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EL «PRIMER» RITUAL DE ORDENACIÓN:
«TRADICIÓN APOSTÓLICA»
A comienzos del siglo III (c. 215) encontramos un importante documento, la
Traditio apostolica, atribuida a Hipólito Romano, que nos ofrece de manera con-
junta la disciplina litúrgica de la Iglesia y señala las líneas directrices que en fide-
lidad a la tradición apostólica debe seguir toda la comunidad cristiana. Respecto
al ministerio eclesial nos aporta el primer «ritual de ordenación» ya que en él
encontramos las oraciones consecratorias del obispo, del presbítero y del diá-
cono, acompañadas de indicaciones rituales y disciplinares de una extremada
simplicidad. También menciona otros ministerios como confesores, viudas, lecto-
res, vírgenes, subdiáconos y personas con la gracia de curar. Este documento
reúne la tripartición, la sacralización y la sacerdotalización del ministerio.
1. ORDENACIÓN E INSTITUCIÓN
La Traditio apostolica distingue entre los ministerios conferidos mediante la
ordenación, ceirotonei en griego, que implicaba imposición de manos y oración
consecratoria del obispo, y mediante la institución, kathistanai en griego, que no
tenía imposición de manos. Al primer grupo pertenecen el episcopado, presbite-
rado y diaconado. El resto -confesores, viudas, lectores, vírgenes, subdiáconos y
personas con la gracia de curar- se confieren por institución.
El significado primitivo de ceirotonei era el de elección por alzada de mano.
En el nuevo Testamento adquiere el significado de designar para un oficio o un
ministerio (cf. Hch 14, 23). La versión latina de la Traditio apostolica traduce
siempre este verbo por ordinare. Para expresar este concepto de instituir o esta-
blecer a uno en un ministerio, el griego tiene otro verbo, que es el verbo kathista-
nai. No son exactamente sinónimos. Tienen el mismo significado, establecer a
uno en un oficio, pero la Traditio apostolica los distingue. Ceirotonei está reser-
vado para aquel que ofrece la oblación en la eucaristía y kathistanai para instituir
en un oficio que no es propter liturgiam.
Hay un caso interesante, que divide la opinión de los autores. Es el caso de
los confesores: aquellos que habiendo confesado públicamente su fe habían esta-
do encarcelados y habían afrontado el riesgo del martirio, aunque no lo habían
sufrido. La importancia de esta figura está testimoniada del caso de que se habla
de la Traditio apostolica inmediatamente después de los diáconos. Al confesor
no se le imponen las manos, y se le considera como un presbítero. Para ser insti-
tuido como obispo sí se hace la ceirotonei. El texto nos está diciendo cuál era la
consideración del ser presbítero: hay una relación profunda entre presbiterado y
martirio. El confesor recibe la ceirotonei por el martirio. Algunos discuten que
sea algo meramente honorífico. Otros dicen que se trata del ejercicio propio del
ministerio. Hay una carta de Cipriano de Cartago (XL) que favorecería la segun-
da interpretación, donde al confesor Numídico se le acoge en el clero de Cartago.
La Traditio apostolica indica como gesto típico de la ordenación la imposi-
ción de manos. Se trata del mismo gesto que encontrábamos en el nuevo Testa-
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mento para conferir el don del Espíritu que habilita para desempeñar un oficio
(cf. Hch 6, 1-6; 13, 1-4; 1Tim 4, 14; 2Tim 1, 6-7). También en el antiguo Testa-
mento aparece este gesto para iniciar y bendecir a los levitas (cf. Nm 8, 10. 21;
27, 18; igualmente era usado cuando se hacía la investidura oficial de un nuevo
rabino) pero tenía además otros sentidos como bendición personal (cf. Gn 48, 14-
18) o litúrgica (cf. Lv 10, 22; Eclo 50, 19-21), como rito de presentación de una
ofrenda (cf. Ex 29, 10; Lv 1, 4; 3, 2; 4, 4. 15. 24. 29. 33; 8, 14), para transmitir los
pecados al macho cabrío (cf. Lv 1, 21). En el nuevo Testamento recoge varios de
estos otros sentidos: bendecir (cf. Mt 19, 13; Mc 10, 16), curar enfermos o libe-
rarles de la opresión diabólica (cf. Mt 9, 18; Mc 6, 5; 8, 23. 25; Lc 4, 40; 13, 13).
