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La Fe ante la Prosperidad de los Malos

1. El salmista se cuestiona por qué los malvados prosperan mientras los justos sufren, pero recuerda que Dios es bueno con los de corazón puro. 2. Para superar la duda, debemos acercarnos a Dios, reconocer nuestra ignorancia frente a su sabiduría, y confiar sólo en él como nuestra esperanza. 3. Aunque el sufrimiento es común, debemos mantener firme nuestra fe en la justicia y recompensa eterna de Dios.

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La Fe ante la Prosperidad de los Malos

1. El salmista se cuestiona por qué los malvados prosperan mientras los justos sufren, pero recuerda que Dios es bueno con los de corazón puro. 2. Para superar la duda, debemos acercarnos a Dios, reconocer nuestra ignorancia frente a su sabiduría, y confiar sólo en él como nuestra esperanza. 3. Aunque el sufrimiento es común, debemos mantener firme nuestra fe en la justicia y recompensa eterna de Dios.

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Cuando los malos prosperan…

Salmo 73

Quizá una de las pruebas más difíciles que afronta la fe del cristiano es la de ver a los
hombres perversos prosperar en su vida de pecado, mientras que los buenos son
víctimas de la maldad de aquellos. El propio salmista reflexiona sobre esto y de un modo
desesperado y lleno de una angustia mayor a la de cualquier existencialista dice una de
las frases más crueles registradas en la Biblia: “En vano he limpiado mi corazón, y lavado
mis manos en inocencia”. Muchas veces en nuestra vida nos vemos tentados a
pronunciar esas palabras. Quizá cuando vemos que un político se goza en los bienes que
le ha quitado a la nación o cuando quienes han comenzado una guerra obtienen la mejor
parte del botín, esto no era ajeno a los hombres y mujeres de la biblia: Job cuestiona
numerosas veces la justicia que Dios imparte sobre aquellos que son impíos (Job 21: 7-
16). Y el profeta Jeremías que vivió en carne propia las consecuencias de la maldad de
todo un pueblo se pregunta por qué el camino de los pecadores prospera (Jer 12:1). Para
el mundo del Nuevo Testamento las cosas no fueron distintas en esto, nuestros hermanos
padecieron una persecución que acabó con la vida de muchos. Vieron al malo sentarse
en el trono y ser adorado como un dios y vieron a los apóstoles ser asesinados y
deshonrados cuando estos servían al Dios vivo y verdadero.

“En vano he limpiado mi corazón”. Imaginen por un instante que son ciertas esas
palabras, y que en verdad es algo banal hacer el bien. Que en verdad no vale la pena
buscar ser santos ante nuestro Dios: ¿Qué consuelo tendríamos? ¿Qué Dios eternamente
bueno y benevolente podría permitir esto? ¿Qué nos queda decirle al huérfano, a la viuda
y al extranjero, que su sufrimiento es tan vano como el bien que hemos hecho?

Sin embargo, el salmista desde el verso 1 nos advierte algo hermoso: “Ciertamente Dios
es bueno para con los limpios de corazón”. Parece que aún antes de exponer el problema
tiene ya la respuesta, antes de sentirse inseguro, tiene ya firme su fe. Pero el camino para
llegar a esa certeza estuvo lleno de amargura y dolor. Quizá nosotros estemos en ese
momento de prueba, quizá también nosotros queremos saber porque los malos prosperan
y por qué los hijos de Dios sufren. ¿Qué debemos hacer cuando estemos en esa prueba?

1. Entre al santuario de Dios (v. 17)

Esto es: dirijamos nuestra mirada a las cosas celestiales, no a las terrenales. Vaya más
cerca de Dios, entre ahí donde su luz ilumine su vida llena de dudas. No podemos
entender lo que Dios nos revela si nos alejamos. Es en los momentos de duda y aflicción
donde más necesitamos estar cerca de su presencia. Escuchemos lo que nos dice su
palabra en el Nuevo Testamento: “Puestos los ojos en Jesús” (Heb. 12: 1), “Buscad las
cosas de arriba” (Col. 3:1). Nuestra vida en este mundo está limitada a lo que vemos y
sentimos, somos seres materiales en un mundo material y olvidamos que las cosas de
Dios no son materiales, sino espirituales y hay que discernirlas no desde el punto de vista
humano, sino desde lo que Dios nos ha revelado en la escritura.

