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Maternidad e identidad femenina:
relato de sus desencuentros
Norma Fuller
La identidad femenina tradicional colocaba a la maternidad como el eje
alrededor del cual se articulaba la femineidad. Así, la historia personal, las
elecciones vitales y el proyecto de vida de la mayoría de las mujeres se ordenaba
alrededor de esta experiencia. Asimismo, ser madres confería a las mujeres el
estatus de adultas sociales y era la fuente de reconocimiento público más
importante para ellas. Hoy, este orden de prioridades está siendo alterado debido a
cambios en los patrones demográficos, sexuales y reproductivos y a la creciente
inserción de la mujer en la vida pública por medio de los estudios, el trabajo
remunerado y la participación política. Esta última abre a las mujeres otras
opciones de reconocimiento y puede proporcionarles nuevos ejes de identificación.
Estos cambios parecen estar rompiendo con la ilusión de la existencia de
una identidad femenina que unía a todas las mujeres y se anclaba en
características naturales y roles sociales específicos, tales como la gestación y
la crianza de los hijos. En la actualidad el trabajo, la participación política, la
relación de pareja y la búsqueda personal estarían cobrando importancia
creciente y compitiendo con la maternidad. De este modo podría decirse que,
si bien la maternidad ocupa un lugar central en la vida de las mujeres, para un
número creciente de ellas este no es el eje que ordena y da sentido a sus vidas.
Sin embargo, las opciones abiertas significan también demandas opuestas,
226 Adolescencia y juventud en América Latina
difícilmente conciliables. Esto se agrava porque existe un claro desbalance de
poder entre varones y mujeres, que dificulta este proceso y porque las
posibilidades de acceso a las nuevas opciones no se abren de manera uniforme
para las mujeres de los diferentes sectores sociales y grupos étnicos.
En el presente ensayo me propongo revisar los cambios actuales en los
significados sobre femineidad y maternidad y la manera en que estos inciden
en la vida de las adolescentes y mujeres jóvenes mediante la revisión de
diferentes investigaciones realizadas en el ámbito latinoamericano. Mi
intención es llamar la atención sobre el hecho de que los giros actuales en la
identidad femenina, que tienden a disociar la maternidad de la sexualidad y a
definir el proyecto de vida de la mujer en términos de su realización individual
y sus logros en la esfera pública significan virajes drásticos en la manera en que
se define y se vive este período de la vida. Mientras que, en las sociedades
tradicionales la maduración e iniciación sexuales y la reproducción iban unidas
y marcaban el pasaje a la vida adulta que, a su vez, se identificaba con la
maternidad, en la actualidad la adolescencia y la juventud significan el ingreso
a un período de experimentación erótica y preparación para ingresar al espacio
laboral y político. Todas estas dimensiones –que antes caracterizaron la
adolescencia y juventud masculinas- son novedad para la población femenina
y acarrean, como consecuencia, que la adolescencia y la juventud se amplíen y
redefinan. Ello nos indica la necesidad de revisar nuestros presupuestos sobre
la identidad femenina en la adolescencia y juventud a fin de entender mejor
cómo las nuevas generaciones están viviendo estos procesos.
La maternidad
Una de las ideas más profundamente arraigadas en la mitología occidental es
que la verdadera diferencia entre mujeres y hombres está dada por el hecho de
que la primera es la encargada de la reproducción, crianza y temprana
socialización de los pequeños (Chodorow 1974). Precisamente porque la madre
es quien porta y alimenta a los hijos durante los primeros años de vida, ella
desarrollaría más apego a los cachorros, tendría menos facilidad para movilizarse
y necesitaría de la protección de los varones. De esa primera división sexual del
trabajo es posible que haya surgido la identificación de la mujer con el mundo
interno y la del hombre con el espacio exterior (Rosaldo 1979).
Solum Donas Burak 227
Sin embargo, la maternidad que fue erigida en el pilar de la identidad
femenina, es uno de los aspectos de la vida de las mujeres que más
drásticamente ha cambiado durante los siglos XIX y XX. Esta llamada
revolución reproductiva ha significado un giro radical en la identidad femenina,
ya que al separarse la sexualidad y la reproducción, aparece una nueva
dimensión de la vida que antes estaba sumergida dentro del proyecto materno:
el erotismo como práctica en sí misma. A su vez, el descenso de la fertilidad,
debido a la expansión de métodos anticonceptivos modernos, abrió la
posibilidad de regular el número de hijos y permite a las mujeres retrasar la edad
en que son madres. De esta manera pueden combinar de manera más eficiente
sus tareas reproductivas con los estudios, el trabajo y la participación política.
