JAEL:
sig «cabra silvestre». Esposa de Heber ceneo (Jue 4:17). Jael vivía con su esposo
en una tienda cerca de Quedes, y Héber estaba en paz con los opresores
cananeos
JAEL: La mujer que con buen éxito se enfrentó a la prueba y cumplió la profecía
no fue una israelita. Fue Jael, la esposa de Heber el quenita. Estos quenitas eran
descendientes de Hobab, el cuñado de Moisés. En la Tierra Prometida se habían
establecido en el desierto de Judá al sur de Arad. Sin embargo, en un período
posterior Heber se separó de los demás quenitas y se mudó hacia el norte.
Levantó su tienda en Quedes de Neftalí, unos cinco kilómetros al noroeste de lo
que ahora se conoce como la cuenca del Huleh.—Núm. 10:29-32; Jue. 1:16; 4:11.
Fue en la vecindad de este lugar de Quedes, en Neftalí, que Barac reunió una
fuerza de 10.000 hombres para pelear contra Sísara, después de lo cual Barac y
su ejército se apostaron sobre el monte Tabor. Esto atrajo al río Cisón a Sísara,
sus carros y su ejército bien equipado. Pero Sísara no tenía idea alguna de que su
fuerza armada y equipo tan superiores no valdrían de nada, porque Jehová estaría
peleando por su pueblo. Evidentemente hubo un aguacero torrencial que convirtió
el terreno en fango y el Cisón en un torrente enfurecido que inmovilizó el equipo
de guerra de Sísara. Esto permitió que los israelitas ganaran una victoria decisiva.
En cuanto a Sísara, huyó a pie, en dirección a Quedes, donde acampaba Heber el
quenita. Puesto que no existía estado de guerra entre Heber y el rey Jabín, Sísara
buscó seguridad allí—Jue. 4:10-17.
En aquellos días no era lo acostumbrado el que un hombre entrara en la tienda de
campaña de una mujer casada. Pero cuando Jael la esposa de Heber expresó que
estaba dispuesta a recibir a Sísara, él no vaciló en aprovechar el refugio que se le
ofrecía allí. Exhausto debido a la experiencia que acababa de tener, se acostó, y
Jael lo cubrió con una frazada. Más tarde, cuando él pidió de beber agua, ella le
suministró leche. Indudablemente esta leche había sido agriada por medio de
sacudirla en un odre no lavado, y por lo tanto se había mezclado con leche vieja
que todavía se adhería al interior del odre. Después que Sísara se hubo bebido la
leche, Jael lo cubrió de nuevo. (Jue. 4:18, 19; 5:25) Él entonces le dio esta
instrucción: “Ponte de pie a la entrada de la tienda, y tiene que suceder que si
alguien viene y de veras te pregunta y dice: ‘¿Hay aquí un hombre?’ entonces
tienes que decir: ‘¡No!’”—Jue. 4:20.
Debido a la hospitalidad de Jael, Sísara tiene que haberse sentido seguro, y
pronto quedó profundamente dormido. Así, este comandante militar se había
colocado a merced de Jael. Pero, ¿se pondría ella de parte de él y en contra del
pueblo de Dios, o sería ella la que hubiera de tomar acción contra Sísara?
Jael obró valerosamente; aprovechó la oportunidad de ponerse de parte de los
israelitas. Como persona que moraba en tiendas, estaba acostumbrada a hundir
estacas de tienda en el suelo con un martillo. Por eso, con una estaca de tienda
en una mano y un martillo en la otra, furtivamente Jael se acercó a Sísara, quien
dormía profundamente de lado. Seleccionando la parte más débil del cráneo de
Sísara, ella colocó la estaca en el lugar apropiado y se la hundió en la cabeza.
Más tarde, cuando Barac se presentó en el escenario de los acontecimientos, Jael
le mostró lo que había hecho. Allí delante de él yacía Sísara, muerto con la estaca
a través de la sien. La valerosa Jael había participado en el cumplimiento de la
palabra que Jehová había dado por medio de Débora. Más tarde, cuando la
victoria fue recordada en música, Débora y Barac cantaron: “Jael la esposa de
Heber el quenita será muy bendita entre las mujeres, entre mujeres en la tienda
será muy bendita.”—Jue. 4:21, 22; 5:24-27.
Sí, fue por la valerosa acción contra un enemigo enconado del pueblo de Dios que
se conservó el nombre de Jael en el registro bíblico
Pero, por otra parte, Jael violó la palabra dada y la hospitalidad sagrada. El mismo
Josué se vio atado por su tratado con los gabaonitas, aunque había sido
engañado por ellos (Jos 9:3-27). Dios había profetizado que el Señor vendería a
Sísara a manos de mujer. En Su soberanía, Dios usó el ardid traicionero de Jael
para destrozar el poderío de Jabín con la muerte de su cruel general. Éste es un
caso como otros en el que el fin es conforme a la voluntad de Dios, pero no la
manera en que se lleva a cabo. De esta manera, los hijos de Israel tuvieron
cuarenta años de paz.
. El hecho de que Jael., esposa de Heber, matara a Sísara se interpreta
como un cambio de alianzas de su familia, que volvió así a la amistad con
Israel.
Manta. Esta palabra hebrea, que aparece sólo en este vers., posiblemente
signifique también cobertor o cortina.
Estaca de la tienda. Clavar las estacas de la tienda era trabajo de la mujer.
Las tiendas de pelo de cabra son pesadas, y necesitaban estacas largas y
fuertes para que penetraran profundamente en el suelo poco compacto de
Palestina. estaba profundamente dormido. Un fin inesperado y violento a
manos de una mujer.
