Guardian Del Genesis
Guardian Del Genesis
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Robert Bauval & Graham Hancock
ePub r1.0
XcUiDi 26.01.2020
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Título original: Keeper of Genesis: A Quest for the Hidden Legacy of Mankind
Robert Bauval & Graham Hancock, 1997
Traducción: Ana María de la Fuente
Ilustraciones: Robert G. Bauval & R. J. Cook
Editor digital: XcUiDi
ePub base r2.1
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Índice de contenido
Cubierta
Agradecimientos
Apéndice IV. El tiempo, uncido a las estrellas: El axioma hermético «así abajo como
arriba» y el horizonte de Gizeh
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Apéndice V. Datación al carbono de la gran pirámide: Implicaciones de un estudio
poco conocido
Selección Bibliográfica
Autores
Notas
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A la memoria de Gaston Bauval, mi padre,
que descansa en tierra de Egipto
Robert G. Bauval
A mi amigo, John Anthony West, por sus veinte años de valeroso empeño en
demostrar la antigüedad geológica de la Esfinge, y por la enorme trascendencia de las
pruebas que ha revelado al mundo. «La verdad es grande y poderosa rezan los
antiguos textos. No se ha revelado desde los tiempos de Osiris».
Graham Hancock
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AGRADECIMIENTOS
Robert G. Bauval:
Ante todo, deseo expresar mi agradecimiento a los lectores. Durante los dos
últimos años he recibido cientos de cartas de aliento y buena voluntad, y es muy grato
saber que todos se sienten partícipes de esta búsqueda de la verdad.
Agradezco vivamente la paciencia y comprensión de Michele, mi esposa, y de
mis hijos, Candice y Jonathan.
Gracias en particular a los siguientes familiares, amigos y colegas por su apoyo:
John Anthony West, Chris Dunn, Bill Cote, Roes Oostra, Joseph y Sherry Jahoda,
Joseph y Laura Schor, Niven Sinclair, Marion Krause-Jach, princesa Madeleine de
Bentheim, James Macaulay, Robert Makenty, Linda y Max Bauval, Jean Paul y
Pauline Bauval, a mi madre, Yvonne Bauval, a Geoffrey y Thérése Gauci, Patrick y
Judy Gauci, Denis y Verena Seisun, Colin Wilson, Mohamed y Amin El Walili, Julia
Simpson, Sahar Talaat, profesor Karl-Klaus Dittel y a Renata, su esposa, a Hani
Monsef, Mark Ford, Peter Zuuring, Richard Thompson, Adrian Ashford, Dave
Goode, Okasha El Daly, Mohamed Razek, Heike Nahsen, Ilga Korte, Gundula Schulz
El Dowv, Antoine Boutros, profesor Jean Kerisel, Roy Baker, Murry Hope, William
Horsman y Charlotte Ames.
Deseo hacer extensivo mi cordial agradecimiento a Bill Hamilton y Sara Fisher,
de A. M. Heath & Co., por su paciencia con mi propensión al pleonasmo, a Tom
Weldon y todo el personal de William Heinemann Ltd., Peter St. Ginna y Brian
Belfiglio de Crown Publishing Inc., Melanie Walz y Doris Jahnsen de Paul List
Verlag, Udo Rennert de Wiesbaden y Moheb Goneid y todo el personal de la
Movenpick-Jolie Ville de Gizeh.
Finalmente, deseo rendir tributo al ingeniero Rudolf Gantenbrink, buen amigo,
por abrir el camino para todos nosotros con su audaz, e intrépida exploración de la
Gran Pirámide.
ROBERT G. BAUVAL
Buckinghamshire, febrero de 1996
Graham Hancock:
Deseo expresar mi agradecimiento y amor a Santha, mi esposa y compañera, mi
mejor y más querida amiga, y a nuestros hijos: Gabrielle, Leila, Luke, Ravi, Sean y
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Shanti. También estoy agradecido a mis padres, Donald y Muriel Hancock, por lo
mucho que me han dado, y a mi tío, James Macaulay, por su ayuda, consejos e
intrépido espíritu aventurero. Muchas de las personas mencionadas por Robert se han
ganado también mi agradecimiento: ellas saben muy bien quiénes son. Además,
deseo aprovechar la oportunidad para enviar un saludo a Richard Hoagland, Lew
Jenkins, Peter Marshall y Ed Ponist.
GRAHAM HANCOCK
Devon, febrero de 1996
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PRIMERA PARTE
ENIGMAS
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CAPÍTULO I
Una estatua gigantesca, con cuerpo de león y cabeza humana, mira al este desde
Egipto a lo largo del paralelo treinta. Es un monolito tallado en la piedra caliza de la
meseta de Gizeh, de setenta y tres metros de largo por once de hombro a hombro y
veinte de alto. Está gastado, erosionado, maltrecho, agrietado y roto. No obstante,
ningún otro vestigio de la Antigüedad que haya llegado a nosotros posee una fuerza,
una grandiosidad, una majestad y un misterio ni remotamente comparables, ni ese
gesto de sombría e hipnótica vigilancia.
Es la Gran Esfinge.
Hubo un tiempo en que se creía que era un dios eterno.
Después la envolvió la amnesia y cayó en un sueño encantado.
Pasaron eras, milenios. Cambiaron los climas. Cambiaron las culturas. Cambiaron
las religiones. Cambiaron las lenguas. Cambió hasta la posición de las estrellas en el
firmamento. Pero la estatua permanecía, taciturna y hierática, sumida en el silencio.
Con frecuencia, la arena la cubría. De vez en cuando, un príncipe benévolo
disponía que fuera exhumada. Hubo quienes trataron de restaurarla y pusieron
parches de ladrillo en su cuerpo tallado en la roca. Durante mucho tiempo estuvo
pintada de rojo.
En tiempos islámicos, el desierto la había sepultado hasta el cuello, y se le había
dado un nombre nuevo, o quizá muy viejo: «Cerca de una de las Pirámides —escribió
Abdel Latif en el siglo XII— surge de la tierra una cabeza colosal. Se llama
Abul-Hol». Y, en el siglo XIV, El-Makrizi escribía acerca de un hombre llamado
Saim-ed-Dahr que «queriendo remediar errores religiosos, fue a las Pirámides y
desfiguró la cara de Abul-Hol, la cual se halla en este estado desde entonces. Después
del desfiguramiento, la arena ha invadido la tierra de cultivo de Gizeh, y el pueblo
atribuye esto al desfiguramiento de Abul-Hol».
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1. Perfil sur de la Gran Esfinge, que muestra la restauración efectuada en las garras y flancos con bloques y la
fuerte erosión de la piedra caliza original.
Recuerdos perdurables
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De este modo, sutilmente, numerosas ideas muy arcaicas, que profesaban los
antiguos egipcios, han subsistido durante milenios[6]. ¿No sería, pues, una necedad
desestimar por completo la tradición que asocia a la Esfinge con un grande y terrible
enigma?
Quietud y silencio
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ambiciosa. Porque creemos posible que la Esfinge y las tres grandes Pirámides
ofrezcan conocimientos de la génesis de la civilización. Por lo tanto, nuestro objetivo
inmediato en la primera y segunda partes es el de efectuar una nueva y completa
evaluación de estos colosales monumentos, del estudio de que han sido objeto
durante el último siglo y de sus numerosas características geodésicas, geológicas y
astronómicas, descuidadas hasta ahora.
Una vez tomados en consideración todos estos factores, empieza a configurarse
una nueva Piedra de Rosetta, expresada en términos de arquitectura y de tiempo, por
medio de alegorías y símbolos, con referencias y coordenadas astronómicas que
indican al investigador dónde debe buscar y lo que puede encontrar.
Mientras tanto, la Gran Esfinge espera pacientemente.
Depositaría de secretos.
Guardiana de misterios.
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CAPÍTULO II
EL ENIGMA DE LA ESFINGE
Esfinge, criatura mitológica con cuerpo de león y
cabeza humana… El más antiguo y famoso
ejemplo en el arte es la colosal Esfinge yacente de
Gizeh, en Egipto, que data del reinado del rey
Kefrén (IV dinastía, hacia c. 2575-2465 a. C.). Se
cree que es la efigie del rey…
Encyclopaedia Britannica
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representación se refieren los entendidos cuando, con tanto aplomo, nos dicen que la
Esfinge fue hecha a imagen y semejanza de Kefrén.
Este aplomo se manifiesta de forma especialmente clara en un artículo de la
prestigiosa revista National Geographic, publicado en Estados Unidos en abril de
1991, y otro similar que apareció en Gran Bretaña en el Cambridge Archaeological
Journal en abril de 1992[9]. Los artículos fueron escritos por el profesor Mark Lehner,
del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, que utilizó «datos
fotogramétricos y gráficos de ordenador» para «demostrar» que la cara de la Gran
Esfinge es la cara de Kefrén:
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períodos con arena hasta el cuello, casi cualquiera y casi en cualquier momento pudo
manipular en su cara. A mayor abundamiento, el estudio fotogramétrico del propio
Lehner descubrió por lo menos una prueba que indica que ha habido extensos
retoques: escribe Lehner que la cabeza de la Esfinge es «excesivamente pequeña» en
proporción al cuerpo. Nos dice que ello se debe a que se trata de uno de los primeros
prototipos de la figura de esfinge que después se popularizó (ya bien proporcionada),
y supone que «los egipcios de la IV dinastía quizá no habían determinado (todavía) el
canon de las proporciones entre la regia cabeza tocada con el nemes y el cuerpo de
león»[13]. Lehner no toma en consideración la posibilidad, no menos válida y más
sugestiva, de que, en un principio, la cabeza fuera mucho mayor —y quizá, incluso,
leonina— y su tamaño se hubiera reducido a fuerza de rectificaciones.
Probablemente, cabe destacar a este respecto la observación del propio Lehner de
«una ligera divergencia entre el eje de la cabeza [de la Esfinge] y el de las
facciones»[14], dado que la cabeza está orientada directamente hacia el este y las
facciones tienen un ligero sesgo hacia el noreste.
Ésta es otra anomalía que sugiere el recincelado de una estatua mucho más vieja y
profundamente erosionada. Y, como veremos en este mismo capítulo, es coherente
con nuevos descubrimientos geológicos que atañen a la antigüedad de la Esfinge.
Ahora bien, dejando aparte estas cuestiones por el momento, parece claro que el mero
hecho de que Mark Lehner haya podido incrustar las facciones de Kefrén en la
deteriorada cara de la Esfinge con ayuda del ordenador utilizando el «sistema de
aplicación de gráficos AutoCad (edición 10) en un ordenador ARL (Advanced
Research Logic)»[15]. no demuestra sino que, con un buen ordenador, se puede hacer
que cualquier cara parezca cualquier otra. En palabras de un crítico un tanto zumbón,
«la misma técnica de ordenador podría utilizarse para “demostrar” que, en realidad, la
Esfinge era Elvis Presley…»[16].
En parte para tratar de salir del atolladero, un grupo de investigadores
independientes tomó en 1993 la insólita medida de llevar a Egipto a un policía, el
teniente Frank Domingo, veterano dibujante del Departamento de Policía de Nueva
York que durante más de veinte años ha realizado retratos-robot de sospechosos.
Domingo, hombre que ha dibujado caras todos los días de su vida profesional, recibió
el encargo de realizar un estudio detallado de las similitudes y diferencias existentes
entre la Esfinge y la estatua de Kefrén. Meses después, de regreso en su laboratorio
de Nueva York, efectuó minuciosas comparaciones entre cientos de fotografías de las
dos escultura. Domingo informó:
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vistas laterales me han convencido de que la Esfinge no es Kefrén…
[17]
Así pues, por un lado, Frank Domingo, una autoridad forense de primera fila, nos
dice que la cara de la Esfinge no coincide con la cara de Kefrén. Y, por otro lado,
Mark Lehner, el egiptólogo apasionado de la informática, nos asegura que la Esfinge
sólo «cobra vida» con la cara de Kefrén.
Indatable y anónima
¿Por qué caben opiniones tan dispares respecto al monumento de la Antigüedad más
célebre e investigado?
En 1991, en dos foros diferentes, Max Lehner hizo manifestaciones un tanto
contradictorias que sugieren la respuesta a esta pregunta:
Una sílaba
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¿Por qué, pues, Mark Lehner y otros influyentes estudiosos modernos siguen
asociando la Esfinge con Kefrén e insistiendo en que «está fuera de toda duda… que
data de la IV dinastía del Imperio Antiguo»?[22]
Una de las razones es una única sílaba grabada en la estela de granito que se
encuentra entre las garras del monumento y que ha sido considerada la prueba de que
Kefrén construyó la Esfinge. La estela, que no es contemporánea de la Esfinge en sí,
conmemora los heroicos esfuerzos realizados por el faraón Tutmosis IV (1401-1391
a. C.) para liberar por completo a la Esfinge de la arena que la cubría, y describe la
estatua con cuerpo de león como plasmación de «una poderosa fuerza mágica que
existió en este lugar desde el principio del tiempo»[23]. La inscripción contiene
también, en la línea 13, la primera sílaba —Khaf— del nombre Khafre. La presencia
de ésta sílaba, en palabras de sir E. A. Wallis Budge, es «muy importante, porque
demuestra que… los sacerdotes de Heliopolis que instaron a Tutmosis a acometer la
tarea de retirar la arena de la Esfinge creían que había sido construida por
Khafre…»[24].
Pero ¿tantas cosas demuestra la sílaba Khaf?
Cuando, en el año 1817, el aventurero genovés Gian Battista Caviglia excavó la
estela, la línea 13 —ahora borrada por completo— ya estaba muy deteriorada.
Sabemos de su existencia porque, no mucho tiempo después de la excavación, el
filólogo Thomas Young, un especialista eminente en descifrar jeroglíficos egipcios,
hizo un facsímil de la inscripción. Su traducción de la línea 13 reza así: «… que
traemos para él: bueyes… y todos los vegetales tiernos; y alabaremos a Wenofer…
Khaf… la estatua hecha para Aton-Hor-em-Ajet…»[25].
Suponiendo que Khaf fuera el nombre de Khafre, Young agregó la sílaba Ra entre
corchetes, para indicar que se había llenado una laguna[26]. Ahora bien, cuando, en
1905, el egiptólogo norteamericano James Henry Breasted examinó el facsímil de
Young, dedujo que había un error: «De esta mención del rey Khafre se ha deducido
que la Esfinge fue obra de este rey; deducción inconsecuente: [el facsímil de] Young
no muestra vestigio de cartucho…»[27].
En todas las inscripciones del antiguo Egipto, de principio a fin de la civilización
faraónica, los nombres de los reyes se escribían siempre encerrados en unos óvalos
denominados «cartuchos». Por consiguiente, es difícil comprender cómo en la estela
de granito que se encuentra entre las garras de la Esfinge pudiera haberse escrito el
nombre de un rey tan poderoso como Khafre —o el de cualquier otro rey— sin el
preceptivo cartucho.
Además, aun en el caso de que la sílaba Khaf se refiera a Khafre, su presencia no
significa necesariamente que él construyera la Esfinge. También es posible que se le
recordara por cualquier otro servicio. Por ejemplo, al igual que muchos de los
faraones que le sucedieron (Ramsés II, Tutmosis IV, Amosis I, etc., etc.)[28] —y
también que le precedieron—, ¿no es posible que Kefrén fuera un restaurador de la
Esfinge?
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Se da el caso de que esta deducción, perfectamente lógica, y otras similares,
fueron suscritas por varios de los estudiosos más preeminentes, pioneros de la
disciplina de la egiptología, hacia finales del siglo XIX. Por ejemplo, Gaston Maspero,
director del departamento de Antigüedades del Museo de El Cairo y prestigioso
filólogo, escribió en 1900:
Esta opinión está refrendada por el texto de otra estela de la misma época
aproximadamente, la llamada «Estela Inventario» —hallada también en Gizeh, pero
que la mayoría de egiptólogos modernos consideran arbitrariamente una obra de
ficción— que indica que Keops vio la Esfinge. Puesto que Keops, el presunto
constructor de la Gran Pirámide, fue predecesor de Kefrén, resulta obvio que Kefrén
no pudo construir la Esfinge[30]. Alentado por este testimonio, Maspero llegó incluso
a sugerir que la Esfinge podía haber existido desde los tiempos de los «seguidores de
Horus», una estirpe de seres semidivinos y predinásticos que, según creencia de los
antiguos egipcios, habían gobernado miles de años antes que los faraones
históricos[31]. No obstante, con posterioridad, el egiptólogo francés modificó su
opinión, adhiriéndose al consenso general, y declaró que la Esfinge «probablemente
representa al propio Kefrén»[32].
El que Maspero se sintiera obligado a retractarse de su herejía respecto a la
Esfinge dice más de la fuerza de la presión del medio dentro de la egiptología que de
la calidad de las pruebas sobre la antigüedad y razón de ser del monumento en sí. Y
es que las pruebas en las que se asienta el consenso vigente son muy endebles, puesto
que consisten menos en «hechos» que en la interpretación que determinadas
autoridades han optado por dar, en uno u otro momento, a datos generalmente
ambiguos, como pueden ser la solitaria sílaba del nombre de Khafre en la estela de
Tutmosis.
Muy pocos de los más veteranos miembros de la profesión han sido tan francos
como Selim Hassan. En su estudio de la Esfinge, de 1949, que es un clásico y que ya
hemos citado, hace esta atinada advertencia:
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el momento en que un afortunado golpe de azadón descubra una
referencia concreta a la construcción de esta estatua…[33]
Contexto
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gentes que constituían la Administración del Estado en la Edad de las
Pirámides… Actualmente descubrimos testimonios de la clase
trabajadora y de la vida cotidiana de la sociedad que construyó la
Esfinge y las Pirámides… Tenemos vestigios de las ruinas de una
antigua ciudad esparcidos por el valle, a todo lo largo de la meseta de
Gizeh. Todo ello forma parte del contexto arqueológico de la
Esfinge…[35]
Lehner dice después que existen varias razones específicas por las que este contexto
le ha convencido de que «la Esfinge pertenece al complejo de la Pirámide de
Kefrén»:
La idea de que los dos templos, la calzada y la Segunda Pirámide formen una unidad
arquitectónica con la Esfinge es realmente convincente. Pero no lo es tanto el que ello
nos permita sacar la conclusión de que Kefrén construyera la Esfinge. Porque
desdeña la posibilidad de que toda la «unidad» pudiera haber sido construida mucho
antes de la época de Kefrén por unos predecesores no identificados todavía y
reutilizada —y hasta, quizá, extensamente restaurada— durante la IV dinastía.
Esta posibilidad —no excluida por inscripción alguna ni descartada por técnicas
de datación objetivas— ha hecho de la Esfinge objeto de enconado debate durante los
años noventa…
Los orígenes de este debate se remontan al final de los años setenta, en que John
Anthony West, investigador norteamericano independiente, estudiaba los enrevesados
escritos del brillante matemático y simbolista francés R. A. Schwaller de Lubicz.
Schwaller es conocido sobre todo por sus obras sobre el templo de Luxor, pero en su
texto Sacred Science, de carácter más general (publicado en 1961), comenta las
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implicaciones arqueológicas de ciertas condiciones climáticas e inundaciones que
afligieron a Egipto por última vez hace más de doce mil años.
Tiene razón West en lo de las implicaciones. Si puede demostrarse que las marcas de
la Esfinge fueron causadas por el agua —y no por el viento ni la arena como
sostienen los egiptólogos—, la cronología establecida plantea un grave problema.
Para comprender el por qué baste recordar que el clima de Egipto no siempre ha sido
tan seco como hoy y que las marcas de erosión hacia las que West y Schwaller llaman
nuestra atención son exclusivas de la «unidad arquitectónica» que Lehner y otros
definen como «contexto» de la Esfinge. Por estas marcas de erosión comunes a este
complejo —que no se observan en otros monumentos de la necrópolis de Gizeh— es
evidente que las construcciones que lo componen datan de la misma época.
Pero ¿qué época?
La opinión inicial de West era que:
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periódicas, tanto por el mar como (en un pasado no tan remoto) por
fuertes avenidas del Nilo, que se atribuyen al deshielo de la última
glaciación. Actualmente, ésta se sitúa hacia el 15 000 a. C., pero se
cree que el Nilo experimentó grandes crecidas con posterioridad. La
última de ellas se remonta al 10 000 a. C. Por lo tanto, si el agua
erosionó la gran Esfinge, ésta tuvo que ser construida antes de la
inundación o inundaciones causantes de la erosión…[40]
Realmente, esta lógica es válida «en principio». Posteriormente, sin embargo, West
reconocería que la peculiar erosión que se observa en la Esfinge no pude deberse a
«inundación o inundaciones»:
Por lo tanto, las aguas de crecida no pudieron erosionar la Esfinge. ¿Qué fue
entonces?
Lluvias
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largos períodos de lluvias, pero, como no soy geólogo, no había caído en la cuenta de
que las lluvias, más que las periódicas inundaciones, habían sido el verdadero agente
erosionador…»[43].
Como decíamos, en su visita de 1990, Schoch no pasó del mirador destinado a los
turistas. Por lo tanto, en aquel momento, su refrendo de la teoría de West no podía ser
sino provisional.
¿Por qué no se permitió al geólogo de Boston la entrada al recinto de la Esfinge?
La razón era que, desde 1978, sólo un puñado de egiptólogos habían podido
disfrutar de tal privilegio, ya que las autoridades egipcias habían cerrado el acceso al
público y levantado una alta valla alrededor del lugar.
Schoch, con el apoyo del decano de la Universidad de Boston, presentó entonces
a la Egyptian Antiquities Organization (Organización Egipcia de Antigüedades) una
solicitud formal de autorización para realizar un estudio geológico de la erosión de la
Esfinge, en la debida forma.
Como vehículo para hacer llegar al público la teoría de que la Esfinge había sido
erosionada por lluvias antiquísimas, la película de West no pudo tener mayor éxito.
Cuando, en el otoño de 1993, fue emitida por la cadena NBC de la televisión, la
vieron treinta y tres millones de personas.
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Pero ésta es otra cuestión. En el recinto de la Esfinge, el primer resultado
interesante lo obtuvo Dobecki, que había realizado pruebas sismográficas alrededor
de la Esfinge. El sofisticado equipo que había traído consigo captó numerosas
indicaciones de «anomalías y cavidades en el lecho de roca entre las garras y a lo
largo de los costados de la Esfinge»[48]. Describió una de las cavidades como
Una vez conseguido permiso oficial de acceso al recinto, recuerda West que también
Schoch
En este momento crucial, cuando los miembros del equipo estaban confeccionando el
primer perfil geológico de la Esfinge, el doctor Zahi Hawass, director general de la
sección de las Pirámides de Gizeh de la Organización Egipcia de Antigüedades, se les
echó encima repentina e inopinadamente como la proverbial carga de caballería.
El equipo había conseguido el permiso del doctor Ibrahim Bakr, a la sazón
presidente de la Organización Egipcia de Antigüedades. Pero no sabían que las
relaciones entre Bakr y Hawass eran tirantes. Tampoco habían contado con el talante
enérgico y susceptible de Hawass, que estaba furioso porque su superior lo había
marginado y acusó a los norteamericanos de manipular en los monumentos:
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Puro eufemismo. Más que «suspender» el trabajo, Hawass prácticamente expulsó del
recinto a los norteamericanos. Pero llegó tarde para impedir que reunieran los datos
geológicos esenciales que necesitaban.
¿Cuándo llovió?
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misma zona monumentos más antiguos. Y, categóricamente, no
fueron construidos por extraterrestres ni por habitantes de la
Atlántida. Es una tontería, y no consentiremos que nuestros
monumentos sean utilizados para lucro personal. La Esfinge es el
alma de Egipto[55].
John West no se sorprendió ni lo más mínimo por esta retórica. No era ésta la primera
piedra que se le arrojaba durante su larga y solitaria labor para realizar una
investigación solvente de la época de la anónima Esfinge. Ahora, por fin, gracias al
potente respaldo de Schoch —y a la amplia divulgación dada al tema por la cadena de
televisión NBC— se sentía recompensado. Además, estaba claro que los egiptólogos
estaban irritados por la irrupción de una ciencia empírica como la geología en su
plácido coto académico.
Ahora bien, West deseaba llevar el caso mucho más lejos de lo que Schoch estaba
dispuesto a llegar. Le parecía que el geólogo se había mostrado excesivamente cauto
al situar la construcción de la Esfinge entre el 7000 y el 5000 a. C. «como mínimo»:
«En esto Schoch y yo disentimos, mejor dicho, interpretamos los mismos datos de
modo un tanto diferente. Schoch se ciñe a la visión más conservadora que permiten
los datos… Yo, empero, sigo convencido de que la Esfinge tiene que ser anterior al
final de la última glaciación…»[56].
En la práctica, esto significa antes del 15 000 a. C., intuición que, dice West, se
basa en la total ausencia de vestigios de una cultura avanzada en Egipto entre 7000 y
5000 a. C. «Si la Esfinge fuera de esta época, relativamente reciente, pienso que
probablemente habría en Egipto otros restos de la civilización que la esculpió»[57].
Puesto que no existen tales restos, West deduce que la civilización que creó la
Esfinge y los templos contiguos tuvo que desaparecer mucho antes de 7000-5000 a.
C.: «Quizá los restos que faltan estén sepultados a una profundidad mayor que la que
se ha excavado hasta ahora o en lugares no explorados, en las antiguas márgenes del
Nilo, que están a kilómetros de las actuales, o en el fondo del Mediterráneo, que
durante la última glaciación estaba seco…»[58]. A pesar de sus «amistosas
divergencias» sobre si la erosión de la Esfinge denota una antigüedad que se remonta
a 7000-5000 a. C. o a un pasado mucho más remoto, Schoch y West decidieron
presentar un extracto de su investigación de Gizeh a la Sociedad Geológica
Norteamericana. La reacción fue estimulante. Varios cientos de geólogos se
mostraron de acuerdo con la lógica de sus aseveraciones y docenas de ellos
ofrecieron ayuda práctica y asesoramiento para proseguir las investigaciones[59].
Aún más gratificante fue la reacción de los medios de comunicación a escala
internacional. Después de la reunión de la Sociedad Geológica aparecieron artículos
en docenas de periódicos, y la radio y la televisión dedicaron grandes espacios a la
cuestión de la edad de la Esfinge. «Ya habíamos superado la línea de cincuenta
yardas e íbamos a anotar el tanto», recuerda West[60].
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Por lo que se refiere a su diferencia de opinión respecto a Schoch acerca de la
antigüedad del monumento, reconoce sinceramente que «sólo la investigación podrá
zanjar la cuestión»[61].
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CAPÍTULO III
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encontraron objetos de la IV dinastía, pero no se ha podido confirmar que fueran
contemporáneos de los monumentos.
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2. Vista aérea de los monumentos principales de la necrópolis de Gizeh.
El mismo problema plantean las estatuas de Kefrén y Mikerinos halladas en el
templo funerario de este último y en el templo «del Valle» del primero. Estas estatuas
son la única prueba que abona la atribución de estos edificios, por lo demás anónimos
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y sin inscripciones, a estos dos faraones. Ahora bien, en pura lógica, sólo sugieren
esta atribución, no la confirman. En otras palabras, Kefrén y Mikerinos podrían haber
construido los templos. Pero también es posible que tomaran construcciones
existentes heredadas de épocas anteriores y que las adaptaran, las renovaran y
pusieran en ellas sus propias estatuas, utilizándolas para sus propios fines. Al fin y al
cabo, no atribuimos la construcción de Trafalgar Square de Londres a Nelson porque
su estatua esté allí. Por consiguiente, los egiptólogos podrían incurrir en temeridad al
atribuir la construcción del templo del Valle a Kefrén porque contiene su estatua.
Otro tanto puede decirse de la necrópolis de Gizeh en conjunto. Su relación con
la IV dinastía es indiscutible, pero la índole de esta relación no ha sido demostrada.
Desde luego, existe una enorme cantidad de mastabas, o tumbas, de la IV dinastía
profusamente inscritas, al este y al oeste de la Gran Pirámide y al oeste de la Esfinge,
pero que las Pirámides en sí sean «tumbas y sólo tumbas» no pasa de conjetura.
Podría ser, como ha ocurrido en otros lugares del mundo, que un antiguo lugar
sagrado destinado a un fin fuera reutilizado después para un fin completamente
distinto. Cabe imaginar, por ejemplo, que en un principio las Pirámides y los
principales monumentos que las rodean estuvieran destinados a funciones puramente
rituales, ceremoniales y religiosas y que la práctica de enterrar en ellos a los muertos
—principalmente, reinas y dignatarios de la IV dinastía, a juzgar por los vestigios
identificables que han subsistido— fuera una adaptación posterior, hecha por
personas que no tenían relación alguna con la creación del monumento pero deseaban
ser sepultadas en un lugar prestigiado por una antigua tradición de santidad. Algo
parecido a la costumbre occidental de dar sepultura a los restos de individuos
privilegiados bajo las losas de las catedrales medievales, costumbre que aún se
observa hoy en día pero que no nos permite sacar la conclusión de que estas
catedrales sean tumbas ni de que fueran construidas con fines funerarios.
Si llegamos a Gizeh por el este, a través del actual pueblo árabe de Nazlet-el-
Sammam, encontramos, en primer lugar, la Gran Esfinge, que alza su vetusta cabeza
por encima de un feo aparcamiento para autobuses y una colección de tiendas y cafés
para turistas. Afortunadamente, delante del monumento se ha despejado una
extensión de unos doscientos metros, que permite obtener una vista panorámica del
enorme e insólito complejo arquitectónico que lo ha rodeado desde tiempo
inmemorial.
Este complejo consiste en el llamado «templo de la Esfinge» y «templo del Valle»
de Kefrén, el primero, situado inmediatamente al este y a los pies de la Esfinge, y el
último, un poco al oeste del templo de la Esfinge, separado por un estrecho corredor
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pero perfectamente alineado con él, como si fueran casas apareadas que no se tocaran
entre sí.
En los planos y fotografías que aquí se reproducen se aprecia la disposición de
estos monumentos y su relación con la Esfinge y su entorno. El templo del Valle, casi
cuadrado, de unos cuarenta metros de lado, es el mayor de los dos: el templo de la
Esfinge tiene planta trapezoidal, de unos treinta metros de lado.
Ambos monumentos, que en un principio tenían unos doce metros de alto, están
construidos con grandes bloques de piedra caliza, y estaban revestidos de granito por
dentro y por fuera. El templo de la Esfinge fue despojado del revestimiento y de gran
parte de los bloques de la estructura interna y quedó en un estado ruinoso. El templo
del Valle, por el contrario, se conserva mucho mejor. Ambos monumentos carecen de
techumbre, ya que han desaparecido las vigas originales. En la nave central del
templo del Valle, que tiene forma de T, se levantan todavía dieciséis columnas y
arquitrabes originales que crean un atractivo juego de luz y sombras.
Son rasgos comunes de estas antiguas y anónimas edificaciones la rigurosa
austeridad del estilo y el empleo de enormes megalitos, muchos de los cuales se
calcula que pesan unas doscientas toneladas cada uno[64]. No hay en todo el complejo
bloques pequeños: todas las piedras son enormes, y las de menor tamaño pesan más
de cincuenta toneladas. Se hace difícil comprender cómo podían los antiguos egipcios
levantar y colocar monstruos semejantes. Incluso hoy los constructores que utilizaran
la más moderna tecnología se enfrentarían a un reto formidable si tuvieran que
construir réplicas exactas del templo de la Esfinge y el templo del Valle.
Los problemas son múltiples, pero radican sobre todo en el enorme tamaño de los
bloques, los cuales pueden compararse, en cuanto a dimensiones y peso, a
locomotoras diésel puestas una encima de la otra. Un peso semejante no puede
levantarse con la típica grúa hidráulica o grúa de torre que vemos en los edificios en
construcción de nuestras ciudades. Estas grúas son máquinas de tecnología avanzada
que generalmente levantan un máximo de veinte toneladas con la llamada «volada
mínima», es decir, la menor traslación, cuando la carga pende del aguilón o pluma a
menor distancia de la torre. A mayor traslación, menor carga. Con la «volada
máxima», el límite se sitúa en unas cinco toneladas.
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3. La Gran Esfinge y el complejo arquitectónico que la rodea: templo de la Esfinge, templo del Valle, calzada (en
escorzo, no a escala) y templo mortuorio.
Las cargas de más de cincuenta toneladas exigen grúas especiales. Actualmente
hay en el mundo muy pocas grúas que pudieran levantar bloques de piedra caliza de
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doscientas toneladas. Estas grúas tendrían que ser del tipo de «puente» o «pórtico»,
como las que se ven en algunas fábricas y en grandes puertos industriales, donde se
utilizan para trasladar piezas grandes, tales como excavadoras, tanques militares o
contenedores de acero para transporte marítimo. La mayoría de estas grúas, con
estructura de acero y accionadas por potentes electromotores, no pueden transportar
cargas superiores a las cien toneladas. En resumen, la construcción de un templo con
bloques de doscientas toneladas supondría un trabajo arduo y difícil incluso para
nuestros modernos especialistas en el movimiento de cargas pesadas.
Actualmente, en Estados Unidos sólo hay dos grúas terrestres del tipo «de
contrapeso y brazo» capaces de levantar cargas del orden de las doscientas toneladas.
Hace poco, una de ellas fue llevada a una obra de Long Island para introducir una
caldera de doscientas toneladas en una fábrica. La grúa tiene un brazo de sesenta y
siete metros de largo (con un contrapeso de ciento sesenta toneladas en un extremo
para impedir que se vuelque). Antes de proceder a levantar la caldera, una cuadrilla
de veinte hombres tuvo que trabajar durante seis semanas para preparar el terreno[65].
La mayor dificultad para construir una réplica del templo del Valle sería la
necesidad de levantar cientos de estos pesos, con las limitaciones físicas que impone
Gizeh. Para resolver esta dificultad, la grúa ideal sería la del tipo de puente o pórtico,
que se desplazara sobre raíles, y tendría que montarse dentro o en las inmediaciones
del pequeño recinto del templo.
No es de extrañar que, cuando se mostraron fotografías y se dieron datos de los
bloques del templo del Valle al operario encargado de levantar la caldera de
doscientas toneladas en Long Island, y se le preguntó si creía poder transportar
bloques semejantes con su grúa, el hombre respondiera:
Misterio o no, el templo del Valle y el templo de la Esfinge de Gizeh dan mudo
testimonio de que había en la Antigüedad constructores que sabían cómo levantar
pesos de doscientas toneladas y tenían a su disposición los medios necesarios para
ello. Por otra parte, aunque parece seguro que no se servían de grúas-puente ni cosa
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parecida, no tenemos idea de cómo lo hacían. De estas cuestiones, los egiptólogos
suelen hablar en términos vagos y generales, aludiendo a «rampas» y «mano de obra
ilimitada»[67]. A los técnicos, sin embargo, se les exige mayor concreción, que nos
expliquen qué clase de rampas hubieran sido necesarias para arrastrar bloques de tal
envergadura y cuántos hombres hubieran hecho falta para la operación.
Nunca se han realizado en Gizeh estudios técnicos detallados acerca de la
estrategia utilizada para construir los templos de la Esfinge y del Valle. Las Pirámides
—que, al decir de los egiptólogos, también se construyeron con rampas— sí han sido
estudiadas detenidamente por arquitectos e ingenieros cualificados[68]. Sus informes
indican que el gradiente máximo de una rampa por la que pudieran arrastrarse
grandes pesos por hombres a pie es de 1:10[69]. En la Gran Pirámide, que a su
terminación alcanzó una altura de 146,6 metros, hubiera hecho falta una rampa de
1466 metros de largo, con una masa de casi el triple de la Pirámide en sí[70].
Este problema, desde luego, no se plantea en los templos de la Esfinge y del
Valle, porque su altura era mucho menor y hubieran requerido rampas 1:10
relativamente cortas. Ahora bien, la imponente masa y el peso de la gran cantidad de
bloques de doscientas toneladas hallados en estos templos excluye la posibilidad de
que se empleara una rampa de un material menos estable que los mismos sillares de
los templos[71].
Supongamos, pues, que se utilizaron rampas de piedra más dura, que después
fueron desmontadas y retiradas. La pregunta que ahora se nos plantea es: ¿cuántos
hombres se necesitaron para subir cientos de bloques de doscientas toneladas por
tales rampas? Para situar el problema en perspectiva hay que tener presente que un
bloque de doscientas toneladas representa, aproximadamente, una carga equivalente a
la de trescientos automóviles de tipo familiar (cada uno de los cuales pesa, por
término medio, tres cuartos de tonelada).
Tampoco disponemos de un estudio técnico de los templos de la Esfinge y del
Valle en el que basarnos. Afortunadamente, no obstante, se ha hecho un estudio en la
Gran Pirámide, donde el ingeniero francés Jean Leherou, asesor de las obras del
metro de El Cairo, hizo un cálculo de los medios necesarios para levantar y colocar
los bloques de setenta toneladas empleados en la construcción de la llamada Cámara
del Rey. Según sus cálculos, el trabajo hubiera podido hacerse, apurando las
posibilidades y con enormes dificultades, a base de equipos de seiscientos hombres
puestos en filas sobre una rampa muy ancha adosada a la Pirámide[72]. Por
consiguiente, para levantar los bloques del templo del Valle hubieran hecho falta
equipos de mil ochocientos hombres. Pero ¿podrían uncirse eficazmente mil
ochocientos hombres a cargas tan densas y relativamente compactas (las dimensiones
máximas de cada bloque son de diez por tres por cuatro metros)? Y, lo que es más,
dado que las paredes del templo no pasan de los cuarenta metros de largo, ¿cómo
hubiera podido organizarse para trabajar con eficacia un equipo tan numeroso, en un
espacio tan limitado? Calculando un mínimo de un metro por hombre en sentido
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horizontal, cada fila no hubiera podido contener más de cincuenta hombres. Situar a
los mil ochocientos necesarios para mover un bloque de doscientas toneladas supone
formar nada menos que treinta y seis filas de hombres que tiraran al unísono, uncidos
a cada bloque.
El potencial de complicaciones que podían presentarse es realmente abrumador.
Aun suponiendo que todas ellas pudieran resolverse, la siguiente pregunta que se nos
plantea es quizá la más enigmática de todas.
¿Por qué?
¿Por qué tomarse tantas molestias?
¿Por qué la especificación de que los templos fueran construidos con bloques de
doscientas toneladas, tan difíciles de manejar, cuando es mucho más fácil, más
factible e igual de estético utilizar bloques más pequeños, pongamos, de dos o tres
toneladas cada uno?
También tenemos que preguntar cuándo se hizo la obra.
Como ya hemos dicho, tanto el templo de la Esfinge como el del Valle son
monumentos anónimos. Y, si bien es cierto que el último fue utilizado en las honras
fúnebres de Kefrén, no hay pruebas de que lo construyera él. Por el contrario, si son
correctas las pruebas geológicas halladas por el profesor Robert Schoch, es indudable
que Kefrén no construyó ninguno de estos monumentos. Y es que la Esfinge en sí fue
construida excavando una profunda zanja en forma de herradura en el lecho de roca
de la meseta de Gizeh y dejando una mole central que después fue esculpida, y los
geólogos han demostrado que los megalitos de piedra caliza utilizados en uno y otro
templo procedían de la misma zanja, es decir, que fueron tallados al mismo tiempo
que la Esfinge[73]. Por consiguiente, si la Esfinge tiene miles de años más de lo que
creen los egiptólogos, también los templos han de tenerlos.
Quizá lo que ahora contemplamos sean las huellas dactilares de un pueblo muy
sofisticado y poseedor de una refinada tecnología, capaz de realizar hazañas
arquitectónicas impresionantes en una época en la que se supone que en ningún lugar
de la Tierra existía civilización alguna.
Abona esta posibilidad el que los megalitos de los templos muestren unas marcas
de erosión por precipitación idénticas a las que se observan en la propia Esfinge. Y,
por otra parte, los bloques del revestimiento de granito que se conservan parecen
haber sido tallados en su cara interna para que se amoldaran a los bloques cuando
éstos ya estaban profundamente erosionados. Dado que el granito del revestimiento
tiene el aspecto de otros elementos arquitectónicos del Imperio Antiguo (y los
bloques interiores de piedra caliza, no), ello puede considerarse una prueba más de la
teoría de que una construcción antigua, venerada y muy erosionada, fue restaurada y
remozada por los faraones del Imperio Antiguo. Robert Schoch así lo afirma, desde
luego: «Sigo convencido de que las piedras de recubrimiento de granito que datan del
Imperio Antiguo fueron talladas por el reverso para que encajaran en las hendiduras
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causadas por la intemperie en las superficies de los bloques de piedra caliza de los
templos»[74].
Monumentos grandiosos
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4. El Horizonte artificial de Gizeh.
Las calzadas tienen otra peculiaridad que es de gran interés para nosotros y que
estudiaremos detenidamente en la partes tercera y cuarta: su orientación. La calzada
de la Tercera Pirámide, al igual que la mirada de la Esfinge, apunta directamente al
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este. La calzada de la Segunda Pirámide apunta catorce grados al sureste. La calzada
de la Gran Pirámide apunta catorce grados al noreste. La disposición es exacta,
geométrica y evidentemente deliberada, en ella cada monumento importante guarda
una relación determinada con los demás, y el conjunto está contenido en un gran
«horizonte» artificial circular que, al parecer, tiene su centro en el vértice de la
Segunda Pirámide y cuyo límite queda al oeste del anca de la Esfinge.
En opinión de los egiptólogos ortodoxos, las calzadas eran vías ceremoniales. A
pesar de que eran obras maestras de la técnica, cuya construcción debió de exigir un
derroche de esfuerzo y habilidad bajo la dirección de expertos capataces y
arquitectos, se cree que se utilizaban una sola vez, para el paso del cortejo fúnebre
que conducía el cadáver del faraón desde el templo del Valle hasta el templo
funerario, donde tenían lugar los ritos del embalsamado final.
Quizá sí. No obstante, como veremos en la partes tercera y cuarta, hay en estas
calzadas rasgos que sugieren que pudieran haber sido utilizadas muchas veces por
muchos faraones y que su ejecución técnica y el simbolismo que encierran responden
a hechos que ocurrieron mucho antes del alba de la civilización histórica de Egipto.
Sir Richard Francis Burton, explorador y aventurero británico, que visitó Egipto y las
Pirámides de Gizeh hacia 1850, observó extrañas «depresiones romboides» paralelas
al lado oriental de la Gran Pirámide, cerca del extremo de su calzada, y dibujó unos
croquis que se conservan en el Museo Británico[76]. Años después, en 1881, sir
William Flinders Petrie, el «padre de la egiptología británica», vio también aquellas
extrañas depresiones, pero las llamó simplemente «zanjas» y no se molestó en hacer
que las limpiaran[77].
En 1893, enterradas en fosas próximas a una pirámide relativamente anodina de
otro lugar, el célebre egiptólogo francés De Morgan descubrió seis grandes barcas de
madera, pero no se dio gran importancia al hallazgo. En 1901, Chassinat, otro
egiptólogo francés, descubrió una «fosa romboide» cerca de la pirámide de Djedefra,
en Abu Roash. Después de observar que tenía un gran parecido con las fosas
encontradas en Gizeh, cerca de la Gran Pirámide, escribió «su finalidad es
desconocida, lo mismo que la de ésta»[78].
En los antiguos textos funerarios egipcios abundan las referencias a barcas,
concretamente las varias barcas solares y divinas en las que los difuntos esperaban
viajar por la otra vida cósmica (el «barco de millones de años», por ejemplo, la
«barca de Osiris» y la «barca de Ra»), Tallas, dibujos y pinturas de estos «barcos» y
«barcas» de proa y popa altas y estilizadas adornan las paredes de muchas tumbas del
antiguo Egipto, y mucho antes de finales del siglo XIX se había comprendido su
función simbólica y religiosa. No obstante, hasta que el arqueólogo alemán Ludwig
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Borchardt descubrió cerca del templo solar y las pirámides de Abusir lo que a todas
luces era un barco de ladrillo, no se reconoció que las misteriosas «fosas romboides»
no eran sino barcos o, en todo caso, representaciones de barcos, o tumbas para
barcos.
Desde la época de Borchardt se han encontrado otras varias fosas para barcos, por
ejemplo, Selim Hassan en 1933 y Walter Emery en 1937. Finalmente, en 1954,
Kamal-el-Mallakh hizo un descubrimiento espectacular: un barco de madera de cedro
parcialmente desensamblado, de cuarenta y tres metros y medio de largo, sepultado
en una fosa, junto a la cara sur de la Gran Pirámide. Más recientemente, en una fosa
adyacente se ha localizado otro barco de dimensiones parecidas. Todavía no ha sido
excavado y, al parecer, va a ser estudiado por un consorcio japonés.
El que los egiptólogos tardaran tanto tiempo en darse cuenta de que había grandes
barcos enterrados en Gizeh no significa necesariamente que se equivocaran por
completo al determinar su función. La idea es que, para una mentalidad «primitiva»,
«crédula», «supersticiosa» y «semisalvaje», las majestuosas naves serían el vehículo
en el que las almas de los faraones muertos navegarían hacia el cielo. Esta
interpretación coincide con los antiguos textos fúnebres egipcios y no cabe duda de
que los barcos —«barcos solares» los llaman los egiptólogos— desempeñaban un
papel en simbólicos viajes celestiales. Ahora bien, como veremos en la tercera y
cuarta partes, es posible que la índole y finalidad concretas de estos viajes fueran
mucho más complejas y trascendentes de lo que se ha creído hasta ahora.
Mientras tanto, al contemplar el «barco solar» excavado en 1945 junto al lado sur
de la Gran Pirámide se hace difícil pasar por alto las marcas de desgaste en la quilla y
la plancha y otras muchas y claras señales de que esta elegante embarcación de cedro
de altas y curvadas proa y popa navegó muchas veces por el agua[79].
Si era un barco simbólico, ¿por qué fue utilizado? ¿Y por qué una embarcación
para fines puramente simbólicos tenía que estar construida con tanto esmero y técnica
tan depurada? ¿No hubiera bastado un barco simbólico, como los de ladrillos y las
«tumbas» de barcos encontradas en las otras pirámides?
Las Pirámides
Los rasgos más característicos de la necrópolis de Gizeh son sus tres grandes
Pirámides, atribuidas convencionalmente a Khufu, Khafre y Menkaure, conocidos
por sus nombres griegos: Keops, Kefrén y Mikerinos. En cierto modo, en ellas se
centra todo el vasto complejo, hacia ellas van las calzadas y junto a ellas están
enterrados los «barcos solares». Cruzan en diagonal el eje horizontal del complejo, y
el «horizonte geométrico de Gizeh» parece haber sido trazado para rodearlas a ellas
más que a cualquier otra cosa[80]. En ellas nada es accidental: su altura original, el
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ángulo de la inclinación, el perímetro, ni siquiera su ubicación sobre el suelo. Todas
estas características tienen su finalidad y significado profundo.
Puesto que en otras publicaciones[81] hemos descrito las Pirámides con detalle, y
examinado atentamente muchos de sus misterios técnicos y arquitectónicos, no
agobiaremos al lector con detalles superfluos. Ahora bien, llegados a este punto, es
inevitable repasar varias consideraciones y datos básicos.
En un principio, la Gran Pirámide medía 146,72 metros (reducidos en la
actualidad a poco más de 137 metros) y cada uno de sus lados mide en la base poco
más de 229 metros. La Segunda Pirámide era en un principio un poco más baja —
143,56 metros— y sus lados medían 215,80 metros de largo. La Tercera Pirámide se
eleva hasta 65,53 metros y mide en la base 108,50 metros.
Cuando fueron construidas, tanto la Segunda Pirámide como la Gran Pirámide
estaban enteramente revestidas de bloques de piedra caliza, de los que aún quedan
varias hileras adheridos a la parte superior de aquélla. La Gran Pirámide, por el
contrario, ha perdido por completo el revestimiento. Ahora bien, sabemos por relatos
históricos que antiguamente estaba envuelta de arriba abajo en piedra caliza pulida de
Tura que se desprendió a consecuencia de un fuerte terremoto que devastó El Cairo
en el año 1301 d. C. A partir de entonces, la mampostería interior que quedó al
descubierto fue utilizada durante años a modo de cantera para reconstruir las
mezquitas y los palacios de El Cairo que se habían derrumbado.
Todos los cronistas árabes anteriores al siglo XIV nos dicen que el revestimiento
de la Gran Pirámide era una maravilla de la arquitectura que hacía resplandecer el
monumento al sol de Egipto. Se calcula que consistía en casi nueve hectáreas de
bloques de dos metros y medio de espesor, cada uno de los cuales pesaba unas
dieciséis toneladas, «tan bien ensamblados que parecía una sola losa de arriba
abajo»[82]. En la base del monumento pueden verse todavía algunos fragmentos.
Cuando, en 1881, fueron estudiados por sir W. M. Flinders Petrie, éste observó con
asombro que «el ancho promedio de las juntas es de 0,05 centímetros. Por lo tanto, la
desviación media en el corte de la piedra respecto a la línea recta y el cuadrado
perfecto es de apenas 0,025 centímetros en una longitud de 1,905 metros, precisión
equivalente a la que se consigue en óptica con los instrumentos más modernos en
cortes rectos de esta longitud».
Otro detalle que Petrie consideró difícil de explicar es que los bloques estuvieran
unidos entre sí. «Hacer encajar tales piedras en seco va sería trabajo laborioso, pero
unirlas con cemento en las juntas parece casi imposible…»[83].
«Casi imposible» también, ya que se supone que el valor matemático de pi
(3,1416) no fue calculado por civilización alguna hasta que los griegos lo
descubrieron por casualidad en el siglo III a. C.[84], es que la altura original de la Gran
Pirámide —146,729 metros— tuviera la misma relación con el perímetro de la base
(921,45) que cualquier circunferencia con su radio. Esta relación es 2 pi (a saber:
146,729 × 2 × 3,14 = 921,45 metros).
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Igualmente «imposible» —por lo menos, para unas gentes como los antiguos
egipcios que, según se supone, nada sabían acerca de la verdadera forma y tamaño de
nuestro planeta— es la relación, a escala 1:43 200, que existe entre las dimensiones
de la Pirámide y las de la Tierra. Sin entrar por el momento en si se trata o no de una
coincidencia, con una simple calculadora de bolsillo podemos comprobar que la
altura original del monumento (146,729 metros) multiplicada por 43 200 da 6338,692
kilómetros, unos quince kilómetros más que el radio polar de la Tierra (6354
kilómetros, medido por los métodos más modernos). Igualmente, el perímetro de la
base del monumento (921,459 metros) multiplicado por 43 200 nos da 39 807,03
kilómetros, unos doscientos kilómetros menos que la circunferencia de la Tierra en su
Ecuador. Aunque doscientos kilómetros pueden parecer una distancia considerable,
en relación con la circunferencia de la Tierra representan un error de un medio por
ciento.
Gran precisión
Estos pequeños errores quedan dentro de los márgenes de tolerancia que se observan
en la Gran Pirámide. Aunque en su base mide más de cinco hectáreas y consiste en
unos seis millones y medio de toneladas de piedra caliza y bloques de granito, la
masa y el tamaño de este mastodonte de los monumentos no son su característica más
impresionante. Mucho más asombrosa es la increíble precisión técnica que se observa
en cada uno de los aspectos de la construcción.
Antes de entrar en detalles, examinemos lo que supone la gran precisión en los
monumentos de gran tamaño.
Nos será de ayuda la analogía con el simple reloj de pulsera. Si busca usted una
exactitud de varios segundos a la semana, le bastará un reloj de cuarzo de cinco o seis
mil pesetas. Ahora bien, si busca una exactitud de una fracción de segundo al año, ya
no le servirá un reloj de cuarzo, sino que tendrá que buscar un reloj atómico.
Algo parecido puede decirse de la industria de la construcción. Si usted quiere
construir una pared de ladrillo con una desviación de un grado por cada cien metros,
que discurra aproximadamente de norte a sur, podrá hacérsela cualquier buen albañil.
Ahora bien, si necesita una pared con una desviación máxima de un minuto de arco
por cada cien metros y que apunte exactamente al norte, necesitará un teodolito de
láser, un mapa de Estado Mayor con una exactitud de hasta diez metros y un equipo
de especialistas cualificados, que incluya a un topógrafo, un astrónomo, un
agrimensor, un maestro de obra y varios albañiles de gran pericia, para tener la
seguridad de conseguir la precisión requerida.
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5. Posición geodésica de la Gran Pirámide de Gizeh, latitud 30° N (a una tercera parte de la distancia entre el
Ecuador y el Polo Norte) y en el centro de la masa de tierra habitable.
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Si el proyectista original hubiera deseado que los hombres vieran
con los ojos del cuerpo y no con los de la mente el polo del
firmamento desde el pie de la Gran Pirámide, a una altitud de 30
grados ante sí, hubiera tenido que tomar en consideración la
refracción de la atmósfera, lo cual exigía que la construcción se
levantara no a una latitud de 30 grados, sino de 29° 58′ 22″[88].
Es decir, resulta que el monumento está situado a menos de medio minuto de arco
hacia el norte de la latitud astronómica de 30 grados, sin la corrección
correspondiente a la refracción atmosférica. Cualquier «error» queda reducido, pues,
a menos de una sexagésima parte de un grado, lo cual, en relación con la
circunferencia de la Tierra, equivale al espesor de un cabello.
Idéntica obsesión por la exactitud se observa en la regularidad de la base de la
Pirámide:
Por lo tanto, la diferencia entre el lado más largo y el más corto es de unos veinte
centímetros, aproximadamente una décima por ciento, una hazaña portentosa, dado
que medimos una distancia de más de 230 metros, cubierta de miles de enormes
bloques de piedra caliza de varias toneladas cada uno.
No hay indicios de que los constructores de las Pirámides estuvieran abrumados
por la tarea de ajustarse a tales exigencias de simetría en obra de tanta envergadura.
Por el contrario, como si buscaran nuevos retos técnicos, dotaron al monumento de
esquinas en ángulo recto casi perfecto. La variación respecto a los noventa grados es
0° 00′ 02″ en el ángulo noroeste, 0° 03′ 02″ en el noreste, 0° 03′ 33″ en el sureste y
0° 00′ 33″ en el suroeste[90].
Hay que reconocer que se trata de una precisión no ya de «reloj atómico», sino de
tecnologías Rolex, BMW, Mercedes Benz, Rolls-Royce e IBM combinadas.
Hay más.
Es sabido que la Pirámide fue orientada por sus arquitectos a los puntos
cardinales (la cara norte, al norte; la cara este, al este, etc.). Pero menos sabida es la
fantástica precisión de la alineación, con una desviación media del punto exacto de
poco más de tres minutos de arco, es decir, un cinco por ciento de grado[91].
¿Por qué tanta meticulosidad?
¿Por qué tanto rigor?
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6. Sección vertical de la Gran Pirámide de Egipto con perfil del montículo de roca que está empotrado en las
hiladas inferiores.
¿Por qué tenía que importar incluso al más megalómano de los faraones que su
magna «tumba» estuviera alineada dentro de los tres minutos de arco del norte
exacto, o a menos de un grado del norte exacto? A simple vista, es prácticamente
imposible detectar tal desviación. Es más, la mayoría de nosotros no podríamos
observar ni una desviación de tres gados (180 minutos de arco), no digamos 3
minutos de arco (y hay personas que tienen dificultad incluso para señalar hacia
dónde queda el norte). Por lo tanto, no hay más remedio que formular la pregunta:
¿qué finalidad tenía esta increíble precisión? ¿Por qué se tomaron los constructores
tanto trabajo, por qué se buscaron tantas complicaciones, si el resultado de sus afanes
no iba a poder apreciarse a simple vista?
Es de suponer que tenían un motivo muy poderoso para crear lo que es realmente
un milagro de la topografía.
Y lo que hace que el milagro sea si cabe más portentoso es que este prodigio de
exactitud no se realizó en un lugar perfectamente llano, como sería de esperar, sino
encima de un montículo natural. Esta elevación primitiva, de unos nueve metros de
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alto, como una casa de dos pisos, situada en el centro exacto de la base de la Gran
Pirámide (de la que ocupa aproximadamente el setenta por ciento) fue empotrada
laboriosamente en las primeras hiladas de bloques. Es indudable que su presencia
tiene que haber constribuido a lo largo del tiempo a la legendaria estabilidad de la
construcción. De todos modos, es en extremo difícil comprender cómo los antiguos
agrimensores pudieron cuadrar la base de la Pirámide en su fase de construcción
inicial y más importante con aquel montículo en medio (normalmente, cuadrar la base
requiere hacer mediciones en diagonal entre ángulos)[92]. Lo único que podemos
decir con seguridad es que la base es cuadrada y que el monumento encaja con los
ejes cardinales de nuestro planeta con gran exactitud.
Cámaras y pasadizos
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8. Principales rasgos interiores de la Gran Pirámide. La entrada en la cara norte llamada «agujero de Mamoun»
fue abierta por exploradores árabes en el siglo IX d. C. En aquella época, los bloques del recubrimiento de la
Pirámide estaban intactos y ocultaban la verdadera entrada.
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Al regresar por el pasadizo horizontal hasta su desembocadura en la base de la
Gran Galería, el visitante observará, detrás de una moderna reja de hierro, la estrecha
y poco invitadora boca del «pozo», un canal casi vertical que en algunos puntos no
llega al metro de diámetro que va a salir al corredor descendente, situado casi a
treinta metros bajo tierra. Es un misterio cómo los constructores del canal, abierto en
la roca viva, consiguieron acertar exactamente en el objetivo. También es un misterio
la verdadera finalidad de todos estos extraños sistemas de intercomunicación que,
cual circuitos de una gran máquina, recorren las entrañas del monumento.
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Espacio interior
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Después de examinar los bloques de taponamiento, el visitante tiene que bajar por el
Corredor Descendente, de 106 metros, al principio entre paredes de ladrillo y,
después, de roca. A medida que avanza, los rayos de sol que entran por la reja de la
cara norte van debilitándose, y uno tiene la impresión de bajar como un submarinista
hacia las profundidades de un océano negro como la noche.
Este corredor, que sin duda data de la antigüedad prehistórica, mide 1,20 metros
de alto por 1 metro de ancho y en un principio se perforó en el montículo rocoso de
nueve metros de alto que ocupaba el lugar milenios antes de que se construyera la
Pirámide. Por lo tanto, es inquietante descubrir que es perfectamente rectilíneo en
toda su longitud. Según Flinders Petrie, la desviación en todo el corredor es «inferior
a 0,63 cm en los lados y 0,72 cm en el techo»[97]. Hay un segmento del corredor en
particular, de 45 metros de largo, en el que «la desviación media de la línea recta es
de 0,50 cm, una cantidad asombrosamente pequeña»[98].
Con la espalda doblada, el visitante sigue bajando por este largo y recto corredor
que desciende en dirección sur por el lecho de roca de la meseta de Gizeh, en el
ángulo ya familiar de 26 grados. A medida que vamos bajando, es difícil no ser más y
más susceptible a la tremenda masa de piedra caliza acumulada sobre nuestra cabeza
y al olor a polvo del viciado aire subterráneo, que parece el aliento de una bestia
ciclópea. Cuando volvemos la cabeza hacia la entrada vemos con aprensión que la luz
que penetra en el monumento se ha reducido al parpadeo de lo que parece una
estrella, muy alta y lejana. Porque, llegados a este punto, es normal sentir una leve
inquietud, un ligero vértigo al pensar en la distancia que nos separa del mundo
exterior.
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10. Complejo interior de la Gran Pirámide. Es posible que dentro del gigantesco monumento haya otros muchos
pasadizos y cámaras sin descubrir.
En el lado oeste del corredor, cerca del extremo inferior, hay un entrante, cubierto
por una reja que da acceso al pozo vertical y a la Gran Galería y cámaras superiores.
Poco después, el corredor, con su inclinación de 26 grados, desemboca en un
pasadizo horizontal que discurre de norte a sur a lo largo de casi diez metros, por el
que el visitante tiene que avanzar a gatas. Cerca del final de este pasadizo, también en
el lado oeste, hay otro entrante de dos metros de largo por uno de profundidad
toscamente excavado en la roca que va a parar a un muro ciego no terminado. Hay
que gatear un metro y medio y el pasaje horizontal desemboca en la Cámara
Subterránea, a una altura de medio metro del suelo.
