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Existencialismo en "El libro vacío"

Este documento analiza el libro "El libro vacío" de la escritora mexicana Josefina Vicens a la luz de la filosofía existencialista de Jean-Paul Sartre. Explora tres temas existencialistas en la novela: la nada, el vacío y la libertad. Para Sartre, el ser humano (ser-para-sí) no coincide consigo mismo y está definido por la nada, lo que le permite ser libre y proyectarse hacia el futuro a través de sus decisiones. El documento argumenta que estos temas están presentes en la novela de

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Existencialismo en "El libro vacío"

Este documento analiza el libro "El libro vacío" de la escritora mexicana Josefina Vicens a la luz de la filosofía existencialista de Jean-Paul Sartre. Explora tres temas existencialistas en la novela: la nada, el vacío y la libertad. Para Sartre, el ser humano (ser-para-sí) no coincide consigo mismo y está definido por la nada, lo que le permite ser libre y proyectarse hacia el futuro a través de sus decisiones. El documento argumenta que estos temas están presentes en la novela de

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Exietencialismo y literatura: "El libro vacío" de Josefina Vicens

Author(s): Angélica Tornero


Source: Hispanic Journal, Vol. 35, No. 1 (spring 2014), pp. 125-139
Published by: Indiana University of Pennsylvania
Stable URL: https://www.jstor.org/stable/44287506
Accessed: 11-06-2020 06:27 UTC

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Existencialismo y literatura:
El libro vacío
de Josefina Vicens
Angélica Tornero
Universidad Autónoma del Estado de Morelos, México

Introducción
En la primera mitad del siglo XX, una inquietud presente
varias décadas antes se intensifico en Europa: la búsqueda de
argumentos para legitimar las líneas del pensamiento individual
ante lo absoluto. Algunos filósofos y artistas decimonónicos se
daban ya a la tarea de derrumbar viejos dogmas que impedían la
manifestación de la individualidad. Filósofos como Kierkegaard o
Nietzsche se propusieron evidenciar, cada uno a su manera, que
el pensamiento especulativo impedía al ser humano construirse
como tal, le impedía "existir" o "vivir", porque nacía determinado o
definido a priori . El filósofo danés Sören Kierkegaard, considerado
como precursor del existencialismo, rechazó las aproximaciones
filosóficas especulativas, particularmente el desarrollo de Hegel,
porque en estos enfoques el yo concreto se pierde en el sistema,
lo que implica que no se ocupen del individuo en su existencia,
sino de generalizaciones que no describen su singularidad. Para el
filósofo, el ser humano no tiene existencia conceptual, general, sino
singular, y esta singularidad, que se comprende como paradoja
cristiana entre el individuo y lo absoluto y no como síntesis, como
quería Hegel, es su modo de ser fundamental: se es individuo ante
Dios, porque este se enfrenta al absoluto en soledad, y al hacerlo,
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no es ya un yo, porque el indi


existente de Kierkegaard es el
su "individualidad" y sus posibilidades mundanas frente a las
cuales se sitúa la realidad implacable de Dios (Kierkegaard). De esta
paradoja se desprenden los principales temas del existencialismo
kierkegaardiano, algunos de los cuales fueron retomados en la
posguerra, que "con su disposición de espíritu a la demolición,
ofreció el suelo adecuado" (Arendt 63) para que esto ocurriera, y
han incidido en el existencialismo del siglo XX, aunque el contexto
histórico es otro, y los temas se han divorciado de su primitivo
sentido religioso y empleado dentro de un sistema ateo, como es el
caso de la filosofía de Sartre (Copleston, Tomo 7 274).
Las manifestaciones existencialistas del siglo XIX y del siglo
XX tuvieron un propósito común, aunque distintas soluciones:
deshacerse de aquellas aproximaciones filosóficas doctrinales,
cuyo fundamento se alejaba de "la naturaleza del hombre en
cuanto existencia" (Abbagnano 7). La filosofía debía dejar de ser
un ejercicio aristocrático exclusivo de algunos, para convertirse en
práctica cotidiana de todos los humanos. El existencialismo será
propuesto como el término que designa el quehacer de cuantos
consideren el filosofar vinculado con la existencia misma del
hombre.
Esta preocupación existencialista, que se extendió con fuerza
por Europa, fue compartida por filósofos, artistas y literatos; más
aún, propició que algunos filósofos incursionaran en la literatura,
por considerarla vía adecuada para expresar sus preocupaciones,
y que escritores, cuyas obras son hoy consideradas de enorme
importancia, como Dostoievski y Kafka, escribieran novelas a
partir de temas existencialistas, como la soledad del individuo, la
finitud, la contingencia, la angustia.
La filosofía existencialista, que se afianza durante la
segunda posguerra, se extenderá a diversas regiones del orbe,
incluida América Latina. El objetivo de este artículo es explorar,
desde el punto de vista literario, tres aspectos del existencialismo,
la nada, el vacío y la libertad, en El libro vado (1958) de la escritora
mexicana Josefina Vicens, a la luz de la filosofía de uno de los
principales exponentes del existencialismo en el siglo XX, Jean
Paul Sartre.