Sin embargo el que prevaleció con más fuerza en la Iglesia fue el de conferir el
don del Espíritu que habilita para desempeñar un oficio, que está en continuidad
con el gesto del antiguo Testamento pero con una novedad: aparece ligado al don
del Espíritu. La Traditio apostolica habla frecuentemente de este gesto. Trata
este gesto con mucha precisión. Tiene ya un significado específico. Desde el
momento en que describe cuándo se hace, quién lo hace, quién no lo debe reci-
bir... es evidente que se refiere a un gesto que tiene un significado técnico, espe-
cífico, propio, en la línea de una ordenación sacramental.
2. OBISPO
De los tres rituales que ofrece la Traditio apostolica sobresale el de la orde-
nación del obispo ya que pone de manifiesto una teología sólida y profunda del
sobre el episcopado.
Elegido por todo el pueblo, es ordenado en domingo en presencia de toda la
comunidad y de algunos obispos vecinos. Éstos, (y no los presbíteros) imponen
las manos sobre él, mientras todos guardan silencio, orando en su corazón para
que descienda el Espíritu. A continuación uno de los obispos, a petición de to-
dos, pronuncia la oración consecratoria mientras impone las manos a su vez.
En primer lugar, el obispo es elegido por el pueblo. La tradición de que sea el
pueblo quien elija a los ministros arranca de la sagrada Escritura. Así se afirma
en la elección de Matías o de los siete, descritas en los Hechos de los apóstoles.
Siguiendo esta norma, Clemente recordaba el proceder de los eximios varones
cuando ordenaban a otros ministros con el consentimiento de la Iglesia entera (cf.
Carta a los Corintios 44, 1-3). Tanto en Hch como en la carta de Clemente el
pueblo participa en la elección pero el envío y la «institución-ordenación» com-
pete a los ministros ya «ordenados». Igualmente la Didaché prescribe la elección
de los ministros por el pueblo (cf. XV, 1-2). A partir de aquel momento, y con el
correr de los tiempos, se fueron fijando normas y requisitos, a tenor de los cuales
se había de proceder en la elección de los ministros. Así la Didascalia aposto-
lorum ofrece una amplía de condiciones que han de concurrir en quien tenga que
ser ordenado obispo (unas de índole física, como la edad, pues debe tener más de
cincuenta años, otras de tipo intelectual, pues pide que sea un hombre instruido y
otras de tipo moral). De todas éstas ha de ser probado el candidato por el pueblo
y ha de recibir el refrendo de todos (cf. 11, 3). En diversas ocasiones Cipriano se
refiere a la participación del pueblo (cf. Carta 67, II, 2; IV, 1; V, 1-2).
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En segundo lugar, el obispo es ordenado en domingo. Es una cuestión impor-
tante, porque no es simplemente cronológica, sino teológica. El domingo es el día
del Señor, día en el que se reúne la comunidad.
En tercer lugar, se describe una grande convocación de la comunidad. Es im-
portante: está el pueblo, el presbiterio, los diáconos, los obispos de los lugares
circundantes. Es, por tanto, un evento que implica toda una región, no solamente
la Iglesia que recibe a este nuevo obispo.
Cada uno de éstos sujetos tiene un papel preciso. El pueblo tiene una función
de elección del candidato. En el momento de la convocación hay un gesto ritual
preciso: en el momento en que se dice el nombre la asamblea manifiesta su asen-
timiento. Es una aclamación. El presbiterio, otro sujeto convocado, asiste en si-
lencio. Es una cuestión importante que debemos comprender bien. No es que no
haga nada, no es una pasividad, porque la primera imposición de las manos a la
que participan todos los obispos está acompañada de este silencio. Suspender la
palabra, el canto, el gesto… tiene un valor simbólico, en referencia a la presencia
y acción del Espíritu Santo. Se dice también que los diáconos presentan las
ofrendas al pueblo (lo dice más adelante). Los obispos están presentes y actúan
colegialmente. Uno de los obispos en nombre de todos pronuncia la plegaria, una
vez que todos han impuesto las manos.
Hay un crescendo ritual que culmina en la imposición de manos, en el silen-
cio, del que nace la plegaria de ordenación, que no es oración de un obispo, sino
de toda la asamblea, que describe lo que está aconteciendo: el descendimiento del
Espíritu Santo.
La oración consecratoria está estructurada en tres partes: anámnesis, epíclesis
e intercesiones (aitesis). Se trata de la estructura típica de las oraciones cristianas.