Sometió Dios. La realidad es que ni Débora ni Barac liberaron a Israel; Dios
fue el que lo hizo.
Heber era el esposo de Jael (4.17). Era ceneo, una tribu aliada de Israel por
mucho tiempo. Pero por alguna razón, Heber decidió aliarse con Jabín, A
pesar que Heber se unió a Jabín y a sus fuerzas, su esposa Jael no (4.21).
4.18-21 Sísara no pudo estar más complacido cuando Jael le ofreció su
tienda como escondite. Primero, porque Jael era la esposa de Heber, un
hombre leal a las fuerzas de Sísara, él pensó que ciertamente ella era
confiable. Segundo, porque nunca se les permitía a los hombres entrar en
la tienda de una mujer, nadie pensaría en buscar a Sísara ahí. Aun cuando
Heber era leal a las fuerzas de Sísara, Jael ciertamente no lo era. Debido a
que las mujeres de esos días se encargaban de armar las tiendas, no le fue
difícil clavar una estaca en la cabeza de Sísara mientras dormía. Así se
cumplió la predicción de Débora de que el honor de vencer a Sísara sería
de una mujer (4.9)
Los carros de Sísara eran su orgullo y su confianza.
Probablemente Jael haya realmente intentado ser amable con Sísara; pero
por un impulso divino después fue llevado a considerarlo como el enemigo
jurado del Señor y de su pueblo, y decidió destruirlo. Debemos romper
todas nuestras relaciones con los enemigos de Dios si tenemos al Señor
como nuestro Dios y su pueblo como nuestro pueblo. El que había pensado
destruir a Israel con sus muchos carros de hierro, es destruido con un clavo
de hierro. De esa manera, lo débil del mundo confunde al poderoso. Los
israelitas hubieran evitado mucha maldad si hubieran destruido más pronto
a los cananeos, como Dios les mandó y los capacitó: pero más vale ser
sabios tarde que nunca, y adquirir sabiduría por la experiencia.
JAEL: Pero... ¡uno de los enemigos, el peor, ha escapado! Sísara, que tanto dolor
causó al pueblo de Dios, salió corriendo. Abandonando a sus hombres en el lodo,
se escurrió entre los soldados israelitas hacia terreno más firme. Corrió muchos
kilómetros para refugiarse con alguno de sus aliados. Aterrorizado ante la
posibilidad de que los israelitas dieran con él, se dirigió al campamento de Héber,
un quenita que se había separado de su gente para establecerse más al sur y que
tenía un acuerdo de paz con el rey Jabín (Jueces 4:11, 17).
Sísara llegó agotado al campamento de Héber, que no estaba en casa; pero Jael,
la esposa, lo recibió. Sísara habrá dado por sentado que ella respetaría el
acuerdo de su esposo con el rey Jabín. Probablemente ni se le pasó por la cabeza
la idea de que una mujer tuviera una opinión diferente a la de su esposo. ¡Qué
equivocado estaba! Sin duda, Jael conocía la maldad de los cananeos y cómo
oprimían a la gente. Así que tuvo que tomar una decisión: podía ayudar a este
hombre cruel o podía ponerse del lado de Jehová y acabar con el enemigo del
pueblo de Dios. Pero ¿cómo podría una mujer derrotar a un fuerte y curtido
guerrero?
Jael no tenía tiempo que perder, así que invitó a Sísara a entrar en su tienda. Él le
mandó que no dijera a nadie que se había escondido allí si alguien preguntaba por
él. Entonces, Sísara se acostó a descansar, y Jael lo cubrió con una manta.
Cuando él le pidió agua, ella le sirvió leche tibia. El hombre no tardó en quedarse
profundamente dormido. En eso, Jael agarró una estaca y un martillo, dos objetos
que, como toda mujer nómada, sabía usar muy bien. Se acercó despacio a él para
hacer algo que requirió mucho valor: acabar con ese enemigo de Jehová. Si tan
solo hubiera dudado un instante, habría fracasado. ¿Actuó pensando en el pueblo
de Dios, que por tantos años había sufrido la crueldad de este hombre? ¿O lo hizo
por el privilegio de ponerse de parte de Jehová? La Biblia no lo dice. Solo
sabemos que ejecutó a Sísara en un momento (Jueces 4:18-21; 5:24-27).
Poco después llegó Barac persiguiendo a su enemigo. Cuando Jael le mostró el
cuerpo con la estaca clavada en las sienes, enseguida se dio cuenta de que la
profecía de Débora se había cumplido. ¡Una mujer había derrotado al poderoso
Sísara! Muchos escépticos de nuestro tiempo han criticado a Jael, pero para
Barac y Débora, lo que ella hizo fue muy loable. En la canción que compusieron
bajo la guía divina, la llaman “muy bendita entre las mujeres” por su valentía
(Jueces 4:22; 5:24). Evidentemente, Débora no envidió la honra que Jael recibió,
pues para ella lo más importante era que se cumpliera la palabra de Jehová.
Con la muerte de su general, el rey Jabín perdió su poder. ¡Por fin había acabado
la tiranía cananea! Israel disfrutó de paz por los siguientes cuarenta años (Jueces
4:24; 5:31). No hay duda de que la fe de Débora, Barac y Jael fue recompensada.
Como Débora, seamos valientes, pongámonos de parte de Dios y animemos a
otros a hacer lo mismo. Si así lo hacemos, con la ayuda de Jehová venceremos y
disfrutaremos de paz por la eternidad.