Capitulo 2
Capitulo 2
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TEXTOS DE APOYO
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C o n s e j o N a c i o n a l d e l a J u d i c a t u r a
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LA FUNCIÓN DE LAS GARANTÍAS EN LA ACTIVIDAD
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PROBATORIA
e
Perfecto Andrés Ibáñez (Magistrado)
j
o
I. INTRODUCCIÓN
N
un topos central del discurso de quienes se ocupan del proceso penal,
a
tanto si lo hacen en una perspectiva doctrinal como cuando su dedicación
es preferentemente práctica.
c
Y en el plano empírico, es ya una obviedad decir que la
i
jurisprudencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, como la de
o
amparo del Tribunal Constitucional relativa al derecho punitivo, versa
esencialmente sobre cuestiones procesales que guardan relación
n
precisamente con eventuales quebrantamientos de los límites legales
a
impuestos al ejercicio de la acción penal.
l
Mientras tanto, resulta curioso observar que si los textos sobre
el proceso penal producidos en estos años se han hecho eco de la nueva
problemática, con el resultado de enriquecer el tratamiento de las
d
exigencias que la disciplina constitucional del proceso proyecta sobre
los distintos medios de prueba, suelen ser menos frecuente, o faltar sin
e
más, los intentos de aproximación al significado global de las garantías.
Al papel que están llamadas a desempeñar, no sólo como límite (ético-
político) frente a eventuales excesos del poder, sino, y diría que sobre
l
1 P. Ferrua, Contradittorio e veritá nel processo penale, en Studi sul processo penale. II. Anamorfosi del
a
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la prueba.
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la tortura.
e
disponibles para tal fin. El proceso como monólogo, puesto que tiene
o
2 L. Ferrajoli, Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, trad. de P. Andrés Ibáñez, J. C. Bayón, R.
C
Cantarero, A. Ruiz Miguel, J. Terradillos, Trotta, Madrid, 5º ed. 2001, págs. 45-45.
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un único sujeto: el sujeto activo.
s
e
Como es sabido, los abusos a que dio lugar este régimen,
condujeron, por un lado, en la instrucción, a una reglamentación de la
j
tortura; y, por otro, en el enjuiciamiento propiamente dicho, al sistema
o
de valoración legal de la prueba.
N
caso; y por motivos de eficacia probatoria en el segundo, que buscaba
a
la acomodación del juicio a reglas de experiencia de supuesta validez
universal.
c
Tales temperamentos no consiguieron eliminar la profunda
i
inhumanidad e irracionalidad del modelo, reiterada y eficazmente puesta
o
de manifiesto por el pensamiento ilustrado. A este respecto es significativo
que las críticas se centren, desde luego, en el primer aspecto. Pero
n
también, de manera bien patente, en el segundo: el proceso inquisitivo,
a
además de ser cruel, no conduce a la verdad. Ni siquiera con la
introducción de la prueba tasada.
l
Así, es evidente que la propuesta ilustrada –no obstante la
ingenuidad de su concepción de la ley y del papel del juez- responde,
d
no sólo a imperativos de carácter ético, sino también de forma clara a
e
exigencias de naturaleza epistemológica.
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t
acusación.
a
determinadas reglas.
3 F. Carrara, Programa de derecho criminal, trad. de J.J. Ortega y J. Guerrero, Temis, Bogotá, 1957, II,
pág. 381.
.
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A tal punto es esto importante, que la concepción del Estado
s
constitucional del derecho y, precisamente, en virtud de esa exigencia,
e
ha reservado al juez un particular estatuto de independencia, rodeando
el ejercicio de su función de determinadas garantías orgánicas
j
funcionales a aquel objetivo. Tales garantías, en cuyo análisis no cabe
o
entrar aquí, representan el presupuesto o antecedente institucional de
las garantías procesales en sentido propio, en la medida en que son
condiciones de posibilidad de estas últimas. Y tienen como finalidad
poner al juez al reparo de influencias que pudieran separar su actividad
N
de aquel objetivo. En general, puede decirse que las garantías procesales
a
son los elementos configuradores del modelo teórico identificado como
proceso acusatorio.
c
Ferrajoli 5 las ha sistematizado del modo siguiente:
i
o
A) Garantías primarias (o epistemológicas):
n
a) Formulación de la acusación.
a
b) Carga de la prueba para el acusador.
c) Derecho de defensa del imputado.
l
B) Garantías secundarias:
d
a) Publicidad.
e
b) Oralidad (inmediación y concentración).
c) Legalidad del proceso (nulidad).
d) Motivación. l
(y) aunque para el reo lo sea, siempre será un problema para los demás”6.
Precisamente en eso consiste el papel de la defensa: la problematización
t
de lo que se presenta como tesis, pero que constituye sólo una hipótesis
u
de trabajo.
r
5 L. Ferrajoli, op. cit., págs. 606 y ss., que se han seguido en la redacción de este apartado.
.
a
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t
llamar la atención.
N
7Cfr. al respecto M. Menna, Lógica e femonenologia della prova, Jovene, Napoli, 1992, págs. 141 y ss.
.
8 A. Giuliani, Il concetto di prova. Contributo alla logica giuridica, Giuffré, Milano, 1971, pág. 10
C
9 B. Mortara Garavelli, Manual de retórica, trad. M. J. Vega, Cátedra, Madrid, 1991, pág. 19.
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Pero, por lo demás, el método acusatorio, fundado en el
s
principio de contradicción es en su esencia el que se sigue en la
e
investigación científica. El más adecuado, desde un punto de vista
epistemológico, para la reconstrucción fiel de los hechos a que tiende
j
como objetivo el proceso penal.
o
Naturalmente, la búsqueda de la verdad que tiene lugar en el
proceso no es una búsqueda cooperativa, porque es evidente que el
imputado (en el caso de ser efectivamente culpable) carecerá del mínimo
N
interés en contribuir al éxito de semejante empresa. Pero el modelo
a
funciona objetivamente, al margen y por encima de la intención de las
partes, en la medida en que pueden interrogar y debatir con libertad,
c
y el tribunal forma su convicción en la percepción directa de los
argumentos10.
i
o
De ahí la importancia del juicio oral; y lo importante que
resulta, en consecuencia, que el desarrollo de éste no resulte interferido
n
o contaminado por actuaciones precedentes ajenas a él.
a
V. DESARROLLO COGNOSCITIVO DE LA ACTIVIDAD
l
PROBATORIA.
d
acusatorio tiene en su punto de partida una falacia, en la que prevalece
sobre el aspecto epistemológico del juicio, la pretensión de garantía
e
frente al ejercicio del poder.
de comprobación.
t
11Cfr. I.M. Copi, Introducción a la lógica, trad. de N. MIGUEZ, Eudeba, Buenos Aires, 1962, pág. 65.
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de inocencia.
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las premisas.
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En cambio, en el razonamiento inductivo, la conclusión aporta
s
información que no se hallaba en las premisas. Lleva el conocimiento
e
más allá de lo que se sabía previamente, pero en ese salto hacia delante
hay un riesgo. De ahí la importancia del rigor en la inferencia y de que
j
exista clara conciencia de la calidad de verdad (verdad probable) que
o
es posible obtener por este medio. En el caso de la inferencia judicial,
a las reglas que deben presidirla en tanto que inferencia inductiva se
yuxtaponen las que regulan el procedimiento probatorio desde el punto
de vista procesal. Estas se orientan esencialmente a preservar el momento
N
del juicio de influencias externas, con objeto de que sea lo actuado en
a
él la auténtica fuente del conocimiento judicial en lo relativo a la
cuestión de hecho.
c
A este respecto, salta a la vista que la Ley de Enjuiciamiento
i
Criminal expresa una preocupación que se traduce en predisponer una
o
serie de cautelas que son garantía de la calidad de conocimiento.
n
Así, las que en el sumario tratan de asegurar los vestigios del
a
delito, disponiendo que se documenten, describiéndolos, todos los datos
existentes al respecto (Arts. 326, 327 y 334). Y las que prevén la
l
conservación de los instrumentos de aquél (Art. 338) con el fin de
hacerlos llegar al acto del juicio.
d
En el mismo sentido, las reglas que presiden la identificación
e
mediante ruedas de reconocimiento (Art. 369). Las que imponen al
juez indagar la autenticidad de la confesión del indagado; y contrastar
con otras fuentes de información los datos que aporte al respecto (Art.
406).
l
a
(Art. 717).
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falsa13.
u
LA ACTIVIDAD PROBATORIA
Ley Orgánica del Poder Judicial, Art. 248,3, requiere que las sentencias
contengan lo que se llama “antecedentes de hechos” y también los
“hechos probados”.
l
hecho de las mismas, puesto que, por ejemplo, se recogen los títulos
de imputación, pero nunca los antecedentes fácticos de la calificación
a
provisional.
N
12Tomo la expresión de C. G. Hempel, Filosofía de la ciencia natural, trad. de A. Deaño, Alianza Editorial,
Madrid, 1973, pág. 93.
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están destinadas a ser públicas; es decir a ser entendidas por el público.
s
Porque tienen un destinatario colectivo que va más allá de las partes
e
directamente interesadas.
j
Siendo así, la intensidad y el alcance de la motivación están
o
dados por las características mismas del acto decisorio.
N
pronunciamiento acerca de los hechos. De modo que es sobre todo el
a
motivo, el porqué, de dar por ciertos unos determinados, lo que tendrá
que explicarse para que la resolución pueda decirse realmente motivada
c
y para que pueda ser convincente. O eficazmente discutida como no
convincente. Por eso, creo que es este contexto en el que debe interpretarse
i
el deber de dejar constancia de los “antecedentes de hecho”.
o
Parece evidente que con la expresión no se hace referencia a
n
los datos fácticos pre-procesales, es decir a los constitutivos de la notitia
a
criminis que desencadenó en su momento la investigación judicial.
Sino a datos intra-procesales de carácter fáctico, que son un precedente
l
discursivo de los hechos que posteriormente se consignan como probados.
Por tanto, a la dinámica procesal relativa a la determinación de los
primeros como premisa de un conjunto de inferencias que permiten
d
llegar a los segundos. En definitiva al desarrollo concreto de la actividad
e
probatoria y a cómo ésta se ha traducido en la convicción judicial, cuyo
resultado se exterioriza a renglón seguido en un capítulo de “hechos
probados”. l
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probatorios y del rigor del proceso inferencial que lleva de éstos a los
hechos probados.
e
14 Cfr. J. Fernández Entralgo, La motivación de las resoluciones judiciales en el proceso penal: doctrina
del Tribunal Constitucional, en Poder Judicial, número especial IV, dedicado a “Protección jurisdiccional
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n
las del anterior (Puerta Luis, 11 marzo 1993), se le considera circunscrito
s
exclusivamente al ámbito de la valoración de la prueba y se entiende
e
que carece de expreso reconocimiento legal o constitucional (entre
muchísimas, por ejemplo, Puerta Luis, 24 junio 1993). Entra en juego
j
cuando, habiéndose producido prueba de cargo y prueba de descargo,
o
resulta preciso sopesar una y otra para tomar la decisión.
