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El Teatro Cómico de Goldoni

Este documento presenta la introducción de una obra de teatro cómica adaptada de El teatro cómico de Carlo Goldoni. Describe la escena del ensayo de la compañía de teatro y las interacciones entre los personajes, incluidos Horacio, el director de la compañía, y otros actores como Plácida, Eugenio y Toni mientras discuten sobre la obra que ensayarán y las nuevas formas de teatro de carácter.

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El Teatro Cómico de Goldoni

Este documento presenta la introducción de una obra de teatro cómica adaptada de El teatro cómico de Carlo Goldoni. Describe la escena del ensayo de la compañía de teatro y las interacciones entre los personajes, incluidos Horacio, el director de la compañía, y otros actores como Plácida, Eugenio y Toni mientras discuten sobre la obra que ensayarán y las nuevas formas de teatro de carácter.

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EL TEATRO CÓMICO

Adaptación de El teatro còmic de Carlo Goldoni

PERSONAJES

 HORACIO, jefe de la compañía de cómicos y primer enamorado.


 PLÁCIDA, primera enamorada.
 BEATRIZ, segunda enamorada.
 EUGENIO, segundo enamorado.
 LELIO, poeta, que acabará siendo el tercer enamorado.
 ELEONORA, cantante, que acabará siendo la tercera enamorada.
 VICTORIA, servetta de teatro.
 TONI, Pantalone.
 PETRONIO, Dottore.
 ANSELMO, Brighella.
 GIANNI, Arlequín.
 APUNTADOR de la compañía.
 UN LACAYO de la cantante.
PRIMERA PARTE

Como en un juego de espejos, cuando se levanta el telón el decorado


representa el propio escenario donde se representan las comedias. Está a
oscuras. Se levanta, entonces, al fondo, un segundo telón idéntico al de
boca y por la abertura se ve una perspectiva de la platea. Es de día, sin
luces prendidas y sin espectadores, pero la sala tiene grandes ventanales y
una buena entrada de luz natural que se supone que es la que ilumina el
escenario. En el escenario hay diez sillas.

HORACIO, entrando se dirige a alguien que está entre bastidores.- Parad,


no levantéis el telón.
EUGENIO, entra.- ¿Y eso por qué, señor Horacio?
HORACIO.- Para ensayar un tercer acto de comedia no hace falta levantar
el telón.
EUGENIO.- Tampoco hay motivo para mantenerlo cerrado.
HORACIO.- Sí que lo hay. (Se dirige a alguien entre bastidores) ¡Abajo el
telón, os digo!
EUGENIO.- (En la misma dirección) ¡Parad! (A Horacio) Si bajan el telón no
veremos nada y para ensayar las escenas tendremos que encender velas.
HORACIO.- Si es así, será mejor abrirlo. ¡Arriba, sí, que no quiero gastar
en velas!
EUGENIO.- Vaya, ¡viva la economía!
HORACIO.- Si no existiera la economía, mal iríamos. Los cómicos no se
hacen ricos. Tanto ganan, tanto gastan. Suerte tienen los que llegan a fin
del año con la balanza equilibrada. Normalmente, son más las salidas que
las entradas.
EUGENIO.- ¿Queréis decirme por qué no queríais que levantaran el telón?
HORACIO.- Para que nadie viera cómo ensayamos.
EUGENIO.- A media mañana, ¿quién va a venir al teatro?
HORACIO.- ¡Oh!, hay fisgones que se levantarían del lecho aunque fuera
noche cerrada.
EUGENIO.- Ya hemos actuado aquí otras veces, tampoco provocaremos
tanta curiosidad.
HORACIO.- Tenemos personajes nuevos.
EUGENIO.- Es verdad. Y estos no deben estar visibles en los ensayos.
HORACIO.- Cuando se quiere que un personaje caiga en gracia, se tiene
que hacer desear un poco, y en las primeras veces que sale darle poco
papel, pero bueno.
EUGENIO.- También hay actores de aquellos que suplican a los poetas
que les den las dos terceras partes de las réplicas.
HORACIO.- Pésima cosa. Si son buenos, aburren; si son malos, los
matarías.

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EUGENIO.- Estamos perdiendo el tiempo sin hacer nada. ¿Dónde están
los compañeros?, ¿no llegan?
HORACIO.- Ya se sabe que los actores se levantan tarde.
EUGENIO.- Es que da mucha pereza tener que ensayar.
HORACIO.- Pero son los ensayos los que hacen buenos a los cómicos.
EUGENIO.- Ensayar es de cobardes, dicen.
PLÁCIDA, entra.- Buenos días, buenos días... ¿Llego tarde?
EUGENIO, a Horacio.- Aquí llega nuestra primera enamorada.
HORACIO, a Eugenio.- Qué extraño que haya llegado antes que los
demás. Normalmente, las primeras enamoradas tienen la vanidad de
hacerse esperar.
PLÁCIDA.- Ya lo veo, he llegado la primera y las demás actrices no se han
dignado aparecer. Señor Horacio, ¡si tardan cinco minutos más me voy a
casa!
HORACIO.- Querida señora, ¿acabáis de llegar y ya os inquietáis? Tened
paciencia. Yo debo tener mucha, vos también podríais tener un poquitín.
PLÁCIDA.- Podríais haberme avisado cuando hubieran llegado todos.
EUGENIO, a Horacio.- ¿La oís? ¡Eso es una primera enamorada!
HORACIO, a Eugenio.- Hay que tener mano izquierda. Hay que saber
llevarla. (A Plácida) Señora mía, os he rogado que vinierais con tiempo
para que vos y yo pudiéramos discutir ciertas cosas relativas a la
dirección de nuestras comedias.
EUGENIO, a Horacio.- ¿Queréis depender de sus consejos?
HORACIO, a Eugenio.- Es mi máxima: escucho a todos, y luego hago lo
que me parece.
PLÁCIDA.- Decidme, señor Horacio: ¿qué comedia habéis decidido hacer
mañana al anochecer?
HORACIO.- Aquella nueva que se titula El padre rival del hijo. Ayer
ensayamos el primer acto y el segundo, y hoy el tercero.
PLÁCIDA.- El poeta que nos suministra las comedias este año nos ha
hecho dieciséis. ¡Dieciséis! Todas nuevas, todas de carácter, todas
escritas. Hagamos una de estas.
EUGENIO.- ¿Dieciséis comedias en un año? Parece imposible.
HORACIO.- Pues sí. Nos las ha hecho. Se comprometió a hacerlas y lo ha
hecho.
EUGENIO.- ¿Y la de mañana por la noche no es una de las dieciséis? ¿No
es del mismo autor?
HORACIO.- Sí que es suya; pero es una pequeña farsa y no la cuenta con
las comedias.
PLÁCIDA.- Y ¿para qué tenemos que hacer una farsa si tenemos las
mejores comedias?
HORACIO.- Querida señora, nos faltan dos actores de los que hacen
papeles serios: un hombre y una mujer. Hasta que no los hayamos
encontrado no podremos hacer comedias de carácter.

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PLÁCIDA.- ¿Sabéis lo que os digo, señor Horacio? Que ya hace demasiado
rato que estoy de pie. Me voy a mi camerino a sentarme. Cuando
empecemos a ensayar, me llamáis y decid a esas cómicas que habéis
contratado que no se habitúen a hacer esperar a la primera enamorada.
(Sale.)
EUGENIO.- Me desternillo de la risa.
HORACIO.- Vos reíd, reíd, que yo blasfemaré. ¿Queréis hacerme el favor
de ir por las mujeres?
EUGENIO.- Con mucho gusto. Si no las encuentro en la cama, estarán en
el tocador. Esas son sus principales ocupaciones: dormir y empolvarse.
Me voy. Me parece que llega Pantalone. (Sale.)
HORACIO.- Ya era hora, señor Toni. ¿Qué os pasa? ¿No os encontráis
bien?
TONI.- Ni yo lo sé, lo que me pasa. Me entran una especie de temblores
que me parece que tengo fiebre.
HORACIO.- Dejad que os mire el pulso.
TONI.- Aquí lo tenéis, compadre, decidme si palpita a tiempo o a
contratiempo.
HORACIO.- Fiebre no tenéis, pero el pulso está muy alterado. Algo debe
haber que os angustia.
TONI.- ¿Sabéis lo que es?, ¡que tengo un miedo como nunca he tenido!
HORACIO.- ¿Miedo? ¿De qué tenéis miedo?
TONI.- Apreciado señor Horacio, dejemos de lado las burlas y hablemos
seriamente. Las comedias de carácter han cambiado nuestro oficio. Un
pobre comediante que ha hecho su carrera siguiendo las reglas del arte y
que ha aprendido, mejor o peor, a improvisar, si se encuentra en la
necesidad de tener que estudiar, de decir papeles premeditados, por más
que estudie, si tiene una reputación, tiembla cada vez que tiene que
representar una comedia nueva, por miedo de no saberse el papel o de no
saber sostener el personaje como se merece.
HORACIO.- Estamos de acuerdo en que esta manera nueva de
representar requiere más trabajo y más atención; pero ¿no es verdad
también que proporciona mucha más reputación a los actores?
TONI.- Es verdad y estoy muy contento de ello, pero igualmente tiemblo.
Me parece un salto demasiado alto y me vienen a la mente los versos
aquellos del gran Torcuato Tasso: Estos vuelos, altos y repentinos Siempre
a los grandes precipicios son vecinos. (Sale.)
HORACIO.- Señor Toni, señor Toni, ¡escuchadme! (A Eugenio) Se ha ido al
camerino.
VICTORIA, entra con papeles en la mano.- Buenos días, señor Horacio.
HORACIO.- Oh, señora Victoria, vos sois una de las más diligentes.
VICTORIA.- Yo siempre hago gustosamente las cosas que debo hacer. Y
como el papel que me ha tocado en la comedia que ensayaremos hoy es

