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Teubal, Miguel Palmisano, Tomás - Acumulación Por Desposesión

Este documento discute la acumulación por desposesión y la colonialidad del poder en América Latina. Argumenta que desde la conquista hasta la actualidad, los mecanismos de dominación se han basado en la explotación y apropiación de los recursos naturales de la región. Identifica tres períodos clave: 1) la conquista y colonización, que involucró el saqueo de oro y plata y la imposición del poder colonial; 2) la era liberal del siglo XIX, cuando se establecieron economías primario-exportadoras; y 3) la

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Teubal, Miguel Palmisano, Tomás - Acumulación Por Desposesión

Este documento discute la acumulación por desposesión y la colonialidad del poder en América Latina. Argumenta que desde la conquista hasta la actualidad, los mecanismos de dominación se han basado en la explotación y apropiación de los recursos naturales de la región. Identifica tres períodos clave: 1) la conquista y colonización, que involucró el saqueo de oro y plata y la imposición del poder colonial; 2) la era liberal del siglo XIX, cuando se establecieron economías primario-exportadoras; y 3) la

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Acumulación por desposesión y la colonialidad del poder en América

Latina.
Por Miguel Teubal y Tomás Palmisano

En sus escritos, David Harvey1 introduce el concepto de acumulación por desposesión,


conectándolo con la noción de acumulación originaria de Marx. Ambos términos
señalan la separación de los productores de sus medios de sustento aunque la
acumulación originaria se relaciona casi exclusivamente con los orígenes del
capitalismo2. En efecto según Marx este despojo lleva a los trabajadores a vender su
fuerza de trabajo “libremente” en el mercado3. Se constituye de este modo al trabajador
asalariado, sin las ataduras coercitivas preexistentes, como base de sustentación del
capitalismo.
Si bien, Harvey considera que la acumulación por desposesión, a diferencia de la
acumulación originaria, se produce en el neoliberalismo y la globalización, podemos
extender esta conceptualización pues dicha dinámica tiene lugar tanto en el comienzo
del capitalismo como en diversos momentos de su desarrollo. Consideramos que dicho
concepto puede ser visualizado como un mecanismo que reestructura y reordena
profundamente las relaciones sociales en diferentes momentos históricos, manteniendo e
incluso aumentando los elementos de la “colonialidad del poder”4 que rige en nuestros
territorios desde la conquista a la actualidad. Así la acumulación por desposesión
constituye la base de sustentación de nuevos mecanismos de dominación en torno a la
apropiación y explotación de la naturaleza, (en la forma de recursos naturales), que ha
sido una constante en la historia de América latina. En efecto, la dominación colonial y
postcolonial estuvo históricamente constituida en torno a la explotación, el saqueo y la
expoliación de los recursos naturales.
En este sentido, en América Latina, desde la conquista a la actualidad han
prevalecido mecanismos de sujeción social coloniales no libres de todo tipo.
Paralelamente al proceso continuo de desposesión o de separación de los trabajadores de
sus medios de producción y subsistencia, orientado principalmente a las comunidades

1
Harvey, David: “Te New Imperialism: Accumulation by Dispossession” en Socialist Register (Merlin
Press) Vol. 40, 2004. Traducción al castellano a cargo de Ruth Fólder disponible en
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/social/harvey.pdf
2
La acumulación originaria según Marx se remite “al vasto conjunto de procesos que llevaron al divorcio
del productor directo de los medios de producción y subsistencia […] La presunción histórica de las
relaciones sociales capitalista se manifiesta con la constitución de trabajadores libres, por una parte, y la
concentración de los medios de existencia en pocas manos, por la otra” (Bonefeld, Werner: “Primitive
Accumulation and Capitalist Accumulation: Notes on Social Constitution and Expropriation” en Science
& Society, Vol. 75, Nº 3, Julio de 2011, p. 380).
3
La transformación del dinero y la mercancías en capital requieren de “trabajadores libres en el doble
sentido de que ni están incluidos directamente entre los medios de producción – como sí lo están los
esclavos, siervos de la gleba, etcétera -, ni tampoco les perteneces a ellos los medios de producción – a la
inversa de lo que ocurre con el campesino que trabaja su propia tierra, etcétera -, hallándose por el
contrario, libres y desembarazados de esos medios de producción […] La llamada acumulación originaria
no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción.
Aparece como “originaria” porque configura la prehistoria del capital y del modo de producción
correspondiente al mismo.” (Marx, Karl: El Capital, Tomo I, Vol. 3, México, Siglo XXI Editores, 1979,
pp. 892 y 893).
4
Véase Quijano, Aníbal: “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina” en Lander, Edgardo
(comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas,
Buenos Aires, CLACSO, 1993.

1
campesinas y aborígenes, no se ha conformado necesariamente un mercado de trabajo
libre y asalariado. La persistencia y actualización de la encomienda, la mita e incluso
formas diversas de esclavitud son la prueba patente de esta convivencia.
Es por ello que en este trabajo nos interesa vincular el concepto de acumulación
por desposesión con las relaciones coloniales y de colonialidad del poder que se
producen en la historia de América Latina. Las dinámicas de la acumulación por
desposesión se despliegan en momentos críticos de la evolución de América Latina,
configurándose procesos que habrían de profundizar o resignificar las relaciones de
dominación coloniales y neocoloniales. Teniendo presente que en América Latina se
establecen relaciones coloniales a partir de la conquista misma y que siguen hasta
nuestros días, podemos discernir tres momentos históricos fundamentales que se
manifiestan en un conjunto amplio de aspectos de la vida humana, política, económica,
social y cultural. En este caso, nos dedicaremos a las dinámicas que se presentan en
torno a explotación de los recursos naturales, tomando como eje ciertos momentos o
hitos importantes en los que se establecen o reconstituyen esas relaciones de
dominación: 1) la conquista y colonización de América, y la configuración de “la
colonialidad del poder” a partir de este primer período5; 2) la era liberal y la
conformación de las economías primario-exportadoras hacia fines del siglo XIX
comienzos del XX; y 3) la etapa actual del dominio del neoliberalismo que conduce a
procesos de globalización, predominio de grandes empresas transnacionales y el
surgimiento de nuevas economías exportadoras, ejemplificadas en la sojización extrema
del sur del continente americano, la explotación petrolífera y la nueva minería a cielo
abierto que configuran lo que en varios trabajos recientes hemos considerado como un
nuevo extractivismo6.

