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Infancia, justicia y

derechos humanos
UNIVERSIDAD NACIONAL DE QUILMES

Rector
Gustavo Eduardo Lugones

Vicerrector
Mario E. Lozano
Infancia, justicia y
derechos humanos

Carla Villalta
(compiladora)
Diana Marre Cífola, Carolina Ciordia,
Claudia Fonseca, Julieta Grinberg,
María Josefina Martínez, Sabina
Regueiro, Adriana de Resende
B. Vianna, Carla Villalta

Bernal, 2010
Colección Derechos humanos
Dirigida por María Sonderéguer y Baltazar Garzón

Infancia, justicia y derechos humanos / compilado por


Carla Villalta - 1a ed. - Bernal: Universidad Nacional
de Quilmes, 2010.
320 p.; 20x14 cm. - (Derechos Humanos / María
Sonderéguer)

ISBN 978-987-558-192-0

1. Derechos Humanos. I. Villalta, Carla, comp.


CDD 323

© Carla Villalta, 2010


© Universidad Nacional de Quilmes, 2010
Roque Sáenz Peña 352
(B1876BXD) Bernal, Pcia. de Buenos Aires
http://www.unq.edu.ar
http://editorial.blog.unq.edu.ar
[email protected]

ISBN 978-987-558-192-0
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Índice

Introducción, Carla Villalta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

Derechos, moralidades y desigualdades. Consideraciones acerca


de procesos de guarda de niños, Adriana de Resende B. Vianna . . . . 21

De “malos tratos”, “abusos sexuales” y “negligencias”. Reflexiones


en torno al tratamiento estatal de las violencias hacia los niños
en la ciudad de Buenos Aires, Julieta Grinberg . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73

Del “tráfico de niños” a las “adopciones necesarias”.


La evolución reciente de políticas de adopción en Brasil,
Claudia Fonseca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109

Entre el “superior interés del menor” y el “derecho al hijo”.


Los dilemas de la adopción en España, Diana Marre Cífola . . . . . . . 135

La adopción y la circulación de niños, niñas y adolescentes


tutelados en el conurbano bonaerense, ¿prácticas imbricadas?,
Carolina Ciordia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 163

Uno de los escenarios de la tragedia: el campo de la minoridad


y la apropiación criminal de niños, Carla Villalta . . . . . . . . . . . . . . . 199

Inscripciones como hijos propios en la administración pública:


la consumación burocrática de la desaparición de niños,
Sabina Regueiro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 245

La producción social de la filiación y la construcción de una


paternidad, María Josefina Martínez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 285

Autoras . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 317
Derechos, moralidades y desigualdades.
Consideraciones acerca de procesos
de guarda de niños*
Adriana de Resende B. Vianna

[...] formo parte del tribunal –dijo el sacerdote–. ¿Por qué ten-
dría que querer nada de ti? El tribunal no quiere nada de ti.
Te recibe cuando vienes y te despide cuando te vas.
FRANZ KAFKA, El Proceso

Primeras consideraciones

En el conocido libro de Kafka de donde fue extraído el epígrafe que


encabeza este artículo, lo absurdo del tribunal que detiene, juzga y
condena a Josef K. presenta como uno de sus rasgos determinantes
la total opacidad en relación con las reglas que lo organizan, al
menos para aquellos que allí entran en la posición de objetos de su
escrutinio. Un tanto irónicamente, ese mismo tribunal, en la figura
de uno de sus múltiples componentes, afirma a su atónito reo que el
tribunal “recibe y deja ir”, como si el proceso no fuera más que una
breve suspensión de la vida cotidiana y el tiempo allí transcurrido
estuviese dotado de límites y de una lógica propios. Como saben los
que leyeron el texto hasta el final, el juicio no es pasajero, sino que
por el contrario se perpetúa en una cruel sentencia.
Elegimos este epígrafe justamente porque creemos en su doble
verdad: tanto en lo provisorio (o extraordinario) que hace a la entra-
da al tribunal, como en la durabilidad de las decisiones que allí se

* Traducción de María Victoria Pita y Carla Villalta. Revisada por la autora.

Prefacio | 21
traman. Creemos, además, que los modos asumidos por ese absurdo
tribunal de Kafka pueden ser diversos: no solo involucran la senten-
cia de muerte del personaje, sin que este tenga noción del crimen
cometido, sino también otras posibilidades, en apariencia menos
agresivas, pero con igual poder de producir destinos. En algunas de
ellas, la imagen de la acogida ya esbozada puede ser aun más nítida,
tomando la forma de la escucha de diferentes especialistas que son,
no obstante, responsables por juzgar y sentenciar.
El universo específico al que nos referimos está formado por un
“tribunal” encargado de decidir sobre el destino de niños y jóvenes
que, por diversos motivos, enfrentan una situación de indefinición en
relación con sus responsables legales. Las situaciones sancionadas
legalmente allí involucran a veces a los padres biológicos –o a uno
de ellos– cuya patria potestad, por algún motivo, está siendo cues-
tionada; a veces se refieren a la parentela más amplia, a patrones, a
empleadas domésticas y sus hijos, a extraños que dicen que “agarra-
ron para criar” a un niño o a una niña, y a muchas otras situaciones
posibles. Son casos que comprenden lo que legalmente se denomina,
de forma bastante significativa, como la guarda de un niño; algunos
de ellos pueden desdoblarse en casos de adopción.1 En ese sentido,
si tomamos en cuenta la definición de “guardar”, son situaciones que
tratan de la elección de quién debe retener o mantener (conservar en
su poder) a un niño, pero también cuidarlo y ejercer vigilancia.
Los casos que analizaremos se desarrollan en la 1a vara* de
Infancia y Juventud de Río de Janeiro, responsable por los proce-
sos civiles (pertenecen a la 2a vara los procesos criminales), y en el
tramo de 1980 a 1990, período de transición de la legislación orienta-
da a la infancia. La forma mediante la cual se presentan tales situa-
ciones evoca en mucho el absurdo kafkiano: “procesos”, autos y actos

1 Partimos aquí del material recogido para mi tesis de doctorado, en la cual


se sistematizan y analizan cerca de 60 procesos de guarda de niños, actualmente
en el Archivo Nacional de Río de Janeiro.
* Se ha optado por dejar la nominación en portugués, vara, debido a la impo-
sibilidad de traducción resultante de una organización judicial diferente a la de
Argentina. Una vara es cada una de las circunscripciones judiciales que compo-
nen el fuero de un distrito donde hay más de un juez de derecho. [N. de las T.]

22 | AlejandrodeKaufman
Adriana Resende B. Vianna
judiciales en los cuales sedimentan dichos filtrados y reconvertidos
al lenguaje peculiar del “tribunal”. Pese a las limitaciones propias
de esa forma –y de cualquier otra– creemos que a través de ella es
posible no solo percibir mucho acerca de la dinámica de las negocia-
ciones, los conflictos y las resoluciones llevadas al “juzgado”, como se
conoce hoy dicha instancia, sino también reflexionar sobre su poder
de decisión. Es decir, reflexionar sobre cómo ese material específico
no solo “esconde” u omite datos, sino también produce la posibilidad
de ciertos desenlaces, a partir de esas mismas omisiones y del peso
burocrático que tienen los dichos convertidos en declaraciones y los
peritajes de los especialistas. Al fin de cuentas, como bien recuerda
el incómodo texto de Kafka, el “proceso” tiene sus propias reglas, y
estas se aplican también a la construcción de las narrativas.
Sin embargo, antes de presentar algo de esas narrativas, es
importante discutir, aunque sea brevemente, algunas implicancias
de la legislación bajo la cual tales procesos son estructurados y juz-
gados, así como ciertas posibilidades de enfrentarse, a partir de la
antropología, con la producción, aplicación e incluso modificación de
“derechos” operados a lo largo de un proceso judicial. En este ensayo
nos proponemos reflexionar sobre cómo a partir de una desigual-
dad jurídica fundamental –la que separa mayores de menores– se
movilizan y perpetúan otras desigualdades, constituyendo algo que
puede ser comprendido como una economía de discriminaciones. En
ese sentido, la intención es pensar las implicancias de una relación
tutelar que, teniendo en uno de sus extremos a sujetos en situación
de minoridad y, en otro, al poder representado por la administración
estatal, también involucra a otros individuos y redes. En relación con
esto, nos proponemos pensar sobre el lenguaje moral que atraviesa
los “derechos”, no en la forma como la legislación los consagra, sino
en el modo como son convertidos en asuntos de disputa y represen-
tación. Reparar en los dichos sacramentados en los autos es, entre
otras cosas, mirar la conversión de legalidades en moralidades, en
obligaciones, en gratitudes, en expectativas. Pero, sobre todo, pre-
tendemos hablar de la construcción de ciertos destinos, gestados en
el ir y venir del “tribunal” que entrelaza a los individuos en redes de
autoridad y moralidad.

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 23
Los derechos de la infancia y la administración
de la minoridad: consideraciones sobre una
relación tutelar

En 1990 fue aprobada la primera legislación brasileña dirigida


explícitamente a la infancia bajo la égida y el compromiso con
los derechos humanos. El Estatuto del Niño y del Adolescente
(Estatuto da Criança e do Adolescente), usualmente conocido como
“el Estatuto” o ECA, vino a dar respuestas a demandas y críticas
a diferente escala. Contraponiéndose a la ya relativamente larga
trayectoria de regulaciones nacionales orientadas al control de las
“infancias desviadas”, el ECA se proponía operar a partir de una
nueva lógica al comprender a niños y adolescentes como sujetos
especiales de derecho. De ese modo, sustituía al Código de Menores
de 1979, usualmente considerado un desdoblamiento del Código de
Menores de 1927, y a la doctrina que lo fundamentaba –la de la
situación irregular, marcada por la preocupación en intervenir sobre
infancias consideradas “desviadas”, infractoras, “abandonadas”,
etc.– por la doctrina de la protección integral. En el plano de las
acciones judiciales, a su vez, la nueva legislación afirmó la impor-
tancia de la búsqueda del interés superior de niños y adolescentes,
garantizando formalmente una mayor flexibilidad en la decisión a
tomarse frente a casos concretos.
Diferentes elementos presentes en el modelo ético-normativo de
los derechos humanos pueden ser identificados en el ECA. El primero
de ellos se refiere al fuerte énfasis en lo que se conoce como la segun-
da generación de derechos humanos, que enfatiza la promoción de
derechos sin los cuales la libertad consagrada en la primera gene-
ración de derechos puede considerarse inviable. Así, el texto del ECA
coloca en la condición de derechos de niños y adolescentes “todas las
oportunidades y facilidades a fin de posibilitar su desarrollo físico,
mental, moral, espiritual y social” (artículo 3), y la efectivización
de esos derechos como “deber de la familia, de la comunidad, de la
sociedad en general y del Poder Público” (artículo 4).
De ese modo, se operó un cambio fundamental en términos lega-

24 | AlejandrodeKaufman
Adriana Resende B. Vianna
les, y también en relación con el papel de las familias, naturalizadas
en la legislación anterior como locus central de la formación de los
individuos. La situación irregular, que doctrinariamente caracteriza-
ba a quienes fueran considerados de algún modo insuficientes frente
a ese modelo, aparece sustituida por un nuevo diagrama de respon-
sabilidades.2 Esto apunta, por un lado, hacia otro cambio operado a lo
largo de la segunda mitad del siglo XX en los derechos humanos, el del
papel del Estado –nombrado en la ley como Poder Público– como pro-
motor de derechos, lo cual desdobla y transforma el modelo lockeano
del individuo a ser protegido del Estado (y no por él). Por otro lado,
al enumerar los diferentes responsables de asegurar los derechos de
la infancia, el texto legal también pone en escena innegables contra-
dicciones. Mientras la naturalización de la familia continúa presente,
la elevación de los niños y adolescentes a la posición de sujetos uni-
versales de derecho, en cierto modo, los coloca idealmente por sobre
esa misma familia, en el caso de que esta no tenga cómo asegurarles
las condiciones consideradas fundamentales.3

2 Recurriendo a las formulaciones de Ewald sobre el surgimiento de las legis-


laciones sociales de las cuales el derecho en torno a la infancia es tributario, cabe
recordar que la redistribución y la nueva formalización de obligaciones colectivas
que ese tipo de legislación genera se confunden totalmente con la moral, tanto
en el sentido de pensar un “mal colectivo” a ser repartido, como en la noción de
riesgo. La relación entre responsabilidad y riesgo permite reflexionar sobre la
contraposición entre costos propiamente sociales –y, en ese sentido, colectivos– y
la intervención sobre situaciones específicas como forma de minimizar tales cos-
tos. Así, como apunta el autor, a la concepción de un mal social que recolocaría
legalmente las obligaciones jurídicas, políticas y modernas de las sociedades occi-
dentales a partir del siglo XIX, correspondería también la producción de formas
de evaluación de la moralidad de las conductas, capilarizando las intervenciones
en nombre de principios más generales de distribución de las responsabilidades
colectivas (Ewald, 1987, pp. 18-22 y 55-57).
3 Claudia Fonseca y Andrea Cardarello llaman la atención sobre las con-

tradicciones internas del ECA, como puede notarse en la contraposición entre el


artículo 19 del ECA, que garantiza que los niños tienen derecho a “ser criados y
educados en el seno de su propia familia” y el artículo 4, mencionado antes, que
les garantizaría el derecho a tener acceso a la salud, educación, alimentación,
deporte y ocio, lo que obviamente muchas familias no pueden asegurar a sus hijos
(Fonseca y Cardarello, 1999, p. 103).

