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Taller sobre la Muerte y la Fe Cristiana

Este documento presenta un taller sobre la muerte como una decisión de vida desde una perspectiva cristiana. Explica las cinco etapas emocionales que las personas experimentan al acercarse a la muerte, según la psicología. También describe algunos fenómenos parapsicológicos comunes asociados con experiencias cercanas a la muerte. Finalmente, ofrece la visión cristiana de la muerte, centrándose en la muerte y resurrección de Jesucristo como el camino a la salvación y vida eterna.

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Taller sobre la Muerte y la Fe Cristiana

Este documento presenta un taller sobre la muerte como una decisión de vida desde una perspectiva cristiana. Explica las cinco etapas emocionales que las personas experimentan al acercarse a la muerte, según la psicología. También describe algunos fenómenos parapsicológicos comunes asociados con experiencias cercanas a la muerte. Finalmente, ofrece la visión cristiana de la muerte, centrándose en la muerte y resurrección de Jesucristo como el camino a la salvación y vida eterna.

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TALLER: MI MUERTE, DECISIÓN DE VIDA - Equipo de Formación Espiritual Cristiana

Este taller está basado en el libro del mismo nombre del P. Carlos Aldunate L. s.j. La muerte es una
experiencia por la que hemos de pasar todos. Hemos visto morir a otras personas. La psicología y
la Parapsicología han recogido observaciones que son útiles para conocer la muerte, en su realidad
observable. la Iglesia, con su sabiduría de siglos, atiende a los funerales.

Las cinco etapas (Dra Kübler-Ross: On Death and Dying)

La medicina estudia la salud, la enfermedad y la muerte del ser humano; la psicología ha


observado a los enfermos que se acercan a la muerte, y ha descubierto en muchos de ellos
diversas etapas emocionales:

1) negación y aislamiento (“no, no puede ser”); 2) ira y rechazo (“¿por qué a mí?”); 3) regateo y
esperanza (¡Señor: un milagro! Cambiaré de vida”); 4) depresión (“no hay esperanza”); 5)
aceptación y paz (“lo que Dios quiera”).

Renuncia inevitable (Judith Viorst: Necessary Losses)

Hay diversas actitudes: a) negación (no se encara la muerte, se reprime su recuerdo); b)


desesperación; c) aceptación filosófica; d) aceptación religiosa.

Algunos fenómenos parapsicológicos

A) Visión detallada y brevísima de toda la vida


B) Experiencias cercanas a la muerte (ECM):

Raymond Moody ha recogido las “experiencias” de muchas personas que se han sentido “cercanas
a la muerte” (N:D:E: Near Death Experiences). Las más comunes son una visión detallada y
brevísima de toda la vida, un desdoblamiento o separación de la conciencia psíquica: la persona
observa su cuerpo “desde arriba” como si estuviera flotando en el aire; luego entra por un túnel;
llega a una luz brillante, ambiente de inmenso amor; sentimiento de que todavía no es el tiempo;
debe volver a la tierra; se inserta en su cuerpo; vuelve a sentir dolores, frío o calor; ve personas a
su alrededor, etc.

Visión de Fe y Liturgia de la Iglesia

Lo que nos interesa es la visión que el cristiano tiene de la muerte y de su propia muerte. No se
trata de una ideología filosófica ni de fábulas tradicionales. Se trata de la revelación que nos ha
dado Dios a través de la historia, y principalmente en la enseñanza y en la vida y muerte de Jesús.
Es Dios mismo quien tomó nuestra naturaleza para enseñarnos el Camino de Salvación. La visión
cristiana de la muerte (y de lo que sigue a la muerte) es la llave para entender lo que es realmente
el hombre, el cristiano ante su Muerte y Resurrección.

El hombre no perece y desaparece como perecen y desaparecen las plantas y los animales. Para el
cristianismo la muerte del hombre no es un tope, un término, sino un objetivo y portal para su
plena realización. El cristiano comprende que el hombre está hecho para un momento cumbre de
esta existencia que le abre la puerta a su plenitud definitiva. Y, como la visión eterna de Dios está
infinitamente más allá de las posibilidades de nuestra naturaleza, el cristiano vive en esperanza, es
decir en la seguridad de que está llamado a recibir el don de la bienaventuranza.

