Botero el simple
Por: Julio César Londoño
Una vez le leyeron a Barba Jacob un poema de Julio Flórez dedicado a la madre. “¿Cómo le parece este
poeta?”, le preguntaron al final. “Muy buen hijo”, contestó Barba. La anécdota me hace pensar, no sé
por qué, en el pintor Fernando Botero. Cuando se miran sus cuadros —tan simples y monótonos, tan
lánguidos y previsibles— y se los contrasta con esa generosidad que lo movió a regalarle al país dos
espléndidas colecciones de arte, uno termina concluyendo que Botero es mucho mejor hijo que Julio
Flórez. Picasso dividía a los pintores en dos clases: los buscadores y los torteros. No sé si llegó a ver
algún cuadro de Botero, pero estoy seguro de que al instante lo habría clasificado en el segundo grupo.
(El buscador era un pintor que siempre andaba experimentando nuevas técnicas y nuevos temas. El
tortero, un buen hombre que dedicaba unos años a labrar un molde y luego... ¡a vaciar tortas se dijo!
A Salvador Dalí lo llamaba “el pastelero mayor” para indicar que era el mejor exponente de su grupo, y
para censurarle que se hubiera “radicado en un estilo” negándoles a sus sabias falanges la diversión de
pintar cosas diferentes al surrealismo y a sus plásticas deformaciones de lo figurativo. Si esto era lo que
pensaba de una obra tan estética y sorpresiva como la de Dalí, ya podemos imaginar la depresión que le
hubiera causado el espectáculo de un hombre errando per sécula seculórum en somníferos círculos de
‘voluptuosidad’. Hay quienes piensan que Picasso, simplemente, odiaba a Dalí porque era mejor
dibujante que él y por ser el único pintor, en el mundo, que podía hacerle sombra. Pero es una hipótesis
que no se sostiene. Un hombre tan inteligente como él no podía dejar de admirar a un colega tan
talentoso como Dalí. Era sólo que le parecía estúpido dedicar toda la vida a labrarse un estilo.
Un hombre que exploró incansable todas las posibilidades de la plástica en dos y en tres dimensiones,
que lo conmovían y acomplejaban las máscaras africanas, que podía descubrir el collage que el azar
había compuesto sobre el plato con las sobras de la cena, que amó y fornicó con aplicación hasta el
último día de los noventitantos años de su vida, que frecuentó todas las técnicas y manipuló todos los
materiales, que se paseó por todas las escuelas —desde el relamido clásico hasta el tremendismo cubista
—, un hombre así, dueño del universo, sólo puede sentir lástima, nunca odio, por el colega amo y señor
de un solo estilo.
Pero me desvío. Volvamos al asunto. Yo no conozco a nadie que vibre con la obra de Botero. Se lo
respeta, sí, y nos llena de orgullo que sea colombiano pero esto ya es materia de bambuco, no de pintura.
Bien mirado, Botero no es ni siquiera el mejor pintor colombiano. Por encima de él están Darío Morales,
Alejandro Obregón, Luis Caballero y Omar Rayo. Todos torteros, sí, pero mejores, lejos, que Botero: la
fiesta del color de Obregón, la fuerza expresiva de Caballero, la matemática sobriedad de Rayo y el
minucioso hiperrealismo de Morales, hablan por sí solos.
Muchas personas sencillas piensan —perplejas ante el éxito de Botero— que en su obra debe haber algo,
un valor oculto para el profano y visible tan sólo bajo una mirada erudita y profunda. Pero no hay tal.
Las obras verdaderamente grandes salvan nuestra ignorancia, resisten las malas traducciones y las
interpretaciones desmañadas, se abren paso a través de la jungla de nuestras limitaciones y finalmente
nos excitan, al tiempo, el alma y el pensamiento. Sólo así se explica la popularidad de los clásicos.
Whitman y Neruda, Mozart y Albinoni, Moore y Munch, no han precisado exégetas que nos expliquen
sus obras.
Los críticos hacen mejores ‘lecturas’, claro. Tienen más ojos. Pero la geometría hechizada de Maurits
Cornelis Escher nos deslumbra aunque nunca hayamos oído hablar de teselación, y Bach nos estremece
aunque no sepamos nada de los complejísimos bucles de sus fugas, y Gabo nos cautiva cada que le
provoca, así ignoremos qué es un monólogo interior.
Además la obra de Botero es muy simple. Tan simple como sus declaraciones. (“El eje de mi obra es la
voluptuosidad”. “Quien desee triunfar en el arte debe irse del país para que pueda someterse a una escala
de valores más elevada y más exigente, menos provincial”). Íntimamente, él lo sabe. Por eso eso infla
hasta el cielo sus muñecos, por eso tiene estudios por todo el mundo (“¡Ah, la luz de Mónaco en
octubre!”), por eso funde sus esculturas en talleres repletos de fantasmas del quatroccento, por eso
desposa marquesas criollas, griegas o italianas, por eso alterna con el jet set internacional (algo tan
‘divertido’ como conversar con una legión de clones de Poncho Rentería), por eso implanta sus colosos
en las calles de las capitales del mundo o los deja tirados —¡oh santa simplicidad!— en mitad de la
Piazza de la Signoría, en Florencia. Hay que ser muy delirante o muy desvergonzado para armar tal
algarabía. Ni Mohamed Alí en sus mejores tiempos habló tanto. Uno no se imagina a Rilke, digamos,
encaramado en el ápice del Obelisco de Buenos Aires o de la Tour Eiffel declamando con un megáfono,
urbi et orbi, sus Sonetos a Orfeo.
Cuando hablan de Botero, la mayoría de los críticos colombianos tartamudean, se ahondan en cóncavas
zalemas y, finalmente, emiten unas interjecciones fervorosas. Otros, los escépticos, adoptan una pose
pillina y sentencian: “Uno puede dudar del valor artístico de las obras de Botero pero lo cierto es que
estamos frente a un genio del marketing”. La frase cala. ‘Paisa’ y ‘marketing’ configuran una rima
contante y sonante, un axioma de la economía criolla, pero es ingenuo pensar que un hombre dueño de
una fortuna tan fabulosa como la suya haga todo lo que hace por dinero. No. Botero, hoy, sólo quiere
abrirse un puestico en la gloria; con Miguel Angel a su diestra, Leonardo a la siniestra, y Bacon, Picasso,
Moore y Dalí cargando la parihuela.
Pero Botero, virtuoso en la técnica y discreto en la creación, se equivoca en la puesta en escena. Estos
aparatosos y cosmopolitas montajes no hacen sino que su obra aparezca, en perspectiva, empequeñecida.
Ya Horacio hace 20 siglos aconsejaba en su Epístola a los Pisones no cacarear mucho. “Van a parir los
montes: nace un minúsculo ratón”.
Su obra habría podido apreciarse mejor sin tanto estruendo. Así veríamos en sus telas una suerte de
tardíos cómics renacentistas, esmerados y traviesos. En sus volúmenes, el trabajo de un artesano
aplicado.
Me da pena hacer de aguafiestas, pero considero honesto confesar que no encuentro relación de causa y
efecto entre la calidad de la obra de Botero y su éxito; que todo su trabajo, y en especial sus esculturas,
me producen una sensación que oscila entre el tedio y la depresión. ¿Qué hay de extraordinario, aparte
del tamaño monumental y del virtuosismo metalúrgico, en esas redondeces monótonas, carentes de
humor y de sorpresa, que bostezan en los más famosos bulevares del mundo? Si algún lector lo sabe, le
ruego me ilustre sobre esta patriótica cuestión.
(Tomado de La Revista de El Espectador)