I. La nada y la libertad
En el siglo XX es posible identificar varios filósofos
relacionados con el existencialismo, no obstante, sus aproximaciones
son distintas. En El existencialismo es un humanismo (1945), Sartre

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afirma que hay dos tipos de exi


(18). El filósofo francés señala como principales exponentes del
existencialismo cristiano a Karl Jaspers y a Gabriel Marcel, aun
cuando el primero no era católico. En el grupo de los existencialistas
ateos, ubica a Heidegger y a sí mismo, aun cuando Heidegger no
se consideraba ateo y, además, no se asumía como existencialista
(Copleston, Tomo 9 325). Para Copleston el único autor que se
consideró propiamente existencialista fue Sartre, por lo que en su
destacada Historia de la filosofia es expresamente a este a quien
ubica dentro de dicha tendencia (325). Sea como fuere, por ser
pertinente a la investigación que aquí se desarrolla, como se expresó
en la introducción, y por falta de espacio para abundar en otras
expresiones relacionadas, se retomarán únicamente los conceptos
existencialistas sartrianos para reflexionar sobre el vacío, la nada y
la libertad en la novela El libro vacío , a la luz de las consideraciones
realizadas por la ciencia actualmente.
Para exponer las principales ideas de Sartre en relación
con Dios, la nada y el vacío, es preciso comenzar por definir dos
aspectos primordiales de su desarrollo intelectual: el ser-en-sí y el
ser-para-sí. En el Ser y la nada , el filósofo y literato francés afirma
que el ser-en-sí es opaco y macizo; no tiene secretos, simplemente
es (Sartre 16). Esto implica que no mantiene una relación consigo
mismo, no es inmanencia, ya que esto supondría que se desagrega
o se divide. El ser-en-sí es indiviso e indiferenciado y no remite;
el ser-en-sí es, por lo que no puede ser derivado de lo posible ni
reducido a lo necesario, que corresponde al orden de lo mental y no
de lo existente (Sartre, El sery la nada 16). Sartre escribe: "no hay el
menor vacío en el ser, la menor fisura por la que pudiera deslizarse
la nada" (130). El ser-para- sí (o la conciencia), al contrario, es
descompresión del ser (Sartre, El sery la nada 130). Es imposible
definir la conciencia como coincidencia consigo misma, porque
separa, divide, diferencia. El ser-para-sí no coincide consigo
mismo, porque es reflexivo: no es pleno, no está lleno de sí, sino
que es una "perpetua remisión de sí a sí, de reflejo al reflejante, del
reflejante al reflejo" (Sartre, El sery la nada 135). El fundamento
ontològico del ser-para-sí consiste en ser él mismo en la forma
de presencia ante sí. La no coincidencia del sujeto con el sí, que
define el ser del ser-para-sí, no es positividad ni negación lógica,
sino poder nihilizador: "la fisura intraconciencial no es, fuera de lo
que ella niega, una nada, y no puede tener ser, sino en tanto que
no se la ve. Eso negativo que es nada de ser y poder nihilizador
conjuntamente, es la nada " (Sartre, El sery la nada 135) (le néant).
Así, el ser-para-sí está nihilizado en su estructura ontològica, lo
que le permite ser reflexivo.

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Ahora bien, el para-sí, que es para Sartre la realidad


