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Historia Ecológica de Iberoamericana

El documento discute la relación entre las sociedades y la naturaleza en la historia de Iberoamérica. Compara las actitudes y tecnologías de los pueblos indígenas americanos, los iberos y los colonizadores españoles y portugueses hacia el medio ambiente. Argumenta que las culturas indígenas tenían una visión más respetuosa de la naturaleza debido a su estrecha conexión histórica con los ecosistemas locales, mientras que la conquista resultó en una gran reducción de la diversidad biol

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Historia Ecológica de Iberoamericana

El documento discute la relación entre las sociedades y la naturaleza en la historia de Iberoamérica. Compara las actitudes y tecnologías de los pueblos indígenas americanos, los iberos y los colonizadores españoles y portugueses hacia el medio ambiente. Argumenta que las culturas indígenas tenían una visión más respetuosa de la naturaleza debido a su estrecha conexión histórica con los ecosistemas locales, mientras que la conquista resultó en una gran reducción de la diversidad biol

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¿De qué modo la historia ecológica puede ayudarnos a pensar el presente y el futuro?
¿Hasta dónde los conflictos ambientales pasados nos proporcionan elementos para
comprender los conflictos actuales y futuros? Las alteraciones de la naturaleza en América
Latina durante la conquista y colonización (usadas como herramienta para la
consolidación de un poder hegemónico), ¿pueden ayudarnos a prever las próximas
agresiones a nuestro entorno natural y cultural?
Me parece que es el momento de reflexionar sobre la relación naturaleza-sociedad en
diferentes etapas de nuestra historia social, como son la de las culturas previas a la
conquista y colonización y lo que ocurrió durante el posterior período colonial. Por
supuesto, no se puede hablar de la América sin hablar de España y Portugal, y no se puede
comprender la Península Ibérica sin contemplar las especiales condiciones ambientales del
período histórico en el que se producen la conquista y la colonización. No quiero plantear
una idealización de las condiciones prehispánicas, pero sí mostrar algunas situaciones muy
diferentes, que puedan ayudarnos en una reflexión sobre estos tiempos revueltos que
estamos viviendo.
LA RELACIÓN NATURALEZA-SOCIEDAD EN LA EVOLUCIÓN DE LOS PUEBLOS
IBÉRICOS Y AMERICANOS
Hablamos de lo ambiental como del cruce entre la naturaleza y la sociedad. De lo que cada
grupo humano hace con su particular entorno natural y del modo en que estas conductas revierten
sobre las condiciones de vida de las personas. La relación con ese entorno se produce mediante
determinadas tecnologías, entendidas simplemente como una manera de hacer las cosas. Estas
tecnologías pueden alcanzar un alto grado de sofisticación en el aprovechamiento de los distintos
fenómenos naturales, aunque las herramientas materiales utilizadas nos parezcan primitivas. En
ocasiones, un cultivo realizado con herramientas de palo puede basarse en principios y
conocimientos más complejos que otro que utilice imágenes de satélite, agroquímicos y maquinarias
inadecuadas para ese suelo.
Cada pueblo tiene un peculiar estilo tecnológico que resulta de las interacciones entre la
oferta natural (los recursos naturales disponibles) y su cultura, entendida en su sentido más amplio
(desde el sistema de creencias hasta la red de intereses económicos y las relaciones de poder
existentes). Ese estilo tecnológico tiene que ver con la forma en que esa sociedad ha coevolucionado
con sus ecosistemas. Esto significa, además, que esta relación no es individual sino social. Cuando
hablamos del vínculo entre hombre y naturaleza, sólo podemos referirnos al que se establece entre
una sociedad determinada y su entorno natural. Esta aproximación sólo es posible mediante un
enfoque transdisciplinario. En consecuencia, vamos a tratar temas que habitualmente son
estudiados por varias ciencias diferentes.
Esto nos plantea, simultáneamente, la necesidad de un lenguaje común, un lenguaje
que sea accesible a personas de formaciones diversas. Por esta razón evitamos el uso de la
terminología técnica de las diferentes disciplinas involucradas y preferimos emplear un
lenguaje de divulgación. Esto no significa que se trate de un libro periodístico. Es una obra
académica, que utiliza un lenguaje semejante al del periodismo.
Diferentes grupos humanos tienen actitudes distintas frente a la naturaleza. Eso se
relaciona con las condiciones naturales que encuentren y también con su manera de ver el
mundo. Ante las condiciones naturales semejantes, distintas sociedades tratan de otro
modo a la naturaleza. Y lo que hagan con ella no depende de la bondad o maldad de los
hombres sino de sus formas de organización social.
Un aspecto significativo de la relación naturaleza-sociedad es la porción de la oferta
natural existente que cada sociedad utiliza. Ninguna cultura utiliza la totalidad de la oferta
natural disponible. La prohibición religiosa del cerdo entre los judíos y musulmanes y la
prohibición cultural de comer insectos en muchas culturas (entre ellas la nuestra) son
ejemplos de recursos alimenticios que existen pero que esas sociedades se resisten a utilizar.
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La Edad Media en la Península Ibérica está signada por el enfrentamiento entre dos
culturas profundamente distintas, ya que las cuestiones religiosas no fueron las únicas que
los separaron. Desde el punto de vista ambiental, la Reconquista fue la larga lucha entre la
sociedad del Norte de la Península, cuyo uso de los recursos naturales estuvo basado en el
pastoreo trashumante y la sociedad del Sur, organizada en torno a la agricultura bajo
riego. En última instancia, la guerra entre moros y cristianos fue la continuación de otras
mucho más antiguas entre labriegos y pastores.
Ambas culturas utilizaban una variedad más reducida de recursos vivos que muchas
culturas americanas, por la simple razón de que las áreas de clima templado tienen una
menor diversidad biológica que las áreas tropicales. Por otra parte, el uso productivo de
una amplia diversidad biológica requiere de una experiencia histórica en ese ecosistema de
la que los recién llegados carecían. Por eso, desde el punto de vista ecológico, la conquista
de América significó una brutal reducción de la diversidad de uso de recursos naturales. De
una muy amplia variedad de cultivos, adaptados a la totalidad de los ecosistemas
habitables, se paso a una lista muy restringida de especies, lo que equivale a bajar
sustancialmente las potencialidades aprovechables de los distintos ecosistemas. Esto no ha
ocurrido sólo por desconocimiento, sino también por complejas relaciones de poder
económico y cultural.
Por esas mismas relaciones, la diversidad en el uso de las potencialidades de la
naturaleza no ha cesado de reducirse desde la colonización. La aplicación de los principios
de David Ricardo –quien sostenía que cada región debía producir los bienes para los cuales
era económicamente más apta y comerciar los restantes- generó entre nosotros condiciones
de monocultivo que llevaron hasta sus últimas consecuencias estas situaciones originadas
durante el periodo colonial.
Los pueblos americanos tenían una actitud religiosa hacia la naturaleza. En toda
América, los hombres le rendían culto a diversas variantes de la Madre Tierra (como la
Pachamama en la zona incaica). Algunos creían que ciertos animales o ciertos árboles eran
la encarnación de sus antepasados. Esta forma de ver el mundo los llevó a actitudes más
respetuosas hacia los bosques o los animales salvajes que las que hubieran tenido de no ser
ésa su religión. Los indios norteamericanos que vivían de la caza del bisonte aprendieron a
respetarlo y a no dañarlo sin necesidad. Lo mismo hicieron los indios patagónicos con el
guanaco. Este aprendizaje no fue instantáneo: es probable que se hayan producido muchas
extinciones de poblaciones animales o aún de especies hasta que los hombres descubrieran
las formas de regular su uso para no hacerlas desaparecer. Por las características
culturales de estos pueblos, muchas de estas regulaciones tienen una manifestación
religiosa, pero no son antojadizas sino que se basan en la observación empírica de la
naturaleza.
Esto es común a muchos pueblos, no solamente a los americanos, pero sólo puede
desarrollarse después de muchas generaciones de vivir en un cierto territorio y en
coevolución con sus ecosistemas. Muchos de los mandatos del Antiguo Testamento en
relación con la naturaleza tienen que ver con un agudo sentido de la observación de las
leyes naturales y con requerimientos para conservar determinados recursos críticos que
podían verse amenazados por prácticas depredatorias 14 . La destrucción de las culturas
locales provocó la pérdida de muchos de los mandatos conservacionistas que tenían un
ropaje religioso. En otros casos, los viejos dioses tomaron la apariencia de los nuevos, pero
difícilmente el sincretismo alcanzó a generar mandatos ecológicos operativos.
UNIDAD Y DIVERSIDAD DE AMÉRICA PREHISPÁNICA
Nos interesa hablar del ambiente en las civilizaciones precolombinas para
contrastarlo con las condiciones ambientales generadas a partir del choque de
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civilizaciones iniciado en 1492. Queremos destacar que cada situación social tiene
consecuencias distintas sobre los ecosistemas.
Recordemos que estamos hablando de pueblos que no tenían un sentido de
pertenencia de conjunto y que, por ende, no se sentían formando parte de una totalidad. Al
respecto, se ha dado en utilizar la expresión Abya Yala como sinónimo de América. Abya
Yala es el término con que los indios Cuna –de Panamá- denominarían al continente
americano en su totalidad. La elección de este nombre (que significa "tierra en plena
madurez") fue sugerida por el líder aymará Takir Mamani, quien propone que todos los
indígenas lo utilicen en sus documentos y declaraciones orales 15 .
Mas allá de la importancia política de nombrar los espacios que fueron conquistados
de un modo propio, nos resulta difícil aceptar este simple cambio de nombres. No hay
evidencias de que incas y aztecas conocieran mutuamente sus respectivas existencias.
¿Cómo puede alguien sentirse unido a quienes ni siquiera sabe que existen? Una condición
lingüística refuerza la improbabilidad de esta afirmación: hay evidencias de que los
indígenas que habitaban lo que hoy es Cuba no tenían una palabra para designar la isla en
su totalidad, debido al gran tamaño de la misma 16 . Con lo cual, la magnitud de América
probablemente la hacía inabarcable con la imaginación. La expresión "tierra en plena
madurez" es literariamente sugestiva y puede ser una buena, aunque tardía respuesta a
quienes hablaban de la inferioridad de la tierra y el hombre americanos.
La noción de continente es de origen europeo y parece haber sido desarrollada
inicialmente por Herodoto para explicar las guerras entre griegos y persas, la que
interpretó como parte de un largo y mítico conflicto entre europeos y asiáticos, iniciado en
la guerra de Troya. Esto lo llevó a separar Europa de Asia, aunque no hubiera suficientes
razones físicas para hacerlo. Y aún para Herodoto, Europa no iba mucho más allá del
Mediterráneo y Asia no incluía el Extremo Oriente. Pero en América no conozco registros
de geógrafos o de viajeros prehispánicos que describieran culturas diferentes a la propia, o
que hayan recorrido grandes distancias con anterioridad a la conquista española. Cada
pueblo tenía buenas nociones de sus vecinos y su área de influencia cultural, militar o
comercial, y en muchos casos tenían relevamientos cartográficos muy precisos, pero
siempre limitados a esa zona. Ni siquiera sabemos si en la América precolonial existió la
curiosidad geográfica, tal como nos la legara la Antigüedad clásica y que expresa Herodoto
al decir que lo más hermoso de la Tierra está en sus confines. Tal vez la curiosidad por
conocer tierras lejanas se genere en ciertas culturas y determinadas condiciones sociales y
no en otras.
La gran expansión del maíz muestra claramente la existencia de importantes
migraciones en tiempos muy antiguos, lo que prueba los movimientos humanos en esos
tiempos. Recíprocamente, el que la papa no haya llegado a Mesoamérica hasta después de
la conquista sugiere la falta de comunicación entre los altiplanos andinos y mexicanos
durante el tiempo de las altas culturas americanas. En el estado actual del conocimiento, no
parece haber evidencias de comunicación frecuente, ni mucho menos de un sentimiento
continental por parte de los pueblos preexistentes. A los que, por otra parte, no tiene