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 25
La universalidad de los derechos de la infancia aparece también
a través de la trayectoria asumida por las regulaciones interna-
cionales de derechos humanos. Tomando nuevamente como marco
la segunda mitad del siglo XX, es claro el cambio en el sentido de
la elaboración de líneas de acción para la formulación y el ejer-
cicio efectivo de tales derechos. La Declaración Universal de los
Derechos Humanos, de 1948, opera a partir de presupuestos tribu-
tarios de la concepción de individuo presente en las declaraciones
de derechos francesa y norteamericana del siglo XVIII, como en la
idea matriz de que “los hombres nacen libres e iguales en dere-
cho”. Sin embargo, su estrecha relación con la nueva estructura
internacional encarnada en el “sistema ONU” le confiere otra mate-
rialidad o, al menos, otra ambición de materialidad. La producción
de declaraciones y de documentos con mayor poder de imposición
supranacional, como las convenciones internacionales de derechos,
que comprometen a los países firmantes con su implantación con-
creta, expresa la forma adquirida, en el escenario internacional,
por tal ambición.
En el caso específico de los derechos relativos a la infancia, es posi-
ble percibir con nitidez esa transformación, expresada sobre todo en el
pasaje de la Declaración Universal de los Derechos del Niño de 1959
a la Convención Internacional de los Derechos del Niño, producida
treinta años más tarde, en 1989, y ratificada por el gobierno brasileño
al año siguiente.4 Mientras que la primera, por su propia naturaleza,

4 Acerca de los compromisos establecidos cuando se firmó la adhesión a


las convenciones internacionales, la abogada Tânia Pereira explica que “las
Convenciones contienen reglas de procedimientos flexibles y adaptables a las
más diversas realidades, delineando políticas legislativas a ser adoptadas por
los Estados partes. Estos tienen la obligación no solo de respetar los derechos
reconocidos en las convenciones, sino también de garantizar su libre y pleno
ejercicio. […] La Convención [de 1989] exige, por parte de cada Estado que la
suscriba y ratifique, una toma de decisión, incluyendo los mecanismos nece-
sarios para la fiscalización del cumplimiento de sus disposiciones” (Pereira,
1999, pp. 4-5). En términos de legislación nacional, la Convención de 1989 fue
ratificada en Brasil a través del Decreto 99.710/90, de noviembre de ese año
(véanse, además de Pereira, 1999, Rizzini y Pilotti, 1995, p. 382, y Marcílio y
Pussoli, 1998).

26 | AlejandrodeKaufman
Adriana Resende B. Vianna
se estructura como un conjunto de principios, la segunda se impone
con el sentido de un compromiso de cambio legal por parte de los
estados signatarios y detalla a lo largo de sus artículos un conjunto
de peligros a combatir (por ejemplo, diversas formas de “explotación”)
y de condiciones a asegurar. Aunque no nos extenderemos en esas
consideraciones, es importante destacar dos aspectos especialmente
sensibles en lo que hace a la producción de esa “infancia universal” y
algunos de sus impasses.
El primero de ellos se refiere a la tensión entre la concepción del
niño o del adolescente como individuo, portador de derechos aná-
logos a los conferidos a individuos adultos, y su condición peculiar
de alguien considerado “en formación”. Esa tensión es formalmente
resuelta a través del establecimiento de la ya mencionada condición
de los niños como sujetos especiales de derecho, reconociendo la des-
igualdad legal y jurídica en la cual se encuentran, pero desde la ópti-
ca de la protección. Tal protección, por su parte, no puede disociarse
de la selección de responsables por la gestión directa de la infancia, lo
que redunda en la producción de diversos recursos de control. La con-
tradicción entre el ideal universalista de “individuo” y la concreción
de las experiencias locales y singulares, presente como un todo en
un conjunto de regulaciones internacionales de derechos humanos,
adquiere, en el caso de la infancia, no solo perfiles peculiares sino la
dimensión de hipérbole. Es decir, es posible tomar los derechos de la
infancia como una situación límite dentro del ideario de los derechos
humanos, en la medida que estos explicitan un complejo juego de
valores en torno a lo que sería la protección necesaria a estos sujetos
especiales, así como de las diversas interdependencias necesarias
para su efectivización. Al fin y al cabo, más allá de la dificultad más
general de conciliar los sujetos universales de los derechos humanos
y la heterogeneidad de pertenencias de esos mismos sujetos, en el
caso de los niños está en juego el establecimiento de responsabili-
dades legalmente sancionadas y reconocidas. Su condición de cria-
turas locales está dada, de este modo, tanto por aquello que podría
ser genéricamente identificado como pertenencia cultural, dato ya
postulado como derecho, ya tematizado como impasse, como por su
inmersión en redes de autoridad.

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 27
El segundo aspecto que queremos destacar está intrínsecamente
ligado a esta tensión e involucra aquello que Norberto Bobbio (1989)
designó como el proceso de especificación de los sujetos de derecho.
El individuo –el “Hombre”– genérico en torno al cual se estructura
la Declaración Universal de 1948 si no desapareció de regulaciones
posteriores, tuvo al menos que convivir con otros sujetos, descritos
bajo las rúbricas también universalizantes de la mujer, el niño, las
minorías étnicas y religiosas. Así, la composición de los derechos de
cada sujeto se estructura de cierto modo también en contraposición
a ese individuo genérico. Sin embargo, la posibilidad de sustanti-
vación y naturalización de estos sujetos, producida a través de las
propias regulaciones destinadas a ellos, como las declaraciones,
conferencias y convenciones de derechos de mujeres, niños, etc., con-
lleva a veces el riesgo de oscurecimiento de la dimensión relacional
que les da el estatus de grupos o individuos minoritarios.
Teniendo eso en mente, es importante destacar, para el caso de
la infancia, las implicancias de un término que acabó siendo prácti-
camente eliminado tanto de la legislación como de la administración
de la infancia: el término menor o, más específicamente, la relación
que le da sentido, la minoridad. El término menor, constantemente
presente en los procesos de guarda a pesar del cambio de nomencla-
tura que siguió a la promulgación del ECA, fue duramente criticado
por diversos grupos que actuaron en la promoción y defensa de
derechos de niños y adolescentes, sobre todo a lo largo de la déca-
da de 1980, denunciándose el carácter estigmatizante –y deshuma-
nizador– de la dicotomía entre “niños” y “menores”. Si a los primeros
les caben representaciones positivas y conmovedoras de la infancia,
en los términos en que fueron producidas histórica y culturalmente,
a los demás les cabrían todas las inferioridades que llevarían a la
indiferencia por su suerte o incluso a la aversión por su existencia.
Estos últimos encarnarían diversos fantasmas: la pobreza mezclada
con la criminalidad, ya fuese ejercida desde la más tierna edad o se
presentase como virtualidad; la ausencia de familia y de escuela;
la pertenencia a hordas y bandas vagando por las calles. En fin, la
indistinción, en lugar de la singularidad afectiva prometida a los
“verdaderos niños”.

28 | AlejandrodeKaufman
Adriana Resende B. Vianna
Más allá de esos sentidos estigmatizantes, productores de una
desigualdad explícita –o de una explicitación de la desigualdad–
cabe recordar otra dimensión de la relación de minoridad, que es
central para discutir tanto la legislación orientada a la infancia
como –y especialmente– su aplicación. La condición de minoridad
es, antes que nada, parte de una relación de dominación. Ser legal-
mente menor –por edad o cualquier otro criterio– significa no dispo-
ner de autonomía plena, estar formalmente sometido a la autoridad
de otra persona, de un conjunto de personas o incluso de institucio-
nes. Significa, en ese sentido, ser objeto de una acción tutelar, cuya
legitimidad es extraída del compromiso moral de proteger a aquellos
que no pueden protegerse por sí mismos. La construcción de una
nueva legislación para regular un tipo específico de menor –el que lo
es en razón de la edad–, aunque parta de otros paradigmas y repre-
sentaciones, no deshace ese principio.
La producción de tutores, a su vez, involucra también otra cade-
na de evaluaciones y autoridades superpuestas. Aun en las situa-
ciones que nos son más fácilmente naturalizables, es decir, las que
involucran a los padres biológicos, la necesidad de exhibir la eficacia
de esta acción tutelar –representada en la buena formación de indi-
viduos– está en juego. La pérdida de autoridad legal sobre un niño,
expresada en la anulación* de la patria potestad, está presente como
prerrogativa de otra autoridad mayor, que podríamos llamar aquí
poder soberano. Por lo tanto, cabe a los tutores legalmente constitui-
dos a través del aparato de ese poder soberano demostrar su capa-
cidad de gestionar menores, apartándolos de los males que podrían
alcanzarlos, pero también de los que ellos mismos les pueden cau-
sar. Es decir, el eje de intervención sobre ellos, así como sobre otros
menores que en diferentes momentos pueden ser tomados como sus
pares, está dado por la necesidad, por un lado, de prevención y, por
otro, de incorporación controlada.
La carga de la autoridad sobre menores consiste, de tal modo, en
comprobar rutinariamente la eficacia de los mecanismos de inclu-
sión gradual dispuestos para ellos. Si el fundamento de tal autori-

* Cassação, en el original. [N. de las T.]

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 29
dad es el propio principio de la soberanía y, más específicamente,
de la soberanía comprendida en términos de unidades nacionales,
es sobre la administración que recae el costo de comprobar la legi-
timidad y, al mismo tiempo, la eficacia de la delegación establecida
o ratificada.5 Cabe pensar, entonces, en dos aspectos de la gestión
tutelar de menores que son contrapuestos pero se encuentran estre-
chamente relacionados: la espectacularización de la soberanía y la
rutinización del dominio.
La espectacularización encuentra su forma máxima, como se ha
dicho antes, en la posibilidad de anulación de la patria potestad,
como medida que busca la suspensión de los riesgos que involucran
a las poblaciones sobre las cuales se ejerce. A su vez, el contrapunto
de la exhibición del poder soberano es la rutinización del dominio,
eje sobre el cual se puede comprender el ejercicio de formas admi-
nistrativas de investigación, evaluación y construcción de recursos
para la intervención soberana. En ese sentido, la acción espectacular
y ejemplar de la anulación de la patria potestad depende de todo un
esfuerzo administrativo de diagnóstico de situaciones, lo que incluye
tanto la identificación de acciones moralmente condenables como el
ejercicio de evaluar la eficacia prospectiva de aquellos que deben
gestionar cotidianamente individuos en condición de minoridad.
De ese modo, la rutinización del control sería condición de la pro-
pia soberanía, en la medida en que la representación del poder y de
las obligaciones soberanas se basa en el supuesto de su intervención
constante y, siempre que se considere especialmente necesario, de

5 Foucault advierte sobre la importancia de pensar el poder como algo que


se ejerce “en las sociedades modernas a través, a partir y en el mismo juego de
esta heterogeneidad entre un derecho público de la soberanía y una mecánica
polimorfa de las disciplinas” (1979, p. 150). O, de forma más detallada, que “en
las sociedades modernas, desde el siglo XIX hasta nuestros días, tenemos pues,
por una parte, una legislación, un discurso, una organización del derecho público
articulado en torno al principio del cuerpo social y de la delegación por parte de
cada uno; y por la otra, una cuadriculación compacta de coacciones disciplinarias
que aseguran en la práctica la cohesión de ese mismo cuerpo social” (1979, p.
150). Para una discusión puntual sobre soberanía y disciplina, véase también
Foucault (1986, pp. 179-191).

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Adriana Resende B. Vianna
maneras más emblemáticas. La vigilancia sobre comportamientos,
incluso cuando no se ejerce, debe estar dada como presupuesto, como
virtualidad. En tanto parte de la administración, cabría al juzgado,
en ese esquema, demostrar tanto la autoridad soberana –expresa-
da a través de sentencias civiles– como la eficacia disciplinaria, a
través de las investigaciones, los peritajes y las demás acciones de
diagnóstico y control de riesgos. En ese sentido, la acción cotidiana
del juzgado sería, idealmente, una acción al mismo tiempo moral
y técnica, capaz de identificar con precisión áreas del tejido social
sobre las cuales intervenir y de corregir situaciones irregulares de
gestión de aquellos que no pueden hacerlo por sí solos.
Así, es importante tener presente que, si la obligación de inter-
venir forma parte tanto de los atributos de la soberanía como de la
mecánica de la disciplina, tales intervenciones no deben ser en prin-
cipio comprendidas a partir de su representación ejemplar. Antes
bien, es preciso pensar en las formas específicas que asume tal inter-
vención, es decir, en los acuerdos que se hacen, en los límites que se
toleran, en los silencios que se producen. Pensar sobre la capilari-
dad de las acciones disciplinarias es, en ese sentido, pensar en qué
estrategias efectivas están siendo construidas a partir y a través de
tales acciones. Por lo tanto, no se trata de evaluar si hay “poca” o
“mucha” intervención, sino de pensar en la forma asumida por los
procedimientos administrativos de la gestión de menores. Con esto,
llegamos a un componente central en la comprensión de esta gestión
como tutelar: la relación entre la administración y las unidades
domésticas; y, especialmente, la comprensión de esa relación como
parte de un proceso más amplio de fijación de poblaciones.
El poder de intervención que la administración tiene sobre aque-
llos que son reconocidos como gestores directos de la minoridad –por
la patria potestad o por la guarda– así como su obligación de vigi-
lancia solo se viabilizan en tanto procedimientos administrativos a
través del establecimiento de relaciones complementarias con las
unidades domésticas en las cuales tales menores están insertos, o a
las cuales son designados por la administración. Su fijación espacial
–preferentemente en casas y, en último caso, en instituciones esta-
tales– corresponde a la obligación soberana de controlar poblaciones

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 31
errantes y demarcar fronteras, no solo impidiendo una movilidad
sin reglas sino también creando mecanismos de visibilidad acerca
de las trayectorias de dichas poblaciones. Los procesos civiles de
guarda pueden entenderse como procedimientos de gestión tutelar
también en ese sentido: crean o registran localizaciones; a través del
otorgamiento o la ratificación de tutores, fijan menores en casas, es
decir, en configuraciones interdependientes de personas y lugares.
Así, construyen territorios, al inmovilizar poblaciones en espacios
administrativamente controlados e identificados.6 No por casuali-
dad, la indagación sobre los lugares de residencia forma parte de
todo proceso civil de guarda, lo que indica la ejemplaridad de la
acción soberana, nuevamente en términos de autoridad por el poder
de intervención y de moral por la representación de la forma correc-
ta de existir, del riesgo a ser evitado.
Tal ejemplaridad no elimina, sin embargo, el hecho de que hay
un gran número de configuraciones que incluyen menores –las cir-
culaciones de niños, como define Fonseca (1995)– y que se forman
y mantienen sin que jamás sean blanco de acciones de control en
sentido estricto. La cuestión que queremos destacar no consiste en
que la administración busque tales configuraciones para intervenir
sobre ellas o incluso que use sus obligaciones y poder de acción
sobre los menores para controlar tales configuraciones, sino en que
establece una relación complementaria de autoridades delegadas
y reconocidas con aquellos que, por razones e iniciativas variadas

6 Partimos, aquí, de las formulaciones desarrolladas por Antonio Carlos de


Souza Lima acerca del poder tutelar: “Dicho de otro modo, se trata de sedenta-
rizar pueblos errantes, venciéndoles –a partir de acciones sobre sus acciones y
no de la violencia– su resistencia a fijarse en lugares definidos por la adminis-
tración; o de capturar para esta red de aparatos de gestión gubernamental otros
pueblos con largo tiempo de interacción con el conquistador, operando para ello
con la idea de un mapa nacional. […] Como en las sociedades de soberanía, este
poder incide sobre espacios, estableciéndoles límites, muchas veces con el empleo
de procesos fundamentalmente de exhibición y teatralización, creando así terri-
torios por y para la función de administrarlos. Pero esto se realiza excluyendo/
incluyendo una población a la cual le es atribuido un status específico. El ejercicio
del poder tutelar implica obtener el monopolio de los actos de definir y controlar
lo que sería la población sobre la cual incidirá” (Lima, 1995, pp. 73-74).

