Anscombe
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Esta opinión, la comparte, entre otros, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, galardonada con
el premio Príncipe de Asturias 2012 de Ciencias Sociales.
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Empieza reconociendo el origen matemático y pitagórico de esta idea y su supuesto metafísico, la
supremacía del péras o horos (lo que está bien) sobre el apeiron (el mal) e intenta distinguir el méson
moral del méson matemático.
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Fue al origen de nuevas perspectivas en filosofía moral, de las que participan de una forma u otra,
cada uno a su manera, y con sus diferencias respectivas, el escocés Alasdair MacIntyre, el canadiense
Charles Taylor, el guatemalteco Héctor-Neri Castañeda, la australiana Jenny Teichman o las estadouni-
denses Martha Nussbaum y Candace Vogler.
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Cuyos principales exponentes, junto con Anscombe, fueron Peter Geach, Michael Dummett y An-
thony Kenny, máximos artífices del renovado interés por el externalismo de Santo Tomás en el plano
de la semántica concebida como auténtico zócalo de la teoría del conocimiento.
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materia de teoría del conocimiento, unas pretensiones según las cuales la justifica-
ción de nuestras creencias supone el examen interno de nuestras razones de creer. Se
trataba de criticar una concepción remota, que encuentra su origen en San Agustín, y
a la que se puede asociar una nutrida tradición filosófica. Esta tradición abarca hitos
o momentos cumbres en la historia de la filosofía, encarnados por René Descartes
y Edmund Husserl y, todavía en la época actual, por destacados defensores del neo
cartesianismo en teoría del conocimiento, como Rodrick Chisholm o Jerry Fodor y
Noam Chomsky. Con la figura de la joven Elizabeth Anscombe se opera un retorno,
en la historia de la filosofía contemporánea, a la perspectiva aristotélico-tomista, en
una época que seguía dominada por las filosofías de corte platonizante o marcada por
el internalismo cartesiano. Así la crítica epistemológica de la filósofa afecta directa-
mente a todo el movimiento fenomenológico, de la misma manera que afecta también
a la construcción lógica del mundo según Carnap ya que el Aufbau está empapado de
internalismo, en particular su análisis ‘solipsista’ de la consciencia egológica entendi-
da como lo vivido de una consciencia.
El externalismo postulado y por el que aboga nuestra filósofa, como criterio
normativo para esta nueva filosofía de la psicología todavía por venir, concede un
papel primordial a la pertenencia a una comunidad, a la forma de vida y a las cos-
tumbres que caracterizan esta última, así como al entorno social en la definición de
lo que son los contenidos conceptuales de un pensamiento. Anscombe era discípula
y atentísima lectora del Wittgenstein de los Cuadernos. Hizo suya las sentencias
dictadas por su mentor en el Cuaderno azul y las que se encuentran en el marrón,
aforismos aún seminales pero que luego se verían profundizados en Las Investi-
gaciones, de las cuales, lo recordamos, Anscombe fue la traductora y editora. Se
nutre pues de la idea según la cual es mediante la lengua y nuestra vinculación con
una comunidad lingüística dada que efectuamos un aprendizaje decisivo para el
desarrollo de nuestras destrezas conceptuales. Junto con Wittgenstein, Anscombe
dice que nuestros actos mentales no son independientes de esos juegos de habla que
tejen nuestras relaciones intersubjetivas y, por lo tanto, tampoco lo son de nues-
tra pertenencia a una comunidad lingüística específica y de sus propias reglas de
aprendizaje, reglas que determinarán el uso correcto del lenguaje, es decir, nuestra
competencia intersubjetiva. Se empalma aquí con Santo Tomás cuando el Aquinate
afirma (ST, Ia, 85,2) que las palabras no denotan, por lo menos no directamente, las
especies inteligibles, a la diferencia de lo que afirmaba Platón, sino los medios con
que la actividad intelectual se dota para abstraer los objetos exteriores (tal como
efectivamente lo pensaba Aristóteles). Es así porque en la filosofía de la psicología,
por lo menos tal como la conciben Wittgenstein y Anscombe, la descripción de
un acto mental es siempre la descripción del lenguaje de este acto. Dicho de otra
manera, en un enunciado, podemos distinguir lo que la escuela oxoniana llama su
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Programa al que, hoy en día, podemos vincular intentos como los de Daniel Clement Dennett o de
los esposos Churchland y algunas versiones radicales de las llamadas ciencias cognitivas, entre otros,
ciertas manifestaciones del funcionalismo en inteligencia artificial.
