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Barbarroja

1) La invasión alemana de la Unión Soviética en 1941 fue un punto decisivo de la Segunda Guerra Mundial que definió al vencedor como la potencia dominante de Europa. 2) Los alemanes concentraron tres millones de hombres apoyados por varios países aliados contra el Ejército Rojo de 150 divisiones mal equipadas, logrando rápidas victorias iniciales. 3) Sin embargo, subestimaron la resistencia soviética y la extensión geográfica de Rusia erosionó su ventaja de ataques rápidos, llevando a su

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1) La invasión alemana de la Unión Soviética en 1941 fue un punto decisivo de la Segunda Guerra Mundial que definió al vencedor como la potencia dominante de Europa. 2) Los alemanes concentraron tres millones de hombres apoyados por varios países aliados contra el Ejército Rojo de 150 divisiones mal equipadas, logrando rápidas victorias iniciales. 3) Sin embargo, subestimaron la resistencia soviética y la extensión geográfica de Rusia erosionó su ventaja de ataques rápidos, llevando a su

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Barbarroja

La invasión alemana de la URSS fue un punto decisivo en la historia


europea y
mundial. Fue una guerra a muerte, cuyo vencedor se convertiría en la
potencia
dominante en Europa y en el retador de Estados Unidos por la
supremacía
global. Para la invasión de Rusia, los alemanes concentraron 153
divisiones
con tres millones de hombres, apoyados por finlandeses, rumanos,
italianos,
eslovacos y tiempo después una división española. El Ejército Rojo
contaba
con 150 divisiones pobremente equipadas en la zona fronteriza y 133 en
el
interior, aunque su verdadero potencial era un enigma. El 22 de junio de
1941,
las fuerzas alemanas iniciaron un ataque masivo y el primer día de la
campaña
los rusos habían perdido ya 1200 aviones. En cuestión de días, el Ejército
Rojo se encontraba desmoralizado y desorganizado. En los tres primeros
meses de la operación, 2.8 millones de soldados soviéticos fueron
aniquilados
o capturados. Hacia octubre, esos prisioneros morían en los campos nazis
a
razón de 6000 por día.
La guerra en el este se libró con una brutalidad sin precedentes y, aunque
algunos militares alemanes habían manifestado su deseo de ganarse al
pueblo
ruso, para Hitler el único objetivo de la invasión era llevar a cabo su
sueño de
exterminio racial e ideológico del enemigo bolchevique y los eslavos
«subhumanos». La actitud de Hitler hacia Rusia estaba impregnada de un
mosaico de viejos prejuicios históricos, económicos y raciales, que se
traducía en una amenaza eslava que iba aparejada con el «bacilo de la
sociedad humana: el judío». Sus tierras, el «espacio vital», debían ser
liberadas de sus moradores y repobladas por la raza superior. Había que
«tratar a los nativos como a pieles rojas», en palabras de Hitler. El Führer
nombró a Alfred Rosenberg como ministro para los Territorios
Ocupados,
pero la idea de este de ganarse a ciertas nacionalidades como aliados
contra
Rusia chocaba con la brutal política de represión y de reasentamiento de
Himmler y con los objetivos de explotación económica total. En un
primer
momento, una parte considerable de la población soviética —en
particular de
Ucrania— recibió a los alemanes como «liberadores», pero la posterior
actitud alemana hacia esos pueblos que consideraban «inferiores» y las
deportaciones masivas de mano de obra al Reich motivaron el
crecimiento de
la resistencia partisana. En Rusia se produjo una gran oleada de
patriotismo
emocional fundado en el amor al hogar, a la patria y a la familia, con
escaso
contenido ideológico.
En septiembre la operación había perdido fuelle, lo que provocó un agrio
debate entre Hitler y sus generales. Estos deseaban seguir hasta Moscú,
mientras Hitler parecía más interesado en los recursos económicos del
sur de
Rusia. Tras obtener una aplastante victoria en Ucrania en septiembre, se
reinició el ataque contra la capital. Las enormes victorias alcanzadas
hasta ese
momento no parecían ser suficientes para obligar a Stalin a sentarse a la
mesa
de negociaciones. El desgaste del material alemán, agravado por el polvo
y el
barro de las inmensas llanuras rusas, era mucho peor de lo esperado y
cada
victoria arrastraba a los alemanes hacia la profundidad de Rusia. El barro
y la
nieve, que hacían muy difícil la logística y el abastecimiento de las
tropas,
junto con una resistencia fanática por parte de los rusos, retrasaron el
avance
alemán. El ejército invasor había perdido además un tercio de sus
oficiales y
suboficiales, la flor y nata de su liderazgo. Sin embargo, el 3 de octubre,
Hitler se mostraba tan seguro de la victoria que declaró en una alocución
al
pueblo alemán que acababa de regresar «de la mayor batalla de la
