Historia de España.
2º Bachillerato IES Drago (Cádiz)
BLOQUE 1: La Península Ibérica desde los
primeros humanos hasta la desaparición de la
monarquía Visigoda
TEMA 1: LA PREHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA
La prehistoria es el término con el que se designa al periodo que abarca desde la
aparición de los primeros homínidos hasta la invención de la escritura.
1.1. El Paleolítico ibérico (1.200.000-5.000 a.C.)
El Paleolítico es la primera y más prolongada etapa de la prehistoria. Las sociedades
paleolíticas vivían de la caza, la pesca, el carroñeo y la recolección.
Eran grupos nómadas que se desplazaban de forma estacional siguiendo el alimento.
Se trataba de una economía depredadora. Los individuos se reunían en pequeños
grupos, con una organización muy elemental. Habitaban en cobijos provisionales y
solo a partir del Paleolítico medio, cuando dominaron el fuego, ocuparon cuevas de
forma permanente.
Los estudios arqueológicos diferencian, dentro del Paleolítico, tres etapas en función
de los tipos humanos existentes y de las técnicas que estos usaban.
Paleolítico inferior (1.200.000-100.000 a.C.)
En esta etapa aparecen los
primeros grupos del género Homo
en la Península. Se han hallado en
Atapuerca (Burgos) F (Doc. 3) y
corresponden a una nueva
especie: el Homo antecessor. Sus
restos tienen una antigüedad de
entre 800.000 y 1.200.000 años.
En ese mismo yacimiento se han
encontrado restos de otra especie:
el Homo heidelbergensis. Estos
aparecieron hace 350.000 años y
son considerados antepasados del
Homo neandertalensis.
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En esta etapa las herramientas eran muy toscas: lascas, choppers, bifaces, etc. Las
producían golpeando unas piedras contra otras para darles forma o conseguir que
tuvieran filo.
Además del de Atapuerca, otros yacimientos relevantes son los de Torralba y
Ambrona (en Soria), Puente Pino (en Toledo) y Bolomor (en Valencia).
Paleolítico medio (100.000-35.000 a.C.)
El primer tipo humano de este periodo es el Homo neandertalensis, que habitó la
Península entre los años 200.000 y 35.000 a.C. Destacaba por su robustez, su baja
estatura y su elevada capacidad craneal. Vivía en grupos, con cierta organización
social. Conoció el fuego y practicó ritos funerarios. 2
En la Península hay importantes yacimientos de esta etapa, entre ellos, los de Cova
Negra (en Valencia), Banyoles (en Gerona), El Sidrón (en Asturias), Sima de las
Palomas (en Murcia), etc.
En estos yacimientos se han encontrado
útiles que demuestran un mayor dominio
de la técnica en el trabajo de la piedra:
puntas de flecha, raederas, cuchillos,
etc. Estos instrumentos pertenecen al
Musteriense, cultura tecnológica
asociada a los neandertales.
Paleolítico superior (40.000-5.000
a.C.)
En esta etapa hace su aparición el
Homo sapiens (la especie humana
actual).
Llegó a la Península hace unos 40.000
años y se extendió por todo el territorio,
incluidos los archipiélagos balear y
canario.
Su tecnología mejoró
considerablemente, tanto por el empleo
de nuevos materiales (huesos, astas,
conchas marinas…) como por una
técnica más depurada, lo que les permitió realizar instrumentos más especializados.
1.2. Las sociedades neolíticas (5.000-2.500 a.C.)
Las primeras sociedades neolíticas surgieron en la península ibérica hacia principios
del quinto milenio antes de nuestra era.
Esta etapa supuso un cambio transcendental en las formas de vida de los seres
humanos, ya que comenzaron a producir su propio alimento mediante la agricultura y
la ganadería.
Estos cambios provocaron, a su vez, la aparición de actividades nuevas, como la
elaboración de tejidos, la fabricación de cerámica, el pulimento de la piedra, el
comercio, etc.
