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KANT: LA RAZÓN PRÁCTICA (ÉTICA FORMAL)
1. La razón práctica y el conocimiento moral
En la “Crítica de la razón pura”, Kant analizó minuciosamente las posibilidades del conocimiento científico, pero
es evidente que el interés de la vida humana no se limita al estudio de la Ciencia y el conocimiento de objetos,
también es importante saber como debemos obrar. Para encontrar los criterios del comportamiento moral, Kant
investigará ahora la razón práctica.
La división entre razón práctica y razón teórica no supone que los humanos tengamos dos tipos distintos de
razón sino que se trata de dos usos distintos de la misma razón. La razón teórica se ocupa de cómo son las
cosas. La razón práctica no estudia lo que ES sino lo que DEBE SER, es decir, cómo tiene que ser la conducta
humana.
No busca los motivos que determinan empírica y psicológicamente la conducta humana, sino los PRINCIPIOS
QUE DEBEN DETERMINARLA SI ESTA CONDUCTA HA DE SER RACIONAL Y POR LO TANTO MORAL.
(Nótese que, contrariamente a Hume, Kant está convencido de que la conducta humana está guiada por la
RAZON y no por los sentimientos).
La diferencia entre los dos tipos de razón también se manifiesta en el tipo de proposiciones que expresan las
leyes propias de cada una de las dos:
- La razón teórica formula JUICIOS
- La razón práctica formula IMPERATIVOS O MANDATOS
2. Las éticas materiales y la crítica kantiana a las éticas materiales.
Históricamente, todas las ÉTICAS habían sido MATERIALES, esto significa:
1. Que todas ellas se planteaban una meta que se debía alcanzar, generalmente la felicidad o el cielo.
Así, la ética epicúrea valora todas las acciones según la utilidad que tengan para conseguir el fin de la
felicidad como ausencia de dolor. Por su parte, la moral cristiana también es material (no “materialista”:
lo contrario de “materialista” es “idealista”, mientras que lo contrario de “material” es “formal”) ya que la
finalidad de alcanzar el cielo es “exterior” al propio ejercicio de la conducta moral.
2. Además, las morales materiales nos dan unos preceptos, unas reglas o instrucciones precisas que
debemos seguir para alcanzar el fin propuesto. Es decir, LAS MORALES MATERIALES TIENEN UN
CONTENIDO CONCRETO.
En definitiva, que todas las morales materiales son morales de bienes y fines, en las que se nos da un código de
acciones buenas y malas. Kant rechaza las morales materiales por los siguientes motivos:
1. SON ÉTICAS EMPÍRICAS, y sus contenidos y preceptos son establecidos “a posteriori”, mientras que
Kant busca una ética que sea UNIVERSAL y por lo tanto, A PRIORI.
2. LOS PRECEPTOS DE LAS ÉTICAS MATERIALES SON HIPOTÉTICOS* es decir, condicionales del
tipo “Si quieres A…. entonces debes hacer B”. Estos preceptos solo sirven como medios para
conseguir algo, y en el momento en que dejes de querer ese algo ya dejan de ser válidos. Ejemplo: un
epicúreo puede decir “no bebas en exceso si quieres tener una vida larga y sana” pero si contestamos
“no quiero tener ese tipo de vida” entonces el precepto ya no es válido.
3. SON ÉTICAS HETERÓNOMAS: RECIBEN LA LEY DESDE FUERA DE LA PROPIA RAZÓN. Los
individuos están así sometidos a la autoridad de “otro”, de alguien distinto a ellos mismos (recordemos
la referencia de Kant a la “culpable minoría de edad” de la humanidad hasta la Ilustración). La moral
que busca Kant ha de ser AUTÓNOMA, y en ella los sujetos deberían darse la ley a sí mismos,
determinarse a sí mismos a obrar de cierta manera, y no ser impulsados por nada exterior.
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*Los imperativos hipotéticos, según Kant, pueden ser de dos tipos: problemáticos, o de la habilidad y
asertóricos, o de la prudencia. Más adelante volveremos sobre ellos.