Dios nos ha dado la capacidad para hacernos receptivos de este don. Con la gracia de Dios
estamos llamados a madurar humana y espiritualmente, es decir, a salir del infantilismo y apego a
lo pasajero, para aceptar la realidad de una vida de crecimiento y transición en vista de una
existencia definitiva. Todo esto ha sido iluminado y transformado por Jesús, nuestro Salvador. Dios
ha bajado hasta nosotros, haciéndose hermano nuestro en la vida y en la muerte para ir por
delante y “prepararnos un lugar” (Jn 14, 2).

Con la comunicación de su Espíritu que nos une a él, la resurrección de Cristo resulta resurrección
también nuestra: “Dios… por el extremado amor con que nos amó… nos vivificó con la vida de
Cristo… y juntamente con él nos resucitó y juntamente nos sentó en los cielos con Cristo Jesús” (Ef
2, 4-6). Aún antes de morir a esta vida, participamos ya con Cristo en su vida eterna. Todo esto es
un camino en que avanzamos “puestos los ojos en Jesús, el iniciador y triunfador de este camino;
Jesús llegó al término, a sentarse a la diestra del trono de Dios” (He 12, 1-2) para probarnos que en
su seguimiento está la salvación.

Así guiados por Jesús que nos precedió en muerte y resurrección, el cristiano se sabe participante
de la misma vida de Jesús, e invitado a seguirle en libertad para gozar con la misma gloria de él.

LA MUERTE DE CRISTO (1)

Al tratar la muerte del cristiano, hemos de mirar ante todo a la muerte de Cristo. En efecto, el
cristiano es el que ha optado por Cristo; es decir, ha creído en él y decidido entrar por el Camino
de él (Hch 9, 2), Jesús es el Camino (Jn 14, 6) y todos estamos llamados a “ser conformados”
progresivamente con él (Rom 8, 29), en su vida y en su muerte.

Aspecto objetivo

Si miramos las circunstancias objetivas de la muerte de Cristo, sentimos horror. Los evangelios no
describen detalles, porque en ese tiempo eran conocidos; pero basta lo que dicen para que
experimentemos algo de lo que sintieron María, las santas mujeres y los apóstoles.

Jesús estaba despojado de todo: moría clavado en una cruz con el cuerpo destrozado por los
azotes. El letrero era de burla: “Rey de los judíos”, ajusticiado entre dos ladrones. El apoyo de las
multitudes había desaparecido; la turba que rodeaba la cruz estaba compuesta de curiosos que
gustan siempre de contemplar una ejecución; y había allí enemigos de Jesús, ahora triunfantes, y
también discípulos de Jesús, atemorizados. Y junto a la cruz, mostrando su amor, estaban
solamente María, una pariente María mujer de Cleofás, María Magdalena, el discípulo a quien
amaba Jesús (Jn 19, 25-26). La crucifixión de Jesús parecía ser el fracaso total de un apostolado de
tanta verdad, de tanto amor, de tanta belleza.
La vivencia interior de Cristo

Lo que más nos interesa es la vida interior de Cristo durante su pasión; lo expresaba San Pablo: “La
excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… y la participación de sus padecimientos”
(Fil 3, 8-10). ¿Cómo sufrió él; cómo enfrentó cada paso de su pasión?.

En las palabras de Jesús tenemos una ventana hacia su interior: sus pensamientos, sus
emociones… “Padre, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú” (Mc 14, 36); “La copa que el
Padre me ha dado, ¿no la he de beber? (Jn 18, 11); “Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen” (Lc 23, 34). Resplandecen en estas horas terribles la transparencia de Jesús, el dominio de
sí mismo, el amor por los demás, la libertad y valentía de toda su vida. “Porque he descendido del
cielo, no para mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 6, 38). “Porque el Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45)

Jesús vivió siempre una oblación total, irrevocable a Dios y por los hombres. Su muerte
correspondió enteramente a su vida.

La hora de glorificación

En la última cena, Jesús había orado: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que
también tu Hijo te glorifique a ti… Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste
que hiciera. Ahora, pues, Padre, glorifícame tú…” (Jn 17, 1-4)

Y ¿cuál era esa obra que le había encomendado el Padre?