N
valorativa al de instancia. Por eso no cabe casación en la materia. Salvo
a
que la duda, la incertidumbre del juzgador, tenga expresión en la
sentencia (Ruiz Vadillo, 6 julio 1992).
c
En algún caso se ha entendido (Bacigalupo Zapater, 6 julio
i
1992) que cabe distinguir en materia de in dubio pro reo, lo que sería
o
la “convicción del tribunal sobre la prueba de los hechos”; de lo relativo
al “aspecto normativo del principio”, es decir “si el tribunal aplicó la
n
norma que le indica que en caso de duda debe absolver o inclinarse por
a
la hipótesis más favorable al acusado”. Este aspecto normativo del
principio sí sería susceptible de casación, al amparo del Art. 24,2 CE.
l
2. Tajante distinción entre prueba directa (o “de cargo”, se
dice a veces) e indirecta.
d
e
Por esta segunda, como es sabido, se entiende la que a partir
de la acreditación de un determinado hecho (indicio), que no es típico,
mediante un razonamiento (deductivo en la terminología predominante
en la Sala Segunda), se llega a la determinación como efectivamente
l
cit.).
i
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n
droga ilegal en su domicilio, estimado como medio de prueba
s
independiente y no viciado de nulidad. (Por todas, Martín Pallín, 3
e
diciembre 1991).
j
VIII. VALORACIÓN CRÍTICA
o
1. Presunción de inocencia e “in dubio pro reo”.
N
inequívocamente como derecho fundamental a partir de la sentencia
a
del Tribunal Constitucional de 28 de junio de 1981, lo es en la medida
en que se le considera una garantía esencial e imprescindible para el
c
imputado en el proceso. Y lo es por la razón ya expuesta de haber sido
asumido como “criterio base de la gnoseología judicial” 15 .
i
o
En este sentido, la profunda trascendencia material de la opción
del legislador no puede ser mas evidente, puesto que no se detiene en
n
la exigencia de una observancia ritual de determinadas reglas, sino que
a
reclama una actividad que, si está reglada, lo es con la finalidad de
hacer posible la formación de una convicción racional y racionalmente
l
expresable.
d
presunción de inocencia supone básicamente que el juez ha de tomar
la acusación como simple hipótesis, que sólo puede llevarle a la
e
afirmación de culpabilidad a través de la comprobación cuidadosa del
fundamento de todos y cada uno de los elementos de la imputación en
el curso de la dialéctica probatoria.
l
a
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t
reo sería una especie de válvula usada por la alta instancia para
N
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o
n
provisional o absolución en la instancia, por estimar insuficiente la
s
prueba de cargo.
e
En definitiva, no me parece correcto remitir, como suele
j
hacerse, la incidencia del principio in dubio pro reo al ámbito de la
o
valoración (que no de la existencia) de la prueba, considerándolo algo
ajeno a la presunción de inocencia.
N
consistencia de cada medio probatorio, no se encuentra jurídicamente
a
vinculado por otro imperativo que el de racionalidad motivada y
justificable de las distintas aportaciones probatorias. Por eso, su relación
c
con el principio de presunción de inocencia es de la misma naturaleza
que la que guarda con el in dubio pro reo, en la medida que éste no
i
constituye una regla de juicio autónoma en relación con el anterior.
o
Incluso dando por cierto que entre ambos cupiera una
n
diferenciación por razón de su naturaleza, lo que no creo, siempre
a
tendrían que operar a partir del resultado de tal valoración. Es decir,
después de16 realizada. Pues la decisión sobre el hecho17 está jurídicamente
l
condicionada y, precisamente, por el principio de presunción de inocencia,
que impone dar un determinado sentido a la decisión cuando la prueba
se ha valorado como inexistente y en el caso de duda acerca de su
d
suficiencia.
e
Este punto de vista tiene también reflejo, en lo fundamental,
en alguna jurisprudencia. Así, en Bacigalupo Zapater, 6 julio 1992, que
lo expresa por la vía de distinguir, como antes se expuso, dentro del
l
16Un después que debe tomarse como referencia a un momento lógico o metodológico, no estrictamente
u
cronológico.
17 Cfr. G. Illuminatti, op. cit., pág. 77 y ss.
18 E. Bacigalupo Zapater, La impugnación de los hechos probados en el recurso de casación penal,
r
pág. 27.
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un hecho.
l
con el thema probandum, pero que por la relación que guarda con él
d
el thema probandi24.
i
20 Tomo la expresión de L. Muñoz Sabaté, Técnica probatoria. Estudio sobre las dificultades de prueba
n
de S. Sentís Melendo, Lecciones sobre el proceso penal, EJEA, Buenos Aires, 1950).
22F. Cordero, Tre studi sulle prove penali, Giuffrè, Milano, 1963, págs. 7 y ss.
23 Cfr. F. Carnelutti, op. cit., pág. 226 y F. Cordero, op. cit., págs. 12 y ss.
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n
y del testimonio más plástico25, el juez, en la formación de la convicción,
s
tendrá siempre que dar pasos como los constituidos por el análisis del
e
discurso narrativo de aquél, desde el que habrá de remontarse al referente
externo, con objeto de valorar la calidad representativa de sus impresiones,
j
la coherencia de las mismas entre sí y con otros datos.
o
De ahí que resulte ciertamente arriesgado dar por supuesto
que la sola acreditación de la existencia de inmediación garantiza sin
más el rigor de la valoración, dejándola, como habitualmente se hace,
N
a la subjetividad incontrolada del juzgador.
a
El paso del hecho constituido por la declaración testifical, al
c
hecho probatorio narrado y de éste al hecho probado, es siempre una
operación compleja. Que la misma se lleve a cabo con criterio racional
i
exige como presupuesto la existencia de inmediación, pero ésta a su
o
vez tiene sólo un valor instrumental que la hace factor necesario pero
no suficiente para la obtención de certeza.
n
a
En efecto, también el cadí juzga con inmediación, pero su
juicio se legitima por el carisma, no por el razonamiento. Y la existencia
l
y corrección de éste, al contrario de lo que sucede con el carisma, no
pueden presumirse. El razonamiento probatorio ha de expresarse, ha
de verbalizarse, porque es difícil pretender que pueda llegar a darse
d
efectivamente con el rigor requerido, si el juez no actúa ya desde el
e
principio con la clara conciencia de la obligación de rendir cuentas de
la existencia y calidad del mismo26.
Munsterberg: “Hace un par de años, tuvo lugar en Gottinga, un encuentro organizado por una asociación
científica, en el que participaron juristas, psicólogos y médicos, es decir, todas personas habituadas a una
atenta observación. Ocurrió que, casualmente, en la misma calle tenía lugar un desfile de carnaval. De
u
improviso, en el curso de la sesión, las puertas se abrieron de par en par y un clown vestido con un traje
de vivos colores irrumpió en la sala seguido de un negro con un revólver en la mano. Primero uno y luego
el otro, gritaron frases agresivas, después uno cayó por tierra y el otro se le echó encima. Se produjo un
d
disparo. Inmediatamente después ambos abandonaron el lugar. El episodio duró menos de veinte segundos.
Cogió a todos por sorpresa, y ninguno de ellos, a excepción del presidente, se dio cuenta de que la escena
había sido cuidadosamente preparada y fotografiada durante su desarrollo. Parece natural que el presidente
i
pidiera a los presentes que cada uno hiciese un informe sobre el hecho, puesto que la cosa habría podido
tener relevancia judicial. De los cuarenta escritos presentados sólo hubo uno en el que faltaran menos
c
del 20% de los datos caracterizadores del extraño episodio; catorce presentaban lagunas entre el 20% y
el 40%; en doce las lagunas alcanzaban del 40% al 50%; en trece superaban el 50%. Además de las
omisiones, fueron sólo seis personas, sobre cuarenta, las que no refirieron las cosas erróneamente; en
a
veinticuatro de los informes al menos el 10% de lo relatado eran puras invenciones; en diez respuestas
(es decir, una de cada cuatro) más del 10% de lo referido era absolutamente falso. Esto no obstante el
t
hecho de que todos los espectadores de la escena fueran observadores bien adiestrados”. (H.
MUNSTERBERGER, On the Witness Stand. Essays on Psychology and Crime, Nueva York, Clark-Broodman
1908, 51; citado por D. Carponi Shittar, Esame diretto e contraesame nel processo accusatorio, Cedam,
u
y criticar cuidadosamente sus motivaciones y a confrontar sus creencias con la prueba testimonial.”
(Derecho e incertidumbre, tras. De C. M. Bidegain, revisada por G.R. Carrió, con prólogo de J. Cueto Rúa,
a
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racionalidad de ésta.
c
que juzga.
a
reglas, que son las elaboradas por la lógica para esa clase de juicios.
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n
No cabe duda de que la naturaleza de los factores intencionales
s
hará el proceso intelectual dirigido a la determinación de su eventual
e
existencia más delicada y más difícil, pero esto no elimina la necesidad
del esfuerzo de racionalización, sino que, por el contrario, la acentúa.
j
Es decir, justamente lo opuesto de lo que sugieren fórmulas
o
jurisprudenciales como las recogidas, que parecen remitir en tales casos
la formación de la convicción a una especie de arcano indescifrable e
incontrolable, hasta convertirla casi una suerte de experiencia mística.
Como en el caso de la sentencia en la que se expresa, casi con leguaje
N
de copa, que “la determinación de los deseos, intenciones o quereres
a
de las personas es... una tendencia emocional... escondida en lo más
profundo del alma...” (De Vega Ruiz, 18 noviembre 1991).
c
Es cierto que, como se sabe, con semejante opción metodológica
i
–licencias literarias aparte- se buscaba, la extensión del control casacional
o
a la determinación probatoria de tales elementos, mediante su previa
consideración como no fácticos. Pero, al margen de que seguramente
n
ni siquiera esto haría necesario llegar a grados de distorsión del lenguaje
a
y de categorías elementales de la psicología como los producidos en
algunos casos, el precio pagado en términos de pérdida de rigor,
l
confusión conceptual e incluso posible inseguridad jurídica, parece
demasiado alto.
d
4. Acerca de la relativización de la exigencia de prueba.
e
Hay una tendencia, al menos implícita, en alguna jurisprudencia,
a dar a entender que ciertos hechos, por su propia evidencia, podrían
“hablar por sí solos”.
l
a
en los que el juez tendría ante los ojos hechos en cuya plasticidad
u
ser flagrante para el juez y que, si en algún caso llegar a serlo, ello le
impediría actuar como tal, debiendo hacerlo como testigo del hecho
a
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n
al valor, en ningún caso legalmente privilegiado, de los contenidos del
s
atestado y al de las declaraciones testificales de los funcionarios 297
e
y 717 Lecrim).
j
En una palabra, todo lo que constituya el objeto de una
o
afirmación de contenido inculpatorio tendrá que acreditarse
probatoriamente y ser valorado conforme a las reglas de la sana crítica,
con criterios racionales explícitos.
N
5. Sobre el alcance de la nulidad en tema de actividad
a
probatoria.
c
En alguna jurisprudencia tan significativa por su relevancia
como la relativa a las entradas en domicilios, generalmente en asuntos
i
de tráfico de estupefacientes, se ha registrado una interesante evolución.
o
Esta va, desde la clara inaplicación del precepto contenido en
n
el Art. 569,4 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, en su anterior
a
redacción, hasta la consolidación de una seria doctrina que opta por la
declaración de nulidad insubsanable de los registros realizados con
l
incumplimiento de aquella norma.
d
propensión a limitar el alcance de la nulidad, que se manifiesta en la
generosa atribución de la calidad de ajenos o autónomos a ciertos
e
medios de prueba relativos al mismo thema probandum.
como ilícita, siendo esto lo que la hace válida y eficaz como de cargo.
u
ello quiere decir que dejarían de tener relevancia procesal los objetos
a
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a
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t
idea que surge frente a una inobservancia del rito, es que el acto a que
se refiere la inobservancia sea nulo, es decir como no acontecido. Las
prescripciones deben ser claras, simples, y sólo las necesarias,
l
relación con los actos sucesivos, es natural que deba seguirse también
la nulidad de éstos, hasta donde llegue tal nexo, como en una cadena
a
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n
Pues bien, el rigor en la exigencia de cumplimiento de las
s
prescripciones legales al respecto está llamado a cumplir asimismo una
e
función implícita en las otras dos, que es la de inducción a los agentes
estatales a la observancia de aquéllas, mediante la privación de eficacia
j
a los actos irregulares.
o
Esto vale tanto para los funcionarios de policía como para los
jueces que realizan actuaciones ilegales. Y debe proyectarse,
procesalmente hablando, en la declaración de nulidad y consiguiente
N
ineficacia, por la inutilización de los conocimientos mal obtenidos, a
a
efectos de formación de la convicción; en el rechazo de las sentencias
insuficientemente motivadas.
c
De que esto se haga con rigor depende, en buena parte, la
i
regularidad de ulteriores actuaciones; como la irregularidad endémica
o
de muchas de las que habitualmente se producen entre nosotros, depende
de la escasa relevancia y alcance que –en general por razones defensistas
n
que no acostumbran a explicitarse- suele atribuirse a algún género de
a
incumplimientos. A pesar de lo contradictorio y poco edificante que
resulta comprobar que, con frecuencia, y por decirlo con palabras del
l
juez Marshall, “los actos prohibidos y los permitidos tienen igual fuerza
yusiva”28.
d
e
l
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u
r
28 Cit. por F. W. Friendly y M. J. H. Elliot, Frenos y contrafrenos del poder. El ejemplo de los 200 años
a
de Constitución americana, trad. de J. Aparicio Verdoy, Tesys y Bosch, Barcelona 1987, pág. 29.