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La necesidad de vivir junto a los cultivos hizo que disminuyeran los desplazamientos,
lo que impulsó el sedentarismo y la aparición de poblados estables.
El origen de la «revolución neolítica» se encuentra en la llegada a las costas
mediterráneas de pueblos de Oriente Próximo. Desde el litoral, estas innovaciones se
extendieron al resto de la Península. Más tarde, también llegaron influencias a través
del continente europeo.
En la Península, el Neolítico se suele dividir en dos etapas:
En el Neolítico inicial (5.000-3.500 a.C.) los asentamientos se realizaron en cuevas
localizadas, fundamentalmente, en la costa mediterránea: Cova de l’Or (en la
Comunidad Valenciana), Nerja (en Andalucía), etc. Se desarrolló la cultura de la 3
cerámica cardial, que se caracteriza por su decoración impresa con conchas de
berberecho (Cardium edule).
En una segunda fase, el Neolítico pleno (3.500-2.500 a.C.), surgieron verdaderos
poblados situados en zonas más llanas y adecuadas para el cultivo. En el sureste
peninsular se desarrolló la llamada cultura de Almería.
Mientras que en Cataluña floreció la cultura de los sepulcros de fosa, caracterizada por
la presencia de necrópolis.
El desarrollo de ritos funerarios se manifestó en la aparición del fenómeno conocido
como megalitismo. Se trata de la difusión de diversos tipos de construcciones
destinadas a enterramientos colectivos. En la Península predominan el dolmen, el
sepulcro de corredor y el tholos.
1.3. Las culturas de los metales
El comienzo del trabajo con los metales marcó un importante hito tecnológico en las
sociedades de aquel entonces. Esta etapa se ha dividido en tres edades, en función
del metal predominante en cada una de ellas.
La Edad del Cobre o Calcolítico es la más antigua. En la Península comenzó en
torno al 3.000 a.C. y finalizó hacia el 1.700 a.C. Proliferaron monumentos megalíticos y
aparecieron poblados amurallados. Las culturas más importantes fueron la de Los
Millares (en Almería) y la cultura del vaso campaniforme.
La Edad del Bronce se inició en la Península hacia el 1.700 a.C. y declinó hacia el
1.000 a.C. Los poblados se hicieron más grandes. Destacan las culturas de El Argar
(en Almería); la de los campos de urnas (en el valle del Ebro, Cataluña y Comunidad
Valenciana) y la megalítica de las Islas Baleares, representada por talayots, navetas,
taulas, etc.
La Edad del Hierro comenzó en la Península en torno al 1.000 a.C. En esta etapa se
inició el periodo propiamente histórico de la mano de los celtas y de los primeros
pueblos colonizadores: fenicios, griegos y cartagineses.
1.4. El arte rupestre
PALEOLÍTICO
Las primeras manifestaciones artísticas en la península ibérica tuvieron lugar en el
Paleolítico superior (entre los años 40.000 y 10.000 a.C.) y se localizan en la zona de
la cornisa cantábrica, por eso se conoce como arte rupestre cantábrico.
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Destacan especialmente las pinturas halladas en las cuevas de Altamira y El Castillo
(en Cantabria) y Tito Bustillo (en Asturias).
Estas pinturas, realizadas principalmente en cuevas profundas y oscuras, se han
vinculado a motivaciones mágicas (favorecer la caza) o religiosas (cuevas-santuarios).
Los rasgos de estas pinturas son:
En cuanto al tema, predominan las figuras aisladas de animales, representadas con
un acusado naturalismo. Aunque, también, aparecen signos abstractos y
estampaciones de manos.
En cuanto a la técnica, se utilizan combinaciones de colores, es decir, la policromía.
4
MESOLÍTICO
Más tarde, entre el Mesolítico o Epipaleolítico* y los inicios del Neolítico (entre los años
7.000 y 4.000 a.C.), en la vertiente mediterránea se desarrolló el llamado arte rupestre
levantino, con características propias y sin ninguna relación con el cantábrico.