humana, tiene un pasado, una facticidad que está compuesta
por las elecciones que ha realizado a lo largo de su vida. Estos
hechos del pasado son inamovibles, han sido ya realizados, están
ahí inmodificables, y constituyen la coseidad del ser-para-sí; dicho
de otro modo, forman parte del en-sí del para-sí. El para-sí está
siempre lanzado hacia afuera, es una proyección de sus posibles
proyectos, pero ese futuro todavía no es, por lo que el para-sí es
nada, porque no existe como cosa dentro de nosotros, sino que es
pura posibilidad de ser. Así, el para-sí es el ser que no es lo que es,
es decir, no es su pasado, su en-sí, y es lo que todavía no es; está
proyectado hacia el futuro. El para-sí, la conciencia de mundo,
para Sartre, no tiene contenidos, no tiene nada, está volcada hacia
el mundo, por lo que el hombre siempre está en riesgo entre otros
hombres y las cosas del mundo.
El ser-para-sí, la conciencia, al estar arrojada hacia el
mundo, hacia sus proyectos, es libre; es decir, no está condicionada
por nada, porque el hombre no es otra cosa que lo que él se hace
(Sartre, El existencialismo 21); nada existe previamente a este
proyecto y el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser
(21). Además, el hombre se compromete al elegir ser lo que es, por
lo que adquiere una responsabilidad total frente a la humanidad,
lo que le provoca angustia (22 y ss). En cada acción elegimos lo
que somos, porque cada una de nuestras elecciones tiene un peso
ontològico. Esta libertad es nuestra responsabilidad, lo que provoca
angustia; se trata de la angustia de la libertad.
El único ser que puede ser llamado libre es el ser que nihiliza
su ser, así, la libertad, dice Sartre, "es el ser que se hace falta de ser"
(El ser y la nada 766) y como el deseo es idéntico a la falta de ser,
"la libertad sólo podría surgir como ser que se hace deseo de ser, es
decir, como proyecto-para- sí de ser-en-sí-para-sí" (766). De estas
consideraciones, Sartre concluye que el en-sí-para-sí es el ser que
es su propio fundamento, en tanto que es conciencia y ya es todo lo
que tiene que ser. Este ser -en sí-para- sí es su propio fundamento
(764), y es el ideal que puede llamarse Dios. "Así, puede decirse
que lo que mejor hace comprensible el proyecto fundamental de la
realidad humana es que el hombre es el ser que proyecta ser Dios"
(764). Para Sartre no hay un Dios afuera del hombre que se defina
en sí mismo, sino que esto ocurre en la propia realidad humana:
"ser hombre es tender a ser Dios; o, si se prefiere, el hombre es
fundamentalmente deseo de ser Dios". De esto no deriva, insiste
Sartre, que el hombre que tiende a ser Dios, sea guiado por una
esencia que le hace ser Dios; esto implicaría que sería "como Dios".
La tendencia a ser Dios se realiza como deseo de manera de ser,

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"como sentido de los miríadas d


la trama de nuestra vida consciente" (765). Así, dice Sartre, "soy
el fundamento de mí mismo en tanto que existo como indiferente
y en-sí con relación a mí. Y éste es precisamente el proyecto del
en-sí-para-sí. Pues este ser ideal se define como un en-sí que, en
tanto que para-sí, sea su propio fundamento [...]". Y más adelante,
continúa: "La pareja para- sí poseyente y en-sí poseída vale para el
ser que es para poseerse a sí mismo y cuya posesión es su propia
creación, es decir, Dios" (798).
Aceptar la idea de Dios implica la admisión de la esencia
antes que la existencia a lo cual Sartre se opone: "al concebir
un dios creador, este dios se asimila la mayoría de las veces a
un artesano superior; y cualquiera que sea la doctrina que
consideremos [...] admitimos siempre que la voluntad sigue más o
menos al entendimiento, o por lo menos lo acompaña, y que dios,
cuando crea, sabe con precisión lo que crea" (El existencialismo
54). El anuncio de la esencia del hombre implica que este elude su
responsabilidad, y niega su libertad, la cual solo puede provenir de
la absoluta espontaneidad.
Contra las críticas que Sartre recibió por su propuesta
existencialista, atea, en la conferencia que dictó en 1945, afirma
que "el existencialismo no se afana en demostrar que dios no
existe" (54). El problema np es la existencia o no de Dios, sino que
el hombre se convenza de que nada puede salvarlo de sí mismo.
No es posible en este breve espacio exponer las ampliaciones, y
en su caso, correcciones que Sartre hizo a su propia obra, por
lo que nos limitaremos a retomar estos aspectos importantes de
su pensamiento inicial para reflexionar sobre consideraciones
existencialistas realizadas en El libro vacío de Josefina Vicens.

IL El libro vacío
Una de las preocupaciones importantes en El libro vacío
se relaciona con la pregunta por las posibilidades del lenguaje
en términos de significación y, por lo tanto, de constitución de
la identidad. José García, el personaje principal, se enfrenta con
su propia realidad de ser humano limitado, ser en el mundo,
ontologicamente herido y finito, que, por más esfuerzos que hace,
no puede alcanzarse a sí mismo como totalidad de sentido. El
lenguaje, la escritura, son insuficientes para lograr este propósito,
porque los conceptos se desvanecen o desmoronan frente a
la ambigüedad de la existencia. El silencio se convierte, así, en
constitutivo importante de una configuración narrativa que se
fragmenta, se disloca y dispersa.