De no ser por una única y débil bombilla instalada en época moderna, el visitante
se encontraría ahora en completa oscuridad. La luz que despide la bombilla tiene un
tinte verdoso y sepulcral, y lo que revela es una habitación muy curiosa, bastante
mayor que la Cámara del Rey, que mide 14 metros de este a oeste y 8,5 metros de
norte a sur, pero tiene una altura máxima de apenas 3,5 metros[99]. Aproximadamente
en el centro del suelo, en el lado este, hay una reja que rodea una fosa cuadrada de
unos 3 metros de profundidad y, más allá, penetra en la pared sur un segundo
corredor horizontal de 70 cm de lado, que discurre hacia el sur por el lecho de roca
durante otros 16 metros y termina en una pared. Mirando hacia la derecha, se observa
que el suelo del lado oeste de la cámara se eleva formando una especie de plataforma
a la altura del pecho de una persona. Ésta ha sido atrincherada de forma irregular
formando cuatro «aletas» de piedra caliza paralelas que van de este a oeste, que en
unos puntos casi tocan el techo, relativamente plano y en otros dejan un espacio de
hasta 1,80 metros.
Todas estas extrañas características se combinan para crear un ambiente opresivo,
casi claustrofóbico en la habitación, que recuerda al visitante lo mucho que se ha
hundido bajo tierra y que, si en los millones de toneladas de piedra que hay sobre su
cabeza se produjera un derrumbamiento, quedaría atrapado irremisiblemente.
Interesantísimas novedades
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Si están en lo cierto los egiptólogos, la excavación y extracción de más de dos mil
toneladas de roca para la apertura del Corredor Descendente —roca que primero
había que picar y después subir a la superficie desde una profundidad cada vez
mayor, por un estrecho túnel mal ventilado con una inclinación de 26 grados—
hubieran sido inútiles. Como inútil hubiera sido la perforación de la Cámara
Subterránea propiamente dicha, y también la de sus losas y pozos. Toda la empresa
hubiera sido fútil si hubiera tenido como resultado el de dejar, a una profundidad de
más de treinta metros debajo de la meseta de Gizeh, una cripta inacabada de toscas
paredes y techo bajo —«parecida a una cantera»[101]— que no servía de nada.
Evidentemente, esto es descabellado. Pero existe una teoría alternativa, que
durante los dos últimos siglos ha estimulado la curiosidad de numerosos
investigadores. Según esta teoría, la Cámara se dejó inacabada adrede, para hacer
creer a los buscadores de tesoros que había sido abandonada y convencerlos de la
inutilidad de seguir explorando: un medio bastante eficaz para mantener a los intrusos
alejados de otras cavidades o pasadizos ocultos que pudieran estar conectados con la
Cámara.
Movidos por estas sospechas, entre 1830 y 1837, el explorador italiano Giovanni
Batista Caviglia y el aventurero inglés coronel Howard Vyse abrieron agujeros en el
fondo del foso situado en el centro de la Cámara Subterránea. Aumentaron su
profundidad original de tres metros en otros diez (actualmente, vueltos a rellenar en
gran medida).
Más recientemente, el arqueólogo francés André Pochan ha llamado la atención
hacia un curioso pasaje del historiador griego Herodoto, que visitó Egipto en el
siglo V a. C. y dedicó mucho tiempo a hablar con sacerdotes y hombres cultos de la
zona. Dice Herodoto que éstos le hablaron de la existencia de «cámaras subterráneas
en el montículo sobre el que se levantan las Pirámides… El rey Keops convirtió estas
cámaras en cámaras sepulcrales para sí, en una especie de isla, trayendo un canal
desde el Nilo…»[102].
Pochan calculaba que, si realmente existe bajo la Pirámide una cámara alimentada
por agua del Nilo, tendría que encontrarse a gran profundidad, por lo menos a 27
metros por debajo del foso. Igualmente, el arquitecto danés Hubert Paulsen,
fundándose en bases geométricas, mantiene que el lugar más probable en el que
pudiera encontrarse otra cámara en la Gran Pirámide es debajo del foso[103], opinión
que confirman los cálculos del geómetra británico Robin Cook[104].
No obstante, es un ingeniero francés, el profesor Jean Kerisel, quien con mayor
energía ha proseguido la búsqueda de posibles cámaras subterráneas ocultas.
Actualmente, Kerisel es presidente de la Association France-Egypte. El 12 de octubre
de 1992 se encontraba con su ayudante en el foso cuando se produjo un fuerte
terremoto que arrasó grandes zonas de El Cairo. Después declaró que aquel suceso
causó a los investigadores «unos momentos muy desagradables, a 35 metros por
debajo de la meseta»[105].
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Afortunadamente, la Cámara Subterránea no se hundió, y Kerisel y su equipo
pudieron terminar el trabajo. Éste implicaba la utilización de dos técnicas no
destructivas: radar de penetración en el suelo y microgravimetría. Los resultados no
fueron concluyentes en la cámara propiamente dicha, pero muy prometedores en el
pasadizo horizontal que la comunica con el extremo del Corredor Descendente. En
palabras del propio Kerisel: «se detectó debajo del suelo del pasadizo una estructura
que podría ser un corredor orientado SSE-NNO, cuyo techo se encuentra en la
profundidad que el Corredor Descendente hubiera alcanzado, de haber sido
prolongado»[106].
Y no es eso todo. Se detectó otra clara anomalía, «defecto de masa» lo llama
Kerisel, «en el lado occidental del pasadizo, seis metros antes de la entrada de la
cámara. Según nuestros cálculos, ésta anomalía corresponde a un pozo vertical de
cinco metros de profundidad como mínimo y una sección de 1,40 × 1,40 metros, muy
próximo a la pared occidental del pasadizo»[107].
En resumen, lo que Kerisel cree haber identificado junto al corredor de entrada a
la Cámara Subterránea es algo que parece un sistema de pasadizos completamente
independiente que termina en un pozo vertical. Es posible que sus instrumentos le
engañaran o, como él mismo reconoce, que hubiera detectado «un gran volumen de
piedra caliza disuelta por la acción de aguas subterráneas, es decir, una cueva»[108].
De todos modos, si el «defecto de masa» resultara ser obra de los hombres, como
sospecha Kerisel, ello podría acarrear «muy interesantes novedades»[109].
Laberinto
Es evidente que para una civilización capaz de edificar hacia arriba hasta la altura
del vértice de la Gran Pirámide, que podía crear gigantescas estatuas de piedra de más
de setenta metros de alto y levantar los bloques de doscientas toneladas de los
templos del Valle y funerarios (formando complicados dibujos a alturas de más de
doce metros del suelo), no había de suponer una dificultad insuperable el construir
también hacia abajo. Por el contrario, una civilización semejante, de haberlo
deseado, habría podido excavar en el subsuelo complejos descomunales,
comunicados entre sí por un laberinto de túneles.
Por lo tanto, no puede descartarse la posibilidad de que la Cámara Subterránea
que se encuentra debajo de la Gran Pirámide sea una de las muchas que pueda haber
a gran profundidad. Es más, como recordará el lector, la labor sismográfica realizada
en Gizeh a principios de los años noventa por el geofísico norteamericano Thomas
Dobecko indicaba la presencia de un gran hipogeo, aparentemente hecho por el
hombre, en la roca situada debajo de la Esfinge. En definitiva, sólo nuevas
investigaciones y excavaciones podrán arrojar luz sobre estas cuestiones. Entretanto,
sin embargo, existen en diversos lugares de la necrópolis indicios que sugieren que la
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creación de ambiciosas construcciones talladas en la roca —tanto por encima como
por debajo del nivel del suelo— formaba parte del repertorio de los constructores de
las Pirámides. Con frecuencia, mezclaban el tallado de la roca con la construcción en
altura, como en la tumba de Khent-Khawes, la que se supone esposa de Mikerinos,
que combina el esculpido piramidal de una elevación natural con la construcción de
un templo en curiosa forma de sarcófago realizada encima.
Una más espectacular combinación de roca tallada y edificación es la que se da en
la pirámide de Kefrén. Ésta se levanta sobre una plataforma de cinco hectáreas
nivelada artificialmente y recortada en la meseta, que en este punto tiene una
pronunciada inclinación de noroeste a sureste (más alta en el oeste y más baja en el
este). Por consiguiente, los lados norte y sur de la Pirámide están empotrados en una
zanja que gradualmente disminuye de profundidad, desde unos siete metros en el
ángulo noroeste hasta unos tres metros en el ángulo suroeste y a cero en los ángulos
noreste y sureste. Las hiladas inferiores de bloques de la Pirámide propiamente dicha
en los lados norte y oeste están encajadas en el montículo central de roca que los
constructores dejaron después de excavar la zanja. En los lados este y sur, no
obstante, el suelo inclinado de la meseta queda por debajo del nivel elegido para la
base de la Pirámide, problema que los constructores resolvieron llevando al lugar
miles de enormes bloques de relleno —con un peso medio de unas cien toneladas
cada uno— para formar una sólida base horizontal. También utilizaron estos
ciclópeos megalitos para las primeras hiladas de los lados este y sur, y entre uno y
otro tipo de construcción se observa una clara divisoria. Al igual que algunas
características de los templos de la Esfinge y del Valle a las que hemos hecho
referencia, esta demarcación da la impresión no ya de técnicas de construcción
diferentes sino incluso de dos etapas claramente diferenciadas, separadas por un
intervalo de tiempo desconocido.
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norte de la Cámara del Rey) a los 45 grados 14 minutos (canal sur de la Cámara del
Rey). Los canales fueron construidos paso a paso a medida que la Pirámide crecía en
altura (no taladrados posteriormente como han supuesto algunos) y denotan el empleo
de complejas y sofisticadas técnicas de ingeniería y nivelación.
Se ha apuntado que la razón de su inclinación era la de hallar «la ruta más corta»
hacia el exterior de la Pirámide, lo cual se supone que implica que los antiguos
constructores querían «ahorrar» trabajo y tiempo. Ahora bien, esta lógica geométrica
se contradice con la lógica arquitectónica por la simple razón de que la construcción
de canales inclinados no ahorra tiempo ni trabajo, sino todo lo contrario. Xingún
arquitecto o constructor estará de acuerdo con la idea de que, en este caso, «la vía
más corta» sea la mejor, aunque lo parezca a quien sólo toma en consideración la
geometría. Lo cierto es que, como apuntaba ya el arquitecto egipcio Dr. Alenxander
Badawy en los años sesenta, construir canales inclinados en lugar de simples canales
horizontales que condujeran al exterior de la Pirámide tuvo que crear muchas
dificultades, sobre todo habida cuenta de la gran precisión y regularidad de las
inclinaciones[110].
11. Las Cámaras del Rey y de la Reina y sus cuatro canales. Hay que señalar que, en un principio, los canales de
la Cámara de la Reina no llegaban a ella, sino que se quedaban a unos centímetros de las paredes interiores. Los
canales fueron abiertos en 1872 por el ingeniero británico Waynman Dixon.
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superior inclinada, para que sirvan de «suelo» del canal. Segunda, preparar más
bloques especiales con la cara inferior en U para formar el perfil, es decir las
«paredes» y el «techo» de los canales. Tercera, cortar otros bloques especiales con la
cara inferior inclinada, para cubrir los costados de los canales. Cuarta, cubrir la parte
superior de los canales con otros bloques especiales, con la cara inferior sesgada.
Quinta, adaptar las hiladas de bloques de la Pirámide en todo el recorrido de los
canales.
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13. Pared y boca del canal de la Cámara de la Reina.
14. Detalle de construcción de la Gran Pirámide. Para la buena ejecución de los misteriosos canales, se
utilizaron por lo menos cuatro clases de bloques diferentes (A, B, C y D) a todo lo largo de su trazado. Los
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problemas técnicos debieron de ser enormes. En un principio los canales de la Cámara de la Reina estaban
cerrados por ambos lados, lo cual invalida la hipótesis de que su finalidad fuera la ventilación. Por otra parte,
para este objetivo no era necesario un trazado tan complejo.
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CAPÍTULO IV
J. NORMAN LOCKYER,
The Dawn Of Astronomy, 1894
Se siente uno pequeño e intimidado si, al amanecer, se sitúa entre las garras de la
Gran Esfinge de Egipto y contempla su cara iluminada por el sol naciente. La colosal
estatua parece antiquísima, casi tan vieja, se diría, como el mismo tiempo. Y, como
hemos visto en el capítulo II, están apareciendo datos geológicos que corroboran esta
impresión de antigüedad, una antigüedad mucho mayor que los 4500 años que le
atribuyen los egiptólogos y que quizá se remonte a la última glaciación, época en la
que no se suponía que existiera una civilización capaz de construir un monumento
semejante.
Por supuesto, son éstas ideas polémicas y vivamente debatidas. Por añadidura,
como ya es evidente a estas alturas, la geología no puede proporcionarnos la
cronología exacta, limitada como se encuentra por el actual nivel de nuestros
conocimientos de la paleoclimatología. En realidad, lo más que podemos decir,
basándonos únicamente en las marcas de erosión del monumento, es que parece haber
sido esculpido en una época muy anterior a lo que creen los egiptólogos, pero su
antigüedad podría oscilar entre el 15 000 y el 5000 a. C.
Ahora bien, existe otra ciencia que, si se cumple un requisito esencial, permite
datar los antiguos monumentos de piedra no documentados con una exactitud mucho
mayor, dentro de una franja de apenas unas décadas. Es la ciencia de la
arqueoastronomía. La condición de la que depende su buen funcionamiento es que los
monumentos a estudiar hayan sido orientados con exactitud por sus constructores
hacia las estrellas o los puntos de la salida del sol.
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15. En el solsticio de verano, en la latitud de Gizeh el sol sale a 28° este-noreste, en el solsticio de invierno, a 28°
este-sureste, y en los equinoccios, por el este. La Gran Esfinge de Gizeh es un monumento astronómico orientado
exactamente hacia el este, por lo que es un magnífico indicador o «puntero».
Observatorio
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Hace miles de años, bajo los cielos diáfanos de un mundo más joven, la meseta de
Gizeh debía de ser el observatorio ideal. Desde la elevación situada a un kilómetro al
oeste de la Esfinge, sobre la que se alzan las tres Pirámides principales, debía de
dominarse una perfecta vista de 360 grados, un enorme horizonte circular que
invitaba a las observaciones del orto o salida y el ocaso del sol durante todo el año y
también del orto y ocaso de las estrellas. Además, cualesquiera que fueran las otras
funciones de la necrópolis, es indudable que la meseta de Gizeh se utilizaba para la
astronomía de observación, práctica y precisa como la desarrollada por los
navegantes para señalar la posición de los barcos en alta mar. Ninguna otra ciencia
permitía mantener un rumbo con exactitud, y ninguna otra ciencia hubiera servido
para orientar con tan fabulosa precisión los principales monumentos de Gizeh al
norte, sur, este y oeste[111].
En el capítulo III se dan detalles de esta orientación. Por lo tanto, aquí bastará
recordar que la Gran Pirámide está situada en un punto de la superficie de la Tierra
que se encuentra a una tercera parte de la distancia entre el Ecuador y el Polo Norte
(es decir, latitud 30) y que su eje norte-sur se desvía sólo tres sexagésimas de grado
del meridiano norte-sur. Cabe señalar aquí que la alineación del edificio Meridian del
observatorio Greenwich de Londres tiene una mayor desviación, de nueve
sexagésimas de grado. En nuestra opinión, semejante precisión constituye un
«hecho» al que arqueólogos y egiptólogos no han prestado la debida atención, a
saber, que la Gran Pirámide, con su huella de más de cinco hectáreas y seis millones
y medio de toneladas de masa, únicamente pudo ser orientada por unos soberbios
astrónomos[112].
Estamos convencidos de que este «factor astronómico» merece mucha mayor
preeminencia de la que hasta ahora le han otorgado los egiptólogos. Además, gracias
a los últimos avances informáticos, nos es posible trazar cartas del firmamento de
Gizeh en cualquier época durante los 30 000 años últimos y recrear el entorno celeste
en el que trabajaron los constructores de las Pirámides.
Situándonos, por así decirlo, bajo el firmamento de hace miles de años, iniciados
por el microchip en el secreto cósmico de las posiciones cambiantes de las estrellas,
determinados rasgos de los monumentos claves —rasgos anodinos desde el punto de
vista puramente arqueológico o egiptológico— cobran un significado peculiar.
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16. Trayectoria del Sol en el solsticio de verano, en que llega a su punto culminante (altitud máxima) en el
tránsito por el meridiano.
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Con la mira en las estrellas
Empecemos por los cuatro misteriosos «canales» que parten de las Cámaras del Rey
y de la Reina de la Gran Pirámide, cuyos aspectos arquitectónicos hemos examinado
al final del capítulo anterior. Como hemos visto, dos de estos canales están alineados
al norte y los otros dos al sur con absoluta precisión. Es decir, apuntan, a altitud
variable, hacia lo que los astrónomos llaman el «meridiano» una línea imaginaria que
«divide el cielo» y que puede describirse como un arco que conecta el Polo Norte con
el Polo Sur por encima de la cabeza del observador. Se dice de las estrellas (y
también del sol, la luna y los planetas) que «culminan», cuando, en su «tránsito por el
meridiano» o trayectoria por esta línea imaginaria, alcanzan su máxima altitud sobre
el horizonte.
La Gran Pirámide tiene numerosos rasgos que nos hacen deducir sin lugar a dudas
que sus constructores prestaban gran atención a las estrellas y seguían su tránsito por
el meridiano. Por ejemplo, la boca del corredor de entrada original apunta al
meridiano con la precisión de una pieza de artillería. Todos los pasadizos interiores
discurren en sentido norte-sur con exactitud, lo que hace de todo el monumento en sí,
como han observado muchos astrónomos, un claro «instrumento meridiano»[113].
Pero lo más concluyente de todo es la matemática exactitud de los cuatro canales.
Investigaciones recientes han determinado sin asomo de duda que hacia el 2500 a. C.
—la que los egiptólogos denominan «Edad de las Pirámides»— cada uno de estos
canales apuntaba a una estrella determinada en el momento en que culminaba en su
meridiano:
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20. Culminación (tránsito por el meridiano) del cinturón de Orion hacia 2500 a. C. En aquella época, las
estrellas del cinturón cruzaban el meridiano a 45° de altitud, lugar al que apunta el canal sur de la Cámara del
Rey.
21. Los antiguos egipcios asociaban la constelación de Orion, y especialmente las tres estrellas del cinturón, a
Osiris, dios de la resurrección y el renacimiento.
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22. Alineación astral de los cuatro canales de la Gran Pirámide hacia 2500 a. C.
Dado que con los modernos ordenadores podemos reconstruir el antiguo firmamento
de Gizeh, es posible demostrar la alineación exacta de los cuatro canales a las cuatro
estrellas hacia el año 2500 a. C. Y los mismos ordenadores nos muestran también que
tales alineaciones eran poco frecuentes y fugaces, válidas sólo para un siglo
aproximadamente, antes de que el cambio continuo y gradual ocasionado en las
altitudes estelares por el paso del tiempo modificara las posiciones en las que las
estrellas transitaban por el meridiano.
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Este fenómeno, resultado de una lenta y mayestática oscilación del eje de la
Tierra, se conoce técnicamente con el nombre de precesión. En un ciclo de 25 920
años, el polo norte del eje de rotación de nuestro planeta, prolongado hasta el infinito,
traza un gran círculo en el firmamento. Los principales efectos de este movimiento en
astronomía son:
El ritmo del cambio precesional es constante y previsible en cada uno de estos efectos
astronómicos clave y puede calcularse hacia atrás y hacia adelante en el tiempo y en
cualquier lugar el firmamento. Por ejemplo, si hoy observáramos una estrella
particularmente brillante —pongamos por caso, Al Nitak del cinturón de Orión—
desde un lugar determinado, y anotáramos su altitud en el meridiano, y si dentro de
miles de años se encontraba y comprendía la anotación, ésta podría utilizarse para
determinar la época o «tiempo» en el que se hizo la observación.
La misma lógica puede aplicarse a los cuatro canales que parten de las Cámaras
del Rey y de la Reina. Su alineación en el 2500 a. C. hacia las cuatro estrellas de
importancia ritual dentro de las creencias del «ciclo de Osiris» no puede deberse a
simple casualidad. Por el contrario, es evidente que obedece a un plan
cuidadosamente trazado. No menos evidente es la relación de la Gran Pirámide con la
época del 2500 a. C., en la que todos los egiptólogos y arqueólogos ortodoxos
consideran que fue construida.
En resumen, los cuatro canales estelares son un reloj de precisión que, por lo
menos en teoría, ha de permitirnos determinar de una vez por todas la fecha de
construcción de la última de las maravillas del mundo. Ello será muy conveniente
dado que, a falta de otro medio objetivo de datación del monumento, subsiste la
controversia acerca de su edad exacta. De todos modos, la imagen arqueoastronómica
es bastante más complicada de lo que parece.
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La complicación nace de la estrecha relación, demostrada por primera vez en The
Orion Mystery, que existe entre las tres estrellas que forman el cinturón de la
constelación de Orion y el plano terrestre de las tres Pirámides de Gizeh. Vistas desde
arriba, la Gran Pirámide y la segunda Pirámide están situadas en una diagonal que
discurre a 45 grados hacia el sur y el oeste de la cara este de la primera de las dos. La
tercera Pirámide, sin embargo, se desvía un poco hacia el este de esta línea. La figura
resultante es una réplica de la posición de las tres estrellas del cinturón de Orion, que
también forman una diagonal «imperfecta». Las dos primeras (Al Nitak y Al Nilam)
están colocadas en alineación directa, lo mismo que la primera y segunda Pirámides,
mientras que la tercera estrella (Mintaka) se desvía ligeramente hacia el este del eje
formado por las otras dos[116].
Esta relación visual, una vez observada, es evidente y sorprendente en sí misma.
De todos modos, viene a dar una confirmación adicional de su significación
simbólica la propia Vía Láctea, considerada por los antiguos egipcios una especie de
«Nilo Celeste» y a la que en textos funerarios arcaicos se llama «Agua Sinuosa»[117].
En la bóveda celeste, las estrellas del cinturón de Orion quedan al oeste de la Vía
Láctea, como dominando sus márgenes desde la altura; en el suelo, las Pirámides
están encaramadas a la margen occidental del Nilo[118].
Ante semejante simetría, y ante este complejo panorama de ideas arquitectónicas
y religiosas entrelazadas, se hace difícil sustraerse a la idea de que las Pirámides de
Gizeh constituyen un intento coronado por el éxito de reproducir el cinturón de Orión
en la Tierra. Ello cobra un significado aún más profundo cuando recordamos la firme
identificación de la constelación de Orión con el dios Osiris.
Pero, tomando en consideración los cambios debidos al fenómeno de la precesión,
también cabe preguntar: «El cinturón de Orión, ¿cuándo?» «El cinturón de Orión,
¿en qué época?».
La combinación perfecta
Los canales nos indican que la Gran Pirámide está «anclada» al cinturón de Orión en
el año 2500 a. C. (porque entonces el canal sur de la Cámara del Rey apuntaba a Al
Nitak, réplica celeste de la Gran Pirámide, en su tránsito por su meridiano). Ahora
bien, si reconstruimos con nuestro ordenador el antiguo firmamento de Gizeh y
fijamos la atención en la figura que forman en tierra las tres Pirámides en el 2500 a.
C., si simulamos el paso nocturno de las estrellas del cinturón sobre la bóveda celeste
y las detenemos en el punto del tránsito de Al Niták por el meridiano (45 grados por
encima del horizonte sur, hacia donde apunta el canal de la Cámara del Rey), nos
damos cuenta de que algo no encaja.
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23. El cinturón de Orión cruza el meridiano de la Gran Pirámide en 2500 a. C., estando Al Nitak, la oponente
celeste de la Gran Pirámide, en perfecta alineación con el canal sur de la Cámara del Rey, a 45° de altitud. No
obstante, obsérvese que las estrellas del cinturón y la Vía Láctea parecen descentradas, no encajan con el plano
terrestre de las tres Pirámides y el Nilo. Las imágenes de cielo y tierra son similares, sí, pero da la impresión de
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que habría que hacer girar la del cielo en sentido contrario al de las manecilla del reloj para hacerlas cuadrar.
Esto sólo puede conseguirse retrocediendo en el tiempo y mirando al cielo de Gizeh en una época muy anterior…
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24. Las imágenes del cielo y la tierra casan en 10 500 a. C., época en que la posición de la Vía Láctea y las tres
estrellas del cinturón de Orión en su tránsito por el meridiano es reflejada con exactitud por el curso del Nilo y la
figura formada por las tres grandes Pirámides en la tierra.
En este momento, podríamos esperar ver una perfecta alineación de meridiano
con meridiano. Y observamos que el eje dominante de las tres estrellas y la Vía
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Láctea se desvía sensiblemente del eje dominante de las tres Pirámides y el Nilo.
Éstos, por supuesto, están fijos. Por lo tanto, lo que se necesita para conseguir el
encaje «ideal» cielo-tierra es hacer girar el firmamento en el sentido opuesto al de las
manecillas del reloj.
La vasta máquina cósmica de la oscilación axial de la Tierra nos proporciona el
mecanismo para conseguir esto: no tenemos más que pedir al ordenador que explore
los movimientos de las estrellas inducidos por la precesión, haciendo marcha atrás en
el tiempo.
Y entonces, mientras vamos retrocediendo milenios, observamos que la
orientación del cinturón de Orión en su culminación gira lentamente en sentido
opuesto al de las manecillas del reloj y va acercándose a nuestra conjunción deseada
meridiano con meridiano. Pero no es sino en el 10 500 a. C., es decir ocho mil años
antes de la «Edad de las Pirámides», cuando se produce al fin el acoplamiento
perfecto, en el que el Nilo refleja la Vía Láctea y las tres Pirámides y las estrellas del
cinturón tienen idéntica situación respecto al meridiano[119].
Estrellas ascendentes
Hay en esta relación con 10 500 a. C. un rasgo que indica claramente que en ello no
interviene la coincidencia. La figura fijada en piedra en la forma de las Pirámides
marca un momento clave del ciclo precesional de 25 920 años de las tres estrellas del
cinturón de Orión, momento que difícilmente pudo ser elegido al azar por los
constructores de las Pirámides.
A fin de hacernos una idea clara de lo que se trata, pidamos una simulación por
ordenador del firmamento de Gizeh en nuestra propia época, hacia el año 2000 d. C.
Si miramos hacia el sur, observamos que Al Nitak cruza el meridiano a una altitud de
58° 06’ sobre el horizonte. Se da el caso que este punto se encuentra a menos de ocho
minutos de la altitud mayor que alcanzará esta estrella en su ciclo precesional, es
decir, 58° 14’ (lo cual se producirá hacia el año 2500)[120].
Proyectemos ahora nuestra simulación hacia atrás en el tiempo y recreemos el
firmamento que veríamos si nos encontráramos en el mismo lugar hacia el año 10
500 a. C., es decir, casi 13 000 años, o medio ciclo precesional, antes. En esta época
remota descubrimos que Al Nitak cruza el meridiano a una altitud de sólo 9 grados 20
minutos sobre el horizonte[121].
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25. Al reflejar la figura del cinturón de Orión en la posición que ocupaba en 10 500 a. C., las tres grandes
Pirámides de Gizeh marcan un momento importante del ciclo precesional de 26 000 años de estas estrellas: el
punto más bajo de su desplazamiento por el meridiano, en el que (vistas desde la latitud de Gizeh) culminaban a
una altitud de 9° 20’ sobre el horizonte (C). En 2500 a. C. culminaban a una altitud de 45° (B). En nuestra época,
2000 d. C. (A) están acercándose a la mayor altitud que alcanzarán en su ciclo precesional: 58° 6’ sobre el
horizonte en su tránsito por el meridiano.
Tal como se señalaba en Fingerprints of the Gods, el mismo papel desempeña la Gran
Esfinge, que mira fijamente el orto equinoccial del Sol en cualquier época pasada,
presente y futura, para siempre.
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26. Diagrama del desplazamiento del cinturón de Orión por el meridiano durante el ciclo precesional. La
posición de las estrellas en 10 500 a. C. marca el comienzo o «Tiempo Primero» del ciclo. Ésta es la figura que
reproducen en tierra las tres grandes Pirámides de Gizeh.
Esta orientación nos depara una base astronómica para datar el monumento,
porque es sabido que en la Antigüedad la atención de los astrónomos se centraba muy
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especialmente en la constelación zodiacal —considerada definición de la «Era»
astrológica— que precedía inmediatamente al Sol en el firmamento este al alba del
equinoccio de primavera[123]. El mismo fenómeno de la precesión axial de la Tierra
que afecta a la altitud de las estrellas en el meridiano afecta también a estas famosas
constelaciones —Leo, Cáncer, Géminis, Tauro, Aries, Piscis, Acuario, etc.— cuyas
coordenadas en relación con el orto del Sol equinoccial sufren cambios lentos pero
continuos ocasionados por la precesión.
27. Orto o salida y trayectoria del cinturón de Orión en (A) 2000 d. C., (B) 2500 a. C., (C) 10 500 a. C.
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nuevo fondo de Acuario. Para ser exactos, el punto equinoccial tarda 2160 años en
recorrer completamente una constelación o «casa» del Zodíaco.
Visto este proceso, demos ahora marcha atrás al «reloj precesional» de Santillana
y Von Dechend. Después de retroceder por la Era de Piscis (y la de Aries que la
precedió) vemos que en el 2500 a. C., cuando se supone convencionalmente que fue
construida la Esfinge, la constelación de Tauro albergaba al Sol en el equinoccio de
primavera.
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28. Al amanecer del equinoccio vernal de 10 500 a. C., estando el Sol unos 12° por debajo del horizonte, la Gran
Esfinge miraba directamente a su oponente celeste, la constelación de Leo, que tuvo lo que los astrónomos llaman
su orto helíaco en este momento.
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29. Imágenes superpuestas del orto de Leo en 2500 a. C., época en la que los arqueólogos suponen que fue
construida la Gran Esfinge, y en 10 500 a. C. Es en esta última época en la que se obtiene una simétrica relación
cielo-tierra, en el orto helíaco de Leo, en que la Esfinge miraría directamente a su oponente celestial al
amanecer.
A fin de aclarar este último extremo, volvamos a nuestra simulación por ordenador
del firmamento de Gizeh hacia el 10 500 a. C., y pidamos al programa que nos
indique las posiciones del Sol y las estrellas justo antes del amanecer, en el
equinoccio de primavera.
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30. Momento de la salida del Sol en el equinoccio vernal en 10 500 a. C. En el momento en que el disco solar
aparecía en el horizonte en perfecta alineación con la dirección de la mirada de la Esfinge, las tres estrellas del
cinturón de Orión culminaban en el meridiano, formando la figura que reproducen en tierra las tres grandes
Pirámides. Así, Esfinge y Pirámides parecen combinarse en una reproducción arquitectónica de esta conjunción
celeste única.
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La pregunta se reduce a estos términos: ¿es coincidencia o es algo más que
coincidencia, que la necrópolis de Gizeh, tal como ha llegado hasta nosotros desde la
oscuridad de los tiempos, siga estando dominada por una colosal estatua de león
equinoccial en el este de su «horizonte» y por tres gigantescas Pirámides dispuestas a
lo largo de su meridiano análogamente a como se encontraban las tres estrellas del
cinturón de Orión en 10 500 a. C.?
¿Y también es coincidencia que los monumentos de este asombroso parque
temático funcionen al unísono —casi como los engranajes de un reloj— para marcar
la misma «hora»?
En toda la Antigüedad, el momento del amanecer, y su conjunción con otros
eventos celestes, era considerado de gran importancia[126]. En el equinoccio de
primavera del 10 500 a. C., tal como se ha explicado, tuvo lugar una conjunción
especialmente espectacular y estadísticamente rara, porque combinaba el momento
del amanecer, la constelación de Leo y el tránsito por el meridiano de las tres estrellas
del cinturón de Orion. Y esta conjunción celeste única (que, por añadidura, marca el
comienzo de la «Era de Leo» y el comienzo del ciclo precesional ascendente de las
estrellas del cinturón) es lo que la Gran Esfinge y las tres Pirámides de Gizeh parecen
representar.
Pero ¿por qué iban a querer los antiguos crear en el suelo de Gizeh una réplica del
firmamento?
O, dicho de otra manera, ¿por qué habían de tratar de hacer bajar a la tierra una
imagen de los cielos?
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explícitas instrucciones al iniciado para que construya en la tierra una réplica de una
zona especial del cielo llamada «el círculo oculto del Duat»: «Quienquiera que haga
una copia exacta de estas formas… y lo conocerá, y será un espíritu, y estará bien
provisto tanto en el cielo como en la tierra, sin falta, y regularmente y eternamente».
[128]
En otro lugar del mismo texto vuelve a hablarse del «círculo oculto del Dual… en
el cuerpo de Nut [el cielo]»: «Quienquiera que haga una copia de él… será su mágica
protección en el cielo y en la tierra».[129]
Sospechamos que las ideas que expresan estas manifestaciones pueden apuntar al
verdadero motivo de la construcción de los enormes monumentos astronómicos de la
necrópolis de Gizeh y pueden ayudarnos a encontrar una explicación coherente de su
exacta alineación hacia los puntos cardinales, sus sigulares «canales estelares» y su
intenso simbolismo celeste. De todos modos, tal como demostraremos en las partes
tercera y cuarta, es un hecho que la región del cielo del Duat que se describe en los
antiguos textos egipcios estaba dominada por las constelaciones de Orión y Leo —
ambas, al parecer, «copiadas» en el suelo de Gizeh y hacia la primera de las cuales
estaba dirigido el canal sur de la Cámara del Rey de la Gran Pirámide— y por la
estrella Sirio, hacia la que estaba dirigido el canal sur de la Cámara de la Reina.
También observaremos, de pasada, que los sistemas de corredores, pasadizos y
cámaras de las Pirámides tienen un gran parecido con las viñetas que se conservan de
distintas regiones del Duat (pintadas en las paredes de las tumbas de la XVIII dinastía).
Tiene especial interés a este respecto el misterioso «reino de Sokar» en la «Quinta
División del Duat», en el que los «viajeros que van camino del país sagrado… entran
en el lugar oculto del Duat».[130]
Tal como también veremos en la partes tercera y cuarta, en el Libro de lo que está
en el Duat, y en otros varios textos sobre la muerte y el renacimiento, hay repetidas
referencias a Zep Tepi, el «Tiempo Primero»: la remota época en la que se cree que
los dioses bajaron a la tierra y establecieron su reino en Egipto[131]. Entre estos dioses
figuraban Thoth-Hermes, el «Tres Veces Grande» dueño de la sabiduría, la diosa Isis,
cuya representación celeste era la estrella Sirio, y Osiris, «el antiguo y futuro rey»,
que fue muerto, vengado por Horus, su hijo y volvió a nacer para vivir eternamente
como «Señor del Duat»[132].
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31. Representación gráfica del «Tiempo Primero» de Orión-Osiris.
La réplica celeste de Osiris era Orión, constelación que los antiguos egipcios
conocían por el nombre de Sah, «el de larga zancada», representado frecuentemente
por las tres características estrellas del cinturón. Y puesto que de Osiris se decía que
gobernaba en el «Tiempo Primero», cabe preguntarse si ésta puede ser la razón por la
que las tres grandes Pirámides de Gizeh representan las tres estrellas del cinturón de
Orión tal como estaban hace 12 500 años, en el que puede llamarse su «tiempo
primero» astronómico, es decir, al comienzo de su actual ciclo precesional
ascendente.
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32. El oponente celestial de Osiris era Orión, constelación que los antiguos egipcios llamaban Sah, el de la
«Gran Zancada», y representaban (sección central de esta viñeta, de la tumba del arquitecto Senmut) por medio
de las inconfundibles tres estrellas del cinturón.
Una cuestión más importante todavía, sobre la que gira gran parte de nuestra
investigación, se refiere a la identificación de la Esfinge con la constelación del León,
y, concretamente, con la constelación de Leo en el momento en que marcaba el
equinoccio de primavera en el 10 500 a. C. En las partes tercera y cuarta seguiremos
claves astronómicas que se dan en los antiguos textos egipcios que abonan esta
identificación y que ofrecen curiosas insinuaciones acerca de sus implicaciones.
Cuestiones fundamentales
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vestigios perdidos en Gizeh…
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SEGUNDA PARTE
BUSCADORES
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CAPÍTULO V
Existe una tradición según la cual los monumentos de Gizeh son el último
vestigio, una especie de grandiosa conmemoración, de una civilización remota y muy
avanzada que fue destruida por un «Gran Diluvio». Esta tradición sostiene también
que en algún lugar de Gizeh, quizá debajo de la Gran Esfinge o dentro de la Gran
Pirámide, se esconde una «Sala de Archivos» en la que se conservan todos los
conocimientos y la sabiduría de aquella civilización perdida.
Estas ideas pueden tener un origen muy arcaico[133] y han movido a investigar en
Gizeh a lo largo de la historia. Por ejemplo, en el siglo IV d. C., el romano Amiano
Marcelino animaba a los buscadores de tesoros a buscar «ciertas galerías subterráneas
en las Pirámides», construidas como depósitos de pergaminos y libros de épocas
pretéritas y destinadas «a impedir que la antigua sabiduría se perdiera en el
Diluvio»[134].
Igualmente, muchos de los cronistas árabes del siglo IX d. C. en adelante parecen
haber tenido acceso a una fuente de información común que les hizo convenir en que
la Gran Pirámide fue construida «antes del Diluvio» para que sirviera de depósito del
conocimiento científico. El califa Al Mamoun, que abrió un túnel en la cara norte del
monumento en el año 820 d. C., obraba bajo la convicción de que entraba en una
reliquia de tiempos antediluvianos que había sido cargada por su constructor con los
secretos de «toda la ciencia profunda», que pudieran «transmitir conocimientos tanto
de historia como de astronomía»[135], y que contendría «una cámara secreta con
mapas y esferas terrestres»[136].
Análogamente, numerosas inscripciones y papiros del antiguo Egipto hacen
sugestivas alusiones a cámaras ocultas —la Cámara de los Archivos, la Sala de
Memorias, etc.— que han sido interpretadas como referencias a un hipogeo situado
debajo de la Esfinge o en sus inmediaciones[137]. Y leyendas coptas dicen que «existe
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una única cámara subterránea debajo de la Esfinge con entradas a las tres
Pirámides… Cada entrada está guardada por estatuas de sorprendentes poderes»[138].
En la época moderna, ideas tales como éstas se han mantenido vigentes en las
doctrinas de la masonería[139] especulativa y en las enseñanzas de escuelas esotéricas
como la AMORC Rosacruz de California y la Sociedad Teosófica de Londres y
Madrás. Además, entre los años veinte y cuarenta de nuestro siglo, ideas casi
idénticas fueron expresadas con curiosa vehemencia por Edgar Cayce, el médium
norteamericano al que se ha llamado el «Profeta Durmiente».
Dado que un examen de las «intuiciones psíquicas» nos obligaría a salirnos del
ámbito de este libro, no formularemos opiniones acerca de los méritos ni las fuentes
de información de Cayce. Sí nos parece que atañe a nuestra investigación el que sus
declaraciones acerca de la existencia de una supuesta «Sala de Archivos» atlántida en
Gizeh hayan generado calladamente una multimillonaria industria esotérica que se ha
infiltrado en la corriente principal de la investigación egiptológica de las Pirámides y
la Esfinge propiamente dicha.
Nos enteramos de esta inesperada implicación —inesperada porque,
normalmente, médiums y egiptólogos son tan incompatibles como zorros y gallinas—
al repasar los numerosos estudios y excavaciones realizados en Gizeh por el
egiptólogo norteamericano Mark Lehner. Como el lector ha leído en la primera parte,
el profesor Lehner ha salido a la palestra varias veces durante los años noventa para
rebatir la teoría de que la Esfinge tenga 12 500 años de antigüedad y que debajo
pueda haber una Sala de Archivos. Ahora bien, durante los años setenta y ochenta,
Mark Lehner estuvo directamente involucrado con los seguidores de Edgar Cayce y
sus peculiares creencias sobre los secretos y los misterios de Gizeh.
La «industria» de Edgar Cayce está gestionada por la Fundación Edgar Cayce (Edgar
Cayce Foundation, ECF) y su filial la Asociación para la Investigación y la
Ilustración (Association for Research and Enlightenment, ARE), ambas con sede en
Virginia Beach, ciudad costera de Estados Unidos. La primera impresión que recibe
el visitante al llegar es la de que se encuentra en una especie de clínica o geriátrico,
para cuyo emplazamiento se buscó una sedante vista al mar. Las ventanas del edificio
principal, de vidrio opaco, resultan un poco desconcertantes. Pero un gran letrero
blanco y negro, visible desde el aparcamiento, tranquiliza al recién llegado con esta
inscripción:
A. R. E.
EDGAR CAYCE FOUNDATION
Atlantic University Visitor Center
Página 88
School of Massage
Bookstore
Página 89
La cronología indicada por Cayce para esta última empresa fue «10 490 a 10 390 a.
C.»[144]. También declaró: «… unos 10 500 [años] antes de la venida del Cristo… se
hizo el primer intento de restaurar y ampliar lo ya empezado y que se llama la
Esfinge…». También alrededor de 10 500 a. C. las lecturas de Cayce manifiestan que
se estableció un vasto depósito subterráneo que contenía una biblioteca de los
conocimientos de la civilización perdida de la Atlántida: «Se halla esto en su posición
cuando el Sol sale de las aguas, la línea de la sombra (o de la luz) se proyecta entre
las garras de la Esfinge… Entre la Esfinge y el río entonces…»[145] En otra lectura,
Cayce dio datos más concretos aún: «Existe una cámara o pasadizo desde la garra
derecha [de la Esfinge] hasta esta entrada de la cámara de archivos».[146]
Según las lecturas, se redescubrirá y se volverá a entrar en la Sala de Archivos
«cuando se cumpla el tiempo», lo cual, apuntó Cayce, sería a finales del siglo XX,
quizá en 1998[147]. Las lecturas aluden con frecuencia al Antiguo y Nuevo
Testamentos de la Biblia, contienen numerosas referencias a Jesús y describen el
redescubrimiento de la Sala de Archivos asociado a una serie de acontecimientos que
precederán al «segundo Advenimiento» de Cristo, o Juicio Final[148].
El sabio
Página 90
a su propio interés por la arqueología, y concentró sus energías y
entusiasmo en organizar una sólida investigación arqueológica que las
refrendara…[149]
En 1974, Lehner publicó un libro, The Egyptian Heritage, del que la fundación Edgar
Cayce posee el copyright y que lleva el subtítulo «Basado en las lecturas de Edgar
Página 91
Cayce». Su objetivo primordial es el de dar consistencia a las manifestaciones de
Cayce acerca de la supuesta «Atlántida connection» en la prehistoria de Egipto y la
«Sala de Archivos» establecida en Gizeh en el 10 500 a. C.:
Según las lecturas [de Edgar Cayce], es un legado que pronto será
redescubierto y tendrá gran incidencia no sólo en la historia del
Egipto dinástico sino en toda la epopeya física y espiritual de nuestra
evolución en este planeta, y los años por venir[154].
Anomalías
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equipo del SRI: «Se observaron varias anomalías durante las pruebas de resistividad
realizadas en la Esfinge… Hicimos dos pasadas por detrás de las patas traseras
(extremo noroeste). Las dos indican una anomalía que podría deberse a un canal
alineado noroeste-sureste…»[157].
Se detectaron otras dos «anomalías» a gran profundidad en el lecho de roca
«delante de las garras de la Esfinge»[158].
Según historiadores de la ECF/ARE, los proyectos realizados en 1973-1974 y
1977 «prepararon el camino para la labor… que debía permitir descubrir cámaras
ocultas»[159]. No se dice cómo ni dónde exactamente. De todos modos, en 1978, la
ECF/ARE colaboró con el SRI y aportó fondos (alrededor de cincuenta mil dólares)
[160] para la realización de un estudio más detallado del recinto de la Esfinge y del
cercano templo de la Esfinge. El estudio fue consignado en los archivos del SRI con
el nombre de «Proyecto de exploración de la Esfinge». Incluía una extensa
exploración de la resistividad de todo el suelo de los recintos de la Esfinge y de su
templo. Se acordó que, caso de observarse «anomalías», el SRI las confirmaría por
medio de técnicas de sondeo acústico. El paso siguiente sería el de perforar agujeros
en la roca con taladros de precisión por los que se insertarían cámaras en miniatura.
Efectivamente, se detectaron varias anomalías debajo del lecho de roca que, una
vez examinadas por este procedimiento, resultaron ser simples cavidades naturales.
Disensiones
Página 93
ser que el SRI «no veía con buenos ojos el componente Cayce del proyecto» y ello al
fin condujo a «graves diferencias entre el SRI y la RSI»[165].
Elementos de granito
Poco después de aquel episodio, en 1979, como veremos con detalle más adelante,
Mark Lehner entabló relaciones con el American Research Center in Egypt (ARCE,
Centro Norteamericano de Investigaciones en Egipto), que es la misión egiptológica
norteamericana oficialmente registrada[166]. En aquel entonces, Zahi Hawass, que en
la actualidad es director general de las Pirámides de Gizeh, supervisaba unas
excavaciones a cincuenta metros al este del templo de la Esfinge y tropezó con el
lecho de roca a una profundidad de menos de dos metros. No obstante, pocos meses
después —en 1980— un equipo egipcio de especialistas en irrigación que buscaban
aguas subterráneas perforaron en la misma zona, a menos de treinta metros de la
excavación de Hawass, y pudieron profundizar más de quince metros sin obstáculo
antes de que el taladro se hincara de pronto en una superficie dura. Cuando liberaron
el taladro, descubrieron con sorpresa que habían sacado a la superficie un gran
fragmento de granito de Asuán[167].
En la zona del delta del Nilo, donde se encuentra Gizeh, el granito no se da de
forma natural, y Asuán, lugar de origen de todo el granito utilizado por los antiguos
en Gizeh, se encuentra a ochocientos kilómetros al sur. Por lo tanto, el
descubrimiento de lo que parece ser un voluminoso obstáculo de granito —o, quizá,
varios obstáculos— a quince metros de profundidad en las inmediaciones de la
Esfinge no deja de ser, por lo menos, curioso.
Y más curioso lo hacen otros descubrimientos que el SRI hizo en torno a la
Esfinge en 1982 con motivo de otro proyecto financiado por la Fundación Edgar
Cayce[168]. Mark Lehner, que volvió a estar presente en toda la operación, describió
así lo que hizo el SRI:
Página 94
subterránea que la bloquee. La pasaron a todo lo largo de la pata,
entre el codo y la zanja, por la parte exterior de la zanja y en el
ángulo, y siempre se recibió una señal clara.
Después, a instancias mías, la pusieron en el suelo de roca dentro
de la zanja, y en tres sitios no se recogió señal, como si hubiera un
vacío debajo que bloqueara la señal. Aquél fue el último día de
trabajo del SRI en el proyecto, y no se comprobaron los
resultados[169].
Hemos descubierto con la natural sorpresa que desde 1982 casi no se han autorizado
oficialmente nuevas investigaciones de los numerosos y sugestivos indicios de la
existencia de profundas estructuras y cámaras subterráneas en las inmediaciones de la
Esfinge. La única excepción fue la investigación sísmica realizada por Thomas
Dobecki a principios de los años noventa. Como queda dicho en la primera parte,
fruto de esta exploración fue el descubrimiento de lo que parece ser una gran cámara
rectangular debajo de las garras de la Esfinge. Los trabajos de Dobecki eran parte de
un más amplio estudio geológico de la Esfinge dirigido por el profesor Robert
Schoch, de la Universidad de Boston, estudio que, como recordará el lector, fue
interrumpido bruscamente en 1993 por el doctor Zahi Hawass, de la Organización
Egipcia de Antigüedades.
Página 95
de la Meseta de Gizeh, que también cuenta a David Koch y Bruce Ludwig entre sus
patrocinadores y que también está dirigido por Mark Lehner[173].
La retirada
No está del todo claro en qué momento exactamente el profesor Lehner empezó a
desmarcarse de la Fundación Edgar Cayce para integrarse en la corriente principal de
la egiptología profesional y abrazar su ortodoxia. De todos modos, algunos indicios
nos da sobre el tema una entevista que concedió en agosto de 1984 a Robert Smith,
director de la revista Venture Inward de la ARE. La entrevista fue publicada en dos
partes en el número de enero-febrero de 1985. Al ser preguntado por su trabajo en
Gizeh, Lehner explicó:
Lehner explicaba después cómo había comprendido que «existe una gran disparidad
entre la antigüedad que los estudiosos profesionales atribuyen a los monumentos y la
que se indica en las lecturas de Cayce». Agregaba que, para él, estudiar la Esfinge fue
«la manera de centrar una búsqueda espiritual y metafísica general». Agregó que ello
le había inducido a trabajar «con la roca básica de la realidad», una realidad que le
había hecho poner coto a todas sus expectativas e ilusiones y «ceñirme a lo que
ofrece el terreno»[175].
En la revista Venture Inward de mayo-junio de 1986, Robert Smith publica un
revelador informe sobre una reunión celebrada en la Fundación Edgar Cayce, a la que
asistieron Mark Lehner, Charles Thomas Cayce (presidente de la ARE), James C.
Windsor (presidente de la Fundación Edgar Cayce), Edgar Evans Cayce y otros
Página 96
directivos de la ARE. Estaba en el orden del día la valoración de las futuras
actividades de la ECF/ARE en Gizeh. Diversos contratiempos y la acumulación de
pruebas científicas que desmentían las profecías de Cayce habían hecho que algunos
se plantearan si valía la pena seguir financiando proyectos allí. Irónicamente, muchas
de las pruebas adversas procedían de la investigación de Lehner[176]. Robert Smith
relata la conversación:
Lehner explicó entonces con detalle por qué varias pruebas arqueológicas y
científicas habían defraudado sus expectativas de que las lecturas de Cayce pudieran
asociarse a una realidad «tangible».
—Entonces, ¿por qué seguir buscando? —preguntó Robert Smith.
—Tengo la corazonada de que debajo de la Esfinge hay algo y de que en las
Pirámides hay un misterio —dijo Lehner—. Me gusta imaginarlo como una especie
de palpitación[178].
Al parecer, durante la reunión celebrada en la Fundación Edgar Cayce, Charles
Thomas Cayce preguntó a Lehner si sería posible hacer perforaciones a intervalos
regulares, a fin de localizar pasadizos subterráneos cerca de la Esfinge, y Lehner
respondió que los egipcios se mostrarían refractarios a ello. No obstante, sugirió de
pasada que a cierto directivo de una empresa petrolífera norteamericana, que en aquel
momento trabajaba para un museo estadounidense, podría interesarle utilizar su
«magnífico equipo de prospección geofísica» para hacer exploraciones debajo de la
Esfinge[179].
Desde que hizo estas declaraciones y propuestas —dice que a causa de lo que el
lugar le ha enseñado—, Lehner se ha desmarcado cada vez más de la influencia de
Edgar Cayce. Hoy rechaza toda idea de que en el 10 500 a. C. hubiera existido una
civilización. Tan completa parece su conversión que, en una reciente denuncia de las
Página 97
teorías geológicas de John West acerca de la Esfinge, Lehner se creyó en la
obligación de manifestar: «Creo que tenemos la responsabilidad profesional de
rebatir ideas —como las de Cayce y de West— que despojarían a los egipcios de su
patrimonio, si atribuimos los orígenes y el genio de la civilización del valle del Nilo a
un agente tan remoto como la Atlántida».[180]
Lehner no trata de negar sus anteriores relaciones con la Fundación Edgar Cayce
ni su implicación con ideas acerca de la Atlántida, sino que procura encontrar el
modo de reconciliar el origen de su primitivo interés en «interpretaciones místicas de
las Pirámides y la Esfinge» con su actual dedicación a «la roca básica de la realidad».
Lehner compara su situación con la de sir W. M. Flinders Petrie, que fue a Egipto
hacia 1880 «para cotejar la mística “pulgada de la pirámide” con la piedra de la
pirámide de Keops»… y descubrió que la «pulgada de la pirámide» se quedaba
corta[181]. Petrie, como veremos en el capítulo siguiente, seguía los pasos de su padre,
William, y del célebre Piazzi-Smyth, del Real Observatorio de Escocia, que creían
ciegamente que la Gran Pirámide había sido construida por inspiración divina por los
israelitas durante su cautiverio en Egipto[182].
En mayo de 1994 volamos a Nueva York y, por carretera, fuimos a Virginia Beach en
Norfolk, Virginia, donde se encuentra la sede central de la Fundación Edgar Cayce y
su filial la Asociación para la Investigación y la Ilustración. Queríamos explorar las
insospechadas relaciones que esta institución había tenido con Mark Lehner y
sentíamos curiosidad por saber si la Organización Egipcia de Antigüedades y Zahi
Hawass, el colega de Lehner en Gizeh, habían tenido algo que ver con ella.
Amigos comunes nos concertaron una entrevista con Mr. Charles Thomas Cayce,
nieto de Edgar Cayce y actual presidente de la ARE y de la Fundación. También
conoceríamos a dos destacados miembros de la ARE que, según se nos informó,
habían colaborado en varios proyectos desarrollados en Gizeh en los años setenta y
ochenta y en las más recientes investigaciones geológicas llevadas a cabo por John
West y Robert Schoch.
El lugar de la cita era la sede de la Fundación Edgar Cayce y de la ARE en
Atlantic Avenue. Allí fuimos saludados por un personal afable y cordial. Era un día
de actividad normal y vimos a personas de todas las edades que hojeaban los libros de
la bien provista biblioteca y la librería o se dirigían a las diversas salas de
conferencias y clases de meditación. El ambiente recordaba el de un campus de una
pequeña universidad.
Mr. Cayce nos llevó a almorzar al cercano hotel Ramada Oceanfront, donde se
reunieron con nosotros los dos directivos de la ARE que habían venido de Nueva
York y de Washington para conocernos. En la mesa la conversación tocó diversos
Página 98
temas y se pasó revista, de un modo que nos pareció franco y abierto, a las varias
iniciativas desarrolladas por la ARE en Gizeh durante las dos décadas anteriores.
Todos parecían conocer bien a Mark Lehner y tanto el hombre de Washington como
el de Nueva York hablaron también de Zahi Hawass en términos extremadamente
amistosos.
En este punto, no pudimos menos que referirnos al sensacional documental de
John West, Mystery of the Sphinx, que había sido emitido recientemente por la cadena
de televisión NBC y que, como hemos visto en la primera parte, Lehner había
comentado desfavorablemente y había provocado la siguiente categórica recusación
de Zahi Hawass:
Mystery of the Sphinx, presentada a finales de 1993 por el actor Charlton Heston,
había sido financiada en parte por la ECF/ARE y sus asociados, y sostiene
firmemente la opinión de que la Esfinge y varios de los monumentos de la necrópolis
de Gizeh tienen que datar por lo menos del undécimo milenio a. C.[184]. Tal como
hemos indicado en la primera parte, este mismo documental daba también la noticia
de las exploraciones sísmicas realizadas en torno a la Esfinge por Thomas Dobecki, y
su descubrimiento de una gran cámara rectangular situada a gran profundidad en el
lecho de roca, debajo de las garras. Esto, por supuesto, hizo pensar a la ECF/ARE que
ello podía estar relacionado con la «Sala de Archivos» de Cayce. Como dijo Charlton
Heston en su comentario: «la inesperada cavidad detectada por el sismógrafo estaba
situada precisamente donde Edgar Cayce dijo que estaría: debajo de las garras de la
Esfinge»[185].
Preguntamos a Charles Cayce y a sus dos colegas qué pensaban de la agria
reacción de Hawass a la película y a la «pretensión» de sus autores.
Los de la ARE se limitaron a sonreír y encogerse de hombros. Nos dijeron que
todo iba bien, que, por más que dijera o hiciera la gente, la verdad de Gizeh se sabría
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y que la «Sala de Archivos» sería descubierta, tal como había profetizado Edgar
Cayce[186]. Con este talante nos despedimos.
Correspondencia
El 15 de octubre de 1995, Mark Lehner nos escribió una carta de cinco páginas en
respuesta a un borrador de este capítulo que le habíamos enviado para su examen[187].
En la misma carta nos informó de que acababa de dimitir del Instituto Oriental de la
Universidad de Chicago, a fin de «dedicar más tiempo a la investigación y a la
escritura». También nos comunicaba que pensaba publicar un libro sobre «creencias
esotéricas y el antiguo Egipto» que, nos dijo, expondría, con más detalle de como lo
hemos hecho nosotros aquí, su intervención en los trabajos financiados por la
Fundación Edgar Cayce[188].
Nuestra correspondencia con Lehner iba dirigida al Museo Semítico de Harvard
del estado de Massachusetts. En el momento en que escribimos estas palabras, su
colega en Egipto, el doctor Zahi Hawass, supervisa la excavación de un complejo de
templos del Imperio Antiguo recién descubierto con túneles subterráneos situados
inmediatamente al sureste de la Gran Esfinge de Gizeh[189]. En diciembre de 1995, al
ser entrevistado en relación con las posibilidades de grabar un documental para la
televisión sobre los misterios de la Esfinge, Hawass llevó al equipo de rodaje a un
túnel situado debajo de la Esfinge. «Ni el mismo Indiana Jones podría soñar con estar
aquí. ¿Pueden ustedes creerlo? En este túnel nos encontramos dentro de la Esfinge.
Este túnel no se ha abierto hasta ahora. Nadie sabe lo que hay dentro. Pero vamos a
abrirlo por primera vez».
NOTA: En las páginas del apéndice III se reproducen cartas posteriores de Mark
Lehner con comentarios a este capítulo.
Página 100
CAPÍTULO VI
Página 101
correspondientes picaportes de cobre. Inmediatamente después del hallazgo, el doctor
Zahi Hawass manifestaba entusiásticamente a un equipo de la televisión alemana:
«En mi opinión, éste es el GRAN descubrimiento en Egipto» y expresaba la
esperanza de que detrás de la sugestiva puerta pudieran guardarse «datos» en rollos
de papiro relacionados con la «religión» de los constructores y, quizá, con las
«estrellas»[191]. Similares esperanzas abrigaba también The Times de Londres que,
además, consignaba una curiosa relación con Edgar Cayce y la «Sala de Archivos»:
Cuando escribimos estas palabras, más de tres años después de que Rudolf
Gantenbrink hiciera su asombroso hallazgo, no se han autorizado nuevas
exploraciones del interior del canal sur de la Cámara de la Reina, y la misteriosa
puerta de rastrillo sigue cerrada. En el ínterin, hemos observado que el doctor Zahi
Hawass (al igual que su amigo Mark Lehner en lo tocante a la cuestión del 10 500 a.
C.) ha dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no muestra ni asomo de su antiguo
entusiasmo y expectación, y manifiesta: «Creo que no es una puerta y que detrás no
hay nada…»[193].
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1. Un trozo de plancha de hierro de tres milímetros de espesor por unos treinta
centímetros de largo y diez de ancho, extraída de la pared sur de la Pirámide,
donde termina el canal sur de la Cámara del Rey (el que apunta al cinturón de
Orion).
2. «Marcas de cantería» pintadas en el interior de las llamadas cámaras de
descarga situadas encima de la Cámara del Rey. Estos jeroglíficos son las
primeras y únicas «inscripciones» que se han encontrado en el interior de la
Gran Pirámide. Tienen forma de chapuceros grafitos e incluyen el nombre de
Keops, el faraón de la IV dinastía que, según suponen los egiptólogos,
construyó el monumento.
Página 103
testigos, allí estaban los jeroglíficos, casi como si los hubieran pintado
durante la noche[197].
2. Como ha dicho con mucha perspicacia un crítico de Vyse, «la perspectiva y el
ángulo desde el que se hicieron las inscripciones demuestran que no fueron
pintadas por los canteros antes de la colocación de los bloques sino por
alguien que trabajaba en el estrecho espacio de las cámaras [de descarga]
después de que los bloques fueran colocados en la Pirámide. Las
instrucciones para identificar los bloques en una construcción (que es para lo
que sirven las marcas de cantería) no tienen función alguna una vez
colocados. Es evidente que estas marcas fueron hechas por alguien que no
eran los constructores»[198].
3. Los jeroglíficos plantean tremendos problemas «ortográficos», que fueron
señalados en el siglo XIX por Samuel Birch, especialista del Museo Británico
en lengua egipcia antigua. Aunque ni entonces ni ahora se ha prestado
atención alguna a sus comentarios, Birch hizo una importante observación, la
de que los estilos de escritura de las «marcas de cantería» son un anómalo
popurrí de distintas épocas. Algunas de las formas y títulos en cursiva
utilizados en estas presuntas inscripciones de la IV dinastía no se encuentran
en ningún otro lugar de Egipto hasta el Imperio Medio, unos mil años después
(en que son abundantes). Otros son desconocidos hasta la XXVI dinastía
(664-525 a. C.). Quizá lo más revelador de todo sea el empleo de ciertas
palabras y frases de un modo completamente insólito y estrafalario que no se
da en ningún otro lugar de la gran profusión de escritos del antiguo Egipto
que han llegado hasta nosotros. Por ejemplo, el jeroglífico que indica «bueno
y gracioso» aparece allí donde se quiere expresar el número 18[199].