Destacan las pinturas de las cuevas de Valltorta (en Castellón) y de El Cogul (en
Lérida).
Estas pinturas, que se localizan en abrigos rocosos relativamente bien iluminados,
presentan características muy diferentes a las de la zona cantábrica,por ejemplo:
En cuanto al tema, las figuras humanas asumen el protagonismo y se las representa
formando escenas muy variadas: enfrentamientos armados, cacerías de diversos
animales, recolección de miel, etc., con un claro sentido narrativo.
En cuanto a la técnica, las figuras tienen formas muy estilizadas, casi esquemáticas, y
son prácticamente monocromas o combinan pocos colores, apenas el ocre y el negro.
TEMA 2: LOS PUEBLOS PRERROMANOS
2.1. Iberos, celtas y celtiberos
Durante el primer milenio se conformaron en la Península dos culturas distintas pero
relativamente interrelacionadas entre sí: la cultura celta y la cultura ibera.
El contacto entre ambos pueblos fue intenso, y en la zona de confluencia entre celtas
e iberos surgió una cultura con características de unos y otros a la que se denomina
celtibera.
Los iberos:
Los iberos se asentaron en el sur de la Península y en la costa mediterránea. Eran un
conjunto de pueblos con muchas características comunes, pero que nunca
establecieron ninguna forma de unidad política entre ellos. Tuvieron, eso sí, una
entidad cultural común muy destacable que se desarrolló especialmente entre los
siglos VII y II a.C.
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Su economía se basaba fundamentalmente en la agricultura y la ganadería.
Además, los iberos desarrollaron una importante actividad comercial y establecieron
relaciones comerciales con griegos, fenicios y cartagineses, llegando a acuñar
moneda.
La sociedad ibera era tribal y estaba muy jerarquizada en función del poder económico
y militar. Los poblados solían amurallarse y se localizaban en zonas de fácil defensa.
Su organización política estaba bastante desarrollada debido a la influencia del modelo
de ciudad-Estado, traído por fenicios y griegos. Cada Estado podía comprender varias
ciudades con sus territorios circundantes. El modelo político más frecuente era la
monarquía.
El desarrollo cultural ibero fue destacable. Para su estudio son fundamentales las
necrópolis, muy abundantes y situadas en las cercanías de los poblados. Los
principales elementos culturales son:
La escritura, que era la expresión de una lengua común, pero que se escribía con
diversos alfabetos. Actualmente su escritura puede leerse pero no comprenderse.
La religión, que recibió notables influencias griegas y púnicas que se mezclaron con
sus creencias ancestrales.
El arte, que estuvo muy influido por el de griegos y cartagineses. Era un arte figurativo
en el que predominaba la funcionalidad religiosa o funeraria. Especialmente
significativa fue la escultura; representaron figuras humanas y de animales, tanto
reales como imaginarios. Piezas destacadas son, por ejemplo, la Dama de Elche, la
Dama de Baza, la Bicha de Balazote, el Guerrero de Moixent, etc.
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Los celtas:
Los celtas fueron un pueblo indoeuropeo que llegó a la Península a comienzos del
primer milenio. Procedían del centro de Europa, y ocuparon la Meseta Norte y el
noroeste de la Península: Galicia, norte de Portugal, Asturias…
Aportaron numerosos avances técnicos, como el uso de la metalurgia del hierro. Sus
asentamientos más representativos fueron los castros.
La principal actividad de los pueblos celtas fue la ganadería, aunque también
existieron poblados de agricultores.
Hay una dificultad importante para el estudio de los celtas debido a la escasez de las
fuentes. Las referencias a ellos proceden de fuentes romanas, que los presentaban 6
como pueblos primitivos y belicosos.
Es generalmente aceptado que su sociedad se organizaba en tribus, hablaban lenguas
indoeuropeas y no conocían la escritura.
Los celtiberos:
En la zona de confluencia entre celtas e iberos (Sistema Ibérico, este de la Meseta y
Sistema Central) surgió una cultura con características peculiares.
