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VÍCTIMAS DE VIOLENCIA FAMILIAR:
CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS EN HIJOS DE MUJERES
MALTRATADAS
Rosa Patró Hernández y Rosa María
Limiñana Gras*1 1Universidad de Murcia
Resumen: Las mujeres y los niños son las principales víctimas que sufren la violencia doméstica o
familiar. Mientras que en el caso de las mujeres maltratadas existe una creciente proliferación tanto de
investigaciones como de recursos de ayuda, la atención e intervención sobre las conse- cuencias que
se derivan para sus hijos es todavía bastante escasa. El obje- tivo del presente artículo es el de señalar
la gravedad de las repercusiones que supone para los hijos de hogares violentos el haber sido víctima
o tes- tigo del maltrato familiar, haciendo especial hincapié en el aspecto traumá- tico de tal
experiencia y en las líneas básicas a seguir en la intervención y prevención de comportamientos
violentos en estos menores.
Palabras clave: Violencia familiar; violencia doméstica; maltrato infantil; trauma psicológico;
víctimas.
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Title: Victims of family violence: Psychological effects on children of abused women.
Abstract: Women and children are the main victims of domestic or fam- ily violence. The amount
of research on abused women and aid resources for them is increasing. However, scarce attention is
paid to their children. The aim of this article is to highlight the serious consequences for chil- dren
who have grown up in violent homes and who have been victims or witnesses to family violence.
We intend to stress the traumatic aspect of this experience and the basic guidelines which should be
followed to manage and prevent violent behaviours in these children.
Key words: Family violence; domestic violence; child abuse; psychologi- cal trauma; victims.
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Tabla de contenido
Introducción…………………………………………………………………………………6
La familia como entorno potencialmente con- flictivo……………………………………...7
Violencia familiar y trauma……………………………………………………………….....8
Consecuencias psicológicas de la exposición de los niños a la violencia familiar………….11
La violencia familiar como modelo de apren- dizaje………………………………………..13
Intervenciones con niños expuestos a la violencia familiar………………………………….17
Referencias…………………………………………………………………………………...20
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Lista de figuras
Figura 1. : Proporción casos informantes sobre sintomatología en hijos......................................12
Figura 2. : Proporción casos informantes sobre comportamientos problemáticos en hijos………12
Figura 3. : Creencias y valores asociados a la violencia de género ……………………………..16
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Introducción
El término violencia familiar hace referencia a cualquier forma de abuso, ya sea físico, psicológico o
sexual, que tiene lugar en la relación entre los miembros de una familia (Corsi, 1994). Como todo
abuso, implica un desequilibrio de poder, y es ejercido desde el más fuerte hacia el más débil con el fin
último de ejercer un control sobre la relación. Tradicional- mente, en nuestra sociedad, dentro de la
estructura familiar jerárquica actualmente predominante, los dos principales ejes de desequilibrio los
han constituido el género y la edad, sien- do las mujeres, los niños y los ancianos las principales vícti-
mas de la violencia dentro de la familia.
El fenómeno de la violencia doméstica o familiar se ha convertido en las últimas décadas en un
asunto de máximo interés institucional y social atendiendo, principalmente, a ra- zones como su
elevada incidencia y la gravedad de las conse- cuencias que de él se derivan. El conocimiento real de
la in- cidencia de este tipo de violencia se ve principalmente obsta- culizado por la gran ocultación
social que tradicionalmente ha ido asociada al sufrimiento de malos tratos por parte de una figura
perteneciente al ámbito familiar. Por lo que res- pecta a la violencia familiar contra la mujer, y aunque
existen estadísticas realizadas sobre el número de denuncias por mal- trato por parte del cónyuge, se
estima que los casos denun- ciados representan entre un 10-30% de los casos reales. De acuerdo con
los resultados obtenidos en un estudio del Mi- nisterio de Trabajo y Bienestar Social hecho público en
el año 2000, se estima que alrededor de 2 millones y medio de españolas habrían sufrido algún tipo de
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maltrato por parte de sus parejas en algún momento de su vida, aunque no todas lo denuncian. Esta
cifra estaría representando a un 16% de la población de mujeres españolas mayores de 18 años. Res-
pecto a los hijos de mujeres que han sido maltratadas por sus parejas, según un estudio realizado por
Corbalán y Patró (2003) sobre una muestra de mujeres maltratadas residentes en centros de acogida , el
85% de los hijos fueron testigos de la violencia ejercida sobre sus madres, y en un 66,6% de los casos
también ellos fueron maltratados, mayoritariamente de manera física y psicológica.