3. La ética formal de Kant.
A) Cómo es la ética formal.
Puesto que todas las éticas materiales son empíricas, hipotéticas y heterónomas, y una ética que sea
estrictamente racional y universal ha de ser a priori, categórica y autónoma, la ética que se busca ha de
ser formal, es decir, vacía de contenido, y no ha de establecer ningún fin para nuestras acciones ni un
código de conducta con normas determinadas. Sólo contendrá la pura FORMA o estructura, no nos
dice lo que debemos hacer, sino CÓMO debemos actuar. Este “cómo” incluye: actuar con buena
voluntad y hacer las cosas sólo por deber, conforme al imperativo categórico.
B) La Voluntad Buena.
Kant da por hecho que existe la conciencia de obligación moral ya que todos la hemos experimentado
alguna vez. Este sentido de la obligación moral no procede, indudablemente, de nuestros deseos e
inclinaciones (que todos sentimos, ya que somos seres naturales) sino que debe proceder de la razón.
Como vemos, Kant rechaza totalmente los elementos empíricos que podrían afectar a nuestra
conducta, y no considera que pueda ser moral el comportamiento que se guía por ellos. El
comportamiento moral ha de guiarse por la razón y a su vez, la razón debe guiarse por algo que sea
absolutamente bueno (universalizable y no relativo o individual). Según Kant, lo único absolutamente
bueno es la BUENA VOLUNTAD. ¿Cuándo podemos decir que la voluntad es “Buena”? Cuando no
está influida por nada empírico, por ningún interés, ninguna afición, ninguna inclinación, ni tampoco
tiende a una meta o finalidad determinada (sería “voluntad pura”, al modo de la “razón pura”, o bien la
“intención”).
Destaquemos aquí cuatro puntos:
1.ESTA VOLUNTAD ES INDEPENDIENTE DE TODA FINALIDAD Y DE TODA INCLINACIÓN
PARTICULAR, SU UNICO FIN ES CUMPLIR CON SU OBLIGACIÓN ACTUANDO POR DEBER* (ver
más abajo la distinción entre actuar por deber y actuar conforme al deber).
2.El valor moral del deber, o, dicho de otro modo, lo que hace valiosa una acción, es el motivo o
intención de quien la hace, y no el resultado final. Se trata de una ética de la intención y no de una ética
de fines. Lo que hace que un acto (que implique cumplimiento del deber) sea moralmente bueno es
que lo hayamos emprendido absolutamente de buena fe, con buena intención (=Buena voluntad), sin
buscar ninguna satisfacción personal, ni que se nos valore como “buenos”… Ej.: si alguien intenta de
buena fe ayudar a su amigo a llevar un objeto, pero por desgracia tropieza y el objeto se le cae al suelo
y se rompe, actúa de manera moralmente buena, mientras que si otra persona hace lo mismo, con la
finalidad de que todos admiren lo “buena persona” que es, no actúa moralmente bien, incluso aunque
no tropiece y consiga llevar el objeto sin ningún problema.
3. El deber queda establecido por la ley moral: el imperativo categórico
4. El imperativo categórico se nos impone como surgido de nuestra propia razón: por eso es universal y
necesario.
5. Todas estas características (racionalidad, universalidad, objetividad…) crean en nosotros la
admiración y respeto por la ley moral. En último término, es este respeto por la ley moral el que nos
mueve a actuar por deber y cumplir el imperativo categórico. (Lo que demuestra una vez más que los
motivos para actuar salen “de dentro” y no vienen del exterior: son autónomos, no heterónomos).
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C) El Deber.
Kant define el Deber como “la necesidad de una acción por respeto a la ley”, es decir, actuamos por
deber cuando sentimos que una acción es necesaria, no por el bien o la satisfacción que resulten de
ella, sino únicamente por respeto a la ley (sobre este punto recibirá muchas críticas de filósofos más
modernos, que consideran que no es correcto eliminar toda referencia a la finalidad de nuestros actos,
ya que los humanos vivimos en comunidad. Esta nueva corriente, llamada Comunitarismo es
defendida, entre otros, por Alasdair MacIntyre).
