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Un punto de vista convencional consiste en que la propia brujería constituía una forma de
protesta social. Por ejemplo, según el profesor Jeffrey Burton Russell, experto en la historia de la
disensión medieval, la brujería, el misticismo, los flagelantes y la herejía popular corresponden
todos a la misma categoría. «Todos rechazaban, en un grado u otro, una estructura institucional
que se consideraba defectuosa». No estoy de acuerdo. Para explicar la locura de la brujería como
protesta social, hay que ir más lejos y adoptar la visión de la «realidad» propuesta por El Martillo
de las Brujas. Hay que creer que Europa estaba infestada de gentes que amenazaban el statu quo
reuniéndose para rendir culto al diablo. Pero si las verdaderas brujas voladoras eran sobre todo
«viajeras» del beleño, entonces no entran en la misma categoría que los taboritas o los
anabaptistas, de la misma manera que los drogadictos tampoco pertenecen a la misma categoría
que las Panteras Negras. El que algunas personas aquí y allá tuvieran alucinaciones de relaciones
sexuales con el diablo, o hechizaran a la vaca del vecino, no representaba una amenaza para la
supervivencia de las clases acaudaladas y gobernantes. Probablemente las brujas provenían de las
clases frustradas y descontentas; pero esto no las convierte en elementos subversivos. Para que un
movimiento constituya una protesta seria contra un orden establecido, debe tener doctrinas
explícitas de crítica social o emprender una línea de acción peligrosa o amenazadora. Hicieran lo
que hicieran las brujas en sus aquelarres, si es que alguna vez los hubo, no ha quedado testimonio
alguno de que se dedicaran a condenar el lujo de la Iglesia o a pedir la abolición de la propiedad
privada y el fin de las diferencias de rango y autoridad. Si lo hicieron, no eran brujas sino
valdenses, taboritas, anabaptistas o miembros de alguna otra secta político-religiosa radical,
muchos de los cuales fueron sin duda quemados por brujería en vez de por sus creencias
mesiánicas.
Para comprender la locura de las brujas debemos estar dispuestos a identificar una especie de
realidad que es al propio tiempo distinta y opuesta a la conciencia de estilo de vida de las brujas y
de los inquisidores. Según el profesor Russell, bastaba con que el clero y la nobleza creyeran que
la brujería era peligrosa y subversiva. «Lo que la gente creía que sucedía», señala, «es tan
interesante como lo que sucedió “objetivamente”, y mucho más cierto». Pero este es
precisamente el punto sostenido por Institor y Sprenger: “¡sois responsables de lo que hacéis en
los sueños de otros!”
Tenemos que decidirnos sobre ciertos sucesos. Else Gwinner no tuvo relaciones sexuales con
el diablo, y esto no es una conclusión sin interés o incierta si consideramos el hecho de que fue
carbonizada por haberlas tenido.
Como sucede con cada uno de los estilos de vida aparentemente extraños que hasta ahora
hemos examinado, la locura de las brujas no se puede explicar en términos de la conciencia de la
gente que participó en ella. Todo depende de la disposición del observador a consentir u oponerse
a las fantasías de los diferentes participantes.
Si la brujería era una herejía peligrosa, como insistía la Inquisición, no hay ningún misterio en
la obsesión represora del Santo Oficio. Si, por el contrario, era una actividad relativamente
inofensiva, si no en gran parte alucinatoria, ¿por qué se empleó tanto esfuerzo en suprimirla,
especialmente en un momento en que la Iglesia estaba siendo empujada hasta los límites de sus
recursos por la gran ola militar-mesiánica del siglo XV?
Esto nos lleva a una cuestión crucial que concierne a la distinción entre lo que sucedió de
verdad y lo que la gente pensaba que sucedió. ¿Es cierto que la Inquisición estaba consagrada a la
represión de la herejía brujeril? El supuesto de que la principal ocupación de los cazadores de
brujas era la aniquilación de éstas se basa en la conciencia de estilo de vida que profesaban los
propios inquisidores. Pero el supuesto contrario ―a saber, que los cazadores de brujas hicieron
un esfuerzo extraordinario para aumentar el aprovisionamiento de brujas y difundir la creencia de
que las brujas eran reales omnipresentes y peligrosas― se asienta en muy sólidos elementos de
juicio. ¿Por qué deben aceptar los estudiosos modernos las premisas de la conciencia de estilo de
vida de los inquisidores? La situación exige que nos preguntemos no por qué estaban los
inquisidores obsesionados con destruir la brujería, sino más bien por qué estaban tan
obsesionados en crearla.