Debido a una mayor sensibilidad desde todos los ámbitos de la sociedad en los últimos años, el
estudio, atención e in- tervención sobre las víctimas de esta violencia es hoy mayor y más efectivo.
En el caso de la violencia doméstica hacia la mujer, además de la creación de un mayor número de
recur- sos y ayudas institucionales, los programas de intervención sobre las consecuencias
psicológicas que padecen las vícti- mas de este tipo de violencia han experimentado un mayor
desarrollo y aplicación. Sin embargo, la situación de los hijos de estas mujeres, testigos del maltrato
hacia sus madres y, a menudo, acompañantes en la salida de éstas del hogar, toda- vía no ha recibido
una amplia atención. Las investigaciones llevadas a cabo hasta la actualidad sobre los hijos de estos
hogares violentos, muestran la necesidad de una intervención específica sobre las repercusiones que
conlleva para ellos la exposición a una situación altamente traumática y desestabi- lizadora.
La familia como entorno potencialmente con- flictivo
La familia como institución se ha considerado, históricamen- te, un ámbito privado donde el
comportamiento de sus miembros se situaba fuera del control social. Las creencias y mitos culturales
asociados al sistema patriarcal han legitima- do desde tiempos remotos el poder y la dominación del ma-
rido hacia la mujer y los hijos, despojando a éstos de todo derecho legal, económico o social (Lorente y
Lorente, 1998). Tanto la mujer como sus hijos carecían de individualidad, absorbidos por la del hombre
cabeza de familia, a cargo de quien legalmente estaban y que tenía plenos derechos para usar las medidas
que creyera convenientes para mantener el control sobre ellos.
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Actualmente puede resultar difícil aceptar, debido a de- terminados estereotipos ideales del concepto de
familia (agente socializador básico, garante de seguridad, apoyo y afectos), que la familia es uno de los
grupos sociales en los que se dan más comportamientos violentos. Straus y Gelles (1986), basándose en
los resultados de una de las encuestas de victimización más amplias realizadas hasta entonces en
población norteamericana, afirmaron que es más probable que una persona sea golpeada o asesinada en
su propio hogar por otro miembro de su familia, que en ningún otro sitio o por ninguna otra persona. En
nuestro país, y según estima- ciones del Ministerio del Interior, 1/3 del total de los casos de homicidio
cometidos anualmente tienen como víctima y victimario a miembros de una misma familia y alrededor
de
¼ parte de las denuncias de delitos y faltas de lesiones pre- sentadas en dependencias policiales se
producen en el ámbito familiar (Cerezo, 2000). A las estimaciones oficiales, ya de por sí considerables,
habría que añadir los casos que con- forman la llamada cifra negra, casos de violencia física o psi-
cológica que ocurren dentro del contexto familiar no denun- ciados y, por tanto, ocultos a las
estadísticas.
Según Straus y Gelles (1986), uno de los factores más re- levantes a la hora de explicar la elevada
incidencia de la violencia familiar es el hecho de que la familia posee una serie de características que la
hacen potencialmente conflicti- va, con el correspondiente riesgo de que los conflictos pue- dan
resolverse de manera violenta. Entre estas características destacan:
a) La alta intensidad de la relación, determinada por la gran cantidad de tiempo compartido entre sus
miembros, el al- to grado de confianza entre ellos, el derecho a influir so- bre los demás y el elevado
conocimiento mutuo que se deriva de la convivencia diaria.
b)La propia composición familiar, integrada por personas de diferente sexo y edad, lo que implica la
asunción de dife- rentes roles a desempeñar, y que se traduce en unas mar- cadas diferencias de
motivaciones, intereses y actividades entre sus miembros.
c)El alto nivel de estrés al cual está expuesta la familia como grupo, debiendo hacer frente a distintos
cambios a lo lar- go del ciclo vital y a exigencias de tipo económico, social, laboral o asistencial.
d)El carácter privado que posee todo aquello que ocurre en el interior de una familia y que,
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tradicionalmente, la ha hecho situarse fuera del control social.
Violencia familiar y trauma
Uno de los mitos adscritos a la violencia contra la mujer es el que asume que la conducta violenta del
maltratador hacia la
que es su pareja no representa un riesgo relevante para los hijos de esos hogares. Sin embargo, tanto
el hecho de que los niños sean testigos de la violencia como el que, además, pue- dan ser victimas de
ella conlleva toda una serie de repercu- siones negativas tanto para su bienestar físico y psicológico
como para su posterior desarrollo emocional y social.