Mezclaban elementos de ambos, aunque predominó el factor celta. Fueron
extraordinarios guerreros, dotados, además, de una excelente tecnología
armamentística. La aristocracia guerrera se constituyó en el grupo dominante.
Tanto cartagineses como romanos los incorporaron a sus ejércitos.
2.2. Los primeros colonizadores mediterráneos
Desde principios del primer milenio antes de Cristo diversas potencias colonizadoras
procedentes del Mediterráneo oriental se asentaron en la Península Ibérica. Las
razones geoestratégicas y la potencialidad económica del territorio fueron las causas
de esta oleada colonizadora.
Los fenicios, pueblo mercantil procedente del actual Líbano, fueron los
primeros en colonizar la Península. Hacia el siglo IX a.C. fundaron la ciudad de
Gadir (Cádiz) desde donde se expandieron por las costas andaluzas y del sur
de Portugal. La estratégica localización de esta zona –entre el mar
Mediterráneo y el océano Atlántico, y a un paso de África–, que la hacía
especialmente idónea para las relaciones comerciales, y la abundancia de
metales explican su interés por controlar estos territorios.
Más tarde, hacia el siglo VIII a.C., llegaron los griegos. Fundaron algunos
enclaves relativamente importantes en la parte norte de la costa mediterránea
peninsular: Emporion (Ampurias), Rhode (Rosas), etc. Desde allí se
establecieron en algunos puntos costeros como Mainake (cerca de Málaga). Su
principal objetivo fue el de establecer relaciones comerciales para obtener
metales, esparto, aceite de oliva y sal.
Ya en el siglo VI a.C., los cartagineses comenzaron a controlar el sur
peninsular, continuando el dominio que habían ejercido los fenicios en esta
zona y ampliándolo hacia el este y el norte. A partir del siglo III a.C., su
presencia adquirió los rasgos de una conquista militar. Fundaron emporios
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como Ebusus (Ibiza) –de origen fenicio–, Quart Hadasht o Cartago Nova
(Cartagena), etc.
Todos estos pueblos actuaron como transmisores de elementos culturales y
tecnológicos más avanzados de los que se disfrutaban en la Península. Difundieron el
empleo del arado, la moneda, los modelos urbanísticos, las salazones, el uso de la
metalurgia del hierro, etc.
2.3. Tartessos
La cultura tartésica, que alcanzó su máximo apogeo entre los siglos VIII y VI a.C., tuvo
su centro geográfico en Andalucía occidental, aunque también se extendió por la
Meseta Sur y la Baja Extremadura. 7
Las fuentes con las que se cuenta para el estudio de los tartesios son, además de las
referencias de historiadores griegos, los escasos restos arqueológicos hallados:
santuarios, como el de Cancho Roano, en Badajoz; tesoros votivos, como el de El
Carambolo, en Sevilla; o tumbas, como la necrópolis de La Joya, en Huelva.
La economía se sustentaba en la minería (extracción de plata, cobre y oro), en la
ganadería y en las actividades metalúrgicas del bronce.
Tartessos era además un centro de comercio internacional que puso en contacto a
fenicios y griegos con los pueblos del oeste peninsular. La relación entre estos pueblos
era tan intensa que algunos historiadores sostienen que entre tartesios y fenicios se
produjo una fusión cultural completa.
Políticamente, Tartessos no constituyó una unidad, sino que existió una pluralidad de
centros de poder.
A partir del siglo VI a.C., una combinación de elementos externos –como el creciente
poder de Cartago o la sustitución del bronce por el hierro– e internos –como el
agotamiento de las minas– provocaron la decadencia de esta cultura.
TEMA 3: LA HISPANIA ROMANA
3.1. La conquista romana
La conquista romana fue el proceso histórico de dominio y control militar del territorio
de la península ibérica por parte de Roma. Dicho proceso fue bastante dilatado en el
tiempo (desde el año 218 a.C. hasta el 19 a.C.), y terminó con la total integración y
asimilación del territorio hispánico en el Imperio romano.
