Carta sobre Samaritanus Bonus
Carta sobre Samaritanus Bonus
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Carta
Samaritanus Bonus
Introducción
El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesuc
necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza». [1] É
de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar h
traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona enferma en las fases terminales de la vida de manera
promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad y, por tanto, el valor supremo de su
El extraordinario y progresivo desarrollo de las tecnologías biomédicas ha acrecentado de manera exponencial las
medicina en el diagnóstico, en la terapia y en el cuidado de los pacientes. La Iglesia mira con esperanza la investig
ve en ellas una oportunidad favorable de servicio al bien integral de la vida y de la dignidad de todo ser humano. [2]
de la tecnología médica, si bien preciosos, no son determinantes por sí mismos para calificar el sentido propio y el
hecho, todo progreso en las destrezas de los agentes sanitarios reclama una creciente y sabia capacidad de discerni
uso desproporcionado y deshumanizante de las tecnologías, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida
Por otro lado, la gestión organizativa y la elevada articulación y complejidad de los sistemas sanitarios contemporá
de confianza entre el médico y el paciente a una relación meramente técnica y contractual, un riesgo que afecta, so
están aprobando leyes que legitiman formas de suicidio asistido y de eutanasia voluntaria de los enfermos más vul
límites éticos y jurídicos de la autodeterminación del sujeto enfermo, oscureciendo de manera preocupante el valor
enfermedad, el sentido del sufrimiento y el significado del tiempo que precede a la muerte. El dolor y la muerte, de
criterios últimos que midan la dignidad humana, que es propia de cada persona, por el solo hecho de ser un “ser hu
Ante tales desafíos, capaces de poner en juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de l
responsabilidad social frente a los más vulnerables, el presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fi
sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminale
llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en “comunidad sanadora” para que el deseo de Jesús, q
partir de los más débiles y vulnerables, se lleve a cabo de manera concreta. [4] Se percibe en todas partes, de hecho,
moral y de una orientación práctica sobre cómo asistir a estas personas, ya que «es necesaria una unidad de doctrin
tema tan delicado, que afecta a los enfermos más débiles en las etapas más delicadas y decisivas de la vida de una
Diversas Conferencias Episcopales en el mundo han publicado documentos y cartas pastorales, con las que han bu
desafíos planteados por el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria – legitimadas por algunas legislaciones nacion
referencia a cuantos trabajan o se recuperan dentro de los hospitales, también en los hospitales católicos. Pero la at
emergentes, en determinadas circunstancias y contextos particulares, acerca de la celebración de los Sacramentos p
fin a la propia vida, reclaman hoy una intervención más clara y puntual de parte de la Iglesia, con el fin de:
reafirmar el mensaje del Evangelio y sus expresiones como fundamentos doctrinales propuestos por el Magisterio,
cuantos están en contacto con los enfermos en las fases críticas y terminales (los familiares o los tutores legales, lo
ministros extraordinarios de la Eucaristía y los agentes de pastoral, los voluntarios de los hospitales y el personal s
mismos enfermos;
- proporcionar pautas pastorales precisas y concretas, de tal manera que a nivel local se puedan afrontar y gestiona
para favorecer el encuentro personal del paciente con el Amor misericordioso de Dios.
Es difícil reconocer el profundo valor de la vida humana cuando, a pesar de todo esfuerzo asistencial, esta continúa
debilidad y fragilidad. El sufrimiento, lejos de ser eliminado del horizonte existencial de la persona, continúa gene
por el sentido de la vida.[6] La solución a esta dramática cuestión no podrá jamás ofrecerse solo a la luz del pensam
sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico que solo la Revelación de Dios nos puede desvela
agente sanitario le ha sido confiada la misión de una fiel custodia de la vida humana hasta su cumplimiento natural
asistencia que sea capaz de re-generar en cada paciente el sentido profundo de su existencia, cuando viene marcada
enfermedad. Es por esto necesario partir de una atenta consideración del propio significado del cuidado, para comp
misión específica confiada por Dios a cada persona, agente sanitario y de pastoral, así como al mismo enfermo y a
La experiencia del cuidado médico parte de aquella condición humana, marcada por la finitud y el límite, que es la
la persona, esta se inscribe en la fragilidad de nuestro ser juntos “cuerpo”, material y temporalmente finito, y “alm
a la eternidad. Nuestro ser criaturas “finitas”, y también destinadas a la eternidad, revela tanto nuestra dependencia
la ayuda reciproca de los hombres, como nuestra relación originaria y profunda con Dios. Esta vulnerabilidad da fu
cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y re
mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual.
De manera específica, la relación de cuidado revela un principio de justicia, en su doble dimensión de promoción d
tribuere) y de no hacer daño a la persona (alterum non laedere): es el mismo principio que Jesús transforma en la
que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos» (Mt 7, 12). Es la regla que, en la ética m
un eco en el aforismo primum non nocere.
El cuidado de la vida es, por tanto, la primera responsabilidad que el médico experimenta en el encuentro con el en
a la capacidad de curar al enfermo, siendo su horizonte antropológico y moral más amplio: también cuando la cura
improbable, el acompañamiento médico y de enfermería (el cuidado de las funciones esenciales del cuerpo), psico
ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo. La medicina, de hecho, que se sirv
también una importante dimensión de “arte terapéutica” que implica una relación estrecha entre el paciente, los ag
miembros de las varias comunidades de pertenencia del enfermo: arte terapéutica, actos clínicos y cuidado están i
práctica médica, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida.
El Buen Samaritano, de hecho, «no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra
Invierte en él no solo el dinero que tiene, sino también aquel que no tiene y que espera ganar en Jericó, prometiend
Cristo nos invita a fiarnos de su gracia invisible y nos empuja a la generosidad basada en la caridad sobrenatural, i
enfermo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,
una verdad moral de alcance universal: «se trata de “hacerse cargo” de toda la vida y de la vida de todos»,[10] para
incondicionado de Dios, fuente del sentido de toda vida.
Por este motivo, sobre todo en las estructuras hospitalarias y asistenciales inspiradas en los valores cristianos, es m
un esfuerzo, también espiritual, para dejar espacio a una relación construida a partir del reconocimiento de la fragi
persona enferma. De hecho, la debilidad nos recuerda nuestra dependencia de Dios, y nos invita a responder desde
De aquí nace la responsabilidad moral ligada a la conciencia de todo sujeto que se hace cargo del enfermo (médico
voluntario, pastor) de encontrarse frente a un bien fundamental e inalienable – la persona humana – que impone no
que se da el respeto de sí y del otro, es decir la acogida, la tutela y la promoción de la vida humana hasta la llegada
en este sentido, de tener una mirada contemplativa,[11] que sabe captar en la existencia propia y la de los otros un p
recibido y acogido como un don. Es la mirada de quién no pretende apoderarse de la realidad de la vida, sino acog
y sufrimientos, buscando reconocer en la enfermedad un sentido del que dejarse interpelar y “guiar”, con la confia
Señor de la vida que se manifiesta en él.
Ciertamente, la medicina debe aceptar el límite de la muerte como parte de la condición humana. Llega un momen
que reconocer la imposibilidad de intervenir con tratamientos específicos sobre una enfermedad, que aparece en po
hecho dramático, que se debe comunicar al enfermo con gran humanidad y también con confiada apertura a la pers
conscientes de la angustia que la muerte genera, sobre todo en una cultura que la esconde. No se puede pensar en l
que conservar a toda costa – algo que es imposible -, sino como algo por vivir alcanzando la libre aceptación del se
«sólo con referencia a la persona humana en su “totalidad unificada”, es decir, “alma que se expresa en el cuerpo i
inmortal”, se puede entender el significado específicamente humano del cuerpo». [12]
Reconocer la imposibilidad de curar ante la cercana eventualidad de la muerte, no significa, sin embargo, el final d
enfermería. Ejercitar la responsabilidad hacia la persona enferma, significa asegurarle el cuidado hasta el final: «cu
siempre (to cure if possible, always to care)».[13] Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para
llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable
invita a ampliar la noción de cuidado. El objetivo de la asistencia debe mirar a la integridad de la persona, garantiz
y necesarios el apoyo físico, psicológico, social, familiar y religioso. La fe viva, mantenida en las almas de las pers
contribuir a la verdadera vida teologal de la persona enferma, aunque esto no sea inmediatamente visible. El cuida
médicos, enfermeros y capellanes, puede ayudar al enfermo a persistir en la gracia santificante y a morir en la carid
a lo inevitable de la enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo al sufrimiento y a l
produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muer
petición de la eutanasia o del suicidio asistido.