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Esta recurrencia al silencio como constitutivo de poética,


es ya explorada en la segunda mitad del siglo XIX. Los escritores
modernos criticaban la idea del lenguaje en tanto portador de
sentido de manera unívoca. Paira estos escritores la intención
era encontrar formas de expresión distintas, no cooptadas por
las instancias de poder, que permitieran comprender la relación
entre el arte y la vida de manera diferente. Algunos movimientos
de vanguardia intentaron resquebrajar con el silencio la simbólica
social en la que se sostenían los discursos del poder. Para vaciar el
logos y la racionalidad instrumental que se habían apoderado de
todos los ámbitos de la vida social y cultural, estos movimientos
propusieron rescatar "los sonidos" del silencio a través del arte
y mostrar que los discursos arrogados por el poder no eran "la
verdad", sino una forma conveniente de estructurar la simbólica.
Con esta búsqueda en el silencio, los escritores procuraban la
eliminación del sentido que promovía la interpretación unívoca,
para dar lugar a la idea de literatura como experiencia. Así, la
experiencia del silencio en el arte y la literatura surge al acallar las
expresiones tradicionales promovidas por la burguesía hipócrita,
que las vanguardias intentaron contrarrestar, con el recurso a la
manipulación de la forma. Paira estos creadores, silencio no era
incomunicación, sino un modo diferente de relacionarse el artista
- y el receptor - con el mundo. Cuando el lenguaje deja de ser
mimètico, no tiene vinculación con el mundo real entendido a
partir de la racionalidad; cuando se proclama que los significados
son sólo usos corrientes de las palabras, entonces, surge el silencio
como signo y como posibilidad de la imposibilidad.
Después de la primera guerra mundial, la tendencia al silencio
en el arte y la literatura, como manifestación de inconformidad, se
fortaleció. La desilusión causada por los desastres, intensificó el
rechazo a la razón y a los ideales de la Ilustración y las reflexiones
sobre el lenguaje, el sentido, el silencio y la comunicación,
ocuparon un lugar preeminente. En este marco, el existencialismo
kierkegaardiano fue retomado y reorientado, y la filosofía, escribió
Norberto Bobbio, "fijó la mirada sobre la existencia del hombre,
tal como aparece al ojo desencantado: derramada en el mundo,
proyectada hacia el futuro, orientada hacia una trascendencia que
no se puede circunscribir ni reducir a objetivación alguna" (22). El
arte y la literatura habían escudriñado en el silencio, en la negación,
y la filosofía existencial haría lo propio, desde su palestra.
Si bien las relaciones entre filosofía y literatura y arte han
estado presentes a lo largo de los siglos, coincidimos con Guillermo
de Torre en que "la interacción y las interferencias entre filosofía,
o al menos determinada concepción del mundo, y la literatura, se

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han hecho durante los últimos años más acusadas que nunca"
(15), y agregamos, más complejas, porque resulta difícil identificar
con precisión influjos de manera lineal. Lo cierto es que los
grandes novelistas de finales del siglo XIX y de la primera mitad
del silgo XX son "novelistas filósofos", que escriben con imágenes
y no con razonamientos (Torre 15), y que los filósofos, sobre todo
existencialistas, se aproximan a la novela para, como escribía
Simone de Beauvoir, "[...] conciliar lo objetivo con lo subjetivo, lo
abstracto con lo relativo, lo temporal con lo histórico [...]" (apud
Torre 16). Con las vanguardias dominó la poesía, en un intento por
cuestionar profundamente las implicaciones de la simbólica del
realismo. El existencialismo optaría por aproximarse a la novela, la
cual se convirtió en medio idóneo de expresión vital de cuestiones
filosóficas. Lo filosófico dejó de ser coto cerrado, lenguaje abstracto,
y se vitalizó mediante las expresiones novelescas. El alcance
logrado por novelas como La nausee (1938), Vetranger (1942),
Les mains sales (1948), que proyectan estados de conciencia,
problemas filosóficos o morales, demuestra, escribe Guillermo de
Torre, que "las ideas no dañan a la literatura cuando se hallan
vertidas literariamente'' (25).
Estas novelas, configuradas a partir de planteamientos
existencialistas, incorporaron el silencio como estrategia para
lograr el efecto de fragmentación e indeterminación del ser que
es proyecto, que se constituye temporalmente. En la segunda
posguerra, el silencio estaba más cerca del enmudecimiento frente
a la horrenda realidad que dejó en evidencia el conflicto bélico.
Adorno expresó esta inquietud así: "escribir un poema después de
Auschwitz es barbarie, y esto corroe también al conocimiento que
dice por qué hoy es imposible escribir poemas" (25). El silencio por
el que opta Vicens en El libro vacío es el de quien escribe sin escribir,
porque no hay ningún sentido que alcanzar o descubrir; solamente
hay que dejar en evidencia el silencio mismo, la incomunicación y
la imposibilidad. El epígrafe de la novela es elocuente: "A quien vive
en silencio, dedico estas páginas, silenciosamente" (Vicens 9). La
autora acepta que el contenido de su libro es el silencio porque se
habla de la imposibilidad de la escritura.
La imposibilidad de la escritura no es solamente un tópico
estructurador de El libro vacío , sino un ejercicio de "nada" y de
"vacío". Es decir, a partir de los planteamientos del existencialismo
sartreano, la autora escribe la no escritura o la nada o el vacío del
ser-en-sí del ser-para-sí. Al ser la conciencia, conciencia de algo, no
es nada; este es el punto de partida de la escritura de El libro vacío .
José García, el protagonista de esta novela, tiene la intención de