4. Hay dificultades con el nombre del propio Keops tal como aparece en las
marcas de cantería. Contiene un error (un punto rodeado por un círculo en
lugar de un simple círculo relleno) que, al igual que el empleo del jeroglífico
de «bueno y gracioso», no se repite en ninguna otra inscripción del antiguo
Egipto. Curiosamente, este mismo error en la ortografía del nombre de Keops
se da en los dos únicos libros sobre jeroglíficos de los que Vyse podía
disponer en 1837: Voyage de l’Arabie Petrée de Léon de Laborde y Materia
Hieroglyphica de sir John Gardner[200].
5. Por último, aunque no menos importante, aun en el caso de que las marcas de
cantería no hubieran sido falsificadas por Vyse, ¿qué demuestran en realidad?
¿No equivale atribuir a Keops la Gran Pirámide sobre la base de una pintada a
entregar las llaves del Empire State a un hombre llamado «Kilrov» sólo
porque su nombre ha aparecido pintado con spray en las paredes del
ascensor?
Nos parece francamente sorprendente que nunca se formulen estas preguntas y que,
en general, los egiptólogos se muestren tan dispuestos a aceptar las marcas de
cantería como «prueba» de que la Pirámide pertenece a Keops. Naturalmente, su
credulidad en estas cuestiones es asunto suyo. No obstante, nos parece que raya en la
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superchería intelectual el que la misma dudosa atribución se regurgite una y otra vez
en todos los textos normalizados, sin advertir de los muchos problemas,
anacronismos e incongruencias que hacen dudar de la autenticidad e importancia del
«descubrimiento» de Vyse[201].
Ahora bien, curiosamente, su otro «descubrimiento», que los egiptólogos de hoy
descartan por falso sin vacilar, tiene todos los indicios de ser auténtico… y muy
significativo. Se trata de una plancha de hierro que estaba incrustada entre los
bloques de la cara sur de la Pirámide.
Como ya hemos visto, las dos cámaras principales situadas en la parte superior de la
Gran Pirámide —la Cámara del Rey y la Cámara de la Reina— están dotadas cada
una de dos largos canales de sección cuadrada que discurren a través de la piedra, uno
dirigido hacia el norte, y el otro, hacia el sur. Los canales que parlen de la Cámara del
Rey van a salir al exterior. Los que parten de la Cámara de la Reina terminan dentro
del cuerpo del monumento.
La existencia de los canales de la Cámara del Rey fue anotada por primera vez
por el doctor John Greaves, un astrónomo británico, en el año 1636; pero no fueron
investigados a fondo hasta 1839, por el coronel Howard Vyse, ayudado por los
ingenieros John Perring y James Mash. Figuraba también en el equipo de Vyse Mr.
J. R. Hill, un modesto ciudadano inglés residente en El Cairo a quien, en mayo de
1837, se encomendó la tarea de limpiar la boca del canal sur (que sale al exterior a la
altura de la 102.a hilada de bloques, en la cara sur de la Pirámide). Se dijo a Hill que
utilizara explosivos, algo que estaba muy en consonancia con los métodos de Vyse,
por lo que él fue el responsable de la fea cicatriz vertical que puede verse en el centro
de la cara sur de la Gran Pirámide.
El viernes, 16 de mayo de 1837, después de dos días de voladuras y limpieza, Hill
descubrió la plancha de hierro mencionada. Poco después, Vyse pregonaría en su
monumental obra Operations Carried on at the Pyramids of Gizeh que se trataba de
«la más antigua pieza de hierro forjado que se conoce»[202], pero en el momento del
descubrimiento Hill se limitó a anotar el hallazgo con la debida ecuanimidad:
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de la Pirámide. Mostré el lugar exacto a Mr. Perring el sábado, 24 de
junio[203].
John Perring, ingeniero, examinó, pues, el lugar exacto del hallazgo. Estaba con él
James Mash, otro ingeniero, y ambos manifestaron «la opinión de que el hierro tenía
que haberse dejado en aquella junta durante la construcción de la Pirámide, y que no
podía haberse insertado después»[204]. Finalmente, Vvse envió el misterioso artefacto,
junto con las certificaciones de Hill, Perring y Mash, al Museo Británico. Allí, desde
el primer momento, la impresión general fue que la pieza no podía ser auténtica,
porque en la época de las Pirámides no se conocía el hierro forjado y, por lo tanto,
había tenido que ser «introducida» en época mucho más reciente.
En 1881, la plancha fue examinada por sir W. M. Flinders Petrie, quien, por
diversas razones de peso, tenía dificultades en concurrir con aquella opinión:
Análisis científico
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Empezaron el estudio por la determinación del contenido de níquel de la plancha
de hierro, a fin de descartar la remota posibilidad de que pudiera estar fabricada con
hierro meteorítico (es decir, hierro de meteoritos, material que se sabe que había sido
utilizado muy de tarde en tarde en la época de las Pirámides). Ahora bien, el hierro
meteorítico es muy fácil de identificar porque siempre contiene una apreciable
proporción de níquel, de alrededor de un siete por ciento como mínimo[207]. De los
resultados de sus primeros ensayos, Jones y El Gayer dedujeron: «Está claro que la
plancha de hierro de Gizeh no es de origen meteorítico, ya que sólo contiene vestigios
de níquel». Así pues, el metal fue fabricado por el hombre. Pero fabricado, ¿cómo?
Pruebas posteriores indicaron que había sido fundido a una temperatura de 1000 a
1100 grados centígrados. Las pruebas reflejaron también la extraña circunstancia de
que había «restos de oro en una cara de la plancha de hierro»[208]. Jones y El Gayer
especularon con la hipótesis de que la plancha pudiera haber estado «chapada en oro,
y ese oro podría indicar que este objeto… era tenido en gran estima cuando fue
producido»[209].
Finalmente: ¿cuándo fue producido?
Después de realizar un estudio cuidadoso y detallado, los dos metalúrgicos
informaron: «De la investigación se ha sacado la conclusión de que la plancha de
hierro es muy antigua. Además, los datos metalúrgicos confirman los datos
arqueológicos que sugieren que la plancha fue incorporada en la Pirámide en la época
de la construcción de ésta».[210]
Cuando Jones y El Gayer presentaron su informe al Museo Británico se llevaron
una sorpresa. Las autoridades del Museo, lejos de mostrarse interesadas, les echaron
un jarro de agua fría: «La estructura de la plancha es poco corriente —concedieron
Paul Craddock y Janet Lang—. No estamos seguros de la significación ni del origen
de esta pieza, pero no denota necesariamente una gran antigüedad».[211]
Puesto que la plancha parecía extraída de las inmediaciones de la boca del canal
«Orion» de la Cámara del Rey, tenía un gran interés para nosotros. Decidimos ir a
verla. Por mediación del doctor A. J. Spencer, ayudante del conservador del
departamento de Antigüedades Egipcias del Museo Británico, concertamos una visita
para el 7 de noviembre de 1993. Se nos permitió tocar la plancha, y nos intrigó tanto
su peso como su textura, extraordinarios ambos. Tampoco podíamos pasar por alto
que, bajo la pátina, el metal tenía brillo, según se veía en el lugar del que se había
cortado limpiamente el fragmento utilizado por El Gayer y Jones para su análisis. El
doctor Spencer repitió la versión oficial del Museo Británico: que la plancha no era
vieja, sino que había sido introducida, deliberadamente, sin duda en la época de Vyse,
y que las conclusiones de El Gayer y Jones eran «en extremo dudosas»[212].
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¿Cómo y por qué podían ser consideradas «en extremo dudosas» las conclusiones
de dos peritos metalúrgicos tan eminentes?, preguntamos.
El doctor Spencer no tuvo respuesta para esto, y el doctor Craddock, con el que
hablamos por teléfono, no quiso extenderse.
Varios días después llamamos por teléfono al doctor M. P. Jones, quien nos
explicó cómo él y el doctor El Gayer habían examinado la plancha en los laboratorios
del Imperial College de Londres en 1989. Actualmente, el doctor Jones está retirado y
reside en Gales. Cuando le preguntamos qué pensaba de la opinión del Museo
Británico acerca de sus conclusiones, se mostró bastante irritado, lo cual es
comprensible. Insistió en que la plancha de hierro era «muy antigua» y, al igual que
nosotros, considera que —dado que existen dos opiniones encontradas—, la mejor
manera de resolver el dilema sería hacer más pruebas en un laboratorio
independiente.
Y es que las implicaciones de que el hombre hubiera fabricado hierro en el 2500
a. C. tienen una trascendencia incalculable. Porque no es cuestión únicamente de
desplazar en el tiempo la llamada Edad de Hierro. Quizá tengan todavía mayor
entidad las preguntas que se suscitan sobre la función que pudiera tener una plancha
de hierro dentro del canal sur de la cámara principal de la Gran Pirámide, hace
muchos miles de años. ¿Podría haber relación entre esta plancha y la puerta de piedra
con «pomos» de cobre que Rudolf Gantenbrink había descubierto recientemente en el
extremo del canal sur de la Cámara de la Reina, dirigido a «Sirio-Isis», consorte de
«Orión-Osiris»?
En su informe de 1989, El Gayer y Jones apuntaban que la plancha podía ser un
fragmento de una pieza mayor y cuadrada que, en un principio, pudiera haber
encajado como una especie de «postigo» en la boca del canal.
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modo con extraños seres llamados Shemsu Hor, «seguidores de Horus» y
«transfigurados», a los que también nos referiremos en capítulos posteriores. De
todos modos, estos misteriosos «hijos de Horus» parecen haber estado hechos de
hierro o tenido dedos de hierro: «Los hijos de vuestros hijos juntos os han criado [es
decir los cuatro hijos de Horus]… os han abierto la boca con sus dedos de
hierro…»[215].
También se menciona en los textos el hierro como algo necesario para la
construcción de un extraño instrumento llamado Meshtyw. Éste era un objeto
ceremonial, parecido a la azuela o hacha de carpintero, que se usaba para «abrir la
boca» del cadáver momificado y embalsamado del faraón, rito indispensable para que
el alma del faraón despertara a la vida eterna entre los ciclos de las estrellas.
En los Textos de las Pirámides encontramos estas misteriosas palabras,
pronunciadas por un gran sacerdote:
De estas palabras y otras parecidas se desprende que los redactores de los Textos de
las Pirámides consideraban el hierro indispensable en los ritos destinados a asegurar
al rey muerto una nueva vida, cósmica y estelar. Lo que es más, el texto anterior
relaciona también el metal y sus aplicaciones con el primero de tales ritos, por medio
del cual se dio a Osiris, «pasado y futuro rey» de Egipto, la vida inmortal, como
Señor de la región del cielo de Orión. Según veremos en la tercera parte, se llamaba a
esta región Duat, y en ella esperaban morar para siempre todos los faraones de Egipto
después de su muerte:
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«puerta de las estrellas» de hierro para que Osiris y todas las dinastías de reyes
muertos que le sucedieron pudieran entrar por ella en los reinos celestiales del
cinturón de Orion. Pero los Textos de las Pirámides describen no sólo una puerta de
las estrellas, sino también una puerta del tiempo, puesto que afirman que, al pasar por
las puertas de hierro del cielo, el alma del difunto alcanzará una vida de millones de
años, navegando por la eternidad en los barcos de los dioses. Por consiguiente, el
lugar en que fue hallada la plancha, en el extremo mismo del canal sur de la Cámara
del Rey o en sus inmediaciones, nos lleva a preguntarnos si la pieza a la que tan poco
caso ha hecho el Museo Británico no estaría relacionada con unos conceptos y
creencias asombrosamente sofisticados sobre la inmortalidad y la capacidad del
«espíritu bien pertrechado» para alcanzar el completo dominio sobre la muerte y el
tiempo.
También nos preguntamos qué función tendrían otros objetos misteriosos que se
descubrieron en los canales de la Cámara de la Reina cuando, en 1872, fueron
abiertos por Waynman Dixon, un emprendedor ingeniero de Newcastle-upon-Tyne.
Página 110
hubiera mantenido estrechas relaciones con Piazzi-Smyth. En realidad, si los Dixon
pudieron explorar la Gran Pirámide en 1872 y descubrir las entradas ocultas hasta
entonces de los canales norte y sur de la Cámara de la Reina, fue gracias a la
influencia del astrónomo del Real Observatorio de Escocia[227].
Los canales de la Cámara del Rey habían despertado la curiosidad de Waynman
Dixon, induciéndole a buscar elementos similares en la Cámara de la Reina. Esta
búsqueda, que tuvo lugar a principios de 1872, fue realizada con conocimiento de
Piazzi-Smvth, que después describiría todo el asunto en su libro. Se cuenta que, al
observar una grieta en la pared sur de la Cámara de la Reina —aproximadamente
donde creía poder encontrar canales—, Waynman Dixon puso a trabajar allí a un tal
Bill Grundy, su «carpintero y factótum, con escoplo y martillo. El buen hombre puso
manos a la obra con la mejor voluntad y empezó a abrir brecha en la piedra blanda
cuando, a los pocos golpes, ¡zas!, el escoplo se hundió en algo»[228].
El «algo» en lo que se había hundido el escoplo de Bill Grundy resultó ser «un
canal rectangular, de unos 23 centímetros de ancho por 20 de alto, que se adentraba
en la pared en sentido horizontal unos dos metros y después se elevaba en diagonal
por una distancia oscura y desconocida…»[229].
Era el canal sur.
A continuación, Waynman Dixon tomó medidas, señaló el punto correspondiente
de la pared norte y allí puso a trabajar «al impagable Bill Grundy con su martillo y
escoplo; y, nuevamente, tras unos cuantos golpes, ¡zas!, y otro canal horizontal de las
mismas dimensiones que el anterior que, a una distancia de dos metros, se elevaba en
un ángulo similar, prolongándose indefinidamente pero en la dirección
opuesta…»[230].
Página 111
33. Detalle del canal de la Cámara de la Reina.
Juntamente con su hermano John, Waynman Dixon trató de explorar los canales
norte y sur, utilizando una barra empalmada, parecida a las que utilizan los
deshollinadores[231]. La tecnología de finales del siglo XIX no daba para más, y un
segmento de la barra se atoró en el canal norte, y allí sigue[232]. Pero, antes de que
esto ocurriera, los Dixon habían encontrado en los canales tres pequeñas reliquias.
Estos objetos —una tosca esfera de piedra, un pequeño gancho metálico de dos
púas y un bastón de madera de cedro de unos 12 centímetros de largo con extrañas
muescas[233]— fueron exportados de Egipto en el verano de 1872 y llegaron a
Inglaterra sin novedad semanas después[234]. Durante el año siguiente, fueron objeto
de comentarios en libros y hasta reproducidos en revistas de divulgación científica
como Mature y London Graphic[235]. Pero, antes de que terminara el siglo, habían
desaparecido[236].
Conexiones
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la creación de la más prestigiosa cátedra de egiptología en el University
College de Londres;
la francmasonería británica.
En 1872, mientras los hermanos Dixon exploraban la Gran Pirámide, sir James
Alexander, francmasón y parlamentario muy conocido, propuso la moción de
trasladar a Inglaterra la mal llamada «Aguja de Cleopatra», un obelisco de doscientas
toneladas del faraón Tutmosis III, levantado originariamente en la ciudad sagrada de
Heliópolis hace unos 3500 años[237]. Los fondos para financiar el proyecto procedían
de la fortuna personal de sir Erasmus Wilson, otro francmasón y preeminente
dermatólogo[238], y sir James Alexander recomendó que el ingeniero John Dixon —
también francmasón— fuera contratado para recoger el obelisco en Egipto. Sir
Erasmus Wilson, sin hacérselo repetir, reclutó a John Dixon, y también a su hermano
Wavnman, que a la sazón residía en Egipto[239].
Varios años después, el mismo Erasmus Wilson fue el promotor de la Sociedad
para la Exploración de Egipto y su primer presidente[240]. Luego, en 1883, Wilson y
la escritora victoriana Amelia Edwards fundaron la cátedra de egiptología en el
University College de Londres… y por recomendación personal de Wilson, el joven
Flinders Petris fue el primer catedrático[241].
Quizá todas estas interconexiones no sean sino extrañas coincidencias. En tal
caso, probablemente sea también coincidencia que, en el siglo XVII, el fundador del
Museo Ashmole de Oxford, uno de los centros de investigación egiptológica más
prestigiosos de hoy (que tiene la codiciada «cátedra Petrie»), fuera nada menos que
Elias Ashmole, según los historiadores masónicos el primer hombre que fue iniciado
públicamente en la hasta entonces sociedad secreta de la francmasonería, en suelo
británico[242].
No tenemos pruebas de que todavía hoy la Hermandad posea gran influencia en la
egiptología. Ahora bien, nuestra investigación del pedigrí de esta insular disciplina
nos permitió redescubrir, por carambola, el paradero de dos de las tres reliquias
«Dixon» desaparecidas.
Estos tres objetos son las únicas reliquias que se han encontrado jamás dentro de la
Gran Pirámide. Además, el sitio en el que fueron hallados, es decir, los canales de las
estrellas de la Cámara de la Reina, los asocia directamente a uno de los aspectos
clave de nuestra propia investigación. Por lo tanto, en el verano de 1993, años
después de que fueran descubiertos, decidimos tratar de averiguar qué había sido de
ellos.
Página 113
Repasando información de prensa y los diarios privados de los personajes
involucrados, descubrimos que John y Waynman Dixon habían llevado las reliquias a
Inglaterra en una caja de cigarros. También descubrimos, como ya queda dicho, que
los Dixon habían intervenido en el traslado de la Aguja de Cleopatra a Inglaterra. El
obelisco fue levantado en el Embankment del Támesis y allí sigue. John Dixon asistió
a la ceremonia de la inauguración y se le vio enterrar «una gran caja de cigarros, cuyo
contenido se ignora» debajo del pedestal del monumento[243].
La lógica parecía persuasiva. John Dixon trajo las reliquias a Inglaterra en una
caja de cigarros. John Dixon trajo la Aguja de Cleopatra a Inglaterra. Y John Dixon
enterró una caja de cigarros debajo de la Aguja de Cleopatra. Por aquel entonces,
desaparecieron las reliquias. El fuerte componente masónico del caso nos hizo
recordar una práctica muy conocida de la francmasonería que se refiere a ciertos ritos
que se observan en la colocación de las piedras angulares de los monumentos y
edificios masónicos. Esta práctica sugería la posibilidad de que las reliquias de la
Gran Pirámide pudieran haber sido escondidas debajo de la Aguja de Cleopatra, junto
con otros bártulos y documentos masónicos que se sabe que allí fueron
depositados[244].
En cualquier caso, daba la impresión de que las reliquias habían desaparecido
realmente, y los especialistas del Museo Británico a los que preguntamos dijeron que
no tenían ni idea de dónde podían estar. También consultamos al profesor I. E. S.
Edwards, el famoso conservador de Antigüedades Egipcias del Museo (1954-1974) y
antiguo vicepresidente de la Sociedad para la Exploración de Egipto. Edwards es la
primera autoridad de Gran Bretaña en Gizeh y autor de un texto definitivo, The
Pyramids of Egypt, publicado por primera vez en 1946 y reeditado casi cada año.
Observamos que en todas las ediciones del libro Edwards mencionaba a Waynman
Dixon y explicaba cómo habían sido descubiertos los canales de la Cámara de la
Reina, pero no hacía ninguna referencia a las reliquias. Nos dijo que ello se debía a
que no se había acordado de ellas y, por consiguiente, tampoco tenía idea de cuál
pudiera ser su paradero.
Pero, al igual que nosotros, el profesor Edwards conocía la relación existente
entre Flinders Petrie, Piazzi-Smyth y los Dixon, y sabía que Petrie había explorado la
Gran Pirámide inmediatamente después de los Dixon.
Curiosamente, tampoco Petrie menciona las reliquias en su propio libro, el
famoso Pyramids and Temples of Gizeh, aunque sí habla de los Dixon y de los
canales. Pero ¿no podría haberlos mencionado en otra cualquiera de sus voluminosas
publicaciones? Edwards propuso que pidiéramos a la egiptóloga Margaret Hackford-
Jones, biógrafa de Petrie, que investigara el asunto en los diarios y papeles privados
de Petrie. Si él había mencionado alguna vez las reliquias de Dixon, ella encontraría
el lugar. Pero la minuciosa investigación de Mrs. Hackford-Jones resultó
infructuosa[245].
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Por lo tanto, a falta de alternativas viables, pensamos que quizá valiera la pena
ver si los tres curiosos objetos no estarían todavía en la caja de cigarros de Dixon,
debajo de la Aguja de Cleopatra.
El caso fue comentado por el Independent, periódico británico de circulación
nacional, el 6 de diciembre de 1993. El profesor Edwards fue entrevistado y
manifestó categóricamente que ni él ni nadie que él conociera había oído hablar de
las reliquias hasta entonces[246]. Por lo tanto, nos llevamos una verdadera sorpresa
cuando, el 13 de diciembre de 1993, una semana después de la publicación del
artículo con la manifestación de Edwards, el doctor Vivian Davies, conservador de
Antigüedades Egipcias del Museo Británico, anunció con la mayor naturalidad en una
carta al Independent que las reliquias, todavía en la caja de cigarros, obraban en
poder de su departamento[247].
Entonces, ¿por qué su departamento había dicho que no las tenía?
—Creo que ha habido una serie de malas interpretaciones en este asunto —
manifestó en tono apaciguador un portavoz de Relaciones Públicas del Museo varios
días después—. Nosotros no dijimos que no las tuviéramos, sino que no éramos
conscientes de tenerlas…[248]
Después de escarbar un poco más, descubrimos lo sucedido. Las reliquias (mejor
dicho, dos de las reliquias, porque el trozo de madera, la única que podía datarse con
la prueba del carbono, había desaparecido) no habían sido depositadas debajo de la
Aguja de Cleopatra como habíamos imaginado en un principio, sino que habían
permanecido en poder de la familia Dixon durante cien años exactamente, hasta que,
en 1972, la bisnieta de Dixon las llevó al Museo Británico y las donó generosamente
al departamento de Antigüedades Egipcias. El recibo fue extendido en la meticulosa
caligrafía del propio conservador, el doctor I. E. S. Edwards[249]. Después, las
reliquias parecían haber sido, sencillamente, olvidadas, y reaparecieron en diciembre
de 1993 porque un egiptólogo, el doctor Peter Shore, leyó casualmente en el
Independent que nosotros las buscábamos. Shore, actualmente retirado en Liverpool,
era ayudante de Edwards en 1972. Recordaba la llegada de las reliquias al Museo
Británico y se apresuró a advertir a las autoridades competentes que podía
planteárseles un embarazoso incidente.
Naturalmente, nosotros nos preguntamos cómo era posible que unas reliquias
misteriosas, recuperadas de unos canales inexplorados de la Gran Pirámide de Egipto,
pudieran ser tratadas por egiptólogos profesionales con tanta indiferencia.
Sinceramente hablando, nos resultaba difícil aceptar que realmente hubieran estado
olvidadas por el departamento de Antigüedades Egipcias del Museo Británico durante
veintiún años. Pero lo que no podíamos comprender en modo alguno era cómo
podían haber permanecido olvidadas durante casi todo 1993, después de que un robot
explorara los mismos canales y encontrara en uno de ellos una «puerta» cerrada,
hallazgo que había levantado gran revuelo en los medios de comunicación. A mayor
abundamiento, más de dos semanas antes de que apareciera el artículo en el
Página 115
Independent, Rudolf Gantenbrink, el descubridor de la «puerta», había visitado
Londres y dado una conferencia en el Museo Británico a un numeroso grupo de
egiptólogos, entre ellos el profesor Edwards, el doctor Vivian Davies y otros muchos
que estaban enterados de nuestra búsqueda de las reliquias «Dixon». Durante la
conferencia, Gantenbrink mostró y explicó grabaciones en vídeo hechas por su robot
del interior de los canales de la Cámara de la Reina, es decir, los canales en los que
habían sido halladas las reliquias. Además de la «puerta» del extremo del canal sur, el
vídeo mostraba también claramente, todavía en el suelo del canal norte, pero a un
nivel más alto del que los Dixon habían podido alcanzar, por lo menos dos objetos
que se distinguían fácilmente: un gancho metálico y un bastón de madera[250].
En el capítulo siguiente describiremos la exploración de Gantenbrink y los hechos
que la precedieron y la sucedieron.
Página 116
CAPÍTULO VII
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misma Cámara de la Reina y un «túnel» en el exterior, al sur de la Pirámide, que
parecía discurrir por debajo del monumento. Antes de que pudieran hacerse nuevas
exploraciones o perforaciones, intervinieron las autoridades egipcias para suspender
el proyecto. Yoshimura y su equipo no volverían a la Pirámide para terminar su
trabajo en la Cámara de la Reina[252].
Parece extraño que, a pesar de tanto rumor acerca de cámaras ocultas en las
inmediaciones de la Cámara de la Reina, nadie haya examinado más atentamente sus
misteriosos y hasta ahora inexplorados canales. Puesto que desaparecen, uno hacia el
norte y el otro hacia el sur, en las entrañas del monumento, parece que tendría que ser
de sentido común investigarlos (utilizando una videocámara, en lugar de los sistemas
poco satisfactorios y nada concluyentes de las perforaciones y sondeos con radar). Es
más, como ya hemos sostenido en otro sitio, estos canales parecen hechos a propósito
para este tipo de investigación[253]. No obstante, durante los años ochenta hubo entre
los egiptólogos más preeminentes el consenso de que los canales, al igual que la
misma Cámara de la Reina, eran obras «abandonadas» de la Gran Pirámide. Sin duda,
la fuerza de este consenso y la natural desgana a desafiarlo, impidió que egiptólogos
independientes se interesaran por los canales. Porque, al fin y al cabo, ¿para qué
explorar oscuras zonas de la Pirámide que se sabía que habían sido abandonadas
durante su construcción?
El ingeniero en robótica alemán Rudolf Gantenbrink, al no ser egiptólogo, no
sufría estas inhibiciones. A principios de 1991 presentó al Instituto Arqueológico
Alemán de El Cairo una propuesta para el examen videoscópico de los canales.
Planning y aventura
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Cheopspyramide (Investigación videoscópica de los llamados canales de ventilación
de la pirámide de Keops)[254].
La proposición expone a grandes rasgos los planes de Gantenbrink para construir
un robot especial, equipado con dos potentes lámparas y una «CCD
Farbviodeokamera» con una lente especial de enfoque fijo que proporciona un ángulo
de visión de noventa grados. El robot estaría accionado por un potente electromotor
que le permitiera ascender por la pronunciada rampa de los canales. La videocámara
y el motor estarían maniobrados desde una consola con monitor instalada en el
interior de la Cámara y unida al robot por medio de cables eléctricos. En las partes
superior e inferior del chasis del robot se instalarían orugas provistas de dos juegos de
potentes dispositivos de suspensión hidráulica, para asegurar un buen agarre al techo
y al suelo de los canales.
En el estudio Videoskopische no se habla para nada de ventilación. Lo que
describe sin ambigüedades es una exploración de las zonas ignotas de la Gran
Pirámide, una incursión en los canales de la Cámara de la Reina, «el viaje de un robot
al pasado»[255]. No obstante, el siguiente movimiento era bastante lógico: Stadelmann
traspasó a Rudolf Gantenbrink el encargo del proyecto de «ventilación» de la OAE.
Gantenbrink no puso reparos. De todos modos, pensaba examinar también los
canales de la Cámara del Rey antes o después, y no vio la menor dificultad en instalar
en los canales los ventiladores eléctricos que requería el proyecto de ventilación. Es
más, le gustaba la idea de intervenir en la ventilación de la Pirámide, además de
explorarla, porque ponía en su trabajo visos de «conservación y reparación».
Página 119
la mayoría de egiptólogos[258], o tenía alguna función importante y desconocida?
Hasta el momento, los egiptólogos mantenían la teoría de que este canal no tendría
más de diez metros de largo, y ahora Gantenbrink había demostrado que se
equivocaban. ¿Qué podía haber más allá?
El deseo de seguir adelante era irresistible. Pero en aquel apasionante momento se
pidió a Gantenbrink que atendiera al otro objetivo del proyecto: la «ventilación» de la
Gran Pirámide utilizando los canales de la Cámara del Rey.
Dado que éstos se extienden desde las paredes norte y sur de la cámara y van a
salir al exterior de la Pirámide, Gantenbrink pudo explorarlos con un aparato mucho
más sencillo que el utilizado en los canales de la Cámara de la Reina. Bautizó al
aparato Upuaut I. Éste consistía en una especie de rudimentario trineo en miniatura
que servía de soporte a una videocámara y al que se hacía subir y bajar por los
canales por medio de cables y poleas situados a uno y otro extremo.
Upuaut I sólo pudo mirar los canales de la Cámara del Rey, en los que poca cosa
de interés encontró. La operación de limpieza se realizó de un modo original:
Gantenbrink utilizó el eje de un viejo camión que encontró abandonado en el cercano
pueblo de Nazlet-el-Sammam. Lo ató a un cable y lo hizo subir y bajar por los
canales para sacar la arena y escombros acumulados en el interior. A continuación,
buscó a patrocinadores que suministraran e instalaran los ventiladores e informó al
Instituto Arqueológico Alemán de que se disponía a continuar su exploración de los
canales «ciegos» de la Cámara de la Reina, mucho más prometedores y misteriosos.
Upuaut II
Página 120
aumentar su estabilidad. El robot llevaba hasta pistones hidráulicos de alta presión,
capaces de generar un impulso de 200 kilos, para garantizar la buena sujeción dentro
del canal. También se diseñó una cámara articulada no sólo en sentido horizontal,
sino también vertical, capaz de enfocar desde cualquier ángulo. Dos potentes
lámparas, montadas una a cada lado de la cámara, iluminarían el camino a recorrer.
Finalmente, un sistema de tracción especial de ocho ruedas —cuatro para agarrarse al
suelo, y las otras cuatro, al techo del canal— aseguraría que el robot llegaba a su
destino.
Descubrimiento
Página 121
descubrimiento importante, decidió seguir adelante, con o sin el apoyo de
Stadelmann.
Ahora el personaje crucial era Zahi Hawass, cuya autoridad personal sobre el
terreno proporcionaba al trabajo de Gantenbrink el único respaldo «oficial». En
realidad, la «autorización verbal» de Hawass contaba mucho en la meseta de Gizeh.
A los ojos de los modestos ghafirs que guardaban la entrada de la Gran Pirámide,
equivalía a un salvoconducto firmado y sellado, y ofrecía todas las garantías no sólo a
Gantenbrink y su equipo, sino también a Muhammad Shahy, un joven inspector de la
Organización Egipcia de Antigüedades que había sido asignado a los alemanes[260].
Así pues, Gantenbrink creía que podría seguir entrando y saliendo de la Cámara
de la Reina sin trabas. Y así fue, y el robot avanzaba rápidamente en la exploración
de los canales norte y sur.
La mañana del 21 de marzo de 1993, antes de empezar la habitual jornada de
trabajo, Gantenbrink fue a ver a Zahi Hawass a su despacho de la meseta de Gizeh.
Allí, con gran consternación, descubrió que el director de las Pirámides de Gizeh
había sido suspendido en el cargo a causa de un escándalo relacionado con la
desaparición de una estatua de la IV dinastía[261]. (Hawass no sería restituido en su
cargo de director de las Pirámides de Gizeh hasta abril de 1994).
Este hecho inesperado no podía llegar en momento más crítico, porque el 21 de
marzo de 1993 Upuaut II se encontraba en las profundidades del canal sur de la
Cámara de la Reina y, en opinión de Gantenbrink, muy cerca de lo que pudiera haber
al otro extremo. De todos modos, la exploración debía continuar. El destino reservaba
una gran sorpresa a Gantenbrink al día siguiente, 22 de marzo, equinoccio de
primavera.
Aquel día estaban con él en la Cámara de la Reina Jochen Breitenstein, Dirk
Brakebusch y Muhammad Shahy[262]. A las diez de la mañana, Gantenbrink había
conseguido hacer avanzar al Upuaut II hasta una distancia de 50 metros canal arriba.
A los 53 metros aproximadamente, un brusco desnivel del suelo del canal oponía un
peligroso obstáculo al avance del robot, pero éste consiguió superarlo. Una hora
después, exactamente a las 11.05, después de avanzar unos 60 metros por el canal, el
robot encontró suelo y paredes suaves y lisas y llegó de pronto —uno diría casi «en el
momento crítico»— al final de su viaje.
Cuando en el pequeño monitor de televisión de la Cámara de la Reina aparecieron
las primeras imágenes de la «puerta» con sus peculiares aditamentos metálicos,
Rudolf Gantenbrink comprendió la trascendencia de su hallazgo. Era un momento
histórico de la arqueología[263]: acababa de hacerse un gran descubrimiento en el más
famoso y misterioso monumento del mundo antiguo. Y un detalle interesante: debajo
del ángulo inferior occidental de la «puerta» había un pequeño hueco por el que
desaparecía el punto rojo del láser proyectado por Upuaut. El deseo de mirar por
debajo de la «puerta» a lo que pudiera haber más allá debió de ser casi irresistible.
Pero el hueco era muy pequeño para que la cámara de Upuaut pudiera atisbar por él.
Página 122
Para ello habría que dolarlo de una lente de fibra óptica, cuya instalación exigiría días
o quizá semanas.
Cuando se calmó la emoción, el primer impulso de Gantenbrink fue el de
asegurarse bien de que las excepcionales imágenes de vídeo que había visto en la
pantalla habían sido debidamente grabadas. Una vez hubo comprobado que la
grabación era excelente, él y su equipo embalaron las cintas junto con el resto de los
aparatos y volvieron a su base del hotel Movenpick.
Durante varios días después del 22 de marzo, no pasó nada, ni el Instituto
Arqueológico Alemán hizo anuncio alguno a la prensa. Al parecer, la razón era que el
doctor Stadelmann no acababa de decidirse sobre la forma en que debía hacerse el
anuncio. Durante este intervalo, Gantenbrink y el equipo de rodaje decidieron
regresar a Munich. Naturalmente, llevaron consigo toda su impedimenta, incluidas las
veintiocho cintas de vídeo grabadas durante la exploración. Días después, a primeros
de abril de 1993, Gantenbrink nos envió una copia de la cinta en la que aparecía la
«puerta». Nosotros pasamos la cinta a los medios de comunicación británicos.
Página 123
Fuera o no conjetura, y antes de que de El Cairo partiera una manifestación clara,
aquel día los medios de comunicación internacionales se pusieron las botas: «LA
PIRÁMIDE PUEDE ENCERRAR LOS SECRETOS DEL FARAÓN», rezaba la
primera plana de The Age de Melbourne; «UNA CÁMARA SECRETA PUEDE
RESOLVER EL ENIGMA DE LA PIRÁMIDE», vociferaba The Times de Londres;
«nuevo misterio en la pirámide», anunciaba Le Monde en París, muy excitado;
«misterio en la pirámide», decía Los Angeles Times; «¡viva la técnica!; puerta para
keops», exclamaba Le Matin en Suiza[264].
Era como si, de pronto, hubiera resucitado el culto a la Pirámide. La noticia
estuvo coleando durante semanas en docenas de periódicos regionales y varias
revistas internacionales[265]. Al parecer, todo el mundo quería saber qué había detrás
de la «puerta» y por qué los canales de la Pirámide apuntaban a las estrellas…
El primer mentís oficial llegó del Instituto Arqueológico Alemán, a través de la
agencia Reuter en Alemania el 16 de abril de 1993. La señora Christine Egorov,
secretaria de Stadelmann —presentada como Institutsprecherin—, declaró
categóricamente que la mera idea de que pudiera haber una cámara al extremo del
canal era una tontería. Los «canales de ventilación» de la Cámara de la Reina,
explicó, no apuntaban en dirección a nada en particular, y la única finalidad del robot
de Gantenbrink era la de «medir la humedad de la Pirámide»[266].
Poco después, por el teletipo de Reuter llegó otra información, ésta con una
declaración del doctor Stadelmann. «No sé cómo se ha producido esta noticia, pero
puedo decirles que esto es muy irritante —manifestó con enojo—. Sin duda no hay
otra cámara… no hay ninguna habitación detrás de la piedra».[267]
Juegos políticos
Uno de los mayores escollos que Gantenbrink tenía ante sí era el de no ser egiptólogo
de profesión, por lo que los principales académicos de Gizeh le consideraban un
Página 124
técnico contratado, lo cual significaba, de entrada, que no se concedía mérito alguno
a sus opiniones. Él explicaba que, después de descubrir la puerta de piedra en 1993,
prácticamente nadie le había hecho caso y su hallazgo había sido tratado con
indiferencia: «Iba a ser recibido por el ministro de Cultura para informarle del
descubrimiento, pero la visita se suspendió. Iba a dar una rueda de prensa, pero se
suspendió».[269]
A finales de 1994, Gantenbrink anunció en París que estaba dispuesto a facilitar el
robot a los egipcios e incluso a adiestrar a un técnico egipcio a sus expensas con tal
de que pudiera reanudarse la exploración, pero varias semanas después el doctor Nur
El Din, presidente de la Organización Egipcia de Antigüedades, rehusó cortésmente:
«Gracias por su oferta para adiestrar al técnico egipcio [escribió Nur El Din]…
lamentablemente, ahora estamos muy ocupados y hemos de aplazar el asunto».[270]
«La búsqueda de la verdad —comentó Gantenbrink en enero de 1995— es muy
importante como para que sea abortada por un estúpido juego político. Mi única
esperanza es que también ellos saquen pronto la misma conclusión».[271]
Grupos selectos
Aquel mismo mes, febrero de 1995, uno de los más prósperos y activos miembros de
la Asociación para la Investigación y la Ilustración nos llamó por teléfono desde
Estados Unidos para hablarnos de unos planes que se estaban trazando encaminados a
promover la búsqueda de la Sala de Archivos en la necrópolis de Gizeh:
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Los tres años próximos serán trascendentales… En principio,
hemos fijado nuestra pequeña expedición a la Esfinge, con radar
subterráneo, para el 96. Zahi dijo que podríamos ir en 1996. Haremos
más exploración del suelo y sobre todo vamos a amar y comprender a
las personas que nos rodean, y a los distintos grupos, y a colaborar
con ellos… y calculo que en el 98 descubriremos algo[272].
En la misma conversación nos enteramos de que esta misma persona había seguido
de cerca los acontecimientos relacionados con la puerta oculta de la Gran Pirámide,
durante los dos años que llevaba parado el proyecto de Rudolf Gantenbrink. Aseguró
estar informado de que las autoridades egipcias pronto harían un intento de llegar a la
puerta con su propio robot, a fin de insertar una cámara de fibra óptica por debajo y
averiguar qué hay detrás de ella. Nuestro comunicante dijo también que «Zahi» le
había invitado a formar parte del selecto grupo de testigos que estarían presentes en el
interior de la Pirámide cuando llegara el momento: «Prometió avisarme con un mes
de antelación, antes de que hagan algo… Porque es seguro que va a haber
acontecimientos. No está seguro de cuándo será. Ha habido retrasos, creo que con el
robot, pero conseguirán hacerlo…»[273].
Pero ¿qué conseguirán hacer exactamente? ¿Quién lo hará?
¿Con qué motivo? ¿En qué medida estará el público debidamente informado de
los nuevos hallazgos que puedan hacerse? ¿Y serán fiables y completas las
interpretaciones que se hagan de estos descubrimientos según la egiptología
ortodoxa?
En cualquier caso, una cosa parece cierta: no es probable que esté presente Rudolf
Gantenbrink, cuya inventiva y audacia hizo posible el descubrimiento de la puerta
situada al extremo del misterioso canal sur de la Cámara de la Reina. En septiembre
de 1995, recibimos la información de que la Organización Egipcia de Antigüedades
había enviado a las autoridades alemanas una notificación por la que les comunicaban
que no deseaban proseguir la exploración de la Gran Pirámide[274].
El entierro
Después de pasar revista a los tejemanejes que ha habido en los medios académicos
en relación con la posible antigüedad geológica de la Esfinge y las «anomalías»
detectadas en la roca de su base, el caso de la plancha de hierro hallada en el canal sur
de la Cámara del Rey y el caso de las reliquias encontradas en los canales de la
Cámara de la Reina, francamente, el caso de la «puerta» de Gantenbrink no nos
sorprende. También aquí los académicos ortodoxos han participado en enterrar una
investigación que prometía ofrecer nuevos atisbos en los monumentos de Gizeh. Más
de tres años después de su descubrimiento, la «puerta» sigue cerrada.
Página 126
No sabemos si esta puerta podría o no conducir a una «Sala de Archivos», en la
que se guardaran papiros sobre la «religión» de los constructores, como especulaba
Zahi Hawass en 1993, durante el año en que estuvo apartado de su cargo de director
de las Pirámides de Gizeh?[275] Nuestras propias investigaciones, sin embargo, nos
han convencido de que el canal en el que Rudolf Gantenbrink hizo su notable
descubrimiento está relacionado con un arcaico sistema de credos y rituales que
concebían los monumentos de la necrópolis de Gizeh como una «imagen del cielo».
En la partes tercera y cuarta trataremos de descifrar esta imagen y descubrir su
significado.
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TERCERA PARTE
DUALIDAD
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CAPÍTULO VIII
Página 129
la verdad. Nunca dejaré de favorecer con ello la vida de los mortales; y entonces
favoreceré a cada uno de ellos, cuando la fuerza de la naturaleza que obra en él
concuerda con el movimiento de las estrellas del cielo».[276]
En los capítulos que siguen expondremos datos que sugieren que los singulares
monumentos de la necrópolis de Gizeh forman parte de un plan grandioso y olvidado
para la iniciación de ciertos individuos selectos, los últimos de los cuales fueron los
faraones de Egipto, en un conocimiento cósmico esotérico que enlaza tierra y cielo,
por medio del cual confiaban en trascender los límites de la muerte:
Entorno cósmico
La visión del mundo de los antiguos egipcios, que al parecer heredaron completa e
intacta al principio de su civilización histórica, unos cinco mil años atrás, era
profundamente dualista y cosmológica. La fundación de la teocracia faraónica, la
unificación de las «Dos Tierras» del Alto y el Bajo Egipto en un solo reino, las ideas
que tenían de su propio pasado y origen, sus leyes y su calendario, la arquitectura de
sus templos y sus complejos de pirámides y hasta la misma tierra de Egipto y el
Nilo… para ellos, todo eran conceptos cosmológicos. Veían su propio entorno
cósmico (el firmamento, la Vía Láctea, el Sol y las estrellas, la Luna y los planetas y
todos sus ciclos) unidos en una dualidad perfecta con su entorno terreno (su tierra y el
Nilo, su rey y los antepasados de éste, y los ciclos de las estaciones y las épocas).
Sospechamos que la historia del antiguo Egipto, en la medida en que estuviera
consignada en papiros, tablillas e inscripciones debía de expresarse frecuentemente
en una especie de «clave cósmica» asociada simbólica y ritualmente —lo mismo que
las Pirámides en sí— a las cambiantes pautas del firmamento. De esto se desprende
que, si deseamos entender las ideas que los egipcios trataban de expresar en sus
escritos religiosos, que (vistos los resultados) tan extraños y problemáticos nos
parecen, debemos mirar al cielo como lo miraban ellos. Estos escritos incluyen textos
misteriosos y arcaicos destinados a guiar a los muertos en el viaje por ultratumba,
como el Libro de los Muertos (que los antiguos egipcios llamaban Per-Em-Hru, el
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Libro de «Avanzar de Día»), el Libro de los Dos Caminos, el Libro de las Puertas, el
Libro de lo que hay en el Duat y los Textos de los Sarcófagos. Pero los textos más
antiguos y enigmáticos de todos estos documentos funerarios y de vida nueva son los
llamados Textos de las Pirámides, que empezaron a ser copiados y extraídos de
fuentes anteriores en la segunda mitad del tercer milenio a. C. Estos notables textos
han llegado a nosotros en forma de una profusión de jeroglíficos en las paredes de las
tumbas de numerosas pirámides de la V y VI dinastías de Saqqara, a unos quince
kilómetros al sur de la necrópolis de Gizeh, y nos ofrecen una clave hasta ahora
olvidada para descifrar los secretos de las grandes Pirámides y de la Esfinge.
Esencia astronómica
Todos estos documentos y otros muchos han sido traducidos a las lenguas modernas
durante los cien últimos años, y todos han sido estudiados por especialistas, la
mayoría de los cuales no discutirían que contienen una compleja trama de referencias,
símbolos, alegorías y alusiones de carácter astronómico[279]. Ahora bien, sólo unos
cuantos investigadores han tomado en consideración la posibilidad de que estas
características astronómicas pudieran constituir la esencia de los textos. Entre estos
últimos, el recientemente fallecido Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend, cuyo
estudio Hamlet’s Mill mencionamos en el capítulo IV, han comentado la forma en que
se creía que el alma del difunto faraón viajaba por los cielos:
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subterráneo en el interior de nuestro globo —y no en el cielo— que ni
370 términos astronómicos hacen que se den por enterados[281].
El otro mundo
En los primeros escritos de carácter religioso que se conservan del antiguo Egipto se
utiliza una acusada terminología simbólica para describir el cósmico «mundo de los
muertos» y sus características. Es un mundo que se denomina el Duat[282], concepto
rutinariamente traducido por los egiptólogos modernos como «mundo subterráneo» o
«mundo inferior»[283]. Según los Textos de las Pirámides, no obstante, el Duat es un
lugar situado en el firmamento, como sabían ya indudablemente muchos egiptólogos
preeminentes de generaciones anteriores, como Selim Hassan, sir E. A. Wallis Budge
y Kurt Sethe[284]. No obstante, ni estos pioneros supieron desentrañar todas las
implicaciones y peculiaridades del concepto por falta de familiaridad con la
astronomía.
Por ejemplo, en su análisis de las distintas formas en las que la palabra Duat
aparece escrita en caracteres jeroglíficos a todo lo largo de la historia de Egipto,
Selim Hassan comenta: «Si tomamos en consideración los indicios que nos aporta el
significado del nombre durante el Imperio Antiguo [la Edad de las Pirámides] vemos
que, en un principio, el Duat, el que después se llamaría mundo subterráneo, estaba
situado en el cielo».[285] Cita a continuación la opinión de Kurt Sethe de que «el Duat
puede ser tanto el resplandor rojo del crepúsculo matutino (es decir, la “falsa aurora”)
como la espaciosa región del este del cielo en la que aparece este resplandor…»[286].
Hassan cita entonces la línea 151 de los Textos de las Pirámides: «Orion ha sido
envuelta por el Duat; mientras que aquel que mora en el Horizonte (es decir, Ra [el
dios Sol]) se purifica; Sothis [Sirio] ha sido envuelta por el Duat… en el abrazo de
[su, de ellos] padre Atón».
En opinión de Hassan: «Ello indica claramente cómo, cuando el Sol sale y se
purifica en el horizonte, las estrellas Orion y Sothis [Sirio] con las que se identifica al
rey, son envueltas por el Duat. Ésta es una justa observación de la naturaleza, y
realmente parece que las estrellas son sumidas cada mañana en la luz del amanecer.
Quizá el pictograma de la palabra Duat, la estrella dentro de un círculo, ilustre la idea
de este envolvimiento de la estrella. En su viaje a las estrellas, el rey muerto tiene que
pasar por el Duat, que le imprimirá la buena dirección. Así, en la oración 610 [de los
Página 132
Textos de las Pirámides] vemos: “El Duat guía tus pies a la morada de Orion… El
Duat guía tu mano a la morada de Orion.”…»[287].
Hassan, en su interpretación del paisaje celestial del Duat sólo acierta en que se halla
en el este, en que el momento de la observación es el que precede a la salida del Sol
(el que él llama «falsa aurora») y en que la constelación de Orion (Osiris), la estrella
Sirio (Isis), el Sol (Ra) y otro elemento cósmico que representa a «Atón» (el «padre»
de los dioses) se encuentran reunidos en el Duat. Ahora bien, dado que Hassan no
está versado en la mecánica celeste básica, y dado que no acierta a poner las líneas
pertinentes de los Textos de las Pirámides en el contexto de su tiempo y lugar, comete
un grave error de interpretación que posteriormente ha sido consolidado por
numerosos eruditos, analfabetos en astronomía:
Página 133
34. La «Necrópolis menfita»: los campos de pirámides desde Abu Roash hasta Dahshur.
Página 134
35. Puntos de salida del Sol en los solsticios y equinoccios, observados desde la necrópolis menfita. En la época
del 2500 a. C. (la «edad de las Pirámides») sólo se observaba y se creía activo el Duat en el solsticio de verano,
en que las estrellas de Orion y Sirio amanecían helíacamente, es decir, delante del Sol.
Río cósmico
Uno de los rasgos más sobresalientes del Duat, tal como éste se describe en los
antiguos textos egipcios, es su relación con un gran «río» cósmico llamado
«Corriente de Agua Sinuosa». Diversos estudios han confirmado más allá de
cualquier duda de consideracion que la «Corriente de Agua Sinuosa» era la mágica
faja luminosa que surcaba el firmamento y que nosotros llamamos Vía Láctea[291].
También es evidente que los antiguos sacerdotes-astrónomos que redactaron los
Textos de las Pirámides veían la réplica terrestre de la «Corriente de Agua Sinuosa»
del cielo en el río Nilo, cuya «Gran Inundación» anual coincidía con el solsticio de
verano:[292]
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Según ha observado acertadamente sir E. A. Wallis, «los egipcios… desde los
tiempos más remotos, se representaban a sí mismos como un cielo material [el Duat]
… a orillas de un Nilo Celestial, en las que construyeron ciudades»[296].
Análogamente, el filólogo Raymond Faulkner, que tradujo al inglés los Textos de las
Pirámides y gran parte de la literatura religiosa del antiguo Egipto, no pudo menos
que reparar en la evidente relación entre el «río celestial», la «Corriente de Agua
Sinuosa» y la Vía Láctea[297].
Las estrellas Orion y Sirio están situadas en la margen derecha de la Vía Láctea, la
cual —en el solsticio de verano de la Edad de las Pirámides— debía de aparecer
como un «río cósmico» vertical al este del cielo del amanecer.
36. Región celeste del Duat cuando Orion y Sirio salen helíacamente poco antes que el Sol en el solsticio de
verano. En esta época del año y sólo en este momento se consideraba «activo» el Duat. Obsérvese que en este
mismo momento, la Vía Láctea aparecía en el Este como un «río cósmico» vertical. También se indica la
trayectoria de las estrellas de Orion desde su salida hasta su culminación en el meridiano.
Por lo tanto, los antiguos egipcios no podían considerar el Duat como una región
sonrosada situada vagamente en el horizonte oriental, sino que, por el contrario, tenía
unas señas muy concretas: la «morada» de «Orion y Sirio» a orillas del «Nilo
celestial»:
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¡Oh rey!, tú eres esta Gran Estrella, compañera de Orion, que
cruza el cielo con Orion que navega [por] el Duat con Osiris…[300]
Con este paisaje estelar ante nosotros podemos empezar a trazar una imagen bastante
detallada del Duat, el «reino de Osiris» en el cielo, una formación de estrellas
definida, en un lugar del firmamento concreto, con su correspondiente «Nilo
cósmico».
Pero ¿cuándo se «fundó» este reino cósmico?
El «Tiempo Primero»
Como decíamos en la primera parte, los antiguos egipcios, en sus textos religiosos
más bellos y profundos, hablan del «tiempo de los dioses», Zep Tepi (literalmente, el
«Tiempo Primero»), con la firme convicción de que esta época existió realmente. Es
decir, creían que el Zep Tepi era un hecho histórico. Dentro del esquema del dualismo
imperante, también creían que aquel tiempo había sido proyectado y «registrado» en
el catálogo del firmamento. En realidad, era una función que se representaba
interminablemente en el escenario cósmico con la cíclica coreografía de las órbitas de
las constelaciones celestiales.
En suma, lo que ellos se representaban era una especie de «misterio teatral» a
escala cósmica expresado en el lenguaje de la astronomía alegórica, en el que cada
personaje se identificaba con un cuerpo astral. Ra era el Sol, Osiris era Orion, Isis era
Sirio, Thoth era la Luna, etc. Tampoco el drama se ceñía a las regiones celestiales,
sino que, por el contrario, como cabe esperar del dualista Egipto antiguo, también se
representaba en tierra, en el escenario cósmico de las astronómicas Pirámides de
Gizeh, en las que se conmemoraban los hechos del «Tiempo Primero» en rituales y
liturgias secretos, a lo largo de los milenios[301].
Poco se sabe de aquellas liturgias ni de los mitos que traducían. Como explica el
egiptólogo R. T. Rundle:
Página 137
b) Todo aquello cuya existencia o autoridad tuviera que ser
justificada o explicada debía relacionarse al «Tiempo Primero».
Pilo se aplicaba a los fenómenos naturales, ritos, insignias
reales, planos de los templos, fórmulas mágicas o médicas, la
escritura jeroglífica, el calendario, en suma, todo el ajuar de la
civilización…[302]
Rundle Clark reconoce también que el arte egipcio es «casi todo simbolismo», que
«la arquitectura y la ornamentación eran una especie de paisaje mítico» elaborado
hasta el último detalle, y que cada cosa tenía su significado:
El santuario [la tumba o complejo piramidal] del dios [rey], por ejemplo, era el
«Horizonte», la tierra de la luz gloriosa allende el horizonte del amanecer donde
moraban los dioses. El Templo era una imagen del universo tal y como existía ahora
y, al mismo tiempo, la tierra en la que se levantaba era el Montículo primitivo que
surgió de las aguas del Océano en el momento de la Creación… Al terminar los
diarios oficios, los sacerdotes levantaban una estatuilla de Maat (diosa de la Ley y el
Orden) frente a la divina imagen. Este acto tenía por objeto manifestar que la justicia
y el orden habían sido restablecidos, pero también era repetición de un hecho que
tuvo lugar al principio del tiempo… un mítico happening del tiempo de los dioses…
[303]
En capítulos posteriores volveremos sobre nuestros pasos, para contemplar con más
detenimiento este «Tiempo Primero» de los dioses. Aquí bastará señalar que Zep Tepi
estaba considerada una edad de oro misteriosa y prodigiosa que había seguido
inmediatamente a la Creación. Además, por lo menos en la mente de los antiguos
egipcios, esta edad de oro no había tenido lugar en una Tierra de Nunca Jamás
ilocalizable, como el «Paraíso Terrenal» de la Biblia, sino en un entorno físico
inconfundible, histórico y familiar. Ellos estaban convencidos de que el enorme
triángulo situado inmediatamente al sur del vértice del delta del Nilo que comprendía
Heliopolis, Menfis y Gizeh era el lugar geográfico exacto en el que se produjeron los
hechos del «Tiempo Primero», en suma, un auténtico «Edén» con accidentes
geográficos reales. Aquí, en este lugar sagrado, se decía que los dioses del «Tiempo
Primero» habían establecido su reino terrenal[304].
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37. Los antiguos egipcios consideraban la gran región triangular situada debajo mismo del vértice del delta del
Nilo, que abarca Heliopolis, Menfts y Gizeh, el lugar de los acontecimientos del «Tiempo Primero», una especie
de «jardín del Edén» geodésico centrado en la latitud astronómica 30° N.
¿Y cuál era el carácter cultural de aquel Reino? Rundle Clark hace un resumen
esclarecedor:
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… todo lo que era bueno o eficaz estaba regido por los principios
instituidos en el «Tiempo Primero» —que, por consiguiente, era una
edad de oro de perfección absoluta— «antes de que llegaran la ira, el
clamor, la lucha o el tumulto». En esta época feliz, llamada
indistintamente «tiempo de Ra», «tiempo de Osiris» o «tiempo de
Horus», no existía la muerte, la enfermedad ni el desastre…[305]
Textos de la Shabaka
Éstos son, desde luego, los elementos esenciales de la tragedia de Hamlet (que tiene
un origen mucho más remoto que el del drama de Shakespeare)[308] y, en su más
reciente manifestación producida en Hollywood, es también la trama de El Rey León
(hermano asesina a hermano, afligido hijo de la víctima se venga de su tío y pone
orden en el reino).
La versión original egipcia de la historia —la llamada «Teología menfita»— se
encuentra en textos inscritos en un monumento denominado «piedra de Shabaka»,
que actualmente se exhibe en el Museo Británico[309]. Aquí leemos que, después de
un gran combate entre Horus y Seth (en el que Horus perdió un ojo, y Seth, un
testículo), Geb, dios de la Tierra (padre de Osiris e Isis), convocó el Gran Consejo de
los Nueve Dioses —la «enéada» de Heliopolis— y con ellos juzgó a Horus y Seth:
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reinaba en una región y Seth reinaba en una región. Hicieron la paz de
las Dos Tierras en Ayan. Esto fue la división de las Dos Tierras…[311]
Observemos, de pasada, que Ayan no es un lugar mítico, sino que era una localidad
real del antiguo Egipto, situada inmediatamente al norte de Menfis, capital de las
primeras dinastías[312]. El juicio que allí se emitió fue cambiado posteriormente,
según nos dicen los textos de la Shabaka:
Esta historia asombrosa podría compararse a una especie de «senda del tesoro» con
las pistas de cómo los antiguos egipcios veían la transferencia mítico-histórica de los
«títulos de propiedad» o llaves del «Reino de Osiris» hecha a Horus por la Gran
Enéada.
Por ejemplo, parece estar claro que se creía que este hecho trascendental había
tenido lugar en Ayan, inmediatamente al norte de Menfis, es decir, a unos quice
kilómetros al sur de la moderna El Cairo[314].
En cuanto a Osiris, los textos de la Shabaka nos dicen que el dios fue llevado a
«la tierra de Sokar» y enterrado allí:
Página 141
Ésta ha resultado ser la denominación que los antiguos daban a la extensa
«necrópolis menfita» que comprendía el campo de pirámides de Gizeh. Así, según sir
E. A. Wallis Budge: «Los dominios de Sokar estaban situados en los desiertos que
rodeaban Menfis y se creía que cubrían una gran extensión de territorio»[316]. I. E. S.
Edwards nos dice que el nombre de «Sokar» era el del «dios de la necrópolis
menfita» —una divinidad de los muertos predinástica— y que «en el tiempo de las
Pirámides, Osiris había sido asimilado a Sokar»[317]. R. T. Rundle Clark complica el
cuadro un poco más al hablar de «Rostau, la moderna Gizeh, cementerio de Menfis y
residencia de una forma de Osiris llamada Sokar»[318].
Por lo tanto, lo que tenemos aquí parece ser una concatenación de ideas referidas
a Osiris, Sokar, «la tierra de Sokar» (identificada como necrópolis menfita) y, ahora,
«Rostau», el nombre que los antiguos egipcios daban al campo de pirámides de
Gizeh, nombre que, efectivamente, figura grabado en los jeroglíficos de la estela de
granito a la que nos hemos referido en la primera parte y que aún hoy se yergue entre
las garras de la Gran Esfinge[319]. La misma estela describe Gizeh, en términos más
generales, como «el Lugar Espléndido del “Tiempo Primero”» y dice de la Esfinge
que está junto a «la Casa de Sokar»[320].
Así pues, las pistas de la senda del tesoro comprenden ahora, además de Osiris,
Sokar, la tierra de Sokar y Rostau-Gizeh, la «Casa de Sokar» y nos llevan de vuelta a
Zep Tepi, el «Tiempo Primero».
A la luz de todo ello demos ahora una última mirada a la teología menfita
expresada en los textos de la Shabaka.
Encontramos a Horus dueño y señor indiscutible del «Reino de Osiris» terrenal
(que, naturalmente, había sido fundado en el «Tiempo Primero») y encontramos el
cuerpo del propio Osiris a buen recaudo en «la Casa de Sokar»[321]. En estas
condiciones ideales, según los textos, la forma espiritualizada de Osiris fue liberada
para que pudiera subir al cielo, a un lugar del cielo concreto, que ya hemos
identificado: «el lugar en el que está Orion»[322]. Allí se mantenía que había
establecido el Duat —el «Otro Mundo» cósmico, en la margen derecha de la Vía
Láctea—, una especie de «Reino de Osiris» celestial para los Muertos[323].
Dios Esfinge
Selim Hassan llama al Duat «Reino de Osiris» y muestra que «Osiris es denominado
“Señor del Duat” y el Rey de Osiris [es decir, el faraón difunto], “compañero de
Orion”…»[324]. Proporciona después una información adicional, otra pista en nuestra
senda, al señalar, como resultado de un cuidadoso análisis de los textos, que el Duat
parece estar en cierta manera relacionado con Rostau[325].
