, Maris. A veces
el dolor llega de repente, y si alguna vez le sucede mientras está volando... Le he dicho
que hable con el Señor de la Tierra, pero no quiere. Ya sabes, las alas lo son todo para él.
Todos los alados sois iguales.
—Hablaré con él —prometió Maris con firmeza.
—Dorrel ya lo ha intentado cientos de veces —explicó Riesa—, pero es inútil. Ya
sabes lo testarudo que puede llegar a ser Garth.
—Debería ceder las alas —intervino repentinamente S'Rella.
Riesa la miró con el ceño fruncido.
—No sabes lo que dices, niña. Eres la alas de madera con la que estuvo Garth en
la fiesta de anoche, ¿verdad? La amiga de Maris, ¿no?

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S'Rella asintió.
—Sí, Garth me habló de ti —siguió Riesa—. Lo entenderías si fueras una alada. Tú
y yo sólo podemos mirarles desde fuera, no entendemos lo que sienten los alados hacia
sus alas. Al menos, eso me ha dicho Garth.
—Seré una alada —insistió S'Rella.
—Desde luego, chiquilla, pero todavía no lo eres. Por eso hablas tan
tranquilamente de ceder las alas.
Pero S'Rella parecía ofendida. Se puso rígida.
—No soy una chiquilla, y lo comprendo.
Podría haber dicho más cosas, pero en aquel momento se abrió la puerta, y Maris
y ella miraron hacia allí.
Val había llegado.
—Perdóname ahora —dijo Maris, tomando a Riesa por el brazo y dándole un
apretón reconfortante—. Luego seguiremos hablando.
Avanzó hacia donde esperaba Val, estudiando la sala con sus ojos oscuros, con
una mano sobre el adornado mango del cuchillo en una postura que era mitad nerviosa y
mitad desafiante.
— Una pequeña fiesta —dijo simplemente cuando Maris y S'Rella se reunieron con
él.
—Todavía es temprano —replicó Maris—. Dale tiempo. Ven, coge un vaso y algo de
comer. —Hizo un gesto hacia la pared del otro lado, donde la mesa volvía a estar llena de
huevos especiados, fruta, queso, pan, mariscos y dulces—. El tigre marino es el plato
principal, pero aún le faltan horas de cocción —concluyó.
Val miró el tigre marino que se asaba en el fuego y la mesa llena de platos.
—Ya veo que los alados siguen comiendo poco —señaló.
Pero se dejó acompañar a través de la habitación, para tomar dos huevos
especiados y una porción de queso antes de servirse un vaso de vino.
Alrededor de ellos, la fiesta seguía; Val no había atraído la atención de nadie. Pero
Maris no sabía si era porque le aceptaban o, simplemente, porque no le habían
reconocido.
Los tres permanecieron unos momentos en el mismo sitio. S'Rella hablaba con
Val en voz baja mientras el joven bebía vino y se cortaba otra ración de queso. Maris
saboreaba la cerveza y miraba en dirección a la puerta con una cierta aprensión cada
vez que se abría. En el exterior, había oscurecido del todo, y el refugio se estaba
llenando rápidamente. Una docena de alados de Shotan, a los que sólo conocía
superficialmente, entraron juntos, todavía con sus uniformes rojos, seguidos por
media docena de orientales a los que no conocía en absoluto. Uno de ellos se subió
sobre los barriles de Riesa. Uno de sus compañeros le tendió una guitarra, y empezó a
cantar canciones de alados con voz pasablemente dulce. Una multitud empezó a
congregarse a su alrededor, y los oyentes comenzaron a gritar sus peticiones.
Maris, que seguía mirando hacia la puerta cada vez que se abría, se acercó un
poco más a Val y a S'Rella para intentar escucharles por encima del ruido de la música.
Entonces, la música se detuvo.
De repente, a media canción, el bardo y el instrumento se quedaron en
silencio. El mismo silencio se extendió por la habitación, las conversaciones se
detuvieron y todas las miradas se volvieron con curiosidad hacia el hombre
encaramado en el barril de cerveza. En menos de un minuto, todos los presentes en
el refugio le estaban mirando.

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Y él estaba mirando a Val.


Val se volvió hacia él y alzó el vaso de vino.
—Saludos, Loren —dijo con aquella insoportable voz inexpresiva—. Brindo por
tus hermosas canciones.
Vació el vaso de un trago y lo dejó sobre la mesa.
Alguien interpretó las palabras de Val como un insulto velado, y dejó escapar
una risita disimulada. Otros se adhirieron al brindis y también alzaron los vasos. El
bardo se limitó a quedarse allí sentado, mirándole con el rostro sombrío. La mayoría de
los alados le observaban sorprendidos, esperando que continuase.
—¡Canta la balada de Aron y Jeni! — pidió alguien. El guitarrista sacudió la
cabeza.
—No —dijo—, tengo una canción más apropiada. Rasgueó las cuerdas y empezó
a cantar una balada que Maris desconocía.
Val se volvió hacia ella.
—¿No la conoces? Es muy popular en el Archipiélago Oriental. La llaman la
balada de Ari y Un-Ala.
Se sirvió más vino y volvió a alzar el vaso, en burlón tributo al bardo.
Asqueada. Maris recordó que había oído antes aquella canción, hacía años. Y
peor todavía, la había disfrutado. Era una terrible y dramática historia de traición y
venganza. Un-Ala era el villano y los alados los héroes.
S'Rella se mordía los labios, furiosa, conteniendo a duras penas las lágrimas.
Dio un impulsivo paso hacia adelante, pero Val la contuvo poniéndole una mano en el
hombro y negando con la cabeza. Maris no pudo hacer más que escuchar, impotente,
oyendo la cruel letra, tan diferente de la de su propia canción, la que Coll compusiera
para ella. ¡Ojalá su hermano adoptivo estuviera allí para cantar una canción en
respuesta a aquélla! Los bardos tenían un extraño poder, incluso los aficionados, como
aquel oriental.
Cuando terminó de cantar, todo el mundo lo sabía.
Tendió la guitarra a un amigo y se bajó de los barriles.
—Si alguien quiere oírme, estaré cantando en la playa —dijo. Recogió el
instrumento y se marchó, seguido por todos los orienta les que habían llegado con él y
un buen puñado de alados más. De pronto, el refugio volvió a quedar medio vacío.
—Loren era un vecino —explicó Val — . De Arren Norte, al otro lado de la
bahía. Hacía años que no le veía.
Los alados de Shotan hablaban en voz baja entre ellos, y de vez en cuando
miraban a Val. Maris y S'Rella. También se marcharon juntos.
—No me has presentado a tus amigos alados —dijo Val a S'Rella—. Vamos. —La
tomó de la mano y la llevó casi a la fuerza hacia un grupo de cuatro hombres que
charlaban en un apretado círculo. Maris no pudo hacer más que seguirles—. Soy Val
de Arren Sur —dijo el joven en voz alta—. Esta es S'Rella. Hoy ha hecho buen
tiempo para volar, ¿verdad?
Uno de los cuatro, un hombretón de mandíbula recia, le miró con el ceño
fruncido.
Admiro tu valor, Un-Ala —dijo hoscamente — , pero nada más. Conocía a Ari.
aunque no demasiado. ¿Quieres que mantenga una conversación educada contigo?
Éste es un refugio de alados, y una fiesta de alados —añadió bruscamente uno
de sus compañeros—. ¿Qué hacéis aquí vosotros dos?

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Son mis invitados —dijo Maris, furiosa — . ¿O también cuestionas mi derecho a


estar aquí?
—No. Sólo tu criterio al elegir invitados. —Palmeó al hombretón en la espalda—.
Vamos, de repente me apetece oír canciones.
Val lo intentó con otro grupo, dos mujeres y un hombre que tenían jarras de
cerveza en la mano. Pero antes de que llegara junto a ellos, dejaron a un lado las
jarras —todavía medio llenas— y se marcharon.
Sólo quedaba un grupo en la habitación, seis alados a los que Maris conocía
vagamente, de las islas más lejanas del Archipiélago Occidental, y un rubio joven de
las Islas Exteriores. Y de pronto también se alejaron hacia la puerta. Pero en el
camino, uno de ellos, un hombre de mediana edad, se detuvo para hablar con Val.
—Puede que no me recuerdes, pero yo era uno de los jueces el año que te
llevaste las alas de Ari —dijo — . Fuimos justos, pero hay gente que no nos ha
perdonado por aquel veredicto. Quizá no sabías lo que hacías, quizá sí. No importa.
Si les cuesta tanto perdonarme a mí, a ti nunca te perdonarán. Lo siento por ti,
pero no podemos hacer nada. No has hecho bien en volver, hijo. Nunca te
permitirán que seas un alado.
Val había soportado con calma todo lo demás, pero ahora su rostro se contrajo
de rabia.
—No quiero tu compasión —dijo—. No quiero ser uno de vosotros. ¡Y no soy tu
hijo! Lárgate de aquí, viejo, o este año me quedaré con tus alas.
El alado de pelo gris agitó la cabeza, y uno de sus compañeros le tomó por el
codo.
—Vamos, Cado, estás perdiendo el tiempo con él.
Cuando se marcharon, en la sala del refugio sólo quedaba Riesa,
con Maris, Val y S'Rella. La mujer se dedicó a lavar las jarras de cerveza sin
levantar la vista hacia ellos.
—Cálidos y generosos —dijo simplemente Val.
—No todos son... —empezó a decir Maris.
Pero descubrió que no podía seguir hablando. S'Rella la miraba como si estuviera
a punto de echarse a llorar.
La puerta del refugio se abrió de golpe en aquel momento. Allí estaba Garth, con el
ceño fruncido, asombrado y furioso.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. Vengo arrastrándome desde casa para asistir
a mi fiesta y me encuentro con que todo el mundo está en la playa. ¿Maris? ¿Riesa? —
Cerró la puerta bruscamente y se dirigió hacia ellos—. Si ha habido una pelea, le cortaré
el pescuezo al idiota que la empezó. Los alados no arman gresca como vulgares atados a
la tierra.
Val le miró directamente.
—Yo soy la causa de que la fiesta se haya quedado vacía.
—¿Te conozco de algo? —preguntó Garth. —Soy Val. De Arren Sur.
Esperó.
—No es el causante de nada —intervino bruscamente Maris—. Créeme, Garth, es
mi invitado.
Garth parecía asombrado.
—Entonces, ¿porqué...?

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—También me llaman Un-Ala.


En el rostro de Garth se reflejó la comprensión, y Maris se dio cuenta del aspecto
que tuvo ella cuando conoció a Val, en el puerto de Ciudad Tormenta. También se dio
cuenta, asqueada, de cómo debió de sentirse Val.
Fueran cuales fuesen los sentimientos de Garth, luchó por recobrar el control
sobre ellos.
—Ojalá pudiera darte la bienvenida —dijo—, pero sería mentira. Ari era una
mujer buena, dulce, que jamás hizo daño a nadie. Y también conocía a su hermano.
Todos le conocíamos. —Suspiró y se volvió hacia Maris — . ¿Dices que es tu invitado?
¿Y qué quieres que haga?
—Ari también era amiga mía —dijo Maris—. No te pido que la olvides, Garth. Pero
Val no la mató. Le quitó las alas, no la vida.
—Son lo mismo —gruñó Garth. Pero no lo decía plenamente convencido. Volvió a
mirar a Val—. Por aquel entonces eras un niño, y nadie sabía que Ari acabaría
suicidándose. Yo también he cometido errores, aunque ninguno tan grave como el tuyo, y
supongo...
—No cometí ningún error —le interrumpió Val.
Garth parpadeó.
—El desafío fue un error. Ari se suicidó —dijo.
—Volvería a desafiarla. No estaba en condiciones de volar. Si murió, el error fue
suyo, no mío.
Garth era siempre amable y simpático. Incluso sus raros accesos de
cólera estaban llenos de amenazas huecas. Maris jamás le había visto tan frío y
duro como en aquel momento.
—Lárgate, Un-Ala —dijo con voz controlada—. Sal de este refugio y no vuelvas a
entrar en él, con alas o sin ellas. No te lo permitiré.
—No volveré —replicó tranquilamente Val—. De todos modos, quiero agradeceros
vuestra calidez y generosidad.
Sonrió y se dirigió hacia la puerta. S'Rella fue tras él.
—¡S'Rella! —la llamó Garth—. No... Tú puedes quedarte, claro. No tengo...
S'Rella se dio la vuelta, furiosa.
—¡Lo que ha dicho Val es cierto! ¡Os odio a todos! Y siguió a Val Un-Ala hacia la
noche.

Aquella noche, S'Rella no volvió a la pequeña cabaña, pero estaba allí al día
siguiente, poco después del amanecer. Val venía con ella, los dos dispuestos a practicar.
Maris les entregó las alas y les acompañó por los gastados escalones de piedra que llevaban
al risco de los alados.
—Una carrera —les dijo—. Bordead la isla, utilizando la brisa marina y volando bajo.
Una vuelta entera.
Hasta que no los perdió de vista, Maris no empezó a ponerse las alas. Tardarían
varias horas en completar el circuito, y aquel tiempo le vendría bien. Se encontraba
cansada, irritable, no estaba de humor ni para la mejor de las compañías, algo que nunca
había sido Val. Se entregó al reconstituyente abrazo del viento sobre el mar.
La mañana era clara y tranquila, los vientos soplaban firmes bajo ella. Cabalgó
sobre ellos, dejando que la llevasen donde quisieran. En cualquier dirección, le daba lo

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mismo. Sólo quería volar, sentir el roce del viento, olvidar todos los insignificantes
problemas de la tierra en el frío y puro aire del cielo.
No había mucho que ver. Gaviotas, milanos y un halcón o dos cerca de las orillas
de Skulny, un bote de pesca aquí y allá, y sólo el océano a lo lejos, océano por todas
partes, agua verdeazulada que reflejaba el sol. En una ocasión, vio una manada de
tigres marinos, esbeltas formas plateadas cuyos saltos juguetones los levantaban seis
metros por encima de las olas.
Una hora más tarde alcanzó a ver un espectro del viento, un extraño pájaro con
alas semitranslúcidas, tan amplias y finas como las velas de un barco mercante. Maris
nunca había visto uno, aunque los alados solían hablar de ellos. Volaban a gran altura,
donde pocas veces llegaban los humanos, y casi nunca se podían observar desde la tierra.
Este ejemplar estaba a relativamente poca altura, flotaba en el viento, sin apenas mover
las enormes alas. Pronto lo perdió de vista.
La invadió una profunda sensación de paz, sintió que se liberaba de todas las
tensiones e iras de la tierra. Pensó que aquello era lo que realmente importaba de volar.
El resto, los mensajes que llevaba, los homenajes que se le rendían, la vida fácil, los
amigos y los enemigos de la sociedad de los alados, las reglas, las leyes y las leyendas,
la responsabilidad y la libertad sin ataduras, todo aquello era secundario. Para Maris,
ésta era la auténtica recompensa: simplemente, la sensación de volar.
Pensó que S'Rella también la sentía. Quizá por eso apreciaba tanto a la
jovencita del Sur, por el aspecto que tenía cuando acababa de volar: las mejillas
enrojecidas, los ojos brillantes y aquella sonrisa. Y, repentinamente, se dio cuenta de
que Val no mostraba ninguno de aquellos síntomas. La idea la entristeció. Aunque
ganara las alas, el joven nunca tendría todo eso. Volar era un orgullo para él, siempre
volvía terriblemente satisfecho, pero no era capaz de disfrutar del cielo. Tanto si ganaba
las alas como si no, jamás sentiría la paz y la felicidad de un auténtico alado. Y ésa era
la cruel verdad acerca de Val.
Cuando vio por el sol que ya era casi mediodía. Maris maniobró y trazó un
esbelto arco para iniciar el regreso hacia Skulny.

Maris estaba descansando sola en la cabaña aquella tarde cuando la sobresaltó


un fuerte e insistente golpe en la puerta.
El visitante era un desconocido, un hombre bajo y delgado de mejillas secas y
pelo peinado hacia atrás, atado en un nudo sobre la nuca. Un oriental. El peinado y las
ropas ribeteadas en piel lo delataban. Lucía un anillo de hierro en un dedo y uno de
plata en otro, demostraciones de su riqueza.
—Me llamo Arak —se presentó—, he volado más de treinta años para Arren
Sur.
Maris terminó de abrir la puerta y le franqueó el paso, al tiempo que le señalaba
la única silla. Ella se sentó en la cama.
—¿Eres de la isla de Val ? El alado sonrió.
—Exacto. Precisamente quería hablarte de Val Un-Ala. Algunos de nosotros
hemos estado hablando...
¿Nosotros?
Alados.
¿Qué alados?
La egolatría del hombre la hizo adoptar una actitud hostil, no le gustaba aquel
tono presuntuoso.

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Eso no importa —replicó Arak —. Me han enviado a hablar contigo porque todo
el mundo cree que eres una alada de corazón, aunque no de cuna. No ayudarías a
Val Un-Ala si supieras la clase de hombre que es.
Le conozco —dijo Maris—. No me gusta, y no le he perdonado la muerte de Ari,
pero merece una oportunidad.
—Ya ha tenido más oportunidades de las que merece —respondió Arak, furioso
—. ¿No sabes de dónde viene? Sus padres eran malvados, sucios, ignorantes. De
Lomarron. no de Arren Sur. ¿Conoces Lomarron?
Maris asintió, recordando la ocasión en que había volado a Lomarron, hacía
tres años. Una isla grande, montañosa, de tierra pobre para la agricultura, pero rica
en minerales. Y era precisamente aquella riqueza la causa de interminables guerras. La
mayoría de los atados a la tierra trabajaban en las minas.
—Sus padres eran mineros —supuso. Pero Arak meneó la cabeza.
Guardianes. Asesinos profesionales. Su padre luchaba con cuchillo, su madre
con honda.
Muchas islas tienen cuerpos de guardianes —dijo Maris, intranquila.
Arak parecía estar disfrutando con aquello.
—Pero en Lomarron practican más que en ninguna — replicó —. Demasiado, para
ser exactos. A su madre le cortaron la mano en una pelea, limpiamente, por la
muñeca. Poco después hubo una tregua. Pero la familia de Val no respetaba las
treguas, y su padre mató a un hombre. Luego los tres tuvieron que huir de Lomarron
en un bote de pesca que robaron. Así llegaron a Arren Sur. Su madre era una inútil,
una tullida con una sola mano, pero su padre volvió a enrolarse con los guardianes. No
fue por mucho tiempo. Una noche, se emborrachó y dijo a un compañero quién era en
realidad. La noticia llegó a oídos del Señor de la Tierra, y luego a Lomarron. Le
ahorcaron por robo y asesinato.
Maris se quedó en silencio, paralizada.
—Sé todo esto —siguió Arak—, porque me dio pena la pobre viuda. La contraté
como ama de llaves y cocinera, sin importarme que, con una sola mano, fuera torpe
y lenta. Les di un lugar donde vivir, comida abundante, y eduqué a Val como mi
propio hijo. Su padre había muerto, debió tomar ejemplo de mí. Le proporcioné la
disciplina que le faltaba. Pero fue una pérdida de tiempo, es de mala raza.
Desperdicié mi bondad en madre e hijo, y lo que hagas por él también será un
desperdicio. La mujer era perezosa y torpe, siempre estaba quejándose de lo mal
que se encontraba, nunca hacía el trabajo a tiempo pero pretendía que le pagara
como si lo hubiera hecho. Val siempre jugaba a luchar con cuchillo y a matar gente.
Incluso trató de arrastrar a mi propio hijo a esos asquerosos juegos, pero intervine
en seguida. Era una mala influencia. Los dos me robaban, ¿sabes? Su madre y él.
Siempre faltaban cosas. Tenía que mantener el hierro bajo llave. Una vez le atrapé
tocando mis alas en medio de la noche, cuando me creía dormido.
»Le das una oportunidad de ganarse las alas justamente, ¿y qué hace? Ataca
a la pobre Ari, que no tenía ni una oportunidad. Fue tanto como matarla. No tiene
moral ni principios. No se los pude inculcar a golpes cuando era pequeño, y ahora...
Maris se levantó de golpe, al recordar las cicatrices que viera en la espalda de
Val.
¿Le pegabas?
¿Eh? —Arak la miró, sorprendido—. Por supuesto, claro que le pegaba. Sólo
quería que tuviera un poco de sentido común. Una vara de madera cuando era pequeño,
un toque de látigo de vez en cuando al crecer. .. Igual que hacía con mi hijo.

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—Igual que hacías con tu hijo. ¿Y qué hay del resto de las cosas que le dabas a tu
hijo? ¿Val y su madre comían en la misma mesa que vosotros?
Arak se levantó, con los afilados rasgos contraídos por la ira. Incluso de pie era una
figurilla pequeña, y tenía que levantar la vista para mirar a Maris.
—¡Claro que no! —respondió—. Eran criados, atados a la tierra a los que se
pagaba por su trabajo. Los sirvientes no comen con los amos. Les daba todo lo que
necesitaban, no creas que los mataba de hambre.
—Les dabas los restos —replicó Maris con furiosa seguridad—. Restos y sobras, la
basura que no querías.
—Yo ya era un alado rico cuando tú no eras más que una mocosa atada a la tierra
que escarbaba buscando comida. No intentes decirme cómo debo mantener a mis
criados.
Maris dio un paso adelante y se inclinó sobre él.
—Le educaste con tu propio hijo, ¿verdad? ¿Y qué decías cuando entrenabas a tu
propio hijo y Val preguntaba si podía probarse las alas?
Arak dejó escapar una desagradable carcajada.
—¡Le quité la idea a latigazos! —respondió—. Eso fue antes de que llegaras tú con
tu maldita idea de las academias para que los atados a la tierra empezaran a imaginarse
cosas raras.
Maris le empujó.
Jamás había puesto la mano encima a otra persona en un arranque de ira, pero
ahora le empujó fuertemente, con las dos manos, queriendo hacerle daño. A Arak se le
atragantó la risa en la garganta y dio un paso hacia atrás. Volvió a empujarle y el hombre
tropezó y cayó. Maris se colocó a su lado, observando la nerviosa incredulidad en sus ojos.
—Levántate —dijo—. Levántate y vete de aquí, sucio hombrecillo. Si pudiera, te
arrancaría las alas de la espalda. Estúpido del cielo.
Arak se levantó y se dirigió rápidamente hacia la puerta. En el exterior, volvió a
sentirse valiente.
—¡La sangre lo dirá! —gritó a Maris a través del hueco de la puerta—. Lo sabía. Se
lo dije a todos. Un atado a la tierra es un atado a la tierra. Las academias cerrarán. Te
deberíamos haber quitado las alas hace mucho tiempo, pero acabaremos quitándotelas,
no lo dudes.
Temblando, Maris cerró la puerta de golpe.
De repente, una terrible sospecha se apoderó de ella. Abrió la puerta rápidamente
y echó a correr tras él. Al verla acercarse, Arak también echó a correr, pero pronto le
alcanzó y le derribó sobre la arena. Varios alados les contemplaban atónitos, pero
ninguno hizo el menor movimiento para intervenir.
Arak se le volvía bajo ella.
—¡Estás loca! —gritó—. ¡Suéltame!
—¿Dónde ejecutaron al padre de Val? —exigió saber Maris. Arak se puso
torpemente en pie.
—¿En Lomarron o en Arren Sur?
—En Arren, por supuesto. No tenía sentido embarcarle de vuelta a Lomarron —
dijo, alejándose un paso de ella—. Nuestra cuerda es tan buena como cualquier otra.
—Pero el crimen se cometió en Lomarron, así que era el Señor de Lomarron el
que tenía que ordenar la ejecución —replicó Maris — . ¿Cómo le llegó la orden a tu Señor
de la Tierra? Tú la llevaste, ¿verdad? ¡Tú llevaste el mensaje de ida y vuelta!

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Arak la miró y echó a correr de nuevo. Esta vez, Maris no le siguió.


La expresión del rostro del alado era toda la confirmación que necesitaba.

El viento procedente del mar era cortante y frío aquella noche, pero Maris
caminaba lentamente, sin demasiadas ganas de abandonar la soledad del camino para
tener una conversación con Val. Quería hablar con el joven —sentía que tenía que hacerlo
—, pero no estaba segura sobre qué iba a decirle. Por primera vez, tenía la sensación de
comprenderle. Y aquella simpatía le molestaba.
Estaba furiosa con Arak. Le había respondido de manera emocional y, según
pensaba ahora, irracional. Aunque Val estuviera en su derecho de sentir aquella ira, era
impropia de ella. No se puede culpar a un alado por el mensaje que lleva. Eso es algo de
sentido común, tanto como las leyendas. Maris nunca había llevado mensajes que
implicaran la muerte de nadie, pero una vez voló con cierta información, gracias a la cual
una mujer acabó en la cárcel, acusada de robo. ¿Guardaría aquella mujer tanto rencor
hacia Maris como hacia el Señor de la Tierra que la sentenció?
Maris se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros bajo el mordisco
del viento, tiritando mientras intentaba apartar aquel problema de su mente. Arak era
una persona desagradable, era muy posible que le hubiera complacido la idea de ser el
instrumento de la venganza contra un asesino, y sin duda se había aprovechado de la
situación. Val y su madre eran mano de obra barata, por mucho que hablara de su propia
generosidad.
Mientras se acercaba a la taberna en la que se hospedaba Val, Maris seguía
discutiendo consigo misma. Arak era un alado, y los alados no pueden negarse a
transportar ningún mensaje, sin importar lo desagradable o injusto que parezca. No podía
permitir que el desagrado que le inspiraba el hombre le hiciera culpable por la ejecución
(merecida o no) del padre de Val. Y eso era algo que Val, si alguna vez llegaba a ser algo
más que Un-Ala, tendría que entender también.
La taberna era un local destartalado, el interior estaba oscuro y frío, y olía
ligeramente a moho. El fuego era demasiado pequeño para calentar por completo la sala
principal, y las velas que ardían sobre la mesa dejaban escapar demasiado humo. Val
estaba charlando con tres corpulentas mujeres morenas que llevaban el uniforme marrón
y verde de los guardianes, pero se acercó a Maris cuando la alada le llamó. Llevaba un
vaso de vino en la mano.
Sostuvo el vaso mientras ella hablaba. El rostro del joven era inexpresivo, y en
ningún momento la interrumpió. Cuando Maris terminó de hablar, apenas quedaba
un rastro de aquella antipática sonrisa.
—Calidez y generosidad — dijo—. Arak tenía las dos cosas en abundancia.
No añadió nada más.
Fue un silencio largo y desagradable.
—¿No tienes nada más que decir? —preguntó por fin Maris.
La expresión de Val cambió ligeramente, las líneas de alrededor de la boca
se tensaron, los ojos se estrecharon. Parecía más duro que nunca.
—¿Qué esperas que diga, alada? ¿Quieres que te abrace, que llore sobre tu
hombro, que componga una canción sobre lo comprensiva que eres? ¿Qué quieres?
La ira que se reflejaba en la voz del joven sobresaltó a Maris.
—No... No sé qué esperaba —dijo—. Pero quería que supieras que comprendo
todo lo que has sufrido, que estoy de tu parte.
—No quiero que estés de mi parte —replicó Val—. No te necesito a ti, ni necesito
tu compasión. Y si crees que te estoy agradecido por haber hurgado en mi pasado, te

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equivocas. Lo que pasó entre Arak y yo es asunto nuestro, no tuyo. No necesitamos de


tus juicios.
Apuró el vaso de vino y chasqueó los dedos. El encargado del bar se acercó a la
mesa y puso otra botella entre ellos.
—Querías vengarte de Arak, y me parece bien —insistió Maris, testaruda—. Pero
ahora lo que quieres es vengarte de todos los alados. Debiste desafiar a Arak, no a Ari.
Val se llenó de nuevo el vaso y probó el vino.
—Esa romántica idea presenta varios problemas —dijo, ya más tranquilo—.
Para empezar, Arak no tenía alas el año que Hogar del Aire me avaló. Su hijo había
llegado a la edad, Arak estaba retirado. Hace un par de años, su hijo enfermó de no
sé qué fiebre del Sur y murió, y Arak volvió a tomar las alas.
—Ya entiendo —asintió Maris—. Y no desafiaste a su hijo porque era tu amigo.
La carcajada de Val tenía un tinte de crueldad.
—No. Su hijo era un estúpido que cada día se parecía más a su padre. No
derramé ni una lágrima cuando lo arrojaron al mar. Sí, en el pasado jugamos juntos,
cuando era demasiado joven para darse cuenta de su superioridad. Nos azotaron
juntos en muchas ocasiones, pero eso no nos unió. —Se inclinó hacia adelante—. No le
desafié porque era bueno, la misma razón por la que no habría desafiado a Arak.
Pienses lo que pienses, no me interesa la venganza. Me interesan las alas y lo que
representan. Tu Ari era la alada más débil que vi, sabía que podría quedarme con sus
alas. En cambio, si me enfrentaba contra Arak o contra su hijo, era posible que
perdiera. Así de fácil.
Tomó otro sorbo de vino mientras Maris le miraba, cansada. No sabía qué
esperaba al acudir a la taberna, pero no era aquello. Y supo que no conseguiría nada,
que no podría conseguir nada. Había sido una estupidez intentarlo. Val Un-Ala era
como era, y no cambiaría porque Maris comprendiera las crueles fuerzas que le habían
moldeado. Estaba allí sentado, mirándola con el mismo desprecio frío de siempre.
Maris supo que nunca podrían ser amigos, nunca, pasara lo que pasase.
Lo intentó de nuevo.
—No juzgues a todos los alados por Arak. —Mientras hablaba, se preguntó por
qué no había dicho «nos», por qué no se incluía entre los alados—. Arak no es un
ejemplo típico.
— Arak y yo nos comprendemos el uno al otro perfectamente —le replicó Val —.
Sé muy bien lo que es, gracias. Sé que es más cruel que la mayoría de las personas,
alados o atados a la tierra, menos inteligente y más propenso a la ira. Pero eso no
cambia mi opinión sobre el resto de los alados. Tanto si quieres admitirlo como si no,
la mayoría de tus amigos piensan como él. Lo que pasa es que Arak tiene menos
reticencias en cuanto a admitirlo, y es un poco más rudo al expresarlo.
Maris se levantó.
—No tenemos nada más que decirnos. Os espero a S'Rella y a ti mañana por la
mañana, para practicar —dijo al tiempo que se alejaba del joven.

Sena y el resto de los alas de madera llegaron varias horas antes de lo previsto,
el día anterior al principio de la competición. Bajaron del barco en el puerto más
cercano y caminaron doce millas por el camino que discurría paralelo al mar.
Maris estaba volando y tardó varias horas en enterarse de que ha bían llegado.
Cuando se reunió con ellos, Sena le preguntó inmediatamente por las alas de la
academia, y envió a Leya y a Sher a buscarlas.

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—Tenemos que aprovechar cada hora de buen viento que nos queda — explicó
—. Llevamos demasiado tiempo atrapados en ese barco.
Cuando los estudiantes se marcharon, Sena pidió a Maris que se sentara a su
lado, y la miró con preocupación.
Dime qué pasa.
¿A qué te refieres?
Sena agitó la cabeza, impaciente.
—Me he dado cuenta en seguida —dijo—. En los años anteriores, los alados se
han mostrado fríos con nosotros, pero siempre con educación. Este año la hostilidad
se palpa en el aire, como un mal olor. ¿Se trata de Val?
Brevemente, Maris contó a la anciana lo que había sucedido. Sena frunció el
entrecejo.
—Bueno, mala suerte, pero sobreviviremos. La adversidad les endurecerá. Lo
necesitan.
—¿Tú crees? Esta adversidad no es la misma que les proporcionará
el viento, el clima y los malos aterrizajes. Es otra cosa. ¿Necesitan que les
endurezcan el corazón, además del cuerpo?
Sena le puso una mano en el hombro.
—Quizá sí. Pareces triste, Maris, y comprendo tu disgusto. Yo también fui una
alada, y me gustaría tener mejor opinión de mis viejos amigos. Pero tanto los alados como
los alas de madera, sobreviviremos.
Aquella noche los alados disfrutaron de una ruidosa fiesta en el refugio, tan
escandalosa que, incluso desde el pueblo, Maris y los demás pudieron oírla. Pero Sena no
dejó que sus discípulos asistieran. Dijo que aquella noche, después de una última
reunión en su cabaña, necesitaban descansar.
Empezó por informarles de las reglas. La competición duraría tres días, aunque
los asuntos serios, los desafíos formales, estarían restringidos a las mañanas.
—Mañana nombraréis a vuestro oponente y correréis contra él o ella —explicó
Sena—. Los jueces valorarán la velocidad y la resistencia. Pasado mañana se puntuará la
elegancia y, el tercer día, la precisión: volaréis a través de los arcos para demostrar
vuestra capacidad de control.
Las tardes y noches se ocuparían con competiciones menos serias, juegos,
desafíos personales, concursos de canciones, fiestas y cosas así.
—Dejad eso para los alados que no intervienen en los auténticos desafíos —advirtió
Sena—. No hagáis tonterías. Sólo conseguiríais cansaros y malgastar energías. Mirad si
queréis, pero no toméis parte.
Cuando terminó de explicar las reglas. Sena se dedicó a responder preguntas
hasta que le hicieron una a la que no supo qué contestar. La formuló Kerr, que había
perdido peso en los tres días que pasó en el barco, y tenía un aspecto
sorprendentemente atlético.
— ¿Cómo sabremos a quién debemos desafiar, Sena?
La maestra miró a Maris.
—No es la primera vez que se nos presenta este problema —les dijo—. Cuando
llegan a la edad de desafiar, los hijos de los alados saben todo lo que necesitan saber,
pero a nosotros no nos llegan los cotilleos, no sabemos quién es fuerte y quién es débil
entre los alados. Mis datos están pasados desde hace diez años. ¿Quieres aconsejarle
tú, Maris?

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La alada asintió:
—Bueno, evidentemente, queréis desafiar a alguien a quien podáis derrotar. Yo
sugiero que elijáis a los occidentales o a los orientales. Los alados que vienen de más lejos
suelen ser los mejores. Cuando la competición se celebra en el Archipiélago del Sur, los
alados sureños más débiles están disponibles, pero sólo los mejores del Archipiélago
Occidental hacen el viaje.
»También os recomiendo que evitéis a los alados de Gran Shotan. Tienen una
organización casi militar y entrenan intensivamente todos los di as.
—El año pasado desafié a una mujer de Gran Shotan —intervino
Damen, sombrío—. No parecía una rival muy peligrosa, pero en el momento de la
verdad me derrotó sin tener que esforzarse.
—Lo más probable es que estuviera fingiendo torpeza para provocar algún desafío
—explicó Maris—. Sé de alados que hacen cosas así.
—Pero eso deja mucha gente a la que desafiar —señaló Kerr, insatisfecho—. Yo no
conozco a ningún alado. ¿Por qué no nos dices unos cuantos nombres de personas a las
que podamos derrotar?
Val se echó a reír. Estaba en la puerta, con S'Rella a un lado, muy cerca.
—Tú no podrías derrotar a nadie —le dijo—. Excepto a Sena, aquí presente.
Desafíala a ella.
—¡Te venceré a ti. Un-Ala! —saltó Kerr. Sena le mandó callar y miró a Val.
—Silencio. No estoy dispuesta a consentir más insultos como ése, Val. —Se
volvió hacia Maris—. Kerr tiene razón. ¿Puedes decirnos los nombres de unos cuantos
alados a los que consideres vulnerables?
—Ya sabes, Maris —intervino de nuevo Val —. Como Ari.
Estaba sonriendo.
Hasta hacía poco, la mera sugerencia hubiera horrorizado a Maris. La habría
considerado una traición de la peor especie. Ahora ya no estaba tan segura. Los malos
alados se ponían en peligro a ellos mismos y a las alas, y sus nombres no eran ningún
secreto, estaban en boca de todos los que conocían los rumores del Nido de Águilas.
—Supongo... supongo que puedo sugerir algunos nombres —dijo, titubeando—.
Jon del Culhall, por ejemplo. Se dice que está perdiendo vista, y nunca ha volado
demasiado bien. Otra podría ser Bari de Poweet. Ha engordado más de quince kilos
desde el año pasado, y eso siempre es síntoma de que el cuerpo y la voluntad de un alado
empiezan a fallar. —Mencionó a una media docena más de alados, los que tenían
reputación de ser torpes, descuidados o las dos cosas, demasiado jóvenes o viejos.
Luego, impulsivamente, añadió otro nombre más—. Y un oriental al que conocí ayer,
quizá valga la pena desafiarle. Arak de Arren Sur.
Val meneó la cabeza.
—Arak es pequeño, pero no débil —dijo tranquilamente—. Vuela mejor que
ninguno de los presentes excepto quizá yo.
—¿Ah, sí? —Como siempre, Damen se cegó ante la baladronada implícita—. Ya
veremos. Yo me fiaré del criterio de Maris.
Charlaron unos minutos más, y los alas de madera discutieron los nombres
sugeridos por Maris. Por fin, Sena les ordenó que se retiraran a descansar.
Delante de la cabaña que había compartido con Maris, S'Rella dio las buenas
noches a Val.
—Ve sin mí —le dijo —, me quedaré aquí esta noche.

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El joven pareció ligeramente molesto.


—¿Sí? Como quieras.
—¿S'Rella? —dijo Maris cuando Val hubo desaparecido—. Eres bienvenida,
por supuesto. pero ¿porqué...?
S'Rella se volvió hacia ella con el rostro serio.
—No mencionaste a Garth —dijo.
Maris se sobresaltó. Había pensado en Garth, por supuesto. Estaba enfermo,
bebía demasiado, había ganado peso... Quizá fuera mejor para él perder las alas.
Pero sabía que su amigo no lo aceptaría, y le conocía desde hacía demasiado tiempo:
no consiguió obligarse a mencionar su nombre ante los alas de madera.
—No pude hacerlo —explicó—. Es mi amigo.
—¿Y nosotros no somos amigos tuyos? —Por supuesto.
Pero no tan amigos como Garth. Te importa más protegerle que darnos la
oportunidad de ganar las alas.
Quizá me equivoqué al omitirle —admitió Maris — . Pero le aprecio demasiado,
no es fácil... S'Rella no habrás hablado con Val sobre Garth, ¿verdad? —preguntó,
repentinamente preocupada.
—No te preocupes —replicó la joven.
Apartó a Maris, entró en la cabaña y comenzó a desnudarse. Maris no pudo
hacer más que seguirla, mientras lamentaba haber hecho la pregunta.
—Me gustaría que lo entendieras —dijo a S'Rella mientras la joven sureña se
deslizaba bajo las mantas.
—Lo entiendo —replicó S'Rella—. Eres una alada. Se dio la vuelta hacia un
lado, dando la espalda a Maris, sin añadir nada más.

El primer día amaneció brillante y tranquilo.


Desde el refugio de los alados, a Maris le pareció que la mitad de la población
de Skulny se había congregado para ver la competición. Había gente por todas partes:
paseando por las playas, encaramándose a la irregular pared del risco para tener una
buena visión del espectáculo, sentándose en la hierba, en la arena o en las rocas,
solos o en grupos. La playa estaba llena de niños de todas las edades que saltaban de
un lado a otro levantando nubes de arena. Jugaban entre las olas, gritaban
emocionados y corrían con los brazos estirados, jugando a ser alados. Los
comerciantes se movían entre la multitud: un hombre llevaba salchichas, otro pellejos
de vino, una mujer tiraba de un carrito cargado con pasteles de carne... Hasta el mar
estaba lleno de espectadores. Maris llegó a contar más de una docena de botes
cargados de pasajeros, inmóviles en el agua. Y sabía que debía de haber más fuera de
su vista.
Sólo el cielo estaba vacío.
Normalmente, el cielo estaría abarrotado de alados impacientes, lleno de
reflejos de alas plateadas mientras sus propietarios describían círculos para aprovechar
los últimos momentos de prácticas o, simplemente, probar los vientos. Pero hoy, no.
Hoy el aire estaba quieto.
Aquella calma muerta resultaba aterradora. Era antinatural, impo sible. A lo
largo de la costa, la brisa marina debería ser constante. Pero una pesadez sofocante
pendía sobre todas las cosas. Hasta las nubes permanecían inmóviles en el cielo.

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Los alados paseaban por la playa con las alas colgadas del hombro, mirando
intranquilos hacia arriba de vez en cuando, esperando que volviera el viento,
hablando entre ellos de la calma en voz baja, cautelosa.
Los atados a la tierra esperaban impacientes el comienzo de la competición, la
mayoría no se daban cuenta de que faltaba algo. Después de todo, aquél era un día
hermoso, despejado. Y, sobre los riscos, los jueces estaban tomando asiento. La
competición no podía depender del clima. En aquel aire tranquilo los concursos no
serían tan emocionantes, pero aun así servirían para medir la habilidad y la resistencia.
Maris vio a Sena guiando a los alas de madera por la arena, en dirección a la
escalera que llevaba a la cima de los riscos. Corrió a reunirse con ellos.
Ya se había formado una fila ante la mesa de los jueces, tras la cual se
sentaban el Señor de Skulny y cuatro alados: una del Archipiélago Oriental, una del
Archipiélago Occidental, uno del Archipiélago del Sur y otro de las Islas Exteriores.
La voceadora del Señor de la Tierra, una corpulenta mujer de enorme
pecho, estaba de pie al borde del risco. Cuando cada uno de los desafiantes
nombraba a su oponente ante los jueces, la mujer formaba un embudo con las
manos ante la boca y gritaba el nombre para que todos lo supieran. Sus ayudantes
recogían el grito y lo repetían por toda la playa, gritándolo hasta que el alado
desafiado se enteraba y se dirigía hacia el risco de los alados. Entonces el desafiante
acudía para reunirse con su adversario y la fila avanzaba hacia adelante. Maris
conocía vagamente la mayoría de los nombres, y sabía que eran desafíos familiares,
padres que probaban a sus hijos o —en uno de los casos — un hermano más joven
disputando al primogénito el derecho a utilizar las alas de la familia. Pero poco antes
de que los alas de madera llegaran hasta la mesa de los jueces, una jovencita
morena de Gran Shotan nombró a Bari de Poweet, y Maris oyó a Kerr maldecir en
voz baja. Un buen objetivo menos.
Luego les tocó a ellos.
A Maris le pareció que todo estaba más silencioso que antes. El Señor de la
Tierra parecía animado, pero los cuatro jueces alados estaban preocupados y
nerviosos. La oriental jugueteaba con un telescopio de madera que le habían dejado
sobre la mesa, el musculoso rubio de las Islas Exteriores fruncía el entrecejo, e
incluso Shalli parecía intranquila.
Sher avanzó en primer lugar, seguido por Leya. Los dos nombraron a alados
que Maris les había sugerido. La voceadora repitió los nombres, y Maris oyó los gritos
repetidos a lo largo de toda la playa.
Damen nombró a Arak de Arren Sur, y la juez oriental sonrió irónicamente.
—Arak estará encantado —dijo.
Kerr nombró a Jon de Culhall. A Maris no le gustó. Jon era un mal alado, un
oponente apetecible, y esperaba que le desafiase alguno de los mejores alumnos de la
academia —Val, S'Rella o Damen — . Kerr era el peor de sus seis discípulos, y lo más
probable era que Jon le superase con las alas.
Val Un-Ala se acercó a la mesa.
—¿A quién eliges? —gruñó el juez de las Islas Exteriores.
Estaba tenso, al igual que los otros jueces, incluido el Señor de la Tierra. Maris
descubrió que ella también se estaba mordiendo los labios, temerosa de lo que pudiera
hacer Val.
—¿Sólo puedo elegir a uno? —preguntó el joven, sarcástico—. La última vez que
competí, tuve una docena de rivales.
Fue Shalli la que le replicó con brusquedad.

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—Como bien sabes, las reglas han cambiado. Ya no se permiten los desafíos
múltiples.
—Lástima —respondió Val — . Esperaba llevarme a casa toda una colección de alas.
—Si ganas unas solas alas, lo sentiré mucho, Un-Ala —intervino la oriental—. Hay
otros esperando. Nombra a tu oponente y apártate a un lado.
Val se encogió de hombros.
—Entonces, elijo a Corm de Amberly Menor.
Silencio. Shalli pareció sobresaltarse un momento, pero luego sonrió. La oriental
dejó escapar una risita disimulada, y el juez de las Islas Exteriores se rió abiertamente.
¡Corm de Amberly Menor! — gritó la voceadora.
¡Corm de Amberly Menor! —repitieron una docena de voces. —Debería retirarme del
juzgado —dijo Shalli con voz sosegada. —No, Shalli —pidió la juez oriental—. confiamos en
tu equidad. —No te pido que te retires —intervino Val.
Shalli le miró asombrada.
—Muy bien. Tú mismo has elegido la derrota, Un-Ala. Corm no es una chiquilla
deshecha por el dolor.
Val le dedicó una sonrisa enigmática y se alejó de la mesa. Sena y Maris se
echaron inmediatamente sobre él.
—¿Por qué lo has hecho? —exigió saber Sena. Estaba furiosa—.
Evidentemente, he perdido el tiempo contigo. ¡Corm! Dile cómo vuela Corm, Maris,
dile a este idiota engreído que acaba de perder las alas.
Val la estaba mirando.
—Creo que lo sabe muy bien —dijo Maris al encontrarse con los ojos del joven—. Y
también sabe que Shalli es su esposa. Por eso le ha desafiado.
Val no tuvo ocasión de contradecirla. A sus espaldas, la fila avanzaba, y la
voceadora estaba gritando otro nombre. Maris lo oyó y sintió que se le formaba un nudo
en el estómago.
—No —dijo.
Pero la palabra se le atragantó en la garganta, y nadie la oyó.
Entonces, como en respuesta, la voceadora gritó de nuevo el nombre.
—¡Garth de Skulny! ¡ Garth de Skulny!
S'Rella se apartaba en aquel momento de los jueces, con los ojos bajos. Cuando
por fin alzó la vista para mirar a Maris, tenía el rostro rojo, pero con una expresión de
desafío.

De dos en dos, saltaron hacia el sol de la mañana, luchando contra el pesado aire.
Ya no estaba quieto, pero los vientos seguían siendo racheados e impredecibles. Los
alados llevaban sus propias alas, y los desafiantes las que les habían prestado los jueces,
amigos o espectadores. El curso de la carrera les llevaría hasta una islilla rocosa llamada
Lisie, donde tendrían que aterrizar y recoger una señal de manos del Señor de la Tierra,
que les aguardaba allí, antes de iniciar el camino de regreso. Era un vuelo de unas tres
horas en condiciones normales. Con aquellos vientos, Maris sospechó que duraría más.
Las alas de madera y sus oponentes saltaron por el orden en que habían
efectuado los desafíos. Sher y Leya empezaron bien. Damen tuvo más problemas: Arak le
zahería verbalmente mientras trazaban círculos en el aire, esperando la señal de

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comenzar, y voló peligrosamente cerca de él mientras giraban sobre el océano. Incluso


desde tan lejos, Maris advirtió que Damen estaba desconcertado.
Kerr lo hizo todavía peor. Saltó mal, casi pareció desplomarse desde el risco, y la
multitud dejó escapar un grito cuando cayó en picado hacia la playa. Por fin recuperó un
cierto control y empezó a elevarse, pero para cuando comenzó a sobrevolar el mar, su
adversario le llevaba una sustancial ventaja.
Corm parecía animado y sonriente mientras se preparaba para la carrera contra
Val. Bromeaba y flirteaba con las dos chicas atadas a la tierra que le ayudaban a
desplegar las alas, intercambiaba comentarios con los espectadores y saludaba a Shalli
con la mano. Incluso sonrió una vez a Maris. Pero sólo habló con Val en una ocasión,
justo antes de saltar.
— ¡ Esto es por Ari! — le gritó.
Al momento siguiente ya estaba corriendo, y el viento le captaba. Val no dijo
nada. Se desplegó las alas él mismo en silencio, saltó del risco en silencio y describió un
círculo en torno a Corm en silencio. La voceadora les dio la orden de empezar, y los dos
partieron desde direcciones opuestas. Giraron limpiamente, mientras la sombra de sus
alas pasaba por encima de los rostros de los niños que les miraban desde la playa. Cuando
se perdieron de vista, Corm iba por delante, pero sólo a la distancia de unas alas.
Por último les llegó el turno a S'Rella y a Garth. Maris se quedó junto a Sena,
cerca de los jueces. Desde allí alcanzaba a ver el risco de los alados y a los dos
competidores. El corazón se le encogió. Garth estaba demacrado y pálido, y desde
lejos parecía demasiado grueso y torpe como para tener siquiera una oportunidad
contra la esbelta y joven desafiante. Los dos se prepararon en silencio. Garth sólo
habló una o dos veces con su hermana, S'Rella no dijo ni palabra. Ninguno de los dos
empezó bien, y Garth tuvo problemas con los escasos vientos a causa de su peso.
S'Rella se le adelantó rápidamente, pero para cuando llegaron al horizonte y
desaparecieron, el alado había acortado la distancia.
—Sabía que querías ayudar a los alas de madera, pero... ¿Cómo has podido
traicionar a un amigo?
La voz de Dorrel era despectivamente tranquila. Con el corazón encogido, Maris
se dio la vuelta para enfrentarse a él. No habían vuelto a hablar desde aquella primera
noche, en la playa.
—No quería que sucediera, Dorr —dijo—, pero quizá será lo mejor. Los dos
sabemos que está enfermo.
—Enfermo, sí —saltó el alado—. Pero quería protegerle. Si pierde, morirá.
—Si gana, también.
—Creo que él lo preferiría. Pero si esa chica le quita las alas... A Garth le
gustaba, ¿sabes? Me habló de ella, de lo agradable que era, la noche después de que
Val estropeara la fiesta en el refugio.
También a Maris le había enfurecido la elección de oponente de S'Rella, pero la
fría cólera de Dorrel le hizo cambiar de opinión.
—S'Rella no ha hecho nada mal — dijo—. Ha sido un desafío perfectamente
apropiado. Y Val no estropeó la fiesta, como dices tú. ¿Cómo te atreves a insinuarlo?
¡Fueron los alados los que le insultaron y luego se marcharon!
—No te comprendo —respondió Dorrel en voz baja—. No quería creer lo mucho
que habías cambiado. Pero todo lo que dicen es cierto. Te has vuelto contra nosotros.
Prefieres la compañía de los alas de madera y la de Un-Ala a la de los auténticos
alados. Ya no te conozco.
El dolor que se reflejaba en el rostro de Dorrel la hirió tanto como la dureza de
las palabras. Maris tuvo que obligarse a responder.

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—No —dijo—. Ya no me conoces.


Dorrel esperó un momento, esperó a que añadiera algo, pero Maris sabía que,
si abría la boca, sería para gritar o sollozar. Vio cómo la ira se mezclaba con la tristeza
en el rostro de Dorrel, y cómo, finalmente, vencía la ira. El joven se volvió sin decir una
palabra más y se marchó.
Mientras le miraba alejarse de ella, Maris sintió que se desangraba, y supo que
ella misma se había infligido la herida.
—He elegido —susurró.
Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras miraba hacia el mar, sin ver
nada.
Habían partido volando de dos en dos. Horas más tarde, volvieron de uno en
uno.
Multitudes de atados a la tierra aguardaron en las playas, escudri ñando el
horizonte con los ojos. Habían organizado sus propios juegos y concursos mientras
comían, bebían y aguardaban los resultados de la competición de los alados.
Los jueces observaban el cielo a través de telescopios creados para ellos por el
mejor fabricante de lentes de Ciudad Tormenta. Sobre la mesa, ante ellos, había
unas cuantas cajas de madera, una por cada carrera, y varios montoncitos de
guijarros: guijarros blancos para los alados y guijarros negros para los desafiantes.
Cuando terminaba una carrera, cada juez depositaba un guijarro en la caja de madera
correspondiente. Si la competición había sido particularmente reñida, el juez podía
optar por declarar un empate, dejando en la caja un guijarro de cada color. O —pero
esto sucedía raramente —, si el vencedor resultaba muy evidente, podía depositar dos
guijarros blancos o dos guijarros negros.
Antes de que nadie pudiera ver nada desde la orilla, los ocupantes de los
botes divisaron al primer alado. El grito llegó desde el agua. En la playa, la gente
empezó a ponerse de pie y a levantar las manos para protegerse los ojos del sol. Shalli
alzó el telescopio.
—¿Ves algo? —le preguntó otro juez.
—A un alado —respondió ella con una carcajada—. Allí... —trató de indicárselo
—. Debajo de la nube. Todavía no puedo decir quién es.
Todos miraron. Maris apenas podía ver el punto que señalaban. Podría tratarse
de un milano o de cualquier ave, pero los jueces tenían telescopios.
La mujer oriental fue la primera en reconocer al alado.
—¡Es Lañe! —exclamó sorprendida.
Los demás también parecían impresionados. Según recordaba Maris. Lañe
había partido en el tercer turno, con lo que no sólo vencía a su propio hijo, sino
también a otros cuatro alados que empezaron antes que él.
Para cuando aterrizó, otros dos alados habían surgido ya de entre las nubes,
uno de ellos a varias alas de distancia del otro. Los dos primeros en saltar, según
anunciaron los jueces. Uno de los ayudantes del Señor de la Tierra pasó dos de las
cajas de madera por la mesa, y Maris oyó los golpes de los guijarros al caer en ellas.
Cuando el ayudante dejó las cajas a un lado, se acercó más para verlas. En la
primera, contó cinco guijarros negros y uno blanco. Cuatro jueces votaban por el
desafiante, y uno daba por empatada la carrera. En la otra, en la caja
correspondiente al desafío contra Lañe, había cinco guijarros blancos. Pero mientras
miraba, los jueces dejaron caer tres más: acababan de aparecer otros dos alados a
lo lejos, y ninguno de ellos era el hijo de Lañe. Cuando por fin llegó, unos veinte
minutos más tarde, otros cinco alados se le habían adelantado, y en la caja de Lañe

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había diez guijarros blancos. Una ventaja formidable. Maris supuso que el chico podía
darse por derrotado en la competición.
Cada vez que se identificaba a un alado a lo lejos, los jueces anunciaban el nombre
a la voceadora, que lo gritaba para que todo el mundo lo oyera. Algunos de los anuncios
venían seguidos por gritos de alegría, procedentes de los atados a la tierra que se
encontraban en la playa, y de vez en cuando Maris alcanzaba a oír también algunos
gruñidos. Sospechó que los gritos se debían a motivos económicos, más que a razones
personales. La mayoría de los atados a la tierra no conocían a los alados de otras islas
tanto como para apreciarlos o no, pero era tradicional apostar sobre los resultados de
las carreras. La alada sabía que, en aquellos momentos, una buena cantidad de dinero
estaba cambiando de manos. Era difícil que alguien apostara por S'Rella. Estaban en
Skulny, la isla natal de Garth, y la mayoría de los espectadores le conocían y apreciaban.
—¡ Arak de Arren Sur! —gritó la voceadora.
Sena maldijo en voz baja. Maris pidió prestado el telescopio a Shalli. Era Arak,
desde luego, volando en solitario, no sólo por delante de Damen, sino con ventaja
también sobre Sher, Leya y sus oponentes.
Uno a uno, fueron llegando los alas de madera y sus adversarios.
Arak llegó en primer lugar, seguido por el hombre al que había desafiado Sher,
luego Damen y el rival de Leya. Minutos más tarde, aparecieron tres alados juntos: Sher y
Leya, inseparables como siempre, seguidos de cerca —y luego siendo adelantados— por
Jon de Culhall. Sena volvió a maldecir con un gesto de disgusto. Maris intentó preparar
alguna frase alentadora, pero no se le ocurrió ninguna. Los jueces ya estaban dejando caer
guijarros en las cajas. En la playa, Damen había aterrizado y se estaba quitando las alas,
mientras los demás descendían gradualmente.
El cielo quedó limpio por un momento, no había nada que ver. Kerr estaba
perdiendo, y con mucha desventaja. Jon de Culhall ya había aterrizado, y el alas de
madera ni siquiera estaba a la vista. Maris aprovechó el momento libre para ver cómo
habían valorado los jueces a sus alumnos.
No se sintió demasiado animada. En la caja de Sher había siete guijarros blancos,
en la de Leya cinco y en la de Damen ocho. Kerr sólo contaba con seis en contra por el
momento, pero los jueces añadirían más guijarros blancos a medida que pasaran los
minutos y el joven no apareciera.
—Vamos —murmuró Maris para sí misma.
—Veo a alguien —dijo el juez del Sur—. Muy arriba, ahora empieza a bajar.
Los demás levantaron los telescopios.
—Sí —confirmó otro.
La gente de la playa también había avistado al alado, y Maris oyó los murmullos
especulativos.
—¿Es Kerr? —preguntó Sena, intranquila.
—No estoy segura —respondió la oriental —. Esperad.
Pero fue Shalli la primera en bajar el telescopio, con gesto incrédulo.
—Es Un-Ala —dijo con voz casi inaudible.
—Trae eso —exigió Sena, arrancándole el telescopio de las manos—. ¡Es él!
Tendió el instrumento a Maris, rebosante de alegría.
Era Val, desde luego. El viento era ahora un poco más fuerte, y lo estaba
utilizando bien, deslizándose de corriente a corriente, cabalgando sobre ellas con
elegancia propia de un veterano.