Si la figura del Buen samaritano ilumina de luz nueva la práctica del cuidado, la experiencia viviente del Cristo suf
su Resurrección, son los espacios en los que se manifiesta la cercanía del Dios hecho hombre en las múltiples form
que pueden golpear a los enfermos y sus familiares, durante las largas jornadas de la enfermedad y en el final de la
No solo en las palabras del profeta Isaías se anuncia la persona de Cristo como el hombre familiarizado con el dolo
si releemos las páginas de la pasión de Cristo encontramos también la experiencia de la incomprensión, de la mofa
y de la angustia. Son experiencias que hoy golpean a muchos enfermos, con frecuencia considerados una carga par
comprendidos en sus peticiones, a menudo viven formas de abandono afectivo, de perdida de relaciones.
Todo enfermo tiene necesidad no solo de ser escuchado, sino de comprender que el propio interlocutor “sabe” que
abandonado, angustiado frente a la perspectiva de la muerte, al dolor de la carne, al sufrimiento que surge cuando l
su valor en términos de calidad de vida y lo hace sentir una carga para los proyectos de otras personas. Por eso, vo
saber que se puede recurrir a quien ha probado en su carne el dolor de la flagelación y de los clavos, la burla de los
traición de los amigos más queridos.
Frente al desafío de la enfermedad y en presencia de dificultades emotivas y espirituales en aquel que vive la expe
manera inexorable, la necesidad de saber decir una palabra de confort, extraída de la compasión llena de esperanza
esperanza creíble, profesada por Cristo en la Cruz, capaz de afrontar el momento de la prueba, el desafío de la mue
cantada por la liturgia el Viernes Santo: Ave crux, spes unica – están concentrados y resumidos todos los males y s
el mal físico, de los cuales la cruz, cual instrumento de muerte infame e infamante, es el emblema; todo el mal psic
muerte de Jesús en la más sombría soledad, abandono y traición; todo el mal moral, manifestado en la condena a m
espiritual, destacado en la desolación que hace percibir el silencio de Dios.
Cristo es quien ha sentido alrededor de Él la afligida consternación de la Madre y de los discípulos, que “estaban”
aparentemente cargado de impotencia y resignación, está toda la cercanía de los afectos que permite al Dios hecho
horas que parecen sin sentido.
Después está la Cruz: de hecho un instrumento de tortura y de ejecución reservado solo a los últimos, que parece ta
simbólica, a aquellas enfermedades que clavan a una cama, que prefiguran solo la muerte y parecen eliminar el sig
paso. Sin embargo, aquellos que “están” alrededor del enfermo no son solo testigos, sino que son signo viviente de
relaciones, de aquella íntima disponibilidad al amor, que permiten al que sufre reconocer sobre él una mirada hum
sentido al tiempo de la enfermedad. Porque en la experiencia de sentirse amado, toda la vida encuentra su justifica
sostenido, en el camino de su pasión, por el confiado abandono en el amor del Padre, que se hacía evidente, en la h
través del amor de la Madre. Porque el Amor de Dios se revela siempre, en la historia de los hombres, gracias al am
de quien “está”, a pesar de todo, a nuestro lado.
Si reflexionamos sobre el final de la vida de las personas, no podemos olvidar que en ellas se aloja con frecuencia
que dejan: por los hijos, el cónyuge, los padres, los amigos. Un componente humano que nunca podemos descuida
apoyo y ayuda.
Es la misma preocupación de Cristo, que antes de morir piensa en la Madre que permanecerá sola, con un dolor qu
En la crónica austera del Evangelio de Juan, es a la Madre a quien se dirige Cristo, para tranquilizarla, para confiar
manera que se haga cargo de ella: “Madre, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). El tiempo del final de la vida es
tiempo en el que se deben derrotar la soledad y el abandono (cfr. Mt 27, 46 y Mc 15, 34), en vista de una entrega c
(cfr. Lc 23, 46).
Desde esta perspectiva, mirar al Crucificado significa ver una escena coral, en la que Cristo está en el centro porqu
verdaderamente transfigura, las horas más tenebrosas de la experiencia humana, aquellas en las que se asoma, silen
desesperación. La luz de la fe nos hace captar, en aquella plástica y descarnada descripción que los Evangelios nos
porque Cristo confía en el Padre gracias al Espíritu Santo, que apoya a la Madre y a los discípulos que “están” y, e
Cruz, participan, con su humana dedicación al Sufriente, al misterio de la Redención.
Así, si bien marcada por un tránsito doloroso, la muerte puede convertirse en ocasión de una esperanza más grande
partícipes de la obra redentora de Cristo. De hecho, el dolor es existencialmente soportable solo donde existe la esp
Cristo transmite al que sufre y al enfermo es la de su presencia, de su real cercanía. La esperanza no es solo un esp
mirada sobre el presente, que lo llena de significado. En la fe cristiana, el acontecimiento de la Resurrección no so
que pone de manifiesto que en la historia la última palabra no es jamás la muerte, el dolor, la traición, el mal. Crist
misterio de la Resurrección existe la confirmación del amor del Padre que no abandona nunca.
Releer, ahora, la experiencia viviente del Cristo sufriente significa entregar también a los hombres de hoy una espe
tiempo de la enfermedad y de la muerte. Esta esperanza es el amor que resiste a la tentación de la desesperación.
Aunque son muy importantes y están cargados de valor, los cuidados paliativos no bastan si no existe alguien que
testimonio de su valor único e irrepetible. Para el creyente, mirar al Crucificado significa confiar en la comprensió
importante, en una época histórica en la que se exalta la autonomía y se celebran los fastos del individuo, recordar
uno vive el propio sufrimiento, el propio dolor y la propia muerte, estas vivencias están siempre cargadas de la mir
otros. Alrededor de la Cruz están también los funcionarios del Estado romano, están los curiosos, están los distraíd
resentidos; están bajo la Cruz, pero no “están” con el Crucificado.
En las unidades de cuidados intensivos, en las casas de cuidado para los enfermos crónicos, se puede estar presente
personas que “están” con el enfermo.
La experiencia de la Cruz permite así ofrecer al que sufre un interlocutor creíble a quien dirigir la palabra, el pensa
angustia y el miedo: a aquellos que se hacen cargo del enfermo, la escena de la Cruz proporciona un elemento adic
también cuando parece que no hay nada más que hacer todavía queda mucho por hacer, porque el “estar” es uno d
esperanza que lleva en sí. El anuncio de la vida después de la muerte no es una ilusión o un consuelo sino una certe
amor, que no se acaba con la muerte.
III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es un don sagrado e invio
El hombre, en cualquier condición física o psíquica que se encuentre, mantiene su dignidad originaria de haber sid
Puede vivir y crecer en el esplendor divino porque está llamado a ser a «imagen y gloria de Dios» (1 Cor 11, 7; 2 C
esta vocación. Dios se ha hecho Hombre para salvarnos, prometiéndonos la salvación y destinándonos a la comuni
fundamento último de la dignidad humana.[14]
Pertenece a la Iglesia el acompañar con misericordia a los más débiles en su camino de dolor, para mantener en ell
a la salvación de Dios.[15] Es la Iglesia del Buen Samaritano,[16] que “considera el servicio a los enfermos como par
[17]
Comprender esta mediación salvífica de la Iglesia en una perspectiva de comunión y solidaridad entre los homb
superar toda tendencia reduccionista e individualista. [18]
Específicamente, el programa del Buen Samaritano es “un corazón que ve”. Él «enseña que es necesario convertir
muchas veces los que miran no ven. ¿Por qué? Porque falta compasión. Sin compasión, el que mira no se involucr
largo; en cambio, el que tiene un corazón compasivo se conmueve y se involucra, se detiene y se ocupa de lo que s
dónde hay necesidad de amor y obra en consecuencia. [20] Los ojos perciben en la debilidad una llamada de Dios a o
humana el primer bien común de la sociedad. [21] La vida humana es un bien altísimo y la sociedad está llamada a re
don[22] sagrado e inviolable y todo hombre, creado por Dios, tiene una vocación transcendente y una relación única
porque «Dios invisible en su gran amor”[23] ofrece a cada hombre un plan de salvación para que podamos decir: «L
es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender». [
siempre dispuesta a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, con creyentes de otras confesiones o relig
respetan la dignidad de la vida humana, también en sus fases extremas del sufrimiento y de la muerte, y rechazan t
[25]
Dios Creador ofrece al hombre la vida y su dignidad como un don precioso a custodiar y acrecentar y del cual, f
Él.