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tan breve como la vida de una mariposa, ya he escogido otro y me lo estoy
estudiando.
HORACIO.- Perfecto. ¿De qué comedia es este otro papel que lleváis en la
mano?
VICTORIA.- Es el papel de Catte, en La Muchacha Honrada.
HORACIO.- ¡Vaya, vaya! ¿Con que os gusta aquel papelillo de sanguijuela,
de muchachita melindrosa que chupa la sangre de los hombres?
VICTORIA.- En el escenario, sí. Fuera del escenario, no.
HORACIO.- Seguro que sabéis de qué habláis, vos, pues sois actriz…
VICTORIA.- Sé bien de qué hablo para no dejarme embaucar. Y de eso
que decís de las actrices, las hay que no han roto nunca un plato y
también hay honestas amas de casa que son más listas que Briján,
mucho más que aquellas.
HORACIO.- Para ello, basta con ser mujer.
VICTORIA.- Tenéis razón. Y ¿sabéis por qué sabemos tanto las mujeres?
HORACIO.- ¿Por qué?
VICTORIA.- Porque los hombres nos enseñan la malicia.
HORACIO.- Nosotros seríamos tan inocentes, si no fuera por vosotras.
VICTORIA.- Hombres, ¡malditos engatusadores!
HORACIO.- Mujeres, ¡brujas del demonio!
VICTORIA.- Dejémoslo estar, señor Horacio. ¿Qué? ¿Ensayamos o no
ensayamos?
HORACIO.- Todavía faltan las enamoradas, Arlequín y Brighella.
ANSELMO, entra.- ¿Hablabais de Brighella? ¡Brighella ya está aquí, para
serviros!
HORACIO.- ¡Ya era hora!
ANSELMO.- Hasta ahora he estado hablando con un poeta.
HORACIO.- ¿Qué tipo de poeta?
ANSELMO.- Un poeta cómico. Un autor de teatro.
VICTORIA.- ¿Es un tal señor Lelio?
ANSELMO.- Exacto. El señor Lelio.
VICTORIA.- También ha hablado conmigo y en seguida que lo he visto me
he dado cuenta de que era un poeta.
HORACIO.- ¿Por qué?
VICTORIA.- Porque era pobre como una rata. Y estaba contento.
HORACIO.- ¿Por eso habéis visto que era un poeta?
VICTORIA.- Sí, señor. Los poetas, ante las miserias, se divierten con las
Musas y están contentos.
ANSELMO.- Yo conozco a más gente que también es así.
HORACIO.-¿Quiénes son?
ANSELMO.- Los actores.
VICTORIA.- Es verdad, es verdad; ellos también, cuando no tienen dinero,
venden y empeñan lo que sea con tal de estar contentos.
ANSELMO.- Los actores pueden tener todas las virtudes, excepto una.

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HORACIO.- ¿Cuál es esa virtud que no pueden tener?
ANSELMO.- La economía.
VICTORIA.- Exactamente igual que el poeta.
ANSELMO.- ¿No podríamos escucharlo, a ese poeta?
HORACIO.- No lo necesitamos, ya tenemos uno.
ANSELMO.- Tanto da, escuchémosle por curiosidad.
HORACIO.- Sólo por curiosidad no quisiera hacerle venir. Debemos
respeto a los hombres cultivados. Pero, como os apetece, le diré que
venga; y si tuviera alguna buena idea, me gustaría escucharla.
VICTORIA.- ¿Y nuestro autor no se lo tomaría a mal?
HORACIO.- No. Conozco su carácter. Se lo tomaría a mal si el señor Lelio
le quisiera robas sus argumentos. Pero si se trata de un hombre cabal, y
de un crítico sabio y discreto, estoy seguro de que harán una buena
amistad.
ANSELMO.- ¿Voy a buscarlo y le digo que venga?
HORACIO.- Sí, y, por favor, avisad también a los demás, que estén todos
aquí para escucharle. Los actores, aunque no tengan la habilidad de
escribir comedias, tienen muy buen criterio para distinguir las buenas de
las malas.
ANSELMO.- Sí, pero también hay los que juzgan las comedias sólo por su
papel. Si el papel es corto dicen que la comedia es mala. Me voy. (Sale.)
VICTORIA.- ¡Se han introducido muchas novedades en el teatro cómico!
HORACIO.- Y vos qué creéis: quien las ha introducido ¿ha hecho bien o
mal?
VICTORIA.- No es una pregunta que yo pueda responder. Pero viendo que
la gente las aplaude, debo pensar que habrá hecho más bien que mal.
Para nosotros, por un lado, no nos ha hecho bien porque nos toca
estudiar mucho más, pero por otro lado también es verdad que entran
más dineros en la taquilla. (Sale.)
HORACIO.- ¡Todos pensáis en la taquilla y no en los gastos que yo tengo!
Si un año va mal, ¡adiós director y adiós compañía!
GIANNI, entra.- ¡Eh!
HORACIO.- ¡Ahora llega Arlequín!
GIANNI.- Me han dicho que viniera inmediatamente y ¡aquí me tenéis! Y
eso que estaba bebiendo un café en la esquina cuando me lo han dicho y,
por querer apresurarme, ¡se ha roto la cafetera!
HORACIO.- Me sabe mal haber sido la causa de tamaña desgracia.
GIANNI.- Tanto da. Post factum nullum consilium.
HORACIO.- Si que estamos de buen humor. ¿Ya lo sabemos que mañana
al anochecer hay que estrenar la comedia nueva?
GIANNI.- Aquí estoy, bien tranquilo, sin vergüenza. No tengo miedo.
HORACIO.- Recordad que ya no trabajamos a la antigua.
GIANNI.- Pues entonces trabajaremos a la moderna.
HORACIO.- Que han cambiado los gustos.

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GIANNI.- Las cosas buenas nos gustan incluso a los bergamascos.
HORACIO.- Y que los espectadores no se contentan con poco.
GIANNI.- Hacéis todo lo que podéis para ponerme nervioso, pero yo no
pienso ponerme. Yo hago un personaje que tiene que provocar la risa, y si
debo hacer reír a los demás, he de poder reír yo, de manera que no quiero
preocuparme. (Sale.)
HORACIO.- Es de loar su franqueza. En cualquier otra persona, parecería
temeridad, pero en un arlequín, que debe hacer reír, esa jovialidad, esa
intrepidez son un buen capital. Y estos otros señores, ¿por qué no vienen?
Los tendré que ir a buscar yo. Hay que tener mucha paciencia para hacer
de jefe de compañía. Quien no lo crea, que lo pruebe una semana y le
aseguro que se le pasarán en seguida las ganas.
BEATRIZ, entrando.- ¡Señor Horacio!
HORACIO.- ¡Menos mal que llegan!
BEATRIZ, dirigiéndose a alguien que aún no ha entrado.- Daos prisa,
señor doctor, y acompañadme. Quiero que seáis mi caballero sirviente.
PETRONIO, entra.- Dios no lo quiera.
BEATRIZ.- Y ¿por qué?
PETRONIO.- Primero, porque no soy tan necio como para querer
sujetarme al humor extravagante de una mujer. Segundo, porque, si
quisiera hacerlo, lo haría fuera de la compañía, que quien es sensato se
lleva la peste bien lejos de casa y, tercero, porque con vos tengo que hacer,
precisamente, el papel de doctor en la comedia titulada La suegra y la
nuera.
BEATRIZ.- ¿Qué queréis decir?
PETRONIO.- Que como premio a mi vasallaje no podría esperar nada más
que un vaso de agua en la cara.
BEATRIZ.- Escuchad, yo no hago caso de estas cosas. De sirvientes, no
he tenido nunca, ni quiero; pero, si tuviera que tener, los querría jóvenes.
PETRONIO.- Las mujeres siempre buscan lo que les va peor.
BEATRIZ.- Lo que apetece, nunca es peor.
PETRONIO.- No hay que buscar lo que apetece, sino lo que aprovecha.
BEATRIZ.- Verdaderamente sólo servís para dar buenos consejos.
PETRONIO.- Yo soy bueno para darlos, pero, vos, por lo que veo, no sois
buena para recibirlos.
BEATRIZ.- Cuando sea vieja, los tendré en cuenta.
HORACIO.- Reposad un rato, que llegan los demás.
PLÁCIDA, entra, viniendo del camerino.- Buenos días, señora Beatriz.
BEATRIZ. – Buenos días. ¿Cómo estáis, señora mía? ¿Os encontráis bien?
PLÁCIDA.- Muy bien, para serviros. ¿I vos?
BEATRIZ.- Así, así. Un poco fatigada del viaje.
PLÁCIDA.- Son un gran sufrimiento, estos viajes.
BEATRIZ.- Me dan risa los que dicen que nosotros siempre estamos de
fiesta, divirtiéndonos por el mundo.