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—Anúnciale —dijo desmayadamente Shalli a la voceadora.


—¡Val Un-Ala, Val de Arren Sur!
La multitud quedó un momento en silencio, antes de irrumpir en gritos: de alegría,
gruñidos, maldiciones... Val Un-Ala no le resultaba indiferente a nadie.
Otro par de alas plateadas aparecieron en el cielo. Maris supuso que era Corm, y
un vistazo a través del telescopio de Shalli se lo confirmó. Pero estaba por detrás, muy
por detrás, no tenía la menor oportunidad de alcanzar a Val. Era una derrota clara y,
desde luego, representaría toda una humillación para él.
—Maris —la llamó Shalli—, quiero que veas esto para que todo el mundo sepa que
he sido justa.
Abrió la mano. En la palma descansaba un solo guijarro negro y, a la vista de Maris,
lo dejó caer en la caja. Otros cuatro le siguieron.
—Viene uno más —avisó alguien—. No, dos.
Val ya había aterrizado y se estaba quitando tranquilamente las alas. Como
siempre, rechazó la ayuda de los chiquillos atados a la tierra que se apiñaban a su
alrededor. Corm descendió planeando sobre los riscos y la playa, y luego describió un
furioso círculo. No tenía demasiada prisa por aterrizar y enfrentarse a la derrota. Maris
sabía que Corm no era buen perdedor.
Todos los ojos estaban fijos en los dos nuevos alados.
—Garth de Skulny —dijo el juez de las Islas Exteriores—. Y su desafiante. Le sigue
muy de cerca.
—Sí, es Garth —confirmó el Señor de la Tierra. No le había gustado que S'Rella
desafiase a uno de sus alados, le molestaba la posibilidad de perder un par de alas—.
¡Vuela, Garth! —gritó, abiertamente parcial—. ¡De prisa!
Sena le dirigió una sonrisa.
—Lo está haciendo bien —dijo a Maris.
—No lo suficiente —respondió.
Ahora les veía claramente. S'Rella iba a una, quizá a dos alas por detrás. Pero,
con la playa ya a la vista, la joven empezaba a rezagarse. Garth descendió en un abrupto
picado delante de ella, y la turbulencia que creó el alado le hizo vacilar. Las alas le
temblaron un momento antes de que pudiera recuperar la estabilidad, dando a Garth la
oportunidad de acrecentar un poco la ventaja.
Sobrevoló la playa tres alas por delante de S'Rella. Los guijarros empezaron a caer en
la caja. Maris se inclinó para ver el resultado. Había sido una carrera muy disputada, quizá
alguno de los jueces votara un empate.
Lo hizo uno, pero sólo uno. Maris contó. Cinco guijarros blancos para Garth,
un solitario guijarro negro para S'Rella.
Vamos a buscarla —sugirió Maris a Sena. —Todavía no ha llegado Kerr —replicó
la maestra. Maris casi había olvidado al joven.
¡Oh!, espero que esté a salvo.
—Nunca debí avalarle —susurró Sena — . Maldito sea el hierro de sus padres.
Aguardaron cinco minutos, diez, quince. Sher, Leya y un desanimado Damen
subieron para reunirse con ellas. Otras alas aparecieron en el horizonte, pero ninguna
de ellas pertenecía a Kerr. Maris empezó a preocuparse seriamente por su alumno.
Pero por fin llegó, el último de todos los que habían partido aquella mañana.
Venía de la dirección equivocada; explicó que había perdido el rumbo y que había
sobrepasado Skulny sin darse cuenta. Se sentía muy estúpido.

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Para entonces, por supuesto, tenía diez guijarros blancos en contra.


Los grupos de atados a la tierra empezaban a dispersarse en la playa, para ir en
busca de comida, bebida o un lugar a la sombra. Los alados ya se estaban preparando
para los juegos de la tarde. Sena agitó la cabeza.
—Ven —dijo rodeando a Kerr con un brazo—. Vamos a buscar a los demás para ir
a comer.

La tarde transcurrió rápidamente. Algunos de los alas de madera salieron para


ver los concursos de vuelo —un alado de las Islas Exteriores y dos de Shotan se
llevaron los premios individuales, y el Archipiélago Occidental se quedó con las
medallas de carreras por equipos—, mientras los demás descansaban, charlaban o
jugaban. Damen había llevado un juego de geechi, y Sher y él se pasaron horas
inclinados sobre el tablero, intentando recuperar parte de su orgullo perdido.
Al anochecer, empezaron las tiestas. Los alas de madera celebraron una
pequeña fiesta por su cuenta fuera de la cabaña de Sena, en un intento poco sincero
de reanimarse. Leya tocaba la flauta y Kerr contaba historias del mar. Todos bebieron
del pellejo de vino que había comprado Maris. Val estaba como siempre, frío, distante
e inasequible, pero todos los demás parecían deprimidos.
— No se ha muerto nadie —dijo por fin Sena, con uno de sus gruñidos—.
Cuando perdáis un ojo y se os quede una pierna inútil, como a mí, entonces tendréis
derecho a poner esas caras largas. Ahora no lo tenéis. Largaos todos de aquí antes de
que me ponga más furiosa. —Les hizo un gesto con el bastón — . Venga, fuera, a la
cama. Todavía quedan dos días de competición, todos podéis ganar las alas si voláis
bien. Mañana espero más de vosotros.
Maris y S'Rella pasearon un rato por la playa, charlando y escuchando el lento e
ininterrumpido batir de las olas, antes de volver a la cabaña que compartían.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó S'Rella con voz dulce—. Por desafiar
a Garth.
—Lo estaba —respondió Maris débilmente. No tuvo valor para hablarle de su
ruptura con Dorrel —. Supongo que no tenía derecho. Si le vences, es justo que te
quedes con sus alas. Ya no estoy enfadada.
—Me alegro —suspiró S'Rella—. Yo también estaba enfadada contigo , pero y a
no. Lo siento.
Maris le rodeó los hombros con un brazo. Las dos caminaron en silencio durante
un minuto.
—He perdido, ¿verdad? —preguntó repentinamente S'Rella.
—No —respondió Maris — , todavía puedes ganar. Ya has oído a Sena.
—Sí, pero mañana se juzgará la elegancia, y ése siempre ha sido mi punto
débil. Aunque gane en los arcos, me llevará tanta ventaja que no servirá de nada.
—Calla —la interrumpió Maris—, no digas esas cosas. Limítate a volar lo
mejor que puedas y deja el resto para los jueces. Es lo único que puedes hacer. Y si
pierdes, siempre podrás presentarte el año que viene.
S'Rella asintió. Habían llegado a la cabaña. Se adelantó para abrir la puerta, y
luego dio un paso hacia atrás.
—¡Oh! —exclamó—. ¡Maris!
Alarmada. Maris corrió junto a ella. S'Rella estaba de pie, temblando, mirando
la puerta de la cabaña. Maris miró en la misma dirección y sintió que le recorría una
oleada de repugnancia.

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Alguien había clavado dos pájaros muertos en la puerta. Colgaban inertes,


desgreñados, con las brillantes plumas oscuras y pegajosas, clavos sobresaliendo de
los pequeños cuerpos y sangre goteando lenta, constantemente, al suelo.
Maris entró a por un cuchillo y volvió a salir para quitar los macabros avisos de
la puerta. Pero cuando arrancó el primer clavo y el pájaro cayó al suelo, Maris
descubrió horrorizada que no sólo estaba muerto, sino también mutilado.
Le habían arrancado un ala del cuerpo.

El segundo día amaneció frío y nublado. Al principio llovió, y aunque la lluvia


cesó poco antes de que empezaran las competiciones de la mañana, el tiempo siguió
húmedo y frío, y el cielo lleno de pesadas nubes. Había menos espectadores atados a
la tierra —ahora no era tan agradable sentarse en la playa—, y en el revuelto mar
sólo había unos cuantos botes con observadores.
Pero a los alados sólo les importaba el viento, y el viento del segundo día era
fuerte y firme, prometiendo la posibilidad de un vuelo excelente.
Maris se apartó de las alas de madera con Sena y la llevó hasta el borde del risco
para hablar con ella en voz baja.
—¿Quién haría una cosa así? —se horrorizó la maestra.
Maris le puso un dedo en los labios. No quería que los demás se enterasen. El
incidente había asustado muchísimo a S'Rella, y era inútil alarmar a los demás.
—Un alado, supongo —respondió Maris, sombría—. Un alado furioso, enfermo.
Pero no tenemos pruebas contra nadie. Pudo ser uno de los alados desafiados, un
amigo de alguien a quien desafiamos, o simplemente alguien que odia a los alas de
madera. Incluso podría ser cualquier atado a la tierra que haya perdido dinero en
alguna apuesta sobre Val Un-Ala. Personalmente, sospecho de Arak. Pero no tengo
pruebas.
Sena asintió.
—Has hecho bien en ser discreta. Espero que S'Rella no esté demasiado asustada.
Maris miró en dirección a la joven, que estaba con el resto de los alumnos,
hablando en voz baja con Val.
—Tiene que hacerlo bien hoy, o será mejor que abandone las esperanzas.
— ¡Van a empezar! —las llamó Damen, señalando hacia los riscos.
El primer par de competidores ya habían saltado al aire, y se movían rápidamente
sobre la playa. Maris sabía que luego describirían círculos sobre el agua antes de iniciar
cada uno una secuencia de acrobacias y maniobras, destinadas a demostrar sus
respectivas habilidades en el vuelo. Las acrobacias se dejaban a la elección de cada alado.
Algunos se daban por satisfechos con ejecutar las más sencillas, mientras que otros
intentaban hazañas más atrevidas y ambiciosas. Raramente había un claro ganador o
perdedor: en esta etapa era en la que más poder tenían los jueces.
Las dos primeras parejas no hicieron nada especial, simples y largas secuencias de
saltos, aterrizajes y giros elegantes, todo ello ejecutado con habilidad, pero sin llegar a
ser espectacular. El tercer encuentro fue otra cosa. El alado Lañe, que tan buen resultado
había conseguido en la carrera del día anterior, también era un espléndido acróbata del
aire. Tras saltar del risco, sobrevoló la playa a tan poca altura que los atados a la tierra
tuvieron que agacharse para apartarse de su camino. Luego encontró una corriente
ascendente y se elevó, se elevó hasta perderse de vista, para luego bajar en picado a
una velocidad increíble, sólo para aminorar la velocidad en el último instante posible. Hizo
varios rizos y un bucle completo, y sólo en una ocasión perdió el equilibrio. Se recuperó
rápidamente, y Maris se descubrió a sí misma admirándole. Su hijo no era rival para él. El

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pobre chico tendría que esperar mucho tiempo para obtener las alas, a menos que
intentara un desafío fuera de la familia al año siguiente. Cuando terminaron, Maris contó
dieciocho guijarros blancos en la caja, ocho nuevos añadidos a los diez que obtuviera
Lañe el día anterior.
Sher fue el primer alas de madera en probar el aire. Hizo un buen trabajo: un
salto limpio, casi perfecto aparte de un leve traspiés, seguí do de una secuencia normal
de giros, círculos, picados y ascensos, todo ello ejecutado con gracia. En el aire, Sher
parecía ligero y ágil, en comparación con la estólida actitud de su rival, Maris le habría
declarado ganador por un ligero margen pero, al mirar, descubrió que los jueces habían
sido más críticos que ella con el alas de madera. Dos concedieron la victoria al alado, dos
decretaron un empate, y sólo uno se inclinó por Sher, que ahora tenía once piedras en
contra de sus tres.
Cuando se lo dijo a Sena, la anciana suspiró.
—Ya me he acostumbrado. Detesto esta etapa. Quizá los jueces tratan de ser
justos, pero siempre pasa lo mismo. No podemos hacer nada, excepto entrenar a
nuestros alas de madera para que vuelen tan bien que no les puedan negar la victoria.
Leya le siguió. Realizó la misma secuencia que Sher, pero con menos suerte. El
viento cambió mientras hacía sus acrobacias, arrebatándole la fluida elegancia que Maris
sabía que tenía, y haciendo de su vuelo una torpe lucha por mantener el equilibrio. Las
ráfagas consiguieron que perdiera la estabilidad en varias ocasiones, estropeando lo que
en otras circunstancias habrían sido buenos giros. Su adversario también tuvo
problemas, pero menos. Cuatro jueces le dieron la victoria y sólo uno votó por un empate,
dejando a Leya en un diez a uno.
Damen fue el más ambicioso de los tres. Cuando Arak empezó a insultarle, le
devolvió los epítetos, consiguiendo que Maris sonriera. Empezó con una aceptable
imitación del espectacular vuelo sobre la playa que había efectuado el alado Lañe. Arak
intentó estorbarle, volando muy cerca de él para que Damen saliera torpemente del
planeo, pero el joven viró con una elegante maniobra y entró en una nube,
desapareciendo de la vista del anciano alado. Uno de los jueces, el de las Islas Exteriores,
se quejó de las tácticas de Arak, pero los demás se limitaron a encogerse de hombros.
—Haga lo que haga, sigue siendo mejor alado —insistió la oriental—. Mira lo
cerrados que son sus giros. El chico es voluntarioso, pero le falta experiencia.
Maris tuvo que admitir que la mujer tenía razón. Damen solía hacer giros
demasiado amplios, sobre todo cuando utilizaba un viento inferior.
En la puntuación, cuatro jueces votaron por Arak, y sólo el de las Islas Exteriores
por Damen.
—¡Jon de Culhall, Kerr de Alas de Madera! —gritó la voceadora. El viento era
racheado, y Kerr tan torpe como siempre.
Tras unos minutos. Sena miró a Maris.
—Esto es un espectáculo deprimente hasta para un solo ojo —le dijo.
Jon de Culhall se apuntó ocho guijarros blancos más, y Maris compadeció a Kerr.
—¡Corm de Amberly Menor! —gritó la voceadora—. ¡Val Un-Ala, Val de Arren Sur!
Aparecieron en el risco de los alados, con las alas puestas, pero todavía plegadas.
Maris pudo sentir cómo un escalofrío de emoción recorría a la multitud. A lo largo de la
playa, la gente hacía comentarios, y hasta los guardianes que esperaban en pie,
junto al Señor de la Tierra, se acercaron para mirar.
Esta vez, Corm no reía ni bromeaba. Estaba tan silencioso como Val, con el
pelo negro agitado por el viento, mientras le desplegaban y encajaban las alas. Como
siempre, Val rechazó a los que intentaron ayudarle.

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—Corm puede llegar a ser muy bueno en esto —advirtió Maris a Sena—. Quizá
Val tenga problemas hoy.
—Sí —convino Sena mirando a Shalli, sentada entre los jueces.
La multitud se impacientaba. Los dos alados todavía no habían saltado. Los
ayudantes de Corm retrocedieron, y el hombre se acercó al borde del risco con las
alas desplegadas. Pero Val no hizo el menor movimiento para encajar la suyas. En vez
de eso se dedicó a examinar las junturas, como si algo fuera mal. Corm le dijo algo
bruscamente y Val levantó la vista, sólo para dedicarle un gesto despectivo.
—Muy bien —dijo Corm claramente.
Echó a correr y, un momento después, estaba en el aire.
—Ahí está Corm —señaló Shalli—. ¿Que le pasa a Un-Ala?
¿No sabe que esto puntúa en su contra? —murmuró Sena. Maris agarró a la
anciana por un codo.
Lo va a hacer otra vez —dijo horrorizada.
—¿El qué?
Pero, mientras lo preguntaba, el rostro de Sena se iluminó, y Maris supo que
había comprendido.
Val saltó.
Había una gran distancia hasta el suelo donde sólo le aguardaba la arena y los
espectadores. Más peligroso y más espectacular que la misma acrobacia realizada
sobre el agua. Pero lo estaba haciendo, caía, con la alas ondeando a la espalda como
una capa de plata. Shalli y el juez del Archipiélago del Sur se pusieron en pie de un
salto, y dos de los guardianes se acercaron hasta el borde del risco. Hasta la voceadora
dejó escapar un grito de sorpresa. Maris oyó los chillidos de los espectadores, desde
abajo.
Las alas de Val se abrieron.
Por un momento, pareció que aquello no era suficiente. Seguía cayendo, cada
vez a más velocidad, incluso con las alas completamente extendidas. Pero entonces
maniobró hacia un lado, y con eso bastó: de repente, estaba volando nivelado, sobre
la playa, hacia el mar. La gente volvía a sentarse en la arena, aunque alguien todavía
chillaba.
Luego se hizo el silencio, como si todos contuvieran el aliento. Val sobrevoló las
olas, planeando con una serenidad absoluta. Y. suavemente, empezó a elevarse. Voló
tranquilamente hacia donde Corm acababa de realizar un difícil bucle, que pasó
inadvertido para casi todos.
Empezaron los aplausos, y los gritos de ánimo. A lo largo de toda la playa, los
atados a la tierra aplaudían y repetían un solo cántico: «¡Un Ala! ¡Un-Ala! ¡Un-Ala!».
Una y otra vez. Ni siquiera el espectacular vuelo rasante de Lañe les había
impresionado tanto como Val. La juez del Archipiélago Oriental reía.
—Pensé que nunca volvería a verlo —exclamó—. ¡Vaya, vaya, vaya! Ni
siquiera Cuervo lo habría hecho mejor.
Shalli parecía deprimida.
—Un truco barato —dijo—. Y peligroso.
—Es posible —convino el juez de las Islas Exteriores — . Pero nunca había visto
nada igual. ¿Cómo lo ha hecho?
La oriental intentó explicárselo, y los dos se enzarzaron en una conversación. A
lo lejos, Val y Corm seguían con sus acrobacias. Val voló bien, aunque Maris advirtió

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que sus giros hacia arriba seguían siendo imperfectos. Corm voló mejor, superando a
Val acrobacia por acrobacia, ejecutando cada maniobra con más elegancia, con la
habilidad que le daban décadas de vuelo. Pero Maris sabía que era un vuelo
desesperanzado. Después de la Caída de Cuervo, ni toda la elegancia del mundo
podría nivelar la balanza.
Estaba en lo cierto. Shalli fue la única excepción.
—Corm ha volado mucho mejor —insistió —. Una sola acrobacia temeraria no
cambia ese hecho.
Depositó en la caja una piedra blanca, enfatizando el gesto con un ostentoso
giro de muñeca.
Pero los demás jueces le dirigieron una sonrisa indulgente, y los cuatro guijarros
que siguieron al suyo fueron negros.
—¡Garth de Skulny, S'Rella de Alas de Madera!
S'Rella y Garth. aunque de apariencia totalmente diferente, tenían un
aspecto muy semejante aquella mañana, pensó Maris mientras los contemplaba
prepararse. Garth debería estar más tranquilo por la victoria del día anterior, por el
momento sus alas estaban a salvo; en cambio, parecía más pálido y más viejo.
Apenas habló con Riesa, y se colocó las alas con torpe lentitud. S'Rella se mordía el
labio mientras dejaba que los ayudantes le desplegaran las alas, y parecía estar al
borde de las lágrimas.
Ni uno ni otro intentaron nada espectacular en el salto. Garth se dirigió hacia
la derecha, y S'Rella hacia la izquierda. Planearon sobre la playa y sobre los botes con
igual facilidad. Algunos habitantes de la isla saludaron a Garth y gritaron su nombre
cuando pasó por encima de ellos, pero el resto del público estaba en silencio, todavía
enmudecido por el salto de Val.
Sena sacudió la cabeza.
—S'Rella nunca ha sido tan grácil en el aire como Sher o Leya, pero vuela
mejor que todo eso.
La joven sureña acababa de perder el equilibrio en un vulgar giro, y Maris no
pudo por menos que estar de acuerdo con la maestra. S'Rella no estaba volando bien.
—Sólo hace cosas corrientes —señaló Maris — . Creo que todavía está
impresionada por lo de anoche.
Garth se estaba aprovechando de la dejadez de su adversaria. Se remontó con la
tranquila efectividad que le era habitual, hizo varios giros elegantes y un rizo. No fue un
rizo especialmente bueno, pero S'Rella no estaba intentando ninguno.
—Esto será fácil de juzgar —dijo aliviado el Señor de Skulny.
El hombre ya estaba escogiendo un guijarro blanco. A Maris sólo le cupo esperar
que no depositara dos.
—Mira eso —gruñó Sena, disgustada—. Mi mejor alumna vagabundea por el cielo
como un niño de ocho años en su primer vuelo.
—¿Qué hace Garth? —se preguntó Maris en voz alta. El alado se tambaleaba de
un lado a otro, casi como si perdiera el equilibrio—. Ha sido una mala maniobra.
—Si los jueces se dan cuenta —señaló Sena con amargura—. Mira, ya se ha
estabilizado.
Era cierto. Las grandes alas de plata estaban paralelas al mar. Garth las
controlaba en línea recta, descendiendo ligeramente.
—Se está limitando a volar —comentó Maris, asombrada—. No hace ninguna
acrobacia.

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Garth seguía avanzando en línea recta, descendiendo hacia el rompeolas. Volaba


con elegancia, pero siempre en línea recta. No tenía mucho mérito volar grácilmente
cuando todo el trabajo lo hacía el viento. Ahora estaba a menos de diez metros por
encima del agua, y seguía descendiendo. El vuelo parecía tan sereno, tan tranquilo...
Maris se atragantó.
¡Se está cayendo! —gritó. Se volvió hacia los jueces—. ¡Ayudad le, se está
cayendo!
¿Qué demonios dice? —preguntó la oriental.
Shalli se llevó el telescopio a un ojo y localizó a Garth. El alado planeaba sobre las
aguas.
—Tiene razón —dijo con un hilo de voz.
El caos fue instantáneo. El Señor de la Tierra se puso en pie de un salto, empezó
a agitar los brazos y a dar órdenes. Dos guardianes echaron a correr por la escalera, y
los demás se dirigieron apresuradamente hacia otros sitios. La voceadora se puso las
manos alrededor de la boca.
—¡Ayudadle! ¡Ayudad al alado! ¡Los que vais en los botes, ayudad al alado!
En la playa, otros voceadores repitieron el grito, y los espectadores corrieron
hacia la orilla, también gritando y señalando.
Garth tocó el agua. El impulso le hizo rebotar contra la superficie una vez, dos, y
las alas levantaron una lluvia de gotas. Pero pronto perdió velocidad y se detuvo.
—No pasa nada, Maris —aseguró Sena—. No pasa nada. Mira, ya le van a recoger.
Un pequeño bote de vela, alertado por los gritos de los voceadores, avanzaba
rápidamente hacia él. Maris contempló la escena, asustada. Tardaron un minuto en llegar
junto a él, y otro minuto en pescarle con una red que echaron por la borda. Pero, desde
aquella distancia, la alada no tenía manera de saber si estaba vivo o muerto.
El Señor de la Tierra bajó el telescopio.
—Ya le tienen. Y también las alas.
S'Rella volaba a poca altura, sobre el bote de vela que acababa de rescatar a
Garth. Había comprendido demasiado tarde lo que sucedía, y se dirigió rápidamente
hacia el alado, aunque era difícil que pudiera prestarle ayuda.
El Señor de la Tierra, con el ceño fruncido, envió a uno de los guardianes a que se
informara sobre el estado de Garth, y luego volvió a su asiento. Los jueces hablaron
nerviosamente entre ellos mientras Maris y Sena compartían un alarmado silencio, hasta
que el hombre regresó, diez minutos más tarde.
—Está vivo y se recuperará, aunque ha tragado mucha agua —les comunicó el
guardián —. Le han llevado a su casa.
—¿Qué pasó? — exigió saber el Señor de la Tierra.
—Su hermana dice que lleva algún tiempo enfermo —respondió el hombre—.
Parece que ha sufrido un ataque.
El Señor de la Tierra dejó escapar una maldición.
—No me dijo nada. —Miró a los cuatro jueces alados—. ¿Tenemos que puntuar
esto?
—Me temo que sí —dijo amablemente Shalli.
Cogió un guijarro negro.
—¿A ella? —se asombró el Señor de la Tierra—. Garth voló mucho mejor hasta
que se puso enfermo. ¿Vas a dar la victoria a la chiquilla?

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—No lo dirás en serio —le contestó el juez de las Islas Exteriores—. Tu Garth se
cayó al agua. Aunque hasta entonces lo hubiera hecho tan bien como Lañe, perdería.
—Estoy de acuerdo —convino la oriental — . No eres un alado, Señor de la Tierra,
no lo comprendes. Garth tiene suerte de seguir vivo. Si se hubiera caído mientras volaba
en una misión, sin que hubiera barcos cerca para rescatarle, habría sido pasto de las
escilas.
—Estaba enfermo —insistió el Señor de la Tierra, temeroso de perder las alas para
Skulny.
—Eso no importa —señaló con voz serena el juez del Archipiélago del Sur.
Puso un guijarro en la caja. Era negro. Tres piedras negras más cayeron en rápida
sucesión. Shalli puso la suya, evidentemente de mala gana, y el Señor de la Tierra,
desafiante, dejó caer una blanca.

La caída de Garth intensificó la desazón de todos, tanto de los alados como de los
alas de madera. Los juegos de la tarde, acrobacias realizadas entre nubes cada vez más
pesadas y tormentosas, no sirvieron para animarles. Una oriental de la Plataforma del
Milano fue la vencedora absoluta, pero no tuvo demasiada competencia: muchos de los
alados decidieron retirarse en el último momento. Incluso algunos que no estaban
implicados directamente en los desafíos empezaban a pensar en tomar las alas y
marcharse a sus respectivas islas. Kerr, el único alas de madera que se molestó en
asistir a los juegos, informó a los demás de que los espectadores también
empezaban a dispersarse, y de que sólo había un tema de conversación: Garth.
Sena trató de animar a sus alumnos, pero era una labor imposible. Sher y
Leya eran filosóficamente conscientes de sus posibilidades, ninguno de los dos
esperaba ganar, pero Damen estaba más deprimido que nunca, y Kerr parecía a punto
de arrojarse al mar. S'Rella estaba casi igual de desanimada. Parecía cansada, y
aquella tarde discutió con Val.
Fue poco después de cenar. Damen llevaba en la mano el tablero de geechi y
estaba buscando un adversario, y Leya había vuelto a sacar la flauta. Val encontró a
S'Rella sentada en la playa, con Maris, y se reunió con ellas sin ser invitado.
—Podemos dar un paseo hasta la taberna —sugirió a la joven—, para celebrar
nuestras victorias. Quiero alejarme de esta pandilla de perdedores para oír qué dice
la gente de nosotros. A lo mejor, incluso podemos cerrar unas cuantas apuestas para
mañana.
—No tengo ninguna victoria que celebrar —replicó S'Rella, arisca—. Volé
fatal. Garth lo hizo mucho mejor que yo. No me merecía ganar.
—O ganas, o pierdes —señaló Val—. Lo que te merezcas no tiene nada que ver.
Vamos.
Intentó tomarla de la mano para ayudarla a levantarse, pero S'Rella se libró de
él, furiosa.
—¿Es que ni siquiera te importa lo que le ha pasado a Garth?
—En absoluto. Y tampoco debería importarte a ti. Si mal no recuerdo, lo último
que le dijiste fue que le odiabas. Para ti habría sido mucho mejor que se ahogara, así
tendrían que darte sus alas. Ahora, intentarán algún truco para quitártelas.
Maris, que estaba escuchando, empezaba a perder el control sobre su genio.
—Ya basta, Val —dijo.
—No te metas en esto, alada —le replicó el joven — . Es un asunto entre
nosotros.

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S'Rella se puso en pie de un salto.


—¿Por qué tienes que ser siempre tan odioso? No haces más que ser cruel con
Maris, que sólo quiere ayudarte. Y lo que has estado diciendo sobre Garth... Garth se
portó muy bien conmigo. ¿Y qué hice yo a cambio? Le desafié y casi muere por mi
culpa. ¡Y tú no haces más que decir cosas desagradables sobre él! ¡No quiero oír ni una
palabra más! ¡No te atrevas!
El rostro de Val se convirtió en una máscara inexpresiva.
—Ya veo —dijo con voz átona—. Como quieras. Si tanto te preocupan los alados,
haz una visita a Garth y dile que se quede con las alas. Yo celebraré la victoria por mi
cuenta.
Se dio la vuelta y se alejó por la arena a grandes zancadas, hacia el camino
que le llevaría hasta la taberna. Maris cogió a S'Rella por la mano.
¿Quieres que visitemos a Garth? —preguntó impulsivamente.
¿Podemos? Maris asintió.
—Riesa y él comparten una casa, a un kilómetro de aquí, colina arriba. Le gusta
estar cerca del mar y del refugio. Podemos ir a ver cómo se encuentra.
S'Rella estuvo encantada, y echaron a andar. Maris tenía un cierto miedo de la
recepción que les podrían dispensar a su llegada, pero la preocupación por el estado
de Garth era tanta que estaba dispuesta a correr el riesgo. No tenía nada que temer.
Al abrir la puerta y verlas allí, Riesa se echó a llorar, y Maris tuvo que tomarla entre
sus brazos para consolarla.
—Pasad a verle, pasad a verle —decía una y otra vez Riesa a través de las
lágrimas—. ¡Se alegrará tanto...!
Garth estaba recostado en la cama, sobre una montaña de almohadas, con las
piernas cubiertas por una gruesa manta de lana. Tenía el rostro aterradoramente
pálido pero, cuando las vio en el umbral de la puerta, se le animó con una amplia
sonrisa.
—¡Ah! —exclamó con su sonora voz de siempre—. ¡Maris! ¡Y el pequeño demonio
que se va a quedar con mis alas! —Les hizo un gesto para que entraran — . Venid,
sentaos a mi lado. Riesa no hace más que decir tonterías, y además se niega a
traerme una jarra de su cerveza.
Maris sonrió.
—Lo que menos necesitas es cerveza —dijo cariñosamente mientras se acercaba
a la cama y le daba un beso en la frente.
Pero S'Rella se quedó en la puerta. Al verlo, Garth se puso serio.
—¡Ah, S'Rella! —dijo—, no tengas miedo. No estoy enfadado contigo.
La joven se acercó a donde estaba Maris.
—¿De verdad?
—No —aseguró Garth—. Trae un par de sillas, Riesa. —Su hermana hizo lo que
le pedía y, cuando estuvieron sentadas, Garth siguió hablando—. Sí, cuando me
desafiaste estaba furioso... Y dolido. No puedo negarlo.
—Lo siento —sollozó S'Rella — . No quería hacerte daño. No te odio... Lo que
dije aquella noche en el refugio...
El la hizo callar con un gesto.
—Lo sé. No tienes por qué disculparte. El agua estaba espantosa mente fría,
pero quizá me ha espabilado un poco. Y aquí, tumbado, he tenido toda la tarde para
pensar. Me he portado como un idiota, y tengo suerte de poder contarlo. Hice mal en

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mantener mi estado en secreto, y tú hiciste bien en desafiarme cuando te enteraste.


—Sacudió la cabeza—. No podía aceptar la idea de convertirme en un atado a la
tierra, ¿sabes? Amo volar, los viajes, a mis amigos. Pero se acabó. El chapuzón de
hoy sólo me deja dos elecciones, ser un atado a la tierra vivo o un alado ahogado. Hasta
hoy, siempre había conseguido controlar el dolor, cumplir las misiones. Pero esta
mañana... Los brazos y las piernas me dolían rabiosamente. Bueno, no quiero hablar de
eso. Ya es bastante malo que haya sucedido. —Tomó la mano de S'Rella—. Lo que quiero
decir, preciosa, es que no puedo competir mañana. Y que, aunque pudiese, no lo haría.
Riesa y el mar me han metido un poco de sentido común en la cabeza. Las alas son tuyas.
S'Rella apenas podía creerlo. Le miró con los ojos abiertos de par en par y una
sonrisa temblorosa en los labios.
—¿Qué harás tú, Garth? —preguntó Maris. El hombre sonrió.
—Eso depende de los curanderos —respondió—. Al parecer, tengo tres elecciones.
Ser un cadáver, ser un tullido o, quizá, encontrar un curandero que sepa lo que hace. En
este último caso, podría dedicarme al comercio. Tengo suficiente hierro ahorrado para
comprarme un barco, y así podría viajar, ver otras islas... Aunque la idea de ir por mar
me asusta de muerte. —Se echó a reír—. Dorrel y tú siempre me acusabais en broma de
ser un mercader, ¿te acuerdas, Maris? Sólo porque me gustaba cambalachear un poco de
cuando en cuando. Pues vaya comerciante he resultado ser. S'Rella se lleva mis alas sin
darme nada a cambio.
Se echó a reír, y Maris se unió a él.
Charlaron más de una hora sobre comerciantes, marineros y alados. Las dos
jóvenes se tranquilizaron al oír las bromas de Garth, e intercambiaron chismorreos.
—Corm está horrorizado con tu amigo Val —dijo Garth en determinado momento
—. Y no puedo por menos que comprenderlo. Es un buen alado, nunca creyó que
perdería las alas, y menos a manos de Un-Ala. ¿Tienes algo que ver con eso, Maris?
La alada sacudió la cabeza.
—En absoluto. Es idea de Val. Nunca lo admitirá, pero creo que quería derrotar a
uno de los mejores alados para que olvidásemos lo de Ari. El hecho de que la esposa de
Corm esté entre los jueces no hace más que añadir mérito a la hazaña. Y, por supuesto,
le da una buena excusa por si pierde. Siempre puede atribuir la derrota a los prejuicios de
los alados.
Garth asintió, hizo una broma escabrosa sobre Corm y se volvió hacia su hermana.
—¿Por qué no le enseñas la casa a S'Rella. Riesa? Riesa captó la idea.
—Sí, ven —dijo a la joven.
S'Rella salió con ella de la habitación.
—Es encantadora —comentó Garth cuando se marcharon —. Y me re cuerda mucho a
ti, Maris. ¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos?
Maris le sonrió.
—Claro que me acuerdo. Era mi primer vuelo al Nido de Águilas. Aquella noche,
había una fiesta.
—También estaba Cuervo. Hizo su truquito.
—Nunca lo he olvidado —dijo Maris.
—¿Fuiste tú la que se lo enseñó a Un-Ala?
—N o .
Garth se echó a reír.

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—Todo el mundo cree que sí. Nos acordamos muy bien de lo impresionada que
estabas con Cuervo. Coll llegó incluso a componer una canción sobre él, ¿verdad?
Maris sonrió de nuevo.
—Sí.
Garth iba a añadir algo, pero se lo pensó mejor. Durante un largo momento, la
habitación quedó en silencio, y la sonrisa se desvaneció lentamente del rostro del joven.
Intentó evitarlo, pero no pudo: se echó a llorar. Tendió las grandes manos hacia
ella, Maris se sentó al borde de la cama, le abrazó y le pasó los dedos por la frente.
—Lo sabía... No quería que S'Rella me viese... Oh, Maris, es tan terrible, tan...
—Oh, Garth —susurró ella besándole suavemente, luchando por contener sus
propias lágrimas.
Se sentía impotente. Por un momento, imaginó lo que sería estar en el lugar de
Garth. Se estremeció, apartó la idea y le abrazó todavía más fuerte.
—Venid a verme —pidió—. Bueno... Ya sabes... Cuando no vuelas, no puedes ir al
Nido de Águilas... Ya sabes... Ya es bastante malo perder la libertad, y el viento... No
quiero perderos también a vosotros, a mis amigos, sólo porque... Oh, malditas, malditas
lágrimas... Ven a verme, Maris, prométemelo, prométemelo.
—Te lo prometo, Garth —dijo intentando hablar con voz animada—. A no ser que
engordes tanto que no pueda soportar verte.
El hombre se echó a reír entre las lágrimas.
— ¡Oh, no! —exclamó—. Ahora que pensaba que podría engordar tranquilamente,
llegas tú y...
Oyeron pisadas fuera de la habitación, y Garth se secó rápidamente las lágrimas
con la manta.
—Marchaos —pidió, sonriendo otra vez—. Marchaos, estoy cansado, me habéis
dejado agotado. Pero volved mañana, cuando todo haya terminado, para contarme cómo
han ido los juegos.
Maris asintió. S'Rella se acercó a ellos y dio a Garth un rápido y tímido beso antes
de salir.

Recorrieron el medio kilómetro de vuelta hacia el pueblo lentamente, charlando y


disfrutando del viento fresco que soplaba en la noche. Hablaron de Garth, un poco de
Val, y S'Rella mencionó las alas —sus alas— con voz maravillada.
—Soy una alada —dijo, feliz—. ¡Es verdad!
Pero no iba a ser tan sencillo.
Sena las estaba esperando en la cabaña que compartían, sentada al borde de la
cama, impaciente. Cuando entraron, se levantó.
—¿Dónde habéis estado?
—Fuimos a ver a Garth — respondió Maris—. ¿Sucede algo?
—No lo sé. Los jueces nos han mandado llamar, quieren que vayamos al refugio.
Dirigió a S'Rella una mirada cargada de sentido.
Partieron en seguida. Por el camino, Maris contó a Sena lo que había dicho Garth
sobre ceder las alas, pero la anciana maestra no pareció complacida.
—Bueno, ya veremos —replicó—. Yo, en el lugar de S'Rella, no saldría volando
todavía.

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Aquella noche, los alados no estaban celebrando ninguna fiesta. La sala principal
del refugio estaba casi completamente vacía, sólo había media docena de alados
occidentales a los que Maris conocía de vista, sentados allí, bebiendo. El ambiente era
cualquier cosa menos festivo. Cuando Maris y sus acompañantes entraron, uno de ellos
se levantó.
—En la sala trasera —les dijo.
Los cinco jueces estaban reunidos en torno a una mesa redonda, pero se
detuvieron en medio de una frase cuando la puerta se abrió. Shalli se levantó.
—Maris, Sena, S'Rella. Pasad —les dijo—. Y cerrad la puerta.
Tomaron asiento alrededor de la mesa. Shalli cruzó las manos delante de ella
para seguir hablando.
—Os hemos mandado llamar porque tenemos una discusión, referente a la joven
S'Rella, aquí presente. Creemos que tenéis derecho a hacernos saber vuestra opinión.
Garth nos ha hecho llegar el mensaje de que no volará mañana...
—Lo sabemos —la interrumpió Maris—. Venimos de su casa. —Bien —asintió Shalli
—. Entonces, quizá comprendas nuestro problema. Tenemos que decidir qué se hace con
las alas.
S'Rella se sobresaltó.
—Son mías —dijo—. Me lo ha dicho Garth.
El Señor de Skulny, que tamborileaba con los dedos sobre la mesa, frunció el ceño.
—Las alas no son de Garth, no puede regalarlas a quien quiera —dijo en voz alta—.
Mira, chiquilla, voy a hacerte una pregunta. Si te entregamos las alas, ¿prometes instalarte
aquí y volar para Skulny?
Maris advirtió con aprobación que S'Rella ni siquiera parpadeaba bajo la intensa
mirada del hombre.
—No —respondió, contundente —. No puedo. Skulny es una hermosa isla, estoy
segura, pero... Pero no es mi hogar. Volveré al Archipiélago del Sur con las alas. A
Veleth, la pequeña isla en la que nací.
El Señor de la Tierra sacudió violentamente la cabeza.
—No, no, no. Si quieres, puedes volver a esa roca del Sur. Pero, si lo
haces, será sin las alas. — Miró a los demás jueces —. Ya veis, le he dado una
oportunidad. Insisto.
Sena dio un puñetazo sobre la mesa.
—¿Se puede saber qué pasa aquí? S'Rella tiene más derecho que nadie a esas
alas. Desafió a Garth, y Garth fracasó. ¿Cómo podéis hablar de no entregárselas?
Miró a todos los jueces alternativamente, furiosa.
Shalli, que parecía la portavoz, se encogió de hombros en un gesto de
disculpa.
—No hemos llegado a un acuerdo —dijo—. La cuestión es, ¿cómo puntuaremos
la prueba mañana? Algunos pensamos que, si Garth no vuela, se debe conceder la
victoria a S'Rella. Pero el Señor de la Tierra opina que no podemos votar en una
competición en la que sólo vuela un alado. Insiste en que debemos tomar una
decisión basándonos en las dos pruebas que ya se han realizado. Si lo hacemos así,
Garth gana por seis piedras contra cinco, y se queda con las alas.
—¡Pero ha renunciado a ellas! —gritó Maris—. ¡No puede volar, está
demasiado enfermo!

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—La ley tiene en cuenta esta posibilidad —intervino el Señor de la Tierra—. Si


un alado está enfermo, sus alas pasan al Señor de la Tierra y al resto de los alados de
la isla para que dispongan de ellas, en caso de que él o ella no tengan herederos.
Entregaremos las alas a alguien digno de ellas, a alguien que quiera quedarse en
Skulny. He ofrecido la oportunidad a esta chiquilla, y ya habéis oído la respuesta.
Tendremos que dárselas a otro.
—Esperábamos que S'Rella aceptara quedarse en Skulny —dijo Shalli —.
Eso hubiera zanjado la discusión.
—No —repitió S'Rella, testaruda. Pero parecía deprimida.
—Lo que propones es una trampa —acusó Sena amargamente al Señor de la
Tierra.
Estoy de acuerdo —intervino el juez de las Islas Exteriores. Se pasó los dedos
por el rebelde pelo rubio—. La única razón de que Garth vaya ganando es que hoy le
has votado, incluso después de que cayera al océano. Eso no ha sido demasiado justo,
Señor de la Tierra.
He juzgado con justicia —se defendió éste, enfadado.
—Garth quiere que S'Rella se quede con sus alas —dijo Maris—. ¿No cuenta
para nada su voluntad?
—No —respondió el Señor de la Tierra—. Las alas no son sólo suyas. Son un
préstamo, pertenecen a todo el pueblo de Skulny. —Miró suplicante a sus camaradas
jueces—. No es justo entregarlas a esta sureña, dejar a Skulny con sólo dos alas,
sin motivo. Escuchadme. Si Garth hubiera estado sano, habría defendido sus alas
contra cualquier desafiante, nunca habríamos llegado a esto. Si me hubiera
comunica do que estaba enfermo, como exige vuestra propia ley, la ley de los
alados, ya habríamos encontrado a alguien que llevara las alas. Si nos vemos en
esta situación es porque Garth eligió ocultar su estado.
¿Vais a castigar a toda la población de mi isla sólo porque un alado guardó un
secreto?
Maris tuvo que admitir que el razonamiento tenía su parte de justicia. Los jueces
también parecían estar de acuerdo.
—Lo que dices es verdad —dijo el juez del Sur—. Me gustaría que mi Archipiélago
tuviera un nuevo par de alas, pero tu reclamación es cierta.
—S'Rella también tiene derechos —insistió Sena—. Tenéis que ser justos con ella.
—Si entregáis las alas al Señor de la Tierra —intervino también Maris— , estaréis
negándole su derecho a desafiar. Sólo le llevan una piedra de ventaja. Tiene buenas
oportunidades.
Entonces tomó la palabra S'Rella.
—No me he ganado las alas —dijo, insegura—. Estoy avergonzada de lo mal que
he volado hoy. Pero, si tuviera otra oportunidad, podría ganarlas limpiamente. Sé que
podría. Garth quiere que lo haga.
Shalli suspiró.
—S'Rella, cariño, no es tan fácil. No podemos empezar otra vez toda la
competición sólo por ti.
—Debe quedarse con las alas —gruñó el juez de las Islas Exteriores—. Yo pongo
desde ahora el guijarro de mañana por ella. ¿Alguien quiere hacer lo mismo?
Miró a su alrededor.
—¡Aquí no hay piedras que depositar! —le espetó el Señor de la Tierra— . Y no se
puede celebrar una competición con un solo alado.

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Se cruzó de brazos, dispuesto a no ceder.


—Me temo que debo votar con el Señor de Skulny —dijo el juez del Sur—, no
puedo exponerme a favorecer injustamente a una compatriota.
Aquello sólo dejaba a Shalli y a la juez oriental. Las dos mujeres titubeaban.
—¿No hay ninguna manera de que podamos ser justos con todos? —preguntó
Shalli.
Maris miró a S'Rella y le rozó el brazo.
¿De verdad quieres competir otra vez, intentar ganarte las alas?
Sí —respondió S'Rella—. Quiero merecerlas. No me importa lo que diga Val.
Maris asintió y se volvió hacia los jueces.
—En ese caso, os propongo otra cosa. Señor de Skulny, tienes otros dos alados.
¿Confías en ellos?
—Sí —replicó él con voz de sospecha—. ¿Qué pasa?
—Sólo una cosa. Propongo que siga la competición. La puntuación queda como
hasta ahora, S'Rella pierde por un guijarro. Pero, como Garth no puede volar, nombra
un sustituto, a otro de tus alados, para que lleve las alas en su lugar. Si tu alado gana,
Skulny se queda con las alas y puedes entregárselas a quien elijas. Si gana S'Rella, nadie
podrá discutirle su derecho a llevárselas al Sur. ¿Qué decides?
El Señor de la Tierra lo meditó un instante.
—De acuerdo — dijo—, es una solución aceptable. Jirel volará en lugar de Garth. Si
esta chiquilla es capaz de derrotarla, se habrá ganado las alas, aunque no me hará
demasiado feliz perderlas.
Shalli pareció inmensamente aliviada.
— Una sugerencia excelente —comentó con una sonrisa—. Sabía que podíamos
fiarnos del sentido común de Maris.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo? —preguntó rápidamente la oriental.
Todos los jueces asintieron excepto el de las Islas Exteriores, que sacudió la cabeza
de nuevo.
—La chica debería quedarse con las alas —murmuró—. El alado se cayó al océano.
Pero no discutió con demasiada energía.
Fuera del refugio, en el aire frío de la noche, empezaba a caer una fina lluvia.
Pero, de todos modos. Sena las obligó a detenerse. Parecía preocupada.
—S'Rella —empezó a decir, apoyándose en el bastón—, ¿estás segura de que es
esto lo que quieres? Tengo entendido que Jirel es una buena alada. Y quizá, si
hubiéramos discutido más, habríamos puesto a los jueces de nuestra parte.
—No —aseguró firmemente S'Rella—. No, quiero que sea así.
Sena la contempló largo rato con el ojo sano, y al fin asintió.
—Bien —dijo, satisfecha—. Entonces, marchaos a casa. Mañana hay que volar.

En el tercer día de competición, Maris se despertó antes del amanecer, confundida


por la oscuridad, el frío, y consciente de que algo iba mal. Alguien estaba llamando a la
puerta.
—Maris —la llamó S'Rella desde la cama contigua—, ¿me levanto para abrir?

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Maris no alcanzó a verla. Faltaba mucho para la salida del sol, y no tenían ninguna
de las velas encendida.
—No —le susurró—. Calla.
Tenía miedo. Los golpes siguieron, sin interrupción, y Maris recordó los pájaros
muertos que les habían dejado. Se preguntó quién podría estar al otro lado de la puerta
a aquellas horas de la noche, intentando con tanta insistencia que abrieran. Saltó de la
cama, cruzó la habitación y, en la oscuridad, consiguió encontrar el cuchillo con el que
había descolgado los pájaros de la puerta. No era nada, un pequeño cuchillo metálico de
mesa, pero le daba confianza. Sólo entonces se dirigió hacia la puerta.
¿Quién está ahí? —exigió saber—. ¿Quiénes? Los golpes se detuvieron.
Raggin —respondió una voz profunda que no conocía.
¿Raggin? No conozco a ningún Raggin. ¿Qué quieres?
—Soy del Hacha de Hierro —le contestaron desde fuera—. ¿Conoces a Val, el
que se hospeda conmigo?
El miedo desapareció, y Maris abrió rápidamente la puerta. El hombre que
aguardaba fuera, a la luz de las estrellas, era harapiento y desaliñado. Tenía la nariz
ganchuda y la barba sucia, pero de repente le reconoció: el camarero de la taberna de
Val.
—¿Sucede algo?
—Estaba cerrando, y tu amigo no había llegado todavía. Creía que había
encontrado a alguna preciosidad con la que dormir, pero entonces le vi fuera, en el
suelo. Le han herido, está muy mal.
¿A Val? —exclamó S'Rella. Corrió hacia la puerta—. ¿Dónde está? ¿Se
encuentra bien?
Le llevé a su habitación —explicó Raggin —. No fue fácil subirle por la escalera.
Pero me acordé de que conocía a gente de por aquí, y vine a buscaros. ¿Queréis venir
conmigo? No sé qué hacer con él.
—Ahora mismo —respondió rápidamente Maris—. Vístete, S'Rella. Se apresuró
a recoger sus ropas y a ponérselas. Pronto estuvieron
caminando a buen paso por el camino del mar. Maris llevaba una lámpara de
aceite en la mano. El camino pasaba junto a los riscos y, en la oscuridad, un paso en
falso podía resultar fatal.
La taberna estaba cerrada y a oscuras, con la puerta atrancada desde dentro
con una pesada tabla de madera. Raggin las dejó a la entrada para pasar por lo que
llamó el «camino secreto». Les abrió desde dentro.
—Hay que tener cuidado —explicó—, mucha gente mala viene por aquí. Tengo
algunos clientes que no os gustarían demasiado, aladas.
Apenas le escuchaban. S'Rella echó a correr escalera arriba, hacia la
habitación que a veces había compartido con Val, mientras Maris la seguía de cerca.
Cuando la alcanzó, la joven estaba encendiendo una vela junto a la cama de Val.
La escasa luz vacilante llenó la pequeña habitación, y la figura que yacía bajo
las mantas se removió con un gemido animal. S'Rella dejó la vela y apartó las mantas.
Los ojos de Val la encontraron, y pareció reconocerla: tendió el brazo izquierdo
hacia ella desesperadamente. Pero, cuando intentó hablar, los únicos sonidos que
pudo producir fueron unos sollozos entrecortados por el dolor.
Maris se sintió desmayar. Le habían golpeado salvajemente en la cabeza y en
los hombros, el rostro del joven era una masa irreconocible de heridas y hematomas.
Un corte, a lo largo de la mejilla, le seguía sangrando, y tenía sangre seca sobre la

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camisa y la mandíbula. Cuando abrió la boca para intentar hablar, pudieron ver que
también tenía la boca ensangrentada.
—¡Val! —gritó S'Rella, sollozando.
Le tocó la frente. El joven se estremeció ante el roce y trató de decir algo.
Maris se acercó más. Val agarraba fuertemente a S'Rella con la
mano izquierda, atrayéndola hacia él. Pero el brazo derecho le colgaba a lo
largo del cuerpo. Y algo iba mal: en la sábana, bajo la extremidad, había sangre. El
ángulo que trazaba el brazo era imposible, y la chaqueta estaba desgarrada,
ensangrentada. Se arrodilló a la derecha de la cama y rozó suavemente el brazo. Val
se estremeció tan fuertemente que S'Rella saltó hacia atrás, aterrorizada. Sólo
entonces vio Maris el extremo del hueso, que sobresalía bajo la piel y la ropa.
Raggin las observaba desde la puerta.
—Tiene el brazo roto, no se lo toques —dijo, cooperativo—. Si lo haces, gritará.
Tendríais que haber oído el escándalo que armó mientras le subía aquí. Creo que
también tiene la pierna rota, pero no estoy seguro.
Val estaba quieto, pero respiraba en jadeos entrecortados por el dolor.
—¿Por qué no has llamado a un curandero? —preguntó bruscamente a Raggin
—. ¿Por qué no le has dado nada para el dolor?
Raggin dio un paso hacia atrás, sorprendido, como si aquellas ideas ni siquiera
se le hubieran pasado por la cabeza.
—Fui a buscaros, ¿no? ¿Quién va a pagar al curandero? Él no, seguro. No tiene
ni para empezar. He revisado sus cosas.
Maris apretó los puños e intentó contener la furia.
—Ve ahora mismo a buscar un curandero —ordenó—. No me importa si tienes
que correr quince kilómetros, hazlo muy de prisa. Si no lo haces, te juro que hablaré
con el Señor de la Tierra para que cierre este tugurio.
—Alados —gruñó el camarero—. Siempre imponiéndoos, ¿eh? De acuerdo, iré,
pero ¿quién pagará al curandero? Eso es lo que quiero saber, y él también querrá
saberlo.
—¡Maldita sea! —gritó Maris—. ¡Yo le pagaré, maldita sea, yo le pagaré! ¡Es
un alado! ¡Si no le curan bien los huesos, si no recibe cuida dos, nunca volverá a volar!
¡Date prisa!
Raggin le dirigió una última mirada recelosa, y se dirigió hacia la escalera. Maris
volvió junto al lecho de Val. El joven emitía sonidos entrecortados e intentaba moverse,
pero cada gesto le arrancaba un gemido de dolor.
—¿No podemos hacer nada por él? —preguntó S'Rella a Maris. —Sí —replicó la
alada—. Después de todo, esto es una taberna. Ve abajo y trae unas cuantas botellas.
Eso le calmará un poco el dolor hasta que llegue el curandero.
S'Rella asintió y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué traigo? —preguntó—. ¿Vino?
—No, necesitamos algo más fuerte. Busca un poco de coñac. O ese licor de
Poweet, ¿cómo se llama? Está hecho de cereales y patatas...
S'Rella asintió y se marchó. Volvió en seguida con tres botellas de licor de la
isla y un frasco sin identificar que despedía un profundo aroma.
—Es fuerte —comentó Maris.