La Iglesia afirma el sentido positivo de la vida humana como un valor ya perceptible por la recta razón, que la luz
inalienable dignidad.[26] No se trata de un criterio subjetivo o arbitrario; se trata de un criterio fundado en la inviola
cuanto que la vida es el primer bien porque es condición del disfrute de todos los demás bienes – y en la vocación
humano, llamado a compartir el Amor trinitario del Dios viviente: [27] «el amor especialísimo que el Creador tiene p
una dignidad infinita».[28] El valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamen
jurídico. Así como no se puede aceptar que otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no
atentar contra la vida de un ser humano, aunque este lo pida. Por lo tanto, suprimir un enfermo que pide la eutanas
reconocer su autonomía y apreciarla, sino al contrario significa desconocer el valor de su libertad, fuertemente con
el dolor, y el valor de su vida, negándole cualquier otra posibilidad de relación humana, de sentido de la existencia
teologal. Es más, se decide al puesto de Dios el momento de la muerte. Por eso, «aborto, eutanasia y el mismo suic
civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido a
IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor sagrado de toda vida huma
Hoy en día algunos factores limitan la capacidad de captar el valor profundo e intrínseco de toda vida humana: el p
equivoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”. Irrumpe aquí una perspectiva ant
viene «vinculada preferentemente a las posibilidades económicas, al “bienestar”, a la belleza y al deleite de la vida
dimensiones más profundas – relacionales, espirituales y religiosas – de la existencia». [30] En virtud de este princip
digna solo si tiene un nivel aceptable de calidad, según el juicio del sujeto mismo o de un tercero, en orden a la pre
determinadas funciones psíquicas o físicas, o con frecuencia identificada también con la sola presencia de un male
perspectiva, cuando la calidad de vida parece pobre, no merece la pena prolongarla. No se reconoce que la vida hu
misma.
Un segundo obstáculo que oscurece la percepción de la sacralidad de la vida humana es una errónea comprensión d
sufrimiento calificado como “insoportable”, se justifica el final de la vida del paciente en nombre de la “compasión
morir: es la llamada eutanasia “compasiva”. Sería compasivo ayudar al paciente a morir a través de la eutanasia o e
la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las
afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.
El tercer factor, que hace difícil reconocer el valor de la propia vida y la de los otros dentro de las relaciones inters
creciente, que induce a ver a los otros como límite y amenaza de la propia libertad. En la raíz de tal actitud está «u
el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo
demás . Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjet
liberación de la persona de los límites de su cuerpo, sobre todo cuando está débil y enferma.
El individualismo, en particular, está en la raíz de la que se considerada como la enfermedad latente de nuestro tiem
en algunos contextos legislativos incluso como “derecho a la soledad”, a partir de la autonomía de la persona y del
consentimiento”: un permiso-consentimiento que, dadas determinadas condiciones de malestar o de enfermedad, p
elección de seguir o no viviendo. Es el mismo “derecho” que subyace a la eutanasia y al suicidio asistido. La idea
encuentran en una condición de dependencia y no pueden alcanzar la perfecta autonomía y reciprocidad son cuidad
concepto de bien se reduce así a ser el resultado de un acuerdo social: cada uno recibe los cuidados y la asistencia
social o económica hacen posible o conveniente. Se produce así un empobrecimiento de las relaciones interpersona
frágiles, privadas de la caridad sobrenatural, de aquella solidaridad humana y de aquel apoyo social, tan necesarios
las decisiones más difíciles de la existencia.
Este modo de pensar las relaciones humanas y el significado del bien hacen mella en el sentido mismo de la vida, h
manipulable, también a través de leyes que legalizan las prácticas eutanásicas, procurando la muerte de los enferm
una gran insensibilidad hacia el cuidado de las personas enfermas y deforman las relaciones. En tales circunstancia
infundados sobre la moralidad de las acciones que, en realidad, no son más que actos debidos de simple cuidado de
alimentar a un enfermo en estado de inconsciencia sin perspectivas de curación.
En este sentido, el Papa Francisco ha hablado de la «cultura del descarte». [34] Las victimas de tal cultura son los ser
corren el riesgo de ser “descartados” por un engranaje que quiere ser eficaz a toda costa. Se trata de un fenómeno c
solidario, que Juan Pablo II calificó como «cultura de la muerte» y que crea auténticas «estructuras de pecado». [35]
acciones en sí mismas incorrectas por el único motivo de “sentirse bien” al cumplirlas, generando confusión entre
vida personal posee un valor único e irrepetible, siempre prometedor y abierto a la trascendencia. En esta cultura d
eutanasia y el suicidio asistido aparecen como una solución errónea para resolver los problemas relativos al pacien
La Iglesia, en la misión de transmitir a los fieles la gracia del Redentor y la ley santa de Dios, que ya puede percibi
moral natural, siente el deber de intervenir para excluir una vez más toda ambigüedad en relación con el Magisteri
suicidio asistido, también en aquellos contextos donde las leyes nacionales han legitimado tales prácticas.
Especialmente, la difusión de los protocolos médicos aplicables a las situaciones de final de la vida, como el Do N
el Physician Orders for Life Sustaining Treatament – con todas sus variantes según las legislaciones y contextos n
pensados como instrumentos para evitar el ensañamiento terapéutico en las fases terminales de la vida – , despierta
relación con el deber de tutelar la vida del paciente en las fases más críticas de la enfermedad. Si por una parte los
más vinculados a la autodeterminación expresada por el paciente en estas declaraciones, que lleva a veces a privarl
obrar tutelando la vida allí donde podrían hacerlo, por otra parte, en algunos contextos sanitarios, preocupa el abus
empleo de tales protocolos con una perspectiva eutanásica, cuando ni el paciente, ni mucho menos la familia, es co
Esto sucede sobre todo en los países donde la legislación sobre el final de la vida deja hoy amplios márgenes de am
aplicación del deber de cuidado, al introducirse en ellos la práctica de la eutanasia.
Por estas razones, la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen
con tal acto, el hombre elige causar directamente la muerte de un ser humano inocente. La definición de eutanasia
la ponderación de los bienes o los valores en juego, sino de un objeto moral suficientemente especificado, es decir
una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor». [36] «L
nivel de las intenciones o de los métodos usados».[37] La valoración moral de la eutanasia, y de las consecuencias q
tanto, de un balance de principios, que, según las circunstancias y los sufrimientos del paciente, podrían, según alg
la persona enferma. El valor de la vida, la autonomía, la capacidad de decisión y la calidad de vida no están en el m
La eutanasia, por lo tanto, es un acto intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia. En el pasado la Iglesia
definitiva «que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralm
humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradici
el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del sui
cooperación formal o material inmediata a tal acto es un pecado grave contra la vida humana: «Ninguna autoridad
imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la pers
contra la vida, de un atentado contra la humanidad». [39] Por lo tanto, la eutanasia es un acto homicida que ningún fi
tolera ninguna forma de complicidad o colaboración, activa o pasiva. Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanas
hacen, por lo tanto, cómplices del grave pecado que otros llevarán a cabo. Ellos son también culpables de escándal
contribuyen a deformar la conciencia, también la de los fieles. [40]
La vida tiene la misma dignidad y el mismo valor para todos y cada uno: el respeto de la vida del otro es el mismo
existencia. Una persona que elije con plena libertad quitarse la vida rompe su relación con Dios y con los otros y s
moral. El suicidio asistido aumenta la gravedad, porque hace partícipe a otro de la propia desesperación, induciénd
hacia el misterio de Dios, a través de la virtud moral de la esperanza, y como consecuencia a no reconocer el verda
romper la alianza que constituye la familia humana. Ayudar al suicida es una colaboración indebida a un acto ilícit
teologal con Dios y la relación moral que une a los hombres para que compartan el don de la vida y sean coparticip
existencia.
También cuando la petición de eutanasia nace de una angustia y de una desesperación, [41] y «aunque en casos de es
personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia – aunque fuera
modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible». [42] Dígase lo mismo para el
prácticas no son nunca una ayuda auténtica al enfermo, sino una ayuda a morir.
