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Esposa Fugada

Este documento narra la historia de Emilia, una traductora colombiana que vive en Estados Unidos con su esposo Henry. Al recibir un paquete para traducir un libro, Emilia descubre algo que la perturba y decide salir a caminar para despejar su mente.
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Esposa Fugada

Este documento narra la historia de Emilia, una traductora colombiana que vive en Estados Unidos con su esposo Henry. Al recibir un paquete para traducir un libro, Emilia descubre algo que la perturba y decide salir a caminar para despejar su mente.
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Esposa fugada

Helena Araújo

Aquella tarde, el cartero flacucho y giboso de siempre, con su barba de tres días, su
acento sudista y su andamiaje de alcohólico anónimo, le pareció a Emilia más alelado:
no sólo se equivocó de paquete al entregarle el recomendado, sino le hizo firmar donde
no tocaba, ¡qué descuido! Al abrocharse la tricota por pura desazón, Emilia se disculpó
sin motivo, pretendiendo luego remendarlo todo con un “good afternoon” tan enfático,
que el otro se vio aún más perplejo antes de resolverse a darle la espalda y continuar
su camino por la avenida jaspeada de sombras. Era un lunes brumoso, la luz mermaba
ya aunque no hubieran dado las cinco —Emilia lo sabía sin mirar el reloj porque a esa
hora el cartero pasaba, se detenía y daba un largo timbrazo, no dos cortos como en la
famosa película que tanto le gustaba a Henry.

Caramba, para abrir el tal paquete, Emilia tuvo que prender el farolillo del vestíbulo, no
había de otra, el otoño se venía encima ya; resultaba imposible leer el remite con la
mera resolana de las ventanas del living. Además no iba hacia el living sino hacia su
escritorio, esa piecita del fondo que había sido antes la de su hija y ahora albergaba (¡o
delicia!), sus propios libros y su propio ordenador, lejos y por separado de los revoltillos
de Henry, que a pesar de ocupar todo el comedor con lo que llamaba “la oficina”, nunca
había logrado poner en orden tanto legajador, tanto papel, tanto cuaderno abierto y
marcado y subrayado y desparramdo por ahí, ¡caramba! Para no rabiar por eso, ni por
las latas de Pepsi, ni por las bolsas de maní o papas fritas a medio terminar, Emilia solía
pasar de largo, sin mirar hacia “adentro” antes de que la muchacha mexicana de martes
y jueves hiciera el aseo con el cuidado —eso sí— de no cambiar nada de sitio, porque
quién aguanta al señor. Meneando la cabeza y casi que sonriendo, Emilia se repetía por
enécima vez ese día, esa semana, ese mes, ese año, que aún pisando los sesenta, su
marido seguía siendo un adolescente, así fuera profesor emérito de Biología en la no
menos emérita universidad de Pennsilvania y tuviera bajo su mando en el laboratorio a
ocho dóciles y asustadizos asistentes.

Fue así, sonriendo y meneando la cabeza, evocando la cara morena y chata del marido,
su mechón canoso entre los ojos noctámbulos de armenio emigrado, que Emilia se sentó
en la silla giratoria, prendió la lámpara de doble foco y rasgó con impaciencia el sobre
abullonado. ¿Por qué tanta prisa? Sabía de quien era, lo había estado esperando, hasta
le parecía, al sacar el libro, reconocer la carátula. Definitivamente multicolor y
carnavalesca, como la novela costeña de Roberto Vergara, quien había perorado sobre
esa historia de amor en ritmos vallenatos, durante una conferencia medio folklórica,
penúltima de la serie “Novelistas latinos al día”, organizada por Doubleday para
promocionar traducciones como la que el charlatán de Vergara no había logrado enviar
en manuscrito, dizque la copia se le refundió en el correo, o quién sabe qué disculpa
inventó, inventaron, inventarían en Bogotá, además de mandar órdenes y contraórdenes
cada día más alrevesadas, hasta el bendito fax de la semana pasada que anunciaba al
fin el envío por recomendado de lo que Mrs. Emilia Iynedjian traduciría al inglés para
Doubleday & Company de Filadelfia, Pennsylvania, U.S.A.

La traducción, sí, la traducción que debía haber comenzado ese verano y no comenzaría
sino hasta bien entrado octubre, ¡qué remedio! Por eso Emilia andaba tan afanada
prendiendo el ordenador y buscando el disquete para poder instalarse y teclear un par
de horas antes de que Henry entrara claxonando al garaje y... A lo mejor si la cubierta
del libro no le hubiera incomodado al colocarlo sobre el atril, Emilia no se habría fijado
de pronto en la contratapa, con la breve biografía de Vergara y esa reseña de lo que
alguien definía como ficción dionisíaca... alguien, sí, alguien que aludía también a música
de los instintos, embriaguez, entusiasmo y... por Dios, resultaba extraño que una
editorial tan comercial como... ¿Quién se habría encargado de la contratapa? ¡Bahhhh!
Encogiéndose de hombros Emilia ya se calaba las gafas, dispuesta a ajustar el disquete,
cuando se detuvo en seco, como fulminada. Luego, al quedarse así, inmóvil, mirando al
vacío, negó un par de veces con la cabeza como solía hacer de niña cuando le venían
malos pensamientos. No, no, no, imposible. Sin embargo... Al ponerse de pie se le vino
la súbita certeza de que Celia Robledo había hecho esa reseña. ¿Por qué no? Vivía en
Buenos Aires y trabajaba en la editorial Planeta. ¿Acaso la tal novela no iba a salir
simultáneamente en el cono sur?