Por otro lado, el alargamiento de la esperanza de vida gracias a los adelantos
en la medicina antibacteriana, ha llevado a que el período que las mujeres
dedican a la procreación y crianza sea proporcionalmente menor. Es decir, el
número de mujeres que sobreviven en más de dos décadas al fin de su período
reproductivo es cada vez mayor. Esto, unido a la regulación de la fertilidad, llevó
a la tendencia actual de que las mujeres tengan menos hijos y vivan más tiempo.
Así, la maternidad activa, es decir, el período en el cual las mujeres gestan y
tienen a su cargo la socialización de niños dependientes, representaría más o
menos, una quincena de años (Badinter 1987). Esta transformación se relaciona
con la creciente urbanización1, la expansión de los servicios públicos (escuela y
salud) que han llevado a que la labor de crianza y educación pasen, en gran
medida, a manos de instituciones especializadas como son la guardería, la
escuela, el terapeuta y el médico. El tiempo dedicado a cuidar de los hijos es
también menor en la vida cotidiana de las mujeres debido a que las tareas
domésticas se han minimizado con la expansión del mercado2.
En consecuencia, la vida de una población creciente de mujeres ya no se
confunde con el papel de reproductora y socializadora. Se abren nuevos
horizontes que, aun cuando no han reemplazado los viejos moldes, anuncian
nuevas avenidas. Así por ejemplo, en una investigación sobre prácticas y
proyectos reproductivos realizada entre mujeres pobladoras de Santiago de
Chile (Valdés 1988), se encuentra que coexisten tres modelos ideales sobre los
cuales las mujeres tejen sus variantes particulares: el que da primacía a lo
natural, el que privilegia lo social y el centrado en el individuo. De acuerdo con
el primero, la mujer se concibe como parte de la Naturaleza, de la Madre Tierra
228 Adolescencia y juventud en América Latina
y por lo tanto, debe ser fecunda, su proyecto de vida se concentra en ser madre.
El proyecto en que prima lo social entiende la maternidad como la
reproducción de una sociedad; así no basta con ser madre, debe ser una buena
madre que críe hijos de calidad. El modelo en el que prima el proyecto
individual enfatiza la autonomía de la mujer y rechaza la noción de sacrificio
de sí implícita en los dos primeros. Según este último, cada mujer tiene un plan
de desarrollo que excede a su vida familiar. El trabajo de Valdés muestra que
esta población encarna en sus vidas los giros actuales en la definición de
maternidad y la redefiniciones que estos implican para la identidad femenina.
Asimismo, evidencia la convivencia de distintos modelos y los dilemas que
ellos abren a las mujeres de hoy.
La sexualidad
Como consecuencia de los nuevos discursos sobre la mujer y de los cambios
en la dinámica familiar, el código que estipulaba que el valor de una mujer
residía en su conducta sexual está perdiendo vigencia en el discurso popular.
Así, la sexualidad está saliendo del registro de lo pecaminoso para ser aceptada
como un ingrediente esencial en la vida amorosa de las personas. Diversos
estudios muestran que las mujeres urbanas, nacidas en la segunda mitad del
siglo XX, han internalizado el cambio de valores según el cual, la sexualidad
es parte normal de la vida de las personas y la doble moral sexual es injusta.
Por ejemplo, en investigaciones realizadas entre mujeres de los sectores medios
de Lima y Santiago de Chile (Fuller 1993, Ponce y La Rosa 1995, Gysling y
Benavente, 1996) todas las entrevistadas rechazaban el tabú de la virginidad y
la “represión” del erotismo. En su representación actual la concepción en la que
fueron socializadas, según la cual la sexualidad era fuente de pecado, bochorno
y peligro potencial, ha quedado atrás. Según declaran, ella es “natural” y hoy
es necesario superar la inhibición sexual y asumirse. Es decir, en este discurso
no sólo se recupera la dimensión erótica femenina sino que la satisfacción
sexual se convierte en un mandato y sinónimo de salud psíquica.
