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Inclusivo

Este documento analiza las estrategias del lenguaje inclusivo, identificando tres recursos principales: la omisión, la redundancia y la violencia. Discute cómo estas estrategias a veces llevan a resultados forzados o absurdos y pueden dañar la naturaleza y evolución de los idiomas.

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Este documento analiza las estrategias del lenguaje inclusivo, identificando tres recursos principales: la omisión, la redundancia y la violencia. Discute cómo estas estrategias a veces llevan a resultados forzados o absurdos y pueden dañar la naturaleza y evolución de los idiomas.

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La estrategia trina del lenguaje inclusivo

Una lectura atenta de la más seria documentación institucional dedicada al tema, por ejemplo,
las Orientaciones para el empleo de un lenguaje inclusivo en cuanto al género en español, nada
menos que de las Naciones Unidas (pueden consultarse en línea), permite reducir el tenor de
las «estrategias útiles» allí mencionadas a los tres recursos siguientes, por lo general,
entrelazados: omisión, redundancia y violencia.
1. La omisión.
El punto 3.8, por ejemplo, recomienda, lisa y llanamente, «omitir el agente». Así, no debería
decirse: ‹Los participantes mantendrán un debate›, sino ‹Habrá un debate›. No emplear la voz
pasiva que exige concordancia, sino «construcciones con ‹se› impersonal (‹se recomienda›), de
pasiva refleja (‹se debatirá›) o de pasiva perifrástica (‹se va a elegir›)» [sic].
¡Qué propicia ha sido aquí a los adalides de la ‹inclusión› la evolución histórica del español, al
eclipsar el antiguo ome y dejar el se como pronombre impersonal, que tantos padecimientos,
por su multivocidad, depara al traductor! En otras lenguas no se ha tenido la misma suerte:
«De esta manera el pronombre se, partiendo de su valor reflexivo originario, ha llegado a ser representante
de un sujeto impersonal equivalente al antiguo castellano ome, hombre, que se perdió pronto (francés on,
alemán man).» (S. Gili Gaya, Curso superior de sintaxis española)

En alemán, el ya no neonato frau como pronombre impersonal, no parece haber medrado en


las últimas tres décadas mucho más que para ganar una cautelosa entrada en el Duden:
frau <Indefinitpronomen>:
»besonders in feministischem Sprachgebrauch, sonst oft scherzhaft für ›man‹, besonders wenn
[ausschließlich] Frauen gemeint sind« [«<Pronombre indefinido>: «especialmente en lenguaje feminista, por
lo demás, utilizado jocosamente en lugar de ‹man›, sobre todo cuando se alude [exclusivamente] a mujeres»]

La inquebrantable vocación de censura y mutilación de la lengua de la que hace gala el