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Adriana Resende B. Vianna
llegan o son llevados al juzgado. En esos términos, es posible pensar
que el juzgado, en tanto detentor del monopolio de la fuerza –como
cualquier instancia administrativa– no necesariamente lo ejerce
actuando represivamente sobre las unidades domésticas sino que,
por el contrario, captura parte de las relaciones de autoridad esta-
blecidas por esas mismas unidades y erige con ellas alianzas que
permiten la afirmación de su propio poder y utilidad. De este modo,
es necesario pensar que la minoridad, en tanto relación de domina-
ción, promueve o se define, en el caso de las infancias, a través de la
relación complementaria y asimétrica entre administración y casas
o, recurriendo a la tipología weberiana, entre formas burocráticas y
patrimoniales de dominación.
Retomando la discusión sobre la ejemplaridad de la acción sobera-
na y disciplinaria realizada por el juzgado, lo que puede pensarse es
que tal ejemplaridad, reflejada, por ejemplo, en los artículos legales
que dan cuenta de los cuidados que deben ser garantizados a aque-
llos que son menores por edad (los “niños” y los “jóvenes”), se trans-
forma, en tanto práctica administrativa efectiva, en la búsqueda, no
de la reproducción de ese ideal ejemplar, sino de la consagración de
autoridades domésticas que no rompan de manera excesivamente
dramática con tal ideal. En esos términos, la dinámica entre admi-
nistración y unidades domésticas se establece de manera tensa, y se
basa, por un lado, en la necesidad de garantizar que los menores se
mantengan inmersos (por lo tanto, controlados) en configuraciones
específicas –familiares o no– y, por otro, en la necesidad de no per-
mitir que se transgredan ciertos límites, bajo pena de desautorizar a
la propia administración en tanto soberana y disciplinaria.
Así, la moralidad que será exhibida y construida a través de los
procesos y juicios civiles contempla, de forma diferenciada, tanto a la
administración como a las unidades domésticas. Demostrar la ade-
cuación, incluso limitada, a la ejemplaridad de los cuidados formali-
zados en la ley exige de ambas el esfuerzo de ajustarse al conjunto de
actos y representaciones que constituyen la “buena administración”
de una minoridad. Lo que interesa recuperar aquí es que la ade-
cuación moral que tiene que ser demostrada por todas las unidades
de gestión, sean ellas “burocráticas” o “patrimoniales” en el sentido

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 33
weberiano, tiene como punto nodal su propia capacidad de retener a
tales menores. El potencial para una buena formación de individuos
que las casas deben, supuestamente, poder probar a la administra-
ción y que la administración debe buscar al escoger las casas no
puede ser comprendido sino a partir de la demostración de esa inmo-
vilidad, de la dependencia continuamente producida y exhibida en la
“piedad filial” (Weber, 1996, p. 753) que hace que los menores no se
desvíen. La ejemplaridad exhibida por la ley se contrapone, de este
modo, a la tolerancia dictada, entre otras cosas, por la necesidad de
fijación de aquellos que son objetos de la administración.

Legalidad y moralidades

Uno de los puntos fundamentales de correlación de la autoridad pro-


ducida en el circuito tutelar, que involucra a la administración y a
las unidades domésticas, es la correlación entre la percepción de una
autoridad legítima –o de formas legítimas de ejercer la autoridad de
que se está imbuido o que fue otorgada a alguien a través del proceso
y su sentencia– y el conjunto más amplio de obligaciones que corres-
ponderían al ejercicio de tal autoridad. Toda la construcción de la
legitimidad, incluso como virtualidad, depende en cierta medida de
la capacidad de reproducir representaciones y demostrar prácticas
coherentes con ese conjunto de obligaciones.
Del mismo modo que ocurre con la conceptualización de la
autoridad, tampoco la moral puede ser definida en términos prede-
terminados o, mejor dicho, no puede ser tomada como un conjunto
claramente definido y estanco de comportamientos y valores. Hablar
de moral implica hablar de producción, transmisión y disputa de sig-
nificados; implica describir dinámicas entre representaciones, como
también entre los agentes sociales que producen o se apropian de
tales representaciones, y de las estrategias o contextos en los cuales
se ponen en acción. En este sentido, a la moral –como una forma
de organizar cierto conjunto de percepciones y actitudes– corres-
ponderían moralidades, entendidas como campos dinámicos de

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Adriana Resende B. Vianna
construcción y transmisión de las representaciones morales, nunca
totalmente cerradas de antemano y dependientes de las experien-
cias concretas en las cuales son invocadas y explicitadas.
Por lo tanto, un primer punto que se plantea en esta discusión
es la definición de lo que podría ser considerado como moral y, par-
ticularmente, como moralidad o moralidades. Durkheim procura
delimitar los problemas sociológicos relacionados con la moral como
aquellos –cualquier hecho social, en la concepción durkheimiana–
que se imponen a los individuos a partir de algunas características
propias, lo que hace que sean capaces de dialogar con otros fenóme-
nos sociales pero, al mismo tiempo, ser sociológicamente distintos.
Entre estas características estaría la fuerza obligatoria con que se
plantean, ya sea a través del prisma de las sanciones o las recom-
pensas recibidas por observarlos o ignorarlos, ya sea por su capa-
cidad de engendrar reglas de conductas vividas por los individuos
en el plano de los sentimientos. En estos términos, las obligaciones
propiamente morales tendrían por naturaleza el ser constitutivas de
los individuos en una dimensión en cierto modo más profunda que
las obligaciones delineadas por las prescripciones explícitamente
punitivas o por las recompensas objetivas, al punto que los indivi-
duos podrían verse llevados a tener actitudes que aparentemente
los conducirían a contrariar sus intereses más inmediatos. Con esto,
Durkheim destaca el hecho de que los beneficios que pueden extraer-
se de las acciones moralmente correctas deben buscarse fuera de la
obviedad de las perspectivas analíticas utilitaristas.7

7 Durkheim destaca la complejidad de los hechos morales afirmando que estos


se encuentran relacionados con todos los otros hechos sociales, pero sin confundirse
con ellos. Como hecho social, su fuerza obligatoria precisa ser realizada, aunque no
se restrinja a los recursos punitivos que están ligados al quiebre de la moral sino,
por el contrario, a la persecución de una cierta “felicidad”: “La moralidad resulta
de los esfuerzos que hace el hombre para encontrar un objetivo duradero al que
pueda aferrarse para encontrar una felicidad que no sea meramente transitoria”
(1993, p. 96). Contraponiéndose a las perspectivas utilitaristas o estrictamente
individualistas de comprensión de los fenómenos morales, Durkheim apunta
nuevamente al carácter propiamente social de los placeres que pueden resultar
de la observancia de los valores morales: “¿No se puede decir, por el contrario: la

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 35
Poner en cuestión el poder coercitivo de la moral y, al mismo tiem-
po, la singularidad de los beneficios sociales que pueden extraerse de
ella remite, según Durkheim, a la importancia de las representacio-
nes y las relaciones de autoridad, subsidiarias de la obligatoriedad
y del deseo de desempeñarse en el mundo de forma moralmente
correcta. Atenerse a ciertos procedimientos por ser más moralmen-
te correctos que otros implicaría, de ese modo, reconocer la autori-
dad de las representaciones por detrás de tales procedimientos y,
simultáneamente, beneficiarse de esa misma autoridad como algo
de lo que el individuo pasa a estar indirectamente investido.8
Es posible, de este modo, establecer un paralelo con lo que
hemos señalado que sería la búsqueda de legitimidad, resultante

moralidad es primero y antes que nada una función social, y solo debido a una
circunstancia afortunada, que las sociedades viven infinitamente más que los
individuos, podemos gustar satisfacciones que no son meramente efímeras?” (1993,
p. 98). Por otro lado, afirmando la complementariedad entre las recompensas y las
sanciones sociales resultantes del comportamiento moral, Durkheim destaca que
se trata de dos aspectos del mismo fenómeno, y no de fenómenos distintos entre sí:
“Hasta aquí hemos considerado solamente sanciones negativas (censura, castigo),
ya que en ellas la característica de la obligación es más clara. Pero hay sanciones
de otro tipo. Los actos que se conforman con la regla moral son encomiados, y
quienes cumplen con ella son honrados. En este caso la conciencia moral pública
reacciona de otro modo y la consecuencia del acto es favorable para el agente,
pero el mecanismo del fenómeno social es el mismo […] No hay dos tipos de reglas
morales, órdenes negativas y positivas: no son sino tipos de la misma clase” (1993,
p. 100) [N. de las T.: para la traducción de las citas textuales de Émile Durkheim
se ha tomado la edición en español Émile Durkheim. Escritos selectos. Introducción
y selección de Anthony Giddens, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993].
8 Citando como ejemplo la adopción de procedimientos respaldados por la cien-

cia, Durkheim relaciona autoridad y moral: “[...] Adoptamos, por ejemplo, un modo
de vida dado porque entraña la autoridad de la ciencia: la autoridad de la ciencia
le da su propia autoridad [...] En estos ejemplos vemos lo que, en la concepción de
la regla, has más allá de la noción de regularidad: la idea de autoridad. Por auto-
ridad tenemos que entender la influencia que se impone sobre nosotros por algún
poder moral que reconocemos como superior. Por esta influencia actuamos del
modo prescrito, no porque la conducta requerida nos resulte atractiva, no porque
estemos inclinados a ella por alguna predisposición innata o adquirida, sino porque
hay cierta influencia forzosa en la autoridad que la dicta. La obediencia voluntaria
consiste en ese consentimiento” (1993, p. 101; cursivas del original).

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de la formulación weberiana sobre la construcción de la autoridad
como “poder de mando y deber de obediencia”, y el esfuerzo para
adecuarse moralmente a ciertas situaciones y representaciones.
La autoridad extraída de las acciones moralmente correctas puede
considerarse tributaria no solo del poder de mando, sino también,
paradójicamente, de lo que se podría calificar como el poder de la
obediencia: la autoridad obtenida a partir de los esfuerzos en conse-
guir ser visto como alguien que trae a su comportamiento y a lo que
se podría llamar, de manera un tanto imprecisa, su imagen social
–objetivada en una cierta reputación, por ejemplo– los beneficios de
obedecer a preceptos sociales moralmente valorados.
En las situaciones que se analizan aquí, las tentativas de cons-
truir ese poder de obediencia desempeñan un papel crucial, en la
medida en que permiten que las diferentes disputas e indagaciones
de las que se componen los procesos se realicen a partir de un len-
guaje reconocido por todos los involucrados –especialistas y no espe-
cialistas– como válido. De este modo, el lenguaje moral que atraviesa
los procesos –mostrarse buena madre, buen guardador– construye
la “alianza” que permite al mismo tiempo que se distribuyan las
autoridades –mantener la patria potestad, perderla, acordar formas
compartidas de criar hijos– y que se califiquen las acciones, objetivo
último de cualquier tipo de sentencia. Si la experiencia judicial tiene
como característica poner en riesgo la autoridad de los involucrados,
incluso la de los especialistas, es posible caracterizar el lenguaje
por el cual ese riesgo se expresa y se construye como un lenguaje
moral: el mantenimiento o la adquisición de una cierta posición de
autoridad depende del esfuerzo por demostrar una adecuación al
“deber ser” de las obligaciones y comportamientos morales; tener la
capacidad de obedecer, en ese sentido, para garantizar el poder de
mandar de manera continua.
Sin embargo, del mismo modo que la autoridad no puede ser
tomada como un bien estático que se adquiere o se pierde de forma
fija, sino que debe tomarse sobre todo como algo que se ejerce y,
en ese sentido, constantemente se pone en riesgo, la moral tam-
bién precisa ser comprendida como lenguaje en uso, presa, por lo
tanto, de un conjunto relativamente estable de presupuestos, pero

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 37
especialmente como objeto de lucha. Volviendo entonces a lo que
hemos planteado, se trata de contraponer al contorno relativamente
cerrado de la moral, como un tipo específico de acciones y represen-
taciones, el ejercicio más plural de moralidades, como un campo de
enunciados sobre intenciones, actos y condiciones en las cuales esos
actos fueron realizados;9 un campo capaz de ser descrito a partir
de los dichos de los actores, del contexto en que tales dichos fueron
producidos y de su poder en tanto argumentos, esto es, de dichos
destinados a determinado fin. Y, más allá de eso, la cuestión es no
solo pensar que tales moralidades pueden describirse, sino que solo
pueden comprenderse si se describen; es decir, que están –en el
modo como las comprendemos aquí– tan cautivas de las condiciones
de su enunciado que solo tienen sentido cuando se las recupera en
su dimensión de acción social.
En la introducción de la compilación titulada The Ethnography of
Moralities, Signe Howell (1997) defiende el uso del término en plu-
ral, en lugar de moralidad o moral, por considerar que ello refuerza
el propio sentido de la disciplina antropológica, centrada en la pre-
ocupación por la comparación y en la búsqueda de significados dis-
tintos de aquellos de la sociedad de la que proviene el investigador.
Por otro lado, el uso del plural permitiría contemplar tanto discursos
como prácticas, incluso en sus contradicciones. Otro llamado de
atención que atraviesa los diversos textos de la compilación, y que
procuro seguir aquí, es el de atender tanto al esfuerzo de describir
lo que los actores explicitan como comportamientos moralmente
correctos (sobre todo si se comparan con los de otros actores) y los
actos ligados a esas moralidades, como a las situaciones de impas-
se que fuerzan un mayor esclarecimiento sobre lo que los propios
actores asumen como perteneciente al territorio de las cuestiones

9 Herzfeld usa el término taxonomías morales como forma de indicar la


inviabilidad, para los análisis antropológicos, de aislar categorías morales –como
el honor, la vergüenza, etcétera– tanto de otras categorías como de los contextos
en que son utilizadas. Esa imposibilidad estaría vinculada, antes que nada, al
hecho de que tales taxonomías están sujetas a la evaluación pública de compor-
tamientos y no a cualquier estado interior hipotético de los individuos (1980, pp.
340-341).