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escribir algo, pero no lo logra,


un momento determinado se di
García escribe en dos cuadernos simultáneamente. En el cuaderno
uno hace apuntes, anota acontecimientos aislados, retazos de
su vida; en el cuaderno dos, pretende escribir una novela, que
nunca escribe; no logra encadenar causalmente acontecimientos
para configurar una historia como un todo. García solo acierta a
escribir fragmentos en el cuaderno uno, porque escribe de manera
discontinua y ambigua, como la existencia misma: "Soy un hombre
con tantas verdades momentáneas, que no sé cuál es la verdad.
Tal vez el tener tantas sea mi verdad única, pero de todos modos,
quisiera ser más firme, más rotundo" (90).
José García no puede conocer ni conocerse, saber qué es algo
o quién es él, como totalidad de sentido, porque el conocimiento en
los humanos ocurre a manera de remisión perpetua del sí; el sujeto
cognoscente no coincide consigo mismo, no es pleno, es temporal
y por lo tanto cambiante, está en constante movimiento, por lo
que no es posible alcanzar certezas ni conocimiento verdadero. La
no coincidencia del sujeto con el sí, que define el ser-para-sí, es
poder nihilizador, es la nada. Paradójicamente es esta nada, esta
estructura ontològica nihilizadora lo que le permite ser reflexivo.
Así, García experimentará la angustia de no poder asir, a
través del conocimiento, algo de manera permanente, como ocurre
en la naturaleza, tópico central del existencialismo:

He visto los árboles en invierno, la época


de rigor: troncos escuetos, desnudos,
silenciosos. Los he visto en primavera,
cubiertos de follaje, rumorosos, llenos de
frutos. Pero todo esto, el follaje, el rumor,
los frutos, es lo que cae, lo nuevo cada vez,
lo inexperto. La real existencia del árbol, su
continuidad y sustento, están en el tronco
invariable. (90)

El anhelo de permanencia provoca angustia en García,


que es consciente de la imposibilidad: "No cuento con un solo
pensamiento fijo, endurecido. Todos caen de mí, en este cuaderno
sumiso, como un follaje provisional, como pensamiento 'de la
estación'. ¿De qué van a servir? ¿A quién van a servir? ¿Por qué
insisto en escribirlos?" (90).
El impulso que conduce a García a escribir se vincula con
sensaciones, con lo que experimenta en relación consigo mismo

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Angélica Tornero 133

como humano; es decir, con la


que escapa a cualquier determinación esencialista:

Solo cuando he cerrado la puerta y saco


de mi lugar secreto la llave del escritorio y
abro mi cuaderno y tomo la pluma, vuelve
a aparecer esa angustiosa atracción que
se experimenta al borde de un profundo
abismo.
Quisiera, por lo menos, poder explicar lo
que siento, paira que se comprenda por qué
escribo, por qué no puedo romper nada.
Hablo de angustia, de atracción, de
abismo, pero estas palabras no reflejan
lo que quiero decir; son burdas, burdas
aproximaciones. Lo que quiero decir es otra
cosa. (92)

