Fronteras entre Pintura y Poesía en Lessing
Fronteras entre Pintura y Poesía en Lessing
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Gotthold Ephraim Lessing
Laocoonte
o sobre los límites en la pintura y poesía
ePub r1.0
Titivillus 10.09.17
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Título original: Laokoon oder Über die Grenzen der Malerei und Poesie
Gotthold Ephraim Lessing, 1766
Traducción: Amalia Raggio
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INTRODUCCIÓN
NOTA BIOGRÁFICA
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tradicionales. No obstante haber sido traducida a varios idiomas, su valor, hoy día,
es más bien histórico.
La fama de Lessing como dramaturgo está basada en sus obras de madurez, que
tienen, sin duda, un valor humano permanente: la comedia Minna von Barnhelm,
publicada en 1767; la tragedia Emilia Galotti, representada en Brunswick en 1772;
pero, sobre todas, el drama Natán el sabio, publicado en 1779 y representado en
Berlín en 1783, que ha sido reconocido como una de las grandes obras maestras de
la literatura alemana, además de ser ejemplar por las ideas expresadas sobre la
tolerancia religiosa.
Siempre acosado por la pobreza y obligado a realizar trabajos sin importancia para
mantenerse y para ayudar a su familia, sorprende que Lessing produjera obras de
mérito trascendente desde su juventud. A sus Fábulas agregó más tarde un
comentario crítico: su Dramaturgia, una serie de ensayos sobre el arte dramático
que tuvo tan resonante buen éxito como tuviera su Laocoonte (1766) en otros campos
del arte; sus Fragmentos de Wolfenbüttel provocaron una controversia con Göze, el
pastor de Hamburgo, y Lessing escribió una serie de artículos satíricos que son
modelo de literatura polémica. A lo anterior hay que agregar muchos otros escritos
sobre temas éticos, filosóficos y literarios. Deben tenerse muy en cuenta sus Cinco
conversaciones para francmasones y su Educación del género humano (1780), que
expresan sus ideas de gobierno y sociedad y contienen sus opiniones sobre el
desarrollo religioso.
En 1769, a los cuarenta años de edad, la pobreza de Lessing llegó al extremo y él
mismo decía: “estoy en el mercado y nadie me quiere alquilar”. Fue entonces
cuando obtuvo del Duque Brunswick un puesto de bibliotecario en Wolfenbüttel,
pequeña población cercana a Brunswick. Los años que pasó allí fueron poco felices.
El trabajo rutinario lo consumía y sus finanzas eran tan inciertas que no podía
realizar su deseo de casarse con la viuda de su amigo Koenig, a la que había amado
por largos años, durante los cuales tuvo una vehemente correspondencia con ella.
Lessing acompañó al príncipe Leopoldo de Brunswick a Italia en 1775 y fue recibido
efusivamente en iodos los sitios. En Viena la emperatriz María Teresa le pidió
consejo sobre el desarrollo intelectual del Imperio. Fue presentado al Papa y los
honores que le hicieron contrastaban con el menosprecio en que lo tenían los
personajes de su propio país.
Por fin, en 1776 casó con Eva Koenig, mas poco duró su nuevo estado, ya que la
muerte de ella los separó al año siguiente. Soledad y amarguras de todo género
caracterizaron esta época de su vida, y hasta contrajo deudas para asegurar la
herencia de su mujer para sus hijos; pero, en todo momento se mostró heroico,
caballeroso, gentil y sin resentimientos. Fue un valeroso campeón de los derechos
humanos, lo que le valió muchos ataques, mas, en cambio, gozó de la estimación y el
afecto de notables literatos. Su amistad intima con Moisés Mendelsshon le
proporcionó muchos gustos y satisfacciones, y en su carácter se inspiró para modelar
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el principal personaje de su última gran obra: Natán el sabio.
Lessing murió en Brunswick a los cincuenta y dos años de edad, el 15 de febrero de
1781. Con él había nacido la nueva literatura alemana”.[1]
Lessing escogió como título de sus consideraciones sobre los limites de la Pintura y
de la Poesía el de Laocoonte porque el famoso grupo escultórico griego, un
espléndido mármol que se encuentra en el Museo del Vaticano en Roma, forma parte
de su discusión con Winckelmann y le sirve de ejemplo para su propósito. El grupo
escultórico llamado Laocoonte, que da nombre al libro, fue descubierto en 1506 en el
palacio de Tito en Roma y trasladado posteriormente al Palacio del Vaticano. Desde
el momento en que fue conocido por los artistas del Renacimiento ejerció una
influencia importante, especialmente en escultores y pintores, inclusive en él más
grande de ellos: Miguel Ángel. Se comprende la admiración y el interés que debe
haber causado esa obra que rompía, en cierto modo, con los principios estrictamente
clásicos y que venía, por lo tanto, a estar más cerca del gusto y libertades barrocas.
Originalmente se encontraba en el palacio de Tito en Roma, colocado en una
hornacina enorme al fondo de una selva. Ya Plinio admiraba el grupo del Laocoonte,
al que consideraba “superior a toda otra obra clásica”. Esta escultura ha sido
objeto de muchas especulaciones y se supone que fue una obra colectiva, ejecutada
por Agesandro de Rodas y por sus hijos Polidoro y Atenodoro. Ciertamente su
carácter dramático, teatral y barroco, se relaciona con obras de la escuela de Rodas,
como el Altar de Pérgamo y el Toro Farnesio (Museo de Nápoles), es decir, con el
arte de la ¿poca de Alejandro Magno. Así puede ser considerada como perteneciente
al arte helenístico del siglo IV antes de J. C. o sea posterior a la época clásica griega.
La presencia del Laocoonte del Vaticano en la mente de los grandes artistas puede
rastrearse como influencia bienhechora, o como antecedente de algunas de sus
obras. Puede ser visto en relación con el San Andrés del Juicio Final, de Miguel
Ángel, en el muro de la Capilla Sixtina; con un San Sebastián de Tintoretto, en la
Escuela de San Roque, en Venecia; con un San Sebastián de El Greco, en la Catedral
de Palenda; finalmente, con el colosal Prometeo de Orozco (1930), en Pomona
College, Claremont, Cal., en el cual todavía resuena el Laocoonte en la magistral
concepción del pintor mexicano.
Lessing se refiere en su libro al Laocoonte en el capítulo XXVI para aclarar la época
a que pertenece. Winckelmann admite en su Historia del Arte (1764), que esa
escultura corresponde a la época en que el arte alcanzó su más alto grado de
perfección bajo Alejandro Magno. Lessing, por su parte, pretende demostrar que el
Laocoonte fue ejecutado en tiempos de los primeros emperadores romanos o que, a
lo menos, no es obra tan antigua como pretende Winckelmann. Sin embargo, el
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tiempo parece que ha venido a dar la razón al autor de la Historia del Arte, quien sin
duda tenía mayor experiencia directa con las obras de escultura de la antigüedad
clásica. En todo caso esta discusión es secundaria y lo que importa es el sentido de
las formas expresivas del Laocoonte en relación con la pintura y la poesía, que es el
interés más vivo en Lessing.
Hablar de “los límites de la pintura y la poesía”, según expresa el subtitulo del libro,
parece, a primera vista, natural; sin embargo requiere alguna aclaración. En primer
lugar hay que tener en cuenta que Lessing escribe en una época de creciente
racionalismo, lo que no es obstáculo por otra parte a que sea también el tiempo en
que se inicia el primer romanticismo. Al racionalismo corresponde señalar clara y
distintamente los límites de las diversas artes, en oposición al espíritu y concepto
barrocos que habían pretendido y logrado hacer una síntesis de sorprendentes
efectos. Al historicismo, por una parte, corresponde el interés por la arqueología
clásica, y al romanticismo, por otra —al primer romanticismo, se entiende— el afán
de revivir las formas clásicas de la Antigüedad. De todos esos intereses, gustos e
intenciones, surgió desde la segunda mitad del siglo XVIII el movimiento que acabó
por cobrar formas definidas en el arte neoclásico. Winckelmann fue el teórico y el
historiador neoclásico más conspicuo, no es de extrañar que sus opiniones
estimularan a su ve\ al espíritu crítico y filosófico de Lessing, quien celoso de la
importancia qué Winckelmann atribuía a las artes plásticas, quiso poner en claro sus
“estrechos límites” y hacer relevante “la vasta esfera de la poesía”,
Lessing mismo expresa en el último párrafo del Prefacio de su libro que bajo la
denominación de “pintura” comprende “las artes plásticas en general” y que por
“poesía” comprende no sólo a ésta, “sino a las demás artes cuya imitación es
progresiva”. Pintura es pues, para Lessing, toda forma de arte plástico figurativo,
mientras que Poesía es toda forma artística de expresión escrita.
Conservemos presentes en todo momento de la lectura del Laocoonte las anteriores
anotaciones.
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escultor o del pintor de conservar la tranquilidad en sus figuras aun en medio de las
pasiones, para lograr su meta: la belleza ideal, se le antojó a Lessing como un
estrecho límite que no convenía al poeta, capaz éste de expresar el dolor físico, por
ejemplo, en toda su acción sin limitaciones.
Lessing escribió su Laocoonte para contrarrestar las opiniones de Winckelmann y lo
terminó poco después de aparecer la Historia del arte en la antigüedad, en Dresden,
1764 (Primera edición). Al principio del capítulo XXVI dice Lessing “no quiero dar un
paso más sin haber antes leído esta obra”. Y a varios aspectos de ella dedica los
últimos cuatro capítulos de su libro. El Laocoonte fue publicado en 1766 y, a mi
juicio, debe ser considerado, a lo menos en gran parte, como una contestación a las
ideas de Winckelmann, o quizá mejor, como parte de un “diálogo” entre dos grandes
figuras alemanas del período neoclásico, es decir, del primer romanticismo. Lessing
tuvo un gran respeto por Winckelmann y basta cierta simpatía, no obstante sus
diferencias de opinión. En realidad aquél fue un estímulo que dio pretexto a su crítico
para exponer sus ideas sobre los límites de la pintura y de la poesía. Se comprenderá
que es insuficiente conocer tan sólo el “diálogo” por una de las partes —si bien los
argumentos son completos en el Laocoonte— y que para una más amplia
comprensión es necesario escuchar y leer a Winckelmann. Sin embargo, Lessing
incluye otras discusiones importantes con Spence y con el Conde Caylus, que forman
parte de su argumentación principal.
El origen del Laocoonte fue polémico, pero su razón de ser más profunda es
filosófica, pues pretende establecer principios y posibilidades de las artes, válidos e
importantes en su momento histórico, pero que, a mi parecer, han perdido cierta
vigencia para nuestro tiempo. Esto no quiere decir que no contenga sabias
enseñanzas de varios tipos, y por eso y otras razones su lectura no sólo es
recomendable, sino indispensable en la medida en que lo es toda obra clásica de una
época. Además, la vasta erudición de Lessing es uno de los valores de la obra y un
ejemplo de su amplitud y profundidad como investigador de la estética.
El Laocoonte es un libro compuesto fragmentariamente, o mejor dicho, no tiene una
composición o estructura claramente lógica, y, por lo tanto, ordenada; ésta es una de
las dificultades para su lectura y fácil comprensión. Fue escrito por Lessing cuando
tenía cerca de treinta y cinco años de edad, justamente antes de producir las obras de
su madurez si bien es verdad que su pensamiento era ya sólido y fecundo. El
historiador francés del arte Elle Faure dijo del Laocoonte: “Hay en él, más que un
libro, los materiales confusos de un libro”, opinión en parte justa, pero un poco
exagerada. Todo lo anterior justifica intentar una breve presentación sintética del
texto de Lessing, que esperamos que ahorre al lector algunas molestias.
UNA ANTICIPACIÓN
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Antes de seguir adelante es conveniente evocar dos imágenes del Laocoonte: la del
artista, o sea la del autor del grupo escultórico, Agesandro de Rodas, y la del poeta
Virgilio, {70-19 antes de Cristo), en la Eneida, Libro II, en que se refiere a “La caída
de Troya”.
El artista presentó a Laocoonte y sus dos hijos en el momento en que son atacados
por las serpientes, que se enroscan en sus cuerpos desnudos y los muerden
fatalmente. La expresión de dolor, físico y moral, tiene su clímax en el rostro del
sacerdote troyano; es un dolor interno e intenso, que le hace levantar el pecho,
inclinar la cabera hacia un lado, fruncir el ceño y apenas entreabrir la boca. Todo su
cuerpo está en tensión y así cada uno de sus músculos. El grupo está sabiamente
concebido según principios clásicos, si bien con libertades de movimiento y
dramatismo que le dan carácter excepcional entre las obras clásicas. Parece estar
compuesto para ser visto sólo de frente. Una gran diagonal cruza desde la mano
derecha levantada, hasta el pie izquierdo, si bien hay que tener en cuenta que ese
brazo fue restaurado por Bernini; una línea vertical cierra el cuadro por la
izquierda, con el brazo levantado del muchacho; otra diagonal secundaria pasa por
la rodilla derecha de Laocoonte y la cabeza de la serpiente que muerde su cadera;
una elegante curva pasa por el eje del rostro y del tórax y desciende por la pierna
izquierda. La composición se enriquece con el muchacho de la derecha y con el vacío
de la parte superior, Es un cuadro perfecto, una vista instantánea.
Ahora bien, el poeta Virgilio da un tratamiento distinto a la trágica escena.[2]
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cual los mugidos que da el toro herido cuando huye del altar y sacudió la
segur en su cuello mal segura. Y hacia el templo sublime de la Tritónida
terrible se arrastran los dragones a la par, y se acurrucan a los pies y bajo el
redondo escudo de la diosa.
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representado por el objeto, como hace la poesía, de donde nace la originalidad.
La poesía es la más amplia, la que dispone de bellezas que la pintura no puede
alcanzar. El poeta es más libre que el artista. Para el artista de la Antigüedad la
religión era una traba, pues los emblemas de la superstición no siempre podían
producir obras bellas. Así, el arte no era sino un auxiliar de la religión.
El poeta puede personificar abstracciones, nombres, acciones. El artista carece de
estos medios y necesita poner emblemas para que sus abstracciones sean
reconocidas; al adornar una simple imagen con emblemas la eleva al rango de ser
superior, mientras que si el poeta emplea esos adornos pictóricos, de un ser superior
hace un muñeco.
Cuando el arte imita a la poesía, puede tener mérito, si hace una creación original,
que se reduce al arreglo o composición, y a la expresión. Pero lo que se pide al
pintor no es ni mucho menos la invención y la novedad del asunto.
La pintura se circunscribe a representaciones visibles; la poesía puede utilizar
representaciones visibles y también invisibles; por ejemplo, Homero oculta a sus
personajes por medio de nubes o de la obscuridad. Respecto de las escalas divina y
humana en la representación, el artista tiene que guardar las proporciones en la
imagen de una diosa, por ejemplo, ya que si no lo hace falta a la verosimilitud.
Longino decía que Homero quería elevar sus hombres a la altura de los dioses y
rebajar los dioses al nivel de los hombres. Lessing dice con agudeza que la pintura
realiza ese descenso.
La superioridad de la pintura poética sobre la natural consiste en que el poeta nos
conduce a través de una galería de cuadros, que nos dan su visión poética y nos
acerca a lo sensible y visible. La poesía puede lograr expresar lo invisible y la
acción; la pintura tiene que renunciar al tiempo, en cuanto sólo puede expresar un
momento dado. En la poesía la acción visible es progresiva, expresa el movimiento;
en la pintura es una acción constante, en reposo. En la pintura de objetos se tiene
que imitar las acciones por inducciones de los objetos y escoger el instante preciso.
En la poesía se pueden usar signos arbitrarios, un estilo detallista, yuxtaposiciones y
todo lo conveniente para crear la ilusión, principal carácter de la poesía. La poesía
domina el tiempo; la pintura el espacio, si bien hay invasiones de lo uno y lo otro en
las dos artes. Los cuadros de Historia son por lo general inexactos, por su
instantaneidad, ya que a veces yuxtaponen movimientos de tiempos distintos. El
poeta puede darnos un cuadro en acciones sucesivas y puede usar de un artificio,
como hace Homero, cambiando lo consecutivo en coexistente. En la instantaneidad
de la pintura por necesidad se concentra la duración del tiempo; en la poesía puede
concentrarse la duración o puede no hacerse, según el gusto del poeta.
El arte en su infancia, en Troya —dice Lessing— no conoció la perspectiva, cuyo
desarrollo florece en el siglo XVIII. En este punto Lessing muestra cierto sentido
naturalista y progresista de la historia. Y pasa a otros temas. La belleza material es
objeto de la imitación pintoresca. La pintura sitúa los objetos uno al lado del otro. La
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poesía no describe sino que crea la belleza por medio de la imaginación. Lessing
estuvo siempre en actitud contraria a la poesía descriptiva que no deja libre la
imaginación. La belleza ideal es propia del arte; cuando la trata la poesía se refiere
a las obras de arte. Además hay que contar con la conciencia de la creación artística
en el espectador. Milton piensa que la obra y el artífice son independientes (también
Winckelmann); Dolce sólo piensa en la belleza corporal; para Lessing lo importante
es la expresión y su impresión en la imaginación.
Las posibilidades de la poesía son ajenas a las de la pintura; pinta la belleza misma,
no material; es superior en la expresión de la belleza objetiva; transforma la belleza
en encanto, en movimiento; considera lo bello transitorio, que deseamos que se
repita; nos da la belleza sensible; tiene una libertad más allá de los límites del arte
plástico.
La poesía muestra la belleza en su efecto; la pintura en sus elementos constitutivos.
La poesía puede lograr el parecido en un retrato con sólo un rasgo. Cuando la
pintura pone la fuerza de expresión en las cejas, como Fidias lo hizo, es porque
aprendió la lección de Homero. La pintura debe atenerse a las proporciones exactas;
la poesía puede exagerar las proporciones, como hace Homero, si quiere, por
ejemplo, expresar la grandeza.
La fealdad, que resulta de la discordancia de las partes, puede ser admitida por el
poeta, pues en cierto modo la transforma en belleza, por ejemplo, si quiere despertar
el sentimiento de lo ridículo y de lo terrible. La pintura no puede usar la naturaleza
fea, sino tan sólo la bella, lo agradable. No podría usar lo feo, porque desaparecería
lo agradable y quedaría lo horrible y porque el fin del arte es el placer. Esta opinión
de Lessing resta profundidad al arte y lo reduce a un sentido hedonista.
En los capítulos finales Lessing se ocupa más concretamente en hacer la crítica de
algunas ideas de Winckelmann. Por entonces acababa de aparecer la Historia del
Arte en la Antigüedad (1764). Al tratar sobre Winckelmann y el Laocoonte del
Vaticano, advierte el peligro que existe cuando se rabona universalmente sobre el
arte, con arreglo a ideas comunes que pueden llevar a una quimera.
La discusión sobre el período de la Antigüedad a que pertenece Laocoonte es
secundario, como se ha dicho pero es un punto en que Lessing prueba su erudición,
más que su experiencia directa con las obras de arte. También la discusión sobre si el
gladiador Borghese es un guerrero o un gladiador, es secundaria, y en cuanto a su
fecha Lessing da la razón a Winckelmann de que la poesía y la pintura, al no poder
elevarse a la más alta expresión con sólo la imitación de la naturaleza, deben
escoger lo imposible verosímil, Lessing se inclina, apoyado en Longino, a pensar
que la elocuencia y la poesía deben alcanzar la posibilidad y la verdad, es decir: la
verdad posible.
En más o en menos, descartando la erudición, en lo expresado consiste el meollo del
Laocoonte, más aún presentado tan escuetamente, al correr del texto, resultan una
sene de ideas en desorden que me he propuesto organizar en la reducción sistemática
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(no exhaustiva) que se presenta en la tabla siguiente.
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POESÍA PINTURA
Amplia esfera. Estrechos límites.
Más bellezas, Belleza ideal.
Personifica abstracciones Necesita emblemas.
POSIBILIDADES Representaciones visibles e invisibles. Representaciones visibles
Escalas divina y humana Descenso de lo divino a lo humano
Lo representado El objeto (la obra misma).
Movimiento Reposo
Cuadros sucesivos. Un solo cuadro
Tiempo Espacio
TIEMPO Y ESPACIO Lo consecutivo, igual a lo coexistente. Instantaneidad
Concentración o no Concentración
Crea la ilusión Crea formas y alegorías
No necesariamente natural Descripción
Exagera o no proporciones. Proporción exacta
BELLEZA Belleza en su efecto Belleza en sus elementos constitutivos
Admite la fealdad Rechaza la naturaleza fea
Belleza sensible Belleza ideal
Lo bello transitorio Belleza constante
Con la presentación anterior espero que el meollo de los argumentos de Lessing haya
quedado claro. Y en verdad que tenía plena razón, considerando los datos en que se
basa. Pero, no hay que olvidar que es un romántico y que por eso concibe así a la
poesía, y que es un neoclásico y que por eso concibe así a la pintura. Hay que tener
presente en todo momento que Lessing habla de la pintura y de la escultura clásicas
—griegas y romanas—, es decir, del arte naturalista y de la belleza ideal de tipo
griego. Llamarlo romántico y neoclásico al mismo tiempo parece entrañar una
contradicción y lo es en cierta forma, pero no en el fondo, porque el ideal de los
neoclásicos de revivir en el arte las formas clásicas no es sino una forma de
romanticismo. A la distancia en que nos encontramos hoy de la vieja discusión entre
‘clásicos’ o neoclásicos, y románticos, podemos decir que no tiene ya sentido, aunque
lo tuvo en su tiempo para ellos. En verdad, todos eran románticos, si bien unos
tendiendo al ideal clásico y otros a la libertad barroca. Si Lessing hubiera sido más
congruente en su actitud habría desechado por completo el arte clásico para pedir, o
concebir a lo menos, otro arte más libre y más de acuerdo con las posibilidades de
expresión que vio en la poesía. Si en vez de hablar de la pintura estrechándola a la
clásica hubiera hablado del arte babarroco se habría visto en aprietos para
fundamentar sus argumentos y hubiera encontrado que muchos de ellos, cuando
menos, no eran sostenibles. Tomó el arte clásico como si fuera el único posible y así,
a Lessing se pueden aplicar sus propias palabras y advertirle: “el peligro que existe
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cuando se rabona universalmente sobre el arte” considerando una sola de sus
expresiones.
Y, sin embargo, es un precursor que abre una nueva época por el concepto que tiene
de la poesía —desechando el que tiene de la pintura— que apunta al pleno
romanticismo, a Goya, primero que todos, y aun al arte del siglo XX.
El arte de nuestro tiempo, en efecto, al superar al naturalismo, reinstaurado por los
neoclásicos y aposentado en las academias del siglo XIX, ha logrado todas las
libertades que Lessing atribuyó a la poesía. Hoy día el arte plástico se mueve en la
más amplia esfera: es capaz de expresar toda clase de bellezas y no sólo la ideal
clásica; personifica abstracciones; representa lo visible y lo invisible; usa las escalas
con la libertad que le da no depender, por su carácter simbólico, de las proporciones
naturales, y justamente importa mucho en el arte actual —del tipo de Orozco, de
Picasso y de otros— lo representado, tanto como el objeto que teman como trampolín
para expresar una metáfora. El movimiento ha sido expresado por el arte del siglo
XX, piénsese en el “futurismo” y sus consecuencias, y los cuadros sucesivos también,
si se considera el “cubismo”, además del “futurismo” y el “surrealismo” y sus
expresiones en las obras de la grandes pintores; el tiempo que convierte lo
consecutivo en coexistente ha sido expresado a maravilla por el “cubismo”, al reunir
distintas visiones de un objeto en un solo momento; la concentración del tiempo que
antes era limitadora, se ha convertido en libertadora, al hacer posible concentrar o
no distintas visiones. Crear la ilusión del dinamismo en el espacio, crear formas y
alegorías ya es del uso común de la pintura del siglo XX. Y en cuanto a la
imaginación, buena prueba han dado de ella nuestros pintores, que han abandonado
hace mucho lo descriptivo. La belleza natural ha pasado a la historia; las
exageraciones de las proporciones naturales son una de las libertades practicadas
por el arte contemporáneo; la belleza en su efecto es lo que los pintores han logrado
plenamente, tanto como la expresión de la fealdad, de la belleza sensible y de la
transitoria, y todo esto desde los tiempos de Goya —contemporáneo de Lessing— y
sus maravillosos “caprichos”, que son la negación de la generalización que hace
Lessing del arte, a base del clásico nada más, y son la ilustración, en el arte, de las
posibilidades de la poesía. A ello se refiere Goya mismo en el anuncio que escribió
de los ‘Caprichos’ cuando dijo: “Persuadido el autor de que la censura de los
errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la elocuencia y la poesía)
pueden también ser objeto de la pintura…” (Diario de Madrid. Febrero 6, 1799).
Es curioso, pero de la estrechez que hoy podemos observar en los argumentos de
Lessing respecto de la pintura es de donde nace su juerga, pues al considerar a la
poesía como lo hizo habló de la libertad del arte romántico del futuro. Su discusión
capital con Winckelmann sobre el arte clásico ya no interesa, como no sea porque
ayuda a fijar los principios del arte clásico, que a él y después a todos nos han
parecido tan estrechos, evidentemente. Lo que tiene mayor vigencia del Laocoonte es
lo que dice de la poesía, si se toma como principio de todo arte. Lo que dice del arte
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clásico ya no tiene vigencia para el arte del siglo XX, pero sí la tiene y la tendrá
cuando se hable del arte clásico y aun, en cierta medida, cuando se trate del
naturalista, aunque no de la belleza griega. En realidad Lessing debió llamar a sus
libros “de las limitaciones de la pintura clásica y de la amplitud del arte romántico”.
Entendido así es como Laocoonte cobra actualidad y vigencia.
Hay, pues, en el libro sabias enseñanzas de todos tipos que sobrepasan sus propias
intenciones. Como todo pensamiento profundo y gemino de un tiempo contiene
muchas posibilidades: lo clásico y lo barroco, lo neoclásico y lo romántico. Es una
síntesis del pensamiento sobre el arte de los tiempos modernos y por eso, y por otras
razones, su lectura es recomendable, pero la lectura consciente de sus valores
pasados y presentes. De otro modo no se avanza en la discusión de hace dos siglos.
Otro aspecto curioso del arte de nuestro tiempo en sus últimas expresiones, posturas
o concepciones, es la discusión, una vez más, entre un arte “realista”, o naturalista,
y un arte abstracto o “no-objetivista”, con lo cual Lessing vuelve a tener mucho que
enseñar a unos y otros. Es el poder de los clásicos y por eso no pueden ser
suprimidos de nuestra cultura, so pena de tener que volver a inventar la pólvora.
Lessing es complejo. Cuando piensa que no existen reglas establecidas para el arte y
que cada nuevo genio modifica las reconocidas, es un historicista; pero cuando
piensa que el alma humana y no sus cirscunstancias, representa todo lo que hay de
grande y noble, considera la bondad innata del hombre, concepto refutado por
Locke, si bien caro al Siglo de las luces; en esta actitud Lessing es un clásico, un
esencialista. También se encuentra en actitud naturalista y de progresión histórica
cuando se refiere a la perspectiva, desconocida en “la infancia del arte” pero
floreciente en el siglo XVIII, es decir que en el arte no había superado Lessing el
naturalismo, antes lo consideraba como la cúspide del desarrollo histórico.
El paso decisivo al romanticismo y más allá, lo da Lessing cuando encomia la
expresión y la imaginación; la pintura poética; la belleza misma, no material; la
fealdad transformada en belleza expresiva; la originalidad, es decir, algo allende y
distinto del arte clásico; la expresión libre de los sentimientos; cuando por la
imaginación encontramos lo bello y no por el objeto de que ésta parte. El objeto, o
sea la obra de arte, no viene a ser sino una pantalla en la que el artista proyecta la
belleza que desea expresar, que es lo importante. Además, si Winckelmann quería, en
actitud romántica y archiidealista, que el arte expresara “lo imposible verosímil”,
Lessing quiere que exprese “la posibilidad y la verdad” asequibles, y en esto es un
moderno que trasciende el romanticismo. Para una localización precisa histórico-
filosófica sería necesario que el avisado en cuestiones de esa índole pusiera las ideas
de Lessing en relación con Kant y con otros de sus contemporáneos.
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No es de sorprender que el Laocoonte haya sido traducido a varios idiomas y que las
ediciones se hayan sucedido y multiplicado hasta nuestros días. En alemán
aparecieron: la primera edición en 1766 otra en 1788, el año de la Crítica del juicio
de Kant, otra en 1805, una más en 1832 y otras posteriormente. La traducción
francesa de Charles Vanderbourg, vio la luz en París en 1802. La versión italiana de
C. G. Londonio apareció en Milán en 1833, Al inglés lo tradujo W. Ross y fue
publicado en Londres en 1836, y allí también, en 1853, la traducción de E. C.
Beasley, que se reimprime en 1914. El Laocoonte fue traducido por primera vez
español por Nemesio Vargas y fue publicado en Lima, Perú en 1893, más de un siglo
después de su aparición. En 1897 lo publica en Madrid ‘La España Editorial’; en
1934 la Librería Bergua’ en versión castellana de Javier Merino; otras ediciones se
suceden una a las otras: la de ‘Sempere’, la de ‘Prometeo’, la de ‘El Ateneo’ en
Buenos Aires en 1946, que reproduce la versión de Merino; la de “Argos”, también
de Buenos Aires y en el mismo año, 1946, pero con la versión de Amalia Raggio; por
último, la más reciente traducción es de Enrique Palau, publicada por la 'Editorial
Iberia’, Barcelona 1957. Todas esas ediciones incluyen esquemas biográficos y
algunas de ellas introducciones especiales y síntesis del texto y notas.
Las Obras completas de Lessing han tenido también varias ediciones en distintos
idiomas, pero se recomienda entre las más modernas en alemán, la del Instituto
Bibliográfico de Leipzig, en la Colección Meyers Klasiker-Ausgabe, dirigida por
Georg Wittowski. Desde Goethe, quien dijo del Lancoonte que “…fue un rayo de luz
que el profundo pensador proyectó sobre opacas nubes…”, hasta Dilthey, que dice
que el Laocoonte es, en Alemania, “el primer gran ejemplo del método analítico de
investigación en el campo de los fenómenos del espíritu”, muchos grandes
pensadores se han ocupado de Lessing y de sus obras. Se recomienda especialmente
la lectura del estudio de Dilthey sobre el autor del Laocoonte, que se encuentra en el
volumen titulado Vida y Poesía, de las obras de Dilthey publicadas en México en su
primera edición en español.[3]
No es casual que hayan aparecido tantas ediciones del Laocoonte en castellano en el
siglo XX, ello indica su vitalidad y el constante atractivo que ha tenido y tiene para
las nuevas generaciones. La presentación que hago aquí del famoso libro no es sino
la manera como lo entiendo, sin pretender que sea la única posible.
JUSTINO FERNÁNDEZ
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BIBLIOGRAFÍA SUMARIA
(Traducciones al español)
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PANORAMA ACONTECIMIENTOS
AÑO VIDA Y OBRA DE LESSING
CULTURAL HISTÓRICOS
1729 Nace en Camenz el 22 de enero.
1733 John Kay inventa la lanzadera.
Se funda en Madrid la
Concluye la Guerra de
1735 Academia de la
Sucesión de Polonia.
historia.
Se inicia la guerra contra
1736
los turcos.
Mayáns: Orígenes de
la lengua española.
1737 Luzán: Poética. Nace
Nicolás Fernández de
Moratín.
1738 Tratado de Viena.
Termina la publicación
en Madrid del
1739
Diccionario de
Autoridades.
La Real Acsademia
Ingresa al Afraneum, colegio del príncipe de Española publica en
1741 Meissen, sito en el antiguo convento de Santa Afra Madrid la Ortografía
en Sajonia. de la lengua. Nace
José Cadalso.
1743 Villarroel: Vida.
1744 Nace Jovellanos.
Cristóbal Mylius funda el periódico Der Freigeist Nace Félix María
1745
(El Librepensador). Samaniego.
Termina sus estudios de Teología en la Universidad
1746
de Leipzig.
Abandona en noviembre la Universidad de
1748 Wittemberg. Marcha a Berlín a unirse con Mylius.
Publica El joven sabio.
1749 Publica Los judíos. EL Librepensador. Nace Goethe.
1750 Nace Bach.
Wittemberg. Publica Pequeñeces, colección de
1751
epigramas.
En noviembre regresa a Berlín. Hace amistad con
1752 Moisés Mendelssohn y con Federico Nicolai:
amistades que influyeron en su formación.
1753 Publica sus primeras fábulas.
Nace Juan Meléndez
1754 Publicación de Vademecum.
Valdés. Muere Luzán.
Estreno en Francfort de la tragedia Miss Sarah
1755 Muere Montesquieu.
Sampson.
Leipzig. Atraído por las representaciones de la
compañía de Koch, se dedica al estudio del teatro
de Goldoni. Realiza un viaje acompañando a un Guerra de los Siete
1756
comerciante a Leipzig; recorre el norte de Años.
Alemania y llega a Amsterdam. La guerra de los
Siete Años le impide ir a Inglaterra.
Unión de Escocia al
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1757 sector romanista del
mundo jurídico.
1758 Vuelve a Berlín. Isla: Fray Gerundio.
Philotas y Tratado sobre la fábula.
Funda con Nicolai y con Moisés Mendelssohn la
1759 revista crítica Briefe, die Neuste Literatur Voltaire: Cándido.
Betreffrend, (24 vols. Hasta 1767). Cartas relativas
a la literatura reciente.
Secretario del general Tauentzien, gobernador de Nace Leandro Muere Jorge II de
1760
Breslau hasta 1765. Fernández de Moratín. Inglaterra.
J. J. Rousseau: Emilio; Muere la emperatriz
1762
El Contrato Social. Isabel.
Nace fray Servando
1763 Tratado de París.
Teresa de Mier.
Muere Feijoo. Voltaire:
Diccionario filosófico.
1764 Wincklemann:
Historia del arte de la
época clásica.
