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Cuidaos Del Orgullo

Este documento describe el orgullo como el pecado más destructivo. Explica que el orgullo causa enemistad hacia Dios y hacia los demás, y que fue el orgullo lo que hizo caer a Lucifer y al pueblo nefita. También señala que el orgullo fomenta la competencia y la desobediencia, y que aleja a las personas de Dios y de sus semejantes.

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Cuidaos Del Orgullo

Este documento describe el orgullo como el pecado más destructivo. Explica que el orgullo causa enemistad hacia Dios y hacia los demás, y que fue el orgullo lo que hizo caer a Lucifer y al pueblo nefita. También señala que el orgullo fomenta la competencia y la desobediencia, y que aleja a las personas de Dios y de sus semejantes.

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CUIDAOS DEL ORGULLO

Pdte. Ezra Taft Benson

Doctrina y Convenios nos dice que el Libro de Mormón es el registro de


”un pueblo caído” (D. y C. 20:9). ¿Y por que cayó ese pueblo? Ese es uno
de los mensajes principales del Libro de Mormón. Mormón mismo da la
respuesta en los últimos capítulos del libro con estas palabras:

“He aquí, el orgullo de esta nación, o sea el pueblo de los nefitas, ha sido
la causa de su destrucción a menos que se arrepientan.” (Moroni 8:27.)

Y luego, no sea que podamos perder el significativo mensaje del Libro de


Mormón que nos legó ese pueblo caído, el Señor nos advierte en Doctrina
y Convenios:” Cuidaos del orgullo, no sea que lleguéis a ser como los
nefitas de la antigüedad” (D. y C. 38:39).

En el concilio preterrenal, fue el orgullo lo que hizo caer a Lucifer, el hijo


de la mañana (2 Nefi 24:12-15; D. y C. 76:25-27; Moisés 4:3). Al llegar el fin
de este mundo, cuando Dios purifique la tierra con fuego, los orgullosos
serán quemados como estopa y los mansos heredaran la tierra (3 Nefi
12:5, 25: 1; D. y C. 29:9; JS-H I :37; Malaquías 4:1).

La mayoría de nosotros piensa en el orgullo como egoísmo, vanidad,


jactancia, arrogancia o altivez; aunque todos estos son elementos que
forman parte de ese pecado, su núcleo no está en ellos.

La característica principal del orgullo es la enemistad: enemistad hacia


Dios y enemistad hacia nuestros semejantes. Enemistad significa”
aversión, odio, resentimiento” u oposición. Es el poder por el cual
Satanás desea dominarnos.

El orgullo en su naturaleza fomenta la competencia. Oponemos nuestra


voluntad a la de Dios. Cuando lo hacemos blanco a Él de nuestro orgullo,
es con la actitud de decir: “Que se haga mi voluntad y no la tuya”. Como
dijo Pablo, “todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús’ ‘
(Filipenses 2:21).

Nuestra voluntad en competencia con la de Dios deja que nuestros


deseos, apetitos y pasiones corran desenfrenados (Alma 38:12; 3 Nefi
12:30).

Nuestra enemistad contra Dios puede ir marcada con etiquetas variadas,


como la rebelión, la dureza de corazón, la dureza de cerviz, la impiedad, la
vanidad, la facilidad para ofenderse y el deseo de recibir señales. Los
orgullosos quieren que Dios este de acuerdo con ellos; pero no tienen
interés en cambiar de opinión para que la suya este de acuerdo con la de
Dios.

Otro aspecto importante de este pecado tan prevaleciente es la enemistad


hacia nuestros semejantes. Diariamente nos vemos tentados a elevarnos
por encima de los demás y disminuirlos a ellos (Helamán 6: 17; D. y C.
58:41).

Los orgullosos hacen de toda persona su adversario oponiendo a los


demás su intelecto, opiniones, trabajos, posesiones, talento y otros
valores mundanos. Según las palabras de C. S. Lewis: ”El orgullo no
encuentra placer en poseer algo, sino en poseerlo en mayor cantidad que
el vecino. . . Lo que nos enorgullece es la comparación, el placer de
colocarnos por encima de los demás. Una vez que desaparece el
elemento de competencia, el orgullo deja de existir.” (Mere Christianity,
Nueva York: Macmillan, 1952, págs. 109-1 10.)

En el concilio preterrenal, Lucifer presentó su propuesta en competencia


con el plan del Padre, por el que Jesús abogaba (Moisés 4: 13). Lucifer
quería recibir honor por encima de todos los demás (2 Nefi 24:13). En
resumen, su orgulloso deseo era destronar a Dios (D. y C. 29:36; 76:28).
Las Escrituras están repletas de evidencias de las graves consecuencias
que trae el pecado del orgullo al hombre individualmente o en grupos, a
las ciudades y las naciones. ” Antes del quebrantamiento es [el orgullo]”
(Proverbios 16:18). Eso fue lo que destruyó a la nación nefita y a la ciudad
de Sodoma (Moroni 8:27; Ezequiel 16:49-50).