Este es el sentido de la imposibilidad de la escritura,


del silencio y del vacío. Las palabras que García conoce son
insuficientes para hablar de la experiencia de la existencia
humana, de su ambigüedad. El personaje tiene sensaciones y las
expresa con palabras, escribe: angustia, abismo, atracción, pero
las palabras son restrictivas, no abarcan la experiencia de existir.
El protagonista no puede quedarse con conceptos o ideas, porque
no tienen asidero referencial. Esto le impide escribir una historia
utilizando el principio articulador de la mimesis.
Ningún ejercicio de escritura es suficiente para hablar de
la existencia y los intentos de algunos escritores confiados en
el poder afirmativo de las palabras no son más que quimeras,
intentos vanos de configurar una identidad que permita serenar la
angustia y la conciencia de finitud. García apostó por la escritura
como medio de encontrarse; a lo largo de la novela, se percata de
que no se encontrará como lo había supuesto:

¿Por qué me empeño en mantener vivo,


abierto y ávido, ese cuaderno en el que todavía
no he podido escribir una sola línea? Sé que
me está esperando; su vacío me obsesiona y
me tortura, pero si algo pudiera escribir en
él, sería la confesión de que yo también me
estoy esperando desde hace mucho tiempo, y
no he llegado nunca. (94-95)

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Además de estas expresiones evidentes en torno a la


escritura, la autora ofrece en El libro vacío la experiencia de
la contradicción humana. En diversos fragmentos, García se
contradice o cuestiona sus propias certezas, por lo que resulta
imposible a los lectores tener claridad sobre sus apreciaciones o
consideraciones en torno a diversos sucesos. En relación con el
nacimiento de su hijo escribe:

Por eso, por desear tener una voluntaria


intervención en este suceso, no aterrador,
sino natural, sufrí algún tiempo. Ya lo he
contado antes. Pero ahora, que lo siento tan
claro, no sé si escribí la verdad; si realmente
sufrí cuando nació mi primer hijo, o si fue
algo que imaginé para escribirlo, porque me
pareció profundo y propicio a la reflexión.
(112)

García duda no solamente de sus pensamientos sino también


de sus experiencias emocionales, porque estas son recordadas y la
rememoración es también una reconstrucción lingüística. No sabe si
sufrió o si solo imaginó el sufrimiento al nacer su hijo. El personaje
quiso decir la verdad, pero olvida esta verdad o escribe lo que le
"gustaría que fuera la verdad" (112), por lo que constantemente
encuentra contradicciones en su escritura (113).
El protagonista sabe que la existencia es contradictoria y
que cualquier intento de organizar una narrativa coherente sobre
una vida, no es sino un intento romántico o realista-mimètico:
"Parece que siempre estoy justificándome por escribir lo que unas
cuantas páginas más adelante tengo que negar. Es cierto, pero
¿qué puedo hacer?" (194). Y más adelante, agrega:

Yo escribo y yo me leo, únicamente yo, pero al


hacerlo me siento desdoblado, acompañado.
[...] Mis promesas rotas, mis cambios de
opinión, mis dualidades emotivas, todas
mis contradicciones parecen menos graves
cuando simplemente las pienso o las hablo.
(196)

Al enfrentarse con la escritura, García se percata de las


inconsistencias de su existencia, de la existencia de los seres
humanos, frágil, herida ontològicamente.

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Angélica Tornero 135

La conciencia se estructura t
que el pensamiento es en sí mismo tiempo que fluye del pasado al
presente y del futuro al presente. Así, el para-sí tiene una facticidad
que está compuesta por las elecciones realizadas a lo largo de la vida;
esto constituye el en-sí, la coseidad, pero el para-sí está siempre
lanzado hacia el futuro que todavía no es, por lo que siempre hay
riesgo, inacabamiento. El libro vacío expresa ampliamente esta
experiencia humana del tiempo. José García escribe en "ahoras",
es decir, su escritura se realiza en cada momento que escribe, aun
cuando lo que escriba sean recuerdos de infancia, adolescencia, de
pasado inmediato o deseos:

Me desespera no poder escribir más que con


mi edad actual. Creo que algunas cosas solo
pueden escribirse con mano tersa, y la mía
- la estoy viendo ahora mismo - tiene ya las
arrugas y las manchas de mis años. Tengo
miedo de traicionar al muchacho que fui. 'Lo
recuerdo tan bien! Lo siento temblar dentro
de mí, limpio y brioso. Pero sé, por eso no
puedo hacerlo, que al pretender hablar de
él en este cuaderno tardío, escrito con mano
de viejo, aparecerán mis años, mi tedio,
mi pequenez y que aquel joven espléndido
saldrá cubierto de mi ceniza y empañado por
ella. (67)

