4.
4 Naturaleza y Dimensiones en la educación
Las normas de deontología profesional aprobadas por los colegios profesionales o
sus respectivos Consejos Superiores u órganos equivalentes no constituyen
simples tratados de deberes morales sin consecuencias en el orden disciplinario.
Muy al contrario, tales normas determinan obligaciones de necesario cumplimiento
por los colegiados y responden a las potestades públicas que la Ley delega en
favor de los colegios para, como ya hemos señalado, "ordenar... la actividad
profesional de los colegiados, velando por la ética y dignidad profesional y por el
respeto debido a los derechos de los particulares".
El carácter normativo de la intervención socio-educativa: el ethos profesional
Deontología y ética pueden confundirse pues comparten una idea común: que la
actividad profesional no está exenta de una valoración o dimensión moral. Que no
todo está permitido en el campo profesional. Esto es, que el trabajo no debe
realizarse de cualquier forma. El carácter normativo de la intervención socio-
comunitaria aparece vinculado así tanto a la dimensión técnica de la educación,
como a la dimensión práctica. De reducir la educación a su carácter técnico, se
limitaría el proceso educativo a mero proceso de fabricación:
“la verdadera revolución copernicana en pedagogía consiste en volver la
espalda resueltamente al proyecto del doctor Frankenstein y a la educación
como fabricación. Pero, con ello, no hay que subordinar toda la actividad
educativa a los caprichos de un niño-rey. La educación, en realidad, ha de
centrarse en la relación entre el sujeto y el mundo humano que lo acoge. Su
función es permitirle construirse a sí mismo como sujeto en el mundo:
heredero de una historia en la que sepa qué está en juego, capaz de
comprender el presente y de inventar el futuro (Meirieu, 2001, 70)”
Considerando el distinto acento que puede ponerse en la relación educativa como
un tipo específico de acción ya sea moral o técnica, lo cierto es que la doctrina
pedagógica estima que la educación por encima de todo es una actividad moral
que no entra en contradicción, bajo determinadas condiciones, con planteamientos
tecnológicos (Bárcena, Gil y Jover, 1993, 71).
La asunción de un enfoque tecnológico en educación presupone la aceptación
ineludible tanto de la tecnificación de la acción misma, como del razonamiento
medios/fines en el diseño y comprensión de los productos y procesos educativos
(Angulo, 1994, 85). Así, otro de los problemas de carácter ético que subyacen en
este enfoque aparece a la hora 5 de definir el pattern. Para Castillejo (1987, 39)
ninguna versión, perspectiva, ideología, etc. le pertenece la definición del pattern,
pero también es verdad que a ninguna puede excluirse. La perspectiva tecnológica
se revela insuficiente para resolver el verdadero problema. Su definición y
justificación [1].
Al caracterizar la noción de “tecnología educativa”, Gil Cantero (1997) señala un
aspecto valioso desde el enfoque práctico al afirmar que,
“si pensamos la educación desde las funciones de los educadores, la
Tecnología educativa es el tipo de saber más cercano a las urgencias
laborales de éstos. Pero si pasamos a abordar la reflexión sobre la
educación desde la perspectiva de los educandos, esto es, como acción,
como experiencia de crecimiento personal, entonces el conocimiento de la
educación ya no será sólo el producto de unas consecuencias de acción
conectadas cuasi-causalmente, sino el propósito de determinar
racionalmente las cualidades morales de las acciones como requisito para
que, además de realizar actividades, los educandos se vayan apropiando
personalmente de los sentidos y significados de la realidad y de ellos
mismos (p. 540 y ss.)”.
Desde la tradición aristotélica, Altarejos (1990) muestra como la educación tiene
en sí misma una finalidad inmanente. No sólo cuenta el producto para su
realización, sino también la misma actuación: no puede dejarse de educar sólo
porque no se aprenda, es decir, porque no se obtenga el producto. Desde esta
perspectiva, un peligro escriba en que al desvincularse de la acción, el saber
educativo se convierte en saber técnico, y empieza a desarrollarse orientado por la
“productividad”, es decir, por la óptima relación de la actividad al producto
(Altarejos, 1990, 236 y ss.).
En suma,
“la práctica educativa no debe entenderse como una forma de poiesis
guiada por fines fijos y gobernada por reglas determinadas. Sólo puede ser
concebida como una forma de praxis iluminada por principios éticos
intrínsecos a la práctica educativa misma: criterios que sirven para distinguir
las genuinas actividades educativas de aquellas que no lo son, y una buena
práctica educativa de aquella que es indiferente o mala. Mientras que
algunos intentan reducir la actividad educativa a una especie de actividad
productiva a través de la cual una materia prima es modelada en un troquel
preestablecido, sigue habiendo quienes la entienden como una acción
gobernada por principios éticos complejos que, a veces, incluso entren en
conflicto, y que pueden ser modificados a la luz de circunstancias prácticas
y condiciones particulares (García Amilburu, 2009, 73)”.
4.4.1 Como fenómeno social
La ética es considerada como una competencia relevante por profesionales y
académicos de la comunicación comercial. No en vano, en el contexto de la
convergencia europea, la materia de deontología es obligatoria en los nuevos
grados de publicidad. Sin embargo, estudios anglosajones cuestionan los efectos
de los cursos de ética sobre las actitudes y los comportamientos de los
publicitarios. Este trabajo mide la capacidad que ha tenido la materia de
incrementar la sensibilidad hacia cuatro dimensiones del profesionalismo (la
cognitivo-técnica, la social, la afectivo-emocional y la ética).