83
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I. INTRODUCCIÓN
u
allá, o un antes, que tiene que ver con la propia naturaleza del poder
a
en general.
N
1Tratado de las obligaciones del juez, por Maximiliano Murena, jurisconsulto napolitano, traducido del
italiano al francés; y de éste al idioma castellano por D. Cristóbal Cladera. Madrid MDCCLXXXV, por D.
Plácido Barco López, pág. 66.
j
2P. Calamandrei, Proceso y democracia, trad. de H. Fix Zamudio, Ejea, Buenos Aires, 1960, pág. 115.
3 Es un ejemplo emblemático al respecto la pragmática napolitana de Fernando IV, de 22 de septiembre
e
de 1774, que imponía a los jueces el deber de motivar, en este caso entendido en el sentido de expresar
la norma aplicada; y que, más que democratizar el ejercicio de la jurisdicción, que hubiera sido impropio
de un régimen autocrático, buscaba reforzar la centralización del poder, neutralizando uno de tantos
s
particularismos feudales. (Sobre este episodio puede verse: F. Cordero, Riti e sapienza del diritto, Laterza,
Roma-Bari, 1981, págs. 663-666).
4 «El motivo responde a la pregunta ¿por qué? Tiene, por tanto, una función de explicación; pero la
n
explicación (...) al menos en los contextos en los que motivo significa razón, consiste en hacer claro, en
hacer inteligible, en hacer comprender». (P. Ricoeur, El discurso de la acción. trad. de P. Calvo, Madrid,
o
84
C
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o
n
cualquier modo, absoluto; porque «el estado se desequilibra y debilita»
s
si «los hombres se consideran capacitados para debatir y disputar entre
e
sí acerca de los mandatos» 7 de aquél. Pero tampoco el estado
democrático8, se ve libre de esa forma de atavismo, seguramente
j
genético. De ello da buena cuenta la conocida propensión al secreto y,
o
en el terreno que nos ocupa, la lectura y la práctica habitualmente
reductivas del imperativo de motivar las resoluciones judiciales cuando
éste ha hecho acto de presencia en algún texto legal 9 .
N
Con todo, es una evidencia que la constitucionalización del
a
deber de motivar las sentencias (Art. 120,3), a partir de 1978 y por
primera vez en nuestra experiencia histórica10, ha significado un cambio
c
de paradigma.
i
En efecto, en nuestro país, como en otros del entorno, la
o
primera aparición del deber de motivar responde prioritariamente a
exigencias de carácter político: se busca en él una garantía frente al
n
arbitrio11.
a
Que es así y que hay un sentir al respecto más o menos
l
generalizado lo pone de manifiesto la circunstancia de que esa línea
argumental encuentre eco, en la primera mitad del siglo XIX, en obras
de carácter eminentemente práctico, como la de Verlanga Huerta. Para
d
este autor, «el dar los motivos de la sentencia, prueba por lo menos un
e
sagrado respeto a la virtud de la justicia, y una sumisión absoluta a la
ley (...). El motivar los fallos tiene ya algo de publicidad, y he aquí una
de las ventajas de esta práctica. Dispensar al juzgador de razonar los
decretos que dé sobre la hacienda, vida y honor de los ciudadanos, es
l
7 T. Hobbes, Leviatán, trad. de C. Mellizo, Alianza Editorial, Madrid, 1989, pág. 258.
8 Cfr. al respecto, F. J. De Lucas Martín, «Democracia y transparencia. Sobre poder, secreto y publicidad»,
Anuario de Filosofía del Derecho, 1990, págs. 131 y ss.
9Entre nosotros, como es bien notorio, sólo en los últimos años, y trabajosamente, ha empezado a abrirse
J
camino una cierta cultura democrática de la motivación. Con todo, la misma tiende a manifestarse de forma
casi exclusiva en las sentencias y, dentro de éstas, preferentemente en la fundamentación jurídica. Así,
u
no son infrecuentes resoluciones como el auto de un juzgado de instrucción de Madrid, que motivaba la
denegación de reformar otro previo de archivo de las actuaciones -fundado a su vez en que «los hechos
no revisten caracteres de infracción penal»-, en «que las razones alegadas por la parte recurrente no
d
alcanzan a desvirtuar el criterio que movió al instructor para dictar el auto que hoy se impugna...».
10 Sobre los antecedentes del tema, en general, cfr.: M. Ortells Ramos, «Origen histórico del deber de
motivar las sentencias», en Revista de Derecho Procesal Iberoamericana, 1977, págs. 899 y ss. También
i
F. Ranieri, «El estilo judicial español y su influencia en la Europa del antiguo régimen», en España y Europa,
un pasado jurídico común (Actas del I Simposio Internacional del Instituto de Derecho Común, Murcia 26-
c
28 de marzo de 1985), ed. a cargo de A. Pérez Martín, Universidad de Murcia, Murcia, 1986, págs. 101
y ss.
11 Así, T. Sauvel, al referirse a la obra de la Revolución y su reflejo en la materia de que tratamos, pone
a
de manifiesto la existencia de una opinión crítica generalizada en contra de la famosa fórmula «pour les
cas résultant du proces», con que los tribunales del antiguo régimen fundaban sus decisiones; y la demanda
t
de que éstas fueran siempre motivadas ( «Histoire du jugement motivé», en Revue du Droit Public et de
la Science Politique en France et a l’etranger, 1955, págs. 43-44). Para nuestro país es expresivo el
testimonio del diputado en las Cortes de Cádiz, José de Cea, que presentó un proyecto de decreto
u
propugnando que para «quitar la malicia, fraude y arbitrariedad todo pretexto, y asegurar en el público la
exactitud, celo y escrupulosidad de los magistrados... en toda decisión... se expongan las razones, causas
y fundamentos en que se apoyan... para... las decisiones se funden... sobre el texto expreso de las leyes...»
r
de dicha materia respecto a la jurisdicción ordinaria, tomo I. Librería de Ríos, Madrid, 1842, pág. 426.
85
a
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r
u
t
13 Así lo entiende para Italia E. Amodio, voz «Motivazione della sentenza penale», Enciclopedia del Diritto,
vol. XXVII Giuffrè, Milano, 1977, pág. 186).
C
14En Gómez Orbaneja y Herce Quemada, Derecho Procesal Penal, Madrid, 6ª edición, pág. 249.
86
C
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o
n
fácticas... »15.
s
e
Frente a este estado de cosas, la inclusión del deber de motivar
en el art. 120,3 de la Constitución, precisamente dentro del título VI
j
dedicado al «poder judicial», y en un precepto que consagra otras dos
o
fundamentales garantías procesales: la publicidad y la oralidad, no
puede dejar de ser significativa. Significativa y totalmente coherente,
puesto que, como ha escrito Ferrajoli, estas últimas, junto con la de
motivación, son «garantías de garantías», de carácter «instrumental»,
N
por tanto, pero condición sine qua non de la vigencia de las «primarias
a
o epistemológicas»16.
c
Es por ello que la motivación como mecanismo de garantía,
en un diseño procesal del género del que se expresa en la Constitución
i
de 1978, no puede limitar su funcionalidad al ámbito de las relaciones
o
inter partes, asumiendo necesariamente una función extraprocesal17.
n
De esta función, y de la consiguiente inserción de la sentencia
a
en un marco abierto, se deriva la apertura de un nuevo ámbito de
relaciones, que tiene como sujetos, por un lado, al juez o tribunal, y,
l
por otro, a la totalidad de los ciudadanos, que se constituyen en
destinatarios también de la sentencia e interlocutores de aquéllos.
d
Y esto a su vez implica exigencias de naturaleza formal, pero
e
de intenso contenido político-garantista. Porque la sentencia, al (y para)
trascender la dimensión burocrática, demanda un estilo diverso del
convencional, que tendría que concretarse, en primer lugar, en un
lenguaje diferente, adecuado para el nuevo tipo de comunicación, y,
l
arbitrario.
c
15 Torno la cita de J. L. Vázquez Sotelo, Presunción de inocencia del imputado e íntima convicción del
a
tribunal. Bosch, Barcelona, 1984, pág. 507. El autor indica que la sentencia de instancia que fue en este
caso el referente de la de casación debió perderse en un injustificado relato de incidencias procesales
t
irrelevantes para el fallo, omitiendo, sin embargo, otros datos relevantes. Pero señala también que ese
mismo criterio «tiene respaldo en otras muchísimas decisiones del mismo TS, aunque no siempre en
términos tan contundentes» (pág. 508)
u
16 Éstas son la formalización de la acusación, la carga de la prueba y el derecho de defensa. (L. Ferrajoli,
Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, trad. de P. Andrés Ibáñez, J. C. Bayón, R. Cantarero, A.
Ruiz Miguel y J. Terradillos, Trotta, Madrid, 5ª edición 2001, págs. 614 y 615).
r
17 En este sentido M. Taruffo, «La fisonomia della sentenza in Italia», en La sentenza en Europa. Metodo,
tecnica e stile (Atti del Convegno internazionale per l’inaugurazione della nuova sede della Facoltà, Ferrara,
a
87
a
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r
u
t
II. HECHOS
l
como «lo fáctico», o «los hechos». Materia, por otro lado, particularmente
descuidada en la mayoría de las teorías sobre la interpretación, y
a
eso Frank pudo escribir con toda razón que «esta "discrecionalidad en
cuanto a los hechos" o "soberanía" virtualmente incontrolada e
incontrolable, ha pasado por alto a la mayoría de los juristas»24.
o
18Al respecto cfr. M. Taruffo, La motivazione della sentenza civile, Cedam, Padova, 1975, pág. 417
19E. Amodio se ha referido a este punto de vista calificándolo de «falacia descriptivista», en cuya virtud
j
«la motivación externa se convierte en una... descripción que tiene el único fin de hacer conocer lo que
el juez ha elaborado "en su cabeza"» (en op. cit., pág. 214).
e
20 Así, también entre nosotros M. Atienza: «Los órganos jurisdiccionales o administrativos, no tienen por
lo general, que explicar sus decisiones, sino que justificarlas». (En Las razones del Derecho. Teorías de
la argumentación jurídica, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1991, pág. 23).
s
En la reciente doctrina española, Luis Prieto Sanchís ha llamado especialmente la atención sobre la
relevancia de la determinación de los hechos en la tarea interpretativa; poniendo de relieve cómo el margen
o
de apreciación del juez es mayor a mayor proximidad procesal a la quaestio facti (cfr. Ideología e
interpretación jurídica, Tecnos, Madrid, 1987, págs. 88 y ss.).