Cuando entramos al Santuario de nuestro Dios, cuando su presencia llena nuestras vidas
reconocemos “cuál es el fin de ellos”. Reconocemos que a pesar de lo que diga el mundo,
“la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23). Reconocemos que, aunque hoy estamos
llenos de aflicciones, esperamos en nuestro Señor Jesucristo el descanso eterno en las
mansiones celestiales, aunque en esta vida lo más seguro es la muerte esa misma
muerte fue conquistada y derrotada por el Señor (1 Cor 15:55).

En ello encontramos una paz que el mundo no puede dar (Juan 14:27). Los malos que
prosperan quizá tengan la paz que da el dinero, que dan los viajes, que da el placer
inmediato, quizá tengan paz en el alcohol o las drogas, pero no tienen la paz de Cristo,
porque el dinero y el placer habrán de terminar, pero la paz de Cristo aún en las
aflicciones más profundas, nos reconforta, aún en la muerte, nos da vida.

En Cristo nos damos cuenta de que no son los poderosos, los ricos o los grandes quienes
son los primeros en el Reino de Dios, sino los pobres, los menesterosos, los despojados,
los vencidos (Lucas 1:51, Santiago 2, 1 Cor 1: 27, 28).

El salmista encontró que el fin de los malos era de acuerdo a sus malas obras, de pronto
todos se daban cuenta de lo insignificante que era todo lo que habían cosechado (v. 20),
todo era banal, inútil y pasajero.

2. Reconozcamos nuestra ignorancia (v. 22)

Note bien el verso 22, es un verso que demuestra el nivel de la sabiduría de los seres
humanos comparada con la sabiduría de Dios: “Era como una bestia delante de ti”. Es
difícil afrontarlo, pero somos una nada ante Dios: Job tiene que aceptarlo cuando Dios
mismo se le presenta para cuestionarle. El apóstol Pablo les dice a los hermanos de
Corinto que no esa sabiduría del mundo fue inútil en su intento por conocer a Dios y en
vez de ello Dios se nos reveló como esa locura incomprensible para el mundo: Jesucristo
crucificado.
Cuidémonos de ser sabios en nuestra propia sabiduría y dejemos lugar a la sabiduría de
Dios (Prov 3:7). Porque la verdadera sabiduría, está en el temor de Jeohvá (Prov 1:7).
Porque el hombre más sabio se atrevió a decir después de dedicar su vida al estudio y a
la ciencia, que es fatiga de la carne, que quien añade ciencia añade dolor y que al final de
cuentas: “El fin de todo discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos”
(Ecle 12: 13).

3. Reconozcamos en Dios nuestra única esperanza (v. 24)

Siendo que los malos prosperan en este mundo ¿podemos tener alguna esperanza real
aquí? Siendo que este mundo está condenado a la destrucción ¿hay algo en qué confiar?
Quizá aquí tengamos pequeñas cosas que nos consuelan, que nos dan una paz
momentánea, pero solo en Dios tenemos una esperanza verdadera. Una esperanza que
trasciende este mundo y todos sus problemas, una esperanza que no avergüenza, que no
está fundada en algo falso, sino una esperanza fundada en la verdad misma de Dios. En
el Salmo 39:7 David nos dice lo mismo. ¿Qué nos queda esperar sino es en Dios?

En el evangelio de Juan, en el capítulo 6 Jesús después de enseñar vio como muchos de


los que lo seguían volvían atrás, quizá lleno de tristeza Jesús encara a sus apóstoles y
cual maestro en el salón más rebelde les pregunta si también quieren irse. Pedro, sin
embargo, dice las palabras que deberían estar siempre en nuestro corazón: “Señor ¿a
quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Conclusión

No se sorprenda si usted pasa por el cuestionamiento y la duda del salmista, es natural


preguntar por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, tanta impunidad e injusticia. Pero
afirme su fe en que Dios no nos desampara, que Dios no retarda su promesa, que Dios
pagará a cada uno conforme a sus obras, que nos dará el descanso eterno en las
moradas celestiales. No se aleje de Dios, venga, entre a su santuario, vea las cosas de
forma espiritual. Reconozcamos que nuestra sabiduría es vencida por la sabiduría de
Dios, que su palabra desborda toda sabiduría. Y reconozcamos que Dios es nuestra
esperanza, nuestro gozo, nuestra paz.

Terminemos recordando las palabras del Apóstol: “No seas vencido de lo malo, sino
vence con el bien el mal” (Rom 12:21).

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