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Lo probó ella misma, y luego dijo a S'Rella que levantara la cabeza de Val
mientras le vertía el líquido en la boca. El joven parecía muy dispuesto a cooperar, y sorbió
ansioso la bebida mientras las dos jóvenes se turnaban para administrársela.
Cuando por fin volvió Raggin con el curandero, una hora más tarde. Val ya había
perdido el conocimiento.
—Aquí tienes a tu curandero —dijo el camarero. Miró las botellas vacías en el suelo
y añadió—: También pagarás eso, alada.
Cuando el curandero le hubo entablillado a Val el brazo y la pierna —Raggin
estaba en lo cierto, también la tenía rota, aunque no de manera tan grave como el brazo
—, le dio un calmante, le curó las magulladuras de la cara y entregó a Maris una botella
llena de un líquido verdoso.
—Esto es mejor que el coñac —dijo—. Le quitará el dolor y le hará dormir.
Se marchó, dejando a Maris y a S'Rella a solas con Val.
—Han sido los alados, ¿verdad? —le preguntó llorosa cuando se sentaron juntas,
en la pequeña habitación, a la luz de la vela.
Un brazo y una pierna rotos, el otro lado intacto —dijo Maris, furiosa—. Sí, creo
que ha sido un alado. No creo que ninguno lo hiciera personalmente, pero se ha hecho
por encargo de un alado. —Con un repentino impulso, Maris se dirigió hacia el montón de
ropas ensangrentadas que le habían quitado a Val, y rebuscó entre ellas—. Mmm... Lo
que pensaba. El cuchillo ha desaparecido. Quizá se lo quitaron, o quizá lo tenía en la mano
y se le cayó.
Quienquiera que fuera, ojalá le haya hecho daño —dijo S'Rella—. ¿Crees que fue
Corm? Como mañana le iba a quitar las alas.
—Hoy —objetó Maris, mirando por la ventana. Las primeras luces del amanecer ya
resultaban visibles en el cielo oriental—. Pero no, no fue Corm. Corm estaría encantado
de destruir a Val si pudiera, pero lo haría legalmente, no así. Es demasiado orgulloso
como para recurrir a una paliza.
—Entonces, ¿quién?
Maris sacudió la cabeza.
—No lo sé, S'Rella. Una persona enferma, de eso no hay duda. Quizá un amigo de
Corm, o un amigo de Ari. Tal vez haya sido Arak. o alguno de sus amigos. Val tenía
muchos enemigos.
—Quería que viniese con él —dijo S'Rella. Se sentía culpable—. Pero yo elegí ir a
ver a Garth. Si le hubiera acompañado, como me pidió, quizá esto no habría sucedido.
—Si le hubieras acompañado —le interrumpió Maris—, lo más pro bable es que
ahora mismo estuvieras igual que él. S'Rella, querida, re cuerda esos pájaros que nos
dejaron clavados en la puerta. Querían decirnos algo. Tú también eres un-ala. —Volvió la
vista hacia las luces del alba—. Como yo. Quizá ya sea hora de que lo admita. Soy medio
alada, nunca seré más. —Sonrió a S'Rella—. Pero supongo que lo que importa es qué
mitad.
S'Rella parecía asombrada, pero Maris siguió hablando.
—Basta de charla. Aún quedan unas horas antes de que empiece la competición,
quiero que intentes dormir un poco. Hoy tienes que ganarte las alas, ¿recuerdas?
—No puedo —protestó S'Rella—. Hoy no.
—Especialmente, hoy —replicó Maris—. Quienquiera que haya hecho esto a Val,
estará encantado de saber que también te ha arrebatado las alas a ti. ¿Es eso lo que
quieres?
—No —dijo S'Rella.

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—Entonces, duerme.
Más tarde, mientras S'Rella dormía, Maris volvió a mirar por la ventana. El sol ya se
alzaba sobre el horizonte, con su redondo rostro rojo destacándose contra las oscuras
nubes. Iba a ser un buen día ventoso. Un buen día para volar.

La competición ya se estaba desarrollando cuando llegaron Maris y S'Rella. Se


habían retrasado en la taberna, cuando Raggin exigió que le pagaran inmediatamente la
factura de Val, y les costó un buen rato convencerle de que se le pagaría todo. Maris le hizo
prometer que atendería a todas las necesidades de Val, y que no permitiría que nadie más
subiera a la habitación.
Sena estaba en su puesto habitual, junto a los jueces, observando cómo los
primeros competidores volaban a través de los arcos. Maris envió a S'Rella a reunirse con
los demás alas de madera, y subió por el risco a toda velocidad. Sena se sintió aliviada al
verla.
—¡Maris! —exclamó—. Estaba preocupada, creí que algo iba mal. No sabíamos
dónde estabas. ¿Han venido contigo S'Rella y Val? Les tocará pronto. De hecho, el próximo
competidor será Sher.
—S'Rella está preparada para volar —respondió.
Luego le contó lo sucedido con Val. Al escucharla, la fuerza y la vitalidad parecieron
huir de la maestra. El ojo sano se le llenó de lágrimas, y se apoyó todavía más en el bastón.
De repente, parecía verdaderamente anciana.
—No podía creerlo —murmuró débilmente—. No podía... Ni después de esa terrible
amenaza de los pájaros, ni aun así... No les creía capaces de una cosa semejante. —Tenía
el rostro ceniciento—. Ayúdame, hija. Necesito sentarme.
Maris la rodeó con un brazo para sostenerla y la llevó hacia la mesa de los jueces.
Shalli levantó la vista hacia ellas, preocupada.
—¿Va todo bien?
—No —respondió Maris, acompañando a Sena hasta una silla—. Val no volará hoy.
—Miró alternativamente a todos los jueces—. Anoche le atacaron y le golpearon, en la
taberna donde se alojaba. Le han roto un brazo y una pierna.
Todos los jueces parecieron sobresaltados.
—¡Es terrible! —exclamó Shalli.
La oriental dejó escapar una maldición, el juez de las Islas Exteriores sacudió la
cabeza y el Señor de Skulny se levantó.
—Es intolerable. No consentiré que algo así suceda en mi isla. Encontraremos al
culpable, tienes mi palabra.
—Lo hizo un alado —dijo Maris—. O un alado pagó para que se lo hicieran. Le
rompieron el brazo derecho y la pierna derecha. Un-Ala. Ya entendéis.
Shalli frunció el entrecejo.
—Es una cosa terrible, Maris, pero un alado nunca haría algo así. Si estás intentando
decir que Corm...
—¿Tienes pruebas de que ha sido un alado? —la interrumpió la juez oriental.
—Conozco la taberna en la que se hospedaba Val Un-Ala —añadió el Señor de la
Tierra—. El Hacha de Hierro, ¿verdad? Mal lugar. Su propietario no es buena persona.
Puede haber sido cualquiera. Una pelea entre borrachos, un amante celoso... He tenido que
juzgar muchas de las cosas que han pasado allí.
Maris le miró.

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—No me importa tu palabra, nunca averiguarás quién ha sido —le dijo—. Pero no es
eso lo que me preocupa. Esta noche, quiero llevarle sus alas a Val.
—¿Sus... alas?
Me temo —intervino el juez del Archipiélago del Sur—, que tendrá que esperar al
año que viene y volver a intentarlo. Siento que le hayan herido cuando estaba tan cerca de
ganar.
¿Cerca? —Maris examinó la mesa y encontró la caja. La vació ante los jueces—.
Nueve guijarros negros contra uno blanco. Esto es más que cerca. Aunque hoy hubiera
perdido por cinco a nada, seguiría ganando.
No —negó Shalli, testaruda—. Corm merece una oportunidad. No permitiré que
hagas trampas contra él en favor de Un-Ala, por mu cha compasión que me inspire Val.
Corm es muy bueno en los arcos, podría ganar por diez a nada, dos guijarros de cada juez.
Y conservaría Jásalas.
—Diez a nada —repitió Maris—. No es muy probable.
—Es posible —insistió Shalli.
—Cierto —se adhirió la oriental — . No podemos dar la victoria a Un-Ala. No sería
justo para Corm, que lleva tantos años volando bien. Creo que deberíamos descalificar a
Val.
En la mesa, todos asentían, pero Maris se limitó a sonreír.
—Sabía que diríais eso. —Se puso las manos en las caderas, en actitud desafiante
—. Pero Val tendrá sus alas. Por suerte, hay un preceden te. Lo sentasteis vosotros mismos
anoche, con S'Rella y Garth. Que la puntuación siga como está, que continúe la
competición. Llamad a Corm.
»Yo volaré por Val.
Y sabía que no podrían negárselo.

Maris tomó sus alas y se unió al grupo de los competidores, impacientes y cada vez
más nerviosos.
Los arcos se habían erigido durante la noche, nueve estructuras de madera
firmemente clavadas en la arena, en una ruta que exigía una serie de difíciles giros y
maniobras. El primer arco, situado frente al risco de los alados, consistía en dos pértigas de
madera negra, de unos doce metros de alto, a veinte metros de distancia la una de la otra.
Fácil, pero el siguiente arco estaba a tan solo unos pocos metros playa abajo, no en línea
recta, sino a un lado, de manera que el alado tenía que virar rápidamente si quería
atravesarlo. Y el segundo arco era más pequeño, las pértigas eran un poco más bajas y
estaban un poco más juntas. Así seguía el resto de la ruta, trazando curvas y obligando a
maniobrar, cada uno de los arcos más pequeño que el anterior, hasta el noveno y último:
dos pértigas que apenas alzaban dos metros y medio del suelo, a una distancia de
exactamente seis metros y treinta centímetros. La envergadura de las alas era de seis
metros. Nadie había conseguido nunca volar a través de más de siete puertas. No era
sencillo: el récord de aquella mañana estaba en seis... Y lo había obtenido el increíble Lañe.
En esta prueba, los desafiantes solían volar en primer lugar. Se concedía al alado la
cortesía de saber qué puntuación tendría que superar. Con las alas en los hombros, Maris
contempló los intentos de los alas de madera.
Sher bajó en picado desde el risco de los alados hacia el primer arco. Pasó por poco
bajo la cuerda y giró rápidamente hacia el segundo, pero seguía descendiendo, de prisa,
demasiado de prisa. Asustado, el joven alas de madera se niveló rápidamente para evitar
estrellarse contra el suelo y, repentinamente, empezó a elevarse. En vez de atravesar el

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segundo arco, pasó por encima. El alado al que Sher desafiaba sólo consiguió cruzar dos
arcos, pero fue suficiente para garantizar la victoria.
Leya, que había estado atento a la estrategia de Sher, eligió otra diferente. Saltó del
risco y describió un amplio círculo sobre la playa, y fue descendiendo gradualmente hasta
atravesar el primer arco nivelado, en vez de descendiendo. Empezó a girar mucho antes de
cruzarlo, así que lo que hizo en realidad fue girar graciosamente entre las pértigas, ya
dirigiéndose hacia el segundo arco. También lo atravesó limpiamente, otra vez empezando
pronto la maniobra de giro, pero esta vez fue un viraje más brusco, más peligroso, hacia
arriba. Leya lo hizo bastante bien y consiguió cruzar el tercer arco, pero ya no tenía nada
que hacer. Voló tranquilamente hacia el mar, errando el cuarto arco por un amplio margen.
De todos modos, algunos espectadores aplaudieron, y su rival sólo pudo cruzar dos arcos
antes de aterrizar bruscamente en la arena. Leya obtenía así su primera victoria, aunque no
bastaba para conseguir las alas.
La voceadora anunció a Damen y a Arak. Los dos tuvieron problemas. Damen
atravesó los arcos demasiado de prisa, y tras el segundo no se recuperó a tiempo para
cruzar el tercero. Arak pasó a través del segundo arco a demasiada altura: la punta
de un ala rozó la cuerda, y aquello bastó para desequilibrarle y para que perdiera el
rumbo. Pero, incluso con el empate a dos puertas, Arak conservaba las alas por un
amplio margen.
Sorprendentemente, también Kerr consiguió el empate. Al igual que Leya,
cruzó el primer arco nivelado y ya iniciando el giro, y cruzó el segundo con facilidad.
Pero, al igual que Leya, tuvo problemas al girar hacia el tercero. Y, a diferencia de
Leya, no lo superó. Tropezó y aterrizó en la arena a pocos metros del arco, y los
chiquillos atados a la tierra corrieron hacia él para ayudarle con las alas. Jon de Culhall
intentó mantenerse a más altura para no sufrir la misma suerte de Kerr, pero pasó
por encima del tercer arco, y muy a la derecha.
— ¡Corm de Amberly Menor! —anunció la voceadora—. ¡Val Un-Ala, Val de Arren
Sur! —Siguió una breve pausa—. ¡Maris de Amberly Menor volará en lugar de Val. Maris de
Amberly Menor!
La joven estaba en pie, en el risco de los alados, mientras los ayudantes le
desplegaban las alas y encajaban cada montante en su sitio. A pocos metros, lo mismo
sucedía con Corm. Le miró, y los ojos de Maris se encontraron con los del hombre, oscuros
y ardientes.
—Maris Un-Ala —dijo con amargura—. En eso te has convertido. Me alegro de que
Russ no haya vivido para verte.
—Russ estaría orgulloso —le respondió furiosa y sabiendo que Corm quería
enfurecerla.
La ira implicaba imprecisión, y aquélla era la única esperanza del alado. Siete años
antes, Maris le había derrotado en una carrera mucho menos civilizada. Confiaba en poder
repetir la hazaña. Precisión, control, reflejos y sentido del viento: era todo lo que hacía
falta, y Maris lo tenía en abundancia.
Tenía las alas extendidas y tensas, el metal se mecía suavemente a impulsos del
viento. Maris estaba tranquila y segura de sí misma. Puso las manos en los asideros de
las alas, echó a correr, saltó y se remontó. Se elevó más, y más. y más, hizo un bucle por
el simple placer de hacerlo. Luego bajó en picado, deslizándose en el aire, cabalgando y
utilizando las ráfagas y las corrientes, dirigiéndose hacia los arcos. Hizo un giro cerrado al
cruzar el primer arco, con las alas describiendo una línea plateada entre la cúspide de una
pértiga y la base de la otra. Se estabilizó con elegancia, y cruzó fluidamente el segundo
arco. Lo que importaba era la sensación, el amor, no la idea. Era instinto, reflejos y
conocer el viento, y Maris era el viento. Ahora venía el tercer arco, con el difícil giro hacia
arriba, pero lo cruzó con facilidad, rápida, limpiamente. Luego hizo un correcto rizo sobre
el agua y salió de él en el ángulo exacto para atravesar el cuarto arco, y también lo hizo,
y el quinto requería un amplio y perezoso giro en descenso, y el sexto estaba justo

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delante, no en un ángulo difícil, pero sí preciso, así que descendió un poco y planeó sobre
la arena, con las alas extendidas y tensas, y los espectadores gritaban y la aclamaban.
Todo terminó en un instante.
Cuando el sexto arco se alzaba ante ella entró en una plomada, una repentina
bolsa fría que no tenía ningún derecho a estar allí. La atrapó y la retuvo sólo un momento,
pero fue suficiente para que las alas rozaran la arena, y luego las piernas, y se detuvo
bruscamente justo a la entrada del arco.
Una chiquilla rubia corrió hacia ella y la ayudó a levantarse, antes de empezar a
plegarle las alas. Maris, feliz, respiraba entrecortadamente. Cinco, habían sido cinco. No
era la mejor puntuación del día, pero sí una buena puntuación, y más que suficiente.
Corm perdía ante Val por tanta diferencia que no le bastaría con derrotarla. Tenía que
humillarla, aplastarla, conseguir dos guijarros de cada juez. Y no podría hacerlo.
Él también lo sabía. Voló sin poner el corazón, y ni siquiera se acercó al resultado.
Falló en el cuarto arco. Era una victoria decisiva para ella, para Val. Mientras caminaba
por la playa, con las alas al hombro, estaba rebosante de alegría.
Los gritos de los voceadores recorrieron la playa. S'Rella estaba al borde del
precipicio, con el sol reflejándose en el brillante metal de las alas. Tras ella, Maris alcanzó
a ver a la esbelta y morena Jirel de Skulny.
S'Rella saltó, y Maris se quedó allí de pie, mirándola. Su corazón volaba con ella,
lleno, lleno de esperanza. S'Rella giró y trazó un círculo, una aproximación racional, en
vez de la intuitiva velocidad que había utilizado Maris. Descendió planeando suavemente,
como habían hecho Leya y Kerr en sus respectivos turnos. A través del primer arco,
girando, nivelándose, virando ya en dirección contraria —Maris contuvo el aliento durante
un minuto— y a través del segundo, y ahora un giro muy, muy cerrado hacia arriba, un
viraje imposible, como si el mismo viento hubiera cambiado de dirección a sus órdenes, y a
través del tercer arco, todavía controlando la situación, y otro giro cerrado y ya estaba
cruzando el cuarto —la gente empezaba a levantarse y a gritar— y el quinto le resultó tan
sencillo como a Maris, y ahora era al sexto al que se acercaba, al sexto, en el que ella
había fallado, y las alas le temblaban un poco pero volvía a estabilizarlas mientras se
acercaba, a un poco más de altura que su amiga, y la bolsa de aire frío la afectaba sin
llegar a derribarla, y entonces también cruzaba el sexto arco —gritos por todas partes—
y el séptimo exigía un viraje en una fracción de segundo, y S'Rella también lo hacía, y
volaba hacia el octavo...
...Y era demasiado estrecho, las pértigas estaban demasiado juntas, y S'Rella iba
un milímetro desviada. El ala izquierda se estrelló contra la pértiga, y cayeron juntas, y la
joven quedó tendida en el suelo.
Y Maris sólo fue una entre las docenas de personas que corrían hacia ella.
Cuando llegó a su lado, S'Rella estaba sentada, jadeante, riéndose, rodeada de
atados a la tierra que la colmaban de alabanzas y felicitaciones. Los chiquillos se
arremolinaban en torno a ella para tocarle las alas. Pero S'Rella, con el rostro enrojecido
por el viento, no podía dejar de reír.
Maris se abrió paso entre la multitud y la abrazó, y S'Rella seguía riendo.
—¿Estás bien? —preguntó Maris, alejándola un poco de ella para verla
mejor. S'Rella asintió sin dejar de reír—. Entonces, ¿qué...?
La jovencita se señaló un ala, el ala que había golpeado el arco. El tejido,
prácticamente indestructible, estaba intacto, pero uno de los montantes se había
roto.
—Esto se arregla fácilmente —dijo Maris tras examinarlo—. No pasa nada.

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—¿No lo entiendes? —dijo S'Rella, poniéndose en pie de un salto. El ala


derecha estaba tensa, resplandeciente, pero la izquierda colgaba inerte y rota, el
tejido plateado barría la arena.
Maris la miró y se echó a reír.
—Un-Ala —dijo débilmente.
Se abrazaron la una a la otra sin dejar de reír.

—Jirel no te ha dejado mal —dijo Maris a Garth aquella noche, cuando se


sentó junto a él al lado de la chimenea. Su amigo estaba animado, tenía mejor
aspecto y volvía a beber cerveza—. Fue una sustituía admirable, cruzó cinco arcos tan
bien como yo. Pero claro, cinco no son siete, y no fue suficiente. Ni siquiera el Señor
de la Tierra pudo votar por un empate.
—Bien —asintió Garth—. S'Rella se merece las alas. Me gusta esa chiquilla.
Oblígala a prometerte que vendrá a verme pronto.
Maris sonrió.
—Lo haré —respondió—. Siente no haber venido esta noche, pero quería ir a
ver a Val. Yo también iré cuando me marche de aquí. No me gusta, pero...
Suspiró.
Garth bebió un buen trago de cerveza y contempló el fuego durante un largo
momento.
—Lo siento por Corm —dijo—. Nunca me gustó, pero volaba bien.
—Tranquilo —le respondió Maris—. Está deprimido, pero se recuperará. El
embarazo de Shalli pronto será demasiado avanzado para que vuele, así que Corm
podrá usar las alas unos cuantos meses, y si le conozco bien convencerá a Shalli para
que las comparta con él incluso después de que nazca el bebé. Y el año que viene,
podrá desafiar a alguien. No a Val. desde luego. Corm es más inteligente que todo
eso. Apuesto a que nombrará a alguien como Jon de Culhall.
—Ah —la interrumpió Garth—. Si los malditos curanderos me devuelven la
salud, puede que yo mismo desafíe a Jon.
— Será un candidato muy apetecible para el año que viene, seguro —convino
Maris—. Incluso Kerr quiere tener otra oportunidad contra él. Pero dudo que Sena
vuelva a avalarle hasta que no esté un poco más seguro en el aire. Con la doble
victoria de S'Rella y Val, Alas de Madera vuelve a estar a salvo. Pronto habrá más
estudiantes de los necesarios. — Maris dejó escapar una risita—. Pero Corm y tú no
sois los únicos alados que se han quedado en tierra. Bari de Poweet perdió las alas en
un desafío de fuera de la familia, y Gran Hará ha tenido que entregarlas a su propia
hija.
—Una bandada de ex alados — rió Garth.
—Y muchos un-ala —añadió Maris, sonriendo—. El mundo está cambiando,
Garth. Antes sólo había alados y atados a la tierra.
—Sí —asintió él, sirviéndose más cerveza—. Pero tú lo liaste todo. Atados a la
tierra volando, alados en tierra... ¿Cómo acabará esto?
—No lo sé —respondió Maris. Se levantó—. Me quedaría toda la noche, pero
tengo que hablar con Val. Y hace demasiado tiempo que no estoy en Amberly. Con
Shalli en estado y Corm sin alas, el Señor de la Tierra me matará a trabajar. Pero
encontraré tiempo para visitarte, te lo prometo.
—Gracias. —Le dedicó una sonrisa—. Vuela bien.

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Cuando Maris se marchó, Garth pedía a gritos otra cerveza a Riesa.

Val estaba reclinado en la cama. Tenía la cabeza un poco levantada para poder
comer, se llevaba cucharadas de sopa a la boca con la mano izquierda. S'Rella,
sentada a su lado, le sostenía el cuenco. Cuando Maris entró, los dos alzaron la vista.
La mano de Val tembló, y se derramó una cucharada de sopa caliente sobre el pecho
desnudo. Dejó escapar una maldición, y S'Rella le ayudó a limpiarse.
—Val —saludó Maris con un gesto. Junto a la puerta, en el suelo, depositó las
alas que llevaba en la mano, las que una vez habían pertenecido a Corm de Amberly
Menor—. Tus alas.
La hinchazón del rostro del joven empezaba a desaparecer, y sus rasgos
volvían a ser reconocibles, aunque el labio tumefacto le daba una expresión extraña.
—S'Rella me ha contado lo que hiciste —dijo con dificultad—. Su pongo que
ahora querrás que te lo agradezca.
Maris se cruzó de brazos y esperó.
—Fueron tus amigos alados, los que me hicieron esto, ya lo sabes —siguió — .
Si los huesos sueldan mal, jamás podré usar esas malditas alas que me has
conseguido. Y, aunque me cure, nunca volaré tan bien como antes.
—Lo sé —respondió Maris—, y lo siento. Pero no fueron mis amigos los que te
hicieron esto. Val. No todos los alados son amigos míos. Y no todos son enemigos
tuyos.
—Estuviste en la fiesta —señaló Val. Maris asintió.
—No será fácil, en gran parte por culpa tuya. Recházales si quieres, ódiales a
todos. O descubre a aquellos que merecen la pena. Depende de ti.
—Te diré a quién voy a descubrir —replicó Val—. Voy a descubrir a los que me
han hecho esto, y luego voy a descubrir al que los envió.
—Sí —dijo Maris—. ¿Y luego?
—S'Rella encontró mi cuchillo —dijo sencillamente el joven — . Anoche lo dejé
caer entre los arbustos. Pero antes corté a uno de mis atacantes, a una mujer. La
reconoceré por la cicatriz.
—¿Adonde irás cuando te repongas? —preguntó Maris. El repentino cambio de
tema cogió desprevenido a Val.
—Había pensado en Colmillo de Mar. Me han dicho que la Señora de la Tierra
está desesperada por tener un alado. Pero, según S'Rella, el Señor de Skulny también
lo está deseando. Hablaré con los dos para ver qué tienen que ofrecer.
—Val de Colmillo de Mar —dijo Maris—. Suena bien.
—Siempre seré Un-Ala — replicó —. Y quizá tú también.
—Medio alada —convino— Como tú. Pero, ¿qué mitad? Puedes conseguir que un
Señor de la Tierra te pague más por tus servicios. Val. Los alados te despreciarán por
ello, al menos la mayoría. Quizá algunos de los más jóvenes e influenciables te imiten,
y sentiría mucho verlo. También puedes llevar ese cuchillo que te regaló tu padre
cuando vueles, aunque así violes una de las más antiguas y sabias leyes. Es una cosa
sin importancia, una tradición. Los alados te despreciarán, pero ninguno hará nada.
Pero puedo asegurarte que, si encuentras al que te mandó golpear y le matas con ese
mismo cuchillo, dejarás de ser Un-Ala. Los alados te declararán fuera de la ley y te
despojarán de las alas, y ningún Señor de Windhaven te aceptará en su isla ni te
permitirá aterrizar, por mucho que necesite a un alado.
—¿Me estás pidiendo que olvide? ¿Que olvide esto?

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Refugio del viento

—No —respondió Maris—. Encuéntrales y llévales ante el Señor de la Tierra, o


convoca un tribunal de alados. Que sea tu enemigo el que pierda las alas, el hogar y
la vida, no tú. ¿Te parece mala alternativa?
Val sonrió, y Maris descubrió que también había perdido algunos dientes.
—No —dijo—. Casi me gusta.
—Depende de ti. No volarás en una buena temporada, así que tendrás tiempo
para pensarlo. Creo que eres suficientemente inteligente como para aprovechar bien
ese tiempo. —Miró a S'Rella—. Tengo que volver a Amberly Menor. Si vas a volar hacia
el Archipiélago del Sur. te cae de camino. ¿Quieres volar conmigo, y pasar un día en mi
casa?
S'Rella asintió rápidamente.
—Sí, me encantaría... Siempre y cuando Val esté bien.
—Los alados tienen crédito ilimitado —intervino el joven—. Si le prometo
suficiente hierro a Raggin. me cuidará como una madre.
—Entonces, me marcharé —decidió S'Rella—. Pero volveremos a vernos,
¿verdad. Val? Ahora, los dos tenemos alas.
—Sí —asintió él —. Vuela con los tuyos. Yo volaré con los míos. S'Rella le besó y
cruzó la habitación hacia donde aguardaba Maris.
Las dos se dirigieron a la puerta.
—¡Maris! —llamó repentinamente Val.
La alada se dio la vuelta ante el sonido de la voz, justo a tiempo para ver cómo
él buscaba algo trabajosamente bajo la almohada con la mano izquierda, y luego la
sacaba con increíble velocidad. El largo cuchillo rasgó el aire y chocó contra el marco de
la puerta, a escasos centímetros del rostro de Maris. Pero era un instrumento de
obsidiana, ornamental, brillante, negro, afilado y frágil. El golpe lo hizo pedazos.
Maris debió parecer aterrorizada, porque Val sonrió.
—No era de mi padre —dijo—. Mi padre nunca tuvo nada. Se lo robé a Arak. —
Los ojos de los dos se encontraron, y Val dejó escapar una dolorosa carcajada—. ¿Te
importa librarme de él, Un-Ala?
Maris sonrió y se agachó para recoger los pedazos.

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Tercera parte

La caída
Envejeció en menos de un minuto.
Cuando Maris se alejó del Señor de la Tierra de Thayos, todavía era joven. Salió
por el camino subterráneo que llevaba desde su aislada fortaleza hasta el mar. Era un
túnel húmedo y triste que atravesaba la montaña. Caminó con paso ligero, un cirio en la
mano y las alas plegadas a la espalda, acompañada por el eco y el lento gotear del agua.
El suelo del túnel estaba prácticamente anegado por los charcos, y el agua empapaba las
botas de la alada. Maris estaba ansiosa por llegar al exterior.
Hasta que no salió al crepúsculo, al otro lado de la montaña, Maris no vio el cielo.
Estaba teñido de un color púrpura oscuro y amenazador, de un violeta tan lúgubre que era
casi negro. El color de un mal golpe, lleno de sangre y dolor. El viento era frío y caótico.
Maris podía saborear la ira que iba a desencadenarse, podía verla en las nubes. Se detuvo
al pie de los gastados escalones que llevaban hasta el acantilado y, por un momento
consideró la posibilidad de dar media vuelta, pasar la noche en el refugio y posponer el
vuelo hasta el amanecer.
Se cansaba con sólo pensar en el largo camino de vuelta por el túnel. Y, además, no
le gustaba aquel lugar. Thayos le parecía una tierra oscura y amarga, su Señor era un
hombre demasiado rudo que apenas disimulaba su brutalidad bajo la capa de cortesía que
requería el trato entre un Señor de la Tierra y un alado. El mensaje que le había
encomendado llevar pesaba mucho sobre Maris. Las palabras eran furiosas, codiciosas,
llenas de amenaza de guerra. Maris ansiaba poder entregarlo y olvidarlo para librarse del
peso lo antes posible.
Así que apagó el cirio y subió ágilmente la escalera a zancadas largas e impacientes.
Tenía arrugas en el rostro y hebras grises en el pelo, pero seguía siendo tan rápida y
vigorosa como al cumplir veinte años.
Los escalones terminaban en una amplia plataforma de piedra que se alzaba
sobre el mar. Maris desplegó las alas. Éstas captaron el viento y la hicieron balancearse
mientras terminaba de colocar los montantes en sus sitios. El tenebroso color púrpura
de la tormenta daba un tono oscuro al metal plateado, y los rayos del sol poniente lo
surcaban de luminosas vetas rojizas, semejantes a heridas frescas que todavía rezumaban
sangre. Maris se apresuró. Quería adelantarse a la tormenta y utilizar los primeros
vientos para ganar velocidad. Se ajustó las correas, comprobó por última vez las alas y
asió con las manos los familiares agarraderos. Con dos pasos rápidos, se lanzó del risco,
igual que había hecho antes en incontables ocasiones. El viento era su antiguo y
verdadero amante. Se ciñó a su abrazo y voló.
Vio un relámpago en el horizonte y un rayo bifurcado en tres ramales en el
cielo del Este. Luego el viento la trató con delicadeza, haciendo que descendiera,
aminorando la velocidad, haciéndola virar en busca de una corriente más fuerte. Hasta
que la tormenta la golpeó tan repentinamente como el restallar de un látigo. El viento
sopló procedente de la nada, con fuerza terrible. Y, mientras luchaba por remontarse
con él, cambió de dirección. Luego lo hizo una segunda vez, y una tercera. La lluvia le
azotaba el rostro, el relámpago la cegaba y un sonido furioso empezó a golpearle en
los oídos.
La tormenta la echó hacia atrás antes de voltearla como si fuera un juguete.
Maris no tenía más opciones ni oportunidades que una hoja de árbol en medio de un
huracán. El viento la abofeteó, la arrastró de un lado a otro, hasta que estuvo
mareada y confundida. Entonces se dio cuenta de que caía. Miró por encima del
hombro y se dio cuenta de que la montaña se precipitaba hacia ella, toda pared de
piedra, lisa y húmeda. Intentó alejarse, pero sólo consiguió dar media vuelta y
enfrentarse de cara al fiero abrazo del viento. El ala izquierda barrió la roca y se
destrozó contra ella. Maris gritó y cayó de lado, con un ala inútil. La lluvia la cegaba. La
tormenta la tenía entre sus fauces asesinas y, con un último resto de consciencia,
Maris comprendió que aquello era la muerte.
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Refugio del viento

El mar la cogió, la rompió y la rechazó. La encontraron a última hora del día


siguiente, destrozada e inconsciente, pero todavía viva, en una playa rocosa, a tres
kilómetros de la plataforma de los alados de Thayos.
Cuando Maris despertó, días más tarde, era una anciana.

Apenas estuvo poco más que semiinconsciente durante la primera semana, y


recordaba muy poco de lo que pasó después. Dolor cuando se movía y cuando estaba
quieta. Dormir y despertar. Pasó casi todo el tiempo durmiendo, y los sueños le
parecían tan reales como el constante dolor. Caminaba por largos túneles
subterráneos, caminaba hasta que las piernas le dolían horriblemente, sin encontrar
nunca los escalones que la llevarían al cielo. Caía eternamente en aire quieto,
inútiles su fuerza y su pericia en un cielo sin vientos. Se presentaba ante un Consejo
compuesto por centenares de miembros, pero cuando hablaba lo hacía con palabras
confusas e inaudibles, y nadie le prestaba atención. Hacía calor, un calor espantoso, y
no podía moverse. Alguien le había quitado las alas y la había atado de pies y manos.
Se esforzaba en moverse, en hablar. Tenía que volar hacia alguna parte con un
mensaje urgente. Estaba inmovilizada, muda, y no sabía si ¡o que tenía en las
mejillas eran lágrimas o gotas de lluvia. Alguien le secó el rostro y la obligó a beber un
líquido espeso y amargo.
En algún momento, Maris comprendió que estaba tendida en una gran cama,
cerca de una chimenea en la que siempre brillaba un fuego resplandeciente, y que la
cubrían pesadas capas de pieles y mantas. Sentía calor, un calor terrible, y se
esforzaba en apartar las mantas sin conseguirlo.
Parecía haber gente entrando y saliendo de la habitación. Pudo reconocer
algunas figuras, eran amigos suyos, pero no le hacían caso cuando rogaba que le
apartaran las mantas. No la oían, pero a menudo se sentaban a los pies de la cama y
le hablaban. Hablaban de cosas ocurridas mucho tiempo atrás como si fueran del
presente. Aquello la confundía, pero lo cierto era que todo le parecía confuso. Y le
alegraba tener cerca a sus amigos.
Y apareció Coll, entonando sus canciones, y con él vino Barrion. Barrion, el de
la sonrisa fácil y la voz profunda y sonora. La anciana y tullida Sena se sentaba al
borde de la cama sin decir palabra. Cuervo apareció una vez, vestido de negro, con
un aspecto tan audaz y hermoso que el corazón de Maris volvió a estremecerse de
silencioso amor por él. Garth le trajo kivas cálido y humeante, y le contó chistes hasta
que Maris se rió y olvidó beber. Val Un-Ala observaba desde el umbral, con el rostro
tan inexpresivo como siempre. S'Rella, su querida amiga, acudía a menudo, y
hablaban de los viejos tiempos. Y Dorrel, su primer amor, que seguía siendo uno de
sus mejores amigos, venía una y otra vez. Su presencia era un consuelo constante
para el dolor y la confusión. También aparecieron otros: antiguos amantes a los que
nunca creyó volver a ver acudían ante ella para hablarle, suplicarle, acusarla y acabar
desapareciendo, dejando sin respuesta todas las preguntas de Maris. También
apareció el gordo y rubio T'mar, trayendo presentes que había tallado en piedra, y
Halland el bardo, fuerte, de barba negra, con el mismo aspecto que tenía cuando
vivieron juntos en Amberly Menor. Entonces recordó que Halland se había perdido en
el océano, y las lágrimas le empañaron la visión.
También tuvo otro visitante, un hombre que a Maris le resultaba desconocido y
que, sin embargo, no lo era. Recordaba el tacto de aquellas manos firmes y gentiles, y
el sonido de la voz casi musical cuando pronunciaba su nombre. A diferencia de los
demás visitantes, éste se acercaba a ella, le levantaba la cabeza y la alimentaba con
gachas de leche caliente, infusiones de té y una poción espesa y amarga que la hacía
dormir. No recordaba cuándo ni dónde le había conocido, pero se ale graba de verle.
Era delgado y pequeño, pero nervudo. La pálida piel se le tensaba sobre los huesos del
rostro, moteado por la edad. El fino pelo blanco le nacía desde una frente amplia. Sus
ojos, debajo de unas cejas prominentes y rodeados por una intrincada red de

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arruguillas. eran de un azul brillante. Pero, pese a que venía tan a menudo, y
evidentemente la conocía, Maris no conseguía recordar su nombre.
En una ocasión, mientras estaba a su lado y la examinaba, Maris pugnó por
salir del sopor y le dijo que tenía mucho calor, le pidió que retirara las mantas.
Él negó con la cabeza.
—Tienes fiebre —dijo—. El cuarto es frío, y estás muy enferma. Necesitas el calor de
las mantas.
Sorprendida de que un fantasma respondiera al fin, Maris luchó por sentarse para
verle mejor. Su cuerpo respondió con lentitud, y un dolor lacerante se abrió paso por el
costado izquierdo.
—Con calma —dijo el hombre, poniéndole los dedos frescos sobre la frente—. No
te podrás mover hasta que no se suelden los huesos. Ahora, bebe esto.
Le levantó la cabeza y le puso en los labios el borde delgado y suave de una taza.
Maris saboreó la familiar amargura y tragó, obediente. La tensión y el dolor parecieron
ceder a medida que volvía a recostar la cabeza en la almohada.
—Duerme, y no te preocupes por nada.
— ¿Quién...? —consiguió decir con dificultad.
—Me llamo Evan. Soy curandero. Llevas semanas bajo mis cuidados. Estás
recuperándote, pero todavía sigues muy débil. Ahora debes dormir e intentar recuperar
fuerzas.
—Semanas.
La palabra le asustaba. Debía de estar muy mal, tener unas heridas terribles, para
llevar semanas en casa de un curandero.
—¿D-dónde?
El hombre le puso los delgados y fuertes dedos sobre la boca para silenciarla.
—En Thayos. Y se acabaron las preguntas por ahora. Más tarde, te lo contaré
todo, cuando te hayas repuesto un poco. Ahora duerme, deja que tu cuerpo se cure.
Maris dejó de luchar con el sueño que la invadía. Le había dicho que se estaba
curando y que debía conservar las fuerzas. Mientras se sumergía en el sueño, deseó no
volver a soñar otra vez con la breve pero terrible lucha que sostuvo contra la tempestad,
ni con la espantosa caída en que concluyó.

Más tarde, cuando despertó, el mundo estaba en tinieblas, y sólo quedaban los
rescoldos de la hoguera para dar forma a las sombras. En cuanto se agitó ligeramente en
la cama, Evan estuvo allí. Removió las brasas para dar nueva vida al fuego, le tocó la
frente y se sentó en la cama con gesto de satisfacción.
—La fiebre ha cedido, pero todavía no estás curada del todo. Sé que quieres
moverte y que te costará mucho quedarte en la cama, pero tienes que hacerlo. Aún estás
muy débil, y tu cuerpo sanará mejor y más de prisa si no abusas de él. Si no te quedas
quieta, tendré que darte más tesis.
—¿Tesis?
Su propia voz le sonaba extraña en los oídos. Tosió, intentando aclararse la
garganta.
—La bebida amarga que sosiega el cuerpo y la mente para atraer el sueño. Es una
poción muy útil, está hecha con hierbas curativas. Pero, si se toma en exceso, puede
convertirse en un veneno. Te he dado más de la que sería deseable para que te
mantuvieras inmóvil. Las ataduras físicas no habrían servido de nada. Habrías luchado y

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forcejado para liberarte. No habrían dejado que las partes heridas descansaran y se
curaran. Cuando bebes la tesis, te hundes en el sueño tranquilo, curativo e indoloro que
necesitas. Pero no quiero darte más. Tendrás dolores, pero creo que podrás
soportarlos. Si no puedes, te daré más poción. ¿Lo has comprendido, Maris?
Ella le miró a los luminosos ojos azules.
—Sí —dijo—. Lo he comprendido. Y lo recordaré, procuraré mantenerme inmóvil.
El curandero sonrió, y la sonrisa pareció rejuvenecerle el rostro.
—Yo te lo recordaré. Estás acostumbrada a una vida de actividad y movimiento, a
viajar de un sitio a otro constantemente. Pero no puedes ir a ninguna parte a recuperar
tus fuerzas. Tienes que esperar a que vuelvan a ti, tumbada aquí todo lo pacientemente
que puedas.
Maris empezó a mover la cabeza, poniéndola a prueba mientras notaba un dolor
adormecido en todo el lado izquierdo.
—Nunca he sido muy paciente.
—No, pero tengo entendido que estás dotada de una gran fuerza de voluntad.
Utiliza esa voluntad para permanecer inmóvil, y te recuperarás.
—Tienes que decirme la verdad —pidió Maris.
Le miró a la cara, intentando leer en ella la respuesta. Sentía que el miedo le
recorría el cuerpo como un frío veneno. Añoraba la fuerza necesaria para sentarse, para
mirarse los brazos y las piernas.
—Te diré lo que sé —concedió Evan.
Maris advirtió que el miedo le atenazaba la garganta, y apenas pudo hablar. Las
palabras acudieron en un susurro.
— ¿E-estoy muy mal?
Cerró los ojos. Ahora tenía miedo de leer la respuesta en su rostro.
—Estabas terriblemente lesionada, pero viva. —Le tocó la mejilla para obligarla a
abrir los ojos—. Te rompiste las dos piernas en la caída, la izquierda por cuatro sitios. Las
entablillé, y parecen estar soldando bien. No tan rápidamente como lo harían si fueras
más joven, pero creo que volverás a caminar sin cojera alguna. El brazo izquierdo estaba
destrozado, y las astillas asomaban a través de la carne. Pensé que tendría que
amputarlo, pero no fue necesario. —Le presionó los dedos contra los labios, como si fuera
un beso, y luego los retiró—. Te lo limpié con esencia de la flor del fuego y con otras
hierbas. Lo tendrás rígido durante mucho tiempo, pero no creo que haya ningún nervio
dañado. Así que, con tiempo y ejercicio, volverá a ser tan fuerte y útil como antes. En la
caída te rompiste también dos costillas, y te golpeaste la cabeza contra las rocas.
Estuviste inconsciente tres días mientras te cuidaba. No sabía si llegarías a despertar.
—Sólo tres miembros rotos. No fue tan mal aterrizaje, después de todo. —
Frunció el ceño—. El mensaje...
Evan asintió con la cabeza.
—Lo repetías una y otra vez en el delirio, como si fuera un cántico, decidida a
entregarlo. Pero no te preocupes. El Señor de la Tierra fue informado del accidente, y
ya ha enviado el mismo mensaje al Señor de Thrane con otro alado.
—Naturalmente —murmuró Maris.
Sintió que se le quitaba de encima un peso que ni siquiera sabía que tenía.
—Un mensaje tan urgente —dijo Evan con amargura en la voz—, no podía
esperar a que el tiempo fuera más adecuado para el vuelo. Te en vió a la tormenta, al

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desastre. Pudo ser tu muerte. Aún no se ha declara do la guerra, pero ya empieza a


cobrarse vidas humanas.
Su amargura incomodaba a Maris más que el que hablase de la guerra. Esto
último sólo la intrigaba.
—Evan —dijo con gentileza—, el alado elige cuándo tiene que volar. El Señor de
la Tierra no tiene poder sobre nosotros, haya o no haya guerra. Fueron mis deseos de
salir de tu desolada isla los que me hicieron salir pese al mal tiempo.
—Y, ahora, mi desolada isla es tu hogar por un tiempo.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto falta para que pueda volver a volar? El
curandero la miró sin decir palabra.
Y, de pronto, a Maris se le ocurrió lo peor.
¡Mis alas! —gritó, intentando incorporarse—. ¿Se han perdido? Rápidamente,
Evan le puso las manos en los hombros.
¡Quédate quieta!
Los ojos azules le relampagueaban.
—Lo olvidé —susurró Maris—. Me quedaré quieta. —El cuerpo le latía
dolorosamente a causa del esfuerzo—. Por favor... ¿Mis alas?
—Las tengo aquí —dijo Evan agitando la cabeza—. Alados. Debí suponerlo. Ya
he curado a otros. Tenía que haberlas colgado sobre la cama para que fueran lo
primero que vieses. El Señor de la Tierra quería llevárselas para arreglarlas, pero yo
insistí en que me las dejara. Te las traeré para que las veas.
Desapareció en la habitación contigua y volvió a los pocos minutos, con las alas
en los brazos.
Estaban rotas, hechas un amasijo de metal, y mal dobladas. El tejido metálico
de las alas era prácticamente indestructible, pero los montantes de sujeción eran de
metal corriente. Maris vio que varios estaban astillados y el resto doblados,
grotescamente retorcidos. El brillante tejido plateado estaba sucio por varios sitios. En
las inseguras manos de Evan, parecían una ruina sin esperanza.
Pero Maris sabía que no. No se habían perdido en el mar. Podría reconstruirlas.
Su corazón dejó escapar un suspiro de alivio. Para ella, significaban la vida. Volvería a
volar.
—Gracias —dijo, intentando no llorar.
Evan colgó las alas en la pared situada frente al pie de la cama, donde Maris podía
verlas sin moverse. A continuación, se dirigió a ella.
—Costará más tiempo y trabajo reparar tu cuerpo que las alas. Mucho más de lo
que quisieras. No será cosa de semanas. Más bien de meses, de muchos meses, y ni
siquiera así puedo prometerte nada. Tenías los huesos destrozados y los músculos
desgarrados. A tu edad, no es probable que recuperes todo el vigor que tenías antes.
Volverás a caminar, pero volar...
—Volaré. Las piernas, las costillas y el brazo sanarán —dijo Maris con tranquilidad.
—Sí, con el tiempo, espero que sanen. Pero puede que eso no sea suficiente. —Se
acercó a ella, y Maris vio la preocupación reflejada en su rostro—. La lesión de la
cabeza... Puedes haber perdido visión, o sentido del equilibrio.
— ¡Cállate! — gritó Maris—. Por favor...
Las lágrimas afloraron a sus ojos.
—Todavía es demasiado pronto para saberlo. Lo siento. —El curandero le acarició
las mejillas y se las secó—. Necesitas descanso y esperanza, no preocupaciones. Necesitas

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tiempo para recuperar las fuerzas. Volverás a ponerte las alas, pero no antes de que
estés preparada, no antes de que yo diga que estás preparada.
—Un curandero atado a la tierra enseñando a un alado cuándo debe volar —dijo
Maris con ceño burlón.

Aunque podría lamentarlo, una temporada de inactividad forzosa no era algo


que Maris disfrutase. A medida que transcurrían los días, empezó a pasar más tiempo
despierta, y a reposar cada vez menos. Evan pasaba a su lado la mayor parte del día,
obligándola a comer, recordándole que permaneciera inmóvil. Y habiéndole, siempre
hablándole, para dar a su mente inquieta algo con lo que ejercitarse a pesar de que
tuviera que mantener el cuerpo inmóvil.
Y Evan resultó ser un narrador muy dotado. Más que un participante, se
consideraba a sí mismo un observador de la vida. Se distanciaba de las cosas sin dejar de
contemplarlas. Muy a menudo hacía reír a Maris. La obligaba a pensar, e incluso, durante
algunos minutos, conseguía que olvidase que estaba atrapada en la cama, con el cuerpo
roto.
Al principio le contaba historias de la sociedad de Thayos, con descripciones tan
vividas que casi podía ver a la gente. Pero, al cabo del tiempo, su charla se centró en sí
mismo, y le contó su propia vida, como a cambio de las confidencias que ella le hiciera
durante el delirio.
Había nacido en los bosques de Thayos, una isla del Norte del Archipiélago
Oriental, hacía sesenta años. Sus padres fueron guardabosques.
Había otras familias en el bosque, y otros niños con los que jugar. Pero, desde
muy pequeño, Evan prefirió los momentos que pasaba a solas. Le gustaba esconderse
entre la maleza para contemplar a los tímidos topos moteados de marrón, localizar los
lugares donde crecían las flores más aromáticas y las raíces más sabrosas, sentarse en
silencio en un pequeño claro, con un trozo de pan duro, y hacer que los pájaros comieran
en su mano.
Cuando Evan contaba dieciséis años, se enamoró de una comadrona itinerante.
Jani, la comadrona, era una mujer pequeña y morena, de lengua afilada y respuestas
audaces. Para poder estar cerca de ella, Evan se convirtió en su ayudante. Al principio la
mujer se sintió divertida por sus atenciones, pero acabó por aceptarle. Y Evan, con el
interés agudizado por el amor, aprendió mucho de ella.
En vísperas de su marcha, le confesó su amor. Pero Jani no se quedaría y tampoco
se lo llevaría consigo, ni como amante, ni como amigo, ni como ayudante, pese a admitir
que había aprendido mucho y bien, y que tenía una gran habilidad natural. Siempre
viajaba sola, eso era todo.
Cuando Jani se marchó, Evan siguió practicando sus nuevas habilidades curativas.
Como el curandero más próximo vivía en el pueblo de Thossi, a todo un día de camino por
el bosque, Evan estuvo pronto muy solicitado. Acabó colocándose como aprendiz del
curandero de Thossi. Pudo asistir a una escuela de curanderos, pero eso implicaba un
viaje por mar, y la idea de navegar por las peligrosas aguas le asustaba más que nada en
el mundo.
Cuando aprendió todo lo que el curandero podía enseñarle, Evan volvió a vivir y a
trabajar en el bosque. Pese a no casarse, nunca vivió solo. Las mujeres le solicitaban:
viudas en busca de un amante que no les pidiera nada, viajeras que se detenían un par de
días o de meses en su compañía, pacientes que se quedaban hasta sanar de su pasión
por él...
Maris escuchó la suave voz melosa y contempló su rostro durante tantas horas
que llegó a conocerle tanto como a cualquier amante del pasado. Y comprendía la
atracción que despertaba el curandero, con los brillantes ojos azules, las manos hábiles y

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gentiles, los pómulos altos y la imponente nariz ganchuda. Se preguntaba qué habría
sentido él. ¿Habría sido siempre tan independiente como parecía?
Un día, Maris interrumpió su relato sobre una familia de arborícelas que acababa de
conocer.
—¿No te enamoraste nunca? —preguntó—. Después de Jani, quiero decir.
—Sí. naturalmente que sí —respondió, sorprendido—. Ya te he hablado de...
—Pero no lo suficiente como para casarte.
—A veces, sí. Con S'Rai, que vivió aquí durante un año. Fuimos muy felices juntos. La
quise mucho, e insistí en que se quedara. Pero tenía su vida en otra parte. No podía
quedarse en el bosque conmigo. Y me dejó.
—¿Por qué no te fuiste con ella? ¿No te pidió que lo hicieras? Evan parecía triste.
—Sí, me lo pidió. Quería que me fuera con ella. Pero no me pareció posible.
—¿Nunca has estado en otro sitio?
—He viajado por todo Thayos siempre que ha sido necesario —le replicó Evan, a la
defensiva—. Y, cuando era joven, viví en Thossi casi dos años.
—Pero todo Thayos es muy parecido —dijo Maris encogiendo el hombro sano. —
Una punzada le recorrió el izquierdo, pero la ignoró. Ahora tenía permiso para sentarse,
y no quería que le revocaran el privilegio si se quejaba de dolores—. En unas partes hay
más rocas, y en otras más árboles.
—¡ Una apreciación muy superficial! —rió Evan —. Para ti, todas las partes del
bosque son idénticas.
Eso era tan obvio que no requería comentario alguno.
—¿Nunca has estado fuera de Thayos? —insistió.
—Una vez —respondió con una mueca—. Hubo un accidente, un bote se estrelló
contra las rocas, una mujer estaba muy malherida. Monté en un bote de pescadores para
ir a verla. Durante el viaje me mareé tanto que apenas pude ayudarla.
Maris sonrió, comprensiva, pero agitó la cabeza.
—¿Cómo puedes saber que éste es el único sitio donde quieres vivir, si nunca has
estado en otra parte?
—Nunca he dicho que lo supiera. Pude haberme marchado, pude tener una vida
muy diferente. Pero ésta es la que he elegido. La conozco muy bien, y es la mía. Para lo
mejor y para lo peor. Ya es demasiado tarde para añorar las oportunidades que he
desperdiciado. Soy feliz con lo que tengo.
Se levantó, dando por terminada la conversación.
—Es la hora de tu siesta.
—¿Puedo...?
—Puedes hacer lo que quieras mientras lo hagas tumbada de espaldas y sin
moverte.
Maris se echó a reír y permitió que la ayudara a recostarse sobre la cama. No tenía
intención de admitirlo, pero sentarse la había dejado agotada, y dio la bienvenida al alivio
que le produjo tumbarse. Le frustraba la lentitud de su cuerpo en sanar. Y no comprendía
por qué unos cuantos huesos rotos la hacían cansarse con tanta facilidad. Cerró los ojos y
escuchó el ruido que hacía Evan al atizar el fuego para caldear la habitación.
Pensó en Evan. Se sentía atraída hacia él, y las circunstancias habían facilitado la
intimidad entre ambos. En un momento, llegó a pensar que, una vez sanara, Evan y ella
podrían convertirse en amantes. Ahora que conocía su vida, no estaba tan segura. El

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curandero había amado demasiadas veces, y demasiadas veces le abandonaron. Le


apreciaba demasiado como para herirle, y sabía que se alejaría de Thayos, y de Evan, en
cuanto pudiera volar de nuevo. Lo mejor sería, pensó en medio del sopor, que se limitaran
a ser buenos amigos. Tendría que hacer caso omiso de lo mucho que le gustaba el claro
brillo de sus ojos azules, y olvidar las fantasías sobre su delgado y nervudo cuerpo y sus
hábiles manos.
Sonrió, bostezó, y se durmió soñando que enseñaba a Evan a volar.
Al día siguiente, llegó S'Rella.
Maris estaba somnolienta y medio dormida. Al principio, creyó que se trataba
de un sueño. La caldeada habitación se refrescó de repente al llenarse del claro y
limpio aroma de los vientos marinos. Y, cuando Maris levantó la cabeza, S'Rella estaba
de pie, ante la entrada, con las alas bajo un brazo. Por un momento, su aspecto fue el
de la niña menuda y tímida que había sido hacía más de veinte años, cuando Maris la
enseñó a volar. Pero entonces sonrió, con una sonrisa segura que iluminó el delgado
rostro atezado y mostró en relieve las arrugas que el tiempo había dejado a su paso.
Y, cuando avanzó hacia ella, con el agua salada goteando de sus alas y su ropa, el
fantasma de S'Rella Alas de Madera desapareció por completo para dejar paso a
S'Rella de Veleth. experta alada y madre de dos hijas ya crecidas. Las dos mujeres
se abrazaron, con algo de dificultad por culpa de la rigidez del brazo izquierdo de Maris,
pero profundamente emocionadas.
—Vine en cuanto me enteré, Maris. Siento que hayas estado sola tanto
tiempo, pero la comunicación entre los alados ya no es lo que era. Especialmente,
para los un-ala. Ni siquiera estaría aquí si no fuera porque tuve que llevar un
mensaje a Gran Shotan y luego decidí hacer una visita al Nido de Águilas. Ahora
que lo pienso, fue un capricho extraño. Han pasado cuatro o cinco años desde la
última vez que estuve allí. Me encontré con Corina, que acababa de llegar de
Amberly. Me dijo que un alado del Archipiélago Oriental llevó hace poco la noticia
de tu accidente. Vine inmediatamente. Estaba tan preocupada...
Volvió a inclinarse para abrazar a su amiga, con las alas casi cayéndosele del
brazo.
—Deja que las cuelgue —dijo Evan con voz tranquila, entrando en la
habitación.
S'Rella le tendió las alas sin apenas dirigirle una mirada, toda su atención
concentrada en Maris.
—¿Cómo... cómo estás? —preguntó.
Maris sonrió. Con el brazo sano, apartó las mantas para mostrarle las dos
piernas entablilladas.
— Con fracturas, como puedes ver, pero recuperándome. Al menos, eso dice
Evan. Ya apenas me duelen las costillas. Y estoy segura de que pronto podrá quitarme
las tablillas de las piernas. ¡Me pica muchísimo! —Se estiró y sacó una pajita larga de
un vaso con flores que había en la mesilla. Con el ceño fruncido por la concentración, la
introdujo entre la piel y los vendajes — . Esto sirve a veces, pero otras lo empeora
todo. Hace cosquillas.
—¿Y el brazo?
Maris miró a Evan, pidiéndole una respuesta.
—No me metas en esto, Maris, sabes tanto como yo. Creo que el brazo se está
soldando perfectamente, y de momento no han aparecido más infecciones. En cuanto
a las piernas, podrás hartarte de rascártelas en un día o dos.
Maris dio un pequeño bote de alegría, pero a continuación contuvo el aliento.
Palideció y tragó con dificultad. Preocupado, Evan se acercó a la cama.