sentido llamar “originarios”, como se llaman a sí mismos muchos militantes indigenistas.
Los seres humanos no son originarios de América, de modo que los indios no son
originarios, sino simplemente anteriores a los europeos 17 .
LAS DIFERENTES MANERAS DE PERCIBIR Y UTILIZAR EL AMBIENTE
Nos encontramos, entonces, ante pueblos que eran distintos y se sentían distintos, o,
simplemente, se desconocían recíprocamente. Trataremos de no forzar un denominador
común en los casos en que esto vaya contra los testimonios históricos disponibles. Esta es la
razón que nos lleva a estructurar esta obra en forma de estudios de caso. No podemos
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hablar de todos los pueblos americanos en un sólo libro. Lo que sí podemos hacer es
destacar algunos ejemplos de las diferentes concepciones o tecnologías que hacen a la
relación naturaleza-sociedad en determinados pueblos.
Estos pueblos han debido actuar en entornos de características peculiares, que los
llevaron a desarrollar formas de organización social y tecnologías productivas propias.
Desde la selva tropical -que fue el entorno de los mayas- hasta los desiertos andinos -donde
actuaron los incas- y los hielos polares -territorio de los esquimales-, cada uno de los
pueblos americanos debió definir su particular relación con la naturaleza.
Esto alcanza a las formas de obtener o producir su alimento y los materiales
necesarios para la vida cotidiana. Es decir, las tecnologías de producción agropecuaria o
minera, forestal, de caza o de pesca. Pero también se relaciona con su modo de hacer
viviendas y agruparlas en pueblos o ciudades y el ambiente urbano que se generó, en los
casos en que las ciudades existieron. Alcanza, en algunos casos, también a las tecnologías y
criterios de construcción de viviendas, cuando la adaptación bioclimática fue especialmente
significativa. Y en todos los casos, nuestra búsqueda apunta a detectar la capacidad de
cada pueblo para establecer una relación sustentable con su entorno. Es decir, saber si
utilizaron los recursos naturales que tenían disponibles de modo de permitir su
renovabilidad indefinida. O si, por el contrario, los agotaron a tal extremo que generaron
problemas ambientales que precipitaron la caída de esa misma cultura.
Por supuesto que en este libro le otorgamos un lugar destacado a las llamadas altas
culturas del continente americano, como los incas y los aztecas. Pero también nos interesan
algunos casos peculiares de relación con la naturaleza en pueblos menos conocidos, como
los zenú en lo que hoy es Colombia o los anasazi en lo que hoy son los Estados Unidos. Una
de las características más distintivas de estos pueblos fue la construcción de suelo agrario,
mediante técnicas de una complejidad desconocida en la Europa de ese momento. Tanto las
chinampas de Mesoamérica como las terrazas de los Andes o los camellones del lago
Titicaca tienen en común una profunda transformación de los ecosistemas, que va mucho
más allá de la mera deforestación, que fue lo que habían impulsado en Europa los monjes
medievales.
La creación de ecosistemas agrarios por parte de las culturas prehispánicas fue uno
de los aspectos menos comprendidos por el conquistador. Para los imperios europeos, las
grandes obras son solamente construcciones de piedra que expresan la gloria de los
poderosos y sus dioses. ¿A quien se le podría ocurrir que una gran obra fuera también la
producción del suelo fértil para sustentar a un pueblo? Tampoco fue adecuadamente
percibida hasta tiempos muy recientes la profunda tarea de selección vegetal que culminó
en la existencia del maíz, la planta americana por excelencia, cuyo carácter artificial cada
día se discute menos.
A muchas de estas tierras llegaron otros hombres a los que les importó solamente el
dinero. Para ellos, un árbol era solamente madera para construir, quemar o vender y los
animales les interesaban solamente para comercializar su carne o su piel. Los aventureros
blancos que querían hacerse ricos rápidamente destruyeron mucho más la naturaleza que
los indios que vivían de ella.
Los que llegaron tras ellos colonizaron ecosistemas cuyas características a menudo les
eran ajenas. Los intentos de reproducir las características de la propia tierra del otro lado
del océano produjo fenómenos tan diversos e inesperados como la fabulosa multiplicación
de los ganados en las grandes llanuras o la profunda degradación de bosques y suelos
tropicales.
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Cada época percibe de otro modo a su entorno. Para los hombres del período
colonial, la ciudad de Buenos Aires estaba rodeada de un desierto que algunas crónicas
califican como horrible: una amplia llanura, llena de altos pajonales que no dejaban ver el
horizonte, que no tenía árboles y que no se usaba para casi nada.
En la mayor parte de ella no se cultivaba ni se criaba ganado; allí había muy pocos
caminos y casi ningún asentamiento poblacional. Decían que esa llanura estaba llena de
fieras y de indios enemigos. Hoy llamamos a ese desierto la pampa húmeda y es la zona en
la que se basa la riqueza agropecuaria del país. Los hombres de hoy pueden hacer cosas
distintas de las que hicieron los colonizadores españoles con los mismos territorios. Tienen
una visión del mundo diferente, otra actitud hacia el trabajo manual, otras necesidades
económicas y otra forma de percibir su relación con la naturaleza.
En la siguiente parte de este libro estudiamos el período que va desde 1492 hasta la
emancipación de las naciones que la componen. Fijar esos límites en tiempo y espacio es
más complejo de lo que parece a primera vista y tiene una cierta dosis de arbitrariedad.
Por una parte, la colonia no abarca el mismo período de tiempo en todos los países, ya que
algunos de ellos, como Argentina, se liberaron en 1810, en tanto que Cuba recién eligió su
primer gobierno en un siglo más tarde, mientras que otros territorios aún siguen siendo
coloniales. Esto nos lleva al cruce de dos líneas de causalidad diferentes: existe una
especificidad de los problemas ambientales de los siglos XVI al XVIII, que son
completamente distintos de los que podemos detectar en el siglo XIX y en el XX. Pero
también hay una especificidad propia de las condiciones ambientales de las áreas
coloniales, diferente de las que sufren los pueblos con un mayor grado de
autodeterminación.
Pero, por otra parte, la situación de algunos territorios es controversial, ya que
muchos consideran que el status de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de los
Estados Unidos constituye una forma de dominación colonial. ¿Consideramos
independiente al Brasil imperial, sometido a una corona portuguesa, que reside
localmente? Otros, como las islas Malvinas y ciertos territorios del Caribe, están ubicados
en el mismo continente, pero no son culturalmente latinos y algunos siguen siendo colonias.
Para simplificar las cosas, agreguemos que amplios territorios de América del Norte fueron
colonizados por los españoles (como California, Florida y Texas). Es decir, que fueron
latinoamericanos en su tiempo, aunque actualmente ya no lo sean. Nos hemos centrado en
la colonización española y portuguesa, con lo cual quedan fuera del objeto de este libro las
experiencias de ingleses, franceses, holandeses y rusos, las que merecen, por supuesto, una
investigación aparte. En cada caso, hemos optado por las soluciones más didácticas,
teniendo en cuenta las características y objetivos de este libro.
Cada época percibe de otro modo a su entorno. Cristóbal Colón encontró el Paraíso
Terrenal en las selvas tropicales, las mismas que a principios del siglo XX fueron
calificadas como el "infierno verde". Para los indios, la selva era simplemente su hogar.
Para los españoles fue, alternativamente, infierno o paraíso. Para algunos hombres de
nuestro tiempo, es fuente de recursos naturales (caucho, tierras, madera y oro), mientras
que para otros es un ecosistema a ser preservado cuidadosamente. La diversidad de
situaciones nos lleva –al igual que en el resto del libro- a dar un peso muy importante a los
estudios de caso, de forma de permitir un mejor conocimiento de la riqueza y diversidad de
situaciones. En las situaciones que justifican afirmaciones de índole general, haremos,
obviamente, el señalamiento. Pero hay más literatura que uniforma las situaciones
iberoamericanas de la que las diferencia, por lo que creemos más útil un aporte que señale
las especificidades de cada situación. Sobre esto incide la naturaleza misma de los
fenómenos estudiados. En la mayor parte de las ciencias sociales, es posible y útil hacer
algunas afirmaciones de índole general, que engloben una gama amplia de fenómenos en
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apariencia diferentes. Pero en la temática ambiental, las afirmaciones generales son más
inciertas, ya que estamos hablando de las interrelaciones entre naturaleza y sociedad, y es
difícil encontrar situaciones lo suficientemente análogas como para justificarlo.
Además, hemos dado un mayor peso a aquellos temas (o aquellas facetas de
determinados temas) que están insuficientemente tratados en la mayor parte de la
bibliografía de uso corriente. Esto nos ha llevado a no incluir aspectos institucionales (como
los relativos al funcionamiento de las audiencias, capitanías o virreinatos), no por
subestimar su importancia, sino por considerarlos ampliamente tratados en la bibliografía
más utilizada. Por las mismas razones, no hay en este libro una descripción de las
condiciones geográficas ni de los ecosistemas principales, ya que son datos fácilmente
accesibles en cualquier enciclopedia.
¿TIENE LA CULPA LA ESPECIE HUMANA?
No es cierto que los hombres destruyan siempre la naturaleza, como afirma cierto
ecologismo simplista. Lo que hacen es transformarla. En todo cambio hay algunos
fenómenos de construcción y otros de destrucción: algunos grupos humanos están hoy
destruyendo la selva amazónica, pero también hay otros que están haciendo florecer los
desiertos, lo que significa en muchos casos ampliar la biomasa y aún la biodiversidad
presente en esos ecosistemas. Las dos actitudes representan la acción humana sobre la
naturaleza.
En el tratamiento pedagógico de los temas ambientales, lo primero que nos debería
preocupar es superar el esquema demagógico y simplista de aquellos enfoques que
aparecen a veces en los medios de comunicación masiva: "Los problemas ecológicos se
originan en la maldad innata de los seres humanos". Este punto de vista es criticable desde
una actitud ética y pedagógica. Si adoptáramos esta posición, estaríamos cargando con la
culpa de ser responsables de algo que está fuera de toda posibilidad de modificación. Por el
contrario, estamos educando para que las personas desarrollen su condición humana, y
debemos ser coherentes con este criterio. Los hombres y mujeres pueden y deben proteger
el conjunto de la vida que existe en este planeta, si adquieren las actitudes y los
conocimientos necesarios para hacerlo.
Al mismo tiempo, las opiniones que culpan a la naturaleza humana del deterioro
ecológico nos llevan a actitudes socialmente estériles. Si la culpa está en la naturaleza
humana, en última instancia no hay nada que hacer, sino sólo lamentarse. Recordemos que
cuando se le echa la culpa a todos los hombres, en realidad se está escondiendo el que hay
algunos hombres que son responsables de la destrucción ambiental (por egoísmo o por
ignorancia), pero esto no tiene por qué alcanzar a todos los seres humanos. Hay muchas
personas que están luchando para que la humanidad tome conciencia del peligro de
arruinar nuestro medio ambiente. Necesitamos, entonces, una aproximación diferente, una
aproximación que comprometa a los integrantes de nuestras sociedades con el cuidado de
la naturaleza. Esta aproximación supone un conocimiento específico de esta problemática y
del rol individual y social ante la misma. Es un compromiso social acompañado por una
actitud afectiva.
Pero la relación sociedad-naturaleza no es sólo de construcción o de destrucción. Es
una relación que contempla las distintas maneras de uso de la naturaleza. Este material
apunta a profundizar las reflexiones sobre ese vínculo. El conjunto de temas que
calificamos como ambientales representa una de las facetas más intensas del conflicto
social. Los conflictos ambientales no son patrimonio exclusivo de nuestro tiempo, sino solo
una de sus manifestaciones. En ultima instancia, las relaciones ambientales son conflictivas
en todos los tiempos. La Edad de Oro, caracterizada como un tiempo de armonía de los
humanos con su entorno natural, no existió nunca.
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9. EL AMBIENTE EN MESOAMÉRICA.