1766 Publica en Berlín el Laocoonte. Muere Mme. de Staël.
Publica en Berlín Minna von Baruhelm, comedia
que se estrenó en Hamburgo el 30 de septiembre
1767 del mismo año. Director Literario del Teatro de
Hamburgo. Dirige la revista Dramaturgia
Hamburguesa.
Fracasa la revista Dramaturgia Hamburguesa, y el Muere Wincklemann.
1768
Teatro de Hamburgo. Nace Chateaubriand.
Wie die Alten den Tod Gebildet (Cómo los antiguos
representan la muerte) publicado en Berlín. Es
1769 Nace Napoleón.
nombrado bibliotecario de Wolfenbüttel por el
príncipe heredero Fernando de Brunswick.
Nace Hegel. Muere
1770
Villarroel.
Cadalso: Sancho
García: La Real
1771 Academia Española
publica la Gramática
de la lengua.
Nace Federico
1772 Estrena en Brunswick Emilia Galoti.
Schlegel.
Inicia la publicación de los Fragmentos de los
1774 Goethe: Werther. Muere Luis XV.
escritos de un desconocido (1774-78).
Nace Jane Austen.
Reinado de Jorge III en
Marcha a Viena e Italia. A Munich con el príncipe Landívar: Rusticatio
1775 Inglaterra. Revolución
Leopoldo de Brunswick. mexicana. Nace
industrial.
Turner.
Adam Smith: La Revolución de
Regresa, acompañado del príncipe de
1776 riqueza de las independencia
Wolfenbüttel. Contrae nupcias con Eva Koening.
naciones. norteamericana.
Gainsborough:
1777 Muere su esposa al dar a luz. “Retrato de la señora
Graham”.
De los designios de Jesús y sus discípulos. Anti- Muere J. J. Rousseau.
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Goetze (Brunswick). Muere Voltaire.
1779 Natán el sabio.
Agitación pro reforma
1780 La educación del género humano. Nacimiento de Ingres. parlamentaria en
Inglaterra.
Kant: Crítica de la
razón pura. Schiller:
Triunfo de la revolución
Los bandidos.
1781 Muere en Wolfenbüttel el 15 de febrero. de independencia en
Samaniego: Fábulas
Norteamérica.
morales. Muere Isla.
Muere Mayáns.
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PREFACIO DEL AUTOR
EL PRIMERO que comparó entre sí la pintura y la poesía era hombre de delicado gusto,
en quien ambas artes producían análoga impresión. Sentía que una y otra son capaces
de dar realidad a la apariencia presentándonos las cosas ausentes como presentes; que
las dos, en fin, nos agradan engañándonos.
Un segundo, queriendo penetrar la razón de tal agrado, descubrió que tanto en una
como en otra se partía de un común origen. La belleza, cuya noción inmediata nos
proviene de los objetos corporales, tiene reglas generales que se aplican a diferentes
cosas: a las acciones y a los pensamientos, lo mismo que a las formas.
Un tercero, en fin, reflexionando en el valor y la división de dichas reglas
generales, observó que algunas de ellas predominan en la pintura y otras en la poesía,
y que, por consiguiente, por medio de las primeras la poesía puede ayudar a la
pintura, y viceversa, por medio de las segundas la pintura a la poesía, facilitándose
recíprocamente ejemplos y explicaciones.
El primero era el simple aficionado; el segundo, el filósofo, y el tercero, el crítico.
Era difícil que los dos primeros se engañaran en sus sentimientos o en sus
deducciones. En cuanto a las observaciones del crítico, por el contrario, lo esencial es
aplicarlas con justeza a cada caso particular, y como por cada crítico juicioso hay por
lo menos cincuenta que todo lo embrollan, sería un milagro que dicha aplicación se
hubiese hecho siempre con toda la prudencia que se requiere para mantener en
equilibrio la balanza entre las dos artes.
Si en sus obras sobre la pintura, hoy día perdidas, Apeles y Protógenes habían
establecido y desarrollado las reglas de este arte conforme a las de la poesía, ya
entonces sólidamente fijadas, podemos creer con certeza que lo habían hecho con
aquella moderación y exactitud que aún hoy reconocemos en Aristóteles, Cicerón,
Horacio y Quintiliano, al ver aplicados, en sus escritos respectivos, los principios y la
experiencia de la pintura a la elocuencia, y a la poesía. Privilegio es de los antiguos
no traspasar en nada ¡os límites de la justa medida.
Pero nosotros, los modernos, hemos creído muchas veces elevarnos muy por
encima de ellos al cambiar en grandes vías sus pequeñas avenidas, aun a riesgo de ver
estas más cortas y seguras, transformadas en caminos comparables a los que
atraviesan los desiertos.
La brillante antítesis del Voltaire griego, según la cual la pintura es una poesía
muda y la poesía una pintura parlante, no estaba formulada en tratado alguno. Era una
de esas agudezas como las muchas por el estilo que se encuentran en Simónides, cuya
parte de verdad es tan evidente, que es deber pasar por alto cuanto de vago y falso
también se encierra en ella.
Y sin embargo, los antiguos no dejaron de advertirlo; antes al contrario, limitando
el juicio de Simónides a la impresión producida por las dos artes, no olvidaron
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precisar que, a pesar de la analogía completa de esta impresión, las dos difieren, sin
embargo, tanto en los objetos que imitan como en el modo de imitarlos
Pero como si, por el contrario, no existiese diferencia alguna de este género, la
mayor parte de los críticos modernos han deducido de dicha conformidad las más
absurdas conclusiones; ora esforzándose por encerrar la poesía en los estrechos
límites de la pintura, ora pretendiendo, que la pintura abarque la vasta esfera de la
poesía. Según ellos, todos los derechos de la una son derechos también de la otra;
todo lo que agrada o desagrada en la primera debe necesariamente agradar o
desagradar en la segunda e imbuidos en este juicio, propalan, confiados, las ideas más
superficiales; por ejemplo, cuando al comparar las obras en que el poeta y el pintor
tratan un mismo asunto, miran como falsas las diferencias de ejecución, acusando ya
a uno, ya a otro, según sienten mayor inclinación por la pintura o por la poesía.
Esta falsa crítica ha llegado, hasta cierto punto, a seducir a los mismos artistas
dando nacimiento, en la poesía, a la manía de las descripciones, y a la de la alegoría
en la pintura, porque se ha querido hacer de la primera una pintura parlante, sin saber
a punto fijo lo que puede y debe pintar, y de la otra, una poesía muda, antes de haber
examinado hasta qué punto puede expresar las ideas generales, sin alejarse de su fin
natural y sin transformarse en un lenguaje nuevo y convencional.
Combatir este falso gusto y estos juicios mal fundados, tal es el fin principal de
las consideraciones que siguen, las cuales, nacidas fortuitamente, y apuntadas
conforme se han ido sucediendo mis lecturas, no deben considerarse sino como un
acopio desordenado de materiales, pues carecen de la forma sistemática del libro
cuyas diferentes partes se van deduciendo metódicamente a partir de principios
generalas.
Sin embargo, abrigo la esperanza de que, así y todo, han de ser de alguna utilidad
para el lector. Los alemanes, sobre todo, no estamos faltos de libros sistemáticos; de
un par de comentarios relativos a unas pocas palabras somos capaces de deducir, en
el mejor orden, todo cuanto queramos, aventajando en ello a cualquier nación del
mundo.
El mismo Baumgarten se reconocía deudor del diccionario de Gesner por una
gran parte de los ejemplos con que ilustro su Estética. Si mi idea no es tan
contundente como la de él, mis ejemplos, por lo menos, conservarán mejor el sabor
de su origen.
Como el Laocoonte es, por así decirlo, el punto de partida de mi critica, y a él
tantas veces me refiero, he querido que entrase a formar parte del título del libro.
Algunas pequeñas digresiones sobre diferentes puntos de la historia del arte antiguo
ofrecen menos relación con el plan propuesto, y si figuran aquí es porque no creo
poder bailarles jamás sitio mejor.
Por último, séame dado observar también que bajo la denominación de pintura
comprendo las artes plásticas en general, y que igualmente comprendo también a
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veces, bajo el nombre de poesía, no sólo a ésta, sino a las demás artes cuya imitación
es progresiva.
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LAOCOONTE
EL CARÁCTER general que distingue por excelencia las obras maestras de la pintura y
la estatuaria griegas consiste, según Winckelmann, en una noble sencillez y una
tranquila grandeza, que se revela tanto en la actitud como en la expresión. “Así como
las profundidades del mar —dice—[1] permanecen tranquilas, por tormentosa que sea
la superficie, así también, en las figuras del arte griego, la expresión denota la
grandeza y la tranquilidad de alma en medio de todas las pasiones.
“Este estado de ánimo se dibuja no sólo en el rostro de Laocoonte, sino también
en todo su cuerpo, no obstante sus horribles sufrimientos. El dolor que revelan todos
sus músculos, todos los tendones de su cuerpo, y que, hasta sin mirar el rostro ni las
demás partes, créese descubrir por entero a la sola vista del abdomen, dolorosamente
contraído; este dolor, repito, no se manifiesta, sin embargo, por ninguna expresión de
Tabia, ni en el rostro ni en la actitud entera. No lanza ese grito horrible que Virgilio
atribuye a su Laocoonte; por el contrario, la abertura de la boca indica mejor un
suspiro ahogado y lleno de angustia, tal como lo describe Sadolet. El dolor del cuerpo
y la grandeza de alma están repartidos por igual, equilibrándose perfectamente en el
conjunto. Laocoonte sufre, pero sufre como el Filóctetes de Sófocles; su dolor nos
llega al alma, pero quisiéramos saber soportar ese dolor al igual que aquel gran
hombre.
“La expresión de una grandeza de alma tal no ha de poder lograrse por la simple
imitación de lo natural; es preciso que el artista sienta en sí mismo la fuerza de alma
que imprime en el mármol. Grecia contó con hombres sabios a la vez que artistas y
fue cuna de más de un Motrodoro. La sabiduría tendía la mano al arte y animaba las
figuras de un alma extraordinaria”, etc.
La observación que constituye el fondo de este párrafo es perfectamente justa:
esto es, que el dolor no se dibuja en el rostro de Laocoonte con la expresión de rabia
que debiera esperarse de su violencia. Como también es indiscutible que ahí donde
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precisamente un entendido vulgar podría acusar al artista de haber quedado por
debajo de la Naturaleza y de no haber logrado el grado verdaderamente patético del
dolor, es indiscutible, repito, que precisamente ahí brilla, por el contrario, en todo su
esplendor, el genio del artista.
Pero tocante a la razón que da Winckelmann de este genio y a la generalidad de la
regla que deduce de tal razón, permítaseme que me atreva a opinar de modo
diferente.
Confieso, ante todo, que lo que primero me ha sorprendido es la mirada
despiadada lanzada de paso a Virgilio, y también, después, la comparación con el
Filóctetes. Partiré de aquí y expondré mis ideas en el orden mismo en que se me
vayan ocurriendo.
“Laocoonte sufre como el Filóctetes de Sófocles”. ¿Cómo sufre éste? Extraño es
que su sufrimiento haya dejado en nosotros impresiones tan diferentes. Las quejas,
los gritos, las salvajes imprecaciones con que su dolor llenaba los campos y turbaba
todos los sacrificios, todas las ceremonias religiosas, resonaban, no menos terribles,
en Ja isla desierta, donde por esta causa había sido desterrado. ¡Con qué acentos de
cólera, de dolor y de desesperación, el poeta ha hecho resonar el teatro en su drama!
El tercer acto de esta obra ha sido hallado sencillamente más corto que los demás. De
ello se deduce —dicen los críticos—[2] que los antiguos se preocupaban poco de la
igualdad de extensión de los actos. Igual creo yo, pero prefiero en esta materia
fundarme en otro ejemplo que el citado. Las exclamaciones dolorosas, los gemidos,
los gritos interrumpidos, ἀ ’α, φευ, ’ατταναι, ’ω μoι, μoι!, las líneas enteras llenas de
παπα, παπα, que componen dicho acto, debían declamarse a tiempos y pausas muy
diferentes de las que exige un discurso seguido, y por tanto, hacer durar aquel acto
igual, poco más o menos, que los otros, en la representación; bien al revés que en el
libro, donde parece mucho más corto de lo que debía parecerle al espectador.
El grito es la expresión natural del dolor físico. En Homero los guerreros heridos
caen a menudo gritando. Venus, ligeramente herida, prorrumpe en agudos gritos[3] no
para mostrarse así la débil diosa de la voluptuosidad, sino para no quitar sus derechos
a la naturaleza doliente. El rudo Marte mismo, al sentir la lanza de Diómedes, lanza
un grito tan espantoso como el de diez mil guerreros juntos, un grito tan horrible que
los dos ejércitos quedan aterrados.[4]
Pues tanto Homero, en las demás circunstancias, eleva a sus héroes por encima de
la humana naturaleza, cuanto a ella los mantiene fieles al tratarse del sentimiento del
dolor o de los insultos, y de la expresión de este sentimiento por medio de gritos, de
lágrimas o injurias. Por sus acciones son seres de una naturaleza superior a la nuestra;
por sus sensaciones, no son más que verdaderos hombres. Reconozco que nosotros,
los europeos, débiles hijos de un siglo más refinado, sabemos gobernar mejor nuestra
boca y nuestros ojos. La urbanidad y la decencia nos vedan gritos y lágrimas. La
bravura activa de la ruda Antigüedad se ha transformado hoy en pasiva. Sin embargo,
nuestros mismos antepasados han sido más grandes por la última que por la primera;
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pero nuestros antepasados eran bárbaros. Devorar todos los dolores, mirar cara a cara
a la muerte, expirar con la risa en los labios bajo los mordiscos de las víboras, no
llorar por una falta ni por la pérdida del mejor amigo, tales son los rasgos de valor de
los antiguos héroes del Norte.[5] Palnatoko dictó a sus yomsburgueses la ley de no
temer nada, ni de pronunciar siquiera la palabra temor.
El griego era muy diferente. Sentía y temía; descubría sus dolores y pesares; no
enrojecía por ninguna de las debilidades humanas, pero ninguna debía ser capaz
tampoco de desviarle del camino del honor y del cumplimiento de su deber. Lo que
en el bárbaro era fruto de la ferocidad y del endurecimiento, en él lo era de la
convicción. En el griego el heroísmo era como la chispa oculta en el guijarro, la cual,
mientras una fuerza exterior no la despierta, duerme tranquilamente sin quitar a la
piedra su transparencia y su frescura. En el bárbaro el heroísmo era una llama viva,
devoradora y siempre activa que, si no consumía, por lo menos obscurecía en él toda
otra buena cualidad. Cuando Homero conduce a los troyanos al combate con gritos
salvajes, y a los griegos, por el contrario, con un resuelto silencio, los comentadores
están en lo justo al observar que el poeta ha querido de este modo pintar a los primeos
como bárbaros y a los segundos como civilizados. Extraño que en otro pasaje[6] no
hayan notado un contraste análogo y no menos característico. Los dos ejércitos han
pactado una tregua y se ocupan en quemar sus muertos, lo cual se pasa entre ardientes
lágrimas de una parte y otra (δακρυα Θερμα χεοντες). Mas Príamo prohíbe a sus
troyanos que lloren (ουδ’εἰα κλαιειεν Πριαμος μεγας). “Les prohíbe llorar —dice
madame Dacier— porque teme se ablanden y al día siguiente marchen al combate
con menos valor”. Muy bien; pero se me ocurre preguntar: ¿Por qué sólo Príamo
siente temor? ¿Por qué Agamenón no hace igual prohibición a sus griegos? La idea
del poeta es más profunda. Homero quiere enseñarnos que sólo los griegos
civilizados pueden a un mismo tiempo llorar y ser valerosos, mientras que los
bárbaros troyanos deben, para ser valerosos, ahogar antes toda humanidad. No es que
me indigne el verles llorar, hace decir en otro pasaje[7] al hijo inteligente del sabio
Néstor.
Es digno de notar que, entre las pocas tragedias de la Antigüedad que han llegado
hasta nosotros, existen dos en las cuales el dolor físico constituye la mayor parte, por
decirlo así, del infortunio que aflige al héroe: son ellas el Filóctetes, ya citado, y el
Hércules moribundo. Y a este último también Sófocles le hace quejarse y lamentarse,
llorar y gritar. Hoy, gracias a nuestros amables vecinos, maestros consumados en
cosas de decencia, un Filóctetes lamentándose, un Hércules gritando, serían en escena
personajes ridículos e insoportables. Verdad es que uno de sus poetas más
modernos[8] se ha arriesgado a tratar el Filóctetes; pero ¿podía atreverse a
presentarles el Filóctetes verdadero?
También figura un Laocoonte entre las obras perdidas de Sófocles. ¡Ah, si la
suerte al menos nos lo hubiese conservado! Poco de él nos dicen los antiguos
gramáticos griegos para que pueda concretarse nada sobre la manera cómo el poeta
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había tratado aquel asunto. Sin embargo, estoy convencido de que éste no había
dotado a su Laocoonte de un carácter más estoico que a su Füócteícs o a su Hércules.
Nada más antiteatral que el estoicismo, pues nuestra piedad es siempre proporcional
al sufrimiento expresado por el objeto que nos interesa. Si le vemos soportar su
grandeza de alma, sin duda esta magnanimidad despertará nuestra admiración, pfiro
la admiración es un sentimiento frío e inerte, que excluye toda otra pasión más
ardiente y sofoca la fantasía.
Llego aquí a mis conclusiones. Si conforme al pensar de los griegos, los gritos
derivados de un dolor físico pueden concordar perfectamente con la grandeza de
alma, la necesidad de expresar esta grandeza no puede ser el motivo que haya
impedido al artista reproducir en el mármol la acción de gritar; antes bien, ha debido
obedecer a otra razón para apartarse en este punto de su émulo, el poeta, el cual
expresa dichos gritos con la mayor naturalidad.
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II
YO NO sé si es la verdad o la ficción la que nos representa el amor como instigador de
las primeras tentativas en las artes plásticas, pero lo cierto es que él no se ha cansado
nunca de guiar la mano de los grandes artistas de la Antigüedad. Pues si hoy día la
pintura es cultivada en general, en un sentido muy amplio, como el arte que
representa los cuerpos en superficies planas, la sabiduría de los griegos en cambio le
había asignado límites mucho más estrechos, circuscribiéndola únicamente a la
representación de los cuerpos dotados de belleza. El artista griego no representaba
más que lo bello, y aun la belleza vulgar, la belleza de orden inferior, no era para él
sino un motivo accidental, que no ejecutaba más que como ejercicio o pasatiempo. Lo
que en su obra debía encantar era la perfección del objeto mismo; se sentía
demasiado grande para exigir que sus espectadores se contentaran simplemente con el
frío placer que causa el parecido, o con la apreciación de su habilidad; nada, en su
arte, estimaba más ni le parecía más noble que la finalidad misma del arte.
“¿Quién querrá pintarte, si nadie quiere tan sólo verte?”, dice un antiguo
epigramático[1] a propósito de un hombre muy feo. Hoy muchos de nuestros artistas
dirían: “Sé tan feo como sea posible que ello no me impedirá pintarte. Que aunque
nadie quiera verte, el placer de ver mi cuadro no ha de ser menor, no porque te
represente a ti, sino porque será una prueba del talento con que he sabido reproducir
exactamente un monstruo tal,”
Sin duda, la propensión a envanecerse de una deplorable habilidad es demasiado
corriente para que los griegos no hayan tenido también su Pausón y su Pireico. Los
tuvieron, sí, les tributaron su merecido. Pausón, que estaba aún por debajo de la
belleza vulgar y cuyo innoble gusto se complacía en expresar todo lo deforme y feo
de la estructura humana, vivió rodeado de desprecio y de miseria.[2]
Cuanto a Pireico,[3] que ejecutaba, con todo el cuidado de un pintor holandés,
barberías, sucias tiendas, asnos y legumbres, como si tales cosas fueran tan
encantadoras en la naturaleza como raras de ver, Pireico, repito, ganó el apodo de
Rhyparógrafo,[4] esto es, pintor de suciedades, aunque los ricos voluptuosos
comprasen sus obras a peso de oro para suplir, con este valor imaginario, la nulidad
de su mérito.
Los mismos magistrados no juzgaron cosa indigna de su atención el retener por
fuerza al artista en su verdadera esfera. Conocida es la ley que ordenaba a los tebanos
embebecer sus imitaciones y que prohibía, bajo pena de castigo, exagerar lo feo; ley
que no fue promulgada contra los ineptos, como es creencia general, y como supone
el mismo Juno,[5] sino que prohibía a los Ghezzi griegos el indigno artificio de llegar
al parecido exagerando los rasgos feos del modelo; en una palabra, la caricatura. Este
mismo sentimiento de lo bello había dictado la ley de los Helanodices. Todo
vencedor en los juegos olímpicos recibía una estatua; pero únicamente al que había
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vencido tres veces le era permitido obtenerla hecha a su propia imagen.[6] Así se
evitaba que hubiese, entre las obras de arte, demasiados retratos, cuya belleza es
siempre mediocre. Pues aunque el retrato mismo no excluya un cierto ideal, debe en
él dominar el parecido, y de ahí que él solo pueda encarnar el ideal de un hombre
determinado, pero no el del hombre en general.
Actualmente nos reímos al oír contar que, entre los antiguos, hasta las artes
estaban sujetas a leyes civiles. Pero no siempre reímos con razón. Es indudable que
las leyes no deben arrogarse autoridad alguna sobre las ciencias, pues el fin de toda
ciencia es la verdad. La verdad es necesaria al alma, y fuera tiranía poner el menor
obstáculo a la satisfacción de este fin esencial. Pero el fin del arte, por el contrario, es
el placer, y el placer es cosa de la cual podemos prescindir. Así, pues, puede muy bien
depender completamente del legislador el fijar el género de placer y el grado que de
cada uno de ellos sea dado permitir.
Además, las artes plásticas, por la influencia inevitable que ejercen en el carácter
de la nación, tienen un poder que reclama la rigurosa atención de la ley. Si primero
fue la belleza de los hombres la que produjo la belleza de las estatuas, después, a la
inversa, fueron las estatuas las que influyeron en la belleza de los hombres, y el
Estado debió agradecer a éstas el tener hombres verdaderamente bellos. Entre
nosotros, no parece sino que la imaginación impresionable de las madres se traduzca
sólo en monstruos.
Desde este punto de vista, creo yo que hay parte de verdad en ciertas narraciones
de los antiguos reputadas comúnmente como fábulas. La madre de Aristomeno, la de
Aristodemo, Alejandro el Grande, Scipión, Augusto y Galerio, soñaron todas en su
preñez con la visita de una serpiente. La serpiente era un símbolo de divinidad,[7] y en
sus bellas estatuas y sus bellos cuadros, Baco, Mercurio y Hércules, estaban casi
siempre representados con una serpiente. Durante el día, aquellas dignas madres
habían saciado sus ojos en la contemplación del dios, y su sueño confuso despertaba
la imagen del animal. Así es como me explico yo aquellos sueños, desechando la
interpretación que de ellos daban el orgullo de sus hijos y la impudencia de los
aduladores, pues era precisa una razón para que el adúltero fantasma fuera siempre
una serpiente.
Pero me desvío del camino propuesto; conste únicamente que he querido
establecer de modo sólido que, en los antiguos, la belleza fue ley suprema de las artes
plásticas.
Y esto establecido, necesariamente se deduce que toda otra consideración que
pueda también influir en las artes plásticas, debe subordinarse a la belleza, si es con
ella compatible, pero debe cederle en absoluto, si es con ella inconciliable.
Me limitaré a la expresión. Existen pasiones y grados de pasión que el rostro
traduce por las más feas contracciones y que dan a todo el cuerpo actitudes tan
violentas, que destruyen por completo la bella armonía de sus líneas en estado de
reposo. Los artistas antiguos se abstuvieron por completo de traducir estas pasiones, o
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bien las redujeron a un grado mínimo, aún susceptible de una cierta belleza.
Ni la rabia ni la desesperación profanaron ninguna de sus obras. Me atrevo a
afirmar que jamás representaron una furia.[8] Reducen la cólera a la severidad. Sólo
en el poeta se encontraba al irritado Jove lanzando el rayo; en el artista, no era más
que un Júpiter severo.
Atenuaban la desesperación, trocándola en tristeza. Y cuando no era posible
atenuar así un sentimiento y la desesperación no hubiera dejado de envilecer y
deformar el asunto, ¿qué hacía un Timanto? Conocido es su cuadro del sacrificio de
Ifigenía: a cada uno de los asistentes daba el grado de tristeza que le era propio; pero
al padre, a quien tocaba expresarla en su más alto grado, le velaba el rostro. Se han
dicho, referente a este asunto, muchas cosas graciosas. Unos[9] que, agotadas todas
las expresiones tristes, desesperaba de poder dar al padre otra todavía más triste. Por
ello reconoció, dicen otros,[10] que el dolor de un padre, en parecida circunstancia,
está por encima de toda imitación. Por mi parte, no sé ver en ello la impotencia del
artista ni la del arte. Con la fuerza del sentimiento se acrecienta también la expresión
de los rasgos del rostro: al grado más elevado corresponden también los rasgos más
acentuados, y nada más fácil para el arte que expresarlos. Pero Timanto conocía los
límites que los griegos asignaban a su arte. Sabía que la desesperación que debía
expresar Agamenón, como padre, se traduce por contracciones siempre feas. Y así
llevó, pues, la expresión tan lejos como lo permitían la belleza y dignidad. De buen
grado hubiera omitido o atenuado la fealdad de los rasgos; pero toda vez que su plan
no le permitía ni una cosa ni otra, ¿qué otro recurso le quedaba sino ocultar la
expresión? Lo que no se atrevía a pintar, lo hacía adivinar. En una palabra, velando el
rostro de Agamenón, el artista pagaba su tributo a la belleza. Ejemplo que demuestra,
no cómo debe llevarse la expresión más allá de los límites del arte, sino cómo debe
subordinársela a su primera ley, la ley de la belleza.
Si ahora aplicamos este principio al Laocoonte, fácil nos será hallar el motivo que
indago. El maestro Be proponía representar el más alto grado de belleza con la
condición accidental del dolor físico. Éste, en toda su violencia, y exagerado hasta la
contorsión, no podía aliarse a aquélla. El artista, pues, se veía obligado a disminuirlo,
a atenuar los gritos cambiándolos en suspiros, no porque la acción de gritar denote
bajeza de alma, sino porque desfigura el rostro de modo repugnante. Abrid, en efecto,
en vuestra imaginación la boca de Laocoonte, y juzgad; hacedle gritar, y veréis el
efecto. Antes era una imagen que inspiraba compasión porque mostraba a un tiempo
la belleza unida al dolor, y ahora es una imagen fea, monstruosa, que nos fuerza a
volver la mirada, porque el espectáculo del dolor nos causa repugnancia, sin que la
belleza del objeto que sufre pueda transformar esta repugnancia en un dulce
sentimiento de compasión.
La completa abertura de la boca forma en pintura una mancha y en escultura una
cavidad de efecto sumamente desagradable, sin hablar de la violencia y fealdad de las
contracciones y gestos que imprime a todo el resto del cuerpo. Montfaucon ha
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evidenciado su mal gusto al tomar por un Júpiter pronunciando oráculos una antigua
cabeza barbuda con la boca desmesuradamente abierta.[11] ¿Es preciso que un dios
grite para revelar el porvenir? ¿Es que no sería creída su palabra si su boca ofreciese
agradables contornos? Tampoco admito la opinión de Valerio Máximo, el cual,
recomponiendo en su imaginación el cuadro de Timanto, afirma que Ayax debería
gritar.[12] Otros artistas mucho menos hábiles, y en épocas en que el arte estaba ya en
decadencia, no exageraron nunca la abertura de la boca hasta el extremo de gritar, ni
al representar a salvajes bárbaros llenos del terror y las angustias de la muerte bajo el
hierro del vencedor.[13]
Y esta costumbre de reducir a su mínimo grado la expresión del dolor físico
extremo puede comprobarse en varias obras maestras de la Antigüedad. El Hércules
agonizante, en su túnica envenenada, obra de un antiguo maestro desconocido, no era
ciertamente el Hércules de Sófocles, pues éste profería gritos tan horribles que
repercutían en Jas rocas de Lócrida y el promontorio de Eubea. Aquél estaba
sombrío, más bien que furioso.[14] El Filóctetes de Pitágoras de Leontium parecía
comunicar su dolor al espectador, y el menor rasgo repugnante hubiera impedido este
efecto. Podría preguntárseme en qué me fundo para afirmar que aquel artista haya
hecho una estatua de Filóctetes, a lo cual dobo contestar que hay en Plinio un pasaje
que, debidamente corregido, fundamenta mi aserción. En efecto, se ve a las claras que
el tal pasaje ha sido falseado o mutilado y es de extrañar que nadie lo haya advertido
antes.[15]
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III
PERO como hemos observado ya, el arte, en los tiempos modernos, ha ensanchado
considerablemente sus límites. Su imitación, dícese, se extiende a toda la Naturaleza
visible, de la cual la belleza sólo forma una ínfima partej su primera ley es la verdad
y la expresión, y de igual modo que la misma Naturaleza sacrifica en todo momento
la belleza a destinos más elevados, el artista debe también subordinarla a su plan
general, limitándose a representarla en la medida en que lo permitan la verdad y la
expresión, bastando que por medio de ellas, lo feo de la Naturaleza se trueque en
bello en el arte.
Supongamos, por el momento, admitidas estas ideas sin discutir su justo valor;
¿no nos veríamos precisados todavía a examinar por qué el artista debe guardar, no
obstante, cierta medida en la expresión, y no escoger nunca para representarla aquel
momento en que la acción alcanza su mayor intensidad?
Tal examen nos será más fácil investigando el instante único, al cual los límites
materiales del arte encadenan todas sus imitaciones.
Si es verdad que en la Naturaleza siempre cambiante el artista no puede
sorprender más que un instante único; si, además, el pintor no puede en este instante
único sorprender más que un punto de vista único; si, de otra parte, ejecuta sus obras
no solamente para ser vistas, sino miradas y contempladas largas y repetidas veces,
también es cierto que dicho instante único, dicho punto de vista único, nunca
resultará lo suficientemente fecundo por mucho cuidado que se ponga en su elección.
Pero fecundo es sólo el instante que deja el campo libre a la imaginación. Cuantas
más cosas vemos en una obra de arte, más ideas evocamos, y cuantas más ideas
evocamos, más cosas figuramos ver. Ahora bien; en todo el desarrollo de un
sentimiento, el instante del paroxismo es el menos favorable a tal ilusión. Más allá no
existe ya nada, y mostrar a los ojos el grado extremo es ligar las alas a la
imaginación. No pudiendo elevarse por encima de la impresión sensible, la fantasía
se ve obligada a descender a imágenes más débiles, por encima de las cuales teme
hallar la plenitud visible de ja expresión que detiene su vuelo. Si Laocoonte suspira,
la imaginación puede oírle gritar; pero si grita, no puede ella elevarse un grado más
por encima de esta imagen, ni descender tampoco por debajo de ella sin verle en una
condición más soportable, y por ende, menos interesante; o le oye solamente quejarse
o le ve ya muerto.
Todavía hay más: si el arte da al momento único una duración constante, no debe
representar nada que se conciba como transitorio. Todos los fenómenos cuya
naturaleza, según nuestro espíritu la concibe, es producirse y desaparecer
súbitamente, y no poder ser lo que son más que por un momento, todos estos
fenómenos agradables o terribles, debido a la duración que les impone el arte, toman
un aspecto antinatural, de suerte que cuanto más los contemplamos tanto más se
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debilita la impresión que nos producen y acabamos por no sentir más que
repugnancia y fastidio por el objeto entero. La Mettrie, que se ha hecho pintar y
grabar, a imitación de Demócrito, no ríe más que la primera vez de verle. Miradle de
nuevo y el filósofo no será ya sino un bobo y su risa una contorsión. Igual sucede con
la acción de gritar. El dolor violento que la produce, o no tarda en disminuir o bien
destruye el objeto que sufre. Si el hombre, pues, grita, no lo hace sin cesar. Pero en la
imitación material del arte, la sola continuidad aparente cambiaría el grito en
debilidad afeminada, en temor infantil al dolor. Y he aquí lo que el escultor del
Laocoonte se habría visto obligado a evitar, aun cuando la acción de gritar no hubiese
perjudicado la belleza de su obra y aun cuando también las reglas de su arte le
hubiesen permitido representar el sufrimiento independientemente de la belleza.
De todos los pintores antiguos, Timómaco parece haber sido el que sentía más
preferencia por la expresión de los sentimientos más violentos. Su Ayax furioso, su
Medea degollando a sus hijos, eran cuadros célebres. Pero por las descripciones que
de ellos nos quedan, se ve con toda claridad que el artista ha sabido escoger
perfectamente el momento en que el espectador concibe, mejor que ve, el mayor
grado de pasión, y combinar con este momento una forma de expresión desligada
suficientemente de la idea de lo transitorio, para que la duración que le impone el arte
no pueda desagradar. En la Medea no había escogido el verdadero instante en que ella
degüella a sus hijos, sino el momento anterior, aquel en que el amor maternal lucha
todavía con los celos. Así prevemos mejor el fin de esta lucha; temblamos ya antes a
la idea de ver bien pronto a Medea en todo su furor, y nuestra imaginación excede a
todo cuanto el pintor pudiera representarnos en tan terrible momento. Y precisamente
por esta causa la irresolución que Medea muestra en la obra de arte, lejos de
disgustarnos, nos agrada tanto que querríamos que así hubiera ocurrido también en la
Naturaleza, que la lucha de las pasiones nunca se hubiese resuelto, o que, por lo
menos, se hubiese prolongado dé modo suficiente para que el tiempo y la reflexión
hubiesen calmado su furor y resuelto la victoria en favor del amor materno. Esta
sabiduría de Timómaco le ha valido grandes y numerosos elogios y le ha colocado
muy por encima de otro desconocido pintor, el cual representó a Medea en el colmo
del furor, dando así a este grado pasajero de violencia una duración que repugna a la
Naturaleza. El poeta[1] que de este modo le acusa, exclama muy juiciosamente,
dirigiéndose a la imagen: “¿Tienes todavía sed de la sangre de tus hijos? ¿Acaso ves
todavía a Jasón y a Creusa, para renovar sin cesar tu cólera? ¡Vete al diablo, así seas
sólo una pintura!”, añade con despecho.