La conquista y la era colonial


Está claro que la expansión hacia ultramar de los grandes imperios por lo menos en los
últimos 500 años – Hispano, Portugués, Holandés, Británico y ahora Estadounidense –
estuvo sustentado en gran medida por la expansión geográfica para la producción y el
intercambio de commodities. De hecho,

hacia los años 1450 […] la extensión de la arena geográfica para la producción e
intercambio de los commodities se ubica en la vanguardia. Las fronteras de
commodities hacia comienzos del siglo siguiente eran tan diversas y
geográficamente distantes como las zonas de pesca del Mar del Norte, la leña
noruega, la caña de azúcar del Brasil, la plata del Perú y los cereales polacos […] El
surgimiento del mercado en el mundo moderno no solo involucraba un aumento de
la demanda, también implicaba un régimen ecológico que desarticulaba las
condiciones socio-ecológicas para satisfacer esa demanda. Se trataba de la
instauración de regímenes extractivos; la riqueza ecológica era extraída lo más
rápido posible – bosques, campos, minas, clases laborales. Existía poco interés por

5
“la apropiación imperial de la tierra, la explotación de la mano de obra, el control financiero constituyen
elementos esenciales de la colonialidad del poder, establecidos a partir de la conquista y colonización del
continente americano. Aparte del dominio económico en el que opera la lógica de la colonialidad,
también opera a nivel político (control de la autoridad); social (control del género y la sexualidad); y
epistémico y subjetivo/personal (conocimiento del conocimiento y la subjetividad). La lógica de la
colonialidad ha existido desde la conquista y colonización de México y Perú hasta después de la guerra de
Irak, pese a que en los últimos 500 años la historia ha sufrido cambios superficiales en cuanto a las
proporciones y los agentes de la explotación/control” (Mignolo, Walter: La idea de América Latina. La
herida colonial y la opción decolonial, Buenos Aires, GEDISA, 2007, p. 36).
6
Véase Giarracca, Norma y Teubal, Miguel: “Disputas por los territorios y recursos naturales: el modelo
extractivo” en Revista ALASRU, Nueva Época Nº 5, 2010.

2
el desperdicio ya que se trataba de un factor que no era considerado en los cálculos
de rentabilidad7.

La conquista de América se produjo en el marco del despojo, la persecución y el


exterminio de las poblaciones originarias. Allí perdieron sus posesiones, su forma de
vida, su cultura y, en muchos casos, su vida misma. Desde el comienzo se trató de un
proceso marcado por la búsqueda y el saqueo del oro y la plata en forma de objetos
utilizados por las poblaciones originarias, los cuales eran extraídos de las regiones
conquistadas8. Con posterioridad se establece la minería en Potosí, que conjuntamente
con la de Zacatecas en México, habrán de constituirse en los principales centros de
extracción y exportación de plata a Europa. A ellas se sumaba la mina de mercurio en
Huancavelica, famosa por los graves problemas para la tierra y la salud de los
trabajadores.
En esta configuración de la economía mundial o economía mundo, el oro y la plata
eran requeridos por Europa para hacer frente a su demanda de joyas y especies
provenientes de Oriente9. Posteriormente se suma la producción para la exportación,
que en el caso del azúcar constituirá a lo largo de siglos uno de los principales
commodities destinados a Europa. El azúcar comenzó a ser cultivado en la Edad Media
en las islas Mediterráneas, para pasar luego a las Islas Atlánticas de España y Portugal,
recalar en Brasil y las Indias Occidentales. “La esclavitud siguió al azúcar. A medida
que fue trasladándose el cultivo del azúcar, se transformó la composición étnica de la
clase esclava”10. La provisión de esclavos de África para la producción azucarera
americana duró varios siglos, empujando hacia la muerte a sus trabajadores, quienes
emigraban forzosamente o se escapaban de la salvaje explotación, a la vez que produjo
un marcado deterioro ecológico de los suelos.
Con este proceso, la población indígena de las islas Caribeñas desapareció por
completo. Nueva España (México y Centroamérica) pasó de 11 millones de habitantes
en 1519 a aproximadamente 1,5 millones en los años 1650. También las poblaciones de
Brasil y Perú fueron reducidas drásticamente en este mismo período. Las razones del
deterioro poblacional fueron diversas: la conquista misma que significó una verdadera
matanza de la población, aparte de un enorme sufrimiento físico11. Paralelamente se da
el traumático secuestro y reubicación de millones de pobladores africanos. Solo una
parte de esta población sobrevivió al traslado desde sus territorios; muchos de ellos
murieron tempranamente, exhaustos por el trabajo al que fueron sometidos,
especialmente en la producción azucarera y la minería. Aquellos que resistieron, con el
correr del tiempo constituirían la población afroamericana del continente. Frente a estas
dislocaciones y con la difusión de nuevas enfermedades y falta de inmunidad a los
nuevos virus, no es de extrañar que cayera la población en la magnitud mencionada.
A partir del descubrimiento en 1545 de las minas de plata de Cerro Rico en Potosí,
considerada como una de los depósitos de plata más importantes del mundo, se produce
una reestructuración del sistema de acumulación para responder a la lógica de expansión

7
Moore, Jason W.: “´Amsterdam is Standing on Norway´, Part I: The Alchemy of Capital, Empire and
Nature in the Diaspora of Silver, 1545-1648” en Journal of Agrarian Change, Vol. 10 (1), enero de 2010,
p. 39 (nuestra traducción)
8
Véase Oliva de Coll, Josefina: La resistencia indígena ante la conquista, México, Siglo XXI Editores,
1991 (1974).
9
Véase Vilar, Pierre: A History of Gold and Money, 1450-1920, Londres, NLB, 1976 y Wallerstein,
Immanuel: El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo
europea en el siglo XVI, Madrid, Siglo XXI Editores, 1979.
10
Wallerstein, I, Op. cit., pp. 88 y 89.
11
Ibid., p. 89.