Se trata, por tanto, de una elección siempre incorrecta: «El personal médico y los otros agentes sanitarios – fieles a
servicio de la vida y de asistirla hasta el final – no pueden prestarse a ninguna práctica eutanásica ni siquiera a peti
menos de sus familiares. No existe, en efecto, un derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que n
erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente». [43]
Es por esto que la eutanasia y el suicidio asistido son siempre un fracaso de quienes los teorizan, de quienes los d
practican.[44]
Son gravemente injustas, por tanto, las leyes que legalizan la eutanasia o aquellas que justifican el suicidio y la ayu
derecho de elegir una muerte definida inapropiadamente digna solo porque ha sido elegida. [45] Tales leyes golpean
jurídico: el derecho a la vida, que sostiene todo otro derecho, incluido el ejercicio de la libertad humana. La existen
profundamente las relaciones humanas, la justicia y amenazan la confianza mutua entre los hombres. Los ordenam
legitimado el suicidio asistido y la eutanasia muestran, además, una evidente degeneración de este fenómeno socia
que «el contexto sociocultural actual está erosionando progresivamente la conciencia de lo que hace que la vida hu
la vida se valora cada vez más por su eficiencia y utilidad, hasta el punto de considerar como “vidas descartadas” o
ajustan a este criterio. En esta situación de pérdida de los valores auténticos, se resquebrajan también los deberes in
fraternidad humana y cristiana. En realidad, una sociedad se merece la calificación de “civil” si desarrolla los antic
descarte; si reconoce el valor intangible de la vida humana; si la solidaridad se practica activamente y se salvaguar
convivencia».[46] En algunos países del mundo, decenas de miles de personas ya han muerto por eutanasia, muchas
sufrimientos psicológicos o depresión. Son frecuentes los abusos denunciados por los mismos médicos sobre la su
que jamás habrían deseado para sí la aplicación de la eutanasia. De hecho, la petición de la muerte en muchos caso
enfermedad, agravado por el aislamiento y por el desánimo. La Iglesia ve en esta dificultad una ocasión para la pur
profundiza la esperanza, haciendo que se convierta en verdaderamente teologal, focalizada en Dios, y solo en Dios
Más bien, en lugar de complacerse en una falsa condescendencia, el cristiano debe ofrecer al enfermo la ayuda ind
desesperación. El mandamiento «no matarás» (Ex 20, 13; Dt 5, 17), de hecho, es un sí a la vida, de la cual Dios se
en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo». [47] El cristiano, por tanto, sabe que la vid
supremo. La felicidad última está en el cielo. Así, el cristiano no pretenderá que la vida física continúe cuando la m
ayudará al moribundo a liberarse de la desesperación y a poner su esperanza en Dios.
Desde la perspectiva clínica, los factores que más determinan la petición de eutanasia y suicidio asistido son: el do
esperanza, humana y teologal, inducida también por una atención, humana, psicológica y espiritual a menudo inad
hace cargo del enfermo.[48]
Es lo que la experiencia confirma: «las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no d
expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; estas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asiste
los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y d
que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros». [49] El enfermo que se siente rodeado de una presencia a
supera toda forma de depresión y no cae en la angustia de quien, en cambio, se siente solo y abandonado a su desti
El hombre, en efecto, no vive el dolor solamente como un hecho biológico, que se gestiona para hacerlo soportable
vulnerabilidad humana en relación con el final de la vida física, un acontecimiento difícil de aceptar, dado que la u
esencial para el hombre.
Por eso, solo re-significando el acontecimiento mismo de la muerte – mediante la apertura en ella de un horizonte
destino trascendente de toda persona – el “final de la vida” se puede afrontar de una manera acorde a la dignidad h
fatiga y sufrimiento que inevitablemente produce la sensación inminente del final. De hecho, «el sufrimiento es alg
enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma». [50] Y este sufrim
puede ser animado desde dentro con la caridad divina, como en el caso del sufrimiento de Cristo en la Cruz.
Por eso, la actitud de quien atiende a una persona afectada por una enfermedad crónica o en la fase terminal de la v
estar”, velar con quien sufre la angustia del morir, “consolar”, o sea de ser-con en la soledad, de ser co-presencia q
[51]
Mediante la fe y la caridad expresadas en la intimidad del alma la persona que cuida es capaz de sufrir el dolor
relación personal con el débil que amplía los horizontes de la vida más allá del acontecimiento de la muerte, transf
llena de esperanza.
«Llorad con los que lloran» (Rm 12, 15), porque es feliz quien tiene compasión hasta llorar con los otros (cfr. Mt 5
se da la posibilidad de amar, el sufrimiento se llena de significado en el com-partir de una condición humana y con
hacia Dios, que expresa aquella alianza radical entre los hombres [52] que les hace entrever una luz también más allá
el acto médico desde dentro de una alianza terapéuticaentre el médico y el enfermo, unidos por el reconocimiento
vida y del sentido místico del sufrimiento. Esta alianza es la luz para comprender el buen obrar médico, superando
utilitarista hoy predominante.
El Magisterio de la Iglesia recuerda que, cuando se acerca el término de la existencia terrena, la dignidad de la pers
derecho a morir en la mayor serenidad posible y con la dignidad humana y cristiana que le son debidas. [53] Tutelar
tanto excluir la anticipación de la muerte como el retrasarla con el llamado “ensañamiento terapéutico”. [54] La med
de medios capaces de retrasar artificialmente la muerte, sin que el paciente reciba en tales casos un beneficio real.
muerte inevitable, por lo tanto, es lícito en ciencia y en conciencia tomar la decisión de renunciar a los tratamiento
una prolongación precaria y penosa de la vida, sin interrumpir todavía los cuidados normales debidos al enfermo e
significa que no es lícito suspender los cuidados que sean eficaces para sostener las funciones fisiológicas esencial
sea capaz de beneficiarse (ayudas a la hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y otras ayudas adecuadas y
respiración, y otras más, en la medida en que sean necesarias para mantener la homeostasis corpórea y reducir el su
sistémico). La suspensión de toda obstinación irrazonable en la administración de los tratamientos no debe ser una
aclaración se hace hoy indispensable a la luz de los numerosos casos judiciales que en los últimos años han llevado
y a la muerte anticipada – a pacientes en condiciones críticas, pero no terminales, a los cuales se ha decidido suspe
vital, porque no había perspectivas de una mejora en su calidad de vida.
En el caso específico del ensañamiento terapéutico, viene reafirmado que la renuncia a medios extraordinarios y/o
equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte» [56] o la
la puesta en marcha de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar. La renunc
procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, puede también manifestar el respeto a la volu
en las llamadas voluntades anticipadas de tratamiento, excluyendo sin embargo todo acto de naturaleza eutanásica
La proporcionalidad, de hecho, se refiere a la totalidad del bien del enfermo. Nunca se puede aplicar el falso discer
entre valores (por ejemplo, vida versus calidad de vida); esto podría inducir a excluir de la consideración la salvag
y del bien-vida y el verdadero objeto moral del acto realizado. [58] En efecto, todo acto médico debe tener en el obje
obra el acompañamiento de la vida y nunca la consecución de la muerte [59]. En todo caso, el médico no es nunca un
del paciente o de su representante legal, conservando el derecho y el deber de sustraerse a la voluntad discordante
propia conciencia.[60]
Principio fundamental e ineludible del acompañamiento del enfermo en condiciones críticas y/o terminales es la co
sus funciones fisiológicas esenciales. En particular, un cuidado básico debido a todo hombre es el de administrar lo
necesarios para el mantenimiento de la homeostasis del cuerpo, en la medida en que y hasta cuando esta administra
finalidad propia, que consiste en el procurar la hidratación y la nutrición del paciente. [61]
Cuando la administración de sustancias nutrientes y líquidos fisiológicos no resulte de algún beneficio al paciente,
en grado de absorberlo o metabolizarlo, la administración viene suspendida. De este modo, no se anticipa ilícitame
las ayudas a la hidratación y a la nutrición, esenciales para las funciones vitales, sino que se respeta la evolución na
terminal. En caso contrario, la privación de estas ayudas se convierte en una acción injusta y puede ser fuente de g
padece. Alimentación e hidratación no constituyen un tratamiento médico en sentido propio, porque no combaten l
patológico activo en el cuerpo del paciente, sino que representan el cuidado debido a la persona del paciente, una a
primaria e ineludible. La obligatoriedad de este cuidado del enfermo a través de una apropiada hidratación y nutric
casos el uso de una vía de administración artificial, [62] con la condición que esta no resulte dañina para el enfermo o
inaceptables para el paciente.[63]
De la continuidad de la asistencia forma parte el constante deber de comprender las necesidades del enfermo: nece
del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Como se ha demostrado por la más amplia experiencia cl
constituye un instrumento precioso e irrenunciable para acompañar al paciente en las fases más dolorosas, penosas
enfermedad. Los así llamados cuidados paliativos son la expresión más auténtica de la acción humana y cristiana d
del compasivo “estar” junto al que sufre. Estos tienen como objetivo «aliviar los sufrimientos en la fase final de la
mismo paciente un adecuado acompañamiento humano”[64] digno, mejorándole – en la medida de lo posible – la ca
bienestar. La experiencia enseña que la aplicación de los cuidados paliativos disminuye drásticamente el número d
eutanasia. Por este motivo, parece útil un compromiso decidido, según las posibilidades económicas, para llevar es
necesidad, para aplicarlos no solo en las fases terminales de la vida, sino como perspectiva integral de cuidado en
crónica y/o degenerativa, que pueda tener un pronóstico complejo, doloroso e infausto para el paciente y para su fa
La asistencia espiritual al enfermo, y a sus familiares, forma parte de los cuidados paliativos. Esta infunde confianz
moribundo y a los familiares, ayudándoles a aceptar la muerte del pariente. Es una contribución esencial que comp
toda la comunidad cristiana, con el ejemplo del Buen Samaritano, para que al rechazo le siga la aceptación, y sobre
esperanza,[66] sobre todo cuando el sufrimiento se prolonga por la degeneración de la patología, al aproximarse el f
prescripción de una terapia analgésica eficaz permite al paciente afrontar la enfermedad y la muerte sin miedo a un
remedio estará asociado, necesariamente, a un apoyo fraternal que pueda vencer la sensación de soledad del pacien
no sentirse suficientemente acompañado y comprendido en su difícil situación.