Con un resoplo de impaciencia, Emilia apagó el ordenador. Ya sabía que si comenzaba


a trabajar así de enervada, terminaría exasperándose y borrando frases, párrafos,
páginas llenas de omisiones y de errores, ¡qué se va a hacer! Como siempre que perdía
la calma, sentía que le faltaba espacio, mejor dicho aire, Virgen Santa. Sin saber bien
cómo ni porqué, fue a descolgar su chaqueta del ropero de la entrada, se la puso y abrió
la puerta del living con ganas de salir y hacerse camino por el pastizal hacia la arboleda,
ya, ya, a buen paso y con afán, sin reparar en la brumazón de esa hora, ni recordar que
ese mismo día, después de un almuerzo de ensaladas improvisadas, había aprovechado
el breve lapso de sol para dar el paseo habitual en esa vecindad que aún guardaba
apariencias agrestes, cómo no, los apartamentos en cabañas y los prados sin podar, un
condominio que, pese a estar construído con madera plastificada y bloques de falsa
piedra, estaba rodeado de un bosque ese sí verdadero, con arces, encinas, robles
frondosos y una maleza invadida a trechos por enredaderas de hiedra silvestre que ya
en octubre se encarnaba encendiéndose y dorándose mientras arriba las hojas se
amarillaban y se desgajaban cayendo y formando un colchón que Emilia oía crujir bajo
sus pies mientras avanzaba por el sendero, sin cuidarse de los inquilinos que la pasaban
o la cruzaban corriendo y jadeando, con sudaderas de colores chillones y zapatos
especialísimos. ¡Qué gringos para ajetrearse, caramba!, hasta la hacían sentir culpable
de solamente caminar rápido mientras ellos seguían en una maratón desesperada contra
la flacidez, el colesterol o vé tú a saber. Tal era el afán de esos frenéticos que, de no
llegar pronto al atajo improvisado en otros paseos, Emilia se hubiera devuelto, como
debió hacerlo de todas maneras poco después, al percatarse de que el banco de siempre,
“su” banco, casi no se veía en la espesura, o sea que el rato de calma contemplando la
quebrada crecida por los aguaceros de la semana anterior, resultó poco menos que
utópico en tamaña neblina. Paciencia, no le quedaba más remedio que regresar al
sendero asfaltado, importunando otra vez a los adictos del jogging. ¿Quién la mandaba
a olvidar que en octubre era prácticamente imposible pasearse después de las cinco?
Pronto comenzarían las heladas. En noviembre ni una sola hoja. En diciembre tal
avalancha de nieves que Henry gastaba más de una hora con la garlancha despejando
el callejón de la entrada. Sí, sí, un largo invierno de abrigos y gripas y tazones
humeantes, hasta bien entrado marzo. Sin embargo, Emilia, que sólo vivía para climas
veraniegos, se sentía a gusto en las brumas de esa aldea artificial construida en pleno
campo y rodeada de bosques con ardillas que ahora, al regreso, se veían saltar por ahí.

¿Qué hora sería? Casi las seis: tendría un buen rato de calma antes de la llegada de
Henry. Un buen rato para lavar la lechuga, sacar la carne del congelador, poner a cocer
el arroz y mirar, desde la ventana del living, cómo se iba apagando el cielo al pasar de
blanco a ambarino y luego a un gris que en otoño era casi plateado. En tardes como
esa, Emilia solía dejar casi siempre las luces sin encender y acomodarse a escuchar el
silencio en el sillón japonés (cuero y madera de verdad), que tanto le gustaba a Henry:
un mueble propio para la meditación.

Sí, sí, aunque pasara doce (y hasta catorce) horas al día lidiando con ordenadores y
microscopios, Henry se decía orientalista. Verdad, no había noche en que antes de
acostarse o mañana en que antes de salir no citara algún versículo del Tao. Tampoco
había sábado ni domingo en que no repasara algún manual budista, ni aniversario en
que no le recordara a Emilia cómo se habían conocido en una conferencia sobre el Zen.
Y claro, Henry preguntaba enseguida, con una de sus carcajadas eufóricas: ¿qué otra
doctrina hubiera podido reunir a una “esposa fugada” y a un “bicho de laboratorio”?

“Esposa fugada” (runaway wife), solía apodarla Henry mofándose de un divorcio que
nunca se había legalizado. “Bicho de laboratorio” (lab bug), solía apodarlo a su vez ella,
desde que la llevara al laberinto de probetas, criaderos de larvas, viveros de moscas,
tanques de renacuajos y muestrario de microscopios donde trabajaba en la universidad.
Sin embargo, también hubiera podido apodarlo “hijo fugado” (runaway son) si no
temiera echarse encima a la suegra, una temible ancianita de origen armenio, por suerte
instalada en California desde la serie de dolencias artríticas que la obligaran a buscar
climas más clementes y conformarse —luego de varias inútiles pero desesperadas
escaramuzas— con un par de telefonazos semanales a verificar si su niño prodigio,
candidato al Premio Nobel de Biología, seguiría emparejado con esa colombiana tan
escuálida y tan callada, tan inexplicablemente desprovista del sex-appeal latino.

¿Cómo negarlo? Aun después de tantos años por fuera, Emilia guardaba el empaque de
“señora bien” bogotana. Cuando acompañaba al marido a las reuniones y coctels del
mundo académico, se veía tan formal, enfundada en uno de sus eternos sastres de corte
clásico, como Henry hubiera querido ver a su primera cónyugue, una irlandesa
exuberante, obsesionada por el sobrepeso y la maternidad, que lo había abandonado a
los pocos años de matrimonio luego de hacerse embarazar por uno de sus mejores
amigos. Caramba, aunque Henry tomara el asunto con sabiduría orientalista y hasta le
hallara la razón (¿qué mujer no aspira a ser madre, por Dios?), dado el diagnóstico de
esterilidad con que le habían deshauciado varios especialistas, la cosa le había dado duro
y se le había amargado el carácter un buen rato. Henry era, sí, el solterón divorciado
más inabordable de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de
Pennsylvannia, hasta conocer —ya pisando los cincuenta— a una colombiana, estudiante
de posgrado en Lenguas Modernas, menor que él y, por suerte, con hijos. O sea, tenía
hijos pero no los tenía, pues su marido se los había arrebatado mediante una maniobra
judicial, en un país donde aún regían leyes como de la Inquisición.