La segunda guerra púnica (218-197 a.C.)
El interés de Roma por la península ibérica surgió durante el siglo III a.C. en el
contexto de la segunda guerra púnica contra Cartago. Entre los años 237 y 218 a.C.
los cartagineses dominaron la mayor parte del sur y sureste de la península ibérica,
situando la frontera de su territorio en el río Ebro.
No obstante, esta expansión chocó con los intereses de algunas ciudades aliadas de
Roma enclavadas en la zona de dominio cartaginés. Ese fue el caso de Sagunto,
conquistada por Aníbal en el año 219 a.C., hecho que se convirtió en casus belli
(motivo de guerra) de la segunda guerra púnica.
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La presencia militar romana se inició en el año 218 a.C. con el desembarco de varias
legiones al mando de Publio Cornelio Escipión en Emporion (Ampurias). En esta etapa
las tropas romanas derrotaron a los cartagineses y conquistaron toda la costa
mediterránea peninsular, el valle del Guadalquivir y parte del valle del Ebro.
La conquista del interior de la Península (197-29 a.C.)
Más tarde, el interés de Roma se centró en la conquista del interior de la Península.
Se encontraron con una fuerte oposición de los pueblos peninsulares, especialmente
de celtiberos y de lusitanos. Ejemplo de esa dificultad fue la resistencia de ciudades
como Numancia. F (Doc. 13) El resultado de estas guerras fue que casi toda la
Península quedó bajo dominio romano.
8
Sometimiento de los pueblos de la cornisa cantábrica (29-19 a.C.)
El sometimiento de este territorio se inició con las guerras cántabras (29-19 a.C.), que
acabaron con el control más o menos efectivo de cántabros, astures y galaicos por el
emperador Augusto. F (Doc. 15)
Para asegurar el territorio, Roma fundó diversos campamentos militares, como
Asturica Augusta (Astorga) o Legio (León), que más tarde se convirtieron en ciudades.
De esta forma, toda la península ibérica pasó a formar parte del Imperio romano,
aunque el grado de integración fue más intenso en la costa mediterránea y en el valle
del Guadalquivir.
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3.2. La romanización de la sociedad hispanorromana
Se conoce por romanización al proceso de integración de los pueblos prerromanos en
los modelos económicos, sociales, político-administrativos, culturales y religiosos de
Roma.
Este proceso se realizó por medio de instrumentos tan diversos como el ejército, las
ciudades, la economía, las comunicaciones, las relaciones sociales y clientelares, la
cultura, etc.
De este modo, se difundió el latín, cambiaron las vestimentas y las costumbres y se
desarrolló un nuevo derecho penal.
9
La romanización fue un proceso impuesto por los conquistadores, pero también contó
con el apoyo de las élites locales, interesadas en integrarse en el Imperio romano para
no perder sus privilegios.
La economía hispanorromana
La Hispania romana registró un importante desarrollo económico que solamente se
frenó a partir del siglo III d.C. Los romanos lograron la racionalización y la coordinación
del sistema productivo e introdujeron mejoras técnicas en los sistemas de explotación
agropecuaria y minera.
Además, la inclusión de la economía peninsular en los circuitos comerciales del
Imperio romano supuso un gran impulso tanto para el comercio como para la
producción de muchas mercancías que se exportaban a otros lugares del amplio
mercado romano.
La economía romana era esclavista, gran parte de las actividades productivas y de los
servicios dependían del trabajo de esclavos, en su mayoría procedentes de pueblos
conquistados o descendientes de ellos.
Una economía monetaria y urbana
La economía del Imperio romano se basaba en los intercambios comerciales entre las
diversas partes del mismo, que debían estar muy bien conectadas.
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La creación de una excelente red de comunicaciones terrestres y marítimas ponía en
contacto las distintas regiones y ciudades. El desarrollo urbano de este periodo se
debió al papel que desempeñaba la ciudad en esta economía mercantil.
El desarrollo comercial se apoyó igualmente en la configuración de una economía
monetaria basada en el denario romano, que actuaba como moneda internacional. En
Hispania numerosas localidades acuñaron moneda.