CIUDADES Y AMBIENTE URBANO EN AMÉRICA


En este capítulo analizamos la particular relación que tuvieron con la naturaleza los
pueblos mesoamericanos. Ponemos el acento en tres estudios de caso de situaciones bien
diferenciadas. En la Mesoamérica precolombina tenemos grandes ciudades (Teotihuacán y
Tenochtitlán, con problemas urbanísticos semejantes a los de otras metrópolis de la
historia). Tenemos también núcleos urbanos como los mayas, con una relación específica
con la selva. Pero además, encontramos el complejo proceso de construcción de nuevos
ecosistemas (chinampas) que sustentó la antigua ciudad de México (Tenochtitlán).
Si nosotros pensamos que todos los pueblos siguen un camino semejante, no debería
llamarnos la atención la existencia de grandes ciudades en la América precolonial. Equivale
a reconocer que todos los pueblos en determinado estado de desarrollo, reconocen las
ventajas de la vida urbana y se deciden a construir ciudades, las que son cada vez mayores.
Sin embargo, nada es obvio. Los procesos de urbanización del Viejo Mundo han sido
diferentes entre sí, aunque las palabras se parezcan. Lo mismo ocurre con los del Nuevo
Mundo. Hay muchas maneras de hacer ciudades y muchos motivos diferentes para
hacerlas. Cada una de esas ciudades tiene diferentes características del ambiente urbano,
por los mismos motivos que las condiciones ambientales son diferentes en Acapulco y Punta
del Este que en los suburbios industriales de San Pablo.
Estamos tan acostumbrados a vivir en ciudades de una forma determinada que nos
cuesta pensar en ámbitos urbanos diferentes de los nuestros. Miramos las ciudades ajenas
con los ojos de nuestra cultura. Cuando el escritor alemán Goethe visitó las ruinas de
Pompeya, se asombró de la pequeñez y estrechez de las calles y casas. Sintió que sus
edificios eran "más una maqueta y una casa de muñecas que edificios".
Para nosotros está claro lo que es una ciudad, pero los arqueólogos que estudian restos
de asentamientos antiguos, de culturas diferentes de la nuestra, muchas veces se preguntan
si están ante las ruinas de una ciudad o de otra clase de asentamiento. Cada sociedad, cada
cultura, cada forma de organización de los seres humanos, estructura asentamientos que
cumplen funciones diferentes y que, por ende, están organizados de otra manera. No todo
asentamiento humano es una ciudad y, a veces, encontramos testimonios medievales o
antiguos que usan ese nombre para referirse a lo que nosotros llamaríamos pequeños
poblados.
Por ejemplo, la Biblia cuenta que el rey Salomón contrató con Hiram, rey de Tiro, que le
enviara madera de los cedros del Líbano para construir su famoso Templo en Jerusalem.
Cuando a Salomón se le acabó el dinero, le pagó entregándole "veinte ciudades en tierra de
Galilea" 164 . Por su parte, la famosa Micenas que encabezó el sitio de Troya en la época de
Agamenón, tenía una superficie amurallada de apenas 4 hectáreas. Está claro que hoy no
llamaríamos ciudades a ninguna de ellas. Esto no quiere decir que toda ciudad antigua sea
necesariamente pequeña. En la Antigüedad existieron grandes ciudades, aún para nuestra
concepción actual. Roma y Constantinopla, fueron verdaderas megalópolis, cumplieron
funciones como tales y tuvieron problemas ambientales derivados de su tamaño. Algunos
de esos problemas ambientales son comparables a los de nuestras megalópolis actuales.
Los faraones casi no urbanizan esa delgada cinta contigua al Nilo que fue el antiguo
Egipto. Es necesario que Alejandro Magno conquiste Egipto para encontrar la síntesis
entre la magnificente construcción egipcia y la concepción urbanística que llevó a edificar
Alejandría. Roma funda ciudades para consolidar su dominio sobre las tierras
conquistadas, y con ese fin urbaniza la gran cuenca del Mediterráneo. Roma domina
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urbanizando, en tanto que Atila y Genghis Khan dominan arrasando ciudades. Mientras
que asirios y babilonios necesitan de sus ciudades como centro de la administración de
enormes sistemas de regadío. Los teotihuacanos lo harán de una manera muy semejante a
los hombres de la Mesopotamia asiática y los incas de un modo muy distinto.
Esto hace que los especialistas intenten definiciones de ciudad, para ponerse de acuerdo
en cuáles son las características de lo que tienen delante. Vamos a enunciar algunos de los
criterios que se utilizan para tratar de definir lo específico de una ciudad 165 . Se trata de
aproximaciones tentativas. Vemos que mencionarlos no aclara las dudas sino que tiende a
reforzarlas:
1. Una ciudad tiene una unidad física y administrativa.
Esto parece obvio, pero hay bastantes ejemplos en contrario. Berlín es una sola ciudad, y
en los tiempos en que un muro la dividía, siguió siendo una sola ciudad, aunque careciera
de unidad administrativa. Del mismo modo, desde el punto de vista de las funciones
urbanas, el Area Metropolitana de Buenos Aires se comporta como una única ciudad,
aunque esté dividida administrativamente.
Ni siquiera se cumple del todo el tema de la unidad física al hablar de una ciudad. Los
urbanistas consideran que los asentamientos del Alto Valle del Río Negro, en la Patagonia,
constituyen una única ciudad, aunque de tipo discontinuo. Del mismo modo, en la
Antigüedad, el puerto de El Pireo estaba próximo a Atenas pero era parte funcional de la
capital griega.
2. Una ciudad tiene una población de varios miles de habitantes (los lugares de unos mil se
consideran casos límite).
Es cierto, pero obviamente no basta. Una fortaleza, una colegio, un presidio, un hospital
o un country pueden tener esa población y no serían considerados ciudades.
3. Existe una marcada división del trabajo y diferenciación social bien definidos.
Esto se liga con la idea de Max Weber de que en una ciudad la gente se abastece en el
mercado local y es claramente, una característica de nuestras ciudades. ¿Podemos
imaginar ciudades diferentes de las nuestras, ciudades con una mínima división social del
trabajo? ¿O la división del trabajo es esencial a la vida urbana?
4. Se observan diversidad de construcciones.
Lo que equivale a decir edificios con funciones diferenciadas. Por eso, un conjunto de
templos egipcios no es una ciudad, aunque albergue a una gran cantidad de personas. En el
caso de Tenochtitlán claramente nos encontramos con una ciudad. ¿Ocurre lo mismo con
todas las ruinas mayas que conocemos o sólo con algunas de ellas?
5. Hay un modo de vida urbano.
Es el punto más difícil de definir y de probar su existencia en un momento y lugar
determinados, especialmente cuando estamos ante restos arqueológicos, con pocos
testimonios escritos. Mucho más, cuando nuestro modo de vida urbano no tiene por qué
coincidir con el de otros pueblos. Machu Picchu y Constantinopla tuvieron una importante
actividad agrícola en el interior de la ciudad; ¿esto hace menos urbano su modo de vida?
Desde este punto de vista, es sugestivo pensar que Teotihuacán fue una ciudad mientras
estuvo habitada y dejó de serlo cuando se transformó en centro ceremonial. Es obvio que
las condiciones ambientales de una y de otro son cualitativamente distintas.
6. El asentamiento cumple funciones como centro de un entorno.
65