Kant excluye así otros dos tipos de conducta:
a) la conducta contraria al deber (que, como es obvio, nunca es aceptable moralmente) y
b) la conducta conforme al deber. Es preciso explicar este caso, ya que puede resultar extraño que
Kant rechace un tipo de comportamiento cuyos resultados prácticos son los mismos que los de las
acciones realizadas “por deber”. Aquí, el sujeto realiza una acción que coincide con lo que le exige el
deber pero por otros motivos diferentes al mero respeto al deber: puede estar actuando por interés o
movido por su inclinación personal.
Ejs.: un comerciante cobra precios razonables por que cree que así tendrá más clientes, alguien que
tiene la oportunidad de robar algo no lo hace por miedo a que le descubran, un ciudadano devuelve un
objeto porque cree que le darán una recompensa y/o ganará fama de “honrado”. En todos estos casos,
aunque la acción coincida con el deber, no es del todo moral ya que tiene una finalidad que va más allá
del mero respeto al deber.
Kant considera también que si nuestra inclinación personal nos lleva por ejemplo a ayudar a los demás
y ello nos hace sentirnos bien, tampoco es un comportamiento del todo moral. De hecho, Kant
considera que cuanto más difícil nos resulte cumplir con nuestro deber, y cuanto más alejado esté de
nuestros intereses e inclinaciones, más moral es nuestra conducta. (Este punto también ha sido
criticado por filósofos posteriores).
En definitiva, que SOLO DEBE IMPULSARNOS A ACTUAR EL SENTIDO DEL DEBER POR SÍ
MISMO, sin tener en cuenta las consecuencias de nuestra acción. Kant definirá la VIRTUD COMO EL
SOMETIMIENTO VOLUNTARIO AL DEBER.
D) La Ley Moral: las máximas y los imperativos. EL IMPERATIVO CATEGÓRICO.
Ya vimos que, según Kant, el Deber es la obligación de realizar una acción, y que la obligación moral
procede de la Ley Moral. Ahora bien, ¿de dónde procede esta ley moral? DE LA RAZÓN YA QUE SÓLO
ASÍ PUEDE TENER VALIDEZ UNIVERSAL Y PUEDE SER RECONOCIDA COMO LEY POR CUALQUIER
PERSONA. Recordemos una vez más que los deseos y las inclinaciones naturales varían mucho de unas
personas a otras, por lo que no pueden ser universalizables.
Ahora Kant va a investigar los tipos de mandatos morales:
Las máximas son principios subjetivos que rigen el comportamiento de cada persona. Pueden ser de dos
tipos: materiales y formales, sólo estas últimas (a priori) hacen que la condcta humana sea moral.
a) Cuando son concretas y dan instrucciones sobre cómo hacer las cosas y se proponen un fin, entonces
tienen un contenido empírico, son materiales, y son imperativos hipotéticos: su forma es “si quieres A
entonces haz B” (es la misma forma de los Juicios hipotéticos, los de causalidad, en la “Crítica de la Razón
Pura”). Pueden ser de dos clases:
a.1. Imperativos problemáticos o de la habilidad, pueden mandar cualquier cosa, incluso algo que sea algo
malo. Ej.: “Si quieres cometer una estafa… hazte el tonto y trata de llamar la atención de alguna persona de
edad avanzada”.
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a.b. Imperativos asertóricos o de la prudencia: mandan cosas que se quieren “por naturaleza”. Ej: “si
quieres ser feliz, evita pelearte con la gente”. “Si quieres tener buena salud, haz ejercicio”. Como ya hemos
dicho, no son mandatos morales puesto que se proponen una meta “exteror” a la propia acción.
b) EL IMPERATIVO CATEGÓRICO (sólo hay uno, aunque se formule de varias maneras diferentes) ES UN
MANDATO FORMAL E INCONDICIONADO, QUE MANDA REALIZAR UNA ACCIÓN POR SÍ MISMA Y NO
PARA ALCANZAR UNA META. Debemos cumplir con estos mandatos SÓLO POR DEBER.