Al igual que otros comentaristas, Hassan reconoce que «el nombre de Rostau es
aplicado a la necrópolis de Gizeh»[326]. Pero, en distintos lugares, también define
Página 142
Rostau como «el Reino de Osiris en la tumba»[327], y «el Mundo Inferior menfita», es
decir, el Duat menfita[328]. En este contexto, examina las llamadas doce «Divisiones»
(u «Horas») del Libro de lo que está en el Duat y muestra que en este texto aparecen
referencias a la «tierra de Sokar». Lo que es más, hace resaltar un hecho curioso. La
tierra de Sokar ocupa la Quinta División del Duat[329] y «el centro de la Quinta
División recibe el nombre de Rostau»[330].
Así pues, los egiptólogos no cuestionan que haya un Rostau en la tierra, bajo la
forma del campo de pirámides de Gizeh, y un Rostau en el cielo, bajo la forma de la
Quinta División del Duat, un lugar, como recordará el lector, que los antiguos
egipcios no consideraban un «Mundo Inferior», sino un determinado lugar celestial
en Orion.
Página 143
38. Los pasadizos, cámaras y corredores de la «tierra de Sokar» de la Quinta División del Duat representados en
las paredes de las tumbas tienen un gran parecido con los pasadizos, cámaras y corredores de la Gran Pirámide.
¿Pudo ser una de las funciones de la Pirámide la de servir de «modelo» o simulación del mundo de ultratumba en
el que los iniciados eran sometidos a pruebas?
Página 144
39. La Quinta División del Duat contiene un gigantesco dios-esfinge en forma de doble león y una gran pirámide.
Compárense estos símbolos con la Gran Esfinge y la Gran Pirámide instas desde el SE.
Página 145
Duat es la presencia de un gigantesco dios-esfinge en forma de «doble león» llamado
Aker, el cual, al parecer, protege el «Reino de Sokar»[331]. Hassan señala también que
«encima de Aker hay en esta escena una gran pirámide»[332]. Dice que, «si se conjuga
este simbolismo con Aker en forma de esfinge y con el nombre de Rostau», se
adivina que «la Quinta División era en un principio una versión [completa] del Duat
y tenía su réplica geográfica en la necrópolis de Gizeh»[333].
En apoyo de esta idea, Hassan nos remite entonces a otro de los antiguos textos
funerarios egipcios, el llamado Libro de los Dos Caminos, en el que se menciona «la
Tierra Alta de Aker, que es la Morada de Osiris» y también de «Osiris que está en la
Tierra Alta de Aker»[334]. Hassan apunta que «tierra alta de Aker» puede aludir a la
meseta de Gizeh, «donde está el Rostau terrenal»[335]. El egiptólogo norteamericano
Mark Lehner expuso exactamente la misma idea en su opúsculo The Egyptian
Heritage, publicado en 1974[336]. Aquí, tras realizar un estudio de Rostau, escribió:
«resulta tentador ver en las figuras leoninas de Aker la representación de la Esfinge
de Gizeh»[337].
Caminos de Rostau
El Libro de los Dos Caminos es un texto que se copió en el fondo y los lados de los
sarcófagos durante un período de 250 años (2050-1800 a. C.), del Imperio Medio.
Según la astrónoma Jane B. Sellers, estaba destinado a «ayudar al alma del difunto a
recorrer los caminos que conducían a Rostau, la Puerta de la necrópolis que da acceso
a los “Pasadizos del Mundo Inferior”…»[338].
Los aludidos Textos de los Sarcófagos (2134-1783 a. C.) vierten mayor luz en el
asunto al decir:
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40. Solsticio de verano hacia 2500 a. C.: región del Duat. Obsérvese que en este momento crucial de la
observación el cinturón de Orion no estaba en el meridiano sino al SE, muy a la izquierda del punto del cielo al
que apunta el canal sur de la Cámara del Rey. El cielo parece descentrado y da la impresión de que habría que
desplazar las estrellas del cinturón hacia el S, concretamente hacia el meridiano, para que cuadren con el canal
que las apunta.
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Tal como señala Sellers, muchos textos antiguos egipcios insisten en que «la
topografía de Rostau, aunque en el cielo, está en el agua y en la tierra»[342]. La
astrónoma sugiere también que «los senderos del agua» podrían hallarse en la zona
del cielo que «nosotros conocemos como Vía Láctea»[343]. Es una idea que parece
muy plausible si recordamos que las «señas cósmicas» del Duat son el «Reino de
Osiris, en Orion», en la margen derecha de la Vía Láctea. Por lo tanto, la lógica de la
dualidad del antiguo Egipto sugiere que «los caminos por tierra» tienen que hallarse
en la Rostau terrena.
La Rostau terrena es la necrópolis de Gizeh[344], emplazamiento de las tres
Pirámides y de la Esfinge; por consiguiente, en vista de tantas alusiones a la dualidad
cielo-tierra, sería casi una aberración hacer caso omiso de los cuatro estrechos
«canales hacia las estrellas» que parten de las cámaras del Rey y de la Reina desde el
interior de la Gran Pirámide.
Recordará el lector que el canal sur de la Cámara del Rey, hacia el año 2500 a. C.
apuntaba al centro de la constelación de Orion, es decir, al cinturón de Orion en su
«culminación» o «tránsito por el meridiano» a 45 grados sobre el horizonte.
Curiosamente, en el punto crucial de la observación en el momento que precede al
amanecer del solsticio de verano —crucial, en todo caso, para los antiguos egipcios
de la Edad de las Pirámides— las simulaciones obtenidas por ordenador indican que
Orion no se veía en el meridiano, sino al sureste, es decir, muy a la izquierda del
punto del cielo al que apuntaba el canal sur de la Cámara del Rey.
Mirando la simulación, todo parece descentrado, dislocado, y tiene uno la
desagradable sensación de que hay que desplazar las estrellas del cinturón de Orion
hacia el sur, concretamente hacia el meridiano, para que pueda incidir en ellas el
canal que las apunta.
Sospechamos que para los antiguos egipcios esta desconcertante «dislocación»
del cielo debía de servir de acicate para un viaje esotérico emprendido en tierra por
los mismos faraones, siguiendo claves celestes.
Como veremos en los capítulos siguientes, tal vez lo que buscaban era algo de
importancia inmensa. Pero, a fin de comprender por qué, antes tenemos que averiguar
quién es la Esfinge.
Página 148
CAPÍTULO IX
NANCY HATHAWAY,
Friendly Guide to the Universe,
NY, 1994
Incluso una lectura superficial de los textos religiosos de los antiguos egipcios
nos permite comprender claramente que éstos consideraban su entorno terrestre un
paisaje sagrado, heredado de los dioses. Estaban convencidos de que, en la remota
edad de oro llamada «Tiempo Primero», Osiris había establecido una especie de
«reino cósmico» en la región de Menfís, que había sido transmitido a su hijo Horus y,
a través de éste, durante los ciclos de las épocas, a las generaciones de «Reyes-
Horus» humanos, los faraones de Egipto.
Hemos visto que la esencia de este sagrado «reino de Osiris» era el peculiar
dualismo que lo conectaba a una región del cielo llamada Duat, situada cerca de
Orion y Sirio, en el lado derecho de la Vía Láctea. Hemos visto también que el centro
del Duat se llamaba Rostau, y que también Rostau existía tanto en el reino cósmico
como en el terrestre: en los cielos estaba marcado por las tres estrellas del cinturón de
Orion, y en la tierra, por las tres grandes Pirámides de Gizeh. Por último, y sobre
todo, hemos visto que los egipcios de la Era de las Pirámides observaban de modo
muy particular al Duat, situado en el horizonte oriental al amanecer del solsticio de
verano.
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La palabra a retener es «horizonte». Será la clave del misterio de a quién, o qué,
representa realmente la Gran Esfinge.
Reflejo celestial
Sacerdotes astrónomos
Cuando, hacia el 2500 a. C., fueron compuestos los Textos de las Pirámides, el centro
religioso del Estado faraónico era Heliopolis, la «Ciudad del Sol», llamada On o Innu
por los antiguos y que en la actualidad está sepultada bajo el barrio de Al Matareya
de la moderna El Cairo[346]. Heliopolis fue el más antiguo centro de culto del dios
solar Ra en su forma de Atón, «Padre de los Dioses». Los sacerdotes de Heliopolis
eran grandes iniciados en los misterios de los cielos, y su principal ocupación era la
observación y anotación de los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las
estrellas[347].
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Es mucho lo que nos hace pensar que aquellos sacerdotes eran depositarios de un
gran patrimonio de experiencia, acumulada a lo largo de larguísimos períodos de
observaciones. Lo cierto es que los estudiosos griegos y romanos, que estaban por lo
menos dos milenios más próximos a los antiguos egipcios que nosotros, se mostraban
impresionados por los conocimientos y la sabiduría de los sacerdotes de Heliópolis y
de Menfis, especialmente en astronomía.
Por ejemplo, en el siglo V a. C., Herodoto (que ha sido llamado el «Padre de la
Historia») mostraba gran respeto hacia los sacerdotes de Egipto, a los que atribuía el
descubrimiento del año solar y la invención de los doce signos del Zodíaco que, decía
él, después adoptaron los griegos. «A mi modo de ver —escribió—, su método de
cálculo es mejor que el de los griegos».[348]
En el siglo IV a. C., el docto Aristóteles, preceptor de Alejandro Magno, reconocía
también que los egipcios eran grandes astrónomos, «cuyas observaciones han sido
conservadas durante muchos años y a quienes debemos muchos de nuestros
conocimientos acerca de determinadas estrellas»[349].
También Platón relata que los sacerdotes egipcios habían observado las estrellas
«durante diez mil años o, por así decir, durante un tiempo infinito»[350]. Y Diodoro de
Sicilia, que visitó Egipto en 60 a. C., recalcaba que «la disposición de las estrellas, así
como sus movimientos siempre han sido objeto de cuidadosa observación entre los
egipcios» y que «han preservado hasta hoy anotaciones sobre cada una de estas
estrellas durante un número de años increíble…»[351].
Quizá lo más significativo de todo sea que el neoplatónico Proclo de Licia, que
estudiaba en Alejandría en el siglo V d. C., confirmó que no fueron los griegos, sino
los egipcios, los que descubrieron el fenómeno de la precesión: «Que quienes creen
en las observaciones hagan moverse las estrellas alrededor de los polos del Zodíaco
un grado cada cien años [se refiere al índice de precesión] hacia el este, como
Tolomeo e Hiparco antes que él ya sabían… y los egipcios habían enseñado a Platón
acerca del movimiento de las estrellas fijas…»[352].
Los historiadores y egiptólogos modernos, unánimes en la opinión de que los
egipcios eran malos astrónomos[353], optan por considerar estas manifestaciones
frivolidades de griegos y romanos mal informados. No obstante, los mismos
estudiosos aceptan que, en los albores de la Edad de las Pirámides, el centro religioso
de Heliópolis tenía ya una antigüedad remota y que desde tiempo inmemorial estaba
consagrado a la divinidad suprema llamada Atón, «El que se creó a Sí Mismo»[354].
Entonces, ¿quién o qué era Atón en realidad?
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egiptólogo suizo Edouard Naville dijo acerca de Atón: «no cabe duda de que el león o
la esfinge es una forma de Atón…»[355].
Naville expuso entonces lo que él consideraba fundamento suficiente para esta
conclusión:
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loto[365]. De tales representaciones, muchos egiptólogos distinguidos han sacado la
conclusión de que la Gran Esfinge de Gizeh, aunque presuntamente tiene el rostro de
Kefrén, también puede ser considerada imagen de Atón[366]. Tal como hemos visto en
la primera parte, uno de los más persistentes de los muchos títulos con los que la
Esfinge era conocida por los antiguos egipcios era el de Sheshep-ankh Aton
(literalmente: «imagen viva de Atón»)[367], por lo que no cabe dudar de esta
identificación.
Atón, Ra y Horakhti
A pesar de que es bien sabido que se atribuían a Atón formas de león y de esfinge, los
egiptólogos modernos tienen tendencia a hacer caso omiso de su intenso simbolismo
leonino al tratar de sus atributos cósmicos. Con frecuencia, se limitan a hablar en
vagos términos generales de que Atón era el «dios-sol y creador del universo» y de
que su nombre «… encierra la idea de “totalidad” en el sentido de un sumo e
inalterable estado de perfección. Con frecuencia se llama a Atón “Señor de
Heliopolis”, que es el centro de la adoración al Sol. La presencia de otra divinidad
solar, Ra, en este mismo lugar, provoca la fusión de los dos dioses en Ra-
Atón…»[368].
La egiptóloga Rosalie David nos informa de que, al principio de la Edad de las
Pirámides, «el dios Ra [o Re] había asumido el culto de un dios anterior, Atón… [por
lo que] Ra-Atón era adorado como creador del mundo según la teología heliopolitana,
y sus sacerdotes trataban de distinguir sus varias características»[369].
Una de estas importantes características, agrega Davies, era la manifestación de
Ra como «Ra-Horakhti»[370]. Puesto que la traducción literal de Horakhti es «Horus-
del-Horizonte»[371], parece ser que en este último sincretismo de los antiguos
egipcios reside una fusión del disco solar con esta divinidad. Por otro lado, como los
astrónomos y astrólogos saben, el disco solar se funde con (o «entra en casa de»)
determinados grupos de estrellas —las doce constelaciones del Zodíaco— a
intervalos regulares a lo largo del año. Parece, pues, razonable preguntarse si «Horus-
del-Horizonte», es decir, Horakhti, podría ser en realidad una de estas constelaciones
zodiacales.
También el egiptólogo Hermann Kees se ocupó de Heliopolis y Horakhti. A la luz
de lo que ahora sigue, sus observaciones tienen un gran interés. «El culto peculiar de
Heliopolis era el de las estrellas. La adoración a las estrellas dio origen a la adoración
de Ra en la forma de “Horus-del-Horizonte…”»[372].
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41. La eclíptica (trayectoria del Sol) a su paso por las doce constelaciones zodiacales representadas en el célebre
Zodíaco de Denderah (Alto Egipto). Durante el año solar, mes a mes, el disco del Sol entra en la «casa» de cada
una de estas constelaciones.
Nosotros diríamos que esta conclusión es correcta en líneas generales, aunque no
tal como la veía Kees. Creemos que la divinidad compuesta Ra-Horakhti no se derivó
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simplemente de una «adoración de las estrellas» en general, sino de una antigua
imagen estelar, la de una constelación zodiacal específica.
En los antiguos relieves egipcios, se representa a Horakhti con figura de hombre
con cabeza de halcón, sobre la que reposa el disco solar[373]. De este modo se
identifica al rey-faraón, considerado la viva encarnación de Horus[374], tanto con el
dios Horas (simbolizado por el halcón) como con el Sol en el «horizonte». El
orientalista Lewis Spence apunta también que el león «se identificaba con las
divinidades solares, con el dios-sol Horas [y] Ra»[375]. Frecuentemente encontramos
representaciones compuestas león-halcón del rey en imágenes antiguas. Por ejemplo,
en el templo solar del faraón Sahure de Abusir (V dinastía, c. 2350 a. C.) se
representa al rey como un león con alas y también como un león con cabeza de
halcón[376].
En resumen, pues, no parece sino que tenemos ante nuestros ojos distintas
expresiones simbólicas de un largo proceso: en tiempos prehistóricos, un dios
primordial, Atón, cuya forma era la del león o esfinge, era adorado por los sacerdotes
de Heliopolis; después, en la Edad de las Pirámides, Atón se «fusionó» con Ra, cuya
forma era el disco solar y, finalmente, con Horakhti el de cabeza de halcón, Horas-
del-Horizonte, que simbolizaba al Rey-Horas.
El resultado fue la divinidad compuesta Atón-Ra-Horakhti, cuyo simbolismo
combinado tuvo su origen en la forma leonina o de esfinge de Atón. De algún modo,
esta imagen compuesta o conjuntada se hizo manifiesta en el «Horizonte» en los
comienzos de la Edad de las Pirámides.
42. Horakhti, «Horus-del-Horizonte», solía representarse en los relieves en forma de hombre con cabeza de
halcón sobre la que descansa el disco solar.
Como el lector recordará, hemos visto que en aquella época los sacerdotes-
astrónomos concentraban su atención en el solsticio de verano, en el que al este del
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firmamento se activaba el Duat. ¿En qué signo zodiacal, visible en el horizonte del
este, tuvo lugar esta importantísima «fusión»?
Horus, Morador-en-el-Horizonte
Edouard Naville se encontraba excavando restos del Imperio Nuevo en la región del
Delta, al norte de El Cairo hacia 1882-1883, cuando advirtió con sorpresa que gran
número de los monumentos que descubría estaban dedicados a una divinidad
compuesta que él llamó «Atón-Hamarchis». Asociado a estos monumentos había
siempre una naos, o santuario, que contenía una esfinge con cabeza humana que,
según manifiesta Naville, era «una forma del dios Harmarchis muy conocida»[377].
Ahora ya estamos familiarizados con Atón. Pero ¿quién es este «Harmarchis»?
Naville observó que era representado no sólo en forma de esfinge, sino también como
«un dios con cabeza de halcón, o como un halcón con un disco solar», símbolos con
los que también estamos familiarizados, y que «Atón-Harmarchis era el dios de
Heliopolis, la más antigua ciudad de Egipto»[378].
«Harmarchis» es una asimilación al griego de un nombre del antiguo Egipto, Hor-
em-Akhet, que significa «Horus-en-el-Horizonte» o también «Horus-Morador-en-el-
Horizonte»[379]. En otras palabras, como ya debería resultar evidente, se trata de un
concepto similar a Horakhti, u «Horus-del-Horizonte», con una similitud tan próxima
como la que existe entre «del» y «en el»…
A una y otra divinidad se llama morador del horizonte. Ambos son representados
a veces con figura de hombre y cabeza de halcón. Ambos están coronados por un
disco solar[380]. Puede decirse que no existe entre uno y otro más diferencia que la de
la índole del «Horizonte» en el que se dice que moran.
Hay una cosa más que debemos decir ya sobre Hor-em-Akhet y Horakhti. Los
nombres de estas dos curiosas divinidades compuestas, en las que se combinan las
formas del león, el halcón y el disco solar, eran aplicados directa e indistintamente a
la Gran Esfinge de Gizeh.
Las más antiguas referencias a Hor-em-Akhet que se conservan datan del Imperio
Nuevo, hacia 1440 a. C., y se encuentran en una estela de piedra caliza del faraón
Amenhotep II, el constructor de un pequeño templo que aún puede verse en el lado
norte del recinto de la Esfinge. En la estela, Amenhotep hace referencia a las
«Pirámides de Hor-em-Akhet», en lo que Selim Hassan ve la señal de «que
consideraba que la Esfinge era más antigua que las Pirámides»[381]. Hassan también
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indica que la estela llama específicamente a la Gran Esfinge tanto Hor-em-Akhet
como Horakhti[382].
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orientalista Lewis Spence escribe: «Horus-de-los-Dos-Horizontes, el Harmarchis
[Hor-em-Akhet] de los griegos, era una de las formas principales del dios-sol… así
vemos que Harmarchis era adorado principalmente en Heliopolis… su monumento
más conocido es la famosa Esfinge, junto a las Pirámides de Gizeh».[390]
Así pues, si Hor-em-Akhet es la Gran Esfinge del «Horizonte de Gizeh» en el
oeste, ¿no tendríamos que buscar a Horakhti, su «gemelo» en el horizonte del este del
cielo?
Son éstas cuestiones en las que seguiremos indagando. Por el momento,
señalaremos que, como ha confirmado el egiptólogo Ahmed Fakhry, las distintas
estelas que hemos examinado, y muchas inscripciones más, no dejan lugar a duda de
que los faraones del antiguo Egipto conocían y adoraban a la Esfinge (y también,
evidentemente, a su oponente celestial) con los nombres de Hor-em-Akhet y
Horakhti[391]. Fakhry señala también otra cosa interesante: ambos nombres son
«apropiados» puesto que «la antigua necrópolis [de Gizeh] se llamaba Akhet Khufu»,
el «Horizonte» de Khufu (Keops)[392].
Extraño silencio
Como los textos más antiguos que se conservan que contienen el término de Hor-em-
Akhet datan del Imperio Nuevo, se ha establecido entre los estudiosos el consenso de
que los egipcios del Imperio Antiguo nunca hablaron de la Esfinge. Por ejemplo, dice
Jaromir Malek, de la Universidad de Oxford: «Las fuentes del Imperio Antiguo
observan un extraño y sorprendente silencio sobre la Gran Esfinge de Gizeh. Hasta
unos mil años después de ser construida… no se mencionó la Gran Esfinge…»[393].
¿Puede haber sido así realmente? ¿Cómo no iban a mencionar la Gran Esfinge los
egipcios del Imperio Antiguo, después de dedicar tantos afanes a construir la enorme
necrópolis de Gizeh y el resto de monumentos de Menfis?
Cabe pensar que no la mencionaran, sencillamente, porque no la construyeron
ellos, sino que la heredaron de una época muy anterior. Aunque no parece verosímil
que en la gran profusión de textos grabados en las paredes de nueve pirámides reales
de las dinastías V y VI no se haga ni una referencia a esta colosal estatua, situada en
punto tan crucial.
Por lo tanto, también cabe pensar que los egiptólogos no hayan sabido reconocer
el nombre que se da a la Esfinge en los Textos de las Pirámides.
Y existe un candidato evidente.
Como hemos visto, en el Imperio Nuevo se llamaba a la Esfinge no sólo Hor-em-
Akhet sino también Horakhti. Y aunque en los Textos de las Pirámides no aparece el
nombre de Hor-em-Akhct, sí se lee, y muchas veces, el de Horakhti. Estas arcaicas
escrituras contienen cientos de menciones directas de Horakhti, «Horus-del-
Horizonte»[394], todas ellas alusivas, en esto coinciden unánimemente los
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especialistas, «al dios que sale por el Este al amanecer»[395]. Lo que no han
sospechado es la posibilidad de que se hallen ante la antigua costumbre egipcia de
referirse a la parte terrena por medio de su contrapunto celestial.
Buscando a Horakhti
«Las puertas del cielo se abren para Horakhti», afirma un pasaje característico de los
Textos de las Pirámides, «las puertas del cielo se abren al amanecer para Horus del
Este…»[396]. Más adelante, en la línea 928, leemos: «voy a… Horakhti en el
horizonte… subo por esta parte oriental del cielo…»[397].
Los egiptólogos, que en sus escritos tachan estas expresiones de «abracadabra
místico», casi no han reparado en que los Textos de las Pirámides nos facilitan
importantísimas pistas astronómicas cuando repiten una y otra vez que la aparición de
Horakhti por el este al amanecer coincide con el momento y el lugar «en el que
nacieron los dioses». Por ejemplo:
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Arriba: La Gran Esfinge de Gizeh, como puede verse en esta fotografía del siglo XIX, ha pasado buena parte de
su historia conocida cubierta hasta el cuello por la arena del desierto. Mientras estuvo sepultado, el cuerpo no
sufrió erosión por el viento, no obstante lo cual se encuentra muy desgastado por la intemperie. ¿Intervino otro
agente erosionador? Abajo: Para esculpir la Esfinge, se empezó por excavar una amplia zanja en torno a una
mole central de piedra caliza que después fue tallada en forma de león. Esta fotografía de la Gran Pirámide
muestra a la Esfinge en su zanja, los restos del llamado templo de la Esfinge (inmediatamente delante, al este del
monumento) y el templo del Valle (un poco hacia el sur). También aparece, en el lado sur de la Esfinge, una parte
de la gigantesca calzada de Kefrén.
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Arriba Profunda erosión del cuerpo de la Esfinge.
Geólogos de la Universidad de Boston dictaminaron
que las marcas se debían a una exposición prolongada
a fuertes lluvias. En 2500 a. C., fecha en que los
egiptólogos suponen que fue construida la Esfinge, el
clima de Egipto era tan seco como lo es ahora. Ahora
bien, la ciencia de la paleoclimatología indica que
entre 15 000 y 7000 a. C. Egipto experimentó varios
períodos de clima húmedo que pudo producir marcas
como éstas. Izquierda: La zanja que rodea la Gran
Esfinge, que fue excavada en la misma época en que se
esculpió la Esfinge, muestra las profundas
estrías\fisuras características de la piedra caliza que es
expuesta a la erosión producida por las lluvias. La
geología y la paleoclimatología por sí solas, empero,
sólo pueden demostrar que la Esfinge y su recinto son
mucho más antiguos de lo que se pensaba. La
astronomía nos proporciona medios de mucha mayor
precisión para datar la Esfinge. Abajo: Esta estela de
granito fue colocada entre las garras de la Esfinge
para conmemorar una campaña de renovación
realizada por el faraón Tutmosis IV (1401-1391 a. C.).
La estela muestra la sílaba «Khaf» y, por extraño que
parezca, los egiptólogos no han necesitado más para
afirmar que la Esfinge fue construida por el faraón
Kefrén, de la IV dinastía, hacia 2500 a. C. Pero la
estela dice también que la necrópolis de Gizeh es el
«Espléndido Lugar del Tiempo Primero», lo cual nos
remite a una época muy anterior.
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Arriba: La Esfinge vista desde el sur, sobre la llamada calzada de Kefrén. Desde esta perspectiva, su cuerpo de
león, profundamente erosionado, se encuentra semienterrado en el «horizonte» artificial de Gizeh, reflejando la
semioculta constelación de Leo, vista a la salida del Sol a la media estación entre el solsticio de invierno y el
equinoccio de primavera de 10 500 a. C. (véase capítulo XVII). Abajo: El profesor Mark Lehner (centro)
destacado egiptólogo especializado en la Esfinge, disertando ante los directivos de la Fundación Edgar Cayce, en
la Asociación para la Investigación y la Ilustración (Association for Research and Enlightenment) en Virginia
Beach, Estados Unidos (véase capítulo V).
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Arriba: Cámara subterránea de la Gran Pirámide de Gizeh, situada a treinta metros de profundidad, exactamente
bajo el vértice de la Pirámide, Abajo, izquierda: El corredor descendente que une la entrada original de la
Pirámide situada en la cara norte con la cámara subterránea tiene cien metros de largo y no se desvía de la línea
recta más de un centímetro en toda su longitud. Fotografía tomada desde el fondo del corredor, hacia el punto de
luz de la entrada. Los extraños corredores y pasadizos interiores de la Gran Pirámide se parecen a las
representaciones del mundo de ultratumba y el reino de Osiris llamado Duat. Abajo, derecha: Los autores con
John Anthony West en la Cámara de la Reina.
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Arriba, a la izquierda: Rudolf Gantenbrink fotografiado con su equipo durante su proyecto para explorar los
canales de las cámaras del rey y de la reina en la Gran Pirámide (véase capítulo VII). Arriba, a la derecha:
Rudolf Gantenbrink, Uli Kapp, del Instituto Arqueológico Alemán, y el robot Upuaut en la Cámara de la Reina,
cerca de la entrada del canal sur. Izquierda, arriba: Rainer Stadelmann, director del Instituto Arqueológico
Alemán de El Cairo. Izquierda abajo: Zahi Hawass, director de las Pirámides de Gizeh del Consejo Supremo de
Antigüedades de Egipto.
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Arriba: La puerta provista de extrañas piezas de metal que fue captada por Upuaut al extremo del canal sur de la
Cámara de la Reina el 22 de marzo de 1993, después de recorrer unos sesenta metros de canal. Abajo: Esta
fotografía, extraída de la cinta grabada por Upuaut, muestra el interior del canal norte de la Cámara de la
Reina. En el suelo, en diagonal, se ve una vara de madera que podría ser datada al carbono.
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Derecha: Los autores examinan la entrada del canal
norte de la Cámara del Rey. Abajo: Fragmento de la
plancha de hierro, que en un principio estaba
recubierta de oro, extraída de entre los bloques
interiores de la Gran Pirámide, cerca del punto de
salida del canal sur de la Cámara del Rey, en 1837
(véase capítulo VI). Los egiptólogos han desestimado
esta curiosa pieza de hierro forjado por considerarla
una intrusión reciente, pero hay indicios de que es
contemporánea de la Gran Pirámide (que, por
supuesto, fue construida mucho antes de la Edad del
Hierro) y de que su función pudiera estar relacionada
con complejas ideas acerca del renacer estelar del
alma que se expresa en los antiguos textos funerarios
egipcios.
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Arriba: Estructura megalítica del templo de la Esfinge al amanecer. Al fondo, la mole del templo del Valle.
Muchos de los bloques utilizados en la construcción del templo del Valle pesaban más de 200 toneladas cada uno.
En la actualidad, los ingenieros no aciertan a explicar cómo —ni por qué— se colocaron bloques tan enormes.
Abajo: Las hiladas inferiores del extremo occidental de la Segunda Pirámide fueron talladas en la roca viva y las
posteriores fueron agregadas con posterioridad. Es posible que la «plataforma-base original» sea mucho más
antigua que el resto de la Pirámide.
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Arriba: Vista aérea de la necrópolis de Gizeh, con la
Gran Pirámide y la Esfinge en primer plano. No hay
que confundir la calzada, orientada 14° en dirección
este-sureste, con la moderna carretera que discurre a
la derecha (norte) de la Esfinge. Izquierda: La llamada
«barca solar» de 43,5 metros de eslora que se encontró
en una fosa tallada en la roca junto a la cara sur de la
Gran Pirámide. Si muchos los indicios de que esa
magnífica embarcación fue utilizada en el Nilo por los
reyes Horus de Egipto en rituales astronómicos que
remedaban el aparente paso del Sol a través de la Vía
Láctea, contrapunto celeste del río Nilo. Abajo: Vista
aérea de la meseta de las Pirámides de Gizeh.
Página 170
Arriba: La Segunda Pirámide, vista desde lo alto de la Gran Pirámide un mes antes del equinoccio de primavera.
El Sol se pone en dirección oeste-suroeste. Abajo: Vista de las Pirámides de Gizeh desde el sureste.
Página 171
Arriba: Pirámide escalonada de Zoser en Saqqara, presuntamente la más antigua gran construcción de Egipto.
No obstante, los resultados de dataciones al carbono efectuadas recientemente sobre ingredientes orgánicos del
mortero de la Gran Pirámide (véase apéndice V) indican que la Gran Pirámide puede ser más antigua que la de
Zoser, sugerencia que da al traste con la cronología determinada por la egiptología ortodoxa. Abajo: Las
pirámides «Comba» y «Roja» de Dashur en silueta.
Página 172
Arriba: Estas inscripciones, que tienen más de 4000 años, fueron grabadas en las paredes de la cámara sepulcral
de Unas, último faraón de la V dinastía. Forman parte de un cuerpo de escritos conocidos por «Textos de las
Pirámides», que contienen complejas anotaciones astronómicas que han sido erróneamente intepretadas por los
egiptólogos, y referencias al remoto «Tiempo Primero», Zep Tepi, en que los dioses establecieron su reino en
Egipto. Abajo: La Piedra de Shabaka, fotografiada en el Museo Británico. Esta reliquia, cubierta de textos
jeroglíficos, es indispensable para la reconstrucción de la época perdida del «Tiempo Primero».
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Arriba: Lista de reyes de Abydos, en el templo de Seti I en Abydos. El faraón Seti I muestra a su hijo Ramsés II la
lista de todos los faraones que habían gobernado Egipto antes que ellos. En la pared de enfrente hay una lista de
los dioses que gobernaban Egipto, que se remonta al remoto «Tiempo Primero». Al igual que los Textos de las
Pirámides, los Textos de Shabaka y los Textos de la Construcción de Edfu, la lista indica que la civilización del
antiguo Egipto era considerada como un legado otorgado por los «dioses» miles de años antes del comienzo del
período histórico reconocido. Abajo: Tapa «osiriforme» de sarcófago que se exhibe en el Museo de El Cairo, en
la que Isis aparece en forma de milano fecundado por el momificado Osiris. El fruto de esta unión fue Horus,
arquetipo de todos los «reyes-Horus» del antiguo Egipto.
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Relieve de Abydos en el que aparece Osiris, divinidad suprema del Tiempo Primero, momificado y sentado,
asistido por Horus, su hijo. En la mano derecha, Horus sostiene el ankh, símbolo de la inmortalidad.
Descifremos este supuesto «abracadabra místico» con la correspondiente clave
astronómica:
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1. El «lugar en el que nacen los dioses [es decir, las estrellas]» es una dirección
específica en la que podemos observar a Horakhti: el horizonte oriental… por
el que aparecen todos los cuerpos celestes.
2. También se expresa claramente la época del año en la que hemos de hacer
nuestras observaciones: los llamados «cinco días epagómenos» o los «cinco
días sobre el año». Para entender esta referencia, sólo tenemos que recordar
que el antiguo calendario egipcio constaba de 360 días, más cinco días extra o
intercalares que ellos llamaban «los días sobre el año» (epagomenae en
griego). Se decía que durante estos cinco días habían nacido cinco neters o
dioses, a dos de los cuales —Osiris e Isis— los egipcios identificaban con las
constelaciones de Orion y la estrella Sirio (llamada también Sothis).
3. Por último, los Textos de las Pirámides especifican también el momento del
día en el que hay que observar el cielo: el amanecer, evidentemente, que es
cuando se dice que tuvo lugar el nacimiento de los dioses:
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como queda dicho en el capítulo anterior, el comienzo de la inundación anual del
Nilo, la «Gran Inundación» que fecundaba la tierra[406].
Una vez asumido plenamente este contexto geográfico y cosmológico, podemos
ver exactamente qué era lo que los autores de los Textos de las Pirámides trasladaban
de la tierra al cielo cuando decían que, en aquel tiempo, la aparición de Horakhti al
amanecer coincidía con el comienzo de la «gran inundación»:
La Corriente Sinuosa está inundada, para que por ella pueda ser
transportado al horizonte, a Horakhti… Ra me ha llevado consigo, al
cielo, a la parte oriental del cielo, porque soy este Horus, el Morador
del Duat, esta estrella que ilumina el cielo [que] es mi hermana
Sothis…[407]
Éste es Horus que ha venido del Nilo…[408]
Llevan remando a Horus, llevan remando a Horus en la procesión
de Horus, en la Gran Inundación. Las puertas del cielo se abren, las
puertas del firmamento se abren para Horus del Este al amanecer…
[409]
También el pasaje 1172 habla de «la Gran Inundación que está en el cielo» en la
región del Duat.
En resumen, pues, en lugar de ser «abracadabras», los Textos de las Pirámides
explican que durante la época de su composición, alrededor de 2500 a. C., la salida de
Horakhti al amanecer coincidía con el solsticio de verano, y con la estación de la
inundación, en el momento en que el Duat —el reino celestial de Osiris-Orión—
ocupaba la parte oriental del cielo. De los textos podemos deducir también que Ra, el
disco solar, se unía o fundía con Horakhti al mismo tiempo. Así lo explica claramente
la siguiente lectura: «Ra me ha llevado consigo al lado este del cielo, porque soy
Horus, el “Morador del Duat”».[410]
Es decir, lo que hemos de buscar, a fin de identificar a Horakhti con seguridad, es
una conjunción astronómica durante el solsticio de verano en la Edad de las
Pirámides en la que el Sol y otro cuerpo celeste importante ocuparan el mismo lugar
en el horizonte oriental.
Como veremos en el capítulo siguiente, las simulaciones con ordenador nos
facilitan el medio para buscar esta conjunción. También nos permiten revivir el drama
de los reyes-Horus del antiguo Egipto cuando participaban en un ritual
extraordinario, representando eventos celestiales observados por los sacerdotes
astrónomos de Heliopolis en su horizonte del este y reflejados en el «Horizonte»
artificial del oeste en Heliópolis, es decir, entre los vastos y eternos monumentos de
la necrópolis de Gizeh.
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CAPÍTULO X
HENRI FRANKFORT,
Kingship and the Gods, 1948
HENRI FRANKFORT,
Kingship and the Gods, 1948
Toda la fuerza, el afán y la misma razón de ser del Estado faraónico eran las de
proporcionar el marco ceremonial que permitiera al Rey-Horus emprender una
especie de búsqueda sobrenatural, un viaje hacia atrás en el tiempo a los reinos
terrenales y cósmicos de su «padre» Osiris. Ésta era realmente la búsqueda suprema
del faraón en vida, y al término de ésta estaba el Santo Grial supremo, en la forma del
cuerpo astral de Osiris, que el rey sólo podía encontrar después de vencer muchos
peligros, dificultades y pruebas, y experimentar muchos milagros y terrores, fina vez
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en presencia de Osiris, el buscador le rogaría que «volviera a salir» y concediera la
inmortalidad no sólo a él sino a toda la tierra de Egipto.
Este gran ritual debía ser practicado por cada Rey-Horus (quizá, incluso, cada
año) en el momento de la «salida de Orion».
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la IV dinastía… era en extremo remoto, fueron mantenidas con esmero
e imitadas escrupulosamente durante las dinastías sucesivas… Las
fórmulas que se declaraba que habían sido recitadas durante tales
ceremonias eran escritas y copiadas durante docenas de
generaciones…[415]
Así pues, el énfasis que se ponía en la persona del rey se debía a que se le veía como
el eslabón entre los dos Duats, el del cielo y el de la tierra, cada uno de los cuales se
consideraba que contenía el «reino de Osiris» tal como era en el «Tiempo Primero»
original. Por consiguiente, los grandes «viajes» de Horus tenían lugar tanto en el cielo
como en la tierra y discurrían, por así decir, en paralelo. He aquí cómo, al parecer, se
había concebido el drama:
1. En el cielo, el Rey-Horus era el «hijo del Sol» y tenía que seguir el camino
del disco solar, cruzar el «río cósmico» en la barca solar y llegar a la puerta
que daba entrada al Duat celestial de su «padre Osiris» en el horizonte
oriental[416]. Entonces tenía que viajar por uno de los «caminos» hasta
Rostau, centro del Duat, donde (entonces y ahora) se encuentran las tres
estrellas del cinturón de Orion.
2. En la tierra, el Rey-Horus era el «hijo de Osiris» corpóreo y tenía que seguir
el camino terrenal, cruzar el Nilo en la barca solar y llegar a la Puerta (la gran
Esfinge) que daba entrada al Duat terrenal de su «padre Osiris» en el
«horizonte» occidental, es decir, la necrópolis de Gizeh. Después tenía que
viajar por uno de los «caminos» a Rostau, centro del Duat, donde (entonces y
ahora) se encuentran las tres grandes Pirámides de Gizeh.
En ambos «viajes», el Rey-Horus tenía que ingeniárselas para pasar por una especie
de «puerta del tiempo» que le daba entrada a los reinos duales del Duat de Osiris —
es decir, Rostau-Gizeh— tal como eran recordados desde la mítica edad de oro de los
dioses:
De ello se infiere que los sucesos registrados en el cielo y en la tierra en las «duales
regiones funerarias de Osiris» fueron catalogados o «congelados» en un pasado
remoto, «el tiempo de los dioses», el tiempo de Osiris y Horus: Zep Tepi, el «Tiempo
Primero».
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También se deduce, como hemos visto en capítulos anteriores, la manera en la
que se dice que las regiones funerarias duales de Osiris se reflejan la una en la otra en
el momento del orto helíaco de Sirio, la «estrella de Isis», hermana-esposa de Osiris y
madre de Horus, evento astronómico que, a principios de la Edad de las Pirámides,
coincidía con la salida del Sol en el solsticio de verano (llamada «nacimiento de Ra»)
[419]. En este propicio momento, el Rey-Horus emprendía su viaje en pos de la
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44. Situación de la región celestial del Duat al amanecer, en distintas épocas del año, hacia 2500 a. C., Edad de
las Pirámides. Se creía que el Duat sólo se activaba en el solsticio de verano, a mediados de junio, cuando las
estrellas Orion y Sirio salían bellacamente. Unos setenta días antes de este momento crucial, el Duat se
encontraba «encerrado» bajo el horizonte y, en cierto sentido, directamente debajo de la necrópolis de Giza.
Ello nos incita a averiguar en qué lugar del cielo estaba la réplica celestial del
Rey-Horus, el disco solar, setenta días antes del orto helíaco de Sirio. Una vez más,
los Textos de las Pirámides nos dan la clave. Especifican que, en este momento, el
Rey-Horus solar se hallaba en las orillas de la Vía Láctea, disponiéndose a subir a la
barca solar[425]. Habida cuenta de que las observaciones astronómicas indicadas en
los textos se hicieron a mediados del tercer milenio a. C., intentemos descifrar la
descripción utilizando simulaciones de ordenador.
Sabemos que la «senda» del Sol (lo que los astrónomos llaman la eclíptica) pasa a
través de doce constelaciones en el transcurso del año: las constelaciones del
Zodíaco. Veamos, pues, en qué punto de su eclíptica estaría el Sol hacia 2500 a. C.,
setenta días antes del orto helíaco de Sirio. Vemos que estaría cerca de la cabeza de
Tauro (las Híades) en la margen derecha de la Vía Láctea[426].
¿No es posible que, en el rito o drama representado por el rey, este evento
celestial fuera la inspiración de la imagen del Horus cósmico disponiéndose a
«embarcar» en una «barca» cósmica con el dios Sol, a fin de cruzar una corriente de
agua (la «Comente Sinuosa» o Vía Láctea)?[427]
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Que cruces la Corriente de Agua Sinuosa… que pases al lado
oriental del cielo, que te sientes en el… horizonte…[431]
Él [Horus] sube a la barca como Ra en las orillas de la Corriente
de Agua Sinuosa…[432]
Si avanzamos por los cielos antiguos con nuestro ordenador, descubrimos que,
veinticinco días después de haber estado cerca de las Híades de Tauro, en la margen
derecha del río cósmico, el Sol ya ha «cruzado» la Vía Láctea y «navega» hacia el
este por la eclíptica en dirección a la gran constelación de Leo, que aparece en el
cielo como un enorme «león yacente». Ahora estamos a poco más de seis semanas
del solsticio de verano.
Los pontones de juncos del cielo se han tendido para que yo cruce
por ellos hacia el horizonte, a Horakhti… al lado oriental del cielo…
Una llamada me ha hecho Ra… porque soy Horus, soy el Morador del
Horizonte…[433]
Las puertas del cielo se abren para Horakhti… las puertas del
cielo se abren al amanecer para Horus del Este…[434]
Ir a… Horakhti en el horizonte… en el lado oriental del cielo,
donde nacen los dioses.[435]
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45. Época hacia 2500 a. C., Edad de las Pirámides, setenta dias antes del solsticio de verano: el iniciado sigue el
viaje del Horus «solar», el disco del Sol, desde su posición en la «orilla» derecha de la Vía Láctea.
Traslademos ahora al Rey-Horus a la tierra y sigamos su viaje hasta el «Horus-en-
el-Horizonte» terreno. Nos referimos, naturalmente, a Hor-em-Akhet, la Gran Esfinge
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en el «horizonte» de Gizeh.
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46. Época hacia 2500 a. C., Edad de las Pirámides: el iniciado signe el viaje del Horas «solar», el disco del Sol,
hacia su conjunción con Régulo, la estrella central de Leo, en la madrugada del solsticio de verano. El ritual no
deja lugar a dudas de que la enigmática figura de Horakhti, a la que tantas veces se alude en los Textos de las
Pirámides, no es otra que la constelación de Leo.
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El camino alto y el camino bajo
Una vez hecha la elección, el Rey-Horus pide ser conducido a ver a su «padre» Osiris
en su forma astral. Un mediador o sacerdote se presenta ante Osiris y declara:
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47. Reino «astral» de Osiris en Rostan. Ilustración de la relación entre las tres Pirámides de Gizeh y las tres
estrellas del cinturón de Orión en Zep Tepi, el «Tiempo Primero».
48. Ilustración de Horus mostrando el camino al iniciado Rey-Horus, del lugar en el que se halla el «trono» de
Osiris en la Pirámide astral de la iniciación final.
No soy yo quien pide verte en esa forma tuya creada para ti; ¡oh
Osiris!, alguien pide verte en esa forma tuya creada para ti; es tu hijo
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quien lo pide… es Horus quien pide verte en esa forma… un hijo
amante…[443]
¡Oh Horus!, el Rey [tu padre] es Osiris, esta Pirámide del Rey es
Osiris, esta construcción suya es Osiris; entra en ella…[446]
Y sobre la identidad de la Pirámide-Osiris también arroja luz cierto pasaje del Libro
de lo que está en el Duat que habla de una misteriosa «zona» del Duat. «que mide
440 cubitos de largo y 440 cúbitos de ancho»[447]. ¿Puede tratarse de una
coincidencia, habida cuenta de que el cubito real egipcio equivale a 52 centímetros y
440 cúbitos son 230 metros, que esta medida sea igual a la de los lados de la base de
la Gran Pirámide?[448].
En cualquier caso, después de superar más pruebas y avalares, el Rey-Horus
viajero llega por fin donde se halla Osiris-Orión y lo encuentra inerte en el tenebroso
mundo inferior de su Pirámide. En este momento crucial, la función del viajero es
pedir a su «padre Osiris» que despierte y renazca, es decir, en términos de la dualidad
astronómica, que aparezca de nuevo por el este al amanecer como Orion: «¡Despierta
para Horus…! ¡Levántate…! Las puertas del Duat están abiertas para ti…
Espiritualízate… Que pongan para ti una escalera hasta el Duat, hasta donde está
Orion…»[449].
¿Dónde, entonces, podemos encontrar en las inmediaciones de la Esfinge, o
debajo de ella, las «dos vías» o los «dos caminos» de Rostau?
¿Y por qué debe elegir entre ellos el Rey-Horus?
Mundo subterráneo
Uno de los nombres antiguos de la necrópolis de Gizeh, era como hemos visto, el de
Akhet Khufu, completo: Kherit-Neter-Akhet-Khufu, traducido generalmente por
«necrópolis del Horizonte de Khufu». Sir E. A. Wallis Budge, en su diccionario de
jeroglíficos traduce Kherit-Neter por «cementerio, necrópolis»[450]. Ahora bien,
Selim Hassan señala que Kherit-Neter también puede significar «debajo o
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perteneciente a un dios»[451], Y Budge agrega que Kherit también es «estancia» y que
la raíz Kher significa «debajo», «inferior» o «hacia abajo»[452].
Además, como nos recuerda Hassan, Kherit «puede aplicarse al inframundo
(Duat), quizá en remoto recuerdo del concepto de Rostau como reino de Osiris en la
tumba»[453]. ¿Podrían estos matices encerrar algo más que un remoto recuerdo? Es
decir, ¿no es posible, como sugerimos ya en la primera parte, que debajo de la
necrópolis-«horizonte» de Gizeh haya una «estancia», quizá una red de cámaras y
pasadizos subterráneos?
En su Handbook of Egyptian Religion, el egiptólogo alemán Adolf Erman escribe
que: «el célebre lugar sagrado de Rostau, la puerta de los caminos, conducía
directamente al mundo inferior. Es posible que parte de este lugar sagrado se
conserve en el llamado templo de la Esfinge…»[454].
Por otra parte, R. O. Faulkner, traductor de los Textos de las Pirámides,
comentando la palabra «Rostau» dice que es también «el término que designa una
rampa o tobogán para introducir el sarcófago en una tumba, extrapolado a una región
del más allá»[455]. El doctor I. E. S. Edwards dice también que la calzada que enlaza
un complejo de pirámides a su templo del Valle «se llamaba “lugar del arrastre” o
“entrada del arrastre” (Rostau) porque era el camino por el que eran arrastrados los
trineos que transportaban el cuerpo del rey muerto y sus objetos personales en el
funeral»[456].
Como recordará el lector, en la meseta de Gizeh se conservan restos de una
enorme calzada que unía el templo del Valle próximo a la Esfinge con la Pirámide
central. ¿No podría ser esta calzada o «camino» una de las «vías» que conducían a la
tierra interior de Rostau que se describen en los textos antiguos? Estas calzadas,
ahora en minas, eran en un principio túneles rectangulares cubiertos con losas de
piedra caliza y decorados con techos estrellados[457]. Un simbolismo que encajaría
bien en el contexto del viaje del Rey-Horus en busca de la forma astral de Osiris.
La calzada de la Esfinge discurre hacia el sur del monumento a nivel del hombro
y desde allí se eleva suavemente en dirección oeste hacia el gran «templo mortuorio»
que se levanta junto a la cara este de la Pirámide central de Gizeh. Esta calzada,
«seca» en todos los aspectos, podría ser el camino de Rostau «por tierra».
Pero ¿dónde podría estar el otro «camino», el «camino por el agua»? El Libro de
lo que está en el Duat puede darnos una pista importante. En este texto misterioso
hay una representación de la cámara del «Reino de Sokar» (Sokar-Osiris)
herméticamente cerrada, que es también la Quinta División del Duat. La imagen
muestra un túnel lleno de agua que pasa por debajo de las garras de una gran esfinge
(véase página 148). El túnel asciende suavemente y conduce a la Sexta División.
Es interesante observar, como hemos visto en la primera parte, que los geólogos
que exploraron las inmediaciones de la Gran Esfinge en los primeros años noventa
detectaron una gran cámara rectangular y otras «anomalías» en la roca situada debajo
de las garras de la estatua. También es interesante y bien sabido que a gran
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profundidad debajo de la Esfinge hay aguas subterráneas que desde tiempo
inmemorial se alimentan del Nilo por capilaridad[458].
Túnel
Soy heraldo del Año, ¡oh Osiris!, vengo por asuntos de tu padre
Geb [dios de la tierra]… a ti te hablo, yo te he hecho resistente…
«Calzada de la Felicidad» es el nombre de esta calzada al norte del
Campo de las Ofrendas. Levántate, Osiris, y encomiéndame a los que
guardan la «Calzada de la Felicidad» al norte del Campo de las
Ofrendas, como encomendaste a Horus a Isis el día en que la
fecundaste…[461]
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«calzada» subterránea que desde el templo de la Esfinge fuera hacia el noroeste
conduciría a la Gran Pirámide.
Entonces, ¿podría ser cierta la aventurada hipótesis de Kerisel?[464] ¿Podría
existir en Gizeh un sistema subterráneo semejante?
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49. Ilustración de la Gran Pirámide «cósmica» en la que se sitúa la estrella Sirio encima de la «puerta» del canal
dirigido a Sirio.
¿Debía, pues, el Rey-Horus entrar en la Gran Pirámide por debajo y subir a las
cámaras superiores de los canales estelares?
¿Y cuál podría ser la importancia del reciente descubrimiento de Rudolf
Gantenbrink, al que nos referimos extensamente en la segunda parte, de la misteriosa
«puerta» en el interior de uno de esos canales, precisamente el que apuntaba al
tránsito de Sirio por su meridiano en la Edad de las Pirámides?
Finalmente, ¿es coincidencia que en egipcio antiguo la palabra sba, «estrella»,
signifique también «portillón», «puerta plegable» y «gran puerta del cielo»?[468]
También sobre estas cuestiones demoraremos más conjeturas hasta la cuarta parte.
Por el momento, volvamos a la búsqueda para unir cielo y tierra —obteniendo con
ella el Grial de la inmortalidad— en la que participaron todos los reyes-Horus del
antiguo Egipto.
Habíamos dejado al Rey-Horus cósmico en el cielo, con el disco solar entre las
«garras» del león celestial, la constelación de Leo: el lugar marcado por la estrella
Régulo.
En la Edad de las Pirámides, Régulo salía aproximadamente a 28 grados este-
noreste[469]. Desde este lugar, pues, debe viajar el Rey-Horus del cielo —por uno de
los «caminos» de Rostau— hasta el cinturón de Orion.
Ahora volvemos otra vez al Rey-Horus en su forma terrena, que está en Gizeh, de
pie entre las garras de la Gran Esfinge.
Es el amanecer del solsticio de verano hacia el 2500 a. C., Leo aparece a 28
grados este-noreste. Inmediatamente, vemos que en la correspondencia cielo-tierra
algo no encaja.
La Esfinge mira al este exacto, no mira a Leo, su contrapunto celestial.
Y la calzada que une la Pirámide central al complejo de la Esfinge señala 14
grados este-sureste, es decir, muy a la derecha del lugar en el que se supone situado el
Rey-Horus cósmico, entre las garras de Leo, preparado para viajar a Rostau.
¿Por qué la imagen del cielo está «descentrada» en el horizonte oriental? O, más
propiamente, utilizando la terminología dualista, ¿por qué Hor-em-Akhet, Horus-en-
el-Horizonte —es decir la Gran Esfinge— no está alineado con Horakhti, Horus-del-
Horizonte, la constelación Leo? ¿Y por qué la calzada de la Esfinge no apunta al Sol,
a fin de «conectar» al Rey-Horus con su contrapunto solar cósmico?
Al parecer, hacia el 2500 a. C. hay en el solsticio de verano un curioso «desfase»
entre la tierra y el cielo. Además, recordará el lector que en el capítulo VIII hemos
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visto que esta sensación de distorsión de todo el esquema no se limita a la Esfinge y a
Leo, sino que abarca también a las tres grandes Pirámides de Gizeh.
Tal vez la solución del enigma ha estado siempre delante de nuestros ojos.
Inscrita en la estela de granito que la Esfinge tiene entre sus erosionadas garras —
estela que fue colocada allí en honor de Tutmosis IV, poderoso Rey-Horus de Egipto
— leemos esta impresionante retahila de títulos reales:
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50. Hacia 2500 a. C., Edad de las Pirámides: salida de Leo en el solsticio de verano. Se observará que la mirada
de Hor-em-Akhet, «Horus-en-el-Horizonte», es decir, la Gran Esfinge, no está alineada con Horakhti, «Horus-
del-Horizonte», es decir, la constelación Leo. El lector recordará que esta misma impresión de «divergencia»
entre las imágenes cielo-tierra en el solsticio de verano hacia 2500 a. C. se da también entre las tres grandes
Pirámides y las tres estrellas del cinturón de Orion.
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51. Solsticio de verano hacia 2500 a. C. Ilustración de la región del Duat, vista desde el Horizonte de Gizeh.
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52. «Reconstrucción» gráfica de la Esfinge con la estatua de un Rey-Horus, tal como se sabe que estuvo entre sus
garras, mirando al reflejo celestial del «Espléndido Lugar del Tiempo Primero» en el horizonte oriental.
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CUARTA PARTE
MAPA
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CAPÍTULO XI
LA ACADEMIA INVISIBLE
Los egipcios creían que en un principio su tierra
estaba gobernada por una dinastía de grandes
dioses, el último de los cuales había sido Horas,
hijo de Osiris y de Isis. Le había sucedido una
dinastía de seres semidivinos llamados
«seguidores de Horas» que, a su vez, cedieron el
puesto a los reyes históricos de Egipto.
SELIM HASSAN,
The Sphinx, El Cairo, 1949
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circulación como National Geographic y la serie Lost Civilizations, o Civilizaciones
Perdidas, título que se presta al equívoco, de Time-Life, dan la reconfortante
impresión de que la prehistoria de Egipto está bien comprendida, organizada,
clasificada y ubicada (James incluso nos remite a un lugar determinado del Museo
Británico, en el que, al parecer, nos aguarda una información concluyente: la «Sexta
Sala Egipcia», en la que se exhiben «herramientas primitivas hechas por los
habitantes de Egipto en el Paleolítico»)[474]. Análogamente, al otro lado del Atlántico,
como hemos visto en la Primera Parte, el doctor Peter Lecovara, conservador del
Museo de Bellas Artes de Boston, nos asegura que «miles de egiptólogos que han
trabajado durante cientos de años han estudiado este problema [la prehistoria de
Egipto] y la cronología está establecida con bastante firmeza. No nos aguardan
grandes sorpresas»[475].
Pero ¿está todo tan ordenado y resuelto como dicen los «peritos en la materia»?
¿Y podemos estar seguros de que realmente «no nos aguardan grandes sorpresas»?
A nuestro modo de ver, Lecovara, James y los otros muchos estudiosos que
comparten sus opiniones, harían bien en recordar el consejo de Labib Habachi, ya
fallecido, que fuera inspector general de Antigüedades del Gobierno egipcio, que en
1984 advirtió que «la egiptología es un campo en el que un descubrimiento fortuito
puede desmentir una teoría establecida»[476]. Por consiguiente, Habachi recomendaba
que los egiptólogos se abstuvieran de hacer «manifestaciones gratuitas» y fueran lo
bastante sinceros como para «salpicar sus comentarios de “probablementes” y
“quizás”»[477].
Ciertamente, no estarían de más unos cuantos «probablementes» y «quizás» al
hablar de los períodos predinástico y anteriores de la Historia de Egipto. A pesar de la
impresión que se ha transmitido al público, la verdad, tal como algunos estudiosos
reconocen, es que «a finales del siglo XX, los conocimientos de la prehistoria de
Egipto son todavía fragmentarios»[478].
Son palabras de Nicholas Grimal, profesor de egiptología de la Universidad de la
Sorbona en París, quien admite también:
El actual consenso en egiptología (del que difiere Grimal, por lo menos a este
respecto) no puede ofrecer teoría coherente alguna que explique esta «diversidad» y
«estanqueidad» de la prehistoria de Egipto o justifique la aparente discontinuidad
entre los períodos predinástico y dinástico. Ahora bien, los mismos antiguos egipcios
nos han dejado testimonios en los que quizá se halle la clave del misterio. Son
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testimonios que dan información detallada sobre un período que abarca muchos miles
de años antes de la súbita aparición del Estado faraónico hacia el 3000 a. C.
El único problema es que nadie está dispuesto a tomar en serio estos testimonios.
¿Será porque no encajan en el moderno consenso académico sobre la cronología
egipcia? Que decida el lector. De todos modos, como veremos más adelante, los
elementos de estos mismos testimonios, que sí concuerdan con las teorías vigentes,
son aceptados y tomados en serio por los egiptólogos.
Tres eras
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predinásticos, pero rechazan categóricamente la idea de que los «neters» y los
«Seguidores de Horus» catalogados en las listas de reyes (y a los que Manetho da
cierta preeminencia) pudieran ser individuos históricos. Por el contrario, la opinión
consensuada es que los neters, por ser «dioses» eran entelequias religiosas y que los
Shemsu Hor deben considerarse simples «reyes míticos» que gobernaban un no
menos «mítico reino».
Así pues, los académicos aceptan como historia sólo los pasajes de Manetho y las
listas de reyes que encajan con su teoría, es decir, los testimonios del Período
Dinástico a partir de Menes, y desestiman todas las referencias de los mismos
testimonios a tiempos anteriores y más misteriosos.
Por ejemplo, el profesor T. E. Peet, en su Cambridge Ancient History, agrupa
todas las fuentes del antiguo Egipto que hacen referencia a la cronología de los
«dioses» y los «seguidores de Horus» para desecharlas en bloque con este
comentario: «Desde el punto de vista histórico, poco puede sacarse en limpio de
esto»[484].
Análogamente, en Kingship and the Gods, detallado estudio del Estado faraónico,
el preeminente Henri Frankfort, profesor de antigüedad preclásica de la Universidad
de Londres, dice de los «seguidores de Horus»:
Altos iniciados
Nos parece obligado señalar que ésta no era la manera en que los antiguos egipcios
veían su propia historia. Para ellos, nunca hubo épocas míticas ni «nebulosas fuerzas
espirituales» que envolvieran el pasado lejano. Para ellos, en definitiva, los
«seguidores de Horus» y el ámbito geográfico en el que éstos habían «gobernado»
eran realidades incuestionables a las que se sentían ligados de manera directa e
indisoluble. Y es que, si tomamos en serio los relatos y tradiciones egipcios, los
«seguidores de Horus» nos parecen una estirpe de individuos reales, aunque
«innominados», cuyas funciones y deberes, como apuntaba el propio Henri Frankfort,
eran los de proveer de «fuerza espiritual» a la monarquía (aunque nunca de forma
«vaga» o «nebulosa»). Los relatos de los mismos egipcios inducen también a la
conclusión de que el cometido de estos «seguidores» pudo ser el de transmitir a
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través de los tiempos un cúmulo de conocimientos extraordinarios que se remontaban
al aún más misterioso «tiempo de los neteru» o «dioses».
En otras palabras, si partimos de las fuentes primarias disponibles, el esquema
general que se perfila es el de que los «seguidores de Horus» pudieran no haber sido
«reyes» en el sentido habitual de la palabra, sino individuos inmensamente poderosos
y sabios, unos altos iniciados cuidadosamente elegidos por una selecta academia que
se hubiera establecido en el sagrado solar de Heliópolis-Gizeh miles de años antes de
que empezara la Historia. Por otro lado, son muchos los indicios de que los antiguos
textos egipcios son válidos y que la civilización faraónica pudo deber su singular
chispa de genio a una «hermandad» semejante, asociada a una arcaica y selecta
academia.
¿Quiénes eran, pues, en realidad los Shemsu Hor y qué «seguían»?
Heliopolis —la antigua On o Innu— era el más antiguo centro religioso de Egipto y,
probablemente, del mundo. Estaba situada a unos veinte kilómetros al noreste de la
meseta de Gizeh y ya era vieja al comienzo de la época faraónica. Tradicionalmente,
está considerada fuente de los secretos de la inmortalidad astral que los constructores
de las Pirámides afirmaban haber heredado. Según ha demostrado recientemente el
profesor I. E. S. Edwards, el gran sacerdote de Heliópolis ostentaba el título de «Jefe
de los Astrónomos», y era distintivo de este dignatario una túnica ceremonial
sembrada de estrellas de cinco puntas[486].