Nuevamente, cada respuesta nos lleva a formularnos otros interrogantes: Londres es, sin
duda, el centro de un entorno. Lo mismo Madrid o Nueva York. Pero también el Oráculo
de Delfos fue el centro de la vida espiritual y política de Grecia, e influyó sobre un entorno
mucho mayor que el que nunca tuvo Atenas, sin que esto le haya dado a Delfos carácter de
ciudad.
En otras palabras, que nuestra aproximación a lo que es una ciudad tendrá un fuerte
sesgo intuitivo, aunque basada en los criterios mencionados, cuyos alcances y limitaciones
hemos visto.
Agregamos que "en la Antigüedad clásica, la ciudad constituía un conjunto inseparable
del campo circundante. Tanto griegos como romanos, que alababan la agricultura, estaban
profundamente convencidos de que la ciudad era lo que permitía llevar una vida civilizada.
Era la ciudad donde, por costumbre secular, se residía desde siempre en la zona
mediterránea. La expansión del Imperio Romano tuvo en realidad el aspecto de un proceso
de urbanización. En las provincias fronterizas los grandes campamentos militares habían
desempeñado el papel de ciudad. A través de diversos procesos la forma urbana se extendió
desde el Asia Menor y las civilizaciones del Próximo Oriente, a las regiones del Danubio y
del Rin. En estas últimas, con la conquista romana se produjo un verdadero boom
urbano" 166 .
El grado en que este ocurrió no tuvo precedentes y quizás no se haya repetido. "Se
cuenta un total de 5.627 ciudades que fueron fundadas por los romanos o repobladas por
ellos en este perfecto imperio que se extendía en torno del Mediterráneo. Séneca ha
observado que los romanos se instalaron siempre allí donde habían vencido" 167 . Es decir
que los romanos no dejaban sólo ruinas a su paso, como otros conquistadores, sino que
siempre fundaban ciudades.
Este modo de organización del espacio físico y de los seres humanos se repite con
variantes en América. Tanto incas como españoles procurarán urbanizar a los pueblos
conquistados, como una forma de imponerles sus propias pautas e integrarlos a su
economía y su sistema de dominación. En tal sentido, la semejanza de los incas con los
romanos has sido destacada en numerosas oportunidades, poniendo a menudo el acento en
los grandes acueductos. ¿Hubo en Mesoamérica intentos semejantes de urbanizar a los
vencidos? ¿O se mantuvo en todas partes el modelo azteca de dejarlos vivir por su cuenta
pero exigiéndoles tributos o guerreando contra ellos para capturarles prisioneros?
EL URBANISMO PLANIFICADO DE TEOTIHUACÁN.
Si fuéramos a buscar analogías con el mundo antiguo, a lo que más se parece
Teotihuacán es a Babilonia y no por las pirámides sino por sus bases ecológicas de sustento.
Teotihuacán es la cabeza de un imperio de regadío que le permite producir excedentes en
niveles muy altos, con la posibilidad de sostener una gran población. Habitualmente, la
administración de un gran sistema de riego requiere de un poder centralizado, capaz de
asignar parcelas cultivables y aguas, de diseñar canales de riego y drenaje, acequias y
acueductos y de lograr la coordinación del trabajo de amplias masas de campesinos.
Asimismo, los imperios de regadío suelen meterse en un callejón sin salida político-
ecológico, que los lleva a sobreutilizar el suelo buscando mayores cosechas (es decir, más
riquezas y poder). De este modo se aceleran acelerar procesos de erosión que terminan
amenazando la propia subsistencia del imperio. Teotihuacán y Babilonia se parecen,
sustancialmente, en las razones ecológicas de su caída.
Hacia los comienzos de la era cristiana, la población de Texcoco, al este de la cuenca de
México, era ya de unos 3.500 habitantes. En esa época comenzó el desarrollo el centro
urbano y religioso de Teotihuacán, al noreste del lago de Texcoco y suficientemente alejado
66

de las áreas más proclives a las inundaciones. Hacia el año 100 DC, Teotihuacán tenía ya
unos 30 mil habitantes, y cinco siglos más tarde, en el año 650, la población de este gran
centro ceremonial alcanzó a superar los 100 mil habitantes. Algunas fuentes estiman su
población en las 200 mil personas. Sus pirámides del Sol y de la Luna, y el área ceremonial
llamada Calle de los Muertos están entre los principales conjuntos monumentales del
mundo 168 .
Teotihuacán es la megalópolis de América. Como tal, plantea una serie de complejos
problemas de ambiente urbano. A diferencia de muchas de nuestras ciudades actuales,
Teotihuacán no crece espontáneamente, librada a la decisión de cada uno de sus habitantes.
Se trata de un urbanismo rigurosamente planificado, que es la expresión sobre el espacio
de una cierta concepción del mundo. Las zonas residenciales que rodeaban el centro
ceremonial formaban una red de calles que aislaban manzanas cuadradas de unos 57
metros de lado. Esta es una medida tipo que se repite para mantener proporciones
armónicas en todo el trazado urbano.
Podemos analizar el ambiente teotihuacano desde la doble perspectiva de lo urbano y lo
rural. Sobre el ambiente urbano, se conocen sobre todo las condiciones de vivienda de los
sectores populares. En cuanto al ambiente rural, hay evidencias de un progresivo deterioro
de su base de sustentación agrícola, debido a una combinación de la sobreutilización de los
suelos con un cambio climático desfavorable. Como toda gran ciudad, parece haber tenido
serios problemas de ambiente urbano. Sobre su importancia o su gravedad, sin embargo,
hay opiniones contrapuestas, ya que a menudo los datos arqueológicos admiten más de una
interpretación, especialmente en lo que hace a la relación entre ambiente y vivienda. Las
casas estaban formadas por cuatro habitaciones cuadradas abiertas hacia un patio interior.
Un autor sostiene que "las zonas residenciales de Teotihuacán deben haber tenido un
aspecto exterior bastante siniestro: altos muros sin ventanas que dejaban entre ellos calles
estrechas. En el interior de los edificios, sin embargo, los ocupantes tenían garantizada la
intimidad. Cada patio poseía su propio sistema de drenaje, daba luz y aire a las
habitaciones circundantes y permitía a los residentes gozar el aire libre en soledad" 169 . Por
supuesto, que para alguien que mira el mundo desde su ventana del piso 34 de un edificio
de departamentos, ese sitio es siniestro. Pero, ¿cómo lo sentían ellos? ¿Es lícito apelar a esta
valoración de nuestra propia cultura?
Otro autor, en cambio, afirma que los aspectos siniestros también se encontraban en el
interior de las viviendas: "A lo largo de sucesivas incorporaciones y ampliaciones, se iba
formando un tupido laberinto de estancias en torno a las cuatro habitaciones mayores. El
mayor de los conjuntos de viviendas estudiados hasta ahora, contiene en su superficie de
3.500 m2 y no menos de 176 piezas comunicadas, 21 patios pequeños, 5 plazas mayores y
numerosos callejones. Las viviendas, que en su mayor parte están escasamente iluminadas
o son completamente oscuras, no debían de ser muy acogedoras ni estaban a salvo de los
peligros, ya que durante una lluvia muy fuerte podían hacerse inhabitables fácilmente,
cuando los depósitos y los tubos de desagüe se llenaban de agua. Además, si se declaraba un
incendio, para quienes se encontraban en las habitaciones centrales de los edificios era casi
imposible salvarse" 170 .
Encontramos nuevamente, la mirada etnocéntrica que define los problemas
ambientales de otros sobre la base de las prioridades de nuestra cultura. Hablar de
viviendas hospitalarias o inhóspitas supone dar por sentada una sola forma posible de
utilización de la vivienda; en este caso, la nuestra. Pero en nuestra cultura tenemos un
modo de vida originado en climas fríos, con un importante equipamiento individual en el
interior de las viviendas. ¿Por qué los antiguos teotihuacanos habrían de vivir sus casas del
mismo modo que nosotros las nuestras?
67