3
de las ambiciones imperiales de Castilla. Este sistema era desde sus inicios insostenible
pues involucró una vasta deforestación, destrucción de la producción agrícola indígena,
inundaciones catastróficas, expansión de las hambrunas, instauración de inseguridad
alimentaria estructural, desplazamiento y relocalización más de un millón de personas
en nuevos pueblos instaurados por los españoles. Potosí emerge frente a la crisis
europea de 1450-1530, durante la cuál declinan la minería de Sajonia, y de Bohemia lo
cuál induce la reubicación de la producción de plata a América12.
Los nuevos territorios coloniales presentaban condiciones ecológicas y sociales
favorables, mano de obra muy barata y una riqueza mineral muy grande. Sólo en Potosí,
en el siglo XVI se producía el 74% de la producción mundial de plata y era siete veces
más importante que la de Zacatecas en México. La población de Potosí pasó
rápidamente a 120.000 en 1610 siendo más grande que Ámsterdam (80.000), y similar a
Londres que tenía 150.000 y a Sevilla y Venecia donde vivían 130.000 habitantes. En
los primeros 25 años tras el descubrimiento de plata en Cerro Rico, la minería y las
fundiciones se mantuvieron en gran medida bajo el dominio indígena. Los pobladores
fundían la plata en miles de pequeñas fundiciones de altura llamadas Guayras.
Entregaban la plata a los españoles en concepto de tributo quienes también la
compraban en los mercados con dinero proveniente del comercio de coca.
Este proceso declino rápidamente cuando el mineral comenzó a escasear. Además,
la depresión de las tenencias de oro y la crisis fiscal y agroecológica afectaron aun más
al Imperio español que mantenía una costosa guerra tanto con los turcos como con los
holandeses. Luego de esta primera crisis, vino otro periodo de auge impulsado por las
reformas del Virrey Francisco de Toledo. Así entre 1575 y 1590, la producción de plata
aumentó 600%. Al cambio en el sistema de fundición se suma la introducción de la mita
para poder hacer frente a los grandes requerimientos de mano de obra. Tres millones de
andinos trabajarían las minas antes de la abolición de la mita en 1819. En este modelo la
productividad y el saqueo prefiguran las dinámicas del despojo capitalista afectando
notablemente la organización social indígena.
La voracidad de esta apropiación territorial producto de la extracción y el saqueo
de los metales preciosos generaron fuertes revueltas a lo largo de los espacios
coloniales, entre las que se destacan las acciones lideradas por Tupac Amaru y Tupac
Katari hacia finales del siglo XVIII. Desde los inicios, la presencia colonial produjo
profundas dislocaciones en la organización social indígena que afectó y se apropió de
las jerarquías para ponerlas al servicio de la maquinaria de dominación imperial. Así, el
trabajo, el tiempo, las ceremonias, etc. se convirtieron en instancias de padecimiento del
“mal gobierno”, a la vez que diversas estrategias de resistencias manifiestas y latentes
permitieron la manutención de espacios de autonomía donde persistía la dinámica
comunitaria. Con la aplicación de las Reformas Borbónicas estos rizomas de
comunitariedad tambalearon con la imposición de un sistema de repartos forzosos de
mercancías que funcionaron como medio de apropiación coactiva de excedentes y
circuitos comerciales y desataron profundas reacciones. Como respuesta se
desencadenaron rebeliones que combinaron el rechazo a la intensificación de la
opresión con “una propuesta de orden social basada en el reconocimiento de las
diferencias; en la posibilidad de una civilidad compartida y una autoridad legítima. Ese
nuevo orden social no implicaba necesariamente la expulsión o el exterminio, más bien
adoptó la imagen de una restitución o reconstitución”13.

12
Véase Moore, J, Op. Cit.
13
Rivera Cusicanqui, Silvia: Ch’ixinakax utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos
descolonizadores, Buenos Aires, Tinta Limón, 2010, p. 14.

4
La tierra en el centro de la escena
El otro factor que ha estado en el centro de los principales acontecimientos políticos de
América Latina desde su descubrimiento/invención ha sido la tierra. Las diversas
disputas a su alrededor marcaron el período de la conquista y la colonización y se
intensificaron en los años posteriores a la formación de los primeros gobiernos locales.
Principalmente hacia el siglo XIX, las transformaciones de la economía global y el
agotamiento relativo de ciertos metales americanos14 reforzó el rol de América como
productora de materias primas y alimentos para los países industriales. Con el correr de
los años la demanda de los países industrializados marcó a fuego los escenarios
económicos ya sea proveyendo de los alimentos tradicionales a bajo costo (cereales y
carnes) o respondiendo a las nuevas necesidades industriales como en el caso del
caucho. En este contexto, el control de la tierra y con ella de los medios de subsistencia
devino en un mecanismo inherente de “la colonialidad del poder”, en tanto la misma
incluye “la apropiación imperial de la tierra, la explotación de la mano de obra [y] el
control financiero”15.
La repartición del territorio que se impuso durante la colonia instauró en América
Latina un sistema de grandes haciendas que posteriormente fue consolidado y
transformado según los requerimientos del mercado mundial. Los procesos
independentistas, las luchas internas y de “frontera”, las reformas liberales del siglo
XIX y comienzos del siglo XX presentan dinámicas particulares al respecto16.
Tal es así, que con la formación de los primeros gobiernos criollos en el siglo XIX
y, en particular, a raíz de la difusión del credo liberal, se consolida el perfil de las
economías agroexportadoras en América Latina. Los metales son desplazados por las
materias primas y alimentos y la tierra adquiere aun más importancia que en el período
anterior. En este contexto, diversos regímenes político-económicos sustentados en
oligarquías terratenientes despliegan dinámicas excluyentes/explotadoras de las
poblaciones indígenas y campesinas, e incluso de la mediana y pequeña explotación
familiar. Las constituciones liberales instauradas en todo el continente ejercieron una
influencia significativa sobre la estructura agraria de la región.
La Constitución mexicana de 1857, la Lei de Terras del Estado Imperial Portugués
del Brasil de 1850 y la Constitución Argentina de 1853 establecieron en sus respectivos
territorios la base legal de los regímenes de propiedad privada que habrían de contribuir
al surgimiento y/o consolidación de una clase de grandes terratenientes a la vez que se
excluían comunidades indígenas y campesinas. Años más tarde, en 1882, El Salvador
promulga la Ley de Extinción de Ejidos y Comunidades Indígenas que se encontraba
alineada con leyes similares que fueron adoptados por los regímenes liberales de