No obstante, en la medida en que el acceso a posiciones de prestigio para la
mujer sigue mediada por el matrimonio -ya que son los varones quienes
transmiten reconocimiento social a sus cónyuges-, la conducta sexual de las
mujeres es aún una forma de signar su valor en el mercado matrimonial y ello
propicia formas de control de la sexualidad femenina (Ortner, 1998). Diversos
Solum Donas Burak 229
estudios (Fuller 1993, Ponce y La Rosa 1995, Gysling y Benavente, 1996,
Contreras y Hakkert 2000) realizados en el ámbito latinoamericano, señalan
que en este aspecto sigue habiendo una profunda asimetría en las relaciones
entre los géneros
A pesar de las contradicciones anotadas, en la práctica actual, la sexualidad
y la reproducción tienden a separarse debido a los cambios en la definición de
la sexualidad de las mujeres y a la existencia de métodos altamente eficaces
para regular la fecundidad3. Esto significaría un giro radical en la identidad
femenina, ya que la maternidad parece estar dejando de ser un destino para
convertirse en una decisión. En consecuencia, se abren nuevas posibilidades de
vida sexual y se transforma el proyecto de vida de la población femenina.
La esfera pública
Los sistemas políticos y económicos modernos que en América Latina
empezaron a forjarse, en términos gruesos, desde comienzos del siglo XIX, se
caracterizan por imponer un único principio clasificador para ordenar la
sociedad: la igualdad y la libertad. De acuerdo con ellos, todos los miembros
de una sociedad son libres de trabas familiares o locales y gozan de los mismos
deberes y derechos ante la ley. Ahora bien, la emergencia del modelo
democrático supone cambios fundamentales en dos aspectos, centrales para la
identidad de las personas. Primeramente, ésta deja de ubicarse en la familia o
en la localidad para centrarse en el individuo. En segundo lugar, las relaciones
entre las personas se rigen por el principio de la igualdad de derechos de todos
los seres humanos.
Como consecuencia de estos cambios de largo plazo que llevaron a que la
ideología igualitaria y la propuesta ciudadana se extiendan a la población
femenina, el siglo pasado ha sido testigo de la creciente incorporación de la
mujer al mercado de trabajo. Esto va unido a un aumento sustantivo del nivel
de escolaridad de la población femenina y a una creciente participación de las
mujeres en la esfera pública. La mujer ha salido al espacio exterior y ocupa
ámbitos que tradicionalmente fueron definidos como masculinos (Fuller 1993,
Valdés, Benavente Gysling 1999). Paralelamente, han aparecido nuevos
modelos de mujer, tales como la liberada, la mujer de carrera y la ciudadana
que participa en la esfera pública, que entran en abierto conflicto con el ideal
de la “santa madre puntal de la familia” (Fuller 1993).
230 Adolescencia y juventud en América Latina
Durante las dos últimas décadas, la inserción de las mujeres en el ámbito
público se incentivó debido al impacto del movimiento de liberación de la
mujer y de los cambios de la economía mundial tendientes al achicamiento del
tamaño del Estado, la globalización de la producción y la flexibilización del
mercado de trabajo. Una de las consecuencias del ingreso masivo de las
mujeres al ámbito laboral es la virtual desaparición del mito del hombre
proveedor (Safa 1995) y de la mujer madre ama de casa. Sin embargo, esto no
significa necesariamente una mejora en la condición de la mujer que a menudo
se ve sobrecargada por nuevas demandas añadidas a las ya tradicionales4.
Entre las mujeres de los sectores medios, diversas investigaciones muestran
que, a pesar de que el ingreso al trabajo está mediatizado por sus roles
domésticos y por la aun persistente discriminación de género, el trabajo
constituye un catalizador de cambios ya que para gran cantidad de mujeres este
es el ámbito donde se realizan como individuos autónomos (Fuller, 1993,
Gysling y Benavente, 1996). Para un número creciente de mujeres jóvenes, el
trabajo constituye un eje de su identidad de género. La carrera es el espacio
privilegiado donde ellas pueden expresarse como seres autónomos, fuera de las
determinaciones de los roles familiares que las definen como parte de un
proyecto familiar donde el sentido de sus vidas proviene de apoyar a otros y
llevar a cabo metas conjuntas.
