Revista Latinoamericana de
Psicopatologia Fundamental
ISSN: 1415-4714
psicopatologiafundamental@[Link]
Associação Universitária de Pesquisa em
Psicopatologia Fundamental
Brasil
De Battista, Julieta
El joven Joyce y el pathos del lenguaje
Revista Latinoamericana de Psicopatologia Fundamental, vol. 20, núm. 2, abril-junio,
2017, pp. 382-398
Associação Universitária de Pesquisa em Psicopatologia Fundamental
São Paulo, Brasil
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Rev. Latinoam. Psicopat. Fund., São Paulo, 20(2), 382-398, jun. 2017
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El joven Joyce y el pathos del lenguaje
Julieta De Battista*1
Este artículo ofrece una construcción del caso Joyce como un relato
clínico a partir de los lineamientos que Lacan subrayó en 1975-1976.
Metodológicamente se basa en la obra autobiográfica sobre la infancia
y adolescencia de James Joyce y ofrece una lectura de la constela-
ción original del nacimiento, la posición fundacional de la orientación
subjetiva, los efectos del rechazo y el pathos singular que lo aquejaba: las
palabras impuestas o experiencia del lenguaje parásito.
Palabras clave: Psicoanálisis, psicosis, literatura, síntoma
*1 Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires (La
Plata, Argentina).
LITERATURA, PSICOPATOLOGIA
Introducción
Este artículo tiene como objetivo ofrecer una primera
construcción del caso Joyce bajo la forma de un relato clínico,
a partir de los lineamientos que Lacan (1975-1976/2005a)
señaló relativos al pathos que lo afectaba con respecto al
lenguaje. Retomaremos las indicaciones que se consideran
heurísticas para aportar el material de la obra autobiográfica
joyciana en la que podrían fundamentarse, haciendo especial
hincapié en algunas experiencias de la infancia y la adoles-
cencia relatadas en Stephen Hero y Portrait of the artist as a
young man.
383
La propuesta de Lacan es considerar esta parte de la obra
de este literato de genio como un testimonio de sus síntomas,
“Lo que escribe es consecuencia de lo que es” (Lacan, 1975-
1976/2005a, p. 79). Lacan sostiene que Stephen Dedalus,
protagonista de ambas obras, es James Joyce (p. 69). Esta
aseveración no resulta infundada, dado que los biógrafos
de Joyce (Ellman, S. Joyce, Gorman) coinciden en afirmar
el carácter netamente autobiográfico de estos dos libros, al
reconocer que los mismos se basan sobre experiencias vividas
por Joyce (Gorman, 1941/1945, p. 81; Ellmann, 1959/1991,
p. 27; Spencer, 1960, p. 15). Además Stephen Dedalus
fue el seudónimo con el que Joyce comenzó a intentar ser
publicado, por lo tanto no podría reducírselo meramente a un
personaje literario (Joyce, S., 1960, p. 267).
Por otra parte, es conocida la crítica de Joyce a la novela
psicológica ficcionada y romántica propia de la época y su
estilo calificado como un realismo psicológico que pretende
captar a los hombres tal y como son en su experiencia viva
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(Joyce, S. 1960, p. 42, 87). Para Joyce, la revelación de la intimidad del alma
era la misión más grande del poeta y luchaba para que no se falseara su expe-
riencia espiritual con la psicología literaria de la ficción de aquella época, a la
que acusaba de crear en los hombres una falsa e hipócrita conciencia literaria
de héroes legitimados (Joyce, S., 1960, p. 206). Era entonces un realista
despiadado de la literatura que elegía como fundamento de su obra las vidas
comunes, la verdad desnuda (p. 118-120).
Por lo tanto, el tipo de escritura innovadora y característica de Joyce
vuelve a este material sumamente valioso para el propósito de reconstruir el
caso, dado que ambos libros despliegan con alto grado de detalle la partic-
ular experiencia que Joyce tenía de la realidad, su erlebnis vital, su singular
manera de “habitar”1 el lenguaje. Algunos críticos han descripto a esta
modalidad de escritura innovadora como una stream of consciousness, un
monólogo interior que intenta reproducir la experiencia tal y como es, sin
embellecerla a través de la ficción.
El uso de la obra literaria como aporte a las investigaciones en
psicoanálisis se inscribe en la perspectiva inaugurada por Freud (1907/1999a,
1910/1999b) y continuada por Lacan (1966a, 2001a) de servirse del artista
384 en la indagación de la condición humana. Artista y psicoanalista trabajan con
el sufrimiento de los hombres, intentan elaborar idéntico objeto con distinto
método, de ahí que el testimonio de los primeros es de sumo valor para el
psicoanalista y las coincidencias que el analista pueda encontrar en su lectura
de la obra toca las constelaciones reales (Freud, 1907/1999a). El artista
precede al analista en su materia, le abre el camino (Lacan, 1965/2001a),
si el analista puede no hacerse el “psicólogo” de la obra sino seguirla al pie
de la letra para reconocer cómo la práctica de la letra converge con el uso
del inconsciente y permite deslindar el orden riguroso de la composición del
sujeto (Lacan, 1965/1966a, p. 745).