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morales. En ese sentido, puede ser útil retomar las proposiciones
de Weber sobre la acción social: la moral deja de ser una palabra
autoexplicativa para convertirse en el punto de partida de pregun-
tas y descripciones, se vincula con estrategias, cálculos, embates,
reacciones, etcétera. Es decir, se inscribe en el plano de las acciones
constituyentes y constituidas por relaciones sociales, y no puede ser
tomada como una estructura estática de significados que tiene que
ser descubierta por el investigador a partir de la secundarización de
los propios actores.
Se plantea entonces otra cuestión: ¿cómo entender tales morali-
dades en medio de situaciones construidas a través de declaraciones
efectuadas a especialistas investidos de autoridades diferenciadas y
dedicados a la búsqueda de una decisión judicial? Esa cuestión per-
mea, en verdad, las preocupaciones de diferentes antropólogos que
lidian con conflictos judiciales y con lo que, sintéticamente, podría
traducirse como la búsqueda de fronteras entre lo legal y lo moral.
O, dicho de otro modo: las tentativas de entender en qué medida la
legalidad de ciertas operaciones y decisiones –en principio institui-
das por la propia posición de los actores sociales y por la observancia
de un cierto cuerpo legal formalizado y de procedimientos regulares–
estaría convergiendo, compitiendo o incluso contrariando otro orden
de regulaciones que no cuenta con el mismo grado de formalización,
pero que no por eso sería menos efectivo.
Un primer camino para abordar esa relación remite a la conver-
gencia ideal entre legalidad y moralidad, o a la pretensión de que
los códigos formalizados y los agentes autorizados para poner en
práctica tales códigos operen con lo que podría considerarse como el
“deber ser” social más fuertemente institucionalizado. Así, las leyes
y su aplicación remitirían a lo que Geertz llama la traducción de un
“lenguaje de la imaginación” a un “lenguaje de la decisión” (Geertz,
1983, p. 174). En el caso de la legislación acerca de la infancia, como
se ha comentado, tal lenguaje estaría organizado sobre todo en torno
a la responsabilidad, figura jurídica de fuerte connotación moral.
Ser responsable implica estar sujeto a un conjunto de obligaciones
morales, no solo de control de los individuos durante su minoridad,
sino de formación de esos mismos individuos.

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 39
En ese sentido, los propios textos legales, pese a sus variantes
doctrinarias y contextuales, se anclan fundamentalmente en ciertos
preceptos morales sobre lo que se debe disponer para que esos indi-
viduos en formación sean, al mismo tiempo, protegidos en su con-
dición especial y controlados prospectivamente. Es decir, en tanto
cuerpos legales, procuran indicar obligaciones que en principio son
colectivas, pero que deben realizarse a partir de un conjunto identifi-
cable de relaciones de autoridad y, al mismo tiempo, de responsabili-
dad (padres, guardadores, etcétera). De este modo, el control judicial
sobre las conductas individuales estaría anclado en la preocupación
por hacer coincidir la “imaginación” legal –en sí misma, una “ima-
ginación” moral– con la evaluación de los actos emprendidos por
aquellos que, en la condición de responsables, tienen la autoridad y
la obligación de formar nuevos individuos.
Se impone, pues, un segundo camino de discusiones. Si en los
textos legales está siempre presente la tentativa de hacer converger
el plano legal con el moral, en la dinámica de las evaluaciones judi-
ciales no siempre se presenta esta coincidencia. Antes que nada, cabe
decir que esta distancia es parte del propio ejercicio del derecho (o
del derecho en ejercicio), simultáneamente regla y proceso; “imagina-
ción” y “decisión”.10 La singularización que se pone en práctica en las
experiencias judiciales (no son las obligaciones legales y morales de
la patria potestad en abstracto las que están siendo evaluadas, sino la
acción de esta madre o de aquellos guardadores en particular) permi-
te, de este modo, que se entienda no solo la asociación entre coerción

10 Esta problemática es destacada de diferentes formas por varios autores.


Para mencionar solo algunos, Geertz llama la atención sobre la necesidad que tie-
nen las operaciones judiciales de producir “hechos”, como la materialidad sobre la
cual la ley puede incidir, siempre tomando esos hechos como un intrincado proceso
de producción de significados (Geertz, 1983, pp. 170-172); Bourdieu, enfatizando
el papel de los especialistas, destaca el esfuerzo de conversión que estos tienen
que hacer para que “injusticias” o “daños morales” sean asumidos como “derechos”
o daños legalmente sancionables (Bourdieu, 1986, pp. 9-11); y Sally Falk Moore
destaca la pluralidad de lo que llama “procesos de regularización”, en los cuales
estarían incluidas no solo las reglas explícitas de los códigos legales, sino también
propósitos, símbolos e ideologías del comportamiento social (Moore, 1978, p. 6).

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legal y coerción moral, sino también sus resistencias. El desarrollo del
proceso, al tiempo que representa el esfuerzo, sobre todo por parte de
los especialistas, por crear la aproximación entre moralidad y lega-
lidad (el guardador más adecuado legalmente debe ser el que pueda
representarse también como el moralmente más correcto), deja regis-
trados diferentes sentimientos de desconfianza y de injusticia.
Planteado de un modo más amplio, el tema de la injusticia puede
ser una forma de comprender la distancia entre la autoridad y la
moralidad, en la medida en que expresa la necesidad de aceptar,
o la tentativa de no aceptar, decisiones y situaciones delineadas a
partir de una asimetría de posiciones sociales.11 Si, por la propia
naturaleza narrativa de los procesos, no es posible aprehender con
claridad sentimientos de injusticia frente a la sentencia final –ya
que el proceso está obligado a un “fin”, sacralizado en la decisión
legal del juez–, es posible percibirlos, en cambio, en las tentativas
de renegociar, a través del juzgado, acuerdos hechos fuera de él, en
procesos abiertos o reabiertos, para que una nueva etapa se produz-
ca (como en los procesos de guarda que se transforman en procesos
de adopción después de un cierto tiempo o incluso en ciertos tipos de
apelaciones centradas en la invocación de los “derechos”).
Finalmente, si el lenguaje moral de los procesos debe y puede
ser descrito, lo mismo ocurre con la injusticia. En este sentido, más
que considerarlas un punto de partida para pensar la relación entre
autoridad y moral, como señalamos antes, las formas de expresión

11 Analizando diferentes situaciones, Barrington Moore Jr. se pregunta qué


es lo que hace que algo sea percibido como injusto, causando indignación moral,
y en qué casos la ira aparece o no como respuesta a las injurias. Sobre la relación
entre autoridad e injusticia, el autor dice que “las personas sujetas a la autoridad
pueden aceptar una determinada ley y creer que el castigo por su violación es
merecido, mientras, al mismo tiempo, consideran una forma específica de castigo
como algo que un ser humano no debería infligir a otro. O si no, pueden rechazar
la propia ley. Es posible distinguir dos formas básicas de esta última situación.
O la autoridad impone castigo a la violación de una ley o norma que es aceptado
por los que están sujetos a la autoridad, o impone castigo de acuerdo con una ley
que no es totalmente aceptada por los súbditos. Básicamente, ambas situaciones
son parte de la puesta a prueba continua del contrato social implícito o explícito,
que tiene lugar dondequiera que exista autoridad” (Moore Jr., 1987, p. 56).

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 41
de la injusticia también deben ser explicitadas, así como su campo
semántico, que es más variado de lo que una lectura apresurada o
reificadora de los derechos legales podría sugerir. La injusticia recibe
diferentes nombres y calificativos, todos centrales en la demarcación
de categorías de acusación, y consecuentemente, de moralidades,
en el sentido de lo que se entiende –frente a contextos, historias
retrazadas y memorias invocadas– como el modo correcto de criar a
un niño. La gratitud o ingratitud, la irresponsabilidad, los cuidados
dispensados o negados, el tiempo de relación entre los involucra-
dos, el dolor causado por la ausencia del niño, etc., constituyen los
recursos discursivos a través de los cuales se delinean, en el embate
de los procesos, las justicias e injusticias sufridas. Y, también, a
través de los cuales se construyen los juegos posibles entre auto-
ridad y moralidad: ser simultáneamente el guardador o la madre/
padre legalmente autorizado/a y moralmente valorado/a; componer
la autoridad y preservar un límite de representación moral positiva;
perder la autoridad y a pesar de ello buscar construirse narrativa-
mente –esto es, públicamente– como alguien adecuado moralmente
ante las situaciones que se presentaron. El complejo juego de estos
actos y representaciones puede comprenderse mejor observando los
procesos que se presentan a continuación.

Cuidados, rescates y compasiones

Las demandas que se presentan ante el juzgado y que se transfor-


man en procesos de guarda y adopción traen siempre ensamblado
un principio: en situaciones de transferencia de la autoridad formal
sobre un niño, está siempre en juego una ponderación de sacrificios
y beneficios, de cargas a pagar y recompensas a obtener. Para que
alguien “gane” un niño, por lo tanto, es preciso que otro esté cedien-
do o perdiendo su poder legal sobre él, de modo que la circulación
de autoridad establecida a través del proceso sea, en la práctica,
la circulación de ciertos compromisos anclados en el peso y en el
placer de cuidar. Lo que la sentencia final convalida, más allá de

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Adriana Resende B. Vianna
ese pasaje/consagración de autoridad, es una nueva definición de
los que deben públicamente tornarse responsables, en relación con
la gestión de la minoridad, de la formación de un nuevo individuo,
a partir de ciertas exigencias social y legalmente reconocidas.
Tales obligaciones, a su vez, se inscriben necesariamente en una
gramática moral organizada en torno de ese “cuidar”, por lo que es
posible pensar que la sentencia e, incluso, la marcha de los procesos
como un todo se construyen como embates morales, no solo por la
consagración del mejor responsable, sino también por la definición
de quién está beneficiándose o perdiendo en esa circulación formal-
mente instituida.
Volviendo a la cuestión de las cargas y las recompensas, una
primera pregunta a plantear es cómo son representadas por los
involucrados a lo largo de los procesos o, dicho de otro modo, cómo
los actores buscan construirse como beneficiarios o donadores en
esas transacciones legales. ¿Cómo se representa el compromiso con
el cuidar que se incluye en las sentencias? ¿Qué permite, en térmi-
nos de recompensas sociales para los que abrazan tal compromiso o
se deshacen de él? ¿Cuáles son los términos elegidos para describir
ese pasaje y cuáles las acciones ostentadas capaces de traducir esa
ponderación moral del cuidar o dejar de cuidar?
Un primer punto que debe pensarse se refiere a las formas de
construir el interés –o mejor sería decir el desinterés– por asumir
legalmente tal compromiso, de modo que las acciones no puedan
ser traducidas sino como acciones moralmente valorizadas y, por
ello, valorizadoras de aquellos que las emprenden. De esta forma,
la ilusión del desinterés –como la ilusión de actos que no esperan
recompensas objetivas o inmediatas– desempeña un papel central
no solo en la representación de los involucrados y sus motivaciones
sino también en la dinámica del proceso como un todo, en la medida
en que este sirve idealmente a la finalidad de encontrar a quien
mejor se disponga a afrontar el cuidado de un niño. La demostra-
ción del placer obtenido –el niño que se tornó “la alegría de la casa”,
“el amor de toda la familia”, que “dio un nuevo sentido a la vida”
de los que cuidan de él, etcétera– se inscribe, de este modo, en un
juego más amplio de cuidados y, sobre todo, de intereses desintere-

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 43
sados, esto es, de motivaciones que en principio se explicarían por
sí mismas.12
En ese sentido, todos los bienes de cuidado exhaustivamente lista-
dos –cunas, juguetes, planes de salud, atención pediátrica particular,
etcétera– representan señales de un empeño que puede ser calculado
y que, a la vez, nunca puede ser expresado claramente en términos
materiales, ya que sirve como índice de la acción desinteresada que
no espera paga inmediata o no la espera en la misma moneda. El
costo del desvelo solo puede ser pagado por su propio reconocimiento,
de forma que el proceso como un todo, especialmente a través de la
sentencia, pero también en su propio desarrollo, se constituye como
una situación privilegiada para obtener una parte de la retribución
socialmente esperada y consagrada por la administración. Así, los
elogios al desprendimiento, a la generosidad y a la solidaridad de
padres, guardadores y padres adoptivos, hechos por diferentes parti-
cipantes del proceso o por especialistas, no dejan de inscribirse en la
lógica de las recompensas sociales posibles ante el cuidar.
Para pensar estas cuestiones, describiremos un caso referido a la
guarda de una niña por su tía; interesante, justamente, por expre-
sar algo poco común: la resistencia a afrontar la carga de la guarda.
En diciembre de 1989, la señora Tânia, de treinta años, acudió al
juzgado para solicitar la guarda de su sobrina, Milene, de un año y
siete meses. Contó entonces que la niña vivía con ella, su madre, su
padrastro y una hermana menor, desde su nacimiento. El padre de

12 Retomando las formulaciones de Huizinga (1971) sobre la illusio y su rela-

ción con el ludus, en su dimensión de juego y placer lúdico, Bourdieu (1994, pp.
151-152) procura destacar la importancia de que, como participantes de determi-
nados juegos sociales, los actores produzcan y mantengan la illusio propia de esos
juegos. En esa dinámica tendrían importancia tanto las representaciones de
interés en participar (en el sentido de no ser indiferente) como, al mismo tiempo,
de desinterés (como el desconocimiento o la illusio de las relaciones de fuerza de
un campo). En el sentido en que estamos trabajando aquí, sostener la illusio del
desinterés, como acto no calculado, es fundamental para que los actores se man-
tengan como competidores legítimos en torno a un niño, lo que implica incluso
saber construir las representaciones sobre lo lúdico, en tanto placer a ser obtenido
de la victoria.