Cuanto al Ayax furioso, de Timómaco, podemos formar juicio según nos habla
Filóstrato.[2] Ayax no estaba representado en el momento en que desata su cólera en
medio de los rebaños, encadenando o matando bueyes y cabras, en lugar de hombres.
El artista le representa después de esta insensata proeza, fatigado sentado, meditando
el proyecto de matarse. Y he aquí al verdadero Ayax furioso, no porque se sienta
furioso en aquel instante, sino porque se ve que ha sido presa del furor; porque se
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comprende mejor la violencia de su furor al ver la vergüenza y la desesperación de
que se halla poseído ahora. El huracán se reconoce por las ruinas y los cadáveres de
que ha sembrado la tierra.
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IV
SI CONSIDERAMOS el conjunto de los motivos indicados para explicar la moderación
con que el autor de Laocoonte ha expresado el dolor físico, hallaremos que derivan
todos de la condición misma del arte, de sus límites necesarios y de sus exigencias.
Sería, pues, muy difícil aplicar ninguno de dichos motivos a la poesía.
Sin indagar aquí hasta qué punto puede el poeta representar la belleza física, debe
admitirse al menos como indiscutible que, en razón a estar abierto ante él el
inconmensurable campo de la perfección, esta apariencia visible, bajo la cual la
perfección se hace belleza, no puede ser más que uno de los medios accesorios de que
se vale para interesarnos en sus personajes. A menudo el poeta descuida por completo
este medio, convencido de que cuando su héroe ha conquistado nuestro favor, sus
más nobles cualidades nos ocupan hasta el punto de hacernos olvidar por completo su
apariencia física, o bien, si en ella pensamos, aquellas primeras cualidades nos
previenen en favor suyo de modo tal que nosotros mismos, espontáneamente, nos le
revestimos de un exterior, si no bello, al menos indiferente. Y sobre todo, no tendrá
en cuenta para nada la impresión que puedan producir a la vista los rasgos de detalle
que no están directamente destinados a afectarla. Cuando el Laocoonte de Virgilio
grita, ¿a quién se le ocurre pensar, leyendo tal pasaje, que para gritar es preciso abrir
desmesuradamente la boca, y que esta boca abierta afea el rostro? Con tal que los
Clamores horrendos ad sidera tollit[1] sean un rasgo magnífico al oído, no serán
indiferentes a la vista.
En cuanto al que desee una bella imagen, no es el poeta quien ha de poder
ofrecérsela.
Pero hay más; al poeta nada le obliga a concentrar su cuadro en un solo momento.
Libre en absoluto de remontar hasta el origen cada una de las acciones que describe y
de conducirla a término a través de todas las modificaciones posibles, cada una de
estas modificaciones, que costaría al artista una obra totalmente distinta y acabada, no
cuesta al poeta sino un solo rasgo; y aun cuando este rasgo, sólo y por separado,
repugnase a la imaginación del lector, está tan bien preparado por lo que precede o
allanado por lo que sigue, que pierde su valor propio y produce, en el conjunto, el
mejor efecto del mundo. Así, aun admitiendo que en realidad fuese impropio de un
hombre gritar en el paroxismo del dolor, ¿qué mal efecto nos producirá esta ligera
impropiedad de un hombre cuyas otras virtudes nos han prevenido ya de antemano en
favor suyo? El Laocoonte de Virgilio grita, pero este Laocoonte que grita es aquel
mismo que conocíamos ya y que amábamos como al patriota más previsor y al más
tierno de los padres. Atribuimos sus gritos, no a su carácter, sino a sus intolerables
sufrimientos. Sus gritos sólo traducen el dolor, y sólo también por medio de ellos el
poeta podía hacernos sensible este dolor.
¿Quién se atrevería, pues, todavía a acusarle? ¿Quién, antes al contrario, no
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querrá reconocer que si el artista ha hecho perfectamente en no hacer gritar a su
Laocoonte, perfectamente ha hecho también el poeta en hacer gritar al suyo?
Pero aquí Virgilio no es sino un poeta épico. ¿Deberá comprenderse también al
poeta dramático en esta justificación? La narración de los gritos produce efecto
diferente que los gritos mismos. El drama, destinado a ser una pintura viva gradas a la
representación de los actores, podría adaptarse mejor, por esta misma razón, a las
leyes de la pintura material. En el teatro, no solamente creemos ver y oír a Filóctetes
gritando, sino que le oímos y le vemos gritar en realidad. Cuando más real es la
representación tanto más penosa es la impresión que nuestra vista y nuestro oído
experimentan, pues tal es, evidentemente, la impresión que afecta nuestros sentidos
cuando en la realidad se perciben manifestaciones de dolor tan violentas y
formidables Además, el dolor físico no es susceptible, en general, de despertar la
misma compasión que los demás sufrimientos. Habla muy poco a nuestra
imaginación para que su vista sola produzca en nosotros análogo sentimiento.
Sófocles, pues, desde este punto de vista, ha violado una ley, no arbitraria quizás, sino
fundada en la naturaleza misma de nuestra sensibilidad, al presentar a Filóctetes y a
Hércules gimiendo, llorando y gritando. Es imposible que los personajes que les
rodean participen de sus sufrimientos en la medida que aquellas inmoderadas quejas
parecen exigir. En comparación con ellos, dichos personajes nos parecen fríos, y sin
embargo no podemos dejar de considerar su compasión como la medida de la nuestra.
Y si se añade a ello que es difícil, si no imposible, que un actor imite los signos
exteriores del dolor físico en forma tan perfecta que nos impresione como si en
realidad sintiera el dolor, ¿quién sabrá entonces si los dramaturgos modernos no
merecen ser alabados, más bien que censurados, por haber evitado del todo este
escollo, o al menos haberlo franqueado con su barca ligera?
¡Cuántas cosas parecerían incontestables en teoría si el genio no hubiese
demostrado lo contrario en la práctica! Todas estas consideraciones tienen su razón
de ser, y no obstante eso el Filóctetes sigue siendo una de las obras maestras de la
escena. Es que una parte de estas reflexiones no alcanza a Sófocles precisamente y,
en cuanto a las demás, sólo elevándose muy por encima de ellas ha sabido este
dramaturgo lograr bellezas que el crítico timorato no hubiera llegado ni siquiera a
soñar sin el empleo del poeta. Las notas siguientes van a demostrarlo de modo más
claro.
1. ¡Con qué arte prodigioso el poeta ha sabido acentuar y extender la idea del
dolor físico! Ha escogido una herida (pues también puede considerarse que las
diversas circunstancias de esta historia han dependido de su elección, visto que ha
elegido la fábula en razón de las ventajas que esas circunstancias le ofrecían); ha
escogido, repito, una herida y no una enfermedad interna, porque se puede dar una
representación mucho más viva de la primera que de la segunda, por dolorosa que
ésta sea. Suponed el fuego infernal que devora a Meleagro, sacrificado por su madre,
la cual, en un acceso de cólera fraterna, arroja al fuego el tizón fatal: este mal interior
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sería menos dramático que una herida, y más aún si ella es un castigo de los dioses.
Ln veneno sobrenatural atormentaba incensantemente dicha herida, y únicamente
después de un violento ataque de dolor, a causa del cual caía siempre el desgraciado
en un sueño profundo, su naturaleza agotada tomaba nuevos bríos para poder recorrer
una vez más la misma ruta del dolor. En Châteaubrun, Filóctetes sólo ha sido herido
por la flecha envenenada de un troyano. ¿Qué extraordinarias consecuencias pueden
esperarse de un accidente tan vulgar? En las guerras antiguas ése era un riesgo común
a todos los soldados, ¿y a qué es debido entonces que solamente Filóctetes padezca
consecuencias tan funestas? Y añadid a esto que un veneno natural, que opera su
efecto nueve años enteros sin matar, es mucho más inverosímil que toda aquella
maravillosa fábula en que lo ha envuelto el poeta.
2. Por grandes y terribles que haya hecho Sófocles los sufrimientos físicos de sus
héroes, ha sentido perfectamente que por sí solos no bastan para excitar la compasión
hasta un grado sensible; y así, pues, los ha aliado a otros males, incapaces también,
por sí solos, de conmover profundamente, pero que, por virtud de esta combinación,
reciben un colorido tan melancólico como el que reflejan a su vez en el dolor físico.
Dichos males son: la privación completa de todo trato humano agregada al hambre y
a las incomodidades de la vida a que nos expone esta privación bajo un cielo
inclemente.[2] Supongamos un hombre colocado en estas condiciones, pero con salud,
fuerza y maña; tendremos un Robinson Crusoe con muy poco derecho a nuestra
compasión, aunque desde otro punto de vista su suerte no nos interese menos, pues es
raro que nos sintamos tan contentos de la sociedad de los hombres, que no nos
parezca seductor el reposo que disfrutamos lejos de ella, sobre todo bajo la influencia
de idea tan halagadora como es la de pensar que así podremos aprender a prescindir
poco a poco del socorro ajeno. Por otra parte, que se castigue a un hombre con la
enfermedad más dolorosa y menos curable, pero que se le suponga al mismo tiempo
rodeado de amigos, que no le dejan sufrir la menor privación y solazan sus males en
todo cuanto pueden, y a los cuales puede quejarse y lamentarse a su gusto;
ciertamente, tendremos piedad de él, pero esta piedad no durará mucho tiempo, pues
acabaremos por encogernos de hombros recomendándole paciencia. Únicamente
cuando las dos situaciones se dan juntas, cuando el infortunado solitario está también
privado del uso de su cuerpo, cuando nadie puede socorrer al enfermo incapaz de
socorrerse a sí mismo y sus quejas se pierden en el vacío, entonces es cuando vemos
caer sobre el desgraciado todas las miserias capaces de azotar la humana naturaleza,
y, al ponernos por un momento en su lugar, nos sentimos poseídos de horror y
espanto. Ya no tenemos a la vista sino la desesperación en su forma más terrible, y
ninguna piedad es más fuerte, ni enternece más el alma que la que se confunde con la
imagen de la desesperación. Esta es la naturaleza de la piedad que sentimos por
Filóctetes, y la sentimos sobre todo en aquel momento en que ve desaparecer su arco,
único medio que le permitía sostener su miserable vida. ¡Oh, desgraciado autor
francés que no has tenido talento para comprender esto, ni corazón para sentirlo! ¡O
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que, si has tenido uno y otro, has sido servil hasta el extremo de sacrificarlo todo al
mezquino gusto de tu nación! Châteaubrun da a Filóctetes una compañía. Hace ir a su
lado, en su isla desierta, a la hija de una princesa. Y aun esta joven princesa no va
sola, lleva consigo su consejera, de la cual yo no sé quien necesitaba más, si la
princesa o el poeta. Ha olvidado por completo toda la excelente escena del arco, y en
su lugar ha hecho relucir unos bellos ojos. A decir verdad, las flechas y el arco
hubieran parecido cosa de risa a la heroica juventud francesa; mientras que, por el
contrario, nada le parece más serio que el enfado de unos ojos bellos. El poeta griego
nos tortura con la horrible inquietud de saber si el pobre Filóctetes debe quedar sin el
arco en la isla desierta y morir miserablemente. El autor francés ha sabido hallar un
camino mucho más seguro para llegar a nuestro corazón: darnos a temer que el hijo
de Aquiles se vea obligado a partir sin su princesa. Y he aquí lo que los críticos de
París llamaron triunfar de los antiguos, y por qué uno de ellos propuso denominar la
obra de Châteaubrun La dificultad vencida.[3]
3. Después de haber considerado el efecto del conjunto, veamos en detalle las
escenas en que Filóctetes no es ya el enfermo abandonado; en que por fin concibe la
esperanza de abandonar sin demora aquella soledad espantosa y volver a su reino; en
que, por consiguiente, toda su desgracia se limita al dolor que le causa la herida.
Laméntase, grita, presa de las más horribles convulsiones. He allí lo que puede
criticarse, a decir verdad, como una violación de las buenas formas. El autor de tal
objeción es un inglés, un hombre, por lo tanto, que no puede hacérsenos sospechoso
de falsa delicadeza, y que como hemos ya observado, funda su objeción en sólidos
argumentos. “Todos los sentimientos y todas las pasiones —dice— que no pueden
inspirar sino una ligera simpatía a los demás hombres, se vuelven ridículos al ser
expresados con demasiada violencia.”[4], “Por esta razón, nada sienta peor ni es más
indigno de un hombre que el no poder soportar con paciencia el dolor, por violento
que sea, y prorrumpir en llanto y en gritos. Es verdad que el dolor físico nos inspira
cierta simpatía. Cuando vemos que alguien va a recibir un golpe en el brazo o en la
pierna, por un movimiento natural contraemos y retiramos nuestro brazo o nuestra
pierna, y si el golpe se ha descargado realmente, lo sufrimos, hasta cierto punto,
como el que lo ha recibido. Pero sin embargo, el mal que experimentamos es poco
considerable, y por esto, si el dañado prorrumpe en un grito violento, no podemos
dejar de despreciarle porque no podemos sentirnos dispuestos a gritar como él”.
Nada más ilusorio que aplicar unas leyes generales a nuestros sentimientos. Su
trama es tan tenue y complicada, que apenas le es posible a la especulación más
circunspecta apartar un hilo y seguirlo a través de todos los demás que se entrecruzan.
Y con todo y suponer que así fuese, ¿qué utilidad sacaríamos de ello? En la
Naturaleza no hay sentimientos aislados; cada sentimiento hace nacer otros, el menor
de los cuales modifica enteramente el sentimiento primordial; de manera que,
acumulando excepciones sobre excepciones, la pretendida ley general queda reducida
a la simple experiencia de un pequeño número de casos particulares.
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“Despreciamos —dice el autor inglés— a todo el que oímos proferir violentos
gritos causados por el dolor físico”. Pero esto no sucede siempre, ni cuando le vemos
hacer todo lo posible por disimular su dolor, ni tampoco cuando le conocemos como
hombre lleno de entereza, y capaz sobre todo, de mantenerse firme en medio de sus
sufrimientos; cuando vemos que el dolor puede obligarle a gritar, pero a nada más;
que prefiere persistir en sus principios y decisiones aun a riesgo de ser prolongado su
dolor. Y todo esto hallamos en Filóctetes. Para los antiguos griegos, la grandeza
moral consistía en un odio inmutable a sus enemigos. Esta grandeza Filóclectes la
conserva en medio de su martirio. Todavía el dolor 110 ha secado sus ojos pava no
poder ya verter más lágrimas por la ventura de sus antiguos amigos; todavía el dolor
no ha minado su alma para entregarse a sus enemigos y prestarse a servir sus fines
egoístas. ¡Y debieran los atenienses haber despreciado ese hombre, esa roca, que las
olas no logran abatir, sino tan sólo conmover!
Confieso que, en general, siento poca afición por la filosofía de Cicerón, y en
especial por la que expone en el segundo libro de las Tusculanas respecto al deber de
soportar el dolor físico. Diríase que pretende formar gladiadores en la forma como
declama contra toda manifestación externa de dolor. No ven en éste más que
impaciencia, sin considerar que muchas veces esta manifestación es del todo
involuntaria, mientras que el verdadero valor no puede caber sino en actos
voluntarios. No oye en Sófocles más que al Filóctetes que grita y se queja, sin
reparar, de otra parte, en la firmeza de su conducta. Pero de no ser así, ¿dónde hubiera
hallado ocasión de relucir su ampulosa declamación contra les poetas? “¡No hacen
sino acobardarnos, puesto que hacen gemir a los hombres más valerosos!”. Y les
hacen gemir con mucha razón, pues el teatro no es la arena.
El gladiador, condenado o a sueldo, debe hacerlo todo y sufrirlo todo con
dignidad, sin dejar oír un solo grito, sin dejar escapar una sola convulsión dolorosa.
Pues sus heridas y su muerte deben divertir al espectador, su arte debe enseñarle a
evitar toda sensación. La más leve manifestación de este género hubiera despertado la
piedad, y la piedad excitada de continuo hubiera puesto fin a estos espectáculos
fríamente crueles. Pero dicha piedad, que no debía despertarse en la arena, es
precisamente el objeto de la escena trágica, y ello exige, por lo tanto, del poeta, una
conducta diametralmente opuesta. Los héroes de la tragedia deben manifestar sus
sentimientos, testimoniar su dolor dejando que la naturaleza obre espontáneamente en
ellos. Si, por el contrario, afectan indiferencias, entonces nos dejan frío el corazón y,
a guisa de gladiadores con conturno, logran cuando más excitar nuestra admiración.
Tal es la denominación que conviene a todos los personajes de las pretendidas
tragedias de Séneca, y estoy firmemente convencido de que las luchas de gladiadores
son la causa principal de que los romanos hayan quedado, en arte trágico, tan por
debajo de la mediocridad. En el anfiteatro ensangrentado, los espectadores aprendían
a desconocer los sentimientos naturales, y allí quizás un Ctesias podía estudiar su
arte, pero jamás un Sófocles. El genio trágico, acostumbrado a aquellas artificiales
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escenas de muerte, debía caer en la ampulosidad y la fanfarronería. Pero esta
fanfarronería era tan impropia para estimular el verdadero valor heroico como las
quejas de Filóctetes eran incapaces de ablandarle. Las quejas revelan al hombre, pero
los actos revelan al héroe. Su conjunto forma el héroe humano, ni débil ni
endurecido, sino unas veces una cosa y otras otra, según se lo exijan, ora la
Naturaleza, ora sus principios y su deber. Tal es el tipo más elevado que pueda
producir la sabiduría e imitar el arte.
4. No le bastó a Sófocles haber salvado del desprecio la sensibilidad de su
Filóctetes; también ha sabido prevenir a maravilla todas cuantas objeciones fuera
dado hacer, conforme a las observaciones del crítico inglés. Pues si no despreciamos
siempre al que grita bajo la impresión del dolor físico, sin embargo, es verdad
también que no sentimos por él tanta compasión como parecen exigir sus quejas.
¿Cómo, pues, los actores deben representar el Filóctetes? ¿Deben afectarse
conmovidos en alto grado? No sería natural. ¿Deben afectarse fríos y torpes, como
sucede de ordinario en parecidas circunstancias? Ello produciría en el espectador la
más enojosa disonancia. Sófocles, pues, como he observado ya, ha prevenido esta
dificultad; ha interesado en la suerte de Filóctetes a todos cuantos lo rodean, de modo
que la impresión producida en ellos por sus gritos no es la sola cosa que les ocupa, y
de ahí que el espectador se fije menos en la desproporción entre su piedad y los
gritos, que en el cambio que produce o debe producir, en los sentimientos y en los
proyectos de aquéllos, esta piedad, por débil o fuerte que pueda ser.
Neoptolemo y el coro han engañado al desgraciado Filóctetes; comprenden la
desesperación en que va a anegarle su traición; en este mismo momento sufre, a sus
ojos, el terrible ataque; si este incidente no es capaz de producir en ellos ninguna
impresión notable de simpatía, puede obligarles, sin embargo, a reaccionar sobre sí,
no permitiéndoles colmar con la traición su miseria cruel. El espectador así lo anhela,
y su anhelo no se ve frustrado por el magnánimo Neoptolemo. Filóctetes, dueño de su
dolor, hubiera hecho perseverar a Neoptolemo en su engaño. Filóctetes, presa de
horrible dolor e incapaz, por ello mismo, de ocultar su sufrimiento, aun cuando le
parece absolutamente necesario hacerlo a fin de que su futuro compañero de viaje no
se arrepienta demasiado pronto de la promesa contraída de conducirle consigo;
Filóctetes, repito, tan humano y natural, reanima en Neoptolemo su verdadera
naturaleza. Esta solución es de excelente efecto y tanto más conmovedor cuanto que
es producido por la misma naturaleza humana, desnuda de todo artificio. En el autor
francés, todavía los bellos ojos juegan aquí su papel;[5] pero no hablemos ya más de
esta parodia.
En las Traquinianas, también Sófocles emplea el mismo artificio de unir en los
asistentes otro sentimiento a ¿a piedad que debían producir los gritos causados por el
dolor físico. El dolor de Hércules no le aniquila, sino que le impulsa hasta el furor y
le hace respirar venganza. Ya presa de él, ha cogido a Licas y le ha aplastado contra la
roca. El coro está compuesto de mujeres, lo que hace más natural que esté poseído de
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terror y espanto. Esta particularidad y ¡a inquietud de pensar si un dios vendrá al fin
en su ayuda, o si al contrario deberá fatalmente sucumbir a su mal, despierta el
verdadero interés general, que sólo roba un ligero matiz a la piedad. Desde que el
desenlace queda decidido por la revelación de los oráculos, Hércules se calma, y la
admiración que nos causa la firmeza de sus últimos instantes, desplaza cualquier otro
sentimiento. Pero en general, al comparar entre sí a Hércules y Filóctetes, sufriendo
ambos por igual, no debe olvidarse que el primero es un semidiós y el otro
simplemente un hombre. El hombre no se avergüenza nunca de sus quejas; pero el
semidiós sufre la vergüenza de que la parte mortal de su ser llegue a dominar su parte
inmortal, hasta el extremo de hacerle llorar y lamentarse como una doncella.[6]
Nosotros, los modernos, no creemos en semidioses; pero el menor héroe en nosotros
debe sentir y obrar como un semidiós.
¿Puede el actor imitar hasta la ilusión los gritos y las contracciones del dolor? Es
ésta una cuestión que no me atrevo a resolver afirmativa ni negativamente. Si me
pareciese que nuestros actores son incapaces de ello, necesitaría saber si un Garrik
también lo ha sido. Y así y todo, podría figurarme todavía que la mímica y la
declamación de los antiguos alcanzaron una perfección de la cual hoy no tenemos ni
siquiera idea.
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V
CIERTAS GENTES, muy eruditas en cosas de la Antigüedad, miran el grupo del
Laocoonte como obra de artistas griegos, es verdad, pero del tiempo de los
emperadores, pues creen que el Laocoonte de Virgilio les ha servido de modelo. Entre
los sabios antiguos que han participado de esta opinión, merece especial mención
Barthélemy Marliani,[1] y entre los modernos, Montfaucon.[2] Sin duda alguna han
hallado una semejanza tan notable entre la obra de arte y la descripción del poeta, que
les ha parecido imposible admitir que los dos hayan concordado, por simple
casualidad, en circunstancias que no pueden ocurrirse por sí mismas al espíritu.
Además, en cuanto al honor de haber dado con la primera idea del asunto, pretenden
que es mucho más verosímil atribuirla al poeta que al artista.
Sólo que dichos sabios parecen haber olvidado que también es posible un tercer
caso. Y es que quizá el poeta no ha imitado al artista ni el artista al poeta, sino, por el
contrario, que los dos han bebido en una misma fuente anterior. Según Macrobio,[3]
esta fuente común podría ser muy bien Pisandro, pues en época en que las obras de
este poeta griego existían todavía, era opinión corriente en las escuelas (pueris
decantatum) que el poeta romano había traducido literalmente, más bien que imitado
de Pisandro, la toma y destrucción de Ilion, es decir, todo su segundo libro. Ahora
bien; si Pisandro ha sido el predecesor de Virgilio en la historia de Laocoonte,
ninguna necesidad tuvieron los artistas griegos de tener que inspirarse en un poeta
latino, de lo cual resulta que no tienen fundamento alguno las suposiciones referentes
a la época en que vivieron.
Sin embargo, si fuese preciso sostener en absoluto la opinión de Marliani y
Montfaucon, les indicaría la siguiente escapatoria: los poemas de Pisandro se han
perdido; nada puede determinarse con certeza respecto al modo de relatar la historia
de Laocoonte; pero es verosímil que ella sucediese en las circunstancias cuyos
detalles hallamos todavía hoy en varios fragmentos de los escritores griegos. Ahora
bien; dichos detalles no concuerdan en nada con el relato de Virgilio, y el poeta latino
ha debido refundir la tradición griega a su entera fantasía. La manera de contar la
desgracia de Laocoonte es toda invención suya; en consecuencia, si los artistas están
de acuerdo con el poeta en la forma de representar aquel episodio, es bien probable
que vivieron en época posterior a Virgilio y le tomaron por modelo.
Verdad es que Quinto de Calabria presta a Laocoonte las mismas sospechas que
Virgilio por lo que respecta al caballo de madera; pero la cólera de Minerva se
manifiesta de modo muy diferente en el poeta griego. La tierra tiembla bajo los pies
del troyano, que advierte el peligro a sus compatriotas; el temor se apodera de él; un
dolor punzante penetra sus ojos; se siente atacado el cerebro; delira y se vuelve ciego.
Y como, aunque privado de la vista, todavía aconseja quemar el caballo de madera,
Minerva le envía dos terribles dragones, que sólo se contentan con atacar a sus hijos.
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En vano éstos tienden las manos hacia el padre; el infortunado ciego no puede
socorrerles, y los hijos son desgarrados hundiéndose las serpientes bajo tierra. Cuanto
a Laocoonte mismo, los monstruos le respetan, circunstancia no sólo particular a
Quinto,[4] sino al parecer generalmente admitida, como prueba un pasaje de
Licofronte, en el cual dichas serpientes[5] son apellidadas devoradoras de niños.
Ahora bien; si esta circunstancia era generalmente admitida entre los griegos,
fuera difícil que los artistas hubiesen prescindido de ella, y más difícil todavía que
hubiesen coincidido en la manera del poeta romano, sin conocer a éste ni tener orden
expresa de copiar su obra. Tal es, según mi modo de ver, el punto sobre el cual
debería insistirse para sostener la opinión de Marliani y Montfaucon. Virgilio es el
primero y el único[6] que hace a las serpientes matar a padre e hijos; los escultores
hacen lo mismo, aunque, como griegos, no debieran hacerlo; así, pues, es probable
que lo hayan hecho a imitación de Virgilio.
Comprendo muy bien cuánto falta a esta suposición para alcanzar el valor de una
certeza histórica. Pero como tampoco pretendo deducir de ella nada histórico, creo
que es lícito al menos admitiría como una hipótesis que pueda guiar al crítico en sus
observaciones. Esté probado o no que los escultores han trabajado copiando a
Virgilio, acepto esta suposición solamente para ver en que forma habrían imitado el
modelo. He dicho ya lo que creía respecto de los gritos de Laocoonte. Quizás una
consideración más extensa me inspire otras observaciones no menos instructivas.
La idea de envolver al padre y sus dos hijos en un solo y mismo abrazo, es una
inspiración que atestigua una imaginación pictórica poco común. ¿Quién la concibió,
el poeta o los artistas? Montfaucon la niega al poeta.[7] Pero yo creo que Montfaucon
no ha leído al poeta con la atención debida:
“Con seguro movimiento se dirigen a Laocoonte, y arrojándose primero sobre sus
dos hijos, desgarran a mordiscos los cuerpos de los jóvenes infortunados. Y después
cogen al padre, que corría con las armas en la mano en socorro de sus hijos. Lo
enlazan y lo envuelven en sus anillos inmensos…”.
El poeta ha representado a las serpientes de una prodigiosa longitud. Han
enlazado a los hijos, y cuando el padre corre en su socorro, también le cogen
(corripiunt). En razón de su magnitud, las serpientes no podían deshacerse de repente
de los hijos; era preciso, pues, que hubiese un momento en que ya habían cogido al
padre con la cabeza y la parte anterior del cuerpo cuando todavía mantenían
enlazados a los hijos en sus repliegues posteriores. Este instante es indispensable en
el desarrollo de la pintura poética; el poeta lo hace sentir en toda su fuerza aunque sin
detenerse en él, pues no era aquél el momento de describirlo en todos sus detalles. Un
pasaje de Donato[8] parece probar que los antiguos comentadores lo han entendido
también así, y con mayor razón, pues, no debió escapar a los artistas, cuyo ojo
penetrante descubre con mirada rápida y clara lodo cuanto puede serles ventajoso.
En los repliegues con que hace enlazar a Laocoonte por las serpientes, evita con
mucho cuidado el poeta el envolver también los brazos, a fin de dejar las manos en
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entera libertad.
“Con sus brazos se esfuerza en romper aquellos nudos espantosos”.
Los artistas debían necesariamente seguirle en esto. Nada da más expresión y vida
que el movimiento de las manos; particularmente en la emoción, el rostro más
expresivo es insignificante sin este detalle. Los brazos atados fuertemente al cuerpo
por los nudos de las serpientes hubieran cubierto el grupo entero de frialdad y de
muerte. Y así les vemos completamente en acción, tanto en la figura principal como
en las dos estatuas accesorias, y precisamente en extremo ocupados allí donde el
dolor es más vivo de momento.
Pero salvo esta libertad dejada a los brazos, los artistas no han creído conveniente
copiar nada del poeta por lo que afecta a la manera como se enlazan las serpientes.
Virgilio las describe envolviendo a Laocoonte dos veces la cintura y dos veces
rodeando su cuello y elevando todavía sus cabezas muy por encima de 61.
“Dos veces le han envuelto por mitad del cuerpo, dos veces le han enroscado por
el cuello sus círculos de escamas, y todavía elevan por encima de su frente sus
cabezas altivas”.
Esta imagen satisface perfectamente nuestra imaginación; las partes más nobles
son apretadas hasta ser trituradas, y el veneno llega precisamente al rostro. Y sin
embargo, esta imagen no podía convenir a unos artistas que querían mostrar los
efectos del veneno y del dolor en el cuerpo, pues para que pudiesen observarse estos
efectos era menester que las partes principales quedasen tan libres como fuese
necesario, y que no se ejerciese en ellas ninguna presión extraña que pudiese
modificar o aminorar el juego de los nervios crispados y de los músculos en acción.
Los pliegues dobles de las serpientes hubieran cubierto el cuerpo todo entero, y
aquella dolorosa contracción del bajo vientre, tan expresiva, hubiera permanecido
oculta, y toda la parte del cuerpo que hubiera quedado al descubierto por encima y
por debajo de los repliegues, o entre ellos, se habría manifestado en depresiones e
hinchazones producidas, no por el dolor interno, sino por la presión exterior. El doble
anillo que rodea el cuello hubiera destruido por completo la disposición tan agradable
del grupo en forma de pirámide, y las cabezas puntiagudas de las serpientes,
elevándose al aire por encima de este rodete, hubieran alterado tan bruscamente la
armónica disposición del grupo, que la forma del conjunto habría sido atroz. Sin
embargo, ha habido dibujantes tan poco inteligentes, que han copiado la idea del
poeta. Un grabado de Franz Cleyn,[9] entre otros, permite reconocer con horror lo que
resulta de ello. Los escultores antiguos vieron que su arte exigía un cambio total. Del
cuerpo y del cuello transportaron todos los repliegues a los muslos y a los pies, de
modo que podían cubrir y asir todo cuanto fuere preciso sin estorbar la expresión, al
mismo tiempo que hacían nacer la idea de la imposibilidad de huir y de una especie
de inmovilidad muy favorable a la duración que el arte impone a una sola y misma
situación.
No sé a qué atribuir el que los críticos hayan pasado por alto esta diversidad tan
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manifiesta entre la obra del artista y la descripción del poeta por lo que afecta a los
repliegues de las serpientes. Esta diversidad prueba la sabiduría de los artistas, como
también esta otra, que todos los críticos ven, pero que, lejos de atreverse a alabar, más
bien tratan de excusar; me refiero a la diferencia en el vestido. El Laocoonte de
Virgilio va revestido de sus adornos sacerdotales; en el grupo, por el contrario, está
completamente desnudo, lo mismo que sus dos hijos. Hay gentes, dícese, que hallan
muy absurdo que un hijo de rey, un sacerdote, esté representado desnudo en el
momento de ofrecer un sacrificio, y a estas gentes contestan muy seriamente los
entendidos en materia de arte que ello es, ciertamente, una impropiedad, pero que los
artistas se han visto obligados a cometerla en la imposibilidad de dar a sus estatuas
vestidos convenientes. La escultura, dicen, no puede imitar las telas; los pliegues
gruesos producen, en la estatuaria, un efecto desastroso; y así, eligiendo el menor de
los dos inconvenientes, se ha preferido pecar contra la verdad para no incurrir en una
imitación defectuosa.[10] Naturalmente, los artistas se hubieran reído de semejante
objeción, pero no sé qué hubieran pensado de esa respuesta, pues no cabe mayor
desprecio por el arte. Admitamos, en efecto, que la escultura, al igual que la pintura,
pueda imitar las diversas telas; ¿deduciríamos de ello que Laocoonte debiera estar
vestido? ¿No se perdería nada con cubrirlo de ropajes? Una tela, obra de la mano de
un esclavo, ¿tiene, pues, la misma belleza que un cuerpo organizado, obra de una
eterna sabiduría? La imitación de uno u otro objeto, ¿exige el mismo talento, prueba
el mismo mérito, aporta el mismo honor? ¿No exigen nuestros ojos sino ser
ilusionados, y les es indiferente serlo por una cosa que por otra?
En el poeta un vestido no es tal cosa porque no oculta nada: nuestra imaginación
ve a través de él. Para ella el sufrimiento del Laocoonte de Virgilio es igualmente
visible en cada parte de su cuerpo, tanto si lo cubren como si no lo cubren los
vestidos. Para ella la frente del sacerdote está adornada, pero no cubierta, de la banda
sacerdotal, No solamente esta banda no pone obstáculo a la idea que nos formamos
de los sufrimientos del desgraciado, sino que la refuerza:
“Inundado de su baba inmunda y goteando el negro veneno que mancha sus
bandeletas sagradas”.
Su dignidad sacerdotal no le sirve de nada; las mismas insignias que le granjean
las miradas y el respeto son manchadas y profanadas por la baba venenosa.
Pero el artista debía sacrificar esta idea accesoria; de lo contrario hubiera
sacrificado parte del objeto principal, pues aunque sólo hubiese ornado a Laocoonte
de la simple banda, la expresión de su obra hubiera quedado considerablemente
empobrecida. La frente hubiera sido cubierta en parte, y la frente es el centro de la
expresión. Del mismo modo que para los gritos, en el primer caso, se ha sacrificado
la expresión a la belleza, en este segundo se ha sacrificado la propiedad a la
expresión. Por otra parte, la propiedad tenía para los antiguos un valor muy relativo.