historia del
mundo» y que «el dragón bolchevique no se levantaría más», Sin
embargo, el
Ejército Rojo, a pesar de estar gravemente herido, no había sido
derrotado; en
la campaña los soviéticos demostraron ser unos soldados tenaces y
heroicos
que no se rendían cuando eran rodeados. La invasión alemana de Rusia,
debido la extensión geográfica, erosionaba la que hasta entonces había
sido la
mayor ventaja de la Wehrmacht, el ejército del Tercer Reich: la
capacidad de
atacar sorpresivamente dentro de confines limitados con el fin de acabar
con
los enemigos antes de agotar las provisiones.
La irrupción del frío encontró a las unidades alemanas sin la preparación
adecuada. En el frente, miles de soldados alemanes hallaron la muerte en
condiciones espantosas; los vehículos dejaron de funcionar, así como las
armas automáticas. Mientras el pánico se cernía sobre la capital rusa, a
sus
puertas los soldados alemanes se morían de frío y sufrían los ataques
incesantes de los guerrilleros mejor adaptados al terreno y al invierno
ruso
cuando las temperaturas descendían a más de 25 grados bajo cero. En
Navidad, el ejército alemán informaba ya de más de 100 000 casos de
congelación. En un último esfuerzo algunas unidades alemanas
penetraron
hasta los distritos suburbanos de Moscú, pero era ya el último hálito de
energía de un ejército agonizante. El invierno ruso, desconocido e
inimaginable para un occidental, ocasionaba enormes pérdidas, que,
unidas a
las que infligió un reforzado Ejército Rojo, detuvieron el ataque alemán.
El 6
de diciembre de 1941, el Ejército Rojo, bajo el mando del general
Zhukov,
lanzaba una ofensiva y la Wehrmacht sufría su primera derrota
significativa.
Aunque los alemanes habían destruido unas 200 divisiones soviéticas y
capturado unos tres millones de prisioneros, habían sufrido unas 400 000
bajas que no podían reemplazar fácilmente.
Es preciso reconsiderar algunos puntos de este conflicto. Mucho se ha
escrito sobre el supuesto error de Hitler de lanzar la operación en junio
en vez
de abril o mayo de 1941 por su intención de invadir Yugoslavia, Grecia y
Creta. Sin embargo, la operación se llevó a cabo cuando había finalizado
en
Rusia el periodo de rasputitsa, la estación de carreteras embarradas,
debido
al deshielo que, en 1941, tuvo lugar particularmente tarde. Por ello la
invasión
no podía haberse iniciado antes de junio. En segundo lugar, se ha
valorado el
atraso de la ofensiva sobre Moscú debido al cerco alemán a las tropas
soviéticas en la zona de Kiev. Sin embargo, el avance sobre Moscú sin
tener
cubierto el frente sur hubiese sido muy arriesgado. El tercer argumento
es que
Hitler hubiese ganado la guerra de haber podido finalmente tomar
Moscú,
pero, aun habiendo conquistado la capital, las principales ciudades
industriales estaban más allá del alcance alemán y no existen motivos
para
suponer que Stalin hubiese firmado la paz de haber perdido Moscú, y
menos
aún para concluir que Hitler fuese a negociar una paz con él. Para la
URSS, la
derrota hubiese supuesto una sumisión completa a Hitler y con toda
probabilidad el derrocamiento y la liquidación de Stalin y su sistema
comunista.
Se ha hablado mucho también del «general invierno»; sin embargo, las
raíces de la derrota alemana se encuentran en una fecha tan temprana
como el
17 de julio, cuando las pinzas alemanas se cerraron en torno a Smolensk;
fue
entonces cuando la Blitzkrieg se vino abajo, pues no existían unidades
alemanas móviles de tamaño considerable para continuar el avance hacia
el
este, al menos hasta que la infantería pudiese alcanzarlas. Los alemanes
habían
subestimado el potencial soviético y, aunque la propaganda representaba
a la
URSS como una nación subdesarrollada, los soldados alemanes se
mostraban
asombrados con las inmensas presas del Dniéper y los modernos
astilleros en
el mar Negro. Asimismo, tuvieron que hacer frente a unos desconocidos
y
brillantes tanques pesados, el KV-1 y el T-34, muy superiores a sus
equivalentes alemanes. Es probable que la victoria alemana hubiese sido
posible de no haber subestimado a su oponente. La destrucción completa
de la
URSS hubiese requerido la movilización total de la economía alemana y
de
todas las reservas alemanas, y no hubiese podido existir ningún tipo de
dispersión de fuerzas en África, los Balcanes, Escandinavia y Europa
Occidental, ni tampoco una dura lucha con Gran Bretaña. Añadir Estados
Unidos a la lista de los enemigos de Alemania fue el último acto de
insensatez.
La derrota alemana frente a Moscú fue agravada por la decisión de Hitler
de declarar la guerra a Estados Unidos tras el ataque japonés a Pearl
Harbor
el 7 de diciembre. La decisión ha sido una de las más controvertidas de la
guerra. Es posible que Hitler concluyera que Roosevelt iba a entrar en
cualquier caso en guerra con Alemania sin comprender el sistema
