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Sala Ricardo Rocha en Colima: Arte y Patrimonio

Ponencia sobre la trayectoria del artistas plástico Ricarco Rocha, particularmente sobre su estancia en Colima.

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La Sala Ricardo Rocha en el Centro Estatal de las Artes de Colima

Carlos Ramírez Vuelvas

Entre los meses de febrero y de mayo de 2017, el Gobierno del Estado de Colima

realizó las últimas adecuaciones normativas para la estabilización del acervo

patrimonial del Centro Estatal de las Artes del Estado de Colima, situado en el

municipio de Comala. Ya se había realizado algunos esfuerzos gubernamentales

para recuperar el complejo de la antigua Escuela de Artesanías, donde se ubicó el

Centro, que en las décadas de los Setenta y los Ochenta construyó el artista plástico

Alejandro Rangel Hidalgo, y fue abandonado paulatinamente al terminar el siglo XX.

Fue hasta el 2016 cuando se concluyó con la creación del Centro Estatal de

las Artes, conformado por dos Salas del Grabado de Occidente José Luis Cuevas,

depositarias de más de 6 mil grabados del Centro Nacional de Producción de Arte

Gráfico de Occidente La Parota, con una excelente nómina de autores: el propio

Cuevas, Francisco Toledo, Joy Laville, Miguel Ángel Castro Leñero, Gil Garea y

Adolfo Mexiac, entre otros. También se encuentra ubicado el Jardín Escultórico Juan

Soriano, donde se pueden apreciar 12 esculturas de más de 4 metros de altura, obras

firmadas por Soriano, Manuel Felguérez, Sebastián y Takeshi Ado, entre otros.

También fue situado el Museo Nacional de la Escultura Sebastián, con 84 esculturas

de diversos formatos, obra de Jorge y Javier Marín, Leonora Carrington, Xerxes,


Gilberto Aceves Navarro y el propio Sebastián, que el escultor legó al patrimonio

artístico de Colima desde la década de los Noventa.

En ese entorno (donde se encuentra un salón de danza, un auditório, un

estudio de medios audiovisuales, una sala de medios digitales y los talleres de arte

gráfico La Parota), se encuentra ubicada la Sala Ricardo Rocha, cuya integración fue

posible gracias a la firma del convénio comodato del Gobierno del Estado de Colima

con la artista Guadalupe Sobarzo, depositaria de la obra del maestro mexiquense,

quien facilitó las 35 piezas de Rocha para su exhibición en una galería de alrededor

de 400 metros cuadrados.

Ricardo Rocha es uno de los artistas mexicanos más destacados de la llamada

Generación de los Grupos, que surgió en México entre las décadas de 1950 y 1970.

Originario de la Ciudad de México, sus primeros estudios de arte los realizó en el

Instituto Dante Aligheri de la capital de nuestro país. A los 26 años comenzó con sus

labores profesionales en el Banco de México y, posteriormente, en el Instituto

Nacional de Antropología e Historia, como restaurador, donde se dedicó a la

conservación de pintura mural de edificios coloniales como el Convento de

Tepoztzotlán, hoy Museo del Virreinato, y el Convento de Santo Domingo, en

Oaxaca.

Durante la década de los Sesenta, Rocha definió su vocación como artista

plástico y visual, al participar en las exposiciones de la Generación de la Ruptura,

montadas en 1968 y en 1970, respectivamente, en el Salón Independiente del Museo

Universitario de Ciencias y Artes, con artistas que más tarde se agruparían en la

Galería Pecanins (abierta de 1964 a 2009), a la que Rocha quedó suscrito durante

toda su vida. La Galería fue inaugurada en 1964 por las hermanas Montserrat, María
Teresa y Ana María Pecanins, y durante los 45 años en que permaneció abierta se

consolidó como uno de los laboratorios de arte y sitios de reunión intelectual más

importantes del país. Promocionó y difundió la obra de artistas como Manuel

Felguérez, Vicente Rojo, José Luis Cuevas, Pedro Friedeberg, Alberto Gironella y

Gilberto Aceves Navarro. Más allá de la nostalgia, a veces el desenfado, la

irreverencia y la pasión, sitios como la Galería Pecanins reclaman un espacio en la

configuración del arte, otro espacio, distinto, a la pulcritud de las instituciones.