14
A lo largo de este período se reconfigura el rol minero de América Latina a partir de las
transformaciones tecnoproductivas del Norte global. El aumento de la demanda de minerales como el
cobre, el estaño y el manganeso, produce la apertura de nuevas explotaciones y el crecimiento
exponencial de otras más antiguas. Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, la difusión del acero
y la electricidad también exigió de nuevos recursos que se encontraban más allá del mundo industrial. En
estos años, el petróleo comienza a ser utilizado para la iluminación y luego para “alimentar” los motores a
combustión y si bien los primeros yacimientos estaban EEUU, Rusia y Rumania, en la primera mitad
décadas del siglo XX los intereses comerciales de las empresas petroleras comienzan a extenderse hacia
Medio Oriente y algunas regiones de América Latina, tal es así que las empresas petroleras públicas de
Argentina, Bolivia y México datan de las décadas del 20 y el 30, mientras que en los 50’s se crean las de
Brasil y Chile.
15
Mignolo, W., Op. Cit, p. 36.
16
Véase Teubal, Miguel: “La tierra y la reforma agraria en América Latina” en Realidad Económica, Nº
200, Buenos Aires, IADE, noviembre-diciembre de 2003 y Teubal, Miguel: “La lucha por la tierra en
América Latina” en Giarracca, N. y Teubal, M. (coord.) La Tierra es nuestra, tuya y de aquel... Las
disputas por el territorio en América Latina, Buenos Aires, Antropofagia, 2009.

5
Colombia (desde 1821 en adelante), Bolivia (principalmente desde la dictadura de
Melgarejo a mediados de 1860)17 y Venezuela (1904).
En 1883 se sancionó la Ley de Tierras que permitía al Estado paraguayo la venta y
arriendo de tierras a propietarios extranjeros promoviendo el latifundio. Estas leyes
tuvieron grandes consecuencias pues los yerbales naturales, que pertenecían al Estado
paraguayo, fueron adquiridos por empresas de capital extranjero. La venta de las tierras
públicas hizo estragos entre los campesinos paraguayos y generaron importantes
movilizaciones y protestas que lograron una serie de propuestas legislativas para atenuar
el problema de los campesinos.
Por su parte, en Argentina, el Estado se fue consolidando a partir de una doble
dinámica de exclusión que involucraba las dos figuras predilectas de la crítica liberal
nacional. Por un lado, la barbarie encarnada en el gaucho; por el otro, el salvajismo
personificado en los pueblos originarios que en la segunda mitad del siglo XIX se
encarnaba en la figura de “el pampa” que englobaba a una enorme diversidad de
pueblos que, si bien compartían el idioma Mapuzugun, mantenían niveles de autonomía
muy importantes que les permitieron desarrollar múltiples estrategias de resistencia
frente a las autoridades coloniales y criollas. Además, al circunscribir la “cuestión
indígena” a la zona sur, el relato “normal” esconde la otra campaña militar perpetrada
en el noroeste, donde las poblaciones que habitaban el Impenetrable chaqueño también
fueron masacradas.
El proceso de privatización y explotación de la tierra desencadenó la paulatina
destrucción de formas locales de apropiación del territorio que eran incompatibles. En el
mejor de los casos el gaucho pasó a trabajar de manera efectiva o esporádica a las
estancias, sino caía en el continuo proceso de leva forzosa que arrojaba a miles de
personas a los fortines para defender los avances de la apropiación mercantil de la tierra.
Paralelamente las poblaciones originarias comenzaron a sufrir desplazamientos como
resultado de una política de ocupación del desierto18 y tras las sucesivas campañas se
diezmaron casi por completo a numerosos pueblos indígenas del sur y el norte del país.
Se preparó de este modo el camino para la plena ocupación territorial y la consolidación
de una oligarquía terrateniente, que pronto vio la necesidad de impulsar la inmigración
masiva de mano de obra europea.
En México, la Constitución y las leyes de Colonización y Baldío significaron un
cambio importante en la propiedad de la tierra, promoviéndose de modo decisivo la
concentración territorial que habría de caracterizar al México de fines del siglo XIX,
comienzos del XX. La reforma se dirigió contra las tenencias de la Iglesia, las tierras

17
Este proceso afectó de tal manera a las comunidades que se mantuvo en su memoria a largo plazo hasta
nuestros días. Tal es así que en 2003 Felipe Quispe, de la Confederación Sindical Única de Trabajadores
Campesinos de Bolivia (CSUTCB), refiriéndose a la toma de tierras en la localidad altiplana de Sorata
afirma: “En el tiempo de Melgarejo, los terratenientes han despojado a nuestros abuelos de esas tierras,
ahora solamente estamos recuperándolas.” (Argenpress, 12/11/2003).
18
La noción de desierto tiene para el imaginario argentino una fuerza preformativa enorme pues
presupone que todo aquel espacio que no es habitado por la civilización citadina carece toda presencia
humana. “El de-sierto es ese lugar privado de todo ser […] callado, con una total ausencia de voces y una
infinidad de ruidos. La lucha por la civilización, el progreso y la modernidad reduce a los diferentes a la
inexistencia y los “bestializa” para convertir las vidas humanas en entidades prescindibles. Se pone en
funcionamiento de esta manera lo que algunos autores denominan como colonización del ser, la cual no
es otra cosa que “generar la idea de que ciertos pueblos no forman parte de la historia, de que no son
seres” (Mignolo: 2007, 30).” (Palmisano, Tomás: “El campo de la modernización”, Ponencia presentada
en el XXVII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), Buenos Aires, 31 de
agosto al 4 de septiembre de 2009, p. 3).

