El resurgimiento de los territorios en el Imperio tras los Staufen
Al morir Federico II en 1250, dio comienzo un periodo de incertidumbre, pues
ninguna de las dinastías susceptibles de aportar un candidato a la corona se mostró
capaz de hacerlo, y los principales duques electores elevaron a la corona a
diversos candidatos que competían entre sí. Este periodo se suele conocer como
Interregnum, que empezó en 1246 con la elección de Enrique Raspe por el partido
angevino y la elección del conde Guillermo de Holanda por el partido gibelino;
muerto este último en 1256, una embajada de Pisa ofreció la corona de rey de
Romanos a Alfonso X "el Sabio", quien por ser hijo de Beatriz de Suabia pertenecía
a la familia Staufen. Sin embargo, su candidatura se enfrentó a la de Ricardo de
Cornualles y no prosperó. El Interregnum terminó en 1273, cuando coronaron a
Rodolfo I de Habsburgo.
La derrota del Imperio (plasmada en la batalla de Legnano) había quedado plenamente
de manifiesto ya en el reinado de Federico II y se había ratificado con el fin de
los Staufen, las graves dificultades del interregno en Alemania, y la infeudación
del Reino de Sicilia en Carlos I de Anjou, haciendo realidad la plena potestad
pontificia.12
Bandera del Sacro Imperio entre 1200 y 1350.
El Sacro Imperio Romano entre 1273 y 1378 y las principales dinastías reales.
Las dificultades en la elección de emperador llevaron al surgimiento de un colegio
de electores fijo, los Kurfürsten, cuya composición y procedimientos fueron
establecidos mediante la Bula de Oro de 1356. Su creación es con toda probabilidad
lo que mejor simboliza la creciente dualidad entre Kaiser und Reich, emperador y
reino, y con ello, el final de su identificación como una sola cosa. Una muestra de
esto la tenemos en la forma en que los reyes del periodo post-Staufen lograron
mantener su poder. Inicialmente, la fuerza del Imperio (y sus finanzas) tenían su
base en gran medida en el territorio propio del Imperio, también llamado Reichsgut,
que siempre pertenecieron al rey (e incluían diversas ciudades imperiales). Tras el
siglo XIII, su importancia disminuyó (aunque algunas partes se mantuvieron hasta el
fin del Imperio en 1806). En su lugar, los Reichsgüter fueron empeñados a los
duques locales, con objeto, en ocasiones, de obtener dinero para el Imperio pero,
con más frecuencia, para recompensar lealtades o como modo de controlar a los
duques más obstinados. El resultado fue que el gobierno de los Reichsgüter dejó de
obedecer a las necesidades del rey o los duques.
En su lugar, los reyes, empezando por Rodolfo I de Habsburgo, confiaron de forma
creciente en sus territorios o Estados patrimoniales como base para su poder. A
diferencia de los Reichsgüter, que en su mayor parte estaban esparcidos y eran
difícilmente administrables, sus territorios eran comparativamente compactos y, por
lo tanto, más fáciles de controlar. De este modo, en 1282 Rodolfo I ponía a
disposición de sus hijos Austria y Estiria.
Con Enrique VII, la casa de Luxemburgo entró en escena, y en 1312 fue coronado como
el primer emperador del Sacro Imperio desde Federico II. Tras él, todos los reyes y
emperadores se sostuvieron gracias a sus propios Estados patrimoniales (Hausmacht):
Luis IV de Wittelsbach (rey en 1314, emperador 1328-1347) en sus territorios de
Baviera; Carlos IV de Luxemburgo, nieto de Enrique VII, fundó su poder en los
Estados patrimoniales de Bohemia. Es interesante constatar, a raíz de esta
situación, cómo aumentar el poder de los Estados y territorios del Imperio se
convirtió en uno de los principales intereses de la corona, ya que con ello
disponía de mayor libertad en sus propios Estados patrimoniales.
El siglo XIII también vio un cambio mucho más profundo tanto de carácter
estructural como en la forma en que se administraba el país. En el campo, la
economía monetaria fue ganando terreno frente al trueque y el pago en jornadas de
trabajo. Cada vez más se pedía a los campesinos el pago de tributos por sus
tierras; y el concepto de "propiedad" fue sustituyendo a las anteriores formas de
jurisdicción, aunque siguieron muy vinculadas entre sí. En los distintos
territorios del Imperio, el poder se fue concentrando en unas pocas manos: los
detentores de los títulos de propiedad también lo eran de la jurisdicción, de la
que derivaban otros poderes. Es importante remarcar, no obstante, que jurisdicción
no implicaba poder legislativo, que hasta el siglo XX fue virtualmente inexistente.
Las prácticas legislativas se asentaban fundamentalmente en usos y costumbres
tradicionales, recogidos en costumarios.
Durante este periodo, los territorios empiezan a transformarse en los precedentes
de los Estados modernos. El proceso fue muy distinto según los territorios, siendo
más rápido en aquellas unidades que mantenían una identificación directa con las
antiguas tribus germánicas, como Baviera, y más lento en aquellos territorios
dispersos que se fundamentaban en privilegios imperiales.