24 J. Frank, Derecho e incertidumbre. Trad. de C. M. Bidegain, revisada por G. R. Carrió, Centro Editor
C
88
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o
n
Esa actitud ha tenido correspondencia en los textos positivos
s
y, desde luego, en nuestra Ley de E. Criminal y en la jurisprudencia
e
tradicional del Tribunal Supremo «exoneratoria de toda alegación sobre
la convicción formada "en conciencia"»25 .
j
o
El tratamiento judicial que habitualmente reciben los hechos
suele reflejar una consideración de los mismos como entidades naturales,
previa y definitivamente constituidas desde el momento de su producción,
que sólo se trataría de identificar en su objetividad. Lo escribió con
N
mucha claridad Fenech, al referirse a ellos como «esos datos fríos de
a
la realidad»26.
c
Es decir, los datos como lo dado, o sea, esa «realidad o cualidad
de alguna realidad, que es dada, y también que está dada, cuando se
i
halla presente a un sujeto cognoscente sin la mediación de ningún
o
concepto»27.
n
Tal modo de existencia de los hechos permitiría al juez, de
a
manera espontánea, sin mediaciones, una relación con ellos de total
exterioridad, con el mínimo de implicaciones subjetivas. Pero lo cierto
l
es que el hecho puro del positivismo filosófico decimonónico no parece
que exista como tal; y, en consecuencia, tampoco caben «los juicios de
hecho entendidos como simples constataciones del "dato bruto"»28. Por
d
el contrario, en la moderna filosofía de la ciencia, tiene carta de naturaleza
e
la idea de que se da «cierta intimidad conceptual entre lo que
consideramos hechos y el lenguaje en que los afirmamos, o al menos
entre los hechos y los tipos de entidad lógica que designamos como
"enunciados" (...). Los hechos son aquello que afirman los enunciados
l
verdaderos»29.
a
25 L. Prieto Castro y E. Gutiérrez de Cabiedes, Derecho Procesal, Tecnos, Madrid, 1976, pág. 325.
26 M. Fenech Navarro, Enjuiciamiento y, sentencia penal. Discurso inaugural del año académico 1971-
t
72. Universidad de Barcelona, 1971, pág. 51. Un punto de vista sobre los hechos, bien diferente, puede
verse en C. De la Vega Benayas, Introducción al Derecho Judicial, Montecorvo, Madrid, 1970, pág. 191.
u
27 J. Ferrater Mora, voz «Dado», Diccionario de Filosofia, Alianza Editorial, Madrid, 1979, vol. I, pág. 705.
28 G. Ubertis, Fatto e valore nel sistema probatorio penale. Giuffrè, Milano, 1979, pág. 25.
29 N. R. Hanson, Patrones de descubrimiento. Observación y explicación, trad. de E. García Camarero
r
89
a
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t
"hechos" son ambas cosas: "subjetivos" y "objetivos"». (En op. cit., pág. 69).
34 I. Echevarría, Introducción a la metodología de la ciencia. La filosofía de la ciencia en el siglo XX,
s
el almacenamiento y la recuperación nunca son “puros”, sino que también interactúan con todos los
procesos de “pensamiento”» (...) por eso, «la reproducción es sobre todo producción». (Op. cit. págs. 90-
92). Observación que es pertinente tanto para el caso del testigo y su forma de aportar material informativo
C
al juez, como por lo que se refiere al tratamiento por éste de ese material.
90
C
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n
concurren en la tarea interpretativa. Es decir, la referida más directamente
s
a las normas.
e
Del mismo modo que se ha dicho que los enunciados
j
observacionales están cargados de teoría37., en el área de nuestro interés,
o
tendría que decirse que los enunciados fácticos corren, además, el riesgo
de estar cargados de derecho. Lo que constituye otra particularidad del
proceso de conocimiento de los hechos a tener en cuenta, a la vez que
apunta a otro riesgo de contaminación del mismo que no puede ser
N
desatendido por el juez. En efecto, éste trabaja sobre una hipótesis, que
a
incluye a su vez un punto de vista normativo, puesto que implica la
afirmación de que en el caso concreto ha tenido lugar un hecho previsto
c
como supuesto base de un determinado precepto. Ahora bien, aun dentro
de ese contexto, y aun en la perspectiva de la evaluación de esa hipótesis,
i
la búsqueda de la verdad ha de ser ajena a otro interés que no sea
o
precisamente éste. Hablo de interés como interés epistemológico que
tiene expresión legal en el principio de presunción de inocencia, criterio-
n
guía que aquí debe jugar como barrera impuesta al intérprete para, no
a
obstante moverse en el marco de una hipótesis normativa, ser capaz de
tratar el material empírico que se le suministra por terceros con el
l
máximo de neutralidad y de distancia respecto del derecho sustantivo
de eventual aplicación, evitando caer en el riesgo fácil de producir un
caso ad hoc38.
d
e
Situados en esta perspectiva es evidente que la actividad
jurisdiccional presenta un especial grado de dificultad y su ejercicio
plenamente responsable demanda un extraordinario nivel de
autoconciencia sobre las peculiaridades de la misma.
l
a
37 Son bien elocuentes al respecto las palabras de N. R. Hanson: «En cierto sentido, entonces, la visión
es una acción que lleva una “carga teórica”. La observación de x está moldeada por un conocimiento
a
previo de x. El lenguaje o las notaciones usadas para expresar lo que conocemos, y sin los cuales habría
muy poco que pudiera reconocerse como conocimiento, ejercen también influencia sobre las observaciones».
t
91
a
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t
de derecho».
40 L. Beneytez Merino, «Juicio de valor y jurisprudencia», en Poder Judicial. 2ª época, n. 19, septiembre
de 1990, pág. 15.
41 En general (por ejemplo, Moyna Ménguez, 14 de junio de 1988), se reserva el calificativo de «hecho»
para el ánimo o intención de matar, sólo cuando existe prueba directa; y se le considera «juicio axiológico
o de valor» cuando la prueba es indirecta. O también, Puerta Luis, 27 de enero de 1992, tratándose de
o
casos similares, se habla de «un hecho psicológico que debe inferirse, al faltar normalmente prueba
directa...», con referencia al conocimiento de la procedencia ilícita de los bienes en un delito de receptación.
Así parece que la naturaleza de un dato fáctico, por más que de orden psicológico, dependería de factores
j
concede [alude al art. 741 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal], se refiere tan sólo a la apreciación de
las pruebas que tengan relación única y exclusivamente con los hechos de la causa y no las que se
contraigan a los elementos morales o jurídicos relativos a ellos» porque «según se expuso en sentencia
s
[del Tribunal Supremo] de 7 de abril de 1902, recaída en causa por delito de estafa, respecto a la apreciación
del engaño» estaba justificado el cuestionamiento por la vía del recurso de casación, «supuesto que éste
n
(el engaño) no es un hecho porque no pertenece a la esfera de los sucesos reales perceptibles por los
sentidos, sino una mera deducción de carácter jurídico, mediante la cual se puede llegar a la averiguación
de si el agente, al ejecutar los hechos estimados como ciertos en la sentencia, procedió o no con ánimo
o
doloso y con voluntad contraria a derecho, infiriendo lógicamente por los mismos datos de la sentencia
lo que hubiera de simulación o fraude en los actos por aquél realizados, pues, de lo contrario, se
desnaturalizarían los preceptos de la ley y se haría ineficaz, en muchos casos, el recurso de casación»
C
(Comentarios a la Ley de Enjuiciamiento Criminal, Editorial Reus, Madrid, 2ª ed. 1924, vol. V, pág. 558).
92
C
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o
n
Es decir, siguiendo el razonamiento expresado en el fallo que
s
se cita, el único aspecto del comportamiento del que podría predicarse
e
la existencia o inexistencia real, y susceptible por tanto de recibir el
calificativo de fáctico, sería el integrado por los actos exteriores,
j
perceptibles u observables de modo sensorial directo43. Sólo esa
o
dimensión del comportamiento podría ser tratada mediante proposiciones
asertivas, es decir, aquéllas de las que cabe afirmar verdad o falsedad,
porque sus referentes serían los únicos con posibilidades objetivas de
tener o no tener existencia real.
N
a
Por contraste, la determinación del carácter intencional o no
intencional de la acción o acciones a examen, el elemento subjetivo del
c
delito, resultaría desplazado a un ámbito discursivo diferente, el de los
«juicios de valor» («bueno»/«malo», «bonito»/«feo»), que en cambio
i
son proposiciones carentes de referente empírico. Los mismos, se
o
expresan en lenguaje preceptivo, mediante enunciados que como tales
no pueden ser ni verdaderos ni falsos, porque no corresponden a ningún
n
hecho o circunstancia susceptible de verificación. No tienen contenido
a
informativo que pueda ser objeto de prueba o refutación, sino como su
propio nombre indica, contenido simplemente valorativo.
l
Es cierto, con todo, que en ocasiones puede darse una cierta
contigüidad entre lo que son propiamente aserciones relativas a hechos
d
psíquicos y lo que constituyen juicios de valor, en sentido propio, acerca
e
de los mismos. Así, cuando la afirmación de que concurrió un
determinado ánimo, que como tal será una proposición de carácter
asertivo, va acompañada de otra relativa, por ejemplo, a la consideración
del mismo como de una especial perversidad.
l
a
43 Cabe advertir en este punto de vista una clara expresión del que los autores han designado como
«inductivismo ingenuo» (cfr. A. F. Chalmers, ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, trad. de E. Pérez Sedeño
r
págs. 124-125.
93
a
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r
u
t
una determinada condición, que como tal (parece que en esa concepción)
carecería de propia existencia empírica. Como recuerda Castilla del
a
al sujeto de la proposición»46.
o
45 «Decir que hay intencionalidad en la conducta es sugerir algo a la vez importante y que se presta con
facilidad a equívocos. La formulación acierta al poner de relieve que la intencionalidad no es algo que
e
queda "detrás" o "fuera" de la conducta. (...) Lo equívoco de la formulación reside en sugerir una "localización"
de la intención, su confinamiento en un item de conducta determinado, como si se pudiera descubrir la
intencionalidad mediante una inspección de movimientos. ( ...) La conducta adquiere su carácter intencional
s
del hecho de ser vista por el propio agente o por un observador externo en una perspectiva más amplia,
del hecho de hallarse situada en un contexto de objetivos y creencias». (G. H. von Wrigth, Explicación y
n
comprensión, trad. de L. Vega Reñón, Alianza Editorial, Madrid, 1980, pág. 140).
46 C. Castilla del Pino, Introducción a la hermenéutica del lenguaje. Península, Barcelona, 1972, pág. 178.
Como dice el autor las proposiciones estimativas «desempeñan una función ostensiva, no respecto del
o
referente u objeto externo, o supuestamente externo (...) sino del referidor o hablante. O de otra forma,
son palabras que expresan respecto del sujeto hablante, la sepa o no la sepa él». Por contraste con la
proposición indicativa que es «un juicio de hecho verdadero o falso». (En op. cit., págs. 101 y 103).