Desde luego, la Galería Pecanins forma parte de la cartografía de la historia

íntima de la Generación de los Grupos que proyectó nuevas formas de expresar el

arte mexicano, alejándose paulatinamente de la estética generada por la Revolución

Mexicana, que para la segunda mitad del siglo XX ya había agotado su enorme y

poderoso caudal iconográfico, demasiado presente en las celebraciones

institucionales y muy distante de las expresiones artísticas de los jóvenes creadores.

Rocha presentó su primera exposición individual en 1968 en la Galería

Sagitario, otro sitio predilecto de artistas como José Luis Cuevas, Brian Nissen, Felipe

Ehrenberg y Leonel Góngora. El crítico Luis Carlos Emerich interpretó con prematura

claridad, la sensibilidad pictórica de Ricardo Rocha. En 1971, luego de observar sus

primeras piezas, destacó el “lenguaje aprendido en la naturaleza” por su capacidad

de interiorizar las circunstancias de la realidad, habilidad fundamental presente en su

obra, que le permitió expresar lo mismo el contexto urbano o rural de México.

Bajo esta premisa, Emerich describió las técnicas de Rocha: frente a la

diversidad de procedimientos artísticos de las vanguardias que pululaban en los

Sesenta (el pastiche, el collage, la fragmentación o la fotocopia), Rocha ensayó la

especulación compositiva en imágenes. El artista no se limitó a cuestionar la realidad

con discursos políticos, sociales o filosóficos, y prefirió una suma de técnicas para
desarrollar una composición especulativa que libremente incorpora en su estética

capas de la realidad que se sobreponen, comunican o rechazan, en el marco de la

pieza o un proyecto artístico. Raquel Tibol resumen de la siguiente manera: “No le

preocupa transcribir la realidad percibida, sino tomar cierto elementos para exaltarlos

de manera esencialmente pictórica, con apoyo en mecanismos oníricos.” (Tibol,

Ricardo Rocha, ) Este “procedimiento rochiano” alcanzó su mejor expresión en las

piezas que posteriormente serán reconocidas como “paisajes textuales”, que

comenzó a exhibir en la exposición "La palabra como módulo" (1971), en el Palacio

de Bellas Artes. En dichas piezas, Rocha postuló un diálogo estético entre palabras y

objetos, o mejor dicho, entre caligrafías e imágenes, que alcanzaron una destacada

recepción crítica durante los Setenta y Ochenta.

En esa época, Ricardo Rocha se incorporó a la Escuela Nacional de Artes

Plástica (ENAP), Antigua Academia de San Carlos, primero como estudiante y luego

como un profesor de la División de Posgrado. En la ENAP, coordinó el Taller de

Experimentación Visual y Pintura Mural (en el que también participaron Manuel

Felguérez, Francisco Icaza, Benito Messeguer, José Luis Cuevas, Lilia Carrillo y José

Muñoz Medina), pero su presentación como figura protagónica en la historia del arte

mexicano fue al participar como “vidente” — esa versión moderna, desacralizada del

chamán— del Grupo Suma, al que se suscribió de 1976 a 1981, y en el que también

participaron Guadalupe Sobarso, Gabriel Macotela, René Freire, Mario Rangel Faz,

Oliveira Hinojosa y Santiago Rebolledo, el artista colombiano quien habría bautizado

al grupo, según la versión de Santiago Espinosa de los Monteros.