No obstante, a pesar de la importancia que las mujeres de hoy adjudican al
trabajo, para gran parte de ellas la maternidad continúa siendo un eje central de
sus identidades, de manera tal que ellas se ven en la necesidad de reacomodar
sus vidas de acuerdo con estas dos prioridades. Así por ejemplo, en una
investigación con historias de vida de mujeres mexicanas (B. García y O. de
Oliveira), se identifican diferentes tipos de vinculación de la mujer con el
trabajo: la carrera en la que tanto el hombre como la mujer aceptan que los hijos
no tienen necesariamente que ser cuidados por la madre; el trabajo como medio
de mantener el estatus social, en que se combina las exigencias del trabajo y la
maternidad y ambos miembros de la pareja participan en las tareas de crianza;
las que trabajan por obligación ya que el sueldo del marido no es capaz de
cubrir totalmente el presupuesto familiar y la maternidad se vive con conflicto;
las que consideran que el trabajo es una actividad secundaria y se asume
siempre y cuando no sea un obstáculo para la realización de su papel de
madres, y finalmente las madres que consideran casi imposible conciliar alguna
Solum Donas Burak 231
actividad extradoméstica con el cuidado de los hijos. De este modo, la relación
entre trabajo remunerado y comportamiento reproductivo está mediada por los
significados que la mujer atribuya a la maternidad, y al mismo trabajo
remunerado. Asimismo, esta interrelación da lugar a diferentes posiciones y
estilos de combinar ambas dimensiones.
De este modo, los discursos que contenían las definiciones de maternidad se
han ampliado y diversificado de manera tal que muchos de ellos entran en
contraposición con las definiciones que fueron corrientes hasta comienzos del
siglo XX. Si bien la maternidad continúa siendo un tema importante en la
identidad femenina ya no está garantizado que ella sea el eje alrededor del cual
las mujeres articulan sus elecciones vitales. Por otro lado, este proceso no es
uniforme ya que las diferencias en niveles de ingreso, educación, participación
política, relaciones familiares y de pareja y opciones personales, abren
diferentes posibilidades. Sin embargo, es posible detectar los factores que
influyen en estos cambios y el quiebre de los moldes tradicionales por los
cuales femineidad y maternidad estaban indisolublemente unidas.
Las jóvenes y adolescentes
El término adolescente carece de una acepción unívoca, pero de alguna
manera, la mayoría de sus definiciones coinciden en apuntar al hecho de que se
trata de una etapa transicional en la cual los jóvenes ocupan un lugar ambiguo
entre la infancia y la vida adulta. A pesar de que esta perspectiva tiende a
ignorar la importancia de la cultura juvenil y percibir a los jóvenes como
figuras en un segundo plano –sobre un horizonte social y cultural ya elaborado
por instituciones y agentes adultos–, tiene la ventaja de llamar la atención sobre
una de las características más sobresalientes de este momento del ciclo vital: la
necesidad de insertarse en el medio social y de adquirir el estatus de adulto
(Turner 1973, 1980).
Sin embargo, el caso de las mujeres presenta ciertas peculiaridades ya que
mientras que para un varón acceder al estatus de adulto significa en gran
medida cortar con la identificación con la madre para ingresar al mundo
masculino, la femineidad se ha identificado tradicionalmente con la extensión
de los roles domésticos y la maternidad. Entre las niñas, la adolescencia era
vista como una progresión hacia la maduración sexual que constituía el gran
232 Adolescencia y juventud en América Latina
umbral que las convertía virtualmente en adultas sociales aptas para
reproducirse. Así la menarca, la iniciación sexual y la unión conyugal para
tener hijos eran, por lo común, los rituales que consagraban la femineidad
(Benítez, Mereles y Roa, 1996). En este modelo la sexualidad y la reproducción
no se separan de manera tal que la iniciación sexual coincida con la unión
conyugal y ésta con la maternidad. Por ello la virginidad era un marcador
importante del estatus de la mujer ya que se suponía que quien tuviera vida
sexual esperaba tener descendencia. Por ejemplo, en un estudio con
poblaciones de bajos recursos en Paraguay (Benítez Mereles, Roa 1996) se
encontró que existe una cerrada asociación entre menarca y embarazo, de
manera tal que se omite el tema de la sexualidad y se produce una estrecha
asociación entre sexualidad y reproducción5.