53. Orión-Osiris mostrando el camino a sus «seguidores» los reyes-Horus, que son los guardianes de su reino
Duat en el Duat.
Página 204
estrellas, medir y registrar el paso del tiempo y atisbar en los misterios de las épocas.
También se sabe desde antiguo que estudiaban cuidadosamente el ciclo del Sol en su
perceptible circuito anual por la senda zodiacal. Más recientemente han aparecido
pruebas convincentes de que también seguían el mucho más largo ciclo cósmico del
«Gran Año», la «deriva» precesional de las estrellas producida por la «oscilación»
axial de la Tierra. Recordará el lector que este largo ciclo de 25 920 años era medido
por el lento desfile de las doce constelaciones zodiacales por el punto de la salida del
Sol en el equinoccio de primavera. En resumen, se creía que la «precesión de los
equinoccios», una sucesión de «Edades» astrológicas con una duración de 2160 años
cada una, había empezado a producirse después de una especie de «Big Bang»
espiritual y cultural llamado Zep Tepi, el «Tiempo Primero» de los dioses.
Observar y medir con precisión el ritmo de la precesión de los equinoccios es una
hazaña que sólo podía realizar un pueblo de talante científico, intelectualmente
avanzado y bien organizado, poseedor de una larga tradición de minuciosa
observación de los astros. Análogamente, las tres grandes Pirámides de Gizeh no
podían ser obra de un pueblo de tecnología primitiva, recién salido de la Edad de
Piedra, sino que, como señalan los historiadores de la ciencia Giorgio de Santillana y
Hertha von Dechend, estas obras «deberían convencernos de que entre bastidores
trabajaban hombres serios e inteligentes, que forzosamente tenían que utilizar una
terminología técnica»[487].
Nosotros sostenemos que en el Egipto prehistórico trabajaban entre bastidores
«hombres serios e inteligentes» y, al parecer, también mujeres, y apuntamos que uno
de los muchos nombres por los que se les conocía era el de «seguidores de Horus».
Apuntamos también que su propósito, al que sus generaciones se consagraron durante
miles de años con el rigor de un culto mesiánico, pudiera ser la ejecución de un gran
proyecto cósmico. Y tenemos indicios de que, en cierto modo, el lento desarrollo e
instrumentación de este plan exigía la exploración de dos «caminos» observables
seguidos por los cuerpos celestes a lo largo de los tiempos, «caminos», ambos,
marcados por la precesión axial de la Tierra:
Página 205
enigmático título porque éste describía precisamente lo que ellos hacían y
representaban. Sospechamos que eran astrólogos y astrónomos por excelencia que
habían seguido y marcado la posición del punto del equinoccio de primavera a través
de las épocas, desde el «Tiempo Primero» hasta el de los reyes históricos de Egipto.
Por último, proponernos la hipótesis de que, en un momento histórico,
predeterminado y bien definido, «escrito en las estrellas», los «seguidores de Horus»
pudieron haber tomado medidas para movilizar a los habitantes nativos de Egipto,
unirlos en un Estado teocrático y encauzar sus energías en la ejecución de un
proyecto cósmico en el que las grandes Pirámides de la orilla occidental del Nilo
desempeñarían un papel fundamental…
Página 206
CAPÍTULO XII.
SABIOS Y «SEGUIDORES»
La introducción a la primera memoria
cosmológica de Edfu revela la tradición de que
esta memoria contenía las «palabras de los
Sabios». Se dice que se creía que este libro
sagrado era una «copia de los escritos que hizo
Thoth según las palabras de los Sabios»…
E. A. E. REYMOND,
The Mythical Origin of
the Egyptian Temple, 1969
Página 207
en el siglo XX, empezaron a excavarse las ruinas de las grandes ciudades del «valle
del Indo», como Harappa y Mohenjo-Daro, que datan de hasta el 2500 a. C.[489].
En suma, a veces ocurre que ciudades y civilizaciones consideradas míticas (y,
por consiguiente, desprovistas de interés histórico) de pronto se materializan y salen
de la bruma del pasado para convertirse en realidades históricas.
¿Irá a ocurrir en Egipto algo parecido?
Guardianes de memorias
Entre otros pueblos, como los romanos y los griegos, mucho más próximos al antiguo
Egipto que nosotros, se consideraba axiomático que los faraones y sus sacerdotes
eran guardianes de detallados relatos de ciertos acontecimientos importantes que
habían tenido lugar hacía mucho, mucho tiempo. Es más, estos relatos habían sido
vistos y estudiados en la ciudad sagrada de Heliopolis por visitantes tan distinguidos
como Herodoto (s. V a. C.), el legislador griego Solón (640-560 a. C.) y su
compatriota, el científico Pitágoras (s. VI a. C.).[490] En las crónicas de estos visitantes
se basaba la impresión que los griegos tenían de Egipto, que Platón expresa así[491]:
Hemos mencionado ya con frecuencia Zep Tepi, el «Tiempo Primero» de los dioses,
supuestamente mítico, una época remota que los antiguos egipcios asociaban con el
origen de su civilización. Y en el capítulo anterior hemos visto que la legendaria
Historia de Manetón y varias inscripciones conocidas como listas de reyes nos
remiten también a una lejana edad de oro en la que los dioses y, después, los
misteriosos «seguidores de Horus» gobernaban el valle del Nilo. Antes de que, en el
capítulo siguiente, nos adentremos en la inmensa cronología de la que hablan todas
las listas, nuestro objetivo aquí será contemplar los «muros de los templos» como
sugiere Platón, prestando especial atención a los llamados «Textos de la
Construcción» (hacia 200 a. C.) grabados en las paredes del templo de Edfu que se
levanta en el Alto Egipto a medio camino entre Luxor y Asuán. Estos textos, que
Página 208
contienen una serie de extraordinarias referencias al «Tiempo Primero», son
aceptados por los especialistas como los únicos fragmentos que se conservan de un
corpus de literatura cosmogónica —ya perdido— mucho más antiguo, vasto y
coherente, que constituía una completa «historia mítica» de Egipto, de sus dioses y de
los templos construidos en su honor[493]. En los textos, los «seguidores de Horus» son
equiparados y asimilados a otros seres «míticos», aparentemente divinos unas veces y
humanos otras, que siempre son retratados como dispensadores y conservadores del
conocimiento a través de los tiempos, una hermandad selecta consagrada a la
transmisión de la sabiduría y a la búsqueda de la resurrección y el nacimiento a una
vida nueva…
Huelga puntualizar que este «principio del mundo» del que se habla en los textos de
Edfu es sinónimo del «Tiempo Primero» llamado también «Temprana Edad
Primitiva». Descubrimos que, en esta época, las «palabras de los Sabios» eran
copiadas por Thot, dios de la sabiduría, en un libro que codificaba la situación de
ciertos «montículos sagrados» a lo largo del Nilo. El título de este libro, que se ha
perdido, era, según los textos, Especificaciones de los Montículos de la Temprana
Edad Primitiva, y se creía que contenía el registro no sólo de todos los «montículos»
Página 209
o templos menores, sino también del Gran Montículo Primitivo, el lugar en el que se
suponía que había empezado el tiempo[497].
Se plantean varios puntos de interés:
Página 210
… la primera era conocida por nuestras fuentes principales fue un
período que empezó a partir de lo que existía en el pasado. El tono
general de la memoria parece dar a entender que un mundo antiguo,
después de constituido, fue destruido y aquel mundo muerto fue la
base de un nuevo período de creación que en un principio fue la
recreación y resurrección de lo que había existido en el pasado[506].
Sabiduría y conocimiento
Según los Textos de Edfu, los Siete Sabios y otros dioses procedían de una isla[507], la
«Tierra de los Primitivos»[508]. Como queda dicho, los textos son categóricos en que
el agente que destruyó la isla fue una inundación. También nos dicen que el fin fue
súbito y que la mayoría de sus «divinos habitantes» se ahogaron[509]. Los escasos
supervivientes, al llegar a Egipto, se convirtieron en «Dioses Constructores, que
obraban en el tiempo primitivo, los Señores de la Luz… los Espíritus, los
Antepasados… que cultivaron la simiente para dioses y hombres… los Ancianos que
fueron en un principio, que iluminaron esta tierra cuando aparecieron unidos…»[510].
No se creía que estos seres extraordinarios fueran inmortales. Por el contrario,
una vez terminada su tarea, murieron y sus hijos ocuparon su lugar y celebraron ritos
funerarios por ellos[511]. De este modo, al igual que las generaciones de los
«seguidores de Horus», las de los «dioses constructores», «sabios», «espíritus» o
«señores de la luz» que describen los Textos de Edfu, podían renovarse
constantemente, pasando al futuro tradiciones y conocimientos procedentes del
mundo anterior. Realmente, las similitudes entre los «ancianos» de Edfu y los Shemsu
Hor de la tradición heliopolita son tan marcadas que se hace difícil sustraerse a la
conclusión de que ambas definiciones, y las otras muchas que existen, son todas
descripciones de la misma oscura hermandad.
Esta impresión se refuerza por las constantes referencias de los Textos de Edfu a
la «sabiduría de los sabios» (porque sabiduría es una de las características
definitorias de los «seguidores de Horus») y el reiterado énfasis que se pone en que
su don especial era el del conocimiento, conocimiento que incluía el de la
arquitectura, aunque no se limitaba a él[512]. También es de destacar que se decía de
los sabios que especificaban los planes y esquemas que debían ser utilizados para
todos los templos en el futuro, papel atribuido frecuentemente en otros contextos a
los «seguidores de Horus». Por ejemplo, el templo de Dendera (un poco al norte de
Edfu) tiene inscritos Textos de Construcción propios que dicen que el «gran plan»
seguido por sus arquitectos estaba «marcado en antiguos escritos heredados de los
“seguidores de Horus”»[513].
Página 211
Orígenes heliopolitas
Página 212
de cerca del templo de Edfu que dice que el templo fue construido «al dictado de los
Antepasados» de acuerdo con lo que estaba escrito en un determinado «libro» que
había «bajado del cielo al norte de Menfis»[524].
En cierto sentido, los monumentos cósmicos de Gizeh podrían considerarse una
especie de «libro» de piedra «bajado del cielo», porque, como ahora sabemos, las tres
grandes Pirámides son contrapunto terrestre de las tres estrellas del cinturón de Orion,
y la Esfinge refleja en la tierra la regia imagen de Leo, el león celestial.
Página 213
la piedra del vértice o pyramidion que coronaba todas las pirámides se llamara en
egipcio antiguo Benben y fuera considerada símbolo del pájaro Bennu (y, por
consiguiente, de renacimiento e inmortalidad)[528]. Estas piedras cimeras eran
réplicas de la piedra Benben original —quizá un meteorito cónico, «orientado»—[529]
del que se decía que había «caído del cielo» y que se conservaba en Heliopolis
encima de un pilar, en un templo llamado «Mansión del Fénix»[530].
54. Ilustración de la «Mansión del Fénix» en Heliópolis con la columna y la piedra piramidal Benben.
Por todo ello, ¿no es evidente que nos hallamos frente a una prieta trama de ideas,
en la que, para mayor complicación, se entretejen los hilos del dualismo egipcio, en el
que piedra significa «pájaro» y pájaro, «piedra»[531], y juntos hablan de renacimiento
y del «eterno retorno»?
Desde luego, en la Gran Pirámide de Gizeh falta la piedra cimera. Y el Benben de
Heliopolis ya estaba perdido para la historia en la época de los griegos…[532]
¿«Retornarán» también estos tesoros un día?
Dioses ancestrales
Página 214
Pero Tepi tiene otras acepciones. Por ejemplo, designa «la punta delantera de un
barco» y también puede interpretarse como «el primer día de un período». Además,
según el sagaz análisis de Robert K. G. Temple: «El significado básico de la palabra
Tep es “boca”… y, más fundamentalmente, el “inicio o comienzo de una cosa”»[534].
Quizá, a causa de esta persistente asociación con el principio de las cosas, Tepi
también puede significar «antepasados». Y los Tepi-aui-qerr-en-pet eran «los dioses
antepasados del círculo del cielo»[535]. También en los Textos de las Pirámides, Tepi-
aui es uno de los muchos títulos por los que eran conocidas las divinidades
ancestrales de la «temprana edad primitiva», esto es, los dioses y sabios o
«seguidores de Horus» que se supone que vivían en los albores de la civilización,
cuando el fénix se posó en lo alto del pilar de Heliopolis lanzando un gran grito y
poniendo en marcha el «tiempo» de nuestra actual época del mundo…
Curiosamente, el signo jeroglífico que representa el Tepi-aui es el cuerpo de un
gran león yacente del que sólo se ven las garras, el pecho y la cabeza, Y existe un
grafismo similar que representa una clase de seres parecidos, los Akeru, que el
Hieroglyphic Dictionary de Wallis Budge describe como un grupo de dioses a los que
se consideraba antepasados de Ra[536].
Recordará el lector de capítulos anteriores que uno de los rasgos distintivos de la
Quinta División del Duat es la presencia de un gigantesco dios-esfinge en forma de
doble león llamado Aker, el cual, según sugiere el egiptólogo Mark Lehner, podría ser
«una representación de la Esfinge de Gizeh»[537]. Puesto que el nombre de los Akem
se deriva de Aker, es natural que los jeroglíficos los describan en forma de leones
yacentes, leones que se dan la espalda o león de dos cabezas[538].
Así pues, los textos parecen invitarnos a atribuir características leoninas a los
«hombres o dioses de los viejos tiempos», a los «antepasados» y a los sabios. Pero
contienen también otra invitación cuando, como veremos en el capítulo siguiente,
asocian todo el concepto de dinastías ancestrales de dioses y espíritus a otra palabra
muy similar, Akhu, que significa, indistintamente, «los brillantes», los «hombres
estrella» o los «venerables». De este modo, nos conducen otra vez a la senda de los
«seguidores de Horus» y a la idea de que, durante un período de miles de años, que
abarca épocas prehistóricas e históricas, los miembros de una academia secreta
pudieran haber estado actuando entre bastidores en Egipto, observando las estrellas
con rigor científico y manipulando a los hombres y los hechos de acuerdo con una
pauta celestial…
Página 215
CAPÍTULO XIII
DIODORO SÍCULO,
Libro V, s. I a. C.
A estas alturas ya tendría que estar claro que los antiguos egipcios tenían ideas
muy concretas sobre la antigüedad y magnitud de su Historia, y que situaron el
«Tiempo Primero», el «evento génesis» de su civilización, muy atrás, en la que los
Textos de la Construcción de Edfu llaman «Temprana Edad Primitiva». Cuánto hace
que se produjo aquel evento es una pregunta difícil de responder, porque la mayoría
de los textos que se conservan —las listas de reyes, fragmentos de la Historia de
Manetón y varios relatos de viajeros— están incompletos y son contradictorios.
Además, nos vemos obligados a abrirnos paso a través de una densa selva de
términos —Sabios, Antepasados, Espíritus de los Muertos, «seguidores de Horus»,
etc.—, lo que dificulta la tarea de hacernos una composición de lugar. A pesar de
todo, veamos lo que podemos entresacar de estas antiguas fuentes. A ver si
conseguimos resolver este rompecabezas…
Los brillantes
Entre las pocas listas de reyes que han llegado a nuestros días, el llamado «papiro de
Turin» bucea profundamente en el oscuro abismo del pasado. Lamentablemente, más
de la mitad del contenido de este frágil documento del segundo milenio a. C. se
perdió, a causa de la brutal incompetencia con que fue tratado por los estudiosos que
lo trasladaron (en una lata de galletas) de la colección del rey de Cerdeña a su actual
emplazamiento en el Museo de Turin[539]. De todos modos, los fragmentos que se
conservan ofrecen sugestivos atisbos de una cronología asombrosa.
Página 216
De estos fragmentos cabe destacar un registro vertical muy deteriorado que
consignaba los nombres y reinados de diez Neteru o «dioses». Aunque en la mayoría
de casos falta o es ilegible la inscripción que especifica la duración de aquellos
reinados, se lee el número 3126, años que se atribuyen al reinado de Thot, dios de la
sabiduría, y el de los 300 años correspondientes a Horus, el último rey de Egipto
plenamente «divino»[540]. Inmediatamente después viene un segundo registro vertical
dedicado a los «seguidores de Horus» —los Shemsu Hor—, los más preeminentes de
aquella raza de seres llamados indistintamente «Antepasados», «Sabios» o
«Espíritus» que los egipcios recordaban como eslabones entre el tiempo de los dioses
y el tiempo de Menes (el que se supone primer rey de la primera dinastía histórica,
hacia 3000 a. C.)[541]. También falta gran parte de este registro, pero las dos últimas
líneas, que parecen representar un resumen, revisten especial interés: «Los Akhu,
Shemsu Hor, 13 420 años; reinados antes de los Shemsu Hor, 23 200 años; total:
36 620 años»[542].
El plural «Akhu» se traduce normalmente por «venerables»[543]. No obstante,
como apuntábamos al final del capítulo anterior, un atento examen de todos los
significados que los antiguos egipcios daban a la palabra sugiere una posibilidad
mucho más interesante y que, de entrada, queda oculta por el carácter más general del
epíteto. Para ser exactos, los jeroglíficos de Akhu también pueden significar «Seres
Transfigurados», «Brillantes», «Seres Refulgentes» o «Espíritus Astrales», que
algunos lingüistas, comprensiblemente, identifican con las estrellas[544]. Y hay otros
matices que piden a gritos ser tomados en consideración. Por ejemplo, en el
prestigioso Hieroglyphic Dictionary de sir E. A. Wallis Budge se dan las siguientes
definiciones adicionales de Akhu: «brillar», «destacar», «ser sabio» e «instruido»[545].
Y Budge nos informa también de que con frecuencia la palabra se asociaba a «los que
recitan fórmulas»[546].
Nos parece que estos datos obligan a matizar el título de «venerables» que se
aplica a los «seguidores de Horas» en el papiro de Turin[547]. ¿No es posible que, más
que simplemente «venerables», lo que en este contexto quería definirse con la palabra
Akhu fuera unas gentes sapientísimas, aparentemente relacionadas con las estrellas o
interesadas en ellas, es decir, un grupo selecto muy versado en filosofía y
astronomía?
Abona esta idea el que en los textos antiguos con frecuencia se asociaba a los
«seguidores de Horus» con otra clase no menos ilustrada y «brillante» de seres
ancestrales llamados «almas de Pe» y «almas de Nekhen»[548]. Pe y Nekhen eran
lugares geográficos reales de Egipto, situados, el primero, en el norte y, el segundo,
en el sur[549]. Ahora bien, como ha confirmado el profesor Henri Frankfort, las
«almas» de ambos lugares eran designadas frecuentemente con el título colectivo de
«almas de Heliópolis»[550], las cuales se decía que ayudaban al Rey a subir al cielo,
función desempeñada normalmente por las almas de Nekhen y Pe… Un relieve
Página 217
muestra a las almas de Pe y Nekhen en el momento de cumplir con este cometido,
mientras que el texto las llama «almas de Heliopolis»[551].
Generalmente, se admite que el término «alma» —ba— era revestido por los
antiguos egipcios de atributos estelares relacionados con la noción de la vida eterna
en el Duat, a la que aspiraban todos los faraones históricos. Además, como señala
Frankfort acertadamente, los Textos de las Pirámides definen el papel principal de las
«almas» de Pe y Nekhen —y, por consiguiente, las «almas» de Heliópolis— como el
de asegurar que, cuando moría un faraón, estuviera «pertrechado» para ascender al
cielo y encontrar el camino hacia el cósmico reino de Osiris[552]. Esto coincide con lo
que sabemos de los sabios de Edfu y los «seguidores de Horus»: unos y otros, como
hemos visto, pueden identificarse con una única «hermandad», originariamente
heliopolita, de constructores de templos cuya tarea consistía en preparar e iniciar a las
generaciones de reyes-Horus, a fin de provocar la «resurrección» de lo que se
recordaba como «el mundo pasado de los dioses»[553].
Legado
La noción de que, miles de años antes de los faraones, pudiera haberse establecido en
Heliópolis una especie de alta escuela invisible que fuera la fuerza iniciadora de la
creación y desarrollo de la antigua civilización egipcia ayuda a explicar uno de los
mayores misterios que plantea la egiptología, el repentino y espectacular «despegue»
de la cultura faraónica a principios del tercer milenio a. C. El investigador
independiente John Anthony West, de cuyos descubrimientos geológicos en la
Esfinge damos cuenta en la primera parte, expone la cuestión con especial claridad:
Página 218
consideración. La civilización egipcia no fue «evolución», sino
legado[554].
¿Y no podrían haber sido los depositarios del legado, que transmitieron a los
faraones, al principio del Período Dinástico, aquellos individuos venerados y
reservados —los «seguidores de Horus», los Sabios, los Ancianos—, cuyo recuerdo
ronda las más arcaicas tradiciones de Egipto como un fantasma insistente?
Dioses y héroes
Hay, además del papiro de Turin, otros testimonios cronológicos que abonan la idea
de que en Egipto una «academia» antiquísima actuaba entre bastidores. Los más
destacados, como ya hemos visto, fueron compuestos por Manetón (literalmente,
«Verdad de Thot»), que vivió en el siglo III a. C. y fue gran sacerdote del templo de
Heliopolis[555]. Allí escribió su Historia de Egipto, ahora perdida, que, según
comentaristas posteriores, estaba dividida en tres partes que trataban,
respectivamente, de «los Dioses, los Semidioses, los Espíritus de los Muertos y los
reyes mortales que gobernaron Egipto»[556].
Al parecer, los «Dioses» gobernaron durante 13 900 años. Después, «los
Semidioses y Espíritus de los Muertos» —denominaciones de los «seguidores de
Horus»— gobernaron durante otros 11 025 años[557]. Entonces empezó el reinado de
los reyes mortales, que Manetón dividió en las treinta y una dinastías que aún hoy son
estudiadas y aceptadas por los eruditos.
Otros fragmentos de la Historia de Manetón sugieren también que, mucho antes
del comienzo del período histórico, con el reinado de Menes, estaban presentes en
Egipto seres importantes y poderosos. Por ejemplo, el Fragmento III, que se conserva
en la obra de George Syncellus, habla de «seis dinastías o seis dioses que… reinaron
durante 11 985 años»[558]. Y numerosas fuentes indican que Manetho cifraba en
36 525 años la duración total de la civilización de Egipto, desde el tiempo de los
dioses hasta la última dinastía de los reyes mortales[559].
Un número sensiblemente diferente, de unos 23 000 años, nos da el historiador
griego Diodoro Sículo, que visitó Egipto en el siglo I d. C. y habló con sacerdotes y
escribas. Según los relatos que se le hicieron: «En un principio, durante casi 18 000
años, gobernaron Egipto dioses y héroes… Dicen que los mortales reinan en su país
desde hace poco menos de 5000 años»[560].
Puente en el tiempo
Página 219
El examen de todos los datos cronológicos disponibles, situados en el contexto de
documentos relacionados con ellos, tales como los Textos de las Pirámides y los
Textos de la Construcción de Edfu, produce dos impresiones distintas. A pesar de las
divergencias y contusiones acerca del número exacto de años, y a pesar de la inmensa
proliferación de nombres, títulos y epítetos, está claro que:
En suma, está claro que los antiguos egipcios creían en la existencia de un «puente en
el tiempo» que unía el mundo de los hombres al mundo de los dioses, el hoy al ayer y
el «ahora» al «Tiempo Primero». También está claro que la responsabilidad del
mantenimiento de este «puente» se atribuía a los «seguidores de Horus» (por éste o
por cualquiera de sus otros muchos nombres). Y está claro que los «seguidores» eran
recordados como los depositarios de las tradiciones y secretos de los dioses, que
habían mantenido intactos, sin permitir ni el más pequeño cambio, hasta compartirlos
con las primeras dinastías de los reyes mortales de Egipto.
55. Resulta evidente que los antiguos egipcios eran conscientes de que en su historia obraba una cierta
«influencia» ejercida de modo constante durante muchos miles de años por un grupo de seres divinos y
semidivinos.
Página 220
Siguiendo el punto vernal
Página 221
CAPÍTULO XIV
COORDENADAS ESPACIO-TIEMPO
La mente ha perdido su agudeza, apenas
entendemos a los antiguos.
GREGORIO DE TOURS,
siglo VI d. C.
Página 222
casualidad el que la disposición de estos monumentos sobre el terreno coincida
exactamente con la situación en el firmamento de las dos estrellas más visibles de las
Híades?[563]
Nosotros sugerimos que nada de esto es accidental, que la «señal celestial» que
desencadenó el increíble programa de construcción de pirámides de la IV dinastía de
Egipto partió de la deriva precesional del punto vernal hacia la región de Híades-
Tauro y, por lo tanto, naturalmente, que las «Pirámides de las Híades» de Dahshur
fueron construidas primero.
Esta teoría da un motivo para la vasta empresa de construcción de pirámides de
la IV dinastía (que movió unos 25 millones de toneladas de bloques de piedra, más del
75 por ciento de toda la piedra que fue extraída y tallada para pirámide durante la
Edad de las Pirámides)[564]. Además, ello concuerda plenamente con los hallazgos
arqueológicos, que sugieren que las dos soberbias pirámides de Dahshur fueron
construidas por Sneferu (2572-2551 a. C.), fundador de la IV dinastía y padre de
Keops. En otras palabras, las pirámides Comba y Roja fueron construidas antes que
cualquiera de las grandes Pirámides de Gizeh[565], que es exactamente lo que cabría
esperar si la deriva del punto vernal hacia Híades-Tauro hubiera sido el resorte que
puso en marcha toda la empresa.
Pero hay algo más.
Viaje en el tiempo
Página 223
Pero en los Textos de las Pirámides, y en la disposición de los monumentos de
Gizeh —como en tantas otras cosas del antiguo Egipto que han llegado hasta nosotros
—, no todo es lo que parece. Los «seguidores de Horus» (y los posteriores sacerdotes
de Heliopolis), conocedores de los efectos de la precesión, debían de estudiar con
intensidad el fondo estelar en el equinoccio vernal y comprender que el «viaje» del
Sol hacia Horakhti-Leo, calibrado en este «momento determinante» del año, tenía
que ser, en definitiva, un viaje hacia atrás en el tiempo, a través de una sucesión de
«edades del mundo», desde la Edad de Tauro, hacia 3000 a. C. (cuando el Sol, en el
equinoccio vernal, aparecía sobre el fondo de la constelación de Tauro) hasta la Edad
de Leo, hacia 10 500 a. C., cuando el Sol, en el equinoccio vernal, salía sobre el
fondo del León celestial.
Así pues, cuando leemos en los Textos de las Pirámides que los «seguidores de
Horus» instan al Rey-Horus a viajar de Tauro a Leo, es posible que se refieran a algo
muy complejo y sofisticado. En otras palabras, es posible que, además de señalarle la
senda anual del Sol a través de las constelaciones como una especie de «senda del
tesoro» que el iniciado debía seguir en su camino hasta el pecho de la Esfinge, le
revelaran también el conocimiento de su lento movimiento hacia atrás en el
equinoccio vernal, quizá invitándole a emprender otra clase de viaje, contra la
corriente de la precesión y remontarse al «Tiempo Primero».
Esto es algo más que especulación. Como hemos visto al final de la tercera parte,
el viaje del Rey-Horus hasta el pecho de la Esfinge se iniciaba, en la Edad de las
Pirámides, en el solsticio de verano (porque en aquella época, era durante el solsticio
de verano cuando se producía la gran conjunción del Sol con Horakhti-Leo). Hemos
visto también, no obstante, que el iniciado que había seguido correctamente la «senda
del tesoro» trazado en los textos y había llegado a la Esfinge al amanecer del solsticio
de verano, de inmediato habría notado un curioso «desfase» entre cielo y tierra.
Habría observado, en particular, que la Esfinge miraba al este mientras que su
oponente celestial —Horakhti-Leo— aparecía en un lugar del horizonte situado unos
28 grados hacia el norte. También observaría que las tres grandes Pirámides de Gizeh
estaban situadas sobre el meridiano, mientras que sus oponentes del cielo, las tres
estrellas del cinturón de Orion, estaban muy bajas, en la zona suroriental del
firmamento matutino, muy a la izquierda del meridiano.
Dado el carácter eminentemente astronómico de su marco de referencia religioso,
el iniciado habría sentido sin duda el afán imperioso de «acoplar cielo y tierra», es
decir, disponer las cosas de manera que la Esfinge mirara directamente a Leo al
amanecer, al tiempo que las tres estrellas del cinturón de Orion se situaban encima
del meridiano, según el esquema «exigido» por la situación de las Pirámides en el
meridiano. De este modo, los monumentos serían realmente «la imagen del
cielo»[566] —tal como enseñan las viejas doctrinas herméticas— y la tierra de Egipto,
«que en tiempos fue santa, una tierra que amaba a los dioses, la única en la que los
Página 224
dioses se dignaban morar en la tierra», podría volver a ser lo que ya había sido, «la
maestra de la Humanidad»[567].
Pero ¿cómo podía esperar el Rey-Horus llegar a unir cielo y tierra?
Para ello tendría que ser capaz de utilizar la precesión —presumiblemente, como
simple instrumento intelectual— para viajar hacia atrás en el tiempo.
Y es que, como recordará el lector, hubo un tiempo en el que se produjo una
conjunción celestial única, en la que coincidían el momento del amanecer, la
constelación de Leo y el tránsito meridiano de las tres estrellas del cinturón de Orion.
Ello se produjo al comienzo de la Edad de Leo, hacia 10 500 a. C.[568], unos 8000
años antes de la Edad de las Pirámides.
El equipo necesario
Las Oraciones numeradas convencionalmente 471, 472 y 473 de los Textos de las
Pirámides contienen una información de índole extraordinaria. En vista de su
importancia, las copiamos íntegramente:
Página 225
—¿Cómo te ha pasado esto? —dicen los Akhus con sus bocas
prestas—. ¿Cómo es que has venido a éste el más noble de todos los
lugares?
—He venido a éste el más noble de los lugares porque: los
pontones de juncos del cielo fueron tendidos para Ra [el disco solar y
emblema del Rey-Horus] para que Ra pudiera cruzar [la Vía Láctea]
sobre ellos hacia Horakhti en el Horizonte…[569]
56. Ilustración de la singular conjunción astral que ocurrió al amanecer del equinoccio vernal en 10 500 a. C.
Al parecer, estas Oraciones describen una parte importante del viaje de iniciación
del Rey-Horus, una prueba de preguntas y respuestas basadas en ciencia astronómica
y envueltas en símbolos esotéricos. Los inquisidores son los «seguidores de Horas»
conocidos también por Akhus (los «venerables», los «brillantes», los «espíritus
transfigurados», etc.). Además, como era de esperar, el viaje cósmico del Rey-Horus
empieza en la región del cielo Tauro-Híades, en la margen derecha de la Vía Láctea y
sigue por la eclíptica hasta Leo, es decir, «Horakhti», en el horizonte. Aquí, en «éste
el más noble de todos los lugares», los Akhus le saludan —incluso él afirma haberse
convertido en Akhu— y le dan las instrucciones últimas que él necesitará para
completar su búsqueda.
Lo que debemos tomar en consideración es la posibilidad de que estas últimas
instrucciones pudieran haber «aprestado» al Rey-Horus para hacer el necesario viaje
Página 226
al pasado, al «Tiempo Primero» y al cósmico Reino de Osiris, en el que cielo y tierra
estaban unidos en perfecta armonía.
Unificación
Recordará el lector que en el capítulo anterior hemos visto que de los «seguidores de
Horus» se decía que poseían «un conocimiento de origen divino» que fue utilizado
para «unificar al país». Por lo tanto, puede tener relación con esto el que numerosas
inscripciones y papiros se refieran a un hecho conocido por «la unión de las Dos
Tierras», un acontecimiento que se relata con elocuencia en los llamados Textos de
Shabaka (la «teología menfita») que hemos examinado en la tercera parte.
Los académicos coinciden en que la «unificación de las Dos Tierras» fue una
«federación» política y económica entre el norte y el sur de Egipto, resultado de la
conquista militar de este último por el primero, que se supone tuvo lugar hacia el
3000 a. C.[570]. Esta conquista, según nos informa T. G. H. James, «fue realizada por
un rey que la Historia conoce por el nombre de Menes. No existen monumentos
contemporáneos que muestren un nombre regio que pueda leerse con certeza como
Menes, pero en general se ha identificado con el rey Narmer que aparece en una gran
paleta [actualmente, en el Museo de El Cairo] tocado con las dos coronas, la roja y la
blanca (del norte y el sur de Egipto, respectivamente)»[571].
Ya hemos encontrado antes a Menes-Narmer (al que también se ha llamado «rey
Escorpión» por el símbolo que aparece en una arcaica maza)[572]. También hemos
observado la arbitrariedad de los egiptólogos que otorgan a este rey la condición de
auténtica figura histórica, mientras se descarta a sus predecesores (mencionados de
forma destacada en las listas de reyes y en la Historia de Manetón) como «personajes
míticos».
Los egiptólogos hablan con tanto desparpajo de «la consolidación política de
Egipto hacia el 3000 a. C.» y de la «unificación bajo el rey Narmer»[573] que no
parece sino que disponen de legajos y más legajos de antiguos tratados y otros
documentos históricos. Pero la verdad, como reconoce a medias el propio James, es
que nada se sabe a ciencia cierta del presunto primer faraón de la I dinastía. Por el
contrario, todo lo que leemos sobre él, incluida su identificación con «Narmer», es
especulación académica basada en interpretaciones personales de ciertas escenas —
algunas de las cuales representan batallas— que están grabadas en la llamada «Paleta
de Narrner» y en ciertas mazas votivas de Hierakonpolis (antigua capital religiosa del
sur de Egipto)[574].
En resumen, la afirmación de los egiptólogos de que «la unificación de las Dos
Tierras» se refiere a la unificación política del norte y el sur de Egipto bajo Menes se
funda en tres objetos sin inscripción alguna en los que están grabadas escenas que
podrían tener esta interpretación, pero también admiten otras muchas lecturas. Estos
Página 227
curiosos objetos nos dicen muy poco acerca del propio Menes-Narmer[575], y menos
aún de cuáles pudieran ser sus aspiraciones territoriales y políticas —o las de otro
cualquiera— hacia el 3000 a. C. Por consiguiente, el semilegendario o semihistórico
Narmer (o Menes o «rey Escorpión», elija el lector) es una especie de «rey Arturo»
de la egiptología. Y su supuesta «unificación de Egipto», velada también por la
confusión entre el mito y la historia, podría compararse a la confederación de la Tabla
Redonda[576].
Pero es que, además, la conclusión de que Menes-Narmer fue el primer
gobernante que se involucró en la «unificación de las Dos Tierras» choca con las
creencias de los antiguos egipcios. Sus testimonios y tradiciones dejan bien claro que
había habido anteriores «unificaciones» en el «tiempo de los dioses», todas las cuales
databan del reino de Osiris, en el «Tiempo Primero», dividido por Seth y reunificado
por Horus.
No creemos que estas alusiones a la «unificación» se refieran enteramente a cosas
que ocurrieron en la tierra. Aunque no discutimos que alrededor del 3000 a. C.
tuviera lugar alguna forma de unificación política, intuimos que en el dualista Egipto
no será posible comprender toda la cuestión sin tomar en consideración eventos del
cielo. Fundándonos en los trabajos realizados por la egiptóloga y arqueoastrónoma
Jane B. Sellers[577], nosotros sugerimos que la noción original de la «unificación» —a
la que se han asociado todas las tentativas posteriores para «unificar las Dos
Tierras»— tuvo algo que ver con la deriva precesional de las estrellas…
Página 228
Universidad de Londres opinaba que era «posible considerar la unificación de Egipto
no como resultado efímero de ambiciones en conflicto, sino como la revelación de un
orden predestinado»[580]. Y también estaba covencido de que «la monarquía dual,
centrada en torno a Menfis, hacía realidad un plan divino», que el orden social y
estatal establecido por Menes-Narmer era presentado «como parte del orden
cósmico»[581], y que Menes-Narmer, al erigirse en único gobernante del Alto y el
Bajo Egipto, realizaba «un acto que armonizaba con la tendencia de los egipcios a
entender el mundo en términos duales, “una serie de contrastes en un equilibrio
inalterable”…»[582].
Lo que Sellers pudo agregar a esto, fruto de sus estudios de la cosmología y las
observaciones astronómicas de los antiguos egipcios, es la idea de que los hechos que
ocurrían en la tierra estaban directamente condicionados por las observaciones del
firmamento, y también que lo que se observaba en el cielo se describía más o menos
exactamente en ciertos «mitos»:
La Edad de Oro a la que se refiere Sellers no es otra que Zep Tepi, el «Tiempo
Primero». Y las «penosas alteraciones del cielo» para cuya explicación cree la autora
que se creaban ciertos mitos, eran debidas al fenómeno de la deriva o precesión de la
gran constelación de Orion al alejarse del lugar que ocupaba en el «Tiempo
Primero»[584].
Es ésta una actitud audaz y peligrosa para una egiptóloga ortodoxa en otros
aspectos. No obstante, como veremos en los siguientes capítulos, Sellers podría
equivocarse al interpretar los mitos —expresión por la que ella entiende,
principalmente, los Textos de las Pirámides y la teología de menfita— como simples
relatos inventados por unos sacerdotes supersticiosos para «explicar» la deriva
provocada por la precesión. Hay que contemplar la posibilidad de que ciertos
elementos de estas antiguas tradiciones, y los monumentos y ritos indisociables de
ellos, pudieran haber sido creados deliberadamente como vehículos para transmitir un
enrevesado «mensaje» de una época pretérita, y por lo demás olvidada, a un momento
específico del futuro, desde el «Tiempo Primero» hasta un «Tiempo Ultimo»[585]
definido astronómicamente, quizá nuestra propia época. Quizá una y otra época así
enlazadas puedan ser datadas y descifradas con precisión, si se encuentra la clave
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adecuada. Y quizá podamos leer y entender el gran esquema cósmico que los
«seguidores de Horus» trataban de establecer…
¿Quién sabe lo que podría resultar?
Incluso podría surgir, en palabras de Giorgio de Santillana, «de aquel pasado
irremisiblemente superado y extinto, una especie de “Renacimiento”, si se
recuperaran ciertas ideas… No deberíamos privar a nuestros nietos de una última
oportunidad de optar a la herencia de los más esplendorosos y remotos de los
tiempos»[586].
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CAPÍTULO XV
Evangelio de
san Juan, 18, 36
PTAHOTEP,
gran sacerdote de la
Edad de las Pirámides
Según el relato de la Creación de los antiguos egipcios, Nut, diosa del cielo, y
Geb, dios de la tierra, estaban copulando cuando Shu, dios del aire, la atmósfera y la
sequedad, los separó bruscamente. No obstante, la unión dio fruto, en forma de Isis y
Osiris, Neftis y Seth. Y con el tiempo, como hemos visto, Osiris gobernó el reino del
«Tiempo Primero», fue muerto por Seth, resucitó y, finalmente, ascendió a los cielos,
donde estableció el «reino» cósmico del Duat. El lector recordará que en su
«renacimiento astral» desempeñó un papel crucial Horus, su hijo postumo alumbrado
por Isis, arquetipo de todos los reyes-Horus históricos del antiguo Egipto, el cual se
vengó de Seth y después reunificó el reino dividido.
Por lo tanto, podemos decir que, desde un principio, mucho antes de la llegada de
la monarquía «histórica» que se inicia con Menes-Narmer a comienzos del tercer
milenio a. C., los «dioses» habían trazado ya una especie de esquema cósmico para
establecer —o restablecer— en la tierra un «reino de Osiris» unificado.
Separación
En los Textos de Shabaka (que expresan la teología menfita) leemos que, después de
que Horus derrotara a Seth, Geb, que había sido el árbitro entre los «contendientes»,
convocó a los dioses.
Página 231
En un principio, se dio a cada uno poder para gobernar en su territorio: «Éstas son
las palabras de Geb a Horus [del norte] y a Seth [del sur]: “Os he separado” Bajo y
Alto Egipto… Entonces Horus gobernó una región y Seth gobernó una
región…»[587].
Pero posteriormente, como ha visto el lector en la tercera parte, Geb «dio a Horus
la herencia [de Seth]»: «Entonces Horus gobernó esta tierra. Él es el unificador de
esta tierra… Él es Horus, que se erigió rey del Alto y el Bajo Egipto, que unió las
Dos Tierras en [la región de Menfis], el “lugar” donde las Dos Tierras se
unieron…»[588].
La curiosa frase «os he separado» que pronunció Geb simboliza la «separación»
que él, a su vez, había tenido que sufrir de su consorte Nut, la diosa del cielo. En vista
de ello, ¿no deberíamos tomar en consideración la posibilidad de que las nociones de
«Alto Egipto» y «Bajo Egipto», aunque evidentemente en un cierto nivel se refieren a
las zonas geográficas sur y norte del país terrestre, pudieran, en otro nivel, aludir a
tierra y cielo?
Dobles
Hay en la teología menfita muchas cosas que sugieren que las zonas que
tradicionalmente se consideraban regiones sagradas de Osiris en el norte y el sur —
Abydos y Menfis— no tenían un significado puramente terrestre sino también
cósmico.
Se conserva, en particular, una metáfora relativa a la figura del gran «cuerpo» de
Osiris que «deriva» con las aguas del Nilo desde su santuario del sur, en Abydos,
hacia su santuario del norte, en la «tierra de Sokar», esto es, la necrópolis de Menfis
en general y la meseta de Gizeh en particular, donde sospechamos que el «cuerpo» de
Osiris yace tendido sobre la arena, bajo la forma de las tres grandes Pirámides…
Lo cierto es que esta misma figura de Osiris tendido en la margen occidental del
Nilo surge también en los Textos de las Pirámides, que dan una pista más: «Ellas [Isis
y Neftis] encontraron a Osiris… “cuando su nombre era Sokar”…»[589]. La frase
«cuando su nombre era Sokar» parece indicar claramente que el «cuerpo» de Osiris
se fundió con la tierra de Sokar, es decir, la necrópolis de Menfis, y que su imagen —
la imagen «astral» de la región celeste de Orion— fue de algún modo incrustada en
ella. Otros pasajes de los Textos de las Pirámides confirman la impresión de que esta
«imagen» ha de tener algo que ver con las Pirámides de Gizeh. Por ejemplo, en el
siguiente pasaje, el Rey-Horus dirige al «cielo inferior» al que él «descenderá, el
lugar donde están los dioses» ésta vehemente y críptica oración:
Página 232
Un favor que conceden Geb [la tierra] y Atón: que esta Pirámide y
Templo sean instalados para mí y mi doble, y que esta Pirámide y
Templo sean cercados para mí y mi doble…
Y el que toque esta Pirámide y este Templo que nos pertenecen a
mí y a mi doble, habrá tocado la Mansión [Reino]… que está en el
cielo…[590]
Excede del propósito de este libro el hacer una exposición detallada del concepto del
ka —el «doble», la esencia astral o espiritual de una persona o una cosa— y su
función en los credos del antiguo Egipto relacionados con la muerte. Mucha es la
confusión que se ha generado en torno a esLa importante cuestión[591]. Ahora bien, lo
menos que puede decirse es que el ka es un exponente más del dualismo que impera
en el pensamiento egipcio. Además, su empleo en el contexto de la oración citada nos
recuerda que la «imagen» de Osiris «cuando su nombre era Sokar» —es decir, la
necrópolis de las Pirámides de Menfis— debe considerarse en todo momento como
contrapunto de un «doble» cósmico o celestial. Y también ha de ser evidente que este
«doble» no es otro que el reino de Osiris en el Duat que, dicen los Textos de las
Pirámides, es «el lugar en el que está Orion». Como observa Margaret Bunson en
Encyclopaedia of Ancient Egypt: «Los kas… servían de guardianes de los lugares…
siempre se llamó a Osiris ka de las Pirámides…»[592].
Otros pasajes de los Textos de las Pirámides que confirman este criterio:
¡Oh Horus!, este rey es Osiris, esta Pirámide del rey es Osiris, esta
construcción suya es Osiris, trasládate a ella…[593]
Despierta [Osiris] para Horus… espiritualízate [es decir, hazte ser
astral]… Que tiendan para ti una escalera hasta el cielo, hasta el lugar
en el que está Orion…[594]
Vive, ten vida, sé joven… al lado de Orion en el cielo…[595]
¡Oh, Rey-Osiris, tú eres esta gran estrella, compañera de Orion,
que cruza el cielo con Orion, que «navega» en el Duat con Osiris…!
El enlace
Por extraño que pueda parecer, a pesar del evidente dualismo cielo-tierra y el fuerte
«sabor» astronómico de los Textos, sólo Jane B. Sellers[596] ha considerado
seriamente la posibilidad de que las referencias a la «unificación» de los reinos de
Osiris «alto» y «bajo» tengan algo que ver con la astronomía. El único egiptólogo que
se aproximó a tan heterodoxa opinión fue Selim Hassan, al observar que: «los
egipcios creían en la existencia de más de un cielo, probablemente superpuestos…
Varias líneas de los Textos de las Pirámides indican claramente que el “Alto” y el
Página 233
“Bajo” Egipto tenían cada uno su propio cielo… es decir, los dos cielos que
correspondían a las Dos Tierras del Alto y el Bajo Egipto»[597].
En su estudio monumental de la cosmología del antiguo Egipto, Hassan también
llama la atención hacia un curioso papiro, actualmente en el Museo del Louvre de
París[598], que sugiere que se consideraba que los «dos cielos» en cuestión eran «uno
para la tierra y el otro para el Duat»[599]. «Estos cielos plurales —escribe Hassan—
estaban superpuestos»[600].
Al hilo de estas teorías descubrimos que ideas similares se expresan en los Textos
de los Sarcófagos. En éstos se hace referencia a paisajes «altos» y «bajos» de los que
se dice que están asociados a los «dos horizontes» —uno en el este (el cielo) y el otro
en el oeste (la tierra, es decir, la necrópolis de Menfis)—[601]: «Abrios, ¡oh cielo y
tierra!, ¡oh horizontes del Este y del Oeste!, abrid vuestras capillas del Alto y el Bajo
Egipto…»[602].
El lenguaje de todos estos textos es exótico, está cargado del pensamiento dual
que era propio de la sociedad egipcia y que bien pudo ser el motor de sus grandes
realizaciones. Como hemos visto, en la Edad de las Pirámides la gigantesca «imagen»
de Osiris parece haber sido físicamente definida en el suelo con la creación del
paisaje «bajo» de las Pirámides de Menfis, hecho al que se alude en los Textos de las
Pirámides con la clara metáfora: «cuando tomó el nombre de Sokar». Análogamente,
no debe sorprender que en los mismos textos se haga referencia a la gigantesca
«imagen» de Osiris en el cielo mediante el mismo recurso metafórico, es decir,
«cuando tomó el nombre de Orion»: «Viene Horus, aparece Thot… levantan a Osiris
que yace de costado y lo ponen de pie… cuando tomó éste su nombre de Orion, largo
de pierna y de zancada, que preside sobre el “Alto” Egipto… Levántate, ¡oh Osiris!…
se te ha dado el cielo, se te ha dado la tierra…»[603]. Selim Hassan, una vez más,
aunque sin captar del todo la idea, comenta: «Esta línea demuestra que se dio a Osiris
el dominio del cielo y la tierra»[604].
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57. (Izquierda) El Duat de Osiris «con su nombre de Orion». (Derecha) El Duat terrestre de Osiris «con su
nombre de Sokar».
Pero está claro que se puede decir más. Estos «dominios» no eran vagos y
generales, sino que estaban definidos en el cielo por la figura de las estrellas de Orion
y estaban definidos en el suelo —en la tierra de «Sokar» (es decir, la necrópolis de
Menfis)— por la figura de las Pirámides.
Cabe preguntar si la primera «estación» importante del viaje de búsqueda del
Rey-Horus, a la que llegaría después de ser instado a «buscar el cuerpo astral de
Osiris», no sería, en su proceso de iniciación, el descubrimiento de que el cuerpo en
cuestión era una dualidad a la que sólo se podía llegar enlazando a Orion con la
forma de las Grandes Pirámides de la necrópolis de Menfis.
El lector recordará que el «viaje por el cielo» del Rey-Horus se iniciaba cuando la
posición del Sol en el Zodíaco (durante el año solar) se acercaba a la Híades, en la
«cabeza» de la constelación de Tauro, es decir, cuando parecía encontrarse en la orilla
de la Vía Láctea.
Si extrapolamos esta imagen celeste a la tierra, el Rey-Horus tendría que situarse
cerca de las pirámides «Comba» y «Roja» de Dahshur, a unos treinta kilómetros al
sur de Gizeh (pero todavía dentro de la vasta necrópolis de Menfis). Como hemos
visto en el capítulo anterior, al parecer, el desencadenante de la construcción de estos
dos monumentos de la IV dinastía pudo ser la lenta deriva procesional del punto
vernal hacia la región del cielo de las Híades de Tauro, en el tercer milenio a. C. Es
posible que, al construir estas pirámides (que se corresponden con las dos estrellas
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más brillantes de las Híades), el faraón Sneferu (2575-2551 a. C.) pretendiera marcar
la posición del punto vernal en su época.
Si así fue, tal como todo parece indicar, es probable que un Rey-Horus tan
iniciado como él supiera que «embarcándose» metafóricamente en la barca solar en el
equinoccio de primavera y cruzando la Vía Láctea estaría «navegando hacia atrás en
el tiempo» —a contracorriente de la precesión— y trasladando el punto vernal hacia
la lejana constelación de Leo.
Pero entonces, ¿por que ese énfasis de los textos en que Orión-Osiris se había
trasladado desde un lugar del lejano «sur» a su morada final de la necrópolis de
Menfis?
Fórmula secreta
Suponemos que, durante miles de años antes de la Edad de las Pirámides, cientos de
generaciones de sacerdotes astrónomos de Heliopolis habían tenido bajo constante
observación a la constelación de Orion, fijándose muy especialmente en el lugar de
su tránsito meridiano, es decir, la altitud sobre el horizonte a la que cruzaba el
meridiano celeste. Pensamos que de ello se guardaba constancia cuidadosamente,
quizá por escrito, quizá oralmente, en el antiguo lenguaje «mitológico» de la
astronomía precesional[605]. Y suponemos también que se observaba la lenta deriva
precesional de Orion, que debía de dar la impresión de que la constelación se
desplazaba lentamente hacia el norte por la «margen» occidental de la Vía Láctea.
Tenemos la hipótesis de que la imagen mítica del vasto cuerpo de Osiris
trasladándose lentamente hacia el norte, es decir, «derivando» en las aguas del Nilo,
puede ser una fórmula de terminología astronómica creada para describir los lentos
cambios del «domicilio» celestial de Orion ocasionados por la precesión. Como
recordará el lector, en la teología menfita se indica que esta deriva había empezado en
el sur, llamado simbólicamente Abydos (en términos arqueológicos, el «santuario»
más meridional de Osiris) y había llevado el «cuerpo» del dios muerto a un lugar del
norte llamado simbólicamente Sokar, es decir, la necrópolis de Menfis (el «santuario»
más septentrional de Osiris). Como hemos visto en la tercera parte, los Textos de
Shabaka nos dicen que, cuando llegó a este lugar:
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58. El lento desplazamiento precesional de Orion meridiano arriba entre 10 500 y 2500 a. C. hacía el efecto de
que la constelación, poco a poco, «derivaba» hacia el N siguiendo la Vía Láctea.
A la luz de lo que ahora sabemos, cuesta trabajo imaginar que la referencia a que
Osiris «entró en la tierra» (¿o bajó a la tierra?) pueda significar algo que no sea la
construcción física del «cuerpo de Osiris en la tierra», en la margen occidental del
Nilo, en forma de los grandes campos de pirámides de la vasta necrópolis de Menfis.
Puesto que Osiris es Orion, el deseo de conseguir este efecto explicaría sobradamente
por qué las tres Pirámides de Gizeh forman la misma figura que las tres estrellas del
cinturón de Orion. Además, puesto que sabemos que el objetivo explícito de la
búsqueda del Rey-Horus era no sólo el de encontrar el «cuerpo» astral de Osiris, sino
también encontrarlo tal como estaba en el «Tiempo Primero», no debería
sorprendernos que, como hemos visto en la primera parte, las Pirámides estén
colocadas en el suelo de acuerdo con el esquema inicial (es decir, en el punto «más
meridional») del semiciclo precesional ascendente (es decir, «hacia el norte») de
aquella constelación.
Por lo tanto, cabe preguntar si la búsqueda del Rey-Horus no tendría por objeto la
adquisición de conocimiento acerca del «Tiempo Primero», quizá incluso la
adquisición de conocimientos específicos de la remota época en que los dioses
habitaban la tierra.
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Hay en los Textos de las Pirámides varios pasajes que así lo sugieren. Por
ejemplo, dicen que el Rey-Horus debe «viajar aguas arriba», o sea que debe ir contra
el curso natural del «tiempo» a fin de llegar a Orión-Osiris en su posición del
«Tiempo Primero»:
Hay también un sorprendente pasaje en los Textos de los Sarcófagos que se refiere a
un «hechizo» o fórmula secreta que permite al difunto utilizar la «senda de Rostau»
en la tierra y en el cielo (es decir, la senda que conduce a la necrópolis de Gizeh en la
tierra y al cinturón de Orion en el cielo) a fin de «bajar a cualquier ciclo al que desee
bajar»:
Números especiales
Nos parece adivinar que la frase «bajar a cualquier cielo» indica la percepción —y
anotación— de los cambios ocasionados por la precesión en las posiciones de las
estrellas durante largos períodos de tiempo. Y percibimos también la implicación de
que si el iniciado elegido se hallaba provisto de la clave numérica exacta podría
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descubrir y visualizar la exacta posición de las estrellas en cualquier época que
eligiera, pasada o futura.
Una vez más, Sellers se destaca entre los egiptólogos por ser la primera en haber
mantenido unas ideas tan extravagantes en apariencia. Y escribe: «Es posible que
muy pronto el hombre incluyera números especiales en sus mitos; números que
parecían revelar a los iniciados un asombroso conocimiento del movimiento de las
esferas celestes»[612].
Dice Sellers que, al parecer, estos números eran resultado de un largo estudio
científico del ciclo de la precesión, de la medición de su ritmo y, asombrosamente,
«resultan en extremo próximos a los cálculos hechos con los sofisticados
procedimientos de hoy». Por curioso que parezca, hay indicios no sólo de que «estos
cálculos se hicieron y se sacaron conclusiones», sino también de que «fueron
transmitidos por medio de unas claves secretas accesibles sólo a unos pocos
escogidos»[613]. En resumen, concluye Sellers, «el hombre antiguo calculó un número
especial que él creía que haría retroceder este inquietante ciclo [de precesión] a su
punto de partida…»[614].
El «número especial» al que se refiere Sellers es el 25 920 (y sus múltiplos y
divisores) y representa la duración, en años solares de un ciclo precesional o «Año
Magno» completo[615]. La autora muestra cómo puede obtenerse este número a partir
de una variedad de simples combinaciones de otros números —5, 12, 36, 72, 360,
432, 2160, etc.— extraídos, a su vez, de observaciones exactas de la precesión. Y, lo
que es más, Sellers demuestra que esta peculiar secuencia numeral aparece en el mito
de Osiris, en el que se dice que «72 conspiradores» participaron con Seth en el
asesinato del Rey-Dios[616].
Como se demostró en Fingerprints of the Gods, el movimiento aparente del Sol a
través de los signos del Zodíaco en el equinoccio vernal se produce a razón de un
grado cada setenta y dos años. Por consiguiente, el punto vernal tardará, en recorrer
treinta grados, 2160 años; sesenta grados, 4320 años, y el ciclo completo de
trescientos sesenta grados, 25 920 años[617].
Y resulta curioso que, como el lector ha visto en la primera parte, la Gran
Pirámide incorpore constancia de estos números precesionales, ya que sus principales
dimensiones (altura y perímetro de la base) parecen calculadas como modelo
matemático del radio polar y de la circunferencia ecuatorial de la Tierra a escala 1:
43 200, siendo 43 200 el producto de multiplicar 72 por 600. Por lo tanto, este
singular monumento no es tan sólo un modelo a escala de un hemisferio de la Tierra
sino que, además, la escala se ajusta a un «número especial» derivado de uno de los
movimientos clave de la misma Tierra, es decir, el índice de su precesión axial.
En resumen, parece que el mito de Osiris y las dimensiones de la Gran Pirámide
encierran conocimientos secretos. Con estos conocimientos secretos, si quisiéramos
fijar una fecha concreta —pongamos, 1008 años en el futuro— y comunicarla a otros
iniciados, podríamos hacerlo por medio del «número especial» 14 (72 × 14 = 1008).
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También tendríamos que especificar el «punto cero» a partir del que deberían hacer
sus cálculos —es decir, la época presente— y ello podría hacerse mediante una
especie de indicador simbólico o matemático que nos dijera dónde está actualmente
el punto vernal, a saber, saliendo de Piscis y entrando en Acuario.
Un ejercicio similar puede hacerse a la inversa. Siguiendo la eclíptica en
dirección este, podemos «hallar» (calcular, deducir) dónde estaba el punto vernal en
cualquier época pasada. Por consiguiente, si hoy deseáramos utilizar la clave
precesional para dirigir la atención hacia la Edad de las Pirámides tendríamos que
revelar a otros iniciados el «número especial» 62,5 (72 × 62,5 = 4500 años atrás =
2500 a. C. aprox.). Nuevamente, podríamos evitar toda ambigüedad por lo que se
refiere a la fecha cero desde la que habría que hacer los cálculos si encontráramos la
manera de indicar la actual situación del punto vernal.
Hemos visto que, al parecer, esto hizo Sneferu con las dos pirámides de Dashur,
que representan los dos lados de la cabeza del toro celeste, «domicilio» del punto
vernal en la época de este rey. Y en cierto modo, aunque con mucha más
especificidad y precisión, también podría ser esto lo que pretendían los constructores
de la Gran Pirámide cuando dirigieron los canales sur de las cámaras del Rey y de la
Reina hacia el tránsito por el meridiano de estrellas tan importantes como eran Orion
y Sirio hacia el 2500 a. C. Para dejar las cosas claras, nos parece que valdría la pena
investigar la posibilidad de que, al colocar unos «indicadores de tiempo» tan
evidentes y precisos, trataran de facilitar un inconfundible punto cero —hacia 2500 a.
C.— para unos cálculos que sólo podrían realizar los iniciados en los misterios de la
precesión que tuvieran la preparación necesaria para descubrir los portentos ocultos
en determinados «números especiales».
Observaremos de pasada que, si el Rey-Horus hubiera estado provisto del
«número especial» 111,111 y lo hubiera utilizado de la manera descrita
anteriormente, hubiera retrocedido en el tiempo (72 × 111,111 = 7999,99 años), casi
ocho mil años exactamente antes del 2500 a. C., o sea al 10 500 a. C.
Esto puede sonar a numerología amañada de la peor especie: «acomodar»
arbitrariamente un valor a una serie de cálculos, a fin de dar una «corroboración»
falsa a una fecha específica deseada (en este caso, la fecha de 10 500 a. C., o doce mil
quinientos años antes del momento presente, ya señalada en el capítulo III en relación
con la Esfinge y las Pirámides de Gizeh). Pero el caso es que el número 111,111
puede muy bien no ser un valor arbitrario. En todo caso, hace tiempo que se ha
reconocido que el principal factor numérico del esquema de la Gran Pirámide y
también del conjunto de la necrópolis de Gizeh es el número primo 11, entendiéndose
por número primo el que sólo es divisible por sí mismo para producir un entero. Es
decir, 11:11 = 1 (mientras que 11 entre cualquier otro divisor genera forzosamente
una fracción).
Lo curioso es la forma en que la arquitectura de la Gran Pirámide responde al
número 11 cuando se divide o multiplica por otros enteros. El lector recordará, por
Página 240
ejemplo, que la longitud lateral de poco más de 230 metros equivale a 440 cúbitos
reales egipcios, o sea, 11 veces 40 cúbitos[618]. Además, la relación altura-base es
7:11[619]. La relación de inclinación de los lados es 14:11 (tangente 51° 50’)[620]. Y la
relación de inclinación del canal sur de la Cámara del Rey, el que en 2500 a. C.
apuntaba al cinturón de Orion, es 11:11 (tangente 45°)[621].