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—¿Qué ha pasado? ¿Te ha dolido algo?


—No —dijo Maris rápidamente—. Nada. Sólo que de pronto... Me mareé un poco.
Sólo eso. Debo de haber sacudido el brazo.
Evan asintió con un movimiento de cabeza, pero no parecía satisfecho.
—Prepararé un poco de té —dijo.
Salió de la habitación, dejando solas a las dos mujeres.
—Ahora quiero que me des noticias —empezó Maris—. Ya sabes las mías. Evan ha
sido maravilloso, pero la cura ha llevado mucho tiempo. Y me he sentido espantosamente
aislada en este sitio.
—Está muy alejado —convino S'Rella—. Y hace frío.
Los nativos del Archipiélago del Sur consideran frío cualquier sitio que no esté en
sus islas. Maris sonrió. Aquélla era una antigua broma entre las dos mujeres. Tomó la
mano de S'Rella.
—¿Por dónde empiezo? ¿Por las noticias buenas o por las malas? ¿Por los cotilleos
o por la política? Tú eres la atada a la cama, Maris, ¿qué quieres saber?
—Todo, pero puedes empezar habiéndome de tus hijas.
S'Rella sonrió.
—S'Rena ha decidido casarse con Arno, ese chico que tiene un puesto de pasteles
de carne en el puerto de Garr. Ella sólo tiene un kiosco con pasteles de frutas, y han
decidido combinar los dos para acaparar el negocio de pasteles en el puerto.
—Parece una maniobra muy inteligente —rió Maris.
—Sí, un matrimonio de conveniencia —suspiró S'Rella—. Mucho negocio. No tiene
ni ápice de romanticismo en el alma. A veces, me cuesta creer que S'Rena sea hija mía.
—Marissa tiene romanticismo de sobra para las dos. ¿Cómo está?
—Vagabundeando por ahí. Se ha enamorado de un bardo. Hace un mes que no
tengo noticias suyas.
Evan apareció con dos humeantes tazones de té, una infusión especial que él
aromatizaba con flores blancas, y se marchó discretamente.
—¿Alguna noticia del Nido de Águilas?
—Pocas, y ninguna buena. Jamis desapareció mientras volaba de Geer a Pequeño
Shotan. Los alados temen que se haya perdido en el mar.
—¡Oh!, lo siento. No llegué a conocerle bien, pero se dice que era un buen
alado. Su padre presidió el Consejo de los Alados cuando adoptamos el sistema de
academias.
S'Rella asintió.
—Lori de Varón dio a luz, pero el niño era enfermizo y no vivió ni una semana.
Está desconsolada, y a Garret le pasa lo mismo. El hermano de T'katin murió durante
una tormenta. Ya sabes que capitaneaba un barco comerciante. Dicen que el
temporal arrasó toda la
flota. Son malos tiempos. He oído que vuelve ha haber guerra en Lomarron.
—No tardará en haberla también en Thayos —repuso lúgubremente Maris—. ¿No
traes ninguna noticia agradable?
—El Nido ya no es un lugar agradable —dijo, agitando la cabeza—. Tengo la
sensación de que no soy bienvenida. Los un-ala nunca van por allí, pero ahí estaba yo,

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violando el último santuario de los alados de cuna. Hice que se sintieran incómodos, pese
a que Corina y algunos más fueron muy educados.
Maris asintió. Era una vieja historia. Las tensiones entre los alados de cuna y los
un-ala que habían conseguido las suyas en competición, habían aumentado con el tiempo.
Cada año eran más los atados a la tierra que se acercaban al cielo, y las viejas familias de
alados se sentían más y más amenazadas.
—¿Cómo está Val?—preguntó.
—Val es Val. Es más rico que nunca, pero eso es lo único que ha cambiado. La
última vez que estuve en Colmillo de Mar, llevaba puesto un cinturón de metal. No quiero
pensar cuánto le costó. Trabaja mucho con los Alas de Madera. Todos le miran con
veneración. El resto del tiempo lo pasa en Ciudad Tormenta con Athen, Damen, Ron y el
resto de sus amigos de un-ala. Tengo entendido que mantiene relaciones con una atada a
la tierra de Poweet, pero no creo que se haya molestado en decírselo a Cara. Intenté
echarle una bronca, pero ya sabes lo ególatra que puede llegar a ser...
—¡Ah, sí! —sonrió Maris.
Tomó un sorbo de té. S'Rella siguió hablando, pasando por todo Windhaven.
Chismorrearon sobre otros alados, hablaron de amigos y familiares, de sitios donde
ambas habían estado, y mantuvieron una conversación que duró largo rato. Maris se
sentía bien, cómoda y relajada. La cautividad ya no duraría demasiado. En cuestión de días
volvería a caminar, y empezaría a hacer ejercicio y a ponerse en forma para volar de
nuevo. S'Rella, su mejor amiga, estaba a su lado para recordarle la vida que le esperaba
al otro lado de aquellas delgadas paredes, y para ayudarla a volver a ella.
Unas horas más tarde, Evan se reunió con ellas. Traía platos con queso y fruta,
pan de hierbas recién horneado, y huevos revueltos con cebollas silvestres y pimienta. Se
sentaron en la enorme cama y comieron vorazmente. La conversación, o quizá la nueva
esperanza, habían dado a Maris un inmenso apetito.
La charla se desvió hacia la política.
—¿De verdad puede haber una guerra aquí? —preguntó S'Rella—. ¿Por qué?
—Por una roca —gruñó Evan — . Una roca de apenas medio kilómetro de ancho por
dos de largo. Ni siquiera tiene nombre. Está justo en medio del estrecho de Tharin, entre
Thayos y Thrane. Todo el mundo la tenía olvidada. Sólo que ahora han encontrado hierro
en ella. Fue una partida de Thrane la que encontró el yacimiento y empezó a explotarlo, y
no están dispuestos a abandonar sus reivindicaciones. Pero la roca está ligeramente
más cerca de Thayos que de Thrane, así que nuestro Señor de la Tierra está intentando
apoderarse de ella. Envió una docena de guardianes para apoderarse de la mina, pero
fueron derrotados. Ahora, Thrane está fortificando la roca.
—Thayos no parece tener demasiados motivos —objetó S'Rella—. ¿De verdad
piensa declarar la guerra vuestro Señor de la Tierra?
—Me gustaría decir que no —suspiró E van —, pero el Señor de Thayos es un hombre
belicoso y lleno de codicia. Ya derrotó una vez a Thrane en una disputa sobre derechos de
pesca, y está seguro de poder repetir la hazaña. Preferirá que muera gente a aceptar una
solución de compromiso.
—El mensaje que me encomendó llevar a Thrane estaba lleno de amenazas —
intervino Maris—. Me sorprende que la guerra no haya empezado todavía.
—Las dos islas están reuniendo armas, aliados y promesas —dijo Evan—. Tengo
entendido que los alados van y vienen todo el día. Estoy seguro de que el Señor de la
Tierra querrá utilizar tus servicios cuando te marches, S'Rella. Nuestros alados, Tya y
Jem, no han tenido un solo día de descanso en todo el mes. Jem se ha hecho cargo de los
mensajes que cruzan el estrecho, y Tya de las ofertas y promesas a potenciales aliados.
Afortunadamente, ninguno parece interesado. Siempre vuelve con negativas. Creo que
es lo único que retrasa el inicio de la guerra. —Suspiró de nuevo—. Pero sólo es cuestión

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de tiempo —dijo con tono fatigado—. Habrá muchas muertes antes de que eso termine.
Me llamarán para remendar a los que puedan ser remendados. Todo es grotesco. En
tiempos de guerra, un curandero tiene que ir sanando los síntomas sin que se le permita
mencionar la posibilidad de eliminar las causas, la propia guerra, a menos que quiera ir a
la cárcel por traidor.
—Supongo que debería sentirme aliviada por estar al margen de todo —suspiró
Maris. Pero su voz sonaba renuente. No sentía lo mismo que Evan hacia la guerra. Los
alados se mantenían al margen de los conflictos, de la misma manera que sobrevolaban el
mar traicionero. Eran neutrales, y jamás se les debía hacer daño. Objetivamente, la guerra
era algo lamentable, pero nunca había rozado a Maris ni a ninguno de los que amaba, así
que no podía sentir el horror en toda su profundidad—. Cuando era más joven, podía
aprender de memoria un mensaje sin oírlo de verdad. Creo que he perdido ese talento.
Algunas de las palabras que he llevado le quitaban la alegría al vuelo.
—Te entiendo —asintió S'Rella—. A veces he visto los frutos de los mensajes que he
entregado, y me he sentido muy culpable.
—No hay por qué —dijo Maris—. Eres una alada, no la responsable de los mensajes.
—Val no está de acuerdo, ¿sabes? Una vez lo discutí con él. Cree que sí somos
responsables.
—Es comprensible.
—¿Por qué? —inquirió S'Rella con el ceño fruncido, sin comprender.
—Me sorprende que no te lo haya contado nunca. Su padre fue ahorcado.
Un alado llevó la orden de ejecución desde Lomarron hasta Arren Sur. Fue Arak, ¿te
acuerdas de él?
—Demasiado bien. Val siempre ha sospechado que es el que estaba detrás de
la paliza que le dieron. Recuerdo lo furioso que se puso cuando no pudo encontrar a
sus asaltantes para probarlo. —Sonrió amargamente—. También me" acuerdo del
banquete que dio en Colmillo de Mar cuando Arak murió, con pasteles negros y todo
eso.
Evan miró pensativo a las dos mujeres.
—¿Por qué llevas mensajes, si te sientes culpable? —preguntó a S'Rella.
—Porque soy una alada, ése es mi trabajo. Es lo que sé hacer. La
responsabilidad viene con las alas.
—Supongo que es así —repuso Evan levantándose para recoger los platos
vacíos—. Pero, la verdad, no creo que yo pudiera hacerlo. Claro, que soy un atado a
la tierra, no un alado. No he nacido para las alas.
—Nosotras tampoco —empezó a decir Maris.
Pero Evan salía ya de la habitación. La mujer sintió una ligera inquietud, pero
S'Rella volvió a hablar y Maris se enfrascó en la conversación. No pasó mucho tiempo
antes de que olvidara lo que la había molestado.

Por fin llegó el momento de quitar las tablillas. Evan le iba a liberar las piernas,
y prometía que el brazo las seguiría en poco tiempo.
Cuando se vio las extremidades, Maris gritó. Tenía las piernas delgadas y
pálidas, y ofrecían un extraño aspecto. Evan empezó a masajeárselas gentilmente,
lavándolas con una infusión caliente de hierbas. Poco a poco, con manos expertas,
fue doblando los músculos largo tiempo inmóviles. Maris suspiró de placer y se relajó.
Cuando Evan terminó, se levantó y apartó el cuenco y los paños. Maris se
sintió ahogada de impaciencia.

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¿Puedo caminar? —preguntó. Evan la miró, sonriendo.


¿Puedes?
El corazón de la alada se elevó ante el desafío. Se sentó, deslizando las piernas
hasta el borde de la cama. S'Rella se ofreció como apoyo, pero Maris negó con la
cabeza y apartó a su amiga.
Se irguió. Sobre los pies, sin apoyo alguno. Pero algo no iba bien. Se sentía
insegura, mareada. No dijo nada, pero su rostro la traicionó.
Evan y S'Rella se acercaron.
—¿Sucede algo? —preguntó Evan.
—D-debo de haberme levantado demasiado de prisa.
Estaba sudando, temía moverse por miedo a caer o a desmayarse.
—Tómatelo con calma —dijo Evan—. No hay prisa.
La voz del curandero era cálida y alentadora. La sostuvo por el brazo sano.
S'Rella le ofreció su apoyo por la izquierda. Esta vez, Maris no los apartó ni intentó
moverse sola.
—Un paso cada vez — dijo E van.
Apoyándose en sus hombros, guiada por ellos, Maris dio sus primeros pasos.
Todavía se sentía mareada y extrañamente desorientada, pero triunfante. ¡Las
piernas volvían a funcionarle!
—¿Puedo intentarlo sola? —No veo por qué no.
Maris dio un primer paso sin apoyo, luego el segundo. Recuperó los ánimos.
¡Era muy sencillo! Tenía las piernas tan firmes corno siempre. Intentó ignorar la
incomodidad que sentía en el estómago, y dio un tercer paso. La habitación pareció
balancearse de un lado al otro.
Agitó las manos y se tambaleó, buscando el nivel del suelo en la cambiante
habitación. Evan la sostuvo.
—¡No! —gritó —. ¡Puedo hacerlo! La ayudó a enderezarse. —Déjame, por favor.
Maris se acercó al rostro una mano temblorosa y miró a su alrededor. La
habitación estaba inmóvil y tranquila, el suelo tan sólido como siempre. Las piernas la
sostenían con firmeza. Respiró profundamente y volvió a caminar.
El suelo se deslizó bruscamente bajo sus pies, y le habría golpeado en el rostro
de no haberla sostenido Evan.
—Pásame la palangana, S'Rella.
—Estoy bien... Puedo caminar... Déjame...
Pero no pudo seguir hablando, porque tuvo que vomitar. Afortunadamente,
S'Rella sostenía la palangana ante su rostro.
A continuación, todavía temblorosa, pero ya un poco recuperada, Maris caminó
de vuelta hacia la cama, apoyándose en Evan.
—¿Qué es lo que va mal? —preguntó con voz entrecortada. Evan negó con la
cabeza, pero parecía incómodo.
—Quizá hayas empezado a esforzarte demasiado pronto —dijo dando media
vuelta — . Tengo que atender a un niño con cólicos. Es taré de vuelta antes de una
hora. No intentes levantarte hasta mi regreso.

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Cuando Evan le quitó las tablillas del brazo. Maris estaba entusiasmada. El
hueso parecía perfectamente soldado, fuerte, sin ninguna lesión permanente. Sabía
que tendría que ejercitarlo mucho para devolver a los músculos el vigor que requería el
vuelo, pero la idea de largas y duras horas de ejercicios la atraía más de lo que la
asustaba, sobre todo después de tanto tiempo de inactividad forzosa.
S'Rella anunció demasiado pronto que debía marcharse. El Señor de Thayos
había enviado un corredor.
—Tiene un mensaje urgente para Arren Norte —dijo a Maris y a Evan con una
mueca de disgusto — . Y todos sus alados están en otras misiones. De todos modos, ya
es hora de que me marche. Tengo que volverá Veleth.
Estaban reunidos alrededor de la áspera mesa de madera, en la cocina de Evan,
bebiendo té y comiendo pan con mantequilla, como si fuera un desayuno de despedida.
Maris extendió la mano por encima de la mesa y cogió la de S'Rella.
—Te echaré de menos, pero me alegra que hayas venido.
—Volveré en cuanto pueda —dijo S'Rella—, aunque sospecho que me mantendrán
ocupada. De todos modos, haré correr la voz de que te has recuperado. Tus amigos se
alegrarán de saberlo.
—Maris todavía no se ha recobrado del todo —dijo Evan.
— ¡Oh!, sólo es cuestión de tiempo —replicó alegremente Maris—. Para cuando la
gente se entere, ya estaré volando de nuevo. —No entendía la razón del tono lúgubre de
Evan. Había esperado que se alegrara con ella cuando quitaron las tablillas del brazo—.
Hasta es posible que nos encontremos en el cielo, antes de que vuelvas.
Evan miró a S'Rella.
—Te acompañaré hasta el camino —ofreció.
—No te molestes, ya sé donde es.
—Me gustaría acompañarte.
Maris se tensó al oír algo indefinido en la voz del curandero.
—Díselo aquí —dijo con voz sosegada —. Sea lo que sea, yo también debería
saberlo.
—Nunca te he mentido, Maris —suspiró Evan. Sus hombros se estremecieron. De
pronto, la alada le vio como un anciano. Se recostó en la silla y la miró directamente al
rostro—. ¿No te has preguntado nada acerca del vértigo que sientes cuando te levantas,
te sientas o te das media vuelta bruscamente?
—Todavía estoy débil. Debo tener cuidado, eso es todo —dijo Maris a la defensiva
—. Tengo las extremidades bien.
—Sí, sí, las piernas y el brazo no me preocupan. Pero hay algo más que está mal,
algo que no puedo arreglar, entablillar ni curar. Creo que te sucedió algo cuando te
golpeaste la cabeza. Tienes una lesión en el cerebro. Algo que afecta a tu sentido del
equilibrio, a tus percepciones, quizá a tu visión. No sé exactamente qué. Entiendo muy
poco del tema, nadie entiende...
—No me pasa nada —dijo Maris con voz razonable—. Al principio estaba débil y
mareada, pero voy mejorando. Ahora ya puedo caminar. Tienes que admitirlo. Mejoraré
más todavía y volveré a volar.
—Has conseguido acostumbrarte, compensarlo. Nada más. Tienes mal el sentido
del equilibrio. Probablemente aprendas a adaptarte a la vida en tierra. Pero a volar...
Necesitas equilibrio para moverte en el aire, y puede que no lo tengas en absoluto. Y no
creo que puedas aprender a volar sin él. Hay demasiadas cosas que dependen del
equilibrio.

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—¿Qué sabes tú acerca de volar? ¿Cómo puedes decirme tú lo que necesito?


La voz de Maris era fría y dura como el hielo.
—Maris —susurró S'Rella.
Intentó tomar la mano de su amiga, pero ella la rechazó.
—No te creo. No tengo nada que no pueda curarse. Volveré a volar. Estoy un poco
mareada, nada más. ¿Por qué voy a pensar en lo peor? ¿Por qué?
Inmóvil en su silla, Evan meditaba. Luego se levantó, se acercó a una esquina de
la habitación, la que daba a la puerta de atrás, donde se almacenaba la leña. Entre los
troncos y las ramitas había unos tablones largos y delgados que el curandero había
cortado para entablillamientos. Cogió uno de un par de metros de largo, quince
centímetros de ancho y cinco de grosor, y lo depositó en el suelo de madera de la cocina.
Se irguió y miró a Maris.
—¿Puedes caminar sobre esto?
Maris alzó las cejas en gesto de burlona sorpresa. Tenía el estómago
absurdamente tenso por los nervios. Claro que podía hacerlo. Era imposible que
fracasara en semejante prueba.
Se levantó de la silla, apoyando una mano en el respaldo de madera. Caminó con
calma, no demasiado lentamente. El suelo no resbaló ni se retorció bajo sus pies como el
primer día. Su sentido del equilibrio estaba perfectamente, por supuesto. Al nivel del
suelo, no podría caerse. No desde una altura de cinco centímetros.
—¿Tengo que saltar a la pata coja?
—Limítate a caminar por encima, con normalidad.
Maris pisó el tablero. No era lo bastante ancho como para estar de pie normalmente,
con los pies uno al lado del otro, así que dio otro paso sin pensarlo. Recordaba los senderos
de los acantilados por los que había pasado cuando era niña. Algunos eran más estrechos
que aquella tabla.
La tabla se onduló y cambió bajo sus pies. Muy a su pesar, Maris gritó al sentir que
caía hacia un lado. Evan la sostuvo.
— ¡Has movido la tabla! —gritó, repentinamente furiosa. Pero las palabras
sonaron infantiles, malhumoradas. Evan se limitó a mirarla. Maris intentó controlarse —.
Lo siento. Déjame volver a intentarlo.
Evan la soltó en silencio, y se apartó.
Maris volvió a caminar sobre el tablón, esta vez tensa, y dio tres pasos. Empezó a
tambalearse. Pisó el suelo con un pie. Dejó escapar una maldición, recuperó la postura,
dio otro paso y la tabla volvió a moverse. La alada falló de nuevo. Puso el pie en la tabla y
dio otro paso adelante, dando un bandazo hacia un lado. Cayó.
Esta vez, Evan no la sostuvo. Golpeó el suelo con las manos y las rodillas. Cuando
se levantó, la cabeza le daba vueltas por el esfuerzo.
—Ya basta, Maris.
Evan la apartó de la traicionera plancha con manos firmes y gentiles. Maris oyó a
S'Rella sollozando en silencio.
—De acuerdo —dijo Maris, intentando que en la voz no se le reflejara la angustia—.
Hay algo que sigue sin curarse. De acuerdo. Lo admito. Pero todavía no me he
recuperado del todo. Dadme tiempo. Me pondré bien. Volveré a volar.
A la mañana siguiente, Maris empezó a ejercitarse en serio. E van le
proporcionó un juego de pesas de piedra, y las utilizó con regularidad. Descubrió

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que los dos brazos se le habían debilitado terriblemente durante el período de


postración forzosa, no sólo el herido.
Decidida a volar lo antes posible, Maris hizo llevar las alas al herrero del Señor
de la Tierra para que las arreglase. La mujer estaba muy ocupada con los preparativos
para la inminente guerra, pero la petición de un alado nunca se ignoraba; prometió
tener los montantes enderezados y arreglados en menos de una semana. Cumplió su
palabra.
Maris repasó cuidadosamente las alas el día que se las devolvieron, plegando y
desplegando los montantes uno a uno, revisando el material y comprobando que todo
estuviera tenso y bien encajado. Sus manos se dedicaron a la tarea como si nunca
hubieran dejado de hacerlo. Eran las manos de una alada, y no había nada en el
mundo que supieran hacer mejor que cuidar un par de alas. Maris casi se sintió
tentada de ponérselas y recorrer el camino que la separaba del risco de los alados.
Casi, pero no del todo. Pensó que todavía no había recuperado el sentido del
equilibrio, aunque cada vez se sentía más segura de pie. Cada noche se sometía a
escondidas a la prueba de la tabla. Aún no la había superado, pero mejoraba
sensiblemente. No estaba preparada para ponerse las alas, pero lo estaría pronto.
Muy pronto.
Cuando no estaba ejercitándose, paseaba con Evan por el bosque, mientras él
buscaba hierbas o se dirigía a atender a otros pacientes. Evan le enseñaba los
nombres de las plantas que utilizaba en su trabajo, para qué servía cada una y cuándo
debía utilizarse. También enseñó a Maris a identificar a toda clase de animales. Las
bestias de los fríos bosques Occidentales no se parecían en nada a las que habitaban
los civilizados y familiares bosques de Amberly Menor. A Maris le parecieron
fascinantes. Evan se sentía tan cómodo entre los árboles que las criaturas no le
temían. Extraños cuervos blancos de ojos escarlata aceptaban migas de pan de sus
manos. Conocía las ocultas entradas a las madrigueras de los animales, túneles que se
ramificaban como colmenas por toda la zona. En una ocasión, la tomó de la mano para
señalarle un alcaudón encapuchado que se deslizaba sensualmente de rama en rama,
persiguiendo a alguna presa.
Maris le contó historias de sus aventuras por el cielo y en otras islas. Llevaba
más de cuarenta años volando, y tenía la mente llena de maravillas. Le habló de su
vida en Amberly Menor, de Ciudad Tormenta con sus molinos, de los enormes glaciales
blanquiazules de Artellia y de las montañas de fuego de Las Brasas. Le mencionó la
soledad de las Islas Exteriores, que luchaban hacia el Este contra el Océano Infinito, y
de la camaradería que reinaba en el Nido de Águilas antes de que los alados se
dividieran en diferentes facciones.
Ninguno de los dos mencionaba nunca aquello que los separaba. Evan no
contradecía a Maris cuando ella hablaba de volar, ni mencionaba la invisible lesión
cerebral. El tema era una zona de arenas movedizas del tamaño de una tabla de
madera, en la que ni Evan ni Maris deseaban poner el pie.
Un día, al salir de casa del curandero, Maris le retuvo para que no se internara
más en el bosque.
—Todos esos árboles me dan la sensación de que sigo dentro de casa —se quejó
—. Necesito ver el cielo, oler a limpio, tener aire a mi alrededor. ¿Está muy lejos el
mar?
Evan hizo un gesto hacia el Norte.
—A unos dos kilómetros en esa dirección. Desde aquí se ve dónde empiezan a
escasear los árboles.
Maris sonrió.
Pareces incómodo. ¿Te sientes mal si no tienes árboles alrededor? Si no puedes
soportarlo, no es necesario que vengas. Pero no entiendo cómo te las arreglas para

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respirar en este bosque. Todo está en penumbra, y demasiado cerca. Sólo se huele
a fango, a podredumbre y a moho.
Olores maravillosos todos ellos —replicó Evan, devolviéndole la sonrisa—. El
mar es demasiado grande, y está demasiado vacío para mi gusto. Estoy mejor en casa
o en el bosque.
¡Qué diferentes somos tú y yo, Evan! —sonrió, Maris, rozándole el brazo. En
cierto modo, el contraste la complacía. Echó la cabeza hacia atrás y aspiró
profundamente —. Sí, ya huelo a mar.
—También lo puedes oler desde la puerta de casa. En todo Thayos huele a mar
—señaló Evan.
—Pero el bosque lo disfraza.
Maris sentía que se le aligeraba el corazón a medida que los árboles se
distanciaban más y más entre ellos. Toda su vida había transcurrido junto al mar o
por encima de él. Todas las mañanas, en casa de Evan. advertía su ausencia. Echaba
de menos el batir de las olas y el fuerte sabor de la sal. Pero, más que nada, echaba de
menos la visión de la vasta inmensidad gris, bajo un cielo igualmente inmenso y
turbulento.
Los árboles desaparecieron bruscamente para dejar paso a los acantilados
rocosos. Maris echó a correr. Se detuvo al borde, jadeando, mirando el mar y el cielo.
El cielo era de color índigo, y las nubes grises lo surcaban velozmente. A la
altura que se encontraba Maris, el viento era relativamente débil pero, por el paciente
vuelo circular de dos milanos, la alada intuía que se podía volar. Quizá no fuese un día
apropiado para llevar mensajes urgentes, pero sí para jugar, hacer cabriolas,
zambullirse y reír en el aire frío.
Oyó a Evan acercarse.
—Tienes que reconocer que es hermoso —le dijo sin volverse.
Dio otro paso en dirección al borde, miró hacia abajo... Y sintió que el mundo se
hundía a sus pies.
Boqueó intentando recuperar el aliento, buscando algo sólido, pero caía, caía,
caía, y ni siquiera los brazos de Evan, que la sostenían con firmeza, podían devolverla a
terreno firme.
Al día siguiente, hubo tormenta. Maris pasó el día en la casa, inmersa en la
depresión, pensando en lo que había sucedido junto al acantilado. No hizo ejercicio. Comió
sin ganas, y tuvo que obligarse a sí misma a repasar las alas. Evan la miraba en silencio, a
menudo con el ceño fruncido.
Seguía lloviendo un día después, pero lo peor de la tormenta ya había pasado, y la
lluvia caía con menos fuerza. Evan dijo que tenía que marcharse.
—Necesito algunas cosas de Thayos. Hierbas que no crecen aquí. Tengo
entendido que llegó un comerciante la semana pasada. Necesito hacer provisiones.
—Claro —dijo Maris con voz átona.
Aunque no había hecho nada en toda la mañana, a excepción de desayunar, se
sentía cansada. Se sentía vieja.
—¿No quieres venir conmigo? Todavía no has visto la ciudad. —No. No me apetece.
Pasaré el día en casa.
Evan frunció el entrecejo. Pero, de todo modos, se puso la capa para protegerse de
la lluvia.
—Como quieras. Volveré antes de que anochezca.

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Pero ya la noche estaba avanzada cuando el curandero regresó por fin, cargado
con una cesta llena de tarros de hierbas. La lluvia había cesado, y Maris estaba
preocupada por él desde que empezó a oscurecer.
—Llegas tarde —le dijo cuando entró, sacudiéndose la lluvia de la capa—. ¿Estás
bien?
Sonreía. Maris nunca le había visto tan feliz.
—Traigo noticias, buenas noticias. Todo el mundo en el puerto estaba alborozado.
No habrá guerra. ¡Los Señores de Thayos y Thrane han acordado reunirse en esa maldita
reca para hacer un trato sobre los derechos de explotación!
—No habrá guerra —repitió Maris, como en un sueño—. Vaya, vaya. Qué raro.
¿Cómo ha sido eso?
Evan encendió el fuego y empezó a preparar un poco de té.
—¡Oh!, tenía que suceder. Tya volvió de otra misión sin haber conseguido nada.
Nuestro Señor de la Tierra fue rechazado en todas partes y, sin aliados, no se siente lo
bastante fuerte como para hacer valer sus reclamaciones. Me han dicho que está furioso,
pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Nada. Así que envió a Jem para llevar un mensaje a
Thrane, concertando una reunión para llegar a un acuerdo. Cualquier cosa es mejor que
nada. Yo pensaba que encontraría apoyo en Cheslyn o en Thrynel, sobre todo si ofrecía
parte del hierro a cambio. Y la verdad es que los Arrens y Thrane nunca se han llevado
bien... —Evan lanzó una carcajada—. ¡Ah! ¿Qué importa eso ahora? Ya no habrá guerra. En
Puerto Thayos, todos estaban tan aliviados... Bueno, a excepción de unos cuantos
guardianes, que esperaban aumentar el peso de sus bolsas con un poco de hierro. Todo
el mundo lo está celebrando. Y nosotros vamos a hacer lo mismo.
Rebuscó en la cesta, entre los frascos de hierbas, y sacó un enorme pez luna.
—Se me ocurrió que un poco de pescado podría animarte. Sé de una receta para
cocinarlo con semillas y nueces amargas que hará que te cante la lengua.
Cogió un cuchillo de hueso y empezó a trocear el pescado, silbando alegremente
mientras trabajaba. El buen humor del curandero era tan contagioso que Maris se
descubrió sonriendo como él.
Alguien llamó a la puerta con un golpe fuerte y seco.
Evan levantó la cabeza, malhumorado.
—Debe de tratarse de una emergencia —dijo con una imprecación—. Abre tú, si no te
importa. Tengo las manos sucias de pescado.
La chica que estaba ante la puerta vestía un uniforme verde oscuro, adornado con
pieles grises. Era una protectora, una de las corredoras del Señor de la Tierra.
—¿Maris de Amberly Menor? —preguntó.
—Sí.
—El Señor de Thayos te envía sus saludos y te invita a honrar su mesa asistiendo
a una cena mañana por la noche, junto con el curandero Evan. Si tu salud lo permite,
claro.
—Mi salud lo permite —respondió bruscamente Maris—. ¿Por qué somos acreedores
de tanto honor, y tan repentinamente, niña?
La corredera poseía una solemnidad poco acorde a sus escasos años.
—El Señor de la Tierra honra a todos los alados. Vuestra lesión, acaecida bajo su
servicio, ha pesado gravemente sobre él. Desea mostrar su gratitud a todos los alados
que han volado para Thayos, aunque sea brevemente, durante la crisis por la que
acabamos de pasar.

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—¡Oh! —dijo Maris. Seguía sin estar convencida. El Señor de Thayos no le había
parecido persona propensa a sentir ni mostrar gratitud—. ¿Eso es todo?
La chica titubeó. El desparpajo la había abandonado, y Maris se dio cuenta de que
era muy joven.
—No es parte del mensaje, alada, pero...
—¿Sí? —la animó Maris.
Evan había dejado el trabajo para ponerse detrás de ella.
—Esta tarde, a última hora, llegó una alada con un mensaje sólo para los oídos
del Señor. Éste la recibió en sus habitaciones privadas. Era del Archipiélago Occidental,
creo. Viste de manera rara, y lleva el pelo muy corto.
—Descríbela, si puedes —pidió Maris.
Se sacó una moneda de cobre del bolsillo y dejó que sus dedos jugaran con ella.
La chica miró la moneda y sonrió.
—¡Oh!, era una mujer, occidental, joven, de entre veinte y veintitrés años. Muy
bonita. Nunca he visto a ninguna tan guapa. A mí me pareció que tenía una sonrisa
agradable, pero a los hombres del refugio no les gustó. Dicen que ni siquiera se molestó
en agradecerles su ayuda. Ojos verdes. Lleva una gargantilla. Tres bandas de cristal
marino de colores. ; Basta con eso?
—Sí. Eres muy observadora.
Le dio la moneda.
—¿Conoces a esa alada? —preguntó Evan.
Maris asintió.
— Desde que nació. También conozco a sus padres.
—¿Quién es? —preguntó con impaciencia.
—Corina de Amberly Menor —respondió Maris.
La corredora seguía en la puerta. Maris la miró de nuevo.
—¿Sí? ¿Hay algo más? Aceptamos la invitación, claro. Transmite nuestro
agradecimiento al Señor de la Tierra.
—Hay algo más... —balbució la chica—. Se me olvidaba. El Señor de la Tierra
te solicita respetuosamente que acudas con tus alas. Es decir, si ello no repercute en
tu salud.
—Sí, claro —dijo Maris torpemente —. Claro.
Y cerró la puerta.

La fortaleza del Señor de Thayos era un lugar marcial y lúgubre, edificada lejos
de los poblados y aldeas de la isla, en un valle estrecho y apartado. Estaba cerca del
mar, pero escudada de éste por una sólida pared de montañas. Por tierra, sólo se
podía acceder allí a través de dos caminos, controlados por los Guardianes. Una
atalaya de piedra se alzaba en el pico más elevado, como un altivo centinela que
vigilara los senderos.
La fortaleza en sí era antigua y austera, construida con bloques de piedra
negra, erosionada por los elementos. Daba la espalda a la montaña. Maris sabía, por
su visita anterior, que la mayoría de las dependencias eran subterráneas, estaban
cinceladas en la misma roca. Al exterior, presentaba dos enormes murallas, por las
que guardianes armados con arcos patrullaban constantemente. Rodeaban un grupo

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de edificios de madera y dos torres negras, la más alta de las cuales medía casi quince
metros. Sólidos barrotes de madera defendían las ventanas de las torres. El valle,
próximo al mar, era húmedo y frío. Los únicos colores que destacaban en todo el
conjunto eran los de un tenaz liquen violeta y un moho verdeazulado que se adhería a
la base de los peñascos y ascendía hasta cubrir la mitad de las murallas.
Al llegar por el camino de Thossi, los guardianes detuvieron a Maris y a Evan
ante la primera muralla. Luego la transpusieron sólo para tener que hacer otro alto
ante la segunda muralla, y por fin ser admitidos en el interior de la fortaleza. Podrían
haberles retenido más tiempo, pero Maris llevaba las brillantes alas plateadas, y los
guardianes no molestaban a los alados. El patio interior bullía de actividad: los niños
jugaban con enormes perros, cerdos de aspecto salvaje correteaban por todas
partes, los guardianes se ejercitaban con el arco y la lanza... Había un patíbulo
alzado contra un muro. La madera estaba cuarteada y desgastada por los
elementos. Los niños jugaban en él, y uno de ellos utilizaba una de las sogas para
columpiarse. Las otras dos segas se mecían vacías, retorciéndose ominosamente con
el gélido viento del atardecer.
—Este lugar me da escalofríos —dijo Maris a Evan—. El Señor de Amberly
Menor vive en una gran mansión de madera, en una colina desde la que se divisa el
pueblo. Tiene veinte habitaciones para huéspedes, un salón gigantesco para los
banquetes, ventanas maravillosas con vidrios de colores y una torre desde la que se
convoca a los alados. Pero no hay muralla, guardias ni horcas.
—El pueblo de Amberly Menor es el que elige a su Señor de la Tierra —replicó
Evan—. En cambio, el Señor de Thayos proviene de un linaje que ha gobernado aquí
desde la época de los navegantes de las estrellas. Y olvidas, Maris, que las tierras del
Archipiélago Oriental no son tan generosas como las del Occidental. Aquí el invierno es
más largo. Los vientos son más fríos, y las tormentas más devastadoras. En nuestro
suelo hay más metal, pero no es tan fértil como el del Archipiélago Occidental. El
hambre y la guerra siempre rondan a Thayos.
Atravesaron el gran pórtico que llevaba al interior, y Maris guardó silencio.
El Señor de la Tierra les recibió en la sala privada para recepciones, sentado en
un sencillo trono de madera y flanqueado por dos guardias de rostro ceñudo. Pero,
cuando entraron, se levantó. Los Señores de la Tierra y los alados tenían el mismo
rango.
—Me complace que hayas podido aceptar mi invitación, alada. Nos preocupaba
tu salud.
Pese a la educación que destilaban sus palabras, a Maris no le gustaba el
hombre. Era alto, bien proporcionado, de facciones regulares y casi atractivas, con
un largo pelo gris peinado en moño al estilo Oriental. Había algo incomodante en sus
gestos. Tenía bolsas alrededor de los ojos y una crispación en las comisuras de los
labios que la barba no conseguía ocultar. Llevaba ropas fastuosas, pero sombrías: un
grueso traje color azul grisáceo, orlado de piel negra, botas altas y estrechas, y un
ancho cinturón cuajado de hierro, plata y piedras preciosas. Tam bién llevaba una
pequeña daga metálica.
—Agradezco tu preocupación —respondió Maris — . Estuve muy grave, pero
ya he recuperado la salud. Thayos tiene un gran tesoro en la persona de Evan. He
conocido a muchos curanderos, pero pocos eran tan versados como él.
El Señor de la Tierra se arrellanó en el trono. —Será bien recompensado —dijo,
como si Evan no estuviera presente—. Un buen trabajo merece una recompensa a la
altura.
Yo misma pagaré a Evan. Tengo suficiente hierro.
No. Casi pierdes la vida a mi servicio, y eso me ha causado honda
preocupación. Permíteme que te demuestre mi gratitud.

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—Tengo por costumbre pagar mis propias deudas. El rostro del Señor de la
Tierra se tensó.
—Como quieras. Todavía queda otro asunto pendiente. Pero lo
aplazaremos hasta después de cenar. El camino hasta aquí os habrá abierto el
apetito. —Se levantó bruscamente—. Vamos pues. Descubriréis que he dispuesto una
buena comida para ti, alada. Dudo que hayáis comido mejor alguna vez.
Maris había comido mejor en innumerables ocasiones. La comida era abundante,
pero estaba mal cocinada. A la sopa de pescado le sobraba sal, el pan era duro y seco, y
el asado de carne había estado en el horno el tiempo suficiente para perder todo el sabor.
Hasta la cerveza le parecía insípida.
Comieron en un húmedo y lóbrego salón de banquetes, en una larga mesa
preparada para veinte comensales. A un Evan desesperadamente incómodo se le asignó
un puesto bastante lejano, entre los oficiales de los guardianes y los hijos más jóvenes del
Señor de la Tierra. Maris ocupó el asiento de honor entre el Señor de la Tierra y su
heredera, una mujer adusta, de rasgos afilados, que no dijo ni tres palabras durante toda
la comida. A su lado se sentaron los demás alados. Cerca del Señor de la Tierra, comía un
hombre fatigado, de rostro grisáceo y nariz bulbosa, al que reconoció vagamente por otros
encuentros como el alado Jem. Tres puestos más allá estaba Corina de Amberly Menor.
Sonrió a Maris por encima de la mesa. Corina era deslumbrantemente hermosa, pensó
Maris al recordar las palabras de la corredora. Su padre. Corm, siempre había sido un
hombre muy guapo.
—Tienes buen aspecto. Maris. Me alegro. Estábamos muy preocupados por ti.
—Estoy bien. Espero que pronto podré volver a volar.
Una sombra cruzó por el bello rostro de Corina.
—Maris... —empezó a decir. Luego cambió de idea—. Eso espero, de verdad —
terminó débilmente — . Todo el mundo pregunta por ti. Nos alegraremos mucho cuando
vuelvas a casa.
Miró hacia abajo y se concentró en la comida.
Entre Jem y Corina se sentaba la tercera alada, una joven a la que Maris no
conocía. Tras un intento abortado de iniciar conversación con la hija del Señor de Thayos,
Maris se dedicó a estudiar a la desconocida mientras comía. Tenía la misma edad que
Corina, pero las diferencias entre ambas eran evidentes. Corina era vibrante, hermosa.
Tenía cabellos negros, piel limpia y saludable, brillantes ojos verdes llenos de vida y un
aura de confianza y sofisticación. Era una alada, hija de dos alados, nacida y educada para
los privilegios y tradiciones que conllevan las alas.
La mujer que se sentaba junto a ella era delgada, y la rodeaba un halo de fuerza
y abnegación. Sus mejillas vacías estaban marcadas por la viruela, y llevaba recogido el
claro pelo rubio en un deslucido moño, que dejaba tan tirante el cabello que la frente de
la muchacha parecía anormalmente amplia. Cuando sonrió, Maris se dio cuenta de que
tenía los dientes desiguales y amarillentos.
—Tú debes de ser Tya, ¿verdad?
La mujer la miró con unos astutos ojos negros.
—Exacto.
Tenía una voz asombrosamente agradable. Segura y cálida, con un ligero tono
irónico.
—Creo que no nos hemos visto antes. ¿Llevas mucho tiempo volando?
—Gané las alas en Arren Norte, hace dos años.
Maris agitó la cabeza.

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—Me perdí esa competición. Creo que estaba llevando un mensaje a Artellia. ¿Has
volado alguna vez al Archipiélago Occidental?
—En tres ocasiones. Dos a Gran Shotan y una a Culhall. A las Amberlys, nunca.
Casi siempre he volado entre islas Orientales, sobre todo últimamente.
Dirigió una mirada aguda por el rabillo del ojo a su Señor de la Tierra, y una
sonrisa de complicidad a Maris.
Corina. que estaba escuchando, intentó mostrarse educada.
—¿Qué opinas de Ciudad Tormenta? —preguntó—. ¿Y del Nido de Águilas? ¿Has
estado ya en el Nido?
Tya sonrió, tolerante.
—Soy un-ala. Me entrené en Hogar del Aire. No solemos ir a vuestro Nido, alada.
En cuanto a Ciudad Tormenta, me pareció impresionante. No existe nada parecido en
todo el Archipiélago Oriental.
Corina enrojeció. Maris se sentía ligeramente incómoda. Las fricciones entre los
alados de cuna y los un-ala la deprimían. Los cielos de Windhaven ya no eran el lugar
cordial que fueron en otros tiempos, y la culpa era suya.
—El Nido de Águilas no es mal sitio, Tya. Yo tengo muchos amigos allí.
—Tú no eres un-ala —señaló Tya.
—¿Ah, no? El propio Val Un-Ala me dijo en cierta ocasión que yo era la primera
un-ala, tanto si quería admitirlo como si no.
Tya la miró con gesto interrogativo.
—No, no es cierto. Eres diferente, Maris. No perteneces a las viejas familias de
alados, pero tampoco eres un-ala. No sé dónde clasificarte, pero debes sentirte muy sola.
Terminaron de cenar en medio de un silencio tenso e inseguro.
Cuando hubieron retirado las tazas del postre, el Señor del Tierra despidió a su
familia, consejeros y guardianes, para quedarse a solas con los cuatro alados y con Evan.
Intentó que también el curandero se retirase, pero no lo consiguió.
—Maris sigue bajo mis cuidados. Me quedaré con mi paciente.
El Señor de la Tierra le dirigió una mirada furiosa, pero prefirió no forzar la
situación.
—Muy bien —dijo de pronto—, tenemos que hablar de negocios. Negocios de alados.
—Clavó unos ojos ardientes en Maris — . Iré al grano. He recibido un mensaje de mi
colega, el Señor de Amberly Menor. Pregunta por tu salud. Tus alas hacen falta allí.
¿Cuándo estarás lo suficientemente recuperada para volver a Amberly?
—No lo sé. Como puedes ver, estoy bastante bien. Pero el vuelo de
Thayos a Amberly es agotador para cualquier alado, y todavía no he
recuperado las fuerzas. Saldré de Thayos tan pronto como pueda.
—Un largo vuelo — asintió Jem —. Sobre todo para alguien que ni siquiera hace
vuelos cortos.
—Sí. El curandero y tú habéis dado un largo paseo para llegar aquí. Pareces
haber recuperado la salud. Me han dicho que tus alas están reparadas. Sin embargo,
no vuelas. Nunca has venido al risco de los alados. No practicas. ¿Por qué?
—Todavía no estoy preparada.
—Ya te lo he dicho, Señor de la Tierra — dijo Jem—. Aunque lo parezca, todavía
no se ha recuperado. Si pudiera, echaría a volar ahora mismo. —Volvió la vista hacia
ella—. Lo lamento mucho si te hiero, pero es la verdad. Yo también soy un alado. Lo

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sé. Un alado vuela. No hay forma de retener en tierra a un alado sano. Me han dicho
que amabas volar más que nada en el mundo.
—Asiera. Así es.
—Señor de la Tierra... —empezó Evan. Maris le interrumpió.
—No, Evan, la responsabilidad no es tuya. Yo lo diré. —Se volvió de nuevo
hacia el Señor de Thayos—. Todavía no estoy repuesta del todo. Hay algo que no va
bien con mi sentido del equilibrio. Pero está curándose. Ya no funciona tan mal como
antes.
—Lo siento —dijo rápidamente Tya.
Jem meneó la cabeza.
—¡Oh, Maris!—susurró Corina.
Parecía inundada por la pena, estaba a punto de llorar. Corina no había
heredado la malicia de su padre, y sabía lo que significaba el equilibrio para un alado.
—¿Puedes volar? —preguntó el Señor de la Tierra.
—No lo sé — admitió Maris—. Necesito más tiempo.
—Ya has tenido bastante tiempo —señaló. A continuación, se volvió hacia Evan
—. ¿Puedes garantizar que se recobrará, curandero?
—No — dijo Evan con tristeza—. No puedo afirmarlo. No lo sé.
—Este asunto incumbe al Señor de Amberly Menor —gruñó—, pero la
responsabilidad recae sobre mí. Y yo digo que un alado que no puede volar no es un
alado, y no necesita las alas. Si no estamos seguros de que te vayas a recuperar, sólo
un loco esperaría. Te lo pregunto de nuevo, Maris: ¿puedes volar?
Tenía los ojos fijos en ella. Las comisuras de los labios se le contrajeron en un
gesto malicioso, y Maris supo que se le había terminado el tiempo.
—Puedo volar —afirmó.
—Bien. Esta noche es un momento tan bueno como cualquiera. Dices que
puedes volar. Demuéstralo.
La caminata a lo largo del húmedo y goteante túnel era tan larga como Maris
recordaba. E igual de solitaria, aunque esta vez llevara compañía. Nadie hablaba. El
único sonido era el eco de los pasos. Dos guardianes caminaban delante, portando las
antorchas. Los alados llevaban sus alas.
A aquel lado de la montaña, la noche era gélida y rutilante. El mar se movía
incesantemente bajo ellos, una presencia enorme y oscura. Maris subió los escalones que
conducían al risco de los alados. Lo hizo lentamente y, cuando llegó a la cima, las piernas
le dolían y le costaba respirar.
Evan le cogió las manos un momento.
—¿Puedo convencerte de que no lo intentes?
—N o .
—Eso me temía. Vuela bien, entonces.
La besó y se apartó de ella.
El Señor de la Tierra estaba al borde del acantilado, flanqueado por sus
guardianes. Tya y Jem desplegaron sus alas. Corina se mantuvo atrás hasta que Maris la
llamó.
—No estoy enfadada —dijo—. No esculpa tuya. Un alado no es responsable del
mensaje que lleva.

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—Gracias —susurró Corina.


Su hermosa carita estaba pálida bajo la luz de las estrellas. —Si fracaso, llevarás
mis alas a Amberly, ¿verdad? Corina asintió con un esfuerzo.
—¿Sabes qué piensa hacer el Señor de la Tierra con ellas?
—Se las dará a otro alado, quizá a uno que las haya perdido en competición. Hasta
que encuentre a alguien... Bueno, mamá está enferma, pero papá todavía puede volar.
Maris dejó escapar una suave carcajada.
—Todo esto es de una ironía increíble. Corm siempre ha querido mis alas. Pero,
una vez más, haré todo lo posible por mantenerlas fuera de su alcance.
Corina sonrió.
Tenía las alas completamente extendidas. Maris sintió el familiar e insistente
embate del viento contra ellas. Comprobó las correas y los montantes, apartó a Corina a
un lado y avanzó hasta el borde del risco. Se detuvo allí y miró hacia abajo.
El mundo retrocedió, tambaleándose como un borracho. Abajo, en la lejanía, las
olas rompían contra las negras rocas: el mar y la piedra enzarzados en su eterna guerra.
Tragó con dificultad e intentó no tambalearse. Lentamente, el mundo volvió a ser sólido
y seguro. Sin movimiento. Era sólo un risco, como cualquier otro risco, y abajo estaba el
océano interminable. El cielo era su amigo. Su amante.
Maris flexionó los brazos y se agarró a las correas. Luego respiró profundamente
y saltó.
El impulso la apartó limpiamente del borde, el viento la recogió y la sostuvo. Era un
viento frío, fuerte. Un viento que llegaba hasta los huesos. No agitado y furioso, no. Un
buen viento para volar. Se relajó y se entregó a él. Se deslizó hacia abajo, dando una
vuelta, trazando una amplia y elegante curva.
Pero la corriente de aire volvió a empujarla hacia la montaña. Maris alcanzó a ver
al Señor de la Tierra y a los demás alados que esperaban allí. Jem había desplegado las
alas y se preparaba para saltar. Maris no se decidía a alejarse de ellos. Trazó un arco con
el cuerpo para mejor captar el viento.
El cielo dio un bandazo y se tornó fluido a su alrededor. Se elevó demasiado y,
cuando intentó corregir la posición desplazando el peso en dirección contraria, dio la
vuelta inesperadamente. El aliento se le congeló en la garganta.
El sentido del aire había desaparecido. Maris cerró los ojos un instante,
sintiéndose mareada. Estaba cayendo, todo su cuerpo gritaba. Estaba cayendo, los oídos
le aullaban y el sentido del aire la había abandonado. Siempre los conoció: los cambios
sutiles del viento, las leves alteraciones, ante las que reaccionaba antes de ser siquiera
consciente de ellas, el sabor de una tormenta que aún no se había desencadenado y el
presagio del aire sin vientos. Todo eso había desaparecido. Voló a través de un
interminable océano de aire vacío, sin sentir nada, mareada. Y ese extraño y salvaje
viento al que no comprendía la tenía entre sus garras.
Sus grandes alas plateadas se agitaban salvajemente hacia atrás y hacia
adelante, a medida que el cuerpo se le estremecía. Maris abrió de nuevo los ojos,
invadida repentinamente por la desesperación. Recobró la serenidad e intentó volar
confiando únicamente en la visión. Pero las rocas se movían, todo estaba demasiado
oscuro y las estrellas del cielo parecían bailar y cambiar de posición, como si se
burlasen de ella.
El vértigo la atenazó y la devoró. Maris se soltó de los asideros —jamás había
hecho una cosa así, jamás— y dejó de volar, limitándose a colgar de las alas. Se encogió
bajo las correas y vomitó en el océano la cena del Señor de la Tierra. Volvió a agarrar los
asideros de las alas e intentó remontarse con el viento, pero todo lo que consiguió fue un
giro a barlovento que la llevó a un picado. Intentó corregirlo, pero no pudo.

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Estaba gritando.
El mar subió a su encuentro. Brillante. Cambiante.
Le dolían los oídos.
No podía volar. Era una alada, siempre había sido una alada, la amante del
viento, alas de madera, niña del cielo, sola, el cielo era su hogar, alada, alada, alada, y
no podía volar.
Cerró los ojos para que el mundo pudiera seguir inmóvil.
Con una bofetada y un chorro de agua salada, el mar la acogió. La había estado
esperando, pensó Maris. Todos aquellos años.
—Déjame sola —dijo aquella noche, cuando volvieron a casa.
Evan obedeció.
Maris durmió la mayor parte del día siguiente.
Al otro, Maris despertó temprano, cuando las primeras luces del amanecer
entraron en la habitación. Se encontraba espantosamente mal, fría y sudorosa, con un
gran peso sobre el pecho. Por un momento, no supo qué le sucedía. Luego lo recordó. Ya
no tenía alas. Intentó pensar en ello, pero la desesperación, la rabia y la autocompasión
hicieron presa en ella. Se acurrucó otra vez entre las sábanas e intentó volver a dormir.
Mientras durmiera, no tendría que enfrentarse a la pérdida.
Pero el sueño no acudía. Por fin, se levantó. Evan estaba en la cocina, friendo unos
huevos.
—¿Hay hambre? —preguntó.
—No —respondió Maris, con la mente nublada.
Evan asintió y cascó dos huevos más. Maris se sentó a la mesa y, cuando tuvo el
plato delante, se dedicó a comer, con indiferencia.
Era un día húmedo y ventoso, con la tormenta flotando en el aire. Cuando
terminó de desayunar, Evan le habló de su trabajo. Al mediodía, dejó sola a Maris. Ella se
dedicó a vagar sin propósito por la casa vacía. Finalmente, se sentó ante una ventana
para contemplar la lluvia.
Evan volvió después del anochecer, empapado y desanimado. Maris seguía sentada
ante la ventana, en la casa fría y oscura.
—Podrías haber encendido el fuego —gruñó el curandero, con tono disgustado.
—Lo siento —respondió mirando al vacío—. No se me ocurrió.
Evan prendió el fuego. Maris se acercó a ayudarle, pero él la rechazó y la apartó a
un lado. Comieron en silencio. La cena pareció devolver ánimos a Evan. Al terminar,
preparó un poco de su té especial, colocó un tazón frente a ella y se sentó en su sillón
favorito.
Maris saboreó el té humeante, consciente de que los ojos del curandero estaban
fijos en ella. Levantó la cabeza y le miró.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó Evan.
Meditó un momento la respuesta.
—Muerta —dijo por fin.
—Habíame de ello.
—No puedo —dijo, empezando a llorar—. No puedo.
Cuando se dio cuenta de que el llanto no llevaba camino de cesar, Evan le
preparó una poción para dormir y la llevó a la cama.