En sentido estricto no se trata de un ejercicio de psicoanálisis aplicado,
dado que en este caso no se aplica el psicoanálisis como tratamiento, pero sí
de una investigación en psicoanálisis puesto que la operación de lectura que
se utiliza para conformar el caso clínico releva del método analítico: toma
el material como un síntoma y lee lo que el mismo presenta de significante,
dejando en suspenso los efectos de significación presupuestos. Desde esta
1
Véase el artículo de Sonia Leite (2016) donde trabaja la relación habitar-construir y el valor
del cuerpo propio.
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perspectiva la obra de juventud de los artistas cobra especial relevancia,
dada la significatividad que el psicoanálisis otorga a las experiencias infan-
tiles (Freud, 1906-1908/1979). La aplicación de este método ha brindado
valiosos aportes a la teoría que fueron deslindados del análisis de la obra
y/o la biografía de Jensen (Freud, 1907/1999a), Leonardo da Vinci (Freud,
1910/1999b), Dotoievsky (Freud, 1928/1994), Gide (Lacan, 1958/1966a;
Miller, 1990), Marguerite Duras (Lacan, 1965/2001a), Rousseau, Pessoa,
Joyce (Soler, 2001), Althusser (Pommier, 1998), entre otros. El uso de la obra
literaria no se reduce a la mera ilustración y/o confirmación de la teoría, sino
que revela la potencia heurística de las hipótesis psicoanalíticas en la lectura
del sufrimiento que es inherente al ser humano.
Consideramos que este trabajo de construcción del caso a partir de
material autobiográfico y biográfico aporta datos de relevancia en la compren-
sión del pathos que aquejaba a Joyce con respecto al lenguaje y que permite
iluminar el carácter de su solución sinthomática. Cabe destacar que las inves-
tigaciones en psicoanálisis que se han ocupado de Joyce han privilegiado
este último aspecto, ligado a la escritura en el final de su obra (Finnegan’s
wake), en tanto aporta líneas de investigación sobre la relación del sujeto con
lalengua y sobre las modalidades de compensación nodal que no se referen- 385
cian en la versión común de la metáfora paterna (Julien, 2001; Miller, 2007;
Soler, 2001). De esta manera, en la literatura analítica contemporánea,
el caso Joyce se ha vuelto paradigmático de las llamadas “psicosis no
desencadenadas” (Kong, 2011) o incluso de las psicosis ordinarias, en las
que se resalta el papel del cuerpo a nivel de los fenómenos (Redmond, 2014;
Rosa, 2009; Svolos, 2009), cuestión que se abordará en otro trabajo para
abocarse en éste a las manifestaciones del pathos del lenguaje.
Método de construcción del caso
El método de construcción del relato del caso produce en el material una
operación de lectura sobre los siguientes puntos:
• Constelación original a la que el sujeto advino: inscripción en las genera-
ciones y la filiación, condiciones del deseo de la madre y del padre.
• Posición fundacional de la orientación subjetiva ante las condiciones dadas
del nacimiento: aceptación de la referencia paterna o rechazo y sus efectos a
nivel de la experiencia del lenguaje.
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• Delimitación del pathos singular que acompaña a la posición subjetiva en la
estructura del lenguaje, coyunturas y modalidades de soportarlo: alcances y
limitaciones.
El armado del caso procede entonces por inferencias retrospectivas a
partir de los sucesos y de las experiencias que Joyce ubica como claves en su
vida. El corpus de material a indagar con esta orientación está constituido por
las obras de Joyce que tratan sobre sus años de niñez y adolescencia (Stephen
Hero, Portrait of the artist as a young man) y las biografías de Ellman,
Gorman y su propio hermano, Stanislaus Joyce. Hemos privilegiado en la
argumentación aquellos datos que son destacados en forma convergente por
todos los biógrafos y que revelan el relato de una experiencia.
Constelación original: “pauvre hère”
La constelación del nacimiento de Joyce está marcada por condi-
ciones adversas a nivel del deseo. Lacan lo deja señalado al advertir: “No
se podría haber empezado peor que él” (Lacan, 1975-1976/2005a, p. 15).
