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Análisis de "La Fiesta del Chivo"

Este documento resume La Fiesta del Chivo, la novela de Mario Vargas Llosa sobre la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. Describe a Trujillo, apodado "El Chivo", como un déspota lujurioso y decadente que controlaba todos los aspectos de la sociedad dominicana. La novela narra la historia de Urania Cabral, una de las víctimas de Trujillo, así como los conspiradores que planean y llevan a cabo su asesinato. Además, analiza cómo

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Análisis de "La Fiesta del Chivo"

Este documento resume La Fiesta del Chivo, la novela de Mario Vargas Llosa sobre la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. Describe a Trujillo, apodado "El Chivo", como un déspota lujurioso y decadente que controlaba todos los aspectos de la sociedad dominicana. La novela narra la historia de Urania Cabral, una de las víctimas de Trujillo, así como los conspiradores que planean y llevan a cabo su asesinato. Además, analiza cómo

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Los males del poder y los poderes del mal

Peter Elmore

En el año 2000, una novela sobre la prolongada dictadura de un


déspota tropical corre el riesgo de parecer anacrónica. Mario
Vargas Llosa, sin embargo, se ha propuesto en La Fiesta del
Chivo realizar el balance histórico y la radiografía moral de un
régimen -el de Leonidas Trujillo en la República Dominicana- que
desde la década del 30 hasta 1961 rigió con voracidad y
omnipotencia todos los ámbitos de una sociedad: el Dictador -que
Roa Bastos parecía haber agotado como personaje literario en Yo
el Supremo (1974)- reaparece en una de sus encarnaciones
caribeñas, ya no en el período que tuvo como horizonte la utopía
ilustrada de la Razón y como orden del día la gesta de Estados
nacionales, sino en la etapa signada por la contienda planetaria
entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Por otro lado, el Dictador no ocupa con exclusividad el relato, pues


le toca alternar en el extenso territorio del texto con una de sus
víctimas -la exitosa y atormentada Urania Cabral- así como con
quienes, en un acto desesperado y extremo, se atreverán al
magnicidio. Entre los que han frecuentado la prolífica bibliografía
de Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo convoca de inmediato otros
dos títulos: Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del
fin del mundo (1980). Como en Conversación en La Catedral, la
podredumbre moral de una autocracia es objeto de una gráfica y
minuciosa requisitoria; como en La guerra del fin del mundo, la
ficción transcurre en un escenario situado más allá de los confines
del Perú para reelaborar, con ánimo escrupulosamente
flaubertiano, materiales que provienen de la historiografía y la
memoria social. Puede agregarse que las tres novelas comparten
la vasta envergadura de su diseño y la voluntad de encuadrar sus
argumentos en el marco comunitario de la Nación. Así, los
destinos individuales y las peripecias que urden las tramas se
remiten a las prácticas del Estado y al control de la colectividad: al
interior de Conversación en La Catedral, La guerra del fin del
mundo y La Fiesta del Chivo, la esfera que contiene todas las
otras es la de la política.
I

«La novela es la historia privada de las naciones», reza la cita de


Balzac que sirve de epígrafe a Conversacion en La Catedral. Se
podría haber transcrito sin dificultad en La Fiesta del Chivo, que
más bien sigue en ese aspecto la lección de La guerra del fin del
mundo: si la novela sobre la lucha entre la República brasileña y
las huestes milenaristas de Antonio Conselheiro tiene como
pórtico una copla anónima que alude al líder de los yagunzos, la
consagrada a los tiempos de Trujillo acoje una canción popular
para aludir oblicuamente al tirano. En ambos casos se verifica el
mismo anonimato de las fuentes; también, la misma tendencia a
designar a los personajes centrales por medio de sus
sobrenombres. El Chivo es el apodo del gobernante que durante
32 años rigió la República Dominicana sin rendirle cuentas a
nadie; ese calificativo es, en un sentido profundo, más revelador y
auténtico que el nombre recibido en el bautismo o los títulos
otorgados por el exhuberante servilismo de los áulicos de Trujillo,
pues, como un macho cabrío tropical, el Generalísimo posee con
avidez no sólo las arcas y los mecanismos del Estado, sino que
ejerce lascivamente el derecho de pernada sobre todas las
mujeres que le atraen.