La técnica no da una respuesta radical al sufrimiento y no se puede pensar que esta pueda llegar a eliminarlo de la
pretensión semejante genera una falsa esperanza, causando una desesperación todavía mayor en el que sufre. La ci
conocer cada vez mejor el dolor físico y debe poner en práctica los mejores recursos técnicos para tratarlo; pero el
enfermedad terminal genera un sufrimiento profundo en el enfermo, que requiere una atención no meramente técni
esperanza, teologal, dirigida hacia Dios, hemos sido salvados, dice San Pablo (Rm 8, 24).
“El vino de la esperanza” es la contribución específica de la fe cristiana en el cuidado del enfermo y hace referenci
mal en el mundo. En el sufrimiento el hombre debe poder experimentar una solidaridad y un amor que asume el su
a la vida, que se extiende más allá de la muerte. Todo esto posee una gran relevancia social: «Una sociedad que no
y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado, también int
cruel e inhumana».[68]
Debe, sin embargo, precisarse que la definición de los cuidados paliativos ha asumido en años recientes una conno
equívoca. En algunos países del mundo, las legislaciones nacionales que regulan los cuidados paliativos (Palliativ
sobre el “final de la vida” (End-of-Life Law), prevén, junto a los cuidados paliativos, la llamada Asistencia Médica
puede incluir la posibilidad de pedir la eutanasia y el suicidio asistido. Estas previsiones legislativas constituyen un
grave, porque hacen creer que la asistencia médica a la muerte voluntaria sea parte integrante de los cuidados palia
moralmente lícito pedir la eutanasia o el suicidio asistido.
Además, en estos mismos contextos legislativos, las intervenciones paliativas para reducir el sufrimiento de los pa
pueden consistir en la administración de fármacos dirigidos a anticipar la muerte o en la suspensión/interrupción d
alimentación, incluso cuando hay un pronóstico de semanas o meses. Sin embargo, estas prácticas equivalen a una
procurar la muerte y son por tanto ilícitas. La difusión progresiva de estas leyes, también a través de los protocolo
nacionales e internacionales, además de inducir a un número creciente de personas vulnerables a elegir la eutanasia
irresponsabilidad social frente a tantas personas, que solo tendrían necesidad de ser mejor atendidas y consoladas.
En el cuidado del enfermo terminal es central el papel de la familia. [69] En ella la persona se apoya en relaciones fu
misma y no solo por su productividad o por el placer que pueda generar. En el cuidado es esencial que el enfermo
tenga la cercanía y el aprecio de sus seres queridos. En esta misión, la familia necesita la ayuda y los medios adecu
que los Estados reconozcan la función social primaria y fundamental de la familia y su papel insustituible, también
recursos y las estructuras necesarias para ayudarla. Además, el acompañamiento humano y espiritual de la familia
sanitarias de inspiración cristiana; nunca debe descuidarse, porque constituye una única unidad de cuidado con el
Junto a la familia, la creación de los hospices, centros y estructuras donde acoger los enfermos terminales, para ase
último momento, es algo bueno y de gran ayuda. Después de todo, «la respuesta cristiana al misterio del sufrimien
explicación sino una Presencia»[70] que se hace cargo del dolor, lo acompaña y lo abre a una esperanza confiada. Es
ejemplo de humanidad en la sociedad, santuarios del dolor vivido con plenitud de sentido. Por esto deben estar equ
especializado y medios materiales específicos de cuidado, siempre abiertos a la familia: «A este respecto, pienso e
los hospices para los cuidados paliativos, en los que los enfermos terminales son acompañados con un apoyo médi
cualificado, para que puedan vivir con dignidad, confortados por la cercanía de sus seres queridos, la fase final de
estos centros continúen siendo lugares donde se practique con compromiso la “terapia de la dignidad”, alimentand
vida».[71] En estas situaciones, así como en cualquier estructura sanitaria católica, es necesaria la presencia de agen
preparados no solo bajo el perfil clínico, sino también practicantes de una verdadera vida teologal de fe y esperanz
esta constituye la forma más elevada de humanización del morir. [72]
En relación al acompañamiento de los neonatos y de los niños afectados de enfermedades crónicas degenerativas i
las fases terminales de la vida misma, es necesario reafirmar cuanto sigue, siendo conscientes de la necesidad de d
operativa capaz de garantizar calidad y bienestar al niño y a su familia.
Desde la concepción, los niños afectados por malformaciones o patologías de cualquier tipo son pequeños paciente
de asistir y acompañar de manera respetuosa con la vida. Su vida es sagrada, única, irrepetible e inviolable, exactam
persona adulta.
En el caso de las llamadas patologías prenatales “incompatibles con la vida” – es decir que seguramente lo llevaran
breve espacio de tiempo – y en ausencia de tratamientos fetales o neonatales capaces de mejorar las condiciones de
ninguna manera son abandonados en el plano asistencial, sino que son acompañados, como cualquier otro paciente
muerte natural; el comfort care perinatal favorece, en este sentido, un proceso asistencial integrado, que, junto al
agentes de pastoral sostiene la presencia constante de la familia. El niño es un paciente especial y requiere por part
preparación específica ya sea en términos de conocimiento como de presencia. El acompañamiento empático de un
entre los más delicados, tiene el objetivo de añadir vida a los años del niño y no años a su vida.
Todo esto se revela especialmente importante en el caso de aquellos niños que, en el estado actual del conocimient
morir inmediatamente después del parto o en un corto periodo de tiempo. Cuidar a estos niños ayuda a los padres a
no solo como una pérdida, sino como una etapa de un camino de amor recorrido junto al hijo.