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PLÁCIDA.- ¿De fiesta, verdad? Comemos mal, dormimos peor, hemos de
soportar calor y frío. Estaría bien a gusto no asistiendo a esas fiestas.
HORACIO.- Señoras mías, ¿ya han terminado los cumplidos?
PLÁCIDA.-Yo, mis cumplidos, los termino en seguida.
BEATRIZ.- A mí tampoco me gustan demasiado las ceremonias.
(Vuelven a entrar Anselmo, Gianni, Victoria y Toni)
HORACIO.- Me parece que ya estamos todos. Sentémonos. (Todos se
sientan, sólo queda libre una silla, en primer término.) Ahora vamos a
escuchar a un poeta nuevo.
PLÁCIDA.- Con mucho gusto.
EUGENIO.- Mira, ahí viene.
PETRONIO.- ¡Pobre! Está muy delgado.
LELIO, entra.- Servidor de vuestras excelencias, señoras y señores. (Todos
lo saludan.) Por favor, ¿quién es la primer a enamorada?
HORACIO.- Aquí la tenéis: la señora Plácida.
LELIO.- Permitidme, señora, que, con todos mis respetos, haga lo que
considero mi deber (le besa la mano).
PLÁCIDA.- Me hacéis demasiado honor, señor mío, y no me lo merezco.
LELIO, a Beatriz.- Y vos, señora, ¿sois quizás la segunda enamorada?
BEATRIZ.- Para serviros.
LELIO.- Permitidme que también... (le quiere besar la mano).
BEATRIZ.- No, de ninguna manera (la retira).
LELIO.- Os lo suplico (lo vuelve a intentar).
BEATRIZ.- Haced el favor... (la vuelve a retirar).
LELIO.- Es mi deber (se la besa).
BEATRIZ.- Qué le vamos a hacer.
HORACIO, a Eugenio.- Este poeta es muy ceremonioso.
EUGENIO, a Horacio.- Los poetas con las mujeres son casi todos así.
HORACIO.- De manera que vos sois el señor Lelio, el célebre escritor de
comedias, ¿verdad?
LELIO.- A las órdenes de vuestra señoría. Y ¿quién es vuestra señoría, si
se puede saber?
HORACIO.- Hago los papeles del primer enamorado y soy el jefe de la
compañía.
LELIO.- Permitidme, pues, que ejercite con vos las demostraciones más
acusadas de mi respeto
(Le hace reverencias con afectación.) HORACIO.- Tomad aquella silla,
hacedme el favor.
LELIO.- Vos me honráis con demasiada bondad (toma la silla pero no se
atreve a sentarse).
HORACIO.- Por favor (le indica con un gesto que se siente).
LELIO.- Pero, si me lo permitís, me iré al lado de aquellas bellas damas.
(Acerca la silla a las señoras y se sienta.)
HORACIO.- Veo que os gusta, estar cerca de las mujeres.

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LELIO.- Tenéis razón. Las musas son mujeres. ¡Viva el bello sexo! ¡Viva el
bello sexo!
PETRONIO.- Recibid mi saludo, señor poeta.
LELIO.- Para serviros, maestro. Y vos, ¿quién sois?
PETRONIO.- El doctor.
LELIO.- Me alegro. Tengo una buena comedia hecha expresamente para
vos.
PETRONIO.- ¿Cuál es su título?
LELIO.-El doctor ignorante.
PETRONIO.- Yo también me entretengo escribiendo, y he hecho otra
comedia.
LELIO.- ¿Sí? ¿Y cómo se titula?
PETRONIO.- El poeta necio.
LELIO.- Uno a cero, doctor. (A Plácida) Señora, tengo escenas de ternura
hechas a vuestra medida, que no sólo harán llorar a los espectadores, sino
también a los asientos. (Ahora a Beatriz) Y para vos, señora, tengo unas
escenas tan intensas que harán aplaudir hasta a los palcos.
EUGENIO, a parte.- Llorar los asientos, aplaudir los palcos. Eso es un
poeta del siglo pasado.
HORACIO.- ¿Por qué no nos leéis alguna cosa bonita?
LELIO.- Esto es una comedia improvisada, que he hecho en tres cuartos
de hora.
PETRONIO.- Bien se puede decir que está hecha precipitadisisimamente.
LELIO.- Atentos al título: Pantalone, padre amoroso, con Arlequín criado
fiel, Brighella alcahuete por interés, Octavio ahorrador en su residencia de
campo y Rosaura delirando por amor. ¿Qué me decís?¿No es bonito? ¿No
os gusta?
PLÁCIDA.- Es un título tan largo que ya no me acuerdo.
BEATRIZ.- Es un título que abarca casi toda la compañía.
LELIO.- Este es el quid de la cuestión: hacer que el título sirva de
argumento de la comedia.
HORACIO.- Perdonadme, señor Lelio. Las buenas comedias deben tener
unidad de acción: el argumento debe ser unitario, y el título, simple.
LELIO.- Bueno, es mejor que sobre que no que falte. Esta comedia tiene
cinco títulos, escoged el que más os guste. O, si no, hagámoslo de esta
otra forma: cada año que la volváis a hacer, le cambiáis el título y, así,
durante cinco años tendréis una comedia que siempre parecerá nueva.
HORACIO.- Avancemos. Escuchemos cómo empieza.
LELIO.- Pues lo diré en seguida: Acto primero. Calle. Pantalone y el
doctor. Escena de amistad.
HORACIO.- Antigualla, antigualla.
LELIO.- Pero, haced el favor de escucharme. El doctor pide la mano de la
hija de Pantalone.
VICTORIA.- Y Pantalone se la concede.

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LELIO.- Sí, señora. Es verdad. Y Pantalone se la concede. El doctor se
retira. Pantalone golpea la puerta y llama a Rosaura.
VICTORIA.- Y Rosaura sale a la calle.
LELIO.- Sí, señora; y Rosaura sale a la calle.
VICTORIA.- Pues sabéis que os digo, que no quiero oír nada más (se
levanta).
LELIO.-¿Por qué? ¿Qué he dicho mal?
VICTORIA.- Esta enorme impropiedad de hacer salir a las mujeres a la
calle ha estado tolerada durante muchos años en Italia, ensuciando
nuestro decoro. Gracias al cielo, la hemos corregido, la hemos anulado, y
no hay que volver a permitirla en nuestros escenarios. (Sale.)
LELIO.- Pues hagámoslo así: Pantalone va a casa de su hija, y el doctor se
queda.
HORACIO.- Y mientras Pantalone está en la casa, ¿qué dirá el doctor?
LELIO.- Mientras Pantalone está en la casa, el doctor… dice lo que quiere.
Y en este punto, escuchadme; en este punto, Arlequín, criado del doctor,
llega despacio y le da una paliza a su amo.
HORACIO.- Ay, ay, ay... Eso va a peor.
PETRONIO.- Si el poeta hiciera el papel del doctor, sería un buenlazzo.
HORACIO.- Que el criado pegue a su amo es una indignidad. Es verdad
que los cómicos lo han representado muchas veces, este lazzo, pero ahora
ya no se hace. Señor poeta, si no tiene algo más moderno, le diré que no
hace falta que se tome más molestias. LELIO.- Pero, escuchadme; al
menos este diálogo.
HORACIO.- Escuchemos el diálogo.
LELIO.- Diálogo primero. El hombre ruega y la mujer lo manda a paseo.
Hombre: Tú, más sorda que el viento, ¿no escuchas mi lamento? Mujer:
Estás muy equivocado, insolente, como los tábanos o las moscas. Hombre:
Ídolo mío amado...
HORACIO.- Ya no puedo más (se va)
LELIO.- Mujer: Cuanto más me amáis, más me cansáis. Hombre: Oh,
bárbaro corazón ingrato…
EUGENIO.- Señor poeta, yo ya estoy cansado. (Se va)
LELIO.- Mujer: Vete de aquí, enamorado patán; que sepas que siempre
rogarás en vano. Hombre: Escúchame, mujer, o quizás diosa.
PETRONIO.- Ahora sí que me ha entrado diarrea. (Se va)
LELIO.- Mujer: Huye, vuela, desaparece. Hombre: Párate, ser monstruoso.
BEATRIZ.- Me las piro, me las piro. (Se va)
LELIO.- Me dejas sin alegría y sin gozo.
PLÁCIDA.- Mi señor poeta, ¡estáis bien loco! (Se va)
LELIO.- Mujer: No esperes piedad, que no te la daré. Hombre: Si no me
das piedad, de dolor moriré. (Se da cuenta de que sólo quedan Gianni,
Anselmo y Toni, que duerme) ¿Cómo? ¿Dónde están los demás? ¿Se han
ido? ¿Me han dejado plantado? ¿Así se burlan de un hombre de mi

