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CAPONE

Este documento resume la biografía del mafioso Al Capone escrita por Deirdre Bair. Describe la vida de Capone desde su infancia en Brooklyn, Nueva York como hijo de inmigrantes italianos hasta sus primeros trabajos en pequeños negocios delictivos. También explica cómo conoció a figuras importantes de la mafia como Johnny Torrio y Frank Yale, de quienes aprendió el negocio criminal. Finalmente, señala que Torrio cedió a Capone a Yale cuando él se expandió a Chicago.
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CAPONE

Este documento resume la biografía del mafioso Al Capone escrita por Deirdre Bair. Describe la vida de Capone desde su infancia en Brooklyn, Nueva York como hijo de inmigrantes italianos hasta sus primeros trabajos en pequeños negocios delictivos. También explica cómo conoció a figuras importantes de la mafia como Johnny Torrio y Frank Yale, de quienes aprendió el negocio criminal. Finalmente, señala que Torrio cedió a Capone a Yale cuando él se expandió a Chicago.
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l Capone, su vida, su legado y su leyenda (Anagrama), de Deirdre Bair, es una biografía exhaustiva

que muestra, como señala el epígrafe del título, la vida y el legado del mafioso más conocido del
mundo. En la introducción la autora señala que además de ser la historia de un delincuente
convicto y de un enfermo lloriqueante, es también "la historia de un hijo, marido y padre cariñoso
que se consideraba un empresario".

Este punto es el más interesante, ya que lo diferenció a Capone de otros mafiosos, y es por tanto
el que lo ha retenido en la retina de millones de personas por más de medio siglo. Claro que esto
ya lo había observado el ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger en La balada de Al
Capone, donde estableció los vínculos entre la organización criminal del mafioso y el capitalismo.
Por ejemplo, durante la prohibición, la organización tenía turnos de despacho de camiones
cargados con alcohol y buena parte de los crímenes estaban motivados por la lógica de la
economía. Más que una organización delictiva, lo que el autor alemán detecta es una empresa
exitosa. Y por si eso fuera poco, Al Capone era un patriota y un antibolchevique.

Deirdre Bair sigue por la senda de Enzensberger, aunque con mucha más investigación y con
menos interpretación. Para ello, Bair se contactó con la familia Capone que seguía con vida, con
los herederos, que algunos habían cambiado de apellido. Para ellos, Capone tuvo dos caras: una
adentro de la familia y otra para los medios, lo que hace que su figura aún siga siendo un enigma.

Al Capone, su vida… empieza contando cuando Gabriele Capone, padre de Al, se embarca hacia
Estados Unidos, con el propósito de probar fortuna. Lo acompañan su esposa, Teresa, y sus dos
hijos. La familia viajaba desde un pueblo cercano a Nápoles; no era raro que los emigrantes de esa
zona se apellidaran Capone, pero había un detalle que lo diferenciaba de los casi cincuenta mil
italianos que llegaron a Nueva York en 1895 y es que sabía leer y escribir. Sin embargo, los
compatriotas de Capone no conseguían buenos trabajos; por lo general, como escribe Bair,
consistían "en construir túneles, alcantarillas y rascacielos, trabajos que ningún otro grupo
nacional quería aceptar". En el fondo, los italianos habían reemplazado a los irlandeses "en el
estrato inferior de la ola inmigratoria de finales del siglo XIX". El padre de Al consiguió un empleo
mejor de dependiente en una tienda de comestibles, cosa que le permitía practicar su inglés. Su
esposa, Teresa, también trabajaba, pero en la casa para diversos talleres de ropa.

Fue así que en 1899 Gabriele pudo instalar la barbería que había soñado. Y ese año, el 17 de enero
para ser exactos, nació Alphonse, el cuarto hijo, ya que al llegar a Estados Unidos había nacido
Salvatore. Enseguida vinieron sus otros hermanos: Erminio, Umberto, Amadoe, Erminia y Mafalda.
En total seis hijos en trece años. Todos los hermanos tuvieron apodos o nombres americanos: el
mayor Vincenzo era conocido como Jimmy y el que lo seguía, Rafaele, como Ralph. Para todos, la
palabra de Teresa era ley, pese a que era Gabriele quien dictaba las leyes. Pronto consiguieron el
respeto de la comunidad italiana residente, sobre todo cuando en 1906 Gabriel, sin la "e" ya, logró
la ciudadanía estadounidense.
Sin embargo y pese a este respeto, los hijos de Gabriel tenían una vida que no era la que el padre
quería que tuvieran; para empezar siempre tuvieron desinterés por los deberes escolares y
disfrutaban mucho más circulando por las calles de Brooklyn. Y es que para los inmigrantes de
cualquier nacionalidad la escuela representaba "una experiencia extraña, peligrosa y a menudo
humillante". Por otro lado, los profesores no se molestaban en insistir en la educación de los
chicos italianos, que no sólo empezaban por el nivel inferior, sino que muchas veces se quedaban
en él. Al Capone, pese a todo, aprendía rápido, "no tardó en hablar inglés con fluidez y era un
buen estudiante que por lo general sacaba notas equivalentes a notables. Era especialmente hábil
con los números", pero no le gustaba asistir a clases, sólo lo suficiente para demostrar su
capacidad, y "siempre decía que aprendía mucho más sobre la vida estando en la calle".

