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Regeneración: Cambio del Creyente

Este documento explica la regeneración o nacer de nuevo como el cambio de corazón y naturaleza que experimenta un hombre cuando se convierte en un verdadero cristiano. Describe la regeneración como un cambio radical del interior del hombre que lo transforma en una nueva criatura, citando varios pasajes bíblicos. Indica que este cambio solo puede ser obra de Dios a través de su Espíritu Santo, no algo que el hombre pueda lograr por sí mismo. Finalmente, señala que los efectos de la regeneración son siempre los mismos aunque los

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Regeneración: Cambio del Creyente

Este documento explica la regeneración o nacer de nuevo como el cambio de corazón y naturaleza que experimenta un hombre cuando se convierte en un verdadero cristiano. Describe la regeneración como un cambio radical del interior del hombre que lo transforma en una nueva criatura, citando varios pasajes bíblicos. Indica que este cambio solo puede ser obra de Dios a través de su Espíritu Santo, no algo que el hombre pueda lograr por sí mismo. Finalmente, señala que los efectos de la regeneración son siempre los mismos aunque los

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Nacer de Nuevo o la Regeneración del Nuevo Creyente

I. explicar lo que significa la regeneración, o sea, nacer de nuevo.


II. mostrar la necesidad de la regeneración.
III. indicar las marcas y evidencia de la regeneración.

I. Déjame primero explicar lo que es la regeneración, o nacer de nuevo.

La regeneración significa el cambio de corazón y de naturaleza que experimenta un hombre cuando se hace
cristiano verdadero. Creo que no puede haber dudas de que hay una inmensa diferencia entre los que
profesan ser cristianos y que se llaman así. Está claro que hay dos clases siempre en la Iglesia, la clase de
los cristianos de nombre y forma sólo, y la clase de los que lo son de hecho y de verdad. No todos los que se
llamaban de Israel eran Israel, y no todos los cristianos de nombre lo son de hecho.

Como dice la Escritura, algunos andan por el camino estrecho, otros por el ancho; algunos son trigo y otros
cizaña.

Ahora bien, ¿cuál es la explicación de la diferencia? Contestaré sin vacilar: «La regeneración, o sea el haber
nacido de nuevo. Los verdaderos cristianos son aquellos que lo son porque han sido regenerados; y los
cristianos formales son aquellos que no han sido regenerados. El corazón del cristiano de verdad ha sido
cambiado. El que sólo lo es de nombre no ha sido cambiado. El cambio de corazón es la causa de toda la
diferencia.

Este cambio de corazón es mencionado constantemente en la Biblia bajo varios emblemas y figuras. Ezequiel
lo llama: «quitaré vuestro corazón de piedra Y os daré un corazón de carne», «os daré un nuevo corazón y
pondré en vosotros un nuevo espíritu» (Ezequiel 11: 19; 36:26). El apóstol Juan lo llama «ser nacido de
Dios», a veces; a veces «ser nacido de nuevo», otras, ser nacido del Espíritu» (Juan 1:13; 3:3-6). El apóstol
Pedro, en Hechos, lo llama «arrepentirse y convertirse» (Hechos 3:19). La Epístola de los Romanos habla de
ello como un «estar vivo de entre los muertos» (Romanos 6:13). Se segunda Epístola a los Corintios lo llama
«sois una nueva criatura: las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

Este cambio de corazón es mencionado constantemente en la Biblia bajo varios emblemas y figuras. Ezequiel
lo llama: «quitaré vuestro corazón de piedra Y os daré un corazón de carne», «os daré un nuevo corazón y
pondré en vosotros un nuevo espíritu» (Ezequiel 11: 19; 36:26). El apóstol Juan lo llama «ser nacido de
Dios», a veces; a veces «ser nacido de nuevo», otras, ser nacido del Espíritu» (Juan 1:13; 3:3-6). El apóstol
Pedro, en Hechos, lo llama «arrepentirse y convertirse» (Hechos 3:19). La Epístola de los Romanos habla de
ello como un «estar vivo de entre los muertos» (Romanos 6:13). Se segunda Epístola a los Corintios lo llama
«sois una nueva criatura: las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

La Epístola a los Efesios habla de ello como una resurrección juntamente con Cristo: «os dio vida cuando
estabais muertos por vuestros delitos y pecados» (Efesios 2: l); COMO «despojarse del viejo hombre, que
1
está viciado conforme a los deseos engañosos y renovarse en el espíritu de vuestra mente, y vestirse del
nuevo hombre, creado a semejanza de Dios en la justicia y santidad de la verdad» (véase Efesios 4:22-24).
49 criaturas. El manantial debe ser purificado. La raíz enderezada. Cada uno necesita un nuevo corazón y
una nueva voluntad. El cambio no es de la piel, como el de la serpiente. Es como el de la oruga, que antes de
morir se arrastraba, pero después, como mariposa, vuela. Todo esto, se requiere, nada menos. La Epístola a
los Colosenses dice: «Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus prácticas, y revestido del nuevo, el
cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.» (Colosenses 3: 9,
lo.) La Epístola de Tito dice: «El lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo.» (Tito
3:5.) La primera Epístola de Pedro habla de ello como que «os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (I
Pedro 2:9). Y la segunda Epístola como «llegar a ser participantes de la naturaleza divina» (II Pedro 1:4). La
primera Epístola de Juan lo llama «pasar de muerte a vida» (I Juan 3:14). Todas estas expresiones vienen a
decir lo mismo al final. Son la misma verdad, mirada desde puntos de vista distintos. Todas tienen el mismo
significado. Describen un gran cambio radical de corazón y naturaleza, una alteración básica y una
transformación de todo el hombre interior, una participación en la vida de resurrección de Cristo, o para usar
las palabras del catecismo de la Iglesia Anglicana: «Una muerte al pecado y un nuevo nacimiento a la
justicia.»