Fue 1976, precisamente, un año intenso para Rocha: expuso por primera vez

en Barcelona, España, y obtuvo Mención en el XV Premio Internacional de dibujo

Joan Miró. Además, durante el proceso de reestructuración académica de la ENAP,


planteó varios de los postulados estéticos que más tarden definieron las

características de Suma, como las premisas de experimentación y búsqueda de

referentes artísticos en los espacios públicos de la ciudad, al materializar expresiones

plásticas y visuales en bardas, calles y avenidas, reciclando elementos propios del

hábitat citadino: llantas, corcholatas, periódicos y otros desechos. Con ese

ecosistema urbano, Rocha actualizó una premisa de la modernidad ya ensayada por

el arte de mediados del siglo XIX en los primeros movimientos de vanguardia

europea. Los hechos del hombre pueden ser intrascendentes para los valores

clásicos de la belleza (lo bueno y lo bello como condición estética), y aú n así

representar un momento trascendente en la existencia de los individuos. Lo grotesco,

lo deforme y lo bizarro, así como lo efímero, lo evanescente y lo virtual (es decir, no

sólo lo trascendente, las circunstancias del tiempo y del espacio también signan a la

humanidad), se convirtieron en categorías estéticas, no necesariamente históricas. La

estética comenzó un camino de autonomía a la historia social, y desde ahí cuestionó

la realidad, estableciendo una crítica tan polisémica como difusa.

Ricardo Rocha y el Grupo Suma lograron concretar estas interpretaciones

estéticas de la realidad en el proyecto “México sociedad anónima. Imágenes crónicas

de una ciudad”, que expusieron en 1977 durante la X Bienal de París, donde

recogieron los primeros años de intervenciones artísticas del Taller de

Experimentación Visual y Pintura Mural, en la Ciudad de México. Por el mismo

proyecto, Ricardo Rocha y el Grupo Suma obtuvieron el Premio del Primer Salón de

Experimentación del INBA en 1979.

De 1976 a 2002,Rocha desarrolló 14 exposiciones individuales, en museos

como el Carrillo Gil, el de Arte de Moderno de la Ciudad de México, de Arte de

Querétaro, o el de Arte Contemporáneo de Michoacán; además en galerías como


Pecanins, de Arte Mexicano de la Ciudad de México, o Y la Nave Va de Querétaro.

Durante su vida, participó en más de medio centenar de exposiciones colectivas, en

diversos estados de la República Mexicana y en países como España, Colombia,

Salvador, Italia, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Francia, Japón, Alemania, Estados

Unidos de Norteamérica y Chile. Desde entonces, algunas de sus piezas se

encuentran en las colecciones Cartón y Papel, Bancomer, la Secretaría de Hacienda

y Crédito Público, el Centro de Arte de Guadalajara, el Museo de Arte de Querétaro,

el Museo de Arte Moderno, el Museo Carrillo Gil, la Colección FEMSA de Monterrey y

en la Universidad de Austin, Texas.

En 1980, trasladó su residencia al pueblo de Jocotitlán, en la calle Nigromante

del Estado de México, probablemente en la búsqueda de una nueva experiencia

creativa. Había llegado hasta ahí a finales de los Setenta, impulsado por otro de los

proyectos (en esta ocasión fallido) del Grupo Suma: Maíz. Desde entonces comenzó

a colaborar eventualmente con algunas instituciones del Estado de México, aunque

continuó vinculado a los círculos de arte plásticos y visual de la Ciudad de México, en

especial a través de la Galería Pecanins, el Instituto Nacional de Bellas Artes y,

posteriormente, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En 1988, su obra se

integró al libro Doce expresiones plásticas de hoy, editado por los críticos Antonio

Rodríguez, Teresa del Conde y Jorge Alberto Manrique, y editado por Bancreser,

donde la obra de Rocha aparece al lado de otros maestros de la plástica mexicana

contemporánea, como Joy Laville, Raúl Herrera, Felipe Ehrenberg, Ismael Guardado,

Rodolfo Nieto, Myra Landau y Arnaldo Cohen, entre otros.