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Adriana Resende B. Vianna
Milene, hermano de la señora Tânia, había muerto meses antes de
nacer la niña y la madre había ido a vivir con ellos en los últimos
días del embarazo y los primeros después del parto. Según el relato
de Tânia y el de su madre, abuela de Milene, quince días después del
nacimiento, la madre de Milene se fue de la casa y no volvió más. La
familia paterna afirma no conocer tampoco a ningún pariente de la
madre, de modo que no tendría cómo localizarla.
Cuando tuvieron que recurrir a un hospital en razón de una
crisis de bronquitis de Milene, encontraron dificultades para inter-
narla por falta de documentación, lo que motivó la ida al juzgado.
Según las declaraciones de la tía y de la abuela, la elección de la
primera como posible guardadora de la niña se dio por razones de
cobertura social, dirigidas a beneficiar a la niña inscribiéndola como
dependiente del plan de salud de la empresa en que la señora Tânia
trabaja. Respecto a los cuidados de Milene, ambas afirmaron que
la atención cotidiana quedaría a cargo de la abuela y de su marido,
llamados mamá y papá por la niña; pero la tía se haría cargo de los
gastos necesarios para su sustento. Declararon, además, que esta
“no ahorra esfuerzos” para que la niña tenga todo lo que necesite.
En dos entrevistas realizadas en momentos diferentes del proceso,
sin embargo, la señora Tânia expresó su temor de asumir legalmen-
te la guarda de su sobrina por creer que eso podría perjudicarla en
futuras relaciones amorosas. Este temor, consignado como “justo”
por una de las asistentes sociales que intervino en el caso, es con-
trapuesto tanto por su madre como por la propia asistente a la
necesidad de pensar en lo que sería mejor para Milene. Finalmente,
en septiembre de 1990, se otorgó la guarda, consagrando la confor-
midad de la tía con esos argumentos.
El caso demuestra claramente la existencia, en primer lugar,
de un cierto plano de contradicciones entre un proyecto individual,
simbolizado por la perspectiva de una relación amorosa futura, y un
proyecto familiar en torno a la gestión de una niña. En esa ponde-
ración, el temor individual –moralmente calificado de “justo” por la
asistente social– terminó siendo derrotado por el peso de las obliga-
ciones familiares, lo que indica la disposición para afrontar cierto
costo personal en nombre de la preservación del objetivo compartido

Derechos, moralidades y desigualdades


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por todos: el cuidado de la hija del hermano muerto, es decir, del
linaje como un todo.
Hay también otra contradicción que opera a través de la dis-
tinción entre la responsabilidad material y la filiación socialmente
reconstruida. Si bien la tía es responsable por los gastos, ello no la
convierte necesariamente en la “madre”, lugar ocupado por su pro-
pia madre, abuela de Milene. Es a ella y a su marido a quienes se
otorga la filiación nominal, ya que son ellos los designados –y, por
lo tanto, los que se designan– como “madre” y “padre” en el habla
de la niña. La resistencia de la tía a aceptar ser la guardadora for-
mal de la niña expresa también una contradicción en la división de
los cuidados y en la forma como estos se consagran a partir de la
intervención judicial. Asumir la guarda es, en cierto sentido, ocupar
el lugar materno, algo incompatible con esta división intrafamiliar.
No por casualidad, la solución terminó siendo poner el énfasis de
la guarda no en la maternidad de un modo general, sino en las res-
ponsabilidades materiales –la extensión del plan de salud a Milene,
como dependiente– y, por tanto, en lo que sería atribución de la tía
en esa división familiar de cuidados.
La división de los cuidados expresa también, de este modo, una
relación entre intereses y desintereses que deben ser valorados. En
este caso, el interés por Milene –en el sentido de la búsqueda por
parte de la familia y la asistente social de lo que sería mejor para
ella– derrotó al interés virtual por una vida amorosa futura y, en
ese sentido, por la construcción de un proyecto de familia en cierta
medida individualizado, separado de la familia-casa que conforma
la realidad actual de la guardadora (madre, padrastro, hermana
menor, sobrina) y en la cual ella ocupa el lugar de proveedora.
Otro camino para pensar la expresión de intereses y desintere-
ses proviene de la fórmula recurrente “regularizar una situación de
hecho”, que indica lo que podría llamarse aquí una historia del des-
interés, en tanto acto generoso que ya se estableció en la vida fuera
del juzgado y del cual, supuestamente, solo se demanda el reconoci-
miento burocrático, incluso para que pueda realizarse mejor a través
de beneficios de cobertura social, matrículas en escuelas privadas,
etcétera. El caso de Alice, una niña cuya guarda fue solicitada por

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Adriana Resende B. Vianna
la patrona de su madre, quien alegaba también las ventajas de un
plan de salud privado, se inscribe en esa misma economía moral. Si
tomamos las representaciones de Zilá, la patrona, la generosidad del
cuidar ya estaría presente en la propia convivencia conjunta, en la
“ayuda” más allá del salario (es decir, en una donación que sobrepa-
saría la relación mercantil de compra de trabajo) y, sobre todo, en la
carga materialmente calculable del cuidado de Alice: alimentación,
educación, salud, vestimenta y un impreciso “etcétera”. Por otro
lado, de parte del padre, estaría no solo la limitación material de no
ser capaz de sustentar a Alice, sino también, y especialmente, una
limitación moral: el alcoholismo. La historia del cuidado, tal como
fue presentada en el proceso por la demandante, Zilá, corresponde-
ría, como una limitación material, a la ausencia o parcialidad de ese
mismo cuidado de parte del padre e incluso de la madre.
Esta forma de representar las relaciones que rodean a Alice
generó resistencias por parte de la madre, quien buscó separar los
cuidados materiales de lo que sería la esencia de la crianza de Alice,
“orientación y educación”, consideradas como de su responsabilidad.
El camino discursivo encontrado por la madre para reequilibrar la
balanza entre los que supuestamente estarían donando –en este caso,
la patrona donaría los gastos prodigados a Alice– y los que estarían
recibiendo y, por ello, en situación de deuda –ella misma, su marido y
Alice– se inscribe en lo que podría denominarse como la retórica de la
gratitud, presente en diversos casos. Señalar la gratitud en relación
con la patrona, pero separando los límites familiares y, principalmen-
te, descomponiendo el cuidado en actividades que van más allá de los
gastos materiales, no solo permite preservar una autoridad, sino tam-
bién controlar la deuda instaurada a través de dicha representación.
Así, si bien la deuda no puede deshacerse en términos materiales e
incluso se prolonga con la sentencia –ya que Madalena, la madre de
Alice, terminó aceptando la transferencia de la guarda–, puede resig-
nificarse en términos morales. Su aquiescencia con el pedido de la
patrona no fue una renuncia a su hija (como si se colocara en la fron-
tera del abandono, reconociendo, por ejemplo, no tener más opción
que dejar de lado su autoridad por la incapacidad de sustentarla),
sino un acto doblemente generoso: para con la hija y con la patrona.

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 47
Al ceder la guarda, Madalena permitió que su hija adquiriese
un bien de cuidado altamente valorado en la gestión de infancias:
el plan de salud privado. Al mismo tiempo, posibilitó que la patrona
convirtiese en un dato legalmente reconocido aquello que ocupa un
lugar simbólico importante en la forma como ella misma se repre-
senta en relación con Madalena y Alice: una familia. Aquello que
Madalena le negó a lo largo del proceso, por no estar de acuerdo con
que su matrimonio había fracasado y que, consecuentemente, su
familia estaba conformada por la hija y la patrona, terminó siendo
relativamente aceptado con la sentencia final. La diferencia en este
caso es que Madalena pasó de ser alguien que simplemente recibe
a ser alguien que cede y que a través de su acto permite que otro
adquiera lo que sería un bien inestimable: una hija que no es suya,
pero que pasa a ser parcialmente suya por el acto de otorgamiento
–esto es, de generosidad– efectuado por ella.
Otra dinámica que puede verse como un punto extremo de la eco-
nomía moral de los procesos aparece en lo que llamaremos aquí esce-
na de la salvación, cuyo elemento central puede ser traducido en lo
que Boswell denominó la “bondad de los extraños”.13 Las imágenes
del rescate y de la salvación aparecen con más fuerza en los relatos
sobre niños cedidos en las calles, dejados con vecinos, recogidos en el
tren cuando estaban desnutridos y enfermos, retirados de la puerta
de las iglesias, etc., construyendo en principio una representación
moral especialmente positiva para quienes los reciben.
Los casos de Cláudia, una niña que fue abandonada en la puerta
de una iglesia con una nota prendida en la ropa, y de João Pedro,
un bebé recién nacido que fue encontrado frente a un hospital,
son emblemáticos de ese tipo de situación. El abandono anónimo,
aunque no sin criterio, en hospitales e iglesias que aparecen como
lugares de recogimiento, sugiere en sí mismo un tipo peculiar de
drama, el del rescate como proyecto incluido en el acto de abando-
no, el de la exposición como estrategia de salvación.14 La escena

13 Nos referimos aquí al libro de John Boswell (1988), The Kindness of


Strangers, sobre el abandono de niños en la Antigüedad y en la Edad Media.
14 Boswell destaca que las concepciones contemporáneas de abandono y expo-

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completa del abandono y el rescate se inscribe en un cierto campo
previo de significados, que fija para aquellos que recogen un niño el
papel de salvadores, incluso con los componentes dramáticos de la
casualidad y de la coincidencia.
Cuando llega al juzgado, este tipo de relato presenta una retórica
predefinida sobre cómo el niño fue encontrado y sobre los cuidados
que le fueron dedicados a partir de allí. El drama, representado
aquí como suspensión y transformación de la vida ordinaria, es
re-escenificado narrativamente a partir del contexto de la decla-
ración, de modo que uno y otra –el drama narrado y la narrativa
dramatizada– pueden ser tomados como parte de un mismo proceso
performativo. El momento del encuentro con el niño dado o recogido
es tomado como un momento límite, una divisoria de aguas en la
trayectoria de todos: el niño y sus futuros guardadores o sus padres
adoptivos. Revivirlo, bajo la forma de su recomposición narrativa,
crea una secuencia lógica entre diferentes momentos dramáticos,
donde la ida al juzgado representa una nueva etapa ritual, orienta-
da a consagrar la relación inicialmente establecida por el azar o por
lo arbitrario del destino.15

sición –como abandono en un lugar público– subrayan la dimensión del riesgo,


de modo que siempre está en el horizonte la posibilidad de la muerte del niño,
sentido ausente en la Antigüedad. “Exponer” a un niño significaba, sobre todo,
colocarlo fuera de la casa, en un lugar donde podría ser visto y, en consecuencia,
recogido. En el caso de algunas lenguas modernas –Boswell explora los senti-
dos de los términos usados en inglés y en francés contemporáneos, entre otras
lenguas–, los niños abandonados son denominados de un modo que incluye la
presunción de su descubrimiento: “founding” o “enfant trouvé” (Boswell, 1988,
pp. 25-26). En el caso brasileño, es posible recordar también la longevidad de
la exposición como acción de riesgo, pero también de salvación –tanto para la
madre, como para el niño– y como expediente que se institucionaliza con los
“tornos de los expósitos”, instalados en diferentes ciudades brasileñas en el siglo
XVIII (Rizzini, 1993).
15 El uso del término drama se inspira aquí en el trabajo de Víctor Turner

(1993) sobre los dramas sociales y, en especial, en la relación establecida por el


autor entre los momentos liminales o situaciones de liminalidad y lo que él deno-
mina el proceso ritual. Si en Van Gennep (1978) la liminalidad es pensada como
una fase de los ritos de pasaje, en Turner se amplía como instrumento de com-
prensión. El caos productivo que los momentos liminales traerían tendría como

Derechos, moralidades y desigualdades


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La memoria del recogimiento encuentra en las etapas rituali-
zadas del proceso –audiencias, declaraciones, visitas de asistentes
sociales– un desdoblamiento, como si la formalización de la guarda
o de la adopción fuesen las únicas medidas realmente “justas”, en un
sentido bien amplio que incluye también las imágenes del designio
de la casualidad y del destino, y la posibilidad de revivirlo. En esos
términos, los relatos deben ser tomados como actos performativos
que no solo tienen poder de argumentación, en el sentido de una
organización racionalizada de esa memoria y de su uso para un
objetivo concreto, sino también de traer ritualmente a la escena lo
ya vivido, de modo que pueda ser compartido de forma alegórica
también por los demás presentes.16
Otros dos casos, el de Jonas, dado en la calle, y el de Samanta,
cedida en el tren, invocan esa escena. El proceso por la guarda de
Jonas, de tres meses de edad, tuvo inicio en diciembre de 1990,
cuando Luci y Túlio, la pareja candidata a la guarda, acudieron al

característica la creación de variadas posibilidades simbólicas, escenificadas en


dramas estetizados que corresponderían a los dramas vividos en diferentes situa-
ciones sociales. La relación entre esos diversos dramas, a su vez, no se daría de
forma circular, sino en una espiral de transformaciones que deben ser entendidas,
de este modo, como diferentes momentos de un proceso ritual.
16 Volvemos a las proposiciones de Turner sobre los dramas sociales, focali-

zando esta vez en sus planteos acerca de la construcción cognitiva de secuencias


temporales que hacen que estos dramas sociales parezcan tener una estructura.
Según Turner: “Los dramas sociales y las empresas sociales –tanto como otras
clases de unidades procesuales– representan secuencias de sucesos sociales que,
vistos retrospectivamente por un observador, parecen poseer una estructura.
Tal estructura ‘temporal’, a diferencia de la estructura ‘atemporal’ (que incluye
las estructuras ‘conceptual’, ‘cognitiva’ y ‘sintáctica’), se organiza principalmente
mediante relaciones en el tiempo más que a través de relaciones en el espacio,
aunque, por supuesto, los esquemas cognitivos son resultado de un proceso men-
tal y poseen características procesuales. [...] La estructura de fase de los dramas
sociales no es el producto del instinto, sino de modelos y metáforas que están
en la cabeza de los actores” (Turner, 1974, pp. 35-36). La fuerza performativa
de los dramas, como de los rituales, es también abordada por Tambiah (1985),
quien destaca la relación entre habla, acto y cosmología en rituales y eventos,
enfatizando su poder de producir significados recurriendo a stocks controlados
de procedimientos.

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juzgado y relataron cómo habían dado con el niño. Según Luci, el
niño le fue entregado por la madre en una calle del centro de Río de
Janeiro. El registro de su entrevista con la asistente social se expone
en el proceso en los siguientes términos:

Que el día 27 de noviembre de 1990, la Sra. Luci estaba caminando


por la Rua do Livramento, en el centro de la ciudad, junto con su hija
Yara de 19 años de edad, en busca de empleo, como propagandista,
en la Radio Tupi, que queda en esta misma calle, y que se había
informado de tal empleo por el diario. Caminando con la hija, con-
versaba sobre su intención de conseguir un niño de tres años para
adoptar, criarlo en sus condiciones, intención esta debida a que no
tuvo hijos masculinos, solo hijas. En este momento en que declaraba
esto a su hija se aproxima a la requirente una señora vestida humil-
demente, con edad presumida de 26 años con aire de muy sufrida,
estaba acompañada de dos niños; un niño en brazos de 2 meses
de edad, que es el niño en cuestión, y otro de 3 años de edad. Esta
señora se identificó como madre de esas criaturas y con el nombre
de Emilia Souza, no revelando su residencia, decía estar pasando
muchas dificultades. El genitor no asumió la paternidad y la misma
no disponía de condiciones para afrontar las necesidades básicas de
los hijos, necesitaba trabajar, como empleada doméstica o diarista*,
y con los dos niños estaba siendo difícil concretar su propósito. La
genitora pidió a la Sra. Luci si no podría quedarse con el hijo peque-
ño, asumirlo como su hijo, para que Jonas tuviese una vida digna, y
ella pudiese conseguir un empleo.