Se trataba, claro está, de la República del Sagrado Corazón, o sea Colombia. ¿Cómo
hacerle entender a Henry los tejemanejes del Concordato colombiano? Cómo describirle
los poderes de la Curia Apostólica? ¿Del Tribunal Eclesiástico? No, a Henry no le podía
entrar en la cabeza por qué curas célibes llegaban a ser jueces en pleitos marimoniales
y a decidir quién se quedaba con la prole en caso de lo que denominaban “separación
de cuerpos”. Henry tampoco alcanzaba a entender cómo el abogado canónico defensor
de Emilia en el juicio había podido admitir que sus dos hijos mayores quedaran con el
padre, y la niña menor interna en un colegio de monjas escogido por el obispo. ¡Habráse
visto! En tamaño infiernillo, nadie podía culpar a Emilia de ausentarse, mejor dicho
largarse, fugarse a casa de una antigua profesora suya en los U.S.A. Misericordia, ¿qué
hubiera sido de Emilia sin Miss Del Rio? Gracias a ella pudo viajar a Filadelfia, encontrar
alojamiento en las Residencias de la Universidad y matricularse en Lenguas Modernas.
Ya de estudiante, conocería a Henry y lograría negociar con su apoyo un acuerdo
legalizado en la Curia, que le permitiera ver a los hijos varias veces al año y tener consigo
a la hija menor.

—Si los muchachos no vienen, la niña sí que vendrá —solía repetir Emilia, royéndose la
uña del meñique y crispando el gesto, al colgar el teléfono luego de una de esas tantas
largas y costosas llamadas a Bogotá. Verdad, su obsesión era sobre todo la niña, en
aquellos tiempos de guerra de nervios, infructuosas meditaciones Zen y fragantes tisanas
compartidas en el minúsculo y atestado apartamento donde solía vivir Henry cerca de la
universidad. Fue el viaje de la niña, sí, lo que les decidió finalmente a casarse por lo civil
y mudarse a ese condominio en las afueras de Filadelfia, que, como decían ambos riendo,
parecía de película Disney.

La niña... Hundida en el sillón japonés, cobijada por una penumbra que se iba haciendo
más densa a medida que la arboleda se borraba en un cielo nocturno, Emilia evocó la
mueca de su hija cuando la llamaban niña, precisamente. ¿Quién se atrevía a
enfrentársele? Aún adolescente, recién llegada de Bogotá, recién instalada en sus nuevos
predios, ya se las daba de persona grande. ¿No ven que maduré viche? —preguntaba,
picando el ojo y sacudiendo una melena crespísima que definitivamente no era herencia
materna. Tal vez porque en ese entonces no había terminado sus estudios, o porque le
quedaba un saldo de rebeldía contra la gente demasiado adulta, Emilia lo tomaba a
chiste y se entendían bien. Sí, sí, una suerte de camaradería o de solidaridad femenina,
descartaba entre ellas el tan manido conflicto generacional. Además, ¿cómo no
confesarlo? La presencia de esa hija, el verla estudiar, madurar, casarse finalmente,
había ayudado a Emilia a sobrepasar lo que denominaba con voz ácida “esos horrendos
años sesenta” —y a convencerse de que por fin habían quedado atrás.

No recordar, no evocar, era su lema... Caramba, a través del tiempo había llegado a
disciplinarse hasta tal punto que ni la visita de los muchachos, ni la de parientes lejanos
o cercanos, la perturbaba realmente. Paseándeolos por Filadelfia una y otra vez, como
voluntaria y un tanto frenética guía turística, se las arreglaba para eludir cualquier pausa,
tregua, rato, lapso de reminiscencias. Además, como todo el mundo sabía que con ella
más valía evitar ciertos temas, eran pocas las ocasiones en que debía soportar lo que
llamaba “agresiones de la memoria” ¡Uff! Para padecerlas bastaba cualquier frase en
una conversación que suscitara ese a rebato y... Claro, eso era lo que le había sucedido
al desenterrar de quién sabe qué limbos del remordimiento, el nombre de Celia Robledo.
Curiosamente, al evocarla, no era el soez desenlace del episodio lo que se le venía en
mente, sino las horas mágicas de su amistad.

¿Qué habría de Celia Robledo? ¿En qué andaría? Inmóvil y como aterida en la penumbra
de lo que ya no era el atardecer sino algo así como una caverna opaca, Emilia evocaba
la cara pecosa de Celia, sus labios abullonados, sus ojos oblicuos enmarcando los
pómulos altos, el imperceptible respingue de la nariz.

Ojos castaños, casi pardos, y sin embargo capaces de reflejar destellos de la melena
rojiza que se le enmarañaba a Celia al bailar. Celia—Isadora, Celia—

Salomé, siguiendo con sus muslos, sus piernas, sus brazos, en un febril ajetreo, los
ritmos eslavos de Aram Khachaturian. Sí, Celia despelucada, casi desorbitada, pasando
del contorneo a los saltos sincopados y a esas volteretas sin brújula que la dejaban
jadeando y acezando, antes de precipitarla en una suerte de temblor espasmódico y
tumbarla exánime al terminar el disco.

—¿Oye, oye, estás bien? —solía preguntarle alarmada Emilia, inclinándose sobre su
semblante sudoroso.