Este cambio de corazón en un verdadero cristiano es tan completo, que no hay palabra que pueda expresarlo
mejor que «regeneración», o «nuevo nacimiento». Sin duda no es una alteración exterior, corporal, sino una
alteración total de todo el hombre interior. No añade nuevas facultades a la mente, pero da cierta inclinación o
sesgo a las antiguas. Su voluntad es nueva, sus gustos son nuevos, sus opiniones son nuevas, y sus puntos
de vista del pecado, del mundo, la Biblia y Cristo son tan nuevos, que en todos sentidos y propósitos, se trata
de un nuevo hombre. El cambio parece traer un nuevo ser a la existencia. Puede muy bien ser llamado nacer
de nuevo.

Este cambio no se da siempre a los creyentes al mismo tiempo en sus vidas. Algunos nacen de nuevo cuando
son niños, y parece, como Jeremías y Juan el Bautista, que son llenos del Espíritu Santo, incluso desde el
vientre de su madre. Algunos nacen de nuevo en la vejez. La gran mayoría de los verdaderos cristianos
probablemente nacen de nuevo después de la niñez. Una gran multitud de personas, hay que temer que van
a la tumba sin haber nacido de nuevo todavía. Este cambio de corazón no siempre empieza de la misma
manera en aquellos que lo experimentan ya crecidos. Algunos, como el apóstol Pablo y el carcelero de Filipos
lo pasan de modo súbito y violento, seguido de mucha angustia mental. Otros, como Lidia de Tiatira, lo pasan
de modo más suave y gradual: su invierno comienza en primavera, casi sin saber cómo. Para algunos el
cambio es traído por la obra del Espíritu por medio de aflicciones o visitaciones providenciales. Otros,
probablemente la gran mayoría de verdaderos cristianos, por el medio de la Palabra de Dios, predicada o
leída. Sólo se puede discernir, si ha tenido lugar este cambio por sus efectos. Sus comienzos son algo
secreto y escondido. No podemos verlos. Nuestro Señor Jesucristo nos dice de modo claro: «El viento sopla
donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido
del Espíritu.» (Juan 3:8.) ¿Puedes saber si eres regenerado? Tienes que contestar la pregunta examinándote
en lo que sabes son los efectos de la regeneración.

Estos efectos son siempre los mismos. Los caminos por los que son conducidos los verdaderos cristianos, al
pasar por este gran cambio, son varios. Pero el estado del corazón y del alma a que es llevado al fin, es
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siempre el mismo. Pregunta qué piensan del pecado, Cristo, la santidad, el mundo, la Biblia, la oración, y
verás que todos piensan lo mismo.

Este cambio no puede dárselo el hombre a sí mismo ni darlo a otro. ¿Sería razonable esperar que los muertos
se levantaran a sí mismos, o que un escultor diera vida a una estatua de mármol? Los hijos de Dios «nacen
no de sangre, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1: 13). Algunas veces este cambio es adscrito a
Dios el Padre: «El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos hizo
renacer para una esperanza viva.» (I Pedro 1:3.) Algunas veces está adscrito al Dios Hijo: «El Hijo vivifica a
quien quiere.» «Si sabéis que Él es justo, reconoced que todo el que hace justicia es nacido de Él.» (I Juan
2:29.) Algunas veces es adscrito al Espíritu, y Él, de hecho, es el gran agente por medio del cual es efectuado
siempre: «Lo que es nacido del Espíritu es Espíritu.» (Juan 3:6.) Pero el hombre no tiene poder para obrar el
cambio. Es algo que está mucho más allá de su alcance. «La condición del hombre después de la caída de
Adán -dice el décimo artículo de la Iglesia Anglicana-, es tal que no puede volver y prepararse a sí mismo por
su propia fuerza natural y buenas obras, para la fe y vocación hacia Dios.» Ningún ministro en la tierra puede
transmitir gracia a ninguno de los miembros de su congregación. Puede predicar fiel y verdaderamente como
Pablo o Apolos, pero Dios tiene que dar el crecimiento (I Corintios 3:6). Puede bautizar con agua en el
nombre de la Trinidad: pero a menos que el Espíritu Santo acompañe y bendiga la ordenanza, no hay muerte
al pecado ni hay nuevo nacimiento a la justicia. Jesús sólo, la Gran Cabeza de la Iglesia, puede bautizar con
el Espíritu Santo. Benditos y felices aquellos que tienen el bautismo interno, así como el externo. Lector, te
presenté esta explicación de la regeneración. Digo que es el cambio de corazón, que es la marca distintiva
del verdadero cristiano, la compañía invariable de la fe que justifica en Cristo -la inseparable consecuencia de
la unión vital con El- y la raíz y comienzo de la santificación interna. Te pido que consideres esto bien antes
de seguir adelante. Es de la mayor importancia que tus puntos de vista sean claros sobre esto: lo que es la
regeneración realmente.