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Al día siguiente, Maris salió fuera de la casa.


Tomó un camino que le había indicado Evan, un sendero fácil que no llevaba a los
acantilados, pero sí al mar. Pasó el día caminando por una playa fría, llena de guijarros,
que parecía interminable. Cuando se cansaba, se sentaba al borde del mar. Tiraba
guijarros a las olas, y disfrutaba melancólicamente cuando rebotaban en el agua para a
continuación hundirse.
Pensó que el mar era diferente allí. Frío y gris, sin colores. Echaba de menos
los brillantes verdes y azules de las aguas que costeaban Amberly.
Las lágrimas le corrieron por las mejillas, pero no se molestó en secárselas. A
ratos se daba cuenta de que estaba sollozando, pero no conseguía recordar cuándo ni
por qué había empezado a llorar.
El mar era vasto y solitario, la playa vacía parecía perderse en la eternidad, y
el cielo nublado y salvaje lo rodeaba todo. Pero Maris se sentía encerrada, asfixiada.
Pensó en todos los sitios del mundo que nunca volvería a ver, y el recuerdo de cada
uno era un nuevo y lacerante dolor. Pensó en las impresionantes ruinas de la Antigua
Fortaleza de Laus. Recordó la academia Alas de Madera, enorme y oscura, encla vada
en Colmillo de Mar. El Templo del Dios del Cielo en Deeth. Los elegantes castillos de la
princesa alada en Artellia. Los molinos de Ciudad Tormenta. La Casa del Viejo
Capitán, imposiblemente antigua. Los poblados arborícolas de Setheen y Alessy, los
osarios y los campos de batalla de Lomarron, los viñedos de Amberly, la recargada
atmósfera de la cervecería de Riesa en Skulny. Lo había perdido todo. Y el Nido de
Águilas... Un barco podría llevarla a cualquier parte, pero el Nido era un lugar para
alados, y ahora sus puertas se le habían cerrado para siempre.
Pensó en sus amigos, tan repartidos por todo Windhaven como las
innumerables islas que componían el planeta. Algunos podrían visitarla, pero muchos
otros acababan de desaparecer de su vida como si ya no existieran. La última vez que
le vio, T'Mar estaba gordo y feliz en su casita de piedra en Hethen, enseñando a su
nieta a extraer belleza de un trozo de piedra. Ahora, para ella, estaba tan muerto
como Halland. Era un recuerdo, nada más. Nunca volvería a ver a Reid ni a su
hermosa y alegre esposa. Nunca volvería a pasar la noche bebiendo cerveza con
Riesa, compartiendo con ella el recuerdo de Garth. No compraría más chucherías de
madera a S'Mael, ni bromearía con el cocinero de aquella pequeña taberna de Poweet.
Nunca volvería a contemplar las competiciones anuales, ni se sentaría a
chismorrear o a cantar en una fiesta, rodeada de alados.
Los recuerdos la atravesaban como un millar de cuchillos, y Maris gritó su
dolor. Lloró hasta que apenas pudo respirar. Era perfectamente consciente del
aspecto que debía de tener: una vieja ridícula llorando y gimiendo sola en la playa.
Pero no era capaz de contenerse.
Apenas se atrevía a pensar en el vuelo, en la alegría, en la libertad que había
perdido para siempre. Pero los recuerdos llegaron solos: el mundo extendiéndose
bajo ella, la felicidad de tener alas, la emoción de volar ante una tormenta, los
múltiples colores del cielo, la magnífica soledad de las alturas... Todas las cosas que
no volvería a experimentar más que a través del recuerdo. En una ocasión,
descubrió una corriente ascendente que la llevó casi hasta el infinito, hasta los
lugares por los que se movieron los navegantes de las estrellas. Desde allí no se veía
el mar, no había nada que volase a excepción de los extra ños y etéreos espectros
del viento. Siempre recordaría aquel día, siempre.
El mundo se oscureció a su alrededor. Las estrellas aparecieron. El sonido del
mar lo llenaba todo. Estaba entumecida, empapada hasta los huesos, vacía de
lágrimas mientras intentaba enfrentarse al vacío que era su vida. Por fin se levantó e
inició el largo camino de regreso hacia la cabaña, dando la espalda al mar y al cielo.

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Refugio del viento

La casa estaba caldeada, repleta del sabroso aroma de un estofado. La visión de


Evan de pie, junto al fuego, hizo que el corazón le latiera más de prisa. Aquellos ojos
azules eran infinitamente tiernos cuando pronunciaba su nombre. Corrió hacia él y le
rodeó con los brazos, abrazándole como si fuera todo en la vida para ella. Cerró los ojos
para combatir el vértigo.
—Maris —repitió el curandero—. Maris.
La voz del hombre sonaba complacida y sorprendida. Sus brazos la rodearon,
la estrecharon, protectores. Luego la llevó hasta la mesa y puso un plato frente a
ella.
Habló mientras comían, contándole lo que había pasado durante el día. Una
aventura persiguiendo a un venado, los problemas para encontrar un arbusto con
moras plateadas ya maduras, el postre especial que había preparado...
Maris asentía sin apenas entenderle, reconfortada por el sonido de su voz,
deseosa de que siguiera. Las palabras del hombre, su presencia, le decían que el
mundo todavía no había terminado.
Al rato, le interrumpió.
—Tengo que saberlo, Evan. Esta... Esta lesión que tengo... ¿Hay posibilidades
de que se cure alguna vez? ¿Podré...? ¿Me recuperaré?
Evan dejó la cuchara en el plato y, por un momento, la alegría huyó de su
rostro.
—No lo sé, Maris. Y no creo que nadie pueda decirte si tu estado es temporal o
permanente. No puedo estar seguro.
—Entonces, dime lo que tú crees. Tu opinión.
El dolor se reflejó en los ojos del curandero.
—No —dijo con voz sosegada —. No creo que llegues a recuperarte del todo. No
creo que puedas recuperar lo que has perdido.
Ella asintió, con el rostro tranquilo.
—Comprendo. —Se separó de la mesa—. Gracias. Tenía que preguntarlo. No sé
por qué, pero seguía albergando esperanzas.
Se levantó.
— Maris...
Le hizo un gesto para que no siguiera.
—Estoy cansada. Ha sido un día muy duro y tengo que pensar, Evan.
Necesito decidir algo, tengo que estar sola. Lo siento. —Se obligó a sonreír—. El
estofado estaba muy bueno. Lamento perderme ese postre especial que has
preparado, pero no tengo mucha hambre.

La habitación estaba fría y a oscuras cuando Maris despertó. El fuego se había


apagado. Se sentó en la cama y miró hacia la oscuridad. Ya no hay lágrimas, pensó. Ha
pasado.
Cuando apartó las mantas y se levantó, el suelo se tambaleó bajo sus pies y, por
un momento, vaciló insegura. Luego se irguió, se puso una túnica corta y se dirigió hacia
la cocina, donde encendió una vela con los rescoldos que se consumían en la chimenea. El
suelo de madera le enfriaba los pies desnudos a medida que se dirigía hacia el vestíbulo,
pasando junto al taller en el que Evan preparaba las pociones y ungüentos, y las vacías
habitaciones reservadas para los que acudían a él.
Cuando la puerta se abrió, Evan se estiró, dio media vuelta y pestañeó al verla.

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—Maris —dijo con voz ronca por el sueño—. ¿Sucede algo?


—No quiero estar muerta.
Maris atravesó la habitación y encendió el candil de la mesita de noche. Evan se
incorporó y la tomó de la mano.
—He hecho todo lo posible como curandero. Si quieres mi amor... Si me quieres a
mí...
Le acalló con un beso.
—Sí —respondió.
—Querida —susurró Evan. contemplándola a la luz de las velas.
Las sombras daban un aspecto extraño a su rostro. Por un momento, se sintió
insegura y asustada.
Pero el momento pasó. Él apartó las sábanas, ella se despojó de la túnica y se
metió en la cama con él. La rodeó con los brazos, la acarició con unas manos gentiles,
cariñosas y familiares. El cuerpo del hombre era cálido y estaba lleno de vida.

—Enséñame a curar —pidió Maris a la mañana siguiente—. Quiero trabajar


contigo.
Evan sonrió.
—Muchas gracias, pero no es fácil, ¿sabes? ¿A qué viene ese repentino interés por
las artes curativas?
—Tengo que hacer algo, Evan. Sólo sé volar. Nunca he hecho otra cosa. Puedo
tomar el barco y volver a Amberly, y pasar el resto de mis días en la casa que heredé de
mi padrastro, sin hacer nada. Me mantendrán aunque no me lo gane. La gente de
Amberly no permite que sus alados terminen como mendigos. —Se separó de la mesa de
desayuno y empezó a caminar—. O puedo quedarme aquí, si encuentro algo en lo que
ocuparme. Si no hago alguna cosa útil para llenar mis días, los recuerdos me volverán
loca. Ya ha pasado la época en que podía tener hijos. Hace años, opté por no ser madre. Y
no puedo pilotar un barco, ni entonar una melodía, ni construir una casa. Los jardines que
he plantado acaban siempre por morirse. No tengo futuro como mendiga, y si trabajara en
un comercio, si tuviera que pasarme el día vendiendo cosas, terminaría por darme a la
bebida.
—Ya veo que has considerado todas las opciones —dijo Evan, con la sombra de una
sonrisa en los labios.
—Exacto —replicó Maris con seriedad—. No sé si reúno las condiciones necesarias
para ser curandera. No hay ningún motivo para creerlo. Pero estoy decidida a esforzarme
al máximo, y además tengo memoria de alado. No confundiré los venenos con las pociones
curativas. Puedo ayudarte a recoger hierbas, a mezclar remedios, a sujetar a los
pacientes mientras les operas, a lo que sea. He ayudado en dos partos, puedo hacer
todo lo que me pidas, cualquier cosa para la que necesites otro par de manos.
—Llevo mucho tiempo trabajando solo, Maris. No tengo paciencia con la torpeza, la
ignorancia o los errores.
Maris le sonrió.
—O con opiniones que difieran de la tuya.
—Sí —rió—. Supongo que podré enseñarte, y no me vendrá mal tu ayuda. Pero no
me creo ese «haré todo lo que me pidas». Empiezas un poco tarde para ser una humilde
criada.

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Maris le miró, intentando que en su rostro no se reflejara el repentino pánico que


sentía. ¿Qué podría hacer si se negaba? No quería dar la impresión de estar suplicando
una excusa para quedarse a su lado.
Evan debió de notar algo, porque le tomó la mano y se la sostuvo con fuerza.
—Podemos intentarlo. Si tú quieres aprender, yo quiero enseñarte. Ya es hora de
que transmita mis conocimientos a otro. Así, si me pica una garrapata azul o contraigo la
fiebre de la mentira, con mi muerte no se perderá todo.
Maris sonrió, aliviada.
—¿Cuándo empezamos?
Evan lo pensó un momento antes de responder.
—Hay aldeas y campamentos por los que no he pasado desde hace medio año.
Podríamos viajar un par de semanas y hacer la ronda. Así tendrías una idea de en qué
consiste mi trabajo, y averiguaríamos si tienes estómago. —Le soltó la mano y se dirigió
hacia el almacén—. Ayúdame a hacer el equipaje.
Maris aprendió muchas cosas en los viajes con Evan a través de los bosques.
Algunas eran agradables.
Se trataba de un trabajo duro. Evan, tan paciente como curandero, era un
maestro exigente. Pero Maris se alegraba de ello. Prefería que la obligaran a trabajar con
todas sus fuerzas, hasta que no podía más. No tenía tiempo para pensar en su pérdida y,
por las noches, dormía profundamente.
Pero, pese a que disfrutaba siendo útil y realizaba alegre todas las tareas que Evan
le encomendaba, en esta nueva vida había exigencias que a Maris le costaba mucho
cumplir. Resultaba difícil dar ánimos a un extraño, y más difícil todavía era no poder dar
ni eso. Maris tuvo pesadillas con una mujer que había perdido a su hijo. Fue Evan
quien se lo dijo, claro, pero la pobre mujer dirigió su pena y su rabia contra Maris,
negándose a creer la noticia, pidiendo un milagro que nadie podía realizar. Maris se
maravillaba de que Evan pudiera ofrecer tanto de sí mismo, absorber tanto dolor,
miedo y pena, año tras año, sin derrumbarse. Intentó imitar la serenidad, los
modales firmes y gentiles del curandero, recordándose a sí misma constantemente
que Evan le dijo que era fuerte.
Maris se preguntaba si, con el tiempo, conseguiría más habilidad y confianza en
sí misma. A veces, Evan parecía saber qué hacer por puro instinto, de la misma
manera que algunos alas de madera se lanzaban al viento como si hubieran nacido
para ello, mientras que otros se debatían sin esperanzas, les faltaba ese especialísimo
sentido del aire. Evan, con un simple toque, podía calmar a una persona dolorida.
Maris no tenía ese don.
Cuando cayó la noche de su decimonoveno día de viaje, Maris y Evan no se
detuvieron para acampar, sino que apresuraron la marcha. Hasta Maris, para la que
todos los árboles eran iguales, reconoció aquella parte del bosque. La casa de Evan
apareció bruscamente ante ellos.
De pronto, Evan la agarró por la muñeca, deteniéndola. Miraba hacia adelante,
hacia la casa. En la ventana había luz, y salía humo por la chimenea.
—¿Un amigo? —aventuró Maris—. ¿O alguien que necesita tus ser vicios?
—Quizá, pero hay otras posibilidades. Desarraigados, gente a la que han
expulsado de sus pueblos o aldeas por cometer algún crimen o hacer alguna locura.
Suelen atacar a los viajeros o irrumpir en las casas y esperar...
Se acercaron en silencio, Evan unos pasos por delante, encaminándose hacia la
ventana en vez de hacia la puerta.
—Un hombre y una niña. No parecen peligrosos —murmuró.

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Era una ventana alta. Aun de puntillas y apoyada en Evan, Maris apenas
llegaba a atisbar en el interior.
Vio a un hombre de aspecto rudo, con barba, sentado en una ban queta frente
al fuego. A sus pies se sentaba una niña que le miraba directamente al rostro.
El hombre volvió lentamente la cabeza, y el fuego arrancó destellos rojos de su
cabello negro. La luz le iluminó el rostro.
—¡Coll! —gritó alegremente.
Se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero Evan la sostuvo a tiempo.
—¿Tu hermano?
—¡Sí!
Rodeó la casa corriendo, y no había hecho más que poner la mano en el
picaporte cuando la puerta se abrió desde dentro y Coll la envolvió en un abrazo de oso.
A Maris nunca dejaba de sorprenderle la corpulencia de su hermanastro. Solía
verle con intervalos de varios años, y en ese tiempo siempre le recordaba como el
joven Coll, su hermanito pequeño, delgado, inseguro y frágil, que sólo se sentía a gusto
con la guitarra en las manos, que sólo se crecía cuando cantaba.
Pero su hermanito se había desarrollado, había crecido hasta alcanzar aquella
imponente altura. Años de viajes, ganándose el pasaje hacia las demás islas trabajando
como marinero, haciendo cualquier tipo de labor cuando su público era demasiado pobre
para pagar las canciones, le habían fortalecido. Su pelo, de un rojo dorado, se había
oscurecido hasta alcanzar aquel tono castaño. Ahora el rojo sólo se atisbaba en la barba
o en reflejos ocasionales.
—Tú debes de ser Evan, el curandero —dijo, dirigiéndose al hombre. Mantenía a
Maris en el aire, bajo el brazo. Al ver el asentimiento de Evan, siguió hablando—. Siento no
haber sido más cortés, pero en Puerto Thayos nos dijeron que Maris vivía aquí, contigo.
Llevamos cuatro días esperando que aparezcáis. Rompí una contraventana para entrar, pero
ya la he arreglado. Creo que la he dejado mejor que antes. —Volvió a mirar a Maris y
estrechó el abrazo—. Teníamos miedo de que te hubieras marchado ya.
Maris se puso tensa. Vio la preocupación reflejada en el rostro de Evan, y negó
ligeramente con la cabeza.
—Tenemos que hablar. Ven, siéntate junto al fuego. Se me van a caer las piernas
de tanto andar. ¿Puedes preparar un poco de ese maravilloso té tuyo, Evan?
—He traído Kivas —intervino rápidamente Coll—. Me dieron tres botellas a cambio
de una canción. ¿Caliento una?
—Estupendo —respondió Maris.
Mientras rebuscaba en la alacena donde se guardaban los pesados tazones de
arcilla, volvió a ver a la niña, oculta en las sombras, y se detuvo de golpe.
—¿Bari?
La niñita avanzó con timidez, la cabeza inclinada, mirando disimuladamente hacia
arriba.
—Bari —repitió cálidamente —. ¡Eres tú! ¡Soy tu tía Maris! —Se inclinó para
abrazarla, antes de alejarla de ella para verla mejor—. No me recuerdas, claro. La última
vez que te vi, abultabas menos que un nido de pájaro.
—Mi padre canta sobre ti —dijo Bari.
Su voz resonó con la claridad de una campana.
— ¿Tú también cantas?

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Bari se encogió de hombros y miró al suelo.


—A veces —murmuró.
Bari era una chiquilla delgada de unos ocho años. Tenía muy cortos los luminosos
cabellos castaños, peinados como una caperuza que enmarcaba el rostro pecoso en
forma de corazón. Sus ojos grises eran enormes. Vestía como una versión en miniatura
de su padre, una túnica de lana sujeta con un cinturón, sobre unos pantalones de cuero.
De una correa que llevaba alrededor del cuello, pendía un trozo de resina endurecida color
dorado.
—¿Por qué no traes cojines y mantas y las pones ante el fuego para que estemos
cómodos? —sugirió Maris—. Están en ese armario del rincón.
Cogió los tazones y volvió junto al hogar. Coll la tomó de la mano y la atrajo hacia
el suelo, para sentarla a su lado.
—Es maravilloso verte caminar, sana —dijo con su profunda y cálida voz—. Cuando
me enteré del accidente, temí que quedaras lisiada, como nuestro padre. Esperaba
recibir alguna noticia buena a lo largo del viaje desde Poweet, pero nunca llegó. Me han
dicho que fue una caída terrible, entre las rocas, que te rompiste las dos piernas y un
brazo. Pero ahora por fin te veo, y te veo entera. ¿Cuándo piensas volar hacia Amberly?
Maris miró a los ojos del hombre al que, pese a no llevar la misma sangre, había
querido como hermano durante más de cuarenta años.
—Nunca volveré a Amberly, Coll —dijo con voz monótona—. Nunca volveré a volar.
La caída me hizo más daño del que creía. El brazo y las piernas se me han curado, pero
hay algo que sigue enfermo. Cuando me golpeé la cabeza... No tengo sentido del
equilibrio. No puedo volar.
Coll la miró boquiabierto, y la alegría le desapareció del rostro. Negó con la
cabeza.
—Maris... No...
—Es inútil decir que no. He tenido que aceptarlo.
—¿No hay nada que...?
Evan les interrumpió, para alivio de Maris.
—Nada. Maris y yo hemos hecho todo lo posible. Las lesiones cerebrales son algo
misterioso. No sabemos exactamente qué pasó, y casi aseguraría que no hay curandero
en todo Windhaven que sepa qué hacer para curarla.
Coll asintió, con gesto confuso.
—No quería insinuar que... Es que me cuesta aceptarlo, Maris. ¡No puedo
imaginarte atada a la tierra!
Maris sabía que lo decía de corazón, pero la compasión y la incapacidad de
comprender de su hermanastro le hacían daño. Abrían otra vez las heridas.
—No tienes que imaginarlo —dijo secamente—. Ahora, ésta es mi vida. Cualquiera
puede darse cuenta. Las alas han partido ya hacia Amberly.
Coll no dijo nada. Maris no quería ver el dolor reflejado en su rostro, así que desvió
la vista hacia el fuego, permitiendo que el silencio se impusiera. Oyó el descorchar de una
botella de piedra, y a Evan escanciar el kivas en tres tazones.
—¿Puedo probar? —preguntó Bari, acurrucada junto a su padre, mirando
esperanzada hacia arriba.
Coll le dedicó una sonrisa y le alborotó el cabello.

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Al ver juntos al padre y a la hija, la tensión se disolvió repentinamente dentro de


Maris. Se encontró con la mirada de Evan cuando el curandero le puso en las manos un
tazón del humeante vino especiado. Le sonrió.
Volvió la vista hacia Coll. Iba a dirigirle la palabra cuando advirtió la guitarra que
yacía, como siempre, al alcance de la mano del bardo. Su visión desencadenó un torrente
de recuerdos, y por un momento le pareció que Barrion, muerto desde hacía varios años,
volvía a estar con ellos, en la habitación. Aquella guitarra había sido suya, y él afirmaba
que llevaba generaciones en la familia, pasando de padres a hijos desde los tiempos de
los navegantes de las estrellas. Nunca supo si creerle o no —las exageraciones y las
hermosas mentiras brotaban de los labios del bardo tan fácilmente como respiraba—,
pero el instrumento era muy antiguo. Se lo había confiado a Coll, su protegido, el hijo
que nunca tuvo. Maris extendió el brazo para sentir el tacto de la suave madera,
oscurecida por los múltiples pulidos y el uso constante.
—Canta para nosotros, Coll —sugirió—. Canta algo nuevo.
Casi antes de que terminara de decirlo, él ya tenía la guitarra en las manos,
apoyada contra el pecho. Las cálidas notas resonaron en la habitación.
—La he titulado El Lamento del Bardo —dijo con una sonrisa sarcástica.
Y empezó a entonar una canción melancólica e irónica a la vez, sobre un bardo
cuya mujer le abandona porque ama demasiado la música. Maris sospechó que cantaba
sobre su propio matrimonio, pese a que Coll nunca le dijo por qué había terminado, y ella
estuvo demasiado lejos para saberlo de primera mano.
El estribillo de la canción decía así:
Un bardo casar no debe,
un bardo no ha de desposar.
Sólo a la música besar puede,
sólo con una canción reposar.
Luego cantó una tonada sobre el turbulento amor entre un altivo Señor de la Tierra
y una aún más altiva un-ala. Maris reconoció uno de los nombres, pero era la primera vez
que oía la historia.
—¿Es cierto eso? —preguntó cuando sonó la última nota. Coll se echó a reír.
—Recuerdo que solías hacerle la misma pregunta a Barrion, así que te daré la
misma respuesta que él: ¡No puedo decirte cuándo ni dónde aconteció, pero sigue siendo
una historia auténtica!
—Canta ahora mi canción —pidió Bari.
Coll besó a su hija en la nariz y cantó una fantasía sobre una niñita llamada Bari
que se hacía amiga de una escila, que se la llevaba a buscar un tesoro escondido en una
cueva marina.
Después cantó viejas canciones: la balada de Aron y Jani, la canción de los alados
fantasmas, la del loco Señor de Kennehut, y su propia versión de la canción de las alas de
madera.
Más tarde, cuando Bari ya estaba en la cama y los tres adultos apuraban la última
botella de kivas, se dedicaron a hablar de su vida. Más calmada ahora, Maris comunicó a
Coll su decisión de quedarse con Evan. Una vez pasada la primera sorpresa, Coll disimuló
la compasión que sentía por ella, pero le hizo saber que no comprendía aquella elección.
—Pero ¿por qué quedarte aquí, en las Orientales, lejos de todos tus amigos? —Y,
con cortesía de borracho, añadió —: No es que quiera menospreciarte, Evan.
—Dondequiera que elija vivir, estaré lejos de mucha gente. Ya sabes lo dispersos
que están mis amigos.

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Tomó un sorbo de la bebida, intoxicantemente cálida, sintiendo la liberación que


le proporcionaba.
—Vuelve conmigo a Amberly, Maris —insistió Coll —. Puedes vivir en la casa donde
crecimos. Podemos esperar a la primavera para que el mar esté tranquilo, pero el viaje
desde aquí no es tan peligroso. Créeme.
—Quédate con la casa. Bari y tú podríais vivir allí. O véndela, si lo prefieres. No
puedo volver. Hay demasiados recuerdos. Aquí, en Thayos, he empezado una nueva vida.
No será fácil, pero Evan me ayudará. —Le tomó la mano—. No puedo vivir sin hacer nada.
Prefiero ser útil.
—Pero... ¿cómo curandera? —Coll agitó la cabeza—. Me resulta raro verte así. —
Miró a Evan —. ¿Tiene madera para eso? Quiero saber la verdad.
Evan apretó la mano de Maris con la suya.
—Aprende de prisa —dijo tras pensar un momento—. Quiere ayudar, y no titubea
ante las tareas más difíciles. Aún no sé si tiene madera de curandera, ni si llegará a
adquirir la habilidad necesaria.
»Pero debo admitir, no sin cierto egoísmo, lo que me alegra que se quede
conmigo. Tengo la esperanza de que no se vaya nunca.
El rubor le tino las mejillas, y Maris inclinó la cabeza para beber. Las últimas
palabras la habían sorprendido agradablemente. Evan y ella habían intercambiado muy
pocas frases de amor. Ninguna promesa, nada de extravagantes manifestaciones o
cumplidos. Siempre procuraba apartarse la idea de la cabeza pero, en su interior, temía
no haber dejado elección a Evan. Se había instalado en su vida antes de que pudiera
pensárselo mejor. Pero, ahora, en su voz se leía el amor.
Se hizo el silencio en la habitación. Maris lo rompió preguntando a Coll sobre Bari.
—¿Cuánto tiempo hace que viaja contigo?
—Unos seis meses, ahora —dijo, vaciando el tazón y tornando la guitarra para
rasguearla suavemente mientras hablaba—. El nuevo marido de su madre es un hombre
violento. Una vez, pegó a Bari. Mi ex esposa no sabe decirle que no a nada, pero no puso
objeciones a que me llevara a la niña. Según ella, su nuevo marido está celoso de Bari.
Están intentando tener un hijo.
—¿Cómo se encuentra Bari?
—Creo que se alegra de venir conmigo. Es una chiquilla muy tranquila. Sé que echa
de menos a su madre, pero está contenta de haber salido de una casa donde nada de lo
que hacía parecía estar bien hecho.
—¿Estás enseñándole a cantar? —inquirió Evan.
—Si quiere ser barda, lo haré. Yo era más joven que ella cuando empecé, pero Bari
aún no sabe lo que quiere hacer con su vida. Canta muy bien, pero ser bardo es algo más
que cantar canciones de otros, y aún no ha demostrado talento para componer las suyas
propias.
—Todavía es muy joven —señaló Maris.
Coll se encogió de hombros y dejó a un lado la guitarra.
— Sí, todavía queda tiempo. No quiero presionarla —parpadeó y bostezó—. Ya
es hora de que nos acostemos.
—Te llevaré a una habitación —dijo Evan.
Coll lanzó una carcajada y negó con la cabeza.
—No hace falta. He pasado cuatro días aquí, me siento como en casa.

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Se levantó. Maris le imitó y empezó a recoger los tazones vacíos. Besó a Coll
para desearle buenas noches, y se estremeció cuando Evan apagó el fuego y volvió a
colocar los muebles en su sitio, esperando el momento en que salieran, cogidos de la
mano, hacia la cama que compartían.

Durante los días que siguieron, Coll mantuvo bien alto el ánimo de Maris.
Pasaban largas horas juntos, mientras el bardo le contaba sus aventuras y cantaba
para ella. Desde que Coll partió por primera vez con Barrion y Maris se convirtió en
una auténtica alada, no habían estado mucho tiempo juntos. Ahora, a medida que los
días transcurrían en compañía de Coll y Bari, llegaron a intimar más que nunca desde
la niñez de Coll. Le habló por primera vez de su fracaso matrimonial, y de que la
culpa había sido suya por pasar tanto tiempo fuera de casa. Maris no habló del
accidente, ni de lo infeliz que se sentía, pero tampoco hizo falta. Coll sabía muy bien lo
que significaban las alas para ella.
Sin que nadie se diera cuenta, los días se convirtieron en semanas, y Coll
seguía allí con Bari. El bardo se acercaba a menudo a Thossi y a Puerto Thayos para
cantar en las tabernas, mientras Bari empezaba a acompañar a Evan en sus visitas.
Era tranquila, no molestaba y prestaba mucha atención. Al curandero le complacía el
interés de la chiquilla. Los cuatro vivían a gusto juntos, se turnaban en las labores del
hogar y se reunían al atardecer para contarse historias o jugar junto al fuego. Maris
decía a Coll, a Evan y a sí misma que estaba contenta. Que no pensaba en otra vida.
Y, un día, llegó S'Rella.
Maris estaba sola en casa aquella tarde, y fue la que le abrió la puerta. Su
primera reacción fue de alegría al ver a una antigua amiga. Pero, cuando abrió los
brazos para recibirla, vio las alas que S'Rella llevaba colgadas del hombro, y el
corazón le dio un doloroso vuelco. Mientras hacía entrar a la alada y ponía a hervir la
tetera, pensaba que pronto la abandonaría para marcharse volando.
Le costó un gran esfuerzo sentarse al lado de S'Rella y fingir interés para
preguntarle qué noticias traía.
El rostro de S'Rella brillaba con una emoción a duras penas contenida.
— He venido por cuestión de trabajo, traigo un mensaje para ti. Me han
encomendado que te invite a que tomes un barco hasta Colmillo de Mar. Quieren que
te hagas cargo de la academia. En Alas de Madera hace falta un profesor fijo y
experimentado, no como los que han pasado por allí durante los últimos seis años, que
tan pronto venían como se iban. Alguien comprometido con la academia. Alguien conocido.
Un líder. Tú, Maris. Todo el mundo ha pensado en ti. No hay nadie más adecuado que tú
para el trabajo. Queremos que estés allí.
Maris pensó en Sena, muerta hacía casi quince años, y en cómo habían sido los
últimos tiempos de su larga vida. La alada caída, lisiada, de pie en el risco de Alas de
Madera, gritando roncamente mientras intentaba transmitir sus conocimientos a los
jóvenes alas de madera que daban vueltas en el aire, sobre ella. Jamás volaría otra vez.
estaba eternamente atada a la tierra, con una pierna casi inútil y un ojo blanquecino y
ciego. Eternamente en el suelo, mirando las nubes tormentosas, viendo cómo las alas de
madera se alejaban de ella volando, día tras día, año tras año. Durante todos aquellos
años. Hasta que murió. ¿Cómo pudo soportarlo?
Un profundo escalofrío recorrió a Maris. Negó fieramente con la cabeza.
— ¿Maris? — S'Rella parecía asombrada—. Siempre has sido la principal defensora
de Alas de Madera. Todavía puedes hacer una gran labor. ¿Qué te pasa?
Maris la miró con la boca abierta. Estaba a punto de gritar.
—¿Cómo puedes preguntarlo? —dijo con voz sosegada.

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—Pero... ¿Qué vas a hacer aquí, Maris? Sé cómo te sientes. Créeme. Pero tu vida no
ha acabado. Recuerdo que, una vez, me dijiste que los alados éramos tu familia. Seguimos
siéndolo. Es una locura que te aísles de esta manera. Vuelve. Nos necesitas, y te
necesitamos. Alas de Madera es tu sitio. Nunca habría existido sin ti. No le des la espalda
ahora.
—No lo entiendes —replicó Maris—. No puedes entenderlo. Tú vuelas.
S'Rella se acercó y tomó la mano de Maris. La sostuvo largo rato aunque seguía
inerte entre las suyas, sin responder a la presión.
—Estoy intentando comprenderte. Sé lo que debes de estar sufriendo. Créeme.
Desde que lo supe, no ha pasado un momento sin que me preguntara qué sería de mi
vida si me lesionase. He llegado a estar en tierra todo un año, ya lo sabes, así que puedo
hacerme una idea. Aunque nunca tuve que enfrentarme al hecho de que fuera para
siempre. Todo el mundo lo ha pensado en un momento u otro. Al final, es algo que les
ocurre a todos los alados. A veces en las competiciones, otras por lesiones, casi siempre
por la edad.
—Siempre pensé que moriría. Nunca imaginé que seguiría viviendo sin poder volar.
S'Rella asintió.
—Lo sé. Pero, ahora que ha sucedido, tienes que hacerte a la idea.
—Ya lo he conseguido. O lo había conseguido. — Apartó la mano de su amiga—. He
construido aquí una nueva vida. Si no hubieras venido... Si pudiera olvidar...
Por la expresión de S'Rella, se dio cuenta de que la había herido. Pero la alada
negó decididamente con la cabeza.
—No puedes olvidar. Nunca lo conseguirás. Tienes que seguir adelante y hacer
todo lo que puedas. Ven y enseña a los alas de madera. Quédate cerca de tus amigos.
Aquí no haces más que esconderte, fingir que...
—De acuerdo, estoy fingiendo —dijo Maris con amargura. Se acercó a la ventana y
miró a lo lejos, enfocando la vista en la mancha verde y marrón que era el bosque —. Pero
necesito fingir para seguir viviendo. No puedo soportar que me recuerden
constantemente lo que he perdido. Cuando te vi en la puerta, sólo podía pensar en tus
alas, en cuánto me gustaría ponérmelas y alejarme volando de aquí. Creía que había
dejado de pensar en ello. Creía que me había acostumbrado a esta vida. Quiero a E van y
estoy aprendiendo mucho para ser su ayudante. Ahora, soy útil. Disfruto teniendo a Coll
cerca de mí, he conocido a su hija. Y la visión de un par de alas lo derrumba todo,
convierte mi vida en cenizas.
El silencio llenó la habitación. Maris se dio media vuelta para enfrentarse a
S'Rella. Vio lágrimas en el rostro de su amiga, pero también una empecinada
desaprobación.
— De acuerdo —dijo Maris con un suspiro—, dime que me equivoco. Di lo que
piensas.
—Creo que estás cometiendo un error. Creo que, a la larga, te estás creando
dificultades. No puedes borrar toda tu vida anterior como si vivieras en un mundo sin
alados. Puedes esconderte aquí y fingir que eres una aprendiza de curandero, pero nunca
olvidarás quién eres de verdad. Eres una alada. Seguimos necesitándote. Sigues teniendo
toda una vida por delante. Todavía no te has centrado, no has hecho las paces contigo
misma... Y no quieres hacerlo. Ven a Alas de Madera, Maris.
—No. No. No. No podría soportarlo, S'Rella. Quizá tengas razón, quizá estoy
cometiendo un error, pero lo he pensado mucho. Es lo único que puedo hacer. No soy
capaz de soportar el dolor. Tengo que seguir viviendo, y para ello necesito olvidar lo que
he perdido o me volveré loca. Tú no lo entiendes... No podría soportar verles volar a mi
alrededor, disfrutando del viento, y saber que nunca podré unirme a ellos. Me

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recordarían constantemente lo que he perdido. No puedo. Alas de Madera tendrá que


seguir adelante sin mí. No puedo volver.
Se detuvo temblando violentamente, atemorizada, con el recuerdo renovado de
su pérdida.
S'Rella se levantó y la sostuvo hasta que pasó el temblor.
—Muy bien —dijo la alada suavemente—. No te presionaré. No tengo derecho a
decirte lo que tienes que hacer con tu vida. Pero... Si cambias de opinión, si vuelves a
reconsiderarlo dentro de una temporada, el puesto te estará esperando. Siempre. Es tu
decisión. No pienso volver a tocar el tema.
Al día siguiente, Evan y ella se levantaron temprano. Pasaron la mañana animando
a un cerúleo anciano enfermo que vivía en una solitaria choza del bosque. Bari, que se
había levantado y jugaba bajo las primeras luces del alba, se unió a ellos, ya que su
padre seguía durmiendo. Consiguió lo que ellos no lograron, arrancar una sonrisa de
los labios del anciano. Maris se alegró cuando terminaron. Estaba deprimida, y los
lamentos del anciano no conseguían más que irritarla. Varias veces tuvo que
contenerse para no gritarle.
—Por cómo se quejaba, cualquiera diría que estaba a punto de morir — dijo
Maris mientras volvían hacia casa.
Bari la miró con gesto extrañado.
—Está a punto de morir —dijo con su vocecita. mientras miraba a Evan en
busca de apoyo.
—La niña tiene razón —asintió el curandero, malhumorado—. Los síntomas eran
evidentes, ¿no has aprendido nada últimamente, o qué? Bari presta más atención que
tú. Dudo que ese hombre viva más de tres meses. ¿Por qué crees que hemos
preparado la tesis?
—¿Síntomas? —Maris se sentía confusa y avergonzada. Podía memorizar
fácilmente todo lo que le decía Evan, pero aplicar los conocimientos resultaba mucho
más complicado—. Se quejaba de dolor en las articulaciones. Pensé que... Es viejo, y
los viejos suelen...
Evan hizo un gesto de impaciencia.
¿Cómo supiste que se estaba muriendo, Bari?
Porque tenía los codos y las rodillas como dijiste —explicó anhelosa, orgullosa
por lo que había aprendido de Evan — . Hinchados y cada vez más duros. También
debajo de la barbilla, y donde las patillas. Y tenía la piel fría. ¿Es la hinchazón?
—La hinchazón —asintió Evan complacido—. Los niños se suelen recuperar, pero
los adultos no. Nunca.
—No... No me di cuenta —se disculpó Maris.
—Cierto.
Volvieron a casa en silencio. Bari se adelantó a ellos, contenta. Maris se sentía
increíblemente cansada.

Ni la menor brisa agitaba el aire de primavera.


Maris se iba animando a medida que caminaba con Evan en el claro amanecer.
La tenebrosa fortaleza del Señor de la Tierra les esperaba al final del camino, pero el
sol acababa de salir, el aire era fresco y la brisa parecía acariciarla a través de la capa
con que se cubría. Flores rojas, azules y amarillas brillaban como joyas entre el
musgo gris verdoso y la oscura tierra que bordeaba el camino. Los pájaros volaban y

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cantaban entre los árboles como rápidos atisbos de llamas y cielo. Era un día en el que
estar vivo y poder moverse constituía un placer.
Pocos pasos por delante de ella, Evan caminaba silencioso. Maris sabía que iba
reflexionando sobre el mensaje que les había sacado de casa. Alguien había llamado a
la puerta para despertarles, antes de que saliera el sol. Era uno de los corredores del
Señor de la Tierra, balbuciendo que se necesitaban los servicios de un curandero en la
fortaleza.
No podía decir más, no sabía nada más. Sólo que había alguien herido y que
necesitaban ayuda.
Evan, que se encontraba muy a gusto en la cama, con el pelo blanco alborotado
como las plumas de un pájaro, no tenía ganas de ir a ninguna parte.
—Todo el mundo sabe que el Señor de la Tierra tiene su propio curandero para
cuidar de su familia y sirvientes. ¿Por qué no se encarga él de esta emergencia?
El corredor, que obviamente no sabía nada más que lo que le habían dicho,
parecía confuso.
—Reni, el curandero, ha sido encarcelado por traición —dijo con voz
jadeante.
Evan dejó escapar una imprecación.
—¡Por traición! ¡Qué locura! Reni jamás... ¡Oh!, bueno, deja de morderte los
labios, muchacho. Mi asistente y yo iremos a la fortaleza para atender al herido.
Llegaron demasiado pronto al estrecho valle donde se alzaba la sólida fortaleza
de piedra donde vivía el Señor de Thayos. Maris llevaba la capa abierta, pero ahora se
la ajustó y se la ciñó más al cuerpo. El aire aquí era más frío, la primavera no se había
aventurado a pasar la montaña. No había flores ni zarcillos de hiedra que animaran la
monocromía de la piedra y los líquenes, y los únicos pájaros que se dejaban sentir
eran las gaviotas.
Un anciano guardián con una cicatriz en la cara, un cuchillo al cinturón y un arco
colgado a la espalda, les detuvo al poco de entrar en el valle. Les interrogó, les registró
y se hizo cargo de la bolsa con las cosas de Evan antes de escoltarles a través de las
dos murallas y hacerles pasar a la fortaleza. Maris advirtió que había más guardianes
patrullando las murallas que la última vez que estuvo allí, y se dio cuenta del ánimo
belicoso que reinaba entre las tropas del patio.
El Señor de la Tierra les recibió en una habitación, solo, a excepción de sus
omnipresentes guardias, situados a pocos pasos. Al ver a Maris, el rostro se le
endureció, y se dirigió a Evan con palabras duras.
—He ordenado que vinieras tú, curandero, no esta alada sin alas.
—Maris es mi ayudante —respondió Evan con calma—. Y, como bien sabes, ya
no es una alada.
—Alado una vez, alado siempre. Tiene amigos alados, no la necesitamos aquí.
La seguridad...
—Es mi aprendiz. Yo respondo por ella. El código que me ata a mí, ata también a
Maris. Nada de lo que veamos aquí saldrá de nuestros labios.
El Señor de la Tierra frunció el ceño, inseguro. Maris estaba rígida de ira.
¿Cómo se atrevía a hablar así de ella, a ignorarla como si no estuviera presente?
Por fin, el Señor de la Tierra accedió.
—No confío en este «aprendizaje», pero aceptaré tu palabra, curandero. Y ten
en cuenta que, si contáis algo de lo que vais a ver hoy aquí, seréis ahorcados.

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—Nos hemos apresurado en venir. Pero, a juzgar por tus modales, el asunto no
corría tanta prisa —dijo Evan con voz gélida.
El Señor de la Tierra se alejó sin replicarle y mandó llamar a otros dos
guardianes. A continuación, les dejó sin dirigirles una mirada.
Los guardianes, jóvenes y pesadamente armados, guiaron a Evan y a Maris por
unos escalones de piedra que conducían hasta un túnel esculpido en la montaña, muy
lejos de la zona residencial de la fortaleza. Los cirios ardían humeantes en las paredes a
intervalos fijos, proporcionando una luz variable e incierta. El aire del estrecho y largo
pasillo olía a humo y a sebo. Maris sintió una repentina claustrofobia y se agarró a Evan.
Por fin llegaron a una bifurcación, cerrada por dos puertas de madera. Se
detuvieron ante una de ellas, y los guardias apartaron las rejas que la cerraban. Al otro
lado había una pequeña celda de piedra, con un jergón en el suelo y una ventana pequeña
y redonda. Una mujer de largo cabello rubio claro se apoyaba contra la pared de la celda.
Tenía los labios hinchados, un ojo ennegrecido y manchas de sangre en la ropa. Maris
tardó unos momentos en reconocerla.
—Tya... —dijo, no demasiado segura.
Los Guardianes les dejaron solos. Cerraron la puerta tras ellos y les indicaron que
estarían fuera por si necesitaban alguna cosa.
Mientras Maris miraba sin comprender, Evan se acercó a Tya.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—Los matones del Señor no se han andado con delicadezas para arrestarme —
respondió la alada con su fría voz irónica. Podía haber estado hablando de otra persona—.
O quizá el error fue mío, por ofrecer resistencia.
—¿Dónde te duele?
—A juzgar por cómo me encuentro, han debido romperme los huesos del cuello. Y
me han mellado un diente. Eso es todo. Simples magulladuras, ¡ Ah!, y la sangre del labio.
—Mis cosas, Maris.
Maris depositó la bolsa a su lado y miró a Tya.
—¿Cómo ha podido arrestar a una alada? ¿Por qué?
—Se me acusa de traición —respondió Tya.
Tuvo un sobresalto cuando Evan le pasó los dedos por el cuello.
—Siéntate —dijo Evan, ayudándola—. Estarás más cómoda.
—Debe de estar loco —siguió Maris.
La palabra conjuró el fantasma de loco Señor de Kennehut. Al enterarse de la
muerte de su hijo, acontecida en tierras lejanas, la pena le devoró e hizo matar al
mensajero que había volado hasta allí con la noticia. Desde entonces, los alados le
evitaron hasta que Kennebut fue una isla desolada, arruinada y sola. Su nombre se
convirtió en sinónimo de locura y desesperación. Desde entonces, ningún Señor de la
Tierra había soñado con atacar a un alado. Hasta ahora.
Maris agitó la cabeza y miró a Tya sin verla.
—¿Ha perdido la cabeza hasta el punto de creer que inventaste esos mensajes de
sus enemigos? Ya es bastante malo que se atreva a acusarte de traidora. Ese hombre está
loco. No estás a su merced. Sabe perfectamente que los alados están por encima de las
leyes locales. ¿Cómo puedes cometer traición, si eres su igual? ¿Qué alega que hiciste?
—¡Oh!, sabe muy bien lo que hice. No he dicho que me arrestara bajo falsas
acusaciones. Sencillamente, creí que no me descubriría. Sigo sin saber cómo se ha

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enterado, sobre todo con el cuidado que puse. —Guiñó un ojo—. Pero no ha servido
de nada. Habrá guerra, y será tan feroz y sangrienta como si yo no hubiera intervenido.
—No te entiendo.
Tya le sonrió. Sus ojos negros seguían siendo perspicaces e inteligentes, pese a la
hinchazón y el evidente dolor.
—¿No? Tengo entendido que algunos alados pueden transportar mensajes sin
conocer su contenido. Bueno, pues yo siempre lo he sabido. Cada amenaza beligerante,
cada promesa tentadora, cada aliado potencial para una guerra. Aprendía cosas que no
tenía intención de decir. Cambié los mensajes. Ligeramente al principio, lo justo para
hacerlos más diplomáticos. Y volvía con respuestas que podían retrasar o aplazar la
guerra que el Señor de Thayos buscaba. Todo funcionó hasta que descubrió mi engaño.
—Muy bien, Tya —intervino Evan—. Basta de charla por ahora. Voy a enderezarte
el cuello. Te dolerá. ¿Puedes resistirlo o prefieres que Maris te sujete?
—Aguantaré, curandero —dijo la alada, respirando hondo.
Maris miraba fijamente a Tya, sin apenas creerse lo que acababa de oír. Tya había
hecho lo impensable: alterar un mensaje a ella confiado. Se había inmiscuido en la
política de los atados a la tierra, en lugar de mantenerse a distancia, como siempre
hicieron los alados. La locura de encerrar a una alada ya no parecía un disparate tan
absurdo. ¿Qué otra cosa pudo hacer el Señor de la Tierra? No la extrañaba que su
presencia le alterase tanto. Cuando la noticia llegara a los demás alados...
—¿Qué piensa hacer el Señor de la Tierra contigo? Por primera vez, Tya pareció
preocupada.
—La traición se castiga con pena de muerte.
—¡No se atreverá!
—Yo no estoy tan segura. Al principio tuve miedo de que planease enterrarme aquí,
matarme en silencio y silenciar a los guardianes que lo supieran. Todo el mundo pensaría
que había desaparecido en el mar. Pero ahora que has venido tú, Maris, no sé qué hará.
No puede matarme en secreto, le denunciarías.
—Y nos ahorcaría a los dos por traidores y mentirosos —señaló Evan
jocosamente. Luego, más serio, añadió—: No, creo que tienes razón, Tya. El Señor de la
Tierra no me habría mandado llamar si planease matarte en secreto. Sería más sencillo
dejarte morir. Cuanta más gente esté al corriente de tu arresto, más aumenta el peligro
para él.
—Todavía existe la ley de los alados. Ningún Señor de la Tierra tiene derecho a
juzgar a uno de los nuestros —explicó Maris—. No tiene más que entregarte a los
alados. Se convocará un Consejo y te despojarán de las alas. ¡Oh, Tya! Jamás se ha
sabido de nadie que hiciera algo así.
—Te he impresionado, ¿verdad? —sonrió Tya—. Cuando se rompe una
tradición, hasta tú te quedas bloqueada. Ya te dije que no eras únala.
¿Crees que eso tiene importancia? ¿Acaso esperas que los un-ala se pongan de
tu parte y aplaudan este crimen? ¿Que te permitirán conservar las alas? ¿Qué Señor
de la Tierra te aceptaría?
A los Señores de la Tierra no les gustará, pero quizá ha llegado la hora de que
sepan que no pueden controlarnos. Tengo amigos entre los un-ala que están de
acuerdo conmigo. Los Señores de la Tierra tienen mucho poder, sobre todo los de las
islas Orientales. ¿Y con qué derecho? ¿El de cuna? La cuna solía decidir quién llevaba
las alas hasta que tu Consejo cambió eso. ¿Por qué tiene que decidir quién manda?

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»No sabes lo que puede llegar a hacer un Señor de la Tierra, Maris. En el


Archipiélago Occidental es muy diferente. Y tú, como los viejos alados, nunca te has
preocupado por ello. Pero las cosas son muy diferentes para los un-ala.
«Crecemos como cualquier atado a la tierra. Nada nos diferencia de los demás.
Y, después de que ganamos las alas, el Señor de la Tierra nos sigue viendo como
súbditos suyos. Las alas le obligan a respetarnos y a tratarnos como a iguales, pero
ese respeto es algo muy frágil. En cualquier competición, podemos volver a perder las
alas, y ser otra vez vulgares y débiles ciudadanos.
»En el Archipiélago Oriental, en las Brasas, en la mayor parte del Sur y hasta
en algunas de las islas Occidentales, allí donde el cargo de Señor de la Tierra es
hereditario, se mira con respeto a todo alado que nace con alas. En cuanto a los que
tenemos que luchar para conseguirlas, nos miran con desprecio, por mucho que
intenten disimularlo. Nos tratan como a iguales sólo superficialmente.
Constantemente, intentan controlarnos, comprarnos, vendernos, darnos órdenes,
alimentarnos con mensajes como si sólo fuéramos una reata de aves amaestradas.
Pues bien, lo que he hecho les conmoverá un poco. Hará que tengan más cuidado
con nosotros. No somos sus criados, y no aceptaremos llevar mensajes que no nos
gusten. Ni sentencias de muerte, ni amenazas que provocarán unas guerras en las
que morirán nuestras familias, nuestros seres queridos, muchos inocentes.
—¡No puedes seleccionar y elegir así! —interrumpió Maris—. No tienes
derecho. El mensajero no es responsable del contenido del mensaje.
—Eso es lo que han dicho los alados desde hace siglos —repuso Tya, con los
ojos brillantes de ira—. ¡Claro que el mensajero es responsable! Tengo cerebro,
corazón y conciencia. No puedo fingir que no los tengo.
Bruscamente, como un chorro de agua fría la idea «Esto no tiene nada que
ver conmigo» enfrió el apasionamiento de Maris. Pero se que do furiosa y dolida. ¿Qué
hacía discutiendo asuntos de alados? Ella ya no lo era. Miró a Evan.
—Si has terminado ya, será mejor que nos vayamos.
Evan le puso la mano en el hombro y asintió, mirando a continuación a Tya.
—No hay fractura, es apenas una fisura. No tardará en curarse. Limítate a
descansar. No hagas ningún esfuerzo violento que pueda soltar la venda.
Tya sonrió maliciosamente, mostrando los dientes descoloridos.
—¿Cómo intentar huir, por ejemplo? No tengo planeado nada así. Pero será
mejor que se lo digáis al Señor de la Tierra para que sus Guardianes no vengan a
darme un masaje con las porras.
Evan llamó a la puerta para atraer la atención de los guardias, y casi
inmediatamente llegó hasta ellos el ruido de los contrafuertes al levantarse.
—Adiós, Maris —dijo Tya.
Maris titubeó un instante antes de salir. Dio media vuelta.
—No creo que el Señor de la Tierra se atreva a hacer nada —le dijo con voz
grave—. Tendrá que dejar que te juzguen los de tu clase. Pero no creas que serán
benévolos contigo. Lo que has hecho es muy peligroso. Afecta a demasiada gente. Nos
afecta a todos.
Tya la miró fijamente.
—Como lo que hiciste tú, Maris. Pero creo que el mundo está preparado para
otro cambio. Sé que, aunque haya fracasado, he hecho lo correcto.
—Puede que el mundo esté maduro para otro cambio, pero ¿es ésta la manera
de cambiarlo? No has hecho más que sustituir las amenazas por mentiras. ¿De verdad
crees que el conjunto de los alados es más sabio y noble que los Señores de la Tierra?

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¿Que deben cargar con la responsabilidad que conlleva elegir los mensajes que
transporten, decidir cuáles deben modificar y cuáles rehusar?
Tya volvió a mirarla, inconmovible.
—Volvería a hacerlo.
El viaje de regreso por los túneles le pareció más corto. El Señor de la Tierra
les esperaba en la misma habitación. Les miró interrogativamente, buscando señales
de miedo o de ira.
—Ha sido un desgraciado accidente.
—Sólo tiene una fisura en el cuello y algunas contusiones —le explicó Evan — .
Se recuperará pronto si se alimenta bien y descansa mucho.
Mientras permanezca detenida aquí, estará bien atendida —dijo el Señor de la
Tierra. Pese a dirigirse a Evan, estaba mirando a Maris—. He enviado a Jem a difundir la
noticia de su arresto. Un trabajo ingrato, pero los alados no tienen líderes, ni una
organización funcional. Eso facilitará las cosas, aunque la noticia deba transmitirse de
boca en boca para llegar a la mayor cantidad posible de gente. Llevará tiempo, pero
se hará. Jem lleva muchos años volando para mí, igual que su madre voló para mi
padre. Sé que puedo contar con él.
—Entonces, ¿tienes intención de entregar a Tya a los alados para que la
juzguen? —inquirió Maris.
La boca del Señor de la Tierra se contrajo espasmódicamente. Miró a Evan,
ignorando ostentosamente a Maris.
—Ya he considerado la posibilidad de que los alados enviasen a alguien para
representar su punto de vista. Para condenar la actuación de Tya y presentar los posibles
atenuantes. Pero el crimen se ha cometido contra mi persona, contra Thayos, y sólo el
Señor de Thayos puede juzgar y dictar sentencia en un caso así. ¿No estás de acuerdo?
—No sé nada de leyes, ni de las responsabilidades de un Señor de la Tierra —dijo
severamente Evan—. Sólo estoy versado en las artes curativas.
Maris entendió la advertencia de Evan en el apretón del brazo, y no dijo nada. Le
costó mucho trabajo. Estaba acostumbrada a decir lo que pensaba.
El Señor de la Tierra sonrió a Evan. Era una sonrisa desagradable, una sonrisa
que se deleitaba en el mal ajeno.
— Quizá quieras aprender. Tu asistente y tú estáis invitados a cenar. Os
prometo que, para después, tengo preparada una diversión muy edificante. Al
atardecer, ahorcaremos a un traidor. A Reni, el curandero.
—¿Por qué crimen?
—Ya lo he dicho, el de traición. Ese Reni tiene familia en Thrane, y se le ha visto en
compañía de la alada traidora. De hecho, se sabe que cohabitaba con ella. Era su
cómplice. ¿Por qué no os quedáis para contemplar la suerte de los que me traicionan?
Maris se sintió enferma.
—Me temo que no podemos —respondió Evan—. Ahora, si nos disculpas, ya
deberíamos estar en camino.
Evan y Maris no volvieron a hablar hasta que el guardián no les dejó en la entrada
del valle y estuvieron en camino hacia casa, presumiblemente fuera del alcance de oídos
hostiles.
—Pobre Reni —dijo entonces Evan.