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categoría? ¡Juro al cielo que me vengaré! Les haré saber quién soy. ¿Quién
piensan que son, esos que pretenden poner patas arriba el teatro cómico?
GIANNI.- Ahora mismo se lo voy a preguntar. (Sale)
LELIO.- No os vayáis vos, señor Anselmo, que estoy desesperado.
ANSELMO.- Pero ved, señor, es que les habéis propuesto, para una
comedia, un argumento que no sería bueno ni para una compañía de
marionetas.
LELIO.- Porqué, en estos últimos tiempos, ¿cuál es la moda?
ANSELMO.- Las comedias de carácter.
LELIO.- Oh, de comedias de carácter tengo tantas como queráis.
ANSELMO.- Entonces, ¿por qué no habéis propuesto ninguna a nuestro
jefe?
LELIO.- Hacedme el favor de decirle a vuestro jefe de compañía que tengo
comedias de carácter.
ANSELMO.- Se lo diré, y vos podéis volver este anochecer, o mañana, para
hablar con él.
LELIO.- No. Debería hacerlo ahora.
ANSELMO.- Es que ahora tenemos que ensayar unas escenas de comedia
para mañana por la noche. Me parece que no os podrá atender.
LELIO.- Si no me escucha ahora mismo, me voy; y daré mis comedias a
otra compañía.
ANSELMO.- Haced lo que os guste. Nosotros no las necesitamos.
LELIO.- Vuestro teatro perderá mucho sin ellas.
ANSELMO.- Deberemos tener paciencia.
LELIO.- Mañana tengo que marcharme; si ahora no me escucha ya no
habrá tiempo.
ANSELMO.- Que tengáis un buen viaje.
LELIO.- Amigo mío, si tengo que hablar con sinceridad, no tengo dinero, y
no sé qué hacer para comer.
ANSELMO.- Eso es diferente. Esta es una buena razón, me persuade.
LELIO.- Confío en vuestra ayuda; decid en mi favor alguna buena palabra.
ANSELMO.- Voy a buscar al señor Horacio e intentaré que venga en
seguida a escuchar lo que tengáis, en materia de caracteres. (A parte.)
Pero me temo que el mejor carácter de comedia que tiene es el suyo; o sea,
el de poeta hambriento. (Sale, y se cruza con Plácida, que vuelve. Se
saludan con el gesto. Toni continúa durmiendo en la silla).
PLÁCIDA.- Señor Lelio, ¿todavía aquí?
LELIO.- Sí, señora, como una mariposa enamorada giro alrededor de la
luz de vuestros ojos.
PLÁCIDA.- Señor, si no termináis con este estilo haréis el ridículo.
LELIO.- Pero vuestros cuadernos, lo que vosotros denomináis “genéricos”,
¿no están llenos de conceptos como ése?
PLÁCIDA.- Mis cuadernos, los que contenían conceptos de este tipo, los
he quemado todos. Y lo mismo han hecho todas las actrices que han sido

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iluminadas por el gusto moderno. Nosotros hacemos, en general,
comedias de carácter, escritas y aprendidas, pero cuando hay que hablar
improvisadamente, utilizamos el estilo familiar, natural, y fácil, para no
alejarnos de la verosimilitud.
LELIO.- Entonces, si así es, os haré comedias con todas las réplicas
escritas con un estilo tan dulce, que os encantará estudiarlas.
PLÁCIDA.- Escucharé con mucho gusto las producciones de vuestro
espíritu.
LELIO.- Ah, señora Plácida, vos tenéis que ser mi soberana, mi estrella,
mi numen.
PLÁCIDA.- Esta figura creo que se llama hipérbole.
LELIO.- Me gustaría indagar, con mi retórica más fina, todos los tópicos
de vuestro corazón (Se arrima a Plácida.)
PLÁCIDA.- Cuidad vuestra retórica. (Le retira una mano) Y eso no es mi
corazón. ¡Señor Toni! (Despierta a Toni, que todavía dormía sentado en la
silla).
TONI.- ¿Qué pasa? ¿Hay fuego?
PLÁCIDA.- Acompañadme (salen los dos).
LELIO.- Estas princesas de teatro pretenden tener demasiada soberanía
sobre los poetas, y, en cambio, si no fuera por nosotros, no obtendrían
ningún aplauso de los espectadores. Pero veo que se acerca el jefe de la
compañía. Con él deberé comportarme con humildad. ¡Oh hambre,
hambre, eres bien dolorosa!
HORACIO, entra.- ¿Con quién hablabais?
LELIO.- Con nadie.
HORACIO.- Me ha dicho el señor Brighella que tenéis escritas comedias
de carácter y, aunque no necesito ninguna, sólo para daros el gusto,
quizás me quede alguna.
LELIO.- Os quedaría eternamente agradecido.
HORACIO.- Sentaos.
LELIO.- Fortuna, ¡ayúdame!
(Se sientan ambos)
HORACIO.- Por favor, enseñadme qué tenéis de bueno.
LELIO.- Ahora mismo. Esta es una comedia traducida del francés,
titulada...
HORACIO.- No digáis nada más. Cuando una comedia es traducida ya no
es de mi estilo.
LELIO.- ¿Por qué? ¿Menospreciáis las obras de los franceses?
HORACIO.- No las menosprecio. No se puede decir que en sus comedias
los franceses no tengan buenos caracteres, y muy bien sostenidos, que no
sean habilidosos al exponer las pasiones y que sus conceptos no sean
agudos, ingeniosos y brillantes, pero los espectadores de aquel país se
contentan con poco. Un carácter es suficiente para sostener una comedia
francesa. Nuestros italianos quieren mucho más. Quieren que el carácter

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principal sea fuerte, original y conocido y que casi todas las demás
personas que forman los episodios sean también caracteres. Quieren un
final inesperado, pero bien motivado por la trama de la comedia. Desean
tal infinidad de cosas que sería demasiado largo enumerarlas todas, y sólo
con el uso, con la práctica y con el tiempo, se pueden llegar a conocer y a
realizar.
LELIO.- Pero cuando una comedia posee todas estas buenas cualidades,
¿en Italia gusta a todos?
HORACIO.- Oh, no, señor. Porque como cada uno de los que van al teatro
piensa de una manera particular, los efectos de la comedia varían según
su manera de pensar. Al melancólico, no le gustan las gracias; al alegre no
le satisfará la moralidad. Esta es la razón por la cual las comedias no
tienen ni nunca obtendrán el aplauso universal. Pero la verdad es que
cuando son buenas gustan a la mayoría, y que cuando son malas a casi
todos disgustan.
LELIO.- Si es así, yo tengo una comedia de carácter de mi invención que
estoy seguro de que gustará a la mayoría.
HORACIO.- ¿Cuál es el título de vuestra comedia?
LELIO.-El padre alcahuete de sus propias hijas.
HORACIO.- ¡Ay! Mal argumento. Cuando el protagonista de la comedia es
un hombre de malas costumbres, o tiene que cambiar de carácter o la
propia comedia acaba convirtiéndose en un tejido de perversidades.
LELIO.- ¿Queréis decir, por lo tanto, que no debemos exponer en escena
los malos caracteres para corregirlos, para que se avergüencen?
HORACIO.- Los malos caracteres se ponen en escena, sí, pero no los
caracteres escandalosos, como sería este caso de un padre que hiciera de
alcahuete de sus hijas.
LELIO.- Señor Horacio, no sé qué decir. No tengo nada más que ofreceros.
HORACIO.- Me sabe mal, pero todo lo que me habéis ofrecido no es de mi
estilo.
LELIO.- Señor Horacio, mi miseria es grande.
HORACIO.- Me sabe mal oírlo, pero no sé cómo ayudaros.
LELIO.- Una sola cosa me queda por ofrecer, y espero que no tendréis
corazón para menospreciarla.
HORACIO.- Decidme en qué consiste.
LELIO.- En mi misma persona.
HORACIO.- ¿Y qué queréis que haga con vos?
LELIO.- Trabajaré de cómico, si os dignáis a aceptarme.
HORACIO, se levanta.- ¿Os ofrecéis como cómico? Un poeta, que debe ser
un maestro para los cómicos, ¿se rebaja al nivel de un actor? ¿Sabéis qué
os digo?, que sois un impostor, y de la misma forma que habéis sido un
mal poeta, seréis un pésimo cómico. (Se va.)
(Entra en el escenario el apuntador con papeles en la mano. Detrás de él,
Plácida y Eugenio).