Sé bien que muchos no aceptarán que la regeneración sea lo que he descrito. Considerarán que la afirmación
que he hecho, a modo de definición, es demasiado fuerte. Algunos dirán que la regeneración es sólo un
medio de admisión al estado de privilegios eclesiásticos, o sea el ser miembro de la Iglesia, pero que no
significa un cambio de corazón. Por otra parte, algunos nos dicen que el hombre regenerado tiene cierto
poder en él que le permite arrepentirse y creer si lo cree apropiado, pero que todavía necesita un cambio
ulterior a fin de llegar a ser un verdadero cristiano. Algunos dicen que hay una diferencia entre regeneración y
nacer de nuevo. Otros dicen que hay una diferencia entre nacer de nuevo y conversión. A todo esto tengo una
simple respuesta, esto es: No hallo que en la Biblia se hable en parte alguna de una tal regeneración. Una
regeneración que sólo signifique admisión en el estado de privilegios eclesiásticos puede que haya sido
defendida desde tiempos antiguos y primitivos, pero no basta con esto. Se necesita algo más. Se necesitan
algunos textos de la Escritura, y estos textos hay que encontrarlos, pues nadie los ha encontrado todavía.

Una noción así de la regeneración es totalmente incompatible con lo que dice San Juan en su primera
epístola. Obliga a inventar la teoría de que hay dos regeneraciones, y esto confunde la mente de la gente
sencilla e introduce falsa doctrina. Es una noción que no parece corresponder a la solemnidad con que
nuestro Señor introdujo el tema a Nicodemo cuando Jesús dijo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no
nace de nuevo no puede ver el reino d Dios», ¿sólo quería decir «no puede ver el reino de Dios el que no es
admitido al estado de privilegio eclesiástico»? Sin duda, quería decir más que esto. Una regeneración así
podría tenerla un hombre, como Simón el Mago y nunca ser salvo. Una regeneración así no podía haberla
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tenido el ladrón penitente y, con todo, se halla en el reino de Dios. Sin duda tiene que haber un cambio de
corazón. En cuanto a la nación de que hay distinción entre ser regenerado y nacido de nuevo, no vale la pena
considerarla. El que sabe griego sabe también que las dos palabras significan lo mismo.

A mí me parece que hay mucha confusión de ideas, en un punto simple: lo que es la regeneración, y que todo
ello ha sido causado por no adherirse sencillamente a la Palabra de Dios. No niego que un hombre que es
admitido a una Iglesia de Cristo pura, entra en un estado de gran privilegio. No dudo que está en una
condición más ventajosa para su alma, que si no perteneciera a la Iglesia. Se le abre una ancha puerta
delante del alma, que no está abierta para el pobre pagano: esto lo veo claramente. Pero lo que no veo es
que la Biblia llame a esto regeneración. Y no puedo hallar un solo texto de la Escritura que respalde la
suposición de que es así. Es muy importante en teología distinguir las cosas distintas. Los privilegios de la
Iglesia son una cosa. La regeneración es otra. Yo no los confundo. Veo bien claro que hay hombres
importantes y buenos que se han adherido a esta idea de la regeneración a que me he opuesto. Pero, cuando
se trata de una doctrina del Evangelio eterno, no considero que sea el hombre el que puede decir la última
palabra. Nunca hemos de olvidar las palabras del viejo filósofo: «Amo a Platón, amo a Sócrates, pero amo
más la verdad.» Digo sin vacilación que los que sostienen que hay dos regeneraciones han de presentar un
texto que lo pruebe. Yo no creo que ningún estricto lector de la Biblia pueda formar esta opinión por sí mismo;
y esto me hace pensar que la idea es una invención humana. La única regeneración que puedo ver en la
Escritura es un cambio de corazón, no un cambio de estado. Éste es el punto de vista, afirmo otra vez, que el
catecismo de la Iglesia adopta cuando habla de la «muerte al pecado y un nuevo nacimiento a la justicia», y
ésta es la mía. Lector, la doctrina que consideramos es de la mayor importancia. No se trata de nombres, o
fórmulas, sino de algo que has de sentir, conocer por experiencia, para ser salvo. Procura acostumbrarte a
ella. No te dejes llevar por las controversias, que partan tu atención de donde has de ponerla, en tu propio
corazón. ¿Ha cambiado tu corazón? ¡Ay!, es muy poca cosa el discutir acaloradamente sobre la regeneración
si es algo de lo que no sabemos nada por dentro. A mí me parece que hay mucha confusión de ideas, en un
punto simple: lo que es la regeneración, y que todo ello ha sido causado por no adherirse sencillamente a la
Palabra de Dios. No niego que un hombre que es admitido a una Iglesia de Cristo pura, entra en un estado de
gran privilegio. No dudo que está en una condición más ventajosa para su alma, que si no perteneciera a la
Iglesia. Se le abre una ancha puerta delante del alma, que no está abierta para el pobre pagano: esto lo veo
claramente. Pero lo que no veo es que la Biblia llame a esto regeneración. Y no puedo hallar un solo texto de
la Escritura que respalde la suposición de que es así. Es muy importante en teología distinguir las cosas
distintas. Los privilegios de la Iglesia son una cosa. La regeneración es otra. Yo no los confundo. Veo bien
claro que hay hombres importantes y buenos que se han adherido a esta idea de la regeneración a que me
he opuesto. Pero, cuando se trata de una doctrina del Evangelio eterno, no considero que sea el hombre el
que puede decir la última palabra. Nunca hemos de olvidar las palabras del viejo filósofo: «Amo a Platón, amo
a Sócrates, pero amo más la verdad.» Digo sin vacilación que los que sostienen que hay dos regeneraciones
han de presentar un texto que lo pruebe. Yo no creo que ningún estricto lector de la Biblia pueda formar esta
opinión por sí mismo; y esto me hace pensar que la idea es una invención humana. La única regeneración
que puedo ver en la Escritura es un cambio de corazón, no un cambio de estado. Éste es el punto de vista,
afirmo otra vez, que el catecismo de la Iglesia adopta cuando habla de la «muerte al pecado y un nuevo
nacimiento a la justicia», y ésta es la mía. Lector, la doctrina que consideramos es de la mayor importancia.
No se trata de nombres, o fórmulas, sino de algo que has de sentir, conocer por experiencia, para ser salvo.
Procura acostumbrarte a ella. No te dejes llevar por las controversias, que partan tu atención de donde has de