Totémico y lujurioso, el Chivo es -en el universo de la novela- la


encarnación perversa de un cierto modelo patriarcal de autoridad:
para él, el control del territorio supone también el dominio de los
cuerpos. De ahí que, en su caso particular, el quehacer político se
confunda, frecuentemente, con el ejercicio erótico: «Las buenas
dominicanas agradecían que el Jefe se dignara tirárselas» (71),
dice con sarcasmo Urania Cabral, cuya lacerada memoria sirve
como centro de gravedad moral a La Fiesta del Chivo. El
motivo de los nombres no se termina con el apodo del Dictador.
Urania -marcada a fuego por un trauma sexual que le causa
Trujillo- siente una mezcla de extrañeza y rechazo ante la seña
más evidente de su identidad, como lo revela el primer párrafo de
la novela: «Urania. No le habían hecho un favor sus padres; su
nombre daba la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo
de la mujer espigada y de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos
oscuros, algo tristes, que le devolvía el espejo» (11). El nombre
propio no dice al cuerpo: lo contradice. La capital del país, por lo
demás, deja de llamarse Santo Domingo de Guzmán durante los
años del régimen y, en un megalómano bautizo, recibe por nombre
Ciudad Trujillo. En el mundo claustrofóbico y desquiciado de la
Dictadura, los signos establecen una relación patológica con los
sujetos y los objetos que nombran. Ese fenómeno lo representó

2
George Orwell en 1984, que es una de las grandes ficciones
distópicas del siglo XX, a través del doublespeak impuesto por el
régimen totalitario del Gran Hermano.

Hay en la literatura latinoamericana algunas distopías -o, si se


prefiere, anti-utopías-, como La reina del Plata, de Abel Posse, o
La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, para mencionar dos libros
de autores argentinos diametralmente distintos entre sí. Sin
embargo, el lugar simbólico de las distopías -esas pesadillas
literarias que exorcizan y critican los horrores del Estado- lo
ocupan en nuestro continente sobre todo novelas como Yo el
Supremo o La Fiesta del Chivo; es decir, textos que reivindican
su carácter histórico, su propósito de escudriñar el pasado
colectivo, y no obras que sitúan la ficción en un futuro aberrante.
Acaso esa diferencia entre las imaginaciones literarias de Europa
y América Latina señale, sintomáticamente, la carga turbadora que
en esta última tiene la Historia.

II

En La Fiesta del Chivo, el Dictador no es una figura espectral o


mítica, aunque el caudal novelesco documente el prestigio
sobrenatural del que gozó incluso entre sus enemigos. Minutos
después del asesinato de Trujillo, uno de los conspiradores hiere a
un compañero en la confusión del instante; ese error, que lo
abruma, le parece una venganza diabólica del ajusticiado: «Fue
como si se abriera la tierra, como si, desde ese abismo, se
levantara riéndose de él la carcajada del Maligno» (251).

Las leyendas que la imaginación popular teje alrededor de la


figura del Tirano tienden tanto a escamotear su realidad física
como a atribuirle peculiaridades insólitas en un ser humano. La
novela, por su parte, procede a registrar esas creencias para
matizarlas o contrastarlas con la precariedad del decrépito
Dictador. Por ejemplo, era fama en la República Dominicana que
Trujillo, pese al clima tórrido del país, tenía la propiedad de no
transpirar: «Otro mito que repetían sobre el era: Trujillo nunca
suda. Se pone en lo más ardiente del verano esos uniformes de
paño, tricornio de terciopelo y guantes, sin que se vea en su frente
brillo de sudor. No sudaba si no quería. Pero, en la intimidad,
cuando hacía sus ejercicios, daba permiso a su cuerpo para que lo
hiciera»(29). Otras secreciones del mandatario no están, sin
embargo, ni siquiera parcialmente sujetas a su voluntad. Con