No hemos de olvidar que el contexto en que se pronuncia esta plegaria es el si-
lencio de la asamblea, que no es un silencio vacío.
En la anámnesis se hace memoria de las acciones divinas en la historia que
sustentan tipológicamente el episcopado; concretamente tres. La primera figura
que encontramos es que Dios ha predestinado desde Abraham. En esta mirada
sobre la providencia de Dios el primer elemento del que se hace memorial es la
descendencia de justos predestinado desde el inicio por parte de Dios, como des-
cendencia de Abraham. El segundo elemento se remonta al antiguo Testamento:
principes et sacerdotes constituens (instituyendo jefes y sacerdotes). El tercer
reclamo tipológico hace referencia al culto en el tiempo: sanctum tuum sine mi-
nisterio non derelinquens (no has dejado tu santuario sin servicio); sanctum
tuum es el santuario. Luego veremos cómo estos tres reclamos tipológicos son
actualizados en la epíclesis ya que si este es el modo en que Dios ha manifestado
su providencia en la historia debemos encontrar cómo se resuelve en la actuali-
dad, en el momento salvífico de la celebración de la ordenación episcopal.
La epíclesis es la parte central de la plegaria. Y en ella se pide que el Espíritu
descienda sobre el ordenando. Se especifica el Espíritu con el atributo principa-
lis, significa del princeps, de aquel que está delante, que es primero. Encontra-
mos aquí la actualización de la segunda tipología que hemos visto: principes
constituens (instituyendo jefes). También está presente la idea de la sucesión
apostólica: quem dedisti dilecto filio tuo... quod donavit sanctis apostolis. La idea
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es que Dios mande el Espíritu soberano que es el mismo Espíritu que ha dado a
Jesucristo y a los apóstoles. La imagen de sucesión apostólica que se expresa es
propiamente una sucesión que va pasando de unos a otros. Estamos pidiendo que
se renueve lo que aconteció en el momento en que Jesús dio el Espíritu a los
apóstoles. No se trata de renovar lo que pudieron dar los apóstoles a sus suceso-
res sino del mismo don del Espíritu que Dios hace y que Jesucristo da a los após-
toles. No es, por tanto, un «paso de testigo» de unos a otros, por más que sea sig-
nificativa la no interrupción del don del Espíritu a lo largo de la historia sino de
una actualización del don del Espíritu realizada por Jesucristo a los apóstoles.
Inmediatamente después de hablar del Espíritu habla de lo que han hecho los
apóstoles: qui constituerunt Ecclesiam; han establecido la Iglesia en todo lugar,
para gloria y alabanza indeficiente del nombre de Dios. Lo hicieron, por tanto,
para que el nombre de Dios fuera glorificado. Tenemos aquí la actualización del
primer reclamo tipológico: la descendencia de Abrahán se cumple en la Iglesia
establecida per singula loca. Los apóstoles cumplen la figura de Abraham. Tam-
bién hay una continuidad en el culto del santuario veterotestamentario con la
Iglesia como nuevo santuario donde incesantemente se glorifica y alaba a Dios.
La intercesión expresa los efectos de la epíclesis, la paráclesis del Espíritu
que realiza una transformación en el corazón, en la profundidad existencial del
ordenando. En primer lugar se pide que apaciente el rebaño santo de Dios: pasce-
re gregem sanctam tuam. Es una función de gobierno, propia del que es consti-
tuido princeps, según el memorial y la epíclesis. Sigue la función cultual, de pre-
sidencia del culto, ejercitando el primado del sacerdocio: primatum sacerdotii
tibi exhibere sine repraehensione, servientem noctu et die. Aquí encontramos
más explícitamente la resolución de la imagen del santuario nunca abandonado al
pedir que el ordenado no decaiga nunca en el servicio, día y noche. Luego hay
una referencia a la celebración eucarística: offerre dona sanctae; y a la reconci-
liación: dimittere peccata. Finalmente se piden algunas virtudes morales del
obispo: mansedumbre, pureza de corazón.
Otros elementos rituales son el beso de paz, signo de comunión, y una acla-
mación del pueblo que lo reconoce como digno. Finalmente la celebración de la
eucaristía.
3. PRESBÍTERO
Respecto al presbítero la Traditio apostolica nos indica, por un lado, su par-
ticipación en la ordenación del obispo y, por otro, su concelebración con el nuevo
obispo. Y nos describe su rito de ordenación.