Las investigaciones llevadas a cabo en los últimos 25 años han puesto de manifiesto la existencia
de una estrecha aso- ciación entre la violencia en la pareja y el maltrato infantil. Esta co-ocurrencia
se ha encontrado en diversos estudios en- tre el 30 % y el 60% de los casos evaluados (Edleson,
1999). Los casos más frecuentes son aquellos en que el maltratador agrede tanto a la mujer como a
los niños, pero también se dan los casos en que la agresión se ejerce del hombre hacia la mujer, y de
ésta o de ambos hacia los niños (Appel y Holden, 1998). Las investigaciones sobre distintos tipos de
víctimas han demostrado claramente que la violencia física, psicológi- ca o sexual, ejercida sobre una
persona, causa en ésta toda una serie de repercusiones negativas a nivel físico y psicoló- gico.
Además del posible daño físico, tras una experiencia traumática se produce una pérdida del
sentimiento de invul- nerabilidad, sentimiento bajo el cual funcionan la mayoría de los individuos y
que constituye un componente de vital im- portancia para evitar que las personas se consuman y
parali- cen con el miedo a su propia vulnerabilidad (Janoff-Bulman y Frieze, 1983; Perloff, 1983). En
el caso de los niños que no sólo son testigos del maltrato hacia su madre sino que, a la vez, también
son víctimas de esa violencia, la pérdida es to- davía, si cabe, mucho más desequilibrante, pues afecta
a un componente absolutamente necesario para el adecuado desa- rrollo de la personalidad del
menor, el sentimiento de seguri- dad y de confianza en el mundo y en las personas que lo ro- dean.
Máxime cuando el agresor es su propio padre, figura central y de referencia para el niño y la
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violencia ocurre de- ntro de su propio hogar, lugar de refugio y protección. La toma de conciencia
por parte del menor de tales circunstan- cias frecuentemente produce la destrucción de todas las ba-
ses de su seguridad. El menor queda entonces a merced de sentimientos como la indefensión, el
miedo o la preocupa- ción sobre la posibilidad de que la experiencia traumática pueda repetirse, todo
lo cual se asocia a una ansiedad que puede llegar a ser paralizante. Desafortunadamente, en el ca- so
de la violencia familiar, la experiencia temida se repite de forma intermitente a lo largo de muchos
años, constituyendo una amenaza continua y muchas veces percibida como in- controlable.
Los efectos producidos por la experimentación de un acontecimiento traumático de forma crónica
pueden ser mu- cho más profundos puesto que llevan asociados la afecta- ción, en mayor o menor
medida, de los significados cruciales de la vida de una persona (Lazarus, 2000). En el caso de los
niños que experimentan la violencia dentro de su propia fa- milia, algunos de los significados que
resultan minados por esta experiencia son sentimientos tales como los de mereci- miento, la creencia
de ser querido y atendido o la percepción de control sobre los acontecimientos y la vida en general.
De todo ello no sólo se derivan efectos directos a nivel sin- tomatológico sino que, además, supone un
importante factor de vulnerabilidad de cara al posterior ajuste psicológico del individuo.
Consecuencias psicológicas de la exposición de los niños a la violencia familiar
La exposición a la violencia familiar constituye un grave ries- go para el bienestar psicológico de los
menores, especialmen- te si, además de ser testigos, también han sido víctimas de ella. Resultados
hallados en diversos estudios muestran que los niños expuestos a la violencia en la familia presentan
más conductas agresivas y antisociales (conductas externalizantes) y más conductas de inhibición y
miedo (conductas internali- zantes) que los niños que no sufrieron tal exposición (Fan- tuzzo, DePaola
y Lambert, 1991; Hughes, 1988; Hughes, Parkinson y Vargo, 1989). Los niños de estos hogares
violen-tos también suelen presentar una menor competencia social y un menor rendimiento académico
que los niños de familias no violentas (Adamson y Thompson, 1998; Rossman, 1998), además de
promedios más altos en medidas de ansiedad, depresión y síntomas traumáticos (Hughes, 1988;
Maker, Kemmelmeier y Peterson, 1998; Stenberg et al., 1993). Se es- tima que entre el 25% y el 70%
de los niños de familias en las que se producen episodios de violencia, manifiestan pro- blemas
clínicos de conducta, especialmente problemas exter- nos como conductas agresivas y antisociales
(McDonald y Jouriles, 1991). Similares conclusiones se extraen de un es- tudio llevado a cabo en
nuestro país por Corbalán y Patró (2003), quienes administraron un cuestionario específico a una
muestra de 40 mujeres maltratadas, residentes en centros de acogida, sobre la existencia de alguna
forma de maltrato de su pareja hacia sus hijos y sobre los principales síntomas y comportamientos
problemáticos apreciados en ellos (ver Fi- guras 1 y 2 ).