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insistencia, el narrador subraya las humillantes claudicaciones de
un cuerpo ya vetusto, condenado a la ruina; así, en un dato digno
de Ubu roi, de Alfred Jarry, se revela que la verdadera función del
presidente del partido oficialista «era, desde que el doctor
Puigvert, traído en secreto desde Barcelona, diagnosticó la maldita
infección de la próstata, actuar de prisa cuando se producían esos
actos de incontinencia, derramando un vaso de agua o una copa
de vino sobre el Benefactor y pidiendo luego mil disculpas por su
torpeza o, si ocurría en una tribuna o durante una marcha,
colocándose como un biombo delante de los pantalones
mancillados» (233). Hay aquí una imagen ejemplar de la
naturaleza esperpéntica del trujillismo tardío: el Líder que la
retórica oficial quiere retratar como un monumento es, en realidad,
un viejo que necesita pañales; la clase política, por su parte, no
sirve sino para mantener en secreto -literalmente- los trapos
sucios de su amo. Mayor aún es, para quien siempre se preció
de su apetito sexual, la vergüenza de no poder eyacular. Esa
última merma atormenta a Trujillo y es, de hecho, la obsesión que
lo acompaña la noche de su muerte.

Por cierto, la técnica del dato escondido -recurso que Vargas Llosa
administró con eficacia en La ciudad y los perros y La casa
verde, por ejemplo- reaparece en La Fiesta del Chivo para
conectar la línea argumental dedicada al Dictador con aquélla que
tiene como protagonista a Urania Cabral. En las primeras páginas
de la novela, a Trujillo lo perturba el recuerdo de «la maldita noche
de la muchachita desabrida» (26); más adelante, también de
manera enigmática, le viene a la memoria «la figurita odiosa,
estúpida y pasmada de esa muchacha contemplando su
humillación. Se sintió vejado» (224). El misterio se disipa por
completo en el trigésimocuarto y último capítulo de la novela,
cuando Urania -a los 49 años de su edad- cuenta los sórdidos
detalles del encuentro que sostuvo, recien púber, con el dueño de
las vidas y las haciendas de los dominicanos. Los fluidos
corporales que contribuyen a caracterizar al Dictador no son sólo
el sudor, la orina y el sémen. También figura -efusivamente y con
buscada truculencia- la sangre: «Segundos después, Salvador se
detenía, alargaba la cabeza sobre los hombros de Tony Imbert y
de Antonio, que uno con un encendedor y otro con palitos de
fósforos, examinaban el cuerpo bañado en sangre, vestido de
verde oliva, la cara destrozada, que yacía en el pavimento sobre
un charco de sangre. La Bestia, muerta» (251). El punto de vista
que el narrador acoge en la cita previa es el de un católico devoto
que, sin renunciar en absoluto a su fe, se compromete con el
magnicidio.

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A diferencia de lo que sucede en Conversación en La Catedral
con Manuel Odría, quien apenas existe en el universo de la novela
como el garante ausente de las atrocidades y la corrupción que
bajo su amparo se cometen, en La Fiesta del Chivo Trujillo es
uno de los personajes de construcción más compleja: la relación
de su muerte en el capítulo duodécimo, casi a la mitad misma de
la novela, no impide que siga siendo objeto de la representación
hasta el final mismo de La Fiesta del Chivo. Para retratarlo, el
novelista se interna en su conciencia y, desde ahí, registra no sólo
los juicios que sus colaboradores, parientes y enemigos le
merecen, sino que evoca las varias escalas de su biografía, desde
la infancia menesterosa a la solitaria decrepitud del poder,
pasando por el entrenamiento con los marines estadounidenses, el
genocidio de los haitianos en 1937 y las décadas dedicadas a la
consolidación del Estado. Pero a la focalizacion interna la
complementa la mirada múltiple de los otros personajes, desde los
conjurados que le dan muerte -entre los cuales hay antiguos
partidarios suyos- hasta Urania Cabral, que -paradójica y
patéticamente- confiesa al final de la novela: «Mi único hombre fue
Trujillo. Como lo oyes. Cada vez que alguno se acerca, y me mira
como mujer, siento asco» (513). Treinta y cinco años despues de
la muerte del tirano, su herencia sigue empobreciendo la vida de
una de sus víctimas.