Los antiguos sentían que el fin supremo de su arte les conducía a renunciar
enteramente a los vestidos. Este fin supremo es la belleza; los vestidos han sido
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inventados por la necesidad; ¿pero es que el arte tiene algo que ver con la necesidad?
Admito que también haya una belleza en el vestido; pero ¿qué es esta belleza
comparada con la del cuerpo humano? ¿Y debe contentarse con el objeto menos
noble el que sabe alcanzar el más elevado? Mucho me temería que el artista más
acabado en cuestión de vestidos mostrase, en su misma habilidad, su lado débil.
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VI
MI SUPOSICIÓN de que los artistas han copiado al poeta, no tiende en modo alguno a
rebajarles. Al contrario, la imitación no haría sino probar mejor su talento, pues
habrían seguido al poeta sin dejarse extraviar por él en el menor detalle. Han tenido
un modelo, pero como tenían que transportar de un arte a otro este modelo, han
sabido reflexionar por cuenta propia. Y estas reflexiones personales, que se
manifiestan por la divergencia entre la copia y el modelo, demuestran que han sido
tan eminentes en su arte como el poeta en el suyo.
Hagamos ahora la suposición inversa y digamos que el poeta ha copiado a los
artistas. Ciertos sabios sostienen esta idea como la única verdadera.[1] Yo no sé que
tal afirmación la apoyen en razón histórica alguna. Pero como hallaban la obra de arte
de una belleza extraordinaria, no podían persuadirse de que fuese hecha en época tan
reciente; según ellos, debía pertenecer a la época en que el arte estaba en su
perfección más floreciente, y esto, sin más razón que porque así lo merecía.
Se ha demostrado que la descripción de Virgilio, a pesar de su perfección,
contiene diferentes rasgos que los artistas no han podido utilizar. Es, pues, una
¡máxima, sujeta a restricciones, que una buena descripción poética debe producir una
buena pintura, y que sólo será una buena descripción aquella que el artista puede
copiar en todos sus rasgos. Esta restricción la creo admisible por todo el mundo ya
antes de verla confirmada por ejemplos, pues para eso basta considerar que la esfera
de la poesía es más extensa, que el campo abierto a nuestra imaginación es infinito,
que sus imágenes son inmateriales y pueden subsistir unas al lado de otras en mayor
número y variedad, sin que la una oculte la otra o la degrade, como sucedería con los
objetos mismos o sus signos naturales en los estrechos límites del espacio o del
tiempo.
Pero si lo pequeño no puede contener lo grande, en cambio puede estar contenido
en él. Quiero decir que si cada rasgo empleado por el poeta en su descripción no
puede producir el mismo efecto en la superficie de un cuadro o en el mármol, ¿no
podría suceder, sin embargo, que todos los rasgos de que se vale el artista produjesen
el mismo efecto en la obra del poeta? Sin duda alguna, pues lo que hallamos bello en
una obra de arte no es lo que place a nuestros ojos, sino lo que a través de ellos place
a nuestra imaginación. La misma imagen pueden, pues, despertarla en nuestra
imaginación tanto los signos artificiales como los naturales; por consiguiente, igual
agrado puede nacer en uno y otro caso, aunque quizás no con la misma intensidad.
Esto admitido, debo reconocer que la hipótesis de que Virgilio haya copiado a los
artistas me parece mucho menos admisible que la contraria. Si los artistas han
seguido al poeta, puedo darme cuenta y razón de todas sus divergencias. Han debido
separarse de él porque la imitación de todos los rasgos del poeta hubiera creado en su
obra inconvenientes que no se manifiestan en la suya. Pero ¿qué razón hubiera
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inducido al poeta a separarse de ellos? Si hubiese imitado el grupo con toda fidelidad
y en todos sus menores detalles, ¿no hubiera también producido una descripción
excelente?[2] Comprendo muy bien cómo su imaginación, trabajando sola y sin
modelo, ha podido descubrir tal o cual rasgo; pero me es imposible descubrir los
motivos de por qué su juicio le ha decidido a cambiar los bellos rasgos que tenía a la
vista por los que ha adoptado.
Me parece, pues, que si Virgilio hubiese tenido el grupo por modelo, difícilmente
hubiera podido limitarse, por decirlo así, a indicar el enlace de los tres cuerpos en un
solo nudo. Sus ojos hubieran sido afectados de modo demasiado vivo, hubiera
experimentado un efecto demasiado excelente para no hacerlo sobresalir todavía más
en su descripción. He dicho más arriba que no era ese momento de describirlo.
Evidentemente, no; pero una sola palabra hubiera añadido quizás un resplandor más
vivo a la sombra en que el poeta debía dejarlo. Lo que el artista podía descubrir sin
esa palabra, el poeta, si hubiese tenido el ejemplo de ello en el artista, no lo hubiera
pasado en silencio sin expresarlo por medio de ella.
El artista tenía los más poderosos motivos para no dejar estallar en el menor grito
el dolor de Laocoonte. Pero si el poeta hubiese tenido a la vista la obra maestra en
que el dolor y la belleza se alían de modo tan conmovedor, ¿qué motivo tan poderoso
podía, pues, obligarle a omitir por completo la idea de dignidad viril y de magnánima
paciencia que resulta de la alianza del dolor y la belleza, y espantarnos de repente con
los horribles gritos de su Laocoonte? Richardson dice: “El Laocoonte de Virgilio
debe gritar, porque al poeta no le interesa tanto excitar la piedad por su personaje
como sembrar el espanto y el horror entre los troyanos”. Conforme en admitir esta
opinión, aunque Richardson no me parece haber considerado que el poeta no hace la
descripción en nombre propio, sino por boca de Eneas, y delante de Dido, cuya
piedad Eneas se esforzaba por despertar. Pero lo que me extraña no son los gritos de
Laocoonte, sino la falta absoluta de gradación en llegar a ellos, gradación que, con
toda naturalidad, el poeta hubiera tomado de la obra de arte si, como lo habíamos
supuesto, la hubiese tenido por modelo. Richardson añade:[3] La historia de
Laocoonte no tiene otro fin que facilitar la pintura patética de Ja destrucción final de
Troya; el poeta no se ha atrevido, pues, a hacerla más interesante por temor de que la
desgracia de un simple ciudadano desviara nuestra atención del espectáculo de
aquella noche terrible que la exige por entero. Pero esto es examinar la cosa desde un
punto de vista plástico evidentemente impropio. La desgracia de Laocoonte y la
destrucción de la ciudad no son, en el poeta, dos pinturas yuxtapuestas; no
constituyen un todo que nuestra vista pueda o deba abarcar en su conjunto, y
solamente en este caso fuera preciso temer que nuestra atención se fijase en
Laocoonte más bien que en la ciudad en llamas. Las descripciones de estos dos
episodios se siguen una tras otra, y no sé ver qué desventaja resultaría para la segunda
si la primera nos conmoviese demasiado; por el contrario, ello querría significar que
la segunda no es bastante conmovedora por sí sola.
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Todavía menos motivos hubiera tenido el poeta para modificar los repliegues de
las serpientes. En la obra de arte estos repliegues ocupan las manos y encadenan los
pies, y tanto agrada a la vista esta disposición como viva es la imagen que deja en
nuestra fantasía. Esta imagen es tan clara y tan distinta, que es producida por la
palabra casi con tanta fuerza como por los signos materiales:
“…La una se lanza sobre Laocoonte y le enlaza de pies a cabeza, y después
muerde con rabia su costado… Pero la serpiente se desliza y comienza a envolverlo
multiplicando sus repliegues y encadenando en sus anillos las piernas de su víctima”.
Tales son los versos de Sadolet, que sin duda hubieran cobrado en Virgilio mayor
vivacidad si un modelo visible hubiese herido su imaginación, resultando mejores, a
no dudarlo, que los que nos da en su lugar:
“Dos veces le han envuelto por mitad del cuerpo, dos veces le han enroscado por
el cuello sus círculos de escamas y todavía elevan por encima de su frente sus
cabezas altivas”.
Estos rasgos llenan, sin duda, nuestra imaginación; pero la imaginación no debe
detenerse en ellos, no debe procurar distinguirlos, sino contentarse con ver, ora las
serpientes, ora a Laocoonte, sin representarse el aspecto del conjunto. Tan pronto
como se fija en él, la imagen de Virgilio principia a disgustarle pues la encuentra
poco armoniosa.
Los cambios que Virgilio hubiera hecho en el modelo que le ofrecemos, aunque
no fueran desacertados, serían siempre arbitrarios. Un modelo se imita con el fin de
reflejar el parecido; pero ¿puede lograrse ello modificándolo sin necesidad?— No;
haciéndolo así, se manifiesta más bien el deseo de no reflejar dicho parecido; en una
palabra, se prueba que no se le ha imitado.
Si no ha copiado el conjunto —se me podría objetar—, ha imitado al menos tal o
cual parte. Muy bien; pero ¿cuáles son, pues, estas partes aisladas tan idénticas en la
descripción y en la obra de arte, para que pueda parecer que el poeta las ha tomado
del escultor? El padre, los hijos, las serpientes, todo esto lo ofrecía la historia tanto al
artista como al poeta. Y salvo este dato histórico, no se han hallado de acuerdo sino
en el único punto de reunir al padre y los hijos en un solo y mismo grupo envuelto en
las serpientes. Pero esta idea toma origen en la modificación de las circunstancias,
que hace sufrir al padre la misma suerte que a los hijos. Ahora bien; como hemos
indicado más arriba, parece ser Virgilio el que ha hecho esta modificación, pues la
tradición griega habla de modo muy diferente. En consecuencia, si por lo que
respecta a este enlace común debe haber imitación por una parte o por otra, es más
verosímil suponerla por parte del artista que del poeta. En todo lo demás se separan
uno de otro, con Ja diferencia, sin embargo, de que si las divergencias provienen del
artista, todavía puede admitirse la hipótesis de que éste ha imitado al poeta, puesto
que el fin y los limites de su arte le obligaron a tales cambios, mientras que, por el
contrario, si el poeta hubiese imitado al artista, todas las diferencias indicadas serían
pruebas en contra de la imitación presumida, y cuantos pretenden que esta imitación
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existe, no pueden probar otra cosa sino que la obra de arte es más antigua que la
descripción poética.
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VII
DECIR que el poeta imita al artista, o que el artista imita al poeta, puede significar dos
cosas: que el uno hace de la obra del otro el objeto real de su imitación, o que los dos
tienen el mismo tema, y el uno copia del otro la manera y el procedimiento.
Cuando Virgilio describe el escudo de Eneas, imita, en la primera acepción de la
palabra, al artista que ha hecho este escudo. La obra de arte, y no ¡o que representa,
es el objeto de su imitación, y aunque describa al mismo tiempo lo que se ve
representado en el escudo, nos lo describe como formando parte de él y no como
objeto en sí mismo. Si, por el contrario, Virgilio hubiese imitado el grupo de
Laocoonte, hubiera sido ello una imitación de la segunda especie, pues no hubiera
imitado dicho grupo, sino lo que él mismo representa, y no hubiera copiado de él más
que la manera y el procedimiento de su imitación.
En el primer género de imitación, el poeta es original, en el segundo es copista. El
primero es un caso especial de la imitación general, que constituye la esencia de su
arte, y el poeta obra como creador, tanto si el asunto es producto de otro arte como de
la misma Naturaleza. El segundo, por el contrario, le rebaja en su dignidad; en vez de
darnos los rasgos espontáneos de su propio genio, nos da las frías reminiscencias del
genio ajeno.
Sin embargo, como sucede alguna vez que el poeta y el artista consideran desde
un mismo punto de vista los asuntos que les son comunes, sucede forzosamente que
sus obras concuerdan en muchos puntos, sin que haya habido entre ellas la menor
imitación ni la menor rivalidad. Estas concordancias entre artistas y poetas
contemporáneos, que han escogido por asunto cosas que ya no existen, pueden
conducir a la aclaración recíproca de sus respectivas obras; pero pretender fundar esa
aclaración, transformando en intención premeditada, lo que es casualidad, y sobre
todo, con referencia a cada detalle, pretender que el poeta ha tenido a la vista tal o
cual estatua o tal o cual cuadro, es hacerle muy poco favor. Y no solamente al poeta,
sino también al lector, al cual se sirven los más bellos párrafos, muy claros, es
verdad, pero al mismo tiempo sumamente áridos.
Tal es el fin y el defecto de una célebre obra inglesa. Spence ha demostrado en su
Polymetis[1] una grande erudición clásica y un conocimiento muy sólido de las obras
de arte antiguo que han llegado hasta nosotros. Su fin era explicar por medio de estas
obras de arte los poemas latinos, y viceversa, descifrar por medio de estos poetas lo
que aún no había sido explicado en aquellas obras anti guas. No negaré que ha
logrado éxitos sorprendentes, pero a pesar de esto pretendo que su libro se hace
insoportable a todo lector de gusto.
Al describir Valerio Flaco el rayo alado que adorna los escudos romanos, “Tú no
eres el primero, ¡oh soldado romano! que llevó grabado en el escudo las alas
brillantes del dios del rayo”, es muy natural que esta descripción me resulte más
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inteligible a la vista de semejante escudo representado en un viejo monumento
funerario.[2] Puede muy bien ser que los fabricantes de armaduras represen tasen
ordinariamente, tanto en los cascos como en los escudos, al dios Marte tal como
Addison ha creído verle[3] en una medalla, esto es, manteniéndose en el aire por
encima de Rea, y que Juvenal tuviera a la vista tal casco o tal escudo al hacer alusión
a la postura de Marte por medio de esa palabra que, hasta Addison, había sido un
enigma para todos los comentadores. Hasta me parece que el párrafo de Ovidio en
que Céfalo, agotado de fatiga, invoca el soplo refrescante y exclama: “Ven, Aura, ven
en mi ayuda y penetra dulcemente en mi seno”, y su Procris toma el nombre de Aura
por el de una rival; me parece, repito, que este párrafo lo hallaré más verosímil si por
medio de las obras de arte sé después que efectivamente los antiguos han
personificado las brisas ligeras y venerado bajo el nombre de Aura a una especie de
sílfides.[4] Cuando Juvenal compara un holgazán a una estatua de Hermes, admitimos
que sería difícil hallar la justeza de esta comparación sin haber visto una de esas
estatuas, que no son más que un mal pilar sosteniendo la cabeza y, todo lo más, el
tronco del dios, y que despiertan en nosotros la idea de la inacción, porque están
desprovistas de manos y pies.[5] Semejantes comentarios no son de despreciar, aun
cuando no siempre sean necesarios y a veces resulten insuficientes. El poeta tenía a la
vista la obra de arte, como objeto que existe por sí mismo, y no como objeto imitado,
o bien el artista y el poeta habían adoptado un mismo modelo, de donde resultaba que
también debían estar acordes en la manera de representarlo.
Pero cuando Tibulo nos pinta a Apolo tal como le ha aparecido en sueños: “El
más bello adolescente, ceñida la frente del casto laurel, exhalando perfumes de Siria
la cabellera de oro que flota alrededor del cuello esbelto; la blancura resplandeciente
y el rojo purpúreo se mezclan en todo su cuerpo, como en la delicada mejilla de la
des posada al ser conducida a su amado”, ¿por qué estos rasgos tendrían necesidad de
ser copiados de los célebres cuadros de los pintores antiguos? Admitamos que el
cuadro de Equión, representando a “la desposada bella de pudor” haya existido en
Roma y sido copiado miles de veces: ¿es ello razón suficiente para creer que el pudor
de las des posadas haya desaparecido del mundo? ¿Ningún poeta, después de haberla
visto el pintor, podía ya verla sino en la obra de arte de este último? Más aún; cuando
otro poeta[6] representa a Vulcano fatigado y califica de rojo y encendido su rostro
tostado por la hornaza, ¿ha tenido necesidad de la obra de un pintor para saber que el
trabajo fatiga y el calor enrojece?[7] O bien cuando Lucrecio describe el cambio de
las estaciones y las hace desfilar a nuestra vista, una tras otra, en su orden natural, con
todo el cortejo de efectos que producen en el aire y en la tierra, ¿era el poeta tan
efímero y no había vivido un año entero siquiera para poder ver por sí mismo todos
estos cambios? ¿O es que ha debido descubrirlos teniendo por modelo una de
aquellas procesiones en que se paseaba solemnemente a las estatuas de las
estaciones?[8] ¿Es solamente por estas estatuas por lo que ha podido llegar a la
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concepción de aquel artificio poético tan antiguo que consiste en personificar
semejantes abstracciones? ¡Y el pontem indignatus Araxes de Virgilio! ¿No pierde
toda su belleza esta excelente imagen poética de un río que se desborda y rompe el
puente que lo atraviesa, si el poeta no la emplea más que para hacer alusión a una
obra de arte en la cual el dios de aquel río estuviese representado como rompiendo
realmente un puente?[9] ¿Qué necesidad tenemos de semejantes explicaciones, que
hacen desaparecer al poeta de los pasajes más bellos para hacer brillar en su lugar a
un artista a expensas suyas?
Yo siento mucho que una obra como el Polymetis, que tan útil hubiera podido ser,
se haga insoportable por esta insípida manía de no querer atribuir las obras de los
antiguos poetas al esfuerzo de su propia imaginación, sino al conocimiento de la
ajena; con ello se hace mayor injusticia a los autores clásicos que la que pudieran
hacerles los más vulgares comentadores. Y con pena más grande todavía veo que un
hombre del talento de Addison haya precedido a Spence en tal camino, con el loable
deseo sin duda de elevar las obras de arte antiguo a la altura de medio de
interpretación, pero sin saber distinguir los casos en que la imitación del artista por
parte del poeta pudiera serle conveniente de aquellos otros en que resultaba in digno.
[10]
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VIII
SPENCE tiene formada una idea muy singular del parecido que muestran entre sí la
poesía y la pintura. Según él, estas dos artes han estado tan estrechamente unidas en
la antigüedad, que han marchado siempre de la mano y que jamás el poeta ha perdido
de vista al pintor, ni el pintor al poeta. El hecho de que la poesía sea la más amplia de
las dos, que se valga de medios que la pintura no podría alcanzar, que pueda tener a
menudo razones para preferir a la belleza plástica otras que no lo son, parece no
haberle preocupado. Y en cambio a la menor diferencia que nota entre los poetas y
los artistas de la Antigüedad, le vemos sumido ya en un atolladero que le conduce a
los expedientes más extraños.
La mayor parte de los poetas antiguos atribuyen cuernos a Baco. “Es muy
sorprendente, pues —dice Spence—, que casi nunca los veamos en las estatuas de
este dios”.[1] Y primero halla un motivo y después otro: la ignorancia de los
anticuarios, de una parte, y de otra la pequeñez misma de los cuernos, que podrían
muy bien ocultarse bajo los racimos y las hojas de que está siempre adornada la
cabeza del dios. Y así discurre alrededor de la verdadera razón, sin sospecharla
siquiera. Los cuernos de Baco, al contrario de los de los faunos y los sátiros, no eran
cuernos naturales sino un adorno de su frente, que podía tomar o dejar a voluntad.
“Cuando te presentas sin cuernos tienes el rostro de una joven hermosa”, dice
Ovidio[2] en la invocación solemne que hace a Baco. Podía, pues, mostrarse sin
cuernos, y lo hacía siempre que quería aparecer en toda su belleza virginal. Y sólo
bajo esta última forma los artistas querían representarle y debían evitar darle, por
consiguiente, todos los atributos que podían producir un mal efecto. De esta
naturaleza hubieran sido los cuernos sujetos a la diadema, como puede verse en una
cabeza del gabinete real de Berlín.[3] De esta naturaleza era también la diadema que
ocultaba la belleza de su frente; y por eso ocurre con ella lo que ocurre con los
cuernos, que raras veces vemos representados en las estatuas del dios, aunque los
poetas lo describan a menudo con ella por ser él quien la inventó. Dichos cuernos y
dicha diadema proporcionaban a los poetas ingeniosas alusiones a las hazañas y al
carácter del dios; pero el artista, por el contrario, hallaba en ellos obstáculos que le
impedían descubrir mayores bellezas, y si Baco tenía el sobrenombre de biformis (de
dos formas), porque podía mostrarse bello y terrible a la vez, era muy natural, según
mi modo de ver, que los artistas escogiesen con preferencia aquella de sus dos formas
que mejor respondía al fin de su arte.
Minerva y Juno, en los poetas latinos, lanzan a menudo el rayo. “¿Por qué, pues,
no se las representa igual en sus estatuas?”, pregunta Spence.[4] Y contesta: “Porque
era para aquellas dos diosas un privilegio, cuyo origen sólo conocían quizás los
iniciados en los misterios de Samotracia, y como entre los antiguos romanos, los
artistas eran tenidos por gente de inferior condición, y por consiguiente, admitidos
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raras veces en aquellos misterios, ellos nada sabían quizás de dicha circunstancia y en
modo alguno podían representar lo que ignoraban”. Yo podría preguntar a Spence, en
primer lugar, si aquellas gentes de baja condición trabajaban según su propia
inspiración, o conforme a las instrucciones de la gentes notables, a las cuales era dado
conocer perfectamente aquellos misterios; en segundo lugar, si también entre los
griegos los artistas eran tenidos por gente de inferior condición; en tercer lugar, si los
artistas romanos no eran, en su gran parte, de nacionalidad griega, y así
sucesivamente.
Estacio y Valerio Flaco nos describen una Venus irritada y nos hacen de ella un
retrato tan espantoso, que antes la tomaríamos por una furia que por la diosa del
amor. En vano Spence se empeña en buscar en las obras de arte antiguo una Venus
parecida. ¿Y qué conclusión saca de ello?: ¿Que el poeta es más libre que el escultor
y el pintor? Así parece debiera ser, pero como según ya hemos dicho, ha admitido de
buenas a primeras que nada es bueno en una descripción poética si no puede
trasladarse de modo conveniente a un cuadro o a una estatua, de ahí concluye que los
poetas han incurrido en un error.[5] Estacio y Valerio Flaco son de una época en que la
poesía latina estaba ya en decadencia. Así, deben mostrar en esta circunstancia su mal
gusto y su talento corrompido. En los poetas de época más floreciente no se hallarán
semejantes faltas contra la expresión pictórica.[6]
Precisa discernir muy poco para hacer semejantes afirmaciones. No pretendo aquí
tomar la defensa de Estacio ni de Valerio Flaco, sino solamente hacer una
observación general. Los dioses y los seres inmateriales que representa el artista no
son absolutamente los mismos que describe el poeta. En el artista son abstracciones
personificadas, que deben conservar siempre los mismos rasgos característicos, si se
quiere que sean fáciles de reconocer. En el poeta, por el contrario, son seres reales y
activos que, además de su carácter general, tienen otras cualidades y otros
sentimientos, que el concurso de las circunstancias puede hacer predominar. Para el
escultor, Venus no es más que el amor; debe, pues, darle toda la modesta y púdica
belleza, todos los graciosos atractivos que nos encantan en los objetos amados, y que
por esta razón con funde todo el mundo en la idea abstracta del amor. Por poco que se
separe de este ideal, desconocemos ya su imagen. La belleza a la cual se aliase más
majestad que pudor, no representaría ya una Venus, sino una Juno. Los encantos que
fuesen más bien imperiosos y viriles que graciosos, producirían una Minerva en lugar
de una Venus. En fin, una Venus irritada, una Venus animada por la venganza y furor,
es para el escultor un verdadero contrasentido, pues el amor, en tanto que es amor, no
se irrita ni se venga nunca. Por el contrario, en el poeta, si bien Venus es también el
amor, es además la diosa del amor que, independiente mente de este carácter, tiene su
individualidad propia debiendo ser, por consiguiente, tan capaz de amar como de
odiar. ¿Qué tiene, pues, de extraño verla en él inflamada de cólera y de rabia, sobre
todo si es el amor ofendido lo que excita en ella tales pasiones?
Sin embargo, es verdad que en las obras de conjunto también el artista puede,
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como el poeta, representar a Venus o cualquier otra divinidad, no solamente en su
carácter general, sino también como un ser real y activo. Pero entonces precisa al
menos que sus actos no estén en contradicción con su carácter, ya que no fluyen
inmediatamente de él. Venus entrega a su hijo las armas divinas: he aquí una acción
que puede representar el artista al igual que el poeta. Nada le impide aquí dar a Venus
toda la gracia y toda la belleza propias de la diosa; antes bien, estos rasgos la harán
tanto más fácil de reconocer en su obra. Pero cuando Venus quiere vengarse de los
habitan tes de Lemnos, que la han despreciado; cuando bajo forma gigantesca y feroz,
con las mejillas lívidas y los cabellos en desorden, coge una antorcha, cubre su
espalda de un manto negro y desciende como la tempestad en una nube sombría, no
es ésta una situación que pueda convenir al artista, porque en ella no hay nada que le
permita dar a conocer a Venus. Esta situación sólo sirve al poeta, porque éste tiene el
privilegio de ligarla a otro momento en que la diosa es ella misma, y de ligarla de
modo tan íntimo y con tanta exactitud que, aun viendo la furia, nadie pierde de vista
la Venus. Esto es precisamente lo que hace Valerio Flaco: “La diosa no se glorifica ya
de parecer bienhechora; ya no tiene la cabellera anudada con el oro pulido; ya no deja
flotar alrededor de su talle los pliegues de su man to de azur. Feroz y colosal, con las
mejillas cubiertas de manchas lívidas, parece una diosa de la Estigia, con su antorcha
ardiente y su manto negro”.[7] Estacio hace exactamente lo mismo: “La diosa —dice
—, abandonando la antigua Pafos y sus cien altares, no tenía ya el rostro ni la
cabellera de antes; se había despojado la cintura conyugal y arrojado lejos las aves de
Idalia. Se decía que en medio de las sombras de la noche, se había visto a la diosa,
con aquel fuego no acostumbrado y aquellos rasgos tan terribles, recorrer en su vuelo
las cámaras nupciales, acompañada de las furias, y que lo había infestado todo de
serpientes horribles y sembrado todo de espanto y terror”.[8]
Puede decirse también que sólo el poeta posee el arte de pintar con rasgos
negativos y que es el único capaz de fundir en una sola, dos imágenes distintas,
gracias a la mezcla de rasgos positivos y negativos. Ya no es la dulce Venus; sus
cabellos no están sujetos con el anillo de oro; su vestido de azur no flota alrededor de
su talle; ahora se presenta armada de otras llamas más terribles y de otras flechas más
acudas, y va acompañada de las furias, a las cuales se parece. Pues porque el artista
esté privado de este procedimiento, ¿debe también abstenerse de él el poeta? Si la
pintura quiere ser hermana de la poesía, que no sea al menos una hermana celosa, y
que la más joven no prive a la mayor de los adornos que ella no podría llevar.
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IX
SI SE QUIERE comparar entre sí al pintor y al poeta, en casos particulares, precisa
examinar bien ante todo si los dos han obrado con entera libertad; si libres de todo
obstáculo exterior han podido proponerse como único fin el supremo efecto de su
arte.
Uno de estos obstáculos de que hablo, ha sido impuesto a menudo al artista por la
religión. Su obra, destinada al culto y a la adoración, no podía siempre ser tan
perfecta como si al ejecutarla hubiera atendido sólo al placer del espectador. La
superstición sobrecargaba a los dioses de emblemas y no ocurría siempre, ni en todas
partes, que los más bellos dioses fueran adorados como tales.
Baco estaba representado con cuernos en su templo de Lemnos, en el cual la
piadosa Hipsipila salvó a su padre bajo la apariencia de aquel dios,[1] y así es como
estaba representado sin duda alguna en todos sus templos, pues los cuernos eran uno
de sus símbolos característicos. Sólo el artista libre, que no hacía su Baco para un
templo, de jaba de lado aquel símbolo, y si entre las estatuas que de él todavía nos
quedan, no encontramos ninguna que tenga cuernos,[2] ello prueba quizá que no
poseemos ninguna de las que habían sido consagradas y bajo cuya imagen era
realmente adorado el dios. Por otra parte, es muy probable que, en los primeros siglos
del cristianismo, el odio de los piadosos destructores se haya ensañado
principalmente contra aquellas últimas y no haya perdonado obra maestra alguna que
fuese mancillada por alguna adoración.
Pero como entre las ruinas antiguas se han encontrado fragmentos de una y otra
clase, según mi modo de ver no debería darse el nombre de obras de arte sino a
aquellas en que el artista ha podido libremente mostrarse como tal, esto es, a aquellas
en que la belleza ha sido su primero y último fin. Toda otra obra, en la cual se
descubran rasgos demasiado visibles de supersticiones religiosas, no merece el
nombre de obra artística, porque en ella el arte no ha trabajado con entera libertad,
sino como un mero auxiliar de la religión, y ésta, al imponerle representaciones
sensibles, más bien soñaba en la significación de los símbolos que en la belleza de la
obra. Y no se entienda con esto que pretenda yo negar que la religión haya hecho
consistir a menudo el significado de estos símbolos en la belleza y que, por
condescendencia por el arte y por el gusto más delicado del siglo, no haya renunciado
a los símbolos en tanto que esto ha sido preciso para que la belleza pareciese
dominar.
Si no se establece esta diferencia, el erudito y el anticuario estarán siempre en
desacuerdo, porque nunca llegarán a entenderse. Si el erudito, conforme a sus ideas
sobre el fin del arte, sostiene que el artista antiguo no ha hecho tal o cual obra
libremente, es decir, como artista, el segundo tomará en sentido más amplio esta
aserción, entendiendo que lo que se ha querido decir con ello es que ni la religión ni
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otro motivo alguno, tomado fuera del dominio del arte, ha podido inducir al artista,
como simple obrero, a ejecutar su obra. Y así, pues, creerá poder refutar al erudito
por medio de la primera estatua que le venga a mano, y que el erudito, sin el menor
escrúpulo, pero con grande asombro de las gentes sabias, condenará a volver a las
ruinas en que haya sido hallada.[3]
Pero, por otra parte, puede igualmente exagerarse ¡a influencia de la religión en el
arte. Spence nos da de ello un ejemplo muy elocuente. Ha hallado en Ovidio que Ves-
ta, en su templo, no era adorada bajo una imagen personal, y esto le ha bastado para
sacar la conclusión general de que todo cuanto ha sido considerado hasta el presente
como tal, no representa la diosa Vesta, sino una simple vestal.[4] ¡Conclusión
singular! ¿Bastaba esa razón para que el artista perdiese el derecho de representar un
ser al cual los poetas dan una personalidad tan definida, y del cual cuentan tantas
cosas, entre otras, que era hija de Saturno y Cibeles y que estuvo en peligro de ser
maltratada por Príapo? ¿Bastaba —pregunto yo— con que esa diosa fuera adorada en
un solo templo bajo el emblema del fuego para que, sin más motivo, perdiese el
artista el legítimo derecho de representarla a su antojo? Y Spence comete además la
falta de hacer extensivo a todos los templos de Vesta y a su culto en general lo que
Ovidio sólo dice de uno de ellos, esto es, del templo que ella tenía en Roma.[5] El
culto que allí se le rendía no era en modo alguno el mismo en todas partes, ni siquiera
lo era en la misma Italia, antes de que Numa hubiese ordenado su construcción.
Numa prohibió representar las divinidades bajo forma humana o animal y sin duda
alguna la mejora que introdujo en el culto de Vesta fue precisamente la proscripción
de toda representación personal. El mismo Ovidio nos enseña que, antes de Numa,
han existido en el templo de Vesta estatuas de la diosa que se cubrieron avergonzadas
el rostro con sus manos virginales cuando la sacerdotisa Silvia fue madre.[6] Pe ro en
los templos que tenía la diosa fuera de la ciudad, en las provincias romanas, su culto
no fue conforme en todo con las prescripciones de Numa, lo cual parece probado por
diversas inscripciones antiguas en que se hace mención de un pontífice de Vesta.[7] En
Corinto también existía un templo de Vesta sin especie alguna de estatua, con un
simple altar en el cual se ofrecían sacrificios a la diosa.[8] Pero ¿debemos deducir de
ello que los griegos no tuvieron estatuas de Vesta? Había una en Atenas, en el
Pritaneo, al lado de la estatua de la Paz.[9] Los habitantes de Jasea se jactaban de
poseer una, expuesta al aire libre, a la cual jamás tocaban la lluvia ni la nieve.[10]
Plinio cita una sentada, debida a la mano de Escopas, que se adoraba por aquella
época en Roma, en los jardines de Servilio.[11] Pero admitamos que nos sea difícil
hoy distinguir una simple vestal de Vesta misma: ¿probará esto que los antiguos
tampoco podían distinguirla, o más aún, que no querían distinguir la? Ciertos
emblemas distinguen de modo inequívoco una de otra. El cetro, la antorcha, el
paladio, no son propios sino de la mano de la diosa. El tambor (tympanon) que le
atribuye Codinus,[12] quizás sólo le convenga en calidad de diosa de la tierra, o quizás
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también Codinus no sabía a punto fijo lo que decía haber visto.
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X
A SPENCE le sorprende aún algo más, y ello, como veremos, demuestra claramente
cuán poco ha reflexionado sobre los límites de la poesía y la pintura.
“Sobre todo por lo que se refiere a las musas —dice—, es muy extraño que los
poetas se muestren tan avaros de descripciones, mucho más de lo que fuera de esperar
tratándose de diosas a las cuales tanto deben”.[1]
¿No es esto extrañarse de que el poeta, al hablar de las musas, no lo haga en el
mudo lenguaje del pintor? Urania es para los poetas la musa de la astronomía; por su
nombre y por sus actos, conocemos sus funciones. El artista, para darla a conocer, se
ve obligado a representarla con una varita en la mano y señalando con ella una esfera,
y dicha varita, dicha esfera y dicha actitud son para él el alfabeto por medio del cual
nos traza el nombre de Urania. Pero cuando el poeta quiere decir: “Urania había
previsto sil propia muerte, por la revelación de los astros”,[2] ¿por qué debiera añadir,
atendiendo a las exigencias de la pintura: “Urania, con la varita en la mano y la esfera
celeste delante de ella…”? ¿No sería esto como si un hombre, que tuviera la facultad
y el derecho de hablar, se valiese al mismo tiempo de los signos que los mudos del
serrallo del Gran Turco han inventado a falta de voz?