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Tal vez en este sentido las mejores aportaciones programáticas, acordes con las exigencias epistemo-
lógicas expresadas por la filósofa, sean el libro escrito por su propio marido, el lógico y filósofo Peter
Geach (1957): Mental Acts y, posteriormente, el de Charles Taylor (1964): Explanation of Behaviour;
ambos trabajos también muy críticos con el conductivismo teórico desarrollado por Gilbert Ryle en
filosofía de la mente, conductivismo filosófico inspirado por una cierta lectura reduccionista de los
escritos del ‘segundo’ Wittgenstein, en la estela del behaviourismo estadounidense de la época y de la
neopositivista Gestalt Theorie heredada de la psicología de Brentano.
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ambas, cada una en sus especificidades propias, unos portentosos intentos éticos
para instaurar un poder político de la razón.
Veamos ahora, como segundo punto, en qué medida la filosofía moral que
propuso Anscombe puede leerse como una crítica de las concepciones de la ética,
primero, según Kant y, luego, según Hegel y sus respectivos seguidores. Ya en los
sistemas de Platón y Aristóteles se concebía la Ética como una parte de la Política.
Sócrates, al contrario, tuvo una comprensión más individualista de la Ética. Des-
pués, en la época moderna, entre Kant y Hegel, entre personalistas y doctrinarios
del bien común, la contraposición volverá a repetirse. Resulta legítimo empezar
por preguntarse y plantear la cuestión de saber si la Ética debe concebirse como
individual o social. La tensión entre ‘actitud ética’ y ‘actitud política’ estudiada en
el orden fáctico merecería por supuesto un análisis detenido que nos alejaría del
enfoque de este trabajo. Cuando Aristóteles afirma la subordinación de la Ética a la
Política, lo que en realidad pretende afirmar es la sustentación del bien particular en
el bien común. La ética aristotélica consiste en un laborioso intento para salvaguar-
dar la forma de convivencia de la polis, con su armonía del bien privado y del bien
público. En la doctrina del Estagirita el fin de la Ética y el de la Política se confun-
den en un mismo isomorfismo: la búsqueda de la felicidad, el bienestar, la paz, algo
que requiere lo mismo tanto en el caso del Estado como en el caso del individuo, o
sea, no sólo un comportamiento virtuoso sino también, en su justa medida, el dis-
frute y goce de los bienes exteriores. No obstante, en la época moderna y de forma
muy patente a partir del siglo XVIII, el interés ético se ha ido desplazando hacia el
individuo y se ha centrado en la defensa de la ‘libertad interior’ del sujeto o en la
afirmación del individualismo frente al totalitarismo.
Por un lado, la ética kantiana procede de un individualismo inmanentis-
ta, individualismo cuyas raíces encuentran su origen en la Ilustración pero que,
al mismo tiempo, termina guillotinando aquel Siglo de las Luces. Como bien se
sabe, se basa en la adscripción de Kant a un protestantismo luterano ya secula-
rizado y sustituido por el teísmo de la mecánica de Newton, por una ‘teología
racional’. La moral de la buena voluntad pura no se ocupa de las realizaciones
exteriores, objetivas (las únicas que importan para los demás). Es el imperativo
categórico que impone mi deber y la metafísica de las costumbres quien se ocupa
del deber de la perfección propia, ya que nunca puede ser para mí un deber el de
cuidar de la perfección de los demás. Lo que importa para Kant, no es el hecho
de que una persona desee lo que se precisa, de tal manera, cuando y donde es me-
nester, sino que haya una voluntad que produzca voliciones en total autonomía.
En realidad, este papel devuelto a la voluntad ya aparece bajo una luz nueva con
Descartes, en la recta línea de un voluntarismo heredado, por lo menos bajo unos
cuantos aspectos, del pensamiento agustiniano. Este pensamiento fue desarrollado
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luego por los franciscanos de la Edad Media, como Duns Escoto, a partir de una
crítica de la psicología aristotélica. Tales voliciones ni siquiera suponen un fin que
realizar sino únicamente el sujeto razonable como fin existente por sí mismo. Es
lo que hace que el concepto de ‘persona’ en la filosofía de Kant resulte tan desen-
carnado como su desangelado concepto de voluntad. La paradoja negacionista del
individualismo kantiano consiste precisamente en el hecho de que nadie es nadie
(una no persona) en particular.