Un año después, pintó el mural Ventana al Campo, en el Palacio Municipal de

Jilotepec, en el Estado de México. En 1989, el Instituto Mexiquense de Cultura

publicó el catálogo Ventana al campo, que reunió su obra de caballete, óleo y dibujo.
Entonces, su producción pictórica descubrió otro paradigma. A pesar de volcarse en

un intimismo aún más intenso que lo expuesto en la estridencia de sus primeros

trabajos, ahora se ocupó por representar el paisaje rural. Algunos críticos han

advertido que el interés de Rocha por el mundo rural ya se había notado desde sus

primeros cuadros, donde representó a algunos campesinos entre las calles

tumultuosas de la Ciudad de México. La mirada de Ricardo Rocha puesta sobre el

horizonte, se podría interpretar a partir de la siguiente estampa, en la que Santiago

Espinosa de los Monteros, lo recuerda en Jocotitlán, Estado de México: “Ricardo se

pasea de un lado a otro de su estudio iluminado por el sol recio de la tarde, mira sus

cuadros como si les preguntara cosas, los mira mientras fuma, mientras la ceniza del

cigarro cae al suelo sin que se dé cuenta; finalmente, se acerca uno de los lienzos

colgados en un muro para cambiarlo de lugar, si acaso recargarlo en la pared, junto

con otros cuadros que se dan la espalda, mutuamente”.

A veces, los artistas, para mirar al fondo de sí mismos, miran el horizonte. Su

perspectiva del paisaje conserva cierta nostalgia y lejanía, una visión paradojal que

se distingue de la mirada figurativa. Rocha dibujó bellísimos paisajes (Raquel Tibol lo

considera uno de los paisajistas más originales de la historia plástica mexicana), de

montañas y volcanes, desde la perspectiva del marco de una ventana antigua, que

recuerda las vistas de nuestra provincia mexicana (largos hierros forjados, sostenidos

por gruesos bloques de adobe), desde donde se percibe una nostalgia abigarrada,

que también se corresponde con el azul celeste del cielo donde se pasea un celaje

tropical.

Probablemente por este liderazgo conceptual y artístico, Ricardo Rocha fue el

primer artista mexicano en formar parte del Sistema Nacional de Creadores en 1989,

una de los programas fundamentales del entonces Consejo Nacional para la Cultura y
las Artes. Acompañado por esa beca, y por su pareja, Guadalupe Sobarzo, Rocha

llegó a Colima en 1990, donde vivió hasta sus últimos días en el 2008.

La mayoría de los cuadros de Ricardo Rocha que se exhiben en Colima corresponden a su

última etapa como creador. Si bien a lo largo de su trayectoria no se caracterizó como un

artista de una obra copiosa, desde sus principios enfatizó en las cualidades de su trabajo

plástico y gráfico. En Colima se conserva parte de la obra de Rocha que Salvador Elizondo

definió como “paisajes textuales”, piezas construidas, al mismo tiempo, por letras y por

paisajes. Armando Torres Michua advirtió desde las primeras caligrafías de Rocha, de 1977,

la seducción del artista por el valor estético de los trazos de las letras, “sus posibilidades de

experimentación y apropiación expresivas.”

Esta conclusión en la obra rochiana tiene profundas raíces en su propia trayectoria

que, vista de manera global, es la creación de un artista del concepto y el ambiente. Situado

en la contemplación del paisaje (urbano o rural) conserva la sensibilidad de escuchar su

entorno. Pocos como él saben dar a sus trazos un ritmo singular, y a partir de ello, un sonido.

Salvador Elizondo no dudó en comprar estos procedimientos a los empleados en la poesía

de los poetas franceses Arthur Rimbaud o Stéphane Mallarmé,, porque es evidente que

Rocha en un trazo sintetiza ritmo, color, imagen y objeto, sobre una página o un lienzo en

blanco.