La misma extrañeza muestra Spence, a propósito de los seres mortales, es decir,
de esas divinidades que, según los antiguos, presidían las virtudes y la conducta de la
vida hu mana.[3] “Es digno de observar —dice— que los poetas latinos, con respecto
a los mejores de esos seres morales, nos den muchas menos indicaciones de las que
cabría esperar. A este respecto, los artistas son mucho más ricos, y quien quiera
formarse una idea del aspecto externo de esos seres, no tiene más que recurrir a las
medallas de los emperadores romanos.[4] Cierto que los poetas hablan a menudo de
tales seres como si fueran personas reales, pero en general nos hablan muy poco de
sus atributos, de su vestido y del resto de su apariencia externa”.
El poeta puede caracterizar, en forma bastante definida, las abstracciones que
personifica, mediante los nombres y las acciones que les atribuye.
Estos medios faltan al artista. El cual precisa, pues, dar a sus abstracciones
emblemas que las distingan. Y como estos emblemas son una cosa y significan otra,
hacen de dichos seres figuras alegóricas.
Una mujer con un freno en la mano, otra apoyada en una columna, son, en el
concepto artístico, seres alegóricos. Pero en el poético, la Moderación y la Firmeza
no son se res alegóricos, sino simples abstracciones personificadas.
Los emblemas de estos seres, en el artista, han sido in ventados por la necesidad,
único medio de hacer comprender el significado de tal o cual figura. Pero ¿por qué el
poeta, sin que nada le obligue a ello ha de dejarse llevar por las necesidades que
obligan al artista?
Lo que tanto extraña a Spence, debe prescribirse a los poetas como regla: Que se
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abstengan de enriquecer sus obras prescindiendo de lo que la pintura emplea sólo por
necesidad; que no consideren, en modo alguno, como perfecciones envidiables, los
recursos de que se ha valido el arte para aproximarse a la poesía. Cuando el artista
adorna de emblemas una imagen, no hace sino elevar esta simple imagen a la
dignidad de un ser superior. Pero si el poeta emplea esos adornos pintorescos, hace de
un ser superior un muñeco.
Esta regla ha sido siempre tan observada y respetada por los antiguos como
violada es hoy por los poetas modernos. Todos sus seres imaginarios llevan máscaras,
y cuanto más entendidos son en máscaras, tanto menos lo son en lo que informa Ja
necesidad principal de su arte, esto es, en hacer obrar sus personajes
caracterizándolos por sus acciones.
Sin embargo, entre los atributos de que se valen los artistas para distinguir sus
seres abstractos, hay una clase más susceptible y digna de ser empleada por el poeta.
Me refiero a los atributos que, por decirlo así, nada tienen de alegórico, sino que
deben considerarse como los instrumentos de que se valen o podrían valerse esos
seres abstractos a quienes se atribuyen, si acaso debieran obrar como si fuesen
personajes reales. El freno en la mano de la Moderación, la columna en que se apoya
la Firmeza, son absolutamente alegóricos, y por consiguiente, en nada sirven al poeta.
La balanza, en manos de la Justicia, es ya menos alegórica, porque el empleo
equitativo de la balanza es real mente una de las funciones de la Justicia. Pero la lira
o la flauta en maros de una musa, la lanza en las de Marte, el martillo y las tenazas en
las de Vulcano, en modo alguno son emblemas, sino instrumentos sin los cuales
dichos seres no podrían ejecutar las acciones que les atribuimos. Y de esta última
especie son los atributos de que se valen a veces los antiguos poetas en sus
descripciones, y que por esa razón los denominaría yo atributos poéticos, para
distinguirlos de los alegóricos, pues los primeros designan la cosa misma y los
segundos sólo un objeto simplemente análogo.[5]
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XI
EL CONDE de Caylus también parece pretender que el poeta debe adornar de atributos
alegóricos los seres imaginarios.[1] Pero el conde era más competente en pintura que
en poesía.
En la obra en que expresa tal pretensión, he hallado ocasión de apuntar algunas
observaciones importantes, cuyos puntos principales no quiero pasar por alto sin
examinarlos con atención.
La idea del conde es que el artista debe familiarizarse particularmente con el
poeta que sea a la vez mejor pintor: con Homero, por ejemplo. Y le indica cuán rica
materia, no explotada todavía, ofrece la historia tratada por el autor griego para las
más excelentes descripciones, y cómo su ejecución le resultará tanto más acertada
cuanto más fielmente se atenga a los menores detalles indicados por él.
En esta proposición se hallan así confundidos los dos géneros de imitación que
liemos separado más arriba. El pintor no sólo debe imitar al poeta en el tema, sino
también en el procedimiento; debe servirse de él, no solamente como narrador, sino
también como poeta.
Pero si esta segura especie de imitación degrada al poeta, ¿por qué no ha de
degradar también al artista? Si antes de Homero hubiese existido una serie de cuadros
análogos a los que el conde de Caylus propone copiar de él y supiéramos nosotros
que el poeta hubiese compuesto su obra imitando dichos cuadros, ¿no perdería en
nuestro concepto casi todo su valor? ¿Cómo es entonces que con el artista no sucede
lo mismo aunque se limite a expresar, por medio de formas y colores, las palabras del
poeta?
La razón parece evidente. En el artista, la ejecución parece más difícil que la
invención, mientras que en el poeta sucede lo contrario: la ejecución nos parece muy
fácil al lado de la invención. Si Virgilio hubiese tomado del Laocoonte la idea de
reunir en un solo y mismo grupo al padre y sus dos hijos, entonces el mérito que nos
parece más grande y más difícil en su obra desaparecería para no quedar más que el
menor y más fácil. Pues es infinitamente más difícil crear primero un hecho en la
imaginación que traducirlo luego en palabras. Si, por el contrario, fuese el artista el
que hubiese copiado del poeta aquella idea, todavía gozaría en nosotros de grande
estima, aunque perdiese el mérito de la invención, pues la expresión en mármol es
mucho más difícil que en palabras, y cuando comparamos entre sí la invención y la
expresión, estamos tanto más dispuestos a ser indulgentes con el artista respecto de la
una cuanto más pensamos haber recibido en cambio respecto de la otra.
Hay casos todavía en que es para el artista mayor mérito haber imitado la
Naturaleza indirectamente, valiéndose de la imitación del poeta, que sin esa
mediación. El pintor que representa un bello paisaje según la descripción de un
Thompson hace más que el que copia de la Naturaleza, pues éste tiene el modelo a la
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vista y aquél debe forzar la imaginación hasta el extremo de creer que la tiene
delante. El uno crea belleza traduciendo impresiones vivas y sensibles, y el otro,
traduciendo las imágenes inciertas y débiles que le ofrecen unos signos arbitrarios.
La fácil indulgencia con que dispensamos al artista del mérito de la invención ha
engendrado en él, por natural reacción, un cierto desdén por esa clase de mérito. Pues
al ver que la invención no podía ser jamás su lado brillante y que su éxito dependía de
la ejecución, le ha sido indiferente que aquélla fuese vieja o nueva, que haya sido
empleada una sola o varias veces, que pertenezca a tal o cual autor. Y se ha encerrado
en el limitado círculo de un corto número de asuntos, tan familiares para él como para
el público, haciendo consistir toda su invención en simples cambios hechos en
asuntos conocidos, en una nueva manera de combinar circunstancias ya definidas. Tal
es, en realidad, el sentido que los tratados de pintura dan a la invención. Pues aunque
en ellos se distinga la invención pictórica de la invención poética, no por eso puede
decirse que la invención poética (en pintura) consista en el hecho de hallar el asunto,
sino exclusivamente en el orden y la expresión.[2] Estas dos cosas son también
invención, pero sólo invención de las partes aisladas y de su disposición recíproca;
invención del orden inferior que Horacio aconsejaba a su poeta trágico: “Mejor haréis
en copiar algún episodio de la Ilíada que en ser el primero en poner en escena un
asunto desconocido y sin tradición”.[3] Aconsejaba, digo, no prescribía; la aconsejaba
como más fácil, más cómoda y ventajosa, pero no la prescribía como la mejor y más
noble.
El hecho es que es gran ventaja para el poeta tratar una historia y caracteres
conocidos. Puede omitir cien de talles fríos e insignificantes, que sin ello serían
indispensables a la inteligencia del conjunto, y cuanto más pronto se haga entender
del público, tanto más pronto también sabrá interesarle. Para el pintor representa
igual ventaja tratar un asunto conocido, pues entonces podemos abarcar, al primer
golpe de vista, el fin y el sentido de su composición y al ver hablar sus personajes,
nos parecerá, al mismo tiempo, oír lo que dicen. El efecto principal depende del
primer golpe de vista, y cuando este golpe de vista nos obliga a reflexionar y adivinar
con pena y trabajo, sen timos enfriar en nosotros el deseo de ser conmovidos, y para
vengarnos de tan incomprensible autor nos obstinamos contra la expresión de su obra,
y ¡pobre de él entonces si ha sacrificado la verdad a la expresión!, pues ya nada
hallamos cuyo encanto cautive nuestra atención; lo que vemos nos disgusta, y cuantas
ideas pueda hacer nacer ja contemplación de su obra nos escapan.
Aproximadamente ahora las dos observaciones: primera, que la invención y la
novedad del asunto no son, ni mucho menos, la cosa principal que exigimos al pintor,
y segunda, que todo asunto conocido facilita y favorece el efecto que debe producir
su arte. Y esto sentado, creo no deberá explicarse, tal como hace el conde de Caylus,
el he cho de que el artista se decida tan raras veces a tratar asuntos nuevos,
atribuyéndolo a su ignorancia, o a las dificultades de la parte mecánica de su arte, las
cuales reclamarían demasiado tiempo y atención, sino que se hallará la causa más
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profunda de ello precisamente en aquellas dos observaciones; y quizá también lo que
a primera vista parece ser una restricción impuesta al arte y al placer, esta remos
dispuestos entonces a alabarlo como una moderación muy prudente y provechosa
para nosotros. Y no creo que la experiencia pruebe lo contrario. Los pintores podrán
agradecer al conde su buena voluntad, pero es poco probable que utilicen su consejo
de una manera tan general como él imagina. Y aunque así sucediera, sería preciso que
de aquí a cien años, un nuevo Caylus recordara los antiguos asuntos y encauzara de
nuevo al artista en ese campo en que tantos otros, antes que él, han recogido
inmortales laureles. ¿O se pretenderá que el público sea tan instruido como el erudito
que ha aprendido su ciencia en los libros y que le sean familiares todas las escenas de
la historia y de la leyenda utilizables para un bello cuadro? Concedo que los artistas
hubieran hecho mejor si desde la época de Rafael se hubiesen servido de Homero en
lugar de Ovidio. Pero toda vez que no ha podido ser así, dejemos al público en su
rutina y permitamos que su placer sea lo que debe ser sin hacérselo pagar más de lo
que vale.
Protógenes había hecho el retrato de la madre de Aristóteles. Ignoro cuánto el
filósofo pagó por él; pero ya fuese en concepto de pago, ya aparte de él, lo cierto es
que dio al pintor un consejo que valía más que todo el dinero, pues me resisto a creer
que su consejo fuese una simple adulación. Fue más bien la consideración de la
necesidad que tiene el arte de ser inteligible a todo el mundo la razón de que le
aconsejara pintar las acciones de Alejandro, aquellos grandes hechos que en aquel
entonces tenían ocupado al mundo entero, y que el filósofo debía prever que la
posteridad no olvidaría jamás. Cuanto a Protógenes, no tuvo el buen acierto de seguir
este consejo; “impetus animi —dice Plinio—;[4] et quaedam artis libido”, la
impetuosidad de su alma y cierto capricho de artista, una especie de apetito
desordenado por lo extraño y desconocido, le impulsaron a preferir asuntos muy
diferentes. Prefirió pintar la historia de un Yaliso,[5] de un Cidipo o de otros
personajes análogos, cuyos asuntos se hace imposible adivinar hoy.
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XII
HOMERO ha tratado dos especies diferentes de personajes y de acciones: visibles e
invisibles. Esta diferencia no podría adoptarla la pintura, porque en ella todo ha de ser
visible, y visible de igual manera.
Si el conde, de Caylus hace, pues, suceder, en orden no interrumpido, los cuadros
de las acciones visibles a los de las acciones invisibles; si en los cuadros de acciones
complejas, en los cuales toman parte seres visibles e invisibles a la vez, no indica ni
sabría indicar cómo debe hacerse para representar aquellos seres invisibles que
solamente los espectadores del cuadro deberían ver, de manera que fuesen invisibles
para los demás personajes del cuadro, o que éstos al menos pudieran afectar no ver; si
esto es así, toda su serie de cuadros, incluso la mayor parte de los cuadros
particulares, será forzosamente confusa, incomprensible y contradictoria en extremo.
Pero en resumidas cuentas este defecto podría subsanarse recurriendo al libro.
Solamente que lo peor sería que, al suprimir en la pintura la distinción entre los seres
visibles e invisibles, se perderían al mismo tiempo todos los rasgos característicos
que marcan la superioridad de éstos sobre aquéllos.
Por ejemplo, cuando los dioses, divididos con respecto a la suerte que debe caber
a los troyanos, acaban por llegar a las manos, este combate es por entero invisible en
el poeta,[1] circunstancia que permite a la imaginación engrandecer la escena,
dejándola en libertad de representarse las personas de los dioses y sus acciones tan
grandes como se le antoje y tan elevadas por encima del común de los mortales como
sea posible. Pero la pintura se ve obligada a representar una escena visible, cuyas
diversas partes, todas necesarias, dan la medida de los personajes que actúan en ella;
medida que la vista aplica en seguida y cuya desproporción con los seres superiores
hace que éstos, tan grandes en el poeta, pasen a ser monstruosos en la tela del pintor.
Minerva, contra la cual intenta Marte el primer ataque en aquel combate,
retrocede y recoge del suelo, con mano poderosa, una enorme piedra, ennegrecida por
el tiempo, y que en época remota la fuerza de mil brazos arrastrara hasta allí para
hacerla servir de mojón. “La diosa, retrocediendo, coge con vigorosa mano una
piedra que yacía en la llanura, negra, tosca y enorme, que los hombres de otra época
habían transportado para indicar el límite de un campo”.
Para apreciar en su justo valor las dimensiones de esta piedra, recuérdese que
Homero da a sus héroes una fuerza doble de la que tenían los hombres más fuertes de
su tiempo, y que estos héroes todavía eran muy inferiores en fuerza a los hombres
que Néstor había conocido en su juventud. Ahora bien, pregunto yo; si Minerva lanza
contra Marte una piedra erigida en mojón, no por un hombre solo, sino por varios, y
del tiempo además de la juventud de Néstor, ¿cuál deberá ser la talla de la diosa? Si
su talla debe estar en proporción con las dimensiones de la piedra, el hecho deja de
ser maravilloso. Un hombre tres veces más grande que otro, es natural que también
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pueda lanzar una piedra tres veces mayor. Pero si la talla de la diosa no debe estar en
relación con las dimensiones de la piedra, resulta de ello para la pintura una
inverosimilitud intuitiva, cuya impresión ridícula no salvará en modo alguno la fría
reflexión de que una diosa debe estar dotada de fuerzas sobrehumanas, pues la
percepción exige que a mayor efecto correspondan también mayores medios de
acción.
Y Marte, arrojado al suelo por la enorme piedra, “cubrió siete arpentas”. Es
imposible que el pintor pueda dar al dios esta talla extraordinaria. Y si no lo
representa así, ya no es Marte, el dios Marte de Homero, el que yace en el suelo, sino
un simple guerrero.[2]
Longino dice que Homero le parece haber pretendido a veces elevar a sus
hombres a la altura de los dioses y rebajar sus dioses al nivel de los hombres. La
pintura ejecuta esta especie de degradación. La talla, la fuerza, la agilidad que
Homero reserva siempre a sus dioses en una medida más grande y maravillosa que la
que atribuye a sus héroes más eminentes,[3] deben quedar reducidas, en la pintura, a
la proporción ordinaria de la humanidad, y Júpiter y Agamenón, Apolo y Aquiles,
Ayax y Marte, se transforman en seres idénticos, imposibles de distinguir por otros
signos exteriores que no sean los de pura convención.
El medio que emplea la pintura para hacernos comprender que tal o cual parte, en
sus cuadros, debe ser considerada como invisible, consiste en el empleo de una ligera
nube que la cubra del lado de los demás personajes de la escena. Esta nube parece
haber sido copiada del propio Homero, pues cuando en lo más recio del combate uno
de sus principales héroes corre algún peligro del cual sólo puede salvarle la potencia
divina, el poeta le hace ocultar por su divinidad protectora en una densa nube o en las
sombras de la noche, lo cual le permite sustraerse a la batalla; así es cómo París es
salvado por Venus,[4] Ideo por Neptuno,[5] Héctor por Apolo.[6] Y cuando Caylus
propone al artista la ejecución de una escena semejante, nunca cree haber
recomendado con bastante insistencia la importancia de esa nube. Pero ¿quién no ve
que en el poeta el hecho de encubrir un héroe en las nubes o en las sombras de la
noche no es sino una especial manera poética de hablar que no significa sino volver
invisible? Por eso me ha parecido siempre muy extraño ver realizar esta expresión
poética y hallar empleada en la pintura una verdadera nube detrás de ¡a cual se oculta
el héroe a las miradas de su enemigo como detrás de una mampara. De ningún modo
era ésta la idea del poeta. Eso se llama salirse de los límites de la pintura, pues dicha
nube es en el cuadro un verdadero jeroglífico, un signo puramente simbólico, que en
lugar de poner a salvo al héroe haciéndole invisible, no tiene otro objeto que llamar la
atención de los espectadores diciéndoles: “Debéis representároslo como si fuese
invisible”. Dicha nube en el cuadro no tiene más valor que aquellas indicaciones que,
en los antiguos cuadros góticos, se escribían como saliendo de la boca de los
personajes.
Es cierto que al sustraer Apolo a Héctor del furor de Aquiles, Homero nos
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presenta a este último hiriendo en vano por tres veces la nube oscura: τρις δ’ ἡέρα
τύψε βανεἶαν.[7] Pero en el lenguaje del poeta esto no significa otra cosa sino que
Aquiles estaba tan furioso, que aún golpea tres veces con la lanza antes de darse
cuenta de que su enemigo ha desaparecido. Aquiles no veía ninguna nube, y todo el
artificio que empleaban los dioses para volver invisible a un personaje consistía en la
rapidez de la sustracción y no en la interposición de nube alguna. Solamente que para
indicar que la sustracción ha sido tan rápida que ninguna mirada humana ha podido
seguir al cuerpo desaparecido, el poeta le oculta primero en una nube, no para que en
lugar del cuerpo se vea esta nube, sino para que así podamos figurarnos como
invisible lo que está oculto detrás de ella. A veces también emplea Homero la
estratagema inversa, y en lugar de hacer que el objeto se torne invisible, ciega al
sujeto. Así, Neptuno oscurece la vista de Aquiles al salvar a Eneas de su mano
terrible, y le transporta en un abrir y cerrar de ojos de en medio de la pelea a las
últimas filas del combate.[8] Pero en realidad ni aquí los ojos de Aquiles son cegados
ni allá los héroes desaparecidos eran envueltos en la nube; el poeta no añade una y
otra circunstancia sino para hacer más sensible de este modo la extrema rapidez de la
sustracción que nosotros llamamos desaparición.
Pero los pintores se han apropiado la nube homérica, no sólo para emplearla en el
mismo caso que Homero, esto es, siempre que se trata de volver invisible, o de hacer
desaparecer a alguien, sino cada vez que el espectador debe percibir en el cuadro algo
que no debe ser vis to por la totalidad o por una parte de los personajes del mismo.
Minerva sólo era visible para Aquiles cuando la diosa fue a impedirle que atacara a
Agamenón. “Para representar este detalle —dice Caylus— me parece que el mejor
medio es ocultar a la diosa detrás de una nube, del lado del resto de la asamblea”:
expediente absolutamente contrario al espíritu del poeta. Ser invisible es el estado
natural de los dioses de Homero, y no hay necesidad de cegar a los hombres ni de
interceptar la luz para impedir que ellos sean vistos;[9] al contrario, lo que procede es
iluminar, exaltar la vista de los mortales para que ellos puedan tornarse visibles. Así,
no solamente la nube es en los pintores un artificio de mera convención, en modo
alguno natural, sino que además tampoco tiene ese signo arbitrario el sentido
netamente definido que debiera, dada su calidad de tal, ya que tanto lo emplean para
hacer invisible lo que era antes visible, como para tornar visible lo que antes era
invisible.
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XIII
SI LAS OBRAS de Homero se hubiesen perdido por completo y no nos quedase de la
Ilíada y la Odisea más que una serie de cuadros, a guisa de los que Caylus propone
copiar de ellas, ¿es posible que tales cuadros, aunque fueran ejecutados por el más
hábil pintor, nos dieran, no ya del poeta entero, sino de su talento plástico, la misma
idea que tenemos hoy?
Hagamos la prueba con el primer asunto que nos venga a mano; por ejemplo, el
cuadro de la peste.[1] ¿Qué es lo que vemos en la tela del artista? Cadáveres,
moribundos, hogueras que arden, el dios irritado sentado en una nube y lanzando
flechas. Lo que hace la mayor riqueza de este cuadro no es sino pobreza en el poeta.
Pues si debiéramos restablecer a Homero conforme a dicho cuadro, ¿qué le haríamos
decir? “Apolo se irritó y lanzó sus flechas sobre el ejército de los griegos, muchos de
los cuales murieron, siendo quemados sus cadáveres”. Veamos ahora a Home ro
mismo:
“Descendió de las alturas del Olimpo, el corazón irritado, el arco sobre la espalda
y lleno el carcaj. Las flechas resuenan en la espalda del dios furioso a cada paso que
da. Se sienta lejos de la flota y dispara una flecha; su arco de plata deja oír un ruido
terrible. Primero alcanza a los mulos y los perros veloces; después lanza otra flecha
mortal que hiere a los griegos mismos, y las piras arden sin cesar llenas de
cadáveres”.
Cuanto la vida supera a la imagen, tanto el poeta su pera al pintor. Apolo, irritado,
con el arco y el carcaj, desciende las crestas del Olimpo. No solamente le vemos, sino
que también le oímos descender. Cada paso del dios irritado hace resonar sus flechas
en su espalda. Avanza, parecido a la noche, se sienta frente a la flota, y su arco de
plata, resonando con ruido terrible, lanza su primera flecha a los mulos y los perros.
En seguida, con sus flechas envenenadas, ataca a los hombres mismos, y en todas
par tes las piras llenas de cadáveres arden sin interrupción. Es imposible traducir a
otra lengua la pintura musical producida por las palabras del poeta. Y es igualmente
imposible adivinarla según la pintura material, y no obstante, es ésta la menor ventaja
que sobre la pintura material tiene la pintura del poeta. La principal es que el poeta
nos hace pasar por toda una galería de cuadros, hasta llevar nos al episodio del cual es
copiado el cuadro material.
Pero quizás la peste no sea asunto favorable a la pin tura. Tomemos otro de más
encanto para la vista: los dioses celebrando consejo y bebiendo.[2] Un palacio de oro,
abierto; aquí y allá varios grupos de los más bellos y dignos personajes, con la copa
en la mano, servidos por Hebe, la juventud eterna. ¡Qué arquitectura! ¡Qué masas de
luz y de sombra! ¡Qué contrastes! ¡Qué variedad de expresión! ¿Por dónde empezar y
por dónde acabar? Si el pintor me encanta hasta tal punto, ¡cuánto más me en cantará
el poeta! Veamos: abro su poema y ¡oh decepción! sólo cuatro versos que podrían
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servir de leyenda a un cuadro, que contienen material suficiente para un cuadro, pero
que por sí solos no constituyen cuadro alguno.
“Los dioses, reunidos al lado de Júpiter, y en asientos de oro, deliberaban. En
medio, Hebe vertía el néctar, y ellos bebían en áureas copas, contemplando la ciudad
de Troya”. Un Apolonio o cualquier poeta de segundo orden, lo hubiera hecho mejor,
y aquí Homero queda tan por debajo del pintor, como el pintor había quedado antes
por debajo de Homero.
Añádase que en todo el libro IV de la Ilíada, Caylus no halla asunto alguno digno
de copiar, excepción hecha del descrito precisamente en dichos cuatro versos. “Si este
libro IV —dice— se distingue por la variedad de las exhortaciones al combate, por la
abundancia de los más brillantes y opuestos caracteres y por el arte que el poeta
despliega para mostrarnos toda la multitud que va a poner en movimiento, no es
menos cierto que es del todo inútil desde el punto de vista de la pintura”. Hubiera
podido añadir; “Por rico que sea, de otro lado, en lo que llamamos cuadros poéticos”.
Pues con toda certeza, los hay en el libro IV, tan numerosos y tan perfectos como en
cual quier otro. Y si no, ¿dónde un cuadro más acabado, más capaz de ilusionar, que
aquel en que Pándaro, a instigación de Minerva, rompe la tregua disparando la flecha
contra Menelao?, ¿o bien la marcha del ejército griego?, ¿o el ataque simultáneo de
los griegos y los troyanos?, ¿o la hazaña de Ulises, vengando la muerte de su querido
Leuco?
Pues ¿qué opinar del hecho de que la mayor parte de los más bellos cuadros de
Homero no sirven como temas de pintura; de que el artista puede sacar sus motivos
de los pasajes en que el poeta no ofrece ninguno; de que todos los que hallamos en él,
y de los cuales puede valerse el artista, no serían más que pobres cuadros si no
hiciesen ver otras cosas que las que muestra el artista? ¿Qué opinar de todo esto sino
que la cuestión establecida más arriba debe ser contestada negativamente, y que los
cuadros materiales a que pueden dar lugar los poemas de Homero, sea cual fuere su
número, sea cual fuere su perfección, nada nos permiten concluir con respecto al
talento pictórico del poeta?
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XIV
SI RESULTA, pues, que un poema, sin ser descriptivo puede ofrecer muchos asuntos a
la pintura, y por el contrario, no ofrecerle ningún tema otro que lo sea en gran
medida, cae por su propia base la idea del conde de Caylus de pretender que la
utilidad que puede prestar el poeta al pintor es la piedra de toque de su genio, y que
debe determinarse su mérito conforme al número de cuadros que ofrece al artista.[1]
Guardémonos bien de contribuir con nuestro silencio a que esta idea tome la
apariencia de una regla. Milton se ría la primera víctima inocente de ella. Y en
realidad, no parece sino que el juicio desdeñoso que Caylus forma de él sea efecto
tanto del gusto de su nación como de su pretendida regla. “Quizás la pérdida de la
vista —dice— sea la única semejanza que Milton haya tenido con Homero”. Cierto
que Milton no puede llenar ninguna galería; pero si fuera forzoso que la esfera que
abarcan mis ojos corporales, por todo el tiempo que debo conservarlos, fuese la sola
esfera capaz de abarcar mi vista intelectual, yo consideraría como una gran ventaja la
pérdida de mis ojos corporales, por verme libre de semejante restricción.
El paraíso perdido, con todo y no ofrecer casi ningún tema a la pintura, no deja
por esto de ser la primera epopeya, después de la de Homero. Por otra parte, la pasión
de Cristo no es un poema, no obstante ser casi imposible hallar en él pasaje alguno
que no haya ocupado a un sinfín de artistas. Los evangelistas explican el hecho con la
más árida simplicidad, y el artista se aprovecha de las diversas partes de este hecho
sin que aquéllos, por su parte, hayan demostrado la menor chispa de genio pictórico.
Hay hechos susceptibles de ser pintados, y otros que no lo son; y así como el
historiador puede contar las cosas más dignas de ser pintadas sin recurrir en nada a lo
pictórico, igualmente el poeta es capaz de representar de modo pictórico las cosas que
menos se prestan para ser pintadas.
No entender así la cosa, es dejarse seducir por el sentido equívoco de la palabra.
Un cuadro poético no es necesariamente aquel que puede traducirse en un cuadro real
sino que debe llamarse pictórico todo rasgo o unión de rasgos por medio de los cuales
el poeta nos hace sensible su objeto de modo que la imagen de éste queda impresa en
la imaginación más claramente que las palabras empleadas para significarla, debiendo
darse a los mismos rasgos el nombre de cuadro porque producen en nosotros casi el
mismo grado de ilusión que el cuadro material engendra del modo más fácil e
inmediato.[2]
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XV
PERO COMO prueba la experiencia, puede el poeta elevar a este grado de ilusión la
representación de otros objetos distintos de los objetos visibles. Por consiguiente, han
de escapar forzosamente al artista clases enteras de cuadros que son privilegio
exclusivo del poeta. La oda de Dryden a la fiesta de Santa Cecilia está llena de
armonías musicales que nada dejan al pincel. Pero dejemos de intrincarnos en
ejemplos que, en fin de cuentas, no nos enseñan otra cosa sino que los colores no son
sonidos y que el oído no es la vista.
Me limitaré únicamente a los cuadros de objetos visibles, comunes al poeta y al
pintor. ¿A qué es debido que estas pinturas poéticas no puedan, en su mayor parte,
servir al pintor, y que, recíprocamente, más de un cuadro material pierda la mayor
parte de su efecto al ser tratado por el poeta?
Algunos ejemplos podrán ayudarme. Repitámoslo: el cuadro de Pándaro, en el
cuarto libro de la Ilíada, es uno de los más acabados, uno de los que mejor ilusionan
en Homero. Desde el instante en que toma el arco hasta aquel en que la flecha vuela,
todos los momentos, sin omitir ninguno, están pintados en él, y no obstante ser todos
tan próximos, están tan bien diferenciados, que si uno no supiese manejar el arco,
podría aprenderlo sin más recurso que esa descripción.[1]
Pándaro toma el arco, ajusta la cuerda, abre el carcaj, escoge una flecha nueva,
bien emplumada, la coloca en la cuerda, tira hacia atrás la cuerda junto con la flecha
por debajo del gárgol; la cuerda se aproxima al pecho y la punta de hierro de la flecha
toca el borde del arco; el gran arco encorvado se distiende sonoro, la cuerda vibra y la
flecha parte y vuela, ávida de alcanzar su fin.
Es imposible que Caylus no haya visto este excelente cuadro. ¿Qué ha hallado en
él, pues, que se lo haya hecho considerar impropio para el artista? ¿Y qué razón le ha
hecho preferir a él la asamblea de los dioses? Tanto en uno como en otro caso, se
trata de objetos visibles; ¿y necesita el pintor otra cosa que objetos visibles para
llenar la tela?
He aquí cuál debe ser el nudo de la cuestión. Aunque los dos asuntos sean
igualmente visibles y propios para la pintura material, hay, sin embargo, entre ellos
esta diferencia esencial: el primero es una acción visible progresiva, cuyas diversas
partes se suceden una tras otra en el tiempo, mientras que el segundo es una acción
visible permanente, cuyas diversas partes se desarrollan simultáneamente en el
espacio. Ahora bien; si la pintura, en razón de los signos que emplea o de los medios
de imitación de que dispone, medios que sólo puede combinar en el espacio, debe
renunciar por completo al tiempo, las acciones progresivas, en tanto que son tales, no
pueden servirle de objeto, debiendo contentarse únicamente con acciones simultáneas
o con simples cuerpos que, por sus diversas posiciones, puedan hacer presumir una
acción. La poesía, por el contrario…
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XVI
PERO tratemos de indagar las razones profundas de esta teoría.
He aquí el razonamiento: si es verdad que la pintura emplea para sus imitaciones
medios o signos del todo diferentes de los de la poesía, puesto que los suyos son
figuras y colores cuyo dominio es el espacio, y los de la poesía sonidos articulados
cuyo dominio es el tiempo; si es indubitable que los signos deben tener con el objeto
significado una relación simple y natural, resulta de ello que los signos yuxtapuestos
en el espacio no pueden expresar sino objetos también yuxtapuestos u objetos de
partes yuxtapuestas, mientras que los signos que se suceden en el tiempo no pueden
expresar sino objetos sucesivos u objetos de partes sucesivas.
Los objetos que están yuxtapuestos en el espacio o aquellos cuyas partes lo están,
se llaman cuerpos. Por consiguiente, los cuerpos, con sus propiedades visibles, son
los objetos propios de la pintura.
Los objetos que se suceden en el tiempo, o aquellos cuyas partes son sucesivas, se
llaman en general acciones. Por consiguiente, las acciones son el objeto propio de la
poesía.
Pero los cuerpos no existen únicamente en el espacio, sino en el tiempo. Todos
tienen una duración y pueden, a cada instante de ella, mostrarse bajo nuevas
apariencias y nuevas relaciones. Cada una de estas apariencias, cada una de estas
relaciones momentáneas, es efecto de una apariencia y relación anterior, y puede ser
causa, a su vez, de subsiguientes apariencias y relaciones, debiendo ser considerada,
por lo tanto, como un centro de acción. Por consiguiente, la pintura puede imitar
también acciones, pero solamente por vía indirecta, sugiriéndolas por intermedio de
los cuerpos.
Por otra parte, las acciones no pueden subsistir por sí mismas, sino que deben
referirse a seres determinados. En tanto que estos seres son cuerpos, o son
considerados como tales, la poesía también los representa, pero sólo indirectamente, a
través de las acciones.
La pintura, obligada a representar lo coexistente, no puede elegir sino un solo
instante de la acción y debe, por consiguiente, escoger el más fecundo, el que mejor
dé a comprender el instante que precede y el que sigue.
Igualmente la poesía, en sus imitaciones progresivas, no puede utilizar sino una
sola propiedad de los cuerpos que describe y debe, en consecuencia, escoger la que
con mayor vivacidad despierte en nosotros la imagen sensible de esos cuerpos bajo el
aspecto en que trate de mostrárnoslos.
De ahí deriva la regla de la unidad de los epítetos pictóricos y de la sobriedad en
las descripciones de objetos físicos.