Por lo tanto, cabe argumentar que la relación 11:11, que se integra con nuestro
«número especial» 111,111, puede considerarse una especie de clave matemática, o
«puerta de las estrellas» hacia el cinturón de Orion. Además, como veremos, un
desplazamiento de 111,111 grados «hacia atrás» por la eclíptica desde el «punto cero»
en Híades-Tauro, la cabeza del toro celeste, situaría el punto vernal «debajo» del león
cósmico.
¿Y no es precisamente este lugar, debajo de la Gran Esfinge, el que el Rey-Horus
es instado a investigar cuando se encuentra entre sus garras «con la boca presta» y se
enfrenta a las preguntas de los Akhus, cuyas enseñanzas le han traído hasta aquí? ¿Y
no parece probable que el «viaje de búsqueda» ideado por los «seguidores de Horus»
hubiera sido cuidadosamente concebido para aguzar el entendimiento del iniciado
obligándole a descifrar por sí mismo todas las claves hasta deducir que en algún lugar
situado debajo de la Gran Esfinge de Gizeh había algo (memoria escrita o plástica,
objetos, mapas o cartas astronómicas) que incidía en «el conocimiento de origen
divino», que tenía una importancia inmensa y que estaba escondido allí desde el
«Tiempo Primero»?
Estas preguntas nos recuerdan las doctrinas herméticas que transmiten una
tradición de Thot, el dios de la sabiduría, del que se decía que «había conseguido
entender los misterios de los cielos [y haberlos] revelado inscribiéndolos en libros
sagrados que después escondió aquí, en la tierra, a fin de que los buscaran las
generaciones venideras, pero sólo los encontraran los realmente dignos»[622].
¿Seguirán sepultados los «libros sagrados de Thot» o sus equivalentes en el lecho de
roca de la Gran Esfinge de Gizeh, y los buscarán allí todavía los «realmente dignos»?
Buscadores de la verdad
Página 241
«Tiempo Primero», el verdadero «génesis» de la portentosa civilización de
Egipto?
4. Al mirar las simulaciones de los cielos antiguos, ¿no estaríamos, en el
lenguaje de los textos funerarios egipcios, «bajando a cualquier cielo al que
deseáramos bajar»?
5. ¿Es casualidad que tantos de estos textos hayan sobrevivido durante miles de
años, o acaso sus autores se propusieron hacer que sobrevivieran
concibiéndolos cuidadosamente de tal manera que la naturaleza humana se
encargara de que fueran copiados y recopiados a través de los tiempos
(proceso que se reanudó con ahínco hace siglo y medio, cuando se descifraron
los jeroglíficos, con los Textos de los Sarcófagos, los Textos de las Pirámides,
el Libro de los Muertos, etc., que han sido traducidos y publicados en docenas
de lenguas modernas y hasta en CD-ROM)?
6. En otras palabras, ¿no es posible que, en nuestra lectura de los textos y
nuestro análisis de los ritos a los que estaban asociados, nos hayamos
tropezado con un mensaje de la más remota antigüedad que fuera concebido
no únicamente para la Edad de las Pirámides ni únicamente para los reyes-
Horus del antiguo Egipto, sino para todos los «buscadores de la verdad», de
cualquier cultura y cualquier época, que pudieran estar «prestos» a enlazar
textos y monumentos y observar los cielos de tiempos pasados?
Página 242
CAPÍTULO XVI
¿No podrían los vastos monumentos de la necrópolis de Gizeh, junto con los
antiguos textos y ritos asociados a ellos, haber sido ideados para transmitir un
mensaje de una cultura a otra, no a través de la distancia, sino a través del tiempo?
Los egiptólogos responden a estas preguntas poniendo los ojos en blanco y
sonriéndose burlonamente. Y es que no serían «egiptólogos» (o, por lo menos, no
podrían permanecer en la profesión durante mucho tiempo) si no reaccionaran con
desdén e incredulidad a la sugerencia de que la necrópolis podría ser más que un
cementerio, que la Gran Esfinge podría datar de mucho antes de 2500 a. C. y que las
Pirámides podrían no ser simples «tumbas reales». Igualmente, ningún egiptólogo
que se respete estará dispuesto a tomar en consideración ni por un momento la
descabellada idea de que en los monumentos pudiera estar cifrado un «mensaje»
misterioso.
Así pues, ¿a quién recurrir en busca de consejo al encontrarnos con lo que
sospechamos podría ser el mensaje de una civilización tan alejada de nosotros en el
tiempo, que resulta casi inimaginable?
Anticlave
Los únicos científicos que hoy trabajan activamente con estas cuestiones son los que
intervienen en el programa de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (Search for
Extraterrestrial Intelligence, SETI) que barren los cielos incansablemente en busca de
mensajes de civilizaciones lejanas y que, por consiguiente, han tenido que considerar
lo que podría ocurrir si un día llegaran a identificar un semejante mensaje. Según el
doctor Philip Morisson del Instituto Tecnológico de Massachusetts:
Página 243
De entrada, sabríamos muy poco de ello. Si recibiéramos tal
mensaje, no entenderíamos qué es lo que está llegando. Pero
tendríamos una señal inconfundible, bien estructurada y desafiante.
Los mejores se pondrían a descifrarla, y sería fácil, porque los que la
hubieran ideado, la habrían hecho fácil de descifrar, o ¿para qué
molestarse, si no? Esto es anticriptografía: «Voy a hacer un mensaje
para ti, que no tienes ni idea de cuáles son mis símbolos, ni claves, ni
pistas, y a pesar de todo vas a entenderlo…». Tendrían que llenarlo de
pistas y de señales inequívocas e ingeniosas…[623]
Página 244
comprensible posible. Pero ¿cómo? ¿Existe alguna especie de Piedra
de Rosetta interestelar? Creemos que hay un lenguaje común que
deben de tener todas las civilizaciones técnicas, por distintas que sean.
Ese lenguaje común es el de la ciencia y las matemáticas. Las leyes de
la naturaleza son las mismas en todas partes[625].
A nosotros nos parece que si realmente existe un antiguo «mensaje» en Gizeh tiene
que estar expresado en el lenguaje de la ciencia y las matemáticas al que se refiere
Sagan, y por las mismas razones que él aduce. Además, dada la necesidad de que siga
«transmitiendo» de forma coherente durante miles de años (y a través de abismos
culturales), creemos que el autor de tal mensaje se sentiría inclinado a utilizar la
precesión de los equinoccios, la única «ley de la naturaleza» que gobierna, mide e
identifica largos períodos de tiempo terrestre.
Vehículos duraderos
Las Pirámides y la Gran Esfinge de Gizeh son, por encima de todo, tan elegantes,
complejas, coherentes y extrañas como la inteligencia extraterrestre que se plantea
Sagan (extrañas por la escala portentosa, casi sobrehumana, de estas construcciones y
su extraordinaria y a nuestro entender aparentemente innecesaria precisión).
Además, volviendo brevemente a las observaciones del doctor Philip Morisson
que citamos más atrás, creemos que la necrópolis de Gizeh también está «llena de
pistas y señales inequívocas e ingeniosas»[626]. Realmente, nos parece que los
constructores de las Pirámides derrocharon un asombroso caudal de ingenio para
asegurar la minuciosa observancia de los cuatro requisitos fundamentales de un
mensaje «inequívoco»:
Página 245
mismas y contadas fuentes comunes[627]. Como hemos visto, estos textos son como el
software, a utilizar con el hardware de los monumentos, para seguir la ruta del Rey-
Horus (y todos los buscadores futuros).
Recordamos una observación hecha por Giorgio de Santillana y Hertha von
Dechend en Hamlet’s Mill, de que la gran fuerza de los mitos como vehículos de
información técnica específica reside en que son capaces de transmitir la información
con independencia de los conocimientos de cada narrador[628]. En otras palabras,
mientras se siga contando un mito con fidelidad, seguirá transmitiendo cualquier
mensaje subliminal que pueda esconderse en su estructura, aunque ni el que lo cuenta
ni el que lo escucha lo capten.
Eso sospechamos de los textos funerarios del antiguo Egipto. Nos sorprendería
que los dueños de muchos de los sarcófagos y de las tumbas en cuyas paredes se
copiaban sospecharan siquiera que a expensas suyas se copiaban observaciones
astronómicas e instrucciones específicas. A ellos los motivaba precisamente lo que
ofrecían los textos: el señuelo de la inmortalidad. De todos modos, al dejarse atraer
por el señuelo, ¿no estaban otorgando de hecho una especie de inmortalidad a los
textos en sí? ¿Acaso no se preocuparon de asegurar que se hicieran muchas copias
fieles, a fin de que por lo menos unas cuantas se conservaran durante muchos miles
de años?
Creemos que siempre hubo personas que comprendían la verdadera «ciencia de la
inmortalidad» relacionada con los textos y que podían leer las alegorías astronómicas
en las que anidaban secretos más profundos, inaccesibles para la plebe. Suponemos
que hubo un tiempo en el que se llamó «seguidores de Horus» a estas personas que
actuaban como una academia invisible entre los bastidores de la prehistoria y la
historia de Egipto, que su centro de culto más importante estaba en Gizeh-Heliópolis
y que eran las responsables de la iniciación de los reyes y del trazado de los planes.
También creemos que el reloj por el que se regían —y al que se acomodaba casi todo
lo que hacían— estaba en las estrellas.
Atisbos y recuerdos
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Atlántida), Proclo afirme que «la Gran Pirámide era utilizada como observatorio de
Sirio»[630].
Hasta la Edad Media parece haberse filtrado un vago recuerdo de que en Gizeh
pudiera haber un «mensaje» en clave astronómico. En cualquier caso, los cronistas
árabes de la época decían de la Gran Pirámide que era «un templo de las estrellas» y
con frecuencia la asociaban con el Diluvio bíblico que ellos situaban hacia el 10 300
a. C.[631]. En un escrito del geógrafo árabe Yakut al Hamawi (s. XI d. C.) se dice que
los adoradores de las estrellas de Harran, los sabíanos (cuyos «libros sagrados» se
supone que eran los escritos de Thot-Hermes), hicieron en aquella época
peregrinaciones extraordinarias a las Pirámides de Gizeh[632]. Se ha señalado también
que el mismo nombre de sabianos —en árabe Sa’Ba— se deriva casi con toda
seguridad de Sba, «estrella» en egipcio antiguo[633]. Y el lector recordará que en la
primera parte hemos visto que ya en el segundo milenio a. C. —es decir, casi tres mil
años antes de que Yakut al Hamawi relacionara en su escrito a los sabíanos con las
Pirámides—, peregrinos de Harran visitaban la Esfinge, a la que adoraban con el
nombre de Hwl[634].
En el siglo XVII, el matemático inglés sir Isaac Newton se interesó vivamente por
la Gran Pirámide y escribió una disertación sobre sus cualidades matemáticas y
geodésicas, basada en datos recogidos en Gizeh por el doctor John Greaves, profesor
de astronomía de Oxford[635]. Más adelante, en 1865, Charles Piazzi-Smyth,
astrónomo del Real Observatorio de Escocia, promovió una investigación de la Gran
Pirámide que, según él, era un instrumento de profecía que encerraba un mensaje
«mesiánico». Fue Piazzi-Smyth el primero en medir con exactitud y demostrar el
alineamiento polar y meridional del monumento, cuya precisión atribuyó a
observaciones de la antigua estrella polar Alfa Draconis[636].
Durante la primera mitad del siglo XX, una serie de astrónomos destacados —
Richard Proctor, Eugene Antoniadi, Jean Baptiste Biot y Norman Lockyer— trataron
reiteradamente de llamar la atención hacia las cualidades astronómicas de los
monumentos de Gizeh. Sus esfuerzos, no obstante, causaron escaso impacto en los
egiptólogos profesionales que para entonces creían haber «atado cabos» en lo
referente al significado intelectual de la necrópolis (era un cementerio), no entendían
nada de astronomía (y aseguraban que los antiguos egipcios tampoco), y
rutinariamente hacían causa común para desactivar, desacreditar o, simplemente,
desechar cualquier «teoría» astronómica que se apartara de su convención.
A pesar de este clima intelectual hostil, al final de nuestra propia investigación,
opinamos que la cuestión fundamental ya no es si los monumentos de Gizeh fueron
proyectados para expresar unos principios astronómicos y matemáticos clave, sino
por qué.
Nuevamente, la clave puede estar en los angostos canales estelares de la Gran
Pirámide.
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El lenguaje de las estrellas
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canal dirigido a Sirio [canal sur de la Cámara de la Reina] que se suma al de Orion
consolida la afirmación de que [ambos] tenían fines astronómicos»[640].
Instrumentos de la mente
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En la Edad de las Pirámides, el punto vernal estaba en Tauro y, como hemos visto,
el afinado que permite el ángulo de 45 grados del «canal de Orion» de la Gran
Pirámide, dirige la atención hacia la fecha del 2500 a. C. Sabiendo esta fecha, 4500
años antes del momento actual, podemos utilizar la precesión para calcular la
posición exacta del punto vernal, que, como recordará el lector, estaba cerca de la
cabeza de Híades-Tauro, sobre la margen derecha (u occidental) de la Vía Láctea.
El lector tampoco habrá olvidado que éstas son las «señas» que se dan en los
Textos de las Pirámides para el punto de partida del viaje cósmico del Rey-Horus
solar. Aquí es donde él recibe sus instrucciones de subir a la barca solar y «navegar»
por la Vía Láctea hacia el «horizonte», para reunirse con Horakhti. El rumbo del viaje
es, pues, hacia el este, es decir, hacia la izquierda del punto vernal. En términos de la
cronología del «Año Magno» de la precesión (no confundir con el año solar), esto
representa que el Rey-Horus se dispone ahora a retroceder en el tiempo hacia la Edad
de Leo-Horakhti y a un lugar específico de la eclíptica, «el Espléndido Lugar del
“Tiempo Primero”»… «este lugar, el más noble de los lugares»[642].
Pero ¿dónde está este lugar? ¿Cómo lo encontrará el Rey-Horus (el iniciado, el
buscador) en la franja de 2160 años y 30 grados que la constelación de Leo ocupa en
la eclíptica?
La respuesta es que tendrá que usar la medida de la altura del cinturón de Orion
en el meridiano para determinar el lugar exacto del punto vernal y, por consiguiente,
la fecha. Tendrá que deslizar mentalmente el cinturón meridiano abajo hasta su
«Tiempo Primero» y comprobar en qué medida esta operación ha «empujado» hacia
el este el punto vernal por la eclíptica.
Y ese lugar, el que fuere, es el destino celeste que los «seguidores de Horus» le
instan a alcanzar.
Y ese lugar, naturalmente, tendrá su contrapunto en la tierra, en Gizeh, en las
inmediaciones de la Esfinge de cuerpo de león.
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CAPÍTULO XVII
MANETÓN,
gran sacerdote egipcio,
siglo III a. C.
A la época del «Tiempo Primero», Zep Tepi, se la llama con frecuencia «Tiempo
Primero de Horus», «Tiempo Primero de Ra» y «Tiempo Primero de Osiris»[643].
Esta terminología indica que la posición del Sol (vernal) en la eclíptica que señalaba
el «Tiempo Primero» también estaba marcada —quizá sea más correcto decir
«controlada»— por la posición de Osiris-Orión en el meridiano.
Como hemos visto, la antigua hermandad de sacerdotes-astrónomos que
concibieron la Gran Pirámide, y posteriormente redactaron los Textos de las
Pirámides, eran conscientes de la lenta deriva precesional de Orion «hacia arriba»
—«hacia el norte», en el lenguaje alegórico de los textos— cuando la constelación
era observada en el meridiano durante largos períodos de tiempo. También sabían que
estaban «fijando» un lugar específico hacia el que el «cuerpo del dios» había
derivado (y una fecha específica en el tiempo, 2500 a. C. según nuestro calendario)
cuando apuntaron a los 45 grados del meridiano con el canal sur de la Cámara del
Rey. En otras palabras, sabían que las estrellas del cinturón ascenderían a mayor
altitud sobre el horizonte (que seguirían derivando hacia el «norte») en épocas futuras
y que, por otro lado, habían estado en altitudes menores (más «hacia el sur») en
épocas anteriores. El lector recordará que en el capítulo 1 se dice que el punto más
bajo (más «al sur») de todo el ciclo precesional del cinturón de Orion —el «Tiempo
Primero de Osiris» en términos alegóricos— se alcanzó en 10 500 a. C.
Misteriosamente, es la exacta disposición de estas estrellas en el cielo en aquella
Página 251
fecha la que está fijada en el suelo, con la figura que forman las tres grandes
Pirámides de Gizeh.
Fue el misterio de este perfecto encaramiento entre meridianos, así como la
alineación equinoccial de la Esfinge-cuerpo de león (y la gran antigüedad del
monumento que indican las exploraciones geológicas), lo que nos indujo a emprender
la presente investigación. Porque, si bien no discutíamos la datación de las Pirámides
que hace la egiptología ortodoxa, que las sitúa en la época del 2500 a. C., intuíamos
que su disposición, exacto reflejo de la situación del cinturón de Orion unos 8000
años antes, no era fruto de la casualidad.
Ahora estamos convencidos de que la casualidad no intervino. Después de
procesar los datos que se conservan en la vasta memoria del software de los textos
funerarios del antiguo Egipto, nos parece evidente que lo que se creó —o, mejor, lo
que se completó— en Gizeh en el 2500 a. C. fue una obra de dualismo cielo-tierra.
Era el modelo (a una escala colosal, concebida para que hiciera justicia al original
cósmico) del «reino» establecido por Osiris en el Duat del cielo en la época remota
«en la que tomó el nombre de Orion», es decir, en su «Tiempo Primero». Fue
también, para todos los tiempos, el «reino de Osiris» en la tierra, «cuando tomó el
nombre de Sokar» (en el Duat inferior, es decir, la necrópolis de Menfis).
Es posible que el plano de «planta» de las tres grandes Pirámides se trazara en 10
500 a. C., quizá en forma de plataformas bajas. O quizá se conservaban datos
astronómicos exactos de aquella época que fueron transmitidos a los sacerdotes
astrónomos de Heliopolis por los «seguidores de Horus». En cualquier caso, estamos
relativamente seguros de que las Pirámides en sí fueron construidas en su mayor parte
en el 2500 a. C., tal como dicen los egiptólogos. Pero también estamos seguros de
que su emplazamiento era ya muy antiguo en aquel entonces y había sido coto de los
«seguidores» —los «sabios», los «ancianos»— durante ocho mil años.
Creemos que los indicios apuntan a la continua transmisión de conocimientos
científicos y de ingeniería muy avanzados durante aquel enorme período de tiempo y
a la continua presencia en Egipto, desde el paleolítico, hasta el período dinástico, de
individuos muy cultos y sofisticados: los misteriosos Akhus que, según los textos,
eran poseedores de «un conocimiento de origen divino».
Página 252
La fecha de la creación de todo el complejo que nos indica la astronomía es de
10 500 años. Esto es lo que dice la disposición de las Pirámides, aunque los
monumentos en sí sean más recientes. Y esto proclama también, como hemos visto
en el capítulo III, la orientación de la Esfinge hacia el este. Su simbolismo
astronómico y leonino no tendría sentido, de no haber sido construida como un
indicador equinoccial para la Edad de Leo.
Pero ¿en qué momento exactamente de la Edad de Leo? La constelación abarca
30 grados de la eclíptica y albergó al Sol en el equinoccio vernal desde 10 960 hasta
8800 a. C., un período de 2160 años. ¿En qué momento, pues, del período?
No hay posibilidad de contestar a esta pregunta basándonos sólo en las
alineaciones de la Esfinge o en lo que podemos deducir de su alineación y su
geología vistas en conjunto. Lo que necesitamos es precisamente lo que nos dieron
los «seguidores de Horus», un instrumento de la mente con el que afinar la fecha.
Este instrumento es la escala graduada del cinturón de Orion, y la fecha que señala
para la Gran Esfinge es 10 500 a. C.
Pero hace algo más. A medida que el marcador «corre» meridiano abajo,
«empuja» el punto vernal hacia el este por la eclíptica, hasta situarlo en 10 500 a. C.
(el «pie de la escala») en un domicilio estelar específico que puede identificarse por
cálculos precesionales.
Habida cuenta del dualismo cielo-tierra que rige la búsqueda iniciática del Rey-
Horus, es evidente que el «domicilio estelar» del punto vernal en 10 500 a. C. —es
decir, su paradero exacto en la eclíptica dentro de la constelación de Leo— debía de
tener un análogo terrestre. Y, cuando sepamos dónde estaba cada cual en el cielo,
sabremos sin duda dónde tenemos que buscar en la tierra.
¿Y no sería razonable suponer que lo que encontráramos, si hubiéramos calculado
con precisión dónde había que buscar, resultaría ser la entrada física a ese mítico
«lugar, el más noble de todos los lugares», el «Espléndido Lugar del “Tiempo
Primero”»?
Como para recompensar tales conjeturas, cuando bajamos por la escala del cinturón
de Orion hasta su «Tiempo Primero» de 10 500 a. C., en la necrópolis de Gizeh se
encienden luces y suenan campanillas, como en la máquina tragaperras que vomita el
premio gordo.
Ya hemos visto en el capítulo III que lo que los principales monumentos parecen
reflejar es una conjunción astronómica excepcional ocurrida en el equinoccio de
primavera de aquella época lejana. Y es que no sólo la Gran Esfinge miraba a su
oponente celestial; es que, además, el momento de la salida del Sol (en el punto del
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horizonte al que la Esfinge dirigía la mirada) coincidía exactamente con el tránsito
meridiano del cinturón de Orion (que es lo que las tres Pirámides reflejan).
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59. Hacia 10 500 a. C.: alineación de las tres estrellas del cinturón de Orion con las tres pirámides satélite del
borde sur del Horizonte de Gizeh.
Si éstas fueran las únicas coincidencias ya sería mucho atribuirlas al azar. Pero
hay más. Por ejemplo, inmediatamente al sur de la tercera y más pequeña de las tres
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grandes Pirámides hay un grupo de tres pirámides «satélite». Los egiptólogos suelen
referirse a ellas como las «tumbas» de reinas del faraón Mikerinos. Puesto que no
contienen inscripciones ni vestigios de restos humanos ni objetos funerarios, tal
atribución no puede ser más que simple cuestión de opinión. Pero estas pirámides
«satélite» tienen una clara alineación astronómica: forman una fila en sentido este-
oeste, el de la salida y la puesta del Sol en el equinoccio.
Robin Cook, geómetra e investigador de pirámides británico, demostró
recientemente que estas tres pirámides satélite guardan una clara relación con la
necrópolis de Gizeh en su conjunto[644]. Parecen estar colocadas en el extremo de un
círculo u «horizonte» artificial cuyo centro es la pirámide de Kefrén y cuya
circunferencia abarca toda la necrópolis. Un ángulo de 27 grados sur-suroeste[645] —
que corresponde a un acimut de 207 grados—[646] parece estar definido por una línea
recta que se extiende desde el eje meridiano de la pirámide de Kefrén a estas tres
pirámides «satélite» de Mikerinos[647]. En general, las tres satélites dan la impresión
de ser «modelos a escala reducida» de las tres Grandes Pirámides. La diferencia es
que estas últimas se hallan en un ángulo de 45 grados del meridiano, mientras que
aquéllas están situadas de este a oeste en perpendicular a él. Esta aparente anomalía
arquitectónica, unida a su curiosa ubicación a 207 grados acimut en el «horizonte»
artificial de Gizeh, plantea una pregunta obligada: ¿tenemos ante nosotros otro evento
celeste datable, plasmado en piedra?
El ordenador nos dice que así es. En 10 500 a. C., en el horizonte real de Gizeh,
Al Nitak, la inferior de las tres estrellas del cinturón de Orion, se situó a 27 sur-
suroeste, es decir, acimut 207 grados. Además, en aquel momento, las estrellas del
cinturón formaban un eje este-oeste, alineación que imitan las tres pirámides satélite.
Sirio
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60. Ilustración del «Tiempo Primero» de Sirio, hacia 10 500 a. C., en que habría parecido que la estrella brillante
de Isis descansaba en el horizonte.
Concretamente, el movimiento propio de Sirio se calcula que es del orden de 1,21
segundos de arco al año (un grado cada tres mil años). Esto quiere decir que, respecto
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a una fecha tan lejana como es 10 500 a. C., el cambio de las coordenadas de la
estrella resultante de su movimiento propio podría ser superior a tres grados de arco,
o sea seis veces el diámetro aparente de la Luna[648].
Una vez tomamos en consideración este movimiento, perceptible y rápido,
juntamente con los efectos de la precesión, las simulaciones por ordenador nos
indican un estado de cosas bastante curioso. Así vemos que, cuando Sirio alcanzó su
«Tiempo Primero», o menor altitud sobre el horizonte, los observadores que se
encontraban en la latitud de Gizeh (30 N) la habrían visto situada exactamente sobre
el horizonte. Además, era desde esta latitud, y sólo desde esta latitud, desde donde
podía observarse tal conjunción entre estrella y horizonte. De ello se deduce que
existe una relación especial entre la latitud de Gizeh y la estrella Sirio en su «Tiempo
Primero»[649].
A causa de su gran movimiento propio, no se sabe con exactitud cuándo se
produjo el «Tiempo Primero» de Sirio. De todos modos, es indudable que tuvo que
ser entre 11 500 y 10 500 a. C.[650]. Nos preguntamos, por lo tanto, si la decisión de
establecer el sagrado recinto de Gizeh a 30” latitud N pudiera estar relacionada con
este «Tiempo Primero» de Sirio. Y recordamos que en 1993 la cámara robot de
Rudolf Gantenbrink descubrió una «puerta» misteriosa dentro de la Gran Pirámide, a
setenta metros de profundidad del estrecho canal sur de la Cámara de la Reina[651]. El
canal en el que se descubrió la «puerta» estaba dirigido al tránsito meridiano de Sirio
en 2500 a. C., por supuesto.
Uno de los rasgos más extraños e inexplicables de la necrópolis de Gizeh son las
grandes calzadas que unen cada una de las tres grandes Pirámides con el valle del
Nilo situado a sus pies. Hoy sólo se conservan fragmentos del pavimento, pero en el
siglo V a. C., por lo menos una de ellas, la de la Gran Pirámide, estaba casi intacta. Lo
sabemos porque el historiador grigo Herodoto (484-420 a. C.) la vio y describió, y
comentó que, por la depurada técnica de su trazado y su esplendor arquitectónico, era
casi equiparable a la Gran Pirámide[652].
Recientes investigaciones arqueológicas han demostrado que la descripción de
Herodoto es correcta. Además, ahora sabemos que el techo de las calzadas estaba
sembrado de constelaciones por la parte interior[653], simbolismo muy apropiado si
estos fastuosos corredores eran, efectivamente, las vías sacras o ceremoniales que los
iniciados debían seguir para ir a las «Pirámides-estrellas» de Rostau-Gizeh[654].
La calzada que parte de la Tercera Pirámide (la de Mikerinos) se dirige hacia el
este[655], al igual que la mirada de la Esfinge, con lo que se adapta a la estructura
general norte-sur y este-oeste de la necrópolis de Gizeh. Por el contrario, las calzadas
correspondientes a las otras dos Pirámides se apartan de esta estructura de cuadrícula.
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Por el trabajo del geómetra John Legon, que realizó un análisis minucioso de los
planos y cuadriculados facilitados por modernos egiptólogos (como Selim Hassan,
Reisner, Holscher, Ricke y Lauer), ahora sabemos que esta anómala discrepancia
posee, no obstante, su propia y estricta simetría: «mientras que la calzada de la
Tercera Pirámide discurre en dirección este-oeste, las de la Segunda y Gran Pirámides
se desvían del este 14 grados, la primera hacia el sur y la última hacia el norte»[656].
61. Desplazamiento del Sol durante todo el año, observado desde la latitud de Gizeh. Escala total de 56 entre el
solsticio de verano a 28 este-noreste y el solsticio de invierno, a 28 este-sureste (con el equinoccio en el este,
naturalmente). (Por tanto, los ortos o salidad del Sol de la «media estación» se producen a 14° este-noreste y 14°
este-sureste respectivamente, con lo que la escala queda dividida en cuatro partes iguales).
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62. La calzada de Keops discurre a 14° dirección E-NE, en perfecta alineación con la salida del Sol de la media
estación entre el equinoccio de primavera y el solsticio de verano (y, por lo tanto, en el «viaje de vuelta» del Sol,
entre el solsticio de verano y el equinoccio de otoño).
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63. La calzada de Mikerinos discurre en dirección este, en perfecto alineamiento con el punto de la salida del Sol
en los equinoccios de primavera y de otoño.
Pero ¿qué «propósito oculto» podía dictar la decisión de dirigir una calzada al E,
otra 14 E-SE y la tercera, 14 E-NE?
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64. La calzada de Kefrén discurre a 14° dirección este-sureste, en perfecto alineamiento con la salida del Sol en
la media estación entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera (y, en el «viaje de vuelta» del Sol,
entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno).
La respuesta a esta pregunta se hace evidente si observamos durante todo el año
la salida del Sol desde la latitud de Gizeh. Aquí, como en todos los lugares del
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planeta, en el equinoccio de primavera, el Sol sale por el este, en línea con la calzada
de Mikerinos (y con la mirada de la Esfinge). Lo que hace única la latitud de Gizeh,
como hemos observado va varias veces, es que en el solsticio de verano (el día más
largo del año) el Sol sale 28 E-NE, mientras que en el solsticio de invierno (el día
más corto), sale 28 E-SE. Ello nos da una variación total de 56 grados, y es un hecho
que lo que podríamos llamar el «período entre las medias estaciones», es decir, los
puntos de salida del Sol situados exactamente a mitad de camino entre cada
equinoccio y el solsticio, se hallan, respectivamente, a 14 grados E-NE y 14 grados
E-SE. En resumen, las tres calzadas señalan y flanquean el equinoccio con dos
«flechas» gigantescas que apuntan, las laterales al orto helíaco de la media estación, y
la central (la calzada de Mikerinos) al orto helíaco equinoccial. De este modo, el
recorrido del orto helíaco por el horizonte oriental durante todo el año queda dividido
arquitectónicamente en cuatro segmentos iguales, de 14 grados cada uno o, lo que es
lo mismo, cuatro medias estaciones astronómicas.
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65. Hacia 10 500 salida de Leo al amanecer de la media estación entre el solsticio de invierno y el equinoccio de
primavera. El Sol sale 14° al este-sureste, punto del horizonte hacia el que se dirige la calzada, de Kefrén.
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66. Hacia 10 500 a. C.: la mirada de la Esfinge al amanecer de la media estación entre el solsticio de invierno y
el equinoccio de primavera. Obsérvese que de la constelación de Leo sólo asoman por el horizonte la cabeza y los
hombros y compárese con el perfil de la Esfinge, visto desde el sur.
Entre muchos pueblos antiguos de talante astronómico se observa este fenómeno
de guiarse por los días de la media estación, además de los equinoccios y los
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solsticios, para orientar los templos y fijar la fecha de sus fiestas más
importantes[658]. No es, pues, de extrañar que también la arquitectura de la necrópolis
de Gizeh refleje esta costumbre. Tampoco debería sorprendernos la exactitud con que
las calzadas definen la media estación, vista la precisión de todas las demás
alineaciones de la necrópolis.
67. La Gran Esfinge, en el «horizonte terrenal» de Gizeh, asomando sobre el nivel del suelo sólo la cabeza y los
hombros. Una vez más, las imágenes de cielo y tierra «cuadran» en el 10 500 a. C.
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«Espléndido Lugar del “Tiempo Primero”» se consideraba «controlado» por la
situación de Osiris-Orión en el meridiano: si se «desliza» el cinturón de Orion hacia
arriba desde su situación en 2500 a. C., el punto vernal «corre» hacia el oeste a lo
largo de la eclíptica (y hacia adelante en el tiempo) en dirección Tauro Aries Piscis
Acuario; si lo «deslizamos» hacia abajo, el punto vernal «corre» hacia el «este», o
sea, hacia atrás en el tiempo, en dirección Tauro Geminis Cáncer Leo. Así pues, en 10
500 a. C. cuando las estrellas del cinturón están en su altitud más baja sobre el
horizonte, ¿hasta qué lugar de la eclíptica ha «corrido» el punto vernal? Sabemos que
está en Leo. Pero ¿dónde de Leo?
Las simulaciones por ordenador indican que estaba exactamente 111,111 grados
al este del lugar que había ocupado en 2500 a. C. Entonces estaba en la cabeza de las
Híades-Tauro, cerca de la margen derecha de la Vía Láctea; 8000 años antes estaba
debajo mismo de las patas traseras de la constelación de Leo.
Como hemos apuntado, este lugar ha de tener con toda probabilidad un «doble»
terrestre. Las tres estrellas del cinturón de Orion tienen sus dobles en las tres grandes
Pirámides. La constelación de Leo-Horakhti tiene su doble en Hor-em-Akhet, la Gran
Esfinge. El «Horizonte del Cielo» tiene su doble terrestre en el «Horizonte de Gizeh».
Y la Gran Esfinge yace dentro de este «Horizonte».
En la Edad de las Pirámides, en el solsticio de verano, la búsqueda del Rey-Horus
terminaba en el pecho de la Gran Esfinge. Allí encontraba a los Akhus:
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500 a. C., cuando el cinturón de Orion había llegado al punto más bajo de su ciclo
precesional.
En otras palabras, nuestra hipótesis es que los monumentos de Gizch, los cielos
pasados, presentes y futuros que se extienden sobre ellos y los antiguos textos
funerarios que los entrelazan transmiten el esquema de un mensaje. Al tratar de leer
este mensaje no hemos hecho sino seguir el «viaje» iniciático del Rey-Horus de
Egipto. Y, al igual que los antiguos rcyes-Horus, también nosotros hemos llegado a
una encrucijada apasionante. El sendero iniciático nos ha orientado, nos ha conducido
y, finalmente, nos ha atraído hasta situarnos delante de la Gran Esfinge, donde, al
igual que Edipo, nos enfrentamos a los grandes enigmas: «¿De dónde venimos?
¿Adónde vamos?».
La mirada de la Esfinge nos invita a ver lo que hay más allá del velo de penumbra
y buscar el «Tiempo Primero». Pero también nos insta a preguntar si no podría haber
algo en Gizeh, algo físico, que de consistencia al clima de singular y remota
antigüedad del lugar.
68. El «mapa del tesoro» del Rey-Horus: orto helíaco de Leo en el equinoccio de primavera hacia 10 500 a. C. El
Sol, que marca el punto vernal, se encuentra debajo del horizonte, unos 12° bajo las patas traseras de la
constelación. Trasladando esta imagen a la tierra, la lógica, por lo que respecta a la búsqueda del Rey-Horus,
sugiere la existencia de una cámara oculta excavada a gran profundidad en el lecho de roca de la meseta de
Gizeh, a unos 30 metros por debajo de las patas traseras de la Esfinge.
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69. Posibles emplazamientos de un sistema subterráneo de pasadizos y cámaras situado debajo de la Gran
Esfinge, cuya existencia sugieren los paralelos astrales y las pruebas sismográficas (véase Primera parte de esta
obra).
Recordamos un pasaje de los Textos de los Sarcófagos que nos induce a
considerar la posibilidad de que, escondido dentro o debajo de los monumentos de
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Rostau-Gizeh, pueda haber un gran «secreto» de Osiris en un recipiente «sellado»:
«Éste es el objeto sellado, que está en la oscuridad, con fuego alrededor, que contiene
el efluvio de Osiris, y ha sido puesto en Rostau. Ha estado oculto desde que cayó de
él, y es lo que cayó de él al desierto de arena; significa que lo que era de él fue puesto
en Rostau…»[661].
¿Qué puede ser lo que fue puesto en Rostau?
¿Cuál es el objeto escondido con fuego alrededor?
¿Y en la oscuridad de dónde se encuentra?
Cuando miramos la simulación por ordenador de los cielos de Gizeh en 10 500 a.
C. parece que la respuesta salta a la vista. Aquel año, al amanecer del equinoccio de
primavera, se vio surgir lentamente por el este la constelación de Leo. Hacia las 5
horas había aparecido por completo y su centro se encontraba encima del este exacto:
un león en el cielo, con el vientre descansando en el horizonte. En aquel momento, el
Sol, que marcaba el punto vernal, se encontraba unos 12 grados debajo de sus patas
traseras.
Cuando trasladamos esta imagen celeste a la tierra, en forma de un colosal
monumento leonino equinoccial, con el vientre descansando en el lecho de roca del
entorno real y físico del «Horizonte de Gizeh», nos encontramos mirando al mapa del
tesoro del Rey-Horus. Es un mapa que no está enterrado en el suelo sino astutamente
escondido en el tiempo, en el cual X casi literalmente «marca un punto» situado
debajo mismo de las patas traseras de la Gran Esfinge de Egipto, a una profundidad,
suponemos, de unos treinta metros.
Si hemos interpretado correctamente el mensaje de los «seguidores de Horus»,
tiene que haber allí algo de importancia trascendental, esperando ser descubierto, por
medio de estudios sísmicos, por perforaciones, por excavaciones, en definitiva, por el
descubrimiento y exploración de los corredores y cámaras ocultas del «Reino de
Osiris» en la tierra.
Podría ser el premio mayor.
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CONCLUSIÓN
El diccionario nos dice que, aparte su acepción moderna, la palabra glamour tiene
un significado tradicional de «hechizo mágico» o «encantamiento» y en escocés
antiguo es una variante de «grammar [gramática]… de ahí hechizo mágico, porque la
creencia popular asociaba el saber con las prácticas ocultas».
¿Es posible que hombres y mujeres de gran sabiduría echaran un glamour sobre la
necrópolis de Gizeh en un pasado remoto? ¿Eran conocedores de secretos todavía
insospechados, que decidieron esconder aquí? ¿Y consiguieron esconder sus secretos
casi a la vista de todos? ¿El real cementerio egipcio de Gizeh ha velado durante miles
de años la presencia de algo más, algo de mucha mayor importancia para la historia
de la humanidad?
Si de algo estamos seguros es de que, a diferencia de los cientos de tumbas
mastabas de la IV dinastía, situadas al oeste de la Esfinge y apiñadas alrededor de las
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tres grandes Pirámides, las Pirámides en sí no fueron concebidas para servir de
tumbas. No descartamos la posibilidad de que los faraones Keops, Kefrén y
Mikerinos estuvieran sepultados en ellas durante algún tiempo (aunque no existen
pruebas de ello), pero estamos convencidos de que el singular esfuerzo y habilidad
que se vertieron en la construcción de estos impresionantes monumentos tenían una
finalidad más alta.
Creemos que esta finalidad estaba relacionada con la búsqueda de la vida eterna,
envuelta en un completo sistema religioso y espiritual que los antiguos egipcios
habían heredado de unos predecesores desconocidos y que después codificaron en sus
misteriosos textos de ultratumba y del renacimiento. Sugerimos, en suma, que el
objetivo final que se perseguía con los corredores, pasadizos, cámaras secretas y
puertas escondidas del complejo de Gizeh no era otro que el de la inmortalidad, no
sólo para un faraón, sino para muchos. Estos lugares angostos, claustrofóbicos y
aterradores, rodeados de muros de piedra ciegos, que en el Libro de lo que está en el
Duat se describen llenos de monstruos, fueron concebidos, en nuestra opinión, como
supremo campo de pruebas para iniciados. Aquí estarían obligados a enfrentarse y
vencer sus más terribles temores que los debilitaban. Aquí pasarían inimaginables
pruebas del espíritu y de la mente. Aquí aprenderían el saber esotérico mediante actos
que exigían el supremo esfuerzo de la inteligencia y la voluntad. Aquí, mediante
prácticas de iniciación, se les prepararía para el momento de la muerte física y para
las pesadillas que lo seguirían, para que la transición no los confundiera ni paralizara,
como podía suceder a almas no preparadas, a fin de que pudieran convertirse en
«espíritus dotados» capaces de moverse a su antojo por el cielo y la tierra «infalible,
regular y eternamente»[662].
Tal era el alto objetivo de la búsqueda del Rey-Horus, y los antiguos egipcios
creían que, para alcanzarlo, el iniciado debía participar en el descubrimiento, la
revelación, de algo de suma importancia, algo que concedería sabiduría y
conocimiento del «Tiempo Primero» y de los misterios del Cosmos, y de Osiris, el
Rey que fue y que volverá a ser.
Esto nos recuerda un texto hermético, escrito en griego pero en Alejandría,
Egipto, hace unos dos mil años, conocido por el nombre de Kore Kosmu (o Virgen del
mundo)[663]. Al igual que otros escritos análogos, éste habla de Thot, el dios de la
sabiduría de los antiguos egipcios, pero lo llama por su nombre griego, Hermes:
Así era el omnisciente Hermes, que veía todas las cosas, y viendo
entendía, y entendiendo tenía el poder de revelar y de explicar. Porque
lo que sabía lo grababa en la piedra; pero, aunque lo grababa en la
piedra solía ocultarlo… Escondió los símbolos sagrados de los
elementos cósmicos cabe los secretos de Osiris… guardando profundo
silencio, para que toda nueva era del tiempo cósmico los buscara[664].
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Después el texto nos dice que, antes de «volver al Cielo», Hermes invocó un
encantamiento sobre los escritos y el saber que había escondido:
¡Oh libros santos!, hechos por mis manos inmortales, por los
mágicos hechizos de la incorrupción… libres de la putrefacción
quedan por toda la eternidad e incorruptos por el tiempo. Haceos
invisibles, inaccesibles para todo aquél cuyo pie holle los llanos de
esta tierra, hasta que el Cielo Viejo procure instrumentos adecuados
para vosotros…[665]
Osiris respira
A lo largo de toda esta investigación hemos tratado de atenernos a los hechos, incluso
hechos que parecían muy extraños.
Cuando decimos que la Esfinge, las tres Grandes Pirámides, las calzadas y otros
monumentos de la necrópolis de Gizeh forman un enorme diagrama astronómico, nos
limitamos a hacer constar un hecho. Cuando decimos que este diagrama dibuja los
cielos de Gizeh en 10 500 a. C., hacemos constar un hecho. Cuando decimos que la
Esfinge tiene marcas de erosión que indican que fue tallada antes de que el Sahara
fuera desierto, hacemos constar un hecho. Cuando decimos que los antiguos egipcios
atribuían su civilización a «los dioses» y a los «seguidores de Horus», hacemos
constar hechos. Cuando decimos que se conservaba el recuerdo de que aquellos
civilizadores divinos y humanos habían llegado al valle del Nilo en Zep Tepi —el
«Tiempo Primero»—, hacemos constar un hecho. Cuando decimos que los
testimonios del antiguo Egipto nos dicen que este «Tiempo Primero» fue una época
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del pasado remoto, miles de años anterior a la era de los faraones, hacemos constar un
hecho.
Hace menos de dos siglos que nuestra civilización dispone de los medios
científicos necesarios para acometer los muchos problemas que plantea la necrópolis
de Gizeh, y hace apenas dos décadas que la informática nos ha permitido reconstruir
los cielos del pasado y ver las figuras y conjunciones que allí se dibujaban. Durante
este período, el acceso a los lugares y el conocimiento sobre ellos han estado
monopolizados por los miembros de las profesiones arqueológica y egiptológica, que
se han puesto de acuerdo sobre el origen, edad y función de los monumentos. Los
nuevos indicios que no apoyan este consenso académico o que pudieran minarlo
activamente han sido desestimados, arrumbados y, en ocasiones, deliberadamente
ocultados al público. Suponemos que a ello se debe el que todo lo relacionado con los
canales de la Gran Pirámide —su alineación astronómica, la plancha de hierro, las
reliquias y el descubrimiento de la «puerta»— haya tenido un eco tan peculiar y
amortiguado entre egiptólogos y arqueólogos. Y suponemos que ello explica también
por qué los mismos académicos han prestado tan poca atención a las pruebas de la
gran antigüedad de la Esfinge que han aportado los geólogos[666].
Los monumentos de Gizeh son un legado para la Humanidad, preservado casi
intacto a lo largo de miles de años, y hoy en amplios sectores, fuera de los círculos
privilegiados de la egiptología y la arqueología, existen grandes expectativas de que
pueden estar a punto de revelar un secreto extraordinario. Estas expectativas pueden
resultar ciertas o no. En cualquier caso, en una cultura intelectual polarizada entre la
expectación pública y la-ortodoxia reaccionaria, consideramos que lo prudente sería
que las futuras exploraciones de la necrópolis se realizaran con total «transparencia»
y responsabilidad. Concretamente, la apertura de la «puerta» del canal sur de la
Cámara de la Reina, el examen videoscópico del canal norte y cualesquiera otros
estudios a base de detección por control remoto y perforación que se hagan en torno a
la Esfinge, deberían realizarse bajo la supervisión de los medios de comunicación
internacionales y no volver a ser objeto de dilaciones sorprendentes e inexplicables.
No podemos predecir qué nuevos descubrimientos se harán con estas
investigaciones, ni tan sólo si se descubrirá algo. En cualquier caso, al término de
nuestra investigación arqueoastronómica y del seguimiento de la búsqueda del Rey-
Horus se ha agudizado en nosotros la sensación de que este lugar asombroso encierra
un misterio portentoso y de que su verdadera historia apenas se ha empezado a contar.
Al mirar la impresionante escala de los monumentos y asombrarnos de su precisión,
no podemos sino reconocer que el propósito de los antiguos constructores era sublime
y que realmente encontraron la manera de iniciar a los que vendrían después, miles de
años después, utilizando el lenguaje universal de las estrellas.
Ellos encontraron la manera de enviar un mensaje a través de las épocas en una
clave tan simple y diáfana que más podría llamarse anticlave. Quizá haya llegado el
momento de escuchar esa señal clara e imperiosa que nos llega desde la oscuridad de
Página 274
la prehistoria. Quizá haya llegado el momento de buscar el tesoro enterrado de
nuestra génesis y nuestro destino olvidados:
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APÉNDICE I
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oriental) de la Vía Láctea y se dirige hacia la constelación de Leo. En realidad, el
encantamiento 17 insta al «Horus» solar, el disco solar, a correr, correr, hacia este
punto: «Qué bien construida está tu casa, ¡oh, Atón!, qué bien fundada está tu
mansión, ¡oh, Doble León!…».
En un principio, como se demuestra en The Orion Mystery, Atón o Atón-Ra era
venerado en Heliopolis en forma de pilar, en el que muchos investigadores han visto
el «falo» del dios[675]. También se asociaba a Osiris un «pilar» similar, el llamado
pilar de Djed[676]. Si tomamos esto en consideración, la afirmación del encantamiento
17 es muy reveladora: «En cuanto al León de boca brillante y cabeza refulgente, es el
Falo de Osiris. O, dicho de otro modo, el Falo de Ra…»[677].
Antes, el encantamiento 17 nos informa de que Atón está:
Por este texto podemos ver que, en el momento del entierro de Osiris, es decir, en el
remoto «Tiempo Primero», se creía establecida en el Desierto Occidental una «tierra
de los dioses». Éste era también el día en el que Horus unió las Dos Tierras y heredó
este «campo de batalla» o «tierra de los dioses».
En capítulos anteriores hemos visto que la teología menfita de los Textos de
Shabaka designa la zona en la que tuvieron lugar estos hechos de «unificación» con
el nombre de Ayan, un lugar próximo a Menfis[679]. Curiosamente, el proceso de
«Unificación de las Dos Tierras» se llama también en estas mismas fuentes la
«Balanza de las Dos Tierras, en la que se pesaron el Alto y el Bajo Egipto…»[680].
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70. El pilar de Djed de Osiris, entre Neftis e Isis. Encima está el símbolo del dios solar hórico, que probablemente
marcaba el tránsito del disco solar por el meridiano.
En esta obra hemos presentado nuevas pruebas que apoyan la afirmación de
Sellers de que las «Dos Tierras» en cuestión eran realmente «cielo» y «tierra» y
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también hemos demostrado que se aludía a partes muy concretas del cielo y la tierra,
es decir, la región celeste «Orion-Leo-Tauro» y la terrestre «Gizeh-Heliópolis-
Menfis».
Pero ¿cómo podían ser puestas en la «balanza» y «pesadas»?
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Gran Pirámide, orientación oeste.
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Láctea, estaban en perfecto equilibrio, divididos exactamente, tal como los describen
los textos.
Es mucho lo que sugiere que los «seguidores de Horus» veían en la eclíptica solar
el brazo de una enorme balanza que se arqueaba a través del firmamento visible. Un
extremo de este brazo estaba marcado por Leo en el punto del equinoccio vernal, y el
otro, por Acuario, en el punto del equinoccio otoñal. Así pues, cuando en 10 500 a. C.
Al Nitak se situó en el meridiano celeste en el equinoccio vernal, puede decirse que el
cielo se hallaba en un equilibrio perfecto.
Maat
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72. Balanza de Maat. (Fuente: papiro del Museo Británico 9901-3).
Y un tal Mr. E. H. Pringle sugirió en una carta a Nature que la esfera de piedra
podía ser una «plomada de albañil» y que «el gancho de bronce y la vara podían
formar parte del mismo útil»[689].
Alguna clase de «plomada» tuvo que usarse para alinear la inclinación de los
canales. Y hemos visto que en el jeroglífico que significa «pesar» y, por extensión,
«equilibrio» aparece una «plomada».
Quizá la Gran Pirámide, contrapunto terreno de la estrella Al Nitak, era
considerada un útil o instrumento para pesar que intervenía en un intento no
explicado todavía de restaurar el «equilibrio» u orden cósmico del mundo, es decir, el
Maat, que reinaba en el «Tiempo Primero». Examinemos esta posibilidad.
Buscando el equilibrio
En el capítulo III hemos visto que la Gran Pirámide representa un modelo del
hemisferio norte de la Tierra, a escala 1:43 200[690]. Así pues, por extensión debería
ser evidente que el monumento también puede servir como representación
arquitectónica y matemática del hemisferio norte del cielo[691].
Si miramos una sección vertical de la Gran Pirámide vemos que, en teoría, cada
par de «canales estelares» —el norte y sur de las cámaras del Rey y de la Reina,
respectivamente— deben surgir a la misma altura de las caras norte y sur del
monumento. Parecen extenderse como brazos gigantescos que equilibraran todo el
esquema geométrico de la Pirámide. Pero hay algo curioso en la situación de las dos
cámaras de las que parten los canales. La Cámara de la Reina está situada sobre la
línea central de la Pirámide. La Cámara del Rey, por el contrario, está un poco
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desplazada hacia el sur de la línea central, casi como el «contrapeso» de una enorme
balanza que hubiera sido empujado hacia la izquierda, buscando el «equilibrio».
73. Secciones de la Gran Pirámide que muestran el «equilibrado» del monumento respecto a los canales
estelares.
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Cámara del Rey: el ángulo «proyectado» del canal sur es 45° 00’, y el del
canal norte, 32° 30’. Esto compensa los efectos del desplazamiento de la
cámara y restaura el «equilibrio» del esquema geométrico total.
En 10 500 a. C., Al Nitak del cinturón de Orion estaba en la altitud más baja de su
ciclo precesional y Leo albergaba el punto del equinoccio vernal. En nuestra propia
época —la del año 2000 d. C.— estamos llegando al extremo opuesto del curioso
«mecanismo de balanza» de Gizeh: hoy Al Nitak se encuentra a pocos segundos de
arco de la mayor altitud que alcanzará en su ciclo precesional y el punto vernal va a
entrar en la constelación de Acuario. Es decir que, entre el «Tiempo Primero» y el
«Tiempo Último» el firmamento se ha dado la vuelta de izquierda a derecha, y ahora
Acuario marca el equinoccio vernal y Leo el otoñal.
¿Sería posible que los sabios de Heliopolis que trabajaban en los albores de la
historia hubieran creado un dispositivo elemental, concebido para desencadenar
hechos mesiánicos a través de los tiempos: la Edad de las Pirámides cuando el punto
vernal estaba en Tauro, la Era Cristiana cuando estaba en Piscis[695], y, quizá, incluso
una «Nueva Era» en Acuario?
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74. Así se verá el cielo en 2450 d. C., en el «Tiempo Último» de Orion. Obsérvese el equinoccio vernal (de
primavera) en el oeste.
Así se veía el cielo en 10 500 a. C., «Tiempo Primero» de Orion. Obsérvese el equinoccio de primavera (vernal)
al este.
A este respecto queremos señalar que, hacia 330 a. C., cuando el punto vernal
iniciaba su deriva precesional por la «Edad de Piscis», la altitud de Al Nitak
(observada desde la latitud de Gizeh) era 51° 52’, igual al ángulo de inclinación de la
Gran Pirámide. En esta época, las conquistas de Alejandro Magno (356-323 a. C.) y
la consiguiente fusión de los mundos oriental y occidental provocaron en el este
grandes expectativas de un «retorno» mesiánico. Como desencadenada por un
«mecanismo» profético, se inició en Alejandría una agitación general que se extendió
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por todo el Cercano Oriente y culminó en los grandes acontecimientos mesiánicos del
cristianismo[696].
En el folklore de muchos países, las tres estrellas del cinturón de Orion
simbolizan a los «Tres Reyes» o «Magos» de Oriente del relato de la Natividad
cristiana[697]. Es interesante que, como hemos visto en la primera parte, los sabianos
de Harran —típicos magos— que adoraban a las estrellas, al parecer, estuvieran
peregrinando a Gizeh todos los años desde por lo menos el segundo milenio a. C.
hasta el siglo XI d. C.[698]. Y no menos interesante es que, vista desde Harran —que
está al este de Belén y a una latitud más alta que Gizeh—, la estrella del cinturón Al
Nitak culminara en el meridiano a 51° 52’ en el 4 a. C.[699], año que se acepta
generalmente como el del nacimiento de Cristo. Aquel año, también Sirio, la «estrella
del nacimiento», hubiera salido y brillado con intensidad en el este a la puesta del
Sol.
¿Hay algo, quizá una antigua tradición, velada pero aún muy viva, que sutilmente
esté transmitiendo a través de los tiempos esquemas y designios destinados a generar
fervor mesiánico y cambiar el curso de la historia, en determinados momentos
cruciales que están «escritos en las estrellas»?
¿Se acerca ahora uno de estos momentos?
¿Irá a reactivarse el «mecanismo»?
Volveremos sobre estas preguntas en nuestro próximo libro.
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APÉNDICE II
Precesión
La Tierra gira alrededor del Sol en un plano casi invisible, llamado eclíptica, y su eje
de rotación en el espacio está inclinado respecto a la perpendicular de este plano (es
decir, la línea que une los polos norte y sur de la eclíptica) formando un ángulo de
unos 23,4°. Este ángulo, que varía ligera y un tanto imprevisiblemente durante largos
períodos de tiempo, se llama oblicuidad y es la causa de las variaciones estacionales.
Sir Isaac Newton fue el primero en explicar que la precesión de la Tierra puede
ilustrarse por medio de una analogía con la cabeza de un huso de hilatura: el Sol y la
Luna ejercen una influencia gravitatoria en el ensanchamiento ecuatorial de nuestro
planeta (la llamada precesión lunisolar), por lo que el eje de la Tierra describe un
círculo con un radio de casi 23,4° alrededor del polo norte de la eclíptica casi cada
26 000 años.
Producto de la precesión general (la suma de la precesión lunisolar y de la
precesión planetaria debida a la influencia gravitatoria de los otros planetas del
Sistema Solar) es el lento movimiento hacia el oeste de los equinoccios de primavera
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y otoño por la eclíptica, a uno y otro lado de la esfera celeste, de unos 50,3”
(segundos de arco) al año, o 1° cada 71,6 años.
Ello significa que el equinoccio vernal, en el que el Sol cruza el ecuador celeste
de sur a norte cada primavera, retrocede por el Zodíaco (la franja de firmamento
situada inmediatamente a cada lado de la eclíptica) a razón de una constelación cada
2100 años aproximadamente. En la actualidad, el equinoccio vernal (de primavera) se
encuentra en la constelación de Piscis, cerca de Acuario. La mayoría de las
autoridades atribuyen el descubrimiento de la precesión a Hiparco, en el 130 a. C.,
pero hay indicios que respaldan la teoría de que los antiguos egipcios eran una
sociedad conocedora de sus efectos. En el apéndice II de The Orion Mystery (pp. 242-
249) aparece un riguroso análisis matemático de la precesión.
Nutación
El lento ciclo de la precesión del eje de la Tierra alrededor de los polos de la eclíptica
no es perfectamente circular, sino de balanceo y está sujeto a pequeños vaivenes
periódicos (nutación se deriva de nutare, hacer signos con la cabeza) cuyo principal
componente tiene un período de 18,6 años y una amplitud próxima a los 9”, muy
pequeña como para ser observada a simple vista. La culpable es la Luna, y el efecto
se debe a su relativa proximidad y cambio de posición y distancia respecto al Sol.
Movimiento propio
Todas las estrellas viajan por el espacio. Las estrellas más jóvenes que hace poco que
salieron de las cunas estelares de gas y polvo tienden a moverse en enjambres sueltos
(por ejemplo, las Pléyades de la constelación de Tauro) separándose y cambiando de
dirección paulatinamente con el tiempo, por influencias gravitatorias externas.
La magnitud que denominamos movimiento propio es la de la estrella en
perpendicular a nuestro punto de vista y generalmente consta de dos componentes.
Éstos son la ascensión recta y la declinación, las dos coordenadas principales
utilizadas en la esfera celeste que son análogas a la latitud y longitud en la Tierra. Los
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movimientos son pequeños, a causa de las enormes distancias que median entre las
estrellas, pero los efectos son acumulativos y se ponen de manifiesto durante los
largos períodos que abarca la investigación arqueoasLronómica.
El movimiento propio más grande que se conoce pertenece a un cuerpo estelar, la
estrella de Barnard, que cruza el cielo a razón de 10,3” al año o un grado cada 350
años. Sirio, la estrella más brillante, Lambién tiene un movimiento propio
relativamente grande, con una declinación de unos -1,21” al año y viaja en dirección
al sur respecto a las estrellas del fondo, cubriendo una distancia equivalente al ancho
de la Luna llena cada 1500 años aproximadamente.
Refracción
Oblicuidad
Ahora bien, en períodos de tiempo largos, la fórmula empieza a fallar y hay que
utilizar otros métodos. Éstos se basan en gran medida en modelos matemáticos del
Sistema Solar similares al aplicado al sistema Tierra/Luna. La mayor inexactitud en
el cómputo de la oblicuidad por este método se debe a los imprevisibles cambios de
elipticidad dinámica de la Tierra que pueden producirse durante una glaciación. En el
número 270 del Journal of Astronomy and Astrophysics, pp. 522-533 (1993), Laskar,
Joutel y Boudin aplican a la cuestión un tratamiento intensamente matemático. De sus
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averiguaciones se desprende que los límites de la oblicuidad son de 22° a 24,5°,
aunque estos valores distan de ser plenamente seguros.
Altitudes a la culminación
(NOTA: Sky Chart 2000.0 está escrito por Tim DeBenedictis y se encuentra en las bibliotecas de Macintosh o
Internet. FTP anónimo [Link]).
Página 290
APÉNDICE III
Enviamos al egiptólogo Mark Lehner el primer borrador del capítulo V de este libro,
que en buena parte se refiere a él. Se tomaron en consideración sus comentarios y
rectificaciones y el borrador volvió a escribirse tal como ha sido publicado. Enviamos
al doctor Lehner el original corregido y él nos escribió la carta siguiente en la que
hacía nuevos comentarios que convinimos en reproducir íntegramente en un
apéndice. También se incluye nuestra respuesta a la carta del doctor Lehner.
De: Mark Lehner
A: Mr. Robert G. Bauval y Mr. Graham Hancock
16 de noviembre de 1995
Queridos Graham y Robert:
Agradezco vuestra carta del 12 de noviembre de 1995 y el segundo borrador de
vuestro capítulo V, «El caso del médium, el sabio y la esfinge» (!). Parece mucho más
exacto que el primero por lo que se refiere a los hechos en los que yo intervine.
Deseo hacer las observaciones y sugiero las rectificaciones siguientes (siempre
abiertas al público):
p. 94: «La maquinaria para los trabajos a realizar por la RSI… Inmediatamente
después, el proyecto se dio por terminado».
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de la Esfinge y debajo de la garra sur de la Esfinge. Entonces el proyecto se desactivó
por las diferencias entre el RSI y el SRI y, según yo lo recuerdo, porque el equipo del
Instituto llevaba un par de meses o más en Egipto y tenía otro trabajo.
p. 94: «no veta con buenos ojos… ocasionó… graves diferencias entre el SRI y la
RSI».
¡Os habéis empeñado en aferraros a esa intriga! No; aquél no fue otro proyecto
más. El sondeo acústico por orificio se hizo durante los últimos días de los trabajos
sobre el terreno del SRI, en la Esfinge, en 1978, no en 1982, no era otro proyecto. En
estos momentos no dispongo de ningún ejemplar de ese Venture Inward, pero si dice
que se trata de otro proyecto y de 1982, está equivocado. Todo lo que describo en la
cita que incluís ocurrió en los últimos días del proyecto de 1978.
p. 96: «Desmarcarse. No está del todo claro en qué momento exactamente el profesor
Lehner empezó a desmarcarse de la influencia de la Fundación Edgar Cayce para
integrarse en la corriente principal de la egiptología profesional y abrazar su
ortodoxia».