—¿Aaaahhh? —contestaba la otra, mirándola atontada, como si no la reconociera.


Luego, maquinalmente, se erguía, incorporándose con lentitud para mirar el reloj,
peinarse o marcharse a atender la sirvienta que llegaba del jardín con los niños. Pocos
minutos después —¿quién pudiera creerlo? — era otra vez Celia Robledo de Uribe, la
madre de familia hacendosa que Emilia envidiaba, esposa modelo de la casa modelo del
barrio Chicó.

—No entiendo cómo aguantas este barrio— refunfuñaba a cada rato Emilia.

La otra se encojía de hombros por toda respuesta.

Ambas vivían en el Chicó desde hacía años. Y decir Chicó era decir residencia
californiana, dos automóviles, chofer, jardinero, mucama, cocinera, niñera y una recua
de servidumbre. Decir Chicó era decir bachillerato en el Marymount, Finishing School en
los U.S.A, baile blanco para salir a sociedad y matrimonio antes de los veinte años: mejor
mal casadas que bien quedadas, ¿verdad? Después, claro, embarazos y partos y bautizos
y cumpleaños y primeras comuniones y entierros y misas de domingo y cócteles de
sábado y semanas repartidas entre las tiendas, el Country Club, el salón de belleza y
algún té costurero de caridad.

—¿Te das cuenta de que somos muñecas mecánicas? —preguntaba Emilia apretando los
dientes. Celia se encojía de hombros una vez más.

—¡Eres desesperante!

Sin embargo Emilia sabía que al menos con ella podía desahogarse. Verdad, Celia no la
miraba aterrada, como todo el mundo, cuando decía no querer más hijos. Tampoco se
escandalizaba cuando le anunciaba que pensaba hacer estudios universitarios. Si mucho
le sonreía, condescendiente, antes de repetirle alguna prédica sobre la importancia de
aceptar la vida tal como era, en su carácter originario. Caramba, de tanto oirla, Emilia,
que en el colegio había sido alérgica a la filosofía (o a la moral, digamos, ¿pues qué más
podían enseñar las monjas?) había acabado tolerando su fervor, su obsesión casi, por
ciertas teorías vitalistas y romanticoides. Venida de una familia antioqueña de
comerciantes y empresarios, casada con el gerente de un consorcio hotelero, Celia
hubiera podido muy bien ser ajena a los libros. Sin embargo, vivía para descubrirlos y
devorarlos con un afán abrasador. Además, aunque no había seguido estudios después
del bachillerato, le apasionaban los textos filosóficos.

—Creo que en el fondo soy pagana —comentaba chanceando. Sin embargo, cuando
hablaba sobre sus lecturas, se ponía casi solemne. A Emilia le costaba seguirla en
itinerarios que de algún modo mezclaban lo pitagórico con lo platónico, pasando luego
por Espinoza y aterrizando de pronto en Nietzsche. ¿De dónde sacaría Celia ese fervor
por lo dionisíaco?

“Dionisos es la afirmación religiosa de la vida total”, sermoneaba Celia serísima cualquier


tarde, mientras los niños retosaban abajo en una algarabía de los mil demonios. Más
grande que la casa de Emilia, la de Celia tenía en el subsuelo un local enorme para
juegos y en el tramo superior una pieza donde conservaba (o mejor dicho ocultaba) sus
libros y sus discos. Allí era donde escribía poemas que nunca mostraba a Emilia. Y donde
se entregaba al supuesto “ritual de la danza”. ¿Cómo contrariarla? Entre escéptica y
curiosa, Emilia le llevaba la idea. Y si no se mostraba interesada en su poesía, sí pretendía
compartir su fervor por el baile. Desgraciadamente, el poco ballet que había aprendido
de niña parecía acartonado y torpe junto a las espontáneas, arrebatadas improvisaciones
de Celia. Empeñada en experimentar con los ritmos eslavos de Smetana y Khachaturian
(por qué precisamente eslavos?, ¿por qué de Smetana o Khachaturian?) Celia bailaba y
bailaba hasta quedar exhausta, como vaciada de todo. “El trance dionisíaco”, pregonaba
cada rato, “descarta la realidad cotidiana”. ¿Acaso no se trataba de asumir el cuerpo en
la música, asumiendo así la voluntad de la vida, la aceptación del mundo?

Por esa época a Emilia le entraron ganas de meterse en un curso de danza moderna. No
se atrevía, sin embargo, a consultarlo con el marido. ¿Para qué? Miguel no le pondría
cuidado. O diría que seguro ésas eran entelequias de Celia Robledo. ¿Luego no se la
pasaba con ella? Sí, sí, al interpelarle, Miguel la miraría por encima del periódico desde
el sillón de cuero donde solía instalarse después del almuerzo; la miraría con la misma
solapada irritación que se le notaba cuando Emilia se atrevía a contradecirle en algo, o
cuando pretendía proponerle que, como los niños iban ya los tres a la escuela, quería
matricularse en la universidad.

—¿En la universidad? ¿Y eso?

—Para estudiar idiomas. Quiero ser traductora. Siempre quise ser traductora. Desde
hace años. Desde que estuve en Filadelfia.

