LAS HORAS
MICHAEL CUNNINGHAM
VIRGINIA.- ¡Sr. Wolf, qué agradable sorpresa!
LEONARD.- ¿Podías explicarme qué crees que estás haciendo?
VIRGINIA.- ¿Qué estoy haciendo?
LEONARD.- He ido a buscarte y no estabas.
VIRGINIA.- Estabas en el jardín, no quería molestarte.
LEONARD.- Me molestas cuando desapareces.
VIRGINIA.- No he desaparecido. He ido a pasear.
LEONARD.- ¡A pasear! ¿Eso es todo?, un paseo. Virginia, tenemos que ir a casa. Nelly está preparando la
cena y ha tenido un día muy difícil, es nuestra obligación comer lo que prepare.
VIRGINIA.- No existe tal obligación. Semejante obligación, no existe.
LEONARD.- Tú tienes una obligación con tu cordura.
VIRGINIA.- He soportado esta custodia, este horrible encarcelamiento.
LEONARD.- ¡Oh! Virginia.
VIRGINIA.- Soy atendida por médicos, a todas horas soy atendida por médicos que me informan de mis
propios intereses.
LEONARD.- Ellos los conocen.
VIRGINIA.- Eso no es cierto. No conocen ni un ápice de lo que me interesa.
LEONARD.- Virginia, yo puedo entender que es difícil para una mujer de tú…
VIRGINIA.- ¿De qué…?
LEONARD.- De tú…
VIRGINIA.- ¿De mi qué…?
LEONARD.- De tu talento, aceptar que no es la más adecuada para juzgar su propio estado.
VIRGINIA.- ¿Entonces quién debe juzgarlo?
LEONARD.- Tienes un historial, un historial de confinamiento. Te trajimos a Richmond por tus continuos
ataques, desmayos, depresiones, las voces que oyes. Te trajimos aquí para salvarte del
irrevocable daño que pretendías hacerte. Has intentado suicidarte dos veces. Vivo a diario con
esa amenaza, monté la imprenta…, montamos la imprenta no sólo por el hecho en sí, no
estrictamente por eso, sino para que tuvieras alguna fuente de ocupación y de rehabilitación.
VIRGINIA.- ¿Cómo el punto de cruz?
LEONARD.- ¡Todo se hizo por ti! Se hizo para que mejoraras. Se hizo por amor. Si no te conociera diría
que esto es ingratitud.
VIRGINIA.- ¿Soy una ingrata? ¿Me estás llamando ingrata? A mí me han robado mi vida. Vivo en un
pueblo en el que no deseo vivir y llevo una vida que no deseo llevar. ¿Dime por qué? Creo que
es hora de que volvamos a Londres. La echo de menos, echo de menos la vida allí.
LEONARD.- No eres tú la que habla Virginia. Es un aspecto de tu enfermedad.
VIRGINA.- Soy yo, soy yo.
LEONARD.- No eres tú…
VIRGINIA.- Es mi voz.
LEONARD.- No es tu voz.
VIRGINIA.- Es mía y solamente mía.
LEONARD.- Es esa voz que oyes.
VIRGINIA.- No lo es, es la mía. Este pueblo me está asfixiando.
LEONARD.- Si pensaras con claridad, recordarías que fue Londres lo que te deprimió.
VIRGINIA.- ¿Si pensara con claridad? ¡Si pensara con claridad!
LEONARD.- Te trajimos a Richmond para que tuvieras paz.
VIRGINIA.- Si pensara con claridad Leonard podría decirte que estoy luchando sola envuelta en la
oscuridad que yo sólo conozco, sólo yo comprendo mi propio estado ¿y tú vives, dices que
vives, con la amenaza de mi extinción? Leonard yo también vivo con ella. Ejerzo mi derecho, el
derecho de todo ser humano, elijo no el asfixiante anestésico de los suburbios, sino la violenta
sacudida de la capital. Es mi elección; a la paciente más humilde, a la más modesta, le permiten
dar su opinión en el modo de seguir su tratamiento, así define su humanidad. Desearía por ti,
Leonard, ser feliz en esta tranquilidad, pero si debo elegir entre Richmond y la muerte, elijo la
muerte.
LEONARD.- Muy bien, pues Londres, volveremos a Londres. ¿Tienes hambre? La verdad es que yo sí.
VIRGINIA.- ¡Vamos! No se puede encontrar la paz, evitando la vida, Leonard.