Esta árida argumentación me inspiraría menos confianza si no la viese
enteramente confirmada por la práctica de Homero, o mejor dicho, si no fuese esta
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misma práctica la que me hubiese conducido a ella. Sólo por medio de estos
principios puede determinarse y explicarse la grandiosa manera del poeta griego, al
mismo tiempo que hacer justicia a la manera opuesta, adoptada por tantos poetas
modernos que quieren rivalizar con el pintor en un punto en que necesariamente
deben ser vencidos por él.
Homero sólo pinta acciones progresivas; cuanto a los cuerpos y a los objetos
aislados, no los describe sino en tanto toman parte en dichas acciones, y en general,
no los pinta sino con un solo rasgo. ¿Qué tiene, pues, de extraño que ahí donde
Homero pinta no halle el pintor nada o casi nada utilizable, y que sólo halle cosa
aprovechable ahí donde el relato reúne una cantidad de cuerpos bellos, colocados en
bellas actitudes y en un espacio ventajoso para el arte, aun cuando el poeta pinte en
grado mínimo esos cuerpos, esas actitudes o esos lugares? Recórranse uno por uno,
fragmento por fragmento, todos los cuadros propuestos por Caylus, y se hallará en
cada uno de ellos la prueba de esta observación.
Pero dejemos ya de lado al conde y su pretensión de hacer de la paleta del pintor
la piedra de toque del poeta, y pasemos a examinar más en detalle la manera de
Homero.
He dicho que Homero no emplea sino un solo rasgo para pintar un objeto. Para él,
un bajel es tan pronto el bajel negro, como el hueco bajel, como el bajel rápido; y,
todo lo más, el negro bajel bien provisto de remeros; casi nunca lleva más adelante su
descripción. Pero de lo que hace una pintura detallada es de la navegación, de la
partida y la llegada del bajel, dándonos de todo ello una pintura que el pintor se vería
obligado a hacer en cinco o seis cuadros diferentes si quisiese transportarla entera a la
tela.
Cierto que diversas circunstancias obligan a Homero a fijar por más tiempo
nuestra mirada en ciertos objetos corporales; pero a pesar de esto, no hace de ello un
cuadro que permita al pintor seguirle con el pincel; pues como él sabe presentarnos
dicho objeto por medio de innumerables artificios, en una sucesión de instantes, a
cada uno de los cuales parece cambiar, el pintor se ve obligado a aguardar hasta el
último momento si quiere mostrarnos acabado lo que en el poeta hemos visto nacer.
Por ejemplo, quiere Homero representarnos el carro de Juno: precisa antes que Hebe
lo forme a nuestra vista, pieza por pieza. Y así vemos las ruedas, el eje, el asiento, el
timón, las correas, las cuerdas, formando, no un con junto, sino sucediéndose en
manos de Hebe. Para las ruedas solamente el poeta emplea varios rasgos,
mostrándonos los ocho radios de bronce, las llantas de oro, los círculos de bronce, los
cubos de plata, todo en detalle. Podría decirse que, como tiene varias ruedas, precisa
consagrarles en la descripción tanto más tiempo cuanto mayor se necesitaba en la
realidad para adaptarlas una a una al carro de Juno.[1] “Hebe pone rápidamente a uno
y otro lado del carro y del eje los círculos de las ruedas, hechos de bronce y
guarnecidos de ocho radios; la llanta es de oro macizo y adornada de círculos de
bronce de una construcción maravillosa; los cubos son de plata; el asiento está
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suspendido por correas guarnecidas de oro y plata, y se ven en él dos círculos
perfectos; el timón es también de plata, y al extremo de éste sujeta el bello yugo de
oro y pasa por él las soberbias riendas, también de oro…”
Si quiere representarnos cómo iba vestido Agamenón, hace que el rey vista a
nuestros ojos pieza por pieza el vestido entero: la fina túnica, el manto real, los bellos
botines, la espada, y que una vez hecho esto, tome luego el cetro. Los vestidos los
vemos mientras el poeta pinta la acción de vestirse; otro, en su lugar, hubiera descrito
los vestidos hasta la más ínfima franja, y nada hubiéramos podido ver de la acción:
“Vistióse la bella túnica, fina, nueva, y echóse encima el manto real; calzóse los
bellos botines y pasó alrededor de sus espaldas la espada de puño de plata y tomó el
cetro de sus padres, el cetro incorruptible”.[2]
Y cuando de este cetro, llamado aquí solamente el cetro paternal, incorruptible,
así como en otro lugar un cetro parecido será designado como el cetro guarnecido de
clavos de oro; cuando de este cetro respetable, repito, quiera darnos una imagen más
justa y más completa, ¿qué hará entonces Homero? ¿Nos pintará, además, los clavos
de oro, y también la madera y la cabeza esculpida? Así fuera sin duda si esta
descripción debiera estar destinada a un libro de heráldica, a fin de que en los tiempos
venideros pudiera hacerse, conforme a la descripción, otro parecido. Y sin embargo,
estoy seguro de que más de un poeta moderno hubiera hecho de dicho cetro una
descripción heráldica por el estilo, en la convicción sincera de haberlo realmente
pintado, puesto que el pintor puede imitarle. Pero ¿qué puede importarle a Homero lo
mucho que aventaja al pintor? En lugar de una imagen, nos da la historia del cetro:
primero, en manos de Vulcano, que lo fabrica; después, brillando en las de Júpiter;
más tarde, sirviendo de emblema a la dignidad de Mercurio; después aún, sirviendo
de bastón de mando al belicoso Pelops; más tarde todavía, de cayado al pacífico
Atreo, y así sucesivamente:
“… Mostraba el cetro. Este cetro era obra de Vulcano. Vulcano lo había dado a
Júpiter, el poderoso hijo de Cronos. Júpiter lo dio a Mercurio, el mensajero matador
de Argos, y el poderoso Mercurio lo dio a Pelops, domador de corceles; Pelops a su
vez lo dio a Atreo, pastor de pueblos. Atreo, al morir, lo legó a Tiestes, rico en
rebaños, y Tiestes a su vez lo legó a Agamenón, para que con él gobernase numerosas
islas y toda la Argólida”.[3]
De este modo acabo por conocer mejor aquel cetro que si el pintor me lo pusiese
a la vista, o que si un segundo Vulcano me pusiese en las manos otro igual. No me
sor prendería descubrir a alguno de los antiguos comentado res de Homero
admirando este párrafo como la alegoría más perfecta del nacimiento, progreso,
afianzamiento y transmisión hereditaria del poder real entre los hombres. No podría
menos que sonreír, es verdad, al leer que Vulcano, que ha construido el cetro y que es
la personificación del fuego, esto es, de lo más indispensable para la vida humana,
indica de modo general la satisfacción de las necesidades que obligaron a los
primeros hombres a someterse al mando de uno solo; que el primer rey ha sido un
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hijo del Tiempo (Júpiter, hijo de Cronos), un viejo venerable que quiso compartir el
poder con un hombre elocuente y sabio, con Mercurio (el mensajero matador de
Argos), o quizás entregárselo por completo; que el prudente orador, en el momento en
que el naciente Estado se veía amenazado por los enemigos vecinos, cedió su
autoridad suprema al guerrero más valiente (Pelops, domador de corceles); que este
valiente guerrero, después de haber hecho polvo a los enemigos y asegurado la
realeza, pudo fácilmente hacerla pasar a manos de su hijo, quien, como un pacífico
gobernador, un benéfico pastor de sus pueblos (pastor de pueblos), les dio a gozar del
bienestar y la abundancia, lo que hizo que una vez muerto, el más rico de sus
parientes (Tiestes, rico en rebaños) hallase el camino ya trillado para apoderarse, por
medio de dádivas y corrupciones, de lo que hasta aquel día sólo era concedido como
premio a la confianza y de lo que el mérito había considerado siempre como una
carga más bien que una dignidad, y que le resultara fácil también asegurar para
siempre el cetro a sus descendientes, como si se tratase de un bien comprado a los
demás. Sonreiría, repito, pero no menguaría en nada mi estima por el poeta, a quien
tantas cosas es dado atribuir. Pero no es esta cuestión para tratar aquí, pues en el caso
presente sólo debemos considerar la historia del cetro como un artificio empleado por
Homero para detenernos ante un objeto particular, sin empeñarnos en una fría
descripción de sus partes. Igualmente, cuando Aquiles jura por su cetro vengarse del
desprecio con que le ha tratado Agamenón, Homero vuelve a darnos la historia de
aquel cetro. Y vemos cómo crece una rama en la montaña, cómo la separa el hierro
del tronco, cómo la deshoja y le quita la corteza, haciendo luego de ella algo que
pueda servir a los jueces del pueblo como señal de dignidad divina:
“Sí; lo juro por este cetro, que ya no producirá jamás ni hojas ni ramas, desde que
dejó su tronco en las montañas, y que tampoco ya jamás volverá a florecer, pues el
hierro lo ha despojado de sus hojas y de su corteza; y ahora los hijos de los Aqueos lo
ostentan a hacer justicia en nombre de Júpiter”.[4]
En ninguno de los dos casos le interesaba tanto a Homero describir dos bastones
diferentes en materia y forma, como darnos una imagen sensible de la diferencia de
poder de que eran emblema. El primero es obra de Vulcano y el segundo ha sido
cortado en la montaña por una mano desconocida; uno es vieja herencia de noble casa
y otro está destinado a la primera mano que lo tome; aquél, en manos de un monarca,
se extiende sobre gran número de islas y de Argos entera, y éste lo lleva un griego, al
cual, junto con los demás, se había confiado la custodia de las leyes. Tal era
realmente la distancia que separaba a uno de otro, a Agamenón de Aquiles; distancia
que el mismo Aquiles no podía dejar de reconocer con toda la ceguera de su cólera.
Pero no solamente cuando trata de unir a una descripción puntos de vista más
amplios, sino también cuando solamente se propone ofrecer una simple imagen,
separa Homero los diferentes rasgos de esta imagen en una especie de historia del
objeto. De esta manera, las diversas partes del mismo, que en la Naturaleza vemos
dispuestas al lado unas de otras, se suceden con toda naturalidad en su cuadro
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siguiendo a paso igual el curso del relato. Por ejemplo, si nos quiere pintar el arco de
Pándaro, un arco de asta, de tales o cuales dimensiones, bien pulido y guarnecido en
sus dos extremos de hojas de oro, ¿qué hace? ¿Nos enumera secamente todas estas
circunstancias unas tras otras? En modo alguno; ello seria detallar el arco, describirlo,
pero no pintarlo. Principia por la caza de la cabra montés de cuyos cuernos ha sido
hecho; Pándaro la había acechado y cazado en las rocas; los cuernos eran de una
longitud extraordinaria, y por esto le ocurrió la idea de hacer de ellos un arco; pone
manos a la obra, y el artista los reúne, pule y guarnece, y así es como vemos nacer en
el poeta lo que en el pintor sólo podemos ver acabado:
“Un arco pulido, de cuerno de cabra montés, que él mismo había herido de
muerte en mitad del pecho en el momento en que caía en el lazo, al descender de una
montaña, haciéndola caer de cabeza sobre la roca. La cabeza estaba adornada de unos
cuernos de dieciséis palmos; el fabricante los pulió y ajustó cuidadosamente,
guarneciendo de oro sus extremidades”.[5]
Cosa de nunca acabar sería transcribir aquí todos los ejemplos de este género, los
cuales, por otra parte, tiene ocasión de comprobar todo el que posea un Homero.
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XVII
PERO, se me objetará, los signos que emplea la poesía no solamente son sucesivos,
sino que son además arbitrarios, y como tales, susceptibles de representar los cuerpos
tal como existen en el espacio. Homero mismo nos ofrece ejemplos de ello; baste
recordar el escudo de Aquiles como el objeto más decisivo de la manera a la vez
poética y detallada como puede representarse un objeto aislado, describiendo paso a
paso las diversas parte yuxtapuestas que lo forman.
Voy a responder a esta doble objeción. Y digo doble porque un buen
razonamiento no tiene necesidad de apoyarse en ejemplo alguno, y porque a la
inversa, un ejemplo tomado de Homero es de gran importancia para mí, hasta en el
caso en que no pueda justificarlo por razona miento alguno.
El razonamiento es justo; como los signos del lenguaje son arbitrarios, es muy
posible que por medio de ellos se logre representar sucesivamente y, no obstante eso,
con toda facilidad, aquellos elementos que en la naturaleza están dados
simultáneamente formando un solo objeto. Pro piedad es ésta del lenguaje y de sus
signos en general; pero no es ciertamente por medio de esta cualidad como mejor se
aproximan al fin de la poesía. El poeta no sólo pretende hacerse inteligible, no basta
que sus concepciones estén expresadas de manera clara y precisa; esto sólo satisface
al prosista; el poeta quiere hacer tan vivas las ideas que despierta en nosotros, que nos
figuremos, en nuestro entusiasmo, sentir de primer momento las verdaderas
impresiones de los objetos mismos, y que, en el momento de la ilusión, cesemos de
tener conciencia del medio de que se vale para obtener su resultado, a saber: de las
palabras. Esto es lo que se ha demostrado más arriba por medio de la definición del
cuadro poético. El poeta debe siempre pintar; veamos ahora hasta qué punto se
prestan los cuerpos a la pintura, vista la yuxtaposición de sus diversas partes.
¿Cómo llegamos a adquirir la noción de una cosa en el espacio? Primero nos
representamos sus partes separadamente, en seguida las relaciones que las ligan y por
fin el todo. Nuestros sentidos ejecutan con rapidez tan sorprendente estas diversas
operaciones, que no nos parecen formar más que una sola, y esta rapidez es
absolutamente necesaria para poder formarnos una noción global, que no es más que
el resultado de las nociones parciales y de la relación que rige las diferentes partes.
Admitamos ahora que el poeta nos conduzca, en el orden más admirable, de una parte
a otra su objeto; que sepa hacernos tan evidentes como sea posible las relaciones de
estas partes; ¿cuánto tiempo necesitará para ello? Lo que la vista abarca de un solo
golpe, el poeta nos lo detalla pieza por pieza, y a menudo sucede que al llegar a la
última, hemos olvidado ya la primera. Y sin embargo, debemos servirnos de estas
piezas para componer el todo; los detalles sometidos al examen de la vista quedan
presentes constantemente, y la vista puede recorrerlos una y mil veces; para el oído,
por el contrario, los detalles desaparecen, si no quedan en la memoria. Y aun
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admitiéndolo así, ¡qué pena, qué trabajo no cuesta el renovar con tanta intensidad,
precisamente en el orden querido, las impresiones producidas, abarcándolas de un
solo golpe, aunque sólo sea con aparente prontitud, a fin de llegar a una vaga noción
del conjunto!
Hagamos la prueba en un ejemplo que puede pasar por modelo en su género:[1]
“Aquí la noble genciana se eleva altiva por encima del humilde coro de plantas
vulgares; todo un pueblo de flores sirve bajo su bandera. Su misma hermana de flor
azul se inclina para adorarla. Sus flores, de oro brillante y dispuestas en rayos, se
elevan en pirámide sobre el tronco y coronan su vestido gris; la viva blancura de las
hojas, rayadas de verde mate, brilla con el resplandor vario de un diamante húmedo.
¡Oh, ley la más justa! La fuerza unida a la gracia, en un bello cuerpo, habita un alma
más bella todavía. Allí trepa una humilde planta parecida a una nube gris, a la cual
dio Naturaleza hojas dispuestas en cruz; su graciosa flor muestra dos mandíbulas
doradas que lleva un pájaro de amatista. Más lejos una hoja brillante y puntiaguda, en
forma de dedos, proyecta sus verdes reflejos en un arroyuelo de agua cristalina; la
nieve delicada de sus flores, coloreada por ligera púrpura, está encerrada en los
blancos rayos de un cáliz estriado. La esmeralda y las rosas también florecen en
medio del matorral y las rocas se cubren de un vestido de púrpura”.
He aquí al sabio poeta pintando flores y plantas con arte admirable, copia de la
Naturaleza. Las pinta, sí, pero sin producir ilusión alguna. Y no es que quiera yo decir
que quien no haya visto jamás las dichas plantas y flores difícilmente podrá formar
idea de ellas por medio de aquella descripción. Posible es, en efecto, que toda pintura
poética exija de antemano el conocimiento de sus objetos. Tampoco quiero negar que
a quien posea tal conocimiento no pueda el poeta despertarle una idea más viva de
ciertas partes. Mi intención, es solamente referirme a la idea del conjunto. Para que
esta idea sea lo más viva posible, no debe predominar en ella detalle alguno
particular, sino que la luz que el poeta distribuye desde lo alto debe iluminar todas las
partes por igual; nuestra imaginación debe poder re correrlas todas con igual
prontitud, a fin de formarse también de todas ellas a la vez un cuadro de conjunto tal
como la Naturaleza lo ofrece a nuestras miradas. ¿Y sucede así en el caso presente? Y
si tal no ocurre, ¿cómo ha podido decirse que “la copia más parecida, hecha por un
pintor, sería pálida y sin brillo al lado de esta descripción poética”?[2] Por el
contrario, queda muy por debajo de lo que es capaz de expresar la tela en líneas y
colores, y el crítico que le tributa este exagerado elogio la ha considerado desde un
punto de vista totalmente falso, pues se ha preocupado más de los adornos extraños
que el poeta ha mezclado en ella, del cuidado que pone en elevarse por encima de la
vida vegetativa y del desarrollo de las perfecciones interiores, a las cuales la belleza
exterior no hace sino servir de envoltura, que no de la belleza misma y el grado de
vivacidad y parecido de la imagen que pueda darnos el pintor o bien el poeta. Y sin
embargo, aquí sólo se trata de ello, y para decir que esos versos: “Sus flores de oro
brillante y dispuestas en rayos se elevan en pirámide sobre el tronco y coronan su
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vestido gris. La viva blancura de las hojas rayadas de verde mate brilla con el
resplandor vario de un diamante húmedo”; para decir que estos versos, repito, pueden
rivalizar con la impresión producida por la imitación de un Van Huysum, precisa no
haber interrogado jamás los sentidos propios o querer disimularlos a sabiendas. En
presencia de las flores, no digo yo que los versos no produzcan su efecto; pero
tomados en sí mismos, dicen muy poca cosa, o nada quizás, pues a cada palabra oigo
al poeta y su obra, estando siempre muy lejos de ver la cosa misma.
Lo repito, pues: no niego al lenguaje en general el poder de describir un todo
material siguiendo una a una todas sus partes; ello le es posible porque los signos que
emplea, aunque sucesivos, son, sin embargo, arbitrarios; pero rehusó este poder al
lenguaje considerado como instrumento poético, porque tales descripciones de los
cuerpos, hechas con palabras, no pueden producir la ilusión, objeto principal de la
poesía; y digo que esta ilusión les debe faltar, por que el carácter de coexistencia del
cuerpo se halla así en contradicción con el carácter sucesivo del discurso y al des-
aparecer el primero en provecho del segundo, podemos ciertamente descomponer con
mayor facilidad todo en sus partes, pero en cambio se nos hace excesivamente difícil,
y a menudo imposible, hacer la reconstitución definitiva de dichas partes en un todo.
Pero toda vez que no se trate de ilusionar, sino de formar, en la inteligencia del
lector, conceptos tan claros y completos como sea posible, dichas descripciones de
objetos materiales, excluidas de la poesía, pueden justificarse; y no solamente el
prosista, sino también el poeta didáctico (pues donde es didáctico no es poeta),
pueden emplearlas con gran provecho. Tal es el modo, por ejemplo, como Virgilio, en
su poema las Geórgicas, describe una vaca a propósito para la cría:
“La mejor vaca es la de mirada feroz, cabeza de informe belleza, cuello macizo,
papada pendiente hasta las piernas y costados desmesuradamente anchos; en fin, todo
debe ser grande en ella, hasta las patas y las dos orejas vellosas debajo de los cuernos
encorvados. Yo prefiero la que está manchada de negro o blanco que sacude el yugo,
que amenaza con los cuernos, que muge como el toro y que en fin, altiva en el andar,
borra con la cola las huellas de sus pasos”.
O bien un bello potro:
“La frente elevada, fina la cabeza, el vientre pequeño, ancha la grupa y los
vigorosos músculos dibujándose en el generoso pecho”.[3]
¿Quién no sabrá comprender aquí que el poeta ha querido analizar las partes más
bien que describir el conjunto? Quiere enumerarnos los caracteres distintivos de un
buen potro, de una vaca bien conformada, a fin de enseñarnos a juzgar de la bondad
de uno o de otra según más y mejores sean dichos caracteres, sin que le importe nada
si reunidos de aquella u otra manera pueden o no formar una imagen de conjunto.
Fuera de este empleo, las pinturas detalladas de objetos materiales, cuando no se
recurre al artificio de Homero de que he hablado, el cual consiste en cambiar el
carácter de coexistencia de dichos objetos en una real sucesión de fenómenos, tales
pinturas, repito, han sido consideradas siempre por los mejores críticos como una
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habilidad pueril y fría, para la cual se requiere bien poco o ningún talento. “Cuando el
mal poeta —dice Horacio— ha agotado ya todos los recursos, echa mano de un
bosque sagrado, un altar, un arroyo que serpentea a través de los campos
encantadores, un torrente que muge, un arco iris.
“Entonces describe el bosque sagrado y el altar de Diana, o bien el arroyo que
corre a través de las verdes praderas, o el Rin caudaloso o el arco iris”.[4]
Pope, a la edad madura, lanzaba una mirada de profundo desdén a todos los
ensayos descriptivos de su niñez poética, y bien claramente afirmaba que todos
cuantos quisieran llevar dignamente el nombre de poetas, debían renunciar cuanto
antes a la manía de las descripciones: el género descriptivo era definido por él como
un festín compuesto únicamente de salsas.[5] Cuanto a M. de Kleist, puedo asegurar
que no se sentía orgulloso de su Primavera. Si hubiese vivido más tiempo, le hubiera
dado una forma muy diferente. Pensaba en sujetarla a un plan y buscaba los medios
de desarrollar a nuestra vista, por su natural orden y su cesión, aquella multitud de
imágenes que parecía haber tomado al azar, ora de un lado, ora de otro, en el espacio
infinito de la creación. Probablemente hubiera hecho lo que Marmontel aconsejaba a
ciertos poetas alemanes, con motivo de sus églogas: de una sucesión de imágenes
cuidadosamente sembradas de sentimientos, hubiera hecho una sucesión de
sentimientos cuidadosamente sembrados de imágenes.[6]
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XVIII
Y SIN EMBARGO, se pretende que el mismo Homero ha caído en estas frías
descripciones de objetos materiales.
Creo que son muy pocos los pasajes que pueden invocarse en apoyo de tal
aserción, y estoy seguro de que aun así, estos raros pasajes confirman más bien la
regla a la cual parecen hacer excepción.
Queda, pues, establecido mi principio de que el tiempo es el dominio del poeta,
como el espacio es el dominio del pintor.
Reunir en un solo y mismo cuadro dos momentos alejados necesariamente uno de
otro, como ha hecho fray Mazzuoli con el rapto de las sabinas y la reconciliación
entre sus esposos y sus padres, o bien, como ha hecho el Ticiano con la historia entera
del hijo pródigo, su vida desordenada, su miseria y su arrepentimiento; reunir
momentos tales, repito, es una invasión del pintor en el dominio del poeta, que el
buen gusto no aprobará jamás.
Enumerar sucesivamente al lector varios detalles o varios objetos que en la
Naturaleza deben abarcarse de un solo guipe de vista a fin de formar un todo,
tratando así de ofrecerle una imagen de conjunto; enumerar detalles u objetos tales,
repito, es una invasión del poeta en el dominio del pintor, en la cual el primero
prodiga en vano y sin provecho mucha imaginación.
Sin embargo, permítaseme una salvedad. Sucede con la pintura y la poesía lo que
con dos vecinos amigos y honrados, los cuales, sin sufrir se tome el uno libertades
que perjudiquen la propiedad del otro, usan sin embargo de una reciproca indulgencia
en los límites comunes, en compensación mutua de las pequeñas incursiones en el
terreno vecino que, ora al uno, ora al otro, fuerzan a hacer las circunstancias del
momento.
No insistiré, a este respecto, en el hecho de que en los grandes cuadros históricos
el momento único es casi siempre un poco extenso, y que entre las obras muy ricas en
personajes, quizá no se hallará una sola en que cada uno de ellos tenga de modo
exacto el movimiento y la actitud que debiera en el momento de la acción principal,
pues, muy al contrario, unos son algo anteriores y otros algo posteriores al instante
principal. Libertad es ésta que el maestro debe justificar por algún artificio de
disposición, por la proximidad o el alejamiento de sus personajes, de modo que les
sea permitido tomar una parte más o menos instantánea en la acción. Recordaré
solamente una observación hecha por Mengs a propósito de los vestidos en los
cuadros de Rafael.[1] “Todos los pliegues —dice— tienen su razón de ser en este
pintor; unos motivados por su pro pio peso y otros por la acción de los miembros. A
veces su disposición descubre cómo estaban antes, y hasta en esto también ha puesto
el pintor cierta intención. Así vemos, por los pliegues, si una pierna o un brazo estaba
hacia adelante o hacia atrás antes del movimiento actual; si el miembro antes plegado
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se ha extendido o se extiende, o bien si antes extendido, se pliega ahora”. Es
indiscutible que, en este caso, el artista reúne dos momentos distintos en uno solo,
pues si, al adelantarse el pie que estaba hacia atrás, la parte del vestido que le recubre
debe seguirle inmediatamente, a menos que sea de una tela muy rígida, y por esto
mismo poco conveniente a la pintura, es evidente que no existe momento alguno en
que el vestido adopte otro pliegue que el que exige la posición actual del miembro, y
si se le da otro, se tiene el momento precedente para el vestido y el actual para el
miembro. No obstante, ¿cómo ser tan exigentes con un artista que halla ventajoso
mostrarnos a la vez estos dos instantes? ¿Quién no le alabará más bien la inteligencia
que requiere cometer una falta que le permite alcanzar mayor perfección en la
expresión?
El poeta tiene derecho a la misma indulgencia. Su imitación progresiva no le
permite sorprender, por decirlo así, más que un solo aspecto a la vez, una sola
propiedad de los objetos materiales. Pero si la feliz estructura de su lengua le permite
hacerlo con una sola palabra, ¿por qué le estaría vedado añadir de cuando en cuando
una segunda palabra? ¿Por qué no también una tercera, si ello vale la pena, y hasta
una cuarta? He dicho que, para Homero, un bajel, por ejemplo, es simplemente el
negro bajel, o bien el hueco bajel, o el bajel rápido, o todo lo más el negro bajel
provisto de remeros. Esto tomado en sentido general; pues de cuando en cuando
hallamos pasajes en los cuales añade el tercer epíteto descriptivo: “las ruedas
redondas, de cobre y de ocho radios”;[2] y hasta el cuarto: “un escudo pulido de todos
lados, bello, de cobre y trabajado al mar tillo”.[3] Sin embargo, ¿quién se atreverá a
criticarle por ello? ¿Quién no le agradecerá, más bien, esta pequeña exuberancia, en
razón del buen efecto que puede producir en un limitado número de pasajes
apropiados?
No obstante, en modo alguno pretendo yo deducir la justificación del poeta, o del
pintor, basándome en la comparación de los dos vecinos benévolos puesta más arriba.
Una simple comparación no prueba ni justifica nada. Pero he aquí en cambio una
razón: así como en el caso del pintor, los dos instantes diferentes se tocan de tan cerca
y de modo tan inmediato, que pueden ser considerados como un solo y único instante,
igualmente en el caso del poeta los múltiples rasgos que representan las diversas
partes y las diversas propiedades de un objeto en el espacio se suceden con tanta
rapidez y en una duración tan limitada, que creemos oírlos todos de una vez.
Y en esto Homero tiene la gran ventaja de la excelencia de su idioma, el cual no
solamente le deja en entera libertad para acumular y componer los epítetos, sino que
además le permite un orden tan feliz en esta acumulación, que compensa con creces
la suspensión forzada del relato. Las lenguas modernas están generalmente privadas
de una o varias de estas ventajas. Las que, como la francesa, se ven obligadas a
traducir el verso de Homero diciendo: “Les roues rondes, qui étaient faites d’airain
et avaient huit rayons”, traducen muy bien, sin duda alguna, el sentido, pero
sacrifican la imagen. Ahora bien; como aquí el sentido no es nada y la imagen lo es
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todo, resulta que el sentido sin la imagen hace del poeta más animado un charlatán
fastidioso, y tal es la suerte que le ha cabido a veces al buen Homero bajo la pluma de
la escrupulosa Mme. Dacier. En cambio nuestra lengua alemana puede traducir, es
cierto, las más de las veces, los epítetos de Homero por sinónimos igualmente breves,
pero en modo alguno puede imitar el orden tan ventajoso de la lengua griega. En
alemán decimos muy bien “las redondas, de cobre, de ocho radios”, pero la palabra
“ruedas” se arrastra penosamente detrás. Y por otra parte, ¿quién no halla que tres
adjetivos diferentes, enunciados antes de conocer el sujeto, no pueden producir sino
una imagen vaga e incierta? El poeta griego une inmediatamente el sujeto al primer
adjetivo, y hace seguir los demás, diciendo: “Las redondas ruedas, de cobre, de ocho
radios”. Así, en seguida sabemos de qué nos habla, y conforme al orden natural del
pensamiento, primero conocemos el objeto y sus atributos después. Nuestra lengua no
tiene esta ventaja, o mejor dicho, si la tiene, raras veces puede hacer uso de ella sin
caer en el equívoco. Pues los epítetos, si queremos colocarlos detrás, precisa que sean
invariables y que digamos así: “Runde Räder, ehern und achtspeichicht”. Ahora bien;
en esta forma invariable, nuestros adjetivos se confunden con los adverbios, y si
como tales se les relaciona con el verbo más próximo afirmado de la cosa, deben dar
por resultado, las más de las veces, un sentido muy falso y en todo caso equívoco.
Pero así, deteniéndome en insignificantes detalles, parece quiero rehuir la
cuestión del escudo de Aquiles, ese célebre cuadro por el cual principalmente ha sido
considerado Homero, desde la Antigüedad misma, como un maestro en la pintura.[4]
Un escudo, se objetará, es, sin embargo, un objeto material y único, del cual no es
dado al poeta hacernos la descripción, pues debe ofrecernos sucesivamente los rasgos
que en el objeto están dados en forma simultánea. Y Homero ha descrito aquel
escudo en más de cien versos magníficos, conforme a su materia, su forma y todas las
figuras que adornaban su inmensa superficie; lo ha descrito con tantos detalles y tanta
exactitud, que no ha sido difícil a los artistas modernos hacernos un dibujo
absolutamente conforme al relato del poeta.
A esta objeción particular responderé… que ya he respondido: Homero pinta el
escudo, no como un objeto de terminado y perfecto, sino conforme se va
construyendo. Ha empleado, pues, aquí también, ese artificio que todos admiramos, y
que consiste en hacer consecutivo lo que hay de coexistente en su objeto, cambiando
así la enojosa descripción de un cuerpo en la viva pintura de una acción. No es el
escudo lo que vemos, sino el artista divino ocupado en fabricarlo. Es a Vulcano, junto
a la forja, con el mar tillo y las tenazas a quien vemos transformar en láminas el tosco
metal, para ver luego cómo surgen del cobre, una tras otra, bajo su hábil martillo, las
imágenes con que las adorna. Y no le perdemos de vista en tanto no está todo
concluido, y sólo entonces admiramos su obra con la admiración llena de fe de un
testigo ocular que la ha visto hacer.
Pero no podemos decir lo mismo del escudo de Eneas, en Virgilio. El poeta latino
no ha sentido en esta ocasión la delicadeza de su modelo, o bien los objetos que ha
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tratado de poner en su escudo le parecían impropios de ser ejecutados ante nuestra
vista, pues se trata de profecías, y no hubiera convenido, seguramente, que el dios las
hubiera explicado en nuestra presencia tan claramente como hace después el poeta,
interpretándolas. Las profecías, como tales, exigen un lenguaje oscuro que no permite
usar los nombres de los héroes futuros a que se refieren. Y sin embargo, según toda
apariencia, tales nombres eran lo más importante para el poeta cortesano.[5] Pero si
esto le excusa, en nada destruye el mal efecto producido al separarse de la vía seguida
por Homero. Los lectores de delicado gusto me darán la razón. Las disposiciones que
toma Vulcano para su trabajo son, en Virgilio, casi las mismas que le hace tomar
Homero. Pero en vez de ver, como en Homero, no solamente los preparativos del
trabajo, sino el trabajo mismo, Virgilio, después de habernos mostrado únicamente y
de manera general al dios ocupado con sus cíclopes, que[6] “…forjan un escudo
inmenso… Unos reciben el aire en fuelles hinchados, otros emplean el hierro en el
agua silbante. El antro gime a los golpes redoblados sobre las forjas. Los cíclopes
elevan los brazos en cadencia y con las tenazas en las manos dan vueltas al metal”.
Virgilio, repito, hace caer el telón y nos transporta a otra escena muy diferente,
conduciéndonos después al valle en que Venus va a encontrar a Eneas, con las armas
que entretanto han sido fabricadas. La diosa las apoya en el tronco de un roble, y
después que el héroe las ha mirado bastante y admirado, tocado y ensayado, entonces
el poeta principia la descripción o pintura del escudo, la cual, con sus eternos “he
aquí y allá”, “allí se ve”, “no muy lejos se descubre”, etc., resulta tan fría, tan
fastidiosa, que todos los adornos poéticos con que un Virgilio ha podido embellecerla
apenas si logran hacérnosla soportable. Además, puesto que dicha pintura no la hace
el mismo Eneas, que admira las figuras sin comprender nada de su significado: “Se
complace en contemplar la imagen de cosas que no comprende”, ni tampoco Venus,
aunque ésta debiera conocer el destino de sus descendientes tan bien como su
complaciente esposo, sino que, por el contrario, sale de la boca misma del poeta,
resulta de ello bien claramente que la acción queda suspendida durante el relato.