Las actividades agropecuarias
La agricultura se fundamentaba en la clásica tríada mediterránea: trigo, vid y olivo. La
producción de trigo era importante, pero no se exportó en grandes cantidades, cosa
que sí ocurrió con el vino y especialmente con el aceite de oliva. La producción 10
ganadera era variada, pero sobre todo destacaba el ganado ovino.
Los romanos introdujeron innovaciones técnicas, como el barbecho y el regadío. La
forma de explotación agropecuaria más frecuente era la villa; se trataba de una gran
explotación latifundista dedicada a la producción para la exportación y que empleaba
esclavos.
La pesca fue igualmente destacable. Derivada de ella aparecieron otras actividades
como la elaboración de salazones, la producción de sal y la preparación de la salsa
denominada garum.
Las actividades mineras
La Península era muy rica en yacimientos mineros: plata y plomo en Cartagena, cobre
en Andalucía y Asturias, mercurio en Almadén, oro en Galicia y León, estaño en
Galicia, etc.
La mayoría de las grandes explotaciones mineras eran propiedad del Imperio romano,
pero se permitió la existencia de minas privadas que se correspondían, en general,
con los yacimientos más pequeños.
La sociedad hispanorromana
El modelo social hispanorromano quedó definido por dos elementos fundamentales: la
existencia de desigualdades jurídicas derivadas de la distinción hombre libre y esclavo,
y la integración de las élites indígenas.
A partir de estas premisas se diferenciaron diversos
grupos:
En la cúspide estaban los ciudadanos
romanos, dueños de grandes latifundios y muy
ricos. Eran los miembros del orden senatorial.
Por debajo, estaban los caballeros,
procedentes en su mayoría de las aristocracias
de los pueblos sometidos y que controlaban
los cargos políticos (magistraturas) locales o
provinciales. Junto a los senadores formaban
la aristocracia.
El grupo más bajo de los hombres libres era la
plebe, formada por pequeños propietarios
agrícolas, artesanos y trabajadores libres.
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Por debajo de todos, estaban los esclavos, que no tenían derechos ni eran
libres.
La familia era patriarcal. El marido disponía de la patria potestad sobre todos los
miembros de la familia, lo que le otorgaba la capacidad plena de decidir sobre todas
las cuestiones familiares y el derecho a ser obedecido.
La mujer romana dependía del marido. No obstante, gozaba de un grado de libertad
mayor que en otras civilizaciones contemporáneas a la romana. Las funciones de la
mujer en la familia eran exclusivamente domésticas: mantenimiento de la casa y
cuidado de los hijos. Solo en ausencia del marido gozaban de un poder pleno sobre
los miembros de la familia. El divorcio estaba regulado legalmente.
11
La cohesión del territorio
Hispania se estructuró con una sólida base político-
administrativa, que se apoyó en una tupida red de
ciudades bien comunicadas.
La organización administrativa
Para administrar el territorio peninsular, los romanos
usaron su tradicional criterio de delimitación provincial.
Hispania se dividió en provincias, cada una de ellas
dirigida por un gobernador y un consejo.
Había dos tipos de provincias: senatoriales, que estaban
controladas por el Senado romano, como la Bética; o
imperiales, que estaban bajo el control directo del
emperador, como la Tarraconense o la Lusitania. Su
número varió a lo largo de la dominación romana:
En los inicios de la conquista (siglo II a.C.),
Hispania se dividió en dos provincias: Ulterior (la actual
Andalucía y la parte occidental de la Península) y Citerior
(costa mediterránea y valle del Ebro).
En la época de Augusto (27 a.C.) se crearon tres
provincias: Bética, con capital en Corduba (Córdoba);
Lusitania, con capital en Augusta Emerita, después
conocida como Emerita Augusta (Mérida), y Tarraconense,
con capital en Tarraco (Tarragona).
En los siglos III y IV d.C. varió el mapa provincial.