inclusivismo, recuerda el Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum de la Inquisición. Va de
la en apariencia inocente disuasión del uso de «señorita, Srta.», reemplazándolo por «señora,
Sra.» –con el argumento de «no explicitar el estado civil de las mujeres de forma innecesaria»:
¡y eso que el término no tiene el doble valor de su equivalente alemán: Fräulein (diminutivo:
‹señorita›) / Frau (‹señora›, pero con la primera acepción de ‹mujer›)!–, a la elisión de
determinantes indefinidos («Acudieron periodistas», no «Acudieron algunos periodistas»); la
sustitución de sustantivos individuales básicos de la lengua por colectivos (no «los hombres - el
hombre» [sic], sí «la humanidad - las personas»; ningún ‹ninguno› o ‹ningún›, ningún ‹uno›,
ningún ‹todos›); la borradura, dentro de lo posible, de todo artículo determinado con marca
masculina («quien» por «los trabajadores», «la población mexicana» o «el pueblo mexicano»
por «los mexicanos»…. Imaginemos el resultado de la permutación sugerida, si se quisiera decir,
por ej.: «Centenares de migrantes procedentes de distintos países de la América Central esperan en la frontera sur
el permiso para ingresar en Estados Unidos. Los mexicanos constituyen el grupo menos numeroso…»); o acaso,
siguiendo otro brillante consejo lingüístico del documento (no «los niños», sino «la infancia»),
en vez de «los niños gritaban a más no poder», «la infancia…».
El forzado recurso a la perífrasis y a cuanta figura retórica huidiza pueda echarse mano, llega,
en casos extremos, al silencio. Así, interrogado en cierta ocasión un hablante alemán culto, de
unos cincuenta años, sobre qué forma vocativa empleaba ahora para llamar a la moza y pedirle
la cuenta en un restaurante, luego de reflexionar unos instantes, respondió a quien escribe
estas líneas: «en general, ninguna; espero a que me mire.»
2. La redundancia
En el ítem 2.1 del documento, las NU exhortan a ella de manera explícita: «Emplear pares de
femenino y masculino (desdoblamiento)»; coreutas locales hablan de ‹dobletes›.1
En un acrobático intento de síntesis, para evitar la fatigosa gimnasia de la duplicación en las
fórmulas de tratamiento, se recurrió, además de barras [/] y paréntesis [()], a signos
impronunciables en las desinencias que exigen concordancia de género: @, X2, … o bien, a la
alteración acaso más discutida (y ridiculizada) por su violencia3 (ver punto sgte.): la –si sonriente o
furibunda– en el habla siempre destacada, vocálica aspirante a uno de los atributos de la
divinidad: la que se quiere omnipresente e. Un curioso lipograma, con mérito suficiente para
una membrecía de honor en Oulipo, que pretende acreditarse como ley general de la lengua.
Quienes cultivan esta suerte de disparition suelen también estar dominados por una pulsión
pluralizante; en su lenguaje, no existe, digamos, la masculinidad: sólo hay ‹masculinidades›; no
hay ‹sexualidad›: sólo ‹sexualidades›, y así, ad infinitum, repitiendo sin cesar, para que no lo
olvidemos, que sólo se trata de ‹constructos sociales›…
Otro intento, muy difundido en su ámbito y, hay que reconocerlo, más eficaz de evitar la
redundancia y compensar la injusticia secular del ‹machismo patriarcal›, es la renuncia lisa y
llana a la identidad masculina, como concesión penitente a un femenino mayusculizado. La
variante no ha llegado aún a estas latitudes. Un equivalente español del caso aludido sería
escribir –suponiendo que constituyéramos un cuerpo docente de cualquier número de
integrantes masculinos y femeninos–: «Las profesorAs de la Facultad… opinamos…»
Por otra parte, la tan mentada tiranía morfológica del patriarcado no fue tan absoluta como
para no dejar lugar al epiceno, locus idealis del encuentro igualitario de los géneros, tan ansiado
por el amazonismo lingüístico: del ἐπίκοινος (gr. ‹común›, ‹por encima de lo común›) nadie
podrá decir que la a está ausente: la hormiga, la pantera, la víctima… Aunque, para ser más
precisos, deberíamos mencionar también entre los géneros el común: pianista, testigo,
dentista…, parcela de por sí ‹igualitaria› del lenguaje, ignorada no pocas veces por el vano
derroche desinencial ‹incluyente›: la lideresa (pudiendo decir: ‹la líder›), la consulesa (pudiendo
decir: ‹la cónsul›)4, al par de los participios de presente sustantivados, que, ofreciendo a evas y
adanes la paradisíaca delicia de la igualdad en el reino de la e, son escindidos por aquéllas que
prefieren abandonar el reino a sus pares masculinos (el conferenciante, el gerente) y
permanecer en la soledad unisonante de la a (la conferencianta, la gerenta etc.); el ambiguo,
en fin, nos tiende «la puente instable» entre una y otra margen, permitiéndonos elegir
quedarnos en la que nos plazca, decir, por ej., la mar, como todos los que –según Hemingway–
«así… le dicen en español cuando la quieren».
3. La violencia

