Le Breton: Vivir consiste en reducir continuamente el mundo al cuerpo, a través de lo
simbólico que éste encarna. La existencia del hombre es corporal. Nada es más misterioso,
para el hombre, que el espesor de su propio cuerpo. Y cada sociedad se esforzó, en un estilo
propio, por proporcionar una respuesta singular a este enigma primario.
Son las representaciones sociales las que le asignan al cuerpo una posición determinada
dentro del simbolismo general de la sociedad. Lo nombran y ubican en el cosmos y en el
ecosistema, este saber aplicado al cuerpo es, en primer término, cultural. Aunque el sujeto
solo cuente con una comprensión rudimentaria del mismo, le permite otorgarle al espesor
de su carne, saber de qué está hecho, entender sus enfermedades y saber su posición frente
a la naturaleza y al resto de los hombres a través de un sistema de valores.
Importante: las representaciones del cuerpo, y los saberes acerca del cuerpo son tributarios
de un estado social, de una visión del mundo y, dentro de esta última, de una definición de
la persona. El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo. De ahí
que cada estadio histórico busque definirlo pese a que parece algo evidente, nada es más
inaprehensible que él.
Nunca es un dato indiscutible, sino el efecto de una construcción social y cultural. En
occidente se admite como modelo el proveniente de la biología y la medicina siendo este el
anclaje que le permite al sujeto decir “mi cuerpo” marcando su posesión.
Córdoba: El posmodernismo, en tanto lógica cultural del capitalismo avanzado, traza el
horizonte ideológico social sobre el que ha de articularse cualquier comprensión activa de
las representaciones hegemónicas.
Se ha señalado la hipertrofia de la dimensión imaginaria de la cultura como uno de los
rasgos distintivos de este contexto; y esta afluencia incontenible de imágenes irradiadas por
los medios de masas ha sido caracterizada como una modalidad de la “estetización de la
vida cotidiana”.
Eco: la primera mitad del siglo XX, y a lo sumo los sesenta de ese siglo es el escenario de
una lucha dramática entre la belleza de la provocación y la del consumo. La vanguardia o la
belleza de la provocación: este movimiento no plantea un ideal de belleza porque se
sobreentiende que las nuevas imágenes son artísticamente bellas y han de proporcionar el
mismo placer que despertaban los cuadros renacentistas, precisamente porque la
provocación vanguardista viola todos los cánones estéticos respetados hasta ese momento.
El arte ya no se propone proporcionar una imagen de la belleza natural, ni pretende
procurar el placer sosegado de la contemplación de formas armónicas. Al contrario, lo que
pretende es enseñar a interpretar el mundo con una mirada distinta, a disfrutar el retorno de
los modelos arcaicos o exóticos; el mundo onírico, de la locura, de los delirios por
estupefacientes, las pulsaciones del inconsciente, las asociaciones insólitas, etc. Solo una
corriente del arte contemporáneo ha recuperado la preocupación por las formas este es el
arte abstracto, que ha propuesto formas puras desde la geometría y la matemática.
La belleza de consumo: al preguntarnos cuál ha sido el modelo de belleza propuesto por los
medios de comunicación de masas, descubriremos, seguramente, que se ha producido una
doble censura a lo largo del siglo. Se observan la presencia de dos tipos de modelos tanto
en el cine como en la televisión, por una parte, los medios de comunicación de masas,
ofrecen un modelo de belleza tanto para aquella a quien la naturaleza ha dotado ya de
gracia aristocrática, como también, por otra parte, proporciona un modelo de belleza para la
proletaria de formas opulentas.
La segunda censura divide al siglo en dos partes. A fin de cuentas, los ideales de belleza a
los que se remiten los medios de comunicación de los primeros sesenta años del siglo XX
evocan las propuestas de las artes mayores. Los medios de comunicación de masas ya no
presentan, en el posmoderismo, un modelo unificado, un ideal único de belleza. Pueden
recuperar en una publicidad destinada a durar solo una semana, todas las experiencias de la
vanguardia y ofrecer a la vez modelos de los años veinte, treinta o cuarenta. Los medios
proponen de nuevo una iconografía decimonónica, el realismo fabuloso, la exuberancia y la
anorexia, la mujer fatal y la de cara lavada. Ya no es posible, dice Eco, distinguir el ideal
estético difundido por los medios de comunicación del siglo XX en adelante. Debemos
rendirnos a la orgia de la tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo
de la belleza. (También aplicado a los cuerpos)
Raquel Guido: Entendemos al cuerpo como lugar de representación de una simbólica
general del mundo, así compuesta por un entrecruzamiento de los contenidos internos del
individuo y los de su medio cultural. Cuerpo que entrama una realidad orgánica con un
doble imaginario: individual y social, y se presenta como una red de significaciones
múltiples sobre las que se construye la identidad. Así podemos observar de qué manera el
cuerpo se convierte en un espacio-que deviene en imagen- construido por encima de su
realidad anatómica. La realidad del cuerpo se presenta en cada cultura como una
construcción donde se encarnan los valores y normativas vigentes, que regulan los
comportamientos de los individuos.