Página 292
Yo ya tenía mis dudas cuando fui a Egipto en 1973, puesto que los antecedentes
de Cayce no concordaban mucho con los cursos de antropología que seguí en la
Universidad de Dakota del Norte. Pero, como indicaba en mi carta anterior, confiaba
en que podrían encontrarse indicios de sucesos pasados que concordaran con la
historia que contaba Cayce.
Durante los dos años que pasé en la Universidad Norteamericana de El Cairo me
especialicé en antropología y seguí mis primeros cursos en arqueología y prehistoria
egipcias. Pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en Gizeh, y también visitaba otros
lugares históricos y yacimientos arqueológicos. No encontré «huellas de los dioses».
Al familiarizarme con una vasta cantidad de investigación arqueológica pasada, en la
que la comunidad de Cayce y otros entusiastas de Egipto de su mentalidad están sólo
mínimamente versados, encontré «huellas» de personas, las marcas de sus
herramientas, nombres, parentescos, esqueletos y cultura material.
En 1974 leí la obra del psicosociólogo León Festinger sobre la «disonancia
cognitiva», especialmente su libro When Prophecy Fails. Festinger se refiere a las
reacciones de las personas frente al conflicto entre un sistema de creencias revelado y
la información obtenida empíricamente, es decir, los datos físicos. En su obra
reconocí muchos atributos de la visión del mundo de Cayce, descubrí lo que yo creía
y advertí mis dudas crecientes.
Cuando regresé a Virginia Beach, en conferencias y conversaciones, hacía resaltar
las pruebas arqueológicas reales que existen en la Esfinge y en las Pirámides y su
disonancia con la imagen de Egipto que daba Cayce. Hablé con buenos amigos, que
me habían apoyado, como Hugh Lynn y Joseph Jahoda (¿van a permanecer vuestros
hombres de la ARE tan anónimos y misteriosos como «El Sabio»?), acerca de mis
dudas y de en qué medida la comunidad y el sistema de creencias de Cayce quedan
reflejados en lo que exponen Festinger y otros sociólogos.
En aquellas conversaciones empecé a sugerir a la comunidad de Cayce que
contemplaran la historia de Egipto/Atlántida como un mito, en el sentido
popularizado por Joseph Campbell, o en el que se basaba Carl Jung en su psicología
de los arquetipos. Aunque el mito no es literalmente verídico, en cierto modo puede
ser literariamente fiel. Las mismas «lecturas» de Cayce dicen, a su manera, que el
mundo interior de símbolos y arquetipos es más «real» que las características del
mundo físico. Yo comparaba la Sala de Archivos de Cayce al mago de Oz. Sí, lodos
queremos «ruido y furor», que la magia sea potente, y no reparar en el hombrecillo
que está detrás de la cortina (nosotros). En arqueología, muchos diletantes y muchos
esotéricos se creen sobre la pista de una civilización perdida, los extraterrestres, sí,
«los dioses», y prefieren no reparar en la gente corriente que está detrás de la cortina
del tiempo y no tener que habérselas con las difíciles materias en las que los llamados
«académicos ortodoxos» basan sus opiniones.
(Un aparte: así un John West, sin saber leer egipcio, puede cargar contra los
egiptólogos por suprimir la ciencia sagrada inherente en la cultura egipcia. Es como
Página 293
decir que uno sabe lo que decía Shakespeare sin saber inglés. Otro teórico de las
pirámides dijo, en una animada charla durante una cena: «¿Dónde están las pruebas?
La pirámide se levanta allí sin pruebas de cómo los antiguos egipcios pudieron
construirla». Yo enumeré cuatro títulos —todos, en inglés— que tratan de las
herramientas, la tecnología, la cantería y los materiales e industrias del antiguo
Egipto. Aunque él había publicado un libro muy aclamado con una nueva teoría sobre
las pirámides, reconoció no haber leído ni una sola de estas obras básicas. Sería
mucho más divertido y estimulante si estos teóricos leyeran y absorbieran todas estas
fuentes primarias y luego abrieran el diálogo).
Estas ideas me bullían en la cabeza cuando, en 1976, me uní a mi primera
excavación (organizada por egiptólogos) de «la corriente general». Ellas se reflejan
en mi afirmación de que merece la pena buscar la Sala de Archivos, pero no de un
modo tangible. Ya sabéis, como el Santo Grial.
En 1977-1978 tuve ocasión de trabajar no sólo en el proyecto de Gizeh del SRI
sino también con Zahi Hawass en excavaciones de antiguos yacimientos desdeñados
por anteriores arqueólogos en el ángulo noreste del recinto de la Esfinge, al lado
mismo de la garra norte y en el suelo del templo de la Esfinge. Recuperamos vasijas,
trozos de herramientas de piedra y otros materiales en el mismo suelo y llenando
profundos hoyos, zanjas y grietas, material que no puede sino haber sido dejado allí
por los constructores de la Esfinge y las pirámides del Imperio Antiguo.
Estos hallazgos y los resultados negativos del proyecto del SRI zanjaron la
cuestión para mí. Es decir, comprendí que la probabilidad de que el relato de Cayce
sobre Egipto y los monumentos de Gizeh (y su «historia» antigua sobre la Atlántida,
etcétera) reflejaran hechos reales era mínima.
Mi interés por la literatura a lo Cayce por lo que pudiera tener que ver con los
testimonios arqueológicos se había evaporado, aunque todavía me interesa el género
en lo que tiene de fenómeno social y literario. Mucho más fascinantes eran mis
encuentros con la realidad tangible. Me entusiasmaba el proceso de reconstruir el
pasado partiendo de elementos empíricos. Dejé a un lado mi interés por la dinámica
de los credos y los temas filosóficos y religiosos y, durante la década siguiente, me
dediqué a trabajos arqueológicos sobre el terreno para varios proyectos en distintos
lugares de Egipto. En Gizeh, mi interés y mi investigación ya no se centraban en
Cayce ni en puntos de vista similares. En 1982, hice la labor de documentación y
redacción de una monografía egiptológica sobre la tumba de Heteferes (publicada en
1985 por el Instituto Arqueológico Alemán). Las ideas de Cayce nada tienen que ver
con esta obra.
Mientras tanto, Hugh Lynn Cayce (hasta su muerte), Charles Thomas Cayce y
otros miembros del entorno de Cayce siguieron siendo buenos amigos míos. Algunos
(aunque no todos) seguían interesados en colaborar con las investigaciones en Gizeh.
Su apoyo al Proyecto para la Datación de las Pirámides por el Radiocarbono fue la
Página 294
manera de hacer algo útil por la arqueología de las pirámides, además de poner a
prueba sus ideas acerca del origen y la antigüedad de la Gran Pirámide y la Esfinge.
Recuerdo un momento muy personal cuando, en 1983, yo trabajaba para una
expedición en Abydos, centro del culto a Osiris en el Alto Egipto. Las tumbas de los
primeros faraones de Egipto estaban hundidas en un espolón de desierto bajo, muy al
oeste de los cultivos, cerca de la base de la gran hendidura de los altos riscos, que
para los antiguos egipcios probablemente simbolizaba la entrada al Mundo Inferior.
Muchos siglos después, una de la tumbas de un hombre de carne y hueso, uno de los
reyes de la I dinastía, fue consagrada Tumba de Osiris. Durante los siglos posteriores,
centenares de peregrinos depositaron ofrendas en vasijas de barro, y montañas de
vasijas rotas cubrieron el lugar, lo que dio origen a su nombre árabe de Umm el-Qa-
ab, «Madre de las Ollas». Una tarde, a la puesta del sol, fui dando un paseo desde el
barracón hasta Umm el-Qa-ab. Mientras miraba las tumbas desde lo alto de los
montículos, me pregunté si los antiguos peregrinos creerían realmente que el dios
Osiris en persona estaba enterrado allí, y si «los que se sientan cerca del templo»
(como diría un proverbio zen, los sacerdotes) sabrían que se habían limitado a
equipar una de las tumbas de la I dinastía de un faraón para que «simbolizara» el
entierro de Osiris. Pensé en mi propia peregrinación, que me había traído a Egipto y
en el mito de la Sala de Archivos. Comprendí que aquello formaba parte de una
visión del mundo que se había desprendido de mí, como un témpano de hielo
desgajado de un continente, que ahora estuviera fundiéndose en un mar lejano.
Perdonadme que sea tan grandilocuente. Pero, Graham, estoy de acuerdo con lo
que dices en tu última carta, de que los lectores tienen que conocer los hechos para
valorar las opiniones de las autoridades académicas.
Sinceramente,
Mark Lehner
PS: Una puntualización. Probablemente, ello no importe al lector en general, pero la
diferencia entre profesor ayudante —mi cargo en el Instituto Oriental— y profesor
tiene su importancia en el mundo de la docencia. Dimití de mi cargo a plena
dedicación, pero aún soy profesor ayudante visitante en la Universidad de Chicago y
el Instituto Oriental, adonde vuelvo cada dos años a dar clase.
cc: Brude Ludwig
Douglas Rawls
A: Mark Lehner
De: Graham Hancock
Página 295
8 de diciembre de 1995
Querido Mark:
Gracias por tu nueva carta del 16 de noviembre de 1995 en respuesta a nuestro
borrador revisado del capítulo V. Apreciamos mucho tu franqueza.
Si no tienes inconveniente, proponemos publicar el borrador del capítulo V que
has visto e incluir tu carta del 16 de noviembre de 1995 completa en un apéndice.
Nos parece que es una manera justa y razonable de presentar el caso al público. Si no
sabemos de ti en las dos semanas próximas consideraremos que estás de acuerdo.
Feliz Navidad y buen Año Nuevo.
Cordialmente,
Graham Hancock
PS: Recordamos un título (no cuatro) que tú «enumeraste» durante «cierta animada
conversación en una cena». Éste era Ancient Egyptian Construction and Arquitecture,
de Clarke y Engelbach. Desde entonces lo hemos leído los dos y no nos impresionó
mucho. Como ya sabes, Robert Bauval es aparejador y pasó veinte años construyendo
grandes edificios en el Cercano Oriente. En mi opinión —y a pesar de lo que digan
Clarke y Engelbach— ello le da un fundamento desde el que abrir un diálogo «ameno
y estimulante» sobre la logística de la construcción de la Gran Pirámide. No hay nada
que sustituya a la experiencia, por muchas «fuentes primarias» que «leamos y
absorbamos». (Y a propósito, ¿en qué sentido son una fuente primaria Clarke y
Engelbach? ¿Estaban allí cuando se construyó la Pirámide? ¿La construyeron ellos?).
Página 296
APÉNDICE IV
El observador que se sitúe en Gizeh, o en cualquier otro lugar del planeta en el que
nada obstruya la vista en sentido horizontal, percibirá el paisaje como un gran círculo
cuyo borde es el horizonte, y él mismo, el centro: de ahí el término «horizonte» que
utilizaban los antiguos para referirse a la necrópolis de Gizeh. El paisaje celeste se
percibe como una enorme cúpula semiesférica o hemisferio que parece descansar
sobre el horizonte.
El paisaje terrestre, de «abajo», está fijo. El paisaje celeste, de «arriba», empero,
parece girar constantemente en torno a un eje imaginario que pasa a través de los dos
polos de la Tierra y se prolonga hacia los «polos celestes». La aparente rotación del
cielo hace que los orbes celestes —las estrellas, el Sol, la Luna y los planetas—
salgan por el este, culminen en el meridiano (un arco imaginario que discurre de norte
a sur por encima de la cabeza del observador) y se pongan por el oeste.
Las observaciones de la salida del Sol durante todo el año permiten fijar cuatro
puntos distintos, llamados coluros, en la eclíptica del Sol por las doce constelaciones
del Zodíaco. Estos puntos son los dos equinoccios (primavera y otoño) y los dos
solsticios (verano e invierno). Actualmente se producen en los siguientes signos
zodiacales:
La tabla siguiente indica en qué signos del Zodíaco «cayeron» los cuatro coluros en
distintas épocas:
Página 297
En rigor, el término «coluros» designa los dos grandes círculos de la esfera
celeste que se cortan en ángulo recto y, pasando por los polos, cruzan los dos puntos
equinocciales y solsticiales.
El movimiento diurno, o aparente durante el día, del Sol es de este a oeste, El
movimiento anual, o aparente durante el año, mucho más lento, es de oeste a este
sobre el fondo de un paisaje estrellado y por una senda llamada eclíptica o círculo
zodiacal (que contiene los doce signos del Zodíaco). También a causa del fenómeno
de la precesión de los equinoccios, los cuatro puntos de los coluros (los dos
equinoccios y los dos solsticios) parece que derivan hacia el oeste a la muy pequeña
velocidad de 50,3 segundos de arco al año (el circuito completo, en unos 25 920
años).
Estos movimientos cíclicos que se observan en el cielo no significan que el cielo
se mueva, sino que se deben a la propia rotación de la Tierra en un día, a su órbita
alrededor del Sol al cabo del año y a su lento balanceo que determina el «Año
Mango» (de 25 920 años «solares»). Como ya hemos dicho, el efecto más perceptible
de este último es el de que los cuatro puntos de los coluros que marcan en la eclíptica
los dos equinoccios y los dos solsticios se desplazan en el sentido de las manecillas
del reloj por el círculo zodiacal.
Todos los días hay un momento en el que estos cuatro puntos de los coluros se
encuentran perfectamente alineados con los cuatro puntos cardinales del globo
terrestre, definidos en el horizonte por las direcciones este, sur, oeste y norte. Es en
este momento cuando puede decirse que cielo y tierra son uno «reflejo» del otro. En
la terminología arcaica, es cuando puede expresarse con mayor propiedad el axioma
hermético «así abajo como arriba».
En este momento exacto, el coluro que contiene los dos puntos solsticiales pasa
sobre la cabeza del observ ador de norte a sur y se convierte en el meridiano principal
del observador. El coluro que contiene los dos puntos equinocciales pasará de este a
oeste y cruzará el horizonte por este y oeste, definiendo así el paralelo del observador.
Usando nuevamente la terminología arcaica, ahora es cuando el observador se
encuentra en el «centro del universo visible».
Una forma sencilla y al mismo tiempo exacta de saber cuándo se produce esta
conjunción «así abajo como arriba» consiste en utilizar una estrella brillante situada
en el coluro que contenga los dos puntos solsticiales. La elección de una estrella
brillante situada en el coluro lo más cerca posible del punto del solsticio de invierno
Página 298
permite al observador fijar el cielo en el momento más favorable, aquél en el que por
el este aparece el punto vernal (de la primavera). Esto se consigue por el simple
medio de esperar a que la estrella en cuestión cruce el meridiano sur. Cuando esto
ocurre, el punto del solsticio de invierno está en el sur y los restantes coluros cuadran
con los demás puntos cardinales.
Ahora bien, el efecto de la precesión del punto vernal hace que, con el tiempo, la
estrella cambie de posición. Al cabo de un siglo aproximadamente, ya no es posible
utilizar la misma estrella.
Con frecuencia se ha dicho que la Gran Pirámide está perfectamente orientada a
los cuatro puntos cardinales. Lo más probable, como veremos, es que esté orientada a
los cuatro coluros cuando éstos se encuentran en los puntos cardinales. Por lo tanto,
la orientación de la Pirámide no es puramente direccional, sino también, y quizá más
especialmente, «temporal».
En 1934, el astrónomo francés E. M. Antoniadi observó muy acertadamente que
el «carácter astronómico de las pirámides (de Gizeh) está establecido por los
siguientes hechos:
Estos hechos confirmados, así como el que la Gran Pirámide sea un modelo
matemático casi perfecto de la bóveda o hemisferio celeste, hacen de este monumento
una representación material y terrena del firmamento. Sin embargo, cuando lo
relacionamos con una estrella específica, entra en la ecuación el elemento «tiempo».
Recordemos que los constructores ajustaron el eje principal norte-sur de la Gran
Pirámide al tránsito de Al Nilak, la más baja de las tres estrellas que forman el
cinturón de Orion, por el meridiano sur. Recordemos también que las tres Pirámides
de Gizeh están dispuestas a 45 grados del eje meridiano y que esta particularidad está
reflejada en la imagen que las tres estrellas del cinturón de Orion ofrecían hacia 10
500 a. C. Ahora bien, esta fecha no era arbitraria, sino que corresponde al punto más
bajo, o «Tiempo Primero» del ciclo precesional de Orion. Para los antiguos, Orion era
«Osiris», y también éste tuvo un «Tiempo Primero» o génesis.
La reconstrucción por ordenador de los cielos de 10 500 a. C. nos muestra a la
estrella Al Nitak situada precisamente en el coluro que contenía los dos puntos
solsticiales, más cerca del solsticio de invierno. Si hubiera allí un observador para
«fijar» la exacta circunstancia de «así abajo como arriba» que se daba en 10 500 a.
C., la imagen del firmamento que contuviera la estrella Al Nitak se convertiría en un
«holograma» en la tierra, precisamente en la forma que hoy encontramos en Gizeh.
Que una relación cielo-tierra tan perfecta no puede ser resultado de una
Página 299
«coincidencia» increíble lo confirma la salida de Leo por el punto del equinoccio que
se produjo precisamente en la misma época de 10 500 a. C. y precisamente en el
tránsito de la estrella Al Nitak por el meridiano sur. Ello puso el punto del equinoccio
vernal (primavera) en perfecta alineación con la Gran Esfinge, contrapunto terrestre
de la imagen de Eco. Por lo tanto, parece inevitable la conclusión de que los antiguos
habitantes de la región establecieron un meridiano principal global en Gizeh
encuadrado en el marco temporal de 10 500 a. C.
Ahora bien, ello implica que aquellas gentes trataban de «navegar» no sólo en la
distancia («espacio»), sino también en el «tiempo». ¿Qué pensaban conseguir con
ello? ¿Cómo se «navega» por el tiempo?
Hipotéticamente por lo menos, un mecanismo temporal encajado en los coluros
de 10 500 a. C. ofrecería al Rey-Horus «reencarnado» un paisaje subliminal o «teatro
mágico», en el punto álgido de su extensa iniciación, para que dedujera
intuitivamente cuánto había viajado su «alma» por el tiempo desde su punto de
génesis. En las partes tercera y cuarta de este libro hemos mostrado cómo el Rey-
Horus pudo utilizar el fenómeno de la precesión de los equinoccios para realizar esta
tarea, induciendo a su mente a emprender un viaje o búsqueda de sus «antepasados»
utilizando el marco arquitectónico o «ambiente cósmico» subliminal de Gizeh como
una especie de «memoria» estelar. Hoy utilizamos un ordenador para simular los
cielos pretéritos en un monitor. Nosotros sugerimos que el iniciado, el Rey-Horus,
pudo haber realizado esta tarea por intuición, con el «ordenador» de su mente y el
«monitor» de su percepción interna. Esta conclusión no nos presenta problema
alguno. Hemos descubierto que, familiarizándonos por completo con los
movimientos aparentes del firmamento y reconstruyendo constantemente los cielos
antiguos con la ayuda del ordenador, las imágenes, coordenadas y épocas penetran en
la mente de modo subliminal y quedan almacenadas en la memoria. Hemos
descubierto por nosotros mismos que estos «archivos» se abren fácilmente a
voluntad, sin la ayuda mecánica del ordenador. Por lo tanto, hipotéticamente, con esta
«memoria estelar» almacenada en la mente, si de pronto nos encontráramos
proyectados a una «zona temporal» del futuro, digamos el año 6000 d. C., podríamos
deducir con relativa facilidad en qué medida habíamos avanzado en el tiempo.
Por consiguiente, por extensión, podría decirse que la función del esquema de
Gizeh es la de proporcionar un aparato «holográfico» prácticamente indestructible
para uso de entidades «reencarnadas» o «renacidas» del linaje de Horus, a fin de
inducir la «remembranza» de una génesis «divina» en Egipto, en el entorno temporal
de 10 500 a. C. De todos modos, la función esencial parece haber sido la de perpetuar
la «inmortalidad» de sus almas en el «tiempo», en definitiva, la suprema experiencia
gnóstica, que implica la liberación de la parte espiritual del ente vivo separándola de
su parte material e inerte. Dicho de otro modo: el hombre «vivo» es el resultado de
una unión holográfica entre materia y espíritu. Al parecer, los «seguidores de Horus»
creían que el mecanismo cósmico volvía a separar a uno de otro.
Página 300
Somos conscientes de que estas cuestiones nos llevan al brumoso ámbito de la
metafísica, la percepción extrasensorial y la parapsicología, del que hemos procurado
mantenernos alejados. No obstante, hemos de dar respuesta a nuestra intuición de que
aquellos misteriosos «seguidores de Horus» que instauraron su academia iniciática y
«astronómica» en Heliopolis y cuyo genio quedó plasmado en la construcción del
asombroso aparato «holográfico» de Gizeh estrella/piedra (espíritu/materia) debieron
de seguir un razonamiento metafísico muy parecido a éste. Todas las referencias de
los textos antiguos a esta misteriosa hermandad sugieren que nos las habernos no con
«sacerdotes», sino con maestros que comprendían perfectamente la psique humana y
dominaban las técnicas subliminales necesarias para despertar la «memoria remota»
mediante profundas percepciones internas del «tiempo». Las enseñanzas esotéricas y
la iniciación a tales misterios cósmicos utilizando el cielo, desde luego, no tienen los
prosaicos fines que les atribuyen los egiptólogos, de desarrollar y perfeccionar
calendarios para la «irrigación de la tierra» y las «ceremonias religiosas», sino que
son mucho más sublimes: llegar a la capacidad extrasensorial de la mente humana y
controlarla a fin de conectar con el «fluido del tiempo», invisible e inmaterial, pero
muy perceptible.
Para quienes buscan explicaciones «científicas» las preguntas pueden formularse
de otro modo: ¿llevamos los seres humanos «archivos de memoria remota» en los
genes? En tal caso, ¿no sería posible recuperar esos «archivos» utilizando las debidas
claves subliminales?
Mejor aún: ¿está nuestro «consciente» unido umbilicalmente al «tiempo», de
modo que éste meramente pasa a través de la materia biológica, nosotros, como el
hilo a través de las cuentas de un collar?
Desde hace mucho tiempo, los que estudian la historia del intelecto han apreciado
que la arquitectura monumental y las imágenes de arquetipos pueden ser poderosos
resortes subliminales para evocar la «memoria» que duerme en la mente de aquéllos a
quienes la iniciación ha hecho receptivos. Los paneles y los vitrales de las catedrales
góticas o los frescos como los de la capilla Sixtina son ejemplos claros de este
poderoso juego mental que Simónides de Ceos, poeta del siglo IV a. C., definió
certeramente como «poesía silenciosa». Estos antiguos recordatorios y la refinada
técnica desarrollada para su utilización, llamada en general «mnemotecnia», fueron
objeto de una importante tesis de Dame Frances A. Yates, publicada en 1966 con el
título de The Art of Memory. En este libro, Yates muestra que en la Grecia antigua se
enseñaban poderosas técnicas cerebrales que se derivaban de la llamada «tradición
hermética egipcia»[701]. Recientemente, Murry Hope, en una tesis titulada Time the
Ultimate Energy, planteó el complejo tema del «viaje en el tiempo» como una forma
de energía y sugirió que en el Egipto predinástico los iniciados podían haber
comprendido y dominado el «tiempo» por medio de una habilidad aún ignorada de
salirse de los límites del «tiempo» biológico y entrar en un ámbito mental de otra
percepción temporal. Murry Hope llama a este ámbito «Tiempo Exterior».
Página 301
Análogamente, en otro estudio reciente, el escritor y filósofo Colin Wilson mantiene
audazmente que los pueblos antiguos pudieran haber cultivado poderosas facultades
extrasensoriales mediante «un sistema de conocimientos diferente» basado en el
pensamiento intuitivo (a diferencia del racionalista o «solar») a fin de acceder a
estadios más elevados del consciente. Este consciente superior pudiera haber sido la
puerta de una percepción distinta del «tiempo».
El Instituto de Investigaciones Stanford en California, más conocido por SRI (de
Stanford Research Institute) International, una de las instituciones científicas más
prestigiosas de Estados Unidos, estudió atentamente si estas inéditas facultades para
percibir ámbitos de tiempo dilatados podrían formar parte intrínseca de la maquinaria
mental humana. En 1972, el SRI International fue reclutado como consultor oficial en
los llamados programas de visión remota organizados por la CIA y otros
departamentos gubernamentales, incluidos la marina, el ejército y la Agencia de
Información de la Defensa (DIA) de Estados Unidos. Los programas estaban
dirigidos por el doctor Hal Puthoff, físico prestigioso, que empleó a renombrados
videntes (llamados «videntes remotos» en la jerga del SRI) para «localizar»
instalaciones y objetivos militares enemigos utilizando dotes extrasensoriales.
El lector recordará que el SRI International (que ha sido llamado «el segundo
trust de cerebros» de Estados Unidos) también intervino, en 1973, en proyectos
arqueológicos en Egipto con tecnología punta y, por lo menos en una ocasión,
intervino con la Fundación Edgar Cayce en una serie de proyectos de detección
remota realizados en Gizeh (véase capítulo V).
Muchos «videntes remotos» que intervinieron en los programas, como Ingo
Swann y Nel Riley, este último sargento del ejército de Estados Unidos, afirmaban
poseer facultades para emprender una especie de «viaje en el tiempo» a cualquier
remoto lugar del globo. Estas afirmaciones recuerdan en muchos aspectos las hechas
por los adeptos de Edgar Cayce que mantienen que, cuando se encuentran en un
trance profundo o bajo los efectos de la hipnosis, pueden «recordar» vidas pasadas, es
decir, «viajar en el tiempo» mentalmente a lugares remotos. El propio Cayce, al que
se ha llamado el más célebre médium y vidente, aseguraba haber vivido en Egipto en
el 10 500 a. C., afirmación que, en cierto momento, como hemos visto en el
capítulo V, fue considerada digna de ser investigada, por el egiptólogo Max Lehner a
principios de los años setenta, en el marco de sus investigaciones científicas en
Gizeh.
Página 302
APÉNDICE V
Las pruebas presentadas en este libro sobre los orígenes y la antigüedad de los
monumentos de la necrópolis de Gizeh sugieren que, con las herramientas de la
moderna arqueoastronomía informatizada, la génesis, el plan y el trazado original del
lugar pueden ser situados hacia el 10 500 a. C. También hemos apuntado, basándonos
en una combinación de indicadores geológicos, arquitectónicos y
arqueoastronómicos, que la Gran Esfinge, sus «templos» megalíticos anejos y, por lo
menos, las primeras hiladas de la llamada «Pirámide de Kefrén» pudieran datar de
aquella remota época.
Deseamos hacer hincapié en que nosotros no situamos la construcción de la Gran
Pirámide en 10 500 a. C. Por el contrario, señalamos que sus alineaciones
astronómicas interiores —los canales estelares de las cámaras del Rey y de la Reina
— son congruentes con una fecha de terminación correspondiente al Imperio Antiguo
de Egipto, hacia el 2500 a. C. Esta fecha, en sí, debería ser incuestionable, ya que en
modo alguno contradice el consenso académico de que el monumento fue construido
por Keops, el segundo faraón de la IV dinastía que gobernó entre 2551 y 2528 a. C.
[702]. Ahora bien, lo que sitúa nuestra teoría en flagrante contradicción con la opinión
Página 303
Pero ¿y si se hubiera demostrado que esas cuatro pirámides no son anteriores,
sino posteriores? Supongamos, por ejemplo, que se encuentran pruebas arqueológicas
concluyentes —por ejemplo, muestras fiables datadas al carbono— que demuestran
que en la Gran Pirámide se iniciaron los trabajos unos 1300 años antes del
nacimiento de Keops y que el monumento estaba casi terminado unos trescientos
años ¿antes de su ascensión al trono? Estas pruebas, de existir, desmentirían la teoría
egiptológica ortodoxa sobre los orígenes, función y antigüedad de la Gran Pirámide,
ya que destruiría la «secuencia» Saqqara Meidum Dahshur Gizeh al hacer a la Gran
Pirámide, técnicamente avanzada, mucho más vieja que su supuesta «antecesora», la
mucho más rudimentaria pirámide escalonada de Zoser. Si la secuencia quedara
invalidada, sería todavía más difícil que ahora para los académicos explicar el
inmenso saber arquitectónico y la exquisita precisión de la Gran Pirámide (ya que es
contrario a toda razón suponer que una obra tan avanzada y sofisticada hubiera
podido ser acometida por constructores sin conocimientos de arquitectura
monumental).
Por extraño que parezca, sí existen datos objetivos que suscitan fuertes dudas
acerca de la secuencia arqueológica ortodoxa. Estos datos fueron recogidos y
publicados en 1986 por el Proyecto de Datación al Carbono de las Pirámides (dirigido
por Mark Lehner y al que alude en su carta publicada en el apéndice III). Con
financiación de la Fundación Edgar Cayce, Lehner recogió quince muestras del
mortero de la manipostería de la Gran Pirámide. Se escogieron estas muestras de
mortero porque contenían fragmentos de material orgánico que, a diferencia de la
piedra natural, puede ser datado al carbono. Dos de las muestras fueron analizadas en
el Laboratorio de Radiocarbono de la Universidad Metodista del Sur en Dallas,
Texas, y las otras trece fueron llevadas a laboratorios de Zurich, Suiza, para ser
datadas por el más sofisticado sistema del acelerador. De acuerdo con el
procedimiento habitual, los resultados fueron calibrados y confirmados respecto a
muestras de anillos de árbol[704].
El resultado fue sorprendente. Según comentó Mark Lehner en aquel entonces:
Página 304
A pesar de la insistencia de Lehner de que la datación fue realizada de acuerdo con
procedimientos científicos rigurosos[706] (lo suficiente, normalmente, como para que
estos datos sean acreedores a la plena aceptación de los estudiosos), es curioso que
estos análisis apenas levantaran «polvareda». Por el contrario, los egiptólogos han
hecho caso omiso de sus implicaciones y los resultados no han sido ampliamente
publicados ni comentados en la prensa académica ni en la popular. No acertamos a
explicarnos esta aparente indiferencia de los estudiosos ni comprendemos por qué
nadie se ha preocupado de extraer y datar nuevas muestras del mortero de la Gran
Pirámide, a fin de corroborar los resultados obtenidos por Lehner, potencialmente
revolucionarios.
Hay que considerar, empero, la alarmante posibilidad de que estos extraños
descuidos respondan a una especie de pauta.
Como señalamos en el capítulo VI, un trozo de madera que había permanecido
encerrada en el interior de los canales de la Cámara de la Reina desde la terminación
de las obras figuraba entre la singular colección de reliquias extraídas de la Gran
Pirámide en 1872 por el ingeniero británico Waynman Dixon. Las otras dos
«reliquias Dixon» —el pequeño gancho metálico y la esfera de piedra— han sido
localizadas, después de haber estado extraviadas en el Museo Británico durante
mucho tiempo. El paradero del trozo de madera se ignora todavía[707].
Es francamente desalentador. La madera, por ser orgánica, puede datarse al
carbono con exactitud. Puesto que se sabe que el bastón fue encerrado en el interior
de la Pirámide en el momento de la construcción del monumento, teóricamente los
datos de la prueba al radiocarbono efectuada en ella podrían confirmar la fecha en
que se realizó tal construcción.
Una madera perdida no puede analizarse. Afortunadamente, empero, como
decíamos en el capítulo VI, es probable que dentro del canal norte de la Cámara de la
Reina siga todavía in situ otra madera parecida. Esta madera era claramente visible en
la cinta grabada por Upuaut, la cámara-robot de Rudolf Gantenbrink, que fue pasada
ante un grupo de distinguidos egiptólogos en el Museo Británico el 22 de noviembre
de 1993[708].
Se nos ha informado de que sería una labor relativamente simple y barata extraer
del canal norte el trozo de madera. Pero más de dos años y medio después del
visionado de aquella cinta en el Museo Británico, no se ha dado paso alguno para
llevar a cabo la operación. La madera sigue allí, su edad sigue ignorada, y Rudolf
Gantenbrink, como hemos visto en el capítulo VI, no ha sido autorizado a terminar su
exploración de los canales.
Página 305
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Robert Bauval es un ingeniero y escritor, nacido el 5 de marzo de 1948 en Alejandría,
Egipto, de padres de origen belga. Fue educado en el colegio para muchachos
ingleses La escuela de Alejandria, en Egipto, y en el Colegio franciscano en
Buckinghamshire, Reino Unido.
Su familia fue expulsada de Egipto durante el gobierno de Gamal Abdel Nasser. Ha
pasado la mayor parte de su tiempo viviendo y residiendo en otros países del Oriente
Medio y África.
Ingeniero civil, desde muy joven se interesó por la egiptología y en la década de 1980
inició una investigación sobre las Pirámides de Egipto que intentaba combinar la
astronomía y la historia. Ha publicado numerosos artículos sobre este tema y varios
de sus hallazgos han sido presentados en el British Museum. Bauval es conocido
especialmente por su teoría sobre la Correlación de Orión (TCO), que establece una
relación entre la pirámides egipcias de la IV dinastía, en la meseta de Guiza, y el
alineamiento de ciertas estrellas de la constelación de Orión, llamada comúnmente
Cinturón de Orión.
Página 310
Graham Hancock nació en Edimburgo en 1950. Es licenciado en sociología y en la
actualidad se dedica a la escritura de libros sobre ocultismo y misterios del mundo. Se
le considera uno de los creadores de la llamada Teoría de la correlación de Orión, en
la que se afirma que las pirámides representan al Cinturón de Orión.
Desde su infancia, Graham Hancock ha pasado grandes temporadas de su vida en
países exóticos. De niño, estuvo en la India junto a su padre que trabajaba como
cirujano. Fue sólo el inicio de su fascinación por las antiguas culturas, pues tras
licenciarse en sociología y periodismo, marchó a Etiopía.
En 1981 publicó su primer libro, Journey through Pakistan, al que le siguieron Under
Ethiopian Skies (1983), Ethiopia: The Challenge of Hunger (1984), AIDS: The
Deadly Epidemic (1986), Lords of Poverty (1989) y African Ark (1990). Aunque no
fueron libros sobre misterios del pasado, ya mostraban su tendencia a escribir obras
“de ruta” llenas de espectaculares fotografías, como después también veríamos en sus
hoy conocidos y respetados bestsellers como Talismán (2004) o La huella de los
dioses.
Página 311
Notas
Página 312
[1] Selim Hassan, Excavations at Giza, Government Press, El Cairo, 1946, tomo VI,
Página 313
[2] Ibid. <<
Página 314
[3] E. A. Wallis Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, Dover Publications,
Página 315
[4]
Selim Hassan, The Sphinx: Its History in the Light of Recent Excavations,
Government Press, El Cairo, 1949, p. 76. Véase también Veronica Seton-Williams y
Peter Stock, Blue. Guide Egypt, A. & C. Black, Londres, 1988, p. 432. <<
Página 316
[5] Zahi Hawass y Mark Lehner, «The Sphinx: Who Built It and Why», Archaeology,
Página 317
[6] En inglés hay muchas y sorprendentes reminiscencias del egipcio antiguo. Por
Página 318
[7] I. E. S. Eduards, The Pyramids of Egypt, Pelican Books, Londres, 1949, p. 106. <<
Página 319
[8] Ahmed Fakhrv, The Pyramids, University of Chicago Press, Chicago, 1969,
p. 159. <<
Página 320
[9] Mark Lehner, «Computer Rebuilds the Ancient Sphinx», National Geographic,
tomo 179, número 4, abril de 1991; Mark Lehner, «Reconstructing the Sphinx»,
Cambridge Archaeological Journal, tomo I, número 1, abril de 1992. <<
Página 321
[10] National Geographic, abril 1991, op. cit. <<
Página 322
[11] Ibid. <<
Página 323
[12] Ibid. <<
Página 324
[13] Cambridge. Archaeological Journal, op. cit., pp. 10 y 11. <<
Página 325
[14] Ibid., p. 9. <<
Página 326
[15] Ibid., p. 20. <<
Página 327
[16] John Anthony West, Serpent in the Sky: The High Wisdom of Ancient Egypt,
Página 328
[17] Ibid., p. 232. <<
Página 329
[18] American Association for the Advancement of Science, Chicago, 7 de febrero de
Página 330
[19] Cambridge Archaeological Journal, op. cit., p. 6. <<
Página 331
[20] Para una más extensa discusión de la cuestión de la datación, véase Graham
Página 332
[21] Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 75. <<
Página 333
[22] Cambridge Archaeological Journal, op. cit., p. 6 <<
Página 334
[23] E. A. Wallis Budge, «Stela of The Sphinx», en A History of Egypt, Londres, 1902,
Página 335
[24] Ibid., pp. 85-86. <<
Página 336
[25] James Henry Breasted, Ancient Records of Egypt, Histories and Mysteries of Man
Página 337
[26] Ibid. <<
Página 338
[27] Ibid. <<
Página 339
[28] National Geographic, abril de 1991, op. cit. <<
Página 340
[29] Gaston Maspero, The Passing of Empires, Nueva York, 1900. <<
Página 341
[30] James Henry Breasted, Ancient Records, op. cit., tomo I, pp. 83-85. <<
Página 342
[31] Gaston Maspero, The Dawn of Civilization, SPCK, Londres, 1894, p. 247. <<
Página 343
[32] Gaston Maspero, A Manual of Egyptian Archaeology, p. 74. <<
Página 344
[33] Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 91. <<
Página 345
[34] American Association for the Advancement ol Science, 1992, debate «¿Cuántos
Página 346
[35] Archaeology, septiembre-octubre de 1994, op. cit., pp. 32-33. <<
Página 347
[36] Ibid., p. 34. <<
Página 348
[37]
R. A, Schwaller de Lubicz, Sacred Science, Inner Traditions International,
Rochester Vt, 1988, p. 96. <<
Página 349
[38] John Anthony West, Serpent, op. cit., pp. 1-3. <<
Página 350
[39] Ibid., p. 186. <<
Página 351
[40] Ibid., p. 187. <<
Página 352
[41] Ibid., p. 226. <<
Página 353
[42] Ibid., p. 225. <<
Página 354
[43] Ibid., p. 226 <<
Página 355
[44] Ibid., p. 227. <<
Página 356
[45] Ibid. <<
Página 357
[46] Ibid. <<
Página 358
[47] Ibid., pp. 226-227. <<
Página 359
[48] Ibid., p. 228. <<
Página 360
[49] Entrevistado en el documental de televisión de la NBC Mystery of the Sphinx,
1993. <<
Página 361
[50] John Anthony West, Serpent, op. cit., p. 227. <<
Página 362
[51] Citado en An Akhbar El Yom, 8 de enero de 1994. <<
Página 363
[52] John Anthony West, Serpent, op. cit., p. 229. <<
Página 364
[53] Boston Globe, 23 de octubre de 1991. <<
Página 365
[54] Los Angeles Times, 23 de octubre de 1991. <<
Página 366
[55] John Anthony West, Serpent, op. cit., p. 229. <<
Página 367
[56] Ibid. <<
Página 368
[57] Ibid. <<
Página 369
[58] Ibid. <<
Página 370
[59] Ibid., p. 229. <<
Página 371
[60] Ibid., p. 230. <<
Página 372
[61] Ibid., p. 229. <<
Página 373
[62] Mystery of The Sphinx, op. cit. <<
Página 374
[63] Ibid., y KMT. tomo V, número 2, verano de 1994, p. 7. <<
Página 375
[64] Sobre el peso de los bloques véase I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op.
cit., p. 215; John Anthony West, Serpent, op. cit., p. 242; John Anthony West, The
Traveller’s Key to Ancient Egypt, Harrap Columbus, Londres, 1989, pp. 143-145;
Mystery of The Sphinx, op. cite, Dr. Joseph Davidovits y Margie Morris, The
Pyramids: An Enigma Solved, Dorset Press, Nueva York, 1988, p. 51. <<
Página 376
[65] Mystery of The Sphinx, op. cit. <<
Página 377
[66] Entrevistado en Ibid. <<
Página 378
[67] Véase, por ejemplo, I. E. S. Edwards, Pyramids of Egypt, op. cit., p. 220; John
Baines y Jaromir Malek, Atlas of Ancient Egypt, Time-Life Books, 1990, pp. 138-
139. <<
Página 379
[68] El estudio más detallado se presenta en Peler Hodges (Julian Keabie ed.), How
Página 380
[69] Ibid., p. 11. <<
Página 381
[70] Ibid., pp. 11-13. <<
Página 382
[71] Ibid. p. 13. <<
Página 383
[72] Jean Kerisel, preeminente geotécnico francés y presidente de la Sociedad Franco-
Página 384
[73] Testimonio de Roben Schoch presentado en Mystery of The. Sphinx, op. cit. <<
Página 385
[74] KMT, tomo V, op. cit., p. 7. <<
Página 386
[75] The Sacred Sermon (Hermetica, Libellus III), traducido al ingles por G. R. S.
Página 387
[76] Manuscrito del Museo Británico 25 619, pp. 15-19. <<
Página 388
[77]
W. M. Flinders Petrie, The Pyramids and Temples of Gizeh, Histories and
Mysteries oí Man Ltd., Londres, 1990, pp. 50-51. <<
Página 389
[78] Chassinat, Monuments et Mémoires, Fondation Piot, tomo XXV, p. 57. <<
Página 390
[79] Thor Heyerdahl, The Ra Expeditions, Book Club Associates, Londres, 1972,
p. 15. <<
Página 391
[80] Ibid., pp. 15-17. <<
Página 392
[81] Graham Hancock, Fingerprints of the Gods, op. cit.; Robert Bauval y Adrian
Página 393
[82] Gaston Maspero, The Dawn of Civilization, op. cit., pp. 366-367. Véase también
Peter Tompkins, Secrets of the Great Pyramid, Harper & Row, Nueva York y
Londres, 1978, p. 17 y W. M. Flinders Petrie, Pyramids and Temples, op. cit., p. 13.
<<
Página 394
[83] W. M. Flinders Petrie, Pyramids arid Temples, op. cit., p. 13. <<
Página 395
[84] El presunto descubridor fue Arquímedes. <<
Página 396
[85] Para más información, véase Fingeprints of the Gods, op. cit., capítulo [Link].
<<
Página 397
[86] Ibid. <<
Página 398
[87] Piazzi-Smyth, The Great Pyramid, Bell Publishing. Nueva York, 1990, pp. 79-80.
<<
Página 399
[88] Ibid., p. 80. <<
Página 400
[89] J. H. Cole, papel n.º 39, «The Determination of the Exact Site and Orientation of
the Great Pyramid of Giza», Survey of Egypt, El Cairo, 1925. Véase también I. E. S.
Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., p. 87. <<
Página 401
[90] Ibid. <<
Página 402
[91] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., p. 208. <<
Página 403
[92] Véase exposición en Flinders Petrie, Pyramids and Temples, op. cit., pp. 83-84.
<<
Página 404
[93] Véase Fingerprints of the Gods, op. cit., pp. 330-338, The Orion Mystery, op. cit.,
Página 405
[94] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., p. 93. <<
Página 406
[95] Agradecemos a James Macaulay la sugerencia. <<
Página 407
[96] Joseph R. Jochmans, The Hall of Records, manuscrito inédito, 1985, p. 175.
Véase también Hodges, How the Pyramids Were. Built, op. cit., p. 122. <<
Página 408
[97] Flinders Petrie, Pyramids and Temples, op. cit., p. 19. <<
Página 409
[98] Ibid. <<
Página 410
[99] Cifras de Vyse y Perrings que se citan en Edwards, The Pyramids of Egypt, op.
Página 411
[100] Ibid., pp. 88-96. <<
Página 412
[101] Ibid., p. 88. <<
Página 413
[102] Herodoto, The History, trad. de David Greene, University of Chicago Press,
Página 414
[103] Citado en Jochmans, The Hall of Records, op. cit., pp. 176-177. <<
Página 415
[104] R. Cook, The Pyramids of Giza, Seven Islands, Glastonbury, 1992, p. 52. <<
Página 416
[105] Jean Kerisel, «The Pyramid of Cheops: Further Research» (octubre y diciembre
Página 417
[106] Ibid, p. 6. <<
Página 418
[107] Ibid. <<
Página 419
[108] Ibid., p. 7. <<
Página 420
[109] Comunicado personal. <<
Página 421
[110] A. Badawy, «The Stellar Destiny of the Pharaoh and the so-called Air Shafts in
Cheops’ Pyramid», Mitt. Inst. Orient, zu Berlin, tomo X, 1964, pp. 189-206. <<
Página 422
[111] Véase, por ejemplo, I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., pp. 209-
210. <<
Página 423
[112] Para ampliación, véase The Orion Mystery, op. cit. <<
Página 424
[113] Véase, por ejemplo, E. M. Antoniadi, L’Astronomie Egyptienne, París, 1934, p.
119. <<
Página 425
[114] Véase The Orion Mystery op. cit., pp. 97-104. <<
Página 426
[115] Ibid. <<
Página 427
[116] Ibid., pp. 105-137. <<
Página 428
[117] Ibid. <<
Página 429
[118] Ibid. <<
Página 430
[119] Ibid., pp. 19-96. <<
Página 431
[120] Véase The Orion Mystery, op. cit., p. 192. <<
Página 432
[121] De la aplicación de la rigurosa fórmula de precesión, con las correcciones
correspondientes por nutación, aberración, movimiento propio (del último Catálogo
de Estrellas Brillantes de Yale) y paralaje, resulta 10 500 a. C. la época en que el
cinturón de Orión llegó a la mínima altitud (9° 25’ medida en el meridiano sur, es
decir, declinación 50° 35’). <<
Página 433
[122] Da un ciclo precesional completo de 25,920 años. <<
Página 434
[123] Para ampliación, véase Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend, Hamlets’s
Página 435
[124] Ibid., p. 59. <<
Página 436
[125] Véase Fingerprints of the Gods, op. cit., pp. 454-458. <<
Página 437
[126] Para ampliación, véase J. Norman Lockyer. The Dawn of Astronomy, MIT Press.
Página 438
[127] De Hermetica, trad. de sir Walter Scott, Shambhala, Boston, 1993, Asclepius III:
Página 439
[128] De la undécima división del Duat, en el «Book of What is in the Duat», trad. de
sir E. A. Wallis Budge en The Egyptian Heaven and Hell, Martin Hopklinson,
Londres, 1925, p. 240. <<
Página 440
[129] Ibid., división duodécima del Dual, p. 258. <<
Página 441
[130] Ibid., p. 70. <<
Página 442
[131] Para ampliación, véase The Orion Mystery, op. cit., pp. 179-184; Fingerprints of
Página 443
[132] Ibid. Véase también E. A. Wallis Budge, The Gods of the Egyptians. Dover
Página 444
[133] La tradición de que importantes «testimonios» fueron llevados a Egipto
«después del Diluvio», es decir, después de 10 000 a. C. se remonta por lo menos al
siglo III a. C. Se llalla, por ejemplo, en El libro de Sotihs (comentado por el
historiador bizantino Georgio Sinecelo, que vivió en el siglo IX d. C.) y que algunos
peritos atribuyen al escriba egipcio Manetón (véase Garth Fowdon, The Egyptian
Hermes, Princeton University Press, Nueva Jersey, 1993, pp. 29-33). La idea se
apunta también en el Kore Kosmou (extracto XXIII de los escritos herméticos) de los
siglos I y II d. C. (véase Hermética, op. cit., p. 461). En el Kore Kosmou (sección
VIII) la diosa Isis afirma que Thot depositó en un lugar secreto los «libros sagrados»
que contenían «los secretos de Osiris… los símbolos sagrados de los elementos
cósmicos» y después formuló un encantamiento para que estos libros no pudieran ser
«vistos ni descubiertos por los hombres que irán y vendrán por las llanuras de esta
tierra, hasta el tiempo en que el Cielo, llegado a la vejez, engendre organismos (es
decir, seres humanos) dignos de vosotros…». <<
Página 445
[134]
Andrew Thomas, From Atlantis to Discovery, Robert Hale, Londres. 1972.
p. 109. <<
Página 446
[135] Ibn Abd Alhokim y los manuscritos árabes de Ibn Khurradhbih y Lohfat, citados
por Joseph R. Jochmans, The Hall of Records, manuscrito inédito, 1985, p. 174.
Véase también John Greaves, Pyramidographia, 1646, traducción del árabe de Ibn
Alhokim. <<
Página 447
[136] Peter Tompkins, Secrets of the Great Pyramid, Allen Lane, 1972, p. 6. <<
Página 448
[137] El célebre Papiro de Westcar en el Museo de Berlín (Este) sugiere que en el
Página 449
[138] Estas tradiciones coptas fueron registradas por los cronistas árabes Al Qodai, Al
Masudi y Al Maqrizi, citados en Jochmans, The. Hall of Records, op. cit., p. 210. <<
Página 450
[139] Los llamados «Viejos Oficios» de la francmasonería hablan de un tal Hermenes
(sin duda, Hermes, es decir, Thot) que preservó los oficios grabando su conocimiento
en pilares u obeliscos sagrados (véase Fred L. Pick y G. Norman Knight, The. Pocket
History of Freemasonry, Frederick Muller, Londres, 1938, p. 32). En general, se
acepta que buena parte de la vena esotérica «egipcia» de la francmasonería, la
Rosacruz y, en cierta medida, la teosofía, se deriva de la llamada tradición hermética
que se desarrolló en Europa hacia finales del Renacimiento italiano, pero tenía sus
raíces en los textos griegos y coptos conocidos por escritos herméticos (véase Frances
A. Yates, Giordano Bruno and the Hermetic Tradition, University of Chicago Press,
Chicago, 1991), y también The Rosicrucian Enlightenment. Ark Paperbacks,
Londres, 1986, p. 212). <<
Página 451
[140] Harmon Hartzell Bro, Edgar Cayce: A Seer Out of Season, Signet Books, Nueva
York, 1990, pp. 43-44. La secretaria de toda la vida de Cayce fue Gladys Davis, a la
que se describía como «una atractiva rubia trigueña» que Cayce creía era la
reencarnación de Iso, su hija en tiempos de la Atlántida (ibid., p. 245). <<
Página 452
[141] Edgar Evans Cayce, Gail Cayce Schwartzer y Douglas G. Richards, Mysteries of
Atlantis Revisited: Edgar Cayce’s Wisdom for the New Age, Harper & Row, San
Francisco 1988. p. XXI. <<
Página 453
[142] Ibid., p. 119. Tuvimos el gusto de conocer personalmente al autor, Douglas
Página 454
[143] Ibid., p. 120. <<
Página 455
[144] «Lectura» de Edgar Cayce sobre la Gran Pirámide n.º 5748-6. Esta «lectura» se
dio en su casa de Arctic Crescent, Virginia Beach, Va., el 1 de julio de 1932 a las 4.10
de la tarde, hora local. <<
Página 456
[145] «Lectura» 378-16. Véase Mark Lehner, The Egyptian Heritage: Based on the
Página 457
[146] «Lectura» n.º 5748-6. The Egyptian Heritage, op. cit.. p. 119. <<
Página 458
[147] «Lectura» n.º 294-151. Véase Thomas Sugruc, There is a River: The story of
Edgar Cayce, A. R. E. Press, Virginia Beach, 1988, p. 393. Véase también Harmon
Hartzell Bro, A Seer Out of Seasott, op. cit.. p. 247. <<
Página 459
[148] Mark Lehner, The Egyptian Heritage, op. cit., p. 92. Véase también Harmon
Página 460
[149] Edgar Evans Cayce, etc., Mysteries of Atlantis, op. cit., p. 121. <<
Página 461
[150] Ibid., p. 131. <<
Página 462
[151] Confirmado por Douglas G. Richards en una conversación telefónica de la que
Página 463
[152] Edgar Evans Cayce, etc., Mysteries, op. cit., p. 131. En su carta del 15 de octubre
de 1995, Mark Lehner comentó acerca de nuestro borrador, que le enviamos sin
anotaciones: «No conozco la referencia de su nota [20] pero tengo la impresión de
que, más que un folleto escrito antes de que yo fuera a estudiar a la Universidad
Norteamericana de El Cairo, este resumen fue escrito a posteriori, varios años
después de 1973». <<
Página 464
[153] Edgar Evans Cayce, etc., Mysteries, op. cit., p. 132. <<
Página 465
[154] Mark Lehner, The Egyptian Heritage, op. cit., texto de la contraportada. <<
Página 466
[155] Ibid., p. V. <<
Página 467
[156] En la carta que nos escribió con fecha 15 de octubre de 1955, Mark Lehner hacía
este comentario: «Ni yo ni la Fundación Edgar Cayce tuvimos algo que ver con las
dos primeras temporadas del programa del SRI en las pirámides o en cualquier otro
lugar de Egipto. Esto no queda claro en su texto. El proyecto del SRI “Ciencia y
Arqueología” continuó el trabajo de Alvarez, que utilizaba rayos cósmicos (antes de
mi llegada a Egipto) para analizar la Segunda Pirámide, en busca de cámaras ocultas.
Yo conocí al equipo del SRI en 1977, en la época en que hacían mediciones
preliminares de resistividad en la Esfinge. El SRI buscaba cámaras secretas en Gizeh
mucho antes de que yo o la Fundación Edgar Cayce los conociéramos». <<
Página 468
[157] L. T. Dolphin, E. Moussa y otros. «Applications of Modem Sensing Techniques
Página 469
[158] Edgar Cayce, etc., Mysteries, op. cit.. p. 132. <<
Página 470
[159] Ibid. Véase también Zahi Hawass «Update» de The Pyramids and Temples of
Gizeh de sir W. M. Flinders Petrie, Histories and Mysteries of Man Ltd., Londres,
1990, p. 102. <<
Página 471
[160] Carta de Mark Lehner del 15 de octubre de 1995, p. 3. <<
Página 472
[161] Citado en Jochmans, The Hall of Records, op. cit., p. 221a. Confirmado en
Página 473
[162] Carta de Mark Lehner del 15 de octubre de 1995, p. 3. <<
Página 474
[163] Ibid. <<
Página 475
[164] Ibid. <<
Página 476
[165] Ibid. <<
Página 477
[166]
Para más detalles de los proyectos de Mark Lehner con el Centro
Norteamericano de Investigaciones en Egipto (American Research Center in Egypt,
ARCE) sobre la Esfinge, véase primera parte de esta obra. <<
Página 478
[167] Edgar Evans Cayce, etc., Mysteries, op. cit., pp. 142-143. El descubrimiento del
granito también nos fue confirmado por Mark Lehner en su carta, op. cit., p. 4. <<
Página 479
[168] Ibid. <<
Página 480
[169] Venture Inward, mayo-junio de 1986, p. 57. <<
Página 481
[170] Véase boletín del ARCE n.° 112, otoño de 1980, p. 20. («El Centro
Norteamericano de Investigaciones en Egipto agradece el apoyo de la Fundación
Edgar Cayce por el trabajo en el proyecto Esfinge»). Véase también boletín de ARCE
n.º 131, 1985, p. 44 (Mark Lehner del ARCE escribió: «Deseamos agradecer el
patrocinio financiero de… Bruce Ludwig de TRW Realty, Los Angeles… la
Fundación Edgar Cayce… Joseph y Ursula Jahoda de Astron Corporation, Falls
Church, Virginia… Matthew McCauley de McCauley Music. Los Ángeles…»). Se
agradece especialmente a Zahi Hawass, de la Universidad de Pennsylvania, su labor
de asesoramiento y su ayuda en el proyecto «y confiarnos en poder seguir contando
con su colaboración». La Fundación Edgar Cayce financió también (con 17 000
dólares) un proyecto en Gizeh en 1983-1984, que incluía una tentativa de datar al
carbono-14 el mortero (que contiene ingredientes orgánicos) utilizado en la Gran
Pirámide. Este proyecto fue dirigido por Mark Lehner a través del director del ARCE,
doctor Robert J. Wenke. Hablamos varias veces con Joseph Jahoda en la Fundación
Edgar Cayce de Virginia Beach en 1994-1995 (véase más abajo) y también con
Matthew McCauley y una vez en el hotel Movenpick de Gizeh, El Cairo, con el
doctor Mark Lehner, en marzo de 1995, mientras recogíamos información para este
libro. <<
Página 482
[171] Edgar Evans Cayce, etc., Mysteries, op. cit., p. 138. <<
Página 483
[172] Smithsonian, tomo XVII, n.º 1, abril de 1986. En su carta ya mencionada, pp. 4-5,
Página 484
[173] Archaeology, op. cit., septiembre-octubre de 1994, p. 41. <<
Página 485
[174] Venture. Inward, revista de la Asociación para la Investigación y la Ilustración,
Página 486
[175] Ibid., p. 6 <<
Página 487
[176] La Fundación Edgar Cayce encargó y financió en 1983-1984 un proyecto de
Página 488
[177] Venture Inward, mayo-junio de 1986, p. 56. <<
Página 489
[178] Ibid., p. 57. <<
Página 490
[179] Ibid. <<
Página 491
[180] KMT Magazine, número de primavera de 1995, p. 4. <<
Página 492
[181] Ibid. En su carta citada, p. 5, Lehner se extendía: «Me satisface que mi trabajo
Página 493
[182]
Charles Piazzi-Smyth, Our Inheritance, in the Great Pyramid, W. Isbister,
Londres, edición de 1880 (reeditado recientemente por Bell Publishing, Nueva York,
1990, con el título The Great Pyramid). Sobre la relación de los Petrie con Piazzi-
Smvth, véase H. A. Bruck y Mary Bruck. The Peripatetic Astronomer: The Life of
Charles Piazzi-Smith, Adam Hilger, Bristol 1988, pp. 28, 123-126, 133-136. Parece
que William, el padre de William Matthew Flinders Petrie, estuvo a punto de casarse
con Henrietta, la hija de Piazzi-Smvth. Finalmente, ésta se casó con el profesor
Baden-Powell (padre del fundador de los boy scouts). Posteriormente, la señora
Piazzi-Smvth presentó a William Petrie a Anne Flinders, con la que se casó: de ahí el
nombre de Flinders Petrie. «Así pues —escribió Flinders Petrie—, la señora Piazzi-
Smvth fue el medio por el que las actividades de los exploradores y la arqueología
egipcia adquirieron su forma actual» (véase Seventy Years in Archaeology, Sampson
Low. Marston & Co., Londres, 1931, p. 4). <<
Página 494
[183] Semanario Al Akhbar Al Yom del 8 de enero de 1994, artículo de primera plana
Página 495
[184]
Mystery of The Sphinx fue una producción de Magic Five North Towers
(productor ejecutivo: Boris Said; productor: Robert Watts: dirigida por Bill Cote de
BC Video NY). <<
Página 496
[185] Ibid. <<
Página 497
[186] Carta de Mark Lehner citada, p. 5: «Sí, eso me suena a la buena gente de la
Página 498
[187] A consecuencia de esta carta, que ponía en claro muchos puntos, muy gustosos
Página 499
[188] Carta de Mark Lehner, citada, p. 1. <<
Página 500
[189] Información de la CNN News, octubre de 1995; Middle East News Agency
Página 501
[190] Robert Bauval y Adrian Gilbert, The Orion Mystery, op. cit., edición en rústica
Página 502
[191] Entrevistado en Los Ángeles en abril de 1993, por Jochen Breitenstein, cineasta
Página 503
[192] The Times, Londres, 28 de enero de 1995. p. 18. Artículo de Simon Seligman. <<
Página 504
[193] Reportaje de Spiegel por Sat. 1, op. cit., 15 de agosto de 1995. <<
Página 505
[194] Peter Tompkins, Secrets of the Great Pyramid, op. cit., p. 61. <<
Página 506
[195]
Bernd Scheel, Egyptum Metalworking and Tools, Shire Egyptology, Bucks,
1989, p. 17. Para ampliación, véase A. Lucas, Ancient Egyptian Materials and
Industries, Histories & Mysteries of Man Ltd., Londres, 1989, pp. 235-243. <<
Página 507
[196] Una exposición muy interesante se hace en Zecharia Sitchin, The Stairway to
Página 508
[197] Joseph R. Jochmans, The Hall of Records, op. cit., pp. 194-195. <<
Página 509
[198] Ibid., p. 195. <<
Página 510
[199] Véase Zecharia Sitchin, The Starway to Heaven, op. cit., p. 266. <<
Página 511
[200] Ibid., pp. 266, 271-272, 274. <<
Página 512
[201] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, Pelican Books, Londres, 1949, pp. 95-
96. <<
Página 513
[202] Coronel Howrd Vyse, Operations carried out at the Pyramids of Gizeh: With an
account of a Voyage into Upper Egypt and Appendix, James Fraser of Regent Street,
Londres, 1837, tomo I, p. 275. <<
Página 514
[203] Ibid., p. 276. <<
Página 515
[204] Ibid. <<
Página 516
[205] W. M. Flinders Petrie. The Pyramids and Temples of Gizeh, Leadenhall Press,
Página 517
[206] El Sayed El Gayer y M. P. Jones, «Metallurgical Investigation of an Iron Plate
found in 1837 in the Great Pyramid at Gizeh, Egypt», Journal of the Metallurgy
Society, tomo XXIII (1989) pp. 75-83. <<
Página 518
[207]
Ibid. Véase también Robert G. Bauval, «Investigation on the origin of the
Benben Stone: was it an iron meteorite?», en Discussions in Egyptology, Tomo XIV,
1989, pp. 5-17. <<
Página 519
[208] El Sayed El Gayer y M. P. Jones, op. cit., p. 82. <<
Página 520
[209] Ibid. <<
Página 521
[210] Ibid. <<
Página 522
[211] Ibid., p. 123 (carta al director de JHMS titulada «Comment on the Iron Plate
Página 523
[212] Carta a Robert Bauval del 2 de noviembre de 1993, ref. EA/AJS/JAC. <<
Página 524
[213] The Orion Mystery, op. cit., capítulo III. <<
Página 525
[214] Ibid., Heinemann, edición de 1994, pp. 204-211. Véase también una publicación
Página 526
[215] The Ancient Egyptian Pyramid Texts, trad, de R. O. Faulkner, Oxford University
Página 527
[216] Ibid., líneas 11-13. <<
Página 528
[217] Ibid., líneas 1713-1717. <<
Página 529
[218] Ibid., líneas 820-822. <<
Página 530
[219] Ibid., línea 904. <<
Página 531
[220] Ibid., líneas 1014-1016. <<
Página 532
[221] Ibid., línea 852. <<
Página 533
[222] Ibid., línea 907. <<
Página 534
[223] El doctor Zahi Hawass le llama «padre de la egiptología moderna» (véase la
Página 535
[224] Charles Piazzi-Smyth, Our inheritance in the Great Pyramid, op. cit., pp. 535-
634. <<
Página 536
[225] H. A. Bruck y Mary Bruck, The Peripatetic Astronomer, op. cit., p. 229. <<
Página 537
[226] Ibid., p. 38. <<
Página 538
[227]
The Orion Mysterv, op. cit., Heinemann, edición de 1994, epílogo. Véase
también Charles Piazzi-Smvth, Our Inheritance, op. cit., pp. 427-431. <<
Página 539
[228] Charles Piazzi-Smyth. Our Inheritance, op. cit., pp. 427-431. <<
Página 540
[229] Ibid. <<
Página 541
[230] Ibid. <<
Página 542
[231] Nadie estaba informado de este intento de los Dixon de hurgar en los canales con
una barra de hierro hasta que Rudoll Gantcnbrink, a principios de 1992, exploró el
canal norte de la Cámara de la Reina con un robot provisto de una minicámara de
vídeo. La barra sigue allí, dentro del canal, a unos 8 metros de la entrada y llega hasta
la «esquina» a unos 24 metros canal arriba. Gantenbrink no pudo hacer que su robot
doblara la esquina, pero, con ayuda de la videocámara, pudo ver que discurre a lo
largo de unos dos metros y después vuelve bruscamente a la trayectoria primitiva. Lo
que hay al extremo se ignora todavía. <<
Página 543
[232] Los Dixon eran constructores de estructuras de hierro de Newcastle y estaban
tendiendo un puente sobre el Nilo cerca de El Cairo. La barra de hierro que utilizaron
parece haber sido fabricada ex profeso para explorar el canal. Consta de secciones de
unos dos metros que se unían con manguitos a medida que se introducían en el canal.