Filadelfia, Filadelfia; Miguel estaba harto con los cuentos de Filadelfia. No, no quería oirle
repetir a Emilia lo de la tacañería de las monjas del colegio, lo de la bondadosísima Miss
Del Rio, lo del olor a azaleas del parque Clairmount o lo de las regatas en el río Schuy
Kill. Hasta le aburría el chiste de la estatua de bronce de Benjamin Franklin, que solían
abrazar las latinas para escandalizar a las gringas. ¡Bahhh! Filadelfia, Filadelfia, ¡al traste
con Filadelfia! Y claro, ahí mismo Miguel le recalcaría que allá había ido de soltera y
ahora estaba casada y debía dedicarse al hogar; o sea que le hablaría otra vez sobre la
necesidad de hacer una cosa, una sola cosa bien en la vida: quien mucho abarca poco
aprieta. Y... dále que dále con la cantinela de que él mismo había seguido ese consejo
de su padre. Si no se hubiera dedicado con tanto ahinco a Seguros Santander, ¿cómo
estaría hoy la compañía? Bueno, Emilia asentía, haciéndose la que ponía cuidado, pero
con ganas de que llegara en seguida la hora de que Miguel pidiera el auto y se marchara
por fin a la oficina.
—¿Quién me mandó casarme tan pronto? —le preguntaba rabiosa a Celia—. Debí
quedarme en Estados Unidos cuando estuve en el Finishing School . Era de monjas, pero
había una profesora mexicana; me hubiera ayudado a quedarme.

—¿La famosa Miss Del Rio que te sacaba los domingos?

—Ésa. Todavía me escribe y hasta pide que vaya a visitarla.

—¿Y por qué no? —preguntaba Celia templando la voz. Cuando se impacientaba, el dejo
antioqueño le principiaba a chirriar, virando a un tono áspero, estridente. Por temor a
desagradarla, Emilia callaba. ¿Para qué hablarle más de eso? ¿Para qué repetirle que
Miguel no le permitiría desplazarse? Celia se irritaría aún más. O de pronto le daría por
abrumarla con su eterna teoría vitalista sobre la importancia de buscar en las propias
flaquezas la fuerza de transformar el dolor en alegría, la derrota en victoria.

—¿La derrota en victoria?

Emilia meneaba la cabeza mirando al vacío. Se sentía derrotada de antemano...... Luego


sus proyectos de entrar a la universidad, de viajar en algún momento a Estados Unidos,
¿no eran ilusorios? En esa época que ella misma denominaría más tarde “los horrendos
años sesenta”, las señoras bien de Bogotá no estudiaban, no trabajaban, no viajaban
solas, por Dios; Miguel hablaba pestes de las poquísimas que se atrevían a hacerlo.
Cómo no, una señora que saliera de su casa para algo que no fuera el Country Club o la
iglesia, iba por mal camino. ¿Y quién osaba rebatirle a Miguel? Se creía dueño y señor
de la verdad... Educado por los hermanos maristas, luego en la universidad jesuita, había
sido un niño modelo antes de convertirse en el mejor partido de Bogotá. ¿Qué muchacha
no quería levantarse a ese abogado precoz, de apellido conocido en cuatro
generaciones? Miguel Suárez, Mazuera, Gómez, Henao. Recién llegada de Filadelfia,
donde había aprendido algo de inglés y sobre todo comprado ropa para su salida a
sociedad, Emilia se lo había encontrado en el primer baile, y se había sentido halagada
(¿quién no?) de que le comprometiera seis piezas de un tacazo. Después, claro, vendrían
las invitaciones de rigor: almuerzos en el Country, tés en el Continental, comidas en el
Temel, antes de la visita semanal en la casa y la pedida de mano. De la euforia (o mejor
la estruendosa aprobación) de sus padres; del turbión de felicitaciones, agazajos,
despedidas, preparativos para la boda y compras para el trousseau, Emilia despertaría
en la cama asfixiante de la luna de miel, con un hombre torpe y sudoroso acezando
sobre su cuerpo y abriéndole la vulva a hurgones aunque ella lloriqueara, Virgen Santa,
lloriqueara como una criatura, ¡qué vergüenza! Miguel amenazó con llevarla donde un
médico para ver si era anormal. Por suerte, como estaban en el mejor hotel de Santa
Marta y había un mundo de gente conocida, temió que se regara el cuento y no lo hizo.

Verdad, desde la luna de miel —pensaba años después Emilia—, Miguel comenzaría a
notarse irritado. Irritado con los pudores de Emilia, irritado con los malestares de los
embarazos, los partos, la crianza de los niños. Irritado cuando éstos lloraban de bebés
o cuando gritaban en sus juegos, más adelante. Irritado con su algarabía, con su
desorden. Sí, sí, ¿cómo tolerar ese desorden? Según Miguel, la vida era una sucesión de
actos planificados, cronometrados casi. Se diría que hasta para dormir seguía horarios y
reglamentos. Por la mañana, el despertador a las siete, levantada y afeitada, ducha y
vestida lenta y meticulosa, con ayuda de Emilia para abotonar las mancornas y hacer el
nudo de la corbata. Luego desayuno en diez minutos: té negro y tostadas que Emilia
debía untarle con mermelada de naranja. Al final, claro, rápida cepillada de dientes. Y...
a las ocho menos cinco el chofer sacaba el auto del garaje para que a las ocho en punto
saliera Miguel con su abrigo Camel bien abotonado, su sombrero Stetson ladeado y, si
lloviznaba, un paraguas también inglés. Así era Miguel, sí, su marido. ¿Su marido? Emilia
no sabía exactamente cuándo le fue entrando esa desazón, ese malestar, esa suerte de
rabia fría ante lo que había sido y sería su vida conyugal por los siglos de los siglos.
Verdad, ¿cuándo le entró esa necesidad, mejor dicho esa urgencia de llevar la contraria?
Cuando los niños principiaron a ir a la escuela, claro, porque antes andaba en lo de la
amamantada y la crianza. Verdad, los cuatro años en que tuvo los tres niños y los ocho
en que demoraron iniciando su educación, no le dieron tiempo para pensar en sí misma.
Además de la responsabilidad de criarlos, había esa suerte de enjalma con que avanzaba
siempre, ciegamente, hacia adelante.

