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2015 FernandodelPaso

Fernando del Paso dedicó su discurso en la entrega del Premio Cervantes 2015 a sus padres y amigos, expresando su alegría por el reconocimiento. Criticó la situación actual de México, denunciando la opresión y la corrupción, y reflexionó sobre su vida y su trayectoria literaria, destacando su conexión con la lengua castellana. También recordó a figuras literarias que lo han influenciado y subrayó su compromiso de seguir escribiendo a pesar de sus dificultades de salud.
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2015 FernandodelPaso

Fernando del Paso dedicó su discurso en la entrega del Premio Cervantes 2015 a sus padres y amigos, expresando su alegría por el reconocimiento. Criticó la situación actual de México, denunciando la opresión y la corrupción, y reflexionó sobre su vida y su trayectoria literaria, destacando su conexión con la lengua castellana. También recordó a figuras literarias que lo han influenciado y subrayó su compromiso de seguir escribiendo a pesar de sus dificultades de salud.
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Palabras de Fernando del Paso pronunciadas en el acto de entrega del Premio de

Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2015


(Alcalá de henares, 23 abril 2016)

Dedico el Premio Cervantes a mis padres Fernando del Paso Carrara e Irene Alicia Morante
Benevendo.

Dedico las siguientes palabras a mi amiga Carmen Balcells de Cataluña, al poeta mexicano Hugo
Gutiérrez Vega y a José Emilio Pacheco.

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte,
Señor Rector de la Universidad de Alcalá, Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid,
Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, querida
esposa –oíslo- e hijos, queridos parientes y amigos que me acompañan, queridos todos, Señoras y
Señores:

La del alba sería, cuando timbró el teléfono de mi casa y yo pensé que si no era una tragedia
la que me iban a anunciar, sería la malobra de un rufián que deseaba perturbar mis buenas
relaciones con Morfeo, o quizás el mago Frestón. Pero no fue así, por ventura: era mi hija Paulina
quien, desde Los Cabos, Baja California, me anunciaba haberse enterado que me habían otorgado
este premio, lo cual cólmame de dicha pese a que desde ese instante las múltiples llamadas
telefónicas que recibí por parte de amigos, parientes y periodistas, incluyendo los de España, para
ratificar la gran nueva, no me dejaron volver a pegar el ojo. Yo, ni tardo ni perezoso acometí de
inmediato la empresa de despertar a cuanto amigo y pariente tengo para informarles lo que me habían
comunicado.

En marzo del año pasado, cuando tuve el honor de recibir en la ciudad mexicana de Mérida
el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, hice un discurso que causó cierto revuelo. Sé
muy bien que esas palabras despertaron una gran expectativa en lo que se refiere a las palabras
que hoy pronuncio en España. Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar,
continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la
discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi
país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este
foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la

Biblioteca de la Universidad de Alcalá (Fuente: MECD) 1


bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar
en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el
orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo:
es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto
pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí
que me daría aún más vergüenza.

Quizá debí haber comenzado este discurso de otra forma y decirles que yo nací en el ámbito
de la lengua castellana el 1º de abril de 1935 en la ciudad de México. “Felicidades señora, es un
niño”, dicen que dijo el médico que estaba exhausto de maniobrar una y otra vez con los fórceps,
antes de ponerme no de patitas sino de orejitas en el mundo y quién al ver por primera vez mis
entonces diminutos órganos reproductores, coligió con gran perspicacia que yo era un varón,
rollizo no, pero tampoco escuálido: yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero
nacer. Me cuentan que lloré un poco y ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81
años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en
castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es
todo: también hablo, leo y escribo en castellano.

Pancho y Ramona, el Príncipe Valiente, Lorenzo y Pepita, Tarpán y Mandrake, fueron


mis primeros personajes favoritos, y yo no podía esperar a que mi padre despertara para que me leyera
las historietas dominicales a colores, de modo que me di priesa en aprender a leer en la pre-
primaria en la que me inscribieron mis padres, dirigida por dos señoritas que no eran monjas pero sí
muy católicas y tan malandrines que me daban con grandes bríos y denuedo reglazos en la mano
izquierda –yo soy zurdo- cuando intentaba escribir con ella, sin obtener su objetivo: no soy ambidextro,
soy ambisiniestro. Más tarde mi mano izquierda se dedicó a dibujar y fue así como se vengó de
la derecha. Pero aprendí a leer con los dos ojos, y con los dos ojos y entre los rugidos de los leones me
las vi con don Quijote de La Mancha.