Los guardadores afirmaron que la madre de Jonas se quedó con su


dirección, pero que no los buscó. Declararon también estar cuidando
sistemáticamente de la salud de Jonas, ya que tendría problemas
de audición. Después del estudio hecho por la asistente social, la

* Diarista, en Brasil, es quien realiza trabajo doméstico por día, percibiendo

su paga al cabo de la jornada. Una diarista puede trabajar en una casa una vez a
la semana, o una vez por quincena, y efectúa tareas de limpieza general, cocina,
lavado, planchado, etcétera. [N. de las T.]

Derechos, moralidades y desigualdades


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guarda definitiva fue otorgada al matrimonio en julio de 1991 y con-
vertida después en adopción plena en septiembre de 1993.
El caso de Samanta involucra una situación distinta, ya que el
padre mantuvo contacto con la guardadora, pero, no obstante, tiene
varios puntos de proximidad con el caso de Jonas. Ofélia, de 68
años, recurrió al juzgado en enero de 1990 pidiendo la guarda de
Samanta, que en ese momento tenía dos años de edad y vivía hacía
un año con ella, su hija y su nieta. El relato de cómo tuvo contacto
con la niña quedó registrado en el proceso de la siguiente forma:

Conocieron a los padres de la menor a través de su nieta. La nieta de


la señora Ofélia conoció a los padres de la niña en el interior de un
tren de la Central do Brasil. Viendo el estado precario en que la niña
se encontraba, con fiebre, muy debilitada y raquítica, les preguntó si
querían confiarle la menor. Los padres aceptaron la oferta y ensegui-
da se la llevaron a la requirente. La menor tenía un año de edad y
apenas cinco kilos de peso. Desde el primer contacto, según la señora
Ofélia, la puerta de la casa estuvo abierta a los padres de la menor,
que pueden visitarla siempre que lo deseen. Dijo tener certeza de que
el padre sólo le confió la hija a causa de la difícil situación en que se
encontraba, desempleado hacía dos años, viviendo de changas.

Se mencionaron también, en diversos momentos del proceso, “pro-


blemas psiquiátricos” que la madre de la niña presentaría, y en
cierto momento el padre relató que ella estaría “desaparecida”. Él,
sin embargo, hasta el final del proceso, en junio de 1990, continua-
ba visitando a la hija, quien lo reconocía como padre. En las tres
entrevistas realizadas a lo largo del proceso hay menciones a las
condiciones precarias de salud que tenía la niña cuando fue recogida
por la guardadora, así como a consultas a pediatras particulares y
a la preocupación de la señora Ofélia por realizar exámenes neu-
rológicos a la pequeña, en función de lo que llama los “problemas”
de la madre. Finalmente, la asistente social llegó incluso a señalar,
en una de las entrevistas, el hecho de que la niña había recibido la
primera mamadera del día mientras todavía dormía, en el regazo de
la guardadora.

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Los dos casos presentan, de este modo, una división clara entre
el antes y el después del recogimiento, así como un cierto inventario
de las secuelas del descuido anterior y de lo que sería necesario para
revertirlas: problemas de audición, desnutrición, consultas a pedia-
tras, exámenes y, en el caso de Samanta, el relato –significativo por
el propio esfuerzo en dejar asentado un acto corriente– de la alimen-
tación de la niña por parte de la guardadora. Las descripciones apun-
tan, en ese contexto, a la composición de un cuadro que va más allá de
los indicios usualmente movilizados, como la adaptación o los bienes
de cuidados brindados. Hablan de rescate, de salvación, de una esce-
na mítica que se actualiza en pequeños detalles, que carga siempre
como contrapunto el fantasma de la no-salvación, de lo que hubiera
sucedido con aquellas criaturas si no se hubiese dado el instante del
recogimiento. Así, a los casos concretos, descritos a través de los ritos
judiciales, se agregan elementos míticos cuya fuerza parece provenir
de su supuesta atemporalidad, del “desde siempre” de los niños aban-
donados y salvados y, consecuentemente, de sus salvadores.17
En este marco, tiene un peso especial el relato sobre lo que sería
el momento de cesión/rescate de la criatura, que adquiere ribetes,
en el caso de Jonas, de predestinación o magia, al tornar real el
deseo enunciado. La coincidencia entre la expresión del deseo y

17 Al reconocer un carácter mítico en los relatos sobre los niños rescatados,

pensamos en una indistinción entre mito y rito, de modo que el rito judicial puede
ser tomado como uno de los espacios privilegiados para la escenificación del mito
del rescate. La importancia de no separar mitos de ritos es subrayada por Mariza
Peirano (2002) en el ensayo en que hace un balance sobre la trayectoria del pen-
samiento antropológico sobre los rituales. En ese texto, la autora alerta, en cierto
momento, sobre lo que serían los costos de esa separación, cristalizada a partir
de ciertas lecturas del trabajo de Lévi-Strauss: “Mitos y ritos marcarían una
antinomia inherente a la condición humana entre dos sujeciones ineluctables: la
del vivir y la del pensar. Los ritos formaban parte de la primera; los mitos, de la
segunda. Si bien el rito también poseía una mitología implícita que se manifes-
taba en las exégesis, el hecho es que en estado puro perdería la afinidad con la
lengua (langue). El mito, entonces, sería el pensar pleno, superior al rito, que se
relacionaba con la práctica. El resultado paradójico de esta distinción fue hacer
resurgir, con nuevas vestimentas, la vieja y remanida dicotomía entre relaciones
sociales (o ‘realidad’) y representaciones” (Peirano, 2002, p. 21).

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 53
su realización, con todos los componentes aleatorios de la escena
–estar caminando en la calle, ser abordada por una mujer extraña–
refuerza la idea de inevitabilidad de la acción que se emprenderá:
quedarse con el niño. Y lo que me interesa especialmente discutir:
construye una eficacia que supera el momento en sí de la donación
del hijo para llegar a sus desdoblamientos judiciales. Así, al agre-
gar al relato de la obtención del niño este componente mágico de la
invocación, la guardadora consigue –o al menos busca conseguir– lo
que se podría llamar aquí una mayor eficacia en su propia actuación
como futura responsable legal por él.
La coincidencia entre la expresión de un proyecto o intención
y su realización, con las características en que se habría dado –es
decir, con la guardadora siendo objeto de un pedido de auxilio y
no la demandante explícita de un niño–, hace que dicho proyecto
adquiera algo de trascendente. En su relato, por tanto, no se recurre
al juzgado como camino para obtener lo que se desea –el proyecto
previamente anunciado de “conseguir un chiquito para adoptar”–
sino como desdoblamiento secundario frente a la fuerza mágica de la
situación en que el niño le fue entregado. Si consideramos incluso
la edad del niño (dos meses, es decir, la franja de edad más ansiada
para adopciones) y la ausencia de la madre en todo el proceso, es
posible pensar en la importancia de este relato de predestinación en
la construcción de lo que antes llamamos la búsqueda de una mayor
eficacia narrativa para el relato.18

18 Usamos aquí la idea de acto mágico o de invocación de forma bastante

libre, no tomándolos como actos explícitamente realizados con la intención de


intervención mágica ni con el recurso a especialistas de la magia. Lo mejor sería
pensar que, en el modo como el relato se presenta en el juzgado, hay un esfuerzo
por revestir de sacralidad o magia lo sucedido. Respecto de tratar la expresión
del deseo de la guardadora como invocación, recurrimos al “Esbozo de una teoría
general de la magia”, en el cual Mauss y Hubert incluyen como parte de los ritos
presentes en la diversidad de la “magia” a los ritos orales, alertando que estos,
como los demás tipos de ritos que analizan, no corresponden a “grupos de hechos
bien definidos”. Entre los ritos orales presentes tanto en la magia como en la reli-
gión estarían “juramentos, promesas, plegarias, himnos, interjecciones y simples
fórmulas” (Mauss y Hubert, 1979, p. 84).

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Más allá, sin embargo, de este caso específico, el elemento que
permite que todos los casos que lidian con la escena de la salva-
ción tengan más eficacia narrativa está relacionado con la fuerza
moral de la que quedan investidos los salvadores. Como ya hemos
planteado, al presentar relatos en los que las posiciones están tan
delimitadas, no solo por las situaciones en sí, sino por lo que invo-
can de mítico –el abandono, el peligro de muerte en el horizonte,
el rescate, la nueva vida–, estos casos acompañan un diseño previo,
en el que las posiciones de los actores están ritualmente determina-
das, como lo está la relación moral entre ellos. Así, en primer lugar,
la mayor fuerza moral de los que reciben el niño provendría, como
señalamos antes, de la proyección en relación con lo que hubiera
acontecido si el drama específico del rescate no hubiese ocurrido.
Esa proyección se sustenta no solo en la imagen de la exposición
como muerte, sino también en la descripción de los padres, ya sea en
la mención de los “problemas psiquiátricos” de la madre de Samanta
y el miedo de la herencia, o en la mención del sufrimiento y la humil-
dad de la madre de Jonas. En los dos casos, no obstante, el rescate
se proyecta también ante lo que serían las posibilidades de futuro
de aquellos niños como fantasmagorías que refuerzan la urgencia de
la acción salvadora.
Por otro lado, la fuerza moral de los salvadores resulta reforzada
por el hecho de que no precisaron desautorizar moralmente a los
padres, en la medida en que no hay disputa, sino cesión; y, sobre
todo, por la forma en que esa cesión se habría dado. En los dos casos
descritos, hay registro de que los guardadores no intentan impedir
que los padres tengan acceso a los hijos, ya sea porque dieron la
dirección de su casa a la madre, en el caso de Jonas, o porque permi-
tieron las visitas, en el caso de Samanta. No hay aquí espacio para la
representación de una adquisición “interesada” de niños, centrada
en el polo del placer que puede obtenerse con ello, y sí para la pie-
dad, la dedicación desinteresada.
Como contrapunto de ello, los padres que donan son descritos
como sujetos en una situación límite; esto es, como personas que
cedieron sus hijos por preocupación y no por ningún acto moralmen-
te condenable: el padre de Samanta fue absuelto por la guardado-

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 55
ra, que afirmó que él no haría eso si no estuviese desempleado; la
madre de Jonas buscaba empleo como forma de retener por lo menos
a uno de los hijos; la madre de Cláudia buscaba preservarla del
padrastro, de quien también era víctima. Así, la oferta, en el caso de
Samanta; el pedido, en el caso de Jonas; o el abandono en lugares
simbólicamente destinados a la salvación, en los casos de Cláudia y
de João Pedro, construyen un mismo momento dramático: el de la
entrega por desesperación, complementada por la adquisición por
compasión. El reconocimiento del sufrimiento del otro como algo
capaz de motivar o justificar una acción se inscribe en la esfera de
la producción de una lectura de sí mismo, necesariamente planteada
en términos morales, ya que condiciona las formas a través de las
cuales ese acto debe ser leído por otros, externos a la escena inicial,
pero llamados a participar de ella en un momento posterior y pro-
fundamente decisivo, como es el de la homologación de esa memoria
de relaciones establecidas por compasión.19
Retomaremos ahora uno de los aspectos destacados por Durkheim
(1972) en sus proposiciones sobre la moral, que es el de su relación
con los sentimientos. El embate de moralidades realizado a través de
los procesos y sus etapas implica la demarcación de ciertas formas
de percibir y expresar sentimientos. La compasión, por ejemplo, abor-

19 El trabajo de Boltanski (1993) es fundamental para pensar los diferentes

niveles en que se puede procesar la relación entre la piedad (más general y


abstracta) y la compasión (más local y vivida cara a cara), dos formas de repre-
sentar la identificación emocional con el sentimiento ajeno –literalmente, esa
compasión– y los compromisos morales o, como él llama, el compromiso. Si bien
esta relación es tributaria, por un lado, de un gran imaginario cristiano que no se
deshizo sino que se transfiguró en las personas morales modernas, por otro, como
apunta Boltanski, precisa ser entendida actualmente también en términos de las
relaciones de distanciamiento formal –la burocracia, los medios de comunicación
y todos los innumerables canales a través de los cuales se puede participar del
sentimiento y de los dramas ajenos sin involucrarse directamente con ellos, aun
siendo llamado a intervenir o a emocionarse. Su impacto sobre los especialistas
será discutido más adelante, a través de la idea de empatía moral. Para la impor-
tancia del abandono de niños en el imaginario cristiano, la referencia fundamen-
tal continúa siendo Boswell (1988). Para las continuidades entre las concepciones
cristiana y moderna de persona, véase Duarte y Giumbelli (1995).

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dada antes, permite la producción de lecturas morales sobre los que
ceden y los que solicitan la guarda, así como sobre la relación que se
establece entre ellos. En ese sentido, las moralidades, como enuncia-
dos socialmente demarcados en torno al valor o al sentido moral de
las acciones de los propios agentes y de aquellos con quienes están
puestos en relación, conllevan también una dimensión de exposición
y reflexión sobre los sentimientos. El odio ante la actitud del otro
(buscar “recobrar” el hijo, por ejemplo), la frustración ante los acuer-
dos inviabilizados, la tristeza ante la posibilidad de la pérdida del
niño, la angustia por no tener cómo criar y diversos otros sentimien-
tos enunciados en esas experiencias judiciales forman parte no solo
de la dinámica de las relaciones allí retratadas y reconstruidas, sino
también de la confrontación y composición de moralidades. Son, de
esta forma, también armas de disputa y de acuerdo, recursos tácticos
que permiten construir ciertas soluciones administrativas.20
Es importante llamar la atención sobre la obligatoriedad de la
expresión de emociones en estos contextos. Siguiendo la provocati-
va propuesta de Bailey de pensar en diferentes formas de relación
entre los selves, como construcciones de sí, y el uso táctico de las
emociones, es posible indicar en qué medida la percepción social
de tales emociones –lo que incluye la percepción que el propio
actor tiene sobre sus actos y sentimientos– no se da de forma libre.