En el rito de ordenación del obispo, la Traditio apostolica hace dos referen-
cias al presbítero. En primer lugar dice que asiste como lo hace el pueblo: conve-
niet populum una cum presbyterio. Y, en segundo lugar, que asiste guardando
silencio: presbyterium adest quiescens. Sobre esta expresión se han dado diferen-
tes interpretaciones. Para algunos autores no tiene más interpretación que la ex-
plicación dada por el propio texto, esto es, se trata de un reclamo para que los
presbíteros en silencio y desde el interior invoquen el Espíritu Santo sobre el
obispo que es ordenado. Algunos van más allá leyendo entre líneas, pues al tra-
tarse de una rúbrica en negativo, ya que indica que no debe hacer nada, aducen
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que en el pasado los presbíteros jugaban un papel en la ordenación de su «presbí-
tero-presidente», según el testimonio de la Iglesia de Alejandría. No obstante no
pasa de ser una hipótesis.
Terminada la ordenación del obispo el ritual dispone que se continúe con la
eucaristía presidida por el obispo y concelebrada por los presbíteros, como indica
la rúbrica del texto: diaconi autem inferant oblationem ad eum; ille [episcopus]
autem imponens manum suam super oblationem cum praesbyteris dicat gratiam
agentes. Se ha discutido si esta imposición de manos tenía un sentido sacramen-
tal, y con ello los presbíteros participaban en una auténtica concelebración aun-
que sin pronunciar las palabras de la consagración o si se trataba de un mero rito
ornamental en la misa celebrada por el nuevo obispo. Las opiniones se han divi-
dido aunque el peso de la razón se inclina en favor de quienes sostienen una au-
téntica concelebración. Si se tiene en cuenta que en el siglo III la improvisación
de la plegaria eucarística por parte del obispo era la norma habitual en las cele-
braciones litúrgicas, no hay que asombrarse de que en la concelebración descrita
por la Traditio apostolica los presbíteros impusieran las manos sobre las ofren-
das, gesto epiclético, y formaban un cuerpo oferente con el obispo, aunque sin
pronunciar la plegaria, y por tanto tampoco la consagración, que era improvisada
según su inspiración personal.
En la ordenación indica, en primer lugar, que el obispo impone las manos y
todos los presbíteros lo tocan, en virtud del espíritu común, como explicitará en
las rúbricas de la ordenación del diácono, pero dice expresamente que no es una
ordenación. Se manifiesta así que el nuevo ordenando se incorpora al cuerpo de
los presbíteros y también que su misión de colaborar con el obispo en el ejercicio
de su ministerio.
La oración consecratoria crea algún problema ya que comienza directamente
con la epíclesis, sin una anámnesis inicial. Algunos sostienen que antes de las
palabras que siguen hay que decir la primera parte de las palabras de la ordena-
ción del obispo, pues así lo indica la rúbrica oret super eum secundum modum
quem praediximus.
Encontramos al inicio de la oración una tipología veterotestamentaria: la
elección de los setenta ancianos, por parte de Moisés, para compartir con ellos el
gobierno del pueblo (cf. Nm 11, 16-25). Después, veremos, cómo se pide la vir-
tud de gobierno para el ordenando.
El Espíritu que se pide descienda sobre el elegido se define como Spiritum
gratiae et consilii praesbyteris” (la recensión etiópica dice: et constilium
praesbyterii). Espíritu del consejo del presbiterio. El término «consejo» está car-
gado del significado de deliberación para llegar a una decisión que se ha de to-
mar. Se trata de una deliberación, un proyecto, un plan... El término indicaría
también la sugerencia que se da a alguien. Al mismo tiempo el término indica la
institución: el Consejo, que tiene la función. Se trata del grupo que hace este tra-
bajo: la asamblea de consulta. Estos significados, que vienen del griego clásico,
están presentes también en el nuevo Testamento. Así, quien recibe el espíritu del
presbiterio, recibe un espíritu que lo habilita para dar sugerencias, para hacer el
proceso de reflexión para llegar a una decisión, siempre en referencia al obispo.
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Esto entendido ya como una institución. No es una decisión autónoma que toma
el presbiterio. Es un consejo del obispo.
Esto queda claro en los términos que siguen: ut sustineat et gubernet plebem
tuam in corde mundo. El Espíritu se pide para que ayude y gobierne. Son térmi-
nos precisos, con un contenido preciso. Sustineat es un sujetar para ayudar: es dar
la mano a uno que se está cayendo. Por eso la otra recensión traduce “adiubet”.