La formulación más famosa del imperativo categórico aparece en la “Fundamentación de la metafísica de
las costumbres” y dice así:
“Obra siempre de tal manera, que la puedas querer que la máxima que rige tu vida se convierta
en una ley universal”.
Esto significa que cada vez que hacemos algo que pueda calificarse moralmente, tenemos que pensar
¿puedo desear que todo el mundo actúe siempre igual que yo lo estoy haciendo ahora? ¿Puedo desear
que ayudar a otros sea ley universal? ¿Qué cumplir meticulosamente con el trabajo sea una ley universal?
¿Que mentir a cerca de la cualificación profesional sea una ley universal? (¿desearíamos que el médico
que nos atiende hubiera hecho eso?). Podemos ver que es formal: no nos dice qué debemos hacer, y no
subordina la acción a un fin, nos corresponde a nosotros mismos el aplicar este principio general a un
contexto determinado. Lo que sí subraya es la necesidad de universalizar la norma.
Una segunda formulación, extraída del mismo libro, hace hincapié en la dignidad del ser humano:
“Obra siempre de tal manera que utilices a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los
demás, siempre como un fin y nunca como un medio”
Esto implica actuar siempre teniendo presente la dignidad y la importancia de cada ser humano, sin caer en
la tentación de utilizar, manipular, engañar…. a otras personas con el fin de extraer de ellos un beneficio
personal. También nos hace tener presente nuestra propia dignidad, lo que supone apartarnos de
determinados comportamientos que podrían rebajarnos como personas. En palabras de Kant, el ser
humano tiene valor, pero no tiene precio.
Una tercera formulación es esta:
“Obra siempre de tal manera que la voluntad pueda considerarse a sí misma como legisladora
universal”
Lo cierto es que si todos actuaran así, viviríamos en un mundo totalmente democrático en el que cada un@
sería a la vez el legislador que impone la norma y el que la cumple (recordemos el entusiasmo de Kant con
la Revolución francesa y su proclamación de la “mayoría de edad de la humanidad”). Este ideal es el que
debe guiar nuestros esfuerzos para alcanzar el progreso moral.
EL IMPERATIVO CATEGÓRICO ES UN CRITERIO PARA DECIDIR QUÉ MÁXIMA DE ACCIÓN ES
MORAL Y CUAL NO LO ES. Asumir este tipo de moral implica que cada persona debe estar
permanentemente reflexionando y tomando decisiones sobre cómo aplicar el imperativo categórico en cada
momento. El imperativo es una fórmula, que debe aplicarse a cada situación particular, tal como ocurría con
los conceptos puros o categorías en el ámbito del conocimiento. Estas decisiones debe tomarlas cada un@
por sí mism@ lo cual implica la máxima libertad y autonomía moral.
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E) LA AUTONOMÍA MORAL Y LA LIBERTAD: ES LA RAZÓN LA QUE NOS IMPONE ESTE
IMPERATIVO.
Ya vimos que una de las características que Kant exigía al nuevo tipo de moral era la de que fuese
autónoma, y no heterónoma. Sin embargo , al insistir tanto en que el imperativo “manda” y nos impone
la obligación de actuar de cierta manera, parece estar restringiendo nuestra libertad, ¿cómo combinar
libertad, autonomía y “mandato”? Kant explica que SOMOS NOSOTR@S MISM@S quienes nos
imponemos la norma, quienes elegimos de manera consciente y deliberada cumplir el imperativo
categórico, y eso podemos hacerlo gracias a dos cosas: a que somos seres racionales y a que
tenemos buena voluntad. Es la “admiración y respeto” por la razón y por la ley moral el motor que nos
empuja a elegir actuar moralmente. Kant insiste en que la Libertad es “la piedra angular” de su sistema
moral, debe ser una voluntad libre la que se da a sí misma el principio de actuación moral, y al mismo
tiempo se lo exige.