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LELIO.- Que se vayan al diablo los cañamazos, las comedias y la poesía.
Habría sido mejor que me hubiera dedicado a hacer de actor desde el
principio. Pero si ahora el jefe de los cómicos no quiere saber nada de mí,
quién sabe, quizás con la ayuda del señor Brighella acabará aceptándome.
Tanto da, me gusta el teatro. Si no soy bueno escribiendo, aprenderé a
hacer de actor. (Sale.)
EUGENIO.- Y a este, ¿qué le pasa?
APUNTADOR.- Tanto da. Démonos prisa, señores, empieza a hacerse
tarde. A ver si ensayamos de una vez. Toca pasar la escena de Rosaura
con Florindo.
PLÁCIDA.- Yo ya estoy a punto.
EUGENIO.- Y yo también.
PLÁCIDA.- Tened cuidado, señor apuntador: en las partes en que me sé el
papel, apuntadme en voz baja y, donde no me lo sé, hacedlo con una voz
más alta.
APUNTADOR.- Y ¿cómo debo hacer para adivinar cuando os lo sabéis o
cuando no os lo sabéis?
PLÁCIDA.- Si sabéis hacer bien vuestro oficio, lo tenéis que saber. Venga,
y pobre de vos si me hacéis equivocar.
APUNTADOR.- Es lo que suele pasar con los actores: cuando no se saben
el papel, dan la culpa al apuntador (se pone las gafas, se sienta en una
silla con los papeles en la mano e indica a Plácida que empiece. Plácida y
Eugenio se ponen en situación y comienzan.)
PLÁCIDA.-Querido Florindo, me hacéis un flaco favor si dudáis de mí. Mi
padre no podrá disponer nunca de mi mano para otro hombre.
EUGENIO.- No me asusta vuestro padre, Rosaura mía, sino el mío. Podría
ser que el señor doctor... (Entra Petronio con Horacio) El señor doctor, ¡que
siempre llega tarde!
PETRONIO.- Perdonadme. Estaba discutiendo sobre el poeta con el señor
Horacio. Mira que llegaba a ser malo...
HORACIO.- Amigos, perdonad que os interrumpamos la escena, pero se
nos echa el tiempo encima. Dejad el ensayo. Por esta mañana ha sido
suficiente. Es hora de ir a comer. Después de comer ensayaremos lo que
queda.
PLÁCIDA.- Pero si no hemos podido hacer nada.
EUGENIO.- Tiene razón. Yo tengo hambre.
PETRONIO.- Yo vivo lejos del teatro. Me causa un problema tener que ir a
casa y volver.
EUGENIO.- Pues quedaos a almorzar aquí con el señor Horacio: yo
también pienso quedarme. ¿Verdad que nos invitáis?
HORACIO.- Por favor, señores. No faltaría más. Y a la señora Plácida.
PLÁCIDA.- Gracias.
APUNTADOR, a Horacio.- Pues si es así, yo también me quedo. ¿Hay sitio
para mí?

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HORACIO.- Hay sitio para todos.
ANSELMO, entra acompañado de Lelio.- Señor Horacio, vos que tenéis
tantas bondades conmigo, estoy seguro de que no me negaréis una gracia.
(Lelio hace reverencias)
HORACIO.- Decidme, y en lo que pueda os serviré.
(Lelio continúa haciendo reverencias)
ANSELMO.- Aquí tenéis al señor Lelio. Ya lo conocéis. Es verdad que no es
un gran poeta, pero en cambio siente el deseo de trabajar como cómico. Yo
sé que lo puede hacer. Tiene ingenio y habilidad. Esta compañía necesita
un tercer enamorado para poder representar comedias de carácter.
Hacedme ese favor, contratadlo, en gracia mía.
HORACIO.- Para complacer a mi querido señor Anselmo con mucho gusto
lo haría, pero ¿quién me asegura que tendrá éxito en su empeño?
ANSELMO.- Hagamos algo, probémosle. ¿Estáis de acuerdo, señor Lelio,
en hacer una pequeña prueba?
LELIO.- Encantado de la vida. Pero me sabe mal decir que ahora no
puedo; es que hasta que no
me he bebido el chocolate estoy un poco flojo de estómago y de voz.
HORACIO.- Pues hagámoslo así: que vuelva después de almorzar y lo
probaremos entonces.
LELIO.- Pero, mientras, ¿adónde deberé ir, yo?
HORACIO.- Id a vuestra casa, almorzad, y volved.
LELIO.- No tengo casa.
HORACIO.- Y ¿dónde os alojáis?
LELIO.- En ningún sitio.
HORACIO.- ¿Cuánto hace que estáis en Venecia?
LELIO.- Llegué ayer.
HORACIO.- Y ayer, ¿dónde comisteis?
LELIO.- En ninguna parte.
HORACIO.- Ayer ¿no comisteis?
LELIO.- Ni ayer ni esta mañana.
HORACIO.- Pero, cómo os las arreglaréis...
EUGENIO.- Señor poeta, decidido, venís al almuerzo del jefe de la
compañía.
LELIO.- Aceptaré vuestro favor, señor, porque sé que existe la costumbre
de dispensar este trato a los poetas.
HORACIO.- Yo no os recibo como poeta, sino como cómico.
PETRONIO.- Por favor, por favor, también se da el mismo trato a los
cómicos, cuando tienen que realizar la prueba.
HORACIO.- Sí. Me parece que hoy haré un buen negocio.
LELIO.- Ya está decidido. No se hable más de ello. Hoy os mostraré mis
habilidades.
PETRONIO.- Sí. Y empezaremos a verlas en la mesa. Vamos a almorzar
(Salen todos.)

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SEGUNDA PARTE

El espacio es el mismo que el de la primera parte. La luz más matizada.


Primera hora de la tarde. En el escenario, Lelio, Eugenio y Horacio.

VICTORIA, entra.- Señor Horacio, ha llegado a la puerta del teatro una


forastera cargada de tirabuzones, toda airosa, con un abriguito a la moda,
y un sombrerito, que quiere hablar con el jefe de la compañía.
HORACIO.- Y ¿dónde está, ahora?
VICTORIA.- No lo sé. Venía detrás de mí.
LELIO.- ¿No sería mejor que la recibiéramos después de mi prueba?
HORACIO.- Hay tiempo. Oigamos qué desea.
VICTORIA.- Me parece que ya sube.
PLÁCIDA, entra.- ¡Adónde va! ¡Qué ademanes!
BEATRIZ, entra también, acompañada por Petronio.- Y ¡qué pretensiones!
HORACIO.- ¿Qué pasa, señores?
PLÁCIDA.- Sube por las escaleras una forastera que parece una princesa.
PETRONIO.- Trae un criado con librea, debe ser una gran señora.
HORACIO.- En seguida la veremos. Ah, aquí está.
ELEONORA, entra acompañada con su criado.- Servidora de vuestras
excelencias, señoras y señores.
HORACIO.- A sus pies, señora (Las mujeres le hacen una reverencia y
todos los hombres se quitan el sombrero.)
ELEONORA.- ¿Vosotros sois cómicos, señores?
HORACIO.- Sí señora, para servirla.
ELEONORA.- ¿Quién es el jefe de la compañía?
HORACIO.- Yo mismo, mi señora.
ELEONORA.- Y esta, (señala a Plácida) ¿es la primera enamorada?
PLÁCIDA.- ¿Cómo lo habéis acertado? (le hace una reverencia).
ELEONORA.- He oído por ahí que erais muy buena.
PLÁCIDA.- Gracias.
ELEONORA.- A mí me gusta mucho asistir a las comedias y, cuando veo
vuestras payasadas, me río como una boba.
HORACIO.- Señora, sin querer parecer impertinente, querríais decirme
¿con quién tengo el honor de hablar?
ELEONORA.- Yo soy una virtuosa de la música.
HORACIO.- ¿Queréis decir que sois cantante?
ELEONORA.- ¿Cantante? He dicho que soy una virtuosa de la música
(Todos se miran y los hombres vuelven a ponerse el sombrero.)
HORACIO.- ¿A lo mejor queréis decir que enseñáis música?
ELEONORA.- No, señor, yo canto.