6
comunales indígenas y las tierras del Estado. Se calcula que más de 810.000 hectáreas
de tierras comunales fueron transferidas en el período de Porfirio Díaz19.
A partir de 1821, en Colombia fueron suprimiéndose paulatinamente los
resguardos (tierras comunitarias entregadas a los indígenas durante la época colonial) y
se impulsó el desalojo de indígenas de sus tierras obligándolos a ingresar al mercado de
trabajo como peones asalariados o “acasillados” en las haciendas. También se
suprimieron ejidos, y tierras comunales cercanas a los poblados y las ciudades que
servían para el sustento de los pobres. Las tierras fueron adquiridas por ricos
terratenientes y comerciantes interesados en cultivos que fuesen fundamentalmente
productos de exportación.
Definitivamente, estos cambios en los regímenes agrarios, surgidos en el marco de
la difusión del liberalismo global hacia mediados y fines del siglo XIX, tuvieron que ver
con los procesos de integración de las economías latinoamericanas a la economía
mundial. A partir de entonces, se consolidó la plena privatización de la tierra y la
socavación de las economías campesinas a lo largo del continente, pero a la vez se
instauraron múltiples relaciones sociales “no libres” en todos los países del continente,
incluyendo sistemas de peonaje por deudas. Incluso los nuevos productos, como en el
caso del caucho, reproducían un tipo de explotación de los pobladores nativos que
estaba lejos de las relaciones salariales libres. Tal es así que la brutalidad de este
proceso extractivo, cuyo auge comienza en la segunda mitad del siglo XIX, fue el
“blanco de las primeras y justificadas protestas antiimperialistas”20. A partir de ese
momento se establece el afianzamiento de un nuevo sistema de grandes haciendas como
base de sustentación de los regímenes agrarios. En el caso mexicano y de otros países de
centro y Sudamérica, estas grandes haciendas habían estado sustentadas por poblaciones
indígenas residentes ligadas a la hacienda mediante una sujeción por deudas y, por otra
parte, indios no residentes que continuaban viviendo en comunidades indigenas que
rodeaban las haciendas, pero que obtenían cada vez más su medio de vida en las
haciendas21. No es difícil vislumbrar cómo estos desarrollos llevaron consigo un grado
muy importante de exclusión social para el campesinado y las comunidades que habrían
de delinear las condiciones de lucha por la tierra y la reforma agraria. Así, a lo largo del
siglo XX América Latina se transformara en el continente de la reforma agraria.22
En este sentido, quizás los procesos más importantes se encuentran en México, a
principios de 1900, y en Bolivia hacia 1952, ambos motorizados por luchas campesinas
que derivaron en cambios sustanciales de los regímenes agrarios existentes. También
pueden mencionarse las reformas agrarias de Nicaragua y Cuba que formaron parte de
sus respectivas “revoluciones sociales”. Asimismo, existieron otros procesos más
moderados que fueron impulsados tras el triunfo de la Revolución Cubana por los
EE.UU. en el marco de la Alianza para el Progreso. Perú, Chile, Ecuador, Colombia y
Honduras son los casos más notables de estas reformas “desde arriba”. Si bien varios
movimientos de reforma agraria fueron abortados (Guatemala en 1954, Brasil en 1964)
y otros terminaron “congelados” (Bolivia), todos ellos tuvieron como antecedente

19
Wolf, Erich R: Las luchas campesinas del siglo XX, Madrid, Siglo XXI Editores, 1973, p. 34.
20
Hobsbawm, Eric: La era del imperio 1875-1914, Buenos Aires, Crítica, 2010, p. 72.
21
Wolf, E, Op. Cit., 16
22
Según Griffin, Azizur e Ickowitz, una reforma agraria es un programa de redistribución de la propiedad
de la tierra de grandes latifundistas privados hacia pequeños agricultores campesinos y trabajadores
rurales sin tierra. . . Implica una “redistribución de la riqueza” (Griffin, Keith; Azizur, Rahman Khan y
Ickowitz, Amy: “Poverty and distribution of land” en Journal of agrarian change, Vol. 2, Nº3, Oxford,
Blackwell, julio de 2002, p. 280). Estas reformas agrarias se llaman muchas veces “reformas agrarias
redistributivas” para diferenciarlas de las “reformas agrarias de mercado” propiciadas por el Banco
Mundial.

7
luchas campesinas y rebeliones en el ámbito rural que en muchos casos derivaron en
masacres de gran envergadura como la ocurrida en1932 en El Salvador. La excepción
fueron quizás los casos de Argentina y Uruguay23 pues este tipo de limitaciones a la
mercatilización total de la tierra estuvieron ausentes o invisibilizadas por las elites
liberales.24
En términos generales, los alcances de las reformas estuvieron directamente
vinculados a la magnitud de la participación del campesinado aun cuando en el
desarrollo de los hechos no resultó ser su principal beneficiario. Sin embargo, y casi de
manera paradójica, el Estado tuvo un rol central en tanto muchas políticas vinculadas a
la distribución de tierras fueron impulsadas “desde arriba” con una escasa o nula
participación de los movimientos en la toma de decisiones. En este sentido, muchos
gobiernos latinoamericanos implementaron reformas agrarias moderadas sin recurrir al
apoyo del campesinado y obviando propuestas de tipo comunal. Según algunos autores
entre los que se destaca25, este tipo de cambios institucionales “desde arriba”
optimizaron el desarrollo del capitalismo flexibilizando los mercados de trabajo y de
tierra, a la vez que potenciaron las oportunidades de inversiones capitalistas en la
agricultura.
Sin embargo, en el marco del desarrollo de un capitalismo agrario, los espacios de
relativa autonomía no capitalistas sobrevivieron en la forma de comunidades indígenas,
economías campesinas y formas cooperativas de diversa naturaleza. Estas dinámicas
económicas que privilegian la reproducción familiar por sobre la búsqueda de una
ganancia capitalista también colaboraron a mantener bajo el precio de los alimentos de
consumo popular a la vez que las estrategias de autoconsumo permitían el acceso a la
alimentación de los sectores vinculados a la tierra. En estas situaciones pueden
reconocerse los espacios grises y reapropiaciones que los sectores populares realizan de
las políticas impuestas “desde arriba”, a la vez que ponen en evidencia la tensión entre
ciertas demandas sociales, en este caso de reforma agraria, y la traducción que de ellas
se hace en los espacios de poder nacional y transnacional.