Estas características aparecen en su obra vinculada al Grupo Suma de la década de

los Setenta. En su búsqueda del diálogo social, Suma descubrió el hábitat de la

posmodernidad dentro de la ecología de la ciudad. Lo hicieron a la manera de la etnografía

de Engels en su descripción de Londres del siglo XIX (la prosas poéticas de Charles

Baudelaire en París, Charles Dickens en sus crónicas londinenses), al establecer un índice


de las cosas que pertenecen al escenario de la ciudad: el periódico, los autos, la

contaminación, la industria.... Le comentó a Santiago Espinosa de los Monteros: “Vimos que

la calle tenía su propia iconografía, sus propios problemas, su espacio, su manera de verse,

su sistema de lectura, en fin, por ahí prendió el asunto.” Desde luego, la ciudad es uno de los

temas centrales del arte moderno, pero a diferencia de otros artistas mexicanos de diversas

disciplinas (por ejemplo, Carlos Fuentes en la literatura, o Felipe Ehrenberg en a plástica),

Rocha describe los objetos de la ciudad; y, a partir de ahí, genera las atmósferas. Lo que en

otros sería un mural desbordado, en Rocha es un momento del que se desprende el tiempo

urbano: un periódico es, por decirlo así, una rebanada del día. En la descripción de la urbe,

Rocha integra los objetos de la ciudad a la obra, a la manera de una semántica objetual para

componer las piezas, lo que Emerich definió como composición especulativa.

Estos principios de logos y atmósfera deberán reconocerse como uno de los hallazgos

más importantes del Grupo Suma: por ejemplo, la patente de la marca de la economía

nacional “Hecho en México”. Ese trabajo de diseño industrial fue la búsqueda de un icono

moderno que definiera la identidad industrial mexicana en la era de la globalización. Todo el

procedimiento fue intuido con precocidad clarividente por el Grupo Suma. En el principio del

momento más álgido de la era global, el afiche “Hecho en México” representaría la capacidad

de transformación, de trabajo y de energía, para sintetizar los principios modernos del

desarrollo y el progreso, en un icono que también integra los símbolos de la historia patria. El

logo de Hecho en México recupera rasgos industriales como características de la identidad

mexicana actual, pero también dinamismo en los trazos, agilidad y dureza en la imagen,

además de cierto terminado burdo en su impresión que le permite ser lo mismo un sténcil y

una campaña de mercado. Este ejemplo patenta la vinculación entre Rocha y Suma, que en

el discurso estético de nuestro artista generó una técnica y un principio: la caligrafía (en

aguatintas y en grafitos) y el diálogo identitario del contexto de la obra para producir


atmósferas. La obra se construye según el contexto donde significa. Logopeia para definir el

mundo según expresa la necesidad del artista, habría notado el poeta y crítico de arte, Ezra

Pound.

Rocha dejó en Colima su Arqueología personal, la más íntima de sus propuestas artísticas.

Debe ser una exposición muy recordada por los colimenses, porque se presentó por primera

y única ocasión, en el 2006, en la Pinacoteca Universitaria de la Universidad de Colima. Ahí

decantó sus técnicas experimentales y precisó sus propuestas de paisaje, en una coda feliz

para sus últimas piezas. De nueva cuenta, la presencia del paisaje como objeto de reflexión

determinó el ambiente de un artista extasiado por las atmósferas que generaban sus trazos.

Como sabían los poetas románticos, al mirar la inmensidad del horizonte se observa la

profundidad del alma. La historia del arte nos ha demostrado que desde Víctor Hugo en el

siglo XIX, toda vanguardia conserva dentro de sí el espíritu del romanticismo, la

individualidad exacerbada y la vocación por instaurar un nuevo mundo sobre las ruinas del

mundo moderno: el mundo de la voluntad y el espíritu.

Porque en Arqueología Personal Rocha es romántico, también exacerba su

ánimo vanguardista en la aplicación de sus técnicas, de nuevo el pastiche, el collage

y la caligrafía (como lo hizo desde sus años de juventud) fortalecen la constante de

su discurso estético: preguntarse quién es el sujeto antes del sujeto, la presencia

obsesiva de la familia desfilando los pasillos de su exposición pictórica, superando los

márgenes del cuadro, instaurándose una y otra vez a partir de una fotografía que se

reproduce, obsesivamente, en la arqueología de los días.