Conflictividad en 10%
escuela
Huida del hogar 7,50%
Comportamiento 35%
violento hacia iguales
Comportamiento 22,50%
violento hacia madre
0,00% 20,00%40,00%60,00%80,00%100,00%
Figura 1: Proporción casos informantes sobre sintomatología en hijos
(Corbalán y Patró, 2003)
Figura 2: Proporción casos informantes sobre comportamientos problemáticos en hijos
bajo rend. 25
Escolar %
miedo hacia 27,50
%
maltratador
sint. 32,50
%
ansiedad
tristeza 30%
yaislamiento
0%10%20%30%40%50%60%70%80%90%100%
La violencia familiar como modelo de apren- dizaje
Existen otros efectos, más a largo plazo, que se pueden aso- ciar a la exposición de los niños a
situaciones de violencia familiar. El más importante es que este tipo de situaciones constituye un
modelo de aprendizaje de conductas violentas dentro del hogar, algo que junto a factores tales como
los estilos de crianza punitivos, el abuso de sustancias y la presencia de trastornos de conducta en la
adolescencia, han demostrado poseer un papel relevante en el riesgo de ejercer violencia contra la
pareja en la edad adulta. Ehrensaft, Cohen, Brown, Smailes, Chen y Johnson (2003) realizaron un
estudio longi- tudinal sobre un periodo de 20 años en una muestra de 543 niños, concluyendo que entre
los factores predictores del riesgo de ejercer violencia contra sus parejas se encontraban, en primer
lugar, los trastornos de conducta, seguidos por la exposición a la violencia doméstica entre los padres y
los sis- temas de castigo basados en el poder.
La vivencia por parte de los niños de situaciones de vio- lencia y abuso de poder cobra un
significado crucial puesto que las experiencias vividas en la infancia constituyen un fac- tor de vital
importancia para el posterior desarrollo y adapta- ción de la persona a su entorno. Los niños aprenden a
defi- nirse a sí mismos, a entender el mundo y cómo relacionarse con él a partir de lo que observan en
su entorno más próxi- mo. De este modo, la familia es considerada como el primer agente socializador
del niño y el más determinante a la hora de la instauración de modelos apropiados de funcionamiento
social. Las relaciones familiares, especialmente los estilos de crianza y la relación entre los padres,
influyen sobre la capa- cidad del niño para la autorregularización de sus conductas y emociones y sobre
el significado que atribuirá a las relaciones
interpersonales (Gilliom, Shaw, Beck, Schonberg y Lukon, 2002; Siegel, 1999).
Los niños que han experimentado alguna forma de re- chazo parental o maltrato tienden a
presentar sesgos atribu- cionales hostiles y aprenden a anticipar y a evitar las conduc- tas de rechazo,
generalizando esta anticipación a contextos interpersonales. Distintos estudios han constatado la alta
probabilidad de que estos niños presenten déficits en el pro- cesamiento de la información social
(Dogde, Bates y Pettit, 1990; Downey y Feldman, 1996). Por otra parte, los estilos parentales
excesivamente punitivos o coercitivos pueden ser- vir de modelo para la resolución coercitiva de los
conflictos, que se generalizan desde las relaciones padres-hijos a las re- laciones con los otros,
facilitando el desarrollo de déficits en el funcionamiento interpersonal (Cohen y Brook, 1995). Es-
tos primeros patrones de funcionamiento social, aprendidos y reforzados dentro de la familia, se
aplican después a las in- teracciones con los iguales. De esta forma, los niños que ex- hiben
estrategias interpersonales agresivas e inconsistentes con aquellas del grupo de iguales normativo
tienen una alta probabilidad de no ser aceptados entre sus compañeros, con el consiguiente riesgo de
aislamiento o de gravitar hacia gru- pos de iguales desviados o agresivos (Dishion, Patterson,
Stoolmiller y Skinner,1991). La pertenencia a estos grupos desviados en la adolescencia, junto con el
reforzamiento pa- rental continuado de estrategias interpersonales coercitivas o violentas pueden
llegar a ser un importante obstáculo que limite las oportunidades de aprender a relacionarse con los
otros de manera constructiva (Cohen y Brook, 1995; Dis- hion, Andrews y Crosby, 1995).