El embate neoliberal y la sed de recursos naturales


En la década de 1970 la economía mundial sufrió una intensificación del proceso de
internacionalización de las transacciones comerciales y financieras que requería de un
nuevo “aporte” de recursos de los países “en vías de desarrollo”. Los espacios de
apropiación mercantil fueron múltiples.
Por un lado, se avanzó sobre los servicios públicos proveídos por el Estado, los
cuales se habían conquistado con diversas luchas a lo largo del siglo XX, ayudadas por
un clima de época permeable a ciertas políticas redistributivas en el marco del
capitalismo. Además, la liberalización del mercado de trabajo obligó a eliminar ciertos
beneficios sociales en pos de reducir los niveles salariales. Si durante los “30 años
gloriosos” de la posguerra la fuerza de trabajo, junto con cierta continuidad de las

23
Es importante rescatar que en la primera mitad del iglo XIX la Liga Federal (1813-1820) liderada José
G. de Artigas conformada por seis provincias de la actual Argentina y el hoy territorio uruguayo contó
con un instrumento legal de reparto de tierra conocido como Reglamento de Tierras que era muy
avanzado (Véase Giarracca, Norma y Petz, María Inés: “La asamblea de Gualeguaychú: su lógica de
nuevo movimiento social y el sentido binacional “artiguista” de sus acciones” en Realidad Económica, Nº
226, Buenos Aires, IADE, febrero-marzo de 2007).
24
Para conocer los alcances en términos de superficie distribuida y actores beneficiados por las reformas
agrarias de los distintos países latinoamericanos ver Kay, Cristóbal: Latin America’s Agrarian Reform:
Lights and Shadows, 1998. Disponible en http://www.fao.org/docrep/x1372t/x1372t02.htm [Consulta 05
de diciembre de 2011] y Teubal, M., 2009, Op. cit.
25
Kay, C., Op. cit.

8
dinámicas extractivas a lo largo del mundo, había sido el recurso central en torno al cual
se organizaba el proceso de acumulación, la era neoliberal dio un vuelco significativo.
Bajo la consigna del retorno al laissez faire, el mercado logró apropiarse de espacios
creados bajo el signo de lo público. Sin embargo, no es el Estado como entidad el que
pierde poder, sino que con su omisión, permite ciertos procesos de exclusión por la
puesta en marcha de una organización económica que constantemente empuja los
límites de la esfera del mercado a todas las instancias de la vida.
En términos productivos, se dio un avance de la frontera extractiva de diversas
materias primas. La producción granaria tuvo una expansión notable por la
subordinación mercantil de espacios comunes tanto naturales (bosques nativos, selvas,
cerrados, mesetas semidesérticas, valles andinos, etc.), como productivos destinados al
autoconsumo. Así, se produce el despojo de campesinos y comunidades indígenas para
la apropiación de sus tierras ya sea a través de estrategias de arrinconamiento silencioso
o por medio de la violencia abierta26. Pese a este embate del neoliberalismo, la lucha por
la tierra adquiere un nuevo ímpetu tanto en lo que refiere a su acceso y como a su
propiedad. Se manifiesta en los conflictos entre quienes son sus propietarios y quienes
la trabajan, entre el campesino y el terrateniente. La disrupción del elemento territorial
también se hace presente cuando vastos sectores son desplazados de su hábitat histórico
por nuevos inversores, grandes embalses o proyectos faraónicos. En este contexto, la
tierra refuerza su sentido diverso y polisémico debido al auge de nuevos movimientos
agrarios y campesinos, de los sin tierra, y del nuevo y viejo indigenismo que se
manifiestan a lo largo y ancho del continente.
Muchas políticas económicas del neoliberalismo tuvieron y tienen como objetivo
debilitar los pilares mismos de las economías no-capitalistas a través de la privatización
de las tierras comunales indígenas y campesinas y la desarticulación de las
colectividades que habían surgido al calor de las luchas por la reforma agraria. Desde la
famosa revocación del artículo 27 de la Constitución Nacional de México hasta el
Decreto de Desregulación de 1991 en la Argentina, en casi todos los países
latinoamericanos se adoptaron medidas tendientes a la “liberalización” o
“flexibilización” de las instituciones agrarias. Su objetivo principal era impulsar con
mayor ahínco la mercantilización de la tierra en detrimento de sus otros múltiples
sentidos. Con ello se trató de desregular y desarticular el andamiaje institucional que en
muchos países había sido establecido para defender y promover, aunque fuera
tibiamente, las economías campesinas o de pequeños y medianos productores
agropecuarios. De esta manera se impulsó la difusión creciente del trabajo asalariado y
la precarización del empleo rural; la multiocupación; la expulsión de medianos y
pequeños productores; las continuas migraciones campo-ciudad; la creciente orientación
de la producción agropecuaria hacia los mercados; la articulación de los productores
agrarios a complejos agroindustriales liderados por grandes empresas transnacionales o
transnacionalizados; el aumento de la influencia del capital financiero; la conformación
de pool de siembra, etcétera. Al mismo tiempo las grandes corporaciones
transnacionales o transnacionalizadas avanzaron sobre el comercio mundial de
productos agropecuarios, la provisión de insumos y tecnología agropecuaria, el
procesamiento industrial y la distribución final de alimentos. La mayor concentración de
la tierra, la consolidación de un nuevo latifundismo relacionado al capital financiero y
agroindustrial, la centralización del capital en los diversos eslabones del sistema

26
Véase GER (Grupo de Estudios Rurales): “Desalojos y arrinconamientos de campesinos y comunidades
indígenas en la Argentina” en Realidad Económica, Nº 203, Buenos Aires, IADE, abril- mayo de 2004.