C
94
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o
n
a una conclusión, que es verdadera si lo son las premisas. Algo que no
s
sucede en el razonamiento inductivo, en el que falta ese presupuesto
e
y cuya conclusión, al ir más allá de las premisas, propicia una diferente
calidad de conocimiento.
j
o
Por eso, al operar del modo que se cuestiona, aparte de privar
a un discurso institucional de tanto relieve del exigible rigor, se genera
confusión no sólo acerca del carácter de alguna dimensión de la conducta
humana, sino también -y quizá más aún-, sobre la naturaleza, del grado
N
o la calidad de conocimiento que el juez puede llegar a obtener por la
a
vía de los impropiamente caracterizados como «juicios de valor» que,
es evidente, nunca pasará de ser conocimiento probable y no
c
deductivamente cierto.
i
Este aspecto de la cuestión goza a mi juicio de un relieve que
o
no cabe desconocer, por lo importante que resulta que el juez tenga
plena constancia del rendimiento de los instrumentos que utiliza, de la
n
relatividad de los resultados, y que asuma su función como lo que debe
a
ser realmente: antes que nada, una indagación cuidadosa sobre la
existencia o inexistencia real de determinados datos de experiencia, en
l
lo que, como luego veremos, nunca podrá contar con el auxilio de
tranquilizadoras leyes de validez universal capaces de dar a sus inferencias
consistencia axiomática.
d
e
Beneytez Merino, que como ya se anticipó, es, entre nosotros,
autor de un encomiable esfuerzo -¿el primero?- de clarificación en este
campo, ha sugerido designar a los aludidos supuestos «juicios de valor»,
«juicios de inferencia»48. Propuesta que ha tenido una acogida peculiar
l
49 Así, en el caso de J. M. Luzón Cuesta, La presunción de inocencia ante la casación. Colex, Madrid,
1991, págs. 23-24. Y también, por ejemplo, en la sentencia de la Sala Segunda de 18 de noviembre de
1999 (ponente De Vega Ruiz).
r
50 La primera es la acepción, de entre todas las posibles, por la que se decanta J. Ferrater Mora, que
también relaciona, entre otras varias, la segunda que se recoge (en [Link]., vol. II, págs. 1821-1822).
a
51 Así, I. M. Copi, Introducción a la lógica, trad. de N. Míguez, Eudeba, Buenos Aires, 1962, pág. 20.
95
a
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t
DE REFERENCIA
1. El historiador
a
52 P. Calamandrei, «El juez y el historiador», en Estudios sobre el proceso civil, trad. de S. Sentís Melendo,
Editorial Bibliográfica Argentina, Buenos Aires, 1961, págs. 107 y ss.
n
129.
96
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o
n
A pesar de lo sugestivo de la consideración comparativa, hay
s
aspectos de la función del juez que condicionan desde fuera su forma
e
de relación con los hechos y que no pueden dejar de apuntarse, aunque
sea esquemáticamente. Nobili58 se ha manifestado en ese sentido,
j
haciendo hincapié, en primer lugar, en el carácter eminentemente
o
práctico de la orientación del juez. En efecto, el interés que mueve su
actuación no es puramente gnoseológico, en la medida en que la
averiguación de la verdad tiene que ver con la resolución de un conflicto.
Por otro lado, esa búsqueda está también interferida por el momento
N
normativo. Y esto no sólo porque tenga que conducirse por cauces más
a
o menos predeterminados, como se ha visto, sino porque la cuestión
sobre la que el juez está obligado a pronunciarse, incluso en su dimensión
c
fáctica, suele estar profundamente teñida de aspectos de valor y la
indagación judicial siempre se da en función de una hipótesis
i
necesariamente normativa.
o
Con todo, este juego de búsqueda de analogías y matices
n
diferenciales deja prácticamente intacto un aspecto de fondo que, en
a
este caso, es el que más interesa. Lo ha puesto de manifiesto Taruffo,
al decir que así no se obtiene «ninguna indicación en torno al
l
procedimiento en el que la investigación se exterioriza, ni precisa las
características de lo que es objeto de la misma, ni aclara en qué consisten
los datos en que se funda». Y es que, por esa vía se da «sólo en apariencia
d
una solución al problema del juicio de hecho, mientras en realidad no
e
se analiza la estructura lógica del procedimiento»59.
58 M. Nobili, Il principio del libero convincimento del giudice, Giuffrè, Milano, 1974, pág. 49
r
97
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t
64 II segno dei tre. Holmes, Dupin, Peirce, U. Eco y T. A. Sebeok (eds.), Bompiani, Milano, 1983, (hay
traducción castellana de E. Busquets, Lumen, Barcelona, 1989), es un buen ejemplo. Puede verse asimismo
n
98
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o
n
Peirce al terreno de la reflexión sobre la prueba judicial.
s
e
En este planteamiento, el juez opera en su averiguación a partir
del conocimiento del resultado y de una regla que actúan como premisas.
j
Ahora bien, tal regla no es equivalente a la ley general del razonamiento
o
deductivo. Ésta se halla bien determinada y contiene en sí misma toda
la información relevante; así, operar la subsunción del caso concreto
es una simple aplicación, «una mera explicitación del contenido
semántico de las premisas»68 que, si se hace con el necesario rigor
N
formal, garantiza la validez del resultado. Pero no produce aumento de
a
saber empírico, es decir, no permite ir hacia adelante en el conocimiento,
descubrir algo nuevo.
c
La abducción se caracteriza, en cambio, porque ella «mira a
i
encontrar, junto al caso, también la regla»69. Ésta puede ser de más o
o
menos fácil localización, pero nunca susceptible de simple aplicación
con la garantía del resultado que cabe esperar en el caso de la deducción.
n
Aquí el valor de verdad no está plenamente garantizado por la validez
a
de las premisas, por eso existe un riesgo.
l
En resumen, en el razonamiento deductivo, como se sabe, se
dispone de una premisa mayor, que es una regla a cuya naturaleza ya
se ha aludido; y de una premisa menor, a partir de las cuales se obtiene
d
una conclusión en la forma también expuesta.
e
En la abducción, lo primero que se conoce es la conclusión
(Fulano ha sido hallado con un cuchillo clavado en el corazón), que es
justamente el punto de arranque del razonamiento. Se tiene o se puede
l
algo puede ser»70. En nuestro caso, una relación histórica, puesto que
c
68 M. A. Bonfantini y G. Proni, «To guess or not to guess?», en U. Eco y T. A. Sebeok (eds.), cit., pág. 152.
r
99
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t
que en ningún caso sería polémica: cualquiera que fuera la relación que
llegue a establecerse entre inducción y abducción, ambas serían siempre
formas de inferencia ajenas al modelo deductivo, es decir, sintéticas,
e
hace uso para distinguir entre ambos modelos, en función del punto de
partida (hipótesis/hecho) y del objetivo (hechos/teoría), ha sido seriamente
a
cuestionado72.
n
De este modo, cabe concluir con Besso Marcheis que «el razonamiento
abductivo puede proponerse como un modelo útil de descripción de
momentos diversos y anteriores respecto al de la valoración de las
o
71 Ch. S. Peirce, cit. por T. A. Sebeoky I. Umiker-Sebeok, «"Voi Conoscete il mio metodo": un confronto
fra Charles S. Peirce e Sherlock Ho1mes», en U. Eco y T. A. Sebeok, II segno dei tre, cit., pág. 44.
s
72 Así, por ejemplo, N. R. Hanson: «Muchos rasgos de la resolución de problemas reales por parte de la
gente ordinaria y de los científicos ordinarios, exige la comprensión de los criterios en virtud de los cuales
n
pueden distinguirse las buenas razones de las malas razones. Mucho antes de que un investigador haya
acabado su investigación, haya solucionado su problema y haya escrito finalmente su informe de investigación,
debe haber habido muchas ocasiones en las que se ha visto forzado a usar su cabeza, a invocar su razón,
o
ya decidir entre las especulaciones que parecían potencialmente fructíferas y las que no lo parecían» (en
op. cit., pág. 52).
73 C. Besso Marcheis, «Probabilita e prova: considerazioni sulla struttura del giudizio di fatto», en Rivista
C
100
C
T e x t o s d e A p o y o
o
n
parece que se puede dar cuenta de la estructura del operar judicial
s
acudiendo al modelo inductivo.
e
IV. CONVICCIÓN LIBRE DEL JUEZ: DE INSPIRACIÓN A INDUCCIÓN
j
o
1. ‘Intime conviction’
Desde que a partir del siglo XIII «la aritmética de las pruebas
sustituyó al razonamiento»74, el sistema de la prueba legal aparece
N
unido a la experiencia del proceso inquisitivo. Como se sabe, la teoría
a
de la prueba legal guarda íntima relación con la figura de un juez
estrechamente vinculado al poder que hoy diríamos ejecutivo, y a una
c
concepción fuertemente autoritaria del proceso, concebido a su vez
como instrumento capaz de procurar una verdad no probable, sino real
i
sobre los hechos, apta para justificar incluso el recurso al tormento75.
o
Por eso, sin perjuicio de cualquier otro tipo de consideraciones que al
respecto pudieran hacerse, conviene no perder de vista la idea apuntada
n
por Giuliani de que «el problema de la tortura fue un problema de
a
lógica»76. Es decir, una cuestión instrumental, de manera que si el
proceso estaba preordenado a la obtención de una verdad absoluta, ésta,
l
como fin, podría justificar el empleo de cualquier medio.
d
«ciertas bases de prueba que la experiencia de mucho tiempo ha
e
acreditado como orígenes los más seguros de certeza»77 respondía
formalmente al propósito de limitar el arbitrio del juez, que, dotado de
una libertad extrema en la indagación, quedaría, no obstante, constreñido
en sus apreciaciones a la predeterminación normativa del valor de las
l
adquisiciones probatorias78.
a
74 A. Giuliani, Il concetto di prova. Contributo alla logica giuridica. Giuffrè, Milano, 1971, pág.184.
75 F. Cordero sitúa en el sustrato cultural del modelo inquisitivo la convicción de que «el Mal existe, anida
por todas partes con temibles quintas columnas, y, puesto que el inquisidor lo combate, todo proceso es
d
una diablomaquia». (De «Stilus curiae (analisi della sentenza penale», en La sentenza in Europa, pág.
297.
76 En op. cit., pág. 185.
i
77 C. J. A. Mittermaier, Tratado de la prueba en materia criminal, sin ref. de trad. Imprenta de la Revista
de Legislación, Madrid, 1877, pág. 30.
c
78La pretensión, implícita en el sistema de la prueba legal, de sujetar al juez en su valoración a reglas
de carácter supuestamente universal, dotadas de un, también supuesto, valor probatorio pleno, daba al
modelo de razonamiento empleado, como ha señalado Ferrajoli, una falaz estructura deductiva y por ello,
a
una «aparente racionalidad», no obstante lo cual el esquema lógico subyacente es el mismo que «está
en la base de las pruebas irracionales de tipo mágico y arcaico: la ordalía, el duelo judicial, el juramento,
t
la adivinación». ( Op. cit., pág. 113-114). No veo contradicción entre este punto de vista y el de Tomás y
Valiente al aceptar que «tal vez» la tortura pudo significar «algo más racional que las ordalías» puesto que
«fue un elemento probatorio jurídicamente regulado dentro de un proceso (de un proceso predominante
u
o enteramente inquisitivo), y por tanto superador del anterior par de fuerzas ofensa-venganza». (En La
tortura en España, cit., pág. 214). En efecto, mientras la reflexión de Ferrajoli alude a una racionalidad
epistemológica, la de Tomás y Valiente lo hace a una de tipo más bien empírico. Como cuando G. Amato,
r
a propósito del mismo asunto, ve en la tortura medieval un tormento con garantías, que se pierden en la
tortura renacentista. (Individuo e autorita nella disciplina della libertà personale. Giuffrè, Milano, 1970, págs.
a
96-97).