—El día que te ví por primera vez, pensé que eras una novicia rebelde... —solía decirle
Celia burlándose.

Verdad que de adolescente Emilia había querido ser monja. ¿Acaso no le quedaban
huellas de misticismo? En cambio a Celia nada ni nadie le había impedido leer libros
prohibidos desde los trece o catorce años. Celia leía, leía, leía. Después, caramba, siendo
tan lectora, ¿cómo le daría por casarse con el locato de Gabrielito Uribe? Misterio. Plata
llama a plata, decía la gente. Y verdad que si los padres de Celia eran prácticamente
dueños de la industria textil antioqueña, los de Gabrielito tenían la primera, la mejor
cadena de hoteles turísticos del país. Por eso lo habían mandado a Miami a una escuela
de managers de donde había llegado más acelerado que nunca, con afición por las
motocicletas, los autos de carrera y todo lo que fuera fast.
—Siempre vive de afán. Por aquí no pasa sino a las volandas. A veces hasta les confunde
el nombre a los niños —Celia parecía tomar la cosa con calma, por Dios, casi con
satisfacción. A veces, Emilia la envidiaba. Si Miguel fuera así, tal vez ella podría...

—¿Sigues con ganas de ir a Estados Unidos? —Celia ya le conocía el gesto crispado de


cuando estaba pensando que nunca podría salirse, evadirse de lo que ambas llamaban
“el muñequero del barrio Chicó”.

—Castillos en el aire, mija.

—¿Y por qué no has de viajar? ¡Te vas a quedar con las ganas toda la vida! Qué te
impide irte unos días donde la famosa Miss Del Río? Cosa de preparar la maleta y
comprar el pasaje.

¿Cómo, cuándo lo dijo Celia en alguna tarde del año de mil novecientos sesenta y cinco?
¿En la pieza aquella de los altos o en el jardín? ¿En el cuarto de juegos de los niños o en
el auto llevándola a casa? Emilia no podía recordarse, pero de lo que sí estaba segura
era de que a partir de ese momento había sentido un fogonazo por dentro, sí, sí, algo
súbito la había hecho pasar de una inercia que era tal vez cobardía a una suerte de
arrogancia, de ímpetu. Verdad, ahí mismo, en ese instante, había tomado la decisión: se
marcharía una semana a Filadelfia. Sencillamente organizaría el viaje, llegaría donde su
marido y le soltaría la cosa de sopetón:

—Me voy a Filadelfia por una semana.

¿Cómo olvidar el gesto abrupto, la mirada torva de Miguel? Ahí estaba clavándole esos
ojos del mismo gris acerado que habían heredado sus hijos, los labios finos negándose
a una sonrisa que pretendía infligirles fingiendo bromear. Emilia había proyectado
hablarle sobre Miss Del Rio, describirle esa mexicana paturra y chistosa, profesora de
traducción en el College, que solía sacarla a pasear sábados y domingos. ¿Acaso no le
había leído apartes de sus cartas, no lo había hecho reír con el recuento de las
pudibundeces y manías de las monjas? Que por esas y otras razones Miss Del Rio hubiera
tomado la (¡valientísima!) decisión de dejar la enseñanza y dedicarse a trabajar en una
librería, era lo que habría querido contarle Emilia a Miguel en esa ocasión y agregar que
Miss Del Rio, la chaparrita, como solían apodarla en el colegio, le había propuesto que
se viniera unos días a su casa. ¡Tanto tendrían que rememorar! Emilia andaba
entusiasmada con eso de viajar a Filadelfia.

—¿A Filadelfia?
—Me ha invitado Miss Del Río.

—¿La profesora aquella?

—Sí, la del College.

—¿Y te vas así no más? ¡Me lo dices por chiste!

—Te lo digo en serio.

—Y yo te digo que no estoy de acuerdo.

—Por una vez, me da igual...

—¿Cómo te atreves?

—¿A qué?

—¡A darme ese disgusto!

—¡Bahhh! Ya te repondrás. ¡Necesito irme de aquí unos días, Miguel!

—¿Quién te dio la idea, Celia Robledo?

—No fue ella. Se me ocurrió solita, figúrate.

—¿Se te ocurrió viajar así no más? ¡Válgame Dios! Espera al menos que los niños salgan
a vacaciones.

—Precisamente, quiero irme sin ellos.

—¿Sin ellos? ¿Sin los niños?

—¿Por qué no? Será sólo una semana. Todo quedará organizado aquí.

—¿Con que esas tenemos? Te repito que no estoy de acuerdo.

—Y yo te repito que me da igual.

—Emilia... no me torees. Si te atreves a irte, soy capaz de lo peor.

—¿Lo peor?

¿Lo peor? Emilia se imaginaba el regaño, la reprimanda al regreso. Se imaginaba cuando


mucho, la amonestación de los suegros, el escándalo en familia. Se imaginaba todo,
todo, menos llegar del tal viaje a Filadelfia, con la valija llena de regalos para los niños
y no encontrarlos en casa. Emilia se imaginaba todo, sí, menos la llamada perentoria de
Miguel avisando que los había instalado donde sus padres. “¿Donde tus padres? ¿Por
qué?”. Emilia volvía a preguntar por qué y Miguel contestaba que ella tenía la culpa.
Emilia volvía a preguntar por qué y Miguel contestaba que bien se lo merecía. Emilia
volvía a preguntar por qué y Miguel vociferaba algo de una demanda, de un incidente
de custodia, algo que Emilia no sospechaba, no barruntaba, no entendía, como no
entendía tampoco lo del abandono del hogar ni lo de la cita en el tribunal eclesiástico.