Aún hoy, millones de personas de los sectores populares mexicanos desarrollan una
parte importante de sus vidas en la calle, es decir, en el exterior de las viviendas. En la calle
se producen artesanías y se las vende, en la calle se cocina y se come y se desarrollan
muchos de los intercambios sociales que en otras culturas se hacen en el interior de las
viviendas. Estos hábitos no sólo tienen que ver con la pobreza ancestral. También son la
herencia de costumbres prehispánicas, de la vida cotidiana antes de la conquista, en un
medio en que el clima tropical facilitaba la vida al aire libre. Es probable que en la antigua
Teotihuacán las viviendas cumplieran una función mucho más restringida que entre
nosotros y que las calles de esa ciudad fueran tan animadas como las de las actuales
ciudades de México.
Alimentar a una población de esas dimensiones requirió de extensas superficies de
cultivo bajo riego, dadas las características climáticas de la zona. Para evitar el
agotamiento de los suelos se utilizó la fertilización artificial. La erosión era contenida con
terrazas de tierra, de piedra o de maguey. Eran usadas también para mantener la
humedad.
(Pero hacia el año 750 d.C.) "la población de Teotihuacán había descendido nuevamente
a menos de 10 mil habitantes. No se sabe con certeza cuál fue la causa del colapso de esta
cultura. Algunos investigadores lo atribuyen al alzamiento de grupos sometidos; otros, al
agotamiento de los recursos naturales explotados por los teotihuacanos. Aún si la primera
hipótesis fuera cierta, el significado ecológico del tributo que se exigía a los grupos
sometidos era el de aportar recursos naturales con los que se subsidiaba la economía local.
En cualquiera de las dos hipótesis, por tanto, el agotamiento de los recursos naturales y el
conflicto sobre su apropiación aparecen como la causa principal".
(Se afirma que) "la sobreexplotación de los recursos naturales semiáridos que rodean a
Teotihuacán, junto con la falta de una tecnología apropiada para explotar los terrenos
fértiles pero inundables del fondo de la cuenca, fueron determinantes decisivos en el
colapso de esta civilización" 171 .
Una opinión complementaria incorpora los cambios climáticos en la línea de causalidad
que explica la alteración del delicado equilibrio de un poder sustentado en la productividad
agraria: "¿Cuáles fueron las circunstancias del declive y caída de Teotihuacán? Casi con
seguridad intervinieron tanto factores sociales como físicos. El clima de la región es
actualmente semiárido, y existen pruebas de que la lenta disminución de las precipitaciones
anuales colocó a la ciudad en la misma situación durante la segunda mitad del primer
milenio de la era cristiana. Incluso antes de esta fecha, la deforestación de los montes
cercanos pudo haber iniciado un proceso de erosión que causaría una disminución de la
humedad del suelo, y a través de ella, de las cosechas. Aunque la persistente sequía habría
presentado problemas cada vez más graves para los que suministraban alimentos a la
ciudad, ésta pudo haber sido la consecuencia de menor importancia".
"Los efectos de la creciente aridez habrían sido más nefastos para los que cultivaban
tierras marginales y para las tribus semisedentarias de las tierras altas del norte del valle
de México. A medida que el empeoramiento de las condiciones obligaba a estos pueblos a
trasladarse, los habitantes de Teotihuacán podrían haberse encontrados no sólo escasos de
alimentos, sino también sometidos a una presión militar a lo largo de su frontera
septentrional" 172 .
Con aproximaciones diferentes, los estudios sobre esta ciudad coinciden en su caída y
abandono por razones ambientales. Podemos encontrar sugestivas analogías con las
ciudades-imperio de la Mesopotamia asiática. Ur, Nínive, Babilonia, y varias otras basan su
expansión en un sistema de riego que agota y saliniza los suelos. Son ricos y poderosos
mientras su agricultura puede mantener decenas de miles de personas. Cuando arruinan su
68

base ecológica de sustentación, se debilitan y pierden el poder a manos de otra ciudad-


imperio que se alimenta de suelos menos dañados. Para quienes creen que una gran ciudad
es inmune a los deterioros ambientales que genera, la historia de Teotihuacán debería ser,
por lo menos, inquietante.
LA RELACIÓN ENTRE LOS MAYAS Y LA SELVA. CRISIS ECOLÓGICA EN
CIUDADES Y CENTROS CEREMONIALES.
Además de Teotihuacán, en Mesoamérica se desarrollaron otras culturas, que tuvieron
diferentes formas de relacionarse con la naturaleza. La cultura maya es un caso peculiar de
relación con la selva tropical. Los grandes asentamientos mayas ya habían sido
abandonados cuando llegaron los conquistadores, quienes hicieron los posible por borrar
los rastros de quienes los habían precedido en el control del territorio.
El siguiente testimonio muestra la actitud social hacia ese pasado, lo que ayuda a
comprender que los intentos de conocimiento arqueológico hayan sido tardíos: “27 de
marzo de 1826. En Tamaulipas, un caballero me permitió dibujar dos perfectos ídolos
mexicanos. Eran de basalto, y habían sido excavados junto con otros muchos cerca del
lugar pero sus compañeros habían encontrado la suerte común de estos interesantes
objetos ¡habiendo sido quebrados para utilizarse como material de construcción! Algunos
españoles de Europa que me miraban mientras hacían mis bosquejos, no pudieron ocultar
su asombro de que perdiera mi tiempo en “cosas tan feas”, un comentario que pronto dejó
de maravillarme, pues posteriormente a esta ocasión tuve frecuentes oportunidades de
observar la gran indiferencia que la generalidad de los españoles tenía hacia todo lo
relacionado con la historia de los aborígenes del país” 173 .
Habitualmente tenemos la imagen de estas selvas como áreas de muy baja densidad de
población. El modo en que los mayas utilizaron las selvas del Petén (Guatemala) y Yucatán
(México) para sostener ciudades importantes configura una muy original forma de
adaptación al entorno natural. Durante mucho tiempo, se consideró que los grandes
conjuntos de templos y pirámides mayas tenían una finalidad exclusivamente ceremonial.
Simplemente, se consideraba que era imposible que los cultivos selváticos pudieran
sostener una población de envergadura. Se imaginaba que los mayas habían utilizado
sistemas de tala y quema de la selva, que suelen dar origen a cultivos muy poco
sustentables. Como esas tierras pierden muy rápidamente su fertilidad, las personas deben
abandonarlas y talar otro pedazo de selva. Por tanto, se pensaba que la población vivía
dispersa, se alimentaba con pequeños huertos familiares, y se reunía en los grandes centros
ceremoniales exclusivamente por motivos religiosos 174 .
Pero descubrimientos posteriores permitieron encontrar tecnologías mayas que parecen
haber posibilitado el sustento de grandes ciudades y explican una densidad de población
250 veces mayor que la que hoy existe en las zonas próximas a los ríos Amazonas y
Orinoco. Por ejemplo, Tikal, la más extensa ciudad maya, tenía una población estable de 10
mil personas y un área de influencia habitada por 45 mil personas 175 . Por eso el asombro
de los primeros exploradores que descubrieron la magnitud de las intervenciones de los
mayas sobre el ecosistema selvático.
“La región –dice un viajero en 1824- tiene un encanto singular para el viajero que desea
conocerla, pues hay en ella rastros de tribus extinguidas de una densa población agrícola,
que habían desaparecido antes de que los españoles invadieran el país. Cuando la hierba
quemada deja al descubierto el terreno, podemos ver hileras de terrazas con algún trabajo
de albañilería; en todas ellas, a cada nivel, se tornaron precauciones contra las
amenazantes lluvias tropicales, incluso en los sitios más profundos y escarpados en donde
la tierra sólo tiene un pie de ancho. Encontramos también innumerables restos de represas
y depósitos de agua de grandes piedras y arcilla, muchos de sólida albañilería, todos llenos
69

naturalmente de agua y tierra. Sobre los cerros planos y secos se han encontrado ruinas de
grandes ciudades que forman por millas y más millas caminos regulares. El centro de estas
ciudades se construía alrededor de una gran plaza cuadrada, en cuyos costados se
levantaban sólidas edificaciones en forma simétrica. En el frente principal de la plaza
estaban los templos en forma de pirámides de cuarenta a cincuenta pies de altura y puede
apreciarse en ellos restos de estuco y argamasa, y de pavimentos. Todos los cimientos están
cubiertos por montones de escombros y piedras. En la unión de dos hondonadas con
paredes rocosas perpendiculares (hay muchos sitios así) se nota una construcción protegida
por tres lados, con castillos de albañilería, murallas y fortificaciones; en los patios se ven
ruinas de palacios, templos y tumbas. Todo cubierto por árboles y vegetación; no hay una
sola choza en donde antaño cada pie cuadrado de tierra estuvo tan eficazmente cultivado
como en las márgenes del Nilo o del Éufrates en tiempos de Salomón. No se sabe si fue una
plaga, el hambre, tribus guerreras del norte, o una enorme convulsión de la naturaleza lo
que acabó con la numerosa población y no existe una sola pista que pueda ayudarnos a
descubrir a qué pueblo pertenecieron estas reliquias reveladoras de una gran actividad
industrial” 176 .
Y en la década de 1830 ya expresaron en un fuerte tono romántico lo que durante largo
tiempo fue el enigma de los mayas. “Nosotros nos esforzamos en vano por comprender el
misterio que nos rodeaba. ¿Quiénes fueron los que construyeron esta ciudad?...
Arquitectura, escultura, pintura, todas las artes que embellecen la vida habían florecido en
este poblado bosque; oradores, guerreros y estadistas, belleza ambición y gloria, habían
vivido y habían desaparecido, y nadie sabía que tales cosas hubiesen existido ni podía
hablar de su existencia pasada... En el romance dela historia del mundo, nada me
impresionó tanto como el espectáculo de esta ciudad, otrora grande y bella, derrotada,
destruida y perdida; descubierta por accidente, rodeada de kilómetros de árboles, y sin un
nombre siquiera que la identifique” 177 .
Lo primero, fue la plantación de árboles con frutos alimenticios, lo que permitió elevar la
productividad por hectárea, frente a los cultivos anuales de huerta. Todavía en el siglo XX,
gran parte de los árboles que conformaban la selva que cubría las ruinas mayas,
provenían de las plantaciones efectuadas por este pueblo. Pero además había un
complicado sistema de irrigación y protección de cultivos. Nada de esto puede verse sobre
el terreno, donde sólo se registran algunos desniveles casi imperceptibles, tapados por el
barro de los siglos. Pero las fotografías áreas muestran los restos de una red de canales,
fosos y depósitos de agua, utilizados para un complejo sistema agrícola. "Los canales tienen
aproximadamente un kilómetro y medio de longitud, treinta metros de ancho y alrededor
de tres metros de profundidad. Se supone que fueron utilizados para almacenar agua
potable, para regar a mano los huertos adyacentes y como fuente de barro para renovar la
fertilidad de los campos en barbecho. En algunas regiones, los canales permitieron que se
practicaran dos cosechan anuales, una basada en drenar las zonas bajas durante la
estación de las lluvias y la segunda plantada en el barro húmedo durante la estación
seca" 178 .
También resultó muy útil construir campos elevados en las zonas pantanosas, siguiendo
el principio básico de construcción de suelo agrícola, que caracteriza a muchas culturas de
este continente.
Después de una gran expansión, hacia el año 800 de nuestra era, se detiene el crecimiento
del pueblo maya. Los centros ceremoniales dejan de construirse, van siendo abandonados y
su población se dispersa por la selva. Las causas son aún oscuras. Las hipótesis explicativas
sugieren que se trataba de un sistema agrícola de enorme fragilidad, que se desarticuló por
una serie de alteraciones que podrían parecernos pequeñas, pero que se potenciaron
mutuamente.
70