En efecto, un hermano de mi padre que tenía una gran biblioteca virgen –nadie la leía: compraba
los libros por metro-, me invitó a pasar quince días en su casa, muy cercana al zoológico, desde
donde se escuchaban a distintas horas del día los estentóreos rugidos de los leones y yo me
dije: ¿leoncitos a mí? y me zambullí en la literatura de los clásicos castellanos: desde entonces
estoy familiarizado con todos ellos: Tirso de Molina, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, el
Arcipreste de Hita, Quevedo, Baltasar Gracián y varios otros. Fue allí también, en la casa de mi
tío donde me enfrenté con Don Quijote en desigual y descomunal batalla: él, las más de las
veces estaba jinete en Rocinante o a horcajadas en Clavileño y yo, en miserable situación pedestre.

Biblioteca de la Universidad de Alcalá (Fuente: MECD) 2


No obstante, mi Señor y Sancho Panza estaban ilustrados por Gustave Doré y eso me sirvió de
báculo. Salí de su lectura muy enriquecida y muy contenta de haber aprendido que la literatura y el
humor podían hacer buenas migas. De esto colegí que también los discursos y el humor podían llevarse.
De ahí continué leyendo, apasionado, a numerosos y muy buenos escritores españoles.
Antonio Montaña Nariño, un escritor colombiano ya fallecido, entró a la agencia de publicidad donde
yo trabajaba y me presentó a su amigo, el hispano-mexicano José de la Colina. Pronto ellos
se transformaron en mis primeros mentores literarios y me dieron a conocer a Benito Pérez Galdós,
Ramón Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle Inclán, Antonio y
Manuel Machado, Rafael Alberti y otros autores que me hicieron enamorarme profundamente
de la lengua. En aquél entonces yo me regocijaba mucho leyendo a estilistas como Gabriel Miró.

Antonio y José me dieron también a conocer a Joyce, Faulkner, Dos Pasos, Erskine
Caldwell, Julien Green, Marcel Schwob y otros muchos grandes autores de las literaturas anglosajona y
francesa. También desde luego a excelentes escritores españoles como Rafael Sánchez Ferlosio,
Juan José Armas Marcelo, Juan Marsé, los hermanos Goytisolo, Fernando Savater, Camilo
José Cela, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y a quién detonó toda mi vocación literaria: el
poeta Miguel Hernández, autor de El rayo que no cesa.

Recuerdo que hace algunos años en una universidad francesa, cuando comencé a dar una
lista de los escritores que según yo me habían influido, una persona del público señaló que yo no
había mencionado a ningún escritor español y me dijo que cómo era posible. Yo le contesté: los
españoles no me han influido, a los españoles los traigo en la sangre, y agregué a la enumeración
aquellos latinoamericanos que son parte de mis lecturas más importantes y por lo tanto de mi vida
como Borges, Onetti, Carpentier, Lezama Lima, Cortázar, Asturias, Vargas Llosa, García Márquez,
Neruda, Huidobro, Gallegos, Guimarães Rosa y César Vallejo y entre los mexicanos Juan Rulfo,
Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, sin olvidar a Fernández de Lizardi
y a nuestra amada monja Sor Juana Inés de la Cruz.

Los maravillosos sonetos de Miguel Hernández me motivaron a escribir Sonetos de lo diario,


publicados por Juan José Arreola en “Cuadernos del Unicornio” en 1958. Pero en realidad mi
primera incursión en el mundo castellano tuvo lugar cuando era yo muy peque: “Nano Papo quiee
cuca pan quiquía”, que mi madre interpretaba fielmente: “Nano Papo” era: “Fernando del Paso”,
“quiee cuca pan quiquía” quería decir “quiere azúcar pan y mantequilla”. Algunas tías
malhumoradas, pronosticaron que yo no iba a dar pie con bola con el lenguaje. Se equivocaron de palmo
a palmo. Poco después, al parecer insatisfecho con el eufemismo familiar que se le asignaba
a los glúteos, los llamé “las guinguingas” y pronto este neologismo fue adoptado por toda la familia.

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Esa publicación de los Sonetos me sirvió para conocer a Arreola y a Juan Rulfo, quien sabía todo
lo que había que saber sobre novela mexicana, española, rusa, inglesa, italiana,
alemana, y, en fin, sobre novela mundial. Comencé entonces a escribir José Trigo, un libro reflejo
de mi obsesión por el lenguaje, mi fascinación por la mitología náhuatl y que obedecía a
tantos otros propósitos, que lo transformaron casi en un despropósito. Pero ahí está, tan campante,
a sus 50 años de edad: fue publicado en 1966.