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ponerla. Lector, la regeneración, o nuevo nacimiento, es la marca distintiva de todo verdadero cristiano. Ahora
considera esto: ¿Has sido regenerado, sí o no?

II. Déjame que te muestre, en segundo lugar, la necesidad que hay de ser regenerado o nacer de nuevo.
Que hay esta necesidad se ve bien claro por las palabras de Jesús en el tercer capítulo del Evangelio de San
Juan. No hay nada más claro y positivo que su lenguaje a Nicodemo. «El que no nace de nuevo no puede ver
el reino de Dios.» No te asombres de que te dije: «Os es necesario nacer de nuevo.» (Juan 3:7.) La razón de
esta necesidad es la gran pecaminosidad y corrupción de nuestro corazón natural. Las palabras de San Pablo
a los corintios son correctas de modo literal: «Pero el hombre natural no capta las cosas que son del Espíritu
de Dios, porque para él son locura, y no las puede conocer, porque se han de conocer espiritualmente » (I
Corintios 2:14). Como el agua de los ríos desciende, y las chispas se elevan, el corazón del hombre se inclina
al mal. Nos gustan los enemigos de nuestra alma, aborrecemos a los amigos de ella. Llamamos bien al mal y
mal al bien. Nos complacemos en la impiedad, y no en Cristo. No sólo cometemos pecado, sino que lo
amamos. No sólo necesitamos ser limpiados de la culpa del pecado, sino también ser librados de su poder. El
tono o corriente natural de nuestra mente tiene que ser alterado completamente. La imagen de Dios, que ha
sido emborronada por el pecado, tiene que ser restaurada. El desorden y la confusión que reina en nosotros
deben cesar. El Espíritu debe introducir luz en nuestros corazones, poner las cosas en su sitio, y crear todas
las cosas de nuevo.
Le limpia de sus pecados con su propia sangre, y le da perdón gratuito: esto es su justificación. Pone el
Espíritu Santo en su corazón, y le hace un hombre enteramente nuevo: esto es su regeneración. Las dos
cosas son absolutamente necesarias para la salvación. El cambio de corazón es tan necesario como el
perdón; y el perdón es tan necesario como el cambio de corazón. Sin el perdón no tenemos derecho al cielo.
Sin el cambio no podríamos estar preparados para gozar del cielo, aunque entráramos. Las dos cosas no van
nunca separadas. No se halla la una aparte de la otra. Toda persona justificada es también regenerada, y
viceversa. Cuando el Señor Jesucristo da a una persona remisión de sus pecados, le da también el
arrepentimiento. Cuando le concede paz con Dios, también le da el poder de ser hecho hijo de Dios. Hay dos
grandes máximas del glorioso Evangelio que nunca deberían ser olvidadas. Una es: «El que cree no será
condenado.» (Marcos 16:16.) La otra es: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él.»
(Romanos 8: 9.)
Lector, el hombre que niega la necesidad universal de la regeneración, es que no sabe mucho de la corrupción
del corazón. Está ciego el que considera que el perdón es todo lo que necesitamos para llegar al cielo, y no
ve que el perdón sin el cambio de corazón sería un don inútil. Bendito sea Dios que nos ofrece los dos
gratuitamente en el Evangelio de Cristo, y que Jesús puede y está dispuesto a darnos el uno y el otro. Sin
duda te das cuenta que una gran mayoría de personas en el mundo, no ven nada, no sienten nada y no
saben nada en religión, por lo menos como debieran. Explicar el por qué no es ahora mi plan. Sólo te
pregunto: ¿no es esto un hecho? Háblales de lo pecaminoso de muchas cosas (que están haciendo
constantemente y la respuesta corriente es que: «No ven en ello mal alguno.»
Háblales del terrible riesgo en que están sus almas, de lo corto que es el tiempo, lo cercana que es la
eternidad, lo incierto de la vida, la realidad del juicio. «No ven ningún peligro.»