Por ejemplo, las redes de canales que hemos mencionado están en las tierras bajas. El
agua que los abastece proviene de una meseta central. La deforestación de esa meseta -
realizada para suministrar madera a las ciudades- habría provocado un formidable
proceso de erosión. Esto, a su vez, significó una gran cantidad de barro que fue taponando
los canales y las cisternas, reduciendo la productividad agrícola.
Obviamente, esto ya estaba previsto. En los buenos tiempos, los sistemas de riego se
limpian y reparan periódicamente. Pero la experiencia de otros países, como China 179 ,
muestra que estas obras se detienen en períodos de guerras o de incertidumbre política. Un
gran sistema hidráulico suele requerir de un poder político unificado, capaz de organizar a
grandes masas de población (aún contra su voluntad) para su mantenimiento. Estas
condiciones no tienen por qué mantenerse indefinidamente.
En algún momento, los sectores dominantes se debilitan y otros compiten con ellos por el
poder. En medio del conflicto, las grandes obras de mantenimiento del sistema hídrico van
disminuyendo hasta que finalmente no se realizan del todo. Esto, a su vez, va disminuyendo
la base de sustentación del grupo dominante, porque el sistema pierde población, al no
poder alimentarla. En algún momento, el deterioro se vuelve irreversible y el sistema
entero colapsa. Los mayas abandonan sus ciudades y vuelven a dispersarse en la selva.
Una interpretación señala que “El cultivo se hizo más intenso. Sin embargo, se carecía
por completo de la base ecológica necesaria para mantener una superestructura tan
imponente. Los suelos de los bosques tropicales se erosionan fácilmente una vez que se
elimina la capa arbórea. Los asentamientos mayas se agruparon, lo que no es de extrañar,
alrededor de las áreas de suelo fértil, pero las tres cuartas partes del suelo fértil de la zona
ocupada por los antiguos mayas se clasifica hoy como sumamente susceptible a la erosión.
Alrededor de Tikal, por ejemplo, el 75 por ciento del suelo se cataloga como sumamente
fértil, pero casi el 60 por ciento es vulnerable a la erosión una vez que se le quitan los
árboles. El clareo del bosque, por tanto, corría el riesgo de provocar un deterioro del suelo
y un descenso en la producción de las cosechas, y esto se vería exacerbado por la falta de
animales domesticados que produjesen abonos para conservar la composición del suelo y
su fertilidad. El bosque se aclaraba no sólo para dejar tierra para la agricultura sino
también para combustible, materiales de construcción y para la fabricación de grandes
cantidades de cal para revestir los edificios ceremoniales. La presión demográfica empujó
los campos y terrazas hacia zonas todavía más marginales que aún eran más vulnerables a
la erosión. En toda la zona maya los vulnerabIes suelos estaban cada vez más expuestos al
viento y a la lluvia y cada vez más erosionados”.
“La erosión del suelo causada por la deforestación habría reducido la producción de las
cosechas en las zonas afectadas, y los consiguientes niveles más altos de cieno de los ríos
habrían dañado gravemente los extensos campos elevados de las zonas pantanosas,
alterando el delicado equilibrio entre los niveles de agua y los campos y haciendo que fuese
mucho más difícil mantener limpias las zanjas. Los primeros indicios de descenso de la
producción alimentaria se hicieron palpables en el período anterior al año 800, cuando los
esqueletos procedentes de los enterramientos de ese período presentan una mayor
mortalidad infantil y femenina y crecientes niveles de enfermedades carenciales
ocasionadas por el descenso de los niveles nutritivos. Una reducción en el excedente
alimentario del que dependían la elite gobernante, la clase sacerdotal y el ejército habría
tenido importantes consecuencias sociales. Hubo intentos de aumentar la cantidad de
alimentos que se recaudaban entre los campesinos, lo que originó revueltas internas. El
conflicto entre las ciudades por la disminución de recursos se habría intensificado, provo-
cando más guerras. El descenso de los recursos alimentarios y la creciente competencia por
lo que quedaba de ellos desembocó en tasas de defunción muy altas y en un catastrófico
descenso demográfico, con lo que resultó imposible mantener la compleja superestructura
71

que los mayas habían levantado sobre su limitada base medioambiental. En unas cuantas
décadas las ciudades fueron abandonadas y dejaron de erigirse estelas para conmemorar a
los gobernantes. Sólo un reducido número de campesinos siguió viviendo en la zona. Los
campos desiertos y las ciudades, enterradas bajo una espesa jungla, no se pudieron
encontrar hasta el siglo XIX” 180 .
Existen, sin embargo, estudios que discuten el modelo ecológico de caída de la
civilización maya. “El colapso de la civilización clásica maya –sostiene Lori E. Wright- ha
sido interpretado con base en una contradicción ecológica entre la civilización compleja y el
medio ambiente tropical. Se supone que la población creció a un nivel en cual el sistema
agrícola no la pudo sostener, y que una crisis nutricional contribuyó al abandono de las
ciudades grandes. Los estudios arqueológicos efectuados en la región del río de la Pasión,
El Petén, Guatemala, enfocan las implicaciones biológicas de este modelo”. En ese trabajo
se analizaron los restos humanos encontrados en varios altares de sacrificios mayas.
“Aunque son abundantes, la distribución de las lesiones (en huesos y dientes, originadas en
la desnutrición) no apoyan la hipótesis de que durante la historia hubo cambios dramáticos
en la salud maya”. (...) “Junto con la evidencia osteopatológica, los cambios cronológicos en
el consumo de maíz y carne animal no corresponden con las expectativas de un modelo
ecológico para el colapso de la región” 181 .
El debate aquí no es discutir la exactitud de los datos de campo sino su interpretación.
La investigación demuestra que no hubo un grado significativo de desnutrición entre las
personas sacrificadas, lo que tal vez no sea un dato relevante como para extraer de él
conclusiones políticas. Por una parte, tenemos que destacar la existencia de numerosos
testimonios sobre el trato especial (que incluía una alimentación muy abundante) a
aquellas personas que iban a ser sacrificadas 182 . Los dioses no aceptaban que les
sacrificaran hambrientos, por lo cual el estudio se realizó sobre el segmento de la población
mejor alimentado: los que iban a ser entregados a los dioses para que los dioses aseguraran
el alimento de toda la población. De este modo, alimentar bien a los prisioneros destinados
al sacrificio era considerado como una inversión que hacía la comunidad y que redundaba
en su beneficio.
Por otra parte, no es necesario encontrar niveles muy marcados de desnutrición para
pensar en una crisis política, tal como sucede a menudo en nuestra propia cultura. Basta
con que el deterioro ambiental haya alterado determinados equilibrios políticos y sociales
para que la élite gobernante fuera cuestionada y se generara una situación de inestabilidad
que impidiera el mantenimiento regular del sistema hídrico. Una sociedad que depende de
ese sistema es tan vulnerable a sus alteraciones como lo es la nuestra a un corte de energía
eléctrica y puede desorganizarse rápidamente. En otras palabras, que el motor de la caída
de las sociedades mayas no sería el hambre sino más bien el desorden social que impediría
el mantenimiento de su red hidrológica artificial.
Por supuesto, esto es sólo una hipótesis, verosímil con los datos que hoy tenemos, pero
que nos puede dar una idea de las estrechas interrelaciones existentes entre naturaleza y
sociedad en todas las culturas. En cualquiera de los casos, la degradación ambiental
provocada en Teotihuacán y en las ciudades mayas debería mostrarnos que ninguna
cultura está inmune a estos fenómenos.
Los mayas describen en sus libros sagrados la creación del hombre y la naturaleza, a
partir del encuentro entre los dioses: "Este es el relato de cómo todo se hallaba en
suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, quieto, y vacía la extensión del cielo.
Este es el primer relato, la primera narración. No existía el hombre, ni animal alguno, ni
existían pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cavernas, barrancas, hierbas, bosques;
sólo existía el cielo.
72

Nada existía. Sólo había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo por un
milagro, sólo por arte de magia se formaron las montañas y los valles; e instantáneamente
de los bosquecillos de cipreses y pinos brotaron tallos, juntos en la superficie de la
tierra" 183 .
LOS CULTIVOS FLOTANTES (CHINAMPAS) EN EL VALLE DE MÉXICO.
Sabemos de la sorpresa de los españoles ante el oro y los templos que encontraron en
América. Hay, sin embargo, un deslumbramiento menos conocido, y es el de los espacios
verdes. Para ellos, que venían del hacinamiento de las ciudades europeas, fue un impacto
especial ver las enormes plazas de Tenochtitlán, ubicada en lo que hoy es Ciudad de
México, y, muy especialmente, las huertas y jardines. Los conquistadores españoles
quedaron muy impresionados por los jardines y espacios verdes de Tenochtitlán y así lo
expresan en sus crónicas. Lo dice Hernán Cortés, que quedó tan admirado por las plantas
como por el oro.
"Tiene muchos cuartos altos y bajos -dice Hernán Cortés de una casa azteca en 1520-,
jardines muy frescos de muchos árboles y rosas olorosas; asimismo albercas de agua dulce
muy bien labradas, con sus escaleras hasta lo hondo. Tiene una muy grande huerta junto a
la casa, y sobre ella un mirador de muy hermosos corredores y salas, y dentro de la huerta
una muy grande alberca de agua dulce, muy cuadrada, y las paredes de gentil cantería, y
alrededor de ella un andén de muy buen suelo ladrillado, tan ancho que pueden ir por él
cuatro paseándose".
"Y tiene de cuadra cuatrocientos pasos, que son en torno mil y seiscientos; de la otra
parte del andén hacia la pared de la huerta va todo labrado de cañas con unas vergas, y
detrás de ellas todo de arboledas y hierbas olorosas, y dentro de la alberca hay mucho
pescado y muchas aves de agua, tantas que muchas veces casi cubren el agua" 184 .
Bernal Díaz del Castillo, que escribió para desmentir a Cortés, coincide en
descripciones semejantes: "Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua,
y en tierra firme otras grandes poblaciones (en la capital azteca) (...) nos quedamos
admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de
Amadís (...) Fuimos a la huerta e jardín, que fue cosa muy admirable vello y paseallo, que
no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes
llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua
dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna
por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, e todo muy encalado y lucido, de
muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto de ponderar, y de las aves
de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque" 185 .
En 1519 la cuenca de México sostenía una población de 1,5 millones de personas, con
muy alta densidad (200 habitantes por kilómetro cuadrado). Esto era posible gracias a un
sistema de cultivo extraordinariamente intensivo, con una cantidad de técnicas
especializadas.
El sistema de chinampas fue aplicado originariamente en el lago Chalco, con tanto éxito
que continuaron en la laguna Texcoco. Se basan en la construcción de islas artificiales de
vegetación, de muy alta productividad. A punto tal, que actualmente se hacen experiencias
para producir alimentos por ese sistema. Es la base de sustentación de Tenochtitlán.
Pero lo más sugestivo es que no se trata solamente de un desarrollo agrario. La ciudad
misma había sido construida sobre un ecosistema artificial. Los dioses les habían ordenado
buscar un cactus sobre el que un águila estuviera devorando a una serpiente. Los
encontraron a orillas de una laguna y se quedaron allí.
73