Las provincias se hicieron más pequeñas y numerosas:
Gallaecia, Cartaginense, Tarraconense, Lusitania, Bética y
Baleárica. Quedaron integradas con el gobierno de
Diocleciano, en una unidad administrativa superior: la
diócesis de Hispania.
La red urbana y de comunicaciones
La civilización romana fue esencialmente urbana. Las
ciudades crecieron en número y en tamaño. Emerita
Augusta, Caesaraugusta (Zaragoza), Hispalis (Sevilla) y
Tarraco fueron algunas de ellas.
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Las ciudades romanas eran centros económicos y políticos que organizaban, además,
su entorno rural. La mayoría ofrecía a sus habitantes una serie de servicios
impensables para las sociedades prerromanas: acueductos, teatros, foros, termas, etc
Los romanos crearon una excelente red viaria basada en las calzadas. Esta red
permitía organizar el territorio, asegurar su control militar y administrativo y unir las
distintas ciudades. También sirvió para el desarrollo del comercio.
La asimilación de la
cultura romana
La lengua, el arte, el derecho
y la religión fueron las 12
principales manifestaciones
de la integración hispana en
la cultura romana. Estos
cuatro aspectos han dejado
una notable herencia cultural
que perdura hasta la
actualidad.
El latín se difundió
como lengua de
prestigio. Su difusión,
no solo oral, sino
también escrita, se
impuso sobre las
lenguas autóctonas
que, no obstante no
desaparecieron totalmente. Algunos relevantes autores latinos fueron de origen
hispano: Marcial, Séneca, Lucano, etc.
Las manifestaciones artísticas son abundantes, pero las más relevantes las
hallamos en la arquitectura y en el mosaico. En arquitectura destacan las obras
de infraestructura urbana (acueductos como el de Segovia o el de los Milagros,
en Mérida, o teatros como los de Mérida o Cartagena), de transporte (puentes
como el de Alcántara), los templos o mausoleos (Fabara, en Zaragoza) y los
arcos conmemorativos (Barà en Tarragona o Cabanes, en Castellón). Los
mosaicos son muy abundantes y reflejan temáticas mitológicas, geométricas,
paisajes, escenas cotidianas, etc.
El derecho romano se extendió por toda la Península. Su empleo regulaba las
relaciones privadas y el funcionamiento de las instituciones políticas.
La dominación romana impuso también las creencias religiosas propias del
Imperio romano. Se respetaron las creencias locales, pero era obligado el culto
al emperador y a los tres dioses que simbolizaban el poder de Roma: Júpiter,
Juno y Minerva. En este sentido la religión se utilizó como medio de integración
política.
Más tarde, a partir del siglo III d.C., se difundió también el cristianismo en
Hispania. El Edicto de Milán (313) decretó la libertad religiosa y reconoció
legalmente el cristianismo F (Doc. 20) , que pasó a convertirse en la Iglesia
oficial del Imperio con el emperador Teodosio I en el año 380.
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3.3. La crisis del Imperio
A partir del siglo III d.C. el Imperio romano comenzó a padecer graves problemas que
marcaron el inicio de su decadencia.
La crisis fue consecuencia de una serie de procesos económicos, políticos y militares
que debilitaron las instituciones de todo el Imperio.
Entre las causas económicas es destacable la escasez de mano de obra
esclava como consecuencia de la finalización de las guerras de conquista. Esto
se tradujo en su encarecimiento y en la decadencia de numerosas actividades
productivas. Paralelamente, las incursiones de los pueblos bárbaros dificultaron
las relaciones comerciales. Las ciudades se resintieron y comenzaron a 13
despoblarse.
Entre las causas políticas y militares hay que resaltar la inestabilidad del
poder imperial y la incapacidad del ejército para contener los asaltos de los
pueblos bárbaros. Las provincias tuvieron que enfrentarse solas a los ataques
exteriores, a las guerras civiles y a la crisis económica.
Los pueblos vecinos del Imperio romano aprovecharon la crisis para penetrar en sus
territorios.