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HORACIO.- Así pues sois cantante.
ELEONORA.- De ópera.
PLACIDA.- ¿Hacéis de prima donna?
ELEONORA.- A veces.
PLÁCIDA.- Pues el día que hagáis de prima donnaos vendré a ver
(burlándose).
PETRONIO.- Yo, señora, cuando veo las muecas de las cantantes también
me desternillo de la risa.
LELIO.- Perdonadme, pero ¿vos no sois la señora Eleonora?
ELEONORA.- Sí, señor, exactamente.
LELIO.- ¿No recordáis que representasteis un drama mío?
ELEONORA.- ¿Nos conocemos, señor? ¿Dónde fue? Ahora no me acuerdo.
LELIO.- En Florencia.
ELEONORA.- ¿Cuál era el título del drama?
LELIO.-Una Dido Cómica.
ELEONORA.- Sí, señor, es verdad. Yo hacía el primer papel. Pero el
empresario se arruinó por culpa del libreto.
LELIO.- A mí me dijeron que la culpa había sido de la prima donna.
BEATRIZ.- ¿Así que vos representáis óperas bufas?
ELEONORA.- Sí, señora, alguna vez.
BEATRIZ.- ¿Y decís que venís a reíros de las payasadas de los cómicos?
ELEONORA.- La verdad. Me gusta tanto vuestra manera de trabajar que
con mucho gusto me uniría a vosotros.
HORACIO.- ¿Queréis hacer de cómica?
ELEONORA.- ¿De cómica, yo!?
HORACIO.- Pues, ¿qué queréis hacer con nosotros?
ELEONORA.- Cantar en los intermedios.
HORACIO.- Sería algo de agradecer.
ELEONORA.- El compañero ya me lo buscaría yo, y con cien cequines
quedaríamos pagados los dos.
HORACIO.- ¿Sólo cien cequines?
ELEONORA.- Viajes, alojamientos, vestuario menor, todas esas son cosas
que se sobrentiende que van a vuestro cargo.
HORACIO.- Y tanto. Es lo que se acostumbra a hacer.
ELEONORA.- Las partituras y las letras de los intermedios ya las tenemos
nosotros; nos obligan a cantar cuatro en cada plaza, y si fueran
necesarias más, costarían un suplemento de diez cequines para cada uno.
HORACIO.- Tampoco está mal.
ELEONORA.- La orquesta, claro, tiene que ser suficiente.
HORACIO.- Claro.
ELEONORA.- Los vestidos siempre nuevos.
HORACIO.- Tengo el sastre en casa.
ELEONORA.- Mi lacayo hace las partes mudas y quedará contento con lo
que le deis.

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HORACIO.- Lo encuentro discreto, al lacayo.
ELEONORA.- Estamos, pues, de acuerdo.
HORACIO.- Y tan de acuerdo.
ELEONORA.- La cosa queda ajustada, me parece.
HORACIO.- Ajustadísima.
ELEONORA.- De manera que...
HORACIO.- De manera que, señora, no os necesitamos para nada.
TODOS.- ¡Viva, viva!
ELEONORA.- ¿Cómo? ¿Me despreciáis?
HORACIO.- Qué creéis, mi señora, ¿que los cómicos, para hacerse ricos,
necesitan la ayuda de vuestra música? Nosotros, para salir al escenario,
debemos estudiar por necesidad; pero vosotras, las cantantes bufas, os
aprendéis un par de arias como papagayos y, a fuerza de repetirlas,
acaban aplaudiéndoos. Señora virtuosa, muy buenos días tengáis. (Sale.)
ELEONORA.- Ya se sabe. Los cómicos siempre han sido enemigos de los
virtuosos de la música.
PLÁCIDA.- No es verdad, señora. Los cómicos saben respetar a aquellos
músicos que tienen mérito y virtud; pero los músicos de mérito y virtuosos
también respetan a los cómicos honrados y como Dios manda. Si fuerais
una virtuosa de verdad, no vendríais a ofreceros a cantar en los
intermedios de la comedia. Señora virtuosa, os saludo. (Le hace una
reverencia y se va).
ELEONORA.- Esta primera enamorada debe haber hecho un papel de
princesa y cree que todavía lo es.
BEATRIZ.- Como vos, que habéis visto las tapas de algún libro de música
y ya creéis que sois una virtuosa. Ya ha pasado el tiempo, mi señora, que
la música tenía bajo sus pies el arte de los cómicos. Ahora nosotros
también tenemos los teatros llenos de nobleza, y si antes la gente de
primera iba a los vuestros para admirarse, y a los nuestros para reír,
ahora vienen a los nuestros a pasárselo bien con la comedia, y a los
vuestros a hablar. (Sale.)
ELEONORA.- De verdad que son atrevidas, estas cómicas, señores míos.
No pensaba que podrían tratarme así.
EUGENIO.- Habríais sido mejor tratada si hubierais venido con mejores
maneras.
ELEONORA.- Nosotras, las virtuosas, hablamos casi todas así.
EUGENIO.- Pues nosotros, los cómicos, respondemos así. ¿Me
acompañáis, señora Victoria?
VICTORIA.- Os acompaño (salen los dos).
ELEONORA.- Maldita sea la hora que se me ocurrió venir.
PETRONIO.- Ciertamente, no habéis hecho bien de venir a ensuciaros los
pies en las tablas de la comedia.
ELEONORA.- Y vos, ¿quién sois?
PETRONIO.- El doctor, para serviros.

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ELEONORA.- Un doctor de comedia. Lo que significa un doctor sin
doctrina.
PETRONIO.- Igual que vos sois una virtuosa de teatro. Lo que significa
que no sabéis leer ni escribir (sale).
ELEONORA.- Eso ya ha ido demasiado lejos. Si me quedo un minuto más,
me juego mi reputación. Lacayo, nos marchamos.
(Entran Anselmo, Gianni, Toni y el apuntador con una cazuela de arroz. La
ponen en lo alto de una silla y disponen algunas alrededor, sacan cucharas
y se ponen a comer. Lelio se lo mira con curiosidad. Eleonora y el lacayo se
lo miran, muertos de hambre.)
LELIO.- ¿Es el arroz del almuerzo de casa del señor Horacio?
TONI.- La cocinera nos ha guardado toda esta cazuela.
GIANNI.- Y no hay que dejar que se enfríe completamente.
(El apuntador indica con gestos que el arroz es excelente. Comen. Lelio toma
a Eleonora del brazo y se la lleva a primer término.)
LELIO.- Señora Eleonora, a mí, que me conocéis desde hace tiempo,
podéis hablarme con total libertad. ¿Cómo os van las cosas?
ELEONORA.- Bastante mal. El empresario de la ópera donde cantaba está
en la bancarrota; he perdido mi paga, he tenido que hacer el viaje con mi
dinero y, si debo deciros la verdad, sólo me queda lo que llevo puesto.
LELIO.- Yo, mi señora, estoy en el mismo caso, y si quisierais tomar la
determinación que yo he tomado, también estaríais bien.
ELEONORA.- ¿A qué clavo os habéis cogido?
LELIO.- A hacer de cómico.
ELEONORA.- Y yo ¿debería rebajarme a hacer lo mismo?
LELIO.- Mi señora, ¿cuánta hambre tenemos?
ELEONORA.- Más bien mucha.
LELIO.- Pues yo también tenía. Y hoy he almorzado. Si hacéis de cómica
comeréis, creedme.
ELEONORA.- Lacayo, ¿qué hay que hacer?
LACAYO.- Yo tengo un hambre que no me sostengo en pie.
ELEONORA.- ¿Tomo una decisión?
LACAYO.- Tomadla, por amor del cielo.
ELEONORA.- Deberemos superar la vergüenza. Pero no hay más remedio.
¿Me dejaré persuadir para hacer de cómica? Todo es teatro, y puede que,
de ser una mala cantante, llegue a convertirme en una cómica discreta.
¡Cuántas compañeras mías harían lo mismo si pudieran! Vale más
ganarse el pan honradamente que no dar pie a la maledicencia.
ANSELMO, le alcanza una cuchara.- Señora, ¿os apetece comer un poco
de arroz con estos cómicos?
ELEONORA, la coge.- Sois un hombre como Dios manda, y educado.
(Come, y de cada tres cucharadas da una al lacayo. Lelio, en el fondo de la
escena, lee unos papeles y gesticula, como si ensayara.)