Háblales de su necesidad de un Salvador: potente, amante, divino, y de la imposibilidad de ser salvos del
infierno, excepto por la fe en IP-I. Esto es letra muerta para ellos. «No veo ninguna gran barrera entre ellos y
el cielo.» Háblales de la santidad, del alto nivel de vida que requiere la Biblia. No pueden comprender la
necesidad de este rigor. «No ven que valga la pena ser muy bueno.» Hay millares y millares de personas así
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a nuestro alrededor. Oyen estas cosas toda su vida. Asisten a la predicación, y escuchan la apelación a sus
conciencias. Y con todo, cuando se les visita en su lecho de muerte, parece que nunca han oído estas cosas.
No saben nada por experiencia de las principales doctrinas del Evangelio. No pueden dar razón alguna de su
esperanza. Y ¿por qué? ¿Cuál es la explicación de este estado de cosas') Todo procede de esto: el hombre
de modo natural no tiene sentido para las cosas espirituales. Es en vano que delante de ellos brille el sol de
justicia: sus ojos están ciegos y no ven. Es en vano que las invitaciones de Cristo suenen a sus oídos: éstos
están tapados. Es en vano que se les muestre la ira de Dios contra el pecado: son como el viajero dormido
que no advierte la tormenta que se acerca. Es en vano que se les ofrezca el pan de vida: su alma no está
hambrienta. En vano aconsejarles que acudan al Gran Médico: su alma no es consciente de enfermedad
alguna. «Soy rico, y mis bienes se han multiplicado y no tengo necesidad de nada.» ¡Ah, lector, no hay nada
tan triste como la suma corrección de nuestra naturaleza! No hay nada tan triste como la anatomía de un
alma muerta. ¿Qué es lo que necesita este hombre? Necesita nacer de nuevo, ser hecho una nueva criatura.
Necesita despojarse del viejo hombre y poner el nuevo. No vivimos nuestra vida natural hasta que nacemos
en este mundo, y no vivimos la vida espiritual hasta que nacemos en el Espíritu. Pero, lector, tienes además
que darte cuenta que la vasta mayoría de personas no son aptos para gozar del cielo en su estado presente.
Te presento esto como un hecho importante.

Considera las masas que se apiñan en nuestras ciudades. Son criaturas moribundas -todos seres inmortales-,
todos yendo al trono del juicio de Cristo, todos ellos yendo a vivir para siempre en el cielo o en el infierno.
Pero ¿dónde hay la menor evidencia de que la mayoría de ellos estén preparados en el menor grado para
vivir en el cielo? Mira la mayor parte de los que se llaman cristianos, en todas partes del país. Mira los que
consideras mejores. ¿Cuáles son sus deleites y placeres? ¿Qué es lo que prefieren? ¿En qué disfrutan
cuando pueden hacer lo que quieren? Mira de modo especial cómo pasan el domingo. Cuán Poco deleite ves
en ellos en la Biblia y la oración. Mira lo bajo y terrenal de sus placeres, sea en viejos o jóvenes, ricos o
pobres. Nota estas cosas y contesta: «¿Qué haría esta gente en el cielo?» Tú y yo, podríamos decir,
sabemos poco del cielo. Tenemos de él nociones vagas e imprecisas. Pero, en todo caso, estamos de
acuerdo en que el cielo es un lugar muy santo, que Dios está allí, que Cristo está allí, y también los santos y
los ángeles; que no hay pecado, ni se dice, piensa o hace nada allí que no le guste a Dios. Con sólo esto, al
pensar, luego, en la gran mayoría de gente que nos rodea se ve que no son aptos para el cielo, como no lo es
un pez para vivir sobre tierra seca, o un pájaro para nadar. Y ¿qué es lo que necesitan para poder gozar del
cielo? Necesitan ser regenerados, nacer de nuevo. No es un ligero cambio o una enmienda externa lo que se
requiere. No ya el restringir las pasiones o aquietar los afectos díscolos. Esto no basta. La edad ya se
encarga de ello, o el temor. La alteración necesaria es mucho mayor y más profunda. Necesitan que se ponga
una nueva naturaleza en ellos. Necesitan ser hechos nuevas criaturas. Considera las masas que se apiñan
en nuestras ciudades.
Son criaturas moribundas -todos seres inmortales-, todos yendo al trono del juicio de Cristo, todos ellos yendo
a vivir para siempre en el cielo o en el infierno. Pero ¿dónde hay la menor evidencia de que la mayoría de
ellos estén preparados en el menor grado para vivir en el cielo? Mira la mayor parte de los que se llaman
cristianos, en todas partes del país. Mira los que consideras mejores. ¿Cuáles son sus deleites y placeres?
¿Qué es lo que prefieren? ¿En qué disfrutan cuando pueden hacer lo que quieren? Mira de modo especial
cómo pasan el domingo. Cuán Poco deleite ves en ellos en la Biblia y la oración. Mira lo bajo y terrenal de sus
placeres, sea en viejos o jóvenes, ricos o pobres. Nota estas cosas y contesta: «¿Qué haría esta gente en el
cielo?» Tú y yo, podríamos decir, sabemos poco del cielo. Tenemos de él nociones vagas e imprecisas. Pero,
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en todo caso, estamos de acuerdo en que el cielo es un lugar muy santo, que Dios está allí, que Cristo está
allí, y también los santos y los ángeles; que no hay pecado, ni se dice, piensa o hace nada allí que no le guste
a Dios. Con sólo esto, al pensar, luego, en la gran mayoría de gente que nos rodea se ve que no son aptos
para el cielo, como no lo es un pez para vivir sobre tierra seca, o un pájaro para nadar. Y ¿qué es lo que
necesitan para poder gozar del cielo? Necesitan ser regenerados, nacer de nuevo. No es un ligero cambio o
una enmienda externa lo que se requiere. No ya el restringir las pasiones o aquietar los afectos díscolos. Esto
no basta. La edad ya se encarga de ello, o el temor. La alteración necesaria es mucho mayor y más profunda.
Necesitan que se ponga una nueva naturaleza en ellos. Necesitan ser hechos nuevas a verdad, clara y lisa,
es que hay enormes cantidades de cristianos profesos en el mundo que no tienen nada de cristianos, excepto
el nombre. La realidad del cristianismo, las gracias, la experiencia, la fe, la esperanza, la vida, los conflictos,
los gustos, el hambre y sed de justicia, todas estas cosas las desconocen. Necesitan convertirse del mismo
modo que los gentiles, a quienes Pablo predicaba, que necesitaban abandonar los ídolos y ser renovados en
el espíritu de su mente, de modo real si no literal. Y una parte principal del mensaje que debería ser predicado
a la mayor parte de toda congregación es éste: «Tenéis que nacer de nuevo.» Escribo esto de modo
deliberado. Sé que parecerá terrible y poco caritativo a muchos oídos. Pero pido a cualquiera que tome el
Nuevo Testamento en la mano y mire lo que dice que es el cristianismo, y compare con los caminos de los
cristianos profesos, y luego niegue la verdad de lo que he escrito, si puede. Y ahora, que cada uno que lea
estas páginas recuerde este gran principio de la religión de la Escritura: «No hay salvación sin regeneración,
no hay vida espiritual sin un nuevo nacimiento, no hay cielo sin un nuevo corazón.» No pienses ni un
momento que el tema de este mensaje es una mera cuestión de controversia, y que no te afecta. No es así.
Te afecta profundamente. Toca tus intereses eternos. Es algo que tienes que conocer por ti mismo, sentirlo,
experimentarlo si es que quieres ser salvo. No hay alma de ser humano que haya entrado en el cielo sin
haber nacido de nuevo. No creas que esta regeneración es un cambio que pueda hacerse cuando se está
muerto, si no ha sido efectuado cuando se estaba vivo. No cometas este error. Ahora, en este mundo de
actividades múltiples, tienes que prepararte para el cielo si es que has de estarlo. Éste es el momento para
ser justificado, para ser santificado y para nacer de nuevo. Tan cierto como la Biblia es verdadera, el que
muere sin estas tres cosas, resucitará para ver que está perdido para siempre.
Puedes ser salvo, y alcanzar el cielo sin muchas cosas que los hombres consideran de importancia: riquezas,
conocimientos, libros, comodidades, salud, casa, tierras o amigos; pero sin regeneración nunca serás salvo.
Sin tu nacimiento natural no habrías existido; sin el nuevo nacimiento nunca vivirás y te moverás en el cielo.
Bendito sea Dios, que los santos en la gloria serán una multitud incalculable. Pero estoy persuadido, por la
Palabra de Dios, que de todos los que alcanzan el cielo no habrá uno sólo que no haya nacido de nuevo.
¿Has nacido de nuevo?, digo a todo el que abre esta pagina. Una vez más: No hay salvación sin nuevo
nacimiento. III. En tercer lugar, vamos a indicar las marcas o características de ser regenerado, o sea, haber
nacido de nuevo. Es importante tener ideas claras sobre este tema. Ya hemos visto lo que es la regeneración
y por qué es necesaria para la salvación. El paso que sigue es hallar los signos y evidencias por los que el
hombre puede saber si ha nacido de nuevo o no: si su corazón ha sido cambiado por el Espíritu Santo. Estos
signos y evidencias son presentados de modo claro en la Escritura. Dios no nos ha dejado a oscuras sobre
este punto. Él previó que algunos se atormentarían con dudas y preguntas sobre el estado de su alma. Previó
que otros considerarían que eran regenerados sin tener derecho a pensar así. Por tanto, nos ha provisto de
una prueba o criterio de nuestra condición espiritual en la primera Epístola de San Juan. En ella Dios ha
descrito lo que es el hombre regenerado, y lo que hace: sus caminos, hábitos, manera de vivir, fe y