9
agroalimentario de los países latinoamericanos se convierten en fenómenos comunes en
todo el continente27.
En el caso de la producción minera los cambios tecnológicos propuestos por la
modalidad a cielo abierto con utilización de sustancias tóxicas reconfiguran el mapa
económico-político a lo largo de la Cordillera de los Andes (y en cada lugar donde la
concentración de minerales haga redituable la explotación). Reflotando el mito de los
desiertos, los territorios potencialmente explotables son presentados como vacíos o
sacrificables28 velando las redes sociales, identitarias y productivas que se imbrican en
esos lugares. Asimismo, ciertos adelantos tecnológicos orientados principalmente a la
ingeniería genética y la biotecnología, permiten que espacios de vida hasta el momento
impensados sean regidos bajo la lógica del mercado y el patentamiento. En este sentido,

El énfasis en los derechos de propiedad intelectual en las negociaciones de la


Organización Mundial del Comercio (OMC) (el denominado acuerdo TRIPS)
marca los caminos a través de los cuales las patentes y licencias de materiales
genéticos, plasma de semillas, y cualquier otra forma de productos, pueden ser
usados contra poblaciones enteras cuyas prácticas de manejo ambiental han jugado
un papel crucial en el desarrollo de estos materiales. La biopiratería es galopante, y
el pillaje del stock mundial de recursos genéticos en beneficio de unas pocas
grandes empresas multinacionales está claramente en marcha29.

Las consecuencias planetarias de este modelo se distribuyen tanto entre países como
entre poblaciones. En el caso de los Estados centrales, ellos mantienen intacto el
monopolio de la violencia física. Las guerras (más allá de sus argumentos discursivos)
se siguen dando en el marco territorial de los Estados. Aun cuando se remite al
terrorismo, argumento bastante usual en los últimos años, los conflictos bélicos han
involucrado a países (Afganistán e Irak) cuyos regimenes eran acusados de proteger
organizaciones fundamentalistas. Sin embargo, el argumento del terror tiene influencias
mayores. La presión de los Estados centrales, principalmente EEUU, ha llevado a la
aprobación en muchos países del mundo de leyes antiterroristas que intensifican la
criminalización y la represión de las acciones de resistencia. Paralelamente, se produce
una dispersión de la violencia en varios países periféricos donde proliferaron grupos
parapoliciales que venden sus servicios represivos al mejor postor. Asimismo, los países
periféricos y semiperifericos son los más afectados por las presiones de los capitales
privados transnacionales, ya sea en su faceta financiera, industrial o extractiva. Si bien
esta dinámica se registra principalmente en los países periféricos, es innegable la
existencia de consecuencias sociales devastadoras en los países centrales. En realidad se
busca matizar la idea de la globalización como un proceso tan inevitable como
democrático, el cual afecta a todos los actores internacionales, regionales o locales por
igual. Esto nos permite reconocer a la globalización como un vasto campo de conflicto
dinámico y multiescalar30.
La vorágine excluyente de este modelo necesariamente ha despertado resistencias
a lo largo de todo el continente y el planeta. De alguna manera, la urgencia de la lucha y

27
Véase Teubal, Miguel: “Globalización y nueva ruralidad en América Latina” en Giarracca, N. (comp.)
¿Una nueva ruralidad en América Latina?, Buenos Aires, CLACSO – ASDI, 2001 y Teubal, M, Op. cit.
28
Véase Svampa, Maristella; Bottaro, Lorena y Sola Álvarez, Marian: “La problemática de la minería a
cielo abierto: Modelos de desarrollo, territorio y discursos dominantes” en Svampa, M. (coord.) Minería
transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Buenos Aires, Biblos, 2009.
29
Harvey, D., Op. cit., p. 114.
30
Véase Santos, Boaventura de Sousa: “Os processos da globalização” en Santos, B. (org.) A
globalização e as ciênciais sociais, San Pablo, Cortez, 2002.

10
la sensación de estar frente a un punto de no retorno en lo que respecta a la depredación
y presión sobre la naturaleza ha permitido que ciertas resistencias que parecen
inconmensurables encuentren puntos comunes. Así los movimientos sociales se
enfrentan a un doble desafío. Por un lado, deben expandir los horizontes y las
estrategias de lucha frente a enemigos estatales y corporativos que los superan en
dimensiones y recursos (aunque, por supuesto, nunca en creatividad). Por el otro,
necesitan desarrollar un lenguaje que trascienda su coyuntura para poder hacer efectiva
la traducción (Santos, 2003) de experiencias hacia otros movimientos sociales a la vez
que puedan comprender en sus propios términos las luchas que resultan ajenas. En la
última parte del siglo XX se da una eclosión de movimientos de raíz campesina e
indígena de gran importancia. Entre ellos cabe mencionar, aunque no son los únicos en
sus respectivos países, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México,
el Movimiento Sin Tierra ( MST) en Brasil, la Confederación de Nacionalidades
Indígenas del Ecuador (CONAIE), diversos movimientos paraguayos y bolivianos, entre
otros.31 Todos ellos presentan planteamientos esenciales en torno a la tierra, el territorio
y sus significados. Estas luchas agrarias y campesinas no son luchas sectoriales,
corporativas del sector, sino que incluyen visiones más amplias vinculadas tanto con el
ámbito rural como con el mundo en general. En este sentido, se entroncan con el
movimiento antiglobalizador, ya que se trata de movimientos que se oponen a la
agricultura industrial/agronegocio, comandada por las grandes corporaciones
transnacionales agroindustriales32.
Más allá de las múltiples estrategias productivas, represivas y prebendarias de
cada emprendimiento, en términos generales las dinámicas de depredación a las que
estos movimientos se enfrentan tienen algunos puntos en común que nos permiten
hablar de un modelo extractivo. Quizá uno de los aspectos principales de esta coyuntura
sea la renovaba orientación exportadora de gran parte de la producción agropecuaria y
de la economía latinoamericana, basada en un sistema de grandes explotaciones. Por
poner un sólo ejemplo estadístico, el último Anuario estadístico proporcionado por la
CEPAL33 (2010) muestra en la última década un crecimiento de la participación de las
exportaciones primarias con respecto a las exportaciones totales de casi todos los países
latinoamericanos y sus bloques económicos. Los casos más pronunciados son Bolivia
que entre 1999 y 2009 vio incrementada en un 31,1% la participación de sus productos
primarios en el comercio exterior (los cuales ascienden al 92,9% del total) mientras que
para Brasil esa suba es del 14,6%, ubicándose en el 60,9% de las exportaciones
agregadas. Algunos países como Argentina y Ecuador presentan una caída mínima de
este valor en los primeros años de la década pero esta tendencia se revierte en la
segunda mitad, para ocupar en 2009 el 68% y el 90% de sus ventas externas
respectivamente. En el total de los países latinoamericanos la participación de dichos
productos ascendió de 41,4% en 1999 a 52,9% en 2009. Incluso de las mayores