Esta perspectiva gradualista de la adolescencia apunta a la calidad
transicional de esta etapa y de la primera juventud, pero enmascara el hecho de
que el período de circulación sexual previa a la maternidad está marcado por la
ambigüedad debido a que ello implica negociar los términos de la relación
sexual y reproductiva con sus posibles parejas, la redefinición de sus vínculos
con su familia de origen y, finalmente, conlleva el riesgo de que la joven no
alcance la plena madurez social, sea porque no logró establecer una unión
estable o porque debe vivir su maternidad de manera precaria. Ello evidencia
que las investigaciones sobre identidad de género tienen como tarea pendiente
estudiar la adolescencia y primera juventud descomponiendo sus características
internas y no simplemente como una transición.
Paralelamente, las definiciones mismas de adolescencia, primera juventud y
madurez femeninas están en revisión debido a diversos factores: la nueva
definición de sexualidad, la mayor autonomía de los jóvenes frente a la familia, la
tendencia hacia una mayor igualdad en las relaciones entre hombres y mujeres y,
sobre todo, por el hecho de que la maternidad está cambiando de lugar en el
proyecto de vida de las mujeres. Como consecuencia de estos factores, la
adolescencia y juventud femeninas se han alargado y tornado más complejas en
diversos sentidos: el erotismo se separa de la reproducción y se abre la posibilidad
de que las jóvenes vivan un período de circulación erótica asociado al placer y la
búsqueda, el período de estudios o ingreso en el mercado laboral forman parte de
la experiencia vital de este momento de la vida. El horizonte de la maternidad se
aleja y difiere y, aun cuando puede marcar el fin de la adolescencia, ya no es una
meta que define y engloba el proyecto de vida de las jóvenes.
Solum Donas Burak 233
Nuevas demandas y espacios
En la actualidad, las necesidades de estudiar y/o insertarse en el espacio
laboral se plantean como exigencias para obtener reconocimiento social y
forman parte del proyecto de vida de una creciente mayoría de jóvenes que no
se definen como esposas o madres, sino como individuos con carreras propias
en los campos profesional, artístico, político, etc. Esta posibilidad ha producido
grandes cambios en la manera en que se vive la adolescencia y la juventud. Hoy
las mujeres ocupan espacios en las instituciones educativas, laborales y
políticas que antes fueron reservados a los varones y que aun se definen como
paradigmáticamente masculinos. Esto se refleja en la cultura juvenil que está
generando formas de sociabilidad, consumo y valores que incluyen a la
población femenina.
También genera cambios en las relaciones entre los géneros ya que los
varones deben redefinir su posición en el espacio exterior para dar cabida a las
mujeres y estas últimas deben incluir estas nuevas demandas en sus
representaciones de sí mismas. Este no es un camino paralelo ya que mientras
para los hombres esto significa pérdida de privilegios, para las mujeres se trata
de una reivindicación y una conquista. Esto se expresa preferentemente en las
expresiones de cultura juvenil y en la circulación de imágenes a través de los
medios de comunicación (música, modas, arte, etc.), antes dominada por los
imaginarios masculinos, que comienza a replantearse por la creciente
participación femenina.
Este proceso, a su vez, enfrenta variadas dificultades tales como la
discriminación de género en el trabajo y la política y, en lo que respecta a la
femineidad, el conflicto entre la autoafirmación individual y la maternidad. Por
otro lado, entre los sectores rurales y urbanos de menores recursos, las bajas
expectativas de insertarse en la esfera pública pueden conducir a las jóvenes a
optar por la maternidad como una de las pocas vías de alcanzar reconocimiento
social abierta a ellas. Asi por ejemplo, en un estudio sobre poblaciones de bajos
recursos realizado en Rio Grande do Sul, Fachel Leal y Fachel (1999)
encuentran que en estas poblaciones el embarazo adolescente no se percibe
como un problema, ya que se trata de una estrategia de la mujer adolescente
para constituir una unión conyugal. En sentido inverso, un estudio sobre
relaciones de pareja en Santiago de Chile muestra que el tiempo de cortejo
234 Adolescencia y juventud en América Latina
prolongado es un privilegio de las clases acomodadas y se relaciona con la
posibilidad de alargar el período adolescente, de disponer de espacio en el
ámbito familiar, de recibir apoyo de los padres y de seguir estudios después de
terminada la escuela. Entretanto, es más común que las jóvenes de los sectores
populares se zambullan sin período previo al mundo adulto por la vía del
embarazo (Valdés et Al 1999:84).