James Joyce es el segundo hijo del matrimonio entre John Stanislaus Joyce
386 y Mary (“May”) Jane Murray, calificado por los vecinos como una unión
entre bella y bestia: “Si él era el principio del caos, ella era el principio del
orden” (Ellmann, 1959/1991, p. 34); “(Mary) Era una sombra opaca al lado
de la figura refulgente de su esposo (…) ella sólo aparece como un fantasma,
una imagen encantadora, piadosa, que iba siendo arrastrada lentamente hacia
la inanición. (…) Creía humildemente en todo aquello de que su marido se
burlaba descaradamente” (Gorman, 1945, p. 16-17). Ninguna de las dos
familias estuvo de acuerdo con este casamiento. La madre de John nunca lo
perdonó y murió al poco tiempo. El rasgo de unión entre los padres fue la
música, ambos cantaban en un coro. May tuvo una educación musical y John
estaba orgulloso de su voz de tenor, de ahí que la especialidad de la casa fuera
la música vocal (Ellmann, 1959/1991, p. 34-35, 41; Gorman, 1945, p. 15-16),
cada uno de los niños tenía su canción (Joyce, S., 1960, p. 39).
Por lo demás, este matrimonio transcurría en la continua degradación que
hacía el padre de la familia materna, al enaltecer únicamente la ascendencia del
apellido Joyce y vanagloriarse de descender del clan de los Galway. El padre
de Joyce se quejaba de que el apellido materno “le arrojaba un hedor insopor-
table a las narices” (Ellmann, 1959/1991, p. 27) y repetía, según testimonio
de las hermanas de Joyce, “¡Mira con qué me he casado!” (p. 35, 839 n. 36).
Conservaba un escudo de armas de los Galway-Joyce que “(…) llevó consigo
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magnífica y quijotescamente, en medio de sus frecuentes mudanzas forzadas,
compensando así la dilapidación de la fortuna familiar con la conservación del
blasón putativo” (Ellmann, 1959/1991, p. 27; Joyce, S., 1960, p. 147).
El apellido Joyce deriva del francés joyeux (Gorman, 1945, p. 12).
Pero no era precisamente un clima de alegría el que se respiraba en la casa.
El padre de Joyce era ya un gran bebedor, un gentleman con trabajos inesta-
bles y que vivía de las rentas que le había dejado la herencia de su padre. Era
un “monumento de indolencia” (Gorman, 1945, p. 14). Perseguía obsesiva-
mente a la familia de la madre, llegando incluso a mudarse para que ellos no
pudieran visitarla (Joyce, S., 1960, p. 55). Los celos injustificados del padre
convivían con los retratos de sus ex novias sobre la mesa familiar (Joyce, S.,
1960, p. 63). John Joyce siempre fue un bon vivant que captaba agudamente
los detalles del vecindario, una suerte de enciclopedia viviente de curiosidades
locales y anécdotas, una “fuente inagotable de la chismografía de Dublín”
(Joyce, S., 1960, p. 89; Ellmann, 1959/1991, p. 30). Fracasó en lo académico
al estudiar medicina, pero era un excelente cantante y actor, excesivamente
cómico, aunque no lograra tampoco vivir de eso (Ellmann, 1959/1991, p. 31,
36; Gorman, 1945, p. 13). Según el hermano de Joyce, el padre siempre estaba
buscando trabajo, “pero uno adecuado para un hombre que no quiere trabajar” 387
(Joyce, S., 1960, p. 88). La relación con la madre de Joyce comenzó a compli-
carse con la llegada de los hijos y alcanzó situaciones de extrema violencia,
en una de las cuales John intentó estrangularla (Ellmann, 1959/1991, p. 59;
Joyce, S., 1960, p. 61).
James Joyce es el segundo hijo de este matrimonio y vino a sustituir
al deseado primogénito muerto dos semanas después de nacer, en 1881,
del cual su padre dijo “Mi vida quedó enterrada con él” (Gorman, 1945, p.
11; Ellmann, 1959/1991, p. 37; 839, n. 48). Muerto el primero, unos meses
después ya esperaban al segundo, James, que nacería el 2 de febrero de 1882.
James era el nombre de su bisabuelo, un acaudalado propietario de Cork,
nacionalista y anticlerical que fue incluso condenado a muerte sin que se
cumpliera la sentencia (Ellmann, 1959/1991, p. 28; Joyce, J., 1995, p. 42).
Este primer James Joyce inauguró una suerte de tradición familiar al llamar
a su único hijo James Augustine Joyce, abuelo del escritor. Este segundo
James tuvo a su vez un único hijo, el padre de Joyce, y quiso llamarlo también
James, pero la tradición se vio truncada por el azar de la intervención de un
empleado borracho que en vez de “James” escribió “John” (Gorman, 1945,
p. 12). La transmisión del mismo nombre para el hijo único es coartada ya
en la generación del padre del escritor, quien intenta no obstante restituir la
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tradición al nombrar a su segundo hijo. La muerte del primogénito de John
le deja a James la elección forzada de romper con tres generaciones de hijos
únicos (Gorman, 1945, p. 13; Joyce, S., 1960, p. 46). Nuevamente por un
error no pueden inscribirlo en la tradición familiar, que le destinaba la compo-
sición de nombres de su bisabuelo y de su abuelo (James Augustine Joyce) y
queda nombrado como James Augusta Joyce (Gorman, 1945, p. 11; Ellmann,
1959, p. 37).