TEMA 4: EL REINO VISIGODO
Los pueblos vecinos del Imperio romano aprovecharon la debilidad económica y militar
que padeció este a partir de la crisis del siglo III d.C. y penetraron en sus territorios.
Los emperadores, incapaces de organizar una defensa adecuada, se vieron obligados
a dividir el Imperio y a pactar con estos pueblos o vincularlos como aliados (foederati o
federados).
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En este contexto, suevos, vándalos y alanos invadieron la Península a comienzos del
siglo V. Para hacerles frente, el emperador llamó a uno de los pueblos federados: los
visigodos.
A comienzos del siglo V d.C., los visigodos llegaron a un acuerdo con el emperador
romano: establecieron el reino de Tolosa en el sur de Francia y entraron en la
península ibérica para expulsar a suevos, vándalos y alanos.
Casi un siglo más tarde, en el año 507, ya desaparecido el Imperio romano de
Occidente, los visigodos, tras ser derrotados por los francos, abandonaron Francia y
se asentaron definitivamente en la Península, donde formaron un reino independiente
cuya capital fue Toledo.
14
4.1. Evolución política del reino visigodo
Los visigodos, a pesar de contar con el poder político, eran una minoría social en la
Península respecto a la población hispanorromana.
Con el tiempo se produjo un proceso de
asimilación, por el que los visigodos se
fueron mezclando con la nobleza
autóctona. Para entonces los visigodos ya
estaban bastante romanizados.
La monarquía visigoda era electiva, es decir, los nobles visigodos elegían de entre
ellos a cada nuevo rey. Este hecho creó una acusada inestabilidad política, pues los
enfrentamientos entre la nobleza por hacerse con la corona fueron frecuentes.
A partir del reinado de Leovigildo (572-586) se inició un proceso de unificación
peninsular: se expulsó a los bizantinos y se conquistó el reino suevo.
Este rey quiso lograr también la unidad religiosa entre los visigodos, que eran arrianos,
y los hispanorromanos, que eran católicos. Este objetivo culminó bajo el reinado de su
hijo Recaredo (586-601), que se convirtió al catolicismo y acabó con la división
religiosa.
La unión definitiva entre visigodos e hispanorromanos se produjo mediante la igualdad
legal que se estableció en el 654 mediante el Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo).
Los reyes visigodos gozaron, en teoría, de gran poder, pero lo compartían con otras
instituciones de gobierno. La más importante fue el Aula Regia, que era una asamblea
consultiva formada por la aristocracia visigoda.
Bloque 1: La Península Ibérica desde los primeros humanos hasta la desaparición del Reino Visigodo
Historia de España. 2º Bachillerato IES Drago (Cádiz)
A partir de la unificación religiosa con Recaredo, se creó la otra gran institución de
gobierno del reino visigodo: los Concilios de Toledo. Aunque esta era una institución
en esencia religiosa, con el paso del tiempo los concilios adquirieron un gran peso
político y asumieron importantes funciones legislativas.
4.2. Una sociedad ruralizada
La crisis final del Imperio romano acentuó la ruralización de la sociedad; las ciudades
se hallaban en plena decadencia y la crisis del comercio había fomentado la
autosuficiencia.
Los esclavos fueron cada vez más escasos, por lo que se sustituyeron por campesinos
libres-colonos. Ambos se fusionaron en un nuevo grupo social de campesinos 15
dependientes: los siervos.
La debilidad del reino visigodo hizo que sus funciones fueran sustituidas por las
relaciones personales. Por eso muchos pequeños propietarios buscaron la protección
que les ofrecían los nobles, capaces de disponer de tropas propias. A cambio debían
ceder sus propiedades o trabajar para ellos.
Al mismo tiempo, la monarquía solía pagar con tierras los servicios prestados por la
nobleza. Con todo ello la nobleza fue ganando poder. Se estaba gestando el modelo
feudal.
Bloque 1: La Península Ibérica desde los primeros humanos hasta la desaparición del Reino Visigodo