Las diferencias antes observadas se tornan mayores cuando se tienen en
cuenta variables tales como el área de residencia, el nivel de educación, la
condición de pobreza y el grupo étnico. Así, para la región latinoamericana es
notorio que las adolescentes residentes en áreas rurales tienen tasas de
fecundidad más elevadas que sus contrapartes urbanas6. Asimismo, en mujeres
sin instrucción y con educación baja, la fecundidad es claramente mucho más
elevada y desciende significativamente en todos los países cuando la adolescente
alcanza un nivel de instrucción mayor. Por otro lado, las tasas de fecundidad
adolescente para los grupos indígenas de Bolivia, Guatemala y Perú están muy
por encima de la tasa que representa al total de las adolescentes de estos países.
De este modo, las adolescentes se encuentran a menudo enfrentadas a la
necesidad de balancear dos demandas opuestas que responden a diferentes
definiciones de femineidad: la afirmación de su proyecto individual
simbolizado por su capacidad de culminar sus estudios e integrarse en el
mercado de trabajo y la satisfacción inmediata de ser consideradas adultas en
su entorno social. En el caso de las jóvenes de los sectores rurales, populares
urbanos y en los grupos étnicos tradicionalmente excluidos, esta temática es
más urgente debido a las dificultades que se les presentan para acumular capital
simbólico a través de estudios superiores, y para acceder a puestos de trabajo
bien remunerados y prestigiosos frente a la gratificación personal y
reconocimiento social que obtienen a través de la maternidad.
El erotismo femenino
Entre las jóvenes adolescentes la iniciación sexual puede ser vivida de manera
bastante compleja ya que, como señalé, implica la redefinición de las relaciones
con la familia de origen y la negociación de una nueva relación. De acuerdo con
el modelo tradicional, el cortejo no sólo inicia el camino hacia la femineidad
plena sino que es el punto en que la joven empieza a separarse de su familia de
Solum Donas Burak 235
origen. De este modo, la relación amorosa implica que la joven dividirá sus
lealtades entre la familia y la pareja. Por otro lado, durante este periodo se supone
que los adultos ejercen un estricto control sobre los encuentros juveniles a fin de
asegurar que estos lleguen a buen término. Es común que la relación de la hija
con los padres atraviese un período difícil, ya que su despertar sexual es un
terreno complejo pues la joven debe circular sexualmente para encontrar pareja.
Sin embargo, esto es peligroso desde el punto de vista de los padres, ya que la
joven corre el riesgo de que los varones con quienes se encuentra no busquen una
relación de pareja, sino de seducción. O bien que ella establezca una alianza
conyugal inadecuada (un mal matrimonio).
Para los padres cuyo deber es proteger a sus hijas se abre un dilema entre
guardarlas demasiado y no saber cuidarlas (Fuller, 2000). En los sectores
populares esta tensión puede ser mayor, ya que a menudo la madre ha tenido su
primer hijo en la adolescencia y no ha seguido estudios superiores. Así,
mientras la madre puede presionar a la hija para que no repita su historia, desde
el punto de vista de la joven, ella es una contradicción viviente del mensaje que
emite (Caldiz, Malosetti y Gallardo 1994).
Por otro lado, la revisión de las jerarquías familiares y de género en
dirección a una mayor democratización y la creciente influencia de una cultura
juvenil que enfatiza la libertad y la autoafirmación, llevan a que las
adolescentes y mujeres jóvenes estén menos dispuestas a someterse al control
de los padres. Estos procesos, si bien empujan hacia una mayor autonomía de
las mujeres, también influyen en el riesgo de embarazos no conscientemente
deseados que dificulten las posibilidades de las jóvenes de seguir estudios
postescolares o que limiten su capacidad de escoger trabajos más gratificantes.
La negociación de la relación con sus eventuales parejas implica una serie
de ambigüedades que se han intensificado en las últimas décadas, debido a los
cambios que se están produciendo en las representaciones y discursos sobre la
sexualidad femenina y en las imágenes transmitidas por los medios de
comunicación, que cuestionan el ideal de recato y sancionan positivamente la
experimentación erótica en las jóvenes. En la actualidad –sobre todo en los
espacios urbanos- los púberes y adolescentes tienen mayores oportunidades de
encontrarse y las reglas que rigen estos encuentros son más informales. El
modelo tradicional de encuentro sexual, en cambio, suponía una fuerte
polaridad en las expectativas mutuas. Mientras que, desde la perspectiva
236 Adolescencia y juventud en América Latina
femenina, la relacion sexual se definía generalmente en términos de un
encuentro conducente a una relación de pareja, el registro masculino dividía los
encuentros sexuales en diferentes categorías de acuerdo con la intención del
varón (Jiménez 1996, Fuller 1997, Cáceres 1998, Olavarría 1999), algunos
encuentros se destinaban a la búsqueda de placer inmediato mientras que otros
llevaban a formar una unión.