Como los venecianos, los aztecas eligieron construir sobre el agua porque eran débiles y
ésa era una defensa ante enemigos poderosos. Y como los venecianos, cuando llegaron a ser
poderosos se volvieron extraordinariamente crueles, como veremos al hablar del
canibalismo ritual.
La ciudad estaba en el medio de la laguna, llena de islas construidas especialmente. Las
llamadas chinampas o jardines flotantes son islas pequeñas, artificiales, estacionarias,
construidas en un lago con propósito agrícola. Se construye una cantidad de pequeñas islas
de 6 a 10 metros por 100 a 200 metros de largo, fertilizadas artificialmente. Las chinampas
son bases de troncos flotantes cubiertos con tierra para sembrar allí hortalizas. A menudo,
no usaban troncos, sino que empleaban una especie de colchón flotante de plantas
acuáticas, parecido a los camalotes del río Paraná 186 .
De un espesor que varía entre 20 centímetros y un metro, este colchón puede soportar el
peso de animales grandes o de personas. En esto también se parecen a los camalotes, que a
veces eran tan grandes que transportaban jaguares. Después plantaron sauces sobre las
islas flotantes para que sus raíces llegaran al fondo de la laguna y las fijaran en su lugar.
El problema de las malezas fue resuelto de una forma muy sencilla: comiéndoselas. La
mayor parte de estas plantas inútiles o perjudiciales son comestibles en sus primeros
estadios de desarrollo. Esto requería una continua recolección de dichas plántulas, que
fueron incorporadas a la dieta con un nombre genérico: los quelites.
La técnica es muy antigua y es probable que haya llegado a México desde el Asia, a
través del Pacífico. Las primeras chinampas conocidas aparecen en el valle de Cachemira,
en la India. De allí se van hasta el sur de Birmania y también a Malasia, donde se las utiliza
en la producción de arroz. ¿Fueron quizás los legendarios navegantes malayos quienes
llevaron a Mesoamérica la técnica de construir islas artificiales para cultivo? 187 , 188 .
La existencia de grandes poblaciones en el Valle de México en la época de la conquista
sólo se puede explicar por la gran productividad de las chinampas. Una chinampa no
necesita descanso y está siempre en producción. Su fertilidad se mantiene mediante un alto
uso de abonos que hace posible que esté dando cultivo tras cultivo. Es claro que esto sólo
puede hacerse en un lugar en el que la temperatura se mantenga constante durante todo el
año; es decir, en el trópico.
Estas islas artificiales son alargadas y dejan canales para navegar entre ellas. Las
góndolas de este lugar se llaman trajineras, unas barcas de fondo chato, impulsadas con
palos que se apoyan en el lecho de la laguna. Aún hoy son una de las áreas de producción
de hortalizas y flores para Ciudad de México, y una importante atracción turística.
Xochimilco ("País de las Flores"), un lugar en que las orquestas de mariachis cantan sin
llorar, porque el canto alegra los corazones, es hoy el último resto de las chinampas aztecas.
El vínculo con la naturaleza tiene una particular importancia en la cultura azteca. En el
siguiente texto tradicional, se menciona la actividad agraria como una de las cosas que dan
fama a un hombre. Se trata de la voz de los ancianos, que exigen del joven azteca una
conducta tan rígida como la que en su momento se exigió a los jóvenes romanos: "Ten
cuidado de las cosas de la tierra: haz algo, corta leña, labra la tierra, planta nopales, planta
magueyes. Tendrás que beber, que comer, que vestir. Con eso estarás en pie. Serás
verdadero. Con eso andarás. Con eso se hablará de ti. Se te alabará. Con eso te darás a
conocer" 189 .
EL DESARROLLO AMBIENTAL DE LA CUENCA DE MÉXICO: TENOCHTITLÁN,
UNA GRAN CIUDAD EN UNA LAGUNA.
74

Tenochtitlán, la Venecia de América, estaba construida en medio de una laguna,


ocupando una red de islas naturales y artificiales. La laguna Texcoco es en parte salada, lo
que requirió de acueductos para el abastecimiento de agua dulce desde las otras lagunas.
Un sabio de la época colonial, Joaquín Velázquez de León, explicó esta característica
diciendo que sus aguas provenían del Diluvio Universal.
Para cruzar el lago se utilizaron procedimientos constructivos peculiares, que usan
principios semejantes a los de las chinampas. Los aztecas iban realizando pequeñas islas
artificiales, poco separadas entre sí. La construcción de estas islas comenzaba tejiendo, a
orillas de la laguna, esteras de juncos en forma de bolsas de siete u ocho metros de lado.
Las esteras eran llevadas al emplazamiento en que quería formarse la isla y fijadas con
estacas al fondo. Después eran rellenadas con tierra y piedras hasta formar primero una
isla y después una cadena de islas. Sobre ellas pasaban dos caños paralelos de argamasa,
uno para el transporte de agua y el otro permanecía vacío como reserva, para usarlo
cuando hubiera que limpiar o reparar el primero. El chorro de agua era "del gordor de un
cuerpo de hombre", dice Hernán Cortés 190 .
La semejanza con las chinampas no es puramente casual. Una tecnología no es sólo una
idea que se le ocurrió a alguien y reveló ser útil. Es, por sobre todo, un reflejo de una
concepción del mundo, una forma de entender las cosas y, en este caso, de pensar la
relación con la naturaleza. Esta concepción es lo que hace que las tecnologías de los
distintos pueblos sean diversas, pero que las de cada pueblo sean coherentes entre sí porque
responden a una misma cosmovisión. Las tecnologías son, entonces, la expresión de esa
cosmovisión sobre el medio físico.
Un complejo sistema de obras de ingeniería había hecho habitable ese ecosistema donde
en tiempos de los aztecas llegaron a vivir 200 mil personas. Diques, presas, canales, esclusas
y compuertas permitían controlar el nivel del agua y adaptarlo a las necesidades de la villa,
de la agricultura y de la navegación. En efecto, la ausencia de animales de tiro hacía más
eficaz el transporte en canoas que en carretas. “Aquella inmensa urbe de miles de casas con
huertos y jardines, de palacios con parques zoológicos, provista de numerosas escuelas y
templos, canchas de juego de pelota, baños de vapor e infinidad de cosas inimaginables,
tenía además un magnífico sistema para la eliminación de las aguas negras, que iban a
parar a las lagunas, y se observaba en ella una gran limpieza, a la que contribuían por
igual los mil barrenderos que se dice cuidaban las calles, las numerosas letrinas (con
persianas de caña) pulcramente instaladas en los lugares públicos, la temperatura fresca de
la que disfrutaba el altiplano y las lluvias que enviaba generosamente el dios Tlaloc” 191 .
A pesar de estos cuidados tuvieron desastres ambientales, como la inundación del año
1382, en la que, según la crónica azteca muchos cultivos "fueron devastados por el agua de
las lluvias". En 1446 Tenochtitlán se inundó completamente y Moctezuma I construyó un
muro de protección de 12.000 metros de largo y 20 de ancho.
En 1498, ante una sequía, el rey Ahuízotl construyó un canal para alimentar el lago
Texcoco, “sin reflexionar que este mismo lago, aunque falto de agua en tiempos secos, es
más peligroso en los años lluviosos a proporción que se aumentan las aguas que entran en
él”. Ahuízotl hizo matar a un ciudadano que le advirtió los riesgos de la obra “y poco
tiempo después se vio este joven rey mexicano a pique de ahogarse dentro de su palacio. La
avenida de las aguas fue tan rápida, que el príncipe recibió una grave herida en la cabeza
al quererse salvar por una puerta que desde el piso bajo salía a la calle” 192 .
Sin embargo, la mayor parte de las inundaciones no eran tan graves en una ciudad
surcada por canales como lo fueron después, cuando se intentó desecarlos completamente.
RESERVAS DE ALIMENTOS
75

Un imperio como el azteca representa la ocupación y el control de grandes territorios y