Hegel quiso representar, frente a Kant, un retorno a una realidad más con-
creta. Por otra parte, su talante prefería la armonía griega y su vitalismo romántico
encajaba mal con esa armonía prusiana que encorsetaba la moral del filósofo de
Königsberg. La moralidad kantiana era esencialmente abstracta, para ella el bien
moral era lo que resultaba absolutamente esencial. Y ese rigorismo deóntico del
pensamiento moral kantiano, procedía según Hegel, de su carácter abstracto. El
Terror fue, para Hegel, la aplicación hiperbólica de las ideas de Kant. A la Revolu-
ción de 1793 se la puede llamar ‘Terror’ porque fue efectivamente el engranaje de
una maquinaria ciega, la de una pura abstracción inmanentista puesta en marcha.
Hegel no tenía ni la menor inclinación por el deber abstracto. Según su propio sis-
tema, el espíritu objetivo, ya liberado de su vínculo con la vida natural, se realiza
como espíritu objetivo en los tres momentos que son: el Derecho, la Moralidad
y la Eticidad. En el Derecho, fundado en el principio de utilidad,8 la realización
de la libertad se manifiesta hacia fuera. La Moralidad añade a la exterioridad de
la Ley, la interioridad de la consciencia moral (Gewissen), el deber y el propósito
o intención (Absicht). Es por esto que, según Hegel, el momento de la moralidad
debe ser superado por la síntesis que se opera en el concepto de eticidad.
Como Hegel, Anscombe piensa que el deber no puede consistir en la lucha
permanente con el ser, puesto que el bien se realiza en el mundo y que es por ello
que la virtud – que en cierta medida es la realización del deber, o sea, la encarna-
ción del deber en la realidad ordinaria – llega a poseer un papel tan importante
en la filosofía moral de Hegel. Así, siguiendo una lectura que nos proporcionan
Anscombe (1978b) y Taylor (1979), Hegel sostiene que –y no resulta casual si su
sistema es contemporáneo del utilitarismo de Stuart Mill– la auténtica eticidad
es la única eficaz y debe triunfar realizándose en los tres momentos que son: la
Familia, la Sociedad y el Estado. Éste último lo concebía Hegel como siendo el
elemento supremo de lo ético, como el más alto grado ético presente en la huma-
nidad.9 Gracias a esta ‘eticización’ del Estado, Hegel empalma con Platón frente a
8
La crítica filosófica ya mostró cómo la influencia inglesa era particularmente visible en Hegel y su
manera de filosofar.
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El Estado aparece en la filosofía hegeliana como la vida moral en su concreción más acabada y ha
sido analizado con perspicacia por Taylor (1979) en Hegel and Modern Society.
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Kant. Pero, como bien lo vio Anscombe (1978a), de la ética individualista hemos
pasado, con Hegel y su mesianismo del Estado, a su extremo opuesto: la ética
socialista cuya aplicación tergiversada dio lugar a las peores y maléficas aberra-
ciones políticas del siglo XX.
Frente a esas potentes concepciones de la moral, la filósofa británica desa-
rrolla su propia concepción de la Ética. Una concepción temeraria y regeneradora,
que pretendía desmarcarse frontalmente de todo lo que se decía por aquel entonces
en el ámbito poco original de la filosofía moral anglosajona, cuyo panorama se
asemejaba, para la joven filósofa, a una marisma de aguas estancadas, apenas reno-
vadas desde Sidgwik. Esbozar ahora las grandes líneas de este proyecto bautismal,
consistirá en nuestro tercer punto. Lo hemos dicho en nuestra introducción, a partir
de “On Modern Moral Philosophy”, Anscombe defenderá una vuelta a la noción
aristotélica de virtud, noción que ella integra en una concepción neo tomista de la
moral (muy atenta a lo que nos dice el Aquinate en De las Virtudes) y de la teoría
del conocimiento. Y eso en contra, por una parte, de un ‘consecuencialismo’ en
boga, concepción de inspiración utilitarista cuyo otro enérgico crítico, aunque con
un enfoque distinto al de Anscombe, fue Bernard Williams. Por otra parte, la filósofa
argumenta en contra de la moral deóntica y anti metafísica heredada de la reflexión
kantiana y del positivismo lógico, tal como lo podemos encontrar en un autor tam-
bién contemporáneo de Anscombe: Stephen Toulmin, cuya empresa logicista y meta
ética, en la estela de la obra de Moore y del Wittgenstein del Tractatus, se centra en
el análisis semántico del lenguaje ético.