Durante el embarazo de James, su padre hipotecó una primera propiedad
y en los meses que siguieron al nacimiento, hipotecó tres propiedades más. El
nacimiento de James Joyce se acompaña entonces de una hipoteca que inicia la
sangría de propiedades que habría de llevar a su familia a la ruina y del fallido
intento de inscribirlo en una tradición. El padre de Joyce “llenó la casa de hijos
y de deudas” (Ellmann, 1959/1991, p. 37), se aplicó con idéntica diligencia a
engendrar hijos y a acumular hipotecas sobre sus propiedades heredadas. En el
lapso de 10 años este matrimonio tuvo cuatro hijos y seis niñas, sin contar los
hijos que no sobrevivieron. May estuvo embarazada 15 veces. En la biografía
de Gorman (1945), revisada y autorizada por Joyce, consta sin embargo que
fueron 16 o 17 los hijos que nacieron en el transcurso de 18 años y que 5 de
388 ellos murieron en la infancia y/o la adolescencia. Hipotecaron 11 propiedades
hasta quedarse sin ninguna (Ellmann, 1959/1991, p. 37).
Desde pequeño, Joyce se convirtió en una suerte de promesa que su
padre alimentaba con la esperanza de que los salvara de la miseria (Joyce, S.,
1960, p. 30). Era la figura central para su padre, el único privilegiado entre
todos los hermanos (Gorman, 1945, p. 16). Su infancia y adolescencia están
atravesadas por las sucesivas mudanzas (Gorman, 1945, p. 25), y por el espec-
táculo de un padre que se preocupaba por salvar el escudo familiar de los
acreedores mientras que dilapidaba su fortuna (Joyce, S., 1960, p. 147). Joyce
lo definió directamente como “un hombre quebrado” (Ellmann, 1959/1991,
p. 38), una suerte de padre de pacotilla (p. 37). El hermano de James Joyce,
Stanislaus, decía que su padre pertenecía a esa clase de hombres que no
pueden ser miembros activos de ningún sistema social porque son sabotea-
dores de la vida (Joyce, S., 1960, p. 54).
El padre de Joyce nunca se interesó por el gusto literario de su hijo ni por
sus producciones, era más bien un aficionado al deporte, la música, la política y
la bebida, llegó incluso a decirle a su hijo con respecto a sus libros: “Como es
incapaz de contar esa anécdota como yo, debe conformarse con eso” (Ellmann,
1959/1991, p. 40). Era tal su rechazo hacia el saber de los libros que consideraba
a la lectura excesiva como un signo de debilidad mental (Gorman, 1945, p. 21).
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Posición fundacional y efectos del rechazo
Este retrato de la dimisión paterna nos da la pauta de con qué se encontró
Joyce, cuáles fueron las condiciones de lo que se le ofreció. Lacan (1968-
1969/2006) señala la importancia de lo que llama “biografía original” propo-
niendo no reducirla al anecdotario de la historia personal, sino que allí puede
leerse la forma en que se le presentaron al sujeto los deseos del padre y de la
madre, lo que le fue ofrecido del saber, el goce y el objeto a. Es en la manera
en que le fueron presentados cada uno de estos términos al sujeto, en esa
oferta fundamental, que radica lo que se llama “impropiamente” la elección
entre psicosis y neurosis: “No hubo elección, puesto que la elección ya estaba
hecha a nivel de lo que se le ha presentado al sujeto” (p. 332). ¿Qué se le
ofreció? Convertirse en el sustituto del deseado primogénito muerto2 de este
matrimonio que sólo se entendía musicalmente. Salvar a la familia de la ruina,
cuyo puntapié inicial fue la hipoteca que acompaña a su nacimiento. James
contaba como sustituto de un muerto y como potencial salvador. El talento de
Joyce valía para el padre en tanto promesa de salvación de aquellas obliga-
ciones que le competían a él mismo como padre de una familia que no dejó de
crecer aun ante la miseria económica. Se delinea entonces la figura de lo que
Lacan (1958/1966b) ha llamado “impostura paterna” y que en 1975 califica
389
como Verwerfung de hecho y dimisión paterna para el caso de Joyce.