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ANSELMO.- Señora, si valéis para salir a cantar, también valdréis para
salir a actuar. Haced la prueba.
ELEONORA.- Pero las mujeres me perderán el respeto.
GIANNI.- Sólo tenéis que comportaros con prudencia, y ya veréis como
todo va bien.
ELEONORA.- Pues id, decídselo al jefe de la compañía y, si él me invita,
puede que me deje convencer para hacer la prueba.
TONI.- Ahora voy yo (Aparte). Ya lo he entendido: la música de esta señora
es la compañera de la poesía del señor Lelio. Si este pasaba hambre, la
otra se está muriendo de desnutrición. (Sale.)
(Eleonora y el lacayo rebañan la cazuela. Vuelve Toni con Eugenio y
Horacio.)
EUGENIO.- Con un poco de suerte, la compañía estará completa. El señor
Lelio y la señora Eleonora suplirán a las dos personas que nos faltaban.
HORACIO.- Quién sabe si servirán para la comedia. EUGENIO.- Ahora les
haremos una prueba; pero a mí me parece que darán un resultado
excelente.
HORACIO.- Mirad al señor Lelio, que medita algo para dar pruebas de su
habilidad.
EUGENIO.- Ahora llegará para que lo oigamos. No quiero darle prisa.
HORACIO.- Sí, y a la señora Eleonora tampoco es cuestión de
apresurarla.
(Los dejan un momento, Lelio ensayando, Eleonora y el lacayo comiendo,
hasta que Eugenio hace sonar una campanilla.)
EUGENIO.- Señor, señora, el jefe de la compañía os escuchará.
(Lelio y Eleonora se acercan)
HORACIO.- Que nos recite algo el señor Lelio, que ha sido el primero en
llegar.
LELIO, avanza hasta el proscenio y dice: He ido a casa de mi amada y,
como no he tenido la fortuna de encontrarla, quiero ir al mercado a ver si
allí la encuentro.
HORACIO.- Señor Lelio, ¿con quién se supone que habláis?
LELIO.- ¿No lo veis, que estoy interpretando?
HORACIO.- Ya lo he entendido que interpretabais, pero en vuestra
interpretación, ¿con quién habláis?
LELIO.- Hablo conmigo mismo. Esto era una salida, un soliloquio.
HORACIO.- Y ¿hablando con vos mismo decís: he ido a casa de mi
amada? Un hombre no habla así consigo mismo. Parece que salís al
escenario para explicar a alguna persona dónde habéis estado.
LELIO.- Pues bien, hablo con el público.
HORACIO.- Aquí quería ir a para yo. ¿Y no lo veis que con el público no se
habla? ¿Que el cómico debe imaginarse, cuando está solo, que no lo ve ni
lo oye nadie? Eso de hablar con el público es un vicio intolerable, que no
hay que permitir de ninguna de las maneras. LELIO.- Pero si casi todos

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los actores de comedia improvisada lo hacen. Casi todos, cuando salen
solos, explican al público dónde han estado y adónde quieren ir.
HORACIO.- Hacen mal, muy mal, y no se deben imitar.
LELIO.- Por lo tanto, no hay que hacer nunca soliloquios.
HORACIO.- Sí, señor. Los soliloquios son necesarios para explicar los
sentimientos internos del corazón, dar a conocer al público el propio
carácter y mostrar los efectos y los cambios en las pasiones.
LELIO.- Pero ¿cómo hacer los soliloquios sin hablar con el público?
HORACIO.- Con una gran facilidad, procurando que el discurso sea
natural y bien reglado. En vez de decir: he ido a casa de mi amada y no la
he encontrado, etc., de dice: Oh, Fortuna ingrata, tú que me has privado
del don de ver en su casa a mi amor, concédeme que la pueda encontrar…
LELIO.- En el mercado.
HORACIO.- ¡Esta sí que es buena! ¿Queréis encontrar a vuestra amada en
el mercado?
LELIO.- Sí, señor, en el mercado. Yo me imagino que mi amada es una
vendedora, y si me hubierais dejado acabar os habríais enterado de quién
soy yo, de quién es ella, de cómo nos hemos enamorado y de cómo pienso
conseguir que nos casemos.
HORACIO.- ¿Todo eso os queríais explicar solo? Que os sirva de norma:
nunca cuenta los argumentos de una comedia una persona sola en el
escenario, porque no es verosímil que un hombre que habla solo se
explique a sí mismo la historia de sus amores o de sus accidentes.
LELIO.- Me habéis convencido, señor Horacio. No quiero representar
improvisando. Vosotros tenéis unas reglas que no son comunes, y yo, que
soy un principiante, las conozco menos que los otros. Haré comedias de
papel estudiado
HORACIO.- Pero de esta manera aún tardaréis en tener un papel
aprendido para que yo os pueda poner a prueba.
LELIO.- No, señor. Me sé una.
HORACIO.- Fantástico. Os escucho. Pero decidme, en confianza, ¿es de
una comedia vuestra?
LELIO.- Me parece mucho que no.
HORACIO.- ¿Y de quién es?
LELIO.- Del autor de vuestras comedias. Esta es una escena que hace el
padre con su hija, persuadiéndola para que no se case: Hija mía querida,
tú que sabes el gran amor que te tengo y lo que me debes: Antes de
vincularte con el durísimo vínculo del matrimonio, escucha cuantas
cargas comporta el conyugal placer. Belleza y juventud, adornos
apreciados de la femineidad, el matrimonio las mata y las marchita antes
de tiempo. Llegan los hijos. ¡Son cosa dura, los hijos! Llevarlos en el
vientre, traerlos al mundo, criarlos, educarlos, son todo cosas que ¡pueden
asustar! ¿Y si te encontraras como marido a un celoso, de los que quieren
acusarte de lo que ellos van buscando? Piénsatelo, hija, piénsatelo. Y

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cuando lo hayas pensado bien, seré tu padre para abrazarte, igual como lo
soy ahora para darte consejo. (Gianni, Anselmo, el apuntador, Toni y el
lacayo aplauden.) En fin, ¿qué os parece? ¿Soy bueno para el papel?
HORACIO.- Sois suficiente.
LELIO.- ¿Me aceptáis en vuestra compañía?
HORACIO.- Os acepto con plena satisfacción.
LELIO.- Si es así, estoy contento. Me esforzaré en interpretar, y dejaré de
lado la escritura; porque, por lo que he visto, para escribir una comedia se
necesitan tantos preceptos como palabras.
(Se retira al fondo de la escena. Entran Plácida, Beatriz, Victoria y Petronio.)
HORACIO.- Tiene empuje, este muchacho, fogosidad. En el escenario
siempre se necesita a alguien como él, al que se puedan adaptar los
caracteres más brillantes. ¿Y la señora Eleonora?
ELEONORA.- Aquí estoy, señor Horacio.
HORACIO.- Me pongo a los pies de la señora virtuosa.
ELEONORA.- Para empezar, no me mortifiquéis. Sé perfectamente que me
he presentado a vos con muy poca habilidad; que necesitaba ayuda, pero
los aires del mundo de la música me habían influido. Las maneras, la
afabilidad, la modestia de vuestras mujeres han hecho que me haya
enamorado de ellas y de todos vosotros. Realmente desmentís la máxima
de los que dicen que las mujeres del teatro son ligeras de cascos, y que
sus ganancias las sacan, a medias, del escenario y de fuera del escenario.
HORACIO.- No sólo es eso, sino que, para nuestro consuelo, en el
escenario ya no se oyen palabras obscenas, equívocos groseros, diálogos
deshonestos. Ya no se cuentan chistes peligrosos, ya no hay gestos
incorrectos, escenas lúbricas, de mal ejemplo. Las hijas de familia pueden
venir al teatro sin miedo de aprender cosas inmodestas o maliciosas.
ELEONORA.- Pues mirad, señor Horacio, yo quiero ser cómica y os pido
que me ayudéis a serlo.
HORACIO.- Yo soy el jefe de la compañía, quiero a todos por igual y deseo
que todos lo hagáis bien, por vuestro interés y por el mío; pero no tengo
parcialidad por nadie y sobre todo por ninguna mujer, porque, aunque
sean buenas, entre ellas se tienen envidia.
ELEONORA.- Pero ¿no me queréis poner a prueba, para ver si soy capaz
de defender el papel
que me dais de tercera enamorada?
HORACIO.- Oh, eso sí, porque mi interés me pide que me asegure de
vuestras habilidades.
ELEONORA.- Os diré algún fragmento de recitativo que me sé.
HORACIO.- Pero sin la música.
ELEONORA.- Lo diré sin la música. Recitaré una escena de aquella Dido
cómica que escribió el señor Lelio.
HORACIO.- ¿De aquella que arruinó al empresario?