exige estrategias para el uso de esos territorios, teniendo en cuenta sus condiciones locales
específicas. Una de sus características es el aprovechamiento de las condiciones climáticas
de las distintas zonas de influencia. Es obvio que se las utilizará en función de sus
respectivas aptitudes productivas. Menos previsible es su uso en función de sus
posibilidades para el almacenamiento de aquellos alimentos que podían descomponerse en
el clima de la capital azteca. Recordemos que los recursos naturales no son solamente
objetos físicos: las condiciones climáticas también son recursos naturales.
Un viajero que recorre Veracruz en 1609 encuentra un lugar llamado "el pueblo de las
trojes, porque dicen las tenía aquí Moctezuma, de mucha cantidad de maíz, que por ser tan
frío y seco se conservaba aquí como en depósito, para los tiempos de hambres" 193 .
¿CONVIENE SER CANÍBAL?
Cuando los españoles llegaron a México se asombraron y maravillaron, por supuesto,
con las grandes pirámides y la arquitectura de los templos. Miraron con horror los
sacrificios humanos y las imágenes de esos dioses feroces, que necesitaban ser regados con
sangre de hombres para que el sol pudiera salir al día siguiente. Lo que más los sorprendió
es que todas las víctimas de esos sacrificios eran prolijamente comidas, y que ello ocurría
en una escala tan grande que la calificaron de diabólica.
Bernal Díaz del Castillo describe una plaza en la que "había pilas de cráneos humanos
dispuestos con tanta regularidad que uno podía contarlos y los calculé en más de cien mil.
Vuelvo a repetir que había más de cien mil" 194 . La importancia de estos sacrificios
humanos en la cultura azteca era tan grande que tenían pueblos vecinos a los que no
habían conquistado para poder hacerles la guerra y así capturar prisioneros y sacrificarlos.
La guerra azteca trataba de no matar a los enemigos sino capturarlos con vida y sus
soldados estuvieron tan condicionados por ese entrenamiento que no supieron cómo
enfrentar a los hombres de Cortés, que no tenían ningún interés en capturar prisioneros
vivos.
El problema es tratar de comprender el rol que los sacrificios humanos jugaron en esa
cultura, ya que ha sido asociado con una respuesta a determinadas condiciones ecológicas.
Una corriente de pensamiento relativamente difundida explica el canibalismo ritual de los
aztecas desde el punto de vista ecológico. Recuerdan que se trataba de una zona en la que
se habían extinguido los animales de caza y había muy pocos animales domésticos. En una
cultura caracterizada por la escasez de carne, el asociar a los sectores dominantes aztecas
al canibalismo ritual permitía darles una dosis adicional de proteínas animales.
Después de sacrificar cada una de los miles de víctimas humanas "todas las partes
comestibles se utilizaban de un modo claramente comparable con el consumo de los
animales domesticados. Es legítimo describir a los sacerdotes aztecas –dice Marvin Harris-
como asesinos rituales en un sistema patrocinado por el Estado y destinado a la producción
y redistribución de cantidades considerables de proteínas animales en forma de carne
humana".
"A diferencia de los dioses aztecas, los máximos dioses del Viejo Mundo declaraban tabú
el consumo de carne humana. ¿Por qué sólo en Mesoamérica los dioses alentaron el
canibalismo? Creo que debemos buscar la respuesta tanto en los agotamientos específicos
del ecosistema mesoamericano bajo el impacto de siglos de intensificación y de crecimiento
demográfico, como en los costos y beneficios de utilizar carne humana como fuente de
proteínas animales a falta de opciones más baratas".
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"La pregunta debería plantear (...) hasta qué punto los costos y beneficios del control
político experimentaron un cambio favorable a consecuencia de utilizar carne humana
para recompensar a grupos selectos en períodos cruciales" 195 .
La hipótesis es sugestiva, ya que nos ayuda a pensar las cosas de otro modo. Por una
parte, es posible que asociar a los grupos dominantes al canibalismo ritual haya
contribuido a fortalecer el sistema de poder. Pero la pregunta que nosotros nos
formulamos es: ¿se trataba de una forma de unir la clase dominante al hacerlos sentir
importantes y poderosos, o era un mero reparto de comida, como sugiere el autor que
acabamos de citar? Dado que el argumento apela a lo ecológico, sería interesante pensarlo
desde lo ecológico. Nuestra siguiente pregunta es, entonces: ¿conviene ser caníbal?
O, en otros términos, dado que los aztecas concentraban el poder en su zona de
influencia: ¿cuál es la ventaja de comer seres humanos en vez de conquistar a esas personas
e imponerles un tributo en animales domésticos? Por ejemplo, podrían haberlos obligado a
entregar una cierta cantidad de pavos para alimentar a la élite gobernante azteca.
Esto no habría sido novedad para ellos, ya que lo estaban haciendo con diversos
productos agrícolas. La altura de Tenochtitlán no permitía obtener productos tropicales
(algodón, tabaco, copal, cacao, frutas, etc.). Una motivación para sus conquistas fue la
obtención de esos recursos vegetales. También impusieron tributos en maíz a los pueblos
sometidos, por las propias dificultades de autoabastecer una ciudad de esa envergadura.
Sobre la escasez de proteínas animales para la élite gobernante, tenemos testimonios que
sugieren que, si bien no había para todos, parecen haber tenido lo suficiente para los
poderosos. (En la capital azteca) “la carne se obtenía de dos de sus animales domésticos, el
pavo y el perro, o bien de la caza, muy abundante: venados, conejos, liebres pecaris, así
como de numerosas aves, como faisanes, cornejas, tórtolas y patos”.
“De su pasado lejano como pueblo recolector conservaban el gusto por algunas plantas
silvestres, las hormigas, los gusanos de maguey y los caracoles. De su pasado cercano como
pueblo aislado en los lagos, la costumbre de comer numerosas criaturas acuáticas, como
peces, ranas y renacuajos, culebras, camarones, moscas acuáticas (también sus huevos),
larvas y gusanos blancos. Su expansión les permitió finalmente incorporar a su dieta el
pescado traído del mar, además de tortugas, ostras y cangrejos” 196 .
Es decir, que tenían algunas proteínas animales, aunque tal vez fuesen escasas. ¿Les
convenía agregar carne humana a la dieta? Para reflexionar sobre esto, tenemos que
recordar que los seres humanos son los peores conversores energéticos del planeta Tierra.
Esto se debe a que los humanos nacen prematuros en relación con otros animales. El
enorme tamaño de la cabeza (resultado del mayor desarrollo cerebral) provoca el
nacimiento temprano, es decir, antes que el bebé se pueda valer por sí mismo. Pero necesita
mucho tiempo para recuperar esos pocos meses que no pasó dentro del útero materno. Por
nuestra lentitud de crecimiento, para aumentar de peso necesitamos comer mucho más que
otros animales que nacen más formados. ¿Cuánto más? Veamos una estimación numérica:
• Suponemos que los aztecas obligan a los pueblos vecinos a pagarles un tributo
consistente en una cantidad de pavos al año. Para producir estas aves se necesita
aproximadamente unos 10 kilos de maíz por cada kilo de pavo adulto que se obtiene.
Comparemos ahora la eficiencia de la hipótesis caníbal:
• Un hombre adulto y activo, es decir, un soldado, no come menos de un kilo de maíz
por día (lo que equivale a unas 3.600 calorías). Si dejamos de lado la primera
infancia, en veinte años (7.300 días) nuestro soldado habrá comido unos 7.300 kilos
de maíz. Si suponemos tiene un peso del orden de los 70 kilos cuando los aztecas se
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lo comen a él, esto significa que hay que destinar más de 100 kilos de maíz para
producir un sólo kilo de indio.
En otras palabras, que con los mismos insumos se pueden obtener 10 kilos de carne de
pavo por cada kilo de carne humana. No hay, por consiguiente, argumentos ecológicos o
económicos que nos expliquen el canibalismo azteca, ni el canibalismo en general. Salvo en
casos de naufragios, ciudades sitiadas o semejantes, nunca hubo motivos alimenticios para
comer seres humanos. Tenemos, entonces, que buscar explicaciones de índole cultural y
política antes que ecológicas y nutricionales.
Recíprocamente, el odio que los pueblos comidos sentían por los aztecas movilizó el
apoyo que prestaron a Cortés para destruir Tenochtitlán. Por esas paradojas de la vida, el
inmenso esfuerzo dedicado a alimentar a los dioses con sangre humana no sólo no salvó al
imperio azteca sino que contribuyó a su caída.

REFERENCIAS:
164
"La Santa Biblia", 1 Reyes, 9; 11. Ed. Sociedades Bíblicas de América Latina, 1964.
165
Kolb, Frank: "La ciudad en la Antigüedad", Madrid, Ed. Gredos, 1992.
166
"Los albores de la ciudad moderna", en: Varios Autores: "Arqueología de las ciudades perdidas.
29: España medieval", Salvat, Barcelona, 1992.
167
Braunfels, Wolfgang: "Urbanismo occidental", Madrid, Alianza Editorial, 1983.
168
Para una descripción de los principales monumentos de Teotihuacán, véase: Basilico de Valter,
Susana T.: "Las culturas indígenas", en: Varios autores: "Historia curso 1", Programa Prociencia,
Buenos Aires, CONICET, 1995.
169
Millon, René: "Teotihuacán", en: Varios autores: "La ciudad: su origen, crecimiento e impacto
...", op. cit.
170
Krickeberg, W., cit. en: "Teotihuacán: la predilecta de los dioses", en: Varios autores:
"Arqueología de las ciudades perdidas. Vol. 2: Mayas y aztecas", Barcelona, Salvat Editores, 1992.
171
Ezcurra, Exequiel: "De las chinampas a la megalópolis: el medio ambiente en la cuenca de
México", México, Fondo de Cultura Económica, col. La Ciencia desde México, 1991.
172
Millon, René: "Teotihuacán", op. cit.
173
George Frances: “Residencia en México, 1826”, en: “Cien Viajeros en Veracruz”, tomo III, op.
cit.
174
Para una descripción de otros aspectos de la cultura maya, véase: Basilico de Valter, Susana T.:
"Las culturas indígenas", op. cit.
175
"Tikal: ¿Centro megaceremonial o metrópoli de la selva?", en: "Arqueología de las ciudades
perdidas. Vol. 2", op. cit.
176
Sartorius, Carl Christian: “México, paisajes y bosquejos populares” (1824), México, Centro de
estudios de Historia de México, Condumez, 1987.
177
Stephens, John y Catherwood, Frederick, cit. en: Pointing, Clive: “Historia verde del mundo”,
op. cit.
178
Harris, Marvin: "Caníbales y reyes", op. cit.
179
Por ejemplo, la referida a las reparaciones del Gran Canal del río Amarillo en China. Véase una
descripción más detallada de las distintas etapas de este proceso en función de los cambios políticos
(ascenso y decadencia de las dinastías) y los desastres ecológicos que provocaron millones de
muertes cada vez que las condiciones políticas impidieron mantener el Gran Canal, en: Goodrich,
L. Carrington: "Historia del pueblo chino", México, Fondo de Cultura Económica, 1950.
180
Pointing, Clive: “Historia verde del mundo”, op. cit.
181
Wright, Lori E.: “Bioarqueología y el colapso maya: nuevas perspectivas desde la región del río de
la Pasión”, en: Estudios de Antropología Biológica, volumen 8 (1997). Instituto de Investigaciones
Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 510 páginas.
182
Véase una estremecedora descripción de esta práctica, expresada en términos literarios en:
Fuentes, Carlos: “Terra nostra”, Barcelona, Seix Barral, Biblioteca Breve, 1980.
183
Del "Popol Vuh", libro sagrado de los mayas., cit. en: Pinto, Renato (ed): "Mitología", Buenos
Aires, Ed. Viscontea, 1982.

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