Con la repetición, esos patrones de interacción y de reso- lución coercitiva de los conflictos se
generalizan y se aplica- rán, posteriormente, a las relaciones familiares y de pareja en la edad adulta
(Connolly y Goldberg, 1999). A ello contribu- ye, por otro lado, las percepciones del carácter privado y
re- lativamente impune del entorno familiar y la influencia de los estereotipos y creencias tradicionales
acerca del uso y reparto del poder dentro de la familia.
La supervivencia intergeneracional de la violencia, y concretamente de la violencia de género, está
determinada en gran medida por la influencia de factores de tipo cultural y educacional. Entre ellos,
cobra especial relevancia los siste- mas de valores que atribuyen una superioridad innata en los
hombres respecto a las mujeres y la aceptación de la violen- cia como un medio válido para la
resolución de conflictos. Tales sistemas de valores juegan un papel fundamental en el potencial
desarrollo de conductas sexistas y/o violentas en nuestros menores.
Los hijos de mujeres maltratadas se ven expuestos no só- lo a la influencia de factores de su entorno
sociocultural, sino también a la propia experiencia de sufrir, bien como testigo o como víctima, la
violencia dentro de su entorno familiar. Así, los niños que crecen en hogares violentos aprenden e in-
teriorizan una serie de creencias y valores negativos sobre las relaciones con los otros y, especialmente,
sobre las relaciones familiares y sobre la legitimidad del uso de la violencia como método válido para la
resolución de conflictos, fruto todo ello de la interacción tanto de factores culturales y sociales
(socialización diferencial de género y aceptación social del uso de la violencia) como situacionales
(historia de violencia intrafamiliar) (Patró, Limiñana y Martínez, 2003) (ver Figura 3).
Socialización diferencial de género Historia de violencia intrafamiliar
La función social de la mujer es la crianza de los La violencia es normal.
hijos y el cuidado del hogar. Debe compor- tarse de
forma comprensiva, paciente, dulce... Hay circunstancias que justifican el uso de la
violencia, por ejemplo cuando se está enfadado o
La función social del hombre es la de desarrollar cuando los demás no hacen lo que uno quie- re.
una carrera profesional, ocuparse del sustento El que ejerce el control es el más fuerte y tiene
económico de la familia y de las relaciones con el derecho a castigar a los demás.
exterior. Debe comportarse de forma decidida, El castigo es impredecible. No existen normas o
segura, firme... reglas que aseguren su no ocurrencia.
El hombre es superior a la mujer, es más inte- Si no eres el más fuerte, debes ser sumiso.
ligente y está más capacitado.
Mi madre tiene la culpa de que mi padre la
El hombre debe ser el cabeza de familia, el que [Link] hogar no es un lugar seguro. Mi madre
tome las decisiones y el que tiene poder y con- trol no puede protegerme.
sobre el resto de los miembros de la fami- lia que
deben obedecerle.
MENOR
El hombre es el que manda en la familia y todos los demás deben obedecerle.
Las mujeres son inferiores al hombre y no tienen los mismos derechos.
Si un hombre pega a una mujer es porque se lo merece o porque ella lo provoca.
El pegar a las mujeres es normal, es frecuente y no tiene repercusiones.
Si quieres que te respeten tienes que ser violento.
Figura 3: Creencias y valores asociados a la violencia de género (Patró, Limiñana y Martínez, 2003)
Este tipo de aprendizaje presenta componentes diferen- ciales según el sexo. La tendencia observada es
que los niños aprenden que la violencia es una estrategia eficaz de solución de problemas y que su
manifestación asegura una posición de poder y privilegio dentro de la familia, mientras que las niñas
aprenden a adoptar conductas de sumisión y obedien- cia (Sarasúa, Zubizarreta, Echeburúa y Corral,
1996).