Desafortunadamente, la cultura hoy dominante no promueve esta perspectiva: a nivel social, el uso a veces obsesiv
afirmarse de una cultura hostil a la discapacidad inducen, con frecuencia, a la elección del aborto, llegando a confi
“prevención”. Este consiste en la eliminación deliberada de una vida humana inocente y como tal nunca es lícito. P
diagnóstico prenatal con una finalidad selectiva es contrario a la dignidad de la persona y gravemente ilícito porqu
mentalidad eugenésica. En otros casos, después del nacimiento, la misma cultura lleva a suspender, o no iniciar, lo
nacido, por la presencia o incluso solo por la posibilidad que desarrolle en el futuro una discapacidad. También est
utilitarista, no puede ser aprobada. Un procedimiento semejante, además de inhumano, es gravemente ilícito desde
Un principio fundamental de la asistencia pediátrica es que el niño en la fase final de la vida tiene el derecho al res
persona, evitando tanto el ensañamiento terapéutico y la obstinación irrazonable como toda anticipación intenciona
perspectiva cristiana, el cuidado pastoral de un niño enfermo terminal reclama la participación a la vida divina en e
En la fase terminal del recorrido de una enfermedad incurable, incluso si se suspenden las terapias farmacológicas
a luchar contra la patología que sufre el niño, porque no son apropiadas a su deteriorada condición clínica y son co
como fútiles o excesivamente gravosas para él, en cuanto causa de un mayor sufrimiento, no deben reducirse los cu
enfermo, en sus diversas dimensiones fisiológica, psicológica, afectivo-relacional y espiritual. Cuidar no significa
terapia o curar; así como interrumpir una terapia, cuando esta ya no beneficia al niño incurable, no implica suspend
sostener las funciones fisiológicas esenciales para la vida del pequeño paciente, mientras su organismo sea capaz d
hidratación, a la nutrición, a la termorregulación y todavía otras, en la medida en que estas se requieran para sosten
reducir el sufrimiento orgánico y sistémico). La abstención de toda obstinación terapéutica, en la administración de
ineficaces, no debe ser una retirada terapéutica en los cuidados, sino que debe mantener abierto el camino de acom
debe considerar, también, que las intervenciones rutinarias, como la ayuda a la respiración, se administren de mane
personalizando sobre el paciente el tipo de ayuda adecuada, para evitar que la justa preocupación por la vida contra
de un dolor evitable.
En este contexto, la evaluación y la gestión del dolor físico del neonato y del niño son esenciales para respetarlo y
estresantes de la enfermedad. Los cuidados personalizados y delicados, que hoy en día se llevan a cabo en la asiste
acompañados por la presencia de los padres, hacen posible una gestión integrada y más eficaz de cualquier interve
El mantenimiento del vínculo afectivo entre los padres y el hijo es parte integrante del proceso de cuidado. La rela
acompañamiento padre-niño viene favorecida con todos los instrumentos necesarios y constituye la parte fundame
las enfermedades incurables y las situaciones de evolución terminal. Además del contacto afectivo, no se debe olvi
oración de las personas cercanas, por la intención del niño enfermo, tiene un valor sobrenatural que sobrepasa y pr
El concepto ético/jurídico del “mejor interés del niño” – hoy utilizado para efectuar la evaluación costes-beneficio
a cabo – de ninguna manera puede constituir el fundamento para decidir abreviar su vida con el objetivo de evitarl
omisiones que por su naturaleza o en la intención se puedan configurar como eutanásicas. Como se ha dicho, la su
desproporcionadas no puede conducir a la supresión de aquellos cuidados básicos necesarios para acompañarlo a u
aquellas para aliviar el dolor, y tampoco a la suspensión de aquella atención espiritual que se ofrece a quienes pron
Algunos cuidados especializados requieren, por parte de los agentes sanitarios, una atención y competencias espec
mejor práctica médica, desde el punto de vista ético, siempre conscientes de acercarse a las personas en su situació
Para disminuir los dolores del enfermo, la terapia analgésica utiliza fármacos que pueden causar la supresión de la
profundo sentido religioso puede permitir al paciente vivir el dolor como un ofrecimiento especial a Dios, en la óp
embargo, la Iglesia afirma la licitud de la sedación como parte de los cuidados que se ofrecen al paciente, de tal ma
acontezca con la máxima paz posible y en las mejores condiciones interiores. Esto es verdad también en el caso de
momento de la muerte (sedación paliativa profunda en fase terminal), [74] siempre, en la medida de lo posible, con e
paciente. Desde el punto de vista pastoral, es bueno cuidar la preparación espiritual del enfermo para que llegue co
como al encuentro con Dios.[75] El uso de los analgésicos es, por tanto, una parte de los cuidados del paciente, pero
cause directa e intencionalmente la muerte es una práctica eutanásica y es inaceptable. [76] La sedación debe por tan
directo, la intención de matar, incluso si con ella es posible un condicionamiento a la muerte en todo caso inevitab
Se necesita aquí una aclaración en relación al contexto pediátrico: en el caso del niño incapaz de entender, como p
debe cometer el error de suponer que el niño podrá soportar el dolor y aceptarlo, cuando existen sistemas para aliv
médico trabajar para reducir al máximo posible el sufrimiento del niño, de tal manera que pueda alcanzar la muerte
percibir lo mejor posible la presencia amorosa de los médicos y, sobre todo, de la familia.
Otras situaciones relevantes son la del enfermo con falta persistente de consciencia, el llamado “estado vegetativo”
“de mínima consciencia”. Es siempre engañoso pensar que el estado vegetativo, y el estado de mínima consciencia
autónomamente, sean un signo de que el enfermo haya cesado de ser persona humana con toda la dignidad que le e
estos estados de máxima debilidad, debe ser reconocido en su valor y asistido con los cuidados adecuados. El hech
permanecer por años en esta dolorosa situación sin una esperanza clara de recuperación implica, sin ninguna duda,
que lo cuidan.
Puede ser útil recordar lo que nunca se puede perder de vista en relación con semejante situación dolorosa. Es deci
tiene derecho a la alimentación y a la hidratación; alimentación e hidratación por vías artificiales son, en línea de p
algunos casos, tales medidas pueden llegar a ser desproporcionadas, o porque su administración no es eficaz, o por
administrarlas crean una carga excesiva y provocan efectos negativos que sobrepasan los beneficios.
En la óptica de estos principios, el compromiso del agente sanitario no puede limitarse al paciente sino que debe ex
a quien es responsable del cuidado del paciente, para quienes se debe prever también un oportuno acompañamiento
necesario prever una ayuda adecuada a los familiares para llevar el peso prolongado de la asistencia al enfermo en
aquella cercanía que los ayude a no desanimarse y, sobre todo, a no ver como única solución la interrupción de los
adecuadamente preparados, y también es necesario que los miembros de la familia sean ayudados debidamente.
9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas.
Ante las leyes que legitiman – bajo cualquier forma de asistencia médica – la eutanasia o el suicidio asistido, se de
cooperación formal o material inmediata. Estas situaciones constituyen un ámbito específico para el testimonio cri
necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29). No existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia:
vida y la coexistencia entre los hombres, no para causar la muerte. Por tanto, nunca le es lícito a nadie colaborar co
inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones. El único verdadero derecho
acompañado y cuidado con humanidad. Solo así se custodia su dignidad hasta la llegada de la muerte natural. «Nin
puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente, aun cuando la eutanasia fuese solicitada con plena conc
interesado».[79]
A este respecto, los principios generales referidos a la cooperación al mal, es decir a acciones ilícitas, son reafirma
todos los hombres de buena voluntad, están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboraci
que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, n
formalmente con el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción realizada, o por su misma naturaleza o por
un contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto contra la vida humana inocente o como part
del agente principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto a la libertad de los demás, ni a
ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada cual realiza personalmente tienen una responsabilidad mor
substraerse y sobre la que todos y cada uno serán juzgados por Dios mismo (cfr. Rm 2, 6; 14, 12)».[80]
Es necesario que los Estados reconozcan la objeción de conciencia en ámbito médico y sanitario, en el respeto a lo
natural, y especialmente donde el servicio a la vida interpela cotidianamente la conciencia humana. [81]Donde esta n
llegar a la situación de deber desobedecer a la ley, para no añadir injusticia a la injusticia, condicionando la concie
agentes sanitarios no deben vacilar en pedirla como derecho propio y como contribución específica al bien común.
Igualmente, las instituciones sanitarias deben superar las fuertes presiones económicas que a veces les inducen a ac
eutanasia. Y donde la dificultad para encontrar los medios necesarios hiciese gravoso el trabajo de las instituciones
llamada a un aumento de responsabilidad de tal manera que los enfermos incurables no sean abandonados a su sue
sus familiares. Todo esto requiere una toma de posición clara y unitaria por parte de las Conferencias Episcopales,
de las comunidades y de las instituciones católicas para tutelar el propio derecho a la objeción de conciencia en los
prevén la eutanasia y el suicidio.