Por el orgullo Cristo fue crucificado. Los fariseos estaban irritados


porque Jesús proclamaba ser el Hijo de Dios, lo cual ponía en peligro la
posición de ellos, y por eso tramaron su muerte (Juan 11:53).

Saúl se convirtió en enemigo de David por causa del orgullo. Estaba


celoso porque la multitud de las mujeres de Israel cantaban diciendo:
”Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles” (I Samuel 18 6-8).

Los orgullosos temen más al juicio de los hombres que al juicio de Dios
(D. y C. 3:6-7; 30: 1-2; 60:2). La idea” Que pensaran los demás” pesa mas
para ellos que la de “Que pensara Dios de mí”.

El rey Noé estaba a punto de liberar al profeta Abinadi, pero sus malvados
sacerdotes apelaron a su orgullo y esto envió a Abinadí a la hoguera
(Mosíah 17:11-12). Herodes se entristeció ante la exigencia de su esposa
de que le cortara la cabeza a Juan el Bautista; pero su orgulloso deseo de
quedar bien ante los ojos “de los que estaban con él a la mesa” le hizo
mandar matar a Juan (Mateo 14:9; Marcos 6:26).

El temor de los juicios de los hombres se manifiesta en la competencia


que tiene lugar por lograr la aprobación de los demás. Los orgullosos
aman “mas la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (12:42-43).

Cuando el orgullo se apodera de nuestro corazón, perdemos nuestra


independencia del mundo y entregamos nuestra libertad al cautiverio de
los juicios humanos. La voz del mundo resuena mas fuerte que los
susurros del Espíritu Santo. El razonamiento de los hombres triunfa sobre
las revelaciones de Dios y los orgullosos se sueltan de la barra de hierro
(1 Nefi 8:19-28; 11:25; 15:23-24).
El orgullo es un pecado que se puede observar fácilmente en los demás,
pero que raramente admitimos en nosotros mismos. La mayoría de
nosotros lo considera un pecado de los que están en la cumbre, como los
ricos y los eruditos, mirándonos a nosotros “por encima del hombro” (2
Nefi 9:42). Sin embargo, hay una dolencia mucho más común entre
nosotros, y es la del orgullo de los que están abajo mirando hacia arriba;
este se manifiesta de diversas formas, como la critica, el chisme, la
calumnia, la murmuración, la pretensión de gastar mas de lo que
tenemos, la envidia, la codicia, la supresión de la gratitud y el elogio que
podrían elevar a otro, y el rencor y los celos.

La desobediencia es esencialmente una lucha orgullosa por el poder en


contra de alguien que tiene autoridad sobre nosotros. Puede tratarse de
los padres, de un líder del sacerdocio, de un maestro y hasta de Dios. El
orgulloso aborrece la idea de que haya alguien que este por encima de él,
pues piensa que esto rebaja su propia posición.

El egoísmo es uno de los aspectos más comunes del orgullo. “La forma
en que todo me afecta a mí” es la idea central de lo que es importante
para la persona: el orgullo de quien es, la autocompasión, el interés por la
fama del mundo, la gratificación de los deseos personales y de los
propios intereses.

Otro aspecto del orgullo es la contención. Las discusiones acaloradas,


las peleas, el dominio injusto, las grandes brechas entre las
generaciones, el divorcio, el abuso de cónyuges, los tumultos y
disturbios, todos encajan en esta categoría del orgullo.

La contención en la familia aleja de ella al Espíritu del Señor; también


aparta a muchas personas de su familia. Su expresión varía desde una
palabra hostil hasta los conflictos mundiales. Las Escrituras nos dicen
que ”[el orgullo] concebirá contienda” (Proverbios 13: 10; 28:25).

Las Escrituras testifican que los orgullosos se ofenden fácilmente y


guardan rencor por las ofensas (1 Nefi 16: 1-3). Se niegan a perdonar a fin
de mantener a la otra persona en el papel de deudor y de justificar sus
malos sentimientos.
El orgulloso no acepta mansamente los consejos ni la corrección (véase
Proverbios 15:10; Amós 5:10). Se pone a la defensiva para justificar sus
debilidades y sus faltas (Mateo 3:9; Juan 6:30-59).

El orgulloso depende del mundo para que le diga si vale algo o no.

Si amamos a Dios, hacemos su voluntad y tememos su juicio más que el


del hombre, sentiremos autoestima.