20 Bailey (1983) llama la atención sobre el papel de las emociones en el contex-


to de las organizaciones formales o burocracias. Aunque trabaje específicamente
con lo que denomina arenas políticas, como asambleas y parlamentos, algunas
de sus consideraciones pueden ser útiles para lo que se está considerando aquí.
Según este autor, tales organizaciones tienen dos características importantes: no
hacer uso de la fuerza explícita y desarrollar sofisticadas reglas de competencia
interactiva. En este marco, las emociones y la forma como se expresan y perciben
tendrían un papel persuasivo o táctico, es decir, se prestarían a crear situaciones
de credibilidad o descrédito para quienes las exhiben (Bailey, 1983, pp. 22-23).
En el caso de las experiencias judiciales, las evaluaciones también involucran
el buen o mal uso de las emociones, como aquello que supuestamente permite
develar un “verdadero yo” detrás de las condiciones del discurso. Referencias
fundamentales para las tentativas de control de la interacción y de la imagen
de sí están también presentes en los trabajos de Erving Goffman (1985, 1988) y,
claro, de Georg Simmel (1971).

Derechos, moralidades y desigualdades


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Demostrar sentimientos, hablar sobre emociones en pleno desarro-
llo de estas experiencias judiciales, es siempre reconocerse inscrito
en un orden de obligaciones, de modo que correr el riesgo de ser
percibido (o tal vez, de percibirse) actuando de forma estrictamente
pragmática es construir para sí un lugar moralmente insostenible.
La demostración de los sentimientos indicaría, de esta manera, cuán
profundamente están internalizadas tales obligaciones, al punto
de que incluso los actos de cesión o de abandono no sean tomados
como actos desprovistos de costos para quienes los han realizado.
El registro de los sentimientos –la tristeza de la ausencia, el miedo
al futuro– es también, en estos casos, el registro de las penalidades
instaladas dentro de los sujetos (en “sí”) por la ruptura para con las
obligaciones de “tener” niños.
En este cuadro, es importante destacar un tipo peculiar de senti-
miento, la gratitud, que frecuentemente se presenta en los procesos
y que, por su característica de explicitar compromisos y deudas,
permite posicionar moralmente a los actores de diferentes maneras,
promoviendo acuerdos (o desacuerdos, en el caso de su par comple-
mentario, la ingratitud), esclareciendo expectativas y forzando reco-
nocimientos. Trataremos sobre la gratitud en el siguiente apartado.

La trama de gratitudes y la opresión de la bondad

Comenzaremos esta parte aclarando o, para ser más exactos, des-


componiendo una expresión que usamos en otro momento del texto:
la retórica de la gratitud. Entendemos como tal una variedad de
argumentos, relatos y reflexiones de los diferentes actores sociales
presentes en los procesos, que tematizan la idea del compromiso o de
la deuda moral establecida a partir de actos aparentemente gratuitos,
en el sentido planteado por Mauss.21 De dicha retórica forman parte

21 Nos referimos, claro, a las proposiciones de Mauss del “Ensayo sobre el


don”. Como explicita al comienzo del ensayo, “no son los individuos sino las
colectividades las que se obligan mutuamente, las que cambian y contratan. Las

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no solo los dichos que usan explícitamente la idea de la gratitud, sino
también los que apuntan a variadas formas de representación de las
deudas: haber hecho mucho por alguien, estar haciendo el bien, ser
reconocido, dar/recibir apoyo, dar/recibir asistencia. Y, como contra-
partida, lo que configuraría el plano de la ingratitud en esa retórica
de gratitudes: estar decepcionado, haber cargado con gastos y otras
formas de cuidado, estar dolido; y, como proyecciones de ingratitudes
futuras, tener miedo de que uno de los padres vuelva atrás, “de que
aparezca aquí un día queriendo el hijo de vuelta”.
Como llama la atención Mauss, la “cosa dada” amarra al donador
y al donatario en una misma trama de obligaciones, más compleja
que la aparentemente simple ecuación en la que el donador es aquel
que queda en posición de crédito y el donatario, con la carga del
débito. Si bien por un lado, como intentamos destacar, hay múltiples
y no siempre consonantes esfuerzos para caracterizar quién está
efectivamente donando y quién está recibiendo en las situaciones
tratadas aquí, por otro lado, la propia situación de intercambio
involucra complejidades variadas: el tiempo y la forma correctos
de retribución, el riesgo de la quita completa como ruptura de las
relaciones, los cuidados que deben tomarse en la explicitación de la
deuda y del crédito, y todo un sinnúmero de amenazas y peligros

personas que están presentes en el contrato son personas morales: clanes, tribus,
familias, que se enfrentan y se oponen, ya sea en grupos que se encuentran en el
lugar del contrato o representados por medio de sus jefes, o por ambos sistemas.
Lo que intercambian no son exclusivamente bienes o riquezas, muebles e inmue-
bles, cosas útiles económicamente; son sobre todo gentilezas o festines, ritos,
servicios militares, mujeres, niños, danzas, ferias en las que el mercado ocupa
sólo uno de los momentos, y en las que la circulación de riquezas es solo uno de
los términos de un contrato mucho más general y permanente. Estas prestaciones
y contraprestaciones nacen de formas más bien voluntarias por medio de presen-
tes y regalos, aunque, en el fondo, sean rigurosamente obligatorias bajo pena de
guerra privada o pública.” (Mauss, 1979, pp. 159-160; cursivas del original). La
dimensión de obligatoriedad en la aparente gratitud y algunos de sus desdobla-
mientos son también señalados por Mary Douglas en el ensayo “No free gifts”
(1992, pp. 155-166) y por Lygia Sigaud (1999). [N. de las T.: para la traducción
de las citas de Marcel Mauss se ha tomado la edición en español Sociología y
Antropología, Madrid, Tecnos, 1979.]

Derechos, moralidades y desigualdades


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presentes en cada tentativa de renovar o liquidar las relaciones
instituidas a partir del don.
El primer punto a discutir, en este sentido, es la capacidad que
posee el intercambio de instaurar relaciones, de modo que, incluso
en situaciones establecidas antes del acto en sí del intercambio, este
las transforma, las lleva a otro nivel y obliga, por ello, a los sujetos
involucrados, a nuevas formas de representarlas. En el caso de las
representaciones introducidas a través de la retórica de la gratitud,
queda claro que el cuidado dado al niño, esté legalmente formalizado
o no, se percibe, antes que nada, como la producción de una deuda
que alcanza a los que originalmente “tendrían” o deberían “tener” al
niño. De ese modo, el acto en sí de cuidar, en todas sus formas de
materialización –los bienes de cuidado– puede convertirse al lengua-
je del contrato establecido formal o informalmente, dando margen
a la expresión de las pérdidas y las ganancias de cada uno, de la
ligazón establecida entre los que “tenían”, pero no quisieron o no
pudieron cuidar, y los que “no tenían”, pero pasaron a tener a partir
del cuidado. Por último, citando a Mauss (1979, p. 167), “el regalo
recibido, cambiado y obligado no es algo inerte. Aunque el donante
lo abandone, le pertenece siempre. Tiene fuerza sobre el beneficiario
del mismo modo que el propietario la tiene sobre el ladrón”.
La expresión de gratitud cumple un doble papel: por un lado,
solidifica la deuda a través de su reconocimiento en una situación
pública de carácter peculiar (el proceso y sus audiencias y autos); y
por otro lado, la limita. En esos términos, es posible pensar la retóri-
ca de la gratitud como una estrategia discursiva y de comportamien-
tos que implica no solo el reconocimiento de las deudas sino también
una forma de negociarlas. La negociación, por su parte, presupone
la percepción de que el otro lado también recibe algo, de que hay
una “cosa dada” a cambio de lo que se gana. O, dicho de otra forma,
que el cuidado no se presenta solo como carga, sino como acción que,
precisamente por estar anclada en una determinada representa-
ción de gratuidad –o de desinterés, como llamamos antes– no debe
ser totalmente resumida ni traducida a costos materiales. De este
modo, la gratitud se imagina, antes que nada, como retórica moral
que acepta incorporar mediciones materiales, pero que no se reduce

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a ellas, imponiendo límites también a las formas de representar el
crédito y, consecuentemente, el poder del acreedor.22
Otro punto a considerar es la centralidad del tiempo en las
relaciones de don y, por tanto, en la retórica de la gratitud. Mauss
destaca la importancia de la retribución, retomada por Bourdieu
en la figura del contradón y sus intervalos de tiempo, sin los cuales
no sería posible construir la ficción de la gratuidad.23 En el tipo de
situación analizada aquí, que involucra el recurso al ámbito judicial
y, una vez iniciado el proceso, la vivencia de una temporalidad pecu-
liar, marcada por las audiencias, entrevistas y, más allá de ellas, por
las posibilidades de renegociación de las relaciones también fuera
del juzgado, el tiempo desempeña un papel crucial. Antes que nada,

22 Bourdieu (1996b, pp. 10-11) alerta que “la economía del don, al contrario
de la economía del ‘toma y daca’ se basa en una denegación de lo económico (en
sentido estricto), en una recusación de la lógica de la maximización del lucro
económico, esto es, del espíritu de cálculo y de la búsqueda exclusiva del interés
material (por oposición al simbólico), que está escrito en la objetividad de las
instituciones y en las disposiciones. Ella se organiza buscando la acumulación
del capital simbólico (como capital de reconocimiento, honra, nobleza, etc.), que
se efectúa, sobre todo, a través de la transmutación del capital económico rea-
lizada por la alquimia de los intercambios simbólicos (intercambio de dones, de
palabras, de desafíos y réplicas, de mujeres, etc.) y que solo es accesible a agentes
con disposiciones adaptadas a la lógica del ‘desinterés’ (disposiciones que pueden
encontrar su realización en el ‘sacrificio supremo’, aquel que consiste en ‘dar la
propia vida’, en preferir la muerte a la deshonra –‘es mejor morir que…’– o, en el
contexto del Estado moderno, en ‘morir por la patria’)”.
23 Para Bourdieu (1996b, pp. 7-8), “es el intervalo temporal entre el don y

el contradón lo que permite ocultar la contradicción entre la verdad vivida (o


deseada) del don como acto generoso, gratuito y sin retribución, y la verdad que el
modelo revela, aquel que hace del don un momento de una relación de intercam-
bio que trasciende los actos singulares del intercambio. Es decir, el intervalo que
posibilita vivir el intercambio objetivo como una serie discontinua de actos libres
y generosos es lo que torna psicológicamente viable y visible el intercambio de
dones, al facilitar y favorecer la self deception, la mentira a sí mismo, condición
de coexistencia del conocimiento y del desconocimiento de la lógica del intercam-
bio”. Una dimensión específica de la acción del tiempo también analizada por
Bourdieu en otro texto es la de las luchas de honra, en las cuales es posible per-
cibir, entre otras cosas, lo que él llama dialéctica de la ofensa y de la venganza,
necesariamente marcadas por un intervalo ritualizado (Bourdieu, 1980).

Derechos, moralidades y desigualdades


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la propia ida al juzgado acarrea como obligación una enunciación del
tiempo anterior al proceso, tomado como un tiempo hecho de dones
y contradones: cómo llegó el niño a aquellas personas, qué relacio-
nes están establecidas con sus padres, cuál es su edad, hace cuánto
tiempo está con ellos. La construcción narrativa de ese tiempo antes
del “momento” es la construcción de una memoria de las relaciones
y, por ello, de las obligaciones que se supone que forman parte de
esas relaciones.
Más allá de eso, el propio tiempo del proceso es también un tiem-
po de afirmación de lo que cada uno debe hacer o se espera que haga.
La peculiaridad de las negociaciones que se establecen por interme-
dio de los especialistas del juzgado y que cuentan con una decisión
final sancionada por ellos bajo la forma de la sentencia es la mayor
firmeza que producen en relación con los intervalos entre don y con-
tradón. La libertad que los actores tendrían, como apunta Bourdieu,
para aplazar la respuesta, mantener la expectativa, etc. (Bourdieu,
1996b, p. 14) se ve reducida por la necesidad de responder a las
demandas institucionalizadas en visitas y audiencias. En definitiva,
es importante recordar que un posible tiempo sin respuesta, como
el caso de las citaciones para comparecer ante el juzgado que no son
atendidas, es legalmente traducido como falta de interés en respon-
der, y puede acarrear la anulación de la patria potestad.
Otra dimensión es la del tiempo por delante, de aquello que es
proyectado como retribución virtual, es decir, la compensación a que
se está obligado en razón de un don aceptado en el presente y que
solo puede ser pagado por la acción –u omisión– en el futuro. En
otras palabras, un tiempo de gratitud como compromiso prospectivo.
Esa dimensión puede involucrar tanto a los diferentes interesados
en ceder u obtener niños, como –de una forma muy especial– a los
propios niños en su minoridad.
Otro caso que presenta este componente es el que involucra a
Julio César, un niño de siete años que venía siendo criado por su
tía abuela, según declaración de ella, confirmada por la madre. En
el proceso, iniciado en 1991, constan los relatos de ambas, según
los cuales el niño había estado con la tía abuela desde que tenía un
mes de edad, cuando la madre se separó de su marido porque era

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“alcohólico y violento” y buscó refugio en la casa de la tía. Seis meses
después, sin embargo, se fue, y solo regresó siete años después.
El retorno de la madre, quien según su tía había vuelto “del
mismo modo, sin responsabilidad y muy agitada”, motivó la ida al
juzgado para pedir la adopción de Julio César. La demandante tam-
bién afirmó en esa ocasión que la madre tenía y continuaría tenien-
do acceso a su hijo siempre que quisiera, y esta, en contrapartida,
afirmó que “el hijo es muy querido y bien cuidado por la requirente
y se siente agradecida por todo”, declarando además que “acuerda
plenamente con el pedido de adopción y en ningún momento pien-
sa volver atrás”. El don establecido en el pasado y en el presente
–haber cuidado del niño y no poner trabas para que la madre lo
vea– recibe como contrapartida no solo el cambio en la situación
legal actual, con el acuerdo de la madre en relación con la adopción,
sino también el compromiso futuro de “no volver atrás”. Además,
el planteo de dos indicadores moralmente negativos en el pasado y
parcialmente reactualizados en el presente de la ida al juzgado –la
caracterización del padre, “alcohólico y violento”, y de la madre, “sin
responsabilidad y muy agitada”, tanto antes como después de su
retorno, lo que implica que puede desaparecer nuevamente– contri-
buye a marcar la obligatoriedad de la madre en suscribir el pedido
de adopción. Las acusaciones morales alimentan, de este modo, la
retórica de la gratitud y viceversa, en la medida en que entre ellas
se construye aparentemente una relación de causa-efecto.
En este caso, cabe también destacar el importante papel de la
ritualización representada por el registro en los autos del proceso
tanto de la gratitud como de la promesa empeñada de no desistir
de lo que allí se ha firmado. Teniendo en cuenta que legalmente no
hay retorno posible en la adopción, ya que esta anula la maternidad
original a través, incluso, de la producción de una nueva acta de
nacimiento, este acto cumple el papel de dar más fuerza a los com-
promisos –o al uso que se haga de ellos– fuera del ámbito judicial,
toda vez que la madre biológica y la madre adoptiva continuarán
vinculadas por la propia relación de parentesco entre ellas. Cumple,
de ese modo, el papel de reforzar el mantenimiento de la gratitud o
de los términos en que esa gratitud deba manifestarse y reafirmarse

