Equipo 1
Contreras Nevarez Danna Eréndira
De La Cruz Cárdenas Jemima
Galván Saldaña Verónica
Guevara Rodarte Jahzeel
Marrero Melendez Vanessa Daayana
GOBIERNO DE VICENTE FOX QUEZADA
El triunfo en 2000 en unas elecciones impecablemente democráticas
de Vicente Fox , candidato presidencial del derechista Partido Acción
Nacional , significó para México, más que un mero cambio de
Gobierno, el final de 71 años de régimen político monopolizado por el
Partido Revolucionario Institucional . Ranchero de pura cepa, católico
devoto y formado en Administración de Empresas, Fox hizo una
completa carrera profesional en la sucursal de Coca-Cola antes de
dedicarse a los negocios agropecuarios y de servir como gobernador
del estado de Guanajuato. Por otro lado, el sobrio crecimiento
económico, ligado a la coyuntura en Estados Unidos y a los precios
del petróleo, aunque acompañado, eso sí, de salud financiera,
estabilidad cambiaria y una inflación históricamente baja, dificultó la
corrección de los déficits sociales. En política exterior, Fox, pese a su
defensa del libre comercio y a sus presumibles afinidades con George
Bush, otro presidente vaquero, no consiguió arrancar de Washington
un acuerdo migratorio tras los atentados del 11-S, que agudizaron las
preocupaciones del vecino norteño por la seguridad fronteriza. Su
despedida en 2006 quedó deslucida por la gran trifulca organizada por
Andrés Manuel López Obrador, el candidato opositor del izquierdista
PRD, quien denunció como trucada su derrota a manos del postulante
del Gobierno, Felipe Calderón, director del BANOPRAS y secretario de
Energía en la Administración saliente. Pese al reproche habitual de no
enfrentar los problemas del país con la determinación requerida, Fox
preservó hasta el final, insistieron los sondeos, unos altos niveles de
aceptación popular.
Tras dejar la Presidencia, Fox montó un centro académico anexo al
Rancho San Cristóbal, su hacienda familiar en San Francisco del
Rincón, Guanajuato.
GOBIERNO DE FELIPE CALDERÓN
El sexenio de Gobierno de Felipe Calderón, uno de los períodos más
sombríos de la historia contemporánea de México, estuvo marcado por
la guerra no declarada del Estado contra los cárteles de la droga. Este
conflicto pavoroso e irresuelto, que registró no menos 60.000 víctimas
mortales entre 2006 y 2012, puso al país norteamericano en el punto
de mira internacional y tendió a eclipsar los demás aspectos de una
presidencia que no fue, ni mucho menos, monotemática.
Michoacano de Morelia y abogado con titulaciones en la Escuela Libre
de Derecho, el ITAM y Harvard, Felipe Calderón Hinojosa desarrolló
una precoz carrera en el Partido Acción Nacional, del que fue jefe de
juventudes, diputado federal, secretario general y presidente nacional.
Bajo el primer presidente del partido, Vicente Fox, sirvió como director
del BANOPRAS y secretario de Energía. El primero de diciembre de
2006 Calderón arrancó su período de Gobierno con un problema de
legitimidad y en una atmósfera crispada. Para rebajar la tensión,
ofreció diálogo político, anunció la austeridad de los gastos corrientes
y prometió aumentar las partidas sociales. Igualmente temprana fue la
decisión más crítica de su mandato: involucrar en los operativos de
seguridad, primero en Michoacán, al poco en Tijuana y posteriormente
en los demás estados golpeados por la narcoviolencia, a la Policía
Federal y el Ejército. La estrategia de militarizar la ofensiva contra las
redes mafiosas, justificada por el presidente por la agresividad de unas
bandas que se disputaban a sangre y fuego el control de territorios
enteros, resultó infructuosa a pesar del número de capos capturados
y, peor aún, exacerbó los niveles de violencia; en 2010, el año del
Bicentenario, hubo más de 15.000 asesinatos relacionados con el
crimen organizado. 2009 fue un año de disgustos políticos y
económicos, con la derrota del PAN en las legislativas, anticipo de la
debacle que vendría en 2012, y el zarpazo, breve pero muy intenso,
de la recesión mundial, que empujó hacia arriba la desocupación y la
pobreza. En el plano exterior, Calderón destacó en los esfuerzos
contra el calentamiento global, fue coartífice de la Alianza del Pacífico
y mantuvo una relación de altibajos con Estados Unidos, el vecino
cliente de cuatro quintas partes de las exportaciones mexicanas y
proveedor de la mitad de sus importaciones. Del Gobierno Bush el
presidente esperaba una mayor asistencia en la lucha antinarcóticos
así como un enfoque no meramente represivo de la inmigración
clandestina, pero no los irritantes análisis de México como un «Estado
fallido» y en proceso de «colombianización».