Este rechazo de la impostura paterna, que define a la posición psicótica
para Lacan (1958/1966b), puede leerse por sus efectos a nivel de la estruc-
turación de la realidad y del cuerpo, y por una peculiar relación al lenguaje
y al lazo social. A nivel descriptivo, todos los biógrafos coinciden en señalar
la devoción de Joyce por su padre dado que, a diferencia de su hermano
Stanislaus, él no lo criticaba ni lo aborrecía sino que lo acompañaba. Ahora
bien, la operación de la Verwerfung no se deduce del retrato del padre imagi-
nario sino de los efectos del rechazo de esta referencia común en la relación
con el cuerpo y el lenguaje. En términos de Lacan (1975/2005b), podríamos
definir los efectos de la Verwerfung en la relación con el cuerpo como la
posibilidad de dejarlo caer, con respecto al lenguaje como una relación a la
2
Joyce no desconocía esto, en el Portrait fantasea con su muerte y recuerda al hermano
muerto: “Que me entierren en el viejo cementerio junto a mi hermano mayor” (Joyce, J.,
1916/1995, p. 26).
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palabra que resulta impuesta. Pasaremos ahora a situar los efectos de la
Verwerfung con respecto al lenguaje.
Posición en el lenguaje: el pathos de las palabras impuestas
El 17 de febrero de 1976 Lacan comenta un caso de una presenta-
ción de enfermos cuya particularidad eran ciertas palabras que le resultaban
impuestas al paciente, quien decía sufrir de telepatía. A propósito del caso,
Lacan se pregunta cómo es posible que los hombres normales no sientan
que las palabras de las que dependen les son impuestas, que son una suerte
de parásitos, una forma de cáncer que aflige al ser humano. Aquí Lacan se
remite a Joyce y a su hija Lucía, diagnosticada como esquizofrénica y que
Joyce defendía diciendo que ella era una telépata (Lacan, 1975-1976/2005a,
p. 95-96). Para Lacan, Joyce le atribuye a su hija algo que es la prolongación
de su propio síntoma: las palabras impuestas. Por momentos es difícil decidir
si Joyce intentaba liberarse del parásito de la palabra o más bien se dejaba
invadir por sus propiedades fonemáticas (p. 97). Algunos tramos de la obra
parecen decantarse en un sentido y otros en el contrario. Veamos ahora de qué
390 forma lo experimentaba.
Desde muy pequeño Joyce era diferente de los otros niños, él no
quería jugar, permanecía más bien como un observador indiferente pero
ultra atento del espectáculo del mundo y archivaba con paciencia cuanto
veía, manteniéndose apartado de los demás (Gorman, 1945, p. 27; Joyce, J.,
1916/1995, p. 71, 74, 77). Cada evento y cada personaje le afectaban ínti-
mamente, herían su sensibilidad, como si careciera de protección ante lo que
venía del exterior, primaban su instinto observador y su carácter sensitivo
e introspectivo (Gorman, 1945, p. 45-46). Su hermano decía que nada se le
escapaba y que James mismo le había dicho que no veía las cosas, sino que
las absorbía (Joyce, S., 1960, p. 145). Su lúcida y fría indiferencia, su infle-
xible dureza y sinceridad nunca lo abandonaban y le daban un aire de estar a
la defensiva (p. 96, 171, 178) o incluso de una arrogancia que parecía erigir
una “pared invisible” entre él y sus compañeros (Gorman, 1945, p. 51). Esa
actitud distante, sumada a su intolerancia con las falsedades de las relaciones
sociales, llegaba incluso a despertar la hostilidad en los otros (Joyce, S., 1960,
p. 209).
Su percepción de la realidad era altamente sonora, veía el murmullo de
las cosas y tenía una sensibilidad excesiva para las palabras (Joyce, S., 1960,
p. 209). Cuando caminaba largas horas por la calle, su ánimo investigador lo
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mantenía completamente atento a cualquier pequeño fragmento de conver-
sación trivial que escuchara al pasar y que le producía “una impresión sufi-
cientemente aguda para herir dolorosamente su sensibilidad” (p. 227-228).
Se trataba de partes de conversaciones ordinarias que adquirían para Joyce
el carácter de “epifanías”. En Stephen Hero las define así: “una súbita mani-
festación espiritual, ya fuere en la vulgaridad de la alocución o del gesto,
ya fuere en una faz memorable del mismo espíritu” (p. 228). Momentos
delicados y evanescentes que debía registrar y al parecer, hasta provocar.
Da el ejemplo del reloj de una oficina pública de Dublín, que es capaz de
producir una epifanía: “Su alma, su qué, salta a nosotros desde la vestidura
de su apariencia. El alma del objeto más común, cuya estructura está tan bien
ajustada, nos parece radiante. El objeto cumple su epifanía” (p. 230).