Al parecer, quedó atascada en el extremo superior y los Dixon se vieron obligados a
abandonarla. <<
Página 544
[233] Nature, 26 de diciembre de 1872, p. 147 <<
Página 545
[234] Carta de John Dixon a Piazzi-Smyth del 23 de noviembre de 1872. <<
Página 546
[235] The Graphic, 7 de diciembre de 1872, p. 530. También Nature, 26 de diciembre
Página 547
[236] La última mención, antes de que reaparecieran en 1993, se hizo, según nuestra
información, en una carta escrita por un tal Mr. E. H. Pringle el 20 de junio de 1873
(véase Nature del 31 de julio de 1873. p. 263). No obstante, es posible que otras
publicaciones los mencionaran en época más reciente. <<
Página 548
[237] Aubrey Noakes, Cleopatra’s Needles, H. F. & G. Witherby, Londres, 1962, p. 16.
<<
Página 549
[238] Ibid., pp. 26-27. <<
Página 550
[239]
Ibid., p. 26. Véase también Marlin Short. Inside the Brotherhood, Grafton
Books, Londres, 1989, p. 119. <<
Página 551
[240] R. M. Hadley, «The Life and Works of Sir Erasmus Wilson (1809-1884)», en el
Página 552
[241] Ibid., p. 238. <<
Página 553
[242] Fred L. Pick y G. Norman Knight, The Pocket History: of Freemasonry, Muller,
1977, pp. 44-45. Véase también Frances A. Vales, The Rosicrucian Enlightenment,
op. cit., pp. 193-205. <<
Página 554
[243] Illustrated London News, 21 de septiembre de 1878, p. 286. <<
Página 555
[244] Independent, Londres, 6 de diciembre de 1993. Véase también Martin Short,
Página 556
[245] Carta a Robert Bauvall del 28 de octubre de 1993. <<
Página 557
[246] Independent, 6 de diciembre de 1993, p. 3. <<
Página 558
[247] Independent, 13 de diciembre de 1993. <<
Página 559
[248] Beaconsfield Advertiser («Estalla pelea por reliquias “desaparecidas”»), 12 de
Página 560
[249] Conversación telefónica con el doctor I. E. S. Edwards. <<
Página 561
[250]
R. Gantenbrink pasó las cintas de vídeo en el Museo Británico el 22 de
noviembre de 1993. También se pasaron por Sat 1, reportaje de Spiegel, op. cit., el 15
de agosto de 1995. <<
Página 562
[251] J. P. Goidin y G. Dormion, Kheops: Nouvelle Enquëte, Éditions Recherche sur
les Civilisations, París, 1986. Véase también Jean Vercoutter, The Search for Ancient
Egypt, op. cit., p. 195. <<
Página 563
[252] Jean Vercoutter, op. cit. <<
Página 564
[253] Véase Fingerprints of the Gods, op. cit., pp. 320-323. Los canales estaban
ocultos y, no obstante, su posición era evidente, una vez establecida una relación
lógica con los de la Cámara del Rey, situados encima, tal como hizo finalmente
Waynman Dixon en 1872 (véase I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit.,
edición 1982, p. 123). Lina vez encontradas las aberturas, la curiosidad natural
incitaría a investigar en los canales. En realidad, Dixon hurgó frenéticamente en ellos
con barras de hierro, con la esperanza de encontrar reliquias o una «cámara», pero
aún no disponía de una tecnología lo bastante evolucionada como para poder «ver» lo
que hacía. <<
Página 565
[254] Presentado en el Instituto Arqueológico Alemán de El Cairo y fechado en marzo
de 1991. <<
Página 566
[255] Título original dado al documental por Rudolf Gantenbrink que se emitió por el
canal A & E de Estados Unidos (nuevo título The. Great Pyramid) el 8 de enero de
1995. En Alemania se pasó por Sat. 1 una versión abreviada el 15 de agosto de 1995.
<<
Página 567
[256] Smithsonian, tomo XVII, número 1, abril de 1986. Uli Kapp ayudó también a
Página 568
[257] Información documentada facilitada a los autores. <<
Página 569
[258] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., p. 123. <<
Página 570
[259] Información documentada facilitada a los autores. <<
Página 571
[260] El inspector Muhammad Shahy envió a Rudolf Gantenbrink una curiosa carta
lechada el 5 de agosto de 1993, es decir, cinco meses después del hallazgo. Shahy
(Shiha sería quizá una mejor transcripción del nombre) escribía: «Ahora tengo
problemas a causa de su proyecto… Pronto tendré que enfrentarme a un
interrogatorio». Al joven inspector también le preocupaba no poder escribir un
informe sobre el proyecto porque «aquí no hay ninguna referencia» (R. Gantenbrink
enseñó esta carta a los autores). No hemos podido ponernos en contacto con
Muhammad Shahy. <<
Página 572
[261] La estatua desapareció el 19 de enero de 1993, cuando debía ser exhibida ante el
Página 573
[262] Información documentada de R. Gantenbrink y Jochen Breitenstein. <<
Página 574
[263] Gantenbrink ha entrado realmente en los libros de historia. Su nombre aparece
en I. E. S. Edwards, The Great Pyramid, op. cit., edición de 1993, p. 151, y también
en varios manuales docentes sobre la Gran Pirámide. Si cuando se abra la «puerta» —
aunque ahora ya no parece probable que sea abierta por él— se hace un hallazgo
importante, ello se deberá enteramente a sus esfuerzos, audacia e imaginación. <<
Página 575
[264] Todos los artículos aparecieron entre el 17 y el 19 de abril de 1993. <<
Página 576
[265] Varias revistas de circulación internacional (Stern, Der Spiegel, etc.) publicaron
Página 577
[266] No publicado en la prensa diaria pero mencionado en la revista Ancient Skies,
Página 578
[267] Cable de la Agencia Reuter, El Cairo, 16 de abril de 1993. <<
Página 579
[268] Sunday Telegraph, 1 de enero de 1995. <<
Página 580
[269] Ibid. <<
Página 581
[270] Ibid. <<
Página 582
[271] Ibid. <<
Página 583
[272] Conversación documentada con los autores. <<
Página 584
[273] Ibid. <<
Página 585
[274] Comunicado a los autores por R. Gantenbrick en septiembre de 1995. <<
Página 586
[275] Reportaje de Spiegel por Sat. 1, 15 de agosto de 1995. Véase también Los
Página 587
[276] Kore Kosmou (Extracto XXIII-29), en Hermetica, op. cit., p. 473. <<
Página 588
[277] Ibid., p. 457. <<
Página 589
[278] De la Segunda División del Libro de lo que está en el Duat, trad, de E. A. Wallis
Budge, The Egyptian Heaven and Hell, Martin Hopkinson & Co., Londres, 1925,
tomo I, p. 41. Véase también Tercera División, Ibid., p. 56. <<
Página 590
[279] The Orion Mystery, op. cit., edición de 1994, capítulo IV. Hay miles de
referencias a «almas», «almas-estrellas», «el dios-sol», «el cielo», «la Vía Láctea»,
etc., que invitan a investigar desde el punto de vista de la astronomía los Textos de las
Pirámides pura desentrañar su significado oculto. La intensidad con que se manifiesta
en ellos el concepto de «tiempo» —especialmente el «tiempo» de los «dioses del
cielo» y de una «Creación» cósmica— sugiere inequívocamente que la ciencia de la
precesión es también un factor importante a aplicar a esta esotérica literatura. La
mejor traducción al inglés es la hecha por R. O. Faulkner, The Ancient Pyramid Texts.
OUP, 1969. <<
Página 591
[280] Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend. Hamlet’s Mill, op. cit., p. 132. <<
Página 592
[281] Ibid., p. 373. <<
Página 593
[282] Para un comentario acertado sobre el Duat, véase Selim Hassan, Excavations at
Página 594
[283] Ha generado confusión el no haber sabido entender que el Duat es un lugar fijo
del firmamento (que, evidentemente, abarca Orion, Can Mayor, Tauro y Leo) que
tiene su contrapunto en la tierra y, eventualmente, debajo de ella. El acceso a él se
consideraba posible, bien ascendiendo al cielo, bien bajando al subsuelo. <<
Página 595
[284] Selim Hassan, Excavations at Giza, op. cit., p. 277. Véase también The Orion
Página 596
[285] Excavations at Giza, op. cit., p. 227. <<
Página 597
[286] Ibid., pp. 277-278. <<
Página 598
[287] Ibid., p. 279. <<
Página 599
[288] Aunque su composición puede ser muy anterior al tercer milenio a. C. Véase The
Página 600
[289] Pudo haber observatorios esparcidos por un «triángulo» entre Heliópolis, Menfis
y Gizeh. Parece probable que esta región fuera considerada la «tierra de los dioses»
original, con epicentro en Gizeh. <<
Página 601
[290] La conjunción entre el amanecer del solsticio de verano, la salida de Sirio y el
Página 602
[291] The Orion Mystery, op. cit., pp. 119-124. <<
Página 603
[292] La Via Láctea apareció por el este en la madrugada del solsticio de verano
Página 604
[293] Textos de las Pirámides, op. cit., líneas 343-357. <<
Página 605
[294] Ibid., línea 508 y oración 317. <<
Página 606
[295] Ibid., línea 1760. <<
Página 607
[296] E. A. Wallis Budge, The Egyptian Book of the Dead, Dover Publications, Nueva
Página 608
[297] R. O. Faulkner, The Book of the Dead, British Museum Publications, Londres,
1972, p. 90. Véase también R. O. Faulkner, «The King & the Star-Religion in the
Pyramid Texts», Journal of Near Eastern Studies, 1966, tomo XXV, p. 154, nota 7. La
doctora Virginia Lee Davis también establece el paralelo entre la Vía Láctea y la
«Corriente de Agua Sinuosa» en Archaeoastronomy, tomo IX, JHA xvi, 1985, p. 102.
La arqueoastrónoma y egiptóloga Jane B. Sellers saca la misma conclusión que V. L.
Davis (J. B. Sellers, The Death of Gods in Ancient Egypt, Penguin Books, Londres,
1992, p. 97). <<
Página 609
[298] Pyramid Texts, op. cit., línea 2061. <<
Página 610
[299] Ibid., línea 1717. <<
Página 611
[300] Ibid., línea 882. <<
Página 612
[301] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol in Ancient Egypt, Thames & Hudson,
Londres, 1978, pp. 263-265. Clark explica que el papel del faraón consistía en
representar y conmemorar sucesos que se creía habían tenido lugar en una venturosa
edad de oro llamada «Tep Zepi» [Zep Tepi]. <<
Página 613
[302] Ibid. <<
Página 614
[303] Ibid., p. 27. <<
Página 615
[304] Pyramid Texts, op. cit., Oración 600. Aquí las «pirámides» se sitúan también en
Página 616
[305] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol, op. cit., p. 264. <<
Página 617
[306] Ibid. <<
Página 618
[307] Henri Frankfort, Kingship and the Gods, The University of Chicago Press, 1978,
Página 619
[308] Hamlet’s Mill, op. cit., pp. 86-87. <<
Página 620
[309] Museo Británico, n.º 498. La Piedra Shabaka está fijada a la pared sur de la
planta baja del ala «egipcia». Mide 135 × 92 cm y está muy deteriorada en el centro,
como si hubiera sido utilizada como muela de molino antes de que la descubrieran los
arqueólogos. Contiene 62 columnas de inscripciones jeroglíficas. Miriam Lichtheim,
que da la traducción completa, escribe que «el lenguaje es arcaico y parecido al de los
Textos de las Pirámides» (Miriam Lichtheim. Ancient Egyptian Literature, tomo I:
Imperios Antiguo y Medio. University of California Press, Los Angeles, 1975, pp. 3-
57). <<
Página 621
[310] Miriam Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo I, p. 52. Una
Página 622
[311] Ibid. Ayan debió de ser un lugar sagrado situado inmediatamente al norte de las
Página 623
[312] Donde estuvo Ayan existen hoy vestigios de un fuerte grecorromano que debió
de ser construido al estilo egipcio (como atestiguan los fragmentos de las columnas
que aún pueden verse) y que, curiosamente, los habitantes del lugar llaman la
«prisión de José» (el patriarca bíblico al que el faraón encerró en una «torre
redonda»: Génesis, 39, 21). Se puede ir por la estrecha carretera del canal que
discurre al norte del Museo de Menfis. <<
Página 624
[313] Miriam Lichtheim. Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo 1, p. 53. <<
Página 625
[314] Unos 15 kilómetros al sur de las afueras de Maadi, suburbio de El Cairo. <<
Página 626
[315] Miriam Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo I. p. 53. <<
Página 627
[316] P. A. Wallis Budge, The Egyptian Heaven and Hell, op. cit., tomo III, p. 131. <<
Página 628
[317] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., edición de 1993, p. 10. <<
Página 629
[318] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol, op. cit., p. 108. <<
Página 630
[319] James H. Breasted, Ancient Records of Egypt, segunda parte,
Histories & Mysteries of Man Ltd., Londres, 1988, pp. 320-324. <<
Página 631
[320] Ibid., p. 323, Línea 7 de la estela. <<
Página 632
[321] Miriam Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo I, p. 53. <<
Página 633
[322] Pyramid Texts, op. cit., línea 1717. <<
Página 634
[323] Orion Mystery, op. cit., edición de 1994, pp. 116-119. <<
Página 635
[324] Selim Hassan. Excavations at Giza, op. cit.. pp. 278. 285. <<
Página 636
[325] Ibid., p. 265. <<
Página 637
[326] Ibid. <<
Página 638
[327] Ibid., pp. 302, 315. <<
Página 639
[328] Ibid., p. 338. <<
Página 640
[329] Ibid., p. 265. <<
Página 641
[330] Ibid. <<
Página 642
[331] Ibid., p. 263. <<
Página 643
[332] Ibid., p. 265. <<
Página 644
[333] Ibid. <<
Página 645
[334] Ibid. <<
Página 646
[335] Ibid. <<
Página 647
[336] Mark Lehner, The Egyptian Heritage, op. cit. <<
Página 648
[337] Ibid., p. 119. <<
Página 649
[338] J. B. Sellers, The Death of Gods in Ancient Egypt, op. cit., p. 164. <<
Página 650
[339]
R. O. Faulkner. The Ancient Egyptian Coffin Texts, Aris & Phillips Ltd.,
Wiltshire, tomo III, p. 132. Encantamiento 241. <<
Página 651
[340] Ibid., tomo I, P. 190, Encantamiento 241. <<
Página 652
[341] Ibid., tomo I, p. 185, Encantamiento 236. <<
Página 653
[342] J. B. Sellers, The Death of Gods, op. cit., pp. 164-165. <<
Página 654
[343] Ibid. <<
Página 655
[344] The Orion Mystery, op. cit., edición de 1994, pp. 116-119. <<
Página 656
[345] James H. Brested, Ancient Records, op. cit., segunda parte, pp. 320-324. <<
Página 657
[346] Innu significa «pilar», por lo que Heliopolis, literalmente, era la «Ciudad del
Pilar». Lo único que hoy se puede ver es un obelisco de Sesostris I (XII dinastía,
hacia 1880 a. C.) y restos de un templo. <<
Página 658
[347] I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit.. edición de 1993, pp. 284-286.
<<
Página 659
[348] Herodoto, The Histories, Libro II, 2-8. Véase traducción de Penguin Classics,
Página 660
[349] Aristóteles, De Ceelo, II, 12 292a. Trad. en R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred
Página 661
[350] E. M. Antoniadi, L‘Astronomic Egyptienne. París, 1934, pp. 3-4. <<
Página 662
[351] Diodoro de Sicilia, The Library of History, Libro V, 57 y Libro I, 81. <<
Página 663
[352] Proclo Diádoco, Commentaries on the Timaeus, IV. Trad. en R. A. Schwaller de
Página 664
[353] The Orion Mystery, op. cit., pp. 182-184, 287, nota 7. <<
Página 665
[354] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol in ancient Egypt, op. cit., pp. 38-39. <<
Página 666
[355] Edouard Naville, «Le nom du Sphinx dans le livre des morts». Sphinx, tomo V,
Página 667
[356] Edouard Naville, «Le Sphinx», Sphinx, tomo XXI, 1924, p. 13. <<
Página 668
[357] Ibid., p. 12. <<
Página 669
[358] Ibid. <<
Página 670
[359] Ibid. <<
Página 671
[360] Edouard Naville, «Le nom du Sphinx dans le livre des morts», op. cit., p. 195.
<<
Página 672
[361]
Selim Hassan, The Sphinx: Its History in the Light of Recent Excavations,
Government Press, El Cairo, 1949, p. 129. <<
Página 673
[362] Ibid. <<
Página 674
[363] Encantamiento del Libro de los Muertos. <<
Página 675
[364] Pyramid Texts, op. cit., líneas 2081-2086. <<
Página 676
[365] Selim Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 70, fig. 13. Véase también E. Naville, en
Página 677
[366]
Zahi Hawass y Mark Lehner, «The Sphinx: Who built it, and why?»,
Archaeology, septiembre-octubre de 1994, p. 34. <<
Página 678
[367] Ibid. <<
Página 679
[368] George Hart, A Dictionary of Egyptian Gods and Goddesses,
Routledge & Kegan Paul, Londres, 1988, p. 46. <<
Página 680
[369] Rosalie David, Ancient Egyptian Religion, Beliefs and Practices,
Routledge & Kegan Paul, Londres. 1982, p. 46. <<
Página 681
[370] Ibid. <<
Página 682
[371] George Hart, Dictionary of Egyptian Gods and Goddesses, op. cit., p. 94. Hart
dice también que «el elemento “Akhti” puede ser una variante del nombre “Akhet”,
“Horizonte”; puede existir un juego de palabras cuando se dice que el rey tiene poder
sobre los “Dos Horizontes” (este y oeste) como Horakhti». <<
Página 683
[372] Cita de Jane B. Sellers, The Death of Gods, op. cit., p. 89. Para más detalles,
Página 684
[373] Representado a menudo en un trono, sosteniendo el cetro real. <<
Página 685
[374] George Hart, Dictionary, op. cit., p. 94. <<
Página 686
[375] Lewis Spence, Egypt, Bracken Books, Myths & Legends Series, Londres, 1986,
p. 291. <<
Página 687
[376] Selim Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 94. <<
Página 688
[377] Informe de la Sociedad para la Exploración de Egipto, primera junta general,
1883, p. 8. <<
Página 689
[378] Ibid. <<
Página 690
[379] Ahmed Fakhry, The Pyramids, University of Chicago Press, 1961, p. 164. Véase
Pyramid Texts, op. cit., líneas 1085. 926. Véase también E. A. Wallis Budge. An
Egyptian Hieroglyphic Dictionary, Dover Publications, Nueva York, 1978, tomo I, p.
500b. <<
Página 691
[380] Selim Hassan, Excavations at Giza, op. cit., figs. 18, 39, 40, 41, 46, 66. <<
Página 692
[381] Selim Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 76. <<
Página 693
[382] Ibid. <<
Página 694
[383] James H. Breasted, Ancient Records, op. cit., segunda parte, pp. 320-324. <<
Página 695
[384] Ibid. <<
Página 696
[385] Lewis Spence, Egypt, op. cit., p. 158. <<
Página 697
[386] Ibid. <<
Página 698
[387] Selim Hassan, The Sphinx, op. cit., p. 104. <<
Página 699
[388] Lewis Spence, Egypt, op. cit., p. 157. <<
Página 700
[389] E. A. Wallis Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo I, pp.
Página 701
[390] Lewis Spence, Egypt, op. cit., p. 84 <<
Página 702
[391] Ahmed Fakhry, The Pyramids, op. cit., p. 164. <<
Página 703
[392] Ibid. <<
Página 704
[393] J. Malek, In the Shadow of the Pyramids, Orbis, Londres, 1986, p. 10. <<
Página 705
[394] Pyramid Texts, op. cit., p. 323. <<
Página 706
[395] George Hart, Dictionary of Egyptian Cods and Goddesses, op. cit., p. 88. <<
Página 707
[396] Pyramid Texts, op. cit., líneas 525-527. <<
Página 708
[397] Ibid., líneas 928-929. <<
Página 709
[398] Ibid., líneas 352-353. <<
Página 710
[399] Ibid., líneas 928-929. <<
Página 711
[400] Ibid., linea 1961. <<
Página 712
[401] Ibid., línea 820. <<
Página 713
[402] Ibid., linca 151. <<
Página 714
[403] Ibid., líneas 927-930. <<
Página 715
[404] Ibid., línea 458. <<
Página 716
[405] Ibid., línea 965. <<
Página 717
[406] E. C. Krupp, In Search of Ancient Astronomies, Chatto Windus, 1980, pp. 186-
190. Krupp escribió: «El Nilo, con su inundación anual, hizo posible la civilización
en Egipto… aún más sugestivo era el hecho de que el orto helíaco de Sirio (al
amanecer) y la crecida del Nilo coincidieran, aproximadamente, con el solsticio de
verano». Es interesante observar que las líneas 1131 y 1172 de los Textos de las
Pirámides hablan de la «Gran Inundación» que se ve al este del cielo al amanecer.
Esto concuerda con el cuadro celeste real, tal como se veía hacia 2800-2500 a. C.,
cuando la Vía Láctea aparecía por el este en la madrugada del solsticio de verano. <<
Página 718
[407] Pyramid Texts, líneas 360-363. <<
Página 719
[408] Ibid., línea 2047. <<
Página 720
[409] Ibid., líneas 1131-1132. <<
Página 721
[410] Ibid., línea 362. <<
Página 722
[411] R. T. Rundle Clark. Myth and Symbol in Ancient Egypt, op. cit. <<
Página 723
[412] Ibid., p. 121. <<
Página 724
[413] Ibid., p. 121-122. <<
Página 725
[414] Ibid., p. 122. <<
Página 726
[415] E. A. Wallis Budge, The Literature of Funeral Offerings, Kegan Paul, Londres,
1909, p. 2. <<
Página 727
[416] Pyramid Texts, op. cit., lineas 1703, 1710-1720. <<
Página 728
[417] Ibid., linea 1730. <<
Página 729
[418] Ibid., línea I860. <<
Página 730
[419] R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred Science, op. cit., p. 175. <<
Página 731
[420] Pyramid Texts, op. cit., línea 632. Véase también The Orion Mystery, op. cit.,
Página 732
[421] The Orion Mystery, op. cit., pp. 220-225. <<
Página 733
[422] O. Neugebauer y R. Parker, Egyptian Astronomical Texts, Brown University
Press, Lund Humphries, Londres, 1964, tomo I, p. 70, Véase exposición abreviada en
The Orion Mystery, op. cit., apéndice IV. <<
Página 734
[423] Ibid. <<
Página 735
[424] Ibid. El primer orto de una estrella después de un prolongado período de
invisibilidad tiene lugar al amanecer, una hora antes de la salida del Sol. Hoy el orto
helíaco de Sirio se produce a primeros de agosto. Hacia 3000 a. C. se observaba a
últimos de junio. La «desviación» respecto a un punto fijo como, por ejemplo, el
solsticio de verano es de unos siete días cada milenio. Véase R. A. Schwaller de
Lubicz, Sacred Science, op. cit., p. 175. <<
Página 736
[425] Pyramid Texts, op. cit., oraciones 606, 609. <<
Página 737
[426] La eclíptica pasa varios grados al norte de las Híades y un poco al «oeste» o en
Página 738
[427] La doctora Virginia Lee Davis se muestra convencida de ello en
Archaeoastronomy, tomo IX, JHA xvi, 1985, p. 102. También la arqueoastrónoma y
egiptóloga Jane B. Sellers en Death of the Gods, op. cit., p. 97 <<
Página 739
[428] Pyramid Texts, op. cit., línea 2172. <<
Página 740
[429] Ibid., línea 2045. <<
Página 741
[430] Ibid., líneas 1704-1707. <<
Página 742
[431] Ibid., línea 1541. <<
Página 743
[432] Ibid., línea 1345. <<
Página 744
[433] Ibid., líneas 343-346. <<
Página 745
[434] Ibid., líneas 525-527. <<
Página 746
[435] Ibid., líneas 928-929. <<
Página 747
[436] Que nosotros sepamos, de todos los egiptólogos modernos sólo Schwaller de
Página 748
[437] Richard H. Allen, Star Names: Their Lore and Meaning, Dover Publications,
Nueva York, 1963, pp. 255-256. Es la estrella más brillante de Leo, constelación
llamada «Domicilium Solis». Alien hace este curioso comentario, pero no da
referencias: «Se ha dicho de la gran androsfinge [de Gizeh] que fue esculpida con el
cuerpo de Leo y la cabeza de la adyacente Virgo…» (ibid., p. 253). <<
Página 749
[438] Menfis. <<
Página 750
[439] Para un más amplio tratamiento del tema de las «barcas solares», véase Selim
Hassan, Excavations al Giza, op. cit., pp. 1-156. Hay varios «fosos» de barcos en
Gizeh, dos de los cuales contenían embarcaciones (una de ellas, montada, se exhibe
en un museo al sur de la Gran Pirámide). Rudoll Gantenbrink observó que el tamaño
(y la forma) de la Gran Galería de la Gran Pirámide sería un almacén ideal para este
barco. <<
Página 751
[440] Probablemente, en algún lugar del interior del templo de la Esfinge. En realidad,
la idea fue sugerida por el egiptólogo alemán Adolf Erman, que escribió: «Ro-setau,
la puerta de los caminos, conducía directamente al submundo. Es posible que parte de
este santuario haya subsistido en el llamado templo de la Esfinge…» (A Handbook of
Egyptian Religion, Archibald Constable & Co., 1907, p. 15). <<
Página 752
[441] R. O. Faulkner, The Ancient Egyptian Coffin Texts, op. cit., tomo VIII, p. 132,
Página 753
[442] Ibid., p. 109. <<
Página 754
[443] Pyramid Texts, op. cit., líneas 1128-1134. <<
Página 755
[444] Ibid., líneas 924-925. <<
Página 756
[445] Ibid., línea 1328. <<
Página 757
[446] Ibid., línea 1657. <<
Página 758
[447] Séptima División, Book of What is in the Duat, trad, de E. A. Wallis Budge,
Página 759
[448] Robin Cook, The Pyramids of Giza, op. cit., p. 42. <<
Página 760
[449] Pyramid Texts, op. cit., líneas 1710-1718. <<
Página 761
[450] E. A. Wallis Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo I, p.
580a. <<
Página 762
[451] Selim Hassan, Excavations at Giza, op. cit., p. 184. <<
Página 763
[452] E. A. Wallis Budge. Dictionary, op. cit., tomo I. p. 579b. <<
Página 764
[453] Selim Hassan, Excavations at Giza, op. cit., p. 184. <<
Página 765
[454] Adolf Erman, A Handbook of Egyptian Religion, op. cit., 1907, p. 15. <<
Página 766
[455] Coffin Texts, op. cit., tomo III, p. 134. <<
Página 767
[456] E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., edición de 1993, p. 286. <<
Página 768
[457] La calzada de la Pirámide de Unas en Saqqara conserva una pequeña parte del
tejado, en cuyo techo están grabadas estrellas de cinco puntas. El techo estaba pintado
de azul y las estrellas, probablemente, de oro o amarillo. <<
Página 769
[458] Jean Kerisel (La Grande Pyramide et ses Derniers Secrets, 1966) trata de esta
cuestión extensamente. La tabla se encuentra a unos 10 metros por debajo del nivel
del suelo del recinto de la Esfinge. <<
Página 770
[459] Kerisel apareció en el documental de la BBC The Great Pyramid: Gateway to
Página 771
[460] Jean Kerisel, La Grande Pyramide, op. cit., pp. 196-198. <<
Página 772
[461] Pyramid Texts, op. cit., líneas 1195-1199. <<
Página 773
[462] El «Heraldo del Año» mencionado en los Textos de las Pirámides alude a la
estrella Sirio que sigue a Orion. Esta última tiene que estar necesariamente cerca del
«Campo de las Ofrendas». <<
Página 774
[463] Véase fig. 11 en R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred Science, op. cit., p. 97.
Página 775
[464] Kerisel ha obtenido recientemente autorización del Departamento de
Antigüedades de Egipto para explorar la cámara subterránea de la Gran Pirámide y
confirmar la corazonada que tiene desde hace años de que debajo de la cámara hay un
acceso a una cámara oculta que quizá se comunique, por un canal, con el valle o,
incluso, con la zona de la Esfinge. En julio de 1995, Kerisel utilizó un taladro de
precisión para hacer pequeños orificios en la pared del pasadizo horizontal que
conduce a la cámara, pero hasta el momento no se ha encontrado nada. <<
Página 776
[465] Robert Bauval, «The Seeding of the star-gods: A fertility ritual inside Cheo’s
Página 777
[466] The Orion Mystery, op. cit., p. 221. El «ritual» se reprodujo gráficamente en el
documental de la BBC The Great Pyramid: Gateway to the Stars, emitido en febrero
y septiembre de 1994. <<
Página 778
[467] Pyramid Texts, op. cit., línea 632. <<
Página 779
[468] E. A. Wallis Budge, Dictionary, op. cit., tomo II, p. 654b. <<
Página 780
[469] Smithsonian Contribution to Astrophysics, tomo X, número 2, 5000 and 10 000
Página 781
[470] James H. Breasted, Ancient Records, op. cit., segunda parte, pp. 321-322. <<
Página 782
[471] «Los egipcios del Imperio Nuevo… nada sabían de ella (la Esfinge) y
difícilmente habría en Egipto en aquel entonces una sola persona que supiera de la
verdadera historia de la Esfinge tanto como nosotros…» (Selim Hassan, The Sphinx,
op. cit., p. 75). <<
Página 783
[472] James H. Breasted, Ancient Records, op. cit., segunda parte, p. 323. <<
Página 784
[473] T. G. H. James, An Introduction to Ancient Egypt, British Museum Publications,
Página 785
[474] Ibid., p. 38. <<
Página 786
[475] Boston Globe, op. cit., 23 de octubre de 1991. <<
Página 787
[476] Labib Habachi, The Obelisks of Egypt, The American University Press, El Cairo,
Página 788
[477] Ibid. <<
Página 789
[478] Nicholas Grima, A History of Ancient Egypt, Blackwell, Oxford, 1992, p. 12. <<
Página 790
[479] Ibid. <<
Página 791
[480] W. B. Emery, Archaic Egypt, Penguin, Londres, 1987, p. 23. <<
Página 792
[481]
Michael A. Hoffman, Egypt Before the Pharaohs, Michael O’Mara Books,
Londres, 1991, p. 12. <<
Página 793
[482] Ibid. <<
Página 794
[483] W. B. Emery, Archaic Egypt, op. cit., pp. 32 y ss. <<
Página 795
[484] Cambridge Ancient History, tomo I, p. 250. <<
Página 796
[485] Henri Frankfort, Kingship and the Gods, University of Chicago Press, 198, p. 90.
<<
Página 797
[486] E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, op. cit., edición de 1993, p. 286: «El gran
sacerdote del centro del culto al Sol en Heliopolis ostentaba el título de “Jefe de los
Astrónomos” y se le representaba con un manto adornado de estrellas». <<
Página 798
[487] Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend, Hamlet’s Mill, op. cit., p. 58. <<
Página 799
[488]
Véase, por ejemplo, C. W. Ceram, Gods, Graves and Scholars, Book Club
Associates, Londres, 1971, pp. 26 y ss. <<
Página 800
[489] Véase Sarva Daman Singh, Ancient Indian Warfare, Motilal Banarsidas, Delhi,
Página 801
[490] Labib Habachi, The Obelisks of Egypt, op. cit., p. 39. <<
Página 802
[491] Ibid. <<
Página 803
[492] Citado en ibid., pp. 39-40. <<
Página 804
[493] Para exposición detallada, véase E. A. E. Reymond, The Mythical Origin of the
Egyptian Temple, Manchester University Press, Barnes and Noble, Nueva York,
1969. <<
Página 805
[494] John Anthony West, op. cit., p. 412. <<
Página 806
[495] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 4. <<
Página 807
[496] Ibid. <<
Página 808
[497] Ibid., pp. 8 y ss. <<
Página 809
[498] Carta a Robert Bauval de fecha 27 de enero de 1993: «Creo que [el montículo]
representaba el montículo primitivo en el que apareció vida por primera vez». <<
Página 810
[499] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., pp. 28, 39,
Página 811
[500] Ibid., p. 42. <<
Página 812
[501] Ibid., p. 41. <<
Página 813
[502] Ibid., p. 44. <<
Página 814
[503] Ibid., pp. 27 y 31. <<
Página 815
[504]
Jeremy Black y Anthony Green, Gods, Demons and Symbols of Ancient
Mesopotamia, British Museum Press, Londres, 1992, pp. 163-164. <<
Página 816
[505] Donald A. Mackenzie, Myths and Legends of India, The Mystic Press, Londres,
1987, pp. 141 y ss.; Veronica Ions, Indian Mythology, Hamlyn, Londres, 1983, pp.
120-121. <<
Página 817
[506] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., pp. 106-
107. <<
Página 818
[507] Ibid., p. 55. <<
Página 819
[508] Ibid., p. 113. <<
Página 820
[509] Ibid., pp. 109 y 127. <<
Página 821
[510] Ibid., p. 77. <<
Página 822
[511] Ibid., p. 112. <<
Página 823
[512] Ibid., p. 273. <<
Página 824
[513] Citado en R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred Science, op. cit., pp. 103-104.
Véase también Henri Frankfort, Kingship and the Gods, op. cit., p. 90. <<
Página 825
[514] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 59. <<
Página 826
[515] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol in Ancient Egypt, op. cit., p. 37. <<
Página 827
[516]
P. dem Berlin, 13 603. Acerca de las antiguas tradiciones que afirman que
Heliopolis fue fundada en remotos tiempos predinásticos, véase J. Norman Lockyer,
The Dawn of Astronomy, op. cit., p. 74. <<
Página 828
[517] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 122. <<
Página 829
[518] Ibid., pp. 121-122. <<
Página 830
[519] Margaret Bunson, The Encyclopaedia of Ancient Egypt, Nueva York, Oxford,
Página 831
[520] Ibid., p. 45. <<
Página 832
[521] E. A. Wallis Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo II, p.
958. <<
Página 833
[522] Flinders Petrie, Royal Tombs II. Pl. v, 3, citado en E. A. E. Reymond, Mythical
Página 834
[523] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 257.
Página 835
[524] Ibid., p. 262. <<
Página 836
[525] Ibid., p. 114; véase también R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol, op. cit., p.
Página 837
[526] Encyclopaedia Britannica, 9:393. <<
Página 838
[527] The Orion Mystery, op. cit., p. 188. <<
Página 839
[528] Ibid., p. 17. <<
Página 840
[529] Ibid., pp. 203-204. <<
Página 841
[530] Ibid., p. 17. <<
Página 842
[531] R. T. Rundle Clark, The Legend oj the Phoenix, University of Birmingham Press,
Página 843
[532] The Orion Mystery, op. cit., pp. 212 y ss. <<
Página 844
[533] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol, op. cit., p. 246. <<
Página 845
[534] Robert K. G. Temple, The Sirius Mystery, Destiny Books, Rochester, Vl… 1987,
p. 186. <<
Página 846
[535] E. A. Wallis Budge, Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo II, pp. 828-832. <<
Página 847
[536] Ibid., tomo I, p. 11b. <<
Página 848
[537] Mark Lehner, The Egyptian Heritage, op. cit., p. 119. <<
Página 849
[538] E. A. Wallis Budge, Hieroglyphic Dictionary, op. cit., p. 11b. <<
Página 850
[539] Véase, por ejemplo, W. B. Emery, Archaic Egypt, op. cit., p. 22. <<
Página 851
[540] Manetho, trad. W. G. Waddell, Heinemann, Londres, 1940, p. 3, nota 1. <<
Página 852
[541] R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred Science, op. cit., p. 86; Lucy Lamy, Egyptian
Mysteries, Thames & Hudson, Londres, 1986, pp. 68-69; Jane B. Sellers, The Death
of Gods in Ancient Egypt, op. cit., p. 94. <<
Página 853
[542] Sacred Science, op. cit., p. 86. <<
Página 854
[543] Ibid. <<
Página 855
[544] Jane B. Sellers, The Death of Gods, op. cit., p. 94. <<
Página 856
[545] E. A. Wallis Budge, Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo I, pp. 22-23. <<
Página 857
[546] Ibid. <<
Página 858
[547] Sacred Science, op. cit. <<
Página 859
[548] Henri Frankfort, Kingship and the Gods, op. cit., p. 93. <<
Página 860
[549] Llamadas después Buto y Hierakonpolis respectivamente. <<
Página 861
[550] Frankfort, Kingship, op. cit., p. 94. <<
Página 862
[551] Ibid. <<
Página 863
[552] The Ancient Egyptian Pyramid Texts, trad. R. O. Faulkner, op. cit., líneas 478 y
1717, pp. 94 y 253, respectivamente; Frankfort, Kingship, op. cit., pp. 93-95; R. T.
Rundle Clark, Myth and Symbol, op. cit., pp. 122-123. <<
Página 864
[553] E. A. E. Reymond, Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 122. <<
Página 865
[554] John Anthony West, Serpent in the Sky, op. cit., p. 1. <<
Página 866
[555] Manetho, op. cit., p. XI. <<
Página 867
[556] Ibid., p. 3. <<
Página 868
[557] Ibid., p. 5. <<
Página 869
[558] Ibid., p. 15. <<
Página 870
[559] Ibid., p. 227. <<
Página 871
[560] Diodorus Siculus, trad. de C. H. Oldfather, Harvard University Press, 1989, tomo
I, p. 157. <<
Página 872
[561] R. A. Schwaller de Lubicz, Sacred Science, op. cit., p. 111 <<
Página 873
[562] Skyglobe 3.6. <<
Página 874
[563] The Orion Mystery, op. cit., pp. 140 y ss. <<
Página 875
[564] The Orion Mystery, op. cit., pp. 19 y 281, nota 1. El desglose es: Sheferu, unos 9
millones de toneladas (dos pirámides en Dahshur) más tres pirámides en Gizeh (unos
15 millones de toneladas) más Abu Roash y Zawavat Al Aryan (1 millón de
toneladas aprox.) = 25 millones de toneladas, es decir, alrededor del 75 por ciento del
volumen total de las pirámides construidas durante la «Edad de las Pirámides» (que
se calcula en unos 30 millones de toneladas). <<
Página 876
[565] Véase, por ejemplo, Ahmed Fakhry, The Pyramids, op. cit. <<
Página 877
[566] Hermética, op. cit., Asclepius III, 24b, p. 341. <<
Página 878
[567] Ibid., 25, p. 343. <<
Página 879
[568] Véase en particular capítulo IV. <<
Página 880
[569] Pyramid Texts, op. cit., Oraciones 471-473, pp. 160-161. <<
Página 881
[570] T. G. H. James, Introduction to Ancient Egypt, op. cit., p. 41. <<
Página 882
[571] Ibid. <<
Página 883
[572] Véase exposición en W. B. Emery, Archaic Egypt, op. cit., pp. 42 y ss. <<
Página 884
[573] The Age of the God Kings, Time-Life, 1987, pp. 56 y ss. <<
Página 885
[574] Véase exposición en W. B. Emery, Archaic Egypt, op. cit., pp. 42 y ss. <<
Página 886
[575] Incluso del nombre se duda. Según el doctor Jaromir Malek, por ejemplo, el
Página 887
[576] W. A. Fairservis Jr., «A Revised View of the Narmer Palette», Journal of the
Página 888
[577] Jane B. Sellers, The Death of Gods in Ancient Egypt, op. cit., pp. 93-94. <<
Página 889
[578] Ibid., p. 90. <<
Página 890
[579] Ibid., p. 94. <<
Página 891
[580] Henri Frankfort, Kingship and the Gods, pp. 18-19. <<
Página 892
[581] Ibid., p. 33 <<
Página 893
[582] Ibid., p. VI. <<
Página 894
[583] Sellers, Death of Gods, op. cit., p. 93. <<
Página 895
[584] Ibid., pp. 93 y ss., 1 15 y ss. y 192 y ss. Después de determinar que los antiguos
Página 896
[585] Los cálculos precesionales indican que vivimos en el «Tiempo Último»
astronómico de Orion, y en nuestra época las estrellas del cinturón están acercándose
a la mayor altitud del meridiano que alcanzarán en todo su ciclo precesional. <<
Página 897
[586] Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend, Hamlet’s Mill, op. cit., p. 11. <<
Página 898
[587] Miriam Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, tomo I: «The Old and Middle
Página 899
[588] Ibid., pp. 52-53. <<
Página 900
[589] Pyramid Texts, op. cit., líneas 1256-1257, p. 200. <<
Página 901
[590] Ibid., línea 1278, p. 202. <<
Página 902
[591] Véase breve exposición en Bunson, The Encyclopaedia of Ancient Egypt, op.
Página 903
[592] Ibid. <<
Página 904
[593] Pyramid Texts, op. cit., 1657, p. 247. <<
Página 905
[594] Ibid., oración 610, p. 253. <<
Página 906
[595] Ibid., líneas 882-883, p. 155. <<
Página 907
[596] Sellers, Death of Gods, op. cit., pp. 194 y ss. <<
Página 908
[597] Selim Hassan, Excavations at Giza, op. cit., pp. 194 y ss. <<
Página 909
[598] Papiro Louvre 3292. <<
Página 910
[599] Ibid., y véase Excavations at Giza, op. cit., p. 194. <<
Página 911
[600] Excavations at Giza, op. cit., p. 195. <<
Página 912
[601] Nos parece muy pertinente la siguiente observación hecha por E. A. E. Reymond
en The Mythical Origin of the Egyptian Temple, op. cit., p. 57. Refiriéndose al Papiro
de Berlín 13 603 escribe: «Heliopolis estaba considerada el centro de la Creación. No
se describe el aspecto primordial de Heliopolis; no obstante, se hace una clara alusión
a la teoría según la cual Heliópolis existía antes de que la Tierra fuera creada. De la
Heliópolis primitiva, así se explica en nuestro texto, el Dios-Tierra creó la Tierra, que
recibió el nombe de Mn-nfr, Menfis». <<
Página 913
[602] The
Ancient Egyptian Coffin Texts, trad, de R. O. Faulkner, Aris & Phillips,
Warminster, tomo III, Encantamiento 1065. <<
Página 914
[603] Pyramid Texts, op. cit., Oración 477, p. 164. <<
Página 915
[604] Hassan, Excavations at Giza, op. cit., p. 198. <<
Página 916
[605] Este «lenguaje», sistema universal, grande y arcaico, es objeto del estudio con el
Página 917
[606] Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo I, pp. 55-56. <<
Página 918
[607] Pyramid Texts, op. cit., líneas 1716-1717, p. 253. <<
Página 919
[608] Ibid., líneas 1256-1261, p. 200. <<
Página 920
[609] Ibid., líneas 798-803, p. 144. <<
Página 921
[610] Véase, por ejemplo, Lewis Spence, Ancient Egyptian Myths and Legends, Dover
Página 922
[611] Coffin Texts, op. cit.. Encantamiento 1035, tomo III, p. 132. Merece ser resaltado
Página 923
[612] Sellers, Death of the Gods, op. cit., p. 192. <<
Página 924
[613] Ibid., p. 193. <<
Página 925
[614] Ibid. <<
Página 926
[615] Para una más amplia exposición, véase Fingerprints of the Gods, op. cit., pp. 256
y ss. <<
Página 927
[616] Ibid., y véase Sellers, Death of the Gods, op. cit., p. 193. <<
Página 928
[617] Ibid, y véase Sellers, Death of the Gods, op. cit., pp. 192-209. <<
Página 929
[618] Tal como se indica en el capítulo X, el cubito real egipcio mide 52,3 centímetros.
<<
Página 930
[619] Mary Bruck, «Can the Great Pyramids be Astronomically Dated?», Journal of
Página 931
[620] Ibid., p. 164. <<
Página 932
[621] Ibid., p. 163. <<
Página 933
[622] Garth Fowden, The Egyptian Hermes, Cambridge University Press, 1987, p. 33.
Página 934
[623] Entrevistado en The Search for Extraterrestrial Life, canal Discovery, junio de
1995. <<
Página 935
[624] Carl Sagan, Cosmos, Book Club Associates, Londres, 1980, p. 296. <<
Página 936
[625] Ibid. <<
Página 937
[626] Realmente esto tiene todo el aspecto de ser un «lenguaje hermético» que se sirve
Página 938
[627] De los cuales los más antiguos que se conservan son los Textos de las Pirámides,
hacia 2300 a. C. De todos modos, los egiptólogos aceptan que estos textos en sí son
transcripciones (o traducciones [?]) de textos perdidos, más antiguos todavía y que
los escribas que los transcribían en jeroglíficos en ocasiones no entendían las palabras
que copiaban. Por ejemplo, según E. A. Wallis Budge, «varios pasajes muestran
señales de que los escribas que hicieron las copias a partir de las cuales trabajaban los
grabadores de las inscripciones no entendían lo que escribían… La impresión general
es que los sacerdotes que confeccionaban las copias hacían extractos de diferentes
composiciones de diferentes épocas, que tenían contenido diferente…». Por
consiguiente, concluye Budge: «Los Textos de las Pirámides están cuajados de
dificultades de todas clases. El significado exacto de muchas de las palabras que se
hallan en ellos es desconocido… la construcción de las fiases con frecuencia burla
todo intento de traducirlas, y cuando contienen palabras totalmente desconocidas se
convierten en un enigma de imposible solución». Véase E. A. Wallis Budge, From
Fetish to God in Ancient Egypt, Dover Publications, Nueva York, 1988, pp. 321-322.
<<
Página 939
[628] Hamlet’s Mill, op. cit., p. 312. <<
Página 940
[629] Proclo fue un neoplatónico que estudió en Alejandría. Su vivo interés por la
Página 941
[630] James Bonwick, Pyramids: Facts and Fancies, Kegan Paul, 1877, p. 169. <<
Página 942
[631] William R. Fix, Pyramid Odyssey, Mercury Media, Urbanna, Va., 1978, pp. 52-
Página 943
[632] En el diccionario geográfico Mo’gam-el-Buldan, citado en Hassan, Excavations
Página 944
[633] Ibid. <<
Página 945
[634] Ibid., p. 34. Hassan indica que, al parecer, Hwron era otro nombre por el que se
Página 946
[635] Véase Peter Tompkins, Secrets of the Great Pyramid, op. cit., pp. 30-31. <<
Página 947
[636] Piazzi-Smyth, The Great Pyramid, op. cit., pp. 368 y ss. <<
Página 948
[637] Alexander Badawy, «The Stellar Destiny of the Pharaoh», op. cit.;
Virginia
Trimble, «Astronomical Investigations concerning the so-called Air Shafts of Cheops
Pyramid», Mitt. Inst. Orient, zu Berlin, tomo 10, pp. 183-187. <<
Página 949
[638] Véase The Orion Mystery, op. cit. <<
Página 950
[639] Entrevistado en el canal Arts and Entertainment, 8 de enero de 1995. <<
Página 951
[640]
Mary Bruck, «Can the Great Pyramid be Astronomically Dated?», op. cit.,
pp. 164 y 162. <<
Página 952
[641] Skyglobe 3.6. <<
Página 953
[642] Pyramid Texts, op. cit., línea 932, p. 161. <<
Página 954
[643] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol in Ancient Egypt, op. cit., p. 264. <<
Página 955
[644] Robin Cook, The Pyramids of Giza, op. cit., p. 60. <<
Página 956
[645] Más o menos 1°. <<
Página 957
[646] Más o menos 1°. <<
Página 958
[647] Extraído geométricamente del plano a escala de Gizeh. <<
Página 959
[648] Sirio tiene un movimiento propio de 1,21” al año. En 13 000 años, esto nos daría
Página 960
[649] En agosto de 1995, el astrónomo Adrian Ashford hizo cálculos utilizando la
Página 961
[650] Ibid. <<
Página 962
[651] Véase exposición en la segunda parte de este libro. <<
Página 963
[652] Herodoto, The History, op. cit., 11: 124, p. 185. Véase también I. E. S. Edwards,
Página 964
[653] En la Pirámide de Unas (V dinastía), en Saqqara, pueden verse restos de techos
Página 965
[654] Muchos pasajes de los Textos de las Pirámides hablan de «caminos» a las
estrellas y al cielo, donde el difunto se convertirá en dios. Por ejemplo, la
Oración 667a, línea 1943, reza así: «Tú tienes tu tumba, ¡oh rey!, que pertenece a
[Osiris]… Él abre para ti las puertas del ciclo, te abre las puertas del firmamento, te
hace un camino para que puedas subir por él a la presencia de los dioses…». <<
Página 966
[655] John Legon, «The Giza Ground Plan and Sphinx», Discussions in Egyptology,
Página 967
[656] Ibid. Aunque no se ha cuestionado que la orientación de la calzada de Kefrén es
14° E-SE, los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca de la dirección que tenía la
calzada de Keops. Varias autoridades creen que proseguía en línea recta en la misma
dirección de 14° que toma al arrancar del templo mortuorio de la Gran Pirámide,
otros creen que partía en esta dirección y cambiaba de rumbo antes de llegar al
templo del Valle de la Gran Pirámide. Para tener una idea acerca de la disparidad de
criterios sobre el caso, véase George Goyon, Le Secret des Batisseurs des Grandes
Pyramides: Kheops, Pygmalion, Gerard Watelet, París, 1990, p. 140: «contrariamente
a lo que muchos creen desde hace tiempo, la dirección [de la calzada de Keops] se
mantiene fija y no varía en el valle». Zahi Hawass en The Pyramids of Ancient Egypt,
The Carnegie Series on Egypt, Pennsylvania, 1990, p. 22, muestra también una
calzada recta con un rumbo de 14°, aunque en la página 18 señala que: «los peritos
no están de acuerdo acerca de la trayectoria exacta de la calzada, pero conducía al
templo del Valle de Keops, cuyas ruinas se encuentran debajo del actual pueblo de
Nazlet-el-Sammam». <<
Página 968
[657] John Legon, The Giza Round Plan, op. cit., p. 60. <<
Página 969
[658] Para una exposición general, véase Richard Heinberg, Celebrate the Solstice,
Página 970
[659] Observamos con interés que esta alineación de «medias estaciones» parecía tener
Página 971
[660] Pyramid Texts, op. cit., Oraciones 471-473, pp. 160-162. <<
Página 972
[661] Coffin Texts, op. cit., Encantamiento 1080, tomo 111, p. 147. <<
Página 973
[662] De la Undécima División del Duat, «The Book of What is in the Duat», trad, de
E. A. Wallis Budge en The Egyptian Heaven and Hell, op. cit., p. 240. <<
Página 974
[663] Traducido por «The Virgin of the World» por G. R. S. Mead en Thrice Great
Hermes: Studies in Hellenistic Theosophy and Gnosis, op. cit., Libro III, pp. 59 y ss.
Traducido por sir Walter Scott por Kore Kosmu en Hermética, op. cit., pp. 457 y ss.
<<
Página 975
[664] «The Virgin of the World», trad. de G. R. S. Mead, pp. 60-61. <<
Página 976
[665] Ibid., p. 61. <<
Página 977
[666] Véase primera parte de este libro. <<
Página 978
[667] Cita de la traducción de Normandi Ellis del Ancient Egyptian Book of the Dead,
Awakening Osiris, Phanes Press, Grand Rapids, MI, 1988, p. 43, y está extraída del
capítulo XV del Ancient Egyptian Book of the Dead, Papiro de Ani. <<
Página 979
[668] J. B. Sellers, The Death of Gods in ancient Egypt, op. cit., pp. 157-159. <<
Página 980
[669] R. O. Faulkner, The Book of the Dead, op. cit., p. 49. <<
Página 981
[670] Ibid. <<
Página 982
[671] J. B. Sellers, The Death of Gods, op. cit., p. 97. <<
Página 983
[672] Ibid., p. 159. <<
Página 984
[673] Ibid., p. 97. <<
Página 985
[674] La nebulosa M1 del Cangrejo es el resto de la explosión de una supernova que
ocurrió hacia 4500 a. C., aproximadamente cuando el punto vernal ocupaba este lugar
del firmamento. No obstante, la supernova estaba a unos 5500 años luz de distancia y
su luz no empezó a llegar a nuestro planeta hasta el año 1000 d. C. Fue observada por
los chinos y, al parecer, por los indios norteamericanos. No hay constancia de que
fuera observada en Europa ni en el Próximo Oriente, lo cual es muy extraño, dado
que, en aquel entonces, los cristianos esperaban ansiosamente una «señal» del cielo
que anunciara el Juicio Final. <<
Página 986
[675]
The Orion Mystery, op. cit., p. 200. Véase también Robert G. Bauval,
«Investigation on the origin of the Benben Stone: was ir an iron meteorite?», en
Discussions in Egyptology, tomo XIV, 1989, pp. 5-17. <<
Página 987
[676] R. T. Rundle Clark, Myth and Symbol in Ancient Egypt, op. cit., p. 235. <<
Página 988
[677] R. O. Faulkner, The Book of the Dead, op. cit., Encantamiento 17. <<
Página 989
[678] Ibid. <<
Página 990
[679] Véase también Miriam Lichtheim, Ancient Egyptian Literature, op. cit., tomo I,
p. 53. <<
Página 991
[680] Ibid. <<
Página 992
[681] Ibid. El «Muro Blanco» designa probablemente las paredes de piedra caliza de
Página 993
[682] Ibid., p. 54. <<
Página 994
[683] La mayoría de egiptólogos cuestionarían este punto, pero nosotros consideramos
que las pruebas de la existencia de una relación de culto directa entre Osiris y la Gran
Pirámide son aplastantes. Stewart Campbell, en su interesante artículo «The Origin
and Purpose of the Pyramids», publicado en el New Humanist, diciembre de 1990,
pp. 3-4, escribió: «es posible que el destino de la Gran Pirámide fuera el de servir de
morada al espíritu de Osiris». El francmasón y anticuario francés Alexandre Lenoir
(véase «A dissertation on The Pyramids of Egypt» en el número 39, 1989, de FMR)
también afirmaría que «habida cuenta de todos los indicios, [la Gran Pirámide] puede
ser la tumba de Osiris». <<
Página 995
[684] E. A. Wallis Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, op. cit., tomo I, p.
285b. <<
Página 996
[685] Ibid. <<
Página 997
[686] Ibid., tomo II, pp. 614b, 622a, 688a. <<
Página 998
[687] Ibid., p. 614a. <<
Página 999
[688] Charles Piazzi-Smyth, Our Inheritance in the Great Pyramid, edición Bell, 1990,
p. 429. <<
Página 1000
[689] Nature, 31 de julio de 1873. <<
Página 1001
[690] El lector recordará que 43 200 es 20 × 2160, el número «especial» de una era
Página 1002
[691] Este muy pertinente punto fue puesto de relieve recientemente por la prestigiosa
Página 1003
[692] Véase J. Legon, «The air-shafts in the Great Pyramid», Discussions in
Egyptology, 27, 1993, pp. 33-44. Véase Robin Cook, «The stellar geometry of the
Great Pyramid», Discussions in Egyptology, 29, 1994, pp. 29-36. Rudolf
Gantenbrink, que recientemente recordaba los ángulos de los canales, daba un valor
«ajustado» más alto de 39,6° para el canal sur de la Cámara de la Reina. No obstante,
parece que en la Gran Pirámide se pretendía hacer aflorar los canales al mismo nivel.
<<
Página 1004
[693] The Orion Mystery, op. cit., pp. 222-223. <<
Página 1005
[694] Ibid., p. 34. <<
Página 1006
[695]
De ahí el símbolo del «pez» entre los primeros cristianos, que denotaba la
«nueva era» del cristianismo, marcado por el equinoccio vernal en Piscis.
Actualmente, el punto vernal va a entrar en la nueva era de Acuario. <<
Página 1007
[696] Cuando Alejandro Magno liberó a Egipto de la dominación persa, los sacerdotes
Página 1008
accionados a través de los siglos y también, quizá, estén a punto de ser galvanizados
en nuestro tiempo. <<
Página 1009
[697] Richard H. Allen, Star Names, op. cit., p. 316. <<
Página 1010
[698] Selim Hassan, Excavations al Giza, op. cit., p. 45. <<
Página 1011
[699] Realizado con Skyglobe 3.6. <<
Página 1012
[700] E. M. Antoniadi, L’Astronomie Egyptienne, París, 1934, p. 119. <<
Página 1013
[701] Frances A. Yates, The Art of Memory, University of Chicago Press, 1966. <<
Página 1014
[702] E. John Baines y Jaromir Malek, Atlas of Ancient Egypt, Time-Life Books, 1990,
Página 1015
[703] Ibid. Véase también Ahmed Fakhry, The Pyramids, University of Chicago Press,
1969, y Kurt Mendelssohn, The Riddle of the Pyramids, Thames and Hudson,
Londres, 1986. <<
Página 1016
[704] Venture Inward, Virginia Beach, mayo-junio de 1986, p. 13. <<
Página 1017
[705] Ibid. <<
Página 1018
[706] Ibid., pp. 12-14. <<
Página 1019
[707] Véase capítulo VI para más detalles sobre los restos hallados por Dixon. <<
Página 1020
[708] Entre los presentes se encontraban el doctor Vivian Davies, conservador de
Página 1021
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