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San Clemente: Obispo y Escritor Cristiano

San Clemente fue el cuarto obispo de Roma después de San Pedro. Escribió una carta a la comunidad cristiana de Corinto para apaciguar una sedición. En la carta enfatizó la humildad, obediencia, concordia y caridad como virtudes fundamentales para la armonía de la Iglesia.

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San Clemente: Obispo y Escritor Cristiano

San Clemente fue el cuarto obispo de Roma después de San Pedro. Escribió una carta a la comunidad cristiana de Corinto para apaciguar una sedición. En la carta enfatizó la humildad, obediencia, concordia y caridad como virtudes fundamentales para la armonía de la Iglesia.

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San Clemente Romano

Nota biográfica

• Según San Ireneo, San Clemente fue el cuarto obispo de Roma, después
de San Pedro, Lino y Anacleto.

• El historiador Eusebio fija la cronología de los primeros papas en la


siguiente forma:
• Lino, años 68-80 de nuestra era;
• Anacleto, entre el 80-92;
• Clemente, entre el 92-101.

• Está plenamente demostrado, en todo caso, el episcopado de


• San Clemente en Roma.
Nota biográfica

• Tertuliano afirma que fue ordenado por el propio San Pedro.


• Muchos historiadores le identifican con el Clemente de que habla
San Pablo en la carta a los filipenses (4,3).
• Según una tradición que se remonta al siglo IV, San Clemente
sufrió el martirio sumergido en el mar Negro. La ausencia de
sepultura en Roma confirma estos datos, aunque sólo de manera
negativa.
• Parece que la basílica de San Clemente en Roma fue construida
sobre su propia casa. Su fiesta litúrgica se celebra el 23 de
noviembre
Doctrina.

Aunque se atribuyen a San Clemente Varias cartas, sólo una de ellas


es ciertamente auténtica: la que escribió a la comunidad cristiana
de Corinto, hacia el año 96 de nuestra era, para apaciguar una
sedición que habían formado por envidia contra sus propios
presbíteros.

“La Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que


reside en Corinto, a los que son llamados y santificados por la
voluntad de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Gracia a
vosotros y paz del Dios Todopoderoso os sea multiplicada por medio
de Jesucristo”.
Doctrina.

La carta se divide en dos partes.


La primera (capítulos 1-38) contiene consideraciones morales de
orden general, destinadas a preparar a los corintios a recibir los
avisos y órdenes concretas que les serán dadas en la segunda parte
(capítulos 39-65).
Doctrina.

En su calidad de obispo de Roma y jefe de la Iglesia, San Clemente


recuerda la necesidad de «mantener la concordia practicando el olvido de
las injurias, la caridad, la paz y una constante equidad».

Trata también de la fe, de la penitencia, de la continencia, castidad y


paciencia y, sobre todo, de la humildad y de la obediencia.

La humildad engendra la paz y la dulzura. Donde ella reina, se encuentran


también la equidad, la longanimidad y la obediencia. Es muy poderosa
delante de Dios.
Doctrina.

«Cristo pertenece a los humildes, no a los que se exaltan sobre su


rebaño. El cetro de la grandeza de Dios, el Señor Jesucristo, no vino
al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, sino en espíritu
de humildad, conforme lo había anunciado el Espíritu Santo (Is 53,1
12)... Pues si hasta este extremo se humilló el Señor, ¿qué será bien
que hagamos nosotros, los que por El nos hemos puesto bajo el yugo
de su gracia?» (n.16).
Doctrina.

La humildad coloca a cada uno en el lugar que le corresponde y nos


predispone a obedecer a Dios. El mundo, armoniosamente
ordenado, nos da un ejemplo maravilloso de obediencia y de
sumisión a las leyes del Creador:
«Los cielos, movidos por su ordenación, le están sometidos en paz. El día y la
noche recorren la carrera por El ordenada, sin que mutuamente se impidan. El
sol, la luna y las estrellas giran, conforme a su ordenación, en armonía y sin
transgresión alguna, en torno a los límites por El señalados… El soberano Creador
y Artífice del universo ordeñó que todas las cosas se mantuvieran en paz y
concordia, derramando sobre todos sus beneficios, y más copiosamente sobre
nosotros, que nos hemos refugiado en sus misericordias por medio de nuestro
Señor Jesucristo. A El sea la gloria y la grandeza por eternidad de eternidades.
Amén» (n.21).
Doctrina.

La sociedad cristiana, como la civil, está jerarquizada. La concordia y la


paz no pueden reinar a no ser que cada uno se subordine a su vecino según
el carisma o autoridad de que esté revestido.
Pero la obediencia, la concordia y la paz no pueden existir verdaderamente sin la
caridad, sin «la religiosa y santa práctica de la caridad fraterna». San Clemente exalta
esta virtud en términos líricos, que recuerdan el himno ya conocido de San Pablo:
«¿Quién puede explicar el vínculo de la caridad divina? ¿Quién es capaz de expresar su
sublime belleza? La altura a que nos levanta la caridad es inefable. La caridad nos
junta con Dios, la caridad cubre la muchedumbre de los pecados, todo lo sufre, todo
lo soporta. Nada hay vil en la caridad, nada soberbio. No fomenta el cisma, no es
sediciosa, lo hace todo en concordia. La caridad consuma la perfección de todos los
elegidos de Dios. Sin la caridad nada es agradable a Dios. En caridad nos acogió a
nosotros el Señor. Por la caridad que nos tuvo, Jesucristo, nuestro Señor, dócil a la
voluntad de Dios, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su alma por
nuestras almas. Ya veis, carísimos, cuan grande y admirable cosa es la caridad y cómo
no hay palabras para explicar su excelsa perfección» (n.49-50).
Doctrina.

San Clemente y los cristianos de Roma practicaban con perfección esta caridad de
la que hablaban tan elocuentemente. A raíz de la persecución de Diocleciano,
rezaban por los gobernantes, en sus reuniones litúrgicas, en los siguientes
impresionantes términos:
«Dadnos, Señor, ser obedientes a tu omnipotente y santísimo nombre, a nuestros
príncipes y a los que nos gobiernan en la tierra. Eres tú, Señor, quien por tu
magnífico y sublime poderío les has dado el poder y la realeza, a fin de que,
conociendo nosotros el honor y la gloria que por ti les fue dada, nos sometamos a
ellos sin contradecir en nada a tu voluntad. Dales, Señor, salud, paz, concordia y
estabilidad para que, sin tropiezo, ejerzan la potestad que por ti les fue dada.
Porque eres tú, Señor, rey celestial de los siglos, el que das a los hijos de los
hombres gloria, honor y potestad sobre las cosas de la tierra. Endereza, Señor, sus
consejos conforme a lo bueno y acepto a tus ojos, para que, ejerciendo en paz,
mansedumbre y piadosamente la potestad que por ti les fue dada, alcancen de ti
misericordia» (n.60-61).

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