101
a
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r
u
t
como no podía ser menos, dio lugar a unas prácticas79 que condujeron
«a la quiebra del sistema, tanto desde el punto de vista gnoseológico
a
como moral»80.
c
más vago, como una octava parte; de modo que ocho rumores que no
son en realidad más que el eco de un rumor mal fundado, pueden
componer una prueba completa...»81.
a
Constituyente francesa.
o
79 Sobre las prácticas del sistema ilustran muy bien: P. Verri, Observaciones sobre la tortura. Traducción,
N
prólogo y notas de M. De Rivacoba, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1977; y A. Manzoni, Historia de
la columna infame. (Con nota de L. Sciascia), trad. de E. Gallego, Alianza Editorial, Madrid, 1987. Acerca
de la experiencia española al respecto, cfr. F. Tomás y Valiente, El derecho penal de la monarquía absoluta
(siglos XVI-XVII-XVII1), Tecnos, Madrid, 1969, págs. 171 y ss.; y La tortura en España, Ariel, Barcelona,
1973.
o
82 Aunque la obligación de motivar las resoluciones judiciales fue una exigencia estimulada y favorecida
por la cultura jurídica de la Ilustración, ésta, sin embargo, no se manifiesta de manera unívoca en la materia.
e
Así, la consideración del juez como bouche de la loi, no deja prácticamente espacio para la motivación
en la cuestión de hecho, puesto que conceptualmente elimina cualquier libertad del juzgador. Sobre este
asunto, puede consultarse con provecho M. Taruffo, «L'obbligo di motivazione della sentenza civile tra
s
1821, vol. III, págs. 154 y ss. No obstante, hay que señalar que Filangieri se muestra partidario de «combinar
la certeza moral del juez con la prescrita por el legislador, esto es, con el criterio legal» (pág. 155).
o
85 «¿Qué es una regla falsa en materia de procedimiento? Es una regla que tiende a poner en contradicción
la decisión del juez y la ley; que constriñe al juez a pronunciarse en contra de su íntima persuasión» J.
Bentham, Tratado de las pruebas judiciales, trad. de M. Osorio Florit, Ejea, Buenos Aires, 1959, vol. I, pág.
C
12).
102
C
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o
n
profesionales. Lo cierto es que, como consecuencia, el juzgador, en el
s
marco del juego del principio de legalidad, quedará facultado para
e
valorar libremente según su conciencia las pruebas practicadas.
j
A partir de ese momento, el principio, tanto en alguna
o
teorización doctrinal como, sobre todo, en la práctica, apareció
extraordinariamente teñido de subjetivismo, cual si el ejercicio de esa
libertad de apreciación de datos probatorios en un contexto legal fuera,
más que actividad racional, una especie de momento místico86 y, en
N
cuanto tal, incontrolable. Así, entre nosotros, un comentarista tan
a
autorizado como Aguilera de Paz interpretará el Art. 741 de la Ley de
Enjuiciamiento Criminal como la atribución al juez de un cometido
c
que debe desempeñar «respondiendo a los dictados de la conciencia
según las inspiraciones de su propio juicio acerca de la verdad de los
i
hechos rectamente apreciados»87.
o
El riesgo de tal degradación del principio no pasó desapercibido
n
a Carrara, quien ya advirtió que «respecto al juicio acerca del hecho,
a
el juez no tiene verdadero arbitrio, ni siquiera cuando se acepta su
convicción íntima, pues siempre debe convencerse según la razón y
l
según el proceso»88.
d
formulado, no discutiría ni el más entusiasta de los defensores del
e
principio que nos ocupa entendido sub specie del subjetivismo más
extremo. Sin embargo, lo cierto es que, al postular un tipo de relación
del juez con el resultado de la actividad probatoria, del género del que
subyace al punto de vista doctrinal aludido y que cabe rastrear también
l
86 Cordero, con palabras que ya son, por su expresividad, un obligado lugar común en la materia, se
referirá críticamente «a la imagen de la libre convicción como de una voraz potencia superlógica». Para
d
afirmar su oposición a que «la libre convicción sea una suerte de potencia dionisíaca de la que no se
pueda hablar sino en los términos alusivos con que la bacante hablaba del dios; que el intelecto no sea
omnipotente no es un buen motivo para renunciar a usarlo donde podría ahora iluminarnos» (F. Cordero,
i
89 Tomo la expresión de G. Bettiol, Istituzioni di diritto e procedura penale, Cedam, Padova, 1966, pág.
203. (Hay traducción castellana, de Gutiérrez-Alviz y Conradi, Reus, Madrid). La misma idea puede verse
t
expresada en la sentencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo (Huet García, 7 de junio de 1991):
«valoración de la prueba en conciencia o íntima convicción del juzgador quiere decir, sin duda, libertad
de apreciación de la prueba, pero no prescindir de la misma ni de su análisis...». Aunque no podría
u
afirmarse que la Sala Segunda sea consecuente en la exigencia del contenido de la última afirmación,
puesto que es, como regla, francamente tolerante con la omisión del análisis de la prueba en las sentencias
de que conoce.
r
90 Críticamente, sobre la incidencia de esta actitud en la jurisprudencia de nuestro país de los años 30
a 50 de este siglo, cfr. J. M. Martínez Pereda, «El convencimiento judicial en el proceso penal español»,
a
103
a
T e x t o s d e A p o y o
r
u
t
93Para muestra un botón, en una sentencia reciente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo (Moner,
10 de enero de 1992) puede leerse: «...dentro del silogismo que entraña la sentencia...»
94 En esta línea vale la pena dejar constancia aquí del punto de vista de Taruffo: «Hablar de función
j
ideológica de la teoría silogística del juicio significa poner en evidencia que ésta tiende a acreditar una
determinada imagen del juez, más que del juicio, destinada no tanto a delinear una realidad concreta,
e
como a indicar cuál debería ser tal realidad. En efecto, la doctrina del silogismo judicial, más que describir
el juicio, construye un modelo abstracto e ideal de juicio: se plantea una situación en la que la norma es
s
sin que deban intervenir operaciones y apreciaciones no reducibles dentro del módulo del polisilogismo»
(En La motivazione, cit., págs. 163-164). Entre nosotros se cuestiona ya la concepción silogística, por
ejemplo, en M. Fenech, Derecho procesal penal, Labor, Barcelona, 2ª ed. 1952, vol. II, pág. 237. Más
o
recientemente, sobre los límites de la categoría referida a la decisión judicial, lo ha hecho M. Atienza, op.
cit., págs. 39 y ss.
C
95 Lo que sigue se funda en L. Ferrajoli, op. cit., págs. 64 y ss. y 129 y ss.
104
C
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o
n
las proposiciones normativas, sino de proposiciones asertivas, es decir,
s
relativas a la existencia o inexistencia de determinados hechos y
e
preceptos legales. En uno y otro caso se tratará de enunciados de los
que puede predicarse verdad o falsedad.
j
o
Frente a lo sostenido por Beccaria, Ferrajoli ve en el modus
operandi del juez no una inferencia, sino tres: una inferencia inductiva,
que tiene como premisas el resultado de la actividad probatoria y permite
afirmar, por ejemplo, que Fulano ha causado la muerte de Mengano;
N
una inferencia deductiva, que tiene como premisa la anterior afirmación
a
de hecho y un precepto, en este caso del Código Penal, y permite
afirmar, como conclusión, que Fulano ha cometido un delito de homicidio;
c
y un silogismo práctico, que integra la parte dispositiva, cuyas premisas
son normativas (Fulano ha cometido un homicidio; al homicidio
i
corresponde tal pena) y cuya conclusión es también una norma para el
o
caso concreto: Fulano debe ser condenado a tal pena.
n
Así resulta que el lugar del silogismo de Beccaria ha sido
a
ocupado por dos silogismos de carácter teórico y un silogismo práctico
o deóntico.
l
Acoger metodológicamente el carácter de inferencia inductiva
de la averiguación de los hechos, supone a la vez asumir algo que, no
d
obstante su aparente obviedad, tiene una relevancia que no debe
e
desconocerse. Me refiero al dato de que con ello se sitúa reflexivamente
el quehacer cognoscitivo del juez respecto de los hechos en el ámbito
de las explicaciones probabilísticas, que son las que permiten afirmar
algo, pero solo, y si la derivación es correcta, «con un alto grado de
l
96 C. G. Hempel, Filosofia de la ciencia natural, trad. de A. Deaño, Alianza Editorial, Madrid, 1973, pág.
t
93.
97 Hay en nuestra cultura procesal una marcada inclinación a atribuir a los juicios de hecho naturaleza
deductiva (cfr., de la Sala Segunda, sentencias de Puerta Luis, 27 de mayo de 1991; Soto Nieto, 17 de
u
junio de 1991; Huerta Álvarez de Lara, 29 de junio de 1991; Montero Fernández-Cid, 12 de julio de 1991;
Ruiz Vadillo, 4 de septiembre de 1991); en lo que no parece arriesgado ver una resistencia implícita a
aceptar que el conocimiento del juez en la materia no es el conocimiento en sentido fuerte que tradicionalmente
r
se ha asimilado a la lógica deductiva. A ello responde la que Taruffo ha llamado «"juridización" del juicio
de hecho, que así resulta en buena medida reabsorbido en el ordenamiento como sistema completo y
a
105
a
T e x t o s d e A p o y o
r
u
t
probatoria101.
requiere que la misma sea confirmada por más de un hecho. (El único
hecho de haber estado Fulano en el lugar del crimen no lo acredita, sin
más, como autor del mismo).
l
alternativas.
c
a
98 Es evidente que esta exigencia tiene que hallarse previamente satisfecha en la ley, mediante la efectividad
N
del principio de «estricta legalidad». Éste (frente al de «mera legalidad», que va dirigido al juez y le impone
la observancia de lo dispuesto en la ley) «se dirige al legislador, al que prescribe la taxatividad y determinación
empírica de las formulaciones legales». Porque, «sólo cuando están dotadas de precisas referencias
empíricas y fácticas, las definiciones legales de las hipótesis de desviación son adecuadas para determinar
de manera tendencialmente exclusiva y exhaustiva su campo de aplicación» (L. Ferrajoli, op. cit., pág. 35).
o
99Naturalmente, no se pretende expulsar los juicios de valor de una actividad como la judicial, en la que
el momento valorativo ocupa un lugar fundamental. Se postula sin embargo un esfuerzo, una tensión -
como actitud metodológica- orientada a que el juez opere con ellos de forma consciente y en el momento
j
en que ha de hacerlo.
100 C. G. Hempel, op. cit., pág. 38.
e
101 Ferrajoli propone «llamar prueba al hecho probatorio experimentado en el presente del que se infiere
el delito u otro hecho del pasado, e indicio al hecho probado del pasado del que se infiere el delito u otro
hecho del pasado que tenga a su vez el valor de un indicio». El modelo, ilustra Ferrajoli, funciona así:
s
Fulano testifica que ha visto a Mengano salir de casa de Perengano con un cuchillo ensangrentado en la
mano, poco antes de que éste fuese hallado muerto de una cuchillada. Pues bien, tal afirmación es prueba,
n
más o menos probable, según la sinceridad de Fulano, del hecho de que él ha visto a Mengano... Este
segundo hecho es, en cambio, sólo un indicio, a su vez más o menos probable, según el crédito que se
dé a la vista de Fulano, de que Mengano ha salido realmente de la casa de Perengano en las circunstancias
o
que se ha dicho. Este tercer hecho es, a su vez, un indicio, más o menos probable según la plausibilidad
de los nexos causales establecidos por nosotros, de que Mengano ha matado a Perengano. (Op. cit., págs.
130-131).
C
106
C
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o
n
En todo este proceso, deben de tenerse en cuenta algunas
s
indicaciones. Así, cuanto mayor es la distancia y por tanto mayor es el
e
número de inferencias que han sido necesarias para derivar de los
hechos probatorios el thema probandi, menor es el grado de probabilidad
j
de la inducción probatoria.
o
Prueban más las pruebas que son más ricas en contenido
empírico. Por eso si concurren varias hipótesis alternativas, se ha de
optar por la más simple102.