La larga sombra del Dictador no sólo oscurece la intimidad de


ciertos personajes, sino que de algún modo se cierne aún sobre la
sociedad que por tanto tiempo rigió con mano de hierro. Entre
quienes sobreviven al Benefactor se cuentan desde los
nostálgicos del Orden («Habían olvidado los abusos, los
asesinatos, la corrupción, el espionaje, el aislamiento: vuelto mito
el horror», 128) hasta los pragmáticos descendientes políticos de
la dictadura, como el sempiterno Joaquín Balaguer, untuoso y
astuto artífice de los cambios que siguieron al fin de Trujillo, o el
imaginario Henry Chirinos, esperpéntico gemelo dominicano del
ex-parlamentario peruano Enrique Chirinos Soto.

III

Aunque en La Fiesta del Chivo el Dictador es inequívocamente


inescrupuloso y no conoce -ni quiere reconocer- limite alguno, no
invita exclusivamente al rechazo y la condena. La ambigüa
fascinación que proyecta Trujillo no procede de la coexistencia en
él de rasgos positivos con características execrables, sino de la

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consistente exploración del Mal que es toda su vida de estadista.
Para Vargas Llosa, lector alerta de Bataille, el Mal no aparece bajo
la forma de una mera negatividad; se trata, ante todo, de una
energía y una presencia que obedece a pulsiones elementales y
contrarias a la razón, pero que posee su propia lógica y su propio
rigor. Trujillo, en La Fiesta del Chivo, es más que un simple
sátrapa y un oportunista: entre sus pares, es el primero. No es por
soberbia o un simple alarde de machismo que el Dictador mira con
desdén a sus ex-colegas latinoamericanos en el exilio: «Era un
mensaje de la Casa Blanca. A eso vinieron. A pedir que me vaya y
a ofrecerme asilo en los Estados Unidos. Allí tendría asegurado su
patrimonio. Esos pendejos me confunden con Batista, con Rojas
Pinilla, con Pérez Jiménez. A mi sólo me sacarán muerto» (96).
La decisión de quedarse hasta el final es, sobre todo, una prueba
concluyente de la voluntad de poder que anima a Trujillo, quien
necesita apurar hasta las heces el placer que el control pleno de
los otros le produce: penetrar, herir, matar y escarnecer a quienes
estan bajo su férula son los actos que le dan sentido a su vida.

A diferencia de aquellos déspotas que sirven a un designio


utópico, el Trujillo de Vargas Llosa no concibe ilusiones
apoteósicas sobre el futuro de su patria. A lo más, le enorgullece
haber acabado con el caos de los caudillos y haber instaurado un
gobierno estable, eficiente. Su propósito no es otro que el de
perseverar, pese a las circunstancias adversas que genera el
bloqueo de la OEA y los Estados Unidos, sus antiguos aliados: el
Dictador sabe que su mayor riqueza consiste en su capacidad de
afectar las vidas de sus compatriotas, aplicando su sádica
destreza para jugar el ajedrez de la política con piezas de carne y
hueso. Así, por ejemplo, la caída en desgracia del padre de
Urania, el senador Cerebrito Cabral, es en gran medida un acto
gratuito, cuyo propósito es malignamente lúdico. El Dictador, por lo
demás, se complace en estimular las tortuosas bajezas que sus
colaboradores idean y ejecutan con el fin de ganar su favor: «A
Trujillo le divertía -un juego exquisito y secreto que podía
permitirse- advertir las sutiles maniobras, las estocadas sigilosas,
las intrigas florentinas que se fraguaban uno contra otro, la
Inmundicia Viviente y Cerebrito -pero, también, Virgilio Alvarez
Pina y Paino Ricardo, Joaquin Balaguer y Fello Bonnelly, Modesto
Diaz y Vicente Tolentino Rojas-, y todos los del círculo íntimo para
desplazar al compañero, adelantarse, estar más cerca y merecer
mayor atención, oidos y bromas del Jefe» (252).