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—Y pobre Tya. También quiere ahorcarla. ¡Oh!, ella hizo mal, desde luego. De eso
no hay duda. Pero ese destino... No sé qué piensan hacer los alados, pero no consentirán
algo así. Un Señor de la Tierra no puede juzgar y ejecutar a un alado.
—Puede que no lo intente. El pobre Reni morirá esta noche, quizá eso baste para
apaciguar al Señor de la Tierra. Quiere derramar sangre, pero no está completamente
loco. Debe saber que tendrá que entregar a Tya a los alados, que el castigo debe partir de
ellos.
—De todos modos, lo que le suceda a Tya ya no es de mi incumbencia —dijo Maris
con un suspiro—. Es difícil romper la costumbre de pensar en mí como alada, tras más de
cuarenta años. Pero ahora soy una atada a la tierra, como cualquier otro, y lo que le
suceda a Tya no debería importarme.
Evan la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí.
—Nadie espera que olvides tu vida como alada, Maris. Ni que dejes de sentir esos
lazos.
—Lo sé. Nadie, excepto yo. Pero no es así, Evan. Tengo que hacerlo. Y no sé cómo.
Cuando era joven, la historia de Alas de Madera me parecía muy romántica. Creía que los
sueños eran lo más importante del mundo. Que si deseabas algo con suficiente fuerza y
tesón, acabarías por conseguirlo, aunque eso significara morir por ello. Nunca se me
ocurrió pensar lo que le habría sucedido a Alas de Madera si le hubieran rescatado del
océano, si aquella legendaria caída no le hubiera matado. Si le hubieran recogido flotando
sobre esas ridículas alas de madera, si le hubieran devuelto a sus amigos atados a la
tierra... ¿Cómo habría vivido con sus fracasos, con sus sueños destrozados? ¿Qué cosas
tendría que haber aceptado? —Suspiró y apoyó la cabeza sobre el hombro de Evan—. He
tenido una larga vida como alada, más larga que la de muchos. Debería estar contenta.
Ojalá pudiera estarlo. En ciertos aspectos, sigo siendo una niña, Evan. Nunca aprendí a
enfrentarme con los desengaños. Siempre creí que habría otra manera de conseguir lo
que desease, sin ceder nada a cambio ni aceptar ningún compromiso. Es muy duro, E
van.
—Crecer puede resultar doloroso, y la cura requiere tiempo. Concédete tiempo,
Maris.

Coll y Bari ya se habían marchado. Tenían planeado recorrer Thayos por última
vez antes de embarcar hacia otras islas Orientales. Coll les aseguró que no tardarían en
volver, pero Maris sospechaba que una cosa llevaría a la otra, y que pasarían años en vez
de meses antes de que volviera a ver a Coll y a su hija.
Pero fue cuestión de días.
Coll estaba furioso.
—Se necesita el permiso del Señor de la Tierra para salir de este islote dejado de la
mano de Dios —dijo en respuesta al sorprendido saludo de Maris—. ¡Estamos en época de
crisis, y hasta los bardos pueden ser espías!
Bari miró tímidamente a su padre antes de salir corriendo para abrazarles, primero
a Maris y luego a Evan.
—Me alegro de que hayamos vuelto —murmuró.
—Entonces, ¿ya se ha declarado la guerra contra Thrane? —le interrogó E van.
Pese a la sonrisa que había dedicado a Bari, su rostro era sombrío.
Coll se arrellanó en una silla, cerca de la chimenea.
—No sé si lo llamarán guerra o no. Lo que se dice en las calles es que el Señor de la
Tierra ha enviado tres barcos cargados de guardianes que tienen como misión apoderarse
de la mina de hierro. —Mientras hablaba, jugaba con la guitarra. Los dedos incansables

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del bardo le iban arrancando acordes—. Así que, hasta que no se sepa el resultado de la
aventura, nadie puede entrar ni salir de Thayos por mar sin la autorización personal y
expresa del Señor de la Tierra. Los mercaderes están furiosos, pero tienen miedo de
protestar. ¡Qué espere a que salga de aquí! Compondré una canción que hará que le
salgan ampollas en los oídos cuando llegue aquí y la oiga. Y llegará, ya lo creo que
llegará.
—Estás hablando como Barrion —rió Maris—. Siempre decía que los bardos
eran los auténticos Señores de Windhaven.
Aquello consiguió arrancar una sonrisa de los labios de Coll. Pero Evan seguía
sombrío.
—No hay canción que cure a los heridos, o devuelva la vida a los muertos. Si
la guerra está próxima, debemos dejar el bosque e ir a Puerto Thayos. Allí llevarán a
los heridos y a los supervivientes. Me necesitarán.
—Las calles están enloquecidas. Circulan historias y rumores de todo tipo. El
pueblo se lo ha tomado muy mal. El Señor de la Tierra ahorcó a ese curandero, y la
gente tiene miedo de acercarse a la fortaleza. Se avecinan problemas, y no sólo con
Thrane. Algo sucede entre los alados. Debe de haber una docena de alas yendo y
viniendo sobre el estrecho. Mensajes de guerra, supongo, pero... Pero estuve
bebiendo con un curtidor en La Cabeza de la Escila, que me dijo otra cosa. Tiene una
hermana entre los guardianes que se jacta de haber arrestado a una alada hace pocos
días. ¡El Señor de la Tierra se ha arrogado el derecho de juzgar a la alada por traición!
¿Qué te parece? ¿Puedes creértelo?
—Sí —dijo Maris—. Es cierto.
—¡Ah! —exclamó Coll. Parecía sorprendido, y se le olvidó el resto de sus
comentarios—. Bueno. ¿Queda algo de té?
—Voy a por él —ofreció Evan.
Venga —pidió Maris—, cuéntame el resto de los rumores.
Parece que estás más enterada que yo. ¿Qué sabes de ese arresto? Yo apenas
puedo creerlo. ¿Hay algo más?
—Nos advirtieron que no habláramos de ello —titubeó Maris.
Coll, impaciente, arrancó un par de notas de la guitarra.
—Maldita sea, soy tu hermano. Bardo o no, sé guardar silencio. ¡Diloya!
Así que Maris le contó cómo les habían hecho ir a la fortaleza, y lo que allí
habían encontrado.
Eso explica muchas cosas —dijo cuando su hermanastra terminó de hablar—.
La gente chismorrea mucho, incluso los guardianes, y los secretos del Señor de la
Tierra no están tan bien guardados como él cree. Pero no creí que fuera cierto. No
me extraña que haya tantos ala dos. ¡El Señor de la Tierra intenta cortar las alas a
los alados! —acabó sonriendo.
El resto de los rumores —le apremió Maris.
—De acuerdo. ¿Sabías que Val Un-Ala ha estado en Thayos?
—¿Val? ¿Aquí?
—Se ha marchado ya. Me dijeron que llegó hace unos días, con aspecto
cansado, como si acabara de hacer un largo viaje. No vino solo, le acompañaban cinco o
seis más. Todos alados.
—¿Oíste nombres?

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—Sólo el de Val. Es bastante conocido. Pero me describieron a los otros: una


mujer rechoncha, del Sur, con cabello blanco. Un hombre con barba negra y un collar de
colmillos de escila. Y varios Occidentales, entre los que había dos lo bastante parecidos
como para ser hermanos.
—Damen y Athen —dijo Maris—. No estoy segura de quiénes son los demás.
Evan volvió con el té humeante y una bandeja de finas rebanadas de pan.
—Yo sí. Por lo menos, conozco a uno. El hombre del collar es Katinn de
Lomarron. Suele venir frecuentemente a Thayos.
Claro —comprendió Maris—. Katinn es un líder para los un-ala Orientales.
¿Algo más? —preguntó Evan.
Coll dejó a un lado la guitarra y sopló en el té para enfriarlo.
—Me dijeron que Val venía en representación de los alados, para convencer al
Señor de la Tierra de que liberase a la mujer que tiene prisionera, a la tal Tya.
—Un farol —señaló Maris—. Val no representa a los alados. Todos los que has
mencionado son un-ala. Las viejas familias, los tradicionalistas, siguen odiando a Val.
Nunca le permitirían ser su portavoz.
—Sí, también se rumorea eso. De todos modos, se dice que Val Un-Ala se
ofreció a convocar un Consejo de alados para juzgar a Tya. Aceptaba el hecho de que
el Señor de la Tierra retuviera a Tya hasta que...
—Sí, sí, pero... ¿qué dicen que hizo el Señor de Thayos? —le interrumpió Maris.
Coll se encogió de hombros.
—Unos dicen que reaccionó con frialdad, otros que Val y él discutieron a gritos.
De todos modos, dijo que la alada sería juzgada por el tribunal del Señor de la Tierra,
y que él mismo se encargaría de juzgar y de dictar sentencia. En las calles, se rumorea
que el veredicto ya está decidido.
—El pobre Reni no le bastaba —murmuró Evan — . Al Señor de la Tierra le hace
falta otra muerte para colmar su orgullo.
—¿Qué dice Val respecto a eso? —preguntó Maris.
—Apostaría a que se marchó inmediatamente después de la reunión con el
Señor de la Tierra —dijo Coll, bebiendo un sorbo de té—. Hay quien dice que los un-
ala tienen intención de asaltar la fortaleza y rescatar a Tya. También se habla de un
Consejo de alados, convocado por Val. Para pedir una sanción contra Thayos y
presionar a su Señor.
—No me extraña que la gente tenga miedo —suspiró Evan.
—Los alados también deben de estar asustados —dijo Coll—. La gente se ha
vuelto contra ellos. En el Norte, en una taberna de los acantilados, oí una
conversación sobre cómo los alados habían gobernado siempre en Windhaven,
decidiendo el destino de las islas y de sus habitantes con los mensajes que
transportaban y las mentiras que contaban.
—¡Eso es absurdo! —exclamó Maris, sorprendida—. ¿Cómo pue den pensar una
cosa así?
—Pues es lo que creen. Yo soy hijo de un alado. Nunca llegué a serlo, pese a que
me educaron para ello, y comprendo las tradiciones de los alados, los lazos que los unen y
el sentimiento que tienen de ser una sociedad al margen de la sociedad. Pero también
conozco a los que los alados llaman «atados de la tierra», como si fueran un solo grupo
unido en una gran familia, al igual que ellos.

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Apartó el tazón de té y volvió a tomar la guitarra, como si la necesitara para ser


elocuente.
—Sabes bien hasta qué punto pueden burlarse los alados de los atados a la tierra,
Maris. Y no sé si te das cuenta del resentimiento general que hay contra los portadores de
mensajes.
—Tengo amigos entre los atados a la tierra —repuso Maris—. Y todos los un-ala
empezaron siéndolo.
—Cierto, hay gente que adora a los alados —suspiró Coll—. Los encargados de los
refugios, que dedican sus vidas a ayudarles, los niños que quieren tocarles las alas,
ciertos parásitos que consiguen una emoción especial y un cierto estatus por llevarse a un
alado a la cama... Pero también hay otros. Los atados a la tierra a los que molesta que los
alados no sean como ellos, Maris.
—Sé perfectamente que hay problemas. Todavía no he olvidado las hostilidades a
las que nos enfrentamos cuando Val ganó las alas. Las amenazas, las agresiones, la
frialdad... Pero, ahora que la sociedad de los alados ya no está marcada por el derecho
de nacimiento, todo eso debería cambiar.
Coll negó con la cabeza.
—Ha empeorado. En los viejos tiempos, cuando todo era cuestión de nacimiento,
la gente creía que los alados eran seres especiales. En muchas islas del Sur, los alados
son sacerdotes, una casta especial bendecida por su Dios del Cielo. En Artellia, son
príncipes. Los alados heredaban las alas de la misma manera que los Señores de la Tierra
Orientales heredaban el cargo.
»Pero, ahora, nadie puede pensar que los alados se eligen por designio divino. Han
aparecido nuevos interrogantes. ¿Cómo es posible que este mugriento hijo de granjeros,
que ha crecido a mi lado, sea de pronto tan poderoso e importante? ¿Qué le diferencia de
su vecino para que, de repente, le den a él la libertad, el poder y la riqueza de un alado?
Estos un-ala no respetan tanto las tradiciones. Suelen gobernar a sus antiguos convecinos
y mediar en sus disputas. No se alejan del todo de la política de cada isla. Siguen teniendo
intereses locales. Y eso crea resentimientos.
—Hace veinte años, ningún Señor de la Tierra se habría atrevido a encerrar a un
alado —reflexionó Evan—. Pero, hace veinte años, ¿se habría atrevido algún alado a
modificar un mensaje?
—Por supuesto que no —dijo Maris.
—Pero quizá no todo el mundo esté tan seguro —señalo Coll—. Ahora que ha
sucedido, es evidente que ha podido pasar en otras ocasiones. Esos granjeros a los que
escuché estaban convencidos de que los alados han manipulado los mensajes desde
siempre. Por lo que he podido oír, el Señor de Thayos empieza a convertirse en un héroe
por haber descubierto la verdad.
—¿ ¡Un héroe! ? — exclamó Evan, disgustado.
—Las cosas no pueden cambiar tanto de repente por una mentira
bienintencionada —insistió Maris, testaruda.
—No, llevan mucho tiempo cambiando. Y es culpa tuya —dijo Coll.
—¿Mía? Yo no tengo nada que ver con esto.
— ¿No? —sonrió Coll—. Piénsalo bien. Barrion solía contarme una historia sobre
cómo él y tú botasteis una barca para robarle tus alas a Corm y así poder convocar un
Consejo, hermanita mayor. ¿Lo recuerdas?
—Claro que sí.
—Me contó que estuvisteis un rato en el agua, aguardando a que Corm saliera
de su casa, y que esa espera le permitió pensar un poco sobre lo que estabais

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haciendo. En un momento dado, se sentó para limpiarse las uñas con una daga, y se le
ocurrió que quizá lo mejor que podía hacer era clavarte esa daga. Me dijo que así
habría salvado a Windhaven del caos. Porque, si conseguías tus propósitos, habría más
cambios de los que tú misma pensabas. Barrion pensó en eso, y también en lo ingenua
e inocente que eras. No puedes cambiar una nota en medio de la canción, me dijo. En
cuanto haces el primer cambio, otros le siguen y, al final hay que rehacer toda la
canción. Todo se relaciona, ¿sabes?
—Entonces, ¿por qué me ayudó?
—Barrion disfrutaba causando problemas —dijo Coll — . Creo que quería rehacer la
canción para componer una nueva, mejor. —Su hermanastro sonrió maliciosamente—.
Además, Corm le caía muy mal.

Tras una semana sin tener noticias, Coll decidió volver a Puerto Thayos para
enterarse de lo que pudiese. Los muelles y las tabernas que frecuentaba siempre eran una
fuente rica en noticias.
—Quizá incluso me anime a visitar la fortaleza del Señor de la Tierra —dijo
alegremente — . He compuesto una canción sobre él, y me encantaría ver la cara que pone
cuando la oiga.
—No te atrevas —le advirtió Maris.
—Todavía no estoy loco, hermanita mayor —sonrió—. Pero, si al Señor de la Tierra
le gusta la buena música, a lo mejor merece la pena que le haga una visita. Podría
descubrir algo. Vosotros limitaos a cuidar de Bari.

Dos días después, un vendedor de vinos trajo un paciente a Evan: un enorme y


peludo perro, uno de los dos que tiraban de su carreta de madera cuando viajaba de
pueblo en pueblo. Un desaprensivo había apaleado al animal, que ahora yacía entre
los pellejos de vino, cubierto de llagas, y de sangre seca.
Evan no pudo hacer nada para salvar a la pobre bestia, pero recibió un pellejo
de vino en pago a sus esfuerzos.
—Ya han juzgado a la traidora —les informó el vendedor mientras bebían al
calor del fuego—. La ahorcarán.
—¿Cuándo? —preguntó Maris.
—No se sabe. Los alados están por todas partes. y el Señor de la Tierra les tiene
miedo. La tiene encerrada en la fortaleza. Creo que debe de estar esperando para
ver qué hacen. Si de mí dependiera, ya la habría matado, y asunto concluido. Pero no
nací Señor de la Tierra.
Maris permaneció un largo rato en la puerta cuando el hombre se marchó,
contemplando cómo se afanaba, junto con el perro superviviente, con las correas de
la carreta. Evan se acercó a ella por detrás y la rodeó con los brazos.
¿Cómo te encuentras?
Confusa —respondió, sin volverse — . Y asustada. Vuestro Señor de la Tierra ha
desafiado directamente a los alados. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Tendrán
que reaccionar de alguna manera. No pue den permitir que esto siga adelante. —Le
rozó la mano—. Me pregunto qué se comentará esta noche en el Nido de Águilas. Sé
que no debería dejarme llevar por los asuntos de los alados, pero es muy difícil...
—Son tus amigos. Es lógico que te preocupes.
—Preocupándome sólo conseguiré sufrir más. Pero... —Negó con la cabeza y se
dio media vuelta para mirarle cara a cara, sin salir del círculo de sus brazos—. Esto

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hace que me dé cuenta de lo insignificantes que son mis problemas. Esta noche no
me cambiaría por Tya, aunque ella sea una alada y yo no.
—Me parece muy bien —dijo Evan, besándola con ternura—. Porque es a ti a
quien quiero a mi lado, no a Tya. Maris le sonrió y entraron juntos en la casa.

Llegaron en la oscuridad de la noche, cuatro hombres y una mujer,


extranjeros, vestidos como pescadores, con sólidas botas de cuero, jerseys y capas
oscuras orladas con piel de tigre marino. Con ellos traían el penetrante olor salado del
mar. Dos de los hombres y la mujer llevaban largos cuchillos de hueso, y tenían los
ojos del color del hielo en un lago invernal. Fue el cuarto el que se dirigió a Maris.
—No me recordarás, pero nos hemos visto antes. Soy Arrilan, de Anillo Roto.
Maris le estudió y recordó a un joven apuesto que había visto en un par de
ocasiones. El rostro era irreconocible bajo la barba de tres días, pero aquellos
escrutadores ojos azules le resultaban familiares.
—Ya recuerdo. Estás muy lejos de tu hogar, alado. ¿Dónde están tus alas? ¿Y
tus modales?
Arrilan forzó una sonrisa carente de humor.
¿Mis modales? Perdona que haya sido rudo, pero he venido apresuradamente y
con un considerable riesgo. Hemos viajado desde Thrynel para verte. El mar estaba
agitado, nuestro pequeño bote ha corrido un gran peligro. Cuando este viejo intentó
echarnos, se me acabó la pa ciencia.
Si vuelves a llamar viejo a Evan. será a mí a quien se le acabe la paciencia —
dijo fríamente Maris—. ¿Por qué estáis aquí? ¿Por qué no has venido volando?
Mis alas están en Thrynel, a salvo. Pensamos que sería mejor enviar a alguien
en secreto, a alguien cuyo rostro no fuese conocido en Thayos. Me eligieron a mí.
Soy de Las Brasas, y nuevo entre los alados. Mis padres son pescadores, por eso
conozco el oficio. —Se bajó la caperuza y sacudió los cabellos rubios—. ¿Podemos
sentarnos? Tenemos que hablar de cosas importantes.
—¿Evan?
Sentaos. Prepararé té.
Ah —sonrió Arrilan—, será bienvenido. Hacía frío en el mar. Siento haber
hablado con rudeza, pero corren malos tiempos.
Sí —asintió Evan antes de salir a por agua para calentarla.
¿Qué hacéis aquí? —preguntó Maris cuando Arrilan y sus tres silenciosos
compañeros tomaron asiento —. ¿Qué sucede?
Me han enviado para sacaros de esta isla. Ya debéis saber que no se puede
embarcar en Thayos. No os permitirán salir. Tenemos un pequeño bote de pesca
escondido no muy lejos de aquí. Es seguro. Si nos de tienen los guardianes, diremos
que somos pescadores de Thrynel, que la tormenta nos ha arrastrado hasta estas
costas.
—Parece que mi huida está bien planeada. Lástima que a nadie se le ocurriera
consultarme al respecto. —Contempló al alado y su disfraz, frunciendo el ceño —. ¿De
quién es la idea? ¿Quién os envía?
—Val Un-Ala.
Naturalmente —sonrió Maris—. ¿Quién, si no? ¿Y por qué quiere Val que salga
de Thayos?
Por tu propia seguridad. Como antigua alada, tu vida corre peligro aquí.

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No soy una amenaza para el Señor de la Tierra. No tiene por qué...


El joven alado negó vehementemente con la cabeza.
El peligro no procede del Señor de la Tierra, sino del pueblo. ¿No sabes lo que
está pasando?
Al parecer, no. Quizá deberías informarme.
La noticia del arresto de Tya ha recorrido todo Windhaven. ha llegado hasta
Artellia y Las Brasas. Muchos de los atados a la tierra empiezan a murmurar contra
los alados. Hasta los Señores de la Tierra lo hacen. —Enrojeció antes de continuar—.
El Señor de Anillo Roto me hizo llamar en cuanto se enteró de la noticia. Me preguntó
si alguna vez había mentido, o modificado algún mensaje. Me vi obligado a jurarle mi
lealtad. Pero, incluso mientras me lo preguntaba, era evidente que no confiaba
en mi palabra. ¡Llegó a amenazarme! Me dijo que me encerraría , como si pudiera hacerlo,
como si tuviera derecho...
Se detuvo. Pareció tragarse la rabia casi físicamente.
—Por supuesto, soy un-ala. Todos los alados son sospechosos, pero para los un-ala
la cosa es peor. Unos matones amenazaron y golpearon a S'Wena de Deeth por defender
a Tya en una discusión de taberna. Incluso en el Archipiélago Occidental, a algunos alados
se los insulta, evita y rechaza. Ayer apedrearon en Thrane a Jem, que es todo lo
tradicionalista que se puede ser. Y la casa de Katinn, en Lomarron, fue incendiada en su
ausencia.
—No sabía que la cosa estuviera tan mal.
—Pues así es. Y empeora por momentos. La fiebre está más extendida aquí, en
Thayos. Val cree que la gente vendrá pronto a por ti, así que nos ha enviado para ponerte
a salvo.
E van había regresado y estaba preparando el té.
—Quizá sea mejor que te marches, —dijo con voz preocupada—. No puedo vivir
pensando que estás en peligro. Dentro de poco todo habrá pasado. Podrás volver, o iré yo
a reunirme contigo.
Maris negó con la cabeza.
—No creo que corra peligro. Si fuera por las calles de Thayos diciendo a gritos lo
preocupada que estoy por Tya, quizá sí. Pero aquí, en el bosque, sólo soy una inofensiva
ex alada que no hace nada para enfurecer a nadie.
—Las muchedumbres no son razonables —señaló Arrilan—. No te das cuenta.
Tienes que venir con nosotros, por tu propia seguridad.
—¡Qué amable es Val al preocuparse tanto por mí! —dijo Maris, estudiando
detenidamente al alado—. ¡Y qué cosa tan desacostumbrada! En momentos como éste,
Val debe de tener muchas cosas en la cabeza. No puedo imaginármelo tomándose tantas
molestias, perdiendo tanto tiempo, para concebir un plan de rescate para la pobre
Maris, que no necesita que la rescaten. Si Val os ha enviado a por mí, debe de ser por que
cree que puedo serle de alguna utilidad.
Arrilan estaba claramente sorprendido.
—Te... Te equivocas. Está muy preocupado por ti. Val...
—¿Y qué otra cosa le preocupa? Dime qué es lo que de verdad espera de mí.
Arrilan sonrió con tristeza.
—Ya dijo Val que no te tragarías esa historia —dijo con tono admirativo—. De
todos modos, te habríamos dicho la verdad en cuanto estuviéramos a salvo, lejos de
aquí. Val ha convocado un Consejo de Alados.

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Maris asintió.
—¿Dónde?
—En Arren sur. Está cerca de aquí, pero lejos de las hostilidades, y allí Val cuenta
con muchos amigos. Tardaremos un mes o dos en reunir a los alados, pero tenemos
tiempo. El Señor de Thayos está asusta do, se cuidará muy bien de hacer nada antes
de saber qué pasa en el Consejo.
¿Y qué pretende Val?
¿Qué va a pretender? Pedir una sanción contra Thayos, que seguirá vigente
mientras Tya no sea liberada. Ningún alado vendrá aquí ni a ninguna isla que comercie
con Thayos. Les aislaremos del mundo. El Señor de la Tierra tendrá que elegir entre ceder
o ser destruido.
—Eso si Val lo consigue. Los un-ala siguen siendo minoría, y Tya no es una víctima
inocente —puntualizó Maris.
—Tya es una alada —dijo Arrilan, aceptando agradecido el tazón de té que Evan le
tendía—. Val apela a la solidaridad de los alados. Un-ala o no, Tya sigue siendo de los
nuestros. No podemos abandonarla.
—No estoy tan segura.
—¡Oh!, habrá que luchar, por supuesto. Tenemos la sospecha de que Corm y
otros intentarán utilizar el incidente para desacreditar a to dos los un-ala y cerrar las
academias. —Sonrió desde el borde del tazón—. Y tú no vas a ser de mucha ayuda. Val
dice que has elegido el peor momento para tener la caída.
—No me dieron a elegir. Pero todavía no me has dicho por qué habéis venido a
buscarme.
—Val quiere que lo presidas.
—¿¡Cómo!?
—La tradición exige que sea un alado retirado el que presida el Consejo. Ya lo
sabes. Val cree que eres la mejor opción posible. Eres muy conocida y te respetan todos,
los un-ala y los alados de cuna. No tendrás ningún problema en ser aceptada.
Rechazarían a cualquier otro un-ala. Y necesitamos a alguien con quien se pueda contar,
no una reliquia oxidada que quiera que todo siga como siempre. Val cree que este asunto
puede marcar una diferencia importante.
—Es posible —dijo Maris, recordando el importante papel que jugara Jamis el Mayor
en el Consejo que convocara Corm—. Pero Val tendrá que buscarse otro presidente. No
tengo nada que ver con las alas ni con el Consejo de alados. Lo único que quiero es que
me dejen en paz.
—No habrá paz hasta que triunfemos.
—¡No soy una piedra en el tablero de geechi de Val! ¡Más vale que se vaya
enterando! Él sabe muy bien cuánto me costaría hacer lo que me pide. ¿Cómo se atreve
a insinuarlo? Os envía a engañarme, a mentirme hablando de rescates y de salvación,
porque sabía que me negaría. No puedo soportar ver a un alado. ¿Creéis que me
gustaría estar rodeada por cientos de ellos, mirarles jugar y revolotear en el cielo, es
cucharles intercambiar relatos para, al final, quedarme sola, como una vieja tullida?
¿Para ver cómo se alejan y me abandonan? ¿Creéis que me gustaría?
Maris se dio cuenta de que había hablado a gritos. El dolor le formaba un nudo en
el estómago.
La voz de Arrilan era sombría.
—Apenas te conozco. ¿Cómo quieres que sepa lo que sientes? Lo

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lamento, de verdad. Y estoy seguro de que Val también lo siente. Pero eso no
sirve de nada. El asunto que nos trae aquí es más importante que tus sentimientos.
Todo depende de este Consejo, y Val quiere que estés presente.
—Decidle a Val que lo siento, que le deseo suerte, pero no acudiré. Soy vieja,
estoy cansada. Quiero que me dejen en paz.
Arrilan se levantó. Los ojos le brillaban con una luz gélida.
—Prometí a Val que no le fallaría. Somos cuatro contra ti.
Hizo un gesto a la mujer que tenía a la izquierda. Esta sacó el cuchillo de la
funda. Sonrió, y Maris se dio cuenta de que tenía los dientes de madera. Tras ella, el
tercer hombre se levantó. También empuñaba el cuchillo.
—Fuera todos —dijo Evan.
Estaba en pie, cerca de la puerta de su laboratorio, y llevaba en las manos el
arco que utilizaba para cazar. Tenía una flecha preparada.
Sólo puedes derribar a uno de nosotros con eso —dijo la mujer de los dientes
de madera—. Y eso con suerte. No te daré tiempo a poner otra flecha, viejo.
Cierto. Pero la punta de esta flecha está bañada en el veneno de la garrapata
azul, así que ese uno morirá.
Bajad los cuchillos —indicó Arrilan—. Y tú, por favor, deja el arco. No tiene
por qué morir nadie.
Miró a Maris.
—¿De verdad creéis que podéis obligarme a presidir el Consejo? — Maris
chasqueó la lengua, disgustada—. Pues id diciendo a Val que, si su estrategia es tan
buena como la vuestra, los un-ala estáis acabados.
Arrilan miró a sus compañeros.
—Salid. —A regañadientes, los dos hombres y la mujer se dirigieron hacia la
puerta—. Se acabaron las amenazas. Lo siento. Maris. Espero que entiendas lo
desesperado que estoy. Te necesitamos.
—Necesitáis a la alada que fui, pero ésa murió en una caída. Déjame sola. Sólo
soy una vieja, una aprendiza de curandero, y eso es todo lo que aspiro a ser. No me
hieras más intentando arrastrarme hacia el mundo.
El desprecio brillaba en el rostro de Arrilan.
—¡ Y pensar que se sigue cantando a una cobarde como tú! Cuando se marchó,
Maris se volvió hacia Evan. Estaba temblando,
y la cabeza le daba vueltas.
El curandero bajó el gran arco que sostenía y lo dejó a un lado.
—¿Muerta? —preguntó con amargura—. ¿Todo este tiempo has estado muerta?
Creí que estabas aprendiendo a vivir otra vez. Pero no has hecho más que utilizar mi
cama como si fuera una tumba.
—¡Oh, Evan, no! —dijo Maris cansada. Buscaba consuelo, no más reproches.
Han sido tus propias palabras. ¿Sigues creyendo que tu vida terminó con la
caída? —El rostro del curandero se contrajo por el dolor y la rabia—. No tengo
intención de amar a un cadáver.
¡Oh, Evan! —Se sentó de golpe, como si las piernas no pudieran
sostenerla durante más tiempo —. No quería decir eso. Quería decir que estoy
muerta para los alados, o que ellos han muerto para mí. Ésa es la parte de mi vida
que ha terminado.

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—No creo que sea tan sencillo. Si intentas matar una parte de ti, te arriesgas a
matarlo todo. Es como lo que, según tu hermano, solía decir Barrion sobre cambiar
una nota de la canción.
—Valoro mucho nuestra vida en común, Evan. Créeme, por favor. Es que
Arrilan y ese maldito Consejo de Val me han hecho recordar todo otra vez. Todo lo
que he perdido. Han conseguido que vuelva el dolor.
—Han conseguido que te compadecieras de ti misma.
Maris se sintió molesta. ¿Es que no lo entendía? ¿Entendería alguna vez un
atado a la tierra la inmensidad de su pérdida?
—Sí —dijo con voz gélida—. Han conseguido que me autocompadeciera. ¿Es que
no tengo derecho?
—Hace tiempo que pasó la hora de la autocompasión. Tienes que aceptar lo
que eres, Maris.
Lo haré. Lo estoy intentando. Ya casi había conseguido olvidar, y por eso no
puedo permitir que me mezclen en esta pelea de alados. Eso lo estropearía todo. Me
volvería loca. ¿Es que no te das cuenta?
Lo único que veo es a una mujer que reniega de todo lo que ha sido —dijo E
van.
Quizá habría seguido hablando, pero un sonido les hizo desviar la mirada.
Bari, de pie ante el umbral, parecía asustada.
El rostro de Evan se enterneció. Se acercó a ella, la levantó y la abrazó
estrechamente.
—Hemos tenido visitas —dijo, besándola a continuación.
—¿Preparo el desayuno, ya que estamos todos despiertos? —les preguntó
Maris.
Bari sonrió y asintió. El rostro de Evan era inescrutable. Maris se dio la vuelta
y se concentró en el trabajo, decidida a olvidar.

Durante las siguientes semanas, apenas hablaron de Tya y del Consejo de


alados. Pero, aunque no las buscaran, las noticias les llegaban con regularidad. Un
pregonero en la plaza de Thossi, chismorreos de los comerciantes, viajeros que
solicitaban los cuidados o los consejos de Evan... Todos hablaban de la guerra, de los
alados y del beligerante Señor de Thayos.
Maris se enteró de que en Arren Sur se habían reunido los alados de
Windhaven. Los atados a la tierra de aquella pequeña isla no olvidarían jamás aquellos
días, de la misma manera que las gentes de Amberly Mayor y Amberly Menor nunca
olvidaron el último Consejo. En aquellos momentos, en las calles de Puerto Sur y
Arrenton, pequeños y polvorientos pueblos que Maris recordaba muy bien, reinaría
un ambiente festivo. Los vendedores de vinos, pasteles y salchichas, los mercaderes y
comerciantes, convergerían procedentes de media docena de islas cercanas,
atravesando el traicionero mar en inseguras barcas, esperando poder ganar un poco de
hierro a costa de los alados. Las tascas y tabernas estarían llenas a rebosar, y habría
alados por todas partes, multitudes de ellos por toda la ciudad. Maris podía
imaginárselos: alados de Gran Shotan con sus uniformes color rojo oscuro, pálidos
Artellianos adornados con diademas plateadas, sacerdotes del Dios del cielo procedentes
del Archipiélago Sur, otros de las Islas Exteriores y de Las Brasas, a los que no se veía
desde hacía años. Los viejos amigos se abrazarían entre sí, y pasarían las noches
hablando. Antiguos amantes intercambiarían sonrisas inseguras y buscarían una excusa
para pasar algunas horas en la oscuridad. Bardos y narradores contarían viejas historias y

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compondrían otras nuevas para la ocasión. El aire estaría lleno de chismorrees,


fanfarronadas y canciones, repleto del aroma del especiado kivas y de la carne asada.
Maris pensó que todos sus amigos estarían allí. Los vio en sueños: jóvenes y
viejos alados, un-ala y alados de cuna, orgullosos y tímidos, los alborotadores y los
tranquilos. Todos se reunirían, y el resplandor de las alas y el sonido de las risas llenaría
todo Arren Sur.
Y todos volarían.
Maris intentó no pensar en ello, pero la idea acudió de todas formas. En sueños,
voló con ellos. Podía sentir el viento mientras dormía, rozándole con dedos sabios y
gentiles, llevándola al éxtasis. A su alrededor, podía ver las alas, centenares de ellas,
brillantes contra el intenso azul del cielo, girando y ascendiendo en armoniosos círculos
lánguidos. Las alas de Maris captaban la luz del sol y lanzaban breves destellos que eran
como gritos de alegría. Vio las alas al atardecer, enrojecidas con el color de la sangre,
contra el cielo púrpura anaranjado que, progresivamente, derivada hacia el violeta y
luego hacia el blanco plateado, cuando el último rayo de luz se desvanecía y sólo
quedaban estrellas, estrellas entre las que volar.
Recordó el sabor de la lluvia, el retumbar distante del trueno y el aspecto que
ofrecía el mar al amanecer, justo antes de que saliera el sol. Recordó la sensación de
correr por un risco y lanzarse al vacío, confiando sólo en el viento, en las alas y en su
propia habilidad para mantenerse en el aire.
A veces, por la noche, gritaba y temblaba. Evan la rodeaba con los brazos y le
susurraba palabras reconfortantes, pero Maris nunca le contaba sus sueños. Nunca había
sido un alado, nunca había estado en un Consejo. No lo comprendería.
Pasó el tiempo. Los enfermos acudían a Evan, o él a ellos, y morían o se curaban.
Maris y Bari trabajaban a su lado, haciendo lo que podían. Pero Maris descubrió que no
siempre podía concentrarse en el trabajo.
En cierta ocasión, Evan la envió al bosque a recoger dulce canto, una hierba que
utilizaba para preparar la tesis. Y, a medida que se adentraba en el húmedo y frío bosque,
la mujer se descubrió pensando en el Consejo. Ya debe de haber empezado, se decía.
Oía mentalmente los discursos que debían de estar pronunciando Val, Corm y todos los
demás.
Con la imaginación, presentó sus propios argumentos y objeciones, mientras se
preguntaba cómo terminaría todo y quién habría sido elegido para presidir el Consejo.
Cuando por fin volvió, llevaba bajo el brazo un cesto lleno de semillas del mentiroso, que
se parecían al dulce canto pero no tenían propiedades curativas. Evan cogió el cesto,
suspiró sonoramente y agitó la cabeza.
—Maris, Maris ¿qué voy a hacer contigo? —Se volvió hacia Bari—. Niña, ve a recoger
un poco de dulce canto antes de que oscurezca. Tu tía no se encuentra bien.
A Maris no le quedó más remedio que admitirlo.
Y, un día, volvió Coll, arrastrando los pies por el camino y con la guitarra a la
espalda. Habían pasado seis semanas desde que partiera. No venía solo. A su lado
caminaba S'Rella. Todavía llevaba las alas puestas, y se tambaleaba de agotamiento. Los
dos tenían los rostros grises y exhaustos.
Cuando Bari les vio llegar, lanzó un grito y corrió a abrazar a su padre. Maris se
dirigió a S'Rella.
— ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado en el Consejo?
S'Rella se echó a llorar.
Maris se acercó y abrazó a su vieja amiga, que temblaba entre sus brazos. Por
dos veces intentó hablar, pero sólo conseguía abrir la boca, y las palabras se le ahogaban
en la garganta.

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—Ya ha pasado todo, S'Rella —dijo Maris, impotente—. Calma, calma, ya ha


pasado. Estoy aquí.
Sus ojos se encontraron con los de Coll.
—Bari —pidió el bardo con voz temblorosa—, ve a buscar a Evan. Dile que venga
con nosotros.
La niña corrió a cumplir el encargo de su padre, no sin antes dirigir una mirada de
preocupación a S'Rella.
—Estuve en la fortaleza del Señor de la Tierra —siguió Coll cuando la niña se hubo
marchado—. Descubrió que era tu hermano y decidió retenerme allí hasta que terminara
el Consejo. S'Rella llegó para comunicar que había finalizado. Los guardianes la
capturaron y la llevaron a la fortaleza. También había retenido a otros alados: Jem,
Ligar de Thrane, Katinn de Lomarron y algunos jóvenes del Archipiélago Occidental. Junto
con otros cuatro bardos, una pareja de narradores y todos los pregoneros y corredores
del Señor de Thayos. Evidentemente, quería que se difundiera la noticia. Quería que todo
el mundo supiera lo que había hecho. Fuimos sus testigos. Los guardianes nos llevaron
al patio y nos obligaron a mirar.
—No —susurró Maris, estrechando con más fuerza a S'Rella—. No, Coll. No se habrá
atrevido. ¡Imposible!
—Tya de Thayos fue ahorcada ayer al atardecer —dijo Coll con voz ronca—.
Negarlo no cambiará nada. Lo hemos visto. Intentó decir algo, pero el Señor de la
Tierra no lo permitió. El nudo estaba mal hecho. La caída no la mató, tardó mucho
tiempo en morir, estrangulada.
S'Rella se deshizo de su abrazo.
—Has tenido suerte —dijo con dificultad—. Podía haber mandado a buscarte.
¡Oh, Maris!, no podía apartar la vista... Yo... Fue horrible. Ni siquiera dejaron que...
Que dijera sus últimas palabras. Y lo peor...
Volvió a quedarse sin voz.
Evan y Bari se acercaron, pero Maris apenas oyó sus pasos, o el saludo de
bienvenida de Evan. Una enorme frialdad se había adueñado de ella, la misma
torpeza enfermiza que la invadió cuando murió Russ y cuando Halland se perdió en el
mar.
—¿Cómo se ha atrevido? —dijo lentamente—. ¿Nadie hizo nada? ¿No
intentaron detenerle?
—Varios oficiales guardianes le avisaron, sobre todo un alto mando, creo que era
la jefa de su escolta personal. No escuchó a nadie. El guardián que nos conducía
estaba muy asustado. Cuando se abrió la trampilla, fueron muchos los que apartaron
la vista. Pero obedecieron. Al fin y al cabo, son guardianes. Y él es su Señor.
—Pero... ¿El Consejo...? ¿El Consejo no...? ¿Qué pasa con Val, con los
alados?
—¡El Consejo! —exclamó S'Rella con amargura—. El Consejo la declaró fuera
de la ley y la despojó de sus alas. —La rabia le había seca do las lágrimas de los ojos—.
¡Fue el Consejo el que le dio permiso para hacerlo!
—Y, para que todo el mundo supiera que había ahorcado a una alada —dijo Coll
con voz débil—, el Señor de la Tierra le puso las alas. Plegadas, claro, pero seguían
siendo reconocibles. Incluso hizo bromas al respecto. Dijo a Tya que utilizara las alas
para evitar aquella caída, que huyera volando si podía.

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Más tarde, ante unas tazas del té especial de Evan y platos de pan y
salchichas, S'Rella recuperó la compostura. Mientras Coll salía al exterior con su hija,
contó a Maris y a Evan lo que había sucedido en el desastroso Consejo.
Era una historia sencilla. Val Un-Ala, que había convocado el quinto Consejo de
alados en toda la historia de Windhaven, perdió el control sobre éste. De hecho, nunca
llegó a tener el control. Los un-ala y sus aliados apenas eran la cuarta parte de los
reunidos. Y los que ocupaban los tres lugares de honor —Los Señores de Arren Sur y
Arren Norte, junto con el alado retirado Kolmi de Thar Kril, el presidente— estaban en
contra de él. Apenas empezó el Consejo, se alzaron voces que denunciaban el crimen
de Tya, incluyendo la del propio Kolmi. «Esa chica atada a la tierra nunca ha
comprendido lo que es ser un alado», citó S'Rella a Kolmi. Otros se unieron a él. Uno
dijo que jamás debió tener acceso a las alas. Otro, que no sólo había cometido un
crimen contra el Señor de Thayos, sino contra todos los alados. Y un tercero añadió
que Tya había traicionado sus sagrados deberes, convirtiendo en sospechosos a los
demás alados.
— Katinn de Lomarron intentó hablar en su favor, pero le abuchea ron. Se
enfureció y los maldijo a todos. Como Tya, ha visto mucha guerra. Algunos de sus
amigos intentaron defenderla, o al menos explicar por qué hizo lo que hizo, pero se
negaron a escucharles. Cuando Val se levantó para intentar sacar adelante su
propuesta, pensé por un momento que aún nos quedaba una oportunidad. Fue muy
elocuente. Tranquilo y razonable, no como suele ser él. Los aplacó diciendo que Tya
había cometido un crimen terrible. Pero luego siguió explicando que, pese a todo, los
alados debían defenderla, que no podían permitir que el Señor de la Tierra hiciera lo
que quisiese con ella, que el destino de todos los alados estaba unido al de Tya. Fue
un buen discurso. Si lo hubiera pronunciado cualquier otro, les habría convencido.
Pero el orador era Val. Y tiene demasiados enemigos. Muchos de los viejos alados
siguen odiándole.
»Val sugirió que el Consejo despojara a Tya de sus alas durante cinco años,
pasados los cuales podría recuperarlas en competición. También dijo que se debía
insistir en el hecho de que sólo los alados pueden juzgar a los alados, lo que implicaba
liberar a Tya aunque fuera necesario amenazar a Thayos con una sanción.
»Mucha gente estaba dispuesta a secundar su propuesta y a hablar en su
favor, pero no sirvió de nada. Kolmi no admitió nuestra posición. No nos dieron
oportunidad de hablar. El Consejo duró casi todo el día, pero no llegaron a hablar ni
una docena de un-ala. Kolmi no quería que se nos oyera.
«Después de que hablara Val, tomó la palabra una mujer de Lomarron. Dijo
que al padre de Val lo habían ahorcado por asesino, y que el propio Val era el
causante del suicidio de Ari por arrebatarle las alas. "No es raro que nos quiera hacer
defender a esa criminal", fueron sus palabras literales. Luego intervinieron otros que
también hablaron de crímenes y de lo poco que entendían los un-ala lo que es ser un
alado. La propuesta de Val se olvidó en medio del caos.
»Luego se alzaron las voces de algunos alados ancianos que pedían el cierre de
las academias. No fue una propuesta muy popular. Corm la defendió, pero su propia
hija se alzó contra él. Fue todo un espectáculo. Los Artellianos apoyaron la moción, y
algunos de los alados retirados consiguieron que se sometiera a votación, pero sólo
tenían a su favor a una quinta parte del Consejo. Las academias están a salvo.
— Algo por lo que estar agradecidos —suspiró Maris.
S'Rella asintió y siguió hablando.
—Luego tomó la palabra Dorrel. Ya sabes cuánto le respetan. Hizo un buen
discurso, demasiado bueno. Primero habló de los motivos idealistas de Tya y de cuánto
simpatizaba con lo que había intentado hacer. Pero, a continuación, añadió que no
podemos dejarnos llevar por las emociones. El crimen de Tya ataca al corazón mismo
de la sociedad alada, dijo. Si los Señores de la Tierra no están seguros de que

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llevaremos sus mensajes exacta y desapasionadamente, de que seremos sus


portavoces en tierras lejanas, ¿qué utilidad tendremos? Si no les fuéramos útiles,
¿cuánto tiempo pasaría antes de que nos quitaran las alas por la
fuerza para dárselas a sus propios hombres? Dijo también que no podemos luchar
contra los guardianes; que teníamos que recuperar la confianza perdida, y que la única
manera era declarar proscrita a Tya, pese a sus buenas intenciones. Abandonarla a su
destino por mucho que simpatizáramos con ella. Dijo que si hacíamos cualquier intento
por defender a Tya, los atados a la tierra nos interpretarían mal y pensarían que
aprobábamos su crimen. Insistió en que había que dejar bien claro que censurábamos su
comportamiento.
Maris asintió.
—Tiene mucha razón, por tristes que sean las consecuencias. Fue un discurso muy
persuasivo.
—A continuación, hablaron otros que pensaban de forma parecida. Thera-Kul de
Yethien, el anciano Arris de Artellia, una mujer de las Islas Exteriores, Jon de Culhall,
Talbot de Gran Shotan... Todos ellos líderes muy respetados. Apoyaron a Dorrel. Val
estaba rojo de ira, y Katinn y Athen gritaban para las paredes, pero Kolmi no les prestó
atención. La cosa duró varias horas. Por fin, la propuesta de Val fue votada y
desestimada en menos de un minuto. Él Consejo decidió declarar proscrita a Tya y
abandonarla a los tiernos cuidados del Señor de Thayos. No le dijimos que la ahorcara.
Ante una sugerencia de Jirel de Skulny, todo lo que llegamos a pedirle fue que no lo
hiciera. Pero sólo fue una petición.
—Nuestro Señor rara vez atiende a peticiones —dijo Evan con voz monótona.
—Ahí es donde terminó el Consejo para mí. Los un-ala se marcharon.
—¿ ¡ Se marcharon! ?
S'Rella asintió.
—Cuando terminó la votación, Val se levantó. Tenía los ojos... Me alegro de que no
llevara armas, habría matado a alguien. En vez de eso, habló. Los llamó locos, cobardes y
cosas mucho peores. Le gritaron y le amenazaron. Empezaron algunas refriegas. Val pidió
a todos sus amigos que abandonaran el lugar. Damen y yo tuvimos que abrirnos camino
hasta la puerta. Los alados... Reconocí a algunos de ellos, gente a la que conozco desde
hace años. Se burlaban de nosotros, nos decían... Fue espantoso, Maris. La rabia que
había...
—Conseguisteis salir, ¿no?
—Sí. Casi todos los un-ala volamos hasta Arren Norte. Val nos llevó hasta un
descampado, un viejo campo de batalla, subió a una antigua fortificación y nos habló.
Tuvimos nuestro propio Consejo. Allí estaba casi la cuarta parte de los alados. Votamos
una sanción contra Thayos, aunque los demás no la siguieran. Para eso voló Katinn hasta
aquí conmigo, para decírselo juntos al Señor de la Tierra. Ya había recibido noticias de la
otra decisión, pero Katinn y yo fuimos a comunicarle la de los un-ala. —Rió amargamente
—. Nos escuchó con frialdad. Cuando terminamos, nos dijo que los de nuestra clase no
éramos dignos de ser alados, y que nada le complacería más que saber que ningún un-ala
volvería a surcar los cielos de Thayos. Prometió mostrarnos lo que opinaba de nosotros, de
Val y de los un-ala.
»Y nos lo mostró. Al atardecer, sus guardianes nos llevaron al patio, con los demás,
y nos lo mostró.
El rostro se le había puesto ceniciento. Contar la historia le abría de nuevo las
heridas.
— ¡Oh, S'Rella! —dijo Maris, apenada.

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Tendió el brazo para tocarle la mano pero, cuando lo hizo, la alada empezó a
temblar y se echó a llorar otra vez.

Maris apenas pudo conciliar el sueño. Se removía y daba vueltas sin conseguir
dormirse. Tenía sueños oscuros e informes, junto con pesadillas sobre vuelos que
acababan en el extremo de una soga.
Se despertó antes de que amaneciera, en la oscuridad, alertada por el débil
sonido de una melodía lejana.
Evan dormía a su lado, roncando ligeramente sobre la almohada de plumas. Maris
se levantó, se vistió y salió del dormitorio. Bari dormía tranquilamente, con el sueño
inocente de los niños, libre de las cargas que pesaban sobre los demás. S'Rella dormía
también, encogida bajo las sábanas.
La habitación de Coll estaba vacía.
Maris siguió el sonido de la suave música y encontró a su hermanastro fuera,
sentado, apoyado contra la pared de la casa, bajo la luz de las estrellas, llenando el frío
aire de la noche con la suave melodía de su guitarra.
Maris se sentó frente a él en el húmedo suelo.
—¿Componiendo una canción?
—Sí. —Los dedos de Coll se movían con deliberada lentitud—. ¿Cómo lo sabes?
—Recuerdo que, cuando éramos más jóvenes, solías levantarte en medio de la
noche y salir fuera para trabajar en una nueva melodía que querías conservar en secreto.
—Siempre seré un animal de costumbres. —Arrancó del instrumento un último
acorde antes de dejarlo a un lado—. No tengo remedio. Cuando me ronda una letra por
la cabeza, no puedo dormir.
—¿La has terminado?
—Todavía no. Pienso titularla La Caída de Tya. Ya tengo las palabras, pero no la
melodía. Casi puedo oírla, pero cada vez es diferente. En unas ocasiones es trágica y
sombría, una canción triste y lenta, como la balada de Aron y Jeni. Pero luego me parece
que debería ser más rápida y latir como el corazón de un hombre que se ahoga en su
propia rabia, que debería inflamar, doler y atenazar. ¿Tú qué opinas, hermanita mayor?
¿Cómo debería ser? ¿Qué debería hacerte sentir la caída de Tya, pena o rabia?
—Las dos cosas. Sé que no soy de mucha ayuda, pero es lo único que puedo
responderte. Las dos cosas, y mucho más. Me siento culpable, Coll.
Le habló de Arrilan y sus compañeros, y de la oferta que le traje ron. Coll
escuchaba, comprensivo. Cuando terminó, le tomó la mano entre las suyas. Tenía
los dedos callosos, pero gentiles y consoladores.
—No lo sabía. S'Rella no me dijo nada.
—No creo que lo sepa. Probablemente, Val dijo a Arrilan que no comentara mi
negativa con nadie. Pese a lo que digan de él, tiene buen corazón.
Es una tontería que te sientas culpable. No creo que hubiera cambiado nada
aunque tú presidieras el Consejo. Un voto más o menos significaría muy poco. El
Consejo se habría dividido contigo y sin ti, y Tya habría sido ahorcada igualmente.
No debes torturarte con remordimientos por algo que no habrías podido evitar.
Quizá tengas razón, pero debí intentarlo. Es posible que Dorrel y sus amigos
me hubieran escuchado. La gente de Ciudad Tormenta, Corina, tal vez incluso Corm...
Todos me conocen. Val no puede hacerse entender por ellos. Si hubiera aceptado
presidirlo, como me pidió Val, quizá habría conseguido que se mantuvieran unidos.

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Especulaciones. Te estás atormentando sin necesidad.


Ya es hora de que lo haga. Tenía tanto miedo de lo que sufriría que me negué
a ir con Arrilan. Fui una cobarde.
No eres responsable de todos los alados de Windhaven, Maris. Tienes que
pensar primero en ti, en tus propias necesidades.
Maris sonrió.
—Hace mucho tiempo, pensé sólo en mí misma y cambié el mundo que me
rodeaba para conseguir lo que necesitaba. ¡Oh. sí!, me dije que lo hacía por todo el
mundo. Pero tú y yo sabemos que lo hice únicamente por mí. Barrion tenía razón. Coll.
Era una ingenua. No tenía ni idea de adonde nos llevaría aquello. Sólo quería volar.
«Debería haber ido, Coll. Era responsabilidad mía. Pero sólo me preocupaba
mi dolor, mi vida, cuando debería pensar en los demás. Llevo la sangre de Tya en las
manos —terminó, levantando una.
Coll la tomó y se la apretó con fuerza.
No digas tonterías. Lo único que sé es que mi hermana se está des trozando a sí
misma por nada. Tya ya no está entre nosotros, y no podrías haber hecho nada
para evitar que muriera. Aunque no sea así, ahora ya no puedes hacer nada. Todo
ha pasado. Barrion me dijo una vez que no me angustiara nunca por lo pasado. Que
convirtiera el dolor en una canción y se la ofreciera al mundo.
No puedo componer canciones. No puedo volar. Dije que quería ser útil y di la
espalda a los que me necesitaban. Jugué a ser curandera. No soy una curandera. No
soy una alada. Entonces, ¿qué soy? ¿Qué es lo que soy?
Maris...
Exactamente. Maris de Amberly Menor, la chica que una vez cambió el
mundo. Y, si lo hice una vez. quizá pueda repetirlo. Al me nos, lo intentaré.
Se levantó bruscamente, con el rostro serio bajo la pálida luz del amanecer
cuyo débil brillo aún no había teñido el horizonte Oriental.
—Tya está muerta —señaló Coll. Tomó la guitarra y se levantó para mirar a su
hermana cara a cara—. El Consejo se ha disuelto. Todo ha terminado. Maris.
—No. No lo aceptaré. Todavía no ha terminado. Aún no es tarde para cambiar
el final de la canción de Tya.