Al siempre tuvo una constitución robusta para su edad y por eso aparentaba más de lo que tenía:
a los diez o doce años pasaba por un chico de dieciséis o dieciocho. De adulto, y contrario a lo que
algunos han creído, no era pequeño, medía un metro setenta y cinco, pesaba más de cien kilos y
era un rival duro si había una pelea. Su propensión a las peleas, de hecho, fue lo que hizo que
abandonara el colegio en sexto año. Eso unido a que no pudo soportar la humillación de tener que
repetir de curso. Tenía casi catorce años.

En esa época un muchacho que no estudiaba tenía que trabajar, y eso fue lo que hizo al comienzo:
dependiente de una tienda, cortando papel en una imprenta junto a su hermano Ralph. Gabriel
quería que al menos su cuarto hijo tuviera un trabajo honrado; para eso le regaló una caja
limpiabotas y le recomendó que la instalara en un punto muy concurrido, con tal mala suerte que
al lugar que lo mandó era donde un grupo de mafiosos, liderado por Don Batista Balsamo, se
reunía para sus transacciones. Cuando vio cómo los matones de Don Balsamo extorsionaban a los
comerciantes de alrededor, "concibió la idea de entrar él también en el negocio de la extorsión
protectora, aunque a una escala mucho menor". De este modo comenzó brindándoles protección
a otros limpiabotas: "Los primeros matones que recaudaron dinero en su nombre fueron dos
primos suyos".

El primer negocio delictivo de Capone iba viento en popa, y tuvo que contratar a otros muchachos
para hacer efectiva las extorsiones. La banda ya estaba organizada y decidió ponerse un nombre:
los Destripadores del Sur de Brooklyn. Pero Don Balsamo echó a pique el negocio cuando se
enteró: "Con el tiempo, algunos muchachos, sobre todo Al, llamaron la atención de otros dos
astros ascendentes en el firmamento del crimen organizado". Se trataba de Johnny Torrio y Frank
Yale, quienes eran muy distintos entre sí: el primero era astuto y usaba la violencia como último
recurso y Yale era todo lo contrario.
Pero sin duda Torrio tuvo una importante influencia en la formación como el mafioso-empresario
que se convertiría después Al Capone, a tal grado que era "un magnífico modelo de conducta para
un chico avispado e inteligente". Fue inevitable que sintiera respeto "por el hombre que le pagaba
bien por recoger dinero y boletos en las casas de apuestas ilegales". Rápidamente y gracias a su
facilidad para sumar se convirtió en uno de los muchachos de confianza de la organización. Pese a
ello desconocía aún otras dimensiones de los negocios del mafioso, como la prostitución, de hecho
no iba a los burdeles. Y algo de razón tenía Torrio para no enviarlo ahí, porque con el tiempo fue
una de sus debilidades: "probar la mercancía" de los burdeles.

Fue su hermano Ralph, quien lo introdujo en el mundo de la prostitución: "Ralph era un cliente
asiduo de las chicas de salón de baile que querían echar un polvo rápido, de las prostitutas que
trabajaban abiertamente en la calle y también de las que ofrecían servicios en los burdeles". Pero
el desenfreno de su hermano tuvo sus consecuencias en 1915, cuando se contagió de gonorrea, en
una época donde no se conocía ningún remedio efectivo. Por su lado, Al, pese a que nunca admitió
haber tenido gonorrea de joven ni haber buscado tratamiento contra la sífilis que contrajo de
veinteañero, se acostó con muchas chicas siendo muy joven.

Quizá este interés en las prostitutas se debía a que no le llamaban la atención las chicas italianas,
"que estaban sometidas a tan estricta vigilancia por sus familias que los muchachos como Al
tenían pocas posibilidades de seducirlas". Fue así como conoció a Mary Josephine Coughlin, una
joven irlandesa apodada como Mae, en 1917 cuando ambos trabajaban en una fábrica de cajas de
cartón. Al mantenía ese empleo, porque era un dinero que entregaba íntegro a su madre. Para la
autora de esta biografía, es un misterio cómo una chica de un nivel social superior, dos años
mayor, se dignó a mirar "a aquel matón callejero que no parecía tener futuro". Pero no sólo eso,
sino que se embarazó y vivió con él sin estar casada, todo esto en vista de que venía de una familia
católica muy devota. Quizá una explicación sea que el padre de Mae, al igual que el de Al, había
muerto antes de entrar a trabajar a la fábrica de cajas.