La epifanía correspondía entonces a la irradiación de los objetos, a
un modo de presencia positiva de los mismos. Joyce recibía entonces en la
percepción el alma de las cosas más allá de sus apariencias, se le imponía algo
del ser de los objetos. Muchos son los pasajes de su obra en que Joyce testi-
monia el haber sentido “presencias”, a modo de fuerzas ocultas que incluso
actúan sobre él, presencias oscuras, sutiles, susurrantes: “Ondas sutiles pene-
traban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente y apretaba los 391
dientes como si sufriera la agonía de aquella penetración. En la calle extendía
los brazos para alcanzar la forma huidiza y frágil que se le escapaba incitán-
dole…” (Joyce, J., 1916/1995, p. 110-111). La presencia de los objetos se
impone y penetra sus sentidos.
En la biografía de su hermano, Stanislaus Joyce define a las epifanías
como manifestaciones o revelaciones, “observaciones irónicas sobre deslices,
pequeños errores y gestos, cosas baladíes mediante las cuales la gente
traiciona las muchas cosas que es capaz de disimular” (Joyce, S., 1960, p.
149), una suerte de “expresión de su espíritu dolorido y de las impresiones
indelebles que le hicieron los acontecimientos. Los sentimientos falsos
eran para él un espantajo y le repugnaba traslucirlos” (p. 259). Eran obser-
vaciones de gran exactitud sobre temas y personas banales que revelaban la
importancia del subconsciente. Entre ellas había también algunos sueños, de
los cuales Joyce pensaba que eran una revelación de aquello que se encubría
inconscientemente con pensamientos controlados (p. 152).
Para Lacan (1975-1976/2005a) estas epifanías se caracterizan por que el
inconsciente se liga a lo real, debido al lapsus en el anudamiento que produjo
un desprendimiento de lo imaginario (p. 154), de ahí que el ser del objeto
se presente sin el velo de la apariencia. Por lo tanto Lacan lee la soltura del
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registro de lo imaginario no sólo en los fenómenos que afectan al cuerpo
sino también en la peculiar relación a las palabras. Joyce tenía una percep-
ción epifánica del mundo, atestada de presencias y sonoridades. Los sonidos,
componentes más elementales del lenguaje, se imponen en su experiencia del
mundo, atravesando su cuerpo como ondas que lo penetran. Joyce descom-
pone estas presencias que lo impactan y hieren su sensibilidad y las registra en
un cuaderno de epifanías.
Pero no se trataba únicamente de una sensibilidad acrecentada a los
sonidos, en la obra aparecen varios testimonios de cómo convivía con los ecos
de lo escuchado en una “orgía mental” que le costaba dominar, una suerte de
“estupor imaginativo” (Joyce, J., 1916/1995, p. 124) y un “zumbido vacío de
voces internas” en el que retornaba el llamado de sus profesores incitándolo
a ser un buen católico, fuerte, viril y saludable, ser fiel a la patria, el llamado
“a ayudar a vivificar su lenguaje y sus tradiciones”, mientras “otra voz lo
invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida hacienda de su padre” (p.
92-93). Voces que su primer biógrafo, Gorman (1945), confirma llamándolas
primero “voces de censura” (p. 53), “lucha mental” (p. 54) y luego directa-
mente “voces misteriosas” (p. 60). Voces que Aubert (2005) entiende como
392 “efectos de voces del significante” con los cuales Joyce fabrica un saber-hacer
ligado a un arte de la voz, a una práctica fonatoria del significante.
Su carácter de ajenidad y extrañeza está dado por la posición que James
toma antes esas voces: “Sólo les prestaba atención por algún tiempo, y era
feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera del alcance de su llamamiento,
solo, o en compañía de sus propios y fantasmales compañeros” (Joyce, J.,
1916/1995, p. 92-93). Esta experiencia de voces internas podía llegar incluso
a transformarse en “un zumbido de palabras incoherentes” que afectaba “la
línea constructiva de sus pensamientos” (p. 181).
Un episodio de sus 12 años, corroborado por los biógrafos, permite
mensurar esta relación con las palabras impuestas como efecto de la opera-
toria de la Verwerfung. La coyuntura es un viaje a Cork- tierra de sus abuelos-
en el que acompaña a su padre para subastar las últimas propiedades que
poseían. El padre insiste en contar anécdotas de sus amigos de juventud,
pero Joyce no deja de pensar en que van a “perder lo propio” (p. 96). Podría
hipotetizarse que entonces adquiere fuerza el llamado paterno que pesa sobre
James en tanto “mesías material” que habría de salvar a la familia de la ruina
(Joyce, J., 1960, p. 240). Ya en el viaje tiene la sensación de que los otros
pasajeros pueden hacerle daño, aparecen palabras sin sentido que intenta
acomodar al ritmo del tren. Esta “música” compuesta por esas palabras, el
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traqueteo del tren y los postes de telégrafo que se sucedían cada 4 segundos lo
aliviaron (Joyce, J., 1916/1995, p. 96-97).
