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Renovación Litúrgica tras 50 años de S.C.

La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II tuvo tres objetivos principales: 1) Renovar la liturgia haciéndola más fiel al Evangelio y cercana a la humanidad contemporánea, 2) Fomentar la participación activa de todos los fieles en la liturgia, y 3) Influir en la vida de la Iglesia haciéndola más cristiana a través de una liturgia cristiana. El documento marcó un cambio importante en la liturgia católica y su visión continú
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Renovación Litúrgica tras 50 años de S.C.

La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II tuvo tres objetivos principales: 1) Renovar la liturgia haciéndola más fiel al Evangelio y cercana a la humanidad contemporánea, 2) Fomentar la participación activa de todos los fieles en la liturgia, y 3) Influir en la vida de la Iglesia haciéndola más cristiana a través de una liturgia cristiana. El documento marcó un cambio importante en la liturgia católica y su visión continú
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A CINCUENTA AÑOS DE LA SACROSANCTUM CONCILIUM (SOBRE LA SAGRADA LITURGIA) DEL

CONCILIO VATICANO II.

El 5 de diciembre de 1963, el Concilio Vaticano II promulgaba su primer documento: La


Constitución sobre la Sagrada liturgia. A partir de ese momento la liturgia sufrió un importante
renovamiento y comenzaron a presentarse cambios promulgados por la reforma litúrgica. Hay
teólogos y liturgistas que afirman que eso hizo posible una liturgia más cristiana, y por eso hoy la
Iglesia tiene una liturgia que en sus contenidos y formas es más fiel al Evangelio (Gal 2,14) siendo
más cercana a la humanidad contemporánea. Es decir, se podría decir que la Sacrosanctum
concilium actuó una doble fidelidad: a Cristo y al ser humano de hoy.

Esta afirmación puede causar malos entendidos, pues no se pretende desconocer la liturgia que
había antes del Vaticano II, también esa era cristiana. Si no fuera así no se habría obrado la
santificación de tantos antepasados nuestros. Lo que se afirma es que en la Iglesia cada auténtica
reforma es siempre conforme al Evangelio. La Iglesia del Vaticano II ha comenzado una renovación
de sí misma a la luz del Evangelio comenzando con la reforma de la liturgia. Esto porque la liturgia
influye en la vida de la Iglesia. Una liturgia cristiana hace cristiana la Iglesia.

La riqueza de la Sacrosanctum Concilium está en su búsqueda por conducir la liturgia a su fuente


originaria, el Evangelio de Dios (Rm1,1), y esto hace que este texto, el primero del Concilio,
adquiera un valor tan importante. Este documento hace una gran relación entre liturgia y
Evangelio, de este matrimonio nace toda la teología y las normas litúrgicas para el crecimiento de
la liturgia a lo largo de toda la Constitución (130 numerales).

Después de 50 años de este documento, podemos vivir una liturgia hija de esa reforma, aunque no
todos hayamos vivido la liturgia anterior al Vaticano II, sin embargo, hoy podemos afirmar que una
enseñanza central del documento es la fidelidad de la liturgia al Evangelio del Reino de Dios (Hch
8,12). A esta relación se refiere el Papa Francisco en una entrevista de una revista(La Civiltà
Cattolica) cuando responde a la pregunta sobre ¿qué cosa ha sido el Concilio?: “El Vaticano II ha
sido una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Ha producido un
movimiento de renovación que simplemente viene dado por el mismo Evangelio. Los frutos son
enormes. Basta con recordar la liturgia. El trabajo de la reforma litúrgica ha sido un servicio al
pueblo como relectura del Evangelio a partir de una situación histórica concreta”. Como vemos, el
Papa para presentar lo que ha sido el Concilio Vaticano II lo coloca en relación con el Evangelio, la
cultura contemporánea y la reforma litúrgica. Y lo central ha sido el Evangelio, donde la reforma
litúrgica ha hecho la relectura del mismo.

Precisamente es el Evangelio el origen de la renovación realizado por el Concilio, siendo fiel al


hombre concreto contemporáneo, porque el Buen anuncio es siempre contemporáneo al hombre
que escucha. Por eso la fidelidad de la Iglesia al tiempo en que vive, debe pasar por la fidelidad al
Evangelio.

___________

1
El Concilio Vaticano II en su diseño pastoral, quería ser un servicio a la tradición para asegurar la
vida cristiana, por medio de su incremento, actualización y nutrimiento. Los Papas que nos han
pastoreado desde el Concilio Vaticano II hasta Benedicto XVI, han sido todos, prácticamente,
Padres del Concilio; pero el Papa actual, Francisco, es considerado por los teólogos como el primer
Papa hijo del Concilio, por eso sorprende su “práctica conciliar” al inicio de su pontificado, con el
subrayar la colegialidad, un primado de las periferias, de la Iglesia pobre, con su concelebración y
predicación cotidiana en Santa Marta, lugar en el que el nuevo Papa ha querido transferir su
residencia.