Arqueología: por el contexto y por su formación, es difícil disociar que Rocha

no aludiera a conceptos de la filosofía psicoanalítica de Michael Focuault, tan

determinante en todas las corrientes de vanguardia artística posteriores a la década


de los Sesenta del siglo XX. Y una interpretación que explicaría ciertos rasgos de la

obra de Rocha, a partir de la observación de Arqueología Personal, la vinculación

entre la reflexión crítica y la puesta en escena de la obra artística.

Al observar la Arqueología Personal de Rocha, de sus objetos de enunciación

y de sus técnicas, observamos que los planos sobre los que subyace el sujeto están

constituidos de destellos y relámpagos de vida. Quien ha vivido en Colima sabe que

su naturaleza, su ecología y su ambiente, está signado por una temporada de

tormentas que, en escenarios de calles empedradas, corredores (pequeños o

grandes) y tejados, recuerda una tarde de café y reflexión sobre nuestros

antepasados, sobre nuestra circunstancia y el pasar de los días, mientras afuera el

redoblar de la tormenta avanza tenazmente. Entonces, Ricardo Rocha habrá

levantado sus herramientas de trabajo, y comenzó la obra. Estos fueron mis días en

Colima, amada familia a la que extraño.

En Arqueología Personal hay 8 cuadros donde aparece una pareja. Se trata de 8

cuadros pequeños, de no más de 30 por 35 centímetros, gruesamente enmarcados

con madera, trazados a partir de la fotocopia de una fotografía, que es intervenida

minuciosamente por el acrílico o el óleo. Aunque en las 8 interpretaciones, la imagen

siempre conserva cierta aura de nostalgia, en el primer cuadro, la pareja se impone

ante nosotros, nítida y jovial. Mientras el espectador avanza en la muestra, la pareja

se transforma.

En algún momento de la narrativa visual, la pareja es una alegre explosión de

los colores básicos, que va más allá de los límites del enmarque del cuadro. En otro,

su presencia se diluye en colores marrones, terrosos, que acentúan el carácter

melancólico del aura inicial. Ahí podemos percibir algún diálogo con los colores de
Tamayo, por ejemplo, y esas revisiones rurales (también cercanas a Rulfo), donde el

paisaje mexicano es algún óleo azul, verde o café, en terminados de tierra

abandonada. Entonces, la pareja se vuelve un manchón dramático, una cuchillada

roja en una cuadro ya empequeñecido aún más por la tensión de los colores. Casi por

concluir, la pareja es un cielo feliz, consumido por una nube enorme.

Finalmente, una pareja de volcanes, que ya dirige la muestra del artista y la

percepción del espectador. Los volcanes como pareja fundacional del sujeto que,

incluso, permanecerá más allá del sujeto, y que ya existía en la familia, antes de que

el sujeto estuviera presente. Para los colimenses, antes de ser colimenses, los

volcanes ya eran el mundo.

Rocha también dejó en Colima una maravillosa colección de aguatintas y grafitos, de

dimensiones variables. Desde pequeños cuadros, exquisitos, donde la caligrafía se convierte

en paisajes (esos paisajes textuales que ya aludimos), hasta cuadros que sin perder su

elegancia y minuciosidad, se despliegan en carteles. Aguatintas y grafitos, delgados,

obcecados, puntuales. Pocas veces el arte mexicano logró expresar tal tensión artística sólo

con líneas, salvo, quizás, en algunos grabados de Julio Ruelas, ciertas facetas del mismo

Adolfo Mexiac, o los trazos que también muestran las atmósferas paradójicas de nuestro país

en Manuel Felguérez.

En sus aguatintas y grafitos, Rocha vuelve por un valor neoclásico: la presencia de las

curvas como fundamento de la belleza artística. Y no sólo curvas, curvas sobre curvas:

arreboles. En su obra, la caligrafía es un feliz equilibro entre concepto, trazo y armonía en la

suma de los anteriores. Al observar los más de 30 cuadros legados por Rocha, siempre

cabrá la pregunta si lo que se expande en la hoja (nunca más blanca como cuando se

destina a la escritura), es una poema o un dibujo.