Un aspecto que resalta Deirdre Bair es que en aquel tiempo "las italianas solían casarse ya a los
catorce años y por lo general con hombres mayores", en cambio "las irlandesas se casaban un
poco más tarde, por lo general entre los dieciocho y los veintiuno" y a menudo lo hacían con
varones de otra nacionalidad. Lo cierto es que casarse con una irlandesa, para un italiano, era la
oportunidad para ascender socialmente, pero no al revés. Los padres no veían con buenos ojos los
matrimonios entre italianos e irlandeses. Pero hubo un aspecto que conquistó a Mae y fue que Al
era un excelente bailarín y le gustaba decir frases ingeniosas, aunque "le gustaba mucho más que
tuviera tanta determinación, ambiciones y deseos de mejorar como ella".

Por ese entonces Johnny Torrio cedió a Al a Frank Yale, que era calabrés y cuyo verdadero nombre
era Francesco Ioele. Ioele sonaba parecido a Yale, por lo que tomó ese apodo y para jugar más con
esa pronunciación abrió un bar de mala muerte en Coney Island al que llamó Club Harvard. Al
aprendió de Yale como había aprendido de Torrio, pese a que era mucho menos elegante y le
gustaba vestir con ropa chillona, joyas, puros gruesos y sombreros: "Al admiraba el vestuario de
Yale y se compró trajes como los suyos".

Torrio había cedido a Al cuando diversificó su campo de acción y se expandió a Chicago, donde
después de mandar a asesinar a un mafioso local, por fin se consolidó en esa ciudad. Mientras
tanto, que Al trabajara con Yale le servía. Lentamente se fue convirtiendo en un hombre de
confianza: "Si alguien, desde las prostitutas y otros empleados de burdeles hasta los camareros de
los bares y billares, se había atrevido a engañar a Yale alguna vez con el dinero que se le debía o
con la protección por la que se le pagaba, más le valía no intentarlo de nuevo mientras Al Capone
estuviera en escena".

Sin embargo luego de un incidente Capone fue enviado a trabajar nuevamente con Torrio, esta vez
a Chicago. Gracias a eso aprendió que debía tener cierta creatividad financiera, que "desarrolló
durante el resto de su vida empresarial". Como necesitaba de una fachada para explicar sus
ingresos, imprimió tarjetas comerciales con el nombre de Al Brown, "compraventa de muebles
usados" o "doctor en medicina". El ascenso dentro de la organización fue tan rápido que en poco
tiempo tuvo dinero suficiente para trasladar a toda su familia a Chicago, comprando una casa de
dos pisos, bastante austera, aunque con todas las comodidades. Esa casa fue la que ocupó hasta
su detención.

Mientras tanto, Torrio decidió llevarse su cuartel general a las afuera de Chicago, hasta un
pequeño pueblo llamado Cicero, una población fabril fundada por inmigrantes de Bohemia, gente
en general muy tranquila y mayoritariamente católica. En 1924 cuando Torrio llevó a su madre a
su pueblo natal en Italia, dejó a Capone a cargo de la dirección de operaciones de la organización.
Capone tenía para entonces veinticinco años y su mano derecha era Ralph; en general siempre
confió en gente de su familia. Desde un hotel, lideraba las operaciones que, entre otras cosas,
consistía en influir en el voto popular y conseguir elegir a la lista de la organización. Todo iba bien
hasta que el periódico local comenzó a denunciar "todos los chanchullos orquestados por Al
Capone" y otro periódico de Chicago advirtió que la elección sería fraudulenta y que correría
sangre durante la jornada. Bueno, y así fue.

"La lista de Al Capone ganó las elecciones tras una sangrienta jornada en la que, además de Frank
[su hermano], murieron algunos hombre suyos [en un confuso enfrentamiento con la policía]. Dos
ciudadanos corrientes fueron igualmente abatidos en el tiroteo", cuenta la autora de la biografía.
Ese año 1924 la proyección de su liderazgo se debilitó momentáneamente por más motivos:
primero, estalló una guerra entre bandas, que hizo que Torrio se estuviera permanentemente
moviendo, y segundo, el 12 de enero de 1925 se produjo un atentado en contra de Al en un
restaurante de Chicago. Por fortuna "se echó al suelo y se libró por los pelos de la andanada de
tiros". Unos días después el propio Torrio fue víctima de otro atentado, con peor suerte, quedando
milagrosamente con vida, después de varios disparos en el pecho.

Esta diferencia de suerte llevaría a Capone a situarse como líder de la organización, porque Torrio,
debilitado y aún en peligro de muerte, le cedió el control después del atentado. Un año más tarde
los ingresos brutos anuales procedentes de sus negocios se estimaban en 1377 millones de dólares
de hoy. En 1929, cuando era uno de los jefes máximos del hampa americana con sólo treinta años,
su fortuna fue calculada en 550 millones de dólares. Por otra parte, un estudio de Harvard
Business School concluyó que entre 1920 y 1930 hubo alrededor de 700 muertes vinculadas con
las bandas, y que Capone fue responsable directo o indirecto de al menos 200 de ellas, es decir 20
por año, casi 2 al mes. Para esta fecha Al Capone era el Capone que todos conocemos hoy.

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