norteamericano de gobierno y el poder del Congreso para evitarlo.
Roosevelt
podía, por supuesto, sin contar con esa declaración de guerra, haber sido
capaz de persuadir al Congreso de que Estados Unidos debía participar
en la
guerra en Europa, pero esto no es seguro. La oposición estadounidense a
entrar
en la guerra europea cuando el país se encontraba digiriendo una serie de
derrotas en el Pacífico contra Japón habría sido sólida. La declaración de
guerra alemana a Estados Unidos permitió a Roosevelt presentar a
alemanes,
italianos y japoneses como un enemigo unido, algo que estaba alejado de
la
realidad. El fin de semana del 6 al 7 de diciembre de 1941 puede ser
considerado el punto de inflexión de toda la Segunda Guerra Mundial.
En 1942, Hitler decidió concentrar sus fuerzas en Rusia en el sur con dos
objetivos: conquistar los campos petrolíferos del Cáucaso y capturar
Stalingrado. Muchos generales objetaron que intentar conquistar dos
objetivos
tan distantes no era una buena idea, pero Hitler se impuso. El 28 de junio
comenzaba la segunda gran ofensiva contra la URSS, que inicialmente
cosechó
grandes éxitos. Hitler dividió el Grupo de Ejércitos del Sur en dos grupos
de
ejército para dar la apariencia de que se contaba con fuerzas para
alcanzar los
dos lejanos objetivos: Stalingrado y el Cáucaso, cuando en realidad
ninguno
contaba con las fuerzas suficientes para llevar a cabo esos planes. El plan
original era secuencial: primero Stalingrado, después el Cáucaso. Sin
embargo, Hitler, sin esperar que fuese tomada Stalingrado, ordenó que
sus
fuerzas se dividieran intentando tomar ambos objetivos. La estrategia era
demencial.
En septiembre, el Sexto Ejército alemán, al mando del general Paulus, ya
estaba en Stalingrado. Esta localidad era un destacado puerto sobre el
Volga y
un gran centro industrial defendido por el 62 ejército de Chuikov. El
Sexto
Ejército, el más fuerte de la Wehrmacht, se vio abocado a una lucha
callejera
para la que no estaba preparado. La lucha calle por calle y casa por casa
fue
despiadada. Con el fin de ocupar una sola calle, los alemanes estaban
decididos a sacrificar tantas vidas y tanto tiempo como el que hasta
entonces
habían necesitado para conquistar países europeos enteros. La lucha se
asemejó a la guerra de trincheras durante la Gran Guerra, y un oficial
alemán
escribió en las ruinas de la ciudad: «Stalingrado es el infierno en la tierra.
Es
Verdún, la maldita Verdún, con armas nuevas. Si tomamos unos veinte
metros
por la mañana, los rusos nos echan de ellos por la noche». La ocupación
de la
zona media del Volga por parte de Alemania hubiese cortado el acceso
soviético a las zonas petrolíferas del Cáucaso y, al mismo tiempo,
hubiese
reducido las ya mermadas zonas de alimentos de la URSS. Mientras los
alemanes se afanaban por tomar la ciudad, los soviéticos solo enviaban a
Stalingrado las tropas necesarias para evitar que la ciudad cayese, pues el
resto iba a formar una enorme reserva estratégica para un poderoso
contraataque. Hitler no se percató de que el Sexto Ejército alemán estaba
siendo utilizado por los soviéticos como cebo para una gigantesca
trampa.
El 19 de noviembre de 1942, el Ejército Rojo lanzaba un contraataque
masivo
al norte y al sur de la ciudad. El Sexto Ejército fue cercado. Hitler se
negó a
que se retirara y ordenó que fuese abastecido por aire, aunque solo un
pequeño
porcentaje de los suministros prometidos llegó a su destino. El 2 de
febrero de
1943, Paulus, junto con otros veinticuatro generales alemanes, se rendía
con
91 000 hombres.
La suerte del Tercer Reich había comenzado a cambiar; el idilio del
pueblo alemán con Hitler tocaba a su fin y solo faltaba el amargo proceso
de
divorcio. Cuando Goebbels le propuso a Hitler que pusiese fin a la guerra
en
dos frentes, este le contestó que las negociaciones con Churchill no
darían
fruto. Los supuestos contactos que existieron en Suecia entre Alemania y
la
URSS durante ese periodo permanecen rodeados de misterio, aunque hoy
parece que estos existieron y que fueron más frecuentes durante el verano
de
1943. Sin embargo, el Tercer Reich actuaba según el espíritu de lo que se
ha
venido a llamar el «nacionalismo catastrófico». La «batalla final» que se
había iniciado en Stalingrado tenía que ser librada. Además, después de
Stalingrado las posibilidades de una paz entre Hitler y Stalin eran muy
remotas: las atrocidades cometidas por los alemanes eran una señal de
que no
habría marcha atrás. Tampoco podía existir una base geográfica para las
negociaciones, ya que Stalin nunca hubiera aceptado una paz sobre las
líneas
existentes de ocupación. Desde el punto de vista alemán, tampoco tenía
mucho
sentido estratégico volver a las fronteras originales anteriores al
conflicto.

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