• Manifestación del “nombre” de Dios a los hombres (Jn 17, 6)


• Redención de la humanidad mediante la ofrenda de su cuerpo (vida) “hecha una vez para
siempre” (Hch 10, 10)
• Comunicación del Espíritu Santo para que pudiéramos “nacer de nuevo” (Jn 3, 3; Jn 7, 39)
• Liberación de las almas cautivas que esperaban la apertura de la gloria (Ef 4, 8-9)
• Santificación de la Iglesia; “Cristo la amó y se entregó a sí mismo por ella” en la cruz (Ef 5,
25)

Conclusiones

Solamente con su muerte podía Cristo revelarnos tanto amor. Nunca hubo nada que iguale esa
entrega plenamente personal y voluntaria por nosotros. Jn 15, 13; Jn 3, 16.

Nosotros morimos cuando el cuerpo ya no puede seguir funcionando. Entonces se nos da la vida!
(aún el suicida no “se quita” la vida; solamente daña su cuerpo). Jn 10, 15-18.

La eficacia del sacrificio de Jesús, hecho de una vez y para siempre, redime todos los pecados de
todos los hombres. La rebeldía del hombre (que rechaza la voluntad de Dios) quedó plenamente
reparada por Jesús.
Cuando cuestionamos por qué tuvo que sufrir tanto (azotes, espinas, crucifixión) queda en pie el
misterio de los caminos de Dios que no son nuestros caminos (Is 55, 8). Nos queda valorar a este
Dios que, compartiendo la naturaleza divina, no estimó el ser igual a Dios como privilegio (que lo
eximiera de tal sufrimiento), sino que se despojó de sí mismo, tomando la naturaleza de siervo, y
tomando nuestra naturaleza humana se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Fil 2, 5-11.

Reflexión

Nos alegramos con Jesús y comprendemos sus últimas palabras: Jn 19, 30; Lc 23, 46

Comprendemos también sus palabras a los discípulos de Emaús: Lc 24, 26. También las aplicamos
a nosotros: es necesario que pasemos por la muerte para entrar en la gloria.

Admiremos los caminos de Dios y agradezcamos a Jesús (Dios y hombre) su generosidad en entrar
por esos caminos antes que nosotros y recorrerlos hasta el fin (Hch 12, 1-2)

Pasos a seguir para el E.E. (Ejercicio Espiritual):

Buscar lugar y tiempo adecuados para orar diariamente (a solas con el Señor)

Señal de la cruz disponiéndose a este encuentro personal y sagrado

Se sugiere: Alabanzas, cantos, orar en lenguas, pedir mucho Espíritu Santo (para que todo sea
inspirado por el Señor y derrame las gracias necesarias para hacer el EE).

Oración para todos los días: Te pido, Señor, que todas mis motivaciones, decisiones y actuaciones,
estén puramente ordenadas y orientadas únicamente en servicio de alabanza a tu Divina Majestad
(petición) todo esto te lo pedimos por la intercesión de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre
Nuestra y en el poderoso Nombre de tu único y amadísimo Hijo, Nuestro señor Jesucristo. (Rezar
Ave María, Alma de Cristo, Padrenuestro).

Petición (irá cambiando semanalmente): “Dame Señor la gracia de tener una visión de fe ante la
muerte” (Rezar el Credo)

Repasar la enseñanza, leer y releer la cita que el Espíritu nos hace elegir (sólo una), atentos a los
signos que nos hagan detenernos en una palabra en particular.

Entrar en diálogo personal con el Señor: ¿Qué me quieres decir, Señor, con esta palabra?.
“Escuchar” delicadamente su respuesta.

Apuntar en un cuaderno la cita bíblica, la palabra, lo más importante del diálogo, las sensaciones,
finalmente la oración personal respondiendo al Señor y cerrando con la señal de la cruz, con la
libertad de agregar una canción, alabanza, danza, etc.

Citas para el EE: Ef 3, 18-19 o Gál 2, 20 o Jn 11, 1-44 o 1Cor 15, 1-58
Tu acompañante se comunicará contigo. Acordarás día y horario en el que compartirás en
20minutos, leyendo en tus apuntes, tu EE.

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