Evan se despertó rápidamente al sentir su ligero roce. Se sentó en la cama,


preparado para cualquier emergencia.
—Evan —empezó Maris, sentándose a su lado—, ya sé lo que debo hacer. Tenía
que contártelo antes a ti.
El curandero se pasó la mano por la cabeza, alisándose el revuelto pelo
blanco. Tenía el ceño fruncido.
—¿ Q ué ?
—Estoy... Estoy viva, Evan. No puedo volar, pero sigo siendo yo.
—Me alegro de oírlo, sobre todo sabiendo que lo dices de verdad. —No soy
una curandera. Ni creo que llegue a serlo.
Has hecho algunos descubrimientos esta noche, ¿eh? Y mientras yo dormía. Sí,
es cierto, ya lo sabía. Pero no podía decírtelo. No querías saberlo.
Claro que no quería saberlo. Creí que era la única opción que me quedaba. El
dolor y los recuerdos seguían ahí, pero necesitaba ser útil. Tengo que aprender a vivir

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con el dolor, a aceptarlo y a ignorarlo. Por que hay cosas que debo hacer. Tya está
muerta. Los alados, divididos. Sólo yo tengo una oportunidad de arreglar la situación.
Así que... —Se mordió el labio y evitó mirarle a los ojos—. Te quiero, Evan. Pero tengo
que dejarte.
Espera un momento. —Le rozó la mejilla y le miró a la cara. A Maris le
pareció que era la primera vez que miraba aquellos profundos ojos azules y sintió,
inesperadamente fuerte, la punzada de la pérdida—. Dime por qué tienes que dejarme.
Movió las manos, desconsolada.
—Porque... Porque aquí soy inútil. No encajo aquí.
Él contuvo el aliento. Maris no supo bien si lo que ocultaba era un sollozo o
una carcajada.
—¿De verdad crees que te quiero como aprendiza, como curandera, por lo
mucho que puedas ayudarme? Francamente, como curandera, has puesto a prueba
mi paciencia. Te quiero como mujer, por ti misma, por lo que eres. Y ahora que por
fin te das cuenta de lo que eres, de lo que siempre has sido, ¿crees que debes
abandonarme?
—Tengo muchas cosas que hacer. No sé cuál será mi destino. Quizá fracase.
Podría resultar peligroso que te asociaran conmigo. Correrías la misma suerte que
Reni. Y no quiero ponerte en peligro.
—No eres tú la que me pone en peligro —replicó con firmeza—. Yo elijo los
peligros que corro o dejo de correr. —Le cogió una mano y se la
sostuvo firmemente—. Habrá cosas en las que pueda ayudarte, déjame que lo
haga. No sólo sé preparar té para tus amigos, ¿sabes?
—Pero no tienes por qué hacerlo. No debes arriesgar la vida por nada. Ésta no es
tu lucha.
—¿Que no es mi lucha? —En la voz del curandero había un deje de indignación—.
¿Desde cuándo Thayos no es mi hogar? Todo lo que decrete el Señor de Thayos me afecta
a mí, y a mis pacientes. Mi sangre está en este bosque y en estas montañas. Aquí, la
forastera eres tú. Todo lo que consigas para tu gente, los alados, afecta también a mi
gente. Yo los conozco, y tú no. Y ellos me conocen y confían en mí. La mayoría están en
deuda conmigo, una deuda que no se paga con monedas de hierro. Me ayudarán. Y yo te
ayudaré. Creo sinceramente que vas a necesitarme.
Maris sintió que la energía del hombre se filtraba en ella a través de la firme mano
que sostenía la suya. Sonrió, contenta por no estar sola. Ahora se sentía más segura.
—Sí, Evan. Te necesito.
—Aquí me tienes. ¿Por dónde empezamos?
Maris se apoyó en la cabecera de la cama y se recostó junto a Evan.
—Nos hará falta un lugar donde escondernos y un campo de aterrizaje. Un sitio
donde los alados puedan despegar y aterrizar sin que el Señor de la Tierra y sus espías
sepan que están en la isla.
Antes de que terminara de hablar, el curandero ya estaba asintiendo.
—Hecho. No muy lejos de aquí, hay una granja abandonada. El granjero murió el
invierno pasado y el bosque todavía no ha reclamado lo que es suyo, aunque sigue
ocultándola de ojos indiscretos.
—Perfecto. Lo mejor será que nos ocultemos todos allí una temporada, por si los
guardianes vienen a buscarnos.
—Yo tengo que quedarme aquí. Si los guardianes no pueden encontrarme,
tampoco podrán los enfermos. Tengo que estar accesible.

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—Podría ser peligroso.


—Conozco a una familia en Thossi, tienen trece hijos. Ayudé a la madre en un
parto difícil, y he salvado la vida de los niños al menos en una docena de ocasiones. Están
ansiosos de hacer lo mismo por mí. Su casa está en el camino principal, y siempre hay
algún chico desocupado. Si los guardianes vienen a por nosotros, tendrán que pasar por
allí; uno de los chicos podría adelantarse para avisarnos.
—Perfecto —sonrió Maris.
—¿Quemas?
—Antes de nada, despertaremos a S'Rella. —Maris se sentó, apartándose de su
regazo y estirando las piernas sobre la cama—. Necesito que sustituya a mis alas, que
lleve mensajes por mí, muchos mensajes. Y el primero de todos estará destinado a Val
Un-Ala.

Val acudió, naturalmente.


Le esperó en el umbral de una cabaña y dos plantas abandonada, maltratada por
el tiempo, con los muebles cubiertos de moho. El alado sobrevoló tres veces los cultivos
abandonados antes de decidir que el aterrizaje era seguro.
Cuando descendió, Maris le ayudó a quitarse las alas, pese a que algo tembló
dentro de ella cuando tocó el suave tejido metálico. Val la abrazó y sonrió.
—Tienes buen aspecto para ser una vieja tullida.
—Y tú hablas demasiado para ser un idiota —replicó Maris—. Ven, pasa.
Coll estaba en el interior de la cabaña, afinando la guitarra.
—Val —dijo, saludando con un movimiento de cabeza.
—Siéntate —le indicó Maris—. Tienes que escuchar una canción.
Val la miró intrigado, pero tomó asiento.
Coll cantó La Caída de Tya. A instancias de su hermana, había compuesto dos
versiones. La que cantó a Val era la triste.
Val escuchó educadamente, con sólo un atisbo de incomodidad.
—Muy bonita —dijo cuando Coll terminó—. Y muy triste. —Miró suspicazmente a
Maris—. ¿Para esto me enviaste a S'Rella, para esto me has hecho volar hasta aquí, con
riesgo de mi vida, pese a mi juramento de no venir nunca a Thayos? ¿Para esto? ¿Para
escuchar una canción? ¿Hasta qué punto te ha lesionado el cerebro aquella caída?
Coll se echó a reír.
—Concédele media oportunidad.
—No tiene importancia —dijo Maris—. Val y yo estamos acostumbrados el uno al
otro, ¿verdad?
Val sonrió débilmente.
—Tienes media oportunidad. Dime a qué viene todo esto.
—Lo resumiré en una palabra: Tya. Y cómo solucionar lo que sucedió en el
Consejo.
—Es demasiado tarde. Tya ha muerto. Nosotros hemos reaccionado. Ahora,
esperaremos a ver qué pasa.
—Si esperamos puede ser demasiado tarde. No podemos permitirnos el lujo de
esperar a que los alados cierren las academias, ni de desafiar a los que ignoren tu

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sanción. Con tu actitud, has dado un arma a Corm y a los suyos. No debiste actuar sin el
apoyo del Consejo.
Val negó con la cabeza.
—Hice lo que debía. Y cada año hay más un-ala. El Señor de Thayos puede reír
ahora, pero no por mucho tiempo.
—Tú tampoco tienes todo el tiempo del mundo.
Calló un momento. Pensaba a tanta velocidad que tenía miedo de hablar. No
podía distanciarse de Val. Tenían que comprenderse mutuamente, tal y como le había
dicho Coll. Pero Val seguía siendo el hombre orgulloso y temperamental de siempre, tal y
como demostraba su actitud ante el Consejo. Le resultaría muy difícil admitir que se
había equivocado.
—Debí acudir cuando me llamaste —siguió — . Pero estaba asustada. Y fui
egoísta. Quizá habría evitado la escisión.
—Eso ya no importa. Lo que pasó, pasó.
—Pero se puede cambiar. Comprendo que creyeses en la necesidad de hacer
algo, pero quizá lo que hiciste llegue a ser contraproducente. ¿Qué pasará si los
alados deciden despojarte de las alas, dejar en tierra a todos los un-ala?
Que lo intenten.
¿Qué harías? ¿Luchar contra ellos uno a uno, mano a mano? No. Si los alados
deciden arrebatar las alas a todos los que acaten tu sanción, no se podrá hacer nada
para impedirlo. Excepto, quizá, matar a unos cuantos de ellos y ver cómo mueren
más un-ala, como Tya. Los Señores de la Tierra apoyarían a los alados con sus
guardianes.
—Si eso llega a pasar... —Val miró fijamente a Maris, con el rostro
peligrosamente tranquilo—. Si sucede, vivirás para ver la muerte de tu sueño. ¿Tanto
significa para ti? ¿Cómo sabes que no volverás a volar?
—Esto es más importante que mi sueño, o que mi vida. Estoy por encima de
eso, lo sabes. Y a ti también te preocupa.
El silencio pareció adquirir consistencia a su alrededor. Hasta los dedos de
Coll se quedaron inmóviles sobre las cuerdas de la guitarra.
—Sí —reconoció Val. El monosílabo parecía un suspiro—. Pero ¿qué... qué
puedo hacer?
Revocar la sanción —dijo rápidamente Maris—, antes de que tus enemigos la
utilicen contra ti.
¿Revocará el Señor de la Tierra el ahorcamiento de Tya? No, Maris. Esta
sanción es lo único que nos queda. Los demás alados tendrán que adherirse, o
seguiremos escindidos.
—Es un gesto inútil, y lo sabes. Thayos no echará de menos a los un-ala. Los
alados de cuna irán y vendrán, como siempre. El Señor de la Tierra tendrá alas de
sobra para que lleven sus mensajes. No significa nada.
—Significa que mantenemos nuestra palabra, que no amenazamos en vano.
Además, la sanción la aprobamos todos. No podría revocarla yo solo ni aunque
quisiera. Estás malgastando aliento.
Maris le dirigió una sonrisa desdeñosa, pero sintió crecer la esperanza en su
interior. Val empezaba a cambiar de opinión.
—No intentes jugar conmigo, Val. Tú eres los un-ala. Por eso te he llamado. Los
dos sabemos que harán lo que digas.

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—¿Me estás pidiendo de verdad que olvide lo que hizo el Señor de Thayos, que
olvide a Tya?
—Nadie olvidará a Tya.
Un acorde de guitarra resonó en la estancia.
—De eso se encargará mi canción —intervino Coll — . Dentro de unos días, la
cantaré en Puerto Thayos. Los demás bardos la copiarán, pronto se oirá en todas
partes.
Val le miró, incrédulo.
—¿Piensas cantar esa canción en Puerto Thayos? ¿Estás loco? ¿No
sabes que la simple mención de Tya provoca peleas e insultos allí? Si cantas
esa canción en cualquier taberna, apuesto lo que quieras a que te encontrarán en un
sumidero, con la garganta cortada.
Los bardos pueden permitirse ciertas libertades. Sobre todo si son buenos.
Puede que el nombre de Tya provoque insultos, pero cuando termine la canción,
pensarán de otra manera. Dentro de poco, Tya se habrá convertido en una heroína.
Y será a causa de la canción, aunque pocos lo admitan o se den cuenta.
Nunca he visto tanta arrogancia —dijo Val, divertido. A conti nuación, se
volvió hacia Maris—. ¿Has sido tú la que le ha metido en esto?
Hemos hablado del tema.
¿Y no habéis hablado de la posibilidad de que le maten? Quizá haya gente
que quiera escuchar una canción en la que se ensalza a Tya, pero tampoco faltarán los
guardianes borrachos y furiosos, que intentarán detener al bardo e impedirle que
difunda sus mentiras por el expeditivo sistema de romperle la cabeza. ¿Lo habíais
pensado?
Sé cuidar de mí mismo —dijo Coll—. No todas las canciones que canto son bien
recibidas, sobre todo al principio.
Es tu vida. —Val se encogió de hombros—. Supongo que la canción conseguirá
algo, si vives lo suficiente para difundirla.
Quiero que me envíes alados —dijo Maris—. Todos los un-ala que sepan
cantar y tocar pasablemente.
¿Quieres que Coll los entrene para cuando pierdan las alas?
La canción debe difundirse fuera de Thayos lo más rápidamente posible.
Necesito alados que la aprendan y la enseñen a todo bardo que encuentren,
dondequiera que vayan. Irán a todas partes con la canción, será nuestro mensaje.
Todo Windhaven debe saber quién fue Tya, todo Windhaven cantará la canción de
Coll sobre lo que intentó conseguir.
Val parecía pensativo.
—Muy bien. Mandaré a mi gente aquí, en secreto. La canción se ex tenderá
fuera de Thayos.
—También difundirán la noticia de que se ha revocado la sanción contra la isla.
¡Eso sí que no! ¡No basta con una canción para vengar a Tya!
¿Es que conociste a Tya? ¿No sabes lo que intentaba hacer? Que ría evitar una
guerra y probar que los Señores de la tierra no controlan a los alados. Pero esta
sanción nos pondrá en sus manos, porque nos ha dividido y debilitado. Sólo actuando
juntos, al unísono, tendrán los ala dos fuerza suficiente para desafiar a los Señores de
la Tierra.

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—Eso cuéntaselo a Dorrel —señaló Val fríamente — . No me culpes a mí.


Convoqué el Consejo para que actuáramos juntos. Para salvar a Tya, no para
arrodillarnos ante el Señor de Thayos. Dorrel me puso el Consejo en contra y nos
debilitó. Díselo a él, a ver qué te responde.
—Eso es lo que intento —dijo Maris con calma—. S'Rella ya está camino de Laus.
—¿Vas a hacerle venir?
—Sí. Y no sólo a él. Ahora no puedo ir yo a ellos. Como tu bien dijiste, soy una
lisiada.
Sonrió, inflexible.
Val titubeó un momento, intentando encajar todas las piezas.
—Tú quieres algo más aparte de que se revoque la sanción. Ése es sólo el primer
paso para reunir a los alados de cuna y a los un-ala. Si consigues unirnos otra vez. ¿qué
tienes planeado?
Maris sintió que el corazón le cantaba. Ahora sabía que tendría el apoyo de Val.
¿Sabes cómo murió Tya? ¿Sabes que el Señor de Thayos fue lo suficientemente
estúpido y cruel como para matarla con las alas puestas? Luego se las quitaron para
entregárselas al hombre que las perdió ante ella hace dos años. Enterraron el cadáver
en una tumba sin lápida, en las afueras de la fortaleza. Murió con las alas puestas, pero
no se le hizo un entierro de alado. Y no tuvo a nadie que la velara, o llorara por ella.
¿Y qué pasa con eso? ¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Qué pretendes de mí, Maris?
—Que la llores, Val —dijo con una sonrisa—. Nada más. Quiero que lleves luto por
Tya.

Maris y Evan oyeron por primera vez la noticia de labios de una narradora
ambulante, una ingeniosa anciana de Puerto Thayos que se detuvo en casa del curandero
para que le quitara una astilla del pie.
—El Señor de la Tierra se ha apoderado ya de la mina de Thrane —dijo mientras
Evan la atendía—. Ahora se habla de invadir la misma Thrane.
—Qué locura — murmuró Evan —. Traerá más muertes.
—¿Hay alguna otra noticia? —inquirió Maris.
Los alados seguían yendo y viniendo del campamento secreto, pero había
transcurrido más de una semana desde que Coll, tras enseñar la canción a media
docena de un-ala, se dirigiera a Puerto Thayos. Los días pasaban lluviosos, fríos y llenos
de ansiedad.
—Lo de la alada —dijo la mujer, parpadeando al ver el fino cuchillo de hueso con
que le iba a extraer la astilla—. Ten cuidado, curandero.
— ¿La alada?
—Algunos dicen que es un fantasma. —Evan ya le había quitado la astilla y estaba
aplicando emplastos en el corte—. Quizá sea el fantasma de Tya. Una mujer vestida de
blanco, silenciosa, que no descansa. Apareció por el Este dos días antes de que se
marchara. Los encargados del refugio acudieron a recibirla, a ayudarla a tomar tierra y a
quitarse las alas. Pero no aterrizó. Sobrevoló las montañas y la fortaleza del Señor de la
Tierra antes de dirigirse hacia Puerto Thayos. Pero tampoco aterrizó allí. Desde que llegó,
ha estado volando en círculos, una y otra vez, yendo de Puerto Thayos a la fortaleza. Y
vuelta a empezar. Sin aterrizar nunca, sin decir nada. Volando, siempre volando, tanto si
brilla el sol como si hay tormenta. Está allí al anochecer, y allí sigue cuando amanece. No
come ni bebe.

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—Fascinante —dijo Maris, conteniendo una sonrisa—. ¿Crees que se trata de un


fantasma?
—Es posible. Yo misma la he visto muchas veces. Caminando por Puerto Thayos,
sentí una sombra encima de mí. Levanté la vista y allí estaba ella. Da mucho que hablar.
La gente está asustada y, según algunos guardianes, el Señor de la Tierra es el que más
miedo tiene, aunque intenta no demostrarlo. Cuando pasa por encima de su fortaleza,
no sale para verla. Quizá tiene miedo de ver el rostro de Tya.
Evan le había vendado el pie tras ponerle algunas pomadas curativas.
—Ya está. Intenta ponerte en pie.
La mujer se levantó, apoyándose en Maris.
—Duele un poco.
—Estaba infectado. Has tenido suerte, si llegas a esperar unos días más antes de
acudir a un curandero, quizá habrías perdido el pie. Usa botas. Los caminos del bosque
son imprevisibles.
—No me gustan las botas. Prefiero sentir la hierba y la tierra bajo los pies.
—¿También te gusta el roce de las astillas?
Discutieron durante un rato y. por fin, la mujer aceptó llevar una bota de tela
suave, pero sólo en el pie herido, y únicamente hasta que se curase.
Cuando se fue, Evan miró a Maris con una sonrisa juguetona en los labios.
—Ya ha empezado. ¿Cómo es que el fantasma no come ni bebe?
—Lleva una bolsa con nueces y otros frutos secos, y un pellejo de agua. Los alados
suelen hacer viajes muy largos, ¿cómo crees que podemos volar hasta Artellia, o Las
Brasas?
—Nunca se me había ocurrido.
Maris asintió, preocupada.
—Supongo que la relevan por las noches, en secreto, para que el fantasma
descanse. Es muy inteligente por parte de Val enviar a una alada que se parezca a Tya,
debí pensar en ello yo misma.
—Ya has pensado bastante, no te lo reproches. ¿Por qué estás tan seria?
—Me gustaría ser esa alada.

Dos días más tarde, una niñita llegó jadeando a la puerta de Evan. Era un
miembro de la familia que estaba en deuda con el curandero y, por un breve y terrible
momento, Maris creyó que los guardianes venían ya a por ella. Pero no eran más que
noticias. Evan había pedido que le informaran de todo lo que se rumoreaba en Thossi.
—Ha pasado un mercader por el pueblo —dijo la niñita—. Hablaba de los alados.
¿Qué es lo que dijo? —preguntó Maris.
Que se lo había contado el viejo Mullish, en la cantina, que el Señor de la Tierra
tiene mucho miedo. Dice que ahora hay tres alados, tres. Tres alados negros que
dan vueltas una y otra vez.
Levantó los brazos y corrió en círculos para ilustrar lo que decía. Maris cruzó una
mirada con Evan, y sonrió.

—Ahora hay siete alados negros —dijo un corpulento gordinflón. Llegó hasta
su puerta sangrando. Sólo vestía harapos, había deserta do de los guardianes.

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—Intentó mandarme a Thrane —se explicó—, pero maldito sea si voy allí.
Cuando no hablaba, tosía. A veces, escupía sangre.
—¿Siete?
—Mal número. Todos vestidos de negro. Mal color. No nos desean ningún bien.
La tos se hizo tan fuerte que le impidió hablar.
—Calma, calma —aconsejó Evan.
Le dio vino mezclado con hierbas y le acompañó hasta una cama, ayudado por
Maris.
Pero el hombre no quería descansar. En cuanto pasó el acceso de tos, siguió
hablando.
—Si yo fuera el Señor de la Tierra, formaría a los arqueros y los derribaría
cuando pasaran por encima de mí. Y tanto que lo haría. Algu nos dicen que las flechas
les atravesarían sin hacerles daño, pero yo no lo creo. Son de carne y hueso, igual
que yo. —Se palmeó la barriga—. No se les puede permitir que vuelen. Nos traerán
mala suerte a todos. Últimamente, el tiempo ha sido malo, apenas se pesca, y en
Puerto Thayos he oído que la gente se pone enferma y muere cuando les roza la
sombra de sus alas. En Thrane va a pasar algo terrible, lo sé, y por eso no quiero ir.
Con siete alados negros en el cielo, no. ¡Oh, no!, no iré. De esto no saldrá nada bueno,
es algo perverso.
Perverso fue al menos para aquel hombre, pensó Maris. Al día siguiente,
cuando le llevó el desayuno a la cama, el enorme cuerpo estaba rígido y frío. Evan le
enterró en el bosque, junto a las tumbas de otros viajeros.

—Thenya fue a Puerto Thayos para intentar vender algunos tapices —informó
otro de los componentes de la horda de niños que Evan había traído al mundo, un
varón esta vez—. Cuando volvió a Thossi, nos dijo que ahora son más de una docena
los alados negros que vuelan en círculos entre el puerto y la fortaleza. Y que cada día
son más.
—Veinte alados, todos de negro, silenciosos, siniestros —dijo la joven barda.
Tenía cabellos dorados, ojos azules, voz dulce y modales agradables—. ¡Son un tema
maravilloso para una canción! Si supiera cómo terminará todo, ya estaría trabajando
en ella.
¿Y por qué crees que están ahí? — inquirió Evan.
Por Tya, claro —respondió, sorprendida de que alguien pregunta ra aquello —.
Mintió para que no hubiera guerra, y el Señor de la Tierra la mató por eso. Llevan el
luto por ella. Estoy segura. Hay mucha gente que lamenta su muerte.
¡Ah, sí! —dijo Evan—. Tya. Su historia es una canción por sí mis ma. ¿Nunca has
pensado en componer una?
La joven barda sonrió.
—Ya la hay. La oí en Puerto Thayos; os la cantaré.

Maris se reunió con Katinn de Lomarron en la granja abandonada, donde los


esbeltos rufianes verdes y el diente de dragón crecían apoderándose de las
plantaciones de trigo. El hombre con el collar de colmillos de escila se posó con la
elegancia que le daban las alas plateadas. Vestía de negro.
Maris le acompañó al interior y le ofreció algo de beber.
—¿Y bien?

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Se secó los labios antes de esbozar una sonrisa.


—Volé muy alto y vi el círculo por debajo de mí. ¡Ah, tendrías que haberlo visto!
Debían de ser más de cuarenta alados. El Señor de la Tierra debe de estar echando
espuma por la boca. La noticia corre por todas las islas. Cada vez vienen más un-ala
de todo el Archipiélago Oriental, y el propio Val llevó la nueva a las islas Occidentales,
así que no pasará mucho tiempo antes de que se nos unan otros. Ahora hay tantos
que es fácil hacer una pausa para descansar o para comer sin que lo note nadie. No
envidio a la pobre Alain, la primera que lo hizo. Sin duda, es una alada con una gran
resistencia. Según se dice, en ningún momento dio señales de fatiga. Debe de estar
descansando en Thrynel, pero pronto volverá a reunirse con nosotros. En cuanto a mí,
tengo que volver al círculo.
Maris asintió.
— ¿Y qué hay de la canción de Coll?
—La cantan en Lomarron, en Arren Sur y en la Plataforma del Milano. La he oído
muchas veces. También ha llegado al Archipiélago del Sur y a las Islas Exteriores. A
las del Archipiélago Occidental también, claro. A tu Amberly, a Culhall y a Poweet. Me
han dicho que también se ha difundido por Ciudad Tormenta.
—Bien —dijo Maris—. Bien.

—El Señor de Thayos envió a Jem a interrogar a los alados negros —dijo el
amigo de Evan, que le llevaba noticias de Thossi —. Se dice que le reconocieron y le
llamaron por su nombre, pero no quisieron hablar con él. Tienes que venir a la ciudad
para verlos, Evan. Por donde quiera que mires, el cielo está lleno de alados.

—El Señor de la Tierra ordenó a los alados que abandonaran su cielo, pero no se
han ido. ¿Por qué iban a hacerlo? ¡Como dicen los bardos, el cielo es de los alados!

—Según me contaron, llegó una alada con un mensaje para nuestro Señor de la
Tierra, procedente del Señor de Thrane. Pero, cuando fue a escucharla a la sala de
audiencias, palideció de miedo, porque la alada vestía de negro de los pies a la cabeza.
Ella le recitó el mensaje mientras el Señor temblaba. Pero, antes de que se marchase, la
detuvo para preguntarle por qué vestía de negro.
—Voy a unirme al círculo —dijo la alada con voz tranquila—. Para llorar por Tya.
Y eso es lo que hizo.

—Dicen que, en Puerto Thayos, todos los bardos visten de negro. Y la gente hace
lo mismo. Las calles están llenas de mercaderes que venden ropas negras, y los tintoreros
jamás habían tenido tanto trabajo.

— ¡Jem se ha unido a los alados negros!


—El Señor de la Tierra ha ordenado que los guardianes vuelvan de Thrane. Me
han dicho que tiene miedo de lo que puedan hacer los alados negros, y que quiere tener
cerca a sus mejores arqueros. La fortaleza está abarrotada de guardianes. Se dice que el
Señor no se atreve a salir por si cae sobre él la sombra de un alado negro.

S'Rella llegó con la noticia de que Dorrel la seguía a menos de un día de distancia.
Maris aguardó toda la tarde en los acantilados, demasiado impaciente como para esperar

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en casa, con S'Rella. Al final, su recompensa fue la visión de una oscura figura que volaba
hacia la isla. Se internó apresuradamente en el bosque para recibirle.
Era un día caluroso y tranquilo, mal tiempo para volar. Maris se defendía de los
insectos a medida que se abría paso entre la alta hierba, crecida hasta casi ocultar la
cabaña. El corazón la palpitaba emocionado cuando empujó la pesada puerta de madera.
Tras estar bajo la brillante luz del sol, la oscuridad del interior la hizo parpadear
para reajustar la vista. Sintió la mano en el hombro y la voz familiar que pronunciaba su
nombre.
—Has... has venido —dijo, repentinamente sin aliento—. Dorrel.
— ¿Es que lo dudabas?
Ahora podía verle. La sonrisa familiar, aquella manera de estar de pie, que
tantas veces recordaba...
—¿Te importa que nos sentemos? Estoy mortalmente cansado. Ha sido un vuelo
muy largo desde el Archipiélago Occidental. Además, intentar alcanzar a S'Rella no es
cualquier cosa...
Se sentaron el uno junto al otro, muy cerca, en dos sillas iguales que, en tiempos,
debieron de ser muy elegantes. Pero ahora el acolchado estaba lleno de polvo, verdoso y
ligeramente humedecido por el moho.
—¿Cómo estás, Maris?
—Estoy... viva. Pregúntamelo dentro de un mes y puede que tenga una respuesta
mejor. —Leyó la preocupación en los ojos oscuros, y desvió la vista—. Ha pasado mucho
tiempo, ¿eh, Dorr?
Él asintió.
—Cuando no te vi en el Consejo, lo comprendí. Espero que estés haciendo lo más
conveniente para ti. El mensaje de S'Rella para que me reuniera aquí contigo me
complació más de lo que puedo admitir. —Se irguió ligeramente en la silla—. Pero no creo
que me hayas hecho llamar sólo por el placer de ver a un viejo amigo.
Maris respiró profundamente.
—Necesito tu ayuda. ¿Sabes ya lo del círculo, lo de los alados negros?
—Corren rumores por todas partes. Y, al venir hacia aquí, los he visto. Un
espectáculo impresionante, ¿es cosa tuya?
—Sí.
Dorrel agitó la cabeza.
—Y apuesto a que es parte de algo mayor. ¿Qué plan tienes?
—¿Me ayudarás? Te necesitamos.
—¿«Necesitamos»? Supongo que estás con los un-ala.
Su tono de voz no era airado ni acusador, pero Maris se dio cuenta de que había
puesto una pequeña distancia entre los dos.
—No es cuestión de bandos, Dorr. Al menos, no entre alados. No puede ser así.
Eso significaría la muerte de todo lo que tú y yo amamos. Los alados, tanto los un-ala
como los de cuna, no deben escindirse. No pueden fragmentarse para quedar a merced
de los Señores de la Tierra.
—Estoy de acuerdo, pero ya es demasiado tarde. Lo fue en el momento en que
Tya demostró su desprecio hacia todas las tradiciones y leyes, cuando contó su primera
mentira.

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—Dorr —dijo en un tono persuasivo y razonable—, yo tampoco apruebo lo que hizo


Tya. Su intención era buena, pero lo que hizo estuvo mal, estoy de acuerdo en eso,
pero...
—Yo estoy de acuerdo y tú estás de acuerdo —la interrumpió—. Pero... Siempre
llegamos a este punto. Tya está muerta, y ahí sí que estamos todos de acuerdo. Está
muerta, pero el asunto no termina ahí, todo lo contrario. Para algunos un-ala, es una
heroína y una mártir. Murió por mentir, por ejercer la libertad a decir una mentira.
¿Cuántas mentiras más hay que decir? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que la gente deje
de desconfiar de nosotros? Desde que los un-ala se negaron a repudiar a Tya y se
separaron de nosotros, se habla de... Unos cuantos co mentan que... Que deberíamos
cerrar las academias y terminar con las competiciones, para volver a las viejas
costumbres, a los tiempos en que un alado era un alado una vez y para siempre. —Tú
no quieres eso.
No. No. No lo quiero. —De pronto, Dorrel tenía los hombros hundidos. Algo
muy poco corriente en él. Suspiró—. Pero Maris, esto va mucho más allá de lo que tú
o yo queramos. Ahora no está en nuestras manos. Val pronunció la sentencia de
muerte de los un-ala cuando hizo que abandonaran el Consejo y proclamó su sanción
ilegal contra Thayos.
Las sanciones pueden revocarse.
Dorrel la miró fijamente. Los ojos del alado eran dos rendijas.
¿Te ha dicho eso Val Un-Ala? No le creo. Está planeando algo, te utiliza para
engañarme.
¡Dorrel! —Maris se levantó, indignada—. ¡Por favor, concédeme un poco de
crédito! ¡No soy ninguna de las marionetas de Val! No ha prometido revocar la
sanción, y no me está utilizando. Intenté convencerle de que eso sería lo mejor para
todos, de que teníamos que actuar de manera tal que los alados y los un-ala volvieran
a unirse. Val es testa rudo e impulsivo, pero no está ciego. Aún no me ha prometido
revocar la sanción, pero conseguí hacerle ver el error que había cometido. La
sanción sería inútil porque sólo la acataría un pequeño grupo, y esta di visión entre
alados no beneficia a nadie.
Dorrel la miró, pensativo. Luego se levantó también, y empezó a dar vueltas
por la pequeña y polvorienta habitación.
—Conseguir que Val Un-Ala admita que está equivocado es toda una hazaña.
Pero, ¿de qué nos sirve eso ahora? ¿Ha admitido que lo que hicimos era lo correcto?
—No. Y yo tampoco creo que fuera lo correcto. Creo que os mostrasteis
demasiado duros. ¡Oh!, ya sé lo que estás pensando: sé que no os quedaba otra
opción que repudiar el crimen de Tya, y que pensaste que la mejor manera de
hacerlo era entregársela al Señor de la Tierra para que la ejecutara.
Dorrel dejó de pasear y la miró duramente.
Sabes que ésa no fue nunca mi intención, Maris. Nunca creí que Tya iba a
morir. Pero la propuesta de Val era absurda. Habría dado la impresión de que
perdonábamos lo que había hecho.
El Consejo debió insistir en que se le entregara a Tya para que la castigara. Y,
a continuación, quitarle las alas para siempre.
Le quitamos las alas.
—No. Dejasteis que lo hiciera el Señor de la Tierra, después de ahorcarla con
ellas. ¿Y para qué crees que lo hizo? Para demostrar que podía colgar a un alado y
salir bien parado del asunto.
Dorrel la miró, horrorizado. Cruzó la habitación con dos zancadas y la agarró
por los brazos.

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—¡No! ¿La ahorcó con las alas?


Maris asintió.
—¡No me dijeron nada de eso!
Se hundió de nuevo en la silla, como si le hubieran dado una patada en las
piernas.
—Demostró lo que quería. Demostró que se podía matar a un alado con la
misma facilidad con que se mata a cualquiera. Y ahora ha queda do establecido. Entre
Val y tú, habéis convertido a los alados de cuna y a los un-ala en dos grupos de
enemigos, y los Señores de la Tierra se aprovecharán. Exigirán juramentos de
fidelidad, establecerán normas y regulaciones para gobernar sobre sus alados y
ejecutarán a los rebeldes por traición. Y, con el tiempo, quizá reclamen las alas como
propiedad suya para concederlas a los súbditos que les complazcan. Podrán arrestar a
otros alados, incluso ejecutarlos... El día de mañana. Y todo eso porque un Señor de
la Tierra se dio cuenta de que tenía poder, y de que los alados estaban ahora
demasiado fragmentados para ofrecer cualquier tipo de oposición.
Se sentó y le miró. Casi llegó a contener el aliento mientras aguardaba la
respuesta del alado.
Dorrel asintió lentamente.
—Parece espantosamente posible. Pero, ¿qué puedo hacer yo? Sólo Val y el
resto de los un-ala pueden decidir si vuelven con nosotros o no. No esperarás que
intente que los demás alados promuevan una sanción conjunta por nuestra parte,
¿verdad?
—Claro que no. Pero tampoco depende sólo de Val. No puede ser. Hay dos
bandos, y los dos deben hacer algún gesto de reconciliación.
—¿Y cuál podría ser ese gesto? Maris se inclinó hacia adelante.
Únete a los alados negros. Llora por Tya. Únete a los otros. Cuando se
difunda la noticia de que Dorrel de Laus está con los un-ala en su duelo, otros le
seguirán.
¿Llorarla? ¿Quieres que me vista de negro y vuele en círculo? — La voz de
Dorrel estaba cargada de sospechas—. ¿Y qué más? ¿En qué voy a unirme a tus
alados negros? ¿Es que pretendes forzar la sanción contra Thayos haciendo que todos
los alados vuelen en formación sobre la isla?
No. No se trata de una sanción. No detendrán al alado que traiga o lleve
mensajes de Thayos. Y si tú, o cualquiera de los que te sigan, tiene que dejar el círculo,
nadie os detendrá. No tienes más que hacer ese gesto simbólico.
Esto es algo más que un gesto, algo más que un velatorio. Estoy seguro. Sé
honrada conmigo. Maris. Hace muchos años que nos conocemos, haría cualquier cosa
por el cariño que aún siento por ti. Pero no puedo ir contra lo que creo. Por favor, no
participes en los juegos de Val, y no intentes utilizarme. Creo que me debes un poco
más de sinceridad.
Maris le miró directamente a los ojos, pero sintió una punzada de culpabilidad.
Estaba intentando utilizarle. Era una parte importante del
plan. Y, por lo que habían sido el uno para el otro, estaba seguro de que no la
abandonaría. Pero no quería engañarle.
—Siempre te he considerado mi amigo, Dorr, incluso cuando estábamos en
bandos opuestos. Pero no te estoy pidiendo esto por nuestra amistad. Es algo más
importante que todo eso. Creo que estás tan interesado como yo en que desaparezca la
escisión entre los alados de cuna y los un-ala.
—Entonces, cuéntame toda la historia. Cuéntame qué pretendes hacer y por qué.

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—Quiero que te unas a los alados negros para demostrar que los únala no vuelan
solos. Quiero que los alados y los un-ala vuelvan a estar juntos para enseñar al mundo
que todavía pueden actuar como uno solo.
—¿Crees que si Val Un-Ala y yo volamos juntos olvidaremos nuestras diferencias?
Maris sonrió con tristeza.
—Eso pensé una vez, hace mucho tiempo. Así de ingenua era. Pero ya no. Lo
único que espero es que los alados de cuna y los de un-ala actúen conjuntamente.
—¿Cómo, además de en esta extraña ceremonia de duelo?
—Los alados negros no llevan armas, no hacen amenazas, ni siquiera aterrizan en
Thayos. Son plañideras, nada más. Pero su presencia pone muy nervioso al Señor de
Thayos. No entiende qué está pasando. Para ser exactos, está tan nervioso que ha hecho
que sus guardianes se retiraran de Thrane. Mira por donde, los alados negros han
triunfado donde Tya fracasó: han terminado con la amenaza de guerra.
—Pero el Señor de la Tierra acabará por vencer su miedo, y los alados negros no
pueden sobrevolar Thayos eternamente.
—El Señor de Thayos es un hombre temido, impetuoso y sanguinario. Los violentos
siempre acusan a los demás de violentos. Y no tiene por costumbre contemplar cómo
otros toman la iniciativa. Creo que, dentro de poco, hará algo. Creo que obligará a actuar
a los alados.
¿Qué hará? ¿Disparar una andanada de flechas para derribarnos a nosotros del
cielo?
¿«A nosotros»?
Dorrel negó con la cabeza, pero sonreía.
—Podría ser peligroso, Maris. Eso de intentar provocarle para que actúe...
La sonrisa del alado le dio ánimos.
—Los alados negros se limitan a volar. Su Puerto Thayos se siente incómodo
cuando ve pasar sus sombras, la culpa es del Señor de la Tierra y de sus súbditos.
—Sobre todo, de los bardos y de los curanderos. ¡Ya sabemos lo agitadores que
pueden llegar a ser! Haré lo que sugieres, Maris. Será una buena historia para contar a
mis nietos, cuando los tenga. Jan vuela cada vez mejor, no podré retener mis alas
mucho más tiempo.
—¡Oh, Dorr!
El alado movió una mano.
—Vestiré de negro en señal de duelo por Tya —dijo cuidadosamente—. Y me
uniré al gran círculo que vuela llevando luto en su memoria. Pero no haré nada que
pueda dar a entender que perdono su crimen, nada que implique una sanción
contra Thayos por su muerte. — Se levantó y se desperezó—. Claro que, si sucediese
algo, si el Señor de la Tierra se excediera en sus atribuciones y amenazara a los
alados... Entonces, tanto los alados de cuna como los un-ala deberíamos actuar
unidos.
Maris también se levantó. Sonreía.
—Sabía que lo entenderías.
Maris le rodeó con los brazos y le atrajo hacia sí en un cariñoso abrazo.
Entonces, Dorrel le levantó la cara por la barbilla y la besó. Quizá fue sólo un
recuerdo de los viejos tiempos, pero, durante un momento, los años parecieron
esfumarse. Volvieron a ser jóvenes, amantes, y el cielo les pertenecía de horizonte a
horizonte junto con todo lo que se extendía bajo ellos.

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Pero el beso terminó, y volvieron a separarse como viejos amigos unidos por
recuerdos y débiles lamentaciones.
—Cuídate mucho, Dorr. Y vuelve pronto.

Mientras volvía de los acantilados, donde había visto a Dorrel alzar el vuelo en
dirección a Laus, Maris se sentía esperanzada. Pero, en cierto modo, también triste. La
vieja y familiar añoranza la asaltó de nuevo cuando ayudó a Dorrel a desplegar las alas
y le vio ascender hacia el cálido cielo azul.
Pero, esta vez, el dolor no era tan intenso. Habría dado cualquier cosa por
volar con Dorrel, pero tenía otras cosas en las que pensar, y ya no le resultaba tan
difícil dejar de mirar desesperanzadamente al cielo, para centrarse en asuntos más
prácticos. Dorrel había prometido volver pronto, con más seguidores, y Maris ya
estaba disfrutando por anticipado de la visión de un círculo aún mayor de alados
negros.
Un grito que venía del interior de la cabaña de Evan la arrancó bruscamente de
sus ensoñaciones.
Salvó corriendo los escasos metros que la separaban de la puerta y la abrió de
golpe. En seguida se dio cuenta de que Bari lloraba y de que Evan intentaba en vano
consolarla. Un poco apartada, S'Rella contemplaba la escena. A su lado había un niño
de Thossi.
—¿Qué pasa? —gritó, temiendo lo peor.
Al oír su voz. Bari se dio la vuelta y corrió llorando hacia su tía.
—Mi padre... Se han llevado a mi padre... Diles que... Diles que meló...
Maris abrazó a la niña que sollozaba y le acarició el pelo con un gesto instintivo.
¿Qué le ha pasado a Coll?
Le han arrestado y le han llevado a la fortaleza —explicó Evan—.
El Señor de la Tierra ha arrestado también a otra media docena de bardos. A
todo el que se sabe que ha cantado la canción de Tya. Quiere juzgarlos por traición.
Maris siguió abrazando a Bari con fuerza.
—Calma, nena, calma, shh.
—En Puerto Thayos se amotinaron — dijo el niño de Thossi —. Los guardianes
aparecieron en la Posada del Pez Luna para llevarse a Lanya, la barda, y tuvieron
que pelearse con los clientes que querían defenderla. Los guardianes los derrotaron
a garrotazos. Nadie resultó muerto.
Maris escuchaba aturdida, intentando asimilarlo, intentando pensar.
—Volaré hasta Val —dijo S'Rella—. Difundiré la noticia entre los alados negros.
Acudirán todos. El Señor de la Tierra tendrá que liberar a Coll.
—No —respondió Maris. Seguía abrazando a Bari, y el llanto de la niña había
cesado—. No. Coll es un atado a la tierra, un bardo. No tiene ascendencia entre los
alados. No se pondrán de su parte para defenderle.
¡ Pero es tu hermano!
Eso no cambia nada.
—Tenemos que hacer algo —insistió S'Rella.
—Lo haremos. Intentábamos provocar al Señor de la Tierra, pero para que
atacara a los alados, no a los atados a la tierra. Y eso es precisamente lo que ha
pasado. Pero Coll y yo ya tuvimos en cuenta la posibilidad. —Gentilmente, obligó a Bari

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a levantar la cara, poniéndole un dedo en la barbilla, y le secó las lágrimas —. Ahora


tienes que marchar te. Bari.
—¡No! ¡ Quiero a mi padre! ¡No me marcharé sin él! —Escúchame, Bari, tienes
que irte para que el Señor de la Tierra no
te coja. A tu padre no le gustaría.
—¡No me importa! —respondió la chiquilla, testaruda — . ¡No me importa que
me coja el Señor de la Tierra! ¡Mejor, así estaré con mi padre!
—¿ No quieres volar?
—¿Volar?
El rostro de Bari se iluminó.
—S'Rella te dejará volar con ella sobre el océano, si eres lo bastante mayor
para no asustarte. —Miró a S'Rella—. Puedes cargar con ella, ¿verdad?
S'Rella asintió.
Pesa muy poco. Val tiene gente en Thrynel, será un vuelo sencillo.
¿Eres mayor? —preguntó Maris con seriedad — . ¿O tendrás miedo?
—No tengo miedo —respondió Bari enfadada, herida en su amor propio—. Mi
padre volaba, ¿sabes?
—Sí —sonrió Maris.
Recordó el pánico a volar de Coll y rezó por que Bari no lo hubiera heredado.
—¿Y tú salvarás a mi padre?
—Sí.
¿Y después de que la lleve a Thrynel? —intervino S'Rella—. ¿Qué hago
luego?
Luego —respondió Maris con firmeza, cogiendo a Bari por el brazo—, quiero que
vueles hasta la fortaleza con un mensaje para el Señor de la Tierra. Le dirás que todo
ha sido culpa mía, que yo he hecho que Coll y los demás bardos actuaran así. Si me
quiere, y me querrá, dile que me entregaré en cuanto libere a Coll y a los demás.
—Maris —dijo Evan—, te ahorcará. —Tal vez. Tendré que correr el riesgo.

—Está de acuerdo —informó S'Rella a su regreso—. Y, como señal de buena fe,


ha liberado a todos los bardos excepto a Coll. Los llevaron en un bote hasta Thrynel y
les prohibieron volver a poner los pies en Thayos.
—¿Y Coll?
—Me permitieron hablar con él. Parece ileso, aunque estaba preocupado por lo
que pudiera haber pasado con su guitarra. No le permitieron conservarla. El Señor de
la Tierra dijo que retendrá a Coll durante tres días. Si no apareces en la fortaleza
antes de que se cumpla el plazo. Coll será ahorcado.
—Entonces, debo ir en seguida.
S'Rella le tomó la mano.
—Coll me dijo que te mantuvieras alejada, que no fueras bajo ningún pretexto.
Que es muy peligroso para ti.
Maris se encogió de hombros.
—También para él. Claro que iré.

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—Puede ser una trampa —señaló Evan—. El Señor de la Tierra no es de fiar. Es


capaz de ahorcaros a los dos.
—Correré el riesgo. Si no voy, colgará a Coll, seguro. No puedo tener eso sobre
mi conciencia. Yo le metí en esto.
—No me gusta —dijo Evan.
Maris suspiró.
—El Señor de la Tierra me atrapará tarde o temprano, a no ser que salga
inmediatamente de Thayos. Si me entrego, al menos tendré una oportunidad de
salvar a Coll. Y quizá de hacer algo más.
¿Qué puedes hacer? Te ahorcará, probablemente haga lo mismo con tu
hermano, y ahí terminará todo.
Si me ahorca —replicó Maris con voz sosegada—, ya tendremos el incidente que
buscábamos. Mi muerte unirá a los alados como no lo ha ría ninguna otra cosa.
S'Rella palideció.
—No, Maris —dijo en un susurro.
—Ya se me había ocurrido —dijo Evan, con voz anormalmente tranquila—. Éste era
el detalle final de todo el plan, ése que nunca mencionabas. Tenías pensado vivir sólo lo
suficiente para ser una mártir.
—No quería contártelo, Evan. Pero sabía que podía suceder algo así. Tuve que
tenerlo en cuenta cuando trazaba el plan. ¿Estás enfadado?
—¿Enfadado? No. Desilusionado. Dolido. Y muy triste. Cuando dijiste que habías
decidido vivir, te creí. Parecías más feliz, más fuerte, y pensé que me amabas. Que podría
ayudarte. —Suspiró—. No me di cuenta de que no habías elegido la vida, sino lo que te
parecía una muerte noble. No puedo negártelo, si es eso lo que quieres. Pero la muerte y
yo nos enfrentamos todos los días, y nunca me ha parecido noble. Quizá sea porque la veo
demasiado de cerca. Puedes tener lo que quieres. Y, cuando ya no estés entre nosotros,
los bardos se encargarán de que todo parezca hermoso y bello, no lo dudes.
—No quiero morir —dijo Maris serenamente.
Se acercó a Evan y le puso las manos en los hombros.
—Mírame, escúchame.
Sus ojos se encontraron con los del curandero, tan azules, y vio la pena reflejada
en ellos. Se odió a sí misma por ser la causante.
—Tienes que creerme, amor mío —siguió—. Iré a la fortaleza del Señor de la Tierra
porque no puedo hacer otra cosa. Intentaré salvar a mi hermano y a mí misma, trataré
de convencer al Señor de Thayos de que no debe enfrentarse con los alados.
»Mi plan consiste en provocarle hasta que explote y haga alguna locura, lo admito.
Y sé perfectamente que se trata de un juego peligroso. Cuando empecé, sabía que podía
morir yo, o alguno de mis amigos. Pero no ha sido, no es un plan elaborado para que yo
pueda morir noblemente.
»Quiero vivir, Evan. Y te quiero. No lo dudes nunca, por favor. —Respiró
profundamente —. Necesito que creas en mí. Siempre necesitaré tu ayuda y tu amor.
»Sé que el Señor de la Tierra puede matarme, pero tengo que ir, tengo que
arriesgarme, si quiero vivir. No hay otro camino. Tengo que hacerlo, por Coll, por Bari, por
Tya, por los alados... Y por mí misma. Porque tengo que saber, saber de verdad, si
todavía sirvo para algo. Que sigo con vida por algún motivo. ¿Lo comprendes?
Evan la miró, estudiando el rostro de la mujer. Finalmente, asintió.
—Sí. Lo comprendo. Te creo.

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Maris se dio la vuelta.


—¿S'Rella?
La alada tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también una sonrisa temblorosa en
los labios.
—Tengo miedo por ti, Maris, pero es verdad. Tienes que ir. Rezaré por que
triunfes, por tu bien y por el de todos nosotros. No quiero que ganemos si es al precio de
tu vida.
—Hay un detalle más —intervino Evan.
—¿Cuál?
—Voy contigo.

Los dos vestían de negro.


Llevaban menos de diez minutos de camino cuando se encontraron con una de las
hijas de los amigos de Evan, una niñita que corría casi sin aliento por el camino de Thossi
para advertirles de que se acercaba media docena de guardianes.
Media hora más tarde, se encontraron con los guardianes. Eran un grupo de
hombres y mujeres fatigados, armados con garrotes puntiagudos y arcos. Vestían
uniforme color tierra manchados por el sudor de su forzada marcha. Pero trataron a Evan
y a Maris de forma casi deferente, y no parecieron sorprendidos de encontrárselos en el
camino.
—Venimos a escoltaros hasta la fortaleza del Señor de la Tierra —dijo la joven
que iba al mando.
—Espléndido —respondió Maris, reemprendiendo la marcha a paso rápido.

A una hora de distancia del aislado valle del Señor de la Tierra, Maris vio por
primera vez a los alados negros.
Desde lejos parecían insectos, manchas negras moviéndose por el cielo. Pero se
movían con una lentitud sensual que ningún insecto podría igualar. Desde la primera vez
que Maris advirtió un movimiento en el horizonte, no dejaron de estar a la vista en ningún
momento. Cuando uno desaparecía tras un árbol o un montículo rocoso, aparecía otro
en su lugar. Llegaban una y otra vez, en procesión interminable. Maris sabía que la
columna aérea recorría varios kilómetros, llegaba hasta Puerto Thayos: se extendía hasta
la fortaleza del Señor de la Tierra, hacia el mar, antes de curvarse en un gran círculo para
encontrarse a sí misma sobre las olas.
—Mira —indicó a Evan.
El curandero miró, sonrió a Maris y se entrelazaron las manos. De alguna manera,
la mera visión de los alados hacía que Maris se sintiera mejor, le daba fuerza y seguridad.
A medida que caminaban, las motas que se movían en el cielo de la tarde fueron
adquiriendo una forma concreta y aumentaron de tamaño, hasta que el plateado
resplandor del sol sobre sus alas resultó visible. Incluso se podía apreciar cómo
maniobraban y viraban para captar los vientos más adecuados.
Cuando llegaron al punto donde el camino de Thossi se unía a la amplia vía pública
de Puerto Thayos, los alados pasaban directamente por encima de ellos. Ya no les
abandonaron durante el resto del camino. Para entonces, Maris ya podía distinguirlos sin
lugar a dudas. Unos cuantos se mantenían a bastante altura, donde el viento era más
fuerte, pero la mayoría se deslizaban por encima de los árboles, para que el brillo plateado
de las alas y el negro de las ropas resultaran bien visibles. Cada poco tiempo, pasaba un

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alado ante Maris, Evan y su escolta, de modo que la sombra de las alas les bañaba con la
misma regularidad que las olas al estrellarse contra la playa.
Maris se dio cuenta de que los guardianes nunca miraban a los alados. De hecho,
la procesión les ponía nerviosos, parecía volverles ariscos e irritables. Y uno del grupo, un
joven con el rostro marcado por la viruela, temblaba visiblemente cada vez que las
sombras se deslizaban sobre él.
Ya próximo el atardecer, el camino se inclinaba sobre las colinas, dirigiéndose hacia
el primer puesto de control. La escolta lo atravesó desfilando, sin detenerse. A unos pocos
metros de distancia, el camino descendía abruptamente: en este punto, Maris y Evan
pudieron ver todo el valle.
Maris contuvo la respiración, y sintió que la mano de Evan apretaba la suya.
Bajo la temblorosa neblina roja del atardecer, los colores se fundían y se
desvanecían, mientras las sombras ganaban terreno implacablemente en el suelo del
valle. Bajo ellos, el mundo parecía empapado en sangre. Y la fortaleza, que ostentaba
una enorme joroba como si fuera un animal tullido hecho de sombras, era
imposiblemente negra. Los fuegos encendidos en el interior creaban visibles ondas de
calor, y la oscura piedra parecía moverse y temblar como una bestia espantada.
Por encima de ella, aguardando, volaban los alados.
El valle estaba lleno de ellos. Maris contó diez antes de perderse en el número. El
calor que golpeaba la piedra creaba zonas de aire caliente, y los alados se remontaban en
ellas, ascendiendo hasta el cielo antes de liberarse y descender en majestuosas espirales.
Se deslizaban a su alrededor, formando círculos, una y otra vez, girando, aguardando,
como aves carroñeras que esperasen impacientes la muerte de la bestia sombría . Era
una escena silenciosa y lúgubre.
—No me extraña que esté tan asustado —susurró Maris.
—No podemos detenernos —indicó la joven oficial que mandaba la escolta.
Con una última mirada, Maris se dispuso a descender hacia el valle, sobre el que
los silenciosos plañideros de Tya volaban en ominosos círculos por encima de la fortaleza.
El Señor de Thayos les esperaba en los fríos salones de piedra, temeroso del cielo abierto.

—Tengo intención de ahorcaros a los tres —dijo el Señor de la Tierra.


Estaba sentado en el trono de madera de su sala de recepciones, acariciando con
los dedos un pesado cuchillo de bronce que tenía sobre las rodillas. Una cadena plateada,
símbolo de su cargo, brillaba encima de la camisa de seda blanca, a la luz de la lámpara
de aceite. Pero su rostro no hacía juego con la indumentaria: estaba pálido, tenso y
crispado.
La sala estaba llena de guardianes, alineados contra las paredes, silenciosos e
impasibles. No había ventanas. Quizá por eso la había elegido el Señor de la Tierra.
Fuera, los alados negros trazaban círculos en el cielo, bajo las escasas estrellas
vespertinas.
—Libera a Coll —dijo Maris, intentando que en su voz no se refleja ra la tensión
que sentía.
El Señor de Thayos la miró con el ceño fruncido e hizo un gesto con el cuchillo.
—Traed al bardo —ordenó. Un oficial de los guardianes salió apresuradamente
—. Tu hermano me ha causado muchos problemas. Sus canciones son una traición.
¿Por qué voy a liberarle?
—Hemos hecho un trato —le recordó rápidamente Maris—. He ve nido. Ahora
tienes que soltar a Coll.

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El Señor de la Tierra crispó los labios.