Las instituciones sanitarias católicas constituyen un signo concreto del modo con el que la comunidad eclesial, tras
Samaritano, se hace cargo de los enfermos. El mandamiento de Jesús, “cuidad a los enfermos” (Lc 10, 9), encuentr
imponiendo sobre ellos las manos, sino también recogiéndolos de la calle, asistiéndolos en sus propias casas y crea
acogida y de hospitalidad. Fiel al mandamiento del Señor, la Iglesia ha creado, a lo largo de los siglos varias estruc
atención médica encuentra una específica declinación en la dimensión del servicio integral a la persona enferma.
Las instituciones sanitarias “católicas” están llamadas a ser fieles testigos de la irrenunciable atención ética por el r
fundamentales y a aquellos cristianos constitutivos de su identidad, mediante la abstención de comportamientos de
declarada y formal obediencia a las enseñanzas del Magisterio eclesial. Cualquier otra acción, que no corresponda
los cuales las instituciones católicas se inspiran, no es éticamente aceptable y, por tanto, perjudica la atribución de
la misma institución sanitaria.
En este sentido, no es éticamente admisible una colaboración institucional con otras estructuras hospitalarias hacia
personas que piden la eutanasia. Semejantes elecciones no pueden ser moralmente admitidas ni apoyadas en su rea
legalmente posibles. De hecho, las leyes que aprueban la eutanasia «no sólo no crean ninguna obligación de concie
establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los oríge
apostólica ha inculcado a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas
pero al mismo tiempo ha enseñado firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29
El derecho a la objeción de conciencia no debe hacernos olvidar que los cristianos no rechazan estas leyes en virtu
privada, sino de un derecho fundamental e inviolable de toda persona, esencial para el bien común de toda la socie
leyes contrarias al derecho natural en cuanto que minan los fundamentos mismos de la dignidad humana y de una c
justicia.
El momento de la muerte es un paso decisivo del hombre en su encuentro con Dios Salvador. La Iglesia está llama
a los fieles en esta situación, ofreciéndoles los “recursos sanadores” de la oración y los sacramentos. Ayudar al cris
de acompañamiento espiritual es un acto supremo de caridad. Simplemente porque «ningún creyente debería morir
abandono»,[83] es necesario crear en torno al enfermo una sólida plataforma de relaciones humanas y humanizadora
a la esperanza.
La parábola del Buen Samaritano indica cual debe ser la relación con el prójimo que sufre, que actitudes hay que e
prejuicio, miedo a mancharse las manos, encerrarse en sus propias preocupaciones – y cuales hay que poner en prá
comprensión, compasión, discreción.
La invitación a la imitación, «Ve y haz también tú lo mismo» (Lc 10, 37), es una llamada a no subestimar todo el p
de disponibilidad, de acogida, de discernimiento, de implicación, que la proximidad hacia quien está en una situaci
esencial en el cuidado integral de la persona enferma.
La calidad del amor y del cuidado de las personas en las situaciones críticas y terminales de la vida contribuye a al
extremo deseo de poner fin a la propia vida. Solo un contexto de calor humano y de fraternidad evangélica es capa
y de sostener al enfermo en la esperanza y en un confiado abandono.
Este acompañamiento forma parte de la ruta definida por los cuidados paliativos y debe incluir al paciente y a su fa
La familia, desde siempre, ha tenido un papel importante en el cuidado, cuya presencia, apoyo, afecto, constituyen
terapéutico esencial. Ella, de hecho, recuerda el Papa Francisco, «ha sido siempre el “hospital” más cercano. Aún h
mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y a menudo está distante. Son la mamá, el papá, los hermanos, las h
garantizan las atenciones y ayudan a sanar». [84]
El hacerse cargo del otro o el hacerse cargo de los sufrimientos de otros es una tarea que implica no solo a algunos
responsabilidad de todos, de toda la comunidad cristiana. San Pablo afirma que, cuando un miembro sufre, todo el
(cfr. 1 Cor 12, 26) y todo entero se inclina sobre el miembro enfermo para darle alivio. Cada uno, por su parte, está
consuelo” frente a las situaciones humanas de desolación y desánimo.
El ministerio de la escucha y del consuelo que el sacerdote está llamado a ofrecer, haciéndose signo de la solicitud
Iglesia, puede y debe tener un papel decisivo. En esta importante misión es extremadamente importante testimonia
caridad con las que la mirada del Buen Pastor no deja de acompañar a todos sus hijos. Dada la importancia de la fi
acompañamiento humano, pastoral y espiritual de los enfermos en las fases terminales de la vida, es necesario que
prevista una preparación actualizada y orientada en este sentido. También es importante que sean formados en este
médicos y los agentes sanitarios, porque pueden darse circunstancias específicas que hacen muy difícil una adecua
la cabecera del enfermo terminal.
Ser hombres y mujeres expertos en humanidad significa favorecer, a través de las actitudes con las que se cuida de
encuentro con el Señor de la vida, el único capaz de verter, de manera eficaz, sobre las heridas humanas el aceite d
esperanza.
Todo hombre tiene el derecho natural de ser atendido en esta hora suprema según las expresiones de la religión qu
El momento sacramental es siempre el culmen de toda la tarea pastoral de cuidado que lo precede y fuente de todo
La Iglesia llama sacramentos «de curación»[85] a la Penitencia y a la Unción de los enfermos, que culminan en la E
vida eterna.[86] Mediante la cercanía de la Iglesia, el enfermo vive la cercanía de Cristo que lo acompaña en el cami
(cfr. Jn 14, 6) y lo ayuda a no caer en la desesperación, [87] sosteniéndolo en la esperanza, sobre todo cuando el cam
Un caso del todo especial en el que hoy es necesario reafirmar la enseñanza de la Iglesia es el acompañamiento pas
expresamente la eutanasia o el suicidio asistido. Respecto al sacramento de la Reconciliación, el confesor debe ase
cual es necesaria para la validez de la absolución, y que consiste en el «dolor del alma y detestación del pecado c
pecar en adelante».[89] En nuestro caso nos encontramos ante una persona que, más allá de sus disposiciones subjet
un acto gravemente inmoral y persevera en él libremente. Se trata de una manifiesta no-disposición para la recepci
Penitencia,[90] con la absolución, y de la Unción,[91] así como del Viático.[92] Podrá recibir tales sacramentos en el m
disposición a cumplir los pasos concretos permita al ministro concluir que el penitente ha modificado su decisión.
persona que se haya registrado en una asociación para recibir la eutanasia o el suicidio asistido debe mostrar el pro
antes de recibir los sacramentos. Se recuerda que la necesidad de posponer la absolución no implica un juicio sobr
porque la responsabilidad personal podría estar disminuida o incluso no existir. [93] En el caso en el que el paciente
conciencia, el sacerdote podría administrar los sacramentos sub condicione si se puede presumir el arrepentimiento
dado con anterioridad por la persona enferma.
Esta posición de la Iglesia no es un signo de falta de acogida al enfermo. De hecho, debe ser el ofrecimiento de una
siempre posible, siempre concedida, junto a una explicación profunda del contenido del sacramento, con el fin de d
momento, los instrumentos para poder escogerlo y desearlo. La Iglesia está atenta a escrutar los signos de conversi
fieles puedan pedir razonablemente la recepción de los sacramentos. Se recuerda que posponer la absolución es tam
Iglesia, dirigido, no a condenar al pecador, sino a persuadirlo y acompañarlo hacia la conversión.
También en el caso en el que una persona no se encuentre en las disposiciones objetivas para recibir los sacrament
que invite siempre a la conversión. Sobre todo si la eutanasia, pedida o aceptada, no se lleva a cabo en un breve pe
entonces la posibilidad de un acompañamiento para hacer renacer la esperanza y modificar la elección errónea, y q
a los sacramentos.
Sin embargo, no es admisible por parte de aquellos que asisten espiritualmente a estos enfermos ningún gesto exte
como una aprobación de la acción eutanásica, como por ejemplo el estar presentes en el instante de su realización.
interpretarse como complicidad. Este principio se refiere de manera particular, pero no solo, a los capellanes de las
puede practicarse la eutanasia, que no deben dar escándalo mostrándose de algún modo cómplices de la supresión
En el contexto social y cultural actual, tan denso en desafíos en relación con la tutela de la vida humana en las fase
el papel de la educación es ineludible. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas y las comunidades
con perseverancia para despertar y madurar aquella sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, de la que se ha
evangélica del Samaritano.[94]
A las capellanías hospitalarias se les pide ampliar la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios, incluido
enfermería, así como de los grupos de voluntariado hospitalario, para que sepan dar la atención humana y espiritua
terminales de la vida. El cuidado psicológico y espiritual del paciente durante toda la evolución de la enfermedad d
agentes pastorales y sanitarios, teniendo cuidado de poner en el centro al paciente y a su familia.