Del numeroso séquito de Trujillo es preciso destacar al temible


encargado del SIM, Johnny Abbes, que en la bibliografía de

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Vargas Llosa se emparenta con el Cayo Bermúdez de
Conversacion en la Catedral. Como Bermúdez, pero de un modo
más extremo y depredador, Abbes encarna el lado oscuro y
maldito del poder. En el marco de la novela, Abbes es la reducción
a la quintaesencia del aspecto represivo, violento, del Dictador;
Joaquín Balaguer, por su parte, resume en su remilgada figura la
capacidad del Benefactor para promover arreglos y navegar en
medio de las crisis. Si Balaguer se perfila gradualmente en el texto
de Vargas Llosa, Abbes es a lo largo del relato una presencia
reiterada y casi ubicua: quien antes de unir su destino al del
Dictador «era periodista deportivo y medio poeta» (84), se
convierte con el paso de los años en el principal fabricante de las
crueldades del régimen. Inevitablemente, dada la funcion de
Abbes, los lectores peruanos relacionamos al jefe del SIM trujillista
con el del SIN fujimorista. Interesa, sin embargo, precisar la clave
de esa relación: mientras Henry Chirinos es una réplica apenas
velada de Enrique Chirinos, Abbes resulta ser el homologo
caribeño de Vladimiro Montesinos, pero no su doble.

El autor insiste en las peculiaridades del personaje dominicano -su


voz neutra, su estampa adiposa, sus lejanas lecturas esotéricas-,
pero sobre todo subraya sus posiciones políticas y su manera de
entender el oficio de cancerbero de la dictadura. Abbes, por
ejemplo, odia a la CIA (organismo que empleó o emplea aún al
principal asesor de Fujimori) y, entre el asesinato y la calumnia,
opta con más frecuencia por el primer expediente. Su calidad de
funcionario inamovible se debe en parte a su devoción al cargo,
pero vale la pena notar que Trujillo lo mantiene a su lado pese a
que Abbes falla en el cumplimiento de varias misiones de alto
riesgo. El Dictador no lo descarta, sin embargo, porque su asesor
no deja de intrigarlo, mientras que sus demás colaboradores le
parecen del todo transparentes. Esa cualidad enigmática, ese
margen desconocido, explica en gran medida el poder que
acumula el verdugo. No sólo el poder de él. Acaso Trujillo no
termina de comprender a Abbes porque, a fin de cuentas, le
resulta imposible reconocerse en el espejo del otro.
Significativamente, el narrador de La Fiesta del Chivo recalca en
varios pasajes que la voz y la mirada del Dictador -una voz aguda
y una mirada que dista de parecer genial- tienen un efecto
inexplicablemente subyugador en quienes son objetos de una y
destinatarios de la otra. Concluida la lectura de La Fiesta del
Chivo, las décadas de la Dictadura y la persona misma de
Leonidas Trujillo resultan perturbadoras e inquietantes tanto por su
perversidad como porque, en último análisis, algo de ellas
permanece en la sombra, irreductible al entendimiento. Ese no es

7
un defecto de la novela, sino una de sus tácitas lecciones: el
autoritarismo latinoamericano puede parecer de una barbara
simplicidad, pero esconde misterios tanto para quienes lo
encarnan como para quienes desean erradicarlo. Por eso, una
novela de Dictador en el año 2000 no es una redundancia.

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