No existen, sin embargo, señales o instrucciones precisas que permitan a la
joven descifrar cómo el varón define la relación. Le corresponde a ella llegar a
una conclusión sobre las intenciones del joven con quien se relaciona en cada
ocasión. Así por ejemplo, en un estudio realizado en Lima entre adolescentes
(Quintana 1999) la mayoría de las mujeres (82.4%)reporta que se inició con su
enamorado mientras que más de la mitad de los varones declara que lo hizo con
una amiga y solo una cuarta parte (22.9%) que fue con la enamorada. Ello
indica que no existe coincidencia en las expectativas frente a la relación y que
en muchas ocasiones lo que la joven define como amor para el varón es una
conquista. Asimismo, si bien la cultura juvenil transmitida principalmente a
través de los medios de comunicación incentiva la libertad y el erotismo,
transmite imágenes femeninas y masculinas bastante estereotipadas que por lo
común reproducen el modelo de la mujer objeto de deseo o el varón dominante.
Si este periodo significa atravesar pruebas y riesgos debido a la
contradicción entre el proyecto masculino y el femenino y a las tensiones con
los padres, estas ambigüedades se han acrecentado a causa de los cambios en
curso en la definición de sexualidad. La creciente disociación entre sexualidad
y reproducción está conduciendo a la redefinición del significado de la
iniciación sexual y del período preconyugal. En los países desarrollados es cada
vez mas común que las adolescentes y mujeres jóvenes se inicien sexualmente
y vivan un período de libertad sexual no destinado necesariamente a terminar
en una unión conyugal y expresamente disociado de la reproducción.
Esto significa que para algunas poblaciones de mujeres la iniciación sexual
está dejando de marcar el ingreso a la vida reproductiva y que está surgiendo
una nueva dimensión en sus vidas destinada únicamente a los encuentros
eróticos. Estos cambios van paralelos a la revisión de los discursos
tradicionales sobre sexualidad que se expresan en el rechazo al tabú de la
virginidad y el reclamo de mayor libertad de las jóvenes y adolescentes (Fuller
1993, 1997, Ponce y la Rosa, 1995, Gysling y Benavente 1996, Gysling et al
1998, Olavarría, 1999, Quintana 1999).
Solum Donas Burak 237
Sin embargo, estudios realizados en el ámbito latinoamericano muestran
que este proceso no es uniforme ni mayoritario y persiste la regla ideal que
exige recato de la joven y afirmación viril del varón de manera tal que, mientras
la promiscuidad sexual es premiada en los varones7, se trata de una falta en las
mujeres (Fuller 1993, 1997, Ponce y la Rosa, 1995, Gysling y Benavente 1996,
Gysling et al 1998, Olavarría, 1999, Quintana 1999). Así por ejemplo, un
diagnóstico reciente de los patrones de iniciación sexual en Latinoamérica
señala que aproximadamente el 13% de adolescentes no unidas tienen
experiencia sexual y 4% son sexualmente activas8. Estos resultados muestran
que la actividad sexual fuera del matrimonio de las adolescentes es mucho más
limitada de lo que se ha llegado a pensar y que, al parecer la mayoría de los
países, con la excepción de Brasil y Colombia, no han sufrido cambios
importantes en este aspecto.
Por otro lado, los cambios en los patrones de acercamiento sexual no
parecen haber modificado la representación femenina y masculina respecto a la
iniciativa y el control del varón. Aun cuando diferentes estudios muestran que
las mujeres enfatizan la importancia de decidir sobre su vida sexual y de hecho
toman iniciativas sea para iniciar el acercamiento, sea para rehusar un
encuentro, en la práctica la capacidad de la mujer para negociar y
autodeterminarse depende de una serie de presiones personales, sociales y de
los hombres. En términos personales las mujeres tienden a adoptar una actitud
pasiva porque temen ser mal interpretadas o porque sus sensibilidades fueron
moldeadas en esa dirección. Los varones, por su lado, se sienten con derecho a
ejercer presiones para imponer sus deseos en fórmulas que van desde suaves
insistencias para dar curso a sus requerimientos, hasta la violencia física. Ello
coloca a las jóvenes en posición de riesgo de embarazos no conscientemente
deseados9 o de contraer enfermedades de transmisión sexual porque no se
sienten capaces de requerir al joven que use métodos de control (Yon 1996,
Gysling y Benavente 1996, Benítez, Mereles y Roa 1996).