Los cuidados paliativos deben difundirse en el mundo y es obligatorio preparar, para tal fin, los cursos universitari
especializada de los agentes sanitarios. También es prioritaria la difusión de una correcta y meticulosa información
auténticos cuidados paliativos para un acompañamiento digno de la persona hasta la muerte natural. Las institucion
cristiana deben preparar protocolos para sus agentes sanitarios que incluyan una apropiada asistencia psicológica, m
componente esencial de los cuidados paliativos.
La asistencia humana y espiritual debe volver a entrar en los recorridos formativos académicos de todos los agente
hospitalarias.
Además de todo esto, las estructuras sanitarias y asistenciales deben preparar modelos de asistencia psicológica y
sanitarios que tienen a su cargo los pacientes en las fases terminales de la vida humana. Hacerse cargo de quienes
que sobre los agentes y los médicos recaiga todo el peso (burn out) del sufrimiento y de la muerte de los pacientes
necesidad de apoyo y de momentos de discusión y de escucha adecuados para poder procesar no solo valores y em
sentido de la angustia, del sufrimiento y de la muerte en el ámbito de su servicio a la vida. Tienen que poder percib
esperanza y la conciencia que su misión es una verdadera vocación a apoyar y acompañar el misterio de la vida y d
dolorosas y terminales de la existencia.[95]
Conclusión
El misterio de la Redención del hombre está enraizado de una manera sorprendente en el compromiso amoroso de
humano. Por eso podemos fiarnos de Dios y trasmitir esta certeza en la fe al hombre sufriente y asustado por el dol
El testimonio cristiano muestra como la esperanza es siempre posible, también en el interior de la cultura del desca
parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente esta: el hombre debe sentir
testimoniar el amor en el sufrimiento».[96]
La Iglesia aprende del Buen Samaritano el cuidado del enfermo terminal y obedece así el mandamiento unido al do
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!».[97] El evangelio de la vida es un evangelio de la compasión
hombre concreto, débil y pecador, para levantarlo, mantenerlo en la vida de la gracia y, si es posible, curarlo de tod
No basta, sin embargo, compartir el dolor, es necesario sumergirse en los frutos del Misterio Pascual de Cristo par
la voluntad de «desterrar la miseria ajena como si fuese propia». [98] Sin embargo, la miseria más grande es la falta d
Esta es la esperanza anunciada por el testimonio cristiano que, para ser eficaz, debe ser vivida en la fe implicando
médicos, y la pastoral de las diócesis y de los hospitales católicos, llamados a vivir con fidelidad el deber de acom
las fases de la enfermedad, y en particular, en las fases críticas y terminales de la vida, así como se ha definido en e
El Buen Samaritano, que pone en el centro de su corazón el rostro del hermano en dificultad, sabe ver su necesidad
necesario para levantarlo de la herida de la desolación y abrir en su corazón hendiduras luminosas de esperanza.
El “querer el bien” del Samaritano, que se hace prójimo del hombre herido no con palabras ni con la lengua, sino c
(cfr. 1 Jn 3, 18), toma la forma de cuidado, con el ejemplo de Cristo que pasó haciendo el bien y sanando a todos (
Curados por Jesús, nos transformamos en hombres y mujeres llamados a anunciar su potencia sanadora, a amar y a
como él nos ha enseñado.
Esta vocación al amor y al cuidado del otro,[99] que lleva consigo ganancias de eternidad, se anuncia de manera exp
esta paráfrasis del juicio final: recibid en heredad el reino, porque estaba enfermo y me habéis visitado. ¿Cuándo, S
habéis hecho esto con un hermano vuestro más pequeño, a un hermano vuestro que sufre, lo habéis hecho conmigo
El Sumo Pontífice Francisco, en fecha 25 de junio de 2020 ha aprobado esta Carta, decidida en la Sesión Plenari
de enero de 2020, y ha ordenado su publicación.
Dada en Roma, desde la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 14 de julio de 2020, memoria litúrgi
_______________________
[1]
Misal Romano reformado por mandato del Concilio Ecuménico Vaticano II, promulgado por la autoridad del p
papa Juan Pablo II, Conferencia Episcopal Española, Madrid 2017, Prefacio común VIII, p. 515.
[2]
Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, Ed. Salterrae, Maliañ
n. 6.
[3]
Benedicto XVI, Carta Enc. Spes salvi (30 noviembre 2007), n. 22: AAS 99 (2007), 1004: «Si el progreso técnico
progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cfr. Ef 3, 16; 2 Cor 4, 16), no e
amenaza para el hombre y para el mundo».
[4]
Cfr. Francisco, Discurso a la Asociación Italiana contra las leucemias-linfomas y mielomas (AIL) (2 marzo 201
marzo 2019, 7.
[5]
Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia (19 marzo2016), n. 3: AAS 108 (2016), 312.
[6]
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 10: AAS 58 (1966), 1032-1033.
[7]
Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 4: AAS 76 (1984), 203.
[8]
Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 144.
[9]
Francisco, Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 enero 2014): AAS 106
[10]
Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 87: AAS 87 (1995), 500.
[11]
Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), n. 37: AAS 83 (1991), 840.
[12]
Juan Pablo II, Carta Enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), n. 50; AAS 85 (1993), 1173.
[13]
Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Internacional sobre “Los tratamientos de soporte vital
científicos y dilemas éticos” (20 marzo 2004), n. 7: AAS 96 (2004), 489.
[14]
Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 6: AAS 110 (2018), 430.
[15]
Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.
[16]
Cfr. Pablo VI, Mensaje en la última sesión pública del Concilio (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55-56.
[17]
Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 9.
[18]
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 12: AAS 110 (2018), 433-434.
[19]
Francisco, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe
2020): L’Osservatore Romano, 31 enero 2020, 7.
[20]
Benedicto XVI, Carta Enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 31: AAS 98 (2006), 245.
[21]
Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 76: AAS 101 (2009), 707.
[22]
Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 49: AAS 87 (1995), 455: «El sentido más v
ser un don que se realiza al darse».
[23]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Dei Verbum (8 noviembre 1965), n. 2: AAS 58 (1966), 818.
[24]
Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 34: AAS 87 (1995), 438.
[25]
Cfr. Declaración conjunta de las Religiones Monoteístas Abrahámicas sobre las cuestiones del final de la vida
octubre 2019: «Nos oponemos a cualquier forma de eutanasia -que es el acto directo, deliberado e intencional de q
suicidio médicamente asistido - que es el apoyo directo, deliberado e intencional para suicidarse porque contradice
inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son inherente y consecuentemente erróneos desde el punto de vista m
prohibidos sin excepciones».
[26]
Cfr. Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de
2014): AAS 106 (2014), 976.
[27]
Cfr. Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Nueva carta de los Agentes sanitarios, n. 1; Congregación
Instr. Dignitas personae (8 septiembre 2008), n. 8: AAS 100 (2008), 863.
[28]
Francisco, Carta Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n. 65: AAS 107 (2015), 873.
[29]
Con. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes (7 diciembre 1965), n. 27: AAS 58 (1966), 1047-1048.
[30]
Francisco, Discurso al Congreso de la Asociación de Médicos Católicos Italianos en el 70 aniversario de su fu
2014): AAS 106 (2014), 976.
[31]
Cfr. Francisco, Discurso a la Federación Nacional de las Ordenes de Médicos Cirujanos y de los Odontólogos
2019): L’Osservatore Romano, 21 septiembre 2019, 8: «Son formas apresuradas de tratar opciones que no son, com
expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa co
que se le ayude a anticipar la muerte».
[32]
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 3: AAS 110 (2018), 428-429; c
Enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), n.162: AAS 107 (2015), 912.
[33]
Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 53: AAS 101 (2009), 688: «Una de las pobrez
puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aisla
la dificultad de amar».
[34]
Cfr. Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 53: AAS 105 (2013), 1042; se puede ve
delegación del Instituto “Dignitatis Humanae” (7 diciembre 2013): AAS 106 (2014) 14-15; Id., Encuentro con los
2014): AAS 106 (2014), 759-760.
[35]
Cfr. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), n. 12: AAS 87 (1995), 414.
[36]
Congregación para la Doctrina de la Fe, Declarac. Iura et bona (5 mayo 198