Ética y moral he afirmado antes que dada la coincidencia semántica entre ‘ethos’ y
‘mos’ se ha dado en hacer sinónimos los significados de ética y moral (Loiseau,
2002). Sin embargo, esto no ha sido aceptado unánimemente y se plantea la
pregunta de si ambas categorías significan lo mismo. Aunque la cuestión no
parezca trascendente en general, en el contexto en que nos venimos moviendo
parece interesante señalar la diferencia entre ambas por la incidencia de esta
cuestión en el momento de realizar actos educativos sociales, sobre todo cuando
los educadores actúan bajo la influencia de una determinada ideología política o
cultural. Haciendo un esfuerzo de síntesis, se puede afirmar que la moral tiene una
base más social que la individual de la ética, pero ambas se refieren a un conjunto
de normas a las cuales se debe adaptar el comportamiento humano, tanto desde
el punto de vista individual como social. Dueñas (2009,12) afirma que “la moral es
un conjunto de normas que una sociedad se encarga de trasmitir de generación en
generación y la ética (...) un conjunto de normas que un sujeto ha esclarecido y
adoptado en su propia mentalidad” (subjetividad, diríamos). “La moral se impone
desde el exterior, la ética es interior”, afirma Loiseau (2002,114). Las normas de la
moral son propias de los grupos étnicos o religiosos, evolucionan a lo largo del
tiempo y difieren, en ocasiones significativamente, de unos grupos a otros. Esta
distinción establecida entre ética y moral a partir de lo individual y social puede
llegar a plantear dilemas en el momento de una actuación educativa social, pues
las normas sociales –o alguna de ellas– pueden entrar en contradicción con la
ética de la persona. Es en este momento cuando el educador tiene que decidir
cómo actuar: si de acuerdo con la norma social o según su conciencia, es decir,
de acuerdo con los valores y principios éticos que ha interiorizado o según las
exigencias del grupo. Esta situación se puede presentar en el trabajo educativo
con inmigrantes o con otros grupos étnicos o religiosos. Lo ideal sería la
coincidencia entre las normas morales de los grupos y las normas éticas basadas
en los principios universales y transculturales de bondad.
4.4.2 Como ciencia
Deontología profesional Banks (2002,177) afirma rotundamente que “con la
palabra ética nos referimos a lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto,
mientras que con deontología nos referimos a los deberes”, palabra que en la
cultura de hoy no tiene muy buena prensa. La deontología señala la conciencia de
los límites, reglas y normas (Loiseau, 2002). La palabra ‘deontología’ deriva de
dos etimologías de origen griego, ‘deón’ (deber) y ‘logos’ (ciencia o conocimiento).
Su esencia consiste en ser una disciplina que estudia los deberes de
comportamiento de las personas y, si se refiere a un campo concreto o aplicado,
los deberes de aquellas personas que actúan en él.
Nos volvemos a encontrar, por tanto, con una doble dimensión –como sucede en
el caso de la ética–, una personal o los deberes de actuar conforme al bien y otra
aplicada o los deberes que se tienen en relación con los demás por el hecho de
ser profesionales aunando las exigencias del cuerpo al cual pertenecen. Conviene
hacer notar que la deontología, a pesar de su etimología griega, es creación de
época muy reciente. Su origen se atribuye a J. Bentham que utilizó por primera
vez esta palabra en su obra Deontology or the science of morality en 1834
(Wanjiru: 1995,18). La necesidad del conocimiento de los deberes nace de la
propia raíz de la libertad de la persona, condición indispensable para la
responsabilidad ética o para el honor de ser virtuoso, puesto que la libertad es un
arma de doble filo que sirve tanto para el bien como para el mal. De ahí que la
persona necesite conocer dónde están los límites entre el bien y el mal, siendo
esto aún más necesario en el caso de las conductas profesionales por la
implicación de terceros. La deontología señala el camino obligado a seguir en la
actividad profesional, en la conciencia de que si se sigue la senda del deber
marcado se está dentro del obrar correcto. Si la persona actuase siempre en
busca del bien, no haría falta hablar de deontología y bastaría sólo con la ética,
pero no es así debido a las propias limitaciones de la naturaleza humana y a su
egoísmo innato; el hombre busca su bien e interés y actúa conforme a sus propias
circunstancias.
Con cierta frecuencia se hacen sinónimas las categorías ética profesional y
deontología profesional cuando no lo son; mientras que la primera es de carácter
subjetivo y hace referencia a la conciencia individual (Pantoja, 2002), la segunda
es más bien de carácter colectivo y representa un modelo de acción que se
concreta en un conjunto de deberes, normas y obligaciones que los profesionales
van descubriendo y exigiendo en el ejercicio de la profesión conforme se avanza
en el proceso denominado ‘profesionalización’. La ética profesional, en cualquier
caso, señala una serie de principios mientras que la deontología profesional insiste
en los deberes o normas de carácter obligatorio que suelen concretarse en los
códigos deontológicos.