¡Emiliaaa! ¿Qué sucedió? ¿Qué sucede? ¿Por qué te quedas así atontada, mirando
fijamente el teléfono y como desgonzada sobre la silla? ¡Emiliaaa! ¿Cuánto rato duraste
ahí tiesa, quieta, dejando que el tiempo pasara sobre tí como un agua turbia? ¡Emiliaaaa!
¿Qué sucedió? ¿Qué sucede? Celia llega en algún momento, inquieta de que Emilia la
llame a contarle del viaje. Y es ahí, entonces, por fin, que Emilia le informa
tartuamudeando lo del lío ése con Miguel. Es ahí, fue ahí, ¿verdad? Fue ahí, aunque
¡Emilia no lo recordara con certeza sino años después! Aunque recordara sólo a Celia
con una taza de té en la mano, acercándosela a los labios, obligándola a beber antes de
ordenarle con neviosismo que se fuera a su alcoba a descansar. ¡Emiliaaa! De pronto
esa noche, o la noche siguiente, o la mañana después de tantas noches de insomnio,
Celia trajo a los padres de Emilia, o mejor dicho ellos se aparecieron de pronto, gracias
a una llamada de Celia, sí, sí, sus padres llegaron armando alboroto y diciendo que
Miguel había puesto una demanda en el tribunal eclesiástico, de modo que ella, Emilia,
debía defenderse. ¿Defenderse? ¿Defenderse de qué? Fueron sus padres, sí, quienes se
presentaron después con ese jurisconsulto calvo y gordiflón, que mencionaba en voz
ronca algo de una pensión alimenticia y prometía litigar en la Curia Apostólica. Verdad,
fue ese mismo señor arrebolado, incansable fumador de tabaco y pariente de no sé qué
obispo, quien logró sacarle a Emilia por fin el permiso de ver a los niños.

¡Válgame Dios! Ver a los niños una vez por semana, los jueves de cuatro a seis.
¡Ayayayay! ¿Cómo hacerse la desentendida? ¿Cómo explicarles que ahora vivirían donde
los abuelos? ¿Cómo? ¿Cómo? Si por fin Emilia logró soltarles la cosa, aunque le sudaran
las manos y se le trabara la lengua por andar inventándoles tanta disculpa, fue de
milagro. Además, ¡qué desgracia!, olvidó en casa los dulces comprados antes de
empacarles los nuevos juguetes y sobre todo las raquetas de ping-pong, pues ping-pong,
caramba, era lo único que podían jugar en la mansarda del caserón afrancesado de los
abuelos, donde los salones se mantenían con los postigos cerrados y los muebles
forrados cuando no había visita. ¡Cuidado! La mesa del comedor era larguísima y de una
madera tan pulida y brillante que las sirvientas debían poner un paño especial bajo el
mantel. Por eso, los niños mejor comían en la repostería, aunque claro, durmieran arriba
en alcobas alfombradas, con catres de cobre o camas de baldanquín; y estudiaran todas
las tardes en la mansarda, antes o después de jugar ping-pong, mientras Miguel los
miraba de lejos practicando billar en mangas de camisa. Sí, sí, Miguel apretando los
dientes al dar cada tacazo, pensando en esa cónyugue ideática que se había atrevido a
abandonar el hogar dizque para viajar a Estados Unidos, ¡qué vergüenza!

—¿Y ahora piensas quedarte en el hogar para siempre? —preguntaba Celia con sorna.

—Ya veremos —respondía la otra en un susurro antes de colgar el teléfono y marcharse


volando por entre el infiernillo del tráfico matinal a la polvorienta oficina del abogado
canónico, ese cincuentón rubicundo que le daba una chupada al tabaco y se rascaba la
calva antes de preguntarle a Emilia por centécima vez si no había viajado con algún
parejo a Filadelfia. Y claro, cuando Emilia le repetía que no, volvía a decir que no entendía
lo de Miguel, que no se explicaba los términos de la demanda ni el incidente de custodia
—y volvía a asegurar, por entre las ojeras, los cachetes, la barriga y los mofletes de sus
tal vez ochenta kilos, que de todas maneras la llevamos ganada, mi señora, esto es cosa
de paciencia.

Paciencia, paciencia, pero paciencia era lo que ya le estaba faltando a Emilia, harta de
ver cómo pasaban los días y las noches, de lunes a viernes y un interminable sábado-y-
domingo, mientras esos tribunales que parecían funcionar en cámara lenta, seguían
exigiendo más papeleos y más diligencias, de modo que toda esperanza podía
abandonarse al entrar a los predios del Palacio Arzobispal, y a esas oficinas llenas de
monjas y curas, con un juez enso-tanado presidiéndolo todo, en medio de rimeros de
códigos y mamotretos de la Venerable Curia Primada de Bogotá.

—Allá tendrá que ir usted —decía el señor gordo—, para la diligencia de conciliación.

—¿Conciliación?— Emilia no iría ni rogada, aunque al abogado canónico se le subiera la


presión arterial y se pusiera más colorado y sudara mares. No, no quería saber nada de
conciliación. No quería volverle a ver la cara de censura a Miguel. Ni de riesgos, por Dios:
vivir sola, planear horarios e itinerarios, le había devuelto la confianza en sí misma.
Ahora, en vez de aguantar el tedio de cada día cumpliendo órdenes, era ella quien las
daba, inventando sus propios quehaceres y hasta arreglándoselas para colaborar en lo
del pleito conyugal. Verdad que andaba de lo más optimista, creyendo que la llevaba
ganada. Sí, andaba de lo más inocente, hasta enterarse (¡o desgracia!) del memorial
aquél.

—¿Memorial? ¿Qué memorial? —inquiría Celia, curiosa.


—Ya te explicaré cuando nos veamos.