N
a
Cuando al final de ese proceso de conocimiento el juez aventura
unos hechos como probados, habrá formulado a su vez una hipótesis
c
acerca de la forma en que los mismos tuvieron lugar. Una hipótesis
probabilística, como consecuencia de que en la inferencia inductiva la
i
conclusión va más allá de las premisas, aporta algo que no está contenido
o
necesariamente en éstas y supone, en esa medida, un cierto salto hacia
adelante.
n
a
Esto es lo que da un sentido también epistemológico103 a la
existencia de las garantías procesales, que configuran un marco
l
normativo, regido por el principio de presunción de inocencia, en el
que la inducción judicial ha de desenvolverse. Pero que en ningún caso
altera la naturaleza probable del conocimiento adquirido por ese medio.
d
e
Ferrajoli se muestra partidario de acudir al esquema nomológico-
deductivo104, como medio de acreditar, de evaluar, la consistencia de
la inferencia inductiva del juez. Esto permitiría alcanzar una justificación
relativa, al permitir identificar los criterios de decisión.
l
a
103 «Las garantías penales y procesales, además de garantías de libertad; son también garantías de
verdad; (porque) "saber" y "poder" concurren de manera diversa en el juicio, según que las mismas sean
r
más o menos realizables y satisfechas» (L. Ferrajoli, op. cit., pág. 46).
104 Precisa su propuesta en op. cit., págs. 141-143. Sobre el modelo de explicación nomológica-deductiva,
a
cfr. C. G. Hempel, op. cit., págs. 79 y ss.; y J. Echevarría, op. cit., pág. 55.
107
a
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r
u
t
la inferencia previa105.
a
del curso argumental del juez: por un lado le obliga a ordenar el material
u
permite también apreciar con más facilidad hasta qué punto uno y otras
en su interacción explican y en qué medida, o no explican, en el caso
concreto.
a
105 Una aproximación intuitiva a la elaborada propuesta de Ferrajoli, puede verse en G. Walter, cuando
exige del juez una forma de apreciación y de expresión de la apreciación de la prueba «que sea repetible
e
mentalmente». (En Libre apreciación de la prueba. Investigación acerca del significado, las condiciones
y los límites del libre convencimiento judicial, trad. de T. Banzhaf, Temis, Bogotá, 1985, pág. 359.
106 Como escribe Letizia Gianformaggio, a diferencia de lo que sucede en el razonamiento deductivo,
s
probarse, y la prueba viene dada por un elemento extraño al razonamiento». («Modelli di ragionamento
giuridico. Modello deduttivo, modello induttivo, modello retorico» en U. Scarpelli ( ed. ), La teoria generale
del diritto. Problemi e tendenze attuali. Studi dedicati a Norberto Bobbio. Edizioni di Comunita, Milano,
o
1983, pág. 144). Y es evidente que ese paradigma no se altera por la inversión nomológica-deductiva de
un previo razonamiento inductivo.
107 F. Stein, El conocimiento privado del juez, trad. de A. De la Oliva, Temis, Bogotá, 1988, pág.27.
C
108 M. Taruffo, Studi sulla rilevanza della prova, Cedam, Padova, 1970, pág. 197 y ss.
108
C
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o
n
necesidad de salir al paso de las tesis de la escuela del derecho libre.
s
Y, más en concreto, a la finalidad de hacer posible un control sobre el
e
juicio de hecho por parte de la casación.
j
Por esa vía, una vez traducidos a reglas generales los criterios
o
extraídos de la experiencia, el juicio de hecho recibía cierta impronta
normativa y el tratamiento lógico de una inferencia deductiva, de la
que la máxima de experiencia venía a constituir la premisa mayor.
N
Lo expresaba con claridad Rosemberg, al considerar el juicio
a
de hecho como «una conclusión obtenida mediante subsunción de lo
percibido en ciertos conceptos generales o máximas de experiencia
c
como proposición mayor y formado, por tanto, mediante reglas
lógicas»109.
i
o
Se advierte fácilmente que esta forma de concebir la máxima
de experiencia sigue estando profundamente instalada en la consideración
n
jurisprudencial del juicio de hecho, como lo ponen de manifiesto las
a
precedentes referencias.
l
Y no puede tampoco pasar desapercibido que la misma, además
de la función reconocida de propiciar el control lógico del juicio, tiene
una clara dimensión ideológica: atribuir al conocimiento judicial del
d
dato empírico una calidad de certeza (deductiva) que no tiene en
e
absoluto. Y no la tiene porque la ley en que se traduce la máxima de
experiencia no es una ley «de forma universal», sino el fruto de la
constatación de cierta regularidad en la forma de producirse determinados
fenómenos o comportamientos110.
l
a
Por otra parte, resulta casi innecesario decir que no todas las
c
109 En Tratado de derecho procesal civil, Ejea, Buenos Aires, 1955, vol. II, pág. 210, (cit. por H. Devis
t
Echandía, Teoría general de la prueba judicial, Víctor P. de Zavalía Editor, Buenos Aires, vol. I, pág. 175).
110 «...la distinción entre leyes de forma universal y leyes de forma probabilística no se refiere a la fuerza
u
del apoyo empírico de los dos tipos de enunciados, sino a su forma, que refleja el carácter lógico de la
aserción que hacen. Una ley de forma universal es básicamente un enunciado en el sentido de que todos
los casos en que se dan unas condiciones de tipo F se dan también unas condiciones de tipo G; una ley
r
de forma probabilística afirma, básicamente, que bajo ciertas condiciones, que constituyen la ejecución
de un experimento aleatorio R, se producirá un cierto tipo de resultado en un porcentaje específico de
a
109
a
T e x t o s d e A p o y o
r
u
t
considerarse probado.
a
111 M. Nobili se muestra partidario de distinguir entre máximas de experiencia y lo que describe como
«criterios sólo tendenciales del comportamiento humano» («Nuove polemiche sulle cosidette "massime
d'esperienza"», en Rivista Italiana di Diritto e Procedura Penale, 1969, pág. 184).
s
112 Sobre este último aspecto, cfr. H. Devis Echandía, op. y loc. cit., págs. 171 y ss.
113 G. Foschini, Sistema del diritto processuale penale, Giuffrè, Milano, 1965, vol. I, págs. 414-415. Es
n
por lo que Amodio insiste en la necesidad de «hacer explícito el canon de argumentación utilizado para
llegar a la afirmación de haberse producido el hecho imputado». Así, el modelo normativo de la motivación,
se desarrolla según la siguiente secuencia: «hecho probatorio - máxima de experiencia - hecho probado»,
o
110
C
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o
n
juzgados y tribunales, aunque a partir de momentos relativamente
s
próximos, ha comenzado a experimentar cambios cuyo relieve no sería
e
justo desconocer . Así, puede decirse, va abriéndose camino entre
nosotros una cierta nueva cultura de la motivación en la que, sin
j
embargo, todavía pesa más el lastre del viejo decisionismo inmotivado
o
que el impulso emanado del imperativo del texto fundamental; sobre
todo, en lo que hace referencia a la quaestio facti.
N
de autorizado reconocimiento jurisprudencial del más alto rango115.
a
Pero también lo es que, no obstante lo categórico de muchas de las
aserciones, las propias resoluciones en las que ese criterio se expresa,
c
fácilmente pasan luego, sin solución de continuidad, a dar por bueno
lo que no son sino verdaderas ausencias de motivació[Link] es, por
i
ejemplo, el caso, de la llamada motivación implícita, o motivación «no
o
dicha» 116 , que cuenta con una franca aceptación en nuestra
jurisprudencia117. Sobre todo tratándose de supuestos de la llamada
n
prueba «directa»118.
a
No resulta difícil adivinar que la renuncia -ésta quizá más que
l
implícita- a dar realidad en la práctica a exigencias de principio como
la que nos ocupa, que, por otra parte, se formulan con tanta firmeza,
responde a criterios inequívocamente pragmáticos119. Lo malo es que
d
e
115 Expresiva al respecto resulta la sentencia 55/1987 del Tribunal Constitucional (Díez Picazo), que en
un tema de imprudencia señalaba la necesidad de establecer «motivadamente de qué manera la infracción
del deber de diligencia se conecta con el resultado». Y también la de la Sala Segunda del Tribunal Supremo,
de 20 de febrero de 1990, en que, tras de afirmar que en el campo penal «la relación de hechos probados
es la piedra angular» se hacía hincapié en que «si no se dan razones sobre el valor que el juzgador
l
concede a la prueba practicada y se limita la sentencia, como ha sido norma hasta tiempos recientes, a
expresar la calificación jurídica de los hechos que se habían declarado probados mediante un razonamiento
a
que se mantenía secreto en la conciencia de sus autores, falla precisamente la motivación en aquella parte
que, sin duda, es la más importante y constituye en muchos casos el tema único sobre el que versa el
debate» (Delgado García). O la de la misma Sala (Soto Nieto, 20 de febrero de 1991 ), donde se llama
también la atención expresamente sobre el relieve de la «motivación fáctica de la sentencia, al hallarse
íntimamente conectada con la presunción de inocencia». Lo malo es que tal énfasis en la exigencia de
J
117 Por todas, las sentencias del Tribunal Constitucional 174 y 175 de 1985 y 14 y 122 de 1991. También
el mismo Tribunal Constitucional ha dado vía libre a la motivación por remisión, versión actualizada del
castizo «por sus propios fundamentos» (Autos 688/1986 y 956/1988; y sentencia 27/1992).
d
118 La contraposición entre prueba «directa» y prueba «indirecta» procede de Bentham (op. cit., vol. I,
pág. 27). La distinción es cuestionada por Ferrajoli, a partir del criterio de demarcación, porque «las pruebas
recogidas en un proceso no son casi nunca directas sino casi siempre pruebas indirectas». De este modo,
i
«si se excluyen los delitos cometidos durante un juicio, en los que el hecho probatorio y el hecho objeto
de prueba son todo uno, las pruebas directas no existen» (Ferrajoli, op. cit., pág. 132 y pág. 182, n. 25).
c
Hay que decir que, seguramente, las pruebas no serían directas en ese sentido ni siquiera en este último
caso; en el que el enjuiciamiento del eventual delito resultaría transferido a otro tribunal, ante el que los
magistrados que presenciaron el hecho incriminable tendrían que declarar como testigos.
a
119 Son los mismos que se expresan en una marcadísima tendencia jurisprudencial -generalizada en toda
clase de instancias- a recuperar, relegitimándolas por distintas vías, informaciones policiales connotadas
t
de ilegalidad por el quebrantamiento de normas imperativas. Quizá uno de los casos más llamativos esté
en el tratamiento de las infracciones del art. 569,4 de la Ley de E. Criminal en no pocas sentencias de la
Sala segunda a pesar de lo diáfano de su expresión acerca de la presencia del secretario judicial en los
u
registros, en la versión de 1882. No resulta difícil adivinar en el fondo de estas actitudes la consideración
de tales supuestos sub especie de un presunto conflicto entre el ius puniendi del Estado -derecho de la
sociedad a defenderse, se dice también- y un cierto interés (exclusivo) del imputado que buscaría beneficiarse
r
arteramente de la aplicación de las garantías. Cuando lo cierto es que, el interés en la efectiva vigencia
de éstas es de carácter público-constitucional y se orienta precisamente a la defensa y subsistencia de
a
111
a
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r
u
t
una consideración superficial tal vez cupiera pensar que, en casos como
los comprendidos en esa fórmula, habría todo lo más cierta tolerancia
c
intérprete de una tensión hacia la transparencia; y, al mismo tiempo, a tratar de impregnar su actividad
decisoria de una cierta distancia autocrítica. Si esta actitud se predica como necesaria para el científico,
cuyo hacer tiene que ver con entidades y magnitudes mucho más objetivas, con cuánto más motivo no
a
ha de serlo para el juez, habida cuenta del alto nivel de implicación que es inherente a las cuestiones
morales, y de lo difícil que resulta filtrar los presupuestos ideológicos, religiosos, culturales en general,
N
capaz de argumentarla favorablemente» (G. Ubertis, op. cit., págs. 53-54). (Cursiva del autor).