Al hablar de libertad, Kant distingue dos tipos:
a) Libertad en sentido negativo. Es la que nos hace libre de las “ataduras” de nuestra naturaleza:
los deseos, las pasiones, los caprichos, las inclinaciones (todo lo empírico)… ya que no
somos seres puramente racionales, tenemos una parte que pertenece a la naturaleza, y
debemos ser capaces de controlarla. Es sobre todo una libertad “interior”, como lo era la de
los estoicos, una libertad que nos hace dueños de nosotros mismos, permitiéndonos controlar
nuestros impulsos. Al aplicar la libertad negativa, permitimos que la Razón tome el mando.
b) Libertad en sentido positivo. Esta es la autonomía, la “libertad como legislación”. Este tipo de
libertad es posible porque somos seres racionales, el ser humano es el único ser en la
Naturaleza que puede imponer su propia ley por encima de las leyes naturales y crear su
propia naturaleza, una naturaleza moral. Para Kant, la voluntad libre es lo mismo que una
voluntad que sigue la ley moral, una voluntad sin ley moral estaría “esclavizada” por pasiones
y deseos.
Como vemos, Kant está solucionando así el problema planteado en la tercera antinomia de la
Dialéctica trascendental: la que planteaba si todo está sometido a causas naturales o si existe la
causalidad libre. La respuesta es que dentro de la Naturaleza, todos los fenómenos están
sometidos a causas, pero el mundo de la moral, exclusivamente humano, tiene causalidad libre.
4. Los postulados de la Razón Práctica: Libertad, Dios e Inmortalidad del alma
Después de haber explicado todo lo concerniente a la nueva moralidad, Kant se dedica a analizar cuales
son las condiciones que hacen posible el ejercicio de la moralidad. Ahora va a recuperar las tres “ideas
trascendentales” de Dios, Inmortalidad y Causalidad Libre. Las llama “postulados” porque no son
demostrables, no son accesibles al conocimiento conceptual (ya lo habíamos visto en la “Crítica de la
Razón Pura”) y él las toma como supuestos, como condiciones previas, necesarias para la moral
El primer postulado es, como ya hemos visto, el de la Libertad, sin ella no sería posible la moralidad ni el
uso libre de la razón. La libertad es necesaria en un mundo de seres racionales, independientes de la
Naturaleza y legisladores de la ley moral. De la idea de Libertad dependen las ideas de Inmortalidad del
alma y Dios.
Hemos visto que la voluntad debe elegir actuar por deber sin plantearse las consecuencias, y por lo tanto,
sin proponerse alcanzar la felicidad (que es a lo que aspiramos “por naturaleza”, según la ley natural), sin
embargo, Kant cree que la vida moral es la más digna de felicidad y sería muy injusto que una vida moral
no nos condujese a ella.
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El bien supremo es la unión de moralidad y felicidad, pero como la vida humana es finita, no siempre (de
hecho casi nunca) llegamos a alcanzar la felicidad antes de nuestra muerte. Por eso la moralidad exige
creer racionalmente en una existencia infinita (inmortalidad) que nos permita alcanzar esa felicidad.
Por otro lado, debe existir un Ser Supremo que garantice el acuerdo entre la ley moral y la ley natural. Así,
es posible creer racionalmente en un Dios que sea causa de la naturaleza y de las condiciones para el
acuerdo entre ella y la moral. En Dios, el “Ser” y el “Deber Ser” se identifican y se da una unión perfecta
entre virtud y felicidad.
Para terminar, señalemos el “círculo” que se ha completado en la filosofía kantiana: si bien en la “Crítica de
la Razón Pura” había “expulsado” a las tres ideas metafísicas del ámbito del conocimiento, Kant las
recupera nuevamente en la Razón Práctica, admitiendo que son indemostrables (por eso son postulados)
pero que sentimos una atracción irresistible hacia ellas que nos impide (¡) olvidarnos por completo de ellas:
una frase del propio Kant dice que “siempre volvemos a la metafísica, como a una amada con la que
hubiéramos tenido alguna desavenencia”.
Bibliografía:
Hª de la Filosofía, ed. Ecir, 1998.
Hª de la Filosofía, ed. Eikasía, 2005.