Ninguno de los personajes del poema toma parte en ella; además, para el asunto, es
indiferente que el escudo represente una cosa u otra. En todas partes apunta el espíritu
cortesano que adorna su obra de toda clase de ilusorias adulaciones, pero en ninguna
el genio que, confiado en la propia fuerza de su obra, desprecia todo medio extraño
de hacerla interesante. El escudo de Eneas, por consiguiente, no es sino un simple
añadido, sin otro fin que el de adular el orgullo nacional de los romanos. Es un arroyo
lejano que el poeta conduce a su río para darle mayor animación. El escudo de
Aquiles, por el contrario, es producto propio de un suelo fértil, pues era preciso hacer
un escudo, y como lo que es necesario no sale nunca sin gracias de las manos de la
Divinidad, era natural que el escudo tuviera sus adornos. Pero el arte consiste en
tratar estos adornos como simples adornos, en ligarles al objeto principal a fin de
mostrárnoslos únicamente con relación a él, y esto sólo podía hacerse a la manera de
Homero. Vulcano, en Homero, ejecuta con arte unos adornos, porque debe hacer un
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escudo digno de él; Virgilio, por el contrario, parece hacerle hacer el escudo a causa
de los adornos, puesto que les da tanta importancia que nos hace de ellos una
descripción especial mucho tiempo después que el escudo ha sido terminado.
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XIX
CONOCIDAS son las objeciones hechas por Escalígero (padre), Perrault, Terrasson y
otros contra el escudo de Homero. Las respuestas de Dacier, Boivin y Pope son
también conocidas. Pero me parece que estos últimos se dejan arrastrar a menudo
demasiado lejos y que, confiando en la bondad de su causa, emiten juicios tan
inexactos como inconvenientes a la justificación del poeta.
Para responder a la objeción principal, esto es, que Homero recarga el escudo de
multitud de figuras que no pueden tener cabida en su superficie, Boivin concibió la
idea de hacerlo dibujar observando las medidas necesarias. Su idea de trazar diversos
círculos concéntricos es muy ingeniosa, aunque las palabras del poeta no la autorizan
en modo alguno y aunque en ninguna parte hallamos nada que indique que los
antiguos hubiesen tenido escudos divididos de tal manera. Puesto que Homero mismo
lo nombra “un escudo artísticamente trabajado de todos lados”, hubiera yo preferido,
para disponer de más espacio, servirme también de la superficie cóncava, pues sabido
es que los artistas antiguos no la dejan vacía, como lo prueba el escudo de Minerva
hecho por Fidias.[1] Y no contento Boivin con rehusar esta ventaja, todavía ha
aumentado sin necesidad el número de asuntos para los cuales debía hallar lugar en
un espacio reducido a la mitad. Pues lo que en el poeta no es evidentemente sino un
solo cuadro, Boivin lo ha dividido en dos y hasta en tres diferentes. Sé muy bien lo
que le ha decidido a ello, pero en lugar de dejarse con vencer por un argumento tal,
en lugar de esforzarse por llenar las condiciones exigidas por sus adversarios, hubiera
podido probarles que sus exigencias eran injustas.
Quizás logre darme a comprender mejor por un ejemplo; al decir Homero de una
ciudad: “Una asamblea numerosa se apiñaba en el mercado; dos hombres disputaban
vivamente con motivo de un homicidio. El uno afirmaba haber pagado el rescate, y el
otro negaba haberlo recibido. Los dos corrían hacia el juez y se partía entre uno y otro
la multitud, a la cual los heraldos imponían silencio. Los jueces, sentados en el
sagrado hemiciclo, sobre piedras talladas, tomando en sus manos los bastones de los
heraldos, se levantaron y pronunciaron la sentencia, y en medio de la asamblea había
dispuestos dos talentos de oro”,[2] creo yo que no ha querido presentar sino un solo
cuadro, la pintura de un juicio público a propósito del pago rehusado de la multa
exigida por un crimen. El artista que se propone ejecutar este cuadro no puede utilizar
de él más que un momento» ya sea el de la acusación, o el de la audiencia de los
testigos, el de la celebración del juicio, o cualquier otro que mejor le acomode, tanto
si es antes o después de ellos como en el intervalo. Y dicho momento único debe
hacerlo tan fecundo como le sea posible, con todas las ilusiones de que dispone el
arte y que faltan a la poesía en la representación de objetos visibles. Pero el poeta,
que a este respecto queda muy por debajo del artista, ¿qué puede hacer si quiere
pintar el mismo asunto con palabras y no quiere fracasar por completo? ¿Qué, sino
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servirse también él de las ventajas propias de su arte? ¿Y cuáles son estas ventajas?
La libertad de extenderse más allá del momento presente y único de la obra de arte,
tanto en lo que precede como en lo que sigue, y la posibilidad de hacernos ver, por
este medio, no solamente lo que nos hace ver el artista, sino también lo que éste no
puede sino darnos a adivinar. Por medio de esta libertad, por medio de este poder,
logra el poeta igualarse al artista, y sólo cuando el efecto de sus obras es igualmente
vivo puede decirse que se ha logrado entre ellas la máxima semejanza; pues en eso
consiste el parecido y no en la identidad de lo que ambas llevaban al alma, por
intermedio del oído una, por intermedio de la vista otra. Así, pues, Boivin hubiera
debido juzgar el pasaje de Homero desde este punto de vista, y no hubiera caído
entonces en la equivocación de hacer tantos cuadros distintos como momentos
diferentes creía ver en el mismo. Es cierto que todo lo que dice Homero no podía
hallarse reunido en un mismo cuadro. La acusación y la defensa, la deposición de los
testigos y los gritos del pueblo dividido, los esfuerzos de los heraldos por apaciguar el
tumulto y las decisiones de los árbitros, son todas circunstancias sucesivas que, por
consiguiente, no pueden yuxtaponerse en la tela. Pero, para servirme del lenguaje de
la escuela, lo que en el cuadro no estaba encerrado in actu (actualmente) se hallaba en
él virtute (virtualmente), y la verdadera manera de reproducir en palabras un cuadro
material es ligar aquel último elemento, el elemento virtual, al realmente visible, y no
encerrarse en los límites del arte, que, si bien permiten al poeta enumerar los datos de
un cuadro, le impiden en cambio representar el cuadro mismo.
Boivin divide también el cuadro de la ciudad sitiada en tres cuadros diferentes.[3]
Con igual razón podía dividirlo en doce. Pues toda vez que no ha comprendido el
genio del poeta, ya que le exigía sujetarse a la unidad de la pintura material, le
hubiera sido fácil encontrar muchas más in fracciones a esa unidad, tanto que casi
hubiera debido asignar una zona especial del escudo a cada rasgo particular del poeta.
Pero según mi criterio, Homero no ha puesto en total más ele diez cuadros diferentes
en toda la superficie del escudo, haciendo principiar cada uno de ellos por una de
estas fórmulas: aquí representó o colocó; o bien: el dios había representado
artísticamente.[4] Allí donde la frase no principia por una de estas fórmulas, ningún
derecho auto riza a suponer un cuadro distinto; por el contrario, precisa que todo
cuanto a esas palabras se refiere, se considere un solo cuadro, al cual no falta sino la
concentración en un único momento que el poeta no estaba obligado a señalar.
Todavía hay más: si el poeta hubiese indicado ese momento, si se hubiese detenido en
él exactamente, si no hubiese dejado mezclarse a su descripción ningún rasgo que no
pudiese ligarse a la acción principal en un cuadro material; en una palabra, si hubiese
hecho tal como exigen sus críticos, es verdad que estos señores no hubieran hallado
en él nada criticable pero tampoco, en cambio, ningún hombre de gusto hubiera
encontrado en el mismo nada que admirar.
Pope, no contento con aprobar la división y los dibujos de Boivin, todavía creyó
hacer algo extraordinario de mostrando además que aquella manera de dividir los
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cuadros estaba indicada por Homero, conforme a las reglas más rigurosas de la
pintura, tal como se practica hoy en nuestros días. Contraste, perspectiva, las tres
unidades, todo estaba observado del mejor modo. Y aunque sabía perfectamente, por
testimonios dignos de fe, que la pintura, en tiempo de la guerra de Troya, todavía
estaba en su infancia, era preciso, según él, o que Homero, gracias a su genio divino,
hubiese superado lo que podía hacer la pintura en aquella época o en la suya propia,
para ofrecer lo que era capaz de producir en todos los tiempos, o bien que dichos
testimonios no fueran lo bastante dignos de fe como para no deber preferirles el
testimonio manifiesto del arte os tentado en la fabricación del escudo. En cuanto a la
primera hipótesis, es posible que alguien la admita, pero nadie seguramente se dejará
persuadir por la segunda, si ha sabido aprender en Ja historia del arte algo más que las
simples indicaciones de los historiadores; pues sabrá perfectamente que la pintura, en
tiempo de Homero, estaba todavía en pañales, no solamente porque así lo afirma un
Plinio o algún otro autor, sino sobre todo porque, conforme se des prende de las obras
de arte mencionadas por los antiguos, aun muchos siglos después de Homero, la
pintura no había adelantado gran cosa, y, por ejemplo, los cuadros de un Polígono
estaban todavía muy lejos de resistir la prueba de que son capaces los del escudo,
según Pope. Las dos grandes obras de aquel maestro griego, que se hallaban en
Delfos y de las cuales Pausanias nos ha dejado una descripción tan detallada,[5] a
todas luces no tenían todavía perspectiva. Esta parte del arte debe rehusarse en
absoluto a los antiguos, y lo que Pope alega para probar que Homero tenía ya idea de
ella, no prueba sino que el mismo Pope la tenía muy deficiente.[6] “Homero —dice—
no puede haber ignorado el arte de la perspectiva, puesto que indica expresamente la
distancia de un objeto a otro. Hace observar, por ejemplo, que los espías estaban
situados un poco más lejos que los demás personajes y que el roble, bajo cuya sombra
se había dispuesto la comida de los segadores, estaba situado al lado. Igualmente, lo
que dice del valle sembrado de ganados, de cabañas y establos, es evidentemente la
descripción de un gran paisaje en perspectiva. Otra prueba general en apoyo de mi
aserción puede hallarse en la multitud de personajes que hace figurar en el escudo, y
que en modo alguno podían representarse en él en sus dimensiones naturales; de
donde resulta, de modo evidente, que el arte de reducirlos por medio de la perspectiva
era ya conocido en aquella época”. La simple observación de este hecho de
experiencia óptica, a saber, que un objeto parece más pequeño de lejos que de cerca,
está todavía muy lejos de dar la perspectiva a un cuadro. La perspectiva exige un
punto de vista único, un horizonte natural y determinado por el ojo de un solo
observador, y esto es precisamente lo que faltaba en los cuadros de los antiguos. En
los de Polignoto, el terreno no era horizontal, sino que se elevaba hacia el fondo de
modo tan prodigioso, que los personajes que debían parecer colocados unos detrás de
otros, más bien aparecían encima unos de otros. Y si tal era generalmente la posición
dada a los diversos personajes y a sus grupos, como podemos observar en los
antiguos bajorrelieves, en los cuales los personajes del fondo están colocados siempre
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más arriba que los de adelante y mirando por encima de éstos, es natural admitirlo
también en la descripción de Homero, y no separar sin necesidad alguna aquellas de
sus imágenes que dicha disposición permite reunir en un solo cuadro. La doble
escena de la ciudad pacífica, cuyas calles se veían cruzadas por el alegre cortejo de
una boda, mientras se juzgaba un proceso importante en la plaza pública, no exige,
por consiguiente, un doble cuadro, y Homero lo ha podido imaginar perfectamente
como formando uno solo, porque se representaba a sí mismo la ciudad entera bajo un
punto de vista suficientemente elevado como para poder contemplar con comodidad y
de una sola mirada las calles y la plaza pública.
Mi opinión es que no se ha llegado a la verdadera perspectiva en los cuadros sino
pasando por la pintura de las decoraciones teatrales, y todavía, cuando este arte había
ya alcanzado su perfección, debía hacerse difícil aplicar sus reglas en una superficie
plana, puesto que hasta en los cuadros de época posterior hallados entre las
antigüedades de Herculano, se notan faltas contra la perspectiva, y tan numerosas y
diversas, que apenas se perdonarían actualmente a un escolar.[7]
Pero quiero ahorrarme el trabajo de reunir mis observaciones dispersas sobre un
punto al cual espero hallar satisfacción completa en la Historia del arte prometida por
Winckelmann.[8]
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XX
EMPRENDO de nuevo mi camino, si es que un paseante puede tenerlo.
Lo que he dicho de los objetos materiales en general se aplica mucho mejor a los
objetos materiales dotados de belleza.
La belleza material resulta de la armonía de las diversas partes que la vista abarca
de una vez. Exige, pues, que estas partes estén yuxtapuestas, y como los objetos
cuyas partes están así dispuestas son el objeto propio de la pin tura, éste es el único
arte que puede imitar la belleza física.
El poeta, no pudiendo mostrar sino unos tras otros los elementos de la belleza, se
abstiene, pues, por completo de la pintura de la belleza material. Siente que estos
elementos, dispuestos sucesivamente, no sabrían producir el mismo efecto que siendo
simultáneos; que la mirada que lanzamos sobre el conjunto después de la
enumeración de sus partes, no nos da una imagen concordante en todos sus detalles;
que es un esfuerzo imposible para la imaginación humana el representarse el efecto
que producirían juntas tal boca, tal nariz y tales ojos, si no puede recordarse haber
visto un conjunto análogo en la Naturaleza o en el arte.
Y todavía en esto Homero es el modelo por excelencia. El poeta dice, por
ejemplo: “Nireo era bello; Aquiles era más bello todavía; Helena era de una belleza
divina”. Pero en parte alguna se le ocurre dar una pintura detallada de estas bellezas.
Y sin embargo, todo el poema se funda en la belleza de Helena. ¡Qué lujo de detalles
hubiera prodigado un poeta de hoy en caso semejante!
Ya Constantino Manases[1] quiso adornar su árida crónica con el retrato de
Helena. Yo le agradezco esta tentativa, pues no podría hallar otro ejemplo que
demuestre mejor lo insensato que es emprender una cosa que Homero ha tenido la
discreción de omitir. Cuando leo en Manasés: “Era la más bella de todas las mujeres.
De bellas cejas, de color fresquísimo, de bellas mejillas, de rostro atractivo, de ojos
grandes, de piel blanca como la nieve, de mirada brillante y viva. Dulce, delicada y
tierna, era un jardín lleno de encantos, era la belleza personificada. Tenía los brazos
de alabastro, blanca la frente, encarnadas las mejillas, los párpados encantadores,
seductores los rasgos. Era una belleza sin engaño, sin más color que el natural. Su
blancura estaba coloreada de rosa, a semejanza del marfil, que lo está de púrpura. Su
cuello era largo y de una gran blancura, y de ahí la ficción de los poetas de que
Helena tuvo a un cisne por padre”, me parece ver acarrear hacia lo alto de una
montaña las piedras destinadas a construir en la cumbre un pomposo edificio, para
ver luego cómo caen todas por el otro lado. ¿Qué imagen deja tras de sí este diluvio
de palabras? ¿Cuál era, en fin, la apariencia de Helena? Entre mil personas que
leyesen esta descripción, ¿no se formaría cada una de ellas una imagen diferente?
Pero precisa reconocer que los versos políticos de un fraile son cosa muy
diferente de la poesía. Oigamos ahora a Ariosto cómo hace el retrato de la
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encantadora Alcina:
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Mas es de suponer que corresponde
A aquello que se ve lo que se esconde.
Guarda su brazo justo
Perfecta proporción con todo el busto;
Termínalo una mano de azucena
Que en torneados dedos se prolonga,
Y a cuya tersa candidez no hay vena
No hay arruga ni nudo que se oponga.
Un pie ligero, esbelto y recogido
Sostiene en fin a aquella
Que se muestra a Roger afable y bella.[2]
Milton dice, con ocasión del Pandemonio: “Unos alaban la obra, otros el artista”.
Así, pues, el elogio de la una no implica necesariamente siempre el elogio del otro.
Una obra de arte puede merecer todos los aplausos sin que con tenga mucho que decir
en favor del artista. En cambio, un artista puede con razón reclamar nuestra
admiración sin que su obra nos satisfaga por completo. Si esto no se olvida jamás, es
fácil hacer concordar juicios contradictorios en apariencia. Como el de Dolce, por
ejemplo, en sus diálogos sobre la pintura, en uno de los cuales hace pronunciar al
Aretino un elogio extraordinario de las estancias de Ariosto citadas,[3] y que yo, por
el contrario, las elijo como ejemplo de un cuadro sin cuadro. Y los dos tenemos
razón: Dolce admira en ellas el conocimiento de que hace gala el autor en materia de
belleza física, y yo no considero sino el efecto que este conocimiento puede producir
en mi imaginación, en tanto es expresado por palabras. De dicho conocimiento
concluye Dolce que los buenos poetas son también buenos pintores, y yo, de dicho
efecto, que lo que los pintores pueden expresar perfectamente en líneas y colores, no
puede el poeta traducirlo en palabras. Dolce recomienda la descripción de Ariosta a
lodos los pintores, como el retrato más perfecto de una bella mujer, y yo la
recomiendo a todos los poetas como la más instructiva advertencia de no intentar, con
peor fortuna todavía, lo que debía resultarle tan mal al mismo Ariosto. Al, decir esto,
prueba que comprende el arte de las proporciones tan perfectamente como haya
podido estudiarlo el artista más concienzudo en la Naturaleza y en los antiguos.[4] En
estas simples palabras:
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Por su rostro esparciéndose,
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modo su poder, que todo el canto parece hecho más bien en loor del arte que de su
amada. El poeta no ve el retrato, sino a su ama da misma, y cree que esta imagen va a
abrir la boca para hablar:
“¡Basta! Ya lo veo. Pronto, ¡oh, retrato! vas a hablar”.
Igualmente, en el detalle de las bellezas de Batilo, el elogio del adolescente está
de tal modo ligado al elogio del arte y del artista, que no sabría distinguirse en honor
de quién Anacreonte ha compuesto su canto. Reúne las partes más bellas de
diferentes cuadros cuyo rasgo característico es precisamente la belleza eminente de
las mismas. Toma el cuello de un Adonis, el pecho y las manos de un Mercurio, las
caderas de un Pólux, el vientre de un Baco, hasta que halla su Batilo entero en un
Apolo que el artista ha dotado de todas las perfecciones:
“Que con este rostro, tenga un cuello más blanco que el de Adonis; ponle el
pecho y las dos manos de Mercurio, las piernas de Pólux, el vientre de Baco… En fin,
toma este Apolo para hacer de él un Batilo”.
Igualmente, Luciano no sabe dar una idea de la belleza de Pantea sino remitiendo
al lector a la más bellas estatuas de mujer de los antiguos artistas.[10] ¿No es esto
reconocer que las palabras, por sí mismas, no tienen aquí poder alguno, que la poesía
balbucea y que la elocuencia queda muda cuando el arte no viene en cierto modo a
servirle de intérprete?
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PERO ¿no pierde demasiado la poesía si se le prohíben tedas las imágenes de belleza
corporal? ¿Pero quién pretende prohibírselas? Si se trata solamente de desviarla de un
camino por el cual cree llegar a reproducir dichas imágenes, mientras no hace sino
seguir los pasos de un arte hermano, detrás del cual se arrastra penosamente, sin
poder, como él, llegar jamás al fin propuesto, ¿es esto cerrarle todos los demás
caminos, en los cuales precisamente debe el arte a su vez cederle el paso?
El mismo Homero, que con tanto cuidado se abstiene de toda descripción
detallada de la belleza física, y que apenas nos dice al pasar que Helena tenía los
brazos blancos[1] y una bella cabellera;[2] el mismo Homero, repito, sabe muy bien, a
pesar de ello, darnos una idea de su belleza que supera todo cuanto sea capaz de
ofrecemos la pintura. Recuérdese el pasaje en que Helena se presenta en medio de la
asamblea de los ancianos del pueblo troyano. Los venerables viejos la ven y
exclaman:[3]
“No es de extrañar que los troyanos y los griegos de bellas cnémides hayan
sufrido tanto tiempo miles de males por causa de esta mujer. Pues su belleza sólo es
compara ble a la de las diosas inmortales”.
¿Qué recurso es capaz de engendrar una idea más viva de la belleza que éste de
representar a la fría vejez reconociendo que Helena valía aquella guerra que costó
tantas lágrimas y tanta sangre?
Lo que Homero no podía describir en sus elementos constitutivos, nos lo da a
conocer por el efecto que produce. Pinten los poetas el placer, la atracción, el amor, el
arrebato que causa la belleza, y nos habrán pintado la belleza misma. ¿Quién
imaginará feo el objeto del amor de Safo, cuando ella reconoce que su sola vista le
hace perder el sentido y el pensamiento? ¿Quién no imaginará ver el ser más bello y
perfecto, si simpatiza con el sentimiento que sólo este ser puede excitar? Si al
mostrarnos Ovidio a su Lesbia creemos gozar del encanto de que gozaba él mismo,
no es porque nos pinte su cuerpo, parte por parte, sino porque lo hace con aquella
embriaguez voluptuosa tan propia a despertar nuestra imaginación.
Otro de los medios de que se vale la poesía para superar al arte en la
representación de la belleza corporal, es transformar en encanto esta belleza. El
encanto es la belleza en movimiento, y por esta causa es menos favorable al pintor
que al poeta. El pintor no puede sino hacer adivinar el movimiento, pero de hecho,
sus figuras están in móviles. Por consiguiente, en la pintura el encanto degenera en
mueca. Pero en la poesía, queda tal cual es, una belleza fugaz, que deseamos ver
renovarse, que aparece y desaparece, y, como en general, nos acordamos más fácil y
viva mente del movimiento que de las formas y colores, el encanto obra en nosotros
mayor efecto que la belleza. Vol viendo al retrato de Alcina, lo que en él nos agrada y
conmueve es el encanto. La impresión que producen sus ojos no deriva de que sean
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negros y llenos de fuego, sino de que, Henos de dulzura en el mirar y de languidez en
sus movimientos, miran tiernamente en derredor y se mueven lentamente, porque el
amor revolotea en torno de ellos y por ellos lanza todas sus flechas. Su boca encanta,
no por que los labios, cubiertos de un cinabrio natural, encierren dos hileras de finas
perlas, sino porque en ella se dibuja una amable sonrisa que, por sí sola, abre un
paraíso sobre la tierra; porque de aquella boca salen palabras afectuosas que
enternecen los corazones más feroces. Su seno encanta, no porque la leche, el marfil
y las manzanas nos representen su blancura y su forma graciosa, sino porque le
vemos elevarse y bajarse como las olas en la orilla, cuando el céfiro lucha y juega con
ellas. Estoy seguro de que unos cuantos rasgos de parecido encanto, condensados en
una o dos estancias, hubieran producido mucho más efecto que las cinco en que los
ha diseminado Ariosto entre fríos rasgos de belleza plástica, demasiado técnicos para
conmovernos.
El mismo Anacreonte ha preferido caer en la aparente trivialidad de pedir al
pintor una imposibilidad para no tener que renunciar a vivificar por el encanto la
imagen de su amada:
“Que todas las gracias revoloteen en torno a su delicada barbilla y su cuello de
mármol”. ¿Pero cómo? ¿Debe entenderse esto en sentido literal? Ningún artificio
plástico es capaz de ello. El pintor podía dar al mentón el más bello contorno, el
hoyuelo más bello, Amoris digitulo impressum (impreso por el pequeño dedo del
Amor), podía dar al cuello la forma más bella, pero nada más. Los movimientos
sinuosos de aquel bello cuello, el juego de los músculos que hacía más o menos
visible aquel hoyuelo, el encanto propiamente dicho, estaba por encima de su arte. El
poeta apela al máximo recurso de que es capaz su arte para hacernos sensible la
belleza, a fin de que el pintor sepa buscar también en el suyo la expresión más
elevada. Nuevo ejemplo en apoyo de la observación hecha más arriba, a saber, que el
poeta, aun cuando hable de obras de arte, no está por eso obligado a encerrar sus
descripciones en los límites que sólo rigen para ellas.
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ZEUXIS pintó una Helena y tuvo la audacia de escribir al pie de su cuadro los célebres
versos de Homero en que los viejos encantados expresan su admiración. Jamás la pin-
tura y la poesía lucharon en condiciones tan iguales. La victoria quedó indecisa y las
dos merecieron ser coronadas.
Del mismo modo que el poeta había tenido la prudencia de no mostrarnos la
belleza sino por su efecto, sabiendo bien que no podía representárnosla en sus
elementos, el pintor, no menos prudente, sólo nos representó la belleza en sus
elementos constitutivos, considerando todo otro artificio como indigno de su arte. Su
cuadro no consistía sino en la imagen de Helena, de pie y desnuda, pues es muy
probable que fuese la misma precisamente que había pintado para los crotoniatas.[1]
Y por curiosidad compárese con este cuadro de Zeuxis el que Caylus traza al
artista moderno, siguiendo los aludidos versos: “Helena, cubierta de un velo blanco,
aparece entre los ancianos, en medio de los cuales está Príamo, con las insignias de su
realeza. El artista deberá esforzarse sobre todo en hacernos sentir el triunfo de la
belleza por las miradas inflamadas y por todos los signos de una estupefacción
admirativa pintada en los rostros de los fríos viejos. La escena tiene lugar en una
puerta de la ciudad. El fondo del cuadro puede perderse en el cielo libre o bien hacia
los edificios elevados de la ciudad; la primera manera sería más atrevida, pero tan
buen efecto produciría una como otra”.
Representémonos este cuadro ejecutado por el más gran¿e maestro de nuestro
tiempo y pongámoslo en paralelo con el de Zeuxis. ¿Cuál indicará mejor el triunfo de
la belleza? ¿Éste, en que el mismo espectador la siente, o aquél en que precisa que la
adivine por los gestos que la emoción produce en las barbas canas? Turpe senilis
amor. Una mirada lujuriosa vuelve ridículo el rostro más respetable, y un viejo
poseído de ardores juveniles es, hasta cierto punto, un objeto repugnante. Por el
contrario, esta falta no es de imputar a Homero, porque el sentimiento que
experimentan sus ancianos es un fuego pasajero que su prudencia ahoga pronto: una
pasión que hace honor a Helena, sin avergonzarlos a ellos. Pues a la par que
confiesan su sentimiento, exclaman:
“Sin embargo, sea como sea, vuelva a su patria en vez de quedar aquí, como una
plaga para nosotros y nuestros hijos”.
Sin esta resolución, serían viejos alocados, tal como en el cuadro de Caylus. Y
además, en este cuadro, ¿a quién dirigen los viejos sus miradas ardientes? —A una
forma velada, oculta. —¿Y ésta es Helena? —No puedo comprender cómo Caylus ha
podido dejarle el velo. Cierto que en Homero aparece con él, según puede verse en
es tas líneas: “En seguida salió de su palacio cubierta de un velo blanco…”; pero lo
lleva sólo para atravesar las calles, y si en el poeta expresan los viejos su admiración
antes que se haya quitado el velo, según parece, no era ésa la primera vez que los
un diablo y veo a un diablo bajo una forma que diablo debiera tener.
edición de Nathan the Wise, New York, 1939. Block Publishing Co. (Traducción de
Patrick Maxwell, 3.ª edición). <<
sec 36, pág. m. 698) atribuye este epigrama a un tal Pisón. Pero entre los
epigramáticos griegos no hay ninguno de este nombre. <<
en lo posible su imaginación pura de toda imagen de lo feo (Polit., lib. VIII, cap. V,
pág. 526, edición Gonring). —M. Boden pretende, es verdad, que debe leerse en este
pasaje Pausanias en lugar de Pausón, por ser bien sabido que ha pintado imágenes
obscenas. (De Umbra poetica, coment. I, pág. 13), como si fuese preciso un
legislador filósofo para enseñar a apartarse de estos aguijones de la voluptuosidad.
Con sólo comparar este pasaje con el otro tan conocido de la Poética (cap. II), hubiera
desistido de tal suposición. Ciertos comentadores, por ejemplo Kühn, con referencia a
Eliano (Var. hist., lib. IV, cap. III), resuelven la diferencia indicada por Aristóteles en
el mismo texto entre Polignoto, Dionisio y Pausón, en el sentido de que Polignoto
debió pintar dioses y héroes, Dionisio hombres y Pausón animales. Todos pintaban
figuras humanas; cuanto a que Pausón pintó una vez un caballo, esto no prueba que
fuese pintor de animales, como pretende M. Boden. Su mérito queda sentado
conforme al grado de la belleza de que dotaban sus figuras humanas. La sola razón
que hizo que Dionisio no pudiese pintar sino hombres y que ha cía que, con
preferencia a los demás, se le llamase el “antropógrafo”, es debida a que imitaba
demasiado servilmente la Naturaleza y no podía elevarse hasta el ideal necesario para
poder re presentar sin sacrilegio a las dioses y a los héroes. <<
Justino mártir (Apolog. II, p. 55, edic. Sylburg) dice expresamente: “Al lado de cada
una de las divinidades reconocidas por vosotros, se halla representada la serpiente
como el símbolo de un gran misterio”; y nos seria muy fácil citar multitud de
monumentos en los cuales acompaña a divinidades que nada tienen que ver con la
salud. <<
examínense todas cuantas estatuas, bajorrelieves y cuadros antiguos han llegado hasta
nosotros, y en ninguna parte se hallará una furia. Exceptúo las imágenes que
pertenecen al lenguaje simbólico más bien que al arte, como son principalmente las
que vemos en las medallas. Sin embargo, si Spence se empeñaba en encontrar furias,
hubiera podido tomarlas de las medallas (Seguini, numism., pág. 178; Spanheim, de
prerst. numism. Dissert. XIII, pág. 639; Los Césares de Juliano, por Spanheim, pág.
48) y no valerse de una simple ocurrencia para hallarlas en una obra en que
ciertamente no están. En su Polymetis (Diálogo XVI, pág. 272) dice: “Aunque las
furias constituyan una rareza en las obras de los artistas antiguos, existe, no obstante,
una historia en la cual se hallan generalmente reproducidos. Es la muerte de
Meleagro, en cuya representación, hecha en bajorrelieves, se las ve a menudo animar
y excitar a Altea a que entregue a las llamas el tizón de que depende la vida de su hijo
único. Por otra parte, una mujer no hubiera podido llevar su venganza a tal extremo si
el diablo no hubiese atizado un poco el fuego. En uno de estos bajorrelieves, en
Bellori (Admiranda), hay dos mujeres que están con Altea en el altar, y que, según
toda apariencia, deben ser furias. ¿Quién, sino unas furias, hubiera querido asistir a
semejante acción? Si no son suficientemente horrorosas, es debido, sin duda, a
pobreza de ejecución. Pero lo más notable de esta obra es un disco, situado a mitad de
la parte baja, en el cual se ve claramente una cabeza de furia. Quizás sea ésta la furia
a la cual Altea dirigía sus preces en el momento de concebir su acción horrorosa, y a
quien sobre todo entonces tenía razón de más para invocar”, etc. Por medio de
parecidos argumentos, todo podría hallarse en todo. “¿Quién sino unas furias —
pregunta Spence— hubieran querido asistir a semejante acción?”. Yo contestaré: las
sirvientas de Altea, encargadas de encender y mantener el fuego. Ovidio dice
(Metamorfosis, VIII, vs. 460, 461):
“Su madre lo retira [el tronco] de su escondrijo, ordena astillar la leña y le aproxima
la llama enemiga”.
Estas taedas, grandes pedazos de abeto que utilizaban los antiguos como antorchas,
figuran, en efecto, llevadas de mano de los dos personajes, y uno de ellos ha roto
precisamente un pedazo parecido, como su actitud indica. En el disco, situado en la
parte media de la obra, no sé reconocer dicha furia. Es un rostro con la expresión de
un vivo dolor. Sin duda debe ser la cabeza del mismo Meleagro. (Metam., I. c.,
v. 515).
“Meleagro, aparte e ignorante de lo que ocurre, arde de la misma llama, y siente que
un fuego invisible le devora las entrañas; pero su valor se impone a sus crueles
dolores”.
agotado todos los rasgos de tristeza, velo la figura del padre porque no pudo
representarla de modo conveniente”. (Plinio, lib. XXXV, sec. 35). <<
tus hijos! ¿Es que otro Jasón, otra Glaucea, excitan de nuevo tu cólera? ¡Vete al
diablo así en pintura y todo, matadora de tus hijos!”. <<
Creeríase que las palabras cambiadas han sido tomadas por Johnson de la traducción
métrica de Tomás Naogeorgus, pues éste se expresa así (su obra es muy rara, y el
mismo Fabricius sólo la conoció por el catálogo de Oporin):
Si estas traducciones son exactas, el coro entona la alabanza más grande que pueda
hacerse de la sociedad entre los hombres. ¡El infortunado no tiene ser humano alguno
alrededor, ni un solo amigo; demasiado feliz todavía si tuviera un mal vecino!
Thompson ha tenido quizás este pasaje a la vista cuando hace exclamar a Melisandro,
desterrado igualmente en una isla desierta por unos desalmados:
“Arrojado a la más salvaje de las Cíclades, donde jamás humana criatura había
impreso la huella de sus pasos, esos desalma dos me abandonaron. Pues bien, Arcas,
creedme; nuestro amor a la humanidad está tan arraigado, que con todo y ser unos
cobardes, nunca había yo escuchado ruido más lúgubre que el de sus remos al
abandonar la playa.’'