El recuerdo que García tiene de sí mismo como joven


permanece a nivel de sensaciones. Se trata de la memoria sensorial
o perceptiva, por eso dice que lo "siente temblar" dentro de él. Lo
que García experimenta es una sensación del joven que fue y quiere
que ese recuerdo permanezca y no se desarticule o se disuelva
con el lenguaje. Las palabras eliminarán el recuerdo grato, lo
contaminarán y convertirán en un pensamiento de viejo. Lo mismo
ocurre cuando recuerda a una amante que tuvo:

Ahora vivo más tranquilo. Permanece en


mí, ya lo he dicho, pero tan en el fondo, que
siento su existencia, pero no su presencia.
[....] Y en realidad, casi no la recuerdo. Lo
que no he olvidado ni olvidaré jamás es mi
desesperado amor por ella. No sé si esto
equivale a seguir amándola. Tal vez. (160)

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136 Hispanic Journal

También en este caso, el recuerdo es provocado por


la emoción: el "desesperado amor", no por una construcción
abstracta. Es decir, la mujer aquella es, en el presente de su vida,
ese amor experimentado y no una presencia que está ahí, a pesar
de sí mismo. El recuerdo es un "acto voluntario o casual", dice el
personaje, y no un acto "permanente y obsesivo" (160).
En El libro vacío el tema de la libertad es abordado de manera
magistral: se plantea un sentido romántico de la libertad, contra la
construcción existencialista. José García sueña con ser libre para,
ahora sí, realizar sus anhelos. Las ataduras de la familia le han
impedido ser el escritor que desea ser. Las distracciones cotidianas,
las obligaciones, la asistencia diaria a la oficina, la rutina, han
coartado su libertad: "Por fin me encerraría a escribirlo [el libro].
Esa primera noche en mi nueva casa, dormiría profundamente,
agotado por una semana de libertad y olvido" (208). Y más adelante,
se lee:
Soy un hombre libre, un hombre sin reloj,
sin calendario, sin medida. Puedo hacer lo
que quiera. ¿Quién va a impedírmelo? No
será mi mujer, que ha quedado tan lejos y
que precisamente en este momento - ¿qué
hora será? - estará preparando la comida de
los muchachos. Una comida muy sencilla,
ya no tiene que esforzarse por quedar bien
conmigo. (209)

El personaje imagina una libertad fuera de ataduras


sociales y obligaciones impuestas por el sistema. Esa pretendida
libertad no es más que un pretexto para justificar la imposibilidad
de la escritura de una vida que se va haciendo conforme transcurre
cada minuto, día y año. La libertad no es un proyecto a realizar,
ni la ilusión de llegar a ser algo, sino lo que se realiza día a día
y la responsabilidad que esto implica. Mientras escribe sobre la
imposibilidad de escribir, García está ejerciendo su libertad: "[...]
sé que antes que escritor, suponiendo que llegara a serlo, soy lo
que he sido y seré siempre: un hombre que necesita escribir y vivir
encerrado en su cárcel natural e intransferible". (213) El encierro
voluntario y consciente y la frustración frente a la imposibilidad
de la escritura son las acciones que configuran el contenido de la
libertad de José García.

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Angélica Tornero 1 37

III. El libro vacío y los otros


En la filosofía de Sartre, la conciencia no conforma ideas
unificadoras, debido precisamente a su desproporción ontológica.
Lo que los humanos realizan son acciones en los "ahoras"; es
decir, el para-sí se constituye a partir de un esquema episódico,
discontinuo, por lo que cualquier intento de articular las acciones
con lenguaje, sobre todo, a partir de una concepción mimètica,
implica una aproximación causal. Una cuestión surge de estas
consideraciones: si Sartre consideraba que las acciones se realizan
episódicamente solo en relación con el pensamiento mimètico,
racional, por lo que existía "alguna manera" de comprender dichas
acciones, o si definitivamente consideraba que cualquier intento de
interpretación de las acciones era un atentado contra la existencia,
en favor de la esencia. No intentaremos aquí una respuesta
filosófica a esta cuestión. Haremos una reflexión breve sobre este
asunto en relación con El libro vacío .
José García no logra escribir una historia a la manera en
que tradicionalmente se ha concebido la narración de historias en
la literatura, por lo que el libro que tiene necesidad de escribir
permanece vacío. Este "libro vacío", no escrito, que pretende
escribirse, es una metáfora de la existencia, que no es esencia
preexistente ni prescripción, sino posibilidad. La existencia es,
entonces, un "libro vacío", que siempre está por escribirse y cuya
escritura estará constituida por los actos de un ser humano,
actos que serán totalmente libres porque están incondicionados y
además, son discontinuos, por lo que no puede configurarse una
historia como totalidad de sentido, a partir de ellos; si se hiciera,
se corre el riesgo de distorsionar las acciones. Lo que José García
ha escrito sobre la imposibilidad de escribir la existencia utilizando
la simbólica social, es la escritura de la existencia, es precisamente
un ejercicio de la libertad a la que García está condenado, que
tiene como resultado la misma imposibilidad de la escritura. Estas
acciones que constituyen la existencia de García son valoradas por
el propio personaje como fracaso frente a un sistema que traza los
parámetros del éxito de manera diametralmente opuesta a lo que
ha sido la mediocre vida del personaje.
Ahora bien, José García es consciente de esta libertad, lo
cual le genera angustia. Esta libertad es la nada, la distancia del
sí de sí mismo, aquello que es lo que no es y no es lo que es,
en perpetua remisión. Así, la conciencia, el para-sí para poder
fundarse necesita estar a distancia de sí o contener la nada. El libro
vacío es la nada de José García, el para-sí que le permite reflexio
sobre la imposibilidad e irrealización a través de la escritura, com