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experiencia. Todo el que desee poseer la clave de este asunto debe leer a conciencia esta primera Epístola
de Juan.
Lector, te invitó a que consideres estas marcas, mientras hablamos de ellas. Esto es lo más importante de
este libro. Podrían hallarse más formas de evidencia, pero nos limitaremos a las de la I Epístola de San Juan,
porque son muy explícitas. 1. Primero, Juan dice: «Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado»,
y también: «Aquel que ha nacido de Dios no continúa pecando.» (I Juan 3:9, 5:18.)

Una persona regenerada no practica el pecado. No peca más con el corazón y la voluntad, por inclinarse a
ello, como hace el hombre no regenerado. Hubo probablemente un tiempo en que él no pensaba si sus
acciones eran pecaminosas o no, y no estaba apenado por obrar mal. No había lucha entre él y el pecado:
eran amigos. Ahora odia el pecado, huye de él, lucha contra él, gime bajo su presencia, se lamenta cuando
cae bajo su influencia, y anhela ser librado de él. En una palabra, el pecado no le agrada, es para él una cosa
abominable, no lo ve con indiferencia. No puede impedir que more en él. «Si decimos que no tenernos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (I Juan 1:8); pero, ahora lo
aborrece. No puede evitar los malos pensamientos, las deficiencias, las omisiones, tanto de palabra como de
acción. Sabe, como dice Santiago, que: «Todos ofendemos en muchas cosas.» (Santiago 3:2.) Pero puede
decir con verdad que lo lamenta y no consiente con ellas como hace el hombre no regenerado. Lector, ésta
es la primera marca. ¿Qué diría el apóstol de ti? ¿Has nacido de Dios? 2. En segundo lugar, San Juan dice:
«Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios.» (I Juan 5:1.) El hombre regenerado cree que
Jesucristo es el único Salvador, que puede perdonarle y redimirle, que su divina persona fue designada y
ungida por Dios el Padre para este propósito, y que fuera de Él no hay otro Salvador. En sí mismo sólo ve
indignidad, pero en Cristo ve una base para la plena confianza y cree que sus pecados han sido perdonados
y sus iniquidades borradas. Cree que por la obra consumada de Cristo y su muerte en la cruz, es considerado
justo a la vista de Dios, y puede esperar la muerte y el juicio sin alarmarse. Es posible que tenga dudas v
temores. Puede incluso decirse que, a veces, se siente como si no tuviera fe. Pero si se le pregunta si quiere
confiar en otro en vez de Cristo, la respuesta será contundente. No quiere descansar sus esperanzas de la
vida eterna ni en su propia bondad, su capacidad de enmendarse, sus oraciones, su pastor o su iglesia. No
quiere renunciar a Cristo y colocar su confianza en otro medio de salvación. No quiere perder a Cristo, sino
mantenerse aferrado a Él. Lector. Ésta es otra marca. ¿Qué diría el apóstol de ti? ¿Has nacido de Dios?