También para Melisandro la sociedad de los perversos hubiera sido preferible a un
completo aislamiento, ¡Idea grande y hermosa, si solamente fuera cierto que
Sófocles, en efecto, hubiese escrito algo por el estilo! Pero, muy a pesar mío, me veo
obligado a confesar que nada parecido encuentro en él; debería renunciar, pues, a ver
por mis propios ojos y preferir los del antiguo escoliasta, el cual parafrasea las
palabras del poeta así: “¡No solamente donde no había un buen vecino entre los
habitantes, sino ni siquiera uno malo que pudiese oír responder a sus gemidos!”. Del
mismo modo que los citados traductores han seguido este comentario, también
Brumoy se ha sujetado a él, como nuestro traductor alemán moderno. Dice Brumoy:
ni siquiera una compañía importuna; y el traductor: hasta privado de la compañía
más importuna. Las razones que me obligan a separarme de todos ellos son las
siguientes: en primer lugar, es evidente que si κακογειτονα está separado de
τιν’εγχωρων y debe formar otro miembro en la frase, la partícula oυδε debería estar
repetida necesariamente delante de κακογειτονα. Puesto que no es así, también es
evidente que κακογειτονα se refiere a τινα y que la coma después de εγχωρων debe
desaparecer. Dicha coma se había deslizado por efecto de la traducción, pues veo que
ciertas lecciones completamente griegas (por ejemplo, la de Wittemberg de
1585, inc-8.º de la cual Fabricius no tuvo noticias) no la tienen, y en cambio, colocan
otra después de κακογειτονα, que es tal como debe ser. En segundo lugar, el “suspiro
mutuo, simpático”, ¿podemos prometérnoslo de un mal vecino, como explica el
escoliasta? Llorar con nos otros sólo es propio de un amigo, no de un enemigo. En
Aquiles. <<
tomado de los griegos, no penséis que vaya a hablar de lo que sabe todo el mundo,
esto es, que ha tomado por modelos a Teócrito y a Ifesíodo, al primero para sus
Bucólicas y al segundo para sus Geórgicas, y que hasta en estas últimas ha tomado
los pronósticos de la tempestad y del buen tiempo de los Fenómenos de Arato, o bien
que la ruina de Troya, los episodios de Sinón y del caballo de madera y todos los
demás que forman el libro segundo, los ha traducido casi literalmente de Pisandro,
autor que se distingue, entre todos los poetas de Grecia, por una obra que,
principiando por las nupcias de Júpiter y Juno, contiene toda la serie de sucesos
acaecidos desde aquella época hasta la misma de Pisandro, reuniendo así en un solo
cuerpo aquellos di versos episodios históricos. Entre tales sucesos se halla referida
también la caída de Troya, y Virgilio ha hecho su descripción de la ruina de Ilion al
traducir fielmente este relato. Pero dejo de lado estas cosas y otras parecidas por ser
sabidas hasta de los escolares”. <<
Y dice Eumolpo (del cual podría decirse que le sucede lo que a todos los poetas que
Los rasgos principales son exactamente los mismos raí los dos pasajes, y cosas
diferentes expresadas en idénticas palabras. Pero estas bagatelas saltan por sí solas a
la vista. Otras huellas de imitación podemos hallar, que aunque más disimuladas, no
por eso menos ciertas. Cuando el imitador es hombre confiado en sí mismo, raras
veces imita sin pretender embellecer el modelo, y cuando cree haber logrado este
honor, no es menos hábil que el zorro en borrar con la cola las huellas de sus pasos,
huellas que podrían descubrir el camino que ha seguido. Pero lo que le descubre es
precisamente este deseo vanidoso de embellecer y esta precaución de querer parecer
original, pues sólo lo logra con exageraciones y refinamientos nada naturales. Virgilio
dice: sus crestas ensangrentadas; Petronio: sus crestas erizadas brillan con fuegos
deslumbrantes; Virgilio: los ojos ardientes, rojos de sangre y fuego; Petronio:
iluminan, como relámpagos, la superficie líquida; Virgilio: se oye rugir el mar
espumoso; Petronio: sus silbidos hacen temblar las ondas. Y así el imitador pasa
siempre de lo grande a lo monstruoso, de lo admirable a lo imposible. Los hijos
enlazados por las serpientes son para Virgilio un asunto secundario, que traza a
grandes rasgos, con el solo objeto de que se vea su impotencia y su dolor. Petronio
los describe con lujo de detalles y hace de aquellos niños un par de almas heroicas:
“Ninguno basta a defenderse a sí propio, y sin embargo, el uno trata de
¿Quién supondría tanta abnegación en dos seres humanos, en dos niños? ¡Cuánto
mejor conocía la naturaleza humana este griego (Quinto de Calabria, 1. XII, vs. 459-
461) quien, a la aparición de aquellas terribles serpientes, nos representa a las madres
olvidando a sus propios hijos y procurando sólo salvarse a sí propias!
“Las mujeres se lamentaban, y hasta las había que olvidaban a sus propios
hijos tratando de escapar al funesto destino”.
dice Virgilio y lo que el mármol representa. Parece, según el poeta, que las serpientes
dejaron a los dos hijos para ir a envolver al padre, al revés del mármol, en el cual
abrazan al mismo tiempo al padre y a los hijos”. <<
bajo el escudo y los pies de la diosa, aquellas que Virgilio acaba de pintar tan largas y
tan fuertes que rodeaban varias veces a Laocoonte y sus hijos, quedándoles aún libre
una parte de su cuerpo." Me parece que en este pasaje el no de no es de extrañar debe
desaparecer, o bien, al final, falta la conclusión. Pues si las serpientes eran tan
extraordinariamente largas, verdad es que hay para asombrarse de que se hayan
podido ocultar bajo el escudo de la diosa, si es que este escudo no era muy grande y
no pertenecía a una estatua colosal. La afirmación de este hecho debía formar la
conclusión que falta, o de lo contrarío el no no tiene sentido. <<
infolio): “Y con todo, en este artista los repliegues de las serpientes apenas envuelven
el cuerpo, dejando el cuello casi libre. Si a un artista tan mediocre le vale excusa
alguna, sólo le cabria la de argüir que los grabados destinados a ilustrar un libro no
deben considerarse sino como simples aclaraciones del texto y no como obras de arte
en si mismas”. <<
Investigaciones relativas a las coincidencias entre las obras de los poetas romanos y
las obras de los artistas antiguos que han llegado hasta nosotros. Ensayo para
explicar las unas por las otras. En diez volúmenes por el Revd, P. Spence, El
resumen que N. Tindal ha hecho de esta obra ya se ha impreso varias veces. <<
estas ninfas del aire, no sabía comprender nada de la historia de Céfalo y Procris, en
Ovidio. Se me hacía incomprensible cómo Céfalo, con su exclamación Ven, Aura, por
más tierno que fuera el tono en que la profiriese, pudiera sugerir en nadie la id na de
ser infiel a su Procris. Como estaba acostumbrado a no entender por el nombre de
Aura más que el aire, o en particular un dulce céfiro, los celos de Procris me parecían
todavía más infundados que lo son de ordinario los celos más extravagantes. Pero una
vez hallado que Aura podía significar una bella joven lo mismo que el aire, la cosa
tomó para mí un aspecto totalmente diferente, y también la historia me pareció
ofrecer otro aspecto más razonable”. No quiero retractarme, en la nota, del elogio que
me ha merecido en el texto el descubrimiento de que se vanagloria Spence; pero sí no
dejaré de manifestar que sin dicho descubrimiento, el texto del poeta es
perfectamente natural e inteligible, pues baste saber que, entre los antiguos, el
nombre de Aura era muy frecuentemente dado a las damas.
Así se llama, por ej. en Nonnus (Dionys., lib. XLVIII) la ninfa del coro de Diana, que,
por haberse alabado de poseer una belleza más varonil que la misma diosa, en castigo
de su presunción, fue entregada durante el sueño a los brazos de Baco. <<
Venus, precedida de su mensajero, el Céfiro alado. Bajo sus pasos, Flora, la antigua
diosa, cubre a lo lejos el camino con profusión de los más deliciosos colores y
perfumes. Viene después el árido Calor, acompañado de la polvorienta Ceres, y del
soplo de los vientos etesios. Más tarde aparece el otoño, y con él, el alegre Baco.
Siguen luego otros tiempos y otros vientos de tormenta; el ruidoso Vulturno y el
Auster, armado con el rayo. Llega, por fin, Solsticio, trayendo con él las nieves, el
frío que entorpece, y seguida del invierno, que viene tiritando”.
Spence admite este pasaje como uno de los más bellos del poema de Lucrecio, pero
en verdad que es restar gloria al poeta pretender que esta descripción ha sido hecha a
la vista de una procesión de las estaciones divinizadas, ¿Y por qué cree eso Spence?
“Porque entre los romanos —dice el autor inglés— tales procesiones, con sus dioses
eran tan habituales como lo son hoy en día, en ciertos países, las que se organizan en
honor de los santos, y porque además, todas las expresiones usadas en este caso por el
poeta convienen perfectamente a una procesión (come in very aptly, if applied to a
procession)”. ¡Excelentes razones! ¡Y cuánto habría que decir contra la última! En
primer lugar, los epítetos que el poeta aplica a las abstracciones personificadas (árido
Calor, polvorienta Ceres) muestran que ellas se deben a él y no al artista, que las
hubiera caracterizado de modo distinto. Además, Spence parece haber concebido esta
idea de un cortejo según Abraham Preigern, quien, en sus observaciones sobre este
pasaje del poeta, dice: “El orden es semejante al de un cortejo; ver (La Prima vera) y
Venus, Zephyrus (Céfiro) y Flora”, etc.
Pero Spence hubiera debido detenerse ahí. El poeta representa las estaciones como en
procesión; eso está bien. Pero decir que gracias a una procesión ha aprendido a
representarlas así es completamente absurdo. <<
antiguas. <<
con la cabellera y vestiduras del joven Baca, le coloca en medio de un carro y pone a
su alrededor los cimbeles, los tambores y las cestas plenas de misterioso terror. Ella
misma rodea con coronas de hiedra su pecho y sus miembros, agita un tirso ardiendo,
y le mira bajo este disfraz cómo sujeta las riendas verdeantes, si sus cuernos se hallan
bien salientes bajo su blanca diadema, y si, como el dios, presenta bien la copa
sagrada”.
La palabra salientes parece indicar, además, que los cuernos de Baco no se hacían tan
pequeños como Spence imagina. <<
(véase Montfaucon, Suplem, a las antigüed., t, I, pág. 254), tiene unos pequeños
cuernos que le salen de la frente, pero ciertos eruditos, precisamente por esto,
pretenden que es un fauno. El hecho es que los cuernos naturales de este género
degradan la figura humana y no pueden convenir sino a aquellos seres a los cuales se
atribuía cierta forma intermedia entre el hombre y la bestia. La postura, la mirada
envidiosa que lanza a los racimos suspendidos encima de él, es propia, más bien que
de dios del vino, de un discípulo suyo. Recuerdo a este propósito lo que Clemente de
Alejandría dice de Alejandro Magno (Protrept., pág. 48, edic, Pott.): “Alejandro
quería también que se le tomase por el hijo de Júpiter Ammón, y que los escultores le
representasen con cuernos, no temiendo profanar así la belleza humana”. Era
voluntad expresa de Alejandro que los estatuarios le representasen con cuernos,
consintiendo que la belleza humana fuese profana da con tal que le creyesen de
origen divino. <<
olvidaba que las Furias tenían varios templos en los que seguramente se hallaban sus
estatuas. Las que Pausanias encontró en el templo de Cerinea eran de madera; no eran
grandes, ni notables en ningún respecto; parecía como si el arte, no pudiendo
mostrarse en ellas, se hubiera desquitado en las estatuas de sus sacerdotisas,
colocadas en el interior del templo, pues eran de piedra y estaban artísticamente
trabajadas. (Pausanias Achaic., cap. XXV, pág, 587. Edic. Kuhn,) Tampoco habla
olvi dado el hecho de que se creyera ver cabezas de Furias sobre un Abraxas que
Chiffietius ha hecho conocer y en una lámpara que está en Licetus. (Disertaciones
sobre las Furias, por Bannier, Memorias de la Academia de Inscrip., t. V. pág. 48).
Tampoco me era desconocida la urna de trabajo etrusco que figura en Gorius (tab.
151, Musei Etrusi), sobre la cual se ve a Orestes y Pílades, perseguidos por dos Furias
con antorchas. Pero yo hablaba de obras de arte de las cuales creía poder excluir las
que he citado. Y aun cuando la última no pudiera ser excluida, como las demás, desde
otro punto de vista podría servirme para ratificar y no para invalidar mi opinión. Pues
aunque los artistas etruscos no se han preocupado en general de la belleza, sin
embargo parecen haber representado las Furias no tanto mediante la horrible fealdad
del rostro sino más bien valiéndose de sus atributos y vestiduras. Sacuden sus
antorchas ante los ojos de Orestes y Pílades con un rostro tan tranquilo, que al parecer
no quieren en realidad asustarlos. La impresión de espanto producida en ellos sólo
puede adivinarse por el terror que expresan y no por el aspecto de las Furias. Es decir
que son y no son Furias; desempeñan el papel de Furias pero no se ve en ellas el furor
y la rabia que estamos acostumbrados a atribuirles, en virtud de su nombre; ni
tampoco la frente, que, como dice Catulo, “anuncia la cólera que respiran”. No hace
mucho tiempo, 'Winckelmann creía haber encontrado, sobre una turmalina del
gabinete de Stoss, una Furia corriendo con los ca bellos y las vestiduras flotantes y
con un puñal en la mano, (Biblioteca de Bellas Artes, V. pág. 30). Hagedom, con este
motivo, aconseja a los artistas que aprovechen esa indicación y representen las Furias
de esa manera (Reflexiones sobre la pintura, pág. 222). Sólo que después, el mismo
Winckelmann ha hecho dudoso su descubrimiento, pues no ha encontrado, en
ninguna parte, que los antiguos hayan representado a las Furias con puñales, en vez
de antorchas (Descripción de piedras grabadas, pág. 84). Sin duda no cree que las
figuras de las medallas de las ciudades de Lyrba y Massaura sean Furias, como ha
creído Spanheim (Los Césares de Juliano, pág. 44); a no dudarlo las toma por
imágenes de Hecate triformis, pues de otro modo resultaría en este caso que la Furia
lleva un puñal en cada mano, aparte de que es extraño que ésta lleve el cabello suelto
cuando las otras lo llevan cubierto por un velo. Y aun suponiendo que las cosas
fueran como Winckelmann creyó en un principio, sucedería con esta piedra grabada
que existían estatuas de Vesta; pero he sabido después que no hay ninguna bajo esta
bóveda. Vesta y el fuego no tienen ninguna imagen”.
Ovidio sólo habla del culto de Vesta en Roma, del templo que Numa le había elevado
allí y del que pora antes (vs. 259-260) dice: “Obra de un rey pacífico, el más religioso
de los hijos del país Sabino”. <<
la Vesta que se admira en los jardines de Servilio”. Lipsius ha debido pensar en este
pasaje cuando es cribe (de Vesta, cap. 3): “Plinio nos dice que solía representarse a
Vesta sentada, por razones de estabilidad”. Pero no debiera haber tomado como
carácter general lo que Plinio dice en especial de una sola obra. Él mismo observa
que en las medallas, Vesta aparece tan a menudo sentada como de pie; pero con esto
no corrige a Plinio sino su propio error. <<
tierra es Vesta, y se la presenta en forma de una mujer que lleva un tambor, porque la
tierra, en su seno, encierra los vientos”.
Suidas, según él, o quizá los dos según un autor más antiguo, entienden por el
nombre de Vesta precisamente esto: “La tierra, bajo el nombre de Vesta, se representa
por la imagen de una mujer que lleva un tímpano, porque en su seno guarda los
vientos”. Dicha razón es un tanto extraña. Hubiese resultado más comprensible si
hubiese dicho que se le atribuye un tímpano porque parte de los antiguos creían que
tenía una forma parecida: “Tiene la forma de un tambor”. (Plutarco, Concepciones de
los filósofos, cap. X; idem. De la figura que se ve sobre el orbe de la luna). A menos
que Codinus se haya equivocado respecto de la forma o del nombre, o de ambas
cosas. Quizá no encontrase palabra mejor que tímpano para designar lo que llevaba
Vesta; o bien oyese decir tímpano y creyera que ese nombre únicamente representaba
el instrumento que nosotros llamamos timbal. Pero tympana eran también una especie
de ruedas: “Con su madera, los labradores tornean ruedas de radios, o ruedas macizas
para sus carros”. (Virgilio, Georg., lib. II. II, v. 444). Y lo que se junta a la Vesta de
Fabretti (Ad Tabulan. Iliadis, pág. 344) y es considerado por este sabio como una
muela de molino se asemeja mucho a es¿s ruedas. <<
rica en atributos que pueda hallarse entre los poetas antiguos, los clavos, el martillo y
el plomo fundido deben ser considerados como instrumentos de suplicio, y por lo
tanto, clasificados entre los atributos poéticos más bien que alegóricos. Pero aun así,
abundan demasiado en el pasaje, el cual, por esta razón, resulta uno de los más fríos
de Horacio. (Lib. I, oda 35).
Sanadon dice; “Me atrevo a decir que este cuadro, considerado en detalle, resultaría
más bello sobre la tela que en uno oda heroica. No puedo tolerar todo ese pertrecho
patibulario de clavos, cuñas, ganchos, y plomo fundido. He creído necesario aligerar
la traducción, sustituyendo las ideas singulares por ideas generales. Es una lástima
que haya habido necesidad de corregir al Poeta." Sanadon poseía un sentido fino y
preciso, pero la razón que invoca no es la que conviene. El pasaje resulta frío, no
porque los atributos empleados constituyan un pertrecho patibulario, pues sólo de él
dependía adoptar la otra interpretación y convertir los instrumentos de tortura en los
más sólidos medios de enlace en el arte de la construcción. El pasaje es frío porque
esos atributos están destinados a afectar la vista y no el oído, y cuando los conceptos
que debemos recibir por intermedio de la vista nos son insinuados por medio del oído
nos exigen un esfuerzo enorme y nunca llegan a alcanzar la suficiente claridad. <<
cuadro, la atención del espectador no debe ser desviada de la figura principal por
ningún motivo, por importante que él sea. “Protógenes —dice— había colocado una
perdiz en su célebre cuadro de Yaliso y la había pintado con tanto arte que parecía
viva y toda Grecia la admiraba; pero como atraía hacia sí todas las miradas, en
detrimento de la figura principal, la hizo desaparecer del cuadro.” (Tratado de la
Pintura, t. I. p. 46), Richardson se engaña. La perdiz no estaba en el Yaliso, sino en
otro cuadro de Protógenes que se llamaba el Sátiro en reposo o el Sátiro ocioso
(Σάτυρoς ἀναπαυoμενoς). Y no hubiera hecho notar este error, hijo de la mala
interpretación de un pasaje de Plinio, si no lo hubiera encontrado también en Mersius
(Rhodi, lib. I., cap. 14, pág. 38): “En el mismo cuadro que representaba a Yaliso,
había un Sátiro —dice— que llamaban αναπαυoμενoν (el que está en reposo), con
una flauta,
Y hasta en el mismo Winckelmann (De la imitación del arte griego en la pintura y
escultura, p. 56). Strabon es el que en realidad garantiza esta historieta de la perdiz, y
él distingue ex presamente el Yaliso del Sátiro; éste se apoyaba en una columna y
sobre ella estaba la perdiz. (Lib. XIV, p, 750. Edic. Xyl). Mersius, Richardson y
Winckelmann han interpretado mal el pasaje de Plinio (lib. XXXV, sect. 36, p. 699)
porque no han reparado en que allí se hace referencia a dos cuadros distintos; el
motivo de uno es éste: Demetrius no lleva el ataque a la ciudad porque no quiere
asaltar el lugar en que se encuentra; en el otro, Protógenes pintaba el asedio. Aquél
era el Yaliso, éste el Sátiro. <<
libro XII vs. 158-185, con el fin de superar el modelo. Entre otras cosas, parece que el
gramático haya hallado impropio de un dios el caer al suelo de un simple golpe de
piedra, y así nos representa a los dioses lanzándose enormes peñascos arrancados del
monte Ida, peñascos que se estrellan contra sus miembros inmortales dispersándose
en polvo. Artificio es éste que destruye el efecto principal, que realza la idea que
tenemos formada de los cuerpos de los dioses, haciendo ridículas las armas de que se
valen unos contra otros.
Si los dioses se arrojan piedras, es preciso que las piedras puedan herir a los dioses, o
de lo contrarío ellos nos harán el efecto de unos chiquillos traviesos que se divierten
arrojándose puñados de tierra. De modo que la sabiduría de Homero no ha sido
superada, y las objeciones que puedan hacerle los críticos sin entusiasmo y la
emulación y las luchas a porfía que con él entablen los genios menores, no harán sino
poner en una luz más clara su sabiduría. Sin embargo, no pretendo negar que en la
imitación de Quinto haya rasgos excelentes que sean suyos. Ello no obstante, harían
más honor al ardiente entusiasmo de un poeta moderno que a la modesta grandeza de
Homero. Según mi modo de ver, es una feliz invención la de hacer que el grito de los
dioses, que resuena hasta las alturas del cielo y las profundidades del abismo, que
con mueve la montaña, la ciudad y el mar, no sea oído por los hombres. Ese grito era
demasiado fuerte para que pudieran recogerlo los débiles órganos del oído humano.
<<
vez, aunque muy a la ligera, contradiga esta aserción. Pero quizá no tenga muy
presentes los ejemplos que demuestran de modo perfectamente claro que el poeta
atribuye asimismo a sus dioses una magnitud que supera en mucho las dimensiones
normales. Por eso quiero recordarle, aparte del pasaje ya citado relativo a Marte, que,
arrojado al suelo, cubre siete arpentas el casco de Minerva, (Kυνεην ἐκατoν πoλεων
πρoλεεσσ’ ἀραρυιαν. Ilíada 5 v. 744) bajo el cual podían cobijarse tantos
combatientes como los que podían poner en campaña cien ciudades; los pasos de
Neptuno (Ilíada, XIII, v. 20) y sobre todo, los versos que describen el escudo en el
que Marte y Minerva conducen las tropas de la ciudad asediada. (Ilíada, XVIII, v.
516-519): “Van a la cabeza Ares y Palas Atenea, ambos cubiertos de oro y revestidos
con áureas túnicas, hermosos y soberbios, munidos de sus armas. En su calidad de
dioses, sobresalen distintamente, pues los hombres son un tanto más pequeños”.
Hasta los mismos comenta dores de Homero, tanto antiguos como modernos, parecen
olvidar a veces la estatura prodigiosa de sus dioses, como puede adivinarse por los
comentarios atenuantes que se han creído obligados a hacer a propósito del enorme
casco de Minerva (véase la edición de Homero de Ernesti, en el pasaje respectivo).
Imaginarse los dioses de Homero bajo las dimensiones normales con que
habitualmente se los ve sobre la tela, en compañía de los mortales, es menoscabar su
majestad. Si bien le está vedada a la pintura el representarlos con esas excesivas
dimensiones, la escultura, en cambio, podría ciertamente hacerlo; y estoy convencido
de que los antiguos maestros han tomado de Homero no sólo la índole general de la
representación de sus dioses, sino también el carácter colosal que frecuentemente han
dado a sus estatuas, (Herodoto, lib. A, p. 130, ed. Wesel). Reservo para otro lugar las
diversas observaciones sobre lo colosal en particular, y sobre las razones que hacen
que produzca tan buen efecto en escultura y no produzca, ea cambio, ninguno en
pintura. <<
ocultándose en una nube, pero es sólo cuando no quieren ser vistas unas de otras. Por
ejemplo, cuando Juno y el Sueño, “ocultos en una nube” (Ilíada, XIX, 282) se dirigen
hacia el monte Ida, la máxima preocupación de la astuta diosa era la de no ser vista
por Venus, a la que había pretextado un viaje muy distinto para que le dejase su
cíngulo. En el mismo libro (v. 344), es preciso que una nube dorada envuelva a
Júpiter, ebrio de deseo y a su esposa, para que cesen las púdicas negativas de ésta:
“¿Qué sucederá si un dios nos viese yacer juntos?”.
No temía ser vista de los hombres, sino de los dioses, y cuando Homero, algunas
líneas más adelante, hace decir a Júpiter: “Hera, no temas que hombre ni dios te vea,
en medio de la nube de oro con la cual he de envolverte”, no quiere esto decir que
ella se ocultaría mediante esa nube a las miradas de los hombres, sino que dicha nube
la tornaría tan invisible para los dioses como lo es siempre para los hombres. Del
mismo modo, cuando Minerva se cubre con el casco de Plutón (Ilíada, V, v. 845),
recurso semejante al de ocultarse en una nube, no es para no ser vista por los
troyanos, que, o no la veían, o si la distinguían era sólo bajo la apariencia de Stenelus,
sino únicamente a fin de que no pudiera ser reconocida por Marte. <<
como puede verse en Longino, y lo que se llama ilusión, es decir, el efecto del
cuadro, lo denominaban enargia (evidencia). Por esta razón, uno de ellos, según
cuenta Plutarco (Eróticas, t. II, edic. H. Etienne, página 1351), había dicho que las
visiones poéticas eran, por su enargia, sueños de gentes despiertas. Hubiera sido
preferible que los modernos tratados de poesía hubiesen empleado esta denominación
en lugar de la palabra cuadro. Así nos hubieran ahorrado multitud de reglas
semiverdaderas, cuyo principal fundamento es la consonancia de un nombre
arbitrario. Las visiones poéticas no hubieran sido sometidas tan fácilmente por nadie
a las condiciones de una pintura material, pues desde el momento en que se ha dado a
estas visiones el nombre de cuadros poéticos, se ha admitido tácitamente un principio
de error. <<
ensayos de los alemanes sobre dicho género (la égloga). Han ejecutado lo que había
concebido, y si logran dar más realce a la parte moral y menor al detalle de las
pinturas físicas, triunfarán en este género de poesía, más vasto, más fecundo e
infinitamente más natural y más moral que el de la galantería campestre”. <<
los dos escudos: “Ciertamente existe una diferencia entre este escudo y el de Homero,
en el cual las cosas se explican al mismo tiempo que se hacen, mientras que en
Virgilio están ya hechas al tiempo de explicarlas. Eneas recibe las armas antes de
haberlas examinado, y Aquiles las recibe de Tetis cuando todo está ya explicado".
(Obs. al verso 625 del libro VIII de la Eneida). El motivo de esto es, según Servio, el
siguiente: en el escudo de Eneas no sólo estaban representadas las acciones cita das
por el poeta, sino “toda la raza que debía salir de Ascanio y las guerras sucesivas que
debía sostener en la ciudad”. ¿Cómo hubiera sido posible que la rapidez con que
Vulcano debía hacer su trabajo hubiese permitido al poeta enumerar en tan poco
tiempo esta larga descendencia y mencionar por su orden todas las guerras que debía
sostener? Tal es el sentido de las palabras algo oscuras de Servio: “Y Virgilio ha
hecho bien, pues no parece posible que la obra del artista se ejecute con ¡a prontitud
necesaria para responder fielmente a la expresión, cuando la narración se encadena
con rapidez”. Puesto que Virgilio sólo podía narrar algo del non enarrabili texto
clypei, no podía hacerlo durante el trabajo mismo de Vulcano, y debía esperar a que
todo estuviese concluido. Para bien de Virgilio, querría yo que este razonamiento de
Servio no tuviese fundamento alguno, pues la excusa que propongo le hace mucho
más honor. En efecto, ¿quién le obligaba a poner toda la historia romana en un
escudo? Homero, en pocos cuadros, ha hecho de su escudo un resumen de todo
cuanto pasa en el mundo. ¿No es verdad que parece que Virgilio, no pudiendo superar
al poeta griego en la elección de los asuntos y en la ejecución de estos cuadros, haya
querido superarle al menos en el número de los mismos? ¿Hay nada más pueril? <<
509, el tercero, del 510 al 540; el cuarto, del 541 al 549; el quinto, del 550 al 560; el
sexto, del 561 al 572; el séptimo, del 575 al 586; el octavo, del 587 al 589; el noveno,
del 590 al 605, y el décimo, del 606 al 608. El tercer cuadro es el único que no va
precedido de la fórmula indicada arriba, pero por esta expresión del segundo; en él
representó dos ciudades, y por la naturaleza misma de la cosa, es evidente que debe
formar cuadro aparte. <<
lengua original el comienzo del siguiente pasaje tomado de él (Ilíada, vol. V. obs.,
pág. 61): “That he was no stranger to aerial Perspective, appears in his expressly
marking the distance of object from object: he tells us”, etc. Digo que Pope ha
empleado en este caso muy impropiamente la expresión aerial perspective
(perspectiva aérea), puesto que ésta nada tiene que ver con la disminución de tamaño
que da la medida del alejamiento, sino que únicamente se entiende por ella la
atenuación y modificación de los colores por la naturaleza del aire o del medio a
través del cual los vemos. Quien pudo cometer semejante error, muy bien ha podido
no comprender nada de nada. <<
pintores desean encontrar con poco trabajo el modelo perfecto de una mujer bella,
que lean estas estancias de Ariosto, en las que el poeta describe con arte admirable las
bellezas de la encantadora Alcina, y verán asimismo que los buenos poetas son
también pintores”. <<
pueda ejecutar el arte de los más excelentes pintores, usando la palabra industri (…
Qaanto me’ finger san Pittori industria, en el original) para denotar la diligencia
propia del buen artífice." <<
Ticiano." <<
rubia (bionda chioma en el original); pero quizá le haya parecido demasiado poética
esa expresión. De ello puede deducirse que el pintor puede imitar el oro, pero no
ponerlo en sus cuadros (como hacen los miniaturistas), de modo que pueda decirse
que los cabellos no son de oro pero resplandecen como oro”. Lo que Dolce cita de
Athenaeus a continuación es notable, pero está alterado. Hablaré de ello en otro lugar.
<<
una Diana mezclada al coro de las jóvenes que le ofrecen un sacrificio, y parece
haber superado la descripción que de la misma hace Homero”. Nada más cierto que
este elogio. Unas bellas ninfas alrededor de una bella diosa, que las domina con toda
la altura de su majestuosa frente, forman seguramente un asunto más propio de la
pintura que de la poesía, sólo que las palabras “le ofrecen un sacrificio?’
(sacrificantium) se me hacen sospechosas. ¿Qué hace la diosa en medio de las ninfas
que le ofrecen un sacrificio? ¿Es ésta la ocupación que Homero da a las compañeras
de Diana? Por el contrario, recorren con ella las montañas y los bosques cazan,
juegan, danzan (Odisea, VI, vs. 102-106). “Así Diana, ocupada en lanzar flechas,
recorre las altas cimas del Taigeto o del Enmanto, feliz de perseguir los jabalíes y las
corzas ligeras; las ninfas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, comparten sus juegos”.
Plinio no habré escrito, pues, sacrificantium, sino venantium o cosa análoga, quizás
silvis vagantium, corrección que tendría, poco más o menos, el mismo número de
letras alteradas. Saltantium es lo que mejor responde ría a la palabra παιζoυσι de
Homero, y Virgilio, en la imitación que hace de este pasaje, hace danzar a Diana con
sus ninfas. (Eneida, t. I, vs. 497 y 498): “Así Diana conduce los coros por la orilla del
Eurotas o las cimas del Cintio…
Con este motivo, Spence expone una idea singular (Polymetis, dial. VIII, p. 102):
“Esta Diana —dice— tanto en el cuadro como en las descripciones, era la Diana
cazadora, aun cuando ni Virgilio, ni Apeles, ni Homero, la hayan representado
cazando con sus ninfas, sino dedicada con ellas a esa clase de danzas que antigua-
mente se consideraban como actos solemnes de devoción”. En una nota añade: “La
expresión παιζειν, empleada por Homero en esta ocasión, no resulta muy apropiada
para la caza; lo mismo sucede con la expresión Choros exercere, en Virgilio, que
debería más bien aplicarse a las danzas religiosas de la antigüedad, porque la danza,
según la idea que de ella teman los antiguos romanos, era inconveniente en público,
aun para los hombres, a menos que fuese una danza en honor de Marte, Baco o
cualquiera otro de sus dio ses”. En una palabra, Spence quiere referirse a aquellas
danzas solemnes que entre los antiguos, se contaban en el número de las ceremonias
del culto de los dioses. “Por esto Plinio, habiendo con tal motivo de las ninfas de
Diana, emplea la palabra sacrificare, que determina bien el carácter religioso de sus
danzas”. Olvida que en Virgilio también danza la misma Diana: exercet Diana
choros. Si esta danza era religiosa ¿en honor de quién la bailaba Diana? ¿En su
propio honor o en honor de otra divinidad? Una cosa y otra son absurdas. Y por el
hecho de que los antiguos romanos considerasen la danza en general como poco
conveniente para las personas graves, ¿era preciso que sus poetas llevasen la
<<
T.). <<
admirado del reluciente color de su tez, tan brillante como el vello de azabache que
cubre a los puercos negros de Hessaqua. Quedó encantado del cartílago aplastado de
su nariz, y sus ojos contemplaban con admiración la fláccida belleza de sus senos que
descendían basta el ombligo. Y ¿qué bacía el arte para realzar tantos encantos? “Ella
hizo un barniz con la grasa de las cabras mezclada con hollín, y con él se frotó todo el
cuerpo, mientras lo exponía a los rayos del sol. Untó las me chas de su cabello con
grasa derretida y los espolvoreó con el polvo amarillo del Buchu. Su rostro, brillante
como el ébano pulido, presentaba hermosas manchas de tierra roja, y se parecía al
sombrío velo de la noche sembrado de estrellas. Espolvoreó sus miembros con ceniza
y los perfumó con estiércol de Stinkbingsem. Tenía los brazos y las piernas envueltos
en los intestinos brillantes de una ternera. De su cuello pendía una bolsa formada por
el estómago de un cabrito. Las alas de un avestruz daban sombra a los dos
promontorios carnosos de su parte posterior; y por delante, llevaba un delantal hecho
con las orejas erizadas de un león”. Citaré también el pasaje relativo a la ceremonia
de la boda de la pareja amante: “El surri, o gran sacerdote, se aproximó a ellos, y con
voz grave cantó la liturgia nupcial acompañada del zumbido melódico del gom-gom,
y al mismo tiempo, siguiendo los ritos de la cafrería, los regó abundantemente con la
bendición urinaria. El esposo y la esposa se frotaron gozosos con este precioso licor,
y las gotas saladas corrían por sus cuerpos como la ola cenagosa sobre la rocas de
Chirigriqua”. <<
y que yo sepa, los manuscritos no difieren entre sí respecto a este nombre, pues
Hardouin lo habría observado, con toda seguridad. Las ediciones antiguas también
traen todas Polidoro. Winckelmann se habrá distraído seguramente al copiar el
nombre. <<
Kuhn. <<
No estaría mal por lo demás aumentar con una obra de este género la lista de la 9
obras perdidas de este autor. <<
lib. I) y consúltese también la corrección de esta lista por Gronov. (Praef., ad, t. IX
Thesauri Antiqu. Graec.). <<
<<