El otro término tiene un significado técnico propio. El ámbito es el de la navega-
ción. El significado es “estar al timón”. ¿Por qué se usa aquí este término? La
imagen es precisamente esta: el timonel en la barca tiene la función de optimizar
el trabajo de todo el resto de la tripulación, guiando con inteligencia la barca sir-
viéndose del trabajo de toda la tripulación. Al unir ambos términos se quiere sig-
nificar que es una función de gobierno ligada a la caridad pastoral con los débi-
les; no es una imposición desde el alto, sino una solidaridad con los débiles. Su
ejercicio se lleva a cabo mediante la participación del oficio de gobierno del
obispo, que el princeps. Recordemos que se habla del Espíritu de consejo. A tra-
vés de la tipología inicial se muestra que los presbíteros participan el espíritu del
obispo. Esto permite claramente mostrar cómo este ejercicio de la función de
gobierno está sometida al ejercicio del obispo de esta misma función. Se ejerce
en dependencia con él, como la hay de los setenta ancianos a Moisés. Del mismo
modo Dios le dice a Moisés: no soportarás el peso del pueblo tú solo, el obispo
es auxiliado en el gobierno del pueblo por los presbíteros. Así, el ministerio del
presbítero no se define desde sí mismo, sino a partir del obispo al que ayuda co-
mo su colaborador.
4. DIÁCONO
La ordenación del diácono comienza con una disquisición sobre la imposi-
ción de manos. Sobre el diácono solamente el obispo impone las manos. Se dice
varias veces, por motivos diversos. El primero de ellos es que se ordena al servi-
cio del obispo, para hacer lo que éste le indique: quia non in sacerdotio ordina-
tus, sed in ministerio episcopi. La segunda motivación que encontramos es que el
diácono recibe un espíritu distinto del de consejo que recibe el presbiterio: non
est enim parciteps consilii in clero. La tercera motivación se expresa de forma
similar: non accipiens communem praesbyterii spiritum.
La estructura de la plegaria es la clásica: anámnesis, epíclesis, intercesiones.
El centro de la anámnesis es Jesucristo mandado para servir.
Para los diáconos encontramos el Espíritu descrito como gratiae et sollicitu-
dinis et industriae. Los diáconos se piensan como aquellos que ejecutan las deci-
siones, más que los que las toman. Tienen el Espíritu que les habilita a cumplir el
ministerio con celo y laboriosidad.
El reclamo tipológico neotestamentario (Cristo servido) queda actualizado al
pedir su servicio a la Iglesia: ministrare ecclesiae tuae.
La oración deja clara su asistencia directa al obispo en la acción cultual: offe-
rre in sanctitate ad sactuarium tuum quae offeruntur ab herede summi sacerdo-
tii. No son ellos quienes ofrecen, sino que presentan la ofrenda que será ofrecida
por aquel que es el sumo sacerdote. En los números precedentes, al hablar de la
eucaristía describía como los diáconos presentan la oblación. Aunque el texto
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subraya la función cultual, sabemos que éste no es el único cometido de los diá-
conos.
En las intercesiones encontramos una referencia que puede parecer un tanto
extraña. Habla de la ascensión a un grado superior. Es una manifestación inicial
del cursus honorum, que posteriormente suplantará al cursus servitium, introdu-
cido en la jerarquía eclesial; el ministerio visto como un ascenso y no como un
servicio.
5. OTROS MINISTERIOS
La Traditio apostolica menciona otros ministerios como confesores, viudas,
lectores, vírgenes, subdiáconos y personas con la gracia de curar.
Sólo los lectores y subdiáconos nos interesan.
El lector queda capacitado para su cargo al recibir el libro de manos del obis-
po, precisando que no se le imponen las manos.
El subdiácono, tal y como indica su nombre, es instituido para ayudar al diá-
cono. Tampoco se le imponen las manos.
Ampliación de los ministerios eclesiales
En el siglo III encontramos en la Iglesia una serie de ministerios por debajo
del diaconado, como el subdiácono, el acólito, el exorcista, el lector y el ostiario.
La Traditio apostolica nos informará del lector y del subdiácono. En tiempos del
papa Cornelio (251-253) están ya todos ellos (cf. EUSEBIO, Historia eclesiástica
VI, 43, 2).