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continuamente, no solo en el tiempo presente del juzgado, sino tam-
bién en el tiempo futuro, más allá de la sentencia.
Otra dimensión de la gratitud anclada en una expectativa de
futuro se refiere, como ya hemos señalado, a los propios niños. Es
posible pensar que, en principio, esta expectativa está presente
como fundamento en todas las relaciones que involucran la gestión
y el cuidado de niños, ya que la perspectiva de lo que “va a ser”
es central en las representaciones de la infancia. Es decir, lo que
antes hemos llamado el placer de cuidar supone no solo el tiempo
presente de ese cuidado, frecuentemente expresado en términos de
la “alegría” o del “sentido” que el niño daría a la vida de los que
tratan cotidianamente con él, sino también de la proyección de lo
que la relación será en adelante y del orgullo por lo realizado en esa
crianza como un bien de valor inestimable.
Más allá de esta formulación más general, no obstante, pueden
señalarse en los procesos algunos elementos del compromiso que se
proyecta o que se busca establecer con los propios niños. Frente a
situaciones como las de las entrevistas y declaraciones, en las que
son instados a hablar de cómo se sienten en relación con las madres,
los padres y los guardadores efectivos o pretendientes, estos objetos
de los procesos, estas cosas dadas y no inertes frecuentemente intro-
ducen en sus narrativas la explicitación de sus propios compromisos,
así como intentan establecer compromisos para aquellos que tienen
poder sobre ellos –así sea el poder de imponer su presencia. Lucas,
un niño disputado por una pareja de guardadores y por la madre, ex
empleada doméstica de los primeros, al ser instado a hablar sobre la
madre, describió las situaciones en las que le gusta y en las que no le
gusta estar con ella, remarcando también por qué no desearía salir
de la casa de los guardadores donde tenía “cosas” –juguetes, amigos,
es decir, relaciones– que evaluaba que no podría tener con la madre.
Liliana, una adolescente de dieciséis años que cortó relaciones con
el padre y buscó refugio en la casa de su tía abuela, buscó negociar
con el padre los términos de lo que iba a ser la nueva relación entre
ellos, después del paso por el juzgado, indicando lo que no le gus-
taba de su comportamiento y de cierto modo amenazándolo con su
mayoridad cercana.

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De los diferentes elementos que pueden destacarse a partir de
esta perspectiva, nos concentraremos en uno que resulta central
para pensar la retórica de la gratitud –y de las obligaciones, de un
modo más general– como parte de los componentes de dominación
intrínsecos a la minoridad: la obediencia. Comprometerse a obede-
cer surge en diferentes dichos de los menores como la paga posible
por el cuidado, como el contradón ante los dones que las casas les
ofrecen. Murilo y Diogo, dos hermanos disputados por las familias
materna y paterna después del asesinato de la madre por el padre,
consagran el acuerdo entre ambas familias declarando, al final del
proceso, su compromiso a continuar obedeciendo a la familia mater-
na, de cuya casa salían. De este modo, aceptan y consagran en los
autos su condición inevitable de cosas que circulan, pero también de
cosas que obedecen. Liliana es acusada de desobediencia, así como
Teresa, una niña devuelta a la madre por la familia del ex padrastro.
La sujeción por el cuidado tiene, por lo tanto, un lenguaje bien defi-
nido para expresarse: es preciso enunciar la obediencia y, más que
eso, practicarla bajo la forma de actos cotidianos, indicando en cierta
medida su no-conciencia, su poder de constituir sujetos. Negarla,
bajo la forma de la emancipación –como Liliana amenaza hacerlo
cuando se aproxime a la mayoridad legal y, sobre todo, garantice
cierta autonomía para sustentarse–, es también signo de ingratitud,
de ruptura con la piedad filial, contrapartida y componente de la
autoridad doméstica, en los términos de Weber (1996).24
En ese sentido, emanciparse es actuar sobre el tiempo –el tiem-
po de la mayoridad– y, como resultado de ello, sobre la autoridad
con relación a sí mismo. Sin embargo, ese actuar sobre el tiempo,
como implica actuar sobre una relación –la de minoridad– puede
ser sentido como una ruptura de cuño moral, una ingratitud, del

24 Weber, comparando los tipos ideales de la dominación burocrática y de


la dominación patrimonial, destaca que ambos tienen en común su “carácter
cotidiano”, a la vez que “en el caso de la autoridad doméstica, las antiquísimas
situaciones naturales constituyen la fuente de la creencia en la autoridad funda-
da en la piedad. Para todos los que están sometidos a la autoridad familiar, es la
convivencia personal permanente y específicamente íntima dentro del hogar, con
su comunidad de destino externa e interna” (1996, p. 753).

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mismo modo que la prisa por retribuir dones puede ser entendida
como deseo de saldar la deuda que hace cesar los compromisos y,
con ellos, las relaciones. Es, por lo tanto, una amenaza. El caso que
más clara y cruelmente explicita ese miedo al tiempo y a su acción
corrosiva sobre la obediencia es el de Ana y Elisa. Las dos niñas
fueron retiradas de instituciones estatales, en momentos diferen-
tes, por una señora que declaró querer “criarlas”. A lo largo de los,
aproximadamente, cuatro años que pasaron con ella, sin embargo,
en diversas oportunidades fueron amenazadas con ser “devueltas” a
las instituciones donde estaban antes. A cada amenaza, la guarda-
dora presentaba el mismo conjunto de justificaciones: las niñas eran
desobedientes, lo que iba empeorando con su crecimiento.
Las imágenes de la desobediencia cotidiana –Ana se había
retrasado en sus estudios y ya no “le hacía caso”; Elisa no quería
comer– adquirieron, a lo largo del proceso, contornos de una falta de
reconocimiento de la gratitud a la que estarían obligadas por haber
sido retiradas de instituciones y ubicadas en una casa. La punición
en este caso era la devolución, “un día de estos dejo a Ana aquí”,
declaración que la guardadora hizo ante a la asistente social en el
juzgado. La rebeldía, en cualquiera de sus pequeñas formas diarias,
es percibida como algo que no tiene cabida en una relación de tama-
ña asimetría; una asimetría legal, dada por las relaciones de mino-
ridad y guarda, pero también una asimetría instaurada por el peso
simbólico del rescate que doña Albertina, la guardadora, insinúa en
el “buscar para criar”. La desobediencia, materializada en actos o
imaginada por la edad, por el tiempo que avanza, no puede ser tole-
rada en un contexto de dones tan pesados, tan imposibles de retri-
buir. La fantasmagoría del rescate, hecho al recurrir a instituciones
estatales, tomadas en sí mismas como productoras de infancias
anormales según los dichos de los psicólogos y asistentes sociales
que participan del proceso, es, más que nunca, haciendo referencia
a la asociación apuntada por Mauss, un “presente envenenado”.
Así, las motivaciones para la guarda o la adopción enunciadas en
torno al deseo de “hacer el bien a un niño carente”, el dar más allá
de lo que sería esperado, la compasión, la solidaridad, etc., también
construyen y alimentan expectativas de retribución. De la guarda

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recelosamente cedida por la madre de Alice a la devolución “sin
remordimientos” –término usado en uno de los informes– de Ana
y Elisa, lo que queda claro es que, en este circuito en que aquellos
que son menores ocupan al mismo tiempo el lugar de cosas dadas
o adquiridas y de paga por lo que se les está dando, se instituye un
precio común: la gratitud por la obediencia. La opresión de la bon-
dad se configura, en este caso, como una de las facetas posibles para
los venenos que los presentes guardan.

Consideraciones finales

Si el universo de los “derechos” (ya sea que estén consagrados en la


ley, reivindicados como proyecto o enunciados en medio de disputas
variadas) es un universo moral, aquí hemos procurado llamar la
atención sobre el hecho de que las moralidades en disputa componen
otra dimensión de los “derechos”: su ejercicio en cuanto ordenadores
de relaciones sociales. En la cotidianidad administrativa que se
sedimenta en los expedientes de los procesos, la búsqueda del interés
superior consagrado en la ley se transforma principalmente en una
búsqueda no de los derechos idealizados, sino de las viabilidades.
Así, el esfuerzo burocrático de gestionar infancias “guardando”
niños se construye también en forma de acciones de demarcación
y de actuación sobre lo posible, partiendo de y retornando a des-
igualdades, buscando fijar en casas a aquellos que no deben quedar
sueltos.
La aceptación de las viabilidades, la ponderación entre las ofer-
tas posibles –especialmente nítidas en los casos en los que no parece
haber grandes ofertas redentoras en juego–, es decir, la aparente
mayor flexibilidad en la búsqueda y producción de soluciones admi-
nistrativas, no debe tomarse, sin embargo, como una mayor toleran-
cia en el sentido de reconocer en tales opciones el mismo valor que
en las situaciones más ajustadas a modelos familiares dominantes.
Antes bien, significa la producción constante de otras asimetrías,
precisamente a través del reconocimiento de que, frente al cuadro

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general que se presenta y a los temores que se agregan como posi-
bilidad, ciertas configuraciones pueden y deben tolerarse. Así, la
representación –en el sentido de exhibición, de teatralización– del
escrutinio de las relaciones no debe comprenderse necesariamente
como la “vigilancia constante” de la que habla Donzelot para el
proceso francés, sino como parte de la constitución continua de la
soberanía del Estado y sus obligaciones, a la que se agregan criterios
discrecionales de evaluación e intervención.
Niños recogidos de instituciones, niños insertos directa o indi-
rectamente en relaciones de patronazgo doméstico, niños “salva-
dos”, “rescatados”, etc., encuentran soluciones administrativas que
siempre parecen tener como base el espectro de su inviabilidad.
Partiendo de este punto, es en la delegación de autoridad(es), en la
búsqueda de casas y en el silencio en relación con quejas o conflictos
que tales niños, en cuanto objetos administrativos, encuentran su
posibilidad de destino.
Invirtiendo, por tanto, modelos de análisis que parten de la
premisa de que el “Estado” se mueve en dirección a los individuos,
buscando moldearlos a una forma específica de comportamiento o
relación con otros individuos, cabría tal vez preguntarse cómo es
que diferentes estrategias, prácticas y concepciones puestas en uso
por estos individuos o estas redes de individuos están presentes en
el propio rol de las estrategias de administración y control social. En
esos términos, puede decirse que la administración no solo inviste
de autoridad a individuos o redes de individuos, sino que también
captura otras formas de autoridad –y de moral– de las que dichos
individuos o redes están dotados.
La minoridad y su componente tutelar son, pienso, elementos
particularmente buenos para identificar los mecanismos y las
situaciones en que se da esa captura. En la medida en que menores
presuponen mayores, esto es, presuponen la existencia de responsa-
bles de algún tipo para gestionarlos en la cotidianidad, su control
nunca está (al menos en los casos de minoridad definida por la edad)
exclusivamente centrado en la administración, por más que esta
esté investida tanto de autoridad proveniente del poder soberano
como de la especificidad de su autoridad técnica. De este modo, el

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sentido en que la autoridad (o diferentes formas de autoridad) puede
circular no se verifica solo de la administración hacia los individuos
o redes, sino que también asume la dirección contraria.
La duplicidad del carácter de instancias administrativas como
el juzgado, dotadas al mismo tiempo de poder punitivo y de obliga-
ciones de “servicio”, como se hace evidente en el uso constante de
la demanda por “regularizar una situación de hecho”, se inscribe
en cierta medida en esa circulación de formas diferenciadas de
autoridad. Es decir, si cabe al juzgado el ejercicio de procedimientos
disciplinadores e incluso punitivos de poder, también le cabe la sabi-
duría administrativa de deshacer impasses, reforzando su autoridad
no solo por el polo más represor de sus funciones, sino también por
sus tareas en cuanto “servidor”. Como hemos procurado demostrar,
forman parte de la eficacia administrativa para encontrar solucio-
nes no solo el saber hacer hablar sino también su contrario: no dejar
registrado, retirarse a partir de un cierto punto de las negociaciones,
empeñarse en construir lo viable.
El énfasis en la economía de los bienes de cuidado puede pensar-
se como un elemento inscrito en estas prácticas. El cuestionamiento
constante sobre lo que cada parte tiene para ofrecer materialmente
y, de un modo más vago, afectivamente a los niños que están bajo
su responsabilidad, puede ser leído no como una estrategia fisca-
lizadora en un sentido más esquemático, sino como recursos para
gestionar sin cuidar. Argumentar sobre lo que sería mejor para un
niño, “esclarecer” lo que significa la guarda o ponderar la necesidad
de conciliación de intereses en conflicto puede tomarse, de este
modo, no solo por el lado de la realización de una cierta tarea admi-
nistrativa y soberana –cuidar a los que no pueden, como menores,
cuidarse por sí mismos– sino también como parte de estrategias
administrativas que producen continuamente la desobligación de
esos mismos cuidados. Los desprendimientos elogiados, los acuerdos
ratificados, los bienes valorizados, que son registrados más de una
vez en los autos procesales –los planes de salud, las escuelas priva-
das, los pediatras privados– apuntan en la dirección de una forma
peculiar de desobligación, la que se produce a partir de la valoriza-
ción moral de los actos emprendidos por los responsables directos de

Derechos, moralidades y desigualdades


Prefacio | 69
la minoridad. Por último, tal vez sea el caso de pensar la economía
de los bienes de cuidado como el otro lado del itinerario trazado por
Hirshman (1979) para reflexionar sobre la autonomización del pen-
samiento económico: al contrario del desenraizamiento de los intere-
ses, la inmersión de los cálculos económicos en las “pasiones”.

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72 | AlejandrodeKaufman
Adriana Resende B. Vianna

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