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ELEONORA.- Escuchad: (Se gira de espaldas al público y de cara a
Horacio y empieza) Eneas, de Asia el esplendor...
HORACIO.- Por favor, señora. Giraos hacia el público.
ELEONORA.- Pero si tengo que hablar con Eneas.
HORACIO.- El cuerpo se mantiene siempre ante el público y, con gracia,
se gira un poco la cabeza para mirar al interlocutor; observadme: Eneas,
de Asia el esplendor...
ELEONORA.- En el teatro musical no me lo han enseñado así.
HORACIO.- Ya lo sé que vosotros sólo estáis pendientes de las cadencias.
ELEONORA.- Eneas, de Asia el esplendor
Hijo amado de Venus, la diosa, Y enamorado de mí, de tu ama. Ya ves
como Cartago, cuando llegas, Hasta las murallas más altivas Bailan el
rigodón.
HORACIO.- Basta, no digáis nada más, por el amor de Dios.
ELEONORA.- ¿Por qué? ¿Tan mal recito?
HORACIO.- No, no me parece mal como recitáis, pero no soporto ver
contrahechos los versos del gran Metastasio. Si llego a saber que el señor
Lelio había chapuceado los versos de un poeta tan célebre y venerable, no
le habría aceptado nunca en mi compañía.
ELEONORA.- Pero a mí, ¿me aceptáis como actriz?
HORACIO.- Para ser una principiante, puede pasar. La voz no es firme,
pero la adquiriréis con la práctica y la costumbre. Intentad pronunciar
bien las sílabas finales, que se oigan. Moved las manos según el sentido
de la palabra. Gesticulad generalmente con la mano derecha, y pocas
veces con la izquierda, y cuidad de no moverlas a la vez si no es porque un
impulso de cólera, una sorpresa o una exclamación así lo reclamaran.
Quiero avisaros también de otra cosa, muy necesaria pero que pocas
entienden. Cuando un personaje hace una escena con vos, prestadle
atención y no os distraigáis ni con los ojos ni con la mente; no hay que ir
mirando por aquí o por allá, o repasar los palcos.
ELEONORA.- Os doy las gracias por los buenos consejos que me dais, e
intentaré ponerlos en práctica.
HORACIO.- Cuando disfrutéis del día libre, en el que no os toque actuar,
id a los teatros de la competencia. Observad cómo trabajan los buenos
cómicos, porque este es un oficio que se aprende más con la práctica que
no con las reglas.
ELEONORA.- Eso me gusta.
HORACIO.- Todavía quiero daros otro consejo, y con este acabamos:
señora Eleonora, sed amiga de todos y no deis confianzas a nadie. Si oís
hablar mal de los compañeros, procurad poner paz en el asunto. Si os
dicen que alguien ha hablado mal de vos, no os lo creáis, haced oídos
sordos. Aceptad los papeles que os den; no penséis que el papel más largo
es el que da más honor a una actriz: lo da el papel mejor. Sed diligente,
venid temprano al teatro, procurad estar bien con todos y si alguien os

22
mira mal, disimulad; porque si bien la adulación es un vicio, una sabia
disimulación ha sido siempre una virtud.
APUNTADOR, se levanta gritando.- ¿Sabéis qué hora es? ¡Malditos
teatreros! La terminaremos o no la terminaremos nunca, esta condenada
comedia.
HORACIO.- Vos siempre gritáis. Cuando ensayamos, querríais que
echáramos los bofes, para terminar más temprano. Mientras estamos
representando la comedia, si alguien habla fuera de escena gruñís tanto
que os oyen por doquier.
APUNTADOR.- Si gruño, tengo razón, porque el escenario siempre está
lleno de gente que hace ruido, y me maravilla que dejéis entrar a tanta
gente; casi no podemos ni movernos.
HORACIO.- En adelante no será así. No dejaremos subir a nadie al
escenario.
EUGENIO.- Yo no sé qué sacan de querer ver la comedia desde el
escenario.
VICTORIA.- Lo hacen para no ir a platea.
EUGENIO.- Pero el teatro se ve mejor desde la platea que desde el
escenario.
VICTORIA.- Sí, pero hay gente de los palcos que les escupen y que
molestan a la gente que hay abajo.
HORACIO.- Verdaderamente, para perfeccionar el buen orden de los
teatros hace falta la observancia de esta mínima limpieza.
EUGENIO.- Hace falta otra cosa que no sé si decir.
HORACIO.- Estamos en familia; podéis hablar con libertad.
EUGENIO.- Que los de los palcos no hagan tanto ruido.
HORACIO.- Eso será difícil.
PLÁCIDA.- La verdad es que es una lástima que los actores estemos
trabajando mientras en la sala se producen toda clase de ruidos. Tenemos
que gritar para que nos oigan, y a veces ni así.
VICTORIA.- Con el público hay que tener paciencia. ¿Y qué decís de
cuando se ponen a silbar, o a imitar el canto del gallo? Cosas de jóvenes,
hay que tener paciencia.
HORACIO.- Pero molestan a los demás.
PETRONIO.- ¿Y cuando se oye bostezar?
HORACIO.- Significa que la comedia no gusta.
PETRONIO.- A veces lo hacen con malicia, sobre todo en los estrenos,
para reventarlos, si pueden.
LELIO.- ¿Sabéis qué cantan los que van al teatro? Es la cancioncilla de un
intermedio: “Señor mío, ¿qué queréis que haga? / Yo aquí me gasto mi
dinero / Y quiero hacer lo que me dé la gana”.
GIANNI.- Señor Horacio, ¿tenemos que ensayar algo más?
HORACIO.- De momento no.

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GIANNI.- Pues pienso que nos la podríamos haber podido ahorrar, esta
fatiga.
HORACIO.- ¿Por qué?
GIANNI.- Porque este tipo de escenas las hago durmiendo.
HORACIO.- No digáis eso, señor Arlequín. Es en las escenas pequeñas
donde se descubre a los buenos actores: las cosas, cuando se hacen y se
dicen con gracia, tienen el doble de presencia, y cuanto más cortas son las
escenas, más gustan. Arlequín tiene que hablar poco, pero a tiempo. Debe
dejar ir su gracia con ligereza, sin exageraciones. Deformar alguna palabra
con naturalidad, pero no todas. Debe crear alguna cosa nueva y para
crear hay que estudiar.
GIANNI.- Ya me perdonaréis, pero también se puede crear sin estudiar.
HORACIO.- Y ¿cómo?
GIANNI.- Pues haciendo lo que yo: casándose y teniendo hijos.
HORACIO.- Esta no ha estado nada mal.
PLÁCIDA.- Si no tenemos que ensayar nada más, me iré a casa.
HORACIO.- Ahora nos marchamos todos.
EUGENIO.- Nuestro jefe de compañía nos podría invitar a todos a un café.
HORACIO.- Vale. Yo invito.
LELIO.- Yo sólo quería decir una cosa; después me callo.
HORACIO.- Decid lo que queráis.
LELIO.- Mi cañamazo se termina con un soneto. Querría que me dijerais
si os parece bien o mal que la comedia termine con un soneto.
HORACIO.- Según en qué comedias los sonetos quedan bien y en otras
no. Nuestro poeta los ha utilizado alguna vez con gracia y otras veces se
habría podido haber abstenido.
LELIO.- Menos mal que vuestro poeta también ha hecho mal alguna cosa.
HORACIO.- Es un hombre, como los demás, y puede equivocarse; le he
oído decir muchas veces que tiembla cada vez que una comedia suya sube
al escenario. Que la comedia es una composición difícil, y que no cree que
nunca llegue a dominar del todo su perfección.
PLÁCIDA.- Señor Horacio, estoy cansada de estar de pie. ¿Todavía no
habéis terminado de hablar?
HORACIO.- Pues vayámonos. Hemos terminado el ensayo y, de todo lo
que hemos tenido ocasión de comentar y de tratar en esta jornada, creo
que se puede entender cómo debe ser, según nuestra idea, nuestro Teatro
Cómico.

FIN

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