Para Anscombe, las dos obras de filosofía moral más importantes nunca
escritas son, sin duda alguna, la Ética a Nicómaco y la segunda parte de la Summa
Theologiae, ambas obras constituyendo sistemas fundados en las virtudes y que
podemos contraponer a los sistemas posteriores, fundados en la moral del deber o
en la ética utilitarista. Por una parte, Kant, preguntándose sobre lo que garantiza la
moralidad de los actos de una persona, no ponía el acento en las virtudes de esta per-
sona, es decir, en la manera de actuar de esta persona en tal o tal circunstancia (sus
hábitos) dado lo que esta última es (su sexo, su personalidad, su estatuto social, etc.)
sino en su voluntad, entidad filosófica tan desencarnada, concepto tan etéreo en su
pureza formal que bien podemos preguntarnos si de verdad recubre algo concreto.
Para la filósofa de Cambridge, como para Santo Tomás, la voluntad no consiste en
el deber como único móvil de mi acción. La reducción kantiana de la moral al puro
deber resulta inaceptable, como lo es también la división operada por Kant entre el
orden del ser y el orden del deber. Ahora bien, gracias a la noción wittgensteiniana
de ‘forma de vida’ a su disposición, Anscombe demuestra que la caracterización de
un individuo actuando con moralidad supone que las nociones utilizadas para tal ca-
racterización sean comprendidas en función de los usos y costumbres que tenemos.
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Esos usos están vinculados con prácticas sociales a las que pertenecen el vocabula-
rio y la gramática de la psicología y el de la moral.10
Por otra parte, en la filosofía de Anscombe, la intención de un sujeto re-
sulta primordial para juzgar si la acción es buena o no. En cuanto al mandamiento
de la razón, éste hace que deseamos lo que sabemos ser lo mejor, dado la fina-
lidad que es la nuestra (en función de nuestra naturaleza propia y de un cierto
determinismo o, dicho de otra manera, de una necesidad teleológica en obra) y
las circunstancias en las que nos encontramos envueltos: los aspectos contingen-
tes de nuestra identidad personal, los medios intelectuales a nuestro alcance, la
educación que hemos recibido y nuestro estatus social. La exigencia kantiana de
una espontaneidad moral absoluta no existe en la caracterización de lo voluntario:
la voluntad se ejerce como una inteligencia de las obligaciones y no como una
erradicación de todas las causas externas en beneficio de una racionalidad pura
práctica. La acción moral, para Kant, no podía ser regida por otra cosa que por
un imperativo categórico pero la buena voluntad no consiste en un principio de
acción regido por la inteligencia conforme a la adaptación de lo que está hecho
según las circunstancias del acto. Si seguimos a Anscombe (1957 y 1978b), la
tesis kantiana se asienta en una concepción errónea de lo que es un acto. El acto
sólo puede ser llamado intencional en la medida en la que éste se describe también
como el acto de un sujeto que conoce el fin de su acción. Describirlo como elegido
consiste en considerar que un silogismo práctico se ha apoyado en los medios. La
libre elección no consiste pues en la apertura indefinida del campo de los posibles
o en la libertad de indiferencia (una elección entre obligaciones), es la determina-
ción de lo que hay que hacer con vista al fin, y esto en función de lo que realmente
podemos hacer.
Así, un acto es moral no porque resulta en sí mismo virtuoso, en el sentido
de las virtudes cardenales examinadas por el Aquinate,11 o porque tiene, como los
sostienen los utilitaristas, consecuencias benéficas, sino porque procede de una cau-
sa incondicionada en el sentido de que ésta es autónoma en su propio principio. Y
esto porque, según Anscombe, no existe incompatibilidad alguna entre la Providen-
cia divina, quien crea y dirige cualquier cosa, y la libertad humana ya que tal como
lo analiza Santo Tomás, la voluntad es un principio activo determinado de manera
única, pero abierto indiferentemente a varios efectos (por el hecho de que es el acto
de la inteligencia quien elige y del que sigue el acto de la voluntad), Dios lo mueve
(la voluntad) sin determinarla necesariamente a una sola cosa, su movimiento per-
10
Afirmar eso no conduce en absoluto en adherir al relativismo tal como lo ha magistralmente demos-
trado Charles Taylor, en la línea del pensamiento encauzada por la propia Anscombe, en su obra de
1989: Source of the Self: The Making of the Modern Identity.
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O por Peter Geach en sus Stanton Lectures, del curso 1973/1974, tituladas: The Virtues.
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Como también, por otra parte, reconocía el hecho según el cual la Ética, fundamentalmente, se inte-
resa por las intenciones.
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Y, por supuesto, dentro del cristianismo, las virtudes calvinistas no se entienden de la misma manera
que dentro del pensamiento de la Contrarreforma, tampoco el término abarca los mismos contenidos
conceptuales en los escritos del padre Suárez y en los de Pascal.
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Sagazmente estudiado en la reflexión ética de unos pensadores tan originales como Paul Tillich o el
padre Gaston Fessard.
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