III. En tercer lugar, Juan dice: «Todo el que hace justicia es nacido de Él.» (1 Juan 2:29.)
El hombre regenerado es santo. Se esfuerza para vivir según la voluntad de Dios, hacer lo que le agrada y
evitar lo que Él aborrece. Su objetivo y deseo es amar a Dios con todo su corazón, alma mente y fuerza, y a
su prójimo como a sí mismo. Quiere seguir mirando a Cristo como su ejemplo, además de tenerle por su
Salvador, y hacer todo lo que él le manda, con lo que puede ser su amigo. Sin duda no es perfecto. Esto lo
sabe él mejor que nadie, Gime bajo la carga de corrupción que todavía le agobia. Halla un principio M mal en
él, que está haciendo guerra continuamente contra la gracia, y trata de apartarle de Dios. Pero no consiente
en ello, aunque no puede evitar su presencia. A pesar de sus deficiencias, la inclinación de sus caminos es
santa, y lo son sus actos, sus gustos, sus hábitos. A pesar de todo este andar incierto, como barco en una
tempestad, de acá para allá, el curso general de su vida es en una dirección: hacia Dios y por Dios. Y aunque
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a veces, abatido, incluso duda si es cristiano, en momentos más sosegados puede decir, como John Newton:
«No soy lo que debería, no soy lo que quiero ser, no soy lo que quiero ser, no soy lo que espero ser en el otro
mundo, pero con todo, no soy lo que era, y por la gracia de Dios, soy lo que soy.»
Lector, pongo esta marca delante de ti. ¿Qué diría de ti el apóstol? ¿Has nacido de Dios? 4. San Juan dice:
«Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos.» (I Juan 3:14.)