31
Aquí podrían incluirse los múltiples movimientos que surgen en oposición a los proyectos mineros a
gran escala cuya concepción del territorio, cuando no es literalmente coincidente, es muy próxima al de
las comunidades campesinas e indígenas. También podemos mencionar a aquellos que se desenvuelven
en Centroamérica tras las terribles guerras de Guatemala y El Salvador, así como aquellos otros que se
manifiestan en Nicaragua y Panamá. En definitiva, todos estos son movimientos que reflejan un nuevo
momento en la lucha por la tierra, un momento signado por el neoliberalismo y la globalización. Para
mayor detalle de las diversas organizaciones a lo largo de América Latina ver Giarracca y Teubal, 2009.
32
Teubal, M., 2009, Op. cit.
33
CEPAL: Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2010. Disponible en
http://www.eclac.org/cgi-
bin/getProd.asp?xml=/publicaciones/xml/6/42166/P42166.xml&xsl=/deype/tpl/p9f.xsl&base=/tpl/top-
bottom.xslt

11
economías de la región, sólo México tiene menos del 60% de sus exportaciones
conformadas por productos primarios pues de un crecimiento del 10% en la década
analizada los alimentos y materias primas aun ocupan el 24,9% de sus ventas externas.

Reflexiones finales
En todo el período de despojo y colonización que se manifestó en nuestro medio desde
la conquista hasta el presente, se fueron configurando los elementos del denominado
modelo extractivo en América Latina34. Enmarcado en el proceso de globalización que
potencia a grandes empresas transnacionales y al mercado que habrán de dominar
sectores clave de las economías nacionales, se trata de un modelo que tiene
particularidades muy especiales. Se orienta fundamentalmente hacia las exportaciones
de commodities, desplazando la producción local orientada a los mercados internos;
genera enormes “rentas diferenciales a escala mundial” fundamentalmente para sus
principales beneficiarios pero también enormes pasivos ambientales y sociales que son
soportados por la población subalterna en general; y en lo esencial se trata de
actividades no sustentables en el largo plazo, y no solo la minería a cielo abierto, sino
también la agricultura del agronegocio (por ejemplo la producción sojera). Su
insustentabilidad se manifiesta particularmente en lo que atañe a recursos esenciales
para la vida misma como es el agua. Vivimos en un mundo en donde escasea el agua, y
se dilapidan los recursos naturales, la tierra fértil y la biodiversidad, a la vez que se
contaminan las napas freáticas, el aire, la tierra, potenciando el “recalentamiento
mundial”. Así, se crean infinitas iniquidades que afectan a la naturaleza y a la sociedad
en su conjunto. La crisis mundial que vivimos no es únicamente una crisis financiera,
que pareciera rápidamente extenderse hacia la “economía real” prefigurando una caída
en la actividad económica y un aumento significativo de la desocupación a escala
mundiales. Se trata también de una crisis del modelo civilizatorio moderno, pensado en
torno al crecimiento ilimitado de la producción y las “fuerzas productivas”, el cual
comienza a toparse con la finitud de la tierra. Las actividades extractivas son, en lo
esencial, responsables por este fenómeno, al entrelazar la industria petrolífera
automovilística y extenderse a todas las demás esferas de la producción y el consumo de
los recursos naturales. Se trata de un modelo del saqueo, la contaminación de la
naturaleza que de continuar establecerá un profundo cuestionamiento en torno a su
incidencia sobre la viabilidad de la vida misma en el planeta tierra.
Como vimos a lo largo de las páginas precedentes, las distintas etapas de
desposesión pueden pensarse como parte de una continuidad en el proceso de despojo
que la mayoría de los países de América Latina y el resto de la periferia han soportado.
Desde la conquista, la depredación de los recursos y las vidas ha sido una constante en
nuestros territorios. Sin embargo, nuestra posición periférica y la resistencia de las
poblaciones permitieron la supervivencia de dinámicas y organizaciones no-mercantiles.
En algunas ocasiones, el avance del capitalismo encarnado en los emprendimientos
extractivos se nutrió de formas de coacción extraeconómicas que lejos de tender a la
formación de mercados de trabajo libres utilizó estrategias represivas para depredar los
territorios. Esta maleabilidad del modo de producción capitalista tuvo como respuesta la
creatividad de los distintos movimientos que a lo largo de la historia lograron apaciguar
el avance voraz y construir alternativas viables aun en contextos represivos. En los
últimos años la magnitud de esta dinámica presenta un quiebre. Boaventura de Sousa
Santos35 describe una intensificación sin precedentes de las interacciones

34
Giarracca, N. y Teubal, M., Op. cit. Y Giarracca, N. en este volumen.
35
Santos, Boaventura de Sousa: Crítica de la razón indolente. Contra el desperdicio de la experiencia,
Bilbao, Desclée de Brouwer, 2003.

12
transnacionales que obligan a expandir nuestros horizontes analíticos y pensar las
sociedades nacionales en el marco de un sistema mundial en torno al cual existen ciertas
dinámicas que afectan el interior de los países. Estas transformaciones tienen
implicancias muy distintas según se trate de Estados centrales, semiperiféricos o
periféricos pero la escala de su destrucción pone en jaque la supervivencia misma del
ser humano. Los proyectos de vida de aquellas comunidades que se resisten desde
antaño a la modernidad y su promesa progreso infinito, parecen tener mayores
oportunidades de construir alternativas. Estos proyectos contrahegemónicos se
construyen desde otros saberes y sentires, que si bien en algunos casos retoman las
cualidades emancipatorias de la modernidad, la radicalidad de su propuesta nos permite
acunar la esperanza de otros mundos posibles.

13

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