1
«utilizar ‹dobletes› en formularios y textos institucionales». FCEIyA-UNR. Anexo único - Resolución Nº 568/2019-
CD.
2
¿Sería legítimo mencionar aquí nuestra propuesta –muy celebrada en su momento por varias interlocutoras
feministas, gracias a su inclinación por las pluralidades, aunque hasta ahora no la han adoptado– de emplear, en
lugar de @ o X, el signo de infinito (∞)? ☺
3
Cabe recordar, en este aspecto, las palabras del poeta alemán Reiner Kunze: «No se escriba nunca lo que no puede
pronunciarse, o lo que conduce a una mutilación de la lengua hablada». «El genderismo lingüístico es una ideología
agresiva dirigida contra la cultura lingüística alemana y el patrimonio literario universal que ha surgido de esta
cultura.»
4
Ambas formas admitidas por la RAE. Es de temer que estas derivaciones, en algunos casos lógicas y sustentadas por
el uso, en otros artificiosas (‹la buza›) –cuando no ridículas (‹la cacica›)– tengan un impacto negativo en el medio
ambiente: en tal medida ha incrementado el volumen de los diccionarios impresos, con el consiguiente aumento del
consumo de papel, la superflua duplicación de las entradas. Así, por ej.: la jueza --> v. juez; la alcaldesa --> v. alcalde;
o, en el ámbito germanoparlante: Klempnerin [fontanera, plomera, como entrada independiente]: w. Form zu
Klempner [forma femenina de fontanero, plomero], etc.
Habrá percibido el lector en qué grado está ya presente en los puntos anteriores y por qué
decíamos que los tres recursos se entrelazan.5
En una lengua victimizada, el victimario no oye ya latido alguno: la violencia produce también
sordera semántica. Hace unos años, durante una defensa de tesis doctoral en la Facultad de
Humanidades, se oyó la observación: «No debería haber dicho Declaración de los Derechos del
Hombre» – aludiendo a la de 1789–, sino de los Derechos humanos… Aparte del anacronismo y
la confusión referencial que implicaría el cambio, ¿no comparten acaso ‹hombre› y ‹humano›
el mismo etymon?
«En latín hūmānus estaba emparentado con hŏmo, aunque no derivado directamente, y la forma en que
ambos proceden de un antepasado de hŭmus ‹tierra› es una de las cuestiones oscuras de la lingüística
indoeuropea.» (Corominas)
Hŏmo, «hombre, mujer, persona || el género humano || un hombre, un individuo de la especie…» (Macchi)

La proteica violencia del ‹inclusivismo› lingüístico más que ‹visibilizar›, vela la realidad de la
postergación de la mujer en una determinada formación social.
Mientras los géneros gramaticales, a los que la naturaleza misma de la lengua nos obliga a
considerar –al menos, sincrónicamente– arbitrarios, nacen y evolucionan, fluyen como ríos6 y
desembocan en el gran mar de la lengua, tanto las mencionadas ‹estrategias› orientativas de
las NU, cuanto las pálidas imitaciones que declaran su voluntad de «promover y proponer usos
de la lengua no sexistas, no androcéntricos…» en el demiúrgico delirio de «construcción
colectiva de lenguaje inclusivo» (¡incluso en el ámbito de la manzana que ocupa el edificio de
una facultad de la UNR!), lo hacen en un irreparable mamarracho.
Si los «cambios en la sociedad generan cambios en la lengua y no al contrario»7, ¿por qué
quieren cambiar la lengua a martillazos? Y si es tan «importante no confundir el género
gramatical… el género como constructo sociocultural… y el sexo biológico…», cabe preguntar:
¿quién los confunde en realidad?

HÉCTOR A. PICCOLI

___________________

5
Habiendo leído los ejemplos citados más arriba, una voz amiga hace la siguiente observación: «Pero yo, como
investigadora, si estoy hablando, digamos, de las condiciones laborales de obreras y obreros de un frigorífico –que
diferían y difieren, como sabemos, no poco entre sí– utilizo esas duplicaciones…». Respuesta: –Por supuesto. Es
lógico y necesario que así sea, puesto que, en tal caso, se trata nada más y nada menos que de la consumación de la
función referencial del lenguaje. La violencia a la que aludimos no está allí, sino en el mandamiento de usar la
duplicación o un término genérico, cuando no lo exige la situación comunicacional.
6
Como la Seine en francés, como el Paraná en español, como der Rhein, der Nil o die Donau (*la Danubio, –el
femenino predomina en la hidronimia alemana– que, procediendo del masc. Danubius, se feminiza por asimilación
morfológica a die Au[e], ‹la pradera›).
7
FCEIyA-UNR, loc. cit.

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