El padre lo lleva al colegio al que asistió cuando estudiaba medicina
para mostrarle cómo dejó su huella en los pupitres, quiere que su hijo vea
sus iniciales grabadas en el anfiteatro de anatomía — iniciales que comparte
con el hijo (Aubert, 2005). Gorman (1945) nos aporta que el padre estudió
allí tres años infructuosamente aunque decía que había obtenido varios
diplomas, no obstante sólo quedaron sus iniciales grabadas en la madera
porque los diplomas “desaparecieron” ( p. 13). El padre explicaba su ausencia
de diplomas adjudicándosela a un prestamista a quien había empeñado una
maleta “En la maleta tenía una dentadura postiza y mis diplomas pero el pres-
tamista vendió todo: ¡maleta, dentadura y diplomas!” (Gorman, 1945, p. 13;
Ellmann, 1959/1991, p. 30). El tono de la anécdota resulta indicativo de la
impostura en la enunciación del padre. Ante el pedido de éste de reconocer las
iniciales del nombre del padre grabadas, James Joyce ve en cambio la palabra
“Feto” en latín, la palabra se impone y se repite, al punto de quedar tomado
por esa visión, necesitando irse para escapar de ella: “Esta palabra sobrecogió
su espíritu; le pareció sentir en torno a él a los ausentes estudiantes del colegio
y espantarse de su compañía. Y una visión de la vida de ellos que las palabras 393
de su padre habían sido incapaces de evocar, se elevó ante sus ojos como si
brotara de las letras grabadas en la mesa (…) la palabra y la visión retozaban
delante de sus ojos al regresar por el patio camino de la puerta de entrada. Le
extrañaba el encontrar en el mundo externo huellas de aquello que él había
estimado hasta entonces como una repugnante y peculiar enfermedad de su
propia imaginación” (Joyce, J., 1916/1995, p. 99).
Esta enfermedad, este pathos de la palabra se le impone al punto de sentir
que es observado por ella: “Aquellas letras grabadas en la manchada madera
del pupitre le estaban contemplando fijamente” (p. 100-101). Queda confun-
dido después del episodio, preguntándose acerca de los límites de lo real y
de su imaginación: “No había cosa del mundo real que le dijera nada, que lo
conmoviera, a no ser que despertara un eco de aquellos alaridos furiosos que
él sentía brotar de su interior. (…) Apenas si podía reconocer como propios
sus pensamientos” (p. 102). Logra restablecerse de este episodio repitiendo su
nombre, el de su padre, el de la ciudad en la que están, sólo podía recordar
los nombres. Algo del significante se le impone en su materialidad misma, por
fuera del sentido, allí donde el padre invoca las coordenadas de su impostura.
Algo de su relación a la palabra le resulta impuesto y por momentos él parece
más bien dejarse invadir por la sonoridad del mundo.
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Pero Joyce no queda impávido frente a la experiencia del parásito
lenguajero, comienza a acopiar esas palabras, el fulgor del ser de las cosas
que lo acicatea en su visión epifánica de la vida. Queda hipnotizado por las
conversaciones más vulgares, que somete al registro primero y luego a la
permutación y combinación letra por letra (Joyce, J., 1960, p. 39). El trabajo
de las epifanías ha comenzado y se acumula en cuadernos que luego se
convertirán en insumos de sus obras mayores (Baños Orellana, 1998; Millot,
1987). Reconoce que su experiencia no es la del común de los mortales: “La
gente se le aparecía extrañamente ignorante del valor de las palabras que
empleaba con tanta volubilidad. Y poco a poco, a medida que esta indignidad
vital se imponía a él, se fue enamorando de una tradición idealizadora, más
auténticamente humana. Este fenómeno se le antojó grave y comenzó a ver
que la gente se coaligaba en una conspiración de sordidez (…) No deseaba
tal reducción para sí mismo” (Joyce, J., 1960, p. 32-33). James se interna
entonces en una adoración meticulosa de las palabras más banales, comienza
a armar un tesoro de frases con las que construirá su enigma de una manera
hasta entonces desconocida por los cánones de la literatura, marcando un
antes y un después con su obra. La musicalidad de las palabras gana por sobre
394 el sentido y la proliferación de significados, que Joyce deja caer para privile-
giar los acordes de esa experiencia éxtima del parásito lenguajero.