Intervenciones con niños expuestos a la violencia familiar
Las graves repercusiones que para los niños se derivan de su exposición a situaciones familiares de
violencia han poten- ciado el desarrollo e implementación de programas de inter- vención sobre estos
menores en el ámbito de los servicios sociales y de la salud. Estas intervenciones pueden llevarse a
cabo en forma de tratamiento de las secuelas traumáticas a nivel individual, en programas
psicoeducativos y de apoyo a nivel grupal, o en programas de intervención conjunta sobre los niños y
sus madres (Edleson, Mbilinyi y Shetty, 2003). Peled y Davis (1995) describen cuatro objetivos
generales de los programas de intervención grupal: (1) romper él tabú y el secretismo sobre la violencia
ejercida dentro de la familia a través de la definición de los comportamientos violentos, compartiendo
experiencias personales y trabajando sobre los sentimientos y emociones experimentadas; (2) facilitar
el aprendizaje de estrategias de autoprotección a través del de- sarrollo de planes de seguridad y el
aprendizaje de estrategias de resolución de conflictos no violentas; (3) aumentar la au- toestima a través
del refuerzo y la validación de los senti- mientos por los miembros del grupo; y (4) favorecer una ex-
periencia positiva en un ambiente seguro y estructurado.
A nivel general, existen tres aspectos que deben ser trata- dos en cualquier programa de intervención
con los niños de estos hogares violentos:
[Link] el ámbito emocional. Es importante ofrecer al niño la po- sibilidad de ser escuchado y de hablar
sobre sus sentimien- tos (miedo, angustia, enfado, rabia o culpabilidad) de ma- nera que pueda liberar
toda la angustia reprimida y norma- lizar sus emociones, a la vez que ofrecerle una explicación
adecuada sobre lo sucedido, siempre que el niño esté dis- puesto a ello. Los niños a menudo están
confundidos, no entienden lo que está sucediendo, se sienten indefensos, asustados, ansiosos,
culpables (por haber hecho algo que causara la violencia, por no haber protegido a la madre, por
seguir queriendo al padre), inseguros y preocupados por el futuro. A muchos les resulta difícil
exteriorizar sus sentimientos o preocupaciones con una madre cargada de dolor, angustia o ansiedad,
a menudo demasiado ocupada en trámites burocráticos o judiciales. Muchas madres pien- san que la
experiencia de la violencia doméstica que ellas sufrieron no afecta de forma importante a sus hijos.
Creen que los niños están bien, que actúan como siempre lo han hecho. A menudo intentan actuar con
sus hijos como si nada hubiese ocurrido y confían en la posibilidad de que no se hayan dado cuenta
de lo sucedido o que, en todo caso, lo olviden, optando a menudo por no hablar con ellos de un tema
doloroso y todavía no superado. Además de la escucha, normalización de los sentimientos experi-
mentados y el ofrecimiento de una explicación adecuada, se debe de dar también respuesta, en la
medida de lo posi- ble, y dependiendo de la edad del niño, a sus preguntas o dudas acerca del
desarrollo de los acontecimientos o ac- tuaciones en relación con la situación familiar, con el fin de
disminuir en alguna manera la incertidumbre sobre el futuro.
[Link] el ámbito cognitivo. Resulta de suma importancia el abor- daje y reestructuración de aquellos
valores y creencias aso- ciados a la violencia (ver Figura 1) de cara a la prevención y eliminación
de potenciales comportamientos violentos o de futura revictimización.
[Link] el ámbito conductual. La pérdida del sentimiento de se- guridad y la percepción de falta de
control sobre su vida y sus actividades son dos factores que frecuentemente obsta- culizan la
adecuada recuperación del niño expuesto a la violencia en su hogar. En muchos casos, los niños se
han visto obligados a huir de su hogar y del maltratador junto a su madre y/o hermanos y, en
ocasiones, residir por tiempo indeterminado en un centro de acogida, abandonando su entorno más
próximo y sus actividades habituales. En este contexto, resulta beneficioso para el menor la
creación de rutinas y ambientes estables, así como su participación en actividades que puedan
proporcionarle algún sentido de control. En determinados casos, se hace imprescindible, también, la
elaboración, junto con el menor, de planes de actuación concretos de protección frente a posibles
situa- ciones futuras de riesgo familiar. Estos planes pueden ela- borarse a partir de la valoración
del potencial de riesgo pa- ra el menor y pueden ser puestos en práctica en caso de que el niño se
vea expuesto a una situación de violencia de su padre hacia su madre o en casos en que el menor
debe ver o convivir con el padre atendiendo a un determinado régimen de visitas dictado tras la
separación de sus proge- nitores. En ellos deben especificarse qué conductas debe llevar a cabo para
ponerse a salvo de la violencia, el luga- res donde puede refugiarse o la forma de contactar con las
personas que pueden ayudarle. En definitiva, se trata de personalizar una serie de recursos y
estrategias concretas que ayuden al menor a afrontar tales situaciones y le pro- porcionen un mayor
sentimiento de seguridad y control.
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(Artículo recibido: 24-10-2003, aceptado: 9-8-2004)