LOS DOS HALCONES*
Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para
que los entrenara. Pasados unos meses, el instructor le comunicó que uno de los halcones
estaba perfectamente educado, pero que no sabía qué le sucedía al otro: no se había movido
de la rama desde el día de su llegada a palacio, e incluso había que llevarle el alimento hasta
allí.
El rey mandó llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al
ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió; por la ventana de
sus habitaciones, el monarca veía que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando
entre sus súbditos solicitando ayuda, y a la mañana siguiente vio al halcón volar ágilmente por
los jardines.
—Traedme al autor de ese milagro —dijo. En seguida le presentaron a un campesino.
— ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?
Entre feliz e intimidado, el hombrecito explicó: —No fue difícil, Su Alteza: sólo corté la rama.
El pájaro se dio cuenta de que tenía alas y se lanzó a volar.
Así somos los seres humanos. Estamos atados al pasado y al presente porque no nos hemos
dado cuenta de que tenemos el poder de volar y buscar nuestro verdadero destino. Algunos
tienen el privilegio de que algún acontecimiento rompa la rama de la costumbre, de la
seguridad. Sólo entonces se dan cuenta de que son superiores a las circunstancias.
En muchas ocasiones lo tenemos todo y no logramos vivir plenamente; quizá es necesario que
alguien nos corte la rama para que podamos arriesgarnos al vuelo. A veces las cosas
inesperadas y que en principio parecen negativas son verdaderas bendiciones.
* Contribución de Arturo Dueñas, 24 de noviembre de 2001.
EL COLECCIONISTA DE INSULTOS
En los días que corren es conveniente cederle un espacio a esta alegoría budista que
transcribe Paulo Coelho y que hará pensar a muchos.
Cerca de Tokio vivía un gran samurái, ya anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo zen a
los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier
adversario. Cierto día un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos pasó por la casa
del viejo. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario
hiciera su primer movimiento y, gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores,
contraatacaba con velocidad fulminante.
El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla. Conociendo la reputación del
E viejo samurái, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama. Los estudiantes de
zen que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el
desafío. Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, donde el joven empezó a provocar al
viejo. Arrojó algunas piedras en su dirección, lo escupió en la cara y le gritó todos los insultos
conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante varias horas hizo todo lo posible para
sacarlo de casillas, pero el viejo permaneció impasible.
Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró de la plaza.
Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los
alumnos le preguntaron:
— ¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que
podría perder la lucha, en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?
El viejo samurái repuso: —Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le
pertenece el regalo? —Por supuesto, a quien intentó entregarlo —respondió uno de los
discípulos.
—Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos —añadió el maestro—. Cuando no
son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.
Nadie nos agrede o nos hace sentir mal: somos los que decidimos cómo sentirnos. No
culpemos a nadie por nuestros sentimientos: somos los únicos responsables de ellos. Eso es lo
que se llama asertividad
EMPUJA LA VAQUITA
Un sabio maestro paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de
apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita. Durante la caminata le comentó al aprendiz
sobre la importancia de conocer lugares y personas, y sobre las oportunidades de aprendizaje
que nos brindan estas experiencias. La casa era de madera y sus habitantes, una pareja y sus
tres hijos, vestían ropas sucias y rasgadas, y estaban descalzos.
El maestro se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia, y le dijo: —En este lugar
no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia
para sobrevivir?
El hombre respondió calmadamente: —Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da
varios litros de leche todos los días. Parte de la leche la vendemos o la cambiamos por otros
alimentos en la ciudad vecina, y con la restante elaboramos queso, cuajada y otros productos
para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo. El sabio agradeció la información y
contempló el lugar por un momento, antes de despedirse y partir.
A mitad de camino le ordenó a su fiel discípulo: — ¡Busca la vaquita, llévala al precipicio y
empújala! El joven lo miró espantado y le replicó que ese animal era el medio de subsistencia
de la familia. Como percibió el silencio absoluto del maestro, cumplió la orden: empujó a la
vaquita al barranco, y la vio morir.
Aquella escena quedó grabada en su memoria. Un día, el discípulo resolvió abandonar todo lo
que había aprendido y regresar a aquel lugar para contarle la verdad a la familia y pedirle
perdón. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba veía todo muy bonito, diferente de cómo lo
recordaba. Se sintió triste, imaginando que aquella humilde familia había debido vender su
terreno para sobrevivir.
Aceleró el paso y, al llegar, fue recibido por un señor muy simpático, al cual preguntó por las
personas que vivían en ese lugar cuatro años atrás. El hombre le respondió que allí seguían.
Sobrecogido, el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que había
visitado algunos años antes con el maestro.
Elogió el lugar y le preguntó al señor, el dueño de la vaquita: — ¿Cómo hizo para mejorar este
lugar y cambiar de vida? Emocionado, el hombre le respondió: —Nosotros teníamos una
vaquita que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de
hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos; así
alcanzamos el éxito que sus ojos ven ahora.
Esta es la realidad de lo que se ha llamado zona de confort. Estamos tan conformes con el
estado de cosas que nos rodea que no desarrollamos otras posibilidades. Sólo necesitamos un
evento sorpresivo para darnos cuenta de que la seguridad puede ser nuestra peor consejera y
de que nos impide ver el horizonte.