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138 Hispanic Journal

posibilidad única de un escrito


en la nadà de ser y el poder nih
el dilema: o positividad o negac
Pero pensemos por un momento en la posibilidad de que la nada
no sea nada sino algo, y que, no obstante, nos resistimos, desde
el punto de vista filosófico o literario, a la idea de que este algo
sea positividad, esencia, o dicho de otro modo, conceptos o ideas.
¿Cómo podemos, entonces, comprenderlo?, ¿cómo expresarlo?, o,
¿experimentarlo? En El libro vacío la respuesta, me parece, es el
cuaderno uno. En el cuaderno uno se formaliza la escritura de
la existencia de García, no del tema de existir. En ese cuaderno
uno, solo hay episodios, apuntes, fragmentos, por lo que es difícil
rehacer una historia de manera causal y mimètica. No obstante, los
lectores, aun cuando no comprenden, debido a que no conforman
una historia como un todo, experimentan la inconsistencia, la
ambigüedad de la existencia y, "de alguna manera " "captan" el
sentido de esta experiencia.
Ahora bien, el vacío del cuaderno dos podría resultar solo
teórico, solo aspiración de realización del individuo como mónada,
porque los "ahoras" en los que se constituye la existencia de
García, van conformando la historia de vida que no le pertenece
de manera privada, sino que es conformación de contexto y mundo
con "lo otro". Es decir, la existencia de García no es su propia
existencia, sino que está constituida por la mirada de todos los
demás; es esto, la mirada del otro, asunto que no es nuevo y sí, me
parece, fundamental, en toda la extensión del término, ¿No será,
entonces, que los otros son una especie de "algo" en relación con
la nada? Desde luego, no podemos responder a esta pregunta en
este espacio; se trata solo de una reflexión provisional, que habrá
de considerarse más ampliamente en trabajos ulteriores. Para
finalizar, una consideración más. Podríamos pensar que ese otro,
al realizarse en la conciencia, no está afuera de nosotros, delante
nuestro, separado de nosotros por "un espacio", sino adentro; es
constitutivo de la inconsistencia de la conciencia.
El libro vacío es una importante muestra de lo que se obtu
con la configuración literaria de las principales preocupaciones
del existencialismo filosófico. Josefina Vicens ha logrado, con esta
novela, un ejercicio no de exposición temática de los tópicos, sino
de "puesta en acción" de la ambigüedad de la existencia.
OBRAS CITADAS

Abbagnano, Nicola. Introducción al existencialismo. México:


1975. Impreso.

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Angélica Tornero 1 39

Adorno, Th. W. Crítica de la cu


Madrid: Akai, 2008. Impreso
Arendt, Hannah. Ensayos de comprensión 1930-1954. Madrid:
Caparros Editores, 2005. Impreso.
Bobbio, Norberto. El existencialismo. México: FCE, 1974. Impreso.
Copleston, Frederick. Historia de la filosofia. Tomo 7. Barcelona:
Ariel, 1991. Impreso.
- . Historia de la filosofia . Tomo 9. Barcelona: Ariel, 1992. Impreso.
Kierkegaard, Sören. Temor y temblor , Buenos Aires, Losada, 2003.
Impreso.
Sartre, Jean Paul. El ser y la nada. Buenos Aires: Losada, 2013.
Impreso.
- . El existencialismo es un humanismo , Mexico, Escritores
Mexicanos Unidos, 2013. Impreso.
Torre, Guillermo de. Historia de las literaturas de vanguardia II.
Madrid: Ediciones Guadarrama, 1971. Impreso..
Vicens, Josefina. El libro vacío. México: Ediciones Transición, 1978.
Impreso.

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