Como si fuera una afrenta personal, Rocha decide que todo lo figurativa que pudo ser

su obra de óleos o acrílicos referentes al paisaje, se convierta en verdaderas naturalezas en

su aguatintas y grafitos, destinadas a la caligrafía o el dibujo de un trazo. Lo imagino, como

los escritores o los poetas, ensayando una y otra vez hasta lograr el cuadro. Y como en los

espacios del trabajo íntimo de los anteriores, imagino su taller invadido por una serie de

borrones y hojas que palian el suelo. Repitiendo, en un solo movimiento, cada cuadro hasta

lograr, exacta, la arquitectura de un instante, el trazo irrepetible, la pieza.

En Colima, tal vez ningún artista ha logrado tal precisión en sus dibujos como

Alejandro Rangel Hidalgo (1923-2000). Rangel pertenece a esa tradición del dibujo mexicano

que gusta alargar sus trazos lineales, rectos, obtusos y paralelos, a partir de figuras básicas

que luego desarrollan imágenes claras, sencillas y contundentes. Rangel singularizaba un

carácter colimense, orgulloso de su sobria sencillez. Absolutamente orgulloso de ello, logró

desarrollar un estilo personalísimo, ya presente en casi toda la artesanía colimense, y en el

carácter de toda ornamentación que pueda mostrar nuestra identidad, con base en

triángulos, cuadrados y círculos. Luego ligeros toques de color que terminan por dialogar con

cualquier tradición pictórica. Por el contrario, casi parlanchina y juguetona, la técnica del

dibujo de Rangel es tan expresiva que se vuelve afable y seductora.

Este orgullo sencillo de Rangel podría conversar con las aguatintas y los grafitos de

Rocha, por el dominio de la técnica y por la precisión de sus trazos. El paralelismo entre la

capacidad de dibujo de Rocha y su vinculación con otros dibujantes geómetras, fue advertida

por sus primeros críticos, como Juan Acha: “Su estética consiste en combinar una lectura

frustrada, una visión geometrizada, así como reside en el entrelazamiento del trazo

automático y el ordenamiento, lo visual y lo táctil.”

Pero a diferencia del colorido armónico de Rangel, en Rocha el dibujo es abigarrado e

introspectivo. Vuelve sobre sí para afianzar el trazo, pero estiliza su minuciosidad en las
curvas y los retruécanos propios de sus caligrafías y dibujos. Pero no sólo por eso, la

personalidad del dibujo colimense pareciera comunicarse con las aguatintas y los grafitos de

Rocha. Su arte figurativo debió desplegarse plenamente en acrílicos y óleos, pero encontró

en caligrafías y dibujos singularidades inusitadas en la gráfica mexicana: caligrafías que

dibujan y dibujos que expresan palabras. Al centro de todo ello, por supuesto, los volcanes.

Si otros pintores se dedicaron a expresar en paisajes la presencia exterior de los volcanes de

Colima, nadie como Rocha supo expresar la introspección estética que también proyectan

los volcanes, intimidad sólo expresarle en aguatintas, grafitos, caligrafías y dibujos.

En ese diálogo con los volcanes, Rocha logra uno de los momentos paradigmaticos de

su obra personal, porque logra poetizar a la vista su definición del volcán: un paisaje que

nombra la identidad de los hombres de una comunidad. Como ya se sabe, no hay mayor

aspiración para un artista de atmósferas y conceptos, que patentar un icono que también es

un poema verdadero. Y no hay mayor legado para los colimenses que escribir un poema,

memorable para la vista, de uno de nuestros emblemas más trascendentes. Este es un

poema de los volcanes, trazado por la caligrafía de Rocha. Esta es la técnica para expresar

en el paisaje más vigoroso, nuestra intimidad más clara, aquella que nos define. Vigorosa y

sencilla en la vista de Rocha, la grafía de los volcanes.


Bibliografía

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