Un hombre regenerado tiene un amor especial para los verdaderos discípulos de Cristo. Como su Padre en el
cielo, ama a todos los hombres con un amor general, pero tiene un amor especial para aquellos que son
como él. Como su Señor y Salvador, ama a los peores pecadores, y podría llorar por ellos; pero tiene un amor
especial para sus hermanos los creyentes. Nunca se encuentra del todo bien a menos que sea en su
compañía. Otros pueden dar valor a la inteligencia, las riquezas, o el rango en la compañía que buscan. El
hombre regenerado da valor a la gracia. Aquellos que tienen más, y son más como Cristo, son aquellos a
quienes ama más. Los considera miembros de la misma familia, sus hermanos, hijos todos del mismo Padre.
Considera que todos son camaradas que luchan bajo un mismo capitán y en contra de un enemigo común.
Los considera compañeros en su viaje, andan juntos, sufre las mismas penalidades y pronto van a descansar
con él en el hogar eterno. Los entiende y ellos le entienden a él. Pueden ser muy diferentes en muchas cosas,
pero ¿qué importa? Son de Jesús. Son sus hermanos. No puede por menos que amarles. Lector, pongo esta
marca también delante de ti. ¿Qué diría de ti el apóstol? ¿Has nacido de Dios? 5. En quinto lugar, Juan dice:
«Todo el que es nacido de Dios, vence al mundo.» (I Juan 5:4.) Un hombre regenerado no hace de la opinión
del mundo su criterio de bien y mal. No le importa ir contra la corriente de las costumbres e ideas del mundo.
Lo que dicen los demás no le hace mudar de opinión. Ha vencido el amor al mundo. No halla placer en las
cosas que los que le rodean consideran la fuente de la felicidad. No disfruta de las mismas cosas que ellos,
sino que le cansan y le parecen sin provecho e insatisfactorias para un ser inmortal. No teme al mundo. El
que le acusen, o le ridiculicen, no le importa. Ama la alabanza de Dios más que la de los hombres. Teme
ofender a Dios más que ofender a los hombres. Ha contado el coste. Tiene la mira puesta en Aquel que es
invisible y ha resuelto seguirle. Es posible que tenga que salir del mundo, apartarse, si quiere seguirle, pero
está dispuesto. El que le digan que sus puntos de vista son distintos de los de los demás no le afecta en lo
más mínimo. No sigue la moda. Su objetivo principal es complacer a Dios.
Lector, he colocado esta marca ante ti: ¿Qué diría el apóstol de ti? ¿Has nacido de Dios? 6. En sexto lugar,
Juan dice: «El que es engendrado de Dios, se guarda». (Antigua versión.) (I Juan 5: 18.) Un hombre
regenerado es muy cuidadoso con su alma. Se esfuerza en mantenerla libre de pecado, pero también de todo
aquello que conduce al mismo. Es cuidadoso con sus amigos. Se da cuenta que las malas compañías
corrompen en el corazón, y que el mal se contagia más fácilmente que el bien, como las enfermedades, más
que la salud. Es cuidadoso en el empleo de su tiempo; su principal deseo es usarlo con provecho. Vigila los
libros que lee, para que no emponzoñen su alma. Con las amistades que forma: no le basta que la gente sea
amable y de buen natural, sino que se pregunta si su trato hará bien a su alma. Es cuidadoso con sus hábitos
diarios y su conducta; trata de recordar que su propio corazón es engañoso, que el diablo procura dañarle y,
por tanto, siempre está en guardia. Desea vivir como un soldado en territorio enemigo, llevar las armas
preparadas constantemente, y estar alerta a causa de las tentaciones. Encuentra, por experiencia, que su
alma se halla entre enemigos y procura ser vigilante, humilde y asiduo en la oración. Lector, he puesto esta
característica delante de ti. ¿Qué diría el apóstol de ti? ¿Has nacido de Dios? Estas son las seis grandes
características de la regeneración que Dios nos ha mostrado. Que cada uno que me ha seguido hasta aquí
vuelva a leerlo todo con atención. Una vez más deseo que las considere a conciencia.
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é que hay una vasta diferencia entre la profundidad y la claridad de estas marcas en aquellos que son
regenerados. En algunos son débiles, borrosas, difíciles de discernir. inconfundibles, de modo que se pueden
leer fácilmente. Algunas de estas marcas son más visibles en algunos; otras, en otros. Raramente ocurre que
todas se manifiesten por un igual en la misma alma. Pero, con todo, después de admitir lo antes dicho,
encontramos estas seis marcas en todos los que han nacido de Dios. Hay aquí cosas positivas establecidas
por San Juan, como partes del carácter del hombre regenerado, como las facciones de la cara del hombre.
Su resumen es: el hombre regenerado no sigue pecando, cree que Jesús es el Cristo, hace la justicia, ama a
sus hermanos, vence al mundo y se guarda a sí mismo. Y más de una vez la misma Epístola nos dice que
aquel que no tiene esta 0 aquella marca «no es de Dios». Ruego al lector que se fije en ello. Ahora bien, ¿qué
diremos de estas cosas? ¿Qué pueden decir los que defienden que la regeneración es sólo la admisión a los
privilegios de la Iglesia externa? Por mi parte, la conclusión a que llego es: el que tiene las seis marcas es
regenerado; el que no las tiene, no lo es. Esta es la conclusión a la que quiere el apóstol que lleguemos.
Lector, ¿tienes estas marcas? No sé qué piensas sobre la regeneración. Pero, te advierto solemnemente, si
no tienes nada en ti de las marcas de que hemos hablado, tienes de que alarmarte. Sin estas marcas es vano
imaginarse que eres regenerado escrituralmente. El apóstol Juan da testimonio claro y expreso de que no lo
eres. Tiene que haber cierta semejanza entre Dios y sus hijos. Sin ella no se pertenece a la familia. Tiene que
haber evidencia visible del Espíritu que está en ti, clara como un sello estampado. Si careces de esta
evidencia te jactas de un don inexistente. Muéstrame tu fe sin tus obras, dice Santiago, cuando habla contra
los que están contentos con una fe muerta. Muéstrame la regeneración sin sus frutos, se puede decir
también.

Lector, si no tienes estas marcas, despiértate, pues estás en peligro. Despierta de tu sueño de indiferencia
descuido. Date cuenta del inmenso peligro del infierno y la desgracia eterna en que te encuentras. Empieza a
usar con diligencia los varios medios que Dios se complace en poner en el corazón del hombre para darle
gracia, cuando no la han recibido en su juventud. Sé diligente en escuchar la predicación del Evangelio, en la
lectura de la Biblia y, sobre todo, en la oración al Señor Jesucristo por el don del Espíritu Santo. Si sigues
esta dirección, tengo esperanza respecto a ti. Nadie buscó en vano al Señor Jesucristo cuando lo hizo con
sinceridad y sencillez. Si al contrario, rehúsas seguir este curso, tengo miedo por ti. Si la Biblia es verdad, no
has nacido de nuevo. No es probable que uses los medios apropiados para obtener esta gran bendición. Sólo
puedo decir: «¡Que el Señor tenga misericordia de tu alma! » Lector, si tienes estas marcas, esfuérzate por
hacerlas más v más claras. Que tu arrepentimiento se vuelva un hábito, tu fe crezca, tu santidad progrese, tu
victoria sobre el mundo se haga más decisiva, tu amor a los hermanos Más cálido, la vigilancia de ti mismo
más celosa. Toma este consejo y nunca te arrepentirás. Este es el camino Para ser útil y feliz en tu religión. El
camino para acallar la oposición de los enemigos de la verdad. Que tu vida muestra la regeneración, y que la
sientas en tu corazón. Lector, te encomiendo lo que digo para que lo medites seriamente. Es la verdad de
Dios. Hay mucha confusión, hoy, sobre el punto de la regeneración. Son a millares los que oscurecen el
consejo de Dios confundiendo el bautismo con la regeneración. Hay que mantener los dos separados. Aclara
tus ideas sobre la regeneración y no es probable que hagas equivocaciones sobre el bautismo. Y cuando
tengas una idea clara, aférrate a ella y no la sueltes.

Fuente: La Nueva Vida. John Charles Ryle

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