122 Lo vio muy bien J. Frank cuando escribió: «creo que hará mucho bien exigir la publicación de los
fundamentos, aunque no constituye un panacea, porque el mismo acto de escribir su versión de los hechos
j
tiende a inducir al juez a escudriñar y criticar cuidadosamente sus motivaciones y a confrontar sus
creencias...» (op. cit., pág. 97). También E. Dohring cuando afirma: «un benéfico constreñimiento al
e
autocontrol es el que impone el deber del averiguador profesional de justificar sus hipótesis por escrito»;
algo que es válido «muy en especial para el juez, que tiene que fundamentar circunstanciadamente en
la sentencia su concepción del estado de los hechos» (La investigación del estado de los hechos en el
s
proceso. La prueba, su práctica y apreciación, trad. de Tomás A. Banziaf, Ejea, Buenos Aires, 1986, pág.
451 ).
123 J. Fernández Entralgo ha recordado oportunamente lo «fácil que es ceder a la tentación de primar la
n
intuición a costa de fabricar una verdad de artificio adaptada a aquélla, que más tarde se invocara para
pretender mantener intangible el resultado de una tal manipulación» («Presunción de inocencia, apreciación
o
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n
de principio la legitimidad de las críticas potenciales, la legitimidad de
s
un control»125.
e
Efectivamente, la exigencia de motivación responde a una
j
finalidad de control del discurso, en este caso probatorio, del juez, con
o
objeto de garantizar hasta el límite de lo posible la racionalidad de su
decisión, en el marco de la racionalidad legal126. Un control, por cierto
-conviene insistir-, no sólo de procedencia externa, sino que no puede
carecer de esa proyección interna sobre el propio operador a la que nos
N
hemos referido127; y cuyo fin es, como se ha visto, implicarle (complicarle,
a
diría) o comprometerle, para evitar la aceptación acrítica como convicción
de alguna de las «peligrosas sugestiones de la "certeza subjetiva"»128.
c
Esto, incluso en el caso hipotético de que toda la actividad probatoria
fuera de la llamada directa129. Porque esa difícil eventualidad (donde
i
además directa no significa necesariamente simple, ni fácil de valorar)
o
nunca excluiría aquel peligro y por ende no podría autorizar al juez a
rebajar el nivel de la racionalidad exigible en su trabajo; y porque, en
n
cualquier caso, la sentencia no dejaría de estar dirigida a terceros, a
a
toda la sociedad, que es lo que impone que se le dote de la información
necesaria para que resulte un texto autosuficiente, que «se baste a sí
l
misma»130, sin necesidad de remisiones a las actas del proceso.
d
Vadillo que no cree «obligado ni necesario» que el juez o el tribunal
e
hagan un examen exhaustivo de la prueba y expliquen el porqué de la
relevancia dada a cada medio en concreto: «por qué (se) creyó a dos
testigos y (se) dejó de creer a tres o por qué (se) dio más credibilidad
a un informe pericial que a otro». Encuentra el autor la justificación de
l
este criterio en que «en un tribunal colegiado (...) no todos sus miembros
a
de todo sistema que se base en el principio de legalidad» ( J. Wrobleswski, Sentido y hecho en el derecho.
Trad. de J. Igartua y J. Ezquiaga, Universidad del País Vasco, San Sebastián, 1989, pág. 238). En esa
línea las normas jurídicas son calificadas como «factores de restricción de los márgenes de la decisión»
i
(pág. 235).
127 J. Fernández Entralgo ha hecho hincapié en la «función preventiva» de la obligación impuesta al juez
c
de «depurar su propio discurso, en una labor autocrítica, que constituirá, sin lugar a dudas, la mejor profilaxis
contra posibles quebrantamientos del derecho a la presunción de inocencia» ( «La motivación de las
resoluciones judiciales en el proceso penal: doctrina del Tribunal Constitucional», en Poder Judicial, número
a
especial IV, dedicado a «Protección jurisdiccional de los derechos fundamentales y libertades públicas,»
pág. 71 ).
128 F. Stella, Leggi scientifiche e spiegazione causale nel diritto penale, Giuffrè, Milano, 1990, pág. 155.
t
En idéntico sentido M. Nobili: «certeza moral no debe significar nunca arbitrio, sino conocimiento razonado»
(La formazione..., cit., pág. 281).
u
129 J. Fernández Entralgo ha puesto de relieve cómo no existe argumento válido, para limitar el alcance
del deber de motivar a los supuestos en que la convicción se apoya en prueba indiciaria, cuando lo que
está en juego es «la efectividad de un derecho fundamental». (En «La motivación de las resoluciones...»,
r
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t
juez por uno u otro testimonio». De ahí que estime suficiente que se
«deje constancia de los datos de que se ha dispuesto, declaraciones a
c
de la regla segunda del art. 85,2 de la Ley Procesal Militar, que, después
d
No basta con que el juez afirme que tiene (para sí) una
convicción, debe exponerla para compartirla. Diría incluso que en la
i
objetiva como «de cargo» hay algo de falaz. Porque lo que, en definitiva,
lo constituye como tal es la atribución de una determinada valencia,
a
implicación.
131 E. Ruiz Vadillo, «Hacia una nueva casación penal», en Boletín de Información del Ministerio de Justicia,
n. 1.585, pág. 5.685.
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n
coloquialmente, pudiera parecer que los hechos se explican por sí solos,
s
pero esto realmente nunca es así: el juicio de hecho será más o menos
e
elemental, pero no podrá dejar de producirse. Por otro lado, no conviene
olvidar que el mandato constitucional es incondicionado, y que las
j
resoluciones judiciales, que con harta frecuencia ilustran acerca de
o
vicisitudes procesales inútiles desde el punto de vista de la economía
de la justificación, suelen ser extraordinariamente parcas al recoger los
datos que podrían dar cuenta de la forma en que se ha producido
efectivamente la contradicción en el acto de la vista. Con ello resulta
N
que si la sentencia penal rara vez es comprensible para quien no conozca
a
los antecedentes de la causa, al ocultarse el nudo de la decisión, puede
muy bien resultar un jeroglífico, incluso para las partes. Cuando lo
c
cierto es que, como se ha dicho, la Constitución ha optado por hacer
de ella un texto inteligible y, Perelman diría, convincente133 incluso
i
para alguien que la lea desde fuera de la relación procesal concreta.
o
Hay un dato, el de la dificultad de la auténtica motivación,
n
también señalado por Ruiz Vadillo, que no puede dejar de reconocerse
a
como cierto. Porque «motivación», en el expresivo decir de Cordero134,
significa «máquina dialéctica», ejercicio de una «función ostensiva
l
(que) disuelve los arcana iustitiae» llevándose con ellos -al menos
tendencialmente- una forma siempre más cómoda de ejercicio de la
jurisdicción.
d
e
Desde luego el de motivar, como cualquier ejercicio de
racionalidad explícita, puede no ser fácil. Pero, ¿no será precisamente
esa la dirección en que apunta el imperativo constitucional? Porque, en
efecto, en la genealogía de todos los controles democráticos sobre los
l
del cadí».
u
133 Cfr. Ch. Perelman, La lógica jurídica y la nueva retórica, trad. de L. Diez Picazo, Civitas, Madrid, 1979,
pág. 213.
r
pág. 52).
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138 Así G. Calogero, para quien, mientras en el juicio de derecho el carácter ilógico del juicio se confundiría
con la «antijuridicidad», que no escapa al control de la casación, el mismo vicio referido al juicio de hecho
sería un error de facto del propio juicio de hecho, por sí mismo incensurable en casación (en op. cit.,
C
pág. 5).
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A este «prejuicio epistemológico» se ha referido Ferrajoli,
s
apuntando la alternativa: «es claro que si, al contrario, por lógica» se
e
entiende la lógica no sólo deductiva, sino también inductiva, no hay
razón para no admitir el control lógico de la casación también sobre la
j
adecuación de la motivación en materia de hecho, es decir, sobre la
o
carencia de confirmaciones (o pruebas) por modus ponens o sobre la
presencia o no experimentación de contrapruebas por modus tollens»139.
N
aplicación de las máximas de experiencia -aunque sea limitado a los
a
supuestos más llamativos- se ha abierto camino en experiencias
comparadas regidas, como la española, por la previsión del exclusivo
c
control de la transgresión legal. Tal es el caso de la jurisprudencia
alemana y de la italiana.
i
o
Como señala Walter, «hay quienes ven realizado en la práctica
de los tribunales de casación el principio de que también pueden ser
n
sometidas al control de esa instancia las comprobaciones de hechos (en
a
virtud de la fórmula de "las transgresiones de las leyes del razonamiento
y de la experiencia, de las constataciones poco claras y lagunosas")»140.
l
En este punto de vista hay implícito un replanteamiento del
sentido de la convicción íntima, que, ciertamente, no podría estar
d
sometida a patrones legales de valoración del material probatorio, pero
e
que no puede dejar de respetar las reglas del discurso racional. Por eso,
concluye Walter señalando cómo «la observancia de las leyes del
razonamiento no constituye un límite de la apreciación de la prueba,
sino que es inmanente a ésta. O mejor dicho, cuando se trata de la
l
apreciación»141.
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propiciar que el juez oculte sus razones; y, después, para negar legitimidad
a cualquier tentativa de fiscalizarlas.
J
quaestio facti son la misma cosa. Porque, como escribe Ferrajoli, debe
d
(no de las pruebas sino) del razonamiento probatorio, es todo uno con
las garantías de legalidad que expresan los tres clásicos brocardos nulla
a
poena sine crimine, nullum crimen sino lege y nulla poena et nullum
n
143L. Ferrajoli, «I valori del doppio grado e della nomofilachia», en Il giudizio di Cassazione nel sistema
delle impugnazioni, en Materiali e atti del Centro Studi per la Riforma dello Stato. Suplemento al n. 1, enero-
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explícita del juicio de hecho, el «completo acceso a ese razonamiento»,
s
que, hoy por hoy, le cierra, sin consecuencias, cualquier tribunal que
e
reserve para sí los criterios de valoración tenidos en cuenta. Y no
digamos cuando se trata de la dichosa prueba directa.
j
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El concepto de motivación en sentido fuerte, que constituye
el antecedente necesario de un control casacional como el que justifica
la sentencia que acaba de citarse, cuenta con inequívoco apoyo normativo
del más alto rango.
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En efecto, está la exigencia del art. 120,3 de la Constitución.
Aunque la colocación sistemática del precepto es un obstáculo para
c
que su inobservancia permita el acceso al recurso de amparo, parece
que en todo caso ésta habría de tener encaje en el supuesto del art.
i
849.1 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, máxime si se le relaciona
o
con la previsión del art. 5,4 de la Ley Orgánica del Poder Judicial; salvo
que pueda entenderse que el dictado constitucional en este punto carece
n
de «carácter sustantivo» y/o no deba «ser observado en la aplicación
a
de la ley penal» .
l
Pero, en último término, el defecto de motivación siempre
tendría, como entiende Bacigalupo144, las consecuencias de producir
indefensión, relevante a los efectos del art. 24 CE, y de encarnar una
d
forma de ejercicio arbitrario de un poder público, de las proscritas en
e
el art. 9,3 CE. Esto, creo, no sólo en el caso de motivación incorrecta,
sino también en el de pura y simple falta de expresión de la motivación.
144 E. Bacigalupo Zapater, «La impugnación de los hechos probados en el recurso de casación
penal.(Reflexiones sobre un decenio de aplicación del art. 24,2 CE)», Estudios de Jurisprudencia, año I,
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