GOBIERNO DE ENRRIQUE PEÑA NIETO
El Partido Revolucionario Institucional, antaño todopoderoso pero
ahora en la oposición, se decantó a finales de 2011 por el fotogénico
gobernador del Estado de México para la empresa de traerlo de vuelta
al Gobierno Federal en las elecciones de 2012, después del histórico
desalojo de 12 años atrás. Enrique Peña Nieto, abogado de 46 años
con un ya largo recorrido en las estructuras priistas desde la base,
convirtió su postulación presidencial en una prueba de fe en la
pregonada renovación de su colectividad, que ya no sería la vieja
maquinaria con pretensiones hegemónicas apegada al autoritarismo,
los fraudes y la corrupción.
El 1 de julio de 2012, sobreponiéndose a un sinfín de polémicas y
cuestionamientos de su sexenio de gestión en el Edomex, donde el
balance de los Derechos Humanos era ciertamente tenebroso , de su
agitada vida sentimental, blanco de chismorreos, y de su misma
aptitud para el cargo al que aspiraba, a fuerza de lapsus verbales y
poses televisivas, EPN consiguió convencer a una mayoría de
electores de que él, y no su adversario del izquierdista PRD, Andrés
Manuel López Obrador , encarnaba la alternativa al erosionado
Gobierno conservador de Felipe Calderón y la candidata del PAN,
Josefina Vázquez Mota.
El Pacto debía asegurar el más amplio respaldo político a la ambiciosa
batería de reformas constitucionales de Peña Nieto, además del aval a
su estrategia «integral» y «transversal» en materia de seguridad
ciudadana.
Transcurrido un año desde aquella rúbrica, la presidencia de Peña
Nieto arrojaba un recuento de claroscuros. En 2013 el ímpetu
modernizador del mandatario se sustanció con la aprobación
parlamentaria de las reformas estructurales de la educación, las
telecomunicaciones y la energía. La primera reforma topó con las
resistencias de sectores reaccionarios del Sindicato Nacional de
Trabajadores de la Educación y deparó la detención de su poderosa
líder, Elba Esther Gordillo, cacique intocable del viejo priismo, acusada
de graves delitos. Las estadísticas oficiales, que mostraban un
sensible descenso del número de homicidios , animaron a Peña Nieto
a proclamar la validez, con logros tangibles, de sus operativos zonales
contra los cárteles, sucesivamente descabezados, aunque el Estado
seguía estando lejos de ganar esta lucha militarizada. Además, el
Gobierno afrontó la nueva amenaza que entrañaban las autodefensas
comunitarias rurales, a las que en parte buscó regularizar como
fuerzas parapoliciales. Menos dudas suscitaba el balance provisional
del cuadro económico, decepcionante, pues en 2013 el PIB mexicano
tan solo creció algo más de un punto, pálido reflejo del 6% prometido
por Peña Nieto en la campaña electoral.
A lo largo de 2014, al torrente informativo sobre la debilidad del
crecimiento, subrayada al final del año por la caída de los precios del
petróleo, y el curso de la guerra contra el narco se superpuso un goteo
de noticias, muy inquietante, sobre asesinatos de representantes
políticos, estudiantes y otros ciudadanos que ni eran agentes del
orden ni malhechores de los cárteles.