Conclusión
Lacan sostiene que el valor de la obra de Joyce es que da la esencia
del síntoma, su abstracción, su aparato (1975/2005b, p. 165). Lo que trans-
forma a Joyce en “el síntoma” es justamente ese síntoma puro de la relación
al lenguaje que aparece como experiencia de una palabra parásita y a la vez
sumamente erotizada, una palabra que se goza por fuera del sentido, en un
uso fonético que hace del síntoma un acontecimiento del cuerpo (Lacan,
1979/2001b). Joyce lleva al síntoma a la potencia del lenguaje (Lacan,
1975/2005b), lo encarna en su particular experiencia del mundo. Estas
palabras y sonoridades impuestas que vienen de lo real pueden ser luego
descompuestas y transliteradas en un trabajo que dará origen al material de su
obra mayor. El caso Joyce ilumina así una experiencia de lo real desprendida
de lo imaginario y del sentido, aunque no por eso incompatible con la genia-
lidad de la creación.
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Resumos
(O jovem Joyce e o pathos da linguagem )
Este artigo fornece uma construção do caso de James Joyce como um caso
clínico, fazendo uma revisão das diretrizes que Lacan enfatizou em 1975-1976.
Metodologicamente é baseado na obra autobiográfica sobre a infância e adoles-
cência e oferece uma leitura da constelação de nascimento original, a posição
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fundamental da orientação subjetiva, os efeitos da rejeição e do pathos singular que o
afligia: as palavras imposta ou a experiência da linguagem parasita.
Palavras-chave: psicanálise, psicose, literatura, sintoma
(The young Joyce and the pathos of language)
This article provides a construction of the case of James Joyce as a clinical
case by making a review of the guidelines that Lacan emphasized in 1975-1976.
Methodologically it’s based on the autobiographical work about childhood and
adolescence and offers a reading of the original constellation of birth, the founda-
tional position of the subjective orientation, the effects of rejection and the singular
pathos that afflicted him: the words imposed or experience of parasite language.
Key words: Psychoanalysis, psychosis, literature, symptom
(Le jeune Joyce et le pathos du langage )
Cet article fournit une construction du cas de James Joyce comme un
cas clinique à partir des lignes directrices que Lacan soulignait en 1975-1976.
Méthodologiquement il est basé sur le travail autobiographique sur l’enfance et
l’adolescence de James Joyce et offre une lecture de la constellation d’origine de sa
naissance, la position fondamentale de l’orientation subjective, les effets du rejet et
le pathos singulier qui l’affligeaient: les mots imposés ou la l’expérience du langage 397
parasite.
Mots clés: Psychanalyse, psychoses, littérature, symptôme
(Der junge Joyce und Pathos Sprache)
Dieser Artikel enthält eine Konstruktion des Koffers von James Joyce als klini-
scher Fall durch eine Überprüfung der Richtlinien machen, die Lacan 1975/1976
betont. Methodisch basiert es auf dem autobiografisch Arbeit über Kindheit und
Jugend und bietet eine Lesung des ursprünglichen Konstellation der Geburt,
die grundlegende Position der subjektiven Orientierung, die Auswirkungen der
Ablehnung und der singuläre Pathos, das ihn betroffen: die Worte auferlegt oder
Erfahrung der Parasit Sprache .
Palavras-chave: Psychoanalyse, psychose, literatur, symptom
(ᒤ䕅ⲴԺᯟ઼ᛢᝤⲴ䃎䀰
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Citação/Citation: Battista, J. (2017, junho). El joven Joyce y el pathos del lenguaje. Revista
Latinoamericana de Psicopatologia Fundamental, 20(2), 382-398. [Link]
1415-4714.2017v20n2p382.11
Editores do artigo/Editors: Vários
Recebido/Received: 20.2.2017/ 2.20.2017 Aceito/Accepted: 19.04.2017 / 4.19.2017
Copyright: © 2009 Associação Universitária de Pesquisa em Psicopatologia Fundamental/
University Association for Research in Fundamental Psychopathology. Este é um artigo de
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tíficas y Técnicas (CONICET).
Conflito de interesses/Conflict of interest: A autora declara que não há conflito de interesses
/ The author has no conflict of interest to declare.
398
JULIETA DE BATTISTA
Docteur en Psychopathologie de l’Université de Toulouse (Tolouse, França); Especialista
en Clínica Psicoanalítica de la Universidad Nacional de La Plata (La Plata, Argentina);
Investigadora Adjunta Asociada de la Comisión de Investigaciones Científicas de la
Provincia de Buenos Aires (CIC-UNLP) (Buenos Aires, Argentina); Becaria Post-doctoral
del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET); Profesora a cargo de
la Cátedra de Psicopatología I de la Universidad Nacional de La Plata. Profesora invitada
de la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires (UBA) (Buenos Aires,
Argentina).
Facultad de Psicología
Calle 51 entre 123 y 124 – Ensenada
CP 1925. La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina.
julietadebattista@[Link]
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