Seguí después con Palinuro de México, una especie de autobiografía inventada, una
recreación literaria de mi vida como niño y adolescente, conjugada en varios tiempos verbales: lo
que fui, lo que yo creí que era, lo que no fui, lo que hubiera sido, lo que sería, etc. Y después vino
Noticias del Imperio, la novela sobre los emperadores Maximiliano y Carlota en la que me propuse
darle a la documentación el papel de la tortuga y a la imaginación el de Aquiles. Desde muy peque
el melodrama de estos dos personajes, el saber que habíamos tenido en México un emperador
austriaco de largas barbas rubias al que fusilamos en la ciudad de Querétaro y una emperatriz
belga que vivió, loca, hasta 1927, cuando Lindbergh cruzó el Atlántico en avión, me había
fascinado. Por supuesto, en cuanto ganó Aquiles la novela quedó terminada. He escrito también
libros de poesía, libros para niños y dos obras de teatro. Una de ellas que he soñado que algún
día se represente o se lleve a escena en este país: La muerte se va a Granada, sobre el
asesinato de Federico García Lorca.

Toda mi vida ha continuado la riña entre mi mano izquierda y mi mano derecha. Ninguna
de las dos ha triunfado y esto ha significado para mí un conflicto muy profundo. Sin embargo, mi
mano derecha se ha impuesto, no sé si soy escritor, pero sé que no soy pintor, nunca he
dejado de escribir para dibujar y siempre he dejado de dibujar para escribir. Sin embargo, la lucha más
prolongada que he sostenido en la vida ha sido contra mi propia salud. Desde que era muy peque y
me operaron de algo que se llama “adenoides” hasta el momento actual, en que supero las secuelas,
largas y dolorosas, de dos series de infartos al cerebro de carácter isquémico, he estado cuando
menos quince veces en el quirófano: por una apendicitis, por dos hernias, dos tumores benignos, un
desgarre en el corazón, un stunt en la arteria superficial de la pierna derecha, otro en la
arteria coronaria izquierda, dos oclusiones intestinales y entre otras cosas dos operaciones de
las que llaman “a corazón abierto”. Además de recurrentes ataques de gota y una fractura
del tobillo derecho. Tan mal he estado en los últimos tiempos que cuando alguien me vio me dijo: “pero
hombre, ¿así va usted a ir a España?” y yo le contesté: “yo a España voy así sea en camilla de
propulsión a chorro o en avión de ruedas”.

¿Dije antes que "todavía pienso que no quiero nacer"? ¡Pamplinas! Fue una bravuconada. La vida

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ha sido bastante cuata conmigo. Quise escribir y escribí. Nunca escribí para ganar premios, pero
ya ven ustedes, aquí estoy. Quise casarme con Socorro y me casé con ella. Quisimos tener
hijos y tuvimos hijos. Quisimos tener nietos y tuvimos nietos. Y desde hace unos dos años tenemos
una bisnieta: Cora Kate McDougal del Paso. Espero que algún día sus padres le recuerden que
su bisabuelo le deseó que ella agradezca haber venido al mundo a compartir la vida con todos nosotros,
aunque no sé en qué lengua lo hará, puesto que nació en la tierra de James Joyce y parece
destinada a vivir en ese país. También desde aquí le mando mil besos a nuestra otra casi bisnieta,
Ximena, a quien le digo casi bisnieta porque es la nieta de un casi nuestro hijo, Arturo. Hay más, les
voy a contar una historia. Seré breve, es la misma historia que conté en la Caja de las Letras: Hace
mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca
Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual
recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se
quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca
Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto
Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde
entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía
la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas cuya
muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta
importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir:
la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a
hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez hasta que se acabe
(no la camisa sino mi vida).

Pero no vine aquí para contar mi vida y mis obras, ni para comentar mis penas. Tampoco a
hablar de las guinguingas de nadie, ni siquiera de las de Don Quijote, aturdidas y compungidas como
debieron estar, tras tantas tan tremendas tundas que le propinaron durante su azarosa profesión caballeril.
Vine y estoy aquí hoy 23 de abril de 2016 en el que se conmemora el aniversario número 400 de la
muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, discurso en ristre y con los colores de España en el pecho,
muy cerca del corazón, para agradecer: a sus majestades los Reyes de España Felipe VI y doña Leticia,
por su muy generosa hospitalidad; por su hospitalidad también a la ciudad de Alcalá de Henares y
al Rector de esta Universidad; al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte así como al Instituto
Cervantes; al jurado del Premio Cervantes por su decisión riesgosa, yo diría, en la medida en que juzgó
como tal a mi literatura. Agradezco también a mis amigos y familiares presentes, a oíslo Socorro y
a mis hijos: Fernando que descanse en paz, a Alejandro, Adriana y Paulina el gran apoyo que me
han dado toda la vida. Socorro: perdóname si alguna vez te hice daño: te pido perdón en público.

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Asimismo, y profundamente a la Providencia, a la casualidad o a la causalidad el haberme
hecho súbdito de la lengua castellana, a mi país México y a mis padres por haberme dado este lenguaje
y sobre todo, gracias a ti, España, mil gracias.

Por cierto, también sueño en español.

Vale.

Fernando del Paso

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