—No intentes decirme lo que he de hacer. ¿Por qué crees que tienes derecho a
dictarme tus condiciones? Entre tú y yo no puede haber tratos. Soy el Señor de la
Tierra. Soy Thayos. Tu hermano y tú sois mis prisioneros.
—S'Rella me trajo tu promesa. Ella sabrá si la rompes, y pronto lo sabrán
también todos los alados y Señores de otras islas. Tu palabra no tendrá valor. ¿Cómo
gobernarás entonces? ¿Cómo comerciarás?
Los ojos del hombre se convirtieron en dos rendijas.
—¿Ah, sí? Es posible. —Sonrió—. De todos modos, nunca pro metí liberarle
ileso. Me pregunto cómo cantará tu hermano acerca de Tya cuando le haga
arrancar la lengua y cortar los dedos de la mano derecha.
Una oleada de vértigo recorrió bruscamente a Maris, como si estuviera al borde
de un precipicio, sin alas y a punto de caer. Entonces volvió a sentir la mano de Evan
que sostenía la suya. Y, cuando sus dedos se entrelazaron, supo sin saber cómo la
respuesta adecuada.
—No te atreverás. Hasta tus guardianes retrocederían ante semejante
atrocidad, y los alados propagarían tu crimen hasta donde llega el viento. Entonces, ni
todos los cuchillos del mundo bastarán para protegerte.
—Mi intención es permitir que tu hermano se vaya —dijo el Señor de la Tierra
con voz aguda—. No porque tema a sus amigos, ni a esas amenazas vacías que me
haces, sino porque soy misericordioso. Pero ni él ni ningún otro bardo volverá a cantar
sobre Tya en mi isla. Será desterrado de Thayos para siempre.
—¿Y nosotros?
El Señor de la Tierra sonrió y deslizó el pulgar por la hoja del cuchillo de bronce.
El curandero no es nada. Menos que nada. También puede mar charse. — Se
recostó en el trono y señaló a Maris con el cuchillo — . En cuanto a ti, alada sin alas,
también disfrutarás de mi clemencia. También quedarás libre.
¿A qué precio? —preguntó Maris, segura.
—Quiero que los alados abandonen mi cielo.
—N o .
—¿No? —La negación fue un grito. Hundió la punta del cuchillo en el brazo del
sillón — . ¿Dónde crees que estás? ¡Ya estoy harto de tu arrogancia! ¡Atreverte a
rehusar! Si quisiera, podría ahorcaros al amanecer.
—No nos ahorcarás —replicó Maris.
—¿Ah, no? —La boca le temblaba—. Adelante, entonces. Dime lo que debo hacer.
Estoy deseando oírlo.
Una rabia apenas contenida le teñía la voz.
—Quieres ahorcarnos, pero no te atreverás. Estás demasiado ansioso de que
alejemos a los alados negros.
—Me atreví a ahorcar a una alada. Puedo hacer lo mismo con otros. Tus alados
negros no me asustan.
—¿No? Entonces, ¿por qué hace días que no sales del castillo, ni si quiera para
pasear o para cazar en el valle?
—Los alados se comprometen a no llevar armas —dijo el Señor de la Tierra,
encogiéndose de hombros—. ¿Qué daño pueden hacerme? Les dejaré que floten ahí
arriba hasta que se cansen.

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—Sí, hace muchas eras que los alados no llevan armas en el cielo —aceptó
Maris, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Es la ley de los alados, una tradición.
Pero también era ley alejarse de la política de los atados a la tierra y entregar los
mensajes sin pensar en su contenido. Pese a ello, Tya hizo lo que hizo. Y tú la mataste por
ello, pese a los siglos de tradición que dicen que ningún Señor de la Tierra puede juzgar a
un alado.
—Era una traidora, y los traidores no merecen otro destino. Lleven alas o no.
Maris se encogió de hombros.
—Lo que quiero decir es que las tradiciones son una pobre protección en estos
tiempos turbulentos. ¿Te crees a salvo porque los alados no llevan armas? —Le miró
fríamente —. Bueno, cada alado que te traiga un mensaje vestirá de negro, y alguno de
ellos llevará también una pena en el corazón. Y, cada vez que oigas un mensaje, te
preguntarás: ¿Será éste? ¿Será ésta una nueva Tya, una nueva Maris, un nuevo Val Un-
Ala? ¿Terminará la tradición con sangre, aquí?
—¡Eso no pasará nunca! —dijo el Señor de la Tierra con voz demasiado aguda.
—Es impensable. Tan impensable como lo que le hiciste a Tya. Ahórcame, y
sucederá muy pronto.
—Yo ahorco a quien me place. Mi guardia me protege.
¿Pueden detener una flecha disparada desde arriba? ¿Cegarás to das las
ventanas? ¿Te negarás a recibir a los alados?
¡Me estás amenazando! —gritó el Señor de la Tierra, repentina mente furioso.
—Te estoy avisando. Quizá no te suceda nada malo, pero no podrás estar seguro.
Los alados negros se encargarán de eso. Te seguirán el res to de tu vida, te rondarán
como lo haría el fantasma de Tya. Cada vez que mires a las estrellas, verás alas. Nunca
más serás capaz de mirar por una ventana, de pasear bajo la luz del sol. Los alados
volarán siempre alrededor de tu fortaleza, como moscas sobre un cadáver. Los verás en
tu lecho de muerte. Tu propio hogar será tu cárcel, y ni siquiera ahí estarás completamente
seguro. Los alados pueden atravesar cualquier muralla. Y, una vez se quitan las alas, no
se diferencian en nada de cualquiera.
El Señor de Thayos se había ido poniendo rígido a medida que Maris hablaba. Ella le
miró cautelosamente mientras rezaba por estar presionando en la dirección adecuada.
Los ojos enrojecidos del Señor de la Tierra eran salvajes, impredecibles, y la
aterrorizaban. La voz de la mujer era tranquila, pero tenía la frente perlada de sudor, y
las manos húmedas y pegajosas.
Los ojos del Señor de la Tierra vagaban por la sala, como si quisieran huir del
espectro de los alados negros. De pronto, se fijó en uno de los guardias.
—¡Traedme a mi alado! —gritó—. ¡Vamos, de prisa!
El alado debía de estar esperando fuera de la habitación, porque entró en seguida.
Maris le reconoció. Un alado delgado, calvo y cargado de espaldas al que no había
tratado en profundidad.
—Shan — dijo en voz alta, cuando recordó su nombre.
El alado no dio muestras de haber oído el saludo.
—Mi Señor de la Tierra —dijo en tono deferente, con voz aguda.
¡Me ha amenazado! ¡Con los alados negros! Dice que me acecharán hasta que
muera.
¡Miente! — terció rápidamente Shan.

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Maris recordó quién era. Shan de Thayos, alado de cuna, conservador. Shan
perdió las alas dos años ante una novata un-ala. Ahora, gracias a la muerte de Tya, las
había recuperado.
—Los alados negros no son una amenaza. No son nada, absolutamente nada.
—Dice que no se marcharán nunca.
—Es falso —aseguró Sahn con aquella voz fina y desagradable—. No tienes nada
que temer. Se marcharán pronto. Tienen deberes que cumplir, mensajes que
transportar, familias propias, sus Señores de la Tierra los reclamarán. No pueden
quedarse indefinidamente.
—Habrá otros que tomen su lugar —dijo Maris—. En Windhaven hay muchos
alados. Nunca escaparás de la sombra de sus alas.
—No le hagas caso, mi señor. Los alados no la apoyan. Sólo unos cuantos un-ala,
la basura de los cielos. Cuando se marchen, nadie tomará su lugar. Lo único que tienes
que hacer es esperar.
Algo en el tono, no en las palabras, la sorprendió y la asqueó. Maris supo pronto
por qué. Sahn hablaba de inferior a superior, no de igual a igual. Temía al Señor de la
Tierra, estaba en deuda con él por las alas, y en su voz era evidente que lo sabía. Por
primera vez, un alado se había convertido en el vasallo de un Señor de la Tierra.
El Señor de la Tierra volvió la cabeza para mirar a Maris. Los ojos del hombre
eran gélidos.
Tal y como pensaba —dijo — . Tya mintió, y acabé por descubrirlo. Val Un-
Ala intentó asustarme con amenazas vacías. Y aho ra, tú. Sois todos unos
mentirosos, pero yo soy más astuto de lo que creéis. Tus alados negros no harán
nada, nada. Sois todos un-ala. Los auténticos alados no se preocupan por Tya.
El Consejo lo de mostró.
Exacto —dijo Sahn, asintiendo con la cabeza.
Por un momento, Maris sintió que la rabia la consumía. Deseaba atravesar la
habitación y derribar al frágil alado, sacudirle hasta hacerle daño. Pero Evan le apretó
la mano con fuerza. Y, cuando le miró, el curandero hizo un gesto de negación con la
cabeza.
—Sahn —dijo Maris con voz amable.
Muy a su pesar, el alado tuvo que desviar la mirada para encontrarse con la de
ella. Maris se dio cuenta de que estaba temblando, quizá de vergüenza ante la visión
de lo que era ahora. Mientras le miraba, Maris creyó ver algo de lo que tenían todos
los alados que había conocido. ¡Las cosas que haríamos por volar!, pensó.
—Sahn —empezó—, Jem se ha unido a los alados negros. Y no es un-ala.
—No — admitió—, pero conocía mucho a Tya. —Si eres el consejero de tu Señor
de la Tierra, dile quién es Dorrel de Laus.
Sahn titubeó.
—¿Y bien? —les espetó el Señor de la Tierra, mirándoles alternativamente—.
¿Quiénes?
—Dorrel de Laus es un alado del Archipiélago Occidental. Pertenece a una de las
familias más antiguas. Un buen alado. Debe de tener mi edad.
¿Qué pasa con él? ¿Por qué debería preocuparme? —se impa cientó el Señor
de la Tierra.
Sahn —siguió Maris—, ¿qué crees que pasaría si Dorrel se uniera a los alados
negros?

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—No —negó rápidamente Sahn—. No es un-ala. No lo haría.


¿Y si lo hiciera?
Es muy popular. Un líder. Vendrían otros.
Era evidente que a Sahn no le gustaba tener que decir aquello a su Señor.
—En estos momentos, Dorrel de Laus se dirige hacia aquí con un centenar de
alados Occidentales para unirse al círculo —dijo Maris forzadamente.
Probablemente, era una exageración, pero el Señor de la Tierra no podía
saberlo.
La boca del hombre se crispó.
—¿Es cierto eso? —preguntó a su mascota alada. Sahn tosió nerviosamente.
—Dorrel... Yo... bueno, es difícil de decir. Es un alado muy influyente, pero...
Pero...
—Silencio, o buscaré a otro para que lleve esas alas.
—Ignóralo —dijo Maris con voz aguda—. Un Señor de la Tierra no tiene derecho a
conceder o a arrebatar alas, Sahn. Los alados se unieron para demostrarlo.
—Tya murió llevando estas alas —suspiró Sahn — . Me las ha dado él.
—Las alas son tuyas. Nadie te culpa por ello. Pero tu Señor de la Tierra no debió
hacer lo que hizo. Si te importa, si crees que la muerte de Tya fue injusta, únete a
nosotros. ¿Tienes ropa negra?
¿Negra? Bueno... Sí.
¿Estás loco? —gritó el Señor de la Tierra. Señaló a Sahn con el cu chillo—. ¡Arrestad
a ese chiflado!
Dos de los guardianes se adelantaron, no demasiado seguros de lo que hacían.
—¡Apartaos de mí! —dijo Sahn—. ¡Maldición, soy un alado! Los guardianes se
detuvieron y miraron al Señor de la Tierra.
Le temblaba la boca. Volvió a señalar. Parecía que le resultaba difícil encontrar las
palabras adecuadas.
—Vais a... Vais a coger a Sahn... Y...
No llegó a terminar. Las puertas de la sala se abrieron de golpe, y un grupo de
guardias arrastró a Coll dentro de la habitación. Le empujaron hasta el Señor de la Tierra.
Coll cayó sobre las manos y las rodillas y se levantó, inseguro. El lado derecho de su
rostro era una inmensa herida escarlata, y tenía los ojos tan negros como la ropa.
—¡Coll! —gritó Maris, horrorizada.
Coll se las arregló para dirigirle una débil sonrisa.
—Es culpa mía, hermanita mayor. Pero estoy bien.
Evan se acercó a él y le examinó el rostro.
—Yo no ordené esto —se defendió el Señor de la Tierra.
—Dijiste que no cantase —replicó un guardián—. Y él no paraba de hacerlo.
—Está bien —dijo Evan—. La herida sanará.
Maris suspiró, aliviada. Pese a todo su discurso sobre la muerte, había sido una
conmoción ver la cara de Coll.
—Estoy cansada de esto —dijo al Señor de la Tierra—. Si quieres oír mis condiciones,
escucha.

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—¿Condiciones? —Había incredulidad en su voz—. Soy el Señor de Thayos, y tú no


eres nada, no eres nadie. No puedes imponerme condiciones.
—Puedo hacerlo y lo haré. Y deberías escuchar. Si no lo haces, no serás el único
que pague las consecuencias. Me parece que no te das cuenta de la posición en que
estáis Thayos y tú. En toda la isla, la gente canta la canción de Coll. Y los bardos viajan a
otras islas, la difunden por todo el mundo. Pronto sabrán cómo mandaste matar a Tya.
—¡Era una traidora, y mintió!
—Un alado no es un súbdito. Por tanto, no puede ser traidor. Y sí, mintió para
detener una guerra sin sentido. Desde luego, será tema de muchas controversias.
Pero tú tendrías que ser estúpido para subestimar el poder de los bardos. Vas a
convertirte en un hombre muy odiado.
—¡Silencio!
—Tu pueblo nunca te ha querido —siguió Maris, implacable—. Y toda la isla está
asustada. Los alados negros les asustan, se arresta a los bardos, se ahorca a los alados,
se ha suspendido el comercio, la guerra que empezaste se ha vuelto en tu contra y hasta
tus guardianes desertan. Y la culpa de todo la tienes tú. Tarde o temprano, empezarán a
pensar en librarse de ti. Saben que es lo único que puede hacer que se vayan los alados
negros.
»Por todas partes se habla de lo mismo —siguió Maris—. Thayos está maldito.
Thayos es desgraciado, el espíritu de Tya ronda por la fortaleza y el Señor de la Tierra se
ha vuelto loco. Te evitarán, como hicieron con Kennehut, el primer Señor de la Tierra que
enloqueció. Pero tu pueblo no lo soportará demasiado tiempo. Saben cuál es la solución.
Se alzarán contra ti. Los bardos prenderán la mecha. Los alados negros avivarán las
llamas. Entre todos, te consumirán.
El Señor de la Tierra esbozó una sonrisa, astuta y escalofriante.
—No — dijo—. Os mataré a todos y acabaré con esto.
Maris le devolvió la sonrisa.
—Evan es un curandero que ha dedicado su vida a Thayos, y centenares de
personas le deben la vida. Coll es uno de los mejores bardos de Windhaven, conocido y
querido en un centenar de islas. Y yo soy Maris de Amberly Menor, la joven de las
canciones, la que cambió el mundo. Soy una heroína para personas que ni siquiera me
conocen. ¿Vas a matarnos a los tres? Excelente. Los alados negros lo sabrán y
difundirán la noticia, los bardos compondrán canciones. ¿Cuánto tiempo crees que
seguirás gobernando después de eso? El próximo Consejo se celebrará en Thayos, y no
se escindirá. Thayos será como Kennehut, tierra muerta.
—¡ Mientes! — gritó el Señor de la Tierra. Recorrió el filo del cuchillo con el dedo.
—No queremos hacerle daño alguno a tu pueblo. Tya está muerta y nada le
devolverá la vida. Pero, si no aceptas mis condiciones, sucederá todo lo que te he dicho.
Primero, entregarás el cuerpo de Tya para que sea arrojado al mar desde un acantilado,
que es como debe recibir sepultura un alado. Segundo, proclamarás la paz, tal y como
ella deseaba, y renunciarás a toda potestad sobre la mina que provocó la guerra con
Thrane. Tercero, cada año enviarás a un niño de entre las familias pobres a Hogar del
Aire, para que se entrene y pueda acceder a las alas. Eso le habría gustado a Tya. Y,
para terminar, para terminar... —Maris se detuvo un momento al ver la tormenta que se
desencadenaba en los ojos del Señor de la Tierra. A continuación, se zambulló en ella—.
...Renunciarás a tu cargo y te retirarás. Se te llevará, junto con tu familia, a una isla
lejos de Thayos, donde puedas vivir en paz tus últimos días.
El Señor de la Tierra deslizaba el pulgar por el filo del cuchillo. Se había cortado,
pero no parecía darse cuenta. Una gota de sangre manchó la fina seda blanca de la
camisa. Contrajo los labios. Maris se sentía débil y cansada, hundida en la repentina

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calma que siguió a sus palabras. Había hecho todo lo posible, había dicho todo lo que se
podía decir. Aguardó.
Evan la rodeó con un brazo, y vio por el rabillo del ojo cómo los labios heridos de
Coll se curvaban en una sonrisa. De repente, volvió a sentirse bien. Pasara lo que
pasara, nadie lo habría hecho mejor que ella. Se sentía como si acabara de volver de
una larga, larga lucha. Las piernas le temblaban y le dolían, y el sudor la empapaba hasta
los huesos. Pero recordó el cielo y las alas, y se sintió satisfecha.
—Condiciones —dijo el Señor de la Tierra. Su voz tenía un tono venenoso. Se
levantó del trono, con el cuchillo salpicado de sangre en la mano—. Yo te daré
condiciones. —Señaló a Evan con el cuchillo—. Coged al viejo y cortadle las manos. Luego
echadle y dejadle que él mismo se cure. Será algo digno de verse. —Lanzó una carcajada y
movió la mano hacia un lado, dejando que el cuchillo señalase a Coll—. El bardo perderá
una mano y la lengua. —El cuchillo volvió a moverse — . En cuanto a ti —dijo señalando a
Maris—, ya que tanto te gusta el color negro, lo verás hasta hartarte. Te encerraré en una
celda sin ventanas y sin luz, tanto el día como la noche serán negros. Permanecerás así
hasta que te olvides de cómo era la luz del sol. ¿Te gustan esas condiciones? ¿Te gustan?
Maris sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero no permitió que asomasen.
—Lo siento por tu pueblo —dijo sosegadamente—. No han hecho nada para
merecerte.
—¡Cogedles y haced lo que he ordenado!
Los guardianes se miraron los unos a los otros. Uno dio un titubeante paso hacia
Maris, pero se detuvo al ver que estaba solo.
—¿A qué estáis esperando? —chilló el Señor de la Tierra—. ¡Apresadles!
—Señor —dijo una mujer alta y digna, que vestía el uniforme de los oficiales
superiores—. Os suplico que lo reconsideréis. No podemos mutilar a un bardo ni
aprisionar a Maris de Amberly Menor. Sería nuestro fin. Los alados nos destruirían.
El Señor de la Tierra la miró fijamente y la señaló con el cuchillo.
—Tú también quedas arrestada, traidora. Y ya que tanto la aprecias, tendrás una
celda contigua a la suya. Apresadles —dijo al resto de los guardianes.
Ninguno se movió.
—Traidores —murmuró—. Estoy rodeado de traidores. Moriréis todos. —Sus ojos
se encontraron con los de Maris—. Y tú, tú serás la primera. Yo mismo me encargaré.
Maris era dolorosamente consciente del cuchillo que el hombre llevaba en la
mano, de su plana anchura y de la mancha de sangre de la hoja. Notó que Evan se
tensaba detrás de ella. El Señor de la Tierra sonrió y avanzó en su dirección.
—Detenedle —ordenó la mujer a la que había mandado arrestar.
Su voz era débil, pero firme. En un momento, el Señor de la Tierra estuvo
rodeado. Un hombretón, corpulento como un oso, le sujetaba los brazos, mientras
que una joven delgada le arrancaba el cuchillo de la mano engarfiada con tanta
facilidad que pareció que lo extraía de una funda.
—Lo siento —dijo la mujer que había tomado el mando.
¡Dejadme! —exigió—. ¡Soy el Señor de la Tierra!
No —respondió ella—. No. Me temo que estás muy enfermo, señor.

La antigua y siniestra fortaleza nunca había vivido una fiesta así.


Las paredes grises estaban adornadas con estandartes luminosos y farolillos
de colores, y el olor a vino y a comida, el humo de las hogueras y el de los fuegos

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artificiales, inundaba el aire. Las puertas estaban abiertas de par en par, y aunque
los guardianes seguían rondando por el castillo, muy pocos iban uniformados y todos
habían dejado las armas.
Las horcas desaparecieron, y el patíbulo estaba convertido en un escenario
desde donde actuaban malabaristas, magos, payasos y bardos, para deleite de los
que por allí paseaban.
En el interior, las puertas estaban abiertas y los salones llenos de felicidad. Se
liberó a los prisioneros de las mazmorras, y en la fiesta se admitía hasta a los más
indeseables de Puerto Thayos. En el gran salón, se dispusieron mesas con enormes
quesos y cestas de pan. El olor a pescado frito de todas clases inundaba hasta el
último rincón. Las chimeneas todavía olían a cerdo asado y a tigre marino, y en el
suelo del castillo abundaban los charcos de vino y cerveza.
La risa y la música se respiraban en el ambiente. Era una celebración de una
riqueza y grandiosidad desconocidas en la historia de Thayos. Y, entre la multitud
formada por los habitantes de Thayos, se movían algunas figuras vestidas de negro.
Pero no llevaban el luto en el rostro. Eran los alados. Esos alados, tanto los un-ala
como los de cuna, eran los invitados de honor, festejados y aclamados por todos,
junto a los bardos que el Señor de la Tierra había exiliado.
Maris vagabundeó por entre la escandalosa multitud, preparada para huir
ante la primera señal de reconocimiento. La fiesta había durado demasiado. Estaba
cansada, y se sentía mal por el exceso de comida y bebida que le obligaban a
consumir sus admiradores. Lo único que quería era encontrar a Evan y marcharse a
casa.
Alguien la llamó por su nombre y, de mala gana, Maris se volvió. Vio a la
nueva Señora de Thayos, vestida con un largo traje bordado que no le sentaba
bien. Sin el uniforme, parecía sentirse incómoda.
Maris se esforzó en sonreír.
—Hola, Señora de la Tierra.
La antigua oficial de los guardianes sonrió.
Supongo que tendré que acostumbrarme al título, pero por ahora me hace
pensar en alguien muy concreto. Hoy no te he visto demasiado. ¿Puedes concederme
unos minutos?
Sí, claro, los que quieras. Me salvaste la vida.
No fue nada tan noble. Tus actos requerían más valor que los míos, y no
fueron tan egoístas. Sé la historia que se contará sobre mí, que concebí y planeé
cuidadosamente la rebelión contra el Señor de la Tierra para ocupar su lugar. Y no es
verdad. Pero, ¿les preocupa a los bardos la verdad?
Su voz era amarga, y Maris la miró sorprendida.
Caminaron por habitaciones atestadas de jugadores, borrachos y amantes,
hasta llegar a una vacía donde se sentaron para hablar tranquilamente.
Como la Señora de la Tierra seguía en silencio, fue Maris la que empezó.
—Nadie echará de menos al antiguo Señor de la Tierra. No creo que fuera muy
querido.
—No, nadie le echará de menos. Y, cuando me vaya, a mí tampoco. Pero fue un
buen jefe durante años, hasta que se volvió asustadizo y dejó de pensar
cuerdamente. Sentí mucho hacer lo que hice, pero no quedaba otro remedio. Esta
fiesta es un intento de hacer que la transición sea alegre, en vez de temible. Para
empezar a cumplir mi deber, para que mi pueblo se sienta próspero.
—Creo que agradecerán el gesto. Todo el mundo parece contento.

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—Sí. pero no tienen buena memoria. —La Señora de la Tierra se re movió


ligeramente en el asiento, como para sacudirse la idea. Las arrugas del entrecejo
desaparecieron y sus rasgos adquirieron un tono más amable—. No quiero aburrirte
con mis problemas personales. Sólo que ría decirte lo mucho que se te respeta en
Thayos, y que admiro tu intento de restablecer la paz entre los alados y esta isla.
Maris se sintió sonrojar.
—Por favor, no. Yo... sólo pensaba en los alados, y no en el pueblo de Thayos.
Quiero ser honrada.
Eso no importa. Lo único que importa es lo que has conseguido. Y arriesgaste
la vida en el intento.
Hice lo que pude, pero la verdad es que no he logrado gran cosa. Una tregua,
una paz temporal. El auténtico problema, los conflictos entre los alados de cuna y los
un-ala, entre los alados y los atados a la tierra, entre los alados y los Señores de la
Tierra para los que trabajan, sigue sin resolverse. Y volverá a resurgir otra vez...
—Los alados jamás tendrán problemas en Thayos —aseguró la Se ñora de la
Tierra. Maris se dio cuenta de que la mujer tenía la útil habilidad de hacer que cualquier
frase pareciera un veredicto, una ley—. Aquí respetamos a los alados. Y también a los
bardos.
—Sabia decisión —sonrió Maris—. Nunca viene mal tener a los bardos de parte de
uno.
La Señora de la Tierra siguió hablando como si no la hubiera interrumpido.
—Y tú, Maris, siempre serás bienvenida a Thayos, si alguna vez decides volver a
visitarnos.
—¿A visitaros? —se extrañó Maris.
—Me doy cuenta de que, como ahora ya no vuelas, el viaje en barco sería...
—¿De qué estás hablando?
La Señora de la Tierra pareció molesta por la interrupción. —Ya sé que pronto
abandonarás Thayos para instalarte en Colmillo de Mar y fundar un hogar en la academia
Alas de Madera.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Creo que fue el bardo, Coll. ¿Era un secreto?
—No es ningún secreto. Y menos todavía un hecho —suspiró Maris—. Me ofrecieron
un trabajo para dirigir Alas de Madera, pero todavía no he aceptado.
—Si te quedas en Thayos, todos nos alegraremos mucho. Sabemos ser
hospitalarios. Esta... Mi fortaleza estará siempre dispuesta para recibirte.
La Señora de la Tierra se levantó. Evidentemente, daba por concluido el
agradecimiento oficial a Maris. Ésta también se levantó y, durante unos minutos más,
hablaron de asuntos triviales. Maris apenas prestaba atención. Sus pensamientos no
dejaban de dar vueltas en torno a un asunto que creía resuelto. ¿Acaso creía Coll que
conseguiría algo si hablaba de ello como si fuera cosa hecha? Tendría que charlar con
él.
Pero cuando le encontró minutos más tarde en el otro patio, cerca del portón, no
estaba solo. Bari le acompañaba, y también S'Rella. Ésta llevaba las alas.
Maris se acercó a ellos apresuradamente.
—¡No irás a marcharte, S'Rella!
La alada tomó las manos de su amiga.

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—Debo hacerlo. La Señora de la Tierra quiere que lleve un mensaje a Deeth. Me


ofrecí a transmitirlo. De cualquier manera, habría tenido que volar al Sur en un par de
días, tengo que volver a casa. No hay necesidad de que Jem o Sahn vuelen hasta tan lejos,
cuando yo tengo que hacerlo necesariamente. Hace un momento pedí a Evan que te
buscara para decirte que me marchaba. Pero no hay por qué ponerse triste, nos veremos
muy pronto en Alas de Madera.
Maris miró a Coll, pero el bardo no se dio por aludido.
—Ya te dije que pasaría el resto de mi vida en Thayos.
S'Rella pareció sorprendida.
—¿Seguro que, con todo lo que ha pasado, no has cambiado de idea? Ya sabes
que en Alas de Madera te siguen necesitando. Y ahora más que nunca. ¡Te has convertido
otra vez en una heroína!
—¡Ojalá todo el mundo dejara de decir eso! ¿Por qué soy una heroína? ¿Qué he
hecho? Únicamente, remendar el tejido para que dure un poco más. No hay nada
definitivo. Por lo menos tú deberías haberte dado cuenta.
S'Rella negó con la cabeza, impaciente.
—No cambies de tema. ¿Qué hay del estupendo discurso que nos echaste sobre
lo de tener un propósito en la vida? ¿Cómo puedes darle la espalda al trabajo que te
queda por hacer? Ya has admitido que no sirves para ser curandera. Entonces, ¿qué vas
a hacer en Thayos? ¿Qué harás con tu vida?
Maris también se lo preguntaba. Había permanecido despierta la mayor parte de
la noche anterior, discutiéndolo consigo misma.
Ya encontraré algo que hacer aquí — dijo con calma—. Puede que la Señora de la
Tierra quiera encargarme algún trabajo.
¡Pero eso será un desperdicio! En Alas de Madera te necesitan. Es tu lugar. No
tienes alas, pero sigues siendo una alada. Siempre lo has sido. ¡Creí que ya lo habías
admitido!
Los ojos de S'Rella estaban llenos de lágrimas. Maris se sentía atrapada. No quería
mantener aquella discusión.
—Mi lugar está junto a Evan. No puedo abandonarle —dijo tratando de hablar en
voz baja, tranquila.
—Y luego dicen que los cotillas nunca oyen nada bueno de ellos mismos.
Maris se volvió para ver a Evan, y en los ojos del curandero había tanta ternura
que olvidó sus dudas. Había tomado la decisión correcta. No podía abandonarle.
—Pero nadie te está pidiendo que me abandones. Acabo de hablar con un joven
curandero que está ansioso por trasladarse a mi casa y encargarse de mis pacientes. Estaré
listo para marcharme dentro de una semana.
Maris le miró fijamente.
—¿Marcharte? ¿Abandonar tu casa? Pero, ¿por qué?
—Para ir contigo a Colmillo de Mar —sonrió—. Puede que no sea un viaje muy
agradable, pero al menos nos consolaremos mutuamente del mareo.
—Pero... No lo entiendo, Evan. No puedes decirlo en serio. ¡Éste es tu hogar!
—He dicho que iré contigo dondequiera que vayas. No puedo pedirte que te quedes
en Thayos sólo para retenerte a mi lado. Sería de un egoísmo increíble, sobre todo
sabiendo que en Alas de Madera te necesitan. Y que aquél es tu lugar.
—Pero, ¿cómo puedes dejar Thayos? ¿Cómo vivirás? ¡Nunca has salido de esta
isla!

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Refugio del viento

Evan dejó escapar una carcajada, pero no consiguió que le saliera natural.
—¡Como si acabara de proponerte pasar el resto de la vida en el mar!
Puedo dejar Thayos como cualquiera, en una barca. Mi vida aún no ha terminado y,
hasta que llegue ese momento, no hay ningún motivo que me impida cambiar. Estoy
seguro de que habrá algún trabajo para un viejo curandero en Colmillo de Mar.
—Evan...
—Lo sé —dijo, rodeándola con los brazos—. Créeme, lo he pensado mucho.
Supongo que no imaginarás que estaba durmiendo esta noche, mientras tú dabas
vueltas en la cama y te preguntabas qué hacer con tu vida. Entonces, decidí que no
permitiría que te me escapases. Por una vez, voy a ser atrevido. Haré algo
diferente. Me marcharé contigo.
Maris no pudo contener las lágrimas, aunque no habría sabido decir por qué
lloraba. Evan la atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza hasta que se recuperó.
Cuando se separaron, Maris alcanzó a oír a Coll asegurando a Bari que su
tía era muy feliz, que lloraba de alegría. Algo más apartada estaba S'Rella, con el
rostro iluminado por el júbilo y por la emoción.
—Me rindo —dijo Maris con voz ligeramente temblorosa. Se secó la cara con una
mano—. Ya no me quedan excusas. Iré a Colmillo de Mar, todos iremos a Colmillo de
Mar en cuanto encontremos un barco adecuado.

Lo que empezó como unos cuantos amigos caminando con S'Rella hacia el
risco de los alados acabó convirtiéndose en una procesión, en un apéndice de la fiesta
que se celebraba en la fortaleza. Maris, Evan y Coll eran los héroes populares. Muchos
querían estar a su lado para saber qué tenían de especial la alada, el curandero y el
bardo que habían depuesto a un tiránico Señor de la Tierra, detenido una guerra y
acabado con la aterradora amenaza de los silenciosos alados negros. Si alguien
todavía osaba creer que el comportamiento de Tya merecía aquel castigo, lo pensaba
en silencio, en privado. Era una opinión muy poco popular.
Pero Maris sabía que los viejos rencores seguían enterrados, incluso entre
aquella multitud admirada y feliz. No los había borrado para siempre, como tampoco
los que existían entre atados a la tierra y alados, entre alados de cuna y un-ala. Tarde
o temprano, aquella batalla se libraría de nuevo.
Esta vez, el viaje por el túnel de la montaña no fue solitario. El eco de las
voces resonaba con fuerza contra los muros de piedra. Una docena de antorchas
ardían humeantes, cambiando por completo el aspecto del húmedo y lóbrego pasillo.
Salieron a la noche oscura y ventosa, a las estrellas tapizadas por nubes. Maris
vio a S'Rella de pie, al borde del acantilado, hablando con un un-ala que todavía vestía
de negro. Al ver a S'Rella en aquel risco tan
familiar, el estómago se le contrajo y se tambaleó por el vértigo. Sabía que
no quería ver cómo S'Rella saltaba del risco desde el que ella había caído, no una, sino
dos veces. Repentinamente, tuvo miedo.
Varios jóvenes se atrevieron a echar a correr hacia ella, luchando por el
privilegio de ayudar a S'Rella a prepararse para el vuelo. S'Rella buscó a Maris con los
ojos y las miradas de las dos mujeres se encontraron. Maris respiró profundamente,
intentando expulsar el miedo. Se afirmó con los pies en el suelo, soltó la mano de
Evan y avanzó hacia el risco.
—Deja que te ayude —dijo.
¡Lo conocía tan bien...! La textura del tejido metálico, el chasquido de los
montantes de las alas al encajar, el peso de las alas en sus manos... Pese a que nunca

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Refugio del viento

volvería a ponerse unas alas, sus manos seguían amando aquella labor que conocía tan
bien. Disfrutaba ayudando a S'Rella, aunque fuera un placer teñido por la tristeza.
Cuando las alas estuvieron totalmente desplegadas y los últimos montantes
encajaron en su sitio, Maris sintió que volvía el miedo. Sabía que era algo irracional,
que no diría nada, pero sentía que si S'Rella saltaba desde aquel peligroso risco sería
para caer, igual que le había pasado a ella.
Por fin, con gran esfuerzo, Maris consiguió hablar.
—Vuela bien —dijo en voz muy baja.
S'Rella la miró, escrutadora.
— ¡Ah, Maris!, no lo lamentarás. Has elegido bien. Nos veremos pronto.
Y, prescindiendo de las palabras, S'Rella se inclinó hacia su amiga y la besó.
—Vuela bien —dijo una alada a otra alada.
Dio media vuelta en dirección al borde del risco, hacia el mar, hacia el cielo
abierto, y saltó al viento.
Los espectadores aplaudieron cuando S'Rella encontró una corriente de aire
ascendente y trazó un círculo sobre el acantilado, con las alas brillando en la
oscuridad. Luego se elevó más y se internó en el mar, perdiéndose de vista casi al
instante, pareciendo fundirse con el cielo nocturno.
Maris seguía mirando al cielo mucho después de que S'Rella desapareciera. En
su corazón albergaba una firme convicción, junto con el dolor e incluso un rescoldo de
su antiguo entusiasmo. Sobreviviría. Aunque ya no tuviera alas, seguía siendo una
alada.

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Epílogo
La anciana despertó cuando se abrió la puerta de su habitación, que olía a
enfermedad. También había otros olores. El olor del agua salada, el del humo, el del
musgo marino y el del té con especias que se había quedado frío junto a la cama. Pero
por encima de todos, destacaba el de la enfermedad, cubriéndolo todo, empalagoso,
haciendo que la habitación tuviera una atmósfera cargada y cerrada.
En el umbral había una mujer con un cirio humeante en la mano. La anciana
alcanzó a ver la luz, un cambiante borrón amarillo, y la figura que lo sostenía. También
vio la otra figura, al lado de la primera, aunque no pudo distinguir las caras. Ya no veía
como antes. Cada vez que se despertaba, las sienes le latían dolorosamente. Era algo
que llevaba muchos años sucediéndole. Se llevó a la frente una mano blanca, surcada de
venas azules.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
—Odera —respondió la mujer del cirio. La anciana reconoció la voz de la curandera
—. Te he traído al que pediste. ¿Te encuentras bien para recibirle?
—Sí —dijo la anciana—. Sí. —Hizo un esfuerzo para incorporarse—. Acércate más,
quiero verte.
—Puedo quedarme si quieres —ofreció Odera—. ¿Me necesitas?
—No. Ya no hay cura para mí. Me basta con él.
Odera asintió. La anciana reconoció el gesto, aunque el rostro de la curandera
no era más que un borrón nebuloso. Encendió las lámparas de aceite con el cirio y cerró
la puerta detrás de ella.
El otro visitante acercó una silla con respaldo y se sentó al lado del lecho,
donde la anciana podía verle. Era joven, casi un niño, de no más de veinte años,
imberbe y con unas briznas de pelo rubio sobre el labio superior que intentaban pasar
por un bigote. Tenía el cabello muy claro y ensortijado, y las cejas resultaban casi
invisibles. Pero llevaba un instrumento, una especie de guitarra cuadrada de cuatro
cuerdas. Empezó a tocarla nada más sentarse.
—Supongo que quieres que toque para ti. ¿Alguna canción en especial?
Tenía una voz agradable, bien timbrada, con apenas rastro de acento.
—Estás muy lejos de tu casa —dijo la anciana.
El joven sonrió.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu voz. Hace muchos años que no oigo una voz como la tuya. Eres de las
Islas Exteriores, ¿verdad?
—Sí. Mi hogar está cerca de un lugar situado en el fin del mundo. Lo más
probable es que ni siquiera hayas oído hablar de él. Se llama Martillo de Tormentas, la
más exterior de las Islas Exteriores.
—¡ Ah!. claro que lo recuerdo. La Atalaya Este y las ruinas de la que la
precedió. Esa bebida amarga que preparáis con raíces. Vuestro Señor de la Tierra
insistió en que la probara, y se rió mucho de la cara que puse cuando la tomé. Era un
enano. Jamás conocí a un hombre tan feo. Ni tan astuto.
El bardo pareció sorprendido.
—Murió hace treinta años, pero tienes razón. He oído las leyendas. ¿Has estado
allí?
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Refugio del viento

—Tres o cuatro veces —dijo la anciana, saboreando la reacción del joven—.


Hace muchos años, antes incluso de que tú nacieras. Fui una alada.
—¡Ah, claro! Debí haberlo supuesto. En Colmillo de Mar abundan los alados,
¿verdad?
—No exactamente. Ésta es la academia Alas de Madera, y la mayoría de los que
viven aquí son soñadores que todavía tienen que ganarse las alas, o maestros que
hace tiempo que perdieron las suyas. Yo era maestra hasta que enfermé. Ahora sólo
puedo quedarme aquí, tumbada, para perderme en los recuerdos.
El bardo rasgueó las cuerdas del instrumento, provocando un alegre repiqueteo
de sonido que se desvaneció rápidamente en el silencio de la habitación.
—¿Qué quieres oír? Hay una canción nueva que está causando furor en Ciudad
Tormenta. —Inclinó la cabeza—. Es un poco atrevida, quizá no te guste.
La anciana se echó a reír.
—¡Oh!, podría ser que sí, podría ser que sí. Algunas de las cosas que
recuerdo te sorprenderían. Pero no te he hecho llamar para que cantes.
El joven la miró con grandes ojos verdes.
—¿Cómo? —dijo, intrigado — . Pero si me dijeron... Estaba en una posada de
Ciudad Tormenta, acababa de llegar. Del Archipiélago Oriental, en barco, hace
cuatro días. Y entonces llegó ese chico diciendo que en Colmillo de Mar necesitaban un
bardo.
—Y viniste. Dejaste la posada. ¿Porqué, no te iba bien allí?
—No iba mal. Claro que, nunca había estado en las Shotans, y los clientes no
eran sordos ni tacaños, pero...
Se interrumpió bruscamente, con el miedo pintado en el rostro.
—Pero viniste de todos modos, porque te dijeron que una anciana moribunda
pedía un bardo.
El joven no dijo nada.
—No te sientas culpable, no me has descubierto ningún secreto. Sé que me
estoy muriendo. Odera y yo somos sinceras la una con la otra. Debería haber muerto
hace años. La cabeza me duele constantemente, me temo que voy a quedarme ciega,
y parece que he sobrevivido a medio mundo. ¡Oh!, no me malinterpretes. No quiero
morir. Pero tampoco me gusta abandonar el mundo de esta manera. Detesto el
dolor y esta sensación de estar indefensa. La muerte me asusta, pero por lo menos
me librará del olor de esta habitación. —Vio la expresión del joven y le sonrió
amablemente — . No tienes que fingir que no hueles nada. Sé que está aquí. El olor a
enfermedad. —Suspiró—. Prefiero otros aromas más saludables: los de las especias,
el del agua salada, hasta el del sudor. El del viento. El de la tormenta. Todavía
recuerdo perfectamente el olor que flotaba en el aire después de un relámpago.
—Puedo cantarte alguna canción —dijo el bardo cautelosamente—. Canciones
alegres que te levanten el ánimo. Canciones divertidas, e incluso melancólicas, si es
eso lo que prefieres. Harán que el dolor sea más llevadero.
— El kivas hace que el dolor sea más llevadero. Odera lo prepara muy
cargado, y a veces lo mezcla con dulce canción y con otras hierbas. También me da
tesis para dormir. Si he pedido que vengas, no es para calmar los dolores.
—Ya sé que soy joven —insistió el bardo—, pero lo hago bien. Deja que te lo
demuestre.
—No —sonrió la anciana—. Estoy segura de que lo haces bien, de verdad.
Aunque probablemente, no podría apreciar tu talento. Tal vez estoy perdiendo

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Refugio del viento

también oído, o quizá sean cosas de la edad, pero en los últimos diez años no he oído
a un solo bardo que me pareciera tan bueno como los que recuerdo de mis tiempos. Y
he escuchado a los mejores. Jared de Geer tocó para mí, igual que el vagabundo
Gerri Un-Ojo, y Coll. Una vez conocí a un bardo llamado Halland: apuesto a que las
canciones que me cantaba eran mucho más atrevidas que cualquiera de las que sepas
tú. Y, cuando era joven oí cantar a Barrion. No una, sino muchas veces.
—Lo hago tan bien como cualquiera de ellos —insistió el joven, testarudo.
La anciana suspiró.
—No te enfades —dijo bruscamente—, estoy segura de que cantas muy bien,
pero nunca conseguirás que alguien tan viejo como yo lo reconozca.
El bardo acarició nerviosamente el instrumento que sostenía en el regazo.
—Si no quieres una canción en tu lecho de muerte, ¿por qué has hecho venir a
un bardo desde Ciudad Tormenta?
—Quiero cantarte algo, pero no puedo tocar, ni entonar la melodía. Más bien, la
recitaré.
El bardo dejó a un lado la guitarra y se cruzó de brazos, disponiéndose a
escuchar.
—Extraña petición. Pero, mucho antes de ser un buen bardo, ya era un buen
oyente. Por cierto, me llamo Daren.
—Bien, Daren, me alegro de conocerte. Me gustaría que me hubieras visto
cuando era un poco más fuerte. Ahora, escucha con atención. Quiero que aprendas
todas las estrofas y que, cuando muera, cantes esta canción en tus viajes. Si te parece
que lo vale, claro. Pero creo que te gustará.
—Ya conozco casi todas las buenas canciones.
—Ésta, no.
—¿La compusiste tú?
—No, no. Fue una especie de regalo que me hicieron. Un regalo de despedida.
Mi hermano me la cantó cuando estaba moribundo, y me obligó a aprenderme la letra.
Sufría grandes dolores, para él la muerte fue una bendición. Pero no pudo morir hasta
que no cumplí su deseo y me aprendí de memoria la letra. La aprendí muy de prisa, a
gritos. Y, luego murió. Fue en un pueblecito de Pequeño Shotan, hace menos de diez
años. Así que ya puedes entender que esta canción es muy importante para mí.
Escúchame, por favor.
Y empezó a cantar.
La voz de la anciana era vieja y cascada, dolorosamente débil. En el intento de
cantar, la estaba forzando hasta los límites y, de vez en cuando, tosía y jadeaba. Sabía
que nunca había tenido sentido del ritmo, y que llevaba la melodía tan mal como lo
había hecho en su juventud. Pero se sabía la letra. Una letra triste, pensada para una
melodía simple, cálida y melancólica.
La canción hablaba de la muerte de una famosa alada. Decía que, cuando
envejeció y se acortó el número de sus días, encontró unas alas y las robó, como había
hecho en su legendaria juventud. Se las puso y echó a correr. Todos sus amigos
corrieron tras ella, gritándole que se detuviera, que diera media vuelta, porque era
vieja y estaba débil, y hacía años que no volaba, y tenía la mente tan nublada que había
olvidado desplegar las alas. Pero ella no les escuchó. Llegó al risco antes de que
pudieran detenerla y se zambulló en el vacío, cayendo. Sus amigos gritaron y se taparon
los ojos para no ver cómo se estrellaba contra el mar. Pero, en el último momento, las
alas se desplegaron de repente, y quedaron tensas y plateadas sobre sus hombros. Y el
viento la captó, y la elevó, y sus amigos la oyeron reír desde donde estaban. Voló en

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círculos sobre ellos, con el cabello agitándose al viento y las alas tan ligeras como la
esperanza. Y sus amigos vieron que volvía a ser joven. Agitó una mano en gesto de
despedida y voló hacia el oeste, desapareciendo contra el sol del poniente. Nunca
volvieron a verla.
Cuando la anciana terminó de cantar la canción, la habitación quedó en silencio. El
bardo se mecía adelante y atrás en la silla, mirando la vacilante llama de la lámpara de
aceite con ojos pensativos, perdidos en la distancia.
Finalmente, la mujer carraspeó, irritada.
—¿Y bien?
—¡Oh! —El bardo sonrió y se incorporó en la silla—. Lo siento. Es una canción
muy hermosa, estaba pensando cómo sonaría con un poco de música.
—Y con una voz que la cantara, claro. Una que no tiemble ni suene tan forzada.
—Asintió—. Pues quedaría muy bien, claro que sí. ¿Has memorizado la letra?
—Sí, claro. ¿Quieres que te la cante?
Por supuesto, tengo que asegurarme. El bardo sonrió y cogió su instrumento.
Sabía que, al final, cantaría —dijo complacido.
Tocó las cuerdas. Sus dedos se movieron con engañosa lentitud, y la habitación
se llenó de melancolía. Y le tocó su canción, con voz fuerte, dulce y vibrante.
Cuando terminó, ella sonreía.
—¿Bien?
—No seas presuntuoso, has captado toda la letra.
—¿Y mi canción?
—Buena —admitió la anciana—. Muy buena. Y mejorarás.
Con eso se dio por satisfecho.
—Ya veo que no exagerabas. Desde luego, sabes reconocer a un buen
bardo. —Se sonrieron mutuamente—. Es raro que no haya oído antes esta
canción. Creo que he cantado todas las que se han compuesto sobre ella, pero no
ésta. No sabía que Maris hubiera muerto así.
Los ojos verdes del joven estaban fijos en ella, y la luz daba a su rostro un
brillo grave y pensativo.
—No seas tan retorcido. Sabes de sobra que soy yo. Y que no he muerto, ni de
esta manera ni de ninguna otra. Todavía no. Pero sí pronto, muy pronto.
—¿De verdad robarás unas alas y saltarás desde un risco? La anciana suspiró.
—Eso sería desperdiciar un par de alas. No espero poder hacer la Caída del
Cuervo, a mi edad ya no. Pero siempre lo he deseado. La he visto hacer una docena
de veces en mi vida. La última vez, un montante no encajó en su sitio, y la alada que
lo intentaba murió. Yo nunca lo intenté. Pero lo he soñado muchas veces, Daren. Sí,
lo he soñado. Es lo único que he deseado sin conseguirlo. No está mal para una
anciana que ha vivido tanto como yo.
—No está mal.
—En cuanto a mi muerte... Bueno, espero morir aquí, en esta cama, en
un futuro no muy lejano. Quizá haga que me saquen al exterior para ver un último
atardecer. O quizá no. Veo tan mal que tampoco podría apreciarlo. —Chasqueó la
lengua—. Cuando muera, un ala do atará mi cuerpo a un arnés y tratará de
mantenerse en el aire con mi peso añadido al suyo. Me arrojará al mar, y habré
tenido un entierro de alado. ¿Por qué? No lo sé. Un cadáver no vuela. Cuando lo

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sueltan, cae como una piedra, y se hunde, o es devorado por las escilas. No tiene
sentido, pero es la tradición de los alados —suspiró—. Val Un-Ala tuvo una buena
idea. Está enterrado aquí, en Colmillo de Mar, en una enorme tumba de piedra con
su estatua encima. Él mismo la diseñó. De todos modos, nunca pude dejar de lado la
tradición, como hacía Val.
El bardo asintió.
—Entonces, prefieres que te recuerden por esta canción en vez de por tu
verdadera muerte, ¿no?
Le miró, enfadada.
—Creí que eras un bardo —dijo, apartando la vista—. Un auténtico bardo lo
comprendería. Esta canción cuenta mi verdadera muerte. Coll lo sabía cuando la
compuso para mí.
El joven titubeó.
—Pero...
La puerta de la habitación se abrió de nuevo y Odera, la curandera, volvió a
aparecer en el umbral, con el cirio en una mano y un vaso en la otra.
—Ya basta de cantos, vas a cansarte. Es la hora de tu poción para dormir.
—Sí —asintió la anciana—, cada vez me duele más la cabeza. No te caigas
nunca de un risco desde treinta metros de altura, Daren. Y, si lo haces, no aterrices de
cabeza. —Tomó la tesis de manos de Odera y se la bebió de un trago—. Asquerosa.
Podrías ponerle algo para darle buen sabor.
Odera acompañó a Daren hasta la puerta. El joven bardo se detuvo antes de
salir.
—En cuanto a la canción... La cantaré. Y también la cantarán otros. Pero no
empezaré hasta que... Ya sabes, hasta que me entere.
La anciana asintió, mientras la somnolencia se apoderaba de sus miembros.
La tesis provocaba una ligera parálisis progresiva y temporal.
—Sí, será lo más apropiado.
—¿Cómo se titula la canción?
—El último Vuelo —le dijo, sonriendo.
Su último vuelo, claro. Y también la última canción de Coll. Eso también sería
apropiado.
—El último Vuelo —repitió el bardo—. Lo entiendo, Maris. Al menos, creo que lo
entiendo. La canción es verdad, ¿no?
—Es verdad —convino ella.
Pero el joven no estaba seguro de haberla oído. Su voz era débil, y Odera le
estaba arrastrando hacia fuera mientras cerraba la puerta tras ellos. Poco tiempo
después, la curandera volvió para apagar las lámparas de aceite. Se quedó sola unos
momentos en la pequeña y oscura habitación que olía a enfermedad, bajo la antigua
piedra empapada en sangre de la academia Alas de Madera.
Maris descubrió que, a pesar de la tesis, no podía dormir. Una especie de
emoción se había apoderado de ella, una sensación verti ginosa, atolondrada, algo
que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
Por encima de ella, en algún lugar, creyó oír el inicio de una tor menta y el
sonido de la lluvia tamborileando sobre la piedra. La fortaleza era sólida, y sabía que
no se hundiría. Pero, de alguna manera, sintió que aquella noche podría ser la noche
en que, por fin, tras tantos años, iría a ver a su padre.

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

Nota acerca de los autores


George R. R. Martin nació en 1948. Realizó estudios de periodismo y tras un
breve período dedicado a la enseñanza, se consagró a la literatura. Publicó su primer
relato en 1971, y su primera novela en 1977. Es probablemente el escritor surgido en
la década de los setenta que ha alcanzado la celebridad con más ímpetu, compitiendo
en términos de igualdad con figuras como Gene Wolfe y Orson Scott Card. Empezó
escribiendo básicamente ciencia ficción, y con el tiempo ha incluido el terror entre sus
temas habituales; su literatura se caracteriza por recuperar temas clásicos y dotarlos
de una nueva intensidad, un profundo romanticismo y sobre todo una rara brillantez
en la resolución de finales.

Su bibliografía incluye los libros siguientes:


NOVELAS:
1977 — Dying ofthe Light (Muerte de la luz, Ed. Edhasa, col. Nebulae núm. 33,
Barcelona, 1979)
1981 — Windhaven, en colaboración con Lisa Tuttle (Refugio del viento, Ed.
Martínez Roca, col. Gran Super Ficción, Barcelona, 1988)
1982 — Fevre Dream (Sueño del Fevre, Ed. Acervo, col. Terror núm. 1,
Barcelona, 1983)
1983 — The Armagedon Rag
1986 — Tuf Voyaging (Ed. B, en preparación)

RECOPILACIONES:
1977 — Songs of the Stars and Shadows
1981 - Sandkings
1976 — A Songfor Lya (Una canción para Lya, Ed. Caralt, Barcelona,
1982) 1983 — Songs the Dead Men Sing (Canciones que cantan los muertos,
Ed. Martínez Roca, col. Super Terror núm. 17, Barcelona,
1986) 1985 - Nightflyers
1987 — Portraits of his Children

PREMIOS:
— Hugo por «A Song for Lya» (incluido en Una canción para Lya)
— Locus por «The Storms of Windhaven» (fragmento de Refugio del viento)
1979 — Nébula por «Sandkings» (incluido en Canciones que cantan los
muertos)
1980 — Hugo y Locus por «Sandkings»
— Hugo y Locus por «The Way of Cross and Dragón» («La cruz y el dragón», en
Parsec3, Buenos Aires, 1984)
1981 — Locus por «Nightflyers»

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George R. R. Martin Lisa Tuttle
Refugio del viento

1984 — Locus por «The Monkey Treatment» («El tratamiento del mono», en
Canciones que cantan los muertos) — Gigamesh de terror (España) por Sueño
del Fevre
1985 — Nébula por «Portraits of his Children» («Retrato de sus hijos», en
Premios Nébula 1985, Ed. B, col. Libro amigo CF núm. 11, Barcelona, 1988)
1987 — Gigamesh de terror (España) por Canciones que cantan los muertos

Lisa Tuttle nació en Houston en 1952. Trabajó durante cinco años como
redactora para un periódico de Austin, Texas. Desde 1980 reside en Londres, y
se dedica a tiempo completo a la literatura. Vendió su primer relato en 1971, y
actualmente está considerada como una de las máximas figuras contemporáneas
de la ciencia ficción y el terror en Inglaterra. Ha publicado los libros siguientes:

NOVELAS:
1981 — Windhaven, en colaboración con George R. R. Martin (Refugio del
viento, Ed. Martínez Roca, col. Gran Super Ficción, Barcelona, 1988)
1983 — Familiar Spirit
1987 - Gabriel

RECOPILACIONES:
— A Nest ofNightmares
— A Spaceship BuiltofStone and Other Stories

PREMIOS:
1976 — Locus por «The Storms of Windhaven» (fragmento de Refugio del
viento) 1981 — Nébula por «The Bone Flute»

Libros Tauro
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