Para muchos teólogos y liturgistas en la actualidad, esta novedad inesperada se ha convertido en


un criterio hermenéutico para leer la Sacrosanctum Concilium. Ya esta Constitución litúrgica ha
como renacido ante la Iglesia de hoy, pues durante los últimos años se han presentado discusiones
acerca de si hay continuidad o discontinuidad, que había amnesia, nostalgia, desesperación, que
se presentaba falta de discernimiento o de determinación, etc. El Papa Francisco en una entrevista
con la revista italiana Civiltà cattolica, declaraba la irreversibilidad de lo que se ha adquirido con el
Concilio en materia de liturgia.

El estilo conciliar de la S.C. ha permitido cambios en las formas rituales, con una cristología y una
eclesiología fieles al “depositum” de la tradición, pues ha dado forma a configurar una Iglesia
diferente: de un “museo para conservar” ha dado paso a una Iglesia que se muestra más como un
“jardín para cultivar”, donde el culto se convirtió en este primer jardín para cultivar y para
responder a la cultura.

El papa Juan XXIII había planteado el Concilio con un objetivo de renovación pastoral y diálogo de
la Iglesia con el mundo, respondiendo a las inquietudes y necesidades del hombre
contemporáneo. El objetivo principal de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, no era tanto la
reforma como tal, sino superar de una manera adecuada la participación al misterio celebrado que
afecta su naturaleza; pues del misterio celebrado hace parte la asamblea que lo celebra. Esta
verdad sobre la Pascua de Cristo atraviesa toda la liturgia y requiere que todos los bautizados
participen de ese misterio, quienes por medio de los ritos y las oraciones, forman parte del
misterio celebrado.

Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar día en día entre los fieles la vida cristiana,
adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio,
promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y
fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que
le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia (S.C. 1)

Por eso una de las grandes exigencias del Concilio es la activa participación de los fieles, donde en
la misma acción ritual todos los miembros de la asamblea toman parte: quien preside, los
diferentes ministros y el pueblo reunido.

La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella
participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza
de la Liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo

2
cristiano, "linaje escogido sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 Pe., 2,9; cf. 2,4-
5).
Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa
participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber
los fieles el espíritu verdaderamente cristiano, y por lo mismo, los pastores de almas deben
aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral, por medio de una educación
adecuada.
Y como no se puede esperar que esto ocurra, si antes los mismos pastores de almas no se
impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y llegan a ser maestros de la
misma, es indispensable que se provea antes que nada a la educación litúrgica del clero (S.C.
14)

Este objetivo que plantea la Constitución no es solamente de tipo litúrgico, sino


cristológico, eclesiológico, pastoral y espiritual; aunque ciertamente la reforma litúrgica
impulsa todo esto, dándole además centralidad a la Palabra, devolviéndole a la Palabra su
tradición ritual. Esta reforma hizo posible restituir la participación de los fieles que
durante siglos había declinado tanto, hasta poner en peligro la experiencia eclesial.

Esta reforma dio origen a nuevos rituales (compuestos en los 20 años sucesivos al
Concilio), con una nueva ministerialidad, con gran riqueza bíblica, más accesibles a las
lenguas vernáculas, con una estructuración de las secuencias que buscaban responder al
nuevo paradigma eclesial y litúrgico. Igualmente otros libros surgieron con gran riqueza
bíblica, como los diferentes libros para uso de la Eucaristía, el mismo misal y los textos de
las lecturas…

Este texto de la S.C. con su paradigma de “activa participación en la liturgia” ha influido en


una nueva experiencia eclesial y espiritual, una manera diferente de estar en la Iglesia y de
ser en el mundo. Por eso el mismo Concilio ha presentado la liturgia como “culmen et
fons”. La ambición pastoral de la Constitución sobre la liturgia y en últimas de todo el
Concilio, va dirigida a una Iglesia que para vivir la plenitud de la propia vocación social
hacia las periferias, sabe siempre iniciar y terminar en el nivel simbólico de la acción ritual,
siendo profetas y sacerdotes en las condiciones históricas actuales.

___________

Los centros teológicos de la SC:

Los enunciados discursivos son muy breves y simples, muy sintéticos pero de gran
contenido, con una influencia pastoral, espiritual, eclesial, introduciendo la Liturgia al
interno de la historia de la Salvación y entendiéndola como actuación del Misterio de
Cristo, que se palpa de manera explícita en el Año litúrgico.

____________

3
Igualmente en el número 14 de la SC se afirma que “al reformar y fomentar la sagrada
Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo,
… y por lo mismo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su
actuación pastoral, por medio de una educación adecuada”. La figura del sacerdote, desde
la visión de una “educación ritual”. Después del Vaticano II el término sacerdote ha
adquirido un significado mucho más amplio y complejo: Sacerdote indica una cualidad
exclusiva de Cristo, que por medio del bautismo se convierte en una característica referida
a todo cristiano. Sacerdote es Cristo y sacerdotes son todos los bautizados; y desde aquí,
los obispos, sacerdotes y diáconos son una particular especificación de esta característica.