Prescindiendo de lo que ellos o sus víctimas pudieran haber pretendido, el efecto inevitable
del sistema inquisitorial fue hacer más verosímil la brujería y, por tanto, incrementar el número
de acusaciones de brujería.
El sistema de caza de brujas estaba demasiado bien diseñado, fue demasiado duradero, severo
y tenaz. Y sólo se pudo sostener gracias a intereses duraderos, severos y tenaces. El sistema
brujeril y la locura de las brujas tenían usos prácticos y mundanos diferentes de los fines
declarados de los cazadores de brujas. No me refiero aquí a los emolumentos y pequeñas ventajas
que he descrito antes: la confiscación de propiedades de los acusados y los honorarios percibidos
por los gastos de tortura y ejecución. Estas recompensas ayudan a explicar por qué los técnicos
de la caza de brujas realizaban su trabajo con tanto entusiasmo. Pero tales beneficios formaban
parte del aparato de caza de brujas en vez de ser una de sus causas.
Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las brujas es examinar
sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones celestiales. El resultado principal del sistema
de caza de brujas (aparte de los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a
creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo agua vuestro
techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió vuestro vino, tuvisteis dolores de
cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era de un vecino, de ese que rompió vuestra cerca, os
debía dinero o deseaba vuestra tierra, de un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del
pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo?
Obra de las brujas. ¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte de los habitantes de cada
aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e infernales brujas no conocía límites. La Iglesia y el
Estado montaron una denodada campaña contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las
autoridades no regatearon esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los
pobres podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la batalla.
El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en desplazar la responsabilidad
de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios
imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios,
las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo
en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se
libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables. El clero y la
nobleza se presentaron como los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo
omnipresente pero difícil de detectar. Aquí había, por fin, una buena razón para pagar diezmos y
someterse al recaudador de impuestos. Servicios vitales que atañían directamente a la vida en este
mundo y no a la de ultratumba se prestaban con ruido y furia, llama y humo. Los esfuerzos de las
autoridades por hacer la vida algo más segura eran hechos palpables; se podía oír realmente los
gritos de las brujas cuando bajaban al infierno.
¿Quienes fueron los chivos expiatorios? El singular estudio de H. C. Erik Midelfort sobre
1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684 muestra que el 82 %
de las brujas eran mujeres. Ancianas indefensas y parteras de la clase baja eran normalmente las
primeras en ser acusadas en cualquier brote local. Cuando se arrancaban nuevos nombres a las
primeras víctimas, destacaban los niños de ambos sexos y los hombres. Durante la fase
culminante de pánico caracterizada por ejecuciones en masa, solían morir mesoneros, unos pocos
mercaderes acaudalados y algún que otro magistrado y maestro. Pero cuando las llamas rozaban
los nombres de las gentes que gozaban de alto rango y poder, los jueces perdían confianza en las
confesiones y cesaba el pánico. Rara vez se amenazaba a los médicos, juristas y profesores de
universidad. Evidentemente los propios inquisidores y el clero en general también estaban
totalmente a salvo. Si en alguna ocasión una pobre alma desorientada era lo bastante necia para
haber visto al Obispo o al príncipe heredero en un aquelarre reciente, sin duda se ganaba torturas
inenarrables. No es de extrañar que Midelfort sólo pudiera encontrar tres casos de acusaciones de
brujería contra miembros de la nobleza, y que ninguno de ellos fuera ejecutado.
Lejos de ser «el reflejo de una estructura institucional que se
consideraba defectuosa», la manía de las brujas era parte integral de la
defensa de esa estructura institucional. Podemos comprender mejor esto
comparando la manía de las brujas con su antítesis contemporánea, el
mesianismo militar. La manía de las brujas y los movimientos militar-
mesiánicos incorporaban temas religiosos populares que en parte eran
aprobados por la Iglesia establecida. Ambos se basaban en la conciencia de
estiló de vida existente, pero con consecuencias radicalmente diferentes. El
mesianismo militar reunió a los pobres y desposeídos. Les proporcionó un
sentido de misión colectiva, disminuyó la distancia social, les hizo sentirse
«hermanos». Movilizó a las gentes en todas las regiones, focalizó sus
energías en un tiempo y lugar concretos, y llevó a batallas campales entre
las masas desposeídas y depauperadas y las clases situadas en la cima de la
pirámide social. Por el contrario, la manía de la brujería dispersó y
fragmentó todas las energías latentes de protesta. Desmovilizó a los pobres
y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas,
enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos
temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno
sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes, centró la
cólera y frustración de todo el mundo en un foco puramente local. De esta
manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y
secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del
rango. La manía de las brujas era el reverso del mesianismo radical militar.
Era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad.
Este era su secreto.