Pero qué va, no se veían, no se verían ya más. Emilia inventaría mil disculpas para no
ver a Celia y otras tantas para no recibirla o pasarle al teléfono. ¿Por qué diablos? ¿Por
qué? Celia preguntaría mucho, protestaría mucho, sobre todo al principio. Luego se
alejaría y mandaría una carta llena de reclamos. ¿Por qué diablos? ¿Por qué? Porque no
había remedio y punto. ¿Cómo hablarle a Celia del memorial que el abogado de Miguel
había presentado ante el tribunal eclesiástico?

¡Vaya un memorial!!!! ¿Quién hubiera creído que un juicio en la Curia Apostólica incluiría
un episodio tan bochornoso o un testimonio tan ridículo como ése? ¿Quién hubiera creído
que Miguel se valdría de la pobre Leonilde, niñera desde hacía años y súbitamente
dispuesta a todo para congraciarse con el señor de la casa? Santa Bárbara Bendita,
Emilia no podía olvidar la tarde en que le había llegado por correo el famoso memorial.
¿Qué qué? Ahí estaba el papel de oficio con el membrete azul del escudo colombiano,
ahí estaban esas líneas también azules, trazadas para que alguien escribiera a mano lo
que de verdad venía a máquina en un lenguaje engolado y lleno de latinajos, Virgen
Santa, quien podía entender eso de specie factis, in iure, in factis, y luego una retórica
antediluviana en que venía enredado lo que la sirvienta (¿sobornada?, ¿coaccionada?)
había jurado por Dios ser verdad sobre “las inmoralidades de la Señora Emilia”, sobre
“las horas que pasaba encerrada con la Señora Celia dizque bailando”, o sobre “el
despeluque en que salían ambas, sin zapatos y todas desabrochadas y como jadeando”.

¡Carajo! Al leer todo aquello, a Emilia se le salió la palabrota con tanta cólera que casi
se atora. ¡Carajo! Por entre la indignación sentía ganas de pegarle a alguien, de darse
contra las paredes. ¡Carajo! Así de ofuzcada y de frenética, cayó en cuenta por fin de
que si no se iba de esa casa y de ese barrio y de esa ciudad nunca lograría...

Ya, ya, irse, largarse, huír. ¿Verdad que ahí mismo a Emilia le entró la urgencia de
regresar a Filadelfia? Evocando la cara aindiada y bonachona de Miss Del Rio, el
cantandito de su voz advirtiéndole que podía regresar a verla cuando quisiera, se
resolvió. Claro, Miss Del Rio entendería, prestaría ayuda, cómo no, Emilia le sugeriría en
una primera carta lo que en seguida debía explicarle a gritos por el teléfono aunque Miss
Del Rio se inquietara de que le pidiera por favor recibirla de nuevo en su casa porque le
urgía irse, huirse, largarse, fugarse por fin, abandonar el hogar ahora sí de verdad,
preparar un viaje ya, ya, tomando la precaución, ante todo, de copiarle otra vez la firma
al marido para poder legalizar la autorización oficial que el gobierno colombiano exigía a
toda mujer casada para salir del país. Falsificar la firma, como recién había hecho en el
primer viaje... ¿Por qué no?

—¿Tuviste problema con lo de la firma? —fue lo primero que indagó Miss Del Río al
recibirla en el aereopuerto de Filadelfia con su sonrisa conciliadora y un vestido como de
china poblana a pesar del frío invernal. Cuando Emilia meneó la cabeza, la otra preguntó
si había podido despedirse al fin de Celia.

—¿De Celia? Con tantos afanes, no alcancé.

Sin remedio, a Emilia le tocó inventar que no habían logrado verse. Y le tocó explicar,
en el atafago de esos primeros días, semanas, meses de estadía en Filadelfia, que había
sido mejor así. ¿No hubiera sido muy duro decirse adiós tan súbitamente? Poco a poco
Miss Del Río, como otras amigas, como el mismo Henry, se percatarían de que el tema
de Celia la perturbaba. Aunque disimulara, lo eludía. Sí, sí, cuando alguien mencionaba
a Celia, cambiaba la conversación.

Verdad, Emilia prefería no mencionar, no referirse a Cecila. Sin embargo, en ese


anochecer que de pronto se había puesto desapacible, la evocaba con desazón. ¿Quién
le había dicho recién que Celia había había enviudado y había viajado a la Argentina,
que trabajaba en la editorial Planeta de Buenos Aires?

Roberto Vergara, claro. Ya, ya, Emilia se levantó del sillón con la súbita decisión de llamar
a Roberto Vergara. ¿Qué sería de Celia? se preguntaba por centécima vez azogada,
encendiendo la luz y encandelillándose con la lámpara halógena que hacía rechinar los
colores de la litografía colgada sobre la mesita donde había artesanías quimbayas. ¿Qué
hora sería? Miró el reloj: más de las ocho...Verdad, Henry tenía laboratorio hasta tarde,
y ella debía dejarle lista la cena para que la calentara en el horno al llegar. Pero antes...
Rápido, rápido, con un súbito afán, se dirigió al escritorio y buscó en un cajón la libreta
de teléfonos. Luego, sin pensar siquiera en la diferencia de horarios, dizcó el número
que la conectaría con la casa de Roberto Vergara en Bogotá y lo despertó al pobre en
plena madrugada.

¿Aló? ¿Aló? A pesar de oirse soñoliento y medio sonámbulo, Vergara no pareció


sorprenderse de que Emilia llamara para preguntarle por Celia Robledo. Suponiéndola al
corriente de que había fallecido súbitamente el día anterior, se limitó a darle el pésame
en medio de un bostezo.
¿Cómo? ¿Cómo? —inquiría entretanto Emilia fuera de sí—. ¡No! ¡No! —repetía chillando
en una suerte de hipeo, mientras el otro esperaba, perplejo, sin saber qué contestarle.

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