En suma, mientras que la tendencia actual parece conducir a cambios
drásticos en la definición de la identidad femenina que llevarían a romper la
asociación entre maternidad y femineidad, en el caso de las poblaciones
adolescentes, sobre todo las de bajos recursos, esta tendencia es problemática
debido al entrecruzamiento de diversos factores: la divergencia entre las
definiciones de encuentro sexual de varones y mujeres, la búsqueda de las
238 Adolescencia y juventud en América Latina
mujeres adolescentes de reafirmar su propia sexualidad e independencia
respecto de los padres y el desencuentro entre las expectativas de mayor
desarrollo individual e inserción a la esfera pública frente al logro inmediato de
reconocimiento social a través de la maternidad.
Estas consideraciones llaman la atención sobre la necesidad de enfocar a la
adolescencia no sólo como un período de transición sino como una etapa de la
vida con características propias y diferentes según el género. Asimismo, la
fragilidad social y la ambigüedad que caracterizan a este momento del ciclo
vital plantean graves interrogantes sobre los costos humanos de los cambios
registrados en las relaciones de género y en la femineidad. Se ha escrito mucho
sobre las mejoras en la situación de las mujeres; sin embargo algunos datos nos
muestran que para un número no despreciable de jóvenes de los sectores
populares las dificultades que se plantean, para negociar sus relaciones
familiares y de pareja, controlar efectivamente su fecundidad e insertarse en la
esfera pública, pueden conducirlas a quedar rezagadas de manera tal que las
distancias sociales ya existentes se profundicen retroalimentando el círculo
vicioso de la pobreza y la discriminación de género.
Reflexiones finales
La adolescencia se define comúnmente como el conjunto de transiciones
por las cuales la niña se convierte en mujer adulta. Asimismo, la adultez
femenina, hasta las últimas décadas, era sinónimo de maternidad y los rituales
que marcaban las transiciones de ese periodo (menarca, iniciación sexual,
maternidad) expresaban esta asociación. Hoy la sexualidad tiende a disociarse
de la reproducción y la maternidad no marca necesariamente el pasaje a la vida
adulta. En este momento, para las adolescentes y jóvenes la capacidad de seguir
estudios superiores o de trabajar empiezan a ser considerados como rituales de
pasaje al mismo titulo que la iniciación sexual, en tanto que la adultez se
definiría no sólo por la maternidad sino por la inserción en la esfera publica.
Esta disociación significa que la definición tradicional de adolescencia y
primera juventud femeninas está sufriendo modificaciones drásticas ya que
éstas no constituyen una mera transición hacia la maternidad sino un período
abierto a la experimentación erótica y en el cual las jóvenes buscan ingresar a
la esfera publica.
Solum Donas Burak 239
Sin embargo, la liberación sexual y vital de las mujeres se enfrenta con
ambigüedades ya que los varones a menudo manejan códigos sobre la relación
sexual y reproductiva que no coinciden con los de las jóvenes. Este desencuentro,
profundamente anclado en una visión jerárquica de las relaciones sexuales y de
pareja que aun prevalece entre los jóvenes constituye hoy un riesgo para las
mujeres adolescentes. Asimismo, la creciente importancia de la cultura juvenil
fundada en valores de autonomía y autoafirmación frente a los adultos compite
con los controles que los padres ejercían sobre la vida de las jóvenes.
Los cambios en la identidad femenina descritos presentan características
diferentes según los sectores sociales. Mientras que en los sectores medios y
altos las mudanzas registradas en la identidad femenina están conduciendo a
una creciente individuación y diversidad, entre las mujeres jóvenes y
adolescentes de los sectores rurales, urbanos de bajos recursos y grupos étnicos
es posible que la maternidad continúe siendo un horizonte importante debido a
las dificultades de tener acceso a estudios superiores o a trabajos calificados.
Ello a su vez tiende a profundizar las distancias sociales y a feminizar la
pobreza ya que son las madres solas las que constituyen las capas más carentes
entre los pobres
Referencias
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