Quiero compartir con ustedes cuatro breves puntos de un teólogo italiano (Andrea Grillo 1)
sobre el servicio eclesial del presbítero.

1) Libertad de palabra: el sacerdote, por su ordenación, es entregado a la Palabra de


Dios al tiempo que se le entrega la Palabra de Dios (El Evangelio). En este sentido,
él puede escuchar a Dios y al prójimo, puede tomar la palabra con autoridad,
puede callar al tiempo oportuno, puede dar la palabra a todos y puede también no
escuchar las palabras inoportunas o malvadas. Se puede ver cómo la vida del
sacerdote es puesta a prueba por la palabra bajo la que vive, al tiempo que
experimenta una libertad de palabra. La vida de las familias puede descubrir en el
sacerdote una libertad de juicio, con una fuerza de reelaboración de la realidad de
la que la misma familia tiene necesidad. Pero el sacerdote debe también honrar lo
concreto y radical de la vida familiar. Si permanece libre puede conducir al pueblo
a la alabanza, a dar gracias, a la bendición.
2) La libertad de gustar el tiempo: el sacerdote, al igual que los laicos, puede caer en
la esclavitud del tiempo del reloj, del tiempo administrativo; pero al mismo tiempo
está llamado a gustar del tiempo festivo que nace de una vivencia del tiempo
kairótico, del tiempo que nos enseña a gustar la liturgia. La liturgia se puede
cnvertir en el lenguaje común entre los laicos y el sacerdote. Que el sacerdote
“pierda tiempo” por su comunidad para que la comunidad pueda hacer memoria
de la verdad del tiempo. Para que cada uno viva el tiempo como un don, como
misterio de gracia, como vida dinámica que impulsa y sueño en vía de realización.
¿Seguimos el tiempo deshumanizado o seguimos la vida libre del Señor, que es
nuestra Palabra y nuestra fiesta?
3) Libertad de vivir contracorriente: nuestros laicos viven esclavizados por falsos
ideales de libertad (tener muchas mujeres, dinero, poder…), y el ideal sacerdotal
del bautizado lo refleja el sacerdote con su vida sin esposa, sin esclavizarse por el
poseer y el tener desmedido, con su obediencia y su servicio. Esta elección de vida

1
Riti che educano. I sette sacramenti. Cittadella editrice, Assisi, 2011.

4
se puede convertir en una gran profecía. Si el sacerdote asume esto con toda
libertad, entonces se convierte en un testimonio de la grandeza de la vida familiar,
de la producción de la riqueza y de la autonomía del sujeto. De esa manera el
sacerdote no vive para sí solo, vive para salvar a los otros, para santificar a los
demás. Así las familias pueden captar el honor de las familias y de su compleja
relación en la diferencia sexual y generacional, con la atribución de los bienes y de
atenciones, con el ejercicio del poder y de la autoridad.
4) Libertad de vigilar: ¿qué quiere decir vigilancia? Estar alerta contra el peligro, el
policía que pone los partes en las vías… pero el sacerdote no es un policía de las
almas, de los pecados. La vigilancia es aquella de las vírgenes prudentes que
esperan no al ladrón sino al esposo. El sacerdote puede velar esperando el bien,
puede anunciar que el bien está llegando, puede pregustar la comunión plena. Lo
hace en medio de una sociedad que no lo cree, que vive en medio de
videocámaras, de blindajes, de conjuntos cerrados… esta clase de vigilancia es una
vigilancia contra el mal, fruto del pecado. La vigilancia debe ser entendida como un
apertura a la Gracia, al don, que no es tanto esperar al enemigo sino esperar la
visita; es una disponibilidad a lo nuevo. No es mal, sino el bien el que es
sorprendente, no es el ladrón sino el Señor que llega cuando no lo esperaba. El
sacerdote, por ministerio, no cierra la puerta, se procura el aceite, puede también
dormir, claro que sí, pero permanece atento para acoger el bien que llega. Es la
capacidad de encontrar el bien, incluso donde otros no lo ven.

El sacerdote por este trabajo específico que surge de su ministerio como mediación entre
el cuidado de sí mismo que debe ser radical cuidado del otro, el sacerdote no puede ser
menos hombre para ser más santo. Por eso en el ejercicio de esta libertad, el sacerdote
vive en relación con los ritos según aquella responsabilidad que adquiere el nombre de
“presidencia”. Presidir los ritos significa, compartir y difundir esta libertad, según una
“educación ritual” que para él resulta preciosa y contagiosa. Dejando la palabra a los ritos,
sobre él y para la comunidad que le ha sido confiada, él prueba a anunciar ya testimoniar
una forma más completa de humanidad agraciada.

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