El orgullo es un pecado condenatorio en todo el sentido de la palabra y


limita o detiene el progreso (Alma 12:10-11). El orgulloso no es maleable
de enseñar (1 Nefi 15:3, 7: 11); no cambia su manera de pensar para
aceptar la verdad, porque eso implicaría que ha estado equivocado.

El orgullo afecta todas nuestras relaciones: la que tenemos con Dios y


sus siervos, la de marido y mujer, de padres e hijos, de patrón y
empleado, de maestro y alumno, y de toda la humanidad. Según el nivel a
que este nuestro orgullo, así trataremos a Dios y a nuestros hermanos.
Cristo quiere elevarnos a su propia altura. ¿Deseamos nosotros lo mismo
para nuestros semejantes?

El orgullo apaga nuestro sentido de que descendemos de Dios y que


todos somos hermanos; nos separa y divide en clases, de acuerdo con
nuestras “riquezas” y nuestras oportunidades de educación académica (3
Nefi 6: 12). La unidad es imposible entre un pueblo orgulloso, y a menos
que seamos uno, no somos del Señor (Mosíah 18:21; D. y C. 38:27, 105:2-
4; Moisés 7:18).

Pensad en lo que nos ha costado el orgullo en el pasado y en el precio


que pagamos por el ahora, nosotros mismos, nuestra familia, la Iglesia.

Pensad en el arrepentimiento que existiría con un cambio en la vida de las


personas, con matrimonios sólidos, con hogares fuertes si el orgullo no
nos impidiera confesar nuestros pecados y abandonarlos (D. y C. 58:43). ,
Pensad en los muchos miembros de la Iglesia que son menos activos
porque han sido ofendidos y su orgullo no les permite perdonar ni
sentarse a comer a la mesa del Señor.
Pensad en cuanto aumentaría la obra del templo si fuera más importante
dedicarnos a ese servicio sagrado que a los diversos intereses vanos que
nos roban el tiempo.

El orgullo es el pecado universal, el gran vicio.


Si, es el pecado universal, el gran vicio.

Su antídoto es la humildad, la mansedumbre, la docilidad (véase Alma


7:23). Es el corazón quebrantado y el espíritu contrito (3 Nefi 9 20, 12- 19;
1) y C 20:37, 59:8; Salmos 34:18; Isaías 57: 15, 66:2). Como lo expresó tan
acertadamente Rudyard Kipling en un himno:

“Huecos los gritos y el clamor,


los reyes vano poder son.
Este sacrificio quiere el Señor:
un contrito y humilde corazón.
“Dios de las huestes, gran Jehová,
no nos permitas olvidar,
no nos permitas olvidar.”
(Traducción libre. Véase “Dios de nuestros padres”, Himnos, 113.)

Dios quiere un pueblo humilde. Podemos elegir entre ser humildes por
decisión propia o porque se nos obligue a serlo. Alma dijo: “Benditos son
aquellos que se humillan sin ser obligados a ser humildes” (Alma 32: 16).
Por lo tanto, tomemos la decisión de ser humildes.

Podemos ser humildes venciendo la enemistad hacia nuestros hermanos,


amándolos como a nosotros mismos y elevándolos hasta nuestra altura o
por encima de nosotros (D. y C. 38:24; 81:5; 84:106).
Podemos ser humildes aceptando los consejos y las amonestaciones que
se nos dan (Jacob 4:10; Helamán 15:3; D. y C.63:55, 101:4-5, 108:1;
124:61, 84; 136:31; Proverbios 9:8).

Podemos ser humildes perdonando a aquellos que nos hayan ofendido (3


Nefi 1 3: 11, 14; D. y C. 64: 10).

Podemos ser humildes sirviendo con abnegación (Mosíah 3:16-17).

Podemos ser humildes cumpliendo misiones y predicando la palabra que


hará humildes también a otras personas (Alma 4:19; 31 :35; 48:20).

Podemos ser humildes asistiendo con más frecuencia al templo.

Podemos ser humildes confesando y abandonando nuestros pecados y


naciendo nuevamente de Dios (D. y C. 58:43; Mosíah 27:25-26; Alma 5:7-
14, 49).

Podemos ser humildes amando a Dios, sometiendo nuestra voluntad a la


suya y dándole a Él el lugar de prioridad en nuestra vida (3 Nefi 11: 11,
13:33; Moroni 10:32).

El orgullo es la gran piedra de tropiezo para Sión.


Repito, el orgullo es la gran piedra de tropiezo
para Sión.

Debemos limpiar lo interior del vaso venciendo el orgullo (Alma 2 4;


Mateo 23:25-26).

Debemos someternos “al influjo del Espíritu Santo”, despojarnos “del


hombre natural” orgulloso, convertirnos en santos por medio de ”la
expiación de Cristo el Señor” y volvernos como niños: sumisos, mansos,
humildes (Mosíah 3:19; Alma 13:28).

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